Memorias de Río Hurtado

Felipe Armstrong B. Raúl Espinosa F. Estefanía Vidal M.

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Memorias de Río Hurtado

ISBN: 978-956-332-022-0 Impresión: Alerce Talleres Grá cos S.A. Impreso en Chile, agosto 2009.

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A Nuestros Padres

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Índice

Presentación Capítulo I. Capítulo II. Capítulo III. Capítulo IV. Capítulo V. La Niñez. La Familia. Actividades Productivas. El Trabajo. La Religión.

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Capítulo VI. El Cambio. Apéndice Referencias citadas

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Agradecimientos

Queremos agradecer el in nito apoyo de la comunidad de Hurtado, quienes sin dudar nos abrieron las puertas de sus casas y de sus recuerdos. Su con anza y generosidad fue la que nos permi ó escribir este libro, del que ellos son también autores. Los momentos compar dos no serán nunca olvidados; muchas gracias a don Pedro, Sra. Ana, Sra. Margarita, don Camilo, Srta. Nilda, Sra. Panchita, don Miguel, don Gustavo, Sra. Eda, Sra. Aída, Sra. Estela, Sra. Bernarda, don Ramón, don Rolando, Srta. Nola, Srta. Noelfa y Srta. Luz. También queremos agradecer de forma especial a Luís, a la Sra. Orieta y a la Sra. Cynthia y sus hijos por la valiosa información que nos entregaron y por la buena disposición y los gratos momentos compar dos. Por úl mo, agradecemos el apoyo de los profesores de El Espinal, San Pedro y Hurtado, quienes cooperaron enérgicamente en las ac vidades desarrolladas con los niños de la comuna. Asimismo, a todos los niños de las escuelas que entusiastamente par ciparon recopilando historias y realizando dibujos en un ejercicio des nado a reconocer y revalorizar el pasado y las tradiciones del valle. La importante ayuda que recibimos de Patricia Kelly, Rafael Contreras y Leonardo de la Barra fue fundamental para la exitosa ejecución de este trabajo. Mención especial merece nuestra compañera y amiga Eileen Leyton, quien fue parte de este equipo y gestora de esta inicia va. Este libro no habría sido posible sin el nanciamiento del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes, al cual agradecemos la posibilidad de llevar a cabo este proyecto. También, al departamento de Antropología de la Universidad de Chile, quien a través de su director nos brindó apoyo en el inicio de este trabajo.

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Presentación
La comuna de Río Hurtado está ubicada en la provincia del Limarí, en la cuarta región de Coquimbo. Su geogra a está determinada por la presencia del río Hurtado, el que, junto a sus a uentes como el río Terneros o las quebradas de Piedra o de Quebraditas, recorre la comuna desde su interior cordillerano hasta su limite oriental. La importancia del río no está dada sólo por la belleza que le otorga al paisaje, sino que históricamente sus habitantes han construido sus formas de vida adaptándose y aprovechando los recursos que, directa o indirectamente, éste les provee, al ser este la principal fuente de agua en un paisaje dominado por la aridez. Caracterización de la comuna La comuna ene un carácter netamente rural, siendo su economía predominantemente agrícola. Las erras cercanas al río son intensamente aprovechadas en plantaciones de diversos productos agrícolas, entre los que predominan los viñedos, cuyas uvas son des nadas principalmente a la producción de pisco, desde que se instalara en Serón una planta del rubro. Esto produjo una rápida transformación en la economía local, la que pasó de una producción des nada principalmente al ámbito domés co, en la que eran comunes, entre otras, las siembras de porotos, trigo, arvejas, a una producción basada en el monocul vo. La ac vidad agrícola es complementada por labores ganaderas y mineras. El ganado caprino es el principal motor de la economía del primer po , muy por encima del escaso ganado ovino, bovino y equino. Por otro lado, la ac vidad minera está dominada por el trabajo de pirquineros, los que desarrollan una explotación a pequeña escala de minerales como el oro, la plata, el cobre o el manganeso. Estas ac vidades representan los principales medios de sustento de la población, pese a que no presentan un gran dinamismo debido, principalmente, al estancamiento de las técnicas produc vas (PADEM, 2008). En términos demográ cos, según es maciones del INE, el año 2007 la población alcanzó las 4557 personas. Al contrastar esta cifra con la del censo de 1992 aparece una de las caracterís cas que marcan a Río Hurtado en la
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actualidad: el constante decrecimiento poblacional. Así, en 1992 poco más de 5000 personas habitaban la comuna, por lo que en los úl mos 15 años la población ha disminuido en alrededor de un 10%. Esta disminución se expresa con más fuerza aún si se considera que en la década de los 70´ la comuna contaba con más de 8000 habitantes, lo que contrasta con la perspec va de crecimiento poblacional regional, una de las más altas del país. Este fenómeno ene diversas causas, siendo la más relevante de todas la constante emigración de la población hacia centros urbanos, la que se explica por la búsqueda de mayores y mejores oportunidades educacionales y laborales y cuyos des nos principales han sido los centros comerciales y produc vos de la región, como Ovalle, La Serena y Coquimbo, o bien las ciudades mineras del norte grande. A su vez, el grueso de la población emigrante está cons tuido por personas jóvenes, lo que permite explicar otro de los fenómenos que marcan a la comuna, esto es, el envejecimiento de su población. Así, el Censo del 2002 señaló que más de un 13% de los habitantes de río Hurtado ene más de 65 años. El envejecimiento y la disminución poblacional no son fenómenos inertes. Muy por el contrario, presentan una serie de trabas al desarrollo social y económico de Río Hurtado, por ejemplo, di cultando la obtención de recursos públicos (subvenciones escolares, atención de salud pública, subvenciones y créditos agrícolas, etc.) lo que condiciona las posibilidades de la población de mejorar su calidad de vida (GER, 2004). En efecto, y a pesar de los avances que ha presentado en los úl mos años, evidenciados en la disminución de los hogares en situación de pobreza (de un 30% en 2000 [CASEN, 2000] a un 18,1% en 2006 [CASEN 2006]) la comuna de Río Hurtado exhibe cifras que están por sobre el promedio regional y nacional en este ámbito. El fenómeno de la emigración que tan fuertemente ha impactado y transformado a la comuna está relacionado con procesos nacionales y globales que han modi cado rápidamente las formas de vida que el campo chileno conoció hasta mediados del siglo XX. El valle del río Hurtado no ha estado ajeno a estas in uencias, las que no sólo se hacen visibles en el éxodo poblacional. Una serie de otros procesos se han desencadenado en el valle, los que se evidencian de manera clara en la vida diaria de los hurtadianos y que, para aquellos que han sido silenciosos protagonistas de los mismos, han demandado una poderosa capacidad de adaptación. Son innegables los avances
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Presentación

que ha habido en Río Hurtado en cuanto a la conec vidad vial y a las comunicaciones en general. Pese a que el camino está pavimentado sólo hasta Samo Alto y a que la mayor parte de los poblados hacia el interior aún poseen una insu ciente conexión, es innegable que se han acortado las distancias y se ha incrementado notoriamente la capacidad y la velocidad de desplazamiento y el acceso a centros urbanos regionales. De esta forma se han reemplazado los largos viajes en mula o a caballo que hasta hace algunas décadas permi an la comunicación. Junto al camino, ha crecido la conec vidad telefónica, el acceso a la radio, a la televisión, a consultorios rurales, al comercio urbano y a los centros educacionales. La an gua ruralidad de la que río Hurtado formó parte está siendo paula namente reemplazada por una que ya no puede ser de nida por la lejanía y el aislamiento. Es cierto que aún se conservan an guas y ricas tradiciones asociadas a un mundo en que la autoproducción, la infrecuencia y escasez de relaciones sociales y el estar volcado sobre sí mismos de nían la iden dad del sujeto rural (PNUD, 2008). Aunque, aún son comunes algunas técnicas produc vas y saberes propios de una sociedad tradicional, lo que hoy predomina es un valle conectado y una población que se ha insertado progresivamente en dinámicas sociales y económicas de mayor extensión que las entregadas por el territorio local. El presente libro se plantea como un intento de dar a conocer ésta realidad pero desde la perspec va de los sujetos que vivenciaron los procesos acaecidos en el valle del río Hurtado desde mediados del siglo XX. Busca también rescatar y difundir la memoria oral de los habitantes de dis ntas localidades del valle, recopilando relatos que expresen cómo éstos experimentaron y dieron cuerpo a historias de vida en que reinan el trabajo y el sacri cio así como el ingenio y la perseverancia. Este ejercicio está mo vado también por el interés de visibilizar la riqueza patrimonial e iden taria del valle, riqueza construida y reconstruida por cada uno de los habitantes del mismo y que, como todo aspecto asociado a la iden dad que es examinado en perspec va histórica, está expuesto a constantes transformaciones. A la vez, la historia, como la memoria, está sujeta a la mis cación del pasado, por lo que en los relatos de los hurtadianos el cambio y la pérdida son conceptos que se repiten y, en efecto, muchas tradiciones se han modi cado sustancialmente
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o están en franca desaparición. Sin embargo, este relato no pretende cons tuirse desde una visión escencialista de la iden dad, centrándose solamente en la pérdida, óp ca comúnmente u lizada en las descripciones del mundo rural y que ayuda a exacerbar un imaginario que asocia a lo rural sólo con un pasado que está dejando de ser. Por el contrario, este libro se plantea desde una visión dinámica de la iden dad, considerándola en su dimensión mutable y valorando a los cambios no tanto como pérdidas, sino como transformaciones. Respecto a la metodología empleada en terreno, cabe señalar que fue de carácter netamente cualita vo, con el interés de relevar la perspec va de los hurtadianos respecto de su pasado y acercarse a la interpretación y construcción de signi cados que ellos elaboran acerca de sus experiencias de vida y de los cambios que han vivenciado. Para esto, se desarrollaron una serie de entrevistas en profundidad a las personas de mayor edad, especialmente en las localidades de Hurtado y Las Breas, situadas en la parte alta del valle. Éstas fueron reconocidas por otros habitantes de las localidades respec vas como las personas con más experiencias e historias que contar, razón por la cual fueron incluidas en las entrevistas.

Oralidad, Memoria e Iden dad. “Toda la gente ene su historia, ene su pasado, en n. Es bonito hacer recordar.” Don Guillermo, Hurtado. Las intenciones de este trabajo suponen otorgarle al tes monio oral un lugar relevante en tanto posibilita acceder a los sen dos de los actores involucrados en los procesos sociales, valorizando así a la palabra y a la memoria que son plasmadas en el tes monio. Por esto, y considerando que el obje vo de este libro es dar a conocer parte de la rica historia y tradiciones de los habitantes del valle del río Hurtado, resulta indispensable realizar una breve exposición sobre lo que se en ende por conceptos tales como oralidad y memoria, así como su importancia en la generación y re-generación de las nociones de iden dad y pertenencia. De esta forma, se busca introducir al
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lector en algunos de los esquemas antropológicos que, se quiera o no, subyacen a toda labor etnográ ca, sea esta la interpretación de una compleja ceremonia de un desconocido grupo del Amazonas o un acercamiento sencillo a una comunidad rural, como es el caso del presente trabajo. Por obvio que resulte, se debe explicitar que la oralidad se mani esta de manera dinámica y permanente en la vida social de las personas, en tanto es un aspecto fundamental para la comunicación e interacción social. Lo anterior resulta par cularmente interesante, si lo que se pretende es comprender el por qué de la relevancia de la oralidad como fenómeno social. Y es que la oralidad es un acto de signi cado, dirigido de un ser humano a otro u otros, que permite la transmisión de conocimientos y tradiciones (Zumthor 1991) y por tanto, la función social básica y fundamental de la oralidad consiste en permi r y promover las relaciones sociales (Casalmiglia y Tusón 1999). La oralidad no es entonces el mero ejercicio del habla, sino que también involucra al reconocimiento de lo tradicional en la comunicación, esto es, un mensaje que con ene símbolos compar dos por los par cipantes de una conversación o un discurso, los cuales remiten a una cosmovisión común (Casalmiglia y Tusón 1999). En tal sen do, la oralidad de una comunidad da cuenta de una manera par cular de comprender sus relaciones sociales, su entorno y su historia. A par r de esto, podemos entender que la oralidad es un proceso comunica vo que remite a la memoria colec va permi endo la recreación constante de la herencia cultural de un grupo (Zumthor 1991). Y es entonces cuando se hace necesario comprender lo que supone la memoria colec va como fenómeno social. Para Halbwachs (1992), la memoria colec va cons tuye una forma de rede nición con nua de todos aquellos valores, creencias y prác cas co dianas que preservan las culturas y las comunidades y que se basa en la selección, interpretación y transmisión de ciertas representaciones del pasado a par r del punto de vista de un grupo social determinado. A par r de esto, se puede entender a la memoria también como un fenómeno dinámico, donde las representaciones del pasado son con nuamente reinterpretadas a base del contexto social del presente, que es en sí mismo cambiante.

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Referirse a la memoria como algo dinámico implica, necesariamente, que ésta emerge como un fenómeno donde el pasado aparece sólo en cuanto mediación con el presente, que lo cons tuye cada vez de formas dis ntas, a n de garan zar a los sujetos el sen do de la propia con nuidad y la conservación de la propia iden dad (Halbwachs 1992). Esto exige poner atención en los modos de actualización, representación y recon guración a través de los cuales la memoria se cons tuye en un principio orientador de tradiciones y prác cas culturales especí cas. Es así que el pasado se hace presente sólo a par r de su efec va reconstrucción, la que está sujeta a los permanentes reajustes y revisiones que derivan del presente, en ámbitos tan vastos que van desde los gestos co dianos de los individuos hasta las normas sociales de toda la colec vidad. Por ende, la memoria colec va es fruto de mediaciones, con ictos, integración y compromisos entre diversas memorias que se enfrentan en la esfera pública, cuyo resultado nunca se alcanza de ni vamente. Siendo esto así, el individuo desempeña un papel ac vo desde el momento en que organiza, ordena y vuelve a evocar sus propios recuerdos gracias a las interacciones sociales que ene. Luego, esta información se comparte y se proyecta al exterior, volviéndose así colec va e intersubje va (Berger y Luckmann 1966). De este modo, la memoria colec va contribuye a la cohesión y a la iden dad social y se convierte en un instrumento para releer el pasado e interpretarse a sí mismos. Hoy en día, la capacidad de cohesión de la memoria parece cues onada por la creciente complejidad social. La cultura de las actuales sociedades occidentales se con gura como una mul plicidad de sistemas de signi cados, de mundos simbólicos interrelacionados y en competencia. En una sociedad están presentes diversas iden dades, culturas, intereses, estamentos, ins tuciones. Este pluralismo ene consecuencias para la memoria colec va, en tanto esta diversidad de categorías sociales implica una mul plicidad de memorias colec vas dentro de un mismo sistema social (Halbwachs 1992). Aún así, en la sociedad moderna se ha construido una historia ‘civilizada’, la que se centra en grandes grupos como la nación, donde sólo se re enen los acontecimientos que interesan al conjunto de los ciudadanos como miembros de ésta. Este po de historia representa una construcción hegemónica, la cual pasa por alto discursos alterna vos, que se ubican entre la nación y los individuos, que suelen considerarse como
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irrelevantes en la generación del imaginario nacional. Sin embargo, esto no implica que tales discursos no sean importantes en sí mismos, muy por el contrario, son éstos los que se cons tuyen en el verdadero patrimonio cultural de un pueblo, el reservorio de tradiciones y conocimientos que dan sen do a la diversidad social, diversidad que se cons tuye a base de una serie de iden dades, con ma ces que las diferencian entre sí. Es entonces que se hace clara la relación entre memoria colec va e iden dad. La iden dad se puede entender como “la idea que cada uno ene sobre quién es y cómo es la gente que le rodea, cómo es la realidad en la que se inserta y cuál es el vínculo que le une a cada uno de los aspectos dinámicos o está cos del mundo en el que vive” (Hernando 2002:50). En este sen do, la iden dad es una construcción social (Hernando 1999, 2002, 2004; Pimentel 2003), que no está dada y por tanto debe establecerse a par r de procesos de mímesis y diferenciación (Hernando 2002). Tales procesos requieren necesariamente de vínculos sociales, los que como se ha visto están permeados por las tradiciones ‘almacenadas’ en la memoria colec va de un grupo, a la vez que se mani estan a través de la oralidad. De este modo, la relación entre oralidad, memoria e iden dad resulta ser necesaria y estructural. En este libro, entonces, se abordará la memoria colec va de los adultos mayores del valle de río Hurtado, desde el marco descrito anteriormente. Por esto, el trabajo desarrollado y los relatos recopilados no son una historia o cial. No lo son desde la perspec va de quienes escriben la historia de un país ni tampoco develan –ni pretenden hacerlo- de manera dedigna la historia de un valle y sus habitantes. Esta es la historia de ciertos pasajes de la vida de algunos de los habitantes de río Hurtado, desde su perspec va. Trata entonces, no solamente de lo que la gente hizo, sino también de cómo percibieron lo que hicieron y de cómo valorizan hoy esos haceres. Para comenzar, el primer capítulo presenta los recuerdos de las personas de más edad respecto de su infancia. Las experiencias vividas en esa etapa de la vida son fundamentales para el posterior desarrollo individual, en lo laboral, personal, familiar, etc. El capítulo se cons tuye entonces como la base para comprender la par cular forma de ser de esta generación.

