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EL MAR; SUJETO HISTORICO

PROYECTO DE INVESTIGACIÓN


Por NARA FUENTES CRISPIN
LITERATA UNIVERSIDAD NACIONAL
ESTUDIANTE DEL DOCTORADO EN HISTORIA
UNIVERSIDAD NACIONAL DE COLOMBIA SEDE BOGOTA



“Más que un continente, lo que el navegante Américo
Vespucio encontró en estas tierras fue “un cuerpo
desconocido destinado a llevar el nombre de su inventor -
Amérigo-. Pero lo que se esboza de esta manera, es una
colonización del cuerpo por el discurso del poder. La escritura
conquistadora que va a utilizar al Nuevo Mundo como una
página en blanco -salvaje- donde escribirá el querer
occidental.”
1
Michel De Certeau, La escritura de la Historia


La idea de adelantar un proyecto en donde el Mar Caribe se constituya en sujeto histórico
proviene de dos fuentes. La primera, una tesis de maestría en Relaciones Internacionales, en la
cual se planteó que la Cuenca del Caribe, especialmente durante la segunda mitad del siglo XX,
constituye una unidad política que no ha sido suficientemente estudiada y que el problema
meramente político conduce a la necesidad de replantear los procesos desde una perspectiva
histórica. La segunda, los trabajos de recuperación de memoria en la historia regional
(especialmente el realizado con ocasión de los 450 años de la fundación de Paipa – Boyacá), en
los cuales el mecanismo conductor fue la memoria oral de los pobladores, y que puso en
evidencia la persistencia de una larga duración en la memoria colectiva. Estos dos accidentes
encontraron un vínculo tras el hallazgo personal del libro El Mediterráneo en la Época de Felipe
II, mientras se preparaba, en el marco de una asesoría, una estrategia cultural marítima para la
Comisión Colombiana del Océano.

“Tal vez alguien piense, y con razón, que otro ejemplo más sencillo que el del
Mediterráneo me habría permitido destacar con mayor fuerza los nexos permanentes
que unen la historia al espacio, sobre todo si se tiene en cuenta que, visto a la escala del
hombre, el mar Interior del siglo XVI era aún mucho más vasto que en nuestros días. Es
un personaje complejo, embarazoso, difícil de encuadrar. Escapa a nuestras medidas
habituales. Inútil querer escribir su historia lisa y llana a la manera usual: “nació el día
tantos de tantos…”; inútil tratar de exponer la vida de este personaje buenamente, tal y
como las cosas sucedieron… El Mediterráneo no es siquiera un mar; es, como se ha
dicho, un ‘complejo de mares’, y de mares, además, salpicados de islas, cortados por
penínsulas, rodeados de costas ramificadas. Su vida se halla mezclada a la tierra, su
poesía tiene mucho de rústica, sus marinos son, cuando llega la hora, campesinos tanto
como hombres de mar. El Mediterráneo es el mar de los olivos y los viñedos, tanto como
el de los estrechos barcos de remos o los navíos redondos de los mercaderes, y su
historia no puede separarse del mundo terrestre que lo envuelve, como la arcilla que se

1
De Certeau, Michel, La escritura de la Historia, traducción De Jorge López Monteczuma, Universidad
Iberoamericana, Departamento de Historia, México, 1999.
pega a las manos del artesano que la modela. Por ello cuesta trabajo saber,
exactamente, qué clase de personaje histórico es este Mediterráneo…”
2




El modelo de Braudel, y su perspectiva de las tres duraciones, es una especie de clave para
comprender asuntos como la identidad y la cultura, que han surgido como temas permanentes
de trabajo. Más allá de hablar de duración en el sentido temporal, impresiona que la ‘larga
duración’ haga referencia a un concepto espacial. “Braudel considera la pluralidad de las
duraciones y decide descomponer la historia en tres planos escalonados, o, si se prefiere,
distinguir un tiempo geográfico (se ocupa de la influencia del medio ambiente); un tiempo social
(aborda los destinos colectivos y movimientos de conjunto), y un tiempo individual (estudia los
acontecimientos, la política y los hombres). Cada una de las partes es en sí un intento de
explicación de conjunto.”
3

