Poderes fácticos

Medios y democracia en México

























Selección de textos publicados en la
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales⎥ Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LVIII, núm. 217⎥ enero-abril de 2013⎥ ISSN-0185-1918



























Índice




- Poderes fácticos mediáticos: una agenda de investigación.
Alma Rosa Alva de la Selva

- Poderes fácticos, problemas drásticos.
Raúl Trejo Delarbre

- Los poderes fácticos mediáticos y el surgimiento
del Estado híbrido en México.
Javier Esteinou Madrid

- Medios electrónicos de comunicación, poderes fácticos
y su impacto en la democracia en México.
Israel Tonatiuh Lay Arellano

- Poderes fácticos, comunicación y gobernabilidad:
un acercamiento conceptual.
Francisco Aceves González


Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales⎥ Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LVIII, núm. 217⎥ enero-abril de 2013⎥ pp. 215-222⎥ ISSN-0185-1918
PODERES FÁCTICOS MEDIÁTICOS: UNA AGENDA DE INVESTIGACIÓN ⎥ 215
Te Media Factual Powers: a Research Agenda
Alma Rosa Alva de la Selva

Recibido el 21 de septiembre de 2012
Aceptado el 08 de octubre de 2012

Doctora en Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Nacional Autónoma de México. Profesora-investigadora en el
Centro de Estudios en Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma Universi-
dad, (México). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Ex presidenta de la Asociación Mexicana de Investi-
gadores de la Comunicación. Destacan sus recientes publicaciones: Los medios electrónicos de difusión y la Sociedad de
la Información (coautoría, 2011); Brecha e inclusión digital en México: Hacia una propuesta de políticas públicas (2012).
Sus principales líneas de investigación son: desarrollo de los medios de comunicación y las telecomunicaciones en
México, legislación de la radio, televisión y telecomunicaciones. Correo electrónico: alvadelaselva@hotmail.com
RESUMEN
A partir del reconocimiento de la importancia de
los llamados poderes fácticos en la vida política
mexicana, y en específco de una de sus vertientes,
el poder mediático, este artículo advierte sobre la
escasez de análisis y estudios sobre la cuestión y
enfatiza la necesidad de asumir el tema como ob-
jeto de estudio de forma sistemática y rigurosa,
con base en una agenda de investigación. En el
trabajo se identifcan los puntos fundamentales
de dicha agenda y se propone para el análisis un
abordaje multidisciplinario. Se sugiere que los
resultados de tales estudios pueden aplicarse a la
construcción de acotamientos a los ejercicios del
poder mediático, límites imprescindibles para
un desarrollo nacional democrático.
Palabras clave: medios electrónicos de comunica-
ción, poderes fácticos, poder mediático, telecracia.
ABSTRACT
Based on the recognition of the importance of
the commonly referred to as factual powers in
Mexico’s political life, and specifcally in the me-
dia power, the author calls upon our attention the
insuf cient analysis and research on the subject
and underscores the need to overcome this def-
cit by systematically and rigorously approaching
it as a subject of inquiry and as part of a research
agenda. Tis article brings to the fore the basic
points of such an agenda and proposes a mul-
tidisciplinary analytical approach to develop it.
Te author argues that the studies’ fndings can
be applied to constructing limits for the exercise
of media power, which are indispensable for na-
tional democratic development.
Keywords: electronic media, factual powers,
media power, telecracy.
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lo largo de los últimos años –incluso en los últimos días– han emergido numerosas
expresiones indicadoras de las capacidades de acción de uno de los componentes de los
llamados “poderes fácticos” de mayor peso e infuencia en nuestro país: el poder mediático. Si
bien en México la ruta de poder de los medios, en especial de los electrónicos, puede rastrearse
desde los orígenes de la radio hasta la actualidad –tiempo en el que se han construido las
bases de la llamada sociedad de la información– es especialmente en los últimos diez años
que pueden observarse en nuestro país sucesivos episodios de sometimiento de los poderes
constitucionales que han colocado a ese vector con notable ascendencia en el bloque dominante.
Se ha hecho manifesto que las élites políticas dependen cada vez más de los poderes fácticos,
y aún más signifcativamente, del poder mediático.
Con las televisoras en el centro de la escena, en la segunda década del siglo XXI, el poder
mediático se encuentra en el núcleo de la vida política y social mexicana. Es ése un notable
poder político, pero también un poder económico e ideológico que opera con efciencia al
tiempo que exhibe su enorme potencialidad.
A lo largo de las últimas décadas, múltiples y diversos acontecimientos han hecho patentes
en el panorama político, económico, social y cultural del país, los continuos avances de un
poder de grandes ambiciones y claros objetivos que es preciso acotar, en la perspectiva de
fortalecer el frágil proceso de la construcción de la democracia en México. En este sentido,
el foco analítico debe dirigirse a lo que bien puede denominarse la transferencia de la toma
de decisiones a los poderes fácticos. En muchos episodios de la vida nacional, se han hecho
evidentes –entre otras prácticas– las interferencias de estos actores en los procesos políticos,
la utilización de los medios electrónicos para colocar los asuntos de su interés en la opinión
pública o incluso para orientarlos hacia una dirección determinada.
En esa línea, comprender y analizar los ejercicios de ese poder es tarea obligada. Es preciso
asumir el tema como objeto de estudio y, con base en una agenda de investigación, generar
un conjunto de refexiones y acciones orientadas al establecimiento de límites claros y frenos
efectivos a esa fuerza cuyas prácticas rebasan los ámbitos e instituciones formales, con un ritmo
expansivo que puede llegar al punto de obstaculizar la gobernabilidad democrática del país.
Contrario a lo que pudiera esperarse en función de la importancia del asunto y sus
crecientes repercusiones en la vida nacional, no existe un acervo sufciente de trabajos que
de forma sistemática hayan revisado el tema. De hecho, si bien desde el campo de la ciencia
política el análisis sobre factores y grupos de poder se ha mantenido y es tema de discusión
permanente, hacen falta análisis que profundicen en aspectos específcos de tal fenómeno
político en nuestro país. En este sentido, es posible identifcar varios itinerarios de investigación.
El primero tiene que ver con la importancia de teorizar sobre los llamados poderes
fácticos en general y sobre el “poder mediático” en particular. Es importante contar con una
defnición capaz de refejar más claramente las características de tales ejercicios de poder.
¿Cuál es la naturaleza, de qué se compone ese “poder de hecho” que –utilizando todo tipo
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algunos de los interrogantes fundamentales por develar.
Por cierto, existen diversos acercamientos sobre el tema en cuestión. Entre ellos se destacan
aquellos que enfatizan algunos de los rasgos distintivos de los denominados poderes fácticos.
Por ejemplo, aquel relacionado con su condición de perniciosos e inaceptables, o bien el de
su progresiva injerencia en el espacio público; características ambas cuya combinación ha
hecho pensar en ciertos casos que se trata ya de poderes “imposibles” de regular o al menos, y
en ello coincidimos, que cada vez resulta más costoso acotarlos en tanto que se ha permitido
la reproducción y ampliación de su poder, sin frenos o contrapesos.
Así, como parte de lo que constituye una primera vertiente de investigación, se encuentra
una necesaria caracterización del “poder fáctico mediático” en sí mismo y en su vinculación
con otros poderes de su mismo género.
Partiendo de las bases conceptuales del análisis del poder, es necesario preguntarse
también cuál es la especifcidad, la esencia del poder mediático; refexionar sobre qué clase
de poder es el de los medios. ¿Es el poder mediático un poder de “bajo octanaje” o constituye
más bien un conjunto de prácticas sofsticadas? ¿Cuál es su lógica de dominación? Por otro
lado, considerando su faceta de poder simbólico ¿es por ello que el mediático es un poder
tan efciente, aunque poco perceptible? Y luego, ¿es pertinente concebir al poder mediático
como la confguración del poder protagonizado por los consorcios televisivos caracterizados
por una sostenida actividad política beligerante?
En este orden de ideas, es importante la revisión de un concepto propuesto hace años que,
contrastado con las realidades de hoy, ha visto refrendada su pertinencia, pero que a la luz de
hechos sucesivos conviene ampliar o reforzar. Defnido por Henderson en 1997 “como una
nueva forma de gobierno, dominada por los medios de masas”, el concepto de mediocracia
fue ganando terreno a nivel mundial, en la misma medida en que tomaba mayor cuerpo el
poder político, cultural, ideológico y económico alcanzado por los medios, con una infuencia
en tales esferas que crecientemente fue rebasando la de otras instituciones.
No debe perderse de vista la necesidad de análisis de las características de la mediocracia
en México, tarea iniciada por algunos investigadores (Trejo, 2004; Esteinou, 2011, entre otros).
Asimismo, cabe refexionar si en el caso nacional es más pertinente referirse a la existencia de
una telecracia (que podría defnirse como la confguración del poder mediático protagonizado
por las empresas de televisión de mayor envergadura con una sostenida actividad como actores
políticos beligerantes, infuyentes en la vida social, política y cultural y con capacidad para
doblegar a los poderes institucionales).
En el contexto del desarrollo de la convergencia, que entre otros procesos supone la
transformación de los medios en conglomerados de telecomunicaciones, los alcances de los
consorcios en tanto poderes fácticos se están viendo ampliados, fenómeno que es necesario
estudiar desde la perspectiva citada.
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refexión sobre los procesos de construcción del poder en el presente y considerar el papel
de la comunicación como factor fundamental de ejercicio del poder; analizar sobre cómo
se adquiere el poder para actuar sobre los fenómenos sociales, con la mira en un objetivo
concreto y discernir con mayor claridad cómo actúan las nuevas formas de dominación
(Castells, 2009). En ese indispensable análisis habrá de considerarse también el hecho de que
se trata de un poder económicamente concentrado.
Otra línea de investigación es la que apunta a discernir los fnes últimos de esos poderes:
cuáles son sus objetivos y proyectos, son preguntas cuyas respuestas seguramente pueden
ofrecer explicaciones de fondo sobre actos o decisiones con metas de aparente corto plazo,
pero que en realidad se adscriben a metas de largo alcance. En esta dirección, una pregunta
básica a plantearse sería ¿hasta dónde pretende llegar ese poder? ¿Cuáles son sus metas en
lo económico y lo político?
El análisis de cómo actúa el poder fáctico mediático se presenta como otro frente
necesario de acometer por la investigación. Es necesario conocer con qué estrategias se han
ido edifcando las relaciones de poder puestas en práctica por los agentes mediáticos. Ello
considerando que, como anota Castells (2009), tales relaciones aplican acuerdos de diverso
tipo (fnancieros, políticos, comerciales), con diferentes niveles de práctica e instituciones,
es decir en los planos global, nacional y local.
El reto analítico entonces no es poco, pues asumirlo supone comprender e identifcar
las relaciones de poder de cada uno de los agentes involucrados en los diferentes niveles,
formas y escalas de la práctica social y en sus resultados “estructurados”. Habrán de revisarse
también, en lo que representa un amplio capítulo para la investigación, las articulaciones
(medulares en su confguración) del poder mediático con el sistema político. Se requiere de
análisis y estudios para lograr desentrañar los mecanismos precisos que ese poder ha aceitado
y pone en marcha para conseguir sus fnes, establecer con claridad cómo opera, se mantiene
y expande su dominio.
Una veta más es la marcada por el análisis de la ubicación del poder mediático en la
estructura del bloque dominante. En este sentido, vale preguntarse cuál es el sitio que le
corresponde al poder mediático en el contexto de la jerarquía de los poderes fácticos, así
como cuál es el estatuto del poder televisivo con respecto al poder mediático, y en un sentido
más amplio, en su tránsito hacia el sector telecomunicaciones.
En lo que se considera una ruta por demás prolífca, la investigación puede dirigirse hacia
los actores participantes y los roles que desempeñan. Se trata de adentrarse en el terreno de
quiénes, a partir de su posición y papel en la estructura social, construyen las relaciones de
poder necesarias a favor del objetivo buscado.
Cabe anotar que, entre otras perspectivas metodológicas útiles para ese propósito, se
encuentra el análisis histórico-estructural, con cuyas herramientas es posible conectar las
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aspectos inéditos del desarrollo de la comunicación en México y la infuencia o intervención
del poder mediático en el curso o rumbo dado a los mismos. Mas no concluye ahí dicho
flón de estudio, que más allá de los actores individuales, puede extenderse a las acciones
de poder de actores colectivos, empresariales o institucionales.
Sin duda, una veta más –muy importante para la investigación en el tema– es la del análisis
del impacto de las intervenciones políticas de ese poder fáctico mediático en diferentes
dimensiones de la vida nacional. Las preguntas se agolpan: ¿Cuáles han sido y en qué momento
se han ejercido esas “capacidades de acción” en determinados procesos políticos y sociales del
país? ¿Qué repercusiones han tenido sus intervenciones en el proceso hacia la democracia,
la pluralidad de los medios, el derecho a la información y el desarrollo de la sociedad de la
información? Cabe también ahondar en la fuente de análisis en que se ha convertido el ascenso
de los medios en la escala de poder, con las atribuciones que ello les conlleva.
Desde la perspectiva de Ignacio Ramonet, los media habrán de considerarse en los tiempos
que corren como algo más que el llamado cuarto poder: “En la práctica” –señala el periodista
español– “se da cada vez más una especie de confusión entre los media dominantes y el poder
(…) y esto hace que no cumplan la función de ‘cuarto poder’” (Ramonet, 2002: 34). Luego de
señalar la conveniencia de preguntarse hoy en día “cuáles son realmente los tres poderes” y
advertir que éstos no son ya precisamente aquellos registrados en la “clasifcación tradicional:
legislativo, ejecutivo, judicial”, Ramonet refere al poder económico como “el primero de todos”,
al poder mediático como el segundo y al poder político como el que ocupa la tercera posición.
Y subraya: “Si se quisiera clasifcar los poderes (…) se vería que los media han ascendido, han
ganado posiciones y hoy se sitúan como instrumento de infuencia por encima de un buen
número de poderes formales” para el funcionamiento de las sociedades (Ramonet, 2002: 34).
Así pues, es claro el imperativo de particularizar en varios aspectos de este tema, tan
complejo como importante. Uno de ellos, identifcado por Exeni (2005: 44-45), es el de la
relación entre el poder mediático y el sistema político, misma que puede abordarse desde tres
niveles. El primero es el “uso de la información” como instrumento de poder. Se trata de un
rubro que se vincula directamente con las pugnas entre quienes controlan la propiedad, acceso
y participación de los procesos comunicacionales e informativos mediatizados (empresarios,
periodistas, editores), frente a otros actores (por ejemplo la “clase política”) que buscan una
cobertura favorable o hasta el control de los medios.
En un segundo nivel (igualmente de acuerdo con Exeni) se ubica la capacidad de infuencia
del sector de los medios sobre las acciones y decisiones del poder político. Una tercera línea
de análisis es la representada por una posible confguración de los medios como un poder
político cuyos alcances lo harían comparable al poder estatal.
No habrá de desestimarse en la agenda, el tema de las repercusiones de ese poder mediático
en el ámbito de la comunicación política, donde su predominio (entre otras resultantes) ha
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En el terreno de lo que Tompson (1998) ha llamado la mediatización de la política, habrán
de revisarse las transformaciones de las prácticas de poder en las sociedades actuales a partir
de la ascendente presencia de la comunicación mediática, como también de las formas
de interacción social y de la producción, circulación e intercambio de formas simbólicas,
ideológicas y culturales que aquélla proyecta.
Por otra parte, en el caso nacional es imprescindible el abordaje del fenómeno de
concentración como uno de los más importantes pilares del poder mediático en tanto
poder fáctico. En nuestro país, el poder de los medios es un poder concentrado, de carácter
estructural. La presencia dominante de oligopolios y virtuales monopolios en el terreno de los
medios y las telecomunicaciones, de cara a su tránsito hacia los nuevos escenarios digitales,
tiene implicaciones varias, que van desde lo económico y lo político hasta el plano de la
sociedad y la cultura, pasando desde luego por el propio terreno de los medios, donde existe
un conjunto de impactos que se refejan, por ejemplo, en los grupos participantes o en los
sectores representados en sus espacios. Así, se impone un análisis del tema desde el enfoque
de la economía política de la comunicación.
Es necesario también estudiar el proyecto político de ese poder a través del azaroso proceso
hacia la democracia en México, con la etapa de la llamada “transición” como el período a
lo largo del cual ha conseguido avanzar y fortalecerse notablemente, al asumir un papel
protagónico, por ejemplo en materia de políticas públicas, legislación de medios e incluso en
la sucesión presidencial del 2012, entre otros asuntos de primer orden para el país.
Como se aprecia, la agenda de investigación es tan amplia como compleja. Ello impone
la realización de investigaciones rigurosas, sistemáticas y de carácter multidisciplinario.
Los resultados de tales análisis pueden ponerse al servicio de una útil aplicación práctica:
la de servir de andamiajes para construir acotamientos a esos ejercicios de poder, límites
imprescindibles para un desarrollo nacional democrático hoy puesto en riesgo.
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PODERES FÁCTICOS MEDIÁTICOS: UNA AGENDA DE INVESTIGACIÓN ⎥ 221
Castells, Manuel, (2009) Comunicación y poder. Madrid, Alianza Editorial.
Exeni, José Luis, (2005) Comunicación política e in/gobernabilidad en democracia. Bolivia,
Plural Editores.
Ramonet, Ignacio, (2002) La tiranía de la comunicación. Barcelona, Editorial Debate.
Tomson, John, (1998) Los media y la modernidad. Una teoría de los medios de comunicación.
Barcelona, Paidós.
Trejo Delarbre, Raúl, (2004) Poderes salvajes. México, Cal y Arena.
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Factual Powers, Drastic Problems
Raúl Trejo Delarbre

