EL HUMANISMO PROLETARIO

de Chío Zubillaga
Alí L ameda

Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello
Mercedes a Luneta - Parroquia Altagracia Apto. 134. Caracas. 1010. Venezuela Telfs: 0212-562.73.00 / 564.58.30

El humanismo proletario de Chío Zubilla

Alí Lameda 2da edición Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello Caracas - Venezuela 2009

Diagramación Ánghela Mendoza Diseño de portada Ánghela Mendoza Corrección de textos Ximena Hurtado Giovanina Valero Prólogo Gustavo Pereira Contratapa Luis Alberto Crespo Dep. Legal: lf60520098003422 ISBN: 978-980-214-233-0

EL HUMANISMO PROLETARIO
de Chío Zubillaga

Prólogo

El esperado renacer de Don Chío

En la vieja casa de Cecilio Zubillaga Perera, en donde al amparo del amigo y maestro solía acogerse también, en medio de las caniculares tardes caroreñas, el adusto y casi perenne peregrinaje de Antonio Crespo Meléndez, aún ronda sin sosiego, esta vez acompañado del fervor que otrora allí se convocaba, el fantasma redentor que a su habitante más ilustre acompañó en sueños y en lecciones y en luchas y en escritura necesaria contra los gigantescos ritos de la injusticia, la estupidez y la indignidad. Poco faltó –tal vez haber vivido medio siglo atráspara que Don Chío, acusado de impío o hereje o subversivo o comunista o todo ello junto, fuera condenado -por quienes desde los aleros de su clase social él denominara godarria- a dar cuenta en pira inquisitorial, más que de su carne y de sus huesos, de sus ideas.

Como ello no pudo ser posible -porque si inquebrantable fue el hombre tanto más lo eran sus ideales- intentaron doblegarlo con método menos cruento pero supuestamente más eficaz: invisibilizarlo. Tampoco en esto acertaron. Paso a paso espíritus como el suyo, compañeros y discípulos, entre los cuales despuntaban las por entonces imberbes ilusiones de un Alirio Díaz o un Alí Lameda, todos cobijados bajo su generosa sabiduría, emprendieron con él y después de él, entre otras muchas, la gran aventura del pensamiento humanista y revolucionario. En los fragores del país envilecido, puesta a prueba su conciencia sensible en medio de la inconformidad y la rebelión, hubo de convertirse en incansable animador cultural, historiador, periodista e indomable polemista en cuanto semanario, diario u otra publicación lo permitiera, entre éstos los fundados por la audacia creadora y la empecinada voluntad de José Herrera Oropeza (Ensayos, Labor y El Diario de Carora). Tal fue en suma su vida. No dejó bienes de fortuna –aunque perteneció a familia pudiente- ni más posesión que los pocos libros que no legara, como solía, a otros. La casa que lo albergó es ahora un activo centro de cultura poblado de niños y jóvenes y adultos que en procura de saberes y armonías andan, desandan y contemplan con callada admiración el austero cuarto del viejo maestro. Allí las palabras transcritas en las paredes con su nerviosa caligrafía como para hacerlas más vivas, los pocos muebles gastados por el uso y las imágenes de Jesucristo, de Zamora y de Lenin irradian aún en sus humildes presencias como otrora lo hacían, cuando la mano que allí los exaltó trazaba los claros rumbos de la dignidad.

Gustavo Pereira

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i espiritualmente fuéramos a describir a Chío Zubillaga en una frase, diríamos con toda sencillez que se trataba de un hombre humano. Sin duda que él era algo más que eso. Era a la vez un hombre de profundo genio popular, dominado por una suprema pasión: la de ser útil a los demás. Poseía a la vez una espléndida sensibilidad artística que él mismo, inútilmente trató de destruir, para acoplarse con más fuerza a su misión de combatiente revolucionario. Fuera de ello poseía una extraordinaria mímica, de asombrosa ductilidad, que daba a su discurso un encanto fascinador. Esta mímica venía acompañada siempre de una serie de gestos intuitivos, de gran expresión dramática, en los cuales las manos, los ojos y los pómulos se movían de un modo u otro a cada palabra solemne o trivial, terminando en una breve y contundente imagen que él trataba de plasmar a los ojos del oyente dando a su voz un énfasis especial al mismo tiempo que su cuerpo todo tomaba una posición que de hecho transformaba por completo su gruesa figura.