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Posteriormente, se presenta un capítulo sobre la familia en el cual se pretende enfa zar la importancia que ésta adquiere en los habitantes del río Hurtado, considerando que es en ella donde se desarrollan los conocimientos tradicionales y a par r de la cual se refuerzan los vínculos con el resto de la comunidad. El tercer capítulo trata acerca de las ac vidades que los habitantes de río Hurtado desarrollaron históricamente en el valle, las que evidencian un modo de vida tradicional, con un especial énfasis en las labores agrícolas y ganaderas, que conforman una comuna de carácter eminentemente rural. Se busca caracterizar estas ac vidades, en sus formas tradicionales y dar cuenta de los cambios que han exis do en las úl mas décadas. El cuarto capítulo presenta historias de trabajo a las que los hurtadianos se vieron enfrentados cuando muchos de ellos fueron parte de procesos emigratorios en su búsqueda de mejores oportunidades laborales. Se abordan aquí historias de hombres y mujeres que construyeron sus biogra as laborales en dis ntas la tudes y en diferentes o cios, donde el “aprender haciendo” fue un rasgo caracterís co y compar do por todos ellos. El capítulo siguiente se re ere a la religión y sus estas dimensión que cons tuye uno de los aspectos más relevantes dentro de la vida de los habitantes del valle pues es en las celebraciones a los santos y la Virgen donde se encuentran algunas de las prác cas más tradicionales de este lugar, siendo además una de las principales instancias de interacción social. Aquí se pretende, entonces, ilustrar la manera en que los hurtadianos viven y experimentan su religión. Para nalizar, se exponen las re exiones de las personas más ancianas del valle en torno a los cambios que han vivido a lo largo de sus vidas, cambios que han alterado desde la sonomía del valle, hasta prác cas sociales que hasta hace un empo estaban fuertemente arraigadas en la gente. Lo que se encontrará aquí son historias de vidas co dianas de los rostros y guras anónimas que construyeron y con núan construyendo sus biogra as en estrecha relación con el valle del río Hurtado, sosteniendo así una riqueza patrimonial que, aunque hoy en constante transformación, los de ne como sujetos y como comunidad rural.
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CAPÍTULO I
La Niñez

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La infancia es el momento en que una persona se abre al mundo, cuando todo está por ser descubierto y la inocencia no ha sido teñida por la experiencia. Este momento, de in nita fragilidad, marcará indeleblemente la vida, generándose las bases de la experiencia futura. Así, la infancia -o las niñeces, como decía Gabriela Mistral- es el sostén a par r del cual crecer y desarrollarse. Y es que la infancia es el momento en que se aprende a ser persona, el momento en que los padres introducen a sus hijos en un mundo previamente construido, un mundo con pautas y reglas que deben ser aprendidas e incorporadas por los nuevos miembros. Es en la infancia cuando ocurre lo que los antropólogos han tendido a llamar la ‘socialización’, un proceso que está lejos de ser sencillo y muchas veces genera traumas que serán acarreados de por vida. Resulta pues, clara la importancia de la niñez para comprender la realidad de las personas, así como de un pueblo. En este capítulo se presenta la infancia de quienes hoy son las personas de mayor edad del valle de río Hurtado, para intentar así, dar cuenta de las caracterís cas que tuvo en esta comunidad. La niñez de hace más de 50 años en el río Hurtado es bastante diferente de la que es posible apreciar hoy. Sin televisión, sin radio y con apenas un par de escuelas unidocentes, los niños se dedicaban desde muy temprano al trabajo, ayudando a sus padres en los quehaceres diarios y con muy poco empo para el estudio o la recreación. El aprendizaje se daba básicamente de manera informal, a través de la experiencia adquirida en el trabajo y en la co dianeidad familiar. Por otra parte, la infancia se enmarcó dentro de una realidad social donde la pobreza era la tónica. De ahí también la necesidad de que los niños ayudasen en dis ntas labores y colaboraran en las ac vidades domés cas. Sin embargo, la pobreza de la que da cuenta la gente mayor del valle se mani esta principalmente en la escasez de ciertos elementos.

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Capítulo I / La Niñez

“Nosotros nos criamos con puros sacos harineros nos hacían ropa nomás, pantaloncitos así como los del chavo, a media canilla, ahí. Y la camisa era igual nomás, de saco, el pantalón quedaba eso porque no había pañuelo y a falta de pañuelo… Nosotros andábamos hasta en la nieve a pie pelado, con esa teñidita, dormíamos y nos levantábamos igual. Ropa interior no había. Yo me crié en el cerro y esas eran las teñidas que nos hacían po’, al primero eran así nomás como ves dos, nos me an el saquito con mangas. Después nos hicieron pantalón, y hasta grande, bueno casi todos andaban así ves dos con sacos harineros nomás, eran como 3 o 4 los que usaban zapatos, buena ropa.” Don Pedro, Hurtado. “Nosotros nos pusimos zapatos de los 15 años pa’ arriba po’. Cantábamos la canción en la plaza, a pa ta pelá’. Yo conocí zapatos en los pies de 15 años, pero era para cuando yo venía a misa o si veníamos a cantar la canción. Y lo demás, nos echábamos los zapa tos al hombro y nos íbamos para la casa nomás pues. Teníamos que cuidarlos pues. Veníamos pa’ la escuela, de allá de la Turquía pa’ Hurtado.” Sra. Ana, Hurtado. Esta falta de ropa y la preocupación por que la poca que tenían les durase el mayor empo posible, no es lo único que da cuenta de la pobreza en la que vivían. Otras cosas, como camas y frazadas, también eran elementos que escaseaban en la vida de estas personas. De hecho, algunas de ellas recuerdan que las camas eran usadas por los mayores, y que los niños debían dormir en el suelo, tapados con improvisados abrigos. “Nos criamos tan mal, pobres, la cama de nosotros era un cuerito de oveja, o de cabro, en donde mataban los animales y ahí dormíamos, y mi mamá nos hacía tapitas de pantalones viejos. Y esa era la cama, dormíamos en el suelo, los puros viejitos, los papás más bien dicho dormían en catre y nosotros no po’, dormíamos en el suelo nomás, los dos con la Aída y Camilo a otro lado.” Sra. Ana, Hurtado.
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Esta pobreza en la que vivían hace que algunas de las personas pre eran no hablar de su infancia, ni siquiera con sus propios hijos. Y es que vivir en esas condiciones fue muy di cil y parece ser que es preferible olvidar -o al menos no recordar- ciertas situaciones. “Las niñas mías me dicen, ‘pero mami, cuénteme cómo fue su juventud’, y yo les digo, ‘pero niñas, yo no me quiero acordar de la juventud mía’. Nunca les he querido contar mucho, claro que a veces les cuento algo.” Sra. Ana, Hurtado. No era sólo la pobreza lo que hizo de la infancia de estas personas una etapa compleja. La enseñanza en ese empo estaba atravesada por la idea que los niños “a golpe aprenden” y esto era algo que los padres aplicaban al pie de la letra. Las travesuras, los descuidos, los retrasos, podían ser cas gados con un golpe, como forma de aleccionar y demostrar la autoridad. Se podría decir que una parte de la socialización se hacía a través de la “mano dura” de los padres. “Una vez se me me eron unas cabras a las plantas y yo estaba ocupado en otro lado, y llega mi papá que andaba para allá pa’l cerro, y vio las cabras y me retó pue’, sacó un chicote trenzado y estaba en una acequiecita acostado tomando agua, y cuando me paré me llega, me cruzó el chicote. No me olvido yo, pero lo perdono, porque era así la vida, ellos no escuchaban explicaciones, ninguna cosa, al ro nomás, a aforrar al ro. Así que ahí quedé yo llorando, y después me dijo que le había dado tanta lás ma, que había llorado también adonde me había pegado. Pero antes si no era el hombre el que le pegaba a los niños era la mujer. Y duro pues, no escuchaban explicaciones. Por cualquier cosita, aunque fuera chico. Eran muy pegadores los papás.” Don Pedro, Hurtado.

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Capítulo I / La Niñez

En la cita anterior, Don Pedro relata una historia en la que fue golpeado por descuidar su trabajo. Y es que como se señaló anteriormente, el trabajo infan l era una realidad generalizada entre la gente del valle. Las labores de los niños eran muy diversas y dependían principalmente de las ac vidades que realizaran sus padres. Sin embargo, era también posible que los niños se dedicaran a labores diferentes, ayudando a otras personas del pueblo en sus quehaceres. En cualquier caso el trabajo era entendido por los niños como parte de su condición, por lo que no se ponía en cues ón. “Nosotros no sen amos frío en los pies en ese entonces, se nos ponían colorados nomás. En la nieve, en la noche, porque parían las cabras en Agosto y unas nevadas tan grandes, la nieve de un metro así, y nos mandaban a guardar los cabros a un sólo ranchito que había nomás, los dividía mi papá ahí, los cabros amontonados ahí, un sólo barrial nomás y nosotros acarreando por la nieve. Lo que usamos eran esos sacos ‘gangoches’ que todavía los quiero porque me recordaban harto y ahora ya no po’, esos los ponemos de cucurucho en la cabeza, servían pa’ tapas también, porque no teníamos tapas pa’ las camas, unos puros cueritos arriba nomás. Era muy helado siempre. Y en la noche acarreando cabras, y en la mañana a entregarlas a las cabras, por la nieve. Pero a nosotros nos encantaba, con mi hermano no sen amos pena, ninguna cosa. Entusiasmados, y había que hacer la pega esa pues. En eso se iban semanas en que no íbamos a la escuela pues, así que aprendimos poco.” Don Pedro, Hurtado. “Éramos nueve hermanos, vivíamos en Serón, pero pa’l campo. Mis papás tenían cabras, teníamos animales nosotros. Nosotros andábamos todos pa’l campo, las cabras se llevaban para el cerro, a una parte que se llama la Laguna. Sube uno por Serón pa’ arriba, como camino a Andacollo.” Sra. Estela, Hurtado.

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Un punto importante respecto al sacri cado trabajo infan l es que tanto niños como niñas realizaban diversas tareas. Sin embargo, éstas podían dedicarse no sólo al trabajo en el campo (agricultura y pastoreo, principalmente) sino también al trabajo domés co, ayudando a sus madres en el cuidado de los hijos más pequeños, en el aseo de la casa y en la preparación de las comidas. Así, se reproducía la división de labores por género. “Había que trabajar mucho, todos trabajábamos parejo. Había que barrer todos los días, al más chico le correspondía barrer y los mandados… los más grandes cuidaban a los más chicos. Ahí no había horario; el almuerzo era un horario de 12.30 a 1. Pero el trabajo no se terminaba nunca. Es sacri cado.” Sra. Panchita, Las Breas. “Yo le ayudaba a mi mamá a hacer las cosas de la casa. Claro antes se pelaba mote, se pelaba trigo en piedra…estos potreros puro trigo, poroto, maíz. Mi mamá nos mandaba a buscar los granitos que quedaban en la erra porque antes tanto que se sembraba.” Sra. Aída, La Turquía. Como se ve, era en las ac vidades laborales en las que los niños comenzaban su aprendizaje. Las mayor parte de las veces la escuela era algo secundario y el obje vo principal de asis r era el de aprender a leer, escribir y ser capaz de realizar algunas sumas y restas. La enseñanza formal no era entendida entonces como una necesidad u obligación, sino como algo que podría ser ú l pero que en la con ngencia del día a día pasaba a segundo plano. La necesidad de que los niños trabajasen y ayudasen en sus casas era mucho más importante. Por otro lado, era una realidad que las escuelas del valle no contaban con todos los recursos para entregar una formación adecuada. La escasez de profesores y las malas condiciones en las que éstos trabajaban no ayudaban a la promoción de la educación. Además, había pocas escuelas y los niños que vivían en el campo, lejos de los poblados como Hurtado o Las Breas, no podían ir a la escuela por la distancia que tendrían que haber recorrido y por el empo que eso les hubiese demandado.
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“Antes nosotros, yo no tuve colegio. Yo tuve hasta tercero básico que ahora es como ir al jardín. Llegaba un profesor, se quedaba un mes a lo más dos. Y lo que pasa es que tenían que ir a Serón a tomar movilización para Ovalle. Entonces para ellos era muy sacri cado. Entonces se venían a caballo, si apenas había camino y no venía nunca un vehículo para acá. Venía un vehículo y era una admiración. Entonces los profesores llegaban y se iban. Llovía, no tenía para sus gastos…se iban y no volvían nunca más. No teníamos profesores, en un año llegaban 4, 5 profesores y se iban. Ahora me pregunto cómo aprendimos algo. A mi me da vergüenza decir, pero uno aprendía a leer y hacer unas sumitas y ya. Ayudábamos en la casa, como todos.” Sra. Panchita, Las Breas. “Estudiamos hasta tercero, cuarto básico no más, como no enseñaban más…aquí en Hurtado había escuela de niños y niñas. Los profesores ya fallecieron los que a nosotros nos educaron…yo sabía poner mi nombre pero hacer las cuentas, no sé po’. Era lo más di cil para mí. Que me hicieran números en el cuaderno era una cosa ‘incomprendible’.” Sra. Aída, La Turquía. No obstante la di cultad para los profesores y los alumnos, hay quienes enen buenos recuerdos de sus profesores y las cosas que les enseñaron. La escuela era, nalmente, un lugar de encuentro con otros niños, un lugar en donde se podía hacer cosas dis ntas a las que se hacían en la casa. Hay varios tes monios de esto. “Todos los niños íbamos para allá a esa escuela. Y era una profesora, la señora Trinidad, que era de aquí la familia. Vivían en una casa grande que tenía frente a la plaza, muy bonita, ahora ya no está, y ella era la profesora, de niños y de niñas. Era la única. Después ya empezaron a nombrar profesora tulada y todo eso. Ella… bueno, que ella debe haber estudiado, porque tenía muy bonita letra y enseñaba muy bien. Pero después yo creo, ya empezaron a llegar profesores de afuera. De La Serena. Por ejemplo Don Jorge Figueroa fue un

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profesor que hubo. El señor Valdivia fue profesor ya de esos que empezaron a separar los niñas de las niñas, entonces los niños tenían su profesor hombre y nosotros teníamos la profesora que era la señora Trinidad y después llegaron profesoras, ya fueron nombrando profesoras y llegaban po’ de afuera, universitarios de la escuela vocacional, no se de dónde serían, normalistas. Yo siempre digo ‘para una sola profesora que había antes’… enseñaba todos los ramos juntos, y lo más bien que aprendíamos, y pa’ la montonera de niños y niñas que éramos, y nos enseñaba de todo, hasta religión.” Srta. Nilda, Hurtado. Un recuerdo de la infancia que es compar do por varias de las personas de edad del poblado de Hurtado es el que dice relación con los prepara vos para las celebraciones de estas patrias y otras fes vidades, en las que niñas y niños se juntaban a preparar canciones para los actos. “Nosotros éramos varios de acá, ahora estamos todos viejos ya po’. Y habían dos escuelitas, la que echaron abajo y la de las niñas, ahí en la esquinita. Y ahí, pa’ sep embre nos traían a ensayar cantos con las niñas. Ponían una corrida de bancos acá y otra allá.” Don Gustavo, Hurtado. “En ese empo no nos dejaban juntarnos a nosotros con las niñas mujeres, era aparte todo pues, y uno ya casi con bigotes y a pie pelao’ pues. Nos llevaban para ensayar para los cantos, para los 18, para los 21 de Mayo, para adonde las niñas pues, pero una profesora, la naita Trini, andaba con una varillita y nos apartaba pues, no podía hacerle ni un gesto uno a las niñas.” Don Pedro, Hurtado.

