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Los solapados cielos de Florencia

Del jazz, las gaviotas y los judíos
En Florencia, la ciudad mayor del Renacimiento, los ecos y las voces se tropiezan maravillosamente. Si la historia es un cuchicheo sobre el presente, ese rumor hace un súbito remolino en esta ciudad, un meandro de ecos que indica donde se habían bifurcado las corrientes para que naciera, casi de la nada, una humanidad nueva. Esa bifurcación es tan extraña como la aparición de la filosofía, muchos siglos antes, en unas desprevenidas islas del Mediterráneo. Es como si las esporas del porvenir arribasen a estos lugares por azar. El rumbo de la civilización sucedería de modo tan misterioso como la geometría de las gaviotas, sus vuelos rasantes sobre el Arno, la curva y la división impredecible entre las bandadas que cruzan por debajo o por arriba de los arcos de los puentes. El milésimo devenir ornitológico, el filoso ojo que decide sin detenerse, no parece más arbitrario que la historia. Aquí comenzaron muchas costumbres, creencias, maneras cívicas, y ocurrió una división duradera del tiempo y el espacio. El hogar en algunas familias se convirtió en “casa”, con la síntesis de lugar y linaje que tiene el concepto. A su vez la casa se dividió en “sala”, “camera” y “scrittoio”, formalizando las nuevas vivencias de lo público y lo privado (como lo muestran con primor las pinturas domésticas de Sofonisba Anguisola o Vincenzo Campi) . También se separo el lugar de los visitantes del lugar que no se mostraba, como la cocina o el ático de los sirvientes. La ciudad se dividió también en casas y palacios, y entre familias pobres, que se mudaban periódicamente, como lo muestra otra pintura de Campi, y aquellas que procuraban consolidar su prosperidad o su gloria. Pero además hubo una división particular, emblemática de ese Renacimiento, entre la fijeza del barrio judío, un lugar que no se mostraba, y la del Palacio Vecchio, donde casi todo era para mostrar. Ese vínculo todavía nos resulta enigmático, y vibra en su ausencia, porque el barrio desapareció en el siglo XIX. No obstante, los tiempos reflotan, y algunos vacíos reclaman. En Florencia, el presente y su origen se cruzan sin pudor, y el gran esplendor resuena sobre lugares lejanos, como si fuera dos veces. Miguel Angel y Filippo Brunelleschi, las estatuas, las columnas, las escaleras y los frisos concentrados, se traman con las tiendas y cafés al costado de los pórticos. Las marcas de Starbucks o Zara acechan en las callejuelas. La globalización prolifera insidiosa en estos atrios rayados de sombra vieja. Entre turistas, libran la misma batalla de los remotos mercaderes florentinos y venecianos. Aquel añejo comercio de monedas y letras de cambio es el eco invertido del actual consumo, su original esbozo aristocrático. En el pausado siglo XIX, Ruskin o Goethe descubrían en estos palacios calmados, en la soleada dignidad de las ruinas, la gloria y la derrota de las civilizaciones. Pero sus miradas, sin la septicemia televisiva que nos enrarece, gozaban una transparencia inaugural, una revelación que ya perdimos. Descubrían “la antigüedad” y fundaban un presente, una convicción del tiempo que se evapora sin pausa en nuestros días. Nada más inmediato, más hondamente contemporáneo, que las ruinas dibujadas por Piranesi dos siglos atrás. En estas calles, rememorar a Dante o a Leonardo es tan inevitable como rememorar aquella convicción. En esa memoria de memorias adviene la vasta mirada de Goethe, que también imaginaba el pasado desde la pura fascinación por su presente: puesta de sol campesina, pies descalzos en el polvo, miradas italianas y descuidadas risas del mercado. La algarabía se mezclaba con las columnas, y esa sincronía exaltaba