Recibido el 21 de septiembre de 2012
Aceptado el 08 de octubre de 2012

Una primera versión de este texto fue presentada en el Seminario “Democracia, paz y derechos: Ejes de un
pensamiento ilustrado. En el centenario del nacimiento de Norberto Bobbio”, Instituto de Investigaciones Jurídicas
de la UNAM, 2 de febrero de 2010.
∗∗
Doctor en Sociología por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de Méxi-
co, Maestro en Estudios Latinoamericanos y Licenciado en Periodismo por la misma Facultad. Investigador titular en
el Instituto de Investigaciones Sociales de la desde 1974 y profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
de la misma Universidad, (México). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, Nivel 3. Autor de 17 libros y
coordinador de más de una docena de publicaciones. Destaca su libro reciente: Laicidad y medios de comunicación
(2013). Sus principales líneas de investigación son: tecnologías de información y comunicación; ciudadanía, sociedad
de la información y redes digitales; medios y democracia. Correo electrónico: rtrejo@servidor.unam.mx
RESUMEN
El artículo reconstruye sistemáticamente una
defnición analíticamente densa de los poderes
fácticos. Colocando el foco sobre las implican-
cias de su vigencia en América Latina, se inda-
ga sobre la resistencia de los poderes fácticos al
Estado de derecho, poniendo así en evidencia
su propensión a promover e imponer sus inte-
reses particulares sobre el resto de la sociedad.
Por último, ensaya un diagnóstico acerca de la
expansión cultural de los poderes fácticos en la
sociedad mexicana, concluyendo que su infuen-
cia denota carencias políticas, vacíos jurídicos y
penurias culturales, identifcando especialmente
la preponderancia ideológica de las televisoras
privadas.
Palabras clave: poderes fácticos, legalidad, T-
, macropoder, Estado de derecho.
ABSTRACT
Te article reconstructs systematically a
defnition analytically dense of the factual
powers. By focusing on the implications fac-
tual powers in Latin America, the article in-
quiries into the resistance of these powers to
the State of law, evidencing their propensity
to promote their own private interests and
impose them on society at large. On its turn,
the author elaborates a diagnosis of the cul-
tural expansion of factual powers in Mexican
society, demonstrating that their infuence
expresses and reinforces political defcien-
cies, legal voids and cultural paucity, identify-
ing the ideological preponderance of private
television.
Keywords: factual powers, legality, T-
, macro-power, Rule of law.
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⎥ RAÚL TREJO DELARBRE 224
odos sabemos de qué se habla cuando alguien menciona a los poderes fácticos, pero su
defnición a menudo es insufciente, escurridiza casi. Los poderes fácticos exceden los
límites del Estado, su infuencia la ejercen precisamente para desplegar sus intereses más
allá del interés legítimo que representan o debieran representar las instituciones políticas, se
manifestan por cauces a menudo informales e incluso extralegales, quebrantan cartabones
legales y políticos, son incómodos tanto para los gobernantes como para los estudiosos,
irritan a los juristas porque atropellan la disciplina de los sistemas legales, importunan a los
politólogos cuando se brincan las trancas de los regímenes políticos tradicionales. Ninguna
defnición los comprende a todos porque los poderes fácticos son, valga la redundancia,
manifestaciones de hecho; surgen más allá de las concepciones teóricas y las desbordan, se
imponen por la fuerza de la realidad a la cual intentan modelar según sus conveniencias.
Los poderes fácticos debilitan y en ocasiones incluso anulan la capacidad del Estado
para garantizar el interés de los ciudadanos. Los límites que en atención a ese interés y que
para salvaguardarse a sí mismo impone el poder estatal, resultan estorbosos para los propios
poderes fácticos. Trátese de corporaciones eclesiásticas ávidas de infuir en decisiones políticas,
grupos empresariales afectados por las regulaciones estatales o medios de comunicación
cuyos propietarios acaparan el espacio público, los poderes fácticos regatean autoridad a las
instituciones estatales cuando no funcionan de acuerdo con sus intereses. En otros casos, se
trata de fuerzas delincuenciales, como las del narcotráfco, que directamente tratan de quebrar
o paralizar la capacidad del Estado para hacer cumplir las leyes.
Al margen de las normas democráticas
En América Latina, los poderes fácticos se han constituido en uno de los atascos más im-
portantes para las transiciones políticas. La construcción de la democracia ha supuesto el
establecimiento de reglas y de compromisos por parte de todas las fuerzas sociales y políticas
en torno al cumplimiento de las normas necesarias para la competitividad y la representación
electorales. Los poderes fácticos, que en ocasiones han alentado los procesos de transición, en
algún momento buscan valerse de ellos con secuelas tan signifcativas que, Manuel Antonio
Garretón, uno de los politólogos latinoamericanos más prestigiados, ha considerado:
que desempeñan un papel crucial en los casos de mayor descomposición del sistema político en
la región, nos referimos a entidades o actores que procesan las decisiones propias a un régimen
político –es decir, poder político, ciudadanía, demandas y confictos–, al margen de las reglas
del juego democrático (Garretón, 2001: 61).
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PODERES FÁCTICOS, PROBLEMAS DRÁSTICOS ⎥ 225
quienes los identifcan, además, entre actores de la vida institucional que rompen con cauces
o normas formales. El mismo Garretón establece la siguiente distinción cuando explica que
los poderes fácticos:
pueden ser extra institucionales, como los grupos económicos locales o trasnacionales, la
corrupción y el narcotráfco, grupos insurreccionales y paramilitares, poderes extranjeros,
organizaciones corporativas o medios de comunicación. Pero también existen actores que
constituyen poderes de jure o institucionales, que se autonomizan y asumen poderes políticos
más allá de sus atribuciones legítimas, transformándose en poderes de facto, como es el caso de
presidentes (hiperpresidencialismo), parlamentos, poderes judiciales, tribunales constitucionales
y las mismas fuerzas armadas en muchos casos (Garretón, 2001: 61).
Con un enfoque similar, aunque menos generalizador, el investigador mexicano Enrique
Sánchez Ruiz, interesado fundamentalmente en los medios de comunicación, ha considerado
que “el poder fáctico es el que se ejerce fuera de los ámbitos formales, que no coincide con el
aparato del Estado. El poder fáctico se ejerce de hecho –tácitamente– no de iure –legalmente–.
Sin embargo, no necesariamente es ilegal o ilegítimo” (Sánchez, 2009: 196-197).
Así que, ya sea con asidero en la ley o declaradamente al margen de ella –como sucede
con la delincuencia organizada– la resistencia de los poderes fácticos al Estado de derecho,
ha sido identifcada de muchas maneras desde que se extendió la refexión política acerca del
Estado mismo. Ya Tomas Hobbes, en su conocido capítulo X del Leviatán, se refería a los
poderes naturales e instrumentales que adquirían los hombres y, aunque entendía al poder
del Estado como el más vigoroso porque concentra el de muchos hombres, apuntaba otras
fuentes y manifestaciones de ejercicio del poder. Mucho tiempo después, hay autores que
encuentran la diferencia entre “poder de hecho” y “poder de derecho” en el modo en el cual
Max Weber se refere a los conceptos “autoridad” y “poder” (Piñón, 2000: 543).
1
Derecho y poder tendrían que estar indisolublemente vinculados en una sociedad de poder poder
ciudadanos responsables y con un orden jurídico de plenos consensos. Como esa situación
ideal no existe, Norberto Bobbio, al referirse a la justifcación del poder, recordaba la distinción
entre aquello que es posible y lo que es lícito, y entre la efectividad y la efectividad efectividad legitimidad (Bobbio,
1989: 117 y ss.). Las diferencias entre el ámbito de la normatividad y el mundo del poder, le
1
En su monumental Economía y sociedad, Weber alude, con una connotación distinta a la que tiene hoy en día, al “aspecto
fáctico” en el ejercicio del poder; con ese término, el pensador alemán distingue entre el poder que se deriva de una norma
jurídica, de la capacidad de una autoridad para que sus órdenes tengan consecuencias relevantes: “el poder de mandar ‘fáctico’
suele exigir el complemento de un ‘orden’ normativo legal, y opera así forzosamente en relación con el sistema de nociones
jurídicas” (Weber, 1984: 700).
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⎥ RAÚL TREJO DELARBRE 226
Política. En una carta a varios de sus colegas en la Universidad de Turín, Bobbio apuntaba:
Siempre he considerado la esfera del derecho y la de la política, por usar una metáfora que
me es familiar, dos caras de la misma medalla. El mundo de las reglas y el mundo del poder.
El poder que crea a las reglas, las reglas que transforman el poder de hecho en un poder de
derecho (Citado en Bovero, 2005: 56).
Esas precisiones nos permiten recordar que, como todos sabemos y a menudo padecemos,
el poder no es privilegio de las instituciones refrendadas por la ley. La amplia variedad de
intereses que no son –o que no debieran ser– satisfechos por la acción estatal, a menudo se
organizan y expresan no sólo en legítima reivindicación de sus intereses sino, en ocasiones,
en contra del Estado y la sociedad. Si el poder es, de acuerdo con Weber, “la probabilidad
de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia
y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” (Weber, 1984: 43), entonces
resulta posible reconocer una amplia variedad de poderes más allá de los que se derivan
legítimamente de la soberanía popular. Los linderos entre legalidad, alegalidad
2
e ilegalidad,
son frecuentemente transpuestos por corporaciones empresariales que buscan hacer más
negocios y pagar menos impuestos, iglesias que infringen las reglas del estado laico, medios
de comunicación que convierten en causa y práctica el rechazo a las regulaciones, pandillas
delincuenciales que agreden y atemorizan a la sociedad.
Poder de hecho, en busca de sus propias reglas
Los poderes fácticos promueven y, cuando están en condiciones, imponen sus intereses par-
ticulares al resto de la sociedad. En otros tiempos, en circunstancias no siempre idénticas,
se les ha denominado grupos de presión o grupos de interés. Sin embargo entre tales grupos
puede haber corrientes u organizaciones que actúen dentro del marco legal y ciñéndose a las
normas. De hecho, la existencia de organizaciones capaces de ejercer contrapesos al poder del
Estado puede ser saludable, necesaria incluso, en cualquier sociedad democrática. Los pode-
res fácticos eluden o soslayan las normas, son más propensos a la coacción que al consenso.
En México, hace casi medio siglo, Pablo González Casanova distinguía entre “poderes
formales y reales” al hacer la disección de los factores de poder que entorpecían La democracia
en México (González Casanova, [1965] 1969: 45). Ese autor enumeraba a los “verdaderos factores
de poder” en este país, así como en otros de Hispanoamérica: caudillos y caciques regionales, el
2
Por “alegalidad”, entendemos aquello que no está regulado por las leyes.
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Ibid., [1965] 1969:
45-46). Hoy nuestro elenco de poderes reales se ha globalizado, en algunos casos adquiere cierta
sofsticación tecnológica, en otros afanza y expande su discurso pero, antes que nada, ha ganado
infuencia política e ideológica.
En algún otro momento habrá que hacer un diagnóstico cabal acerca de la expansión
cultural de los poderes fácticos en nuestras sociedades. En algunas regiones del país pareciera
tener arraigo la cultura del narcotráfco que lo mismo sirve de cobertura ideológica que como
parapeto incluso político de los grupos delincuenciales. En otro plano, distinto desde luego,
podemos identifcar la preponderancia ideológica de las televisoras privadas, por lo menos
en el plano de los medios de comunicación.
La infuencia de los poderes fácticos denota carencias políticas, vacíos jurídicos y penurias
culturales. María Amparo Casar ha encontrado en tal ascendiente una de las características
más notables, y socialmente costosas, de la transición mexicana:
La transición mexicana logró democratizar la esfera de lo político en lo que se refere al acceso
a los cargos de elección popular y a la pluralidad de los órganos de gobierno, pero no tuvo el
mismo éxito en reducir la posición e infuencia de ciertos grupos de poder. Al respecto, hay que
distinguir entre el poder político de jure y el poder político de facto. El primero es el que otorgan
las instituciones políticas: la Constitución, las leyes, el sistema electoral. El poder de facto es el
que surge de la acción colectiva y del despliegue de recursos privados, trátese de mecanismos
como el cabildeo y la corrupción, o el simple uso de la fuerza (Acemoglu y Robinson, 2006,
citados por Casar, 2009: 47).
Añade Casar:
Las transiciones políticas democráticas cambian el poder político de jure pero no nece-
sariamente, o no en la misma proporción, el poder de facto. Las instituciones políticas
pueden pasar de ser no democráticas a democráticas y cambiar la distribución del poder
político de jure. Pero esto puede tener poco impacto en el ámbito del poder político de
facto porque, ante ese cambio, las elites tienden a invertir más en su poder real mediante el
cabildeo, el control del sistema de partidos, la corrupción, la intimidación o las amenazas
y, finalmente, en el uso de la fuerza (Casar, 2009: 48).
Arrinconar al gobierno, desfgurar al Estado
El efecto que tiene el desarrollo de los poderes fácticos en la formación o distorsión de la
cultura cívica –esto es, en la apreciación que los ciudadanos tienen acerca de las institucio-
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entre muchas otras implicaciones– puede ser devastador. Los medios de comunicación
no son culpables de todas las indigencias e insufciencias ciudadanas en ese terreno, pero
tampoco resultan ajenos a ellas. Pensando en ellos, la investigadora Rossana Reguillo
defnió, con precisión:
Poderes fácticos, se les llama hoy día, para caracterizar a aquellos poderes capaces de operar
y actuar ‘de facto’, es decir, como aquellos poderes capaces de instalar normas (aceptadas) y
de dirigir las orientaciones y decisiones de la sociedad, en una dirección determinada; estos
poderes fácticos, operan muchas veces, al margen del derecho, e incluso al margen de la legalidad
(Reguillo, 2008: 155).
Hace ya más de un cuarto de siglo, varios investigadores escribimos el libro Televisa, el
Quinto Poder (Trejo, 1985) que tenía como epígrafe una cita del periodista Manuel Buendía,
sin duda el columnista más infuyente en aquellos años y que había sido asesinado un año
antes, en 1984:
En esta táctica de arrinconar al gobierno y de hacer retroceder históricamente al Estado, nada
comparable al caso de Televisa. Esta empresa, que en el fondo depende de la voluntad de un sólo
hombre, se ha erigido en el Quinto Poder, y quizá aspira a ser llamada en México simplemente
El Poder. Todos los medios, absolutamente todos, hasta el diario más importante, dependen
de Televisa de una forma u otra. Si, por ejemplo, el gran cacique decide mostrar su disgusto
contra un diario y ordena que se suspenda la transmisión de su campaña publicitaria o el sorteo
para los suscriptores, aquel diario tiembla de pies a cabeza, por poderoso que sea o parezca.
Los políticos y funcionarios se disputan las ocasiones de rendir pleitesía a Televisa (Buendía,
1984, citado en Trejo, 1985).
Por eso, cuando tres lustros más tarde conocimos la defnición del profesor Luigi Ferrajoli
para designar a los poderes extralegales que se han enquistado en Italia, lo mismo que en
México –desde las mafas criminales hasta los emporios de la comunicación– no dudamos
en denominar “Poderes salvajes” a los consorcios mediáticos de nuestro país. Entre esos
grupos privados que asumen conductas extralegales, además de mafas criminales y redes
de corrupción se encuentran, de acuerdo con el profesor Ferrajoli:
sobre todo los macropoderes económicos que, en ausencia de límites y de controles legales,
tienden a desarrollarse con dinámica propia, arrollando las garantías de los derechos de los
trabajadores, los principios de transparencia y concurrencia, los intereses públicos y los derechos
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citado en Trejo, 2005: 192).
Los poderes fácticos cuestionan, acotan y en ocasiones debilitan al poder de las
instituciones estatales. Pero, salvo en situaciones de crisis política generalizada, no
suplantan al Estado.
Poderes ocultos, refractarios a la transparencia
El mismo Ferrajoli, más recientemente, ha señalado que una de las pretensiones de los poderes
interesados en inhabilitar al Estado es “la ilusión de una democracia sin derecho”, que sería:
una política y un mercado sin reglas, dominados por poderes políticos y económicos que no
toleran límites ni controles. Pues ¿qué otra cosa signifcan el ataque actual a la Constitución
en Italia, las agresiones a la magistratura y la idea –en relación con el área del gobierno, pero
no sólo– de la omnipotencia de la mayoría, sino un retorno a la opción por el gobierno de
los hombres contra el gobierno de las leyes? (Ferrajoli, 2005: 33).
Por su parte, Norberto Bobbio se había referido a los que llamó poderes ocultos. Lo hizo
cuando refexionó acerca del papel que ha de desempeñar la transparencia en la construcción
y el mantenimiento de la democracia. Los actos del poder público, estableció, deben ser,
precisamente, abiertos y sujetos al más amplio escrutinio. Lo contrario, es el “poder invisible”
que se contrapone con el ideal democrático (Bobbio, 1986: 65 y ss.).
El peso de los poderes extra institucionales, estén o no al margen de la ley, ha sido
considerado como una de las limitaciones fundamentales al ejercicio de la democracia.
En su célebre indagación sobre las condiciones de la democracia en América Latina,
el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo realizó una ambiciosa encuesta
entre líderes políticos y sociales, al cabo de la cual encontró: “El 79.7% de los dirigentes
consultados en América Latina resalta la infuencia sobre los gobiernos de los empresarios
y el sector fnanciero. Un 65,2% hace hincapié en el poder de los medios de comunicación
(, 2004a: 79).
La misma institución internacional concluyó, en el balance de aquella indagación:
En el mapa del poder que trazan nuestros consultados se destaca el gran peso de ciertos poderes
fácticos, en particular del sector económico-fnanciero y de los medios de comunicación. Entre
nuestros consultados existe la percepción de que los condicionamientos impuestos por estos
poderes conducen a la existencia de gobiernos que tienen serias limitaciones para responder
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proyectos colectivos que les permitan convertirse en expresión auténtica de la ciudadanía,
así como la infuencia de poderes extraterritoriales que, entre otros aspectos, se expresa en la
importancia relativamente baja que se asigna en la agenda a la integración entre países de la
región (, 2004b: 176).
La índole antidemocrática de los poderes fácticos no radica únicamente en la reivindicación
de privilegios para alguna o algunas corporaciones o grupos de interés sino, junto con ello,
en su desempeño al margen o a pesar del orden jurídico. La solidez de un sistema político se
puede aquilatar en su capacidad para circunscribir a los poderes fácticos al marco legal. El
Estado mexicano, a juzgar por su vulnerabilidad ante tales poderes, está perdiendo también
esa batalla.
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del Estado híbrido en México
Te Media Factual Powers and the Emergence
of the Hybrid State in Mexico
Javier Esteinou Madrid