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Estos recuerdos dan cuenta de la separación entre hombres y mujeres que se hacía en la escuela. Aun cuando los profesores eran escasos, se prefería separar a los niños de las niñas para entregar una formación valórica de acuerdo a las diferencias de género, lo que permite suponer que el respeto a la moral y a los valores propios de la época, más aun en una zona fuertemente marcada por el catolicismo, estaban por sobre las consideraciones prác cas de la formación de los estudiantes. Otro aspecto a destacar era la rigidez de los profesores. Con ellos sucedía algo similar a lo que se expuso respecto de los padres. Los golpes eran comunes en las salas de clases, ya que se entendía que estos ayudaban en la enseñanza y no eran vistos como abusos. Por el contrario, mostraba la rmeza del profesor. “Los profesores eran duros en ese entonces, le daban duro a uno. Eran pegadores, los papás y los profesores, por cualquier cosita nos agarraban a cachetadas, hasta lo botaban al suelo a uno. Jorge se llamaba uno, era macheteado. Y varillas, mandaba a buscar varillas de membrillo y nos dejaba ronchas en las piernas. Y uno no reclamaba.” Don Pedro, Hurtado. “Yo estuve en la escuela acá en hurtado. Yo me enojé, peleamos con el profesor. ¡Porque me pegaba todos los días po’! Yo era jodido, porque el que me pegaba yo le daba no más po’. Me agarró de las orejas el profesor un día ¡y yo también lo agarro y no lo suelto más! Ahí me aburrí y no fui más, pa’ Serena me fui. De 8 años me fui yo po’ y volví de 42.” Don Ramón, Hurtado. Esta cita de don Ramón revela un hecho que se presentaba con cierta frecuencia entre las personas del valle: la emigración a otros centros, como Vicuña y La Serena, para nalizar los estudios. Si bien es claro que esto requería de un cierto nivel de vida y que era necesario contar con contactos y redes sociales en dichos centros para que acogieran a los hijos, había familias que enviaron a sus hijos a estudiar fuera. Si bien no es el caso de don Ramón, quien se fue a los 8 años a trabajar, hay otros ejemplos, como el de la señorita Nilda y el de otras familias.
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“Yo estudié en la Escuela de Hurtado, después en Vicuña un rato… no me acostumbre nunca por allá y me vine. Nos quedábamos en la casa de un o allá, un hermano de mi papá. Yo viví con ellos, con la Carmencita, íbamos a la escuela, una hija de él. Y los que tenían, los papás lo llevaban a Serena, al ins tuto, algunos se recibieron de contadores. La familia mandaba ya cuando terminaban aquí pa’ Serena. Tenían familia en Coquimbo, Serena. Los hermanos grandes, casados se llevaban a los más chicos.” Srta. Nilda, Hurtado. “Mi marido era de acá pero ellos estudiaban en Vicuña. Hasta sép mo. Que era antes porque ahora sép mo no les sirve de nada. Casi todo por aquí pasamos por lo mismo.” Sra. Panchita, Las Breas. No todo en la infancia era estudiar y trabajar. Como en todas partes y desde siempre, los niños del río Hurtado se entretenían jugando. Los juegos eran sencillos comparados con lo que hoy prac can los niños, pero no por ello menos diver dos. En general, había juegos para niños y otros para niñas. Los niños jugaban a las bolitas, al trompo, a la pelota, mientras que las niñas se diver an haciendo muñecas y jugando con ellas. Los juguetes, la mayor parte de las veces eran hechos por los mismos niños, u lizando los elementos que tuvieran a mano. Aquí se demostraba el ingenio y las habilidades para hacer juguetes que funcionaran. La imaginación era fundamental a la hora de diver rse. “Nosotros, como eran de hilo, desarmábamos los calce nes y hacíamos lienza po’ y hacíamos bailar los trompos. Eran pocos a los que les compraban trompos buenos, nosotros se los hacíamos pedazos con los de nosotros, la de ellos era de madera falsa y la nuestra era de Chañar, de Maitén, jugábamos al que lo inventa lo pone, lo poníamos ahí y se los rompíamos en dos pedazos. El que inventa tenía que poner su trompo ahí y los otros le pegaban con los otros. Pero les hacíamos pedazos los trompos buenos a los niños, quedaban llorando.” Don Pedro, Hurtado.
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“Las muñecas de nosotras eran unas piedrecitas, o hacíamos de corontas también, les amarrábamos un pedacito de palto, pa’l brazo y ahí ves amos las muñecas. Las hacíamos nosotras mismas, esas eran las muñecas que teníamos nosotras, de una coronta y ahí las ves amos. Le poníamos trapitos.” Sra. Margarita, Hurtado. Los juguetes no eran el único modo de entretención. Los paseos al río en el verano y los juegos con nieve en el invierno podían hacer olvidar lo sacri cada que era su vida. “Jugábamos en la calle, en la plaza, íbamos al río a bañarnos, grupos---- allá a esta hora estábamos me dos todos en el agua. Íbamos al río… antes era todo sano, jugábamos sanamente, no, na’…. Yo creo que ni por la mente nos pasaba una cosa maldad, una cosa así, pero… antes era muy sano todo. Jugábamos con nieve. Andábamos con los dedos trabados. Se nos trababan las manos.” Srta. Nilda, Hurtado. “Nos gustaba andar así en el barro a pies pelado, nos rábamos a la nieve, nos bañábamos, íbamos al río a los canales.” Sra. Aída, La Turquía. Todos estos recuerdos felices de los juegos y las diversiones infan les dan cuenta de que, aun cuando este periodo crucial en la vida de una persona era di cil para quienes hoy son los más ancianos del río Hurtado, la infancia fue una época de gran riqueza. Si bien la educación formal fue escasa, el aprendizaje que tuvieron de la vida fue excepcional, a par r de las labores que realizaron y los problemas que soportaron. La relación con su erra

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se forjó en medio de este entorno, tantas veces desfavorable pero sin duda un lugar que les permi ó crecer en experiencia. Algo que vale la pena destacar en la relación que la mayoría de estas personas ene con su pasado es que si bien es cierto que para muchos es una etapa triste, el perdón y la resignación son aspectos compar dos. Su visión del pasado es una visión tranquila, sin deudas. Parece ser que en alguna medida reconocen en ese pasado el origen de lo que son hoy y que ni sus padres ni sus profesores podrían haberlo hecho mejor, dadas las circunstancias y la realidad de la época.

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CAPÍTULO II
La Familia

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La familia es el núcleo social donde nacen y crecen los nuevos miembros de una sociedad, siendo además la cuna de las costumbres y tradiciones. Las personas de mayor edad en el valle de Hurtado suelen provenir de familias muy numerosas y cada miembro tuvo y, en ciertos casos, sigue teniendo un papel indispensable en el desarrollo y la subsistencia de su familia. La mayoría de ellos ha tenido un papel fundamental en la crianza de sus hermanos y ha ayudado en los trabajos familiares, por lo que los lazos afec vos que se generan son muy potentes y, usualmente, determinan sus decisiones personales. Por ello, se ve que las obligaciones son en primera instancia con la familia y con su patrimonio y los hijos aprecian enormemente el legado de sus padres. Aquí es donde se aprende a valorar los conocimientos, las costumbres y las tradiciones propias de esta población. A diferencia de lo que ocurre en las ciudades, las familias de Hurtado tradicionalmente se han dedicado a la producción agrícola y ganadera, por lo que el grupo familiar ha actuado además como la principal fuerza de trabajo. Así, los hijos eran educados y entrenados en este po de ac vidades y la erra y los animales solían ser la principal herencia y la mayor riqueza de estas familias. Por lo mismo, usualmente los hijos se hacían cargo del trabajo produc vo una vez que los padres ya no estaban en condiciones de hacerlo, promoviendo la perpetuación de un modo de vida tradicional campesino y la valoración de la erra y sus productos. Pero, eventualmente, esta ac vidad ya no fue capaz de sostener por sí sola la economía local (ver Capítulo III) y la intensi cación o el auge de la emigración resultó ser uno de los efectos inmediatos, sobre todo al norte del país. Muchas de las personas más ancianas del valle fueron tes gos y vivieron en carne propia esta situación. “Tengo 15 hijos, hartos niños. ¡Se fueron todos! Pa’l norte, pa’l sur, todos repar dos, todos se fueron. Ahora tengo como 50 nietos. Algunos se fueron pa’ las pampas, a María Elena.” Don Ramón, Hurtado.

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“Mi mamá era nor na, pero de familias de aquí que se han ido al norte po’, entonces mi mamá nació por allá. Mi papá era de Las Breas, pero también él anduvo por el norte en su juventud, anduvo por allá, pero se vino. Pero eso ya no era en el cobre, eran en el salitre cuando él anduvo por allá, en las Salitreras”. Don Miguel, Hurtado. No obstante, los lazos familiares y el sen do de pertenencia hacen que la gente generalmente vuelva al valle, sobre todo porque la mayoría de las familias son originarias de este lugar y siguen teniendo familiares que residen o han residido aquí. Como señala don Miguel, muchas personas han llegado a establecerse en estas erras y las vicisitudes de la historia no han impedido que vuelvan a su lugar de origen. “Mi papá nació en Las Breas, pero se crió aquí, ellos eran descendientes de todos de acá, porque los papas de él eran de allá, o sea, los Torres viejos esos fueron colonizadores, o sea los papás del papá de mi papá, esos fueron los que llegaron a Las Breas. Esos fueron de los colonizadores y después ya, en 1917 llegó mi papá aquí, llegaron a El Chañar y después de El Chañar se vinieron a Hurtado. Mi abuelo, el papá de mi papá era muy re viejo, me conversaba a mí de la guerra del ´91, él anduvo, salía arrancando de aquí con los animales porque llegaban los soldados. Él me contaba que tuvo que salir de aquí porque venía del norte, había ido a trabajar para allá, y llegó aquí a Las Breas cuando llegan los soldados para la guerra, para la revolución del 91, y venían los soldados y pescan los animalitos que tenían, porque el papá de él tenía animalitos y los soldados estaban arriando todo por parejo nomás para llevarlos a todos para que sirvieran para la guerra y no po’. Aquellos se me eron por medio y par eron con sus animalitos todos para la Argen na, hasta que se pasó la revolución y se vinieron todos para acá de nuevo. Eso fue para la revolución de los pipiolos y los mechones, de 1891. Hartos años, y él era un hombre, decía que venía del norte, entonces tenía que haber sido un hombre de unos 30 años o 35 años. Y murió muy re viejo, murió el 56, murió de más de 100 años. É l se llamaba San ago Geraldo Torres”. Don Miguel, Hurtado.

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En de ni va, aquellas personas que se han visto obligadas a salir del valle por diversos mo vos suelen añorar el retorno y reconocen que su lugar está aquí, junto a los suyos y junto a quienes ya han par do, siendo esto un elemento recurrente en la mayoría de los relatos. Esto da cuenta de la fuerza de los vínculos que se establece con la familia y con la erra de origen. “Yo soy nacido y criado acá. He salido a otros lugares, pa’l norte, pa’l sur. Pero la vida de nosotros de toda la familia es acá....” Don Gustavo, Hurtado. “Yo he pasado por muchas cosas en mi vida, me fui y volví. No sé cómo voy a morir, pero yo quiero que me de un sólo apretón, yo incluso tengo comprado el lugar en el cementerio. Mi papá esta ahí, mi mamá, unos hermanos está ahí. Toda la familia de mi papá esta ahí, el abuelo, están en ese mismo terrenito, ahí quiero quedar yo…” Don Miguel, Hurtado. Sumado a esto, en una zona donde normalmente exis a poca inmigración, la movilidad se producía a nivel del valle, y las distancias se hacían aún más grandes producto del casi inexistente desarrollo vial, las parejas se formaban dentro de la misma comunidad, exis endo por ello un alto nivel de endogamia que fortalecía el vínculo con este lugar. “Yo nací en Serón, toda mi familia es de allá, mi padre y mi madre, ellos ya muchos años que fallecieron, yo me casé me vine a Hurtado, enviudé. Mi marido era de Hurtado, y ahora soy viuda, vivo con mi hijo aquí nomás, mi yerna y mi nieta que tengo, somos 4 los que estamos viviendo acá. “ Sra. Estela, Hurtado.
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Este fenómeno suele repercu r en el hecho de que generalmente las personas solteras sean principalmente mujeres, quienes tradicionalmente se quedaban en el lugar de nacimiento. Esto a diferencia de los hombres que, usualmente por mo vos laborales, solían emigrar en busca de trabajo en otras partes, aumentando así la posibilidad de encontrar pareja. “Los hijos hombres se casaron, las mujeres, las hermanas que se casaron son dos y hasta ahí no más po’. Nosotros no, es que ¡quién iba a venir para acá! Aquí era muy lejos pa’ que vinieran. Si ahora hay más casas, en esos empos no…ya estamos acostumbradas así.” Sra. Nola, El Bolsico. Por esta razón, las personas que habitan la comuna suelen tener familiares en otras localidades del valle y se presenta una gran recurrencia de apellidos; pese a que quienes llevan el mismo apellido no siempre se reconocen como familiares, existe la noción de que podrían ser parientes, sobre todo porque al provenir de familias numerosas, se pierde el rastro de los descendientes. “Casi todas las familias, bueno antes, si antes se recibían todos los hijos que llegaban, no había como evitarlos, no como ahora, que la juventud evita los hijos po’. Antes no, antes los tenían no más, fueran familias de 12, 15, menos no. La familia Ossandón era una montonera también, igual que nosotros, los Rojas, los Aguirre, todas numerosas y con parientes por todos lados.” Srta. Nilda, Hurtado. “Las familias eran grandes pues, 8 o 10 niños, pero siempre eran bien delicados con las niñas. Nosotros fuimos 6 nomás. Mi mamá murió jovencita, tenía 45 años nomás…” Don Pedro, Hurtado.
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Había además una gran mortalidad infan l, sumado al hecho de que no exis an centros asistenciales y las comunicaciones entre una y otra localidad eran muy lentas. Por lo mismo, en la mayoría de los relatos que hablan sobre la historia familiar se reconoce la muerte de alguno de los miembros más jóvenes. “Yo soy el mayor de todos los hombres, tengo una hermana mayor que yo, cuatro años mayor, porque entre ella y yo se murió un hermano entremedio, y de ahí seguí yo. Y de ahí para abajo está la chiquerería, éramos 14 hermanos, y murió ese que le digo yo antes de mí y después...No, antes de mí murieron tres, acordándome bien, y uno después de mi se murió después que nació, ene que haber tenido como un mes, a ese lo fui a enterrarlo yo allá, en esos años.” Don Miguel, Hurtado. “Diez mujeres y cinco hombres…y hubo hijos que se murieron guaguas. Murió un niñito y una niñita.” Sra. Nola, El Bolsico. “Éramos cinco hermanos y de los cinco uno era mujercita, murió chiqui ta. Quedamos 4 hermanos no más y de ellos, también falleció uno, José del Carmen se llamaba. Jovencito, tenía soplo al corazón, murió como a los 35 años. Estaba casado. Dejó hartos hijos si po’. De todos los hijos de mi hermano, la mayoría fueron varones, todo lo contrario de los míos, y tuvieron una sola hija mujer, que es casada también. Tenemos hartos familiares. Ahora somos bisabuelos, tenemos 2 bisnietos. Viven en Antofagasta. En el verano nos juntamos todos acá, hacemos asado.” Don Gustavo, Hurtado.