Frente a la duda deliciosa de Leonardo sobre el movimiento perpetuo. En los casuales papeles de Leonardo. La unanimidad de los campanarios. Estos urgentes enigmas fueron tan vertiginosos como las intrigas. La prueba viviente En el Palacio Pitti hay una pintura de Rembrandt titulada “El viejo”. son parte de este ombligo vivo del occidente moderno. Los turistas. el Corredor de los Médicis avanzaba torvo. colores casi insustanciales pero no menos tangibles para una memoria generosa. Por otra parte. desde el Palacio Vecchio hasta el Palacio Pitti. Porque todo indica que en esos empedrados nació la modernidad. la afirmación inclemente del Granduque sobre la vida urbana. parecen continuar las intrigas de las dinastías medievales. disfrutando el poder familiar que se apropio de cinco siglos de maravilla urbana. Esta era la tierra del metropolitano infierno del Dante. Sin mayor dilema. los judíos seguían manteniendo su remota extrañeza. las señas y los gritos. no era suficiente para fundar el tiempo en ese pueblo. El motivo . pinturas ansiosas de revelación y esculturas frenéticas de anhelo. Fuera de los espasmos del más allá. todavía se puede imaginar ese tiempo minucioso en las mañanas cordiales de la ciudad vieja. en otra región mas tranquila del éter. los dictámenes aéreos de unión y dispersión. la integran con entusiasmo. el mandato irrevocable. Aquella pujanza trepida todavía como un fantasma insatisfecho. En la presunción del poder. el alto pasillo cruza los barrios. sus conciliábulos. Starbucks o Zara. y no están suavizados por estos recuerdos ajenos. su nostalgia y sus castigos incumplidos. convocaban los encuentros en las plazas. casi contra esa libertad jubilosa. Habrían invitado sus cálculos aeronáuticos tanto como la cavilación sobre tácticas y muros. que en aquellas plazas del mercado se cruzaban las novedades del Oriente y el Occidente. Los redobles daban un tiempo simultáneo para artesanos y mercaderes. Fue seguramente parte del precioso tráfico mercantil del sur y el norte de Europa. preñan de futuros propósitos ese pasado dilecto. ni inquietos por sus enigmas. tanto como se cruza hoy Mandarina Duck. que todavía lanzan sus tropeles de hierro al cielo. Las gaviotas sobre el Arno. se advierte un alborozo de hombre moderno. Se nota un ímpetu que se embozaba de sombras y distancias. unifica la ciudad vieja en una periferia de sonidos que evoca aquellos trajines. Las tercas pasiones de Güelfos y Gobelinos. Las visiones pretéritas de estos viajeros tienden a fermentar en nosotros. genial y mezquino. La inteligencia del poder y el poder de la inteligencia En el esfuerzo de las piedras se siente eso que Giorgio Vasari imaginó como un renacimiento. las retorcidas callejuelas. cuya admiración ha sido trabajada por la televisión. las corrientes del Arno bajo los puentes o las corrientes sanguíneas bajo los músculos. y Michelet exaltó para dar un antecedente estimulante a la Revolución Francesa. que no desconocía Goethe.su industriosa reflexión nórdica. estaba plenamente habitado en tiempos de Goethe o Piranesi. sin mezclarse con la plebe. no tenían “Antigüedad” ni “Renacimiento” El iluminismo iniciado en Alemania por Moisés Mendelsohn. y no disfrutan tampoco esa amable distancia. o los comedidos rayos invisibles que llevaban las cosas a la mirada. y la decisión de enérgicas bandadas. los mercados. en los trazos impacientes. aunque todavía existía. esos vuelos de gaviotas obsesivas debían haber conmovido a Da Vinci. Multiplican el ajetreo de sus largas sombras. Solamente el barrio judío es un agujero en esa memoria. el lugar de sus venganzas. el Ponte Vecchio. forman capas de epifanías. Quizás no fueron registrados porque no pertenecían al pasado ni al presente. Contra la vacilación inteligente. Las alforjas y los bultos.

