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Jinki s, Jorge (1993): Transferencia y

alucinación. En Lo que el psicoanálisis
nos enseña. Bs.As., Argentina: Lugar
Transferencia y alucinación
1 ''Trabajar un concepto es hacer variar la
ex tensión y la comprc>nsión. generalizarlo
por la incorporación de rasgos de excep·
ción, exportarlo fuera de su región de on:
ge11, tomarlo como modelo e inversamen·
te· buscarle un modelo, en Ntlumen, COII·
ferirle de un modo progresivo. por trans·
formaciones regladas, la función de una
j(mna."
G. Canguilhcim
Medio siglo de freudismo aplicado a la psicosis, dice Lacan, dej!l su
problema todavía por   de nuevo. Digamos ahora: sumemos más de
un cuarto de siglo lacaniano para repetir lo que afirma Macalpine, que las
psicoterapias que declaran poder curar las psicosis lo hacen en todos los
casos en que no se trata de una psicosis. Pero además, habría que acen·
tuarlo, no existe una experiencia histórica de una práctica que pueda de·
nominarse "psicoanálisis de la psicosis".
Pero antes de apresurarnos a creer que aún no se ha encontrado una
solución a los problemas, indicaremos que los mismos t ienen los límites
de los términos con que se plantean y que son los que precipitan a la prác·
tica y a las tcorizacioncs de esa práctica en falsas vías de solución. El tono
metodológico de estas líneas, que pretende verse auspiciado por nuestro
ep í¡;nLfe, no indica nccesari.amente el camino que hemos elegido. Pero es
un modo abreviado de levantar una reserva : no habremos de hacernos car·
go de las preguntas construidas desde horizontes que no son los de nucs·
tra práct ica, y que nos llevarían a aceptar supuestos que protegen su vigen·
cia al pennaneccr silenciosos.
"Trabajar un concepto ... " tal vez conlleva un goce para el que no hay
otro sujeto que la ciencia, un discurso que se funda precisamente por una
A usrossung del sujeto que habla. Pero "la ciencia, nos ' dice Freud, es la
más perfecta liberación del principio del placer de la que es capaz nuestro
163
' •, ' '
ap;,rato psíquico"
1
• Al revés, el uso de la palabra supone un placer "ue di·
r· i1rn . . .,
JC ente se cpnfiesa. No hay nada contra ello. Pero cuando se eleva ese
placer a la categoría de valor yoico y se bautiza a esa práctica de "teóri-
ca·:. podemos ya septirnos autorizados a desmontar los fantasmas que se
art1culan asociaciones literalmente ingeniosas y en ideologías cuyo la-
gos no es Siempre preéisamente lo que se Uama una "idea". ¿y por qué no
hacerlo por el rodeo de los equívocos y los malentendidos vigentes en
los no siempre " oficiales" de los mejores representantes del
dJscu.rso. Si la interpretación no es una función sugestiva,
el pnnc1p10 de su poder no podría haUar un límite en el discurso de sus
agentes: antes de creer, entonces, que los enunci ados sobre 1!1 psicosis
hahlan de 1 · · d ·
• a pSICOSIS, po emos Interrogarlo; sobre lo que dicen y cníerar-
nos as¡ de la concepción del análisis que implican.
Y para decirlo del modo más tajante: por si fueran poco Jos obstácu-
los en.::ont ramos en el tratamiento psicoanalítico de las psicosis, se ha
ve1udo a agregar en lugar principal, lo que llamaré la posición neurótica
en la que se halla colocado analista frente a estas cuestiones. Por su-
aludo a aquello que un sujeto podría defender como un bien
propw, smo a la posición y a la función que adquieren las vnciJaciones
de los psicoanalistas frente a la psicosis.
·Retomemos los términos más obvios de una polémica que parece gi-
'?r en redondo: que en la psicosis no habría aptitud para la transferencia.
se repiie esa allrmación de Freud, se suele no decir
1111
da de la
PSJcosts Y un p.oco más de la transferencia: que se la concibe, precisamen-
te. en _los térrnmos u e una teoría de la relación objeta!. Se trata casi de una
cuestton de cortesía: el psicótico no nos toma por objeto. y esto - es lo
que. afirmo-, constituye una queja neuróti ca2 . Con mucha frecuencia
la literatura psicoarull ítica no hace sin1,1 articul3! este fantasma neurótic;
levanta incapacidad del psicótico y como impedimento del
analis1s: que esta ausente toda posibilidad de reconocimiento y perdida
la altendad· del otro como tal. Sin embargo, es fácil ad vcrt ir que toda la
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Freud, S., "Beiuagc zur Psychologic des   l"ischcr Verlag, vol.
V, p. 817.
Habría. e recordar t iempo que es tuvo dctcrlido el p1icoanáHsis frente a la
hasta advertir que la fnscinación provocada por algunos de sus impa-
sses se ongmaba en la plataformn neurótica desde la que elevaba sus interroga-
Clones, para no dejar esta dificultad en un segundo plano.
miseria neurótica reside en que por un lado nuestros actos sólo se valori·
zan en la medida en que son reconocidos por algún otro privilegiaro al
que le están destinados, y por el otro, pero es el mismo, que esto es lo
-que nos despoja del sentido de nuestros actos, le sustrae su eficacia y nos
hunde más ciegamente en el afán de volvernos deseables y amables a pesar
de las incomodidades que supone. Si este deseo de reconocimiento, en el
sentido hegeliano del término, es lo que mejor caracteriza a la neurosis, se
le reprocha al psicótico que no sea un neurótico, a la par que se admira en
él esa facilidad para seguir solo por su propio camino. Se adivina que aquí
pueden encontrarse ideologías aparentemente encontradas: mientras las
posiciones más reaccionarias de una psiquiatría objetivante le niega al psi·
cótico "el cielo del análisis", las reivindicaciones lúdicas de la locura tam-
bién lo hacen en nombre de una concepción romántica de la libertad.
El psicoanálisis se encuentra más acá de algún presunto medio, y pos-
tular una "neutrali dad" es confesar una impotencia idealizante. Pero en
tanto el fracaso parece ser el nombre de las relaciones curativas que el psi-
coanálisis sostiene con el psicótico, ¿es tan seguro que pueda rcsgu3Idarse
al psicoanálisis de su enajenación en alguna ideología? Abandonar esta
cuestión no podría ser una respuesta, aunque algunos psicoanalistas, sin
duda inspirados por la anorexia política de su clientela, han conformado
su práctica a un idilio con la neurosis obsesiva, donde todo riesgo se reduce
a avizorar un fantasma perverso (!), y en la que el placer de un hallazgo
poético según un modo leclaireano, sólo viene a estropearse por la enuresis
de su hija, señora, o porque su hijo, señor, no aspira a ser universitario.