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Aún así, el sacri cio y la capacidad de adaptarse a las condiciones adversas son también cualidades que se encuentran muy presentes en los relatos de estas personas. El poco acceso a la salud y a centros urbanos no impedía que los nacimientos fueran prósperos y que la gente supiera sobrellevar las di ciles circunstancias en las que éstos se producían. “Y ahí en la cordillera me enfermé, tuve a mi hija en febrero. Hasta que las tenía no más era valiente… mi marido le cortó el cordón. Se le infectó y hubo que esperar unos días a bajar a que la viera su mamá. La guagüita se lavaba con agüita caliente no más y se envolvía, bien envuel ta.” Sra. Panchita, Las Breas Pese a provenir de familias muy numerosas en donde los padres tendían a delegar tareas y apoyarse en los hijos mayores para criar a los más pequeños, el apego a la erra de origen y la valoración de la labor y del esfuerzo por parte de los progenitores en la crianza de los hijos, enden a fortalecer y enriquecer la unión de la familia. Ello se traduce en la responsabilidad que sienten estas personas en el cuidado de sus padres y el patrimonio legado por ellos. “Mi mamá…trabajé tres años afuera y me vine. Yo no podía, porque mi mamá era enferma, ahí estaba la clave, entonces yo tenía que hacer un movimiento para poder tratar de alentar a mi mamá, y como yo tenía un bille to ahí, me vine po’. Me la llevé a Ovalle, estuve en Coquimbo con ella. Y no resultó la cues ón nomás po’. Ella tenía asma cardiaca, y mi papá también estuvo enfermo mucho, entonces todo eso tenía que verlo yo po’, hacerme cargo de todo, por mi papá, mi papá se murió de cáncer y mi mamá murió de un infarto. Mi papá murió primero, el ‘81, y mi mamá murió el ‘91, se llevaron 10 años. Yo me amanecía con mi papá, lo andaba trayendo, lo cambiaba, yo dormía un ra to y despertaba al ladito de él otra vez, porque mi mamá no podía hacer eso y mis hermanas tampoco si ellas son mujeres y los hermanos estaban trabajando, trabajaban para el norte. Y yo era el que estaba aquí, le ponía inyecciones.” Don Miguel, Hurtado.
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“La Alicia, mi hermana. Nació el año 1919, el Chelo, que la sigue, nació como 1922, yo nací el 24. Y así todos los demás, si somos ocho nosotros. Pobrecita mi mamá, ahí se las arreglaba. En ese empo tenía niñeras, tenía como pagar. Después ya no ya, después se las arreglaba sola no más mi mamá.” Srta. Nilda, Hurtado. Incluso, este sen do de pertenencia y de afecto por la familia y el lugar de origen trasciende el núcleo familiar y se convierte en un sen miento comunitario, en donde se produce una empa a con el otro pues se reconoce en él una historia de vida similar que consolida la iden dad de una localidad. “Aquí en Hurtado todos se conocen, son todos casi como una familia nomás, los poco y nada que vamos quedando acá.” Sra. Estela, Hurtado. “La señora Estela León vive por la acera del bajo, una tres casa pa’ allá del Pibe. Ella también es an gua. Es la madrina de mi niña mayor. Yo tengo muchos compadres, me han buscado por otros lados pa’ ser padrino.” Don Gustavo, Hurtado. “Son tan buenas niñas esas (Las hermanas Ángel de Las Breas). Buuu las conozco de siempre, toda una vida, desde niñas. Cuando vienen a Hurtado vienen para acá, cuando nosotras vamos pa’ Las Breas, vamos para allá, a la casa de ellas.” Srta. Nilda, Hurtado.

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De esta manera, se aprecia que es en el grupo familiar donde se desarrolla el afecto y respeto por las tradiciones y el lugar de origen, al empo que las experiencias comunes y la co dianeidad refuerzan el vínculo que existe con el resto de las personas que conforman la comunidad. Las personas mayores que habitan estos pueblos se reconocen como parte de una gran familia, un núcleo que permite la con nuidad de ciertas costumbres y en donde las vivencias par culares y las historias compar das pasan a formar parte de la memoria. La familia no es sólo padre, madre, hermanos e hijos, es la erra, el trabajo, la casa y los amigos, los espacios y las experiencias comunes que dan un sen do a la vida. Pese a los profundos cambios acaecidos en este lugar y el incesante paso del empo, la familia sigue siendo considerada como el bien más preciado, donde nace el respeto y el cariño al trabajo, la erra y los conocimientos tradicionales; el espacio a donde todos, en algún momento, añoran volver.

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CAPÍTULO III
Las Ac vidades Produc vas

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La comuna de Río Hurtado ha pasado por dis ntos ciclos en cuanto a sus ac vidades produc vas, pero siempre ha mantenido un carácter netamente rural, con una economía basada en la agricultura y en la ganadería, en las que descansa el mayor peso produc vo del valle. Además, a éstas se agrega la minería como campo económico relevante, siendo esta tríada la que, con dis nta intensidad y a veces en momentos diferenciados, ha entregado a los hurtadianos las posibilidades laborales endógenas en su historia reciente. Un hecho que es relevante para entender el funcionamiento de la ac vidad agropecuaria es que, debido a la intensa subdivisión de la erra cul vable, hoy la estructura de propiedad está marcada por la presencia de pequeñas parcelas agrícolas, las que en su gran mayoría son trabajadas por el núcleo familiar. “Aquí cada uno ene su predio de los antepasados. Son chiqui tos, claro. Pero cada uno ene su terreno.” Sra. Panchita, Las Breas. Las erras de secano se u lizan en labores ganaderas, predominando actualmente el ganado caprino, que hasta un pasado reciente convivía con abundante ganado bovino, al que ha ido reemplazando progresivamente. “An guamente la cordillera no se usaba para cabra porque había mucho animal vacuno. No había persona que no tuviera lo mínimo 5 vacas.” Sra. Bernarda, Las Breas “En empos de verano, antes subía mucha gente pa’ allá pa’ la cordillera, todos tenían por aquí vacas, así que iban a ver como un mes, se juntaban veinte o treinta a veces en los alojamientos.” Don Pedro, Hurtado
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Esta progresiva desaparición del ganado bovino se debe, tanto a las mayores exigencias que su cuidado supone, como a las limitadas extensiones de los terrenos des nados al pastoreo debido a la intensa subdivisión de erras a la que se hizo referencia. Así, este fenómeno habla de un empobrecimiento de la población y de una incapacidad por mantener a un ganado que requiere más y mejores pastos. “Pero no se puede tener más tampoco po’ si como es tan chico, hay muy poco pasto.” Don Gustavo, Hurtado “Ahora no hay casi vacas po’. No conviene, el vacuno es muy comedor y no es mucho lo que produce. Mucho sacri cio. La cabra se las arregla y sube el cerro. Se la busca por donde sea.” Sra. Bernarda, Las Breas Estas miradas contrastan con las opiniones de aquellos que, al poseer extensiones mayores de terreno, siguen pre riendo el ganado bovino por sobre las cabras, mostrando que lo que es de nido como “sacri cio” ene tanto que ver con las subje vidades y las experiencias como con condiciones materiales obje vas, condiciones que sólo a algunos les permiten mantener ganado bovino. “No me gustan las cabras…mucho sacri cio. La gente que ene cabra no las ene en sus casas po’… viven un empo pa’ la cordillera…otro buuu, no están nunca en un lugar.” Sra. Noelfa, El Bolsico La ac vidad ganadera del valle está entonces marcada por la presencia del ganado caprino, y sólo de manera complementaría, existen vacas, caballos o mulares. Una tradición que aún hoy se man ene son las llamadas “veranadas”, en las que los arrieros acompañan a sus animales a los pastos cordilleranos, alojando en majadas cercanas a las vegas.
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“Desde diciembre hasta marzo se subía a la cordillera. Nosotros íbamos solos y llegaba harta gente. Cada uno en su majada y en las tardes se juntaban a compar r. Igual como ahora lo hacen los ganaderos. Fíjese que es lindo. A mí me encantaba ir. Como el ’70 dejé de ir.” Don Gustavo, Hurtado La belleza de esta labor y la naturalidad con que ella es vivida no impide la demanda de grandes sacri cios. Por ello, si se profundiza en la memoria de quienes ya abandonaron estas tareas, los recuerdos agradables son complementados por aquellos que señalan a la soledad como la inseparable compañera de viaje, pese a que, por momentos, las majadas eran habitadas por grupos numerosos. “Uno recorría todo para allá, es bonito, pero quedando sólo es muy triste, una cosa que queda muy en silencio. Uno aloja, se acuesta temprano porque después sale mucho viento, o se nubla de repente y empieza a llover.” Don Miguel, Hurtado Junto a la ac vidad ganadera, la agricultura domina las posibilidades laborales que entrega el valle. Las tareas agrícolas estuvieron dominadas por la siembra de porotos, trigo o maíz y, en las zonas más elevadas, aún en la actualidad, por la preeminencia del cul vo de pastos para forrajes. Además, las plantaciones de duraznos y los viñedos son signi ca vas, y en menor medida, existen paltos, nogales e higueras que se des nan, en su mayoría, a la elaboración de frutos secos. “Sembraba mucho la gente antes, trigo, porotos, arvejón, maíz, de todo. Mi papá se dedicó a la pura agricultura, que sembraba el trigo, que sembraba el poroto, que sembraba los arvejones, la cebada, la avena, el maíz, todas esas cosas se sembraban antes.” Don Miguel, Hurtado
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Las faenas agrícolas pueden dividirse en dos grandes grupos, los que se diferencian en cuanto al des no de su producción. Por una parte están los productos, entre los que destacan los porotos, el trigo o el maíz, que se des nan principalmente al consumo domés co, es decir, las propias familias consumen buena parte de la producción y ésta por lo general no se comercializa. Si bien su importancia rela va dentro de la economía comunal ha disminuido, el autoconsumo no ha dejado de ser relevante entre los habitantes de Hurtado, ya que a par r de las cosechas agrícolas generadas en las pequeñas chacras se elaboraban –y aún se sigue haciendo- una serie de productos que cons tuían la poco diversa base alimen cia de la población. “Yo me acuerdo que mi mamá ponía la olla en la mañana y ese era el almuerzo, almorzábamos y después ponía la olla pa’ comida y de lo que quedaba pa’ la comida había que comer pa´l desayuno. Porotos en la mañana, porotos en el almuerzo y porotos en la noche. El arroz y el deo era un lujo.” Sra. Ana, Hurtado. “Antes se comía mucho poroto, se criaba uno con porotos, cochos, puras cues ones así, y ahora no.” Sra. Bernarda, Las Breas. Un segundo grupo lo cons tuye la producción des nada al comercio. Hasta hace algunas décadas, el durazno era el mayor producto de salida al mercado, y lo más cercano a una producción a gran escala endógena, en tanto exigía trabajar la cosecha para obtener la fruta seca que nalmente se comercializaba. Las erras cul vables del valle estaban dominadas por árboles de duraznos y los trabajos colec vos que la llamada “pela de durazno” demandaba eran fenómenos sociales de vital importancia en las localidades, Esto no sólo porque se trataba de una ac vidad económica, sino que ellos brindaban la instancia para producir y reproducir vínculos sociales, tradiciones culturales y espacios de diversión entre los numerosos “peladores” que acudían, entre mediados de enero y principios de abril, a los trabajos de pela y descarozado del durazno.

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“Antes nos juntábamos a pelar duraznos, se hacía una cama de monte y ahí empezaban a correr los duraznos y hacían rumas grandes y ahí nosotros íbamos a pelar, hombres y mujeres. Antes contrataban, cuando había harto durazno traían peladoras de Andacollo, de por allá. Pelaban todos los días, después hay que descarozar, hay que sacarle el hueso al durazno, hay que seleccionar, sacarle la pepa. En las ul mas pelas ya se me a una chuilca de vino o de chicha al medio, la tapaban con los duraznos y ahí se sacaba la chuilca pa’ la terminación, cuando se iba terminando aparecía la chuilca, ese era como un premio y más rápido se pelaba. Eso lo ponía el dueño de los duraznos y después la esta, se tomaba y se bailaba, y como había gente cantora se tocaba música también po’. Era bien entretenido, porque después venía el invierno y uno se encerraba más, veía nevar y todas esas cosas.” Sra. Estela, Hurtado. “Se preparaban los abuelos. Nos invitaban pa’ pelar duraznos y después ellos decían pa’ botar la pelusa, nos invitaban a unas estas, unas cuecas y un tamboreo…unas cuecas en la noche. Buuuu, estaban semanas. Porque ellos se preparaban hacían chichas, el vino. Se farreaba semanas, carneando chanchos, haciendo empanadas…así se armaban las estocas.” Sra. Aída, La Turquía En los no muy lejanos empos en que aún no había camino vehicular a las localidades interiores de Hurtado, la salida de los productos se hacía en caravanas de mulares, con especial énfasis a Vicuña y Andacollo, centros principales de comercialización para estos bienes. Si bien hoy están separados sólo por una o dos horas de viaje desde la mayoría de los pueblos de río Hurtado, los empos de traslado eran mayores en aquel entonces y las nociones temporales estaban marcadas por la lejanía y el aislamiento. “Mis padres en esos años tenían tropas de mulas. Y etaban, como todavía no había mucho vehículo el camino no era como ahora, ellos etaban el huesillo y el descarozado. En todo el río había duraznos. Y un
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Capítulo III / Ac vidades Produc vas

señor que era de Vicuña, don Floridor Pinto, él lo compraba acá. Y había como 4 o 5 otas que etaban todo pa’ Vicuña. Y se agarraban el ete. Mi papá ganaba el ete. Tenía como 12 mulas y a cada mular le echaban 2 sacos, como de 70 kilos por lado. 140 kilos, si el mular es muy rme. Así que de aquí iban a alojar a la mitad del camino, de ahí se iba a entregar a Vicuña, volvían al mismo, y al día siguiente llegaban. Tres días. Ese era más o menos el movimiento que se hacía en esos años. Se hacían varios viajes, hasta que se terminaba toda la producción.” Don Gustavo, Hurtado Hoy, ya con una conexión vial muy desarrollada, y con una temporalidad y espacialidad dominadas más por la cercanía que por la distancia, la salida de los productos al mercado sigue siendo algo problemá co. Ahora son los propios compradores o “conchenchos” los que acuden a las dis ntas localidades en búsqueda de los productos (huesillos, higos, paltos, etc), pero los hurtadianos no cuentan con mayores alterna vas para la venta de sus productos, lo que atenta contra sus posibilidades de lograr precios justos, quedando expuestos a la discrecionalidad del comprador. “Vienen acá mismo a comprar, pero acá pagan muy poco por las cosas, más lo que trabaja uno y pagan muy poco. Años pagando lo mismo pues, y por no perderlo uno, igual algo sale.” Sra. Margarita, Hurtado A su vez, el durazno ha sido desplazado progresivamente por la uva como el principal fruto de venta en el valle, fenómeno in uenciado tanto por la pujante industria pisquera, que ha instalado una planta procesadora en Morrillos, como por las constantes pestes que asolaron a los duraznales y mermaron su población.

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”Antes pelábamos re’ mucho durazno. Se cosechaba mucho durazno aquí y de repente le entró la peste y se jodieron los duraznos.” Don Ramón, Hurtado Fruto de ello, hoy el trabajo en los viñedos se cons tuye como la principal ac vidad agrícola en la mayoría de las localidades del valle, lo que ha inclinado el des no de la producción claramente hacia el mercado, disminuyendo los productos des nados al autoabastecimiento y minando la an gua preeminencia de los duraznos. Las grandes pelas de antaño han sido reemplazadas por unas de tamaño más modesto, las que sólo convocan a la mano de obra familiar y ahora es la ac vidad pisquera la que entrega el mayor dinamismo a la economía del río Hurtado. “Mi marido se dedicaba a la viñita nomás. Este terreno está completo de pura parra, pura parrita nomás. Si la gente vive de la parra, de lo que más vive son de las viñas, lo demás no se puede vivir con un huerto así nomás. Yo no tengo duraznos, antes hacíamos huesillos sí, antes se cosechaba el huesillo, por saco, ahora no, hay partes por aquí que todavía hacen lo mismo, cosechan.” Sra. Estela, Hurtado.

