BLOQUE I PLATON

BLOQUE I

Contexto histórico y ubicación de la obra
Platón desarrolla su pensamiento filosófico en la Grecia clásica, concretamente en Atenas. Son acontecimientos que enmarcan su pensamiento las Guerras del Peloponeso, el gobierno de los Treinta Tiranos y la Liga de Delfos entre otros. Recibió una educación esmerada en el seno de una familia aristocrática. Se formó en música. aritmética y poesía de la mano de maestros insignes como Sócrates y Arquitas. El fragmento que nos ocupa pertenece a la época de madurez del autor, correspondiente al periodo que va desde la fundación de la Academia hasta su segundo viaje a Italia. En dicha época, además de La República, escribió otros diálogos muy importantes, como El Banquete o Fedón.

GUÍA DE LECTURA En los capítulos I y II de este bloque, Platón expone el conocido mito de la caverna; en el capítulo III nos ofrece además las claves interpretativas para su comprensión. Como indica al comienzo del capítulo I, la alegoría de la caverna pretende poner de manifiesto "el estado en que, con respecto a la educación o falta de ella, se halla nuestra naturaleza" (5 14-a), es decir, el estado en que se halla la mayoría de los hombres con relación al conocimiento de la verdad o a la ignorancia. Así, los prisioneros representan a la mayoría de la humanidad, esclava y prisionera de su ignorancia e inconsciente de ella, aferrada a las costumbres, opiniones, prejuicios y falsas creencias de siempre. Estos prisioneros, al igual que la mayoría de los hombres, creen que saben y se sienten felices en su ignorancia, pero viven en el error, y toman por real y verdadero lo que no son sino simples sombras de objetos fabricados y ecos de voces (515 a-c). Este aspecto del mito sirve a Platón para ejemplificar, mediante un lenguaje plagado de metáforas, la distinción entre mundo sensible y mundo inteligible (dualismo ontológico), y la distinción entre opinión y conocimiento científico (dualismo epistemológico). La función principal del mito es, no obstante, exponer el proceso que debe seguir la educación del filósofo gobernante, tema central del "Libro VII". Este proceso está representado por el recorrido del prisionero liberado desde el interior de la caverna hasta el mundo exterior, y culmina con la visión del sol (515 d - 516 c). El mito da a entender que la educación es un proceso largo y costoso, plagado de obstáculos y, por tanto, no accesible a cualquiera. El prisionero liberado debe abandonar poco a poco sus viejas y falsas creencias, los prejuicios ligados a la costumbre; debe romper con su anterior vida, cómoda y confortable, pero basada en el engaño; ha de superar miedos y dificultades para ser capaz de comprender la nueva realidad que tiene ante sus ojos, más verdadera y auténtica que la anterior. De ahí que el prisionero deba ser "obligado", "forzado", "arrastrado", por una "áspera y escarpada subida", y acostumbrarse poco a poco a la luz de fuera, hasta alcanzar el conocimiento de lo auténticamente real, lo eterno, inmaterial e inmutable: las Ideas. Pero no acaba aquí la tarea del filósofo: una vez formado en el conocimiento de la verdad, deberá "descender nuevamente a la caverna" y, aunque al principio se muestre torpe y necesite también un período de adaptación (516 e), deberá ocuparse de los asuntos humanos, los propios del mundo sensible (la política, la organización del Estado, los tribunales de justicia, etc.). Es muy importante que relaciones este mito con tus conocimientos generales sobre la filosofía de Platón, en especial con la Teoría de las Ideas, la distinción entre conocimiento y opinión, etc., y que pongas especial atención en interpretar correctamente las abundantes metáforas del mito (la "visión", "las cadenas", las "cosas del interior", "las cosas de arriba", "el sol", etc.) traduciéndolas a los conceptos de la filosofía platónica.

LECTURA CAP. I -Y a continuación -seguí- compara con la siguiente escena el estado en que, con respecto a la educación o a la falta de ella, se halla nuestra naturaleza. Imagina una especie de cavernosa vivienda subterránea provista de una larga entrada, abierta a la luz, que se extiende a lo ancho de toda la caverna, y unos hombres que están en ella desde niños, atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos y mirar únicamente hacia adelante, pues las ligaduras les impiden volver la cabeza; detrás de ellos, la luz de un fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público, por encima de las cuales exhiben aquéllos sus maravillas.

-Ya lo veo -dijo. -Pues bien, contempla ahora, a lo largo de esa paredilla, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared, y estatuas de hombres o animales hechas de piedra y de madera y de toda clase de materias; entre estos portadores habrá, como es natural, unos que vayan hablando y otros que estén callados.

-¡Qué extraña escena describes -dijo- y qué extraños prisioneros! -Iguales que nosotros -dije-, porque, en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos?. (Los encadenados representan a la mayoría de la humanidad, prisionera de su ignorancia, de la costumbre y de los prejuicios de siempre)

-¿Cómo -dijo-, si durante toda su vida han sido obligados a mantener inmóviles las cabezas? -¿Y de los objetos transportados? ¿No habrán visto lo mismo? -¿Qué otra cosa van a ver? -Y si pudieran hablar los unos con los otros, ¿no piensas que creerían estar refiriéndose a aquellas sombras que veían pasar ante ellos? -Forzosamente. -¿Y si la prisión tuviese un eco que viniera de la parte de enfrente? ¿Piensas que, cada vez que hablara alguno de los que pasaban, creerían ellos que lo que hablaba era otra cosa sino la sombra que veían pasar? -No, ¡por Zeus! -dijo. -Entonces no hay duda -dije yo- de que los tales no tendrán por real ninguna otra cosa más que las sombras de los objetos fabricados. -Es enteramente forzoso -dijo. -Examina, pues -dije-, qué pasaría si fueran liberados de sus cadenas y curados de su ignorancia y si, conforme a naturaleza, les ocurriera lo siguiente: cuando uno de ellos fuera desatado y obligado a levantarse súbitamente y a volver el cuello y a andar y a mirar a la luz, y cuando, al hacer todo esto, sintiera dolor y, por causa de las chiribitas, no fuera capaz de ver aquellos objetos cuyas sombras veía_ antes, ¿qué crees que contestaría si le dijera alguien que antes no veía más que sombras inanes (sin contenido) y que es ahora cuando, hallándose más cerca de la realidad y vuelto de cara a objetos más reales (alusión a diferentes grados de realidad, en correspondencia a diferentes grados de conocimiento o de verdad: cuanto “más real” y auténtico es un objeto, más claro y verdadero es el conocimiento que podemos tener de él), y goza de una visión más verdadera, y si fuera mostrándole los objetos que pasan y obligándole a contestar a sus preguntas acerca de qué es cada uno de ellos?. ¿No crees que estaría perplejo y que lo que antes había contemplado le parecería más verdadero que lo que entonces se le mostraba?.

COMENTADO EN CLASE PRIMER ESTADIO DE REALIDAD: LAS SOMBRAS Según el simbolismo platónico, podríamos pensar que los hombres nacen encadenados a determinados esquemas propios de la época en que viven y desde los que contemplan su vida. Esta interpretación plantea un problema de extraordinaria modernidad. Como si el pensamiento, lo que verdaderamente somos, dependiese de algo que está fuera de nosotros mismos y que nos condiciona y determina. Para los prisioneros de la caverna, el mundo es lo que ven. La verdadera realidad está, sin embargo, en otra parte. Al menos, es lo que nos hace creer el narrador del mito. Los condenados a ver lo que otros les muestran sólo conocen el mundo por su apariencia. Una apariencia sin sustancia, sin cuerpo y reflejada en la sombra (sombras inanes). En ese primer estadio, los hombres sólo ven imágenes; pero oyen también las palabras, las que ellos se dicen y las que vienen de las conversaciones detrás de la pared por donde pasan quienes transportan los objetos. Seguramente, personajes parecidos a éstos tendrán la misión de atizar el fuego para que no se acabe el tinglado de la engañadora iluminación y de las engañosas sombras. Sí traspasamos esta frontera del mito y de su simbolismo, podemos pensar que aquí se habla de conocimiento y de saber. Los encadenados son todos los seres humanos, sujetos a lo que sus sentidos filtran del mundo. Estamos, pues, atados a un momento del mundo y de la historia. Lo que vemos es lo que nuestro presente nos deja ver. Y eso que se nos deja ver, con independencia de las naturales limitaciones de nuestros sentidos, es, en buena parte, lo que el lenguaje en el que nacemos y las instituciones —familia, escuelas, centros docentes, etc.— nos enseñan. Ésa es, en cierto sentido, nuestra caverna. Una caverna que, en principio, no tiene que ser algo negativo, porque es el mundo en el que, queramos o no, nos encontramos. La lengua que hablamos es un poco como las sombras de nuestra caverna personal desde la que vemos el mundo. Lo que sabemos y lo que podamos saber arranca del reflejo que es esa lengua en la que hemos nacido. Pero, al mismo tiempo, hay en nuestros días, por el desarrollo de los medíos de comunicación, una forma de experiencia que no tuvieron los hombres de otras épocas no muy lejanas. A través del cine y, sobre todo, de la televisión, los hombres de nuestro tiempo pueden «ver» lo que jamás pudieron imaginar las generaciones que nos precedieron. Todavía no hace muchos años, nuestros ojos para ver tenían que mirar a donde les llevara nuestro cuerpo. Era un ver inmediato, natural, humano. Veíamos el mundo real; el mundo de las cosas. Pero hoy podemos ver, sin tener que estar allí donde vemos. La televisión nos hace ver, muchas veces, imágenes sin sustento en lo real, y sin que nuestro cuerpo tenga que moverse de donde está para percibir « visiones» . Una forma más refinada, y si no somos conscientes de su refinamiento, más insidiosa y cavernosa. Es cierto, pues, que ya el lenguaje y el tiempo en que vivimos son una limitación; constituyen, en parte, una caverna. Pero una caverna de la que, aunque no podamos suprimirla, sí podemos escapar. Esa escapada es el proceso de conocimiento, la larga marcha de la curiosidad y el asombro que está puesto en la misma naturaleza humana como origen del progreso y del saber. Pero el reto que plantea la huida de la caverna se presenta también en nuestros días ante lo que, siendo un prodigioso invento, producto de la inteligencia y la creatividad, puede, a veces, convertirse en una caverna artificial dentro de la natural e indestructible caverna de nuestro mundo y de nuestra época.

