De diezmos… y décimas de problemas

Yo tengo un problema: soy pastor. Estoy a cargo de una pequeña congregación ubicada en la
zona rural del norte de Nicaragua, cerca del pueblo de Waslala.
Tal vez te preguntes que por qué es un problema que yo sea pastor. Bueno, te contaré que este
problema se presenta cuando salgo a evangelizar. Permíteme explicar:
En los cerros alrededor de Waslala, la gran mayoría de las personas son evangélicas o han sido
parte de alguna denominación evangélica. A raíz de esto, estas personas conocen acerca de las
creencias y la práctica de los evangélicos. Casi toda la gente en esta región “sabe” que el pastor
es uno que puede pasarse mucho tiempo en su hamaca, esperando que los hermanos le traigan
por turno la leña, los bananos y el resto de sus “primicias” y, además, el diezmo. (Reconozco que
existen pastores que viven del diezmo que no son así.)
Y es por esto mismo que cuando algunos de los hermanos de nuestra congregación y yo salimos
a proclamar el reino de los cielos, casi nunca le digo a la gente que soy pastor.
En la mayoría de las iglesias evangélicas se enseña acerca del diezmo. Casi siempre todo el
diezmo lo recibe el pastor. En las congregaciones grandes, el pastor sólo recibe una parte del
diezmo, pero de todos modos, la prosperidad económica del pastor siempre depende de lo grande
que sea la congregación. Como puedes imaginarte, esto produce rivalidades entre los pastores de
las diferentes congregaciones. Ellos siempre están listos para demarcar su “territorio”, ¡y que
nadie se atreva a “robarles” a alguno de sus miembros! Lo cierto es que si ellos pierden un
miembro, entonces también se les va una parte de su sustento. Esto también es la razón por la
cual muchas veces el pecado existe y continúa existiendo en la congregación sin que el pastor se
preocupe por denunciarlo. ¡No le conviene!
¿Entiendes ahora un poco por qué no me gusta decir que soy pastor? Bueno, quizá tú puedas ver
todo mucho más claro si te confieso que yo no tomo ni un solo peso de lo que se recoge en las
ofrendas.
La Biblia dice que “raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6.10). También nos
indica que hay personas “que toman la piedad como fuente de ganancia” (1 Timoteo 6.5) y nos
dice que debemos apartarnos de los tales.
Los versículos que los pastores utilizan bastante para obtener más ganancias son los siguientes:
“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos
robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la
nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y
probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y
derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde. Reprenderé también por vosotros
al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice
Jehová de los ejércitos. Y todas las naciones os dirán bienaventurados; porque seréis tierra
deseable, dice Jehová de los ejércitos” (Malaquías 3.8–12).
Hay tres elementos aquí en estos versículos que los pastores avaros utilizan para sacarles más
dinero a sus miembros:
1. Acusan a la gente de ser ladrones si no diezman.
2. Se aprovechan de la avaricia innata de las personas para decirles que si ellos dan mucho,
entonces recibirán mucho más.
3. Les prometen a sus miembros que si diezman, todo lo que ellos hacen será bendecido a
cambio: ya no se les van a enfermar las vacas, sus negocios van a prosperar y siempre van a
cosechar mucho café, cacao, maíz y frijoles.
Recordemos que no encontramos una sola promesa de prosperidad material en el Nuevo
Testamento. Más bien, el Nuevo Testamento nos enseña que debemos apartarnos de la codicia y
todos los problemas que el dinero conlleva.
Además, si tú eres pastor, yo quisiera recordarte que en el Nuevo Testamento ni Jesús ni ninguno
de sus discípulos jamás pidieron ni enseñaron que se les debía dar el diezmo a ellos. ¿Por qué?
Porque de acuerdo a la ley del Antiguo Testamento, el diezmo pertenecía sólo a los levitas y sus
familias.
Si en el tiempo del apóstol Pablo se hubiera practicado lo que hoy día se enseña acerca del
diezmo, Pablo no hubiera sido el pobre evangelista trabajador que fue. Según lo que hoy se cree
y hasta se practica, Pablo hubiera sido un multimillonario. Sin embargo, todo fue lo contrario.
Pablo, al despedirse de los ancianos de Éfeso en Mileto, dijo: “Y ahora, hermanos, os
encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros
herencia con todos los santificados. Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes
vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas
manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los
necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que
recibir” (Hechos 20.32–35).
Yo estoy seguro que se despejaría todo este problema en torno al diezmo (como se utiliza hoy) si
tan sólo se tuviera este concepto que tuvo Pablo. Él trabajaba para su propio sustento, ¡y aún
ofrendaba! Cuando pasaba necesidad, él aceptaba los donativos que otros le daban. Pero siempre
trataba de no serles una carga a los hermanos. Mas bien dijo: “Porque os acordáis, hermanos, de
nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de
vosotros, os predicamos el evangelio de Dios” (1 Tesalonicenses 2.6). Véase también 2
Corintios 11.9.
¡Qué corazón de pastor! ¡Qué amor por los hermanos! ¡Qué humildad! Y Pablo lo hizo imitando
al Señor Jesucristo.
El Nuevo Testamento no promueve el diezmo que fue según la ley, pues la ley ya fue cumplida
por nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, el Nuevo Testamento sí nos dice que como cristianos
debemos ser agradecidos y dar gracias en todo (véase 1 Tesalonicenses 5.18). Este agradecimien-
to se nota en cómo manejamos los bienes que Dios ha puesto a nuestro cargo. Si somos tacaños
con esos bienes, ¿acaso somos agradecidos?
Reconozcamos que nosotros nada más somos administradores de los bienes que Dios ha puesto a
nuestro cargo. A él le pertenece no tan solamente el 10 %, sino el 100 %. ¿Y a quién le pesa
regalar lo que no es propio? Lo ajeno se regala con facilidad, especialmente si el dueño indica
que así se haga. Demos pues con toda liberalidad de nuestro dinero, tiempo, talentos; en fin, todo
lo que somos. Todo lo que tenemos y lo que somos es propiedad de Dios y debe de estar a su
disponibilidad en todo momento.
“Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en
el arca; y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre, y echó dos blancas, o sea un
cuadrante. Entonces llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre
echó más que todos los que han echado en el arca; porque todos han echado de lo que les sobra;
pero ésta, de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento” (Marcos 12. 41–44).
Tengamos esta actitud que tuvo la viuda pobre. Ofrendemos de esta manera. Y la bendición de
Dios, aunque no material, la recibiremos aquí. Y al final, ¡recibiremos la corona eterna!
“Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra
generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no
con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer
que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo
suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Corintios 9.6–8).
—Timoteo D. Miller

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Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría,
agradó a Dios salvar a los creyentes por la l la l la l la locura de la predicación ocura de la predicación ocura de la predicación ocura de la predicación. (1Cor 1.21)
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