Gabriel Saldivia Cercanas lejanías    

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Cercanas Lejanías ©Gabriel Saldivia Caracas-Venezuela 2014 Colección Lectura Común Diseño de colección Rafael E. Márquez León Diagramación Iovanka Guzmán Diseño de portada Ánghela Mendoza Corrección Ximena Hurtado Yarza Depósito Legal: lf6052014800383 ISBN: 978-980-214-311-5

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Cercanas Lejanías

Sobre Cercanas lejanías

A veces la vida nos ofrece oportunidades insospechadas, tomar contacto con estas Cercanas lejanías más que una oportunidad ha sido un privilegio. En estas notas y reseñas sobre libros de poesía venezolana Gabriel Saldivia nos acerca de forma clara y natural a la obra de un nutrido número de creadores, muchos de ellos poco conocidos por los lectores del país. Contamos ochenta y cinco poetas, de todas las edades, algunos consagrados, otros con un solo poemario publicado. Ostentan diversas profesiones: músicos, abogados, médicos psiquiatras, sociólogos, cineastas, cantantes de rock, editores, entomólogos, albañiles, entre otros. Todos con un tema en común: la poesía. Forma de expresión que les permite comunicar sus sentimientos, sueños, ilusiones, temores, angustias. Son poemas que tocan todos los temas, desde la angustia de un padre encarcelado que extraña a su mujer e hijos, hasta el hombre que clama por la destrucción del río Tocuyo. Saldivia ha tenido la generosidad de presentarnos poemas de autores de diversos lugares del país, gente del oriente venezolano, de la región central de Venezuela hasta las montañas merideñas, con énfasis en los estados Yaracuy, Falcón y por supuesto Lara, la inefable tierra del autor. Las notas de Gabriel nos conectan no solo con los autores y su poesía, de inmediato nos remiten a los libros; las reseñas generan
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el deseo de buscar, conseguir, encontrar, el libro mencionado, por lo que se constituyen en un trabajo exquisito de promoción de lectura, en esta ocasión, promoción de lectura poética, a través de la cual se le brinda al público una variedad de poesía y poetas capaces de llevarnos de la risa al llanto, de la nostalgia a la alegría, del consuelo y la alegría al más profundo dolor. Es una sorpresa encontrar nombres como Udón Pérez, José Vicente Abreu, Miyó Vestrini, Sael Ibáñez, en feliz coincidencia con poetas como William Osuna, José Quiaragua, Rito Reinoso, por mencionar solo algunos de los ochenta y cinco nombres a cuya obra nos remite Saldivia. Otra característica importante de este libro es la total ausencia de discriminación, aquí hallamos poetas de diversas edades, con distintos intereses, con formas diferentes de percibir la vida, el barrio, la casa, la mujer, el amor, la naturaleza. En algunos conseguimos la angustia existencial, el dolor que puede propinar el hecho de vivir, en otros nos topamos con la alegría de la música, la estridencia de la rocola, la importancia del árbol, del río, del croar de una rana. Esta obra nos demuestra que la vida entera puede ser tema para la poesía, incluso una “Sala de quimioterapia”.

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Sobre Cercanas lejanías

Con sus reseñas Saldivia nos invita a leer poesía, sus notas reflejan al poeta que escribe sobre poetas, aquel que busca señalar la belleza que se esconde en los textos de los escritores de los pueblos más remotos del país. Muchas de las reseñas nos hablan de la necesidad de mostrar la poesía venezolana de los menos nombrados, el afán de rendir homenaje a todos aquellos que en un momento dado han sido tocados por el fulgor de la palabra poética. Estas Cercanas lejanías definitivamente abren una brecha, señalan un camino, despiertan la curiosidad por saber quiénes más están escribiendo poesía aquí y ahora en nuestro país, ¿dónde están, quiénes son? Saldivia nos ha regalado un abreboca, un aperitivo, ahora mientras leemos esta obra, nos sentamos a esperar las próximas reseñas que nos debe este escritor, promotor de lectura poética. Sabemos que este es sólo el comienzo, necesitamos conocer los creadores de toda Venezuela, los urbanos, los rurales, los jóvenes, ancianos, queremos saber de todos y todas. Celebramos efusivamente esta obra de Gabriel Saldivia pero, es imperativo que Gabriel esté consciente: Queremos más. Linda Arias Garrido

