Novela

-PABLO BAAL Y LOS HOMBRES INVISIBLES-

Por: Fabio Martínez

Programa Editorial de la Universidad del Valle, Cali, 2003

A Ivonne de Greiff, mi ángel guardián. A Gilles Thérien.

«De las cosas invisibles los dioses siempre tienen la certeza. Los humanos solo tenemos algunas conjeturas». Alcmeón de Crotona.

Todo comenzó el día en que me mandaron a buscar la sustancia misteriosa que le da vida a la forma. La necesitamos con urgencia, me dijeron los hombres invisibles por una máquina respondedora que tenían conectada a su línea telefónica; debes viajar cuanto antes, apenas llegues comunícate en este número con el doctor Marot, él te ayudará. La flor más exquisita de la humanidad se encuentra en otra parte; dijeron. Y una ventanilla automática me entregó visa, pasaporte, pasajes para mi mujer y mi hijo, y un poco de dinero. Como no tenía trabajo me embarqué en esta empresa que cambió profundamente mi vida. Antes, trabajaba en el laboratorio de Biología del Hospital Universitario y todo el día me la pasaba encerrado en una urna de cristal observando a través de un computador toda clase de sustancias orgánicas. Un día, al analizar la sangre en un grupo de los pacientes descubrí que estaba infectada. Presenté entonces el informe al director del laboratorio y enseguida no se hizo esperar mi expulsión fulminante, y por consiguiente un escándalo en la ciudad y el país, que así como me trajo algunas satisfacciones, me dejó no pocas decepciones. Mientras las directivas del hospital me acusaban de seudo-médico y me enviaban a casa anónimos de muerte, la gente me mandaba ramos de flores y en los periódicos aparecían grandes titulares que hoy, después de que han pasado varios años, no sé si me hacen llorar o sonrojar. «El doctor Baal, salvador de la humanidad». «Baal, calumniador y ladrón». «Baal metió los ojos en la caja negra». «Baal descubrió la quimera de mierda».

Quizás, por esta fama no merecida fue que los hombres invisibles un buen día me llamaron y yo acepté de buena gana porque sino iba a terminar en el cementerio, en la cárcel o en el hospital siquiátrico. Llegué a Montreal. Luego de instalarme con mi familia en un apartamento de un viejo edificio ubicado en el Plateau Mont Royal llamé por teléfono a Marot. Como si toda la vida me hubiera estado esperando, Marot me dio la bienvenida y me puso una cita para el día siguiente en el Instituto Nacional de Ciencias el INC-, donde trabajaba como investigador. Lleve un mapa del Instituto -me aconsejó- porque este edificio parece un laberinto; hace cien años fue diseñado por el matemático Ch. S. Peirce. Al día siguiente desayuné con mi mujer y con mi hijo. Luego distribuimos las tareas domésticas, me despedí y cuando tomé el bus que me llevaría al Instituto, me choqué con un hombre que también quería subir. Cuando por fín entregué el tiquete al chofer y me senté me dí cuenta de que el hombre era ciego. A partir de aquel momento yo tomaría todos los días este bus y me encontraría con el ciego. Era una ciudad blanca cubierta por una bruma espesa que empañaba los parabrisas de los autos y los lentes de los transeúntes. El bus me dejó al frente del edificio. Apenas pisé el umbral de una de sus mil puertas se alzó ante mí una estructura triangular hecha en metal y concreto que empotrada en un cascarón de una iglesia gótica, se levantaba en forma de espiral hasta llegar al cielo. En el muro interior, una placa con letras doradas y en relieve, decía:

INSTITUTO NACIONAL DE CIENCIAS - INC -1886-

Con el mapa en la mano busqué la oficina de Marot, pero a medida que abría y cerraba puertas, que tomaba la máquina ascensora y recorría largos pasillos solitarios parecía que mi objetivo se hacía cada vez más lejano. En un momento sentí ansiedad y quise regresar y tomar el bus pero como la puerta por donde había entrado la había perdido y todas se parecían decidí seguir buscando. Fue en aquel instante cuando apareció una jovencita de cabeza rapada que presentándose como discípula del maestro Marot -y subrayó la palabra maestro- me dijo que durante el primer mes y mientras conociera el camino, ella sería mi guía, mi lazarillo. Peirce siempre tuvo la intención de crear un triángulo, nunca un laberinto, dijo; subiendo por la espiral llegamos hasta la puerta de Marot. Era igual a todas: gris, fría y estaba herméticamente cerrada. Cuando se abrió pude ver la figura de un hombre de unos sesenta años con una media luna que bordeaba su cabeza, unos ojillos vivaces que saltaban cada vez que algo le impresionaba y una perilla gris que terminaba en punta, al estilo de los misioneros del Renacimiento. Bueno, Baal -me dijo- encantado de que esté con nosotros; cuénteme, ¿qué lo trae por aquí? Apenas le dije que venía con el propósito de buscar la sustancia misteriosa -como le llamaban los hombres invisibles que me habían contratado-, Marot sonrió y

me dijo que había llegado al lugar indicado pero que tuviera paciencia pues me esperaban duros meses, quizás años de intenso trabajo y sacrificio porque el affaire era complejo y arriesgado. Usted, Baal, quiere encontrar el objeto que le de forma a la cosa, pero usted también sabe que el objeto del mundo está ausente. No se puede aprehender así de la noche a la mañana. Así que hay que estudiar mucho, quebrarse la cabeza, ir a la biblioteca y al laboratorio hasta hacer emerger el objeto de la nada. El esfuerzo del hombre (incluya por favor a las féminas, porque sino mi mujer que pertenece a la W.W.W. me va a denunciar) siempre ha sido tratar de alcanzarlo, pero ¡ha difícil que sí ha sido esto! Maestro, pregunté, pero él me prohibió que lo llamara de esa manera, y dijo que de ahora en adelante y para economía del lenguaje y equilibrio del ego-sistema lo llamara simplemente Marot. Enseguida mi discípula le mostrará la sala de conferencias, el laboratorio de Ciencias Naturales, el laboratorio de Biología Humana, las salas de disección, la biblioteca, que es una de las más completas del mundo -¡cuatro millones de volúmenes!- y se le iluminaron los ojos, la sala de Internet, la morgue, los cubiles de estudio, los comedores y salas de recreación. Desde ya debe ir tomando nota para que pueda presentar ante las personas que lo han contratado el informe final y dejar aquí una copia para la biblioteca. Sé que ahora usted se siente un poco perdido pero con el apoyo mío y el tiempo que es memoria, se sentirá como uno de los siete sabios de Tebas, que según las últimas investigaciones no eran siete sino ocho.

Maest…¿qué es la W.W.W.? Es una organización con sede en Washington; traduce «Red de Mujeres del Mundo». Y dándome media docena de libros para que los leyera, se despidió, y se encerró en su cubil. Volví al apartamento. En el trayecto mientras trataba de descifrar los rostros invidentes de la gente, pensé en las palabras de Marot, y aunque no eran para mí del todo legibles y transparentes, dejaban entrever el sonido lejano de algo profundo y complejo. Usted sabe, Baal, el objeto del mundo está ausente. Observé la cubierta de los libros que tenía sobre las rodillas, y alcancé a leer: La metamorfosis de Lucio Apuleyo, Ensayo filosófico sobre el alma de las bestias de Bouillier, y El espejo de la muerte del Conde Loboguerrero de Calitraba. En el apartamento, Lina había dispuesto del espacio hasta volverlo habitable. Había organizado nuestra habitación junto con mi estudio, pues sabía que yo, de cierta edad para acá, había decidido convertir nuestra cama en estudio, quiero decir que ante la pereza de encorvarme sobre una mesa prefería llenar la cama de libros y papeles, y ahí me la pasaba la mayor parte del tiempo; había organizado la habitación de Simbad, nuestro hijo, con su televisor portátil que lo llevaba a todas partes como si fuera su alma, su colección de jurásicos y su plastilina multicolor y maleable; para sus esculturas, Lina había destinado la cocina. El apartamento hacía parte de un viejo edificio de siete pisos donde nunca se veía un alma. Debido a que las paredes y el piso eran de madera, en las noches se escuchaba el ruido de alguien que caminaba con sus pesadas botas, el afán de una

pareja haciendo el amor o la llave abierta llenando una tina de baño. Cuando Lina oía los estertores finales de la pareja se contagiaba y sacándome de un sueño profundo literalmente me violaba. Mientras vivimos en este apartamento, mi mujer y yo tuvimos la sensación de estar viviendo en un piso falso. Lina sirvió la cena. Después que comimos, ordenó que bajara hasta el sótano y lavara una bolsa de ropa negra. Es lo único que vas a hacer en el apartamento; el resto del tiempo lo puedes dedicar a amarme y a tu trabajo. Cogí la bolsa, descendí cinco metros debajo de la tierra y allí encontré siete máquinas blancas y un montón de ropa sin dueño que olía peor que la nuestra. Al día siguiente tomé el bus y me dirigí al Instituto. Esta vez no me crucé con el ciego. Como el día anterior, la joven de cabeza rapada me condujo hasta la oficina de Marot. Cuando la puerta se abrió, el hombre que estaba sentado detrás de un escritorio revuelto de papeles se paró a saludarme y empezó lo que él llamó con cierta ironía, la lección inaugural. El ser humano, en su lucha por tener conciencia de sí mismo, siempre ha estado en la actitud de conocer y apropiarse de lo que ayer llamamos de paso, el objeto del mundo; este objeto, que en apariencia sería fácil de poseer pues siempre lo pensamos en su dimensión física y tangible, se encuentra curiosamente en otra parte. Esta situación que entre otras cosas ha generado una dosis de angustia existencial entre los hombres, es lo que muchos científicos llaman la aprehensión imposible de lo enorme. Estamos, pues, condenados a buscar lo que no se encuentra a la simple vista de nuestros

sentidos. El hombre (y cuando hablo de hombre incluyo a las mujeres, a las flores y a los animales), en su afán por satisfacer su deseo de completarse, está condenado a errar y a buscar en el vacío. ¿Cuál es la naturaleza del objeto del mundo? ¿Cuáles son sus características? Y en este sentido, ¿de qué habla este objeto tan preciado pero asimismo tan esquivo, como ciertas damas? Sobre esto ha habido muchas confusiones que la ciencia y nosostros mismos, en nuestro afán por dar una respuesta satisfactoria, hemos provocado, pero en la mayoría de casos fracasamos. La primera confusión es creer que el objeto es la realidad in crudo. En esta confusión no sólo han caído los científicos, sino también los historiadores, los detectives y los escritores. Esta maldita trampa de pensar que la obra de arte es la realidad, de creer que es el espejo de la realidad nos ha llevado a confundir la ficción con la realidad, y esto ha traído consecuencias funestas para la humanidad. Creo que los únicos autores que se salvaron de caer en la trampa fueron Coleridge, Chesterton y Borges. Este último quien se volvió ciego. Baal, pienso que usted comprende muy bien esto, y no va a ser tan estúpido en volver a repetir los mismos errores. La segunda trampa es confundir el objeto con el signo que lo nombra. Al parecer, este ha sido un error inocente de la humanidad, y se ha pagado muy caro. ¿A quién se le ocurre creer que el nombre siempre designa la cosa? El signo -para que nos vamos entendiendo- es lo que está en el lugar de otra cosa. Piense en el pobre Prometeo con ese nombre tan comprometedor y mire en lo que quedó. El mundo

occidental comienza con el grito rebelde de éste y si hoy se debate en un caos total es debido a que ese grito ha sido mal interpretado. Piense en el nombre de Hamlet, príncipe de Dinamarca; en Felipe El Hermoso y en Juana La loca; ni el primero era tan hermoso ni la segunda tan loca. Quizá los mejores nombres que corresponden con el objeto son El Quijote, quien murió de lucidez en la región de La Mancha, y Sancho Panza, que lo mató el hideputa de Bellido Delfos, en los muros de Zamora. Si usted me pregunta por la naturaleza del objeto que busca yo diría que es opaco e invisible, como la gente que vive en esta ciudad. El reto es tratar de sacarlo de su invisibilidad, de su opacidad, para hacerlo tangible y así llenar este vacío angustiante a que estamos sometidos. Ante la insaciable voracidad del mundo -Marot acarició con la mano derecha su barba angulosa-, el hombre y todas las especies orgánicas siempre estarán en una continua búsqueda por sacar a la luz el objeto de la nada. El hombre es intuitos derivatus, no intuitos originarius; es decir, no es Dios, de allí que esté condenado a buscar y a conocer. Marot dio así por terminada su lección inaugural y recordó que empezara a escribir el informe pues me esperaban días de duro trabajo y era mejor avanzar cuanto antes. Sobre esto, dijo refiriéndose a la escritura, ya tendremos oportunidad de hablar más adelante, pues hoy en día también existe una gran incomprensión al respecto. La escritura es el hombre y no el software, como lo pregonan ciertos Institutos espúreos.

Regresé a casa más preocupado que antes. Lina estaba en la cocina haciendo una escultura en barro. Cuando luchaba por sacar el objeto de la masa, mi mujer ponía ojos de catoblepas que es un animal legendario destinado a fascinar por su mirada. Simbad, por su lado, había sacado a la sala su colección de jurásicos donde se apreciaba un broncosaurio, un tiranosaurio y una pareja de velociraptores. Comí en silencio. Después de cruzar dos palabras sobre economía doméstica con Lina, bajé al sótano y me volví a encontrar con la bolsa de ropa sucia del día anterior. Mientras las máquinas blancas farfullaban sin parar, pensé: ¿Por qué los hombres invisibles escogieron a un hombre como yo para esta empresa? Parece -como dice Marot- que el trabajo será duro, y ya tenemos problemas con el objeto: en vez de acercarnos a él da la impresión de alejarnos aún más. ¿Qué fines se proponen los hombres invisibles? ¿Son metas nobles o perversas como ha sucedido con la mayoría de los experimentos científicos de los últimos tiempos, donde los hombres de ciencia no son más que ratones de laboratorio que sirven para legitimar los actos ominosos de la humanidad? Recordé El Medio Oriente, Yugoslavia y Colombia, países saqueadas por la mano de la bestia triunfante, y me dieron ganas de vomitar. ¿Qué relación tenía Marot con los hombres invisibles? ¿Sería que él era otro hamster de laboratorio y era utilizado por éstos a cambio de unos cuantos dólares, como yo? Cuando pasó por mi cabeza la imagen de los dólares (que siempre han sido un sólo dolor para la

humanidad), recordé que ellos habían quedado de consignarme un cheque a mi cuenta bancaria y según Lina aún no había llegado. Decidí subir a la superficie de la tierra, me metí en la cama y me puse a trabajar. Al día siguiente, Marot me recibió con una sonrisa. ¿Cómo va?, me dijo, ¿ya le va cogiendo el tiro al trabajo? Sí, respondí, pero no me gusta el tiempo. ¿Cómo así? Si antes, desde la ventanilla del autobus alcanzaba a percibir las siluetas de las personas, ahora sencillamente no veía nada. La ciudad era una burbuja brumosa como el objeto que yo buscaba, donde las personas, los árboles y los paraderos de buses eran imperceptibles; y yo, alma ingenua, como me llamó Marot durante la sesión, le achacaba este fenómeno al tiempo. Usted, Baal, ¿cree que es el tiempo? Vaya por favor revisando su versión al respecto porque si no va a tener problemas con el informe y con la vida. A estas alturas del partido uno no puede confundir los problemas ontológicos con el tiempo. Si bien es cierto que éste influye en los comportamientos humanos, el tiempo ante todo es imagen pura y el mundo es nudo del tiempo. A mí no me preocupa tanto el espacio como el tiempo. El espacio siempre está ahí, el tiempo es variable. En una de mis tantas conferencias en el extranjero, conocí a un hombre que al interesarse más por el espacio que por el tiempo había hecho construír una casa de mármol tan grande que parecía un cenotafio; como vivía cerca de la línea del Ecuador, para este hombre no existía el tiempo, existía el espacio que ocupaba su mausoleo, su auto, su jardín, su celular, su ropero,

su cuerpo, su mujer -que era gorda y amarilla- y su pereza. En una página de Coleridge hay un niño que sueña entrando al paraíso; ahí le regalan una flor amarilla; al día siguiente, cuando despierta, descubre la flor en la mesa de noche. Bueno, pero hoy no es el día para hablar de literatura; hoy hace un tiempo ideal para suicidarse y tenemos que seguir desarrollando la idea vaga de la opacidad del objeto. Como decíamos el otro día, hay que sacar el objeto de la nada y ésta es la gran dificultad. Atravesar el camino que va entre lo invisible y lo visible, entre el mundo opaco y el mundo transparente. Desde Copérnico se supone que vivimos en un mundo de luz, el color emana de la luz; sin embargo, hay hombres que persisten en vivir entre tinieblas. Sólo así, volviendo visible lo invisible podemos dar el salto a lo sublime, hacia lo eterno, que según Aristóteles es también el gran vacío. Para lograrlo hay que remontarse al origen; para conocer a un ser humano o una cosa es necesario indagar en el origen, así éste sea traumático y conflictivo como fue el principio del mundo y es el principio de todas las cosas. Aunque un filósofo pesimista que tuvo mucho dinero dijo alguna vez que no había origen, que lo que existía era voluntad y representación de la especie. Yo, particularmente, creo en el origen porque soy creyente. Y para ir al origen hay que acudir a la memoria que es la fuerza interior que tenemos por excelencia. No me estoy refiriendo a la mnemotécnica que ejercitan los animadores de televisión con los pobres concursantes -y subrayó pobres -, y ciertas escuelas pedagógicas en Norteamérica con sus

estudiantes. Me refiero a la memoria como la capacidad de reinventar el mundo. Cuando algo es profundo se dice que se está en el terreno de la memoria. Por esto es tan difícil construírla. La memoria es nuestra casa interior, si no se ejercita se debilita. Hay que ver cómo la memoria trabaja cuando uno se consagra a ella. Pero la memoria sin imaginación no existe. Y con esta frase terminó la lección inaugural. A los quince días, Lina, Simbad y yo caimos enfermos como si la peste hubiera llegado a casa. La primera víctima fue Simbad. Eran las nueve de la noche cuando desde la cama oí el llanto del niño; me levanté y cuando abrí el baño vi a Simbad vomitando. Botaba por la boca una baba blanca que le producía naúseas y sus ojos estaban rojos de fiebre. Lina y yo nos miramos y lo primero que se nos ocurrió fue meterlo en la tina para que el agua le bajara la temperatura, luego lo llevamos a la cama y lo arropamos con una manta. En medio de un sueño delirante, Simbad se quejó de que le dolían la cabeza y los huesos. Al día siguiente, el turno fue para Lina. A eso de las seis de la mañana se paró y no regresó; cuando deperté y fuí a buscarla la encontré encorvada expulsando la misma baba blanca. Esto no es gripa, me dije; esto parece una aftosa. Entonces hice la misma operación de antes: la bañé y luego de dejarla abrigada en la cama llamé a Marot por teléfono pero sólo escuché una máquina que me pedía el favor que no molestara al maestro. Llamé al hospital y cuando me dijeron que la consulta valía trescientos dólares recordé que sólo me quedaban en el bolsillo cincuenta

dólares del primer y único cheque que me habían pagado los hombres invisibles. Aquel día me quedé en casa atendiendo a los enfermos entre baños de tina, paños de agua tibia y agua de azúcar. Hasta que caí al tercer día. Como pude llegué hasta el teléfono y volví a insistir con Marot pero siempre una máquina me decía que el maestro estaba muy ocupado y me pedía el favor de que no molestara. Llamé al banco a ver si había un cheque de mis patronos pero allí nadie los conocía; entonces se me ocurrió la idea loca de pedir crédito en el hospital; crédito que por supuesto me fue negado, pues quién ha dicho que un hospital, una funeraria, o una morgue -hermosas antesalas del cementeriotienen en cuenta este tipo de renglones para con sus clientes. Así que no nos quedó otra alternativa que acudir a la medicina natural, hasta que a los siete días Simbad, que fue la primera víctima, empezó a recuperarse y nos ayudó a salir de la crisis a Lina y a mí. Ahora todo había cambiado. Una mañana, los tres nos miramos y entre las secuelas que dejaba la enfermedad descubrimos que habíamos enflaquecido tanto que podíamos pasar por invisibles. Como mis patronos. Y así fue. Al día siguiente, cuando fuí a tomar el bus que me lleva al Instituto, el chofer no me vió cuando traspasé sin problemas las latas del auto y me ahorré el primer tiquete. El ciego que siempre subía y se tropezaba conmigo tampoco me vió. Lina había ido al mercado a comprar alimentos y la cajera no la vio cuando llenó un carro de carnes, frutas y legumbres, y salió sin

pagar. Simbad, que por esos días frecuentaba la Torre de Babel, se burlaba de sus maestros, que podían identificarlo por su voz, pero jamás podían castigarlo por su cualidad de ser un niño invisible. Llegué a la puerta del Instituto. La discípula de Marot me estaba esperando, pero no me vió y le tuve que ayudar diciéndole que se guiara con mi voz, que es lo más cercano al alma. Es la última vez que lo acompaño, dijo, y era tanta mi consunción, mi grado de invisibilidad, que subimos corriendo por la espiral hasta que llegamos a la oficina de Marot. Allí, éste me recibió como siempre, y me dijo: Baal, qué le pasó, que no lo veo. ¿Se volvió invisible? Escuché todos los mensajes que me dejó en la caja negra pero no podía hacer nada. Estaba doce horas en el laboratorio y las otras doce en conferencia con el Consejo de Ciencias del Instituto. Pensé que había desertado. Cuénteme, Baal, qué le sucedió. Nos cayó una peste a mi mujer, a mí y a mi hijo que por nada nos manda al cementerio. Si a eso se le llama deserción créame que no lo hice con mala intención. Y ¿qué hizo?, ¿los llevó al hospital? No, con qué dinero si desde que llegué no recibo un centavo de la gente que me contrató. ¿Cómo así? ¿No ha recibido nada? Nada, Marot. Mientras se tocaba la barbilla, el maestro pensó en voz alta: el dinero es una ilusión práctica pero necesaria. Un hombre sin dinero es como la imagen de la muerte. Andar sin plata es ilegal. Los alquimistas siempre lo relacionaron con la bosta. Creo que estaban equivocados. Yo, personalmente, detesto la gente pobre porque sus únicas riquezas son la envidia y el resentimiento. La pobreza es enemiga de la

ciencia y el amor. Un matrimonio pobre siempre termina a mano limpia y en el mejor de los casos, en un hospital o en la corte. Tenga pues mucho cuidado con sus honorarios, Baal, sobre todo en estos tiempos neo-liberales, donde la economía ha reemplazado a Dios. Yo no sabía quién le pagaba a él por la asesoría que me prestaba, si era el Instituto o los hombres invisibles, y ya iba a preguntar, cuando cogiéndome del brazo invisible me invitó a que visitáramos el laboratorio y habláramos de enfermedades que según él era uno de sus temas preferidos. Para que haya salud en el mundo tiene que existir la enfermedad. No sé por qué los seres humanos nunca han admitido esto. La armonía total no existe. Aquella máxima que dice en cuerpo sano mente sana es una mentira. Las cosas nunca se producen por reflejo. El organismo del ser humano es un cuerpo vivo gracias a esa tríada donde están en juego la carne, el espíritu y la enfermedad. La vida se mantiene y se desarrolla gracias a este equilibrio triangular. ¿Usted me dice que su familia cayó enferma atacada por la peste? Déle gracias al cosmos pues habría que desconfiar de una familia sana que nunca ha sido atacada por la peste. Desconfía del hombre que te diga que es sano pues detrás de sus palabras puede estar engendrándose el virus de una enfermedad. ¿Por qué asumir esa actitud masoquista de conmiseración cuando caemos enfermos? ¿Por qué auto-flagelarnos? Creo que la ciencia lo es en la medida en que acepta la enfermedad. Si no, cerremos este Instituto y declarémonos marcianos.

Cuando Marot se volteó y me miró, se dio cuenta de que yo estaba a su lado pero que debido a la enfermedad me había vuelto un ser volátil, intangible, y esto último en vez de deprimirlo lo entusiasmó. La enfermedad te transforma. Con ella haces el trayecto contrario de los hombres. De un estado visible pasas a un estado invisible. El único peligro que existe es que la invisibilidad nos lleve hasta el extremo de la desaparición, de la muerte. Baal, creo sinceramente que está aprendiendo muy rápido la lección, y podría llegar a hacer un excelente informe. Llegamos al laboratorio, Marot señalaba como un niño los tubos de ensayo, las cubetas y probetas; al verlo, recordé el tiempo cuando trabajé en el laboratorio de biología del Hospital Universitario y le conté la experiencia amarga que tuve con la sangre contaminada. Eso no es nada, me dijo, en este laboratorio hace cinco años hubo un escándalo parecido cuando descubrí que la sangre que le habían inyectado a veinticinco pacientes estaba revuelta con caca. Usted sabe muy bien Baal, la sangre y la mierda deben ir siempre separadas; la sangre se puede mezclar con el agua, con el alcohol o con la insulina, pero no con la deyección. Apenas se juntan se produce lo peor que puede sucederle al ser humano. ¿Ya revisó usted las últimas estadísticas del sida? Parece que al hombre moderno de nuestros días le gusta jugar con el fuego, como a Prometeo. O con la mierda, colegí, y Marot se sonrió. ¿A usted le enviaban anónimos a casa? Bueno, a mí casi me matan, y por eso fue que tuve que refugiarme un tiempo en Francia. Mis colegas del Instituto, que son pobres de espíritu, se pusieron muy contentos al

quedar mi vacante en vilo. Después tuvieron que tragarse sus palabras, pues el antiguo director del Instituto y el ministro de salud de la época cayeron al poco tiempo por tráfico ilegal de glóbulos rojos y así yo pude regresar al país y ocupar mi antigua posición. Por eso me odian. Marot me estrechó la mano cuidando de que no se fuera a desvanecer y me dijo que perdonara a su vez el odio que él les tenía. No sólo el amor es garantía de vida; también lo es el odio. Por eso ellos esperan de un día para otro mi jubilación o mi muerte que, en defintiva, es la misma cosa. ¿Usted sabía que aquí la gente espera la jubilación hasta los sesenta y cinco años, y cuando la reciben les tienen que meter el cheque en el cajón? Mañana me recuerda que tenemos que seguir con el tema de la memoria y su relación con la imaginación. Y se despidió. En casa Lina tenía lista una comida opípara para celebrar nuestro novedoso estado de seres invisibles que nos había traído, en medio de la economía de guerra a que nos tenían sometidos los hombres invisibles, más de una satisfacción. Mientras comíamos a la luz de unas velas que había cogido de un almacén sin que la vieran, y Simbad veía en la televisión el anuncio de las guerras que continuarían en el planeta en los próximos cinco años, Lina me contó que después del supermercado había ido a la tienda de artes y había cogido la arcilla que necesitaba para hacer la serie que estaba concibiendo desde que llegamos. ¿Cómo se llamará? «Esculturas de ciegos». ¿Por qué? Por que tú, yo, Simbad, Marot, todo el mundo está ciego.

Lina hablaba así, con una fuerte dosis de lucidez angustiante porque la pobreza a la que nos tenían sometidos los hombres invisibles y la enfermedad, que siempre llegan juntas, nos habían dejado en el vacío. ¿Cuál era el karma que estábamos pagando en vida? ¿Cuál era el delito que habíamos cometido para tener que pasar por toda esta ordalía? El vino estaba por acabarse; Lina, contenta del festejo, fue al estante, destapó una segunda botella y empezó a acariciar mi cuerpo invisible; yo, excitado por sus caricias, repasaba el suyo también invisible. ¿Hacemos el amor? Me susurró al oído. Sí, pero en el piso de arriba están calmados. No importa, Baal; ya verás que cuando empecemos a ellos les darán ganas. ¿Qué hacemos con Simbad? Mándalo a comprar una chocolatina. Y cuando Simbad salió a la tienda, Lina y yo hicimos el amor como un par de perros callejeros. Al día siguiente, antes de ir donde Marot, pasé por el banco y los hombres invisibles me habían consignado un cheque, y en la caja negra del Instituto había llegado un fax que decía: «Esperamos que haya avanzado en el informe. Si lo termina antes de lo previsto haremos mérito a su hoja de vida. Firmado, HI». Le mostré el fax a Marot y le pregunté qué quería decir eso de «haremos méritos a su hoja de vida».

La sigla HI era fácil de reconocer. Marot sonrió y abrazándome por los hombros, comentó: Antes de que nos pongamos en una posición heurística frente a un simple fax, llame por favor a su esposa y cuéntele que les llegó el dinero. Ella se pondrá contenta. Llamé, y en vez de ponerse feliz me dejó preocupado. Qué lástima, me dijo Lina por la máquina telefónica, con ese dinero ya no podremos ser invisibles. Entonces Marot volvió a sonreír con esa ironía sutil que había adquirido desde que era estudiante en el seminario, y añadió: uno nunca sabe lo que esos hombres quieren decir. Su semántica es tan oscura que «haremos méritos a su hoja de vida» puede decir una de dos cosas: o bien que lo van a ascender de posición y al ascenderlo su salario subirá con creces, cuestión que encuentro loable, o bien que ya no necesitan su informe y están en todo el derecho de hacer «méritos a su vida». ¿Y qué significa eso? Ay, Baal, no se haga el pendejo; a estas alturas de la vida uno no puede seguir jugando al idiota, como nuestro querido amigo Fedor Dostoiewski. Y empezó a hablar de la memoria y la imaginación. Como decíamos, lo más significativo en la vida de los seres humanos es construír una memoria. Pero, ah difícil que es esto. Si no se construye uno está muerto, uno es un exquisito cadáver ambulante. La memoria que se alimenta de la imaginación es un sustituto de la realidad, una manera de inventar la realidad. Los seres humanos nos comunicamos en el mundo gracias a que existe una memoria y una imaginación. Lo que uno comparte en la amistad (que ya no existe), en el amor (que tampoco existe), en los negocios y en los crímenes (que sí existen), es el

imaginario. Entonces, ¿Qué es la memoria? ¿Qué es la imaginación? ¿Cuál es su relación e importancia en nuestras vidas? Para responder a estas preguntas me voy a remitir a un pasaje de Cicerón, donde se cuenta que Escopas, hombre rico y noble, un día invitó al poeta Simonidas para que amenizara una comida. El bardo cantó una oda en su honor y de paso mencionó en el poema a Castor y Pollux, hijos de Leda pero de padres diferentes. Como se sabe, Castor nació de la unión con Tirandidas, y Pollux que pertenecía al reino de los inmortales, nació de la unión con Zeus, que para seducir a Leda se transformó en cisne. Escopas, movido por una baja avaricia, le dijo a Simonides que no le pagaría por sus versos más que la mitad del precio convenido y que podría ir a reclamarle el resto a los Tirándidas. Al poco rato de este incidente, dos jóvenes llamaron a Simonidas a la puerta y en el momento en que éste salió el salón donde departían Escopas y sus invitados se derrumbó matándolos en el acto. Como los padres de las víctimas no podían reconocer los cadáveres, llamaron al poeta Simonidas para que recordara el sitio exacto donde cada uno se había sentado y así poder identificarlos. De esta manera, Simonidas aprendió que el orden permite aclarar y guiar la memoria. El orden de las imágenes que el poeta percibió durante la comida se grabaron en su memoria y la enriquecieron. Algo más. Al evocar en el poema a los dioses, Simonidas no sólo recurre para nutrir su memoria a las imágenes externas sino a las internas que son más poderosas;

acude al llamado de los jóvenes que sólo existieron en su imaginación. De esta manera, los dioses le salvan la vida y se vengan de Escopas y sus amigos. La evocación a los dioses no ha sido en vano, pues ellos siempre responden al llamado. Cuando se convoca a los dioses ellos vienen. Cuando se convoca a Satanás él también está presto. Gracias a su memoria el poeta Simonidas fue el único que pudo revivir los muertos de entre los escombros. La imaginación pues, alimenta con su fuerza poderosa a la memoria. Pero, ¿de dónde viene ella? ¿Cuál es su origen? La imaginación, como la mujer, ha sido, desafortunadamente a lo largo de la historia mal tratada. En la época de Platón se decía que ella no correspondía a la realidad y se presentaba más bien como un problema, como un obstáculo de acceso de la verdad. En la Edad Media, el cristianismo la vetó porque era fuente inspiradora del pecado. En el siglo XIX fue considerada como la folle du logis, la loca de la casa, y debido a esto los románticos fueron condenados por locos, suicidas y alucinados. En el siglo XX las ciencias exactas desdeñaron la imaginación porque no era rigurosa, sin comprender que un concepto es una imagen, o mejor, un concepto se forma a partir de una imagen. El número 0 representa la imagen de vacío que caracteriza esta época. El 1 , la imagen de indivisibilidad, que caracterizó al Renacimiento. Es la imagen ideal de Dios, por eso decimos que El es único e indivisible. El número 2 representa la paridad binaria que caracterizó las religiones, la lingüística de Sausurre y la historia colonial de la América

española: cielo-infierno, alma- cuerpo, significantesignificado, cicilizado-salvaje, bueno-malo, ricopobre. El 3 es el número ideal, la vuelta a la pirámide, es la semiología de Ch. S. Peirce y el INC; son los aztecas, los mayas y los incas. Si los Estados Unidos, Japón y Alemania no vuelven a cometer una locura, será el número mágico que regirá este milenio. Baal, como podemos apreciar, el sistema numérico que constituye la base de la semántica matemática y de las ciencias hards es una memoria infinita llena de múltiples e iridiscentes imágenes. No existe pues, mi querido Baal, imagen sin conciencia; si se quiere, la imagen es conciencia. ¿Qué es la imaginación? Es una facultad autónoma que trabaja entre la siquis y el corazón. Por esto ha sido tan mal tratada entre los científicos y por eso mismo ha sido bienvenida entre los grandes descubridores de la humanidad y de los poetas. ¿Qué hubieran sido un Alejandro, un Copérnico, un Marco Polo o un Cristóbal Colón sin imaginación? ¿Qué hubieran sido un Homero, un Cervantes o un Shakespeare sin imaginación? ¿Qué hubiera sido el mundo sin estos hombres? El descubrimiento de América se hizo gracias al trabajo de la imaginación que permitió construír una memoria y una cultura. Por esto la imaginación es real, la realidad es sólo la vulgar llena de muchos equívocos. Baal, hemos llegado a un punto nodal que le servirá mucho para elaborar su informe. En esta época donde la proliferación de imágenes sorprenden por su poder de seducción y de

destrucción, y la realidad virtual avanza a pasos agigantados, hasta el punto de borrar del mapa al ser humano, es necesario que reflexionemos sobre esto antes de que desaparezcamos y el mundo sea cada vez más ajeno a nuestros deseos. ¿Se ha dado cuenta de los terribles estragos que está haciendo el Internet? La gente que vive en una misma ciudad ya ni siquiera se llama por teléfono sino que envía un correo electrónico, seguramente para no verse ni escucharse. Ya no se trata de conocer, como fue costumbre en el siglo de las luces; hoy parece que se trata de ver en el vacío. Y este es el paso siguiente que usted debe dar para que corone el informe. Su tarea ahora, Baal, consiste en soñar una imagen que sea interna, profunda, como la de Escopas, y así poder encontrar lo que pomposamente en el mundillo científico y detectivesco llamamos «la flor más exquisita de la humanidad». No importa que el sueño sea nocturno o el de la vigilia. Si es necesario que usted tenga que volver al origen o viajar al porvenir, hay que hacerlo. Usted sabe muy bien, Baal, que los trabajos con los hombres invisibles son de vida o muerte. Entre el punto que se cerró con la comisura de sus labios y la palabra muerte, se abrió un silencio incómodo entre Marot y yo que ninguno de los dos se atrevió a romper. ¿Dónde había escuchado la expresión la «flor más exquisita de la humanidad»? ¿Por qué Marot sin decirlo utilizaba la misma expresión de los HI ? ¿Sería que él era un agente secreto de la gente que me había contratado, y él a su vez era un agente de otro superior, y yo no era más que un agente inferior de otro más inferior, y así ad infinitum? Aunque suene un poco raro pero

parece que así es como hoy funciona el mundo y el INC., desde donde escribo este informe. Por ahora lea estos libros que le ilustrarán al respecto y en quince días pase por aquí porque tenemos que visitar el museo. ¿Cuándo es el «viaje»?, le pregunté sin saber muy bien si se trataba de un viaje, de un sueño o de una pesadilla. Cuando sueñe la imagen y la tenga ordenada en la cabeza. Usted sabe, Baal, las imágenes tienen mucho que ver con el corazón y éste aunque funciona sincrónicamente es por lo general, disperso. Por esto necesitamos la síntesis. La imagen es la síntesis del universo. ¿Puedo traer a mi hijo? A Simbad le encantan los animales. Puede traerlo, y si armoniza con algunas especies lo dejamos viviendo en el museo. Regresé a casa más preocupado que de costumbre, pero por lo menos ahora tenía una cosa clara en la cabeza, y esto último me tranquilizaba: la idea que el informe iba a avanzar apenas buscara la imagen y la tuviera entre mis manos. Aunque Marot me repitió una y mil veces que las imágenes no se buscan sino que se encuentran. Ellas llegan, me dijo; como el amor o la deshonra. Ahora que me había metido en un berenjenal sin límites, como decía Lina, mi interés era terminar el informe, entregarlo cuanto antes a los hombres invisibles, y desembarazarme de ellos. En esos quince días, con Lina, mi mujer y mi hijo Simbad vivimos sin mayores sobresaltos alimentados con el dinero del cheque y esa dosis corta de felicidad que nos regalaba el mundo. Lina se dedicó intensamente a terminar la serie «Esculturas de ciegos» , quizás porque de alguna manera yo la

contagiaba de un espíritu frenético e inestable que me provocaba el nuevo trabajo en el que por huír de la muerte, y no por otra cosa, me había embarcado. ¿O la misma época era frenética e inestable, y los dos (Simbad era un capítulo aparte) habíamos caído en su trampa? No sé. Lo cierto era que nunca antes había visto a Lina en una actitud tan vehemente frente a su arte. Simbad, por su parte, estaba sobrexcitado ante la posibilidad de visitar el museo y todos los días sacaba su colección de jurásicos y se la pasaba leyendo la National Geographic donde el homo sapiens ocupaba un capítulo importante. Yo, entre lel descenso al sótano donde siempre encontraba el montón de ropa humana y los suculentos manjares que Lina preparaba con sus manos de artista, estudiaba en la cama la nutrida biblioteca que Marot me había aconsejado y me dejaba vivir a ver si de pronto tocaba una imagen a las puertas de mi memoria y me visitaba. Una de esas noches, mientras pensábamos en la cama sobre las certezas del espacio y las incertidumbres del tiempo, sentimos que un polvillo fino como oro se desprendía del cielo raso y nos cubría. Apenas Lina vio cómo el polvillo nos envolvía como en una crisálida, se sonrió, y aquella noche terminamos amándonos debajo de la crisálida. Sólo fue unos segundos después, en aquel vacío que queda entre la cópula y el la vigilia, y que se parece a la muerte, que vino hacia mí la imagen de dos niños que estaban contemplando desde la colina de San Antonio de la ciudad de Cali, el Valle del Cauca. Los

dos niños éramos Pedro y Pablo Baal. En medio de la llanura se desprendía un camino por donde iba mi hermano mayor Pedro, con su vestido de primera comunión y sus zapatos mocasines; pero los tenía llenos de barro. Desde la colina yo lo llamaba para que regresara a casa, pero él no me escuchaba. Esta imagen doble me despertó sobresaltado y en aquel instante quise llamar a Marot por teléfono y contárselo, pero sabía que me iba a responder una voz que no era su voz o que era la suya pero que ahora pertenecía a otro registro. Mientras Lina roncaba a mi lado, abrí un libro y anotando en la contrasolapa algunos trazos claves de lo que había soñado para que no se me olvidara, esperé a que amaneciera. Aún faltaban tres días para la cita con Marot. La imagen me angustiaba como si me hubiera tragado un gato entero vivo. El día de la reunión Lina tapó sus esculturas con las bolsas plásticas del mercado, se puso su capa verde de artista, y me dijo en la puerta: vamos a ver cómo me cae el tal Marot. Lina hablaba así, con una gran seguridad, porque siempre había trabajado con el barro. Simbad, por su parte, era el más contento de los tres y había metido en su maletín, su colección de jurásicos para mostrársela a Marot. Hasta que alcanzamos el Instituto. Marot nos recibió con una sonrisa. Ah, la familia, dijo, la institución más antigua de la humanidad, y hoy en día, en plena civilización, la más amenazada. Siéntense, por favor. ¿Quieren tomar algo? Lina y yo pedimos un café, Simbad pidió una coca-cola. Marot llamó por teléfono a la cafetería y una niña rapada subió con el pedido a la oficina.

Así que usted Lina trabaja con las formas. ¡La felicito! Su oficio al contrario del nuestro no es angustiante porque es concreto. ¿O usted se angustia cuando moldea la arcilla? No, nunca. Entonces, cuénteme, ¿qué siente en ese momento? Una felicidad inmensa como si estuviera en el paraíso. Ah, pobres nosotros los científicos que trabajamos todo el tiempo con conceptos. En mi niñez yo estudié música. Luego ella me llevó a las matemáticas. Las matemáticas a la lógica. La lógica a la filosofía. Y la filosofía a la biología. Ya con estos años que llevo encima me queda muy difícil regresar. ¿Tocaba usted algún instrumento? Sí, el clave bien temperado y creo que no lo hacía tan mal. Y, ¿qué pasó? ¿Por qué no continuó? Una noche que ensayaba en casa de unos amigos, un cantante aficionado dijo que él prefería las voces castradas a las naturales. Su mujer, que estaba conversando con la mía lo observó, y enseguida un silencio atronador reinó en la sala. A la salida, cuando tomamos el auto, mi mujer me comentó: pienso que ese señor tiene más problemas de la garganta hacia abajo que hacia arriba. Desde aquella ocasión no he vuelto a tocar el clave bien temperado. Lina estaba emocionada con las historias de Marot y no le preocupaba que Simbad empezara a dar muestras de cansancio y que en señal de protesta me diera puntapiés por debajo de la mesa. Parecía que se hubiera olvidado que la cita era ante todo para Simbad. Pero yo ya conocía esta situación. Cuando se estaba frente a Marot era como estar frente a un objeto inmantado y ahí no había nada que hacer. Marot habló de nuevo.

El aire, el sol, el viento -mi querida Lina- pertenecen al cielo; esas cosas, yo las amo. El polvo, el lodo y la sangre pertenecen a la tierra. Estas cosas no las amo. Y abrazándola nos invitó a que pasáramos al museo. El museo lo componían el laboratorio de ciencias naturales, el laboratorio de biología humana, las salas de disección, la morgue y una buena parte de la sección Libros de Referencia. Marot iba adelante con un manojo de llaves y con la otra mano guiaba a Simbad, que iba radiante. Llegamos al piso de los laboratorios. Había en total cuatro puertas grises con sus respectivos rótulos y estaban cerradas. Una policía-mujer de seguridad que caminaba por el pasillo con las manos atrás fingía pasar desapercibida. En cada puerta había un rótulo que decía: «Prohibida la entrada a particulares». En las puertas del laboratorio de biología humana, las salas de disección y la morgue, además del rótulo anterior había otro que decía: «Prohibida la entrada salvo autorización del director y de los directores de investigación». Marot se paró frente a las cuatro puertas y sin soltar a Simbad de la mano, le preguntó: ¿A dónde quieres entrar? Emocionado, el niño leyó los cuatro rótulos, y preguntó: ¿Qué es la morgue? Es la casa de los que no están, respondió Marot, y Simbad entonces señaló con el dedo índice el laboratorio de ciencias naturales.

