PROFESIONES, HISTORIA Y TAXONOMÍAS: ALGUNAS DISCRIMINACIONES NECESARIAS Sergio Caletti Hay dos cuestiones que desvelan desde hace

años a las licenciaturas en comunicación, transitando seminarios y congresos, tanto como discusiones de pasillo, sin encontrar terreno para el sosiego. Ellas son: a) ¿cómo articular mejor estas carreras con la realidad ocupacional del mercado? y b) ¿cuál es, en definitiva el estatuto que deben asumir los estudios de comunicación? En ellas, se resumen varias interrogantes ya «clásicas». Entre otras: qué vinculación debe establecerse entre las asignaturas de carácter teórico y de carácter práctico, qué perfil deben tener los egresados, qué papel cumplir en relación a la posibilidad de promover nuevas formas profesionales, hasta qué punto y con qué rostro debe ser concebida la especificidad de lo comunicacional, de cara a otras disciplinas o campos de estudio adyacentes, etc. Seria obviamente exagerado pretender que estas zonas de debate constituyan por igual -en idéntica medida o en idénticos términos- un motivo de intranquilidades para todas. Muchas, sin duda, han dejado atrás las zozobras a través de resoluciones más o menos pragmáticas, en particular aquéllas que han podido o querido organizarse con el mayor ajuste posible a las demandas del mercado. Sin embargo, ni aún en ellas, tal vez, los dilemas planteados se disolvieron definitivamente: son, según parece, dilemas del campo más que de una o varias instituciones en particular. La relevancia de estos asuntos en el diseño curricular es suficiente para justificar el tiempo dedicado a ellos. Pero la dificultad que en general han tenido hoy para arribar a un punto firme invita a una reflexión de otro orden, una reflexión sobre la dificultad misma. EL PAISAJE DE LAS DUDAS Quienes inscribimos nuestra actividad en el marco que, pese a todo, establecen estas carreras ,hemos desarrollado ya el hábito de vivir en una suerte de incertidumbre primaria y, también, la capacidad de avanzar en nuestras actividades por encima de lo que no se logra definir en relación a ellas. Más aún. A tal punto la dificultad parece haberse hecho endémica, que hemos aprendido igualmente a cohabitar la incertidumbre con una rica y diversa gama de posturas sobre las posibles respuestas a ensayar, tanto para lo epistemológico como para lo ocupacional. El hecho no carece de lógica en este contexto. En una misma institución y más allá de los esfuerzos que suelen realizarse para nutrir de congruencia discursiva a cada nuevo plan de estudios (¿qué licenciatura con dos décadas de vida no lo ha cambiado ya sustantivamente al menos una vez?) subsisten a veces -como luego de los grandes movimientos sísmicos- algo así como las huellas superpuestas de las distintas épocas sepultadas. Con una diferencia: en nuestro caso los pasados son insepultos, la historia no ha dejado nunca de ser también presente. Todas las respuestas ensayadas en el último cuarto de siglo, y que tuvieron distintos momentos de predominio, se las ingenian para coexistir en la oferta académica y convergen al debate: desde la concepción deontológica en la instrucción del comunicador como cronista de los acontecimientos de su comunidad, hasta la propuesta llamada apocalíptica para la formación de críticos de la industria cultural, pasando por la de expertos en tecnologías informacionales, o por la producción de egresados capaces de resistir las modalidades transnacionales bregando en la construcción de medios alternativos, o por la capacitación de modernos comunicadores de éxito en la pantalla, o por creativos videastas, guionistas, publicistas, diseñadores de comunicación institucional, etc. Cada una de estas propuestas, en potencia alberga una idea completa acerca de ambas cuestiones centrales, i.e. la articulación al mercado y el estatuto epistemológico. El mosaico insinúa un auténtico abanico de programas alternos que también podrían dar cuenta, cada uno a su modo, de cuál es el lugar que ocupan hoy los procesos culturales massmediáticos y massmediatizados en el escenario global de nuestras sociedades, de las maneras de abordar estos fenómenos, del papel que pueden cumplir las universidades ante ellos, etc. Como es lógico, la existencia en germen de múltiples programas alternativos dentro de cada currículum supone una conexión extensa a diversas raíces, variados desarrollos teóricos, diferentes perspectivas prácticas. Una cierta indefinición que padecemos respecto a la inclinación por alguna se realimenta a sí misma. Así, las carreras de comunicación suelen producir un auténtico efecto de universalidad. Mas allá de que, en ocasiones, sólo se trate de meras tendencias a una generalidad difusa, el punto es que están dadas las bases para una de las críticas más frecuentes: las nuestras son las carreras que todo lo abarcan. Y ésta es una primera observación relevante para el razonamiento que buscamos desplegar. Ocurre así algo curioso con las licenciaturas en comunicación de nuestro continente. Tal vez sean las únicas que en estas dos décadas recientes han crecido sin descanso, pero más que sobre la base de una propuesta sólida, coherente y seductora, lo han hecho junto a inacabables debates acerca de qué es lo que deben enseñar y para qué. Se han desarrollado y siguen desarrollándose en medio de una ebullición de incertidumbres, e incluso de una cierta inconformidad consigo mismas. Inconformidad muchas veces de sus propios estudiantes, otras de sus investigadores y docentes, y con frecuencia de los profesionales que rodean el proyecto pedagógico emprendido. El sentido que anima estas inconformidades está lejos de ser el mismo. Más aún: a poco que se recorran algunos de los términos bajo los cuales suelen aparecer, es posible advertir que las carreras no sólo resultan a veces aquella superposición troyana de programas que no alcanzaron a realizarse a pleno sino que también constituyen, y por lo mismo, una zona de encuentro y choque de distintas configuraciones imaginarias. Para los profesionales empíricos de la comunicación es común el impacto de descubrir que las carreras proveen escasamente la sustitución -temida o deseada- de los años de experiencia práctica. Para los estudiantes, en cambio, la inconformidad tiene múltiples resortes: la padece quien aspira a encontrarse con el mundo de la ciencia tanto como el que sueña poseer las llaves de acceso a las luces de una estelaridad, como el que anhela transformar al mundo por la comunicación, o el que se propone una rápida y competitiva profesionalización de sus capacidades, o el que requiere respuestas eficaces a sus metas económicas. Lo llamativo no es que las carreras de comunicación defrauden tantas expectativas; lo llamativo es que todas ellas puedan confluir sobre un mismo espacio institucional. Otras carreras universitarias tampoco podrían dar satisfacción a tantas demandas diversas y simultáneas. La diferencia es que no se le formulan. Ni sienten obligación de ofrecerlas. Segunda observación: en la misma medida en que parecen abarcarlo todo también puede serles exigido. A 20 o 30 años de sus inicios, las carreras universitarias de comunicación se implantan así en el lugar minusválido de suponerse inhábiles para conducir a sus estudiantes a una inscripción medianamente previsible en un mercado de trabajo -que mientras tanto, continúa expandiéndose y modificándose- o para garantizar una formación en una disciplina que sea claramente reconocida por el resto de la sociedad. Unas dos décadas atrás, precisamente cuando estas carreras comenzaban a generalizarse en las universidades de nuestro continente, la cuestión de sus dificultades para articularse con los mercados de trabajo por una parte, y con el conjunto de saberes y campos adyacentes, por la otra, solían atribuirse a su corta historia institucional. La solución a los problemas planteados vendría dada, por tanto, con su sedimentación. Hoy los estudios de comunicación son un poco más viejos y más sabios, qué duda cabe, pero aquellas mismas preguntas han seguido en pie, incluso han ido cargándose de más y más capacidad de cuestionamiento, ayudando a dibujar este paisaje de dudas infinitas. La conclusión es sencilla: para oferentes y demandantes, las carreras de comunicación corren el riesgo de ser visualizadas como aquéllas que poco es lo que realmente pueden.