Entiéndaseme bien, no atenúo la importancia de un síntoma frente a la es-
pectacularidad de algún otro, y ojalá se volviera a encontrar esa curiosidad
por la rareza insignificante que llevaba a un Ferenczi a preguntarse por el
estremecimiento que provoca el chirrido de una uña sobre el vidrio. Pero
esta locura del símbolo bizarro, y no hay psicoanálisis que no esté concer-
nido por esta locura, y que no hay otra locura que ésta, alejaJ
al psicoanálisis de la aburrida práctica de relevar la realidad etnográfica de
los sectores más o menos profesionales y tranquilizar los signos de ansiedad
que despierta su incierto destino.
3 Es interesante c. ue Freud nos indique en el "disparate del simbolismo" una rle
raz,ones por las que el analistA no puede aspirar a u na respetabilidau social.
Cfr. "Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis", vol. VIII, p. 3\83.
165
, , Estoy ll11mando "ideologías" a ciertas formas sociales -no hay por
que llamarlas ''culturales"- de comprensión de la locura, e incluyo todas
fom1as de cuidados Y tratamientos: desde la internación y adminístra-
de medicament?s hasta las más ingeniosas modalidades de la psicote-
rapia. Sus. :armas mas aberrantes son las que mejor evidencian que no hay
comprens•on de la locura que no sea una comprensión social de la locura:
tratamientos comunitarios familiares de "vínculos" de "pare,ia" "anu·
• ., • ' . ' , J , go
sustituto ... , etcetera.
Pues bien, el psicoanáHsis no se agrega como una nueva o vieja forma
de comprensión de la locura. Puede, en canbio, explicar esas for.:nas de
comprensión sin necesidad a su vez de comprender la locura, e incluso
antes de. explicarla. Pero en este "antes", ¿no reside el poco (y no
se necestta mas que un poc" ¡Jd.a ser suficiente) de ideología desde don-
de el psicoanálisis pretende abordar la locura? Enunciaremos brevemente
ese "poco". pero ya podemos adelantar que no se trata de un antes del
dtscurso del   según el modo de lo que se llama un prej uicio,
sino de una antenondad retroactiva que es efecto de ese mismo discurso:
el parece aproximarse a la locura como objeto, en-
cuentra que ese obJeto cstnba incluido como una función límite de su
discurso.
. El psicoanálisis dcsctJhrc el lugar prcvalente de la palabra en fa existe.n-
cJa más que el centro, la palalmt es el eje de esa existencia, y nu.es-
tra cxtstenc1a rota sobre ese eje de la palabra forjando nuestro destiJÍo en-
tre dos límites: la locura y la muerte. Un límite, ustedes saben no es una
li mitación; 13 función del límite bien podJ ía esta r ilustrada un salto,
Y e 1 fundamento de lo que solemos llanwr nuestra libertad es indisociable
de P.Sios salios, U'll) que hace uc lu mucnt un cfco.:tv uc ese acto por exce-
leno.:ta del hombre que es el suicidio, y el otro salto, la locura, Ja pasión más
humana del hombre. Este hombre del que solemos hablar es inherente a
estos dos línútes, y lo que en ciertos discursos se llama la libertad, esa li-
bertad con la que se quiere definir la condición humana no es sino esa de-
temlinación de la palabra que puede Uevarlo hasta volv;rsc Joco
0
a darse
Y es la palabra quien puede vestir a :stos destinos con la figura
·1
166
Un arti•:ulu ue Malevat "La locura histérica no e< un" r·
1
·cos
1
· " "
. . . • • . conocto en
llut'IIM un3 que tal no termina de cxpl11:arsc por estar escr i-
to en lr;rm:cs. ft!y en el derta dcsenvllhura para colocar la propia subjetividad
del deseo. Ambicionar curar al hombre de la locura, no es demasiado dife-
l)'ente que pretender expulsar la muerte del horizonte de nuestra vida. Si
a estas afinnaciones se las quiere designar también como "ideología", no
pondremos reparos, pero el sentido de esa palabra se reduce a designar ese
"antes" del que hablábamos: cierta prisa de la ética que, es cierto, adelan-
ta su paso al de la lógica. Pero no está dicho que esta última no pueda al·
canzar a la primera.
Subrayemos entonces el valor erístico de esas afirmaciones que se re-
sumen en considerar como impedimentos del análisis de la psi:osis, el he·
cho de no hallar Jos obstáculos con los que se tropieza en la neJrosis. Si se
examina en su valor fenomenológico aquella recomendaciór. de "escu-
char", suspendiendo el valor referencial del discurso, ocurre que cuando se
encuenlra un discurso que ha vuelto imprecisos sus lazos referenciales, pa-
rece extraftarse aquel obstáculo neurótico. Si el sujeto está ausente de su
palabra, ¿a quién dirigirse? ¿Y qué decirle?, pues si no él, al menos el in-
consciente ya lo dice todo. Y se presume que lo dice desnudo. sin disimu-
lación. ¿No lleva esto en el límite a la pregunta: hay inconsciente, incons·
ciente verdaderamente freudiano en la psicosis? Pregunta que apunta a una
cuestión menos trivial que sus tétminos. Freud mismo se la hizo, pero
suele no recordarse su respuesta: "Ni aun en la psicosis de más profundo
alcance llega a irrumpir el recuerdo inconsciente, de modo que el secreto
de las viviencias infantiles no se traduce ni en el más confuso estado de-
lirante"s.
Afirmar que "el psicótico dice sin disimulación", es reducir el incons-
Freud, S., Carta a Fliess del21/9/97; voL IX, p. 3579.
en la trama de lo que se quiere pensar. No es su único mérito, pero como reac-
ción ante lo que en su momento fue la propia posición del autor ante la psicosis,
más una prudencia sin duda necesaria, lo lleva a retornar a la funcijn médica del
diagnóstico y a reducir la interpretación a un objeto cuya adminiltración se ha-
ría depender del conocimiento previo de sus contraindicaciones. Como siempre,
un llamado de humildad sobre la insuficiencia de nuestro saber, termina sabien·
do demasiado. En verdad, se trata de la muerte, y la suposición de que ese ries·
go es más inminente en :os psicóticos tiene la misma lógica que afumar que los
nacimientos son más numerosos en el campo porque las cigüeñas !e alejan de las
ciudades. Se esconde aUí la creencia moralista que ha dominado jesde siempre
entre los analista de la !.P.A.: "hay que estar loco para matarse", dke la
gación neurótica de la muerte.
