Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello Mercedes a Luneta - Parroquia Altagracia Apdo. 134.

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Del tinglado humano ©Antonio Crespo Meléndez (Edición ampliada) Caracas - Venezuela 2012 Colección Del tiempo y su sombra Portada,diagramación y diseño de colección Ánghela Mendoza Corrección Ximena Hurtado Yarza Depósito legal Nº: lf60520128003718 ISBN: 978-980-214-291-0

Foto de portada: Calle San Juan de Carora, 1916. Autor anónimo.

Del tinglado humano
Antonio Crespo Meléndez

Colección

Del tiempo y su sombra

Sin el hombre, su inventor, el tiempo no sabría nada, no sería, nunca habría sido. Sin el hombre, su destructor, el olvido, su sombra, sería tiempo nulo, devenir vacío, porque el tiempo, que lo contiene, lo desdiría, no tendría nombre humano, como el cosmos después del cosmos. El tiempo que es, así, creación nuestra (porque nos sabemos mortales, porque somos, heiddegerianamente, ser y tiempo) es esa forma del idioma con la que el hombre da materialidad al destino, o para decirlo simplemente, al hilo de la vida. Esta colección de la Fundación Casa Nacional de las Letras Andrés Bello busca detener nuestro tiempo, nuestro tiempo personal, el de nuestra historia, el de los lugares y sus seres, el de la casa íngrima, la casa reunida, la casa de todos, la de la colina, la del valle, la de la costa, la de la sabana y la de la espesura, en tanto que existencia sola y colectiva, que pueblo y nación, y en tanto que pensamiento, que huella, esto es, sombra, ese ayer que aún no ha sido, diría Quevedo, porque espera su mañana que aquí es rastro de la escritura, la más humana, la que no puede destruir el olvido.

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Antonio Crespo Meléndez

El pueblo en su escritura

Cuánta vida en esta soledad que sólo interrumpe el balido

de la cabra. Se triza el resplandor cuando asoma el roble y se hace bosque, porque aquí son comunes las cuarteaduras de la tierra roja y la sombras y formas del cují. Digo lo anterior porque he regendado los caminos de adentro con baquianos de linaje que vuelven al lugar de su lejano origen. Aregue es la nacencia, oiga usted en ese cauce antiguo al pájaro que eleva la última nostalgia. Es que vamos a Aregue de la mano de Antonio Crespo Meléndez, para poder hablar de “el tinglado humano” de un hombre del tamaño de la sensibilidad de su pueblo. Carora, cuánta edificación humana en sus parajes. Mire usted la casa o la labranza. Saboree su cocina u oiga su música. Disfrute de sus danzas o entre en un taller de alfareros o fabricantes de instrumentos musicales. Todos, todos sus oficios y artes tienen aquí el signo de lo perdurable. Y qué decir del quehacer literario, científico y humanístico, Carora ha sido un laboratorio y una escuela. Digamos que es un núcleo fundador de las ideas libertarias y socialistas en Venezuela. Un lugar donde la sensibilidad y la inteligencia han ensanchado el horizonte del bienestar humano. Hay un manojo grande de nombres formados al abrigo de un pensador llamado Cecilio Zubillaga Perera. Y en esa tradición intelectual con profundo legado en la revolución que hoy construimos, se inscribe el nombre de Antonio Crespo Meléndez, un hombre que nació el 11 de enero de 1906 y que hasta el último día de su vida compartió y escribió los dolores, las luchas, las alegrías, en fin, el humano transcurrir de sus paisanos.

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“Provocaba abrazarlo”, le escuché decir a un intelectual caroreño que integró su cátedra subversiva en aquella casa antigua donde el diálogo sobre la cultura y el destino humano era una oración compartida diariamente. Fue, precisamente, Antonio Crespo Meléndez, entre los intelectuales de su generación, quien decidió permanecer en su pueblo. Pero lo hizo para estar en él y comprenderlo, para llorar su angustia antes de hacerla escritura, para escuchar al otro. Tal cual José Martí lo predicaba, con los pobres de su pueblo decidió su suerte echar. Pregonaba amor y rebelión como el Jesús crucificado, y aunque ha podido habitar la fama, también le huía con fuerza militante. Quién que sea caroreño, habitante del siglo XX, no recuerda sus memorables crónicas en El Diario de Carora, que fundara José Herrera Oropeza, padre de Margot Herrera Oropeza, su amada compañera de toda la vida. En las crónicas palpitaba el alma de su pueblo y las angustias del mundo. Su incansable búsqueda intelectual le permitía discernir sobre diversos temas de interés humano. La literatura social y el pensamiento socialista conviven en toda su escritura, así como dan razón sus crónicas del acontecer mundial, pues ningún comunicador, como él, supo utilizar la fuerza de la radio para mantener informados a sus lectores. Yo he tenido la fortuna de leer La última nostalgia, primer libro de sus memorias que interrumpió su muerte a fines de 1988; libro que lo retrata y refiere un linaje cuyas razones de vida han sido la cultura, el trabajo, la justicia y la poesía que uno advierte hasta en las palabras de aquel abuelo que lloraba la muerte de sus cabras.
“Hay que amar a estas criaturas —me decía el abuelo—, porque ellas nos dan la vida”, y aprendí a tenerles, a las místicas cabras de mi abuelo y las de todos los campos, un afecto de alma que no ha disminuido con los años y las transformaciones de la época. Mi abuelo era un hombre austero, leal a su terruño, costumbres que él conservaba

como un blasón, muy sembrado en su sangre de trabajador de aldea provinciana.