Bravo, Simbad, eres muy inteligente. Y entramos: adentro, el laboratorio se dividía en tres grandes secciones: la sección vegetal, la sección animal y la sección mineral. Cuando nos detuvimos en la sección «Animales» porque Simbad se empecinó en entrar allí, Marot explicó con un poco de ironía que al capítulo del homo sapiens se le había construído un pabellón especial por orden directa del Ministerio de Salud. Entramos a la sección de animales donde trabajaban por separado tres jovencitas rapadas que apenas vieron al maestro corrieron hacia él y se pusieron a sus órdenes. Una de ellas era la que me había servido de guía cuando pisé por primera vez el Instituto. Debo decir que era una mujer extraordinariamente bella y su calvicie, que le brillaba como si llevara una dorada aureola en la cabeza, la hacía ver aún más hermosa. Marot la escogió para que nos ayudara en el recorrido y la joven se puso un casco de ingeniero y pidió que la siguiéramos. Simbad iba al lado de Marot y hablaba con tanta propiedad de los animales que no parecía hijo nuestro sino otro miembro rapado del Instituto. Los protozoarios son animales unicelulares, poseen flagelos y falsos filamentos; son seudópodos; para observarlos es necesario un microscopio, y adelantándose a la guía tomó uno y continuó su cátedra. Se los puede encontrar en el plancton marino, en la sangre y en la piel de los animales; su talla no sobrepasa algunos milímetros. Luego pasamos a la sección de los metasaurios, y Simbad, poniendo cara de científico, volvió al ataque desplazando a la joven rapada que miraba con sorpresa a su maestro. Entre los metazoaurios

podemos encontrar las esponjas, las madréporas, los corales, las gorgonias, las medusas y las anémonas; son especies que viven en el mar de donde todos venimos; las esponjas se presentan en forma de pólipos y poseen una bolsa fijada a una base marina; además tienen dos cavidades: la cavidad interior comunica con la exterior a través de un orificio; poseen también un hueco de evacuación como los humanos; viven en el fondo del mar, no se mueven mucho, y debido a su forma y a que se contractan y se dilatan, los científicos del siglo antepasado los confundían con vegetales. Hay esponjas que poseen hasta un metro de diámetro. Maravillado por la sabiduría que Simbad desplegaba, Marot me insinuó que deberíamos nombrarlo auxiliar de investigación y haciendo un comentario sobre el futuro de la humanidad dijo que él moriría tranquilo si alguien le garantizaba por escrito que el porvenir de este planeta iba a estar en manos de los niños y de las mujeres. No sé, es muy difícil preveerlo pues ellos también están amenazados de muerte y hay países enteros que los usan de carne de cañón en sus guerras y los tratan como animales de carga. A Simbad no le importaron nuestros comentarios y cuando vió un pulpo que se movía en un estanque tiró de la mano a Marot, y dijo: pertenecen a la familia de los moluscos junto con el caracol, la liebre de mar, el argonauta, el calamar y el caballito de mar; son muy sensibles y con sus tentáculos viven haciendo figuras geométricas en el agua. Como mi mamá. ¿Te gustan? ¡Me fascinan! Marot metió un cucharón en el estanque, capturó un pulpo recién nacido, lo metió en una bolsa de agua, y

se lo regaló. Cuando crezca lo puedes devolver al Instituto. Si yo no estoy, lo puedes donar al acuario de la ciudad. A mí me sorprendió esta última frase de Marot. ¿Por qué de pronto lanzaba una frase escéptica, pesimista? ¿Acaso pensaba renunciar al Instituto? ¿Jubilarse? ¿O tenía la idea que lo iban a renunciar? «Si yo no estoy», ¿significaba dejar de ocupar un lugar en el Instituto? O, ¿significaba algo más profundo como dejar de ser, de existir? ¿Era «méritos a su hoja de vida»? ¿ Pasar del estado visible al invisible?. El lenguaje de las palabras contiene, como los seres humanos, muchas ambiguedades. A veces, es oscuro y engañoso; por eso son necesarios los poetas, para que lo saquen del charco negro de la vida y le devuelvan su brillo y su transparencia. Simbad tomó la bolsa del pulpo y poniéndola a la luz del día, continuó: tienen los sexos separados; el acoplamiento, como en los humanos, es diferenciado; el macho y la hembra se entrelazan entre sí, se acarician, se besan y luego aquel saca uno de los brazos que en el momento del chingui-chingui se ha convertido en pipí y deposita en el huequito de la hembra los espermatozoides. Es algo parecido a lo que hacen los adultos. En cambio, entre los caracoles las cosas son diferentes, pues ellos son hermafroditas: una sola glándula produce los espermatozoides y los óvulos que alcanzan por separado el huequito; luego se pican mutuamente ayudándose de un pequeño dardo calcáreo; los esperamatozoides pasan de un individuo a otro, fecundan los óvulos que son puestos en la tierra

húmeda y al cabo de tres semanas los huevos revientan y nacen los caracoles. La joven rapada, celosa con la elocuencia que desplegaba Simbad, se paró frente al acuario donde danzaba el pulpo gigante y empezó a explicar su funcionamiento digestivo; todos la observamos pero nadie, salvo yo, le puso atención, pues Marot estaba ocupado hablando con Simbad, Lina me tenía agarrado del brazo, y yo, para liberarme de ella, soñaba que era el pulpo que nadaba en el acuario y que con mis tentáculos aprisionaba a la joven rapada, poseyéndola bajo la mirada catoblépica de Lina. Simbad pasó al capítulo de los arácnidos y deteniéndose en un escorpión continuó su conferencia. Es en la cola donde guardan el veneno; viven en los países tropicales pero curiosamente, como ciertos especímenes humanos, siempre huyen del calor y de la luz; se los encuentra debajo de las piedras, en los terrenos húmedos, en los desiertos, y en las casas de los hombres; cuando capturan una presa la estrangulan con sus tenazas y luego con la cola le inyectan el veneno; son muy peligrosos y traicioneros; como los hombres. Lina que no había abierto la boca, comentó que en Marruecos hay gallinas que comen escorpiones. Esto es prueba de que no siempre el más fuerte y cruel es el más poderoso. Un ejército de pulgas puede acabar con la buena salud de un chacal y un inofensivo gusano puede dejar sorda a una hiena. La naturaleza es tan terriblemente compleja y sorprendente que aún se necesitan varios siglos para que el hombre la pueda juzgar y comprender.

Simbad que no era amigo de los juicios de valor pasó a un capítulo que para él era fascinante: el mundo de los paleópteros, las termitas y los oligonópteros, y deteniéndose en la colección de mariposas desecadas que estaban expuestas en un estuche de cristal, se puso a jugar con Marot a ver quién conocía más variedades en un mano a mano que si yo no intercedo todavía estaríamos contando mariposas: Parnassius Apollo, decía Marot. Lysandra Bellargus, replicaba Simbad. Apatura Iris - Papilio Machaon. Thaïs polyxena - Abraxas Grossulariata Geometra papillonaria - Vanessa Atalanta. Jaspidea Celsia - Geometra Papillonaria. Satyrus Dryas - Zygaena Fipipendulae. Heodes virgaureae - Graellsia Isabellae. Euchloe Cardamines - Colias Croceus. Pieris Brassicae - Argynnis paphia. Erebia aethips - Masculinea Arion. Acherontia atropos - Catocala fraxini. Macroglossa bombyliformis - Callimorpha Quadripunctuaria. Lasiocampa quecus - Acherontia Atropus. Abraxas grossulariata - Arctia Caja. Tiphaena fimbria - Dicranura Vinula. Ourapteryx Sambucaria. Del reino de las mariposas pasábamos al de los pájaros que tanto impresionaban a Marot. Después de veinticinco siglos de historia occidental sigue siendo sorprendente esa cualidad que tienen estos

animalitos y que el hombre por más esfuerzos que ha hecho, aún no ha logrado igualar. Usted sabe Baal, en la era de la ciber-informática todavía los aviones se caen. Los pájaros son enviados de Dios y pertenecen al cielo. Por eso Lina, yo los amo. Así sea una majestuosa ave de rapiña o un vulgar y ordinario carroñero. ¿Usted ha visto cómo los gallinazos planean antes de acercarse a la inmundicia? Todo el mundo los odia pero muy pocos saben el gran trabajo ecológico que realizan para preservar el medio ambiente. Los hombres también son pájaros. Sus alas son la imaginación de la que ya tuvimos oportunidad de hablar. Si no vuelan es por el peso de la carne que los tiene prisioneros. Lina, ¿le gustan los pájaros? Depende del pájaro. Marot se acercó a la jaula donde había varios periquitos australianos, sacó uno y se lo dio al niño. Cuídalo mucho, cuando esté grande y le crezcan las alas. lánzalo a volar. A lo mejor yo para ese tiempo ya no estaré vivo. Llegamos al centro del laboratorio, donde un gigante reptil nos esperaba con su boca semiabierta: el tiranosaurios rex. Al otro lado empezaba el capítulo de los mamíferos con algunos animales domésticos como el gato, el caballo, la vaca y algunos animales de la selva como el tigre, el león, el rinoceronte y la pantera. Simbad contempló el animal que había sido reconstruído pieza por pieza como un perfecto rompecabezas y un escalofrío recorrió su cuerpo. En su corta vida siempre había deseado enfrentarse a una experiencia como ésta (así él mismo no creyera que el dinosaurio que ahora tenía frente a sus ojos no era el real sino el imaginado por el hombre), pero

nunca creyó que esta imagen se le presentara así de golpe, y él, con aquel amor infinito que tenía por los animales pudiera tocarlo, acariciarlo y medirlo con las palmas de sus manos. Mide ciento cuarenta palmas de mi mano derecha, o sea según mis cálculos matemáticos unos catorce metros de largo. Y lo observaba con detenimiento por todos los lados como cuando un científico trata de corrobar con el objeto los datos abstractos que tiene en el cerebro. Luego sacó del maletín una bestia igualita a la que nos miraba con ansiedad, pero era de plástico y estaba hecha a una escala milimétrica. Empezó a poner su colección de jurásicos de plástico en fila india entre el mastodonte y nosotros creando así una curiosa relación de escala en el tiempo y en el espacio. Detrás del tiranosaurius rex colocó el triceraptor de tres cuernos, luego puso el velociraptor que tiene una filuda garra en sus patas y puede recorrer hasta doscientos cincuenta kilómetros por hora, después colocó a la joven rapada diciendo que ella era el puente de transición entre la era tirásica y la jurásica, después de la joven iba un broncosaurio; entre la era jurásica y la cretásica colocó a Lina, que tuvo que compartir su podio con un un protoceraptor; y entre la etapa cretásica y el mamuth nos colocó a Marot y a mí. ¿Qué quería decirnos Simbad con toda esta disposición del espacio? ¿Qué significaba para él esta nueva escala de la evolución humana que vista desde el cielo raso del laboratorio tenía la forma de una rayuela? Lo cierto fue que así como construyó su particular rompecabezas de las especies, asimismo lo deshizo cuando se olvidó de sus muñecos y saltó

a donde estaba la tortuga, el lince y nuestro primo hermano, el mamuth. De ahí nos condujo hasta donde estaban una cantidad de gatos Angora recién nacidos. Marot, que seguía emocionado con Simbad, comentó que el laboratorio tenía un grave problema con los gatos, pues cada tres meses se reproducían como ratas y a veces había tantos que era necesario sacrificarlos en masa. Al principio propicié una campaña gatológica que consistía en donar gatos a las queseras de la ciudad y a las viudas reposadas; pero usted sabe Baal en qué termina el humanismo en estos tiempos donde todo el mundo lo único que quiere comer es hamburguesa de carne de caballo. Una fábrica de salchichas nos dijo que aceptaban las cantidades que quisiéramos donar y a cambio de ésto ellos hacían una campaña ecológica y de defensa de los animales. Entonces me opuse rotundamente (mi proyecto en favor de los gatos, como usted lo puede, ver fracasó) y preferí -para no parecerme a ese señor de bigotico que empezó pintando y luego inventó los hornos crematorios que hoy se están estrenando en Kosovo- dejar que los gatos se murieran de viejos y después, como hacían los egipcios, enterrarlos en un cementerio con todos los honores. Sigo siendo del criterio de los egipcios que el gato es un animal sagrado. Lo que pasa es que el perro, que es sumiso y estúpido por naturaleza (de ahí que lo tengan que amaestrar y llevarlo a la escuela), le ha hecho al gato muy mala propaganda. ¿Usted sabe cómo llamaban los egipcios a los cementerios sagrados de los gatos? Bubastis. Por esto me opuse con firmeza a la propuesta de los fabricantes de salchichas, así mis manos -como dice

mi mujer-, mis vestidos y mi alma huelan hoy a gato. Esta vez Simbad había escuchado a Marot con atención y acercándose a la jaula, le preguntó: ¿Puedo llevarme uno a casa? ¡Claro! Escoge el que más te guste. Y el niño se acercó y escogió un bebé de cabeza puntiaguda, de pelo gris cenizo y cola en forma de S. ¿Cómo lo vas a llamar? Bubastis, como los egipcios, y cuando se muera de viejo le aseguro que lo entierro en un jardín de tulipanes. Sólo un consejo, Simbad: como ya tienes tres especies distintas en tu casa, te sugiero que por favor no las vayas a mezclar. El gato puede jugar con el pájaro y el pájaro con el pulpo pero no vayas a cometer el crimen de mezclarlos como ha hecho el hombre con la naturaleza. Es mejor que vivan juntos pero no revueltos. Si no, se rompe el eco-sistema. Si tienes algún problema con el gato -aunque sé que es una especie noble, discreta y sensible-, pasa no más por el Instituto, aunque no te aseguro si yo estaré para esa época. Después de la jaula de los gatos, vino la de los tigres, los leones y las panteras. Mientras Simbad acariciaba a Bubastis, miré a la joven rapada y cuando soñé que yo era aquel león corajudo y generoso que estaba en la jaula y que de un salto le destrozaba la piel, la mirada catoblépica de Lina me paralizó y mi bello sueño, como la vez anterior, no pudo realizarse. Llegamos a la sección de los primates. Allí vimos al papión de la india que nos miraba con odio como reclamando ante la humanidad por el estado de postración a que lo habían sometido, a un par de chimpancés que jugaban como enanos y a un gorila

que estaba armado de un mazo. El animal más evolucionado intelectualmente, rezaba un letrero que colgaba de su jaula. Después del gorila todos pensábamos que seguía el capítulo del homo sapiens, pero un gran rótulo que estaba en una puerta sellada nos indicaba que habíamos llegado al final de nuestro itinerario. ¡PELIGRO! , decía en letras rojas, ¡PROHIBIDA LA ENTRADA! Regreamos a buscar la puerta de la salida. Lina y Simbad iban atareados con el pulpo, el gato y el pájaro. Antes de que nos despidiéramos yo me separé del grupo y acercándome a Marot, le dije. Necesito urgentemente hablar con usted. Yo también, pero ahora es imposible. ¿Se trata de la cuestión de la imagen? Sí. ¿Es grave? No sé, pero es necesario que hablermos. Lo mío, en cambio, Baal, sí es grave pero ahora no podemos hacer nada. Venga mañana temprano sin animales y hablamos. Y me quedé muy preocupado. Al regreso a casa, Simbad organizó a Bubastis, al pulpo y al pájaro en sus respectivos nichos y se puso a ver televisión. Lina, que había quedado impresionada por la figura de Marot comentó que iba a regalarle una escultura apenas terminara la serie. Yo, angustiado por la imagen y por las palabras de éste, bajé al sótano y encontré el lío de ropa que ahora soltaba un humor a grasa humana horrible, como de muerto. Volví a subir al piso. Simbad veía un programa de unos hombres que eran conducidos desnudos a unos cepos en plena selva colombiana. ¡Cambia por favor de canal, que ese bombardeo de imágenes nos va a matar! Y Simbad puso a los

Simpson. ¿Te gustan, papá? Es preferible. Papá, eres igualito a Homero Simpson. Aquella noche no pude dormir. Lina intentó como en otras ocasiones hacerme el amor pero como seguía angustiado me volteé y le dí la espalda como un marido cansado. Al día siguiente desayuné, tomé los libros que le debía a Marot y salí directo al Instituto. El ya estaba esperándome en su oficina. Le entregué los libros y quise inmediatamente pasar al grano pero Marot, con la paciencia que se gastan los sabios, se puso a contarme la historia del hombre que siempre leía el mismo libro. Cada uno de nosotros tiene un index personal, dijo. Yo le conté la historia del bibliófago que había perdido la biblioteca más grande del mundo y esto, en vez de calmarlo, lo excitó aún más. ¡Marot!, le grité, ¡tenemos asuntos muy importantes por hablar! Y él reprobó en el acto. ¿Acaso los libros no son importantes? ¿O usted piensa, como el hombre contemporáneo, que los libros son inútiles? El mundo seguirá jodiédose si se sigue pensando que los negocios no tienen nada que ver con los libros. ¿Usted no sabe que los affaires, desde que existen, se han confiado a los libros? Las cuentas de los comerciantes y de los ricos siempre se consignaron en grandes libros. Las ideas y descubrimientos se han escrito en grandes volúmenes. Por eso usted, Baal, en el momento más delicado de nuestra relación, se aparece a mi oficina con libros. En el instante en que usted y yo tenemos un enigma por resolver (el anagrama de enigma es imagen), usted acude justamente a los libros para ayudarse. Así usted no sea consciente de eso.

Para mí los libros son luces de un faro que guía, por esto nunca estaré de acuerdo con esa propaganda infame de desprestigio que hoy les hacen los comunicadores y showwomen de la televisión. Nunca antes, mi estimado Baal, se habían potenciado tanto los libros y con ellos la escritura como en estos tiempos. Ahora no sólo puedes contentarte con leerlos o escribirlos sino que los puedes ver en las pantallas, ampliarlos, reducirlos, enviarlos por Internet, skanearlos, cargarlos en pequeños discos y hasta escuchar su voz. Los verdaderos libros se escriben con el espíritu. ¡Claro, mi querido Baal! Usted y yo tenemos entre manos un affaire por resolver, y por esa razón debemos acudir a los libros como lo hicieron los antiguos. Antes de que usted me cuente su enigma o su imagen, como lo quiera llamar, y yo le cuente la mía -aunque en mi caso es mejor que hablemos de desgracia humana, tenemos que hablar de los libros, que es su savia natural. No sólo porque natura exige, sino porque usted lo necesita para elaborar el informe. A propósito, ¿cómo era la historia del bibliófago? Era alguien que tenía como vicio mayor coleccionar libros y mujeres. Cuando éstas lo dejaban se llevaban en venganza su bilioteca. Ellas decían que lo hacían porque si habían perdido su cuerpo por lo menos se quedaban con su espíritu. Algunas, en su larga y dolorosa soledad, los leían y al final llegaban a comprender la razón de su ruptura. El, como era un bibliófago empedernido, volvía a aprovisionarse de libros y asimismo los perdía. A lo largo de su vida perdió tantos libros como mujeres, y en un momento llegó a tener una biblioteca tan grande como la de

Alejandría. Es todo lo contrario a la historia del hombre que leía el mismo libro. El libro de la vida. Sí, pero dedicarse a la lectura de un sólo libro puede ser peligroso. Mire usted no más a la gente que sólo lee Play boy, la Biblia o el Corán. Hasta dónde ha llegado su fanatismo fundamentalista. Por eso ya le decía, Baal, cada persona debe hacer su index personal. ¿Sabe usted, Baal, cuál es su index? No, aún no lo sé. ¿Sabe Marot que cuando era niño mi padre me decía que para ser hombre tenía que sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo? ¿Es esta la misma idea del libro de la vida? Sí, lo que pasa es que ahora hay hombres que en vez de sembrar un árbol, escribir un libro y tener un hijo prefieren cortar un árbol, quemar un libro y matar un niño. Su padre tenía razón. La bella idea romántica de hacer el libro de la vida -a pesar de este mundo tan fragmentado- creo que sigue siendo válida. Por supuesto, no será un libro como los de antes, será algo disperso, lleno de heridas, de sangre, lodo y mixturas yuxtapuestas. Como la vida. Esta es la idea, mi estimado Baal, a la que yo quería que llegáramos. Si se quiere, el informe que usted debe presentar ante los hombres invisibles es el libro de la vida, que en última instancia es el real, lo verdadero; los demás son falsos. Ahora bien, ¿cómo lo escribe? ¿Cómo lo construye? Este es uno de nuestros asuntos importantes que tenemos que resolver y pertenece al estilo; al dominio del Arte de la Escritura que es uno de mis fuertes favoritos a pesar de que mis detractores digan todo lo contrario… El estilo, dijo alguien, es el hombre. Yo agregaría

algo más: el estilo es la sangre, y si se quiere, las tripas. Por esto mi estimado Baal, entiendo su angustia aunque ésta, por naturaleza, es irracional e ininteligible. Usted, por revolver un problema económico se metió aún en uno más grande y complejo. Pero bien; ahora que le toca danzar con la más fea del barrio -como dicen en su ciudad natalya no puede retroceder. ¡Ni siquiera los científicos han entendido el problema del estilo en la escritura! ¿Sabía usted, por ejemplo, que aparte de Galileo, Da Vinci y Einstein, la mayoría de científicos escribe con los pies? ¡ Y ni para qué hablar de los académicos y zafios profesores universitarios! ¡Como siempre leen de prestado y quieren estar cambiando cada año de moda intelectual, maltratan el lenguaje sin ninguna consideración, creando verdaderos batiburrillos altisonantes que no tienen cabida en ninguna lengua ni en ninguna cultura! En París, durante mi exilio intelectual, conocí a un profesor de filosofía que hablaba de la necesidad de sobredimensionar , sabiendo que esa palabra pertenece a la lengua alemana y no al español, y a otro de lingüística, que cuando uno le preguntaba por su mujer le contestaba que ella era el paradigma del amor. ¡Qué ridículos! El primero, claro, estaba casado con una alemana y al segundo lo dejó la mujer por un bailarín de tango! Encadenados como siempre han estado a la concepción binaria del mundo justifican sus exabruptos linguísticos diciendo que a ellos les interesa el contenido sin comprender que la forma del tejido con la que está hecha la escritura es la piel y el alma del texto. Hay que darle expresión a las cosas desde su sentido. En la escritura, la sencillez

en el lenguaje es significado de genialidad y maestría. El arte de la escritura se ha dividido en dos grandes movimientos: el movimiento hacia la acumulación que se conoce con el nombre de barroco, y el movimiento hacia la síntesis; el arte metafórico que produce paradigmas y el arte metonímico que produce desplazamientos. Sólo los grandes genios han sabido combinar estas dos tendencias. Baal, escribe con sencillez, así sean las cosas más terribles de los hombres, deja a un lado el snobismo y las falsas pretensiones, escribe lo que puedas, no lo que debas, no impostes nada, el ritmo de la escritura lo determina el corazón; escribe sólo lo que te salga de tu interior; acuérdate, el estilo es la sangre y las tripas; escribe con naturalidad y deja salir todo ese torrente de sangre y lodo que es la escritura. Como dijo Borges, que murió ciego, la escritura es un placer no compartido. Así que escribe. Al fín de cuentas, te condenarán por lo que has escrito y por lo que has dejado de escribir. Marot cayó. Estaba agitado. Cuando terminó sentí su respiración entrecortada. Un silencio largo y sostenido como la nota grave de un violonchelo se extendió entre los dos; entonces yo lo rompí y violando la regla que habíamos acordado, le pregunté: !Maestro! !Cuénteme!, ¡¿qué le pasa?! Muy bien, Baal, se lo voy a decir porque es deber mío dejar todos los asuntos arreglados, pero como maestro suyo tengo que escucharlo antes y aún usted no me ha contado su experiencia iconográfica. El deber mío es escuchar al discípulo. Y poniéndose en una actitud receptiva esperó a que yo le contara, según sus palabras, mi «experiencia iconográfica».

Y empecé a contar. Estaba acostado con mi mujer cuando un polvillo de oro empezó a caer del cielo raso envolviéndonos bajo una crisálida. Cubiertos bajo aquel manto fino y transparente, Lina y yo sonreímos, y terminamos haciendo el amor. Sólo fue en aquel intervalo de tiempo que queda entre la cópula y la vigilia que vi la imagen de dos niños contemplando desde la colina de San Antonio de Cali, el paisaje del Valle del Cauca. En medio del valle se abría un camino por donde iba Pedro, mi hermano, con su vestido de primera comunión y sus mocasines, como yo, pero sus zapatos los tenía embarrados. Marot observó que yo miraba todo el tiempo la contra-solapa de un libro y me preguntó por qué leía en ese momento. Tuve que escribir la imagen sino se hubiera olvidado en mi memoria. Y quedándose un buen tiempo en silencio, dijo: es una imagen terriblemente hermosa, la imagen del doble complementario, pero absolutamente necesaria para la existencia humana. Baal, debes viajar cuanto antes y encontrar la otra parte, aunque la imagen que soñaste no dé muchos detalles; el niño de los mocasines de barro puede ser el otro yo y ahora debe ser un hombre lleno de conflictos como tú. O puede estar muerto. Cuando hablo de «viaje» tómalo como una metáfora, pues tú sabes que ahora se puede viajar quedándose en casa, navegando por Internet o viendo el fabuloso programa «Discovery», que te lo recomiendo. La vida, como bien lo has comprendido, es un viaje, y la muerte es sólo una escala dentro de ese gran periplo al que todos hemos apostado.

Baal, lo importante es que no te detengas y puedas encontrar al otro para llenar el vacío que nos atormenta a cada instante y así poder darle vida a la forma. Piensa que los hombres invisibles por querer hacerte un daño te hicieron un favor al enviarte a esta ciudad blanca y aséptica donde a nadie le gusta que lo toquen y la gente, como si estuviera loca, habla sola en las calles. Dios escribió sobre el universo con signos geométricos, decía nuestro amigo Bruno. Sólo descubriendo el lado oscuro de las cosas es que podemos conocer el mundo. Yo sé, Baal, que la tarea no es fácil; es algo de gran envergadura, pero sólo lo difícil, como decía el señor de Trocadero, es estimulante. En todo caso debes esperar a que yo te de la señal. No se viaja cuando se quiere sino cuando se tiene el viento a su favor. Así que debes esperar mi seña y de todas maneras apurarnos. ¿Por qué?, pregunté preocupado. Te lo voy a decir sin ambages: porque me tienen que hacer una operación a corazón abierto. Y casi me desmayo. ¿Cómo así? Hace quince días fuí al médico, y luego de analizar los exámenes me dijo que una válvula del corazón marchaba mal. Entonces tomé el auto y conduje a ciento ochenta kilómetros por hora. Cuando llegué y le conté a mi esposa lo que había dicho el médico había olvidado colocarme el cinturón de seguridad. Casi me mato. Aquella noche tuve el primer sueño: yo estaba acostado sobre un desierto de nieve y unos hombres con unas hachas de obsidiana llegaban y me sacaban el corazón. Sé que esto mismo hacían los aztecas con los prisioneros de guerra a quienes les sacaban

el corazón para ofrecerlo a los dioses. Esto mismo harán conmigo dentro de poco, pensé en el sueño. Al amanecer, mi esposa me consoló y sólo fue al día siguiente que pude empezar a digerir la imagen. Baal, lo que más me preocupa de todo esto es que voy a quedar desconectado del mundo dependiendo de una máquina. ¿Qué pasará con mi memoria? ¿Qué sucederá con mi imaginación? Presiento que me quedaré sin imaginación por un buen tiempo. Maestro, hay que confiar en la ciencia. No, hay que confiar en la naturaleza. La ciencia a veces se equivoca y creo que mi cuerpo, que aún tiene memoria, resistirá el embate. El único problema es que si me salvo, al día siguiente de la operación seré otro. Como tú. Sí, como tú y toda la especie humana. Baal, no te preocupes, de todas maneras yo te ayudaré a que le pongas punto final al informe. Lo único que debes hacer es tener paciencia y esperar a que te de la señal.Te dejaré una agenda de trabajo para que avances. Si los hombres invisibles se comunican contigo no les cuentes nada. Ellos no tienen por qué conocer mis muertes. No les cuentes. Mira lo curiosa que es la vida. Ahora no sólo eres tú el pasajero que viaja en busca de la imagen. Ahora yo también viajo. Ojalá no sea hacia la muerte. Y ambos tocamos madera en un asiento de plástico. ¿Sabes Baal que a pesar de que la vida es terrible me da miedo morir? La muerte es terrible pero hay cosas peores en la vida. Me da miedo porque no sé nada de ella y hay tanatólogos que afirman que es la nada; hay otros que dicen que es un paradigma. El paradigma de la nada. Los únicos que deben estar contentos con la noticia son los colegas del Instituto.

¡Tú no te imaginas cómo es este ambiente! ¡Deben estar de fiesta! ¡Si toda la vida quisieron estirparme el cerebro ahora van a estar felices porque me van a sacar el corazón! ¡Si toda la vida explotaron como a un negro mi cerebro, ahora yo, como Jesús les ofrezco mi noble órgano en contraprestación! ¡Soy Jesucristo que se sacrifica y ofrece su sagrado corazón a la humanidad! Baal, ellos lucharán y no descansarán hasta que muera porque con ello justifican su mediocridad y los crímenes que han cometido en el Instituto. Crímenes simbólicos, por supuesto. Pero no moriré porque a pesar del desprestigio de la naturaleza, yo confío en ella. Hagamos, pues, la experiencia. Cada uno de nosotros debe partir, debe salir de sí mismo para encontrar al otro. Nadie tiene la verdad en la mano. La verdad no existe. Yo tengo la mía, tú tienes la tuya. Vivimos en el mundo contingente. De pronto mi verdad te puede servir para encontrar lo que buscas y la tuya me puede servir para que yo no termine como un ratón blanco en la sala de operaciones. Sólo viviendo la experiencia fenomenológica sabemos cuándo lo invisible se revela. Marot estaba completamente extenuado y sudaba frío. Yo no sabía qué decir ni qué pensar. Entonces sacando fuerzas de donde no tenía me dictó la agenda de trabajo. No sé cuándo me internarán. De todas maneras, vendré a las sesiones hasta que pueda. Cuando no, un discípulo de último año me reemplazará. En la próxima sesión tendremos una pequeña reunión con otros discípulos, porque vamos a celebrar el fín de un ciclo. Ojalá para ese día no me

hayan internado y pueda beber una cerveza contigo. Cuando me metan al quirófano continúa tu trabajo normalmente como si yo estuviera vivo. Como si yo existiera. Con este carné puedes entrar a la biblioteca y a la morgue sin problemas. Si hablas con los hombres invisibles no les cuentes nada. Sé tú mismo. Procura no confundirte ni hablar con nadie. No te angusties, ten paciencia y espérame, que cuando me recupere yo te daré la señal de tu partida. Y nos despedimos. En la próxima sesión Marot estaba sentado alrededor de una mesa compartiendo con varios discípulos.Tenía un aire ligeramente feliz y al verlo me emocioné porque aún no le habían rajado el pecho y sacado el corazón. El mesero vino con una docena de cervezas «Baal» y las puso en la mesa. Marot sacó una tarjeta de plástico, y pagó. ¡Qué curioso! Nunca pensé que tuvieras nombre de cerveza, me dijo; y los discípulos que estaban a su alrededor festejaron el chiste. ¿Sabías que «cerveza» en francés quiere decir «ataúd» ?. Y recordó la historia del sepulturero que bebía alcohol para quitarse el olor a muerto hasta que un día el olor a muerto le quitó el olor a cerveza. Baal es un sarcófago para llamar fantasmas. Entre los discípulos que estabámos sentados a su alrededor, además de la joven rapada, objeto de mis fantasías sexuales (que llevaba una Biblia debajo del brazo porque estaba haciendo una investigación sobre Dios), se encontraba un hombre de rostro taciturno y piel lampiña que trabajaba en transmutación de almas, una joven hermosa de cuello de flamenco que hacía un estudio etológico sobre las patologías síquicas de los líderes mundiales, un

japonés que no se cansaba de hablar de la próxima guerra (la información la llevaba guardada en un computador del tamaño de una caja de fósforos), otra joven misteriosa, excesivamente delgada, que todo el tiempo hablaba de extraños relatos y extrañas lecturas, y un hombre rapado como mi alucinante objeto sexual, que intentaba construír una teoría voyerista alrededor de las películas de Hitchcook. Marot bebía despacio, con desgano, y entre pausa y pausa lanzaba sus frases rutilantes a las que yo me había acostumbrado, y que por lo general concentraban una lujosa imagen como sólo lo saben hacer los poetas. Y aunque no sabía si él lo era (los mejores bardos son los que se precipitan por los profundos agujeros de las cajas de los ascensores), podía asegurar que alguna vez en su vida había acometido uno o dos poemas. Pero no más. Recién ahora, después de haber pasado con él cerca de un año, caía en la cuenta de que no lo conocía, que sabía muy pocas cosas de él, de sus orígenes, de su historia pasada y reciente, y al pensar que los dos íbamos muy pronto a pasar por una prueba difícil, esta ignorancia que tenía sobre su existencia me angustiaba aún más. Su estatuto de maestro me impedía entablar una relación confidencial con él; estatuto que por una parte me gustaba darle, pues me garantizaba cierto distanciamiento que hacía de nuestro vínculo algo fructífero y duradero; de otra parte, pensaba que si en un momento le llegara a hacer una pregunta sobre su vida personal esto podría enfríar nuestras relaciones y yo aparecería como un impertinente o un espía. Por rumores de pasillo sabía que Marot

había sido jesuíta (de la secta del Collège Saint-Louis de France), había estudiado en los mejores monasterios de América, Europa y Asia, había viajado mucho, había tenido problemas con el Instituto por el delito de pensar, hablaba y escribía nueve lenguas y era casado con una hermosa oriental que había conocido en uno de su viajes. Aquella noche Marot habló de la sensibilidad y lanzó algunas frases célebres que todos festejamos, quizás como una manera de olvidar el holocausto que se avecinaba y que ni él, en su angustiante vida de científico, ni yo como discípulo, ni nadie, habíamos sospechado. En aquella velada hablamos un poco de todo y al mismo tiempo de nada porque los dos sabíamos que debajo de la mesa donde departíamos corría un río oscuro y profundo que amenazaba con devorarnos. En la próxima sesión Marot no llegó. El joven rapado que vino a reemplazarlo informó que lo habían internado en un hospital de la ciudad y si las cosas salían bien podíamos ir a visitarlo después de tres días en el paraninfo del Instituto. El joven comenzó a explicar su teoría voyerista pero yo no le puse atención porque mi espíritu estaba en otra parte. ¿Por qué lo traen al paraninfo? ¿Será que él pidió esto o es una decisión de la dirección? ¿Será que Seguridad Social no tiene dinero para costearle una clínica privada? ¿Será que lo traen aquí por razones de seguridad? ¿Será que se salvará? ¿Será que le quedará tiempo para darme la señal? Yo, que nunca había pensado en serio a Dios y que jamás había tenido una imagen concreta de Él, me concentré con todas mis fuerzas en una energía

superior a mí y rogué para que Marot saliera ileso del trance. A los tres días trajeron a Marot al paraninfo. Conectado a una máquina llena de tubos, Marot está acostado en una cama que los directivos del Instituto han dispuesto en el paraninfo. Al lado derecho hay un ramo de flores con la tarjeta de la Sociedad Científica Americana que ha llegado a última hora. Al lado siniestro una mesa donde han puesto su corazón en una pequeña urna de cristal. Entre el corazón y el pecho ensangrentado de Marot está sentada una mujer oriental vestida de negro. La mujer lleva un tulipán rojo en sus manos. En el dintel de la puerta hay un gran ojo electrónico que vigila el menor movimiento de la sala. Es el ojo de Owen. Alrededor de la cama pasa una fila interminable de personajes que se detienen un segundo en la urna de cristal y luego marchan en silencio. Mientras avanzo reconozco en la fila a la mujer rapada, al hombre taciturno especialista en trasmutación de almas, a la etóloga, a la semióloga y al joven voyerista; atrás vienen un grupo de hombres y mujeres de cierta edad, calvos, con pelucas, vestidos con un delantal negro de hule que imagino son los colegas del Instituto. La fila es larga y avanza con cierta celeridad porque sólo hay tiempo para mirar a Marot o a su solitario corazón por escasos tres segundos. Cuando llego frente a él se me hace un nudo en la garganta y sólo alcanzo a ver la figura de un hombre conectado a una máquina con una camisola ensangrentada que está viviendo horas extras y a su lado el corazón que parece una pelota deformada, sucia, de fútbol americano. Marot está en otro mundo, pienso, y cuando intento buscar la salida veo que una mujer gorda de delantal

negro ha acercado su gruesa mano a la nariz de Marot. Grito para impedir su gesto y entonces el ojo de Owen empieza a sonar su alarma y cuatro hombres de seguridad fuertemente armados detienen a la mujer y la sacan de la sala. Es la profesora Baratilova, escucho que comentan los discípulos de Marot que vienen excitados detrás de mí; ¡es la Baratilova!, siempre ha querido matar al maestro para tomarse el poder y reconciliarse con su ex- marido!, y aunque los hombres de seguridad garantizan en un segundo la calma, los discípulos de Marot decidimos romper la fila y salir al pasillo. ¡Lo intentó matar! ¡Lo iba a desconectar de la máquina! ¡Vamos a hablar con el director para que la expulsen! El hombre taciturno especialista en trasmutación de almas trata de controlar la situación pero es acallado por la voz de la joven rapada que no para de gritar: ¡Tú también eres otro vendido! ¡Lameculo! ¡Ambidextro! ¡Siempre te gustó jugar a los dos bandos! Cuando vamos a ver al director, la secretaria nos dice que está en una reunión muy importante. Volvemos al pasillo. Nadia -que así se llama la joven rapada- es la dirigente del grupo. Por eso me excita más. Hay confusión. Ella mira la cara de preocupación que tengo y me dice en tono de angustia que a Marot siempre lo han querido liquidar intelectualmente. Lo que sucedió fue que ahora se sobrepasaron. En general, en el Instituto -dice- la mayoría está de acuerdo en el fín, en lo que no se han puesto de acuerdo es en los medios. Siempre lo han querido liquidar. Los moderados piensan que Marot no pasa de la operación, los radicales apuestan a que se salva y por eso mismo es necesario

encontrar un método (y subrayó la palabra) para liquidarlo. Lo que pasó fue que a la Baratilova se le fue la mano. Por ambiciosa y por demostrarle poder a su ex-marido impotente. Baal -y usó el mismo tono de voz de Marot como si fuera un clon - usted sabe que en estos tiempos una mujer bruta es un contrasentido. ¡Qué dirán las feministas clitoridianas ! ¡Qué dirá la W.W.W.! Una mujer puede ser gorda, con la cara manchada, llena de celulitis cerebral, pero nunca corta de espíritu. Un silencio tenso flota en el ambiente. Después de unos segundos, le pregunto a Nadia: ¿Qué hace el ex- marido de la Baratilova? Trabaja en inteligencia artificial pero tiene un problema.¿Cuál? No se le para. En medio de la tragedia, reímos. Nadia me hace conocer su profunda preocupación por la suerte de Marot y me pide que la ayude. ¿Qué podemos hacer? Desde mañana vigilaremos día y noche al maestro así se oponga la dirección y toda la caterva esquizofrénica del Instituto. Haremos turnos. Al metempsicólogo no vamos a decirle nada, ese es un infiltrado de los Baratilova, un lameculo. Pienso todavía confundido- que además de la vigilancia debemos descubrir qué hay detrás de todo esto. ¿Por qué quieren acabar de esa manera con un científico? ¿Por qué lo quieren liquidiar? Debemos denunciar esto ante la OMS. Ah, Baal, esa investigación la inició el mismo Marot hace algunos años y mire cómo la está sufriendo en carne propia. Como dice una canción de rock, cría cuervos y te arrancarán los ojos. No me lo va a creer, éste es un Instituto para las ciencias que poco a poco se ha convertido en un asilo. Baal, perdóneme la

indiscreción, ¿quién lo recomendó a usted? ¿Para quién trabaja? Pues aquí nadie entra sin recomendación. Los hombres invisibles, digo, y Nadia, al escuchar este nombre, se coge la cabeza con sus manos y exclama por primera vez en inglés: O my God! ¡Usted ha caído en la misma trampa que Marot, como yo y tantos otros! ¡De ahora en adelante no les vuelva a recibir un centavo así se muera de hambre! ¿Qué hago, entonces? ¡Tengo familia! ¿De qué vivo? De nieve. En invierno aliméntese de nieve y en verano de manzanas. ¡La nieve es la mejor vitamina para el cultivo del espíritu! ¿Un paisano suyo del siglo XVI no fue que dijo que la metafísica se producía por el hambre? Entonces, coma nieve. Enseguida me doy cuenta de que Nadia está descompuesta por la suerte de Marot y además tocada, como la mayoría de los miembros del Instituto. Lo que dijo Nadia me preocupa y pienso que el asunto con los hombres invisibles lo resolveré en el momento oportuno y con la ayuda segura de Marot. Al fín y al cabo yo también confío profundamente en la naturaleza. Nadia -la llamo por primera vez por su nombre-, ¿cuándo empezamos los turnos? Mañana mismo. ¿Por qué no empezamos esta misma noche? Porque hoy nadie va a intentar matarlo. La rusa fue torpe y con seguridad mañana será sancionada y no podrá pisar las puertas del Instituto por lo menos en tres meses. Después de esto pedirá año sabático. Y me pasa un horario de turnos hiper intenso. Al día siguiente volvemos al paraninfo. Marot continúa acostado como si estuviera en cámara ardiente. El escenario no ha cambiado mucho. Las flores de los científicos están un poco marchitas,