167
ciente a lo reprimido, confundir el análisis con un procedimiento para mo-
vilizar repre$iones, y no es decir algo de la psicosis. Afirmar que "el incons-
ciente ya lo dice todo y eso hace imposible la interpretación", es decir que
se concibe el inconsciente como ciertos contenidos privilegiados, que se
entiende la interpretación como la comunicación de esos contenidos, y no
es decir algo sobre la psicosis. Afirmar que "no hay transferencia en la psi-
cosis" suele implicar que se la piensa desde una concepción de las relacio-
nes de obj eto al rrúsmo tiempo que se ignora que nada es más ajeno que
la transfere!lcia a la L1tersubjetividad y a la dialéctica del reconocimiento
de un otro; es inclusc decir que no se la encuentra en su valor de resisten-
cia y es también una forma de racionalizar el activismo angustioso desen-
cadenado por la inoperancia. Pero aún no es decir algo sobre la psicosis,
y en estos casos el verdadero objeto es el terapeuta, y como reza un tí·
tul o conocido, "entre el psicoanálisis y la psicosis''.
Freud afirma la existencia del inconsciente en la psicosis a la par que
reconoce una dificultad en el problema de la transferencia que Jo llevó a
opiniones escépticas. Por lo poco que sabemos, Lacan, en este sentido
más prudente, la aleja a un rincón de su práctica psiquiátrica y recoge más
sus escritos que su palabra. Por supuesto, esto sólo puede ser intimidante
si se malentiende. Pero el revés de esta situación no es el que un falso opti·
rni.smo pretende resolver acumulando citas en sentido contrario, de alien-
to a correr el riesgo. Es mi convicción que no hay una experiencia históri·
ca de psicoanálisis de la psicosis sostenida de un modo consistente. El in-
tento valiente y descaminado de Searles y el no menos valiente por más
ciego de algunos analistas kleJn ianos6, han termlnado en rotundos fraca-
sos, y estos fracasos hacen necesario examinar algunas cuestiones lógica·
mente preliminares a la posibilidad de un tratamiento, para que la valen·
tía no sea el otro nombre de una irresponsabilidad que se autoriza en algu-
na impunidad profesional.
6
168
Dentro del lacanismo, los trabajos que figuran en de la disuelta Eco/e
Freudienne de París. informan de un intento por encarar esa tarea de un modo
frontal, aunque desde posiciones muy divergentes. En cnmbio, los artículos de
L 'ordin11ire, que no llevan firmas, exageran la incidencia ideológica que define a
los trabajos de E. Roudinesco y M. Mannoni. Dejamos de lado aquellas experien·
cias que dicen adoptar la teoría psicoanalítica sólo corno rr.ferencia de una prác·
tica que no alcanza a definirse.
JI "Los libros que pueden llamarse ca·
nónicos en materia de inconsciente
-la Traumdeutung, la Psicopatología
de la vida cotidiana y el Chiste en sus
relaciones con el inconsciente· no son
sino un rejido de ejemplos cuyas fór·
mulas ... son las que damos del signi·
ficant e en su de t ransfcren-
.cia".
Jacques Lacan
Poco antes de la publicación de los Ecrirs. Lacan comenta e_n su
nario algunos de Jos métodos que operan ·en la enseñanza del ps1coanahSJS.
Ll
"método del catálogo" al procedimiento que cons1ste en enumerar
ama · ¡ d" ·
los diferentes enunciados existentes sobre una cuestiono as Jstmtas accp·
· s de una palabra sin que el análisis permita extraer de esta confronta·
clOne il"d d ·¡
ctOn otra cosa que el valor irred11c.tib le de las mismas: su ester. ¡·a so o
parece disimulada cuando la obsesión taxonóm¡ca logra   las ca-
tegorías. Otro método, llamado "del análogo", cxamma un da·
do en niveles pretendidamente autónomos para d_e
la que se desprende no ya una clasificación, Se exammarJa
así , por ej emplo, Ja locura desde una perspect¡va b1olog¡ca, soc1al,
ral, etc., sin que nadie se interese demasiado por los
dos que se desconocen en la construcción de esta a.ntropologJ·
ca . Este método encuentra adhesiones entre los mepres
cluso como reacción ante la aparente mezquindad del punto de mJJa ps1·
quiátrico
0
psicoanalítico sobre la locura. Pero si b:en es qu_c la lll·
cura excede el pequeño campito de nuestra prácti:a anal¡t¡ca, el
ecléctico de completar al hombre atacándolo desde angulos llamados Jn ter-
disciplinarios, participa de la alienación que se denur.cia.
Hay una enseñanza de nuestra prác:tica que se h.ace urgente :olear en
la práctica de la enseñanza; es el método en el que Lacan se au_tonza _Y
llama "de la llave": "La llave es lo que ah re, y lo que para abnr .'
y nuestra llave es la fonna según la cual debe o no operar la func1on SJg_nJ·
ficante como tal.
169
La llave que nos da Lacan es .más conocida. que empleada: "el incons-
. cieilte está' estructurádo como un lenguaje". y si el psicoanálisis es una teo-
ría, si es posible reconocer un alcance sistemático a sus conceptos, estalla-
ve debería funcionar como ganzúa cuando queremos introducirnos en sus
dominios. Sin embargo, a pesar de que disponemos de esta llave para en-
trar, ¿por qué pretendemos hacerlo agarrando a patadas los muros del
lenguaje de la psicosis?
Que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es una tesis
que debiera ser puest a a prueba cada vez que nos interrogamos por la teo-
ría de la angustia, del narcisismo, de la repetición, etc. Pero es interesante
que si nos preguntamos por el valor de esa afirmación para la teoría de
la transferencia, la argumentación parece alcanzar sus fundamentos pues
esta llave ha sido forjada, precisamente, desde una conceptualización me-
tapsicológica de la transferencia.
En un principio, en la Traumdeutung, Freud utiliza la palabra "trans-
ferencia" en múltiples ocasiones, pero con un valor no siempre claramente
defirudo. El uso más célebre se refiere a los restos diurnos; éstos habían si-
do definidos como recientes e insignificantes, y el aspecto temporal - sin
tiempo para ligarse a otras representaciones- no hacía sino acentuar el se-
gundo valor. De esta forma, los rest os diurnos aparecían corno palabras
desprovistas de S<'ntido, y esta distinción primera entre la palabra y el sen-
tido está en'el fundamento de la concepción de la transferencia. Una metá-
fora energética, sin duda, según la cual el sentido que proviene de alguna
otra parte se transfiere sobre esas formas vacías, palabras despojadas de
sentido y susceptibles pues de tener cualquiera.
