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© Jaume Carreras, 2011 © Daniel Mateo de las ilustraciones, 2011 © Editorial ECI, 2011 C/Barceloneta 1 1º 1ª 08240 Manresa Barcelona

Teléfono: 93 422 53 18 Diseño colección: Rutsenseh Diseño de la cubierta, maquetación y tratamiento de ilustraciones: Rut Vidal Ilustración cubierta: Daniel Mateo Impresión y encuadernación: Luberdúplex ISBN: 978-84-938772-0-0

Mi más sincero agradecimiento a Elisa Vivas, Matías Néspolo y Christian Aguilera, por sus sabios consejos y constante aliento. Quisiera agradecer su paciencia y apoyo a Marta Carreras, Xavi Siles, Sonia Felipe, Odile García, Daniel Mateo, Maite, Clara y Albert.

A Cristina, el faro que alumbra mi oscuridad. A mis padres y a mi abuela Teresa. A Lydia, Alejandro y Ariadna.

LEVE SERÁ LA TIERRA, EXTRANJERO PORQUE LEVES SERÁN TUS PASOS PERO MIENTRAS EL VIENTO NO CUBRA DE ARENA TUS HUELLAS SEGUIRÁS CAMINANDO

ÚLTIMAS PALABRAS
“ —Padre, ¿puedes oírme? —Claro hija, estoy aquí, a tu lado. —Pero tu mano está fría. —Entonces acércala a tu pecho para darle calor. —Padre, ya casi no puedo verte. —Entonces prende el candil y me verás. —Es inútil padre, la oscuridad es tan densa que se traga la luz, ya no veo tus pasos. —Hija, el viento se los ha llevado, no dejes que se lleve también los tuyos.”

Hoy por primera vez desde que llegué a esta ciudad alguien me ha preguntado. Las imágenes de un nuevo atentado en Iraq proyectadas desde un televisor de la cafetería de la Universidad han suscitado un interrogante en Isaac que ha compartido conmigo mientras le sirvo su café con tostadas: «¿Cómo se puede vivir así?» La respuesta es simple, cualquier niño que se duerme cada noche con el silbido de las balas agitando el aire que le rodea, preguntándose si alguna llevará como destino su cuerpo o el de alguno de sus hermanos, podría contestarla: no hay vida en el miedo, sólo instinto. Yo fui uno de esos niños y desde entonces mi alma ya no me pertenece. Lo que ahora se refleja en ese espejo que tengo delante es sólo una sombra que va perdiendo su definición. Y entonces Isaac ha escuchado de mi boca las últimas palabras con las que mi padre se despidió de mí, demasiado pronto y demasiado tarde. Pronto porque no me dio tiempo a amarlo
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todo lo que hubiera querido, tarde porque ya lo amaba demasiado. Entonces yo era aún una niña. Quizá haya pasado la eternidad, pero esas palabras siguen grabadas en mi frente. Y cada noche recorro esas mismas palabras que, como migas de pan, me muestran el camino de regreso a un hogar suspendido en el vacío que me envuelve. Se repite el mismo día, una y otra vez, ese en el que mi padre se hallaba tendido en la arena agazapado junto a mi madre. Y yo no me muevo del mismo lugar esperando a que se levanten. Pero nunca lo hicieron. Encadenada continúo a un recuerdo demasiado vívido y real que se ha engarzado en mi sueño para siempre. Ya nunca podré dormir como lo hacía antes, o simplemente ya no podré volver a dormir. Pues aunque estoy muy lejos de mi tierra, me persigue la imagen de aquellos a los que un día amé en carne y que ya sólo puedo amar en el verbo. En la distancia las estrellas fueron testigos. Y ahora crueles me devuelven el eco de las voces de mi pueblo para que no las olvide. «¡Yo no os olvido! », grito mirando al cielo todas las noches mientras se refleja el lejano destello en mis pupilas. Sólo procuro sobrevivir donde mis pasos me llevan. Pero el extranjero no deja huellas. Aunque recorrí miles de millas antes de llegar a este rincón del mundo, a la antigua Sefarad —como la llamaba mi padre—, nadie se acuerda de que un día estuve en ninguna parte. Nadie podría decir «yo la conozco», nadie reconocería mi silueta, pues yo pasé deprisa mientras ellos tenían los ojos empapados en lágrimas. Por eso, desde esta ventana al mediterráneo, mirando hacia el alba del mundo, sintiendo una leve brisa en mi rostro, entono un canto al viento para que la escuchen aquellos que un día tuvieron que dejar su tierra, aquellos que perdieron a los que amaron, que luchan por sobrevivir en tiempos difíciles —¿y cuándo no lo han sido?—, que quieren hablar pero no son escuchados, pues nadie entiende ya su lengua. Aquellos que están lejos, lejos de sí mismos. A ellos repito las palabras de mi padre: «que el viento no se lleve tus pasos». Desde aquí lo canto para que otros me sigan: procurad que vuestras
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huellas sean profundas, para que otros puedan seguirlas, para que todos sepan que estuvimos aquí. Y aunque ya no queda nadie de los que me acompañaron en ese mítico viaje a través de la constreñida eternidad del hombre, en estas palabras evoco su recuerdo, para que este no se confunda con el aire.

EL ALIMENTO DEL ALMA Por las tardes trabajo en un locutorio del enmarañado barrio del Raval, un pequeño cosmos de civilizaciones en el mismo centro de Barcelona. Por las mañanas soy camarera en la facultad de filología de la Universidad. Como dice Isaac, les sigo las huellas a las palabras. Quizá no sea fruto del azar. Quizá lo haga para encontrar las palabras que perdí en esa tierra entre ríos que me vio nacer. Quizá para contar con ellas, algún día no muy lejano, la historia de un pueblo olvidado que empezó sus andanzas por una tierra fértil que de la noche a la mañana se volvió baldía. Palabras, palabras… a todas horas palabras. Ese es mi alimento. Desde que llegué a Sefarad, escondida en la bodega de un mercante, mi vida discurre entre libros y calles que me llevan a ellos. De cada libro una palabra, la más relevante, la que lo define. La recorto en mi mente y la pego en ese manuscrito que es mi vida para recomponer el pasado con el que intento construir un día tras otro. En el locutorio escucho palabras en todas las lenguas. Pero aquí, en Sefarad, todas las lenguas acaban sonando igual, pues en la distancia todos hablamos la lengua de la nostalgia. No importa la procedencia o el destino, todos entran con la ilusión en su rostro y se marchan tristes: “Hasta la próxima”. Mientras, sus voces se hacen
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más agudas y estridentes. La nostalgia aprieta, estremece hasta las cuerdas vocales. Y es cuando cierro la herrumbrosa persiana para regresar a casa que todas esas voces se van conmigo para que escriba con lo que me dicen la historia de la distancia. Homero ya lo hizo. No veía con los ojos, pero tuvo una íntima conversación con la esencia de las cosas. Lejos de su patria estaba Ulises, soñando despierto con Penélope. Homero también vivió en Sefarad, aunque nunca sus pies pisaran esta tierra. Pero es que Homero estuvo en todas partes. Leo cada noche unas páginas de la Odisea. No muchas para que quepan en mi alma. Y en ellas encuentro a mis padres, a Jamani y al ciego, al Anciano y a Alí, y todos los que entran a diario en el locutorio para hablar con sus lejanas familias. La historia se confunde a veces con la realidad. Y por ello trazo un relato que me sirva de guía para escrutar el pasado. Ese relato es la luz que me lleva hacia la oscuridad. A pesar de ello no puedo evitar andar por él, transitar sus oxidadas calles, hablar con sus etéreos protagonistas, reescribirlo una y otra vez en mi corazón para perfeccionarlo. No puedo evitar querer vivir, aunque al final del camino se encuentre siempre la muerte. Isaac ha encontrado notas dispersas por toda mi casa. Son pedazos de historias, de conversaciones que escucho a diario en el locutorio entre personas que están lejos. Son notas que escribo al llegar a casa por las noches, cuando no puedo dormir, para intentar ordenar mi memoria, pues en ellas puedo leer también mi historia. Isaac se ha puesto a leerla, y ahora me entiende un poco más que ayer. Homero sigue en la mesita que hay al lado de mi cama, lo único que tengo. Me pregunto cómo hubiera escrito él mi historia. Y pienso que quizá lo hizo. Cierro los ojos. Mañana volveré a ser. Mientras, regreso al hogar.

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ÚLTIMA IMAGEN Padre, lo que un día fueron imágenes ahora son sólo palabras de ceniza. Palabras que no me atrevo a pronunciar por miedo a que el viento se las lleve lejos de mí y no me las devuelva jamás. En ellas sigue vivo el recuerdo de mi pueblo, de mis seres queridos, de las cosas que tuve y de todo lo que fui. Palabras de la memoria ahora devorada por el ígneo aliento del hombre. Y aunque mi cuerpo sigue siendo el de una niña, mis cicatrices tienen ya más de mil años. Miro atrás, pero el paisaje se ha borrado. Está vacío, no hay hombres en él. Mi mente retiene en el oscuro pozo de la infamia el tenue recuerdo que la razón ni siquiera aspira a comprender. Sólo en el sueño emergen las imágenes que, poderosas, abrasan los sentidos: la sangre y el fuego; el destello del metal que se apaga al hendirse en la carne; el grito contenido de la ira; el miedo de quien mata y de quien muere. Una mujer sentada en la piedra canta una canción de cuna que nadie escucha. En su regazo el cuerpo exánime del hijo. Su cabeza ligeramente ladeada inclina lo humano hacia los infiernos, hacia una condena eterna; la inexorable gravedad atrae su brazo extendido hacia la tierra, hacia el origen. Lo que las lágrimas de la madre anegan permanece puro hasta el fin de los tiempos. Y luego la oscuridad. Casi todos han muerto y los que no lo han hecho lo harán en el camino. Mi aldea ya no existe más que en mi memoria y en la memoria de las cenizas. La sangre de mis hermanos ha sido derramada por mis hermanos. La carne ha sido arrancada de la piedra. Toda la humanidad masacrada por un solo deseo: el de trascender lo humano, el de ser más grande que el propio espíritu que mora en nosotros. Pues el que asesina a un hombre muere como hombre. Prometeo le robó el fuego a los dioses y se lo entregó a los hombres para que iluminaran el camino, pero con él quemaron sus propias
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casas hasta que no hubo lugar al que regresar. Los que seguimos con vida andamos por el árido camino hacia nuestro destino. Lejos queda ya mi pueblo, ahora pasto de las llamas que ascienden humeantes hacia el cielo. Pero cada día nos acompañan menos hombres y más recuerdos. Las heridas son profundas. Mi padre cae, mi madre cae detrás de él. Ya no volverán a levantarse. El dolor lo inunda todo. El paisaje duele porque está vacío. Venimos del miedo y nos dirigimos hacia el miedo. Mientras, en el camino todo es espera. Pasa la eternidad, un día o dos. Enterrada en la arena asoma una losa de piedra. Desde la distancia se hace difícil leer las imágenes que tiene grabadas y me acerco para comprobar que se trata de una tablilla esculpida por los antiguos escribas, sólo que en esas imágenes aparezco yo. «Eres frío y desnudez, —le digo— pero al tacto me revelas tu historia. Cada hendidura muestra una cicatriz de la eterna lucha contra tu propia vulnerabilidad». Cada imagen que con mi mano resigo es una parte de mi vida y de la vida de mis antepasados. Veo la fundación de Uruk, a mi abuelo dibujando en el suelo, mi nacimiento, y la muerte de mis padres, pero el último renglón aún está por escribir. Y me pregunto si seré yo quien deba hacerlo. «Piedra, tu alma se ha despojado de lo superfluo para permanecer en armonía con el otro. Pero has muerto antes de nacer. Y eso te ha hecho libre. Éste es tu sitio. Y me dices que si me quedo contigo también será el mío. Eres fría, pero me das calor. Te quiero porque he descubierto tu secreto. Y ahora que te conozco hay un espacio para ti en la geografía de mi espíritu. Conmigo me llevo tu imagen para poder escribir la última línea». Seguimos camino. Oscurece y se construye despacio una ciudad invertida en el cielo. Sólo veo el contorno, imagen hecha de puntos de luz pretéritos y el vacío más absoluto. Una ciudad que dialoga con
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su eco, hecha de tiempo, que improvisa su destino. Su arquitectura no es más sólida que la memoria, un laberinto de luz que tiene su mapa en la tierra. Imagen especular del infinito que utilizo para guiar a los demás hacia lo desconocido. El pueblo me sigue sin saber a dónde. Ellos no han visto la piedra ni la ciudad en el cielo. No han visto porque no han mirado. Sus ojos sólo perciben lo que con sus manos pueden palpar. Pero me siguen, porque con mis palabras tejen la alfombra que hace más transitable el camino. Les he conducido hasta el río, la cuna de la civilización, el lugar en el que el hombre mudó de piel para desprenderse del animal. Y se preguntan cómo lo he sabido. Señalo al cielo y asienten. He leído la memoria de los signos, como me enseñó mi padre. Pero inocente he despertado al mito que yace virgen en el verbo esperando migrar hacia aquellos que anhelan un mejor destino. Los hombres apenas proyectan ya sombra sobre la tierra. El tiempo se ha olvidado de nosotros, y se zambulle en el río para fluir con él, pues sólo goza con el movimiento. Esa es su forma de existir. Nosotros permanecemos en la margen del río y del tiempo, envueltos en una espesa niebla que captura la estela de lo que una vez fue movimiento y que ahora es sólo quietud. Las almas abandonan los cuerpos que se convierten en polvo. Cuanto mayor es el peso del alma de la persona más permanece ésta en el aire. Pero al final termina por extinguirse. Puedo ver la estela de algunos remontar el camino hasta el momento de su nacimiento. Sangre y agua, el origen. Cierro los ojos, no veo nada, no oigo nada. Mañana volveré a ser. Pasa la eternidad, una noche. Amanece sobre todas las cosas, excepto sobre los corazones. Ya no queda nadie, se han ido todos. Me interpongo entre el sol y mi sombra escrutando el silencio, silencio que es perturbado por el crujir de las ramas que provocan los pasos del hombre. Una mano se posa en mi hombro. Sus ojos son poderosa
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bruma que no puedo traspasar. No reconozco lo humano en él más que su forma. Me coge la mano y se me hiela el corazón. Pero no sé porqué, confío en él. —Ven conmigo—me dice. Abandono el lugar, y el lugar me abandona a mí. Andamos por un camino que no conozco. Miro hacia atrás por última vez y veo el horizonte, esa línea trazada con delicadeza por una mano invisible sobre el infinito. Tan delicada que se quiebra a cada paso que damos para formarse de nuevo en el siguiente a la misma distancia. Pero en esta ocasión nunca el horizonte estuvo tan lejos de mi mirada. Se desvanece a cada parpadeo, como se desvanece mi memoria. Y me doy cuenta de que el horizonte pone límites al mundo para comprenderlo. —¿Por qué me has traído aquí? —le pregunto. —Ahora estás en el principio —y se funde con el polvo. Oigo pasos. Un hombre rebusca entre los cuerpos que me mantienen oculta. Poco a poco van llegando otros. Se pelean por el botín. Se quedan con los zapatos de los muertos. No importa porque los cuerpos ya no tienen a dónde ir. Les quitan los relojes, pero da igual porque el tiempo se ha detenido. Esos hombres se revuelven en los cuerpos como cerdos en el lodo. La niebla no me deja ver sus caras. Quizá no sean más que buitres retozando en la carroña. Este principio se parece demasiado al final. Pero mi corazón no deja de latir. Y en este mismo momento decido que hasta que no regrese a mi hogar no permitiré que se pare. Sólo necesito descansar un instante, y aprovecho que el cielo parpadea para hacerlo yo también. Mi cuerpo no se mueve pero mi mente agónica se complace en un recuerdo que aviva el poco aire que me queda ya en los pulmones. En los comienzos del fin regreso a mi lugar de nacimiento, pues mientras recuerde sabré que aún sigo viva.

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ARENA Isaac me ha recogido hoy temprano. Es domingo y no tengo que ir al bar de la Universidad. Me ha dicho que coja mi reloj de arena, el que construyó mi padre con sus manos con la arena del desierto que rodeaba mi pueblo. Lo tengo casi desde que nací, y desde entonces siempre va conmigo, como el tiempo que contiene. Hemos atravesado la ciudad hasta el punto más alto, en el Tibidabo. Desde ahí se ve toda Barcelona. El mar al fondo. Y más al fondo aún, mi tierra, aunque sólo yo puedo verla. Isaac, que me quiere y siempre escucha lo que digo, me repite unas palabras que escuchó de mis labios. Son las palabras de mi padre. «allá por donde pisan mis hijos, esa es mi patria». Entiendo lo que Isaac me quiere decir. Abro el reloj y lanzo la arena al aire para que se esparza por la ciudad, para que se funda el lugar de donde vengo con el lugar al que me dirijo. Pero un golpe de aire me devuelve la arena que se desparrama sobre mí. No creo en los augurios, pero la nueva tierra siempre se le resiste al extranjero.

UN RECUERDO ANTES DEL PRIMER RECUERDO Mis dedos resiguen las líneas que sobresalen abruptamente de la tablilla de la memoria que encontré en el camino. Y por el tacto reconstruyo un recuerdo antes del primer recuerdo. Al nacer se crea una relación de mí con todas las cosas vivas. Año cero. No hay hombres en el paisaje. Sólo nieve y escarcha. Todo es frío y desolación. No hay vida, no hay luz ni sonido. El gélido viento vierte silencioso su aliento sobre la capa terrestre. Agua petrificada, oscuridad absoluta,
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llanto sordo del universo sobre la tierra húmeda. No hay lenguaje, ni siquiera imagen, no hay signo ni símbolo. Y de repente una imagen. Una imagen sin proyecto, que surge de la esperanza del azar, fruto del cortejo de la nada con el número. Una imagen sin contorno ni color, aún difusa, imprecisa, sin nombre ni atributos. El paisaje ha cambiado, ahora alguien lo contempla. Soy yo, que asomo la cabeza por el útero de la madre tierra. La imagen del paisaje es primitiva y desenfocada, pero se completa despacio con el sonido de los elementos, con la pasión y la palabra que todo lo abarca. Antes que nada una imagen, después, el verbo. Y de su comunión con la tierra nace lo humano. Unas veces música y otras mirada, a veces caricia y otras ausencia. Por lo humano se crea y se destruye, se ama y se odia. Éste es el origen. El resto es la búsqueda de las palabras para explicarlo. La búsqueda del paisaje del hombre en la tierra. Desde el primer momento me llamaron Ajda, que significa árbol que crece con el agua del río. Porque agua es vida, que tiene su origen en la esperanza del azar de ser algo, y que para ello transita el camino que serpentea en la nada intentando ordenar el caos. En el río pudo ver el hombre por primera vez su imagen. Y aunque el río fluía con la furia que tonsura la tierra, fertilizando la civilización a su paso, para fundirse en su final con su gemelo horizontal, su ego desbordado al que llaman mar, la imagen siempre permanece en el mismo lugar, como lo hace el corazón del recién nacido. Ese día estaba presente Lilit, la primera esposa que tuvo de Adán en el Edén. Quiso llevarme con ella, como hace con todos los recién llegados, pero, sin mirarla a los ojos, pues su belleza hipnotiza a los hombres, mi padre cogió su afilado cuchillo y se fue corriendo hasta el río. Con él cortó el agua, como manda la ancestral tradición kurda, para evitar que Lilit se comiera mi corazón, y entonces derramé mis
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primeras lágrimas. En el mismo momento un cuchillo cercenaba el gaznate de una mujer en la casa de al lado. Su marido la había visto hablar con otro hombre. Sus hijos también lloraron. Pero nadie oyó el llanto porque seis tanques atravesaban el pueblo, en ese mismo momento, en dirección a las montañas en busca de los que miran a la muerte, los soldados sin patria. Sus madres, que vieron cómo iban a por sus hijos, también lloraron. Todo pasó en un segundo, mientras la luz atravesaba mis párpados por primera vez. Y entonces abrí los ojos, antes que la mente. Abrí la boca sin conocer sonido ni concepto a que asociarlo. Era entonces un receptáculo vació de conocimiento, pero lleno de sensaciones. De sangre estoy hecha, y hasta que no me quede una sola gota lucharé por sobrevivir. Así lo dicta la ley de la naturaleza. Yo, Ajda, empiezo a pintar el paisaje en el lienzo virgen de la vida, como hicieron antes que yo los antiguos en sus cuevas. A lo largo de la historia, una sucesión de miles de hechos se toparon con el azar en miles de encrucijadas para que, después de muchos giros, yo naciera en esta tierra. Podría haber nacido en cualquier parte y en cualquier momento, e incluso podría no haber nacido. Por ello considero mi hermano tanto aquel que ha visto alguna vez el sol, como aquellos sobre los que Ares o algún otro despiadado dios de la guerra, extendiera su mortaja de duelo antes de que vieran amanecer. Cualquiera podría haber sido mi madre, y por ello soy hija de todas las madres, que desde que nacen llevan la simiente de la vida dentro, cuales seres divinos, capaces del acto más sublime: dar a luz, traer la luz al mundo. La madre nos regala la esperanza, el libro de la vida aún con las páginas en blanco, esperando que escribamos bellas palabras en él. Esa es su dicha, pero también su desgracia. Si me dan la luz, debo iluminar el mundo.
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Hay tres formas de comunicarse con lo que nos rodea: la palabra, el silencio y el tacto. De mi padre aprendí el sonido de la palabra. Cada cosa, sentimiento, persona o lugar tenía su correspondencia en el verbo. Existía un matrimonio secreto y eterno entre el objeto y la palabra que lo designaba, una relación inalterable entre la imagen y su sonido. Eso ordenaba el mundo para que yo lo pudiera comprender. Una silla era una silla, un árbol era un árbol. Hasta que descubrí que un árbol también podía ser un olivo, una encina o un roble. Intenté comprender qué era aquello que hacía a una cosa diferente a otra. Era una tarea ardua que requería toda mi atención, pues había cosas parecidas que tenían nombres distintos. Con esfuerzo fui logrando un dominio sobre todo aquello que me rodeaba, pudiendo designar casi cualquier cosa que me encontrara en el camino. Y las que no sabía me las inventaba siguiendo unas sencillas reglas: a cosas parecidas, palabras parecidas. Si un insecto se parecía a una mosca, pero sus patas eran más bien propias de una araña, yo lo llamaba moscaraña. Incluso llegué a crear con palabras objetos en mi mente que aún no habían encontrado su lugar en el mundo, objetos que no existían fuera de mí y que esperaban encontrar su destino, como yo. Pero mi mundo se desordenó cuando descubrí que había cosas que tenían distintos nombres, que cambiaban su sonido según quien lo pronunciara. Mi tierra, según alguien viniera del norte o del sur, sonaba diferente. Unos la llamaban Kurdistán, otros Iraq. Eso creó confusión en mi espíritu. ¿Cómo debía llamarla yo? De mi madre aprendí el silencio. Con sólo un gesto detenía el viento; con una mirada ruborizaba a las estrellas; sus caricias deshacían placenteramente mi alma, día tras día, noche tras noche; pero con una sonrisa, una tímida transgresión de la línea horizontal de sus labios, invocaba a todo el universo. Una sonrisa que resumía el sentido de la existencia. ¡Cuánto amor contraído hay en el silencio! Y en el silencio aprendí a escuchar el mundo, a interpretar los signos, permitiendo así que el secreto de las cosas se me revelara. Porque
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cada palabra creaba a su alrededor su propio silencio, hecho sólo de tiempo y espera. Por la pausa que alguien hacía detrás de una palabra conocía yo el valor que tenía ésta para él. Mi madre también moldeaba arcilla, insuflaba su aliento a la tierra, y con sus manos le daba forma y corazón. Y como hacían los antiguos dioses de mi tierra, escupía sobre la masa antes de separar las pellas de las que nacerían las pequeñas figuritas humanas que luego vendería en las ferias. La tierra buscaba su expresión en las manos de mi madre, como hizo Adán con Dios, como ha hecho la humanidad con su panteón. «¡Haznos hombres, —gritaban—haznos hombres!». Como hizo mi madre conmigo. Pero yo era incapaz de saber lo que la tierra quería de mí. Sólo con el tiempo la tierra se fue adaptando a la forma de mis manos. Aprendí el secreto de las cosas con mis propias manos, palpando a oscuras, cuando la palabra o el silencio no bastaban para mostrarme el sentido correcto. La sed tenía su respuesta en la vasija que yo creaba para el agua. El frió, en los ladrillos con los que se construiría el hogar. Eso ya lo había hecho el abuelo de mi abuelo con la piedra. Según me contó mi padre, cogió una rama y dibujó un gran círculo en el suelo girando sobre sí mismo. Jamás se había visto tal perfección en la naturaleza. «El círculo», decía, «es el origen de todo lo comprensible porque es la curvatura natural de la línea que busca su principio. Una línea que el hombre traza sobre el precipicio del tiempo, sobre la que camina cual funambulista a quien los dioses le han vendado los ojos para que no vea el vacío que le envuelve». Por eso siempre nos movemos hacia nosotros mismos sin alcanzar jamás ninguna meta, porque andamos tras nuestros propios pasos. Hay que levitar en el centro para poder observar el tiempo, para poder comprender lo que ocurre a nuestro alrededor. Y desde ese lugar construir la ciudad, procurando que ésta no sobrepase la altura del hombre, ni que sea mayor que su conocimiento.
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Puso la primera piedra. Conocía su secreto. Puso otra encima y así hasta llegar a su altura. Entonces debía expandirla, ¿pero hasta dónde? ¿Qué contorno tiene el conocimiento? «El conocimiento», decía mi abuelo, «es un círculo que tiene el tamaño del espíritu humano. Ningún conocimiento supera a su portador, pero puede medrar con el alma, y migrar a otras». De repente oscureció y pudo ver más que nunca. La ciudad invertida que se creó en el cielo era la respuesta. Necesitaba una hermana en la tierra. Nada hay tan bello como el firmamento, por lo que merece una imagen en la tierra. Puso una piedra en el lugar de cada estrella y se reveló el esqueleto de la ciudad. Y esperó. Pasó el tiempo. Apareció un hombre. —¿Qué haces aquí? —le preguntó a mi abuelo. —Esperar a que vengan otros para ayudarme en mi tarea, es demasiado trabajo para una sola persona. —¿Y en qué consiste tu tarea? —En construir una ciudad. —¿Y por qué quieres construir una ciudad? —Porque no tengo patria y necesito una. Necesito poner nombre a las cosas que me rodean para ordenarlas en mi espíritu, para ser parte de ellas y que ellas lo sean de mí. He vivido durante años en este inhóspito lugar, y lo quiero porque lo conozco. Soy un arbusto y una res. Ellos me alimentan. Soy la piedra y el camino, el arado y la simiente. Ellos me construyen. Soy la lengua que hablo y la que habla el extranjero que ara junto a mí. Pero aún no tengo nombre para este lugar. —Te equivocas anciano. Al crear el círculo has creado el nombre con el que designar todo lo que queda dentro, porque todo lo que contiene el círculo tiene ahora la misma identidad. Y a lo que queda fuera se le llamará extranjero. Mira sino el sol, que se erige orgulloso hacia el infinito para inundar de luz la tierra, proyectando desde el
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cénit la existencia material de todo aquello que con sus rayos acaricia. Revela la vida, a los ojos del observador, en todas sus dimensiones y facetas y de esa manera todo le pertenece. Y cuando éste no mira, sale la luna tímida a deleitarse con lo que el sol ha creado durante su peregrinación diaria, anhelando formar parte algún día de ese luminoso mundo. Sol y luna se sienten en la ausencia. Y esa relación eterna y trágica es la que marca las edades de la tierra; una relación que pone orden al tiempo, de la que se nutren las flores, los árboles, los ríos, las piedras. Para que todos los seres existan el sol y la luna deben sufrir esa errática penitencia. Por esa búsqueda todo nace, todo crece y todo muere. Después de esas palabras el extranjero le ayudó a construir la patria procurando incluir a todos. Y fueron llegando otros, y luego los hijos de los otros, y los hijos de los hijos de los otros. Hasta que la ciudad estuvo terminada según las reglas del abuelo de mi abuelo. La ciudad se llamó Uruk. Así fue erigido el lugar más bello que jamás se había visto en la tierra, pues era la imagen petrificada del firmamento, hecha con las manos del hombre. La belleza lo impregnaba todo. Emanaba de su alma, pues era la creación espontánea de miles de almas vírgenes. Hasta que alguien puso la piedra primigenia sobre un pedestal. Dibujó en ella el contorno de una cara y le puso un nombre: Él. En ese preciso momento, la ciudad trascendió lo comprensible y empezó su paulatina destrucción. Aquél que había creado a Él se autoproclamó su vicario y extendió su legado por toda la vasta tierra. Y la ciudad se hizo eterna. Infinita. Al igual que el espíritu queda cautivo en el cuerpo, y debe acatar sus leyes, el cuerpo quedó preso en la ciudad, definiendo así lo humano. Y todo lo que quedaba fuera de la ciudad —el arbusto, la res, la piedra, el extranjero—perdió su humanidad para no recuperarla jamás. Yo soy plenamente humana, porque las leyes de la ciudad son
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las mías. La ciudad es ahora mi piel y mis músculos. Sólo dentro de ella me dirijo hacia el futuro. El destino de la ciudad también es el mío. En esa ciudad crecí. Aprendí de los hombres, de las cosas, de las palabras. Aprendía porque les preguntaba su origen, y en su origen hallaba su destino. Aprendí a amar a la tierra, pues ella mimaba mis sentidos. Aplacaba el hambre y saciaba la sed, pero sobre todo me proporcionaba un lugar para compartir con los demás.

