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Monsignor Robert Hugh Benson

(1871 – 1914) Por P. Allan Ross (Sacerdote del Oratorio de Londres) Llegado en poco tiempo a la perfección, vivió una larga vida (Sabiduría, 4, 13)

Introducción:
Sería imposible, en el tan limitado espacio que se dispone, hacer justicia al sujeto de esta breve biografía. Él se las arregló para llevar a cabo muchas cosas en muy poco tiempo. Él en sus actividades fue un multifacético. Fue muy bien conocido entre los hombres de esta generación, y hay mucho que podríamos decir sobre él, y ha quedado mucho sin decir, únicamente porque será posible dar un breve bosquejo de su vida. Descubriremos entonces algunas de estas sobresalientes características. El objetivo, por tanto, de este pequeño reconocimiento a uno que pasó como un meteoro sobre el horizonte de la Iglesia, será interesar a los lectores en Hugh Benson, sacerdote de la Iglesia Católica, con la esperanza que esto los atraerá a estudiar, por una parte, su interesante personalidad con mayor plenitud en la biografía oficial,1 la cual será publicada a su debido tiempo; y por otra, sobre todo, a estudiar sus muchos escritos en los cuales su genio versátil tiene un legado para la posteridad. El lector encontrará la personalidad del escritor estampada sobre sus páginas – su sinceridad, su aversión a la hipocresía y al convencionalismo; su desconfianza hacia los sentimientos como guía segura de la conducta humana; su maravilloso poder de imaginación y su instinto dramático; su perspicaz poder de observación; su odio a la exhibición; su celo por las almas. Y encontrará también en estos libros, la estampa de un hombre de oración, que sabe que la unión con Dios es el supremo trabajo del hombre en esta vida, ya sea que esa unión sea obtenida por el fiel cumplimiento de los deberes de uno según su estado de vida, que tiene su sustrato en la oración, o ya sea como en el caso de los que han sido llamados a la vida contemplativa. Hugh Benson fue un hombre de oración, en la medida en que la oración formaba el sustrato de su vida de tremenda actividad, y lo ayudaba a ir adelante con el corazón del apostolado y a proclamar a la Iglesia Católica como la auténtica intérprete de la revelación de Dios a los hombres, y como el medio divinamente designado para sanar la brecha entre Dios y sus creaturas. No parece estar fuera de lugar hacer aquí una pequeña mención al misticismo, porque es algo muy conspicuo en los escritos de Hugh Benson, y

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Esta biografía está en las competentes manos del R. P. C.C. Martindale, s.j

también porque es un tema que hace referencia a una buena cantidad de equivocaciones. Existe la opinión común acerca de que el místico es un soñador inútil, siempre ensimismado lejos de la tierra e incapaz de poner algún interés práctico en las cosas terrenales. Pero esta no es la visión de la Iglesia Católica. Ella reconoce en el misticismo una poderosa fuerza que impele a actividades reales, como es el caso de algunos conocidos místicos como San Francisco de Sales, Santa Teresa de Ávila y Santa Catalina de Siena, cuyas vidas fueron muy arduas debido a su percepción consciente de la Divina Presencia. La Iglesia no enseña que todos los místicos son santos, aunque bien puede ser cierto que la experiencia mística, aunque sobrenatural, puede ser compatible con la santidad, pues bien puede no alcanzar las nobles alturas de las virtudes heroicas, las cuales constituyen la verdadera santidad. Sin embargo, reconoce en el misticismo un potente factor en la activa vida de los individuos. Si nosotros empleamos la experiencia mística para referirnos a un trato personal consciente con Dios2, entonces el místico es alguien que ha pasado a través de los grados más bajos de oración hasta alcanzar lo que se ha llamado la oración contemplativa. No hay necesidad aquí de dar una descripción de las divisiones de oración, generalmente aceptadas como una clasificación reconocida por los maestros de la Iglesia Católica. Existen muchos tratados clásicos de oración entre los cuales está el Castillo Interior de Santa Teresa, que es uno de los más conocidos, con estas siete diferentes moradas. Sin embargo, tal vez pueda serme permitido llamar la atención sobre la opinión sostenida por los maestros con autoridad, acerca de que la oración contemplativa está al alcance de todos. Esta opinión que ciertamente tiene mucho de recomendable, ha sido claramente expuesta en un reciente trabajo3, donde el escritor apoya sus conclusiones en la enseñanza de cuatro de los más grandes profesores de oración, los cuatro canonizados santos, siendo dos de ellos al mismo tiempo grandes teólogos y doctores de la Iglesia: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Sales. De acuerdo a esta opinión: “Aquellos que oran fervorosamente y están deseosos de entregarse a sí mismos a Dios enteramente con todo desprendimiento van por lo general en camino a la contemplación.”4 Si se pregunta porqué tan pocos logran la contemplación, la respuesta puede estar dada en las palabras de san Juan de la Cruz: porque solamente unos pocos están listos para entrar dentro del vacío y dentro del completo desprendimiento de espíritu5. Para obtener de Dios las gracias necesarias para la contemplación, uno debe serle fiel a las diferentes prácticas de la vida espiritual, meditaciones, mortificaciones, autorenuncia, pero si esta preparación “es hecha fielmente, Dios, a menos que

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Misticismo, por el R.P. A.B Sharpe, m.a (C.T.S., Id), p.3 Contemplación mística, por E. Lamballe (Washbourne) 4 Ibidem, pág 51 5 San Juan de la Cruz, Ascenso al Monte Carmelo, Libro I, cb. Vii.

algún propósito excepcional intervenga, nunca fallará al momento apropiado para que una gracia especial le permita a uno la contemplación”6. Existen diferentes grados de oración contemplativa, y si comparativamente pocos alcanzan incluso el grado más bajo, más cerca están los que son suficientemente heroicos como para alcanzar grados más altos. Pero la contemplación es esencialmente “no otra cosa que una amorosa, simple y permanente atención del espíritu a las cosas divinas”7, y comprende una certera conciencia de la presencia de Dios. “¡Oh Dios!, qué dichosa es el alma que, en la tranquilidad de su corazón, conserva amorosamente el sagrado sentimiento de la presencia de Dios…Ahora bien, cuando a este propósito, hablo del sagrado sentimiento de la presencia de Dios, no me refiero al sentimiento sensible, sino al que reside en la cima y en la parte más elevada del espíritu, donde el divino amor reina y produce sus principales efectos8 El alma entonces, que alcanza la contemplación logra en la oración una certera conciencia de la presencia de Dios, y acorde a las enseñanzas aquí enfatizadas, “la contemplación es la meta normal de la vida espiritual”9. Aunque solamente puede lograrse a costa de trabajo y autorenuncia, en otras palabras, por la fe puesta en el ejercicio de la práctica de la vida espiritual, porque “si tenemos que describir la preparación para ser un alma experimentada para la contemplación, sería necesario un tratado completo de ascética”10. Sin embargo, el alma que ha pasado a través de los grados más bajos de la oración y alcanza el estado de contemplación, está impregnada de recursos de energía sobrenatural, los cuales se manifiestan a sí mismos en un trabajo activo para Dios. Si tal alma vive en el mundo, se siente impelida a trabajar generosamente por el amor de Dios, y supongo que este era el caso de Hugh Benson. En este caso, la meditación ha pasado a una oración de gran simplicidad, esto es, en sus propios escritos, y él fue un ardiente defensor de la que parece ser una de las características de su vida. Esto se puede deducir de sus libros, y se expresa formalmente en el Prefacio que escribió para un libro de oración: “Existe un modo supremo de santificación…el cual es accesible prácticamente donde quiera que las almas lo deseen y es la Vía de la Oración…Si hay algo absolutamente claro para la dogmática, así como para la enseñanza de la ascesis en la Iglesia, es que una vida de oración que tiende a la perfección, está al alcance de cualquier devoto cristiano”.11

