INTERVENCIÓN DE FERNANDO EGUREN (2) en el Foro Agua: Políticas, Conflictos, Consensos. Setiembre 8, 2009.

En estos dos días hemos podido apreciar la complejidad del problema del agua. Hemos escuchado análisis sobre los actuales problemas del uso y de la gestión del agua. Pero también hemos escuchado críticas de cuán imperfectas son las normas que pretenden organizar este uso y gestión; de cómo no se construye sobre la experiencia pasada, a pesar de que ésta ha dejado importantes lecciones por aprender; de cómo el proceso de dación de esas normas pasa por la decisión apresurada de personas poco informadas, y como respuesta a situaciones coyunturales; de cómo no toman en cuenta la diversidad hidrográfica, social y cultural del país. Por enésima vez hemos escuchado que el enfoque del manejo de cuencas –o del manejo de las diferentes intervenciones que se hacen en las cuencas, como aclara Dourojeanni – es esencial para la gestión de los recursos hídricos, y también de los demás recursos naturales, pero nunca se terminan finalmente de adoptar las medidas que la promuevan realmente. También se ha argumentado con énfasis que los problemas de disponibilidad, gestión y uso del agua son previos a la ocurrencia del cambio climático, y que aún sin éste la mala gestión y el crecimiento demográfico son suficientes para enfrentar al país, y sobre todo la costa, a un futuro de stress hídrico. Es un problema de mal gobierno. Pero con igual énfasis se ha argumentado que el cambio climático, y en particular el deshielo de los glaciares – hace algunas décadas los textos escolares se referían a ellos como ‘las nieves perpetuas’ –plantea un horizonte hídrico muy problemático. Hablar del clima, afirmó Nicole Bernex, es hablar del agua. También afirmó que si bien el cambio climático es un proceso global, es importante observar las ocurrencias regionales, pues la deforestación, el cambio del uso del suelo, la urbanización, las actividades ilegales y primarias, etc. producen cambios en el clima local. En general, hay una pésima relación de la sociedad con la naturaleza. Hemos escuchado también algo que ya parece de sentido común: que el análisis de la problemática del agua, y las propuestas derivadas para una mejor gestión del recurso, requieren de una aproximación interdisciplinaria. Pero al mismo tiempo constatamos que esta interdisciplinariedad ocurre esporádicamente en foros y seminarios como este, en donde fugazmente nos encontramos físicos, geógrafos, economistas, agrónomos, hidrólogos, sociólogos y hasta filósofos, pero no en las instituciones educativas que, por regla general, mantienen una visión sectorial y especializada, con escaso o nula relación entre

disciplinas. (Me alegraría mucho que mis colegas de la PUCP y de la UNALM me contradigan.) El conjunto de ponencias nos han ayudado a convencer de que no hay una entrada privilegiada para entender la gran variedad de factores que intervienen en la configuración de la problemática del agua, pues estos son de orden físico, económico, político, cultural, ecológico, social. Y, por lo tanto, que es necesaria la intervención y colaboración interdisciplinaria para analizar estos diferentes factores, la coordinación y articulación entre las instituciones que de una u otra forma intervienen en la gestión del recurso, y la participación organizada de la diversidad de actores que lo usan. Nos hemos enterado de cómo se presentan estos problemas en los países vecinos de Ecuador y Bolivia, cómo sus gobiernos responden, lo cual nos da nuevos elementos para evaluar mejor las nuevas reglas de juego que ordena en el Perú la gestión del agua. Quiero destacar un comentario de Julio Postigo, quien reclamaba a los expositores una perspectiva –así lo entendí yo – desde la economía política, que indagase sobre las causas estructurales que estaban en la base no sólo de un inequitativo acceso al agua – sobre este acceso inequitativo se explayó Axel Dourojeanni al referirse a la propiedad privada sobre el recurso en Chile – sino del concepto mismo de eficiencia en el uso del agua. ¿Qué es un uso eficiente del agua? En la normatividad peruana, eficiencia está referida a la eficiencia económica, y ésta a su vez, a la relación costo beneficio, sin considerar otras formas de eficiencia: eficiencia social, ecológica. La eficiencia económica puede conducir al agotamiento del recurso (como es el caso del agua del subsuelo en Ica), a la salinización de los suelos (arroz), a la expropiación de los pequeños agricultores que no tienen capacidad económica. Recogiendo el comentario de Postigo, Nicole Bernex subrayó que, en efecto, la determinación de la eficiencia requiere de una visión compleja que no está presente – digo yo –, en lo absoluto en las normas que orientan las inversiones y el uso del agua. En los breves minutos que tengo para dirigirme a ustedes, quiero vincular la temática del agua con los desafíos que en mi opinión plantea esta problemática a la educación. Por un lado es obvio que se requiere una aproximación interdisciplinaria, y que las instituciones educativas deberían tomar en cuenta que sin tal aproximación no puede superarse una visión incompleta y sesgada de un problema complejo, y que menos podrán aportar con propuestas adecuadas. Ya mencioné este punto. Pero sobre él hay que agregar más. El ambientalista mexicano Enrique Leff se refiere al saber ambiental, y señala con acierto que:

