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En los ámbitos político y militar es usual que en casos de corrupción o delictual, los superiores en jerarquía afirmen su inocencia y atribuyan

la responsabilidad a los subalternos, los que coaccionados por mantener el cargo o, por “obediencia debida”, desistan o capitulen sus derechos. En el ámbito político, cuando concedemos autoridad al Presidente para que actúe en nuestro nombre, incluimos la facultad para nombrar ministros o jefes de inteligencia, con la presunción de que entiende que actúa en nombre de todos. Al nombrar un funcionario se presupone la confianza que tiene de su integridad y aptitud, esto le permite compartir los éxitos, pero a su vez no puede eludir la responsabilidad por los resultados y los fracasos. El Presidente, como Jefe del Estado y como máxima autoridad de la gestión pública, es quien debe velar por la probidad y eficiencia de sus colaboradores, por lo tanto, es a él que se atribuye la responsabilidad política por los nombramientos como funcionarios del Ejecutivo. Se delega el trabajo y la autoridad, pero nunca se delega la responsabilidad final por los resultados. El escándalo que involucra al que fue jefe de Inteligencia del Ministerio de Gobierno, además de causar indignación y vergüenza en la opinión pública, nacional y extranjera, ha logrado remover la conciencia cívica por la afrenta a la reputación del Estado en su conjunto. No es un caso “aislado” porque involucra a la administración del Estado y está afectando a la imagen del país. La responsabilidad política es el deber de todo funcionario, investido de autoridad pública, de responder por sus decisiones que afectan a los gobernados, quienes le delegan en forma condicionada el poder de gobernar. El ejercicio como Jefe de Estado, o Ministro, no es un rango, título o salario, es la responsabilidad que implica y que se asume, por lo que la responsabilidad política y jurídica se extiende sin excepción a todos quienes gobiernan el Estado. En este caso, la responsabilidad jurídica la asume el Sr. Sanabria y la responsabilidad política se le exige al Presidente y al Ministro del Interior por corresponsabilidad solidaria, quienes deben sujetarse a los mecanismos de comprobación y sanción si correspondiere. Por supuesto que el hecho derivará en la irresponsabilidad del Presidente, por su inmunidad, pero necesita que el Ministro del Interior sirva de “fusible”, con su renuncia, considerando que el problema está en curso y pendiente de resolverse. Incluso, la responsabilidad ya no es solo política, sino también moral, el Ministro de Gobierno ya no cuenta con la confianza, no del Presidente, sino de la ciudadanía, para desempeñar su cargo, por haberse develado errores graves en la conducción y control del Ministerio. La única consecuencia política para el Presidente por esta “responsabilidad delegada”, dependerá del cuerpo electoral.