“Yo soy socio de Capel, y trabajamos así como socios no más. Le vendimos la uva a Capel nosotros, que queda aquí en Serón, en la planta que hay ahí en Serón. El 23 de este mes si Dios quiere ya empezamos a cortar. Llevamos como 18 años trabajando en la uva. Antes teníamos huerto, vacunos. Aquí se sembraba mucho, ahora casi nadie siembra. Antes sembrábamos quínoa, maíz, la papa. Y ahora por ejemplo sembrar quínoa no conviene.” Don Gustavo, Hurtado Junto a esta hegemonía de la uva ha aparecido un nuevo “obrero agrícola”, que está vinculado al mercado en forma de temporero y que logra complementar los ingresos familiares a través de su trabajo en dis ntas ac vidades, aunque en su mayoría vinculadas a los viñedos.
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“Mi cuñado trabaja afuera entonces con eso se man ene la casa. Él trabaja en agricultura, de todo, él hace de todo, él es temporero más bien dicho, porque está ahí, trabaja cinco días, le dan tres días para que trabaje en la semana y por ahí fue ahora, agarró esa mo to sierra que ene, y fue a cortar una leñita por allá, unos palos que va a cortar para un caballero que necesita, allá se los va a cortar en la tarde. Y así. Ahora está en la cues ón de la uva, ahora están agarrando uva, trabajaron hoy día hasta las 12, terminaron, ya se cerró la Capel, se cerró nomás, no recibe uva hasta el Lunes. Entonces el lunes enen que ir a cortar uva otra vez para entregar otra vez. De Lunes a Viernes y a él lo enen así pues.” Don Miguel, Hurtado. La tercera ac vidad económica relevante en el valle es la minería. Los ciclos de prosperidad que en ésta se han presentado, han es mulado la aparición de un sinnúmero de pequeñas minas de oro, plata, cobre o manganeso, transformando cíclicamente a los sujetos campesinos en pequeños pirquineros, trabajando en las di ciles y peligrosas condiciones que la pequeña minería supone. “Yo anduve dos años trabajando en el Cerro Gigante, andaba sólo ahí, en una mina. Y no hay agua ahí po’, tenía que venir abajo a buscar agua, me iba con ocho litros, cinco litros. No me duraba ni dos días, y pa’ abajo otra vez. Era muy alto, no hay na’ de agua. Dormía con el león, el león llegaba ahí mismo. Botaba las cosas y me hacía la huellazón así, se echaba atrás del ruco mío, pero el león no le hace nada a uno si no se mueve po’” Don Pedro, Hurtado Cuando la bonanza temporal de los minerales decae, la mayor parte de las pequeñas minas desaparecen y nuevamente el peso produc vo recae en el rubro agrícola y ganadero. Sin ser entonces el rubro dominante, la pequeña minería entrega una alterna va extra para diversi car las posibilidades produc vas que el valle ofrece.

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Por otro lado, una caracterís ca transversal de la economía del río Hurtado es que, dadas las par cularidades aquí expuestas, no exis a un gran ujo de dinero en las dis ntas localidades, instalándose éste como un bien escaso (“La plata anda a caballo”, versa un refrán del valle). Causa y consecuencia de esto fueron las dis ntas estrategias de autosubsistencia aquí generadas, las que le otorgaron a lo domés co y a la autoproducción un papel relevante, en tanto permi an sa sfacer muchas de las necesidades alimen cias con los productos que se elaboraban al interior del valle. Ello repercu a en que la escasez de dinero no se tradujera en la ausencia de los elementos mínimos para asegurar la subsistencia. “Con la harina se hacía la comida, se hacía así como mazamorrita, se le echaba cualquier cosita arriba, una friturita e igual pa’ hacer caldo. La harina tostada, el mote. Lo más que se comía era poroto.” Sra. Margarita, Hurtado “Estas son cosas como artesanales, no son como las fábricas.” Sra. Aída, Hurtado La memoria colec va habla de que en un pasado no muy lejano, la producción domés ca no estaba sólo asociada al trabajo agrícola y a sa sfacer las necesidades alimen cias, sino que se producían una serie de utensilios domés cos y ar culos de primera necesidad, obtenidos como fruto del hábil trabajo de múl ples artesanos locales, los que aprovechaban admirablemente los escasos recursos con los que contaban, trabajando en los más diversos o cios. “Acá antes se hacía el aguardiente, se hacía la chicha. Pa’ la chicha, se estruja la uva, y se echa a fermentar en estos. Fermenta el mismo jugo. Esa la hacían los que sabían hacer, pero yo siempre andaba me do porque mi papá andaba en todas, por ejemplo si no estaba él estaba yo po’.” Don Miguel, Hurtado
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Capítulo III / Ac vidades Produc vas

“Mi mamá hacía sombreros…sombreros de cortadera y de tea na. Es un material especial, se hace una trenza y los sombreros. La tea na sale por ejemplo cuando siembran el trigo, poroto, sale como una maleza que crece grande.” Sra. Aída, La Turquía “La gente que vivía en la Turquía era toda artesanal, mi abuelita hacía ollas, trabajaba en greda. Habían otros caballeros que hacían bateas, hacían bateas de madera, hacían guitarras, hacían zapatos, total que toda la gente era artesanal, los que no hacían una cosa hacían la otra, el estribo pa’l caballo. Había un caballero muy habiloso, hay un viejito que vivía allá y que se llamaba Isidro Alfaro y él hacía de todo, zapatos, mesas, sillas, trenzaba con totora, eran cantores, hacían guitarras.” Sra. Ana, Hurtado Progresivamente, y como parte de las múl ples in uencias modernas, los productos transados en el mercado han ido complementando y reemplazando a aquellos generados por las tareas domés cas. Dadas las mayores facilidades de acceso a los recursos que esto supone, la visión del ayer de los hurtadianos recuerda con admiración a sus padres y abuelos, los que estuvieron expuestos a grandes sacri cios para llevar a cabo sus tareas co dianas. “Antes no sé cómo les alcanzaba el empo pa’ las mamás, porque tenían que hacer todas las cosas a pulso nomás. No se compraba el deo, la azúcar, todo lo que se comía se hacía” Don Pedro, Hurtado “Mi mamá se acostaba tarde en la noche haciendo trenzas y ya se levantaba a las 5 o 6 a hacer el sombrero. A las 7 o a las 8 tenía ya el sombrero listo…le mandaban a hacer mucho sombrero, de hombre y de mujer. Yo sé pero, no me he dedicado ahora a hacer esas cosas. He estado dejá’, ya no hay fuerza para hacer esas cosas y es mucho trabajo.” Sra. Aída, La Turquía
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Los habitantes del río Hurtado han maximizado los recursos que su valle les entrega, siendo indis ntamente ganaderos, agricultores o pequeños mineros. Cada una de estas ac vidades, con importancia diferenciada en dis ntos momentos históricos y con prác cas que han variado en el empo, ha sido capaz de proveer el sustento económico a los hurtadianos. Hasta hace algunas décadas la economía del valle se basada netamente en el auto consumo, siendo los frutos de la erra la base principal de la dieta de sus habitantes. A su vez, desde los productos derivados, y valiéndose de una extendida tradición artesanal, se elaboraban una serie de utensilios u lizados en el día a día, lo que evidencia una poderosa capacidad de aprovechar al máximo los escasos recursos con que contaban. Estas tareas, por lo general duras y exigentes, eran llevadas a cabo fundamentalmente por el núcleo familiar. Sin embargo, había momentos de trabajo colec vo que eran altamente valorados y en los que destacaba la pela de duraznos. Esta era un fenómeno central en la vida de los hurtadianos ya que servía para poner en marcha un sistema de trabajo comunitario que permi a disponer de “mano de obra amiga”, ampliando la fuerza de trabajo sin la necesidad de recurrir al dinero, además de entregar un importante espacio de interacción social. Esta ac vidad también revela otra de las caracterís cas de la economía tradicional de río Hurtado, esto es, la escasez de dinero circulante que en ella exis a. Sólo en los úl mos años, y como producto de los in ujos de la modernidad, ya sea través de la mayor conec vidad o de polí cas públicas que han otorgado bene cios económicos a la tercera edad, ha exis do un mayor ujo monetario y las prác cas tradicionales han sido progresivamente reemplazadas por una creciente importancia del mercado.

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Sra. Ana, Hurtado.

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El valle en la década del 70´, fotogra a de Leonardo de la Barra.

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Don Ramón, Hurtado.

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Don Pedro, Hurtado.

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Sra. Aida, La Turquía.

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Srta. Nilda, Hurtado.

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El valle en la década del 70´, fotogra a de Leonardo de la Barra.

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Don Rolando, Hurtado.

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Don Camilo, Hurtado.

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Don Gustavo, Hurtado.

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Sra. Aída, Hurtado.

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El valle en la década del 70´, fotogra a de Leonardo de la Barra.

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Srta. Nola, Las Breas.

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Srta Noelfa, Sr a. Noelfa, Las Brea Srta. Noelfa, Las Breas. e Breas. eas.

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Srta. Luz, Las Breas.

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El valle en la década del 70´, fotogra a de Leonardo de la Barra.

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CAPÍTULO IV
El Trabajo

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Yo le levanto una casa O le construyo un camino Le pongo color al vino Le saco humito a la fábrica Víctor Jara, El hombre es un creador, 1972 El valle permi a cul var sus erras, pastorear sus vegas y extraer sus riquezas minerales, pero para muchos, esto no era su ciente, ya sea porque las erras tan intensamente subdivididas no daban cabida a las nuevas generaciones o porque las expecta vas existentes -in uidas por un imaginario colec vo que observa comúnmente a lo rural como un lugar en el que no se puede progresar- no eran cumplidas. Esto condujo a que una importante masa poblacional migrara desde Río Hurtado, especialmente hacia las ciudades mineras del norte grande y a que, de los más de 8000 habitantes que la comuna poseía en la década de los 70´, hoy sólo queden unas 4500 personas. Dis ntos pueblos y ciudades, en especial aquellos relacionados con la ac vidad minera, representaban un poderoso atrac vo para los jóvenes hurtadianos en su búsqueda de mayores oportunidades. Estos jóvenes, por lo general, poseían una escasa educación (ver Capítulo I), lo que llevó a muchos de ellos a construir biogra as en donde los aprendizajes y las herramientas laborales eran fruto del sudor y el rigor del día a día, poniendo a prueba las habilidades y el ingenio individual, al verse enfrentados a la necesidad de trabajar en los más variopintos o cios. Es así que, de una u otra manera, la historia del río Hurtado está fuertemente vinculada a poderosos procesos de emigración y son numerosos los habitantes del valle que en algún momento de sus vidas fueron seducidos por las luces urbanas y abandonaron sus hogares de manera valiente y decidida. “Me fui muchos años al norte, a la edad de 20 años. El año ‘63 me fui a El Salvador. Estuve como 5 años en El Salvador. Después de ahí me vine acá y empecé a trabajar en una cues ón para sacar un agua para Andacollo, que querían sacar el agua de aquí y llevarla para Andacollo. Después de ahí me fui a trabajar
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Capítulo IV / El Trabajo

a Andacollo, en las minas, estuve en las plantas mineras, ahí estuve trabajando, en las plantas de Don Hugo Vicuña. Después de ahí me vine y me fui para el norte de nuevo otra vez, dejé todo lo que tenía, lo vine a dejar aquí a la casa y me fui pa´l norte de nuevo, pa’ Chuqui.” Don Miguel, Hurtado. “Yo nací en la Turquía, y después estuvimos en Arica 20 años, después nos vinimos acá.” Sra. Ana, Hurtado. “Fui hasta minero, ahí en el Tofo. Y después trabajé en el manganeso. En la mina uno se ahogaba. Me aburrí ahí. Muy ahogadas las minas.” Don Ramón, Hurtado. Pese a que existe un predominio evidente de las emigraciones hacia el norte grande y su potente industria minera, este proceso no se desarrolló exclusivamente en esas la tudes, por lo que también son comunes las narraciones que dan cuenta de largos viajes laborales en las más diversas ciudades de Chile, e incluso en el extranjero. “Yo estuve mucho empo afuera, en San ago, San Bernardo, con una hermana casada. Estuve dos años en Venezuela, me fui con una sobrina. Volví hace empo. Se casó con un venezolano, ella era profesora. Yo la fui a acompañar. No me gustó mucho. El clima, el idioma, bueno el idioma es casi igual. Las costumbres, todo dis nto. Después yo me vine para acá.” Srta. Nilda, Hurtado.

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A su vez, y siendo esto quizás un símbolo de la vigencia de prác cas tradicionales de movilidad transcordillerana, hay quienes se radicaron por varios años en las provincias del noroeste argen no cruzando la cordillera, usando alguno de los pasos que servían de permanente contacto entre ambas ver entes de Los Andes, tanto para el trabajo con el ganado como para eventos signi ca vos. “Yo me fui a la Argen na un empo, y ahí se quedó mi mujer con dos hijos, una niña y un niño. Nos fuimos pasando por Las Breas y cortamos hacia adentro por la cordillera, bajamos allá a los Patos y llegamos a Villa Nueva.” Don Rolando, Hurtado. Las historias de los migrantes están marcadas por un sin n de elementos que in uyeron en la di cil decisión que supone alejarse de los seres queridos y de los espacios que son familiares para ir en búsqueda de mejores expecta vas de vida. El mundo rural de mediados de siglo XX estaba dominado por la miseria, la lejanía y la pobreza y el valle del río Hurtado no era la excepción. Estos fueron los motores principales que alentaron la emigración de muchos jóvenes. “Yo me fui porque estaba muy malo acá, se fue mi marido primero y después me fui yo con todos los hijos, me tocó a mi cargar toda la cruz pa’ allá, arreglar los monos, todo. Él se fue primero a trabajar. Acá arrendábamos un terrenito nomás, vivíamos al otro lado del río, en una casa sola.” Sra. Ana, Hurtado. “Los huertos se empezaron a acabar, no sé qué les dio, la peste parece. La juventud después de aquí, crecida, se iba, a buscar pega pa’l norte. La mayoría de los jóvenes se iban pa’l norte ahí buscaban trabajo, se casaban, después llegaban, se volvían a ir. Así es la vida aquí en Hurtado.” Srta. Nilda, Hurtado.
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Capítulo IV / El Trabajo

