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Presidente Luis Alberto Crespo Che Herrera y yo ©Cecilio Zubillaga Perera 2da edición Caracas-Venezuela 2012 Colección Del tiempo y su sombra Portada y diagramación Ánghela Mendoza Diseño de Colección Ánghela Mendoza Corrección de textos Alejandro Silva Depósito Legal: lf60520128003717 ISBN: 978-980-214-292-7

Che Herrera Che Herreray y yo yo
Cecilio Zubillaga Perera

Colección Del tiempo y su sombra
Sin el hombre, su inventor, el tiempo no sabría nada, no sería, nunca habría sido. Sin el hombre, su destructor, el olvido, su sombra, sería tiempo nulo, devenir vacío, porque el tiempo, que lo contiene, lo desdiría, no tendría nombre humano, como el cosmos después del cosmos. El tiempo que es, así, creación nuestra (porque nos sabemos mortales, porque somos, heiddegerianamente, ser y tiempo) es esa forma del idioma con la que el hombre da materialidad al destino, o para decirlo simplemente, al hilo de la vida. Esta colección de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello busca detener nuestro tiempo, nuestro tiempo personal, el de nuestra historia, el de los lugares y sus seres, el de la casa íngrima, la casa reunida, la casa de todos, la de la colina, la del valle, la de la costa, la de la sabana y la de la espesura, en tanto que existencia sola y colectiva, que pueblo y nación, y en tanto que pensamiento, que huella, esto es sombra, ese ayer que aún no ha sido, diría Quevedo, porque espera su mañana que aquí es rastro de la escritura, la más humana, la que no puede destruir el olvido.

Prólogo Prólogo

EL CIUDADANO Gobernador del Estado, nuestro coterráneo y amigo, doctor Domingo Perera Riera, ha dispuesto que se conmemore oficialmente el cincuagésimo aniversario de la muerte de don José Herrera Oropeza, fundador de El Diario de Carora, y con ese fin designó una Comisión integrada por José Numa Rojas, José Ángel canto, Fausto lzcaray, José Indave Meléndez, Elsa Ramírez Depablos, Luis Oropeza Vásquez, Teódulo López Meléndez, Daniel Andueza Castillo, Ana Teresa Sequera de Ovalles, Francisco Cañizales Verde y quien esto escribe. Esta iniciativa del mandatario regional es un verdadero acierto, encuadrado en la inaplazable necesidad de rescatar nuestros valores, cuya sumatoria constituye parte fundamental de nuestra cultura nacional.

Don José Herrera Oropeza es una de las cifras estelares del periodismo venezolano. A raíz de su súbita muerte, el ilustre merideño Tulio Febres Cordero escribió:
El brillo de la inteligencia, los tesoros de la ilustración y los esfuerzos de perseverante actividad son ciertamente indispensables en toda empresa periodística. Pero no bastan por sí solos estos elementos para cumplir la augusta misión de la prensa. Requiérese también genial aptitud, mucha discreción y nobleza de sentimientos. Estas bellas cualidades concurrían en don José Herrera Oropeza, quien en todo tiempo supo comunicar en su periódico El Diario cierto poder atrayente, el mágico poder de la simpatía, que es donde está la clave del éxito. No nos referimos al éxito económico de la prensa como empresa lucrativa, sino al éxito espiritual, o sea, al justo renombre que alcanza el periódico entre la gente sensata por su patriótico celo de difundir los sanos principios y procurar el bienestar común en todo orden de cosas. Don José Herrera Oropeza ocupa por ello puesto de honor en la luminosa falange de periodistas venezolanos.

R. D. Silva Uzcátegui apunta en su Enciclopedia Larense, tomo II, que don José “fue el prototipo de un caballero a la antigua usanza. Caroreño por nacimiento y miembro de una familia honorable, supo hacer honor a su abolengo. Noble, austero, recto, dispuesto siempre a obrar por el bien común, sin omitir esfuerzos ni sacrificios. Y éstas características de su propia psicología, las instituyó como normas de su Diario”. Por su parte, el doctor Ambrosio Perera, en el segundo tomo de su Historial genealógico de familias caroreñas, al referirse a José Herrera Oropeza, dice: “Fue un notable periodista