Para contar la historia del mar, es decir convertirlo en un sujeto histórico, asunto fascinante del
trabajo de Braudel, el autor se refiere a una muy larga duración –como lo hizo en otros textos–
para nombrar a un tiempo geográfico casi estacionario que produce “una historia casi inmóvil, la
historia del hombre y sus relaciones con el medio que las rodea; historia lenta en fluir y en
transformarse, hecha no pocas veces de insistentes reiteraciones y de ciclos incesantemente
reiniciados”
4
El mar es como un escenario, como un espejo que permite que se reflejen de él
ciertas historias y ciertas identidades. “El tiempo geográfico se origina miles de años atrás y
tomarlo en consideración conduce a percibir las oscilaciones más lentas que registra la historia.
Llena un espacio que parece no cambiar desde los tiempos de Augusto hasta el reinado de
Felipe II. Sin embargo, la impresión de permanencia debe ser matizada: al paso de los siglos el
clima pudo variar, la vegetación pudo haberse degradado, la ubicación de las ciudades ya no es
quizá la misma y el trazo de los caminos tal vez cambió. Braudel reseña las zonas que limitan al
Mediterráneo: en Europa las tierras cristianas y las regiones templadas ocupadas por pueblos
sedentarios; al sur las posesiones islámicas y los desiertos áridos recorridos por grupos
nómadas que se desplazan por el norte de Africa.”
5


En la proposición de un mar Caribe como sujeto histórico nos enfrentaríamos a la búsqueda de
una personalidad histórica del mar cuyas conquistas, litorales, fantasmas, comunidades
ancestrales y tradiciones vivas no han sido nombrados. Esto es, cuya identidad no ha sido
puesta en evidencia ni ha encontrado una voz. Esta circunstancia ha dado origen a expresiones
coloquiales como la de que somos un país mediterráneo, y encuentra correspondencia con la
inconsecuencia de nuestras políticas públicas, con la diversidad y complejidad de nuestra
geografía humana y nuestra realidad territorial.

Según Certeau la tradición de la escritura ha condenado al olvido y prácticamente a la muerte
aquello que históricamente no ha sido nombrado: “Nuestros queridos muertos entran en el texto
porque no pueden ni dañarnos ni hablarnos. Los fantasmas se meten en la escritura solo cuando
callan para siempre”.
6
La memoria del mar en Colombia, a pesa de permanecer –como veremos

2
Braudel, Fernand, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II, Fondo de Cultura Económica,
México, 1983. Pág. XIII-XIV.
3
Corcuera, Sonia, “Más cerca de las Ciencias Sociales: Fernand Braudel”, En: Voces y silencios de la Historia,
Fondo de Cultura Económica, México, 1997.
4
Ibid.
5
Ibid.
6
De Certeau, Michel, Op. Cit.
más adelante– como un imaginario casi literario, no ha sido nombrada. Esta circunstancia podría
expresarse como que la memoria del mar ha sido escrita para matar de nuevo su historia, puesto
que según algunas perspectivas tradicionales, los pueblos que habitaron las costas americanas
antes de la Invasión Europea no tenían voz y eran salvajes. Podríamos hablar metafóricamente,
entonces, de un “mar muerto” tal como Eduardo Lemaitre hablara alguna vez, refiriéndose a
Cartagena, de una “bella durmiente.”

Pero no se muere históricamente solo al ser excluido de la escritura; a nuestro juicio, ciertas
formas de la escritura puede resultan igualmente invisibilizadoras. Es el caso de la historia
positivista, donde el mar ha sido visto, bajo estos presupuestos, como un espacio de disputas, un
botín de actos heroicos, de invasiones, de resistencias, de sables y goletas, y cuyos sujetos
históricos se han desgajado de los árboles genealógicos. Aún los valiosos intentos de
historiadores como Germán Arciniegas en su Biografía del Caribe arrancan de presupuestos en
donde la voz de los pueblos es totalmente invisibilizada.

No es el caso desconocer el valor fundacional de esa historia heroica, solo interesa llamar la
atención acerca de la idea de Braudel según la cual la denuncia contra la historia episódica
opaca el fenómeno humano total, sus condiciones económicas y sociales. Para Braudel el hecho
histórico es social y no se circunscribe al individuo. Esto pone en evidencia que la historia escrita
se trata también de “un gesto que tiene a la vez factor de mito y de rito”, y que para De Certeau,
“en efecto la escritura sustituye a las representaciones tradicionales”.
7
Es interesante que el
papel de la oralidad y de las tradiciones con relación al mar se constituya en una opción en el
funcionamiento de la historia frente a la práctica occidental de la escritura. La ausencia de
escritura, que se ha estigmatizado como salvaje, es otra forma de relación con lo real,
subrayando la pregunta ¿Qué alianza existe entre la escritura y la historia?