No es inútil detenerse en esta primera aparición de la transferencia
pues, algo precipitadamente, se ha considerado casi una curiosidad en
la historia de la const rucción del concepto. Así lo hace J.A. Miller, quien
se ve llevado a decir que el amor y el odio serían aproximaciones fenome-
nológicas a la transferencia, y la noción de "sujeto supuesto saber" la cla-
ve estructural de ese concepto. Nos brinda así la oportunidad de apresar
en pleno vuelo el deslizamiento de un argumento hacia su instrumentaliza-
ción ideológica. Si bien resulta legítimo acentuar el esclarecimiento de la
transferencia que le debemos a esta noción lacaniana, sería fácil constatar
la vigencia de su reducción fenomenológica en los medios psicoanalíticos.
Mientras que al revés -podríamos argüir-, en psicoanálisis, en Freud, en
Lacan, hay una teoría estructural del amor y del odio. Nos parece efecto
170
de una· "transferencia filosófica" poner al amor del lado fenomenológico,
del accidente y de la apariencia, y al saber del lado estructural, la
cia transfenoménica. No resulta extrafio entonces, que mas
adelante el autor reduzca, y ahora imperceptiblemente para él m1smo, los
conceptos a adjetivaciones: nos dirá que la teoría la transfe-
rencia es narcisista e imaginaria, y la teoría de La can szmbolzca
7
• ma-
yor pertinencia, podemos decir que ese discurso tiene de real la de
obstáculo en la lectura del concepto, generada por un ideal de sunphc1dad
que a veces confunde la transmisión del con el
más cómodo de su discurso en los territonos pohtJcos de la cultura. ,Es
género difícil "hablar en fácil'_'!. pero la es con:
fróntese Televisión o Radio/onza para descubnr que aquella no esta deter
minada por el "número" de la audiencia.
Si Freud dice algo sobre la transferencia, nunca hay creer que ha-
ce fenomenología aunque la hace, y aquella primera defuucJOn,de la
ferencia no es fenomenológica ni se sostiene sólo en lo que sena el analis1s
textual del discurso: implica una concepción metapsicológica,_ Y la meta-
psicología nunca es una contribución abstracta sobre el func10nam1ento
del psiquismo, sino una teoría que pretende dar cuenta de lo que pasa en
el análisis. Cuando veintitrés afios más tarde Freud nos aclara cómo enten-
der la expresión "hacer consciente lo reprimido", nos dice: "Hacemos,
consciente lo reprimido interpolando, por medio de la labor  
nu
·embros intem1edios preconscientes. Por lo tanto·, ni la concJenc1a aban-
¡
. t n8
dona su lugar ni tampoco lo inconsciente se eleva hasta o consc1en e ·
Hacer consciente lo inconsciente no es entonces, para hacerlo
ciente, sino interpolar lo preconsciente, lo que él llamaba .
de palabra". La palabra, esto es, la t ransmisión del deseo es
lo único que permite decir Jo que por defmición no es S1 esa cosa
que llamamos "inconsciente" se deja articular por el lenguaJe, podemos
cir que esa cosa tiene la estructura de un lenguaje, que es lenguaJe smo
que está estructurado como un lenguaje. Y de El yo Y el ello,
en tanto quiere formular el objetivo del análists, se ub1ca claramente en las
1 Miller, J .A., Cinco conferencias caraquefWs sobre Ateneo de Caracas.
Cfr. especialmente las páginas 83, y 105 a 110.
ij Freud. S .. " El yo y el ello", vol. VIl, p. 2706.
171
_antípodas, no tan sólo de una descripción fenomenológica sino también '
de lo que podríamos llamar una fenomenología estructural del discurso.
Veintitrés años antes, la afmnación freudiana no se atenuaba: "L& re-
presentación inconsciente es absolutamente incapaz, como tal, de llegar
a lo preconsciente. Sólo puede exteriorizar en él un efecto, enlazándose
con una representación preconsciente a la que transfiere su intensidad y
detrás de la cual se oculta. A este hecho damos el nombre de transferen-
cia .. . "
9
. Si el inconsciente está radicalmente excluido de nuestro discur-
so, éste lleva las marcas de esa exclusión. Si el inconsciente, sin ser articu-
lable no deja de estar articulado en nuestro discurso efectivo el incons-
ciente, sin necesidad de imaginar nada sobre su sustancia, ]a estruc-
tura de un decir. Desde aquí, desde esta concepción metapsicológica de la
transferencia (¿se advierte que su definición es inlJerente a un inconsciente
radical, que no puede reduc.irse al revés de una conciencia?), Lacan enuncia
su fórmula: el inconsciente está estruct urado como un lenguaje. y esta fór-
mula no_ es una teoría del lenguaje, es una teoría del inconsciente que pue-
de mc¡du sobre las teorizaciones del lenguaje. Pero ante todo ' ¡o de La can
es sobre el sentido, la función, el valor de Ía palabra en
el análisis, Y esto 1mphca una concepción de la transferencia que siempre
se vuelve necesario explicitar.
. Una consideración sobre el problema de la transferencia en la psicosis,
obliga a sostene_r la distinción de dos aspectos indisociables pero de ningún
modo mdisccrrubles: lo que el psicoanálisis puede decir como saber sobre
la psicosis de lo que puede o no puede hacer cuando se encuen tra en una
relación que podemos llamar "psicótica" con el discurso. Dicho de otro
modo, término "psicosis" remite a toda una serie de otros términos, y
en particular es 111.herente a la noción de "aparato psíquico" : cuando ha-
blamos y pensamos en estos términos, que provienen del más
0
menos sa-
ber que es posible objetivar del análisis. no estamos analizando. En cam-
bio, el término "síntoma", su concepto, es inherente a la realidad del in-
c?nsciente, _Y cuando estamos en un análisis nos la tenemos que ver con el
  dandole a esta palabra su mayor extensión lógica posible .. Qué
s1gmfica sino que el análisis sólo opera c.on aquello que es de
Si bien es cierto que el síntoma no reclamar ninguna
mterprctactón (ya es una), no hay síntoma que no se dirij a a alguien: de
9
Frcud, S .• "La int erpretación de los sueños", vol. 11, p. 687.
