Bernardo Atxaga Un traductor en París

I No había ninguna posibilidad de ayudarme, pero mis amigos trataron de franquear esa molesta realidad poniéndose en mi lugar y empujándome hacia lo que parecía una salida. —Deberías hacer un iaje —me decían—, un iaje te endrá bien. ! eces, cuando yo me mostraba especialmente testarudo o cuando me burlaba de sus aparentes buenas intenciones, que no tenían, les decía yo, otro objeti o que el de perderme de ista por una temporada, alguno de ellos se encoleri"aba conmigo y me reprochaba mi actitud# —$%abes c&mo se le llama a lo tuyo' (ues se le llama negati ismo, agresi idad, deseo de culpabili"ar a los demás. (ero no se puede i ir así. )ay mucha gente que, a pesar de haber tenido accidentes bastante más gra es que el tuyo, supera el trance y contin*a adelante con optimismo. !nte in ecti as como aquélla, yo permanecía mudo, como si el accidente también hubiera afectado a mi o", y formaba, mentalmente, una

respuesta que podría denominarse filol&gica# +%i estu iéramos en el siglo ,i, —pensaba—, mi bienintencionado amigo no habría dicho -negati ismo-, -agresi idad-, -deseo de culpabili"ar a los demás-, sino que se habría referido a la flaque"a, al rencor, a la en idia que el desgraciado siente hacia los que ríen y parecen i ir felices.. No era, esa reacci&n mía, se/al de desprecio hacia mi amigo0 era simplemente cansancio, aburrimiento, indiferencia hacia la cháchara consoladora. (orque, para decirlo con una palabra que lo mismo sir e para el ,i, que para el ,,, la idea de que lo bueno o lo malo de esta ida dependen de la actitud es una paparrucha. Desgraciadamente, de la actitud dependen muy pocas cosas. No ol idamos porque queramos ol idar. 1l deseo de ser libre no libera al prisionero. 2as cosas son como son. !sí se dice también en uno de los cuentos de los hermanos 3rimm, que la época de los deseos ya pas&. 4on todo, mi reacci&n ante los consejos de mis amigos no era siempre tan filol&gica, ni tan intelectual. 5na e", por ejemplo, cuando uno de ellos me repiti& por centésima e" lo de que mi ida no podía girar en torno al accidente, mi mente se qued& *nicamente con la e,presi&n +girar en torno., creando a continuaci&n la imagen del remolino de un río. 4erré los ojos, como para fijarme mejor, y i que bajo el agua del remolino había un cuerpo desnudo y blanquísimo, el cuerpo, me pareci&, de un hermoso y e,citante jo en0 pero, de pronto, en uno de los giros, su cabe"a qued& al descubierto, y supe de pronto que aquel jo en era yo mismo, o mejor dicho, el jo en que yo había sido a los 67 o 68 a/os, y que me estaba ahogando, que me iba sin remisi&n hacia el oscuro centro del agua. 9ecuerdo que aquella isi&n me sobresalt&, y que a consecuencia de ello el combinado que estaba bebiendo se me cay& el suelo. —$:ué te pasa' —me preguntaron mis amigos. —Nada —les contesté—, que mi imaginaci&n me ha gastado una broma pesada. —1fecti amente, no ha pasado nada —a/adi& uno de ellos recogiendo la copa y dejándola sobre el mostrador.

—1s lo que más me gusta de este club —dijo otro—, que está forrado de alfombras y que ni el cristal sufre con los golpes. %in embargo, la copa no había salido indenme. ;enía una fractura en su borde que la dejaba inser ible. (ensé que aquella falta de percepci&n resultaba elocuente, que resumía bien la costumbre que poco a poco habían ido tomando mis amigos. (orque, tras las primeras atenciones, ellos se desentendían de lo que realmente me estaba sucediendo y, con la grisura de quien sigue una consigna, se limitaban a mostrarse jo iales y festi os. 1n la práctica, el resultado era que, por ejemplo, simulaban reírse de mí a cuenta de mi bast&n, diciendo aquello tan ulgar de que siempre hay clases. —;* siempre has hablado de igualdad —decían—, y ahora resulta que te quedas cojo y te compras un bast&n con empu/adura de plata. < otro a/adía# —%í, tienes ra"&n, es un bast&n clasista. < otro más# —=ás que clasista, burgués. (ero burgués del siglo >?III. 5n bast&n como el que podía haber tenido un comerciante holandés aquejado de gota. $<a os habéis dado cuenta de que, además de la plata, tiene sus iniciales grabadas en oro' <o me defendía de aquella alegría pensando en otras cosas. 4uando no conseguía mi prop&sito, me enfrentaba a ellos y les mandaba callar. —$%abéis qué me recuerda uestra forma de actuar' —les decía—. (ues las fiestas en casa de 3abriel. (or decirlo de alguna manera, 3abriel tenía esa infecci&n tan de moda en los *ltimos tiempos y estaba, diciéndolo ahora a la manera de @aroja, en la *ltima re uelta del camino. 4ada e" que nos juntábamos con él, nuestro comportamiento seguía las pautas de la gente que a a contar chistes a la tele isi&n. ?i ir es recorrer el tiempo, pero recorrerlo como quien a an"a por un alambre, desequilibrándose ahora hacia un lado y ma/ana hacia el otro, y así iba i iendo yo, sin conocer el equilibrio, procurando correr cada e" más para ol idarme del acío que me rodeaba y llegar cuanto antes, no

ya a un hogar, ni tampoco a un jardín inefable como el que solían hallar los caballeros tras muchas fatigas, sino a un lugar siquiera ligeramente más seguro que el propio alambre# a un escal&n, a una barra, al cabo de una cuerda sujeta en alg*n sitio. =i acti idad era, en esa época, frenética. 4oncertaba citas con todo el mundo# con mis antiguos compa/eros de trabajo0 con los fisioterapeutas que habían dirigido mi rehabilitaci&n y con el psic&logo que me había ayudado en los momentos de crisis0 con mis asesores bancarios0 con los periodistas que alguna e" me habían pedido un artículo0 con los libreros que, justo cuando el accidente, me habían hablado de una edici&n e,cepcionalmente hermosa de las obras completas de @audelaire0 con todos ellos y con muchísimos más. Naturalmente, la gran mayoría de esas citas no tenía sentido alguno. (ero, como ya he dicho, lo que yo quería era correr, escapar, huir de una situaci&n que era como mi propia sombra. (or las noches, mi carrera continuaba, más deprisa si cabe# aparte de los clubs de siempre, isité otros que antes había considerado e,cesi amente barriobajeros. 1n uno de éstos, conocí a un chico que se hacía llamar 4arla. —$< t* quién eres' —me pregunt& después de presentarse. <o le respondí# —%oy el cojo que quiere correr. %e lo dije con humor, pero también con aquella pi"ca de amargura que, por e,presarlo al modo de los camareros, figuraba en todos los combinados que por aquel tiempo surgían en mi cabe"a. (ero el muchacho, 4arla, no sabía de sutile"as. —(ues si te quieres correr, c&rrete —me dijo con una mueca descaradamente se,ual. No sé si su chiste fue oluntario o no, pero, por primera e" desde el accidente, me reí de erdad, con lágrimas en los ojos. =ientras tanto, mis amigos seguían tratándome con aquella jo ialidad for"ada que, en su misma e,ageraci&n, mostraba su otro lado, el lado en el que tenían lugar, estaba seguro de ello, los juicios sobre mi conducta, juicios negati os, juicios de lobos que desean dejar atrás al miembro

molesto de la manada. 5n día que habíamos bebido mucho, uno del grupo ol i& al tema del bast&n, y, quitándomelo de la mano, se puso a ponderar su calidad. —?erdaderamente es muy bonito —dijo—. 2o que a mí más me gusta es esta empu/adura en forma de bola. Detesto esos otros bastones que suelen lle ar los jubilados y los monta/eros. !di inando sus intenciones, le dije# —De uél emelo, por fa or. Naturalmente, él se resisti&, o mejor dicho, sigui& diciendo tonterías sobre el bast&n sin darse por aludido. Intenté cogérselo, pero él dio un paso atrás y me esqui &. 2o intenté de nue o, y otra e" lo mismo. Dándose cuenta de lo que sucedía, todos los clientes que en aquel momento estaban en el club se pusieron a mirar nuestro n*mero de circo. —)a" el fa or —le dije—, dame el bast&n. (ero él se sentía la reina de la fiesta, y no quería ol er a la sensate". !l fin, en un descuido suyo, logré arrancárselo de las manos y, sin pensármelo dos eces, le di un golpe en las piernas y lo derribé. 1l efecto que tu o aquella acci&n fue notable# los que hasta aquel momento habían estado mirando y riéndose, enmudecieron por completo, y el bromista, que también se había estado riendo, se puso a aullar de dolor. 1n cuanto al resto de mis amigos, se lan"aron sobre mí y me agarraron para que no siguiera golpeándole. —No pensaba hacerlo —les dije—, con el que le he dado tiene suficiente. Aue un momento importante. 4omo esos gritos que, seg*n suelen contar los peri&dicos, acaban pro ocando el desprendimiento de grandes masas de nie e o de piedras, el incidente remo i& la falsa atm&sfera que en ol ía la relaci&n entre mis amigos y yo. De pronto, después de tanta alegría tonta, después de tantas mentiras piadosas, comen"aron a llo er erdades# —B1sto ya es demasiadoC —grit& uno de ellos.

—<a no te aguantamos más —a/adi& otro. —B;ienes que marcharte de aquí por una temporadaC —sigui& un tercero —. De lo contrario, acabaremos muy mal. (or una parte, necesitaba escuchar aquellas palabras, porque la erdad libera0 pero por otra, adi inando la soledad que me auguraban y sintiendo ya, en aquel mismo momento, la fría brecha que se iba abriendo entre nosotros, me arrepentí de mi reacci&n y les pedí perd&n. —No quería golpearte tan fuerte —dije al amigo que me había quitado el bast&n. —1s igual, ya se me pasará —dijo él, frotándose una pierna—. De todas formas —continu&—, no deberías dirigir tu agresi idad hacia nosotros. ;us amigos no tenemos la culpa de lo sucedido con !lberto. !lberto no era de nuestro ambiente y nunca había pertenecido al grupo. <o lo había conocido por casualidad, una e" que ino a hacerme una fotografía para un peri&dico. Desde el accidente, nadie lo había mencionado. —De acuerdo —les dije—. <a era hora de que alguien lo dijera claramente. ;enéis ra"&n, !lberto me ha dejado. Dse es el erdadero problema. —1s un cerdo —dijo el amigo al que yo había golpeado. (or una e", acepté su compasi&n, porque me pareci& que, por fin, era una prueba de erdadero afecto. —No es su culpa —dije—. %iente una auténtica fobia hacia la fealdad. 1s normal que me haya abandonado. —$%í' $)a sido por eso' $(or el accidente' —dijo él. —(ara ser más concretos, por la cojera —respondí. —No sé si creerte —se resisti& él. 1stábamos en la hora de la erdad, y quería llegar hasta el final, hasta el *ltimo pliegue. —(or lo que me contaron, uestra relaci&n ya estaba rota para entonces. %i no rota, da/ada. :uise contestarle enseguida, pero no pude. 2a imagen del remolino había uelto a mi mente, pero el cuerpo desnudo que ahora giraba en el