LA LIBERACIÓN DEL PRISIONERO Pero el mito describe, además, un segundo estadio. En él se nos presenta la vida como un proceso de liberación y un camino que hay que andar en una dirección. Al final de ese recorrido se halla la salida y en ella aparece otro mundo —cosas reales, luz, aire— distinto de las simples «visiones» de imágenes y sombras a las que el prisionero estaba acostumbrado. El mito platónico marca un sendero desde la tiniebla a la luz, e índica, al mismo tiempo, que el camino está ahí para recorrerlo. Entre tantas enseñanzas de estas páginas platónicas se encuentra la de que el saber es siempre progreso, camino. (Tal vez por eso el término método quiere decir camino por recorrer.) Todo conocer parece surgir de esa sombra inicial y su meta es, tras el recorrido de nuestros pasos «mentales», la inteligencia de la realidad, y la luz que nos lleva a descubrir el mundo, investigarlo y, en definitiva, hacerlo nuestro, convertirlo en nuestro lenguaje y, por supuesto, poderlo comunicar. Pero hay un tercer acto en la «comedía» platónica. El prisionero que haya podido liberarse de sus ataduras y contemple, al fin, lo que hay al otro lado de la caverna, no se detiene en el gozo que, sin duda, le ofrece la realidad y la luz con la que ve la verdad. Se levanta en él un sentimiento de solidaridad con los pobres encadenados que siguen en el fondo, y ese sentimiento le impulsa a comunicar a los antiguos compañeros su sorprendente descubrimiento. Un componente moral, una actitud de solidaridad parece encontrarse en todo proceso de conocimiento. El saber no es saber sí no se comunica, sí no se enseña, sí no sirve para sentir en él la necesidad de compartir y educar. El mito platónico deja, sin embargo, un sabor pesimista. Los prisioneros, felices entre sus sombras, no quieren escapar de sus cadenas. Están cómodos allí, al abrigo de la costumbre, y se ríen de quien les habla de otro mundo verdadero y real; le toman por loco y sí le pudieran echar mano acabarían por matarlo. Sin embargo, entre esos dos mundos, el de la caverna y el de la luz, el de la libertad y el de la prisión, hay una frontera que representa el movimiento del primer liberado y su necesidad de liberar a los demás. Y esto nos lleva a otro de los grandes problemas del platonismo: la educación. OTROS COMENTARIOS REALIZADOS EN CLASE El mito de la caverna (libro VII de La República) es una alegoría que pretende representar simbólicamente la estructura de la realidad: los hombres que viven en este mundo son como prisioneros que nunca han visto la luz del Sol y que se hallan encadenados de pies y manos en el fondo de una gran caverna, de espaldas a la única abertura que comunica con el exterior, Dentro de la caverna y detrás de ellos arde una hoguera de la que les separa un muro, a lo largo del cual van pasando hombres portadores de figuras de cosas y animales. Los prisioneros solamente pueden escuchar sus voces y contemplar las sombras que se proyectan sobre el fondo de la pared que tienen ante ellos. En este estado permanecen hasta que uno de ellos se libera de sus cadenas y sale de la cueva para contemplar la luz del Sol y las cosas reales. Este mito puede interpretarse desde una perspectiva ontológica. Platón estructura la realidad en dos partes: el mundo sensible, el interior de la caverna «vivienda-prisión» y el mundo de las Ideas. la «región revelada». El autor comienza refiriéndose a la ascensión del alma al «mundo de arriba», es decir, a la ascensión dialéctica desde el mundo sensible al Mundo Inteligible, que debe ser llevada a cabo por el alma humana. Platón considera al hombre como un compuesto de cuerpo y alma. El cuerpo pertenece al mundo sensible. es material y perecedero. El alma pertenece al Mundo de las Ideas, es de naturaleza espiritual e inmortal. La unión de cuerpo y alma es accidental y

transitoria. En este sentido, la teoría de Platón se puede considerar opuesta a la que luego desarrollaría Aristóteles, en la que afirmaría que el cuerpo y el alma están sustancialmente unidos, como la cara y la cruz de una misma moneda. La aspiración del alma es, según Platón, separarse del cuerpo y ascender al Mundo de las Ideas. Este aspecto de la teoría platónica es una herencia directa de la doctrina pitagórica de la transmigración de las almas, y de su maestro Sócrates, ardiente defensor de la inmortalidad del alma. El mundo ideal es simbolizado en el fragmento por los objetos que están en el exterior de la caverna, así como por las sombras que éstos proyectan. Las Ideas son definidas por el filósofo ateniense como entes metafísicos que encierran el verdadero valor de las cosas. Las Ideas son los modelos ejemplares de las cosas, son únicas, inalterables, eternas. sólo captables por la inteligencia, son, en una palabra, la realidad misma se puede decir que poseen las características del Ser de Parménides. Por el contrario, las cosas del mundo sensible son cambiantes y captables por los sentidos. La relación entre ambos mundos es la de la imitación o la participación, es decir. las cosas del mundo sensible imitan a las ideas, participan de su perfección, pues las Ideas son las causas ejemplares o modelos de las cosas que habitan el mundo sensible. Pero el ascenso hacia el Mundo Inteligible tiene un segundo momento en el cual el alma debe ascender de idea en Idea hasta llegar a la cima. Tal y como se nos explica en el texto, el Mundo de las Ideas está jerárquicamente organizado y en la cúspide se encuentra la Idea de Bien: «en el mundo inteligible lo último que se percibe, y con trabajo es la idea del bien». El bien es identificado por Platón con la verdad v la belleza. «es la causa de todo lo recto y lo bello que hay en todas las cosas». Es la suprema realidad. gracias a la cual existen v son verdaderas las cosas del mundo sensible. Así pues. todos los seres poseerán realidad en tanto que participan de la Idea de Bien. Cabe también comparar el texto con el símil de la línea que aparece en libro VI de La República. Si se proyectan sobre una recta. cada uno de los sectores en que se divide la caverna v su exterior se corresponderían con la representación de los distintos grados del ser. Desde el fondo de la caverna hasta el Sol, aparecería una gradación continua que iría desde la pura oscuridad del fondo de la caverna, que representa la materia, hasta la máxima luz representada por el Sol, y que simboliza la Idea de Bien. Esta línea es una representación de la gran cadena del ser. El escalonamiento de los diversos sectores de la caverna y salto» hasta el Sol muestra los grados del saber y de la realidad. Así pues, para Platón. los grados del conocer se corresponden con los grados del ser de forma que el puro conocimiento será el único capaz de captar la verdadera realidad (las Ideas), mientras que el no-ser es absolutamente incognoscible. Existen. pues. diversos grados de conocimiento: Mundo Sensible Mundo Inteligible Sombras Cosas Matemáticas Ideas DOXA EPISTEME La opinión, o doxa, fundamentada en la percepción de las cosas del mundo sensible, es decir de las entidades corporales sometidas al devenir espaciotemporal. Es el grado inferior de conocimiento. .A su vez, la opinión se divide en otros dos tipos: • La imaginación o conjetura (eikasía,. que es el conocimiento que tenemos de las cosas cuando percibimos sus sombras o sus reflejos.

• La creencia (pistis), que es el conocimiento que surge de la percepción directa de las cosas. La ciencia, o epistéme, es el conocimiento estricto. universal y necesario, cuyo objeto son las Ideas del Mundo Inteligible, el único real, y al que se llega por medio de la inteligencia. Platón divide también este conocimiento en otros dos: • El pensamiento discursivo (dianoia). • La inteligencia pura, el auténtico conocimiento (nóesis). Así, a los objetos de la realidad puramente material le corresponderá un conocimiento sólo aparente la opinión. Sin embargo. cuando el alma logra liberarse de las cadenas del mundo sensible y elevarse al Mundo de las Ideas surge la posibilidad del conocimiento verdadero y absoluto, es decir, de la ciencia auténtica. Así pues. vemos que la calidad del conocimiento depende de la calidad del objeto conocido, de ahí que. siendo la Idea de Bien la suprema realidad, su conocimiento sea el conocimiento supremo, la suprema sabiduría. Asimismo, puesto que las cosas son en tanto que participan de la Idea de Bien, también serán conocidas en función del grado de participación, de manera que puede decirse que la Idea de Bien es también la causa del conocimiento cierto de todas las cosas. Por otra parte, sólo quien llega al conocimiento de la Idea de Bien puede ser sabio y sólo el sabio puede obrar con sabiduría, es decir, sólo el sabio puede obrar bien. De aquí se deduce que el ignorante que no sabe qué es el Bien nunca podrá obrar con sabiduría. por lo que los más adecuados para gobernar la polis son, sin duda, los filósofos. pues son los únicos que, siendo capaces de elevarse hasta el conocimiento de la Idea de Bien, podrán ser guiados por éste para ser gobernantes buenos y justos. En su concepción de la realidad Platón es heredero de otros autores. El cambiante mundo sensible es concebido de acuerdo con la idea de Heráclito de que toda la realidad está sometida a un incesante cambio. Parménides le inspira cuando caracteriza a las Ideas del Mundo Inteligible con las mismas características que el ser (inalterables, perfectas...). Pitágoras, con su teoría de la transmigración de las almas, es un claro precedente de la caracterización del alma como inmortal. concepción que también comparte con Sócrates. ¿ES ANTINATURAL EL CONOCIMIENTO? ACTIVIDAD: ¿Crees que los hombres tienden por naturaleza a la búsqueda de la verdad o, por el contrario, a aferrarse a los prejuicios y a vivir en la ignorancia? Razona tu respuesta. Es un viejo problema de la filosofía el de si la vida teórica, a pesar del lugar supremo que ha ocupado, desde las inolvidables descripciones de Aristóteles, no es, en el fondo, un acto antinatural. O sea, si el peso de la physis, y de sus instintos enmarca y constituye primordialmente a la existencia humana. El hecho de que no baste la liberación del prisionero, sino que las etapas de esa liberación estén determinadas por el esfuerzo y el dolor, parece referirse a la antinaturalidad del conocimiento, a la no fluidez de la experiencia intelectual, en oposición al perfecto engranaje que la naturaleza presenta. Sin embargo, la lucha por vencer todo tipo de posible resistencia en el saber, ofrece el aliciente más intenso de la vida, su logro más importante. Nadie puede rechazar este proyecto de liberación; ningún