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Flor de sal

La palabra se duerme en el dulce lecho del silencio. La contemplación sobreviene con su apacible mirada deslizándose por la piel del deseo. La palabra sueña tomada por sutiles sensaciones entre flores de vislumbrante belleza. Despacio, se aleja por oníricas neblinas hasta casi desaparecer en la página. Solo viene al habla y a la página cuando es vital y esencial su presencia. Hay escrituras que se caracterizan por el silencio mismo de la página, que espera algún trazo de tinta sobre su delicada blancura. Así se nos muestra la escritura de Ana María Oviedo en su poemario Flor de sal publicado por el Fondo Editorial El Fauno Cautivo, 2002. Aquí el poema dice con pocas palabras lo que el corazón guarda en su reino de emociones, sentimientos y sensaciones. Poesía contemplativa que devela los más hermosos predios del alma. Cada palabra surge como un perfume que sale desde la Flor de sal como signo de vida. Esa flor que reúne todos los aromas de un jardín, que solo puede verse y sentirse en el contexto del poema. Es decir, en ese espacio creado por el ángel de la poesía.

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Humo
Abrimos el libro Humo de Alejandro Silva, publicado por la Fundación Editorial El perro y la rana, 2006. Leemos en sus páginas imágenes que emergen de una ciudad tomada por los humos del desarraigo y a su vez, por las palabras de los que aman esa ciudad que ríe y llora. Esa que extrañamente canta la alegría de vivir aún sumida en sus tristezas. Porque como nos dice el poeta: “Caracas es una gravidez que sonríe.” El poeta habla de Caracas con sus mujeres que al caminar danzan por los cálidos aires del trópico. Esa ciudad noble y a veces dura al volverse insomnio en las habitaciones de nuestras almas. La ciudad la hacen sus pobladores, los que sienten el lamento de los olvidados en las barras de sus bares y en las desoladas aceras de sus noches. Los poemas de este libro surgen por una necesidad de expresar o de hablar con el otro sobre cosas sencillas, pero vitales, que nos hacen abrazar la parte amable y consoladora de la soledad. Una escritura que habla de Caracas sin triviales lamentos, ni quejas. El poeta acepta el reto de transitar por los peligrosos humos del miedo, que se deslizan por las calles nocturnas de lo impredecible. Asimismo, nos habla de una ciudad que siempre ha mantenido las puertas abiertas a la rumba, la celebración y a la percusión que se escucha en los latidos de nuestros corazones: “me aparto para que pase/ /en su rumba terrestre/ /por los bares de mi alma”. Aquí la palabra se hace amorosamente irreverente, sin amarguras, ni desalientos. Dionisio sabe lo que hace al caminar por las calles danzando entre rostros transfigurados por los humos de la noche. También puede sentirse en la lectura de estos poemas el encuentro con la calle, que afortunadamente nos distancia y nos aleja de los rígidos pupitres de las academias y de las Escuelas de Letras donde por lo general se hace extraño hablar de poesía.