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Contemplación mística, pág. 98. Tratado del Amor de Dios, por San Francisco de Sales, libro vi, cap. 3 8 Ibidem, libro vii, cap. 1 9 Contemplación mística, pág 98. 10 Ibidem. Pág 100. 11 Thesaurum Fidelium, pág. 7 (Longmans)

Su vida: Robert Hugh Benson nació en Wellington College el 19 de Noviembre de 1871. Su padre que finalmente se convirtió en el Arzobispo de Canterbury, fue durante ese tiempo rector ahí. Fue el menor de seis hijos, dos de los cuales, Arthur y Fredrick, alcanzaron posteriormente tal como él, distinción literaria. Algunos detalles interesantes sobre su infancia nos han sido otorgados por su hermano mayor en un libro biográfico, Hugh. Ciertamente él no parece haber sido una gran promesa en ningún ámbito durante esos primeros años. “Hablando en general – escribe su hermano – yo solía considerarlo como un niño rápido, inventivo, y con una mente muy activa, completamente poco sentimental. Se encontraba probando hacer varias cosas a la vez, pero era impaciente y volátil. Nunca se hizo problema y en consecuencia, nunca hizo nada bien.” En 1885 ganó una beca para Eton, e ingresó al colegio en septiembre. Su hermano mayor Arthur era en esa época profesor ahí. Después de tres o cuatro años decidió que deseaba competir para ingresar al Servicio Civil de la India, y en vista a darle una mejor oportunidad de éxito, fue retirado de Eton al centro de entrenamiento en Wren, ubicado en Londres. No está del todo claro si Hugh tomó su trabajo de preparación para el Servicio Civil de la India en serio. De todas formas cuando llegó el verano de 1890, él no lo aprobó, y decidió que entraría en el Trinity College de Cambridge a estudiar para los Classical Honours ( Classical Tripos, actuales en Cambridge. n. del trad.) Parece no haber trabajado muy duro y no se mostraba como ninguna promesa intelectual. Teniendo eventualmente decidido tomar las Órdenes, hacia 1892 se fue a estudiar con el dean Vaughan (Charles John, n. de trad.) de Llandaff y fue ordenado diácono por su padre en la iglesia parroquial de Craydon en 1894. Comenzó su trabajo clerical en la misión de Eton, y completó su ordenación en 1895, sin embargo a finales de 1896 su salud sufrió un quiebre y fue a Egipto en el invierno junto a su madre y su hermana. Fue ahí donde Hugh comenzó a tener dudas acerca de la Iglesia Anglicana. Cayó en la cuenta en lo pequeña que era su iglesia. Era tenida por extranjera y parecía ser algo llevado por los ingleses donde quiera que ellos iban, tal como el baño de goma hindú – para usar su propio símil, un tanto irreverente. Lucía como extranjera en el país donde era plantada. Entrando a una iglesia católica en un pueblo en Egipto fue impresionado por el contraste. Era un pobre y pequeño edificio de adobe, pero parecía ser tan visiblemente parte del lugar, que por primera vez se le ocurrió pensar seriamente que Roma podía estar en lo correcto después de todo. Estos inconfortables sentimientos se profundizaron cuando regresó a casa a través de Palestina, sin embargo un año en Kemsing como cura, calmó en algo su ansiedad. Fue entonces que concibió el deseo de llevar una la vida religiosa y fue aceptado como novicio en la Comunidad de la Resurrección en Mirfield. Los dos primeros años fueron dedicados al estudio y finalmente en Julio de 1901 hizo los votos. Hugh fue destinado a pasar dos años más en Mirfield, el primero de los cuales fue lo suficientemente feliz, pero entonces volvieron las antiguas

dificultades y éstas se intensificaron a tal punto que hubo de dejar la comunidad alrededor del verano de 1903, y fue recibido en la Iglesia Católica en Septiembre del mismo año. Nos ha dejado un recuerdo de los pasos que lo condujeron a su conversión (Confesiones de un converso), y nos parece conveniente resumirlos entonces brevemente. Gradualmente había visto la “necesidad de una Iglesia Docente para preservar e interpretar las verdades del cristianismo a cada generación sucesivamente”, y observó también que esta misma Iglesia Docente debía estar consciente del tesoro que se le había encomendado a su cargo. Cuando consideró a la iglesia anglicana, se dio cuenta que no correspondía a sus expectativas. Diversos puntos de vista eran permitidos en ciertos aspectos vitales, tal como el sacramento de la Penitencia. Él mismo estaba convencido de que era esencial para el perdón de los pecados mortales y que además formaba parte integral del sistema sacramental instituido por Jesucristo. Pero aunque este punto de vista era tolerado, “prácticamente todos los obispos lo negaban, y algunos negaban incluso el poder de la absolución”. En otras palabras, él simplemente estaba enseñando su propia y privada opinión en esta materia, la cual en definitiva estaba muy lejos de lo que a la iglesia anglicana concernía. Observó la falacia de confiar en las fórmulas escritas, las cuales pueden ser interpretadas en muchos sentidos, sin que se encuentre una voz viva que declare su real significado y una iglesia que “apelara meramente a las palabras antiguas no sería más que una sociedad anticuada”. En este caso en particular, estaba el asunto del Sacramento de la Penitencia. Él deseaba saber si debía o no enseñar a los penitentes si ellos debían confesar sus pecados mortales antes de la comunión, pero no obtuvo una respuesta satisfactoria. Pero éste fue un ejemplo de muchos, pues fueron muchas otras las cuestiones que lo preocuparon y sobre las cuales no obtuvo una enseñanza definitiva de parte de la iglesia anglicana. Dicho en sus propias palabras: “En torno a mí veía una Iglesia que, aunque aceptable en teoría, era inaceptable en la práctica”. Y por otro lado, miraba a la Iglesia Católica, a la cual ciertamente conocía por cuenta propia, enseñar con la más refrescante claridad las materias que a él le aproblemaban. Sin embargo, ahí existían dificultades en la manera de aceptar sus afirmaciones, tal como la definición de la Inmaculada Concepción en el siglo XIX y las demandas papales. Para Hugh no hubo más remedio que lanzarse a ciegas en este desconcertante laberinto de controversia y leer qué era lo que decían los partidarios de la Iglesia Católica y sus oponentes sobre estas materias. Gradualmente comenzó a realizar cosas que nunca antes había hecho. Una de estas cosas fue encontrar que la verdadera Iglesia Católica podía no era solamente un asunto de erudición, pues no podía ser que los ignorantes y cortos de ingenio estuvieran en una manifiesta desventaja en materias de salvación: “Ahora sabía que la sencillez y la humildad eran mucho más importantes que los conocimientos patrísticos”. Las palabras de Nuestro Señor adquirían un profundo significado bajo esta nueva e insospechada luz: “En verdad os digo, si no os volviereis y os hiciereis como niños, no entrareis en el Reino de los Cielos.” (Mt. 18, 3) Comenzó a orar más