hombre escapado ya de la propia caverna de su animalidad, en un nivel de evolución histórica, puede negarse a la ascensión. El problema, sin embargo, consiste en que el dolor y las dificultades no son de índole individual o subjetivos. La salida de la caverna, de los marcos de la sensibilidad cerrada en sí misma, tropieza no con la oposición de la naturaleza, sino, sobre todo, con la de la sociedad. Tal vez, aleccionada la historia y los que la hacen, por la tendencia natural de poder y dominio -hay abundantes testimonios teóricos sobre este hecho- se calca el desarrollo humano sobre moldes de violencia y opresión. La interpretación de este acto individual, y del pequeño dolor privado de unos ojos que no pueden acostumbrarse, de pronto, a la paulatina luz, se enfrentan ante un medio mucho más complejo. Los supuestos actos de los habitantes de la caverna están chocando o engarzándose, continuamente, con los de los liberadores o los engañadores. El proceso subjetivo se diluye en el cauce de la objetividad, o sea, en el ámbito de la historia, de sus tensiones y luchas, de sus esperanzas y oprobios. Una vez establecida la retícula social, por donde tiene que circular todo individuo, el conocimiento y la vida intelectual son una incesante batalla que hay que reñir contra la negatividad. La sociedad no deja fluir a los elementos que la componen, con la cálida suavidad con que, normalmente, fluye la sangre por nuestras venas, o con la precisión con que, sin saberlo, acomodamos la retina a la luz. La vida social, también como nosotros mismos, es ciudadana de dos mundos, de la naturaleza y de la libertad. Pero mientras en la individualidad, la naturaleza ha ido fraguándose lentamente con la libertad, con una posible racionalidad, en la historia, en la vida colectiva, ha surgido una nueva naturaleza social, un magma de presiones, falsedades, engaños e intereses, que pasean sus objetos por encima del tabique que separa los dos mundos de la caverna. Entre la naturaleza que somos y la racionalidad y libertad a que aspiramos, hay un tercer mundo más poderoso, aunque no más real, que la mordiente utopía de la justicia y la perfección, y más inconstante y feroz que el lógico discurrir de la vida. Y este es el mundo humano. En él tiene que desarrollarse el aprendizaje y el progreso.

MÁS ACLARACIONES Y COMENTARIOS Efectivamente, extraña es la escena que nos describe Platón, quizás el primer gran filósofo occidental. Extraña pero no por ello ajena del todo a nosotros y a la condición humana: con la lectura del "mito de la caverna" uno no puede menos que sospechar que las cosas en el mundo real y actual no son como parecen y, sobre todo, no son como nos dicen que son. La sospecha, el desasosiego y, espero, el valor se despiertan y despliegan en nosotros de manera ineludible. El reto que nos propone Platón es claro: romper las cadenas que ahogan la existencia humana y la convierten en miserable, para resurgir -liberados camino de la dignidad. ¿Cómo puede ser esto? ¿Existen realmente la libertad y la dignidad o son simplemente dos palabras vacías? Ése es el asunto que pretendemos resolver.

El prisionero y la difícil historia de la libertad La caverna nos aparece como una cárcel. En ella no sólo hay ataduras que sujetan a los prisioneros, sino que hay, además, oscuridad, privación de movimientos, privación de luz. Un espacio cerrado para la vida, para el camino, incluso para la mirada y la comprensión. ¿Somos nosotros esos prisioneros que aparecen en esta historia? Francamente no, porque tenemos una ventaja respecto de ellos: nosotros, contemplando la escena, sabemos que ellos son los prisioneros, que ellos viven engañados..., pero, de manera repentina, empieza a abrazamos la sospecha de que también nosotros lo seamos; sólo ahora empezamos a sospecharlo; ahora que hemos leído el mito y esa sospecha ya no nos abandona. Sabemos ahora que la caverna es cárcel, es clausura de la libertad y de la dignidad... clausura, en fin, de la existencia humana. No obstante nuestra aparente seguridad, imaginemos de nuevo la escena. Una larga hilera de seres -que no de personas- inmovilizados tanto por las cadenas de hierro como por las de la ignorancia de su situación real. Como siempre no hacen sino dormitar y, sólo cuando resuenan voces -ecos, realmente; sonidos distorsionados, deformes-, parecen salir levemente de su aislamiento oscuro y nihilista. Esa es su vida, eso es lo normal: por ello no aspiran a nada más. Es que no hay nada más (para ellos, ciertamente, porque nosotros, que observamos la escena desde el exterior, sabemos que hay mucho más y mejor). Pero, de pronto, no sabemos muy bien por qué, uno de los prisioneros, en un movimiento extraño incluso para él y un tanto pesado e inseguro, logra soltarse de sus cadenas. Primero de las que le retienen las manos después, de las que le bloquean cuello y cabeza. Su, primeros movimientos son torpes y lentos; le duelen todos los músculos, todos los huesos; el miedo y la ignorancia también le pesan y le entorpecen. Pero la curiosidad es superior a todo ello y consigue avanzar. Primero a rastras, luego de rodillas, finalmente, casi de manera triunfal, erguido.

Ya en esta posición bípeda, una nueva extraña sensación viene a apoderarse de él: empieza a mirar hacia todas partes, pudiéndolo hacer ahora con más facilidad porque una tenue luz resplandece en la lejanía, y comienza a preguntarse acerca de muchas cosas: quién es él, quiénes son sus compañeros encadenados y, sobre todo, qué es el resplandor más allá del fondo de su mundo (la pared final de la caverna). Mira y admira. La mirada a medio camino entre el saber (o, mejor, intuir) y el preguntarse. Permanece quieto varios minutos. Pero ahora, movido por no sabe bien qué impulso, vuelve a caminar. Se acerca a un lugar claro, muy distinto del fondo de la caverna (que ahora se le presenta tan oscuro y húmedo). Empiezan a dolerle los ojos porque la luz, que nace de una hoguera, cada vez es más intensa; no puede fijarlos en ella y aparta su mirada de allí y la vuelve hacia el fondo de la caverna, donde están sus compañeros, inmóviles e impasibles. Sabe que no quiere volver allí. La sensación anímica es ahora extraordinaria. Un gran lastre se ha quitado de encima: las cadenas físicas (y psíquicas, aunque él aún no lo sepa). Siente la liberación de su cuerpo y una extraña sensación en su interior: algo le da alas. Vuelve a girarse hacia la luz y, al hacerlo, ¡oh, maravilla!, ve a otros seres humanos rondando la hoguera en extraño ritual andarín. La curiosidad se apodera de él y, aún con mucho miedo y con gran inseguridad -tanto en sus movimientos como en su ánimo-, decide observarlos. Portan extraños objetos que producen sombras en el fondo de la caverna. Así las cosas, nuestro prisionero liberado, extrañado por lo que ve, decide proseguir su difícil camino. Se acerca, pues, a la hoguera. Los ojos, aún medio tapados por las manos, se le van acostumbrando poco a poco a los destellos de la luz. Y pronto llega a sentirse

hechizado por el juego. Ahora no puede apartar la vista de las llamas, ni tampoco su cuerpo de la maravillosa sensación de calor.