agua ya no era el mío, sino el de !lberto. =e agarré fuerte al bast&n y traté de borrar aquella imagen que, desgraciadamente para mí, seguía e,citándome. 4uando ol í a la realidad, mis amigos hablaban de (arís. —$(or qué no te as a (arís' 5na temporada en tu ciudad preferida te hará bien. ;e ayudará a ol idar. @ebí un poco y traté de pensar rápidamente. —%iempre nos queda (arís —dije le antando mi copa. ;enía que aceptar la erdad. !lberto nunca ol ería a mí. No podía soportar mi cojera, y las cicatrices, las feas cicatrices que me habían quedado tras las operaciones del hospital, le producían asco. (or mucho que intentara apro,imarme a él, nuestros cuerpos nunca ol erían a me"clarse bajo las sábanas. 1n realidad, $c&mo juntar a un cojo lleno de cicatrices con un esteta' (ara decirlo con el lenguaje de principios del siglo ,,, habría sido un encuentro surrealista. —$4uándo fue usted a (arís por primera e"' —me pregunt& el psic&logo días después, cuando le comenté mi prop&sito. 1ra un hombre de unos sesenta a/os, con cara de fumador y o" muy masculina. =e había ayudado mucho en los primeros meses, cuando lo *nico que lamentaba era no haberme muerto en el accidente. —Nada más acabar los estudios uni ersitarios —le respondí. 4omo siempre que iba a su consultorio, me sentía con ganas de hablar—. Durante el *ltimo curso había leído con frecuencia los libros de @audelaire, y tu e la idea de ir a (arís a traducir uno de ellos y a perfeccionar mi francés. Aue un iaje decisi o. )asta llegar allí, ni siquiera sabía que era homose,ual. E mejor dicho, no lo aceptaba. %eguí confesándome durante un buen rato. )ablé de lo mucho que había aprendido en los libros del poeta, de la re elaci&n que para mí había supuesto la lectura de sus poemas. —;ambién descubrí los parques —a/adí al final—. )asta entonces, los parques eran para mí el lugar de los ni/os o de los jubilados. (ero en (arís, en el parque de =ontsouris concretamente, supe que tenían ida nocturna. Aue allí donde yo concerté la primera cita se,ual de mi ida.

4reí entonces que el psic&logo quería cambiar de tema, porque se puso a hablar de la importancia de las ceremonias. —5sted ya sabe que todos los actos importantes de nuestra ida suelen ir acompa/ados de una ceremonia. No basta con morir, por ejemplo. ;iene que haber además un funeral. 1s decir, tiene que haber cierta solemnidad, un comportamiento que, por seguir unas determinadas reglas, más o menos arbitrarias, más o menos bellas, diferencie ese hecho de los que ocurren todos los días. 1n mi opini&n, las raíces de la ceremonia son profundas. !parte de que sin ellas la monotonía de la ida se nos haría insoportable, ayudan a seguir adelante e impiden que la desorientaci&n creada por esos momentos especiales nos ponga en peligro. %iete meses antes me había hablado de las joyas casi en los mismos términos. Del beneficio espiritual que las joyas y los objetos especiales procuran a la personas cuyo ánimo flaquea ante la dure"a de la ida. 2a idea de comprar el bast&n había sido suya. —$1n qué está pensando' —le pregunté. —?eo bien lo de su iaje a (arís, pero siempre que lo haga seg*n unas reglas, las que usted quiera. %in ceremonia, el iaje puede resultarle negati o. %i a allí y se encuentra con que no sabe qué hacer, ol erá a sentir ese horror al acío del que tanto me habl& al principio. —(rop&ngame algo —le dije. —4omo le he dicho, las reglas son lo de menos. (ero, por ejemplo, $por qué no repite usted los pasos que dio cuando su primer iaje' $(or qué no uel e a (arís y se compra el libro de @audelaire en la estaci&n' —No hay momento que se pueda i ir dos eces —le dije. —%&lo será un juego, como los ni/os cuando an por la playa y se esfuer"an en recorrerla poniendo los pies sobre las huellas que dejaron otros. %inceramente, creo que le endrá bien. 1l ceremonial le ayudará. Igual que el bast&n. De uelta a casa, recordé algo que había leído en alg*n libro, algo sobre los que no buscan la libertad sino *nicamente una salida. +:ui"á no esté

mal ese juego., pensé. (odía ser una salida. 5na salida pro isional, al menos. 2legué a casa, telefoneé a una agencia para que me consiguieran un billete para el tren nocturno a (arís, y me puse a hacer la maleta. II (ara decirlo de una forma agamente melodramática, llegué a (arís con la esperan"a de encontrar ese agarradero que los que caminan por el alambre necesitan para no caer al abismo. 1n la maleta, aparte de la ropa y algunos objetos personales, s&lo lle aba un diccionario, la colecci&n completa de los libros de @audelaire y arios cuadernos, en uno de los cuales, en una hoja más dibujada que escrita, figuraban los pasos que había dado durante mi primera estancia en la ciudad# el itinerario que, de acuerdo con el ceremonial propuesto, debía seguir para alejar de mí el horror al acío. !l ser nuestra memoria más sensible a los primeros estímulos que a los recibidos cuando la costumbre ya ha hecho su aparici&n, el itinerario que había logrado plasmar en el cuaderno era más preciso al principio que al final. +4ompré un ejemplar de 2e %pleen de (aris en la misma estaci&n. =e cost& die" francos., decía la primera línea. +!bandoné la traducci&n y me dediqué a salir con mis nue os amigos., decía la *ltima. 2a dependienta del puesto de la estaci&n a punto estu o de frustrar mi primer paso en la ciudad, al empe/arse en que no tenían ning*n ejemplar de 2e %pleen de (aris0 pero al er que yo no me mo ía de la caja y que los demás clientes comen"aban a impacientarse en la cola, no le qued& otro remedio que seguir mirando y encontrarme uno, que result& ser de lujo, y me cost& 7F8 francos. 2o metí en un compartimento e,terior de la maleta y, tras un delicioso trayecto por las escaleras mecánicas, salí a la pla"a y me senté en uno de los bancos, en parte para descansar, en parte para apro echar mejor mi primer contacto con el aire, el olor y las oces de la ciudad. 1ra temprano a*n, y las luces rojas de la torre de =ontparnasse, rayas rojas sobre fondo negro, estaban encendidas. $1mpe"aba a ser feli"' %í, estaba empe"ando a serlo.5n poco.

Desgraciadamente, mi imaginaci&n no había cambiado durante el iaje. 9ebelándose contra mis apreciaciones, rebelándose también contra la emoci&n que me embargaba en aquel momento por el simple hecho de haber sido capa" de recorrer mil Gil&metros para estar allí, me mostr& un suicidio# un hombre se precitaba al suelo desde apro,imadamente el piso n*mero H8 de la torre. 9ecordé entonces, porque mi imaginaci&n y mi memoria siempre an juntas, que aquella escena bien habría podido corresponder a la muerte de NiGos (oulant"as, muerto en aquella pla"a, y de aquella manera. 9ecordé a continuaci&n dos artículos que, al día siguiente de la muerte del fil&sofo, había leído en 2e =onde. 1n uno de ellos, en el más largo, se hablaba del fracaso del comunismo, y de la depresi&n que por ese moti o sufría (oulant"as. 1n el otro, muy bre e, se citaba de paso cierta ruptura sentimental. Naturalmente, digan lo que digan los demagogos y los aficionados a la ret&rica, el erdadero moti o estaba en la ruptura, en lo nimio, en lo estrictamente personal. !poyándome en el bast&n, y arrastrando con una mano la maleta de ruedas, a ancé unos quinientos metros en direcci&n al cementerio de =ontparnasse. %ucedi& entonces algo que, repentinamente, me de ol i& a la realidad, a un mundo bastante peor que el que yo eía en mis momentos de euforia, pero más soportable que el de mi imaginaci&n# una mujer africana, que no se había dado cuenta de mis intenciones, me adelant& justo cuando yo me disponía a sentarme y me quit& el sitio, un asiento de plástico bajo la marquesina de la parada del autobus. Inmediatamente, arias de las personas que estaban esperando allí comen"aron a recriminar a la mujer. —4&mo puede usted quitarle el sitio a un impedido —le dijeron, o le inieron a decir, a coro—. )ay que tener más educaci&n, se/ora, estamos en Arancia. (ensé para mí# +!quí se e bien a las claras lo repugnante que puede ser la bondad. 2os muy hip&critas han apro echado la ocasi&n para recordarnos nuestras taras# a ella su e,tranjería0 a mí, la cojera.. 2es dejé discutiendo, y seguí adelante, hacia el cementerio donde yacía el

poeta que tanto había luchado contra aquella terrible bondad de la gente que llamamos, y se llama a sí misma, normal. 4onocía el camino de memoria, y llegué enseguida hasta la se,ta di isi&n, donde está la tumba# 4harles @audelaire, 6IJ6—6IKF. =e apoyé en el bast&n con las dos manos y susurré las palabras de agradecimiento que, einte a/os antes, con la sentimentalidad y la desmesura propias de la ju entud, había pronunciado allí mismo# +=e arrancaste primero de la iglesia, lle ándome lejos de su poesía ulgar y castrante. 2uego me apartaste del día, conduciéndome hacia una noche en la que mi cuerpo pudo, por fin, encontrar los cuerpos que deseaba. =ás tarde, como colof&n, desarmaste mi espíritu igual que una mano poderosa desarma una caja de cart&n, y me hiciste libre. %upe, gracias a ti, que la ida es una compleja me"cla de luces y sombras, y que esa complejidad es magnífica.. :ui"á no fueran e,actamente las mismas palabras del pasado, pues no recordaba bien si en aquella ocasi&n había dicho +luces y sombras. o si había dicho +mal y bien, una compleja me"cla de mal y bien.. 4on todo, me di por satisfecho. No quería obsesionarme con la e,actitud. 2a obsesi&n, la idea fija, también era un peligro para mí, porque quien teme al acío y busca un punto de apoyo se agarra con frecuencia a algo absurdo, a cualquier cosa que, por decirlo así, pasa en ese momento por allí. 5na hora después de mi isita al cementerio de =ontparnasse, estaba ya, siguiendo con mi itinerario, junto al parque de =ontsouris, en un peque/o apartamento con cocina que, contra lo que me había aconsejado el concierge del hotel, había preferido a la habitaci&n. ! diferencia de einte a/os antes, no eía desde la entana el estanque del parque, sino *nicamente los árboles, muy crecidos, redondos y grandes. 5nos con otros, formaban una fronda de hojas donde el color erde ya había empe"ado a me"clarse con el amarillo y el rojo. 1stábamos a primeros de septiembre, y el oto/o a isaba de su llegada. Intenté repetir los ersos del poeta# +Nos sumergiremos pronto en las frías tinieblas0 Badi&s, i a claridad de nuestros eranos demasiado