y persona preocupada por todo lo que significaba el progreso de su ciudad natal. Poseía un espíritu cultivado y generoso que le conquistó sólido prestigio en la sociedad caroreña”. Don José Herrera Oropeza nació en Carora el 27 de febrero de 1885 y murió el 17 de diciembre de 1935, cuando llevaba dieciséis años de circulación El Diario, la empresa cultural de sus afanes, fundada por él el primero de septiembre de 1919, para llenar el enorme vacío dejado por El Impulso, al mudarse el periódico de don Federico Carmona para Barquisimeto, luego de más de quince años de circulación en Carora, desde el histórico primero de enero de 1904 en que vio la luz. El Diario, la obra cumbre de don José, cumplió ya 66 años de existencia y ha sabido conquistar presencia propia en la historia del periodismo nacional. Antes de emprender la fundación del vocero cotidiano, Herrera Oropeza había colaborado en diferentes periódicos y fundado y dirigido, con la estrecha colaboración de Cecilio Zubillaga Perera, los semanarios Labor, que circuló de 1912 a 1919 y del cual fue también redactor el poeta tocuyano Alcides Lozada, y Ensayos, que tuvo una vigencia de dos años, a partir de 1907 y en el que escribían además de don José y don Chío, el humorista Ramón Gutiérrez (Luis Chaparro) y los poetas Dimas Franco Sosa y Marco Aurelio Rojas. El fallecimiento del notable periodista se produjo a causa del corazón, cuando se encontraba en el Teatro Salamanca, hablando en una velada consagrada al Padre Pedro Felipe Montes de Oca, con motivo de celebrar éste las Bodas de Plata sacerdotales. Al decir de Chío Zubillaga, Carora se encontraba agitada por las noticias

que llegaban. Se decía que el Dictador Juan Vicente Gómez “se hallaba moribundo”, que “volaban aviones sobre Barquisimeto”, que “vendría Eustoquio Gómez”, etc. El día fatal, don José había escrito en la Casa del Naranjo —como se conoce a la vieja sede de El Diario— una carta al doctor J. J. López Morandi, domiciliado en Barquisimeto. Después se fue a conversar con Hernández Betancourt, que acababa de llegar de la capital larense y traía noticias frescas sobre la situación política. Antes de irse a su casa, de donde saldría para el Teatro a la fiesta donde murió, pasó nuevamente por el periódico a escribir una nota social. El Padre Pedro Felipe Montes de Oca, al agradecer en El Diario del 28 de diciembre de 1935 los reconocimientos que le tributara la sociedad caroreña, decía: “Vaya para la tumba de Chío, Presidente de la Junta y alma de estos homenajes, éstas frases de un célebre poeta latino: “La vida que nos da la Naturaleza es corta; pero la que le devolvemos con honor es inmortal”. La Junta encargada de la conmemoración de los cincuenta años de la muerte de don José Herrera Oropeza, dispuso la publicación del presente volumen, contentivo de un trabajo periodístico de don Cecilio Zubillaga Perera, titulado José Herrera y yo, aparecido en El Diario el primero de septiembre de 1944, con motivo de los 25 años de la fundación del periódico caroreño. En el valioso texto, don Chío relata las magníficas batallas libradas junto a quien fuera su amigo íntimo. Don José era llamado el Vate por sus compañeros de generación. Zubillaga Perera —apenas dos años menor que Herrera Oropeza— confiesa que los muchachos de su toñada le otorgaban tal título no solamente porque escribía

versos, sino como un reconocimiento a su superioridad. Y describe que mientras la parvada de entonces hacía las travesuras propias de los tempranos años, José Herrera Oropeza se codeaba con “los mayores de edad, saber y gobierno” o con los artistas teatrales o circenses que visitaban Carora, lo veían en casa de los Carmona conversando sobre temas que para los muchachos de su tiempo resultaban estratosféricos, “era la delicia de los salones recitando versos de otros o de su propia cosecha” y conseguía que don Federico Carmona le abriera las páginas de El Impulso para publicar poemas. En José Herrera y yo, Zubillaga Perera revela que aún cuando fueron condiscípulos en los bancos escolares, su estrecha amistad con don José tuvo un origen literario, precisamente la primera creación intelectual de don Chío. Era una página bucólica que su autor leyó a varios amigos y uno de éstos se lo contó a Herrera Oropeza, quien lo buscó una noche.
Me instó —cuenta Chío— a que le diera lo escrito. Se lo negué. No por mezquindad ni por segundas intenciones sino porque como ya considerábamos a José Herrera señor entre letrados, mi balbuceante acento de primerizo ante él me parecía vergonzoso. Pero me instó y me forzó en forma tan apremiante que no puedo decir sino que me despojó del articulejo por la fuerza. Lo ayudaron en el saqueo a la blusa otros compañeros que estaban presentes. Al otro día andaba por las calles mi nombre como escritor que me afamaba José Herrera Oropeza.