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No se ha destacado lo suficiente esta maravillosa cualidad de Chío Zubillaga, pese a que su vida apenas está separada de nuestro mundo material por un brevísimo lapso y centenares de personas que por uno u otro motivo se acercaron a él, objetivamente pueden dar fe de su extraña y admirable personalidad. No lo hemos perdido del todo en el recuerdo y fácilmente podemos evocarlo con su vieja blusa tolstoiana, su gran cabeza achatada, sus manos burdas, de labriego, sus anchos zapatos de cuero rústico. Y su voz, este precioso instrumento de expresión espiritual constituía en él un elemento humano de grandioso atractivo. Hablaba del modo más natural del mundo y a la vez del modo menos natural, puesto que su voz era su sangre y su sangre la savia tumultuosa de un alma excepcional, con un ardor de lava volcánica, inflamada por un fuego terrenal que a veces —cuando su presencia nos tocaba con su soplo poderoso— se confundía con una fuerza misma de la naturaleza. En cierto modo Chío Zubillaga era eso: una fuerza dinámica de las cosas de esta tierra amarga y bella, por la cual, generoso y brillante, él paseó su incomparable bondad humana. Su persona misma tenía mucho del suelo áspero y parecía plasmada a violentos martillazos. Pese a ello qué tejido tan admirablemente fino el de su espíritu; qué variada gama nos parecía su mundo anímico. No sólo porque se trataba en el fondo de un artista, sino porque era capaz en todo momento de ver las cosas por su aspecto más humano y útil. De ello hablaremos brevemente, en este fugaz viaje a lo que hemos llamado su humanismo proletario, lo cual es una forma ideal y real de referirnos a su corazón y a la bondad de su gran espíritu.

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Pero antes nos detendremos un poco en el medio en que nació y creció, para dar una idea más o menos exacta de la trascendencia de su obra. Nació y creció en un mundo oscuro, de pesadas supervivencias feudales. Un mundo pequeño por sus dimensiones pero inmensamente comprimido en una estructura que a nuestros ojos podía resultar un contrasentido, algo marginado de las amplias líneas del progreso humano que ya nos hemos acostumbrado a ver y sentir, en esta época de intensa renovación de las grandes ciudades. Cuando Chío vino al mundo, la estructura de éste, minúsculo, ofrecía una imagen más cerrada aún, mucho más compacta en su sólida armadura colonial, dentro de cuyas fronteras intangibles todo se hacía lento, como un río de lodo y todo se desenvolvía con un impresionante olvido de la evolución de las ideas humanas. La base de este mundo era el fanatismo religioso, como expresión de una lucha de clases que difícilmente se ha visto en otro lugar de nuestra provincia. Bajo el ropaje místico, claro está, se cubría una realidad política muy concreta: la defensa del latifundio, extendido en grandes zonas en donde la explotación del hombre recuerda a veces el estadio ya extinto de la esclavitud. Es curioso el hecho de que el hombre que inició en su tierra la lucha contra ese estado de cosas viniera del vetusto seno de esa misma sociedad. A comienzos de siglo, y cuando Chío era aún un niño, es muy probable que en su ciudad natal, nadie se imaginase que ella misma había incubado un demonio que día a día y por espacio de treinta o cuarenta años, mordería con un odio feroz las entrañas de esta madrastra que Chío Zubillaga definía como una… vieja odiosa y abominable que un mundo en que el grito