Este es el Antonio Crespo Meléndez Del tinglado humano, que recorría las calles de Carora aprehendiendo el rumbo de cada quien como un gran oidor de los excluidos. Quería él gritar con ellos, acusar la injusticia, mejorar la condición humana. A veces golpean las páginas, uno entiende que quien las escribió lo hizo llorando. “Mi muñequito”, crónica del dolor de una madre ante la pérdida de su hijo, con quien el autor se funde en un abrazo. Es el abrazo de Antonio Crespo Meléndez a todos los dolidos de Carora; a los huérfanos, a quienes desapareció el infortunio bajo la sombra funesta de las dictaduras y democracias injustas de la Venezuela del siglo XX. Hay otras páginas menos tristes, en las cuales lo posee el paisaje, la memoria familiar y las artes, que fueron su alivio, su aliciente. Pero a ninguna escapa la crítica social y la fe cristina que lo habita. “Una dolorosa tragedia”, “Una mujer comida por las ratas”, “El cojo del acordeón”, “El Despreciado”, “Un Sancho Panza criollo ”, “ La cantora campesina”, “Mi abuelo criador de cabras”. Cualquiera de estas crónicas son hoy el “blasón” —para decirlo en sus palabras—, de un hombre necesario, que construyó una escritura necesaria para comprender las luchas, la belleza, la dignidad, los sueños y los dolores del pueblo venezolano. Aquel hombre que mantuvo encendido, por décadas, el fuego de justicia en El Diario de Carora, dejó una vasta obra esparcida en periódicos regionales y nacionales. La Academia Nacional de la Historia en su colección El Libro Menor publicó sus libros Invocaciones y La última nostalgia, también editado por el Fondo Editorial de El Caribe. El gentilicio caroreño se enaltece con la Bienal Nacional de Literatura en reconocimiento a su vida y obra, y cuya

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primera edición se realiza en homenaje a otros intelectuales nativos de Carora: Chío Zubillaga, Alirio Díaz, Elisio Jiménez Sierra, Héctor Mujica, Luis Beltrán Guerrero, Alí Lameda y Federico Álvarez. Carora preserva la memoria de Antonio Crespo Meléndez, al igual que sus hijos Flor, Graciela, Lourdes, Virgilio, Alcides y Luis Alberto Crespo, quienes no han dejado de escuchar las palabras del abuelo, que en su linaje son ya escritura que se perpetúa.

Maracay, octubre 2012

Pedro Ruiz

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Del tinglado humano

Cara e’ Diablo

(s.f. )

Mamerto tenía un cuerpazo nudoso, fuerte, de pies aplasta-

dos, temible por sus puños de mandarria, y su disposición de quitar de en medio a cualquiera. Se le temía en el pueblo, y por el temor que inspiraba, se le respetaba. A Mamerto no se le discutía en los bares que frecuentaba a diario para hartarse de cerveza, porque bebía copiosamente, pero dijérase que hasta la cerveza le respetaba también, pues nunca se le veía tambalearse al andar siquiera. En la mesita ante la cual libaba la rubia, se alineaban como soldados vencidos, docenas de botellas con la boca abierta. Mamerto tenía enemigos. Uno de ellos, era Cara e’ Diablo, un negro forastero que le faltaba un ojo, de oficio camionero, y de rostro arrugado, de facciones repulsivas, de instintos criminales: traicionero. A Cara e’ Diablo se le achacaba haberle dado de patadas a su propia mujer, hasta dejarla desgajada, una pobre mujercita coriana, que a pesar de su fealdad de tuerto, tuvo el capricho de amarle. Estuvo preso, pero logró que se le dejara en libertad. Cierta vez Cara e’ Diablo se atrevió faltarle el respeto a Mamerto. Y ambos se fueron a las manos, sin previo aviso, dispuestos a matarse en la pelea que sostuvieron. Cara e’ Diablo agarró a Mamerto por el cuello y lo suspendió en el aire cual uno de esos sacos de harina que sacaba de las cargas en los camiones. Apretó la yugular de Mamerto, quien nada pudo hacer por zafarse de aquellas tenazas que lo asfixiaban.

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Los pocos compañeros que presenciaron la pelea quedaron asombrados. ¿Cómo podía Cara e’ Diablo vencer a Mamerto? ¡Imposible! Pero la verdad era que Mamerto se declaró derrotado ante esa fiera de un solo ojo abierto, que no sólo le golpeó con los puños el estómago, sino que además le obligó a pedirle clemencia con las manos juntas, como implorando la bendición a su contrario. Mamerto todo maltrecho, avergonzado tuvo que huir, quedando allí el “tuerto virolo, bizcocho sin sal”, conforme le decían los muchachos, cuando lo observaban con un “mochón” en las calles, vencedor, ante los comentarios de los que acudieron luego a convencerse de lo que consideraban increíble, o sea que el famoso Mamerto, el guapetón de pies de adobe, ya no era otra cosa que un gallo con morcillera, con las alas caídas y el pico roto y sin espuelas. Habían pasado varios meses. Mamerto silencioso, rumiaba su sordo rencor que le subía y bajaba por el gaznate. Pensaba vengarse de la afrenta sufrida, y recuperar su ya perdida fama de “hombre macho” en el lugar. “No me quedaré con eso —repetía y se besaba el dedo pulgar y el índice puestos en forma de cruz, jurándolo—. Ya va a saber Cara e’ Diablo quién es Mamerto. En donde lo encuentre lo mato con este cuchillo de matar puercos”, que se empeñaba en sacarle filo amolándolo en una piedra del solar de su vivienda, una y otra vez. Esperaría la ocasión. Y la ocasión se le presentó un domingo en la mañana. Supo que Cara e’ Diablo se encontraba en el bar por habérselo dicho una de sus comadres. Y enseguida sin miedo alguno, sin que le temblara un músculo de su ancho cuerpo, se dirigió al bar. Allí estaba Cara e’ Diablo, borracho como de costumbre. Había destruido la rocola del establecimiento diciendo que él era un campeón. Los parroquianos del bar se apartaron a un lado al ver entrar a Mamerto que, resuelto, dirigirose sin más preámbulos al sitio