“el pensamiento ambiental implica una nueva manera de comprender la relación entre lo natural y lo social” y que “El enfoque interdisciplinario no necesariamente supera esta falsa inconexión. Es insuficiente. “La reintegración del mundo – continúa – nos remite…a un proyecto de reunificación del conocimiento. La emergencia del saber ambiental – concluye – rompe el círculo ‘perfecto’ de las ciencias, la creencia en una idea absoluta y la voluntad de un conocimiento unitario, abriéndose hacia la dispersión del saber y la diferencia de sentidos.” (251) Se desprende de sus palabras un reto a una educación que se sustenta en la especialización de disciplinas y subdisciplinas, que corren el riesgo de encerrarse en sí mismas en un “círculo perfecto”. Por otro lado, si bien es cierto que los problemas del agua en el Perú existían ya antes de que los impactos del cambio climático se dejaran sentir, también es cierto que éste ejerce y ejercerá una influencia creciente en la configuración de esta problemática, como han demostrado diversas exposiciones. Puesto que ha sido demostrado que hay una importante causalidad antrópica en la inducción del cambio climático, es necesario indagar sobre cuál es este comportamiento humano que ha generado estos cambios, pues esta indagación debería permitirnos definir mejor cuál es la educación requerida para modificar estos comportamientos. Una manera de entender las causas antropogénicas del calentamiento global que produce el cambio climático, es considerar a éste como la acumulación de externalidades ambientales negativas de un modo de producir, consumir y de relacionarse con la naturaleza que se inicia básicamente con la revolución industrial, a fines del siglo XVIII. Con el transcurso del tiempo, las sociedades de industrialización temprana fueron trazando el camino que otras sociedades luego seguirían. Cuanto más una sociedad se identificaba con tales modos de producción y consumo, tanto más externalidades negativas ambientales generaba. Con las obvias e importantes diferencias sociales, políticas y culturales, esos caminos fueron seguidos por los países capitalistas y socialistas. Estos países, a su vez, se convirtieron en modelos de aquellos que aspiraban a alcanzar los niveles de vida de los primeros, y así estas externalidades negativas fueron incrementándose. Y esta es la situación actual. Hoy día son centenares - si no miles - de millones de hombres y mujeres que aspiran a alcanzar un nivel de vida construido sobre los patrones de consumo de los hombres y mujeres de los países llamados desarrollados, y de los sectores más pudientes de los mismos países que se encuentran en vías de desarrollo. Más aún: esos patrones de consumo han sido internalizados de tal manera que llegan a convertirse

