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LUIS CARANDELL Benetiana

23 ENE 1993 Con el título de Barojiana escribió Juan Benet hace ya años un precioso texto en que recogía sus recuerdos de la tertulia que don Pío Baroja solía tener por las tardes en su casa de la calle de Ruiz de Alarcón de Madrid. Contaba, entre otras cosas, que un día en que él estaba presente apareció de pronto en la tertulia el arzobispo de Madrid-Alcalá don Casimiro Morcillo. Sensibilizado acaso el señor obispo por algunos excesos verbales que conspicuos miembros de la Iglesia habían dirigido al novelista -como aquel jesuita que le llamaba "don Impío Baroja"-, quiso llevar su paternal solicitud al extremo de visitarle en su propia casa, en gesto. de reconciliación.Uno de los asiduos contertulios de don Pío era un caballero ya maduro cuyo nombre Juan Benet no citaba, pero que se hizo famoso entre los que frecuentaban la tertulia porque tenía por costumbre dejar a su novia -una señora de mediana edad- en el portal de la casa de Ruiz de Alarcón mientras él subía a tertuliar con don Pío. La llegada del arzobispo Morcillo a la casa de Baroja produjo, como fácilmente puede comprenderse, una embarazosa situación. Ni el novelista, ni el prelado, ni ningún otro de los presentes, entre los cuales estaban Juan, sabían cómo romper el hielo para comenzar la conversación. Fue aquel maduro caballero que tenía la novia esperando en el portal quien salvó el difícil trance. Se puso en pie y dijo solemnemente, en frase que pasó a la historia de la España surrealista: "Con permiso del señor obispo, me voy a comer un higo". Si he reproducido aquí la anécdota barojiana que Juan Benet contaba, ha sido para hacer partícipe al lector. de uno de los rasgos más ocultos y privados del escritor que acaba de morir: su incomparable sentido del humor. No lo habría dicho, sin amistar con él, el lector de sus obras. No quiero decir con ello que falte un muy sutil humor en los libros de Benet, pero hay que convenir que no es la risa ni la sonrisa la respuesta, más frecuente del lector a su prosa. De ahí que creo poder decir, y quizá no se ha dicho suficientemente en los artículos que se le han dedicado, que había un abismo entre el Benetescritor y el Benet-amigo. Leyéndole, uno se lo imaginaba como hombre un poco taciturno, ensimismado, a quien podría visitarse sólo con cierta solemnidad. Hablando con él, resultaba el hombre más simpático, del mundo, gran conversador, ocurrente, dotado de una portentosa imaginación y narrador privado de divertidísimas historias. Si hubiese escrito lo, que contaba a los amigos -sólo lo hizo en esa Barojiana y en algún otro texto como el titulado Un otoño en Madrid hacia 1950-, sus libros habrían sido best sellers sin rival. Pero no quería escribir, como él decía, "estampas" al hacer literatura. Y guardaba para la conversación con los amigos el ingenio sobrante. Una Benetiana debería tener en cuenta, sin embargo, los dos aspectos de la compleja personalidad del escritor. Hay una circunstancia que ahora, recordándole, considero para mí lana suerte. Y es que le conocí antes de empezar a leer su obra. Sólo al cabo de un tiempo de tratarle me convertí en su lector asiduo, y mi amistad con él no se fundó en razones literarias. Tengo la impresión de que a él no le gustaba especialmente hablar de literatura. Hicimos algunos viajes juntos, uno de ellos por Extremadura, en un cuatro latas que yo tenía entonces. Era la época en que las autoridades perseguían por toda