TODO POR CULPA DE UN VIEJO MALENTENDIDO Es fácil asumir, en el contexto señalado, que las tensiones y expectativas por una definición (que a veces amenaza no llegar nunca) no hayan hecho sino crecer. Buena parte de estas tensiones se anudan con particular fuerza sobre la base de un malentendido: el que reclama a las carreras de comunicación por soluciones y respuestas que trascienden largamente a su ámbito, en la misma medida en que delatan problemas con asiento en procesos sociales que vienen transformando de continuo y doblemente, tanto las formas mismas en que las mediaciones comunicacionales se instalan en nuestra vida, como las significaciones que les asignamos. En cierta forma, la indeterminación múltiple que pesa sobre las carreras de comunicación de nuestro continente las convierten en efectivos espacios de condensación de otras indeterminaciones, tanto teóricas como históricas, propias de la revolución desatada en la segunda mitad del siglo en torno a los fenómenos de la comunicación y sobre la cual apenas comenzamos a tomar cierta conciencia. Este rasgo es a veces olvidado y caemos en la tentación de creer que la resolución de los problemas planteados es esencialmente interna, o bien a la definición de los conocimientos que se producen, o bien a sus modalidades de enseñanza, y entonces la discusión se carga de tintes ya sea teoricistas ya sea planificacionistas. Todo indica que el problema no se sitúa en discutir y medir el éxito o el fracaso de las carreras de comunicación en abstracto, sino de asumir las dificultades concretas de lograr lo que en ocasiones parecen proponerse y, eventualmente, revisar estos propósitos, repensar cuáles son los espacios en los que efectivamente pueden dirimirse, y plantearse objetivos propios de tan sólo una carrera universitaria, esto es, de una institución que está necesariamente lejos de poder gobernar las vicisitudes del campo. Los propósitos fallidos a los que nos referimos son ambiciosos pero de ningún modo absurdos. Estatuto: definir nuestra identidad ante la fría y exigente mirada de la ciencia. Mercado: definir nuestra identidad ante la mirada estimulante y seductora de la sociedad de nuestros desempeños. Pero corremos el riesgo de poder definir solamente la identidad que se nos juega ante nuestros alumnos y colegas, secuaces y víctimas del mismo drama. De lo que se trata es de situar las demandas e indefiniciones cruzadas que se descargan sobre las carreras de comunicación como el resultado de una verdadera turbulencia cultural que protagonizan por entero nuestras sociedades y que difícilmente pueda «resolverse» ni desde una planificación curricular ni desde el alumbramiento de una nueva formulación académica sobre los fenómenos de la comunicación, aunque ambas aporten contribuciones de valor insoslayable. Tras los debates que muchas veces se verifican en torno a las carreras hay un presupuesto falso: el de suponer a estas carreras como verdadero resumen del ancho campo en el que se producen nociones, conceptos y definiciones acerca de los procesos y fenómenos comunicacionales como si toda la reflexión sobre estos fenómenos estuviese -o debiese estar- en nuestras licenciaturas. La transposición entre campo de producción intelectual o instituciones (que tal vez tenga sentido para la física nuclear) puede ser grave en el caso de los problemas de la comunicación. Discutir la dificultad que enfrentan las carreras de comunicación será entonces discutir su forja social. Se trata de reubicar de una vez este viejo debate sobre otros términos. Y si las carreras de comunicación tienen el raro privilegio de encontrarse ubicadas en este ojo de una tormenta contemporánea, buena parte de la tarea consistiría, en rigor, en desmistificar primero este «fetiche discursivo» acerca de lo que las carreras son o no son, y abrir el camino a la realización de esfuerzos aún mayores por discutir la tormenta misma. SALIENDO DE GUATEMALA PARA CAER EN GUATEPEOR La parábola descripta por las mismas carreras que ahora se preguntan hamletnianamente acerca de su propia entidad resulta algo más que un ejemplo de la amplitud con que el problema rebasa a las instituciones que, sin embargo, tiene por centro. Podría decirse que los cambios registrados en el ámbito de las instituciones fueron, antes que expresión de una inestabilidad en las ideas «internas», efímeras cristalizaciones que trataban de atrapar los movimientos que se producían mientras tanto en el escenario comunicacional mismo y en los climas de época. Hasta mediados de siglo los interrogantes aquí aludidos no se formulaban porque tampoco se concebían. Las carreras eran de periodismo porque así aparecía el problema que planteaban los medios desde el sentido común de la época. La comunicación estaba lejos de poner plenamente en conexión a estos medios masivos con el problema de los lenguajes o con las interrogantes de la producción del sentido o, menos aún, con una revolución tecnológica aún en pañales. La cuestión del sentido remitía a debates metafísicos que se libraban en carreras de filosofía, los códigos y sus usos-restringidos a la palabra escrita se abordaban desde las carreras de letras y los aparatos eran todavía esencialmente una linotipo y un micrófono. Dilemas como los de la vinculación al mercado de trabajo o los del estatuto de los conocimientos puestos en juego parecían capaces de resolverse por caminos naturales. Una ética, un oficio, un saber –del mundo- suponían resumir la identidad del periodista, a la vez portador de ciertos dones mitológicos en la cultura de la primera mitad del siglo, como heredero de las tradiciones decimonónicas del combate por la palabra y la verdad, y que Hollywood estereotipara en aquellos rasgos del personaje romántico, insobornable y comprometido con las circunstancias de su tiempo. Más cerca de la platea que de la pantalla, los periodistas de nuestras licenciaturas debían incorporarse a un mercado que jerarquizaba y complejizaba crecientemente las tareas vinculadas a la información y a la noticia, para lo que convenía munirlos, por un lado, de un conjunto diverso de saberes instrumentales y, por el otro, de información básica sobre la realidad que irían a mediar. Los planes de estudio de la época conjugan con frecuencia bajo esta hipótesis las prácticas redaccionales, de entrevista, de recolección de datos con las clases de historia, geografía, economía, más las cuotas sempiternas de referencias al derecho y a una idea juridicista del estado moderno. El proyecto pedagógico implícito contabilizaba a estos periodistas como una suerte de intelectuales orgánicos de la democracia liberal, garantía de difusión de los conocimientos en sociedades creciente y objetivamente informadas. Es a partir de la quiebra de esta visión que nuestras carreras inician el camino de sus desventuras actuales. Dicho de otro modo: esas indeterminaciones que hoy nos marcan no son el resultado de un «origen maldito» sino, por el contrario, crecen más y más en una historia brutalmente signada por la transformación continua de las prácticas, las tecnologías, las instituciones intervinientes en la comunicación, así como las perspectivas teóricas con que se los aborda, y los mismos escenarios sociales en los que esas prácticas y sus designaciones van a instalarse. Es pues, en buena medida, en el espacio mismo de la sociedad que las formula donde se produce esta ruptura de moldes conceptuales. Tres distintas designaciones adoptadas alternativa o secuencialmente por numerosas licenciaturas van a expresar este proceso luego de la declaración de insuficiencia de las escuelas de periodismo. Ellas son: -Ciencias de la Información, sobre todo atadas al intento de formalización tecnocrática con que llega hasta nosotros, oh! periféricos, el desarrollo de la cibernética; - Comunicación Social, recipendiaria de los impactos acumulados de la sociología de la dependencia, de las nociones críticas sobre la industria cultural, de la brusca inclusión de los sectores populares como actores posibles del drama comunicacional y de los primeros contactos fecundos con el instrumental semiológico para el análisis de este drama; - Ciencias de la Comunicación, tendencialmente vinculada a esa nueva apertura problemática que sucede al agotamiento de los grandes paradigmas omnicomprensivos y que despliega la diversidad de sus objetos posibles como dato irremisible de su propia constitución provisional, al tiempo que regresa a las prácticas específicas a buscar nuevas claridades. A juzgar por esta secuencia, no cabría pues más que una conclusión irónica: todo indica que, si de seguridades se trata, vamos de mal en peor. Si un hilo

