05mar

Miércoles de ceniza
P. Santiago Cantera Montenegro, O.S.B.

Queridos hermanos: Existe con frecuencia una imagen extremadamente negativa y oscura de la Cuaresma, originada tanto por la mala comprensión que de ella tienen muchos cristianos, como por la visión que del cristianismo han querido y quieren dar los enemigos de él. El choque entre “Don Carnal” y “Doña Cuaresma” viene reforzado en tiempos recientes por la exaltación neopagana de las fiestas de Carnaval, celebradas de un modo tanto más chabacano y vulgar cuanto menos arraigo histórico poseen en determinadas poblaciones. El carácter penitencial es inherente a la Cuaresma y debe reafirmarse sin temor, pero en no pocas ocasiones será necesario explicar con nitidez el espíritu con que se deben afrontar las prácticas penitenciales. Ante todo, la penitencia no se hace por masoquismo, sino con miras a la obtención de un gran fin: la conversión interior del corazón y el retorno del pecador al cobijo misericordioso de Dios. La Cuaresma, por tanto, es un período de profunda conversión del cristiano y así se nos recuerda en la lectura del profeta Joel que hemos escuchado: “Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones, no las vestiduras: convertíos al Señor Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad, y se arrepiente de las amenazas” (Jl 2,12-13). En consecuencia, como nos ha dicho también el apóstol San Pablo: “ahora es tiempo de gracia, ahora es día de salvación” (2Cor 6,2). Y, ¿a qué nos exhorta Nuestro Señor Jesucristo, que pasó cuarenta días con sus cuarenta noches de rigurosa penitencia en el desierto antes de iniciar su vida pública? Nos anima a entregarnos a la oración, al ayuno y a la limosna, debiendo hacerlo no de un modo hipócrita con el que pretendamos alcanzar las alabanzas humanas que nos hagan tener fama de hombres piadosos, sino desde la intimidad del corazón, donde nuestra oración, nuestro ayuno y nuestra limosna serán conocidos y recompensados por Dios (Mt 6,1-8.16-18). Más aún, Jesús no nos dice que debamos estar tristes al vivir nuestras prácticas piadosas, penitenciales y caritativas, sino que, al contrario, hemos de hacerlo con alegría: “Cuando ayunéis no andéis cabizbajos, como los farsantes […]. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido” (Mt 6,16-18). Este espíritu alegre es el que desea San Benito en el monje, al que recuerda que, aunque su vida “debería responder en todo tiempo a la observancia cuaresmal, sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, por eso invitamos a guardar la propia vida en toda su pureza en estos días de Cuaresma, y borrar, todos juntos, en estos días santos, todas las negligencias de otros tiempos” (RB 49, 1-3). “Días santos”, por tanto, denomina Nuestro Padre San Benito a este tiempo, en el cual anima a entregarse a la oración, la lectura, la compunción del corazón y la abstinencia, añadiendo con permiso del abad algunas pequeñas cosas en lo que de ordinario hacemos y ofrecemos, también en el trabajo. Por eso resalta Dom Paul Delatte, tercer abad de Solesmes, que San Benito no sugiere prácticas extraordinarias en este tiempo, sino un cumplimiento íntegro y más generoso de nuestros simples deberes de estado (Comentario a la Regla de San Benito, cap. XLIX). Y, ¿qué espíritu desea San Benito en el monje? Al igual que Nuestro Señor Jesucristo, no pide un ánimo triste, sino que se haga “con gozo del Espíritu Santo”, de tal modo que “con un gozo lleno de anhelo espiritual espere la santa Pascua” (RB 49, 6-7). Se trata, pues, de unos “días santos”, cuya finalidad es preparar la celebración del gran acontecimiento del misterio cristiano: la Pascua del Señor, la gloriosa Resurrección de Jesucristo, nuestro Redentor. Acojamos así, con este espíritu, este santo tiempo de Cuaresma: tiempo de oración, de ayuno y penitencia y de limosna y caridad; tiempo de mayor dedicación a Dios, de vuelta a Él, de conversión a Él, y de conversión generosa también hacia las necesidades de nuestro prójimo. Un buen ayuno espiritual será que nos privemos de hacer críticas y malos comentarios relativos a nuestros hermanos, eso que San Benito tanto detesta: la murmuración y la detracción. Que la Santísima Virgen María nos ayude a vivir la Santa Cuaresma con estas actitudes para imitar a su divino Hijo y poder unirnos a Él.