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Sale el sol

El solo de piano nos hace viajar por calles y avenidas donde se escucha la “salsa” en los rincones de la noche. El timbal de Tito Puente redobla la vida alrededor de las copas de licor que hacen arder la sangre tropical, que recorre el cuerpo de la celebración y la danza. La campana, no la del templo, sino la campana de mano, marca el tiempo del ritmo de los que bailan poseídos por la euforia de la rumba. La noche se hace imperecedera en el sonido de las trompetas y trombones, cantándoles a las brumas del cielo, desde las calles del barrio y los balcones de la madrugada. De pronto, se escucha la conga y el bongó por las veredas de una ciudad iluminada por la alegría de soneros, salseros y cantores. De esa fiesta viene la palabra del poeta venezolano Álvaro Montero con su libro Sale el sol editado por el Concejo Municipal del Distrito Iribarren, Barquisimeto, 1986. La poesía de Álvaro no se puede separar de la música, esencialmente de la “salsa” y el bolero. Escribe desde la barra del bar entre humos donde se disuelven recuerdos de amores lejanos. Palabra que se escribe y se vuelve canto en la libreta de los olvidados. Versos que vienen desde algún lugar del alma que llora, pero no declina, porque como dice este poeta: “en la casa donde vivo no existe la tristeza”. Y cuál es esa casa sino la de Sale el sol donde escuchamos a Ismael Rivera, Héctor Lavoe, Willy Colón y Palmieri. El poeta nos dice en sus poemas que la vida es ya en sí misma un canto. Entonces qué esperamos para vivirla y cantarla. En su escritura el canto y la palabra se dan inseparables. En qué avenida del tiempo cantará ahora. En qué bar de Barquisimeto entrará mañana para decir: “Yo soy el Capitán Centella”. Ese capitán que ahora navega por las aguas de los crepúsculos de Quibor y suelta sus palomas mensajeras de sueños por las neblinas que acarician las lomas de Cubiro. Seguramente sostiene todavía esa sonrisa de los que
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aman la amistad sin límites ni fronteras. Ya “sale el sol”, sus rayos de amor entran por la ventana de la casa, que ha sabido esperar con las puertas abiertas, el sol de su palabra que resplandece en el cristal de la copa, dispuesta al brindis por la vida.

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La casa y otros amores

Nadie toca la puerta de la casa que se diluye en recuerdos. Nadie sale y nadie entra a la casa que abraza en su memoria la espera, siempre la espera. Casa somos sin visitantes ni pobladores. El sillón de la abuela aún permanece como una canoa encallada en las arenas del solar. La mesa se queda adormecida por sus hipnóticos aromas de envejecidas maderas. Pero, recordar la casa con amor es volver al lugar de donde nunca se parte, aunque se haya dicho adiós, alguna vez, desapareciendo en esas distancias que nos rompen el alma. El libro La casa y otros amores del poeta venezolano Ángel Malavé, publicado por Ediciones El perro y la rana, 2006, es un libro que encanta y nos devuelve el fervor del amparo y el refugio de la casa, que se desvanece entre las nubes de polvo, que cubren su imagen en la antigüedad de los retratos. El mismo poeta nos dice: “La casa es sólo un recuerdo”. El poeta Malavé, entonces, prepara su equipaje con poemas, libretas con sustanciales anotaciones, retratos de la abuela y la casa de su infancia, y se marcha a la ciudad de las multitudes y extensas avenidas. Esa ciudad que le abrió la puerta de sus bares, parques y plazas para la conversa con amigos y amigas de la palabra que acompaña y alienta. Pero, además de la imagen de la casa siempre recordada, que abre ventanas por las calles de estos poemas, escuchamos la secreta conversación con la mujer de aquellos primeros encuentros en la plaza cercana al puerto de pescadores de sueños. Diálogos que van uniendo fragmentos de historias, caricias, abrazos y otras vivencias, que nos hacen escuchar voces esenciales con los oídos del corazón, quiero decir, con los oídos de la vida. En la lectura de los textos de Ángel uno, el lector, saborea en cada palabra copas de licor y celebra el milagro de poder amar, sentir, danzar en el bar de las ilusiones, sin amargura alguna, ni fatalismo que nos arrebate la sonrisa, aun en los más desolados rincones de las desventuras e infortunios.
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Estos poemas nos hablan desde los ocultos pasadizos donde vive la imagen de la casa que se ama, como a la mujer que recorre las páginas de este libro. Mujer que se nos queda como el más sutil de los perfumes en la memoria de la piel que abraza y no olvida.

