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el yesQuero
“Todos a marchar”
Por Rafael Rincón Patiño*

Todas las noches, cuando miro las cadenas que nos convierten en parte del árbol al que nos tienen asegurados, me recuerdan que son las Farc quienes nos secuestraron... Estas cadenas tienen dos llaves para abrirlas: una la tiene el Estado y otra las Farc. Ex gobernador Alan Jara

En 1998, en un ejercicio de planeación realizado por diversas organizaciones empresariales y civiles, liderado por el experto canadiense Adam Kaen, del Centre for Generative Leadership, fueron previstos cuatro escenarios políticos posibles para Colombia (Destino Colombia, 1998). Los escenarios previstos en ese entonces fueron: el del continuismo llamado “Amanecerá y veremos”; el segundo escenario era descrito como aquel en el que es mejor tener un mal arreglo que un buen pleito, y fue denominado “Más vale pájaro en mano que ciento volando”, el tercer escenario fue el de la guerra, llamado “Todos a marchar”, y el cuarto era el escenario del consenso y fue denominado “La unión hace la fuerza”.

Aunque el escenario soñado era el cuarto, el escenario democrático, Colombia optó, en el año 2002, de una manera viciada —por la incidencia del narcotráfico y los paramilitares— por el escenario de todos a marchar con la elección de Álvaro Uribe V. como presidente de Colombia. El escenario de “Todos a marchar” fue descrito en el ejercicio de planeación como el necesario para “reconstruir una nación rota y zurcir las rasgaduras hechas al tejido social del país y ante la frustración de otros intentos para alcanzar la paz se instauró un mandato firme para poner orden al caos institucional”. La gran marcha nacional del 4 de febrero, una iniciativa ciudadana usurpada de manera solapada por el Gobierno de Álvaro Uribe V. y los medios informativos empresariales, refrendó de manera informal el escenario de la guerra. La marcha nacional, desafortunadamente y de manera fácil, identificó un solo enemigo del presente y futuro del país y lo extendió a la oposición y a los países vecinos. La marcha nacional no fue exclusivamente la marcha de solidaridad con las víctimas o la marcha por la libertad de los secuestrados o la marcha por el acuerdo humanitario o más aún la marcha de repudio a las Farc; fue también una marcha de solidaridad con el poder agraviado de Álvaro Uribe Vélez, una marcha contra Chávez, y una marcha contra la oposición democrática.

Fue una marcha nacional con acento en el repudio a un actor del conflicto, que bien merecido lo tiene, pero desvaneció el dolor de los desplazados, de los familiares de los masacrados, de los asesinados por el paramilitarismo y algunos agentes del Estado. Fue un velo a la violencia del paramilitarismo. Los organizadores dijeron que se trataba de no dispersar el mensaje, les dio miedo manifestar su simpatía con esa otra forma de violencia. Está por verse su repudio a la otra violencia. Es como si la fuerza del paramilitarismo fuera la fuerza legítima del Estado. Fuerza digna de apoyo o en todo caso de prebendas judiciales y políticas. ¿Hasta cuándo el escenario de “Todos a marchar”? Hasta siempre parece ser la respuesta. El escenario de la guerra es un escenario de dolor, pero es un escenario de grandes resultados económicos, de inmejorables extranjeras. Colombia ya se acostumbró a los informes internacionales de derechos humanos, a las ejecuciones extrajudiciales, a los escándalos de la parapolítica, a la corrupción administrativa, a la pobreza. El Gobierno colombiano y a quienes éste representa saben que ese es el precio a pagar para tener un país competitivo, alineado al Gobierno republicano de Estados Unidos y globalizado. indicadores macroeconómicos, de inversiones

Parece que Colombia viviera el escenario tres (de la guerra) inmerso en el escenario uno (del conformismo). Es decir, una conformidad con el estado de guerra. Un estado excepcional construido con fundamento en el Artículo 121 de la Constitución de 1886 y dentro del cual la excepción se convierte en la regla. Las movilizaciones anteriores eran contra la guerra, hoy son contra uno de los actores de la guerra. Una parte importante de la sociedad civil ha tomado partido y ha dejado en la impunidad a otros actores del conflicto. Aquellos que marcharon contra Piedad Córdoba, contra Chávez y contra las Farc creen que Colombia será mejor sin ellos. Viven de construir un enemigo para ocultar las causas de una Colombia empobrecida y dividida. La marcha nacional del 4 de febrero pudo ser la oportunidad para cambiar de escenario y no para radicalizar el existente. La paz existente, o paz de la seguridad democrática, o seguridad de los sepulcros, es una paz que se come el 40% del presupuesto de inversión social, es una paz escoltada. El desastre humanitario está ahí: el inmenso dolor de los

secuestrados, de los torturados, de los familiares de los asesinados, de los desplazados, de los desaparecidos. La verdad también es

tozuda, se demora, pero aparece. Las violaciones a los derechos humanos tendrán presencia permanente, la marcha nacional no fue una marcha del perdón. Fue una cuenta de cobro a un actor del conflicto. Faltan cuentas por cobrar. Colombia está en deuda. Los románticos de la guerra consideran el escenario de la guerra como un escenario de tránsito, pero las causas del conflicto, y ahora de la división nacional, están ahí clamando soluciones. Los románticos de la guerra quieren perpetuar el escenario de la guerra; a veces sienten que las Farc se les acaba y salen a satanizar a la oposición parlamentaria, se dedican a construir el enemigo. Para eso igualan a la oposición, a los sindicatos, a los defensores de derechos humanos con las Farc o con el terrorismo. Así lo hizo el ministro de Defensa Juan Manuel Santos con el parlamentario liberal Rafael Pardo cuando lo acusó de orquestar un golpe de Estado con las Farc, o el ministro de Gobierno con la parlamentaria Piedad Córdoba cuando reacciona a las amenazas diciendo que ella se las buscó, o el propio presidente Uribe V. con el parlamentario Gustavo Petro cuando lo califica de terrorista de civil. Colombia tiene un líder que se ufana de ser un guerrero, un combatiente. El presidente Uribe V. le quiere ganar la guerra a las Farc, pero también se la quiere ganar a Chávez, y también se la

quiere ganar a Daniel Ortega, y se la querrá ganar a Brasil, a Uruguay, a Chile, a Argentina.

* Director de háBeas Corpus, Oficina de Derechos y Gobernabilidad.

Medellín, 5 de febrero de 2008

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