Mientras tanto, los portadores siguen, impasibles, su tarea. Pero una sensación de rabia envuelve ahora a nuestro personaje: ¿cómo no han advertido esos porteadores a los que vivían (malvivían, realmente) en el fondo de la caverna, apresados (cosa que él ahora sabe), de la grandiosidad del fuego que ilumina y de la auténtica realidad que les circunda, ni de que las sombras y los ecos les mantienen engañados e inmóviles? ¿Cómo no les han liberado de las pesadas cadenas, ellos que no llevan y pueden alcanzar a ver las que le oprimían a él y las que lo siguen haciendo con el resto de sus compañeros, allá en el fondo oscuro y húmedo? Consternado, decide sentarse junto al fuego. Tiene una nueva necesidad jamás sentida en sus treinta años de vida: pensar en todo lo que le está ocurriendo. Pensar también en su vida anterior, pensar en sus compañeros, pensar en su nueva situación de no encadenamiento (de libertad, aunque todavía no sabe cómo llamar a esa extraordinaria situación), pensar en la actitud (insolidaria y egoísta, y quizá premeditada) de los portadores, incluso pensar en el más allá del fuego. Su cuerpo vibra sacudido por emociones nuevas. No sabe qué hacer, pero sí que no puede detenerse ahora, a pesar del miedo y de la inseguridad física pues todavía

no domina la posición bípeda. Los sentimientos de libertad le embriagan y por eso exige. Así pues, decide seguir subiendo la cuesta que está más allá del fuego, aunque el camino se presenta empinado y escarpado. A pesar, sobre todo, de tantas preguntas sin respuesta y, por qué no, de la segura tranquilidad que le ofrecían las cadenas de su anterior vida, que nunca era arriesgada. Ahora, en este nuevo intento, efectivamente, corre el riesgo de morir: despeñado o, quién sabe, en manos de los portadores (de los que no puede fiarse, dada su actitud para con él y sus compañeros). Empieza su nueva andadura. Los tropiezos y resbalones son continuos; le duelen los pies, ahora ensangrentados, y también las manos. De nuevo reina la oscuridad... y con ella el miedo. Nuestro héroe se detiene. Mira hacia atrás. Todavía vislumbra el resplandor del fuego en la lejanía. Quizás por arriesgarse más, piensa, pierde el pedazo de libertad que ya ha conquistado; quizás sea el momento de contar lo que ha visto y sentido a sus compañeros; quizás nunca debió romper las cadenas que le detenían pero le ofrecían la seguridad de lo conocido y cotidiano ...

Las fuerzas le flaquean: las físicas y las anímicas. Se sienta. Quiere meditar, ahora que tiene capacidad para ello, porque es consciente de esa maravillosa posibilidad. Pero no puede: mil emociones y mil pensamientos se agolpan en su maltrecha persona -ahora sí: persona; al menos, empieza a serlo- sin darle tregua. Sus sentimientos se debaten entre la añoranza y la libertad. Y nuestro héroe a punto está de retroceder y volver a su lugar de origen, del que quizás -piensa una vez más nunca debió salir. Pero algo nuevo va a suceder. Ahora es un golpe de suerte lo que le proporciona un nuevo motivo para avanzar: en el exterior (él no sabe, todavía, que hay un mundo, una existencia exterior; esto es, otro mundo mucho más rico y luminoso) el sol está brillando en lo alto con fuerza y sus rayos empiezan a colarse, providencialmente, por algunas grietas del techo de la gruta. Y, quizás en el momento más crítico, se da cuenta de esta nueva luz. Luz distinta a la del fuego: las llamas le detenían en su paso, hechizadoras; sin embargo la nueva luz es como los mojones que marcan el camino hacia la meta, hacia la resolución de un misterio. Hay algo más allá, todavía -piensa-: el enigma

continua desplegándose ante él, velado, y con él, el camino. Nuestro personaje, ante el nuevo hallazgo, se envalentona, una vez más, y decide reemprender la difícil marcha hacia lo misterioso (que se desvelará como su libertad y su dignidad, esto es, como su verdadera condición humana). El camino recorrido por el prisionero liberado le ha acercado bastante a la salida. Salida de la caverna, salida de su condición infrahumana, salida de un engaño (posiblemente perpetrado por los portadores... o quizás éstos también desconozcan la auténtica realidad y condición humana y sean, a su vez, presos de otro engaño mayor o, al menos, distinto). Sea como fuere, la sospecha ronda ya por su cabeza y por su corazón. Pero ahora, piensa, no es el momento para considerar tales asuntos. Mejor llegar al final -si lo hay- y, una vez allí, meditar en torno a este grave asunto. Y final, ¡por fin!, la salida de la caverna. ¡Pero qué duro se hace llegar hasta allí! Es la salida de un misterio y de un engaño; es la salida de la ignorancia; es la salida de la oscuridad física (los ojos le duelen y le maldicen) y de la espiritual (su alma rechina de rabia y de coraje recordando su situación primigenia sus cadenas anteriores)... pero es la llegada a un mundo nuevo, de la talla del ser humano.

Acostumbrado ya, física y anímicamente, a la cegadora luz del sol, ¡cuánta alegría cubren y descubren su cuerpo y su corazón! El sol le acaricia tibiamente, los aromas de las flores le seducen, el canto de los pájaros y el sonido de otras voces nada estridentes ni huecas le hacen sentir distinto. Toma aire, hinchando sus pulmones. Se deja embriagar por el escenario que ahora contempla: luminoso,

limpio, relajante. Es, por primera vez, auténticamente feliz; es, por primera vez, realmente hombre: libre. Sin embargo, una pena se le apodera ahora: después de haber saboreado durante algunas horas el nuevo mundo, debe dejar aquello que le regala un nuevo modo de ser para volver con los suyos y enseñarles el verdadero camino hacia la luz y el conocimiento. La casa del hombre, efectivamente, no es la oscuridad y las cadenas de la caverna, sino la realidad de luz y libertad que ahora él contempla y disfruta. Debe volver y convertirse en guía de sus semejantes en su metamorfosis, en su paso de migaja humana a ser humano en plenitud. Pero primero tendrá que convencerles del engaño, que les ciega y encadena .... El prisionero somos nosotros. La intricada senda hacia la liberación ¿Cuál es la condición humana? ¿Somos también nosotros prisioneros en la caverna? Llevados de la mano de Platón, hemos visto cómo el hombre tiene una existencia encadenada. No sólo encadenada, también engañada. Hay unos captores de la libertad y, por ello, de la dignidad humana: los portadores y otros que permanecen -tanto en el relato del mito como en la realidad actual- en el más oscuro anonimato..., aunque nuestra rabia y nuestra sospecha, al igual que las del primer prisionero liberado, se cierne sobre ellos. Pero son los prisioneros encadenados, junto con el liberado, los verdaderos protagonistas de esta historia. Cuando alzamos, con la lectura, el telón del texto, los hombres que allí habitan están en silencio, absortos en el panorama de sombras que en el fondo de la caverna se divisa. Cuando va a caer el telón, observamos consternados el final de los días del prisionero liberado. ¿No hay modo de convencer -nos preguntamos, desolados- a los otros prisioneros de que la verdad, la realidad y la auténtica condición humanas están en otro lugar, literalmente inimaginable? ¿Cómo hacerles ver que están siendo engañados -dominados, encadenados, mantenidos en una situación netamente inferior y, por ello, degradante- por otros que son como ellos? Ni la coerción, ni los hechizos, ni la religión, ni la política en solitario pueden eliminar este tupido velo de ignorancia que nos cubre los ojos y la razón. Sólo la educación parece tener una pequeña oportunidad para desvelar la auténtica condición humana y potenciar las enormes posibilidades que el ser humano, todos y cada uno, posee. Veamos, a su tiempo, cómo esto será posible. Volvamos a la situación inicial. La existencia encadenada, ignorante y simplona de los habitantes de la caverna es muy parecida a la vida de los habitantes de las sociedades actuales: del mismo modo que a los primeros les absorbía y embobaba el desfilar de sombras y el resonar de ecos en el fondo último de la caverna, de mismo modo a nosotros nos absorben otras sombras ecos claramente sospechosos, a la manera de publicidad de discursos políticos, moralistas, sin argumentos razonables, etc. Hoy también, a nuestro alrededor, en nuestra vivir de cada día, al viejo estilo de pan y circo estamos inundados de mensajes que pretenden dejarnos sumergidos en la idiotez permanente: ideologías, medios de comunicación, discursos de "sabios consagrados", problemas falsamente importantes, etc., por no hablar del mundo del espectáculo, de la moda y de la farándula, o del deporte... Pan y circo era el sustento para el pueblo romano durante el Imperio: satisfechos los instintos, pero abandonado el espíritu de superación... Así, hoy, la manipulación social es un pacto silencioso que impera y diferencia a los grupos humanos y sociales. Hay quienes "disfrutan en la ignorancia y la mediocridad", creyéndose, como los prisioneros de la caverna, que gozan y disfrutan de un mundo perfecto, cargado de eslóganes que les sirven de coartada a unos para no hacer, y a otros