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Las tintas del escriba

El verdadero mundo del ser humano, podría decirse, que está hecho de palabras. La vida es fugacidad, ilusión, cosa que se hace más notable en nuestra contemporaneidad, donde vivimos sumidos a un tiempo, que nos envuelve con los hilos invisibles de una prisa arrolladora. Una contemporaneidad signada por el ser humano sin rostro, sin asidero posible, ni siquiera para sus angustias y sus ausencias. Sin embargo, vemos como surgen voces alentadoras, desde los densos humos que cubren el corazón de las grandes urbes. Una de esas voces es la de Ángel Galindo con su poemario Las tintas del escriba. Libro publicado por el Grupo Editorial Eclepsidra, 2000. Aquí, la palabra busca en los patios de la memoria, viaja también, siempre atenta y en constante vigilia, por las calles de una ciudad asfixiante, creando deseados espacios para el sueño y el sosiego. Lugar que construye el poeta con palabras que se atraen y se abrazan, hasta configurar oníricos refugios ante las embestidas de las bestias del desarraigo y la intemperie. Un lugar posible, para la contemplación y el diálogo fundamental con nuestros silencios. Porque hacia ese paisaje de alivio, orientan sus vuelos los poemas de este poemario.

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El barro florido y otros poemas

En los mares del cielo miro navegar el color de la vida en el resplandor del crepúsculo. Rayos violeta y sedas de aires rojos, nos hacen contemplar la belleza en aquello que a veces no miramos por estar poseídos por la prisa. La palabra, entonces, se echa a andar por los prados de la sensualidad al nombrar el cuerpo que se ama. La palabra se vuelve aroma en la rosa solitaria de algún sueño olvidado. Ella, la palabra, indaga por los pasillos del encantamiento para nombrar el asombro que produce todo paisaje, ante los ojos del alma de quien contempla el paso del tiempo, en esas nubes que andan como veleros por los lagos del cielo de Coro y por las candelas crepusculares de los vislumbrantes atardeceres de Lara entre los cujíes de Quibor y las quebradas secas de Coro con su sol inclemente. Decimos estas palabras para referirnos al poeta venezolano Ángel Miguel Queremel, autor de la antología poética El barro florido y otros poemas libro publicado por la Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2007. Sobre este poeta nos dice Carlos Aguilar en el prólogo de este volumen:
La lectura de un poema de Queremel, no solo nos permite reconocer que toda una generación de poetas había amanecido sobre la palabra angustia. Ningún poeta de su generación podría ostentar esa carga admirativa y colectiva con tanta lucidez y maestría. Su poesía se reconocerá desde entonces como el “santo y seña” de los jóvenes poetas.

El poeta Queremel junto con otras voces de su generación sintieron y reflejaron en la escritura de sus textos temas como la errancia, el dolor, la muerte y la guerra. No olvidemos que para aquellos años reinaban las arremetidas contra la libertad y la integridad de la vida en las garras de la dictadura gomecista, que sepultó la alegría detrás de las musgosas paredes del encarcelamiento, la tortura y la muerte.

