Convento de San Pablo de M.M.

Jerónimas

"Dios, nuestro Salvador... quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad"
1Tm 2,3-4

“Dios no hace distinciones entre personas sino que acepta a todo el que le honra y obra justamente, sea cual sea su raza”
Hch 10,34

“Por la fe en Cristo Jesús, (…) ya no hay ni Judíos ni Griegos; no hay ni esclavo ni libre; no hay ni hombre ni mujer. Porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”
Gal 3, 26-28

Queridos hermanos sacerdotes, Querida comunidad de M.M. Jerónimas Hermanos todos: Entre los numerosos discípulos que seguían a Nuestro Señor Jesucristo encontramos una variedad grande de personas de distinta condición y estrato social: desde discípulos que formaban parte del Sanedrín de los judíos a pecadores públicos como los recaudadores de impuestos; desde hombres piadosos que buscaban a Dios a mujeres venidas más allá de las fronteras de Israel que piden al Divino Salvador las migajas que caen de la mesa; desde hombres forjados por el trabajo del mar a mujeres de buena voluntad que ponen sus riquezas y bienes al servicio del Reino. Esta misma variedad de personas se siguió dando en las primeras comunidades cristianas, se ha dado a lo largo de la historia de la Iglesia y se sigue dando también en nuestros días. Nos reúne en esta tarde la celebración de Santa Paula que junto a San Jerónimo, se le venera como los fundadores e iniciadores de esta forma de vida consagrada y contemplativa. Nos reunimos esta tarde para celebrar la voluntad salvífica de Dios que nos ha creado y nos atrae continuamente hacia sí: no haciendo distinción de personas. Y los santos son el el testimonio de ello.

¿Quién era Paula? Paula vivió en el siglo IV y formaba parte de una de las familias más importantes de Roma. Su familia tenía muy buena posición social y abundante riqueza. Eran cristianos como otras muchas familias importantes que desde la llegada del cristianismo a la capital del imperio habían aceptado la fe. Paula aprendió de labios de su madre a confesar a Jesucristo como su Dios y Señor. De ella, seguramente escuchó el testimonio de tantos hombres y mujeres que habían sido martirizados en el Circo romano y con otro tipo de tormentos. Sin duda alguna, de esta primera formación en su casa dependió su amor a la virtud y el deseo de perfección. El cristianismo no era todavía la religión oficial del imperio, sino que era solamente tolerada. Y, por tanto, ser cristiano no era una “costumbre”. Se casó a los quince años con Toxocio que no era cristiano y tuvo cinco hijos, entre ellos Santa Eustoquio que la acompañó hasta los últimos días de su vida. Cristiana e íntegra, Santa Paula mientras vivió su esposo se daba a la vida propia de la ciudad con sus diversiones y recreos, -lícitos-, pero que más que acercarla a su Dios, la alejaban. Es difícil ser fiel en la prosperidad, porque las riquezas embotan el corazón. A los que ponen su corazón en el dinero, podemos aplicarle aquello que dice el salmo: “No hay congojas para ellos, sano y rollizo está su cuerpo; no comparten las penas de los hombres, no pasan tribulaciones como los otros. Por eso el orgullo es su collar, la violencia el vestido que los cubre; su gordura rebosa malicia, de artimañas desborda su corazón. Se sonríen, hablan con maldad, hablan altivamente de opresión;