Marot está viviendo en otro mundo, el corazón sigue nadando en un líquido acuoso, la mujer oriental en su posición impasible y la interminable fila de personajes que no quieren perderse el espectáculo grotesco. Observo con detenimiento el paraninfo y dos nuevos elementos se han añadido al escenario: en la entrada han colocado un portero que exige un carné especial y entre el rostro pálido del enfermo y su corazón han puesto una pareja de matones profesionales que por la cara que tienen estarían dispuestos a cortarle la mano al primero que se atreva a dejar sin oxígeno al paciente. Les llaman los parrilleros. Con Nadia hacemos el recorrido habitual mirando hacia todos los lados y observando los más mínimos movimientos. Sabemos que tenemos un aliado invisible. El ojo programado de Owen. Si observamos algo irregular la consigna es gritar y enseguida el bueno de George viene a nuestro auxilio con su aullido esquizofrénico de cigarra tropical. Después, los matones de seguridad se encargarán del resto. Eso es lo que suponemos. Cuando pasamos frente a Marot, Nadia levanta la mano y saluda al maestro. Este no responde porque está viviendo en otro tiempo y en otro espacio. La mujer oriental con el tulipán rojo entre sus manos parece una estatua de bronce antigua. Intento saludarla con una venia pero ella tampoco responde porque está metida en el mundo misterioso de su marido. Hacemos el mismo periplo varias veces y cuando observo la puerta de entrada veo que en la cola de la fila viene la profesora Baratilova con su delantal negro, acompañada de un hombre alto, rubio,

de barba, que luce igualemente un mandil fuliginoso. Nadia, mira quién está en la puerta, y ella mira y su cuello delicado de flamenco se pone a temblar de ira. ¡Esto es una farsa, Baal! ¡Lo van a matar! Con seguridad, los radicales ganaron y se pusieron de acuerdo en el método . ¡¿Por qué no la suspendieron?! ¡¿Por qué no le decomisaron el carné?! ¡Por lo menos debían haberle prohibido la entrada! ¡¿Por qué el director con cara de retardado mental se hizo el idiota y no nos recibió?! ¡ Baal, hay que vigilar de cerca a ese par de dementes porque pienso que con la presencia de ella nos quieren confundir! ¡Es una vil coartada! ¿Quién es el hombre de barba?, pregunto. Su ex-marido, dipsómano impotente. Aquel día nos quedamos vigilando el cuerpo desolado de Marot. Nadia y yo nos apostamos entre el corazón y los matones; la etóloga y el voyerista siguen de cerca los pasos de la familia Baratilova, mientras la semióloga, especialista en extraños relatos y extrañas lecturas, se hace debajo del ojo de Owen para que el sistema de alarma no vaya a fallar en el momento preciso. En la noche, la vigilancia es menos intensa pues en la sala ya no tenemos la presencia letal de los Baratilova, ni la fila interminable de visitantes; pero asimismo debemos estar alerta y sobre todo no dormirnos, porque ellos pueden aprovechar el menor error nuestro y desconectar al paciente. Con Nadia decidimos reducir el número de centinelas nocturnos para tener fuerzas para el día siguiente. En la noche mi compañera de turno es la joven etóloga; para no dormirnos ella me hace una

sinopsis detallada de los posibles Tres Cruces genéticos que existen entre los dirigentes políticos del planeta y los animales. En el siglo pasado los más generalizados eran entre caballo - hombre, vaca hombre, porcino - hombre; hoy en día los Tres Cruces más reconocidos son entre águila - hombre, serpiente - hombre y hiena - hombre. ¿Ha habido algún cruce entre animal y mujer? Sí, ha habido muy pocos y curiosamente en las islas. Recuerdo uno simpático que hubo hace unos años entre leona-dama de hierro que produjo consecuencias funestas. Otro, entre orangután- reina de los sargazos que por nada nos manda al cementerio. Baal, definitivamente hay que inventar otra cosa. El mundo seguirá jodido si continuamos aceptando ese bestiario del horror. Otra noche tengo de compañera a la joven semióloga quien me cuenta con la sapiencia de un criptoanalista la vida dulce de Drácula, la historia del doctor Jekyll y mister Hyde, y los relatos fantásticos de Borges y Bioy Casares. Otro día tengo de compañía a Nadia, objeto delicado de mi mundo fantasioso. En medio de la soledad que compartimos con un hombre que está en otro mundo, con una mujer oriental que sostiene un tulipán rojo en sus manos y un solitario corazón vigilado por dos matones, ella me habla por primera vez de su estudio sincrónico sobre la figura de Dios y de cómo Marot, como buen jesuíta, la ha iniciado en el tema. El arte y la ciencia -dice- se han olvidado de Dios. Niezstche se encargó de matar a Dios y Foucault de matar al hombre. Por esto ahora nos movemos entre los sub-dioses y los super-hombres. Me confiesa su profundo amor por Marot y su preocupación por la

suerte de éste. A Marot siempre le han puesto zancadillas. Cuando estudiaba en el monasterio un condiscípulo que competía con él se inventó la historia de que era amante de la pedofilia. Hubo una investigación y Marot fue visto durante varios años por la comunidad como el demonio de la perversidad. Su caso fue a parar a las altas esferas de Roma ¡Imagínese lo que puede hacer una lengua insulsa y larga! ¡Imagínese el poder de la malediscencia! Cuando se comprobó que el maestro no tenía ese tipo de inclinaciones fue recibido como una virgen en la comunidad. Después, cuando salió del monasterio se lo acusó de plagio, de querer incitar a la juventud con ideas foráneas y de estar en contra de los indios. Las autoridades de la ciudad recogieron toda su literatura y la quemaron. Usted sabe, en esta ciudad este terrible delito es una costumbre. Marot fue vetado por la comunidad científica y sus artículos eran rechazados en periódicos, revistas y editoriales. Luego vino su lucha por entrar al Instituto y el consabido escándalo cuando descubrió la sangre infectada que le costó el exilio. Para ganar el concurso que le permitiera entrar como investigador de planta al Instituto tuvo que comprobar experimentalmente la existencia de Dios. Y usted sabe que eso no es fácil. Pasó días y noches enteras en el laboratorio y cuando por fín derrotó a los materialistas y a una secta egocentrista identificada con la sigla SAQ, le hicieron trampa en la votación -como sucede en todos los concursos democráticos- e impusieron un candidato oscuro y mediocre que nunca había publicado un artículo y en la ciudad no lo reconocía ni su madre. Marot se quejó ante el procurador general de la nación

y cuando las directivas del Instituto se dieron cuenta de que el desprestigio crecía, aceptaron a regañadientes los resultados verdaderos de la contienda intelectual. Luego vino el asunto de la sangre infectada que usted conoce y el exilio. Y ahora, ¡mire lo que está sucediendo! ¿Qué pecado, me pregunto Baal, ha cometido Marot para tener que pasar por toda esta ordalía? Si el maestro muere la humanidad se atrasa por lo menos medio siglo. Es increíble. Estamos comenzando un nuevo siglo, y pareciera que todavía viviéramos en la época de Felipe El Hermoso. La miro a los ojos y repito lo que me dijo Marot cuando me confesó su tragedia. Antes que en la ciencia o en el terrorismo científico confiemos en la naturaleza. Nadia, él renacerá como la obra de Miguel Ángel. El resucitará como Jesucristo. Ella me coge la mano y asiente con la cabeza. En medio de la soledad abrumadora que reina en la sala le confieso que yo la deseo profundamente. ¿Desde cuándo tiene ese deseo? Desde que estuvimos en el museo. Nadia sonríe y me dice que también ha sentido algo parecido hacia mí pero que no puede ayudar. ¿Por qué? Usted es un hombre casado. Sí -le respondo-, casado pero no manco. Así pasamos dos semanas. Unos días la vigilancia es férrea, pues sospechamos que en el periplo siniestro que hacen los Baratilova alrededor de Marot a la mujer se le puede ocurrir estirar la mano y desconectarlo de la máquina; otros días la vigilancia es menos tensa, pues los radicales ya saben que cientos de mensajes electrónicos vuelan por el mundo alertando a la comunidad científica internacional

sobre la posibilidad de un acto miserable contra su humanidad, y entonces bajan la guardia y su ánimo agresivo y belicoso. En aquellos días que yo llamo tranquilos aprovecho para estar con Lina y Simbad o visito la biblioteca (donde siempre temo que me hagan un atentado) y la morgue. Es curioso, a mí me da más pánico recorrer los pasillos infinitos y desolados de la biblioteca que los refrigeradores de la morgue donde, a veces, en medio de los instrumentos asépticos, me encuentro con un cadáver ambulante. Hasta que un buen día Marot resucitó. La primera persona que se ha dado cuenta es su mujer, porque ella ha sentido cuando él, aún inconsciente, ha estirado su mano y ha acariciado las suyas donde guarda el tulipán rojo. Se levanta, lo besa en la frente y cuando le entrega la flor una lágrima le sale de sus ojos rasgados. El maestro está más pálido y delgado, y quiere levantarse y saludar a la gente pero una enfermera le dice que primero es necesario bañarlo y cambiarlo. Observa cada uno de los objetos de la sala con una curiosidad infantil, como de recién nacido, y cuando se detiene en la urna vacía de cristal donde estaba su corazón no alcanza a comprender qué pasó con su imaginario durante el hueco negro en el que vivió por espacio de un mes. Sé que Marot desea levantarse, reunirse con sus discípulos y contarles la experiencia vital que tuvo en otro mundo pero la enfermera da la orden de evacuar la sala y con la ayuda de su mujer le empiezan a quitar la camisola ensangrentada. Yo estoy al lado de Nadia y con las miradas nos decimos una y otra vez, como para estar seguros de lo que estamos presenciando:

«¡Se salvó!». Cuando abandonamos la sala nos damos cuenta de que los Baratilova no han asistido a la resurección del maestro. Nadia, que ahora me coquetea sutilmente vuelve a mirarme y dice: Tenías razón Baal, la Baratilova pidió año sabático y ahora debe estar volando a algún país tropical donde nadie la conoce. Al mes me reuno con Marot. Presiento que es la última cita. Está más gordo y rozagante por la obligada convalescencia. Como es el comienzo de la primavera ha cambiado sus eternos zapatos negros de seguridad por unos tennis de basquetbolista y luce una camiseta del INC; lleva colgada del cuello una tarjeta de plástico que no alcanzo a identificar. Lo veo y casi no lo puedo creer. Ahora soy otro, me dice. La operación te rejuveneció. Por primera vez lo tuteo y me sonrojo de mí mismo. Parece que no me hubieran sacado el corazón sino que hubiera visitado un salón de belleza. Sí, te ves muy bien. Y lanza la frase que yo estoy esperando desde hace rato: ¡Viviré cien años! ¡Cien años! Así es, maestro. Cuéntame la experiencia. Ah, voy a tener que filmarla; desde que me dieron de alta la cuento por lo menos tres veces al día. Si la filmo con seguridad me voy a ganar un Oscar en Hollywood y me vuelvo rico. No importa, cuéntamela. ¿Sabes que cada vez le quito o le añado algo? Así es como funciona la imaginación. Y es tan real como el tiempo que cambia o el diálogo que venimos sosteniendo. Así es maestro. Y empezó.

A las ocho de la mañana entré al quirófano. Mi mujer me dio un beso y me dejó en la puerta. Pensé que nos despedíamos para siempre. Me acostaron en una camilla. Una enfermera rubia muy parecida a Julia Roberts empezó a conectarme a unos tubos. Quizás por miedo o porque siempre he querido morirme haciendo un chiste, le dije: ¿A dónde viajo? A la luna, me contestó. ¿Me acompaña? Me gustaría mucho, maestro, pero ahora estoy muy ocupada trabajando. Y después de unos segundos me olvidé de la rubia y sentí que iba por un túnel hasta que llegué a un lugar donde todo era de un color níveo, lechoso y me molestaba a los ojos; los ojos que no eran mis ojos sino los de la imaginación. Luego sentí que de mi piel blanda como gelatina salían millares de gaviotas hacia el cielo y un indio azteca con su hacha de obsidiana la enterraba en mi pecho. Lo de las gaviotas es el efecto normal de la morfina, dije. Lo del indio azteca es el ritual que éstos hacían con sus prisioneros. Después de eso no supe nada de mí. No supe qué pasó conmigo durante las ocho horas que dicen duró la operación y los treinta días que estuve vilmente expuesto ante mis detractores. ¿Entiendes, Baal? Es un problema del tiempo. No sé que pasó con mi ser durante ese mes largo que estuve exhibido como ganado vacuno de carnicería. No sé qué pasó con mi conciencia, con mi sensibilidad, con mis sueños, con mi imaginación y mi memoria. ¿Cómo se llama aquel estado intermedio donde no se está ni vivo ni se está muerto? ¿Dónde estaba? ¿En qué lugar me encontraba? Baal, ahora no me vas a salir con una lógica estúpida diciendo que estaba en el quirófano pues

si bien es cierto mi cuerpo se encontraba allí, mi espíritu estaba en otra parte. Además hay una cosa evidente: mi cuerpo estaba allí, pero era un cuerpo hueco, sin corazón, como un cascarón vacío, como un barco a la deriva, y además no vivía gracias a mí sino a una máquina a la que me había conectado la enfermera. ¿Dónde estaba? ¿En la luna, como dijo «Julia Roberts»? Bueno, la luna es una metáfora gastada; yo prefiero la metonimia. He ahí el misterio. Un hombre sin corazón es un hombre muerto. Entonces, ¿estaba literalmente muerto? No, porque a los treinta días desperté, reconocí a mi mujer y ahora estoy caminando y hablando contigo. ¿Estaba vivo? O acaso, ¿soy una especie de Lázaro anacrónico? ¡Dios me libre de los muertos en vida! ¡Toco madera! ¡Prefiero estar muerto! Lo cierto fue que a los treinta días, según el informe de los alópatas, desperté y lo primero que reconocí fue la mano de mi mujer. La mano del tulipán escarlata. A ustedes los veía borrosos, casi invisibles y esto me producía una gran felicidad, pues pensaba que ya no tenía necesidad de trabajar sino dedicarme a mi jardín, que es lo que espero cuando me jubile y me muera. ¿Y esa tarjeta? Ah, me la dieron porque el médico me dijo que ahora pertencecía a la especie de los que tienen metal en el cuerpo. ¿Como Robocop? Exactamente. Es un número más. ¿La puedes meter en un cajero automático? No sé, pero podríamos probarla más tarde a ver si funciona. ¿Sabes, Baal? Estoy preocupado; después de la operación tengo mucho trabajo acumulado. Me da la

impresión que perdí tres meses valiosos de mi vida. Perdió tres -y lo volví a tratar como maestro-, pero ganó una vida. Bueno, olvídemonos por un tiempo del tiempo. Díme, ¿en qué íbamos? Ah, si la memoria no me falla la última vez me habías contado tu experiencia iconográfica y recuerdo que ahí estaba presente la imagen terrible del doble complementario. Hasta para un neófito que ignore las leyes de la hermeneútica es claro que aquella imagen nos remite a la infancia. La figura de los niños, el vestido de primera comunión, los mocasines; en fín. Un niño se queda sentado en la colina de su ciudad natal; el otro toma un camino. Es normal. El camino es el fatum de la vida. Es el destino. Al fondo, un «valle encantado» que puede traducirse como «valle féerico» o «valle iluminado». Lo que me inquietaba eran los zapatos untados de barro de uno de ellos. El barro viene de la tierra pero es barro. ¿Qué es el cieno? Es tierra revuelta con piedras y agua de lluvia. A la gente que vive en las ciudades no les gusta, incluso no saben que existe y cuando lo conocen les parece sucio, asqueroso. «Cuidado, niño, te untas de barro», gritan las mamás a sus hijos cuando van al campo; a los escultores como a Lina les fascina porque allí nace la figura. Según la concepción judeocristiana, Dios creó al hombre del barro. A la mujer, como tú lo sabes, de una costilla del hombre, y por esto las mujeres no le perdonan eso a Dios. Baal, creo que no tienes otra alternativa que traspasar el espejo; hacer una experiencia fenomenológia para acercarte al objeto. El mundo es aún el lugar vago de todas las experiencias posibles. Eso sí, haz la experiencia teniendo siempre cuidado

de tomar la distancia del caso que se merece. Necesitas una distancia exótica pues toda mirada cercana siempre es enceguecedora. La única manera de descubrir lo que significa aquella imagen doble es atravesando el espejo. Y si no descubres nada, reiventar que es lo que tenemos que hacer los científicos en este mundo imperfecto. Mundo que no parece una naranja ombligona, como dijo Galileo, sino una papa caliente que apenas uno la coje se le escapa de las manos. Esto es una metáfora. Si nos queda tiempo ya hablaremos de la metonimia. Baal, en relación con tu imagen yo no puedo entrar en terrenos especulativos por cuestiones de ética. Además, los reglamentos del Instituto lo prohíben. Lo que sí es cierto es que te voy a seguir ayudando. Luego precisaremos la clase de ayuda que te puedo ofrecer. Por lo pronto sería bueno que retomáramos el tema de la sensibilidad, así sea a vuelo de gaviota, que dejamos esbozado la última vez cuando nos tomamos una buena cerveza. La sensibilidad es importante en este período del informe, pues de ella depende el éxito del trabajo de campo que vas a llevar a cabo. Los extremos son malos. Por eso siempre se juntan. Un alma insensible fracasaría en la empresa así como una hiperestésica. Entonces, mi estimado Baal, antes de que te de las últimas instrucciones del caso, detengámonos en eso que se llama sensibilidad y que mucha gente confunde con el amor o con el llanto. La sensibilidad es un estado del espíritu que no tiene que ver con la razón sino con las sensaciones; si quieres saberlo, oscila entre la razón y el corazón, por eso a veces la confunden con el amor. Claro, un

amor o una pasión es por naturaleza sensible pero ésta va más allá del amor, es más profunda. El llanto de una mujer puede ser sensible pero también puede significar una pataleta histérica. La sensibilidad es receptibilidad de sensaciones, de formas puras que se condensan en el espíritu fuera del tiempo. Y estas sensaciones surgen a partir de la experiencia perceptual del ver, del tocar, del sentir, del oler y del gustar. De ahí que la sensibilidad será muy útil en tu próxima experiencia. Del buen manejo de ella depende el éxito de tu informe o el fracaso rotundo. Aún más, la imaginación se nutre constantemente de la sensibilidad. Una imaginación insensible sólo grabaría en la memoria imágenes huecas, sin vida. Pero la sensibilidad es frágil y diversa. De ahí que muchos artistas sucumban en el camino. Por eso es necesaria canalizarla, ordenarla. El arte, si quieres saberlo, es síntesis de sensibilidad. El arte y la literatura son formas sensibles por excelencia.Y esto no es todo. Hay sensibilidades positivas y negativas. Hitler y los monstruos que construyeron durante años las carnicerías de Colombia, Guatemala y Kosovo, no es que carezcan de sensibilidad sino que la de ellos es perversa y monstruosa. De ahí que sea necesario organizarla. Recuerda: no se debe ser frágil como una pluma ni pesado como un ancla. Hay que ser liviano como las gaviotas. Baal, en tu próximo viaje especular debes dosificar la sensibilidad para garantizar tu ego-sistema. Cuando hablo de viaje, lo digo sólo en un sentido metonímico, pues tú no vas a viajar en el sentido literal de la palabra, no vas a cometer la estupidez realista de comprar un billete, tomar un miravolante y

desplazarte físicamente. No. Cuando hablo de viaje lo digo en forma metonímica, como una manera de dibujar un trazo de la realidad en el imaginario, de dejar una huella en esa maravillosa y temible experiencia de traspasar el espejo, que te espera. No te preocupes, Baal. Como te dije al comienzo, yo te ayudaré. Antes de atravesar el espejo debes esperar una señal. ¿Recuerdas al ciego con que te topas todos los días en el autobus? Sí, le dije. Bueno, él trabaja para nosotros y todo el tiempo te ha estado vigilando. Cuando lo vuelvas a ver te va a entregar un sobre lacrado de manila; no lo abras sino cuando estés en tu ciudad natal; luego espera el sol de medianoche y cuando veas la aurora boreal, una gaviota volará sobre ti y te cagará en la cabeza. No te preocupes, eso trae buena suerte. Esta es la señal de tu partida. Maestro, le pregunté angustiado, ¿nos volveremos a ver? Carajo, ya te dije que no me llames maestro. No sé, hoy en día pensar en el futuro se ha vuelto tan peligroso... Por culpa de los políticos corruptos todos estamos condenados a vivir en la calle, en la frontera. A excepción de dos o tres holgazanes que viven viajando en avión de primera clase, que tienen apartamentos en Nueva York y Barcelona, y viven comiendo caviar de Sebruga, los demás no somos más que unos desplazados que hemos perdido el centro. El mundo de hoy es incierto. La sola certeza que tengo es que pronto voy a morir. A lo mejor cuando regreses del viaje, yo estaré listo para ser preparado en forma de hamburguesa (aunque me gustaría que me incineraran como a los antiguos y las cenizas las tirarán a este río que ha sido la arteria originaria de

nuestro destino). Pero ya te avisaré. Cuando hagas el viaje inverso del espejo anunciaré mi muerte ante mis colegas y a la comunidad científica internacional, y si Dios me da vida y salud la organizaré como cuando los hombres en su gran bacanal de la vida acometíann la fiesta pagana antes de morir. Por mí, Baal, no te preocupes, que yo ya estoy viviendo horas extras y lo peor es que el patrón no me las quiere reconocer. Lo importante es que termines el informe. ¡Apúrate, y ojo vivo a la señal del ciego! ¿Cómo vamos a comunicarnos? Por Internet. Apunta esta dirección, y dále este otro a Lina para que te comunices con ella. Te pido el favor que no la vayas a abandonar y cuando le envíes un correo electrónico ten cuidado de no dejarla embarazada. ¿Sabes que en el Japón una linda nipona tuvo mellizos por Internet? Si me encuentro a los hombres invisibles, ¿qué hago? ¡Evítalos! ¡Huye de ellos! Pero van a asediarme; van a querer el informe por los cheques que me han dado. Sácales una fotocopia, y sé que quedarán satisfechos. ¡Ahora vale más una fotocopia que un original! ¡Good luck! Cuando regresé a casa a Simbad lo encontré llorando. El pulpo que Marot le había regalado se había muerto en el estanque. Así es la vida, mi amor -le dije- y me puse a consolarlo. Voy a enterrarlo en el parque. ¿Me acompañas al funeral? Sí, mijo. Cuando íbamos rumbo al parque le dije que no se sintiera solo pues aún tenía al periquito australiano y a Bubastis. A Bubastis le tengo confianza pero al pájaro ése apenas le crezcan las alas se larga y nos deja abandonados. Mientras abrimos la fosa y clavamos una pequeña cruz de madera pensé en mi partida y

se me hizo un nudo, como si tuviera el pulpo atascado en la garganta. Cuando regresamos a casa, Simbad estaba más tranquilo. Lina había preparado unas verduras al vapor, carne deshilachada y postre de caramelo. No sabía cómo empezar. Lina me vió y con el sexto sentido que tienen las mujeres me preguntó: ¿Qué te pasa, Baal? Nada, le dije. Sí, a tí te pasa algo, cuéntame. No, de verdad, nada. Te vas, ¿cierto? Sí, pero sólo es por un tiempo; tengo que pasar a la etapa del trabajo de campo. ¡Qué trabajo de campo y qué ocho cuartos! ¡Te vas porque estás aburrido de nosotros! No, Lina, no es cierto; Marot me dijo... Y sonó el teléfono. Era Nadia y tapé el auricular con la mano para que Lina no identificara la voz. ¿Aló? Nadia me decía que quería urgentemente hacer el amor conmigo en el laboratorio del Instituto. No puedo, le respondí. Ah, ¿tú también eres moralista como el maestro? ¿Tú también eres un eunuco impotente como los colegas del Instituto? No, no puedo, tengo un compromiso urgente que cumplir. Sí, ya lo sabía, sé que tienes que atravesar el espejo, por eso te llamo, para que te acuerdes de mí eternamente. Lina alcanzó a escuchar la última palabra y tiró los platos con violencia contra el fregadero. ¿Vas a venir? Te espero en el laboratorio, tengo la llave. ¿Por qué en el Instituto? Le pregunté tapando mi voz con la cuenca de la mano. Porque es aquí donde te he fantaseado y quiero vengarme del director. ¿Ok? Ok, en media hora estaré en el Instituto. Colgué. ¿Quién era?, preguntó Lina mientras fregaba los platos. Marot. Ah, no sabía que ahora el maestro se había vuelto maricón. Era él a través de su secretaria. Baal, eres un farsante; desde que estuvimos en el

Instituto me dí cuenta de todo. ¿Tú crees que soy una estúpida? Esa muchachita lo que quiere es acostarse contigo, si es que ya no lo han hecho. Cuéntame, ¿ya lo hiciste con esa skinhead ? No, Lina, estás celosa. ¡Y ahora resulta que te vas de trabajo de campo ! ¿Te vas con ella? ¡Bonito trabajo de campo ! Mira Lina, es una responsabilidad muy grande, si no parto se pone en peligro mi reputación, mi carrera profesional. ¡Tu re-pu-ta-ción! ¿Sabes qué, Baal? Lárgate, pero cuando vuelvas no me vayas a buscar porque yo seré otra y sentí que un plato se astilló solo en el fregadero. Aquí tienes la tarjeta del banco y la dirección de Internet para que nos comuniquemos, y salí en busca de Nadia. Cuando tomé el bus, me tropecé con el ciego, que aprovechando el incidente me deslizó un sobre amarillo de manila. Gracias, le dije, y alzando su mano me pegó un bastonazo en la espalda. Llegué al Instituto y cuando toqué en la puerta del laboratorio Nadia estaba acostada en la mesa de disección; tenía una copa de vino en la mano, un cigarrillo y las piernas semi-abiertas en un ángulo de 45 grados. Hola, y me invitó a acostarme a su lado. ¿Sabes que siempre esperé esta ocasión? ¿Que siempre te fantaseé sobre esta mesa de mármol? Y nos acariciamos. Cuando la penetré, ella gimió como un conejo de laboratorio y pensé que se había desmayado. Su gemido no parecía que saliera de su boca sino de otra parte. De la nada. Apenas terminamos me sentí vacío como si a mis pobres soldados los hubieran matado en la guerra. Nos vestimos. La invité a comer algo y ella rehusó porque debía terminar un informe para el maestro. Cuando

abandoné el Instituto ya era media noche; caminé unas cuantas cuadras, miré hacia la montaña mágica y descubrí los primeros resplandores de la aurora boreal. Entonces me dije: Debo pepararme porque muy pronto voy a «viajar». Y una gaviota pasó volando y me cagó en la cabeza. Esa era la señal de Marot. Traté de limpiarme y la cagué aún más. Entonces con mi maletín donde llevaba el computador, la Internet, y el sobre amarillo de manila, tomé el bus, y atravesé el espejo virtual.

Llegué a Santiago de Cali. Era una ciudad bella, enclavada en un valle que se extendía entre dos cordilleras. Un río que llevaba el mismo nombre y que desembocaba en el Cauca la atravesaba de occidente a oriente. Al fondo y pegada a los Farallones se levantaba la ciudad. Entre la cadena de montañas azuladas se destacaban dos cerros que eran símbolos de la ciudad: el cerro de las Tres Cruces y el de Cristo Rey. Mientras iba en el taxi revisé mi agenda negra y recordé que aquí aún vivía tía Tiresias. El resto de la familia se había trasladado a otra ciudad o había muerto. El taxi me dejó en el hotel, tomé una ducha, me cambié de ropa, arreglé mis papeles y salí a la terraza. Luego tomé otro taxi y me dirigí a la colina de San Antonio donde vivía mi tía. Mientras el auto subía, una luz brillante entró por los cristales y casi me enceguece. El auto me dejó en una casa blanca de bahereque, ventanas y zócalo verde. Toqué en una puerta de madera y una mujer menuda con un pañolón negro que le cubría los hombros, abrió. Estiró su mano y cuando me tocó para reconocerme me dí cuenta de que sus ojos estaban usados, no le servían; como al ciego del autobus. Ah, si es el niño Baal. Entre, mijo, entre; cuántos años sin verlo. Y cogiéndome por el brazo me condujo por un zaguán oscuro hasta un patio donde había una mesa grande de madera y seis asientos donde hacía mucho tiempo nadie se sentaba. En el centro de la mesa había un ramo de rosas que aún conservaban el rocío de la mañana. Cómo ha crecido el niño Baal, y me pasaba sus manos temblorosas por el cuerpo. Recuerdo cuando

lo cargué por primera vez. Tía, ¿qué le pasa en los ojos? Ay, mijo, son los años, pero ya no los necesito; para lo que se ve en este mundo... Y me sirvió un café con pan. ¡Qué alegría volver a verlo! ¿Qué santo lo trae por acá? Desde que su padre murió y su madre se fue a vivir a Palmira, ya ni la muerte me visita. Todo el mundo se fue de esta casa y sólo he quedado yo. Su madre sólo viene una vez al año a dejarle a su padre flores en el cementerio. Samuel Baal, mi padre, había muerto en la época del incendio cuando Pedro, mi hermano mayor y yo aún éramos niños. Pero ahora yo no venía por mi padre sino que venía por Pedro. Bueno, dígame, mijo, ¿qué lo trae por acá? Y le contesté con otra pregunta: ¿Dónde está Pedro Baal? Vengo a buscarlo. Sacó de su pecho un pañuelo arrugado con un nudo ciego donde tenía dos fotos, lo desbarató y me mostró una donde estaba él con el vestido de primera comunión, el corbatín y los mocasines, como yo lo había soñado. Eras igualito a él; el mismo Pedro Baal. Y sonrió con su dentadura empotrada en oro de india caucana. Luego sacó otra foto donde había un hombre flaco, sin camisa y con la piel tostada por el sol. Así era la última vez que lo ví. Yo misma le tomé la foto. ¿Cómo así? ¿Dónde está? ¿Está muerto? Si estuviera muerto, como su padre, estaría tranquila. Está secuestrado. Y se puso a llorar. ¿Hace cuánto? Hace tres meses. ¿Avisó a la policía, al Gaula? No sirven para nada. ¿Informó a la Comisión de Derechos Humanos? Sí, y de tanto ir ya me dan café con pandemonium. ¿Lo buscó en los hospitales, en la cárcel, en las comisarías? Ya le dije que no está por

ninguna parte. Pero, ¿está vivo? No sé, está secuestrado; eso es lo que dicen en Derechos Humanos. Que como está secuestrado lo están buscando y lo tienen apuntado en una lista grande. ¿Quién puede haberlo secuestrado? Dicen que los hombres invisibles. Y casi me desmayo. Tía, arréglese porque ahora mismo vamos a buscarlo. Y emprendimos un periplo, en medio de una atmósfera tensa pues los hombres invisibles controlaban todo, el aeropuerto, el terminal de buses, los taxis amarillos, las instituciones del gobierno, el ejército, la policía, los hospitales, el estadio, los teatros, las discotecas y además, por una nota anónima que llegó al computador, al día siguiente de mi arribo virtual a la ciudad, la tía y yo sabíamos que a mí también me estaban buscando. Aquel primer día recorrimos la ciudad en un taxi donde no podíamos hablar porque sospechábamos que el chofer que nos conducía podía ser un informante que trabajaba al servicio de ellos. Un sapo amarillo, como ella les llamaba. Aquella mañana tomamos distintos autos hasta que llegamos a Derechos Humanos. Allí, una señorita bien vestida nos ofreció café y nos pasó la última lista del computador. Tía Tiresias buscó con el dedo índice hasta el último nombre. No estaba. Luego nos dirigimos a la cárcel donde lo buscamos en un grueso libro de contabilidad que nos prestó el policía, y tampoco estaba. Nos desplazamos al cementerio y en medio de las tumbas, la tía me contó que todo esto la había llevado a hacer un estudio minucioso sobre la muerte. Aquí en Cali la muerte es una costumbe diaria, me dijo, pero nunca hemos pensado

seriamente en ella. ¿En qué consiste el estudio? Es una investigación ardua, como dicen ustedes los científicos, que me va a llevar toda la vida. Empecé estudiando los testamentos, luego los retablos de almas del purgatorio, la historia de los cementerios, los distintos desplazamientos que ha habido, y los estilos de inscripciones en las tumbas y cenotafios. Ahora mismo estoy haciendo un análisis cuantitativo de series documentales homogéneas para ver si con este método puedo por lo menos averiguar si Pedro Baal está muerto y dónde lo enterraron. La tarea es ardua. He tenido que estudiar Artes monumentales y Caligrafía, pues como tú sabes un cementerio que se precie es ante todo un homenaje a la escultura y a la escritura. Mi objetivo primordial es que debemos luchar por la piedad y respeto por los muertos que aquí hace tiempo se ha perdido. Como la tarea es grande, ahora mismo estoy organizando una asociación que consistirá en hacer largas peregrinaciones a la morgue y los cementerios de la ciudad para cuidarlos y venerarlos. La muerte, mijo, hace parte del ciclo de la vida, pero aquí parece que se nos fue la mano, y vamos a tener que amansarla. En el campo santo, tía Tiresias se acercaba a los cenotafios, donde brillaba una lustrosa lápida e iba anotando en un cuaderno escolar todos los detalles que tocaba. De pronto, se detuvo en una tumba dominada por un samán, y dijo: Aquí yace tu padre. Yo me acerqué, y leí sobre el duro mármol: -Samuel Baal+ 1886 – 1958

No encontramos ninguna pista de mi hermano. De regreso a casa, nos detuvimos en un kiosko y pedimos un café con pandemonium. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando ví sentada en una güadüa a Luzmila Baratilova, la mujer que había intentado matar a mi maestro. Llevaba un sombrero de paja, de esos que usan los turistas, y estaba acompañada de un hombre delgado, de sienes plateadas, barriguita espesa y vestido entero «Benetton», maletín-de-cuero-en- la-mano, de unos cincuenta años de edad. Nos están siguiendo, dijo tía Tiresias. ¿Por qué lo sabes? Tú eres ciega y no ves nada. Y con el pandebono en la boca se paró al frente mío, y me dijo: Tú me reprochas ser ciega pero tú que tienes ojos cómo no ves hasta qué punto ha llegado nuestra miseria. ¿Qué hacemos, tía? Terminemos el café y luego nos vamos a casa. Si nos han de matar que lo hagan de una vez. ¿Acaso no saben que ellos son efímeros como nosotros? Por razones de seguridad, aquella noche me quedé a dormir en la casa del barrio San Antonio. Abrí el sobre de manila que me había entregado el ciego del autobus y hallé una copia del informe que Marot había fotocopiado cuidadosamente, pensando en que los hombres invisibles me irían a hostigar apenas pisara -vía Netscape- las calles rectilíneas de la ciudad, que parecía que hubieran sido diseñadas por el pintor Omar Rayo. También había una cantidad de dinero en dólares que me permitiría vivir sin afugias mientras terminaba el trabajo de campo. Marot no escribió ninguna nota pero me alegré de su gesto generoso, in God we trust, y abrí el computador y escribí dos correos electrónicos. El

primero fue para él, donde le agradecía por el informe y por la plata, le contaba que estaba ante un peligro inminente y el encuentro con Luzmila Baratilova. La respuesta de Marot no se hizo esperar: «Piensa en la última lección que te dí, piensa en la sensibilidad. Si te piden el informe, dáselos. Tú sabes que ese no es el original. Respecto a la Baratilova, expresó: como dijo Goethe, huye de la bruja y cuídate mucho. Firmado, Marot». Por primera vez le escuchaba al maestro una palabra peyorativa. El otro correo fue para Lina. Lo escribí con mucha atención cuidando de no ir a dejarla embarazada. A ella sólo le hablaba del paisaje de la ciudad para que no se preocupara: el majestuoso cerro de las Tres Cruces, el cerro de Cristo Rey, la iglesia gótica de la Ermita, la Plaza de Caizedo y la avenida Roosevelt bordeada de palmeras africanas. Aquella noche dormí en el cuartico de barrotes que había compartido con mi hermano y al día siguiente me despertó el canto de un gallo. Había vuelto a soñar que sentado con él en el baranco de San Antonio, Pedro Baal había bajado por la carrera 10, había cruzado el barrio de los vendedores de libros de Santa Rosa, la galería El calvario, el barrio Obrero, e internándose en el corazón del valle había desaparecido por primera vez. Tía Tiresias estaba levantada desde las cinco de la mañana, y ya había cambiado las flores de la mesa, rociado las plantas, rezado y prendido una veladora

ante la foto de él; había hecho el desayuno y se disponía a darle maíz a las gallinas. Tía, ¿qué le pasó a esa gallina en el ojo izquierdo? Es tuerta, como la dueña. ¿Cómo lo perdió? En una riña de gallos. ¿Cuándo nos la comemos? A Clotilde no, porque tiene poderes sobrenaturales. Ven, te presento a Amanda; esa sí nos la podemos comer porque ya está vieja y fea como yo. Hay que esperar un buen acontecimiento. ¿Poderes sobrenaturales? Sí, cambia de cuerpo según como vaya la ciudad. Si en Cali hay paz ella enseguida se viste de blanco y toma el cuerpo de paloma, si un político está hablando Clotilde se viste de loro para refutarle; si hay violencia y guerra ella se viste de gallinazo. Lo único que se debe hacer es darle buen maíz y acostarla temprano. Yo la llamo el termómetro del país. ¿A qué horas hay que verla transformada? A cualquier hora, depende de como vaya el país. La casa era grande y tenía baldosines de barro. Desde la parte posterior del patio comenzó a entrar un chiflón de viento que la hizo más fresca y acogedora. Contemplé a la tía y sentí un poco de tristeza. Está como la gallina Clotilde, más vieja y revejida, pero sigue teniendo la misma inteligencia y tenacidad de siempre, pensé. Tía, ¿ dónde consigue las flores? Son del solar; ven, y cogiéndome de la mano me mostró las rosas más bellas que he visto en el mundo. ¡Cuidado te pinchas! Un día que no me hiciste caso te enredaste en una de estas matas y te pinchaste la cara. Aquella mañana nos quedamos recordando a Pedro Baal, mientras ella asaba plátanos en un fogón de leña que pasábamos con café con pandebono. ¿Cuál es el

objetivo de la sociedad? La piedad y el respeto a los muertos. Si aquí se tuviera un mínimo de respeto por ellos los asesinos lo pensarían dos veces antes de levantar la mano y actuar. ¿Quiénes pueden participar en la asociación? Todo el mundo. La muerte es algo que nos concierne a todos. Al principio pensé que yo sola y con la ayuda de algunas vecinas podíamos llevar a cabo el trabajo, pero ahora me he dado cuenta de que hay tanto por hacer. Mira, mira a Clotilde cómo va cambiando de plumaje. Se está poniendo verde como los loros. Qué raro, debe estar hablando el Presidente de la República. Algo malo está pasando en el país. ¿Prendemos la televisión? Y cuando prendimos la caja vanidosa de la estulticia estaba efectivamente hablando el Presidente de la República. Un grupo de encapuchados había llegado la noche anterior a El Tambo y había matado a sangre fría a doce campesinos. El alcalde había declarado la ley seca en la población. Apaga Baal que ese aparato sólo trae malas noticias. Aura tiñosa de mal agüero. Y cuando volví a mirar hacia el patio, Clotilde se había vestido con un plumaje negro, y había cobrado la forma de un gallinazo. Quién sabe hasta cuándo estará de luto. En la ciudad la gente odia a estos pobres animales pero no saben que ellos ayudan a los muertos, y limpian el paisaje. El cóndor no debería ser nuestro símbolo nacional sino el gallinazo. ¿Le aso más plátano, mijo? Aquella noche regresé al hotel y cuando descendí del taxi, había otro esperándome en la esquina. Adentro se encontraba la Baratilova con el hombre de saco y corbata. Entonces, por primera vez tuve la certeza de que me estaban siguiendo y sentí miedo

como si alguien me cogiera a traición y me disparara a quemarropa. Me metí rápido al hotel. Aquella noche no pude dormir y estuve pensando que tía Tiresias y yo deberíamos cambiar de táctica. De ahora en adelante debíamos ser más prudentes. Recordé la última lección de Marot y se hacía urgente amaestrar la sensibilidad. Sus palabras habían quedado grabadas como un sello de cera en mi memoria: la sensibilidad es receptibilidad de sensaciones, de formas puras que se condensan en el espíritu fuera del tiempo. Ella surge a partir de la experiencia fenomenológica del ver, del tocar, del oír y del sentir. Del buen manejo de ella depende el éxito de tu informe o el rotundo fracaso. Así que era necesario cambiar de estilo y estar más atento porque sino un día tía Tiresias y yo íbamos a desaparecer como mi hermano mayor; aparecer flotando en el río Cauca llevando un gallinazo como estandarte en el abdomen; clasificado en la morgue como NN; tirado en el basurero de Navarro o en la cuneta de una carretera; y todo el trabajo con Marot y el informe se echarían a perder. Consulté mi preocupación con la tía, y ella estuvo de acuerdo en el peligro en que nos encontrábamos y fue cuando me habló por primera vez del menjurje de yerbas. De ahora en adelante tú no vas a correr riesgos pues yo tengo un brebaje de yerbas que te volverá invisible, y así ellos no te podrán descubrir y podrás acompañarme donde sea. El éxito de que lo encontremos depende del ACSDH que estamos haciendo. Este trabajo no lo podemos parar y tú con tu nueva naturaleza podrás acompañarme con mayor facilidad. ¿El brebaje me vuelve invisible?,

pregunté asustado. ¡Tía, estás loca! Nunca lo he negado, sobrino. Loca y ciega. Al fín y al cabo nací en este país, ¿no? Es un brebaje que utilizaron los indios para defenderse de los españoles que los cazaban como animales. La fórmula me la dio tu abuelo.Yo misma, cuando he estado acosada por los hombres invisibles, lo he utilizado y ha surtido efecto. Aún más, pienso que los hombre invisibles también lo utilizan. O si no, ¿por qué son omniscientes como Dios? Tía, ¿de un estado visible pasaré a uno invisible? Así es. Y cuando esté aburrido de mi invisibilidad y quiera volver a ser como ahora,¿qué hago? Ingieres la contra. ¡No te creo! Tú no crees porque nunca has confiado en lo nuestro y desconfías de mí porque como nunca fui a la universidad. Es terrible el saber cuando éste no le sirve de nada al que lo posee. Tú, que no eres ciego, parece que no sabes ver lo que se aloja en tu alma. El saber siempre guarda un poder y tu poder, como a los indios, te lo daré en este brebaje. Tomarás un vaso en ayunas durante nueve días sin salir de la cama ni pisar el suelo; cuando termines el tratamiento sentirás una sensación agradable de levedad hasta que a los nueve días y con el esfuerzo de tu espíritu podrás convertirte en un ser invisible. ¿Como los fantasmas que recorren de noche los caminos del país? Como los fantasmas, exactamente. Y cuando quiera volverme visible, ¿qué hago? Ya te lo dije, tomas la contra y en tres días volverás a tu estado normal. A veces tengo la impresión de que los investigadores somos ciegos de una parte del mundo. No sólo ustedes, todo el mundo es ciego de una parte del mundo. ¿No ves

que yo ya no veo por el tercer ojo ni por el ojo ciego? ¿Cuál es el ojo ciego? El culo, mijo, el cero, como le llaman los árabes. Y se rió. El mundo está sentado sobre el cero, sobre el vacío. ¿Qué es el cero? Nadie lo ha podido descubrir. Los árabes dicen que el cero está lleno de estiércol. Nacemos entre la mierda y la orina, decía San Agustín, que en paz descanse, y está en el cielo. Me quedé pensando en las palabras de la tía. ¿Será que está utilizando correctamente el «análisis cuantitativo de series documentales homogéneas» ? ¿Será que está loca y su estudio no es más que fruto de la especulación ? ¿Será que está «tocada» por tanta violencia?. La violencia, me dije, es una enfermedad y es contagiosa como el sida. Un ser humano puede ser la persona más pacífica del mundo pero si se mueve en un habitat de agresión y violencia enseguida se contagia. Le pregunté: Tía, explíqueme, ¿en qué consiste el ACSDH? ¿No lo conoces? Me parece el colmo que un investigador como tú no lo conozca. Cuando volvamos al cementerio me vas a ver contando y anotando en un cuaderno la fecha de nacimiento de los difuntos, sus nombres, su genealogía, sus causas de deceso, sus parentescos y los símbolos que dejan los dolientes. De esta manera recopilo todas estas huellas que luego cotejo y así voy sacando mis propias hipótesis. A esto le añado los datos y encuestas que recojo en la biblioteca, lo que dicen los dolientes, lo que ocultan los médicos legistas y la policía, lo que no dicen y mienten los abogados, hasta que al final saco mis propias conclusiones. Creo que este es el mejor

método para encontrarlo o por lo menos para saber si está vivo. Tú no sabes la angustia que una siente cuando un hijo está secuestrado. Durante nueve días tomé religiosamente el brebaje. Era un zumo verde, amargo, compuesto de paico, cilantro, ajo, albahaca y cimarrón. Al ingerirlo me producía naúseas. Durante aquel período, que yo califico de «convalescencia», pensé en el dolor que sentía Tiresias por su sobrino secuestrado y me dio rabia por el dolor injusto que padecían tantas Tiresias en el mundo. ¡Este país no respeta ni a las madres que son las que nos han dado la vida! En medio de los retorcijones de estómago que el vermífugo me producía, intenté precisar la definición de «secuestrado», y le di la razón a mi tía: el muerto como el vivo por lo menos está. El secuestrado es el que no está. Y para no aburrirme durante esos nueve días leí las historias fantásticas de Coleridge y Borges. Hasta que al noveno día fuí sintiendo una sensación de levedad y luego ví con asombro cómo mis dedos, mis manos y mi cuerpo iban desapareciendo poco a poco. Era una sensación extraña que luego que han pasado varios años, aún no logro entender: Mis dedos, mis manos y todo mi cuerpo iban desapareciendo ante la mirada burlona de Tiresias, y sin embargo, mi espíritu seguía allí, presente. Era algo así como si no sintiera el cuerpo pero yo seguía pensando normalmente e imaginándome el mundo. Fue cuando descubrí que el hombre no es nada si no tiene un espíritu y una memoria. Si se quiere, se puede prescindir del cuerpo; se puede por ejemplo meterlo en una máquina lavadora, ponerlo a secar o simplemente

tirárselo a una Lolita urgida de sexo. El espíritu que es lo más preciado que tiene el ser humano, y que está compuesto por la inteligencia y la sensibilidad; el espíritu, que es un sistema de símbolos y la inteligencia, que es su máquina simbólica. Tía entró al cuarto y cuando no me vio se puso feliz.¡ Bravo!, ahora tienes la facultad de ser invisible. El indio Petecuy tenía razón. ¿Si ves que no te engañé? Si te he mentido quiero que me asegures que ignoro el arte de los adivinos. Baal, ahora tómate esta sopita caliente para que te recuperes. ¿Cómo hago si no tengo boca ni estómago? ¡Pero tienes espíritu! ¡Y el espíritu hay que alimentarlo! Si no, se muere. Volvimos a la policía. Tía Tiresias iba con su chal negro y una mochila güambiana donde llevaba un cuaderno de escuela y un lápiz. Yo iba estrenando mi nueva naturaleza y me sentía más liviano y feliz, aunque a veces me daba nostalgia mi antiguo estado y sentía miedo que la contra de Tiresias no funcionara y me quedara para siempre invisible, pero luego reflexionaba y repetía algo que me había dicho el maestro: la nostalgia es sólo deseo del pasado, y no se come. Entramos a la estación de policía y antes que tía sacara el cartapacio de papeles de Pedro, un policía vino y nos dijo que no nos podían ayudar pues estaban muy ocupados defendiéndose. No se imagina, señora, dijo, en las noches tenemos que salir en parejas para que no nos maten. ¿Quién los ataca?, pregunté: Los hombres invisibles. ¿Cuál es el problema? ¿Por qué no los persiguen y los cogen? Porque muchos hacen parte de nuestro cuerpo

policíaco. El enemigo está en nuestro cuerpo y no lo podemos detectar. ¡Ese es el problema! Nos dirigimos al Hospital Universitario donde yo había trabajado como biólogo. Ahora, mientras entrábamos por la puerta central sentía cierta nostalgia por aquel sitio donde había pasado buena parte de mi juventud y la rabia que llegué a sentir cuando me amenazaron de muerte y me echaron por el escándalo de la sangre contaminada. No tenía ningún resentimiento contra el director del hospital que firmó la carta de despido ni contra los que me habían atacado y firmado los libelos. Y sentando mi humanidad invisible en una silla de la recepción los perdoné. Lo único que no hubiera deseado era saludar a mis antiguos colegas, pero para eso yo estaba protegido: era invisible y estaba seguro que ni la mujer de los «tintos» me iba a descubrir. Tía Tiresias preguntó a la enfermera de turno por la lista de enfermos de los últimos días y no encontró a Pedro. Señora, averigue en la morgue que está en el ala izquierda; le deseo buena suerte. Cuando íbamos a entrar al anfiteatro, nos volvimos a encontrar con el hombre Benetton y la Baratilova, que iba con el sombrero de paja para protegerse del sol. Pasamos delante de ellos; yo los ví pero ellos no me pudieron ver por mi estado. Y por primera vez me burlé de los hombres invisibles. Nos están siguiendo, dijo Tiresias, pero se van a joder porque no te van a encontrar, a no ser que cometas alguna imprudencia. ¿Qué imprudencia puede cometer un hombre invisible? Emborracharse o dejarse embaucar por una mujer. Y entramos. La morgue era un lugar frío, aséptico, como el del

Instituto Nacional de Ciencias y todas las morgues que he conocido en mi duro trabajo como biólogo. ¿Qué es ser biólogo? Es el hombre que da vida. ¿Qué es la biología? Es la mitad del destino de la mujer. Ese día la morgue estaba superpoblada y me dio tristeza al ver que más de un cadáver tenía que compartir con otros en las duras planchas de cemento, otros esperaban recostados en los húmedos muros y no pocos se salían de los frigoríficos. ¡Sólo en esto nos parecemos a la China! La superpoblación de muertos -en medio de tanta vida- y de muertos en vida que se mueven presurosos por las calles. Entramos, y enseguida aquella primera sensación de rechazo se desvaneció pues yo, como biólogo, me sentía más cómodo en una morgue que en una discoteca. En las discotecas siempre hay humo y borrachos que le están buscando a uno pelea y tratando de quitarle la pareja. Los muertos en cambio son pacíficos e inofensivos. Y empezamos a buscarlo con cierta mirada voyerista y perversa entre el sinnúmero de cuerpos sin vida. Tía Tiresias sacó de su mochila el cuaderno y el lápiz, y acercándose a las etiquetas que colgaban de los dedos gordos y morados, iba llenando un cuadro que era clave en el ACSDH. El muerto no está, dijo; y cerró el cuaderno. A la salida, la pareja seguía vigilándonos. ¿Qué hacemos, tía? No sé, ahora estás protegido, pero cuando vuelvas a tu estado normal temo que te pase algo grave. Creo que lo mejor es hablar con ellos. ¿Por qué te siguen con tanta insistencia? Les interesa el informe. ¿No me decías que habías traído una copia? Bueno, tómate la contra y en tres días los citas

en algún lugar de la ciudad y les das el maldito informe. Lo que me preocupa es que esa gente te coja y luego de que tengan el documento en sus manos, te dejen flotando en el río con una garza patiazulada escarbándote en el pecho. Tú sabes muy bien que están contagidos por el virus de la violencia. Han sido víctimas de muchas violaciones y no les importa nada. Lo único que les importa es el negocio de la muerte. Tía, a mí me preocupa el informe, es sólo una fotocopia. Mejor, mijo, ¿tú crees que ellos hacen diferencia entre un original y una fotocopia? ¡Ni que fueran investigadores! Además, hoy en día tiene más valor una fotocopia que un original. Mira no más las obras del pintor Fernando Botero: todo el mundo quiere tenerlas en casa y nadie se preocupa si son originales o fotocopias; lo importante es tenerlas. Tía, eso no es todo, el informe no está completo. ¿Qué hago? Déjame consultar con el oráculo. ¿Además de bruja yerbatera tienes oráculo? ¿Cuál es tu oráculo? El excusado; cuando tengo un problema y no lo puedo resolver voy al excusado. Por allí corren aguas puras y aguas negras y cuando el lío es muy grave las aguas se lo llevan y se disuelve. El baño es un lugar íntimo y secreto, y sirve para excretar los problemas. Tú, que sabes tanto, ¿no sabías que la palabra secreto viene de excretar? De allí los informes secretos, los amores secretos (un amor secreto es en la medida en que se pueda excretar) y los agentes secretos como ese par de gorrones que nos vienen siguiendo desde hace días y que ya me tienen fatigada. El baño es el oráculo donde se purifica el alma.