El principal atrac vo para dejar atrás los hogares estaba dado por los mejores ingresos que signi caba una inserción exitosa en los mercados laborales proporcionados por las ciudades. La escasez de dinero existente en Hurtado (Ver Capítulo III) contrastaba con los mejores salarios a los que se podía aspirar trabajando en las ciudades. “En ese empo yo aquí, por decir, ganaba 50 pesos, y allá llegué ganando 1000 pesos, entonces era muy grande la diferencia de plata. Yo trabajaba aquí una semana, aquí donde Don Juan Miranda, un caballero que nos daba trabajo, en la semana sacaba 500 pesos aquí. Y cuando me fui allá, en el día sacaba mil pesos. En esos años ‘60 todavía no se cambiaba el peso al escudo.” Don Miguel, Hurtado. Cuando no era la familia completa la que migraba, estos ingresos extras eran ú les para apoyar a aquellos que seguían viviendo en el valle, lo que demuestra una vez más el profundo sen do de pertenencia y el apego familiar que domina las subje vidades de los habitantes del río Hurtado (ver Capítulo II). “Vivíamos re’ bien, y alcanzaba para seguir mandándole plata para acá a la casa para seguir criando a toda la chiquireria que había acá en la casa. Nosotros éramos 10 hermanos, yo era el mayor de los hermanos, o sea, hay una hermana que es mayor que yo, pero mujer. En ese empo las mujeres para la casa nomás, y el hombre a trabajar. Entonces eso es lo que me pasó a mí, me fui a trabajar y gané dinero y enviaba dinero para acá, lo que hacía falta para el mes. Y aquí mi mamá era enferma, padecía de asma cardiaca, tenía asma y problemas cardiacos.” Don Miguel, Hurtado. La intensa búsqueda de trabajo llevaba a los hurtadianos a desarrollar los más diversos o cios, siendo, como se dijo, el “aprender haciendo” la caracterís ca compar da en la mayor parte de ellos. Así, los campesinos o ganaderos del valle se dedicaron por largos años a trabajar en industrias y o cios muy diversos, siendo quizás
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la ac vidad minera y el comercio informal que se desarrolla en torno a ésta lo que más puestos de trabajo proporcionaba. “Nosotros trabajamos en una mina, fui minero también. Esa mina era buena, sacábamos una tonelada de mineral semanal, era una mina de Magnesio, un polvo blanco. Trabajé más de 10 de años. Ahí gané algo de plata. También trabajaba con el cuero, trenzaba, hacía lazos, riendas, todas. Era talabartero, esa era mi pega. Me mandaban a hacer y las vendía.” Don Rolando, Hurtado. “Yo soy un chasquilla total, le pego a la electricidad, soy maestro carpintero, talabartero, que es lo que hago ahora. Yo estuve en El Salvador, pero no trabajé en la mina. Después estuve en Chuqui, y ahí yo entré y trabajé 6 meses como obrero, era ayudante. Pero habiendo una oportunidad, le digo a un jefe, oiga hay una oportunidad para un maquinista ahí, y yo soy maquinista pues. Yo había trabajado con el maestro que tenía yo, él era maquinista entonces él me había enseñado. ‘¿Pero cómo vas a ser maquinista si estas recién entrando a trabajar?’ me decían, y me hicieron un examen. Me subí a una máquina de las grandes, a las palas electro mecánicas y empecé a cargar camiones, a cargar trenes y cosas así. ‘Ah, estas re’ bien po, y justo falta uno.’ Ya está po’. Firmado y empleado.” Don Miguel, Hurtado “Cuando yo viví en Arica trabajaba en la industria electrónica, en los televisores. Yo después me fui a otro lado, donde se hacía el sintonizador nomás. Donde está el cambio de canal, ahí trabajaba yo, calibrando los canales pa’ que salieran perfectos. Ahí el televisor va corriendo pues, cada uno le va poniendo una pieza y después ya da el visto bueno. Mi marido también trabajaba ahí, pero yo después trabajé pocos meses y después me cambié ahí adonde se hacen los sintonizadores, estuve 5 años.” Sra. Ana, Hurtado
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Capítulo IV / El Trabajo

Esta constante búsqueda de oportunidades laborales forjó en muchos de ellos una admirable habilidad de adaptación y de aprendizaje, y una poderosa fuerza de voluntad que les permi a sobrellevar el rigor del día a día. Mientras algunos tuvieron que ejercer las más diversas tareas y desarrollar ingeniosas estrategias para encontrar y mantener empleos, otros, quizás con más estabilidad laboral, debieron ser capaces de combinar sus roles de trabajadores con los de padres, en un contexto de una evidente explotación laboral. “Yo me fui solo, era el mayor de la casa, andaba solo por allá nomás. Estuve 5 años en El Salvador pero no trabajé en El Salvador. Al principio trabajé 3 años afuera, porque era di cil entrar a trabajar a la empresa. Entonces yo trabajaba afuera, en el bienestar que se llama. Tenía que hacer aseo, yo barría las calles, barrí entero El Salvador, de punta a punta, barría las calles, le hacía aseo a los jardines, arreglaba jardines por ahí de los gringos. Después, cuando anduve en Chuqui, ahí no trabajé al ro en la empresa, trabajaba por afuera haciendo aseo, me ré de ahí para el lado de los gringos, como yo sabía, si yo en El Salvador había estado me do en esa cues ón po’. Ahí me fui a lavar alfombras. Todos los días tenía una casa a la que hacerle aseo, limpiar vidrios, encerar, lavar alfombras. Tenía que hacer algo para poderme mantener, para poder vivir.” Don Miguel, Hurtado “Mis hijos iban a la escuela en Arica, yo trabajaba y tenía que hacer las cosas de la casa, porque los niños estaban chicos, iban al colegio, en la noche, el día Sábado o Domingo lavaba hasta las 12 de la noche, para el Lunes tener todo listo para irme a trabajar otra vez, a las 7 de la mañana a trabajar todos los días.” Sra. Ana, Hurtado. El regreso de quienes son hoy las personas de mayor edad en el valle no signi có el término de esta constante búsqueda y realización de las más diversas ac vidades, quizás ya no con el vigor y la fuerza que la juventud otorga, pero sí con la experiencia y sabiduría que una vida dedicada al trabajo les ha legado. Las almas inquietas de estos hurtadianos no se han apagado, en unos casos por la necesidad de seguir trabajando para asegurar la subsistencia y en otros porque este constante hacer es lo que los de ne como sujetos.
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“A mí me gusta hacer cosas, porque yo siempre he estado haciendo cosas, siempre tratando de hacer. Yo aquí he trabajado de carpintero y talabartero, además en la agricultura, en los empos de la uva andaba trabajando, si con los cueros no se gana plata po’. Por ejemplo, en hacer una correa yo me demoro 3 días. En la uva están trabajando a $8000 pesos el día. Pero si yo le cobro 24 lucas por una correa, la encuentran demasiado cara, entonces no se gana, se gana más trabajando afuera. Yo porque no puedo trabajar, por eso lo hago.” Don Miguel, Hurtado “Después me vine acá de nuevo, y ya me quedé aquí. Trabajaba en lo que fuera, yo en la noche trabajaba hasta las 3 o 4 de la mañana, trenzando, haciendo trenzas o lazos que se llaman, los que usan los huasos para las monturas, para lacear.” Don Rolando, Hurtado “Nosotros nos fuimos el ‘69 y volvimos como el ‘85, porque ahí cerraron la industria cuando ya fue el golpe de Estado, entonces ya no había trabajo allá, así que mi marido quiso venirse a su terruño. Nosotros tenímos este terreno pa’ casa nomás, pero ahí uno pone plan tas y por ahí trabaja él, sembrando, allá en la parroquia arrendamos un terrenito a los curas, que pertenece a la parroquia. Ahí pusimos tomate, poroto, papas, zapallos, maíz, de todo un poquito. Para nosotros, pero yo también vendo verduras acá.” Sra. Ana, Hurtado Este retorno no implicó sólo el retomar las ac vidades que tradicionalmente se desarrollan en el valle del río Hurtado, sino que en muchos casos, supuso también la separación de familias que habían construido una vida en las dis ntas ciudades. Cuando las jóvenes parejas que migraron hace décadas regresaron, ya conver dos en padres y abuelos, su descendencia quedó en las ciudades en las que habían construido su vida. Empero, gracias
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Capítulo IV / El Trabajo

a los avances en conec vidad vial y las comunicaciones, hoy esta distancia no es vivida de la misma manera que hasta hace algunas décadas atrás, cuando efec vamente la mayor parte del valle se encontraba en un evidente aislamiento. “En Arica criamos a los niños, cuando nos fuimos, el más chico ya tenía 4 años. Mis hijos se quedaron allá, porque ya estaban grandes, casados. Son 5, hay 3 en Arica, hay uno en Perú, en Tacna y otro en Serena.” Sra. Ana, Hurtado “Yo tengo 6 nietos, tres niñas y tres hombres y tengo una bisnieta, una bisnieta chiqui ta, pero ya está en la escuela también, en primer año. Ellos están en Antofagasta, yo acá estoy solita con mi hijo nomás que hace todo acá.” Sra. Margarita, Hurtado Los habitantes del río Hurtado han sido parte de procesos más amplios vividos en el campo chileno hacia mediados del siglo XX, período en que la emigración hacia las ciudades tomó un fuerte impulso. Ellos son los rostros invisibles de la historia, hombres y mujeres anónimos que experimentaron y dieron vida a fenómenos mayores con una admirable capacidad de adaptación y una tenacidad a toda prueba. Este capítulo ha pretendido mostrar algunos de los múl ples senderos que estos sujetos recorrieron y mediante los cuales trazaron sus biogra as laborales. Hoy, de vuelta en el valle y pese a los muchos años y a las duras tareas a las que sus vidas los han some do, la llama del trabajo aún no se apaga en estos sujetos, los que, como lo han venido haciendo desde su niñez, deben recurrir a sus manos y a su ingenio para asegurar su bienestar. La búsqueda permanente, experimentada con la tranquilidad que le otorga la naturalización de esta forma de vida, es un elemento sustancial para entender la iden dad de los hurtadianos, permanentes y sacri cados trabajadores de campos, minas, fábricas e industrias.
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CAPÍTULO V
La Religión

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Don Oscar dice que no hay Dios, que debe ser un caballero que sabe mucho no más, pero que no hay Dios. ¡Las tonteras que dice! Don Ramón, Hurtado. La población de Río Hurtado es una comunidad profundamente religiosa. Su gente ha sido criada con un respeto incues onable a la doctrina católica, junto a la que convive el culto a la Virgen y los santos, el que ene una vasta extensión y popularidad en el valle. Algo que da cuenta de ello es la presencia constante de guras religiosas en las casas y el hecho de que las celebraciones en torno a los patronos sean consideradas como una de las instancias más importantes y especiales en la vida de los pueblos de la comuna. Estas fes vidades cons tuyen una de las tradiciones más fuertemente arraigadas en esta sociedad y rompen con la co dianeidad del trabajo campesino, no sólo para traer alegría y festejos sino también para reunir a los dis ntos miembros de la comunidad e incluso a familiares que viajan grandes distancias para rendir culto a los santos y la Virgen. Las personas de mayor edad son, en su vasta mayoría, los principales creyentes y prac cantes de la religión católica. Sin embargo, como muchas otras tradiciones, en la actualidad la prác ca religiosa está marcada por el cambio y la sensación de que su intensidad y recurrencia se han visto disminuidas con el paso del empo. “Pero si la gente an gua era muy católica. No como ahora que estamos perdiendo la tradición. Vamos muy poco a la Iglesia. Para la Semana Santa del día jueves uno no podía barrer, uno no se peinaba. Uno podía hacer la maldad más grande y no le pegaban hasta el día lunes. Del día jueves después de las 12 del día no se podía cortar nada, no se podía abrir una lata. Toda la gente puro rezando, es que estábamos de duelo porque el Señor estaba en la cruz. Pero el día domingo hacían la esta…el día domingo se comía de todo, carneaban animales…era esta y era toda la semana de alegría por la resurrección. Ahora nada.” Sra. Panchita, Las Breas.

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Capítulo V / La Religión

A par r de tes monios como éste, se reconoce que el cambio aparece siempre que las personas hablan de la religión, ligado también a la esta religiosa que es un acontecimiento único en donde se da cuenta de una capacidad par cular de celebrar la fe católica. La esta de Andacollo era, y con núa siendo, la celebración religiosa más importante y la popularidad de la Virgen hacía que la gente comúnmente se trasladara hasta ese pueblo, incluso realizando grandes viajes en el caso de quienes venían desde Argen na. Esto, pese a que no exis an vehículos y los caminos eran bastante di ciles de recorrer. “Las estas eran, ahora no es ni la mitad de lo que era an guamente la de Andacollo. Del día 23 al día 24 a las 8 de la mañana empezaban los bailes religiosos. Eran mucho baile que llegaban de otros lados; tenían que estar el día 25, 26 y 27 bailando. Sacri cado pero bonito. Antes había que ir a caballo pue’. Uuuuy. Nos demorábamos dos días. Ahora no po’, todas las comodidades, hay vehículos todos los días. Uuuuy, antes iba mucha gente. Venían de Argen na, entonces uno se entusiasmaba. Venían a caballo…entre argen nos y chilenos que habían emigrado allá. Empezaban a llegar por ahí el 15 de diciembre, el 10 de diciembre. Se quedaban acá en Las Breas. Era bonito. Nos íbamos el 23, llegábamos el 24 en la noche o el 25. Aquí pasábamos por Hurtado, por Morrillos y en Morrillos uno empezaba a subir el cerro, a cortar por allá.” Sra. Panchita, Las Breas. “Cuando chica yo iba pa’ Andacollo, íbamos a pasear a caballo, nos demorábamos una madrugada, salíamos a las 5 de la mañana y llegábamos temprano a Andacollo. Íbamos a la esta, a la esta grande de Andacollo. Antes viajaba toda la gente a caballo a la esta, no ve que no habían vehículos en aquellos años, entonces bajaba toda la gente a caballo, salían los cuyanos por aquí también por Las Breas, también pasaban por aquí pa’ la esta, desde Argen na. Salía harta gente desde Argen na, a la esta de Andacollo. Y toda la gente a caballo nomás. Yo soy devota de la Virgen, aquí la mayoría de la gente es, nosotros vamos casi todos los años a Andacollo. Ahora hay vehículos, está el camino bueno para Andacollo.” Sra. Estela, Hurtado.
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“A Andacollo voy todos los años, tengo promesa yo con ella, hasta que yo no pueda plantar mis pies ya. Aquí hay buses ahora po’, van todos los días. Ahora me sen enferma y le hice promesa a la Virgencita. Tengo mis estampita, la estoy mirando, le prendo luces…tengo que pedirle por si pueden escuchar algún día.” Sra. Aída, La Turquía. Y es que la esta religiosa y las demostraciones de fe sí enen un resultado concreto y favorable para estas personas; sobre todo cuando se mani esta este sen r de forma colec va, se reconoce que la Virgen responde. “En una oportunidad había muchos años secos, no llovía. Hicimos una promesa de ir a pies a Hurtado… fuimos a pedir una lluvia por persona. No recuerdo cuanta gente fue. Fuimos a Hurtado a pedirle lluvia a la Virgen del Carmen. Y llovió…un milímetro por persona.” Sra. Nola, El Bolsico. En general, como la religión y sus principios son muy poco cues onados y están tan integrados en la vida de las personas, la esta religiosa, siendo parte del catolicismo, se experimenta como un evento tremendamente signi ca vo pero siempre se relata como un fenómeno casi secular, un acontecimiento siempre fes vo. Lógicamente, la gura de la Virgen de Andacollo y el culto que la rodea está siempre presente, pero lo que suele enfa zarse es el viaje, los bailes, la gente que se reúne para viajar y la familia. “Yo fui muchas veces a Andacollo. Mire, con decirle… yo soy chino de la Virgen, soy del baile de Barrera, soy el número uno, soy abanderado segundo jefe del baile de Barrera. Y yo a la Virgen recuerdo que tendría 10, 12 años cuando empecé a bailarle, chiquito. Mi papá nos hizo la promesa de bailarle, porque el era muy devoto de la Virgen. Que bailáramos hasta cuando nosotros quisiéramos. Y ahora yo no más y un hermano mío que vive en Ovalle no más todavía estamos bailando. Mi hermano ene… va a cumplir 78 años. Yo voy todos los años. Y dentro de todos esos años, sacaba la cuenta yo el otro día conversando por ahí, ehmmm pongámosle 73 años, menos 10 que tendría en esa época, dentro de cómo 60, 62 años, yo a la Virgen le he
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Capítulo IV / El Trabajo

faltado 3 años no más. Un año cuando me tocó el servicio militar que lo hice en Calama, en otra oportunidad que estaba enfermo y en otra oportunidad que no pude ir porque no tenía plata.” Don Gustavo, Hurtado. Don Gustavo, quien ha sido bailarín chino gran parte de su vida, es quien puede hablar sobre ella con más detalle desde una perspec va de par cipante ac vo y organizador. Aun así, su relato estuvo más relacionado con su rol de bailarín que con la experiencia religiosa misma. “Siempre bailaba en el Baile de Barrera. El Baile se en ende de... hay abanderado, son dos o tres, y tamboreros y autas, ese es el baile chino. Los otros son danzantes, los otros turbantes, los otros, baile de instrumentos gruesos que salieron después. Esos meten harta bulla. Y el baile de nosotros como es el más tradicional, el número uno, el baile de la Virgen del Rosario de Andacollo, por eso usamos un traje rosado y cada cual lo adorna con orcitas, cues ones. Ese se manda a hacer y a bordarlo. Hay otros bailes que enen dos o tres trajes, esos son más elegantes. El traje de nosotros no, siempre es el mismo no ma’. Y el modo de bailar y todo… El Baile de nosotros que es el Baile de Barrera, el origen de nuestro baile es que somos chinos de todas partes. Vienen chinos de San ago, de Coquimbo, de río Elqui, del río Hurtado, de más al norte de Copiapó, Vallenar. Ahí nos juntamos todos en el baile, porque ellos hicieron la promesa para salir en ese baile, y esa es la forma, no somos todos del mismo lugar y de Andacollo también. Son ahí... como cuatro o cinco chinos son de Andacollo. Y hay otro baile que es parecido al Barrera que es también del Rosario número 8, que ese es el baile netamente de Andacollo. A veces cuando vamos nosotros en la esta chica en octubre juntamos un poco con el baile 8 y no se nota como ellos también son rosados y no se nota. Muy linda esa esta, es casi igual que la otra. Viene harta gente. Yo voy a puro bailar.” Don Gustavo, Hurtado.