Recibido el 21 de septiembre 2012
Aceptado el 8 de octubre de 2012

Doctor en Sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Sociología por la Universidad
Iberoamericana. Investigador Titular del Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma
Metropolitana, Unidad Xochimilco, (México). Expresidente (y fundador) de la Asociación Mexicana de investiga-
dores de la Comunicación. Premio Nacional de Periodismo 2010. Autor de diversas obras como Economía Política y
Medios de Comunicación: Acumulación, Ideología y Poder (1985) y Medios de Comunicación: Acumulación, Ideología y Poder Medios de Comunicación: Acumulación, Ideología y Poder La Ley Televisa y la Lucha por el Poder en México
(coautoría, 2010). Sus principales líneas de investigación son: medios de comunicación y transformación del Estado,
reforma legal de medios y políticas de comunicación. Correo electrónico: jesteinou@gmail.com
RESUMEN
El proceso de traslape institucional que se dio
entre los tradicionales poderes constitucionales
formales y el funcionamiento de las tecnologías
electrónicas de difusión masiva, que gradual-
mente alcanzaron posiciones fácticas desde la
mitad del siglo XX y principios del siglo XXI,
ocasionó que el Estado nacional sufriera nuevas
modifcaciones sustanciales que cambiaron su
naturaleza y sus funciones rectoras básicas. Así,
la acción del poder mediático a lo largo de varias
décadas, dio origen a un novedoso fenómeno de
naturaleza mixturada que generó un nuevo tipo
de “Estado hibrido”. La correspondiente nue-
va República histórica, de naturaleza altamente
mediático-política, modifcó la estructura y el
escenario del convencional Estado-nación con-
temporáneo en México. La evolución de dicha
realidad histórica no ha concluido, sino que con-
ABSTRACT
Te process of institutional overlapping that
developed in Mexico between formal tradi-
tional constitutional powers and mass elec-
tronic technologies, which gradually attained
factual positions in the second half of the 20th
century and the beginning of the 21st, chan-
ged the nature and basic governing functions
of the national State. Tus, mass media pow-
er gave rise to a novel mixing phenomenon
that generated a new type of “hybrid State”.
Te corresponding new historical Republic
with a highly political and media oriented
nature modifed the structure and scenar-
io of the conventional contemporary nation
state. Te evolution of this historical reality
has not yet come to an end, but instead con-
tinues to develop with an enormous amount
of dynamism and force towards new stages
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A
lo largo de los últimos doscientos años la sociedad mexicana luchó incansablemente
para conquistar condiciones de mayor autonomía y humanidad que le permitieran
vivir con más independencia, equidad, dignidad y paz social. Con este fn, la comunidad
nacional decidió enfrentar a través de la guerra de la Independencia de 1810 a la dominación
del poder imperial de la Corona Española que se había instalado violentamente desde hacía
muchos siglos en México. Fue también mediante el levantamiento de la Revolución mexicana
de 1910 que encaró al poder autoritario terrateniente del porfriato, para formar un nuevo
orden nacional, más justo y equilibrado que posibilitara la coexistencia sana y pacífca de los
diversos conjuntos sociales que componían al país.
De esta forma, a través de dichos procesos sociales emancipadores, paulatinamente se
crearon en México novedosas jerarquías políticas, acuerdos colectivos, instituciones de
estabilización y nuevos marcos jurídicos que le permitieron conseguir la edifcación de un
nuevo orden de paz y convivencia comunitaria más equilibrado para las mayorías sociales.
Dentro de las innovaciones estructurales que se introdujeron para estabilizar a la sociedad,
la realidad histórica más trascendente que se construyó en estos últimos dos siglos fue la
edifcación de la fgura del Estado-nación mexicano como la ins tancia rectora que creó un
nuevo sistema de estabilidad y dirección nacional.
tinúa desarrollándose con enorme dinamismo y
fuerza hacia nuevas etapas de transformación del
Estado, del espacio público y de la sociedad en su
conjunto, sin saber hasta dónde llegará su deve-
nir, pues los poderes fácticos mediáticos se forta-
lecen crecientemente en el país al tiempo que los
poderes públicos se debilitan paulatinamente. Por
ello, con mayor razón la sociedad debe sostener
un permanente análisis crítico que describa obje-
tivamente las nuevas características que adquiere
este fenómeno estratégico, las fases de transforma-
ción a las que asciende y las alternativas de retorno
que existen para rescatar el proyecto de un creci-
miento nacional.
Palabras clave: Estado, poderes fácticos mediá-
ticos, república mediática, telecracia.
of transformation of the State, public space, and
society as a whole, without knowing its fnal out-
come due to the strengthening of factual media
power while the major branches of government
are gradually weakening. Consequently, society
needs to critically engage in an objective analysis
of this strategic phenomenon, its phases of trans-
formation and the viable alternatives for recover-
ing the national development path.
Keywords: State, de facto media power, media
republic, telecracy.
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a priori
–desde su origen a la fecha– como una realidad jurídico-política totalmente acabada, defnida
o cerrada, sino que se conformó homeopáticamente a través de una progresiva dinámica de
construcción político-institucional, mediante la cual adquirió su sentido, personalidad y
funciones civilizatorias específcas que ejerció en cada fase por la que atravesó hasta llegar
al actual período de la modernidad nacional en el siglo XXI. De esta manera, el proceso
histórico convencional de edifcación del Estado mexicano cruzó por tres etapas históricas
fundacionales, cada una de las cuales se materializó con la aprobación de una constitución
jurídico-política o marco normativo específco con el cual se consolidó un tipo de República
exclusiva para cada ciclo de su evolución civilizatoria y sus diversos instrumentos estructurales
de poder político con los cuales gobernó a la sociedad.
Dichas etapas históricas centrales fueron la fundación de la Primera República Nacional,
la edifcación de la Segunda República Nacional y la conformación de la Nacional Nacional Tercera República
Nacional.
Así, en un primer momento, la conformación del Estado-nación emergió lentamente en
México como producto del movimiento de insurrección civil que explotó en 1810 contra la
dominación del poder absoluto del imperio español que reinaba en nuestro territorio. En esta
fase emergente, el Estado cobró vida como una nueva fuerza política derivada del movimiento
de la Independencia a través del cual se liberó de los poderes tiránicos coloniales e integró a
la población peninsular, criolla e indígena, en un mismo proyecto de desarrollo económico,
político, cultural, lingüístico y educativo. Este nuevo proyecto de desarrollo le dio
más autonomía, justicia, estabilidad, integración e identidad colectiva que la que tenían
anteriormente como colonia de la Corona española. Para apuntalar ideológicamente esta
etapa fue esencial la aportación de la flosofía de los Sentimientos de la Nación de José María
Morelos y Pavón en el Congreso de Chilpancingo de 1813, en Guerrero, a través de la cual se
conformó el espíritu de la Primera República Nacional que contribuyó a proporcionarle a la Primera República Nacional Primera República Nacional
sociedad mexicana una primera atmósfera de derecho jurídico para la convivencia colectiva
armónica. Con ello, se reorganizaron a las comunidades sociales del momento alrededor de
un nuevo proyecto de desarrollo nacional soberano que ofreció un nuevo futuro de esperanza
colectiva para el país y no de explotación esclavista para la población.
En un segundo momento, en 1821 continuó el movimiento de liberación nacional
y Agustín de Iturbide proclamó el Acta de Independencia frente al imperio español que
cristalizó con la elaboración de los principios de la Constitución del 5 de octubre de 1824.
Este proceso se perfeccionó políticamente cuando en 1836 el Congreso Federal prefguró
la Constitución de las Siete Leyes que sirvieron de base para que en 1857 se jurara la
Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, que le dio el triunfo defnitivo al
sistema federal y congresional sobre los movimientos internos desintegradores (Nuestras
Constituciones, 2000; Morelos y Pavón, [1813] 2001). Dichos procesos dieron origen al
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Segunda República Nacional que le dio al país un segundo nuevo
orden normativo de convivencia nacional más civilizado.
En un tercer momento, después de funcionar el Estado-nación en las fases históricas
anteriores como la jerarquía rectora del desarrollo de la población mexicana, la acción de
éste no fue capaz de resolver democráticamente la enorme cantidad de contradicciones
estructurales que se acumularon durante más de cien años en México, especialmente en el
sector rural. Esto provocó gradualmente la emergencia de multitud de revueltas masivas,
urbanas y campesinas que generaron, en 1910, el estallido de la Revolución Mexicana como
un segundo movimiento emancipador que luchó por liberarse del sometimiento del modelo
autoritario porfrista concentrado en el poder terrateniente de los hacendados y en sus órganos
despóticos de poder político aliado.
Concluida la Revolución Mexicana en 1917, quedó un gran desastre social en todos los
ámbitos internos de operación del país y fue indispensable la construcción de un nuevo
orden hegemónico que organizara el caos resultante del movimiento insurgente. Para ello, fue
necesario refundar la fuerza rectora del poder público fortaleciendo con mayores capacidades
regentes al Estado-nación, y así se creó un nuevo pacto nacional de paz, de gobernabilidad,
de ejercicio político y de crecimiento social que se concretizó en la Constitución Política
Mexicana de 1917, fundamento jurídico para el surgimiento de la Tercera República Nacional.
Además de contar con los diversos elementos constitutivos de poder central, para alcanzar
sus fnes rectores como Estado-nación mexicano, éste diseñó su forma de gobierno autónoma
bajo la modalidad de la Tercera República Nacional. La nueva República quedó conformada
con un nuevo modelo o paradigma jurídico-político provisto con la acción de tres poderes
públicos federales soberanos, complementarios y divididos entre sí, para autorregularse y
ejercer una gobernabilidad más virtuosa que resolviera los fuertes antagonismos acumulados
durante tanto tiempo en el país: El Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y el Poder Judicial.
En este sentido, la Tercera República quedó estructurada históricamente bajo el paradigma
tripartito compuesto por el Poder Ejecutivo –para darle dirección política frme al devenir de
la comunidad nacional–; el Poder Legislativo –para crear una representatividad social plural
que creara el entramado jurídico de derechos y obligaciones básicos para normar la convivencia
de los conjuntos sociales–; y el Poder Judicial –para aplicar correctamente el sistema de
justicia en todos los niveles para hacer respetar el orden jurídico establecido–. Dichos poderes
públicos republicanos quedaron sólidamente legitimados con los postulados centrales de la
Constitución Política Mexicana de 1917, las diversas leyes que posteriormente se anexaron,
los decretos emanados del Poder Ejecutivo y los múltiples reglamentos que ulteriormente se
derivaron de ella para operacionalizar cotidianamente el nuevo gran acuerdo de concordia
y de crecimiento social que requería el país para despegar hacia otro modelo de desarrollo
colectivo más virtuoso. Así, el modelo formal más acabado del Estado-nación mexicano es el
que cobró vida a través del dibujo jurídico que la sociedad mexicana realizó sobre la naturaleza
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Tercera República, mediante el contenido plasmado en la Constitución Mexicana de
principios del siglo XX y los cambios normativos que posteriormente se introdujeron para
que ésta se actualizara periódicamente.
De esta forma, después de muchos años de enfrentamientos internos entre fracciones
liberales y conservadoras del poder nacional, con objeto de establecer la paz interna y
alcanzar otro proyecto de desarrollo, se creó un nuevo consenso nacional basado en los
siguientes ocho postulados que formuló la Constitución Política Mexicana de 1917 sobre
el Estado mexicano posrevolucionario y que son los fundamentos jurídico-políticos del
paradigma dominante que formalmente imperan hasta nuestros días:
1. “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder
público dimana del pueblo y se instituye para benefcio de éste. El pueblo tiene en
todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modifcar la forma de su gobierno”
(Constitución Política, 2007: 41).
2. “Es voluntad del pueblo mexicano constituirse en una República representativa,
democrática, federal, compuesta de Estados libres y soberanos en todo lo concerniente
a su régimen interior; pero unidos en una federación establecida según los principios
de esta ley fundamental” (Ibid., 2007: 41).
3. “El pueblo ejerce su soberanía por medio de los Poderes de la Unión, en los casos
de la competencia de éstos, y por los de los Estados, en lo que toca a sus regímenes
interiores, en los términos respectivamente establecidos por la Constitución Federal
y las particulares de los Estados, las que en ningún caso podrán contravenir las
estipulaciones del Pacto Federal” (Ibid., 2007: 41).
4. “Para su ejercicio el Supremo Poder de la Federación, se divide en tres poderes: Poder
Legislativo, Ejecutivo y Judicial” (Ibid., 2007: 49).
5. “El Poder Legislativo de los Estados Unidos Mexicanos se deposita en un Congreso
General que se dividirá en dos Cámaras, una de Diputados y otra de Senadores”
(Ibid., 2007: 50).
6. “El ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión se deposita en un sólo individuo,
que se denominará Presidente de los Estados Unidos Mexicanos” (Ibid., 2007: 74).
7. “El ejercicio del Poder Judicial de la Federación se deposita en una Suprema Corte de
Justicia, en un Tribunal Electoral, en Tribunales Colegiados y Unitarios de Circuito
y en Juzgados de Distrito” (Ibid., 2007: 80).
8. Para establecer su “régimen interior, los Estados adoptarán la forma de gobierno
republicano, representativo, popular, teniendo como base de su división territorial y
de su organización política y administrativa, el Municipio Libre” (Ibid., 2007: 107).
En esta última fase histórica de existencia de la Tercera RepúblicaNacional, el diseño jurídico de
tal estructura de gobernabilidad quedó constituida sólo por la intervención de los poderes públicos
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que esta directriz se fundó cuando la sociedad mexicana estaba compuesta demográfcamente
por multitudes y no por hiper-masas como sucede en la actualidad, para lo cual fue sufciente
la presencia de esas tres autoridades institucionales para nuevamente reconducir de manera
efcaz a las comunidades fragmentadas del momento hacia un nuevo pacto de coexistencia y
crecimiento social. Segundo, debido al grado de complejidad que enfrentaba la recomposición de
la sociedad mexicana de esa fase histórica, el proceso de gobernabilidad del Estado únicamente
exigía la acción de esos tres sólidos poderes públicos para generar un nuevo orden hegemónico
de dirección del país postrevolucionario que había quedado desestructurado en todos los niveles
del funcionamiento de la vida privada y pública de los ciudadanos por el desgaste y el caos interno
que dejó el estallido de las dos guerras libertarias anteriores. Y tercero, debido a que los ideales
internacionales de libertad, justicia y democracia que sirvieron como flosofías libertarias para
el estallido de los movimientos insurgentes en 1810 y 1910 en México, sólo contemplaron la
existencia de tres poderes republicanos para refundar a la sociedad.
Por consiguiente, dicha conformación político-gubernamental bajo el paradigma de
estructuración con poderes tripartitos republicanos fue la modalidad política adecuada
para refundar civilizatoriamente al nuevo Estado-nación en tales momentos históricos de
emancipación que requerían liderar al país por rumbos alternativos de evolución democráticos,
especialmente cuando arrastraba la existencia de jefaturas políticas severamente erosionadas,
instituciones públicas muy corroídas, fuertes enfrentamientos internos de fracciones de poder,
aguda erosión de los poderes públicos, grandes grupos sociales desorientados, corrupción
desatada, enorme desintegración comunitaria y acumulación de agudos problemas estructurales
de crecimiento que debían resolverse para alcanzar la concordia y la paz social.
De esta manera, después de un largo proceso de luchas, deterioros, anarquías, recons-
trucciones y profundos cambios en el ámbito del po der público que dejó el paso violento de
los movimientos libertarios durante los siglos XIX y XX, la comunidad nacional conformó
paulatinamente al Estado mexicano como una nueva fuerza pública hegemónica que desempeñó
entre otras las siguientes siete funciones orgánicas: enfrentó a los poderes dominantes que
durante siglos esclavizaron a la gran mayoría de los habitantes para defender a la población;
gestionó un proyecto con diversas posibilidades de desarrollo inte gral para la mayoría de
los mexicanos; creó un nuevo pacto político-social de equilibrios más justos para vivir en
concordia colectiva y superar el clima de inestabilidad e inseguridad prevaleciente; fundó un
nuevo orden jurídico para defnir los derechos y las obligaciones básicas de los individuos,
siguiendo los principios de los Derechos Universales del Hombre; innovó las instituciones
necesarias para darle estabilidad a la vida social; aglutinó a los individuos alrededor de un
novedoso proyecto de justicia y de garantías ciudadanas fundamentales que les aportó otro
estatus civil, estableciendo un avanzado sistema de derecho que los elevó al grado de ciudadanos
y, fnalmente, estableció otro modelo de cultura e identidad nacional, con especial énfasis en
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la población alrededor del modelo de la nación mexicana.