ardientemente que nunca por luz, y en esta etapa de su viaje encontró libros que lo ayudaron especialmente “a romper con las dificultades que aún se me planteaban con relación a Roma y con los últimos remanentes de teoría que todavía me mantenían unido a la iglesia de Inglaterra.” Estos libros fueron: Doctrine and Doctrinal Disruption de Mallock, England and the Holy See, de Spencer Jones y The Development of Doctrine, de Newman; el último de los cuales fue: “el que como arte de magia disipó la niebla flotante, dejando ante mi vista la Ciudad de Dios con toda su fuerza y su belleza”. Contempló a la Iglesia Católica como la verdadera Iglesia que por siglos ha permanecido “sobre el fundamento inconmovible del Evangelio”. Reconoció en Ella a la Esposa Mística de Cristo, y dificultad tras dificultad se fundieron mientras observaba su rostro. Entonces, se volteó y contempló nuevamente a la iglesia de Inglaterra y advirtió un extraordinario cambio, “…no es que ya me fuera imposible amarla…Ella poseía ciento de virtudes, un lenguaje delicado, un pensamiento romántico; una aroma placentero a su alrededor. Ella era infinitamente agradable y conmovedora; tenía la ventaja de vivir en la penumbra de su propia indefinición dentro de casas espléndidas que no había edificado; su estilo era gracioso y sus expresiones refinadas; su música y su lenguaje siguen pareciéndome extraordinariamente hermosos. Y por encima de todo, a la madre nutricia de muchos de mis amigos y durante treinta años también a mí me educó y me cuidó con indulgente cariño. (…) Ahí pues, se erguía mi antigua señora, amante y apasionada, reclamándome como a su servidor por vínculos humanos. Del otro lado, en medio de una llamarada de intensa luz, se erguía la Esposa de Cristo, dominante e imperiosa, pero con una mirada en sus ojos y una sonrisa en sus labios que sólo podían proceder de una visión celestial, reclamándome, no porque aún hubiera hecho algo por mí, no porque yo era un inglés que amaba los caminos ingleses o incluso el italiano si fuese el caso, sino que simple y llanamente yo era un hijo de Dios, y porque a ella Él le había dicho: llévate a este hijo por mí y yo te pagaré lo que gastes. Porque en definitiva, Ella era Su Esposa y yo era Su hijo”. En otras palabras, ahora él se había convencido de la verdad de las demandas de la Iglesia Católica, pero sintió que era su deber seguir en conexión con la Comunidad de Mirfield. Los meses que transcurrieron después de que Hugh abandonó Mirfield, y antes de ser recibido en la Iglesia Católica, los pasó en Tremans, la retirada casa de su madre en Horsted Keynes en Sussex. Se había formado en su mente que era su deber convertirse en católico, y esto se lo dejó en claro a su madre, con la cual no tenía secretos, pero a pedido de ella, había esperado con el fin de darse tiempo para reaccionar si tal cosa sucedía. Pasó el tiempo escribiendo una novela histórica: “¿Con qué autoridad?”, una ocupación que no solamente le dotó de seguridad y valor para su espíritu sometido a una dura prueba, sino que también le permitió observar más claramente que nunca que la comunión anglicana no poseía una identidad de vida con la antigua Iglesia de Inglaterra. Desde el comienzo de Septiembre, la novela se encuentra avanzada en sus tres cuartas partes y el 11 de

Septiembre de 1903 su autor fue recibido en la Iglesia católica en Woodchester por el padre Reginald Buckler,o.p. Hugh Benson abandonó Inglaterra por Roma en la festividad de Todos los Santos de 1903, y antes de atravesar el canal, tuvo la satisfacción de darle sus últimos toques a su primera novela, ¿Con qué autoridad?. Un año después volvió a Inglaterra debidamente ordenado como sacerdote de la Iglesia Católica, estableciéndose pronto en Cambridge, donde instaló su residencia junto a monseñor Barnes en Llandaff House. Pasó dos o tres años en Cambrigde, hasta que comenzó a caer en la cuenta de que su trabajo tendía más en dirección a la escritura y a la predicación que en la mera labor pastoral. Por otra parte, ahora estaba comenzando a tener ingresos por sus libros y por tanto, era capaz de poner en práctica un proyecto que ya tenía forma en su mente. Se propuso hacer para sí mismo un hogar en algún lugar apartado, donde podría estar libre de interrupciones y done podría escribir y leer, y de vez en cuando salir a predicar cuando se presentara la ocasión. “Una pequeña capilla perpendicular y una casa blanqueada de cal al lado, es precisamente lo que ahora deseo”, escribió por aquel tiempo: “debe estar en un dulce y secreto lugar preferentemente en Cornwall (Hugh, pág 14). El resultado fue que adquirió una casa en el caserío de Hare Street cerca de Buntingford, donde pasó los últimos siete años de su vida. La casa de Hare Street es una antigua casa ubicada en un caminito que pasa detrás de la vía principal que atraviesa el villorrio. El frontis es un agregado posterior, pero el edificio en sí mismo data de la época de los Tudor. Cuando Hugh Benson la compró, no había ocupada por un largo tiempo y la propiedad estaba prácticamente en estado salvaje. Cuando él murió, había sido transformada e impresa con su propia individualidad. Construyó su jardín destinado a satisfacer su imaginación, y uno de sus últimos actos en esta dirección fue planta el jardín de rosas detrás de la casa. La idea era ponerla en ejecución a su regreso de la visita a Salford, que resultó ser la última. Encontró una instalación de una vieja cervecería y de una antigua panadería detrás de la casa, y la transformó en una capilla, que posteriormente derribó y la construyó a mucha menor escala, como una sacristía. El crucifijo fue construido a partir de una de las pesadas vigas de la cervecería. La figura en lo alto fue tallada por él mismo y un amigo a partir de uno de los tilos del jardín. Así también con los otros accesorios de la capillita, el dueño tuvo una directa ejecución en su confección; o ellos fueron el resultado de sus propias sugerencias. Lo mismo con la casa: donde quiera que uno entre, encuentra reminiscencias de su dueño. Si uno entra a su encantador estudio, donde solía escribir, en todos los muros, sobre los paneles de madera, lucen unos elaborados tapices que representan a varios personajes, incluido él mismo, en la búsqueda del Santo Crial. Las figuras que fueron recortadas por un artista amigo, fueron cosidas a fondo y todo el trabajo de tapices fue hecho por el dueño. Si se pasa del estudio a la biblioteca, se encontrará con los rastros similares de sus actividades en la elección y en el arreglo de los libros que se ordenan en los muros. O si se suben las escaleras se encontrará en el

