EDUARDO PORTAS/MAESTRÍA EN HISTORIA MODERNA DE MÉXICO/ CASA LAMM/PRIMAVERA 2013

¿Qué puede considerarse Historia crítica en el siglo XIX e Historia crítica en el siglo XX? La historia ha tenido dificultades para definirse como ciencia. Antes de que comenzara su camino hacia la cientificidad estuvo más ligada a la crítica, y no fue hasta que el pensamiento ilustrado del siglo XVIII instauró una formalidad de trabajo sustentado en documentos válidos que el historiador comenzó a tejer una historia científica. La palabra crítica se empieza a usar en el siglo XVI, cuando algunos, sobre todo monjes, comienzan a revisar los textos clásicos de Aristóteles, por ejemplo, para cotejar si éstos habían sido bien traducidos de su lengua original. Estos primeros intelectuales comenzaron a ver éstos libros con ojo crítico y a realizar sus propias interpretaciones sobre las traducciones y comentarios que habían hecho de estas obras aquellos que los habían trabajado anteriormente1. Se valora la veracidad de las fuentes. Ya en el siglo XVII, Jean Mabillon (1632-1707), arropado por la intelectualidad e independencia económica que ofrecían los monasterios, continúa con esta labor documentalista. Con su obra De Re Diplomatica, el francés sienta las bases para escribir textos históricos revisando la veracidad de las fuentes. Pero la concepción de la historia como ciencia nace en el siglo XVIII, junto al espíritu ilustrado de los alemanes Guillermo Von Humboldt, su hermano Alejandro, y Leopoldo Von Ranke. El segundo extiende la cientificidad de su mentor a lo largo del siglo XIX integrando un eje narrativo a los hechos que descubre en documentos. Hay una masa caótica de datos que se encuentran en documentos, los cuales hay que seleccionar con cuidado si se quieren realizar interpretaciones fundamentadas. Este estilo de contar la historia “tal como sucedió”, sin fantasías, se convertiría en el estilo de facto contra el cual lucharían las principales corrientes del siglo XX, como lo describiré más abajo. El estilo narrativo de Von Ranke es preciso, sin rodeos y

escribe desde el lado del historiador. Además, no parte desde una idea predeterminada, ideológica, para hacer su discurso, salvo la marcha del progreso eurocéntrico. No intenta introducir elementos interpretativos desde otras ciencias sociales (economía, demografía, sociología) y cuando hace juicios sobre ciertos aspectos que nota en la vida de las figuras políticas que analiza en el tiempo, lo hace desde un punto de vista de hombre universal ilustrado. Veamos algunos ejemplos de su Historia de los Papas en la Época Moderna, empezando por lo que piensa sobre la opinión pública. "Así ocurre que en el curso del tiempo con frecuencia se trasforma en su contraria. Ha establecido el papado y ha contribuido a su liquidación"2. Ahora sobre la coincidencia: "El espíritu humano necesita la coincidencia, o por lo menos la desea, pero si se trata de convicciones religiosas, cuyo fundamento es un profundo sentimiento de comunidad, entonces esa necesidad se hace incontenible"3. Sobre la forma de pensar de Ignacio de Loyola que comenzaría una de las órdenes más importantes del mundo católico después de ser herido en batalla, cuando fue soldado: "Cuanto más se demora su curación y menos resultados promete, las fantasías religiosas van prevaleciendo"4. Con Van Ranke se sintetiza al proceso iniciado por Humboldt que reúne fuentes auténticas, las selecciona, las analiza, deja que los documentos deshagan las posibles contradicciones de época y finalmente explica lo que realmente sucedió si tiene significado histórico5. Los historiadores se limitan a narrar los hechos, a narrar lo que verdaderamente pasó. Cualquier deficiencia en la interpretación de los textos se debe a la subjetividad de las fuentes y no al trabajo del historiador, porque este debe mantener su distancia y además tomaba todas las precauciones para no contaminarlas. ¿Desde dónde parten las críticas dirigidas hacia esta cientificidad? Los historiadores del siglo XX forjarían sus propios movimientos en oposición a este método, así que considero importante delimitarlos (notablemente, a finales del siglo XX se regresaría a esta forma

tradicional de hacer historia, una vez que la posmodernidad explorara las distintas formas del subjetivismo al momento de redactar textos históricos6). Veamos: Ranke nunca acepta que los documentos son depositarios de la verdad en sí, de la objetividad, y que el historiador no puede separarse de sus circunstancias personales ni su entorno social. En ese tenor surgen, ya en el siglo XX, distintas tendencias historiográficas ligadas a la herencia del siglo XIX: positivismo, materialismo histórico, historicismo; después: con la renovación historiográfica de las entreguerras: la escuela de los Annales de Bloch y Febvre, la historiografía marxista sustentada en la lucha dialéctica social, y la historia cuantitativa y serial. En las últimas décadas domina la política y narrativa históricas, la historia del tiempo presente y el posmodernismo; y finalmente, antes de regresar a la tradición asentada por Ranke, en un giro conservador, está la historia total y la fragmentación de las distintas historias (económica, social, de la mujer)7. Estas escuelas tienen en común que hicieron más análisis que interpretación, y se interesaron más por las causas y las consecuencias que en el qué y el cómo. Además, se preocuparon por ser interdisciplinarios e interpretan y muchas veces critican el concepto del progreso nacido en la Ilustración. Aunque cada una de estas tendencias entró en crisis a lo largo del siglo XX, su propia existencia basta para marcar una diferencia clara con la forma de ver al mundo de los historiadores científicos que publicaron sus grandes obras en el siglo XIX.

1 Sonia Corcuera. Voces y Silencios en la historia Siglos XIX y XX. Fondo de Cultura Económica, México, 1997. 2 Leopoldo Von Ranke. Historia de los Papas en la Época Moderna. Fondo de Cultura Económica, México, 1993, p. 68. 3 Ibid, p. 69. 4 Ibid, p. 90. 5 Corcuera. Op. cit, p. 132-134. 6 Carlos Barros. “El Retorno de la Historia”, 1999, en Historiografía

Crítica del Siglo XXI, Boris Berenzon (compilador), UNAM, 2004 7 Berenzon, Op. cit, p. 21

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