para hacerlo todo... , como los porteadores o sus jefes, que obtienen beneficios de la autocomplacida ignorancia de los prisioneros. Los de abajo son felices porque saben que ya pensarán los otros por nosotros, para nuestra felicidad y bienestar. Ya tomarán ellos las decisiones sobre lo que nos afecta y concierne a todos. Pan y circo que son nuestra felicidad y conciencia. Pero esos otros pueden ser siniestros, como parecen serlo en la narración del mito los portadores -quienes, conociendo una situación mejor que la de los presos encadenados, no se preocupan de advertirles de su condición... no sea cosa que no quepan todos en la parte de la caverna, mejor provista, que habitan-, y los que ni tan siquiera aparecen en el texto pero conocen una realidad todavía mejor. Esos otros, hoy en día, son aquellos embaucadores que, desde la política, la economía, la educación, etc., pretenden -y consiguen, por nuestra insensatez, cobardía y pereza intelectual- hacer el mundo a su medida, dejando al resto, al gran resto, en una condición infrahumana: empobrecidos, excluidos, enfermos, locos, etc. Que sólo son un lastre que estorba; mejor tenerlos en la sombra y en la ignorancia, esto es, en el fondo de la caverna, "atados por las piernas y el cuello, de modo que tengan que estarse quietos". Pero es precisamente la ignorancia la clave del asunto: si no hay nadie que conozca la auténtica realidad y la verdadera condición humana (esto es, el exterior de la caverna-prisión), nadie puede denunciar las injusticias y, mucho menos, trazar caminos hacia la libertad y la justicia. Pero, a su vez, si los que habitan la caverna desconocen la verdad, es evidente que se considerarán felices y cómodos en su habitáculo y en su modo de vida. Es más, incluso se creerán sabios (aun conociendo, como conocen, sólo sombras y ecos). Y si la realidad auténtica -para ellos, claro- son las sombras y los ecos, ¿de dónde arrancará la duda, la sospecha? ¿De qué rincón de la oscuridad saldrá la insatisfacción para sentir las cadenas como privación, la voz como eco y engaño, la sombra como mera imagen de lo real y, en fin, la realidad de la caverna como la gran mentira y el gran artilugio? Pero hay una mirada, un impulso, un fatuo reflejo de clarividencia, un gesto de amor (eros) hacia todos los prisioneros encadenados y se ofrece, gratuito: algo siembra una sensación extraña y dinamizadora; algo hace que alguien rompa lo que empieza a sentir como peso y bloqueo y dirija su mirada hacia otra parte... y descubra, asustado y confuso, una nueva realidad. Este descubrimiento se hace en forma de mirada, pasiva al principio, activa e indagadora después, a medio camino ya entre el saber y el preguntar. Y al igual que se levanta la niebla espesa que impide ver la salida del sol en las madrugadas de invierno, del mismo modo se levanta, con ese mirar, la ignorancia que impide ver la condición humana y el engaño que la aplasta. Pero, ¿qué descubre el prisionero liberado? Descubre, desde luego, otra dimensión del habitáculo que ha sido su hogar hasta ahora; descubre una luz cegadora y el origen de las sombras y de los ecos; y descubre, sobre todo, una nueva perspectiva y unos nuevos compañeros: los portadores. Los portadores, detrás de una pared que trata de disimular el engaño, son, ciertamente, los engañadores. Parecen libres: caminan, hablan, gesticulan, se detienen a su antojo... sí, parecen libres, pero no lo son. También ellos tienen sus cadenas. ¿Quiénes son, en realidad? Porteador es todo aquel que tiene como misión mantener en la oscuridad, en las sombras, en el eco, esto es, en el engaño, mediante simulación, al resto de los seres humanos. Son los carceleros de la sociedad punitiva. El político, que en realidad no lo es, pues su interés no es el general y su objetivo no es

la justicia social sino hacerse sitio en un lugar privilegiado para dominar, precisamente, al que le otorga la confianza (el ciudadano); el economista, al que no le interesa la cooperación y la justa distribución (en la empresa, en el país, en el mundo); el periodista, cuya misión no es informar para formar, sino deformar para favorecer al mejor postor (sea un grupo empresarial, un gobierno o un ideario político); el educador, que pretende moldear a sus alumnos según su modo de ser y de ver las cosas, sin dar cabida a otros modos y, sobre todo, al libre desarrollo del alumno... En fin, todos aquellos que, desde su situación y ocupación privilegiadas, no trabajan desde y para la libertad, con la dignidad y la justicia. Esa es la imagen del portador en el mito. Esos son los que, sin apenas sospecharlo, secuestran nuestras vidas y nuestra verdadera condición humana (más solidaria y rica de lo que es hoy)". Pero estos engañadores también son, a su vez, engañados, tienen también sus cadenas: extrapolan su humanidad en aras de la deshumanización, o, lo que es lo mismo, rompen con su naturaleza para destruirla (dado que la naturaleza humana apunta, al menos, hacia la bondad). Se creen colaboradores pero son cautivos de esos otros a los que, casi siempre, desconocen. Su misión es, en el fondo, monótona, como lo es la de los portadores del mito: no conocen la auténtica trama, no pueden pasar al otro lado de su propio engaño. Desconocen, también, que hay un mundo exterior a la caverna. Hay otros desconocidos, que ni siquiera el mito nombra, que están ausentes del escenario y su trama, pero que lo controlan, pues lo han construido ellos y lo dirigen desde la exterioridad... Esos otros, ¿quiénes son? "Hay un alienador no alienado, alguien fuera de la oscuridad, alguien que proclamó el absoluto engaño y mantuvo en sus manos el absoluto poder. Estos mismos personajes ausentes, alimentan el fuego de la hoguera, que tiene que estar vivo siempre, para que no cese el embaucamiento, para que el ritmo de las sombras alimente un resquicio de esperanzas, aunque perdido en las penumbras. El tiempo biológico de los latidos y las miradas de los prisioneros, se integra así en otro tiempo, en otro ritmo fuera de la naturaleza, y en las puertas mismas de la historia, que no puede, sin embargo, cuajar porque sólo se nutre de fantasmas". ¿Hay quien engaña al engañador primero? Pero el juego de los grandes simuladores, de esos ¡ir portantes personajes ausentes, tiene los días contados: e círculo vicioso que han creado en la caverna con el mecanismo de la falsa luz del fuego puede romperse cuan do, de pronto, uno de los prisioneros -que puede se cualquiera de nosotros- adquiere conciencia - indudablemente lenta, pero ya inexorable- de su situación. Con él, ha sobrevenido la razón esperanzada ¿Tendrá coraje para dejarse guiar por ella? ¿Entenderán el resto de los humanos la gran transformación que vive y las enormes posibilidades que esto supone? ¿Lo entenderíamos nosotros, meros espectadores del mito, pero auténticos cautivos? La esperanza en la razón para alcanzar la libertad y dignidad humanas puesta por Platón (siglo IV a.C.) es retomada, con su despliegue en el logro de la libertad, la igualdad y la solidaridad, cientos de años más tarde (desde los siglos XVII y XVIII hasta la actualidad). Y quizá sea Kant, filósofo ilustrado, el que haya tomado más claramente el relevo de la propuesta platónica, cuando invitó a todo hombre a la liberación: "Sapere aude! ¡Ten el coraje de servirte de tu propia razón! ... Para todo ser humano individual es dificil lograr salirse de la minoría de edad (o de la condición humana en la caverna) que casi se ha convertido en segunda naturaleza. Incluso se ha habituado a ella con complacencia, y por ahora es efectivamente incapaz de servirse de su propia razón porque no se le deja nunca intentarlo. Reglamentaciones y fórmulas (...), son los grilletes de una minoría de edad persistente. Quien se los

quitase, de todas formas, sólo podría dar un salto inseguro por encima de la más estrecha trinchera..."13. Minoría de edad de la razón y caverna aparecen sinónimos. Ignorancia y grilletes. Pero el engaño, por fin, ha sido desvelado. El camino de ascenso hacia la verdad será difícil, pero no sólo por las propias dificultades del camino, sino porque los engañadores anónimos todavía sostienen la madeja que hace circular la vida según el son que ellos pretenden. Y, sobre todo, cuentan con un material de extraordinario valor: los esclavos no liberados, que siguen ignorantes y seguros en su habitáculo. Sólo conozco un antídoto -sin contraindicaciones, además- contra el gran simulacro de la caverna prisión: la conciencia histórica, que permite -tendría que permitir- a todo lector, a todo hombre, descubrir en la voz escrita la sombra de un simulacro; pero no sólo del que Platón nos habla, sino de un simulacro pleno: aquél que en el telón de fondo de la caverna dejase reflejar la experiencia completa, sin el muro del engaño. Así pues, buscaríamos "un reflejo sin muro, que dejase ver el movimiento de los personajes que transportan objetos simuladores de la vida; y que indicase, al par, que las palabras se transportan, a su vez, sobre el río de los hombres. Entonces, el fuego cercano de la realidad, las experiencias, las acciones, los sentimientos, las ideas que pueblan el mundo, serían capaz de convertir el sueño en vida, la ficción en historia"14. Y esa conciencia histórica sólo puede darse con la educación. Pero una "educación como práctica de la libertad", según entendía Paolo Freire. Buscaba este gran educador la transformación de la sociedad, romper cadenas y enseñar el camino hacia el afuera de la caverna. Para ello necesitamos de la utopía, no entendida como lo irrealizable, como el ideal imposible, sino como la conciencia de un compromiso capaz de denunciar la estructura deshumanizante (a los portadores y a los otros personajes desconocidos) y anunciar una vida nueva, humana y humanizante (un camino y un lugar `soleados'). Precisamente por esta razón, la utopía es también compromiso histórico. Educación, utopía y con-ciencia histórica van de la mano. "Sólo los utópicos decía Freire- pueden ser proféticos (prisioneros libes dos) y portadores de esperanza (no de engaños y simulacros). Solamente pueden ser proféticos los que anuncian denuncian comprometidos permanentemente el proce, radical de transformación del mundo (de la caverna a exterior, de la sombra a la luz), para que los hombres pu, dan ser más (de la condición de esclavo -migaja hl mana- a la condición humana plena: libre y digna). Lc hombres reaccionarios, los hombres opresores (portadora y personajes anónimos y siniestros, grandes simuladores no pueden ser utópicos". Ciertamente, la transformación social en la que no hace pensar Freire supone la concepción de un mundo n( acabado y un sentido último de tarea educativa. La tarea educativa es la tarea estratégica de ir consiguiendo una creciente humanidad representada, en el mito, por el largo 3 dificil caminar del prisionero liberado por la senda de la libertad, de la ascensión humana. Para que la educación signifique el cumplimiento de esta tarea, ha de ser práctica de la libertad, o sea, el proceso de liberación fue pretendía el desafortunado personaje de Platón- de hacer emerger la conciencia, de la que resulta la inserción crítica de la realidad, esto es, el desvelamiento de la trama embaucadora y la consiguiente búsqueda: no somos seres de adaptación sino de transformación; no estamos hechos para las cadenas sino para la libertad. Pero ese camino hacia la libertad, ese proceso de liberación, exige la inevitable posesión de la conciencia histórica; conciencia de lo que realmente