cortosC Eigo ya los golpes f*nebres de la le/a que cae sobre el pa imento de los corrales.... No me acordaba de más. Dsa era otra de las diferencias con el pasado. =e gustara o no, lo confesara o no, mi pasi&n por la poesía de @audelaire se había reducido. <a no era capa" de recitar sus poemas de memoria. (ero tampoco me quería obsesionar con aquello. !cerqué la mesa hasta aquella entana y coloqué lo que !lberto, al comien"o de nuestra relaci&n, en los días felices, llamaba +el altar del traductor.. (rimero una peque/a muralla de libros, delimitando el campo donde debía tener lugar la transformaci&n de unas palabras en otras, luego la pluma de tinta a"ul que iba a tra"arlas y la pluma de tinta roja para las correcciones, a continuaci&n mi amuleto, un tro"o de ánfora que había encontrado en una playa griega, y por fin el diccionario, el libro y el cuaderno nue o, los erdaderos protagonistas de la alquimia. 4uando estaba acabando de aciar las maletas, recordé una cosa nue a, algo que no había apuntado en mi itinerario. ?einte a/os antes, al sentarme por primera e" con el diccionario, el libro y el cuaderno nue o, yo no me había limitado a traducir el primero de los te,tos de 2e %pleen de (aris, sino que, antes de nada, en la primerísima hoja, a modo de frontispicio, había copiado aquel te,to, 2Létranger, en la ersi&n original, con las mismas palabras que había utili"ado el poeta. ?ol í a la mesa, abrí el cuaderno, y, con la mejor letra posible, empecé a copiar el mara illoso diálogo# +:ui aimes — tu le mieu,, homme énigmatique, dis' ton pMre, ta mMre, ta soeur, ou ton frMre'.... Después de la copia, me di un ba/o, un ba/o de los que me doy ahora, irritantemente lento, y sufrí, en ese momento difícil, un nue o ataque de ese ser que parece i ir dentro de mí saltando de la imaginaci&n a la memoria y de la memoria a la imaginaci&n, y que *ltimamente, tras todo lo sucedido, yo llamo ;erry, por lo terrible que es. ;erry me record&, me mostr&, una de las tantas eces en que !lberto y yo decidíamos de pronto ir al cine y lográbamos en menos de cinco minutos le antarnos de la cama, ducharnos, estirnos y llegar al ascensor. Después de la isi&n, mis pensamientos deri aron una e" más hacia las "onas oscuras. (ensé,

utili"ando una metáfora ulgar, que los impedidos somos como los autos que necesitan el doble o el triple de gasolina para seguir andando, con la sal edad de que nosotros gastamos tiempo, no gasolina. (ensé luego, aliéndome esta e" de una metáfora más delicada, que la ida se me estaba yendo con e,trema rapide", que en el reloj que cuenta mis días los granos iban cayendo a pu/ados, y no de uno en uno. 1n otra ocasi&n y en otro lugar me habría quedado qui"ás allí, sentado en el taburete del cuarto de ba/o, dándole ueltas y más ueltas a la cuesti&n0 pero en (arís, aquel día, no podía permitirme tal abandono. 1staba dentro de un juego, de un ceremonial, y tenía cosas que hacer. 2a traducci&n de 2Létranger esperaba sobre la mesa. !ntes de ponerme a trabajar, pedí una pi""a al restaurante del hotel y me senté frente a la tele isi&n. !cababa de morir AranNois =itterrand, y todos los programas estaban dedicados a él. 9ecordé algo que mi madre solía decir en situaciones como aquella# +<a le ha llegado la hora de las alaban"as.. %iempre me había hecho gracia aquel eufemismo, y también entonces. =e de ol i& el humor. !cabé de comer y me puse a traducir el te,to. 2o hice bastante deprisa, porque, por fortuna, el accidente no había afectado a la elocidad de mi mente ni a la de mi mano. —Di, hombre enigmático, $a quién quieres más' $! tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano' —<o no tengo padre, ni madre, ni hermana, ni hermano. —$! tus amigos' —5tili"áis una palabra cuyo sentido toda ía no cono"co. —$;u patria' —Ignoro en qué latitud está situada. —$2a belle"a' —2a amaría gustoso, diosa e inmortal. —$1l oro' —2o odio como t* odias a Dios. —1ntonces, $qué es lo que amas t*, e,traordinario e,tranjero'

—<o amo las nubes... las nubes que pasan... por allí... por allí... las mara illosas nubes. 1stu e contemplando el te,to, más que leyéndolo, durante un buen rato. 2uego, al atardecer, cuando las primeras sombras ya se habían adentrado en el parque de =ontsouris anulando las diferencias entre hoja y hoja, entre rama y rama, entre un árbol y el siguiente, salí a dar mi primer paseo por el Distrito >I?. 1ra la hora en que los canalillos de las calles se llenan de agua, recogiendo las colillas y las peladuras de fruta, y era ine itable la asociaci&n de lo que eía con lo que habían escrito, con fe, con optimismo, los padres de aquel progreso, allí mismo, en la ciudad que yo estaba pisando. 2legué así a la calle ;ombe—Issoire, igual que lo había hecho einte a/os antes, y entré en una tienda de comestibles. =e atendi& un muchachito árabe. —Necesito siete cosas —le dije—. !rro" indio, una lata de at*n, un aguacate maduro, aceitunas, u a blanca, un paquete de café de 4olombia y una botellita de crema. 1ra la misma compra que la primera e". 2a diferencia estaba en que el arro" indio y el aguacate ya no me resultaban e,&ticos. —$1,actamente siete' $No serán ocho' —me dijo el muchachito árabe con humor. ;enía una sonrisa especial, e,tra/a y deliciosa a un tiempo. 1n e" de encoger los labios, los alargaba y cerraba, como si estu iera de morros, pero sin estarlo. —$4&mo te llamas' —le dije. No me respondi& enseguida, sino que se fue a por las cosas que le había pedido. (ensé que tendría unos dieciséis o diecisiete a/os. —!bdelah —me respondi& a la uelta, empe"ando a meter mi compra en la bolsa de papel. =e di cuenta de que su mirada iba alternati amente de la bolsa a mi bast&n. —$;e gusta' —le dije. <a había acabado de meter las cosas y su mirada se había quedado fija en el bast&n. —!rgent' —dijo de pronto alargando la mano y acariciando la bola de la empu/adura. 2e respondí que sí, que era de plata.

—< las iniciales son de oro —a/adí se/alándole las letras. Nada más decir aquello, me arrepentí. )abía sido una fanfarronada, un intento ulgar de impresionarle. —4Lest trMs beau —dijo él sin apartar la mano de la bola. =e sentí ligeramente e,citado. 2a cuenta ascendía a 67K francos. 9eprimiendo el deseo de impresionarle con una gran propina, dejé 68O francos sobre el mostrador y salí afuera. !llí, a lo largo de la calle ;ombe—Issoire, el agua corría por los canalillos brillando como podría brillar un espejo líquido, y la gente bebía cer e"a en los bistrot y charlaba en o" baja. (arís inspiraba una calma que, en algunos momentos, cuando la brisa le antaba un papel de la acera o mo ía un mech&n de pelo, me de ol ía la sonrisa de !bdelah. Dejé la compra en la recepci&n del hotel y me dirigí al parque. (ero, en einte a/os, las cosas habían cambiado. 2as puertas estaban cerradas0 unas puertas que además no eran tales, sino unos armatostes de acero de unos tres metros de altura y cuatro o más de ancho. Dentro del parque todo era soledad, sombras, silencio. De e" en cuando se oía el chillido de un cisne o de un pa o real. —$4&mo es posible' —dije en alto—. $(or qué cierran =ontsouris' 4aminando por la acera pasaba un matrimonio. %e detu ieron dispuestos a responder mi pregunta. <o era el e,tranjero, había que informarme. —1sto a la noche se con ertía en algo peor que (igalle —me dijeron. <o puse cara de comprender lo gra e que era el problema—. $)ay prostituci&n masculina en su país' —me preguntaron al final. <o les dije que sí, que en todas partes había problemas. ?ol í a mi apartamento y encendí la tele isi&n. %eguían con los debates sobre la figura de =itterrand. +Aue un hombre que de ol i& a Arancia el protagonismo internacional que había perdido con (ompidou y con 3iscard —decía uno de los contertulios—. Después de De 3aulle no ha habido nadie tan preocupado por la grande"a del país..

1ntré en la cocina y me preparé una ensalada de arro". +)ay algo que ha mejorado en estos *ltimos einte a/os —pensé—. 1n aquella época, !bdelah no e,istía.. 1stu e iendo la tele isi&n hasta muy tarde. 4uan— do me fui a dormir, los árboles de =ontsouris eran parte de la oscuridad, una masa negra incrustada dentro de otra igualmente negra, pero mayor. III (or la ma/ana de mi segundo día en la ciudad, tomando el sol en un banco del parque de =ontsouris, yo pensaba en esa e,presi&n que se utili"a siempre para subrayar la diferencia entre dos cosas o dos personas, y que hace referencia al día y a la noche. (ensaba que cuando alguien afirma +son como el día y la noche., casi nunca es consciente de lo que realmente describe con esas palabras, que ya no es *nicamente esa diferencia entre la lu" y la oscuridad que tan terrible debi& de parecer a los habitantes de las cue as, sino que, desde hace arios siglos, también hace referencia a dos territorios situados muy cerca, uno en el en és del otro, pero con costumbres y leyes casi opuestas, con ciudadanos que con frecuencia, por el mero hecho de i ir a un lado u otro de la frontera, se consideran enemigos. !sí pues, seg*n aquellas ideas que me rondaban por la cabe"a, me encontraba allí, en el =ontsouris de día, como en tierra e,tranjera. 2a gente que pasaba caminando por delante del banco me miraba con desconfian"a0 los ni/os que jugaban a f*tbol no se atre ían a acercarse, ni siquiera cuando el bal&n quedaba cerca de mí, y esperaban a que alg*n paseante se lo de ol iera0 los policías dudaban al llegar a mi altura, y hablaban entre ellos antes de seguir adelante. (or mi parte, prefería darles la espalda y mirar hacia el estanque donde los cisnes se desli"aban sobre el agua en busca de tro"os de pan. 2os cisnes también pertenecían al día, pero al menos eran bellos.

1n un determinado momento, ese enemigo que lle o dentro y que llamo ;erry me hi"o le antar la cabe"a y fijarme en los atletas que corrían por el otro lado del estanque, por entre los árboles de =ontsouris, pero sin mayor consecuencia. )abía dormido bien, so/ando a eces con el muchachito de la tienda, !bdelah, y me sentía fuerte. !huyenté el recuerdo de mi antigua agilidad y me puse a obser ar a los corredores# algunos eran iejos, y dibujaban al correr una estampa deplorable0 otros eran j& enes de piernas fuertes y esbeltas, y lle aban la mente hacia las esculturas del pasado. 4ontento del tono que habían adquirido mis pensamientos tras el nue o contacto con los escritos de @audelaire, me le anté del banco y me dirigí hacia un templete cubierto en el que algunas personas parecían hacer gimnasia. 5na e" allí, obser é con cierta sorpresa algo que, por una parte, por los juegos que los participantes hacían con bra"os y piernas, era auténtica gimnasia, pero que, por otra, a causa de la lentitud y elegancia que imprimían a sus mo imientos, era un baile, un baile a camara lenta. —;ai—chi —me dijo un muchachuelo de ojos rasgados a modo de e,plicaci&n. %in darme yo cuenta, se había sentado a mi lado. —$1s tu padre' —le pregunté se/alando al que dirigía aquella sesi&n de gimnasia. —No. 1s mi maestro —dijo el muchachuelo riéndose. 2uego se subi& al templete y se uni& al grupo. =e fijé en aquel hombre. 1ra oriental, de unos cincuenta a/os, muy delgado, lo que en una no e— la del siglo ,i, una buena madre hubiese definido con la palabra chiquilicuatri0 pero su mirada, oscura, brillante, tenía algo que caía muy lejos de las posibilidades descripti as de esa buena madre del siglo ,i,, una cualidad que, sin embargo, yo percibía perfectamente y me hacía pensar en él como en un igual. 4uando, un momento después, le ant& ligeramente el ment&n para in itarme a formar parte del grupo que hacía gimnasia, mi seguridad fue total# aquel hombre también pertenecía a la noche, a mi mismo país.

