Noticias de Gipuzkoa Jueves, 14 de septiembre de 2006

Gorazde, en la zona bosnia. Su novio, Ermin Muhic, es de Tuzla, también musulmán. Es la tónica general. “Tengo amigos serbios y croatas”, afirma Dezermina. Sin embargo, a renglón seguido confiesa que “sé que si hoy empezara una guerra, no podría fiarme de ellos”. La desconfianza impera aún hoy. “ Amistades mixtas sí, hay muchas”, afirma Ermin, “pero las parejas mixtas no se suelen dar, y si hay alguna es porque aún siguen juntos desde antes de la guerra”. “No es por cuestiones religiosas, sino por memoria histórica”, añade Dzermina.
EL PARO

ESPAÑA-MUNDO POLÍTICA 25

La nueva lacra
Una de las mayores demandas es la del trabajo. Hay poco y está mal pagado. La mejor opción es trabajar para la EUFOR (las fuerzas de paz europeas desplegadas en la zona). El soldado Oviedo es uno de los que integran el batallón español integrado en la EUFOR, destacado en Mostar. Según dice “siempre hay gente fuera, en la puerta de la base, haciendo cola para buscar trabajo”. “Se trata de uno de los mejores trabajos que pueden conseguir. El sueldo ronda los 500 euros al mes, muy superior a la media de 300”, añade. El problema es la inestabilidad: si la EUFOR se va, se quedan sin trabajo. Pese a ello, cada día decenas de personas se agrupan frente a las puertas de la base con la esperanza de que caiga un contrato. Amnirs Patk es uno de ellos. Es de Mostar y acude a la base todos los días desde hace siete años. “Hablo inglés, alemán, algo de español y tengo un título de ingeniero; ¿por qué no valgo?”, se pregunta. Por su parte, Nejra, de 21 años, optó por la mejor salida para la mayor parte de los jóvenes de su zona: la fábrica Beckto International. En Gorazde, esta factoría fabricante de botellas o los viñedos de Hepok, que vuelve a replantar sus vides tras años de inactividad, son la mejor opción para jóvenes rurales sin estudios superiores. Antes de la guerra no era así. El trabajo abundaba. En la cercana Visegrad, la fábrica estatal Azot (hidrógeno, en bosnio) proporcionaba derivados de este compuesto y nitrógeno, especialmente amoniaco, a toda Yugoslavia. Tras la guerra, la mayor parte de la industria se trasladó a la República Srpska, de mayoría serbia. La Azot quedó bajo control privado y sus dueños se dedicaron a desmantelarla y venderla por piezas.
‘STRAJK’ (HUELGA)

Arif Hrelja, vigilante de la fábrica Azot.

Casas reconstruidas conviven con otras en ruinas.

Un cartel artesanal con la palabra ‘strajk’ (huelga, en bosnio) recuerda los cuatro años que lleva la fábrica Azot, en Visegrad, parada.
enormes contenedores de amoniaco oxidados. “Muchos perdieron la vida intentando proteger los tanques de los bombardeos durante la guerra… ¿para qué?”, se pregunta. Los trabajadores de la industria no son los únicos en huelga. En Sarajevo, frente al nuevo Parlamento Bosnio, cerca de un centenar de agricultores permanecen acampados desde el 1 de junio de 2005. Hamed Covic representa a los campesinos, en su mayoría de zonas en los alrededores de Srebrenica y Banja Luka. “Pedimos una ley de protección, seguro médico, derecho a pensión y mayores ayudas”, afirma. “Durante la guerra lo perdimos todo y aún no hemos visto ni un solo marco (marcos convertibles, MK) de las ayudas que recibió el Gobierno”, denuncia. La falta de dinero empuja a muchos a tener dos trabajos a la vez. Algunos se ven obligados incluso a actuar al margen de la ley Rogo Sevko se . gana la vida haciendo de taxista sin licencia. Por 15MK (unos 7’5 euros) traslada a la gente entre Gorazde y Sarajevo –unas tres horas de viaje en un terreno frecuentemente nevado en invierno– en su propio coche. Ya le detuvieron una vez y tiene miedo a dar su nombre, pero se niega a dejarlo porque es lo único que posee para poder comer. La situación es tan mala que en torno a un 60% de los jóvenes bosnios se irían fuera del país a trabajar si pudieran. La cifra se dispara en el caso de los ambientes rurales, mientras que en Sarajevo, las cosas se ven de un modo distinto. Ermin Muhic cree que la única solución para frenar el desempleo es un cambio en el sistema político. “Pero si alguien habla de ello, volvemos a la crispación preguerra”, se queja. Persiste entre la población una añoranza de los tiempos de Tito y una sensación general de estancamiento económico y desidia por parte de las instituciones. No hay dinero ni se ponen los medios para generarlo. Aladdin Handzic es taxista en Sarajevo y se queja de la falta de clientes extranjeros. “Sólo hay turistas los meses de verano”, afirma. “Podría hacerse más por promocionar el turismo, como hacen Croacia o Serbia”, añade. Un ejemplo de esta dejadez es el túnel bajo el aeropuerto, construido durante la guerra para evitar el asedio serbio a la ciudad. Podría ser un importante foco turístico, pero sólo se conserva en parte y gracias al empeño de la familia dueña del terreno donde comienza, que ha formado un pequeño museo y habilitado el lugar con sus propios ahorros. Ni siquiera aparece en los folletos turísticos oficiales.

Malas condiciones
En 1999 los trabajadores dejaron de cobrar sus salarios y desde hace cuatro años mantienen una huelga que parece ser eterna. De la antigua factoría puntera hoy sólo humea una chimenea, la del vigilante. Arif Hrelja cuida la fábrica y representa a los 150 trabajadores de la empresa. Con mujer y tres hijos, sobrevive como puede cultivando algunas hortalizas en un huerto detrás de su casa. El resto de los antiguos trabajadores presentan cuadros similares. Demasiado viejos para aprender otro oficio, demasiado jóvenes para jubilarse y demasiado cansados de todo para intentar nada. Aguantan resignados a la espera de que se decida el litigio abierto entre las autoridades y los dueños de la empresa que resolvería su situación. Mientras tanto, Arif mira con nostalgia los

En Sarajevo abundan rascacielos acristalados; en Mededa, donde no ha llegado la ayuda oficial, no hay luz ni agua Cuando empezó la guerra, un hombre tiró una granada dentro de la casa de su vecino. Éste teme que vuelva a ocurrir

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