En la seguridad de que esta publicación contribuirá a un mayor conocimiento de la personalidad de don José Herrera Oropeza, la ponemos en manos del público lector. Rafael Montes de Oca Martínez

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EL QUE ESTABA destinado por los designios de la vida para ser el Fundador de El Diario, lo considerábamos en plano de superioridad los muchachos de su toñada. José Herrera era grave, serio, casi solitario, un poco o mucho antisocial, según el criterio de los que deberíamos ser sus camaradas. Se crió en casa de su padrino don Miguel María González, que vivía en la Plaza Bolívar, sitio ciertamente no apropiado para la formación de relaciones con la parvada infantil, sino que las casas de la Plaza Bolívar, entonces resultaban como apartamentos de un sistema de fortaleza invulnerable a lo menudo popular. Allí y sus contornos imperaba el señorío que venía de atrás con sus ínfulas consiguientes. José Herrera solía traficar solamente, por lo general, entre la casa de su incomparable padrino y la de sus magníficos progenitores que era la casa de balcón de la Calle San Juan, con poco

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o ningún contacto con los que de la misma camada de la vida lo estimábamos por sobre el valor de nuestras cifras y por sobre la altura de nuestras cabezas. Lo llamábamos “el Vate”. Y barrunto que el título que muchos le hemos conservado por sobre los años y la muerte, no se lo dábamos nomás porque hacía versos, sino porque con él creíamos confirmar nuestra sujeción al concepto de que el Vate era superior a nosotros, o por lo menos distinto de nosotros. Pues mientras nosotros vivíamos vida traviesa —muy semejante, por supuesto, de las travesuras de los muchachos modernos que están hechos a base de ejemplos en el cine, rodando en automóvil y enfriadas con cerveza— mientras nosotros nos agrupábamos en el busto de Pedro León Torres, cuando la Plaza Bolívar era un vasto terreno cubierto de abrojo, con una mata de Ceiba y tres de acacia, por todo bagaje forestal, o en las esquinas de don Nicho o de Chochón o de don Pío o en la propia casa de don Ángel Santeliz o en algún otro sitio para ir a atacar a pedradas a las gentes de los barrios, o a elevar papagallos en la playa de las Cuerdas, o para ir a echar repatazos en el Río Bajo o en el paso de Los Sauces, o más arriba, en la Garvana. Mientras montábamos, como un trofeo conseguido con la generosidad del sirviente de la casa, en el anca de los burros que cargaban el agua para cada hogar, haciéndolos correr en maratón “jalándoles el pelito”. Mientras nos engavillábamos en grupos más o menos de tipos en condiciones pariguales para salir a comer lefarias a los cerrados y cercanos cardonales de entonces. Cuando hacíamos todo cuanto eran diabluras según el sentir de los graves rectores de nuestras existencias, José Herrera andaba con los mayores de edad, saber y gobierno. Lo veíamos con los cómicos de las Compañías, o con los

maromeros, buenos o malos, pero que eran frecuentes en visitarnos. Hasta lo veíamos subir a las tablas del escenario teatral haciendo lúcidos papeles galantes1, para lo que tuvo una tremenda propensión durante toda su existencia, a punto de que (y esto podrá estimarse como un signo significativo de su destino) se salió de la vida cayendo fulminado por la muerte sobre el tablado de un escenario de teatro. Lo veíamos con los políticos, apasionado liberal amarillo como era, y expulsado de Carora por un Jefe Civil por causa de su participación, engorrosa para ese Jefe, en la política. Lo veíamos en la casa de los Carmona parlamentando sobre asuntos que para nosotros eran estratosféricos, antes y después de la fundación de El Impulso. Total: José Herrera Oropeza no fue muchacho nunca. Sino un hombre desde cuando los hombres no lo son todavía, sino que gozan de ese estado de irresponsabilidad en que la conciencia está sometida al azar de los instintos. Entre las cosas graves a que José Herrera estaba propenso, resaltaban las que tocaban con la imprenta y de

1 En la edición de El Impulso correspondiente al 14 de mayo de 1910, se publica un aviso en el que se lee: “Programa para la Velada Artística de Representaciones Teatrales en beneficio del hospicio en construcción, que tendrá lugar el domingo próximo (15 del presente), casa del señor Isidro Elíes... Empezará a las 8 menos cuarto: Omara o Patriotismo Excelso, pequeño ensayo dramático por Cecilio Zubillaga Perera, presentado por la señorita Rufa Gutiérrez y los jóvenes José Herrera Oropeza y Miguel Ángel González”.

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