En septiembre de 1913 —después que Victoriano Huerta asesinó al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez y se adueñó del poder— Martín Luis Guzmán se embarcó en Veracruz. De Nueva Orleans siguió por territorio norteamericano a Sonora, en donde se incorporó a la Revolución. Conoció a los principales caudillos y vivió en el grupo de jóvenes militares y civiles que hicieron antes lo mismo que él. Tenía 25 años. Sus inclinaciones políticas lo llevaron, dos años antes, a la Convención del Partido Liberal Progresista, y sus aficiones literarias al Ateneo de la Juventud. Esta experiencia la volcó en valiosos libros, como el presente, que lo hacen ser uno de los autores más importantes de la llamada «novela de la Revolución», junto con Mariano Azuela cuya novela Los de abajo también ha sido compartida en ePubLibre.

Martín Luis Guzmán
La sombra del caudillo
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IbnKhaldun 10.02.14

Título original: La sombra del caudillo
Martín Luis Guzmán, 1929
Editor digital: IbnKhaldun
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Prólogo
En septiembre de 1913 —después que Victoriano Huerta asesinó al presidente Madero y al vicepresidente Pino Suárez y se adueñó del poder— Martín Luis Guzmán se embarca en Veracruz. De Nueva Orleans sigue por territorio norteamericano a Sonora, en donde se incorpora a la Revolución. Conoce a los principales caudillos y vive en el grupo de jóvenes militares y civiles que han hecho antes lo mismo que él. Tiene 25 años. Sus inclinaciones políticas lo llevaron, dos años antes, a la Convención del Partido Liberal Progresista, y sus aficiones literarias al Ateneo de la Juventud.
A poco forma parte del estado mayor del general Ramón F. Iturbe y, durante unas semanas, del general Obregón. Cumple una comisión de Carranza en Chihuahua. Se incorpora a la División del Norte, bajo las órdenes directas de Francisco Villa. Éste lo destaca en la capital como enviado de la División del Norte. Asiste a la entrada de tropas constitucionalistas. Es encerrado en la Penitenciaría y sale, un mes después, por orden de la Convención Militar de Aguascalientes. Sirve como consejero del general José Isabel Robles, secretario de Guerra y Marina, nombrado por la Convención. Ocupa al mismo tiempo los cargos de secretario de la Universidad Nacional y de director de la Biblioteca Nacional.
Ha terminado la primera etapa de sus experiencias revolucionarias. En 1915 va por primera vez a España. Publica su folleto La querella de México. Quiere explicarle a sus lectores lo que ha sucedido, lo que está sucediendo en el país. Es la primera reflexión, lejos de su patria, sobre la situación de México. De su impresión del México de entonces queda el epígrafe inscrito en su folleto: «Nada puede hacerse sin la reforma moral de algunos». ¿De algunos? Acaso medita en la modestia de esta palabra, pero decide dejarla.
Va a Estados Unidos y se radica en Nueva York. Es nombrado profesor de lengua y literatura castellanas en la Universidad de Minnesota. De vuelta en Nueva York, se dedica al periodismo. En 1919 regresa a México. Trabaja en El Heraldo de México. En 1920 publica su libro de ensayos A orillas del Hudson. Es secretario particular de Alberto J. Pani, Ministro de Relaciones Exteriores, y después miembro del Comité organizador de las fiestas del centenario de la consumación de la Independencia (1921). En 1922 funda y dirige el diario El Mundo, que se publica hasta 1924. A fines de 1923 tiene lugar el levantamiento de Adolfo de la Huerta contra el presidente Obregón. De septiembre de 1922 a diciembre de 1923 es diputado por un distrito de la ciudad de México. En diciembre de 1923 sale nuevamente del país y, después de un viaje por Europa y de vivir un año en Nueva York, va por segunda vez a España, en donde permanecerá hasta 1936: once años, más los meses de una larga estancia en París. En España se dedica al periodismo, participa en las agitaciones que derribarían la monarquía y, al instaurarse allá la república, se ve ligado a los gobernantes españoles.
Ha tenido en México su segundo período de experiencias revolucionarias. ¿Revolucionarias? De las últimas marejadas de la Revolución, antes de entrar definitivamente en los cauces constitucionales. Ha presenciado de cerca la revolución de Adolfo de la Huerta, y ha sido diputado en una época de turbulento parlamentarismo. Está ya completa su visión del México revolucionario. En España le obsede una constante reflexión. Van delineándose paulatinamente —como una placa fotográfica al contacto de las sustancias que la revelan— toda su vida de revolucionario, de actor en ciertos casos y de testigo cercano en otros; de periodista político y de diputado, siempre admitido en las altas regiones donde se fragua el poder.
En las horas que le dejan libres sus labores periodísticas todos sus recuerdos van adquiriendo perfiles literarios, se componen en un cuadro fácil a la narración. En el arte de escribir —que ha practicado, principalmente en el periodismo, durante años laboriosos— su estilo ha ganado en eficacia, en flexibilidad y en sobria elocuencia desde los tiempos de La querella de México y de A orillas del Hudson.
En España, escribe, primero, El águila y la serpiente (1928), especie de memorias que, por momentos —cuando él se sustrae de su propio escenario— parecen una novela. Termina dramáticamente en 1915, cuando, al ir a despedirse de Villa, no sabe si éste lo dejará salir del país, o si, considerándolo traidor a la causa, lo detendrá y lo castigará. Sucede lo primero.
Después, reflexionando —durante su destierro no voluntario— en los acontecimientos de México de junio de 1920 a febrero de 1925, escribe La sombra del caudillo (1929). A la narración lineal de El águila y la serpiente sucede ahora la compleja composición de una novela. ¿Qué ha sucedido en México en esos años? Algo que Guzmán ha vivido, en parte, y visto de cerca, en parte: la revolución de Adolfo de la Huerta, el desarrollo de la posición y estratagemas políticas de Jorge Prieto Laurens y su partido, las borrascas de la Cámara de Diputados, la rivalidad de los generales que ambicionan la presidencia de la República, y la creciente autoridad, casi dictatorial, de Obregón. Y, además, algo que, por su ausencia de México, no ha visto, pero que ha tenido amplia publicidad y gran resonancia en la prensa: la lucha política para sustituir al general Obregón al término de su período presidencial, las inquietudes y especulaciones públicas sobre si el poder lo heredaría el general Francisco R. Serrano, Ministro de la Guerra, o el general Plutarco Elías Calles, Ministro de Gobernación. Y, finalmente, el desenlace sangriento: el fusilamiento de Serrano y algunos de sus partidarios en Huitzilac, camino de Cuernavaca a México.
Aquellos sucesos eran muy variados y de gran complejidad. Aunque la intervención de Guzmán hubiera sido constante en ellos —como en los anteriores que, con tanta limpieza de perfiles describe en El águila y la serpiente— quedaba la labor de darles expresión literaria. Sus años de periodista, de diputado y de testigo cercano de la revolución de Adolfo de la Huerta revolotean en su memoria. Por otra parte, Guzmán está lanzado en una intensa labor de producción que nada puede detener. Pero ¿cómo dar forma a aquellas nuevas experiencias y recientes sucesos? El desenlace trágico vino, no sólo a completar el cuadro que bosquejaba en su imaginación el novelista, sino a darle un nuevo sentido, a recomponer todo el esquema que se había trazado. Su instinto de artista tuvo la repentina revelación de un final dramático e impresionante. De un final que no corroboró fatalmente lo que tenía de insostenible y equívoca aquella situación. Acaso, con su natural perspicacia política, ya Guzmán había adivinado que ése sería el final; pero se detenía ante él para no parecer pesimista y derogatorio respecto al porvenir de México. El destino, ayudando casualmente al arte, colaboró en su obra.
El presidente de la República en aquellos tiempos era todavía un caudillo. No renunciaba a los poderes omnímodos de que gozó en su lucha, ardua y brillante, contra sus enemigos, venciendo a unos y nulificando a los demás. Sus fuerzas militares habían sido irresistibles y bien administradas; su astucia y su inteligencia acabaron por darle una fuerza que todos reconocían y acataban. Las facultades legales de un presidente de la República le resultaban estrechas e insuficientes para gobernar al país, para imponer su política, para establecer definitivamente los dogmas de la Revolución y la línea sucesoria del poder. Su fuerza no era una fuerza moral; era ejecutiva, autoritaria, dictatorial. Su suprema autoridad era incontrastable porque los generales no tenían tropas que oponerle en un duelo militar, y porque a los civiles —gobernadores, senadores y diputados— no les convenía hacerlo porque esa autoridad era el origen mismo de su propia situación.
El Caudillo aparece en dos ocasiones en la novela; la segunda más fugazmente que la primera. Con unas cuantas réplicas hábiles, intencionadas, concisas, y unas cuantas preguntas inquisitivas y capciosas. Subraya con la mirada el sentido de sus palabras. Revela en su diálogo el hábito de mandar y la seguridad de ser obedecido. Pero su sombra es inmensa: se proyecta sobre toda la acción de la novela. Todos están pendientes de su decisión. Los que se atreven a desafiarla lo hacen con la esperanza de inclinarla, en determinado momento, en su favor. Cuando se conoce su decisión la acción se precipita hacia la catástrofe. Se reconoce al personaje en los pocos y bien escogidos rasgos que lo describen. Lo reconocen los que lo conocieron, los que lo conocimos.
Lo mismo sucede con el general Hilario Jiménez, Ministro de Gobernación. Sus silencios elocuentes, cargados de amenazas; su postura, el juego de sus miradas, su actitud ensimismada, y, finalmente, la explosión de las resoluciones atrevidas en que la voluntad quiere imponerse abierta y ostentosamente. A veces, como con frecuencia lo señaló la voz pública, aparece como el espíritu del mal, el motor de las grandes determinaciones, temerarias, crueles, ignorantes de toda previsión de sus consecuencias.
Al lado de ellos el general Ignacio Aguirre, Ministro de la Guerra, si no es inferior, está menos preparado para la lucha. En el fondo es un sentimental, al que duele menos su derrota que la actitud de estudiada frialdad, olvidadiza de diez años de amistad y afecto, del Caudillo. Si éste le hubiera pedido francamente, con cualquier pretexto de orden político, que se retirara de la lucha presidencial, lo hubiera hecho con gusto, contento de colaborar con quien lo tomaba así en sus confianzas. Lo hubiera considerado un servicio a un amigo. Porque, además, el general Aguirre no toma la política en serio, no piensa ni por un momento que su candidatura vaya a beneficiar al progreso democrático de México. Está convencido de que la lucha electoral es todavía un acomodamiento de generales y sus fuerzas, en el que el Caudillo tiene la ventaja. Ideales, no tiene ningunos. Además de no tomar la política en serio, no toma tampoco la vida en serio. En esto es inferior al general Hilario Jiménez, su contrincante. Es simpático por naturaleza y de un cinismo complaciente. Más que ninguna pasión política lo mueve el resentimiento de que el Caudillo lo haya puesto, con unas cuantas réplicas glaciales, fuera del círculo de su amistad. Lo llevan ciegamente a la acción, por un lado, su amistad ofendida, y, por otro, la amistad, el afecto y los intereses de los que son o parecen ser sus amigos.
Olivier Fernández, el jefe de un importante partido oficial, es un atrevido organizador de estratagemas que hasta entonces habían tenido éxito. Hábil especialmente para moverse, como el salmón, en aguas tumultuosas; pero con todo su despierto instinto político carece de ideales democráticos, y es, en el fondo, indiferente a la redención política de México. Decidido, valiente y buen orador, está pintado con sus palabras y confusos propósitos. Hay en él algo de fuerza juvenil, por momentos arrolladora. Pero está empeñado en la lucha sólo para asegurar el poder, sin saber cuál será, en definitiva, la mejor utilización de él.
Las figuras de los militares que intervienen —Leyva, Ibáñez, Elizondo y otros— son víctimas de la situación política, último desarrollo de la Revolución, cuando los grados se ganaban por heroísmo, por buena fortuna o por amistad. Y había que entrar en política, porque todavía los vaivenes de ésta podían despojarlos de su situación —siempre ventajosa— o nulificarlos. En aquellos momentos ¿cuántos generales no se sintieron dignos de ocupar la presidencia de la República? Algunos hasta pensaban que la presidencia era como el grado siguiente al de general de división. Su conducta, que aparece en la novela interesada, tortuosa hasta el engaño y la traición, se debe a que no existía todavía una clase militar organizada dentro del cuadro administrativo, con todas las seguridades debidas a su categoría profesional. Y se defendían interviniendo en política, con los medios que tienen los generales: la fuerza de sus tropas. En gran parte de la historia de México y de Hispanoamérica esta doble función ha sido la causa de revoluciones y de nuestro atraso político. Algunos de estos generales pasan fugazmente por la novela; otros se detienen y, unas veces, se les ve obrar con refinada malicia, y, otras con expresiones primitivas. Todos están pintados con rasgos esenciales, en unas cuantas líneas, con perspicaz sobriedad.
Al lado de Olivier Fernández —el líder político amuchachado— la otra figura civil más importante es Axkaná González. Él sí tiene ideales, allá en el fondo, a lo lejos, bien claros para él y visibles para los demás. Es honrado y todavía no lo corrompe la política. Pero, como tantos jóvenes cultos que se incorporaron a la Revolución, sabe que esos ideales necesitan de la fuerza político-militar, sin el apoyo de la cual no tienen sostén para influir en la vida pública. Y se ha unido a los que disponen de esa fuerza o pueden tenerla pronto. A veces los acompaña en su vida de placer y disipación, para no salir del grupo y conservar la oportunidad de su influencia y colaboración futuras. A veces sirviendo, no sólo con lealtad sino con disimulado servilismo, que esos jóvenes disculpan con la esperanza de un próximo cambio. Algunos suelen perder de vista que ese cambio esperado es tan lejano —quién sabe por cuántos años— que resultará imposible. Pero conservan sus ilusiones, y se conforman con los pequeños triunfos que pueden lograr —si los logran— para mejorar en algo, a veces en casi nada, la situación del pueblo. En ocasiones esa esperanza va disolviéndose hasta desaparecer, y entonces, sin sentirlo, acaban por ser instrumentos dóciles de las dictaduras. Pero aquietan su conciencia o justifican su conducta con aquella esperanza que saben que nunca se realizará. ¿Cuál hubiera sido el destino final de Axkaná? Cualquiera de los dos.
Pero lo que es más asombroso en la novela es la pintura del ambiente. Está logrado con la acumulación de detalles bien observados, captados de la realidad. Las acciones secundarias se combinan con las principales; los personajes menores completan el elenco de los mayores. Y todo ello se conjuga para dar una visión de conjunto, de relieves impresionantes. Es un cuadro integral, de extensas márgenes, como esos lienzos históricos en que el pintor, dentro de su ámbito, ha utilizado modelos hasta para las figuras que se están saliendo del cuadro. Está ahí todo lo que el autor ha visto en su larga vida política, en su trato y contactos con militares y civiles, en las ocasiones en que fue testigo de sus momentos de placer y disipación, y lo que ha percibido a través del smog de desorientación, inmoralidad, traición y cinismo que, en un tiempo, cegó a unos y ahogó a otros. Cuando las aguas desbordadas de la Revolución rompieron compuertas y represas, que después deberían contenerlas y encauzarlas. Por ser tan real y bien compuesta, el profesor Manuel Pedro González considera La sombra del caudillo como una de las mejores novelas de ambiente político de Hispanoamérica.
En su elaboración hay que alabar su eficaz y voluntaria sobriedad. Hay novelas en que el autor insiste; en que se repite, temeroso de que el lector no haya entendido; en que prolonga con inútiles desarrollos sicológicos la revelación que los personajes han hecho ya de sí mismos. En esta novela todo es justo, todo dicho con elegante ahorro verbal que no requiere amplificación. Todo descrito para presentar personajes, escenas, situaciones, diálogos y paisajes con puntualidad, sin confusión en las líneas, sin exceso en los claroscuros, sin manchones en las sombras. Lectura fácil y fluida, por su estilo todo galas geométricas.
La novela deja una triste impresión: ¡así éramos, desgraciadamente, hace cincuenta años! Y un consuelo final: ¡cómo hemos cambiado, por fortuna, desde entonces!
Antonio Castro Leal.

Noticia biográfica
Martín Luis Guzmán nació en Chihuahua, capital del Estado del mismo nombre, el 6 de octubre de 1887. Hizo sus primeros estudios en Tacubaya, D. F. Los continuó en el puerto de Veracruz, en donde en 1901, con un condiscípulo, publicó un periódico quincenal, La Juventud.
En 1904 ingresa a la Escuela Nacional Preparatoria de México, y en 1909 pasa a la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Interrumpe sus estudios para ocupar el puesto de canciller en el Consulado de México en Phoenix (Arizona, E.U.A.). En 1911 vuelve a México y reingresa a la Escuela de Jurisprudencia; es bibliotecario de la Escuela Nacional de Altos Estudios y delegado a la Convención nacional del Partido Nacional Progresista. Durante la Decena Trágica (1913) funda, con otros maderistas, el periódico El Honor Nacional.
En septiembre de 1913 se embarca en Veracruz; de Nueva Orleans sigue por territorio norteamericano hasta Sonora, y se incorpora a la Revolución. En Culiacán forma parte del Estado Mayor del general Ramón F. Iturbe, y después, en 1919, por unas semanas, del del general Álvaro Obregón. Va a Chihuahua con una comisión de Venustiano Carranza.
En el mes de marzo está bajo las órdenes de Francisco Villa, quien, en agosto de 1914, lo envía a la capital como comisionado de la División del Norte. En septiembre es nombrado coronel. Ve la entrada de las tropas constitucionalistas y es encerrado en la Penitenciaría. Un mes después es puesto en libertad por órdenes de la Convención Militar de Aguascalientes. En noviembre es consejero del general José Isabel Robles, Secretario de Guerra y Marina de la Convención. Es nombrado entonces secretario de la Universidad Nacional de México y director de la Biblioteca Nacional.
En 1915 va a España, en donde pasa más de un año y publica su folleto La querella de México. En febrero de 1916 se instala en Nueva York. Se dedica al periodismo y da clases de español y de literatura española en la Universidad de Minnesota (E.U.A.). En 1919 regresa a México. Es jefe de la sección de editorialistas de El Heraldo de México. En 1920 publica su libro de ensayos A orillas del Hudson. Es secretario particular de Alberto J. Pani, Ministro de Relaciones Exteriores, y miembro del Comité organizador de las fiestas del centenario de la Consumación de la Independencia (1921). En 1922 funda el diario de la tarde El Mundo, cuya publicación termina en 1924. De septiembre de 1922 a diciembre de 1923 es diputado al Congreso federal por un distrito de la ciudad de México.
En 1925 vuelve nuevamente a España, en donde permanece hasta 1936, salvo una larga estancia en París. Colabora en la prensa española, dirige los periódicos El Sol y La Voz y tiene estrechas relaciones políticas y amistad entrañable con don Manuel Azaña. Su labor literaria es constante y fructífera. Publica El águila y la serpiente (1928), La sombra del caudillo (1929), Aventuras democráticas (1931), Mina el mozo: héroe de Navarra (1932) y Filadelfia, paraíso de conspiradores (1933).
En abril de 1936 regresa a México. Colabora en los periódicos y continúa su obra literaria. Empieza a publicar las diversas partes de las Memorias de Pancho Villa: I El hombre y sus armas (1938), II Campos de batalla (1939), III Panoramas políticos y IV La causa del pobre (1940). Inicia entonces su importante labor editorial. Funda, asociado a otras personas, Edición y Distribución Ibero-Americana de Publicaciones, S. A. (EDIAPSA). En 1940 ingresa a la Academia Mexicana de la Lengua. Dirige la revista Romance de EDIAPSA y en mayo de 1942 funda el semanario Tiempo.
En 1946 publica Kinchil, fragmento de una novela, y en 1948 principia la serie de volúmenes intitulada El liberalismo mexicano en pensamiento y en acción. De 1951 son sus trabajos en el Primer Congreso de Academias sobre la autonomía de las Academias correspondientes. En el mismo año es nombrado Embajador adscrito a la Misión mexicana ante las Naciones Unidas. Se publican en un volumen las Memorias de Pancho Villa, agregando una quinta parte: Adversidades del bien. En 1952 toma parte en los trabajos de la Conferencia de cultura y educación de la Universidad de Rutgers (Nueva Jersey, E.U.A.), y va en misión especial a Puerto Rico a entregar al gobierno un retrato de Benito Juárez.
En los años siguientes publica diversos libros, que el lector podrá ver en la bibliografía que aquí publicamos. En 1958 recibe el Premio Nacional de Literatura y es electo Doctor Honoris causa de la Universidad de Chihuahua. En 1959 recibe el Premio literario Manuel Ávila Camacho y es nombrado Presidente de la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos. En septiembre de 1970 toma posesión como Senador de la República por el Distrito Federal.
Muere el 22 de diciembre de 1976.
A. C. L.

Bibliografía

La querella de México. Imp. Clásica Española. Madrid, 1915.
A orillas del Hudson. Revista Universal. Nueva York, 1917.
El águila y la serpiente. Aguilar. Madrid, 1928. (En 1926 se publicó en el diario El Universal, de México, D. F.)
Aventuras democráticas. Cía. Iberoamericana de Publicaciones. Madrid, 1931.
Mina el mozo: héroe de Navarra. Espasa Calpe. Madrid. 1932.
Filadelfia, paraíso de conspiradores. Madrid, 1933.
Memorias de Pancho Villa. Desde 1936 se publicó parcialmente en el diario El Universal, de México, D. F. Las ediciones Botas publican primero separadamente los cuatro primeros volúmenes de la obra: El hombre y sus armas, 1938. Campos de batalla, 1939; Panoramas políticos y La causa del pobre, 1940. Adversidades del bien, 1951, y los cinco volúmenes en un tomo: Cía. General de Ediciones. México, 1951.
Kinchil. Colección «Lunes». México, 1946.
Apunte sobre una personalidad. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana. México, 1954.
Muertes históricas. Cía. General de Ediciones, S. A. México, 1958.
Otras páginas. Cía. General de Ediciones, S. A. México, 1958. (Incluye La querella de México y A orillas del Hudson.)
Islas Marías, novela y drama. Cía. General de Ediciones, S. A. México, 1959.
Academia. Cía. General de Ediciones, S. A., México, 1959.
Obras completas. Cía. General de Ediciones, S. A. México, 1961.
Necesidad de cumplir las Leyes de Reforma. Empresas Editoriales, S. A. México, 1963.
Febrero de 1913. Empresas Editoriales, S. A. México, 1963.
Crónicas de mi destierro. Empresas Editoriales, S. A. México, 1964.
La sombra del caudillo. Espasa Calpe. Madrid, 1929. (El mismo año fue publicada en el diario El Universal, de México, D. F.) Varias ediciones posteriores en España y en México. Ha sido traducida al francés: París, 1931; al holandés: La Haya, 1937; al checoeslovaco: Praga, 1937, y al italiano: Milán, 1970.

El texto que publicamos fue suministrado por su autor.
A. C. L.

Libro primero
Poder y juventud

I
Rosario
El Cadillac del general Ignacio Aguirre cruzó los rieles de la calzada de Chapultepec y haciendo un esguince vino a parar junto a la acera, a corta distancia del apeadero de Insurgentes.
Saltó de su sitio, para abrir la portezuela, el ayudante del chofer. Se movieron con el cristal, en reflejos pavonados, trozos del luminoso paisaje urbano de aquellas primeras horas de la tarde —perfiles de casas, árboles de la avenida, azul de cielo cubierto a trechos por cúmulos blancos y grandes…
Y así transcurrieron varios minutos.
En el interior del coche seguían conversando, con la animación característica de los jóvenes políticos de México, el general Ignacio Aguirre, ministro de la Guerra, y su amigo inseparable, insustituible, íntimo: el diputado Axkaná. Aguirre hablaba envolviendo sus frases en el levísimo tono de despego que distingue al punto, en México, a los hombres públicos de significación propia. A ese matiz reducía, cuando no mandaba, su autoridad inconfundible. Axkaná, al revés: dejaba que las palabras fluyeran, esbozaba teorías, entraba en generalizaciones y todo lo subrayaba con actitudes que a un tiempo lo subordinaban y sobreponían a su interlocutor, que le quitaban importancia de protagonista y se la daban de consejero. Aguirre era el político militar; Axkaná, el político civil; uno, quien actuaba en las horas decisivas de las contiendas públicas; otro, quien creía encauzar los sucesos de esas horas o, al menos, explicarlos.
Por momentos, el estrépito de los tranvías —fugaces en su carrera a lo largo de la calzada— resonaba en el interior del coche. Entonces los dos amigos, forzando la voz, dejaban traslucir nuevos matices de sus personalidades distintas. En Aguirre se manifestaban asomos de fatiga, de impaciencia. En Axkaná apuntaba una rara maestría de palabra y de gesto, sin menoscabo de su aire reflexivo, lleno de reposo.
Ambos redujeron a conclusiones breves el tema de su charla.
Dijo Aguirre:
—Quedamos entonces en que tú convencerás a Olivier de que no puedo aceptar mi candidatura a la Presidencia de la República…
—Por supuesto.
—Y que él y todos deben sostener a Jiménez, que es el candidato del Caudillo…
—También.
Axkaná tendió la mano. Aguirre insistió:
—¿Con los mismos argumentos que acabas de exponerme?
—Con los mismos.
Las manos se juntaron.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Hasta la noche entonces.
—Hasta la noche.
Axkaná brincó fuera del auto con ágil movimiento.
En el esplendor envolvente de la tarde, su figura, rubia y esbelta, surgió espléndida. De un lado lo bañaba el sol; por el otro su cuerpo se reflejaba a capricho en el flamante barniz del automóvil. La blancura de su rostro lucía con calidez sobre el azul oscuro del traje; sus ojos, verdes, parecían prolongar la luz que bajaba desde las ramas de los árboles. Había en la leve inclinación de su sombrero sobre la ceja derecha remotas evocaciones marciales, algo militar heredado; pero, en contraste, resaltaba, en el modo como la pistola le hacía bulto en la cadera, algo indiscutiblemente civil.
Vuelto de cara al coche, dio un paso atrás para que el ayudante del chofer cerrase la portezuela. Luego se acercó otra vez, abrió de nuevo y, asomando la cabeza al interior, dijo:
—Vuelvo a recordarte mis recomendaciones de esta mañana.
—¿De esta mañana?
—¡Vamos! No finjas.
—¡Ah, ya! Lo de Rosario.
—Sí, lo de Rosario… Me da lástima.
—Pero lástima ¿por qué? ¡Pareces niño!
—Porque no tiene defensa alguna, porque vas a echarla al lodo.
—¡Hombre, yo no soy lodo!
—Tú no, se entiende, pero el lodo vendrá después.
Aguirre reflexionó un segundo. Dijo en seguida:
—Mira, te prometo una cosa: yo no pondré nada de mi parte para conseguir lo que sospechas. Ahora, si el «asunto» viene solo, me lavo las manos.
—El «asunto» no vendrá solo.
—Muy bien. Basta entonces con mi promesa.
—No lo creo.
—Sí, hombre, sí. En este caso te lo prometo de veras.
—De veras, ¿cómo?
—De veras…, bajo mi palabra de honor.
«Honor.» Los dos amigos callaron un instante y dejaron fija —atento cada uno a los ojos del otro— la mirada. Por las oscuras pupilas de Ignacio Aguirre pasó entonces el mismo velo de fatiga que poco antes se había notado en su voz. En los ojos de Axkaná la claridad tersa se hizo penetrante de pronto, inquiridora.
Fue él quien rompió a hablar primero:
—Perfectamente —y sonreía—, me conformaré. Aunque, hablando en plata, el honor, entre políticos, maldito lo que garantiza.
Aguirre quiso replicarle, pero no hubo tiempo. Ya Axkaná, pasando de la sonrisa a la risa, había cerrado de golpe la portezuela y se alejaba hacia los Fords de alquiler puestos en fila al otro lado de la calle.
El Cadillac empezó entonces a rodar; avanzó hasta la esquina de la avenida Veracruz, y, virando allí rumbo al Hipódromo, se lanzó a toda carrera.
Aguirre iba evocando más y más, conforme la velocidad crecía, la mirada que acababa de fijar en él Axkaná. Evocó sus últimas palabras, su sonrisa; y, casi sin sentirlo, de esa evocación se deslizó a la de Rosario. Mejor dicho: ambas evocaciones fueron una sola, una donde se entretejieron inseparables los dos motivos. Los sentía Aguirre moverse uno dentro del otro; y, dejándose agitar por ellos simultáneamente, se iba hundiendo en un estado de imaginación extraña y de voliciones confusas.
A esa misma hora esperaba Rosario, bajo las enhiestas copas de la calzada de los Insurgentes, el momento de su cita con Aguirre. Era costumbre que duraba ya desde hacía más de un mes, por lo cual el esplendor de la siesta disponía de Rosario como de cosa propia. Paseaba ella de un lado para otro, y la luz, persiguiéndola, la hacía integrarse en el paisaje, la sumaba al claro juego de los brillos húmedos y de las luminosidades transparentes. Iba, por ejemplo, al atravesar las regiones bañadas en sol, envuelta en el resplandor de fuego de su sombrilla roja. Y luego, al pasar por los sitios umbrosos, se cuajaba en dorados relumbres, se cubría de diminutas rodelas de oro llovidas desde las ramas de los árboles. Los tejuelos de luz —orfebrería líquida— caían primero en el rojo vivo de la sombrilla; de allí resbalaban al verde pálido del traje, y venían a quedar, por último —encendidos, vibrátiles—, en el suelo que acababa de pisar su pie. De cuando en cuando alguna de aquellas gotas luminosas le tocaba el hombro hasta escurrir, hacia atrás, por el brazo desnudo y dócil a la cadencia del paso. Otras, en el fugaz instante en que el pie iba a apartarse del suelo, se le fijaban en el tobillo, cuyas flexibilidades iluminaban. Y otras también, si Rosario volvía el rostro, se le enredaban, con intensos temblores, en los negros rizos de la cabellera.
Al tornarse para mirar el Cadillac de Aguirre, que ya se acercaba, un lucero se le detuvo en la frente. La sombrilla, salpicada toda de luceros análogos, hizo entonces fondo a su bellísima cabeza y la convirtió un momento en virgen de hornacina. Sonrosándola, dorándola, la irradiación luminosa volvía más perfecto el óvalo de su cara, enriquecía la sombra de sus pestañas, el trazo de sus cejas, el dibujo de su labio, la frescura de su color.
Ignacio Aguirre la contempló a lo lejos: trascendía de ella luz y hermosura. Y sintió, conforme se acercaba, un transporte vital, algo impulsivo, arrebatado, que de su cuerpo se comunicó al Cadillac y que el coche expresó pronto, con bruscas sacudidas, en la acción nerviosa de los frenos. Porque el chofer, que conocía a su amo, llegó a toda velocidad hasta el lugar preciso, para que el auto se detuviera allí emulando la dinámica —viril, aparatosa— del caballo que el jinete raya en la culminación de la carrera. Trepidó la carrocería, se cimbraron los ejes, rechinaron las ruedas y se ahondaron en el suelo, negruzcos y olorosos, los surcos de los neumáticos.
Joven, entusiasmado, sonriente, abrió Aguirre la portezuela. Su ademán no fue de quien va a bajar, sino de quien invita a subir.
—¿Sube usted —dijo— o bajo yo?
Rosario, para responder, levantó la cabeza y la apoyó de lado contra el bastón de la sombrilla: su actitud era así ostensiblemente irónica. La estrella de la frente vino a posársele sobre el pecho.
—Claro que baja usted. ¿Cuándo dejará de preguntarme eso mismo?
—El día que consienta usted en subir.
Y alargó Aguirre una pierna hasta el estribo.
—¿Sí, eh? Pues no será nunca.
Saltó él a tierra y tendió la mano. Ella la aceptó con graciosa contorsión —con la contorsión, muy femenina, muy insinuante, con que Rosario gustaba saludar: ligeramente desviados, en opuesto sentido, la cabeza y el busto; torcida la muñeca, levantado el hombro de manera que el codo mostrase los hoyuelos mientras la mano se entregaba.
Aguirre, a la vez que le oprimía los dedos con fuerza un tanto brutal, preguntó silabeando:
—¿Nunca, dice usted?
La ruda presión de la mano se anulaba en la suavidad acariciadora de la voz. Aguirre conocía, por experiencia, el alcance amoroso de tales contrastes.
—¡Nunca! —repitió ella silabeando también y resistiendo, sin parpadear, la mirada de Aguirre, que le daba en pleno rostro.
Pero el reto mudo cesó luego, porque Aguirre, como siempre que se asomaba a los ojos de Rosario, huyó pronto de ellos para no marearse. Sabía, en eso buen militar, que las batallas amorosas sólo se dan para ganarlas, y que no siendo así, el triunfo está en la retirada. Con Rosario, por otra parte, todas las retiradas eran camino de la gloria. Rosario acababa de cumplir veinte años: tenía el busto armonioso, la pierna bien hecha y la cabeza dotada de graciosos movimientos que aumentaban, con insólita irradiación activa, la belleza de sus rasgos. Sus ojos eran grandes, brillantes y oscuros; su pelo, negro; su boca, de dibujo preciso, sensual; sus manos y pies, breves y ágiles. Contemplándola, se agitaban de golpe, como mar en tormenta —Aguirre al menos lo sentía así—, todas las ansias del vigor adulto, todos los deseos de la juventud. Cuando hablaba, sus palabras —un poco vulgares, un poco tímidas— descubrían una inteligencia despierta y risueña, aunque ineducada, un espíritu sin artificio, que hacían mayor el acicalamiento del cuerpo y el buen gusto del traje. Cuando sonreía, la finura de la sonrisa anunciaba en pleno lo que hubiera podido ser, con mejor cultivo, la finura de su espíritu.
—Muy bien —asintió Aguirre—; entonces, nunca. Nos conformaremos, como hasta aquí, con pasear bajo los árboles de las calzadas.
Rosario, que había cerrado la sombrilla, echó a andar hacia la Colonia del Valle, cual si eso fuera ya cosa establecida por el uso.
—¡Nos conformaremos con las calzadas!… ¿Y le parece a usted poco?
Pero Aguirre no respondió desde luego. Bajo el brazo desnudo de Rosario la tela roja de la sombrilla acababa de entrar en contacto tan íntimo con la piel —allí más blanca, más tierna, más tersa—, que la necesidad de participar de aquel roce empezó a hostigar, de un modo obsesionante, al joven ministro. De ahí que se acercara él más a Rosario, como preliminar preciso para contestar mejor a lo que preguntaba ella, y habló. Pero habló al margen de lo que pensaba, como pensó al margen de lo que sentía.
Y así caminaron y conversaron largo rato.
Junto a Rosario, Ignacio Aguirre no desmerecía de ninguna manera: ni por la apostura ni por los ademanes. Él no era hermoso, pero tenía, y ello le bastaba, un talle donde se hermanaban extraordinariamente el vigor y la esbeltez; tenía un porte afirmativamente varonil; tenía cierta soltura de modales donde se remediaban, con sencillez y facilidad, las deficiencias de su educación incompleta. Su bella musculatura, de ritmo atlético, dejaba adivinar bajo la tela del traje de paisano algo de la linea que le lucía en triunfo cuando a ella se amoldaba el corte, demasiado justo, del uniforme. Y hasta en su cara, de suyo defectuosa, había algo por cuya virtud el conjunto de las facciones se volvía no sólo agradable, sino atractivo. ¿Era la suavidad del trazo que bajaba desde las sienes hasta la barbilla? ¿Era la confluencia correcta de los planos de la frente y de la nariz con la doble pincelada de las cejas? ¿Era la pulpa carnosa de los labios, que enriquecía el desvanecimiento de la sinuosidad de la boca hacia las comisuras? Lo mate del cutis y la sombra pareja de la barba y del bigote, limpiamente afeitados, parecían remediar su mal color; de igual modo que el gesto con que se ayudaba para ver a distancia restaba apariencias de defecto a su miopía incipiente.
Conforme caminaban y hablaban, Rosario, más baja que él, no le veía tanto el rostro cuanto el hombro, el brazo, el pecho, la cintura. Es decir, que se sentía atraída, acaso sin saberlo, por lo que en Aguirre era principal origen de gentileza física. Y a veces también, hablándole o escuchándolo, Rosario se entregaba a imaginar el varonil juego de la pierna de su amigo bajo los pliegues, caprichosamente movibles, del pantalón. Era, la de Aguirre, una pierna vigorosa y llena de brío.

II
La magia del Ajusco
Habían caminado, inatentos a su marcha, desde las últimas casas de la Colonia del Valle hasta los terrenos llanos que bordean el río de la Piedad. El Cadillac dio entre tanto un sinnúmero de rodeos y vino a situarse, en espera, al extremo de la última calle transitable.
Ahora Aguirre llevaba a Rosario cogida por el brazo. Ahora las nubes cubrían el sol con frecuencia y mudaban, a intervalos, la luz en sombra y la sombra en luz. La tarde, aún moza, envejecía a destiempo, renunciaba a su brillo, se refugiaba tras el atavío de los medios tonos y los matices.
Con el contacto de su desnudez, el brazo de Rosario estimulaba en Aguirre el cinismo mujeriego. El ministro preguntó de improviso, imprimiendo a sus palabras naturalidad fingida:
—¿Por qué no se decide usted a ser mi novia de una manera franca y valerosa?
—¡Qué desfachatez! ¿Y tiene usted el descaro de preguntármelo?
—Descaro ¿por qué? No hay que exagerar: nuevas leyes, nuevas costumbres. ¡Supondrá usted que para algo trajimos el divorcio los hombres de la Revolución!
—¡Ah, claro! No lo dudo. Pero no para que ustedes, los revolucionarios, tengan a un tiempo novias y mujeres.
Estas palabras, dichas por ella en tono casi colérico, estuvieron a punto de dejarle huellas en la mirada y en el gesto. Pero la contrariedad duró poco. Segundos después la actitud de Rosario, subrayándose por contraste, demostraba que la verdad era una sola: que ella abandonaba el brazo desnudo a la mano de él, y que él, más que sujetárselo, se lo acariciaba.
—Tiene usted razón —concluyó Aguirre, seguro de que se entendería el doble sentido de su frase—: mientras seamos amigos de este modo delicioso, el ser novios ¿qué añadiría?
Rosario fingió no oír y habló de otra cosa.
Las palabras de ambos, siempre en torno de un tema único, se desviaban a cada paso para volver a poco, con el refuerzo del nuevo sesgo, al solo punto que les interesaba. En esto era maestro él, y más que él, ella. También gustaba Rosario de ausentarse espiritualmente, o de fingir ausencias, para dejar así cerca de Aguirre, más libre e imperiosa, la realidad de su cuerpo.
Para simular esa tarde lejanías de espíritu, su gran recurso fue el espectáculo de las montañas. La enorme mole del Ajusco se alzaba frente a ella, en el fondo del valle, a grande altura por sobre los arbolados y caseríos distantes. Mientras hablaba Aguirre, miraba Rosario a lo lejos… Estaba el Ajusco coronado de nubarrones tempestuosos y envuelto en sombras violáceas, en sombras hoscas que desde allá teñían de noche, con tono irreal, la región clara donde Rosario y Aguirre se encontraban. Y durante los ratos, más y más largos, en que se cubría el sol, la divinidad tormentosa de la montaña señoreaba íntegro el paisaje: se deslustraba el cielo, se entenebrecían el fondo del valle y su cerco, y las nubes, poco antes de blancura de nieve, iban apagándose en opacidades sombrías.
Hubo un largo espacio en que Rosario, silenciosa, no apartó los ojos de la montaña distante. Aguirre quiso imitarla, calló también; pero, nada contemplativo, casi en seguida volvió a hablar.
—¿Qué tendrá —dijo— el Ajusco, que no se cansa usted nunca de mirarlo?
Rosario no dejó de ver hacia la montaña, y respondió:
—Lo miro porque me gusta.
—¡Bonito modo de contestar! Que le gusta a usted lo supongo. Pero ¿por qué le gusta tanto?
—Porque sí.
—Razón de mujer.
—¿Y no soy yo mujer? Pues por eso, ni más ni menos, es por lo que me gusta el Ajusco: porque soy mujer.
—¿Más que los dos volcanes?
—Más.
—No lo creo.
—Porque usted es hombre.
—Nada tiene que ver eso. ¿Cómo ha de preferir usted ese monte negro y tosco a la hermosura luminosa de los dos volcanes? Y si no, mírelos y compare.
Rosario sonrió con aire conmiserativo. Dijo poco a poco:
—A usted, señor general, le gustan los volcanes porque tienen alma y vestidura de mujer. A mí no. A mí me gusta el Ajusco, y me gusta por la razón contraria: porque es, de todas las cosas que conozco, la más varonil.
—¿De todas?
—De todas.
—¿Sin excepción ninguna?
—Ninguna.
—Es decir, que para usted el Ajusco es más varonil que yo.
La petulancia de Aguirre fue sonriente; la desaprobación de Rosario, ruidosa:
—¡Huy, qué presuntuoso!… ¡Compararse con el Ajusco!
Y luego, desafiante, añadió:
—Si usted fuera el Ajusco…
Pero dejó la frase inconclusa. Adivinándola, Aguirre devolvió las palabras a modo de instancia para que terminara ella el pensamiento:
—Si yo fuera el Ajusco…
Rosario se recobró a tiempo:
—No —murmuró—, nada. No sé qué iba a decir.
Aguirre le habló entonces al oído. Rosario escuchó palabras que a la vez se oían y se sentían, que eran sonoras y cálidas: que le rozaban el pabellón de la oreja con doble realidad. Sintió estremecérsele el corazón de modo extraño; sintió que el rostro se le encendía, y queriendo oponerse a que la otra mano de Aguirre viniera también —comentario de la palabra— a acariciarle el brazo, no se explicó por qué era mayor en ella la voluntad de consentirlo. La visión del Ajusco, grave y varonil, se fundió en su conciencia, por un momento, con la áspera sensación que le produjo en la frente la tela que cubría el hombro de su amigo.
¿Pasaron dos minutos? ¿Pasó una hora? En pie los dos en medio de la llanura habían vivido ajenos al ritmo del tiempo externo. Un relámpago, y luego un trueno, volvieron de súbito a Rosario a la realidad de la tarde y del aire libre. Dos gotas, duras como piedras, le golpearon la cara. Arriba el espíritu invisible del Ajusco, lanzando por sobre ella y por sobre todo el valle los torbellinos de su enorme penacho negro, lo teñía todo con tintas tempestuosas. Los cúmulos blancos del comienzo de la tarde eran ya una sola nube morada, plomiza, cuyas volutas se desenrollaban hacia la tierra en cortinas espesas, casi negras. A las dos gotas habían seguido inmediatamente otras dos, otras tres, y después de éstas, otras innumerables. El agua acaparaba de pronto la esencia de todas las cosas; desaparecía el valle bajo la catarata.
Maquinalmente, Aguirre y Rosario echaron a correr hacia el automóvil. Pero como éste se encontraba lejos, era seguro que llegarían allá empapados; la lluvia parecía estirar la distancia a medida que corrían. Para defenderse un poco, Rosario abrió su sombrilla: de roja que era, la tela se tornó guinda; el agua la pasaba tamizada en nube.
Aguirre no parecía ocuparse mucho de si se mojaba o no. Corría riendo al lado de su amiga y, mientras, su actividad interior se precipitaba por tres cauces: el de la novedad de una sensación —el agua colándosele entre su mano y el brazo desnudo de Rosario—, el de un deseo vehemente —que el aguacero arreciara a medida que el coche se veía más cerca— y el de un empeño físico agradable e inmediato —ayudarla a ella a saltar sobre los charcos, para lo cual tenía que cogerla a veces por la cintura y levantarla en peso.
Llegaron al Cadillac, radiador entonces de polvo líquido: la lluvia torrencial, al romperse contra el techo y los flancos, se pulverizaba. El ayudante del chofer había venido a abrir la portezuela y se mantenía allí, pese al chubasco, con la gorra en la mano. Rosario vio fugazmente cómo le escurrían arroyos diminutos a ambos lados de la nariz.
—Yo cerraré la sombrilla —dijo Aguirre—; suba usted.
Y unió al acento perentorio —mientras cogía la sombrilla con la otra mano— el empuje de su brazo.
Rosario quiso resistir, aunque débilmente. Al choque de la lluvia sus potencias interiores se habían desconcertado como desconcierta un golpe, como desconcierta el mareo.
—No —dijo apenas—, no subo.
Aguirre se inclinó hacia ella:
—Sí, suba usted —le susurró al oído—; le doy mi palabra de honor de que nada sucederá.
Y alzándola casi, la hizo pasar por la portezuela.
Dentro del pequeño recinto del auto Rosario tuvo la sensación de que Aguirre era, físicamente, un hombre mucho más grande que cuanto hasta allí le pareciera. Ella en cambio, se sintió chiquita, mínima. Enfrente, del otro lado del cristal, se veían, inmóviles, el chofer y su ayudante: rígidas se erguían las dos espaldas, las dos cabezas.
Aguirre observó la mirada de Rosario, y creyendo leer en ella, se inclinó hacia el cristal frontero para tirar de la cortinilla. Lo hizo como por mero movimiento reflejo, pues pensaba en otra cosa. Tenía aún en las orejas el vocablo «honor», que acababa de pronunciar sin saber cómo; y el recuerdo de la palabra dicha así empezaba a producirle un malestar profundo. Por un instante estuvo a punto de creer que no la había dicho o que, si la había dicho, Rosario no la había oído.
Dejó transcurrir varios minutos en silencio: embarazoso silencio. Luego, aunque sin mirar a su amiga, observó:
—No durará mucho el chubasco; entonces podrá usted bajar.
Ella se alisaba el cabello y veía con insistencia hacia afuera. El aguacero caía más tupido cada vez; bajo la sombra de las cortinas de agua parecía estar anocheciendo.
Pasado un rato, Rosario también habló:
—No; no quiero que esperemos en este lugar.
Aguirre dio orden para que el auto anduviese, y como si una cosa y otra fueran inseparables, procedió a correr las demás cortinillas.
Los envolvió la penumbra.
—Si le parece a usted —dijo Aguirre— que estamos demasiado a oscuras, encenderé la luz.
—No, no. Así estamos bien.
El brazo de ella y la mano de él se rozaron.
—¡Qué horror! —exclamó él—. Está usted helándose.
Tras lo cual tomó su gabán, que estaba en el asiento, y se lo puso a Rosario sobre los hombros.
—Gracias —dijo ella.
—¿Se siente usted mejor así?
—Sí; bastante mejor.
El auto rodaba suavemente. Y aquel manso rodar al abrigo de los chorros de agua que golpeaban contra la baca y los cristales del coche venían a ser una especie de elemento sedante en el trastorno interior que Rosario sentía. Pasaron varios minutos. El principio tranquilizador aumentaba al roce del gabán de Aguirre —un roce cálido, que crujía, que emanaba perfume de hombre.
Aguirre conservaba el brazo derecho relativamente seco: era el que había recibido la protección de la sombrilla. Lo pasó, con naturalidad, por detrás de la nuca de Rosario para subir, de la otra parte, el cuello del gabán. Mas hecho esto, permaneció con el brazo así. Luego le pareció que el gabán no cerraba bien por delante: para ajustarlo llevó allí la otra mano; y entonces, como si le acometiese de pronto un impulso que no naciera de él mismo, aunque le era del todo familiar, cogió la cabeza de Rosario por debajo de la barba, la atrajo hacia sí y la besó en la boca. En el beso hubo humedad de lluvia y de juventud.
El reproche de Rosario sonó débil, bajísimo.
—¡Y me dio usted su palabra de honor!
A lo que replicó Aguirre aún más bajo:
—Y se la doy a usted todavía. Si me lo manda, me bajo del coche inmediatamente.
Rosario se había quedado con la cabeza reclinada sobre el pecho atlético de su amigo… «¿Mandar ella…?» Prefirió seguir con la cabeza reclinada así, como la tenía.