Llegamos a la casa de la colina de San Antonio. Tiresias se quitó el chal y fue al oráculo. Yo me quedé en el patio contemplando a Clotilde, que ahora lucía un plumaje verdoso, de loro viejo. Debe estar hablando el Ministro de Defensa, me dije. A la media hora tía salió y se lavó las manos en el platero. Venía riéndose. ¿Te dijo algo el oráculo? Sí, tienes que tomarte la contra inmediatamente y volver a tu estado visible. Luego, los citas en una cafetería y negocias con ellos; les dices que les das el informe con la condición que te digan dónde está Pedro Baal. Recuerda que ellos no entienden mucho las palabras porque quieren todo por la fuerza. Ya sabes, están enfermos de violencia y no quieren aceptar ningún tratamiento terapeútico. Además, les comentas que si está muerto que te digan de una vez porque yo estoy sufriendo mucho. Ahora no me importa si está vivo o muerto. Me interesa simplemente si está. No, mejor no hables de sufrimiento porque ellos tampoco conocen ese lenguaje. Son duros y de sangre fría como los sapos y no les interesa. Aprovecha los nexos que tienes con Marot. Díles que si rompen el acuerdo y te sucede algo el mundo se les viene encima. Aunque no lo entiendan, recuérdales que ellos son efímeros como nosotros. Recuérdales también esto: Somos carne de la misma carne. ¿Si me sucede algo? No te pasará nada, Pablo Baal. El oráculo me lo dijo, además tienes la contra. Aquella tarde, mientras el cielo azul se llenaba de arreboles ensangrentados y la línea de los Farallones se pronunciaba en la cordillera, sospechamos por primera vez que Pedro Baal estaba muerto, que los hombres invisibles lo habían mandado a matar desde

hacía días, quizás meses, y lo hacían aparecer como desaparecido para dilatar el asunto y no permitir un escándalo nacional e internacional; ahora lo único que querían de Pablo Baal era el informe, y después que se fuera a la mierda, como apareció escrito días más tarde en la red de Internet, como le tocó hacer cuando descubrió en una probeta sangre contaminada y le había tocado hacer durante toda su vida: Huír, escapar, fugarme, exiliarme, aunque fuera en mi propio país, en mi propia ciudad, en mi propio cuerpo, con mi mujer y mi hijo, volverme invisible con los maravillosos menjurjes, porque en Cali, de unos años para acá no se podía respirar, y vivir se había vuelto algo tan raro que sólo unos pocos se podían dar ese lujo. Aquella noche, mientras comíamos en la cocina de la casa, decidimos que al día siguiente bebería la contra que me volvería visible y luego, cuando hubiera alcanzado mi estado natural, buscaría al señor Benetton, el emisario de los hombres invisibles. Al día siguiente me levanté muy temprano y bebí un zumo verdoso que sabía peor que el anterior y al tercer día, mientras la tía, Clotilde, Amanda, el gallo y toda la familia me despertaban con sus cantos, volví a ser como antes, y me sentí feliz. Cuando iba a salir con el sobre de manila debajo del brazo, tía pasó su mano derecha por mi rostro y me dio la bendición como cuando era un niño: En nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, que Dios me lo libre de todo mal y peligro. Y salí rumbo al café Los Turcos donde el hombre me había puesto la cita. Me senté en una mesa a esperar. Era raro. El hombre Benetton no llegaba. Esperé un rato y a la media hora decidí

pararme y regresar a casa. Caminé por la avenida y desde los árboles me llegó el olor a cadmias que no sentía desde niño. Envuelta bajo una luz diáfana, la ciudad se extendía sobre una pátina multicolor, perdiéndose en un tapiz verde-esmeralda que se extendía hasta Palmira y llegaba a la hacienda El Paraíso. Pasé por el Correo y recordé que aquí antes estaba el teatro Bolívar, donde mi madre me traía los domingos al «matinal». El antiguo Correo estaba ubicado en el sótano de un edificio del Paseo Bolívar desde donde se veía el hotel Alférez Real y el Batallón Pichincha donde mi padre Samuel Baal acostumbraba a llevarnos a la parada militar y a las retretas del domingo. Luego, al batallón lo trasladaron al sur de la ciudad y la antigua fortaleza militar se convirtió en el Instituto Politécnico Municipal. Allí cursé los tres primeros años de secundaria hasta que un día vinieron unos bulldozers y derrumbaron el colegio, el edificio de Correos y el hotel Alferez Real. Fue el comienzo de la destrucción de la ciudad clásica. Volví a pensar en el hombre Benetton y me dije para mis adentros: ¿Qué pasó con el emisario de los hombres invisibles? Ahora que quiero hablar con él, son ellos los que desaparecen. ¿Será que ya no les interesa el informe? ¿Será que me borraron de sus computadores, y archivaron mi dossier? Recordé a Marot que no había vuelto a escribir y me pregunté: ¿Será que todo esto no es más que un sueño, producto de mi imaginación? ¿Será que Marot, Lina, Simbad Tiresias, los hombres invisibles, no son más que el resultado de mi inflamada imaginación? Mientras atravesaba el puente Ortiz y alcanzaba el bache dejado por el hotel donde hoy se levantan

unas cuantas esculturas rebejidas, pensé de nuevo la ciudad y me pareció que Cali -como dijo el poetaera un sueño atravesado por un río con sus nubes que parecían países, con su aire de cristal casi amarillo y con sus árboles que tenían la forma de los hombres. Cali era sólo un sueño, y la historia de los hombres invisibles no era más que una pesadilla de mi mente calentana. Los hombres invisibles no existieron ni jamás han existido. Felizmente la realidad es muy distinta, me dije, y subiendo por el teatro Isaacs atravesé el parque de Cayzedo, tomé la carrera quinta y llegué hasta colina de San Antonio con el propósito de decirle a tía Tiresias que yo no estaba dispuesto a seguir jugando con fantasías; que cerráramos de una vez por todas este asunto porque ella y yo simplemente no existíamos, y si habíamos sido en algún instante de la vida era sólo en la imaginación de un loco biólogo y paranoico como yo. Antes de tocar en el viejo aldabón de hierro, me senté en las gradas de la casa desde donde se divisaba la hermosa ciudad y me puse a soñar las diferentes ciudades que habíamos inventado hasta el presente, y que asimismo, con la misma banalidad y osadía que nos había caracterizado, las habíamos destruído sin piedad. Esplendorosas ciudades que como capas de humo iban cayendo en la caja negra de mi memoria: la pequeña ciudad del valle encantado que se divisaba desde San Antonio y donde Pedro Baal con sus zapatos untados de barro había desaparecido por primera vez; la ciudad clásica de mi adolescencia con el batallón Pichincha, el Paseo Bolívar, el Correo, la Ermita, y el hotel Alférez Real; la

ciudad ilustrada con el café Gambrinus y las librerías Letras, Signos, El Zancudo y La Nacional; y la ciudad imaginada con Ciudad Solar, el TEC, y el Museo de La Tertulia. Yo nací en una ciudad fantástica en la que la gente caminaba por todas partes con tranquilidad; recordé al ciego Borges y fue entonces cuando tía Tiresias me escuchó desde la cocina y me entró a empellones por el zaguán. ¡¿Estás loco?!, me dijo. Ven, siéntate en la mesa; te acabo de preparar un sancocho de gallina y me cuentas cómo te fue con ese entelerido. No muy bien, dije, pues el hombre Benetton me dejó plantado. Ellos son muy inteligentes. Te dejaron caminar por la ciudad para que la reconocieras y tomaras confianza. Con seguridad te debieron estar vigilando con un video desde el pent-house del Hotel Intercontinental. ¡A ellos les fascina el documental! Tía, dejémonos de pendejadas; tú y yo no existimos, somos producto de la imaginación. Tienes razón, sobrino, nosotros no existimos, somos el resultado de una imaginación precoz. Estoy hablando en serio, tú y yo no existimos, estamos muertos, ¿me entiende? Sí, ya lo sé, mijo, además de ciega sé que estoy muerta. Los vivos están en otra parte; están en el Concejo Municipal. Tía, por Dios, creo que los dos estamos locos. Es de las pocas certezas que me quedan. Locos y ciegos de remate. Nunca hemos visto lo que ha pasado en la ciudad o nos hemos hecho los de la vista gorda, como le sucede al doctor Ricardo Lobo. ¿Quién es el doctor Lobo? El alcalde de la ciudad. Y enseguida añadió algo que me volvió a la realidad: el paso de los hombres por el mundo no ha sido fácil en ninguna época, menos en ésta,

llena de tantos seres crapulosos. Sobrino, abra esa máquina que me huele que le llegó un recado. A lo mejor es su maestro o su mujer, diciéndole que lo va a dejar. ¡Escríbale, por Dios, no sea ingrato! Fuí al computador y cuando ví en la pantalla el letrerito fatídico que decía You have mail, mi corazón empezó a latir como un perro pequinés y recordé a Lina tan juiciosa en el taller de arte como en la cama. -Lina hacía el amor como Yocasta-; a Marot, tan sabio y generoso, a Simbad tan hermoso y genial; y a Nadia que en la mesa de disección del laboratorio me había dejado en el vacío. Abrí el correo pero no era ninguno de los míos sino un mensaje de los hombres invisibles que decía: «¡Bienvenido a Cali! Por favor, necesitamos el informe con urgencia. Entréguelo por esta misma vía o si quiere personalmente al Doctor. El Doctor es el hombre que anda con la extranjera. Firmado, HI». Sin perder tiempo, les respondí: «Negociemos. Tengo el informe, pero antes necesito saber dónde está mi hermano Pedro Baal. Firmado, Pablo Baal».

Cuando volví al casillero eléctrónico, el primer texto había desaparecido y me encontré con este otro: «Negativo. No conocemos a ese sujeto. No aceptamos canjes de ninguna especie. Entregue el informe y punto. Para eso le pagamos.

HI». Para presionarlos a negociar les envié por Internet la primera página del informe y les insistí en que me dijeran si por lo menos estaba muerto. La primera página web de cualquier informe siempre es impecable. Eso les impresionará. Cuando quise leer de nuevo su mensaje, los hombres invisibles habían desaparecido de la pantalla. ¿Quién era?, preguntó tía. Los mismos con las mismas. Ah, ya aparecieron los condenados. Estaban jugando al escondite. Son muy educados. Sí, nadie lo duda. Todos son doctores y han pasado por la universidad. Como usted, mijo. Son Phd. Aunque en la ciudad dicen que ser Phd es ser un Hp. Tía, no sea grosera. No es grosería, es la realidad. ¿Se acuerda del doctor Cañosucio, el que le robó a su mamá la cuota inicial del lotecito? ¿Qué hacemos ahora? Me tienen ubicado, saben donde estoy, saben que tengo el informe. Pablo Baal, ellos van a presionar por las buenas o por las malas. Lo mejor es que nos curemos en salud y te protegas volviéndote invisible. Tenemos que esperar a ver si

ellos negocian y nos dicen dónde se encuentra. No lo van a decir. ¿Por qué? Quieren aparecer como una sociedad limpia, legal, y le temen al escándalo internacional. Entonces, ¿qué hago? Volverte invisible y esperar o ¿quieres que vengan dos hombres motorizados, te maten y luego te tiren al río? Más muertos en casa, ¡eso no lo voy a permitir! ¿Crees entonces qué está muerto? No sé, pero si estuviera vivo estaría aquí compartiendo este sancocho de gallina con nosotros. Fue al altar y le prendió una veladora. En la semana siguiente me la pasé leyendo literatura fantástica mientras soportaba una nueva metamorfosis. Durante ese período fatídico no recibimos ninguna noticia de ellos. Pero apenas terminaron los nueve días y volví a ser invisible, una noche mi tía sintió el ruido de una moto y me dijo: Ya vienen, no te preocupes, esta casa la volverán patasarriba sólo por buscarte; quédate allí quietecito al lado de la foto de él y no te vayas a mover. Tía, a tí te puede pasar algo. A mí ya no me pasa nada. Estoy muy vieja para esas cosas. Todo lo que tenía que sucederme ya me sucedió. ¡Se vengarán contigo! Ten cuidado, te pueden violar. No tengas cuidado, sobrino; cuando una es vieja y ciega no la miran ni los gusanos. ¡Quédate ahí, quieto, al lado de la lámpara! Y entró un hombre vestido de policía con una pistola en la mano. El otro se había quedado afuera con la moto prendida. ¿Dónde está su sobrino? Se fue de viaje. ¡Vieja mentirosa! ¡Vos lo estás ocultando en alguna parte! ¿Dejó el informe? ¿Cuál informe? ¡Ese hijo de puta nos hizo conejo! ¡Nos las va a pagar caro! Y tirando a la tía hacia el retrato de Pedro Baal donde

yo me refugiaba, se largó. ¿No decías que habían pasado por la U?, le pregunté a la tía Tiresias en tono sarcástico. Durante un mes no se volvieron a sentir. Yo estaba cansado de mi estado y le decía a tía que quería caminar por la ciudad y tomarme una cerveza. No puede sobrino, si no se han vuelto a reportear es que deben estar esperando un error de tu parte. Espérate a ver si aflojan y sabremos algo sobre Pedro. Yo no pierdo las esperanzas de verlo algún día, así sea en la morgue. Pero tampoco quiero arriesgar tu vida. ¿ Ya le escribiste a Lina y a Simbad? Sí, y le mentí. ¡Qué les iba a escribir! ¿Para contarles que ahora era invisible y me estaban buscando para volverme visible? Sabía que Lina seguía trabajando en su serie «Esculturas de ciegos», que Simbad seguía protegido por Bubastis y por el momento no necesitaban de mí, de un hombre que estaba buscando las huellas de un secuestrado y a su vez lo estaban buscando a él para secuestrarlo. Cuando al mes exactamente entró un mensaje por Internet. «Encontramos el cadáver. Pueden recogerlo en la morgue.

Firmado,

Derechos Humanos».

Y luego entró otro correo confuso, que decía: «Tigre blanco llamando a tigre negro. Encontramos la piñata». Tía y yo nos miramos a los ojos, y ella no pudo contener las lágrimas. Miserables, me lo mataron, dijo. Arréglese rápido y vamos a buscarlo. Espere, sobrino, ¿puedo volver a ver ese aparato? Prendí de nuevo el computador y volvimos a leer el primer mensaje, que decía: «Encontramos el cadáver. Pueden recogerlo en la morgue. Derechos Humanos». Y enseguida, el otro mensaje, escrito en forma metafórica: «Tigre blanco llamando a tigre negro. Encontramos la piñata». Ese correo no es de Derechos Humanos. Ese no es su estilo. Si ellos lo hubieran encontrado me habían venido a recoger en un auto. El segundo mensaje, qué quiere decir. El informante se equivocó de dirección electrónica y marcó de nuevo la mía. ¡Son ellos! ¡Vamos, tía! La morgue estaba llena de mujeres vestidas con su típico chal negro que apenas descubrían a sus seres queridos, lanzaban gritos de dolor y se convertían en las viudad abandonadas del país. Una enfermera les aliviaba su dolor haciéndoles oler alcohol. Tía se abrió camino entre la gente y llegamos a la sala general donde estaban expuestos decenas de cadáveres en las frías mesas de concreto. La señorita de Derechos Humanos apenas nos vió, nos guió hasta una de las mesas donde encontramos a un hombre desnudo, de piel azulada, que llevaba una herida de bala en la frente, como una estrella. Tía se

acercó, le tocó el rostro, y dijo: Es él. Luego se arrodilló, y lo besó. No tenían por qué hacerlo; es cierto que desde hacía tiempos había llegado al grado más bajo de miseria humana pero no tenían por qué cortarle la vida así, de un sólo tajo. ¿Qué sentido tenía matarlo? Nadie en este mundo tiene el derecho de negarle la vida a otro ser humano. Míralo bien, sobrino, ¡era tan parecido a tí! Con sus manos tocó su rostro y sentenció: Pedro Baal, hijo del alma, ¡por tu suerte ya no se podrá juzgar en la ciudad la felicidad de los hombres! Me acerqué al cadáver y apenas lo ví, descubrí con terror que era parecido a mí como había dicho mi tía. Y entonces volvió a mi memoria la imagen que había soñado cuando con Lina habíamos terminado de hacer el amor. Sentados en la colina de San Antonio, Pedro Baal y yo contemplábamos el paisaje del Valle del Cauca; de la colina se desprendía la carrera 10 que se perdía en el horizonte; por esa calle iba mi hermano vestido de primera comunión, como yo, pero sus mocasines los tenía llenos de barro. Lo ví bajar por la casa de los Cayzedo y cuando llegó a la pila de Crespo, le grité: «Baal, hermano, ¡ no vayas, por Dios!». El no me escuchó, y pasando la carrilera se internó en el valle donde había cientos de hombres de piel curtida por el sol, con los machetes al aire y las camisas salpicadas de sangre. ¡Hermano, regresa, por favor! ¡No me dejes solo!. Pero él cada vez más se internaba en el valle, mezclándose entre la muchedumbre belicosa que con sus camisas blancas salpicadas de sangre marchaban por entre los cañaduzales.

En aquellos años, el valle era un lugar donde la violencia no tenía descanso. Luego volví asustado a casa y ví a mi madre y a mi tía pegadas a un radio que lanzaba noticias con una voz entrecortada: los partidos liberal y conservador expandieron su sangre a lo largo del valle. Mi padre había muerto de cáncer hacía un año. Hubo numerosas bajas. La lucha es por saber quién pone más muertos en Toro, El Dovio y Ceylán. No entendía nada. Mamá, Pedro se fue por la carrera 10 y no me quiso hacer caso. ¿Qué pasa, mamá? Díme, ¿qué sucede? ¡Ay, mi muchacho! ¡Dios me lo libre de todo mal y peligro! Mámá, cuéntame, ¿qué pasa? Nada, mijo, acuéstate a dormir que mañana tienes que madrugar al colegio. Y dándome un beso en la frente me acostó en la cama. Fue su primera desaparición. A Pedro Baal no lo volvimos a ver en muchos años. En el anfiteatro, tía lavó las heridas del cadáver y dispuso que después de que yo le tomara una muestra de sangre esa misma tarde fuera sepultado en el cementerio. Tomé la muestra, la analicé en el laboratorio y al mediodía tenía el resultado: La sangre de Pedro Baal estaba corrupta. Entonces organizamos los detalles del sepelio y tía ordenó que el entierro fuera discreto. Tenemos que avisarle a tu madre en Palmira. La señorita de Derechos Humanos le sugirió que pusiera una demanda. ¿A quién?, preguntó tía. A los hombres invisibles. ¿Usted sabe señorita quiénes son los hombres invisibles? No. Entonces, ¿a quién voy a demandar? El daño ya está hecho. De todas maneras voy a poner la demanda y de ahora en adelante no descansaré un minuto para luchar contra la corrupción que tiene agotado a este país. Si

Derechos Humanos nos quiere ayudar. Y mirándome con sus ojos ciegos, me dijo: Vamos, sobrino, que tenemos muchas cosas por hacer. A la salida, un grupo de periodistas apostados con sus cámaras nos estaba esperando. Una joven con el micrófono en la mano se acercó a mi tía y le preguntó: Señora, ¿quiénes lo mataron? Los hombres invisibles. ¿Sabe quiénes son los hombres invisibles? Si supiera ya los hubiera denunciado. Y tomándome de la mano invisible se abrió paso por entre las cámaras e insultó a los pertiodistas: Carajo, ¿a ustedes qué circo los contrató? ¡Respeten a los muertos! Tía, no me gustaría ir al cementerio en este estado. Quiero volver a ser visible para despedirlo. ¿Te importa si vuelvo a beber la contra? No, ya no importa. De todas maneras debes esperar tres días para que haga el efecto. Y tomé una dosis doble a ver si ganaba tiempo. Al mediodía llamé a Palmira y una vecina me dijo que a mi madre la habían internado en el hospital pero que no era grave. Pablo, despídete y no le cuentes lo de tu hermano porque si no vamos a tener dos muertos en casa. Y colgué. En la tarde fuimos al cementerio. Ella, el cura, la delegada de Derechos Humanos, tres religiosas y algunos vecinos del barrio que hacían parte de la Sociedad, cerraban el cortejo. La tumba la abrieron al lado de la de mi padre. Un grupo de mariachis que estaba apostado entre una de las lápidas intentó entonar una ranchera pero mi madre los calló a carterazos. Carajo, ¿A ustedes quién los contrató? ¡Respeten a los muertos! Y el gordo del guitarrón

respondió: Perdone señora pero tenemos que cumplir con la «contrata». Y entonaron a regañadientes «Pero sigo siendo el rey». Cuando abandonamos el cementerio, vimos que el hombre Benetton nos estaba esperando escondido tras un catafalco. Ahora mismo me gustaría ser visible para matarlo. No, sobrino, no digas eso. No pagues con la misma moneda. Por eso este país está como está. Hay que tener dignidad. Tenemos que olvidar lo que pasó. El olvido es el mejor medicamento para cerrar las heridas. Pablo Baal, creo que ya cumpliste tu misión, ahora debes regresar a casa; Lina y Simbad te esperan en casa. No, tía, ahora me falta saber por qué lo mataron. Y se enojó. No, Baal, te prohibo que lo busques o realices algún intento. Ahora más que nunca tenemos que unir esfuerzos para la Sociedad y tú desde tu posición de biólogo puedes ayudarnos. Tía, para conocer a un hombre hay que ir hasta el origen. ¡Déjate de pendejadas que yo no quiero otro muerto en casa! ¡Estoy harta de tanto crimen fortuito! Debo entregarles el informe. No sé, haz lo que quieras, pero si te pasa algo no vengas después a pedir ayuda. Ya te lo advertí. Si quieres, quédate unos días aquí a descansar. Tú sabes, ésta es tu casa. Y se dedicó a enviar esquelas de agradecimiento a las organizaciones del país y del exterior que la habían apoyado. Mientras tanto yo pasé recuperándome en casa. Envié un correo a Marot y no contestó. Con seguridad el maestro no responde por prudencia. El sabe que desde allá no puede hacer nada. Envié otro a Lina (cuidando de no dejarla embarazada) y tampoco tuve respuesta. Así que esperé pacientemente a que la

contra hiciera efecto y actuar. Sabía que el informe no estaba terminado y era necesario concluírlo. Así se opusiera tía Tiresias. Y un día, mientras observaba cómo Clotilde se metamorfoseada cambiando su plumaje verde-esmeralda por uno blanco de paloma, tomé la siguiente resolución: cuando vuelva a mi estado visible le pongo una cita al Doctor Benetton por Internet con el objeto de negociar el informe a cambio de que él me cuente los móviles del asesinato. Tía, mira a Clotilde, ahora se puso blanca como una paloma. Oh, qué alegría, ¡parece que por un momento hay paz en el país! ¿Hasta cuándo nos durará esta dicha no merecida? Y al tercer día volví a mi antigua humanidad de ser visible. Abrí el computador y escribí el siguiente mensaje:
«Doctor: ¿puede tener una cita conmigo a las cinco de la tarde en el Café Gambrinus? Objetivo: entrega del informe. Firmado, Pablo Baal».

La respuesta no se hizo esperar: Positivo; pero el café ya no existe. Firmado, El Doctor».

Corrí al computador, y corregí: «Nos vemos entonces en el lobby del Hotel Alférez Real». La respuesta no se hizo esperar: «Carajo, ¿usted en qué época está viviendo? El hotel lo destruyeron hace años». «¿Quiénes?» -pregunté«Los asesinos de la ciudad». Por primera vez los hombres invisibles tenían razón. No sé por qué había cometido aquel laspsus temporus, y entonces lo cité en el café de los Turcos. La respuesta fue inmediata: «Positivo; pero lleve el informe. Firmado,

El Doctor». Leí el correo y me causó risa el lenguaje de «inteligencia» que ahora se usaba en la ciudad ¿Qué diría Arnulfo Greimás, mi antiguo profesor de semilogía de la universidad? Cuando iba a salir con el sobre de manila debajo del brazo, tía gritó desde la cocina: ¿A dónde va? A tomarme una cerveza. Tenga mucho cuidado, sobrino; aquí uno sale y nunca

sabe si regresa. Decidí ir a pie y bordeé la orilla izquierda del río que me conducía al café. De abajo, del río, subía un olor nauseabundo a detritus humano como si el agua se hubiera podrido y convertido en bosta humana. El suave olor a cadmias y a jazmín de la infancia había desaparecido. Llegué al café, pedí una cerveza y a los cinco minutos se acercó a mi mesa el hombre de Benetton que me había perseguido desde que yo había llegado a la ciudad. Mucho gusto, Jorge Aristizábal, para servirle. Encantado, Pablo Baal. Era un hombre fino que aún conservaba los buenos modales. Perdone, ¿usted es el doctor...? No, el doctor es usted. Bueno, no importa, usted es el hombre con quien me comuniqué esta mañana por Internet. Sí, y a quien debo entregar el informe. Como usted lo dice. El hombre que me ha estado siguiendo por la ciudad. Perdone, si lo hago es para cuidarlo. Cali se ha vuelto una ciudad muy insegura. Es mi trabajo. Gracias, ¿cómo dijo que se llamaba? Jorge Aristizábal. Un mesero pasó bailando por la mesa, se acercó y preguntó: ¿Qué va a tomar, el doctor? Un whisky en las rocas. ¿Y el señor? Una cerveza helada, por favor. Tenía unos cincuenta años de edad pero por las prendas Benetton que llevaba puestas daba la impresión de ser un joven de treinta y cinco. Cuando se quitó las gafas de sol le conté la mata de arrugas que le había nacido en las esquinas de los ojos. Carajo, ¿este hombre no es Jorge Zoom, el fotógrafo de Ciudad Solar? El mesero vino con el whisky y la cerveza y los puso en la mesa. Era extraño, el vaso de whisky no tenía cubos de hielo. Salud,

doctor. Salud y le pido el favor que se ahorre el rótulo. ¿Usted no es pues, el doctor Baal, el que trabajaba en el hospital? Sí, usted lo sabe mejor que yo, pero prefiero que me llame simplemente Baal. En estos tiempos ser doctor es un desprestigio. De su saco Zoom sacó una pastilla rosada y pasándola con el whisky, dijo: Ay, esta gota, Baal, me va a matar. ¿Sabía usted que a mí también me cayó la gota fría? Del cerro de las Tres Cruces bajó una brisa fresca que se metió por entre patas de las mesas del café haciendo volar las hojas de los árboles que estaban regadas en el piso. Miré a la calle y ví que Luzmila Baratilova, la mujer que había intentado desconectar a Marot, se acercaba a la mesa. Venía con ese horrible sombrero de paja que había comprado en el aeropuerto. La ví y sentí miedo, como cuando estábamos en el Instituto. Me apuré la cerveza y le expresé a Zoom que no quería que esa señora se sentara con nosotros. ¿Por qué? Es una bióloga cultivada, como usted; le gusta coleccionar sapos y abrir cadáveres como a André Vesale. Ahora, si a usted no le gusta la señora… Y haciéndole una señal a la Baratilova, continuamos hablando ¿Conoce a la profesora Baratilova? Está pasando aquí su año sabático. Sí, la he visto con usted en las rondas de vigilancia. No, le pregunto si la conoce de tiempo atrás. No. Haga memoria, Baal, usted es bueno para hacer memoria. Ya le dije que no y por primera vez comprendí el vínculo estrecho que tenían los hombres invisibles con el mundo internacional. En un mundo globalizado como el presente funcionan mejor que una compañía multinacional. ¡Si esa señora se sienta con nosotros

me voy enseguida y luego veremos lo del informe!; lo amenacé. Cálmese, Baal, no es para tanto. ¿Quiere una pepa? Lo noto nervioso. Y de una cajita dorada sacó una y me la ofreció. No sólo sirven para la gota; sirven también para garantizar la felicidad. Cuando la Baratilova se hizo la idiota y desapareció, puse el informe sobre la mesa (o lo que llevaba de éste), y dije: Aquí está el informe; a cambio de esto sólo quiero que me digan por qué secuestraron y mataron a Pedro Baal. Al oír estas palabras, Jorge Zoom se bebió la última gota de whisky-sin-rocas, y mirándome de arriba-abajo como una rata de laboratorio, contestó: «Digan» es mucha gente. Además, este no fue el compromiso. Recuerde, ¿o es que se le secó la memoria? Espere un momento, voy al baño, me dijo Zoom, y se esfumó. Mientras estuve solo pensé que después de todo tía Tiresias tenía razón. Para qué seguir echándole agua al molino si al fin y al cabo ya estaba muerto. Lo que debía hacer era cerrar este dossier, desconectarme a Internet y emprender con Marot una nueva investigación. Cuando en eso llegó Zoom del baño (venía sonándose la nariz), y me propuso un trato: Le voy a dar una pista y usted me entrega el informe. A mí me pagan por esto, ¿no? ¿Quiere otra cerveza? Bueno. Expedito, por favor, trae lo mismo y para el señor una cerveza bien helada. Zoom era un hombre inteligente y cultivado. Pensé que si seguía compartiendo con él podía obtener la información deseada que me faltaba para completar el informe. Además lo que necesitaban de mí ya lo habían logrado (el hecho de haberme retirado del hospital y desviado la investigación sobre la sangre

contaminada), y no iban ahora a cometer la estupidez de secuestrarme y luego liquidarme como lo habían hecho con mi hermano. Ellos sabían que si a mi me tocaban un pelo, se les venía encima Colciencias, la Unesco y la Organización Mundial de la Salud. Los hombres invisibles eran gente «cultivada»; así lo afirmaban las autoridades civiles y militares de la ciudad: el capitán Inocencio Manotas, el alcalde Ricardo Lobo y el Gobernador Justo Guzmán Becerra; y en el país, el Presidente de la República, el Congreso y los anticuarios de la capital. Y le entregué el sobre de manila. Gracias, Baal. Esto pasará al comité de evaluación. Yo ahí ya no tengo velas en el entierro. Si presenta alguna inconsistencia metodológica me veré en la penosa obligación de volverlo a buscar; yo no quisiera, usted me ha parecido un hombre correcto. Si el informe es avalado por el comité, desde ese momento su dossier quedará desactivado y usted no tendrá más problemas con los hombres invisibles. Brindemos, Baal, y confiemos que el comité le otorgue una mención de excelencia. ¿Quiénes hacen parte del comité? Es un secreto profesional; sé que se llama «Credenciales», y ese nombre nos ha traído muchos problemas con la gente de Dinners y American Express. «Credenciales» está compuesto en su gran mayoría por asesores de alto prestigio, formados en Boston, Oxford, Paris y Lovaina. ¿El barrio Lovaina de Medellín? No se haga el chistoso, Baal, que eso le puede costar caro. Les llaman los ACES, que quiere decir «Asesores Cultivados». Baal, entiéndame (y bebiendo un whisky-sin-rocas me tuteó por primera vez), yo sólo soy un emisario que hace parte de una cadena muy

compleja. Antes tenía poder y acceso a la información pero caí en desgracia. ¿Por qué? ¿Cometió algún error? Sí, me acosté con Mona, la mujer de uno de los hombres invisibles. ¿Por qué? Por pasión. Mona era un dulce pecado de la naturaleza. Ojos verdes, piel canela, ni para qué contarle. Y por esta mierda. Y del bolsillo Benetton sacó una bolsa de polietileno donde guardaba una libra de alcaloide. Es el «whisky en las rocas» del que le hablaba. Expedito es un experto en preparar cocteles. Baal, usted no tiene vicios, ¿verdad? No, I’m streight. A veces bebo cerveza para hacerle un modesto homenaje a mis antepasados, pero me produce incontinencia orinaria. No, yo hablo de vicios; la cerveza no es un vicio, los curas trapistas la inventaron para calmar la sed. Zoom, antes no te mataron, dije, y me arriesgué a tutearlo por primera vez. Sí. Como a su hermano y a tantos hombres respetables de la ciudad que se han atrevido a cuestionarlos. ¿Recuerda usted el caso del periodista Alberto Bedoya? ¿Recuerda el caso de Piper Pimienta, el cantante de salsa? ¿Qué tal si se toman el gobierno? El gobierno ya se lo tomaron, colegí. ¿Qué tal si se toman el Estado? ¿Estado? ¿Cuál Estado? Démosle gracias a Dios; aún estamos vivitos y coleando. Y brindamos. Después de hablar media hora larga pasados con algunos whiskys-en-las-rocas que Zoom saboreaba hasta el paroxismo, y yo, con unas cuantas cervezas, noté que mi interlocutor estaba más fresco y había bajado su paranoia. Ahora la conversación con él fluía con espontaneidad y era tan confidente (como el

episodio aquel de Mona que me había contado), que por momentos no me parecía estar conversando con un hombre que se encuentra en la orilla opuesta sino con un amigo de infancia. Y de alguna manera esto era cierto pues aunque con Jorge Zoom Aristizábal nunca habíamos sido amigos, nos habíamos visto en los bailes de cuota que programaban las hermanitas Miranda en su casa de San Antonio. Zoom me estaba llevando por el buen camino y pensé que si seguía hablando con él podía darme la clave para comprender por qué habían «borrado» a mi hermano, por qué lo habían convertido en «muñeco» (y éstas eran dos nuevas perlas linguísticas para mi profesor Arnulfo Greimás), sabiendo que él, como decía mi tía, era carne de la misma carne, sangre de la misma sangre. Aprovechando el terreno confidente que mi interlocutor había propuesto, quizás por el efecto de la bomba narco-etílica que estaba consumiendo, o por la vida ruinosa que ahora llevaba, le pregunté: Jorge, cuéntame, ¿dónde conociste a mi hermano? En el baile de cuota que programaron Adriana y Marta Miranda, me dijo. Fue el 20 de Julio de 1969. Allí fue donde comenzó todo. Aunque otros dicen que la cosa nació el 26 de febrero de 1971, en la Plaza ‘Che’ Guevara de la Universidad del Valle, en San Fernando. Recuerdo muy bien la fecha porque aquel día los astros se movieron al unísono y danzaron sincronizadamente al compás de los discos de 78 revoluciones que coleccionaban Adriana y Marta Miranda. Y allí sucedieron varios acontecimientos que iban a cambiar el destino de la ciudad clásica fundada

por don Sebastián de Belalcázar: el hombre pisó la luna por primera vez, Richie Ray y Boby Cruz tocaron por primera vez en la ciudad, los hombres invisibles secuestron al cuerpo consular suizo y Pedro Baal volvió a Cali después de su primera desaparición. Aquel día yo vi con mi madre en el televisor blanco y negro cuando los astronautas partieron de Cabo Cañaveral en el cohete Apolo 11 y se acercaron al planeta en el vehículo Saturno 5. Mientras Neil bajó a la luna, Edwin y Michael se quedaron bailando en el espacio; después, el turno fue para Edwin; Michael fue el único que se quedó triste con los crespos hechos. Luego me despedí de mi madre, y me dirigí a la casa de las hermanitas Miranda. Allí había un letrero pegado a la puerta que decía: «Hombres: 10 pesos y una caneca de aguardiente. Mujeres: Una sonrisa». En la puerta, una fila de muchachos engominados y con los zapatos recién embolados esperaban a que Adriana y Marta los recibiera de besito y los invitara a entrar. Allí fue donde ví por primera vez a tu hermano Pedro; allí fue donde creo que nosotros nos conocimos, pero nunca llegamos a ser amigos porque tú eras el más pequeño de todos; el pelado de la gallada de San Antonio y cuando aquella noche entré y te ví, no sabía que eras el hermano menor de Pedro; eso lo vine a saber después cuando comenzó la pelea pues en esos tiempos baile donde no hubiera pelea no era bueno, ni era baile. ¿Tú sabes cómo empezó la debacle? Cuando hicieron su aparición el gordo Estrombolis y Ricardo Bellini que quisieron

entrar un aguardiente adulterado. Adriana y Marta, que estaban en la puerta, apenas probaron el licor y se dieron cuenta de que era puro contrabando, quisieron llamar a tu hermano pero su madre se interpuso y les dijo que no, que era mejor evitar y dejó entrar a la pareja de galanes que venían del sur de la ciudad, de la gallada de Marquetalia. Ese fue el florero de Llorente. Luego, el baile se compuso y como si no hubiera pasado nada los jóvenes brindábamos, nos reíamos de cualquier chiste contado por Santiago ‘La mosca’ Calero y sacábamos a las muchachas, que sentadas al frente de nosotros y con las piernas bien juntas se hacían las de la oreja mocha. Adriana y Marta corrían de un lado para otro poniendo los discos de Richie Ray que estaban de moda, sirviendo aguardiente con cocacola en unas bandejas floreadas y atendiendo a los que se maluqueaban y necesitaban ir al baño. «Traigo de todo caramba, yo traigo de todo. Traigo ron, traigo cerveza traigo mi radio-picó y para alegrar la fiesta los discos de Richie Ray». A veces Adriana y Marta se pegaban una bailadita con un pobre muchacho que había pagado sólo por danzar con ellas. Las Miranda eran encantadoras, ambas eran hermosas, frescas y espontáneas pero la que siempre se robó el show, la reina de la noche, fue ¡Adriana Miranda! Y lo peor era que todo el barrio y la ciudad entera estábamos enamorados de ella:

empezando por Pedro Baal que desde esa noche que volvió a la ciudad nunca le quitó el ojo; Santiago Calero, que la quería conquistar con sus chistes pendejos; el negro Mosquera, que siempre la contemplaba con su ojo de vidrio; Augusto Poca Lucha, que luciendo su peinadito vaginal le contaba chistes obscenos al oído; Miguelito Putifar, que la miraba con sus ojos libidinosos; los hermanos Felipe y Daniel Gardenia, que le escribían poemas terribles de amor; el gordo Estrombolis, que la quería impresionar con sus fantochadas; y Ricardo Bellini, que la quería conturbar con su labia de futuro abogado. Lo que nunca aceptamos aquellos que siempre chorreamos la baba por ella fue por qué te eligió a tí como novio; si tú eras el enano, el miope, el frágil, el «recoge-bolas» que nunca se jugó un partido de fútbol completo, nunca sudó la camiseta y que en vez de estar matando pechiamarillos y tumbando mangos en la Circunvalación se la pasaba leyendo un librito en un banco de la colina. Eso nunca lo aceptamos. Ni siquiera tu hermano Pedro, que llegó más cuajado y usaba una mochila arhuaca y unas botas pastusas que olían a p.q.e.k. Esas botas se pusieron de moda en Cali y en el país, y nadie de nosotros se imaginó que dos décadas después aquel olor fétido y nausabeando se iba a subir a la cabeza y a causar estragos. A la una de la mañana, el baile estaba en pleno furor. La sala, el patio y una habitación que se había desocupado para el efecto no le cabían un alma. Doña Concha pasaba con una bandeja de pasabocas mientras las parejas, exhibiendo sus mejores pasos,

le sacaban brillo a la baldosa: la singular Gloria Tacones danzaba con el negro Mosquera; Sandra lo hacía con Santiago ‘La mosca’ Calero; María Fernanda Libreros y Amparo Riascos danzaban con los intrusos de Marquetalia. «Yo soy la que lleva el ritmo de la música cubana. Pregúntenselo a Pachecho ¡pregúntenselo a Matraca!». Cantaba Vicky Vimari. Cuando de pronto, sonó el bolero Cómo fue, de Vicentico Valdés, y allí fue la de Troya: el tiempo, como si nunca hubiera marchado, se paralizó por un instante y los corazones se movieron agitados al borde de un ataque cardíaco. «Cómo fueeeeeeeee/ no sé decirte cómo fue». El gordo Estrombolis oyó los primeros acordes de la canción y como un kamikasi se levantó del asiento y fue a pedirle la mano a Adriana Miranda para bailar; ella, digna pero sencilla, le dijo que no; luego, el turno fue para el suicida de Santiago, que apenas extendió la mano, Adriana lo regañó al oído: «Carajo Santiaguito, vos siempre cagándola; pareces a una mosca»; entonces ella te miró, se sonrió con sus ojos y tú te acercaste y empezaron a bailar. «No sé explicarme qué pasó, pero de tí me enamoré» . Debido a tu estatura que no era muy prometedora (le llegabas a la altura de los senos), era divertido verte bailando con ella. Al arullo meláncolico del bolero ella te mecía en sus brazos y parecía como si te estuviera dando pecho. «Pulga» -como te decíamos en aquellos tiempos- se la había

conquistado y allí no había nada qué hacer. Cuando de pronto el gordo Estrombolis se paró y de un manotazo te lanzó al suelo y la cogió con sus brazos. Adriana gritó, tratando de zafarse de los brazos del gordo, pero sus gritos eran inútiles ante su fuerza descomunal. Fue cuando ví actuar por primera vez a Pedro, tu hermano; mientras guardaba el equilibrio con una pierna, levantó la otra y de un botazo en la barriga hizo tambalear al gordo. Los hombres trataron de separarlos, las mujeres gritaban, pero Estrombolis y Pedro ya rodaban por el suelo. El pálido de Bellini quiso ayudar a su amigo pero enseguida saltó el negro Mosquera que sólo veía por el ojo de vidrio y lo amenazó con una cadena. Doña Concha, Adriana y Marta se pararon a rezar frente al cuadro del Sagrado Corazón y rogaban a los combatientes que dejaran la pelea y desalojaran la casa. En medio de la trifulca, Pedro Baal escuchó el grito de las mujeres y separándose del gordo, lo retó a pelear en la colina. Fueron subiendo calle arriba en un cruce mortal de lances que iban y venían, y donde no se sabía quién sería el derrotado. A la altura de la casa de los Cayzedo, Estrombolis sacó un cuchillo, y Pedro Baal tuvo que envolverse el saco en el brazo, a la manera de escudo, para defenderse de los lances. No sé quién le prestó una Pedro, lo cierto fue que cuando Estrombolis vio relucir el arma en la oscuridad, llamó a gritos a Bellini y quiso devolverse, pero los lances de Pedro lo empujaban cada vez al corazón de la loma. Allí, justo, donde tú pasaste los momentos más felices de tu vida al lado de Adriana Miranda; allí donde nos iniciamos en el rito de la

marihuana que traía el negro Mosquera de la loma de la Cruz; allí donde jugamos los mejores campeonatos mundiales del fútbol, en esa cancha oblicua, pelada, donde se veían el cielo, la luna y las estrellas. Fue aquella noche que conocí a Pedro, tu hermano, dijo Zoom bebiéndose otro whisky-en-las-rocas, y continuó: Después lo ví en este mismo café compartiendo una mesa contigo, Adriana y Marta Miranda. Fueron los tiempos dorados de Los Turcos donde el café, un viernes en la tarde, se empezaba a llenar con los diferentes grupos que estaban en plena ebullición. Al frente de la mesa de Pedro Baal se hacían Estrombolis y Bellini. Al lado de Bellin siempre se sentaba Carlitos Clon que miraba como él, manoteaba como él y cogía la pipa como él. Carlitos Clon era el ejemplo perfecto del idiota complementario. Al extremo derecho del café se hacían Ricardo Lobo, Inocencio Manotas y Justo Guzmán Becerra, futuros dirigentes del Valle del Cauca a quienes se les descubriría años más tarde sangre contaminada. Al extremo izquierdo se hacían tu profesor de biología Hans Meyer, el profesor de semiología Arnulfo Greimás, y María Fernanda Libreros, poeta cultilatinoparla. Desde la mesa de enfrente y con sus ojos achinados, el gordo Estrombolis miró a Adriana Miranda sólo por provocar a Pedro, pero ésta vez tu hermano no cayó en la trampa. Pedro Baal sabía que Adriana te quería tanto que no te iba dejar de la noche a la mañana por un gordo feo. Además, si se

quiere saber, Adriana y el gordo no tenían nada qué hacer. Eran la antítesis de la tesis y de la síntesis. Desde que lo conocimos, el gordo era ancho y grasiento; ella en cambio era delgita; los ojos del gordo eran marrones y achinados; los de ella eran verde-esmeralda como el Valle del Cauca; las piernas del gordo eran flacas y peludas; las de ella eran fuertes y onduladas; el gordo no tenía caderas; las de ella eran sensacionales, y todo Cali estaba enamorado de ellas; los pies de ella olían a cadmias revueltas con jazmín, los del gordo olían a caño podrido de Paso Ancho. La mesa de Pedro pidió cervezas, pan árabe y tahine, y arropados por la brisa que bajaba del cerro, hablaron de la situación tensa que vivían la ciudad y el país por la muerte de los estudiantes Edgar Mejía y Tuto González; y esa noche decidieron intensificar los mítines y las asambleas en las universidades y los sindicatos. En estas discusiones Pedro Baal era el más parco de todos. Cuando Santiago Calero pedía la palabra era para cagarla; por eso le llamaban ‘La mosca’, porque allí donde se paraba la cagaba. El que más hablaba de todos era Augusto Poca Lucha, futura promesa de Arquitectura de Univalle que para explicar la coordinación de un mitín en la U. se remitía a las sociedades primitivas, pasando por la familia punalúa, la sociedad esclavista, feudal, y capitalista, y terminaba contando la historia de la humanidad que le había enseñado doña Martha Harnecker. Tú, Pablo creo no hablabas porque estabas más interesado en invitar a Adriana Miranda a «Los arbolitos», un metedero estudiantil que quedaba en

San Fernando y en pasar el primer semestre de biología. Luego venía el tema del fútbol. Allí las apuestas estaban divididas. Pedro Baal, Marta, el negro Mosquera y Augusto Poca Lucha eran del América. Adriana, tú y Santiago eran del Deportivo Cali que acababa de ser campeón nacional por tercera vez. Recuerdo la alineación del «glorioso equipo», dirigido por don Pancho Villegas: En el arco, Trucutú Olmos; en la defensa, Joaquín Sánchez, Bautista, Oscar López, Miguel Escobar y Sanclemente; en el medio campo, ‘Chapa’ Salla y Desiderio; en la delantera, Iroldo, Gallego, Samboní y el ‘monit’o Alvarez. Oscar López era todo un caballero que jugaba con smoking y corbatín. Desiderio jugaba con las medias abajo y le gustaba bailar con la pelota. El ‘monito’ Alvarez era el que ponía los centros; y el negro Gallego, entreverado en la bombonera saltaba como una pantera, y los hacía de cabeza. ¡¡¡¡¡¡¡Goooooool del Deportivo Caliiiiiii!!!!!!!! ¡¡¡¡Goooollll de Jorgeeee Gallegooooooo!!!!!!! Pese a sus éxitos, los americanos nunca aceptaron con serenidad las victorias del equipo amado, y reinvindicando que la mechita -como le decían al América- pertencecía al pueblo trataban a los caleños de «perros arribistas» y «vendepatrias». Fue aquí en Los Turcos que conocí a tu hermano y nos hicimos amigos. Cuando nos sentábamos en esta misma mesa nunca hablábamos de política porque él sabía que lo que a mí me interesaba era la fotografía, y quería irme a estudiar a Los Angeles.