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de Gorki lo ilumina todo, anunciando una nueva era para la humanidad, se exhibe todavía con los mismos guilindajes con que paseaba su detestable cursilería en la sombría época de la colonia. Pues él no transigió jamás con lo que representaba el alto grupo social de donde se escapó para siempre, condenando su origen y su razón de ser en nombre de su profundo humanismo proletario. Jamás en la historia de Venezuela se ha dado el caso de un hombre que haya mantenido una lucha tan terrible y drástica contra las costumbres, el pensamiento y la existencia misma de una sociedad que, por otra parte, trató de ahogarlo con sus voraces tentáculos y que no le perdonará al renegado de su clase, la posición que escogiera en defensa de las capas oprimidas del pueblo. No se ha valorado aún con la suficiente justicia la heroica labor realizada por Chío Zubillaga en su provincia y no ha faltado alguna voz —aislada por cierto— que ponga en duda los méritos de esta lucha. Quizá porque Chío Zubillaga se halla aún muy cercano a nosotros. Todavía el tiempo no ha cubierto su figura y su nombre de ese matiz de antigüedad que convierte a los hombres en personajes de leyenda. La leyenda de Chío Zubillaga nos parece demasiado real y por ello su cercanía nos ofusca un poco. Tal vez quienes juzgan a la ligera su obra no han llegado a comprender que con Chío Zubillaga se inicia en Venezuela un nuevo tipo de gran hombre y de pensador, más humano, más noble y más del pueblo que la mayoría de sus ilustres antecesores. Este nuevo tipo de hombre, pese a su prodigiosa inteligencia, no podía compararse a Cecilio Acosta ni a Fermín Toro, por ejemplo. En primer lugar

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estos hombres, magníficamente ilustrados, de espíritu liberal y de indudable preocupación por nuestro progreso, amaban demasiado su propio intelecto, su cultura literaria, para exponerse a una actividad en la que necesariamente lo primero que había que sacrificar era su arte. En este sentido Chío Zubillaga está más cerca de Juan Vicente González, que unía a su culto por la literatura la acción de un combatiente político. Aunque desde luego, Chío Zubillaga poseía una visión política mucho más amplia que el maestro de las Mesenianas y un sentido de lo popular mucho más desarrollado, aparte de que en cierto modo su pensamiento y su obra fueron una negación viviente de lo que cualquiera de estos tres grandes escritores y luchadores propiciaban. La página más inflamada de Fermín Toro nos resulta pálida en comparación del panfleto más inofensivo de Chío Zubillaga. Ello se explica no solo porque entre uno y otro media un espacio de más de medio siglo, sino porque Chío Zubillaga encarnaba en un grado mucho más elevado y apasionado las aspiraciones del pueblo venezolano, se hallaba más cerca de este lado del mundo en que el destino de una nación podría resolverse a través de una guerra civil como la que animó y realizó en parte Ezequiel Zamora. O armando barricadas en las calles en un asalto violento de las masas explotadas al poder político, como en la vieja Comuna de París. Aparte de ello hay que destacar algo muy importante: el que Chío Zubillaga era el portavoz radical de las aspiraciones del campesino venezolano y a través de su obra la provincia venezolana surge como un factor decisivo en la historia de nuestro país. Cobra pues, un valor que hasta entonces le había sido negado por quienes, desde un idíli-

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co mirador, contemplaban el campo venezolano como una simple despensa destinada a alimentar el brillo y el crecimiento de nuestras ciudades. Y si bien Chío Zubillaga logró esto con su tremenda labor práctica, lo debe igualmente a la profundidad y a la riqueza de su pensamiento. A su capacidad como pensador de una originalidad sin igual en la historia de la cultura venezolana. Podría señalarse que su obra literaria solo nos brinda una visión fragmentada, como en el caso de Juan Vicente González, ateniéndonos a un punto de vista simplemente artístico. Esto es cierto. Ni remotamente es posible colocar la obra literaria de Chío Zubillaga, con su anarquismo gramatical, su lenguaje áspero y revuelto, al lado de la majestuosa armazón, con sus líneas y sus ángulos perfectos, que contemplamos en la obra de Andrés Bello. Oh, no, nada de esto. Aquí se trata de algo completamente distinto. Chío Zubillaga no era un literato, ni un pulidor profesional de frases. Quienes busquen en sus escritos una de esas finas y deleitosas descripciones con que nos obsequió Díaz Rodríguez con su magnífico estilo, se verán muy pronto defraudados. Pero en ninguno de nuestros escritores viejos o nuevos, será posible sentir una tal afluencia de vida, de hermosa palpitación humana, de incomparable fuerza espiritual, de frescura popular llevada a grados admirables de penetración y de rústica belleza. Es probable que él mismo, en alguna fugaz ocasión, tratara de prodigar menos su talento en esa labor periodística a la que dedicó casi todo su tiempo, para concentrarse en una obra de mayor alcance artístico Lamentablemente esto no fue posible. Tenía demasiadas cosas que hacer a favor del pueblo para dedicarse a decir otras en provecho del arte de la bella expresión, en el centelleante colorido. Léase, por ejemplo, este concepto suyo