III
Tres amigos
Al otro día de su aventura con Rosario, Aguirre salió de su despacho de la Secretaría de Guerra resuelto como nunca divertirse. Varias causas contribuían a que se sintiera así, pero entre todas, una: la conclusión a que creyó llegar departiendo con Axkaná González sobre los fundamentos de la conducta. «Si es lícito —había dicho en resumen— aceptar y producir dolores presentes en vista de satisfacciones o alegrías futuras, también ha de serlo el procurarse los placeres de hoy a cambio de los sufrimientos de mañana. Unos escogerán lo uno; otros, lo otro, y acaso todos, al hacer balance, resultemos parejos.»
Semejante filosofía, útil como ninguna a los impulsos del joven ministro de la Guerra, produjo en él, con sólo formularla, un contento profundo y casi nuevo: le hizo recordar regocijos que tenía olvidados desde los días anteriores a la Revolución. Y eso mismo, horas después, fue causa de que se mostrara accesible y generoso con cuantos pretendientes osaron abordarlo cuando caminaba, siempre acompañado de Axkaná, desde la puerta del ascensor hasta el estribo del automóvil.
Ya en la calle, la cálida caricia del mediodía, más muelle a través de los cojines del auto, lo empapaba en sensaciones particularmente gratas.
El Cadillac, tras de bordear el Zócalo, entró en la avenida Madero y avanzó por ella lentamente, tan lentamente que su esencia de máquina corredora iba disolviéndose en blanda quietud.
Acababan de dar las dos. La avenida, solitaria, lucía en suspenso; estaban cerradas las tiendas, vacías las aceras, libre y reverberante al sol la pulida lámina del asfalto. Sólo unas cuantas de las mujeres pecadoras que se exhibían allí a la hora del paseo seguían rondando en sus Fords de alquiler, tediosas, rezagadas, incansables. El tránsito colorido de sus vestidos, quebrando la unidad de la luz, ponía la transparencia del aire como en resalte. Era la luz deslumbradora del mediodía, enriquecida ya, templada un tanto, por las remotas insinuaciones de la tarde.
En estos leves matices no reparaba Aguirre, sino Axkaná. Aguirre, ajeno a lo meramente estético, se complacía en el espectáculo de las mujeres, las cuales sonreían al verlo, le hacían señas y, de ser preciso, asomaban medio cuerpo fuera del coche para seguir, a distancia, comunicándose con él. Una, cuyo auto se acercó al de ellos hasta rozarlo casi, arrojó a las manos del ministro uno de los pasteles que venía comiendo y rió con estrépito su travesura. La carcajada sonó como el más fino cristal, serpeó varios segundos a lo largo de la calle y fue a perderse en los brillos metálicos de los escaparates.
Preguntó Axkaná:
—¿Quién es?
—Adela.
—¿Adela?
—Sí, Adela.
Y agitaba Aguirre la mano contra el cristal posterior del coche, para prolongar así su correspondencia con la muchacha, cuyo Ford se alejaba. En seguida precisó:
—Sí, es Adela Infante, la de Medellín.
—Por lo visto, no la conocía —replicó Axkaná, con ánimo de liquidar el punto, que, en el fondo, no le interesaba.
Pero Aguirre, muy afecto a ciertos temas, no permitió que éste se le escapase:
—¡Sí, hombre, sí la conocías! Y ella, claro, te conoce a ti. Es aquella muchacha, antes empleada en Hacienda, que siempre que se lavaba la cabeza iba a la oficina con el pelo suelto. Sus cabellos son hermosísimos (es lo más bonito que tiene, aparte la risa); de modo que pronto se le enredaron allí el jefe de la Sección y el jefe del Departamento; luego el oficial mayor y el subsecretario; luego, el secretario particular, y luego el ministro. Por último, si no me engaño, allí hemos acabado por enredamos todos los del Gobierno.
El paso de otro Ford, con otra mujer, hizo que Aguirre se interrumpiera. Tardó poco en añadir:
—Es el caso que a esta Adela la conocimos nosotros en la Fábrica de Pólvora la tarde de la fiesta que dio el general Frutos para celebrar el cumpleaños del Caudillo. Tu, ya lo veo, no volviste a ocuparte de ella. Yo sí… Una noche…
Otra vez se interrumpió la charla del ministro. Se había detenido el Cadillac; se había abierto la portezuela, y había saltado al interior, ruidoso y ágil, el otro amigo predilecto del general Ignacio Aguirre; Remigio Tarabana. En pie dentro del coche, doblándose por la cintura para no golpearse la cabeza contra el techo, agitaba el bastón y exclamaba:
—¡Hace una hora que me tienen aquí de plantón! ¡Una hora! Y la verdad, me parece demasiado.
Sus palabras, pese a la construcción plural, se dirigían sólo al ministro de la Guerra, así como el alarde de los movimientos que las subrayaba. Para mayor elocuencia se incrustó sin ceremonias en el hueco libre entre los dos amigos, se quitó el sombrero, que era de paja, y así que se hubo abanicado con él hasta sentir exhausto el brazo, lo puso sobre el puño de su caña de Indias. Entre tanto, continuaba:
—Pero ¿no me citaste a la una y media? ¡Sí, claro, me citaste, pero, como de costumbre, para hacerme esperar! ¡Y cuando pienso que no somos pocos los imbéciles que todavía te creemos!
Había sacado un pañuelo blanquísimo, que sacudió para hacer más amplia la frescura de los pliegues, y se lo pasó luego por el cuello y el rostro, enjugándoselos. Y hubo entonces lugar de que lucieran, en el contraste de los dedos morenos sobre la albura del lienzo, las aguas de un hermoso cabujón azul engarzado en tenues reflejos de platino. Aquel acorde de colores y brillos discretos, varoniles, tenía en Tarabana la fuerza de las características que definen; lo mismo cuadraba con el trazo bien nacido de sus rasgos faciales y con sus maneras, precisas y pulcras, que con el corte y el estilo de su traje gris, el cual tan bien le iba, que, no siendo él esbelto, hacía que lo pareciese.
Sin mengua del entretenimiento con las mujeres de los Fords, Aguirre halló modo de responder a los reproches que Tarabana le hacía. Preguntó, gesticulando hacia afuera del coche, mientras hablaba hacia adentro:
—Y a mí ¿qué me importa que hayas esperado?
Tarabana afectó, para contestar, el falso aire reprensivo que a ratos adoptan con los poderosos benévolos los protegidos audaces. La palinodia de lo que decía se transparentaba ya en el tono de sus palabras:
—No seas grosero, Ignacio. Aprende a producirte con urbanidad… Y, sobretodo: ¿cuándo vas a guardar el decoro de tu cargo? Es una vergüenza que en pleno Plateros ande todo un señor ministro chacoteando así, a la luz del sol, con garrapatas nauseabundas.
La réplica de Aguirre fue entre amenazadora y sonriente:
—Mira, Jijo, te tengo dicho…
«Jijo» era la forma familiar que los amigos de Tarabana creían sugestiva de las asociaciones implícitas en Remigio.
—Me tienes dicho, qué.
—Que todavía no nace quien sea capaz de regañarme…
Tarabana rio a carcajadas, rio irónicamente. Pero en seguida, para escudarse, hizo la hábil maniobra que con Aguirre no le fallaba nunca: trajo a primer plano la evidencia de su utilidad.
—¡Muy bien, muy bien! —exclamó tomando el sombrero de sobre el bastón y volviéndoselo a la cabeza—. Pórtate como te dé la gana; eres muy libre. Que al fin y al cabo no es eso lo que me importa, sino esto otro.
Hizo una breve pausa. Luego continuó:
—Ya está arreglado el negocio de «El Águila». Esta noche, y si no, mañana, me entregan la mitad del dinero. ¡Ah, pero eso sí! Las órdenes tienen que ser muy amplias, muy efectivas; como te lo indiqué desde un principio… De lo contrario, ni agua.
Axkaná, que no había hecho el menor caso de la disputa entre sus dos amigos, pues sabía bien cómo terminaban siempre tales encuentros, terció en el diálogo tan pronto como éste derivó hacia los negocios.
—Tú —dijo encarándose con Tarabana— vas a ser causa de que Ignacio se comprometa cualquier día… Está bien (o está mal, pero, en fin, parece inevitable) que se intenten con cautela operaciones discretas. Pero ¡hombre!, la verdad es que tú no paras, ni te cuidas, ni mucho menos cuidas a los de las responsabilidades: todos los días son órdenes, y órdenes, y más órdenes.
Su voz, aunque admonitoria y enérgica, sonaba afectuosa, tranquila; no obstante eso, Tarabana saltó con no poco olvido de sus buenas formas:
—¿Que yo comprometo a Ignacio? ¿Que yo no cuido al de las responsabilidades? No sé de dónde sacarán que eres inteligente. Sábete que a mí, hasta hoy, nunca se me han ido los pies, y sábete también, haciendo honor a los hechos, que yo no soy quien busca a Ignacio para estos asuntos, sino a la inversa: él quien me busca a mí. ¿Lo oyes? Él a mí. Ahora, que al hacerlo, la razón le sobra: ésa es otra cuestión. Muy grande imbécil sería si, desperdiciando sus oportunidades, se expusiera a quedarse en mitad de la calle el día que haya otra trifulca o que el Caudillo se deshaga de él por angas o por mangas. Pero, vuelvo a decírtelo: ¿para qué te sirve toda tu filosofía, la tuya y la de los libros que dicen que lees? ¿Te imaginas que se hace solo el dinero que éste gasta? Pues ¿de dónde crees que sale todo lo que Ignacio despilfarra con sus amigos, incluyéndonos a ti y a mí? ¿Supones que se lo regalan?
—¡Basta! —cortó Aguirre, poniendo sin esfuerzo, en aquellas dos únicas sílabas, toda la eficacia de su autoridad—; Axkaná sabe que yo no soy ningún niño ni necesito que nadie me cuide.
Axkaná, imperturbable, guardaba silencio. Acentuó la sonrisa, un poco enigmática, un poco incrédula, con que había recibido el desahogo de Tarabana. Antes, al hablar, sus ojos, verdes, se habían encendido en riquísima lumbre expresiva, más expresiva que sus propias palabras. Ahora le bastaba la actitud para dar a entender que la importancia de cuanto había dicho estaba en el consejo contenido en sus frases, no en el incidente que ellas habían provocado.
Aguirre seguía diciendo, ya en el tono de la amistad más serena:
—La culpa es tuya, Jijo. Otra vez te advertí que no volvieras, para librarnos de sermones, a tratar de negocios delante de Axkaná.
El Cadillac había rebasado el jardinillo de Guardiola y, a la ancha incitación de la avenida Juárez, sacudía su andar soñoliento, se echaba a correr. Vio Axkaná volverse transparentes con el lustre del sol los verdes ramajes de la Alameda, y, más allá, sintió como si de un mundo —el del reposo quedo bajo la luz— el auto surgiese en otro —el del estallar del sonido y el movimiento—. Porque un vocerío desgarrado —era la salida de los periódicos de la tarde—, voces infantiles, voces adultas, se multiplicaba y zigzagueaba en torno de la estatua de Carlos IV mientras las calles próximas a Bucareli arrojaban sobre la avenida, frenéticas de clamor, muchedumbre de hombres y chiquillos. Los más corrían a escape hacia los barrios del centro; otros por la Reforma; otros por Balderas o Humboldt. Algunos, con insuperable arrojo, saltaban a los coches y los autobuses, subían a los tranvías, bajaban, iban a perderse en los zaguanes, volvían a aparecer.
Uno —tendría ocho o diez años—, mugriento el rostro, vivos los ojos, torcida la boca en el paroxismo del grito, asomó de improviso por sobre los cristales del Cadillac: «¡Ya salió El Gráfico, mi jefe! ¡Ya salió El Mundo!». Llegaba ligero y alado como un Mercurio. Axkaná, sin saber por qué, le compró seis periódicos: tres y tres. Y el papelero, a todo el correr del coche, saltó a tierra en postura que anunciaba ya su propósito de abordar otro automóvil, que venía en sentido opuesto. Había dejado sobre el cristal las huellas de sus dedos sucios, pero al dar el brinco, los periódicos, sujetos bajo su bracito, fueron a manera de alas.
Aguirre y Tarabana continuaban, ahora en voz baja, su coloquio financiero. Axkaná leyó distraído las grandes titulares de las noticias; luego, mientras los papeles se le caían de las manos, se puso a mirar hacia afuera. El coche se deslizaba raudo entre las filas de árboles de la Reforma y parecía atraer sobre sí al dorado ángel de la Independencia. Éste, orlado de sol, brillante y enorme contra el manto de una nube remota, volaba arriba gracias a la fuga del automóvil abajo.
El alma de Axkaná era evocativa, soñadora; por un momento voló también, y su vuelo, a influjo de la perspectiva que lo inspiraba, fue un poco azul y quimérico, un poco triste como la mancha gris del Castillo sobre la regia pirámide de verdura.

IV
Banquete en el bosque
El grupo de políticos que ese día había invitado a Ignacio Aguirre a comer en el Restaurante de Chapultepec recibió a su huésped con salutación poco menos que estruendosa.
Porque Aguirre, que sabía darse a desear para que su prestigio creciera, hizo que sus admiradores y partidarios lo aguardasen esa vez más de una hora. Y entonces ellos —medio único de conservar íntegro el alto concepto que a sí mismos se merecían: eran diputados o ediles, senadores o generales, gobernadores, altos funcionarios públicos— extremaron las manifestaciones del entusiasmo al ver que al fin se presentaba el joven ministro de la Guerra.
Hubo mucho agitarse de sillas de hierro entre las mesitas del jardín, mucho erguirse de siluetas varoniles dentro de los macizos de sombra del gran quiosco construido entre los árboles, y el crujir de la arena, hollada por pies innumerables, acompañó largo rato las exclamaciones, los aplausos y las risas.
Restablecida la calma, las copas de los aperitivos invitaron al reacomodamiento. Se instaló al ministro en el sitio que allí podía considerarse como de honor: entre Encarnación Reyes y Emilio Olivier Fernández. Reyes era general de división y Jefe de las Operaciones Militares en el Estado de Puebla; Olivier, el más extraordinario de los agitadores políticos de aquel momento: líder del Bloque Radical Progresista de la Cámara de Diputados, fundador y jefe de su partido, ex alcalde de la ciudad de México, ex gobernador.
No lejos de ellos, a una y otra parte, tomaron asiento Tarabana y Axkaná, sobre cuyas sillas, hasta tocar el respaldo con el rostro, se doblaron solicitas las figuras de los camareros en espera de órdenes.
Aguirre no tuvo que mencionar lo que debían servirle. Se puso a gastarle bromas a Encarnación y a responder a Olivier Fernández con frases de especial cautela política. Y mientras él hacía eso, José, el camarero predilecto de los políticos de importancia, fue, de propia iniciativa, en busca de una botella de Hennessy-Extra, que trajo pronto, que descorchó allí y que se apresuró a colocar delante del ministro de la Guerra, así que le hubo llenado hasta el borde la primera copa.
Tal costumbre de Aguirre —beber siempre de botella intacta— la conocían en México todos los camareros y cantineros de algunas ínfulas. De ella se derivaba algo del acento muy masculino que el joven general ponía en su afición a beber. Por ella se comprendía también que Aguirre mirase con falso despego, como todos los buenos bebedores de su estilo, la minúscula copa que tenía delante. Para Ignacio Aguirre, sólo en la botella íntegra, en la botella que iría él vaciando poco a poco, existía realidad bastante a contentarlo. Imposible que sin tanta abundancia se le ensancharan los horizontes placenteros.
Esta vez insistió buen rato en las chanzas con Encarnación y en la charla con Olivier —cual si, en efecto, el coñac no existiera en el mundo—, y si al cabo consintió en extender el brazo hasta la copa para llevársela a los labios, lo hizo como por mera condescendencia con sus amigos, no porque la deseara. De estar solo, hubiese hecho otro tanto, si bien entonces por amables impulsos de simpatía hacia las cosas, ya que no hacia los hombres.
Tras de beber, el ministro preguntó al jefe de las operaciones de Puebla:
—Y ahora que me acuerdo, Encarnación: ¿de cuándo acá vienes tú a México sin mi permiso, y te atreves, además, a no empezar aquí presentándote en la Secretaría de Guerra?
Su voz, jovial y franca, sonó más audible que hasta entonces, lo que hizo que se interrumpieran las otras conversaciones y todos se volvieran para oír.
Encarnación sabía que aquella pregunta no era reproche de funcionario, sino escarceo palabrero de compañero de armas, frase juguetona de superior —de superior amigo—, donde se le brindaba el reconocimiento oficial de su derecho a cometer travesuras. Quiso, en consecuencia, hacer él también gala de espiritualidad, y empezó por sonreírse; sonrió de modo que su rostro, de tez oscura, de ojos medio oblicuos, de bigote ralo, de barba lampiña, vino a iluminarse con fulgores inciertos. Para Axkaná, que lo veía de medio perfil, aquella sonrisa fluctuó por un segundo —como todas las de Encarnación— entre lo imbécil y lo torpe, y en el segundo siguiente, entre lo astuto y lo zafio. Algo análogo creyó ver el diputado Juan Manuel Mijares —amigo íntimo de Axkaná—, que miraba de frente, desde la mesa inmediata, la cara del jefe de las operaciones militares de Puebla. Pero la gran mayoría de los jóvenes políticos allí presentes fue de diversa opinión, a juzgar por el matiz del silencio, anticipadamente admirativo, con que todos se dispusieron a escuchar la ingeniosa respuesta del general poblano. Éste, según Aguirre le servía coñac tras de servirse a sí mismo, seguía sonriendo, sonriendo. Por fin, consciente del favor que anticipaban todos a sus palabras, y gozando de ello, dijo de súbito:
—¿Pero pa qué, pues, buscarte en el Ministerio, si sé, Aguirre, que donde te jallo es en las tabernas?
Y echó el busto hacia atrás, y su mano, moviéndose con amplio ademán en torno de la estrecha ala del fieltro, buscó inútilmente el gran círculo del sombrero de charro.
Aguirre rio el chiste —lo rio de buena gana—, y a carcajadas lo rio con él la turba satisfecha de los jóvenes políticos. Lo rieron también Tarabana y Mijares; lo rio, aunque algo de lejos, como en ausencia, el mismo Axkaná. ¿Podía dudarse de que el general de división Encarnación Reyes era hombre de ingenio, ni de que su ingenio anunciara su talento o lo confirmara?
Porque Encarnación, según lo aseguraban todos, nunca había estado en la escuela, no sabía leer ni escribir, ni contaba con otro bagaje espiritual que sus intuiciones militares, a que debía su carrera de soldado, y sus adivinaciones civiles, a que debía su carrera de político. Su risa era grosera y chorreante; toda su persona, inculta, primitiva, montaraz. Pero como ante él los jóvenes políticos allí presentes sentían el estremecimiento de tener cerca a uno de sus grandes hombres, a uno de los formidables adalides necesarios a su causa, la visión del buen éxito futuro aumentaba en ellos las potencias admirativas. De ahí que se multiplicaran, en alabanza del chiste de Encarnación, las risas y los aperitivos, las risas y el tequila, las risas y el coñac; y para mejor celebrarlo fueron corriendo, de mesa en mesa, chanzas fuertes, soeces, acres, que eran a modo de expresivas primicias de la euforia.
Al aviso de que la comida estaba dispuesta, todos dieron los últimos sorbos a sus copas y se levantaron ruidosos para dirigirse al gran comedor. Una especie de comitiva espontánea se formó entonces: Aguirre, Encarnación y Olivier al frente; luego Eduardo Correa —presidente municipal de la ciudad— con Agustín J. Domínguez —gobernador de Jalisco— y varios diputados jaliscienses; después, en torno de Axkaná, en torno de Mijares, los principales miembros del Bloque Radical Progresista de la Cámara, y, por último, un poco en desorden, los demás.
Emilio Olivier Fernández, gran político a su manera, esperaba de aquella comida excelentes resultados para el plan que traía en proyecto.
Por eso sentó a Encarnación Reyes a la derecha de Aguirre —éste en el sitio de honor, a igual distancia de una y otra cabeceras— y por lo mismo tomó para sí la primera silla de la izquierda. Al gobernador de Jalisco —su colaborador fiel en toda suerte de empresas políticas— lo colocó a la derecha de Encarnación, y a Eduardo Correa, a Juan Manuel Mijares y a los otros líderes de absoluta confianza los distribuyó convenientemente para que mantuviesen los ánimos dentro de las tonalidades del caso.
Quería, por de pronto, convencer a Ignacio Aguirre del entusiasmo profundo con que los «radicales progresistas y otros elementos afines» lo proclamaban candidato a la Presidencia de la República, en oposición a la otra candidatura, la del general Hilario Jiménez; y quería más: hacer sentir al candidato que aquella popularidad era ya la expresión de una alianza indisoluble —«fundada en la naturaleza de las cosas»— entre Aguirre y sus partidarios políticos. Olivier había empleado muy bien sus seis años de revolucionario, de gobernante y de agitador; poco pasaba de los treinta, pero ya conocía a maravilla los resortes misteriosos y multitudinarios de la política mexicana.
Frente por frente de Aguirre, entre Tarabana y Axkaná, estaba el general Jacinto López de la Garza, consejero intelectual de Encarnación y jefe de su estado mayor.
López de la Garza pertenecía al tipo de los militares revolucionarios y políticos que años antes habían dejado sus libros de Derecho para irse a los campos, prometedores y magníficos, de la Revolución. Había hecho carrera, más que batiéndose, administrando cabezas de generales analfabetos y de reformadores sociales ayunos de todas letras. Ahora regentaba, a beneficio del grupo radical progresista, a que pertenecía, el cerebro del Jefe de las Operaciones en el Estado de Puebla. Y lo regentaba tan bien que, bajo su influjo, Encarnación Reyes había venido a convertirse en el brazo armado de Olivier Fernández, en el general dispuesto a sostener con las balas cuanto edificaran los radicales progresistas con la palabra. Hacer patente esto último era otro de los propósitos del convite. Olivier Fernández quería desplegar la evidencia de que Encarnación Reyes, venido el caso, se lanzaría con todas sus tropas a luchar por los radicales progresistas y por el general Ignacio Aguirre.
Las alusiones, hábilmente encubiertas, se sucedieron sin tregua a medida que manjares y vinos fueron desfilando. De la Garza, maestro en el arte de insinuar —había frases suyas que apenas eran sonrisas; interrogaciones y exclamaciones que polarizaban, sin rozarlos, los más ocultos pensamientos—, aprovechó a cada paso sus diálogos a media voz con Tarabana o Axkaná, para decir luego, ya en voz alta, algo por donde se entendiera que hablaba de «eso» —de la próxima lucha por el Poder—. De cuando en cuando dirigía palabras un tanto enigmáticas a Encarnación, el cual, dócil a su mentor, le contestaba en el único sentido posible.
Preguntaba así, por sorpresa, López de la Garza:
—¿O no es verdad que nos estamos preparando, mi general?
A lo que Encarnación respondía:
—¡Pos cómo no ha de serlo!
O bien, levantando la copa, López de la Garza exclamaba:
—¡Por la próxima, mi general, que también será la nuestra!
Y Encarnación, sonriente, malicioso, puesto también a beber, contestaba al sesgo:
—¡Licenciados éstos! Todo han de propalarlo.
En momentos así, siempre de secreta efusión, chocaban los vasos, se encendían más las miradas, se fortificaba la fe. Olivier los utilizaba como suplemento de su labor propia: se inclinaba hacia Aguirre para susurrarle, casi en el oído, sus observaciones; se dirigía misterioso a Encarnación, hablaba a gritos con los que comían en los lugares más remotos. Y entonces parecían alzarse de entre los brillos del cristal, y del fondo de las tonalidades de los vinos, y por entre los colores de los pétalos dispersos sobre los manteles, anticipaciones de futuras batallas con el grupo enemigo —lucha fatal, sanguinaria, cruel, lucha a muerte, como la del torero con el toro, como la del cazador con la fiera—. Si bien eso, lejos de ensombrecer la alegría presente, la avaloraba, le daba realce, la hacia más intensa y dominadora en aquellos instantes.
De cabo a cabo de la doble fila de comensales corría entonces, con ansias de vida, el sentimiento de hostilidad al contrario; se manifestaba a una, aunque en infinitas formas, cual si lo removieran en lo más hondo ocultas voces de mando, el instinto de batallar y de vencer. Aguirre, hermético en la palabra, y acaso opuesto a los otros en el pensamiento, se percataba a ratos de que, en el sentir, él también seguía el mismo cauce que sus amigos; no lo arrastraba el calor de verse rodeado y agasajado por una multitud de partidarios, pero sí el arranque indescifrable, el virus desconocido donde el entusiasmo de aquel partidarismo tomaba origen y fuerza. Olivier Fernández sentía el contacto de los resortes que estaban preparando la obra y se entregaba a la fascinación de creer que la obra era cosa suya. Encarnación vivía en un momento solo varias vidas; mezclaba al sabor y al perfume del vino evocaciones de sus días montaraces y terribles; sentía la nostalgia de exponer el pecho, de pelear, de huir, de matar.
E igual los otros: todos participaban de la misma vibración, hasta Axkaná. Éste, actor y espectador, trataba de penetrar la esencia de aquellas emociones, que también a él lo alcanzaban. Viendo el ardimiento de los otros, que era el suyo, hubiese querido poder coordinar las expresiones apasionadas de cuantos le rodeaban, para leer en ellas, como en las letras de un lenguaje escrito, la verdad nacional que pudiera esconderse debajo de todo aquello.

V
Guiadores de partido
Terminado el banquete, Axkaná volvió a explicar a Emilio Olivier Fernández el porqué de la negativa de Aguirre a entrar en la lucha electoral próxima.
Fue una conversación viva, de frases precisas, en medio del zumbar de los automóviles que partían y con visible indiferencia por los paisajes del bosque. Éste, bello siempre, lucía entonces como nunca a la blanda luz del atardecer. Axkaná y Olivier se habían metido por las callecitas de árboles que hay del otro lado de la plazoleta, enfrente del restaurante, y, caminando, departían. El líder de los radicales estaba ya algo impaciente; decía con voz a la vez experimentada y juvenil:
—Pero hablemos claro, Axkaná; ¿es que Aguirre tiene contraído el compromiso de no lanzarse él?
—No tiene compromiso ninguno.
—¡Ah! Entonces vuelvo a decirlo: quiere darse importancia; lo cual me parecería muy bien si sólo lo hiciese para los demás, pero no para mí.
—Tampoco eso.
—Pues entonces lo otro: nos está engañando a todos.
Y al decir «todos», el joven radical progresista acentuó la palabra con el golpe que dio su bastón en el tronco del árbol inmediato. Era un modo de desahogar la cólera, que ya le ganaba y que le ganaba muy justificadamente. Porque en toda su carrera de político —breve, pero intensísima— Olivier tropezaba entonces por primera vez con un posible candidato presidencial empeñado durante meses en no reconocer la evidencia de su candidatura, actitud absurda, inexplicable.
Con su sereno acento de costumbre, Axkaná trataba de transmitir al líder su propio convencimiento.
—Yo le aseguro a usted —le decía— que Aguirre, en este caso por lo menos, es sincero. Se da cuenta de que puede ser candidato; no duda de que, empeñándose, su triunfo estaría seguro, porque él mismo dice que Hilario Jiménez, sin popularidad, no sirve ni para candidato de los imposicionistas. Pero sabe también que, de aceptar, iría derecho al rompimiento con el Caudillo, al choque con él, a la guerra abierta contra el mismo que hasta aquí ha sido su sostén y su jefe, y eso ya es otra cosa. A su amistad y agradecimiento repugna el mero anuncio de tal perspectiva. Respetemos sus escrúpulos.
—¡Agradecimiento! En política nada se agradece, puesto que nada se da. El favor o el servicio que se hacen son siempre los que a uno le convienen. El político, conscientemente, no obra nunca contra su interés. ¿Qué puede entonces agradecerse?
Sus aforismos sonaban terminantes. Axkaná lo contuvo:
—Como usted quiera; pero el caso es que Aguirre no lo entiende así, y ahora hablamos de Aguirre.
Olivier no lo oía:
—Sobre todo —resumió—, ¿por qué Aguirre no me lo dice a mí? ¿Por qué no es franco conmigo? Dos veces he ido a proponerle el punto sin ambages, ofreciéndole el apoyo de todos los grupos que controlamos, y en ambas ocasiones, óigalo usted, en ambas, no ha hecho sino darle largas al asunto. La gente, claro, se cansa y se indisciplina. Algunos se nos están pasando a los hilaristas por temor de que luego sea tarde, y yo no puedo detenerlos porque carezco del único argumento que los convencería.
Calló breves segundos. Axkaná, silencioso, miraba a lo lejos. El líder continuó:
—Convenga usted en que todavía sería tiempo de que Aguirre dijera terminantemente que si.
—Terminantemente ha dicho ya que no.
—No es verdad.
—¡¿Cómo que no es verdad?!
—Como que lo estoy viendo. En política no hay más guía que el instinto, y yo, por instinto, sé que Aguirre no es sincero cuando rechaza su candidatura. Sé más todavía: sé que pronto ha de aceptarla, aunque no tan pronto que sus negativas de ahora, falsas como son, no nos debiliten. Y eso es lo que más me indigna.
Axkaná no creía en el instinto, sino en la razón; pero así y todo no dejaba de comprender que Olivier Fernández iba a lo cierto en sus vaticinios: Aguirre, al fin y al cabo, aceptaría. Él, sin embargo, por menos instintivo, por más generoso, llegaba al fondo mismo de las cosas. Comprendía que Aguirre, aunque aceptara después, procedía ahora sinceramente cuando rehusaba.
—De cualquier manera —concluyó—, no crea usted que hay engaño; yo se lo garantizo.
Habían partido ya casi todos los automóviles, repletos de generales y políticos. En la plazoleta quedaban tan sólo dos: el de Olivier y el de Aguirre. El joven ministro seguía en risueña charla con Encarnación Reyes, conforme los dos iban y venían, apoyado cada uno en el brazo del otro, desde el seto del jardín hasta el pie de la escalinata. Cerca de los coches platicaban también, ellos con grandes, con súbitas carcajadas, Remigio Tarabana, el general Agustín J. Domínguez, el general López de la Garza y Eduardo Correa.
Cuando Axkaná y Olivier vinieron a reunírseles, Aguirre hizo que subiera a su Cadillac Encarnación e invitó a los demás a formar dos grupos. Uno con él, con Olivier el otro, todos partieron.
Esa noche, Aguirre y sus siete compañeros fueron a recalar en la casa de unas amigas que Olivier Fernández tenía por la calle de la Magnolia.
La vitalidad del joven jefe de los radicales progresistas era de tal superabundancia que necesitaba de toda suerte de desgastes nocturnos para que su espíritu se conservara, durante el día, tolerablemente en su punto. Sin ese desfogue, su temperamento agresivo y su arrebato por la acción, siempre en llama, amenazaban desquiciar cuanto les salía al paso. A Olivier Fernández le hacía tanta falta el desorden en las costumbres como a otros el reposo. Pero esta vez algunos motivos más lo impulsaban. Conocía bien a Aguirre, sabía que sólo el vino y la efusión de la crápula eran capaces de conmoverlo, de desnudarle el alma, y quería así obligarlo esa noche, políticamente, a una confesión.
Las amigas los recibieron hechas un aspaviento de alegría; al frente de ellas, la Mora, la que se paseaba a diario por San Francisco envuelta la cabeza en un pañuelo a colores, contra cuyas tintas rojas, verdes, amarillas y azules resaltaban el moreno cálido de su tez y las dos manchas negras de sus ojos. La Mora era pequeña y flexible y tenía al andar un juego de hombros, un juego de cintura, un juego de tobillos, que de pura forma armoniosa que era la transformaban en mera armonía de movimiento. Allí, entre sus amigas, reinaba de pleno derecho, no obstante que cualquiera de las otras, de no existir ella, hubiese merecido ceñir la corona que ella tan bien llevaba.
Los hicieron pasar al comedor, en torno de cuya mesa, redonda, se sentaron todos, ellos y ellas, y se dispusieron a disfrutar, por horas, de la disipación mansa a que Olivier Fernández era tan afecto. Sobre la cubierta de hule fueron alineándose las botellas de cerveza. Frente a Ignacio Aguirre colocaron otra, ésta de coñac. Trajeron copas, vasos, ceniceros —todo ello, vulgar en cualquier parte, impregnado allí de significación nueva, gracias a la Mora—. Porque ésta, con su movible presencia, parecía comunicar en el acto a hombres y cosas algo de su armonía y de su raro prestigio. ¿Era una ilusión? A medida que ella distribuía botellas y copas, la luz, concentrada en el centro de la mesa por una pantalla que de la lámpara bajaba casi hasta el hule, como que desbordaba aquel cauce para perseguirle el brazo y la mano, y mientras tanto los oscuros ojos de la Mora —dos manchas negras en la penumbra— relumbraban y rebrillaban y su cuerpo iba de un sitio a otro dejando perfumes que eran ritmo, ritmos que eran perfume. Cuando al fin vino a sentarse entre Aguirre y Encarnación, se le figuró a Axkaná que la persona de ella y el ambiente que los rodeaba formaban una sola cosa.
A poco de empezar a beber, Olivier Fernández se puso a disertar sobre política. Los demás le siguieron. Con lo cual ellas se entregaron a oír con profundo interés, aunque quizá no entendieran bien el asunto que se debatía. Las cautivaba asomarse, entre un torbellino de frases a veces incomprensibles, al abismo de las ideas y las pasiones que mantenían encendida el alma de aquellos amigos suyos y que eran capaces de lanzarlos unos contra otros hasta hacerlos añicos. Sentían por ellos igual admiración que si fueran aviadores o toreros, y si los creían espléndidos y ricos, manirrotos como bandidos de leyenda, no era eso lo que en el fondo las atraía más, sino la traza futura de sus planes, porque entonces les parecía estar aspirando, en la fuente misma, la esencia de la valentía auténtica. Aquéllos eran seres temerarios, espíritus de aventura, susceptibles, como ellas, de darse todos en un momento: por un capricho, por un ideal.
Encarnación Reyes, encandilado por el coñac, por el perfume de la Mora y por cuanto oía, vino pronto a sentirse como si lo envolvieran la atmósfera caldeada y la excitación de una asamblea política o una sesión del Congreso. Ellos hacían de diputados; ellas, de público. Lo que se explicaba también porque Olivier Fernández no conseguía nunca decir cuatro palabras seguidas sino en actitud y tono de orador; su vida entera estaba en la política; su alma, en la Cámara de Diputados. Era su empeño de ese momento hacer memoria, con Aguirre y López de la Garza, de lo que les había acontecido en Tampico, cuatro años antes, cuando andaban en gira electoral con el Caudillo. Pero lejos de evocar los sucesos con recogimiento íntimo, según lo hubiera hecho cualquiera otro, Olivier sintió el impulso irresistible de ponerse en pie y ascender hasta una tribuna imaginaria. El chorro de palabras brotó de su boca como en la Cámara, sólo que aquí frente al estrecho circulo de la mesa sembrada de botellas y vasos, ante la fila de pares de ojos semiocultos en la sombra. La luz no le pasaba de la cintura, pero arriba, en la región donde los rayos se tamizaban en penumbra tenue, sus brazos accionaban, gesticulaba su rostro. Y no hacia falta verlo para someterse a su elocuencia, porque allí y en todas partes Olivier Fernández era un gran orador. La Mora y sus amigas lo escuchaban en éxtasis, se entregaban dóciles a la magia divina del verbo, que llega al alma por sobre la inteligencia y así convence y arrebata.
Las botellas vacías iban acumulándose sobre el hule pegajoso; del Hennessy-Extra no les restaba a Encarnación y Aguirre ni la mitad. Hubo un momento en que el ministro de la Guerra recordó que también él, cuando quería, era buen orador, y creyó que debía levantarse a su vez y contestar a Olivier Fernández con otro discurso. Su oratoria, en efecto, aunque inferior a la del líder radical progresista, no era mala. Reflejaba el vigor atlético que había en los músculos del joven genera], se imponía, convincente, como la amplitud de su pecho, como la curva vigorosa de sus hombros, como la gallardía dominadora de su estatura. Pero oyéndolo a él, la Mora y sus compañeras, a la inversa de cuando oían a Olivier, no sentían que la palabra fuera cosa de magia, sino simple accesorio puesto a la substantividad del ademán del cuerpo.
Habló a su vez López de la Garza, y luego Domínguez —el gobernador—, y luego Tarabana, y luego Correa —el alcalde de la capital—. El propio Encarnación intentó dos o tres veces hilar frases al modo de sus camaradas en lides guerreras y políticas. Y de esta manera, todavía al nacer el alba, el furor continuaba en pie, inquebrantable en Olivier Fernández, menguante en los otros.
La mesa negreaba de botellas vacías. Encarnación, semivencido, ya no hacía sino oír mientras una de sus manos de bronce acariciaba los negros rizos de la Mora: la tibia sensación de aquel pelo iba polarizando todos sus sentidos, todas sus potencias. Pero así y todo, Aguirre, siempre alerta, no había dicho aún, pese a la plenitud optimista que el alcohol le producía, las palabras reveladoras que Olivier esperaba desde el fondo de su propia embriaguez. Por lo cual Olivier, enemigo de rendirse, seguía produciendo período tras período de bellas frases, ahora casi para sí solo.
Axkaná seguía en su juicio como en el primer momento, sobrio, templado, fuerte. Ni un instante había dejado de observar, ni se había movido de su sitio, y sólo un sentimiento parecía ir dominándolo: ahora, cuando todo decaía a su alrededor, admiraba más a la Mora. Ella, sentada del otro lado de la mesa, le sonreía desde allá mientras de sus ojos brotaban hilos de simpatía luminosa que venían a prenderse, cálidos y acariciadores, en los verdes ojos de él. Entonces entendió Axkaná, mejor que nunca, el alma de sus amigos; comprendió por qué ellos no consideraban completa su vida —siendo ministros o generales o gobernadores, dueños de los destinos políticos de todo un pueblo— sino con el roce cotidiano del libertinaje más bajo. Vivían, o podían vivir, como príncipes; tenían de amantes, o podían tenerlas, a las más hermosas mujeres que el dinero compraba. Pero nada de eso les brindaba bastante sabor. Les hacía falta lo otro: la inmersión, acre y brusca, en el placer de lo inmundo.
Sin quererlo, Axkaná se entregó gustoso a corresponder la sonrisa de la Mora. Ahora salían de los verdes ojos de él los hilos de misteriosa atracción que iban a prender su luz en las negras pupilas de ella.

Libro segundo
Aguirre y Jiménez

I
Una aclaración política
Pasaron semanas y meses y siguieron días de intenso vaivén para generales, gobernadores y demás hombres próceres interesados en contribuir —o en aparentar que contribuían— a la exaltación del futuro presidente. Se multiplicaban los viajes, se celebraban entrevistas, se despachaban emisarios portadores de entusiasmo y de compromisos secretos.
Y no era que todos aquellos personajes, o siquiera su mayor número, tuvieran ideas muy claras ni muy firmes sobre la conveniencia de avanzar por determinado derrotero. En el fondo —quitadas las ventajas personales—, sólo unos cuantos sentían la necesidad de que fuera éste y no aquél el sucesor del Caudillo. Pero como las dos candidaturas ya estaban hechas —como las dos, aunque nadie supiera por qué, sonaban a toda hora y en todos los sitios como los términos antagónicos de un encuentro inevitable—, los militantes de los grupos cedían a la urgencia de tomar posición. «O Ignacio Aguirre o Hilario Jiménez», tal había dicho desde hacía dos años la voz de la calle (no la voz de la nación: la voz de la calle, la voz de la malicia populachera, que suscitaba ambiciones y pasiones a fuerza de adelantarse a vaticinarlas). Y echado así, por mano incógnita, el dado de la jugada democrática, en torno del general Jiménez y del general Aguirre se arremolinaba ahora la muchedumbre de los amigos sinceros y la de los partidarios falsos.
No todos ellos procedían por igual. Los políticos civiles, salvo excepciones, traían al candidato propio, con su adhesión ostensible, la abierta pugna con el candidato opuesto. Eran —o aspiraban a ser— gobernadores, diputados, concejales, y por eso mismo tocaba a ellos proclamar las virtudes de su grupo a expensas del grupo que se les oponía: pregonaban su actitud, se exponían desde luego a las represalias y al odio enemigos. Los políticos militares no. Éstos, por lo mismo que sus tropas habrían de erigirse después en el único argumento victorioso, guardaban —excepto casos rarísimos— la reserva indispensable para el buen éxito de las armas en la hora suprema. Es decir, que la naturaleza de su función constreñía a los políticos militares a comportarse con doblez y les consentía jugar, hasta el último instante, con una y otra posibilidades. Los más de ellos engañaban, de hecho o en apariencia, a los dos bandos: permanecían semiocultos en la sombra, se mostraban turbios, vacilantes, sospechosos.
Su procedimiento era sencillísimo. Iban a visitar a Ignacio Aguirre —la entrevista se celebraba por lo común en el despacho del joven ministro de la Guerra—, y una vez a solas con él le hablaban a la oreja, o poco menos. El lenguaje de todos —jefes de brigada, comandantes militares, jefes de operaciones— era siempre, cuando no en las palabras, sí en el énfasis, uno mismo. Todos hacían méritos con cadencia uniforme, militar verdaderamente.
—Ya sabe usted, compañero —le declaraban a Aguirre, o «ya sabe usted, mi general»—; usted cuenta conmigo para todito lo que se le ofrezca, de veras, sin recámaras. Soy de los que lo apoyamos con el corazón en la mano, no de los falsos y traidores. Y si alguien le viene con el chisme de que yo ando o yo hablo con el general Jiménez, no cavile por eso; tómelo a broma; que, de hacerlo, es tan sólo para no dar a los otros pie por donde puedan sospechar. Ya usted sabe cómo hay que irse bandeando en estos negocios.
Y luego iban —si es que ya no habían ido— a ver a Hilario Jiménez, ante el cual repetían, en el recato de la Secretaría de Gobernación, palabras equivalentes.
De este modo, Jiménez por su lado y Aguirre por el suyo —pese a la experiencia de los dos en tales asuntos—, se sentían a una dueños de casi todo el Ejército. Decía el general Jiménez a sus partidarios más próximos: «El Ejército nos pertenece como un solo hombre». Y pensaba el general Aguirre para sí: «Si quisiera yo ser presidente, estaría en mi mano el conseguirlo».
Una de aquellas mañanas Aguirre aprovechó la coyuntura del acuerdo para tener con el Caudillo la explicación que, a su juicio, ya se necesitaba. Él y el Presidente habían salido a la terraza del Castillo de Chapultepec tras de pasar revista a una larga serie de papeles.
Tenía el joven ministro de la Guerra puesto el sombrero, el bastón en la mano, la cartera bajo el brazo. El Caudillo, con sombrero también —él por su hábito de no descubrirse sino bajo techo—, lo envolvía en su mirada a un tiempo seria y risueña, impenetrable e irónica. Los dos acababan de dar tres o cuatro paseos de un extremo a otro de la terraza; flotaba aún en su entorno ritmo de pasos cuyo ruido había ido a perderse, juntamente con la luz, en la penumbra de las habitaciones ricamente amuebladas. Y ahora los dos, apoyados en el parapeto, conversaban.
Muy por debajo de sus pies, a manera de mar visto desde un promontorio, se movían en enormes olas verdes las frondas del bosque. Contempladas así, por arriba, las copas de los árboles gigantescos cobraban realidad nueva e imponente. Más abajo y más lejos se extendía el panorama del campo, de las calles, de las casas; se lanzaba hacia la ciudad, coronada de torres y de cúpulas, el trazo, a un tiempo empequeñecido y magnífico, del paseo. La luz de la mañana elevaba, suspendía; hacía más profundo y más ancho el ámbito espacioso dominado desde la altura.
Aguirre había sentido en el acto —lo mismo le ocurría cada vez que se asomaba a aquel grandioso miradero— el toque de la grandeza natural y el de la grandeza histórica. La esencia del bosque, de la montaña, de la nube, resonó en su espíritu con arpegios de evocaciones indefinibles. ¿Porfirio Díaz? ¿1847? Mas fue un toque, como siempre también, fugitivo, fulgurante, porque la plasticidad espiritual de Aguirre no sobrevivía al estruendo y la violencia de su aprendizaje revolucionario.
Atento sólo a los problemas políticos, dijo al Caudillo:
—Quería hablarle dos palabras a propósito del enredo electoral.
El Caudillo tenía unos soberbios ojos de tigre, ojos cuyos reflejos dorados hacían juego con el desorden, algo tempestuoso, de su bigote gris. Pero si fijaban su mirada en Aguirre, nunca faltaba en ellos (no había faltado nunca, ni durante las horas críticas de los combates) la expresión suave del afecto. Aguirre estaba ya acostumbrado a que el Caudillo lo mirara así, y ponía en eso tal emoción que acaso de allí nacieran, más que de cualquier otra cosa, los sentimientos de devoción inquebrantable que lo ligaban a su jefe. Con todo, esta vez notó que sus palabras, mencionado apenas el tema de las elecciones, dejaban suspensa en el Caudillo la mirada de costumbre. Al contestar éste, sólo quedaron en sus ojos los espurios resplandores de lo irónico; se hizo la opacidad de lo impenetrable.
—Lo escucho —dijo.
Pero aun estas mismas palabras, de apariencia neutra, no salieron de los labios del Presidente sino acompañadas del movimiento nervioso —huella de viejas heridas— que revelaba en él algo más que la mera disposición a oír: el apresto a la defensa y al ataque.
—No son —continuó el joven ministro— más que dos o tres aclaraciones: las suficientes para que tanto usted como yo estemos en guardia contra la insidia de los chismosos.
—Muy bien, muy bien. A ver.
Sintió Aguirre, por primera vez desde hacia diez años, que una cortina invisible iba interponiéndose, conforme hablaba, entre su voz y el Caudillo, el cual, a cada segundo que corría, se le antojaba más severo, más hermético, más lejano.
Sin lograr librarse de esa evidencia, Aguirre continuó:
—En estos días han estado a visitarme, uno tras otro, casi todos los jefes con mando de fuerzas.
—Me lo habían dicho…
—… y los más de ellos, por no decir que absolutamente todos, me han ofrecido su apoyo para el caso de que aceptase yo mi candidatura…
—Ajá.
—Yo…
—Sí, eso es: ¿usted qué piensa?
—… yo les he respondido lo que usted ha de imaginarse: que no me creo con tantos merecimientos ni tengo tampoco esa ambición…
—Muy bien… ¿Y piensa usted eso mismo? Lo importante está allí.
La pregunta salió envuelta en las entonaciones profundamente irónicas que Aguirre había advertido tantas veces en frases que el Caudillo dirigía a otros, pero nunca en las que le dirigía a él. De modo que ahora el tono de la voz, como poco antes la mirada y el gesto de su jefe, vino también a desconcertarlo, a herirlo. Algo se rompió en sus sentimientos según replicaba:
—Si no lo pensara, mi general, no lo diría.
—¿Cómo?… Se me figura…
Pero no redondeó su idea el Presidente. Volvió el rostro, lo inclinó un poco hacia abajo, hacia el mar de copas verdes, donde la brisa ondulaba, y hundió allí la mirada durante breves segundos. Luego, como si quisiera tomar atrás, prosiguió:
—¡Vamos! Veo que no me entiende usted…
¿Iban a brotar de nuevo el semblante y el tono afectuosos? Aguirre lo esperaba, lo creía. Aun llegó a parecerle por un instante que todo lo anunciaba. Pero en el instante inmediato, aquel débil anuncio se ahogó en el manantial suspicaz e irónico, en creciente ahora.
—Lo que le pregunto, Aguirre —el Caudillo continuaba—, no es si en efecto piensa usted lo que está diciéndome. Le pregunto si piensa en efecto lo que respondió a sus partidarios. Dos cosas bien distintas. ¿O no me explico?
En «partidarios» se hizo más lenta la emisión de la voz. En «¿me explico?», el tono cobró la seguridad fácil y dominadora con que el Caudillo sabía recordar a sus oyentes que él era el vencedor de mil batallas, tono duro y cortante, tono que hizo que Aguirre experimentara, por primera vez en su vida, que ser subordinado de su jefe lo humillaba. ¡Qué no hubiera ofrecido en aquel momento a cambio de reconquistar lo que, sin saber él mismo cómo, acababa de desvanecerse, de perderse! Para dominar mejor el torbellino interno que amenazaba asaltarlo, Aguirre unió a la elocuencia espontánea de su sinceridad la elocuencia artificiosa del énfasis retórico:
—Sí, mi general —dijo—; ahora comprendo. Pero yo le protesto a usted con la mayor franqueza, con la franqueza que usted me conoce y me ha conocido siempre, que las dos cosas que usted distingue se reducen aquí a una sola. Hablando con mis partidarios pensaba exactamente lo que digo hoy: que no me creo con títulos para sucederlo a usted en su puesto ni me dejo llevar de tales aspiraciones. Así lo he hecho ver a todos los generales, a quienes, debe usted creérmelo, aconsejo que lleven su apoyo, el que a mí me ofrecen, al general Jiménez.
Ministro y Presidente se miraban con ojos escrutadores. El velo de fatiga que jamás se alzaba de sobre las pupilas del uno, hacía extraño contraste con el intenso fulgor que lanzaban las del otro.
Tras una pausa, observó el Caudillo:
—Lo de su falta de merecimientos lo entendería yo mejor si en esto no interviniera para nada el general Jiménez. Porque yo bien sé que usted, acaso con motivos muy dignos de pesarse, cree superar en muchos conceptos a su contrincante. ¿Cómo explicarme entonces que la candidatura del otro le parezca a usted más aceptable que la suya propia?
—Primero, mi general, porque es público y notorio que él sí aspira a ser presidente…
—¿Y segundo?
—Segundo, porque… porque es posible y aun probable que la benevolencia de usted lo ayude en sus deseos.
El Caudillo replicó pronto:
—No sería yo, sino el pueblo… Pero volvamos a usted. ¿No le engañará su convicción cuando habla de no tener ningunas aspiraciones?
Y al preguntar esto último, la sonrisa del Caudillo, y su gesto, y su ademán fueron tan glaciales que Aguirre respondió como si hablara, no desde donde estaba, sino desde muy lejos, desde el fondo del bosque cuyas frondas hacían aguas al sol, desde el remoto cinturón de los montes azulosos:
—No, mi general: no creo engañarme.
Y comprendió que su esfuerzo había sido inútil.
Minutos después el auto de Aguirre corría rampa abajo en tránsito de desenfreno, se hundía en la masa de verdura, era, por un momento, submarino del bosque. Y de modo análogo, Aguirre bajaba, atónito todavía por las inesperadas consecuencias de la entrevista, hasta lo más hondo de sus reflexiones. Trataba de explicarse cómo era posible que el Caudillo, su amigo y su jefe por más de diez años, no hubiera querido creerle.