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España a El Lute, que se había escapado saltando de un tren en marcha cuando era conducido de un penal a otro. Al llegar a la altura de Plasencia nos paró la Guardia Civil y me hizo abrir el maletero del coche. Al volver a sentarme al volante (después de haberse demostrado que tampoco en mi coche estaba el fugado), le pregunté al guardia: "Esto será por El Lute, ¿no?". El número de la Benemérita me miró muy serio y replicó: "Algo hay de eso". Juan Benet se lo pasó en grande con aquella respuesta y siempre les contaba a sus amigos el episodio, que, además, dio lugar a una divertida teoría benetiana. Por aquellos días, Bobby Fisher, el ajedrecista americano famoso por sus reacciones imprevisibles y sus desplantes, estaba jugando, no sé si en Londres o en Dublín, el Campeonato Mundial. Juan Benet sostenía que Fisher era en realidad El Lute disfrazado que, después de recorrer media España, se había ido a disputar el Campeonato Mundial de Ajedrez. Me acuerdo de otro viaje que hicimos, esta vez en el venerable Jaguar de Juan Benet. Lo titulamos Viaje con un moderno porque venía con nosotros el poeta Antonio Martínez Sarrión, a quien le quedó, desde entonces, el nombre de El Moderno, con que se le conoce. En Molina de Aragón vimos un escaparate que hizo las delicias de Juan y de todos. Era un anticuario que tenía puesta en su vitrina una figurilla egipcia con un cartel que decía: "Figura de una tumba del Alto Egipto. XIV dinastía (muy antigua)". En aquel viaje recorrimos la región del Alto Tajo, que él conocía muy bien, y fuimos después, por Albarracín y los Montes Universales, hasta Teruel para ver y admirar una vez más las preciosas torres mudéjares, obra, según la leyenda que se cuenta en la ciudad de los Amantes, de arquitectos árabes que, con su construcción, competían por el amor de una mujer. Era una delicia viajar con Benet. Sabía las historias antiguas de ciudades y pueblos, había recorrido el curso de los ríos en sus andanzas de ingeniero, ilustraba los paisajes diciendo, por ejemplo, "aquí fue tal batalla", o hablaba de árboles, de rocas, de plantas aromáticas. Daba la impresión de conocer el campo, el monte, con la misma precisión con que se conocen las calles o las plazas de una ciudad. Sabía los nombres de todas las cosas, y era un caso excepcional entre los escritores, que suelen ignorar, y despreciar a veces, las cosas de la ciencia. Daba gloria ver cómo se goza en el campo. En una ocasión anduvimos buscando un río donde bañarnos. Encontramos tan sólo un cauce medio seco en el que había una somera poza. Nos hizo reír al Moderno y a mí al decir en tono solemne: "Lo justo para darse un baño de partes". La ironía era en él espontánea y su bondad no le permitía convertirla en sarcasmo. Le gustaba, sobre todo, la esgrima del ingenio, y provocaba a los amigos y, a veces también, en sus artículos o en alguna conferencia, a los que no lo eran. Los tontos se le ofendían. Nadie sostenía estos duelos de agudezas mejor que Juan García Hortelano. A mí me tocó moderar uno de estos torneos. Fue en Albacete, en un salón de actos lleno de gente convencida de que iba a asistir a una sesión de alta literatura. A lo que asistieron fue a una batalla sin cuartel en la que Benet y Hortelano se cruzaron, sin inmutarse, invectivas y burlas literarias y hasta personales. Al principio, Albacete tembló, creyendo que iba en serio. Después se dieron cuenta de que estaban asistiendo a uno de los mejores números literarios que se han visto. No sé si lo repitieron en alguna otra gira. Les habría dado para pagarse un manager. Conmigo se metía sobre todo por mi irredenta adicción al café con leche acompañado de un bollito. Debo decir que Juan -nadie es perfecto- no entendía nada de bollería. Entrábamos en un café y, mientras él encargaba no sé qué mejunje con ginebra, le decía al camarero: "A este señor póngale un café con leche y unas madalenas". Lo decía con desprecio. Yo le decía, hombre, Juan, deberías probar las tortas de aceite de San Martín

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de Porres, que llevan comino, unos buenos imperiales de La Bañeza o los polvorones Santo Cristo Amarrado a, la Columna, de Estepa. "¡Qué horror!", exclamaba él. Yo creo que identificaba la bollería y otros productos de la dulcería española con el costumbrismo literario. ¡Nunca hay nadie que se coma una rosquilla del Santo, ni lista ni tonta, en sus novelas! La tenía tomada con Galdós pero su crítica no era tanto al novelista como a los epígonos que aun le quedaban en España. Decía que don Benito, al comienzo del otoño, cogía un baúl y se daba una vuelta por los conventos de monjas de los alrededores de Madrid a fin de recaudar almendras garrapiñadas, mantecados, empiñonadas, mazapanes, para el año. La tenía tomada también con el cine y con los cineastas. Una noche, en su casa de Pisuerga, la calle fluvial donde vivía, le dijo a uno de ellos: "El otro día, no sé con qué motivo, fui al cine...". Todo era para provocar. Si el otro aguantaba, seguía la broma. Sostenía que las películas buenas sólo las ponen en los pueblos, porque no interesan a los grandes circuitos de distribución. Estaba en lo cierto. Una noche, en Montánchez, fuimos al cine y vimos una película extraordinaria sobre la historia de un acorazado japonés en la guerra naval de 1905. A la vuelta a Madrid comprobamos que nadie la había visto. "¿Quieres que te diga un soneto que Shakespeare escribió contra Gabriel García Márquez?". Es aquel soneto, el 76, contra las modas literarias, que termina: "Y así como el sol es nuevo y viejo cada día, así mi amor sigue diciendo lo que ya se ha dicho". Juan, siempre provocando. Las veladas en su casa quedarán en la memoria de los que tuvimos la suerte de, compartirlas. Ya sé que la obra de Juan Benet, el mundo que él creó, su alta prosa, durarán más que el recuerdo de su persona. Pero ¿no era quizá él su mejor obra? Durante aquellas largas noches se hablaba de todo. También un poco, hacia el final, de literatura. Cuando entraba por la ventana el "color lechoso", como él decía, de la madrugada, le invadía una diurna tristeza y ponía la más triste música del mundo, el vals Kuppelweise, que Schubert escribió en sus últimos días. No volverán aquellas alegres noches, ahora que la tierra implacable de Región, que Juan Benet tan bien conocía, se ha abierto para recibirle. Que ella le sea leve.

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