MITOLOGÍAS Cada noche, antes de dormir, mi padre me contaba una mitología. Decía que en las mitologías podría encontrar la historia de nuestras ideas escondidas, de nuestras más profundas creencias que inspiraban nuestros actos más íntimos. Pero en boca de mi padre esas historias sonaban más cercanas a como lo hacían en los libros. Podía reconocer a Orfeo, inventado imposibles melodías con su flauta en el umbral de mi casa, tratando de cautivar el corazón de una Eurídice coqueta que pasaba, siempre a la misma hora, delante de su amado secreto como quien camina sobre las nubes. O a Narciso, enamorado de su imagen, aceitando su pelo durante horas frente al espejo que forman las cristalinas aguas del riachuelo que atraviesa mi aldea. O a Gilgamesh, el mítico héroe babilónico, un tercio dios, dos tercios hombre, contando sus batallas en la guerra de Irán frente una embobada audiencia infantil que le rodeaba en coro. O incluso a los mismísimos Adán y Eva, los que, habiendo desafiado al ser supremo, insuflaron el conocimiento al hombre al comer del árbol prohibido. Esos sin duda eran mis padres. Pero había una historia que me gustaba más que las demás. Mi padre me contó que detrás de los Zagros, no muy lejos de mi casa, seguía anclada en la cúspide del monte Ararat el Arca que Noé utilizó para salvar a la humanidad del diluvio. Según
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él, aún seguía allí para que la gente no olvidara la segunda oportunidad que nos había sido dada. Pero en cuanto la nieve cubrió su esqueleto, la gente la olvidó. Junto a mis amigos de la aldea planeé una expedición para rescatar los restos de aquella mítica nave y devolver a la humanidad la esperanza. Lo teníamos todo pensado, seríamos héroes en nuestro colegio. Habíamos imaginado cientos de veces cómo coronaríamos la cima, recreando una y otra vez el momento del descubrimiento. Lo que aún no habíamos resuelto era cómo íbamos a llevarla hasta la aldea, como prueba de la gesta. Nuestros vecinos armenios la llamaban Montaña del dolor. Naturalmente eso creaba unas expectativas de aventura que llenaban nuestras tardes al lado del pozo, al igual que llenaban nuestros corazones de ilusión. Hasta que mi padre venía a buscarme y, con un cariñosos tirón de orejas, me sumía de golpe en una realidad menos elevada para ir a cenar. Más tarde leí en los libros que los hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet recibieron en herencia las tres partes del mundo. Sem fundó Asia, y por ello es el principio de todo lo que yo conozco. Cam, condenado eternamente por no haber cubierto el cuerpo desnudo de su padre embriagado, se instaló en África y se sentó a esperar. Jafet se inventó Europa y cerró la puerta. “Todo hombre que ha ansiado el poder ha buscado en el árbol genealógico su parentesco con ellos –me decía mi padre—, su origen común”. Pero todos descendemos de Noé. Eso, pensaba yo, convierte en mis primos a todos los habitantes de la tierra. Y me imaginaba sentada a la mesa de un rey compartiendo el pan y el cordero.

MI TIERRA ES MUCHAS TIERRAS Mi tierra es muchas tierras, muchos hombres y muchas creencias. Ha tenido distintos nombres porque ha tenido diferentes padres. Al-Iraq
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es como la llaman ahora, pero fue Mesopotamia en la antigüedad por hallarse entre ríos. La tierra se hizo fértil con el agua que en primavera se desborda del Tigris y del Éufrates, o Dicle y Firat, como los llamamos en kurdo, anegando las cuencas para que los agricultores pudieran cultivar sus cereales, dando origen a la civilización. Y de esa agua bebieron los sumerios, los acadios, los medos, los omeyas, los abasíes y los otomanos. A sus hijos aún se les ve caminar por el monte con sus rebaños. Aunque cada tribu creó su propia historia de amor con la tierra para legitimar su existencia en ella. Muchas son las tribus, muchas las personas, muchas las ideas y demasiadas las creencias, que emanan de una misma poesía, de las palabras de arcilla sobre el héroe Gilgamesh. Pero ésta sigue siendo mi tierra, como lo es de todos, de los que aquí han vivido y los que aún lo están por hacer. Mis ascendientes son todos, y en mis genes llevo la historia de toda la humanidad, pues soy hija de padres kurdos. Esa es mi esencia. Así me lo enseñaron mis padres. ¿Por qué entonces me siguen llamando extranjera?

SER EXTRANJERO Hoy ha empezado el Nouruz, que en mi tierra celebra el equinoccio de primavera y la renovación de la madre naturaleza. Ya hace años que yo lo celebro en Sefarad, pero ésta es la primera vez que no lo hago sola. Isaac quiere conocerme mejor y para ello va a probar los platos que he preparado para la festividad. Son siete recetas que representan las creencias de mi pueblo, que contienen la sabiduría que nos transmite la naturaleza a través de sus sabores: brotes de trigo, manzana, ajo, jacinto, zumaque, son los ingredientes en los que habita el símbolo. La renovación, la belleza, la frescura, la salud, la dulzura. Si uno se detiene en cada sabor puede llegar a comprender
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el eterno pacto que hizo mi pueblo con la naturaleza. Después de probar cada uno de los platos Isaac se sienta al lado de la ventana para extraviar su mirada melancólica en el trajín de las calles. —¿Qué significa ser kurdo? —me dice. —Ser kurdo es ser siempre un extranjero. ¿Qué es ser extranjero? Cada tarde, después de una dura jornada de trabajo, ya cuando el sol se escondía tras los imponentes Zagros culminados de nieve, mi padre se sentaba en el porche de casa con sus amigos alrededor de una humeante tetera que iba colmando los vasos del agua de la sabiduría. Allí discutían asuntos de trascendencia casi bíblica que yo escuchaba mientras hacía mis figuritas de barro. La conversación era siempre la misma. Entonces pensaba yo que quizá se hubieran olvidado de que ya habían tratado esos temas. Más tarde comprobé que, a lo largo de la vida, las personas siempre tienen la misma conversación, una y otra vez, quizá porque no están seguros de que quienes la escuchen, lo hagan de verdad. Pero a mí me daba igual volver a escuchar las mismas palabras de mi padre. Su voz grave y serena, de cadencia pausada y tono amable me mantenía horas en un estado casi hipnótico del que no quería despertar. Y allí aprendí la historia de nuestro pueblo. Los amigos de mi padre se quejaban de que no tenemos Estado. «Y nunca lo tendremos», les decía mi padre. «No tendremos Estado mientras haya petróleo bajo nuestros pies. Nuestra región, ésta a la que designamos con el nombre de Kurdistán, pero que adopta otros nombres allá por donde se derrama, sólo existe en nuestra memoria, pero no en la memoria de aquellos que la llaman Turquía, Siria, Irán o Iraq. Pero no importa, porque el Estado sólo crea murallas en la geografía imaginaria de un mapa hecho por la conveniencia, que mantienen cautivo el espíritu de lo humano entre líneas trazadas por el afán de riquezas, sometiendo las almas a la voluntad de un Dios de carne y hueso que devora a sus hijos como
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Saturno devoró a los suyos. Sólo en la comunidad el hombre puede ser libre. Y nosotros somos esa comunidad, porque conocemos cada brizna de hierba que crece a nuestro alrededor, porque el mismo cordero nos alimenta a todos, porque llamamos al vecino por su nombre. Y en ese conocimiento los amamos porque son parte de nosotros. Y sólo el amor hace al hombre». Pero los amigos de mi padre insistían en que todo hombre necesita una patria a la que regresar. Y mi padre les decía: «Hemos nacido extranjeros y moriremos extranjeros. Porque mientras vivamos buscaremos nuestra patria. Algunos la buscarán en el recuerdo, otros en el sueño, pero lo que nos une a todos no es la patria sino su búsqueda». «¿Y los que han muerto por defender la patria?»- seguían los amigos de mi padre en busca de respuesta. «¿Y los que han matado por ella?», les respondía. «La distancia que hay que recorrer para unirnos a unos es la misma que nos separa de otros. Algunos de nuestros hermanos participaron al lado de los turcos en la matanza de armenios para salvar a nuestro pueblo, cuando lo que estaban haciendo era condenarlo para siempre. Al ayudar al verdugo para ganarse su favor legitimas su violencia que luego utiliza contra ti. La realidad no es más que una mentira que el hombre crea para sobrevivir. Detrás del telón pintado del desierto no se esconde otra cosa que el sofocante calor. Decimos malo para designar lo que no se ajusta a nuestras convicciones, y bueno para aquello que es acorde con nuestro pensamiento. Decimos humano para decir piadoso, pero el hombre es mucho más complejo pues alberga también lo impío. La mentira es tan necesaria como el aire que respiramos pues sería insoportable vivir en un mundo desencarnado, sin el perfume que enmascara el hedor de la podredumbre, sin la poesía que reverbera en la cloaca. Llamamos patria a la tierra porque es más heroico morir defendiendo la poesía del lugar que hacerlo por el capricho de hombres que ni siquiera conocemos, que pintaron los colores de la bandera
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y escribieron las notas del himno, y que se empeñan en recordarnos un pasado común que ni tú ni yo hemos compartido». «¿Pero cómo se puede crear una patria a partir de una mentira?». Con los ojos puestos en los montes mi padre, sin dejar de sonreír, les daba la respuesta. «Todo es una cuestión de alquimia. ¿Veis los Zagros?», señalando al fondo con su dedo. «Son sólo montañas. Son imposibles de mover, ¿no es cierto? Pero pueden viajar a través de mis palabras y puedo así compartir su imagen con gentes que nunca los han visto, con otros extranjeros. Y si mi prosa es lo suficientemente vívida y apasionada, la imagen que se creará en la mente de aquellos que me escuchan será más fiel y precisa de lo que imagináis. Y entonces les diré: hermanos, ésta es vuestra patria. Con el tiempo la idea creará raíces y se transformará en sentimiento. ¿No os dais cuenta? Los montes se hacen sentimiento. Un sentimiento de amor hacia el lugar, que no existe en ellos sino en nosotros, que se ha creado de la nada, sin ni siquiera tener que existir. Y ese sentimiento viajará con el tiempo, de generación en generación. ¿Cuántos hombres han amado una patria en la que ni siquiera han estado? ¿Cuántos hombres han muerto por ella, o peor aún, cuántos han matado por ella? Mueren y matan por un sentimiento, que un día fue idea y que antes fue la imagen de algo que fue solo palabra. Preguntadles a los muertos, a ver en qué lengua os responden». Mi padre les hablaba de historia, de política, de religión, pero siempre terminaba sentenciando: «Ser kurdo es ser una sombra que vaga por la infinita tierra encadenada a los genes, como tantos otros pueblos, como tantos otros hombres. Ser kurdo es ser bosnio en Srebrenica y armenio en Adana; amerindio en Wounded Knee y azteca en Toxcatl; somos tutsis, judíos, camboyanos, moriscos, cátaros… da igual. Nosotros ya fuimos masacrados, quemados, mutilados, humillados, al lado de todos esos pueblos, antes de Halabja, el holocausto que lleva nuestro nombre y el de nuestros hijos.
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Ellos también estuvieron allí, inhalando junto a nosotros el gas de la muerte. Era viernes por la mañana cuando los aviones iraquíes soltaron el gas sobre los cuerpos aún dormidos de nuestros hermanos de Halabja. Algunos perpetuaron su sueño hasta hoy evitando contemplar el horror de ver morir a sus hijos y esposas, a sus hermanos y padres. Otros no tuvieron tanta suerte. Despertaron e intentaron huir pero fueron cayendo retorcidos por un insoportable dolor que se reflejaba en un rostro desencajado. Era viernes, el día de Freyja en la mitología nórdica, la que recibe a los muertos. Ese día recibió a 6.000. Pero nadie hizo nada. Después del gas se hizo el silencio. Pero lo peor no es lo que ha ocurrido, sino lo que aún está por llegar. El hombre no ha aprendido nada desde que llegó a la tierra ¿Cuántas Halabja tienen que arder para que la infamia se disipe? La historia es la negación de las historias. La nación es la negación de las naciones. La lengua es la negación de las lenguas. La religión es la negación de las religiones, de la misma forma que el hombre es la negación de los hombres». Con esas palabras los amigos de mi padre se levantaban y se iban a sus casas con los ojos clavados en sus propios pasos, mientras yo me quedaba con él para descifrar el jeroglífico lumínico que los dioses habían escrito en la oscuridad del cielo en el mismo momento de la creación, y que la noche descubría sobre nuestras cabezas. Sólo yo tenía el privilegio de compartir ese momento con mi padre. Y por ello me sentía la persona más afortunada del mundo. Cada noche una estrella recibía el bautismo de sus labios. Y así, ya con su nombre, permanecía indeleble en mi memoria. Cada paso que mi padre daba permanecía en la arena para siempre. Y yo no pisaba más que sus huellas, pues en sus pasos encontraba la seguridad del camino ya escrutado. No había lugar que no tuviera su esencia, que no hubiera transitado él antes. No había árbol que no hubiera nombrado ni río en el que no se hubiera zambullido. Cada
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movimiento suyo inspiraba una idea. Porque todo en él estaba imbuido de amor. No quiso conocer el odio, aunque éste siempre le acechara. Hasta que los carnales muros que él había erigido se derrumbaron. Aquella noche la radio dio la noticia: cincuenta y siete muertos en Erbil. Dos hombres, solos dos hombres, con explosivos pegados a sus cuerpos irrumpieron sin permiso en los destinos de otros hombres y los hicieron añicos. Hacía un año que se habían llevado a Saddam, pero no pudieron llevarse el odio, pues el odio está en las semillas que esparció por la fecunda tierra que riegan el Tigris y el Éufrates, semillas de odio hacia todo un pueblo, que fueron germinando en quienes buscaban respuesta a su desgracia y no sabían verla en sus propios corazones. Siempre se busca el origen del mal en lo ajeno, pero suele estar dentro. Y entonces mi padre profetizó: «El dictador dirige a su ejército desde su tumba y nunca descansa. Hoy han sido nuestros vecinos, mañana seremos nosotros».

EL ÚLTIMO DÍA DE LA CREACIÓN Isaac está recostado a mi lado. Mientras leo a Homero en voz alta, Isaac me lee a mí en su silencio. Repasa cuidadosamente con sus ojos cada una de las líneas que definen mi cara, como intentando descifrar una geografía ajena que no le es posible comprender a través de la razón. Ulises quiere regresar a Ítaca, pero Posidón, enfadado con él porque ha dejado ciego a su hijo Polifemo, jura que nunca lo permitirá. No es difícil comprender los motivos de Posidón. ¿Pero por qué yo no puedo regresar a Uruk? —¿Cómo fue aquél día? –me pregunta Isaac. —Aquél día fue el último día de mi vida. No estoy segura de estar viva ahora, lo que sí sé es que ese día yo morí.
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Y llegó el último día de la creación, en el que ésta se desvanece. Cada pueblo tiene su cosmogonía, la historia de su fundación que contiene ya el germen de su final en el mismo momento en el que hace su aparición el hombre. Seres mitológicos, héroes, entes sobrehumanos, dioses y semidioses, actos que escapan a la razón, fuera de toda escala humana, se inscriben en la débil constitución del hombre que, no pudiendo soportar su peso, se hunde en el inestable lodazal de su propia existencia. El día en que nací yo mis células empezaron a degenerar hacia un estado de putrefacción. Pero la tragedia siempre puede truncar el viaje y arrebatarle a la naturaleza el placer de culminar su obra. En la ciudad el tiempo acariciaba a las personas y su piel a la vez que despacio dilataba la tierra que yo pisaba día tras día, abonando el camino que va del amor al conocimiento, y del conocimiento al amor extremo, haciéndolo cada vez más amable. Yo escuchaba a mi padre, hasta que dejé de oírlo. Esa tarde el manto crepuscular envolvía el lugar en una cálida luz rojiza que teñía las calles y todo lo que en ellas había, cuando empecé a andar por el polvoriento camino que lleva hacia lo desconocido. Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba sola. Me rodeaba el gentío. Rostros apagados, sombras de almas que ayer tenían dueño y que ahora se desplazaban movidos por una fuerza sobrenatural, arrastrando un lastre de rocas que pesa lo que pesa la experiencia. Cuando una mano cogió la mía y me arrastró. Mi piel y su piel se fundieron por el calor que irradia el amor incondicional. Era una mano conocida, la mano de quien me hizo. Levanté la mirada al cielo y vi el rostro de mi madre, aunque no parecía el mismo rostro que admiré al llegar a este mundo. Algo había cambiado en su alma que ahora afloraba en su piel. Mi padre iba delante, llevaba dos sacos llenos de arena que se filtraba por los agujeros y que iba borrando sus pasos y los de los demás. Nos miró un instante y siguió caminando. Así salimos de Uruk, así fuimos expulsados del Edén, con toda la furia de un Dios enfadado con
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nosotros, acompañados por todo un pueblo, mi pueblo. La imagen del lugar se mezcló con el polvo, al igual que se mezcla la vigilia con el sueño en el crisol de las edades del espíritu. No estoy segura de haber estado allí. «¡Halabja, otra vez Halabja!», se oía gritar. La tragedia se cebó con mi pueblo. Los asesinos entraron de repente, nadie les vio llegar, y de repente se fueron, pero con las manos manchadas de sangre. En sus zurrones metieron las almas arrancadas, en sus bolsillos las voces ya apagadas, hasta que el silencio se impuso por encima de todas las cosas. Sólo el crepitar del fuego acompasó la huida. No hubo despedida ni sepultura. Como una crisálida dejé, ya en la ribera del río, la piel de mi infancia para convertirme, con solo doce años, en una anciana llena de heridas.

EN LA MARGEN DEL RÍO Sigo en la orilla del río. Pero mi cuerpo no obedece a mi voluntad. Los cuerpos a mi alrededor ya no me dan calor. Y empiezo a despedirme de ellos como de la esperanza. Oigo de nuevo el crujir de las ramas, un sonido ajeno a la ensoñación, arrojado por la realidad hacia mis oídos. No son los buitres. Una mano se posa en mi pecho. No puedo hablar, pero mi corazón manda a la mano ajena señales de vida. No reconozco a ese hombre, pero me coge en brazos y me lleva hasta un vehículo que se encuentra aparcado no muy lejos. Me coloca suavemente en el asiento trasero y arranca. El sonido del motor prepara el lecho para el sueño. El paisaje cambia abruptamente a cada parpadeo mientras las nubes se mueven velozmente sobre mí. Nunca el horizonte estuvo tan lejos. Llegamos a una aldea. Por la ventana puedo ver un grupo de niños jugando en la arena, dibujando algo en ella, como si nada hubiera
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ocurrido, como si la felicidad aún creciera en ellos. La velocidad del coche disminuye hasta que el motor se detiene por completo. El hombre me vuelve a coger en brazos, de forma extremadamente delicada, para entrar en un humilde hogar. Casi no hay muebles, pero en una silla está sentada una mujer, como parte de la misma casa, tejiendo algo que lleva en sus manos. La mujer se levanta de golpe al vernos, pero el hombre se lleva una mano a la boca truncando la posibilidad de sonido alguno. De los brazos del hombre me deslizo hacia una cama. El cansancio hace el resto.

DOBLE NATURALEZA Paseo junto a Isaac por una exposición de pintura que lleva por título Paraíso en un museo de Sefarad. Las galerías se suceden. Adán me observa con sus mil ojos mientras Eva mordisquea la manzana del árbol tentada por la serpiente. Adán le toca un pecho a Eva; de fondo el Tigris irriga el hermoso jardín de Uruk. Por él di mis primeros pasos. A pesar de todo el significado de esas bucólicas imágenes me es lejano. Son sólo figuras mitológicas en naturalezas ideales. Pero poco a poco, conforme avanzamos por las galerías, las imágenes van tomando un cariz más siniestro en cuanto más próximos estamos al final. Adán y Eva, que al principio disfrutaban de unas vacaciones idílicas en el Edén, van perdiendo su sonrisa al acercarse también al desenlace de la exposición, mientras son expulsados por un ángel, que les señala con su dedo extendido la salida. A mí también me expulsó de Uruk hace ya tiempo. Me detengo frente al último y leo en la pequeña placa dorada: “El Jardín de las Delicias. El Bosco”. Todo está bien hasta que cambio la posición de mi mirada, como cuando de pequeña forzaba la vista para poder ver la figura humana que se escondía tras una espesa arboleda en aquellos dibujos mági35

cos de múltiples significados, con los que me divertía mi padre; o aquella elegante joven que convivía exactamente en el mismo espacio que ocupaba segundos antes una vieja arrugada, sin nunca poder encontrarse. Fuerzo la mirada, como hacía entonces, y emergen ante mí los significados que estaban ocultos tras la belleza de las imágenes. Resigo cada esperpéntico detalle reconociendo cada uno de los avatares. Yo ya he estado ahí. No tengo duda de que El Bosco también. Emerge ahora ante mí esa doble naturaleza, mitológica y carnal, de la que está hecha el ser humano. Yo lo descubrí en mi tierra. El hombre es morada de mitos y de deseos, como lo fue Jesucristo mientras caminaba con la cruz a cuestas hacia su tortuoso final como hombre y glorioso comienzo como Dios. Por una parte el hombre desea trascender y entenderse con el más allá, pero por la otra, la gravedad le aplasta contra el suelo cada vez que se levanta. Se confunde lo real con lo simbólico, la vigilia con el sueño, lo que es con lo que debería ser. El extranjero tiene esa doble piel. La primera capa, que jamás se escama, es la que lleva inscritos los genes de su procedencia, la imagen que en el río siempre permanece en el mismo lugar. La segunda, la piel más al exterior, que muda según el sol que la calienta, que cambia de una tierra a otra para poder sobrevivir a la distancia. Al contemplar esa imagen comprendo cómo empezó a desplegarse dentro de mí esa doble naturaleza hasta hacerme dudar incluso de la misma realidad. Pero el ser humano busca siempre la salida más armónica consigo mismo, aunque tenga que crear un mundo aparte, un jardín edénico en el que no se escuche el sonido de las bombas, un lugar en el que las respuestas sean menos dolorosas. Yo busqué esa trascendencia en los insignificantes actos para poder sobrevivir a la distancia. Salimos del museo y empezamos a andar sin un rumbo concreto. Poco a poco la lluvia va borrando el contorno de las cosas. Y tengo la
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esperanza de que acabe por borrar también el mío. Cada vez el agua cae del cielo con más fuerza, como signo inequívoco del enfado de los dioses, hasta que el mundo, tal como lo había visto hasta ahora, desaparece. El sonido de la vida se apaga, no escucho ni siquiera mis latidos. Nunca había llovido tanto desde el diluvio y me pregunto si será hora de construir el Arca, aunque no estoy segura de si a mí me dejarían subir a ella. Pero al cabo de un rato deja de llover, y las alcantarillas cumplen la función para la que fueron diseñadas tragándose hasta la última gota de agua, permitiendo que el paisaje recupere su forma original. Me doy cuenta de que hoy en día el diluvio no proliferaría. Para ello el hombre creó las alcantarillas.

EL ESCRITOR DE PAISAJES
Sentada en el desierto para contemplar la inmensidad, pero es la inmensidad la que me contempla a mí.

A lo lejos puedo ver a un anciano que se dispone a pintar sobre un lienzo completamente en blanco que parece sostenerse en el aire por arte de magia. Aún no ha empezado pero tiene en sus manos un fino pincel que moja en una paleta mezclando diversos colores. Espero en la distancia, pero el pintor parece dudar. Después de un buen rato pinta algo parecido a una mancha que irrumpe violentamente en el blanco radiante del lienzo. La observa y pinta otra mancha. Y luego otra, y otra. Me acerco a él y le pregunto: —¿Qué es lo que estás pintando? Gira bruscamente su cabeza hacia a mí y me doy cuenta de que
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es ciego. Sus ojos, blancos como el lienzo, parecen del revés. —¿Acaso no lo ves?, estoy pintando un hermoso paisaje. —Ni es un paisaje ni es hermoso. Son sólo manchas —le digo. —Debes tener fe, amiga mía. Aún estamos en el principio. —Pero no creo que de esas manchas salga ningún paisaje. Son como hechas al azar, sin seguir un orden concreto ni un diseño preestablecido. —¿Y qué crees acaso que es la vida sino una serie de manchas que configuran un paisaje que sólo aquellos que ya la han vivido pueden observar en su justa dimensión? Se necesita del tiempo y de la distancia para comprenderla. Debes confiar en mí, soy muy buen pintor. —No sé. Lo que veo no me convence, y lo que dices, aunque puedas tener razón, no se prueba con esas manchas. Pero al soltar estas últimas palabras aparece ante mí un bello paisaje con todos los detalles. Tantos detalles que no consigo distinguir el cuadro del modelo original. —¿Cómo es posible? —le pregunto. —Es una cuestión de perspectiva. Ahora lo estás contemplando desde otro lugar y por ello la imagen se define ante ti tal como yo te la he descrito. —¡Si no me he movido! —Desde otro lugar del pensamiento. Mis palabras han cambiado el enfoque. Ahora lo ves de distinta forma. Ya no ves manchas porque yo te he dicho que era un paisaje. —Pero es tan real que no parece un cuadro. De hecho, es más real que la propia realidad. —Te dije que era bueno. Me froto los ojos pero el paisaje no desparece, ni se enturbia. Tengo la tentación de tocarlo para disipar las dudas, pero el ciego me detiene cogiéndome la mano. —¡Espera un momento! Si lo tocas podrías perder la razón. —¿Qué quieres decir?
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—Quizá se nuble tu criterio. Cuando algo se parece tanto a la verdad puede convertirse en ella. La capacidad de discernir la realidad es muy frágil y depende de su apariencia, de cómo se presenta esa realidad ante nosotros, de cómo han sido mezclados los colores y dispuestos los elementos. —Pero yo sé muy bien lo que es real y lo que no lo es. —Eso es lo que tú crees. Hay dos cosas que, cuando son suministradas en dosis muy altas, pueden hacer que el hombre pierda su cordura. —¿Qué cosas son esas? —El dolor y la belleza. Ambas tienen la cualidad de alterar nuestra percepción. Si mantienes la distancia, mantienes la cordura. Si entras quizá no puedas volver a salir. —Asumiré las consecuencias. Me acerco al cuadro y penetro en él como si atravesara el aire. Nada diferencia esa materia onírica de la que me rodeaba hace un momento. El mismo aire, los mismos olores, pero mejorados. Aquí la perfección se impone. Es la vida misma pero sin sus defectos. Estoy dentro de un cuadro, pero estoy al mismo tiempo en el paisaje real. —Ahora ya no hay vuelta atrás. Tu destino está ahora en manos del artista. Él decidirá cuándo vives y cuándo mueres, cuándo lloras y cuándo ríes. Y ya nunca sabrás cuándo eres tú o cuándo eres él. El ciego recoge sus utensilios. —¿Por qué no me acompañas ciego? —le detengo. —Yo no puedo entrar. Si el artista entra lo ideal se volverá humano. El cielo ya no será azul, ni el sol brillará cada mañana. Todo será amargo y visceral porque el artista siempre carga con sus complejos y su melancolía, con aquello que le atormenta, que no le permite dormir por las noches. Me despido del ciego y me pierdo en el paisaje.

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PECES DE ARENA
Me siento observada. Son las almas que anidan en las estrellas, las almas de los hombres que se han liberado de la carne y que ahora iluminan lo que hay delante de mí, pero que dejan en sombra lo que ya he andado.