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El milagro de Pablera

Las palabras se encienden como velas en el altar de los sentidos. Los santos y los dioses caminan palpables por los caminos del espíritu. Los muertos vienen a la mesa de la oración a comer dulces, frutas y otras ofrendas, mientras cuentan historias del más allá y del más acá. Ángeles y dioses conversan en alguna esquina de la cotidianidad de la vida que los nombra. Pablera, entonces, toca su cuatro por las calles de Barquisimeto. Pero, quién es Pablera: ¿ángel de la tierra?, ¿trovador del cielo? Sorprende que no pidiera limosnas, ni aceptara dádivas. Siempre andaba con sus ropas limpias, planchadas y bien zurcidas. ¡Claro! “La virgen lo bañaba por las noches cuando dormía”. Lo divino y lo sagrado susurran cerca de nuestros oídos. Sin embargo, no escuchamos. La poesía no explica, no define, solo sugiere en ese empeño de nombrar lo innombrable. La poesía llega con su voz lejana a la palabra que la invoca. Así nos llega el libro El milagro de Pablera del poeta venezolano Antonio Urdaneta, publicado por la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela, 1988. Libro donde el poeta nos dice: “Piso descalzo con mi espíritu”. Evidente desnudez y desprendimiento de quien escribe sin ataduras conceptuales, sin pretensiones místicas, sin dogmas, ni adoctrinamientos a religiones rígidamente establecidas. Escribe desde una honda religiosidad que lo conecta con la sencillez de las cosas y con las fuentes del origen. Desde allí, emergen sus poemas “entre los santos que se hallan en las piedras listos para aparecer”. Piedras de la contemplación y la fe donde los santos dibujan sus siluetas ante los ojos de los humildes. Santos que no aparecen en las copas de oro de la avaricia y la usura. Tampoco en lujosos portales de grandes templos. La imagen del santo se refleja en la piedra. En ojos de fe sucede el milagro. Más allá de formas conocidas ellos ven los sueños. La imaginación hace de los cuerpos fuerzas de percepción capaces de transformase
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en fuentes de presagios. Divina sensación que nos devuelve el asombro del origen. No son epifanías, ni espejismos: Es Pablera quien nos ilumina cuando le canta a la Divina Pastora por los crepúsculos de Barquisimeto.

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Adiós al rey

Hay poetas que escriben despojados de afanes por ser algún día recordados. Poetas que escriben desde la desnudez de la palabra misma, que nombra y dice de aquello inminentemente signado por páginas de olvidos. Poetas que nunca vieron en la palabra instrumento fácil para la elaboración del poema. Sino, la palabra como algo que emerge, desde el fondo de los sentimientos, ya con la voz de las heridas que dejan los azares de la vida. Quien escribe desde los desolados parajes del alma, sin esperar nada a cambio, menos aún, reconocimientos y premiaciones, son aquellos los que pronuncian en el desierto de la página, la palabra tocada por agudas dudas e incertidumbres. De allí, nos viene la voz del poeta venezolano Arnaldo Acosta Bello con su libro Adiós al rey publicado por Monte Ávila Editores, Caracas, 1995. En los textos de este libro, el poeta Acosta Bello deja que el silencio hable a través de sus palabras: “Una sola palabra deseo encontrar/ /pero se han ido”. El poeta, entonces, se sienta en la silla celeste de sus sueños y escribe frases y poemas como cartas lanzadas al viento de algún destinatario posible. “Debo vivir”, nos dice al cruzar veredas de neblinas por la ciudad de Mérida. “En este cuarto solo, sin ninguna/ /voz distinta a la mía”, dice en uno de sus textos, como si desafiara al silencio con la vida, que se hace palabra sincera y sentida, palabra que queda como testimonio por las calles del verso con sus tintas imborrables. Leer los textos de este libro es escuchar el silencio de nubes y estrellas, desde el cuarto, que abre ventanas al cielo, para que el “Sereno rey” de la escritura contemple el transcurrir interminable de la vida moviéndose “como una serpiente ciega en el cielo”.

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Los días contados

Los cigarrillos exhalan los silenciosos humos del tedio, lentos hilillos deslizándose entre las botellas vacías. Un hombre bebe y fuma su soledad, calladamente, en la barra de secretos recuerdos. Piensa en aquel amor que una vez tomó la balsa de los adioses y se fue navegando por las aguas de la noche. Desde la rocola emerge como un hondo lamento una canción de Julio Jaramillo y entre delicados ritmos de guitarras la voz de Los Panchos. Algunos en la barra viajan por pueblos y ciudades que aún permanecen en sus memorias. Otros escriben en viejas y arrugadas libretas alguna palabra o frase extraviada entre los ecos de la antigua taberna. En un extremo de la barra un hombre delgado lee un libro titulado Los días contados del poeta venezolano Arnulfo Quintero, publicado por Ediciones Gitanjali, Mérida, 2005. Ese hombre que lee los versos de ese libro soy yo. Me gusta leer y escribir en las barras, por eso escribo desde las páginas de este libro o desde esta taberna de poemas. Cerca de la rocola leo las confesiones de Arnulfo mientras escucho a Pedro Infante y José Alfredo Jiménez. Siempre la palabra de Arnulfo ha estado muy cerca del poema para ser cantado o del bolero que se escucha con los oídos del despecho en sus penas. En sus textos no hay indicios de amores idílicos o amores “felices”. Aquí habla el amor desde los tormentosos rincones del desamor y la ausencia que duelen en labios de dolorosas confesiones. “Acuerda/ /no quererme/ /no retornar jamás” dice este poeta, asumiendo la despedida definitiva, como algo que forma parte importante de nuestras vidas. Sin esos golpes que da con tino la vida al centro de nuestros corazones, qué simples e insípidos serían los días, no existirían las canciones que escucho, ni los poemas de Arnulfo Quintero que leo ahora.