17:2
aquí proviene el hecho de que la transferencia sea el suelo desde donde se
eleva una interp¡etación, sí se me permite ctna redundancia que no es dis-
tributiva en cuan to al orden de las palabras, eficaz. La consideración de
la t ransfenmcia en la psicosis no puede dejar de pronunciarse sobre la es-
tructura del síntoma psicótic0, y sí de allí se deriva una especificación para
la transfertncía, esto a su vez acarreará consecuencias de base sobre ese
concepto: si se habla de "transferencia delirante", no se podrá, desde ese
momento, ahorrarle al término alguna y habrá que decir:
"transferencia obsesiva", "fóbica", etcétera.
Recordar estos principios que constituyen la base de la teoría de la
transferencia, ·si n reducir a ellos esa teoría, nos permite indicar la direc-
ción de una discusión posible: si la palabra es t ransferencia!, afirmar que en
la psicosis no hay transferencia, es decir que no hay palabra. Por supuesto,
no es tan 0bvio que sea el psicótico quien nos habla, y ya se ha subrayado
suficientemente ese lugar de mediación en el que se encuentra, entre el tes-
timonio y el martirio, ofreciendo su cuerpo para cumplin1entar lo quepo-
dríamos Jlamar la función pátíca del discurso del Otro, hasta el extremo de
esa hospitalidad involuntaria que hace de su cuerpo la morada de las voces.
Pero si queremos hacer un uso más estricto de nuestros términos, debemos
apuutar, no al " psicótico", sino al sujeto, y este térrniuo imlica siempre el
efecto de una determinación estructural: entonces podrá tener consisten-
cia nu'estra pregunta por la estructura de palabra que define al síntoma
psicótico 1 o.
Pero decir de un síntoma que es psicótico, ¿no es ya un deslizamiento
conceptual? Si aceptamos que la alucinación es un síntoma como Jo afirma
el pensamiento de la psiquiatría clásica, ¿no aceptarnos también la concep-
ción médica del síntoma que opera en esa psiquiatría? Y no tan sólo: cuan-
do la intuición más irreflexiva del pensamiento psicologizante afirma que
la alucinación es un síntoma, simultáneamente hace del síntoma el índice
de algún proceso o dinámica psicológica, y pasa inadvertidamente del pla-
no de la descripción y de la clasificación al de las esencias y estructuras.
10
Las ambigüedades terminológicas a veces alimentan una ingenuidad sustancialis-
ta que no deja de preguntar: "Pero si es psicótico, ¿cómo habla, fantasea, repri·
me .. . ''" Responder que eso no lo hace en tanto psicótico, es una aclaración que
se olvida fácilmente si no se establece que "psicótico" es el sujeto supuesto a la
estructura de un síntoma. Y " sujeto" es un término calculable, que no tiene va-
lor descriptivo ni designativo.
173
Así, una psi.cología que aspira a su materialista por no conformarse con la
apariencia de los fenómenos, busca una realidad más escondida, más pro·
funda, más secreta y más verdadera, pero desconoce el idealismo qae la
gobierna cuando intenta trasponer al síntoma en una entidad "clínica",
· sin disimular entonces que la construcción de una ontología es el proyec-
to que la anima.
Pero entonces, ¿la alucinación sería un síntoma? Si nuestro análisis
responde afirmativamente a esta pregunta, hay que empezar reconociendo
que, desde el psicoanálisis, esa conclusión no se alcanza sin rodeos: no hay
en Freud definición de síntoma que no implique una referencia sistemáti-
ca al concepto de represión. De aUi se podría deducir - se ha hecho- que
la ausencia de represión impediría hablar de síntoma, y tampoco se podría
describir sin más a la alucinación como una solución de compromiso. ¿Pe·
ro qué significa que el síntoma sea el retomo de lo reprimido? Habría que
enrarecer la palabra "retorno" para que no se disuelva en el sentido hege-
liano de una negación de la negacíón. Si la represión supone un primer mo-
vimiento de rechazo, de exclusión, el retomo de lo reprimido no es la "ne-
gación" de la represión, sino la inclusión de lo excluido en tanto excluido,
la reintegración de Jo no·integraqo en su estatuto de no-integrado. Algo
"menos" instituye la represión que retorna como algo "más" en el sínto·
ma, pero ese "más" no es otra cosa que el poder del menos.
Esta positivización del "menos" no es sólo alusión al aura angustioso
que por regla el síntoma recubre. También indica, no tanto que la palabra
"retorno" sea una metáfora, sino que la misma nombra una operación me-
tafórica: si la represión indica la virtualidad de lo que ha de repri.Jnir (la
represión "sabe"), esa virtualidad sólo se realiza, pero vergonzosamente, en
el retorno del síntoma. La represión primaria, de la que decimos que no
reprime nada, es decir, de la que no hay retorno, no ha dejado de ser defi·
nida según el mismo modelo: un primer movimiento en el que se ubica la
ficción del encuentro de las necesidades con el lenguaje, y que constituye
una Urverdrtingung por ese tiempo de desfasaje, sincopado, por el que la
necesidad se pervierte en la demanda; un segundo movimiento en el que Jo
que no ha podido articularse en la demanda aparece en un retorno (lapa·
labra es de Lacan), que es lo que se conoce como deseo en el hombre•• .
No es un azar que la emergencia del deseo se fundamente en un mo·vimien"
11
L<lcan, J., "1.4 significación del falo", en Escritos J, Siglo XXI, p. 284.
174
to que tiene la misma legalidad que el síntoma, la teórica
de esta afirmación sólo se alcanza cuando se la mv1erte: stempre es el deseo
el que retorna, y nunca el deseo es ajeno a la racionalidad del síntoma ..
Cuando se quiere particularizar este movimiento para la ps•cos•s, el
hallazgo de su especificidad parece forzar el modelo del que hemos part•·
do. Es cierto. Pero suele pasar inadvertido que algo análogo ocurre con
las variantes de ese mismo modelo en el campo de las neurosis, se
emprenden las tareas de describir los modos de esas variantes Y de ub1car
Jos sitios en los que se producen. "No deja de no pasar nada" es el modo
consecuente que tiene la histeria de indicar en esa "nada" el retomo del
deseo según el modo de tycfté; en la otra vertiente de la neurosis, aquella
nada "no deja (retomo obsesivo) de no retomar", y ahora la
gía del síntoma parece adoptar la figura de automaton. Un paso mas, Y es·
tas negaciones se simplifican cuando la neurosis pretende hacer de la ley
que la preside, su política: "no deja de ret.ornar" un que pare·
ce adoptar el punto de vista de la repeticion (neuroSis de destmo). .