Así, el Estado-na ción mexicano encabezó el re surgimiento de diversos procesos económicos,
políticos, sociales y culturales, que dieron origen a la emergencia de un nuevo proyecto de
desarrollo colectivo: una economía con absorción intensiva de mano de obra, un sistema
político con mayor representatividad ciudadana, una famante Constitución Política plural,
una democracia liberal en formación, una moderna existencia urbana, una atmósfera cultural
abierta, una educación ofcial incluyente y una calidad de vida más completa. Es decir, se
abrió paso a una nueva sociedad nacional moderna emancipada de los poderes despóticos
que la habían subordinado durante varios siglos en el pasado, y cuyas bases se convirtieron
en los fundamentos para el crecimiento del México moderno del siglo XXI.
En el proceso histórico de formación del Estado-nación, a través de sus diversas fases de
evolución histórica, fue defnitivo que éste se consolidara maduramente con sus respectivos
instrumentos de poder, pues “la actuación del Estado lleva consigo necesariamente la existencia
de órganos de poder sin los cuales no le es posible darle la vida” (Jellinek, 2004: 16). En este
sentido, “el poder es un supuesto del Estado, al punto que no hay Estado sin medios de poder”
(Ibid., 2004: 28); en otros términos, un Estado sin órganos de poder es una representación
incompleta, que equivale a la anarquía, lo cual signifca una contradictio in adjecto (Ibid., 2004:
36). Por consiguiente, todo ello, exigió que el Estado mexicano gradualmente se dotara de los
elementos de poder rector necesarios para conducir exitosamente a la sociedad mexicana a
lo largo de las décadas.
En este sentido, para darle concreción y fuerza al Estado mexicano, éste se conformó
gradualmente con los elementos estructurales de poder necesarios para ejercer su naturaleza
como un órgano rector central del resto de la sociedad. Por ello, los factores históricos propios
que constituyeron al Estado mexicano a lo largo de sus diversas etapas de evolución por la
que atravesó su consolidación histórica fueron, entre otros, los siguientes nueve: contar con
un territorio, una población, una forma de gobierno establecida, una organización jurídica,
una capacidad de aplicación legítima de la fuerza o de la coerción, una lengua o idioma, una
cultura o ideología, una identidad y una moneda de intercambio económico, con los cuales
se produjo una forma histórica específca de soberanía, integración, identidad y hegemonía
política para gobernar al país.
El surgimiento del Estado híbrido
No obstante la conformación histórica de la realidad estatal de la Tercera República en México,
con sus diversos elementos de poder constitutivos para gobernar al país, este proceso no fue
estático, rígido, ni defnitivo, sino que se transformó activamente en base al ritmo del surgimiento
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hegemónica tradicional de ésta mediante la evolución de cada uno de sus elementos de poder
conformadores de la gobernabilidad. En consecuencia, para entender con claridad la realidad
del Estado-nación mexicano en el siglo XXI, es necesario abandonar las posiciones ideológicas
doctrinarias u ofcialistas que han defnido al mismo actuando como camisas de fuerza mental
para entender el nuevo suceso histórico en la fase moderna de la historia nacional y reconocer
que éste hecho no es una realidad acabada, sino que es un producto social en constante mutación
que se ha edifcado de forma distinta según han sido los diversos momentos de progreso por los
que han atravesado la combinación de las fuerzas de poder dominante que defnen el proyecto
de dirección de la sociedad mexicana.
En este sentido, siguiendo la lógica constitutiva del Estado moderno, podemos decir que
en la medida en que un sector o grupo social de poder es capaz de crear los mismos elementos
rectores básicos que conforman al Estado clásico (contar con un territorio, una población, un
aparato de gobierno, una organización jurídica, una capacidad de aplicación de la fuerza o de la
violencia, una legitimidad, una lengua, una cultura, una identidad, una hegemonía, una forma
de obtener recursos económicos, una moneda, entre otros factores) ésta entidad se convierte de
facto en parte constitutiva del Estado real. De esta forma, ya sean reconocidos doctrinariamente
o no por la teoría tradicional establecida sobre el mismo, o por los “representantes ofciales”
del Estado formal (abogados, ministros, juristas, magistrados, legisladores, etc.), en la realidad
cotidiana tales entidades de fuerza pasan a formar parte de facto del Estado concreto o del Estado
real que funciona efcazmente todos los días en nuestras vidas. Esta transformación puede real real
darse bajo dos modalidades: por una parte, en la medida en que sólo se modifcan algunos de
sus elementos constitutivos, la nueva entidad de poder que surge se convierte en una nueva
área o faceta de ampliación del Estado tradicional concreto sin que llegue a alcanzar el grado
de consolidación de un nuevo Estado maduro; y por otra parte, en la proporción en que se
transforman la mayoría de sus factores conformadores avanzando como instancias regidoras de
la sociedad, dan origen a otro nuevo tipo de Estado concreto de naturaleza mestiza o mezclada
con sus propios elementos de fuerza y funciones específcas que cambian la estructura propia
del Estado jurídico convencional.
La contundencia de acción del nuevo Estado –o de una nueva rama postiza que se crea
de éste, según sea uno u otro caso– dependerá del grado de consolidación que alcancen
cada uno de los elementos estructurales que confguran al Estado como entidad rectora del
conjunto social. Es decir, quedará en función del nuevo nivel de afanzamiento que obtenga
la realización de su territorio, de su población, de su capacidad de aplicación de la violencia
genuina, de su legitimidad jurídica, de su aparato de gobernabilidad, de su cultura, de su
ideología y de su moneda, como nuevos elementos de poder rector para gobernar al conjunto
social. Este fenómeno signifca que en la medida en que evolucionen sólidamente en conjunto
tales elementos de poder público rectores, estaremos ante el surgimiento de un nuevo Estado
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o sólo frente a un nuevo rasgo estructural del mismo que impactarán relevantemente
sobre el proceso global de la dirección del país, sobre la formación de la hegemonía, sobre la
maduración de la gobernabilidad y sobre la defnición del proyecto de desarrollo nacional,
colocando en cuestión la existencia pura del Estado jurídico convencional que se creó desde
las etapas de la Independencia y la Revolución en México.
Por lo tanto, mediante un fenómeno histórico de cruzamiento o mixturamiento institucional
que se dio entre los poderes constitucionales formales y el funcionamiento de las tecnologías
electrónicas de difusión masiva –que gradualmente alcanzaron posiciones fácticas–, desde
la mitad del siglo XX y principios del siglo XXI, se provocó que el Estado nacional sufriera
nuevas modifcaciones sustanciales que cambiaron su naturaleza y sus funciones rectoras
básicas. Así, las transformaciones graduales que a lo largo de varias décadas experimentó el
Estado-nación posrevolucionario en cada uno de sus elementos estructurales constitutivos,
con la acción del poder mediático dieron origen a un nuevo fenómeno de naturaleza mestiza,
mixturada o cruzada que generó un nuevo tipo de “Estado híbrido”,
1
con su correspondiente
nueva República histórica de naturaleza altamente mediático-política que modifcó el escenario
del convencional Estado contemporáneo en el país.
De esta manera, el “Estado híbrido” nació en México como aquel fenómeno que mestizó o “Estado híbrido” “Estado híbrido”
combinó el poder rector nacional que surgió en la etapa moderna de evolución de la sociedad
mexicana a través de la suma de la estructura jurídico-política del “Estado formal” tradicional, “Estado formal” “Estado formal”
creado a través de los movimientos de la Independencia de 1810 y la Revolución de 1910, y el
gradual agregado de los modernos procesos mediáticos político-culturales que aforaron desde
1950 en adelante con la introducción de las tecnologías electrónicas de difusión colectivas en
el país. Este trascendental cruce o mixtura de poderes rectores nacionales generó una nueva
realidad histórica mezclada que produjo al “Estado híbrido” compuesto por la conjunción del
Estado jurídico-político convencional más la fuerza del poder mediático avanzado en México.
En este sentido, el surgimiento del Estado híbrido en México no corresponde a una simple
faceta más de evolución natural de la misma trayectoria del Estado tripartita republicano
convencional que surgió desde la Tercera República Nacional, sino que se refere a una nueva
1
La realidad mestiza del Estado contemporáneo no la entendemos desde la conceptualización antropológica o
histórica tradicional del término que lo defne como la fecundación que se produce en el ámbito racial por la mezcla de
la cultura española con la cultura indígena o entre la población blanca y la población negra, originando otra situación
racial combinada, sino regresando al origen primigenio del proceso mixturante del mestizaje, lo asimilamos en un
sentido sociológico como la suma de diversas fuerzas de poder totalmente distintas que se amalgaman entre sí, dando
origen a una nueva realidad híbrida con diferentes características y funciones, que repercuten de manera diferente
sobre la conformación y dirección rectora de la sociedad. En este sentido, a nivel de gobernabilidad de los poderes
rectores nacionales, el fenómeno del mestizaje lo comprendemos como el hecho histórico que se genera en México por
la mezcla de la Tercera República Nacional derivada de la posrevolución mexicana con la fuerza del Tercera República Nacional Tercera República Nacional Poder Mediático
Electrónico contemporáneo, alumbrando una nueva realidad de poder dominante híbrido que puede denominarse
como el surgimiento del Estado híbrido en México.
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donde la rectoría de la nación, además de continuar siendo conducida por los habituales tres
poderes públicos constitucionales, ahora también es combinada, compartida o disputada
cotidianamente por la intervención del poder fáctico mediático. De esta forma, los poderes
fácticos mediáticos ya no sólo actúan como instrumentos externos de presión sobre el Estado
tradicional, como sucedió hasta el último tercio del siglo XX, sino que a partir del intento de
la transición a la democracia en México, del año 2000 en adelante, su fuerza rectora sobre la
sociedad avanzó de tal forma que ahora ya son parte de la misma estructura, de la dinámica
y del núcleo del Estado real que actúa informalmente todos los días en el país. Así, lo novedoso Estado real Estado real
y central del Estado híbrido es que los medios no sólo actúan como poderes fáticos para infuir o
presionar sobre el Estado tradicional, sino que ahora ya evolucionaron a formar parte de corazón
del mismo. Es decir, sin ser reconocidos ofcialmente como parte constitutiva de la médula del
Estado, se convirtieron paulatina y silenciosamente en elementos centrales del mismo.
Así, con la actuación de los medios electrónicos de difusión colectivos privado-comerciales
sobre el espacio público en México, nació un nuevo poder virtual que transformó la división
política ancestral de los poderes públicos republicanos del Estado-nación que fueron creados por
los movimientos sociales de emancipación de la Independencia y la Revolución para gobernar
equilibradamente a la sociedad mexicana. De este modo, se introdujo un nuevo poder mediático
público que participó cotidianamente por la vía fáctica en la dirección renovada del país. Con ello,
a principios del tercer milenio, el funcionamiento cotidiano de la República nacional evolucionó
de la formación de la división de los tres poderes públicos defnidos por la Constitución Política
Mexicana, a la creación de una nueva división de cuatro poderes públicos reales: tres podres
constitucionales formales (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y un reciente poder fáctico mediático
no formal impuesto por el avance tecnológico y la organización empresarial privada del mismo.
En consecuencia y en última instancia, con la actuación de los medios de difusión
electrónicos no se dio en México un simple proceso de presión coyuntural de importantes
fuerzas de coacción sobre el Estado, sino que se gestó históricamente, por la vía informal, un
cambio de régimen político de gobierno o de régimen republicano de gobernabilidad hacia
una nueva fase mestiza de combinación de poderes constitucionales y mediáticos, aunque
ésta etapa todavía no sea reconocida ofcialmente por la doctrina formal del Estado, por
la conceptualización de la Reforma del Estado, por la Reforma Electoral o por las ciencias
políticas y sociales.
Una de las formas de repercusión de esta nueva realidad histórica fue la generación de
la hegemonía mestiza y de la gobernabilidad híbrida que son aquellos hechos de dirección
colectiva de la sociedad que ya no son creados sólo por la acción dominante del Estado
jurídico convencional derivado de la Tercera República nacional que se fortaleció después de
la posrevolución mexicana, sino que son realidades que se gestaron por la conjunción de las
acciones del Estado jurídico tradicional, sumadas a las acciones derivadas de las mediaciones
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poder mediático a partir de la segunda mitad del
siglo XX en adelante. Es decir, son un conjunto de fenómenos político-sociales-ideológicos de
naturaleza privado-comerciales vinculados con la rectoría nacional que poseen, cada vez más,
las mismas características rectoras que le corresponden ejecutar al Estado convencional, pero
con los agregados mediático-políticos que introdujo el avance de las tecnologías electrónicas
de comunicación avanzadas en México.
Es por ello que para entender a principios del siglo XXI la nueva etapa de evolución en la
que se encuentra el Estado mexicano heredado desde los movimientos de la Independencia
de 1810 y de la Revolución de 1910, ahora es indispensable examinar el fenómeno del nuevo
Estado híbrido con su correspondiente nueva Republica mediática que surgió en el país con los
cambios estructurales que paulatinamente introdujeron las tecnologías electrónicas de difusión
colectivas en la vida cotidiana del México contemporáneo. Esto es, debido a las capacidades
técnico-culturales que gradualmente conquistaron las industrias culturales, éstas se convirtieron
en poderes fácticos de carácter mediático que actuaron sobre el espacio público de la sociedad
transformando al Estado nación republicano, generando una nueva realidad en el campo de la
gobernabilidad nacional.
Sólo así comprenderemos que estamos en otra fase de desarrollo histórico del Estado nacional
que ya no corresponde a la flosofía, ni a la concepción, ni a los ideales de los movimientos
emancipadores anteriores que le dieron vida en siglos pasados; sino que a comienzos del nuevo
milenio, estamos ante la acción de un famante Estado híbrido que es el nuevo paradigma histórico
real que domina la gobernabilidad cotidiana de la nación y que, por consiguiente, es urgente que
precisemos analíticamente cuáles son sus características, su estructura, sus procesos de acción,
sus tendencias, las consecuencias sociales que provoca, sus crisis y la dirección auténtica hacia
dónde conduce el futuro del país.
En este proceso es importante tener en cuenta que la conformación histórica del Estado
híbrido no sólo es un fenómeno que se gesta a través de la acción de los medios electrónicos
de difusión colectivos, sino también se produce mediante la intervención de todos los poderes
fácticos que operan compitiendo por la rectoría y el usufructo de la sociedad, como son el
narcotráfco, la iglesia, los sindicatos, los organismos empresariales, entre otros. Debido
a que los medios masivos han alcanzado una expansión, una forma de organización y un
impacto preponderante sobre la edifcación de la vida contemporánea, éstos desempeñan
un papel estratégico en la construcción de esta nueva forma de poder civilizatorio. Por ello,
aunque el planteamiento central de esta refexión puede aplicarse –con sus adaptaciones
específcas– a cada una de las fuerzas sociales anteriores que se disputan la dirección de
las comunidades nacionales y que colaboran a edifcar al Estado híbrido –y debido a la
infuencia superior que ejercen los medios de difusión electrónicos sobre la estructuración
de la sociedad–, es necesario crear una nueva teoría del Estado contemporáneo a partir del
particular peso que tales empresas privado-comerciales ejercen sobre el espacio público, sobre
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de la emociones y la reproducción de la sociedad en general.
De lo contrario, arrastraremos una vieja concepción formal decimonónica del Estado que
será incapaz de explicar el verdadero fenómeno del Estado real rector que actúa diariamente Estado real Estado real
en el México contemporáneo del siglo XXI.
La incidencia de los medios electrónicos de difusión masivos en la emergencia de
la Cuarta República Mediática
Pese a que la sociedad mexicana constituyó a lo largo de más de dos siglos al Estado-nación
como la principal cabeza rectora de la sociedad, y pese a que la presencia de éste le dio una
nueva estabilidad y desarrollo histórico a las comunidades nacionales, con la existencia del
nuevo espacio público mediático de naturaleza netamente virtual, que lentamente construye-
ron las industrias culturales electrónicas, particularmente audiovisuales, a lo largo del siglo
XX y principios del XXI, se modifcaron las reglas y las dinámicas tradicionales con las que
nuestra sociedad nacional antaño se articulaba, organizaba y participaba colectivamente.
Mediante ello, se produjo un profundo cambio en la jerarquía de poderes y fuerzas
que conformaban el esqueleto del poder y de la movilización diaria de nuestra sociedad
convencional, donde los medios de difusión masivos paulatinamente se convirtieron en el
centro del poder político, cultural, mental, emocional, energético y espiritual cotidiano de
la República: los medios se transformaron en los grandes sistemas nerviosos y los cerebros