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Libro de actas

La mano toma el lápiz y trata de escribir al menos una palabra. Pero, solo el silencio se escucha desde las páginas del insomnio. Sobre la mesa los lentes, los cigarrillos, también esperan que suceda algo. Todo permanece en el mismo lugar, nada se mueve, solo el humo del cigarrillo que se extingue solitario en el cenicero de la noche. En el bar de la esquina el mismo ron de siempre y las mismas canciones en la vieja rocola. Las palabras, a veces, se quedan tan calladas que apenas presentimos su posible presencia. Qué decir, qué escribir, cuando la vida se siente despoblada y ausente. Quien toma el lápiz, raya la hoja blanca, hace trazos ligeros y recuerda cuando dibujaba aquellas casas en los años de su infancia. Casas que recuerda ahora con sus patios de vientos y follajes. Casas con las puertas y ventanas abiertas al cielo de los pájaros. Las palabras comienzan a llegar como susurros y se posan sobre la mesa de aquel hombre que intenta escribir la primera frase de un poema. Es tan difícil, a veces, anotar aquello que se hace inconfesable. Hacemos estos comentarios para abrir las páginas del poemario Libro de actas del poeta venezolano Blas Perozo Naveda, libro publicado por el Ejecutivo del Estado Mérida, en 1985. En este libro el poeta Blas Perozo escribe sus textos dejando entrever la dificultad misma que afronta como creador al caminar por el duro camino de la escritura. Estos poemas son fragmentos vividos y escritos justo en el instante cuando surge o emerge desde el fondo del alma la indetenible necesidad de decir, lo que ya no puede quedarse bajo las lápidas del silencio. En sus palabras se sienten los temblores de una antigua angustia que a lo largo de la historia de la humanidad, sobre todo, en nuestra contemporaneidad, ha hecho posible la escritura del poema signado a perdurar en los latidos de nuestra vida.

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Al pie del origen

Hablamos de una ciudad signada por el desarraigo. La multitud va y viene por aceras, calles y avenidas. Personas que muestran la desnudez de sus rostros difuminados entre los vapores de las alcantarillas y los secretos túneles, donde habitan voces y ecos que rozan las húmedas paredes del descampado y la desidia. Hablamos de una ciudad que habitamos y nos habita en una simbiosis de sueños y pesadillas, ánimos y desánimos, amores y desamores, encuentros y desencuentros. Una ciudad que apenas nos deja una delgada acera para caminar o sentarnos al filo de la noche. Noche interminable sin la amable luz del sol que ilumine el nocturno follaje en la mirada. Sin embargo, nos salva la palabra atenta y en asidua vigilia. Esa palabra que nombra las sombras del declive y el constante descenso de la vida por las calles de cualquier ciudad del mundo, tomada por la imponente realidad que nos abruma. Es precisamente en estos parajes urbanos, donde Carlos Duque desnuda su alma en la página para escribir su poemario Al pie del origen. Libro publicado por Ediciones El perro y la rana. En sus versos convergen voces en un “yo” lejos de ensimismamientos y apasionados giros románticos. Porque los poemas de este libro vienen de un “yo” que se hace colectivo, como un sentir que nos toca a todos, allí, en el corazón de miles de vidas que también se ven reflejadas en estos poemas. Al pie del origen nos remite a un lugar donde todo es comienzo y final, partida y llegada, pero, también donde la vida se yergue como un comenzar continuamente, como un renacer día a día, en la página misma donde ocurre el milagro del poema. Poema como huella, como vestigio imborrable al pie de todos los orígenes posibles.