sucede. Sólo desde ese punto es posible la práctica liberadora que se da -tanto en el mito platónico como en la filosofía de Freire- en tres dimensiones: descubrir la trama o la situación, apropiarse, es decir, emprender la marcha y, finalmente, compartir y explicitar. Y en todo ello juegan un papel fundamental el coraje a- y la esperanza. Ésta es el ingrediente indispensable de la a- necesaria experiencia histórica. Sin ella, no habría historia, sino sólo determinismo sospechoso: sólo hay historia donde hay espacio y tiempo problematizado y no ya u preasignado. La inexorabilidad del futuro es la negación de la historia. De ahí que se nos presente el saber de la historia como posibilidad y no como determinación (que es negación de la libertad). De ahí la necesidad de pensar (para ese saber). El coraje, porque sin él no se rompen cadenas: liberarse y liberar siempre han llevado parejas la sombra de la muerte (la vida y muerte de, por ejemplo, Oscar Romero en el Salvador, y de tantos otros, a veces anónimos o callados por los poderes vigentes). No podemos dejar de pensar ni de alimentar nuestra conciencia histórica. No hay tregua en nuestras vidas, porque la libertad es un proceso infinito y, en ese camino, el gran simulador acecha inagotablemente. La libertad, en realidad, no existe, sólo hay liberación: el "pero todavía no" de nuestra condición humana y la de nuestros pueblos. Una dificil historia, sin duda. Y terminamos con unas palabras extraordinarias de Freire, muy en sintonía con el prisionero liberado de nuestro mito, que golpea nuestro corazón día y noche (lo escuchemos o no): "la educación me empuja a asumir una cierta responsabilidad y a ser coherente con el sueño que me exige que tenga..."'

El texto y su autor

Platón nació en el año 427, hijo de Aristón y de Perictíone, ambos de ilustres familias que se remontaban hasta Codro y Solón respectivamente. Muchos miembros de su familia fueron conocidos estadistas (inmortalizados por Platón en sus diálogos). Así Cármides y Critias, hermano y primo, respectivamente, de Perictíone Se trataba, pues, de una familia aristocrática y culta, cuyos miembros eran educados para el poder, pero también para la virtud y el conocimiento de las artes. Platón vivió su juventud en una Atenas convulsionad, por la guerra contra Esparta, en la que se sucedían las treguas inestables y las campañas muchas veces desastrosas La política interna también atravesaba un período difícil tras la muerte de Pericles, la democracia se tambaleó y se produjo un golpe oligárquico en el año 411 a.C. (la llamada

revolución de los cuatrocientos), aunque la democracia retornó poco después. Finalmente, Atenas sucumbe ante Esparta, quien impone el régimen de los treinta tiranos. Pero sus decisiones sanguinarias y arbitrarias y, sobre todo, su enfrentamiento con Sócrates -amigo y maestro de Platón, y hombre bueno y justo- al no acceder éste a colaborar en la detención de ciudadanos inocentes, hicieron que nuestro filósofo recelara del mismo. Cuando la oligarquía fue derrocada, la restaurada democracia se mostró benigna con los tiranos. Platón estaba a punto de reconciliarse con este régimen cuando cayó sobre los seguidores de Sócrates el golpe de la condena y muerte de su maestro. Este hecho conduce a Platón a un hondo pesimismo y escepticismo sobre la política práctica y sobre la condición humana. Desde aquellos momentos decidió dedicarse a la teoría, aunque tratando de hallar claves para el desarrollo de una política justa, causante de la felicidad del hombre. En su propias palabras: "Siendo yo joven, pasé por la misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como llegara a ser dueño de mis actos; y he aquí las vicisitudes de los asuntos públicos de mi patria a que hube de asistir. Siendo objeto de general censura el régimen político a la sazón imperante, se produjo una revolución; al frente de este movimiento revolucionario se instauraron como caudillos cincuenta y un hombres (...). Se da la circunstancia de que algunos de estos eran allegados y conocidos míos, y en consecuencia requirieron al punto mi colaboración (...) Pero vi que en poco tiempo hicieron parecer bueno como una edad de oro al régimen anterior (...) De esta suerte yo, que al principio estaba lleno de entusiasmo por dedicarme a la política, al volver mi atención a la vida pública y verla arrastrada en todas direcciones por toda clase de corrientes, terminé por verme atacado de vértigo, y (...) no prescindí de reflexionar sobre la manera de poder introducir una mejora en ella (...) Y terminé por adquirir el convencimiento con respecto a todos los estados actuales de que están, sin excepción, mal gobernados" (Carta VII). ACTIVIDADES COMPLEMENTARIAS: 1. La caverna descrita y la sociedad actual, ¿se parecen en algo? 2. A la luz del midrash construido, ¿crees que el hombre es libre por naturaleza o más bien es un logro personal y social (incluso histórico)? 3. ¿Existen hoy simuladores/portadores que nos encadenan? ¿Quiénes son? ¿Con qué medios actúan y nos hipnotizan o nos narcotizan? 4. ¿Qué significa que "sólo la educación parece tener una pequeña oportunidad para desvelar la auténtica condición humana y potenciar las enormes posibilidades que el ser humano, todos y cada uno, posee"? 5. ¿Es la libertad posible, se trata simplemente de un sueño inalcanzable (dados los obstáculos que dificultan) o es más bien un simulacro (dada nuestra condición humana soberbia)? 6. Debate en torno a las dificultades que existen hoy el día para lograr la autorrealización: ¿qué obstáculo! encontramos en el camino? ¿Qué apoyos considera: más importantes en tu experiencia personal? 7. Define la expresión autorrealización (realización per. sonal) y relaciónala con la libertad (personal). 8. Inventa otra final para la historia del prisionero liberado. Una vez elaborado, haz estas cuestiones: a) Subraya, en tu escrito, los conceptos que crees fundamentales, en especial aquellos que crees que tienen relevancia para la ética y defínelos.

b) ¿Qué implicaciones éticas tiene tu final? ¿Cómo solventa, si lo hace, las dificultades para conquistar la libertad y sobrevivir a los engaños de los timadores y `vendedores' de pseudolibertad? c) ¿Qué puede significar, en este contexto, la expresión "una larga caminata empieza siempre con un primer paso"? 9. Fue Kant el que dijo que el hombre tenía dignidad y no precio: ¿qué precio hay que pagar para la libertad? ¿Qué costes comporta la realización personal? ¿Cómo, en todo caso, se ensancha nuestra dignidad? 10. ¿Qué es la conciencia histórica? ¿Qué tiene que ver la situación del prisionero liberado (caverna, esfuerzo, descubrimiento de `lo otro') con ella? 11. Busca datos sobre Matin Luter King y trata de comparar la escena narrada con la de su vida. 12. Supón que el prisionero liberado es Nelson Mandela: reescribe su vida personal y su lucha a la manera de un midrash: convierte en literatura la difícil historia de este importante personaje de nuestro tiempo. Trabajos complementarios: 1. Disertación: Conciencia histórica y liberación social. 2. Investigación: El debate ético-político en Sócrates y De los Sofistas. CUESTIONES RESUELTAS
PREGUNTAS: 1/ Explicar el significado de los términos “lo visible” y “lo inteligible". 2/ ¿Que relación hay entre la teoría del conocimiento de Platón y el texto? 3/ Exponer el contexto histórico-filosófico del texto 4/ El pensamiento político de Platón

RESPUESTAS 1/ Definir los conceptos de "lo visible" y "lo inteligible" según el texto. Lo visible. La estructura de la realidad (ontología) platónica se compone de dos regiones perfectamente diferenciadas: mundo sensible y mundo inteligible. La primera integra los elementos perceptibles y la segunda, los inteligibles. A ellas corresponden dos facultades cognoscitivas, sentidos y razón. En el texto comentado Platón incluye en el reino de lo sensible, es decir, de lo visible, dos tipos de objetos, las imágenes y las cosas del mundo. Desde una vertiente epistemológica (del conocimiento) para alcanzar las imágenes debemos hacer conjeturas; mientras que de las cosas sólo podemos tener creencias. Esto demuestra la desconfianza hacia los sentidos que profesaba el filósofo, en línea con una amplia tradición filosófica que sitúa a la razón muy por encima de aquellos. En el texto queda patente esta desconfianza llegando Platón a referirse a lo visible como el reino de la “no verdad”. De él, seguirá afirmando, sólo se puede lograr opiniones (doxa) pero no ciencia (episteme). En el mito de la caverna (libro VII de La República) el filósofo ateniense describe de manera gráfica ese ámbito de lo visible, presentándolo como lugar de oscuridad e incertidumbre, muy diferente al de lo inteligible, espacio de la luz. Los prisioneros están encerrados, encadenados, a sus opiniones, conjeturas y especulaciones. Es lo que da de sí el mundo de lo perceptible para un pensador idealista, que desconfía de los sentidos. Lo inteligible. A diferencia de lo visible, esta región es fundamental en el pensamiento platónico. En la alegoría de la línea (parágrafos 509d a 511e) se refiere a ella como la zona de la verdad, del conocimiento