como la del Arca de la Alianza. Los judíos siempre habían participado en la Roma antigua – Suetonio comentó las importantes honras fúnebres y lamentos que habían desplegado por Cesar. los judíos habían sido antes comerciantes. Dos ciudades. En algunas salas con temas bíblicos del Palacio Pitti. y se habían desplegado en los mercados de la lana y las especias. Sin embargo. Nunca fueron pintados como contemporáneos reales. a pesar. aunque de condición infame y silenciosa: la extraña supervivencia de una negación fundamental. que expandió la del Mediterráneo y la sustituyó. permanecieron recluidos desde el siglo XVI hasta el siglo XIX. pero nada que sugiera judíos italianos. y fueron generosamente reconocidos por los primeros Médicis. el vínculo horizontal con los otros y el ahondamiento vertical de la . se leen en el techo frases en hebreo con grandes letras. registra los primeros indicios de vida judía en el siglo XV. Quizás en su alusión espacial. por decisión de Cosme I de los Médicis fueron encerrados en un pequeño gueto – puedo imaginarlo comiendo rozagantes uvas frente a una estatua de Judith o de una obra bíblica de Benvenuto Cellini mientras meditaba el implacable decreto. que era una villa menor en tiempos del Imperio. los judíos de Florencia transcurrieron en silencio y eran invisibles para sus pintores. representaban la testarudez. Quizás también lo eran para la gente porque configuraban esencialmente un concepto más que un grupo. Esa aceptación suponía mayor tolerancia a la incertidumbre. Florencia. dos destinos En Holanda. como lo testimonia el Neoplatonismo de Marsilio Ficino. como habían hecho los pintores del norte europeo. había incorporado la diligencia mercantil de los judíos. había judíos en Italia – el gran historiador Arnaldo Momigliano tuvo registros continuados de su familia desde los tiempos de Julio Cesar hasta sus días en el siglo XX. uno para el Gueto Vecchio y otro para el Nuovo. Los grupos de la escena son judíos bíblicos. concernía a los judíos. los judíos contemporáneos a esas pinturas fueron relativamente tolerados como irredentos pero eran casi invisibles. Esos descendientes de judíos italianos de la primera diáspora. En la Edad Media. Esa revelación. de que hubo judíos en ese tiempo. Eran dos patios centrales unidos por un arco. se habrían encontrado en la divinidad total que imaginaba Spinoza? En Florencia. a sus dones y sus límites. enseñar o discutir. el otro el de la Fraternidad. dos inspiraciones del Mediterráneo. que fue también Spinoza o Descartes. se combinaron luego con los llegados por la expulsión española. aunque el retrato venía de Ámsterdam. Su perduración testimoniaba que aquella historia sobre Jesús había existido. banqueros y artesanos. Hubo permeabilidad. Eran una prueba viva de verdad bíblica. Es el único indicio. una invitación a la heterogénea realidad. ¿La devoción razonada de Maimónides y la ávida naturaleza que amaba Leonardo. A pesar de esa honda presencia. algunos concentrados en la aventura cabalística. y el sitio agrupaba las comunidades italiana y luso-española. inevitables. Nadie sabe el origen de esos abonos alentadores ni como acrisolaban estas ideas: los caminos del comercio de ideas son tan inescrutables como los del alma. Los judíos bíblicos eran necesarios. e incluso recibieron a los hermanos que escapaban de la primera de las inquisiciones españolas. La modernidad del Atlántico. otros ocupados en traducir. para el tiempo de Rembrandt. o quizás debido a sus aportes. No obstante. estos nombres cifraban la entera vida del gueto. Hubo grandes estudiosos judíos. Un patio era el del Aljibe.es un venerable rabino de larga barba. Con dramáticas variaciones. los judíos eran protagonistas de la gran expansión moderna. el humanismo de Ángelo Poliziano o de Giovanni Pico Della Mirándola. en aquella fastuosa galería de pinturas y esculturas. porque sin viejo testamento no habría nuevo testamento. Casi olvidados. compartían afablemente el mercado. la derrota eterna y el error.