donde se hallaba Cara e’ Diablo vociferando, cacareando semejante a una gallina alegre, la tonada del disco de Pedro Miguel “entre sorbo y sorbo de cocuy barato”. Sin decir palabra ambos se precipitaron dispuestos a aniquilarse de una vez por todas. Los dos adversarios se trenzaron en un cuerpo a cuerpo decisivo. Al tuerto “Cara e’ Diablo” le chispeaba el único ojo que tenía disponible, con fulgor siniestro, luciferino. Y Mamerto hecho una furia, convertido en un tigre pronto le dio una zancadilla y lo derribó al suelo, cayéndole encima. En ese momento sacó de su cinturón el filoso cuchillo matapuercos, y lo esgrimió en el aire. El momento no podía ser más emocionante, y sobre todo salvaje: pues nadie se atrevía a impedir a tiempo el crimen que estaba a punto de perpetrarse. Alguien llamó a un policía. Pero por el contorno no había ni uno. Una mujer lanzó un grito al ver descender el cuchillo con dirección al pecho de Cara e’ Diablo que ya podía considerarse un “hombre muerto”, víctima del odio que transfigura al ser humano en una bestia, conforme se convierte en la guerra en cuyo aborrecible escenario se olvidan los mejores sentimientos que existen en el hombre, y prevalecen en cambio los de la fiera. Sólo faltaba un segundo para que Mamerto sepultara el arma en el sudoroso cuerpo de su contrario. Pero en el transcurso de ese breve segundo, de ese instante, algo extraño ocurrió y Mamerto contuvo su brazo, y dejó rodar el cuchillo al suelo. Se incorporó rápidamente y recogiendo el arma, desapareció del tinglado de su riña. ¿Qué había pasado en ese breve jirón de tiempo, de ese segundo en que iba a cobrarse la grave ofensa que le roía el alma? ¿Había, acaso, perdido su antiguo coraje ahora exacerbado, su vergüenza ante los demás que siguieron atónitos el desarrollo del episodio? En el corazón del ser humano —y esto lo saben muy bien los científicos— suceden asombrosas decisiones en un instante,

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y ocurren inauditos “procesos sicológicos” que resultan increíbles en un momento dado. En ese cortísimo lapso del tiempo en que iba a matar, a cortarle la vida al que para él no merecía vivir, cruzó cual un destello cegador, luminoso, el recuerdo de que le había nacido un hijo, el primero que tenía. Y pensó rápido: “Si mato a Cara e’ Diablo me hundiré en una cárcel. La vida de mi hijo que perderé al verter esa sangre cobarde vale más que todo. Mi hijo que no tiene a nadie más que yo, me necesita. Su vida reclama mi vida que mancharé con el crimen revanchista”. Él amaba a su hijo que había surgido a la tierra como un fruto bendito cual gema inapreciable. Y prefirió entonces no dar muerte, en nombre de la vida que a dos pasos vibraba en una cuna humilde, pero sin mancha, como una pequeña espiga preñada de esperanzas, nacida por el viento.

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Claudio
Chirinos me atajó en la calle y me dijo:

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—Escríbale algo a Claudio, que recientemente se fue de la vida. ¿Lo conoció? Y le respondí: —Vaya que si lo conocí. Lo traté múltiples veces. Claudio pertenecía a las galerías de figuras del gran Gorki. Siempre que lo encontraba en mis andares, transitaba su destino, pasado de copas de mal aguardiente, de alcohol de pacotilla que le daban, o compraba cuando lograba reunir unas míseras monedas, en cantinas tenebrosas como su pobre existencia. Me cuenta que fue a dar al fondo de una quebrada, cual un bagazo. Y allí acabó con sus horas hirientes que se agotaron como el resto del líquido que se extrae de la “humilde penca” y que ha quedado en el fondo del vaso. ¿Qué más valor tenía este alucinado hijo de la mala suerte, o de la fatalidad que el valor de un desperdicio que no disfruta de los derechos de la humanidad, que el estatus representativo le regatea a los que golpea la vida o los empuja hacia el robo o el vicio? Claudio en su vivir se fue desmoronando paso a paso. Y se desmoronó al fin, con cada trago de cocuy, de aguardiente ordinario. Un día lo interrogué: —¿Por qué tomas tanto, Claudio? Y él confesó: —Bebo por una mujer que nunca me quiso. —Ella no te quiere porque te embriagas muy feo. Pero el primero que no te quiere eres tú mismo.