Podemos abandonar estas coincidencias imaginarias, y subrayar que SI
el retorno de lo reprimido en el síntoma parece ser característico de la neu·
rosis, ¡
0
que la define es, sin embargo, un modo no vergonzante de ese re·
torno que llamamos angustia. La angustia como señal de un
Aquí el neurótico teme volverse Joco, pero esto no lo vuelve un ps•.cotlco.
·Se advierte que no es privilegio de este último ese clic que la unagmac1Ó11
como el encuentro no-fallido de la repetición? Sólo una
ción estructural permite ordenar el retorno, desde lo real, de lo que ha s1do
abolido de lo simbólico (alucinación), y distinguirlo de ese otro retomo
. que es el pasaje de lo imaginario a lo real   ). .
Se entiende que este movin1iento de retorno es lo que nos defme al
síntoma como género, y lo que solemos llamar "síntoma neurótico" es
una especie en la que ese retorno se produce en lo simbólico. Que en la
psicosis el retorno sea en lo real establece una difere.ncia. _que no puede
atenuar, pero que no alcanza para excluir a la alucmac1on del genero de
los síntomas.
Un discurso, al menos en un análisis, no es una palabra homogénea, Y
seguramente sus accidentes significantes, los momentos de suspensión e.n
la estructuración de esa palabra tntnsferencial son los que estamos mas
autorizados a privilegiar cuando sabemos reconocer en eUos la articulación
de un decir verdadero. Este es el sentido psicoanalítico de "síntoma",
175
. pero_ el valor de pa}abra que le adjudicamos nos obliga a definir la estruc-
tura áe esa palabra. Cuestión difícil y fuente de innumerables confusiones:
el síntoma es un decir cuyo privilegio deriva de que algo de ese decir no
ha dejado de pasar a lo dicho. Y sin embargo, no podemos reducir el sínto-
ma, como decir, a lo dicho. Freud llama a este decir "intento de restitu·
ción", pero otra cosa es lo que se restituye. Esta paJabra que Freud ha usa·
do para el delirio (y ahora estamos haciendo el camino inverso, al exten-
der un rasgo defl!Útorio del fenómeno psicótico a la estructura de cual-
quier síntoma), es legítimo emplearla para t odo síntoma: en un análisis
siempre puede decirse qué cosa, qué función es la que se restituye.
Tomaremos el apoyo de un ejemplo para arrimar un tono probatorio
a nuestra conclusion. Hemos subrayado que las vacilaciones en considerar
a la alucinación como un síntoma suelen motivarse en no poder conside-
rarla como un efecto de la represión. Nuestra noción de síntoma en cam-
bio, en la que incluimos la alucinación, afirma que, de ser ésa la situación,
Y en tanto el síntoma es un decir, la represión debiera estar dicha y ser pre-
cisamente lo que se restituye.
El ejemplo nos lo ofrece el análisis que Lacan 12 de una secuencia
de fenómenos que Schreber describe en el capítulo décimoquinto de su¡¡.
bro
13
, cuando desfallece su esfuerzo de réplica a las palabras de Dios. Hay
que recordar que aunque se trata de un interlocutor único, esa unicidad se
encuentra desmembrada en una infmidad de múltiples seres que correspon-
de a lo que Lacan reúne con el nombre de "fantasma del cuerpo fragmen-
tado"
14
. Ese desmembramiento y multiplicación imaginarios son corre la ti·
de la ext:nsión del delirio entendida como un despliegue de las posibi·
lidades de los elementos significantes que están en juego, y
que Freud act>ntua cuando habla de "curación". Esta fragmentación del
por la producción significante 1 s, obedece a una legalidad que se
man1fiesta en un doble movimiento:
12
13
14
1S
176
El análisis que nosotros resumimos se encuentra en "De una cuestión preliminar
a todo tratamiento posible de la psicosis", en Escritos 11. Siglo XXI, pp. 245/6.
Scluebcr, O.P., Memorias de un en[em1o nervioso. Traducción de Ramón Alcal-
de, Buenos Aires; ..Lolhé, 1980.
Indicación que apunta a levantar ante las afirmaciones tan frecuentes
como ligeras sobre la precariedad del "yo psicó tico". No nos tomaremos el tra·
bajo de criticar las imaginAciones psiquiátricas sobre prc.suntas  
Esta "fragmentación del cuerp.o por la producción significante" es un saber so-
1:
1 O) Un progresivo alejamiento de Dios, que se mide en la diferencia·
ción tan fina del espacio que circunda al sujeto (primero el grito arrancado
de su propio pecho; luego las llamadas de socorro ya desde los nervios di·
vinos separados de la masa; más tarde manifestaciones que todavía no ti e·
nen nada de extraordinarias, pero que le están intencionalmente dirigi·
das, y que se producen en llfl campo perceptivo al que la visión no t iene
acceso, un cuarto contiguo , el pasillo, etc.; y por últin10, creaciones ver-
daderas, pero ya en el parque, afuera, en lo real.
20) Esta progresiva retirada de Dios en el espacio, y cuya relativa leja·
nía condiciona su propio ser, se acompaña de una creciente lentitud de las
palabras y un rebajamiento de la significación proporcional a esa dist an-
cia hasta corromperse en un deletreo farfullan te.
Este alejamiento del Otro, su eclipse, y la pérdida de inteligibilidad
de lo que dice hasta hacer imposible que su palabra participe de la econo·
m(a de un diálogo, es la mejor manera de figurar la represión. Si todo sín-
toma es restitutivo y la represión no es el único medio de produdrio, no
es un azar que la forclusión del Nombre del Padre se traduzca en una ar-
ticulación imaginaria de la represión desde una enunciación que no hay
más remedio que llamar real. .
Si no reducimos la transferencia a esa pedigüeña con la ima·
gen del semejante, y si entendemos que la noción misma Cle inconsciente
excluye la existencia de una Wissenstrieb, la transferencia (amor al saber y
no deseo de saber) se sitúa en el lugar de esa exclusión. Que el delirio sea
una respuesta (aquí está el sujeto) a las preguntas que el psicótico no al-
canza a formular, es exactamente lo que definimos por transferencia 16,
y articulada como se debe: en un síntoma.