Yo nunca fuí de «derecha» ni pertencecí al círculo oscurantista de Ricardo Lobo y Justo Guzmán Becerra, pero tampoco fuí de «izquierda» como sí lo fueron Estrombolis y Bellini, y por supuesto Carlitos Clon. Con tu hermano nos respetábamos mutuamente. A veces yo le compraba la «Voz del pueblo» que era la «voz de los que no tenían voz» como decía el padre Hurtado Galvis o le colaboraba con una boleta para ir a a comer con los camaradas empanadas con champús. Pero de ahí no pasaba. En aquellos años yo sabía que mi rollo era la fotografía, el cine y las peladas. En casa conservo una foto panorámica de este café cuando todavía la vida era bella y nadie se iba a imaginar que a esto un día se lo iba a llevar el putas y todos iríamos a naufragar. «Sueño de una tarde caleña en los Turcos», titulé la foto. Luego vino la historia cuando en el bar La Habana tu hermano Pedro te quitó a Adriana Miranda. Recuerdo que ustedes estaban sentados en una mesa con Adriana y Marta Miranda. Pedro pidió una botella de aguardiente, y apenas vio entrar al gordo Estrombolis, sentenció: si me busca pelea, lo noqueo de nuevo. Ah, no, dijeron Adriana y Marta; si te vas a poner a pelear con ese gordo maluco, nosotras tomamos un taxi y nos vamos a casa; pero Pedro Baal les prometió que lo que había dicho era un chiste y que no iba a pelear porque esa noche era para las damas. Sentados en el otro extremo, Estrombolis y Bellini pidieron media de aguardiente y por lo animados que

estaban no parecían con ánimo de pelea. Con su botella en la mano, Estrombolis se acercó a la mesa de los Baal y todos pensamos que la iba a estrellar contra Pedro, pero el gordo ebrio y amigable como estaba sirvió un trago y brindó. Luego se arrodilló y te pidió permiso para bailar con Adriana Miranda. El gordo apagó sus ojos achinados y con sus pies pequeños que se movían como una aspiradora, fue conduciendo a Adriana Miranda hasta ese lugar mágico, de ensueño, que sólo es alcanzado por el bolero. Viéndolo moverse, el gordo en el fondo no era malo sino que le faltaba cariño; en medio de esa bola de carne había un gran vacío afectivo. Tú los observaste desde la mesa y sentiste celos, pero tu hermano te tranquilizó dándote unas palmaditas en el hombro: tranquilo, Pablo, que ella te ama es a tí. Aquella noche Pedro Baal y Estrombolis volvieron a hacer las paces. Pero lo que nadie sospechó fue que mientras tú cuidabas a Adriana Miranda de los lances del gordo, tu hermano mayor le estaba echando el ojo. Hasta que llegaron al garage de Miraflores, y allí se produjo el cruce mortal que casi acaba con tu vida: Pedro Baal, tu hermano del alma, se acostó con tu novia Adriana Miranda. Zoom se excusó y me dijo que quería ir al baño. Cuando me quedé solo, sentí mi cabeza dando vueltas no sólo por las cervezas que había ingerido sino por lo que el fotógrafo me había recordado. Pese a mi dolor que volvía después de tantos años, sabía que Zoom era la memoria visual de la ciudad, y tenía que aprovecharla al máximo para teminar el informe y conocer las causas del secuestro y

asesinato de mi hermano. Para conocer algo hay que ir al origen, me había dicho Marot, y yo estaba dispuesto a hacerlo asi corriera riesgos con los hombres invisibles y se opusiera mi tía y la asociación que había fundado. Además, ya no tenía miedo y sabía que Jorge, a pesar de estar trabajando para ellos, no me iba a hacer daño porque él, como yo y todos los hombres de esta tierra, no éramos más que unos seres desgraciados, producto de las circunstancias, y en los duros años de investigación que había llevado si algo había aprendido en la vida era que entre estos seres florece con más facilidad la complicidad. El fotógrafo de Ciudad Solar me estaba llevando por el buen camino y por ninguna razón había que desaprovecharlo. A los cinco minutos, Zoom regresó más liviano con una sonrisa en el rostro, y mientras desenrrollaba el rollo que se había enredado en su caja negra, le pregunté: ¿Qué pasó con Mona? Ay, Pablo, otro día te lo contaré. Se limpió la boca húmeda con el dorso de la mano, y concluyó: Pedro Baal se fue con Adriana Miranda; y tú para mitigar la pena estuviste saliendo un tiempo con su hermana Marta. Para mí este fue el origen de nuestra decadencia. El resto de la historia, tú, Pablo, la conoces mejor que yo. Por esos días un aire mortífero y nauseabundo sacudió a la ciudad. Los sindicalistas aparecerían ahorcados en los mangones o ahogados en los ríos; los voceadores de prensa aparecían asesinados en los muros abandonados del ferrocarril; los estudiantes

desaparecían o eran encerrados en las caballerizas del batallón Pichincha, y luego aparecían con señales de torturas o enterrados en una fosa común como NN. La prensa responsabilizaba de las atrocidades a los hombres invisibles; decía que después del secuestro de su hija, habían decidido crear escuadrones de la muerte para limpiar la ciudad. «¡Cali linda, Cali limpia!», rezaban los grafitos pintados en los muros de la ciudad; otras veces responsabilizaban a la policía y al ejército de ser los gestores de dichos grupos que a su vez trabajaban en una alianza perversa con los hombres invisibles. Fue por esos días que se suicidó Tomás Arcángel con un vaso de whisky y cuarenta pepas de seconal, y llegó el maestro Prometeo de Medellín perseguido por las sectas fundamentalistas de la capital antioqueña. Prometeo puso un consultorio en Menga donde iban a siconalizarse las mujeres de la clase alta de la ciudad. Luego se vinculó a la Universidad Santiago de Cali y después a la Universidad del Valle donde recibió el doctorado honoris causa. Pero allí como en Medellín no tuvo sosiego, pues los colegas de psicología que le habían otorgado el reconocimiento nunca lo aceptaron como profesor en su Departamento y lo chutaron a filosofía. Allí, el profesor Francisco Dioscórides lo acusó de que no era riguroso con sus ensayos y nunca ponía citas; el maestro se defendía diciendo que los trabajos del profesor Dioscórides tenían tantas que no parecían ensayos sino casas de citas; y lo chutaron a Literatura. Allí le hizo la guerra el profesor Arnulfo Greimás que para castigarlo le dijo que lo aceptaba con la

condición de que dictara un curso de Dostoiewski en ruso. Hasta que una noche Prometeo, agotado de tanta malediscencia, bebió la cicuta y murió sentado entre los libros de su apartamento. Pedro, quien ahora vivía con Adriana Miranda, pasó a la candestinidad y sólo se lo veía de vez en cuando en una manifestación, con el rostro cambiado o encaramado en un bus de Trans-Yumbo, agitando a los obreros de Cartón de Colombia. Tú estuviste saliendo un tiempo con Marta Miranda y esto te sirvió para exorcisar el fantasma del suicido que te asediaba, pero ambos sabían que todo esto no era más que una farsa del destino y un día ella tomó un bus de Expreso Palmira y se fue a vivir a Bogotá. Tú te quedaste solo en el vacío de las infinitas noches que pasaste sin Adriana Miranda. Y un día sacaste la conclusión de que era necesario sacudirse porque como decía una canción de Richie en esos tiemposen este hermoso país uno aún no se ha muerto y ya lo están velando en vida. Fue cuando en medio de aquel mundo terrible que empezaba a agitarse con violencia descubriste la importancia de la Biología y te matriculaste en la universidad en las clases magistrales que dictaba el profesor Hans Meyer. Cuando Zoom probó el séptimo vaso de whiskyen-las-rocas tenía la mandíbula desencajada. Había algo en la quijada que no funcionaba como si se le hubiera desajustado. Cuando sintió que yo lo pillé, cogió una servilleta e intentó arreglársela pero era físicamente imposible ordenarla. A pesar de esto, Zoom siguió hablando.

Adriana Miranda fue la mujer más hermosa de la ciudad. ¡Flor de cadmia cortada al amanecer! Todo Cali se enamoró de ella, pero el verdadero amor eras tú, y sin embargo, ¡ te abandonó por Pedro Baal! ¡Por tu hermano mayor! Como para que más te doliera. Si se hubiera dejado seducir por el gordo Estrombolis habría sido un chiste de mal gusto; pero se fue con Pedro Baal para constatar una vez más que los grandes amores son aquellos que dejan profundas heridas de muerte. ¡Adriana Miranda era tan bella, tan fina, tan delicada! ¡Y bailaba tan bien! Hasta yo que ya era un asiduo visitante de la casa de doña Blanquita Uribe, me enamoré de ella. En la ciudad todo el mundo sabía que la reina de Cali no era Martha Lucía Calero sino Adriana Miranda y nadie, ni Margarita Rosa de Francisco ni Alejandra Borrero ni Karen Lamassone la pudieron destronar. ¡Adriana Miranda y Pablo Baal fueron la pareja perfecta! ¡Luz de vida! ¡Corazones atravesados! Zoom era una caja de memoria y eso incitaba mi voluntad para continuar con mi trabajo. Aquí está la fuente que me llevará hasta al nacimiento, pensaba, mientras le oía traquear su pobre mandíbula. Track, track, track. Zoom a veces es chismoso y habla más de la cuenta; pero, ¿acaso no es un hijo raizal de Santiago de Cali? Y para cortarle el panegírico que le estaba haciendo a Adiana Miranda le pregunté a quemarropa: Zoom, ¿qué pasó con Mona? Zoom carraspeó y continuó. Era la mujer de uno de los hombres invisibles. Antes había sido la mujer

de Vidal, el pintor. Ellos la secuestraron, y después de que estuvo con uno de ellos, quiso ser mi amante. ¡Qué mujer tan voluble!, ¡tan polimorfa!, como decía el maestro Prometeo que en paz descanse, ¡y le encantaba la bisutería! Como a todas. A las feministas también les encanta, no te preocupes. Yo estaba haciendo la serie «Mujeres» para la revista Vivencias y la modelo que tenía me había dejado. Creo que un día se aburrió de mí y se mudó al taller de Vidal. Y una tarde se apareció Mona en mi taller, parqueó el carro frente a la puerta y me dijo que si la podía contratar como modelo. Tú eres la mujer de fulano, ¿no? Sí, contestó. Entonces, ¿para qué vas a trabajar? Tú no necesitas trabajar. No lo hago por eso, me dijo, sino porque quiero ser modelo, y sin decirme nada cogió un oso de peluche y se fue desnudando. Mona, me vas a poner en un problema. No importa, papi, ayúdame que estoy harta con ese mafioso hijo de puta. Y así pude terminar la serie. Cuando la revista salió, el fulano compró toda la edición y me envió al taller un ejemplar con una nota que decía: «¡Felicitaciones! De ahora en adelante será el fotógrafo exclusivo de la casa». Antes no te mató, comenté. Hubiera preferido esa muerte y no ésta que vivo ahora sentado en este café esperando a que alguien me invite a un trago de whisky; me dijo Zoom. Baal, ¿tú sabes lo que es tener enfocada la imagen en el zoom y no poder hacer click? ¿No tienes con qué pagar los whiskys que te has bebido? Me da vergüenza decírtelo pero es así. No importa, yo pago, y mientras iba al baño, me dije para mis adentros: mierda, si Marot se da cuenta en qué estoy gastando su plata me echa del Instituto. Nada

es gratis en la vida, Celia pidió cantar y terminó comprando mil pelucas; cuando terminé de vaciar la cerveza que había consumido, respiré con tranquilidad. Zoom bebió un trago largo. La mandíbula nunca más pudo volver a su estado natural. Watussi, el lustrabotas del café, en ese momento le estaba brillando sus zapatos; mientras pasaba el dulceabrigo por el cuero, cantaba «Muñeca» de Eddie Palmieri; apenas escuchó mencionar su nombre, se detuvo y alzando la cara del suelo, comentó: yo conocí a Adriana Miranda; ella venía a hacerse brillar los zapatos al café. «Muñeca, quiero que me perdones, que no lo hago más. Me encontraste en los brazos de otra nena; son diversiones que no valen nada». Tres años después Adriana Miranda quedó embarazada y tuvo a Alejandra. La gente decía que la niña era tuya, que como Pedro nunca estaba en casa, tú te veías con ella a escondidas, y la habías preñado. Pero la gente dice muchas cosas. Eso sólo lo sabes tú y Adriana. Lo que quiero decir es que a los días de haber nacido la niña, cogieron a Estrombolis y a Bellini y los encerraron en las caballerizas del Pichincha. ¡Cogieron a Estrombolis y a Bellini! Se regó la bola por los pasillos de la universidad. A Estrombolis lo acusaban de concierto para delinquir. A Bellini, de asonada y rebelión. Adentro, en las caballerizas, experimentaron con ellos todas las torturas insufribles que los militares aprendieron en West Point, Estados Unidos. Les habían hecho mirar fijamente ante un reflector hasta dejarlos casi ciegos; les habían golpeado con una vara las plantas de los pies y practicado la prueba

del «ahogado» en el río Meléndez. A los veinte días al gordo le dieron libertad condicional pero con un perro sabueso que siempre iba detrás de él para ver quién caía. El gordo que había perdido unos cuantos kilos, apenas veía que alguien se le acercaba, le hacía una señal con sus ojos achinados previniéndolo del peligro. La única que desafió a los «tiras» del DAS fue Adriana Miranda que se acercó con Alejandra, su niña recién nacida y se la presentó. El gordo se puso contento y fue con ella que le mandó a decir a Santiago ‘La mosca’ Calero que se pusiera mosca porque iban a allanar su apartamento. Esa misma noche Irma fue a acompañarlo al terminal de buses y Santiaguito se fue a esconder por un tiempo a Bogotá. Irma, su mujer, le entregó un maletincito, el libro Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, y le dio una chuspa de pandebonos para que no se olvidara del terruño. A Ricardo Bellini lo tuvieron un mes más, pero gracias a la intervención de su padre que era un prestigioso abogado liberal, lo dejaron libre. Después de esta amarga experiencia, Estrombolis y Bellini vendieron sus bibliotecas a los libreros del parque de Santa Rosa y se afiliaron al partido liberal. Así llegaron los años ochenta. De la ciudad clásica pasamos a la ciudad imaginada y de ésta, a la ciudad del miedo. En la ciudad se respiraba un aire pesado, y la gente antes abierta y espontánea, ahora se cuidaba y prefería estar en casa a las siete de la noche para ver por la televisión las últimas masacres y las fotos

de los secuestrados. En este año empezaron a volverse invisibles las organizaciones de oposición al gobierno y curiosamente los hombres invisibles se volvieron demasiado visibles con sus jeeps, su bisutería, sus mujeres plásticas (como Mona) y su quincallería de oropel. Fue en aquel año que Pedro Baal, ante la situación del país, vivió su segunda desaparición, Alejandra creció y desde niña heredó la afición por el baile, como su madre, y yo, con la ayuda de mi padre, me fuí a estudiar cine a Los Angeles. Pablo, ¿sabes quién conoce al dedillo el resto de la historia? Adriana Miranda, y se le iluminaron los ojos; si quieres podemos ir el próximo viernes al Teatro Municipal donde ella canta todas las noches. La noche fresca y radiante cayó sobre la ciudad. Zoom y yo nos quedamos un buen rato en silencio quizás porque habíamos hablado demasiado y explorado en muchos puntos profundos de nuestras vidas. Sólo las cosas profundas tienen un sentido y pertenecen al vasto campo de la memoria. El silencio tiene un sentido en la música, pero también lo tiene en nuestra vida real y en nuestro infinito vacío. El está presente detrás de nuestros actos y de nuestras frustraciones. El dice lo que la palabra calla; sin él no podríamos seguir nuestro derrotero ni tendría sentido nuestra existencia. El silencio llena y completa la parábola finita de nuestro destino. ¿Cúantos silencios se guardan en este informe? ¿Cuántos secretos se escamotean? La vida no sólo está llena de palabras sino también de silencios que a su vez son signos que ocultan

eventos, actos de habla, hechos, secuestros, muertes y masacres. ¿Pedimos el de irnos?, me dijo Zoom. No, mira cómo estás. Un último trago me arregla. Es una ley de la homeopatía. Un veneno sumado a otro purifica. Pero te vas a suicidar, Zoom. No importa, es mi problema. Está bien. Expedito, por favor, un whiskysin-rocas, una cerveza y un policía. El mesero sirvió el pedido; Zoom y yo hicimos chin-chin y volvimos a quedarnos en silencio. Cuando terminamos, yo me iba a levantar para despedirme, cuando Zoom me recordó que no le había dado el informe. No está completo, le dije, falta la segunda parte, le aclaré. No importa, me dijo; dámelo que esa gente a veces ni sabe leer. Y ayudándome a coger un taxi me recordó la cita que tendríamos el próximo viernes en la noche en el Teatro Municipal. El taxi me dejó en la casa de San Antonio. Subí las gradas de cemento y tía Tiresias, después de asegurarse que era yo, me abrió la puerta del zaguán. ¿Cómo le fue, mijo? Muy bien, logré reunir una información importante para completar la segunda parte del informe. Bueno, con tal de que no le suceda nada malo. Mientras atravesaba el pasillo, pensé que esa misma noche debía escribirle a Marot y contarle que había logrado obtener una información valiosa para completar la segunda parte del informe, que él llamaba pomposamente «hermeneútica» quizás porque yo, en mis múltiples viajes virtuales en búsqueda de la flor más exquisita de la humanidad no era para él más que un Hermes de pies alados

que a partir de la imagen soñada del valle encantado estaba descubriendo la figura de mi hermano. Abrí el computador y cuando traté de comunicarme por Internet, la línea estaba caída; intenté conectarme con Lina y Simbad pero el sistema no funcionaba y sentí dolor porque no podía hablar con ellos. Simbad era mi hijo, mi bálsamo, y no se justificaba que viviendo en la misma ciudad no pudiera tocarlo ni besarlo pues esta maldita máquina que me había otorgado el Instituto me impedía hacerlo y sólo me mostraba una foto de él caminando con su abrigo de astronauta y sus botas de pato por un sendero blanco. Tía se acercó y me mostró su cuaderno de apuntes donde llevaba los datos de la asociación que estaba formando. ¿Cómo la vas a llamar? La Sociedad de la Vida. Ya tengo apuntado a varios vecinos del barrio que se niegan a construír aquí un astillero de muertos. Tía, voy a comprarte un computador para que registres toda la información. ¿Un computador? ¡Yo a duras penas sumo con los dedos de las manos! No le temas a la tecnología que eso es muy fácil. En la televisión estaban pasando imágenes de una masacre de campesionos realizada por los paramilitares. ¿Se da cuenta, sobrino? Este país no quiere descansar de la muerte; qué dama tan entrometida, se nos metió en todas partes y no nos dimos cuenta; por eso es importante la Sociedad. Ven, vamos al gallinero que Clotilde debe estar vestida de negro, y cuando llegamos al corral, la gallina más vieja de todas se había metamorfoseado y cambiado su plumaje. Tía se dirigió a la cocina y desde allí me dijo que la mesa estaba servida; cuando me acerqué, descubrí con sorpresa que había seis

puestos servidos. ¿Tienes invitados esta noche? No, sobrino, ¿por qué? Allí están los seis platos de siempre. Y pensé que a Tiresias se le estaba corriendo la cabeza. El plato de la cabecera es el de Samuel Baal, tu padre; el de la derecha es el de María, tu madre; el de enseguida es el de Leonor, tu hermana menor; el plato que está al frente de tu madre es de Pedro, luego está el plato tuyo, y finalmente el de tu tía Tiresias, la solterona. Tía sirvió la sopa en los seis platos y apenas iba a empezar a comer cuando me dijo que esperara porque mi padre en ese momento estaba orando y agradeciéndole al Señor por el alimento recibido. Tía Tiresias está loca, pensé. Contemplé la escena que montó y me pareció estar viendo una película en blanco y negro de 16 m.m.. Mi padre es alto, blanco y está vestido de saco negro y corbata roja. Mientras toma el sancocho, lee las noticias de El Relator que no pudo leer en la Imprenta Bolivariana donde trabaja como tipógrago. Madre es trigueña y tiene los ojos levemente rasgados, como los indios; a ella no le gusta que le digan «india» porque lo toma como un insulto. Prueba la sopa humeante adornada con hojitas de perejil, y mira con una mezcla de ternura y compasión. En el comedor reina un silencio fúnebre que sólo es perturbado por el golpeteo monótono de las cucharas sobre los platos y por una mosca que tía Tiresias no ha podido matar con el limpión. De pronto, el silencio es roto por la voz grave de padre, que habla como en un soliloquio: En la noche del 6 de Agosto explotaron en la Estación del Ferrocarril siete camiones de dinamita que venían de Buenaventura.

El teatro Roma quedó completamente destruído así como todos los bares y hoteles de la 25. El padre Hurtado Galvis contó 3.725 cadáveres.Y mirando por entre sus anteojos, padre observa a Pedro y le dice: ¡Mucho ojo, jovencito, con estar jugando en la loma! (A mí y a Leonor no nos dice nada porque nosotros no salimos sin su permiso). Cuando padre vuelve al periódico, Pedro levanta los hombros en señal de protesta y observa con una mirada retadora a mi madre para que se sienta culpable. Tía distensiona el ambiente recogiendo los platos de sancocho y anuncia que para esa tarde hay un rico plato de arroz con chuletas de cerdo, ensalada y tostadas de plátano frito. A Pedro y a mí nos encanta el plátano frito y le pedimos a tía que nos escoga las mejores tostadas. Tía viene sonriente y para darnos contentillo nos sirve a Pedro y a mí un plato lleno de tostadas que parecen medallones de oro. Pedro está feliz y apenas termina me roba una tostada de mi plato. Mamá, Pedro me robó un plátano, protesto y madre, cuidando de no perturbar la lectura de padre, me hace una señal con el dedo para que me calle y me regala su tostada. Con la tostada en la mano le hago fieros a Pedro y él con sus ojos maliciosos me dice que me espere, que ya se vengará, y es cuando a otro descuido mío me roba otra. Yo me pongo a llorar y entonces es cuando padre interviene y sacándose la correa, empieza a perseguirlo por la mesa y a gritar: ¡Carajo, Pedro! ¡Devuélvele la tostada a tu hermano! Con la boca llena, Pedro pregunta: ¿Cuál tostada?, y le hace fieros a padre y lo corretea por la mesa hasta que el viejo no puede más y vuelve al asiento, mira a madre por entre sus anteojos, y le dice: ¿Si

ves? ¡Por mimarlo demasiado! ¡Es tu culpa!. Tía trae de sobremesa dulce de manjarblanco pero ya nadie quiere comer. Llegó la hora del rosario, dice padre, y Pedro se va a arrodillar al lado de madre, buscando protección. Tú esta noche no sales; terminas el rosario y a dormir. Y empieza una retahíla en latín que nadie comprende: In nomini patri, et filuis, et espiritu santi, amén. Los misterios que vamos a ver hoy son los gloriosos. Madre lo interrumpe, y le dice que los misterios de ese día son los dolorosos. Padre no le hace caso y con los ojos elevados hacia donde se encuentra un cuadro de la virgen María, repite en voz baja: Virgo veneranda, virgo predicanda, virgo potes. Cuando termina, padre se da cuenta que Pedro se ha volado del rosario y está en la calle. María, ¿dónde está Pedro? ¿Si ves? Por tu culpa ese muchacho no va a servir para nada. Madre se refugia en el cuarto de Tiresias, prende la radio y ambas se ponen a escuchar las noticias: «Ayer fue asesinado el joven Alfredo Yusti en la colina de San Antonio. Los estudiantes protestan contra el gobierno del general Rojas Pinilla. Los comerciantes de la ciudad se han unido a la protesta estudiantil». Leonor y yo le pedimos permiso a padre para salir al palo de mango a escuchar cuentos. Vaya, mijo, pero a las nueve debe estar en casa porque mañana tiene que madrugar al colegio. Leonor no va porque las niñas no salen a la calle y tienen que estar en casa. Mi hermana menor se pone a llorar; le agradezco a papá y salgo volando para encontrarme con la gallada de San Antonio que a esa hora se sienta debajo del frondoso árbol de mango de los Gamboa. Allí me encuentro con Pedro

que está sudado y tiene la camiseta amarrada a la cintura porque acaba de jugar los últimos cinco minutos de un partido de fútbol. Pulga, pregunta, ¿el viejo está muy enojado?. Sí, y te está buscando con la correa. Pedro vuelve a levantar los hombros y se sienta con nosotros a echar cuentos de Cosiaca y Riverita. A las nueve pasa el sereno vestido con sombrero, poncho y machete. Son las nueve…, pregona, y hace sonar el pito para que todo el barrio sepa que está trabajando. Padre, que ahora se ha puesto la franela rosada de dormir y los calzoncillos largos de payaso, nos llama desde las gradas de la casa: Pedro y Pablo, a dormir que son las nueve. Mi hermano me dice que suba y lo convenza para que nos deje una hora más en la calle. Subo y padre acepta, y regresa a la cama. A las diez, el sereno vuelve a pasar y pregona: Son las diez… Padre sale y nos vuelve a llamar. Yo subo y apenas atravieso la puerta, padre me pega un coscorrón en la cabeza. ¿Y Pedro? No sé, papá, yo le dije que subiéramos y él no me quiso escuchar. Cierra la puerta con aldaba y se acuesta solo en su cama porque madre hace cinco años no duerme con él sino que comparte la habitación con Tiresias, la cegatona. Yo me voy al cuarto de la ventanita de barrotes verdes que comparto con Pedro, veo el cuadro de la virgen María que madre ha puestro al frente de la cama, y cuando todo está oscuro no sé por qué veo la imagen de la virgen con las tripas afuera. Me toco el pecho y estoy sudando. Madre se acerca y acariciándome la cabeza, me calma, y me dice que es una pesadilla. Mamá, ¿qué es una pesadilla? Madre no responde y prefiere cantarme

un arrullo del Pacífico con su voz dulce y serena. Ya pasará, hijo. Sus caricias me transportan a un mundo de ensueño y enseguida me duermo en sus brazos, pero apenas apaga la luz y sale en puntillas, vuelvo a despertar y veo de nuevo la imagen terrible de la virgen. Para no despertar a mamá, esta vez me tapo con la almohada y es cuando siento el silencio de la noche, que es perturbado por el canto de los grillos y por el pregón del sereno que anuncia, como un verdugo, el tiempo de las sombras. Son las once… Pienso en Pedro, que no ha entrado a casa y me da miedo que los pájaros que comen niños, lo maten y lo dejen tirado en el mangón. Son las doce… Pienso y me da terror que lo haya cogido la jaula y lo haya metido a Villanueva. Es la una…, y cuando vencido por el sueño voy a dormirme, siento que Pedro lanza una piedrita en la ventana del cuarto de la tía y dice: Mamá, ábrame, por favor. Soy yo. Mamá se levanta en puntillas y abre la falleba cuidando de no despertar a padre. Pedro entra acezando y le cuenta que la jaula estaba haciendo recogida para llevarse a los muchachos al cuartel; que él se salvó gracias a don Isaías Gamboa que le abrió la puerta de su casa. Al día siguiente, madre nos levanta temprano porque tenemos que ir al colegio. Pedro hace pereza en la cama y dice que ese día no tiene colegio. Mi padre, que ya está vestido de saco y corbata y se está tomando el café con pan, le grita desde la mesa que es mentira y lo amenza con ir a levantarlo a correazos. Mira su reloj de leontina y se da cuenta que no puede perder un minuto porque va a llegar tarde a la imprenta. Leonor y yo revoloteamos detrás de él pidiéndole la bendición. Padre nos bendice y

nos besa, dejándonos un suave olor a pino silvestre en las mejillas. Adiós, papá, que le vaya bien en el trabajo. «Adiós, hijos», y alzando la mano, baja la calle y se pierde por la curva de las lloronas de San Antonio. Mi padre es un punto negro perdido en la distancia… Al mediodía Tiresias le lleva el almuerzo en un portacomidas que madre prepara todos los días. El portacomidas es de tres pisos y hay que llevarlo con cuidado para que la mazamorra, que va en el último piso, no se derrame. A veces, cuando mi hermana Leonor y yo salimos temprano del colegio, la vamos a acompañar. Padre se pone feliz cuando nos ve en el parquecito de Jorge Isaacs, esperándolo con Tiresias. Con las manos untadas de tinta negra, sale del trabajo, nos besa y se sienta a comer. Nosotros revoloteamos a su alrededor, como mariposas. Mientras come, padre nos cuenta la historia del señor de la casona que está al frente del parquecito: esa fue la casa de don Jorge Isaacs. Allí escribió el último capítulo de la María que había empezado en el cañón del Dagua. ¿María existió?, pregunto a padre. Sí, y vivió toda la vida en El Paraíso. ¿Dónde queda El Paraíso, papá?. En la carretera que va de Palmira a Buga. Papá, ¿cuándo nos llevas al Paraíso?. Un día de éstos. En eso se acerca el padre Zawavsky, que es el patrón de papá, saca un puñado de colombinas del bolsillo de la sotana y nos lo regala. Papá sale del trabajo a las cuatro de la tarde, sube por la calle primera, atraviesa la curva de las lloronas de San Antonio, y cuando llega a la esquina de los Caycedo ve a Pedro sin camisa jugando en la loma. Lo llama pero mi hermano no oye porque en ese momento está concentrado en el partido de fútbol,

que ya se va a acabar, y están perdiendo 2-0. Cabizbajo, con el periódico debajo del brazo, padre sube las gradas de la casa y mientras Leonor y yo revoloteamos a su alrededor pidiéndole recortes de papel, habla para sus adentros como en un soliloquio: Ese muchacho está perdido; no va a servir para nada. Mi padre murió dos años después de un ataque cardíaco. Lo velaron en la sala de la casa, como era costumbre en aquellos tiempos. Esa tarde, la casa se llenó como nunca antes. Desde temprano, madre nos vistió con saco y corbatín porque iba a llegar la familia de padre, que era gente muy importante. A Leonor le puso un vestido blanco de organdí. Ella se puso un vestido negro y unos zapatos de puntilla y se veía muy elegante. El ataúd lo pusieron en el centro con la tapa abierta para que la gente se acercara y lo viera. Tía Tiresias era la encargada de repartir el «tinto». La gente entraba, se acercaba a mi madre, le daban el pésame, y luego iba a ver a mi padre. Las mujeres estaban vestidas de negro y tenían una mallita que les cubría la cara. Los hombres tenían unos sombreros de copa negro y unos sacos largos. Pedro se acercó al ataúd y se puso a contemplar a padre. De pronto, lanzó un grito, y se puso a llorar. ¡Mi papá se murióóó! Madre se acercó a consolarlo pero Pedro se aferró al cajón y no se quiso soltar. Leonor y yo no lo vimos porque no pensábamos que estuviera allí, encerrado entre una madera y nos lo imaginábamos trabajando horas extras en la imprenta. Un señor gordo que tenía una voz de pájaro retiró a Pedro del cajón y levantando las manos al cielo raso se puso a entonar una oración. En una pausa, madre me presentó a los invitados. Mijo,

salude al tío Francisco. Buenas tardes, tío. El tío Francisco era el hermano mayor de mi padre y era el dueño de la Imprenta Baal que quedaba en la carrera novena con dieciséis. Mijo, salude a la tía Aura. Buenas tardes, tía. La tía Aura era la hermana mayor de mi madre y de Tiresias. Mijo, recíbale el sombrero al señor Gamboa. En el barrio decían que el señor Gamboa era poeta y era muy amigo de mi padre. Cuando dejé el sombrero en la cama de mi madre, salí corriendo detrás de Leonor y casi me estrello con el cajón. ¡Mijo, por Dios, deja de estar jugando en la sala!. En la noche, el señor gordo de voz de pájaro intensificó las oraciones, y la gente más relajada, se quitó los sacos y empezó a pasearse por el patio de la casa. Tía no descansaba de regalar «tintos» y abrió una botella de aguardiente para los señores que ahora estaban echando cuentos en la cocina. El ataúd de mi padre estuvo tres días en la sala de la casa. Yo me la pasaba jugando canicas con Leonor debajo del cajón y nunca se nos ocurrió mirar adentro porque estábamos convencidos que papá vendría algún día cargado de recortes de papel y de colombinas. Fue sólo unos días después del entierro que Leonor y yo sentimos su ausencia y preguntamos por él, y ella, mientras nos llevaba de la mano al colegio nos dijo: Padre está en el paraíso. Mamá quedó triste y preocupada por la muerte de papá. Con el vestido negro y los zapatos de puntilla que no se quitó durante un año, curiosamente parecía más bella y atractiva. Los tíos de mi papá que eran los dueños de varias imprentas en la ciudad, la visitaban, y luego, cuando terminaban de tomarse el

café con pan que Tiresias les había servido, le dejaban en silencio un sobrecito cerrado. Tiresias la veía llorando y le daba ánimos recordándole que Dios era grande y que no le iba a negar el pan a sus hijos. Pero más triste quedó Pedro, que con la muerte de padre se dio cuenta de que lo quería y nunca más se pudo recuperar. Al año, madre levantó el luto y cambió el vestido negro por uno de florecitas; pero siguió conservando los zapatos negros de puntilla. Los hombres la miraban bajando por la loma y le lanzaban piropos. Madre, discreta, volteaba y nos comentaba: ¡Tan bobos! Ustedes no van a ser así cuando sean grandes, ¿no? Pedro no soportaba que se le acercara nadie, ni las moscas y se ponía furioso con los señores que se volvían poetas ante la belleza fulgurante de mi madre. Fueron los días más hermosos que pasamos juntos, y aunque todos vivimos de una manera diferente el vacío dejado por padre, nos sentíamos más frescos y livianos, como si de pronto nos hubieran quitado un peso de encima. Madre entró a trabajar a Industrias Star; los tres acostumbrábamos a esperarla los sábados a la salida del trabajo. Ella, con el sobrecito de pago en la cartera, nos llevaba al almacén Gilbert a comprar zapatos y luego a comer perros calientes con coca-cola a la Salchichería Cali. Cuando salíamos del almacén, un taxista sacaba su cara de buñuelo por la ventanilla y le gritaba a Pedro, adiós, cuñado. Y mi hermano tiraba de rabia al suelo el perro y la coca-cola y le quitaba la palabra a mi madre hasta la Plaza deSan Francisco, donde para volverlo a contentar, le compraba un mango viche a

José, el negro de la carreta. Madre nos arrastraba de la mano para que un carro no nos fuera a atropellar (o nos atropellara a los cuatro), y subíamos a pie por la carrera sexta. Antes de llegar a la Quinta, madre hacía una escala en la iglesia de las Carmelitas y le agradecía a la virgen por los favores recibidos; después pasábamos la Quinta y a partir de allí, a mi mamá la saludaban hasta los peluqueros: Buenos tardes doña María, gritaba Moya, el frutero; ¿va a llevar banano meloso, sabroso, pecoso? Deme un gajo pero que no esté blandito. ¿Cómo le va doña María? La saludaba desde la puerta doña Concha, la madre de Adriana y Marta. Muy bien, gracias. ¿Cuándo va a traer a Pedro y Pablo?, preguntaba el paisa de la peluquería de la sexta con segunda. El próximo sábado. ¿Me lleva, María?, preguntaba Segundo, el zapatero. Ni que estuviera loca. Luego llegábamos a casa, y madre le daba a Tiresias la bolsa de pandebono caliente que le habíamos traído del centro. Después de la muerte de padre, Pedro no volvió al colegio y se la pasaba todo el día con sus amigos jugando fútbol y tumbando mangos biches en el acueducto. En las noches, ya no se hacía con nosotros debajo del árbol de los Gamboa porque decía que eso era para los «pelados» y prefiría estar con los «grandes» en la esquina de la novena. El murito de las desgracias, le llamaban los vecinos del barrio porque decían que allí se leían revistas raras, como Candy, Lux y Bohemia, se metían pepas y se fumaba marihuana. Preocupada por la situación, madre intentó ponerle orden a la situación pero debido a su trabajo

nunca pudo rescatar la autoridad en casa y poco a poco la educación con Pedro se le fue convirtiendo en una pesadilla. Hasta que llegó el día de la primera comunión. Madre había organizado la primera comunión de los dos con el padre Hurtado Galvis, pues según el cura Pedro se estaba pasando de edad para recibir el cuerpo de Cristo, y yo, que aún no tenía la edad, podía hacerla con él para ahorrar gastos. Durante tres meses, mi madre trabajó horas extras para comprarnos los vestidos y hacernos la fiesta y dos días antes de la ceremonia nos llevó a peluquearnos donde el paisa y luego a confesarnos. Y fue allí donde el paisa que comenzó el problema con mi hermano. ¿Qué corte quiere para los muchachos, señora?, preguntó el peluquero, y madre dijo, mientras hojeaba una revista Cromos: corte Humberto. Pedro saltó de rabia y trató de volarse pero el paisa, acostumbrado a estos ajetreos, ya le había pasado la máquina podadora por la cabeza, quitándole el primer mechón de la cabeza. Pedro y yo salimos tusos de la peluquería luciendo un mechoncito curioso en la frente. Madre trataba de contentarlo pero Pedro, muerto de ira, amenazaba con matar al paisa con la misma máquina con que lo había tusado; luego fuimos a la iglesia donde el padre Hurtado Galvis para que nos confesara; Pedro no se quiso confesar y el padre consoló a mi madre diciéndole que eso no importaba, que mi hermano podía recibir el cuerpo de Cristo, pues al fin y al cabo los niños éramos ángeles y no teníamos pecados capitales. Al día siguiente, madrugamos y poniéndonos el vestido azul turquí de primera comunión, salimos en ayunas rumbo a la iglesia.