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—¿Quererme yo mismo? ¿Para qué? ¿Qué gano con vivir? —La mujer que te dice que no te quiere, seguirá viviendo. Y tú has de morir, de seguir muriendo. Pero Claudio lo que hacía al oír mis palabras era reír. ¿Se reía de mí, de la mujer o de su propia desgracia? Porque muchos no se ríen sino de su llaga que llevan por dentro, o de la lágrima que nunca brota hacia afuera, porque se la bebe el corazón, cual un licor de taberna sombría. Lo que pocos saben es que Claudio era un singular poeta. Sí; un poeta de poesía de disparates, de absurdos, una “antipoesía” más dislocada que la del aeda Nicanor Parra. Así por ejemplo recitaba: “Allá en el Cerrito de la Cruz tengo un gato amarrado, pero ya el gato no existe porque se lo comió una cabra”. O bien así: “Te dejé en la esquina con Diego un vaso de leche fresca, pero la leche se transformó en aguardiente y me lo bebí yo anoche”. Quizá Claudio con la cultura que jamás puede adquirir el pueblo, nuestro pueblo, porque los libros los venden las librerías, carísimos, como para que el hombre de la calle no lea, en nuestras democracias o bien por el hecho hiriente de que lo atrapó su despiadado infortunio, se hubiese perfeccionado, y hubiera sido en sus tiempos de lucidez cerebral, un poeta surrealista o algo así por el estilo. Empero no logró surgir, sino encaminarse con sus propios pies hacia ese hueco que ahora lo ha devorado, conforme son devorados más temprano que tarde, los parias, los beodos que arrastran la pena que llevan escondida, y buscan aturdirse en busca de un bálsamo para el dolor de sus lacras, de la soledad de su existencia solitaria, sin la luz del afecto de nadie. Cierta tarde se presentó Claudio en una barbería amiga. Llegó conforme era su ya vieja costumbre, “pisando altos y bajos” El barbero, cordial bromista, pero de buen corazón no

poseía aguardiente. Y Claudio le imploraba que le brindara ron. Mi amigo fígaro no quiso que Claudio se marchara sin extinguirle sus ansias, y entonces le preparó un poco de agua de colonia con agua corriente. Y se la dio. Este, seguidamente hizo pasar de su boca al estómago aquel brebaje en un solo trago. Muy pronto Claudio en semiconsciencia advirtió el olor extraño de lo que él creyó que era un “palo” de excelente brandy. Y arrugando el rostro dijo: —¡Qué perfumado es ese brandy! Debe ser de una marca desconocida! Se había metido dentro del cuerpo lo que nunca se puso en el magro pecho: una fragancia, un perfume, que le perfumara aunque fuera un instante su mal olor, su andrajo físico, su destino triste que le obligaba a hacer morisquetas grotescas en el tinglado humano del cual ya ha desaparecido, realizando una doliente cabriola, la última, la definitiva, empapada con unas cuantas lágrimas tal vez, y con muchas de las sombras que le envolvieron hasta el término de su tránsito.

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Dorotea era ignorante pero no fea
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Dorotea era ignorante, pero no fea. Procedía de una montaña

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de Guaitó. Su cuerpo tosco, quinceañero, se balanceaba rítmicamente a su paso. Tenía varias peculiaridades. Sabía bailar el Tamunangue y hacer unas conservas de toronja, además, zaperocos de mamones, que ella me obsequiaba y que a mí me parecían deliciosos, desde luego. Solía lavarse los dientes con bicarbonato de soda, como lo hacían las abuelas, y usaba una larga cabellera negra, como el fondo de sus selvas y cantaba, pero triste cual las soisolas de su suelo inculto de elevados árboles sombríos. ¿Ocultaba alguna pena? Quizás. También era bocona. Yo le decía “la boconcita”. Mas nunca se enojaba. A mí me parecía por sus facciones toscas, una Rosalía de Castro, la gallega de las entrañables saudades. Sus ojillos vivarachos de rústica muchacha semejaban cerillas encendidas o estrellitas que por algún tiempo titilaron en la anochecida en mis años mozos. Contaba yo entonces veintiún años que calentaban mi cuerpo con brisas de juventud. La vida para esa época no hacía muecas en mi camino, sino que abría horizontes de colores optimistas. No me había tropezado aún con el dolor, ni con el señor hastío y la señora melancolía que afea el mundo. Dorotea vivía frente a mi casa. Conversaba muchas horas con ella. Me contaba leyendas selváticas… otras veces se me parecía a una cabrita retozona, que se empinaba como hacen estos nobles animales para comer yerbas tiernas y hojas nuevas de las matas. Pero ella, lo que comía eran sus labios. Confieso que me gustaba bastante la montañera aquella, como sus dulces de lechosa y toronja.

El hombre que se tragó su propio llanto
La aviación había arrasado con la aldea dejando a su paso

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escombros humeantes. Las pequeñas viviendas se derrumbaron bajo los explosivos hechas pedazos. Hubo muchos heridos y muertos. De los jirones de vida que quedaron después del paso de aquellos exponentes de una civilización que se autoelimina mediante una feroz lucha, surgió un hombre tambaleante. Parecía ebrio. Casi no podía caminar. ¿Estaba herido? No, milagrosamente hallábase ileso y como una paradoja su salvación constituía su máxima desgracia, porque si no tenía herido su cuerpo, las bombas que se desgajaron sobre el lugar, le dejaron en el alma, las peores huellas del desastre. Sus hijos yacían cerca desgarrados. Su hogar donde había vivido todo el año desapareció por completo. ¿Cómo iba a sobrevivir ese ser humano si acababa de perder hasta el último resquicio de sus bienes? ¿Dónde había de conseguir recursos para comenzar una nueva existencia? ¿Qué porvenir le era dado esperar como el amanecer del año que pronto alumbraría la tierra? En realidad, se encontraba deshecho, aplastado cual si fuera una alimaña. ¿Le daría Dios la fuerza suficiente para reponerse? Él era creyente y puso su esperanza en que su Creador no lo abandonaría en el futuro. Y agarrado a esa esperanza, a esa fe, el tiempo con su garra despiadada arrojó lejos el último día del calendario de la etapa anual que se iba veloz hacia las penumbras del pasado voraz. Aquel hombre no regresó hacía donde antes convivió.