El presente proyecto no tiene el propósito de emular los intentos fundacionales de Braudel, y en
aras de seguir el mismo rumbo metodológico, llegar a un exabrupto. El modelo está propuesto
pero deberá adecuarse a nuestra realidad particular. Para Arciniegas “el Mediterráneo y el
Caribe quedan así frente a frente, por primera vez en sus historias. Dos espejos mágicos: el uno
retrata la imagen de los tiempos antiguos; el otro, la de los tiempos por venir.”
8
Para hablar de
una identidad con el mar en Colombia sería más consecuente replantear el concepto de bárbaro,
como lo no escrito.


EL PROBLEMA DE LA IDENTIDAD

Para el historiador Mohamed Eddine Affaya la identidad cultural se refiere a un “conjunto de
maneras de pensar, de actuar, y de sentir en la triple relación con la naturaleza, con el hombre y
con lo absoluto; es el conjunto de modelos de comportamiento de pensamiento y de sensibilidad
que estructuran actividades del hombre en su triple relación con la naturaleza, con la sociedad,
con lo trascendental.”
9

En este sentido, y si se pretende hablar de una identidad con el mar, las definiciones exigen que
el objeto de estudio se mire desde lo interdisciplinario, siendo la Historia la mirada que abarca
totalmente las herramientas de otras disciplinas como la antropología, la literatura o la sociología.

7
De Certau, Op. Cit.
8
Arciniegas, Germán, Biografía del Caribe Colombiano, Editorial Planeta, Bogotá, 1986.
9
Eddine Affaya, Mohammed H., “Lo intercultural o el señuelo de la Identidad”, En: Revista CIDOB D’afers
internacionals, Universidad de Barcelona, No. 36, dic 1998–1999.
Más aún cuando el objeto puede ser la comunicación, la palabra, los procesos de significación, el
arte, etc.

“El reconocimiento, mecanismo productor de símbolos “se sitúa en el cruce de estas tres
potencias de lo simbólico: el deseo de poder y la lengua. El deseo, centro de su mecanismo
negativo de carencia, es por afinidad la necesidad de reconocimiento porque es deseo del deseo
por el otro. El poder, en la dialéctica de la apropiación y de la ofrenda que la caracteriza es el
medio de proponerse, incluso de imponerse, al reconocimiento por el otro. La lengua es la que
expresa la intención del deseo y del poder, y asigna al reconocimiento su finalidad última: la de
ser en todo momento de la existencia incluso en el término de aquella, un triunfo de la vida sobre
la muerte, del sentido sobre lo absurdo. Creadoras de la cultura, estas potencias de lo simbólico
son al mismo tiempo mediatizadas por la cultura, aunque el éxito y el fracaso relativo de sus
operaciones, en un momento dado de la historia, está, en gran parte en función del estado de
esta cultura.”
10

El asunto de la identidad con el mar se vuelve trascendente en el intento de recuperar una
historia del mar colombiano y desafía posturas según las cuales “El inca dialogaba con el sol. El
azteca dialogaba con el sol. No hubo un mar común que facilitara el encuentro de estos pueblos.
No hubo lugar a un cambio de ideas, a uno de esos choques que fecundan la humanidad y
ensanchan los horizontes a la inteligencia. Los moradores de las islas, cuando iba haciéndose
densa la población, se largaban en su potrillos hasta encontrar en tierra firme las bocas de los
ríos: los caminos que llevan a los valles interiores, a las montañas. Nunca regresaban. Naciones
enteras abandonaron las Antillas, el mar.”
11

Esta visión de Arciniegas ilustra de alguna manera lo que Certeau advierte sobre el papel del
historiador quien “al imponer, pues, la ruptura entre un presente y un pasado y al conservar la
relación occidental cuyos términos invierte, define la identidad como el regreso a una “negrura”
pasada o marginada.”
12
Cómo no pensar que la búsqueda y valoración de los imaginarios y las
huellas de la tradición oral se ofrezcan como una posibilidad de rescatar una nueva versión de la
historia, aunque quedemos atados a lo que se haya conservado de esa memoria por su
naturaleza dinámica. Este presupuesto sugiere trabajar directamente orientados hacia las huellas
de esos “moradores de las islas” que ya no se desplazan por las playas.