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Anubizajes

Cuando un árbol muere deja un “dolor de pájaros” en cualquier lugar del planeta. Si un río deja de cantar, inevitablemente, llora el arbusto y la hierba a orillas de su silencio. Si un amigo se nos va calladamente por los secretos caminos del crepúsculo, sentiremos el vacío desgarrador de su ausencia. Si la casa cierra sus puertas “vendrá el recuerdo con sus hiedras” y la tomará hasta ocultarla entre las serpientes de sus raíces, mientras sus pobladores se pierden en la memoria de sus propias lejanías. Qué pasaría si las estrellas dejaran de brillar en el nocturno terciopelo del cielo. Qué seríamos sin la palabra que nombra paisajes que se encuentran y se unen en el sol de la mirada. Dios anda entre los árboles del sueño y la vigilia. Los ríos del asombro nos abrazan con sus savias y nos hacen sentir que estamos vivos, que hemos venido al mundo para andar por las montañas y llanuras de sus bellezas. Hasta la tristeza cambia su semblante al escuchar el canto de un pájaro o la canción del río que arrulla “el sueño de los árboles”. Digo estas palabras para referirme a un libro que leo con suma atención. Se trata de la antología poética Anubizajes del poeta venezolano Carlos César Rodríguez, publicado por Ediciones Mucuglifo, 2004. En la portada del mismo se destaca el colorido de una obra del pintor Claudio Rodríguez. Los textos de esta antología nos invitan a recorrer el largo camino vivido por este poeta encantado por los diversos paisajes, que han marcado su escritura. Montañas, ríos, llanuras, mares, nubes, brumas, conviven en el poema, que invoca la unión y la paz por la vida en el planeta.

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Memorias del relámpago

Lentamente el telón de terciopelo azul de la ilusión y el sueño, devela imágenes difusas en la niebla de “la palabra secreta”. Esas palabras que “labran el espacio” y se hacen reacias huyendo en su vuelo, para no ser apresadas por las tintas del poema en su escritura. En el escenario, Dios enciende las lámparas y los ángeles dejan caer las sedas de sus vestiduras, pero, estos ángeles no son los terribles de Rilke, sino mujeres que danzan desnudas en el “aire iluminado” de sus sensibles bellezas. Cuerpos como sombras cruzan el escenario llevando en sus rostros la mueca de sus inseparables máscaras. Un hombre vestido de negro, silenciosamente, se sienta en el banco de cualquier plaza del mundo a meditar, pensar o sólo a dejar pasar el tiempo en la suave brisa que mueve el follaje. Escucha voces que vienen desde algún teatro abandonado, desde alguna ciudad antigua, donde “lo desconocido es permanente”. En su mirada, uno puede ver que “el amor nos atrae y nos rechaza”. Por las calles de sus vigilias, emociones y ensueños, escucha voces que le susurran en sus oídos y le dicen: todos tenemos un centro en nuestras orillas. Al escuchar esto imagina a Mircea Eliade caminando por esa estrecha calle que separa lo sagrado y lo profano. Escribo estas palabras para aproximarme a una lectura del libro Memorias del relámpago del poeta Carlos Danez, publicado por la Alcaldía Bolivariana del Municipio Libertador de Mérida, 2007. El mismo luce una extraordinaria portada con una obra del artista Leopoldo Armand. “Mi ángel transita por todos los parajes” nos dice el Danez, como si estuviera hablando del mismo Dios, no al de una religión en particular, no a lo absoluto y eternamente invisible. Creo que el poeta habla en sus versos de un Dios que está en cada uno de nosotros y se manifiesta cuando amamos y abrazamos, con el fervor de una fe que nace desde las cenizas de nuestras propias tragedias. Porque, como dice este poeta más adelante: “Quizás la vida sea más misteriosa que extensa”.
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Beberse el mar