Ya no soy piedra, sino polvo y arena. Me fundo con la grandeza de la realidad que el artista ha pintado para mí. Me he liberado de Uruk, pero de alguna forma me siento presa de mi misma. Detrás de mí ya no hay huellas. Mi padre las ha borrado. Ya no puedo volver atrás. Las nubes ensayan una suave coreografía en el cielo. Es una danza única, hecha de movimiento aleatorio que jamás se va a volver a repetir. Nada permanece estable, todo se mueve hacia ninguna parte. Bajo las nubes unos niños trabajan con sus manos. También danzan sobre sus pies, pero no son libres como las nubes. Todo en ellos está programado, excepto sus muecas. Son gestos espontáneos que revelan su dolor. Pero es un dolor callado, invisible, resignado. Algunos niños dibujan peces en la arena, mientras otros cogen los granos que quedan dentro del dibujo y los meten en cestos. Otros niños se pierden en el horizonte con los cestos ya llenos. Y de él, del horizonte, surgen como fantasmas, otros, con cestos vacíos. Su danza no es alegre, como la de las nubes, pero es perfecta. Los niños tienen poder sobre las cosas mientras las tienen en sus manos, pero pierden su rastro en cuanto las sueltan. Los frutos son suyos por un instante, sus pasos les pertenecen, pero no saben quiénes son, ni hacia dónde se dirigen. Son cazadores de instantes, pero no tienen ningún poder sobre su destino. Bailan desde hace tiempo, eso se nota, pero no saben por qué, ni hasta cuándo. Estos niños ya han muerto antes de existir. Me acerco y me llevo un pez de arena a la boca, como he
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visto que hacen otros. Tiene un amargo sabor a destino. Mi padre me habló en sus mitologías nocturnas del símbolo, que a veces se manifiesta en el sabor amargo de la realidad. Un niño me contempla desde su postración. No abandona su tarea, pero me habla: —Si quieres puedes dibujar peces conmigo. —Eres muy amable, pero no sé qué sentido tiene. —Estos peces son el alimento de nuestro pueblo. Es lo que nos da el desierto, nuestra tierra, y por ello debemos tomarlo. Nuestra obligación es llevarlos más allá para que los hombres, en todas partes, coman y formen parte de nuestro espíritu, de nuestro destino. Pero una vez traspasamos la línea del horizonte se deshacen. Entonces venimos a por más. Es una tarea que nunca termina. Son necesarias generaciones para que el pez no se extinga y pueda llegar lejos, a todos los corazones. —¿Cuál es tu nombre? – le pregunto. —Mi nombre es Israel. Se levantan otros niños que le acompañan. —Mi nombre es Israel —dice el que se encuentra a su lado. —Yo también me llamo Israel —dice otro de más allá. —¿Todos os llamáis igual? –digo yo sorprendida. —Todos ellos —dice el primero mientras acaricia el aire con la mano extendida—se llaman Israel. Y ahora que has probado el pez, tú también eres Israel. —Entonces, si todos os llamáis de la misma forma, ¿Qué os hace diferentes entre vosotros? —Nada nos hace diferentes bajo este cielo. Todos somos iguales ante la inmensidad. Un mismo pueblo con un solo nombre. Y todo aquel que quiera, puede formar parte de esta tierra. Sólo tiene que comer el pez. Israel me coge la mano y me lleva a su aldea. Los otros niños no
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detienen su trabajo. Entramos en una modesta casa hecha de adobe, al estilo antiguo. —Esta es mi casa. Aquí puedes llamarme Isaac. Dentro de los límites de esta estancia soy Isaac. Sentada en el suelo se encuentra una mujer que tiene todas las edades. Me mira de reojo mientras teje con sus manos lo que parece un sudario. —Esta es mi madre, Sara. Ella te dará de comer y de beber, pues es ahora también tu madre. Me siento a la mesa con ellos. El pan y el cordero tienen el mismo sabor que el pez de arena. Sara no habla pero me cuenta con la delicada religiosidad de sus gestos la historia de este lugar. Es la morada de la virtud y la inocencia, de la tradición y la caridad. Isaac me dice que éste es mi hogar, como hizo la piedra, como hizo el firmamento. Pero sólo puedo quedarme con su imagen. Debo seguir mi camino, pues urge regresar a Uruk, esa tierra en donde se inició el poema de los hombres, y a la que hay que volver para poder empezar de nuevo, para abrazar una nueva oportunidad en la que quizá no mueran mis padres. Sara me hace entrega del sudario, como hacían antiguamente los califas con las personas de su confianza para premiar sus méritos. Le digo a Sara que yo no he hecho nada para merecerlo. Sara me mira a los ojos y me dice «ya lo harás, es cuestión de tiempo». Antes de seguir camino echo un último vistazo a los niños del desierto para despedirme de ellos, pero algo es distinto. En lugar de peces de arena llevan metralletas. Caminan uno detrás de otro formando una larga fila que se pierde en el horizonte. Uno de ellos me ve y me saluda con una inocente sonrisa. Y descubro una nueva cicatriz en mi espalda. La tierra ha envejecido esta noche, Uruk empieza a borrarse. ¿Y si cuando llegue a Uruk ya no queda nada que me diga que esa fue mi patria? ¿Y si ya no la reconozco? O peor aún, ¿y si ella no me reconoce a mí? Cabe la posibilidad que incluso haya dejado de existir. Si eso es así ya no será posible empezar de nuevo.
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NO TENGO VOZ Mis ojos se abren lentamente. Los párpados pesan. Tengo la sensación de haber dormido toda la eternidad y cada parte de mi cuerpo experimenta una forma diferente de dolor. Estoy en un lugar desconocido. Una habitación sin ventanas, sin apenas luz. Mis heridas están vendadas. Oigo susurros humanos que vienen de la estancia contigua y que poco a poco me descubren una conversación entre un hombre joven y una anciana mujer. —Aquí no puede quedarse, Karim. Cuando tu padre la vea…, se va a poner hecho una furia —dice la mujer en un tono que denota sincera preocupación—. Los insurgentes ven a través de las paredes. Nuestros propios vecinos les prestan ojos y oídos. El otro día se llevaron a Marya por haber dado de comer a una familia de kurdos que se presentaron hambrientos en la aldea. Alguien la delató, y aún no ha vuelto. No sé qué habrá sido de ella, pero espero lo peor. Nunca sabes quién te va traicionar. Hay que comprenderlos, la gente tiene miedo. Y yo también. —Tienes miedo de lo que pueda pasar, madre, cuando lo peor ya ha ocurrido. Cerramos los ojos a las desgracias ajenas para proteger nuestros cuerpos, que fueron abandonados por nuestras almas el día en que empezaron las matanzas. Todo un pueblo entero desapareció por arte de la palabra ante mi impotente mirada. Los hombres son los instrumentos de una ley inspirada por el odio. Pero nosotros no odiamos porque amamos. Y es ese amor, el que emana de ti, madre, el que inunda cada rincón de esta casa, es el que inspira mis actos. Esta niña nos recuerda nuestra humanidad perdida. Sólo ayudándola a ella podemos ayudarnos a nosotros. —Te comprendo, Karim. Tampoco es mi deseo abandonar a la niña, pero si se queda ten por seguro que ellos escribirán nuestro destino con sangre. ¡Ellos escribirán nuestro destino con sangre! Me quedo con esas palabras mientras me dirijo hacia las voces. El joven, el mismo que
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me encontró en el río, dirige su mirada hacia el suelo avergonzado. La mujer me mira fijamente, con los ojos húmedos y me dedica unas breves pero sinceras palabras que llenan mi corazón deshabitado: —Bienvenida a este hogar. La mujer me señala la mesa que se encuentra en el centro de la habitación. En ella hay cordero y pan. Nos sentamos todos. —Yo me llamo Karim—dice el joven—y esta es mi madre, Fátima. ¿Cuál es tu nombre? Quiero hablar pero no puedo. Mi voz se quedó en el río junto a las voces apagadas de mi pueblo. No hubo más palabras durante la comida. Cada uno fijó sus ojos en el alimento que debía ingerir para seguir existiendo. Por unos instantes eso se convirtió en lo más importante.

HOGAR Pasan los días. Yo ayudo a Fátima en las tareas del hogar, como lo hacía con mi madre. Antes de que salga el sol, cuando la oscuridad aún mantiene oculto mi rostro, me acerco al pozo a por agua; luego limpio a conciencia cada una de las estancias, recojo la leña para alimentar el fuego, y ayudo a preparar la bendita comida. Y cuando termino las tareas, me siento en la silla al lado de la ventana y sueño con que flirteo con las hojas que levanta el espeso viento mientras contemplo a los niños jugar en la arena. Esta casa se parece a lo que fue un día mi hogar. Hay mucho amor en ella, un amor que emana de Fátima. Fátima es madre y como tal una ungida de la naturaleza para mantener el orden en la tierra. Reina sobre un espacio construido con sus gestos, con sus palabras, hecho sólo del amor más puro e incondicional. La madre no vive ya su propia vida. Su cuerpo al44

berga un mosaico de vidas, de las vidas de aquellos a los que ama de forma eterna, de aquellos a los que ha creado con su vientre y con su memoria. Da vida a todo aquello que sus manos tocan. A veces me planto delante de Fátima para verla preparar la comida. Sus manos tratan con suma delicadeza cada uno de los frutos que la tierra le ha dado y que van a formar parte de la fuente de vida de su familia. Trocea minuciosamente cada elemento, procurando que no se pierda ni un gramo de esencia en el proceso. Más que trocear, acaricia con el afilado cuchillo, consciente de que cada una de las partes en que se convierte el alimento va a modelar el ser que lo va a ingerir. El agua y el fuego también experimentan sus radiaciones maternales. El agua purifica el alimento, el fuego lo domeña para hacerlo accesible al estómago humano. Pero todo en su justa medida. Para ello media Fátima, para que cada elemento cumpla su función y encuentre así su destino. Karim es un joven a punto de hacerse hombre. Las ideas revolotean alrededor de su cabeza y las caza como a moscas al vuelo. Se nota por sus formas que respeta la tradición y las costumbres de su pueblo, pero en su mirada noto que, por encima de todo, respeta al ser humano. Yo siempre le observo mientras estoy en casa sin que él se dé cuenta. Eso me hace sentir más cerca de mi hogar. Nunca se está quieto. Siempre tiene algo que hacer. Cuando no arregla la pata de una silla, escribe poemas al margen de un pequeño libro que siempre lleva consigo. A veces, sentado en un pequeño taburete, apoya su cabeza contra la pared, para pensar, dice él, pero no tarda en quedarse dormido. Hoy le he cogido el libro que se le ha caído de las manos mientras echaba una de esas cabezaditas y lo he abierto por una página al azar. He leído los poemas. Hablan del amor al prójimo, de la tierra y del árbol, del amanecer y de la muerte, del río y de la vida, de su madre y de su padre. Y me doy cuenta de que todos hablan de mí. Y ahora que conozco su poesía, lo conozco
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mejor a él. Pero antes de podérselo devolver ha abierto los ojos para descubrirme con su libro en la mano. Ha esbozado una sonrisa de complicidad en su rostro. —¿Sabes leer? —me pregunta. Yo asiento con la cabeza. Mi padre me enseñó. De día aprendía a leer en árabe, de noche, cuando nadie miraba, en kurdo. —Eso es importante. No hay mucha gente que sepa leer por aquí. ¿Sabes?, muchos intentaron borrar la historia quemando los libros. Las palabras están hechas de aire y como tales avivan el fuego, eso lo sabían bien esos hombres. Aristóteles ardió en la hoguera de Omar I, Confucio lo hizo en la de Shi Huandi; Kafka y Thomas Mann en la de Hitler. Nosotros también tuvimos libros prohibidos. A pesar de todo, esas palabras siguen entre nosotros porque mi padre, y otros antes que él, las puso a salvo. Guardó los libros debajo de unas tablillas, en un lugar secreto de la casa, y sólo los sacaba cuando nadie le veía, o eso es lo que él creía, porque yo siempre estaba ahí, esperando el momento, observando desde la oscuridad de mi habitación, preguntándome qué tendrían esos libros que hipnotizaban a mi padre de esa manera. Más tarde lo supe. Y también me hipnotizaron a mí. Mi padre me habló también de esos libros, que por estar escritos en mi lengua debían arder también en la hoguera. En la noche, cuando todos duermen, trato de descubrir si aún siguen escondidos los libros bajo las tablillas. Intento encontrar un hueco, una muesca reveladora, una señal de erosión que me lleve hasta ese conocimiento supremo e hipnotizador del que me habla Karim. Al fin encuentro esa muesca cerca de la cocina. Levanto las tablillas y ahí están, los libros prohibidos. Cojo uno al azar y vuelvo a dejar las tablillas como estaban. Lo envuelvo en un pañuelo y lo escondo bajo mi almohada. Pero estoy tan impaciente que no puedo esperar para hojearlo, así que lo desenvuelvo procurando no hacer ruido. Abro el libro por la primera página pero no entiendo lo que
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dice. Está escrito en una lengua que no conozco. Con la decepción en mis párpados me duermo con él entre los brazos. Quizá algún día pueda aprender esas lenguas para poder entender lo que me dicen esos hombres desde tan lejos.

CUANDO DIOS HABLA Esta mañana ha irrumpido en la casa un hombre. Ha entrado sin llamar a la puerta, de golpe, sin emitir sonido alguno, dejando su sombra en el umbral al lado de sus babuchas. Le he reconocido enseguida por como lo describe Karim en sus versos. Sin duda es su padre, que llega después de una larga ausencia. A pesar del sofocante calor, al verme sentada al lado de la ventana su cuerpo se ha quedado helado. —¿Qué hace esta niña aquí? –pregunta al aire, sin mirar a nadie en concreto, pero con el ceño fruncido como aquél que ve algo que no le gusta. —La encontré en el río, casi sin vida—responde Karim—. Pero para poder explicar lo que vi sería necesaria una nueva gramática con decenas de formas para expresar el dolor. El horror se petrificó en sus ojos, y la pena se instaló en su garganta, por eso no puede hablar. Esos hombres mataron a su familia y quemaron los cuerpos para borrar la evidencia de la desgracia, pero por algún motivo que Dios nos esconde, ella sobrevivió, quizá para contarlo. —¡No metas a Dios en esto, Karim!. ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso has perdido el juicio? Si la encuentran aquí nos matarán a todos. Nos han dejado tranquilos a pesar de no compartir sus ideas, bien lo sabes. El linaje nos une y por eso nos respetan. Pero si las milicias descubren que damos cobijo a esta niña nada nos librará de la muerte. A caso tu madre no te ha contado que a Marya se la… —¡Ya lo sé padre!, —le interrumpe Karim con un grito—, madre
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me lo ha contado —continúa en un tono mucho más rebajado y sumiso, al darse cuenta de que es a su padre a quien levanta la voz—, pero mis ideas tienen sus raíces en el amor, mientras las de ellos se inspiran en el odio. ¿Por qué entonces se impone su ley sobre la nuestra, por qué debemos obedecer esas leyes crueles y absurdas que nada tienen que ver con lo humano? El pisar el mismo suelo no nos hace iguales. Ni el rezar a un mismo Dios nos convierte en lo mismo. Yo sigo los pasos de quien crea, no de quien destruye. Tú me lo enseñaste. ¿Qué hay de la piedad, padre? —¿La piedad? El miedo hijo, el miedo se traga la piedad con la saliva. —contesta el hombre mientras da unos pasos hacia la venta—. Tus palabras son sabias Karim. Mi corazón se llena de orgullo y mis ojos se colman de lágrimas al escucharte, pero esta niña debe irse inmediatamente. Lo que más quiero en este mundo, todo por lo que he luchado en esta vida, habita entre estas cuatro paredes. Y no pondré vuestras vidas en manos de un destino indiferente al bien y al mal para que disponga de ellas a su antojo. Yo miro a aquel hombre como quien mira a un Dios. Él ha leído los libros prohibidos. Alguien que sabe tanto no puede ser malo. Hay algo diferente en su forma de hablar y de moverse, algo que me recuerda a mi padre, y que lo distingue de los demás. Quizá los sabios sean todos así. Pero en su mirada de fuego, que desgarra el alma de su hijo, puedo ver el miedo. Se dirige sin más palabras hacia la habitación. Karim se inclina sobre la mesa. Pasan las horas muertas sin que nadie abandone su lugar, como si Dios hubiera dado una orden y los demás esperáramos los efectos de su cólera por haberla desobedecido.

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SACRIFICIO
Sigo en el desierto. Sin agua, pero sin sed. No deseo nada pues no tengo nada. Se confunde el día con la noche.

No sé si veo o no veo. Cierro los ojos y el mismo cielo. La clepsidra invierte el destino, como yo invierto el reloj de arena para controlar el tiempo. Cada grano de arena en él es un fragmento de vida que desconozco. ¡Cuánto tiempo hay en el desierto! La soledad es mi mejor compañía. En ella encuentro a mi padre y a mi madre. Pienso sobre la triste importancia de lo que he vivido. Y lo que he vivido está en cada huella que dejo en la arena. La profundidad de mis pasos es cada vez mayor. El hueco que deja mi caminar indica mi presencia. Lo vacío me revela. ¡Oh mar de arena, sólo en la ausencia sabrás que estuve aquí! Mientras el viento no cubra de arena mis pasos otros me recordarán. Y en ese vacío se zambullirán, ellos, los que me siguen. No sé quiénes son, pero están muy cerca. Se erige ante mí un monte, que brota violentamente de la tierra para atravesar como puñal las nubes, como incandescente llama de un fuego que quiere arder en el cielo. Y hacia él me dirijo, el viento me empuja. Subo con esfuerzo hasta la cima y encuentro la sombra de la muerte. Veo a Isaac tumbado en un altar de piedra. Detrás de él, un hombre a punto de prender el lecho de ramas sobre el que levita el niño. Conozco a ese hombre, lo he visto en Uruk. Y ahora sé que aún no me he librado de la tristeza. El peso oprime mi pecho y mi cara se llena de arrugas. —¿Qué pretendes hacer con Isaac? ¡Suéltalo! ¿No oyes sus lamentos?
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—No oigo sus lamentos porque los míos han desgarrado mis oídos. —¿No ves su sufrimiento? —No veo su sufrimiento porque la sal de mis lágrimas ha quemado mis ojos. Y así, sordo y ciego, debo proceder por el tacto para acatar los designios celestes. —¿Acaso sabes tú leer las estrellas? ¿Qué eres, un arúspice? —Yo obedezco a la inmensidad y a su ley divina. —¿Y qué te dice la inmensidad para que cometas este acto tan atroz? —La inmensidad reclama a mi hijo, y yo tengo que entregárselo como muestra de amor. —¿Qué inteligencia celeste querría la muerte de un niño como muestra de amor? —Aquella que todo lo ve y todo lo sabe. —¿Y cómo sabes tú eso? Si sabes que todo lo conoce, es que tú sabes más que ella. Porque sólo un conocimiento mayor puede comprender a uno menor. Sólo el recipiente grande puede contener el recipiente pequeño. El conocimiento verdadero es infinito, y contiene todas las respuestas. Tú sólo ves un fragmento, porque sólo puedes comprender una parte. Con tus ojos ves sólo aquello que tu intelecto está preparado para recibir. Por eso no puedes ver el conocimiento, ni el amor. —Pero puedo ver sus efectos, puedo ver el abrazo y el beso. —El beso es, en su expresión honesta, efecto del amor, incluso a veces es su causa. Pero como signo puede mutar en su reverso, la traición. El beso no es la esencia, pues en la esencia sólo cabe la verdad, es inmutable y eterna. Tú puedes comprender el beso, pero nunca podrás entender el amor en sí, pues sólo te ha sido dado el poder gozar de él. —¡Pero es Dios quien me habla! —Puede que oigas su voz, pero no puedes asegurar que no sea el eco de la tuya distorsionada al rebotar contra las afiladas aristas
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de las rocas. El eco crea múltiples respuestas, afinadas de distinta forma. Pero la única correcta es la que está afinada con la piedad. ¿Y si entre esas respuestas está la salvación de tu hijo y tú no la has escuchado porque estabas ocupado en escuchar otra? ¿Acaso tienes tú la capacidad de desgranar el bien del mal? —No, sólo soy un hombre. —Entonces, ¿admites que puedes equivocarte? —Sí, lo admito. —Ahora sí has comprendido lo que la voz te dice. Porque sólo escuchamos las voces que estamos preparados para entender, las que se expresan en un lenguaje inteligible para nuestro intelecto y nuestro corazón. Pero el hombre está hecho de incertidumbre, se erige sobre la duda, porque busca el conocimiento certero. Pero en el conocimiento se mezclan la verdad con el engaño, el bien con el mal, lo bello con lo siniestro, la pregunta con la respuesta. Con frecuencia olvidamos que el conocimiento es sólo humano, todo lo demás es naturaleza. Por eso toma el cordero y ponlo en el altar. Porque el sacrificio es la condición del amor. Este cordero es parte de tu hijo, porque es su alimento, que llena su alma de la pureza que habita en la inocencia de los que caminan sin avanzar, de los que miran sin ver, de los que escuchan sin oír, de los que no intuyen el camino hacia el matadero que el prójimo traza ante ellos. Abraham se deja caer de rodillas en el suelo llorando como un niño. —Ahora sé que tú eres la inmensidad. Abandono el lugar, y pienso en lo que me ha dicho Abraham. Yo no soy la inmensidad, sólo leo los signos. Y ahora siento que me he quitado un peso de encima. Me siento ligera, algo de mi humanidad se ha quedado en la pira. Me he desprendido del mito y creo que estoy empezando a desaparecer.

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HUIDA Durante días no se ha oído ni una palabra en la casa. El padre de Karim se sienta en un rincón y me mira fijamente, no hay odio en su mirada, sólo duda. El silencio lo inunda todo. Y así pasan las horas, y los días. La tristeza habita su corazón. Ni come ni duerme. Pero hoy ha abandonado la casa antes del amanecer. Se ha perdido en el horizonte dejando un rastro de lágrimas en la arena. Es un día como cualquier otro, los niños, las nubes, Karim y Fátima. Pasan las horas, y me siento como cada día en la silla que da a la ventana. Hasta que a lo lejos veo un grupo de pequeñas sombras que se acercan. Se revela ante mí la figura de unos hombres con fusiles en las manos. Entre ellos distingo al padre de Karim, que los acompaña con paso ligero pero inseguro. El viento cubre sus huellas. Una mano me arranca de la silla. Es Karim, que mira hacia todas partes con una mezcla de desesperación y temor. Se para un instante y fija su mirada en su madre que se ha levantado de golpe. Fátima envuelve rápidamente un pedazo de pan en el manto que había estado tejiendo y se lo entrega a su hijo. Salimos por la puerta trasera sin perder un segundo, y corremos entre los matorrales sin mirar atrás. Cuando la distancia es grande nos detenemos un instante. Y en ese momento me acuerdo de que he olvidado el libro prohibido encima de mi cama. Miramos hacia el poblado y vemos una columna de humo que sale de la casa en la que he vivido los últimos días. El eco de unos disparos llega hasta nosotros. Karim cae al suelo, pero se levanta súbitamente con rabia y seguimos corriendo hacia el infinito. Ya es demasiado tarde. ¿Qué cosas ocurren en la cabeza de Karim mientras corre encadenado a mi destino? Sus pies van rápido, pero su mente se ha detenido. Su vida, la vida que hasta ahora ha sido suya, se ha desvanecido de golpe con el sonido de la pólvora. Cientos de imágenes atadas por
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el hilo de una pregunta sin respuesta. Camino, todo es camino hacia ninguna parte. Y yo no puedo sacarme la idea de la cabeza. Han muerto por mi culpa. Al llegar la noche buscamos refugio, que sólo encontramos entre las gélidas rocas. El frío atenaza nuestro espíritu y el recuerdo paraliza las emociones. Karim está completamente abatido, pero no consigue dormir. No espera a que salga el sol para levantarse: —Tengo que volver a mi aldea. Tú espera a que vuelva. Aquí estarás a salvo. Tienes el pan que nos dio mi madre. Raciónalo, pues no sé cuánto voy a tardar. Y deshace el camino para volver junto a su familia. Para regresar a la imagen que intenta preservar, la imagen de la vida incólume antes del terrible suceso, pero ambos sabemos que el tiempo no se la va a devolver. En la soledad busco respuestas en la voz de mi padre: —Padre, a veces tengo visiones. —¿Qué clase de visiones, hija? —A veces creo que estoy soñando, pero en el sueño siento el mismo dolor que cuando estoy despierta. Entonces creo que estoy despierta, hasta que ocurre algo por lo que debería sentir dolor y no lo siento. —Eso es normal hija, en los niños con frecuencia lo que ocurre en el sueño es lo que debería ocurrir en la vigilia, mientras que la realidad raramente se adapta a los deseos de los hombres. A veces la línea que los separa es demasiado delgada, tanto que cuesta ver dónde termina uno y empieza el otro. —¿Entonces es normal, padre? —Claro hija, nos ha ocurrido a todos, en cuanto crezcas, por desgracia, te darás cuenta. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero ya no me queda pan.
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Karim no ha vuelto y se va apagando la esperanza de que lo haga. Tengo que tomar una decisión y salgo del refugio para andar hacia el horizonte.

EL MIEDO No tengo agua, pero tampoco tengo sed. No tengo alimento, pero tampoco hambre. No tengo nada, pero tampoco deseo nada. Sólo tengo hambre de la existencia. Y sigo navegando por el mar de arena, empujada por el viento que me susurra al oído en una lengua que desconozco pero que comprendo, y me dice el camino que debo seguir. No es el conocimiento el que me guía. Y llamo al desierto por su nombre, porque él es ahora el espejo en el que se refleja mi alma. Detrás de mí, en la sombra, veo avanzar a todo un pueblo, a tientas por la oscuridad. No estoy sola, pero me siento sola. Ellos me siguen, buscan mis huellas, pero éstas ya no existen. Les digo que sigan mis pasos en las estrellas, pero tampoco oyen. Ya sólo oyen sus propios lamentos. No pueden leer el desierto porque no conocen la naturaleza. Me necesitan para hallar el camino. Me necesitan porque desean. El miedo está en el centro de todo lo humano. Paraliza los músculos de la razón y congela el destino en nuestros pulmones. Es el sentimiento más primitivo, que nos revela como supervivientes. Por miedo puso Abraham a Isaac en el ara, y a Karim y a Fátima, sin quererlo, sin saberlo. Y con ese acto sacrificó a la humanidad y su naturaleza. ¿Es ese el fin de lo humano o es su origen? El sacrificio es el signo manifiesto de la obediencia, la respuesta y la pregunta que formula el miedo en cada uno de nosotros y que tiene el rostro de
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lo abominable. La ciudad de Abraham es ahora el altar en el que se sacrifica la naturaleza. Otra vez el sabor del pez de arena. Siento nostalgia y miedo. ¿Hacia dónde me dirijo? Con las rodillas hendidas en la arena y los brazos extendidos hacia el cielo, grito al universo con una terrible desesperación que se mezcla con el llanto. Y vuelvo a gritar hasta que mi garganta se quiebra. Grito el nombre de mis padres para que me oigan y me lleven con ellos. Pero el viento proyecta mi voz hacia el infinito. Todo queda en absoluta calma durante un instante. No oigo el eco. El tiempo se detiene. Pero es sólo una treta del cielo, pues vuelve ahora el viento envuelto en arena. Se dirige a mí con toda su fuerza. El viento me devuelve el grito mezclado ahora con la tormenta de arena. Todo es furia y polvo. Me encierro en mí misma, encogida para ocupar el menor espacio posible en el mundo. Cierro los ojos hasta que pase el terrible enfado del infinito. He despertado la ira del desierto. Y sólo puedo esperar a que me perdone.

PEQUEÑOS GESTOS Dejo atrás a Karim pero no a su recuerdo. Y llego, tras mucho caminar, a las puertas de una pequeña ciudad. Unas mujeres, que están lavando ropa al borde de un pozo, ven el cansancio en mis ojos y el dolor en las llagas de mis pies, y me dan de beber y de comer. En cuanto bebo el primer sorbo me entra de repente la sed. En cuanto pruebo el primer bocado siento por primera vez hambre. Se crea una sincera expectación a mi alrededor. Los hombres y las mujeres me observaban, quieren saber quién soy, pero no reconocen mi forma. Sin el contorno, el contenido se desborda. El conocimiento debe circunscribirse a un ámbito para cumplir su fin. No entienden mi
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presencia, una niña sola que procede de las entrañas del desierto. No saben que me acompañan las almas de mi familia, que dejaron sus cuerpos en el río para seguirme desde las estrellas. Yo también observo. Esos hombres y mujeres se mueven con suntuosa ceremonia. Todo es gesto, pero gesto que contiene toda la sabiduría de un pueblo. En cada irreflexivo movimiento hay una poesía de las pequeñas cosas, una historia no contada pero sabida. Todo es tradición. La forma en la que sacan el agua del pozo; la manera de extender impecablemente, sin presencia de arrugas, la ropa sobre la madera, para luego acariciarla con la firme mano hasta que desaparece el sudor que la impregna. Y esa tradición, esos gestos, cuenta su historia. Nadie habla, nada perturba el hermoso silencio excepto el sonido de la tradición de sus movimientos. La textura de lo humano sólo se palpa en las pequeñas cosas de la vida. La tradición está llena de signos de supervivencia que permiten al hombre convivir con el hombre. Humanas son las humildes casas de adobe erguidas por las manos de sus moradores; humanos son la bondad y el auspicio; el amable paso hacia la casa del vecino para sentarse a su mesa a compartir el tiempo. La piedad es el reconocimiento de uno mismo en el otro. Y sin embargo nadie me reconoce en Sefarad. No por falta de piedad, sino por el celo. Nadie reconoce mis gestos, esos que definen mi humanidad. Esos gestos a través de los que viaja mi pueblo, la tradición de una tierra, los genes de una cultura, las enseñanzas de mis padres, y las de mis abuelos. Son gestos extraños para ellos, incomprensibles, que hasta pueden parecer caprichosos a sus ojos. Pero no puedo desprenderme de ellos, aunque quisiera. Isaac me dice que con el tiempo me acostumbraré. Pero yo sé que esté donde esté, no importa el tiempo que pase, seguiré siendo una extraña.

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CUANDO HAYAS DICHO
Un hombre se sienta a mi lado. No me quita los ojos de encima. El hombre no habla. Sabe de la importancia del silencio.

Le pregunto su nombre pero no responde. Oigo unos pasos. Una mano se posa sobre mi hombro. —No te va a responder. Me giro súbitamente y veo al artista ciego que me habla. —¿Qué haces aquí, ciego? —Ya lo ves, al final tuve que entrar. —¿Por qué? —No puede evitar la tentación. Me gustaba más la realidad que yo había creado que la que habían creado otros para mí. —¿Pero, y tus complejos? —Procuraré mantenerlos fuera. —¿Tú sabes por qué no me contesta este hombre? —Claro. Ya no le quedan palabras. —¿Qué quieres decir? —En esta tierra las palabras son muy valiosas, hay que ir con mucho cuidado con ellas. —Me consta que las palabras son valiosas en todas partes. —Y así es, pero aquí lo son de una manera distinta. Al nacer, a cada persona, se le asigna un número de palabras que puede pronunciar a lo largo de la vida. Cuando ha dicho la última, muere. —¿Y por qué? —Las palabras pueden ser armas muy peligrosas. Pueden contener revoluciones, bombas, subversiones, masacres, supersticiones y odio. —También crean belleza y poesía.
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—La palabra perdió su poesía cuando al hombre en su propia patria se le llama extranjero. Las palabras tienen la particularidad de, a la vez que crean el concepto, crear su justificación. El hombre se envenena con las palabras, se hace esclavo de ellas y esclaviza a otros. —¿Y de cuántas palabras disponen? —Eso depende de la persona. No se cuentan, pero cada uno sabe cuándo ha dicho todo lo que tenía que decir. —¿Y él lo sabe? —Sí, a él, Jamani es su nombre, sólo le queda una. Una vez invoque la última palabra morirá con ella. —¿Y qué palabra vale tanto como la vida, como para desprenderse de ella? —Hay un proverbio sufí que dice que no se puede detener la flecha cuando ya ha salido del arco, a menos que se haga a costa de la propia vida. Cada uno sabe cuándo ha llegado el momento. Intento ver en el interior de Jamani para descubrir su secreto, cuál es esa palabra por las que va a dar la vida. Pero necesito más tiempo. —Jamani, —le digo—tú ya lo has dicho casi todo en esta vida. Pero lo más importante aún está por decir. Deberías acompañarme en mi camino hacia Uruk, mi hogar. Quizá allí podrás recobrar las palabras perdidas, pues allí todo volverá a empezar. Tu silencio será mi guía. Lo que no nombres, no merecerá mi atención. Tú has comprendido lo que yo aún ni siquiera intuyo. No te puedes perder en el laberinto que crean las palabras porque ya has transitado por todos los caminos posibles. Jamani asiente con la cabeza y se levanta para situarse a mi lado. El ciego se echa el petate con sus acuarelas a la espalda y empieza a abrir camino.

