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“Pero los locos, ay señor, los locos

,
que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos...”

Roque Dalton















































Psicopatología del Verso
Primera edición: marzo, 2014
Coordinador: Roberto Velasco

D.R. ® 2014 Horacio Saavedra, Rosario G. Towns, Mónica Soto
Icaza, Roberto Velasco, Rogelio Consejo, Deniss Guerra, Adrián
Vázquez, Carlos Roni, Carlos Lemus, Máximo D. Leyton, Iván Rivas,
Carlos Ochoa, Edgar Rodríguez, Leonel P. Mosqueda, Paola
Abzaid, Manuel Hernández Borbolla y Francisco Zavala.

Macondo Editores
www.gcmacondo.com
55 52521616

Psicopatología
del Verso


·






·
A mi llegada al Hospital Macondo, nunca pensé que mi
carrera como médico psicoanalista se viera interrumpida de
manera tan dramática. Después de tratar durante cinco intensos
años a los pacientes del psiquiátrico, mi ideología y mi sistema de
creencias se habían mellado considerablemente; los caminos por
los que los internos me guiaron de la mano, me llevaron a una
confusión espiritual de tal magnitud, que no sólo nunca la había
experimentado en carne propia, sino tampoco la había detectado
en ningún paciente de mi carrera clínica, en treinta y cinco años
de profesión.
El primer día de febrero de 2013, después de haber
terminado la última sesión de la jornada vespertina, tardé un
poco más al cerrar la puerta de mi consultorio. El aluminio de la
manija de la puerta de caoba me pareció más frío de lo normal y
mi mirada, inexplicablemente, se quedó perdida en las formas
que alcancé a notar en el tirol de la pared de enfrente. No sé
cuánto tiempo estuve mirándola. Pensamientos y divagaciones
acerca de la relatividad del tiempo me invadieron, ¿de dónde
venían? Hice un rapidísimo recorrido mental por los temas que
traté en las ocho sesiones del día y no encontré alguno que
sugiriera las divagaciones de las que era preso en ese perpetuo
instante en que mi mano se familiarizaba con el frío del metal y mi
mente se perdía en las figuras que la pared me espetaba en la
mirada.
El tiempo en mecánica relativista. Ya hacía varios años que
no pensaba en ese concepto; las últimas reminiscencias de esos
temas en mi cabeza me llevaban a aquella época en que me
graduaba de la Facultad de Medicina y organizábamos, algunos
estudiantes más y yo, pequeñas reuniones en las que, a las tenues
luces del jazz, bebíamos cerveza, jugábamos backgamon, y
fumábamos mariguana. En una ocasión un incipiente estudiante
de la Facultad de Ciencias explicaba detalladamente, a un puñado
de médicos que estupefactos escuchábamos, la diferencia entre la
concepción del tiempo de la mecánica clásica y la relativista. Es un
recuerdo al que tengo fácil acceso ya que fue en esa reunión
donde conocí a mi primera esposa. Ella estudiaba antropología y,
mientras la discusión se perdía en la teoría einsteniana, esgrimió
una mordaz burla a las ciencias exactas argumentando que tuvo
que venir Einstein a mostrar a los científicos duros algo que la
ciencia social había descubierto varias décadas atrás. Fue un
argumento maravilloso; la perspectiva ante un fenómeno estético
o ante un fenómeno social había sido concebida mucho antes del
concepto de perspectiva en la Física. Mi reacción a ese
comentario fue siempre la respuesta a la pregunta que miles de
veces me hice en cada uno de los violentos pleitos que tuve con
ella durante años: ¿Por qué me casé con ella? Curiosamente fue
también esa conclusión la que me llevó a hacer una especialidad
en psiquiatría y, posteriormente, en psicoanálisis. Los evidentes
paralelismos entre ella y mi madre no dejaban de atormentarme
por las noches y mi curiosidad científica me llevó a dejar a mi
esposa y a desposarme con el psicoanálisis.
Las formas en el tirol de la pared me recordaban el
pequeñísimo espacio que había entre mi cama y el techo del
curato donde dormí durante todo el servicio. La comunidad de
Oxeloco en la sierra hidalguense fue, más que un suplicio, una
verdadera revolución espiritual para mí. En ese momento me di
cuenta de lo familiar de ese sentimiento. Mientras vacunaba a los
pequeños niños que descalzos corrían entre las piedras y espinas
del accidentado terreno de la sierra, me llenaba de una sensación
muy parecida a la que la manija de la puerta, el frío del aluminio y
las texturas de tirol en la pared me producían en esos momentos.
¿Qué me pasaba? ¿Era una especie de iluminación?
Semanas antes había leído acerca de las experiencias
místicas; hay científicos e historiadores que afirman que las
iluminaciones espirituales que en los misterios eleusinos se
producían, se debían a una potente sustancia psicoactiva presente
en el elixir que bebían: el kykeon. Fue el mismo Albert Hofmann,
el primero en haber sintetizado, ingerido y experimentado con la
LSD, el que asombró al mundo al colocar a su poderosa sustancia,
como el ingrediente principal del kykeon. A pesar de la emoción
incontenible de ser iniciado, como Sófocles, Aristófanes o
Plutarco, en los misterios eleusinos, nunca la probé; pero las
visiones que me invadían desde el respirar de la pared de tirol
eran muy semejantes a las descripciones de los pacientes que
habían la habían consumido.
- Me estoy volviendo loco.
Justo después de pronunciar esa frase me ridiculicé a mí