enhebra las distintas estaciones de este recorrido, ese hilo es el de un permanente aumento en la apuesta cognoscitiva, una ampliación sistemática de horizontes y, también, una exposición cada vez mayor a nuevas indeterminaciones. MÁS SOBRE LA HISTORICIDAD DE LAS INDETERMINACIONES Estos nombres no respondieron a un patrón estrictamente homogéneo de significaciones: bajo uno de ello podían latir a veces elementos de otro. Pero aún así evocan un arco de horizontes enclavados en una historicidad. Esa trayectoria guarda, a favor de nuestra tesis, cierta conexión íntima con el itinerario que el propio concepto de comunicación registra en la historia reciente de las ideologías sociales latinoamericanas. La hipótesis es que, congruentes con su papel de resumen intelectual del campo, las carreras de comunicación absorbieron pasivamente la sucesiva ampliación de problemas, nociones, expectativas sociales que producía un conjunto de fenómenos de desarrollo explosivo, y que esta absorción se traslada del orden de los problemas y sus designaciones a la órbita de los perfiles de egresados y propuestas profesionales. Así, una vez rota aquella vinculación heroica entre periodismo y democracia, la comunicación aparecerá de modo central como agente del desarrollo (hoy modernización), especie de facilitador de la famosa mancha de aceite que expandiría el progreso en nuestros territorios poblados de tradiciones y hermetismos. Los indicadores de los organismos internacionales computaban aparatos receptores de radio por cien habitantes y la inclusión de cada localidad perdida de nuestras sierras en la red de las ondas hertzianas preanunciaba su inclusión a los circuitos modernos de producción e intercambio. Junto a las escuelas de periodismo declinan también las escuelas de cine, las escuelas de radiofonía y locución que habían comenzado a surgir en algunos países del continente. Las figuras profesionales concebidas desde esta idea de la comunicación serán (y son) las del moderno operador asalariado de los medios masivos, el diseñador de sistemas, el extensionista en comunicación rural. Este operador del desarrollo, por cierto, nunca gozó de anuncios en los periódicos reclamándolo ni se alcanzó a constituir sindicato alguno que lo representara. Y sin embargo, su figura no es sólo del mundo de la ficción, sino que hoy mismo pervive hibridizada bajo diez formas diferentes en otros tantos esbozos reales de articulación al mercado. ¿Qué decir de su parto? ¿Demandas efectivas del mercado? ¿Fruto de una discusión sobre el estatuto de la comunicación? Muy probablemente ni una ni otra, aunque ambas aparezcan implicadas en los climas culturales de una época que, en cambio, fue capaz de instituir y designar necesidades y propuestas. Pero antes de que esta perspectiva pusiese en evidencia su tenaz linealidad, la idea de comunicación devino en nuestras licenciaturas, de manera predominante, palanca de transformación, agitadora de pueblos y liberadora de potencias dormidas y conciencias dominadas. La denuncia, la construcción de dispositivos de comunicación alternativa, las reformas políticas a la búsqueda de participación, y a la vez el desarrollo del ancho alero teórico desde el cual dar cuenta de estas operaciones legitimándolas académicamente fueron algunas de las formas arquetípicas con que la comunicación definía sus tareas en el programa setentista de las ciencias sociales. Esta perspectiva dio a luz, más allá de sus fracasos prácticos, una de las criaturas más interesantes y perdurables de toda la historia reseñada: el crítico cultural. Figura enraizada en algunos ejemplos intelectuales de enorme atractivo (Adorno, Barthes, Eco, Morin, entre otros), de vida paralela a los esfuerzos descriptos por la transformación del mundo y muchas veces en estrecha conexión con estos anhelos, fue también la encargada de comentarlos y de sobrevivirlos. Para entonces, las carreras de comunicación comenzaban a incluir en sus programas de estudio alternativas que vinculaban no sólo a los medios masivos sino a la novedosa comunicación institucional. Vale la pena señalarlo: otra vez la ampliación problemática y de cometidos venía propuesta antes que nada por nuevas modalidades de instalación social de una conciencia difusa sobre los fenómenos comunicacionales. El rápido abaratamiento de los recursos tecnológicos de uso masivo y personal -convencionales y telemáticos- que registró la última década, más la diversificación de los resortes, lenguajes y ofertas vinculadas a la pantalla de teve, más la generalización de dispositivos de alta definición comunicacional en las campañas electorales y, en general, en la vida política de todos nuestros países, más una imprevista heterogeneización de la producción medial, entre otros varios factores, se erigen ahora detrás de una nueva percepción social de la comunicación que a su vez se pone en contacto, en sede académica, con abordajes y cuestionamientos que multiplican los dilemas. Hoy la comunicación tiende a presentarse como clave de inteligibilidad de fenómenos sociales, en un mundo que se inclina por dar cuenta del conjunto de los acontecimientos desde la lógica de la producción social del sentido. En el marco de una apuesta de semejante magnitud, vuelven a quemarnos las manos las multiplicidades de lo posible y las endebleces de lo real, comenzando por las nuestras, las de nuestras carreras, sus articulaciones con el mercado de trabajo y sus andamiajes teóricos. ESE PERTINAZ ESTADO DEL ARTE Hemos partido de suponer que los dos grandes términos de conflicto de los estudios de comunicación-articulación al mercado y estatuto epistemológico constituyen nudos «objetivos» en los que el desarrollo de las respectivas licenciaturas se ha visto trabado. Hemos querido abonar el argumento de que por supuesto son objetivos, pero sólo en sentido literal: yacen fuera de las carreras, en un espacio más vasto en el que ellas sólo ocupan una parte y respecto a los cuales, sin embargo, se interrogan como si lo ocupasen -o resumiesen- todo, para terminar finalmente reproduciendo términos que vienen dados por otros actores del escenario y cuya entidad intelectualmente productiva se ha ignorado. Por cierto, en relación a estos nudos «objetivos», la comunidad académica ha cristalizado a lo largo de estos años dos grandes figuras discursivas en torno a las cuales circulan, se combinan o recortan la mayor parte de las posturas y consideraciones que suelen exponerse: la que pone atención preponderante a la variable del mercado, y coloca sus acentos en los medios masivos y sus posibles requerimientos, y por el otro lado, la que privilegia la cuestión estatutaria y hace entonces centro en la disciplina del conocimiento y su fundación inacabada. Me atrevo a pensar que estas posturas y sus respectivos arsenales argumentativos constituyen la expresión del «estado del arte» respecto del fenómeno de las carreras de comunicación. Un bastante inmutable estado del arte. En etapas anteriores, esas figuras discursivas pudieron también representar ideologías adversarias más o menos coherentes sobre el tema. Hoy lo significativo, a mi juicio, es que ambas figuras discursivas tienden a permanecer, pero lo hacen muy lejos de un status ideológico, en calidad de organizadores semánticos del campo de las incertidumbres. Constituyen en todo caso, y como conjunto, los términos de la ideología en sentido amplio con que el problema es concebido en un terreno de preguntas que se mantienen abiertas. Más aún: aunque del consenso sigamos distantes me parece especialmente significativo que exista, como creo percibirlo, un acuerdo sordo en la validez de la contraposición de alternativas y más allá de que el punto visible de este acuerdo sea su contrario formal, esto es, la retórica de la integración entre las demandas del mercado y la necesidad de una formación teórica adecuada. Veámoslas esquemáticamente para facilitar el análisis. La primera se apoya en el territorio seguro de alguna genealogía irrefutable, que deriva -y busca retener- a las nuevas carreras en el ámbito de «los medios» y toda su compleja y seductora parafernalia de técnicas y adyacencias. Descree del periodismo, en la medida en que la nueva fascinación por los aparatos tiende a sustituir la fascinación por las aventuras románticas. Supone que al igual que en otras actividades, lo que antes se aprendía en el mundo del trabajo, ahora se estudia en la universidad. Acaricia las nada despreciables demandas de un mercado que de manera paulatina y ambigua busca jerarquizarse con apoyo en un andamiaje de sistematicidades. Ambiciona a veces para sí un lugar en este mercado que implicaría ignorar el sudoroso aprendizaje de cualquier oficio. Contrapone producción con reflexión y menosprecia la