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Empujado por el viento de su desdicha se alejó del lugar. Los senderos con las lluvias recientes le ofrecían vivificantes hálitos. La naturaleza parecía renovarse brindándole a su corazón el mejor ejemplo de que ella había sido aquí y allá objeto directo también de la crueldad bélica. Marchaba sereno por las rutas del año recién abierto en los caminos de los siglos. Sin embargo algo pugnaba por brotar de su recóndito interior. Y sin que lo pudiera impedir, en ese momento de sus pupilas se deslizó un sartal de lágrimas. No debía llorar y como si estrangulase su sentimiento, su pena, recobró de súbito la paz. Una a una se comió sus lágrimas. Dijérase que estuviese saboreando con sus propias lágrimas el llanto de toda la humanidad, que en el transcurso del año que ya no permanecía vigente en el tinglado movedizo de los tiempos, había sufrido hambre e injusticia, despojada de la libertad y del derecho sacrosanto a la dignidad y la vida.

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El Maestro Ulpiano
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este personaje de nuestro “tinglado humano” de hoy acudía diariamente a la casa de mi padre en la ciudad que desapareció al ser remecida como chinchorro por el sismo. Este era el Maestro Ulpiano, hijo de la soledad y víctima de la injusta pobreza en que han permanecido año tras año los ancianos. El Maestro Ulpiano había sido director de una insignificante escuelita campesina en un caserío lejano de calles tristes y de casuchas las cuales parecían rostros llenos de arrugas que semejaban estarse quejando unas con otras de su respectivo abandono. El Maestro Ulpiano se sentía orgulloso de haber ejercido ese cargo mal remunerado del olvidado plantel, al cual sólo concurrían muchachos famélicos, descalzos, rotos, hijos de obreros de haciendas vecinas que extendían sus terrenos custodiados por el alambre de púas. Constituía para él un honor ser maestro de escuela. Pero un día lo destituyeron arbitrariamente. Y se le vio con los ojos húmedos, pero erguido, sin claudicar jamás. Comía en la casa de mi progenitor y exclamaba que los alimentos que lograba obtener sólo eran prestados, pues él afirmaba inflamado cual un pequeño globo de vejiga que se rompe al menor pinchazo, que no aceptaba limosnas de nadie. El Maestro Ulpiano dormía en la sacristía de uno de los templos que el terremoto pulverizó, y solía reñir con acritud con el sacristán, a quien desdeñaba. El Maestro Ulpiano despreciaba a los demás de su misma suerte de vivir, apagado, inadvertido, sin nadie, porque al

Menudito de cuerpo, siempre exhibiendo un traje limpio de dril,

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Maestro Ulpiano no se le conoció mujer, ni hijos, ni hermanos, ni siquiera un perro. Sólo poseía su vanidad, su honor desmedido, su orgullo de alguien “venido a menos” en el balanceo de la vida, en el altibajo de la suerte, cuando a veces se está arriba, y después se viene abajo y ya ni siquiera se le mira al pasar cerca. Cuando él se dirigía a alguien que no lo atendiera a tiempo, se encendía iracundo. Se creía ultrajado, y entonces con un gesto violento, se desabotonaba su saco, su paltó, y con voz temblorosa exclamaba: “¡Asesíneme! ¡Asesíneme, canalla, plebe!”. Porque él consideraba plebe a los que pasaban frente de su persona, y no le dirigían un saludo. Tan singular individuo disgustado siempre con el medio ambiente, fue mi amigo. Le escribía cartas, suplicándole, a un Gobierno sordo y mudo una ayuda, una escuela, sin resultado alguno. Decepcionado de todos, veía transcurrir las horas cual sombras densas que le tornaban cada vez más opaco, más borroso, como tantos seres sin fortuna, desventurados, pero que jamás se dan por vencidos. El Maestro Ulpiano aplastado por aquel ambiente mezquino, entonces presagiaba, agorero, que algo terrible iba a sucederle a la ciudad, algo espantoso, un cataclismo. Y cerraba sus ojillos de reptil acosado, y surgían en su interior escenas dantescas: gentes que abandonaban la población, llenas sus almas de pavor. Y le aconsejaba a mi padre y a sus escasos amigos: “Sálganse ustedes que me prestan favores… ¡Sálganse a tiempo!”. “¡Sálgase, usted!”, le decía profético a mi padre, “¡Sálgase!”. ¿Era, acaso un profeta el Maestro Ulpiano, un iluminado? Sí lo fue. Poco después él desapareció del lugar y luego ocurrió exactamente lo que preconizaba. La ciudad fue azotada como por un látigo en manos de un loco. Y muchas casas se derrumbaron y sus moradores emprendieron un éxodo impresionante por todos los caminos lanzando gemidos lastimeros.

Se había cumplido el presagio del Maestro Ulpiano con todos sus trágicos detalles. Lo busqué por todas partes. Lo busqué ansiosamente entre los escombros. ¿Qué se había hecho? ¿Había muerto ya este vidente? Después supe que antes del desastre lo habían enterrado sin urna, en el fondo del caserío en cuyo seno se había refugiado. Al fin consiguió que lo designaran preceptor de una escuela, que titulaban escuela, pero que era una pocilga. Un poeta humorístico del lugar le había escrito un cuarteto o décima, que lo indignó. Decía así: Los patos de La Laguna (así llamaban al caserío) verán lo que nunca han visto. Discurrir al Maestro Ulpiano (porque el Maestro Ulpiano se echaba de orador, de orador desde luego muy mediocre, cual su propia existencia) y cantar a Puerto Rico. Este Puerto Rico era un nativo de la desdichada pero valiente isla de Albizu Campos, que se radicó allí y allí vivió por mucho tiempo rememorando en sus canciones la lucha que sus compatriotas han sostenido y sostienen por sus justicieros derechos de gozar de total independencia y librarse del colonialismo que les oprime y explota.