epistémico (ciencia). La validez de este conocimiento no reside en los sentidos, que sólo podrían proporcionarnos opiniones, sino en la propia razón humana. Ontológicamente lo inteligible es un ámbito compuesto de dos elementos, los objetos matemáticos y las ideas. A los objetos matemáticos se llega mediante el uso del pensamiento discursivo, que procede, a partir de unos supuestos dados, de manera deductiva para llegar a ciertas conclusiones. En este proceso es la propia razón humana la que interviene sin apelar a los sentidos. En lo más alto de este universo, constituido por aquello que sólo es accesible a nuestro intelecto, se hallan las ideas. Aquí se precisa el más alto grado de utilización de la razón para llegar hasta ellas, la inteligencia, que procederá dialécticamente. Retornando al mito de la caverna, Platón cree necesario liberar a los prisioneros de su error, alejarlos del mundo de los sentidos y de la oscuridad e introducirlos en el del conocimiento intelectual: en suma, en el bello mundo de las ideas. 2/ ¿Qué relación hay entre la teoría del conocimiento de Platón y el texto? El texto comentado pertenece a una obra fundamental del autor, La República. En ella Platón desarrolla su pensamiento político desde el nivel teórico, en el que trata de definir la justicia, hasta el aspecto más práctico, referido al modo de llevarla a cabo mediante un modelo de estado apropiado. El filósofo se sirve con frecuencia de un lenguaje rico en imágenes y símbolos para ilustrar su pensamiento. Entre estas alegorías, junto a otras como la del sol o la de la caverna, se encuentra la de la línea. En la misma, en continuidad con la del sol, donde dividía el mundo en una parte sensible y otra inteligible, elabora una clasificación del conocimiento en diferentes tipos, en función de los diferentes ámbitos de lo real. Hay, pues una clara correspondencia entre las alegorías del sol y de la línea, ya que una hace referencia al aspecto ontológico y la otra, la que nos ocupa, al epistemológico. La tercera alegoría o símil importante es la de la caverna, más conocida por ser donde Platón expone el desarrollo del proceso dialéctico que conduce hasta las ideas. En la alegoría de la línea, que comienza en el parágrafo 509d y abarca hasta el final del libro VI (511c) desarrolla el filósofo ateniense tres grandes ideas: – La correspondencia entre los órdenes de la realidad y del conocimiento; – los grados de conocimiento y – el método dialéctico Tras comparar la idea de Bien con el sol, luz del conocimiento, Sócrates realiza una clasificación del saber recurriendo a una línea dividida en dos segmentos a los que hará corresponder los órdenes de lo inteligible y lo visible, quedando divididos en cuanto a “su verdad y no verdad”, es decir, en ciencia (episteme) y opinión (doxa). Posteriormente vuelve a dividir cada ámbito en dos subórdenes: “Toma ahora una línea dividida en dos partes desiguales; divide nuevamente cada sección según la misma proporción, la del género que se ve y otra la del que se intelige” (509d). Cada orden de lo real es aprehendido por una modalidad de conocimiento. Habrá cuatro regiones delimitadas correspondientes a otros tanto modos de conocer. En el mundo de lo visible, es decir de lo sensible, distingue entre imaginación y creencia, que se corresponden ontológicamente con las imágenes y las cosas, respectivamente. En el de lo inteligible, aquello que se conoce con el intelecto o la razón, distingue entre conocimiento discursivo, es decir, aquel que procede deductivamente para llegar a conclusiones, que conduce a los objetos matemáticos, y la inteligencia o ciencia dialéctica que lleva a las ideas. La inteligencia se sirve de la Dialéctica (“la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica y hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el principio del todo” – 511b –) que también, al igual que el pensamiento discursivo, parte de hipótesis y supuestos, pero no para descender a lo concreto sino para remontarse al límite de lo inteligible, las ideas. No se sirve de imágenes, como hace la Geometría, sino “de ideas, a través de ideas y en dirección a ideas hasta concluir en ideas”. Este es el estudio que Platón imprescindible para la educación de los futuros gobernantes: ello les permitirá ascender hasta las ideas en sí, la justicia en sí y el bien en sí: lugar donde los órdenes ético y político se armonizan y confunden. Algo que se realizará en el estado ideal, que supone la puesta en práctica y la realización de la idea de justicia. Aquí hallamos el vínculo con la tercera gran alegoría, la de la caverna. Ella trata de la educación y el proceso que conduce, mediante la dialéctica, a las ideas.

El texto, exponente de la alegoría de la línea, no sólo se vincula con los otros dos, el del sol y el mito de la caverna, sino que los tres conforman una totalidad que constituye la esencia de la filosofía platónica. En ellos se muestra su concepción de lo real (ontología), del conocimiento (epistemología) y de la educación. Forman juntos un todo inseparable. Es por ello que componen la piedra angular del pensamiento platónico con la teoría de las ideas y el papel fundamental de la educación para la consecución del estado ideal por él esbozado. Cuando en los primeros libros de La República dibuja los perfiles de ese modelo de estado, que recordemos que se halla compuesto de tres estamentos, gobernantes, guardianes y productores, los tres con unas funciones muy específicas, no hace sino preparar el camino a los conceptos de los libros VI y VII, ya reseñados como de gran importancia teórica. El texto comentado señala la importancia del conocimiento, entendido como un proceso gradual que debe llevar a la cima, pero en esa cima se funden las ideas de Bien y Justicia, sobre las que descansa la filosofía platónica. De este modo los órdenes ético y político, es decir, la filosofía práctica de Platón, quedan decisivamente entrelazados. 3/ Contexto histórico y filosófico del texto El tema de la justicia se remonta a una tradición que arranca en los sofistas y pasa de Sócrates al propio Platón. Precisamente las disputas entre los sofistas y el maestro de Platón son bien conocidas por éste, algo visible desde el inicio de la obra. Pese a que desde el comienzo de la redacción del libro I hasta la conclusión del libro X han pasado, según los especialistas, alrededor de 15 años, se da una continuidad temática que unifica su contenido. Todo parece indicar que el motivo que llevó a su elaboración fue la muerte de Sócrates, que dejó una huella indeleble en un joven Platón que aún confiaba en la justicia “real”, la impartida en la Atenas de su tiempo, pero que debió sufrir una gran desilusión tras el suceso que culmina con la condena de su maestro. De modo que el impacto de este acontecimiento puede ser, en gran medida, la clave de buena parte de las cosas que habrán de suceder en la vida y la obra platónicas. Mucho tiempo después un Platón ya anciano, en una de sus cartas, reconocerá que fue este hecho, y lo que precedió al mismo, lo que le hizo desistir de su interés por la política profesional. Los hechos a los que se refiere son una serie de acontecimientos habidos en la polis de Atenas, en los albores del siglo IV a. C., que conducen al final de la democracia y al gobierno de los Treinta Tiranos, para, tras un corto período de tiempo, volver nuevamente a la democracia. Todo ello sucedió en muy poco años, pero dejó abiertas grandes heridas en la sociedad ateniense. Entre los procesos seguidos contra aquellos que contribuyeron a derrocar el sistema democrático se hallaba el de Sócrates, que culminó con su condena a muerte. Platón consideraba a Sócrates “el más justo de los hombres de su tiempo”, por lo que no es de extrañar su decisión de reorientar su vida hacia el pensamiento político más que a la actividad política práctica. El no creía poder encontrar la justicia en la vida pública de la sociedad de su tiempo. La justicia sólo podía llegar cuando los dirigentes políticos fueran filósofos o cuando los filósofos llegaran a gobernar. Sólo en el caso de coincidir en una misma persona el filósofo y el gobernante se podía llegar a conseguir un estado que encarnara la idea de justicia. Este pensamiento ya no abandonaría a Platón a lo largo de su vida. Después de estos acontecimientos vendrían sus viajes a Italia, a Siracusa, donde, en vano, intentará poner en práctica su modelo de estado ideal, siguiendo los esquemas esbozados en La República. En algunos pasajes de esta obra esencial dejará patente la decepción que le produjo los derroteros finales del sistema democrático de la polis ateniense, que, para él, desembocará en un régimen demagógico tras la muerte de Pericles. Es por ello que el diseño de un modelo de estado justo se convertirá en el motor de su filosofía. El mismo descontento que condujo a Platón a concebir un estado utópico llevará posteriormente a otros autores, especialmente del Renacimiento, a seguir por este camino. Su repercusión es patente en la obra de Tomás Moro (Utopía) o Tomasso Camapanella (La ciudad del sol). Aunque las utopías sociales han seguido vigentes hasta nuestro tiempo. Hay especialistas, sin embargo, que han visto en la obra platónica un antecedente de los totalitarismos modernos. En lo que respecta a las cuestiones estrictamente filosóficas planteadas en La República, y especialmente en el texto que nos ocupa, hay que buscar las raíces más inmediatas, en el pensamiento de Sócrates y en sus disputas con los sofistas, como se ha afirmado anteriormente. Sócrates estaba convencido de que había que superar el relativismo de los sofistas y encontrar una respuesta precisa, “epistémica”, a la cuestión de los valores morales y sobre todo de conceptos centrales como bien o justicia. Persuadido de la idea de que tales definiciones rigurosas son posibles prosigue un camino abierto también por los pitagóricos y por Parménides. Para ambos, al igual que para Sócrates, la esencia de todo sólo es accesible a la razón humana pero no a los sentidos. Esa idea de Demócrito de que “la verdad está en lo profundo”