segunda. Apunta, acaso, a una definición de las carreras como escuelas politécnicas. La segunda se vincula a un diagnóstico cliché en cuyo enunciado laten las medicinas recomendadas: «son carreras jóvenes», o sea que si sabemos esperar, el enredo se resuelve sólo. El tiempo da lugar a definiciones. Claro está que ellas no son resultado abstracto de su puro transcurrir sino de las cosas concretas que hacen los múltiples actores en escena, sobre un arco incierto de alternativas. Configura un argumento ahora redivivo desde la comunicación, pero que ya había tenido su auge en las primeras décadas de las llamadas ciencias sociales. El ser «jóvenes» remitía a una comparación implícita con las naturales y servía para conmiserar su falta de rigor o madurez. Desde este discurso las carreras de comunicación terminarán con paciencia, por conformar la disciplina anhelada, capaz de devolvernos una clara identidad científica de la que hoy se teme carecer. Rehuye la reconversión profesional a los desempeños que intenta analizar, criticar, desmenuzar. Mitad ingenieros de la electrónica, mitad filósofos de la cultura (o mejor, filósofos de la electrónica, ingenieros de la cultura), la comunidad comunicacional debate también, a través de estas figuras referenciales, la definición y la ratio de su propio lugar social. EL DISCURSO DEL REVÉS Me interesa señalar que este juego de alternativas entre los dos nudos demuestra aparente impotencia («fallamos por el lado del mercado» o «fallamos por el lado del estatuto ausente») es doblemente falsa: falsa por no expresar con cierta veracidad nuestra situación y falsa por no ayudarnos a resolver nuestros problemas y sí en cambio, congelarlos. Se suele desdibujar en ellos la inserción efectiva de los egresados en un mercado laboral vinculado a la comunicación por no corresponder a una cierta expectativa de rapidez o de posicionamiento relativo. Se suele confundir en este sentido, la eficacia de las carreras para volcar personal calificado en el mercado de trabajo -lo que sí se logra en medida no despreciable- con la ineficiencia de las carreras para proponer y legitimar perfiles profesionales que se consoliden como tales en la sociedad y, por ende, también en el mercado. De modo análogo, se minusvalora la riqueza y el estatuto teórico de los problemas y discursos que atraviesan nuestras carreras al superponerlo con la inexistencia de un andamiaje conceptual y metodológico que sea capaz de contener todos los problemas del campo y dar adecuada cuenta de cada uno de ellos. Se confunde con frecuencia, así, ausencia de una disciplina con debilidad o insuficiencia teórica. Ambas confusiones terminan propiciando otras, a partir de las cuales las carreras de comunicación quedan puestas en tela de juicio. Nadie supone ni espera por ejemplo, que la articulación al mercado de trabajo de la carrera de ciencias políticas sea un éxito, ni que la teoría de la administración de empresas constituya una disciplina científica. Pero nadie tampoco considera por ello al licenciado en una y otra un manco social. Pero las carreras respectivas no se debaten en la pregunta por su propia ontología. La articulación al mercado de trabajo de una carrera universitaria y la definición del estatuto teórico que la sostiene en tanto institución, no son sino dos caras de una misma moneda. Y las dos caras saldan, a partir de una de ambas, en la esfera de las figuras profesionales que produce, aquellas que cuajan en un sistema de reconocimientos sociales, se distinguen de cualquier otra por el tipo de formación teórica y técnica que las arquetipiza y cuya solidez - nos guste o no- no se mide por el número de puestos de trabajo entregados al mercado ni por las profundidades de sus conocimientos, sino por el lugar que ocupan en el imaginario de una época. Pero hay algo más respecto a las consecuencias que este juego de alternativas descarga sobre el análisis. La tendencia a vincularlos como si fuesen los dos platillos virtuales de una balanza imaginaria en el diseño curricular de cada institución supone que las insuficiencias en una se deben al peso que ocupa la otra. Feroz tentación diagnóstica: luego de haberse propuesto entrenar a sus estudiantes en los mil oficios de la comunicación, o después de haberlos iniciado en las mil teorías del campo, se descubre que si no se llega en forma a la meta es también por culpa del otro. El enganche que esta ideología binómica juega entre sus términos nubla una consideración más libre de cada cuestión en su especificidad. Así, por ejemplo, en relación a la problemática ocupacional, se desestima la importancia de un mercado de oficios instituidos con orgullo, con una notable anterioridad a que el primer egresado de las nuevas escuelas de comunicación osase asomar su nariz. En relación a la problemática teórica, invita a borrar con el codo las afirmaciones que proclaman el campo de reflexión comunicacional como punto de encuentro de distintas tradiciones y saberes. Hay otra observación que me interesa respecto a esta formulación a dos polos, mercado y teoría, que tantas promesas de integración y tantos desencuentros mudos provoca. Una de ellas es que su constitución binómica esconde el predominio que las organiza y este predominio es el de una lógica disciplinaria. La diferencia radica en que mientras los más preocupados por el polo teórico denuncian o padecen la ausencia de esa disciplina, los más preocupados por el polo del mercado dejan, en la práctica, que de definirla se ocupen otros. LAS RAICES SOCIALES DE UNA ESQUIZOFRENIA En páginas anteriores traté de sostener que nada de original ha tenido, de parte de la comunidad comunicacional, establecer y mantener allí la sede de nuestras dificultades -teoría y mercado- ya que allí también las establecía un cierto escenario social y cultural en el que las carreras se instalan, y que a él debíamos remitirnos. Pero habremos de reconocer que nuestra falta de originalidad no se limita a este punto. Mercado y estatuto, en rigor, vinculan a una discusión que, mucho más allá de lo comunicacional, marca en las últimas décadas la confrontación de dos modelos de universidad, de dos lógicas de conexión entre el desarrollo de los conocimientos y el de sus aplicaciones, entre la problematización de las prácticas y su momento de abstracción. La raíz de ambos modelos se hunde en la universidad del saber, de antecedentes medievales y reencarnación positivista, y en la universidad tecnológica del capitalismo contemporáneo el otro. Esta confrontación tiene uno de sus puntos más claros hoy en las exigencias que se formulan de una universidad directamente vinculada al sistema productivo. Pero en ese proceso de multiplicación asombrosa de carreras universitarias verificado a lo largo del siglo, distintos vectores recogen estas tradiciones. Cada uno plagó de huellas la ideología universitaria y los discursos sobre el conocimiento. En ellos será posible encontrar también las fuentes de la construcción de nuestras propias figuras discursivas. Las carreras de comunicación han abrevado en las dos vertientes. Un par de siglos atrás, esta característica era común a todos los saberes que se organizaban en dirección a lo que hoy se denomina una «profesión liberal». En la actualidad, empero, al contradecir un fuerte conjunto de nuevas normas hegemónicas para la organización de los saberes, más bien tiende a producir una especie de esquizofrenia profesional. El vector que dominó durante la primera mitad del siglo promovió la fundación de nuevas carreras como proyectos disciplinarios a partir de los estudios correspondientes a problemas nuevos, cuya consideración empírico sistemática se desprendía tardíamente de la filosofía. Esta operación apuntó y en buena medida logró reemplazar el viejo espacio de las «humanidades» por las nuevas «ciencias sociales y de la cultura» o «del hombre». Son las ciencias blandas que procuraron completar segmento a segmento el barrido que la gran propuesta unificadora de la ciencia fue realizando sobre ese vasto mural que supone que es la realidad, y de acuerdo a su propia taxonomía. Aquel barrido llegó a los territorios de la comunicación de un modo particular: bastante después de la hora y a los empujones. En parte, porque se habían creído que sus asuntos quedaban resueltos de a pedazos, en los casilleros de una cierta lingüística, de una cierta psicología de la conducta, de una sociología de los massmedia. En parte, porque otra porción numerosa de asuntos seguía desde esta óptica, sin reunir los méritos suficientes para figurar siquiera en el espacio de lo real. Conclusión: los estudios comunicológicos constituyen hoy una más de las difusas disciplinas del ámbito de las ciencias sociales y de la cultura. Recoge las tradiciones del viejo humanista, y de su competidor sucedáneo, el cientista social. Pero por su vinculación a la historia de las letras, por sus herencias