Pedro y yo íbamos incómodos porque el vestido de paño, con el calor que empezaba a hacer a esa hora nos picaba. Madre en cambio iba orgullosa con un vestido azulito que le había hecho tía Tiresias y sus zapatos negros de puntilla. Cuando el padre nos vio, nos dio un coscorrón en las cabezas rapadas y nos hizo sentar al pie de unos reclinatorios. Y empezó la misa. Madre sacó un misal y entornando los ojos al cielo parecía la virgen María. La misa cantada en latín duró una eternidad. Pedro y yo casi desfallecíamos de hambre. Luego comulgamos, y sólo fue cuando regresamos a casa a desayunar que Pedro me preguntó: Pulga, ¿tú masticaste la hostia?. No, ¿por qué?. Porque yo sí la mastiqué. Entonces lo miré, y dije: Si lo hiciste te vas a ir al infierno porque es pecado masticar el cuerpo de Cristo. A las tres de la tarde llegaron los vecinos cargados de regalos; madre los recibió con un besito y luego que nos dieron los regalos ella les brindó helado con torta y se sentó con sus padres a conversar y a tomarse un vino Martini. Luego vino la piñata, los juegos, las rifas y cuando en el reloj de cucú sonaron las seis de la tarde, madre puso en el pick up de padre una guaracha cubana, sacó a bailar a don Isaías Gamboa. Fue esa noche, durante la fiesta de los adultos, que Pedro se fue de la casa. Desde la colina yo lo llamaba para que regresara pero él no me hacía caso; entonces volví a casa y cuando le conté a mamá, ella se puso a llorar. Durante una semana mamá lo buscó en hospitales e inspecciones de policía, y al no tener ninguna noticia de él, casi se enloquece, hasta que llegó el tío Francisco y la consoló

diciendo que no se sintiera culpable y que se tranquilizara, pues los hijos pródigos cuando se van de casa tienen la costumbre de volver al redil. Mamá se sintió más tranquila, pero yo sabía que en el fondo ella interpretaba la partida de Pedro como el comienzo del fin de la casa de San Antonio que mi padre había comprado cuando se casó con ella, y entre las sombras que se perfilaban en su mente, vislumbraba que ese proceso no terminaría sino hasta que su hijo regresara, como lo había anunciado el tío Francisco y la sacara de su casa. Ella, entonces, empezaría un doloroso itinerario, al principio conmigo y luego sola, por la ciudad, que terminó finalmente en Palmira, cerca de la hacienda El Paraíso donde en otra época se habían amado Efraín y María. Por esto, después del consejo sabio de tío Francisco, mi madre se dedicó a vivir más tranquila y a disfrutar los pequeños instantes de la vida porque sabía que Pedro, de un momento a otro regresaría, y empezaría aquel proceso irreversible, que en verdad había comenzado siete años atrás, cuando ella, hastiada de la gazmoñería puritana de mi padre, había decidido abandonarlo e irse a dormir al cuarto de Tiresias. Mamá empezó a ponerse vestidos escotados y a aceptar algunas invitaciones de sus pretendientes, que la cortejaban a la salida de la fábrica o en el paradero de buses. Con la prudencia de una mujer que no quiere dejar su reputación en una calle, madre los ponía al corriente de su estado civil: soy viuda alegre, les decía, y les hablaba de sus tres hijos. Cuando le proponían matrimonio, ella les decía que no se casaría hasta que nosotros no nos educáramos

y tuviéramos uso de razón como si nosotros siempre hubiéramos vivido en la sin-razón. Pobre mamá. Después de la muerte de padre, el primer amigo que tuvo fue el mono, un mecánico que siempre llegaba a casa con las manos sucias llenas de grasa y le gustaba el trago. A mi mamá nunca le gustaron los borrachos y una noche que el mono llegó con un tufo que botaba fuego por la boca, lo echó de casa. Luego tuvo un vendedor de seguros, buen mozo y bien vestido, pero era tan tacaño que cuando la invitaba a cenar al Dorado, él no comía porque decía que estaba lleno, que ya había cenado en casa. Manolo era de los que cuando invitaban a bailar a una mujer, la hacía sudar hasta el cansancio, y la tenía toda la noche a punta de coca-cola con hielo. Mi mamá, acostumbrada a la generosidad de mi padre, eso le disgustaba. Manolo era de los que no se ponían una camisa porque se le gastaba y cuando estaba en una reunión con sus amigos, sacaba el cigarrillo prendido del saco para que nadie le pidiera. No sé por qué a mi ese tipo siempre me cayó gordo. Mi madre se dio cuenta de eso, y una noche que llegó con su maletín y sus zapatos rotos de tanto caminar, lo echó de casa. Después tuvo un carnicero que le daba la mejor carne y le encimaba los huesos para que nos hiciera un buen caldo, pero ese tampoco le duró porque don Fredy, que según mi madre tenía unas manos dulces de ángel, era un hombre casado. Entre los pretendientes que cayeron como moscas al plato apetitoso de la casa y el que más incidió en su vida y en la mía fue Juan Grajales, un cortero de caña del Ingenio Manuelita que le hacía la visita los domingos y nos llevaba al estadio a ver jugar al

Deportivo Cali y al Hipódromo de San Fernando, a apostarle al caballo Topacio. Juan fue muy bueno conmigo y cada vez que se aparecía con esa cara de machete que asustaba, traía escondido entre sus manos un gajo de uvas para mi madre y una bolsa de bombones para Leonor y yo. Madre logró amarlo pero cada vez que él le proponía matrimonio, ella me señalaba con su dedo índice, como si yo fuera ahora el jefe de casa y ocupara el vacío dejado por mi padre. De todas maneras, ella era feliz con el «negro», que así le llamaba, aunque Juan no era de raza negra sino trigueño, el sol inclemente de los cañaduzales lo había quemado, y esa relación le sirvió para superar el doble duelo dejado por mi padre y por mi hermano Pedro en menos de dos años. A veces, después de comer, madre se sentaba en silencio en el rellano del patio, y yo sabía que lo estaba invocando. Tiresias se sentaba a su lado y la consolaba. Un día recibió una carta que venía de los Llanos Orientales. Era Pedro y le decía que no se preocupara, que él estaba bien. Mamá se puso feliz y triste al mismo tiempo, pues, de una parte, esa carta era la prueba de que su hijo estaba vivo, pero de otra, era una epístola llena de dudas, pues mi hermano no contaba en qué andanzas estaba. Estoy bien, mamá, no te preocupes. Y firmaba. Tío Francisco fue quien le volvió a dar confianza cuando le dijo que si la «oveja negra» se había marchado era por su propia voluntad y un día volvería a casa. Por esos días, y ante las afugias económicas, madre decidió arrendar la habitación de mi padre a un matrimonio recién casado. En la habitación aún

se encontraba el baúl de madera que nadie, desde su muerte, había querido abrir. Ella me dio la llave y cuando lo abrí pude conocer los secretos que mi padre, guardaba con tanto celo. Allí encontré:

- La biblia. - Las escrituras de la casa. - Una estampa del Señor de los Milagros de Buga. - Un álbum de fotos de familia donde mi padre está cogido de gancho con mi madre por el puente Ortiz. - El pañuelo de María. - La maqueta original de la estatua de Sebastián de Belalcázar. - Una foto donde estoy con Pedro montado en un burro de Santa Rita. - Una caja de cigarrillos «Sol». - Un reloj de leontina «Ferrocarril de Antioquia». - Una biografía de Simón Bolívar. - Una caja de fósforos «El diablo». El matrimonio se instaló en casa y empezó a convivir con nosotros. El marido se llamaba J.J.Vélez y era locutor de la Voz de Cali; ella se llamaba Flor Silvestre, y era joven y salvaje. Fue gracias a ellos que pude conocer los secretos que mi padre guardaba en el baúl. Fue gracias a ella que descubrí el secreto de la pasión. Por esto, aún no puedo afirmar qué fue primero, si el huevo o la gallina; si Flor Silvestre o Adriana Miranda. En aquel limbo de soledad absoluta que es la adolescencia, ella fue quien me inició en el maravilloso mundo de la pasión y el erotismo. Si se quiere ella fue la que me

desfloró. Una tarde yo estaba haciendo las tareas del colegio, y al no poder resolver un problema de matemáticas Flor, que era muy amable, se sentó a mi lado y empezó a ayudarme. No sé qué fue lo que pasó pero de pronto, cuando terminamos, ella me acarició las manos y empezamos a besarnos. A partir de allí ella me ayudó todas las noches en mis tareas. Mi madre llegaba agotada del trabajo, y apenas se recostaba en su cama, ella y yo nos sentábamos en la mesa del comedor a hacer las tareas, hasta muy tarde. Con la paciencia de un profesor que quiere sacar adelante a su alumno, ella me explicaba los problemas matemáticos y luego me tomaba de memoria la lección de biología, historia y geografía. Creo que fue por ella que empecé a interesarme por la biología. Hacia las diez de la noche, cuando habíamos terminado y la casa estaba en silencio, empezábamos a amarnos. Ella ponía la radio y mientras J.J. leía las noticias terribles del país, nos besábamos de una manera salvaje hasta que terminaba el noticiero. Luego, cuando sonaba el himno nacional, Flor se despedía de mí y se iba a dormir. Madre, como tenía un sueño pesado, nunca nos descubrió pero una noche se levantó al baño, y nos pilló. Entonces le pidió la pieza a J.J., y hasta allí llegó mi educación sexual. En aquel vacío profundo dejado por mi padre, Flor Silvestre fue mi salvación, mi vida y mi todo. Hasta que Pedro llegó a casa. Lo tengo grabado en la memoria porque al día siguiente llegaron a la luna Neil Amstrong, Edwin Aldwin y Michael Collins, y las hermanas Miranda hicieron la famosa fiesta de cuota. Mi madre se puso feliz, y lo acogió con el amor

de siempre, pero Pedro, quien ya era un hombre, llegó agresivo. ¿Dónde estuviste, hijo?, le preguntó mamá, y él respondió: en el incendio. Todos pensamos que estaba haciendo un chiste, pues desde niño Pedro quería ser bombero pero después que mamá le preguntó si había estado de bombero apagando el fuego, él le aclaró: No, bombero pirómano que aviva el fuego. Llegó con una mochila y esas botas perfumadas que se pusieron de moda en el país. A partir de ese momento, la casa, si con la muerte del padre había quedado como una mesa coja, ahora, con la presencia de mi hermano, corría el peligro de tambalear y caer. Mi hermano tomó posesión de la habitación que había sido de mi padre y luego de mi Flor Silvestre, y desde allí empezó a minar la fugaz armonía que habíamos logrado y a fustigar a mi madre con el rejo de la violencia. Madre intuía que su hijo era otro y que estaba en algo «raro», pero ella no se atrevía a cuestionarlo por el miedo que siempre sintió frente a su hijo. El miedo de las víctimas que creció como una maleza en la cabeza de la gente, se instaló en la ciudad y más tarde en el país. El miedo que se apoderó de nosotros y nos hizo cómplices silenciosos de tanta insensatez. Madre lo aconsejaba todas las mañanas para que abandonara las «malas compañías» y entrara a la universidad. El, arrogante y sobrado, se ponía su cachucha, su mochila y sus botas, y tirando la puerta salía a tirarle piedra a la policía o a ponerle una bomba molotov al carro del gobernador. (A propósito del carro del mandatario, un día la policía lo cogió como sospechoso, y mamá tuvo que acudir a los servicios del doctor Estrombolis para que no lo condenaran

por intento de asesinato y rebelión, y lo metieran a la cárcel de Villanueva). Mamá sufría mucho, empezó a perder su belleza juvenil, y a salirle patas de gallina y canas, que trataba de tapar inútilmente con cremas y tinturas. Su vida afectiva con Juan Grajales también quedó cuestionada, pues a Pedro nunca le gustó el «cortero de caña», el «care-machete», como le decía despectivamente y entonces todo para mi madre se fue viniendo abajo; las visitas de Juan Grajales en la sala de la casa hasta tarde de la noche; las invitaciones a comer al Dorado y a bailar en el Séptimo Cielo; los paseos al estadio y al hipódromo y la bolsa de bombones Colombina que Leonor y yo tanto disfrutábamos. Como una adolescente furtiva, madre tenía que ingeniárselas para verse con él a escondidas, hasta que una noche Pedro los pilló en la sala de la casa. Aquella noche no dijo nada y se acostó a dormir pero al día siguiente, en el desayuno, la trató de ramera y destruyó la vajilla de la casa. Madre no aguantó y esa mañana empezó el éxodo conmigo y con Leonor, por las colinas del occidente de la ciudad. Era el fin de la casa. El fin del comienzo de la destrucción de la casa de San Antonio. Madre cogió una maleta y ante la súplica inútil de Tiresias para que se quedara, nos cogió a Leonor y a mí de la mano y alquilamos el primer cuarto en la colina de San Cayetano. Allí nos acomodamos como pudimos; madre salía a trabajar pero antes nos dejaba preparada la comida desde las cinco de la mañana. La dueña de casa era una señora Gloria, que era muy buena con nosotros, y que apenas me vio se encariñó conmigo. Desde el asunto con Flor Silvestre yo tenía el «palito» con las señoras casadas; no sé

qué pasaba pero se me pegaban como abejas en la miel y luego mamá tenía que salir a darle explicación a sus maridos y contentarlos. Gloria tenía una cara ovalada en forma de luna y unos ojos amarillos; mamá me regañaba, pero un día que se volvió a ver con Juan, me dijo: Pablo, por lo menos a tí te gusta el amor; en cambio a Pedro le gusta la guerra.Y no me volvió a molestar. Donde Gloria Luna duramos un año; luego alquilamos otro cuarto en la colina de Miraflores. Allí se me pegó Mercedes, que era una morena de piel canela y tenía un trasero perfecto de 180 grados, que siempre me recordó la esfera de Pascal. Ahora, madre tomaba las cosas con más tranquilidad: Mijo, ¿usted qué es lo que se unta?. ¿Para eso está estudiando en la universidad?. En aquel año yo había entrado a la Universidad del Valle a estudiar biología y me empezaba a interesar el estudio de los micro-organismos. Luego de la casa de doña Mercedes nos pasamos al barrio San Fernando. Allí se me pegó doña Agripina, la recreacionista del diván, y cuando íbamos a trastearnos a la loma de Siloé, Juan Grajales le propuso matrimonio. Yo no puedo, dijo madre, y nos señaló a Leonor y a mí. Entonces yo intervine y le dije que se casara, que yo ya era grandecito y podía defenderme solo en la vida y en la muerte y alquilar un garage en San Fernando. Madre, ándate a Palmira, allí descansarás de todo, y ella, con lágrimas en los ojos, se despidió de mí y cogiendo a Leonor de la mano subió al Expreso Palmira: tienes razón, hijo; por lo menos allí estaré más cerca del paraíso, dijo. Sí, mamá, y más lejos del infierno, y una mañana se casó con Juan Grajales en la catedral de Palmira.

Ese fue el fin de la casa de San Antonio. Cuando terminamos de comer, tía Tiresias invitó a tomarnos un «tinto» en la poltrona del patio. Allí todavía estaba el naranjo florecido de la infancia, rodeado con las matas de rosas que mi madre había sembrado. Tía sirvió el café en unas tacitas de porcelana china, y me dijo: sobrino, desde que llegaste no has ido a visitar a tu madre. Sí, díme ¿cómo está ella?. El médico le descubrió cataratas en los ojos. ¿Desde cuándo?. Desde que Fabio Cujás se robó la luz y dejó al país en tinieblas. ¿Entonces la ceguera de la familia no es hereditaria?. No, por fortuna. ¿Cómo está Leonor?. Se casó con un chofer de Expreso Palmira, y le dejó una hija. ¿Y Juan Grajales?. Se jubiló con honores del ingenio y ahora vende mercancía. Sobrino, tenemos que ir a Palmira a visitar a María. Sí, vamos en la próxima semana. Y acostado en mi antigua cama, empecé a soñar con mi madre. Luego soñé con Pedro. En el sueño yo lo veía en diferentes momentos, y lo más triste de todo era que en el sueño yo siempre aparecía en la otra orilla, como si fuéramos enemigos: en el sueño lo vi en la manifestación del 26 de Febrero tirando bombas molotov en la Plaza de San Francisco, y yo, vestido de policía, me defendía con mi casco protector y mi escudo y respondía con bombas lacrimógenas. Lo ví con un fusil al hombro incendiando un río, y yo, vestido de cabo, iba detrás de él con mi fusil M-30. Lo ví prisionero en las caballerizas del batallón Pichincha y yo, vestido de «tira» lo interrogaba, le daba patadas en los testículos para que «cantara», y le aplicaba la «picana» que aprendí con los gringos en el Batallón de las Américas.

Lo ví en el noticiero de las siete usando una cachucha y un trapo rojo, y yo, vestido de periodista lo entrevistaba «desde las montañas». Lo ví negociando en un jeep con los hombres invisibles mientras yo trataba de zafarme de ellos. Lo ví enviando a una madre una «prueba de vida» de un secuestrado, mientras yo, vestido de luto, la recibía. Lo ví matar a un campesino en el Vichada mientras yo, vestido de médico legista, hacía el levantamiento del cadáver. Lo ví tomarse un pueblo del Guaviare, saquearlo e incendiarlo, mientras yo, vestido de bombero, trataba de apagar el fuego. Lo ví hablando de paz (armado hasta los dientes) mientras yo, vestido de paisano, huía con mi familia a la ciudad. Lo ví huyendo por pueblos y ciudades mientras yo lo perseguía por todo el país. Yo era el perseguidor y él era el perseguido; el verdugo y el asesino; el victimario y la víctima. Lo ví varias veces desaparecido y vuelto a resucitar como Lázaro. Lo vi secuestrado por los hombres invisibles en una casucha miserable de Terrón Colorado. Lo ví muerto en la morgue del Hospital Universitario, y apenas lo reconocí y me dí cuenta que era mi hermano, lancé un grito y desperté. Entonces tuve conciencia por primera vez que yo era el vivo y él era el muerto. Yo estaba vivo y podía seguir contando.

Con Zoom llegamos al Teatro Municipal. Es un viejo teatro situado en el centro de la ciudad. Desde uno de los escotillones contemplamos la media luna de Platea, que a esa hora de la noche está llena de gente. Decidimos caminar por el pasillo antes que se iniciara el show. Al fondo de Platea, y separada por una baranda están el foso, las candilejas, el proscenio y las tablas. En una columna lateral del escenario se levanta una imagen en alto relieve de don Sebastián de Belalcázar, el fundador de la ciudad. En la columna del frente está la imagen de Efraín y María en El Paraíso. Luego, en cada ángulo del escenario, se levantan los palcos de primera y de segunda, separados por un antepecho donde sobresalen cuatro cariátides de rostro femenino, el palco presidencial, donde se destaca el escudo nacional, todavía con el cóndor, la verguenza pintada del Canal de Panamá, el par de cuernos derramando oro y el gorro frigio. Después vienen el palco de tercera, el gallinero y el cielo raso pintado con frescos que representan las cuatro estaciones del año, en un país donde la única estación que florece todo el año es la violencia. Zoom y yo caminamos por el pasillo central de Platea, cuando de pronto vemos que un hombre canoso nos hace señas desde una de las mesas: Es Santiago ‘La mosca’ Calero. Con el pelo blanco y los dientes amarillos, ahora se vé más viejo pero sigue conservando esa frescura que lo ha caracterizado desde muchacho. «¡Hola, Baal!, ¡qué milagro verte! ¿Cuándo llegaste? Siéntense aquí con nosotros». Y Santiago nos presenta a una mujer extradelgada que saluda con sus ojos lánguidos. Es Irma, la flaca. En

la mesa brilla una botella de aguardiente Blanco del Valle. En la mesa de al lado está sentada la condesa Clarita Cucalón del Jimeneo y su marido, el conde Jimeneo de Malagana, que ya quieren darle abanicazos en la cabeza al pobre Santiago. Baal, mira cómo he encanecido y tú te has quedado calvo; ¿acaso te convertiste al calvinismo?. Sí, le dije, estamos envejeciendo. Veinte años no pasan en vano. No digas eso, Baal, yo todavía me siento un muchacho, y empieza a entonar el tango «Volver», de Gardel. La condesa Cucalón del Jimeneo, con sus gafas de invidente y su abanico castellano, amenaza con callarlo de un sopapo en la cabeza. Mira la plebe que nos tocó de vecinos, se queja a su marido, el conde Jimeneo de Malagana. La vejez es una enfermedad incurable que empieza a los cuarenta años y sólo se cura con la muerte, continúa hablando Santiago. Vincent Van Gogh y Tomás Arcángel eran un par de viejos a los veinte años, por esto se mataron. Miró y Picasso eran un par de niños a los ochenta. La condesa se recostó en el hombro del conde para defenderse de la plebe. Santiago, díme, ¿de dónde acá boletas de cuarenta mil pesos en puestos numerados?. Me las dieron en la alcaldía donde trabajo, ¿o es que los pobres no tenemos derecho a venir al Municipal y sentarnos en Platea? En Cali lo que pasa es que hay mucha envidia y mucha lobería. Mira quién viene ahí, Augusto Poca Lucha. A él también le regalaron la boletas y vas a ver que dice que la compró con el puesto que le dieron en la alcaldía. Y preciso, Augusto saludó con su peinadito vaginal, y mostrando la contraseña, dijo, como para que todo Platea lo escuchara: no sé si

pasar mis cuentas a un banco suizo; ahora la fiscalía está jodiendo demasiado. Baal, ¿quieres un trago que guardo en mi faltriquera?. No, gracias. Mira quiénes están allá, Ana y Milena, las hijas de Lesbos, siempre atadas a una cadena de oro. A ellas siempre les han gustado el bacalao y los mejillones. No, esas no, detrás de ellas. ¡María Amnesia Cabal!. No, detrás de ella. Ah, Felipe Gardenia. Increíble, ¿cómo hizo el poeta (subrayó la palabra) para pagar una boleta tan costosa?. Con seguridad también se la dieron en la alcaldía o en Telepacífico. Es el poeta lameculos de la ciudad; ha tenido la virtud de nunca haber trabajado en su vida. Felipe Gardenia es tan vanidoso que no se junta con el poetariado y todos los jueves se pone el vestido de lino blanco para salir en la página social de El País. Observé al lado derecho de las mesas y ví a un hombre vestido de blanco, peinado coca-cola (coca por delante, cola por detrás) que miraba con lascivia a las mujeres. ¿Y su hermano Daniel Gardenia? Es la víctima del tinglado, debe de estar borracho en el gallinero. Descompuesta, la condesa Cucalón abrió el abanico castellano y por nada le saca un ojo de la cara a Santiaguito. Perdón, su excelencia, ¿ estoy incomodando?. Santiago Calero no había cambiado desde que lo conocí; por eso le decían ‘La mosca’, pues allí donde se paraba la cagaba. Baal, aquí vas a encontrar al mundo reunido. En el fondo, esta ciudad no ha cambiado, sigue siendo la misma villa frívola, fatua y rumbera de los años sesenta; o mejor dicho, sí ha cambiado: Ahora todo

el mundo quiere tener casa, auto y celular. Arriba, en el palco de primera, vas a encontrar a Estrombolis y Ricardo Bellini, y en el palco de tercera hallarás al negro Mosquera que le vendió la sombra al diablo. ¿Y el poetariado? En el gallinero. Santiago besó a la flaca Irma y tomándose un trago se unió a nosotros y nos acompañó en el periplo. Apenas se paró, la condesa Clarita Cucalón del Jimeneo descansó y besando a su marido en el cuello bebió su piña colada. Si supieras lo que dicen en la alcaldía del conde Jimeneo de Malagana, acotó Santiago. ¿Qué dicen?. Que tiene la sangre contaminada. Pero no digas nada, ¿eh? Subimos al palco de primera. Allí nos encontramos con Estrombolis y Bellini que ahora más canosos y viejos, esperaban subir un escalón en el partido liberal, conseguir un puesto en una embajada o tener una notaría. Bellini tenía las entradas plateadas como le gustan a las mujeres y llevaba puestos unos zapatos Balfour, comprados en la Quinta Avenida de Nueva York. Estrombolis, más gordo (hasta el punto de que no le cerraba el blazer negro ), estaba vestido como Bellini, y sus ojos achinados los tenía puestos en el palco presidencial desde donde se podía apreciar al alcalde Ricardo Lobo con su mujer, Lady Pulecio de Lobo; al Gobernador Justo Guzmán Becerra con su esposa, la marquesa de Pance; y a María Fernanda Libreros, poeta cultilatinoparla que cada año era invitada a los aquelarres poéticos que programaba en Roldanillo, Águeda Pizarro. Al lado del palco presidencial los balcones estaban llenos de hombres asimétricos, de corbata roja y vestidos oscuros, que pertenecían al gobierno.

Santiago dirigió su mirada hacia donde estaban Estrombolis y Bellini, y metiéndome el codo por la cintura me dijo entre dientes: Dicen que esos también tienen la sangre contaminada. Bellini me vio, estiró su brazo flaco y me saludó con un tono seco y displiscente, como cuando se dirigía a sus camaradas: Hola, Baal. Y Carlitos repitió el saludo como si fuera un clon. Más simpático y burlón, Estrombolis cruzó algunos chistes conmigo y con Zoom, y cuando la marquesa de Pance nos dio la espalda y nos mostró un escote que llegaba hasta el coxis, sacó unos binóculos diminutos de su saco y estuvo acariciando con sus ojos húmedos la piel de tigre de la marquesa. Subimos al palco de tercera. Allí nos encontramos con Sandra Romero, Gloria Tacones, María Amnesia Cabal y Humberto Mosquera. Apenas el negro me vió con su ojo mágico de vidrio, me abrazó y enseguida se puso a llorar. Negro, ¿qué te pasa? Tranquilo, negro, no llores. Díme, qué te sucedió. Y el negro, limpiándose su ojo de vidrio con el dorso de la mano, me dijo: Baal, ¿sabes qué? Me quedé sin sombra. ¿Cómo así?. Sí, desde que amanece y sale el sol mis días son tristes; sólo soy feliz a las doce del día y por la noche; todas mis mañanas y mis tardes son miserables. ¿Qué pasó, negro?. Baal, ¿tú sabes lo que significa quedarse sin sombra?, ¿lo que es vivir sin esa otra parte?. ¿Qué hiciste con ella, negro?, le pregunté angustiado, y entonces el negro, mirándome con su ojo de vidrio, me contó: se la vendí a los hombres invisibles y ahora es muy difícil recuperarla.

María Amnesia Cabal me vio, me saludó con su frenillo que llevaba entre los dientes: ¿Dónde diablos es que nos hemos visto?, me preguntó, pero Santiaguito coligió: No jodás, Amne, ¿ no recuerdas a Pablo Baal? ¡A vos esa cabeza sólo te sirve para peinarte el pelo! Sandra Romero, con una barriga de cinco meses de embarazo, miró a Zoom con recelo y nos contó que iba a tener un hijo sin padre. ¿Por qué?, le pregunté. Porque este zoquete nunca fue capaz de embarazarme, y señaló a Jorge Zoom Aristizábal. ¿Cómo así? ¿Compraste los soldados en el banco de semen?, le pregunté. No, hombre, me los regaló un buen amigo una noche en Zaperoco. Gloria Tacones, con sus trenzas embreadas y multicolores a lo dreads, pasó por mi lado y me cantó: «Divina claridad la de tus ojos». Baal, ¿es cierto que te casaste?. Sí, negra, y tengo un hijo. ¿Quién es la susodicha?. Lina Ventura, una escultora que tú no conoces, porque no pertenece al gremio. Cuéntame, negra, ¿que pasó con Marta Miranda?. Se casó en Bogotá con el marqués de Yerbabuena y cada año viene a la ciudad para la temporada de toros. ¿Vicky, la vietnamita? Se casó con Jean Boucher, y cada año viene a la feria a bailar salsa y a tomar champús con pandemonium. ¿Miguelito Putifar?. Sacó a vivir a una niña de Flores frescas y dentro de poco va a ser padre. Flores frescas es el único lugar en el mundo donde el amor no es una utopía. ¿Oscar Manchola?. Se casó con María Fernanda Libreros, poeta cultilatinoparla. ¿Piedad Carvajal?. Escribió un libro muy interesante sobre su segundo sexo. ¿Armando Tierreros? En El Buen Pastor, pidiéndole perdón al

padre Gallo por los dineros que recibió de un oscuro cartel. Nos despedimos de besito en la mejilla y no habíamos subido los gruesos tablones de madera del gallinero, cuando Daniel Gardenia, el eximio representante del poetariado, se acercó con una botella de aguardiente en la mano y empezó a besuquearnos. Era mejor bardo que su hermano Felipe, pero el alcohol lo tenía minado. Daniel se soltó de nosotros, saltó a la baranda y empezó a caminar con los brazos abiertos, como un funambulista, ante el asombro de la gente. ¡Cójanlo! ¡Se va a caer!, gritó la negra Marta y cuando cayó en Platea un aplauso cerrado se oyó entre el público. Desde el foso sonaron las primeras notas de la orquesta y entonces la encantadora Adriana Miranda, con un vestido negro de lentejuelas y un micrófono inhalámbrico, apareció en el escenario envuelta en una burbuja de luz:. «¡Yiri yiri bon! ¡Yiri yiri bon! ¡Yiri yiri bon! ¡Yimboróóóóóó! ¡Yimboró! ¡Yimboróó-ó!». La voz de Adriana Miranda salió como un huracán de su garganta y con la fuerza todopoderosa de su naturaleza irrumpió en todos los rincones del teatro. A partir de ese instante, el público, antes dicharachero y burlón, guardó silencio y con la boca abierta fijó sus ojos en aquella burbuja multicolor que se movía al ritmo acompasado de la cantante. Sí, allí estaba Adriana Miranda, mi ex-novia de la colina de San Antonio que me dejó por mi hermano; mi manjar blanco caleño; dulce pecado de la adolescencia. Y no era producto de mi imaginación. Quizás estaba un poco entrada en años y con carnes, pero era igualmente bellacomo cuando nos enamorados

aquella noche en la fiesta de cuota que había organizado con su hermana. Allí estaba, como un sol de medianoche, acariciando a la ciudad con su voz de soprano que por la fuerza de la vida se había vuelto más grave y profunda: «Te gusta mulata, la rumba Te gusta mulata, la conga bailar al compás del tambor tocado por mano de negro cubano que haya sabido tocado el tambor. ¡Yiri yiri bon! ¡Yiri yiri bon!». Allí estaba la mujer que me dejó en el bar La Habana por mi hermano Pedro Baal, que lo habían secuestrado y ahora estaba muerto; la que me cascó por primera vez en la vida; la que perdí en aquel cruce mortal con mi hermano y que dividió la historia de Cali en dos; la que luego tuvo un hijo con él , y sin embargo las malas lenguas me lo achacaron a mí, y no podía negarlo porque ese niño era parecido a mí y siempre llevaría la impronta indeleble de los Baal. «En Cali se corta la caña en Cali se toma café en Cali se baila el bembé se fuma tabaco se toma guarapo y atrás de la comparsa se va echando un pie. ¡Yiri yiri bon! ¡Yiri yiri bon!»

¡Todo el mundo! ¡Repitan conmigo, el coro, por favor!, ordenaba Adriana Miranda. ¡Vamos, con las palmas! «¡Yiri yiri bon! ¡Yiri yiri bon!». Santiaguito Calero, contagiado por la música, empezó a llevar el ritmo con las palmas y a cantar con una voz de tarro que ya quisiera oír el fiscal Alfonso Gómez Méndez hasta que Jorge Zoom, que no cantaba desde que lo tuvieron preso en las caballerizas del Pichincha, lo codeó por la cintura y le ordenó que parara su pendejada y dejara escuchar la canción. «¡Se-señoras y señores, da-damas y caballeros! Pa-para mí es un placer estar esta noche con ustedes», dijo Adriana Miranda, y por primera vez escuché su tartamudeo, que ahora, amplificado por los parlantes del teatro, se hacía más evidente. Con el micrófono cogido de medio lado, intentaba disimularlo con su simpatía, pero era imposible. Cuando era joven hablaba con fluídez, pensé; lleno de curiosidad le pregunté a Zoom por este error de la natura, y el fotógrafo me dijo que Adriana Miranda había empezado a tartamudear en los años ochenta cuando el Presidente de la República Julio César Turbay inauguró el país del miedo. Fue exactamente durante la segunda desaparición de Pedro. Empezó a tartamudear como Tomás Arcángel, y todos los escritores del Valle del Cauca. Pero apenas empieza a cantar desaparece el tartamudeo, y canta como una diosa. Para Adriana Miranda el canto es liberación. Y volvimos a escuchar por los parlantes su voz que salía en cápsulas como si le hubieran puesto una metralleta en la cabeza:

Es-espero que les gusten mis canciones. ¡Yo-yo siempre le canto a mi Ca-Cali bella, a mi Va-Valle del Cauca! Y poniendo el micrófono de medio lado entonó una canción del Grupo Niche: «Esta es mi tierra querida mi tierra bonita mi Valle del Cauca». Yo la oía y recordaba la noche en que nos conocimos en la fiesta de San Antonio, nuestras tardes sentados en un banco de la colina mientras la ciudad se extendía de norte a sur como un caimán de cola verde y anillada, cogiendo carambolos en el convento de las Carmelitas, pescando cupis de colores en Santa Rita y besándonos en el parque del acueducto. La recordaba cuando fuimos por primera vez a bailar a La Habana, y luego, ebrios de felicidad, salimos e hicimos el amor en el Motel Campoamor donde había una letrero firmado por Góngora, que decía: «A batallas de amor, campos de plumas». Allí fue donde ella dejó plantada la flor virtual de la virginidad. La evocaba cuando bajábamos por la Quinta y nos deteníamos en la librería Letras y en La Nacional, a hojear los poemas de Neruda, Nicolás Guillén y Benedetti; la evocaba en aquel sueño azul de la infancia mientras corríamos cogidos de la mano por la colina verde de San Antonio, sembrada de palmas, carboneros y chiminangos. Adriana cantó de nuevo y cuando el público se paró y la vitoreó con un aplauso cerrado que iba in crecendo , ella anunció el intermedio y se retiró al camerín. Fue en ese momento

cuando Zoom me sugirió que bajáramos a saludarla, pero que antes nos tomáramos un whiskicito para la sed. El fotógrafo sacó del bolsillo interior de su saco una botellita plana de metal y después de servirse uno «sin rocas» nos la ofreció a Santiago y a mí. Bajamos del gallinero. Cuando pasamos por el palco de tercera, María Amnesia Cabal me mostró su frenillo metálico, y me dijo: Ah, ya recuerdo. Tú eras el hermano menor de Pedro, al que secuestraron los hombres invisibles; y me estampó un beso de frenillo con babas. En Platea vimos a la flaca Irma cuando se paró del asiento y empezó a hacerle señas a Santiago para que regresara. Este, poniéndose la mano en la boca a manera de cucurucho de maní, le gritaba a sotto voce, ¡ya voy, mijaaa!; y toda la sociedad caleña que lo estaba escuchando, se volteaba de sus sillas y lo miraba como a un moco. Irma es muy cansona; me marca más que al negro Asprilla cuando juega en el Parma. Zoom, no monopolices el trago que vos no lo compraste. Vos tampoco; el que lo compró fue Pablo Baal y está en todo su derecho de bebérselo. Entramos al camerino y apenas Adriana Miranda me vio, se paró del tocador y nos abrazamos. Ho-hola, Pa-Pablo Baal ¡Cuánto tiempo sin verte!. Hola, Adriana Miranda. Todo parecía un sueño y cuando comenzamos a hablar y a reconocernos, cada uno de nosotros no parecía un ser humano de carne y hueso sino un fantasma hecho del mismo material de los sueños. Hablamos un rato y cuando sonó el timbre que anunciaba la segunda parte del espectáculo, Adriana me dijo que abajo en el foso

de la orquesta me tenía una sorpresa. An-anda, yo sé que te va a gustar. A-A la salida nos vemos. Y besándome, salió corriendo al escenario. Santiago, Zoom y yo bajamos al foso y cuál no sería nuestra sorpresa cuando vimos entre los músicos a Prometeo, Tomás Arcángel y mi profesor de biología Hans Meyer. El maestro Prometeo estaba sentado en el piano, Arcángel ocupaba la primera fila de los violines, y mi profesor Meyer ocupaba la sección de maderas. Por Dios, Zoom, dime, ¿estoy loco? ¿Qué es lo que ha pasado aquí? ¿Ustedes ven lo que yo estoy viendo? Zoom entonces me explicó: lo que pasa es que la Orquesta Sinfónica está en huelga; para seguir funcionando y no suspender los conciertos tuvieron que llamar a Prometeo, Arcángel y Meyer para que ocuparan algunos atriles. ¿Cómo así, Zoom? ¿Me estás tomando del pelo? ¡Si esa gente está muerta!. Y Zoom, como si hubiera perdido el principio de realidad, continuó mientras Santiago se moría de risa. Y eso no es nada, atrás en la sección de vientos vas a encontrar a Gerardo Arellano, Alberto Bedoya, Piper Pimienta y Bernardo Cortés. La orquesta tuvo que acudir a los muertos porque si no se muere. Defintivamente en Cali estamos ciegos y todo lo que vemos no es sino producto de nuestra febril imaginación. Y Santiago, que en ese momento se estaba tomando un trago, acotó: Sí, Baal, todos vamos a tener que irnos a hacer un examen oftalmológico donde el doctor De la Torre. ¡Explícame, Zoom, por la suerte de esos fantasmas! ¡¿Qué ha pasado aquí?! ¡¿Por qué estan allí tocando

con los músicos?! Ya te lo expliqué, Baal, porque el administrador de la orquesta la dejó en quiebra. Contrató con cifras astronómicas a un director amanerado de Italia y luego se repartieron los dividendos. Todo era legal. Los músicos se fueron a la huelga y para que la orquesta no muriera, tuvieron que contratar a los finados. A tu hermano Pedro no demoran en llamarlo. Vi los rostros pálidos y cerosos de los tres fantasmas y no entendí nada. Entonces, empecé a darme una explicación racional ante lo que mis ojos contemplaban, y justifiqué todo a través de la teoría de la metempsicosis que me había explicado Marot cuando una vez nos detuvimos en el capítulo sobre las lecturas de la muerte. La metempsicosis es un proceso de transmutación de almas que se produce cuando la persona muere. Es un fenómeno que está estrechamente ligado a la imaginación y a la memoria. En términos metonímicos se puede comparar a un viaje. Cuando el cristiano muere, se va el cuerpo físico, pero su imaginario no muere como se piensa sino que queda flotando en el ambiente; para volver a expresarse y tomar forma, termina instalándose en otro cuerpo. Generalmente, los muertos nunca desean instalarse en aquellas personas que han hecho el mismo oficio de ellos. Esto les parece muy aburridor; entonces buscan otro cuerpo y otro modo de empleo, y asi pueden vivir por un año, una década o toda una vida. Todo depende si se comprenden con el nuevo cliente. Con seguridad, pensé, aquí en la Orquesta Sinfónica del Valle sucedió el fenómeno aquel de que

los muertos reemplazan a los vivos y los vivos están más muertos que nunca. Y me puse feliz de volver a ver al maestro Prometeo y tener la posibilidad de discutir de filosofia con él, de Derechos Humanos y conocer su punto de vista sobre los filósofos de la tienda del muerto, que dirigía Francisco Dioscórides. Me puse feliz al encontrarme de nuevo con Tomás Arcángel y poder hablar con él de cine y preguntarle su opinión sobre el video y la nueva generación polifémica de voyeristas que había sido formada por el padre español Jesús Arrupe; según el padre catalán, del video al bidet siempre había un hilo negro e invisible que los unía; de allí la proliferación de tanto videasta underground y de aguas negras en la ciudad. Me sentí emocionado de tener de nuevo a mi profesor de biología, Hans Meyer, y contar con la posibilidad de profundizar mis estudios sobre células, virus, sangre y corrupción. Me acerqué a los músicos, y saludando con una venia al director, crucé el umbral que lo separa de aquellos. Llegué hasta el piano de cola donde estaba sentado Prometeo, o para decirlo más preciso, el fantasma del maestro reencarnado en un hombre blanco y ancho de espalda, de ojos tristes, y manos grandes y finas, que parecía que nunca hubiera cogido un barretón. Apenas me vio, me reconoció y con su acento paisa, me dijo: Hola, compañerito. ¿Qué haces aquí? Pensé que te habías desvanecido en el aire, como yo. No, maestro, yo sigo aquí en este mundo, al menos eso es lo que dicen las estadísticas del DANE. Si me ausenté por un tiempo fue porque me obligaron a hacer un viaje virtual en aquellas máquinas infernales inventadas por Turing, pero

siempre estuve con ustedes. Si alguna vez estuve ausente, mi espíritu siempre estuvo aquí. Y a usted maestro, ¿qué le pasó?, ¿por qué está aquí entre los músicos?. Ah, mi historia si es bien extraña. Cuando vivía me querían matar, y ahora que estoy muerto me invitan a ágapes, me hacen homenajes, crean fundaciones a nombre mío, me publican y hasta me pagan los derechos de autor. Estoy aquí porque esta ciudad musical, la ciudad de la salsa, se quedó sin músicos y entonces nos volvieron a llamar. Yo como siempre he amado a Cali, acepté colaborarles. Al principio me tocó duro, tener que empezar de cero a estudiar escalas y armonías, a desentumecer los dedos, pero en una semana ya estaba acoplado con la orquesta. Bienvenido, mijo, aquí en este teatro conocerás las divisiones de la patria. Maestro, ahora recuerdo el día en que tenías programada una conferencia en la universidad y como no llegabas fuimos con Jota Bayona a recogerte a tu casa y te encontramos en calzoncillos, llorando y borracho. Te pusimos una camisa, un saco y un pantalón, y cuando te sentamos en la mesa de conferencias te quedaste mudo durante media hora mirando al auditorio que esperaba con ansiedad tus palabras. Esa fue la mejor conferencia que diste a lo largo de tu vida intelectual. Otro día recuerdo que mientras hablabas de la La montaña mágica, el público, que en esos tiempos era muy inquieto, descubrió debajo de la mesa tus calcetines cambiados, azul y rojo, que hacían alusión al Frente Nacional. Ah, compañerito, no me recuerdes esos tiempos porque me da verguenza conmigo mismo. En ese tiempo yo sufría mucho por mí, por mis hijos y

por la humanidad. Maestro, dígame una cosa, ¿en Cali siguen con ese canibalismo sufrido en carne propia por don Jorge Isaacs? ¿O ya alcanzaron la paz? El maestro no contestó y prefirió sonar unos acordes disonantes en el piano. ¿Qué piensa de la ciudad?, ¿qué piensa de Colombia? Con el aire bonachón de un arriero antioqueño, contestó: Aquí, compañerito, hay que cambiar de música porque si no un día alguien va a venir y nos va a tocar el Réquiem inconcluso de Mozart. Quizás por esto fue que nos llamaron, para ver si intentamos componer otros aires, otra melodía. Colombia es un error, vamos a ver si lo remediamos. Y cuando me iba a despedir, Prometeo me pidió el favor de que hablara con unos chepitos inescrupulosos de la universidad que habían pignorado el alma mater y se habían jubilado a los cincuenta años de edad con cifras astronómicas, y les dijera que lo dejaran en paz, que es pecado atormentar el sueño de los muertos y se cobraran el dinero que les debía con los derechos de autor que nunca le pagaron en vida. Me despedí con un abrazo, y me acerqué a la sección de violines donde estaba Tomás Arcángel. ¿Quién eres tú? ¿Eres una sombra como nosotros o haces parte del mundo de los vivos?, me preguntó Arcángel, acelerado y paranoico, como cuando lo encontrábamos a las 12 del día en el teatro San Fernando. Tranquilo, Arcángel, soy Pablo Baal, yo simplemente paso y por ahora no pienso quedarme entre ustedes (y toqué madera guayacán). Sólo vine a saludarte porque me dijeron que después de tu muerte dolorosa te volvieron a llamar para llenar este vacío que todos hemos creado. Ah, Pablo Baal, la

pulga del barrio San Antonio, el novio eterno de Adriana Miranda, la caleña más bella (¡oh, prodigioso pleonasmo!) que haya tenido la ciudad. Y controlando la angustia que le producían las pepas, nos abrazamos y nos pusimos a charlar. Baal, tu sabes que mi suicidio fue un largo destino íntimo que elaboré día a día y ahora mis seguidores se han encargado de profanarlo. Han confudido la ficción con aquel sacrificio ante la humanidad hasta convertirme en un mito, en un héroe de un acto atroz del que ahora me arrepiento. Hubo incluso poetas que al día siguiente de mi muerte violaron aquel acto íntimo y doloroso para mis padres y para mis amigos y le sacaron partido hasta más no poder y se lucraron de mi muerte. Como si el suicidio fuera un acto honroso y digno de ser reivindicado por la humanidad y no un acto débil de un hombre angustiado por el espectro de la muerte. Ahora, después de que han pasado varias décadas y donde mis fans no han hecho otra cosa que recordarle día a día a mis padres esa oscura experiencia, pienso que quitarse la vida es un acto cobarde y que tiene más valor vivir entre los cadáveres que día a día bajan por el río Cauca o son hallados por los miserables en el basurero de Navarro. Mis fans han sido tan obsesivos con mi desaparición que se les olvidó mi literatura, que era lo que le daba sentido a mi vida. El cine y la literatura. Me atrevo a afirmar que hay fans que nunca me han leído, y sin embargo siguen como dicen por ahí, comiendo del muerto y copiando mis ideas. A esos fans yo los perdono. La estadía de Arcángel en el infierno lo había engordado, el pelo se le había caído y para conservar

su impronta fresca y rebelde de los años sesenta, llevaba una cola de caballo que a duras penas se sostenía con un par de bolitas de cristal. Arcángel tenía un discurso necrológico, y no podía ser de otra manera: él mismo fue el primer afectado por esa decisión injusta que tomó en el apartamento de la Sexta. Entonces, para airear la conversación y este informe que me encomendaron los hombres invisibles, y que día a día me desgasta, le pregunté a Arcángel por el nuevo atril que ahora ocupaba en la Orquesta Sinfónica. Acepté, me dijo, porque ya no creo en el rock ni en la salsa que tanto publicité en ese librito que le dio la vuelta al mundo. El rock porque a excepción de Freddy Mercuri, lo han desvirtuado y lo quieren ahogar con música-trance; la salsa porque en Cali abusaron de ella, y siempre despreciaron la música negra del Pacífico. Entonces, en el infierno, como no tenía nada que hacer, me empecé a interesar por la música clásica y cuando me llegó la invitación de la orquesta, acepté con la condición de que los que se aprovecharon de mi suicidio y se enriquecieron con la imagen de un muerto, le pagaran a mi padre con una indemnización. Es cierto que mi padre vivía en Ciudad Jardín, pero nunca pertenecimos a la high class -como cree el régimen poético-corrupto de la capital- sino a la clase mediadebajeada. Estas dos últimas palabras eran nuevas perlas para el profesor Arnulfo Greimás. Cuando lo dejé afinando su violín, Tomás Arcángel me alcanzó a gritar: Saludos a Charlie Pineda, el príncipe de la corte, y al Cuervo de Versalles.