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El orate
(s.f. )

Aquel hombre, mejor dicho aquello que parecía un hombre,

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lo habían abandonado en medio de la carretera. Lo bajaron precipitadamente de un vehículo en marcha. Me acerqué a él, comido por la curiosidad. Hacía gestos estrambóticos, gesticulaba grotescamente. Advertí que se fumaba un cigarrillo al revés, es decir con el fuego dentro de la boca. Su traje estaba roto, y su cuerpo sucio. Todo delataba en aquel ser de aquelarre que era uno de esos infelices dementes, un orate que ya no querían seguir teniéndolo en esos “sanatorios” mentales, o de psiquiatría, porque carecen de familiares que supervisen su permanencia en esos sitios deplorables. Su caso era corriente, pertenecía al número de orates que con el mayor escarnio a los derechos humanos y la caridad cristiana, se les ordena que se bajen de un transporte, a pleno sol o bajo las lluvias y se les dice que caminen, caminen, sin rumbo cierto, al azar, y haciendo piruetas, llegan hasta la ciudad en donde no cuentan con ningún albergue y se ven precisados a deambular por las calles, y entonces se les observa avanzar entre los transeúntes como títeres que danzan al son de una música desarticulada y triste al mismo tiempo. Este desdichado loco me confesó con gran seriedad, arrugando su entrecejo que él no era un hombre pobre. “No soy un cualquiera que nada posee. ¡No, no lo he sido jamás!”. Me repitió estas palabras varias veces. “Soy muy rico, millonario. Se lo voy a probar, —me agregó, y cogió entre sus manos convulsas, un puñado de tierra—. Mire lo que tengo

entre los dedos: un puñado de billetes de banco. ¿Lo ve bien? Obsérvelos, ¡son nuevecitos!”. Mas, lo que mantenía entre sus dedos delirantes cual su cerebro destrozado, no eran billetes. Tan sólo un puñado de basura, de polvo, de desperdicios. ¡Cuánto interés me produjo su extravío! Empero ¿qué otra cosa es en el mundo, en la infraestructura social existente, el dinero, la riqueza, que un montón de tierra, barro, que muy pronto se desliza de nuestro poder, deseando poseer más y más? “Con este dinero —continuó desbarrando el demente— con esta riqueza me rodeo de amigos que me adulan y me agasajan y me halagan en las salas de lujo, en los clubes de la gente como yo que disfrutamos de fortuna y prestigio. Con los billetes que sostengo agarrados para que nadie me los robe, he viajado por todas partes. He viajado hasta el infinito, hasta más allá de las estrellas, hasta el mismo cielo. Qué hermoso es el horizonte azul que ahora contemplamos, lejos, encima de nuestras cabezas, inmensamente azul, sin una nube… Allá muy alto. Y he buscado a Dios, pero Dios no ama a los que poseemos plata y oro”. “No lo encontré, por más que he dado limosnas, a los que carecen de lo que me sobra a mí… dinero… dinero… Y ¿qué se hizo Dios?”. Me atreví a interrumpirle su visión propia de los que fuman opio y demás drogas alucinógenas que nos aligeran el espíritu y nos quitan de los pies los grilletes de la realidad que nos remachan los desengaños, las decepciones y sinsabores que sufrimos. Nunca encontramos a Dios entre los billetes de banco… ni tampoco en la codicia y el materialismo sórdido. ¿Estaba realmente loco el hombre que tenía cerca? Lo dudé. Parecía ebrio o dopado, pero verdaderamente había perdido la razón de los demás, de aquella de la que se enorgullece la mayoría de la gente. Sin duda alguna estaba loco, igual a esos desgraciados que en nuestro país no se redimen, por falta de una eficaz asistencia y perecen arrollados por un veloz automóvil o

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desaparecen en las crueles penumbras del anonimato, sin dejar más huellas que los desvencijados perros que luego se pierden al doblar cualquiera de las esquinas de los barrios miserables. “Mi mayor desdicha es no poder comprar a Dios con mis monedas, pues, le repito, soy inmensamente rico. Nada me importa lo demás en el mundo. Valgo más que usted, mucho más, usted no guarda en sus bolsillos billetes ni dinero. ¿Verdad? Usted se arrastra en la pobreza, yo me elevo con mi riqueza”. El demente después de platicar, levantando los brazos, mal cubierto con una franela rota, se registró las manos: la tierra, la basura se los había llevado el viento de la tarde que se apiadaba de tanta miseria y del ardor que nos produjo el flagelo del sol, abría sus pechos de mujer joven y en ellos nos cobijamos. No sentí compasión por aquel loco. Era dichoso creyéndose millonario, como tantos cuerdos. Me había dado una gran lección, de lo que en definitiva son las riquezas materiales: tierra, desperdicios que se nos escapan de las manos cuando menos lo pensamos. Asimismo se escapan cual una arena sutil de nuestros corazones; ruedan por el suelo y luego se disipan, las mejores esperanzas, en un ambiente corrompido por ese mismo dinero que prevalece en diferentes regiones, del dinero del loco, de aquel demente que no volví a distinguir entre las numerosas personas que pasaban a mi lado, llevando cada quien su mundo de pesadillas, de quimeras y de llanto. Aquel loco se me confundió en las vías públicas, en las cuales se diría que se transformó en muchedumbre.*

* A. Corde, seudónimo del columnista.