en el campo de las teorías de la cultura, por su conexión estrecha con los recorridos de la semiótica, la filosofía del lenguaje y la estética, durante tanto tiempo inclasificable en el elenco de las ciencias, su hibridez entre aquella clásica figura humanística y la nueva del cientista, de por sí endeble, resulta mucho mayor que en los casos de, por ejemplo, un sociólogo o un antropólogo, cuyos desprendimientos del tronco filosófico fueron más tajantes. (Quizá, en cambio, sea similar a la que el político ostenta con la tradición de la filosofía política). En la segunda mitad del siglo, el eje de las «nuevas ciencias» parece ir dejando progresivamente su lugar a una prevalencia de las carreras instrumentales. En rigor, en este campo, son otros dos los vectores instituyentes de nuevas carreras universitarias. Uno de ellos, resultado del hiperdesarrollo relativo de ramas especializadas de conocimientos ya «clasificados». Se vincula al crecimiento de la demanda de alguno de sus productos de parte del mercado y, consecuentemente, a la consolidación de intereses corporativos de las respectivas profesiones. Este es el vector que explica, por ejemplo, que en algunos de nuestros países odontología o farmacia sean licenciaturas y no, en cambio, oftalmología. Es también la cara universitaria del problema que se alberga en la disputa librada hasta un tiempo atrás dentro del campo de la psicología entre la psiquiatría tradicional con remisión a la neurofisiología y la blanda disciplina psicoanalítica. Es también la matriz de las modernas licenciaturas universitarias en computación. En nuestro campo, da base a las propuestas más informacionalistas, cuyo «target» ocupacional idealmente telemático, aterriza en todo caso más cerca de los aspectos tecnológicos de la massmediación que dentro de su índole social y cultural. El otro vector de este proceso lo conforma la jerarquización de los nuevos oficios profesionalizados. Esta jerarquización se vincula, por una parte, a los anhelos democráticos de distribuir los prestigios del conocimiento e incorporar a amplios sectores cualificados del mundo del trabajo a la «justicia del diploma», ese dispositivo de certificación sucedáneo de los antiguos reconocimientos nobiliarios o del honor. Por otro lado, se vincula también a las necesidades que plantea el establecimiento productivo en el sentido de sustentar, sistematizar, especializar y controlar la calidad de un conjunto de actividades eficaces a su propio desenvolvimiento. Son los casos, en muy distinta clave, de las relaciones públicas, la administración de empresas, o el trabajo social, entre otros. En el ámbito comunicacional se corresponde con ese trayecto que enlaza desde la jerarquización del moderno trabajador de prensa hasta la profesionalización de la cada vez más amplia, heterogénea y tecnologizada variedad de oficios y saberes propios de la comunicación masiva o de las nuevas dimensiones de la comunicación selectiva e institucional. De aquellas y de estas profesiones, la comunicología es hoy obviamente deudora: del periodismo y el viejo publicismo, en primer término, uno de los más viejos oficios de la modernidad, esto es, el del ejercicio técnico de la palabra asociado a procesos industriales y comerciales. Otro tanto cabría decir de la deuda que mantiene para con un vasto conjunto de prácticas, géneros y tecnologías de producción mediática, que produjeron saberes y artesanados: la fotografía, el cinematógrafo, la propia radiofonía, pero también el folletín, el libelo, los anuncios pagos, el cartel, hasta la historieta, etc. De todos ellos nacerá uno de los ámbitos de más nutrida emergencia y florecimiento de actividades de rápida profesionalización del mundo moderno. CARRERAS A CABALLO Ninguna de las licenciaturas que han visto la luz en este siglo repitió la amalgama entre sustentos teóricos e instrumentalidad prestigiada en el mercado que cuentan para sí algunas viejas profesiones liberales. Ninguna, ese peculiar y diríase que irrepetible armado de vínculos entre el conocimiento, su producción, su institucionalización en saberes, sus reglas y sus usos. Ninguna, esa integración «natural» (algunos siglos de historia concreta mediante) entre articulación al mercado y desarrollos conceptuales o científicos. Pienso, por ejemplo en medicina o arquitectura. Visto desde la dilemática de nuestras carreras, el modelo de las profesiones liberales -en todo sentido previo a la moderna universitarización capitalista de los saberes- es el único del repertorio disponible en la ideología de las profesiones en el que carece de sentido cualquier deslinde estricto entre los saberes forjados desde prácticas insertas en el acontecer y desempeños instituidos desde un desarrollo de los conocimientos. Por ello, es atractivo preguntarse cuáles pueden haber sido los nexos de época entre el periodista o publicista del siglo pasado, previos a la fenomenal expansión comercial de la industria gráfica, y las figuras de entonces de lo que luego cristalizaría como «profesiones liberales». Quizá las viejas escuelas de periodismo hayan reproducido a destiempo y fragmentariamente rastros de aquella historia. Pero lo cierto es que hoy, extinguida la posibilidad de aparición de nuevas profesiones liberales, los dos movimientos que parecen posibles para la puesta en conexión de conocimiento y prácticas, de universidad y mercado, tributan a otras lógicas: o se define primero el estatuto teórico de una licenciatura y después se impulsa la capacidad de sus egresados en el mundo del trabajo a partir de una propuesta más profesional que ocupacional -como es el caso de la mayoría de las carreras de ciencias sociales hoy- y se afrontan los obstáculos, lentitudes y peripecias de toda construcción social, o bien, por el contrario, se diseña una licenciatura a partir del esfuerzo por organizar, sistematizar y legitimar un saber ya amasado en los terrenos del acontecer o en los laboratorios de alguna otra disciplina. Según haya sido el movimiento en que cada una fue fundada, será la índole de sus dependencias y la base de su definición suficiente. Esta ha sido y es la propuesta hegemónica. Frente a ella somos la «oveja negra». Nuestra argumentación apunta a señalar que la especificidad problemática de las carreras de comunicación no radica en las insuficiencias de su desarrollo teórico -que vistas las tradiciones que ha hecho propias está lejos de ser escaso- ni en la precariedad de sus aportes al mundo del trabajo. Lejos de cualquiera de ambas amenazas, su intrincada especificidad parece asentarse en una constitución histórica a varias bandas que no ha podido sintetizar ni ha querido discriminar y que encuentra su punto de condensación en la notable inestabilidad de las posibles figuras profesionales que sugiere el escenario social. Interrumpido su desarrollo «liberal» el campo que van a abarcar las carreras de comunicación remite por igual a las dos vertientes principales que dominan hoy el escenario. Modernos oficios que requieren de una amplia diversidad de técnicas que no acaban de formularse pero también, y al mismo tiempo, apuesta siempre renovada a la constitución de una «ciencia» más, pero de objeto cambiante y huidizo. He aquí la contraparte de tanta riqueza: el proyecto que, en conjunto, representan las carreras de comunicación se nutre de las más variadas historias profesionales pero no logra establecer una relación coherente entre los conocimientos, su producción y sus usos de acuerdo a las opciones del repertorio disponible y según el cual está hecho el sistema de designaciones en el que vivimos: ni efectivo cientista social, ni profesionista liberal, ni artesano o técnico delimitable, ni humanista de viejo cuño, ni artista, aunque a caballo de todas ellas. ¿Es posible contraponer a la propuesta hegemónica de zanjar por uno de los términos, una voluntad de síntesis desde esa abstracción de totalidad que abarcan nuestras carreras? ¿No hay otro modo de recortar el campo que no sea entre lo «teórico» y lo «práctico»? ¿No es posible la consideración a problemas que sean capaces de anudar productivamente ambas márgenes? ¿Qué pasaría si no siguiéramos empeñándonos en hacer de las varias cabalgaduras que montamos un sólo y pobre animal? ¿Qué pasaría si admitiésemos de pronto que efectivamente son varias, que cada carrera no tiene por qué ser establo de tantas y, para colmo obligarse a disimularlo? En la decodificación cotidiana esta hibridez viene en apoyo de la discriminación dominante entre teoría y práctica. Discriminación falaz porque, en este escenario, práctica corre el riesgo de ser el nombre de las teorías naturalizadas sobre lo estatuido, y teorías, el de las disquisiciones que no encuentran relación con el espacio social y cultural realmente instalado. Por supuesto que a los riesgos respectivos se opone, de modo enfático, los discursos que convergen en nuestro estado del arte. La pregunta sin respuesta es, en todo caso, y a cada uno, por las operaciones gracias a las cuales apuesta a librarse de semejantes riesgos.