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sobre Nietzsche, escrito, como casi todo lo que escribió en el breve tiempo que le llevaría poner sobre el papel, con su gruesa letra, tales palabras:
El hecho de que el autor germano sea el símbolo de la concreción de la fuerza que quiere destruir el orden moral del mundo o fundar uno distinto del que está en el pensamiento de la Justicia para bien de la especie; el mismo hecho de que el Superhombre y esa tendencia hacia la superpotencia que quiere entrañar Hitler, vengan de la ideación envenenada del misántropo alemán, debe ser motivo para que éste sea detestado por los que detestamos toda otra ordenación que no sea la que surgió del árbol cristiano, con sus ramas en clamor y en función activa por la integral Democracia, como norma del universo. Le convengo que odie el Cristo de palo que inciensan en las sacristías simoníacas, y al que cargaron y cargan en sus coronas los reyes que existieron y aún existen. Pero le niego el derecho de odiar el Cristo del ideal, que se anticipó a los políticos redentores de las masas oprimidas, sin ser él, como Mahoma, un Dios con pretensiones a lo político

El ideólogo sutil se junta aquí al estilista inspirado —esa inspiración suya tan humana y vigorosa—, con su fresca y violenta manera de expresar sus ideas en un tono que nos subyuga por su elegancia y su solemnidad. A veces este pensamiento tocaba lo sublime, lo poético en sumo grado y a la vista del lector, tomada de una cualquiera de sus cartas, ponemos este simple trozo (¿Cuántos parecidos o superiores, no escribiría Chío en las miles de cartas que dirigió a sus amigos?),

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a través del cuál podemos apreciar un poco su brillante sensibilidad: El infinito se dilata ante mí. ¿Qué veo? La mar inmensa. Acabamos de salir de la sombra, impulsados por un vértigo tremendo y todo nos empuja a la luz. El espíritu mísero se ha agigantado de pronto. ¡Caramba! Qué pura es esta luz, este fuego que como un gran dios o torbellino se mete por todos nuestros poros, nos inflama también y nos lleva a la cumbre de la total felicidad humana. Una felicidad que proviene de la fuerza, del estupendo deseo de vivir, pese a que el hombre mísero gime aún con sus llagas y su pobreza. Más lejos aún nos empuja el oleaje enorme y el mar ondeante, que grita su libre clamor, que lo va cubriendo todo y nosotros allí somos los triunfadores de la vida, las almas dichosas embriagadas en el santo júbilo de la naturaleza sin límites.

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¿Qué es esto?
Una simple exaltación de la Novena Sinfonía de Beethoven, la sinfonía del optimismo que Chío admiraba por encima de cualquier otra obra musical. ¿No tenemos ante nosotros un estupendo escritor? Sin duda que sí. Pero en realidad qué poco valor daba él a estas cosas. Y no por prejuicio frente a la literatura sino porque temía que un trabajo literario diferente a su labor periodística lo apar-

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tase demasiado de su lucha diaria por los obreros y los campesinos. Pese a ello, aún en su forma fragmentaria y dispersa, la obra que ha dejado Chío Zubillaga en sus numerosas cartas y en periódicos de provincia siempre tendrá un valioso atractivo si quiere llamarse literario, o como sea, que nos indica del modo más claro, sus aptitudes como prosador insigne, como un metafórico profundamente original y nutrido de la savia misma que el pueblo expresa en imágenes de una incomparable belleza. Pero volvamos a su ciudad. Chío Zubillaga nació a fines del siglo pasado, en una época revoltosa y trágica para Venezuela. En Carora, su lugar nativo, las formas más arcaicas de explotación humana asentaron su imperio todopoderoso, perpetuándose por lustros y lustros La ciudad no se distingue de otras de su especie en la provincia venezolana. Vemos allí la misma rústica arquitectura, con su gran plaza sembrada de maporas y guayabos y una iglesia que probablemente viniera desde los mismos años de la Colonia. Las calles polvorientas y torcidas, ni muy angostas ni muy amplias. Un clima terrible, caluroso y seco. Y luego una población que vive de menudas industrias artesanales y del comercio. ¿Cuántos poblados existen así en Venezuela? Muchos. Pero lo que no es fácil hallar en el país es un espíritu de ciudad como el que anima a este viviente trozo del feudalismo. La vetusta iglesia colonial no es allí ni más humilde ni más vistosa que los templos provincianos que se levantan aquí y allá en aldeas y pequeñas ciudades del interior. Pero el cura que oficia aquí predica con el mismo entusiasmo purificador con que predicaban los monjes de la Inquisición y con gusto santificaría la más dura opresión de las ideas y los individuos, de acuerdo a la dogmática de San Agustín o de los