en expresiones simbólicas del éxito en la vida, y es con relación a ellos que se establece la división entre ganadores y perdedores, y se construye la autoestima, al menos en parte: valgo si puedo acceder a ciertos bienes de consumo que me permiten estar del lado de los ganadores y distanciarme de los perdedores. Y de alguna manera todos estamos en esto: el auto, el televisor de pantalla plana, la computadora más veloz, la ropa de moda, no solo satisfacen necesidades socialmente creadas y por tanto reales, sino que también expresan que quienes acceden o pueden acceder a esos bienes han dado pasos decisivos en el sentimiento de realización personal. Por el contrario, quienes no pueden acceder a ellos no sólo se sentirán excluidos y personalmente frustrados, sino que bregarán y presionarán para obtenerlos. Estamos ahora, pues, en el terreno de los valores. Si queremos que el mundo sea sostenible, debemos cambiar nuestros conceptos de lo que es calidad de vida, y ésta tiene que redefinirse en un sentido que implique una modificación de nuestras necesidades sociales, de la forma en que las satisfacemos, en la manera que producimos los bienes para lograr esa satisfacción, en el modo en que la sociedad se vincula a la naturaleza. Retomando a Leff: “La racionalidad ambiental – escribe – incluye nuevos principios teóricos y nuevos medios instrumentales para reorientar las formas de manejo productivo de la naturaleza. Esta racionalidad está sustentada por valores (calidad de vida, identidades culturales, sentidos de la existencia) que no aspiran a alcanzar un estatus de cientificidad. Se abre así un diálogo entre ciencia y saber, entre tradición y modernidad.” (252) En su discurso de agradecimiento por haber sido honrado como profesor emérito de esta universidad, el economista Adolfo Figueroa señalaba que en su opinión los dos grandes problemas que aquejaban el mundo eran el deterioro del medio ambiente y la desigualdad socioeconómica. Pero que finalmente ambos eran parte del mismo problema, pues no era posible lograr la igualdad nivelando a los pobres con los patrones de vida y de consumo de las clases medias de los países ricos o sus equivalentes de los países en desarrollo. El mundo no lo soportaría. Para que los ricos de los países ricos y los ricos de los países pobres mantengan sus niveles de vida, tiene que haber pobres, tiene que haber inequidad. Y si debemos corregir las grandes desigualdades, no hay otra opción sino un mundo no sólo mas austero, sino con otros valores que informen qué es la buena vida. Ya lo afirmaba esto en 1972 el Club de Roma, cuyo informe sobre Los límites del crecimiento tenía como tesis central que en un planeta

limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población y producto per cápita) no son sostenibles. Sus autores sugirieron como una posible solución a la amenaza de un colapso de los recursos naturales el ‘crecimiento cero’ o ‘estado estacionario’. Pero la idea de límites es esencialmente contraria a la dinámica del capitalismo, razón por la cual el informe fue duramente criticado. Más recientemente, otro ambientalista, argentino éste pero que ejerce la docencia en Méjico, Mauricio Schoijet, autor del libro Límites del crecimiento y cambio climático (siglo XXI, México 2008) es enfático al sostener que “la humanidad se encamina hacia el evento más traumático de su historia, que probablemente ocurrirá en el siglo XXI, de una caída drástica de la población y las fuerzas productivas, que cerraría el ciclo comenzado con la Revolución industrial” (20), afirmación que no quisiera suscribir, pero que me parece casi inevitable Pero nuestras instituciones educativas siguen formando profesionales con una idea de progreso que se sustenta sobre el supuesto de que los recursos naturales son inagotables – totalmente desvinculada con los riesgos ambientales que entraña, insostenible en el tiempo. Es la ideología del cornucopianismo, dice Schojet, tomando el término de Malthus Un indicador que mide esta dinámica imparable es el PBI: mientras el PBI crezca, todo está bien. Cuánto más crezca, mejor. El problema es, como bien afirma Oswaldo de Rivero, embajador y mejor ensayista, que el PBI crece pero el planeta no. “A pesar de que el crecimiento del PBI significa destrucción del hábitat humano – afirma – la mayoría de economistas, y sobre todo los políticos, rinden culto a este crecimiento como el tótem del desarrollo de la riqueza”. De una manera que siento aún poco ordenada he tratado de expresar de que el cambio climático y la problemática del agua plantea a la educación importantes desafíos: el de los valores que transmite, puesto que en última instancia la orientación del conocimiento científico reposa sobre opciones valorativas; el de la necesidad imperiosa de la interdisciplinariedad para entender procesos que son globales y complejos; el de revisar los fundamentos adoptados generalmente de manera implícita y acrítica de la idea del progreso y del desarrollo socioeconómico; el de revisar también el supuesto que el conocimiento científico es el único confiable y verdadero para aprehender la realidad y actuar sobre ella.

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