HIPOTESIS DE TRABAJO


1. El Proceso de Andinización

El análisis del caso colombiano es significativo para toda América Latina, especialmente por su
particular proceso de andinización, entendido como la tendencia a priorizar el desarrollo de las
zonas internas del territorio –no solo en términos económicos, sino también políticos, sociales e
incluso culturales: la civilización asentada en las tierras frías frente a la barbarie de las tierras
calientes– y no el de los mares. También entiendo por andinización el proceso de fundación de
ciudades coloniales por cuyo efecto se produjo el desplazamiento de la población nativa y se
marginalizaron los centros de memoria ancestral y de actividad de los pueblos originarios de las
zonas costeras. Estas zonas fueron ocupadas simultáneamente por otros habitantes, factor que

10
Sélim, A., L’identité culturelle, relations interéthniques et problèmes d’acculturation, París, Ed. Anthropos, 2ª
Edición, 1986
11
Arciniegas, Germán, Op. Cit.
12
De Certeau, Op. Cit.
hizo más complejo el tejido cultural. Es el caso del aporte cultural de los africanos traídos como
esclavos. Se cree que alrededor de unos 200.000 africanos llegaron en este período. En este
proceso de andinización se ha perdido el inmenso valor que tiene el imaginario africano para la
construcción de una identidad referida al mar.

De los pueblos tradicionales supervivieron muchos imaginarios que definen su identidad –a
pesar de que se trate de una construcción inconsciente–; muchos fueron pueblos del agua y
pueblos del mar. Es así como el rescatar el imaginario de los pueblos tradicionales podría ser
una forma de recuperar la identidad: esa triple relación entre la naturaleza, el hombre y lo
absoluto-. Aún más la relación hombre-mar podría resultar interesante en la construcción de una
identidad territorial nacional. Dicha relación podría necesitar algunos presupuestos de la
geografía humana, la historia y la literatura, en especial aquella que otorga una categoría de
análisis a la oralidad.


OBJETO DE ESTUDIO


1. Relación hombre–mar: el mar sujeto histórico

Una forma de corresponder a la proposición de Braudel de otorgar al mar la categoría de sujeto
histórico es el énfasis del presente trabajo en la relación hombre–mar, la cual está connotada
por una mentalidad particular. Si se entiende la “mentalidad” como una construcción cuyos
imaginarios no pueden ser verbalizados por la conciencia individual,
13
ha de hacerse una
exploración hacia una hipótesis que esclarezca los tejidos que conducen a una mirada al interior
del país: un largo período de conquistas territoriales, de migraciones frecuentes y de crecimiento
poblacional que se manifestó entre los primeros años de nuestra era y el siglo XV. En él
surgieron las principales culturas precolombinas conocidas, se desarrollaron unidades políticas
complejas y se establecieron territorios culturales, muchos de ellos claramente definidos. Con la
llegada del europeo a este inmenso territorio, que en sus bitácoras compararon con el paraíso,
se iniciaron transformaciones profundas de todo orden, marcadas significativamente en la
estructura social y cultural.

El mar y la tierra firme actuaron de manera articulada y estructuraron un circuito de relaciones
que dieron como resultado un sentido de circularidad a las comunicaciones, de tráfico constante,
de ires y venires, tanto en las relaciones económicas como sociales y culturales. Durante el
período colonial, y hasta la segunda mitad del siglo XVIII, el triángulo conformado por Veracruz
en México, La Habana en Cuba y Cartagena en Colombia fueron los vértices de un área que
articuló relaciones comerciales, difusión de ideas y flujo de hombres.
14
El centralismo impuesto a
partir de 1886, cuando se establece un principio de equilibrio entre los poderes regionales y el
Estado Central, significó el supeditar la política territorial a los intereses de una clase gobernante
que en la mayoría de los casos conocía escasamente el territorio nacional, su naturaleza y las
características sociales y culturales de sus pobladores. Esto significó una especie de tradición en