dormitorio principal otra pieza de tapicería representando algo más macabro: “la muerte”. Una vez más el trabajo, la concepción y la ejecución es de Hugh Benson. Cada vez que uno pregunte por la historia de algún objeto que llame la atención, recibirá casi invariablemente la misma respuesta: que el mismo dueño de la casa lo hizo, o ayudó en su fabricación, o que tuvo una idea particular en conexión con eso. Seguramente nunca ha habido u lugar más marcado con la individualidad de un hombre, que Hare Street House, el terreno está estampado con la individualidad de Hugh Benson. Fue así como una aldea de Hertfordshire llegó a ser el hogar de este bendito hombre de Dios, y Hare Street House a su vez llegó a ser un centro de influencia que se hizo sentir no sólo a través de lo largo y ancho de Inglaterra, sino incluso a partes lejanas. Fue a Roma en tres diferentes ocasiones a predicar una serie de sermones, y tres veces visitó América para dar conferencias y predicar, pero como es natural, sus trabajos más intensos fueron efectuados en Inglaterra. Siempre estaba haciendo algo – predicando por aquí, o dando conferencias por allá, o dando un retiro en algún convento. Y a pesar de todo, encontraba tiempo para su retorno a Hare Street House para escribir libro tras libro, y para tratar con su enorme correspondencia. Es difícil concebir cómo un hombre puede realizar tanto trabajo, pero hubo una fuerza motriz en monseñor Hugh Benson que lo impulsaba, lo sostenía y lo capacitaba para trabajar incansablemente bajo una enorme presión. Alrededor de un año antes de su muerte escribió: “Estoy siendo obligado a actuar con más cuidado que antes (to draw in my horns, n. de tr.) en economizar tiempo, y precisamente justo ahora, ya que estoy al borde de mi capacidad”. Y fue así que trabajó – al borde de su capacidad – y mantuvo este tremendo ritmo hasta el final, cuando la sobresaturada máquina colapsó completamente, y Hugh Benson murió a una edad en que la mayoría de los hombres alcanza la madurez de sus fuerzas, desgastado por su incansable e indomable energía. Parece haber considerado que su mejor trabajo estaría realizado a la edad de cuarenta años, y que debía trabajar para ese entonces, como un corredor que sabe que tiene cierto camino por recorrer y que deberá esforzarse a sí mismo para llegar a tiempo y cortar la cinta con su pecho. Tuvo éxito en el cumplimiento de su objetivo, y al morir, a la edad de cuarenta y dos años, y usando la metáfora de un atleta, corrió hasta el final. “Todo lo que pueda hacer tu mano, ejecútalo con tus fuerzas” (Eccles. 9, 10), Este fue ciertamente el caso de Hugh Benson . Aquellos que lo conocimos tenemos la autoridad que todo lo que hizo, lo hizo con la energía concentrada en mostrar que tenía su corazón y su alma puesto ahí. Ya sea en un libro, en una carta, o en un juego, o en una conversación, él ponía toda su atención. Y nadie que lo haya escuchado alguna vez predicar, pudo dejar de sorprenderse por esta característica. La mano de la muerte lo hirió a mitad de su muy extenuante actividad, y murió así como vivió: con la mente lúcida hasta el final. Esta peculiaridad de su muerte, parece haber causado una gran impresión en su hermano, el que estuvo presente y ha dejado grabada sus impresiones en estas siguientes expresivas

palabras: “Fue realmente maravilloso. Entonces me pareció en ese momento, extraño más que triste. Fue él mismo hasta el final, sin disminución de su vigor, sin complacencia, sin humillación, con toda su antigua cortesía, consideración y recogimiento – esta es la única palabra que puedo usar. Reconozco que nosotros sólo éramos unos simples espectadores, y que él estaba al mando de la escena. Él le tenía odio a morir, y se marchó tal como siempre lo solía hacer: derecho desde la tarea cumplida hacia otra que lo esperaba. No fue como un fin. Fue como si hubiera doblado la esquina y se hubiera marchado fuera del alcance de la vista, pero aun incuestionablemente ahí. Me pareció como la muerte de un soldado o de un caballero, con el ánimo tranquilo, enfrentando espléndidamente hasta el último extremo con una magnífica determinación; a experimentar, con los ojos abiertos y vigilantes, el cruce oscuro.” (Hugh, Memoirs of a brother) Hugh Benson murió en la casa del Obispo de Salford el 19de Octubre de 1914, a la edad de cuarenta y dos años y once meses. Había llegado ahí el sábado 10 de Octubre para pronunciar un segundo curso de sermones, los cuales había predicado en la Catedral de Salford durante el mes de Octubre. El lunes 12 estaba tan enfermo que no pudo dejar Salford, y fueron cancelados todos los compromisos. Pocos días después le sobrevino una neumonía, y como su corazón no estaba lo suficientemente fuerte como para soportar la tensión, falleció a las primeras horas del siguiente lunes. Un papel con instrucciones fue encontrado indicando que deseaba ser sepultado en Hare Street House. En consecuencia, su cuerpo fue conducido hasta allí, y el viernes 23 de Octubre, después de un solemne Requiem en su capillita, fue enterrado para su eterno descanso en su propia huerta, cerca del Calvario que él mismo había levantado. Parece haber sido completamente apropiado que aquel que había sido el alma viva de Hare Street House fuera enterrado en el mismo lugar que había amado tanto, y sobre aquello que había construido para estampar tan maravillosamente la impronta de su propia notable personalidad.