El orgulloso

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¡Miren que este Don Pancho sí es orgulloso! Poseía un árbol genealógico para envanecerse de que sus antepasados descendían de la más rancia aristocracia hispana. Sus servidores domésticos lucían chaquetas de seda de color rojo. Y les hablaba a estos, al darles órdenes, con voz de contralto, frunciendo el ceño. Él vestía siempre lujosamente, cubriéndose el cuerpo con una bata adornada con arabescos relucientes. Usaba unas babuchas que eran de su especial predilección. ¡Qué célebres eran las babuchas de Don Pancho!, exclamaban sus amigos adulones. Disponía de un capital que sobrepasaba los millones en acciones rentísticas, de mucho dinero proveniente de sus pingües negocios, y de lo que le producían varios centros comerciales, cuyos amplios departamentos eran alquilados a un elevado precio. Jamás recibía mendigos o pobres en su regia vivienda. Les tenía prohibido a estos infelices seres que se acercasen ni siquiera a las puertas. “Estos mendigos son unos haraganes sarnosos, plebe inmunda”, decía mientras encendía con un yesquero de oro su pipa que había comprado en Europa. Vanidoso, petulante, maltrataba con gruesas frases a su esposa, una resignada mujer que no se atrevía a hablarle. Era tan fatuo, tan vanidoso que un día presencié como de un brusco jirón del mantel de la mesa donde le servían los opulentos alimentos, los lanzó al suelo rompiéndose los platos y las copas riquísimas que rebosaban de un deleitoso vino chileno.

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Don Pancho desde luego admiraba a los dictadores, a los tiranos, porque, según su criterio, ellos le resguardaban y defendían sus intereses. Don Pancho era de estatura pequeña, de ojos semejantes a los de los ratones. Además, exhibía oro hasta en la dentadura, y se complacía en que todos se enterasen de que disfrutaba de tres automóviles ultramodernos y se inflaba de orgullo al declarar que gozaba de influencia en el Gobierno del lugar. Cierta vez hizo que se sometiera a prisión a un pobre muchacho que se llevó un vaso de insignificante mérito. Tan arrogante señor tuvo en su juventud un amigo íntimo de quien se vanagloriaba porque dicho amigo escribía versos y estaba acomodado entonces gracias a la política. Pero ocurrió al transcurrir el tiempo que su amigo cayó de bruces en el infortunio. No se le nombró más en la prensa. Hallábase en la miseria. Sin trajes “decentes”, mal afeitado, visitaba las tabernas de los barrios populares oliéndole el aliento a ron barato y calzando unos zapatos salpicados de barro y de tierra. Don Pancho no quiso saber nada más del amigo íntimo, a quien le solía elogiar su talento, su inspiración. Anteriormente Don Pancho lo solicitaba y lo paseaba por las calles en su carro particular y le propinaba palmaditas hipócritas en las espaldas al bardo. Empero ya derribado por uno de esos golpetazos del destino aciago, lo desdeñaba y no quería ni verlo. Al atardecer Don Pancho advirtió la presencia en su mansión del antiguo compañero, el bardo que en su buena época de suerte, admiraba. Entró de improviso, ya que por descuido de la servidumbre la puerta principal permanecía abierta. El poeta avanzó sonriente, alargándole la mano afectuosamente. Creía encontrar allí el mismo amigo cariñoso de antes. Empero, se había equivocado. Don Pancho no solo le dejó en el aire la mano, sino que con el rostro amarrado por la soberbia, al verlo le dijo: “¡Váyase usted de mi casa! Su presencia

no me es grata. ¡Hiede! Lárguese! Ya usted no es otra cosa que un bagazo, un desperdicio propio de un muladar. ¡Lárguese pronto, ahora mismo, pues si no lo hace ya, le echo los perros bravos que tengo!”. El pobre poeta asombrado por aquel inesperado recibimiento de Don Pancho, con quien contaba para salir de un aprieto, se anonadó y no tuvo más recurso que abandonar aquel hogar de quien fuera en el pretérito, su mejor amigo, el más acogedor. No le cabía duda de que le había corrompido el dinero, la altiva posición que ocupaba en la sociedad que solo le brinda aprecio al poderoso. Y retrocediendo, sus pasos vacilaban. Con rapidez pudo salir a la calle, cuyas aceras llenas de huecos y descalabros, le pareció, no obstante su suciedad, más humana que Don Pancho el orgulloso. Después sucedió algo aleccionador, pues Dios humilla a los soberbios y exalta a los que son humillados. Por uno de esos reveses de la coqueta fortuna, de pronto aquel pretencioso individuo se arruinó de la noche a la mañana. Tuvo que deshacerse de sus prendas, de sus vehículos, de su brillante casa quinta. Nada pudo retener, ni a su mujer, porque esta lo abandonó al soplo del vendaval que le quebró sus negocios. Perdió todo crédito, y aduladores, dejándole en la más deplorable calamidad, hasta quedar convertido por la justicia que tarde o temprano llega, en algo más roñoso que el poeta que expulsó de su residencia. Y al contemplarse transformado en un pelele, entonces recordó al amigo que él echó de su lado. En ese momento un remordimiento tardío le subió como un oleaje al corazón, convenciéndose de que el orgullo, la fatalidad, y la soberbia se disipan al menor soplo adverso. Don Pancho se sintió entonces más arrastrado y putrefacto.