II
Un candidato a Presidente
El auto corría hacia la ciudad con todo el vigor zumbante de sus cuarenta caballos.
Aguirre iba absorto. Su retina, ociosa, percibía apenas las rayas, como de exhalación, que los ornamentos del paseo parecían trazar en los cristales. Pasaron, sin que él los viera, los leones de la entrada del bosque; pasaron luego los hitos de la columna; pasó el jardincillo de las palmas. Y de ese modo su vago mirar fundió en unos cuantos segundos el paisaje de la fuente sevillana, próxima a las masas de los árboles, y el de la glorieta de Cuauhtémoc.
Allí el chofer, acortando la marcha, se volvió a su amo en demanda de órdenes. Con un gesto Aguirre señaló el rumbo de la izquierda. Su ademán fue leve —nacido desde el más hondo ensimismamiento—; pero fue, a la vez, inmediato y preciso. Interpretado por el chofer, tenía esta significación: «A Rosas Moreno», o en otras palabras: «A casa de Rosario». El auto rodó hacia allá.
Si en lugar de la izquierda Aguirre hubiera señalado la derecha, su orden muda habría querido decir: «A la calle de Durango», o mejor aún: «A la calle de Niza». Porque Aguirre vivía entonces en tres casas: en la de Durango, con su esposa; en la de Rosas Moreno, con Rosario, y en la de Niza, con la Arévalo: Paquita Arévalo, una actriz madrileña, joven y hermosa, que en México, como otras muchas, había cambiado el arte de las tablas por el más lucrativo y no menos clamoroso de los amores con ministros.
En aquel momento nada más natural que Ignacio Aguirre hubiera escogido, de entre sus tres casas, la de Rosario. Así se lo reclamaban sus hábitos cotidianos y su agitación interior, y lo uno y lo otro tan orgánicamente que, dirigiéndose allá, practicaba menos un acto volitivo que la obediencia mecánica a carriles indiscutibles.
Porque era público y notorio que en la casa de su mujer legítima Aguirre casi no ponía pie, aunque no por mero desamor o por crueldad, sino por complejos espirituales más ocultos; por cierta secreta desaprobación de si mismo; por cierto respeto a formas de vida superiores a su voluntad, aunque no a su sentimiento. En cuanto a la casa de la Arévalo, Aguirre acostumbraba llegar allá de madrugada. Era la hora en que los estragos del cuerpo —renuente a rendirse— y los rubores del espíritu —alerta a despecho de todo— le exigían, en conflicto, grandes y bellos incentivos incorporados en carne torpe: alcaloides con figura de mujer en quien toda alma de mujer, o lo mejor de ella, faltase.
Y como tal prodigio lo realizaba con creces la artista española, que era hermosa como un sol y bruta como una piedra, a su lado iba Aguirre a aplacarse y aletargarse. De este modo la casa de Rosario le quedaba para las horas de placidez o de laceramiento. Él la sentía como algo a medio camino entre su hogar, de donde la vergüenza de sí propio lo alejaba, y la vida de crápula, hacia donde su ser íntegro lo impelía; como refugio acogedor, sedante, amoroso, y, al mismo tiempo, como diminuto paraíso que no le negaba el encanto, para él imprescindible, de lo que, mereciendo censura, produce deleite.
Horas después, desde la grata suavidad de aquel refugio, mandó Aguirre en busca de Axkaná. Quería enterarlo de su conversación con el Caudillo y pedirle consejo.
Axkaná lo encontró recostado en la cama y muy propenso a la locuacidad que solía acometerle en los momentos previos a sus determinaciones graves. Tenía el aire de haber estado hablando largo rato, y era visible, a juzgar por la deformación reciente que se notaba en el borde del lecho, que su interlocutor, o con mayor exactitud, que su interlocutora, había estado sentada allí y acababa de ausentarse. Porque esa huella, y el ruido indiscreto de una puerta interior, al abrirse la que dio paso a Axkaná, delataban la fuga de alguien: la de Rosario. Axkaná creyó advertir hasta el dejo último de una risa que escapaba, y quiso lanzarse a alcanzarlo con su sensibilidad imaginativa. Pero no pudo: las frases de Aguirre, continuas, fluyentes, se lo impidieron.
—Mañana —estaba diciéndole el ministro— necesitaré de todo mi aplomo, de toda mi inteligencia. Por eso, como ves, me dispongo a dormir desde temprano. Tengo el propósito de descansar quince horas seguidas…
Axkaná acercaba una silla. Aguirre lo detuvo, interrumpiéndose:
—Siéntate aquí, en la cama, para que te dé la luz.
Y señaló, acaso sin darse cuenta, el lugar que poco antes parecía haber ocupado el cuerpo que acababa de ausentarse. Allí se sentó Axkaná.
Siguió Aguirre:
—Me levantaré a las once, con la cabeza despierta, con el cuerpo entero, y apto para entender y sentir bien todas las cosas. Quiero decir que entonces sabré, sin equívocos, a qué atenerme…
Acto continuo, sin dar siquiera tiempo a que Axkaná lo interrogara, Aguirre entró de lleno en los detalles de su conversación de esa mañana en la terraza de Chapultepec, con lo que la fluidez de su lenguaje se tomó más y más agitada. Como si el simple recuerdo de las palabras del Caudillo lo enardeciera, repetía una vez y otra cuanto aquél le había dicho: lo analizaba, lo comentaba. Y tal era su ardor, que a Axkaná le impresionó como algo nuevo. Aquél no le parecía el Aguirre sólo vicioso e inmoral, sólo inteligente y cínico, de la víspera. El de hoy se mostraba hasta ingenuo, hasta sensible al choque de lo noble con lo innoble. Aun el velo de cansancio que siempre apagaba sus ojos no existía ya: ahora las miradas brotaban con brillo equivalente a la energía de los ademanes; no opacaban la frase, la realzaban.
La agitación extraordinaria de su voz, además, crecía con el contraste de la muelle atmósfera que tenía en torno; atmósfera no de hombre de acción, sino de hombre de placer. Caían sobre él, de la lámpara de pie, próxima al lecho, rayos a media luz que rebrillaban en su pijama de seda y comunicaban nuevo lustre a su bello busto de atleta, mientras de la otra lámpara —la del techo—, que no estaba encendida, bajaba un suave tintineo de tubitos de cristal, hecho como de penumbra y muy a tono con el raso azul de los muebles, que surgía en manchas claras fuera del radio directo de la luz. Todo lo cual, empapado en tenue perfume, se aunaba con los rumores leves que parecían venir de la habitación contigua —de aquella por cuya puerta acababa de escapar la figura de Rosario—. Eran rumores de mujer; perfume de mujer; semioscuridad tibia donde la presencia de una mujer flotaba palpable, envolvente.
Para Axkaná, que conocía a fondo el mundo político de México, las noticias de Aguirre no tenían importancia. Que el Presidente no hubiese creído las protestas con que su ministro rechazaba la presidencia futura era un hecho casi lógico. Justamente así tenía que ser. Pero lo que sí le sorprendió fue que su amigo, lastimado por tales dudas, se entregara al arrebato. Un desengaño escéptico lo habría esperado Axkaná; no un desahogo casi sentimental, no aquello que, en cierto modo, se avenía tan bien con las aguas luminosas —reflejos de seda— que bañaban allí a Aguirre.
Éste, para concluir, decía ahora:
—Diez años he estado cerca de él; diez años de absoluta disciplina, de obediencia, de sumisión; diez años en que su voluntad política ha sido la mía; diez años de pelear por unas mismas ideas (siempre las suyas), de defender unos mismos intereses (los suyos en primer término) y de ejecutar actos que ligan infinitamente y para la eternidad: de fusilar a enemigos comunes; de quitar de en medio, acusándolos, negándolos, traicionándolos, estorbos y rivales sólo míos porque lo eran suyos… Y después de todo eso, qué. Todo eso, para qué. Para que un rumor, una intriga, una posibilidad le ofrezcan más crédito que mi palabra leal y franca, que mi determinación, honrada y sincera, dicha por mí mismo con palabras sencillas.
Axkaná escuchaba haciendo un transporte de la elocuencia de Aguirre: éste creía expresar la tragedia de que su jefe lo juzgara, pero lo que Axkaná entendía no era eso. Sentía en su amigo la tragedia del político cogido por el ambiente de inmoralidad y mentira que él mismo ha creado; la tragedia del político, sincero una vez, que, asegurando de buena fe renunciar a las aspiraciones que otros le atribuyen, aún no abre los ojos a las circunstancias que han de obligarlo a defender, pronto y a muerte, eso mismo que rechaza. Axkaná, en otros términos, pensaba lo que el Caudillo. Sólo que mientras éste, gran maestro en el juego político y juez de las ambiciones ajenas a la luz de las propias, sospechaba fingimiento en Aguirre, Axkaná sabía que la sinceridad de su amigo era absoluta. Para él todo el equívoco estribaba en la confusión de Aguirre al identificar con sus deseos los misteriosos resortes de la política: en que el ministro de la Guerra, en fuerza de querer oponerse a la magnitud de la ola que venía levantándolo, no fuera capaz de apreciarla.
De cualquier modo, no quiso Axkaná aclarar la situación: primero, porque Aguirre, en su actitud de ese momento, hubiera tenido por absurda la verdadera explicación de lo que le pasaba; y luego, porque seguro Axkaná de que Aguirre aceptaría a la postre su candidatura, en tal decisión prefería, por múltiples razones, no influir. Sólo dijo:
—Políticamente el Caudillo tiene razón. Juzga tu caso refiriéndolo a uno cualquiera de sus generales, como si se tratara de él mismo. ¿En las actuales condiciones tuyas no andaría él bregando ya por llegar a presidente? Pues por eso, ni más ni menos, supone que eso es lo que tú haces y harás.
—¡Políticamente! No es punto político entre él y yo; es punto de amistad, de compañerismo.
Axkaná replicó:
—Eso es un error también. En el campo de las relaciones políticas la amistad no figura, no subsiste. Puede haber, de abajo arriba, conveniencia, adhesión, fidelidad; y de arriba abajo, protección afectuosa o estimación utilitaria. Pero amistad simple, sentimiento afectivo que una de igual a igual, imposible. Esto sólo entre los humildes, entre la tropa política sin nombre. Jefes y guiadores, si ningún interés común los acerca, son siempre émulos envidiosos, rivales, enemigos en potencia o en acto. Por eso ocurre que al otro día de abrazarse y acariciarse, los políticos más cercanos se destrozan y se matan. De los amigos más íntimos nacen a menudo, en política, los enemigos acérrimos, los más crueles.
Lanzado por este camino, Axkaná amenazaba siempre no acabar; Aguirre lo sabía. Nervioso, se apresuró a contenerlo:
—Bien, bien. Eso no viene al caso; son tus filosofías.
—Al revés; viene al caso perfectamente. Te explica por qué el Caudillo, tu jefe y tu amigo hasta aquí, está a punto de dejar de serlo. A sus ojos, su interés y el tuyo ya no coinciden; piensa, en su deseo de hacer presidente a Hilario Jiménez, que tú le estorbas. Y claro, se dispone a aniquilarte.
—Pero entonces vuelvo a lo que decía: ¿por qué ha de creer eso el Caudillo, si no es verdad? Tú sabes que yo, sin la menor reserva, acepto a Jiménez como sucesor de él.
—Yo sí, por supuesto; pero lo sé porque lo creo. Él, como no lo cree, no lo sabe.
—No lo cree porque no lo quiere creer.
Axkaná hubiera querido replicarle: «También en eso te equivocas; contra todos tus propósitos de hoy, tú serás, dentro de poco, el contrincante de Hilario Jiménez». Pero eso era lo que no se resolvía a decir. Hubo, pues, de soslayar el punto:
—No lo cree el Caudillo —dijo— porque se imagina que tú haces lo que él haría en tu caso: fingir hasta lo último para no perder las ventajas que te da tu carácter de ministro.
De pronto la agitación de Aguirre se trocó en perfecta serenidad.
—Muy bien —concluyó con gran calma—. Si así es, mañana dimito.
—Renunciar ahora no remediaría nada. El Caudillo sólo creería que ya te sientes bastante fuerte.
—Es decir, que lo único posible es que la verdad no se vea. ¿No es así?
Y diciendo esto, Aguirre se incorporó en la cama estiró el brazo y oprimió el botón de la campanilla.
—No digo tanto —replicó Axkaná.
Por la puerta de la habitación contigua asomó, tímida, la cabeza de la criada. El ministro mandó:
—Trae dos copas y acerca el coñac.
Y los dos amigos callaron.
Instantes después la criada reapareció. Puso un plato y copas sobre el velador. Trajo, desde otro mueble, el frasco del coñac.
—Enciende la luz —ordenó Aguirre entonces.
Brillaron las bombillas de la lámpara pendiente del techo. Salió la criada sin hacer ruido.
Mientras Aguirre, en silencio, llenaba lentamente las dos copas, se escuchó en la otra pieza rumor de voces. Una era la de la criada; otra la de Rosario, que reconoció Axkaná. Aguirre cogió una copa y ofreció la otra a su amigo. Vació la suya, la volvió a llenar, tomó a beber, y fue tanto el trasiego que varías gotas cayeron en la sobrecama, de raso y encaje, e hicieron en ella manchas oscuras.
—En resumen de cuentas —preguntó Aguirre al fin—, ¿tú qué consejo me das?
Axkaná, que aún tenía su copa llena, miraba el líquido al trasluz. Reflexionó durante un momento. Dijo luego:
—Yo no veo más que un camino: que hables con Hilario Jiménez y que le demuestres que eres partidario suyo. Si logras que te crea, él convencerá al Caudillo.
—¿Y si no me cree?
—¿Si no te cree?…
Axkaná mojó los labios en el coñac y volvió a alzar la copa. La miraba otra vez contra los rayos de la lámpara recién encendida y cuya luz, un tanto azulosa, daba al aire de la habitación tonalidades de cristal veneciano donde el topacio del coñac se convertía en oro.
—¿Si no te cree? —repitió Axkaná, y otra vez se llevó la copa a los labios.
Por último encontró el medio de responder sin contestar, de formular pareceres que no sonaran a consejos.

III
Los rivales
Hilario Jiménez e Ignacio Aguirre celebraron al otro día su última entrevista. Viéndose solos y frente a frente, ambos políticos experimentaron la sensación de que aquélla era la hora que tarde o temprano había de venir. Los dos eran generales, los dos ministros —uno de Gobernación, el otro de Guerra—, y a los dos se les señalaba, por obra de un indescifrable poder oculto, para topar en la senda de nuevas ambiciones.
El ministro de Gobernación recibió a su colega de Gabinete con gesto frío —con la frialdad que desde hacía meses le mostraba, y que esta vez disimuló menos aún que otras—. Porque Jiménez, pareciendo tortuoso, era directo, y pareciendo falso, era leal. En el acto mismo de estrecharle Aguirre los dedos, que él tendió apenas, se hizo más torva su catadura: se le acentuó el ensombrecimiento de las miradas bajo la curva defectuosa de los párpados, bulbo sobre el ojo.
—Vengo —empezó Aguirre sin preámbulo alguno—, a que aclaremos paradas. Dos compañeros de lucha tienen el deber de entenderse, o, si no, de saber al menos por qué se apartan y se combaten. ¿Estás de acuerdo?
Aguirre se sentó en el sofá frontero a los balcones. Jiménez, dichas las primeras palabras, fue a echar la llave a la puerta de la secretaría particular, luego a la otra, y vino en seguida a sentarse de perfil contra la luz de la calle, que hacía de la tela de las cortinas un plano difuso. Durante todos estos movimientos, su cuerpo, alto y musculoso —aunque ya muy en la pendiente de los cuarenta y tantos años puestos demasiado a prueba—, confirmó algo que Aguirre siempre había creído: que Jiménez, visto de espaldas, daba de sí idea más fiel que visto de frente. Porque entonces (oculta la falaz expresión de la cara) sobresalía en él la musculatura de apariencia vigorosa, se le fortalecían los cuatro miembros, firmes y ágiles, y todo él cobraba cierto aire seguro, cierta aptitud para consumar, con precisión, con energía, hasta los menores intentos. Y eso sí era muy suyo —más suyo desde luego que el deforme espíritu que acusaban sus facciones siniestras—, pues cuadraba bien con lo esencial de su persona íntima: con su voluntad, definida siempre; con su inteligencia, práctica y de muy pocas ideas; con su sensibilidad, remota, lenta, refractaria a los aguijones y los escrúpulos que desvían o detienen.
Luego, que Jiménez vino a sentarse, continuó Aguirre:
—Sé de sobra que contigo se puede hablar claro. Así pues, empiezo por manifestarte que conozco perfectamente mi situación: me doy cuenta de que tengo muchísimos partidarios y no ignoro que podría lanzarme con ellos a la lucha por la Presidencia de la República. Pero una vez dicho esto, te declaro también que las probabilidades de ser presidente no me seducen; por lo cual, no te sorprendas, me dispongo no a luchar por mi candidatura, como haría cualquier otro en mi sitio, sino a dejarte dueño del campo y aun a hacer, si de mí depende, que se organicen en tu apoyo los elementos que ahora me postulan.
Un momento se detuvo Aguirre. Acaso quería dar tiempo a que Jiménez replicara; acaso estudiaba el efecto de sus frases conciliatorias. Pero el ministro de Gobernación se limitaba a oír. Había cruzado las piernas —que así, encogida una sobre la otra, parecían debilitarse de súbito— y tenía fija en las rodillas la mirada que le nacía desde lo hondo de los ojos, más ocultos de perfil que de frente. Aguirre siguió:
—Si tienes alguna razón seria para suponer que no es verdad esto que te digo, quisiera oírla.
Jiménez volvió entonces el rostro y declaró sin rodeos, mientras miraba a su rival muy de frente y con dureza reconcentrada, lacónica:
—Razones, tengo muchas.
—Dímelas.
—Sería muy largo.
—Dime las principales.
A uno y otro el tono de los dos les sonaba a nuevo. No se hablaban como amigos ni como enemigos, como conocidos ni como extraños. La mesura contenida de su acento —suavidad neutra y falsa, irritada e indiferente a la vez— los colocaba en el borde de la separación, en el límite de una amistad que muere porque ha consumado su ciclo. Siendo aún compañeros de años, socios en fatigas, en desórdenes, en triunfos, se hablaban ya como dos hombres cuyo afecto de antes, confrontado al fin con pasiones políticas incontenibles, descubría en sí mismo el principio eficaz para trasmutarse en odio.
Jiménez había reflexionado unos segundos para decir al fin:
—Mi primera razón para no creerte es que no veo la causa que te obligue a rechazar una candidatura que, según tú mismo afirmas, te ofrecen de todos lados.
Aguirre respondió al punto:
—Las causas son varias; pero nomás necesitas conocer ésta: no aspiro ahora a llegar a presidente porque me consta que el Caudillo te apoya a ti, no a mí; y aun cuando comprendo que tal apoyo en tu favor no constituye obstáculo insuperable, prefiero detenerme por consideraciones afectivas. Oponerme a ti sería oponerme al Caudillo, desconocerlo, negarlo, y has de saber que eso, justamente, es lo que no haré nunca por ambiciones chicas ni grandes.
Vibraba en la voz de Aguirre sinceridad de sobra para desarmar las dudas de cualquiera. Pero Hilario Jiménez, candidato presidencial, era todo menos cualquiera. Bajo el dominio de la desconfianza, su alma, al contrario de lo que debía esperarse, iba poniéndose más y más turbia conforme Aguirre aparecía más y más transparente. Por un minuto, tomándose hipócrita, aun insinuó, con palabras de oropel político, ideas que no logró formular sino de esta manera:
—¿Y tus deberes para con el país?
Pero la magnitud de la mentira fue tanta que no cupo en la apretada franqueza del diálogo. Aguirre la apartó con un gesto que no pudo reprimir y que vino a romper, mientras respondía, su actitud un tanto solemne.
—Estamos hablando con el corazón en la mano, Hilario, no con frases buenas para engañar a la gente. Ni a ti ni a mí nos reclama el país. Nos reclaman (dejando a un lado tres o cuatro tontos y tres o cuatro ilusos) los grupos de convenencieros que andan a caza de un gancho de donde colgarse; es decir, tres o cuatro bandas de politiqueros… ¡Deberes para con el país!…
Pero Jiménez estaba ya de vuelta en el terreno de la sinceridad. Con ella replicó:
—Franqueza por franqueza. Yo no creo lo mismo, o no lo creo por completo. Mis andanzas en estas bolas van enseñándome que, después de todo, siempre hay algo de la nación, algo de los intereses del país, por debajo de los egoísmos personales a que parece reducirse la agitación política que nosotros hacemos y que nos hacen. Y te diré más: si hay politiqueros (y me avengo a que los hay), donde ahora los veo menos es en mi bando. Politiqueros son, por ejemplo, Emilio Olivier Fernández y todos sus radicales progresistas; es politiquero Axkaná, con su Liga Revolucionaria de Estudiantes… Pero conmigo no están ellos; conmigo están las masas, los obreros, los campesinos.
Jiménez dijo lo anterior con cierto entusiasmo frío y ofensivo. Aguirre, por un momento, sintió que la cólera lo arrebataba; le había llegado hasta lo más hondo la acusación contra Axkaná. Sin embargo, pudo dominarse y contestar muy reposadamente.
—Respecto de Axkaná González te equivocas: conmigo no es político, es amigo. Él, de todos, es el único que no me ha aconsejado aceptar mi candidatura… Pero, en fin, por de pronto eso no tiene importancia alguna, como tampoco la tiene que te imagines traer detrás de ti a «las masas» por el simple hecho de que así te lo aseguren las dos docenas de bribones que explotan a las agrupaciones obreras y el nombre de los campesinos… No, no me interrumpas. Si vine a decirte la verdad, justo es que también oigas las verdades… Tú y yo, digo, no tenemos por qué engañarnos, supuesto que conocemos el juego por dentro. Repito que politiqueros son los partidarios míos, salvo unos cuantos, y politiqueros son los partidarios tuyos, salvo unos cuantos también… Ahora, que si crees que politiqueros son sólo los míos, tanto mejor para lo que me interesa demostrarte; pues creyéndolo así, comprenderás sin trabajo por qué mis deberes para con el país no me obligan a aceptar mi candidatura: porque a mí no me postulan «las masas», sino los politiqueros… ¿Tienes alguna otra razón para no creerme?
—Si no aceptas tu candidatura, ¿por qué no lo declaras oficialmente?
—Porque hasta hoy ningún partido me la ha ofrecido oficialmente tampoco. En cuanto alguno lo intente, ten por seguro que lo haré.
Jiménez, menos dialéctico, hablaba poco. Guardó silencio; tomó a mirarse las rodillas. Con todo, era evidente que sus ideas sobre las intenciones de Aguirre no habían cambiado. Éste, tras breve pausa, insistió en preguntar:
—¿Cuáles son las otras dudas?
Jiménez reflexionó. Dijo luego, con lentitud:
—Estoy al tanto de la labor que haces entre el Ejército.
—Quien lo asegure, ¡miente!
—No se afirma que la labor la hagas tú, pero sí que la hacen otros en tu nombre.
—Pues esos otros la hacen sin mi autorización, sin mi conocimiento siquiera.
—El hecho es que la hacen.
—Y aun cuando así fuese, ¿a qué puede conducir esa labor si yo no la autorizo ni espero aprovecharla?
—Conduce a esto: a que yo vea el contrincante donde está… Y se me figura que entonces sobra dolerse.
—Es decir, ¿que te merecen más fe las hablillas de los chismosos que la aclaración honrada y espontánea que vengo a traerte?
La impresión de Jiménez era que el último punto lo había ganado él, por lo cual se lanzó a decir con toda naturalidad.
—Hablando con franqueza, Aguirre: este paso tuyo de venir a verme, tú que eres tan levantado y tan soberbio, también me hace cavilar. Si te propusieras engañarme, ¿qué mejor medio de hacerlo? No columbro, por más que lo pienso, el resultado que persigues.
—¿No? Pues es muy claro, o al menos muy explicable. Te lo diré en dos palabras. Hablé ayer con el Caudillo, a fin de que cesara esta mala inteligencia en que estamos; y como no quiso creerme, resolví en seguida, como único remedio, venir a convencerte a ti de la verdad, para que tú luego se la hicieras ver a él. ¿Estás satisfecho?
Hizo Aguirre una pausa. Jiménez, sin decir nada, expresaba algo; hubo en su silencio un matiz. Aguirre adivinó que su entrevista del día anterior en Chapultepec era ya conocida por su adversario. Concluyó de este modo:
—Pero, por lo que voy descubriendo, todos mis esfuerzos son inútiles. Parece existir el empeño de empujarme por el camino que no quiero andar. Digo la verdad y no me la creen.
Ahora la pausa fue larga. Ambos rivales se mantenían inmóviles. Jiménez veía hacia la puerta de la secretaría particular, y Aguirre, con mirada que cortaba en cruz la de su contrario, proyectaba la silueta de Jiménez sobre la superficie iluminada de uno de los balcones. Flotaba, clarísima, la evidencia de que todo estaba dicho. Aguirre iba a levantarse. Entonces Jiménez añadió:
—Yo no te empujo a nada absolutamente. Tampoco me niego a que lleguemos a un acuerdo. Pero una prueba que está a la vista sólo se destruye con otra prueba que la supere. ¿Me comprendes? Si esa prueba me la das, estoy listo a considerarla como buena.
El ministro de Gobernación había dicho las últimas palabras con extraordinaria lentitud, con aire poco menos que solemne. En igual tono Aguirre aceptó:
—Pide todas las pruebas que gustes, siempre que no me humillen.
—Muy bien. Por principio de cuentas quitarás a Encarnación Reyes el mando de las tropas de Puebla y pondrás allí al general que yo te indique.
—Si el Presidente me ordena ambas cosas, desde luego. Ya lo habría hecho yo sin necesidad de compromisos. Él es quien dispone de las tropas; yo sólo obedezco.
—Sí, lo entiendo; pero aquí se trata de otra cosa muy distinta. Ya sé que el Presidente puede ordenar que Encarnación entregue el mando; pero también es posible que Encarnación, en vez de someterse a la orden, se levante en armas, y con él, probablemente, Ortiz en Oaxaca, y Figueroa en Jalisco. Por eso lo que te pido es otra cosa: que Encarnación sepa que tú mismo acuerdas su remoción como único medio de probar que eres mi partidario y no mi contrincante.
La marejada de la ira que sintió Aguirre fue enorme. Pese a ello, aún se contuvo. Sólo dijo:
—¿Y no hay nada más?
Continuó Jiménez imperturbable:
—Sí. Que el Partido Radical Progresista me proclame su candidato, y que si no lo hace pronto (pondremos un plazo prudente) me dejarás que proceda a mi modo con Olivier Fernández, con Axkaná y con los otros líderes.
Aguirre se puso en pie. La cólera le hinchaba el pecho, le zumbaba en los oídos. A pesar de todo, algo hubo que lo mantuvo inexplicablemente sereno en su aspecto exterior.
No fue el enojo, sino la melancolía, lo que le hizo decir:
—Me pides, en resumen, que te entregue a mis amigos, que te los venda a cambio de un poco de cordialidad.
—No sé —contestó el otro—. Yo sólo veo que bajo tu nombre se organiza un movimiento en mi contra, y te pido, si es verdad que estás conmigo, que lo destruyas.
—Pides mucho más de lo que soy capaz de hacer… Dejaremos que los sucesos corran.
Jiménez, sentado aún, añadió:
—Tal vez habría otro medio…
—¿Cuál?
—Que te ausentaras.
—Sí, que huya.
—Que huyas, no; que hagas público que me entregas el campo.
—Y que te abandone a mis partidarios, que los traicione.
—Si no los encabezas, dejarlos no es traicionar.
Aguirre caminaba ya hacia la puerta. Otra vez se detuvo; ofreció una última garantía.
—Si te basta, renunciaré inmediatamente a la Secretaría de Guerra.
—Eso no es nada. Si renunciaras, tus partidarios se sentirían más fuertes… No, no me basta.
—Conformes. Entonces hasta aquí hemos sido amigos.
Y mientras abría la puerta, oyó Aguirre que Hilario Jiménez rectificaba desde su asiento:
—Hasta aquí, no. Va ya para meses que dejamos de serlo.

Libro tercero
Catarino Ibáñez

I
Transacción
En la Cámara de Diputados el destino de Ignacio Aguirre siguió tejiéndose inquebrantablemente. Todos sabían allí que el ministro de la Guerra rechazaba su candidatura; pero para todos, amigos y enemigos, aquello no era sino una simulación, un ardid de que se valía el presunto candidato de los radicales progresistas para conseguir desde el principio ventajas mayores. Así, sus partidarios más entusiastas no se desanimaban ni se impacientaban: se regocijaban, suponían a Aguirre tendiendo los últimos hilos de la trama militar que luego, mexicanamente, los llevaría al triunfo. Y si entre los otros partidarios, los de poco fervor, la falta de certeza plena creaba indecisos, eso, a la postre, venía a sumarse a la levadura del entusiasmo. Porque cerca de los elementos vacilantes redoblaba su esfuerzo catequizador del grupo adicto a la candidatura de Hilario Jiménez, lo que hacía esencial que los amigos de Aguirre, para mantener íntegras sus filas, robustecieran más aún las razones aparentes o el fundamento verdadero de su confianza en el triunfo.
Con todo, Emilio Olivier Fernández y los demás guiadores del bloque radical progresista no miraban muy fácil la tarea ni cierto el camino. Tenían que oponer a la realidad del hilarismo, realidad actuante y tangible, la mera posibilidad del aguirrismo, posibilidad inasible y vaga; tenían que combatir la obra positiva y personal del candidato contrario sin otras armas que las reiteradas inhibiciones del candidato propio; en otros términos: tenían que enfrentar a un ser de bulto, una sombra. Y esto, si por fuera no los debilitaba aún, por dentro empezaba a gastarles la fe, iba haciendo que se sintieran expuestos al juego de fuerzas cuyo origen no radicaba en ellos, sino en los otros.
A Emilio Olivier Fernández lo amagó una tarda la evidencia de que la situación estaba escapándosele de entre los dedos. En el curso de la mañana había confirmado la defección de cuatro diputados —cuatro, si no de los más eficaces, sí de los más seguros—, y analizando después el hecho, concluyó que en éste, aunque poco importante en sí mismo frente a la abrumadora fuerza del bloque radical, había, por las circunstancias, motivos de sobra para alarmarse. Porque las cuatro defecciones eran típicas. A uno de los diputados, que era coronel, el Gobierno le había dado un regimiento a condición de que su suplente se uniera en la Cámara al grupo de los hilaristas; otro, por compromiso semejante, había recibido promesa de una misión diplomática; y los otros dos, sin muchas fórmulas, se habían vendido por dinero: uno por cinco mil pesos que le entregó la Secretaría de Gobernación; el otro, por siete mil, que le dio la Secretaría de Relaciones Exteriores.
¿Se necesitaba más para comprender hasta dónde llegaría el Caudillo en su ayuda al general Hilario Jiménez, y, en consecuencia, lo difícil que la lucha electoral resultaría así en el Congreso? Olivier, mejor que nadie se hallaba en condiciones de apreciarlo; él conocía a fondo a diputados y senadores; sabía cuán frágil, cuán falsa y corrompible era la personalidad de casi todos ellos. Total: que a poco de darle vueltas al asunto, vino, con su cinismo característico, a repetirse lo que el propio Caudillo le había dicho, en ocasión bien diversa, dos años antes: «En México, Olivier, no hay mayoría de diputados o senadores que resista a las caricias del Tesorero General».
Siempre rápido en sus decisiones, Olivier Fernández resolvió intentar desde luego el cambio de frente que las circunstancias requerían: un cambio tan brusco, que su facción, por obra de la sorpresa, conservara, intacta, la preponderancia. Todo estribaba en aprovechar bien y sin demoras la situación que él mismo había creado. Necesitaba servirse de la facultad, suprema en la política como en la guerra, que más estimaba él entre las suyas: saber transformar en factores útiles de un plan nuevo las consecuencias adversas del plan de antes. Ahora lo indicado era acometer, en el campo político, una enorme operación de bolsa. Como quien ha venido jugando al alza de un valor para luego hundirlo y realizar mayores beneficios, todo lo que Olivier tenía que hacer era abandonar a Ignacio Aguirre, o, mejor dicho, pasarse a Hilario Jiménez. Que al fin y al cabo, para explicar después su conducta disponía de un argumento irrebatible: la renuencia de Aguirre a aceptar su candidatura; y en cuanto a justificar a los ojos de Jiménez sus pretensiones ambiciosas le sobraba con esta razón: la enorme magnitud de la maniobra que iba a proponerle.
Esa noche Olivier telegrafió a Agustín J. Domínguez, gobernador de Jalisco, que viniera a México inmediatamente, y treinta y seis horas después celebraba con él y con Eduardo Correa, presidente municipal de la ciudad, una junta secreta. Allí expuso Olivier sus temores, sus ideas, su plan, y entró, acerca de este último, en toda clase de detalles sobre los medios más directos para realizarlo.
—Se trata, en fin —concluyó—, como ustedes ven, de un paso por extremo audaz, tan audaz, que no he querido darlo motu proprio, sino sólo en el supuesto de que me respalde la opinión de los principales directores del partido. ¿Piensan ustedes de la misma manera?
Entre todos los jefes radicales progresistas, Correa y Domínguez eran los verdaderos hombres de confianza de Olivier: lo secundaban a ciegas; le servían de meros instrumentos. Los dos otorgaron la aprobación que se les pedía en su carácter de «directores principales del partido» y contribuyeron en seguida a redondear el plan en proyecto.
Lo que más retuvo la atención de los tres jóvenes políticos fueron dos cosas: una, el estudio de las proposiciones que se harían al general Hilario Jiménez; otra, la elección del intermediario, insinuante y sutil, que pondría al habla a las dos partes.
Según las escuchó Jiménez un día después, las proposiciones de Olivier parecían, a primera vista, sencillísimas. Rezaban de esta suerte:
«El Partido Nacional Radical Progresista y los partidos y clubes afines se comprometen a sostener la candidatura del general Hilario Jiménez a la Presidencia, siempre que el candidato garantice a dichos partidos los cuatro puntos siguientes: 1°, los dos tercios del número total de curules en el futuro Congreso Federal; 2°, el control de los poderes locales y municipales dondequiera que en estos momentos dominan los radicales progresistas o sus afines; 3°, el Ayuntamiento de la ciudad de México, y 4°, la mitad de las carteras del futuro Gabinete.»
Hilario Jiménez se desconcertó de pronto. Confrontada su cabeza, no muy firme, con exigencias tales, conjeturó de algún modo que una proposición así debía de basarse, por fuerza, en algo sólido. Pero como entreviera también los peligros de discutir las condiciones que se le imponían, para ganar tiempo respondió:
—Acepto el pacto en principio; si bien señalo, como requisito previo, la condición de que Olivier y los suyos den alguna prueba práctica de la sinceridad de sus móviles.
La respuesta no agradó mucho a Olivier: primero, porque lo obligaba a soltar prenda; luego, porque Jiménez quedaba en libertad de retractarse. Pero vista otra vez a fondo la situación, Olivier y sus consejeros estimaron que el convenio, caso de llevarse a cabo, valía la pena de avanzar un poco en el terreno de las concesiones. Se acordó entonces que «la prueba práctica de sinceridad» pedida por Jiménez consistiera en esto: en hacer que lo proclamara candidato a la Presidencia de la República la convención del Partido Radical Progresista del Estado de México, convención próxima a reunirse en Toluca. Y como tal ofrecimiento fue bien acogido, Olivier y sus dos ayudantes tomaron en el acto las providencias necesarias. En otros términos: dieron al general Catarino Ibáñez, gobernador del Estado de México, instrucciones sobre el curso que debía seguir la convención que se preparaba.
Al general Catarino Ibáñez le encantaron aquellas órdenes de Olivier. Le encantaron, más que en su calidad de radical progresista, dócil a sus jefes, por el peso que de ese modo le quitaban de encima. Porque él, a despecho de su táctica de protestar adhesión secreta a Aguirre por un lado y a Jiménez por otro, andaba ya algo comprometido en materia electoral, y sus compromisos, justamente, se inclinaban del lado de Jiménez.
Así las cosas, sus órdenes para el cumplimiento de la consigna dieron fruto inmediato. La costra política del estado se agitó; circularon las convocatorias, llovieron los boletines, los manifiestos, los programas, y tres días después de inaugurado todo esto cimentaron la obra los cinco o seis políticos de cada pueblo; por dondequiera empezó, en medio de grande alborozo hilarista, la designación de delegados a la asamblea democrática de Toluca.
La labor del general Ibáñez era tanto más eficaz cuanto que él desarrollaba métodos propios. En su antiguo oficio de repartidor de leche a domicilio había aprendido a hacer negocios con dinero ajeno: aseguraba a su amo que no toda la clientela le pagaba al día. Y como tal sistema le dio entonces magníficos resultados en el orden privado y comercial, otro, muy parecido a ése, aplicaba ahora en las altas esferas de la vida pública. Su virtud cívica suprema consistía en saber traducirlo todo en su provecho. Así en el caso presente, iba y venía entre Toluca y México fingiendo acatar la voluntad de Olivier, pero en realidad procedía como si cumpliese sus propias promesas: pedía órdenes directas a Jiménez, le daba consejos.
En este estado el asunto, dos días antes de reunirse la convención Olivier recibió recado urgente de parte de Jiménez para que fuera a verlo esa noche. Olivier llegó a la cita con profundo regocijo de triunfador. Suponía que el candidato, convencido ya por lo que en Toluca estaba haciéndose, se apresuraba a concluir el arreglo con ánimo de sacar mayores ventajas. Pero una vez frente a Jiménez, Olivier descubrió que no era así. Jiménez, a la inversa de lo que el otro esperaba, había cambiado de parecer, y su actitud y su tono eran tales que al líder de los radicales progresistas le bastó verlo para pasar del colmo de la alegría al colmo del disgusto. Las primeras palabras de Jiménez parecían ser las últimas:
—Usted sabe —declaró el candidato— que yo siempre cumplo lo que prometo, y que por eso mismo jamás ofrezco imposibles. He estudiado a conciencia sus proposiciones, que al principio tuve por aceptables; hoy veo que no lo son, y las rechazo.
Como Olivier había formulado el máximo de sus pretensiones, hubiera podido prestarse a un acuerdo más viable. Por un segundo sintió el impulso de procurarlo. Mas en ese mismo instante, mirando a la cara de Jiménez, advirtió que sería inútil. Detrás de las palabras del candidato había algo más que su decisión personal, algo más que su espíritu: estaba, sin duda, la voluntad del Caudillo. Optó entonces Olivier por mostrarse seguro de su fuerza y hasta un poco indiferente. Sólo dijo:
—¿Y la convención de pasado mañana, general?
—La convención —contestó Jiménez— no está hecha. Todavía puede usted, con la misma mano con que la inclinaba hacia mí, hacerla que vote en favor de otra persona.
—Sí. También eso es verdad.
Ahora el problema era orientar de modo distinto la convención de Toluca. Allá fueron a la mañana siguiente Olivier y Eduardo Correa.
Se encontraron la ciudad tapizada de carteles hilaristas y al gobernador y a todos sus secuaces penetrados del hilarismo más agudo. Se daba como cosa hecha en los centros políticos del lugar la proclamación de la candidatura de Jiménez por la asamblea del día siguiente.
Catarino Ibáñez, desde luego, reputó imposible la hazaña de torcer el sesgo democrático de su convención.
—Yo, por lo menos —decía—, no me comprometo a conseguirlo. ¿No me pidieron una convención hilarista? Pos así la tienen. Sé muy bien mi oficio: las delegaciones son hilaristas hasta el mero hueso.
Olivier argumentaba que la asamblea, en caso último, se podía suspender. Pero objetaba Catarino:
—¿Suspenderla?… ¡Ni onde! Toluca revienta a estas horas con los delegados de todos los pueblos. Están contratadas las bandas; a primera hora de la mañana llegarán los indios de las haciendas para la manifestación; ya casi todos están pagados…
—Bueno, pues todo eso se pierde.
—Pero fíjate, Olivier: ¿también mi reputación política se pierde? A estas alturas yo estoy ya muy comprometido. ¿Con qué pretexto o razón salgo diciendo ahora que ya no hay nada de lo dicho?
Finalmente, después de mucho discutir, prevaleció la manera de ver de Catarino. Él, por último, había sugerido, con aplomo de general y gobernador:
—Para normar los acontecimientos de otro modo no se me ocurre más que un remedio. A ver qué te parece, Olivier: tú y algunos compañeros de México se vienen mañana a echar discursos. Yo, ya me conoces, ayudaré en lo que se pueda, nomás no siendo de hablar. Y allá veremos lo que se logra. Eso sí, vuelvo a repetirlo: la convención es hilarista hasta la mera penca…

II
Convención
A la mañana siguiente llegaron a Toluca, dos horas antes de reunirse la convención, Emilio Olivier Fernández y un numeroso grupo de líderes. Entre éstos venían Eduardo Correa, Francisco Cifuentes N., Juan Manuel Mijares, López de la Garza y Axkaná. El gobernador los recibió, al saltar ellos de los autos, con derroche de exclamaciones y sonrisas amables.
Catarino, por lo visto, se disponía bien a las solemnes ceremonias de aquel día. Ahora llevaba un espléndido traje de gabardina color caqui —con oscuros botones de cuero hechos de tirillas entretejidas—, que hacía resaltar su aire a la vez jovial, rudo y próspero. El tono de la tela armonizaba con el de los zapatos; el de los botones, con el matiz cobrizo de la cara y las manos.
Así que terminaron los saludos, Catarino apoyó afectuosamente el brazo sobre los hombros de Olivier, mientras decía:
—Se me hace que te tengo buenas noticias. Anoche estuve hablando con los principales correligionarios de algunos pueblos; hoy a primera hora me han visto otros, y de todas las pláticas saco la conclusión de que no será imposible normar el resultado de la asamblea en forma diversa de la que ordenaste al principio. Digo, sin que sufra desdoro mi crédito personal… Ora el secreto está en ti y en tus compañeros; todo depende de la clase de discursos que nos echen.
Axkaná, que por primera vez veía de cerca a Catarino Ibáñez, se dedicó a observarlo. Pe pronto el aspecto exterior del general nada le dijo. Era el de tantos otros soldados de la Revolución, convertidos, como por magia, en gobernadores o ministros: analfabetos, con patente de incultura, en los cargos públicos de responsabilidades más altas. Pero ya fijándose en él a fondo, su modo empezó a despertarle, primero, curiosidad, y luego, desconfianza. Advirtió Axkaná algo inequívocamente falso en las mieles con que Ibáñez trataba de endulzar cada una de sus palabras, y esa impresión de doblez fue acentuándose en él a medida que el diálogo entre el gobernador y el jefe de los progresistas avanzaba.
Decía ahora Catarino:
—No tiene caso que nos presentemos desde luego en el teatro, Olivier. La convención está convocada para las once y apenitas van a ser las nueve. Mejor, si te parece, aprovecharemos parte de este tiempo en ir a visitar mi establo y mis vacas.
Pero Olivier contestaba que el establo debía dejarse para después:
—Lo importante ahora es que hablemos separadamente con los jefes de las delegaciones, que les digamos que ya no es por Jiménez por quien se tiene que votar, sino por Aguirre… Y luego, con mucho gusto, iremos a ver tus vacas y todo lo que quieras.
—¡Aluego! Aluego no habría tiempo, Olivier; tan sólo en buscar a las delegaciones nos darían las diez y media. Además, ¿no te digo que ya yo les hablé a los jefes de absoluta confianza? ¿Pa qué más, entonces? Dentro de una hora, cuando la gente se halle junta en el teatro, tú puedes entenderte con los otros. Orita sería gastar el tiempo de oquis… Si lo que pasa es que te importa poco conocer mi negocio, entonces ya no digo ni una palabra más: haremos lo que tú quieras.
Fue evidente para Axkaná que Ibáñez recurría a la cuerda sentimentalista. Olivier contestó:
—Me extraña que pienses eso, Catarino. Sabes muy bien que todo lo tuyo me interesa como lo mío propio.
—Bueno; pues si eso es verdad, no me niegues este gusto que quiero darme desde hace meses. ¡Verás qué ordeña! Al hacerle cualquier mejora siempre he pensado para mis adentros: «Cuando mire esto Olivier, va a tener envidia de mis riquezas…».
Y rio Catarino Ibáñez a influjo de sus propias palabras e hizo más expresiva la caricia de su brazo sobre los hombros de su amigo. Éste, así estrechado, hubo de rendirse.
—Bueno —dijo—; puesto que tanto te importa, lo haremos. Vamos a conocer tus vacas.
Y también Olivier creyó deber subrayar sus palabras con algún ademán afectuoso. Alzó la mano, la acercó a la chaqueta de Catarino, por la parte del pecho, e hizo que las yemas del índice y el pulgar resbalaran por el borde de una de las solapas.
El establo del gobernador era, ciertamente, una maravilla: maravilla desde el punto de vista de las ambiciones comerciales de un antiguo repartidor de leche a domicilio. Ibáñez había vaciado allí los sueños de su juventud miserable, y luego, con la experiencia engendradora de nuevas aspiraciones, había acabado por superarse. Un inglés de Jersey, descubierto por él no se sabía cómo, le regentaba el establecimiento con gran pericia, esto es, en completa armonía con los mayores adelantos de la industria de la leche. Toda la instalación era perfecta o poco menos. Los cobertizos, la lechería, los corrales rebosaban prosperidad eficaz y sabia. Reinaba el aseo por dondequiera; los animales y los aparatos estaban como en un salón.
—Esto, más que ordeña, parece exposición de automóviles —dijo alguno de los jóvenes políticos a poco de entrar.
Y la frase, por justa, hizo fortuna durante hora y cuarto; marcó el principio de las exclamaciones laudatorias con que Olivier y sus amigos saludaban los prodigios que Ibáñez iba mostrándoles. Ellos lo admiraban todo, y de paso, como Catarino lo había supuesto, envidiaron por un momento la honda satisfacción de ser el dueño de todo aquello.
En los cobertizos, entre la doble fila de vacas rubias o color canela, de vacas pintas en negro y blanco, de vacas sonrosadas, el gobernador se detenía una vez y otra para mostrar sus joyas predilectas. Frente a una vaca que ocupaba lugar más amplio y luminoso que el de las otras, hizo alto especial.
—Ésta —dijo— es de lo mejor que hay en el mundo. Nomás con mirarla se conoce. Me costó… ¿A que te asustas en cuanto oigas lo que me costó?
Se dirigía particularmente a Olivier. Y añadió luego, volviéndose al inglés de Jersey, que los seguía a distancia respetuosa:
—A ver, Mr. Gorey: dígales usted aquí a los señores lo que costó esta vaca.
Mr. Gorey adelantó dos pasos:
—Dos mil libras sterling. Unos veintidós mil pesos mexicanos.
Dejó Ibáñez que sus amigos saborearan la cifra y prosiguió:
—Es «charjar» —shorthorn, quería decir— y bisnieta de «Grany», la famosa vaca que obtuvo el premio en la Exposición de Londres de 1900. Como su abuela, rinde, al mes de parir, treinta y un litros de leche por día y más de un kilo de mantequilla pura…
—Tres y medio por ciento de grasa —precisó el inglés técnicamente.
No resistió Correa la tentación de hacer una pregunta:
—¿Y cuántas vacas como ésta tiene usted, general?
—Como ésta, ninguna; pero que se le acerquen, de quince a veinte. Y de otras, también muy finas, «charjar», «yerse» y «jolstán», no menos de cuarenta.
En el cobertizo inmediato el objeto de la admiración fue un magnífico toro guernsey. Era quizá menos elegante de línea que el toro jersey que estaba al lado, pero de tamaño mayor y de vigor más opulento. Se sentían latir, bajo su finísima piel de reflejos casi anaranjados, fuerzas creadoras sin término, ubérrima juventud inagotable.
—Aquí sí —exclamó Catarino—, aquí sí llegamos a lo mejor de lo mejor. Este animal vale tanto y me cuesta tanto, que no me resuelvo a decirlo, la verdad.
Y Catarino bañaba al toro con mirada casi extática. La bestia rumiaba somnolente y barría el suelo con los claros rizos de su rabo, terminados en borla.
—Te veo muy rico, Catarino —observo Olivier.
—¿Rico? ¡Ni de adonde! Esto es todo lo que tengo; aquí están metidas todas mis economías.
Finalmente, los jóvenes políticos admiraron las dependencias menos espectaculares del establo, aunque no por eso las menos bien dotadas ni menos lujosas: la lechería, la fábrica de mantequilla y quesos; y ya muy cerca de las once regresaron a la ciudad.
En el automóvil, Olivier, por unos segundos, contribuyó a la felicidad de Ibáñez con estas palabras:
—Ahora confiésanos, Catarino, cuánto dinero vale todo tu negocio.
—¿La verdad, la verdad?
El gobernador vacilaba entre sonriente y misterioso. En seguida añadió:
—Te aseguro, Olivier, que no pasa de cuatrocientos mil pesos. Ya les dije: es todo lo que tengo.
En el local de la convención la presencia del gobernador y sus amigos fue saludada con murmullos que bordeaban el aplauso. Allí estaban los representantes del «radicalismo progresista» del Estado de México, dispuestos siempre a oír y obedecer la voz de mando de sus jefes. Ellos no sabían que los jefes más altos andaban ya en desacuerdo a propósito de la cuestión fundamental: los suponían identificados y unánimes; se los imaginaban atentos sólo a proclamar con brillo la consigna que en secreto habían mandado a los de abajo.
Una voz inauguró intrépida la serie de los vivas:
—¡Viva don Catarino Ibáñez!
—¡¡Viva!!
Otra, menos ronca, prorrumpió inmediatamente:
—¡Viva Olivier!
—¡¡Viva!!
Y acto continuo dos o tres voces se atropellaron en el entusiasmo de un grito:
—¡Viva Hilario Jiménez!
Con lo cual confluyeron, en nueva salva, larga y atronadora, los aplausos que habían prolongado los dos vivas anteriores.
Era compacta la multitud. Ibáñez y los políticos venidos de la ciudad de México atravesaron por en medio de ella para acercarse a la plataforma. Al andar, Axkaná percibía el calor de los grupos, que se apretaban a ambos lados para abrir paso, y dominaba, gracias a su elevada estatura, el mar de cabezas. Se veía pletórica la sala hasta el último rincón; en la galería alta los delegados se apiñaban sobre la barandilla. Súbitamente, Axkaná se enterneció, aunque sin saber por qué. Mientras todos aplaudían y gritaban, él sintió que había mucho de conmovedor en aquella asamblea política de un millar de hombres cuyas carnes se cubrían apenas con ropas de manta; lo había también en la manera como las grandes ruedas de los sombreros de palma se agitaban en el extremo de algunos brazos, y lo había en el aplaudir de las manos oscuras —inciertas sobre el fondo azul de las blusas de cambaya, o precisas contra la blancura amarillenta de camisas y calzones—. Los rostros broncíneos expresaban de algún modo, dentro del marco de las cabelleras negras y apelmazadas, la alegría adivinatoria de una posible aspiración. «Sí —pensaba Axkaná—, ésta es la aspiración que los políticos explotan y traicionan.»
Ibáñez, sus amigos venidos de México y la directiva local del partido ocuparon los asientos alineados detrás de la mesa. Ya se había terminado con el registro de las credenciales y con otros requisitos previos. Un secretario se acercó a decir algo al gobernador. Éste, poniéndose en pie, declaró que la convención quedaba solemnemente instalada y anunció que cedía el sitial de la presidencia a Emilio Olivier Fernández, presidente del Partido Radical Progresista de la República. Lo interrumpieron los aplausos. Luego, hecho el cambio de asientos, informó Ibáñez que antes de procederse a la discusión y estudio de las candidaturas se daría lectura al programa del partido local, para su ratificación, y se tratarían algunas cuestiones de mero trámite.
Las tareas avanzaron rápidamente. Momentos después de empezadas, Ibáñez y Olivier llamaron a uno de los vicepresidentes, a quien entregaron la campanilla y se fueron hacia uno de los rincones del escenario. Allí volvieron sobre su tema. Olivier pedía a Catarino hablar desde luego con los miembros más influyentes de las delegaciones. Catarino argumentaba que mejor era dejarlo para después: para cuando se pasara, discutidas y aprobadas ya las candidaturas de diputados y senadores, a la candidatura presidencial.
—Porque de lo contrario —decía—, corremos el riesgo de que los delegados se enreden y nos lo embromen todo.
Pero a Olivier comenzaba ya a sacarlo de quicio tanta resistencia. Dijo en el tono anunciador de sus explosiones:
—Mira, Catarino, yo soy tu amigo y lo sabes; pero si te figuras que vas a manejarme a tu gusto, te equivocas. Bien está que cuides tu crédito, como tú dices, pero no a costa de los intereses generales del partido. Vuelvo a decirte que necesitamos sacar aquí candidato a Ignacio Aguirre, no a Hilario Jiménez, y eso, te lo aseguro, vamos a hacerlo ahora cueste lo que cueste. No te me indisciplines, porque, gobernador y todo, te meto en orden.
Y haciendo con la mano una seña hacia donde estaban Correa, Mijares, Cifuentes y demás líderes, indicó que se acercaran. Catarino, conocedor y temeroso de Olivier, cedió terreno.
—¡Pero si yo no me opongo a tus órdenes como presidente, Olivier! Doy mi opinión sobre la mejor forma de que los sucesos se encarrilen. ¿Quieres hablar a fuerza con los jefes de las delegaciones? Pues orita mesmo.
La asamblea, distraída con la lectura de papeles y con las votaciones, no sospechaba lo que estaba ocurriendo del otro lado de la plataforma. Tampoco se dio cuenta, minutos después, de que se aglomeraban allí varios de los delegados, con los cuales, misteriosos los semblantes, departían o discutían el gobernador y los líderes.
—¿Qué orden —preguntó Ibáñez a los delegados que se acercaron primero— fue la que les di a ustedes anoche? Vamos, dilo tú, Maximino.
—Pos que ora había que trabajar por mi general Aguirre, y ya no por mi general Jiménez.
—¿Y están trabajando de ese modo? ¿Sí o no?
—Sí, señor gobernador.
Catarino se volvió a Olivier.
—¿Te convences?
—No lo dudaba —contestó el líder—, ni eso importa mucho. Lo que quiero es saber si las delegaciones están ya bien instruidas para que el cambio se haga sin trastornos, sin sorpresas. ¿Acaso somos nuevos en estas cosas? A ver, Maximino: ¿cómo está la gente de usted?
—¿La mía?… Pos la mía, y creo que también las otras, empiezan a convencerse; pero convencidas, convencidas, entodavía no están. Como la labor hilarista que primero se hizo fue muy grande, ora hay que irse con mucho tiento. Nomás calcule usted que cuando repartimos el dinero para los gastos, dijimos que lo mandaba mi general Jiménez. Yo, la verdad, espero mucho de los discursos, asegún nos decía esta mañana el señor gobernador.
Olivier lo interrumpió:
—Los discursos influyen muy poco en estos asuntos. Lo capital es que los delegados tengan instrucciones precisas y que las obedezcan… Ahora mismo van ustedes a transmitir a sus respectivas delegaciones esta resolución que a última hora ha tomado la directiva central del partido: cuando se propongan las candidaturas para presidente hay que rechazar la de Jiménez y escoger, por aclamación, la del general Ignacio Aguirre. ¿Me entienden?
Mientras Olivier hablaba así a los mangoneadores políticos de los pueblos, Catarino, sonriente, no quitaba de ellos la vista. Los delegados, escuchando, miraban al suelo.
Otro tanto sucedió con los demás grupos que vinieron en seguida. Olivier, cada vez más enérgico, indicaba, ayudado por Correa y Mijares, los pasos que se habían de dar; los tres se expresaban sin ambages. Los delegados oían en silencio. Catarino no parpadeaba.
Pero poco después, al separarse del grupo, los jefes de las delegaciones, en vez de ir desde luego a unirse con los suyos, se detenían a comunicarse sus impresiones; hablaban con los candidatos a diputados y senadores, y una vez de regreso en su sitio, su presencia suscitaba entre sus compañeros alborotos y cuchicheos.
A la hora de los discursos acerca de las candidaturas presidenciales, Olivier y sus líderes recordaron lo que Catarino les había dicho un día antes: «La asamblea era hilarista hasta la mera penca». La palabra calurosa de Correa, de Cifuentes, de Mijares y otros penetró menos en el auditorio que si éste fuera de granito. Cada vez que sonaba el nombre de Ignacio Aguirre el silencio se hacía de una pieza. En cambio, tardaba más en surgir el nombre de Hilario Jiménez, así fuese en son de censura o de mofa, que las ovaciones en estallar, tupidas, largas, atronadoras. Olivier sufrió allí la más cruel de sus derrotas. Pese a sus enormes dotes de orador, le faltó el aliento frente a los dos o tres oradorcillos que pidieron la palabra para soltarse denostando a Ignacio Aguirre.
Fueron dos horas de un debate absurdo, unilateral y, al mismo tiempo, tempestuoso. Por fin, cuando ya el punto iba a someterse a votación, Olivier llamó aparte a Catarino. Comprendía que la cosa estaba perdida, se daba cuenta de la defección del gobernador. Fingiendo no percatarse bien de los hechos le dijo:
—Como ves, Catarino, yo no he intentado nada que redunde en perjuicio de tu crédito político. Apreciándolo, lo menos que tú puedes hacer en este caso es ayudar a que mi crédito también se salve, porque de lo contrario, como comprendes, todo este enredo va a acabar mal; yo no puedo admitir de ningún modo que una fracción de mi propio partido me derrote en un asunto de tanta trascendencia. ¿Te haces cargo?
—Me hago cargo, Olivier.
—Perfectamente. Entonces nos queda este recurso: hay que arreglar que la convención deje pendiente la designación de candidato a la Presidencia con el pretexto de que las candidaturas propuestas no han sido suficientemente discutidas. ¿Estás de acuerdo?
Ibáñez quería cumplir sus compromisos con Jiménez, evitando, en lo posible, un choque con Olivier. La proposición de éste le pareció inmejorable, porque de ese modo, a la vez que prestaba a Olivier un señalado servicio, quedaba en aptitud de ponderar a Jiménez el triunfo sobre Aguirre.
—Nada más justo —asintió inmediatamente—. Tú antes me salvaste a mí; yo te salvo a ti ahora.
Dicho y hecho: tornó a llamar al rincón a los jefes de las delegaciones y les explicó a todos, ahora por sí mismo, «la nueva norma de los acontecimientos». Iba —les dijo— a presentarse una moción suspensiva, una moción donde se pediría dejar para otra vez el nombramiento de candidato a la Presidencia; y era indispensable, lo mandaba él, que dicha moción se aprobara unánimemente.
—¿Me han entendido?
A poco de ratificar la asamblea aquel acuerdo, dieron las dos. Ya los delegados no pensaban sino en la barbacoa que se les había prometido como remate de la manifestación por las calles y que iba a servírseles en el jardín de una hermosa casa incautada. Todos se disponían, humildes y dóciles, a salir. Salían con torpe blandura de rebaño, con algarabía musitada apenas, con parloteo donde las consonantes se suavizaban y el temblor de las risas nacía como para caer al suelo. Axkaná avanzaba entre ellos. Tampoco ahora sabía por qué, pero el sentimiento de ternura que había sentido poco antes iba convirtiéndosele en sentimiento de piedad. Era una piedad análoga a la que en él despertaban las proles huérfanas.