%onriendo, le mostré el bast&n. 1ra cojo, no podía hacer lo que me pedía. Insisti&. ?ol í a negar con la cabe"a. %onri&. %onreí. 1ramos dos compatriotas hablando en nuestra lengua. 1l muchachuelo de los ojos rasgados ol i& a donde yo estaba sentado. —Dice AranNois si puede tomar un trago con él —dijo con un acento suburbial que no le había notado antes. !sentí arias eces. 1l hecho de que, a pesar de su e idente origen oriental, el maestro de gimnasia se hiciera llamar AranNois me pareci& otra prueba más de su e,tranjería. No, en su ida tampoco reinaba el sol. —<o le lle aré al bar —dijo el muchachuelo cogiéndome de la mano y poniéndose a andar. !lrededor de nosotros, la gente seguía corriendo, paseando a los ni/os, arrojando migas de pan al agua. 1l bar estaba justo enfrente de la puerta de acero del parque, y parecía corriente, incluso demasiado corriente para una "ona como =ontsouris. ;enía terra"a, y parecía el lugar de reuni&n preferido de los motoristas de la "ona. 4onté hasta die" motos en los alrededores de la puerta. 4uando mi acompa/ante se subi& a una de ellas, una @=P de color rojo oscuro, el camarero le orden& que se bajara y le llam& por su nombre, ;aGi. =e senté en la terra"a y pedí un café, un botellín de agua y una copa de absenta. AranNois lleg& enseguida y pidi& un aperitif. Durante un buen rato, hablamos de aguedades. De lo bueno que sería para mí hacer aquella gimnasia, practicar el tai—chi0 de lo que pensaba hacer en (arís0 de lo mucho que había cambiado la ciudad en einte a/os. —5na de las cosas que me ha e,tra/ado, es lo que ocurre con este parque —dije en un momento dado, apurando mi copa de absenta. =e pareci& que ya era hora de cambiar de lengua. —$:ué ocurre con el parque' —pregunt& AranNois. De cerca, sus ojos daban un poco de miedo. —:ue lo cierran de noche —dije. )ice un gesto al camarero para que me trajera otra copa de absenta.

—1s muy difícil cerrar un parque del todo. (or lo que yo sé, hay gente que no se resigna a quedarse fuera y acaba por buscar una entrada. 5no de los motoristas arranc& su moto y se alej& calle arriba, hacia la ;ombe Issoire. =is pensamientos se alejaron con él, y me acordé de !bdelah. —)ola, siete cosas —dijo una o". 1ra !bdelah. ;enía un refresco de color naranja en la mano y me sonreía. Detrás de él, una especie de ni/o gigante, que le sacaba la cabe"a y que parecía su guardaespaldas, bebía cer e"a y se reía. —B?ayaC B1stabas aquíB —e,clamé. 2a coincidencia entre mi pensamiento y su aparici&n, más propia de los aficionados a los fen&menos esotéricos que de un traductor de @audelaire, me hi"o reír. Deduje, bromeando conmigo mismo, que a lo mejor ya estábamos otra e" en el mara illoso tiempo de los cuentos, donde todo deseo se cumple. !bdelah me dio una palmada en el bra"o y ol i& a la mesa donde estaba sentado con ;aGi y otros muchachos de su edad. AranNois y yo reanudamos la con ersaci&n. —@ien, $c&mo lo hacemos' —le dije pagando la consumici&n de nuestra mesa al camarero que me acababa de traer la segunda copa de absenta. —$%iempre bebe eso' —me pregunt& AranNois se/alando el licor. —$1s caro' —insistí. —1ntrar le costará quinientos francos. 2uego, lo que le pida el muchacho. 1n general, nunca pasan de los mil francos —dijo AranNois. —$(uedo elegir' —pregunté tomando un sorbo de absenta. —%&lo entre los que están dentro. AranNois puso cara de aburrimiento. )ablar de negocios estaba bien, era algo que siempre hacían los habitantes de la noche, pero con enía la bre edad. %aqué un billete de quinientos francos de la cartera y se lo entregué con discreci&n, simulando un apret&n de manos. —;iene mucha fuer"a —dijo AranNois guardándose el billete y frotándose la mano que le acababa de apretar. Después del trato, quería mostrarse agradable. —1s por el bast&n. =e obliga a hacer ejercicio —le respondí.

—1s muy bonito. ! !bdelah le gusta mucho—dijo entonces él. !ntes de que yo tu iera tiempo de preguntarle nada, comen"& a interesarse por mi cojera. 5na e" más, tu e que e,plicar lo del accidente. 1stu imos hablando hasta que el camarero comen"& a ser ir sándQich y platos combinados. (ara entonces, !bdelah ya se había marchado con sus amigos. ;aGi, en cambio, seguía allí, sentado en una moto y aguardándonos. —%e me hace tarde —dijo AranNois—. =i pr&,ima sesi&n comien"a dentro de cuatro minutos. ;enía un reloj de esos que llaman de astronauta, con muchos botones y agujas. —Dígame c&mo quedamos —le pregunté. —?enga a esta esquina a las die" de la noche —dijo AranNois, le antándose y haciendo un gesto a ;aGi. 2legué a mi apartamento cansado, con una fatiga que tenía que er más con la absenta que con los doscientos metros que había tenido que recorrer a pie, y me dejé caer en el sofá. 1n la tele isi&n, las honras f*nebres a =itterrand ocupaban la pantalla, y una compa/ía de fusileros estidos de gala estaba a punto de efectuar una descarga. :uité el sonido al aparato y esperé. 5nos segundos después, una bandada de palomas sali& olando espantada. =e sobre ino una idea c&mica# pensé que la descarga también habría asustado a =itterrand, y que pronto lo iba a er saliendo de la caja y saltando del catafalco a la acera. =e eché a reír sin apartar los ojos de la pantalla, y estu e allí hasta que el reali"ador cambi& de plano. +1stás un poco borracho., me dije. 2uego me acomodé mejor en el sofá y me quedé dormido. =e desperté con una fuerte sensaci&n de soledad. 2a absenta, tan amiga en los primeros momentos, se había e aporado de mi espíritu dejando s&lo su estela, el frío que esconde tras su cálida apariencia. Intentando escapar de aquella sensaci&n, me acerqué hasta la entana del apartamento y miré hacia todo lo que quedaba fuera de mí, más allá de mi accidente y de mi cojera, más allá de !lberto, de AranNois y de

!bdelah, más allá también de mí mismo, de mi imaginaci&n, de mis recuerdos, de ;erry# afuera, como si quisiera se— /alarme mi alfa y mi omega, la situaci&n en la que me encontraba y la situaci&n a la que debía acceder, el iento "arandeaba la enorme masa de hojas que cubría =ontsouris formando ondas y haciendo que, por contraste, todo lo demás, desde las casas hasta el cielo, ganara en fije"a y serenidad. %in mo erme del sitio, cogí uno de los libros de @audelaire que había colocado en la mesa, y lo abrí por una página cualquiera. 9epetía así, no un acto de einte a/os atrás, sino otro muchísimo más antiguo, el que lle aban a cabo las damas de la 1dad =edia cuando abrían un libro de ?irgilio al a"ar y ponían el dedo sobre un pasaje0 un pasaje que luego, tras ser interpretado, se con ertía en guía y lu" de quien lo había se/alado. +1l dandy debe aspirar a ser sublime sin interrupci&n# debe i ir y morir ante un espejo., leí. No era mi traducci&n, sino la de !ntonio =artíne" %arri&n, un traductor al que admiraba mucho. 9efle,ionando sobre aquellas palabras, sobre el mensaje que podían encerrar, me acordé del funeral de Escar Pilde tal y como lo describieron las cr&nicas, con el poeta estido con un traje de terciopelo negro y lle ando un chaleco de color erde esmeralda, como diciéndole a la muerte, +no te miro, no te eo, d&nde está la copa de champagne que he enido a buscar.. (ero ;erry no me dej& sola"arme en aquella isi&n, y, encadenando recuerdos, me susurr& las palabras con las que el propio Pilde había comen"ado su famosa carta desde la prisi&n de 9eading. E mejor dicho, las palabras que, parafraseando la traducci&n que de ellas hi"o Rosé 1milio (acheco, yo había escrito a !lberto desde el hospital# +;ras larga y ana espera, me decido a escribirte por tu bien y por el mío. =e desagrada pensar que lle os tres meses de hospital sin recibir jamás una línea tuya, ni siquiera noticias o al menos un recado, e,cepto aquellos que me causaron dolor.. :ue !lberto había empe"ado a salir con un nue o amigo, ésa fue la *nica noticia suya que recibí tras el accidente. Ni una isita, ni una postal

interesándose por la e oluci&n de mis lesiones. Nada. %&lo la noticia que me caus& dolor. ?ol í a er el remolino del río con el cuerpo desnudo de !lberto girando en torno al centro. 2a isi&n no se deshi"o enseguida, como la anterior e", y esperé a que todo él, sus piernas, su torso, su cabe"a, desa— pareciera bajo el agua. 4uando abrí los ojos, allí seguía el parque de =ontsouris, con el mo imiento de las hojas de los árboles y con las sombras que, como cada atardecer, acudían a su cita. 2legué al bar de los motoristas media hora antes de las die", porque lle aba sin probar nada desde el desayuno y quería comer algo. 4asi inmediatamente, cuan— do toda ía no me habían ser ido el plato, apareci& ;aGi. —Debí imaginar que t* serías el guía —le dije. Dl se limit& a sonreír y se sent& a mi lado. I? 2a entrada secreta al parque de =ontsouris era bastante peligrosa para una persona que, como yo, no puede correr ni caminar deprisa. No estaba, como cabía imaginar, en uno de los lados, y tampoco consistía en un t*nel o en un boquete abierto en la alla metálica, sino que la cuesti&n, como diría un personaje de ?ila—=atas, era mucho más complicada. )abía que ir hasta el andén de la estaci&n del boule ard Rourdan, donde se une la línea de metro con la de los trenes que an a la banlieue, y recorrer unos cien metros por el t*nel que, pasando por debajo de la calle 3a"an, conecta el boule ard con el parque. —$4ada cuánto pasan los trenes' —le pregunté a ;aGi cuando bajamos a la ía. —Después de las die", cada tres minutos —me respondi& él cogiéndome de la mano y lle ándome hasta una especie de acera que había junto a los raíles—. !quí no es peligroso —a/adi& al darse cuenta de mi alarma.