EL MITO DE LA ETERNA, INDISCIPLINADA JUVENTUD Entre los muchos lugares comunes por los cuales trata de zanjarse la discusión del lugar social que ocupan nuestras carreras está, como ya señalamos, el de su juventud. Esta afirmación se encuentra a tal punto generalizada, que vale la pena detenerse unos instantes en ella. Y detenerse ahora, porque la modalidad de atribuir las indefiniciones de nuestras carreras a su corta edad es precisamente un dispositivo ideológico que deriva para mañana lo que convendría que discutiésemos hoy. El recurso discursivo tiene un origen presumible: la «juventud» asociada al conocimiento es la lápida conmiserativa que las corrientes positivistas han echado sobre las llamadas ciencias sociales en alusión implícita a sus hermanas mayores, las ciencias naturales. Así, la nada inocente operación cultural que se realiza sobre las tradiciones de pensamiento que hoy recogen las ciencias políticas, sociales y humanas se realiza también sobre el ámbito de la comunicación. El latiguillo se entrenó por décadas en torno a la sociología que devino licenciatura en América Latina a partir de los 50s y 60s. En cuanto a las carreras de comunicación, sus antecedentes en las escuelas de periodismo se remontan en América Latina a los 30s y hacia los 50s eran ya relativamente frecuentes en algunos de nuestros países. O sea, en rigor, nuestras carreras no son tan jóvenes. Más lo son sin duda las ciencias políticas, sociología, etc., tanto como las de geología, y ni hablar de las de computación. No se me escapa que el auge de las carreras de comunicación es claramente posterior y que muchas del continente cuentan con biografías notoriamente más cortas. Pero es evidente que lo que se discute, en todo caso, no son biografías institucionales sino biografías intelectuales. El argumento de la «juventud» no repara en años sino que, bajo su cobijo, imputa inmadurez. ¿Desde dónde y con cuáles consecuencias? Parece claro que el paradigma de madurez lo da ese concepto de conocimiento que promueven los partidarios de un cientificismo vulgar que ni las propias ciencias duras defienden. Según ellos, para ingresar a la categoría de «socio adulto» el club demanda un objeto, y sólo uno, clara y definitivamente recortado sobre el escenario de los fenómenos «reales», una teoría -y no varias por Dios!- que explique de manera probada las leyes de sus comportamientos, y un método lo más próximo al laboratorio que pueda imaginarse para continuar acrecentando el patrimonio de los conocimientos «científicos» al respecto. Se trata de una vieja discusión que compartimos con otros campos del conocimiento. Pero a nosotros nos compete, por añadidura, un asunto ulterior a ella. Porque en sus entresijos se juega entero el estatuto asignado a viejas y múltiples tradiciones culturales de pensamiento y de acción que hacen sustantivamente a la biografía intelectual del campo y que, mediante el establecimiento de la juventud forzosa, quedan literalmente reducidas a metafísica, a prehistoria o a cenizas. El discurso sobre la juventud de nuestras carreras instituye un mito por el que se perdonan nuestras presuntas faltas. Ello implica, en primer término, considerarlas previamente como tales, y en segundo lugar auto eternizarnos en una adolescencia de las ideas mientras las mantengamos irredentas, a lo cual permanecemos condenados en la misma medida en que insistamos en situarnos en ese lugar de cruce de saberes, problemas, prácticas y fenómenos sociales que hoy es propio del cuestionamiento por lo cultural. Así, al rejuvenecimiento compulsivo, que supuso podar la historia y desmerecer las propias tradiciones, se le añade la inhabilitación: porque el problema crucial, decisivo, que afrontarían efectivamente las carreras es que «aún» no ofrecen los elementos para definir como se debe el estatuto disciplinario de los estudios de comunicación. En el mito de la juventud interviene un amplio esquema de complicidades. Sólo quiero subrayar dos. Por un lado, la de nuestras propias debilidades para desprendernos de la extorsión del positivismo vulgar, hoy por hoy cómodamente instalado en los andamios de un cierto sentido común que cuántas veces no comparten los propios estudiantes de nuestras carreras y sus demandas. Por el otro, la de múltiples colegas de campos y disciplinas afines que, o bien luego de haber librado sus propias y letales batallas por sacarse la juventud de encima se resisten a hacerle lugar a este engendro inclasificable de la comunicación o bien disputan por la apropiación misma del campo para sus respectivos saberes. En todo caso, esta construcción mítica sobre nuestra propia (id)entidad no resulta un cabo suelto. Por el contrario, es una de las varias puntas de ese iceberg que guarda bajo las aguas una notable operación, la que los problemas concretos del campo son primero omitidas y luego reconvertidos a problemas de las instituciones que, naturalmente, éstas deberían poder resolver en el marco de su propia vida interna. La solidez que han mostrado las ideologías disciplinarias entre nosotros es efectivamente notable: durante décadas nos resultó más sencillo perseverar en la búsqueda de la disciplina perdida con la ilusión de, finalmente, fundarla, que permitirnos por una vez formular radicalmente la pregunta de si no habría alguna razón de peso para que semejante búsqueda fuera tan ardua. Es interesante que los estudios de comunicación arrastren esta indeterminación estatutaria aun al cabo del derrumbe de los paradigmas alternativos a la ciencia oficial, derrumbe que hemos visto producirse en los últimos lustros. En el caso de una serie de disciplinas afines, la gran disputa que se verificó en América Latina en torno a los respectivos estatutos tomó la forma de una lucha contra la preceptiva cientificista, en el marco de los años 70s y al compás de otras luchas contra otras preceptivas, en otros órdenes de la realidad. Actualmente, aquel debate ha ido perdiendo vigencia, interés y razón de ser. Para nosotros, en cambio, tuvo antes y sigue teniendo ahora una vigencia y una coloratura particulares: se trata de resolver un dilema casi ontológico. Todo hace pensar que nos pesan todavía demasiado nuestras deudas intelectuales con distintas, y por suerte numerosas, tradiciones de pensamiento «extra» comunicacionales, como si acaso fuesen usurpación. Nos paraliza la ausencia de la Gran Teoría propia, como si por ausencia fuésemos hijos bastardos del conocimiento. Nos quita el sueño la constatación de que entre algunos niveles de nuestra reflexión teórica y las formas concretas que asumen los desempeños profesionales subsisten y subsistirán mediaciones complejas que vuelven imposible una traducción «tecnológica» inmediata de nuestros saberes y, por tanto, tornan esquivas las respuestas prácticas y contundentes a los estudiantes que demandan eficacias para sus futuros. Nos aplasta finalmente, nuestra propia confusión entre las «indefiniciones» que forman parte de un proceso histórico en plena modificación y las indefiniciones de nuestras estrategias cognoscitivas correlato exagerado de las primeras. La resolución a estos lastres culturales no depende tanto de algún gran debate como de la aparición social de otro standard de legitimidad para la vida académica. Corremos el riesgo de sobrellevar esta especie de duda ontológica mientras la ideología de la ciencia campee entre nosotros, porque es en ella donde nuestra entidad no encuentra lugar adecuado. Pero, a su vez, la aparición de ese otro standard de legitimidad académica requiere de la asunción desinhibida de una historia, y el reconocimiento de sus itinerarios particulares, aunque ello implique poner la mano, y sin permiso, sobre distintos saberes privatizados a lo mejor antes por otras disciplinas. HACER DE LA NECESIDAD VIRTUD La historia de los estudios de comunicación pone en evidencia una característica decisiva que informa su peculiar estatuto teórico: que su desarrollo es, en realidad el de varias historias que sólo en tiempos recientes comienzan a conectarse y a reconocerse entre sí, de manera lenta y trabajosa. Esta diversidad es profunda y supuso la constitución inicial de objetos de interés radicalmente ajenos, con la consecuente diversidad de presupuestos teóricos y metodológicos (v.gr. teoría crítica, conductismo, semiología). Como se ha dicho más de una vez, el desarrollo de los estudios de comunicación se asocia así, históricamente, a las trayectorias que describieron otras disciplinas en sus esfuerzos por instituirse como tales a lo largo de este siglo; son, entre otros, los casos obvios de la psicología, la sociología, o la misma semiótica. Estas distintas genealogías pueden empezar a ser hoy vistas desde una perspectiva que las torne convergentes, pero ello no significa de ninguna manera dar por sentado que tradiciones tan vastas y variadas han disuelto sus distancias, ni siquiera que sea posible abordar una reflexión sobre el campo