III
Manifestación
Con los vítores de los manifestantes y los males acordes de las murgas las calles de Toluca enriquecieron su provincionismo. Su luz, maravillosamente clara, se quebró en reflejos de estandarte y trombón. Su aire, limpio, transparente, se agitó con estremecimientos ajenos a su pureza. Y hubo ventanas y balcones que se abrían, que se cerraban; curiosos que se asomaban a los zaguanes o que se detenían al borde de las aceras para asistir al desfile.
Pese a su hambre, la tropa democrática cumplía bien su misión. Ignorante, como al principio, de la verdadera esencia de los hechos a que acababa de contribuir durante la asamblea, se aferraba, con entusiasmo mecánico, a los vivas y los mueras prescritos de antemano por sus jefes. Prorrumpía sincrónicamente.
—¡Viva Hilario Jiménez!… ¡¡Viva!!
—¡Muera Ignacio Aguirre!… ¡¡Muera!!
Y sus gritos, que repercutían de esquina en esquina, creaban el alma multitudinaria y la alimentaban; creaban algo imponderable, algo envolvente que hacía ondear, como en atmósfera propia, los carteles cubiertos de leyendas.
A veces, los coregas, no bastante familiarizados con los nombres de sus héroes, se equivocaban en parte:
—¡Viva Ignacio Jiménez! —gritaban.
O bien:
—¡Muera Hilario Aguirre!
Catarino Ibáñez y Emilio Olivier marchaban a la cabeza de la columna. Dos pasos detrás seguían los personajes más notables de los respectivos séquitos. Iba Catarino resplandeciente, irradiando a través de su traje de gabardina fulgores de gobernador, efluvios de político a quien ya nada detiene. De tarde en tarde, cuando le dirigían saludos desde las aceras o las puertas, ensayaba la estética de sus reverencias más exquisitas. Se inclinaba rígido hacia adelante, al tiempo de llevarse la mano al sombrero, y mientras el ala de éste se encorvaba levemente bajo la presión de sus dedos —ala de un sombrero que no era de militar ni de civil, sino, de naturaleza mixta—, su postura subrayaba, por detrás, el relieve que le hacía la pistola a la altura del cinto.
Olivier, a su derecha, caminaba con garbo sencillo, con aire que trataba de comunicar a su presencia en la manifestación matices de naturalidad suavizadores del contratiempo sufrido poco antes en el teatro. Pero eso, que tan bien se veía, no era más que hábil disimulo exterior. Por dentro, a cada nuevo paso sentía el líder crecer su rabia por la picardía que Catarino acababa de hacerle. «Tú me has sido desleal —pensaba—, pero ¡qué caro va a costarte!» Su resentimiento se agravaba más en los momentos en que Catarino, entre golpe y golpe de platillos y tambores, le refería sus impresiones de aquella hora política. Porque entonces, para contestar al gobernador con palabras afables, tenía Olivier que violentar la fruición de su ira, tenía que arrancarse, con esfuerzos, a la pasión que lo embargaba en sentimiento único. Acontecía también en esas coyunturas que la turba democrática, cual si adivinase lo que estaba acaeciendo en el corazón del supremo de sus jefes, vociferaba con inconsecuencia tan cruel como inoportuna:
—¡Viva Catarino Ibáñez!… ¡¡Viva!!
—¡Viva Olivier!… ¡¡Viva!!
Axkaná venía también de los primeros y era de los que más descollaban. Para su sentimiento el pulso de la manifestación no brotaba de dentro a fuera, sino al revés. Le interesaba, más que el acto mismo, el efecto del acto en quienes lo miraban, o mejor: el contraste de ciertos efectos. Porque había notado desde luego que la gente humilde de las puertas y el arroyo, viendo el desfile, parecía hallarse frente a un acontecimiento, aunque ya familiar, superior siempre a su inteligencia: como si contemplara un fenómeno de origen desconocido y remoto, semejante al rayo, semejante a la lluvia. Pero, en cambio, la gente de los balcones —y la de los coches, y la de los autos, y la de los caballos con arreos domingueros— sólo veía a los manifestantes con asomos de incredulidad o con notorias muestras de desprecio. Para ésos —así estaban proclamándolo sus actitudes desdeñosas—, nada común existía entre ellos y el rudimentario acto cívico que se desarrollaba a su vista; por lo cual, si se dignaban verlo, era apenas desde la altura de otra espiritualidad. Lo que esa gente presenciaba no era cosa en que ella se sintiera obligada a interesarse —menos aún a intervenir— ni para la salvaguarda de su fortuna, o de sus libertades, o de su vida. Era, a lo sumo, una especie de desfile de circo: una procesión funambulesca de payasos pintarrajeados y fieras escapadas de sus jaulas.
—Fíjate bien —decía a Mijares Axkaná—; fíjate en la sonrisa de «las gentes decentes». Les falta a tal punto el sentido de la ciudadanía, que ni siquiera descubren que es culpa suya, no nuestra, lo que hace que la política mexicana sea lo que es. Dudo qué será mayor, si su tontería o su pusilanimidad.
A todo esto, la procesión cívica, según avanzaba, crecía. Ya no eran lo más numeroso las falanges de los indios traídos ex profeso desde las haciendas cercanas. Mezclado con ellas —flanqueándolas, envolviéndolas, siguiéndolas— iba ahora el populacho toluqueño. El azul de la cambaya ocultaba ya a trechos la blancura de la manta, amarillenta al sol; el rumor tenue de los pies descalzos se ahogaba en las últimas filas, se perdía entre el crujir de la tierra bajo los huaraches y el tropezar de suelas y tacones contra los guijarros. Y era que Catarino Ibáñez había dado suelta a la voz de que aquella manifestación acabaría en convite y que al convite tendrían acceso todos los manifestantes. De este modo, cada viva, cada muera eran otros tantos reclamos para que la muchedumbre engrosara.
Recorridas las principales calles, la vanguardia marcó alto frente a las oficinas del Partido Radical Progresista del Estado de México. Los miembros de la directiva y demás hombres importantes entraron en el edificio; luego reaparecieron en los balcones. Dos bandas mezclaron sus acordes; callaron. La multitud, zarandeando carteles y estandartes, se acercó corriendo: deshizo las filas, se aglomeró en un instante. Llenaba la calle y hacía con los sombreros de palma oleaje que refluía de un extremo al otro.
Segundos después —así que Catarino, Olivier y otros guiadores deliberaron someramente—, Axkaná empezó a perorar desde un balcón. Como éste no alzaba del suelo arriba de medio metro, el orador hablaba subido a una silla para que todos pudieran verlo y oírlo. Su voz, clara y armoniosa, hizo que las olas de sombreros se fijaran de pronto. Entre la superficie hecha de alas y copas de petate los discos de los rostros dibujaron surcos como de bronce; se inclinaban levemente hacia atrás; se orientaban, como a polo común, hacia el punto de donde la voz partía.
Axkaná no mencionaba en su discurso al general Jiménez ni al general Aguirre: hablaba de otras cosas. Pero éstas, al parecer —aunque sin relación aparente con los discursos de los oradores de la mañana—, eran muy interesantes, pues lograron en el acto una atención profunda y merecieron de allí a poco ovaciones clamorosas. El auditorio se empinaba sobre la punta de los pies —pies descalzos en su mayoría— para oír mejor. Era evidente, sin embargo, que las palabras de Axkaná, con ser sencillas, no llegaban hasta la inteligencia de la miserable muchedumbre que lo escuchaba. Entre la ideación de sus oyentes y la de él había abismos: abismos de tiempo, de clase, de cultura. Mas no importaba eso. Como si las ideas constituyeran tan sólo el elemento inerte en la comunicación de los seres humanos, por sobre las ideas, o por debajo de ellas, la llama de lo que Axkaná quería y sentía en aquel instante prendió de súbito en lo que a su influjo quisieron y sintieron entonces los hombres humildes que lo estaban oyendo. La estructura ideológica de sus párrafos era la escoria que caía al suelo; el principio intuitivo, irracional —engendrador del entusiasmo, fecundador de la esperanza—, iba a los corazones derechamente. En su discurso no vivían los conceptos: vivían las palabras como entidades individuales, estéticas, reveladoras de lo esencial por la sola virtud de su acción inmediata sobre el alma; y vivía con ellas cuanto les formaba marco en la persona del orador. La luz que iba haciéndose en la masa de indios allí reunida era obra de la calidez misteriosa de los vocablos de Axkaná y del ritmo de sus frases; pero nacía también del timbre de la voz del orador, de la elocuencia de su sinceridad, de la simpatía comunicativa de sus ademanes y hasta del fulgor, intensamente franco y expresivo, de sus ojos, que brillaban más verdes bajo los rizos de su cabellera en desorden.
Poco antes que el discurso se concluyera, una banda rezagada desembocó de la otra calle, tocando con gran estrépito. La acallaron los siseos. Mas como los siseos, a su vez, se prolongaron más de lo necesario, contra ellos se levantó una larga tempestad de protestas, que fue propagándose de grupo en grupo. Finalmente, restablecida la calma, Axkaná volvió a hablar, y minutos después, al estallar otra salva de aplausos, su figura desapareció de sobre la silla.
Ahora la ovación lo saludaba estruendosa, interminable. Y aplaudían no sólo las turbas democráticas de la manifestación, sino las mismas familias curiosas asomadas a las ventanas inmediatas. En el balcón de la directiva, Catarino Ibáñez tenía abrazado a Axkaná; lo abrazaba hasta casi levantarlo en vilo y como si intentara mostrarlo en alto a la muchedumbre de los manifestantes. Él tampoco había comprendido muy bien el alcance de aquel discurso; pero un sentimiento extraño, dueño de él, lo arrastraba. Tenía la sospecha de que su conducta no había sido hasta allí la de «los héroes humildes» a que Axkaná acababa de referirse, sino la otra, la de «los poderosos sin alma, muertos, desde la cuna, para los impulsos creadores del bien». Pero sentía, al propio tiempo, que junto a esa sospecha le brotaba una capacidad enorme de perdonarse y perdonar, una suerte de delirio afectivo y altruístico, nacido al toque de la noble verdad que durante unos minutos había estado rozándole, piel sobre piel, carne contra carne, en lo más hondo de sus calidades de hombre. En aquel momento Catarino quería conquistar, a fuerza de sincero arrebato en pos de verdades apenas entrevistas, la convicción de que su sitio no quedaba, al fin y al cabo, tan lejos de la categoría de los hombres de bien, y así se sentía dispuesto a proclamarlo. Por eso alzaba a Axkaná en brazos: para que sus sentimientos se fundieran de algún modo con los de la multitud.
Ésta, frente al balcón, y más allá hasta los confines de la calle, seguía aplaudiendo y aclamando a Axkaná. No recordaba entonces ni su miseria, ni su hambre, ni sus pies desnudos —negros como el lodo—, ni sus harapos hediondos…
Sobrevino un silencio. Una voz, tímida como si nunca hasta aquel día probara el entusiasmo, gritó:
—¡Viva el patroncito!
Palabras que, por muy débiles, más que oírse se adivinaron, que permanecieron flotando un punto sobre las cabezas cubiertas con sombreros de palma y resonaron luego en el estallido del eco que les respondía. Sonó un viva de la multitud, pero un viva unánime, más sincero y pleno que todos los anteriores; un viva donde la voz multitudinaria, sin perder su ímpetu, se tornó extrañamente melancólica, lastimera.
No un rumor, sino un temblor, pareció prolongar aquel grito.
Quince minutos después, en el jardín de la gran casa incautada, los manifestantes desfilaban frente a las mesas de los manjares prometidos. A cada hombre le daban algo del montón de comida que había sobre las tres mesas: en la primera, un taco de barbacoa; en la segunda, un taco de guacamole, y en la última, un taco de frijoles. Luego se señalaba a los manifestantes el sitio donde podían recibir, si las pedían, más tortillas; y más allá, en torno de unos barriles, les daban de beber. Todo ello, ni muy suculento ni muy abundante; pero junto a la miseria diaria, un banquete.
De los indios de las haciendas, muchos habían caminado quince o veinte kilómetros y llevaban doce horas sin probar bocado; mas no por eso denotaban impaciencia o precipitación: aguardaban su turno con mansa dignidad. Luego, con la comida en las manos, iban a sentarse a la sombra de los árboles, para entregarse allí a morder, poco a poco, sus rollos de tortillas. Comían con tristeza fiel —con la tristeza fiel con que comen los perros de la calle—; pero lo hacían, al propio tiempo, con dignidad suprema, casi estática. Al mover las quijadas, las líneas del rostro se les conservaban inalterables.

IV
Brindis
Para ese día Catarino Ibáñez había hecho preparar en el mejor restaurante de Toluca una comida digna de él, digna de sus amigos, y merecedora al propio tiempo de que se la recordara, por su trascendencia, entre los demás sucesos de aquella fecha memorable para el civismo. No quiso, empero —porque a Catarino le gustaba que las cosas se «normaran» bien—, decir nada del banquete mientras no llegaba el momento estrictamente oportuno. Esperó para anunciarlo la hora en que los mil indios de la manifestación roían sus huesos y sus tortillas en el jardín de la casa incautada. Entonces, vuelto hacia Olivier, hacia Mijares, hacia Axkaná, exclamó con sencillez revolucionaria de trazo espléndido:
—¿Comida para unos? ¡Pos comida para todos! ¿O no se malician ustedes que también nosotros tenemos derecho a vivir?… ¡Ándenles, muchachos: vamos a tomar mole!
Y echando el brazo al cuello de Olivier rompió a andar a la cabeza de cuantos se creyeron incluidos en el convencionalismo de «tener derecho».
Por el camino lo emocionó otra vez el recuerdo del discurso de Axkaná, y eso lo trajo a explayarse sobre la satisfacción que entonces experimentaba: la de considerarse, por muchas razones, autor del festín para los mil indios semidesnudos. Coronaba con frases de regocijo enfático cada uno de sus desahogos:
—¡Qué gusto tan grande, Olivier; qué gusto tan grande verse metido en estas buenas obras! ¿De ónde, pues, sacarán quienes nos calumnian la matraca de que nosotros no somos revolucionarios puros? Porque lo que yo digo: ¿si no lo fuésemos, haríamos las cosas que hacemos?
Olivier iba de humor negro; sólo contestaba con monosílabos. Visto lo cual, Catarino pasó, insensiblemente, del discurso expreso al discurso tácito. «Sí —reflexionaba, puesto el corazón en la fortuna de quinientos mil pesos que había logrado reunir en seis años de prédicas igualitarias—; hay que seguir haciendo ciudadanos libres, debemos aplicar enteritos los postulados de la Revolución: la igualdad económica de todas las clases, de todas; el reparto de la riqueza destinada a producir, de toda la riqueza; la distribución equitativa de los rendimientos del trabajo, de todos los rendimientos; y hay que aplicar esos postulados sin miedo alguno a lo que venga, sin voltear la cara atrás hasta que se logren los resultados integrales… ¿Cuál es la riqueza mínima que garantiza la libertad de un ciudadano en México? Por lo menos la que yo tengo ahora: de quinientos mil pesos a seiscientos mil, que es lo que todo mexicano disfrutaría de no impedírselo el pequeño grupo de reaccionarios que lo explotan. Pues bueno, esa riqueza debemos hacer que pronto la posean todos los mexicanos, desde el Bravo hasta el Suchiate…» Por un momento se imaginó perorando ante los mil indios de la manifestación política: «Sí, hijos míos —les decía—; cuando la Revolución sea la ley en las ciudades y los campos, ya no habrá más ricos codiciosos, más ricos explotadores de la miseria del pobre, sino que todos seremos ricos buenos, ricos revolucionarios y útiles, según algunos lo somos ya: los que vamos, con la ayuda de Dios y sin quitarle nada a nadie, juntando nuestras economías…». En esta etapa de sus ideas, Catarino no pudo menos de acordarse de su magnífico establo: pensó en Mimosa, la vaca shorthorn que le había costado veintidós mil pesos; pensó en Quiupi, el toro jersey por el que había pagado treinta mil, y ambas visiones, refrescándole el alma, lo hicieron sonreír a la sola idea de ser él ya —él por lo menos— uno de esos ciudadanos libres en que había que convertir a los quince millones de habitantes de la República. «Todos como yo —se repetía—: quinientos mil, seiscientos mil pesos… No —rectificó—, seiscientos cincuenta mil» —porque de súbito le vino a la memoria el negocio que traía entre manos, ya muy próximo a realizarse.
A la derecha de Catarino, en la mesa del banquete, se sentó Olivier; a la izquierda, Axkaná, y a continuación, bajando por ambos lados hasta cerrar la línea, otros veinticinco o treinta comensales.
Todos notaron en el acto que el banquete era de mucho rumbo. Había florecillas dispersas sobre la albura de los manteles; había servilletas primorosamente dobladas, que dejaban en los dedos la ilusión de castillos que se desbaratasen. Cuatro copas, alineadas de mayor a menor, anunciaban frente a cada cubierto la pluralidad de los vinos. Una era verde; otra, la más pequeña, color topacio. Y al pie de las copas, cuidadosamente colocados sobre la base de una de ellas, se veían los tarjetones del menú, impresos a varias tintas. Arriba y al centro, dominando la lista de los manjares, las tarjetas decían con letras de oro: «Banquete para celebrar la designación del C. General Hilario Jiménez como candidato del P. R. P. del E. de M. a la Presidencia de la República». Y abajo y al margen, con letras también de oro, se leía esta nota: «La mantequilla es de los Grandes Establos del C. Gobernador».
Quiso Olivier objetar en seguida el supuesto motivo del banquete:
—Esto —dijo— es una mentira escandalosa. Yo no paso por ella de ningún modo. Ni Hilario Jiménez ni nadie es todavía candidato oficial del partido.
Pero Catarino Ibáñez, con sabia humildad, quitó base a los reproches aceptándolos de plano:
—Tienes razón, Olivier. ¡Ya lo creo que la tienes! A mí tampoco me cae esto muy en gracia. Si quieres, haremos que recojan los menús… Son los que mandamos imprimir cuando diste orden de que saliera candidato el general Jiménez, porque la verdad es que aluego, al cambiar tú de idea, ninguno se acordó de corregirlos. Pero eso, ¡qué caray!, no vale la pena de que te enojes. O ¡qué! ¿Vas a despreciar mi invitación por tan poquita cosa?
Trinaba Olivier al responder:
—No, no es que me enoje, ni menos que desprecie tu invitación. Pero exijo que estas tarjetas se recojan y se destruyan.
—Muy bien. Se destruirán como lo mandas. Nomás que, si lo permites, las usaremos mientras dura la comida. Así al menos sabrán ustedes (digo: los que sepan leer) lo que les doy.
Y comenzaron a comer.
Catarino presidía el banquete con rudo desparpajo. El jefe de los mozos venía a menudo a consultarle dudas que él resolvía sin tropiezos y dentro de la mayor soltura.
—¿Servimos ahora el mole, mi general?
—No, amigo, el mole después.
—¿También el vino de las cajas grandes, señor gobernador?
—Claro que sí, amigo: de todos los vinos.
Algunas de tales consultas, como esta de los vinos, las comentaba Catarino en voz bastante alta para que lo oyeran hasta el otro extremo de la mesa:
—Este amigo —decía— cree que yo he comprado los vinos para que se guarden. ¡No, señor; para que se beban! Lo que no quiere decir que yo obligue a nadie a que se tome todito lo que le echen. Beba cada quien lo que guste y de lo que guste, como yo. Yo, ni vinos tintos ni vinos blancos: mientras más caros, menos me gustan. Yo pura cerveza de Toluca, y para aluego, eso sí, mis coñaques… ¿Qué tal están esos chicharrones, señor licenciado?…
Axkaná, Correa y Mijares, que por el mal ceño de Olivier fueron sintiéndose más y más intranquilos conforme la comida avanzaba, hacían enormes esfuerzos por mantener la conversación fuera de la política. Mas su intento resultaba inútil. Detrás de la palabra más anodina o de la observación más remota, el tema político acechaba y resurgía de improviso con ímpetus siempre mayores.
Poco antes que se sirviera el plato nacional, se le ocurrió a alguien un elogio que nadie hubiera podido prever que resultara funesto:
—¡Vaya un guacamole bueno! —dijo una voz.
A lo cual contestó Ibáñez, sin saber exactamente quién había hablado.
—¿Le gusta, amigo? Pues ya lo ve usted: este guacamole es el mismo que están comiendo allá, en sus tacos de barbacoa, los compañeros que dejamos hace rato en el jardín.
Y subrayaba Catarino las palabras con sonrisas de profundo convencimiento democrático. Agregó al punto:
—¿Quién se atreverá ahora a decir que nosotros no sentimos a fondo la Revolución? ¿Estaríamos comiendo aquí, tan contentos, sin haber asistido enantes al convite del pueblo?
La pregunta era de carácter retórico; así lo entendieron todos. Pero Olivier, buscando contestarla a su manera, soltó a quemarropa palabras que si podían interpretarse como consejo, sonaron más bien a reto o insulto.
—Catarino —dijo—, no seas farsante.
Y al pronunciar estas palabras Olivier, su rostro, un tanto pálido, se crispó con sonrisa subrayadora del desahogo.
Catarino no supo de pronto cómo tomar aquello. Respondió perplejo y sorprendido:
—¿Farsante yo, Olivier?
Pero Olivier insistía:
—Sí, tú: farsante. Porque lo que estás diciendo es mentira y tú sabes que es mentira.
Hubo un súbito murmullo que creó silencio a lo largo de toda la mesa. Los camareros, durante dos o tres segundos, dejaron de servir; luego aparentaron concentrar otra vez la atención en botellas y fuentes, mientras Catarino replicaba con extraordinaria calma:
—Yo no he dicho ninguna mentira, Olivier. Te aseguro que el guacamole que se puso en los tacos que están comiendo nuestros compañeros del jardín es igual a este que aquí comemos nosotros.
—El guacamole será igual —afirmó Olivier, implacable—; no lo discuto. Pero la mentira consiste en que llamas «compañeros» a los pobres indios de la manifestación y en que dices que nosotros no disfrutaríamos de este banquete si antes no los hubiéramos visto comer a ellos. Si son nuestros compañeros, ¿por qué a ellos les das huesos y tortillas martajadas, dejando, además, que eso lo coman sentados en el suelo, mientras a nosotros nos tratas regiamente? Aquí no pasamos de treinta; allá son más de mil. Sin embargo, estoy seguro de que la comida nuestra va a costarte lo doble o lo triple de lo que pagarás por la mísera barbacoa de los que vinieron a gritar tus vivas y tus mueras.
—A ellos —observó Catarino, con tanta calma como antes— les damos lo que son capaces de apreciar; nosotros comemos de acuerdo con nuestras costumbres.
—¡Tus costumbres!
Eduardo Correa terció aquí. Fingiendo ponerse de parte de Catarino, se apresuró a impedir que la disputa creciera:
—Por supuesto, Olivier, por supuesto. Catarino tiene razón.
Y como Mijares advirtió al punto el propósito de Correa, intervino también, y con él otros varios, hasta conseguir todos que la armonía se restableciese, por lo menos en cuanto a la forma.
A partir de ese altercado, Catarino no volvió a hacer gala de su jovialidad. Fue, al revés, dejando de hablar, encogiéndose, tornándose sombrío, hosco. Y resultó empeño vano que Correa y Mijares tomaran la batuta de la conversación, que se esforzaran por hacer reír o provocar comentarios ruidosos. No lograron que la alegría renaciera, ni, menos aún, que Catarino y Olivier volvieran a hablarse. Catarino, de allí a poco, cesó de beber cerveza: pidió coñac y se dedicó a tomarlo con ahínco.
Anochecía ya (se habían sentado a la mesa después de las cinco de la tarde) cuando trabajosamente llegaron a los postres. Catarino Ibáñez estaba medio borracho; se tambaleaba en la silla. Los más de sus amigos estaban borrachos del todo; mientras que Axkaná, Correa, Olivier y el resto de los políticos venidos de la ciudad de México se conservaban, unos, en su juicio cabal, y los demás, casi en su juicio.
Ya servían los mozos el champaña y todavía dos o tres voces tartajosas clamaban a gritos, desde el extremo opuesto al ocupado por Catarino y Olivier, en demanda de más cerveza:
—¡No queremos limonada! ¿Lo oye?
—¡Arrímate p’acá la barrica de Toluca!
—Eso es. Yo nomás digo: ¡viva Toluca y viva mi general!
Otro, así que vio llena de champaña su copa, se puso laboriosamente en pie, con aire como de ir a brindar, y, en efecto, dijo algo:
—Apenas… apenas…
De lo cual no pasaba. Puesto en pie, su embriaguez crecía: al mareo de la cerveza y el vino se mezclaban en su cuerpo el vértigo de la nueva postura y el que le daba la doble fila de comensales huidiza y cambiante para sus ojos de ebrio como plantío de magueyes visto desde un tren. Se hizo visera con la mano y columbró con esfuerzo los extremos de la mesa mientras seguía diciendo:
—Apenas… apenas… apenas…
Hasta que, impaciente, lo interpeló su compañero de al lado:
—Dígalo, pues, compadre: apenas ¿qué?
—Que apenas si los deviso, jijos de una cabra…
Y se hundió en la silla, volcándose encima el contenido de la copa.
Mijares y todos los demás rieron y aplaudieron de buena gana; lo que dio origen a que el entusiasta de «¡viva Toluca y viva mi general!» amoldara los transportes de su espíritu a vítores más exclusivos que el de antes:
—¡Viva mi general Catarino Ibáñez! —gritaba. Mijares encabezó el coro:
—¡¡Viva!!
Catarino se pasaba entonces la mano por los labios para limpiarse la bocera de la vigésima copa de coñac, y al oír que lo vitoreaban, respondió desde el fondo de su gesto torvo y taciturno:
—Gracias, hijos; gracias por la justicia.
Acto seguido se irguió en el asiento, alzó la copa de champaña y a señas ordenó silencio para que ninguno perdiera la menor de sus palabras. Todos los presentes levantaron también la copa; dieron muestras de disponerse a escuchar. Pero una vez más prorrumpió en su vítor el de «mi general y la cerveza».
—¡Viva mi general Catarino Ibáñez!
Lo aplaudieron, lo acallaron. Catarino habló:
—Señores… ciudadanos…
Como el brazo se le balanceaba demasiado, lo que hacía que por la mano le escurriera el vino, apoyó la copa, sin soltarla, en el mantel. Continuó en seguida:
—Aquí mi amigo Emilio Olivier, que es buen revolucionario, como todos ustedes…
Olivier, copa en alto, no lo perdía de vista.
—… buen revolucionario, digo, masque antes haya sido catrín, me dijo la semana pasada que habíamos de sacar candidato a mi general Hilario Jiménez… Muy bien… Luego, hace dos días, me dijo que ya no, que ahora el candidato había de ser el ciudadano general Ignacio Aguirre… Muy bien… Y yo, compañeros, les pregunto a ustedes, como revolucionarios conscientes y honrados: al chaquetear de ese modo mi amigo Olivier, ¿no da pruebas de que si yo soy farsante, como él me decía hace un rato —y en este punto Catarino golpeó la mesa con la mano que le quedaba libre—, él, quiero decirlo, es más farsante que yo?
No hubo tiempo de que se oyera la respuesta. Olivier, rápido e impulsivo, arrojó el champaña de su copa a la cara del gobernador y le dio en seguida, con la copa misma, un golpe en la frente.
Esto desencadenó, tan rápida como intensa, la batalla que venía gestándose.
Se había interpuesto Axkaná… Catarino hacía movimientos torpes para desenfundar el revólver… Olivier, ya empuñado el suyo, forcejeaba con Correa, con Mijares.
—¡Viva mi general Catarino Ibáñez! —gritaban en el otro cabo de la mesa.
Volaban platos y botellas… Sonó un disparo… Sonó otro…
Ahora parte del mantel y cuanto había tenido encima andaba por el suelo…
—¡Viva Catarino Ibáñez!
—¡¡Viva!!
Arremolinándose, la confusión creó en un instante dos centros: un grupo contenía a Catarino y lo empujaba, bañado el rostro en sangre, hacia un rincón; en la parte opuesta, Axkaná, Mijares, Correa arrastraban a Olivier hacia la puerta de la calle…
Y así se prolongó la lucha varios segundos, mezclados el olor del vino y del tabaco con el de la pólvora, y la atmósfera de los gritos con la de los fogonazos y las detonaciones.
Entre los amigos de Catarino, algunos, los más borrachos, seguían sentados a la mesa, desde donde enarbolaban la pistola, sin saber de fijo sobre cuál de los grupos debían disparar. Otros, caídos al suelo, en vano trataban de incorporarse…
Los políticos de la ciudad de México habían logrado al fin llevar a Olivier hasta la calle. Frente al restaurante estaban sus automóviles, en torno de los cuales crecía ahora el alboroto. Camareros y cocineros corrían a guarecerse tras las esquinas. El restaurante irradiaba denuestos e imprecaciones a través de las ventanas, a medio abrir. Dominaba la voz potente del gobernador:
—Ya volverán, catrines jijos de la tiznada. ¡Ya volverán!
Con lo que el tumulto, sin menguar en intensidad, crecía en volumen, se ensanchaba, pues no faltaban curiosos que se acercaran, mientras lo más de la gente huía.
Desarmado al fin por Mijares, Olivier forcejeaba ahora con Axkaná cerca de los autos. Correa consiguió al fin sujetarlo por la espalda y hacerlo subir al coche que tuvo más a mano, mientras gritaba al chofer:
—¡Echa a andar y no pares, así oigas que nos tiran!
Entre tanto, los demás líderes habían salido del restaurante y saltaban precipitadamente a los otros autos para huir detrás del que conducía a Olivier. Corría en pos de ellos, desde los balcones del lugar del banquete, la onda del escándalo, de las injurias; les venían de allá algunos balazos; pero ya los automóviles iban a escape por las calles más céntricas, y poco después entraban, bajo la máxima presión del acelerador, en la carretera de la ciudad de México.

Libro cuarto
El atentado

I
Los hombres del frontón
Olivier Fernández respondió a los sucesos de Toluca organizando, antes de veinticuatro horas, el «bloque de diputados y senadores pro Ignacio Aguirre» —bloque tan poderoso que incluía al nacer las dos tercias partes de la Cámara de Diputados y una porción casi equivalente de la de Senadores.
Aquello fue a modo de señal para que los ánimos se enconaran y las pasiones se desbordasen. Hubo inmediatamente rumores de que el Caudillo estimaba el nuevo paso de los radicales progresistas como un reto a su poder, como provocación intolerable para su aureola de guiador revolucionario supremo. Y se supo asimismo que Hilario Jiménez, furioso ante la lista de los 180 diputados y 38 senadores adictos a la candidatura de su contrincante, amenazaba con ir a exterminar, en masa, las dos cámaras legisladoras.
Los informes acerca de Jiménez eran particularmente amplios e inquietantes —inquietantes, aunque a ratos se volvieran pintorescos—. Se le describía paseándose en su despacho de la Secretaría de Gobernación y profiriendo, sin duelo, frases tan tremendas como airadas. «¡Vil canalla —vociferaba descompuesto—, caterva infame de convenencieros!… ¿Cuándo han sido sensibles al dolor proletario de las ciudades y los campos? ¡Mereceríamos que nos ahorcaran si los dejásemos vivir!…» Y se contaba también que, durante tales accesos sólo dos cosas lograban aplacarlo: una, hablar de los medios más eficaces para suprimir de un golpe a todos sus enemigos; otra, enterarse en detalle de las cartas de su administrador. Porque ocurría la coincidencia de que el candidato del Caudillo —sin que nadie supiera cómo, y pese a sus terribles prédicas contra los terratenientes— acababa de adquirir, justamente en esos días, la hacienda más grande del Norte de la República, lo que por momentos le dulcificaba el alma con la luna de miel de los propietarios noveles.
Una de aquellas noches, Axkaná, que tenía urgencia de hablar con Eduardo Correa, fue en busca de éste al frontón de la calle de Iturbide. Alguien le había dicho que el alcalde faltaba raras veces a los partidos de pelota y que, de nueve de la noche a una de la mañana, el Frontón Nacional era el sitio más a propósito para encontrarlo.
Cuando Axkaná entró en el edificio ya había comenzado la función. El vestíbulo, desierto del todo, se llenaba con el eco de ruidos lejanos: refluían hasta allí los gritos de los corredores y los pelotaris, los rumores del público, el golpear de la pelota, alterno contra la pared y contra el mimbre de las chisteras.
Axkaná se acercó a la taquilla, compró su billete y caminó hacia el interior; mas no bien dio los primeros pasos cuando le vino a la memoria haber dejado en espera el automóvil de donde acababa de apearse. Tornó, pues, a la calle para despedirlo.
En la puerta tropezó ahora con cinco o seis individuos que no había visto al llegar, y los cuales, agrupados en corro y hablándose en voz baja, parecían concertarse en algo. Al advertir uno de ellos que Axkaná se acercaba, todo el grupo guardó silencio y se estrechó contra una de las jambas para que el paso quedara libre.
Axkaná tuvo por un momento la vaga sensación de que aquellos hombres se ocupaban de él, de que a él se refería cuanto estaban diciéndose. De modo que trató de observarlos mientras liquidaba el coche; y luego, según pasó nuevamente junto al grupo, lanzó sobre los cinco o seis hombres una mirada de soslayo. Fue una mirada rapidísima, pero suficiente para abarcar la escena. Vio que descollaba entre los cinco individuos —porque notó ahora que eran cinco tan sólo— uno alto y robusto, de sombrero castaño, y en él detuvo la vista, seguro de que era el mismo sujeto que ya se le había puesto delante ese mismo día en algún otro sitio: acaso a la salida de la Cámara, en la acera de Sanborn’s tal vez. Su frente, chata y cejijunta, era inconfundible, así como su rostro de cutis lívido y escabroso, y como su corbata, a rayas azules sobre fondo de oro… De cualquier manera, como el mero incidente carecía de importancia por sí solo, o no parecía tener mucha, ninguna quiso atribuirle Axkaná.
A despecho de que aquel día era jueves, Eduardo Correa no se encontraba entre los espectadores del frontón; pero sí estaban allí algunos amigos o conocidos suyos: don Carlos B. Zetina, Ramón Riveroll, Guillermo Farías y otros más. Varios de ellos dijeron a Axkaná que el alcalde, de un tiempo a esa parte, solía no aparecerse por su butaca sino al segundo partido, y como esos informes fueron, en fin de cuentas, los mejores que le dieron, Axkaná se dispuso a aguardar el tiempo necesario para que el alcalde llegase.
La espera, a la postre, resultó larga e inútil, si bien no estuvo desprovista de atractivos que hicieron algo más que aligerarla. Porque esa noche, Axkaná, que hasta entonces no había asistido nunca al frontón, descubrió un nuevo espectáculo, un espectáculo que se le antojó magnífico por su riqueza plástica, y del que gustó plenamente. Con los ojos llenos de visiones extraordinarias, se creyó, por momentos, en presencia de un acontecimiento de belleza irreal —asistió a la irrealidad de que se saturaran, en la atmósfera de las lámparas eléctricas, las proezas de los pelotaris.
Dos horas después, al concluirse el segundo partido, Axkaná salió del frontón y saltó dentro del primer Ford que le ofrecieron.
—A la calle de la Magnolia —dijo al chofer—. Si entras por Soto, tuerce a la izquierda. Allí te diré dónde has de detenerte.
Había pensado a última hora que el alcalde podía encontrarse de visita en casa de las amigas de Olivier Fernández.
Mientras maniobraba el Ford para salir de la fila, Axkaná volvió a advertir la presencia del grupo de sujetos en que había reparado antes, y que ahora se hallaban de guardia en la acera de enfrente, ya no en la puerta del frontón. Hasta hubo un segundo en que sus ojos y los del hombre lívido se encontraron; pero Axkaná no hizo aprecio. Se entregaba todavía, retrospectivamente, a las escenas culminantes de los partidos de pelota. Con todos sus sentidos admiraba aún, como hechos sobrehumanos, como fenómenos ajenos a las leyes físicas y al vivir de todos los días, los incidentes del juego que acababa de ver. Seguía asistiendo a la increíble agilidad de Egozcue —que trepaba por el muro de la cancha cual si fuera a colgarse de la pelota con la cesta—; a la infinita eficacia de Elola —que devolvía a tres metros saques mortíferos, saques casi invisibles—; a la acometividad rabiosa de Irigoyen —que se lanzaba de cabeza contra la pared cada vez que perdía un tanto porque la pelota le taladraba la cesta—, y a la maestría heroica de Goenaga —que se dejaba ir de espaldas al suelo mientras recogía, a dos centímetros, rebotes inverosímiles.
En la calle de la Magnolia bajó del coche; llamó a la puerta; entró. Una criada de pies descalzos y trenzas brillantes vino a abrirle y lo detuvo en el cubo del zaguán con la noticia de que las «niñas» no estaban.
—¡¿Cómo que no están?!
—No, siñor; no están.
—¿Ninguna?
—Ninguna, siñor. La niña Mora habló por teléfono desde no sé dónde, para decir no sé qué, y todas se jueron muy de priesa ya va para un rato largo.
—Dejarían dicho a dónde iban.
—No, siñor.
En aquel momento se oyó el ruido de un automóvil que se acercaba a la casa y se detenía frente a la puerta. Axkaná y la criada callaron, atentos a que alguien llamara. Afuera sonaban voces; los choferes, al parecer, discutían. Pasó un rato breve; el automóvil recién venido volvió a partir… Axkaná continuó:
—Y doña Petra, ¿está?
—Tampoco, siñor. Ella también se jué con las niñas. Dijeron que…
La criada se detuvo.
—¿Qué cosa dijeron?
—No, siñor, nada… Doña Petra me dijo que creo que ella tenía que ir también a la Comisaría no sé por qué.
—Bueno, Cástula —concluyó Axkaná—. Te desconozco esta noche. Quédate con tus misterios.
Y de nuevo en la calle, y resuelto ya a dejar para el otro día su conversación con Eduardo Correa, dio al chofer las señas de su casa.
De la Magnolia, el auto desembocó, rápidamente, en la calle de Soto; luego, de allí, en Hombres Ilustres, y luego, por un lado de la Alameda, en la avenida Juárez.
El chofer y su ayudante, con las bufandas hasta los ojos, inclinaban la cabeza para esquivar el frío golpe del viento. Axkaná seguía discurriendo acerca de la singular belleza plástica del arte del frontón. Acabó, sin embargo, por sentir que también a él le calaba el frío, y queriendo medio acurrucarse en el asiento, de igual modo que lo había hecho al tomar el coche en Iturbide, buscó, y no encontró, el reborde donde antes había apoyado los pies. Tanta extrañeza le produjo aquello, que al pasar el auto bajo las farolas de la plaza de Colón quiso explicarse lo que sucedía, con lo que, puesto a mirar despacio, sacó pronto en limpio que ahora iba en un Chevrolet, no en el Ford a que había subido para ir a la calle de la Magnolia. Su sorpresa fue enorme. «¿Me habré engañado entonces?», dudó un instante. Pero rectificó en seguida. «No, estoy seguro. El otro auto era un Ford, no un Chevrolet».
Metros más allá ordenó al chofer que se detuviera. El automóvil paró entre las masas de sombra del paseo.
—Este coche no es el que yo tomé para ir a la calle de la Magnolia —dijo Axkaná.
El chofer lo interrumpió:
—No, mi jefe; éste no es. Usted tomó frente al frontón el Ford que maneja mi hermano. Pero como él tenía un viaje a San Ángel a las dos y media y creía que usted iba a tardarse mucho en aquella casa, al pasar yo por allí me pidió que siguiera con la carga. Si a usted no le parece, puede liquidarme.
La explicación era perfectamente verosímil.
—Da lo mismo —respondió Axkaná—. Sigue adelante.
El Chevrolet reasumió entonces la carrera, pero una vez en la glorieta de Cuauhtémoc, el chofer no torció por Insurgentes, según requerían las señas dadas (Londres 135), sino que continuó en la dirección que traía. «Va a entrar por Niza», pensó Axkaná, que solía ir también por ese otro derrotero. Mas nuevamente, a la altura de la calle de Niza, Axkaná se sorprendió al ver que el auto seguía por la Reforma en lugar de tomar por las calles transversales. Aquello produjo en Axkaná un principio de inquietud.
—Te dije Londres 135 —gritó al chofer. A lo cual éste, volviéndose a medias, replicó:
—Si, mi jefe; Londres 135. Voy a entrar por Florencia, porque por allí el piso, que está mejor, no me rompe las muelles.
Así fue. Al llegar a la plaza de la columna, el Chevrolet, bordeando la explanada circular, vino a salir a la calle de Florencia, que surgió de improviso, a la luz de los fanales, en toda su desnudez de paraje desierto: ni un árbol, ni una casa. Sólo que ahora el Chevrolet, en contraste con su rapidez de antes, rodaba con inexplicable lentitud. Cosa aún más extraña: el chofer, no obstante que nada parecía obstruir la calle, hacía dar el claxon repetidos cacareos.
Más inquieto, preguntó Axkaná:
—¿Por qué tocas?
—¿Mi jefe?
—Que ¿por qué tocas?
—Por ese coche, mi jefe, que está atravesándose delante.
Axkaná no veía coche alguno e iba a decirlo. Pero notó, tres metros más lejos, que la lentitud se hacía mayor, y que entonces, a la altura de la esquina próxima, brillaban de pronto, y se venían sobre el Chevrolet, los fanales de otro automóvil, que pareció partir de la calle de Hamburgo.
Aquella luz, poderosísima, cegó a Axkaná, borrándole de un golpe toda noción de la topografía de la calle. El chofer, sin duda encandilado también, paró. Pero eso duró apenas unos segundos; el otro automóvil se había acercado hasta rozar el flanco del que Axkaná ocupaba, y en seguida, rebasándolo un poco, dejó que los fanales de éste alumbraran de nuevo hasta perderse la corriente de luz en el trazo paralelo de las aceras.
Axkaná tuvo entonces la certeza de que el auto misterioso acababa de parar a espaldas del Chevrolet, y notando, al propio tiempo, que su chofer no daba señales de seguir adelante, comprendió, por fin, la emboscada en que había caído. Se incorporó rápidamente y trató de llevar la mano al revólver, pero el tiempo de que dispuso fue tan corto que no le alcanzó ni para desabrocharse el gabán. Unos por la izquierda, otros por la derecha, dentro del Chevrolet se alargaron cuatro brazos armados de pistolas. Dos le apuntaban a él y dos al chofer y al ayudante.
—¡Manos arriba!
Axkaná, sin moverse, preguntó:
—¿De qué se trata?
—Se trata de que levanta usted las manos o le aflojo un tiro.
Aquella voz parecía hablar muy en serio. Acto seguido añadió:
—¡Manos arriba y bájese de ay!
Tampoco esta vez levantó Axkaná las manos: se limitó a mostrarlas, vacías, a la altura del pecho. Con ellas así, se apeó del automóvil, mientras enfrente de él el chofer y el ayudante, dóciles horquetas hechas de sombra, se recortaban contra el río luminoso de los fanales.
Una vez al pie del coche, Axkaná se vio rodeado de cuatro hombres. Ninguno de los cuatro llevaba sombrero, pero dos se ocultaban el rostro y parte del cuerpo con algo blanco —un trapo al parecer, o un periódico—. Y Axkaná no consiguió ver mucho más. Cerca de los coches las tinieblas eran profundas a causa de la región luminosa que las circundaba. Porque de un lado alumbraban los fanales del Chevrolet hasta los edificios distantes, mientras del lado opuesto, los fanales del otro coche mandaban su luz hasta la columna de la Independencia. Y así, entre coche y coche, el islote de negrura se hacía impenetrable.
Uno de los desconocidos había procedido desde luego a vendar los ojos de Axkaná, en tanto que otro, tras de quitarle el revólver, seguía registrándole los bolsillos. Los dos lo agarraron en seguida por los codos, lo hicieron caminar y lo obligaron, a empujones, a subir al automóvil que traían.
—¡Échese allí! —le ordenó la misma voz.
Y una mano que se le cargaba sobre el hombro lo hizo caer sobre el suelo del coche. Lo rozaron pies. Sintió que le aplicaban en la cara, cerca de la boca, el cañón de una pistola.
La voz le dijo:
—Si se mueve o grita, lo tizno, ¡la verdad de Dios!