colectivos edifcadores de la nueva plaza pública y las principales redes neuronales centrales
edifcadoras de la conciencia diaria que organizan y dirigen a la sociedad.
De esta manera, a través del nuevo posicionamiento estratégico que alcanzaron los medios
de difusión colectivos –especialmente los electrónicos– dentro del conjunto de fuerzas que
inciden y luchan para edifcar la dinámica de poder con el fn de dirigir a la comunidad nacional,
éstos se convirtieron de facto y gradualmente en instituciones nodales para conformar al Estado
real, a la República cotidiana y a la sociedad mexicana ordinaria. Es decir, a diferencia de las
etapas históricas anteriores –en las que el tradicional Estado-nación mexicano se formó a
partir la realización de sistemáticos procesos políticos, ideológicos, jurídicos, movilizaciones
de masas, ejecución de grandes consensos colectivos, formación de fuertes clientelismos,
legitimaciones históricas, etc.– a fnales del siglo XX y principios del siglo XXI, además de
seguir operando las dinámicas reguladoras anteriores para consolidar al Estado mexicano, la
construcción de éste también se dio paralelamente a través de la expansión de las tecnologías
de información electrónicas y cibernéticas masivas, así como de sus respectivos modelos de
culturas mediáticas específcas que se introdujeron en nuestro territorio. Ello debido a que
mediante el desarrollo de dichos recursos tecnológicos modernos se gestó la construcción
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nuevo espacio público o plaza pública virtual, el cual permitió el funcionamiento de otra
forma de participación social, en primera instancia, vía el nuevo espacio público mediático,
y en segunda instancia, a través del ciberespacio del Internet. Esto generó el surgimiento de
nuevas zonas ampliadas de poder que impactaron sustancialmente sobre las estructuras y
dinámicas tradicionales creadas por el Estado formal convencional y por otros procesos de Estado formal Estado formal
reproducción cotidiana de las comunidades mexicanas.
Así, a partir del crecimiento de estos nuevos espacios virtuales, las estructuras de poder
del antiguo Estado burocrático posrevolucionario de principios del siglo XX lentamente
entraron en períodos de crisis estructurales, y vía las novedosas tecnologías de información
masivas que se incorporaron al territorio de lo público, emergieron nuevas dinámicas de
expansión, complementación, oposición, o incluso, anulación de las tareas tradicionales
que ejecutaba el Estado-nación. Esto significa que paralelamente al desarrollo de la
televisión, la radio, los satélites, las redes informáticas, la Banda Ancha, el Cuádruple Play,
la fbra óptica, los celulares, los sitios Web, los derivados interactivos, etc., que introdujo
la presencia de las industrias culturales y la revolución de la sociedad de la información
en el país, lo que se produjo fue la creación de un nuevo tejido tecnológico informativo
de las comunidades, a la vez que se constituyó la ampliación o formación de un nuevo
entramado de poder mediático colectivo que alcanzó una efcacia muy relevante para dirigir,
organizar y construir diariamente a la sociedad, y en consecuencia, para edifcar el nuevo
Estado real contemporáneo.
Esta transformación histórica –basada en la modernización de las tecnologías de difusión–
fue sumamente vertebral, pues en última instancia, lo que introdujo fue la renovación de los
aparatos ideológicos aa del Estado-nación moderno que actualizaron los mecanismos del poder
rector tradicional. En consecuencia, el cambio y la innovación tecnológica no sólo signifcaron
la introducción de mecanismos de efciencia, rapidez, abundancia, intensidad y modernidad
para ejecutar las dinámicas informativas, sino fundamentalmente representó la metamorfosis
del esqueleto y de la mecánica de operación del Estado republicano convencional, de sus
formas de poder y de las vías concretas para dirigir a las comunidades.
De esta manera, el profundo cambio histórico de la estructura y esencia del Estado mexicano
tradicional se dio por el surgimiento del fenómeno del Estado ampliado que se generó a partir
de la expansión de los medios electrónicos de difusión sobre el tradicional tejido social que
articulaba a las células sociales y la proyección del resto de las instituciones a través de nuevas
infraestructuras virtuales de representación de la realidad y de interacción comunitaria.
En este sentido, a partir de la expansión de la nueva realidad mediática, después de
la Revolución Mexicana de 1910, la historia cultural y mental del siglo XX en México,
particularmente en las ciudades, se dividió en dos períodos sustancialmente distintos: antes y
después de la existencia de los medios electrónicos de información colectivos, particularmente
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se introdujeron colectivamente múltiples mediaciones tecnológicas y culturales en nuestro
funcionamiento social que modifcaron radicalmente nuestra forma personal, grupal e
institucional de informar, recibir, escuchar, ver, conocer, sentir, pensar, desear, soñar, imaginar,
decidir, actuar, organizarnos y proyectarnos comunitariamente en nuestro país. Es decir,
transformaron profundamente nuestros hábitos de percibir, de conocer, de interactuar y de
ser, individual y colectivamente.
De esta forma, con el poder mental que les otorgó la enorme concentración de las mediaciones
culturales que conquistaron las industrias culturales, especialmente las audiovisuales, éstas
se convirtieron en las instituciones ideológicas que defnen la manera como la sociedad de
masas percibe la realidad cotidiana concreta que les rodea. Con ello, las industrias mediáticas,
particularmente audiovisuales, controlaron la dinámica grupal de conocer colectivamente
los hechos de la realidad específca que acontece y la estrategia de movilización diaria de los
individuos en la vida social, de lo cual se derivó la creación de un nuevo poder cerebral y
organizativo que transformó la estructura y funcionamiento de la civilización contemporánea
en México: el poder mediático.
2
La transformación que experimentó la esencia del Estado mexicano y el esqueleto del espacio
público con la actuación de las tecnologías de difusión colectivas en México, fue tan sustancial
que modifcó la estructura y el funcionamiento de los poderes públicos heredados de las etapas
anteriores de la historia nacional. Así, reinterpretando la historia de la formación del Estado
y de la conformación de la República nacional de los últimos doscientos años, constatamos
que con la gradual inclusión de la nueva variable mediática en el ámbito superestructural de la
sociedad mexicana, al concluir la Revolución Mexicana en 1921, se alcanzó el establecimiento
de un nuevo pacto social colectivo con los acuerdos posrevolucionarios. Mediante ello, se fundó
la Tercera República Nacional que se conformó con la presencia y acción del Poder Ejecutivo, el Tercera República Nacional Tercera República Nacional
Poder Legislativo y el Poder Judicial para crear un nuevo orden público de fuerzas equilibradas
con contrapesos institucionales que permitieron la convivencia social en concordia.
En esta etapa, el poder ideológico independiente de la Iglesia ya no signifcó un problema
o peligro para la estabilidad del Estado-nación porque la fuerza persuasiva de ésta ya estaba
desmantelada con la instrumentación de las Reformas Juaristas que desacralizaron el poder
público gubernamental y crearon una nueva realidad de gobierno y cultura laica. Es necesario
recordar que en esos períodos la Iglesia buscó crear otro país distinto al que pretendían
construir los movimientos emancipadores del siglo XIX, y en ese sentido dicha institución se
convirtió en el principal obstáculo para el avance de la democracia de esa época. Por ejemplo,
2
Para ampliar este punto en el caso de la etapa moderna de la historia de México consultar la obra de Jenaro Villamil
(2010: 17).
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que conformaron a la sociedad mexicana durante muchas décadas
Con dichas Reformas Juaristas, a la Iglesia se le arrebató la dirección ideológica de la sociedad
mexicana y pasó a manos del aparato educativo, los ateneos culturales y otros organismos
formadores mentales de la época que estaban modelados por las directrices que se establecían
desde los tres poderes públicos constitucionales que conformaban la estructura de la República
mexicana. Así, durante el principio del siglo XX, las diversas comunidades de la sociedad
posrevolucionaria estuvieron gobernados por las mediaciones políticas, administrativas,
coercitivas, educativas e ideológicas de los tres poderes públicos de la Tercera República
Nacional: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Dicha Tercera República funcionó durante
el siglo XX en México creando un nuevo orden estabilizador que integró al país alrededor
del proyecto de crecimiento como República nacional federada y que alcanzó su éxito con la
fase de desarrollo estabilizador conocida como el “Milagro Mexicano”.
Sin embargo, no obstante la consolidación histórica del Estado nacional durante
muchas décadas como la máxima entidad rectora del país, con la gradual introducción
de las tecnologías electrónicas de información de masas en México –la radio en 1920 y
la televisión en 1950–, paulatinamente el poder ideológico de las industrias culturales
crearon nuevas mediaciones tecnológicas de carácter virtual que impactaron drásticamente
sobre las anteriores estructuras económicas, políticas, sociales, mentales y espirituales
que había creado el poder estatal en la sociedad mexicana y lentamente se desbordó
la esfera de acción, de control y de orientación político cultural formada por el Estado
posrevolucionario tradicional para gobernar al país. En pocas décadas, éste moderno poder
empresarial-tecnológico-informativo entró en una nueva fase de desarrollo vertiginoso que
rebasó los límites de los controles jurídicos y políticos convencionales creados durante la
Tercera República por el Estado mexicano y gradualmente se fue conformando paralelamente
como un poder ideológico independiente que adquirió tanta fuerza que le permitió
competir y enfrentarse a los otros tres poderes republicanos formales que constituían al
Estado nacional convencional, e incluso, en algunos casos, los reformuló, los desafó, los
superó y en otros, hasta los substituyó.
De esta forma, fue a partir del momento histórico en que los medios ocuparon el lugar
central en la conformación de la estructura del poder ideológico contemporáneo de nuestro
país que se constató que si a mediados del siglo XX el Estado mexicano estaba constituido
por los tres poderes formales autónomos y divididos entre sí (el Poder Ejecutivo, el Poder
Legislativo y el Poder Judicial) a principios del siglo XXI, en términos reales, el Estado mexicano
cotidiano quedó compuesto por cuatro poderes concretos: tres poderes formales tradicionales
y un reciente poder fáctico, que es el nuevo Poder Mediático. Este último poder, cada vez
más, debido a sus nuevas y grandes capacidades tecnológico-sociales, silenciosamente frente
a nuestras narices, conquistó grandísimas cuotas de poder e infuencia que lo convirtieron
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Poder del Poder que progresivamente subordinó y presionó Poder del Poder Poder del Poder
al resto de los tres poderes constitucionales del Estado-nación para someterlos a su voluntad
mediático empresarial e imponer su proyecto de construcción de sociedad, de economía, de
política y de seres humanos.
En éste sentido, si la lucha por nuestra independencia nos dio la edifcación de la Primera
República Nacional, si la realización de la Reforma Juarista aportó la cimentación de la Segunda
República Nacional, y si la Revolución Mexicana colocó los fundamentos de la Tercera República
Nacional en el país, con la consolidación del nuevo poder mediático, especialmente de 1960 en
adelante, se conformó lentamente en el país la República Mediática que dio origen al fenómeno
de la nueva Cuarta República en el siglo XXI con su respectiva mutación estatal y social.
Así, con el gradual surgimiento de los medios de difusión colectivos en el siglo XX, y la
aplicación del marco jurídico a modo que les permitió su expansión monopólica empresarial,
se permitió la super-concentración de un nuevo poder ideológico-político informativo de
naturaleza oligopólica. Dicha acumulación de fuerza comunicativa se transformó en un sólido
poder político alternativo que gradualmente fue disputando las funciones rectoras del Estado
tradicional y fundó paulatinamente de manera informal el fenómeno histórico de la nueva
Cuarta República Mediática, especialmente en las urbes del país.
La emergencia histórica de la Cuarta República Mediática no brotó por azar, sino que
surgió debido a que la fuerza del poder mediático gradualmente fue conquistando los mismos
once factores medulares de gobernabilidad que componían al Estado-nación de la Tercera
República nacional.
El poder mediático y la disputa por la Nación
El ejercicio de sus nuevas funciones rectoras estratégicas por parte de las industrias cul-
turales electrónicas no se ejecutó drásticamente de la noche a la mañana, sino que fue un
largo proceso de evolución histórica que tardó más de nueve décadas para madurar –en
el caso de la radio– y seis décadas –en el caso de la televisión–, a través de las cuales, se
conquistaron gradualmente diversas funciones del ejercicio de la gobernabilidad nacional.
En este sentido, la transformación del Estado republicano constitucional no se gestó de
manera abrupta, sino de manera gradual y sectorial transitando por diversas etapas his-
tóricas de mutación institucional.
Así, con la lenta obtención de los elementos estratégicos de gobernabilidad estatal por parte
del poder mediático, en una primera fase, le posibilitaron operar como sectores empresariales
aplicando acciones económicas. En una segunda fase le permitieron actuar como grupos
de presión social al conquistar funciones ideológicas. En una tercera fase le posibilitaron
maniobrar como nuevos aparatos de Estado virtuales de gobernabilidad paralela al alcanzar
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parte del mismo corazón del Estado al ejercer actividades globales de rectoría social, dando
origen a la formación de la Cuarta República Mediática, a través de la cual, participa en el
proceso global de caudillaje cotidiano de las comunidades nacionales.
En este sentido, durante el siglo XX el poder tecnológico, organizativo, empresarial de
naturaleza privada de los medios de difusión colectivos, de manera informal y silenciosa,
en mayor o menor grado, conquistaron las once funciones rectoras que le corresponden
ejercer al Estado-nación como instancia dirigente. De esta forma, gradualmente fueron
construyendo su propio territorio mediático-virtual, su población o públicos, su específca
forma de gobierno, su soberanía mediática, su capacidad de aplicación de la violencia, su
lengua, culturas o ideologías, identidades colectivas, su obtención de recursos monetarios,
su ofrecimiento de servicios infraestructurales ciudadanos, su moneda de intercambio social,
entre otros factores, para dirigir a la sociedad mexicana.
En esta forma, fue a partir del funcionamiento privatizado y monopolizado del espacio
público mediático –a través de la presencia y acción de las tecnologías de difusión colectivas
que conformaron el Estado Ampliado en México desde mediados del siglo XX– que surgió
otra faceta histórica del tradicional Estado derivado de la Tercera República Nacional que fue Tercera República Nacional Tercera República Nacional
la emergencia informal de la Cuarta República Mediática a fnales del siglo XX y principios
del siglo XXI.
Así, a pesar de haberse edifcado al Estado-nación como instancia rectora para conducir
el crecimiento de la sociedad mexicana a lo largo de muchas décadas, éste se transformó
sustancialmente con la presencia de los medios electrónicos de difusión colectivos y con
la introducción de las posteriores nuevas tecnologías de información colectiva en nuestro
territorio. Con la conquista de sus propias cualidades tecnológico-culturales de gobernabilidad
sobre la población, paulatinamente las industrias culturales electrónicas se transformaron
en poderes fácticos mediáticos que les permiten disputarse la dirección de la nación. De
esta manera, la estruc tura, dinámica y procesos de acción cotidiana del Estado nacional
mexicano gradualmente se modifcaron en forma esencial dando origen a nuevas rea lidades
de gobernabilidad mediática que compitieron con la tradicional la bor estratégica de dirección
colectiva que antaño había concentrado el Estado-nación mexicano convencional.
En este sentido, en los últimos doscientos años de evolución de la comunidad nacional,
ésta pasó de ser una sociedad religiosa a una sociedad laica liberal, de una sociedad rural a
una sociedad urbana, de una sociedad analfabeta a una sociedad alfabeta, de una sociedad
de grupos a una sociedad de masas, de una sociedad religiosa a una sociedad liberal, de
una sociedad autocrática a una sociedad semidemocrática, de una sociedad cerrada a una
sociedad abierta, de una sociedad local a una sociedad globalizada, y a la vez evolucionó de
una sociedad con un Estado-nación tripartito republicano fuerte de la Tercera República, a
una sociedad con un Estado mediático inmaterial de la Cuarta República Mediática en México.
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concluido, sino que continúa desarrollándose con enorme dinamismo y fuerza hacia nuevas
etapas de transformación del Estado, del espacio público y de la sociedad en su conjunto,
sin saber hasta dónde llegará su devenir, pues los poderes fácticos mediáticos se fortalecen
crecientemente en el país, y en paralelo, los poderes públicos se debilitan paulatinamente.
Por ello, y con mayor razón, la sociedad debe sostener un permanente análisis crítico que
describa objetivamente las nuevas características que adquiere este fenómeno estratégico,
las fases de transformación a las que asciende y las alternativas de retorno que existen para
rescatar el proyecto de equilibrado de crecimiento nacional.
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y su impacto en la democracia en México
Electronic Media, Factual Powers
and its Impact on Democracy in Mexico
Israel Tonatiuh Lay Arellano