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EL SER TRÁGICO Un hombre sentado al borde del poyete que bordea el pozo no me quita los ojos de encima. Parece un hombre corriente, de edad indefinida, de constitución imprecisa, de apariencia prácticamente invisible, que se mimetiza con los elementos, como formando parte de ellos. Tanto que parece no existir, o quizá de haber estado ahí, en el mismo lugar y en la misma posición toda la vida. No habla, parece comprender el secreto que se halla en el silencio. Pero con su mirada penetra la carne que me envuelve intentando vislumbrar el alma. En él hay mucha piedad, mucha comprensión. Un anciano que se encuentra a su lado se dirige a mí: —¿Qué te ha ocurrido? ¿Qué haces aquí sola? Encuentra la respuesta en mis ojos. Me tiende su arrugada mano y yo se la cojo. Mientras atravesamos la polvorienta calle echo un último vistazo al hombre silencioso que se ha quedado solo y que me sigue con su mirada. El anciano lleva una sonrisa dibujada en la cara, y eso me da confianza. Llegamos hasta una pequeña casa. Para entrar hay que atravesar un patio. En él, unas gallinas picotean convulsamente el grano que les lanza una anciana mujer. Ésta detiene su ritual y pregunta: —¿De dónde ha salido? La mujer se refiere sin duda a mí. —No lo sé. Alá nos la ha enviado. Quizá para llenar de nuevo nuestros corazones. No habla, pero sus ojos me cuentan su sufrimiento. —¿Otra vez las milicias? —Es posible. No van a parar hasta que no quede nadie en esta tierra —murmura el viejo hacia sus adentros. —¿Y qué vamos a hacer con ella? El anciano permanece mudo. Coge aire y lo guarda en sus pulmones mientras busca una respuesta, pero no la halla. La mujer entiende el silencio y no pregunta más. El anciano se sienta fatigosamente
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en una silla de madera que se encuentra premeditadamente al lado de la ventana, y clava sus ojos en el paisaje. Por la manera en que lo hace deduzco que es algo que hace todos los días. Seguramente lleva mucho tiempo practicando ese ritual. Pasan días, y el anciano sigue contemplando el paisaje. Yo me siento a su lado para descubrir qué es lo el anciano mira con tanta insistencia a través de la ventana. ¿Qué es lo que hoy hay en el paisaje que no se encontraba ayer? Pero todo permanece inmóvil. Nada ha cambiado durante estos días bajo la luz del sol. De repente, el sonido del aletear de un pájaro posado en el alféizar de la ventana le despierta de su sopor. —Alá me ha enviado un mensaje. Debo encontrar a su familia —dice el anciano con vivo carácter—. La llevaré a Bagdad. Allí Tengo un amigo, Yusuf, ¿te acuerdas de él? Tenía una tetería muy frecuentada por personas influyentes de la comunidad. Yusuf era amigo de algunos de ellos. Seguro que puede ayudarnos. —Bagdad está muy lejos. Y es muy peligroso ir hasta allí tal como están las cosas – replica su mujer, que nunca está a más de dos metros de él. —Lo sé, pero debo hacerlo. Ella debe encontrarse con los suyos, nada hay más importante que eso. —Pero lo más probable es que ya no le quede nadie —le dice su mujer en voz muy baja para que yo no pueda oírlo. —Es posible, pero debo intentarlo. Quizá sea lo único con sentido que me quede por hacer ya en esta vida. Sólo así podré cruzar el umbral hacia la otra vida con la cabeza bien alta. Hace tiempo que he cerrado los ojos a lo que está ocurriendo en nuestra tierra. He justificado lo injustificable, sólo para tener algo de sosiego a mi alrededor, pero no es más que un espejismo. Nada de lo que ocurre se puede justificar, ni siquiera explicar. Tú me dirás que no podemos hacer otra cosa que mirar hacia otro lado. Quizá tengas razón y sea la única forma de sobrevivir. Pero si se presenta la ocasión de hacer
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algo por cambiar las cosas, debemos hacerlo. Esta niña es nuestra esperanza, la señal de que las cosas pueden ser de otra manera. ¿No lo ves? La mujer entiende lo que el anciano le dice. Lo mira como si fuera la última vez que lo va a ver y prepara resignadamente un saco para el viaje. Me da un chador azul que me pongo sobre la ropa que llevo. El anciano y yo nos dirigimos hacia la casa de alguien. Allí, me dice, un amigo suyo, un antiguo miniaturista que realizó auténticas obras de arte para el Sha, me hará un documento con el que poder moverme sin problemas por el país. No tarda demasiado. Eso, dice el artista, es pan comido para él. Ya con documento en la mano nos apresuramos hacia el pozo. La cabeza del anciano va más rápido que sus pies, lo que desequilibra su gravedad a cada paso, dando una imagen de tententieso que me hace sonreír por un momento. Llegamos al pozo y el hombre que no habla sigue allí, sin mover un centímetro de su cuerpo. Nuestra prisa choca violentamente con un tiempo que se mueve despacio. —Este es mi amigo Alí. Él nos llevará a Bagdad. Es el único que tiene coche en el poblado. Alí tampoco habla. Durante la guerra contra Irán se reveló cuando vio que la sangre de su enemigo era del mismo color que la suya. Arengó a sus compañeros para que abandonaran las armas y marcharan con él a los montes. Sus palabras germinaron en el espíritu de muchos. Llamó al extranjero hermano y devolvió la poesía a la palabra que los hacedores de la guerra habían mancillado. Muchos le siguieron pero el poder tiene las manos muy largas y oídos en todas partes. Alguien le delató y acabaron con sus palabras para siempre. A él no le mataron, pero sí a sus compañeros y a su familia. Le obligaron a presenciar las ejecuciones y le dejaron con vida para que el tormento se instalara en su corazón para siempre y pudiera contar lo que les sucede a los que no siguen las reglas. Y desde entonces nunca más ha salido palabra alguna de su boca. Pero yo siempre ando cerca por si algún día se le cae alguna.

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*** Leyendo a Homero desde la distancia, ahora entiendo las palabras del anciano. La verdadera poesía nace del dolor porque el verdadero hombre es un ser trágico. Para que algo sea nombrado tiene que haber irrumpido en el mundo con soberana violencia. Sólo así es percibido. El amanecer es más bello cuanto más oscura ha sido la noche. Hay que seguir luchando con el verbo aún después de muerto.

NOSTALGIA
Los dos hombres me siguen. Al principio el ciego se apoya en Jamani, pero pronto empieza a andar por su cuenta, como si ya conociera el camino.

Dejamos atrás decenas de dunas, que sin esfuerzo atravesamos. El paso es firme, y delante el ciego abre un sendero entre arenas que facilita nuestro tránsito. El paisaje cambia de color a cada paso, pero no encontramos alma humana. Llega la noche y decidimos descansar. En el sueño encuentro a mis padres. Sólo en ese espectral solar de la realidad, vacío de materia y de color, puedo volver a sentir el reposado aliento de mi madre; y a caminar junto a mi padre por la ribera del río, observando en silencio el vuelo de las aves. El sueño es mi lugar secreto, el desván de mi infancia en el que encuentro las palabras perdidas con aroma a jazmín con las que alimenté mi espíritu de pequeña. Un espacio en el que puedo ser feliz. Allí hablo con mis padres. Les hago las preguntas que el tiempo no me dejó
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hacer. La muerte se adelantó. Pero cada pregunta cae inerte en la arena después de rodar por mis mejillas; y despacio crece un árbol, en mismo lugar en donde las lágrimas buscaron la tierra, hermoso y robusto, como un Dios de la fertilidad. La tenue luz del alba hace brillar las pequeñas hojas cubiertas de un rocío que huele a sal. Y bajo cada hoja se esconde una minúscula fruta exótica por su forma y color, a cual más apetecible. Pero enseguida me doy cuenta de que no es un árbol como los demás, pues cuanto más me acerco a él más pequeño se hace. Cojo una de esas pequeñas incertidumbres de color pastel y me la llevo a la boca. Al comerla mi paladar se inunda de un sabor desconocido. Y en mi cabeza reverbera una respuesta: «Leve será la tierra, porque leves serán tus pasos. Pero cada paso que doy deja una profunda huella en la arena, porque a mis espaldas cargo con la pesada casa que me vio nacer. Y esa casa está llena de gestos que un día cocinaron mis abuelos para que comieran mis padres para que comiera yo. De barro me hicieron, como vasija, con arcilla de mi tierra, para que en todas partes reconocida fuera…pero comprender es mirar dentro, en ese espacio vacío que aún está por llenar. Encadenada nací a una piedra, a una idea, a una palabra y a un sentimiento. Y allá donde voy me acompañan. Pero ya no entierro a los muertos porque ya no queda un trozo de tierra virgen. Cada gesto me delata, cada mueca te dice de dónde soy. Y busco alguien que algún día eche tierra encima de mí». La duda me abraza. —¿Qué significa?—pregunto impaciente. El ciego se mesa la barba: —Ajda, los dioses suelen manifestar sus opiniones de las formas más inesperadas, utilizando la naturaleza para comunicarse con nosotros. Recuerda sino el diluvio. Con tus lágrimas has despertado su
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curiosidad. Con ellas has regado las semillas del árbol que conecta los dioses con los hombres, lo ideal con lo concreto, lo pasado con lo futuro, llamado por ello de la nostalgia. Antes de ser expulsado el hombre del Edén, antes de que hubiera nada por lo que sentir nostalgia, era conocido como el árbol del conocimiento del bien y del mal. Pues la nostalgia es el conocimiento de lo que es esencial para cada uno, el deseo doloroso de regresar al hogar. Pues sólo en la ausencia el sentimiento dibuja con nitidez en tu mente el objeto que falta. Y es con la distancia que el árbol crece, como crece el deseo hacia la persona amada cuando lejos se halla. Y cada fruto que de él pende es la respuesta a una pregunta no planteada por la razón, pero que yace latente en cada lágrima que derramas. Son respuestas que encontrarán su pregunta en el lugar de destino. La tierra que te aguarda es la pregunta, la tierra de la que provienes es siempre la respuesta. —¿Pero qué significa? —Habla del extranjero. De Ulises, de Antígona, de Jamani, de ti y de mí, y de todos aquellos que no pudieron enterrar a sus muertos. Escucho lo que el anciano me dice pero no puedo evitar llevarme otra fruta a la boca. «Adopta la forma de su recipiente, del cuerpo que lo contiene. Se adapta al medio para sobrevivir y sólo se alimenta de ideas que luego regurgita en forma de acciones. Transforma las emociones en llanto o en sangre, según le convenga. Nunca se quiebra, es flexible, y siempre recupera su estado original. Es la manifestación de la mente, huérfana de imagen, que fue traicionada por Narciso. Se expande por la tierra hasta el infinito, para replegarse al instante dentro del cuerpo. Es uno y múltiple a la vez. Está en todas parte… y en ninguna. No existe nada fuera de él, y existe todo. Todo lo que toca es poseído por él, pues cuando una cosa es suya lo es para siempre».
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—¿Y ésta, qué quiere decir? —No sé… puede que hable del conocimiento, o del ego, o quizá hable de Dios, pero solo tú sabes la pregunta que formulaste. Como otra más grande para aclarar mis dudas, y en mi cabeza resuena otra respuesta que en nada resuelve la anterior: «Alguien les prometió la luna, pero la luna nunca bajó hasta ellos. Las promesas están hechas de partículas de humo, que se desvanecen en la mano. Las promesas engendran ilusiones. No tienen forma, pero nos dan aliento. La imagen de las promesas se desenfoca, como el objetivo de una cámara perezosa. Sólo la obstinación es capaz de cambiar el ángulo». —¿Qué significa? —Ajda, yo no puedo ayudarte. Recuerda que cada respuesta hallará su pregunta en la nueva tierra. No olvides que es la nostalgia la que te habla. Y nada hay más personal y secreto que el diálogo con el dolor. —Quizá hable de Isaac y de los niños con los peces hechos de la arena de un desierto que se les escurría entre los dedos, de una tierra hecha sólo de promesas. —Promesas que se trocaron por armas —dice el ciego. —¿Y tú cómo lo sabes? —Yo también estuve allí, con mi pincel. Quiero conocer todas las respuestas así que me voy comiendo todas las frutas, una tras otra hasta casi atragantarme. La ansiedad recorre todo mi cuerpo, de pies a cabeza y se instala en el corazón. ¿Qué puedo hacer yo con estas repuestas? ¿Qué es lo que la nostalgia intenta decirme? —No hay mucho tiempo, Ajda. Hace ya tiempo que la muerte nos pisa los talones. Tiene prisa por devorar lo que a su paso encuen67

tre. La muerte tiene hambre de lo humano. Hay que encontrar las preguntas antes de que la muerte te encuentre a ti.

DIGNIDAD El viaje a Bagdad es largo y la noche empieza a hacerse con la carretera. Y antes que la oscuridad llene también el espacio que queda entre nosotros el anciano le señala a Alí un desvío que nos aleja del camino y que nos lleva hasta una pequeñísima aldea en medio de la nada. Alí detiene el coche frente una casa de color ocre. —Aquí vive mi primo —dice el anciano—. No os dejéis engañar por su aspecto. Es un buen hombre, aunque algo tosco. Aquí podremos pasar la noche. Se abre la gran puerta de madera de la casa tras la cual se esconde la figura de un gigante con ojos de lechuza que nos observa receloso. Pero al reconocer al anciano su barbilla se relaja y se abalanza sobre él para estrujarle cariñosamente entre sus enormes brazos. —¿Cómo se os ocurre andar por aquí en coche a estas horas de la noche? —le dice su primo al anciano con una voz de ultratumba mientras entramos en su casa. —Tengo que llevar a esta niña a Bagdad. —¿Bagdad? ¿Y qué se le ha perdido en Bagdad? —Alá la ha puesto en mis manos para probar si merezco un lugar a su lado. Me queda ya poco tiempo y aún no está seguro de mí. —¿Y por qué Bagdad? —Debo llevarla con su familia, esa es mi prueba. En Bagdad vive mi amigo Yusuf. Él nos ayudará. —Es mejor que vuelvas a casa, primo. Las cosas están muy mal por allí. Si algo vas a encontrar será sin duda la muerte. —Es preciso que encuentre a su familia.
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—Es sólo una niña. Se acostumbrará a la pérdida —le contesta el gigante mirándome de reojo. —Ya nos hemos acostumbrado demasiado a la pérdida. Desde que nacemos nos vamos desprendiendo de nuestra esencia, de todo aquello que nos hace verdaderamente humanos, todo por la fuerza de la costumbre. Dejamos de ser niños cuando perdemos la inocencia. Dejamos de ser jóvenes cuando perdemos las ilusiones. Dejamos de ser hombres cuando perdemos la dignidad. Muchas de las cosas que damos por hecho no son más que perversiones del hombre. ¿No crees que ya nos hemos acostumbrado a demasiadas cosas? ¿No serás ahora tú también como ellos? —No, primo. No soy como ellos. Ya lo sabes. Pero debo proteger a mi familia. Aquí se han vuelto todos locos, y es mejor parecer un loco y seguir vivo que ser un cuerdo muerto. —Quizá tengas razón. Pero yo no puedo desprenderme de mi humanidad así como así. Yo también quiero proteger a mi familia, pero qué ejemplo daré a mi hijo, que con Alá se encuentra ahora, si abandono a esta niña a su suerte, para que muera sola en el desierto. No hay hombres si no hay dignidad. Y no hay dignidad sin humanidad. Me pueden quitar mi casa, o la tierra sobre la que se erige, o arrancarme de esta vida para siempre. Pero si me quitan la humanidad no soy nada más que un objeto inerte sobre una tierra que no me pertenece, sin origen ni destino. Ahora la muerte nos persigue, pero debemos adelantarnos a ella para ganar el mayor tiempo posible. —Está bien. Podéis quedaros esta noche, pero debéis partir antes de que salga el sol, antes de que nadie os pueda ver. Sentados a la mesa, compartimos el alimento y el recuerdo de los buenos momentos, aquellos que perduran en la memoria, aquellos que construyen la mitad buena del hombre. En la tertulia noctámbula encontramos algo de sosiego, y aunque estamos inmersos en la tragedia, la risa compartida nos devuelve al ser natural, despojados de las convenciones y los prejuicios que han quedado esta noche en
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el umbral de esta morada. La diferencia se queda en la puerta, hoy no traspasa la piel mientras estamos juntos. Los niños, más pequeños que yo, juegan alrededor de la mesa. A ellos no les importa nada más que lo esencial.

JAFET Cada día transito las mismas calles en Sefarad. Eso ayuda a que todos los días se parezcan. El exceso de melancolía convierte la arquitectura que me rodea, como el paso de los días, en hormigón deslucido. Por eso hoy he cogido una calle distinta para ir al trabajo. Y me he detenido frente a una pequeña tienda camuflada entre dos soportales que la engullían. Me he detenido porque un intenso olor a especias me ha hecho creer por un instante que me encontraba en mi hogar, y he entrado para asegurarme de que no iba a encontrar a mis padres en la trastienda. El dependiente, un hombre ya mayor, que con sus pequeñas gafas redondas pegadas a los ojos lo escruta todo desde muy cerca, me ha dado unos gramos de sumac para el pescado, tal como le he pedido. Con una cucharilla, de plata para no contaminar la especia con óxido, ha ido poniendo y sacando grano a grano del sumac en una balanza antigua de contrapesos, hasta obtener la cantidad precisa. Para la tarea ha empleado toda su atención, como si en ese momento nada importara más que obtener la cantidad exacta y entregar la mercancía tal como había sido solicitada, aunque eso sí, sin perder un solo céntimo. Ha metido el sumac en una bolsa de papel y me la ha dado. No sé cómo se llama pero yo lo he bautizado con el nombre de Jafet, como aquel hijo de Noé, pues ya he conocido a este hombre antes, quizá porque usa la balanza para conocer no sólo el peso de las especias sino también el de sus compradores. Antes de irme he echado una mirada de reojo en la trastienda, pero allí no estaban mis padres.
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LA LISTA DE PIEDRA Mientras caminamos oigo al ciego recitar unos versos:
Y en la soledad de la estancia, veo recortada por el sol una silueta que mantiene en la oscuridad a un hombre.

Está sentado en la arena con un curioso artilugio delante que tiene la forma de una balanza. A ella se sube hombre tras hombre de una larga fila que llega hasta donde la vista se pierde. Después de meticulosas calibraciones, el hombre que los pesa hace sus anotaciones en un libro. Nos acercamos hasta él. —¿Por qué pesas a estos hombres? –le pregunto. —Porque es mi trabajo. —¿Y en qué consiste tu trabajo? —Eso a ti no te incumbe. Y ahora te agradecería que te apartaras del medio, me tapas el sol y en la sombra no puedo ver. —No me iré hasta que me contestes. —La obstinación es una cualidad muy incómoda para los que son víctimas de ella. Y además, ¿quién eres tú para decirme lo que debo hacer? —Mi nombre es Ajda de Uruk. El hombre coge el aparatoso libro y busca en sus páginas. —Ajda, Ajda…, no te encuentro. No estás en el libro, por lo tanto no existes. Y yo no hablo con la nada, soy ante todo un hombre pragmático. Por eso hago este trabajo. —¿Pero en qué consiste este trabajo?
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Como el hombre allí sentado intuye que no le voy a dejar proseguir su trabajo, sea este el que sea, si no me contesta, me dedica unas escuetas palabras: —En pesar a los hombres. —Eso ya lo veo, ¿pero con qué fin? —El fin, el fin… El fin lo es todo. El fin establece el orden en que deben desarrollarse los sucesos previos, y sin ese orden no hay ley para que los hombres guíen sus actos, y sin ley nadie sabe lo que debe hacer. —¿Y pesando a los hombres estableces la ley? —Exactamente. Yo, Jafet, necesito saber su valor para establecer la ley. Primero están los hechos. Luego el juicio que los hombres hacen de éstos. Pero, y aquí está el problema, cada hombre emite un juicio distinto. Y de esa forma no puede existir un orden que lo rija todo. Por lo tanto, sólo hay que tomar en cuenta el juicio de los que tienen más peso en el mundo. —¿Qué quieres decir, que cada hombre tiene un valor en el mundo según su peso? —Sí, claro. Cuanto más pesan más valen. Luego yo los clasifico y los devuelvo al mundo. Tú deberías ponerte en la cola. Todos los hombres deben pesarse para encontrar su lugar en el mundo. Aunque si no existes va dar igual. No hay sitio para ti en el recuento. Los que no tenéis patria no merecéis estar en la cola, la ley no se hace para vosotros.. —Me parece que eso que dices no tiene fundamento. —Claro que lo tiene. El hombre más débil está al final de la cadena humana. No tiene otra utilidad más que servir al hombre fuerte, que debe sostener al resto. Su peso así lo determina. El hombre fuerte se impone por su peso, protege a los demás. Su peso es la suma de los hombres que ha matado con sus manos. Aunque el hombre débil puede liberarse de su suerte si tiene oro suficiente con el que pesarse, o pagar a quien lo pese —aunque negaré haber dicho esto ante un tribunal si intentas utilizarlo en mi contra—.
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—No es mi intención…, pero continúa por favor. —Si la suma del peso de los hombres que ha matado y el del oro que posee es superior al del hombre más fuerte, entonces tendrá más valor. Así es como se ordena el mundo. —Pero yo no estoy de acuerdo con lo que dices. Porque en tu clasificación dejas fuera el peso de la memoria de los sueños, de aquello que el hombre quería ser y ha olvidado que podía ser por culpa de tus absurdas leyes. Los sueños deben ser las columnas que sostengan la verdadera ley. —¿La memoria de los sueños, dices? La memoria no pesa, es ligera como el viento. No se puede ver ni se puede tocar, no tiene sustancia alguna. ¿Qué valor puede tener algo tan intangible como el viento? ¿Y los sueños? Los sueños son ínsulas a la deriva en la inmensidad del mar ¿Cuántos hombres han naufragado al intentar llegar hasta ellas? Hay que evitar que los hombres se ahoguen, pues es necesaria mano de obra abundante para construir el mundo. —El viento no se puede ver ni se puede tocar, pero sus efectos son poderosos. El viento, cuando es benévolo, mueve el molino con el que haces el pan que te alimenta. Pero cuando enfurece puede llegar a destruir ciudades enteras. Puede destruir al hombre. Lo mismo ocurre con la memoria. No podemos verla, pero sí sus efectos. La ciudad que habitas es fruto del conocimiento humano que antes fue sueño. Cada hombre de los que están en la cola soñó una parte y sólo cuando los hombres comparten ese sueño se convierte en memoria. La ciudad ha sido proyectada según sus reglas. Me puedes decir entonces ¿cuánto pesa la ciudad? ¿Cuánto pesa la humanidad entera? Jafet escucha mis palabras sin que éstas perturben su ritual y sigue pesando a los hombres según sus reglas. En un ataque de rabia le arranco el libro de las manos. —¿Qué haces? ¡Devuélveme el libro, sin él no hay orden posible! —me grita Jafet. —Te propongo un trato. Te devolveré el libro si junto a las cifras
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escribes los sueños que alberga la memoria de cada uno de ellos. —Ya estás diciendo tonterías de nuevo. Los sueños no se pueden cuantificar, y además, ¿no te das cuenta de que cada uno procuraría por su propio bien? Eso sería el caos absoluto puesto que la mente humana tiene rincones que es mejor no visitar, créeme, yo he estado ahí. —Entonces te propongo que reflejes en el libro sólo los sueños que benefician al prójimo y les das un valor según contribuyan al bienestar de los demás. Me parece que eso sí tiene peso, ¿no crees? Todos somos el prójimo de alguien, con lo cual, al contribuir al bienestar de los demás creamos el nuestro propio, pero sin que el mal pueda penetrar en la ley. Jafet piensa en mis palabras mientras frunce el ceño ligeramente. —Está bien, escribiré sus sueños –sentencia el hombre no sin ciertas muestras de orgullo por creer haber tenido él la idea. —Pero antes dejadme añadir algo —dice el ciego que sale de detrás de mí como si fuera mi sombra—. Suele suceder que los hombres se unen por sus recuerdos, por los sentimientos que comparten sobre una historia común. En ese caso se forma una memoria incompleta, que excluye al que no lo comparte. —Tienes razón —añado yo—. Eso es muy peligroso. Es necesario, pues, escuchar a todos sin excepción. Cada hombre de la larga fila escribió lo que quería para los demás, y así fue escrito el libro de los libros, el libro de la memoria de los sueños. Tal era la poesía allí contenida que sabios de todo el mundo al enterarse de la noticia acudieron allí para realizar una traducción para su propio pueblo. Ese proceso alquímico de la lengua que se produce al transformar unas palabras en otras dio como fruto distintos libros. Unos lo llamaron La Biblia, otros El Corán, otros el Libro de los Muertos, o el Gilgamesh, o El Talmud, Los Upanishads, y el I Ching. Pero aunque todos partían de la misma raíz, cada sabio
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aportó algo que hacía distinto a cada libro. En cada lengua el libro se escribía de una forma diferente. Eran las mismas palabras, pero la caligrafía modificaba su sentido. De repente, como una arcada acude a mí una respuesta del árbol de la nostalgia: «Dionisos el mago, padre e hijo del vino, que fue su amante y enemigo. Luchan de día, se aman de noche, para erigirse garantes de la luz. Pero el caldo quiebra los juegos de lo consciente, alumbrando así la metamorfosis de la razón. Todo lo que toca adquiere otro color. Engaño perverso sin el cual no existiría el ser humano.» Vuelvo a tener la sensación de ingravidez. Mi cuerpo ya no tiene suficiente lastre como para caminar segura sobre la arena. Algo de lo que aprendí se va quedando por el camino. Me siento cada vez más desnuda. Los hombres han escrito su pasado y con él han sellado su destino.

LA SILUETA DEL HOMBRE EN LA CARRETERA Por la mañana temprano partimos hacia Bagdad. Aún no hay imágenes en la carretera, sólo oscuridad. Alí pisa algo más el acelerador por orden del anciano. Y el coche parece desmontarse a cada bache que encontramos por el camino. Yo sigo en el asiento trasero, con el sueño aún en mis ojos. La carretera crea una suave simetría en el paisaje, como punta de lanza atraviesa el mar de arena que nos rodea por arte y magia de la perspectiva. Como telón de fondo, el cielo
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azul sin mácula que se proyecta hacia un infinito imaginario. ¿En qué paleta se han mezclado estos colores? ¿Qué artista ha trazado las líneas maestras? ¿Cómo algo tan sencillo puede ser tan bello? Dos mitades exactamente iguales de una imagen que lleva hacia lugares opuestos. Esta carretera fue en tiempos de Sargón una importante ruta comercial. Por ella transitaban caravanas con valiosos cargamentos. No creo que el paisaje de aquellos hombres de hace 4.000 años sea distinto al que veo yo ahora a través de la ventanilla. Entonces la ruta no era muy segura, siempre expuestos a los depredadores y asaltadores de caminos en busca de presas fáciles. Tampoco eso ha cambiado. Delante de nosotros detenida, vemos la figura recortada por el sol de una silueta que mantiene en la oscuridad a un hombre. Detrás de él una hilera de hombres con kalashnikovs en sus manos. —No os preocupéis, dejadme a mí –dice el anciano mientras veo la muerte rondar por su cabeza—. Son insurgentes. Alí suelta el acelerador hasta detener el coche. La silueta de la carretera le indica a Alí que baje la ventanilla, y en un tono muy serio, tanto que parece enfadado, le pide la documentación. Nos mira de arriba abajo antes de pronunciar la sentencia, lo que hace que el aire dentro del coche se congele hasta congelar también nuestros cuerpos . —¿A dónde vais? —pregunta después de ojear los pasaportes. —A casa de mi primo —contesta el anciano con un hilo de voz—. Es su cumpleaños y vamos a celebrarlo con él y con su familia. —Y él, ¿por qué no habla? —señalando a Alí. —Es mudo. —Entonces no meterá la pata —suelta una carcajada que imitan maquinalmente los demás hombres que le acompañan. Nos devuelve los documentos. Todo parece en orden, no hay motivos para no poder continuar el viaje, pero el hombre del kalasnikov añade unas palabras que frustran de golpe nuestra ilusión.
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—Si queréis continuar debéis darme un millón de dinares. En ese mismo instante me veo ya muerta en la carretera junto a los cuerpos de mis amigos también sin vida. —Pero no tenemos un millón – dice febrilmente el anciano. —¿Cuánto tenéis? Nunca hubiera imaginado que se podía negociar con la vida. —Tenemos 100.000 a lo sumo. —Está bien, dámelos. El anciano se los da sin protestar. ¿Quizá nos dejen marchar? —Muy bien, ahora sólo os faltan 900.000 dinares. No iba a ser tan fácil. —Pero no tenemos esa cantidad. —¿Cuánto os queda? —¡Nada!, te lo hemos dado todo. —Está bien, bajad del coche. Ahora sí que estamos muertos. Alí baja del coche temblando. El anciano lo hace con serenidad disimulada. Me abre la puerta para que también yo pueda bajar. —Me llevo vuestro coche como fianza —dice el hombre siempre con el fusil en la mano para que no dudemos de quién manda. —Y qué vamos a hacer nosotros ahora, aquí en medio de la nada —dice el anciano. —Debéis ir a buscar los 900.000 dinares que os faltan. En cuanto me los deis os devolveré el coche. Los insurgentes se suben a los vehículos y abandonan el lugar, de la misma forma que nos abandonan a nosotros a nuestra suerte. A falta de dinero, bueno es el trueque: nuestra vida por un coche. Visto de esta manera salimos ganando. Y allí nos quedamos, viendo la estela de humo de los coches que se alejan con nuestra esperanza. —Al principio fue la oscuridad —dice el anciano—, luego la luz. Y en medio, en una tierra bañada por ambas, el hombre. Todos tenemos esa esencia grisácea que nos hace ambiguos, dependientes
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del instante, del instinto y del conocimiento, del azar y la gracia. No juzguéis a esos hombres hasta conocer la causa de sus actos.