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El perro apaleado
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pedazos sus telas luminosas dejando en el pavimento jirones de sombras, cuando de una casa de gente acomodada salió un humilde perro, al cual le habían arrojado agua hirviente y le habían desgarrado a palos el pellejo. El can tan maltratado como esos infelices seres humanos, víctima de un incierto destino, se acercó a mi lado, como solicitándome piedad, apoyo en el mundo de maldad en que le tocó vivir. Y le brindé mi piedad acariciando su dolida cabeza. Y me alejé luego, pero advertí que aquel animal apaleado seguía mis pasos lentamente con su lacería a cuestas. ¿Qué más quería de mí? Al llegar a mi habitación se echó ante la puerta, revelando un cansancio infinito: estaba hastiado, con hambre de cariño, sobre todo, porque los buenos perros, aquellos a los que el hombre no les ha inoculado su sádica rabia, enseñándolos a ser rabiosos, malvados para que les cuiden sus casas quintas, esos canes mansos que trotan en las vías públicas sin hacerle mal a nadie, padecen necesidad igual como de pan, de cariño. El perro herido volvió una y otra vez a echarse en el mismo lugar donde había encontrado asilo misericordioso. Entonces me atreví a curarle las sangrantes heridas que amenazaban ulcerarse. Y así lo hice. ¿Por qué no amar como un hermano más al animal que requiere nuestro afecto? ¿Por qué se le trata con frecuencia con tanta crueldad? En la existencia de la sociedad individualista prevaleciente, se va perdiendo la sensibilidad.

Paseaba por aquella calle solitaria cuando la tarde rompía en

Hay tanto espectáculo de horror, de reiterada crudeza, que conforme dijera el ensayista ya desaparecido Juan Oropeza en cierta ocasión, se está encalleciendo el sentimiento humano. En verdad ya se han convertido en callos que jamás duelen, el espíritu, el alma. De ahí que en las cárceles de nuestras dictaduras, de nuestros regímenes de fuerza y violencia sistemáticas, se martirice, se torture a cualquier ser, hasta dejarlo exánime, convertido en una piltrafa, hasta donde se derrama la copa de la vida, para quedar vacía sin una gota o rota en mil pedazos para siempre. Y aún más, potencias que divulgan hasta la saciedad pertenecer al globo civilizado y sus grandes científicos, no vacilan en obtener enormes ganancias pecuniarias, raudales de dinero, a cambio de inventos terroríficos que sean suficientemente apropiados, no para exterminar virus dañinos, ni para detenerle el avance al monstruo del cáncer en el organismo humano, sino para arrastrar con toda figura de carne en la tierra, conforme lo promete la criminal bomba, engendro de la ambición de doblegar a los pueblos, o sea la amenazante bomba compuesta de neutrones. Pasó el tiempo. Con solícito cuidado fui saneando al perro enfermo que se refugió en mi vivienda, en el propio techo que cobija mi solitario vivir, hasta que logré mejorar sus heridas. Ya estas no sangraban, ni le producían dolor alguno. Ya bastante bien, advertí arder una extraña lumbre en los ojos del animal. ¡Cuán entrañable era la expresión! ¡Cuán conmovedor resultaba el brillo que le relucía en las pupilas lagrimeantes! Y creí que el perro zaherido a palos pretendía demostrarme en esa forma bastante elocuente, lo que escasamente se consigue en la persona que piensa, en el racional, en la persona que los bienes materiales del mundo transforma en una piedra que camina; en la mujer que se quiere y nos desdeña y nos da la espalda, no obstante haberle probado estar dispuestos a darle hasta el último aliento, toda nuestra sangre

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para verla feliz; es decir lo que ya también va desapareciendo en la tierra: reconocimiento nobilísimo, la gratitud. Y en lugar de retribuir con un bien, el bien que reciben, el lenitivo de una actitud de compañerismo, leal y generoso, devuelven con asombrosa rapidez el mal, la traición, o el desprecio.

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Antonio Crespo Meléndez 7 El pueblo en su escritura Cara e’ Diablo 13 Claudio 17 Dorotea era ignorante pero no fea 20 El hombre que se tragó su propio llanto 21 El Maestro Ulpiano 23 El orate 26 El orgulloso 29 El perro apaleado 32 La Campesina 35 La Mochita 37 La muñeca fea 40 La muñequita Caridad 43 Mi abuelo criador de cabras 46 Mi camarada fraterno 48 Un anciano semejante a un cadáver 51 Un indígena ultrajado 54 Niño al que ningún juguete de Navidad puede alegrar 57 Su mejor alegría del año 59 Estoy empleado en nada 61 Sillas para los pobres 63 Un desdichado millonario como hay tantos 65 Sangre nuestra 68

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Los ojos de un desconocido 69 La imagen del niño 71 El milagro de la bondad 74 Vuelva mañana 76 El muñequito 78 ¡Tigre! ¡Tigre! 81 Una crueldad inútil 84 El único periodista del pueblo 87 Primavera 90 Una dolorosa tragedia 93 Una mujer comida por las ratas 96 El cojo del acordeón 99 El Despreciado 102 Un Sancho Panza criollo 106 El perro del mar 109 La lección 111 La cantora campesina 114 La joven que perdió el equilibrio mental 117 La viejita locera 120 Un criador de cabras campesino y pintor 123 Tragaleguas 126 El General 129 El día de la Virgen de Chiquinquirá nuestra patroncita 132 Militica 135 El niño enfermo 137 Vicente el del anillo mágico 140 De nuevo el Padre Guía 142 Un gran amor 145 Juana la Taturo 148