Recibido el 21 de septiembre de 2012
Aceptado el 8 de octubre de 2012

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara, profesor adscrito al Instituto de Gestión del Co-
nocimiento y Aprendizaje en Ambientes Virtuales del Sistema de Universidad Virtual de la misma universidad,
(México). Realizó estancia posdoctoral en el Centro de Estudios de las Ciencias de la Comunicación de la Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales de la , con la investigación: El desarrollo de los conceptos de sociedad civil, poderes
fácticos y democracia deliberativa en México. Autor del libro Análisis del proceso de la iniciativa de ley de la industria
cinematográfca de 1998 (2005). Sus principales líneas de investigación son: poderes fácticos, sociedad civil y redes
sociales virtuales. Correo electrónico: tonatiuh_lay@yahoo.com.mx
RESUMEN
El concepto de poderes fácticos se ha utilizado
cada vez más en el ámbito político latinoamerica-
no para hacer referencia a aquellos actores carac-
terizados por una alta capacidad de infuencia en
diversos sectores de la vida social. En México, la
designación se utilizó para referirse a T
y sus aliados, en el contexto de la discusión de la
llamada “Legislación de Medios”, debatida entre
noviembre de 2005 y marzo de 2006. Sin embargo,
fuera de ejemplos tangibles como éste, la discusión
teórica y académica sobre este concepto no ha lo-
grado una cohesión. El objetivo de este texto es ha-
cer un recuento de los antecedentes y desarrollo de
los poderes fácticos y su diferenciación con actores
o grupos que también ejercen infuencia, para f-
nalmente hacer referencia al poderío que ejercen
actualmente en el ámbito de los medios electróni-
cos de comunicación, el Estado y la democracia.
ABSTRACT
Te concept of factual powers has been increa-
singly incorporated into the sphere of Latin
American politics to refer to actors that exert
large infuence in diverse sectors of social life. In
Mexico, this term is used to refer to T and
its allies as part of the debate regarding the so-ca-
lled “media legislation” that took place between
November of 2005 and March of 2006. Moreo-
ver, the academic and theoretical discussion has
not achieved a conceptual maturity. Tis article
aims to review the antecedents and development
of factual powers and their diferentiation from
other actors or groups that also exercise infuen-
ce. It discusses as well the power they currently
wield in the electronic media, the State and de-
mocracy.
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U
no de los primeros textos en donde aparece la designación de poderes fácticos es el de
José María Riaza Ballesteros (1983), que al hablar de la realidad española se refere a dos
actores sociales como poderes fácticos: la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Aunque este autor
no defne el concepto, señala ocho supuestos que otorgan visibilidad a estos poderes. Esto no
signifca que antes hayan sido invisibles, pues tanto la Iglesia como el Ejército son actores que
han estado presentes en la vida de cualquier Estado latinoamericano. Más bien, la visibilidad
referida enfatiza que teniendo unas nuevas reglas de juego, ellos pretenden continuar con los
derechos y privilegios anteriores. Los ocho supuestos señalados son:
1. La democracia implica unos valores no fáciles de lograr y una “flosofía” compartida
por los ciudadanos.
2. La existencia de un régimen democrático adolece de cierta ambigüedad y es utilizado
con frecuencia para realidades distintas: democracias populares, orgánicas, etc.
3. La existencia de un régimen democrático auténtico supone pluralismo y alternancia
en el ejercicio del poder, con responsabilidad en las decisiones así como la real
participación ciudadana.
4. La democracia, para funcionar, exige unas condiciones materiales, económicas y
culturales.
5. La existencia de un régimen democrático, sólidamente arraigado en la sociedad,
implica delimitaciones para las distintas áreas del poder, tanto en lo político como
en lo social, lo económico, lo religioso, etc., repercutiendo en la infuencia que los
poderes fácticos puedan ejercer.
6. La evolución social origina cambios sustanciales en el “estatus” y grado de incidencia
de los poderes fácticos en el entramado de la realidad social, dando lugar a que se
produzcan resistencias o movimientos involutivos tendentes a la conservación del
mismo nivel de poder.
7. Lo religioso tiende (y en cierta medida también lo militar) a ser totalizador por
representar una cosmovisión y no propiciar la participación del poder en varios
sectores de la sociedad.
8. La naturaleza y características de algunas instituciones sociales –la Iglesia y los ejércitos
entre otros- en principio no les inclinan a sentirse democráticas.
Palabras clave: medios electrónicos de comuni-
cación, poderes fácticos, democracia, T,
legislación de medios.
Keywords: electronic media, de facto powers,
democracy, T, media legislation.
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Los poderes fácticos
en la democracia, del también español José Cavero (1990). En este libro, si bien el propio
autor señala que los describe “de manera tradicional y sin mayor apoyo científco sufciente”,
el aporte de este texto es fundamental en tanto que describe a estos poderes en el contexto
de una democracia, lo cual ya es una diferencia cualitativa con los descritos por González
Casanova en el México posrevolucionario (González Casanova, 1965).
En el caso de la España posterior a 1975, Cavero señala que por poderes fácticos se entiende
“aquellos grupos de presión con fuerza o potencia bastante como para alterar el curso normal
de los acontecimientos, contrariando incluso decisiones de las instancias o instituciones
debidamente acreditadas o con solidez democrática” (Cavero, 1990: 261). Estos poderes son
las Fuerzas Armadas, la Iglesia católica y la banca española:
En repetidas ocasiones y a lo largo de la primera década de la transición española, se ve o se
adivina o se supone la existencia y el funcionamiento de esos poderes ocultos, y sin embargo,
enormemente efcaces, que habrían tenido fuerza para reconducir decisiones del ejecutivo, para
determinar sobre algunas decisiones del legislativo, y para llegar a infuir, incluso, en el poder
judicial, los tres poderes que se consideran clásicos y por los que se mide la validez democrática
de una nación (Cavero, 1990: 262).
Cavero denomina a estas tres entidades, Fuerzas Armadas, Iglesia y la banca española,
como poderes fácticos “clásicos”, y menciona a otros en un segundo bloque: los medios de
comunicación, las organizaciones patronales, las centrales sindicales, los grupos de profesionales
y los lobbies, aunque todos con la principal característica de “resistirse a los nuevos modos
y nuevas vías que recorrería la democracia española”. A lo largo de más de 600 páginas, el
autor narra la crónica de los mecanismos que estos poderes utilizaron para dicha resistencia,
hasta los Pactos de la Moncloa, que pusieron de acuerdo a todos los grupos el desarrollo del
país y su posterior “reparto”.
Los debaIes sobre el concepIo de poderes fácIícos en el Méxíco del Síglo XXI
Hasta el momento, el concepto de poderes fácticos se ha utilizado para señalar a aquellos actores
o grupos que bajo determinados mecanismos han infuenciado en las decisiones públicas. Sin
embargo, fuera de este uso, el concepto no parece tener unidad. Incluso hay una divergencia de
posturas entre los académicos. Las diferencias no sólo oscilan entre la calidad de la democracia
y el papel de estos poderes en ella, sino incluso en los propios grupos que ostentan este poder
fáctico. De esta manera, se equiparan los medios de comunicación, los bancos y el crimen orga-
nizado, cuando hay una notable diferencia en sus acciones ante el Estado.
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refexión teórico-académica con elementos empíricos, cuando diversos académicos explicaban
el proceso de discusión y de aprobación de las reformas a la Ley Federal de Radio y Televisión
() y a la Ley Federal de Trabajo () en la Cámara de Diputados a fnales de 2005. Al
respecto, Jacqueline Peschard mencionó que “hoy nos referimos a los poderes fácticos para
nombrar a aquellos que sin ser parte del cuadro institucionalizado del poder, tienen la fuerza
para condicionar el ejercicio de la acción del Estado mexicano, cuando no para amenazarlo o
neutralizarlo” (Peschard, 2006), y ejemplifcaba con las grandes televisoras y con el narcotráfco.
En este mismo contexto, Fátima Fernández señaló que:
Fáctico viene de factum, hecho. Si lo unimos a la palabra poder, su signifcado apunta hacia
la supremacía fundada en actos, en fuerza, en dominio y, como dice la Real Academia en su
segunda acepción, fáctico signifca “basado en hechos o limitado a ellos, en oposición a teórico
o imaginario” (Fernández, 2009: 224).
Así mismo, esta académica enfatizó que el poder fáctico tiene existencia real, aunque
todavía no tenga acta de nacimiento en la teoría política. En la misma línea, Enrique Sánchez
Ruiz (2009) agregó que el poder fáctico es el que se ejerce fuera de los ámbitos formales, que
no coincide con el aparato del Estado:
El poder fáctico se ejerce de hecho –tácticamente– no de iure –legalmente–. Sin embargo no
necesariamente es ilegal o ilegítimo. La mayor parte de las veces no es necesario que se imponga
por la fuerza, le basta con explicitar, o incluso con sugerir sus deseos para que se conviertan en
realidad. La clave de su ejercicio es su capacidad de control de recursos externos a la política.
Ejemplos de poderes fácticos son la Iglesia –católica, en el caso de México–, el narcotráfco,
los empresarios –algunos individualmente, otros mediante empresas especialmente poderosas,
o por los organismos cúpula–, y los medios, particularmente en la actualidad, la televisión
(Sánchez, 2009: 196-197).
Otra acepción de este concepto la señaló Jaime Cárdenas Gracia en su texto Poderes fácticos
e incompatibilidades parlamentarias (2006), donde defnió de manera sencilla a los factores
reales de poder que suelen colonizar y determinar el funcionamiento de las instituciones. Para
este académico los partidos políticos, los sindicatos, las organizaciones empresariales, los
medios de comunicación electrónicos, las trasnacionales, el gobierno de los Estados Unidos y
las organizaciones fnancieras internacionales son los auténticos poderes que condicionan el
actuar de las instituciones y el orden jurídico formal.
En el mes de octubre de 2010 se presentó el Segundo informe sobre la democracia en América
Latina, llevado a cabo por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (), que
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poderes fácticos fue inherente. Su coordinador, Dante Caputo, señaló que la denominación
poder fáctico posee una connotación por la cual un poder no publico infuye de manera indebida
sobre las decisiones estatales. En rigor, la acción de los poderes facticos no necesariamente
conduce a tratar de reemplazar las funciones del Estado y pueden legítimamente querer
infuir sobre él o hacer pesar sus opiniones en el conjunto de la sociedad. Esto nos debería
llevar a denominar poder paraestatal a aquel poder no público, que de manera indebida busca
reemplazar la acción estatal. Sin embargo, la utilización que se hace de la expresión poder
fáctico y su divulgación, en el sentido antes señalado, aconseja no innovar (Caputo, 2010).
Sobre la respuesta a la pregunta directa sobre quién ejerce el poder en América Latina,
dentro de la investigación para este segundo informe, los porcentajes fueron los siguientes:
grupos económicos, empresarios y el sector fnanciero, 79.7%; medios de comunicación, 65.2%;
iglesias, 43.8%, sindicatos, 31%, poderes ilegales: mafas, narcotráfco, guerrilla, paramilitares,
26%, organizaciones de la sociedad civil, 12.8%; y sector indígena, 3.2%. Sobre los poderes
formales las respuestas fueron: Poder Ejecutivo, 36.4%; Poder Legislativo, 12.8%; y Poder
Judicial, 8.5% (Caputo, 2010: 146).
Es de subrayar que el Informe, aunque no profundiza en la conceptualización de los poderes
fácticos, sí los diferencia del crimen organizado, que denomina poderes ilegales, por lo que
si tomamos éste como una diferencia específca en el campo del debate sobre los poderes
fácticos, reafrmaríamos que éstos son ejercidos por actores o grupos cuyos mecanismos de
acción van en contra de los intereses públicos y colectivos, pero no por el hecho de abanderar
intereses privados (que también pueden ser públicos), sino porque tales mecanismos chocan
o van contra las “reglas del juego” de la democracia.
Utilizando el concepto de poder ilegal, como sinónimo o para referirse a las mafas,
narcotráfco, guerrilla, paramilitares y crimen organizado en general, tenemos una categoría
visiblemente diferente a la de poder fáctico. Bajo esta prescripción, se tendría que dejar de
lado o trabajar en una re-categorización de las propuestas como la de conceptualizar a los
poderes fácticos de jure (Sánchez, 2009), la de clasifcación de poderes fácticos en formales
e informales de Martín Becerra y Guillermo Mastrini (2009), la de poderes fácticos ilegales
de Edgardo Dargent
1
, y la de poderes públicos legales e ilegales y poderes privados legales e
ilegales, de Lorenzo Córdova.
En el contexto en el que se ha discutido este concepto, es obvio que un poder fáctico
no puede ser legal al ostentar intereses sobre lo público y sobre los procesos democráticos
establecidos, de igual manera es inverosímil tener un poder público ilegal, ya que en el caso de
1
Dargent señala que las actividades como el narcotráfco, las actividades extractivas ilegales, el contrabando, entre
otras, tienen efectos políticos importantes, por lo que es un tema que cada vez cobra mayor importancia en algunos
países de la región.
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en el sistema de contrapesos de nuestro sistema republicano, así como contar con los recursos
legales para limitar y para encausar esa extralimitación o exceso de uso del poder público.
De igual manera, si se piensa en los actores o grupos que ejercen el poder fáctico, aunque su
interés esté por encima de lo público y de los procedimientos democráticos, no puede estar
por encima del Estado de derecho, no así quienes ejercen el poder ilegal cuya característica
principal es precisamente querer estar por encima de éste.
En un esfuerzo más por contribuir al concepto teórico, en el mes de octubre y noviembre
de 2011 se llevó a cabo un seminario denominado “Los poderes fácticos. Una discusión
teórica”. Antonio Azuela (-) señaló que “el concepto de poderes fácticos debe ser
desechado”, ya que su unidad radica en una idea normativa según la cual “hay poderes que se
ejercen indebidamente”, aunque esto depende de la posición política de quien está hablando.
Así mismo, destaca que el problema no es teórico, sino metodológico en tanto que es desde
allí que se defne una ruta de investigación. De este modo, para Azuela “llamarle fáctico a
todo, es aplanar la realidad”.
Gabriel Regino (Facultad de Derecho de la ), señaló que en la construcción del
discurso gubernamental se resaltan tres capacidades: la capacidad de interacción, la capacidad
de resistencia (a poderes coercitivos) y la capacidad de dirección, por lo que un poder fáctico
sólo puede surgir ante la debilidad gubernamental y la ausencia de cohesión social, política y
económica, pero que sobre todo, no coadyuva a la democracia. Mi postura, por otro lado, se
centra en señalar que cuando se habla de poder fáctico, se hace referencia a todo poder que
se ejerce de manera directa de un ente a otro, mientras que cuando se dice “poderes fácticos”
en plural, se hace referencia al concepto teórico para describir las acciones de ciertos sujetos
fuera del juego de la democracia, y que se conceptualizan de esta manera precisamente por
no alinearse dentro de las reglas democráticas.
En la segunda sesión, donde se abordaron ejemplos concretos desde la visión de las
ciencias de la comunicación, Francisco Aceves (), señaló que ante la ausencia de la
defnición del concepto, de manera empírica se ha “universalizado” lo que se entiende por
poderes fácticos. Alma Rosa Alva de la Selva (y-), utilizó el análisis histórico
estructural para describir el desarrollo de estos poderes, haciendo énfasis en el caso T
de México. Javier Esteinou (-) por su parte, propuso una hipótesis de un “Estado
híbrido”, donde mixturados con los poderes republicanos tradicionales, se combinan los
poderes mediáticos y otros que llegan a ejercer una especie de “co-gobierno”. Finalmente,
Raúl Trejo (-), recalcó que el estudio y análisis de los poderes fácticos debe llevarse
a cabo desde una mirada multidisciplinaria, ya que “los poderes fácticos surgen más allá
de las concepciones teóricas y las desbordan”, en tanto tienen una capacidad de expansión
cultural, esto es, imponen una hegemonía ideológica, por lo que cabe diferenciar entre
poderes de hecho y poderes de derecho.
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exclusiva de México o Latinoamérica, sino que a nivel internacional atraviesa por un défcit
similar, por esta razón en Europa se lleva a cabo un coloquio de discusión (2011-2013) sobre
este concepto, organizado por la Universidad de Borgoña-Dijon (Francia), en colaboración
con la Universidad de Cádiz (España), denominado Pouvoirs de fait et Transition politique:
catalyseurs ou entrave? (Poderes fácticos y transición política: ¿catalizadores o rémoras?), cuya catalyseurs ou entrave? catalyseurs ou entrave?
fnalidad fue analizar el desarrollo de estos poderes en España, Latinoamérica y Europa del
Este.
2
Su coordinador, Pierre-Paul Grégorio, señaló que ni siquiera en Europa hay un debate
central o una unidad conceptual frme en lo referente a los poderes fácticos. Por ello, todo lo
descrito en este breve apartado teórico es un esfuerzo encaminado en ese sentido.
200õ: La ínfuencía evídenIe de Trtrvtxn sobre el EsIado y las eleccíones
No es un secreto que la gran mayoría de los pensadores de la democracia liberal consideran
a los medios de comunicación, libres e independientes, como uno de los pilares funda-
mentales de ésta. Sin embargo, los medios pueden tener un efecto tanto positivo como
negativo para la democracia. En este sentido, Eduardo Dargent señala que:
La prensa ofcial y monopólica impide la libre circulación de ideas, pero medios concentrados
en manos privadas pueden dar ventajas a sus propios intereses, y del mismo modo, podrán
atacar a aquellos actores que se les opongan o darles una cobertura considerablemente menor
(Dargent, 2010: 5).
Los medios electrónicos de comunicación en México, en especial T y Azteca,
han tenido un crecimiento acelerado como poderes fácticos, no sin la permisión y beneplácito
del Gobierno. Este asenso comenzó en el año 2001, cuando el entonces presidente Vicente Fox
comenzó a tejer la “alianza” con las televisoras. Se entiende que una alianza permite crecer de
forma similar a quienes la pactan, sin embargo en este caso, consciente o inconscientemente,
el gobierno fue cediendo poder, bajo la creencia de que la condescendencia a los medios le
permitiría tener la obediencia y lealtad de antaño.
Nada más lejos de la realidad. El ejemplo por excelencia fue el proceso de discusión y
aprobación de la “Ley T”, que tras casi cinco años de debate en el Senado de la República
sobre una iniciativa creada por diversas organizaciones ciudadanas, fue aprobada en la Cámara
de Diputados en menos de dos semanas. Una reforma cuya iniciativa fue presentada por un
2
La primera sesión se llevó a cabo en septiembre de 2011, la segunda se realizó en septiembre de 2012 y tercera se
realizará en septiembre de 2013.
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) y otro del Partido Verde Ecologista de
México (), pero redactada en las ofcinas de T.
El día 22 de noviembre de 2005, los diputados Miguel Lucero Palma –del grupo parlamentario
del – y Javier Orozco –del –, presentaron una iniciativa para reformar diversos
artículos de la y de la , la cual se turnó a las Comisiones Unidas de Comunicaciones
y de Radio, Televisión y Cinematografía. La reunión de trabajo de estas comisiones se llevó
a cabo el día 29 de noviembre de 2005, con una convocatoria que se había hecho a las 21:30