II
Camino del Desierto
Vendado de los ojos e impedido de moverse como estaba, Axkaná se entregó por de pronto a reflexionar.
Le crecía en la conciencia, hasta adquirir proporciones enormes, la sensación fría de la pistola que le apoyaban contra la cara. Percibía también —esto con poderes casi microscópicos—, a través de la venda, del cabello, de los vestidos, el áspero contacto del tapete del automóvil. Pero más inmediata que tales evidencias físicas, más imperativa que ellas, era la duda que lo impelía a conjeturar el origen de su secuestro, para luego inferir de allí la posible conducta de sus secuestradores.
«¿En manos de quién estoy —se preguntaba, todavía con el mareo de la sorpresa—: en manos de una partida de forajidos o de un grupo de agentes del Gobierno?» Y su vehemente deseo era que los secuestradores resultaran bandidos, bandidos de lo peor, pero en ningún caso sicarios gobiernistas. «Porque en México —se dijo en el acto, y el concepto le vino preciso como nunca— no hay peor casta de criminales natos que aquella de donde los gobiernos sacan sus esbirros.»
Entonces, más por asociación de emociones que de ideas, relacionó con el asalto que acababa de sufrir en plena noche la escena de los individuos que habían estado espiándolo a la puerta del Frontón Nacional y la charla, tan extraña, tan reticente, de la criada de la Mora.
Sus reflexiones no duraron arriba de varios segundos, pues el auto vino a quitarlo de ella al ponerse en movimiento.
Vagos resplandores, perceptibles a pesar de la venda que le apretaba los párpados, le hicieron presumir que el coche pasaba de la calle de Florencia al Paseo de la Reforma; y como, a la vez, su cuerpo se desplazó de modo que indicaba un viraje a la derecha, a partir de ese momento se dispuso a seguir con la imaginación —con la imaginación ayudada del oído y del sentido de los músculos— la ruta por donde lo llevaban.
Un cambio en la trayectoria del coche, aunque sumamente leve, le indicó el tránsito de otra glorieta del paseo. Se percató en seguida de que tornaban atrás; luego, de que viraban sobre el mismo lado que al principio. Iban, de seguro, por la Colonia Cuauhtémoc… Otra vuelta a la derecha, una a la izquierda, a la derecha otra vez… Corrían a lo largo de varias calles.
Adivinó más allá el paso a nivel sobre las vías de la estación de Colonia… «Ahora debemos de ir por Sadi-Carnot»… «Ahora por las Artes»… «Ahora por la Industria»… Nueva curva a la izquierda, más amplia que las últimas, vino a confirmarlo en la hipótesis de que pasarían de la calle de la Industria a la de la Tlaxpana… Llegaban —lo reconoció en el suavísimo ascender de una pendiente— al cruce de la Tlaxpana con la calzada de la Verónica… Rápido viraje del coche hacia el sur… Corrían por la calzada rumbo a Chapultepec: el auto, al salvar los baches, brincaba repetidamente.
Uno de aquellos saltos fue tan brusco que el cañón de la pistola, contra su rostro siempre, lo golpeó con violencia en el pómulo y le produjo una herida. Sintió Axkaná el brotar de la sangre y el escurrir de la humedad tibia hasta la nariz.
—¡Imbécil! —dijo sin moverse—. ¿No comprende usted que así puede írsele un tiro?
Entre su carrillo y el tapete la sangre se extendía. En seguida agregó:
—No veo el objeto de que…
Pero la misma voz que había sonado cuando lo asaltaron no lo dejó concluir:
—¡Cállese, hijo de tal!
Y el cañón de la pistola volvió a golpearlo, sólo que ya no de punta, sino longitudinalmente, mientras en el pecho le asestaban un puntapié.
El automóvil se detuvo entonces unos instantes para hacer diversas evoluciones que Axkaná no pudo seguir más que a medias; aturdido por el dolor, perdió el sentido de dos o tres de aquellos movimientos. Era indudable, sin embargo, que volvían a correr por la calzada. Pero ahora ¿con qué rumbo? ¿Hacia San Cosme? Minutos después, tras nueva vuelta del coche, el piso volvió a ser parejo; parecía de asfalto… Tornaron a hacerse perceptibles por entre la venda vagos resplandores; eran, sin duda, las lámparas de las calles. «Hemos vuelto a la ciudad», pensó… Carrera larga… Muchas vueltas y revueltas… Prolongado correr otra vez…
Hubo un sitio donde el automóvil, sin que la velocidad disminuyera, giró una y otra y otra vez en torno de un círculo perfecto y escapó al fin por la tangente. Se hizo entonces completa la desorientación de Axkaná… La nueva carrera, sobre amplias superficie, planas, persistió largo rato… Al cabo de éste volvieron los baches; luego trepidó el auto, como si cruzara dos pares de rieles; luego se acusaron baches todavía más profundos…
Subir de cuestas, subir… De un lado se dilataba el sonido del motor como en campo abierto, sin el menor obstáculo; del otro, el rosario de las explosiones parecía elevarse e ir acompañando al coche, cual si muros interminables lo contuvieran, lo encajonaron… Cesaron los baches… Se iniciaban, ahora en serie, cuestas, curvas, ondulaciones. Las series se repetían. Recomenzaban otras más… Sobrevino un bajar lento y largo; luego, cual si el automóvil se desviara en el fondo de una barranca, un virar rápido sobre la derecha, seguido de un subir breve, pero pronunciadísimo, y, ya en la cima, una vuelta a la izquierda. De nuevo a correr…
Aquel último enlace de accidentes era para Axkaná cosa muy conocida; la identificó en el acto. Un poco más lejos la relacionó inequívocamente con otras peculiaridades topográficas a cuya aparición se adelantó prediciéndolas. «Sí —pensaba—; vamos por el camino del Desierto», y dentro de las tinieblas de la venda se le iluminó el paisaje: de nuevo sabía por dónde lo llevaban.
De allí a poco se detuvo el coche y en seguida avanzó lentamente, inclinándose sobre una de las ruedas delanteras. Cayó después sobre la otra rueda de adelante mientras la primera ascendía. Luego ocurrió lo mismo con las ruedas de atrás: las dos cayeron y se alzaron en operación alterna.
Habían salvado una de las cunetas… Estaban fuera del camino… El coche, ahora con lentitud, seguía avanzando. Axkaná oía a través del piso el crujir de los neumáticos sobre los terrones; oía el azotar de la hierba doblada por los ejes.
Al cabo de dos o tres minutos de rodar así, el automóvil paró.
Vino entonces un momento de silencio y de quietud infinita. Llegaba al espíritu la majestad de las lomas impregnadas del misterio de la noche, la majestad de la sombra, la majestad de las montañas y del campo… Pero toda esa grandeza se quebró de pronto en el sonido minúsculo de una voz:
—Diles a esos que apaguen.
Sonaron las cerraduras de las portezuelas. Varios hombres, a juzgar por el ruido y los movimientos, se apearon.
—¡Levántese de ay!
La voz era enérgica y ronca.
Mientras Axkaná se incorporaba, dos manos lo cogieron por un brazo y otras lo arrojaron contra el asiento. Ahora sentía apoyársele sobre el pecho el cañón de la pistola.
—Daca el tequila —dijo la misma voz.
Sintió Axkaná que alguien palpaba cerca de su cuerpo. Oyó que movían algo, que rasgaban papeles.
El cuello de una botella vino a tocarle la boca.
—Beba un trago —mandó la voz.
Pero Axkaná, desviando el rostro, respondió firme y tranquilo:
—No bebo.
—¿No bebe?
—No. No bebo.
—Conque no, ¿eh?
Las ondas de la voz siguieron dirección distinta:
—A ver, tú; que te den el embudo del aceite… ¿Conque no bebe?
Se oía el ruido que hacían delante al remover los trebejos del automóvil.
—Conque no bebe… Conque no bebe —repetía la voz.
«Va a ser inútil resistir —pensó Axkaná—. Acaso fuera más juicioso no oponerse.»
Tuvo, sin embargo, miedo de que lo envenenaran:
—Y ¿quién me asegura —preguntó— que es sólo tequila lo que quieren darme?
—Nadie. Y sobran las preguntas. Si quisiéramos envenenarlo o matarlo de otro modo cualquiera, ¿quién lo había de impedir? Pero ya oyó que pedí el tequila. Sienta la botella: está nuevecita, la acabamos de destapar. Beba, pues, por las buenas o por las malas. Traiga la mano… ¿No es ésta una botella?
A despecho de todo, aquel lenguaje hizo cierta gracia a Axkaná. Tocando la botella, dijo:
—Sí, es una botella.
—Beba un trago, pues… Mire: bebo yo primero.
Breve silencio… Chascaba una lengua:
—Buen tequila, ¡la verdad de Dios!… Ahora usted.
Axkaná bebió.
—¿Es tequila o no es tequila?
—Así parece.
La botella seguía apoyada, en parte, en la mano de Axkaná.
—Beba otra vez.
—No, ya no.
—Beba otra vez, le digo… Y nomás no se me mueva tanto, que la pistola puede dispararse.
Y diciendo así, el desconocido volvió a hacer que la botella y los labios de Axkaná se juntaran. Axkaná tornó a beber.
—¿No es buen tequila?
—Sí, sí es bueno… Pero ¿para qué me han traído a este sitio?
—Ande, ande; no sea curioso. Ya se lo diremos en cuantito que esté briago. Empújese otro trago nomás. Y atienda a mis consejos: si sigue moviéndose no respondo de la pistola.
Con el cuello de la botella golpeaba el desconocido los labios de Axkaná. Lo hacía, evidentemente, con intención de causarle daño y mantenerlo dócil. Para que cesara en aquello, Axkaná bebió.
Esta vez el desconocido no se contentó con que Axkaná bebiera como las otras, sino que le metió entre los dientes varios centímetros de la botella y lo obligó a tragar enorme cantidad del líquido. Sintió Axkaná el efecto cálido del alcohol, que casi lo ahogaba, y un comienzo de mareo. De la cara seguía manándole el hilo de sangre; la humedad le bajaba ya hasta la pechera de la camisa.
—Tome otra vez.
Y la voz, orientada a otra parte, añadió:
—Agárrenlo de los brazos, no sea que con la borrachera se nos alebreste.
De nuevo la voz se volvió hacia él:
—Ándele, don tal; tome otro trago. Está aquí para obedecerme.
Axkaná se resistía.
—Bebe por las buenas, ¿sí o no?
Por cuarta vez consintió Axkaná. Y también ahora sus secuestradores hicieron de modo que el trago injerido fuera enorme.
Sentía Axkaná como si tuviera lumbre en la boca, en la garganta, en el pecho; pero en medio de todo empezaba a inundarlo inmenso bienestar. Dos tragos más, que le dieron inmediatamente, no provocaron casi resistencia alguna; entraron en él como droga que libera, que alivia. Pero aquello no duró mucho; momentos después sus sensaciones variaron de golpe. Experimentaba ahora veloces amagos de una borrachera terrible, de una embriaguez extraña que lo inundaba, más que en mareo, en ahogo. Iba sintiéndose otro, otro de segundo en segundo, profundamente otro cada vez que sus arterias, bajo la presión de la sangre, se hinchaban.
Nuevos tragos hicieron que su cabeza se le antojara tan grande como el automóvil, y mayor que la cabeza sentía la herida del pómulo… La venda, ceñida a muerte contra las cejas, le golpeaba las sienes con latidos que eran tremendos martillazos.
—¡Quítenme la venda, quítenmela, por favor!
—Beba otra vez.
Y de nuevo le metieron la botella hasta la garganta. Y no acababa de pasar todavía lo que le echaron en la boca, cuando ya estaban obligándolo a tomar otro trago.
Desde ese momento la operación de hacerlo beber degeneró en continuo forcejeo. Breve rato resistía Axkaná, y luego, exhausto, cedía unos segundos hasta volver a resistir. Así cinco, diez, quince veces. Lo tenían asido por las piernas, por la nariz, por los cabellos. Cuando daba señales de ahogarse lo dejaban descansar y en seguida volvían. Le golpeaban la cara para que abriera la boca; le metían entre los dientes algo parecido a un destornillador.
Finalmente, entre ebrio y desvanecido, fue entregándose. Estaba ahora de espaldas sobre el asiento, y, para mayor facilidad, ya no le daban de beber con la botella, sino con el embudo. Se le mezclaban en la boca, remotos, los sabores del tequila, de la sangre, del aceite… Durante cierto espacio bebió mansamente cuanto le dieron: fue un tiempo largo, larguísimo… Ya no sentía la herida, ni la cabeza, ni el cuerpo. Toda su conciencia era una sola sensación: la de un tubo de metal que se amoldaba a su lengua; la de su lengua escaldada que se amoldaba al tubo de metal.
Y aquella sensación, que por un instante pareció llenar el universo, que fue infinita, empezó a apagarse y desvanecerse, y conforme se desvaneció, todo fue desvaneciéndose con ella.

III
El cheque de la «May-be»
A la una de la tarde del día siguiente Ignacio Aguirre se hallaba solo en su despacho de la Secretaría de Guerra. Ignoraba aún las atrocidades cometidas con Axkaná y esperaba que éste viniese en su busca de un momento a otro, según costumbre de los dos amigos a tales horas. Entre tanto, aguardando, meditaba. Tenía el codo apoyado sobre la mesa —libre entonces de papeles—, el puro en la boca, y los dedos de la mano atentos a acariciar, con deleite, la fina epidermis del tabaco.
Poco antes, por la puerta de la antesala, había entrado un oficial del Estado Mayor con la lista de las personas que solicitaban audiencia. Sin leer los nombres ni cambiar de postura, Aguirre había dicho:
—¿Mucha gente?
—Ochenta y nueve, mi general.
—Muy bien; no recibo a nadie.
Minutos después, por otra puerta, el mismo oficial había vuelto a presentarse. Preguntaba ahora si el ministro celebraría acuerdo esa tarde con los jefes de los departamentos pendientes de turno desde hacía dos semanas. Aguirre, impaciente y con destemplanza, había respondido:
—Cuando haya acuerdo lo comunicaré yo. Dígalo así a los jefes que preguntan… Y usted también, ¿a qué hora va a parar de estarme molestando?
Tras de lo cual, en fuga los entes del mundo oficinesco, el ministro de la Guerra había podido seguir, por trecho considerable, el hilo de sus reflexiones.
Éstas no se referían, como pudiera creerse, a los intereses de la República ni a las labores del ministerio. Aguirre sólo pensaba en su situación personal. Esa mañana había creído descubrir la fórmula aplicable a su lucha con Hilario Jiménez, a su conflicto con el Caudillo, y desde entonces no hacía sino entregarse de lleno, con la morbosidad de la idea fija, a los planes que esperaba llevar muy pronto a la práctica.
Quince minutos habrían pasado así cuando apareció por la puerta del pasillo —puesto el sombrero, el bastón en ristre— la figura de Remigio Tarabana.
—¿Hay paso?
Aguirre no se movió de su asiento, no volvió el rostro siquiera. Se contentó con ver de soslayo al visitante, conforme murmuraba entre dientes y puro:
—Hay paso.
Tarabana caminó entonces hasta el centro de la habitación y allí se detuvo. Traía ese aire, medio irónico, medio cínico, que en él quería decir: «Negocio hecho». Luego, en vista de que Aguirre no se dignaba fijar los ojos en él, se acercó hasta la mesa, acentuando al andar la sonrisa y el talante de su buena fortuna.
—¡Vaya una manera —exclamó— de recibir al mejor de los amigos, o, por lo menos, al amigo más útil!
Y trasladando a los actos el énfasis de las palabras, tiró de una butaca, se sentó, puso en la mesa el bastón y el sombrero y se dio a tamborilear sobre cuanto quedaba a su alcance. Aguirre no se movía.
—Pero ¿es que no hablas hoy? —dijo Tarabana; y agregó luego, soliloquiando—: Veremos si habla o no habla.
Sacó su cartera; de ella extrajo un papelito amarillo, que dobló con esmero, en forma que hiciera puente, y en seguida, poniéndolo sobre la mesa y dándole un papirotazo, hizo que viniera a quedar junto a la mano de Aguirre.
—¡Ahí va eso! —había dicho al tiempo de lanzar su proyectil.
Aguirre volvió entonces de su abstracción. Tomó el papel, lo desdobló y, de una ojeada, leyó en él las líneas de caracteres más visibles. El papelito amarillo era un cheque que decía:
—Bank of Montreal.—Páguese al portador la cantidad de veinticinco mil pesos.—May-be Petroleum Co.—By M. D. Woodhouse.
—No está mal el negocio. El terreno me había costado novecientos pesos.
Y otra vez dejó Aguirre el cheque sobre la mesa.
Tarabana, mientras tanto, empapaba su sonrisa en cinismo e ironía.
—¡Conque al fin hablaste! ¡Conque no estás mudo! ¡Veinticinco mil pesos para que el joven ministro se quitara el puro de la boca y despegara los labios!… Sí, señor; eso es lo que dan por el terreno…, por el terreno y por el servicio, o, si ha de decirse la verdad, sólo por el servicio, pues el terreno, a lo que me figuro, no vale ni cuartilla. Pero en fin, lo importante es que lo dan, y que lo dan sin que haya de firmarse ninguna escritura… ¿Quieres hacerme el favor de guardarte ese cheque en la cartera, en vez de abandonarlo de ese modo, como si nada te importase?
Aguirre dejó el cheque donde estaba.
—Y el servicio —preguntó—. ¿En qué consiste? Dímelo con entera exactitud.
—¡Otra vez! Lo he dicho de doscientas maneras: en dar las órdenes para que los terrenos ocupados por la Cooperativa Militar vuelvan desde luego a la «May-be Petroleum Co.»; y esto en vista de que la compañía (fíjate bien, porque así han de expresarlo las comunicaciones), en vista de que la compañía tiene perfectamente demostrados, a satisfacción de la Secretaría de Guerra, los derechos que le asisten…
—Muy bien, muy bien. Llama a Cisneros y díctale el oficio tú mismo.
—¡No, señor! ¡Nada de Cisneros! Éstos no son asuntos de la secretaría particular. Las comunicaciones debe girarlas el departamento con todos los requisitos que sean del caso. Tal fue el convenio.
—Pero ¿cuándo dijiste tú que había de girarlas necesariamente el departamento?
—Dije que las órdenes debían ir en regla, que da lo mismo… En fin, no discutamos. Si no te parece, desharemos lo hecho: devuelvo sus veinticinco mil pesos a la «May-be» y santas pascuas. Por otra cosa no paso… ¡Qué demonios! Esas gentes hacen demasiado pagando porque se las trate con justicia. ¿Y todavía así vamos a engañarlos? Ni como agente de ellos, ni como amigo tuyo me avengo… Es, además, una vergüenza que la Secretaría de Guerra apoye en sus latrocinios a un grupo de militares bribones que andan organizando empresas petroleras con terrenos ajenos.
—El Caudillo les sugirió la idea.
—Tanto peor… Y así y todo, apuesto lo que gustes a que el Caudillo, y eso a pesar de ser él capaz de apropiarse todo México, no te ha dicho una sola vez que autorices el despojo de la «May-be».
—Francamente no me lo ha ordenado nunca; pero con embozo, no una vez, muchísimas.
—Pues desautoriza entonces lo que se pretende, porque es un robo. Lo aseguro yo.
Aguirre estuvo un momento pensativo. Luego, tomando el cheque de sobre la mesa, observó:
—¿Y esto, Tarabana? ¿No hay también algo parecido al robo en el simple hecho de que acepte yo este dinero que tú me traes?
—Depende, hombre, depende… Axkaná, por ejemplo, diría que sí; pero Axkaná es hombre de libros. Yo, que vivo sobre la tierra, aseguro que no. La calificación de los actos humanos no es sólo punto de moral, sino también de geografía física y de geografía política. Y siendo así, hay que considerar que México disfruta por ahora de una ética distinta de las que rigen en otras latitudes. ¿Se premia entre nosotros, o se respeta siquiera al funcionario honrado y recto, quiero decir al funcionario a quien se tendría por honrado y recto en otros países? No; se le ataca, se le desprecia, se le fusila. ¿Y qué pasa aquí, en cambio, con el funcionario falso, prevaricador y ladrón, me refiero a aquel a quien se calificaría de tal en las naciones donde imperan los valores éticos comunes y corrientes? Que recibe entre nosotros honra y poder, y, si a mano viene, aun puede proclamársele, al otro día de muerto, benemérito de la patria. Creen muchos que en México los jueces no hacen justicia por falta de honradez. Tonterías. Lo que ocurre es que la protección a la vida y a los bienes la imparten aquí los más violentos, los más inmorales, y eso convierte en una especie de instinto de conservación la inclinación de casi todos a aliarse con la inmoralidad y la violencia. Observa a la policía mexicana: en los grandes momentos siempre está de parte del malhechor o es ella misma el malhechor. Fíjate en nuestros procuradores de justicia: es mayor la consideración pública de que gozan mientras más son los asesinatos que dejan impunes. Fíjate en los abogados que defienden a nuestros reos: si alguna vez se atreven a cumplir con su deber, los poderes republicanos desenfundan la pistola y los acallan con amenazas de muerte, sin que haya entonces virtud capaz de protegerlos. Total: que hacer justicia, eso que en otras partes no supone sino virtudes modestas y consuetudinarias, exige en México vocación de héroe o de mártir.
Aguirre había escuchado el discurso de Tarabana con demostraciones de complaciente incredulidad. Esbozaba sonrisas. Nada respondía. Tarabana prosiguió:
—Conque ya lo sabes. ¿Te sientes héroe? Devuélvele su cheque a la «May-be» y hazle justicia gratuitamente, de oficio. Porque devolverle el cheque y dejarla en el aprieto no sería honrado tampoco: equivaldría a ponerse de parte de los que roban. ¿Que no te sientes héroe ni cómplice del salteador? Muy bien; entonces debes aceptar lo que se estima que vale tu servicio y prestarlo. Exigir más de ti se pasaría de lo justo. La nación te paga porque seas ministro de la Guerra (cargo que ocupas por motivos del todo ajenos al sueldo), pero no te paga para que concites en contra tuya los odios y los riesgos de proceder rectamente. Así las cosas, lo verdaderamente honrado consiste en obrar bien a cambio de honorarios equitativos. ¿Cuánto valen los terrenos que pelea la «May-be»? Dos o tres millones de pesos. ¿A ti cuánto puede costarte el simple hecho de declarar que los títulos de la compañía son legalmente intachables? No lo sabes tú mismo: el rompimiento final con el Presidente, el odio de muchos generales, tu carrera política, tu vida… ¿Por qué, pues, ha de haber robo en el hecho de que aceptes una pequeñísima suma a cambio de actos que, si no los ejecutas, te colocan de parte de los verdaderos pícaros, y si los ejecutas te exponen, de seguro, a dar tarde o temprano más de lo que ahora recibes? Créeme que, procediendo así, tú o cualquier ministro de los gobiernos de México se portan con mayor honradez que los cirujanos que cobran cinco mil pesos por una operación o los abogados que ponen minutas de cien mil. Quiero decir que los ministros, en tales casos, explotan menos su capacidad, ganan más a conciencia su dinero.
Aguirre, con el cheque entre los dedos, seguía sonriendo. Al fin exclamó:
—¿Quieres que te diga la verdad, Tarabana? Eres un sinvergüenza de mucho talento y yo, aunque sin tu talento, soy otro sinvergüenza.
—¡Hombre!
—… Sí. Ahora, que a mí me queda una virtud que tú ya has perdido: la de no justificarme, la de saber que soy un sinvergüenza y reconocerlo de plano. ¿A que no lo declaras tú con la misma sencillez?
—Diría una mentira.
—Dirías la verdad; sería entonces cuando dirías la verdad…
—Yo te aseguro…
—¡Ah! ¿No? Muy bien, muy bien; dejemos entonces el punto y vamos a lo que importa. Mira: me embolso los veinticinco mil pesos. Voy también a darte las comunicaciones según las quieres. Pero ya que hablas de moral, no confundas los móviles. ¿Sabes por qué tomo el dinero? No porque me figure que el tomarlo está bien hecho; no soy tan necio. Lo tomo porque lo necesito, razón, ésta sí, definitiva, concluyente: «Porque lo necesito». En cuanto a tus silogismos, no podrían convencerme; son buenos para los acomodaticios y los pusilánimes, y yo, aunque sinvergüenza, no me rebajo a tal extremo. Soy un sinvergüenza, pero un sinvergüenza dotado de valor y de voluntad.
Al pronunciar las últimas palabras, Aguirre había tocado uno de los timbres que se alineaban sobre la mesa. Segundos después su secretario particular apareció.
—Señor Cisneros —ordenó el ministro—, vaya usted en persona, se lo ruego, a la oficina del general Olagaray y dígale que se presente inmediatamente trayendo el legajo de la «May-be».

IV
Últimos días de un ministro
El general Olagaray entró en el despacho del ministro de la Guerra esparciendo miradas recelosas y apretando contra su pecho el nutrido expediente de la «May-be». En el acto se echaba de ver, por el vigor con que sujetaba los papeles, la enorme importancia que para él, personalmente, tenía la materia en ellos consignada. Era alto, robusto, encendido de color. Cabellera y bigote, ya entrecanos, hacían contraste con su piel, de apariencia joven y sanguínea, de igual modo que toda su figura cobraba visos inexplicables frente a la persona de Ignacio Aguirre: todo en Olagaray trascendía a soldado viejo, a soldado de carrera; todo en Aguirre, a improvisación juvenil.
—Estoy a sus órdenes, mi general —dijo saludando al ministro con la rigidez académica de los antiguos jefes federales. Y luego, tras de volverse con leve inclinación de cabeza hacia Remigio Tarabana, que fingía mirar la calle desde el hueco de un balcón, se mantuvo firme a dos metros de la mesa, seguro de que el ministro, como de costumbre, lo invitaría a sentarse. Su tono había sido hipócrita; sus ademanes, serviles.
Aguirre no sólo lo dejó esta vez en pie, sino que esperó adrede a que pasaran varios segundos antes de dirigirle la palabra. Cuando por fin empezó a hablarle, lo hizo con gravedad ambigua, tan pronto solemne, tan pronto irónica.
—Lamento mucho, compañero —dijo el ministro— tener que comunicarle a usted una mala noticia… Lo he llamado para que terminemos de plano el embrollo de esa compañía petrolera: la «May-be». Sé que usted es el más interesado en que se resuelvan de modo adverso las peticiones de la compañía, lo que vale tanto como decir que no habría yo tardado más de un minuto, si de mi sola voluntad dependiera, en dar las órdenes que lo dejaran a usted satisfecho. Desgraciadamente, no puede ser. He pensado bien la cuestión, la he estudiado con toda calma, y mi resolución es contraria a los intereses de usted y de sus amigos. La Cooperativa Militar debe desprenderse en el acto de los terrenos que ocupa; más aún, no debe volver a hablar de que esos terrenos le pertenecen bajo ninguna forma, ni pretender tampoco, esto mucho menos, apoderarse otra vez de ellos por la fuerza… Atienda usted, pues, a que se escriban inmediatamente las comunicaciones y telegramas necesarios y tráigalos en seguida para que los firme… Los oficios, no lo olvide, deben venir registrados ya y puestos en los sobres correspondientes. De ese modo la secretaría particular se encargará de remitirlos a su destino. Quiero que así se haga.
El general Olagaray, bermejo como era, se había puesto blanco: sentía írsele de entre los dedos el gran negocio de su vida. En un principio balbuceó expresiones servilmente aprobatorias; pero después, repuesto en parte, sobreponiéndose a los efectos de la sorpresa, aventuró frases de naturaleza más firme:
—Sólo una observación quisiera hacerle, mi general, si usted me lo permite.
—Hágala, compañero, hágala.
—Los terrenos tomados a la «May-be» son, como usted lo sabe sin duda, la única esperanza sólida de la Cooperativa Militar. Una vez devueltos, la Cooperativa deberá considerarse en quiebra.
—Sí, es muy posible. ¿Y qué?
—Que el señor Presidente de la República, cosa que de seguro usted no ignora tampoco, nos hizo la promesa de darnos todo su apoyo. Él mismo señaló los terrenos de la «May-be» como los más a propósito para que la Cooperativa Militar naciera en condiciones bonancibles.
Por un momento el general Olagaray se calló. Aguirre había sacado de uno de los cajones de su mesa una hoja de papel y trazaba en ella, rápidamente, varios renglones: el rasguear de la pluma ponía a descubierto en el silencio de Olagaray abismos serviles, falsedad respetuosa y sumisa. Hecho por Aguirre el garabato de la rúbrica, Olagaray se dispuso a proseguir:
—Indicaba yo, mi general, que de seguro conoce usted las promesas que nos hizo el señor Presidente…
—El Presidente, compañero —repitió el ministro—, no puede haberles prometido a ustedes que sancionaría un verdadero despojo. Hablemos claro: ¿a quién pertenecen legítimamente los terrenos en disputa: a la Cooperativa o a la «May-be»?
Olagaray contestó con firmeza súbita, con firmeza extraña después de sus vacilaciones anteriores.
—Como director de la Cooperativa, declaro que los terrenos son nuestros, mi general; los ocupamos en virtud de decretos que anulan, o que al menos ponen en tela de juicio, las malas concesiones hechas bajo Don Porfirio…
—Sí, sí, conozco la historia. Pero no confundamos los papeles; yo no hablo ahora con el director de la Cooperativa Militar, entidad ajena a esta Secretaría, me dirijo al jefe de uno de los departamentos del ministerio, al funcionario público. Juzgando con los documentos que tiene usted en la mano, ¿a quién asiste mejor derecho: a la Cooperativa o a la «May-be»?
—Si sólo se atiende al antecedente legal, es decir, si se descarta lo que es aquí más importante: las consideraciones de orden revolucionario…
—La Revolución no puede servirle de argumento. Acuérdese de 1913, cuando mandaba usted las tropas huertistas en Sonora; nosotros representábamos «las consideraciones de orden revolucionario»; usted luchaba por quienes las querían aplastar. Aténgase, pues, a las consideraciones legales y respóndame con franqueza.
—Legalmente… el derecho… parece favorecer a la «May-be»…
—Muy bien, compañero. Eso es todo lo que nos interesa. Si a juicio de la Secretaría los terrenos pertenecen a la «May-be», yo, en mi carácter de ministro, no autorizo ni solapo que un grupo de militares se prevalga de sus armas para declararse dueño de esos terrenos. ¿Me comprende usted ahora?
—Sí, mi general.
Aguirre tendió entonces al general Olagaray el papel donde había escrito poco antes.
—Ahí tiene usted el acuerdo. Espero los oficios dentro de media hora. En todos ha de transcribirse, textualmente, lo que el acuerdo dice: que los terrenos se devuelven a la «May-be», porque ésta ha probado, a satisfacción de la Secretaría de Guerra, que sus derechos no pueden ponerse en duda… Hasta la vista, compañero.
No bien cerró la puerta Olagaray, Remigio Tarabana se soltó comentando la escena. Decía, conforme caminaba desde el hueco del balcón hasta el centro de la pieza:
—¡Eso es! ¡Así se hace! Lleva la estocada hasta la bola. Si antes te odiaba, en este instante te mataría. Pero la verdad es que no merece conmiseración ninguna; es un tipo despreciable. ¡Un general federal que se dejó derrotar diez veces, siempre por pura cobardía, y que ahora tiene a mérito haber contribuido con sus propias derrotas, como él dice, a la gloría militar de la Revolución! Si el Caudillo fuera menos farsante, en vez de protegerlo lo mandaba fusilar.
En aquel momento se abrió la puerta de la antesala y entró el ayudante de guardia. Tarabana se detuvo. El oficial se acercó a la mesa del ministro, le entregó una tarjeta y, casi en el oído, le murmuró algunas palabras.
Después de leer la tarjeta, observó Aguirre en alta voz:
—No es cierto; no la conozco ni de nombre… ¿Qué aspecto tiene?
—A mí me parece muy bien, mi general.
Sonrió Aguirre. Luego preguntó:
—¿Y dijo eso? ¿Que en cuanto supiera yo que se trataba de ella la recibiría?
—Así dice, mi general.
Aguirre tornó a mirar la tarjeta, mientras repetía con ánimo y gestos evocadores:
—Beatriz Delorme… Beatriz Delorme… ¿Quién podrá ser?
Ahora era el oficial quien sonreía. Tarabana, de pronto, estalló en carcajadas:
—¿Beatriz Delorme? Que ¿quién es Beatriz Delorme? ¡La Mora, hombre! ¿Quién había de ser?
Aguirre rió también mientras ordenaba:
—Hágala usted pasar en seguida.
La Mora era, en efecto. Venía agitadísima, nerviosa, lo que contribuía a que su semblante no fuera aquel que sus amigos estaban acostumbrados a admirar en las horas de la disipación nocturna. Algo marchita, algo cansada, se empañaba su belleza, como si en aquella hora diurna la deslustrara la luz del sol.
Entró hablando apresuradamente:
—Perdóname, Nacho, perdóname si por culpa mía se quebrantan tus órdenes, tus consignas, como tus oficiales dicen; pero estoy…
Aguirre y Tarabana habían avanzado hasta ella. Entrambos la tomaban por los brazos y la llevaban hacia el sofá. Aguirre, entre tanto, le decía:
—¡Consignas! Para ti, Mora, no hay consignas. Tú mandas aquí, aquí como en todas partes. Vamos, siéntate; dinos lo que te pasa. ¿En qué te puedo servir?
—Vengo… No, no sé decirte cómo vengo: vengo verdaderamente desolada…
Y estuvo a punto de romper a llorar.
—Pero ¿qué te sucede? Dilo.
—No, si no es a mí; se trata de Axkaná.
La jovialidad de Aguirre se nubló de un golpe.
—¿Le ocurre algo a Axkaná?
—Sí; algo muy grave, algo gravísimo… Verás: yo salgo ahorita de la Inspección General de Policía, o, mejor dicho, de estar con el inspector. Anoche, a eso de las once, me llevaron detenida por cosas que no valen la pena de contarse. El inspector, para dejarme salir, quiso imponerme ciertas condiciones; y como yo, por lo que tú quieras, me encapriché en no darle gusto, el tiempo se nos fue pasando en dimes y diretes. Mientras más pesado se ponía él, yo más lo toreaba. Así dieron las doce, la una, las dos. Como a las tres de la madrugada vino a hablar con el inspector el jefe de las comisiones de Seguridad, ese a quien llaman el Alcayata…
—¿Zaldívar?
—Ese mismo: el coronel Zaldívar. Yo estaba en una pieza; ellos se pusieron a hablar de sus cosas en la pieza contigua. Al principio no me importó lo que pudieran decirse; sólo me llegaba el runrún de sus voces; pero de repente me acometió el miedo de que quisieran hacerme algo y me acerqué hasta la puerta para ver y oír. Entonces mi curiosidad fue enorme, porque oí, clarito, que pronunciaban dos veces seguidas el nombre de Axkaná. Por desgracia, ellos estaban en el otro extremo de la habitación y todo lo decían tan bajito que era como si se secretearan. Algo me llegaba, sin embargo; cogí dos o tres frases y muchas palabras sueltas. Zaldívar, a lo que parece, contaba al inspector que habían plagiado a Axkaná cuando salió del Frontón Nacional; que lo llevaron por el camino del Desierto y que lo echaron no sé donde, después de hacerle algo que no entendí bien: hablaban mucho de tequila, del automóvil, del embudo, del aceite. El inspector dijo varias veces, y tan claro que todavía estoy oyéndolo: «Oye, ¿y si se muere?». Y Zaldívar contestó una vez: «Si se muere, que se muera. Cosas más raras se han visto».
Aguirre no esperó a que la Mora se extendiera más en su relato. Fue precipitadamente a su escritorio, y tras de tocar allí uno de los timbres, se acercó a la puerta. Segundos después entró Cisneros, el secretario particular.
—Llame usted inmediatamente por teléfono —dijo Aguirre— a la casa del diputado Axkaná González; si está, que se ponga en el acto al aparato… Pero aprisita, Cisneros; la cosa urge.
Cisneros no tardó mucho en volver. Venía ahora demudado; no se decidía a trasmitir su mensaje.
—¿Qué hay? ¡Dígalo pronto!
—Sí se halla en su casa don Axkaná, mi general; pero no puede venir al teléfono… Dicen que casi está agonizando.
—¡Agonizando! —gritó la Mora—. ¡Agonizando! ¿Ya lo ven?
Y se deshizo en llanto.
Con serenidad perfecta —serenidad que resaltaba sobre el fondo de su precipitación nerviosa de los minutos anteriores— Aguirre fue a tomar el sombrero y el bastón y tornó a acercarse al sofá. Pasó la mano sobre el hombro de la Mora, toda estremecida de sollozos, y, acariciándoselo, le dijo:
—Gracias por el servicio, Beatriz. Eres una excelente amiga. Ahora tranquilízate, vete a tu casa. No enteres a nadie de lo que oíste anoche en la Inspección; tampoco digas que has venido a contármelo. Tarabana y yo vamos desde luego a ver a Axkaná, y dentro de un rato te mandaremos aviso de si efectivamente se encuentra como dicen.
En la maniobra de ir a coger a su vez sombrero y bastón, Tarabana dejó que Aguirre se le adelantara varios pasos, y antes de salir tras él, hizo una seña a Cisneros para que se acercara. En la puerta, tomándolo por el brazo, le dijo:
—El general Olagaray no tardará en venir con unos papeles; dígale usted que se los entregue, que es orden del ministro… Se trata de la «May-be»… Negocio muy importante… ¿Me comprende usted? Algo le va en ello. ¡Palabra!
Y salió.

V
Zaldívar
En casa del diputado Axkaná González todo andaba conmovido y revuelto desde las primeras horas de aquella mañana. Entraban y salían amigos y conocidos; daban órdenes tres médicos; la campanilla del teléfono sonaba continuamente. Y mientras tanto, como fondo a propósito para el resalte del extraordinario trajín, la madre y las hermanas de Axkaná no cesaban en sus lamentaciones.
Ignacio Aguirre llegó alrededor de las tres, acompañado de Tarabana y pidiendo en seguida lo pasaran a la habitación del enfermo. Así se hizo. La pieza, con los dos balcones totalmente abiertos, estaba inundada en luz —luz de tonos todavía meridianos, nacida, al parecer, de los dos rombos deslumbrantes que el sol cortaba en una orilla del piso—. Se oía a lo lejos, por la Reforma, el claxon de los automóviles que pasaban, y más lejos aún, hacia la calzada de Chapultepec, el sordo estrépito de los tranvías. Ruido y luz, disueltos de pronto en una sensación única, fueron un momento, para Aguirre, presencia imponderable del espíritu de su amigo; por vez primera se asomó él también a ese sentido que Axkaná buscaba siempre en la fisonomía de cada hora.
Aguirre se mantuvo varios minutos cerca del lecho, tan inclinado el cuerpo sobre el del enfermo, que casi lo tocaba con la cara. Quería confirmar con la vista, con el oído, con el tacto las sospechas que había despertado en él la relación de la Mora. Mas no por mucho acercarse oyó otra cosa que roncos estertores, ni vio nada aparte del montón de vendas que envolvían la cabeza de Axkaná, y un brazo desnudo, con fuertes magullamientos en la muñeca, cuyas manchas lívidas contrastaban con la palidez perfecta de la mano.
Media hora después, hablando a solas con el médico de la casa, Aguirre quiso conocer la explicación científica del suceso o, por lo menos, las impresiones que del suceso se tuvieran. El médico, de muy poco temple, por lo que se veía, empezó queriendo escabullirse. Lo azaraba la presencia del joven ministro de la Guerra, cuya sola proximidad era para él, como buen profesionista mexicano, anuncio de vitandas complicaciones políticas y tremendas molestias personales.
—Yo mismo, señor general, no me lo explico —decía—, o, si lo prefiere usted, me lo explico demasiado; es un simple caso de intoxicación, de intoxicación por alcohol.
Tales sujetos, huidizos o pusilánimes, eran para Aguirre presa fácil. De la mirada débil, con opacidades de fatiga, los ojos del ministro saltaron de súbito a la otra mirada, a la que descubría misteriosas y tenebrosas profundidades evocadoras de las peores escenas de la Revolución.
—¿Caso simple le parece a usted? —Y las palabras sonaron a lo que lucían los ojos.
El médico tartamudeó algo. Luego dijo:
—Me parece simple en cuanto a la causa, en cuanto al alcohol… Ya en los efectos, la apariencia se complica. Comprendo, sí, que siendo los síntomas tan agudos, apenas se crean… Por otra parte, es casi imposible que un hombre sobrio habitualmente, como Axkaná, alcance a ingerir la cantidad de alcohol que él parece haber tomado. En la mañana, al recogerlo de la calle, rezumaba tequila, literalmente, hasta por las uñas. Lo hallaron no sé dónde, cerca de aquí, según dicen… Desde entonces está como usted lo ve; no lo arrancan del coma las reacciones más enérgicas que permite la prudencia… A juzgar por las heridas y contusiones de la cabeza, debe de haber sostenido una riña feroz. Tiene rotos tres dientes; flojos, no sé cuántos…
Aguirre, ya impaciente, lo atajó:
—Hablemos claro, doctor. Harto sabe usted que esos golpes no los ha recibido Axkaná en riña alguna.
—¿Yo?… ¿Cómo había yo de saberlo, señor general?
—Facilísimamente. ¿Le ha examinado usted las manos?
—Sin duda, como todo el cuerpo.
—Pues bien: yo, que apenas se las he visto, estoy seguro de que con ellas no dio Axkaná un solo golpe. ¿De qué riña está usted hablando entonces?
Las evasivas del médico cobraron nuevo giro.
—Yo no soy un político, señor general; yo no me meto en esas cosas.
—Por supuesto, doctor, ni lo pretendo tampoco. Pero es usted médico de esta casa y está obligado a no encubrir lo que debe saberse. ¿O prefiere usted el bochorno de que llamemos a persona que nos inspire más confianza?
—¡No, eso de ninguna manera! Estoy enteramente a sus órdenes. Y para que no haya equívocos le confesaré desde luego que también a mí me asaltan ciertas sospechas. Es posible que el tequila no lo haya bebido Axkaná, sino que se lo hayan hecho tragar de modo violento.
—Eso es lo primero que debió usted decirme.
El médico se arrepintió:
—Claro que se trata de una mera hipótesis.
—¡Cómo de una hipótesis! ¿Y los dientes? ¿Y la lengua? ¿Y los brazos?… Pero vamos ahora a lo que importa: ¿está usted seguro de que sólo es alcohol?
—¡Hombre! Seguro no. En esto no se está nunca seguro. Pero si no es alcohol, no veo qué pueda ser. Lo único terrible, salvo que me engañe, es la cantidad. ¿Nota usted cómo llega hasta aquí el olor del tequila?… Todavía se le filtra por todos los poros…
Adrede prolongó Aguirre su visita a la casa de Axkaná hasta las últimas horas de la tarde; de modo que no estuvo de regreso en su despacho de la Secretaría de Guerra sino bien pasadas las seis. En el ascensor había dicho a Tarabana, que aún lo acompañaba:
—Ahora sí, te lo aseguro, me han colmado el plato. Pero no lo tolero una hora más. ¡Ni un minuto más! Esta misma noche estarán en mi poder las pruebas de la trama, y mañana… Mañana ocurre una de dos cosas: o renuncia Hilario Jiménez, o renuncio yo después de romper con el Caudillo. ¿Quieren a fuerza que luchemos? Pues iremos a la lucha; que al fin y al cabo, en política, en México, todos pierden. Veremos ahora a quién le toca.
El secretario particular acudió al despacho del ministro trayendo un rimero de papeles que puso sobre la mesa. Aguirre, breve, preguntó:
—¿Qué es?
—La firma, mi general.
—Hoy no firmo. Que me comuniquen con la Inspección General de Policía; que se ponga al teléfono el inspector general.
Ya Cisneros recogía los papeles, cuando advirtió el guiño que le hacía Tarabana. Entonces separó con rapidez varios pliegos y volvió a depositarlos frente al ministro.
—Estos oficios —dijo— me los entregó el general Olagaray. Aseguró que eran muy urgentes. ¿Los dejo aquí o también me los llevo?
—Sí, déjelos. Mientras los firmo, llame usted mismo a la Inspección.
Salió Cisneros y Aguirre se puso a firmar. Tarabana lo ayudaba: aplicaba el secante, volvía las hojas. Luego cogió los dos primeros oficios y se puso a leerlos cuidadosamente. Así que terminó la lectura, le preguntó Aguirre:
—¿Te satisfacen?
—Más de lo que esperaba; con esto, aunque renuncies, la «May-be» queda a salvo por ahora. Si te parece, llevaré las comunicaciones yo mismo. Es más seguro.
Minutos después el ministro de la Guerra hablaba por teléfono con el inspector general. Corta y amistosa, la conversación no tuvo nada de extraordinaria. Aguirre se limitó a requerir, para una investigación urgente de la Secretaría, los servicios del coronel Zaldívar, jefe de las Comisiones de Seguridad, y los de otros dos agentes eficaces. Es decir, que su petición no se apartaba mucho de las que hacía frecuentemente.
Colgado el audífono, Aguirre llamó al oficial de guardia, a quien dio diversas órdenes, y preguntó luego:
—¿Está allí Cahuama?
—Sí, mi general.
—¿Y Rosas?
—También, mi general.
—Bien. Diga usted a Cahuama que dentro de unos minutos iré a su casa con otras personas. Él y Rosas vendrán también. Que se alisten, que bajen al patio de la Secretaría y que cuando me vean salir del ascensor se acerquen a mí y suban conmigo al automóvil. Conviene que el chofer sepa desde ahora a dónde vamos; así no tendrá que pedir órdenes… ¿Entendido?
—Entendido, mi general.
—¡Ah! Otra cosa. El coronel Zaldívar y dos agentes de la policía se presentarán aquí de un momento a otro. Haga usted pasar al coronel en cuanto llegue; a los agentes, no. Que ellos se queden en la oficina del Estado Mayor y de allí no salgan, por ningún motivo, hasta nueva orden. ¿Me entiende usted? Por ningún motivo, hasta nueva orden.
Serían las siete y media de la noche cuando el automóvil de Aguirre salió de la Secretaría de Guerra rumbo hacia la Lagunilla, barrio de la casa del capitán Cahuama. Iban en él, además del ministro, Tarabana, el coronel Zaldívar y los dos oficiales.
La casa de Cahuama no era de él en realidad, sino de Aguirre; pero Cahuama —antiguo asistente del ministro, ascendido ahora a ayudante del Estado Mayor— era quien vivía en la casa y le daba su nombre. Aguirre la visitaba sólo de tarde en tarde, para ciertas citas o entrevistas, lo cual la había hecho famosa en el barrio, tanto por los magníficos coches que entonces esperaban a la puerta, como por las ponderaciones de tenderos y cantineros vecinos, satisfechos de lo mucho que allí se consumía. Aparte Cahuama y una criada, dos o tres soldados de la escolta de Aguirre habitaban siempre en la casa.
Todo estaba cerrado y a oscuras cuando el automóvil se detuvo frente al zaguán. Un soldado vino a abrir. La criada acudió, franqueando puertas y encendiendo luces.
Entraron. En la sala, o lo que hacía sus veces, la criada se apresuraba ya a descorrer los pasadores de los balcones cuando Aguirre la contuvo:
—No; deja echadas las maderas y vete. Si algo necesito, te llamaré.
Cahuama y Rosas se habían quedado en el corredor. Dentro de la pieza estaban Aguirre, Tarabana y el coronel Zaldívar. Éste era alto, robusto, de cabellera rojiza, que en ese momento reproducía, en parte, la forma del sombrero tejano, quitado poco antes. Su aire, muy tranquilo, aunque alerta, era el normal en los hombres hechos a toda suerte de acontecimientos imprevistos. Fumaba con placidez el puro que Aguirre le dio al salir del despacho y se acariciaba con la otra mano —hábito de observadores— la cadenilla del reloj.
—Siéntese, coronel —dijo Aguirre—. Siéntate —añadió, dirigiéndose a Tarabana.
Y los tres se sentaron: Zaldívar, en el sofá; Tarabana y Aguirre, en los sillones. Luego, tras breve pausa, empezó Aguirre a exponer el asunto que los reunía, lo cual hizo con tono tan tranquilo, que casi parecía indiferente al sentido de sus palabras.
—Como verá usted, coronel, la cuestión es bien sencilla. Se trata del atentado de anoche contra una persona que estimo muchísimo: contra el diputado Axkaná González. ¿Qué se sabe de eso en la Inspección?
Zaldívar contestó con voz no menos sosegada que la del ministro:
—Cualquier cosa, mi general; simples rumores.
—Muy bien; pues con esos rumores que usted conoce y con lo que yo ya sé de fijo vamos a descubrir, si no tiene usted inconveniente, a los autores del crimen… ¿Trae usted pistola?
—Sí, mi general.
—Permítame verla.
Zaldívar sacó su arma y se la entregó a Aguirre, sin que por ello se produjera en la tersura de su naturalidad la arruga más leve. Su semblante era el de un amigo que muestra a otro algo para que lo vea.
—¡Cahuama! —gritó Aguirre tomando la pistola.
Se presentó Cahuama.
—Que el coronel —ordenó el ministro— te entregue sus otras armas, si alguna más trae.
—Nunca llevo más que una pistola, mi general —dijo Zaldívar.
—Por las dudas nos cercioraremos.
Cahuama se puso a cachear al coronel:
—No carga nada, mi general.
—Muy bien… ¡Rosas!
Acudió Rosas. El ministro le tendió la pistola de Zaldívar:
—Tome usted esto y permanezca aquí presente… Tú, Cahuama, trae papel de escribir, una botella de coñac, otra de tequila y tres copas.
Cahuama salió.
—Si mi general me lo permite —observó Zaldívar, todavía con su serenidad íntegra—, haré una aclaración: no hacía falta desarmarme, soy hombre de confianza.
Aguirre, en vez de contestarle, se puso en pie y comenzó a recorrer la sala de un extremo al otro. Mudo en su asiento, Tarabana veía.
De allí a poco Cahuama entró con una de las botellas y el papel. Un soldado traía la otra botella y la bandeja con las copas. Lo pusieron todo en la mesita de centro. El soldado salió.
Aguirre cogió la botella de coñac y sirvió dos copas; luego vertió una de tequila.
—Para usted —dijo a Zaldívar, alargándole la copa de tequila. A Tarabana, en silencio, le dio una de coñac. Para sí cogió él la otra.
—¡Salud!
Los tres bebieron.
—Ahora, coronel, va usted a sentarse a esta mesa y a consignar aquí, en estos papeles, de su puño y letra, lo que usted y otros agentes de la policía hicieron anoche al diputado Axkaná González en el camino del Desierto. Y bueno es que desde el principio advierta usted que no tiene objeto mentir: conozco la historia como si la hubiera vivido.
Zaldívar contestó impasible:
—Yo le protesto a usted, mi general, que no sé una sola palabra de lo que me está usted hablando.
—Pues yo digo lo contrario, coronel: que usted miente.
—No, mi general, no miento…
—Muy bien. Entonces, si no sabe usted lo que le pregunto, va a permitirme que lo entere… ¡Rosas!
—Mi general.
—Salga usted a la calle y dígale al chofer que me mande el embudo del aceite.
Zaldívar entonces, de un golpe, perdió su serenidad. Volvió la vista, acaso sin quererlo, hacia las botellas que estaban sobre la mesa. Y todavía manifestó más su inquietud cuando el capitán Rosas regresó con el embudo en la mano.
—¿Insiste usted en no saber? —preguntó Aguirre, cuya voz se conservaba inalterable.
—Dije ya que no sé nada, mi general.
—Perfectamente. Va usted entonces a sufrir ahora mismo el suplicio que la policía le infligió a Axkaná. Yo, coronel Zaldívar, no pido a nadie que me perdone, por lo cual tampoco perdono. A cambio de confesar por escrito habría usted evitado el tratamiento que merece; pero, supuesto que no confiesa usted, no tengo por qué guardarle consideraciones. Tragará usted a fuerza, con embudo, todo el tequila que le quepa en el cuerpo.
El rostro de Zaldívar había palidecido.
—Usted no hará eso, mi general.
—¿No? Vamos a verlo… ¡Cahuama!
—Mi general.
—¿Hay más tequila en la casa?
—Otras dos botellas, mi general.
—Que las traigan.
El pelo rojizo del coronel Zaldívar contrastaba ya con su piel como la llama con el cirio. Un ligero temblor le sacudía la mano, ocupada en acariciar la cadenilla del chaleco; en la otra el puro se le apagaba. Era palpable, evidente, el cambio que iba operándose en él. De pronto exclamó en tono de voz ajena a su voluntad:
—¡La confesión por escrito sería mi ruina, mi general!
—Eso no lo sé yo, ni me importa. Escribe usted, ¿sí o no?
—Un pacto, mi general: escribo si promete usted protegerme. Póngase en mi caso: fue orden directa de mi general Hilario Jiménez… ¿A mí que me iba ni me venía con hacerlo?… Nunca había cruzado palabra con don Axkaná.
Aguirre vaciló un punto, punto apenas perceptible, y acabó por decir:
—Convenido: lo protegeré a usted en lo que de mí dependa. Pero la relación ha de ser amplia y completa.
Pasó un minuto. Zaldívar se sentó a la mesa y, muy lentamente, fue sacando del bolsillo la pluma, aunque no para escribir en seguida. Antes se sirvió una copa de coñac y se la bebió: la bebió con ansia; la saboreó cual si no quisiera que le quedase en la boca ni el último residuo del tequila que acababa de tomar.