—$D&nde lo es' —le pregunté. Desde nuestra posici&n, s&lo alcan"aba a er la parte iluminada del t*nel, que era mínima. =ás allá, la noche ganaba en concentraci&n, y lo oscuro seguía a lo oscuro. —No hay problema —dijo ;aGi sacando una linterna y encendiéndola. ;enía una risa bonita, algo infantil. —?eo que estás orgulloso de ti mismo —le dije soltándome de su mano. 2a acera por la que a an"ábamos era demasiado estrecha para ir enla"ados. !demás, tenía la palma completamente mojada de sudor, y me daba ergSen"a que él se diera cuenta del miedo que sentía. 2a lu" de la linterna bail& en el techo del t*nel, y ;aGi asinti& con un oui lleno de seguridad. —?iene un tren —dijo de pronto—. ;ranquilo, se/or. =e detu e agarrándome al bast&n con las dos manos y gritando, y no abrí los ojos hasta que el tren se alej& de nosotros y el t*nel ol i& a quedar en pa". ?iéndolo desde ahora, cuando todo ha acabado y ya no hay nada que perder o que ganar, considero aquel momento, el de la tra esía por el t*nel, como uno de los más irreales de cuantos i í durante aquellos días en (arís, incluso como el más irreal de toda mi ida, y no le encuentro otra e,plicaci&n que la de un deseo que, tras los meses de hospital, tras las traici&n de !lberto, había crecido demasiado, ol iéndose monstruoso y superior a cualquier otro sentimiento, más fuerte que el miedo, más fuerte también que el respeto por mí mismo o la ilusi&n de comportarme como el dandy de @audelaire. +1l amor es ciego., suele decirse. 1s un eufemismo. 2o que ciega, lo que hace da/o, es el deseo. 2legamos al final del t*nel. De allí en adelante, seg*n me pareci& percibir gracias a las farolas que alumbraban la "ona desde lo alto, la ía del tren seguía por una especie de hendidura abierta en el parque. =e e,tra/& su e,istencia. Nunca me había fijado en aquel corte que, isto desde el parque, debía de tener el aspecto de un barranco. (ensé que sus orillas estarían alladas y disimuladas con árboles.

—;enemos que subir por allí —me dijo ;aGi se/alando dos enormes machones que arriba, al ni el de los árboles y las farolas, acababan en un puente que parecía de fantasía, con barandillas de filigrana. —$(or d&nde amos' —le pregunté. ! partir de aquel punto, la ía se hacía *nica, y no había acera. —)ay que esperar a los trenes, se/or. (ara mayor seguridad —me dijo ;aGi sentándose en un saliente de cemento. <o le imité y me senté junto a él. (or encima de nosotros, junto a una de las farolas del parque, charlaban dos muchachos. (asaron dos trenes, uno hacia el centro de la ciudad y otro hacia la banlieue, y tu e la impresi&n, las dos eces, de que algo se iba a romper a nuestro alrededor. (ero no# las paredes del t*nel no se resquebrajaron, los raíles permanecieron paralelos, las rocas que asomaban a los dos lados de la hendidura no se mo ieron. =is oídos se pusieron a pitar, y eso fue todo. —!hora —dijo ;aGi cogiéndome otra e" de la mano. 4aminamos por el centro de la ía hasta llegar a la altura de los machones del puente. ;aGi abri& entonces una puerta metálica e ilumin& con su linterna una escalera de caracol que, por el interior de uno de aquellos machones, subía hasta el parque. —<a hemos llegado, se/or. %&lo le quedan einte escalones —me dijo ;aGi tendiéndome la mano a modo de despedida. —$?endrás a buscarme' —le pregunté. 2a idea de ol er solo por la ía me aterrori"aba. Dl se qued& dudando. 2e tendí un billete de cien francos. —$! qué hora quiere que enga' —me dijo cogiendo el dinero. —! las doce en punto, ahí arriba, en el puente —le dije. %ubí las escaleras y salí al parque. %in gente, sin sol, sin los chillidos de los ni/os, sin la frenética acti idad de los atletas, el parque de =ontsouris había recobrado su belle"a. 2a relaci&n entre todos sus elementos ol ía a ser e,celente# el cisne que se desli"aba por el estanque con la cabe"a muy alta parecía

acompasarse con el silencio, y el silencio, a su e", con el sonido de las hojas "arandeadas continuamente, en sucesi os frémissements, por el iento0 pero el iento tampoco iba solo, sino que congeniaba con la luna que había aparecido sobre los árboles y con la brasa roja de los cigarrillos que estaban fumando los muchachitos de las pandillas, muchachitos guapos que, por su parte, reían sin dejar de mirar a aquel cisne que seguía desli"ándose lentamente sobre el agua. Durante un tiempo, también yo estu e mirando al cisne, atento a la pure"a de sus mo imientos y a su blancura, dejando que el miedo que me había entrado en el t*nel saliera de mí poco a poco0 pero el recuer— do de la cita con ;aGi me hi"o alejarme de la orilla del estanque y buscar, como los muchachitos, la penumbra de los árboles. Aue entonces cuando reconocí al ni/o gigante que era amigo de !bdelah. 1staba en medio de un grupo bastante numeroso, no muy lejos del templete donde AranNois impartía sus lecciones de tai—chi. ! su lado, entre arios muchachitos rubios, había uno de cuerpo muy fino y te" oscura. $%ería él' Debí haberme acercado con lentitud, como un auténtico dandy, como aquellos príncipes de tiempos pasados que, adornados con grandes capas que les llegaban hasta el suelo, no caminaban ni corrían, sino que se desli"aban con elegancia y dul"ura, como los propios cisnes. (ero, en lugar de ello, quebrando la armonía que reinaba en el parque, comencé a gritar, a llamar a !bdelah de forma estent&rea. ;ras la primera reacci&n de sorpresa, todos los del grupo comen"aron a chistarme. !delantándose a los demás, el ni/o gigante se acerc& hasta mí agarrando una botella grande de cer e"a como una porra. —BDeje de gritarC —dijo después de dirigirme un insulto que no entendí —. $:ué quiere' $:ue enga la policía' —Di a !bdelah que quiero estar con él —le respondí sin dejarme impresionar por su bra uconería. —!bdelah no está aquí —afirm& él, tajante, pegándose a mí e impidiéndome er al resto del grupo.

—%í está —dije. (ero no lo podía saber seguro. =e había precipitado en mis conclusiones. —No está —repiti& él. %upuse que era capa" de pasarse toda la noche negando. —$(or qué no quiere enir conmigo' AranNois me ha prometido que podría elegir entre cualquiera que estu iera en el parque —dije con terquedad. —$1stá usted sordo' $No le he dicho que no está' —susurr& el ni/o gigante amena"adoramente, agarrando mejor la botella de cer e"a. Indudablemente, la suposici&n que con respecto a él me había hecho un instante antes era err&nea. No estaba dispuesto a repetir aquello toda la noche. —BNo me amenaces, ni/atoC —le grité ol iendo a le antar la o". =e sentía despechado y no me importaba romper la primera regla de los habitantes de la noche. :ue me oyeran desde fuera del parque, que iniera la policía. 1l ni/o gigante me golpe& en el pecho con el culo de la botella. 2uego repiti& el insulto que no entendía y me lan"& un sali a"o que me ro"& la oreja. (or primera e" en mi ida, o por segunda qui"á, tu e la intenci&n clara y precisa de matar, y le lancé un golpe con el bast&n que de haberle agarrado le habría aplastado la sien. (ero fallé el golpe y me caí al suelo. 1l ni/o gigante se ri& de mí y me puso la bota en la cara. (ensé que me iba a desfigurar a patadas y seguí gritando, aunque lo que gritaba ahora era pardonC, pardonC, como una rata. %orprendentemente, el ni/o gigante retir& su bota y se alej& hacia su grupo caminando con toda tranquilidad, como quien uel e de saludar a un iejo amigo. %upongo que en aquel momento debí haber sido capa" de percibir que algo e,tra/o estaba sucediendo a mi alrededor, pero la realidad es que no lo fui, que acepté aquel incidente igual que antes había aceptado la tra esía por el t*nel. Decir que me comporté como la mosca que sigue olando hasta que la ara/a ha acabado de tejer su tela sería una comparaci&n demasiado bené ola0 más e,acto sería decir que fui, simple

y llanamente, un imbécil. !l fin y al cabo, las moscas saben detectar la se/al de peligro y huir0 los imbéciles, no. =e marché del parque antes de la hora con enida, sin esperar a ;aGi y sin buscar, entre todos los muchachitos que andaban por el parque, a alguno que pudiera sustituir a !bdelah. 1l regreso se con irti&, así, en el remate e,acto de aquella jornada, porque tu e que cru"ar el t*nel paso a paso, trope"ándome, utili"ando mi bast&n como lo utili"an los ciegos, sintiendo casi físicamente c&mo iba descendiendo eso que los psic&logos, traduciendo pésimamente del inglés, llaman autoestima. 4uando llegué al apartamento con el inhumano ruido de los trenes en la cabe"a, y el cuerpo mojado por el sudor, el reloj se/alaba las once y media de la noche. B:ué grande era la distancia entre la realidad y el deseoC No estaba echado en la hierba con !bdelah en los bra"os0 estaba solo, con la ropa sucia, con las marcas de una bota infame en la cara. 1stu e en el ba/o hasta bastante después de medianoche, dejando que el agua lle ara a cabo su acci&n purificadora. +Desgraciadamente, no limpia las cicatrices., pensé, o pens& ;erry por mí. !ceptar las cicatrices me resultaba a*n más difícil que aceptar la cojera. +!cost*mbrese a ellas —me pedía el psic&logo—. 4uando esté en casa, por ejemplo, procure andar desnudo. Dsa es la *nica manera de que se le uel an in isibles.. (ero resultaba difícil seguir aquel consejo, sobre todo cuando mi ni el de autoestima estaba por los suelos. ! pesar del consejo, mi colecci&n de pijamas había ido aumentando. =e puse un pijama a"ul claro y, después de prepararme un café, comencé a traducir el segundo de los te,tos de 2e %pleen de (aris. !l otro lado de la entana, el parque de =ontsouris quedaba a oscuras, sin que la lu" de las farolas consiguieran traspasar la fronda de hojas. 2a iejecita arrugada se sinti& regocijada iendo al ni/ito al que todos hacían fiestas... %eguí traduciendo hasta el final, sin hacer una pausa, tratando de no pensar en nada más# +a modo de terapia., para decirlo con una e,presi&n moderna. :ui"á por ello no i en la historia, historia triste de una iejecita que intenta acariciar a un bebé sin más resultado que los

berridos y el recha"o de éste, ninguna referencia a mi propia persona. < lo mismo me ocurri& al día siguiente cuando, leyendo mientras desayunaba los anuncios por palabras de un peri&dico, me encontré con un mensaje en el que una mujer detallaba una lista tan grande de e,igencias a su posible partenaire que, en la práctica, el anuncio suponía la demanda de un escla o o una escla a. +%in embargo —pensé—, habrá muchas personas que le escriban, porque nada frena a los que se encuentran desesperadamente solos.. !hora me río al recordarlo, pero en aquel momento, a pesar de mis malas e,periencias y mis pasos en falso, yo me sentía por encima de aquella gente, capa" de aceptar cualquier cosa a cambio de unas simples palabras de afecto0 capa", en una palabra, de tener ilusi&n. 4reo que yo me sentía más allá de esa ingenuidad, y que consideraba al dinero como mi mejor aliado# si pagaba por estar con !bdelah, ello significaba que no tenía ninguna duda acerca de la naturale"a de nuestra relaci&n0 ninguna duda y ninguna esperan"a. (ero me equi ocaba. !quél no era e,actamente mi juego, y menos a*n el de !bdelah. ?ol í al parque =ontsouris y me dirigí directamente hacia el templete donde AranNois impartía las clases de tai—chi. De nue o reinaba el sol, y nada era como unas horas antes# los cisnes, el agua del estanque, las hojas de los árboles, los muchachitos, todo aquello y todo lo demás, parecía ahora más plano, más simple, más tonto. 4omo la primera e", AranNois me pidi& que me uniera al grupo. <, como la primera e", yo le mos— tré el bast&n. =e sonri& y yo le sonreí. ;eníamos que hablar. —=e apena mucho lo que ocurri& anoche —me dijo AranNois. 1stábamos en el bar de los motoristas, con sendas ta"as de café en la mesa—. (ero por lo que me cont& Rean =arie usted también tu o algo de culpa. %e puso ner ioso y organi"& un escándalo. < eso no está bien. 5sted sabe que no está bien. Nos ha costado mucho crear esta isla dentro de (arís, y no podemos permitir que alguien la ponga en peligro. 2e diré una cosa# todos los chicos que ienen a este parque han pasado por una selecci&n. 2os chicos que son conflicti os se quedan fuera. BAueraC $=e entiende'