El hombre Ahora vendrá la tarea de apreciar al hombre en sí mismo. Era un hombre de muchas facetas y se hace difícil saber por dónde empezar. Sin embargo, quizás sea más simple poner especial énfasis en aquellos aspectos de su vida por los que fue capaz de llegar a un gran número de personas. Un hombre puede tener una gran elocuencia y puede ser capaz de atraer a una gran congregación, pero el poder de la palabra hablada es limitado en su extensión, aunque es doblemente más poderoso en su eficacia inmediata. La voz humana no puede llegar más allá de un cierto rango, y está circunscrita a la capacidad de los edificios. No puede permanecer mucho tiempo bajo una presión prolongada, aunque su eficacia inmediata algunas veces es sorprendente. Aun así, en cuanto a difusión y a capacidad de llegar a todas las clases y a hombres de todas las condiciones, no tiene comparación con la palabra escrita. Entonces, comencemos con Hugh Benson como un hombre de letras, y digamos algo acerca de los numerosos libros que fueron fruto de su siempre activa pluma. La primera cosa que a uno lo marca es su fecundidad. Comenzó a escribir libros alrededor de diez años antes de morir. Antes que su mano fuera acallada por la muerte, él había escrito muchas novelas de considerable extensión, y muchas de las cuales deben haber implicado una no despreciable cantidad de lecturas. Escribió alrededor de media docena de composiciones históricas por ejemplo, muchas de las cuales han involucrado una buena cantidad de profundos estudios. En efecto, él mismo nos ha develado sus denodados esfuerzos cuando escribió su primera novela de tipo histórico: “¿Con qué autoridad?”. En las “Confesiones de un Converso”, encontramos aquella alusión: “Trabajé durante ocho o diez horas cada día, ya sea escribiendo o leyendo o poniendo notas en cada libro histórico y panfleto que caía en mis manos. Encontré párrafos en revistas, frases sueltas en cierto ensayo. Y con todos ellos trabajé, y reuní el material con que mi libro creció.” Fue lo mismo con las demás novelas históricas que él escribió más tarde en su vida. Si alguno puede figurarse que estas novelas son el resultado de la efervescencia de una imaginación brillante, remítase al prefacio de “¡Ven potro, ven soga!” (publicado en 1912), y lo encontraremos desilusionado de él mismo. El escritor afirma que casi la totalidad del libro es un hecho histórico, y reconoce su deuda con la “pila de veinte o treinta libros” que estaban en su escritorio cuando lo escribió. Parece entonces que él fue un escritor esmerado, aunque sus libros nos dan la idea que la escritura le va muy natural y que los trazos venían corriendo a toda velocidad, con apenas una pausa para reflexionar. Muchos lectores de sus libros serán probablemente de la opinión que el peculiar don de Hugh Benson como escritor, se manifiesta sencillamente de mejor manera en los trabajos de pura ficción. Cuando por un lado se ve atado a los hechos históricos, el poder de su imaginación no alcanzaba su plenitud. Él se

deleitaba en el análisis de sus personajes y sus mayores momentos los hemos visto en las creaciones de su propia imaginación. Por esta razón, si debemos buscar alguna revelación en sus escritos, a estos libros debemos volcarnos, y tendremos una buena cantidad de material. Poseemos la autoridad de Mr. Arthur Benson para declarar que los libros de su hermano y sus personajes, “son proyecciones de su propia personalidad. Es él quien está detrás de ellos”, y relata que Hugh “era como muchas de las cosas que él hizo, como un juego en el cual él participaba con todas sus fuerzas”. Estoy completamente de acuerdo con esta afirmación, aunque debo confesar que no comparto su admiración por “La Luz Invisible”. El cuento no tiene una genuina continuidad, sino que más bien parece la creación de alguien que va tanteando alguna cosa, desconociendo exactamente lo que él desea expresar, y en consecuencia es insatisfactorio. La explicación de esto está dada en “Las Confesiones de un Converso”: “Desde un punto de vista espiritual, La Luz Invisible, me desagrada profundamente. La escribí con un estado de ánimo enfervorizado y ahora reconozco en ella un muy sutil estado de sentimentalismo. Yo estaba luchando por reafirmarme a mí mismo en las verdades de la religión, adoptando por lo tanto, un tono positivo y afirmativo que fue en parte insincero”. Sin embargo, aparte de “La Luz Invisible”, tenemos más de una docena de trabajos de pura ficción para tratar, y en estos encontramos constantemente determinados elementos que son recurrentes, y podemos comprobar con seguridad que éstos son proyecciones del propio escritor. Una de las cosas que impresiona por sí misma al lector es el llamado elemento místico. Por esto entiende el escritor, la realización de cosas invisibles, y la convicción de que son éstas las cosas que realmente importan, y que la unión con Dios a través de la oración es el verdadero trabajo de la vida terrenal. Él había encontrado en la enseñanza de la Iglesia Católica la solución a sus dificultades, y en la enseñanza de sus grandes místicos la explicación de los misterios de la oración – este maravilloso poder que puede destrabar, por así decirlo, las mismas puertas del Cielo, e influenciar los destinos terrenales de una manera insospechada por la mayoría de los hombres. Como tan bien lo expresa Tennyson: “Muchas cosas son forjadas por la oración, Más que las que el mundo imagina. Y por eso vuestra voz se levanta, Como una fuente para mí día y noche. Porque los hombres son mejores que las ovejas y que las cabras, Que alimentan una vida ciega sin cerebro, Si, conociendo a Dios, ellos no levantan las manos para orar. ¿Quién puede tanto para ellos como para sí mismos llamarle amigo? Porque toda la redondez de la tierra, en todos los sentidos Está limitada por las doradas cadenas alrededor de los pies de Dios.” (Morte d’Arthur)