13
En términos de Braudel una mentalidad es una construcción de valores y comportamientos culturales en periodos
de muy larga duración, experiencias cuya acumulación es imperceptible y no verbalizable ni apropiada por la
conciencia individual.
14
Es precisamente esta la hipótesis que se manejó en la tesis de grado mencionada anteiormente. Cabrera, Edgard,
Fuentes, Nara, “Geopolítica en la Cuenca del Caribe”, tesis de grado para optar por el título de Magíster en
Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 1996. En ella se pretendió de vincular estos
circuitos establecidos por medio de los tratados con concepto de “Mediterráneo del Caribe”, conformado por la
cadena de islas que van desde Jamaica y Cuba hasta las Antillas.
la formulación de políticas públicas que no abarcaban ni la extensión territorial ni la complejidad
de los pueblos que habitaron las diferentes regiones, muchas de ellas incomunicadas entre sí
por casi más de un siglo posterior a la independencia de las colonias españolas, a comienzos del
siglo XIX. En esta parte del trabajo, es particularmente interesante revisar el proceso que ha
seguido la Armada Nacional y la Comisión Colombiana del Océano en el diseño de una Política
Nacional del Océano y de los espacios costeros para Colombia.

2. Los imaginarios

En el tema de la identidad con el mar, interesa la presencia de los diferentes imaginarios
construidos por los pueblos que tuvieron una directa relación con él: un mar fue aquel de los
naturales, lugar de origen ancestral y abasto generoso y permanente de los pueblos costaneros,
estrechamente vinculado a su territorio como proveedor de alimento, de materias primas y de
encuentros. Otro fue el mar de los europeos, frontera ilimitada, abstracto en los mapas y planos
trazados por los europeos, un mar que reprodujo los permanentes enfrentamientos entre los
imperios europeos que trasladaron sus disputas políticas y territoriales al escenario caribeño, un
mar cruzado por líneas imaginarias, límites y fronteras que se fueron dibujando a medida que
las misiones de exploración iban avanzando en el conocimiento de las tierras desconocidas.
Cuando llegaron los primeros españoles a las costas caribeñas de nuestro aún inexistente país,
se produjo un cambio sustancial en el papel que la inmensidad marítima había jugado hasta el
momento para los habitantes y naturales: el mar se transformó en un espacio cruzado por rutas
y caminos, en un derrotero por el cual iban y venían embarcaciones repletas de aventureros y
soldados.

Ya se ha señalado en la introducción cómo existen referencias históricas al mar,
preferentemente desde un enfoque positivista: son importantes algunas fechas como las guerras,
las conquistas de territorios o las luchas independentistas; fechas tales como Octubre de 1492,
Descubrimiento de América, Cartagena 11 de noviembre de 1811, Boyacá 25 de julio, 7 de
agosto de 1.819; historias de piratas, construcción de puertos, etc. Más aún, existen imaginarios
desde la cultura y la literatura tales como los barcos, las historias y las aventuras de piratas, y
muchas otras expresiones artísticas bastante elaboradas. Es importante en este imaginario
resaltar el papel de la literatura de autores tales como Candelario Obeso, Jorge Artel, Alvaro
Mutis y Germán Espinosa entre otros.

La matriz de la población prehispánica, la matriz de la población hispánica y la matriz de la
descendencia africana permitirían iniciar un proceso de recuperación de identidad que haga
visibles las matrices que se empezaron a entretejer desde el siglo XVI. En este punto, es
invaluable el conocimiento que proviene de la literatura de Conquista y del Período colonial; de
otra parte un proceso de reflexión sobre el alcance de las mismas y el peso que han tenido en
una actual mentalidad que ignora el mar. Con base en lo anterior, ¿sería posible generar una
estrategia para que la memoria del mar se insertara en la concepción de territorio en Colombia?


Descripción del territorio

La Costa Atlántica

Históricamente, la Costa Atlántica colombiana conforma una unidad territorial amplia que incluye
la tierra firme y el mar –la “llanura líquida” en términos de Fernand Braudel–. Esta región,
compleja en su conformación, se extiende históricamente más allá del área continental y limita
con las Islas de Jamaica, Cuba, La Española y Puerto Rico, en el norte, con los países costeros
centroamericanos en el occidente, con la multitud de islas en la zona de las antillas al oriente, y
al sur con los piedemontes de las cordilleras andinas. Esta unidad territorial se encuentra
directamente vinculada a procesos tempranos de tránsito y de comunicación desarrollados por
los pueblos prehispánicos y se caracteriza por su gran diversidad geográfica: área insular,
montañas de nieves perpetuas, desiertos áridos, selva inhóspita, “llanura líquida” y un inmenso
mar de agua dulce oculto entre las sabanas, conformado por las ciénagas y las tierras
anegadizas de los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y Sinú. En esta región surgieron
importantes pueblos prehispánicos que desarrollaron destacados complejos culturales urbanos y
grandes obras de ingeniería en las inmensas sabanas y altas montañas del litoral. En el siglo XVI
Los españoles arribaron a sus costas e iniciaron el proceso de colonización, de dominación y de
explotación de recursos, sostenido por la mano de obra de miles de esclavos traídos del África.