Los emisarios del destino llegaron con sus fuerzas adversas a la vida y se posaron con sus armas sobre el cuerpo de Carlos Salcedo. Pero, él resistió el golpe certero y no dejó que los ángeles de su sonrisa se alejaran del reino de su alegría. Porque, Carlos camina, sueña y vuela en alas de la palabra sobre una silla de ruedas, que ya conocen rutas de calles y avenidas de la ciudad de Caracas. La poesía y la voz de los santos siempre andan con él por la avenida Sucre y por los alrededores de la plaza Bolívar. Sus poemas no se dejan tocar por los tentáculos de la tristeza y la queja. Sus poemas son cantos que nos invitan a contemplar las nubes, a disfrutar de una mañana lluviosa, a sonreír y a decirle a la vida que estamos para respirar cada minuto la dicha de estar vivo. Sorprende en Carlos su buen sentido del humor y su extraordinario ánimo para la tertulia y la conversación. Desde su silla de ruedas habla con la calma de aquellos que poseen la voz del corazón amoroso de sus días. Carlos, hoy saludamos tu poemario Beberse el mar, 1999. Poemas que van más allá de lo meramente literario, para convertirse en testimonio de una vida que prefiere soñar y sonreír, antes que sumergirse en los callejones sin salida de la amargura y la desesperación. Te saludamos con un abrazo de nubes por cielos de “mariposas que hablan”.

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ÍNDICE Sobre Cercanas lejanías Flor de sal Humo Sale el sol La casa y otros amores Las tintas del escriba El barro florido y otros poemas El milagro de Pablera Adiós al rey Los días contados Libro de actas Al pie del origen Anubizajes Memorias del relámpago Beberse el mar Desgarrados Lámpara y silencio 7 11 12 13 15 17 18 19 21 22 23 24 25 26 27 28 29

El olvido de Dios

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Este papel para anotar esto que no quiero olvidar nunca. Este cielo derritiéndose como un gigante de luz Palabras inconclusas Heredades Obras completas de Eduardo Alí Rangel El celacanto San Baudelaire Voz aislada Campo Croce Versos teatrales Fernando Sotillo Natera (Selección de poemas) Diario de la lengua en salsa Bajo palabra Gabriel Jiménez Emán (Selección de poemas) El honguero apasionado Dos minutos y medio Poemas de Hugo Fernández Oviol 31 32 33 35 36 37 38 40 41 43 44 46 47 49 50 51

Del amor y lo profano Originales del silencio Yumak De viajes y encuentros Camarada Paloma (Poemas del Cuartel San Carlos) ¡Para qué pantalones! Antología poética de José Parra Principio de animal Sol reunido Más cercano al día Los días perdidos Libro de amigo Paisaje reunido Fragmentos de un libro del poeta perdido Arqueología de los olores Paso en falso La locura del otro De un sol a otro Mastranto

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Plegarias La arboleda deslumbrante A mitad de camino Linaje de ofrendas Marco Aurelio Rodríguez (Selección de poemas) Obras completas de María Calcaño Mi novia Ítala come flores y otras novias Antología poética de Miyó Vestrini Ajiley En trance de mudanza Bromelias Ofrendas al asombro Umbre El combate con el ángel Testamento del corazón Pío Tamayo Antología poética de Pálmenes Yarza Acordes

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Poemas escritos en centros penitenciarios Trina y otras memorias Candor de la llama Teoría de la niebla Agua salobre Habitación de olvido Poesía y prosa de Roberto Montesinos Octubre rojo Los musgos del silencio ABC de la intuición La azucena victrola Poemas de Tito Núñez Silva Ánfora criolla Antología de la mala calle Alborgas Temporales en extramuros

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