ponen en el cielo su boca, y su lengua se pasea por la tierra. Por eso mi pueblo va tras ellos: sorben con ansia sus palabras.” (Sal 73,4-10) Y el Apóstol San Pablo no es menos explícito: Los que quieren enriquecerse caen en la tentación, en el lazo y en muchas codicias insensatas y perniciosas que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos. (1Tm 6, 9-10) La muerte de su esposo cuándo solamente contaba con 32 años, hizo cambiar su vida. Podemos decir que fue su “conversión”: ya era cristiana, pero todavía no se había encontrado con Jesucristo vivo y resucitado. A partir de este momento pasa de una fe recibida y asimilada solo en su exterior, a una fe viva y activa que nace del haber encontrado a Jesucristo vivo y resucitado, una fe que convierte, transforma y vivifica. Con razón podemos aplicarle aquello que San Pablo nos decía en la epístola: “lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo.” (Flp 3, 7-14) El primer interrogante que nos presenta Santa Paula a cada uno de nosotros es éste: ¿He encontrado ya a Jesucristo? ¿Puede decir con ella y con san Pablo que Cristo es mi ganancia? ¿Todo lo estimo basura ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús? Si somos sinceros delante de Dios y con nosotros mismos, tendremos que reconocer cuanto apego al dinero, a cargos, a personas, a que nos consideren, a mundanidades… La tentación permanente en la vida del cristiano -de todos los cristianos-: sacerdotes, religiosos, laicos: es la comodidad en la vida

espiritual. Acomodarse al mundo y a sus criterios disfrazándolo todo de una falsa virtud de la prudencia y la mesura. No podemos decir que este cambio en Santa Paula fuese radical de la noche a la mañana. Nadie se hace santo de un día para otro. Dios tiene sus tiempos y sus caminos y a nosotros como peregrinos nos toca ir haciendo camino pacientemente por las sendas que él nos va trazando. Ella se encontró con varias personas que le ayudaron en este proceso de conversión: Santa Marcela y otras santas mujeres y vírgenes de la ciudad de Roma que querían llevar una vida más perfecta conforme al Evangelio, en su misma casa hospedó a San Epifanio, obispo de Salamina, a quién acompañaba Paulino, obispo de Antioquía, con un monje, famoso ya por sus virtudes, San Jerónimo… ¡Encuentros misteriosos! ¡Designios providente! ¡Dios va haciendo sus planes! Del trato frecuente con San Jerónimo que les explicaba las Escrituras, Santa Paula fue comprendiendo que Dios le pedía más entrega, más generosidad. Y es que Dios no se conforma con corazones a medias, con medias entregas, con un poco pero no tanto. Dios lo quiere todo, porque él nos lo ha dado y nos lo da todo, a lo que más amaba: a su Hijo, muerto en la cruz para salvarnos. Paula conocía la Sagrada Escritura, la leía y meditaba asiduamente. A ella se le puede aplicar las palabras del profeta Jeremías: "Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón" (Jr 15,16). Un nuevo interrogante nos presenta la contemplación de nuestra santa: ¿Qué lugar ocupa en mi vida la palabra de Dios? ¿Leo con atención, con espíritu de fe, la Sagrada Escritura? ¿Busco como “ciervo que a las fuentes de agua fresca va veloz” la voz del Verbo que me dice “Ven y sígueme”? Sin duda, si la palabra de Dios está presente en nuestra vida, no seremos cristianos mediocres porque ella nos instruye, nos interpela, nos denuncia, nos anima… Es hermoso el elogio fúnebre que san Jerónimo escribe en honor de nuestra Santa: narrando su vida pone continuamente en su boca citas de la Sagrada Escritura que la ayudaban a vivir constantemente en Dios. Es más que un recurso