NO JUZGUÉIS Isaac me mira perplejo. —¿No juzguéis? ¿Qué estaría pensando el anciano? Esos hombres os dejaron en el desierto para que murierais. ¿Qué es esa tontería de la oscuridad y la luz? —Para conocer al hombre en todas sus dimensiones, de lo que es capaz, hasta dónde puede llegar, cuáles son límites, las fronteras entre lo divino, lo humano y lo animal, debes haber nacido en una tierra como la mía. Si quieres saber cuál es su verdadera naturaleza dale al hombre la posibilidad de ser feliz. Ponle en sus manos lo que más desea, y verás cómo se le escurre como arena entre sus dedos, porque en ese mismo instante, en lugar de pensar en lo que tiene estará pensando en cómo conseguir más. El pueblo nunca ha podido disfrutar de las regalías de su propia tierra. Dios nos castigó con el petróleo cuando regó las entrañas de Iraq con él. Al principio no tenía ningún valor, no era más que un líquido viscoso sin ninguna utilidad para los hombres. Pero con él Dios nos puso a prueba para escoger a los justos entre los hombres. Nunca ningún ciudadano honrado ha visto un céntimo del petróleo. Siempre había alguien que ponía la mano por encima de la nuestra cuando el maná negro llovía del cielo. Los poderosos siempre mantienen a su pueblo en la pobreza para poder culpar a alguien de ello. Así se crean los enemigos y los ejércitos para combatirlos. —¡Es lamentable! —Fue lamentable, pero en ese momento pensé en que sólo yo
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podría cambiar la percepción de todo ello con un simple gesto. —¿Un gesto? —En el calor del desierto recordé cómo mi padre me enseñó a escribir. Era una tarde soñolienta, una tarde de esas que recibe el espeso aire procedente de la cocina del desierto, que llena los pulmones de asfixiante calor. Yo estaba sentada en el alféizar de la ventana de nuestro hogar saludando al tiempo, que me abandonaba al conocerme para no regresar jamás. Mi padre se acercó a mí con una rama en la mano y con la punta dibujó en la arena una línea que se curvaba hacia arriba. «Ésta», me dijo, «es la primera letra del alfabeto. Esta línea es el origen del bien. Su poder es superior al de los dioses, pero hay que usarla con honestidad. Esta es la única regla de su gramática». Mi rostro expresaba desconcierto. «¿Cómo puede ser tan poderosa una letra, si no es más que una línea curvada?», le pregunté. «Bueno, falta que ahora tú dibujes el contorno. Sin el contorno, el contenido se derrama. Dibuja un círculo a su alrededor y verás lo que digo». Y así lo hice. Dibujé un círculo que enmarcaba la línea y apareció ante mí una cara sonriente. «La sonrisa es el principio de todo lo bueno. No necesitas escribirla en la arena. Lo puedes hacer con tu rostro», me dijo. Ambos esbozamos una sonrisa de complicidad y en aquel instante entendí lo que me decía. En el diálogo entre nuestras sonrisas se hallaba el origen de todo el amor que yo sentía por mi padre. Intenté escribir esa sonrisa en mi rostro para alentar a Alí y al anciano, pero el intento se tornó mueca desdibujada que en nada se parecía a lo que me había enseñado mi padre.

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EL PUENTE
Seguimos camino hacia lo desconocido. Hasta que un río nos detiene.

En la orilla unos hombres sentados en el suelo, mirando fijamente el devenir del río, sin mover un solo miembro de su cuerpo, casi sin pestañear. En la otra orilla otros hombres sentados de la misma manera. Me inquieta la imagen que se ha formado ante mí y me acerco silenciosa a uno de ellos. —¿Qué hacéis aquí sentados? —Esperar. —¿Y qué es lo que esperáis? —La turbulenta corriente se ha llevado el puente. No es posible cruzar el río. Hay que esperar. —¿Pero, esperar a qué? —A que el puente se forme de nuevo. —¿Y quién lo va a hacer? —Alguien vendrá. Siempre llega alguien y lo endereza. —¿Y si no viene nadie? ¿Por qué no lo hacéis vosotros? El hombre se encoge de hombros. —Siempre viene alguien. —¿Cuál es tú nombre?—le pregunto. —Mi nombre es Cam. Le pregunto el nombre porque en el nombre está el origen y en el origen está el destino. Así me lo enseñó mi padre. Esperamos con ellos. El cielo desata su ira y nos manda una fuerte lluvia. No hay donde guarecerse, pero yo uso el sudario de Sara que milagrosamente me mantiene seca. El río arrastra cadáveres que pasan ante la mirada resignada de los que esperan. Y seguimos esperando. Más hombres van llegando a ambos lados de la ribera. Se van amon81

tonando hasta llenar ambas márgenes. Pero siguen esperando. La luna, el sol, de nuevo la luna y de nuevo el sol. Y van llegando más y más hombres. Todos esperan. Algunos mueren de frío, otros mueren por el calor. El río se lleva sus cuerpos. Y yo observo. Llega Jafet con su balanza, que cuelga de sus fornidos hombros. Sin mirar a nadie, coge el tronco de un árbol que encuentra cerca de la orilla, y luego otro que une al primero con las flexibles ramas de un arbusto. Poco a poco lo hace llegar hasta la otra orilla. Yo, el ciego y Jamani le ayudamos. La punta del tronco toca por fin la orilla contraria. Ahora es posible cruzar. Cruza Jafet, y cruzamos nosotros. De súbito se sube corriendo al tronco otro hombre detrás de nosotros, que pierde el equilibrio y se precipita, sin poder agarrarse a ningún sitio, a la corriente que le arrastra. En la lejanía puedo ver aún sus brazos blandiendo al viento. Una vez en la otra orilla Jafet empuja el improvisado puente hacia la corriente. —¿Por qué tiras el puente? —le pregunto a Jafet. —Es el destino. Yo no puedo hacer nada. —Claro que sí. Podrías haber dejado el puente como estaba, para que cruzaran los demás. —Eso no está en mi naturaleza —me dice mientras se aleja. Me acerco a uno de los que esperan, le tiro de la túnica con fuerza, y le digo en un tono arrebatado: —Has visto que el puente estaba construido pero no has hecho nada para que Jafet no lo volviera a derribar. El hombre me mira y me dice sosegadamente: —Eso no está en mi naturaleza. —¿Y el hombre que ha caído al río, por qué no le habéis ayudado? —La ley de Hammurabi dice que si ese hombre es culpable se ahogará, si es inocente sabrá salir nadando. —¿Culpable de qué? Ese hombre no ha hecho nada. —Culpable de querer tener una vida mejor que la nuestra.
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Veo la sombra de la muerte acercarse con sigilo tras los montes. Otros hombres van llegando. No es posible cruzar. Esperan y esperan. Pero nosotros tenemos que movernos deprisa. Y mientras abandonamos el lugar me habla el árbol de la nostalgia: «El doble onírico, Hiper—Hipo. Desde que nacieron se buscan mutuamente. Nunca se han visto, no obstante uno está dentro del otro. Uno lleva la cara pintada, el otro tiene arrugas. Hiper sonríe, Hipo llora. El primero se pierde, el segundo se encuentra. Hiper se muestra al mundo, Hipo se esconde de él. Yo seduje al primero para que subyugara a su hermano, y éste se escondió en lo más profundo de su ser. Pero en los momentos de lucidez lucha por rescatarlo. »

CONFUSIÓN El anciano, Alí y yo seguimos la carretera. Bagdad queda demasiado lejos para ir andando. Pero eso no detiene nuestra marcha. El destino sólo se encuentra en el movimiento. Ya cuando la sed se hace insoportable para nuestros cuerpos llegamos a un pueblo que nos hace olvidar nuestra suerte. No es un pueblo grande, y todo se encuentra medio en ruinas. No queda una sola casa como fue proyectada. Se nota que el fuego se ha cebado con ella. No tiene un rostro amable. Todos los elementos que la componen se hallan dispersos. La gente se encuentra en la calle, corriendo de un lado para otro, respirando el polvo que levantan al pisotear casi al unísono el asfalto levantado. En un abrevadero para camellos podemos saciar la sed, y en los contenedores de basuras encontramos restos de comida que nos llevamos sin escrúpulos al estómago para poder continuar vivos.
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Las calles están llenas de soldados occidentales. Es la primera vez que los veo. Con esos uniformes y esos cascos parecen dioses. Estalla en mis oídos el sonido de una sirena, y el anciano se dirige a toda prisa hacia un soldado con la intención de pedirle ayuda. Quizá puedan llevarnos a Bagdad en alguno de los vehículos que salen del pueblo. Pero el soldado con el que habla no entiende nada. Al verme saca una golosina del bolsillo y me la da a toda prisa. Y en sus ojos veo que eso es todo lo que puede hacer por nosotros. El anciano intenta desesperadamente explicar a alguien lo que nos ha ocurrido, pero nadie le hace caso. Decenas de personas se agolpan en los bordes de las camionetas. Quieren subir, pero un soldado los empuja hacia fuera con la culata de su fusil. La muchedumbre nos aplasta contra el furgón. No podemos ya retroceder y las muestras de dolor se manifiestan en los gestos mudos del anciano. Alí me empuja hacia lo alto y consigue meterme en la camioneta. Salta hacia adentro y coge la mano del anciano, a quien también consigue meter. Parte el último vehículo que quedaba en el pueblo, y cientos de personas se quedan postradas en el suelo llorando y viendo cómo se rompe el hilo que los une a la vida. Al cabo de unos pocos kilómetros en silencio, veo ya a lo lejos la ciudad arder con todo lo que en ella había.

EL BAZAR DE LA VIDA Aunque hay desasosiego a mi alrededor, siento una inquietante paz en mi corazón. Y en esa paz veo a mi madre andar pausada y silenciosa entre el rumor bullicioso del bazar, ese mítico espacio en el que se comercia con los sentidos. Decenas de colores se mezclan con otros tantos olores en la calle de las especias. En cada esquina
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un paisaje: tan pronto estoy en un campo anaranjado del Jorasán recogiendo azafrán como moliendo semillas de cardamomo a orillas del Indo. Todos los rincones del mundo están conectados entre sí en este luminoso laberinto. Desde cualquier punto se puede llegar a cualquier otro con solo seguir las voces que, como canto de sirenas, nos embaucan. Los hombres se agrupan aquí por lo que ofrecen y por lo que buscan. Conmigo de la mano, mi madre lleva a cabo su ritual diario cargando con el silencio, yendo de un lugar a otro, para acometer las tareas diarias. Pero a cada paso que da, alguien la detiene para pedirle consejo, y ella escucha pacientemente. Y aunque de sus labios no sale sonido alguno, sus ojos dan la respuesta siempre adecuada. Con esa mirada, que tiene los colores del arco iris, la gente queda plenamente satisfecha. Sus ojos son el espejo de quien los mira. En ellos cada uno encuentra la respuesta que busca, porque es en el espejo en donde se refleja el corazón. La respuesta siempre está en nosotros. Eso me lo enseñó mi madre.

CUANDO EL SONIDO SE APAGA En la camioneta nos dirigimos hacia algún lugar, pero hemos perdido algo en el camino. Ya sólo hay esperanza para la supervivencia, lo demás deja de tener sentido. El anciano me dice que pronto encontraré a mi familia. Él no sabe que mi familia ahora son ellos. De repente la camioneta que va delante del convoy vuela por los aires. Un súbito y corto estruendo lo inunda todo por un instante. El sonido del paisaje se apaga. No oigo nada. Mis oídos no responden. Nuestra camioneta frena su inercia con un golpe seco. Nuestros
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cuerpos se golpean contra los hierros delanteros. Los cadáveres desechos se esparcen por toda la carretera y se funden inmediatamente con el asfalto por arte de la llama. Todo se tiñe de rojo. El tiempo queda suspendido. Poco a poco el sonido vuelve a mis oídos. Oigo ahora claramente los gritos de los heridos que se mezclan con las voces de algunos soldados. —¡Hay minas, hay minas! ¡No os mováis! ¡Que nadie se mueva! La respiración del lugar queda contenida. No podemos avanzar. Se escuchan motores de vehículos que se acercan por detrás. —¡Los insurgentes! Los que quedan vivos empiezan a correr hacia el desierto que rodea la carretera. Alí me arrastra. Corremos también. Los soldados se plantan en la calzada a esperar la muerte. Miro atrás un instante y los soldados han caído al suelo, mordidos por la metralla que sueltan quienes se acercan. No hay donde esconderse, pero los insurgentes no nos siguen. Ya se han cobrado su botín. Ya han saciado su sed de sangre por hoy. Nuestro grupo sigue unido. Algunas mujeres y niños nos acompañan. El anciano ha dejado su alma en la carretera, pero por suerte su cuerpo aún nos acompaña. En el desierto no hay vida más que la nuestra. Nadie comprende nada. Y por mucho que andemos no vamos a llegar a ningún sitio.

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QUE LA TIERRA TE SEA LEVE
El viento del sur amedranta nuestro espíritu. Lánguidos, nuestros cuerpos lacerados se deslizan por la arena creando surcos que el viento vuelve a cubrir, como la sábana cubre el cuerpo durante el sueño para evitar que el calor se fugue y con él el alma, y con él la vida.

No hay vida en el frío, al igual que no hay vida en el desierto, que ahora permanece dormido. No hay vida en los extremos. No hay vida pero sí imagen de vida que crea ilusión en nuestros corazones. A nuestro lado pasa un jinete con una aparatosa armadura manchada de sangre. Monta un oscuro corcel con largas crines. Su mirada parece perdida en el horizonte. No nos mira, pero sí su fiel caballo. Detrás de él se ha borrado el paisaje. Detrás del jinete todo es bruma. De sus ojos brotan lágrimas que caen en la arena, dejando con ellas un rastro de sangre. Seguimos el siniestro rastro que nos conduce hasta las puertas de una aldea. Recorremos sus calles pero no vemos a nadie. Definitivamente esto no es Uruk. El rastro de sangre se ha perdido, como se ha perdido la imagen del jinete. Las casas muestran su rostro cansado. El tiempo las ha abandonado al igual que las abandonó el hombre hace ya mucho. Ni siquiera los fantasmas habitan aquí. Aunque me parece oír, a lo lejos, el balbuceo sordo de alguien. Jamani y el ciego también lo oyen. Nos dirigimos hacia el sonido que se hace cada vez más fuerte y pleno. Hasta que topamos con lo que queda de un pozo. Miro dentro pero sólo la oscuridad me responde. —¿Hay alguien ahí?—hablo a la oscuridad.
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—¡Sí, estoy aquí! Dios ha escuchado mis plegarias. Habéis venido a sacarme. Daos prisa, me muero de sed. Reconozco la voz. —¿ Jafet, eres tú? — El mismo. —¿Y qué haces ahí dentro? —Llevo días en este oscuro pozo. —¿Y quién te metió ahí dentro? —Yo mismo. Alguien me dijo que el pozo estaba lleno de oro. Pero aquí no hay nada. Ni una sola onza. —Está bien, te sacaremos. Agarro una cuerda que encuentro al lado del pozo y la lanzo dentro. Ato un extremo a la piedra, y con ayuda de Jamani empiezo a tirar de ella. Mientras está subiendo, Jafet profiere una entrecortada risa mientras agradece nuestro esfuerzo. Después de un largo tirar de la cuerda su cabeza aparece ante nosotros, y seguido de ella el resto de su pesado cuerpo. Pone por fin un pie en el suelo, y antes de poner el otro salta de nuevo hacia la oscuridad del pozo. Boquiabiertos, inclinamos nuestros cuerpos para intentar descubrir qué ha ocurrido. —¿ Jafet, estás bien? – pregunto al aire. —Sí, no te preocupes, sólo me he roto una pierna. Pero no importa, aún me queda la otra. —¿Por qué has saltado otra vez? —¡Alguien me dijo que en este pozo había oro! Dejamos resignados el pozo atrás y nos dirigimos hacia la salida del poblado. Allí veo un cartel publicitario, en un estado ruinoso, con las letras ya descoloridas que un día fueron de un rojo flamante y en el que aún se puede leer: “…que la tierra te sea leve”. Así es como se despedía en la antigüedad a los muertos tras darles sepultura. Me acerco al cartel. Bajo el polvo, que aparto con mi mano, yace una leyenda:
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«Las calles del laberinto desembocan en sí mismas, al igual que las palabras del diccionario de la vida. De la misma forma que lo hacen las normas que hemos creado para que ellas nos creen a su vez a nosotros. El hilo de Ariadna se extiende ante nuestros ojos, pero los músculos ahorran el esfuerzo si no vislumbran a la bella muchacha con la madeja. He borrado los signos del espejo, pero he inoculado las normas en nuestras venas. Salir de la Ciudad de los Límites es un acto arriesgado. El horror vacui atrofia nuestra voluntad. Pero hay tanta belleza fuera, que vale la pena intentarlo. La única salida es trasladar nuestra mente fuera de los límites. El hilo de Ariadna nos lleva hacia la luz». Otra de las respuestas de la nostalgia ha hallado su pregunta. Al lado de la leyenda hay un montón de huesos que algún día pertenecieron a hombres. Con ellos se ha erigido la montaña que corona la Caína, ese lúgubre lugar del infierno en el que moran penitentes las almas de quienes han asesinado a sus hermanos. El camino es dolor. Y en el origen de todo camino está el deseo. Flanqueamos la piedra, y seguimos andando. No deseamos nada porque no tenemos nada.

UNA CORONA DE ESPINAS El viento del sur calma nuestro espíritu. Lánguidos, nuestros cuerpos se deslizan por la arena creando surcos que el viento vuelve a cubrir. A lo lejos algo levanta una estela de polvo que finalmente termina por envolvernos. A nuestro lado pasa un jeep del ejército occidental. No se detiene a pesar de nuestras señales. Pero seguimos el rastro que
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ha dejado en la arena y éste nos conduce hacia lo que parece ser un campo de refugiados. La alambrada siempre revela al animal cautivo. Su trazado define un espinoso y casi perfecto círculo que apresa el espíritu humano, o que más bien se asienta sobre su cabeza como corona de metal con espiras que se clavan hasta lo más profundo del ser hasta vaciarlo por completo. Un círculo al que sólo se puede acceder tras contestar unas escuetas preguntas: ¿De dónde venís? ¿Hacia dónde os dirigís? ¡Como si fueran preguntas sencillas! La humanidad se ha perdido en el tiempo al intentar contestarlas, pero nosotros debemos hacerlo en unos segundos para no morirnos de hambre. Y así lo hacemos. Tiendas improvisadas, hechas con retales de ropa de los que la habitan, sirven de cobijo a cientos de personas que se encuentran allí sin comprender por qué. Todos huyen de la muerte. Ninguno tiene tierra ni ciudad. En el campo no hay vida, sólo supervivencia. Al menos hay comida, como si eso fuera lo único que necesita el ser humano para existir. Cercados como animales nuestra humanidad nos abandona. La piel expone el instinto a los azotes del viento y a las quemaduras del sol, mientras mantiene oculto lo que hemos aprendido, aquello que nos hace únicos y diferentes. No hay dignidad aquí. Nos asignan una tienda que compartimos con otros. Nadie habla, nadie se mira a los ojos. Se evitan las miradas para evitar la vergüenza. Quien no ve cree no ser visto. El anciano tampoco habla. Pero él sí me mira. Y con esa mirada me lo cuenta todo. En la noche la vergüenza se relaja y las palabras encuentran su lugar en el mundo. Todo es más íntimo y sincero en la oscuridad. Cada uno en la tienda cuenta su historia. Y aunque siempre parece la misma historia, y la misma persona quien la narra, algo hay diferente en cada una. El sesgo humano es lo que lo hace todo más triste y trascendental.
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Todos los que están aquí huyen de algo. Como decía mi padre, todo lo que nos acerca a unos nos aleja de otros. Y eso es lo que ocurre aquí. Todos somos la misma persona que ha vivido distintas vidas. Todo en la tierra, o ha pasado o ha tenido probabilidad de pasar. Lo que no le ha ocurrido a uno, le ha pasado a otro. Y es en la conversación taciturna en donde se mezclan las historias para crear una sola historia, la historia del éxodo, la historia de la humanidad en constante peregrinación hacia el desastre. Todos somos nómadas en busca de hogar.

ABRAZO EN URUK —¿Pero qué es Uruk?—me pregunta Isaak. Al ver aquel campo de refugiados creí que podría ser Uruk, porque en él se hablaban todas las lenguas, porque allí se cruzaban todos los destinos. Porque Uruk fue la primera ciudad de la historia. Pero desde allí no se oía el rumor del agua que lleva el río. Y el origen siempre está cerca del agua. Entonces me di cuenta de que quizá Uruk no fuera un lugar, sino un sentimiento. O ni siquiera eso, pues bien podría ser sólo la causa de un sentimiento. No tengo casi ningún recuerdo de cuando era un bebé. La memoria sólo es memoria cuando se mezcla con la consciencia. Pero sí he mantenido uno que me ha acompañado durante toda mi existencia. Recuerdo el primer abrazo de mi madre. Me cogió delicadamente y acercó mi cabecita a su pecho. Noté un calor que me inundó de vida, el calor de un amor inexplicable por la razón, que sólo el abrazo más sincero es capaz de generar. Y en ese abrazo cósmico escuché los latidos de su corazón. Quizá sea esto Uruk. Esos latidos, que se sincronizaron con los míos, marcaron el ritmo de mi existencia.
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Como la respiración del hombre que marca el ritmo del universo. Ese latir de las entrañas del ser más puro me hizo plenamente humana. Y sentí la necesidad de abrazar al anciano y a Alí. De alguna forma ellos ahora también son hijos de mi madre. Sus rostros se iluminan mientras permanecen en estado de éxtasis durante unos instantes. Yo sé que siempre llevarán el abrazo de mi madre con ellos.

ÍNSULA
Después de días, después de noches, llegamos al mar, aquel en el que Sargón limpió la sangre de su espada. El desierto cambia allí de nombre, las dunas se convierten en pequeñas y plateadas olas.

Nos sentamos en la orilla a esperar. Mientras yo jugueteo con la espuma de las olas que bañan mis pies, el ciego me cuenta una mitología: —Hace ya mucho tiempo existió aquí una isla. Era de una belleza exuberante, sensual, casi lasciva. La naturaleza se prodigaba en cada rincón, insuflando dioses allá por donde se esparcía, incluso en los recovecos de los corazones humanos que la poblaban. Pastores de dos metros de altura y anchas espaldas, germinaban con sus rebaños la tierra para hacerla fértil. Tan cerca estaban esos pastores de los dioses que consiguieron construir una auténtica Arcadia, al sur del Olimpo. Un lugar ajeno al crimen porque entre ellos no moraba la mentira. —¿Y qué ocurrió? —le pregunto. —La isla se hundió. No pudo soportar el peso de la verdad.
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Las respuestas del Árbol de la Nostalgia encuentran curiosas formas de llegar hasta mí. Lo que me cuenta el ciego me acerca más a mi padre. Él también me contaba mitologías para que navegara por el sueño con algo sobre lo que cavilar. El ciego empieza poco a poco a modelar con la arena húmeda de la playa una figura. Con sus manos extrae del primigenio bloque compacto e informe aquello que sobra hasta deprenderse por completo de lo superfluo, hasta que la efigie se aleja tanto de la mancha que se concreta en una silueta humana. Se parece a alguien, alguien a quien yo conozco. Es mi imagen. Muy poco distingue mi imagen de cualquier otra, pero sin duda me reconozco. Jamani observa, sin emitir sonido alguno, aparte de un triste jadeo que adivina su cansancio. —¿Cómo conoces mi forma si no me puedes ver? —le pregunto turbada al ciego. —Es tu voz la que guía mi mano, la que te aleja de la mancha. Cada cavidad en tu alma y en tu cuerpo genera un armónico. Y la suma de esos armónicos proyectan tu imagen en mi mente. Y ésta da la orden a mi mano. El vacío que hay alrededor de tu figura está hecho de silencio, que es la suma de todos los armónicos que existen en el universo. Y es tan bella la melodía que crean, que si la escucháramos enloqueceríamos. Nadie puede soportar tanta belleza. La naturaleza nos suministra pequeñas dosis en forma de música, la música que crea el mar, el desierto, y que el hombre se empeña sin éxito en imitar. Son sólo pequeñas combinaciones armónicas, pero nos preparan para el gran sonido. —¿Y tú puedes oírlo? —Llevo toda la vida escuchando, pero sólo puedo oír fragmentos. Cada persona contribuye con su voz, pero no todas están afinadas con la naturaleza. Me distraen demasiadas cosas. Seguimos sentados en la arena, esperando. Los parpadeos se van haciendo cada vez más lentos hasta que aparece la definitiva noche.
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EL BUCLE INFINITO —Padre, qué bosque tan hermoso. —Es el Bosque de los Cedros de Dios, hija. Es tan hermoso que con la madera de sus árboles los hombres han construido la escalera que lleva al cielo. —¿Estás tú en este bosque? —Claro hija, estoy en el bosque como estoy en todas partes. —Pero está muy oscuro. Ya no veo los árboles —Claro hija, porque se ha hecho de noche. Al bosque también llega la noche. —Padre, no encuentro la salida. —Porque no buscas la salida. Solo das vueltas sobre ti misma. Busca la salida, aún no ha llegado tu momento. —Padre, oigo unas voces que repiten palabras. —Cuidado con la ninfa Eco, también mora en el bosque y podría confundirte con sus palabras que rebotan cien veces contra los árboles antes de llegar a tus oídos. ¿Qué te dicen las palabras? —“En el bosque las palabras se pierden, sigue las palabras, las palabras te encuentran”. Eso es lo que me dicen. Debajo de cada árbol veo a un niño con un libro recitando esas palabras que no comprendo. Mueven el torso adelante y atrás convulsamente. La luna ilumina cada manuscrito como si se hubiera multiplicado para iluminarlos a todos. En el bosque las palabras se pierden, sigue las palabras, las palabras te encuentran. Siempre las mismas palabras, una y otra vez. *** El sonido de una lejana y reverberante voz humana me despierta. Aún no ha salido el sol. Desde un improvisado minarete, faro de luminosa guía que orienta los bajeles extraviados en el mar de
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noche perpetua, se entonan los cantos que hacen plegar a todos a la voluntad divina. Es la primera oración del salat. Alí y el anciano, postrados bajo la inmensidad del arco celeste, hacen sus reverencias hacia la Meca, mientras sus labios se mueven acompasados al son de la omnipresente voz, repitiendo la palabra sagrada. A pesar de todo hay que dar gracias. Siempre hay que dar las gracias. Ya ha salido el sol. Están repartiendo la comida, pero hay que ponerse al final de una interminable aunque ordenada fila. Todos en el campamento forman parte de ella. Una hogaza de pan y un cazo con leche de cabra. Eso es todo lo que vamos a comer en todo el día. Recojo mi ración, después de horas, y me aparto. Me siento al lado de la alambrada para ingerir los alimentos sin que nadie me vea y oigo llorar a un niño. Un hombre hambriento, casi en los pellejos, le ha quitado su pan. Una vez se lo ha comido, todo de un bocado, recoge las migas del suelo y se las lleva también a la boca. —Lo siento —le dice el hombre al niño, con una sinceridad desgarradora—me he quedado sin mi ración. No he llegado a tiempo. Y el hombre se aleja dando saltos con la única pierna que le queda. Pero las disculpas no llenan el estómago del niño y sigue llorando. Me acerco a él y le doy mi ración. El niño, sin mirarme, deja de llorar y se come mi pan. El anciano, que lo ha visto todo, se lleva las manos a los ojos, como si intentara borrar la escena que acaba de presenciar. Él ya se ha comido su pan, y busca desesperadamente a alguien que me dé el suyo. Pero nadie está dispuesto a ceder su pequeña ración de vida. —Debemos irnos inmediatamente, —dice el anciano completamente abatido—aquí ya no somos personas. En el campamento es fácil entrar, pero no es posible salir. Somos
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números que deben conservar su orden para legitimar las estadísticas. Aprovechamos la noche para escondernos en la trasera de un camión de provisiones con la esperanza de que salga hacia algún lugar por la mañana. Después de horas, el camión inicia su marcha. No sabemos hacia dónde se dirige, pero cualquier lugar será mejor que éste. Durante el trayecto no se habla, no sé si por temor a ser descubiertos o porque las palabras se agotan. Al cabo de un largo rato, que da para muchas cavilaciones, llegamos por fin a algún lugar. El camión se detiene y las puertas traseras se abren inundando de aire fresco el receptáculo en el que nos hallamos. Y ante nosotros, como una acuarela bajo la lluvia, se revela el esqueleto de las cúpulas doradas que sólo pueden encontrarse en la gran Bagdad, el regalo de Dios, la antigua capital del Islam.