mismo porque, viniendo de un psiquiatra psicoanalista, es
simplemente una frase vacía y sin sentido producto del miedo que
se apoderaba poco a poco de mí mientras mi mano, ya sudorosa,
empuñaba delicadamente la manija de la puerta de caoba de mi
consultorio. Decía Goethe que la locura era sólo la razón
presentada en diferente forma. Siempre pensé que esa era una
frase, sí hermosa pero errónea, producto de un artista que poco
sabía de la locura y que no había tratado nunca con pacientes con
delirios esquizoides o alucinaciones auditivas. Fueron el tiempo y
el psicoanálisis los encargados de abofetearme y hacerme entrar
en razón, ¿o en locura?
Otra vez el tiempo, otra vez la locura, otra vez las figuras
de la pared de tirol me gritan estruendosamente con sus vivaces
colores y formas que juegan y se divierten con mis pensamientos,
con mi razón, con mis años de preparación académica y mi
historial de pacientes tratados con éxito. Se derrumban las
estructuras y los pesados pedazos de concreto aplastan mi
discernimiento. Son realmente pesados. En septiembre de 1985,
cuando la ciudad de México se despertó estremecida por un
sismo que la destrozó en gran parte, los bloques de concreto eran
lo más difícil. Lidiábamos con el tiempo; las personas atrapadas en
los escombros no tenían mucho tiempo de vida y no había
máquinas ni palancas suficientemente grandes para levantar los
pedazos de edificios y construcciones que yacían en las calles.
Eran nuestros brazos los que tenían que sacarlos de ahí; el trabajo
colectivo era imprescindible. ¿En qué momento nos olvidamos de
eso? ¿En qué momento me olvidé yo de eso?
Sí podía moverme, sólo no lo hacía. La razón de mi estado
catatónico momentáneo sólo me producía incontrolables
angustias como salvajes lobos que, mientras gruñían, anuncian su
ataque dispuestos a devorar cruelmente mi carne. Mi corazón.
¿Cómo estaría mi presión arterial? Traté de concentrarme en los
latidos de mi corazón pero no los sentía; eso era raro. Como buen
médico era algo que podía hacer fácilmente, aún si había música
en alto volumen o distractores de cualquier índole. En una
ocasión pude diagnosticar de hipertensión a un paciente con sólo
mirar el vaivén de su pecho. Los colegas empezaron a hacerme
bromas comparándome con Dr. House. Yo fingía que me
molestaba pero reconocía en esa broma una señal de respeto
que, indudablemente, me hinchaba el pecho de orgullo y mi ego
se alimentaba vorazmente de aquellos comentarios. ¡Qué
estúpido!, pavoneándome como engreído aristócrata por
compararme con un doctor de televisión. Sí, patético.
Más sabe el loco en su casa que el cuerdo en la ajena.
Aquel refrán popular contradecía por completo mi profesión, pero
también la frase de Goethe que el tiempo fuertemente me atizó
en la cara. ¿Qué está pasando? Me vino a la mente la primera
lectura que hice del Elogio; “[…] es objeto de discursos que ella
misma pronuncia” decía Erasmo; eso es que funge como motor
del entendimiento que tienen lugar, irónicamente, en el loco y en
el necio: en don Quijote y Sancho. ¿Cómo llegó ahí don Quijote?
“[…] los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se
daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto que
olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la
administración de su hacienda”
El tirol de la pared formó la inconfundible silueta del
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y fue justo ahí
cuando por fin lo entendí:
“La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi
razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra
fermosura.”
Cerré los ojos momentáneamente y, después de abrirlos,
la temperatura de la manija de aluminio de la puerta de caoba de
mi consultorio ya se había acoplado al de mi mano, que ya no
sudaba. La pared de tirol volvió a ser una pared de tirol y, como si
nada hubiera pasado, cerré la puerta y me senté en el diván que
estaba justo detrás de mí. No podría decir cuánto tiempo pasó ni
qué hora era en ese momento. Reparé en las pequeñas
hendiduras que se marcaban en el cuero del asiento del diván rojo
en el que ahora me sentaba yo. Unas horas antes habían estado
sentados ahí los pacientes del Hospital Macondo y habían hablado
conmigo como todas las semanas. ¿Qué fue diferente? ¿Qué
cambió? Guardé en una caja las pocas pertenencias que me
interesaba conservar y salí apresurado del consultorio sin cerrar la
puerta de caoba. No sé a dónde voy ni qué haré; irónicamente, no
me interesa. Las montañas, el valle, los mares, los campos… no sé.
No te ofrezco una disculpa porque siento que no te la debo
pero sí te aliento a continuar con las investigaciones de estos
inusuales pacientes que, sin quererlo, terminaron en definitiva
con mi vida anterior. En esta libreta están contenidas las fichas
médicas de cada uno de ellos, así como varios textos que
escribieron durante su terapia. Son fiel testimonio de su locura.
Recuerda siempre lo primero que te dije aquél día en que
te presentaste en mi consultorio y pediste ayudarme con el
tratamiento de los internos del Macondo. “Duda siempre de todo,
incluso de la duda misma”
Me despido deseándote la mayor y más intensa de las
suertes y pidiéndote que no te preocupes por mí que
seguramente estaré enderezando tuertos y desfaciendo agravios.

Dr. Diego Álvarez Cruz