La Costa Pacífica

Si el Caribe se caracteriza por su diversidad y variabilidad, el Pacífico tiene como su principal
característica el ser una región relativamente homogénea, de cambios mucho más lentos en el
tiempo y en el espacio. La Costa Pacífica, conformada por selvas húmedas y tropicales, y con la
cordillera occidental erigida a manera de barrera, fue un espacio menos poblado y con dinámicas
de intercambio mucho más difusas, incluso desde tiempos prehispánicos. A diferencia de la
circularidad que identifica al Caribe, en el Pacífico las relaciones se establecieron en un sentido
de verticalidad: aún se habla del arriba y del abajo, para referirse al norte o al sur. A pesar de la
llegada de los españoles, sus costas no vieron surgir grandes puertos y los pocos asentamientos
que se desarrollaron lo hicieron de espaldas al mar, conectados por circuitos de comercio con el
interior, particularmente con la ciudad de Popayán, articulados a una economía minera de
extracción. Durante buena parte de la Colonia la Corona española tuvo problemas para definir la
naturaleza administrativa de la región, adjuntándola a la inmensa gobernación de Popayán,
diferenciando escasamente la zona norte –el Chocó– de la zona sur. Posteriormente, durante la
República, tal inasibilidad territorial se tradujo en la configuración del Estado del Gran Cauca
que, con los territorios amazónicos, contenía casi el 70% del territorio nacional. Ese aislamiento,
favorecido por las inhóspitas condiciones geográficas, amparó la continuidad de formas de vida y
de pensamiento de los hombres que allí habitaron, hasta nuestros días.

La población del pacífico colombiano se compone, en gran medida, de descendientes de
esclavos africanos, pero también encontramos una importante presencia de grupos indígenas.
Las ciudades cercanas, Cali y Popayán, son los centros económicos y administrativos más
importantes. En la actualidad el Pacífico constituye una región de importancia estratégica para el
desarrollo del país, pero sigue siendo un área marginal y aislada.

La región Andina

La región andina colombiana fue el asiento de la sociedad colonial, de las instituciones y del
Estado. Es la más poblada –el 75 % de la población habita actualmente en esta región– y la más
urbanizada. Su geografía diversa, con climas variables y una excepcional capacidad de
producción agrícola, convirtieron a esta zona en el centro productivo del país. A partir del siglo
XIX, se desarrolló un proceso progresivo de andinización territorial –una concepción particular
que ignoró deliberadamente al mar– producto de factores políticos y económicos, pero también
geográficos y de naturaleza territorial. En primer lugar, encontramos una férrea hegemonía
ejercida desde Bogotá, como capital de la nueva República, respecto a la idea de país, de nación
y de Estado. Los sucesivos gobiernos de la República fueron ejercidos por hombres
provenientes del interior del país –hacendados, comerciantes y banqueros– cuyos intereses se
encontraban fincados en las actividades económicas que se desarrollaban en sus áreas de
influencia: las grandes haciendas y la producción agrícola en general. La posesión de la tierra se
constituyó en un factor determinante de la naturaleza económica del país. Las difíciles
condiciones geográficas y el limitado desarrollo de las vías de comunicación, crearon un mapa
de regiones aisladas unas de otras, no sólo en aspectos geográficos y políticos sino también
sociales y culturales. La andinización significó el privilegiar la zona de montaña, donde las
formas de producción permitieron el surgimiento de unas élites poseedoras de grandes
extensiones de tierra y con una gran influencia política y económica sobre la población que se
concentró en dichas zonas. También significó la imposición de una idea de cultura muy
particular: la montaña y el clima frío se relacionó con la civilización, mientras que los valles y la
tierra caliente siempre fue vista como sinónimo de barbarie; sobrevivencia del imaginario
colonial, de tierras salvajes e inhóspitas con condiciones primitivas de vida. Quizá lo más
significativo para nuestro enfoque de una identidad nacional con el mar, es apreciar que en el
desarrollo de los procesos mencionados el país le dio la espalda al mar. Son conocidas las
consecuencias de tal posición: un aislamiento evidente desde mediados del siglo XIX hasta
comienzos del XX y un proceso continuo de pérdidas territoriales, ante la indiferencia del Estado.