PARAÍSO
La gran tarea del hombre en la tierra consiste en capturar el tiempo…

…y cada cual lo hace a su manera. En las ciudades, hijas de la que el abuelo de mi abuelo levantó con sus propias manos, el tiempo se detiene para dar solaz al entendimiento, para amedrentar los ánimos del iracundo devenir que devora a cada instante parte de su infame cuerpo. El tiempo se escapa, pero en la ciudad se petrifica y nos da cuentas de lo que allí fue una vez y no volverá a ser jamás. El tiempo es humano en todas sus dimensiones. Y aquellos que quieren trascender lo humano se convierten en piedra, adoptando las formas de la solemne arquitectura, de sus basílicas y sus teatros. Y allí danzan
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y actúan, reviviendo los misterios de la creación, todo para ser ellos mismos tiempo. «Ciudad del tiempo perdido, de la vida no vivida, de lo que ocurre cuando no ocurre, de lo que pasa cuando no pasa, de la vida que se genera alternativa al tiempo de lo que llamamos realidad, escondido por Narciso en el pozo del olvido. Objeto de obsesión, cacería voraz del minuto que se destruye a sí mismo como el hombre que corre tras la zanahoria sin alcanzarla jamás. La mirada del alma guía el pincel de los sentimientos. Con él trazamos el mapa de nuestra ciudad ideal. Pintamos la lluvia con la tristeza, teñimos el sol de esperanza. Todo lo que percibimos ocurre antes dentro de nosotros. En la ciudad de las verdades relativas, cuyo arquitecto tiene el nombre de nuestro corazón, la vida se multiplica». Y así despertamos, con el sueño de anoche aún en nuestros ojos, y algo más de luz en nuestros corazones, pues en la noche hallamos el anhelado sosiego que hace ver más claro en la oscuridad de los pensamientos. Y en nuestro despertar se hallan esos templos y teatros soñados, a nuestra espalda. Algo que no vimos ayer se revela hoy por la intercesión de alguna musa noctámbula que con su canto ha iluminado nuestro entendimiento. Quizá sea un espejismo, pero también debería serlo el grupo de hombres que se acerca a nosotros. Rápidamente el tacto de una mano en mi espalda hace añicos la duda. El hombre me habla, su voz me devuelve al presente. El hombre nos invita a acompañarlo y con él entramos en la ciudad. El esplendor de las cúpulas doradas me ciega. Algo en esta ciudad la hace diferente a otras. Mucho más bella, más infinita. Conforme recorro las calles una palabra me viene
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a la cabeza, una palabra bella que describe algo también bello. Y en cada calle otra, más bella que la anterior. Es una ciudad ideal. Y cada uno de los transeúntes, con aspecto de filósofo, lleva un gran libro bajo el brazo. Dejamos los palacios y mezquitas atrás y penetramos en una nueva naturaleza ordenada según los parámetros del hombre. Es un extenso jardín, compuesto de arbustos recortados geométricamente, que penetra en mí a través del delicioso sonido de los riachuelos que fluyen hacia el lago. La disposición de los árboles crea transitables senderos que radian desde el exterior hacia un centro común en donde se ayuntan. Y en esa encrucijada de caminos, un hombre sentado en el suelo contempla, también con un libro bajo el brazo, lo que parece la traducción humana de la sublime obra de Dios. Quien nos acompaña me dicen que ese hombre es el gran arquitecto, el gran poeta de la piedra. Sus facciones son las de un sabio. Su barba grisácea se pierde entre los arbustos. —Bienvenidos a nuestra ciudad –nos dice el derviche. Con su mano nos indica que nos sentemos junto a él. —No conozco la razón que hasta aquí os ha traído, pero no es a la razón a la que doy crédito, sino a las palabras que ésta forma para justificarse. Son las palabras las que escriben el mundo, las palabras que dan forma a las ideas. Por eso, os estaría agradecido si pudierais contarme vuestra historia. Si las palabras con las que se construye el relato son lo suficientemente bellas haré un poema con ellas y así expandiremos nuestra ciudad hacia lo sublime. Pero si vuestras palabras no me convencen, si no hay amor en ellas, deberéis morir, pues el que no es capaz de amar solo es capaz de destruir, y no puedo permitir que arruinéis lo que con tanto esfuerzo hemos creado. —Tu ciudad ya es sublime –añado. —No lo suficiente. Aún está lejos de la verdad, pues la razón siempre pone límites. Inicio la presentación con un nudo en la garganta. Medito cada
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palabra antes de soltarla, pues una vez se mezcla con en el aire no podrá ya regresar a mis labios. —Vengo de la respuesta y me dirijo hacia la pregunta. Pero ambas se hallan en un mismo lugar que se esconde a mis ojos. Se trata de Uruk, mi hogar. Y hasta que no lo encuentre no dejaré que la arena cubra mis huellas, pues todo aquél que quiera regresar también a su hogar encontrará en ellas el camino que yo ya he andado. —¿Y cómo supiste qué camino debías seguir? —Estaba escrito en la piedra. El arquitecto escribe de forma secreta algo en libro y se lo entrega a su secretario que se lo lleva apresuradamente. Pasamos las horas entre los árboles, horas que se cuentan por tazas de té. Una tras otra vamos tomando toda la sabiduría del arquitecto y de su pueblo en forma de agua tintada y perfumada. Tengo la impresión de que el tiempo nos ha apresado en un arbóreo laberinto mientras se juzga nuestro derecho a la vida y a la muerte. Estoy condenada por mis palabras. El silencio no alberga traición, pues siempre es el otro el que lo interpreta. Puntualmente se sirve el té, a intervalos regulares, provocando un desasosiego en nuestros espíritus, pues escuchamos las mismas cosas contadas con las mismas palabras una y otra vez. Mi impaciencia empieza a agarrotar mi mandíbula, pero el arquitecto busca de nuevo la tranquilidad en nuevas tazas de té. Días y noches, y más días y más noches. Hasta que entra de nuevo el secretario y hace una señal al anciano. Este se pone en pie y me habla: —Tus palabras son bellas, como lo son tus intenciones. Con ellas he escrito un nuevo poema para la ciudad. La primera vez no salió bien, pero quizá tengamos otra oportunidad. Salimos por fin del jardín y veo las ruinas de lo que había sido la ciudad más hermosa de la tierra. Nada queda ya en pie. La ciudad ha sido destruida por completo. Nos llevan hasta el mismo centro, de donde salen todas las calles. Ante nosotros un solar gigante que
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han limpiado de los escombros que han dejado las ruinas, y en medio una piedra. Pero no es una piedra al azar, es la piedra que me habló en el camino y cuya imagen he llevado conmigo. Nada alrededor, sólo arena. —Aquí está, Uruk, tu hogar —me dice el arquitecto. —Esto no es Uruk —le respondo. —Claro que sí. Es el poema que me has revelado. Con él he hecho la ciudad más bella del mundo. He hecho traer la piedra de la que me hablaste. Merece nuestra adoración pues ella te ha traído hasta aquí, te ha mostrado el camino. Yo diseñé la ciudad ideal, pero en ella faltaba lo humano. Era fruto del ayuntamiento entre números, de la poesía de lo geométrico, llena de cúpulas doradas cuyo reflejo quema los párpados de los ojos; de adornos que confunden a los hombres; y de caligrafía que enmascara la verdad que hay en las palabras. Tú me has abierto los ojos. Has creado el poema más bello jamás escrito, que es el que aún se está por escribir. El que se compone con preguntas susurradas por el viento, que tiene como centro la piedra desnuda y fría, que sólo el llanto más sincero puede penetrar y sólo la mano honrada puede calentar. Tú conoces el secreto de la piedra. Ella te lo reveló, y ahora me lo has revelado a mí. La ciudad más hermosa es la que se hace con la geometría de lo humano. Pero crear un lugar en el que los hombres puedan compartir su humanidad es una tarea que solo los verdaderos profetas, inspirados por los dioses, pueden llevar a cabo. Tu abuelo lo intentó, pero la codicia de algunos la destruyó. Ahora te toca a ti.

PARAÍSO II El arquitecto me da su libro y se marcha. Mi mente empieza a sembrar palabras que forman bellos poemas. Y cada poema se hace ciudad,
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que sin descanso se dibuja, página tras página, en el libro, hasta trascender el conocimiento. Hasta que el sesgo humano pervierte mi poesía. La creación humana tiende a la hipérbole. El lenguaje abarca el todo, y luego lo sobrepasa. Escribimos las leyes, que luego nos escriben a nosotros. Y en ese momento la pluma empieza a escribir por sí sola: «El hombre solo en el paisaje. Riega el árbol que le da sombra. Construye el río que sacia su sed. Crea las aves que le muestran el Norte y el Sur. Y allí, bajo el árbol, a la ribera del río, en un punto entre el Norte y el Sur, pone la simiente de la que brotan los hijos. Y los hijos construyen a Dios. Y Dios construye al hombre. Y crece una ciudad para que en ella todo sea humano. Y para que Dios pueda morar entre ellos y dictar sus leyes en la piedra. Pero el hermano mata a su hermano, y el hombre empieza a borrarse del paisaje.» «Cada ciudad es el espejo de otra. Un espejo de feria que amplifica las virtudes y los defectos. La ciudad se hace múltiple en la tierra, sometiendo almas a su caprichoso devenir. Justifica su legado en el progreso. Aunque permanece yerma en conocimiento. La ciudad es humana en todas sus facetas. Pasional y caprichosa, combate la naturaleza agreste, y se esmera en la batalla que tiene perdida antes de empezar. Eso es la ciudad, que se reproduce una y otra vez, hija de Uruk, hija del hombre y del firmamento. Nunca se extingue del todo, pues siempre hay alguien que la trasciende: Homero, a Troya; Herodoto, Tucídides, Ibn Batuta: Persépolis y Atenas, Roma y Alejandría. Vagando por el universo en forma de verbo. Esos hombres trascendieron la ciudad y la vertieron al papel. Apresaron su voz en miles de páginas. Y así viajó la ciudad. Dentro de un
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libro. La ciudad se hizo libro, las calles fueron verbo y sus gentes tinta. Y esa voz fue escuchada luego por quienes querían oírla. Y quienes no gustaban de lo que escuchaban destruyeron el libro, borraron la ciudad.» «Pero al crear la primera ciudad se inscribieron en ella todos los signos. Se había creado el libro de los libros, que contiene todos los caracteres de la vida. Se escribió la vida en toda su complejidad. Los que llegaron después la desescribieron. La vida contiene ya todas las posibilidades de acción. Nosotros escogemos una. Cuando alguien encuentra un camino no escrito se produce el milagro. Pero sólo el azar crea esa clase de genios. El abuelo de mi abuelo creó el mundo de la nada, y sólo la nada contiene el todo.» Al paso que iba escribiendo se iban desarrollando los hechos. De la piedra nacieron los hombres. De los poemas más ciudades. «Casandra hizo de su destino el nuestro. Leyó la muerte en los ojos de sus hermanos. Habló y no fue escuchada. Troya fue masacrada por los hermanos de sus hermanos; pasión humana sin límites, que no escucha razón, pues de los celos, que dan vida y dan muerte, según capricho de la bilis, nació occidente; y de la pluma de Homero, occidente fue Occidente en los hombres. Y de nuevo Casandra, nos cuenta ahora Esquilo, leyó su mortal destino en los celos de Clitemnestra. Y cayó Agamenón, y cayó Casandra, Y cayó Occidente. Porque occidente está en los genes, en la bilis, en las vísceras, en el hombre. Y Occidente vive y muere por los celos. Caín mató a Abel, perpetrando así el primer asesinato bíblico, un asesinato fundacional, pues con su sangre trazó los límites de la
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ciudad de Dios y sus leyes de sangre. Casandra y Caín, víctima y asesino, el equilibrio de la ciudad que se crea y se destruye, advierten a los hombres que el motivo sigue siendo el mismo: la bilis.» «Lo humano se hizo opuesto a lo natural. El hombre creó leyes para subyugar al hombre en nombre de lo sobrenatural. Invocó a los dioses que descendieron a la tierra por la escalera de Uruk, patria de Abraham, para dictar las leyes e infligir el castigo por no seguirlas. Némesis: es la historia del hombre en la ciudad.» «Y Dios bajó por la torre de Babel, en Babilonia, la ciudad de los dioses, y confundió a la humanidad. Como arbitrario castigo por ser humanos, dio a cada uno una lengua distinta, y los condenó a no entenderse entre ellos. Dios creó así la guerra. Cada uno de ellos conquistó una tierra y fundó una ciudad. Y la protegió por los años de los años. Y siguiendo el ejemplo del primero, los dioses empezaron a bajar a la tierra a través de las catedrales, las sinagogas, las mezquitas, templos de todo tipo…, sembrando así el caos entre los hombres. Y los hombres amaron a los dioses.» «Todo espacio tiene su poética y el conjunto de poéticas deviene en estética. La religión es una poética de lugares comunes que medraron en el espíritu de la ciudad. Apreciar la belleza es comprenderla en toda su plenitud. Lo humano es bello cuando es comprendido. Y los dioses penetraron en el corazón de los hombres. Cuando el corazón se hace inteligible se hace bello. La sacralidad de cada rincón toma su sentido en lo humano, en lo colectivo, en lo político. En lo simbólico se hace bello. El hombre crea
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símbolos y los vierte en la ciudad. Allí se perpetúan en la mente común hasta que son desplazados por otros.» «Egipto es bella por sus ancestrales símbolos. Las pirámides se conectan con lo inescrutable, con lo divino que hay en el hombre. El faraón quiso vivir para siempre a través de sus símbolos convertidos en piedra. Pero el hombre lo aniquiló en cuanto dejó de pensar en él como Dios y lo hizo hombre. Ahora, el faraón es una pieza inerte de museo.» El verbo es creación. «Prometeo nominó al hombre, porque no bastaba con moldear la arcilla, o cincelar la piedra, para sustraer de ella lo que sobraba en el proceso. Quizás se dejara algo sustancial, pero sin nombre su creación se hubiera desvanecido. Y así surgió el hombre con su nombre. Pero no era suficiente, cuando vieron que cada sujeto era distinto, e hizo falta concretar. Así surgió el nombre propio, que se transmitiría a través de los genes. Los genes se grabaron en el nombre, algo tan etéreo e insubstancial como la apariencia del viento. Y como el viento, arrasó, y en nombre del nombre se masacró. Creados estaban entonces los designios de la humanidad encerrados en la comunidad eterna, que sólo la sangre podía borrar. Israel y Palestina, dos nombres para un mismo lugar. Hebrón y Ramala, dos emblemas que se llevan tatuados en la piel. El nombre divide, el nombre une. Jerusalén: el nombre mata. Sin nombre somos sólo la arcilla, o la piedra, o la carne. La ciudad se hizo imposible. Todos quieren lo mismo: el nombre. Y por el nombre morirán. No quedarán hombres, sólo su nombre.»
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«El emperador extendió su mano y, esparciendo las semillas por el mundo, creó Roma. Pero Roma no termina en Roma, ni en ninguna parte. Porque Roma quiso ser eterna en Pola, en Jerash, y en Emérita, en Constantinopla, Espalato y Tarraco. Pero Roma ya no es Roma. Pues Roma es su emperador, y el emperador está muerto. El emperador era Adriano, Vespasiano, Tito y Trajano. Diocleciano, Constantino y Justiniano. Quisieron guardar para siempre su alma en la piedra, pero el diablo no cumplió su pacto y su alma quedó presa en el Hades. Aunque Roma lucha, lucha contra el tiempo y sus hacedores, las ruinas, que se erigen bellas desafiando las leyes de la armonía, son penetradas por el tiempo cruel que necesita devorarlas. Les tiene el alma secuestrada. Roma ya no es Roma, sino la sombra del emperador, que es las suma de todos los emperadores, y que se pasea sin dueño, desolada pero digna, en busca de compasión.» Y el mundo se hizo laberinto… «…proyección de la mente de su creador Dédalo, que mantiene preso al Minotauro, hijo del rey Minos. La bestia necesita beber la sangre de las vírgenes para librarse de su condición de bestia y acercarse así a lo humano. No hay gesto más humano que el de la bestia. El laberinto no tiene horizonte.» «La arquitectura pesa. Pesa lo que pesa la historia, pues arrastra la vida, y arrastra la muerte de quienes antes que nosotros estuvieron ahí. De arcilla está hecho el hacedor, demiurgo de la historia, que confecciona con piedras que hablan, que nos hablan. La historia está en la piedra. Al otro
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lado, el sueño, efímero, ligero, habita entre sábanas, pero se deja ver en espíritus ardientes, confundidos a veces con locos, a veces con genios. Es volátil, no pesa. Arquitectura del sueño, bello oxímoron, que hoy es la ciudad. La ciudad liviana, que se transforma democráticamente cada día, para contentar a todos, pero sin convencer a nadie. Pues la ciudad se construye y se destruye según convenga. No hay proyecto, sólo estadística. La ciudad, hecha de números, cual cosmos pitagórico, que envilece el alma, y desdeña el gusto a favor de lo político, de lo social. Hay espacio para los cuerpos, pero no para las mentes.» «La ciudad democrática está hecha de materia blanda, de carne erosionada por la fricción diaria entre seres humanos y no humanos. Es fea y sucia, y se va pudriendo a cada hora que pasa, pero está viva, respira por cada pulmón de cada transeúnte que le insufla un hálito de vida. Enemiga de la ciudad totalitaria, hecha de piedra y para la piedra. Proyección del ego de quien la manda construir, que se erige sobre la muerte de tantos, expectante y distante, belleza solitaria pertrechada entre muros que es enterrada con dueño y señor, al estilo faraónico. La ciudad democrática se desgasta, porque se usa, se vive y se disfruta.» «Luego nacieron las ciudades celosas de sus tesoros, que guardan sus reliquias de la vista de los visitantes. Son ciudades que no se exhiben, que no se difunden, que prefieren no desvelar su secreto al extranjero. Son las ciudades nacionalistas, que no quieren compartir por miedo a verse expoliadas de su esencia. Ahí están, a la sombra de un imperio, avergonzadas de un pasado servil, pero que reivindica su diferencia golpeando al que no es como ellos.»
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«Emprendemos una travesía por Delhi. Río inmundo y miserable, despojo del imperialismo devastador. Caronte dirige la nave, sorteando los cadáveres que se extienden a lo largo de Paharganj, que aún no han exhalado su último aliento, pero que están a punto de hacerlo. Virgilio escribe su oda, mientras Orfeo ameniza con su lira. Pero todo es inútil, no hay salvación para ellos. Delhi es el cadáver del poema de Dante, sin poesía ni épica posible. Allí no sale el sol. Es una ciudad que no se proyecta, pues es pura sombra, sin definición, que aturde los sentidos, escaparate esperpéntico de espectros sin sombra, ni futuro, estigmatizado por las castas que reivindican un status ilusorio.» «El holocausto de Abraham puso en la pira al resto de la humanidad. Abraham no lo consumó, otros lo hicieron por él. Sacrificaron a sus hijos en nombre del Nombre. ¡Cuántos hijos de los hijos ardieron en la hoguera junto a sus almas! La infamia. Ideas incendiarias. El miedo está en el origen de la barbarie. El hombre es demasiado humano para ser bueno. En nombre de la Civilización se han cometido las mayores atrocidades.» «La catedral es símbolo hecho de símbolos. Cada piedra es una escena de la historia del hombre. Por cada piedra, una alma. Cristo crucificado se tumbó en el monte para predicar el bien, y con el tiempo se convirtió en ecclesia, en comunidad hecha piedra. Así nació el edificio sagrado, la catedral, extensión de la silla de Pedro, que elevó su ego hasta el cielo, hasta el infinito. Trascendió al hombre. Allí, en su atrio, verdadero paraíso terrenal, reposaban las almas antes de ascender. Lo verosímil tiene la apariencia de la verdad, lo contrario se reviste de misticismo. No hay matrimonio posible entre lo verdadero y lo místico más
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que la comunión entre pierda y piedra, estructura pesada que cuanto más se eleva más ligera parece.» Y así el libro fue escrito, como la historia de la ciudad humana. Cada ciudad se reveló como una cicatriz en mi espíritu. A través de ellas se estableció un mapa de la memoria del dolor visible ahora en mi cuerpo.

EL HILO DE ARIADNA Saltamos de la caja del camión bajo la atenta mirada de los soldados y sus fusiles. El viejo intenta explicarse, pero los soldados sólo ven los aspavientos que hacen sus manos. No comprenden nada de lo que dice pero al ver la estampa que ante ellos se ha formado relajan sus armas y nos hacen una señal para que nos larguemos rápido de allí. Pues si alguien nos viera con ellos se iban a meter en un buen lío. Recorremos las calles pero el anciano parece desorientado. Mira hacia todos lados y masculla algo que sólo él entiende. Entre esa algarabía de sonidos que salen de su boca reconozco unas palabras. —Todo ha cambiado, no reconozco las calles. Los lugares se confunden unos con otros. Sólo el río permanece. Curiosa paradoja. El agua es como el alma del niño, se adapta a la transformación del cuerpo que lo contiene para no quebrase y permanecer. Sólo lo rígido se rompe. Por el camino ahora puedo adivinar en su esqueleto el esplendor que un día tuvo esta ciudad. Pero me doy cuenta de que aquí no hay horizonte. Mire donde mire sólo hay cemento y hormigón. ¿Cómo puede saber un hombre su posición en el mundo si no puede ver el horizonte?
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—Bagdad se ha hecho demasiado grande para el espíritu humano —dice el anciano. Vamos de calle en calle pero todas se parecen. El anciano se desespera. —Ya no reconozco esta ciudad. La guerra ha borrado su rostro amable. Nos acercamos a un grupo de hombres que mantienen una apasionada y sonora discusión en medio de la calle. No sé qué asuntos tratan pero deben ser importantes por la magnitud de los ademanes. El anciano se encarama hacia ellos. —¿Disculpad, no conoceréis por casualidad a Yusuf ? Los hombres detienen en seco la conversación, y uno de ellos, el que parece más joven —aunque aquí se hace difícil precisar la edad, pues la mala vida acelera la vejez—, nos contesta: —Conozco a varios que responden por ese nombre ¿A cuál de ellos estás buscando? —Yusuf, hijo de Mustafa. Regentaba una tetería cerca de aquí. Hace ya muchos años —responde el anciano. —No le conozco, pero podemos preguntar. El joven hace señales para que le sigamos. Nos adentramos en una de las callejuelas aledañas, que en nada se diferencia de las calles vecinas, atestada de gente que hace su vida al sol, y que genera un constante murmullo humano que mece mi espíritu. Y llegamos al portal de un pequeño edificio a mitad más o menos de la calle. El joven que amablemente se ha ofrecido a acompañarnos llama a la puerta con tres golpes secos de nudillos y al cabo de unos segundos, tras el chirriar de la pesada puerta, aparece un hombre encorvado, de piel extremadamente arrugada. El que nos ha traído hasta aquí le pregunta por Yusuf. El hombre arrugado nos mira por encima de sus gafas. Da un grito hacia el interior de la casa y sale del portal cerrando de golpe la puerta originando un estruendo que sobresalta nuestros corazones. Después de unos pasos nos dice que no sabe quién es Yusuf, pero que conoce a alguien que quizá pueda saberlo.
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Entramos en una pequeña tienda de víveres. No vemos a nadie. El hombre arrugado suelta un «¡Ahmed!», y entre estantería y estantería asoma una nariz roja e hinchada. Coronando la nariz, unos ojos verde pálido, como ya desgastados por la edad, que nos escrutan. El viejo arrugado le pregunta por Yusuf, pero éste niega con una mueca. Piensa un instante clavando sus ojos en el ventilador que da vueltas en el techo y coge unas llaves de detrás del mostrador. Cierra su tienda y le seguimos. Nuestro grupo va aumentando de tamaño. Llegamos a otro portal. Subimos unas destartaladas y estrechas escaleras que nos conducen a una pequeña habitación. Una mujer nos recibe con la habitual cortesía de las gentes humildes. Entramos todos, uno detrás de otro para poder acomodar nuestros cuerpos en el minúsculo receptáculo. Ahmed le pregunta a la amable mujer por Yusuf, hijo de Mustafa, que tenía una tetería cerca de aquí. La mujer tampoco le recuerda, pero puede que conozca a alguien que nos pueda ayudar. Bajamos de nuevo las escaleras, con el paso cada vez más acelerado, y salimos todos a la calle, mujer incluida. Caminamos por estrechas callejuelas. Todas me parecen iguales. El sol ya no calienta, pero la excitación aumenta por momentos la temperatura de mi cuerpo. Nos detenemos ante un local a pie de calle que revela un pequeño taller de costura. Un hombre muy grueso y sudoroso nos abre la puerta, tras la cual veo a un ejército de mujeres sentadas frente a ruidosas máquinas de coser. Bajo las agujas bailan hiyab de todos los colores. El tiempo se detiene un instante para que yo pueda admirar esa imagen más propia de otro siglo que de éste. La habitación no tiene ventanas, y apenas unos centímetros de acuciante calor separan a esas mujeres que sólo tienen ojos para sus agujas. La luz de los fluorescentes cae sobre el fruto de su trabajo. Parecen más bien gallinas incubando sus huevos. El hombre grueso al ver mi cara de estupor me cuenta al oído la historia de ese pañuelo: «El hiyab no es sólo un pañuelo», me dice, «es una tradición milenaria que ha tenido muchos significados a lo largo de la historia. Ya existía antes del profeta, ¿sabes? Entonces quien lo llevaba se distinguía de las
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mujeres esclavas». Por un instante me siento como la audiencia de un contador de fábulas que hipnotiza a su público con sus palabras. Pero hiyab significa esconder, como me enseñó mi padre, y el origen siempre revela el destino. Aunque viendo el taller y a esas mujeres clandestinas me doy cuenta de que no necesitan ese pañuelo para seguir siendo clandestinas. Una de esas mujeres se levanta al ver la señal de la que nos ha traído hasta aquí, y se acerca a nosotros con el consentimiento del gallo que guarda la puerta. —¿Yusuf ? ¡Conozco a Yusuf !

EL TÉ SUFÍ Yusuf regentó una tetería durante treinta años, tiempo que le dio para conocer a los hombres insignes de la ciudad. Por su tetería pasaron distinguidas personalidades, desde poetas y místicos hasta hombres de estado y religión, pues en su manera de preparar y servir el té estaba contenida toda la tradición del pensamiento sufí. Primero hipnotizaba con la ceremonia, como un mago prepara a su público para el gran truco. Los asistentes se prendaban con el humo hasta elevarse con él hasta el paraíso. Luego, el sabor, único y melancólico, que amansaba al más irado, ennoblecía al envilecido y exaltaba el corazón del perezoso. Cada uno encontraba lo que buscaba en esas tazas. Mientras, la vida pasaba frente a ellos sin perturbar, al menos durante esos minutos, su espíritu. Así encontramos a Yusuf, sentado frente a su eterna taza de té, en su humilde casa. Está completamente a oscuras pero su cara se
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ilumina al reconocer a su amigo como se ilumina la del anciano. Y se funden el uno con el otro en un sincero abrazo que dura los años que les han separado, sólo que comprendidos en un segundo. —Perdonad la oscuridad –dice Yusuf mientras prende un candil—. No esperaba visitas. Yo ya me he acostumbrado a andar a oscuras por la casa. Cada vez son más frecuentes los cortes de luz. Y no puedo comprar uno de esos generadores que venden por la calle. Para lo que me queda de vida… El anciano le cuenta nuestro periplo entre taza y taza. Pero Yusuf ya no conoce a nadie. —Nada es lo mismo –dice—. Todos mis amigos han dejado ya de existir. Se hicieron viejos y se fueron para siempre. Hasta hace poco aún tenía noticia de sus funerales. Pero creo que ya no queda ninguno. Ya no me llegan cartas. Pero no todo está perdido. Su vecino es padre de uno de los traductores que trabaja para el ejército americano. Y según él, tiene acceso directo a los altos mandos.