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El gran acontecimiento que signi ca la esta de Andacollo se mezcla con el calendario religioso del valle, que es igualmente relevante, aun cuando sus eventos sean de menor escala. Cada pueblo ene un santo patrón o se encomienda a la Virgen y al niño Jesús, celebrando en su honor una vez al año. La percepción que la gente ene de las celebraciones locales también está teñida por la idea de transformación. “Otra tradición que había por aquí eran los santos, no dejaban ningún santo, siempre había algo pa’ celebrarse, y con corcova, seguían al otro día también. En los empos de Junio y Julio eran los más santos, no dejaban pasar ninguno, y ahora no po’, los cumpleaños se celebran ahora, pero antes era una tradición de los santos. Se hacían bailoteos con comilonas.” Don Pedro, Hurtado “Aquí se celebra a la Santa Teresita. An guamente era el 12 (de octubre) pero ahora se hace el 16. Santa Teresita del niño Jesús y la Virgen del Carmen que siempre andan las dos. No hay baile, donde hay es en Hurtado, en San Pedro. Yo desde que tengo uso de razón que se celebra…y era el 12 para el día de la raza. Y en El Chañar en sep embre…pero ahí no queda gente ya. Han emigrado todos, ya no hay gente.” Sra. Panchita, Las Breas. “Antes había mucha esta religiosa…ahora la que queda no más es la del Carmen. Yo, ir a verla no más, alumbrarla, dejarle pla ta en la alcancía…eso no más po’, ¿ve?” Sra. Aída, La Turquía. Pese a que se reconoce el cambio y la disminución del fervor religioso como un hecho, hay ciertos relatos que ilustran de manera par cular las consecuencias y los peligros que supone el cues onar o alejarse de los principios y las enseñanzas de la religión. En este sen do, la idea del cas go suele ser el resultado directo de estos comportamientos poco cuidadosos o alejados de lo que socialmente es aceptado.
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Capítulo IV / El Trabajo

“Cuando murió el nao Jaime, ahí si que fue atroz, un caballero que vivía pa’ allá pa’ la Turquía y falleció y dicen que estaba leyendo la magia pues, aprendiendo la magia negra. Cuando el falleció, un día 18 de sep embre, y no dejó dormir a nadie el pájaro ese. Y no hubo 18, nada. Se terminó el 18 a las 8 de la noche. Ese día estaba de cantor el Peruco. Yo no había sen do ese pájaro y lo sen esa vez, se ríe. Todo el mundo lo sin ó. Fue una cosa increíble. Dicen que lo mataron los brujos parece, leía los libros malos, de magia negra. A ese lo mataron, porque antes, por allá era cantor también, andaba con la guitarra cantando por ahí, y por allá en una parte que le llaman La Victoria, le apareció un caballero grande dicen, y le dio una zumba, le hizo ra la ropa, le pegó re mucho y le dijo, pa’ otra vez te voy a matar´. Y pasaron pocos días más, pal 18 andaba tomando aquí, no le gustó y se fue ahí pa´l vado que le llaman y ahí no había nada también. Se fueron a Morrillos, en una camione ta an gua, con otro caballero que lo llevaba, y un poquito mas allá se dio vuelta la camioneta y murió él nomás, y al chofer no le pasó na’. Y esos pájaros, los brujos, los chonchones, toda la noche y bajó una neblina pero increíble. Apareció una neblina y el pájaro se reía pero por todos lados. Nosotros estábamos en una casa allá abajo y el pájaro pasaba por los pimientos. Esa noche sin eron hasta a la llorona ahí cerca de la Iglesia. Y el pájaro se reía re mucho po’, y nosotros asustados ahí. No hubo 18 ni ninguna cosa, fue terrible.” Sra. Ana, Hurtado. “Decían que leía libros de esos malignos. Estaban estudiando de esa magia pa’ ponerle como mal a la gente. Diferentes cosas, como pa’ burlarse de uno, verlo sufrir. Esa noche, estuvo muy complicada. Se suspendió toda la esta…fue el 17 (de sep embre) en la noche. Todos asustados. Se mató él no más po’, la camioneta se par ó en dos pedazos y el chofer no le pasó na’ po’. El Jaime lo obligó a este caballero a que lo llevara a otras ramadas a alegrarse. Armó una pelea, buscó un vehículo que lo llevara más abajo, buscando otra esta. Y ahí en Morrillos ahí no más quedó pue.” Sra. Aída, La Turquía.

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La muerte de don Jaime ilustra de forma clara la noción de condena vinculada a los efectos de los comportamientos que van contra los valores morales y religiosos de un pueblo, ya que se trata de una persona que se aleja del deber ser que dicta la religión y que muestra interés en la magia, en cosas malignas y en la esta, y que encuentra, en cambio, la muerte de forma trágica. Los peligros de creer en ‘otras cosas’ y la relación de ello con los seres sobrenaturales, como el chonchón, es un factor común a todas las historias que se re rieron a este acontecimiento en par cular y demuestra la rmeza con la que se asienta el catolicismo en este lugar. Incluso, cuentan que la historia de la muerte de don Jaime tuvo otras consecuencias, también vinculadas a una falta de respeto o desacato al orden establecido por la fe católica y que las personas relacionan con una sanción. “La mamá (de don Jaime) es la que está postrada aquí al lao’ pue. Ya va a cumplir dos años ya. Se quebró y la llevaron pa’ Coquimbo y la operaron, le pusieron como un errito. Pero después se volvió a caer. Fue pa’ la esta del Carmen. No salió por la puerta donde salió la Virgencita…ella cortó por otra puerta y ahí bajando una pisadera que hay en la parroquia, allí se cayó. Fue su des no ya po’. Porque no la siguió a la Virgencita pue’. Porque no le tuvo cariño, la fe a la Virgencita, cortó por otra puerta y no la siguió a ella. Todos parados atrás de la Virgen y ella no po’. Ella cortó por otra puerta. Quedó todo, la misa, la procesión, todo en una tragedia.” Sra. Aída, La Turquía. Todos estos relatos dan cuenta de que, a pesar de reconocer que la gente ya no es tan religiosa como solía serlo, la religión está arraigada en esta población y se vive en forma de votos y promesas, de peregrinaciones y sacramentos, de cas gos y condenas. Tiene un rol central en la vida de estas personas porque no sólo responde a interrogantes existenciales sino que también enseña; los valores y principios aprendidos se aplican co dianamente y aquellos que atentan contra éstos, sufren las consecuencias, quizás entendidas como formas de jus cia divina. Las celebraciones ligadas a la religión son expresiones de un sen miento grupal a la vez que también son instancias en donde se rea rman y fortalecen los lazos sociales, sea con la comunidad o con la familia. Si bien hay varios elementos propios y comunes a la ruralidad mes za, las historias personales y las de ciertos personajes, como don Jaime, así como la manera en que las personas las racionalizan y relatan son par culares y únicas a este lugar. Ahí radica la importancia de trasmi r estos relatos, los cuales re ejan una forma especial de ver y entender este mundo.
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CAPÍTULO VI
El Cambio

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“Se van perdiendo muchas tradiciones, prác camente se ha perdido mucho. Ya no hay a quien preguntarle. Y los abuelos pasan a segundo plano.” Sra. Eda, Hurtado. En los capítulos precedentes se ha dado cuenta, de forma implícita pero bastante clara, que la realidad social y económica ha variado profundamente en el valle de río Hurtado y que las personas cuyos tes monios estructuran este libro han sido tes gos, a la vez que actores, en estas transformaciones. El cambio social es un aspecto inherente a la sociedad humana. Si bien hay sociedades que aceptan más y mejor los cambios que otras, es un hecho que el propio dinamismo de los pueblos incen va el cambio. Estos cambios pueden ser a veces impercep bles, pero con el paso del empo y con los lentes de la experiencia, resultan evidentes. Es entonces cuando se hace una evaluación de estas transformaciones, cuando los cambios ya internalizados son enjuiciados en relación al estado anterior de las cosas, en relación al pasado. Es indudable entonces que hayan valoraciones dis ntas para diferentes aspectos novedosos. Hay elementos que son claramente apreciados por los habitantes del valle, como por ejemplo el mayor y mejor acceso a la educación y a la salud, así como también hay situaciones que son al menos incomprendidas como es, por ejemplo, la escasa par cipación de los jóvenes en la vida comunal. Sin embargo, uno de los principales cambios que estas personas ven es el con nuo ‘abandono’ del valle por parte de los jóvenes. Muchos de ellos no vuelven a sus pueblos, dejándolos desaparecer en la memoria. También es cierto que los an guos habitantes se han ido muriendo y muchas casas han quedado abandonadas, lo que resulta indudablemente doloroso para los más ancianos.

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Capítulo VI / El Cambio

“Nosotros nacimos y criamos por la parte que le llaman La Turquía, un pueblito chiquito, pero ahora ya no queda na’ pueblo ya. Hay dos vivientes nomás, hay una que está la señora postrada ahí, solita. Y la otra es mi hermana po’, mi hermana que vive más arriba y que vive con su hija y los nietos. De allá la gente se fue muriendo o se fue para no volver más, acá mucha gente se va, sobre todo la juventud que se va pa’ otros lados...” Sra. Ana, Hurtado. “Ya casi no queda gente de mi edad aquí. Se fueron yendo, se fueron casando. Mis amigas de la escuela todas tan en otra parte, la verdad es que yo creo que soy la única que queda por aquí.” Srta. Nilda, Hurtado. “No, es que se murieron ya. Quedan las casas solas, se caen las paredes. Muriendo las personas se mueren hasta las paredes, todo. Crecieron los hijos, se murieron aquí mismo. Es que aquí no hay más que hacer po’.” Sra. Aída, La Turquía. El abandono de casas, y su posterior ruina, es visto como algo malo. Con añoranza se recuerda el empo en que las casas estaban ‘vivas’, funcionando. En realidad, lo que más se recuerda es un pueblo más vivo, con más gente y más niños. La idea de un futuro. “Antes había hartos niños en la escuela. Ahora casi no hay niños de aquí en la Escuela, la mayoría son niños que vienen de afuera al colegio no ma’. De Samo Alto, de los alrededores de Ovalle…” Don Gustavo, Hurtado.

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La sensación de pérdida ene que ver con los procesos vividos en relación a la migración campo-ciudad. Sin embargo, es también cierto que “todo empo pasado fue mejor”, y que estas añoranzas pueden estar teñidas por esta idea, considerando que la gente mayor son personas criadas en una sociedad tradicional, poco amiga de los cambios. Más allá de esto, no son sólo percepciones de pérdida o abandono las mostradas por los más ancianos. Algo que parece sorprender a estas personas es la transformación que ha sufrido la juventud. La juventud de hace 50 años o más, de la que fueron parte los hoy más ancianos del valle era muy par cipa va. Se organizaban estas, bailes, paseos, etc. Actualmente, quienes vivieron esa realidad ven una juventud más apagada, menos par cipa va y más individualista. “Antes se hacían más estas acá, ahora no, ahora la gente está, la juventud… no sé que les pasará. Antes todos los sábados se hacía algo. Ahora no. La juventud está más rara, no sé. Antes par cipaba más la gente. Antes se hacían más estas. Se hacía bailes aquí en la sede. La juventud era muy entusiasta antes. Ahora la juventud no sé lo que... bueno que ahora la mayoría ene televisión, Internet, que la otra wifa, pasaban encerrados y parece que eso los toma mucho, porque viven pendientes de eso. Antes no po’, antes se plani caban... ‘esta semana vamos a hacer esto, esto otro, vamos a ir para allá’. Armábamos paseos pa’ una parte, pa’ otra… En la sede social se hacían bailes… Antes se hacían en cualquier parte no más, se pedía permiso se hacía en una casa, un baile una... se sacaban reinas y cues ones. Antes era muy entusiasta la juventud. Ahora pasan más me dos en sus casas… es otra cosa.” Srta. Nilda, Hurtado. “Ahora esas cosas ya no se hacen, porque toda la gente que organizaba eso ya falleció, y ahora a la gente más joven ya no les gusta hacer esas cosas, así que ya se acabó eso también. La juventud ya no es como la gente de antes.” Srta. Estela, Hurtado.

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Capítulo VI / El Cambio

“Antes, había mucho respeto, ahora como que se está perdiendo un poco el respeto. A veces los hijos no respetan a los papás.” Don Gustavo, Hurtado. Esta idea que se ene sobre la juventud podría tener su causa en los avances que se han producido en las comunicaciones, de los cuales los jóvenes son los principales usuarios. Hoy día la juventud ene mayor acceso a diversos medios de información y entretención, como lo señalaba la señorita Nilda. De esta forma, ellos están insertos en redes sociales más amplias que las de sus padres y abuelos, forman parte de movimientos sociales y siguen es los y modas de amplio alcance. Así, han llegado al valle de río Hurtado nuevas ideas y formas de socializar, lo que evidentemente trajo y está trayendo consecuencias. Sin embargo, este acceso a nuevas tecnologías y el aumento en la conec vidad del valle con centros urbanos se fueron dando paula namente -aunque con una creciente rapidez en los úl mos años- y los ancianos del río Hurtado fueron tes gos de estos cambios. “Aquí siempre ha sido así…ahora eso sí están remozando, pusieron la luz…pero nos falta el agua potable…sale muy cara. Tenemos luz gracias a Dios, antes nos alumbrábamos con puras vela a veces unos ‘chonchoncitos’ a para na con una mechita así. […] vivíamos escasos de recursos pa’ este lado.” Sra. Aída, La Turquía. “Había una telegra sta nombrada aquí, de La Serena parece. Era telegra sta y atendía el correo. Hace empo que se fue. Y entonces mi mamá, pa’ que no se lo llevara, cedió aquí no más, la mitad de la pieza, pa’ que no quedara sin correo el pueblo. Quedó correo y teléfono. Pero ahora sacaron el teléfono. Ahora toda la gente ene teléfono acá. Ahora todos enen celular, ve esa banqueta afuera, se paran todos porque ahí ene señal. Yo le digo voy a poner una caseta y voy a empezar a cobrar. Antes se recibía correspondencia del civil, de carabineros, de la aduana. Todas las semanas, los cheques de pago, todas esas cosas. La gente ahora
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no manda muchas cosas. Ahora la gente toda embarca sus paquetes en las micros pa’ Ovalle, pa’ todas partes, porque el camino ahora lo han ensanchado, han disminuido vueltas, todas esas cosas. Antes, no. Antes era camino más como para andar de a caballo, pero así después lo fueron ensanchando… El camino no era tan expedito como es ahora.” Srta. Nilda, Hurtado. “Si llegaba a caer cada 15 días un vehículo y ahora hay que hacerse a un lado para que no lo atropellen a uno.” Don Miguel, Hurtado. No fueron sólo los avances técnicos los que cambiaron la vida de estas personas y del valle. La inclusión de éste en forma concreta y prác ca a las dinámicas estatales generó transformaciones que tuvieron gran repercusión, como por ejemplo, las mejoras en las polí cas de educación pública. Hoy el acceso a la educación es in nitamente mayor que el de antaño. Los hijos y nietos de las personas mayores tuvieron más y mejor educación. Y eso es algo de lo que ellos se enorgullecen. “Yo no tuve escuela, porque éramos crianceros del campo nomás, campesinos. A los niños nosotros les dimos estudios si, estudiaron todos. Los hijos de los niños también están estudiando, no hay ninguno que no. Uno sólo salió cabeza dura, ese creció y no aprendió nunca. Él trabaja en el campo ahora.” Don Rolando, Hurtado. “Por lo menos todas mis niñas sacaron el 4° medio. Si yo digo que lo más importante es la educación. Una de ellas hizo un curso de turismo pero nunca trabajó en eso. Y la otra de secretaria ejecu va. Hay que tener educación y saber defenderse.” Sra. Panchita, Las Breas.