Metodología

El camino seguido por Braudel durante más de diez años de trabajo sobre el Mediterráneo puede
llegar a ser una ruta ilustrativa, sin embargo es necesario profundizar en los procesos históricos
desarrollados en el Mar Caribe. Braudel “Examina los ejes de las comunicaciones terrestres y
marítimas, mide las distancias comerciales en función de la velocidad media de los barcos, se
ocupa de la dimensión de los mercados de intercambio en zonas como Toscana o Andalucía y
del radio de influencia de puertos como Venecia o Marsella. Calcula la población de la época, tal
vez unos 60 millones de personas, señala su repartición, distinguiendo las regiones despobladas
de las muy habitadas, y evalúa el crecimiento demográfico. Realza el efecto que produjo en la
economía europea la abundancia del oro y la palta que salieron de México y también del Perú, y
establece la correlación entre la cantidad disponible de los metales preciosos y el nivel de los
precios.”
15

En principio, se estima como necesario realizar un trabajo de indagación y sondeo en fuentes de
archivo tales como los fondos de Milicias y Marina, Fondos de Aduanas, Visitas y ordenanzas de
poblamiento, tanto del Archivo General de la Nación como del Archivo de Indias y otros.
Igualmente, se contemplan las memorias de viajes, narraciones y demás textos vinculados con la
historia escrita.

De otro parte, se estima la indagación en fuentes orales que permitan poner en evidencia
procesos históricos de mediana y larga duración, orientados a dilucidar el papel que ha jugado la
relación hombre–mar en la mentalidad colectiva, y de esta última en la construcción de la historia
de Colombia. Por ello, se propone desarrollar, de manera simultánea a la ubicación y evaluación
de fuentes escritas, la consulta de la memoria colectiva de poblaciones representativas de la
Zona Caribe, a partir de una selección de municipios para el trabajo. La metodología supone
indagación en la memoria colectiva, y parte del presupuesto de no considerar a la comunidad
como objeto de estudio, sino como sujeto de su historia y de la construcción de su identidad.

15
Corcuera, Sonia, Op Cit.
Como fuente importante para reconocer los pueblos del mar en Colombia, están sus mitos e
imaginarios.

Como puede verse, la metodología es uno de los aspectos más dispendiosos en el desarrollo de
este trabajo. Uno de los propósitos a largo plazo de este trabajo es que el Mar Caribe como
sujeto histórico, pudiera ser asimilado a un modelo de interpretación de nuestra territorialidad. La
montaña el río, la selva como sujetos históricos. Si el trabajo aspira a constituirse en un modelo
no puedo prever las necesidades metodológicas que vayan a surgir en el desarrollo de las
hipótesis.

Braudel encuentra con su modelo del mar mediterráneo la manera de historiar ciertos temas,
originalmente confinados dentro al campo de la antropología, porque le parecen susceptibles de
ser replanteados desde la perspectiva de la historia.
16
El autor acepta que, en general, los
resultados no pasan de ser aproximativos y sólo por execración constituyen una verdadera
“sistematización científica”
17
y eso no es lo que este trabajo propone. En cualquier caso, se trata
de tomar como base la identidad o las identidades, lo cual encierra procesos imperceptibles en el
tiempo; esto nos habla de una dinámica permanente que nos obliga a reajustar la lente. En
palabras de Braudel “Los acontecimientos continúan emergiendo”

De alguna manera el intento de tomar como objeto de estudio el proceso de construcción
identidad colombiana con el mar, o el mar como sujeto histórico, nos hace retornar a la
percepción sobre la llegada de Américo Vespucio: “ La violencia del cuerpo llega hasta la página
escrita por medio de la ausencia, por medio de los documentos que el historiador pudo ver en
una playa donde ya no está la presencia que los dejó allí, y a través de un murmullo que nos
permite oír, como venido de muy lejos, el sonido de la inmensidad desconocida que seduce y
amenaza al saber.”
18


16
Aguirre, Rojas Carlos Antonio, Fernand Braudel y las ciencias humanas, Montesinos, Barcelona, 1996. Pág. 106
17
Corcuera , Op. Cit.
18
De Certau, Op. Cit.