EL VENTRÍLOCUO Nos encontramos con Abdel Azim, el hijo del vecino de Yusuf, en una esquina del Bazar. Después de las presentaciones subimos a su coche. Para llegar al cuartel de las fuerzas internacionales hay que ir hasta las afueras de Bagdad, cerca del aeropuerto, y entrar en la zona verde. Para eso hay que atravesar la ciudad entera bajo la escrupulosa mirada de cientos de cañones de ametralladora que apuntan hacia nosotros. Después de atravesar los numerosos controles sin problema, pues llevamos la documentación necesaria que nos ha proporcionado
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Abdel Azim, penetramos en un mundo que nada tiene que ver con todo lo que hemos dejado atrás, y que creía sólo existente en las páginas de Las mil y una noches que me leyó mi padre de niña. Sobre un lago flota un palacio de princesas desafiando las leyes de la naturaleza. Es Al-Faw, el palacio de agua, en el que vivía el dictador antes de que se lo llevaran. Accedemos a él por una pasarela. Atravesamos el arco de la entrada y nos hacen esperar en un gran salón coronado por una inmensa araña de cristal que cuelga del techo, y a la que no le quito el ojo por si se le ocurre caerse encima de mí, pues cada vez que se abre la puerta la lámpara baila errática sobre mi cabeza movida por una asfixiante corriente de aire. Después de esperar un buen rato y de ser registrados en cada centímetro de nuestro cuerpo, nos vienen a buscar un soldado con una carpeta bajo el brazo. Subimos por unas escaleras de caracol que no se acaban nunca hasta que por fin llegamos a un gran despacho, en lo más alto del edificio. Huele a antiguo y a cigarro puro. Tras un pesado escritorio, y entre montañas de papel dispersas al azar sobre un tapete verde, asoma la nariz de alguien que vive envuelto en una nube de humo. Abdel Azim nos advierte que estamos en presencia de un general, y aunque no sé muy bien qué significa eso, entiendo que debe mandar mucho por lo rígidas que están sus rodillas y lo alto de su mentón. Como no sabemos muy bien cómo actuar, hacemos una reverencia propia de un príncipe. El general se levanta. El brillo que despiden las medallas que lleva clavadas a conciencia en su pecho nos deslumbran por un instante. Y con el cigarro puro entre los dientes no dice que nos sentemos. El general le pregunta a Alí, con una voz casi de ultratumba, por el motivo que nos ha traído hasta su presencia. El traductor repite la pregunta en una lengua entendible pero con un tono atiplado que contrasta cómicamente con la del general. Es como si ese hombre tan grande e imponente tuviera un muñeco en sus manos que mueve a su antojo, como hacen los ventrílocuos, impostando una voz de falsete. Pero Alí no responde porque no puede, y lo hace el anciano por él. Le cuenta nuestra aventura, como Homero narró el viaje de Ulises,
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desde que me encontró en su aldea. El general le escucha, primero alternando miradas a los importantes documentos que tiene encima de la mesa, sin prestar más atención de la exigida por la cortesía. Pero luego, según va avanzando la apasionada narración, posando sus ojos en los del anciano, sin poder apartar la mirada de ellos. El general apaga el puro en el cenicero de hierro forjado y reflexiona visiblemente conmovido antes de soltar palabra. Se frota fuertemente la sien con sus dedos como para rascarse una idea que le pica: —Yo no puedo hacer nada, aunque me gustaría ayudaros. Todo esto es un desastre y está lleno de personas que han perdido a su familia. Cada día se producen atentados, verdaderas masacres que escapan a la razón. Cada día hay cientos de muertos. Ya no sabes de dónde te caen las bombas. Nuestro ejército ha sufrido numerosas bajas y la moral está por los suelos. Nadie ayuda a nadie. Cada uno lucha por su supervivencia. Lo único que puedo hacer es devolveros al campo de refugiados. Allí estaréis seguros. El general se despide de nosotros con los ojos vidriosos, pero antes de que podamos salir por la puerta nos detiene un instante: —Por favor, os pediría que no dijerais ni una palabra de lo que os he dicho. ¡A nadie! Tenemos que dar la sensación de que todo está bien, de que lo tenemos todo controlado…, ya me entendéis. Mientras dice estas últimas palabras abre una bonita caja de plata que hay sobre el escritorio y sale tintineando el himno norteamericano. Saca tres cigarros puros y nos los tiende. El anciano declina amablemente el ofrecimiento agachando la cabeza mientras estruja fuertemente mi hombro con su mano, hasta que el crujido de mis huesos le detiene.

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PRISIÓN ETERNA
Habité en todas esas ciudades y mi espíritu fue envileciendo, pues con la fricción el alma se erosiona.

Conocí a esos hombres y quise emularlos. Quise ser ellos e inoculé mi alma en sus cuerpos. Quería ser grande, pero nada es más grande que el conocimiento. Así, el peso de la ley natural me aplastó en cada uno de mis avatares. Quise ser Dios y modelar el mundo. Fui adorada y vanagloriada, pero nadie perdona a quien se trasciende a sí mismo, y fui lapidada y sepultada miles de veces. Los locos y los genios se confunden. Ambos tipos viven fuera de los márgenes que ha trazado el hombre para hacer comprensible el mundo. Ambos crean sus propias leyes inspiradas en una lógica única y personal que rige los movimientos de unos cuerpos que levitan en un universo ingrávido hecho tan solo de ideas también ingrávidas. Y como no puedo soportar mi creación decido abandonar la ciudad, la ciudad que yo he escrito con la sangre de tantos, para regresar a mi lugar de nacimiento. Doy un paso hacia delante y otro y otro, y me doy cuenta de que no avanzo. En cada paso piso la misma piedra. Y la ciudad siempre queda a la misma distancia. No obstante, Jamani y el ciego se alejan de mí. Entiendo que no puedo desprenderme de la ciudad, no puedo alejarme de ella, porque ella es mi cuerpo, y yo su alma. Estoy condenada a arrastrarla conmigo allá donde vaya. Me muevo sin moverme, avanzo sin avanzar. O no avanzo y es lo demás que se aleja. Para liberarme del libro tengo que destruirlo. Es necesario borrar lo humano. Pero el ciego me advierte: —No puedes liberarte de la ciudad, ni puedes destruirla, porque de sus cenizas resurgirá. Lo humano sólo puede ser destruido por
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el hombre. Has abierto la caja de las calamidades. La vida es pura creación. El hombre es una de las recreaciones posibles de la vida; un signo estético de la vida para hacerse con el control de su propio destino. La vida es lo único que antes no ha sido idea, es la comunión entre el azar y la necesidad, que ha ido variando su gramática para ser eterna. Y ha pensado que en el hombre se haría perpetua. Y en su afán por conocer esa gramática, el hombre se destruyó. —Así ¿ya no hay hombres? —No, sólo su imagen. Y la ciudad es su proyección. No hay ciudad sino imagen de la ciudad. Para destruir al hombre hay que destruir la ciudad. La guerra y el arte, actos fundacionales de la ciudad. La ciudad se erige sobre las cenizas que espolea la guerra. No hay vida sin conquista, sin violencia. La guerra funda la ciudad, el arte la hace habitable.

POR SI ALGUIEN ESCUCHA Subimos al camión y nos dirigimos de nuevo hacia el campo de refugiados. Dejamos atrás las cúpulas doradas, y la ciudad se hace imagen. Pero antes de salir escuchamos el hermoso sonido de una flauta que toca uno de tantos mendigos que se hallan esparcidos por la cuneta de la carretera. Es el sonido más bello que he oído desde que aquel ángel me expulsó de Uruk. Nada tiene que ver con el ruido de las bombas, o del rugir de las ametralladoras, o de los gritos de
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desesperación. Un ruido que se alimenta de los miedos humanos. La música ordena el mundo porque ordena sus sonidos. Y lo hace así más amable y familiar. En este instante la música se transforma en un recuerdo, un canto en medio de la locura. Pocas veces salí de mi aldea antes de verla por última vez fundirse con las llamas. Es cierto que viajaba mucho, pero lo hacía siempre a través de los libros de la biblioteca de mi padre. Por eso, cada vez que mi padre me pedía que le acompañara en uno de sus trayectos, me sentía protagonista de un libro que estaba a punto de escribirse. Podía imaginar todo tipo de aventuras y nuevos paisajes pero nunca podría haber imaginado lo que encontré en el último viaje que hice con mi padre. Al llegar a la nueva aldea lo primero que hicimos, como siempre, fue ir al Bazar, por puro placer de escuchar la resonante algazara y deleitarnos con los colores y aromas. Sin comprar más que una bolsita de nueces para entretener el estómago, salimos del recinto y decidimos descansar en el único banco de piedra que se encontraba a la sombra de un árbol. El calor era tan asfixiante que lo que oí me pareció procedente de un sueño. Unas hermosas notas musicales entonadas por una dulce voz de mujer llegaban atenuadas por el ruido de la muchedumbre hasta mis oídos. Al escucharlas pude imaginar un bello rostro de una mujer joven rodeada de jazmines, cantando al amanecer. Quise ver ese bello rostro y seguí el sonido que iba amplificando su volumen y su dulzura al ritmo de mis pasos. Estaba ya tan cerca que presentí que me encontraría con ella al doblar la esquina. Asomé la cabeza, pero sólo pude ver las espaldas de una multitud que probablemente estaría gozando del placer de tal sublime voz. Me colé entre la gente para poder ver a la artista con mis ojos. Hasta que conseguí, para la desgracia de mi memoria, situarme delante. El rostro de la mujer no era bello como yo había imaginado. Estaba completamente desfigurado, lleno de sangre, como lo estaba el resto
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de su cuerpo tirado en medio de la plaza. Las piedras caían sobre ella rompiendo sus huesos, enterrando su dignidad, aplastando su espíritu, pero no dejaba de cantar y cada vez lo hacía más alto. Una mano me arrancó de la pesadilla. Mi padre me cogió en brazos pues era incapaz de mover mis piernas. La imagen trepanó mi cerebro como un clavo y paralizó mis sentidos. Permanecí hipnotizada hasta que la música dejó de sonar. La mujer dejó de cantar y la multitud abandonó el lugar dejando en el suelo los despojos de lo que un día fue un ser humano. No olvidé nunca su voz, y aunque no pude entender lo que decía la canción, a pesar de que mi padre insistía en que no era música sino gritos de dolor lo que salía de su garganta, yo comprendí lo que aquella mujer quería decirme: se le puede extirpar el alma a alguien y enterrarla bajo las piedras, pero si una sola persona ha sentido el aliento de su belleza, su esencia permanecerá en la tierra. Por eso siempre hay que cantar, para que nuestra esencia perdure en el oído de quienes nos escuchan, por si la muerte nos sorprende mientras no estamos aún preparados.

LA IMAGEN ES TAN ANTIGUA COMO EL HOMBRE
Y arrastrando la ciudad salimos del libro. Encontramos un arca anclada en el río. Y el río nos devuelve al mar.

La imagen es tan antigua como el hombre. Antes del hombre no había imagen, porque es en el hombre donde se construye. El mar es mar e imagen. Es agua y sal cuando no la ve el hombre, e imagen poética
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cuando es contemplado por él. Y es sobre esa imagen por la que nos deslizamos ahora con la barcaza. Nosotros también nos hacemos imagen para los que nos contemplan desde la orilla. Imagen cada vez más pequeña en cuanto nos vamos fusionando con el horizonte, hasta ser engullidos por él. Somos forma que nos distingue de la inmensidad que hay delante de nosotros, hasta que sólo el color nos revela. Pero yo estoy en el mismo lugar. Mi presencia es igual de real. Para los que nos dejaron en la orilla fuimos hombres, y ahora somos imagen. Dentro de unos momentos seremos sólo recuerdo. Para los que van llegando a la orilla, y no nos han conocido, ni hemos sido hombres ni seremos nunca recuerdo, sólo seremos imagen. Poco a poco el sueño me vence. No presento batalla pues su veneno es tan dulce que prefiero morir embriagada sabiendo que mañana volveré a ser amada por él. Y es en el sueño que oigo el sonido más bello. No puedo explicar la sensación, sólo sentirla. Pero los sentidos no me dan razón alguna. El sonido viene acompañado por una sombra que lentamente va tomando forma humana. Y cuanto más cerca, más se excitan mis sentidos. El sonido penetra por mi oído y paraliza mi cuerpo. En mi cabeza se forman imágenes que resumen mi existencia ¡Cómo un sonido puede contener tantas imágenes! Y de repente despierto. Veo a un hombre tocar un instrumento sentado en la orilla. —¿Qué es ese sonido tan bello que emites? –pregunto—. Ha paralizado mi cuerpo pero a la vez ha calentado mi corazón, y de alguna forma ahora veo más claro que nunca porque veo a través de mis oídos. Ese sonido me conduce hacia lugares que desconozco. —Son las musas que buscan su expresión a través de mis manos —contesta la figura. —¡Qué lenguaje tan bello utilizan estas musas! —Ellas crearon este lenguaje pues vieron que las lenguas habladas por los hombres creaban confusión, porque con ellas no se podía representar el mundo en toda su complejidad. Y que de la confusión
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brotaban las semillas de la discordia. Destilaron la esencia de todos los lenguajes y crearon uno diferente, más bello porque media entre el mundo y su sentimiento, entre lo material y lo sensible. Escucharon a los dioses que moraban en el río, en el árbol y en la piedra. Escucharon a todos los hombres, porque hasta el ser más pequeño tiene siempre algo que decir. Escucharon los pasos del hombre sobre la tierra. Y con todo ello crearon la música. —He oído hablar de ella. Es una especie de poesía sin la palabra que la enturbia. —¡Exacto! —¿Y cuál es tu nombre? —Mi nombre es Orfeo —Te conozco Orfeo. Tu tarea es difícil. ¡Hacer que los hombres se entiendan! Pero tu arma es poderosa. Por el bien de la humanidad espero que tengas éxito. —Sí, mi tarea es muy difícil, porque en mi tierra los hombres están ciegos, aunque sus ojos estén abiertos, y sordos, aunque si se cae una moneda al suelo saben cómo encontrarla. Mi tierra es una tierra de codicia, de guerra y de muerte.

VERGÜENZA Por el camino, regueros de sangre y muerte. Cientos de cadáveres en los laterales de la carretera. El hombre los dejó allí, los buitres hacen el resto. Uno de los soldados que nos acompañan le habla al anciano en un árabe algo precario. —¡Hijos de puta, otra vez los cabrones insurgentes! Cada día mueren más y más. Es el ojo por ojo. Si uno mata cien, el otro mata mil. Y así hasta que no quede ninguno. Y a los que no matan ellos los matamos nosotros. Esto es el fin del mundo, pero yo no puedo hacer
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nada. Sólo obedezco órdenes. Pero yo siento vergüenza, ¿sabe?, y por eso no escribo a mi familia. Prefiero que crean que estoy muerto, pues así es como me siento. Yo tuve una vida, ¿sabe? No siempre he sido soldado. La guerra cambia a las personas. Cuando la muerte te ronda día y noche te vuelves insensible al dolor, tanto al propio como al ajeno. El instinto más primitivo es la única ley que respetas. Aquí sólo hay una verdad, la que te hace permanecer vivo. Yo he hecho cosas de las que no sería capaz allí en mi casa. Por eso me he inventado un personaje. Él es el que dispara, ¿sabe?, no yo. Cuando él lo hace, yo estoy pescando en el lago con mi padre, a miles de millas de aquí. El otro día murió en mis brazos un niño que no tendría ni cinco años y no derramé ni una sola lágrima. Pero lo que más me atormentó no fue que el niño muriera. Ni que de este mundo se fuera pensando que la vida no vale la pena. No, lo que no podía soportar era que yo no había sido capaz de llorar por él. Y entonces, en la soledad de la noche, lloré por mí, por haber perdido mi humanidad. El viaje se hace largo, y me duermo con las palabras del soldado, imaginándolo en su lago pescando un gran pez para la cena.

PAISAJE HUMANO
Nos adentramos en las tierras de Orfeo. Ya no hay arena, sino piedra, piedra que encallece los pies al andar.

El horizonte es también de piedra. Y por ella transitamos hacía ningún lugar. El ciego aprende el camino y nos guía. Jamani sigue sin pronunciar palabra. Caminamos días y noches. Ni un alma por
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el camino. ¿Será esto lo que sienten los muertos? ¿Esta desolación, este sin sentido de camino hacia ninguna parte, esta ausencia de sentimiento? Me alimento ya sólo de esperanza. Pero ésta se quiebra al toparse con el mismísimo infierno que ha ascendido a la tierra, y que ahora se presenta ante nosotros como sangriento enigma que sólo el diablo podría resolver. Cientos de árboles, de invernal apariencia, como pintados por un antiguo miniaturista persa después de la batalla. Abandonados por las hojas que un día les dieron su proyección vital. Cientos de árboles que se pierden a la vista, grises, sin alma, hueros y resecos. De cada rama cuelga una soga, y de cada soga un hombre con un agujero en el pecho, que levita sobre el prado teñido de rojo. Orfeo ha fracasado. No hay atisbo de dignidad en los cuerpos inánimes que cuelgan de los árboles. El sol se despide tras los montes sin intención de volver a salir después de haber contemplado los infames efectos de la masacre. Hasta los árboles parecen llorar sangre. Nuestros músculos buscan combustible en el oxígeno casi inexistente del lugar para encontrar la fuerza necesaria. Y empezamos a bajar los cuerpos para darles sepultura, hasta que se consume el oxígeno por completo y caemos exhaustos en el rojo lecho en el que nunca más volverá a crecer la hierba. Al despertar abrimos los ojos, y de nuevo cientos de cuerpos cuelgan de las ramas. La muerte se reproduce. La muerte engendra muerte. Nos escondemos detrás de una roca a esperar. Quizá podamos romper el ciclo si sabemos qué lo pone en marcha. Cae la noche y vemos cómo se acerca un carro tirado por un caballo. Se detiene en medio del esperpéntico bosque. Los cadáveres rebosan por todos lados. Un hombre solitario, ataviado con una levita raída y un tocado con pluma que corona su desproporcionada cabeza, baja los cuerpos uno a uno y los cuelga por el pescuezo. Hay tantos que ya ni se ven los árboles, sólo carne humana putrefacta. Una vez ha terminado el trabajo se sacude las manos con un puñado de arena que coge del suelo, pero la sangre permanece. Cuando se dispone a subir de nuevo al carro, ya sin cuerpos, un ruido lo alerta. Jamani ha tropezado con
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una piedra. El paje se acerca corriendo hacia nosotros. Rodea la roca hasta que nos encuentra agazapados como animales sin escapatoria. Nos mira desconcertado sin saber muy bien qué hacer. Saca una daga del bolsillo y levanta la mano amenazante, pero se queda petrificado. Baja los ojos y profiere unas palabras: —¿Ajda, eres tú? —¡Jafet! ¿Qué haces aquí, es que ahora eres un asesino? —No, no temáis. Yo no soy un asesino. Sólo soy un hombre que obedece órdenes de su rey, de la sombra de Dios en la tierra. Se da la vuelta avergonzado y se sube de nuevo al carro. Jamani, el ciego y yo seguimos los surcos que dejan las ruedas en el camino hasta que llegamos a una ciudad en la que se pierde el rastro. No hay nadie en las calles, ni señal de Jafet. Pero el eco de unas voces apagadas hace girar mi cabeza hacia lo que parece un templo sagrado. Nos acercamos con sigilo y algo inquietos, y miro a través del hueco que deja una puerta de madera entreabierta que se encuentra en uno de los laterales. Oigo claramente voces humanas que reverberan en la cúpula a muchos metros de altura. No se ve a nadie. Miro a un lado y a otro, pero el bosque de marmóreas columnas que brotan del suelo y que pueblan la sala hipóstila no me dejan ver nada. Sólo la luz que penetra por el lucernario sacia mis expectativas al proyectar las sombras de los asistentes en el reluciente suelo, creando un efecto de luces que me recuerda al teatro de sombras balinesas que a veces hacía un alto en mi poblado para ofrecer su espectáculo de príncipes y princesas. Dos figuras humanas enfrentadas, dos cabezas coronadas por tiaras cornúpetas, que se recortan sobre dos grandes tronos, cómicamente distorsionadas por el ángulo en el que incide la luz sobre ellas, empequeñeciendo la cabeza y engrosando desproporcionadamente el cuerpo, discuten acaloradamente. —Yo , Sha de Persia, príncipe de Palestina, rey de Arabia, valido de Crimea, que gobierna sobre los fondos del Mar Negro hasta el horizonte de las estepas, con derechos sobre las tierras entre el Indo y el Tigris, relamo esta tierra para mí y mis súbditos. ¡Por la gracia de
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Dios! Nosotros llegamos primero a esta tierra. El sentido del sol marca el sentido de nuestra escritura. Él nos dice que debemos escribir de izquierda a derecha, pues debemos mirar al norte, que es de donde procedemos. Y hacia allí, hacia el norte, debemos orar, pues a nuestros ancestros debemos nuestra existencia. Nuestros antepasados crearon la imagen de nuestro pueblo, y por ello debemos adorar sus imágenes. El ámbar es nuestro color, y el doce es nuestro número. Sobre estos dos puntos no aceptamos discusión, son inamovibles, aunque ahora mismo no pueda decirte por qué, pues no lo recuerdo. La sombra que se le opone le replica moviendo exageradamente la mandíbula, como si masticara las palabras: —Yo rey de Anatolia, príncipe del Yemen, dueño de las tierras al norte del Rin, propietario del mar que se extiende desde Siria hasta Sefarad, reclamo los derechos sobre esta tierra. Por la gracia que me concede Dios. Pues fuimos nosotros los que llegamos primero a esta tierra. El sentido del sol también marca el sentido de nuestra escritura, pero miramos hacia el sur, que es de donde venimos. Por ello escribimos de derecha a izquierda. Hacia allí debemos orar, pues es de donde proceden nuestros ancestros. Aunque ellos no crearon la imagen de nuestro pueblo, sino que la escribieron en el libro de la vida, por lo que es al libro al que debemos adorar. Nuestro color es el rojo, y nuestro número el siete. Tampoco recuerdo por qué, pero estos puntos son innegociables. Aunque podemos cambiar el siete por el nueve, nunca aceptaremos el doce. ¡Ese es un número prohibido! —Bien, como no nos ponemos de acuerdo, mataré a otros cien hombres tuyos. —Me parece justo, yo mataré a otros cien de los tuyos, tal como prescribe la ley de Hammurabi. Las figuras hacen sendas señales a las sombras de sus respectivos ayudantes. Reconozco a Jafet entre ellos que hace ahora las funciones de paje real. Ambos salen corriendo. Mientras, las figuras principales de la trama, mayores en tamaño que las sombras que les rodean,
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continúan discutiendo. —Yo llegué primero a esta tierra, este lugar me pertenece. —¡No, yo llegué primero, me pertenece a mí! —¡No, te equivocas y debes reconocerlo! Yo llegué primero. Tengo derechos sobre este sitio. —No, no estoy de acuerdo. Mi pueblo tiene los derechos. —¡No, no, no! —¡No, no y no! —Bien, como no nos ponemos de acuerdo, mataré a otros cien hombres tuyos. —Me parece justo, yo mataré a otros cien de los tuyos, según estipula la ley. De nuevo la señal, pero en esta ocasión Jafet deja caer unas tímidas palabras de su boca: —Disculpe señor, pero el enemigo no cuenta ya con cien hombres, ni con cincuenta, ni siquiera con diez. Creo que ya no le queda ninguno. —¿Estás seguro? —Del todo, señor. —Bien, eso significa que hemos ganado —dice sobriamente la figura mientras se levanta lentamente de su trono. A lo que el paje de su contrincante responde: —Disculpe señor —dirigiéndose a su rey—, pero a nuestro enemigo tampoco le queda una sola alma. Ya hemos acabado con todos. Hemos vencido. La sombra del monarca se pone también de pie. Uno de ellos mira a su alrededor mientras se dispone a hablar. —Bien, puedes quedarte tú con este pedazo de tierra, ya no me interesa. Al fin y al cabo no son más que un par de millas de barro y piedras. Qué es eso al lado del vasto imperio sobre el que reino. Te lo cedo como muestra de mi magnanimidad. —No, puedes tú quedarte con ella, a mí tampoco me interesa,
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ya no tengo a nadie a quien gobernar. Por primera vez sus miradas coinciden. Uno de ellos se va hacia poniente, el otro hacia levante. Las sombras se desvanecen. Los pajes se quedan en el tempo sin saber qué decir. —¿Qué ha ocurrido? –le pregunto al ciego. —Los complejos empiezan a pervertir mi poesía. No los puedo controlar. No quedan hombres, ni siquiera su sombra permanece porque la luz del sol se apaga. Los latidos de la tierra hacen temblar mis pies. Dudo de todo. Miles de hombres han muerto por nada. La muerte está cada vez más cerca y el libro continúa escribiéndose. Siento el aliento gélido de alguien en mi nuca. Pasa rozándome el cuerpo el jinete montado en su corcel. —¿Has sido tú, verdad? –le pregunto amenazante. El ciego me detiene. —¡Cállate, Ajda!, Es a la muerte a quien amenazas. Y la muerte tiene una irónica forma de expresarse. Te revela el secreto de la vida justo en el momento en que te la quita. Ella tiene todas las repuestas, es cierto, pero es mejor no conocerlas. A veces se presenta ante nosotros adoptando las formas más improbables, esperando ser reconocida, pues también ella tiene su orgullo, y nos da, de vez en cuando, sobradas muestras de su superioridad para recordarnos que no somos más que hombres. Aunque no todos escuchan. Toda la sabiduría del mundo se encuentra en ella, pero nadie puede acceder a ese conocimiento sin perecer al instante. No te precipites. No quieras saber más de lo que debes. Pues en sus palabras podrías encontrarla. El saber requiere del aprendizaje, de la observación, pausada y lenta, de nuestro entorno. Hay que recoger el fruto del trabajo del intelecto que nos conecta con la vida de las cosas con respeto y precaución. Sin ese aprendizaje el conocimiento se desordena. Cada cuestión debe haber sido convenientemente planteada, debe ser fruto de una
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necesidad perentoria y vital. El jinete se aleja y yo lo contemplo mientras mi cuerpo se desploma por el insoportable dolor.

MI NOMBRE
—Ciego, tú me has acompañado durante largo camino, y tu sabiduría es infinita ¿no serás tú la muerte?

—Yo no soy la muerte, ni tampoco la vida, ni estoy hecho de carne y huesos como tú, sino de la palabra carne y de la palabra huesos. Tengo todas las edades del universo, pero aún no he nacido como lo hace un hombre corriente. Soy todo lo que ha sido, es y será, todas las personas que he conocido y las que aún he de conocer. Soy todas las imágenes, pero el espejo no retiene ninguna, porque estoy hecho sólo de palabras. Mi nombre es Homero, y soy culpable. —¿Culpable de qué? —De todo, de todos los males que acechan al hombre. —¿Cómo es eso posible? En mí todo ocurre en forma de poesía, el contenido se expresa en la forma, el movimiento se transforma en danza, la palabra en música y el gesto en verso. Pero como el espejo no retiene mi imagen no puedo fijar la poesía en la memoria de los hombres. Y sin memoria se pierde el conocimiento del bien y del mal. Con mi cálamo he dibujado las pasiones, tu aliento, el aire que llena tus pulmones, la inspiración por la que luchas, por la que construyes. Yo escribí a los
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hombres y sus signos, hasta que los signos suplantaron al hombre, dejándolo desnudo, sin atributos, sin su humanidad. Y aprovechando su vulnerabilidad los dioses los colgaron de hilos como a marionetas para moverlos a su antojo. Pero fui yo quien creó también a esos dioses. Entonces quedé atrapado en el mundo que yo mismo había creado. Intenté mantener las pasiones fuera de mi creación, pero estas siempre se filtran en el texto. Quise ensalzar la guerra con mi poesía, hacerla bella a los ojos de los hombres. Pero la guerra no es bella. Nada hay de poético en matar al prójimo, ni en morir por los dioses. Por eso ahora agonizo. Por eso te necesito, pues sólo en tu faz puedo palpar algo de lo que fui, mi reflejo distorsionado por las arrugas que el tiempo ha incrustado en mi rostro. Tú eres ahora la imagen que encarna mi espíritu, mi presencia en la tierra, y como tal serás crucificada miles de veces por tus hermanos, hasta que el espejo me refleje. La primera cruz, en tu aldea. Y en cada encrucijada, otra, hasta que el paisaje se llene de cruces. Yo ayudé al abuelo de tu abuelo a construir la ciudad, pero no seguí las leyes. En un acto de vanidad creé a los dioses para verme reflejado en ellos. Ahora lo sé y por eso estoy aquí, pues he visto mi legado. Trascendí el conocimiento, y destruí la ciudad, su cuerpo y su alma. Ahora habito en un mundo que no es mundo, en un libro eterno que busca una perfección que nunca se concreta. Vivo sin vivir, en la absoluta oscuridad. Sólo en ti puedo encontrar la esperanza. —¿Y qué forma tiene ese mundo que creaste? ¿Qué espíritu? ¿Qué alma? —Tiene todas las formas, pero una sola alma: mí alma, que se ha perpetuado por los siglos de los siglos. La ciudad es ahora libro, con caracteres que conforman signos que con el tiempo se han vuelto crípticos, signos que ya nadie comprende. Pero esas imágenes son sólo estados del alma; en realidad sólo existen en nuestra mente. Y si el alma es vil, la imagen también lo es. Por eso ayudé a tu abuelo, para hacerme humano. Escribí al hombre, pero le inoculé demasiado pronto los mitos, cuando aún no estaba preparado para entender134

los ni convivir con ellos. Escribí las pasiones humanas para que los hombres pudieran relacionarse sensitivamente entre sí, pero toda creación genera a su vez su contrario. Y así, del amor nacieron los celos, de la felicidad la envidia, de la devoción el fanatismo, de la piedad la manipulación. Tú ya lo sabías Ajda, las células del hombre empiezan a corromperse en el momento en el que nace. Ahora el hombre es sólo un mosaico de mitos perdidos en el limbo, incapaces de regresar a su origen. Por eso hay que desprenderse de ellos, como has hecho tú. Homero llora como un niño.