retórico de un buen escritor; es la expresión de aquella que ha hecho de la Palabra, su vida. Santa Paula abandonó el lecho de plumas, los vestidos de seda y las joyas deslumbrantes, vistiendo una túnica de lana y cilicios. Su actividad ahora era dar de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, visitar al encarcelado, dar posada al peregrino. Cumplió aquello del Evangelio: Lo que hicisteis a uno de estos, mis humildes, hermanos, a mí me lo hicisteis. (Mt 25, 40) Durante cinco años, Santa Paula vivió en su casa de Roma haciendo de ella un templo dedicado a la oración y a la caridad y a ella se sumaron otras buenas mujeres que tenían la misma inquietud: vivir el Evangelio. Ante tal cambio, no faltaron las críticas de sus mismos familiares y de la gente importante de Roma: ¡Está loca! –decían algunos. Incluso fue calumniada gravemente por su relación con Jerónimo. Y es que el cristiano está destinado a no ser comprendido por el mundo. ¿Qué es lo que nos dijo el Maestro? ¡Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros! (Jn 15, 20) Malo si todos nos aplauden, malo si a todos le caemos bien, malo si son los mismos enemigos de Jesucristo y los de la Iglesia los primeros en hacernos propaganda y auparnos… Eso delata que nuestra vida de fe está enferma, débil, lánguida. Queridas Madres: No se preocupen ni si inquieten, cuando les lleguen por la puerta voces –incluso disfrazadas de corderosdiciéndoles que su vida es demasiado radical, que Dios no pide tanto, que eso era antes, pero que ahora ya no… o cosas por el estilo. Tengan por seguro que Dios siempre pide más. Y si hay que reformar, no olviden que la reforma en la Iglesia no es “rebaja”, sino que siempre ha sido para mayor exigencia, para mayor santidad, para vivir mejor el Evangelio. ¡Esto es lo que enseñan los santos fundadores y reformadores!

En ese camino de santidad que Dios había trazado para Santa Paula comienza una etapa que marcará los últimos veinte años de su vida hasta que un día como hoy, 26 de enero, del año 404, entregue su alma a Dios cargada de méritos y buenas obras. San Jerónimo decide abandonar Roma e irse a Belén, la ciudad de David. Unos meses más tarde, le seguirá Santa Paula junto con su hija Eustoquio y otras santas mujeres. Santa Paula comienza así la peregrinación que su mismo nombre encerraba. Paula significa “pequeña, menuda”. Abandona Roma, la gran urbe, sus lujos y faustos, sus grandes edificios y sus mausoleos, por Belén la pequeña ciudad de Judá que fue testigo del nacimiento del Hijo de Dios, del anonadamiento del Dios que se hace criatura, pequeño, indefenso. Parece que ha oído como dichas para ella, las palabras de Jesús: “Si no os convertís y hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Siente los mismos deseos del Precursor: “que yo mengue, para que él crezca” (Jn 3, 30). Aquella que lo tenía todo se despojó de ello, y cambió su palacio por una cueva de barro. Paula quiere hacerse pequeña a los ojos del mundo, desaparece del espectáculo de la gran ciudad y su farándula, se retira a una vida de soledad, de estudio, de trabajo, de penitencia, de pobreza y de oración. ¡Palabras que ni en aquel momento ni ahora están de moda! Quiere vivir su vida escondida en Dios y sólo para él. Así ha de ser también nuestra vida, y en especial, la vida de la monja jerónima: una vida escondida a los ojos del mundo pero presente

siempre delante de Dios; una vida que a los ojos de los hombres es aburrida y monótona, pero que nosotros sabemos que nos une a la alegría del cielo con los ángeles y los santos; una vida que se considera insípida y sin diversión, pero para nosotros es vida eterna, es gozar aquí en la tierra de un pedazo del cielo; una vida encerrada que no posibilita el conocimiento del mundo ni la libertad de hacer lo que queramos, pero que nosotros sabemos que nos abre al mundo siempre nuevo de Dios donde somos verdaderamente libres porque solo hay lugar para el amor. Santa Paula -grande por su linaje, más grande por su fe- fue llorada por todos: obispos, sacerdotes y fieles; como se llora a una madre: su atención por todos, su preocupación, sus oraciones, sus buenos consejos, sus ejemplos, su penitencias. Todos se veían beneficiados por su vida. El ejemplo de Santa Paula, es una invitación para cada una de ustedes, queridas madres, a hacer de su virginidad una maternidad fecunda: vírgenes y esposas de Cristo, pero madres de muchos hermanos a los que han de ayudar con su propia entrega. Damos gracias al Señor porque las ha hecho capaces de corresponder a la gracia de su llamada. El ejemplo de santa Paula, es para cada uno de nosotros una invitación a vivir con mayor sinceridad y radicalidad nuestra fe: el santo Evangelio. Que ella interceda por nosotros. Amén.