VI
Frutos de una renuncia
Provisto de la confesión autógrafa del coronel Zaldívar, Ignacio Aguirre se dirigió al castillo de Chapultepec la mañana siguiente a la noche en que la confesión le fue hecha.
El Caudillo tomó los tres pliegos que su ministro le daba, los leyó muy despacio, se los guardó y dijo luego, con el aplomo de sus mejores momentos, un aplomo irónico donde se hacían baluarte las irisaciones de la sonrisa:
—Muy interesante relato, sin duda. Pero niego la autenticidad de los hechos. Hilario, como funcionario y como hombre, está por encima de tales pequeñeces.
—¿Y si yo le asegurara a usted que es verdad cuanto ahí se describe?
Aguirre quiso en esta forma cerrar de un golpe todas las salidas.
—Pues entonces creería yo —replicó el Presidente— que la pasión lo ciega a usted, y le recomendaría el camino de los tribunales.
Aguirre, encendido, olvidó sus hábitos de respeto.
—¡Pero a eso yo podría responder, mi general, que los tribunales, para un hombre de la posición política de Jiménez, son también pequeñeces!
—No, Aguirre; no contestaría usted así. Porque esas cosas, cuando yo gobierno, no se dicen en mi presencia.
Y el Caudillo se había quitado los anteojos y había dejado acentuarse, por sobre la nota gris del bigote en desorden, su expresión a la vez riente y dominadora. Le fluían de los ojos, como de tigre, fulgores dorados, fulgores magníficos.
Horas después de aquella entrevista, Aguirre dimitió su puesto de secretario de la Guerra, y, pasados cuatro días, el Caudillo, aceptando la renuncia, la contestó en términos cordiales y elogiosos. En su respuesta mencionaba el Presidente los servicios guerreros del joven general, su entereza en las horas de crisis, su laboriosidad administrativa y hasta su fe en la causa del pueblo.
Muy poca trascendencia, sin embargo, tuvo aquella dulzura epistolar ante otro hecho simultáneo: el nuevo brío de la agitación política al solo anuncio de la renuncia de Aguirre. La nación entera, curiosa ante el forcejeo de los grupos por arrebatarse el poder, sintió entonces que el espectáculo entraba en la fase decisiva. La voz de la calle había dicho que Aguirre y Jiménez se enfrentarían: el choque estaba próximo. Olivier Fernández y sus radicales progresistas habían pugnado en vano por apoderarse de su candidato: ya lo tenían entre sus garras. El general Jiménez con sus partidarios —Ricalde y sus «obreristas», López Nieto y sus «campesinos»— habían hablado de la doblez de Aguirre: ya podían gritar que sus predicciones no fueron ilusorias. Y unos y otros, ya en público, ya en secreto, hacían recuentos y listas de gobernadores y generales: los que cumplirían con su deber apoyándolos a ellos; los que traicionarían a la patria sosteniendo al grupo contrario.
Dentro de tal ambiente, dos o tres semanas bastaron para que la pasión, por sí sola y sin más guía que sus impulsos frenéticos, tomara posiciones. Para nuevo ministro de la Guerra el Caudillo designó al general Martín Aispuro —aquél entre todos los generales revolucionarios, que más odiaba a Ignacio Aguirre—; para Jefe de las Operaciones en el Valle y comandante de la plaza escogió al general Protasio Leyva, comprometido ya, con escándalo, en favor de la candidatura de Hilario Jiménez. Y de esta suerte empezó a realizarse bien lo que tan bien se preparaba.
A los quince días de llegar a su puesto el general Aispuro, rindió un informe al Caudillo sobre el estado en que se hallaba la Secretaría de Guerra. Según el informe, Aguirre no había hecho durante su gestión otra cosa que engañar al Presidente, malversar los fondos públicos y sembrar la corrupción y el desbarajuste en todas las dependencias de la Secretaría y las diversas instituciones militares. ¿Era cierto? ¿Era falso? No importaba saberlo: importaba que Aguirre, entretanto, había aceptado la candidatura que le ofrecían sus amigos. Visto lo cual, el Presidente, muy amante de los golpes teatrales, dio a la prensa el informe de Aispuro y algo más: unas glosas suyas de mucho aparato, entreveradas aquí y allá —porque el Caudillo era también gran acuñador de frases vulgares— con juicios muy lacónicos y muy sarcásticos sobre la incapacidad y la inmoralidad de su antiguo ministro predilecto.
El ex ministro se defendió con palabra breve; tachó el informe de falso y malévolo; dijo que las irregularidades, si algunas había, no eran sino aquellas que se hicieron por orden expresa del Caudillo. Pero, como debía esperarse, las revelaciones al público no pararon allí. Replicó el Caudillo, habló Aispuro, de donde se siguió también que refulgiera en grandes letras, sobre la primera página de los diarios, la confesión del coronel Zaldívar acerca del asesinato frustrado de Axkaná. La policía dio entonces a los periódicos unas declaraciones donde Zaldívar afirmaba que la tal confesión era una superchería. Aguirre, como prueba en contrario, publicó las fotografías del autógrafo. Zaldívar aclaró entonces: la escritura era suya, pero la confesión no; lo habían obligado, con amenazas de muerte, a copiar y firmar un escrito urdido de antemano por el propio Aguirre. Éste, acusado así, produjo testimonios. Zaldívar los impugnó de parciales; los declaró carentes de todo valor. Alguien entonces, en carta anónima, dio a conocer lo que la Mora había visto y oído en la Inspección General la noche de los sucesos. Ella, en entrevista con los periódicos amplió y ratificó valientemente cuanto le constaba; pero la policía, desmintiéndola, le salió al paso; la tildó de cocainómana empedernida; la acusó de estar fichada de tiempo atrás en la Inspección, por sus escándalos y sus vicios, y certificó que la noche del supuesto crimen la Mora había estado recluida en un calabozo de la Inspección, donde la acometieron sin tregua terribles alucinaciones.
Naturalmente, todas aquellas denuncias caían dentro de las prescripciones del Código Penal; pero algo, en cuya virtud los magistrados de justicia se mantenían ajenos al debate, privaba a éste de su verdadera naturaleza: ni los ofendidos acudían a los jueces, ni la justicia procedía de oficio. Una especie de acuerdo tácito —político y nacional—, como que situaba más allá de la ley, o en la región donde las represalias de los grupos eran la única ley, los delitos de aquel orden.
El encono de las pasiones refluyó, desbordándose de preferencia hacia la Cámara, de Diputados. Muchas sesiones interminables —cinco, seis, siete— a cual más tormentosa y tumultuaria, se sucedieron a partir del día en que vio la luz el informe del general Aispuro. Todas ellas se iniciaban con la refriega multitudinaria en la escalinata o en el vestíbulo; la «porra aguirrista» de Olivier agredía a la «porra hilarista» de Ricalde, o viceversa, y de allí a poco, al compás de las embestidas de las «porras» en galerías y tribunas, el desfogue de los discursos —arrebato de la palabra, desenfreno de la idea, vehemencia en bruto— ponía en realce la violencia y la pistola.
Dueños de la mayoría y el quorum, los radicales progresistas llamaron al general Aispuro a informar; querían castigarlo, flagelarlo por el contenido de su informe. Olivier, en uno de sus formidables discursos, lo cogió por su cuenta, lo hizo polvo. Ricalde, el «obrerista», y López Nieto, el «campesino», lo defendieron con elocuente habilidad —habilidad teñida, a ratos, en los más crueles escarnios para Aguirre—. Era como si la insolencia de un bando rebotara en el otro, mientras las galerías, arriba, estallaban de desmán y de insulto.
Pero aun esto mismo se tuvo por debate en escarceo, por preliminar blando. Porque en las sesiones subsiguientes la oratoria vigorosa, masculina —denuesto infamatorio abajo, interjección plebeya arriba— no se vertió ya sólo sobre la honorabilidad privada y política de los candidatos: se propagó hasta sus sostenedores y sus amigos. Olivier denunció a Ricalde como un impostor, como un explotador de obreros que se enriquecía en nombre de los ideales revolucionarios. Ricalde, por su parte, narró la historia del manejo de fondos en el Estado que había gobernado Olivier. Éste ahondó más entonces; hizo inventario de las propiedades de Ricalde antes y después de su encumbramiento como líder; citó sus cuentas en los bancos; pintó su vida —sibarítica, orgiástica— y demostró por último que Ricalde vendía al Gobierno, en doscientos o trescientos, lo que apenas costaba setenta u ochenta en las fábricas por él regentadas.
Y todavía así, la tarde del contraataque hilarista el encono alcanzó extremos peores. Esta vez López Nieto, el «campesino», cayó con furia sobre la reputación de Aguirre; habló de la vida de crápula del candidato, de su venalidad, de sus cinco hogares, de Paquita Arévalo, de sus enjuagues con Remigio Tarabana, y terminó su discurso con tremendas anticipaciones de los males que acarrearía al país la obra corruptora de Aguirre cerca del Ejército. Oyendo a López Nieto, la porra hilarista, más numerosa que de costumbre, atronaba con sus salutaciones e improperios el aire del augusto recinto; y como esto comunicaba cierto aliento a las falanges del hilarismo, se consideró precisa, en el otro bando, una acción gemela a la de los enemigos. Juan Manuel Mijares se abalanzó a la tribuna; iba a hacer trizas la figura presidencial de Hilario Jiménez, si algo quedaba de ella. Relató violencias, peculados, hazañas siniestras y toda una historia de insinceridad pública en que el falso agrarismo se traducía en misteriosas adquisiciones de haciendas y latifundios, y el amor a las masas, en enriquecimiento propio.
La vehemencia de semejante ataque, eficaz como pocos —lleno de datos, de cifras, de fechas, de nombres—, arrastró la controversia pasional a sus consecuencias últimas; sonó el nombre del Caudillo, invocado por los hilaristas como escudo. Pero entonces se alzó la voz de Emilio Olivier, el cual, lejos de aminorar lo dicho por Mijares, arrasó con todo. En medio de las exclamaciones frenéticas de los unos y del murmullo sordo de los otros, osó Olivier lo que nadie hasta entonces: desnudar implacablemente de todo su relumbre, de toda su pompa, de toda su aureola de líder máximo, indiscutible, la figura del hombre con quien nadie se atrevía: el Caudillo.
El discurso de Olivier, que reproducirían al día siguiente todos los diarios de la República, dio al debate breve tregua; pero se la dio con presentimientos trágicos. La sesión concluía deshecha en violencia: en los pasillos un diputado mataba a otro; en el vestíbulo y la calle los choques de las porras dejaban heridos y muertos.

Libro quinto
Protasio Leyva

I
El complot
Poco después de aquellas sesiones memorables, el general Protasio Leyva, Jefe de las Operaciones en el Valle y comandante militar de la plaza, reunió en sus oficinas a los diputados Ricalde y López Nieto, que eran los líderes del movimiento hilarista en el Congreso. Leyva quería conocer la opinión de ellos respecto de la lucha allí.
—Por ahora —declaró Ricalde, con su modo siempre oratorio— estamos perdidos. —Y explicó por qué.
Sus explicaciones eran claras y precisas. Según las entendió el general, se reducían a lo siguiente: «Siendo ahora los aguirristas dueños de la mayoría y el quorum, tendrán después la Comisión Permanente y la Comisión Instaladora; y si luego cuentan con esto, serán los amos de la lucha electoral, es decir, del futuro Congreso, es decir, de la futura Presidencia».
—De modo —observó el general Leyva— que todo depende de que acabemos pronto con el quorum y la mayoría aguirrista. ¿No es eso?
Así era. Pero Ricalde y López Nieto explicaron entonces por qué esa labor, fácil en apariencia, era, en el fondo, muy lenta y difícil.
—Muy bien —concluyó el general—. Eso quiere decir tan sólo que necesitamos valernos de los grandes procedimientos. Lo pensaré, señores, lo pensaré.
Y citó a los dos partidarios del general Jiménez para la noche del siguiente día.
El general Leyva no necesitó muchas horas de reflexión para concebir los procedimientos vigorosos con que esperaba poner término a la superioridad de los aguirristas en la Cámara de Diputados. En Leyva, una cualidad —tan grande que él mismo se la admiraba— oscurecía todas las otras: la cualidad de atacar siempre pronto, en línea recta, cuantos problemas, situaciones o enemigos pudieran estorbarle. Tal en el caso presente. Los diputados Ricalde y López Nieto le habían dicho:
«Si consiguiéramos dominar ahora en la Cámara de Diputados, mandaríamos también, al reunirse la próxima legislatura, no sólo en la Cámara, sino en todo el Congreso; y, dueños entonces del Congreso, no habría quienes nos disputaran la Presidencia de la República. A destruir, pues, la mayoría aguirrista deben tender nuestros esfuerzos actuales. Todo lo otro, programas, propaganda, sufragios, elecciones, es puro jarabe de pico, escenario para que la cosa tome aire democrático en los periódicos, o es, a lo sumo, la estructura o el pretexto que justifican el escalamiento del Poder. ¿Comprende usted, mi general?»
Leyva, claro, comprendía, y suprimiendo palabras y eslabones inútiles, se había repetido así la lección:
«De modo que nada impedirá a Hilario ser el próximo presidente de la República si sólo quitamos de en medio a nueve o diez diputaditos discurseadores… ¡Vaya un problema!»
En la nueva entrevista con Ricalde y López Nieto, Leyva expuso los pormenores de su plan. Éste —a juzgar por la objetividad tranquila con que el general fue explicándose— era, o parecía, sencillísimo:
—La vida de unos cuantos diputados revoltosos —dijo Leyva en tono semejante al del financiero que explicara el mecanismo de los cambios, o al del arquitecto que aconsejase la reparación de una casa— es un obstáculo demasiado pequeño para nosotros. ¿Consentiremos en que vayan a estrellarse allí el bien de la República y las aspiraciones de nuestras masas obreras y campesinas? No, señores; no compliquemos el punto y procedamos con la sencillez que requiere el actual momento histórico. La acción directa está al alcance de nuestra mano: usémosla, usémosla con valor, es decir, sirvámonos de ella sordos a esos escrúpulos que hacen siempre despreciable la conducta de los reaccionarios… ¿No es verdad que la salvación de la República y de la obra revolucionaria estriba en que el poder personificado en el Caudillo pase íntegro al general Hilario Jiménez? Sí es verdad. ¿No es verdad que la reacción aguirrista, encarnada en dos docenas de traidores, es la única barrera que se nos opone? También es verdad. Entonces, señores, aplastemos la reacción una vez más; suprimamos de un golpe esas dos docenas de traidores, ya que actos así son propios e inevitables en cuantos traemos a cuestas el enorme fardo de la pureza revolucionaria. ¡Qué le vamos a hacer! Cada dos años, cada tres, cada cuatro, se impone el sacrificio de descabezar a dos o tres docenas de traidores para que la continuidad revolucionaria no se interrumpa. Puestos a ello estamos otra vez, y nuestro deber nos manda, como antes de ahora, obrar rápidamente y con rigor extremo. Mañana a más tardar, los pondré a ustedes en comunicación con el Mayor Manuel Segura, sobrino mío y hombre de mi absoluta confianza. Ustedes le darán la lista de los diez o doce diputados enemigos que más nos estorban y concertarán con él la manera de identificarlos fácilmente en un momento dado. Él entonces, bien aleccionado por mí, irá a la Cámara, distribuirá su gente y aprovechará la primera trifulca entre las porras, u otro incidente análogo, para manejarse de modo que no quede en pie uno siquiera de los líderes aguirristas.
De aquella entrevista con el general Leyva los diputados Ricalde y López Nieto salieron efusivamente convencidos del triunfo de su candidato. Ricalde abría el grifo a su temperamento farsante y oratorio para comentar:
—¡Vivimos horas solemnes, horas de historia trascendente!
Y López Nieto, que lo veía todo por el cristal de su gloriosa actuación en las filas zapatistas, respondía:
—Éste sí que es un revolucionario de primera, un revolucionario verdad: sincero, fuerte. ¡Qué no hubiera hecho Emiliano Zapata si llega a contar con cuatro hombres así!
La lista que el mayor Manuel Segura recibió de manos de los líderes del hilarismo estaba encabezada por Emilio Olivier Fernández, presidente del Partido Radical Progresista, y comprendía hasta nueve nombres más, todos ellos de diputados aguirristas cuya supresión se consideraba indispensable. Después del nombre de Olivier venía el de Axkaná, luego el de López de la Garza, luego el de Mijares. Tres cruces rojas junto al nombre de Olivier indicaban que la desaparición de éste se tenía por punto esencial para el buen éxito de la candidatura de Hilario Jiménez; otros nombres, como el de López de la Garza —que además de diputado y sostenedor de Ignacio Aguirre era jefe del estado mayor del general Encarnación Reyes— iban señalados por doble cruz; y otros en fin, como el de Axkaná y el de Mijares, llevaban una cruz solamente.
El mayor Manuel Segura, dócil a las indicaciones que se le hacían, echó sus cálculos con esa exactitud implacable que tanto levanta sobre el resto de los mortales a cuantos son maestros en algún oficio. Estimó que la caza de Olivier requería —para quedar al abrigo de sorpresas— no menos de cinco hombres; a otros pensó destinar cuatro o tres; a otros, dos; a otros, uno. Total, que, en conjunto, consideró necesarios los servicios de veinticinco colaboradores hechos al desempeño de «comisiones importantes».
Ahora bien: hombres de éstos no faltaban en el numeroso séquito del general Protasio Leyva; siempre se habían necesitado allí y siempre los había habido. Pero como el proyecto presente rebasaba todos los empeños anteriores, por más que Segura estiró las cuentas no pudo escoger, de entre sus compañeros de armas, arriba de cinco o seis auxiliares probadamente aptos, y eso incluyendo al mayor Canuto Arenas, demasiado conocido por su siniestra historia, y por ser jefe de la escolta de Leyva. Éste, según su costumbre, zanjó la dificultad sin muchos titubeos; resolvió completar el número de los veinticinco ayudantes de su sobrino con oficiales de los regimientos y batallones de la guarnición, para lo cual dictó las medidas precisas. Tal día, a tal hora, los oficiales designados deberían presentarse en la Jefatura de Operaciones listos para el desempeño de una comisión cuya naturaleza se les revelaría más tarde; deberían acudir vestidos de paisano, sin papel alguno en los bolsillos y armados de la pistola de reglamento.
A las once de la mañana del día fijado para el desarrollo del plan se hallaban reunidos en las oficinas del Partido Nacional Obrerista el mayor Manuel Segura y toda su gente.
Insinuante y misterioso, Segura había recibido a cada uno de sus secuaces con el aire propio de las grandes horas, y luego, para empapar más el acontecimiento en atmósfera solemne y justificativa, había ido presentándolos a los diputados Ricalde, López Nieto y Cayo Horacio Quintana, que les estrechaban la mano con derroche de manifestaciones correligionarias. Porque ni Ricalde ni López Nieto trataban de esfumarse en aquellos momentos de graves responsabilidades: allí estaban los dos en pie —el botón de diputado en el pecho—, prontos a todos los riesgos y atentos sólo a que el complot no fracasara. Sacudía sus carnes la excitación nerviosa de quienes se aprestan a un sacrificio heroico.
Por de pronto no había nada que hacer. Segura y los suyos se diseminaron por las salas, formando varios grupos pequeños, y estuvieron así hasta la una de la tarde, hora en que todos fueron, sin mucho ruido, a comer en los restaurantes próximos. Cosa de las dos se hallaban ya de vuelta en las oficinas del partido, y minutos después Segura empezó las explicaciones del caso, así que Ricalde hubo pronunciado, para entonar los espíritus, breve discurso.
Ricalde era un hombre inteligente, antipático y monstruoso. Sus ojos, asimétricos, carecían de luz. Su cabeza parecía sufrir sin tregua la tortura de un doble retorcimiento: la deformación ladeada del cráneo agravaba, desde lo alto, lo que abajo era, junto a la barba, deformación, ladeada también, de descomunal arruga carnosa; y entre deformación y deformación, la pesadez del párpado, de flojedad casi paralítica, daba acento nuevo a aquella dinámica de la fealdad, prolongada y ensanchada hasta los pies en toda la extensión de un cuerpo de enorme volumen.
—No ignoran ustedes —dijo a los oficiales, estremecida de emoción retórica la papada enorme, encapotado el ojo, la obesidad palpitante— hasta qué punto el general Protasio Leyva obra siempre movido por el más hondo patriotismo. Podría decirse, sin exageración, que donde el general Leyva está, están también los más altos ideales de la Revolución y de la patria. Pues bien, amigos: una vez más las fuerzas ocultas, esos poderes tenebrosos a que los hombres de la Revolución no logramos dar término, porque son, como la Hidra, capaces de reproducirse eternamente, tornan a concertar su acción y amenazan de nuevo destruir con golpe artero y solapado las conquistas reivindicadoras más caras a nuestros corazones. Porque habéis de saber, os hablaré con franqueza, que brillaba hasta hace poco en los más encumbrados puestos de la Revolución un hombre a quien todos atribuíamos incorruptibles virtudes cívicas y recia fe en el papel histórico que la patria señala a sus mejores hijos. Pero ha ocurrido que ese hombre (todos lo conocéis, me refiero al general Ignacio Aguirre, hasta hace poco ministro de la Guerra y ahora candidato presidencial del llamado Partido Radical Progresista), ha ocurrido que este hombre, digo, más fácil al señuelo de sus ambiciones que a la voz de los deberes patrióticos, anda ya en tratos estrechos con la reacción, cuyos intereses execrables se apresta a servir sin el menor escrúpulo. De modo que convertido así, por sorpresa, de compañero en rival, de amigo en enemigo, de patriota en traidor, su defección amaga seriamente la continuidad y el poder revolucionarios, puesto que con él traicionan cuantos elementos le son adictos, algunos de ellos dotados de gran vigor, algunos de capacidad no desdeñable. Por fortuna, el general Protasio Leyva, alerta siempre, no ha dejado de advertir a tiempo el peligro y ha resuelto con rapidez, con la rapidez de pensamiento y acción que tanto lo enaltecen, destruir de un golpe los retoños de la funesta planta atacándola en la raíz…
Hizo Ricalde una breve pausa, a fin de que sus oyentes penetraran a fondo en el sentido de las palabras que había dicho, y luego concluyó así:
—Para llevar a cabo tamaña empresa, empresa grande y noble como pocas, empresa salvadora de nuestros supremos ideales, los ideales de la Revolución, los ideales de las masas, es decir, los ideales de la patria, el general Leyva ha pensado en sus más valiosos colaboradores, ha pensado en nosotros, ha pensado en vosotros, y de vosotros espera que no defraudaréis sus esperanzas, que son, en estos momentos de nueva crisis nacional y de peligro común, las esperanzas de México.
Varios oficiales que habían tomado en la comida cerveza abundante aplaudieron; los más dejaron pasar el discurso entre fríos y recelosos. Y fue entonces cuando el mayor Segura abordó las explicaciones concretas.
—Para esta tarde —dijo poco más o menos— los aguirristas tienen dispuesto en la Cámara de Diputados un complot contra los partidarios de mi general Hilario Jiménez; pretenden matar a los principales jefes del grupo hilarista, provocando un choque entre las porras. Pero mi general Leyva, perfectamente al tanto de la trama, ha dado orden de que nosotros vayamos a proteger a los diputados hilaristas, para lo cual dispone que, en último extremo, hagamos a los líderes del aguirrismo lo que ellos esperan hacer con los otros, o sea, que no les guardemos consideraciones de ninguna especie. Ésa es la misión que yo traigo y la que ustedes reciben ahora oficialmente por mi conducto.
Hubo brotes de extrañeza en el corro que los oficiales formaban en torno del mayor Segura. Mas éste, sin pararse a considerar el primer efecto de sus palabras, continuó:
—La cosa es muy sencilla. De aquí vamos a salir ahora distribuidos en grupos. Unos llegaremos a la Cámara por una calle, otros por otra; unos nos quedaremos un rato frente a la puerta principal, la de la escalinata; otros esperarán frente a la del Factor. Así veremos bien quiénes entran, quiénes salen. Luego, poco a poco, iremos pasando todos al interior del edificio; subiremos a las tribunas, nos instalaremos todos en la que está a mano derecha (fíjense bien: todos en la tribuna de la derecha), y allí quedaremos en guardia para cuando las bolas empiecen.
—¿Trae usted la orden por escrito, mi mayor? —dijo un oficial.
Segura contestó:
—¿Tiene usted miedo, capitán?
—No, mi mayor.
—Pues lo parece.
El oficial se retrajo avergonzado, mientras el mayor Segura proseguía:
—Aquí el mayor Canuto Arenas, el mayor Licona, el capitán Fentanes y los agentes especiales Márquez, Lomas y Abat saben ya cuáles son los líderes aguirrista más peligrosos. Ellos tienen el encargo de irlos mostrando a cada grupo a medida que cada líder entre en la Cámara o según vaya ocupando su curul. Fuera de esos líderes a nadie debemos atacar, salvo que en el momento preciso los señores diputados Ricalde, López Nieto o Quintana decidan otra cosa. ¿Comprenden? Todos, como digo, nos instalaremos en la tribuna de la derecha. Cuando comiencen los gritos y haya vivas a Ignacio Aguirre, nosotros gritaremos: «¡Muera!», y daremos vivas a mi general Hilario Jiménez. A los aguirristas que estén con nosotros en la tribuna los amedrentaremos y desalojaremos amenazándolos con las pistolas y golpeándolos… Si más instrucciones hacen falta, las daré sobre el terreno.
Ningún oficial había insistido en observación alguna desde que Segura reprochó miedo al que preguntaba por la orden escrita. Ahora todos, tras de oír en silencio, parecían dispuestos a obedecer. Uno de ellos pasó cerca de Ricalde cuando estaban organizándose los grupos. Era bajo, de tez oscura, pómulos salientes, ojos oblicuos y labios gruesos. Ricalde lo detuvo por un brazo y le dijo:
—Para usted, el mayor Segura tiene una comisión especial.
—Bueno, señor diputado.
—Pero yo voy a decirle cuál es esa comisión para que se dé usted cuenta de lo mucho que me importa.
—Bueno, señor diputado.
Ricalde vacilaba un tanto.
—Vamos a ver —dijo— si son fundados los elogios que de usted hace el general Leyva… Se trata de esto: si el diputado Olivier Fernández, logra escapar de la Cámara, usted se encarga de matarlo en la calle. ¿Me entiende?
Aquel oficial se llamaba Adelaido Cruz y tenía todo el aspecto de un hombre pacífico y bueno. Miró a Ricalde melancólicamente mientras decía:
—¿Mi general Leyva dio esa orden por escrito? Porque yo, señor…
Lo interrumpió Ricalde:
—¡Ah, también usted tiene miedo!
—No, señor, no tengo miedo.
—Pues si no lo tiene, no lo demuestre.
El capitán Cruz se unió a su grupo. Todos salieron a la calle.

II
La caza del diputado Olivier
Ya en la calle, el sobrino del general Leyva preguntó al capitán Adelaido Cruz:
—¿Conoce usted al diputado Emilio Olivier Fernández?
—No, mi mayor.
—¿Y al diputado López de la Garza?
—Tampoco, mi mayor.
—Entonces ¿qué diputados conoce usted?
—Me parece que ninguno, mi mayor. Ésta es la primera vez que voy a acercarme a la Cámara.
Hizo Segura como si reflexionase unos segundos. Añadió luego:
—Perfectamente. Siga usted incorporado con los oficiales que manda el mayor Canuto Arenas para que él le muestre a tiempo quién es el diputado Olivier Fernández. Y cuando llegue la hora de cumplir órdenes, acuérdese nomás de esto que le digo: las instrucciones que traemos todos vienen de mi general Protasio Leyva. Las que traemos todos, ¿me entiende?
—Sí, mi mayor.
Los oficiales se habían distribuido en tres grupos. Uno lo encabezaban el mayor Licona y el capitán Fentanes; otro, Canuto Arenas; otro los agentes especiales Márquez, Lomas y Abat. El grupo de Arenas era el más numeroso; el de los agentes, el más sombrío. Los tres se dispersaron suficientemente para no ir despertando curiosidad por las calles, y así se dirigieron, cada uno por ruta distinta, hacia la Cámara. Lo hicieron de modo que los hombres de Canuto Arenas vinieron a salir frente al palacio de la asamblea legisladora como núcleos que se formaran solos en la esquina de Donceles y Allende; la tropa de Licona y Fentanes apareció por Manrique, y la de Márquez y demás agentes por el rumbo de Belisario Domínguez. También por aquí debería llegar, si bien más tarde y sin acompañante alguno, el mayor Manuel Segura.
Ante la Cámara la multitud se agitaba copiosa. Aparte los curiosos auténticos, que no eran pocos, estaban allí los contingentes de las dos porras enemigas, la aguirrista y la hilarista, dueñas de ambas calles y en espera de que la entrada del edificio se franquease al público. Iban también llegando los diputados: unos subían la escalinata, protegida por doble fila de gendarmes desde dos horas antes; otros entraban por la puerta del Factor. Sus choferes —los de aquellos que tenían coche propio— alineaban los autos al sesgo de la acera, bien por una, bien por la otra de las dos fachadas, y se sumaban en seguida a los corros inmediatos. Eran choferes con cierto matiz político; choferes entusiastas de la bandería de su amo y armados, casi siempre, de pistola. Debajo de los asientos algunos llevaban carabinas cargadas, cananas repletas de cartuchos.
Canuto Arenas se instaló con su gente en la propia contraesquina de la Cámara para instruir desde allí, sobre cuanto les incumbía saber, a sus auxiliares más firmes. Empezaba diciéndoles, en voz baja, el nombre de los principales líderes aguirristas que pasaban, y luego, tras leves segundos de sonrisas preparatorias, entraba, en voz más baja todavía, en detalles; comunicaba a cada uno, a veces en términos concretos, a veces con insinuaciones encubiertas, las órdenes a que todos, por mandato del general Leyva, debían dar cumplimiento.
Licona y Fentanes, entre tanto, hacían labor análoga frente a la puerta de la calle del Factor y Márquez, Lomas y Abat se aplicaban a lo mismo sobre la acera de Donceles.
—¡Ése, ése es Axkaná!
—¡Aquél es Juan Manuel Mijares!
—¡Aquél es el general López de la Garza!
Y de este modo los servidores de Protasio Leyva veían por primera vez a los políticos cuya vida quedaba desde aquel momento en sus manos.
Cuando se vislumbró a lo lejos el Lincoln verde aceituna de Olivier, Canuto Arenas sujetó por un brazo al capitán Cruz y le susurró a la oreja:
—Ahí viene el suyo, amigo.
A los pocos segundos, Cruz, atento al paso del coche, vio que frente a él pasaban, sentados detrás de un cristal, tres hombres jóvenes y risueños.
—El de la izquierda —le dijo entonces Arenas— es «el Olivier».
—¿El de sombrero gris?
—Ese mero… Y nomás no se me raje.
Paró el Lincoln junto a la escalinata. Hubo un instante fugaz en que Olivier, mientras decía algo a sus compañeros, miró distraído hacia el sitio donde estaban Arenas, Cruz y los otros oficiales. El capitán Cruz sintió crecer entonces en su brazo la mano de Canuto Arenas —como si sus ojos y los del líder político, al cruzarse las miradas, chocaran precisamente allí, donde la mano de Arenas, mandando, oprimía.
—¿Ya no lo confundirá, amigo?
—No, mi mayor.
Otros diputados llegaron. En la escalinata se producían anuncios de contiendas entre los miembros más rijosos de las porras. Los porteros se aprestaban a dejar libre el paso.
Cruz, que había visto cómo desaparecía en la penumbra del vestíbulo el sombrero gris de Olivier, dijo a su jefe:
—Con su permiso, mi mayor; voy a echarme un trago de tequila.
Repuso Canuto:
—¿Tequila a estas horas?
—Me hace falta, mi mayor.
—Bueno; pues si le hace falta, vaya, pero nomás no se me tarde.
El capitán Cruz dio varios pasos, entró en la cantina próxima y pidió la copa que deseaba; pero no se la servían aún, cuando mudó de parecer.
—No, no me dé tequila —dijo apresuradamente—; mejor un vaso de cerveza.
En el otro extremo del mostrador tres individuos cuchicheaban y bebían. El cantinero trajo el vaso de cerveza, junto al cual dejó el cartoncillo de la máquina contadora. Cruz cogió aquel cartoncillo maquinalmente, como si quisiera enterarse del precio, y volvió pronto a dejarlo, también maquinalmente, donde antes estaba… Bebió hasta la mitad del vaso… Se quedó absorto… Mientras su mano izquierda se humedecía sujeta al cristal, una imagen persistía en su memoria, una imagen que era casi una sensación; veía el ala de un sombrero gris, y debajo de ella dos ojos inteligentes que lo miraban, y, más abajo aún, unos labios que se movían repitiendo siempre un mismo movimiento… Volvió a beber.
Maquinalmente otra vez, su mano derecha fue a posarse ahora en uno de los bolsillos superiores del chaleco. Allí había un lápiz; la mano lo cogió, y cual si sólo la guiaran impulsos reflejos, la mano bajó de nuevo hasta el cartoncillo y se puso a escribir en él lentamente. Era una mano torpe, hecha apenas al manejo del lápiz.
Así pasaron uno o dos minutos. Bebió Cruz por tercera vez; y al dejar sobre el mostrador el vaso, ya vacío, se sorprendió de encontrarse el lápiz entre los dedos. Se lo puso en el bolsillo; llamó al cantinero; pagó. Y fue entonces, mientras el cantinero tomaba la moneda y se volvía de espaldas para abrir la caja y contar la vuelta, cuando los ojos del capitán Cruz leyeron conscientemente lo que antes había escrito su lápiz: eran siete palabras que decían así:
«Cuídese esta tarde, porque lo andan cazando».
Cruz recogió presuroso el cartoncillo y no pudo reprimir el ansia de estrujarlo febrilmente. De sobre el mostrador tomó la vuelta. Salió.
En la calle la multitud política había disminuido. Ahora las puertas de la Cámara estaban abiertas de par en par y no oponían obstáculo a la gente que iba ascendiendo por la escalinata entre la doble fila de gendarmes.
Cruz se acercó a la esquina. Canuto Arenas, ya no con el grupo de oficiales, sino solo, seguía firme allí. Todo lo miraba con aire indiferente y procurando que nadie se fijara en él, lo cual, acaso, para ojos observadores, lo hubiera hecho más notable. Su figura atlética, de caballista en reposo, revelaba un vigor extraordinario. Chato, renegrido, el rostro se le oscurecía en la sombra, abrillantado apenas por los reflejos del sol, reverberante en la lámina del asfalto.
—Temiendo estaba no volverlo a ver —dijo a Cruz, así que el capitán se le acercó—. Mucho tiempo se me hace para un trago de tequila. ¿Tiene miedo? Dígalo.
—Miedo no tengo, mi mayor.
—¿Se siente ya con fuerzas?
—Sí, mi mayor.
—Bueno; pues no perdamos el tiempo. Entre usted desde luego, que dentro están ya todos. Allá me le juntaré yo, en la tribuna de la derecha.
La primera sensación del capitán Cruz al encontrarse en el vestíbulo de la Cámara fue semejante a un mareo. Diputados, ujieres, oficiales de policía, individuos de las porras ocupaban todo el recinto. Se caminaba con dificultad.
Para orientarse un poco, el capitán preguntó a un ujier por dónde se pasaba a la tribuna de la derecha.
—Por allí —le dijeron.
Cruz empezó a moverse en dirección del sitio que le habían señalado; mas no bien dio unos cuantos pasos cuando alcanzó a descubrir a corta distancia, por sobre múltiple superficie de cabezas, los ojos y la boca de Emilio Olivier. Estaba el joven líder sin sombrero, con un mazo de papeles en la mano izquierda y rodeado de varias personas, a quienes hablaba con animación elocuente.
Por un momento aquella escena produjo en el capitán Cruz efectos fascinadores, atracción como de imán. Mirándola, se detuvo. Y casi en el mismo acto, sin saber por qué ni para qué, caminó hacia ella. En su mente, entre tanto, se desarrollaba un extraño proceso sentimental y volitivo, un proceso indefinible, de que eran centro, confundidas en una presencia sola, la forma de la tarjetita que poco antes le habían dado en la cantina —y que no cesaba aún de estrujar con los dedos dentro del bolsillo del pantalón—, la movilidad del rostro de Olivier y las palabras «miedo no tengo, mi mayor», dichas, no hacía aún cinco minutos, a Canuto Arenas.
Al acercarse, notó Cruz que la voz de Olivier le traía ya cierta familiaridad, para él naciente, con la persona de donde la voz salía.
—Eso no debe importarnos —estaba diciendo el líder aguirrista—, con tal que ninguno se indiscipline. Todos juntos iremos mañana. A las nueve los espero…
Cruz pasó de largo y llegó por fin al pie de la escalera, pero todavía allí lo acometió de nuevo el impulso de acercarse al corro donde hablaba Olivier. Distintamente pensó entonces en las palabras que llevaba escritas en el pedacito de cartulina; una idea iba precisándosele… Vaciló, osciló… Miró en torno… Alzó la vista… Entonces descubrió que desde arriba, inclinada sobre antepechos y barandales, mucha gente miraba hacia la parte baja del vestíbulo… Empezó a subir.
En lo alto de la escalera el capitán Fentanes y el agente Abat observaban y esperaban.
—Por aquella puerta —dijo Fentanes a Cruz cuando éste pasó a su lado.
Cruz entró por donde le indicaron: la puerta daba a la tribuna de la derecha. Ya estaban instalados allí —Cruz lo advirtió desde luego— todos los individuos que Segura había citado en las oficinas del Partido Nacional Obrerista. También había hombres de otro aspecto; no había ninguna mujer. Cruz bajó las gradas en busca de sitio donde sentarse, pero como no descubriera ninguna butaca vacía, fue a reclinarse en una columna y se entregó abstraído a ver el recinto parlamentario.
Las curules dibujaban abajo semicírculos concéntricos. Había muchos diputados; grupos de ellos hablaban a media voz; otros leían o escribían; otros dormitaban. Enfrente, la rica estructura —de caoba y paramentos dorados— de que estaba hecho el conjunto de mesas, barandillas, tribuna, se recortaba en brusco perfil contra el color blanco de las paredes del fondo. En éstas brillaban, en grandes mayúsculas, unos debajo de otros, muchos nombres de héroes y patriotas.
Tras de leer algunos de estos nombres, el capitán Cruz volvió la vista al centro de la sala. Ahora se fijó detenidamente en los diputados de las curules; reconoció algunos cuyos nombres le habían dicho una hora antes; reconoció a Axkaná, a Mijares, a López de la Garza. Casi bajo sus pies vio juntos a Ricalde y López Nieto. Ricalde hablaba en aquellos momentos con gesto igual al empleado cuando dijo a Cruz, en las oficinas del partido:
—Si el diputado Olivier escapa de la Cámara con vida, usted se encarga de matarlo en la calle.
Y después, cuando dijo estas otras:
—Pues si no tiene miedo, no lo demuestre.
En vano buscaba Cruz a Olivier: no lo veía por parte alguna.

III
La muerte de Cañizo
Medio inconsciente y abúlico, aunque dotado de extrañas clarividencias, el capitán Cruz siguió contemplando así largo tiempo las escenas que ponía bajo su vista el salón de sesiones de la Cámara de Diputados. A dos faces solas se reducían entonces las actividades de su alma. Era, de una parte, espejo dueño de poderes reflectivos enormes; de la otra, haz de sentimientos concentrados en una inmensa labor: la de familiarizarse pronto con aquel recinto, la de captar aquella atmósfera que hasta esa hora no lo había envuelto nunca, pero que, así y todo, se le representaba ya como teatro capaz de convertirlo en protagonista supremo.
Mientras tanto, Canuto Arenas y, un poco más lejos, los otros lugartenientes del mayor Segura, se disponían a poner en obra el programa de ataque prescrito por su jefe. Segura, cierto, había ordenado que nada se intentara hasta presentarse él, y él aún no llegaba. Mas viendo Arenas que una sección de la porra aguirrista se hacía fuerte en el centro de la tribuna, donde esbozaba ya manifestaciones dominadoras, creyó del caso salirse las órdenes; se acogió al derecho de iniciativa, derecho que jamás le negaban en tales asuntos, y determinó desalojar de sus posiciones al creciente núcleo enemigo.
Las acometidas de éste, en realidad, excedían apenas de los límites de lo blando. No eran sino risas, cuchicheos, voces aisladas. Porque los partidarios de Aguirre se limitaban a oír con fingida atención los nombres que iba diciendo al pie de la mesa el secretario encargado de pasar lista, y a la vez uno de los aguirristas —el jefe, al parecer— hacía entre nombre y nombre observaciones que provocaban en el resto del grupo murmullos débilmente significativos. Sucedía, sí, que como el secretario recitaba la lista con deliberada lentitud —a fin de dar tiempo a la reunión del quorum—, a menudo se dilataban, entre la letanía de los nombres, silencios propicios a las expresiones del aguirrismo, las cuales, por un instante, flotaban en triunfo sobre el público de la tribuna.
Dos o tres veces se volvió Canuto Arenas hacia el punto de donde parecían partir aquellas voces. Pero su aspecto, fiero y todo, y la intención de su mirada, entre agresiva y altanera, no produjeron el menor efecto en la táctica de los aguirristas. El jefe de éstos —un hombre flaco, de pelo rizoso, de traje café— se contentó con responder a las provocaciones de Canuto con sonrisas irónicas.
Fue naciendo de ese modo, y luego nutriéndose con abundante cultivo, el ambiente de la contienda. Y así aconteció que, al pronunciar el secretario el nombre de Axkaná González, uno de los miembros de la porra no resistiera al impulso de exclamar con voz ahogada:
—¡Viva Ignacio Aguirre!
Los demás, en murmullo denso, compacto, respondieron:
—¡¡Viva!!
Ante lo cual, Canuto, más ostensiblemente que las otras veces, asumió la más feroz de sus actitudes mientras gritaba con intención de reto:
—¡Muera!
Negra y chata, partida en dos por la raya blanca de los dientes, su fealdad brilló entonces horrible; vivía ya en su gesto la amenaza de echar mano a la pistola. Pero el jefe de los aguirristas, lejos de achicarse, replicó dirigiéndose a uno de los suyos, a aquel que se encontraba más cerca de Canuto Arenas:
—¡Cuidado, Cañizo, que ése, nomás de feo, asusta!
Y subrayó las palabras con muecas tan sugestivas de la fisonomía de Arenas, que varios de los compañeros de éste se unieron en la risa a sus rivales —risa un poco histérica, de nervios en tensión, risa de quienes se dan ánimo para entrar en batalla.
Canuto se dolió a la burla; su tez, hasta entonces brillante, con relumbres como de barniz, se apagó de súbito en el negro más mortecino y ceniciento. Pero no se encaró él con el jefe aguirrista, sino con Cañizo, quien, sin dejar de reír y apretando con fuerza el bastoncillo que llevaba, repelió el ataque acercando la mano libre, con disimulo, a la región de la cadera.
El conflicto, por de pronto, no pasó de allí. Sólo uno como oleaje hizo moverse de extremo a extremo de la tribuna el hombro derecho de todos los presentes: si no las manos, los pensamientos acomodaban el arma en las cinturas.
Poco después el nombre del diputado hilarista López Nieto acentuó, si bien ahora por reacciones contrarias a las de antes, los preliminares del choque. La gente de Arenas quiso recibir aquel nombre con manifestaciones de aprobación; pero uno de los aguirristas, con gran presteza, se le opuso a su modo. Mientras abajo el diputado respondía con ademán plebeyo: «¡Aquí!», el aguirrista, desde la tribuna, decía con voz perfectamente audible:
—¡Mueran Hilario Jiménez y sus paniaguados!
Se agitó la Cámara en su somnolencia; de la tribuna de enfrente y de las galerías partieron exclamaciones y risas; el secretario, adepto al aguirrismo, se detuvo sonriendo.
Uno de los subordinados de Canuto gritó con resonancias estentóreas:
—¡Viva mi general Hilario Jiménez!
Y este otro vítor tampoco murió en el vacío. Junto con las protestas de toda la porra aguirrista, diseminada en las diversas localidades del público, sonaron los vivas del hilarismo, lanzados por la porra correspondiente, y las voces y aplausos de algunos diputados. Descollaba entre éstos, dominando el escándalo, la figura obesa, torcida, deforme, de Ricalde, y junto a él la de López Nieto.
Atraídos por las exclamaciones, muchos diputados que aún andaban por los pasillos —eran los más— entraron en la sala. Hubo maniobras de una y otra porras en la tribuna de enfrente y en las galerías altas. Por la puerta del fondo aparecieron, saliendo del Salón Amarillo, miembros de la mesa directiva.
Al propio tiempo crecía en la tribuna de la derecha la pugna entre la hueste de Canuto y la del aguirrismo. Los agentes especiales comandados por Márquez y Lomas habían conseguido imponerse a los partidarios de Aguirre inmediatos a Cañizo, a quienes mantenían casi inmóviles en sus asientos, y ahora trataban de amedrentar a Cañizo mismo, que, contra todos, se conservaba firme. Unos y otro proferían en voz baja amenazas e injurias, y si Cañizo, enardecido por sus propias palabras, se apercibía con el bastón, aunque de modo que no lo advirtieran sino sus enemigos de al lado, Márquez y Lomas tenían presto el brazo para requerir la pistola.
Hubiera sido facilísimo poner término a tales barruntos de violencia armada; pero como la sesión no comenzaba todavía, la mesa carecía de suficiente autoridad. Había también otra circunstancia favorable a los preliminares del encuentro, la determinante acaso: que ninguno de los dos principales grupos de diputados hubiese admitido privarse de los colaboradores con que contaba en galerías y tribunas.
Un nuevo viva de Canuto, con apoyo unánime de todos los hilaristas —los de la porra, los de las curules— y sin réplica del bando enemigo, trajo un restablecimiento transitorio de la paz. Volvió a oírse en la sala la voz del secretario; tornaron a sucederse en la tribuna, contenidos, juguetones, los murmullos aguirristas. Pero justamente entonces sucedió algo que vino a encender al fin la batalla que todos estaban previendo y esperando.
Hacía rato que los manejos de Canuto Arenas y su tropa eran objeto de estudio desde la tribuna de la izquierda. Los observaba un hombre bajo, de aspecto indefinible y que entonces tenía cogido con ambas manos un sombrero —entre mexicano y tejano por las líneas— de color café, pelo largo, cinta negra y galón amarillo en el borde. Ese mismo sujeto, con otros tres o cuatro que lo acompañaban, apareció poco después, sin que su llegada se advirtiese, en lo alto de la tribuna de la derecha. Allí, por breves momentos, se mantuvo en silenciosa consideración de la gente de Canuto —con cuyos ojos los suyos tuvieron cruce fugitivo—, y luego, llegándose hasta el jefe aguirrista, le habló al oído. Los rumores de la Cámara permitieron que el jefe, tras de escuchar al hombre del sombrero café, preguntase a media voz:
—¿A todos, don Casimiro?
—Sí, vale, a todos —contestó don Casimiro, que de nuevo subía las gradas y tornaba a salir, ahora sin acompañantes.
Canuto, Lomas y varios de los de su grupo no habían dejado de advertir la frase última de don Casimiro ni los cuchicheos anteriores. Tampoco se le escapó, tan pronto como don Casimiro hubo salido, que el jefe de la porra hablaba con su compañero próximo, luego éste con el de más allá, y así sucesivamente hasta quedar todos avisados de algo que en cierto modo venía a expresarse en las miradas furtivas que los aguirristas empezaron a lanzar a derecha e izquierda. Todos ellos, se echaba de ver, estaban ahora al tanto de la identidad de Canuto Arenas y sus hombres.
En tal coyuntura otro incidente surgió: se elevó en la Cámara, hasta la gran lámpara del centro, un nombre que produjo en galerías y tribunas vaivén extraordinario y ligeros movimientos en las curules:
—Olivier Fernández, Emilio —decía, el secretario.
El capitán Cruz, hasta allí inmóvil contra la columna, salió estremecido de su ensimismamiento: Olivier —lo distinguió entonces— estaba sentado en una silla de la plataforma, oculto casi por la mesa y un grupo de diputados con quienes hablaba.
—¡Aquí! —el líder dio a entender que respondía con el gesto, sin interrumpir su frase.
Tras lo cual, el jefe de la porra aguirrista, lejos de hacer, como en las otras veces, observaciones veladas, proclamó a voz en cuello:
—¡Viva Olivier Fernández!
Y esto desencadenó la pelea. Los diputados hilaristas abajo, y Arenas y su banda en la tribuna, lanzaron casi al propio tiempo, con aire de querer llegar a las manos, vítores al general Jiménez.
—¡Viva Hilario Jiménez!
—¡¡Viva!!
López Nieto, entre los diputados, era quien gritaba más, y gritaba puesto en pie, con los brazos en cruz, con el cinto de cartuchos visible bajo el chaleco y vuelta la cara hacia la parte que ocupaban los hombres de Arenas. Cerca de él, los diputados Ricalde y Cayo Horacio Quintana lo secundaban con no menos ímpetu.
—¡Viva Hilario Jiménez, tales por cuales!
—¡¡Viva!!
Vítores y mueras sacudían los ámbitos del palacio legislativo con igual ardor y desorden que si se tratara de los tablados de un mitin, y más que en cualquiera otra parte en la tribuna de la derecha, que fue donde las olas se encresparon verdaderamente. Allí Cañizo, blandiendo en alto el bastón, se desahogaba con estruendo:
—¡Viva Ignacio Aguirre!… ¡Viva Ignacio Aguirre!
—¡¡Viva!!… ¡¡Muera!!… ¡¡Viva!!
Ante lo cual Canuto buscó el modo de dar, por sobre la marejada de los vivas y los mueras, la respuesta que ya le quemaba los labios. Ilustrando sus palabras con la sonrisa brutal en que adquirían valor sinfónico la blancura de sus dientes y la oscuridad de sus facciones deformes, dijo a Cañizo, mientras se inclinaba hacia él:
—Ya veremos, don tal, quién vive de veras y quiénes mueren.
Cañizo se fue del seguro.
—No es difícil adivinarlo —contestó—. Basta con mirar la cara de los asesinos.
En medio de la gritería general, se acentuó la impaciencia por requerir las armas. El hilarista más cercano a Cañizo se le echó casi encima para injuriarlo en voz que la ira concentraba y hacía opaca:
—Aquí no hay más asesinos que usted, hijo de la tiznada…
Y le sujetaba el bastón mientras seguía:
—Y no se raje. Vamos allá fuera los dos solos.
—No me rajo; vamos.
A todo esto se arremolinaba el estruendo por galerías y tribunas. Abajo, los diputados, sin oírse unos a otros, se increpaban, se apostrofaban. Tenían ya algunos la pistola fuera de la funda.
Cañizo y su enemigo buscaron la puerta. Cañizo iba delante; el otro, dos o tres metros detrás. Cañizo, en el acto mismo de salir de la tribuna al pasillo, se volvió de frente hacia el hilarista, que ya llevaba la mano derecha en la cadera; y de ese modo, caminando de espaldas, dio algunos pasos, atento a que no le madrugara el otro. Él también tenía ya la palma de la mano puesta contra la culata del revólver.
Y todo se realizó en menos de un segundo. El hilarista, al rebasar la puerta, inició el movimiento para tirar de su arma, ya con la resolución de disparar. Cañizo le llevaba levísima ventaja —la suficiente para que su bala hiriese primero—; tenía la pistola fuera de la funda y en camino de enderezarse hacia el blanco y encontrarlo; su índice se había identificado con el gatillo, hacía perder a éste las muelles ociosidades, precursoras del disparo, sólo perceptibles para el tirador que centuplica la duración de su vida en el supremo instante del lance; el cañón de la pistola iba a apuntar, la bala a salir… Pero en aquella fracción de fracción de segundo sintió Cañizo que le cogían el codo, que otra mano le torcía la muñeca y que su revólver, tras de soltar el tiro hacia abajo, caía al suelo. Frente a él, la pistola automática del hilarista lo miraba con su ojo único.
De una sacudida, Cañizo se libertó de quienes lo sujetaban —eran el capitán Fentanes y el agente Abat, que lo habían cogido por la espalda—, y fallido su intento de recoger del suelo su arma, se precipitó por la escalera. Dio un brinco, dos, tres, y estaba en el curso del cuarto, cuando el hilarista, desde arriba, le hizo fuego. El cuerpo herido se engarabitó en el aire y fue a caer sobre el pavimento del vestíbulo. Cayó como si la pistola que le daba muerte hubiese disparado, no la bala que salía para matar, sino el cadáver mismo.