horas del día anterior. Así mismo, el proyecto de dictamen fue entregado poco antes de la
reunión, que comenzaría a las 11:00 horas. Tras los reclamos, se inició el debate del proyecto
de dictamen. Puede apreciarse en la versión estenográfca, que a pesar de que los diputados
no habían tenido el tiempo sufciente para un análisis a profundidad, trataron de privilegiar
un sentido social, pero la conducción de la sesión impidió que las modifcaciones propuestas
fueran trascendentes. Los diputados quisieron comenzar con la reserva de artículos, pero el
Presidente los conminó a que, de acuerdo con la regla legislativa, primero se aprobara en lo
general y luego se discutieran los artículos reservados.
El 30 de noviembre sesionó la Junta de Coordinación Política. Esta reunión de trabajo se
realizó sin la presencia de su presidente, Pablo Gómez Álvarez del Partido de la Revolución
Democrática (), quien fue sustituido por el diputado Eduardo Espinoza Pérez. Tampoco
estuvieron presentes los coordinadores del Partido Acción Nacional (), José González
Morfín; del , Jorge Antonio Kahwagi Macari; y del Partido del Trabajo (), Alejandro
González Yánez, quienes enviaron representantes. El único coordinador que asistió fue el del
, Emilio Chuayfett Chemor. Jesús Martínez Álvarez, Coordinador del Partido Convergencia
no asistió ni envió representante. Aún con esta situación, en dicha reunión se tomó el acuerdo
de disculpar la segunda lectura del dictamen de reformas a la y a la .
Al día siguiente, el 1 de diciembre de 2005, las Comisiones Unidas de Comunicaciones y
de Radio, Televisión y Cinematografía, presentaron ante el pleno de la Cámara el proyecto de
decreto. Antes de dar paso a su discusión, la Presidencia de la Mesa Directiva leyó un comunicado
procedente de la Junta de Coordinación Política, donde se solicitaba que dicho dictamen “se turne
lo antes posible y se le dispense la segunda lectura” (Cámara de Diputados, 2005b).
Lo que quizás confundió a los legisladores fue que, aun cuando en ese Comité los acuerdos
alcanzados habían sido tomados por representantes, (con excepción del , cuyo líder de
bancada sí asistió), al leerse el comunicado se dijo que lo frmaban los coordinadores. Esta
situación hizo creer que el dictamen estaba leído, analizado y avalado por todas las fracciones, y
por ende, sólo se requería del “trámite” del voto a favor de los diputados. Al no haber oradores
registrados para el debate, –ya que el documento no se conocía– se abrió la votación y el
dictamen fue aprobado por unanimidad de los presentes (327 de diputados). El tiempo que
transcurrió entre la presentación del dictamen y la votación, fue de siete minutos. La minuta
aprobada fue enviada al Senado para los efectos constitucionales procedentes.
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pero la intervención de varios legisladores de todas las fracciones parlamentarias lo impidieron,
logrando, en ese momento, ventilar el tema en la sociedad. La negociación con los senadores se
basó en los intereses electorales, aunque en su momento los candidatos del , y lo
negaron. En el caso del , de acuerdo con Felipe Vicencio, el presidente del Comité Ejecutivo
Nacional planteó la necesidad de respaldar la reforma que proponía la industria de la televisión
en sus términos, porque así convenía a los intereses electorales del partido.
El 17 de marzo, los representantes de la Comisión Federal de Telecomunicaciones
() enviaron a la Cámara de Senadores y el 5 de abril a la Presidencia de la República,
al Secretario de Gobernación (Carlos Abascal), al titular de la Secretaría de Comunicaciones
y Transportes (Pedro Cerisola), unos documentos en los que advertían que las reformas
propuestas en materia de radio, televisión y telecomunicaciones despojarían al Estado de su
rectoría sobre los bienes de la nación. También se demostró la dominancia de los concesionarios
de televisión, en especial de T y Azteca. Pero tanto al interior del como del
ya se había llegado al acuerdo de votar la minuta en sus términos. Algunos senadores,
en ambos partidos, habían negociado su voto a cambio de los espacios necesarios para
alcanzar puestos de elección popular, así como un trato preferencial por parte de T.
Por lo que a pesar de la propuesta de otros legisladores para dar más tiempo al estudio de la
minuta e incorporar las observaciones, se procedió con la votación que aprobó la minuta en
sus términos originales.
3
La reforma elecIoral de 2007
Incluso considerando la demostración de semejante infuencia, también se ha observado
que ésta es más efectiva cuando más cerca se está de un proceso electoral federal, y pierde
efectividad en cuanto más alejado se encuentra de éste, semejante a la dinámica de la cam-
pana de Gauss. Así lo demostró el proceso de discusión de la reforma electoral de 2007, que
dio inicio cuando –a fnales de agosto de ese año–, la Comisión Ejecutiva de Negociación y
Construcción de Acuerdos del Congreso de la Unión hizo pública su propuesta de reforma
en materia electoral. En ella se destacaba la regulación de pre-campañas, la disminución de
los tiempos de campañas, la eliminación del secreto bancario para la fscalización de recursos
en este rubro, la prohibición de promoción de funcionarios federales, estatales y municipales,
y el otorgamiento de la facultad al organismo electoral para sancionar a quien violase los
ordenamientos electorales.
3
Un año después, en mayo de 2007, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declararía inconstitucionales los
principales artículos de esta reforma, que a su vez benefciaban de manera exclusiva a la televisión comercial.
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que además de la violación a la autonomía del Instituto Federal Electoral (), los políticos
pretendían limitar la libertad de expresión. Los ataques realmente evidenciaban el enojo de
las televisoras ante la amenaza de perder el gran negocio que les representan las elecciones,
ya que en el año 2006 ganaron por este rubro más de cuatro mil 250 millones de pesos.
En la sesión del Pleno del Senado de la República del 11 de septiembre de 2007, se
presentaron los abogados y conductores de los noticiarios de T, Azteca y otros
medios de radiodifusión, con el objetivo de pedir que la discusión fuese pospuesta, ya que la
consideraban como violatoria a la libertad de expresión, aunque terminarían reconociendo
que el enojo principal se debía a la “prohibición de contratar propaganda electoral en medios
electrónicos”
4
, lo que podría afectar los ratings y por ende, las ganancias. Por otro lado, el
editorial de la Revista Mexicana de Comunicación del mes de febrero de 2008, señaló que la
embestida de los concesionarios no fue calculada, pues además de mostrar en cadena nacional
la carencia de argumentos, los legisladores cerraron flas en torno a la misma postura sobre
el tema. De esta manera, el poder legislativo no pudo ser doblegado por los poderes fácticos.
El día 14 de septiembre, la Cámara de Diputados aprobó la minuta del Senado que contenía
la reforma electoral con 361 votos en favor, 30 en contra y dos abstenciones. Como siguiente
paso, la minuta se turnó a las 31 legislaturas de los estados y a la Asamblea Legislativa del
Distrito Federal (). En todas ellas, con excepción de la legislatura de Coahuila, la reforma
fue aprobada. El día 13 de noviembre de 2007, se publicó en el Diario Ofcial de la Federación
() la reforma a los artículos 6, 41, 85, 97, 99, 108, 116, 122 y 134 de la Constitución Política
de los Estados Unidos Mexicanos.
Los benefcíos a Trtrvtxn en 2010 y 2011
Sin embargo, siguiendo la similitud con la campana de Gauss, a partir del año 2010, T
no sólo comenzó a afanzar su infuencia, sino a incrementar su infraestructura “casi obse-
quiada” por el Estado. El día 23 de noviembre de 2009 se publicó en el la convocatoria
para la licitación 20 y 21. En la primera resultó benefciada la empresa española telefónica
(Pegaso comunicaciones y sistemas, S.A. de C.V.), mientras que en la segunda se declaró
ganadora la alianza N-T que pagaría por la subasta para asignar las franjas de
4
“Rogerio Azcárraga, dueño de Radio Fórmula, resumió el descontento de los concesionarios: ‘¡Nos van a quitar 30 %
del tiempo sin pagar un solo centavo, además de arruinar los ratings!’, exclamó. Sostuvo que pasará lo mismo que con el
programa radiofónico La Hora Nacional, porque nadie verá los anuncios de los partidos. ‘Aquí está la Cámara Nacional
de la Industria de Radio y Televisión () junta, completa y unísona; nunca habíamos estado tan unidos como en esta
ocasión. No venimos a dialogar, venimos a reaccionar’, advirtió a gritos Pedro Ferriz de Con, conductor de noticias de
Grupo Imagen, propiedad del empresario Olegario Vázquez Raña” (Becerril y Ballinas, 2007).
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comercial superaba los 5 mil millones de pesos.
Lo anterior hizo pública la preferencia por esta dupla, lo cual fue cuestionado casi de
inmediato por la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (), donde hacía
público que el monto que ofrecieron T y N por 30 Megahertz en todo el país, es
varias veces menor a los que habían propuesto otras empresas por segmentos más estrechos
del espectro radioeléctrico. Tan sólo en la misma subasta, otra empresa se comprometió a
pagar 1059 millones de pesos por 10 Megahertz en una sola de las 9 regiones en las que está
organizada la distribución de frecuencias, por lo que conminaba al Presidente de la
a declarar desierta la licitación, de acuerdo al artículo 17 de la .
Gabriel Sosa, en su columna del 6 de agosto de ese año, tradujo el proceso en las siguientes
cifras:
Total de Mhz por asignar a nivel nacional, luego de culminar el proceso: 540. De éstos, 270
(es decir, el 50%) serían para T-N. Los otros 270 (el 50% restante) se repartiría
entre T (210 MHz) y T (60 MHz). Contraprestación inicial: por el 50% de las
frecuencias la alianza T-N pagaría 180.3 millones de pesos; por el 39% T
destinaría 3 mil 793.8 millones de pesos y por el 11% T pagaría mil 273.88 millones
de pesos (Sosa, 2010).
Este proceso, abiertamente desvergonzado, provocó la reacción de diversos actores. En la
prensa escrita, el grupo Reforma fue uno de los que mayormente criticó las irregularidades del
proceso,
5
mientras que la empresa de telefonía celular I denunciaba las irregularidades
tanto en la licitación 20 como en la 21. Tal fue el grado de escándalo que el 18 de octubre,
T anunció la ruptura de su alianza con N. Mientras que esta decisión fue vista
por analistas y académicos como la confrmación de la irregularidad del proceso, la Asociación
Mexicana de Derecho a la Información () la señalaba como “la evidencia de la errónea
política del gobierno del presidente Felipe Calderón para favorecer a la propia T”. Por
su parte, los ex socios argumentaban que se habían percibido riesgos, por lo que la disolución
de la alianza fue de mutuo acuerdo (, 2010).
Sin embargo, casi un año después, la televisora retomó su plan de ingresar al mercado
de telefonía celular anunciando, en el mes de octubre de 2011, una alianza con I.
La negociación de intereses entre estas empresas logró pactar el retiro de los juicios de
I contra N, moneda de cambio para que la Comisión Federal de Competencia
5
Lo cual le valió un linchamiento mediático al Grupo Reforma por parte de Televisa en los primeros días de septiembre
de 2010, quien lo acusó de que en los anuncios clasifcados de sus medios impresos fomentaba la prostitución y la trata
de blancas. Esto se aborda en el último punto de este texto.
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) pueda autorizar la alianza entre el primero y T. Cabe señalar que este
acuerdo se logró tras la mediación del Gobierno Federal:
Los grandes benefciarios directos de este acuerdo son I y T, cuya alianza les
garantizaría la convergencia plena que tanto han buscado. Aliados como de facto ya lo están,
podrían concursar y adjudicarse con facilidad el dividendo digital, es decir, la banda de 700
Mhz, la que más apetito está generando entre los operadores. Para esta banda la C
podría volver a imponer topes de espectro (Price cap) que obviamente I-T
no tendrían y que sólo se aplicarían para operadores como T y, ahora, también para
N (Negrete, 2011).
Para la , la alianza entre Azteca (I) y T:
Constituye en los hechos la fusión de las dos principales empresas de televisión y producción de
contenidos audiovisuales. Esa alianza, a todas luces perjudicial para promover la diversidad
cultural y de contenidos que demanda una nación democrática y multicultural, resulta contra
natura, porque en ningún país se ha visto que las dos únicas empresas que compiten en el
mercado de la televisión abierta, se alíen para distribuir a través de una misma plataforma, en
este caso la telefonía celular, los contenidos y servicios que, se supone, producen, distribuyen
y comercializan en un mercado competitivo (, 2011).
Corrco y Corr1rt vs TrtMrx
En el año 2011, T llevó a cabo estrategias empresariales para aumentar sus intereses
en el sector de las telecomunicaciones y fortalecer las alianzas con algunos competidores. Por
otro lado, también enfrentó a sus “contrincantes”, aunque sin estrategias de superioridad en el
mercado, sino con la ayuda del Gobierno Federal, a través de sus órganos desconcentrados,
con lo que éste se convirtió no sólo en espectador sino en títere. El ataque más reiterado fue
contra Teléfonos de México (T). El propio Presidente Calderón afrmó que los cambios
a la Ley Federal de Competencia, anunciados el 10 de mayo, tienen como fnalidad poner fn
a “un comportamiento monopólico” de las grandes empresas tales como las de la industria
de telecomunicaciones, propiedad del multimillonario Carlos Slim.
En el mes de abril de 2011, la C multó a T con 11 mil 989 millones de
pesos por presuntas prácticas monopólicas: “reincidencia en la comisión de una práctica
monopólica relativa, en esta ocasión, en el mercado de terminación de llamadas en su red
de telefonía móvil”, resultado de una denuncia iniciada en septiembre del 2006 por algunos
competidores. Pero el día 8 de junio se dio a conocer que tras aceptar el trámite de recurso
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los efectos de la resolución emitida por el pleno de la C.
En el mismo recurso, Radiomóvil Dipsa, razón social de T, pidió a la C recusar
a su presidente Eduardo Pérez Motta, a la hora de votar la reconsideración sobre el castigo
impuesto, así mismo argumentó que la sanción es excesiva y que el procedimiento con que
se resolvió había caducado desde hace casi un lustro, pues la C tenía un plazo de 120
días hábiles para resolver este expediente iniciado desde 2006.
El 1 de junio la Comisión impuso una multa a Telmex por 91.5 millones de pesos por negar
el servicio de interconexión al Grupo de Telecomunicaciones Mexicanas (), subsidiaria
de la española T.
Esta denegación de trato resulta violatoria de la fracción V del artículo 10 de la Ley Federal de
Competencia Económica, dado que T tiene poder sustancial en el mercado y la conducta
tuvo el objeto o efecto de impedir sustancialmente el acceso a otro agente económico, precisó
la C (El Economista, 2011).
El 8 de junio la Comisión Federal de Telecomunicaciones (C), basada en la
resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación del 3 de mayo, ordenó a T
bajar 95% sus tarifas rurales –de 75 centavos de peso a 3.951 centavos de peso por
minuto–. Slim habría alegado en defensa de su empresa que Telmex ha hecho millonarias
inversiones en áreas rurales no rentables, que justifcan los mayores cargos en esas zonas.
Por esta razón, el Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana () señaló que
T perdería cuatro mil millones de pesos. Ante los embates a T, esta misma
fecha, legisladores de la tercera comisión de la Comisión Permanente del Congreso de
la Unión aprobaron un punto de acuerdo para obtener información sobre la negativa de
la Secretaría de Comunicaciones y Transportes para permitirle a la telefónica participar
en la televisión privada.
Después de esta serie de embates, T tuvo un respiro cuando el 23 de noviembre
el Juzgado Sexto de Distrito en materia administrativa del Distrito Federal, le otorgó un
amparo en contra de la negativa de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes ()
de no modifcar su título de concesión para que pueda brindar nuevos servicios como el de
televisión restringida. Como antecedente, un tribunal colegiado determinó que la C
había operado una afrmativa fcta al no responder sobre la solicitud una opinión favorable
para la otorgación de los nuevos servicios.
Esa falta de respuesta es considerada como una opinión favorable de cumplimiento de
los requisitos para eliminar las restricciones contenidas en sus títulos de concesión, a partir
de lo cual la empresa está en aptitud de prestar el servicio de televisión y audio restringido.
“Con esta resolución la deberá pronunciarse exclusivamente acerca de si se modifca o no
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T, pero tomando en cuenta que ya se estableció la afrmativa
fcta” (El informador, 2011).
Sobre la relación de T con algunos grupos de la sociedad civil, el programa
“Iniciativa México” es el más claro ejemplo de cooptación de grupos de la sociedad
civil por parte de no sólo de T, sino de los grupos más poderosos de medios
electrónicos de comunicación, donde lamentablemente instituciones serias y de prestigio
internacional, como la , le han dado legitimad a este reality show en el que los
medios le “permiten” al público que sean ellos quienes, de una cartera de proyectos de
desarrollo social inscritos por ciudadanos y previamente seleccionados, vayan eligiendo
a los mejores, hasta que en la última emisión, surgen los vencedores.
Sin lugar a duda, la mayor legitimación hacia este programa surge del propio Gobierno
Federal. En la fnal de la emisión 2011 estuvieron presentes, entre otros, José Narro Robles,
Rector de la , y el Presidente Felipe Calderón, quien señaló a través de su cuenta en
Twitter que “El gobierno federal apoya con 2 de cada 3 pesos a los ganadores de Iniciativa Twitter Twitter
México. 120 millones de pesos a favor de la sociedad civil” (Calderón, 2011). En pocas palabras,
T se presenta como eje de coordinación y “mecenas” de la sociedad civil, a partir
de lo cual exhibe las diversas realidades de México, al tiempo que implícitamente acusa a la
mala administración del Gobierno Federal y los gobiernos locales de la actual situación del
país. Sin embargo, logra que éstos se sienten en la misma mesa, que legitimen el programa y
que además aporten recursos económicos.
Todo lo anterior es una muestra de cómo el Gobierno Federal se ha convertido en mero
espectador ante las acciones de T a cambio del apoyo para transmitir los logros del
gobierno. Sobre esta opacidad del gobierno, incluido el Poder Legislativo Federal, sólo quedan
los esfuerzos de algunos grupos de la sociedad civil y medios de comunicación para denunciar
y publicar estas acciones, así como el aparente fortalecimiento de las redes sociales virtuales.
Hasta el presente, Internet ofrece un canal de difusión de la información, libre, rápido y veraz,
características también amenazadas, pues se han presentado varios intentos de censura. A
nivel internacional podemos citar las iniciativas de ley Stop on Line Piracy Act ( ley Stop on Line Piracy Act ley Stop on Line Piracy Act ), Protect
IP Act ( IP Act IP Act ), Anti-Counterfeiting Trade Agreement ( Anti-Counterfeiting Trade Agreement Anti-Counterfeiting Trade Agreement ), Cyber Intelligence Sharing and
Protection Act ( Protection Act Protection Act ), y Ley de Economía Sostenible (). A nivel nacional, las llamadas
Ley Duarte de Veracruz y la Iniciativa Doring, así como presumiblemente iniciativas similares Doring Doring
en otras 16 entidades en el país. Todo ello representa un peligro inminente para la democracia.
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PODERES FÁCTICOS, COMUNICACIÓN Y GOBERNABILIDAD: UN ACERCAMIENTO CONCEPTUAL ⎥
269
Poderes fácticos, comunicación y gobernabilidad:
un acercamiento conceptual
Factual Powers, Communication and Governance:
a Conceptual Approach
Francisco Aceves González