comunicacional, sus métodos y sus objetos, con omisión a esta pluralidad y a la multitud de huellas que la actualizan ante cada aproximación que realizamos al problema. Un señalamiento de esta índole tiene pesadas consecuencias: no se trata tan sólo de una pluralidad de sus actas fundacionales sino también de sus discursos contemporáneos. La cuestión del estatuto del campo comunicacional viene así, por una parte, a superponerse con los avatares epistemológicos de las distintas disciplinas con las que continúa pues, en un contacto tan estrecho, promiscuo y productivo cuanto inevitable. Por la otra, abre un nuevo capítulo en la discusión de sus fundamentos. Si la cuestión del estatuto «científico» de las denominadas ciencias sociales y de la cultura implica un debate tan arcaico como irresuelto, el campo comunicacional resume en un solo movimiento las deudas epistemológicas de las distintas disciplinas bajo cuyos amparos creció y de las que continúa nutriéndose. Más aún, si algunas de estas disciplinas han finalmente arcaizado aquel debate mediante distintas convenciones que les permiten avanzar suprimiendo el tema, el caso de la comunicación hace patente la provisoriedad instalada al respecto, desde el mismo momento en que definir su existencia como un campo posible requiere aceptar la validez simultánea de lógicas no sólo distintas sino también excluyentes entre sí, en caso de que respetemos los criterios ortodoxos al respecto. ¿Es posible asumir la constitución de un campo en cuyas praderas coexisten -nosotros los hemos hecho ingresar al mismo espacio- proyectos tan diversos? Por supuesto que ello entraña una colisión con premisas largamente aceptadas. Porque asumir este «programa» del campo comunicacional como un campo no disciplinable y conceder validez -como hacemos a diario- a epistemologías dispares como la que se erige tras una investigación de audiencia y un análisis del discurso, desmiente la tantas veces anhelada condición «científica» como dios manda y requiere dar un paso nada sencillo que excede a la problemática comunicacional misma por varios cuerpos: colocar en entredicho la entera taxonomía positivista de las ciencias sociales en cuyas estribaciones continúan edificándose carreras cuidadosamente delimitadas o, en su defecto, proyectos de lograrlo. Más aún, plantea un interesante desafío a la teoría de la ciencia y a sus estrategias de unificación metodológica. No se trata de regresar a viejos términos de discusión ni de empecinarse en un debate que descalifique la manera en que dichas disciplinas se han constituido, o que establezca si efectivamente la defensa de una condición «científica» así entendida tiene el valor que en ocasiones se le asignó. Se trata de asumir, por el contrario, que aquel debate llegó hasta donde llegó -hasta nuevoaviso- y que no tendría mayor sentido reproducir hoy para con la problemática comunicacional aquella discusión ya dada a lo largo del segundo y tercer cuarto de siglo en relación a otras ciencias sociales. Se trata de asumir igualmente, con la mayor crudeza, que el campo de lo comunicacional despliega hoy sus preguntas, reflexiones e investigaciones al tiempo que reconoce la audiencia de cualquier artefacto que pudiese denominarse «teoría propia», así como la carencia de una definición suficiente y excluyente de su objeto o de un soporte metodológico específico. Nada de eso tiene y sin embargo existe. Más aún: los vínculos que sostiene con otros campos de las llamadas ciencias sociales, lo nutren precisamente de herramientas teóricas y metodológicas para trabajar en torno a «objetos « compartidos. Hoy su propia legitimidad viene construida por los conocimientos concretos que añade en una multiplicidad de direcciones, desde hace algunas décadas. La postulación de un campo transdisciplinario en contraposición a la definición convencional de disciplina es actualmente una plataforma de discusión que cuenta con un creciente consenso en la comunidad académica de la comunicación. La estrategia de señalar un carácter «trans» antes que «multi» y que, por supuesto, «inter’», se confunde en ocasiones con una moda lingüística más. Por el contrario, lo que está en juego es ni más ni menos que la insinuación de la necesidad de construir otro patrón definicional de los problemas del conocimiento. Tal vez uno que incorpore desde sus propias bases al sujeto epistémico en los «recortes» de la realidad, reasumidos como «constructos» de una historia. Me interesa señalar asimismo, que precisamente por su carácter transdisciplinar -que es necesario asumir todavía como una desventaja en ciertas luchas para la legitimación pero como una ventaja para la acción teórica- la problemática comunicacional se vincula estrechamente y desde un lugar privilegiado al proceso de recomposición global que viene teniendo lugar en las ciencias sociales y de la cultura, que por sí mismo se encarga de socavar la taxonomía y la lógica cientificistas. La apuesta a esta recomposición subyace en las posiciones aquí sustentadas. El punto merece una breve aclaración. En verdad, la transdisciplinariedad de los problemas comunicacionales puede ser vista como la emergencia de una nueva esfera completa de preocupaciones y conocimientos, cuyo impacto en el cuadro global de las ciencias sociales es ya considerable. Esta «esfera» se vincula a la expansión teórica de un haz de nociones que si bien están lejos de ser novedades, permanecieron durante largas décadas relativamente confinadas, tales como el carácter eminentemente social de la subjetividad y eminentemente transubjetivo de la realidad social, y esto es, la capacidad materialmente productiva del orden de los acontecimientos simbólicos y la entera dimensión de los procesos de producción social de sentido. En el camino de las últimas décadas, esta nueva visión epocal ha trastocado la vieja antropología; ha extraído del arcón, revigorizándola, a la sociología de la cultura; ha puesto el problema de la comunicación en el centro de las principales corrientes contemporáneas del campo de la psicología; ha reorganizado amplias zonas de la teoría política desplazando el eje de la ley y la coacción al de la legitimidad; ha revuelto la problemática comunicológica, claro está. Las nuevas interdependencias que las distintas ciencias sociales han comenzado a establecer entre sí en años recientes en cuanto a sus formulaciones teóricas y a la construcción de sus categorías de trabajo reconoce en este fenómeno uno de sus más interesantes resortes. Pero hay algo más que salta a la vista en función de nuestro tema: el carácter regresivo que, sin proponérselo, pone en juego la estrategia disciplinaria para lo comunicológico, al exigirle que defina y delimite el tramo de mural que le corresponde, el segmento de realidad al que se aboca cuando precisamente lo que se insinúa es la posibilidad de cuestionar por entero la lógica del mural mismo, al hacerse patente que, en rigor, era eso, un mural pintado y no la realidad que representaba. Si el término «disciplina del conocimiento» regresase a su viejo sentido, al margen de las semantizaciones positivistas que lo apresan ¿qué impide pensar que el campo de reflexión sobre los problemas comunicacionales dé a luz distintas, variadas, disciplinas? ¿No es un hecho que lo hace ya? ¿Cuál es el motivo para sostener la cruzada de un perfil de carrera que defina un perfil de egresado que, en lo posible, cuente con un encuadre teórico claro y un ramillete de técnicas y habilidades que se le derivan? Esta paradoja aparente de un campo específico de intereses de conocimiento en el que cohabitan proyectos epistemológicos, remite a un horizonte tanto teórica como pragmáticamente inscrito en un pluralismo epistemológico. La reflexión sobre la investigación comunicacional no puede, en estas condiciones, sino instalar necesariamente entre sus preocupaciones una cierta sociología del conocimiento -y por ende, su propio contexto de producción- antes de avanzar hacia cualquier definición axiomática sobre sus reglas. HACIA UNA DESCONCENTRACIÓN TEÓRICA Y PROFESIONAL Así las cosas, la que protagonizan nuestras carreras ha sido y es una auténtica epopeya. veamosde un golpe el escenario en el que atgerizan y al que ya hemos hecho distintas alusiones: para comenzar, está considerablemente ocupado por oficios y profesiones centenarias; los fenómenos a estudiar han sido radicalmente naturalizados, y no hay, para colmo, quién no crea saber bastante sobre ellos; las designaciones disponibles para su análisis están dadas en préstamo por otros saberes, y no existe ninguna Gran Teoría ni propia ni ajena en qué apoyarse; pero en realidad, todo esto no construye ninguna escena de rígidas quietudes sino que ocurre en medio de un colosal Big Bang de tecnologías, prácticas sociales cotidianas, rutinas y formatos productivos, instituciones y sentidos, entrecruzados en una vorágine que multiplica el volumen y la velocidad de los cambios en una magnitud tal como sólo es propia de los grandes movimientos epocales, y que moviliza y desata una multitud de expectativas, deseos de participación, formaciones imaginarias a cuya caza y pesca se ha lanzado, entre muchos otros, también un pequeño ejército de establecimiento educativos de carácter técnico más o menos especializado.