IV
Batalla parlamentaria
Emilio Olivier mandó cerrar las puertas de la Cámara y dio orden de que nadie entrase ni saliese mientras no se lograba la captura del asesino. De este modo se trabó en el recinto parlamentario una lucha sorda, una lucha terrible entre dos multitudes violentas y compactas: la multitud aguirrista, que trataba de identificar al matador de Cañizo y prenderlo, y la multitud hilarista, que en parte quería salvar al homicida y en parte procuraba valerse de la confusión para poner en obra sus otros planes.
En el vestíbulo, alrededor del lugar donde el cadáver de Cañizo yacía de bruces, ambas multitudes zumbaban y se arremolinaban. Allí había acudido, al producirse las detonaciones, gran número de diputados, de periodistas, de individuos dispersos de las dos porras. Allí también querían llegar, en río que se despeñaba desde lo alto por todas las escaleras, los ocupantes de las galerías y de las tribunas.
Refiriéndose al homicida, una voz anónima había dicho desde el primer momento:
—¡Es un hombre alto, de traje azul!
Y aquellas palabras, que ahora se repetían de boca en boca, aumentaban en todos los adeptos del aguirrismo el ansia de descubrir, oculto tras la muchedumbre, al personaje concordante con tales señas.
El alboroto crecía por segundos. Cada vez eran mayores, abajo, la afluencia de la gente venida desde los salones y pasillos, y arriba, la presión de quienes abandonaban las localidades altas.
Cerca de Emilio Olivier un oficial de la policía y varios gendarmes escuchaban perplejos las órdenes que el joven líder iba dándoles:
—Mientras la mitad de su fuerza guarda las salidas de la Cámara —profería colérico el jefe de la mayoría aguirrista—, usted, en persona, al frente de la otra mitad, sube por aquella escalera y detiene al asesino, que está allí, agazapado, cerca de aquel sujeto alto, de cara negra y deforme.
Y Olivier señalaba con el dedo la parte de la escalera donde pugnaban entonces por abrirse paso Canuto y su gente.
El oficial se resistía:
—Pero ya le digo que mi fuerza, señor diputado, se compone sólo de veinte hombres. Permita usted que pida a la Inspección la ayuda de toda la imaginaria.
Olivier se encolerizaba más.
—¡Sí, la imaginaria; para que el asesino, mientras la imaginaria llega, se nos escurra de entre las manos!… ¿Tiene usted miedo?
—No, señor diputado, no lo tengo; pero con todo el valor del mundo los imposibles son imposibles. Para vigilar las puertas de la Cámara necesito no menos de quince hombres; para subir hasta donde usted quiere, me harían falta otros veinte y espacio para maniobrar, y para protegerlo a usted en medio de este desorden se requieren los cinco gendarmes que aquí tengo… ¿Cuál de las tres comisiones dispone usted que se desempeñe?
Sin cejar un punto, respondió Olivier:
—Ni he pedido que se me cuide ni lo necesito. Mando que usted, sin desamparar las puertas, vaya a donde está el asesino y lo capture.
El oficial y los cinco gendarmes se movieron entonces hacia la escalera.
Su avance, al principio, no fue difícil; la parte baja del vestíbulo estaba llena de aguirristas, que no sólo daban paso a los gendarmes, sino que se disponían a seguirlos, a ir en su apoyo. Mas una vez al pie de la escalera, la cosa varió. Allí, confundidos aguirristas e hilaristas, y éstos superiores en número a los otros, la masa humana se hacía impenetrable. Los gendarmes —de la policía montada todos— metían las carabinas entre cuerpo y cuerpo y luego trataban de ascender. Subían así dos, tres, cuatro escalones. Pero ya a esta altura el logro de su esfuerzo desaparecía completamente, porque bastaba a hacerlos perder pie, y a precipitarlos de nuevo hasta el primer peldaño, la menor ondulación de la multitud, que sobre ellas pesaba en cuesta.
En lo más alto, Canuto Arenas, Fentanes, Abat y todos sus compañeros se fingían ajenos al origen del desorden; mostraban aire análogo al de los pocos curiosos que esa tarde fueron a meterse en la Cámara y que de pronto se veían envueltos en sucesos no esperados. Ya no lanzaban vivas ni mueras; ya no manifestaban en forma alguna su agresividad de poco antes. Procedían sin aclamaciones, a semejanza de los otros grupos aguirristas o hilaristas, apiñados en todo lo largo de los corredores, o encajonados, hasta perderse en el techo, en las curvas de las escaleras.
Un cambio de táctica se había producido en los dos bandos al sobrevenir el asesinato de Cañizo. Al primitivo empeño de amedrentar, para tener así el dominio del ambiente parlamentario, se sustituía ahora el ánimo de no recurrir a la violencia hasta el momento oportuno para sacar de ella el mayor fruto posible; pero, aun así, sólo a causa de un impedimento material no echaban todos mano a la pistola ni se agredían a muerte: porque la misma estrechez del sitio los paralizaba. Ansiando matarse, tan cerca se hallaban unos de otros que mutuamente se protegían.
En uno de los vaivenes de la multitud, sacudida abajo por el forcejeo de los gendarmes, el capitán Cruz y don Casimiro fueron a juntarse codo con codo en la cima de la escalera. Cruz, atento a las escenas del piso del vestíbulo, lanzaba miradas alternas hacia dos puntos: en uno, gesticulando y dando órdenes, estaba Olivier; en el otro —elipse de quietud, rodeada de intensas agitaciones— se extendía boca abajo, con la cabeza en halo de manchas sangrientas, el cuerpo de Cañizo. En el tránsito de una a otra de aquellas escenas, la mirada de Cruz sorprendió a Olivier comunicándose a señas con don Casimiro, y advirtió luego que éste hacía esfuerzos, junto con los hombres que lo rodeaban, por mezclarse con la gente de Canuto Arenas. Para esto don Casimiro y los suyos se servían hábilmente de la presión de otros grupos, los más altos, que o bien pretendían bajar, o bien se esforzaban por hacer que los de adelante bajasen.
Porque un nuevo elemento de lucha vino a sumarse en aquel instante al tumulto de corredores y escaleras. Sabido ya que las puertas de la Cámara no volverían a abrirse hasta ser preso el asesino, los hilaristas, de una parte, no se mostraban acordes sobre lo que les convenía más, si seguir allí, si bajar al vestíbulo; y, de otra parte, los aguirristas crecían en su resolución de precipitar a sus enemigos escalera abajo para después medirse allá con ellos.
A todo esto nadie descubría, por sitio alguno, al «hombre alto, de traje azul», señalado por muchos como autor del crimen. Y mientras, el verdadero matador —que era un hombre bajo, con traje de gabardina verde gris— se agazapaba cerca de Canuto, protegido por los tres agentes especiales, Márquez, Lomas y Abat, dentro de cuyo cerco hacía lo posible para que no se le notase. No faltaban, sin embargo, y más entre los aguirristas que estuvieron momentos antes en la tribuna de la derecha, quienes empezaran a señalarlo a él como autor único del asesinato. Otros, equivocándolo, decían que era Fentanes; otros, que Abat.
Cinco minutos llevaría la débil fila de gendarmes batallando por abrirse paso al pie de la escalera, cuando Canuto acabó por temer que alguna fuerza más numerosa viniese a secundar aquel ataque, y eso le aconsejó precipitar la crisis, a fin de dominarla. Quería, primero, poner en salvo al matador de Cañizo, y, después, quedar en condiciones aptas para el desarrollo del plan contra los líderes aguirristas.
«Aunque es verdá —pensó— que aquí podríamos, orita mesmo, darle su agua al Olivier.»
Esta idea, como complemento de la otra, le pareció excelente. Con un gesto discreto llamó al capitán Cruz, el cual, no sin trabajos, se aproximó poco a poco, favorecido por sus compañeros, que le abrían camino y se apretaban después para que don Casimiro y los suyos no avanzaran.
Cuando Cruz estuvo suficientemente cerca, Canuto, a media voz, le dijo:
—Oiga, amigo, como está usté viendo, las cosas caminan bien; nomás hay que ponerse águila pa no jerrarla… Vamos a consentir que suban un trecho los gendarmes; luego, así que estén en buen punto, todos nosotros nos les dejamos ir encima, los desbarrancamos hasta mero abajo; luego, allí los regamos, sacamos las armas, arreciamos el alboroto, y entonces, mientras yo me adueño de la puerta para echar fuera al compañero que ya anda comprometido, usté, con otros dos que lo secunden, se acerca al Olivier, me lo liquida por abajo, ¿me entiende?, por abajo, y luego se viene a la puerta para que yo le cubra la retirada… ¿No le tiembla la mano?
—No, mi mayor.
—Bueno; pues estése aquí, detrás de mí, alerta siempre a cumplimentar las órdenes.
La primera parte de este plan de Canuto se realizó matemáticamente. La falange hilarista de la escalera se concertó con rapidez; dejó que los gendarmes y el oficial subieran ocho o nueve escalones, y, conseguido esto, hizo que sobre ellos se desplomara la masa humana que los gendarmes tenían delante, mientras a sus espaldas desaparecía todo apoyo. Y fue cual si de pronto se produjera un alud: desgajada en núcleos que se entrechocaban y se impelían, la multitud de la escalera resbaló irresistible, arrolladora, arrastrando consigo aun a los grupos aguirristas superiores que no pudieron detener a tiempo su propio empuje.
El oficial y uno de los gendarmes, faltos de equilibrio, desaparecieron bajo el torrente humano. Los gendarmes restantes —dos de ellos ya sin armas, ya sin kepis— fueron arrollados y quedaron dispersos. Después se les vio moverse a merced de las corrientes que vino a suscitar en la otra multitud, la de la parte baja del vestíbulo, el oleaje tempestuoso de la nueva masa, refluente allí como en un seno. Sólo el grupo de Canuto bajó compacto e intacto: nada lo desorganizó ni dominó, ni la misma presión formidable que vino ejerciendo sobre él la banda de don Casimiro, arrastrada, como otras, en el caer general, aunque ella hábil al punto de no perder el contacto con el enemigo ni el dominio de sí propia una vez en tierra firme.
Esto último fue causa de que el proyecto de Arenas relativo a la salida fracasara desde el primer intento. Los gendarmes y porteros que guardaban la puerta, insignificantes ante el asalto abrumador de los hilaristas, contaron, cuando menos lo esperaban, con un refuerzo considerable: el de don Casimiro con su gente y el de la porra aguirrista que había estado en la tribuna de la derecha; y reforzados así, lograron resistir. Canuto no sólo no pudo apoderarse de la puerta, sino que se encontró, en su grupo, aislado de los otros sectores hilaristas. Ya tenía enemigo al frente y a la retaguardia.
Por primera vez estimó entonces Canuto que su situación era grave: los aguirristas iban a tener tiempo de organizarse para acometerlo en forma, hasta quitarle de las manos al matador de Cañizo. Ahora la única esperanza era que el capitán Cruz cumpliese lo mandado respecto de Olivier, pues eso, si llegaba a consumarse, sembraría el pánico y daría origen a nuevas oportunidades.
Canuto buscó con la vista a Cruz. Éste, seguido del agente Lomas y del capitán Thivol, bordeaba entonces el sitio donde estaba el cadáver e iba acercándose a Olivier; se movía como si lo arrastrara una de las corrientes en que todos aquellos hombres se agitaban. También vio Canuto en ese momento, a la puerta del salón de sesiones, a los diputados López Nieto y Ricalde; ambos gesticulaban y vociferaban junto con otros diputados hilaristas. Se le fortaleció el ánimo.
—Aguanten todos como los hombres —dijo a los suyos a media voz—. Si naiden se me raja orita, dentro de un minuto la tarde queda por nosotros.
Cruz, Lomas y Thivol estaban ya a dos pasos de Olivier, el cual, con los ojos fijos entonces en la cuadrilla de Canuto, decía algo a varios individuos que tenía al lado… Cruz se acercaba más todavía… Ahora no mediaba ya más que una cabeza entre la suya y la de Olivier…
«¡La verdad de Dios que Cruz es muy hombre!» —pensó Canuto, pronto al sentimiento admirativo del profesional que contempla en otros realizaciones maestras. Y por varios segundos contuvo la respiración, se empinó levemente sobre la punta de los pies…
Así pasó un minuto, un minuto empleado por don Casimiro en aumentar sus efectivos y en mejorar sus posiciones para el ataque. Canuto no lo sintió; toda el alma se le iba detrás de los menores movimientos que hacía la cabeza del capitán Cruz y de los gestos de Olivier, que seguía hablando y mandando.
Otro medio minuto… Canuto Arenas no respiraba… Sonó un disparo… otro luego… y otro… El rostro de Olivier, girando sobre la izquierda, había clavado la vista en la puerta del salón de sesiones, de donde se esfumaron de un salto López Nieto y Ricalde. Y todavía en esa postura Olivier, siguió mirando hacia allá, pero no con la expresión de quien acabase de recibir la muerte, sino revelando apenas cierta curiosidad, cierta inquietud. Durante un instante, que fue un siglo, Canuto esperó ver cubrirse aquella cara con sombras mortales y verla desaparecer en seguida hacia abajo. Pero ni tal suceso vino ni el capitán Cruz se movió de donde estaba… Todo lo que Canuto percibió entonces fue: primero, el torbellino de muchas cabezas hacia el lugar donde Olivier tenía puestos los ojos (allí habían hecho los disparos, no donde Canuto creía), e inmediatamente después, un golpe de gente que, viniéndosele encima, lo rechazaba varios metros, tras de desconcertar toda su tropa y arrebatarle al asesino.
Su excesiva confianza en que Cruz mataría a Olivier le había nublado dos minutos el sentido de la realidad… Quiso reconquistar lo perdido: se llevó la mano a la pistola. Pero antes que ésta saliese de la funda, Canuto se detuvo; don Casimiro le ponía un puñal en el vientre y lo amenazaba susurrante:
—Si tan siquiera mueve la lengua, lo clavo, valedor.
Canuto miró hacia abajo: él era alto, don Casimiro, chaparro. Miró y calló; contestó apenas con el brillo de los dientes.
Esa noche se supo que el matador de Cañizo era un chofer de la Secretaria de Gobernación. Y al día siguiente, a primera hora, Emilio Olivier Fernández recibió la visita del capitán Adelaido Cruz. El capitán venía a contar al líder político cómo había espiado la víspera la ocasión de matarlo, y cómo, por último, en vez de cometer el crimen, había resuelto esperar a relatarle, punto por punto, lo que el Jefe de las Operaciones en el Valle y comandante de la guarnición de la plaza tramaba contra la vida de los principales diputados aguirristas.

Libro sexto
Julián Elizondo

I
Síntomas de rebelión
Falló en su esencia el complot para asesinar a los líderes aguirristas de la Cámara de Diputados, mas no por eso dejaron de producirse algunos efectos también considerables. Hubo, desde luego, una delimitación más rigurosa en las fuerzas políticas. Muchos partidarios de Aguirre —los que hasta entonces sólo le habían sido fieles porque lo suponían capaz de las mayores violencias— se pasaron, convencidos de su error, al bando de Hilario Jiménez. Y en cambio los otros —los aguirristas leales y resueltos, los que pretendían ganar con su propia bandera, no con la del enemigo—, fortificándose en su empeño, se aprestaron a todos los excesos de la lucha tal cual se les proponía.
La llamada opinión pública acentuó entonces su influencia en la obra. Era, secretamente, partidaria de Aguirre —en quien veía al valeroso adalid de la oposición al Caudillo—, y era, secretamente también, enemiga de Jiménez, en quien personificaba la imposición continuista. Pero voz, al fin y al cabo, de clases cobardes, de clases envilecidas en el orden cívico, no se atrevía a resolver la pugna de los grupos abordándola de plano, manifestándose con valor, sino que se limitaba a intervenir en la lucha como el público en los matches de boxeo: azuzando a los contendientes. Noveleros, misteriosos, corrían los rumores de labio en labio: «Se levantará Encarnación Reyes en Puebla», «Se levantará Figueroa en Jalisco», «Se levantará Ortiz en Oaxaca», «Se levantará Elizondo en Toluca». Todo lo cual, espejo de los hechos anterior a los hechos mismos, iba creando las realidades que el espejo anunciaba, y creándolas sólo por eso: porque las anunciaba.
Cuantos tenían ocasión de dirigir a Aguirre dos frases seguidas le decían con más o menos franqueza: «No le queda a usted otro camino que el de los rifles», consejo elevado por los sociólogos a categoría de ley. «En México —le aseguraban estos últimos— todos los presidentes se hacen a balazos.» Y del otro lado, igual. A Jiménez, al Caudillo les tenía puesto cerco del runrún de la inminente sublevación de los aguirristas.
Aguirre, ante tales insinuaciones, daba a entender, si bien con sonrisa incrédula, que sabía de sobra a qué atenerse, mientras el Caudillo, refractario y todo a la idea de que nadie osara rebelársele, extremaba sus complacencias con los generales más sospechosos: abría para ellos, de par en par, las grandes cajas de la Tesorería.
En otros términos: ocurría todo como si en el drama profundo que estaba desarrollándose los personajes no obraran de propia iniciativa —obedientes a sus impulsos, su interés, su carácter—, sino que sólo siguieran, simples actores, los papeles trazados para ellos por la fuerza anónima y multitudinaria. Los obligaba ésta, desde la sombra, a aprender su parte, a ensayarla, a realizarla.
Emilio Olivier y los principales representantes de generales y gobernadores adictos a la candidatura de Aguirre se reunieron una noche con ánimo de tomar determinaciones definitivas.
La junta se celebraba en casa del general Alfonso Sandoval —ex jefe de operaciones, ex gobernador, ex lugarteniente del Caudillo, compañero suyo en las primeras etapas revolucionarias y ahora enemigo de su camarada y jefe de antes por incompatibilidad de ambiciones gemelas—. Tal circunstancia, fortuita hasta cierto punto, respondía en el fondo al verdadero carácter de la reunión. Porque Sandoval no era aguirrista, sino que apenas fingía serlo para abrir paso a sus propias aspiraciones: años llevaba él bregando también por llegar a presidente. Y como él, otros muchos. Ortiz, Figueroa, Carrasco, todos andaban a caza de la Presidencia, pero no para Ignacio Aguirre, sino para sí; y si por de pronto juntaban su pasión de ver por tierra al presidente en funciones, era sólo con el oculto ánimo de reñir después por lo mismo que los conciliaba entonces. Aguirristas sinceros no parecía haber a esa hora, entre los generales, más que dos: Julián Elizondo, jefe de las operaciones militares en el Estado de México, y Encarnación Reyes, jefe de las de Puebla.
Fue Elizondo, de los generales con mando de tropas, el único que acudió en persona a la junta; los otros enviaron representantes. De ahí que sus opiniones —era general de división—, prevalecieran desde el primer momento, lo cual hizo que el acuerdo final difiriese en mucho del que hubieran deseado los más impacientes o los más maliciosos de los reunidos.
El conciliábulo, de hecho, se redujo al confrontamiento de dos maneras de ver: una —la de López de la Garza, representante de Encarnación Reyes; Olivier Fernández y los generales sin cargo activo ni tropas, como Sandoval y Carrasco— que preconizaba el empleo inmediato de las armas; y otra —defendida sobre todo por Elizondo—, que prefería no precipitar las cosas, sino seguir haciendo adeptos entre los generales y coroneles no comprometidos.
De ambas partes las razones parecían ser buenas.
—O nosotros le madrugamos bien al Caudillo —decía Olivier— o el Caudillo nos madruga a nosotros; en estos casos triunfan siempre los de la iniciativa. ¿Qué pasa cuando dos buenos tiradores andan acechándose pistola en mano? El que primero dispara, primero mata. Pues bien, la política de México, política de pistola, sólo conjuga un verbo: madrugar.
Otro tanto aseguraba López de la Garza, aunque no en tono sentencioso, como el líder de los radicales progresistas, sino con argumentos concretos.
—Mi general Reyes —decía— no se aviene fácilmente a esperar más: teme que de un instante a otro le quiten las corporaciones más leales; sabe de cierto que los agentes del Gobierno andan sonsacándole algunos batallones. Y luego, recuerda bien, como todos nosotros, las malas artes del Caudillo: a lo mejor, si se descuida, le dan un albazo.
Pero el general Elizondo tenía para unos y otros respuestas apropiadas. Era uno de esos tipos del Norte, de rostro sin curvas, de bigote sin puntas, de tez clara y sin manchas, de labios blanquecinos y secos —tipos que parecen muy francos, muy leales hasta cuando no lo son—. En él la rudeza norteña cobraba tonos perentorios, tonos que se hacían más enérgicos, más indiscutibles por el importante papel suyo en varias de las mejores batallas ganadas por el Caudillo.
A Olivier le decía:
—Madrugar, sí, licenciado; pero sin que corra uno el riesgo de que pronto lo acuesten. Hay que madrugar tomando en cuenta el reloj. Si no, ¿para qué sirve?
A López de la Garza le replicaba:
—¿Golpes? Los buenos generales no presentan flanco por donde nadie se los dé, y buen general es de veras Encarnación Reyes. ¿Que quieren privarlo de sus mejores cuerpos? Pues que no los entregue. Y si le andan volteando a la gente, que la consienta, que la cuide, y la conservará fiel a su persona. La cosa es no echarse a la revuelta a lo que salga, sino sobre seguro, y seguro todavía no lo podemos hacer. ¿Con qué elementos contamos? Con los del Estado de México, con los de Puebla, con los de Jalisco, con los de Tamaulipas, con los de Oaxaca. Bueno, pues todo eso no es bastante.
—Contamos con toda la nación —argüía Olivier.
—Sí, licenciado; pero hay que distinguir. En estos casos la nación no se bate; se bate el Ejército, y del Ejército, no puede ponerse en duda, lo más no está aún con nosotros. Conviene, pues, seguirlo trabajando.
En momentos así intervenían Sandoval y Carrasco, que, por su misma condición de generales en desgracia, eran los más activos organizadores del levantamiento.
—Todos los jefes a quienes puede hablarse están hablados ya —decían—. Nomás que pasa lo de siempre: que la mayoría no se declara de veras, ni se lanza, hasta que los otros dan el primer paso. Pero ya sabemos que entonces sí: empezando la cosa, el miedo de perder lo hace todo. Así sucedió hace cuatro años. A poco de levantarse las fuerzas de Sonora, ya estábamos todos con el Caudillo. Al gobierno se le desgranó el Ejército en la mano como mazorca podrida.
Una última observación de Elizondo vino a decidir que la junta, en rigor, no estaba capacitada para pronunciarse en un sentido ni en otro. Decía el jefe de las operaciones en el Estado de México:
—Sobre todo, aquí falta lo más principal: conocer a fondo lo que piensa el general Aguirre. Nosotros sabemos que está dispuesto a levantarse, pero ¿a levantarse cuándo? Por lo que me ha dicho a mí, no creo que se aviniera a hacerlo desde luego. Y la verdad es que si la bandera nos la da él, nos saldríamos de lo justo desconociendo que a él le toca, más que a nosotros, escoger el momento de los balazos.
Contra este razonamiento se revolvieron furiosos Olivier Fernández y Sandoval. Negaron, primero, aunque sin desconocer los derechos de Aguirre, que la decisión de tomar las armas no incumbiese a todos por parejo: porque aquél era un caso de vida o muerte que a todos alcanzaba con iguales riesgos. Y afirmaron, en segundo lugar, que Ignacio Aguirre, poco entusiasta de suyo, no sólo necesitaba que en la presente situación se le empujara, se le obligara, sino que, entregado a su arbitrio, exponía a todos a un desastre. Bastante daño había hecho ya no aceptando pronto su candidatura.
Pero ni los esfuerzos de Sandoval y Olivier, ni los de algunos otros, consiguieron sobreponerse a la opinión de Elizondo. Se convino al fin que este último, acompañado de López de la Garza, de Olivier Fernández, de Sandoval, consultara el punto con el candidato, y que, por de pronto al menos, se consintiera en todo lo que el candidato resolviese.
Ignacio Aguirre resolvió en la forma que se temía Olivier. A la indicación franca —hecha por Olivier mismo— de que ya había que pensar seriamente en rebelarse, contestó con franqueza todavía mayor:
—Resuelto a levantarme en armas estoy. Ésa es cosa que no me disimulo ni descuido, pues sé que al fin hemos de venir a parar en ello. Creo, sin embargo, que no debemos recurrir a las armas mientras no tengamos la justificación legal que ha de darnos fuerza. ¿En nombre de qué nos alzaríamos ahora contra el Gobierno? ¿Por una imposición que todavía no se consuma? ¿Por la violación de un sufragio que aún no se emite? Convengo en que tal vez ganáramos, y todo dependería de que el Ejército, viendo en nosotros «la cargada», nos siguiera a tiempo, como en mayo de 1920. Pero lo cierto es que tales movimientos siempre nacen débiles, débiles en el orden popular, y que eso lo pone a uno a merced de la contingencia de que se subleven más o menos tropas. Ahora bien, en el albur de ganarlo todo o perderlo todo, que es el nuestro, ir así no me satisface ni en cuanto a mí mismo ni en cuanto a mis partidarios y amigos. Porque no estaría bien que nos expusiéramos a perder como ambiciosos ineptos, acreedores al desprecio público… Y todavía a esto puedo añadir más, puedo darle el valor de ciertas consideraciones personales. Yo, según lo saben ustedes perfectamente, no quería ser candidato. Una serie de sucesos apenas creíbles vino a meterme en una contienda que no era mía. Hoy la suerte está echada; no lo lamento; acepto gustoso ir hasta lo último. Pero siendo esto verdad, lo es también que no quiero, a toda costa, adueñarme de la Presidencia, y no porque blasone de moral, de puro, de incorruptible —quiénes más, quiénes menos, todos hemos cometido errores en la Revolución y la política, yo acaso más que otros muchos—, sino porque a mí me parece que, sean cuales fueren la mentira y el lodo que nos ahogan, hay papeles que exigen dignidad, momentos del decoro que no deben olvidarse. Nos consta a nosotros que en México el sufragio no existe: existe la disputa violenta de los grupos que ambicionan el poder, apoyados a veces por la simpatía pública. Ésa es la verdadera Constitución Mexicana; lo demás, pura farsa. Pero como nuestras mismas disputas tienen sus reglas y son, en medio de todo, susceptibles de cierta decencia, yo me propongo no disparar el primer tiro mientras el Caudillo y Jiménez no extremen las cosas al punto de que la nación entera nos aplauda si nosotros hacemos lo mismo. Quiero ganar, sí; pero ganar bien; y si eso no es posible, prefiero perder bien, o sea: dejando a los otros el recurso criminal o innoble. A estas alturas no es el triunfo lo más importante; lo es el fallo del plebiscito íntimo que la nación está haciendo siempre. Y si el fallo nos favorece, igual da entonces conquistar la Presidencia que morir asesinados. ¿Cuántas veces no hemos expuesto nosotros la vida hasta por los caprichos más estúpidos o más bajos?
El general Elizondo se sintió no poco complacido con los razonamientos de Aguirre, bien porque creyese en ellos, bien porque viera así confirmada su tesis de que la rebelión era extemporánea. Se acallaron asimismo las impaciencias de López de la Garza y de Sandoval. Pero donde no hincó su filo la elocuencia del candidato fue en las arraigadísimas ideas políticas del líder radical progresista. Éste, sin embargo, no quiso contradecir entonces a Aguirre —comprendía que era inútil—; aunque no dejó de observar:
—Todo eso que usted nos dice me suena a mí perfectamente; no lo niego ni lo discuto. Pero un punto me parece merecedor de más amplios desarrollos, el de las reglas posibles en nuestras contiendas públicas. La regla, la daré desde luego, es una sola: en México, si no le madruga usted a su contrario, su contrario le madruga a usted.

II
Candidatos y generales
La campaña electoral guardó aún, durante varios días, formas de acontecimiento democrático: se hablaba de partidos, de manifiestos, de giras, de asambleas. Mas lo cierto es que, por debajo de tales simulaciones, la atención real de ambos grupos contendientes, y lo principal de su esfuerzo, propendía sólo, cuando no a ejercitar posibles violencias, a repelerlas. El Caudillo y Jiménez no ahorraban medio para deshacer en el germen la sublevación que por fuerza había de venir. Los aguirristas espiaban y urdían; multiplicaban cerca del Ejército su propaganda sediciosa o defensiva, temerosos de que el Gobierno les asestara el golpe antes de estar ellos en aptitud de resistirlo.
Así las cosas, empezaron a sentirse barruntos del choque final la tarde de la sesión de honor con que el «Grupo de Diputados pro Ignacio Aguirre» recibía en sus oficinas la primera visita del candidato.
El local del Grupo se hallaba situado en la esquina de la avenida Madero y la calle de Bolívar. Nunca faltaba gente en él. Esa tarde se llenó de aguirristas una hora antes que de costumbre, y a las seis y media, al presentarse el huésped, la multitud no cabía en el edificio: desbordando de los corredores, del patio, del zaguán, la gente se amontonaba en la calle. Olivier, por supuesto, había convocado allí su porra parlamentaria; Eduardo Correa sus huestes municipales, y de ese modo —añadido el calor de la simpatía pública por Aguirre— el suceso se adornaba con intensos relumbres de democracia auténtica.
Bien avanzada la ceremonia, llegó para el candidato, por teléfono, recado de que en su casa se le necesitaba urgentemente. Avisos así, en momentos tan solemnes —pronto haría Olivier la apología del futuro Presidente de la República; pronto contestaría el aludido elogiando el programa del Partido Radical Progresista— eran irregularidades insólitas; aquella de entonces debía de originarse en causas muy graves. Aguirre, con todo, se limitó a decir que iría a su casa lo más pronto posible, y continuó atento al discurso que a la sazón estaba pronunciando Juan Manuel Mijares.
Media hora después —Olivier ocupaba ya la tribunal— el requerimiento tornó a producirse, más exigente esta vez que la primera. Aguirre llamó entonces a Remigio Tarabana y le rogó que fuese, en un vuelo, a enterarse de lo que ocurría.
Pasaron veinte o treinta minutos. Olivier terminó. Aguirre se puso en pie y dio comienzo al amplio discurso que traía preparado. Cuando de allí a poco Tarabana estuvo de regreso, Aguirre lo vio hablar con López de la Garza —que a los pocos instantes se ausentó a su vez—; pero no descubrió en el semblante del uno ni del otro signos de grandes inquietudes. Se entregó, pues, a proseguir hasta lo último su disertación. La agotó; habló cerca de una hora. Y lo hizo con tan firme elocuencia, que períodos y ovaciones acabaron alternándose.
Concluido el discurso, los vítores del salón prendieron en los corredores; de allí pasaron a las escaleras, al patio, al zaguán; de allí, a la calle. En ésta, porra y pueblo, aglomerados en la esquina, aclamaban al candidato y le pedían a gritos, seguidos por la turba de los curiosos, que se mostrase. Hizo abrir Olivier los balcones y aparecieron allí Aguirre y los líderes más conspicuos, mientras abajo, nocturno, brillante, el tráfago de la avenida quedaba en suspenso. Y fue entonces, al margen de la cortísima arenga que Olivier dirigió a la muchedumbre callejera, cuando Aguirre y Tarabana entablaron diálogo en voz baja:
—¿Algo urgente?
—Demasiado, sospecho. Es Jáuregui, el jefe del 16° Batallón; aguarda en tu casa desesperado por hablar contigo. Parece que hay mar de fondo…
—¡Déjate de cursilerías! ¿Qué dice el coronel?
—Poco y mucho; que el asunto es de vida o muerte; que tienes que hablar con él hoy mismo.
—Pero, en concreto, ¿de qué se trata?
—¡Ah, eso no lo sé! Insiste en que sólo a ti puede comunicarlo. También me pidió que López de la Garza, si se hallaba en este sitio, fuera a verlo en seguida. Ya ha ido.
La multitud acogía con aplausos frenéticos las últimas palabras de Olivier. Tornaba a gritar. Quería ahora que el candidato en persona la arengase. Algunos claxons, a coro, protestaban desde el fondo de la calle porque se obstruía el paso. Aguirre, que presentía la gravedad de lo que pudiera comunicarle el jefe del 16° Batallón, se valió de aquello para decir apenas tres palabras, y de ese modo consiguió que el mitin, en pocos minutos más, concluyese.
Cosa de las nueve y media entró Aguirre en su casa acompañado de Axkaná González, de Olivier, de Correa y de algunos otros partidarios y amigos próximos, entre ellos el gobernador de Jalisco —Agustín J. Domínguez— que desde Guadalajara había venido a la sesión de honor. Los acompañantes permanecieron en la sala de recibo; Aguirre se dirigió a la pieza donde el coronel Jáuregui seguía aguardándolo.
Tras rápido saludo, el coronel le dijo:
—Puede usted no creerme si gusta, mi general; pero lo que vengo a contarle es tan cierto como que aquí estamos viéndonos las caras. Una vez le fueron a usted con no sé qué chismes sobre mi persona; usted, creído de ello, me postergó; yo me resentí, y desde entonces, al parecer, no somos amigos. Así lo dicen; hasta se me figura que usted mismo así lo piensa. La verdad, por fortuna para mi buen nombre (pues no soy de los que olvidan al primer tropiezo todos los favores pasados) no es ésa por ahora. Amigos somos: yo, quiero decir, lo soy de usted, y prueba de que no le miento la tiene en mi conducta. Mientras otros que usted antes protegía lo traicionan, yo vengo aquí a enterarlo del golpe que sus enemigos están preparándole. La cosa es ésta: mi general Leyva nos ha pedido a tres coroneles (al del 44°, al del 21° y a mí) que denunciemos como hechas a nosotros las proposiciones con que, según se afirma, los generales adictos a la candidatura de usted andan sonsacando a quienes tenemos mando de fuerzas. Los jefes del 44° y del 21°, por lo mismo que le han vuelto a usted la espalda desde que renunció al ministerio, se conchabaron gustosos con Leyva a cambio de ciertas ventajas. Yo, cogido a dos fuegos, ¿qué había de hacer? Consentí para disimular. Pero lo peor de todo no es eso. Después de la entrevista con Leyva, que fue a primera hora de la tarde, he sabido que esta misma noche lo aprehenderán a usted cuando menos se lo espere. Piensan justificarse con nuestra denuncia y con un alboroto que el coronel Siqueiros, jefe del 19°, va a armarle en Puebla a mi general Encarnación Reyes. También aprehenderán a mis generales Sandoval y Carrasco, y también a los principales líderes civiles que trabajan la candidatura; y a todos, lo sé de muy buena fuente, van a formarles juicio sumario que los sentencie a la última pena. Yo, mi general, cumplo avisándoselo a tiempo, y se lo aviso sin más que pedirle en recompensa dos cosas: que no me perjudique dejando traslucir que yo fui quien le vino con el soplo, y que lo del falso testimonio me lo perdone. De negarme a hacer la delación, ¿qué hubiera conseguido sino sacrificarme sin beneficio para usted ni para nadie?… El general López de la Garza, que estuvo aquí hace rato, sabe ya lo que se refiere a mi general Reyes, y a estas horas, a lo que calculo, ha de ir camino de Puebla.
De regreso en la sala, Aguirre concertó someramente con sus amigos la conducta que convenía seguir. Urgía, con toda evidencia, ausentarse de México cuanto antes. Pero ¿hacia dónde? El gobernador de Jalisco hubiera deseado que fueran a Guadalajara; allá las tropas, con el general Figueroa a la cabeza, eran aguirristas. El viaje, empero, resultaba imposible, dada la distancia. Se pensó luego en Puebla, que ofrecía el mejor refugio: Encarnación. Mas de ser cierto el anuncio sobre el alboroto del coronel Siqueiros, la prudencia aconsejaba no seguir tampoco aquella senda. Vino a resolverse que lo más rápido y seguro, acaso lo único factible, era trasladarse a Toluca, donde se contaría con la protección del general Elizondo, también aguirrista.
Dispuestos todos a partir, dictó Aguirre unas cuantas providencias. Ordenó que dos de los autos que habían quedado a la puerta fueran a escape en busca de Carrasco y Sandoval, con instrucciones, si no los hallaban en casa, de volver inmediatamente. Previno para el viaje a Cisneros, su secretario, y a Cahuama y Rosas, los dos ayudantes que conservaba consigo. Escogió un propio que fuera a Puebla al día siguiente a informar a Reyes y a López de la Garza sobre lo que había resuelto hacer. Y, por último, pensó en el dinero.
Como de costumbre, él no llevaba en el bolsillo arriba de trescientos pesos; en su casa habría apenas mil. Llamó aparte a Tarabana para preguntarle qué suma, a esas horas, podría conseguirse.
—Tengo en mi casa —respondió Tarabana— seis mil pesos míos y catorce mil de la Pavimentadora.
—¿Te atreverías a prestármelos?
Tarabana sólo contestó:
—Corro por ellos.
Diez minutos después se presentaron los generales Carrasco y Sandoval, y casi al propio tiempo regresó Tarabana.
Éste fue con Aguirre hasta el despacho, detrás de cuya puerta dijo a su amigo:
—¿Llevas tú el dinero, o lo llevo yo?
—Lo llevo yo.
Tarabana sacó entonces su cartera y de ella tomó, con el ademán hábil e inexpresivo de quien maneja a menudo gruesas sumas, un fajo de billetes. Todos eran nuevos; todos iguales. Sujetándolos con los dedos entre los cuales conservaba aún la cartera, oprimió el canto del paquete con el pulgar de la otra mano, cual si contara los billetes al cálculo del ojo, y dijo a Aguirre, conforme se los tendía:
—Veinte mil pesos justos. Cuarenta billetes de a quinientos pesos cada uno.
Aguirre, sin mirar casi, puso los billetes en el bolsillo que su chaleco tenía por la parte interior del lado izquierdo, y luego los dos amigos tornaron a la sala.
Minutos después salieron todos a la calle.
En la puerta, inesperadamente, un reportero de El Gran Diario abordó al candidato con juvenil desenvoltura:
—General, buenas noches. ¡Qué suerte: frente a usted de buenas a primeras! Vengo a entrevistarlo y a que me haga, a ver si me aumentan el sueldo, la más sensacional declaración de nuestra época.
Era casi un adolescente; por la ingenuidad del rostro, un niño. Aguirre, que lo conocía bien, le respondió con dulzura:
—No, mi joven amigo. Hoy no estoy para declaraciones.
Notó el reportero que Rosas y Cahuama ponían en uno de los autos dos carabinas y varios bultos de mantas. Eso le hizo exclamar:
—¡Gran noticia! ¡Se va usted de viaje!
—No, joven —replicó Aguirre—; voy sólo de paseo, y usted, que es un buen amigo, va a prestarme el servicio de no decir de ello ni una palabra.
—Sólo con una condición, mi general.
—La conoceremos…
—Que me lleve con usted.
Un momento lucharon en el ánimo de Aguirre la piedad, el optimismo y el interés. Luego dijo:
—¿Y si le ruego que no me acompañe?
—Corro al periódico y doy con más ganas la noticia.
—Bien; en ese caso, acompáñenos usted.
Aparte los choferes, fueron trece las personas que se acomodaron en los automóviles. Al Cadillac de Aguirre subieron —además del candidato— Axkaná, Domínguez, Tarabana y Correa; con Olivier iban Mijares, Carrasco y Sandoval; en otro coche, Cisneros, Cahuama, Rosas y el reportero de El Gran Diario.
En el momento de partir pidió Aguirre que los coches se desviaran hasta la calle de Rosas Moreno. Allí se detuvo el Cadillac frente a la casa de Rosario. El ex ministro se apeó; entró, y a los pocos minutos volvió a salir. La sombra de una mano descorrió un visillo; una cabeza se pegó al cristal de un balcón…
Daban las once y media cuando los tres autos, dejando a un lado la calzada de Tacubaya, enfilaron hacia la carretera.

III
El Plan de Toluca
A medianoche las calles de Toluca eran desiertos entre casas; quieta luminosidad, flotante en sombra, de los faroles del alumbrado público; bultos pardos, inmóviles, de los serenos fijos contra el muro al rayo diagonal de su linterna; de tarde en tarde, un ladrido, un grito.
Aguirre y sus doce acompañantes descendieron de los automóviles frente a la puerta del hotel. Las habitaciones que pidieron eran muchas; tomaría tiempo el prepararlas. Como habría también que esperar al general Elizondo, en cuya busca mandó Aguirre a Cahuama y Rosas, y como hacía frío, pidió Olivier que se les abriese el bar.
Una vez allí, todos se instalaron según su costumbre en tales sitios y a tales horas. Había tres mesitas; en torno de ellas se distribuyeron para comer y beber. Aguirre pidió su bebida cotidiana. Porque a los brotes de la excitación que les había producido el tener que ausentarse de México por sorpresa, sucedía ahora un optimismo firme y ruidoso. Estaban ya bajo el amparo militar de Elizondo; se sentían fuertes.
Sandoval y Carrasco no hacían sino hablar de la conveniencia de alzarse en armas inmediatamente; las tropas de Elizondo desde el Estado de México, y las de Encarnación Reyes desde Puebla, podían lanzarse sobre la capital, mientras Figueroa, maniobrando desde Jalisco, aislaba al Caudillo y Jiménez de los estados del Norte y los privaba así de toda posible ayuda por parte del gobierno norteamericano. Luego, conocida esta magnífica posición estratégica, vendría la «huelga de generales», como en 1920, con lo que la rebelión triunfaría en un mes.
—¿O no es bueno el proyecto? —preguntaba Sandoval al candidato.
Aguirre, entre sorbo y sorbo de coñac, respondía:
—Militarmente no es malo; pero falta estudiarlo en lo político. Lo primero es conocer el curso que va a tomar la opinión pública cuando se sepa lo que está tramándose contra nosotros.
Olivier, que compartía con Aguirre y Tarabana la botella de Hennessy, había sacado su cuaderno de apuntes e iba escribiendo —con igual entusiasmo que en la Cámara las mociones suspensivas o las iniciativas ocasionales— los puntos que a su juicio debían incluirse en el plan del movimiento. Locuaz en su arrebato optimista, recitaba en voz alta lo que escribía:
—Considerando, primero…; considerando, segundo…
Entre nota y nota, varias veces comentó:
—Veremos qué futuro reserva la historia al Plan de Toluca.
Mijares, Axkaná y Correa hablaban con Domínguez acerca de los recursos militares del general Figueroa en Jalisco; hacían consideraciones sobre el estado del ánimo popular en Occidente; y todos así, hasta el joven redactor de El Gran Diario, que, en singular plática con Cisneros, esbozaba planes de acometividad política y guerrera, pues olas de plenitud interior, activadas por la misteriosa virtud del vino, fluían por sus venas paralelamente a una emoción nueva: la de sentirse transportado, como por magia, desde sus humildes labores de informador de grandes sucesos, hasta el rango de autor o, por lo menos, coautor de la fuente generadora de la grandeza informativa.
Aguirre estaba ya resuelto a todo; pero sentía la necesidad de recoger la brida a tanto entusiasmo. Sobre la mesa inmediata a la suya había un tablero con piezas de ajedrez. Hizo que se lo pasaran; y para romper en parte la obsesión política, dijo a Olivier Fernández:
—Probaremos quién gana: si los hilaristas o los radicales.
Fue como si un resorte levantara de sus asientos a los demás. Sin ser supersticiosos, la voz atávica del horóscopo, del augurio, del presagio, recobró en ellos, gracias también a los crecientes efectos del vino, momentáneo imperio. A ver la partida se acercaron todos.
El juego, sin embargo, favorable a Aguirre desde el comienzo, avanzó apenas, pues minutos después entró en el bar, acompañado de Cahuama y Rosas, el general Julián Elizondo.
Al verlo aparecer, la efusión de algunos fue enorme. ¿Y cómo no había de serlo, si desde hacía dos horas el jefe de las operaciones en el Estado de México, y sus cuatro mil hombres, cobraban en el espíritu de aquel corto número de aguirristas ya perseguidos preeminencia absoluta? No todos, además, como era de esperarse, sabían disimular sus sentimientos.
Fundándose quizá en sus altas prerrogativas de generales, Sandoval y Carrasco pretendieron ser, juntamente con Aguirre, quienes enteraran a Elizondo de los hechos y quienes luego acordasen con él lo conveniente. Pero Aguirre, muy firme —era la firmeza que él sabía adoptar tan pronto como le daba la gana—, dijo sin posibilidad de réplica:
—No, señores. Primero hablaremos a solas el general Elizondo y yo; después suplicaré a Olivier y al general Domínguez que estudien el punto con Elizondo y conmigo, y, terminado esto, diré lo que haya de hacerse.
En un rincón de la sala frontera al bar departieron el candidato y el jefe de las tropas. La conversación fue larga, pero en esencia se redujo a muy poco. Aguirre la inició con declaraciones categóricas.
—No creas —dijo— que vengo a comprometerte valiéndome de tus reiteradas ofertas para cuando el momento grave llegara. El Caudillo y Jiménez lo tenían todo preparado para apoderarse de mí y de mis amigos esta noche, con el propósito de someternos, so pretexto de que encabezo una rebelión, a un consejo de guerra sumarísimo. Por eso estamos aquí. Vengo, pues, no a invitarte a que te levantes en armas, sino a pedirte protección. Tienes cuatro mil hombres y somos amigos viejos, hermanos en las armas; puedes, por tanto, sin desdoro de la más estricta obediencia militar, impedir que el Caudillo cometa con nosotros un atentado infame. Porque como a ti no ha de mandarte que me aprehendas mientras sospeche que puedes no obedecerlo, mis amigos y yo no corremos ningún riesgo esperando en Toluca a que las cosas se aclaren. El gobernador de aquí, ya lo sé, es nuestro enemigo; pero eso no importa, no importa al menos mientras se piense que tus fuerzas nos protegen. ¿Esto que te pido te compromete más allá de lo que querrías hacer? Si es así me lo dices ahora mismo, me das (o me dejas que yo los busque) caballos y unos cuantos hombres, y dentro de dos horas nos vamos a otra parte… Ahora, que como te digo una cosa te digo la otra: si tú, de propia voluntad, quieres unir tu suerte a la mía, y me aconsejas que nos levantemos en armas, porque te parezca que eso es lo único que se puede hacer, entonces estoy dispuesto a entenderme contigo en otros términos, por más que yo, hablando sin la menor doblez, no busco el levantamiento.
Con breve precisión norteña, que en él parecía traslucir hondas e inquebrantables disposiciones a la lealtad, Elizondo repitió varias veces, realzadas las palabras por énfasis tranquilo:
—La justicia te asiste y eres mi amigo, amigo a quien debo multitud de favores. Dispón lo que quieras; mis tropas son tuyas.
Se acordó entonces, ya en presencia de Olivier y Domínguez, que toda resolución se aplazara hasta recibir noticias de lo que esa noche pudiese ocurrir en Puebla a Encarnación Reyes, así como de la conducta que él adoptase. Y para quitar argumentos a los odios hilaristas de Catarino Ibáñez (el gobernador) se acordó dar a la estancia de los aguirristas en Toluca visos de gira electoral. Ese tiempo, también, serviría a Domínguez para avisar de algún modo al general Figueroa que se guardase de gente sospechosa y estuviese presto en Jalisco.
Cuando los demás militares y políticos conocieron la favorable actitud de Elizondo, las luces del bar alumbraron con brillos más puros. Hubo muchas copas. El jefe de las operaciones charló franco y animado, aunque sólo breves instantes, con Aguirre, con Tarabana, con Axkaná, con Carrasco. Bebió con unos y otros. Por último, despidiéndose, recomendó algo importante: que al otro día los aguirristas procuraran acercársele lo menos posible. Era precaución esencial.
Camino de la puerta se detuvo un momento para decir a Aguirre:
—Catarino Ibáñez es más peligroso de lo que tú crees. Voy, pues, con el pretexto de darles garantías, a mandarte una escolta.
Ido Elizondo, nadie pensó ya en meterse en la cama, pese a la hora. ¿Cómo hacerlo si las noches que se pasan así —para los más de ellos, las mejores siempre— adquirían a ojos de los veteranos en lides revolucionarias y políticas atractivo irresistible? Por el momento a todos invadía y señoreaba el singular regocijo dinámico —alborozo inquieto de sí mismo— que va unido a las esperanzas lisonjeras donde el azar es ley. Eso multiplicaba, centuplicaba, en el orden de las satisfacciones asequibles, el valor de cada minuto presente.
Llamaron al encargado del bar y le pidieron más botellas. Habían vuelto a ocupar sus asientos de poco antes.
—¡Pierden los hilaristas! —exclamó Olivier echando en la caja las piezas del ajedrez.
Y en aquel estado, propenso a todos los excesos de la expansión, siguieron durante largo tiempo, dejaron correr libres las horas de la madrugada.
A eso de las cuatro y media, cuando la fatiga y el vino empezaban a rendir a los más resistentes, apareció en la puerta un capitán seguido de otros dos oficiales, de varios sargentos y de alguna tropa. El redactor de El Gran Diario exponía entonces por centésima vez, con palabras apenas inteligibles, su tema del momento: a él le tocaba ser el cronista oficial de la rebelión.
Varias voces prorrumpieron a modo de bienvenida a los soldados.
—¡Ya tenemos escolta!
—¡Bien por Elizondo!
—¡Fraternicemos!
Los tres oficiales y tres sargentos se habían acercado hasta la mesa de Aguirre; el resto de la tropa quedó distribuido, como de intento, entre la puerta de salida y el mostrador, entre el mostrador y las mesas, entre unas mesas y otras.
—¡Un trago de coñac, capitán! —gritó Olivier, sin esperar siquiera a que el jefe de la escolta saludase al ex ministro de la Guerra.
Cogió el capitán la copa y la vació. En seguida, inclinándose hacia Aguirre, dijo:
—Excuse usted, mi general, que venga a interrumpirlo a semejantes horas…
—¡Usted no interrumpe nunca! —exclamó Olivier, bamboleante en su silla.
Y Aguirre, a la vez, dijo tan tieso como pudo, aunque arrastrando notablemente las palabras:
—No hay cuidado, compañero… Unas cuantas horas de alegría con los amigos… Siéntese usted.
El capitán continuó diciendo, sin sentarse:
—Me ordena mi general Elizondo pedirle a usted y sus amigos que pasen a hablar con él inmediatamente. ¿Tiene usted la bondad de acompañarme?
Un relámpago de lucidez, completa aunque efímera, hizo que Aguirre intentara ponerse en pie; pero ya el capitán y sus auxiliares lo tenían sujeto, lo mismo que a cuantos rodeaban la mesa, y entre tanto, más allá, los soldados procedían a prender y desarmar a todos los otros. El asalto había sido tan súbito, tan inverosímil, que diez segundos bastaron para que se consumara. Cuando Aguirre se había apartado la copa de los labios, sus amigos estaban libres; al ir a ponerla en el plato, los veía presos. Verdad que de todo el grupo, nadie, o casi nadie, se hallaba en condiciones de resistir. Axkaná, Cahuama y Rosas, los únicos medianamente en su juicio, se incorporaron en balde: antes que su mano llegara al revólver sentían ya, apoyadas sobre el vientre, las bayonetas de los máuseres.
Mandó el capitán que escolta y presos salieran del bar inmediatamente. Aguirre, en medio de su borrachera, recuperó la dignidad; no parecía que lo llevaran preso los dos tenientes que le ayudaban a salir, cada uno por un brazo: simplemente lo acompañaban. A Olivier, en cambio, y a Mijares, y a Correa, y al periodista los sacaban casi en peso. Carrasco, Domínguez y Sandoval forcejeaban débilmente; Tarabana dormía. Axkaná, Cahuama y Rosas caminaban sujetos por muchas manos y con el cañón de las pistolas amagándoles el rostro. Pero la aprehensión de todos había sido sorda: sin un disparo, sin una, exclamación.
En la calle había más soldados. Todavía estaban allí, al hilo de la acera, los tres autos venidos desde México. Los choferes, a medio despertar, se incorporaron azorados detrás del volante sin darse exacta cuenta de lo que sucedía.
Dispuso el capitán que todos los presos y sus respectivos custodios subieran a los coches; él mismo montó al que conduciría a Aguirre y Olivier. Y en seguida ordenó que automóviles y escolta se pusieran en marcha. En el primer auto, junto al chofer, uno de los sargentos iba indicando el camino.
Ignacio Aguirre se sacudió poco a poco el torpor. La imagen de Elizondo, las escenas del bar, las formas vagas de los soldados marcando el paso a ambos lados del auto, iban coordinándosele en la conciencia. Acabó por tener una idea casi clara de lo ocurrido.
Con voz ya menos insegura preguntó al capitán:
—¿A dónde dice usted que vamos?
—Al cuartel del regimiento, mi general, que es donde lo espera a usted mi general Elizondo.
Aguirre guardó silencio y miró por la ventanilla entreabierta: clareaba el alba; pinceladas de luz lechosa subían al cielo más allá del remoto término de una calle. Una palabra se le formuló sola en el pensamiento, y sola se silabeó allí. Sus labios la tomaron entonces y la repitieron en susurro: «Madrugar»; tras lo cual su pensamiento, cogiendo la palabra de nuevo, vino a hilvanarla en una idea: «La política mexicana no conjuga más que un verbo: madrugar». Aguirre recitaba, para sí, el supremo aforismo político de Olivier Fernández.