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argumentos más persuasivos de Torquemada. Un mundo así rígido y atrasado, no era el más propicio para que en él naciera y se desarrollara un hombre que lloraba escuchando la música de Beethoven y declamaba lleno de la más viva emoción los versos de Vladimir Maiakovski, el poeta de la Revolución de Octubre. Pero quizá por eso mismo un hombre así nació y se desarrolló precisamente en ese lugar y la vida de Chío Zubillaga no es sino la historia de su lucha contra el medio; la historia de su odio jacobino contra la explotación feudal, el fanatismo religioso y la existencia misma de una sociedad a la que con todo gusto —de ser esto posible para él— ese “cristianismo suyísimo” (la expresión pertenece textualmente a su sintaxis), que ponía en un mismo lugar a Cristo y a Lenin y predicaba la reforma agraria y la destrucción de la propiedad privada con unas frases en nada diferentes a las que utilizara Karl Marx en su famoso Manifiesto. Combatir estas ideas de pertenencia feudal, embadurnadas con un fanático matiz religioso refractario a toda renovación, no resultó cosa fácil. Ni siquiera para un hombre como Chío Zubillaga, que estaba dispuesto a hacer cualquier renuncia a favor de las clases humildes y a quien, por otra parte, al principio, le perdonaban sus gestos de revolucionario y de librepensador como una actitud de hombre raro, un poco dado a leer a los autores franceses del tipo de Víctor Hugo y a ciertos novelistas rusos como Tolstoy. Esta complacencia no debía durar mucho y se esfumó rápidamente, cuando luego de asistir al espectáculo un poco lírico de un hombre que predicaba el bien al prójimo —como en los Evangelios cristianos—, la defensa de la cultura, etc., la rica sociedad Caroreña vio convertirse a este hombre en un organizador de sindicatos campesinos, en un agitador terrible, que pedía simplemente la devolución de las tie-

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rras a los labriegos y abogaba por el establecimiento de una sociedad en la cual se contemplaba como supremo fundamento la repartición de los bienes económicos entre todo el pueblo. Una lucha así, llevada a cabo todos los días del mundo, tal vez no resulte a los ojos de ciertas personas, algo capaz de equipararse a una epopeya. El motivo de esto estriba en que estamos acostumbrados a ver los héroes, a una manera muy colombiana, revestidos de un esplendor extraterrestre como vemos a los santos y a los dioses griegos, en su Empíreo y en su Olimpo. Visto así lo heroico no forma parte de la realidad humana y se convierte en una tontería. Razón tuvo quien dijo que lo grande se compone de pequeñeces y sobre la base de ese lógico y sensato pensar podemos decir que solo a través de las pequeñeces es posible medir la grandeza. Y en este caso la grandeza de Chío nos resulta heroica y en muchos aspectos superior a muchas de esas acciones épicas llevadas a cabo en un momento por hombres que han entrado y salido de la historia con una fugacidad de golondrina. No se trata aquí de realzar en exceso la labor de un hombre al parecer tan poco afín a esta clase de consideraciones sino por el contrario, de colocar en su justo sitio esa labor que algunos mirarán con cierto desdén olímpico, no sabiendo valorar su verdadero alcance humano. Nosotros lo valoramos afirmando que Chío realizó una obra colosal en bien de Venezuela, en las más duras condiciones materiales y con los fines más nobles y generosos que los de cualquier hombre de su época. En realidad, ¿qué era lo que hacía Chío Zubillaga durante toda su vida? El definía su trabajo en esta forma:

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