Pasé a la sección de maderas donde me encontré con mi profesor Hans Meyer. Meyer había muerto en el holocausto del avión de Avianca, que hizo explotar el demente de Pablo Escobar. Ahora lucía un rostro fino y estirado como si no hubiera sido consumido por el fuego, sino que hubiera sido pasado por el bisturí de un cirujano plástico. Meyer quien tocaba la flauta, me saludó con el amor de siempre, y me preguntó cómo iba la investigación. Muy bien, le dije, a veces he tenido tropiezos, pero usted sabe mejor que yo cómo es esta profesión. ¿Qué clase de tropiezos?, me preguntó. Los de siempre, usted sabe que la comunidad muchas veces no comprende este tipo de trabajos, entonces no ayuda y se vuelve desconfiada. Además, los señores que me contrataron nunca entendieron el objetivo del informe, y usted conoce muy bien su estilo frío con que deciden sus cosas. Por esto desde un principio busqué independizarme de ellos. Cuando empezó la investigación en serio me mandaron de espía a una bruja de la antigua Unión Soviética que todavía debe de estar paseando por aquí, y me amenazaron por Internet. Como su naturaleza es la de ser invisibles, nunca he podido verles la cara y hablar con ellos. Profesor Meyer, usted sabe que esa es su mejor arma y su peor cobardía. Nunca han tenido el coraje de darle la cara al país, de decir, sí, Colombia, nosotros fuimos, nosotros somos responsables de este asesinato o de esta masacre, porque en el fondo ellos saben que son efímeros como nosotros, y siempre han actuado en la sombra como Plutonio, el dios de los infiernos. El último emisario que me enviaron fue

Jorge Zoom Artistizábal, el fotógrafo de la Ciudad Solar, y ahora vive más arrepentido que el senador Garavito a quien le descubrieron sangre contaminada. El profesor me escuchó en silencio y quería que yo siguiera hablando, quizá porque en el cielo, donde ahora estaba, no tenía con quién discutir o si tenía eran unas discusiones tontas con unos ángeles castratis como los de Sopó que nunca conocieron las leyes de la ciencia. Pero yo quería conversar sobre su vida, ahora muerto, y tenía curiosidad por saber cómo, siendo un biólogo respetado, había asimilado su proceso de extinción por el fuego y luego su proceso de transmutación espiritual en un virtuoso músico de la Orquesta Sinfónica del Valle. Cuando la bomba criminal explotó en el avión, yo sentí que caía como cae un cuerpo sin vida bajo la ley de la gravedad. Al principio sentí dolor y sufrí mucho al sentir que mi carne se achicharraba, pero unos segundos después me tranquilicé al recordar que el fuego purifica, y que si Dios me había dado esta muerte era porque como biólogo me la merecía. Por supuesto, esto no perdona la mano criminal de los asesinos. Digo muerte merecida para un biólogo, pues aquí el ciclo del hombre determinado por las cuatros leyes de la materia, se cumplía: yo venía de la tierra, durante mi paso por el mundo había sido aire y agua, y ahora volvía a ella incinerado por el fuego. Y entonces morí en paz. Profesor, ¿está contento ahora con su papel de flautista de Hamelín? Sí, ¿sabes que los científicos por estar manipulado conceptos a veces nos volvemos fríos e insensibles? Creo que el mundo se salvará el día que la comunidad

científica internacional baje de su pedestal y comprenda que el arte suele jugar un papel importante en la conciencia de los hombres. La ciencia y la tecnología hoy en día están al servicio de la destrucción del planeta. ¿Ya se informó de las masacres del ejército de la OTAN a nombre de la paz?. Profesor, ¿le costó mucho trabajo aprender a tocar flauta? No, al principio tuve miedo de acercarme a un objeto que no conocía, pero luego cuando empezamos a ser amigos, comencé a conocerla y a descubrirle sus secretos. Lo más difícil de los instrumentos de viento es la respiración y la embocadura. De resto, es una cuestión de percepción auditiva, de sensibilidad y hasta un gago como el periodista cubano Gilberto Valdés podía llegar a ser un virtuoso y tocar como Jean Pierre Rampal o Johnny Pacheco. Me despedí de mi profesor, y cuando iba a visitar la sección de percusión, sonó el timbre del teatro anunciando que empezaba la segunda parte y entonces la voz de Adriana Miranda me sacó de esta pesadilla y me puso de nuevo en la realidad. ¿Qué había ocurrido en los últimos segundos de mi vida? ¿Por qué la presencia de esos fantasmas en el Teatro Municipal? ¿Por qué los habían invitado si ya estaban muertos? ¿Eran fanstasmas que habían regresado del frio o sólo sombras que se habían instalado en la memoria de la gente y ahora se instalaban en la mía, bastante afectada por lo duro que había sido la recopilación de todos estos datos que componen la figura de mi hermano muerto. Este informe que no acaba, que me consume a diario y

me va a llevar sin remedio a una clínica de reposo, al cementerio o al exilio interior provocado por los mediocres que como moscas se han apoderado de Cali hasta destruirla. Oh, mi Cali la bella. ¿Hasta cuándo dejarán de ultrajarte los seres grises que se han tomado la ciudad? «Cali, pachanguero. Cali, luz de un nuevo cielo». Adriana Miranda cantó y su voz como una honda caricia me llegó hasta el corazón. Yo la veía moverse por el escenario, con ese falo inhalámbrico, negro, que reproducía su voz y pensaba para mí que ya no la amaba; quizás podíamos sentarnos, hablar y compartir un café, pero el amor que nos tuvimos hacía ya más de veinte años era algo que pertenecía al pasado y estaba muerto como mi hermano. ¡Tantas cosas habían sucedido desde aquella vez que nos conocimos en casa de doña Concha! ¡Tanta agua había corrido por el río turbulento de nuestras vidas que si bien es cierto no existía ningún odio tampoco podíamos decir que hubiera espacio para reactivar -como en un programa windows- el amor! Apenas cruzamos nuestras miradas, descubrimos que seguía existiendo cierta complicidad y admiración, quizás porque habíamos sobrevivido en medio de tantos odios y de tantas guerras, y sin embargo nunca habíamos sucumbido como otros, que a las primeras de cambio pignoraron su alma al mejor postor o le vendieron la sombra al diablo, como

el negro Mosquera. En la vida se sabe que el mejor postor es el peor de los impostores. En medio del furor del público, yo la escuchaba y ya no sentía celos por ella, ni aquella angustia terrible que experimenté en la adolescencia cada vez que salía a pasear por la ciudad y veía cómo las moscas se acercaban y con su sonrisa indolente y cínica -la opaca sonrisa del sirirí-, querían comer del plato. Adriana Miranda terminó de cantar y el público enloquecido se paró en las sillas y la aplaudió durante diez minutos. Salimos con Zoom, Irma y Santiago del teatro. En el tumulto me volví a encontrar con María Amnesia Cabal, y me preguntó por mi madre. Está enferma de los ojos, le dije, pero no es grave. ¿Aún vive en Palmira?. Sí. ¿Y tu tía? ¿Aún vive en San Antonio? Perdóname, Baal, ¿cómo se llaman tu mamá y tu tía? ¡Por el Señor de los Milagros de Buga!, ¿ya se te olvidaron los nombres de mi familia? Recuerda, Amnesia, para siempre: Mi madre se llama María; mi tía se llama Tiresias. Y salimos al estrado del teatro, a esperar a Adriana. Mientras la esperábamos, Zoom vio que Mona iba cogida de la mano con un hombre invisible. Mírala, mírala, Baal; es ella, Mona, la exmujer del pintor Vidal, y va con uno de ellos. Yo observé hacia un trooper negro de vidrios polarizados y efectivamente ví a una mujer alta y rubia, de buena presencia, que con su caminado de garza patiazulada se dirigía hacia el auto. Pero no vi al hombre invisible. Míralo, Baal, va con ella cogido de la mano; observa su bocelería, es más lujosa que la que puedes adquirir en la Platería Ramírez. Pero yo no lo veía. Estás paranoico, le dije.

El hombre invisible que ves sólo existe en tu imaginación. El enemigo siempre está en la imaginación del que lo convoca, y suele ser más peligroso y tenaz que los que andan sueltos en la calle. Sí, Baal, allí va con ese calanchín del demonio; lo que pasa es que tu estás ciego como tu madre, como tía Tiresias, y ¡como todo el pais! Adriana Miranda salió del teatro y se reunió con nosotros. Bueno, ¿para dónde vamos?, dijo. Para Zaperoco, respondió Santiago, e Irma lo miró con unos ojos de fiera que le hizo retirar sus palabras. Tú estás bebiendo desde anoche, habló por primera vez la flaca Irma, y lo señaló con su dedo acusatorio. Vamos a casa y deja tranquilo a Adriana y a Pablo Baal que ellos tienen muchas que contarse. Zoom quien había quedado mal por lo de Mona, apoyó a Irma y dijo que él quería estar solo o en último caso se iba con María Amnesia que era la única que lo soportaba. Cogieron un taxi y se perdieron por la ciudad. Entonces, Adriana Miranda y yo nos quedamos solos, y me invitó al barrio Miraflores donde vivía con su hija Alejandra. Ba-Baal, va-vamos mejor a casa; en-en esos antros de la ciudad nunca se ha podido conversar. Y montándonos en su Renault 4, tomamos la Quinta y subimos hasta Miraflores. En el camino le pregunté por la relación que tenía Zoom con Mona, y ella me dijo, mientras conducía el volante: Zo-Zoom siempre ha sido un farsante. Fu-fue él quien se la quitó a Vidal, y no los hom-hombres invisibles. Lue-luego éstos se la secuestraron, y a cambio de esto le re-regalaron un bolígrafo Mont Blanc que vive mostrando en Los Turcos. Zo-Zoom es un megalómano. ¡Te-ten

cuidado!. Y entramos. Era una vieja casa de muros sólidos, de salones amplios, patio y un balcón lleno de resucitados, desde donde se divisaba el sur de la ciudad. Adriana abrió el bar y me ofreció un ron viejo de Caldas. Luego fuimos al balcón y tomándome del brazo, me dijo: Mi-mira la ciudad donde nacimos y la que nos vio crecer. Miré al fondo oscuro y descubrí primero unas colinas llenas de edificios, y luego la ciudad noctura que con sus bombillas titilantes se extendía hasta el valle del río Lili. Sentí nostalgia de la ciudad, y pensando en la distancia que nos separaba de ella tuve rabia conmigo mismo al darme cuenta de que la ciudad donde habíamos nacido y habíamos vivido nuestra infancia y nuestra juventud, había desaparecido, y ya no nos pertenecía. Volvimos al salón. Adriana, sin dejarme de coger el brazo, me dijo que me iba a presentar a Alejandra. No, no, ahora no, por favor; y ella vió cómo me ponía nervioso y el sudor del rostro empezaba a caer a goterones. No la vayas a despertar, por favor, dije como para salir del shock, y entonces Adriana, mirándome a los ojos, me dijo: Pa-Pablo, no tengas miedo, que tú no eres el padre de Alejandra. Su-su padre es Pedro, tu hermano, y ahora está muerto. Y descansé. Yo sólo quiero que la veas; al fin y al cabo tú eres su tío, ¿no? Y cuando entramos al cuarto, ví a una joven hermosa, de piel canela, dormida en la cama. Era muy parecida a mí. En su frente lleva la marca de los Baal, dije, y Adriana asintió. ¿Qué está estudiando?. Filosofía. Abandonamos el cuarto en puntillas y bajo el murmullo de un bolero que ella puso en el equipo, me sirvió otro ron, y empezó a contar: A-Alejandra no podía ser hija tuya porque yo te dejé

tres meses antes de la toma de la Embajada Dominicana, y la niña nació ocho meses después de ese trágico acontecimiento. Yo-yo tengo esa fecha en mi memoria, pues Pedro llegó un mes antes de la toma y después se esfumó. Fu-fue su segunda desaparición; pe-pero después hablaremos sobre esto. O-O sea que entre la última vez que tú y yo nos vimos y el nacimiento de Aleja mediaron exactamente diez meses. ¿Es-están claras las cuentas? Lo-lo que pasa es que Cali es una ciudad chismosa y bochinchera. ¡Ca-Cali es el restaurante El Bochinche ampliado! O-o si no pregúntaselo a Estrombolis, que está más desprestigiado que el Gobernador Justo Guzmán Becerra. Yo oía a hablar a Adriana y me molestaba al oído aquel martilleo incesante con que iniciaba las frases, esa forma de enunciar los «sintagmas», de expresar los «enunciados», como diría el profesor Arnulfo Greimás. Adriana no hablaba antes así, pensé, como una manera de salvarla de su error físico, de limpiarla y verla con los ojos desnudos del pasado, pero ella como si ya se hubiera acostumbrado a la falta y la hubiera aceptado sin protestar, continuaba con su martilleo estropeando el lenguaje y de paso mis oídos. Yo-yo quería que tú hubieras sido el padre de Alejandra, pe-pero tu hermano Pedro se interpuso en el camino. Ella sintió que su última frase me hería el corazón y para restañar la herida, me acarició con sus manos, y me dijo: Tra-tranquilo, Pablo, al fin de cuentas todo quedó en familia. «Cómo fue no sé decirte

cómo fue no sé explicarme qué pasó pero de tí me enamoré». El fatídico bolero sonó de nuevo en la grabadora, y ella, presintiendo mi doble derrota, la de aquella noche en el bar La Habana y la de ahora, la del recuerdo, volvió a repasar sus manos por mi rostro, y me consoló. Todo quedó en familia, le dije, pero con la diferencia de que yo estoy vivo, en cambio Pedro ahora está muerto. Ella calló y me pidió el favor de que no habláramos de eso. Sí, Adriana Miranda, le dije, tenemos que hablar de «eso», porque si no vamos a vivir atormentados por esa historia; tenemos que empezar a curarnos con las palabras porque el peso de nuestros muertos es más grande que el de los vivos. A los muertos tenemos que exorcisarlos, así sea con el poder de la evocación y de la memoria, para que empecemos por fin a vivir en paz. Entonces le confesé la razón de mi presencia ante ella. Adriana, tú sabes que estoy escribiendo un informe y tú eres la única persona que me puedes ayudar a terminarlo. ¿Un-un-informe? ¿Qui-quién te lo solicitó?. Los hombres invisibles. Ah, ¿Tú-tú también estás trabajando para ellos?. ¡Lo-los Baal no tienen salvación! ¡Este país de insensatos no tiene dignidad! ¡A-aquí todo el mundo se vende por un bolígrafo Mont Blanc, por un celular o por una carta débito!. Adriana, yo lo hice porque cuando descubrí el escándalo del hospital me quedé sin trabajo.¿Tú-tú no sabes que ellos fueron los que secuestraron a Pedro y luego lo mataron?. ¿Quién te lo dijo?. Me-Me lo contó Zoom

en el cementerio. No sé, Adriana Miranda, eso es lo que dice la gente, pero aún no hay pruebas. «Prupruebas», deja a un lado tu lenguaje de leguleyo y piensa en la realidad. Te-te-pareces al gordo Estrombolis y a Bellini quienes a nombre de la justicia viven todo el tiempo «interpretando la ley». ¡E-eso es pura semiología de cagajón! ¡No me insultes, Adriana Miranda! Yo tuve nexos con ellos pero luego me desembaracé y ahora trabajo para Marot, un investigador canadiense. ¿Ma-Marot? Ti-tiene nombre de payaso francés. ¡Adriana Miranda, por Dios! ¡Cuida tu lengua! ¡Pareces hija de Santiago de Cali!. ¡Si, lo soy, y a mucho honor!. La-la gente dice que a Pedro Baal los hombres invisibles lo secuestraron y luego lo mataron, pero nadie está seguro de que ellos existan. Na-nadie da testimonio ante la Fiscalía porque la gente tiene miedo. Nadie se llamó Ulises, y por esto se salvó de Polifemo, el monstruo de la caverna. ¡Po-por eso hay gente que los compara con Dios o con los ovnis! Poporque son omnipresentes! ¡O-objetos Voladores No Identificables! ¡Basta, Adriana Miranda! ¡Me haces daño con tu voz! ¡Tartamuda!. Tú-tú, Pablo Baal, me llamas tar-ta-mu-da, y tú que has tenido la palabra nunca has defendido a tu gente. Y se puso a llorar. Perdóname, Adriana, no quise ofenderte. Me-me llamas tar-ta-mu-da, y no te das cuenta que me volví así cuando empecé a salir con tu hermano Pedro, en los años del miedo. ¡U-ustedes los Baal no son hijos de don Samuel Baal sino de Belcebú, el rey de los infiernos!. Perdóname, Adriana Miranda, ¿me perdonas? Sí-sí, te perdono, pues si no te perdono todos nos vamos a ir al infierno. Y se

sorbió los mocos. Adriana Miranda se recostó en mi hombro, y después de un silencio, me dijo: Pa-Pablo, te voy a ayudar a que termines el informe. De-de pronto, tú tienes razón. Ha-hablando me libero y hasta se me cura esta tar-tartamudez. «Hablando, mija, nos entendemos», repetí la famosa frase de Cervantes, y le pedí que pusiera una música más alegre. Entonces en el equipo de sonido, se escuchó: «La pachanga llegóóóó. La pachanga llegóóó», de José Mangual Junior. Pe-Pedro Baal vino un mes antes de la toma y después de dejarme embarazada se largó. Me-me dijo que iba a hacer un negocio muy importante. Lueluego fue la toma de la embajada. Yo-yo veía todas la noches el noticiero hasta que un día lo ví asomándose por una ventana de la embajada, con el pasamontaña que yo le había confeccionado y la metralleta que le había regalado de cumpleaños el comandante cero. En-entonces, me pregunté, ¿e-este es el negocio importante en que está metido? E-están repitiendo la imagen que conocieron en carne propia en las caballerizas del Pichincha. E-están jugando al guardián en el centeno.Y-y sufrí mucho al saber que el padre de mi hija iba a ser un muerto. Lu-luego, a los dos meses, el gobierno negoció con la guerrilla y éstos salieron en un avión rumbo a Cuba. Cu-cuando el noticiero los mostró, le ví los ojos por entre el pasamontañas y estaban tristes y abatidos. Me-me toqué el vientre y pensando en mi hija, rogué a Dios para que le diera vida y llegara con vida hasta el parto. E-esa era mi mayor ilusión, y la de él, porque recuerdo que me lo repitió aquella noche cuando nos

amamos por última vez. Pe-pero un día llegó un emisario en un jeep y me dijo que Pedro Baal no podía venir hasta dentro de seis meses, y me entregó un maletín lleno de dinero. ¿Có-cómo así? ¿No-no preguntó por mi estado? Le-le pregunté al emisario que usaba un bigotico mexicano. ¿No-no-va a venir al parto?. El me dijo que si puede, viene, si no que le diga a Santiago e Irma para que la acompañen al hospital. Y-y sentí una punzada en el vientre. E-esa fue su segunda desaparición. De-después, no lo volví a ver hasta que a los ocho meses nació Alejandra. San-Santiago e Irma me acompañaron al hospital. Yo-yo sufrí mucho en el parto. Cu-cuando la enfermera me la entregó, yo ví a la niña, y enseguida no pensé en él sino en tí. ¡E-era tan parecida a tí! Y-y desde aquel instante empecé a sentir hacia él un sentimiento revuelto de amor-odio. De-de tu familia sólo vino tía Tiresias a visitarme. Re-recuerdo que cuando pasó sus manos por el rostro de la niña, confirmó lo que yo antes había descubierto: No se parece a tí ni a Pedro, sino a su tío Pablo, me dijo. De-de ahí viene la confusión y la gente se ha encargado de alimentarla.Tu-tu madre no vino porque ella nunca me perdonó que me acostara con sus dos hijos. Adriana Miranda hablaba con una voz dura y entrecortada como si la vida la hubiera maltratado. A pesar de los años que ya se le notaban en el rostro y en las curvas de su cuerpo, seguía conservando aquella dulzura herededa del paisaje del valle y de la música que ella cultivó desde la infancia. Su voz ahora llegaba hasta lo más profundo de mi ser y sacudía mi corazón como si fuera una pluma al viento. Entonces yo, intentando no perder la calma ni la distancia -

hermosas virtudes que me había enseñado el oficio de investigar-, luchaba por no dejarme arrastrar por aquel río empedrado y tumultuoso que eran sus palabras y me quedé en silencio, escuchándola, porque sabía que allí, en aquella corriente que salía a borbotones por su boca y bajaba arrastrando árboles, gente y casas, descubriría la causa por la cual habían matado a mi hermano. Pa-pasó un año y Pedro no dio señales de vida. E-el dinero que me había dejado con el emisario se acabó, tal como se acaban el amor y los recuerdos. Tú-tú sabes que yo lo quise tanto como a ti. Pe-pero el amor es como una planta que si no se la riega todos los días, se marchita y se muere. U-unos decían que vivía en Cuba, otros que en España, y hubo algunos que se inventaron la historia de que estaba entrenándose en Libia para tomarse el Palacio de Justicia. Yo-yo no hacía caso a lo que decían y me dediqué a trabajar para sacar adelante a Alejandra. La-laboré dictando clases de música en colegios privados y los fines de semana cantaba en Manricuras. Y-y me tocaba duro. Mi-mi madre fue testigo de todo eso y por eso un día me invitó a volver a casa. Co-con vergüenza, acepté, y por un tiempo me sentí la oveja negra que regresa al redil. De-de verdad, ya no lo amaba. O-o al menos eso era lo que yo misma me forzaba a creer para no seguir sufriendo con esa imagen tan fuerte y sin embargo, tan huidiza, tan ausente. Mi-mis amigas me visitaban y me decían que no fuera pendeja y me consiguiera otro. Po-por llevarles la corriente, les decía que sí, que me ayudaran a conseguir un novio, pe-pero en el fondo de mí yo sabía que la imagen de Pedro Baal

no la podía reemplazar por la de cualquier mequetrefe. Re-recuerdo que más de una vez salimos y nos sentamos en Los Turcos a ver qué pescábamos y una vez los únicos que cayeron en la mesa fueron Estrombolis y Bellini, que por ese tiempo ya empezaban a escalar en el partido liberal y a viajar a Bogotá a reunirse con el doctor Samper y San Tofiño. «Estás salada», me decían mis amigas, y yo no sabía cómo hacerles entender que cuando una tiene una imagen fija en la cabeza, no puede llegar otra y desplazarla. Es-estaba tan salada que hasta Santiaguito Calero, mi amigo de infancia y acompañante en el parto, un día que se había enojado con Irma, cayó como una mosca y me lo pidió, y se ganó tremenda bofetada. Has-hasta que el 5 de noviembre de 1985 se tomaron el Palacio de Justicia. Yo-yo estaba al frente del televisor cu-cuando ví a los hombres encapuchados y armados hasta los dientes adentro del edificio. A-afuera, apostados en la Casa del Florero, estaba el ejército, que ya tenía la orden de la presidencia de atacar. Lo-los guerrilleros presionaban a los magistrados con sus metralletas para que subieran hasta el cuarto piso. A-abajo, en el sótano, los empleados de la cafetería corrían de un lado para otro, ante el cruce de fuego que salía del palacio y llegaba desde la Casa del Florero. Eentonces fue cuando lo ví, a través de uno de los ventanales del palacio, angustiado, obligando con una metralleta a uno de los magistrados para que se comunicara a través de un teléfono rojo con el Presidente, y creo que él me vio con esos ojos tristes y abatidos que siempre lo delataban y me dijo con su

mirada que ésta vez sí iba a pasar por la casa para conocer a Alejandra. E-el fuego continuó. Lo-los magistrados, a través de los ventanales sacaban improvisadas banderas de paz para que se detuviera el combate, y el Presidente entrara a dialogar; pepero ninguno de los dos bandos quería rendirse y cada vez que se acercaba la noche, el combate se tornaba más encarnizado y tenaz, hasta que una descarga de dinamita lanzada por un tanque «Cascabel» del ejército estalló adentro de palacio. E-entonces fue cuando empezaron a salir del sótano las notas tristes de un violenchello que lloraba en medio de la balacera, y era tan fuerte que se escuchaba en la plaza de Bolívar, subía por la calle once hasta el cerro del Señor de Monserrate, y se extendía a todo el país. Mi-mientras veía las imágenes por televisión, volví a sentir rabia conmigo mismo por haberte cambiado por tu hermano y por saber que cuando había aceptado este horrible cruce, no me había casado con un hombre sino con alguien que, como un alfarero infernal, construía día a día su propia muerte. Lo-los combates se prolongaron hasta tarde de la noche, lo-los guerrilleros desesperados llamaban por un teléfono rojo que nadie respondía y obligaban a los magistrados a que sacaran los expedientes de algunos hombres invisibles y los quemaran. Lo-los empleados de palacio y de la cafetería buscaban refugio en los baños y en recovecos del sótano. Hahasta que otro tanque «Cascabel» entró por la puerta del sótano, haciendo estallar una segunda descarga que convirtió al palacio en llamas. E-entonces, el sonido triste del violencello resurgió entre los cuerpos

calcinados de los magistrados, empleados y guerrilleros, y se alzó hasta el cerro de Monserrate, en señal de protesta. La-la imagen de Vulcano que ha apasionado tanto a Colombia volvía a repetirse como en los viejos tiempos. A-allí estaba aquel hombre feo, deforme y cojitrando dirigiendo la puesta en escena con sus actores de reparto que se odian a muerte pero que al mismo tiempo, como en el noveno círculo de Dante, se necesitan para poder sobrevivir: A-allí estaban el soldado y el guerrillero, el verdugo y el inocente, el invasor y la víctima, el pirómano y el inmolado, el secuestrado y el muerto. A-allí, en el holocausto, volvía a reavivirse el fuego del valle encantado que habíamos visto cuando éramos niños. Refulgía el fuego que habían visto nuestros padres cuando mataron a Jorge Eliécer Gaitán. Renacía el que habían presenciado nuestros abuelos cuando mataron a hachazos a Rafael Uribe Uribe, en las gradas del Capitolio. Pe-pero éste no era el fuego sagrado defendido por las vestales ni el que robó Prometeo a los dioses y por eso lo amarraron en el peñasco del Cáucaso para que lo devoraran los buitres. Este era el fuego pagano fraguado por ese cojitranco llamado Vulcano que fue expulsado del olimpo por su madre, y que luego tuvo que trabajar como un esclavo. Al-al día siguiente, el Palacio de Justicia humeante y semidestruído, parecía un esqueleto abandonado de hierros retorcidos. E-el ejército invadió el edificio y tomó prisioneros a los guerrilleros que quedaron con vida y los detuvo en la Casa del Florero, mientras se les «resolvía la situación». Eentre los prisioneros iban 8 empleados y 3 visitantes

que nunca figuraron como retenidos, y jamás se encontraron sus restos. Ta-también iba la guerrillera Irma Franco con su falda escocesa café y sus botas negras. Su-su familia la vio por última vez en el Noticiero de las 7; luego entró a la Casa del Florero y desapareció. Su familia nunca más supo de ella. Lala Cruz Roja sacó las personas heridas y los cadáveres carbonizados y los condujo a la morgue y luego al cementerio. E-entre las víctimas, iban 57 personas del cuarto piso, entre los cuales figuraban el presidente de la Corte Suprema de Justicia y sus 8 compañeros de la Corte, 3 Magistrados auxiliares, 12 personas pertenecientes al personal de secretaría de los Magistrados y 4 del servicio de escoltas. E-en las escaleras encontraron fundidos 28 funcionarios y en el baño 15 guerrilleros y 2 civiles. E-entre los pacientes que transportaron iba la guerrillera Clara Enciso, que apenas llegó a la Casa del Florero convenció al soldado que la vigilaba de que no tenía nada, y que la llevara a su casa. Se-según la televisión, ella fue la única guerrillera que se salvó. Mi-mientras el ejército y la Cruz Roja transportaban a los retenidos a la Casa del Florero, las notas melancólicas del violonchello seguían saliendo como un lamento. E-el 9 de noviembre la prensa habló de una primera fosa común donde habían enterrado 26 NN, de los cuales había 9 identificados y 17 sin identificar. E-el 13 de noviembre fue la avalancha del volcán del Ruiz sobre la población de Armero que dejó 20.000 personas atrapadas por el lodo. Mumuchos muertos de Armero sin identificar fueron sepultados como NN al lado de los NN del palacio.

Cu-cuando ví las imágenes en el noticiero de las 7, me pregunté: ¿Có-cómo es que no pudimos ver la avalancha de lodo y corrupción que se nos venía encima?. Entonces lloré por Pedro Baal y por todos los muertos de mi patria, y me dije: cuando la crisis haga estallar en mil pedazos el país, todos desesperadamente vamos a reaccionar, pero será demasiado tarde pues aunque intentemos abrir los ojos y levantarnos, la misma crisis nos aplastará. Elel 20 de noviembre la televisión habló de 8 cadáveres sin identificar; el 23 de Noviembre, de 1 NN y el 30 del mismo mes, de otro NN. Se-se hablaba de un total 36 muertos más los 57 oficialmente reconocidos. E-entonces, la pregunta surgió cuando Santiago Calero volvió a visitarme, preocupado por la suerte de Pedro Baal, y me interrogó: ¿Dónde están los 8 empleados de la cafetería, los 3 visitantes que ese día entraron a Palacio y la guerrillera de falda escocesa y botas negras? Como las cifras son confusas, existe la posibilidad de que Pedro Baal esté vivo. Las cifras de las víctimas del Palacio de Justicia será un enigma indescifrable para la historia. Pedro Baal pudo haber corrido la suerte de haber muerto por una bala en palacio, incinerado como sus víctimas inocentes o haber sido aprehendido y llevado a la temible Casa del Florero desde donde se les «definía la situación»; también pudo haber sido enterrado en una fosa común como NN. Todo esto puede ser posible, pero a mí me late que Pedro Baal está vivo y debe estar escondido en alguna parte. Du-durante los días siguientes no dormí y me la pasé con Santiago rastreando los noticieros y los periódicos del país. Gra-grabábamos una y otra vez

en el vídeo la fila de retenidos y de heridos que salieron por la puerta desvencijada y por el sótano rumbo a la Casa de Florero y no veíamos ningún rostro que se pareciera a él. E-el sonido melancólico del violonchello que había quedado grabado en el vídeo como música de fondo, nos desalentaba en la búsqueda. Ha-hasta que una noticia que apareció en la prensa a comienzos de diciembre me llevó a pensar que la corazonada de Santiago podía ser cierta y convertirse en realidad: E-el ejército aseguraba sin confirmarlo que un guerrillero había tratado de escapar al cerco del palacio utilizando la cédula de un muerto y que por fortuna lo habían cogido. En-entonces, Santiago y yo saltamos de alegría, y gritamos: ¡E-es él! ¡E-está vivo!. Y- y volvió a renacer en mí la esperanza confusa de volverlo a ver y gritarle por-por qué nunca había querido conocer a su hija, y por-por qué nos había abandonado. Didigo «esperanza confusa», porque a esas alturas de la vida yo había perdido todo el amor por él, no quería que fuera el padre de mi hija y deseaba fervientemente que Dios lo llamara algún día y se lo llevara en paz. Cu-cuando el 7 de diciembre, el día de las velitas, volvió el emisario que me había dejado la plata y me dijo que Pedro Baal estaba por llegar, que me tranquilizara, y no le contara a nadie. Yo-yo que no podía vivir sin secretos le conté a Santiago pues él había sido nuestro amigo de toda la vida y ahora era mi cómplice y padre putativo de Alejandra. Si te dije, ¿ve? -Recuerdo que me dijo Santiago, mientras le hacía tomar la sopa a Alejita- Ese Pedro tiene las nueve vidas del gato. Y-y el 24 de Dicembre, Pedro Baal se apareció en la casa de mi madre en

San Antonio, con una caja llena de regalos. Pe-pero ya no era Pedro Baal sino un fantasma y su aliento que descubrí cuando intentó besarme, olía a pólvora. De-desde que entró y tocó la mata de gladiolos que mi madre tenía a la entrada de la casa, me dí cuenta de que todo lo que tocaba se marchitaba y se moría. Po-por eso no dejé que me besara y cargara en sus brazos a Alejandra. Po-porque ya no era un hombre sino un fantasma y estaba de paso. E-esa noche se quedó en casa, mi mamá le sirvió la cena y el vino de navidad en unos platos de cartón, para que no fuera a dañar la vajilla, y lo sentó en un taburete viejo que sabíamos ya no servía para nada porque si no podía corromper hasta los asientos de la sala. Santiago que había venido con la flaca Irma, me miró con sus ojos lánguidos y me dijo que tuviera compasión con los fantasmas, que ellos como seres de ultratumba, también tenían corazón y sufrían mucho. E-entonces Santiago quiso acercarse y ofrecerle un trago de aguardiente, y yo lo detuve de un grito: Carajo, Santiaguito, ¿no ves que es un fantasma y viene del infierno?. A-Alejandra estaba jugando debajo de la mesa y cuando Santiago le dijo que saludara a su padre, la niña lo miró con sus ojos de estupor, y dijo: Yo no saludo fantasmas. Y siguió jugando. Pedro Baal terminó primero de comer y pidió repetir. Doña Concha trajo la olla y mientras le servía, comentó: cómo tragan estos condenados, parece que no hubiera probado bocado durante toda su vida. Terminamos de comer. Mi madre recogió los platos y cuando iba a recoger el de Pedro, estaba carbonizado. ¡Mamá, ten cuidado, que te quemas!,

le grité desde la mesa y desde aquel instante intuí el grado de peligrosidad de los fantasmas. En-entonces pensé que ya no tenía sentido decirle toda la retahila que le tenía preparada, a manera de postre, por su irresponsabilidad, por el abandono en que nos había tenido duranter tantos años y reprimiendo el llanto puse la escoba con sal detrás de la puerta para que abandonara la casa. Pe-Pedro -le dije, usando la misma voz dulce cuando nos enamoramos-, ¿po-por qué no te vas a otro lugar más seguro?. El ejército seguro te está buscando. Pe-Pedro, ¿me oyes?.Y el fantasma movió la cabeza hacia los lados. Todos los fantasmas oyen -argüyó Santiaguito- ,pero éste parece que se nos está haciendo el pendejo. PePedro, cuéntame, ¿qué vas a hacer ahora? ¿Porpor qué no sientas cabeza, consigues un trabajo y te organizas en otra ciudad? Dí-díme, ¿qué vas a hacer?. Pedro Baal con una voz de ultratumba, dijo mientras se atuzaba el bigote: «Vengarme», y parándose del taburete que echaba humo, azotó la puerta y subió al jeep donde lo estaba esperando el emisario. Apenas salió, la manija de la puerta quedó chamuscada. De-después de aquel día no lo volví a ver, y las referencias que tenía de él las obtenía a través de las noticias que salían en la prensa y las interpretaciones que con Santiago hacíamos de éstas. Lu-luego del holocuato del Palacio vinieron los magnicidios perpretados por la Brigada 20 del ejército nacional, por los paramilitares y por los hombres invisibles: En 1984 cayó Rodrigo Lara Bonilla; en 1986 cayeron Jaime Pardo Leal y el

periodista de El Espectador Guillermo Cano Isaza; en 1989 el turno fue para Luis Carlos Galán. En 1990 el turno fue para Bernardo Jaramillo y Carlos Pizarro. En 1991 fue para Enrique Low Moutra. En 1995 fue para Álvaro Gómez Hurtado. A Galán lo bajaron a tiros de una tarima en Soacha. A Pizarro lo mataron en el aire, en un vuelo de Avianca que iba para Barranquilla. A Low Moutra, cuando salía de dictar clases en Universidad de la Salle. En ese mismo año Pablo Escobar hizo explotar en el aire un avión de Avianca que hacía el recorrido Bogotá-Cali donde murieron entre otros, mi profesor Hans Meyer y el cantante Gerardo Arellano. Los periódicos informaban que el fantasma había estado en todos estos lugares y al tocarlos con su mano siniestra, había producido los desastres; Santiaguito, que por ese tiempo ya trabajaba en la alcaldía, decía que la prensa lo involucraba en todos estos asesinatos para de esta manera limpiar a los verdaderos responsables y confundir a la opinión pública; así los crímenes quedaban impunes. En Cali se movieron muchas versiones sobre su vida: Unos decían que Pedro Baal efectivamente había muerto incinerado en el Palacio como sus víctimas y que el hombre que había llegado a casa el 24 de diciembre era sólo el producto de una mente alucinada y paranoica de nuestra imaginación; otros decían que se había escapado del Palacio (con la cédula del muerto), y que al renunciar a entregar sus armas en la población de Santodomingo en el Cauca había organizado un nuevo movimiento guerrillero; el «Bateman Cayón», llamado así en homenaje póstumo al flaco de Santa Marta, quien murió junto con Nelly

Vivas en el misterioso avión que se dirigía a Panamá; otros más decían que el fantasma de Pedro trabajaba para los paramilitares que fueron creados cuando las Farc les secuestró a su padre, les cobró por el secuestro y luego lo entregaron muerto. Sobre los paras, Santiaguito tenía su propia versión y decía: «Los hombres invisibles los crearon, los ganaderos los financiaron, el ejército los armó y el pueblo los padeció». Yo-yo, por mi parte, no sabía qué pensar de todo esto. Ha-había tantas versiones sobre Pedro Baal, que en un momento dado pensé que me estaba volviendo loca. Pe-pero de lo que sí estaba segura era que había logrado escapar de Palacio y de que el 24 de diciembre había estado cenando con nosotros. Lo-lo que pasa es que ya no era un hombre sino un fantasma. O-o si no estaban locos, mi mamá, Santiago, Irma, Alejandra y toda la familia. De-desde que hizo su entrada chasmuscando al pobre resucitado no era más que eso: un fantasma y tenía, a diferencia de los humanos, el poder de la ubicuidad, de estar en todas partes. De-desde entonces Pedro Baal se me convirtió en una referencia fanstasmagórica, obsesiva y permanente, y cada vez que en el país se producía un asesinato, una toma de un pueblo o una masacre, yo lo veía con los ojos de mi imaginación sufriendo, desarrapado y hambriento de amor, como suelen vivir los fantasmas. Entonces, con Alejandra cogida de la mano, me paraba en las gradas de la casa y lo llamaba. Pedro, ven, vuelve a casa, a sabiendas de que él nunca estuvo con nosotras; Pedro, ven, regresa, por favor, y recordaba el día de su primera comunión,

cuando tú lo llamaste desde la colina de San Antonio, y él se fue por la carrera 10. La-la gente me llenaba la cabeza de historias y me decía que un día habían visto al fantasma asaltando un convoy del ejército, incendiarlo, y luego internarse como un cobarde en las selvas del Caquetá; otro día me contaba que lo habían visto tomarse un pueblo de Urabá, asaltar la Caja Agraria, y después aterrorizar a la gente y llevarse a los niños, y esconderse como un bandido en las montañas; otra noche, me decía que lo habían descubierto agazapado volando el oleoducto Caño Limón, y luego pintarse la cara de crudo para que no lo reconocieran; otro día, que lo habían visto en el Guaviare con una metralleta en el hombro vigilando una mata de coca; otra noche, que lo habían pillado en la carretera Panamericana haciendo una «pesca milagrosa»; otro, secuestrando a una joven que ya se iba graduar de bachiller y ella, con la serenidad que la caracterizaba les pedía que la dejaran asistir al grado (para el fantasma, el secuestro no era un delito atroz, sino una «medida de emeregencia» para pagar el «impuesto de paz»); otra vez, que lo habían visto en Las Delicias secuestrando a 57 soldados mientras las madres de Colombia pedían a gritos que les devolvieran a sus hijos. E-el fantasma se había apoderado del paisaje del país y con el poder de ubicuidad que le había otorgado Belcebú, el rey de los infiernos, una noche estaba en Caquetá y al día siguiente en Mapiripán, otra noche estaba en Machuca, y al día siguiente en San Vicente del Caguán. La sombra del fantasma recorría la geografía del país con su guadaña, donde cargaba

sus muertos. Ha-hasta que en 1991 se apareció de nuevo en casa. Fue por esos días en que descubriste la sangre contaminada en el cuerpo del Gobernador Justo Guzmán Becerra, y entonces tuviste que salir del país; a tu madre le salieron cataratas en los ojos luego de que Fabio Cujás se robó la luz; Pablo Escobar hizo volar el avión donde iba el profesor Meyert; y Estrombolis y Bellini, nuestros amigos de juventud, y ahora prominentes miembros del partido liberal, fueron invitados a la Constituyente y todos los lunes subían a Bogotá cargados co unos maletines negros. Re-recuerdo que el fantasma llegó en un Trooper, pero ahora era distinto: tenía saco y corbata, reloj rolex, celular, beeper y usaba astringosol, para el mal aliento. Se-se bajó del auto con un maletín negro (era la moda) y un oso de peluche y cuando iba a cogerle la cabeza a Alejandra para acariciarla, yo grité de pánico: ¡Alejandrita, mi amor, retírate de ese hombre!, y la niña salió corriendo y me corrigió: hombre, no, mamá; fantasma. E-el maletín negro era para mí; el oso de peluche para la niña. Se-se lo recibí porque la necesidad tiene cara de perro. Y-y cuando me iba a besar, sentí su aliento podrido, a pólvora y lo espanté de un escobazo. E-entonces el gran idiota se arrodilló y me empezó a suplicar para que volviéramos como si alguna vez hubiéramos estado juntos. Arrodillado, me prometió comprarme una casa en Ciudad Jardín para que tuviera de vecino al conde Jimeneo de Malagana, a su mujer y a la Marquesa de Pance, y cambiara esa «carcacha» de Renault 4 que tenía, por una camioneta 4 x 4. Me-me dijo que me iba a sacar una cuenta bancaria en Miami, y-y

que ya había separado un tour por turístico por Sarajevo donde tenía una agencia de viajes su amigo Belisario Ortíz. Me-me prometió tantas cosas que me dio lástima de él, de su inmensa miseria humana y en vez de llorar, me dieron ganas de reír. De-después del ataque de risa, me calmé y le dije: Tú vienes a llenar el hueco que has dejado en la vida con plata; pero las cosas profundas de la vida no se resuelven con eso. Entre otras cosas, ¿de dónde has sacado tanto dinero si tú nunca has trabajado en la vida? Tú nunca has tenido en qué caer muerto. Díme, Pedro Baal, ¿de dónde lo has sacado? ¡Me da la impresión de que ahora trabajas en la Funeraria del Valle, y tu trabajo es de lujo como los ataúdes aterciopelados! Con el rabo entre las piernas, Pedro Baal me confesó que tenía un negocio oscuro con los hombres invisibles. Entonces, cuidando de que no me fuera a tocar ni a acercar su boca que olía a podrido, le dije: Baal, tú has arruinado tu vida y has intentado arruinar la mía y la de Alejandra; así que vete, yo no te quiero ver. ¡Eres un fantasma y yo no quiero vivir con fantasmas! Adriana Miranda bebió su ron y suspiró. Ya no tartamudeaba. Parecía que la palabra cumpliendo el rol de antídoto, la hubiera sanado, la hubiera liberado. Yo la acompañé con el trago, y aliviado por sus palabras que ahora salían por su boca como fuente de agua cristalina, continué escuchándola porque tenía que completar el rompecabezas sobre la muerte de mi hermano y así terminar el informe; deseaba completar la red de «vestigios» que se necesitan para completar la figura, la flor más exquisita de la humanidad, como me había dicho Marot, y así quedar

en paz conmigo mismo. Adriana Miranda, esta vez sin tartamudear y con el vaso de vodka entre sus manos, continuó: E-esa fue la tercera y última desaparición. Después no volví a saber nada de él, a excepción de dos o tres chismes que sazonaba cada noche Santiagoo Calero: Que un 11 de noviembre vieron al fantasma paseando en Cartagena de Indias con la reina Noria Perfecta Rodríguez; que un 31 de diciembre lo vieron en la joyería Somondoco, negociando unas esmeraldas con Ernestico Samper y la mona retrechera, que en paz descanse; que un 6 de enero lo vieron en Casa Medina comprando unas obras de arte para la mansión del Ministro de Defensa Fernando Botero; que un 3 de Mayo lo vieron en Puerto Boyacá bebiendo «polas» con el capitán Plino Apuleyo, el asno de oro; que el 26 de julio lo vieron bebiéndose un mojito en el bar «Dos Gardenias» de La Habana con Catalino Daniels Rodríguez y con Lucio, el oscuro. Pero no más. Esa fue la última vez que ví al fantasma. Después vino, como te dije, el escándalo de la sangre contaminada en el Hospial Universitario; la explosión del avión de Avianca, la Constitución del 91, y el país de las sombras. Tú, Pablo Baal te exiliaste, y entonces empezó a correr el rumor que Pedro, tu hermano, estaba secuestrado. A mí esto ya no me sorprendía porque para mí y para mi hija, él siempre había sido un secuestrado en su propio país. Recuerdo que tía Tiresias me llamó preocupada (tu madre María nunca más quiso hablar conmigo), y me preguntó que si la ayudaba a buscarlo y yo le dije que no porque ya no lo quería. Ya lo había matado simbólicamente y lo había sacado de mi

corazón. Entonces tu tía se puso a buscarlo y fue en ese momento que tú te reportaste por Internet y te uniste a la búsqueda. El resto es historia conocida. A Pedro Baal, que en paz descanse, lo encontraron muerto y con señales de tortura el 6 de Agosto de 1999, en Hospital Universitario. .- ¿Quiénes lo mataron? .- Dicen que los hombres invisibles. .- ¿Por qué? .- Porque desde hacia tiempo andaba metido en negocios oscuros. .- ¿Tú por qué lo sabes? .- A la semana que lo enterraron me puse una cita con Zoom en el cementerio. .- ¿Por qué una cita con Zoom? .- Porque él era el emisario, y lo sabía todo. El era el hombre del bigotico mexicano. Además, quería despedirme de Pedro Baal por última vez. Recuerdo que le llevamos al cementerio unos maricahis. Fue su última voluntad. .- Pero en ese tiempo las serenatas ya estaban prohibidas. .- Sí, pero se la llevamos de todas maneras. «Yo sé bien que estoy afuera pero el día en que yo me muera sé que me vas a llorar. Llorar y llorar Llorar y llorar». Cantaban los mariachis que eran de Santander de Quilichao, y los había contratado Jorge Zoom