BAueraC < lamento decirle que si usted no se controla también se quedará fuera. AranNois gesticulaba más que el día anterior, y sus gestos, sobre todo cuando decía +BAueraC., parecían formar parte de una sesi&n de tai—chi. —$:uién es Rean =arie' 1se monstruo de ciento einte Gilos de peso' —pregunté. =e parecía increíble que una bestia como aquella pudiera tener un nombre tan sua e y bonito. —2e he hecho la misma ad ertencia que le acabo de hacer a usted — dijo AranNois después de asentir, adi inando lo que yo estaba pensando en esos momentos—. %i uel e a mostrarse iolento, será e,pulsado de nuestra isla. —;odos somos iolentos alguna e" —le dije. —<o no. <o canali"o mi agresi idad aliéndome de los mo imientos de mi cuerpo. < lo mismo hacen los muchachos. 2a mayoría son discípulos míos. No le dije nada. !quellas paparruchas se parecían a las que, tras el accidente, solían contarme los amigos que me querían arrastrar a las clases de yoga. %&lo que en AranNois aquella actitud resultaba decepcionante. —$(or qué quiere a !bdelah' —dijo de pronto, cambiando de tono—. $1s un capricho' —=e gust& desde el primer momento —le respondí—. :ui"á fue mala suerte, porque de no haberle conocido la noche de ayer habría sido mucho más gratificante, pero así son las cosas. 1ntré en la tienda y me enamoré de él. —No e,agere. No diga que se enamor&. Diga que se encaprich& —me corrigi& AranNois con una inesperada sensibilidad lingSística. —$4uánto cuesta' —le pregunté ol iendo a utili"ar la lengua en la que mejor nos entendíamos. —!bdelah es especial —comen"& él, pensati o—. No le gusta ir al parque. 1n realidad, no se siente un puto. Diciéndolo de otra manera, le gusta que le traten con delicade"a.

%e qued& callado. <o saqué un billete de quinientos francos de la cartera y se lo puse en la mano. Aue, dentro de mi ceguera, el momento más ciego. 1l momento cumbre de mi imbecilidad. —:ui"á usted tenga alguna idea, AranNois —le dije. —=ire, le oy a decir una manera de acercarse al muchacho que otras eces ha funcionado bien —dijo él. 1l ni el de nuestro lenguaje cada e" era más puro. +Auncionar. resultaba una palabra terrible y al mismo tiempo mara illosa—. 4omo sabe, trabaja en esa tienda. < esa tienda, como casi todas las del barrio, tiene un ser icio a domicilio. (ues ahí tiene usted el camino. )aga una compra y pida al due/o que se la lle e a casa. 1n su caso, parecerá normal. %u cojera es grande y no puede ir cargado con bolsas. —$1s un camino seguro' —le pregunté. —;rátele con delicade"a. %i no le fuer"a, acudirá a sus bra"os. !bdelah es muy cari/oso. 2os camareros empe"aron a ser ir sándQich y platos combinados, y la terra"a se llen& de motoristas. Decidí que yo también comería algo antes de ol er al apartamento, e in ité a AranNois a quedarse. —No puedo. Debo ol er al parque —dijo él le antándose. 2uego me dio la mano y me dese& suerte. ? 4amino de la tienda de !bdelah, al des iarme a causa de unas obras, me encontré de pronto ante una placa que recordaba el paso de (ío @aroja por (arís, mencionando que, en las tristes circunstancias de la guerra ci il espa/ola, el escritor había i ido pobremente en el primer piso de aquella casa. (ara decirlo con las palabras que habría utili"ado mi madre, tu e la impresi&n de que el autor del empuj&n que me había puesto frente a aquel improbable punto de la ciudad no era otro que mi compa/ero de la ni/e", el famoso ángel de la guarda, y que había hecho aquello con el loable objeti o de recordarme al que había sido mi primer

maestro, el escritor preferido de mi ju entud. +9ecuerda lo mucho que al principio te gustaban la sobriedad de @aroja y su afici&n a la soledad., parecía decirme el ángel de la guarda. =uchas eces se piensa hablando o discutiendo con un interlocutor imaginario, y eso fue lo que yo hice en aquel momento sin mo erme del sitio donde estaba. +1s cierto, querido amigo de la ju entud —respondí a mi ángel de la guarda—. 4uando tenía 6K o 6F a/os me emocionaba pensar que pudiera haber gente como Don (ío, un hombre que confesaba no necesitar más cosas que un poco de fuego en in ierno y otro poco de paisaje erde en erano. 1n aquel momento, yo necesitaba de ejemplos como el suyo, porque no eía en mi ida otra salida que la renuncia. 9ecuérdalo# yo no compartía nada de lo que eía alrededor. 4uando mis amigos de aquella época se iban a bailar, yo me quedaba en casa sin más compa/ía que la tuya y la de mi madre. 2uego, cuando mis amigos ol ían del baile y se pasaban las horas hablando de las chicas que habían conocido, yo callaba. < si de pronto comen"aba a sentir una simpatía especial hacia uno de aquellos amigos, toda ía era peor, porque me sentía inmundo. %in embargo, unos a/os más tarde, todo cambi&. =uri& mi madre, dejé de creer en ti, busqué nue os amigos, nue os modelos. 5n día, dejé de leer a @aroja. 2o admiraba, pero no podía ser como él. ! mí no me bastaba con un poco de fuego y un poco de paisaje erde. (or decirlo bre emente, mi cuerpo me e,igía bastante más.. (odía haber seguido hablando durante horas, pero me alejé de la placa y seguí hacia la tienda de !bdelah. No estaba dispuesto a ceder ante los fantasmas del pasado. Ninguno de ellos podría ol er a mí jamás# ni mi ángel de la guarda, ni mi madre, ni los amigos de mi ju entud. !bdelah estaba junto a la caja registradora, atendiendo a un cliente. 2le aba un guardapol o blanco que le sentaba muy bien. —4omment Na— a' —me salud& al erme. <o me guardé la respuesta para cuando nos quedáramos solos. —$(or qué te escapaste en el parque' —le dije entonces. —$:ué parque' $1l de los patos' —dijo él di ertido. 1ra un muchacho delicioso.

)ice una compra grande, que necesit& dos bolsas. Después de abonarla, saqué la tarjeta del hotel y se la entregué. —:uiero que me lle es la compra a mi apartamento. 1s el n*mero die" —le dije. —(regunte al jefe —dijo !bdelah se/alándome a un hombre que estaba al fondo de la tienda ordenando unas estanterías. 1l due/o me mir& con desconfian"a. No era un hombre simpático. !demás, yo no era un cliente habitual. —$No e que no me puedo aler' —le dije con acritud, dando unos pasos y e,hibiendo mi cojera. Aue una acci&n indigna. Etra más. %upongo, en una suposici&n que hago ahora, cuando todo ha terminado, que cuando alguien ol ida la inmensa mayoría de las cosas que forman la realidad para concentrarse en una sola, ésta se uel e brillante, pero brillante al modo de los ojos de la serpiente, con una lu" que no deja er nada de lo demás. %i alguien me preguntara ahora si no me daba cuenta de lo bajo que estaba cayendo, si no eía lo mucho que se estaba alejando mi comportamiento del ideal que me había marcado, yo le respondería diciendo que no me daba cuenta de nada, que s&lo eía a !bdelah. Dl era el objeto brillante, él era los ojos de la serpiente. (ara decirlo con una e,presi&n ulgar, me tenía loquito. —No se lo podrá lle ar hasta que cerremos. ! las nue e o nue e y media —dijo al fin el due/o de la tienda. 1stu e de acuerdo y le di las gracias. De mala gana, porque era una rata. —!di&s, eintitrés cosas —me dijo !bdelah al salir. 2e anté el bast&n en se/al de saludo y me marché por una calleja perpendicular a la ;ombe—Issoire, como si temiera encontrarme de nue o con el ángel de la guarda y todos los otros fantasmas del pasado. (ero, naturalmente, no era ésa la ra"&n que hi"o que me des iara, sino la propia calleja, empedrada a la manera antigua y de aspecto romántico# un paisaje que con enía al humor que en aquellos momentos circulaba por mi cuerpo. 4uando abrí la puerta del apartamento, el teléfono estaba sonando. Inmediatamente pensé en !bdelah, y me apresuré a cogerlo.

—$%oy inoportuno' %i quiere le llamo dentro de cinco minutos —dijo una o". 1ra mi psic&logo. 2e pedí einte segundos para acomodarme en una silla. —1spero que no se moleste si me preocupo un poco por usted —dijo después, cuando le a isé de que estaba listo—. $:ué tal ha encontrado (arís' $%e siente mejor ahí' No me apetecía hablar con él, y le respondí utili"ando esa figura ret&rica que se llama lítote y que consiste en contar las cosas lo más abstracta y agamente posible. %i detectaba alg*n síntoma de los que figuraban en mi ficha, me tendría en el teléfono una hora. —$< qué tal a la traducci&n de @audelaire' =iré a la mesa y i mi altar# la muralla de libros, el trocito de ánfora, las plumas estilográficas, el diccionario, el ejemplar de 2e %pleen de (aris, el cuaderno nue o. ;enían el aura de las cosas abandonadas. —<a he traducido dos pasajes —dije. —(ero no está contento de su trabajo, me parece —a/adi& él—. 2o está haciendo porque tiene que hacerlo. (ara no abandonar el juego que le propuse. 2e dije que procuraba seguir el juego lo mejor posible, y que a eces disfrutaba mucho y otras no tanto. —De todas maneras —continué—, repetir los pasos de hace einte a/os resulta complicado. De la mayoría, ni me acuerdo. —4omo siempre le digo, usted es libre de hacer lo que quiera —dijo él con se eridad—. 2o de seguir un itinerario del pasado era simplemente una con enci&n, un bast&n in isible que le permitiera andar mejor. Dígame la erdad# $se siente usted bien' 2e noto tenso. —=e siento muy bien —afirmé. No me crey&, pero desisti& de seguir preguntando. (rometi& llamar en otra ocasi&n y colg&. !l otro lado de la entana, el sol daba casi de lleno sobre la fronda de hojas de =ontsouris, y las hojas amarillas destacaban sobre las erdes y las rojas. (or un momento, pensé en de ol er la llamada a mi psic&logo y contarle de forma realista mi e,periencia de la noche anterior, el