Luego, como era de esperar, la admiración de Hugh Benson por los miembros de las órdenes contemplativas es ilimitada. Porque ellos extraen desde el origen el manantial de poder, y su influencia se difunde a lo largo y a lo ancho. Por contemplativos no significa para él sólo aquellos que se retiran del mundo y dedican su vida a la oración, sino también a aquellos que, mientras están en el mundo, han pasado a través de los más básicos niveles de oración y han alcanzado la oración contemplativa. Como ejemplo tenemos los místicos, significando con esa palabra, aquellos que a través de la oración han llegado a cierta comprensión de lo concerniente a lo invisible – esta comprensión consciente que viene al alma que ha alcanzado el estado de contemplación. Tal como lo hemos establecido desde el comienzo de este impreso, hay algunos que sostienen que este estado del alma está al alcance de todos. La gracia de la contemplación, de acuerdo a esta mirada, no es algo reservado a ciertas almas privilegiadas, y denegada a otras, no importa cuánto puedan esforzarse tras esto; pues ningún alma puede alcanzar este estado sin la gracia de Dios. Pues esta gracia no está negada a aquellos que son lo suficientemente generosas en el camino de la auto renuncia. El hecho que los contemplativos en el mundo son escasos es porque son comparativamente pocos los suficientemente generosos en sus esfuerzos tras la perfección. Mas, cuando el alma ha alcanzado este estado de oración y consigue la contemplación, entonces ha logrado un estado de desprendimiento de las cosas de la tierra, y una unión con Dios que le otorga un poder maravilloso, esto es, un recurso de incansable actividad. Estas actividades pueden manifestarse a sí mismas en una vida de oración, si el alma tiene la vocación; o bien, pueden manifestarse a sí mismas en un trabajo exterior activo y con una incansable energía para llevar a cabo las obras de Dios en cualquiera que sea el estado de la vida contemplativa. Imaginar que un místico es una persona soñadora que no tiene una relación con este mundo, pero que está siempre encerrado en éxtasis, es dar una mala impresión del verdadero misticismo y otorgarle una reputación que no merece. Lo cierto es que el verdadero místico es un trabajador muy activo y la fuente de su actividad está fundada en la oración. Sería muy fácil dar adelantados ejemplos de la maravillosa capacidad de trabajo que poseen estos hombres y mujeres que han alcanzado el más elevado grado de oración. Este parece haber sido el caso de Hugh Benson. Casi no existe un libro suyo donde no toque el tema de la oración, y en algunos encontramos intentos de describir con palabras la experiencia real de contemplación – de hecho, casi podríamos decir que la oración y su influencia es el motivo subyacente de sus libros. Podemos rastrearlo desde que escribió su primer gran libro hasta el último. “La luz Invisible” fue escrita antes de convertirse en Católico, pero una de las historias contiene “En la capilla del convento”, donde aborda esta materia y enfatiza la actividad de la vida de oración, mientras que en su último gran libro, “Soledad”, que no fue publicado sino hasta después de su muerte, la heroína, después de decepciones mundanas, encontró en la oración frente al Tabernáculo

que “las lejos de ser una mera vacuidad, todo lo demás a su lado parece estar vacío”. Uno de sus libros “Richard Raynal”, está dedicado enteramente a la historia de un ermitaño. A través del libro – que es deliberadamente arcaico en su estilo, aunque no es característico del autor – uno no puede dejar de pensar que el hombre que lo escribió tiene que haber tenido alguna experiencia con la oración contemplativa, o que de todas formas tuvo que haber estado extraordinariamente interesado en esta materia. Esta impresión se profundiza más cuando uno lee los otros libros del autor. Aun cuando el autor está profesamente escribiendo novelas, hay muchos pasajes en relación a la oración, y en más de uno hay un intento de describir experiencias de contemplación. Tomemos, por ejemplo, el siguiente párrafo del Señor del Mundo: “Él comenzó, como tenía por costumbre en sus oraciones mentales, por un acto de abstracción del mundo de los sentidos. Bajo la imagen de quien se sepulta bajo la superficie, se obligó a descender a lo más íntimo, hasta que el murmullo del órgano, el ruido de los pasos, la rigidez del respaldo en que tenía apoyadas las muñecas parecieron quedar aparte, lejos, y quedó reducido a la condición de persona, de individuo provisto de un corazón palpitante, simple intelecto que le sugería una imagen tras otra, emociones demasiado lánguidas para agitarse. Hizo entonces un segundo descenso, renunció a cuanto poseía, a cuanto era, y tomó plena conciencia de que incluso el cuerpo quedaba atrás, de que su corazón y su mente, sobrecogidos en la Presencia en que se hallaban, se aferraban en lo más íntimo y con total obediencia a la voluntad que de ambos se había enseñoreado, al tiempo que los protegía. Respiró hondo una vez más al sentir la Presencia que surgía a su alrededor. Repitió mecánicamente unas cuantas palabras y se dejó hundir en la paz que sigue a la renuncia de todo pensamiento. Así permaneció un rato. A los lejos, y en lo más alto resonaba el éxtasis de la música, el clarín de las trompetas, las límpidas notas de las flautas, si bien eran tan insignificantes como los meros ruidos de la calle para quien va quedándose dormido. Había traspasado el velo de las cosas y se encontraba más allá de las barreras que imponen el sentido y la reflexión, en ese lugar secreto cuyo camino de acceso había aprendido con esfuerzo constante. Se hallaba en esa extraña región en la que las realidades son evidentes, en donde las percepciones van de acá para allá con la velocidad de la luz, en donde las oscilaciones de la voluntad captan ora un acto, ora otro, y lo moldean y lo aceleran; el lugar en el que todas las cosas tienen punto de encuentro, en donde se conoce la verdad, se moldea y se paladea, en donde el Dios Inmanente es uno y el mismo que el Dios Trascendente, en donde el significado del mundo interior se manifiesta en toda su evidencia por medio de su interior, y la Iglesia y sus misterios se contemplan a medio de una aureola de gloria”.

He transcrito este largo pasaje porque pienso que esto es una característica del escritor. Pareciera que el hombre que escribió este pasaje, debe haber tenido alguna experiencia que él está intentando describir. Y esta opinión está confirmada por otros pasajes en los trabajos del autor. Los procesos de la vida espiritual son

realidades evidentes para él. Presenciamos cómo en más de uno de sus libros nos encontramos con un cierto tipo de hombre: aquel que ha pasado a través de diferentes estados de la vida espiritual y ha alcanzado aparentemente la vida “unitiva”. El autor evidentemente mira a éstos como tipos ideales (los llama “místicos”, ver “Los Convencionalistas”), armados para ser guías y consejeros de otros, ya sea que ellos han hecho de la contemplación el gran objetivo de sus vidas, o ya sea que ellos vivan en el mundo. Ellos son justamente Mr. Rolls en “Los Sentimentalistas”, Christopher Dell en “Los Convencionalistas”, y Mr. Morpeth en “Iniciación” – hombres que han sido purificados por las pruebas y han encontrado en la oración el secreto de la paz del alma. Nuevamente en “Alba triunfante”, donde trata de representar al mundo desde el punto de vista del futuro bajo la suposición de un poderoso crecimiento de la Iglesia Católica, el escritor describe a Irlanda como el gran monasterio contemplativo de Europa, y al mismo tiempo, como el gran hospital mental. El contemplativo viene a ser un psicólogo competente para tratar todos los casos de depresión y colapso mental porque tiene la capacidad de impartir a los otros en un grado exacto, la paz que él mismo ha alcanzado. Otros ejemplos como éste podrían ser citados en los que Hugh Benson habla de la oración y de su influencia. Existe una historia en la mitología clásica que relata la historia de un hombre que descifró por sí mismo el laberinto a través de un hilo de oro. Hugh Benson encontró en la oración la llave para abrir los misterios del mundo de Dios, y que luce como un hilo de oro corriendo a través de sus diferentes trabajos y enlazándolos a ambos. Él siempre trata de expresar en términos corrientes lo intrincado de la vida espiritual, en sus tres amplias divisiones: de la purgativa, de la iluminativa y de la vía unitiva, y escoge como sujetos de estas experiencias, no como bien podría esperarse, a un miembro de una orden contemplativa, sino al hombre que está ahí, a la vera del camino ( “Otros dioses no”, parte 2, capítulo 6), como para mostrar que en su opinión estas experiencias están al alcance de todos quienes son lo suficientemente generosos, y que responden con fidelidad a la gracia. Aquellos que están interesados podrán leer el mejor tratamiento devocional sobre el mismo tema en “La Amistad de Cristo”. He oído decir, no sé con qué autoridad, que Hugh Benson se sentía fuertemente atraído hacia los cartujos, y que hubiera cambiado de buen grado la sotana y la vida activa por el hábito cartujo y la vida de contemplación. Puede ser verdad, pero existen muchos hombres a los cuales les atrae la vida cartuja y