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Son estos avances tecnológicos y cambios sociales los que aparentemente generan sen mientos encontrados entre los más ancianos del valle. Y es que si bien agradecen la llegada de la energía eléctrica, por ejemplo, hay ciertas cosas cues onables. Para muchos de ellos hoy día hay menos tranquilidad que antes y ya no existe la misma seguridad. La idea que prima es que antes la vida era dis nta, mucho más simple. “Lo más bonito era que la vida era tranquila, era más sano todo, todo era más sano. Salíamos a pasear, todos contentos, pa’l río a bañarnos, todos unidos. Era bonito. La noche, en la luna jugábamos al pillarnos, a saltar ahí en frente. Ahora es más complicao’… ahora el camino, la televisión, la radio, antes no habían esas cosas.” Srta. Nilda, Hurtado. “Antes era muy sana la vida, no es como ahora que uno esté pensando en esto, que va a pasar esto. En un día uno ya está pensando qué es lo que va a hacer al otro día, antes no po’, antes vivía una vida tan tranquila. No había radio, no había nada po’. Después ya empezó a salir la radio, me acuerdo que adonde vivíamos fuimos las primeras nosotros que tuvimos una radio, nadie tenia antes. Yo encuentro que era más tranquilo antes.” Sra. Margarita, Hurtado. Los cambios que se han dado en el río Hurtado no sólo han tenido repercusiones a nivel social. El paisaje ha cambiado dramá camente y las personas mayores son plenamente concientes de ello. Casas que antes estuvieron y ya no; erras donde antes se cul vaba y que hoy día enen construcciones encima; cambios climá cos; animales que ya no hay, son algunas de las cosas que evidencian esta transformación en el paisaje.

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“Hurtado está muy cambiado, muchas casas nuevas, antes no, antes era como que todo era una zona de potreros, más campo, la gente vivía nada más que de su huerto aquí.” Srta. Nilda, Hurtado. “El pueblo de Hurtado era chiqui to, estaba la hacienda, en la que trabajaba más gente antes, en la Hacienda de El Milagro. Eran puros rancheríos, pirquitas con techitos de carrizo, de totora, como ruquitas. Por aquí habían varios ranchitos.” Don Miguel, Hurtado. “La hacienda del Bosque era grande, creo que era dueño casi de todo esto, de Hurtado, de las trancas para arriba. Después fue comprando la gente a lo mejor, se fueron haciendo hartos pedazos, aquí adonde vivimos nosotros también es de ahí de la hacienda. Tan mala suerte esa hacienda, la han comprado, no duran nada, la dejan botada con un cuidador nomás, ahora incluso compraron otros y ahí está sola.” Sra. Ana, Hurtado. Estas transformaciones culturales del valle han tenido, necesariamente, repercusiones en la vida de las personas y en su relación con el entorno. En este nivel también se da una especie de añoranza por lo que fue y que ya no está. La forma en que don Gustavo ‘reu lizó’ su escuela da cuenta de ello. “Yo estudié acá en Hurtado. Donde está la escuela nueva, ahí había una escuela de adobe. La echaron abajo esa cues ón, y para recuerdo yo tengo allá abajo en el campo, abajo en el río, llevamos como cuatro camionadas de erra con adobe de la escuela y ese lo estamos usando ahora para ponerlo ahí al lado del río y armar pirca y todo eso. Ahora miro los adobes y digo ‘…mi escuela’.” Don Gustavo, Hurtado.
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Estos cambios del paisaje no se han visto únicamente en las construcciones humanas y en las repar ciones de la erra. Las personas de mayor edad han notado la ocurrencia de un cambio climá co, lo que ha traído consigo consecuencias en la can dad y variedad de plantas y animales que se pueden encontrar en el valle. “El valle está más seco ahora, antes había más fruta, habían más animales, había tanto animal.” Don Miguel, Hurtado. “Llegaba hasta aquí abajo la nieve, ahora en estos años no ha nevado, pero antes era muy nevador aquí, era muy helado. El palto se desganchaba con el peso de la nieve, había que andar con un palo botándole la nieve pa’ que se alivianara la planta, porque se quebraban enteros.” Sra. Estela, Hurtado. “Otra cosa que antes era bonito aquí, por el canal que pasa por abajo, en la noche había una cantadera de sapos y se perdieron, ya no hay ningún sapo. Pero era una cantadera en la noche grande. Se han perdido ahora.” Don Pedro, Hurtado. Otro de los cambios que se ha dado en el valle y que ene relación con todos los que se han señalado hasta aquí, es el del trabajo y la producción. Las ac vidades económicas han variado de manera sustan va a través de los años. Desde la hacienda hasta el monocul vo, las personas de este lugar se han adaptado a las necesidades, así como a la inclusión de este territorio en nuevas redes de interacción social y comercial. “La gente casi toda tenia sus vaquitas, mi abuelito aquí tenía como 30 vacas, si esto era un sólo fundo. Esto ahora es ¾ de hectárea porque es lo que le tocó a mi papá, una parte, y después el compró la otra parte
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ahí, entonces son dos partes. Eso es de un o, lo ene un primo mío. Más allá hay 3 partes más. El fundo era de mi abuelo, y el año 56 que murió mi abuelo se dividió este fundito. Subdivisión de erras.” Don Miguel, Hurtado. “La mayoría de la gente cosechaba trigo, porotos, todos esos llanos que hay para el alto estaban sembrados con trigo, ahora no hay ni agua ya, antes llovía más parece, y sembraban todo eso. Antes todo eso era llano. Ahora hay hasta casas ahí, otra acá, todos esos llanos hasta el cerro eran puros llanos, puro sembraban trigo, cosechaban el trigo, cosechaban porotos, maíz. Todo eso se perdió ahora. Bueno, ahora toda la gente que ha podido ha hecho viñas po’. Ahora han hecho puras viñas, todos los huertos puras viñas. Los huertos se perdieron. Hace poco empo que llegó Capel.” Srta. Nilda, Hurtado. “Antes tanto que se sembraba. No como ahora, ahora hay puras viñas. Viñas, viñas, pa’ donde mire hay viñas…ni una comida de nada. Antes no po’.” Sra. Aída, La Turquía. La gente del valle recuerda que an guamente la producción era mucho más diversa, tanto en la agricultura como en otras áreas produc vas. Hay conocimientos que se han ido perdiendo, ya que ahora se accede a ciertos productos comprándolos y no produciéndolos. “Ahora quién va a hacer eso, nadie pues. Si ahora la gente no sabe pelar un mote pues, que van a saber hacer una cosa así, antes hacían todo. La harina, todas esas cosas. Había que hacer la harina para hacer

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el pan po’, no se iba a estar trayendo de Ovalle cuando ni un camión llegaba.” Don Miguel, Hurtado. “Mi mamá nos mandaba a rebuscar y rebuscar granos pa’ hacer qué comer po’. El poroto, el arvejón. Nos criamos allá guerreando donde sembraba la gente…allá pedíamos rebusco y nos daba la gente. […] sembraban mucho poroto aquí. Ahora nadie, viene todo envasado, ahora nadie siembra.” Sra. Aída, La Turquía. “Allá en El Bolsico las niñas sembraban, araban, sembraban trigo cosechaban todo eso, la Nola allá arriba. Trabajaban mucho más. En cambio ahora, la viña es… después cortar la uva, ocuparse de los riegos, nada más. Antes trabajaban mucho más las niñas allá arriba.” Srta. Nilda, Hurtado. “También hilaban mucho antes, ahora no. En husos. Hilaban…una hija aprendió y yo no, muy inú l. Mermelada sí hago, pero las otras cosas no. ¡Si soy muy inú l! Allá al frente hay una viejecita que hace dulces todavía…de hoja. La Sra. Raquel. Es de las más viejitas que están quedando acá.” Sra. Panchita, Las Breas. Como se vio, los cambios en la producción están estrechamente relacionados con las transformaciones sociales y paisajís cas. A decir verdad, se encuentran insertos en las mismas dinámicas, y son productos de procesos

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que van más allá del valle de Hurtado. La inserción de la comuna en economías de mayor escala y en polí cas sociales estatales la ha hecho parte de un mundo globalizado, y esto ha sido el gran motor detrás de la transformación experimentada por la sociedad hurtadiana. Los cambios no son siempre bienvenidos, pero son muchas veces, inevitables. La gente de Hurtado ha dado un giro en su historia y las personas de más edad son conscientes de ello. Este giro ha provocado pérdidas, sobre todo de conocimientos tradicionales, pero también de un modo de vida tradicional que es casi imposible de mantener en el contexto actual. Sin embargo no todo es pérdida. Las transformaciones sociales también suponen la generación de nuevas estrategias sociales, económicas, polí cas, etc., las cuales enriquecen el bagaje cultural de un pueblo. En este sen do, las transformaciones son también circunstancias en las cuales la sociedad puede encontrar importantes mejoras en su calidad de vida, tal como se ha demostrado en este capítulo. Esta paradoja de la transformación es la que sustenta los sen mientos encontrados que presentan las personas mayores del río Hurtado respecto a su visión del cambio.

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Apéndice

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LA MIRADA DE LOS NIÑOS

El valle de río Hurtado está plagado de leyendas e historias de seres sobrenaturales, algunos comunes a buena parte del campo chileno. Son frecuentes las narraciones que hablan del Diablo y otros personajes propios del folclore campesino, como la Llorona o el Chonchón, pero también se encuentran relatos propios de esta zona, como la Cuca Mula o el Perro Negro. Casos y versiones de contactos con estos seres hay muchos y, al menos entre los más ancianos del valle, todas ellas comparten una compleja combinación de incredulidad, misterio y respeto. Es cierto que en la actualidad su creencia ha disminuido, pero aún así son conocidas por buena parte de la población. Algunas de estas leyendas se presentan a con nuación, escritas de mano de estudiantes de la comuna de Río Hurtado o bien como dibujos. Esta recopilación es fruto de una ac vidad realizada con las escuelas de El Espinal, Hurtado y San Pedro, en la que se buscó que los niños valoraran el patrimonio inmaterial de su comuna. Se presenta también una historia recopilada por el profesor de la Escuela de San Pedro, Clemente Honores. Asimismo, se exponen algunas historias de los abuelos de estos niños, que en un afán de reconocimiento de la riqueza histórica y cultural del valle, fueron recopiladas por los estudiantes de las tres escuelas. Estas ac vidades permi eron un acercamiento a las miradas e imágenes que los niños enen de la vida de sus abuelos y abuelas y fueron pensadas como una instancia de dialogo, transmisión y valoración patrimonial.

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Apéndice

Los dos burros perdidos en la cordillera (Recopilado por Clemente Honores) Don Rogelio era un hombre cargado de años y viajes a la imponente cordillera de Los Andes. Cada año este rudo anciano iniciaba su viaje de veranada montando su el burro piel de rata. Par a desde San Pedro Viejo, su lugar natal, juntando burros, caballares y mulares de todos los vecinos de los dis ntos pueblos de Río Hurtado, quienes por su enorme voluntad y cariño por las bes as cuadrúpedas le apodaron cariñosamente “Don Ochenta burros”. Una madrugada cuando recién clareaba el alba y las diucas salen de sus nidos para cantar sus primeros trinos, se encontró sorpresivamente con un viejo amigo llamado Egidio, quien rápidamente balbuceó la pregunta ´¿me ha visto unas burras medias negras?´, a lo que don Rogelio respondió burlonamente, ´si, pero no me di cuenta si tenían medias o no´. Después de cuatro o cinco días de duro cabalgar, bajo el caluroso sol de Diciembre, se acercaba a su acostumbrado des no; se dio cuenta que dos de los burritos encomendados caminaban con mucha di cultad. Se bajó de su sillero y revisó una a una las patas, dándose cuenta que había perdido las herraduras en el largo viaje. Se tomó la cabeza a dos manos, se sobó la frente y meditó qué hacer....bajó hacia el río y cortó de un palo de sauce improvisadas herraduras de forma circulares, las que clavó con dedicación a los dos asnos averiados. Horas después el viaje concluía y dejaba a su tropilla pastando en el copioso estero de San Agus n. Pasó el empo y el otoño se acercaba raudamente con su amarillento paisaje y su cielo pintado de nubarrones grises y el viejo de los Ochenta Burros volvía de nuevo a su aventura, pero ahora para traer de vuelta a cada arriero hurtadiano, a sus valiosas prendas que a ellos les servían para llevar el pan de cada día al seno de su hogar.
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Recorrió el estero por todos sus rincones, juntando bes as. Al caer la tarde los dos animales de las fér les herraduras de sauce no aparecían; como si la erra o el abismo cordillerano se los hubiera tragado. De repente un lejano rebuzno se dejó sen r en el aire. Don Rogelio pensó que era la Cuca Mula, un personaje mitológico de los lugares solos y apartados; pero se dio valor y miró hacia la copa de unos frondosos sauces que adornaban con su verde el estero. Tal fue la sorpresa al ver que sus dos burritos perdidos eran parte del leñoso tronco de ocho altos sauces que habían crecido en busca del cielo limpio y azul, gracias a las herraduras de palo verde y a la humedad del lugar.

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Ari Ariz alen ela Ariz Valenzuela, 5º básico. Escuela de El Espinal. Ariz Valenzuela, 5º básico Escuela de El Espinal. lenzu l sico Es ela ico. Escu l Espina inal

Leand Pérez, 3º básico. Escuela de El Espinal. Leandro Pérez, 3º básico. Escuela de El Espinal. Leandro Pérez dro é sico Escuela i l Espinal i

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Valeska Valdivia, 4º básico. Escuela de San Pedro

Valeska Valdivia, 4º básico. Escuela de San Pedro
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Estefany Malebrán, 3º básico. Escuela de San Pedro.

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‘El Perro Negro’ Kevin Guerrero Valdivia, 3º básico. Escuela de El Espinal.

‘La Cucamula’ Ma as Romero Cortés, 6º básico. Escuela de El Espinal.
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‘La Cucamula’ Ricardo Guerrero, 4º básico. Escuela de Hurtado.

‘Pacto con el Diablo’ Diego Malebrán, 6º básico. Escuela de San Pedro.
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‘Leñador’ Vicente Antonio Godoy, 3º básico. Escuela de Hurtado.

‘San Pedro’ Estefany Malebrán, 3º básico. Escuela de San Pedro.
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‘Trabajos’ Francisco Rojas, 3º básico. Escuela de Hurtado.

‘Arando’ Felipe Pereira, 3º básico. Escuela de Hurtado.
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‘Arriero’ Francisco Villarroel, 3º básico. Escuela de Hurtado.

‘Leñador’ Francisco Villavicencio, 3º básico. Escuela de Hurtado.
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‘Escolares’ Rocío Rojas, 4º básico. Escuela de Hurtado.

Niños de la Escuela de San Pedro.
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Niños de la Escuela de Hurtado.

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Niños de la Escuela de El Espinal.

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PIMENTEL, G. 2002. “Iden dades y Arqueología”. Revista Werkén 4. PNUD 2008. “Desarrollo Humano en Chile rural. Seis millones por nuevos caminos”. San ago, Chile. ZUMTHOR, P. 1991. “Introducción a la poesía oral”. Madrid: Taurus.

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Memorias de Río Hurtado

www.memoriasderiohurtado.cl

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