terror que había pasado en el t*nel, primero con ;aGi y luego a solas, pero aquello era, por decirlo así, algo que le competía a ;erry, y ;erry no parecía interesado en la cuesti&n. !brí el libro de @audelaire y leí las palabras que necesitaba. +E nuitC — e,clamaba el poeta en una página que tenía subrayada de arriba abajo—. T refraUchissantes ténMbresC ?ous Vtes la déli rance dLune angoisseC. Inmediatamente, mi mente ol i& al tiempo que, entre t*nel y t*nel, había pasado en el parque. ?ol í a er la blancura del cisne sobre el agua oscura del estanque, la brasa roja de lo cigarrillos, las pandillas de muchachitos en la penumbra de los árboles. < de ahí, directamente, pasé a !bdelah. < de !bdelah a !lberto. +!di&s, !lberto —pensé—. <a no te necesito. 5n cla o saca otro cla o.. Nada más pensarlo, me arrepentí de aquellas palabras. 1ran ordinarias, no las que cabría esperar de una persona que pretendía comportarse como un dandy. Durante un rato estu e iendo la tele isi&n, pero las imágenes que eía en la pantalla ol ían a dejar mi mente en el mismo lugar en que se encontraba, porque, por un a"ar, todos los programas que no hablaban de =itterrand hablaban del mundo árabe. 1stu e allí, tumbado frente a la tele isi&n, casi hasta las ocho de la tarde. 2uego me ba/é y me puse un pijama nue o, de color tostado. 9efle,ioné sobre la frase que le diría a !bdelah en cuanto le abriera la puerta y decidí que ésta fuera# +;u es beau, et jLaime tous les choses qui sont belles.. 2uego puse mil francos bajo la almohada de la cama y me senté a esperar. !bdelah no ino solo. 4uando son& el timbre y abrí la puerta me encontré de frente con Rean =arie, el ni/o gigante. ! su derecha estaba el propio !bdelah0 a su i"quierda, ;aGi0 detrás, el resto de la pandilla. Debían de ser en total unos siete u ocho. —BAuera de aquíC —les grité. !cababa de comprender el juego. 1llos no eran los amables muchachitos que yo había creído# eran ladrones, los depredadores que siempre rondan a los habitantes de la noche.

Rean =arie me dio un empuj&n y me tir& al suelo. 2uego cogi& las bolsas que !bdelah seguía teniendo en los bra"os y las aci& sobre mi cabe"a. —=isérableC InfWmeC —grité, mirando a !bdelah. :ue Rean =arie y los otros fueran unos canallas lo comprendía, pero Bque también él lo fueraC Dl se ri& y todos se rieron0 todos menos ;aGi, que parecía un ni/o de erdad y seguía sin mo erse de la puerta, como sorprendido de lo que estaba iendo. 1ntonces lleg& el turno de ;erry. +!bdelah es el más miserable de todos —me susurr&—. Dl fue quien puso a los otros sobre a iso después de er tu bast&n de plata en la tienda y el que luego, cuando ya estaba todo decidido, se prest& a hacer de se/uelo. !sí es como ha actuado hasta hoy. 4omo se/uelo. Dse ha sido su juego.. 1stu ieron mo iéndose por la habitaci&n como perros ner iosos, registrando todos los bolsillos de mi ropa y re isando hoja a hoja los libros que estaban sobre la mesa. 4uando se cansaron, muy pronto, se pusieron alrededor de mí y me preguntaron por el n*mero de mis tarjetas de crédito. (arecían de pronto más tranquilos. )abían saqueado la ne era y cada uno de ellos tenía una lata de bebida en la mano. 2a de !bdelah era un refresco de naranja. —=ás ale que me lo digas. %i no, te desfiguro, marica —dijo Rean =arie con una na aja en la mano. —2a cla e para todas es 6IJ6 —dije. 4orrespondía al a/o del nacimiento de @audelaire. ;aGi y dos de sus compa/eros se marcharon con las tarjetas. !bdelah se qued& con los encargados de igilarme. —$No quieres decirme algo, !bdelah' —le pregunté. Dl sonri& y neg& con la cabe"a. 1ra el mismo de siempre, pero se mostraba más arrogante. 5n cuarto de hora más tarde son& el teléfono. (ensé por un momento que sería otra e" el psic&logo, intranquilo después de nuestra con ersaci&n anterior, y que Rean =arie, que había cogido el teléfono, no me lo pasaría. (ero no fue así. %e acerc& hasta mí y me lo entreg&.

—$:ué tal se encuentra' —escuché nada más acercarme el auricular. 1ra AranNois—. $No le habrán hecho da/o, $ erdad' ;enían &rdenes de tratarle lo mejor posible en esas circunstancias. %iento un gran aprecio por usted. ;u e la tentaci&n de ser natural y responderle con un comentario sarcástico. (ero me rehíce y le respondí diciendo que yo también le apreciaba. —(ermítame que le e,plique la situaci&n —continu& AranNois. !bdelah y sus compa/eros permanecían atentos y en silencio, como si estu iesen siguiendo el diálogo—. De las tarjetas que me ha traído ;aGi s&lo hemos podido alernos de una, y la suma que hemos obtenido con ella no pasa de los treinta mil francos. 1s decir, que entre eso y lo que hemos encontrado en metálico, nuestro beneficio no pasa de los treinta y ocho mil francos. <o tengo la impresi&n de que para usted es una cantidad ridícula. —1l dinero siempre es ridículo —le respondí. (oco a poco, ol ía a mi papel. —2o que le quiero decir es que confío en su prudencia. No arme ning*n escándalo, por fa or. (or esa cantidad no merece la pena. —2o pensaré. —5sted no me entiende, amigo —dijo entonces AranNois con un tono de o" más duro—. %i usted a a la policía con este cuento, nosotros le acusaremos de abuso de menores. !bdelah s&lo tiene 6K a/os, y tenemos un testigo de su especialísimo interés por el muchacho. (or si le sir e de algo, al due/o de la tienda donde trabaja el muchacho no le ha resultado nada simpático. Dl mismo me lo ha dicho hace unos minutos. =iré a !bdelah. %abía que estábamos hablando de él y se sentía complacido. —4reo que le entiendo. No se preocupe. —Rean =arie pudo haberle robado en el parque. (ero si lo hubiéramos hecho allí no habríamos tenido una buena defensa. —2e agrade"co que no me haya hecho andar más tiempo tras !bdelah. =e hubiera mareado.

;odos los que estaban en la habitaci&n rieron al oír mi comentario, y !bdelah el que más. —)emos dejado la cartera con las tarjetas en un rinc&n de la recepci&n del hotel. 2o más probable es que ya la hayan encontrado y que se la entreguen cuando baje. 4omo erá, no queremos causar más molestias que las ine itables. AranNois colg& el teléfono y yo tu e la impresi&n de que, por decirlo así, la fiesta había acabado. < la misma impresi&n tu ieron la mayor parte de los compa/eros de !bdelah, que abrieron la puerta del apartamento y empe"aron a marcharse. (ero Rean =arie tu o una idea de *ltima hora. 2a adi iné en cuanto le i la e,presi&n de la cara. :uería mi bast&n de plata. —B?eteC —le grité al er que se acercaba. 2a la,itud que había sentido hasta entonces desapareci& de golpe. Ediaba a aquel ni/o gigante. 2e quería matar. —!hC, oiláC —dijo cogiendo el bast&n que estaba sobre el sofá. %e sentía muy superior a mí y se mo ía a mi alrededor sin preocupaci&n alguna. AranNois lo sabía, pero él no. Desde el accidente, desde que no puedo caminar sin un apoyo, la fuer"a de mis bra"os se ha multiplicado por dos. 2e arranqué el bast&n de un manota"o y le di un golpe en el cuello. No fue él quien grit&, sino !bdelah. ?ol í a golpearle en las rodillas, y conseguí que se agachara y bajara la cabe"a. 4ogí entonces el bast&n por el lado opuesto a la empu/adura y le lancé un golpe con todas mis fuer"as# un golpe que surgía de mi humillaci&n, de mi despecho, de la triste"a en que me había sumido la traici&n de !bdelah. Rean =arie mo i& su cabe"ota y esqui & el golpe. 2a pantalla de tele isi&n salt& hecha tri"as. ?ol í a le antar el bast&n, pero esta e" hacia !bdelah, que seguía allí, tan parali"ado por el miedo como yo lo había estado instantes antes. (ero no pude golpearle. =i juego con él no era tan cínico como yo había creído. %entía ternura hacia aquel muchachito, lo quería.

—%i no os ais de aquí, os mataré —les dije. 2os dos se marcharon corriendo. Rean =arie cojeaba casi tanto como yo. ?I 4uando me quedé solo en el apartamento, todos los sentimientos que me habían asaltado durante la isita de !bdelah y sus amigos desaparecieron de golpe, dejándome en un estado de enorme indiferencia. <a no me sentía triste, ni rabioso, ni decepcionado, sino fuera del ámbito donde son posibles todos esos sentimientos, fuera de lo humano, como una roca, como un tro"o de granito. (odía pensar con claridad, pero mis pensamientos no producían ning*n eco en mi alma. (ara utili"ar un adjeti o que les gustaba a los médicos del hospital donde estu e, entraban y salían de mi cabe"a +limpios.. !l lado de la cama, entre las ropas tiradas por el suelo, descubrí un peri&dico. 2o cogí y busqué en los anuncios por palabras. 1legí un n*mero al a"ar y llamé por teléfono. —%oy %andra. Dime lo que quieras, nena —dijo una o" de tra estí al otro lado del teléfono. —$(uedes recibirme ahora mismo' —le pregunté. =e costaba hablar. E mejor dicho, me daba pere"a, me aburría. 1ra como si las palabras hubiesen descendido de mi garganta hasta alguna íscera de mi cuerpo, y tu ieran que hacer doble o triple camino para salir. =e dijo que i ía muy cerca de la estaci&n de %aint 2a"are, y que esperaría junto a la puerta principal. —$< t* d&nde estás, nena' —me pregunt&. %e lo dije—. 1ntonces tendrás que cambiar en =ontparnasse y coger la línea doce. 1n media hora estás aquí —me inform&. —! mí me lle ará una hora, por lo menos. =e senté en la cama y miré debajo de la almohada. 2os mil francos que había dejado para !bdelah seguían allí. —$(or qué te a a lle ar una hora, nena'