quienes, sin embargo, no necesariamente tienen vocación. Existe, por ejemplo, la bien conocida instancia de Santo Tomás Moro, y cualquier monasterio cartujo puede contar historias acerca de aquellos que llegan, pero que no se quedan; tal como lo observó un escritor cartujo: “Existen vocaciones que provienen de Dios, y otras que provienen de la imaginación” (“La Gran Cartuja”, por un cartujo). Sea como fuere, Hugh Benson ni siquiera intentó su vocación, y uno no puede dejar de pensar que su peculiar talento se despliega sí mismo de la mejor manera en la vida activa. Ahora bien, que él tenía inclinación hacia la vida contemplativa es evidente a partir de sus escritos. Estaba apasionadamente convencido de la verdad que reclama la Iglesia Católica, y bajo su influencia su fino talento fue desarrollado tal como el sol expande los pétalos de una flor y expone su belleza a la vista. Antes de convertirse en católico él nunca hubo mostrado ser una gran promesa, y aunque fue recibido en la Iglesia cuando tenía sobre los treinta, él sólo había hecho una incursión dentro de los dominios de la literatura. Su libro “La Luz Invisible”, escrito cuando era anglicano, tiene mérito desde el punto de vista literario, pero los cuentos no logran atrapar al lector como en sus trabajos posteriores. Esto puede ser particularmente notorio si uno lo compara con el “Espejo de Shalott”, que son cuentos del mismo estilo, pero que se manejan con mayor certeza y fuerza. En efecto, la Iglesia Católica parece haber satisfecho completamente sus aspiraciones y descubrió en ella el ideal que él había estado buscando. A la luz de sus enseñanzas derramadas a lo largo de su vida, su poder adormecido despertó, y fue capaz de expresarse en el modo que hasta anteriormente nunca había sido posible. La aceptación incondicional de sus afirmaciones generó en él – para usar una expresión suya – una cierta devoción fija que vino a conducir sus fuerzas en esta vida. Fue la apasionada convicción de que ella es la Maestra Divina marcada de humanidad; de que ella es la verdadera guía en la unión del alma con Dios, y de que en ella, en la enseñanza de sus santos y místicos, está contenido el secreto de aquellas misteriosas experiencias del alma en oración, lo que produjo en él la “devoción fija” que lo urgía a darse a sí mismo completamente al servicio de la Iglesia, con tal concentración de energía, que su sobrecargada constitución cedió a la presión, y murió cuando él había vivido un poco más que la mitad de lo que sería una vida de un hombre normal. Aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo personalmente hablan de cierto encanto en sus modales y en la conversación, y de una atractiva simplicidad. Podía hablar acerca de sus propios quehaceres con una completa ausencia de

afectación, y siempre dispuesto a escuchar las críticas a sus escritos. Seguramente esto es signo de una verdadera humildad. A raíz de esto conviene recordar que él fue un predicador con una reputación brillante; un escritor cuyos libros tienen una inmensa circulación; y fue muy solicitado como director espiritual. Pero ninguna de estas cosas minimiza su simplicidad. Antes bien, tenemos el testimonio de su hermano (“Hugh, recuerdos de un hermano”) para constatar que esta modestia parecía ir creciendo con los años. Aquellos que han oído predicar a Hugh Benson no olvidarán fácilmente la impresión. El rostro infantil, con una mata de pelo desordenado, la figura delgada y la compostura un tanto torpe, no auguraba mucho, pero cuando se había apasionado por su labor, tenía a sus escuchas embelesados. Y esto también a pesar de sus defectos en el modo de hablar, porque no tenía una buena voz y a veces sonaba tenso hasta el extremo. Apenas hacía uso de gestos, y tal como los usaba, bien podía haberlos dispensado, pues a medida que uno escuchaba el torrente de elocuencia y veía la delgada figura balanceándose de acá para allá con una energía apasionada, uno olvidaba todos los defectos de articulación y pronunciación, y se sentía arrebatado por la intensa convicción del predicador. Supongo que esto fue el secreto de su éxito como predicador: su inmensa sinceridad. Aquí existió un hombre que, a pesar de su cierto y obvio defecto de oratoria, dijo lo que dijo con tal fuego de convicción apasionada, y con tal energía concentrada en su propósito, que uno no podía dejar de escuchar sus ardientes palabras. Por tanto, donde quiera que él fuera, su éxito como predicador fue notable, y se dice que algunas veces estaba comprometido hasta con dos años de anticipación. De sus facultades como director espiritual no puedo referirme por falta de material. Ha aparecido un libro (“Cartas de Monseñor Robert Hugh Benson a uno de sus conversos”) después de su muerte, relativo a este asunto, pero no es suficientemente comprensivo para permitirle a uno formar una estimación. Sin embargo, transmite la impresión que él mismo tuvo parte de razón cuando le dijo a su hermano: “Yo no soy un hombre para apuntalar, puedo encender a veces, pero no apoyar” (“Hugh, recuerdos de un hermano”). Sus dones residen en otra dirección, y aunque no dudaba de su capacidad como director espiritual, en todo caso a quienes él comprendió en su naturaleza, a pesar de su impulsividad, doblegada por la gracia, debió haber sido algo que se oponía a la calma y a la madurez del juicio, y a la sazón de la experiencia exigida por quien ha de ser conspicuo como guía para las almas. Parece ser entonces que una de las lecciones de la vida de Hugh Benson es el valor de la oración. El mundo espiritual es un gran mundo de realidades, y es