Aristizábal con el dinero del maletín negro que dejó el finado. .- ¿Tú crees que los hombres invisibles me están buscando? .- No, no creo. El caso Baal está cerrado. Ya no tiene importancia. .- Pero, ¿crees que me puedan matar? .-No sé. Aquí en este país una nunca sabe. Aquí matan a la gente por ignorancia o porque saben demasiado. Y tú, Baal, sabes mucho; ahora con ese Doctorado que tienes en Biología. .- Adriana Miranda, tengo sueño. ¿Será que me puedo quedar esta noche en tu casa? .- Sí, pero en camas separadas. Puedes quedarte en el sofá. Y nos despedimos de besito. Mientras conciliaba el sueño, no pude dejar de invocarla, y pensé que Adriana Miranda, después de mi madre, era la mujer más tenaz que había conocido en la vida. Al día siguiente nos levantamos, desayunamos acompañados de Alejandra y cuando estábamos planeando el paseo para visitar a mi madre, en Palmira, entró una llamada telefónica. María Amnesia Cabal estaba en la otra línea y con una voz quebrada nos contó que a Zoom lo tenían encerrado en el Hospital Siquiátrico de San Isidro. ¿Qué pasó, Amnesia? ¿Por qué encerraron a Zoom en el siquiátrico? Y Amne empezó a recordar: yo estaba con él en su casa, y de pronto Nieves, la sirvienta, nos tocó a la puerta llorando, y nos dijo que doña Concha, la madre de Zoom, estaba enferma. Sí, pero,

¿por qué sucedió?. Tú no estuviste con Zoom de rumba, ¿no? Sí, pero esto pasó después cuando llegamos a su casa. Zoom quería hacer el amor conmigo. Para que nadie nos escuchara nos quitamos los zapatos y entramos en puntillas hasta su cuarto. Como no se le paraba por la perica, yo le propuse que nos vistiéramos y me acompañara a coger un taxi. Entonces fue cuando escuchamos los gritos de su madre. Zoom salió corriendo de la habitación, y cuando entró al cuarto de su madre, la encontró muerta. ¿Cómo así, muerta?. Sí, después Zoom salió desnudo como loco por las calles. Amnesia, pero, ¿por qué lo metieron al siquiátrico? No, no sé, ahora no recuerdo nada. ¡Ay, Amnesia, tú nos vas a matar! Recuerda, por Dios, Amnesia, ¿dónde estuviste con Zoom? ¿Qué pasó con doña Concha? Yo sólo recuerdo que cuando salimos del Municipal nos metimos al hueco de Zaperoco, y allí nos encontramos con Humberto Valverde; después de eso fuimos con Zoom a su casa en Versalles. Amnesia, pero, ¿cómo murió doña Concha? ¿Será que Zoom estaba borracho, la mató y no se dio cuenta? Ay, Baal, no seas tan exagerado. Yo lo único que recuerdo es que estuvimos en el Teatro Municipal escuchando a Adriana Miranda, luego fuimos a bailar a Zaperoco, y después fuimos a su casa. Y con el llanto retenido, María Amnesia Cabal colgó. Adriana y yo nos quedamos mirando a los ojos y guardamos silencio, mientras Alejandra nos servía el café. Entonces para aclarar la situación propuse que llamáramos a Santiago, que él debía estar al tanto de las cosas y cuando estaba marcando entró disparada la llamada de ‘La mosca’. Hola, Baal,

imáginate que anoche encerraron a Zoom en el siquiátrico y le van a poner choques eléctricos. ¿Cómo así? ¿Qué pasó? El tontarrón se fue de rumba con Amnesia y luego borracho, la metió a la casa de su madre, la vieja los oyó y como estaba muy mal del asma, le dio un ataque, y se murió. Zoom estaba tirando con María Amnesia; apenas oyó los quejidos salió y cuando entró y la vio muerta, salió corriendo como un loco por las calles del barrio. Allí la policía lo paró, lo subió al auto y lo llevó al Hospital Siquiátrico. ¿Qué pasó con Amnesia? Apenas vio la acción, se vistió, cogió un taxi y puso pies en polvorosa. Santiago, ¿tú como supiste todo? Ah, Baal, tú sabes, yo tengo mis antenas bien puestas y la tecnología que utilizo es mejor que la de la Casa Blanca. Entonces Zoom no la mató. No; digamos que a la señora la ahogaron los espasmos de asma. Ay, Santiago, deja de ser tan bochinchero, y mientras al otro lado de la línea mi interlocutor se relamía con esta nueva novelita negra de la ciudad, pensé para mis adentros: pobre Zoom, esto era lo último que le faltaba. Terminar en el loquerio.Y eso no es nada, ¿ya viste El País? Mira las páginas judicial y social, y después hablamos. Con un pandebono en la boca, Adriana Miranda me acercó el diario y cuando abrí la página judicial, allí estaba el conde Jimeneo de Malagana y su esposa, la condesa Clarita Cucalón del Jimeneo, que los habían cogido con sangre contaminada. No es posible, me dije, si apenas anoche estuvimos festejando con ellos en el Santaurium y ahora resulta que están en la cárcel. No entiendo. Luego fui a la página social y allí ví al

poeta Felipe Gardenia que se había ganado el Premio ‘Jorge Isaacs’, con su camisa y pantalón blanco como si fuera miembro de una chirimía. A su lado lo acompañaban el doctor Patiño, gerente cultural, la poeta cultilatinoparla María Fernanda Libreros, y Carlos Clon que como una sombra se había colado en el evento. Adriana, Alejandra y yo nos quedamos con las páginas abiertas del periódico sin saber qué decir y fue Alejandra que pronunciando por primera vez la palabra «tío», nos dijo que todo esto hacía parte de la «lógica opaca de los mundos posibles». Como estudiante de filosofía, Alejandra Baal Miranda hablaba reflexionando sobre lo que decía, tratando de tomar distancia frente al objeto y no dejarse contaminar por éste. Sobrina, ¿qué quieres decir con eso de «lógica opaca de los mundos posibles»?, le pregunté, y ella me contestó dejando traslucir un gesto enojoso por mi ignorancia: Ay, tío, ¿Acaso no has leído a Aristóteles? Adriana Miranda comentó que era una lástima que Zoom estuviera encerrado en el siquiátrico, que doña Concha se hubiera muerto de ipso-facto, y le echó la culpa de todo a la mosca-muerta de María Amnesia Cabal que siempre, con el cuento de que se le olvidaban las cosas, se había comido a media humanidad; desde Pedro Baal hasta Santiago ‘La mosca’ Calero; desde Estrombolis hasta el negro Mosquera. María Amnesia Cabal quien había sido bautizada en la iglesia del Señor de los Milagros de Buga, era más caliente que un pandebono recién salido del horno y lo único que no olvidó desde jovencita fue gozarse a los hombres.

Bueno, Baal, ¿cuándo vamos a Palmira a visitar a tu madre?, preguntó Adriana. El próximo sábado, pues ahora tengo que terminar el informe y enviárselo a Marot por Internet. Pero antes de ir a Palmira me gustaría visitar a Zoom en el siquiátrico. ¿Cuándo son las visitas en el loquerio? Los jueves en la tarde. Ok, vamos el jueves a visitarlo y el sábado haremos un paseo a Palmira para visitar a mi madre. Alejandra, ¿tú vas con nosotros? Sí, tío, siempre y cuando no me toque exponer el lunes el Tratado lógico-filosófico de Wittgenstein. Y tomando un taxi, subí a la casa de San Antonio. Desde el lunes me puse a terminar el informe, y cuando las notas de pie de página y la bibliografía quedaron listas, lo envié por vía Internet a Marot. Tía Tiresias cantaba viejos boleros de amor mientras preparaba el almuerzo. «Solamente una vez, amé en la vida; solamente una vez, y nada más». Tía estaba contenta porque por fín íbamos a ir donde María y porque había terminado este maldito informe. Si no lo terminas, me dijo, los hombres invisibles hubieran terminado contigo. Mientras hacía las correcciones, recordé al pobre Zoom y me dio rabia que Santiago le endilgara la muerte de su madre. Ahora su familia lo va a declarar «loco» y aplicándole la ley de interdicción, le va a robar la parte de su herencia que le corresponde, pensé. Envié el informe, y al día siguiente llegó la respuesta de Marot: «Felicitaciones. Pero hay aún 300 errores y 75 imprecisiones. Por favor, tómate el tiempo necesario y corrige pues los errores gramaticales se pueden

convertir en grandes errores de la historia. Mi querido Baal, te cuento que inicié con el profesor Carontini una nueva investigación. Es una sorpresa. Por supuesto no sobra reiterar que allí tienes un puesto asegurado. Un abrazo, Marot». Luego le envié un correo electrónico a Lina y a Simbad, y la respuesta no se hizo esperar: «¡Felicitaciones, papá! ¿Cuándo vienes? Cuando estemos juntos te daremos dos sorpresas. Dáles un abrazo y un beso a la abuela María, a tía Tiresias, a Adriana y a Alejandra. Ah, no te olvides de enviar el giro. Postdata: Simbad quiere conocer a su prima Alejandra. By, Lina y Simbad».

¿Cuáles eran las sorpresas de Marot? ¿Cuáles eran las de Lina y Simbad? El día miércoles me quedé en casa corrigiendo el informe. El jueves en la mañana lo envié de nuevo a Marot y me dijo que lo leería durante la noche. Hoy en día, acotó, es más significativo jugar el rol de Bouvard y Pécuchet que el de Gustave Flaubert. Es mejor ser Bartlebly el copista que Hermann Melville, su creador. El jueves en la tarde Adriana y Alejandra me recogieron y nos dirigimos al Hospital Siquiátrico.Tomamos la calle quinta, pasamos por la loma de la Cruz, el colegio de Santa Librada, el Club Noel, el barrio San Fernando, el Parque Panamericano, y cuando íbamos a cruzar el Hospital

Universitario y la morgue, Adriana Miranda señaló con el dedo, y dijo: Mira quién está allá, Arnulfo Greimás. Y efectivamente, cuando miré, vi la figura del profesor Greimás con su maletincito desteñido, su eterna camisa que nunca se la metía por dentro y sus bluyines Hércules. ¿Qué estará haciendo el profesor en este calor tan espantoso?, pregunté, y Adriana contestó: cobrando el salario de pensionado. Cuando cruzamos la Plaza de Toros vimos a un negrito colgado como una bandera en la puerta delantera del bus. Cuando lo pasamos, la bandera dejó un canto contagioso en el aire: «¡Jamundííí! ¡Puerto Tejadaaa! ¡Caloto! ¡Santander de Quilichao!». Llegamos al Hospital Siquiátrico. Entramos, y una enfermera nos hizo sentar en una salita y luego de esperar un rato, apareció Jorge Zoom vestido con un pijama blanco de rayas azules pálidas y un gorrito. La barba le había crecido, los ojos, quizás por el efecto de los electrochoques, los tenía amoratados, y había enflaquecido. Zoom, le dije, ¿cómo estás? ¿Me oyes? Zoom, soy Baal. A Zoom se le escurrieron las lágrimas, pero no contestó. Zoom, dime algo. Mira, ella es Adriana. ¿Te acuerdas de Adriana Miranda? Zoom no contestaba, parecía que oía pero no nos escuchaba. Ella es Alejandra, la hija de Pedro. Zoom parecía un zombi. Adriana y yo nos volvimos a mirar y nos quedamos en silencio. Entonces Alejandra rompió el silencio, y dijo: Qué lastima, tiene afectada la memoria. La memoria no puede funcionar sin la imaginación, y mientras Alejandra hablaba con ese tonito altanero y repelente propio de las niñas del lago Freud, recordé los consejos sabios de Marot. El nos ve, pero su cerebro

no puede hacerse una representación de lo que ve, no da pie con bola, quién sabe si por el trauma de la muerte de su madre, por los electrochoques, por las pepas, o por todas las cosas anteriores. Por esa tonta de María Amnesia Cabal que por glotona mire dónde lo dejó, argüyó Adriana Miranda. Zoom, dime, por favor, ¿qué pasa con tu memoria? Con el piyama blanco de rayitas azules pálidas y el gorro, Zoom parecía un repollo recién cortado. Su cabeza como un viejo computador, estaba fundido, no tenía memoria. Zoom, por Dios, ¡despierta que tú eres la memoria visual de Cali! Entonces Alejandra resolvió la situación con sus frases perentorias: Tío, no hay caso, vámonos, que un hombre sin memoria no es un hombre sino un lastre. Adiós, Zoom, ¿me estás oyendo? Salimos tristes del Psiquiátrico. Hicimos el retorno, y tomamos de nuevo la Quinta hacia San Antonio. A la altura de la Plaza de Toros nos detuvo una caravana de autos que iban con banderas rojas y hacían sonar sus pitos. ¿Y ese desfile es debido a qué? ¿Ganó el partido liberal?, pregunté a Adriana Miranda. No, esta noche es el clásico entre el Cali y el América. Qué ridículos, dijo Alejandra por la ventanilla, y la cerró para que no la fueran a contaminar. A la altura de la Funeraria del Valle, un hombre que iba montado en un jeep me pitó con una corneta: «¡Hola, líder!», me saludó. Era el negro Mosquera, vestido con una cachucha roja, una camiseta roja y unos pantalones blancos. Arrimate, vé, y tomate un trago con nosotros; dijo con ese tono lento y cadencioso de los caleños. Le pedí a Adriana que estacionara el carro en la funeraria y al pie del Estanco San Fernando; entonces

a Alejandra no le gustó la parada y amenazó con bajarse y tomar un taxi. Tranquila, sobrina, es un amigo y sólo vamos a saludarlo. Adriana parqueó el Renault como pudo en medio de la gente y de unos ataúdes aterciopelados que estaban en promoción, y cuando nos bajamos el negro Mosquera abrió una botella de aguardiente Blanco del Valle, y me dijo: Hola, Pablito. Hacía tiempo que no te veía. ¿Vas a ir al partido a apoyar a la mechita? Y gritó a todo pulmón: ¡Viva América! Alejandra se tapó los oídos para no escucharlo. Señorita, ¿se toma un blanco? – Le ofreció el negro Mosauera-. No, gracias. En la camiseta roja del negro relucía la imagen de un diablo con su tridente. Por la forma como estaba vestido parecía hubiera acabado de llegar del infierno. Pablo, va a ver que a esos perros del Deportivo Cali les metemos una buena goleada. Con la A, con la M, con la E, con la R, con la I, la C y la A: ¡Américca!, gritó como un bárbaro, y Alejandra Baal Miranda ésta vez se tapó los oídos con cera. Negro, le pregunté, ¿y la sombra?. No, viejo, ya me olvidé de ella, ya no me hace falta. Lo que importa ahora es que el América le meta una goleada a esos perros del Cali. Nos despedimos, y cuando cruzamos a la altura de La Papirusa, Alejandra preguntó: Tío, ¿por qué será que ese señor es tan fundamentalista? Y del parlante de la Papirusa alcanzamos a escuchar el sonsonete monorítmico del narrador deportivo que decía: «Gareca pasa para Willington; Willington la para en el pecho, la baja, centra. ¡Ti-ro-de-es-qui-na! La bola va rodando y el tiempo va pasando. Tiempo de juego: 25 minutos del primer tiempo».

Mientras subíamos por la carrera 10, Adriana Miranda cantó: «Mami, ¿qué será lo que tiene el negro?». Llegamos a San Antonio. Adriana y Alejandra se bajaron a saludar a tía Tiresias. Luego, a la media hora, el narrador deportivo aturdió la ciudad con el único gol de la noche que como una bala había entrado por entre las piernas del portero del Deportivo Cali y se había incrustrado en el fondo de la red. ¡Gol de Willington Ortíz! ¡Gol de América! Y enseguida sonó un currulao. América derrotó al Deportivo Cali 1-0. En la noche, abrí el computador y Marot me había enviado las últimas correcciones. Me senté y traté de concentrarme en el trabajo, pero la ciudad aturdida por el ruido vulgar de los narradores deportivos que cada cinco minutos repetían el gol de Willington, no me dejaba pensar. «¡Willington!», gritó la ciudad histérica a través de los radio-transistores hasta altas horas de la noche; hasta que por la fuerza del cansancio me quedé dormido sobre el computador. Al día siguiente, la ciudad vivía la resaca del triunfo del América sobre el Deportivo Cali. Después de desayunar, revisé el informe y se lo envié a Marot. A la hora, el maestro me ordenó imprimirlo y enviarlo en un sobre lacrado ante las autoridades del Instituo Nacional de Ciencias. «Felicitaciones de nuevo. Soy consciente de que pueden habérsenos escapado algunos errores, pero nadie es infalible en la tierra. Sólo Dios. Y se despidió».

Entonces por primera vez después de un año de haber trabajado en este informe, me sentí un hombre feliz. Abracé a tía Tiresias, le conté que Marot lo había aceptado, y le dije que ahora sí quería ver a mi madre. Tía se puso a bailar de felicidad y mientras caminaba hacia el armario, me dijo: Mañana vamos a festejar en Palmira con María. Mijo, ¿que vestido me pongo?. El aguamarina de florecitas, le dije. El sábabo muy temprano, Adriana y Alejandra nos recogieron en San Antonio. Tía Tiresias iba contenta con su vestido de florecitas que yo le había escogido. Adriana iba con una blusa estampada transparente, jeans descaderados y unos tenis; Alejandra iba con una microblusa que mostraba el ombligo, unos jeans y unas zapatillas blancas. Bajamos por la calle primera a coger la Avenida Colombia y luego de dejar atrás el puente del Comercio desde donde se divisa el río Cauca. Tomamos la Recta a Palmira. Tía Tiresias iba hablando con Alejandra sobre el paisaje exuberante del Valle del Cauca. A veces la tía se acordaba de un bolero de su repertorio y la interrupía: «Amapola, lindísima amapola». Adriana la escuchaba y desde el asiento del timón la acompañaba: «No seas tan ingrata y ámame». Yo, al escucharlas, recordaba los paseos de infancia con mi padre y sentía una viva emoción mezclada con un sentimiento de turbación que no podía definir con las palabras. Al lado y lado de la carretera y dividida por una hilera de ficus, se contemplaba el valle tapizado de caña de azúcar que se extendía hasta el piedemonte de la cordillera. Entramos a la ciudad transitada por victorias, autos y bicicletas, y exactamente a una cuadra de la catedral nos

detuvimos en una casa de balcones. Allí vivía mi madre con Juan Grajales, el cortero de caña del Ingenio Manuelita, Leonor, nuestra hermana menor, y Sandra, su hija. Tocamos y cuando el viejo portón de madera se abrió, ví a mi madre, pequeña y noble, envuelta en una bata negra, de luto, unas gafas de invidente, y se avalanzó a abrazarme. Mijo, me dijo, cuánto tiempo, y se le salieron las lágrimas. Ella se quitó los lentes y entonces le ví el par de nubes en los ojos que le nacieron cuando Fabio Cujás dejó al país en tinieblas. Le limpié las lágrimas, y dije: Madre, adivina quiénes están con nosotros. ¿Quiénes?. Adriana Miranda, y tu nieta Alejandra. Y madre, apoyándose con sus manos, las abrazó y las besó. Anoche soñé contigo, le dijo a Alejandra; estás tan bella, mi amor, y madre hablaba como si la hubiera visto con los ojos de la memoria. Pablo, mijo, tienes que presentarle a su primo Simbad. Sí, madre. Tenemos que aprovechar esta ocasión para reunir a la familia. Sí, madre. Pasen, pasen; Juan está viendo televisión. -Dijo madre-. El América le ganó 1-0 al Deportivo Cali. Juan es del América; yo soy yo soy del Deportivo Cali, y de allí vienen todas las peleas en la casa. Y cuando entramos a la sala vimos a un moreno sentado en una mecedora, frente a la pantalla del televisor. Era un hombre alto y tímido y usaba un bigote espeso, como el de Daniel Santos. A un lado, en una mesita, tenía abierto El País en la página judicial. Al fondo, en el patio, reposaban sus herramientas de trabajo: un sombrero de paja, un trapo rojo para protegerse de la pelusa que bota la caña, una bicicleta y un machete. El hombre se paró, nos saludó y luego con una sonrisa franca, nos ofreció

champús con empanadas que madre había preparado para la ocasión. Leonor y Sandra estaban en la cocina preparando el sancocho de gallina. Cuando nos oyeron entrar, salieron corriendo y se avalanzaron a abrazarnos. Leonor había envejecido un poco pero seguía conservando aquellos ojos negros que combinaban con su piel canela. Sandra era una jovencita de trece años, y había sacado el color de los ojos de su madre. Sandra estaba cursando décimo grado en el colegio Cárdenas. Sandra, mi amor, este es su tío Pablo, decía mi madre. Ella es su prima Alejandra. En medio del champús con empanadas, nos sentamos en la salita a hacernos visita. Madre le pidió a Juan que apagara el «loro». Para madre el «loro» era la televisión. «Yo no sé por qué Juan le gusta verse en ese espejo vanidoso; yo, como me formé en las novelas de Xavier de Montepin, no me gusta estar al frente de esa caja tonta. Mamá, ¿que leyó de Montepin? La hija del asesino, una novela que tu padre trajo de la imprenta. Tu padre siempre traía libros de la imprenta que el padre Zawavsky le regalaba. Madre, ¿y ahora qué está leyendo? ¡Qué puedo leer, hijo, si desde que el país está en sombras me cayeron cataratas en los ojos! ¡Yo tanto que me burlaba de mi hermana Tiresias y quedé peor que ella! ¡Tiresias ve por lo menos por el tercer ojo! Y tía, que estaba saboreando una empanada, comentó: Y por el ojo de la desgracia. Hijo -y madre continuó-, usted sabe que los Baal han sido una familia de cegatones. Mire no más a su padre, cuánto sufrió con su miopía, casi se saca un ojo en su minucioso trabajo de linotipista; mírese no más usted con esas gafas de culo de botella tratando

de comprender el mundo. La última novela que leí fue El espejo de la muerte del conde Loboguerrero de Calitraba; una obra autobiográfica del escritor donde anuncia su muerte a plazos. Ahora la que me lee es Sandra, después de que viene del colegio. Juan que había apagado el televisor, comentó un poco tímido ante el despliegue literario de mi madre: yo sólo leo El País para informarme de la región y de Colombia. Y cogiendo el periódico, agregó: ¿Saben que descubrieron con sangre contaminada al Conde Loboguerrero de Calitraba y a la Marquesa de Pance? ¡No puede ser! ¡¿Cogieron al primo del alcalde?!¡Era gente tan decente! A ver, muestre, Juan. Y cuando abrí la página judicial, ví al conde con la marquesa, en una vieja foto tomada en el Club Colombia. El conde Loboguerrero de Calitraba pudo ser un hombre de vida oscura y licenciosa pero era un gran escritor, comentó mi madre. Por lo general los hombres buenos son malos escritores. ¿Cómo así, mijo? ¿Le descubrieron sangre contaminada? ¡A este país se lo llevó el diablo! Los malos suelen escribir muy bien. A mí me duele por el conde, pero por la Marquesa de Pance, no. Era una bruja que hacía parte del aquelarre satánico de los hombres invisibles. Una vecina me contó que ella tuvo que ver en la muerte de Pedro. Fue una de las autoras intelectuales. Y madre se puso a llorar: ¿Por qué, Dios mío, mataron a mi hijo? ¿Por qué me lo arrancaron de mi vida? Yo sé que Pedro no era bueno pero no tenían necesidad de quitármelo así de un sólo tajo. Y mirando a Alejandra y a Sandra, sentenció: ¡Oh, mis nietas, el siglo XXI que les espera! ¡Pobres generaciones futuras! ¡El oscuro legado que les hemos dejado!

Madre, por Dios, no llores, olvídalo todo, le dije para consolarla y ella tratando de calmarse, dijo: ¡Olvidarlo, nunca! ¡Por eso este país está como está! Tal véz, perdonarlos, si es que piden perdón, porque ellos nunca supieron lo que hicieron conmigo. Lo que han hecho con las madres del país y con sus hijos. ¡Nos convirtieron a la fuerza en tristes viudas de esposos y de hijos! ¡Las viudas de este hermoso país que vivimos clamando al cielo para que cese la guerra y el cielo no nos escucha! ¡Las viudas que como un halo negro hemos atravesado el paisaje fulgurante de la nación, buscando que cesen las masacres y la muerte que día tras día se enseñorea con nuestros hijos sin pedir permiso! ¡Las viudas que todos los días clamamos en la Plaza de Bolívar, con una veladora encendida, para que nos escuche el Presidente, y éste nos responde con evasivas! ¡Las pobres viudas que nunca pedimos entrar a la historia y que por el odio y la venganza que aquí reinan, nos obligaron a entrar a la fuerza vestidas de luto! ¡Hoy Colombia es una hermosa dama vestida de luto! Madre calló. Curiosamente, parecía que la diatriba que nos había echado la había serenado. Trató de componerse y mirando de nuevo a Alejandra y a Sandra, les dijo: son ustedes las que tienen que salvar este país, estudiando, trabajando y siendo cada vez mejores. Yo, por mi parte, ya me voy a morir, y me voy contenta porque he vivido. ¿Quieren que les cuente mi sueño de anoche? Soñé que una victoria me atrapaba y enredada entre las patas del caballo, moría aplastada. Al escuchar el sueño, Alejandra y Sandra abrieron sus ojos impresionadas. Prefiero esa muerte,

continuó madre, y no ésta a la que nos tienen acostumbrados los matarifes de turno. Abuela, dijo Alejandra, si mueres cogida por una victoria, como dice tu sueño, vas a sufrir mucho y quizá no mueras y termines inválida en una silla de ruedas. No, mija, en el sueño yo muero inmediatamente, y es el auriga de la victoria quien me recoge y me trae en su carruaje donde Juan Grajales. Abuela, eso sólo es un sueño. Sí, mija, pero, ¿quién dijo que los sueños no son reales y existen como el mundo?. Juan trató de cambiar la conversación, pero Alejandra continuó: Abuela, ¿y ya sabes a dónde vas a ir? Si, mija, al paraíso, como María. Todas las mujeres de esta tierra estamos destinadas a morir en el paraíso. ¿Y los hombres? Los hombres van al infierno que ellos mismos construyeron con sus manos. Ay, qué rico, abuela, ¡El Paraíso de Efrain y María!, ¡y estamos tan cerca! ¡No es sino cruzar el Ingenio Manuelita y el río Amaime y estamos en la hacienda de la Sierra! Sí, mija, estamos tan cerca del paraíso y al mismo tiempo tan lejos! Pienso que cada vez que hemos intentado acercarnos al paraíso, hay hombres oscuros que nos lo impiden, alejandonos aún más. Al mediodía, hora en que sonó la sirena de los bomberos, Leonor sirvió un humeante sancocho de gallina adornado con hojitas de perejil. Todos nos sentamos a la mesa y comimos en silencio. Ahora madre estaba serena y cogiéndole la mano a Juan que se había quedado callado, lo miró sin verlo, y le acarició la piel morena, como consolándolo. Comimos en silencio. Luego madre rompió el silencio, y me dijo: Pablo, ahora tu misión es que

reúnas a la familia. Para eso quedó la casa grande de San Antonio. Allí podrás vivir con tu mujer y con tu hijo; allí podrá también vivir Adriana y Alejandra, si lo desean. Sé que Tiresias lo entenderá.Terminamos de comer. Juan estaba confuso por el sueño de mi madre. Para no seguir pensando en eso, nos invitó al patio a coger granadillas, y me mostró sus herramientas de trabajo. Este es el sombrero para no volverme más negro de lo que soy, dijo. Este es el trapo rojo para protegerme de la pelusa de la caña; este es el machete con que se corta la caña, y ésta es la «burra» que me sirve para ir al ingenio. Para Juan, la «burra» era la bicicleta. En la tarde, madre nos sirvió café con pan y cuando nos despedimos me echó la bendición y me dio una bolsa de pandebonos para Lina y Simbad. Madre, cuando llegue y se los entregue, los pandebonos van a llegar tiesos. Y madre, con una sonrisa en su rostro, me dijo: Esos no se endurecen porque están hechos por la madre. Dimos la vuelta por la catedral y regresamos a Cali. Allí nos enteramos de que habían descubierto a Estrombolis y a Bellini con sangre contaminada. Para defenderse y negar cualquier signo de contagio, el gordo había dicho ante las autoridades sanitarias que la contaminación era producto de una venta de caballos de paso que le había vendido al Gobernador Justo Guzmán Becerra. Confundidos ante las cámaras, Estrombolis y Bellini hacían una relación curiosa de caballos con cuadros de pintura, como si las bestias hubieran tenido alguna vez una relación con el arte. Pobre Estrombolis, pensé; pobre Bellini. No se merecían esta suerte tan desgraciada. Y saber que en su juventud habían sido los más inteligentes,

los más rebeldes y los más audaces. Tía Tiresias preparó café, y cuando Alejandra se fue a dormir nos quedamos con ella y con Adriana Miranda recordando la vida. Tía comentó que madre estaba muy pesimista. Es por tantos golpes que ha sufrido en la vida, concluyó Adriana. Ella quería más a Pedro que a su marido. Ese fue su gran error, argüyó Tiresias. Y el que lo llevó a la tumba. Por esto Pedro Baal siempre fue un desadaptado, un rebelde. Él también la amaba pero era un amor enfermizo. Por esto, también, Pedro nunca quiso de verdad a otra mujer. Y vivía huyendo de él mismo. El paranoide es aquel que toda su vida huye de sí mismo y su peor enemigo es el que lleva adentro, en su cuerpo. Por eso será que se metió con todo el mundo e hizo alianzas de toda clase con el perro y con el gato hasta que lo llevaron a la tumba. Amaneció. Las campanas de la capilla de San Antonio marcaron las seis de la mañana. Tía Tiresias fue a la cocina y nos preparó un desayuno con café, pan, huevos «pericos», con cebolla y tomate. Era extraño, pero ni Adriana ni Tiresias ni yo teníamos sueño. Era como si el sueño atroz de mi madre nos tuviera en vigilia esperando algo. A las siete sonaron de nuevo las campanas de San Antonio, y tía Tiresias dijo que ella se iba a descansar porque tenía que ir a la misa de 11, y luego al mercado. Adriana y yo le hicimos caso; a pesar de que no teníamos sueño, nos fuimos a las camas. Cuando a las 8 de la mañana entró una llamada de Palmira. Era Juan, que entre sollozos nos contó que madre había ido a misa de 7, y saliendo de allí había sido atropellada por una victoria, como en el sueño. Madre no había sido

estropeada por las patas del caballo y según Juan, había quedado intacta con los ojos abiertos mirando al paraíso. El auriga se había bajado, la había montado al coche y se la había entregado en su casa. Juan hablaba con voz entrecortada, y dijo que esa misma tarde sería el entierro. Nos informó que al mediodía sería cantada en la catedral de Palmira y luego llevada a Cali, a los Jardines de Paz, para ser enterrada al lado de Samuel Baal, su primer marido y Pedro, su hijo; como era su deseo. Entonces nos arreglamos, y cogiendo el auto, regresamos a Palmira. Cuando llegamos, Mar estaba más calmado. Leonor y Sandra, por el contrario, no paraban de llorar al pie del féretro. Al mediodía la llevamos a la Catedral y luego siguiendo la carroza fúnebre volvimos a Cali y la enterramos al pie del mausoleo donde se encontraban las tumbas de mi padre y de mi hermano. Volvimos a la casa de San Antonio, tía Tiresias preparó una cena ligera y sentados en la mesa de comedor, oramos por última vez por el alma de mi madre. En este momento la abuela debe estar pasando por el río Amaime, rumbo al paraíso, dijo Alejandra. Al fondo se podían ver los edificios de la ciudad y, más atrás, el valle encantado con su pátina de colores verde-esmeralda, que al contacto con los últimos rayos del sol brillaba en medio del mundo. La noche cayó sobre la ciudad. Tiresias, Adriana y Leonor pidieron permiso para descansar, pues se sentían agotadas. Alejandra y Sandra se fueron a jugar a un cuarto.Yo me quedé en la sala acompañando a Juan en su profundo abandono. En ese instante entró una llamada telefónica de Zoom, desde el Siquiátrico, y me decía que me pusiera las

«pilas» porque esa noche los hombres invisibles iban a caer, y me iban a secuestrar. ¿Cómo así, Zoom? ¿Dónde recogiste esa información? Me lo dijo Luzmila Baratilova. Pero, ¿por qué a mí si ya no tengo que ver con ellos? Porque les fallaste viejo, les fallaste. Eres un «faltón», y subrayó esta curiosa palabreja, que le hubiera encantado analizar a Arnulfo Greimás. ¡Eso no es cierto! Ellos me pagaron la primera parte del informe y yo les envié una copia contigo. Sí, pero el informe tiene inconsecuencias, hay errores ortográficos, de puntuación y ellos los detectaron. Zoom, ¿por qué justamente yo, y no otro? Porque sabes demasiado, viejo. Y colgó. Al oír la conversación, todos vinieron a la sala. Tiresias prendió una veladora al Señor de los Milagros, y arrodillada ante la imagen, rezó: «Señor de los Milagros, líbralo de todo mal y peligro». Adriana Miranda propuso que me conectara esa misma noche con Lina y Simbad y atravesara el espejo. Leonor y Sandra lloraban desconsoladas. Entonces Alejandra, con ese mohín altanero propio de los hijos de Wittgeintein, dijo: tío, pienso que todo eso es mentira de Zoom. Hasta donde sé los hombres invisibles no existen y si existieran dejarían de ser invisibles. Ellos son producto de tu imaginación, así como también nosotros somos producto de tu imaginación, y de la imaginación de un loco como Zoom. ¿Sabes qué, tío? Lo que debes es abrir el computador, conectarte por Internet con Lina y Simbad y reunirte con tu familia que te espera. Olvida toda esta historia porque ésta no existe sino en tu imaginación. Sus palabras me cayeron como un baldado de agua helada. No sabía realmente qué

decisión tomar. Alejandra podía tener razón, pero ¿si llegaran los hombres invisibles en este momento, y me aprehendieran y me mataran, como a mi hermano, tendrían razón sus argumentos? ¿Si llegaran en sus jeeps y me secuestraran? Entonces tomándola de la mano, le dije: sobrina, tienes razón. Nosotros no somos más que producto de nuestros sueños, y del sueño loco de un autor. Ahora quiero que me acompañes a la colina, por si las moscas, no vaya a ser que la imaginación tenga una relación directa con lo real y aparezcan por allí esos calanchines del demonio y me desaparezcan, me maten y me dejen tirado en una cuneta de una carretera porque «sé demasiado». Y Alejandra, cogiéndome de gancho, salió conmigo hacia la loma. Allí no vimos nada especial, aparte de unos hombres que con sus carritos estaban vendiendo perros calientes, y unas parejas que se besaban entre el pasto. ¿Te das cuenta, tío? Los hombres invisibles no existen, dijo Alejandra Baal. Y cuando pasamos al pie de la estatua de las lloronas de San Antonio, nos topamos con Luzmila Baratilova, y sentí un miedo terrible. .- Hola, Baal. -me saludó con acento-. .- Hola, Luzmila. -le dije a secas-. Ya no llevaba ese horrible sombrero de paja pero tenía unas tetas plenipotenciarias que no le había visto antes. .- Si te contara, Baal, me casé. .- ¿Sí? ¿Con quién? .- Con el negro Mosquera. Me retiré del Instituto y ahora ando metida en una religión esotérica de la

Nueva Era. Te cuento que ahora escucho todo el tiempo música de la Nueva Era, hago el amor con veladoras y aceites de la Nueva Era, y sólo leo literatura de la Nueva Era. .- ¡Qué vuelco tan grande el que has dado! ¡Te reencontraste con tu espíritu! .- Sí, así como lo oyes. .- ¿Y esas tetas? ¿Son naturales? .- Naturales, créeme, Baal. Lo que sucede es que en el trópico las cosas crecen de una manera desmesurada. .- No, esas tetas son de silicona. Seguro que te las vendió Pamela Anderson. .- No, Baal, ¿por qué será que tú nunca me has creído? Nunca has tenido confianza en mí… .- Te las vendió, y luego te las volverá a quitar. ¡Es la ley de la silicona! ..- Si quieres, ¡tócalas!, ¡tócalas! -y casi me asfixia con sus prótesis-. Entonces, seguro de que ya no trabajaba para los hombres invisibles, que no era el espía que llegó del frío, ésta vez le dije con confianza: .- Luzmila, ¿sabes qué? Con esas tetas no vas a entrar al cielo. Y nos despedimos de besito. Entonces regresé a casa con mi sobrina Alejandra, abrí el computador, me conecté a Internet, y atravesé el espejo virtual.

Llegué a la ciudad blanca. Tomé el bus y allí me topé con el ciego que me dio una invitación para la inauguración de la Exposición de Lina, mi mujer. La tarjeta decía: «Esculturas de ciegos. Lina Ventura. Lugar: Morgue del Instituto Nacional de Ciencias. NRDA. Una copa de vino». Llegué al Instituto. Nadia, la joven skinhead, me estaba esperando en la puerta. No hablamos nada de la aventura erótica que habíamos tenido sobre la mesa de disección. Como un lazarillo que conduce a su ciego, Nadia me condujo hasta la morgue y allí ví a Lina vestida de negro conversando animadamente con unos críticos de arte. A su lado estaba Simbad con un gato en sus manos. Y en el fondo, Marot y un hombre rubio, muy parecido al hombre Marlboro, que yo supuse era Carontini. Entré y cuando Lina y Simbad me divisaron, corrieron a abrazarme. Lina me llenaba de besos por todas partes. Entonces, con la mesura que se requiere en este tipo de acontecimientos, la felicité por la exposición y le entregué la bolsa de pandebonos que le había dejado mi madre antes de morir. «Ay, doña María, tan detallista como siempre». No le conté que un auriga impertinente en Palmira, la había cogido y le había dado muerte. No le quería aguar su fiesta. Mira, me dijo, esta es la sorpresa que te tengo, y nos volvimos a besar. La sorpresa era la inaguración de su exposición. Luego Simbad me entregó un gatico negro de cabeza puntiaguda, y me dijo: Bubastis tuvo crías; este es para tí. Avancé con ellos cogidos de la mano y me dirigí al rincón donde platicaban Marot y Carontini; apenas el maestro me vio, corrió a abrazarme y me felicitó de nuevo: Bravo, Baal, creo que lograste tu objetivo. La

flor más exquisita de la humanidad siempre se encuentra en otra parte. Y repitió el santo y seña de mi investigación. Luego me presentó a Carontini, su nuevo colega de investigación. Baal, te presento a Carontini, que a pesar de su nombre infernal es un gran investigador. Y los tres nos echamos a reír. Baal, bienvenido al Instituto, pero ahora quiero que me escuches. Desde hace días está rondando en nuestras cabezas una nueva idea; a Carontini y a mí nos gustaría mucho que te unieras a nosotros y te embarques en este nuevo proyecto. Maestro, le dije con todo respeto, yo estoy interesado, pero antes quisiera tomar unas vacaciones, pues el informe que acabo de terminar me causó más de un dolor de cabeza. ¿Cómo se llama el nuevo proyecto? «Los insectos en la literatura colombiana». Es apenas una idea vaga pero ya tenemos un rico material reunido. «Los insectos en la literatura colombiana», repetí a ver si me sonaba la idea, y les dije: ¿Por qué insectos? ¿Por qué Colombia? ¿Por qué no cogieron España, México o Argentina? Ah, ¡vaya pregunta! No la había pensado antes. «Colombia», porque allí hay una rica y variada biodiversidad. Ocupa el quinto lugar en el mundo. Además, Colombia está de moda. Después del fenómeno de Mónica Lewinsky, para Bill Clinton lo más importante es Natalia Paris, vuestra diva colombiana.Tiene razón, maestro. Pero yo tengo que descansar. Bueno, tómate unas buenas vacaciones con Lina y luego te reintegras al proyecto. Te lo aseguro, va a ser muy interesante. ¿A dónde quieres ir, Baal? ¿A Miami? ¿Al Niágara? ¿O a una clínica de reposo? A una clínica de reposo. ¿Estás seguro que Lina irá contigo? Tan

seguro como que la tierra gira alrededor del sol. Bueno, yo conozco una clínica muy buena en el Hospital General de Montreal. Allí estuve la última vez, luego de que terminé mi investigación sobre las películas western y el indio imaginario. Se come y se descansa bien. Además, es económica, como nos gusta a los norteamericanos. Anota las coordenadas: «Hospital General de Montreal. 6o piso. Sección: Alienados». Guardé el papelito en mi cartera y cuando Lina acompañada del curador del Moma de NY se acercó para presentármelo, le dije al oído: .- Mi amor, ¿dónde vamos a pasar nuestra segunda luna de miel? .- No sé mi vida, donde tú quieras. .- ¿Te gustaría que la pasáramos en el Hospital General de Montreal. 6o piso. Sección: Alienados? Es una sugerencia de Marot, dice que es magnífico. .- ¡Estupendo! ¡Qué idea tan genial! ¡Yo también estaba soñando con el mismo lugar! Y cuando terminó el coctel, dejamos a Simbad en la estación de trenes «Buenaventura» para que se uniera a un grupo de esquiadores que iban a Mont Tremblay y tomando un taxi, Lina y yo nos dirigimos felices al hospital. FIN