IV
«El Gran Diario»
En una habitación del cuartel adonde lo habían llevado preso, Aguirre despertó, horas después, no a influjo de sobresaltos extraordinarios, sino como otras muchas veces: renaciendo paulatinamente a la conciencia de ruidos lejanísimos y de sensaciones orgánicas elementales. Un vuelco del recuerdo, en el propio acto de la reintegración de la memoria, le hizo comprender de un golpe lo comprometido de su situación; pero aun eso —la sonrisa le afloró a los labios al considerarlo— no le produjo desasosiego hondo fuera de los linderos racionales. Comprendía que su caso era desesperado, mas no se sentía en él. De allí que, por de pronto, le estorbara en el espíritu, más que cualquiera otra cosa, una incoherencia punto menos que desdeñable: la que surgía entre el dato subconsciente, pero eficaz, de haber dormido apenas unas horas, y la ilusión fisiológica de que entre aquel momento y su arresto en el bar mediaba una noche entera.
Tendido de espaldas en el catre pasó buen rato zurciendo recuerdos. Veía las formas difusas de sus doce amigos en el instante en que atravesaban el patio del cuartel a la luz de la aurora: él, entre tanto, caminaba en sentido diagonal al de ellos. Recordó, precediéndole, un farol pálido e inútil en la mano de un soldado; luego una puerta que se abría; luego, en el cuarto casi a oscuras, este diálogo con el capitán:
—¿Por qué me aseguró usted que aquí me esperaba el general Elizondo?
—Así me lo ordenaron, mi general.
—Bien —había agregado él tras breve pausa—; entonces escúcheme.
Y sacando del bolsillo los cinco aztecas que allí llevaba, y dándoselos al capitán, había dicho:
—Algo puede hacerme falta; para ese caso, tome usted.
«A lo mejor —se repetía ahora— esos cien pesos resultan ser los más bien gastados en toda mi vida.»
El cuarto donde se hallaba no tenía, aparte la puerta, hueco alguno. La oscuridad era casi absoluta. Sólo en la región donde las hojas de madera se acercaban al piso la luz del día alumbraba como finísima regla de horizontalidad brillante.
Aguirre se puso en pie —tenía puesta la ropa— y, casi a tientas, caminó hacia la raya de luz. Acercó su reloj hasta la arista misma del ángulo luminoso para ver qué hora era: el reloj se había parado a las diez… Del otro lado de la puerta se oían pasos y voces: a mayor distancia, rumores castrenses… Dio Aguirre cuerda al reloj, que puso en las doce, calculando que fuera el mediodía, y vino de nuevo al catre. Un toque de clarines sonó de allí a poco: su cálculo del tiempo no había errado sino en varios minutos.
Y así transcurrieron una, dos, tres horas: tres horas, no de incertidumbre, ni de inquietud, sino de serena conciencia de cuanto significaba aquello. Porque la traición de Elizondo, absurda en apariencia al presentarse en el hotel el capitán y la escolta, ahora le parecía a Aguirre, consumada ya, de lógica irreprochable. Apoyarlo a él habría equivalido, para Elizondo, a exponerlo todo; traicionarlo significaba asegurar el triunfo de los otros sin el menor riesgo, triunfo que sería de Elizondo también.
«Elizondo será —musitó Aguirre— ministro de la Guerra en el gobierno de Hilario Jiménez.»
De estas reflexiones, en las que caía de nuevo a poco de abandonarlas, pasaba constantemente a otras y a otras. Unos segundos evocó la mano de Rosario en el acto de descorrer, a modo de despedida, el visillo del balcón; vio la silueta de su amiga recortándose en los cristales. Pensaba a ratos en su mujer, y en Axkaná. Recordó varias veces las palabras de este último la tarde de la conversación siguiente a la postrera entrevista con el Caudillo. De Axkaná saltaba a la Mora, luego a Olivier, luego a la imagen del coronel Zaldívar librándose del sabor del tequila mediante tragos de coñac. Como su pensamiento no sentía la urgencia de aclarar nada, divagaba ocioso. Profundo, inconmovible, su fatalismo le hacía sentir que el dado de su destino no estaba ya en el cubilete.
Aquella uniformidad de ritmo interior y exterior con que fue corriendo el tiempo vino a romperse cuando, por primera vez, cesaron voces y pasos detrás de la puerta. Bailaron entonces en la regla de luz puntos y segmentos de sombras. Crujió algo entre las maderas y el piso, algo que primero golpeó la puerta por fuera y que luego entró en el cuarto arrastrándose. Aguirre se levantó lentamente y fue a ver.
Le habían echado un periódico.
«Primer fruto de mis cien pesos —murmuró el candidato.»
Y a la luz de la rendija —era como si algo mágico se realizara al salir del misterio cada sílaba— leyó signo a signo, el nombre del diario y las primeras titulares. Pero aquella magia, de súbito, se le mudó en asombro. El Gran Diario decía que Aguirre y los suyos se habían levantado en armas. «¡En armas!» Doblado en tres, con el rostro casi a ras del suelo, el candidato sintió amagos de que iba a disolverse su identidad y acabó riéndose de sí mismo durante breves instantes.
No alcanzaban los débiles resplandores de la puerta para leer lo impreso en letra menuda: sumarios y texto. Aguirre tornó a la cama; se sentó en ella y desplegó el periódico a la luz de las cerillas que aún llevaba en el bolsillo.
Propiamente, El Gran Diario no afirmaba nada por su cuenta: tres líneas tan sólo, y luego una declaración oficial y dos larguísimos boletines con cada párrafo entre comillas. Era, pues, manifiesto que el diario no contaba lo que sabía, sino aquello que le obligaban a contar. Las líneas preliminares lucían con laconismo elocuente. La noticia era como sigue:
«Pasada la medianoche de ayer llegaron a este periódico rumores sobre sublevaciones militares en Puebla y Toluca. Ocurrimos desde luego, en demanda de datos oficiales, al Estado Mayor Presidencial. Allí el señor general Carlos Torres, jefe de los ayudantes del señor Presidente de la República, nos dijo: “Varias de las corporaciones que guarnecen la plaza de México estuvieron a punto de abandonar esta noche sus cuarteles, arrastradas, con engaño, a la rebelión que venían preparando ciertos elementos levantiscos. Por fortuna, los comandantes de los batallones 16°, 21° y 44°, en cumplimiento de su deber, comunicaron a la superioridad oportunos informes sobre los proyectos de los rebeldes, y eso permitió que los tales planes fueran destruidos casi por completo gracias a la eficacísima intervención del general Protasio Leyva, Jefe de las Operaciones Militares en el Valle. Sobre lo acontecido en Puebla y Toluca esta oficina entregará a la prensa, dentro de dos horas, amplios boletines.” “¿Qué relación pueden tener estos hechos con los candidatos a la Presidencia?” —preguntamos al general Torres. “También acerca de eso —nos contestó— daré pronto a ustedes un informe de carácter oficial”».
Los boletines, sin comentario alguno por parte del periódico, venían en seguida. El primero lo firmaba el Caudillo; decía así:
«Desde que se inició la lucha electoral tuve conocimiento de la labor sediciosa que hacían el general Ignacio Aguirre y algunos de sus partidarios. Supe de jefes militares que habían recibido invitación para rebelarse contra las instituciones. Varios agentes aguirristas viajaban por la República con propósito de sobornar a los jefes de los cuerpos. Por otra parte, es del dominio público que tanto Aguirre como sus sostenedores, ya en declaraciones a la prensa, ya en sus discursos, anunciaban constantemente, en forma más o menos encubierta, su firme resolución de recurrir a las armas. A pesar de todo, este Gobierno guardó siempre actitud serena; nunca molestó a quien se hacía llamar candidato radical progresista; dio amplias garantías; hizo ver cuál era el camino del patriotismo, y ofreció que el voto público sería respetado. Tan clara fue en esto la conducta del Gobierno que el general Aguirre jamás pudo hacerle justificados cargos de parcialidad. Todo ello, por desgracia, ha sido inútil. El general Aguirre logró corromper a la mayor parte de las fuerzas comandadas por el general Encarnación Reyes, que anoche asumieron en Puebla actitud de franca rebeldía, y estuvo a punto de conseguir otro tanto con varios batallones de esta capital. Había, en efecto, concertado las cosas en tal forma que el movimiento estallara a la vez aquí, en Puebla y en Toluca. Gracias a la enérgica intervención del general Leyva, y a los leales servicios de los coroneles Jáuregui, Acosta y Hernández, la asonada, en la capital, ha sido un completo fracaso. En Puebla, el traidor general Encarnación Reyes se ha hecho dueño del Estado después de desarmar y sacrificar villanamente al pundonoroso coronel Siqueiros y a casi toda la oficialidad del 19° regimiento, que se negó a secundar los pérfidos planes. En Toluca, por último, hacia donde Aguirre y los principales jefes del movimiento se dirigieron poco antes de la hora en que, según creían, había de estallar aquí el cuartelazo, la intentona tuvo éxito casi nulo. El recto general Julián Elizondo logró pronto persuadir de su error a los oficiales y tropa que ya se disponían a olvidar sus deberes; ante lo cual, Aguirre no tuvo más recurso que escapar al frente de reducidísimo número de militares y civiles. El Gobierno que presido ha dictado sin tardanza enérgicas disposiciones para batir y deshacer a estos traidores; a la una de la tarde de hoy el general Aispuro, con cinco mil hombres, saldrá a iniciar, en combinación con las fuerzas de Tlaxcala y Veracruz, el avance sobre Puebla; y antes de cuarenta y ocho horas, lo garantizo al país, Aguirre y cuantos lo acompañan habrán caído en poder de las tropas leales, pues ya se le persigue activamente y de cerca. Hago, por último, una solemne promesa a la nación: si este Gobierno fue complaciente en un principio, al punto de pasar por alto muchas de las faltas que se estaban cometiendo, en esta hora de crimen sabrá imponer rigoroso castigo, sin distinciones ni consideraciones, a todos los militares y civiles que han trastornado el orden público, atentado contra nuestras instituciones fundamentales, y hecho que se derrame sangre inocente.»
Esto decía el boletín del Caudillo. En seguida, en la misma columna, venía inserta la declaración, también oficial, que Hilario Jiménez, en su carácter de candidato a la Presidencia, lanzaba al pueblo de la República:
«Soy —aseguraba— el primero en lamentar los dolorosos sucesos que están ocurriendo, pues durante toda mi campaña proclamé con ahínco el deber, igual para todos, de ir tras el triunfo de las urnas, no de la violencia. Pero, de cualquier modo, mi impresión propia es que la asonada urdida por Aguirre y sus aláteres va al fracaso más completo, pese a la circunstancia de que el traidor general Encarnación Reyes domine por ahora el Estado de Puebla. El señor Presidente, desde luego, cuenta con una enorme fuerza moral: la que le da el haber tolerado en silencio, para que no se le tachara de parcial en las elecciones, la propaganda sediciosa que Aguirre y los suyos hacían cerca de los militares. Cuenta, asimismo, con el Ejército, casi intacto, que sabrá secundarlo, como un solo hombre, en el castigo de los traidores. Y cuenta, por último, con los grandes anhelos de paz de la nación, ansiosa de que sus gobernantes lleguen al Poder por virtud de las leyes y no gracias al golpe a mano armada. El resultado inmediato no me parece así difícil de vaticinar: dentro de muy pocos días el orden más completo reinará en el país, con lo que se hará patente la falta de valores intelectuales y morales en quienes ambicionaban, sin ningún título, convertirse en gobernantes. Pero dado caso de que esta apreciación mía resultare engañosa, ofrezco suspender mis trabajos políticos —pues al interés patriótico todo ha de subordinarse— y pedir al Supremo Gobierno que acepte mis servicios como militar y sin otros límites que mis modestas capacidades. Entonces, también, invitaré a las masas campesinas y obreras —las mismas que apoyan mi candidatura— a que cooperen con las diversas Jefaturas de Operaciones en la destrucción total de los elementos traidores a la patria.»
Aguirre releyó, hasta el último parpadeo de la última cerilla, los falsos informes oficiales de su levantamiento. Su indignación era inmensa, tanta, que parecía haberlo dejado insensible, sólo esclavo de un imperativo: tener fija ante los ojos la prueba de que en verdad El Gran Diario decía lo que él estaba leyendo. Muchas monstruosidades había visto, hecho y ayudado a hacer en la Revolución, pero todas ellas —los robos, los saqueos, los raptos, los estupros, los asesinatos, los fusilamientos en masa, las más negras traiciones— no valían juntas, lo que esta sola.
Largo tiempo —duración indefinida— permaneció así: atónito, embrutecido por una rabia inexpresiva y muda que le daba la inmovilidad de lo inerte. Una imagen lo agitó un momento: la de Pancho Villa. «Con ser —pensó— monstruoso su asesinato, éste de ahora, el mío, va a ser aún más monstruoso, más cobarde e innoble.»
Rechinaron de pronto cerrojos y cerradura en la puerta; una de las hojas se abrió; entraron el mismo capitán de la madrugada y varios soldados.
—Hay orden de que me acompañe usted, mi general.
Veía Aguirre desde la sombra, ocultando su rabia detrás de la más remota indiferencia:
—¿Aquí van a fusilarme?
—No, mi general. Parece que lo llevan a usted a México.
Cesó la indiferencia unos segundos:
—¡Lo llevan a usted! ¿Y mis compañeros?
—Creo que van todos, mi general.
Aguirre se dispuso a partir; salió en medio de sus guardianes. Ya en el patio, vio su Cadillac y, más allá, dos camiones militares, todo rodeado por guardia numerosa. Un coronel y varios oficiales del regimiento —al coronel lo conocía bien— esperaban junto a la portezuela del coche. El coronel, al ver venir al ex ministro de la Guerra, se adelantó a saludarlo y le dijo:
—Tengo orden de conducirlo a usted a la ciudad de México, mi general. Irá usted en su automóvil.
Mudo, Aguirre asintió; se acercó al coche, a cuyo volante se sentaba ahora un chofer que no era el suyo. Montó. Y entonces, por entre los cristales delanteros —los otros tenían echadas las cortinillas— vio que los dos camiones estaban ocupados por sus compañeros y por tropa en gran número.
Con Aguirre se habían sentado en el Cadillac el coronel y tres oficiales; al lado del chofer, dos sargentos.
Los dos camiones y el coche empezaron a rodar. Serían las cinco de la tarde. Afuera, el azul del cielo, de pureza absoluta —cielo de diciembre—, iba tiñéndose en levísimos tonos violeta.

V
Manuel Segura
Un hermoso Packard, detenido por un piquete de caballería, les obstruyó varios minutos la entrada de la carretera. Luego los automóviles de los presos empezaron a correr.
Aguirre notó al punto que el deslizarse de los tres vehículos era raudo y uniforme —sin ningún uso del claxon; apenas rumoroso—, lo que acaso se explicara por el hecho de que en aquellos momentos, hasta el máximo alcance de los ojos, nada ni nadie transitaba por el camino. Tanta soledad le pareció algo sospechosa, y no pudo menos que relacionarla con las huellas de disputa que había creído advertir en la escena del Packard y los jinetes.
Enfrente, y a uno y otro lado, sus guardas se veían en silencio. Él se entretuvo en observar, inmóvil la pupila, el desplazamiento paralelo de las dos blancas columnillas de polvo que los camiones iban haciendo adelante. Soplaba una brisa suave; los dos trazos, oblicuos respecto de la carretera, se elevaban en forma singular: mientras arriba la mitad de ellos se esparcía sobre el profundo azul del cielo, las mitades de abajo, finas, esbeltas, hacían dos cortes enérgicos en la verde masa de las montañas. Nunca hasta esa hora había descubierto Aguirre que tal interés pudiera encerrarse en la armonía de las formas y los colores. Lamentó por un momento, sin pretenderlo, la ligera miopía de uno de sus ojos.
El paso por Lerma y los villorrios asentados a orillas de la carretera fue a modo de exhalación. No tardaron mucho en llegar a la región de las curvas y las cuestas, que los tres automóviles torcían y escalaban sin toques de aviso ni precauciones de ningún otro género. Porque allí —y más adelante: ya en los valles— la soledad del camino, impregnada de atardecer, parecía mayor aún que en los rectos tramos de la llanura: ni una carreta, ni una caballería, ni uno de esos indios encorvados bajo pesos enormes, que se apartan a la orilla de la carretera con resignación triste. Habían dado, por lo visto, orden de que se suspendiera el tráfico.
Bien adentro de la montaña, el primero de los camiones paró de súbito entre dos revueltas que se enlazaban; en seguida, detrás de él, el otro. El coronel ordenó al chofer del Cadillac que redujera la velocidad, y a los oficiales y sargentos que prepararan sus armas. Mas pronto se vio que no había —para los conductores de los presos al menos— por qué inquietarse. Un grupo de soldados de a pie, visible ahora, había detenido los dos camiones y se acercaba a ellos muy tranquilamente. Tres camiones más —éstos como si vinieran en sentido contrario— aparecieron luego; después, dos automóviles.
—Parece —dijo uno de los oficiales al coronel— que allí nos espera alguna fuerza.
Cuando el Cadillac llegó allá, varios militares habían descendido de los otros coches y se acercaban caminando. El coronel se apeó también para salirles al encuentro. Aguirre los reconoció en el acto: uno era el general Leyva; otro, el sobrino de éste —el mayor Manuel Segura—, y los demás, ayudantes de la Jefatura de Operaciones en el Valle de México. Un poco atrás venía también el jefe de la escolta de Leyva —Canuto Arenas— con otros dos oficiales.
A cincuenta metros de donde el Cadillac estaba, Leyva y el coronel se encontraron y se pusieron a hablar. Algo muy gracioso debió decir Leyva al principio, pues sus ayudantes dieron muestras de gran risa y el coronel, según era el movimiento de su espalda, también parecía reírse. Luego los ayudantes se apartaron varios pasos, en tanto que el coronel y el general, ya en conversación grave, iban a situarse a un lado del camino. Leyva parecía explicar algo que el coronel, a juzgar por los ademanes y gestos de éste, no entendía o no admitía. Pero Leyva parecía insistir con mayor elocuencia: se acercaba más al coronel, le ponía una mano en el hombro. Y el coronel se desabrochaba entonces la guerrera, sacaba un pliego del bolsillo y se lo daba extendido a Leyva para que lo leyese. Aguirre tuvo la seguridad de que entre ellos se estaba tratando acerca de la entrega de los presos: Leyva, sin duda alguna, los reclamaba inmediatamente; el coronel, resistiéndose a entregarlos, mostraba sus órdenes.
En aquel instante se escuchó a lo lejos, por la parte de Toluca, el sonido de un claxon. Leyva, acaso sorprendido, llamó a Segura, a quien dijo algo muy perentorio y muy rápido, tras lo cual Segura subió precipitadamente a uno de los coches y partió a escape montaña abajo. No lo vio Aguirre cuando pasó a su lado —las cortinillas laterales, corridas del todo, se lo impedían—; pero percibió a medio metro la exhalación zumbante del motor.
Puestos otra vez los ojos en el sitio donde Leyva y el coronel hablaban, Aguirre pensó:
«Si aquí me entregan, aquí me matan.»
Y su reflexión fue acicate de los hechos, pues pronto pareció punto concluido que la entrega se efectuara en aquel lugar: Leyva estaba ya guardándose el pliego mostrado antes por el coronel; dirigía a éste muchas sonrisas, le estrechaba la mano, se acercaba a su coche; y el coronel, así que terminaba la despedida, se unía al grupo de Canuto Arenas y los ayudantes, y con ellos caminaba hasta los camiones de los prisioneros.
Uno de los oficiales de Leyva vino a alinear a los soldados dispersos al borde de la carretera; ese mismo y otros dos formaron luego estrecha valla con la tropa, de modo que los camiones de los presos quedaran entre fila y fila. El coronel dio órdenes en voz alta; las obedecieron sus oficiales. Y entonces fueron bajando a tierra, uno a uno, Axkaná, Sandoval, Tarabana, Olivier, el redactor de El Gran Diario, Correa, Cahuama, Cisneros, Rosas, Domínguez, Carrasco y Mijares.
Viéndolos así, en sucesión individual y distante, Aguirre creía estar descubriendo por vez primera los más característicos rasgos de las personalidades físicas de sus amigos. Su boca insinuó el nombre de cada uno; sus ojos hicieron el recuento de los doce. Todos —pálidos, hambrientos, sucios— revelaban intensa nerviosidad; pero decaimiento, uno solo: Carrasco. Aguirre sintió entonces profunda emoción: la que le inspiraban aquellos doce hombres a quienes de seguro, juntamente con él, sacrificaría Leyva. Y si consiguió no traslucir en el rostro el más leve indicio de lo que estaba sintiendo, no por eso lo sentía menos. Tranquilo el cuerpo sobre los cojines del coche, su alma se entregó de lleno al más angustioso de los arranques compasivos. Lo atormentaron luego el aire apacible de Axkaná y la infantil inquietud, curiosa en medio del peligro, del joven periodista.
«Son —pensó— quienes menos lo merecen.»
En esto, el jefe de los soldados que había venido en los camiones con los presos se acercó al Cadillac a trasmitir órdenes del coronel: los guardas de Aguirre debían conducir a éste a que se reuniera con sus compañeros.
Se apeó Aguirre. Se apeó sin recoger siquiera su gabán, que había encontrado sobre el asiento al subir al coche en Toluca. Luego caminó hasta colocarse dentro de la valla, donde lo acogieron interrogaciones mudas: lo miró extrañamente Olivier; le sonrió el periodista, en cuyo labio lucharon sinuosidades y rigideces a modo de salutación afectuosa.
Canuto Arenas había ido a concertarse con varios ayudantes; él y ellos hablaban al pie de los otros camiones. Un soldado vino a mostrarles algo, cuerdas, al parecer, que Canuto miró y pasó a los otros. Los ayudantes, tras somero examen, devolvieron las cuerdas a Canuto, y todos entonces —Canuto con las cuerdas en la mano— vinieron hacia el sitio donde se custodiaba a los presos. Al ver acercarse al jefe de la escolta de Leyva —feroz el rostro, atlético el cuerpo—, Emilio Olivier se volvió hacia Aguirre para decir:
—¿Se convence usted ahora de que yo tenía razón?
Aguirre, sin contestarle, se inclinó del lado del periodista, que le hablaba a la vez:
—No crea usted —le decía— que me arrepiento de no haber seguido el consejo que usted me daba anoche en su casa. Ocurra lo que ocurra, no soy un cobarde. ¡Palabra de honor!
Los demás callaban.
Ya estaban entre los prisioneros Canuto y los ayudantes, cuando el ruido de dos automóviles que venían subiendo las cuestas se resolvió de pronto, a la salida de la curva, en el aparecer de los coches mismos. Los presos —todos menos Aguirre— dirigieron hacia allá miradas ansiosas, devoradoras. Canuto y los suyos —ellos un tanto inquietos— miraron también y suspendieron los preparativos que iniciaban. El primero de los automóviles era aquel en que, minutos antes, había partido el mayor Segura; se detuvo a cosa de cincuenta metros carretera abajo. El otro paró detrás, pues el primero se había situado en forma que no se pudiese seguir adelante.
Poco después Segura y un hombre alto, rubio, extranjero a todas luces, pasaron junto a los presos y no se detuvieron hasta llegar al coche de Leyva. Algo hablaron allí —con Leyva seguramente—, tras lo cual, de regreso ahora, volvieron a pasar a lo largo de la valla. Iban discutiendo acaloradamente. El extranjero —yanqui por el acento— decía:
—De cualquier modo: es contrario a las más elementales cortesías diplomáticas. ¡Hacer esto con un embajador!
Y Segura comentaba.
—A mí no tiene usted que decírmelo. El general es el primero en lamentarlo. Pero ya le digo: en Toluca podrá usted…
Aguirre reconoció entonces en el extranjero a uno de los ocupantes del Packard que había visto a la salida de Toluca. Se volvió a mirar los coches: el hermoso Packard estaba allí. E igual que él, otros de los presos identificaron al hombre rubio y alto, lo que dio origen a cuchicheos. Olivier hizo un movimiento como para salirse de la valla, con evidente ánimo de abordar al yanqui; pero dos soldados lo detuvieron, y Canuto le asestó en la cabeza tan fuerte puñetazo que lo derribó por tierra. Se agitaron los prisioneros; soldados y ayudantes, a culatazos y golpes de pistola, restablecieron el orden. Aguirre quedó entonces entre Tarabana, Cahuama y Rosas. Tarabana le susurró, señalando con la vista al extranjero:
—Es Winter… Lo conozco… Primer secretario…
Pero Arenas, advirtiendo que Tarabana hablaba, le cortó la frase con miradas amenazadoras.
El extranjero subió al Packard, que en seguida viró en redondo y partió; e inmediatamente después salieron, también rumbo a Toluca, los dos camiones que de allá habían venido. En ellos iban el coronel, los oficiales y los soldados hasta allí encargados de dar la escolta. De ese modo sólo los presos y la gente de Leyva quedaron en aquel rincón de la montaña.
Cuando Segura, tras de dejar al extranjero en su coche, vino a reunirse con Canuto y los ayudantes, ya éstos reanudaban la labor suspendida. Dijo Canuto, poniéndose a espaldas del que todavía en aquellos momentos era candidato a la Presidencia de la República:
—Deque atrás las manos, don tal, que voy a amarrárselas.
Aguirre no le contestó, ni siquiera se volvió a verlo. Dirigiéndose a los soldados, habló en estos términos:
—Yo no me opondré, muchachos, a que ejecuten ustedes en mí las órdenes que traigan; pueden, si es preciso, matarme ahora mismo. Pero ¿qué objeto tiene que se me humille con precauciones envilecedoras? Deshonra a ustedes, tanto como a mí, el querer atarme las manos en esta hora. Soy general de división, he sido ministro de la Guerra, me considero aún candidato a la Presidencia de la República. Y siendo esto verdad, como lo es, y estando yo dispuesto a recibir la muerte, ¿consentirán ustedes que se me trate como si fuese un bandolero?
Su elocuencia fue tan sencilla —por el modo más aún que por las palabras— que una ráfaga de conciencia hizo a los soldados mirarse interrogativamente. Segura advirtió aquel efecto inesperado y se apresuró a destruirlo. Enfrentándose a Aguirre, le dijo con altanería soez que se acentuaba en lo grosero de la frase y lo vulgar del gesto:
—Usted habrá sido general y ministro, pero aquí no es más que puro jijo de la tiznada.
Al lado de Aguirre, Cahuama, todavía húmedos sus ojos por la lágrima que a ellos había hecho subir la palabra de su jefe, se olvidó de todo. La ofensa de Segura le alzó espontáneamente el brazo, le movió la mano y le hizo dar, casi sin saber cómo ni cuándo, un golpe que el sobrino del general Leyva acababa de sentir, sangrante el rostro, cuando recobraba el equilibrio entre dos soldados.
Dos de los ayudantes se lanzaron sobre el agresor; pero Segura, erecto ya y con la pistola fuera de la funda, y él fuera de sí, gritaba:
—¡Déjenlo…, déjenlo solo…!
Y se acercó a Cahuama, y le puso el cañón del revólver en el vientre mientras lo obligaba a retroceder al ritmo de una misma frase:
—Hijo de tal… Hijo de tal… Hijo de tal…
Y así lo llevó hasta ponerlo de espaldas contra el talud del cerro que por ese lado limitaba el camino, y allí, repitiendo la injuria otras dos veces, le disparó dos tiros.
Cahuama se dobló por la cintura y cayó en la cuneta.

VI
Tránsito crepuscular
Todos habían asistido a la escena en medio del más absoluto silencio. Ahora dos oficiales cogían por los hombros a Ignacio Aguirre mientras Canuto le ataba las manos a la espalda, y, entre tanto, otros oficiales y soldados hacían lo mismo con los demás prisioneros. Pero al llegar la vez de Axkaná y la del redactor de El Gran Diario la cuerda se acabó.
—Dile al encargado de los camiones —ordenó Segura a un sargento— que te dé otra cosa con qué amarrar.
A los dos minutos regresaba el sargento diciendo que para amarrar no había sino aquello: lo que traía en las manos —un trozo de alambre de cobre y un pedazo de cordón para luz eléctrica, éste como de un metro de largo.
—Lo mismo sirven —exclamó Arenas.
Y, en efecto, con los alambres ataron las manos de los dos últimos prisioneros: las del periodista, con el alambre de cobre casi rígido; las de Axkaná con el alambre forrado y flexible. Al joven redactor le apretaron tanto las ligaduras, que a los pocos segundos una de las muñecas le sangraba.
Concluido lo anterior, hicieron que el pelotón de los presos caminara por la carretera hasta unos ochenta metros más arriba. Desde su coche, Leyva los vio pasar. Los más de ellos se volvieron hacia él. Carrasco aun quiso detenerse y le habló a voces, resistiendo un instante los empujones y culatazos de los soldados:
—¡Por favor, Leyva, escucha una palabra!
Pero otros, como Aguirre y Axkaná, que ahora caminaban juntos, hicieron cual si no supieran que el instrumento de Hilario Jiménez y del Caudillo estaba allí, a diez pasos de ellos. Convencidos de que se les iba a matar, la vida les importaba menos que el propósito de no dar espectáculo de flaqueza. Algunos escogían ya la frase que pronunciaría su boca al herirlos las balas: «¡Viva México!». Así habían dicho en las horas más crueles de la Revolución, lo sabían ellos, Bauche Alcalde, Berlanga, Bolaños, y eso invitaba a decir —con su luz próxima a desvanecerse— el maravilloso crepúsculo que los envolvía.
Terminado el recodo del camino, se espaciaba por el lado izquierdo una hondonada que iba, de una parte, a desvanecerse en el valle inmediato, y de la otra, a desbaratarse contra las escarpaduras de la montaña. Hacia ella los llevaron y por allí los hicieron caminar trescientos a cuatrocientos metros, hasta que la masa del cerro dejaba oculta la senda.
Segura mandó hacer alto. Distribuyó los soldados en tres grupos: uno para que se destacara a mano derecha, oblicuamente enfilado hacia lo escabroso de la montaña; otro que procedería igual, sólo que a la izquierda, y otro que permanecería en el centro, a espaldas de los presos, destinado a limitar la hondonada por la parte del valle. De este modo, con la montaña como fondo remoto y el cerro como fondo próximo, los presos quedarían encerrados en un cuadrilátero sin salida. En el cerro había un corte natural de verticalidad casi perfecta: allí iban a efectuarse los fusilamientos.
Un suceso imprevisto, que acaeció antes que los soldados tomaran las posiciones indicadas, vino a torcer el proceso de aquella ejecución. Oyendo las órdenes que Segura daba, Aguirre, que ya no podía contenerse, le dijo:
—Asesinos son Leyva y usted, pero asesinos que no saben ni su oficio.
Aunque corta la frase, la dijo Aguirre con desdén tan profundo, con altivez señorial a tal punto ofensiva y despectiva, que en aquellos momentos, y ante un hombre como el mayor Manuel Segura, cuyo rostro aún sangraba, debía resultar por fuerza la más eficaz de las provocaciones.
El sobrino del general Leyva no despegó los labios. Sacó el revólver con frialdad análoga a la que Aguirre había puesto en las palabras, y sin transparentar emoción alguna, ni detenerse en más preliminares que un gesto a los soldados de enfrente para que se apartasen, disparó un balazo al pecho de Aguirre.
—¡Asesino también, hombre! —dijo en un tono terriblemente tranquilo y extraño, cual si diera a entender, con la ejecución de aquel acto, que siendo muy difícil el arte de matar, en él se tornaba fácil.
Aguirre no había esbozado el movimiento más leve; había esperado la bala en absoluta quietud. Y tuvo de ello conciencia tan clara, que en aquella fracción de instante se admiró a sí mismo y se sintió —solo ante el panorama, visto en fugaz pensamiento, de toda su vida revolucionaria y política— lavado de sus flaquezas. Cayó, porque así lo quiso, con la dignidad con que otros se levantan.
Él en tierra, los otros presos, con impulso irresistible, desbordaron la tropa y echaron a correr por la parte más libre de soldados: hacia la montaña. Echaron a correr sin que por de pronto intentara nadie detenerlos. Porque fue tan brusco el contraste entre los dos motivos, entre las dos escenas —la de Segura matando en frío a Aguirre, que caía majestuosamente; la de los presos arrebatados por súbito pavor—, que los soldados se quedaron perplejos, con la atención abúlica, distante. Advirtiéndolo Segura, gritó mientras agitaba amenazadora la pistola:
—¡Síganlos, tales por cuales! ¡Síganlos todos, hasta que no quede ni uno!
Sólo Axkaná no había huido. Estaba allí, inmóvil, con la vista fija en el cuerpo de Aguirre, del cual lo separaban un espacio de dos metros y la criminalidad de Segura, erguido entre el cadáver de uno de los amigos y el dolor del otro.
Segura contempló unos segundos cómo iniciaban Arenas, los ayudantes y los soldados la caza de los fugitivos; luego, volviéndose hacia Axkaná, levantó la pistola y le hizo fuego. Axkaná sintió el entrar de la bala en su cuerpo: del lado izquierdo, entre la tetilla y el hombro, y se abatió a su vez. Pero no cayó al golpe de dolores insoportables, ni por un verdadero desfallecimiento físico, sino por la irresistible necesidad de sucumbir con su amigo: porque era sentir consuelo recibir la muerte de la misma mano.
Aguirre, al caer, había inclinado la cabeza de modo que el sombrero se le desprendió y rodó hasta sus pies. Axkaná, con la cabeza sobre una mata, conservó el sombrero puesto. El ansia de morir chocó un instante, en su espíritu, con aquella diversidad inmediata; él había creído que su muerte repetiría, detalle a detalle, gesto a gesto, la de su amigo.
Tenía los ojos abiertos e inmóviles; pero sentía —sentía sin pensarlo— que hubiera podido moverlos a voluntad. Frente a ellos estaban, limitada arriba la imagen por el ala del sombrero, las piernas de Segura, que se habían acercado al cadáver de Aguirre. Por entre las piernas vio Axkaná un brazo que bajaba, y una mano que palpaba en busca de la herida el pecho del muerto. La mano tropezaba allí con algo; desabrochaba el chaleco; le volvía un lado de revés, y extraía de allí en seguida, manchados los dedos en sangre, un fajo de billetes. Los dedos se limpiaban la sangre en la camisa del muerto, y brazo y mano volvían a subir. Entonces se veía bajar otro brazo, éste armado de la pistola; el cañón se detenía arriba de la oreja —Axkaná cerró los ojos—; se escuchaba la detonación…
Cuando Axkaná volvió a levantar los párpados, las piernas de Segura habían desaparecido. Del otro lado del cadáver de Aguirre, a gran distancia, se veían soldados que corrían, que disparaban. Axkaná ya no sólo veía: oía —oía lejanos gritos, detonaciones—. Sentía ahora también la humedad tibia de la sangre, que le empapaba el pecho. Paseó la mirada por toda la montaña frontera. Distinguió sin esfuerzo, pese a la luz crepuscular, ya casi parda, las escenas en que sus compañeros de vida política estaban pereciendo cuatrocientos metros más allá. Creyó ver al periodista rodando desde lo alto de una roca, a Olivier, que trepaba con increíble esfuerzo y caía también.
Un horror inmenso y, acaso, algo de terror, de pavor, de miedo incoercible, ahogaron su disposición a la muerte. Probó entonces a mover brazos y piernas. Vio que podía hacerlo.
Se incorporó.
Se puso en pie.
Corrió.
Corrió a lo largo de los cerros que separaban la hondonada y el camino y que bajaban hacia el valle. El dolor del pecho lo fatigó pronto; se lo aumentaba la postura de los brazos, atados a la espalda y convertidos así en obstáculo de la carrera. Tropezaba; perdía cada diez pasos el equilibrio; estaba a punto de caer. Cien metros habría avanzado apenas cuando el silbo de las balas le anunció que lo perseguían. Se tornó un instante para ver: seis o siete soldados corrían como para alcanzarlo, aunque todavía muy lejos. Reanudó la fuga; seguían disparándole.
Así avanzó unos cuantos segundos más. Lo acosaban las balas. Llegó a un sitio donde se abría, entre cerro y cerro, una senda; para protegerse de los proyectiles se metió por allí. La senda lo condujo, a poco, hasta el borde de un pequeño precipicio, tan inesperado, que las copas de los árboles de abajo, salientes y vistas a distancia, le habían parecido al pronto hierbajos y matas que brotaban del suelo. Se echó a tierra para no precipitarse por el derrumbadero. Se levantó de nuevo, y jadeante, casi exhausto, volvió a correr, ahora bordeando el precipicio y subiendo en seguida por el recuesto que llevaba, pasos más lejos, a la otra vertiente de la altura. Por de pronto, los soldados, que no lo veían, no le podían disparar.
Ya en la otra vertiente avanzó cincuenta o sesenta metros, en declive casi paralelo al de poco antes, declive que terminó pronto en un sitio donde la ladera del cerro, en violenta arruga se despeñaba como cauce de arroyo seco. Axkaná se detuvo. Sólo se le ofrecían dos caminos: o bajar por allí, o esconderse entre las peñas. Si lo primero, los soldados lo alcanzarían antes de unos minutos; si lo segundo, lo encontrarían en cinco o seis. Volvió la vista en torno. A su izquierda, a cincuenta pasos, sobresalían apenas, rozando casi el borde, del talud, los árboles del precipicio. Aquello lo iluminó: sacudió la cabeza entre las rodillas para hacer que cayese su sombrero al suelo y, acto seguido, sin vacilar, corrió en dirección del precipicio y brincó con tal furia que no parecía querer salvarse, sino suicidarse, acabar de una vez.
Las hojas y ramas de un árbol se abrieron; por entre ellas cayó Axkaná durante tiempo indefinido, durante tiempo infinito. Iba de cabeza, cerrados los ojos, entre puntas que lo arañaban, durezas contra las que golpeaba y rebotaba, asperezas donde parecía quedarse toda la piel de su cara, y entregado por completo —atados brazos y manos— a la totalidad del azar. Algo que primero se le clavó en la espalda y le desgarró luego la ropa hasta llevarse la piel misma, vino a metérsele entre las muñecas, que le crujieron y se le torcieron. Y así quedó: piernas arriba, puesta la nuca contra una horqueta y enganchado, colgado por el cordón de alambre que hasta un segundo antes había hecho inútiles sus manos. Abrió los ojos; por entre las ramas se apagaban arriba los últimos resplandores de la tarde… Permaneció inmóvil. Oyó a poco las carreras y las voces de los soldados. Adivinó el momento en que sus perseguidores se detenían al ver el sombrero. Volvió a oírlos correr y gritar. Disparaban. Otros disparos escuchó también, éstos mucho más lejos.
Parte de la espalda la tenía Axkaná apoyada en una rama; parte daba sobre el vacío. Pero consciente de que una de sus piernas había encontrado apoyo seguro, allí llevó la otra, para aliviar los dolores del hombro, que iban haciéndosele insoportables. Y como luego notara que por obra del peso de su cuerpo el alambre iba alargándose, y aflojándose las ligaduras, alternó alivio y dolor hasta que sus manos consiguieron sujetar aquello donde el cordón enganchado se había detenido. Hizo entonces un supremo esfuerzo: empujándose con los pies —el hombro casi se le desgarraba— y procurando no perder el apoyo de la rama que tenía bajo la espalda, pasó el cuerpo por entre los dos brazos hasta que vino a quedar a horcajadas sobre la horqueta donde su cabeza se había sustentado antes. Entonces descansó, casi desvanecido por el dolor de la herida y los magullamientos, y enajenado por el vértigo.
Anochecía. Un trazo blanco, ya apenas perceptible, cortaba a doscientos metros el terreno inclinado que descendía suavemente desde la base del precipicio: era la carretera. Axkaná la contempló remotamente. Un mareo profundo y el agolparse de sucesos que habrían cabido en años de vida lo trastornaban. Poco después oyó de nuevo voces y carreras; contuvo la respiración: parecía que los soldados pasaban de retirada.
Vino un rato de silencio, de soledad. En el cielo, por la parte más oscura, apuntaban las estrellas precoces. Sólo se oían los susurros del viento. Axkaná se izó de las manos, cargando todo el peso en el brazo derecho y ayudándose con los pies, y logró al fin desasirse y quedar en pie. Los últimos dejos de luz le sirvieron para asegurarse en la postura que halló menos incómoda.
No tenía la menor idea de lo que iba a hacer. Se palpó la herida. La bala le había entrado por debajo de la articulación del hombro, hiriéndole también el brazo; todavía le manaba sangre abundante. El hombro, por primera vez en reposo, se le inmovilizaba en un dolor agudo e invasor: ancho hacia el pecho, prolongado hasta el codo. Por lo que había visto al principio, y por lo que vio entonces, consideró que bajar del árbol no le sería imposible. El tronco, no muy alto, tenía nudos salientes. Esperó.
Rato después la soledad de la montaña, poblada ya de rumores nocturnos, se sacudió a lo lejos con el áspero ludir de motores de auto: eran, sin duda, los camiones y coches de la gente de Leyva, que partía. Varios minutos resonaron los valles con aquellos ruidos. Los camiones desembragaban y embragaban de nuevo a lo largo de las cuestas. Aquello se fue alejando; se desvaneció.
Axkaná tuvo entonces mortales segundos de vacilación: ¿descendía del árbol? Descendía ¿para qué? Pero su voluntad consciente no era ya lo que le guiaba; guiábanle el instinto y, sobre todo, el dolor. Inmóvil un brazo, puesto el otro a buscar a tientas el apoyo de las ramas, fue descendiendo. Llegó al tronco; se deslizó por él, sin soltarse de arriba hasta hacer pie en algo. En equilibrio inverosímil logró ir escurriendo la mano por la corteza hasta dar con un apoyo más bajo; alargó el otro pie. Y así, poco a poco, llegó al suelo. Allí su desvanecimiento fue tan grande que hubo de arrimarse al árbol varios minutos para no caer. Luego se orientó hacia la carretera y empezó a caminar poco a poco, entre piedras, entre matas. Hacía cerca de veinticuatro horas que no comía, y desde entonces había vivido siglos.
Cien metros habría avanzado ya cuando le asaltó el temor de que no caminaba en derechura del camino, sino paralelamente a él. Le volvía el vértigo; se tambaleaba. Por un momento se sentó. Después, seguro de no errar la dirección precisa, volvió a levantarse y reanudó la marcha con grandes trabajos.
Cuando por fin llegó al borde de la carretera lo dominaba un anhelo solo: echarse, tenderse. Se dejó caer. Pero el tiempo que permaneció así no fue largo. A poco rompieron arriba la unidad de las tinieblas de la montaña haces de luz; luego se oyeron lejanos sonidos de claxon, que fueron acercándose aceleradamente, y, por último, redondos y enormes al volver de la carretera, aparecieron fanales de un coche.
Casi a rastras se movió entonces Axkaná hasta en medio del camino. Allí se arrodilló, se puso en pie y volvió a caer de rodillas, iluminado por los rayos de los fanales, que le desencajaban más el rostro y le prolongaban trágicamente, hacia arriba, la mano que él levantaba. Su actitud, más que desfallecimiento y súplica, acusaba desesperación: que aquel auto lo socorriese o que lo aplastara, igual le habría dado.
A cinco o seis metros los fanales pararon. Una portezuela se abrió y se volvió a cerrar; se recortó en la región de luz la silueta del chofer; luego, detrás de ella, la de otro bulto. Axkaná, tendido en tierra, vio iluminarse e inclinarse sobre su cara dos rostros que lo observaban. Oyó que desde el coche otra persona preguntaba algo en inglés. Respondió, en inglés también, uno de los hombres que tenía cerca, en el cual reconoció él, vagamente, a Winter, el extranjero del Packard que los soldados de Leyva habían detenido en el camino.
Algo dijo aún quien hablaba desde más allá de las dos luces, y entonces Winter y el chofer procedieron a tomar en brazos a Axkaná y a llevarlo hasta el automóvil.

VII
Unos aretes
Al otro día de la muerte de Ignacio Aguirre los periódicos de la ciudad de México no hablaban con mucha amplitud acerca del levantamiento de Toluca. Una fuerza superior a ellos los obligaba de nuevo a no decir lo que sabían. El Gran Diario traía apenas un boletín oficial bajo este título de vaguedad reveladora: «Consejo de guerra en el Estado de México». El boletín decía así:
«En el Estado Mayor de la Presidencia nos fue proporcionado en la madrugada de hoy el boletín siguiente: “El general Ignacio Aguirre, autor principal de la sublevación iniciada anteanoche, fue capturado, juntamente con un grupo de sus acompañantes, por las fuerzas leales que guarnecen el Estado de México y que son a las órdenes del pundonoroso general de división Julián Elizondo. Se formó a los prisioneros consejo de guerra sumarísimo y fueron pasados por las armas. Los cadáveres se encuentran a disposición de los deudos en el Hospital Militar de esta capital y corresponden a las personas siguientes: general de división Ignacio Aguirre; general de brigada Agustín J. Domínguez, gobernador de Jalisco; señor Eduardo Correa, presidente municipal de la ciudad de México; señores licenciados Emilio Olivier Fernández y Juan Manuel Mijares, diputados al Congreso de la Unión; ex generales Alfonso Sandoval y Manuel D. Carrasco; capitanes Felipe Cahuama y Sebastián Rosas, y señores Remigio Tarabana, Alberto Cisneros y Guillermo Ruiz de Velasco”».
En la Sección Segunda, en página interior, El Gran Diario publicaba también, alineadas en sus diversos tamaños, las doce esquelas mortuorias. La de Aguirre ocupaba un octavo de página y decía brevemente:
«El día 5 del presente mes falleció el señor general de división Ignacio Aguirre. Su afligida esposa y demás parientes lo participan a usted con profundo dolor.—México, 6 de diciembre».
Y así las otras.
Pero este laconismo de los periódicos no hacía, en realidad, sino acoger, callándolas, la sorpresa y la consternación públicas. La ciudad vivía como siempre, pero sólo en apariencia. Llevaba por dentro la vergüenza y el dolor.
Cerca del mediodía el Cadillac que había pertenecido al general Aguirre se detuvo, en la avenida Madero, a la puerta de «La Esmeralda». El chofer, sucio, mal vestido, mal sentado, no se movió de su asiento. Un hombre abrió la portezuela y descendió: era el mayor Manuel Segura. El auto echó entonces a andar, y Segura, acomodándose el revólver en el cinto, entró en la joyería.
El empleado que vino al mostrador miró a Segura un poco de arriba abajo; se hizo repetir dos veces lo que le pedía el cliente; fue hacia el interior de la tienda y volvió a poco trayendo entre terciopelos negros varios pares de aretes con brillantes.
Segura tomó el par de piedras mayores y, tras de mirarlas, preguntó cuánto valían.
—Seis mil quinientos pesos.
Segura las tornó a ver. Dijo casi en el acto:
—No me gustan. Las quiero más grandes.
La misma escena se produjo otra vez con un par de aretes que costaban once mil quinientos pesos, y luego otra más, con aretes de diez y siete mil. Por fin, el empleado mostró lo que Segura quería:
—Veinte mil pesos. En su tamaño no hay brillantes mejores.
Segura recibió el estuche y pagó. Pagó con un fajo de cuarenta billetes de a 500 pesos: los cuarenta con una misma rotura —era como una perforación—, los cuarenta con una misma mancha negruzca, que se extendía casi un centímetro desde la rotura hacia el centro.
Al contar los billetes, el empleado advirtió aquello y vaciló un momento. Alzó la vista, que los ojos de Segura le obligaron a bajar otra vez. Entonces el dependiente simulo hacer un nuevo recuento y aceptó los billetes sin objetar nada.
Segura salió a la calle. Junto a la Profesa lo esperaba el Cadillac de Ignacio Aguirre.