16
Lacan nos dice: " ... hacerle responder a las pregunt2s que él nos plantea a noso·
tros, tratarlo como una palabra verdadera, deberíamos decir, si conociéramos
nuestros propios términos, en su valor de transferencia". ("Resvuesta· al comen·
tario de J. HyppoUte sobre la Verneinung de Freud", Escritos 11, p. 142). Léase
bien: no tan sólo no responder nosotros a su pregunta, tampoco hacerle xespon·
der a las pregunCas que nosotros le dirigimos, y que es la fonna más frecuente de
fingir una lectura.
bre'e! cuerpo. En algún trabajo, Octave Mannoni hizo la intel.igente distinción:
el hipocondríaco no tiene una enfennedad "falsa", es un falso médico. Habría
que agregar que en la histeria, en cambio, se trata siempre de la representación
imaginaria del vigente en tal momento de la cultura: por eso cambia con
la moda.
177
111 "La relación del nombre propio con
la voz ha de situarse en la estructura
de doble vertieme del lenguaje hacia
el mensaje y hacia el código. "
J acqucs La can
Freud nos enseña que la frase "Usted va a pensar que quiero matarlo, pe-
ro no es verdad'', debe ser entendida colocando el yo en el Jugar del usted.
Pero si el yo es el lugar al que el discurso se dirige, ¿quién dirige ese dis-
curso? A la respuesta de Frcud, La can agrega: el inconsciente es el discur-
so del Otro. Al! í donde el texto de una alucinación podría vociferar:
iMátalo
1
, el neurótico confesaría: "Yo no quiero matarlo". Las palabras
provienen del Otro , y el yo hace suyo ese mensaje, negándolo. Cuando no
se encuentra esta función de la negación y su correlato, la atribución subjc-
tJva, parece desfallecer, los analistas creen asistir a la volatilización del su-
jeto sin advertir que se ha vuelto real: el mensaje que viene del Otro es un
decir, aunque no encuentre esa interposición negativa que nos permite afir-
mar, de alguien, que habl4s-a psicosis es el lugar de verificación más espec-
tacular de la afrrmación lacarúana: el inconsciente es el discurso del Otro.
Pero ¿qué de la alucinación'l
q No habremos de reconstruir la crítica que Ueva a la afirmación lacania-
na de que toda alucinación es verbaJt
7
. Bástenos aclarar que la teoría del
permite distinguir "materialidad" de "sustancia" y el aleja-
rruento de una teoría de la percepción que clasifica las alucinaciones según
el comprometido (olfativas, auditivas, tác.tiles, una vez
establectdo que el perceptum no dice nada si no le hacemos decir, que só-
lo veo, huelo y escucho dtferencias significantes, y que éste es el sentido,
en el texto lacaniano, de la palabra "verbal", ¿la teoría de la alucinación
,.,
<.:rr.   unn cuestión prdiminnr ... ", Escritos JI. pp. 217/226.
178
'
' .
1
no se vería hipotecada por asentarse y tomar impulso en el binarismo ja·
kobsoruano? Nada de eso, y es fácil reconocer el valor propedéutico y la
función retórica de esa referencia, apenas se reintroduce la concepción psi·
coanalítica del objeto. Recordemos ent onces y comentemos brevemente
Jos tres tiempos lógicos por los que ese objeto se instituye (nunca más im·
propio el reflexivo) sujeto de la alucinación:
l. "en tanto el sensorium es indiferente en la producción de una ca-
dena significante, ésta se impone por sí misma al sujeto en su dimensión de
voz;,
2. "toma como tal una realidad proporcional al tienipo, perfecta·
mente observable en la experiencia, comprendido en su atribución sub-
jetiva;"
3. ''su estructura propia en cuanto significante es determinante en
esa atribución que, por regla, es distributiva, es decir, de varias voces, y que
pone pues, como tal , al percipiens, pretendidamente unificador, como
equívoco" I8.
La interpretación del primer tiempo resulta decisiva: la voz es un obje·
to que para ''aparecer" no debe pasar por el mundo; núentras que desde un
punto de vista semiótico, cualquier significante no-fónico in1plica una re·
ferencia espacial, la voz no depende de ninguna síntesis mundana Q..eJ:npÍ·
rica para adquirir la forma de la presencia: la realiza en el tiempo. Lo in1·
portante no es que ntientras hablo me escucho, sino que me escucho en el
tiempo que hablo. Este tiempo en el que se "borra" el cuerpo sentiótico
del significa.nte así como su exterioridad, tiene la duración de un instante
que para el sujeto vale como presencia inmediata del significado. La oscila·
ción indefinida del segundo tiempo se interrumpe por esa "atribución sub·
jetiva" que adquiere la forma de un movirrúento que intenta reintegrar
aquel objeto a una legalidad espacial. Si bien es cierto que no culmina en
la unificación del percipiens, su identificación, por más equívoca que
queramos, lo reasegura en su existencia amenazada. Veremos que no se
trata de un juicio de existencia (función que restituye el delirio), sino el
acto ntismo de la nominación t9.
A ese objeto tan ajeno a la objetividad como a la objetalidad, el psicó·
18 /bid. p. 219.
19
Hemos mostrado que el valo1· de nominación esconde sí, bajo una falacia lógica,
un juicio de existencia. Cfr. en· este mismo volumen: "El insulto y la metáfora".
179
lo reencarna imaginariamente, como los psicoterapeutas ¡
0
tratan a él: para escapar a la sugestión, reduce al otro a ser un mero porta-
voz de un discurso que a su vez proviene de otra parte. Si bien el sujeto de
la alucinación es "inalcanzable" por la interpretación, este momento j usti-
fica por sí solo la pertinencia de la intervención psicoanalítica: no es indi-
ferente que el psicótico haga o no un delirio en el intento de situar la aluci-
nación, y el analista puede intervenir, no como suele hacerlo, engañado por
su propia carrera, agregando sentido y pavimentando así su propio calva-
rio, sino devolviendo a la interpretación analítica su poder de disolución
del sentido que enferma al sujeto.
Cuando Lacan considera el texto de las alucinaciones, lo hace según
los términos de un análisis de Jakobson sobre las categorías gramaticales20.
Retomaremos esos términos, con la salvedad de que no estaremos hablan-
do de fenómenos de lenguaje ni del texto de las alucinaciones, sino de la
estructura de la alucinación como palabra, de la estructura de palabra que
define a la alucinación.