menudo desafío el que las licenciatuas en comunicación vienen afrontando en este escenario. Las preguntas acerca de qué enseñar y para qué aparecen como las más lógicas y previsibles., No es tampoco un cuadro respecto al cual contemos con demasiadas referencias ejemplares en otras licenciaturas universitarias. Compárense las carreras «liberales» vienen con el problema resuelto. Las careras puramente instrumentales no titnen tiempo para planteárselo: avanzan esperando que otros se ocupen del asunto. Las carreras científicas están llenas de la suficiente fe en un conocimiento que, aseguran, puee mover montañas y se regulan en función de ello. El nuestro es pues, un caso contracorriente, y de allí buen parte de nuestros enredos y desorientación. A lo largo del texto traté de discernir distintas operaciones que tienden a congelar un «estado de complicación». Es ahora el momento de una recapitulación que nos coloque en el umbral de las reflexiones a futuro. En este sentido, me importa subrayar que el papel que cumplen las tres principales transposiciones, a las que nos hemos referido y que suelen hacerse presentes en el debate sobre las carreras, es precisamente el de plantear problemas en términos tales que virtualmente impiden su solución, al tratar de resolverlos en el espacio y con las reglas que son propios de otro. Estas trasposicines son: a) la de ubicar a la institución académica en el lugar del campo intelectual; b) a la disciplina positiva en el de los estatutos del campo teórico; c) al mercado ocupacional en el de las estrategias profesionales. Hay otros rasgos en común entre ellas en la lógica de su operatoria: Hay otros rasgos en común entre ellas en la lógica de su operatoria: * Reduccionismo.- La primera de las tres tiende literalmente a reducir la realidad del campo tratando de abordar sus desafíos como si fuesen aspectos institucionalmente manipulables. La segunda trata vanamente de comprimir lo diverso para consolidarlo en un cuerpo del saber finalmente orgánico. La tercera tiende a reducir los problemas de una articulación productiva con la sociedad a una de sus dimensiones, la inserción ocupacional. * Deshistorización.- En la misma medida en que se avanza en estas reducciones, se cercenan las propias historias que dan sustento a lo diverso. El campo aparece como si hubiese nacido casi con las carreras, y las carreras apenas ayer. Esta operación se traslada a veces hacia adentro de las propias licenciaturas, en relación al propio pasado inmediato: el «plan viejo» parece con frecuencia asimilarse a alguna prehistoria que es mejor olvidar. Llamativamente, la historia de los medios suele ser una asignatura o temática con gruesas dificultades bibliográficas, y la historia de los estudios de comunicación ha sido varias veces hecha... desde los Estados Unidos. Tampoco se tienen muy en cuenta ni una ni otra historia a la hora de formular el diagnóstico de los problemas que enfrentamos o las respuestas posibles. * Vocación ómnibus.- Estamos en proceso de descubrir que prácticamente nada nos es ajeno. Más aún: es necesario que avancemos en esa dirección. Pero de ahí a tratar de abarcarlo todo hay más de un paso. Nuestras carreras tienden a tratar de abarcar, resolver y dar cuenta de más problemas y realidades de las que cualquier carrera razonablemente puede. Desde la estética hasta la economía, desde el sonidista hasta el periodista deportivo o el gerente de comunicaciones, desde el analista crítico hasta el productor publicitario o el comunicador alternativo. La sospecha del campo transdisciplinar se convierte en la propuesta de una «macrodisciplina». * Pasividad política.- Las licenciaturas en comunicación, abiertas sus puertas al gigantismo del campo, preocupados por operar las reducciones que lo vuelvan manejable sin sacrificio de la característica ómnibus, podan sus propias capacidades de incidir efectivamente en las formas que este campo adopta. El resultado es un sometimiento desapercibido para con términos que, finalmente, se definen fuera de su ámbito. Remontar esta problemática implica, quizá, contrariar antes que nada este último rasgo, extirparlo. Se trata de que cada institución pueda pensarse de modo de poner más énfasis en la posibilidad de navegar el campo que en la de constituirse en su vitrina. Pese a sus complicaciones, nuestras carreras están en un lugar de privilegio para ello: por ser el centro de una turbulenta recomposición de los saberes, y por tener ante sí el más dinámico laboratorio de prácticas sociales y productivas quizá, de la sociedad contemporánea. En esta perspectiva, la desconcentración debería ser analizada. Debemos resistir la reducción del campo a una disciplina, a un objeto, a un perfil, etc. ¿Pero cuál es la razón para que tantas carreras de comunicación se resistan del mismo modo, como si de cada una de ellas dependiese todo el futuro? Estimular la heterogeneidad de las múltiples licenciaturas que intervienen en el mismo campo -y que lo pueden seguir haciendo, seguramente mejor, aún heterogéneas- es, por el contrario, un modo de evitar la reducción. No debe sin embargo confundirse deconcentración con especializaciones. No cabría hablar de «especializaciones» respecto a un mismo saber en relación a un cineasta y un comunicador organizacional, por dar un ejemplo entre tantos posibles. Por lo demás, tampoco se trata de echar por la borda aquello que se ha avanzado en la constitución misma del campo como espacio de una cierta unidad. Pero difícilmente podremos aportar a su desarrollo en toda su fecundidad posible si no descongestionamos nuestra propia formulación de cometidos. Comunicador y comunicólogo aparecen en el contexto contemporáneo como dos propuestas profesionales demasiado abstractas, que reclaman una multitud de precisiones posibles antes de poder convertirse en figuras profesionales propiamente dichas. Resultan dos denominaciones que dejan totalmente en manos de una práctica a determinarse por las leyes del mercado ocupacional si aquel egresado sobre cuyo perfil tanto se ha discutido concluirá siendo videasta, lingüista, teórico de los problemas culturales, dedicado a la semiótica del diseño, a la comunicación comunitaria, a la estética de los medios, al guionismo, a la producción radiofónica, al análisis institucional, etc. por dar algunos ejemplos más. ¿Tendrá algo que ver con nuestros problemas del qué enseñar y para qué el hecho de que más de 200 licenciaturas en comunicación en nuestro continente produzcan tan escasas diferencias sobre un terreno como el comunicacional, tan rico en la diversidad de sus carnaduras concretas? ¿Hay alguna razón fuerte que justifique la tendencia a la uniformidad curricular, problemática y hasta bibliográfica entre las licenciaturas que comparten un mismo espacio social y geográfico? ¿Se podría decir de cada una de ellas que tienen una inteligente estrategia de intervención en el campo intelectual y profesional? Estimular un cierto grado de heterogeneización ¿no contribuye a desarrollar andariveles concretos donde tradiciones teóricas y entrenamientos productivos puedan entrelazarse de un modo más fértil? ¿Estamos efectivamente propiciando una reflexión teórica de interés cuando buscamos, de facto, meter en un misma bolsa la estética literaria, el conocimiento de la realidad social latinoamericana y las técnicas de impresión por láser? Nuestras respuestas pueden adivinarse.

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