sino que eligieron su diferencia. ya fundida en su universo cotidiano y en la lentitud de sus símbolos. fue levantada al borde de la ciudad vieja. su tercer carbónico. Una pertenencia de símbolos. y este silencio no deja de puntuarlo. Prefirieron vivir imaginariamente en un lugar simbólico. y el tercero quizás había pagado con un alejamiento de sus orígenes su capacidad profesional. por cada instante que se abría hacia el tiempo mesiánico. aunque no explícitamente. Encerrados. La historia y el tiempo silencioso La Nueva Sinagoga. Entre cada pintura y cada escultura retumbaba la barbarie. En ese silencio perfilado. El gueto estaba en el centro. En todo caso. siguió sin salir al exterior. suponía cristianizarlos. Ocurre cuando afinamos el oído y reflexionamos la historia como un “real” padecimiento humano. la dramatización fetichizada de algunos de sus símbolos más caros. ese amasado silencio. No fueron solamente excluidos. este templo casi sin historia – es de nuestro cercano siglo XIX. el tiempo de la Biblia había estado vivo por las oraciones. En cierto modo. ni tampoco el tiempo relojero de la historia. en lo que es hoy la Piazza della Republica. Sucedían en otro orbe. Sobre las nuevas pasiones despiadadas que alimentaba la insomne inteligencia de Maquiavelo. La ciudadanía universal que propiciaba la Revolución Francesa pretendía el derecho a la igualdad. a cuatro del Vecchio y de la Piazza della Signoria. se escucha el afinado silencio de los judíos. flotando entre un templo perdido y la llegada mesiánica. a su vez. La maravillosa eclosión del arte que protegieron los Médicis no puede diferenciarse de la feroz discordia de las dinastías. porque dos de los tres constructores eran cristianos. estas obras eran para el gueto parte de un mundo pagano. los tenebrosos influjos regionales y los celosos circuitos mercantiles. sin apelaciones visuales. esa ausencia. Sostenido por el oleaje de las oraciones. Estaba a unos trescientos metros del David o de Judith. o Davanzatti. hubieran podido afirmar. cerca del Duomo. una sinagoga moderna para conmemorar la liberación del encierro. los cuales. fuera del gueto.dice más la historia “real” que los monumentos ostensibles del pasado. Mientras Maquiavelo sugería el estado. o repitió Hanna Arendt. que la integración de los judíos. ¿Hubieran . la decadencia de Siena. de pretencioso estilo bizantino.rememoración y la espera. Si la historia es algo más que escenas de batallas y exaltaciones de la memoria imaginaria. debería incluir también el enorme silencio de los judíos. por el presente eterno del ritual. sobre esa convicción circular. elegían a tres ancianos que detentaban el poder interno. Tal vez también implicaba. en el gueto no entraban las campanadas litúrgicas de Florencia. no a la diferencia. El futuro es sólo un talismán para gentiles. Eran ciudadanos de un estado que regía en el recuerdo y poseían un proyecto fusionado en el anhelo mesiánico. vivían separados. La construyeron afuera del barrio-gueto que fue demolido. Sus estrechas callejuelas habían atravesado vetustas casas encimadas y edificios que habían abandonado los nobles en siglos anteriores. En 1848 fue abolida la exclusión. En 1878 se construyó. el dominio inclemente de Toscana. Walter Benjamín había sostenido que todo hecho de cultura implica siempre un hecho de barbarie. los judíos eran una nacionalidad sin nación. parias. y Dante la lengua de una nación. su tenaz ausencia. elegante. y nunca el horizonte de un alma recta. es la contracara del denuedo renacentista. como creía Max Weber. aquellos que dieron la espalda a la historia porque eligieron otro sendero del tiempo. pero la mayoría. Convocadas por el arte. su normalidad ciudadana. La aislada comunidad elegía 18 miembros. capítulos de aquella creciente Biblia en piedra y óleo que habían pergeñado artistas y mecenas. Ese territorio lleno de claves perdidas es algo que extrañan todavía los desvelados historiadores. distaba dos cuadras del Palacio Strozzi. sin el soporte de la sangre o de la tierra y con otro sentido de la espera: una demora devanada en rezos no en la ilusión del cambio. Tiene púlpito y órgano.