De las cuatro formas posibles de relación ent re el código y el mensaj e
como soportes de la comunicación lingüística, según se Jos considere en
su valor de empleo o de referencia, dos son las que Lacan indica como pre-
valentes en el discurso de psicóticos y que recordaremos brevemente. Si
seguimos la costumbre -ya establecida- de pedirle ayuda a Schreber, tene-
mos las frases que se interrumpen donde tenr.i.nan los shifters que in<!ican
1
.. ·
del sujeto de h enunciación ("Ahora me voy a ... "), y que el su-
Jeto h ene luego que c:ompletar. Como la significación general de un shifter
no puede ser definida sin implicar una referencia al mensaje, podemos in-
dicar esto diciendo que se trata de un mensaje reducido 11 lo que en el códi-
go indica el mensaje. '
La otra estructura coincide con lo que los lógicos llaman el modo au-
tónimo del discurso: la alucinación suministra los neologismos e informa al
sujeto sobre los empleos que constituyen el cód!go. Pero en el caso de
Schreber, la estructura de mensaj es que remiten al cvdigo está redo-
blada por el hecho de que esos mensajes están soportados por seres que re-
sultan verdaderas entificaciones de las palabras. Así pues, se trata de un có-
digo constituido por mensajes sobre el código. .
20
180
  ibid, Y Jnkobson, R., "I.es embrayeurs, les ratégories verbales et le verbe
russe", en Essais de Linguistique Générale, París, Minuit, 1963, pp. 176/196.
Podemos dar ahora el paso siguiente: no nos interesan las categorías
gramaticales engendradas a partir de la combinación de código y mensaje,
sino la estructura de los "mensajes" que se engendran a partir de aquellas
categorías gramaticales
2 1
• Tenemos un mensaje reducido a Jo que en el có-
digo indica el mensaje (mensaje de C/M), y un código hecho de mensajes
sobre el código (código de M/C): se vuelve evidente la circularidad entre es-
tas dos relaciones que caracteriza a la alucinación. Pero esta circularidad se
revela ilusoria aperias se advierte que estamos habÍando de una relación de
segundo grado, una relación entre dos fonnas de relación, un código en el
lugar del mensaje, un mensaje que es todo código: esto no tiene otra es-
trUctura que la del nombre propio.
Si llamo a alguien "neurótico", independientemente de lo que entien-
da por esto, su significación podda estar indicada por un discurso peri-
frástico. Pero cuando digo "Schreber", esta palabra designa al sujeto que
se llama "Schreber": Jo que aquí hace figura circular es esa función que
tiene el nombre propio de designar al sujeto en su absoluta singularidad.
Y esta función es la que asume la estructura de palabra que defUle a la alu-
cinación22.
A la pregunta ¿quién eres?, el neurótico adelanta su " yo" para ocupar
el lugar de la respuesta. A esla pn:guHLa, la aluci.Jtación es la respuesta del
psicótico, pero esa respuesta llega al lugar del nombre propio.
Lo que los lingüistas y lógicos han dicho sobre el nombre propio, ter-
mina tropezando con la afirmación de que, de alguna forma, sería más es-
indicativo o demostrativo, y que apresaría las cosas Jo sufi-
cientemente cercn como para denominar al individuo en lo que tiene de
  dificultades comienzan cuando se recuerda que ese nombre
no está pegado a ninguna particularidad, que puede desplazarse y aparecer
en plural, como adjetivo o en función adverbial#J'or lo demás, lo que se di-
buja a través de un número de particularidades en la especie (y al jerarqui·
zar el aspecto clasificatorio, Lévi-Strauss le asigna la función de universa·
!izar al individuo en especie), lo que es ejemplar, lo que parece único, más
particular, es precisamente lo que llamamos "yo". Ese yo, tanto más fuerte
cuanto más afirmado en la suma de sus originalidades, de sus diferencias
21
22
Así lo ha hecho Freud para los delirios.
El, delirio dará razones llenando el de la causa del sujeto, pero ¡
3
alucina-
cion u lo bautiza".
181
cualitativas y de su particularidad, que hasta "la sola mención de su nom-
bre propio puede sobresaltarlo e inquietarlo". Decir que el verdadero npm-
bre propio del neurótico es "yo", lo lleva a Lacan a afirmar que "en el fon-
do es un Sin Nornbre"l 3.
Pero r esulta que el nombre propio no designa Jo part icular ni como
ej emplar ni corno único: lo hace corno irreemplazable. "Irreemplazable"
no nombra alguna razón (particularidad) por la que se vuelve irremplaza-
ble, sino que designa al sujeto en su singularidad radical, en tanto que só-
lo es irreemplazable lo que puede faltar. El nombre propio sugiere ese ni-
vel de la falta, al mismo tiempo que produce la falsa aparienc.ia de su
sutura.
Nuestr a conclusión no dej a de situar la "impresión" que discutirnos:
que en la psicosis " no habría con quién hablar" . Si recordamos que el
" yo" i1o designa a un individuo, que es una forma vacía que la lengua dis-
pone para ser ocupada por quien habla, y que al hacerlo el sujeto, a la par
que se "apropia" de la lengua queda ubicado en el cruce de las múltiples
determinaciones que sufre, podríamos preguntar: ¿qué ocurriría si en ese
lugar colocáramos el nombre propio? Estaríamos frente a un discurso en
tercera persona, que estaria dirigido a nosotros como a cualquiera y a ro-
dos, .Y siempre hablando de algún otro. A esto se reduce aquella impresión
que no hay por qué disfrazar de " observación clínica". Pero de all í tam-
bién provie ne esa función testimo nial que tanto se subraya en el psicót i-
co, y que vuelve legí tima la consideración de la locura como pasión.
Si el sujeto que habla no puede sino adelantarse en la cadena de sus
enunciados y, por lo mismo. elide en la enunciación algo que es exacta-
mente lo que no puede saber: el nombre de lo que es en tanto sujeto de
la enunciación, paradójicamente, y en contra de la fenomenología clí nica,
d psicótico realiza esa enunciación imposible que significa hablar en su
propio nom bre24.
23
  8 ~
ucan, J ., "Subversion del SUJCIO y dialéctica del deseo", en Escritos l. p. 337.
"Yo dir ia que hay algo del orden de una compensación de la dimisión paterna,
de esa Verwerfung de hecho. en el sentimiento imperioso de Joyce de ser llama-
do - es la palabra que se encuentra en muchos lugares de su t exto- a valorizar el
nombre que le es propio a expensas del padre". (Le sinthome, 10/ 2/76). En este
seminario, pero sin hablar de la alucinación, Lacan dcsa.rroUa un análisis del Ju-
gar del nombre propio en la psicosis.
El inconsciente es la imposibilidad de acceso a ese lugar del Otro al
que el sujeto es convocado . En la psicosis, el sujeto hablante no responde
con su deseo, y en el lugar donde fue rechazado -Lacan dice en lo real-
ese objeto indecible, se hace oü una palabra que ocupa el lugar de lo que
tiene la est ructura del nombre propio y que llamamos alucinación.
Agosto, 1982
183