Recibido el 21 de septiembre de 2012
Aceptado el 08 de octubre de 2012

Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad de Guadalajara y de Occidente. Mejor Tesis sobre el desa-
rrollo histórico de la televisión mexicana. Profesor Investigador del Departamento de Estudios de la Comunicación
Social en la Universidad de Guadalajara, (México). Desde 1987 ha realizado investigación en temas relacionados a la
información. Autor de numerosos artículos publicados en libros y revistas especializadas, así como del libro La tele-
visión en Guadalajara: génesis y desarrollo (1987). Sus principales líneas de investigación son: historia regional de los
medios de comunicación, movimientos sociales y comunicación política en los procesos electorales, comunicación
política y medios de comunicación y gobernabilidad democrática. Correo electrónico: fracegon@yahoo.com.mx
RESUMEN
La categoría poderes fácticos se ha convertido en
un vocablo de moda. Más allá de las diferencias ob-
servables entre los intereses periodísticos, académi-
cos o políticos con que los autores se aproximan al
tema, este artículo considera que es posible apreciar
que la problemática se encuentra indisolublemente
vinculada con el tema de la democracia, específca-
mente con aspectos relacionados con su viabilidad
y gobernabilidad. En esta perspectiva analítica y
contextual –poderes fácticos, democracia y gober-
nabilidad– se inscribe el presente trabajo. Dado que
la categoría no es usada de manera unívoca, luego
de establecer algunas diferencias entre los denomi-
nados grupos de interés, grupos de presión y los
poderes fácticos, el autor delinea la indispensable
caracterización de aquellos actores sociales emer-
gentes con capacidad de disputar el poder a las ins-
tituciones formales y analiza la particular confgu-
ración de los medios de comunicación.
ABSTRACT
Te category of factual powers has become a
fashionable term. Beyond observable diferen-
ces in the journalistic, academic or political in-
terests of the scholarly approaches to the topic,
the author considers that it is possible to af rm
that this question is inextricably related to the
issue of democracy, and specifcally its viability
and governability. Tis article is framed within
this analytic and contextual perspective –factual
powers, democracy and governability. Given
that the category has not a univocal meaning, af-
ter drawing basic diferences among the various
interest groups, pressure groups and factual
powers, it characterizes those emerging social
actors capable to dispute the power of formal
institutions and analyzes the particular compo-
sition of the mass media.
Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales⎥Universidad Nacional Autónoma de México
Nueva Época, Año LVIII, núm. 217 ⎥ enero-abril de 2013⎥ pp. 269-280⎥ ISSN-0185-1918
⎥ FRANCISCO ACEVES GONZÁLEZ 270
Introducción
L
a categoría poderes fácticos se ha convertido en un vocablo de moda. De manera frecuente
recurren a él los escribidores de columnas políticas. Se encuentran estratégicamente
situados, como argumento de peso, en el discurso de algunos políticos. Inclusive en el
campo académico un número –ciertamente escaso– de autores lo ha incorporado en sus
trabajos de investigación. A primera vista, pareciera que hablan sobre lo mismo, que de
alguna manera quienes lo utilizan comparten su signifcado y se referen a fenómenos
semejantes. Nada más lejos de la realidad. Un acercamiento exploratorio, bastante elemental,
permite identifcar algunas de las particularidades relacionadas con su uso.
Un primer rasgo, es que en la mayoría de los textos, inclusive los de procedencia
académica, no es fácil hallar una definición del concepto. Al parecer, se supone que
el vocablo contiene una significación universal. El segundo rasgo tiene que ver con la
diversidad de corporaciones a las que se identifica como poderes fácticos. Así, mientras
existe un consenso en designar a los medios de comunicación como parte de ellos, otros
mencionan a los sindicatos, el ejército, la Iglesia, diversos organismos empresariales,
los partidos políticos (Alemán, 2009), las movilizaciones de protesta, los vendedores
ambulantes e incluso, a los “franeleros” (Casar, 2009: 50). Un tercer rasgo, es que mientras
que los países del cono sur destacan a los militares como la expresión más visible de los
poderes fácticos y los autores españoles coinciden en otorgar la misma importancia a la
Iglesia católica, en el caso mexicano se observa una doble coincidencia: por una parte,
la popularización del vocablo corre paralela a las elecciones presidenciales del año 2006
y su consecuente conflicto postelectoral, y por la otra, el acuerdo tácito de identificar
como tales poderes a las organizaciones de la cúpula empresarial, principalmente a las
televisoras privadas.
Más allá de las diferencias observadas respecto a los intereses periodísticos, académicos
o políticos con que los autores se aproximan al tema, y más allá del énfasis fjado al designar
a determinadas instituciones en su condición de poderes fácticos, es posible apreciar que
la problemática en cuestión se encuentra indisolublemente vinculada con el tema de la
democracia, específcamente con aspectos relacionados con su viabilidad y gobernabilidad.
En esta perspectiva analítica y contextual –poderes fácticos, democracia y gobernabilidad– se
inscribe el presente trabajo que se propone analizar la particular confguración de los medios
de comunicación como poder fáctico.
Palabras clave: poderes fácticos, grupos de in-
terés, grupos de presión, medios de comunica-
ción, democracia, gobernabilidad.
Keywords: factual powers, interest groups, pres-
sure groups, mass media, democracy, governance.
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Poderes fácticos: su conceptualización
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, el poder fáctico es “el que se
ejerce en la sociedad al margen de las instituciones legales, en virtud de la capacidad de presión
o autoridad que se posee; p. ej., la banca, la Iglesia, la prensa”. En el mismo Diccionario, en su
primera acepción del concepto “poder”, fgura: “tener expedita la facultad o potencia de hacer
algo”. En su extrema simplicidad, esta defnición establece de manera puntual dos elementos
básicos que caracterizan aquello que podríamos identifcar como poder fáctico. Uno, que se
trata de corporaciones que tienen la facultad o la capacidad para realizar acciones conforme a
sus intereses particulares, y dos, que dichas acciones se realizan por fuera del marco jurídico
institucional, es decir que se encuentran revestidas de un carácter extralegal. Asumida esta
defnición, sea de manera explícita o implícita, el debate se ha centrado en la identifcación
de los actores o instituciones que pueden caracterizarse como tales.
Poderes fácticos, grupos de interés y grupos de presión
Entre algunos autores, existe cierta confusión sobre las diferencias entre los poderes fácticos
y los denominados grupos de interés y grupos de presión (Vázquez, 2010). Pero si a cada
grupo de interés o de presión que exitosamente logra imponer sus prerrogativas, se lo cata-
loga como poder fáctico, nos encontramos inevitablemente frente al riesgo del vaciamiento
del concepto y un empobrecimiento del alcance de su defnición. En este sentido, antes de
proseguir con el tema, resulta indispensable establecer algunas diferencias que se presentan
entre los denominados grupos de interés, grupos de presión y poderes fácticos.
Lo que tienen en común es que se trata de personas o entidades privadas que comparten de
alguna manera un interés común y que utilizan el peso que tienen en determinados sectores
de la sociedad para infuir sobre las decisiones del Estado, esto es que pretenden erigirse en
grupos de poder. Empero, las diferencias entre éstos son sustanciales. El grupo de interés
centra su propósito en incidir en las decisiones apelando a tácticas y procedimientos apegados
a la institucionalidad tales como el lobbing, mediante el cual asegura que su interés particular
sea tomado en cuenta en el momento de la decisión. De este modo, los grupos de interés en
su estrategia privilegian el acercamiento personal y el contacto cara a cara con las instancias
políticas de las que depende la resolución del tema en cuestión. En contraste, el grupo de
presión recurre a mecanismos de acción directa mediante la movilización y confrontación,
buscando que sus intereses sean considerados en las decisiones gubernamentales. Así, para el
grupo de presión, no son las conversaciones que –con mayor o menor discreción– se llevan
a cabo con funcionarios y políticos, sino que por el contrario, pretenden que su conficto
alcance la máxima visibilidad posible.
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Otra diferencia se aprecia en la conformación de tales grupos. Mientras que los grupos de
interés se integran principalmente con el concurso de profesionales, académicos y especialistas
interesados en diversos problemas sociales, los grupos de presión se nutren de los diversos
sectores de la sociedad civil (colonos, adultos mayores, estudiantes, etc.) que generalmente no
disponen de los recursos para procesar sus demandas ante los procedimientos institucionales
y de este modo, optan por dirimir sus diferencias en el espacio público.
Por otra parte, si bien tienen características que los distinguen muy claramente, eso no
quiere decir, que llegado el caso, frente a la falta de resultados mediante la interacción con
los funcionarios o el fracaso de los lobbies, un grupo de interés no se transforme en uno de
presión. De todos modos, en ambos casos, la acción de estos grupos se mantiene en el ámbito
de la legalidad y solamente en situaciones de excepción llegan al quiebre de la legalidad y se
convierten en movimientos insurreccionales.
En el caso de los poderes fácticos, el tipo y la intensidad de su actividad dependerá de
la mayor o menor resistencia que presente el Estado a la consecución de sus intereses. Sus
tácticas de incidencia hacia las decisiones del Estado van desde el uso del lobby –cuentan
con contactos al más alto nivel entre los poderes formales–, la asesoría de los think tank más
prestigiados, hasta el uso de mecanismos de presión ante coyunturas determinadas. Así, la
diferencia sustancial frente a estos grupos, reside en la capacidad que tienen para imponer,
mediante procedimientos extralegales, la salvaguarda de sus intereses en las decisiones del
Estado.
Poderes fácticos: su caracterización
La presencia de actores sociales con capacidad de disputar el poder a las instituciones formales
no es un fenómeno reciente y, en el caso del sistema político mexicano, su existencia había
sido ya reconocida desde la década de los sesenta por Pablo González Casanova (1971). En
su capítulo sobre los factores del poder, González Casanova introdujo una distinción entre
lo que denominó poderes “formales” y “reales”. En el caso de los primeros, el autor reconocía
que el sistema político mexicano no se ajustaba al modelo de los “tres poderes”, o el sistema
de los “contrapesos y balances”, sino que existía una concentración del poder en el gobierno
federal y particularmente en la fgura presidencial. Sin embargo, frente a estos poderes for-
males, González Casanova señalaba a los “poderes reales”, califcados como:
los verdaderos factores del poder en México: a) los caudillos y caciques regionales y locales; b)
el ejército; c) el clero; d) los latifundistas y los empresarios nacionales y extranjeros. Se trata,
en todos los casos, de instituciones que han infuido o que infuyen directamente en la decisión
gubernamental (González, 1971: 45-46).
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No resulta difícil encontrar la similitud entre estos poderes denominados por el autor
como “reales” con los poderes fácticos actuales. Si bien no señaló expresamente a los medios
de comunicación, que de alguna manera pertenecen al ámbito empresarial, destacó por su
parte, a los caudillos y caciques regionales que bajo nuevos ropajes, se mantienen vigentes
en la sociedad contemporánea.
Por su parte, Garretón (2002) ubica la emergencia de estos poderes en el contexto de las
transformaciones de la sociedad moderna propias de la era de la globalización. Es en torno
a este modelo societal que los poderes fácticos aparecen como un nuevo tipo de actor social,
emergiendo como entidades o actores que procesan las decisiones propias de un régimen
político, al margen de las reglas del juego democrático. Ellos pueden ser extrainstitucionales,
como los grupos económicos locales o transnacionales y el narcotráfco, grupos insurreccionales
y paramilitares, poderes extranjeros, organizaciones corporativas transnacionales y medios de
comunicación, entre otros. Pero también existen poderes fácticos de jure, actores institucionales
que se autonomizan y asumen poderes políticos más allá de sus atribuciones legítimas, como
pueden serlo los organismos internacionales, los presidentes (hiperpresidencialismo), los
poderes judiciales, los parlamentos, los tribunales constitucionales y las mismas Fuerzas
Armadas (Garretón, 2002: 12).
La caracterización de Garretón adiciona algunos elementos a la definición. De
entrada destaca la marginalidad de los poderes fácticos hacia el juego democrático.
Sin embargo, su identifcación entraña algunas difcultades. En el primer caso, ubica
entre los extrainstitucionales a grupos y actores sociales cuyas actividades presentan
diferencias sustanciales. Aun cuando ejerzan su infuencia de manera extralegal, no
resultan comparables las actividades desarrolladas por los grupos económicos, las
corporaciones transnacionales y los medios de comunicación, con el narcotráfco y los
grupos paramilitares. Los primeros actúan en los márgenes de la legalidad y el ejercicio
de su poder se desarrolla mediante mecanismos más o menos sutiles de persuasión
y cooptación que pueden llegar a una presión más directa. Los segundos son grupos
delincuenciales que actúan en la ilegalidad y su poder lo depositan en su capacidad para
corromper a las autoridades y en su capacidad de fuego y ejercicio de la violencia. En
este sentido, resulta un desacierto catalogar a los grupos insurreccionales como poderes
fácticos en tanto que existe entre ellos una diferencia fundamental: a los poderes fácticos
les interesa obtener sus benefcios de manera extralegal pero manteniendo el statu quo del
sistema, por el contrario, el objetivo de los grupos insurreccionales es la transformación
radical del orden establecido.
Asimismo, su razonamiento respecto de la existencia de “poderes fácticos de jure”, resulta
poco consistente. La tendencia de los poderes fácticos a la violación de los ordenamientos
legales, no los despoja de su calidad jurídica. El caso de excepción lo constituyen las Fuerzas
Armadas, quienes tienen la capacidad –y América Latina es pródiga en experiencias de este
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tipo– de derrocar mediante un golpe de estado a un gobierno democrático e imponer uno
de facto.
Una referencia fundamental en el estudio de los poderes fácticos y sus efectos en las
democracias latinoamericanas, se encuentra en el documento La Democracia en América Latina,
elaborado por el en 2004. De manera coincidente con lo expuesto por González Casanova,
el estudio asume que, más allá del peso característico del Poder Ejecutivo y una importante
capacidad de acción del Legislativo y Judicial, el poder real suele residir en instituciones a
las que las normas asignan otras funciones (como fue el caso, en el pasado reciente, de las
Fuerzas Armadas) o en grupos que no forman parte del orden político-institucional (familias
tradicionales, grupos económicos y otros) (, 2004: 155).
De acuerdo con el estudio, los líderes consultados identifcan tres riesgos susceptibles de
limitar y/o amenazar el orden democrático.
1. Las limitaciones internas y externas. Entre las primeras señalan: “la proliferación de
controles institucionales inadecuados, así como la multiplicación de grupos de interés”
(en especial los empresariales, que funcionan como poderosos lobbies, pero también en
algunos países con prácticas “como la compra de votos y la fabricación de candidatos”).
Entre las segundas, apuntan a los mercados internacionales –principalmente a los
fnancieros–, las instancias califcadoras de riesgo y los organismos internacionales
de crédito (, 2004: 156).
2. El narcotráfco, considerado como amenaza por el doble desafío que representa su
intento de controlar, así sea parcialmente, al aparato estatal y el territorio, y su incidencia
en el crecimiento de la economía informal (, 2004: 156).
3. Los medios de comunicación, a los que le dedican una mención especial. Se les
reconoce su “capacidad de generar agenda, de predisponer a la opinión pública a
favor o en contra de diferentes iniciativas y de erosionar la imagen de fguras públicas
mediante la manipulación de denuncias” (, 2004: 156). Actualmente, los medios
de comunicación en manos de grupos económicos no subordinados al poder político
se han constituido en un poder fáctico de enorme infuencia.
Así, en referencia a los riesgos que estos grupos representan para la democracia, en
el documento se establece una precisa distinción entre los poderes fácticos y los poderes
ilegales. Entre los primeros se incluye a los empresarios, los medios de comunicación, los
organismos internacionales, las iglesias y los sindicatos. Como poder ilegal, se identifca al
crimen organizado, en sus diversas actividades: narcotráfco, contrabando, prostitución,
juego clandestino y demás.
Resulta interesante la caracterización que los diversos tipos de entrevistados formulan sobre
los medios de comunicación. Para los políticos, los medios cumplen “funciones que exceden
el derecho de información”. En palabras de uno de los consultados, los medios “forman la
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opinión pública, determinan las encuestas y, en consecuencia, son los que más infuyen en
la gobernabilidad”. Otro señala que se han constituido como un “suprapoder” por encima de
los legítimamente constituidos y que “han reemplazado totalmente a los partidos políticos”
(, 2004: 160).
Por su parte los periodistas consultados destacan la peculiaridad de los medios “de operar
como mecanismos de control o límite a las acciones de los poderes formales: “la verdadera
vigilancia que se ejerce es la de la prensa” y coinciden en su participación fundamental en la
defnición de los temas de la agenda pública e incluso en la agenda presidencial. El temor de la
clase política hacia los medios radica, en voz de un sindicalista, en su capacidad para “deshacer
una fgura pública en cualquier momento”.
En contraste, la valoración positiva de la acción de los medios provino de algunos
empresarios consultados: “gracias a los medios todavía podemos estar hablando de democracia”,
y particularmente aprecian su rol fscalizador: “está claro que si no fuera por la vigilia de la
prensa, las cosas serían mucho peores” (, 2004: 160).
Es sumamente revelador que aunque todos coinciden en el poder que ejercen los medios
sobre la vida pública, la valoración que hacen sobre sus efectos, es radicalmente opuesta. Mientras
que para los políticos, periodistas y sindicalistas no existen dudas sobre el carácter fáctico del
poder de los medios, los empresarios se resisten a califcarlo como tal. Al contrario, se aprecia
una sinergia entre ambos. Sin embargo, la coincidencia de califcarlos como “poder fáctico”
expresada por los demás actores, es consecuencia de motivaciones sustancialmente diferentes.
Mientras que los políticos los perciben como una amenaza a los poderes formales y a la clase
política, los periodistas resaltan su capacidad para defnir y establecer entre las audiencias los
asuntos más importantes y, a la luz de su criterio editorial, de la agenda pública. Así, queda
en evidencia que los medios no son un actor social más con mayor o menor incidencia en los
asuntos políticos, sino que son actores fundamentales en la determinación –construcción o
deterioro– de la gobernabilidad. Es precisamente, esta relación entre medios y gobernabilidad,
lo que les otorga, a nuestro juicio, una característica de relevancia especial.
Si bien, bajo el concepto de poderes fácticos, la importancia de los medios respecto a la
gobernabilidad ya había sido señalada por estudiosos de la misma, en 1996 Michael Coppedge
identifcaba bajo el término de “actores estratégicos” a aquéllos que cuentan con recursos de
poder sufcientes para impedir o perturbar el funcionamiento de las reglas o los procedimientos
de toma de decisiones y de solución de confictos colectivos, considerándolos como actores
con poder de veto sobre una determinada política (Coppedge, 1996). Los recursos para el
ejercicio de este poder proceden del control de determinados cargos y funciones públicas
(ejércitos, gobiernos, legislativos, judicaturas), del control de factores de la producción
(empresarios, sindicatos), del control de la información y las ideas (medios de comunicación),
de la posibilidad de producir movilizaciones sociales desestabilizadoras (activistas), o de la
pretendida autoridad moral (iglesias).
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Resulta notable la similitud del concepto de “actores estratégicos” que utiliza Coppedge
con el de “poderes reales” formulado por González Casanova. La diferencia entre ambos
radica en que el segundo no había incluido a los medios de comunicación como uno de los
poderes reales, entre otras cosas porque al momento de escribir La Democracia en México, las
empresas televisoras experimentaban apenas con procesos de fusión y su poder económico
era todavía relativo (fue precisamente el riesgo que enfrentaban por la supervivencia lo que
coadyuvó a la formación de Telesistema Mexicano S.A., hoy T, en 1965). La otra
diferencia, reside en la ausencia de la consideración de los caciques locales y regionales en
la caracterización de Coppedge, a los que González Casanova destinó un lugar preferente.
Efectivamente aunque se podría aceptar que la fgura del hombre todopoderoso que erigido
en cacique tiene la capacidad de controlar las decisiones políticas fundamentales en alguna
localidad o región determinada, ha experimentado un progresivo desvanecimiento, su
presencia continúa vigente en algunos lugares.
Empero, un dato revelador del peso de los medios de comunicación en su carácter
de poder fáctico, lo proporciona el estudio del citado más arriba, en el que al
interrogar a un conjunto de líderes latinoamericanos –entre los que figuraban algunos
expresidentes– sobre aquellas instituciones que ostentaran el mayor poder, no dudaron en
señalar a los poderes fácticos, entendiendo por ellos a los grupos económicos y los medios
de comunicación. Específicamente, los medios de comunicación fueron mencionados
por 122 (64.9%) de los 188 entrevistados. Casi el doble de las menciones que recibió el
Poder Ejecutivo.
Los medios de comunicación, la democracia y la gobernabilidad
El reconocimiento de los medios de comunicación como un poder fáctico en las socie-
dades democráticas interesa de manera particular, a partir del papel que desempeñan
en la confguración de las relaciones políticas en dichas sociedades, específcamente en
relación con su calidad democrática y –en última instancia– con su viabilidad.
En su defnición mínima de democracia, Bobbio (1986) señala entre sus indicadores básicos
la existencia del sufragio universal, la aplicación de la regla de la mayoría y la posibilidad
de seleccionar entre diversas alternativas. A su vez, a estos elementos agrega una serie de
requisitos, condición sine qua non para que dicho sistema pueda reputarse como democrático:
“…es necesario que a quienes deciden les sean garantizados los llamados derechos de libertad
de opinión, de expresión de la propia opinión, de reunión, de asociación…” (Bobbio, 1986:
26). Por su parte, Robert Dahl (2000) añade la disponibilidad de acceder a una información
alternativa y plural.
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Guillermo O’Donell expresa lo anterior de una manera clara y puntual:
… la idea básica de la democracia política contemporánea […] es que el poder político (más
precisamente, la autoridad para ejercer este poder) proviene de los ciudadanos […] Los ciudadanos
son individuos con derechos. Éstos incluyen el derecho de participar en los procesos que
conducen al acceso a roles gubernamentales, y por lo menos un conjunto mínimo de derechos
civiles (especialmente de libre expresión, asociación, acceso a la información, y circulación)
sin los cuales tal participación sería fcticia. La razonable efectividad de estos derechos es
condición necesaria para la existencia del poder político democrático y de su autoridad para
gobernar (O’Donnell, 2001: 20).
Cuadro 1
¿Quiénes ejercen poder en América Latina?
Según menciones de los líderes consultados
Menciones % de consultados
Poderes fácticos
Los grupos económicos/ empresarios/ El sector f-
nanciero 150 79.8
Los medios de comunicación 122 64.9
Poderes
constitucionales
Poder Ejecutivo 68 36.2
Poder Legislativo 24 12.8
Poder Judicial 16 8.5
Fuerzas de seguridad
Las Fuerzas Armadas 40 21.3
La Policía 5 2.7
Instituciones
políticas y líderes
políticos
Partidos políticos 56 29.8
Los políticos/ operadores políticos/ líderes políti-
cos 13 6.9
Factores
extraterritoriales
EE.UU./ La embajada norteamericana 43 22.9
Organismos multilaterales de crédito 31 16.5
El factor internacional/ el factor externo 13 6.9
Empresas transnacionales/ multinacionales 9 4.8
Nota: n = 188. El total no suma 100% porque se permitieron respuestas múltiples.
Fuente: , Ronda de consultas con líderes de América Latina, 2002 (, 2004: 155).
Pero la dimensión informativa de los medios de comunicación no sólo los sitúa como
actor relevante en la constitución de un sistema democrático, sino que los convierte en
un agente fundamental de su viabilidad. En otra parte (Aceves, 2007) hemos analizado la
relación entre medios de comunicación y gobernabilidad, pero nos parece relevante para el
propósito de este trabajo, exponer (a modo de breves refexiones conclusivas) algunos de los
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hallazgos que encontramos en nuestro acercamiento. Un primer hallazgo fue que solamente
un reducido número de autores que abordan el tema introducen a los medios como un
factor a considerar para la gobernabilidad y entre éstos, la mayoría les otorga una función
básicamente instrumental. En estos estudios, lo que se destaca es el carácter de vehículos
de difusión masiva, relegando u olvidando su status como actores sociales y políticos. De
hecho, en la literatura revisada, solamente Coppedge les otorgaba un lugar destacado como
“actores estratégicos” con capacidad de incidir en la gobernabilidad. Un segundo hallazgo,
es la capacidad de los medios para “defnir y controlar” la visibilidad pública de los demás
actores estratégicos. Es precisamente este control de la visibilidad lo que añade un “plus” a
los medios de comunicación frente a los demás actores sociales. Por último, y en tercer lugar,
la importancia del papel de los medios en la defnición del tipo de gobernabilidad. Es decir
que a cada tipo de gobernabilidad le corresponde un modelo de comunicación masiva. A
una gobernabilidad de “arriba hacia abajo”, que se identifca por la capacidad del gobierno
de encuadrar dentro de sus propuestas las demandas sociales y que se le ha denominado
como “buen gobierno” o “gobernanza”, le corresponde un modelo vertical y unidireccional de
comunicación, con una autorregulación estricta de los contenidos informativos. En contraste,
a la gobernabilidad democrática, caracterizada por una deliberación de “abajo hacia arriba”,
con una amplia participación de las organizaciones de la sociedad civil en la defnición de
las políticas públicas, le corresponde un modelo comunicacional de carácter pluralista, que
se distingue por una defensa irrestricta de la libertad de expresión y de información.
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