—$(orque soy cojo. 1l trayecto me lle & algo más de una hora, y estu e esperando en la puerta de la estaci&n de %aint 2a"are otros einte minutos más. No apareci& nadie, y mi humor se ol i& toda ía más frío, más granítico, más indiferente hacia todo lo que estaba sucediendo a mi alrededor. %abría luego, al regresar al hotel y leer el mensaje que con inesperada amabilidad me había dejado %andra, que la ra"&n de su incumplimiento había sido la a ersi&n que, para decirlo literalmente, +le daban los cojos, los mancos y los que no tienen nada de pelo., es decir, que la ra"&n de aquel nue o fracaso no era el a"ar o la mala suerte, sino lo de siempre, mi estigma. (ero, en realidad, no necesitaba de aquella confirmaci&n. 4ada e" eía las cosas con más claridad. 2o *nico que ocurría era que buscaba una soluci&n a algo que no la tenía. %encillamente. E para decirlo de manera más moderna, que no aceptaba el tanto por ciento de pérdida, de pérdida de ida, que implicaba mi nue a situaci&n. %iempre me pasarían cosas como las que me estaban pasando en (arís. %iempre habría un !bdelah. %iempre habría un AranNois o una %andra. 1ra más de medianoche, pero toda ía circulaba gente por la estaci&n de %aint 2a"are. 4ompré 2e =onde, un ejemplar que ya era del día siguiente, y bajé al metro sintiendo que me estaba con irtiendo en otra persona, que la crisis de aquel día había sido como el re ent&n que hace salir al pus y deja la herida en ías de su curaci&n. ! la indiferencia primera le iba sucediendo una sensaci&n de serenidad. =e subí al ag&n del metro cuando el reloj numérico del andén se/alaba e,actamente las doce y doce de la noche, cifra que consideré como un buen augurio, y luego dejé que los pensamientos fueran pasan— do por mi cabe"a con lentitud y un poco a la deri a, como nubes de erano. (ensé por ejemplo en la gente que a pesar de la hora se apretujaba en aquel ag&n del metro. +4uando paseamos por una ciudad grande, $cuántos rostros emos' —me pregunté—. $4uatro mil' $4atorce mil' $?einticinco mil'. 1ra difícil calcularlo, pero la cifra

tenía que ser alta, una especie de infinito irtual0 algo equi alente a aquella milla de mar que, seg*n @audelaire, bastaba para sugerir la inmensidad del océano. %í, también en aquello tenía ra"&n el maestro, bastaba con un millar de rostros para hacerse idea de la e,tensa multitud que ahora mis— mo i e en nuestro mundo. !demás, y para mayor impresi&n de infinitud, todos los rostros eran a la e" iguales y dispares# respondían a un mismo modelo, pero, por otra parte, siempre había en ellos algo par— ticular, algo diferente, algo que, incluso en los casos más e,tremos —en el de los melli"os estidos de uniforme que se acababan de sentar frente a mí, por ejemplo— siempre dejaba a sal o la indi idualidad. !brí el ejemplar de 2e =onde que lle aba bajo el bra"o y me puse a obser ar a los melli"os. 2os dos tenían el pelo rubio y los ojos a"ules, y su configuraci&n facial era tan parecida que un dibujante hu— biera podido alerse de las mismas rayas y sombras a la hora de retratar a cualquiera de ellos0 sin embargo, uno de los dos, el que estaba a mi i"quierda, jus— to encima de un artículo sobre la supuesta soberbia del presidente =itterrand, tenía un aire sombrío, una e,presi&n triste que no e,istía en el rostro de su hermano. =is ojos siguieron mo iéndose y obser ando. ! la derecha de los melli"os, de pie en el pasillo, había una pareja de los que llaman +cabe"as rapadas.# los ojos de él eran negros, un poco ratoniles0 los de ella erdes y feos. Detrás de la pareja, un hombre de te" muy negra leía un libro. 2uego enían los ojos de un anciano de cabello gris y gafas, que eran peque/os y que, desde mi asiento, parecían de igual color que los míos, marrones. 1n general, los colores oscuros dominaban en el ag&n. De los cuarenta y dos rostros que e,aminé durante el trayecto 3are de %t. 2a"are—4oncorde, unos treinta eran marrones o negros, y el resto, sal o algunos de la gama del gris, a"ules. (ero, naturalmente, no se trataba s&lo del color# como en el caso de los melli"os, también la e,presi&n influía en la indi iduali"aci&n de los iajeros. ! este respecto, lo que abundaba era el aburrimiento. 5nos einticinco pares de ojos

e,presaban ese aburrimiento0 otros doce, preocupaci&n o una triste"a parecida a la del melli"o0 tres más, felicidad o inocencia0 el *ltimo —el *ltimo par de ojos que analicé, los de un jo encito rubio que lle aba una "amarra de cuero sintético—, desesperaci&n. 2os melli"os estidos de militar se bajaron en %olferino, probablemente para ol er a su cuartel, y la pareja de cabe"as rapadas ocup& los asientos que ellos habían dejado libres. Desde tan cerca, los ojos erdes de la chica no me parecieron tan feos0 al contrario, eran grandes, brillantes, profundos. %in embargo, desentonaban tanto con el resto de los elementos de su rostro —labios groseros, nari" aplastada, orejas en punta— que la impresi&n general seguía siendo de fealdad. 1n cuanto al chico, tenía una hermosa o". —<a te he dicho, me compraré esa moto cueste lo que cueste —dijo de pronto le antando la cabe"a y haciendo que su mirada y la mía se cru"aran. No me asusté. Ni siquiera cuando, al bajar la ista, reparé en el tatuaje que lle aba en el antebra"o, una cala era de tama/o similar al de la esfera de un reloj. (ensé que también él intentaría robarme, que intentaría quitarme el bast&n de empu/adura de plata para conseguir algo de dinero para su moto. (ero aquel pensamiento no fue diferente de los demás# entr& y sali& limpio de mi cabe"a. 2legamos a la estaci&n de %M res—@abylone y el ag&n se qued& prácticamente acío. %&lo quedamos en él tres iejos, el muchacho rubio de la "amarra de cuero sintético, el cabe"a rapada y su no ia, y yo. +$=e robarán o no me robarán'., pensé di irtiéndome con la idea . (ero no me robaron. %e bajaron en la siguiente parada sin ni siquiera haberse fijado en el bast&n. 2e anté mi pierna mala y la dejé en alto, apoyada en el asiento donde había estado el cabe"a rapada. ;ras las caminatas del día, la operaci&n me produjo un escalofrío de placer. 4erré los ojos y traté de concentrarme en lo que mi psic&logo llamaba imágenes positi as# una fuente, una ola, un río . (ensé# +No debo dormirme, s&lo faltan cuatro

estaciones para =ontparnasse.. (ero el día había sido largo y estaba cansado. !l instante siguiente, ya estaba dormido. 4uando desperté, el ag&n estaba parado. =iré la hora# mi reloj se/alaba las dos y einte de la madrugada. 1ra muy tarde, tardísimo. =i sue/o había durado más de una hora. +Debe de ser final de trayecto., pensé mirando alrededor. 1l ag&n estaba acío, el andén también0 más atrás, al fondo de unos t*neles mal iluminados que parecían catacumbas, había trenes aparcados. +$D&nde estará esto'., me pregunté. 2a impresi&n de no ser humano, de ser una roca, un tro"o de granito, ya no era tan e idente. =e sentía un poco angustiado. 2os r&tulos que figuraban en el muro de la estaci&n decían +Issy.. !quello no me sonaba. $%ería el nombre de un barrio periférico' 1ra difícil saberlo. 1n el andén no había planos, y la *nica indicaci&n que se eía por allí era una flecha que decía sortie y se/alaba hacia un pasillo o t*nel blanco. ?ol í a mirar alrededor# al fondo del andén, un nicho oscuro acentuaba el aspecto de catacumba del lugar. 2uego enían un par de taquillas metálicas. Después, formando hilera, unos quince asientos de plástico, color a"ul brillante. 2os asientos parecían acíos desde hacía horas, y e,halaban una especie de silencio. (or otra parte, en mi cabe"a ya no había fuentes, ni ríos, ni olas. %&lo había una especie de neblina. %entí que me faltaba el aire. %í, tenía que salir de allí y coger un ta,i. 1ntonces, entre el silencio y la neblina, apareci& la o" de ;erry, se/al inequí oca de que ol ía a ser humano# +$;* qué crees' $:ue las puertas estarán abiertas' <o siempre he oído que el metro de (arís se cierra a la una de la madrugada. ;endrás que dormir en el ag&n.. 2o que menos me gusta de mi cojera es la inarmonía de mis pasos, la falta de ese sonido regular que antes siempre me acompa/aba. (or eso no me gustan los t*neles, por eso me result& más penoso entrar en aquel t*nel blanco de salida que le antarme del asiento y ponerme en marcha. 1l t*nel —largo, con las paredes y el techo cubiertos de a"ulejos— amplificaba los "apata"os que, a pesar del bast&n, debo dar contra el suelo so pena de no a an"ar un ápice, y con ertía mi marcha en un

tormento. 2os reproches ol ieron a ocupar mi cabe"a# +$4&mo podía ser tan est*pido' $4&mo me había permitido el capricho de iajar en metro' $4&mo había uelto a cometer un error tan e idente' ! continuaci&n, como casi siempre, llegaron los chistes, los sarcasmos de ;erry# +$1 idente' B%i s&lo fuera e identeC BDesgraciadamente, también es audibleC. =ientras tanto, el final del pasillo no llegaba. =e detu e y miré al reloj# las dos y media. +$(or qué no me habrán despertado los re isores' $4&mo han podido dejarme en el ag&n'. (ero las quejas no ser ían para nada. AucG les noirs, decía la pintada que alguien había hecho allí mismo, donde yo me había detenido a descansar. 2e anté el bast&n y golpeé las letras. 4omencé a caminar otra e" con mis propios "apata"os de fondo. !sí ocurri& al menos en los primeros cinco metros. 2uego no. (or decirlo así, luego hubo más fondo, más sonidos. 1sfor"ándome en no demostrar ninguna alarma, puse toda mi atenci&n en lo que ocurría detrás de mí, al comien"o del t*nel. +B!lguien me sigueC., grité. (ero el grito s&lo se oy& en mi cabe"a. %eguí caminando lo más deprisa posible, y quise llegar hasta el punto donde el t*nel doblaba hacia la i"quierda. :ui"á la puerta estu iera allí mismo, qui"ás hubiera allí un igilante. (ero eran unos quince metros, demasiado para mí. De todas formas, aquello no era soluci&n, porque el perseguidor parecía haberse dado cuenta de mis intenciones y caminaba con rapide". =e acordé de pronto de la pareja de cabe"as rapadas que durante el iaje se había sentado frente a mí, y creí er, justo encima de mi cabe"a, una barra de hierro, y en la barra una mano, la mano del bra"o tatuado con una cala era. 5n calambre recorri& mi ientre, y el calambre —desde el accidente tengo problemas con los esfínteres— me hi"o orinar. —B1sto es humillanteC —grité, y el grito, esta e" sí, retumb& en toda la estaci&n. =e ol í hacia el perseguidor con el rostro crispado y sin dejar de gritar. 2a sorpresa me parali"&. !l menos durante un instante, me parali"&. No era el cabe"a rapada del tatuaje, sino el jo encito rubio de la ca"adora roja. %us ojos seguían mostrando desesperaci&n, y en la

mano empu/aba una jeringuilla. Desgraciadamente para él, estaba bastante débil. @ast& que le tocara con el bast&n para que se cayera al suelo. 1n realidad, no hubiera podido hacerme nada, y yo tenía que haberle ahuyentado sin hacerle da/o. (ero en ese momento yo no era yo, sino un monstruo, un mono herido. ?ol í a le antar el bast&n y le golpeé en la cabe"a. No una e", sino más. 5nas einte eces, creo. E qui"á fueran más. !sí fue como ocurri& lo que los periodistas han llamado +el sal aje crimen de Issy.. !quel pobre muchacho recibi& los golpes que tenían que haber sido para !bdelah, o mejor a*n, para !lberto. XXX