TROYA Las palabras del anciano junto al traqueteo del camión me despiertan: —Mi tierra es una tierra de poetas. Dios fue el primero entre ellos. Con sus palabras creó el Edén. Y siguiendo el ejemplo, sus vicarios escribieron los ríos, los árboles, las ciudades, los hombres. Mi tierra es la cuna de la civilización, del arte y de la guerra. Es el origen de la humanidad. Todo empezó aquí, a la ribera del Tigris, y aquí es donde tiene que terminar, porque los hombres siempre beben de sus aguas que, como hermano del Leteo, hace olvidar la esencia que se forja con la historia. Esta tierra fue una posibilidad que tuvo su principio y que ahora ha llegado a su final porque la memoria se pierde con cada generación. Todo en el universo tiene un final, pero no todo lo que es posible tiene un principio. Lo que Dios creó, sólo el hombre puede destruirlo.
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El soldado parece no entender nada de lo que dice el anciano. Llegamos a las puertas del campo que hace días abandonamos, pero no queda nadie. El fuego ha acabado con todo. No quedan ni los cuerpos. Sólo las cenizas. La esperanza se hace añicos. Creo que éste es el final del camino, porque no podemos ir hacia delante ni tampoco volver atrás. Hay un precipicio ante nosotros y el viento nos empuja contra nuestra voluntad. Estamos en el limbo que ha sido siempre la tierra. El fracaso hace estragos en el anciano. Ya no queda posibilidad. Ya no hay poesía. El anciano se dejar caer en el suelo. Ya no quiere continuar. Su tierra, mi tierra, se borra a cada paso. —¿No es mejor quedarse quieto y esperar que el destino me encuentre ya de una vez? —grita el anciano al viento—. La muerte va siempre por delante de mí. No hay manera de adelantarse. He perdido la batalla. Dejadme aquí. Vosotros aún tenéis tiempo ¡Seguid camino! Alí lo mira atemorizado. Se acerca al anciano y lo levanta por la espalda con un gesto brusco. El anciano hace fuerza hacia el suelo, pero Alí consigue ponerlo de pie. Le coge el brazo y se lo lleva hacia el horizonte. Señala con el brazo el ocaso del sol, cuya luz ha inundado de un fulgurante rojo todo el espacio vacío que se extiende ante nosotros. Ese es el camino hacia el hogar. Hay que volver a casa.

EL NOMBRE DE LOS DIOSES Cada día más imágenes de muerte en Iraq. Treinta segundos, un titular, cuatro planos, una cifra. No hace falta más. Tampoco hay nadie escuchando. El camarero aprovecha para cambiar de canal en busca de algo más entretenido, y por supuesto lo encuentra. No se lo reprocho. Qué importa una cifra u otra. Son sólo números. Él no
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sabe que mis padres también fueron un día números en un telediario. Desde entonces presto atención a los números, por si detrás hay alguien que conozco. Dejo la comida a medias y me voy a mi casa. La tenue luz de las farolas iluminan las calles. Aquí no hay cortes de electricidad. Aquí todo es distinto, pero las imágenes siguen en el televisor. Llevan en el televisor toda mi vida. Siempre ha habido guerra en mi país. La historia se repite. Aquiles, Patrocolo, Ulises, eran las marionetas de los dioses. Eran juguetes con los que acometer sus terribles venganzas, o simplemente los utilizaban para divertirse. Antes los dioses se llaman Zeus, Atenea y Poseidón. Ahora se llaman George, Bill o Saddam.

EL ORIGEN
Homero continúa susurrándome al oído

—Yo te escribí, Ajda, por eso debo acompañarte siempre. —Pero yo ya existía antes de encontrarte en el camino —le replico. —Claro, antes de ser palabra debías ser conciencia. Debías existir en la mente colectiva para poder penetrar en el alma de cada individuo, pues lo que no es comprensible no puede calar. Antes de letra fuiste idea rumiada por los intestinos de los hombres. Yo escribí tus signos en mi libro, pero algo que no estaba previsto ocurrió. Tu alma pura te liberó del libro y cobraste vida propia, desplegaste por el mundo tu espíritu, pero éste no fue comprendido. Tus padres murieron antes de que tú nacieras. Eso fue violento, pero fue necesario. Y despacio te fuiste desprendiendo de los mitos hasta quedar desnuda. —¿Pero cómo pudieron morir antes de nacer yo? Yo los vi con
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mis propios ojos. Recuerdo muy bien su presencia. —Era sólo su imagen. Era la imagen de la naturaleza primitiva, del estado del hombre antes de ser hombre. Para que naciera el hombre debía morir la naturaleza. Ese fue el gran éxodo de la humanidad: de la naturaleza a la civilización. Tú naciste para que todos renaciéramos. Pero cuando algo nace algo tiene que desaparecer, como muere el vacío cuando se llena. La naturaleza, ya en decadencia, guió tus primeros pasos, te mostró el camino hacia ti misma, hacia tu humanidad. Pero como primer humano que poblaba este mundo, quisiste conservarla en tus genes. Y la naturaleza aún intenta expresarse en ti, y en tu semilla. Es imposible destruirla.

TARDE DE LLUVIA CON MOISES Pero el regreso no es fácil. Hay que encontrar un vehículo. Y el anciano se acuerda de nuevo de Yusuf. Con los soldados volvemos a Bagdad y nos encaramamos de nuevo a casa de su viejo amigo. Yusuf nos dice que tiene un vehículo, pero que hace tiempo que no lo usa. La vista, o mejor la falta de ella, ya no se lo permite. Nos muestra el vehículo, que se encuentra en la vieja tetería, convertida ahora en un desván habitado sólo por polvo, arañas y recuerdos. Pero el alma se nos cae a los pies cuando se revela ante nosotros el esqueleto de lo que dice Yusuf que un día fue un coche. No tiene ruedas, ni puertas, la luneta delantera pasó a mejor vida. Alí abre el capó, al menos tiene motor. Prueba a ponerlo en marcha, pero no arranca. El anciano mira al suelo decepcionado, pero Alí con sus toscos gestos nos hace ver que puede arreglarlo… si encontráramos los recambios adecuados.
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Lo primero es encontrar las ruedas y la batería. Pero antes hay que tomar el té en casa de Yusuf, para que las ideas fluyan hacia nosotros, nos dice. Se toma su tiempo en prepararlo. Y con el aroma que viaja hacia mi nariz me reencuentro a mí misma bajo el árbol milenario de mi pueblo. A mi lado está Moisés, aquel niño con quien compartí todos mis secretos y que seguro lleva consigo allá donde la muerte le haya llevado. Empieza a llover, pero el árbol nos cobija. Allí pasamos toda la tarde pero la lluvia no cesa. Todo se ha anegado, pero nosotros permanecemos secos. Oscurece y la lluvia persiste en su tarea. Si seguimos esperando nuestros padres se van a preocupar, así que decidimos salir y aguantar el chaparrón sobre nuestras espaldas, que cala en segundo todos nuestros huesos. Le hago ver a Moisés lo tontos que hemos sido al no salir antes. Hemos perdido el tiempo y encima nos mojamos igual. Pero Moisés me mira y me dice «no hemos perdido el tiempo, pues el tiempo nos ha regalado esta tarde para que tú y yo podamos compartir su recuerdo aún cuando estemos lejos.» Y eso es lo que hago ahora, compartir su recuerdo. Mientras me tomo el té se va grabando también este momento en mi memoria a la vez que lo hace en la de mis amigos. Ahora sé que siempre estarán conmigo. Eso me hace feliz por unos instantes.

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LOS HIJOS DE NOÉ
Tú conociste a Sem, al inicio del camino. Él fue el creador de Oriente, el principio. Luego conociste a Jafet, que se dirigió a Europa para esparcir su semilla. Él derribó todos los puentes que unían al hombre con el hombre, y negó el progreso a los que eran diferentes a él. En el río, conociste a Cam, padre de África. Él y su pueblo aún siguen esperando.

No eran más que imágenes de tu alma. Cada uno fundó un pueblo. Pero luego los hijos de Jafet volvieron a la tierra primigenia y la devastaron. Los hijos de Cam cerraron los ojos y fueron expoliados. Los hijos de Sem se encerraron tras las murallas del libro inexpugnable. Y se hizo la guerra eterna.

EN LA COMUNIDAD La ciudad está llena de talleres mecánicos pero sin dinero no hay recambios. Yusuf hurga en sus bolsillos, pero la mano sale vacía. —La esperanza es una suerte de aranera amante, juguetona y traicionera. Un día te pone la alfombra hacia el cielo, y cuando estás andando por ella, zas, te la quita para que te pegues un trompazo y reírse así a tu costa —dice el anciano. Abatidos, y ya sin un taller por visitar, regresamos a casa de Yusuf. Nuestras miradas han perdido el brillo que tenían esta mañana y nos
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sentamos a esperar no sé bien qué. No pasan ni diez minutos cuando llaman a la puerta. Abro y aparece un niño que empuja una rueda de coche más grande que él. Las miradas de Alí y del anciano se cruzan aderezadas por una sonrisa. Es sólo una rueda, pero ese gesto del niño está lleno de esperanza. Antes de poder darle las gracias aparece un hombre con otra rueda, y luego otro, y otros niños con una puerta. Baterías, retrovisores, más ruedas. En menos de una hora tenemos sobre la mesa otro coche desmontado en piezas. Lo celebramos con una sonora carcajada. Y salimos corriendo hacia la antigua tetería con todas las piezas a cuestas. Alí se pone manos a la obra. Todos los vecinos ayudan, y aunque la mayoría de piezas no encajan, Alí, convertido ahora en el supremo ingeniero, se apaña limando las que no entran, atando con cuerdas o pegando con cinta adhesiva todo aquello que se resiste a encajar. Finalmente aparece ante nosotros una especie de monstruo de Frankenstein con ruedas, hecho de pedazos de buena voluntad y pegado con el cemento que une a la humanidad. Alí prueba a ponerlo en marcha y… ¡Sí!… el rugido del motor. Qué bien suena cuando es acompasado por el aplauso y las risas de todos lo que nos han ayudado. Ya tenemos coche, pero no tenemos gasolina para moverlo, a penas una gotas en el depósito para llegar qui´za ala esquina. Los vecinos, que llenan la vieja tetería, empiezan a sacar monedas de sus bolsillos. Con lo que nos dan podemos llegar al menos hasta cielo. El agradecimiento es eterno. Nos despedimos de todos con lágrimas en los ojos. Mientras Yusuf lo hace con una sonrisa que le devuelve el brillo a la cara.

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AVATARES
Homero suelta el verbo sobre la tierra, para que crezcan los hombres, con el agua de mis lágrimas.

—Yo he tenido múltiples avatares a lo largo de la historia —me dice Homero—. Mi ego ha adoptado las más abominables formas, encarnado en grandes hombres. Todo para subyugar el mundo, ponerlo a mis pies, hacer del universo mi ciudad. Pero el mundo es ingobernable. Aquel que lo intenta perece. La gloria es efímera. El precio es la locura. El cuerpo no puede contener el espíritu y por ello he querido hacer del mundo mi cuerpo. Fui Aquiles y Ulises, Napoleón, Alejandro, Gengis Khan y Jerjes. No se puede domeñar la naturaleza. Ella se impone, porque tú la mantienes viva. Porque ella era tu madre, y era tu padre, que intentó borrar sus pasos con sacos de arena. Pero sus huellas no se pueden borrar. No se puede borrar la historia. —¿Pero cómo puedo ayudarte yo si estoy atada a la piedra? —Tú eres la piedra. Allá donde vayas la arrastras contigo, y su peso es el peso del mundo. Te han bautizado en miles de lugares, y con cientos de nombres. Te has llamado Enkidu y Eva, Atenea y Abraham. Pero el nombre por el que mejor se te conoce es Civilización. Y todo ello fue por el verbo. Al crear la palabra fuera del libro que yo te di, creaste lo que se designa con ella. Y cuando el mundo fue nombrado, también fue revelado. Una palabra para cada cosa. Una cosa para cada palabra. Pero también los dioses pidieron ser revelados, y tuviste que crear un nombre para cada uno de ellos. Así se mostraron, a veces feroces, a veces amables, dueños y señores de las pasiones humanas, destruyeron el mundo para construirlo de nuevo a su gusto. —¡No fue mi voluntad!
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—De los árboles brotaron lenguajes y de los lenguajes nacieron lenguas, y ya todo fue confuso. El lenguaje de la ciudad se hizo múltiple, y el hombre vagó desorientado por la tierra buscando una patria. Y como no la halló, se la inventó. Le puso nombre y con ello subyugó todo lo que su vista podía alcanzar. Y como no le bastaba, sometió a todo aquello que su mente podía abarcar. Destruyó primero y creó luego sobre las ruinas, como había hecho ya en el origen de los tiempos Ishtar, la diosa del amor y de la guerra, que con sus múltiples rostros —fue Innana para los sumerios, Anahit para los armenios, Astarté para los fenicios, Afrodita para los griegos, e Isis para los egipcios—sirvió de inspiración al eterno guerrero, que mata de día y ama de noche. Y mientras la concubina deslumbra con su danza de los siete velos, el guerrero deambula hambriento de carne por el templo de Ishtar, —ese sórdido boulevard en el que las mujeres venden su alma por la gloria de yacer con el más fuerte— por no haber derramado suficiente sangre inocente en el ara de la victoria. Solo en ese amar renueva las fuerzas para seguir matando. Comprendo lo que Homero me dice. Así me dirijo de nuevo hacia el desierto con la ciudad a cuestas, el abismo de arena, sin horizonte, sin paisaje, sin hombres. Sólo en la nada podré encontrar el todo.

TIERRA DE POETAS Salimos de nuevo de Bagdad, y una idea revolotea en mi mente. ¿Cómo es posible que nuestra tierra haya acumulado tanta desdicha, tanto horror y desgracia, tanto sufrimiento y dolor? Como dijo el anciano, nuestra tierra es una tierra de poetas. Desde que empecé el camino, después de ver morir a mis padres y de despedirme de mi pueblo a orillas del río, no he hallado más que poetas. Poetas que
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han escrito mis pasos con las palabras más bellas y amables, que me han acompañado en mi sueño de recobrar la humanidad perdida. No importa en qué lengua escriban los versos, lo que cuenta es que éstos sean escritos. El mal está en la máscara, el uniforme o la letanía cantada al unísono. Pero en cuanto el ser humano se despoja de ellos, se convierte en un poeta de las pequeñas cosas. Así me lo han demostrado. Una nueva Odisea ha sido escrita con las voces de los que me han acompañado: Karim y Fátima, Alí y el anciano, el oficial y el soldado, Yusuf y sus vecinos. ¿Quién es entonces el que procura el mal? ¿En qué alma anida? El abuelo de mi abuelo lo sabía: el que trasciende lo humano destruye lo humano. Después de horas en la carretera vislumbramos por fin la aldea, y el anciano empieza a tararear una canción que le susurra su corazón gozoso. Pero su voz se va apagando en cuanto entramos en la aldea. Las calles están desiertas, como abandonadas por lo humano. Nos detenemos delante de su casa. La puerta está abierta, y el anciano se teme lo peor. Llama a su mujer desde el umbral, pero no sale nadie. Las gallinas no picotean ya el grano. Las casa vecinas también están vacías. El tiempo se ha detenido en la aldea. Todo permanece inmóvil, y la sola presencia de un perro sarnoso hurgando en las basuras nos indica que no estamos dentro de una fotografía. El anciano se lleva las manos a la cabeza. Pero hay algo extraño en todo esto. No hay signos de violencia. Si hubieran estado aquí los insurgentes las calles estarían repletas de cadáveres, de eso no hay duda. Pero en las calles no hay nada. Y en ese momento veo una nube de polvo que se acerca. Entramos a toda prisa en la casa del anciano. Y por la ventana vemos acercarse un ejército de camionetas. Hombres blandiendo sus armas al cielo y gritando sonoras consignas saltan de ellas para entrar en las casas, derribando las puertas a golpes. Pero saliendo de ellas con un rostro interrogativo, sin comprender nada. Uno de ellos se acerca a la casa en la que nos encontramos. Contenemos la respiración, acurru146

cados como animales a las puertas del matadero, nos apretamos contra nosotros mientras el sudor emana a borbotones de nuestras frentes. Se abre la puerta de un fuerte golpe. Pero nadie entra. Las palabras del que parece el cabecilla congregan a todos los intrusos a su alrededor. Cogen bidones de gasolina y rocían todo lo que encuentran a su paso, incluido nuestro coche. Mientras se alejan en sus camionetas, uno de ellos lanza una cerilla y prende la aldea entera en cuestión de segundos. Salimos corriendo de la casa, que aún no ha tenido tiempo de arder, y nos dirigimos hacia el espacio abierto contemplando cómo, de nuevo, el fuego se alimenta de mis esperanzas. Parece como si alguien secretamente fuera borrando mis huellas. Todos los lugares en lo que he estado, y a los que podría haber llamado hogar, han terminado por arder. El paisaje se borra a cada paso que doy. —Aún no está todo perdido —masculla el anciano, entre toses y resoplos, mientras señala unas huellas humanas en el suelo que se dirigen hacia las montañas—. Sabían lo que iba a suceder y han huido. Debemos seguir las huellas. Nos despojamos de todo, y salimos tras los pasos de quienes emprendieron el camino antes que nosotros. Andamos hacia las montañas que aparecen diminutas ante nuestros ojos. El camino se hace largo, tanto más cuando cargamos con el peso de la incertidumbre. El cansancio hace los pasos lentos, pero el anciano no se detiene. Tiene la mirada clavada en el horizonte. La esperanza mueve sus músculos, que ya no tienen otro medio de combustión. No hay alimento, las bocas se secan. La garganta arde al tragar la poca saliva que queda. Pero no nos detenemos. Y de nuevo nos enfrentamos al desierto. La muerte planea sobre nuestras cabezas, como lo hacen de nuevo los buitres que esperan su preciado manjar. Son pacientes y saben que si esperan conseguirán al final lo que buscan. Seguimos las huellas en la arena. Son los pasos del éxodo hacia la supervivencia. Ya he vivido esto antes, y me pregunto cuántas veces más tendré
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que hacerlo. Ya he vivido muchas vidas en ésta. Y empiezo a estar cansada del trasiego. Me gustaría desaparecer, viajar al lugar en el que se encuentran mis padres.

NIEBLA
La niebla nos rodea. No puedo ver a mis compañeros, sólo los remolinos que generan en la densidad al atravesarla, y a los cuales sigo para encontrar la salida.

Busco el cielo azul, abierto y sereno, pero con la niebla se mezcla una punzante lluvia que desgarra mi piel. No tengo ánimo. A tientas por el lodazal me topo con la cavidad que descubre una cueva, también inundada del espeso aire. Y en ella esperamos a que pase el temporal. Despacio la niebla huye hacia otro lar hasta revelar la carne de mis amigos, aunque ya de tan diáfana densidad que puedo ver a través de ellos cómo se forma una galería de estatuas de alabastro que se pierde en lo más profundo de la cueva. No queda ninguna incólume, todas con visibles estigmas que se manifiestan en la violenta ausencia de las partes que definen la forma humana. A algunas les falta medio rostro, otras no tienen brazos; torsos sesgados, cabeza cercenadas. Me adentro en el abismo ante la pétrea mirada de las estatuas. Aterrada, reconozco a Moisés, el niño con el que me sentaba a contemplar la puesta del sol detrás de los montes de Uruk. En cuanto
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veo su imagen, con el rostro desfigurado, su recuerdo se desvanece. Ando unos pasos y me encuentro con Isaac, que yace abrazado a Abraham y a Sara. Los toco con mis manos y la piedra se convierte en polvo, como la imagen que desaparece. Veo a Sem y a Cam y a Jafet, y al arquitecto, y a Orfeo, todos ellos, formando una siniestra montaña de granito. Sigo hasta lo más profundo, por encima de cientos de cuerpos de piedra, hasta que el horror se hace insoportable. Intuyo a mi madre, al reconocer la mano que moldeaba la arcilla. No quiero mirar pues no quiero anclar el recuerdo a su ausencia, pero la siniestra inercia de la curiosidad humana me obliga a abrir los ojos. Ante mí, mi madre con los ojos cubiertos por la mano de mi padre. Él le ahorró el último sufrimiento al evitar que viera su final. Ya no existen, ya no son sino figuras de yeso que han perdido el alma. Quiero gritar pero no puedo, mi voz ha quedado presa en mi garganta. Sólo puedo correr hacia la luz, pasando por encima de los cuerpos que ya no reconozco pues su recuerdo se ha vuelto mancha. Creo que yo tampoco soy ya humana, porque nadie que lleve ese atributo cosido a su nombre es capaz de soportar tanto horror.

ENCRUCIJADA Llegamos a una encrucijada en la que los pasos desparecen. Los sofocados sollozos de un niño nos conducen hasta una cavidad que se infiltra en los intestinos de la montaña. Y allí están, agazapados contra la pared de la húmeda cueva, con el alma a punto de migrar, anegados por sus propias lágrimas. El anciano busca a su mujer hasta que la reconoce en la silueta de la bondad que emerge del fondo y se lanza a sus brazos. Otros contemplan la escena mientras escriben su nombre en la pared, con el tímido trazo de un niño, como aquellos que dibujaron al principio la indeleble figura de un bisonte.
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Y entre todos aquellos hombres sin tierra, veo coqueteando con la penumbra al que fue un día mi hermano Karim. Pongo mi mano sobre su hombro y se levanta súbitamente. Su rostro se ilumina. —Creí que habrías muerto —–me dice—. ¿Cómo es posible? Con un abrazo me levanta del suelo. Y me siento feliz en mi ingravidez. —Cuando regresé a mi aldea —me habla—enterré a mis padres. Murieron porque no había culpas que purgar, sino sed de sangre que saciar. Aquellos hombres se embriagaron con su sangre y cuando ya estuvieron hartos, desparecieron. Después de llorar por ellos regresé al lugar en el que te dejé, pero ya no estabas. Seguí tus pasos en la arena, y llegué hasta un pueblo, perdido en el desierto, que me acogió como una madre a un hijo. Allí me contaron que te habías ido a Bagdad con un anciano. Y creí que tu destino se había escrito en las estrellas. Y en aquel pueblo me quedé hasta que tuvimos que partir de nuevo.

LA PUERTA DE ATRÁS El Infinito se suspende ante mí. Mis dudas permanecen erráticas a mi alrededor. Busco el desenlace pero empiezo a dudar de que exista. O quizá el desenlace sea el trasiego mismo de la búsqueda. En tal caso, ya he tenido demasiados desenlaces, y estoy cansada. Cansada de ver, de oír, de andar, de existir. Aunque ahora el deseo es fuerte y aviva el paso, alivia la sed y el cansancio. Ahora empiezo a comprender que la carne es sólo carne, y que es sólo el deseo el que le da imagen humana. Deseo desprenderme de mi cuerpo y fundirme con los elementos.
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Ser parte del agua y parte del sol. Ahora sí reconozco Uruk en esta tierra, pero ya no es mi hogar. La patria se ha borrado. Todo está en ruinas. Y es cuando el sol alcanza su cénit cuando veo a lo lejos un penacho de humo que revela la presencia humana. Pasa a nuestro lado de nuevo el jinete con su corcel negro. Esta vez nos mira a los ojos y sigue su camino. En la puerta trasera del paisaje, un hombre llora. Reconozco en su figura el contorno de Jafet. Cuando el hombre llora, la tierra se estremece. Se contrae el universo en cada lágrima, grito sordo del alma. Y aquel hombre llora por la tierra perdida, por las raíces segadas, por la lengua mutilada. —¿Por qué lloras, Jafet? —le pregunto. —Por lo que he perdido. Nadie entiende su sufrimiento tanto como yo. Aunque todos han sufrido, porque han sido hombres. Y por ser hombres han perdido al niño, y han perdido a la madre. Ser hombre es ser uno y ser otro. Aquel hombre, que se vio expoliado de su humanidad, no es diferente de otros hombres. Aunque tiene la inmensidad ante sí, millas y millas de arena, piedra y cielo, no tiene tierra, porque no tiene patria. Le han arrebatado el suelo, sin él no puede dejar huellas, y sin huellas, sin historia, desparece. Ya es demasiado tarde. La espesa humareda lo envuelve todo, huele a carne quemada. El hombre siempre quema su rastro cuando no puede soportar su ignominiosa existencia. En la hoguera arde la vergüenza, junto a los cuerpos calcinados. El humo arrastra las almas, tal como vi en el río hace miles de años. Ya no queda nadie, ya no queda nada. Jamani dice «¡Ajda!», consumiendo su última palabra, y se va con el humo. El ciego salta al fuego, y se vuelve llama. ¿No hay esperanza? ¿Es esa la pregunta? Jamani ha pronunciada mi nombre. ¿Es esa la respuesta? El sol calienta más que nunca, pero no calienta ya a nadie. El hombre ha sido derrotado porque no ha
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comprendido. Ahora sólo soy sol y agua, soy aliento y esperanza para aquellos que aún tienen que venir. Me convierto en las lágrimas del hombre del paisaje. Vuelvo a ser Ajda, el árbol que antes fue el agua del río, y luego lamento. Año cero. Ya no hay hombres en el paisaje. Sólo nieve y escarcha. Todo es frío y desolación. No hay vida, no hay vida… pero hay esperanza.

ÉXODO Volvemos al principio. Se han borrado los mitos. Ya no soy poema, ni parte del poema que escribió el dios Homero porqué Homero ha muerto. Tan solo soy carne y pensamiento. Despojada de la tierra sólo me queda el camino. Somos nómadas de nuevo. El desierto es nuestro hogar, el cielo nuestro techo. Pero nunca podremos hundir nuestras raíces en ningún lugar más que en nuestros sueños. Huimos de nuestros hermanos, como ellos huyen de sí mismos. Todos huimos de la muerte, pero ésta siempre huele el miedo. Allá donde vayas, allá ves sus signos. Pero sólo compartiendo el camino mantenemos a la muerte en los márgenes. No se atreve a tocarte mientras sigas andando al lado de aquellos a los que quieres. Por eso andamos. Alí, el anciano y su mujer, Karim, y todo un pueblo en el que reconozco a mis ancestros. La esperanza es infinita. Habita en nuestros bolsillos que nunca se vacían del todo. Hemos vivido durante miles de años en la tierra. Muchos lo hicieron antes que nosotros. Y es la voz de nuestros antepasados la que reverbera en nuestros genes, la que nos da aliento y mueve nuestros músculos. Es a través de ellos que percibimos el mundo. Lo vemos con sus ojos,
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lo respiramos con sus pulmones. En la piedra anidaba mi abuelo, en las estrellas mis padres. Y ahora sigo camino junto a ellos. Estoy de nuevo en el principio. Todos ellos, mis nuevos amigos, han perdido algo, pero también han encontrado algo. No importa dónde estemos. La vida misma es el lugar. Eso ya me lo enseñó mi padre. Y en este momento, rodeada por mi nueva familia, mi voz se libera para decir las palabras perdidas que el eco de la cueva, y la cavidad de los corazones, amplifican. No hace falta estar dormido para soñar. Cuando el dolor es tan insoportable la mente crea otro mundo en el que estar, un poema en el que vivir. Yo he estado en ese poema. Empecé a andar después de la muerte, con el corazón deshabitado y el alma encadenada a un recuerdo. Mis ojos no vieron el paisaje. Pero aparté con un soplo la niebla y el camino se me reveló. Algunos me preguntaron «¿dónde vas?». Y yo les dije que estaba escribiendo un nuevo poema para los hombres. Pero ellos me dijeron «entonces no hace falta que camines más. Si das esperanza a los hombres crearás desasosiego en sus corazones» Y entonces me clavaron en la cruz para que me pudriera al sol. Pero eran mis padres los que inspiraban mis palabras. ¿Cómo iba a abandonar si ellos me guiaban desde las estrellas? Y aguanté con vida mientras el viento del desierto hacía girones mi piel. Y otros que me vieron me preguntaron «¿por qué no mueres y te libras así del sufrimiento?». «Porque aún no he terminado mi poema», les dije. Entonces me bajaron de la cruz y se unieron a mí, porque hacía tiempo habían perdido la esperanza de tener un sueño, porque para ello hace falta el silencio que el ruido de las balas no deja escuchar por las noches. Y andamos por el desierto, cruzamos ríos, y ascendimos montañas. Viajamos en el tiempo, atravesando mitos y leyendas. Estuvimos en el principio y en el final. Y cada vez fuimos más, pues al paso se iban agregando aquellos que ya no tenían tierra ni hogar. Y al vernos pasar veían también pasar sus anhelos. Hasta que un día alguien me
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dijo: «Llevamos años andando contigo y aún no nos has dicho en qué consiste tu poema». A lo que yo respondí: «en compartir el camino con vosotros, extranjeros. Ese es mi poema.»

EPÍLOGO EN SEFARAD —¿Padre, estás aquí? —Claro hija, estoy a tu lado. —¿Padre, es esto Uruk? —No hija, hace tiempo que ya sólo vives en el poema, pues tu cuerpo se fundió con los elementos. ¿No lo recuerdas?, aquél día que el jinete del corcel negro te miró por última vez frente a la hoguera. —¿Entonces ya no podré regresar jamás a Uruk? —Uruk ardió, como lo han hecho todos los lugares en los que has creído reconocer tu hogar. Porque la tierra se le resiste al extranjero. Y todo hombre lo es. Isaac no ha venido hoy. Tampoco vino ayer, ni anteayer. Quizá no vino nunca. Quizá nadie me preguntó por mis padres, ni nadie se interesó por saber por qué me marché de mi tierra, ni cómo llegué a ésta, en la que nadie habla mi lengua. Pues quizá no sea más que una extranjera que vive hacinada en un cochambroso piso que comparte con otras seis chicas que venden su cuerpo todas las horas del día y de la noche, como hizo Ishtar, para sobrevivir. Quizá Isaac sólo fuera una necesidad, la necesidad de ser reconocida como persona antes de que mi contorno se confunda con el del mismo cemento de las calles de la ciudad, sobre la que orinan los perros y escupen los proxenetas. Pero a pesar de todo, Homero sigue durmiendo conmigo, para mostrarme una y otra vez el camino a Ítaca por si puedo reconocer en él el camino a mi hogar.
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