Quería visitar la materialidad de los clásicos.pero también los límites de un museo. la grandeza de un museo –el mayor de Europa. con la presencia inmediata de esta temporalidad. En Florencia. la plenitud del concepto y de la imagen. En Florencia. del afán imperecedero de la historia. una cuidada genealogía. se preservaba el silencio indeclinable de los judíos. el interlocutor en sombra al apetito desaforado de los Médicis. el presente intenso de las normas. se deslizaron a Holanda y se desataron al mundo. Estaban ligados a la lectura – esclavos de la letra como anatematizó Justiniano-. el esplendor inicial de Occidente. que insistía en mantenerse al margen del linaje histórico? Las discordias latentes En Ámsterdam. fue desencadenada precisamente por la adoración de los ídolos. como herencia y resumen de la gesta. Contra la historia intemporal y la presunción de progreso e inmortalidad. Los judíos encerrados en el gueto fueron. esculturas. la figura mayor de su pueblo en la grandeza de Michelángelo. Ruskin o Byron. la indiferencia notoria de un pueblo que descreía de esas apelaciones absolutas. la respiración de un tiempo ético. . Freud fue frente a Miguel Angel el síntoma de ese desgarro. pero también de las civilizaciones. Quizás por estos espejismos del tiempo. Sostenían esa difícil escansión de unión y diferencia. encontrar los orígenes. Lo cierto es que Holanda se dispersó en sus flotas. un Alter ego histórico. con la cercanía de esa extrañeza esencial. hubo otra historia. Quizás un encierro había tenido resonancia sobre otro encierro. la última figura de los Médicis. No obstante. La dictaminaba una libertad subjetiva pero también la apertura al Atlántico. vivían aquí rodeados por las imágenes del arte. por los sobresaltos de sus inquietos pasillos. Contra el “duro deseo de durar” de los artistas. ya que el arte es una pasión pagana y no puede diferenciarse del anhelo de inmortalidad terrenal. a la porcelana y a los espejos. quizás una restricción determinó la otra. como un pagano. Ese retiro tenía la figura de un Otro. Los judíos del gueto de Florencia estaban rodeados de imágenes. Aquellas promesas que no fueron a parar a la piedra y al óleo. sin saberlo. una alternativa a la pretensión del mármol. Judío de la modernidad. y Estados Unidos. Como certeramente analizó Michel de Certeau. de aquellos que como describió Kafka tenían sus patas traseras en el mundo de sus padres y las delanteras en la cultura gentil. La tensión que supone e interpreta en el Moisés de mármol. el instante de la oración como adelanto de la eternidad. versiones del becerro de oro. como antes Goethe. cuando Sigmund Freud. la herencia de los nombres. La ira que presintió en la estatua fue también la proyección de su temor. por lo que propiciaban un linaje de símbolos. Con unción había admirado en imagen. la furia que rompe las Tablas de la Ley. objeción sin pausa a una acumulación sin destino. hubo de hacer su viaje a Italia. y cortados de la naturaleza por una circuncisión esencial. la interpretación de Freud del Moisés de Miguel Ángel. revierte sobre si mismo. Pero en la perplejidad y el desasosiego de su mirada latía una larga discordia renacentista. esa modernidad se coaguló en los palacios. y quizás ahora China. fue impulsada por la tolerancia. y fue luego Inglaterra. que también era la de su poder. de donde procedía la pintura “El Viejo”.podido los Médicis seguir acumulando la inmortalidad del arte. La expansión social. aquella modernidad que concluye en la globalización y asedia hoy de marcas los palacios de Florencia. dejó en el Siglo XVIII. el cabo estéril de esa dinastía poderosa. y prefirieron la escasez encadenada de la filiación. fue afectado por un enrarecimiento personal. por la mayor abstracción mercantil que implicaba. pero sabía secretamente que ese origen no era el suyo. Habían soslayado las tentaciones de sistemas y certezas griegas. evocaciones bíblicas. El arte era también la apelación pagana a la inmortalidad del cuerpo.