encuentra en Platón una resonancia de dimensiones insospechadas. Platón estaba convencido de la existencia autónoma de las ideas, las cuales constituían un modelo para las cosas. Éstas son parte de ese mundo accesible a los sentidos, el mundo sensible. Y por tanto, esta independencia de las ideas nos da idea de su verdadera naturaleza: las ideas no dependen de las cosas, pero las cosas sí dependen de las ideas. De este modo, el filósofo divide el mundo en dos. De un lado, el mundo de las ideas, al que sólo es posible llegar mediante la razón; y de otro, el mundo de las cosas, visible, es decir, perceptible por los sentidos. Aquel es pensado, y sobre él se elabora ciencia. Mientras que el mundo de lo visible es objeto de opinión, no de ciencia. De este modo, el dualismo ontológico y el epistemológico se corresponden mutuamente. Esta división del mundo en dos ámbitos, lo perceptible y lo concebible, lo sensible y lo inteligible, era ciertamente ya conocida a los filósofos presocráticos, pero será en Parménides donde encontrará una formulación tan nítida que le llevará distinguir entre los caminos de la verdad (ciencia) y de la opinión como dos vías inencontrables. En el reino de lo inteligible distingue Platón entre pensamiento discursivo y dialéctico, siendo a este último procedimiento al que reserva el más alto grado de conocimiento: el que da vía libre a las ideas. Pero, y es otro ejemplo de la influencia socrática, la dialéctica es un desarrollo de la mayéutica socrática. Por dondequiera se levanta, como un auténtico alter ego de Platón, la figura de Sócrates. Y ello pese a que en sus obras de madurez la huella de aquel pierde nitidez. 4/ El pensamiento político de Platón Se puede sostener, sin temor a equivocarse, que el pensamiento de Platón es en lo fundamental un pensamiento político. Toda su obra se halla impregnada de ese trasfondo que dirige su actividad filosófica. Como se ha mencionado anteriormente, el desencanto de la política profesional, como actividad, se produjo como consecuencia de la muerte de su maestro Sócrates. En adelante, el entonces joven Platón tomará la decisión de dedicarse a la reflexión filosófica sobre lo político. A este tema dedica su obra La República. Aunque ciertamente no es sólo en ella donde desarrollará su pensamiento sobre este tema, pues hay otras, como El político o Las leyes, sí puede decirse que esta obra constituye un auténtico testamento de su pensamiento filosófico y político. Platón diseña un modelo de estado ideal que sirva para poder plasmar su concepción de lo que debe ser la justicia. No una justicia real, entendida como la equivalente a la que se impartía en los distintos estados, sino una justicia basada en la idea de Justicia en sí, que intentara realizar, poner en práctica esa idea. Para ello toma como punto de partida su clasificación del alma. Hay que recordar que el filósofo ateniense distingue tres tipos de alma, racional, irascible y concupiscible; lo que dará lugar a otros tantos tipos de individuos atendiendo al alma predominante, a su carácter, diríamos hoy. A tales tipos de alma corresponderán otras tantas virtudes. De este modo, al alma racional corresponderá la virtud de la prudencia; al irascible, la moderación; y al concupiscible, la templanza. Pues bien, sobre este esquema de las virtudes y los tipos de alma elabora Platón su modelo de sociedad. En correspondencia con cada uno de ellas su modelo social tendrá tres grandes grupos o niveles sociales. De una parte, los gobernantes, encargados de dirigir el estado, y que, dada su responsabilidad, deberían ser los más sabios y justos. Serían los filósofos, pues sólo ellos pueden alcanzar a conocer la idea de justicia mediante la práctica de la dialéctica. Un segundo grupo lo constituirían los guardianes del estado, responsables de su seguridad. Los integrantes de este grupo se extraerían de entre los más valerosos (alma irascible). Por último, un extenso grupo compuesto por los que productores (trabajadores) cuya función vendría dada por la necesidad de nutrir de bienes materiales necesarios a la comunidad. La justicia se lograría cuando los tres grupos funcionaran correctamente, cumpliendo su cometido en el conjunto social. Sólo de este modo se podría llegar a la armonía social, a la justicia, en suma. Para Platón las exigencias de la colectividad deben imperar sobre las exigencias de los individuos. Los gobernantes deben ser los mejor preparados (aristocracia), pero la aristocracia platónica tiene como base la sabiduría, el conocimiento de la justicia, no la mera herencia o la riqueza. Esta es la tesis intelectualista platónica: el conocimiento del Bien (de la Justicia) es imprescindible para su realización social. Lo único que legitima el poder es la sabiduría. De ahí que el gobernante haya de ser filósofo. Pero para llevar a cabo este plan social, es necesario un sistema educativo férreo. La enseñanza es imprescindible para el buen funcionamiento de ese estado modelo. Es por ello que Platón diseñará las partes de la que deberá componerse una buena educación. Empezando por la Gimnasia y la Música, educación del cuerpo y de la sensibilidad, y continuando con las Matemáticas y la Dialéctica. Los más

destacados serán, claro está, los gobernantes. En el ya mencionado mito de la caverna se refiere simbólicamente al papel de la educación (paideia, raíz de pedagogía). Los prisioneros para liberarse de sus cadenas deben ascender hacia el estudio supremo, como denomina Platón al saber de las Ideas, al saber dialéctico. El logro de las mismas supone la verdadera anámnesis, el recuerdo de lo perdido por el alma racional al encarnarse en el cuerpo. El resultado final de todo este proceso es, como se ha indicado, la formación de los futuros gobernantes, de los dirigentes del estado.

VOCABULARIO MITO O ALEGORÍA DE LA CAVERNA
Mito con el que Platón describe nuestra situación respecto del conocimiento: al igual que los prisioneros de la caverna que sólo ven las sombras de los objetos, nosotros vivimos en la ignorancia cuando nuestras preocupaciones se refieren al mundo que se ofrece a los sentidos. Solo la filosofía puede liberarnos y permitirnos salir de la caverna al mundo verdadero o Mundo de las Ideas. En el libro VII de la "República" (514a-516d), Platón presenta el mito de la caverna. Es, sin duda, el mito más importante y conocido de este autor. Platón dice expresamente que el mito quiere ser una metáfora "de nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación", es decir, sirve para ilustrar cuestiones relativas a la teoría del conocimiento. Pero tiene también claras implicaciones en otros dominios de la filosofía como la ontología, la antropología e incluso la política y la ética; algunos intérpretes han visto también implicaciones religiosas. La descripción del mito tal y como lo narra Platón en la "República" se articula en varias partes: 1. Descripción de la situación de los prisioneros en la caverna. 2. Descripción del proceso de liberación de uno de ellos y de su acceso al mundo superior o verdadero. 3. Breve interpretación del mito. 1. DESCRIPCIÓN DE LA SITUACIÓN DE LOS PRISIONEROS Nos pide Platón imaginar que nosotros somos como unos prisioneros que habitan una caverna subterránea. Estos prisioneros desde niños están encadenados e inmóviles de tal modo que sólo pueden mirar y ver el fondo de la estancia. Detrás de ellos y en un plano más elevado hay un fuego que la ilumina; entre el fuego y los prisioneros hay un »camino más alto al borde del cual se encuentra una pared o tabique, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima de él, los muñecos. Por el camino desfilan unos individuos, algunos de los cuales hablan, portando unas esculturas que representan distintos objetos: unos figuras de animales, otros de árboles y objetos artificiales, etc. Dado que entre los individuos que pasean por el camino y los prisioneros se encuentra la pared, sobre el fondo solo se proyectan las sombras de los objetos portados por dichos individuos. En esta situación los prisioneros creerían que las sombras que ven y el eco de las voces que oyen son la realidad. II. PROCESO DE LIBERACIÓN DEL CAUTIVO A. Subida hacia el mundo exterior: acceso hacia el mundo verdadero. 1. En el mundo subterráneo. Supongamos, dice Platón, que a uno de los prisioneros, "de acuerdo con su naturaleza" le liberásemos y obligásemos a levantarse, volver hacia la luz y mirar hacia el otro lado de la caverna. El prisionero sería incapaz de percibir las cosas cuyas sombras había visto antes. Se encontraría confuso y creería que las sombras que antes percibía son más verdaderas o reales que las cosas que ahora ve. Si se le forzara a mirar hacia

la luz misma le dolerían los ojos y trataría de volver su mirada hacia los objetos antes percibidos. 2. En el mundo exterior. Si a la fuerza se le arrastrara hacia el exterior sentiría dolor y, acostumbrado a la oscuridad, no podría percibir nada. En el mundo exterior le sería más fácil mirar primero las sombras, después los reflejos de los hombres y de los objetos en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y la luz de los astros y la luna. Finalmente percibiría el sol, pero no en imágenes sino en sí y por sí. Después de esto concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años, que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto. Al recordar su antigua morada, la sabiduría allí existente y a sus compañeros de cautiverio, se sentiría feliz y los compadecería. En el mundo subterráneo los prisioneros se dan honores y elogios unos a otros, y recompensas a aquel que percibe con más agudeza las sombras, al que mejor recuerda el orden en la sucesión de la sombras y al que es capaz de adivinar las que van a pasar. Esa vida le parecería insoportable. B. Regreso al mundo subterráneo, exigencia moral de ayuda a sus compañeros. 1. Confusión vital por la oscuridad de la caverna. Si descendiera y ocupara de nuevo su asiento tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, sería incapaz de discriminar las sombras, los demás lo harían mejor que él, se reirían de él y dirían que por haber subido hasta lo alto se le han estropeado los ojos -y que no vale la pena marchar hacia arriba. 2. Burla y persecución. Si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz se burlarían de él, lo perseguirían y lo matarían. III. INTERPRETACIÓN A. Comparación de las realidades. Debemos compara la región visible con la morada-prisión y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol. B. Comparación de los procesos. El ascenso y contemplación de las cosas de arriba es semejante al camino del alma hacia el ámbito inteligible. C. Valor de la Idea del Bien. Objeto último y más difícil del mundo cognoscible: la Idea del Bien. Idea del Bien: causa de todas las cosas rectas y bellas; en el mundo visible ha engendrado la luz y al sol y en el ámbito inteligible es la productora de la verdad y de la inteligencia; es la realidad que es necesario ver para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público. Los siguientes cuadros pueden ilustrar las variadas e importantes consecuencias de este mito en la filosofía platónica:

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