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Chamos, parceros y chavones Si hay algo que cualquier persona como yo hace cuando migra es intentar encajar, aunque

sea en vano, en la idiosincrasia y algunas costumbres del nuevo país. La adaptación incluye, queramos o no, modificar algunos aspectos de la vida para hacer más llevadera la estancia que, en mi caso, será de al menos tres años: desde lo más básico, como la indumentaria, hasta aspectos más complejos vinculados con la cultura y la lengua. A cinco meses de haber llegado a Buenos Aires inevitablemente inserto palabras porteñas a mis oraciones cotidianas y, además, las aderezo con palabras nativas para sentirme mejor comprendido. Por ejemplo: para mí es algo ya naturalizado decir posta en vez de de pana (¡posta, me cago de hambre!, ¡de pana me cago de hambre!); o también los acostumbrados boludo y pelotudo por sus pares venezolanos pajúo y mamagüevo (¡callate pelotudo! ¡cállate pajúo!). Y ni hablar de las siguientes expresiones que se profesan con una frecuencia, naturalidad y fluidez tales que cuando las escucho, ya no me sorprendo: ¡Concha de tu madre! hijo de Puta! ¡andate a la concha de tu madre/la lora! Estas últimas todavía me cuesta incorporarlas a mi léxico. Lo de la lengua se me hace divertido. Sin embargo, las costumbres, los hábitos y las formas de pensar son los aspectos que más me hacen reflexionar, no solo por mi calidad de inmigrante, sino también por ser maestrando de Antropología Social. El análisis incluye principalmente a los argentinos y a otras nacionalidades, entre ellos los colombianos, cuya presencia en Buenos Aires cada día aumenta, y en creces. Fue tal mi entusiasmo, que para una asignación de la materia Métodos etnográficos de investigación de la maestría, hice un trabajo de campo que, en principio, pretendió comprender la visión del “trabajo” que tienen los colombianos, venezolanos y porteños en Buenos Aires. El tema se me ocurrió por un prejuicio que venía arrastrando: los venezolanos que salen de Venezuela difícilmente desempeñarían una labor u oficio que no requiere formación profesional; en cambio, los colombianos sí. El ensayo incluyó 15 entrevistas a personas de las tres nacionalidades. Más allá de los errores metodológicos que cometí por ser novato en las lides antropológicas, a continuación listo algunos de los hallazgos más curiosos que conseguí:

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Los venezolanos y colombianos residentes en Argentina pertenecen a los estratos socioeconómico medio-bajo y alto y vienen a mayormente a estudiar. Los colombianos lo hacen porque la oferta académica es mejor y más económica, mientras que los venezolanos a aumentar su calidad de vida. Los colombianos están dispuestos a realizar labores u oficios que requieran o no preparación académica para ganarse la vida. Muchos lo hacen como parte de su vivencia acá y luego se devuelven a su país a continuar su formación profesional. Si bien un solo venezolano entrevistado ocupó un oficio que no requiere formación académica por muy poco tiempo, muchos afirmaron haber conocido a otros que laboran en lugares de atención al público. Para los argentinos, los venezolanos son alegres. Lo mismo opinan de los colombianos a quienes tildan, además, de formales y educados. Los venezolanos y colombianos opinan que los porteños son estructurados, histéricos, distantes, creídos, soberbios y frontales. Según los argentinos, los porteños son distantes, estructurados e histéricos.

entre 50 y 80 mil colombianos y alrededor de 8 mil venezolanos. más no discriminación. lo anterior representa una “fotografía” a partir de la opinión de 15 personas en un universo en el que habitan millones de argentinos y. . Con los primeros hay discriminación. Más que ser absoluto. supuestamente. pero sabe distinguir claramente de quienes vienen de países fronterizos y de quienes no. según un dato que me pasó un buen amigo. Esto último se constata en las opiniones de los colombianos y venezolanos al afirmar que en un primer encuentro cuesta entrar a los argentinos. con los segundos hay distancia. El porteño es abierto al inmigrante por tradición.