porque según el Talmud todo esta escrito pero se debe elegir en cada vida. se había ufanado de una sensibilidad libre. por esa identidad distraída. igual que muchos países europeos. Nadie sabe como se intersectan y fertilizan las ideas. había sostenido. y se trasfiguraron los mundos. donde el infierno y el cielo son lo mismo. Florencia. El orondo Goethe. Como estudioso de la naturaleza soy panteísta. y el de los judíos y su borde perpetuo de eternidad. más libres y solitarias en otras resonancias. y practicaba en vez de la plenitud absoluta la escasez y la deuda. no tiene siquiera Ministerio de Cultura. la oferta de textiles y pensamientos. los submundos y los trasmundos. una audacia que no pudo pagar sus promesas. Era una fertilidad silvestre que no procuraba escuelas o vanguardias. la encerrada herencia silenciosa que sabía de la muerte y el tiempo. el Pop o la novela negra. y como ser moral monoteísta. lo inacabado. Entre el Mediterráneo y el Atlántico se hizo mas compleja y diversa la modernidad. el cuarto pertenece a las gaviotas. Influjos. el de los Médicis y su acumulación de inmortalidad imaginaria. Los cielos de Florencia Las laminillas ocultas de la diversidad cultural no son menos importantes que las de la biodiversidad para la naturaleza. fue siempre inacabado. la plenitud esplendorosa del tiempo. que . En esa misma libertad.la sublimación de los fetiches. y luego el siniestro “Vatheck” de William Beckford. el lugar perfecto donde se cruzaron las pasiones del Dante con el cálculo de Da Vinci. el odio medieval y la racionalidad técnica de Ford. entre Florencia y Ámsterdam viajaron también las figuras del anhelo mayor. Aquellas tercas pasiones florentinas continuaron burbujeando. no había conocido el encierro. Pensar en los Médicis. Sobre el intercambio mercantil. entretejían en Holanda una inconclusa transformación. Estados Unidos. se habría suscitado el Jazz. ese culto romanticismo que respiraba las notas de su viaje a Italia. en aquella intriga eslabonada que había ordenado el arte florentino hasta el siglo XVIII. habría seguido cuidando su museo. ese legado vacilante no podía ser disuelto en los espejos de la inmortalidad palaciega. el vacilante intercambio. las novedades prometedoras y ambiguas. A cuatrocientos metros de la fiesta de mármol. Así como en unas ínfimas islas del Mediterráneo había mutado el paganismo mítico hacia una racionalidad filosófica. también en Florencia brotó de otra mitología un temprano iluminismo renacentista. Claro que había sido un adelanto desequilibrado. y no al mismo tiempo. frenético de premios y castigos. siglos más tarde. en ese entonces fueron solapadas las alturas y hubo al mismo tiempo tres cielos sobre Florencia: el de Leonardo y sus máquinas voladoras. La técnica y el alto pensamiento comenzaban su entrañable danza. Pero no podría entenderse sin la resonancia del otro linaje. El paraíso y el infierno de Dante. el desenlace mayor de aquel Atlántico. En cambio Ámsterdam no cuidaba su identidad: Rembrandt y sus insaciables autorretratos. Eran evocaciones presuntuosas de la modernidad. es configurar el anhelo de inmortalidad aristocrático. en el trueque de ilusiones y sorpresas mundanas. fue el paraíso perdido de Milton. como artista politeísta. donde los goces de la ciudad son también la tentación y la condena. Los telares intelectuales de Descartes y los de los teñidores de paños de Rótterdam se alentaban mutuamente. terca y acumulativa. Pero no para todos. pero ya habían sido anticipadas por el Renacimiento. y mas tarde el “Inferno” interior de Strindberg o las flores callejeras de Baudelaire. cruzas y mutaciones suceden en ciclos que las historias desconocen. ni academias de ilustres que vigilen el arte. la interpretación. No obstante. Quizás Auschwitz fue el remate real de este progreso en el ideal de los infiernos. atravesado de melancolía por una plenitud irrepetible.

.yurman@centroestudiossefardies. y cuyos íntimos secretos fueron reformulados por el Jazz cinco siglos mas tarde. Fernando Yurman f.net.ve . .planean y deciden sobre el Arno.ve yurman@movistar.org.