mediante la oración que el alma entra en contacto con estas realidades. La medida de la unión del alma con Dios en la oración, es la medida de toda la devoción de corazón del alma al servicio de Dios, y en la Iglesia Católica encontró el ideal que él había estado buscando. Aquí estaba la Esposa de Cristo, el Cuerpo Místico de Cristo dentro del cual él había sido incorporado, y en la cual compartió la vida. Su ser comenzó a ser permeado por su espíritu, y su pulso latía con energía sobrenatural. En ella él encontró una guía segura en el camino de la oración – a una con la experiencia de diecinueve siglos - que podía guiar a su alma hacia una unión más cercana con Dios Todopoderoso, y a ayudarlo a interpretar rectamente las dificultades de la vida. Por esto fue que él realizó este trabajo tan intensamente, con tal concentrada energía. Hizo tanto trabajo en tan sorprendente poco tiempo. En reconocimiento a sus servicios a la causa de la Iglesia, el Santo Padre Pio X en 1911 lo hizo uno de sus capellanes privados, lo que trae consigo el título de Monseñor, y bajo este título fue que Monseñor Benson fue conocido en el mundo. Pero la dignidad eclesial no puede hacer la reputación que por sus propias excelentes cualidades ha ganado. No fue porque él pudo anteponer “Monseñor” a su nombre que se hizo tan conocido y ejerció de manera amplia su influencia, sino porque él fue Hugh Benson, sacerdote de la Iglesia Católica, que utilizó para tan buen propósito los brillantes dones con los cuales Dios lo hubo dotado. Conclusión: Y ahora, esta bien conocida figura ha fallecido, y no la veremos más. Pero ha dejado un amable recuerdo tras él, y una influencia de gran alcance como un ejemplo estimulante. No podemos emular su trabajo, porque no tenemos sus dones, pero podemos hacer todo lo mejor posible para imitarlo y cultivar lo mejor que podamos los dones que Dios nos ha dado. Hugh Benson fue uno de aquellos a los cuales les fueron encomendados cinco talentos y que “ha obtenido otros cinco”. Cultivó los buenos dones que Dios le entregó y los consagró enteramente a Su servicio. Intrépido en sus convicciones, abrazó la religión católica tan pronto como él se mostró satisfecho en cuanto a las afirmaciones de la Iglesia Católica. Y aunque los miembros de su familia fueron muy comprensivos en su trato hacia él, se necesita de no poco coraje para que el hijo de un arzobispo anglicano adjure de la fe de su padre. Pero el sacrificio fue compensado con una apasionada convicción que agrupó a todas sus facultades para ser usadas al servicio de la Iglesia, con una devoción de todo corazón que no ha sido a menudo superada.

No fue hace muchos años que él se convirtió en Católico, fue a Roma, fue ordenado sacerdote y volvió a Inglaterra. Ahora él se ha ido para siempre, sin embargo este corto lapso de vida fue coronado con una maravillosa actividad. Mientras estaba entre nosotros, apenas podíamos encontrar un periódico católico que no tuviera una señal de su atareada vida. Estaba predicando aquí, o dando una charla allá, o dictando un retiro, o presente en algún oficio religioso, o en alguna reunión social. Entonces, de tiempo en tiempo, con algunos sorprendentes intervalos, alguno que otro libro aparecía. Un tributo silencioso a su incansable pluma. “¿Cómo pudo él hacer todo esto? ¿Cómo pudo encontrar el tiempo?” Tales eran las preguntas que nos hacíamos, ya que nos confrontábamos a sus desconcertantes actividades. Ahora que él está muerto, sabemos que este fue el costo de su tremenda actividad. Él vivió, para usar nuestras propias palabras, “al límite de sus capacidades”. Cualquiera que alguna vez intentara hacerlo, entenderá bien qué clase de heroísmo involucra esta vida. Tuvo dones asombrosos y él determinó que éstos no debían ser desperdiciados, sino que debían ser cultivados y completamente consagrados a la Gloria de su Señor. Por lo tanto, él no se guardó a sí mismo, y dio lo mejor al servicio de la Iglesia, trabajando hasta que la pluma se le cayó de sus cansados dedos, y su inagotable energía fue acallada por la muerte. Se alejó en medio de nosotros, dejando atrás el registro de grandes logros. Como un cometa, él brilló a través de cielo; como un cometa él ardió a causa de su propia rápida velocidad, dejando tras de sí un rastro de luz. Nos ha dejado el recuerdo de un enérgico predicador, de un brillante escritor, y de un hábil polemista. Pero por sobre todo nos gusta pensar en él como sacerdote y para el cual el sacerdocio lo significaba todo. Estaba determinado a caminar tan cerca como pudiera sobre las huellas de su Maestro. Él ejecutó intensamente la parte que desempeña el sufrimiento en un mundo que ha sido destruido por el pecado. El libro mediante el cual él se expresa a sí mismo sobre este tema es “Iniciación”, que en opinión de algunos, es el mejor libro que escribió. Una de las razones de su ilimitada admiración por los miembros de las órdenes contemplativas está fundada en el hecho de que ellos expían por los pecados. “Porque ellos son los príncipes del mundo. Ellos son el modelo de Crucificado. Tanto tiempo como exista el pecado en el mundo, tanto tiempo debe haber penitencia. En el instante en que el cristianismo fue aceptado, la cruz se levantó una vez más dominante…Y entonces la gente entendió. Porque ellos son los Santos del Universo – más alto que los ángeles, porque ellos sufren” (“Alba Triunfante”)

Dejemos que aquellos que quieran conocer algo sobre la vida interior recurran a su libro “La Amistad de Cristo”, donde encontrarán una iluminada descripción sobre las diferentes fases de la vida espiritual. Ellos aprenderán cómo la amistad de Cristo es el secreto de los santos; cómo este proceso de amistad se desarrolla en la triple etapa de la purgativa, de la iluminativa y de la unión; y cómo “las más sagradas experiencias de vida son estériles a no ser que Su amistad las santifique” (“La Amistad de Cristo”). Ellos se darán cuenta mejor que “la Iglesia es el Cuerpo en el que Cristo mora y actúa; que el Santísimo Sacramento es Él, con la misma naturaleza humana con la que vivió en la tierra y ahora triunfa en el cielo; que la santidad de los santos en Su propia santidad; que las palabras y los actos del sacerdote son las palabras y los actos del Sacerdote Eterno, y que la suprema queja de los pecadores resuena en la persona de Cristo ultrajado y crucificado o despreciado con ellos”. Ellos aprenderán también que Cristo en el Tabernáculo significa para él la presencia viva del Amigo, y esta es la lección que cada católico debe esforzarse por atesorar en su corazón. Vamos a despedirle, entonces, frente al Tabernáculo, en la Presencia de su Amigo y del nuestro. Y cierro todo este imperfecto bosquejo con un verso de uno de sus poemas: “No, pero con fe yo busqué a mi Señor la última noche, Y lo encontré brillando donde la lámpara estaba en penumbras El sombrío altar brillaba en lo alto, Un trono para Él: Como visto a través de una red de trabajo, su gracioso Rostro Mirando frente a mí, y llenando la oscuridad con la gracia” Fr. Allan Ross, 1916 Sacerdote del Oratorio de Londres, fallecido en Hampstead en 1934, a los 64 años.