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IS8C|.

OBRAS
COMPLETAS

DE CERVANTES
TOMO
V.

'

é

1

•:

-^

OBRAS
COMPLETAS

DE CERVANTES
DEDICADAS A
S.

A. R.

EL SERMO.

SR.

INFANTE

DON SEBASTIAN GABRIEL DE BORBON

Y BRAGANZA.

TOMO

V.

EL INGENIOSO HIDALGO

DON QUIJOTE DE LA MANCHA
lEXTO CORREGIDO CON ESPECIAL ESTUDIO DE LA PRIMERA EDICIÓN
,

POR

D.

J.

E.

HARTZENBUSCH.

..•-"

,^ ^^^'^rrS?; :i^

-

^ A*-^

"

ARGAiMASILLA DE ALBA,
IMPRENTA DE DON MANUEL RIVADRNEYRA,
(casa

que

filé

prisión de Cervánres).

1863.

APROBACIÓN.

Villa de

Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, Vicario general desta Madrid, Corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda

Parte del Ingenioso Caballero Don pajote de la Mancha ^ por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hallo en él cosa indigna de un cristiano
celo, ni que disuene de
la

decencia debida á buen ejemplo ni virtudes
la

morales; antes

mucha

erudición y aprovechamiento, así en

continencia

de su bien seguido asunto, para extirpar los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio habia cundido más de lo que fuera justo, como
en
la

lisura del lenguaje castellano,

no adulterado con enfadosa y estu-

diada afectación (vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos); y en
la

corrección de vicios, que generalmente toca, ocasionado de sus agudos

discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprehensión cristiana, que

aquel que fuere tocado de

la

enfermedad que pretende curar, en

lo

dulce

y sabroso de sus medicinas gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestación de
su vicio, con que se hallará (que es lo

más

difícil

de conseguirse) gustoso

y reprehendido. Ha habido muchos que por no haber sabido templar ni mezclar á propósito lo útil con lo dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra; pues no pudiendo imitar á Diogenes en lo filósofo y docto, atreen
vida, por no decir licenciosa y desalumbradamente, le pretenden imitar lo cínico, entregándose á maldicientes, inventando casos que no paal vicio que tocan de su áspera reprehensión; y por ventura descubren caminos para seguirle, hasta entonces ignorados, con

saron, para hacer capaz

que vienen á quedar, si no reprehensores,á lo menos maestros del. Hácense odiosos á los bien entendidos, con el pueblo pierden el crédito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos; y los vicios que arrojada é imprudentemente quisieron corregir, en muy peor estado que antes; que no todas
las

ó cauterios

postemas á un mismo tiempo están dispuestas para admitir las recetas antes algunas mucho mejor reciben las blandas y suaves me;

VI

APROBACIÓN.

el atentado y docto médico consigue el fin veces es mejor que 'no el que se almuchas que de resolverlas término han sentido de los escritos de diferente Bien hierro. del canza con el rigor las extrañas, pues como como nación nuestra así Miguel Cervantes,

dicinas, con cuya aplicación
:

á milagro desean ver el autor de libros

que con general aplauso,

así

por

su decoro y decencia, como por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido España, Francia, Italia, Alemania y Flándes. Certifico con

verdad que en veinte y cinco de Febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, Carla visita que á su IlustríEmbajador de Francia, que vino á tratar cosas tocantes á los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses de los que vinieron acompañando al Embajador, tan corteses como

denal, Arzobispo de Toledo, mi señor, á pagar
el

sima hizo

entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron á mí y á otros capellanes del Cardenal, mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio

andaban más validos; y tocando acaso en éste, que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron á hacer lenguas, encareciendo la estimación en que, así en Francia
la Galatea^ que Primera Parte desta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Hálleme obligado á decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre; á que uno respondió estas formales palabras Pues ¿íi tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público? Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo Si necesidad

como

en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras
la

:

alguno dellos tiene casi de memoria,

:

:

le

ha de obligar
^

ci

escribir^ plega a
.^

Dios que nunca tenga abundancia , para que
rico á todo el

con sus obras

siendo él pobre

haga

mundo. Bien creo que está

para censura un poco larga; alguno dirá que toca los límites de lisonjero

mas la verdad de lo que cortamente digo, deshace en el crítico la sospecha, y en mí el cuidado: ademas que el dia de hoy no se lisonjea á quien no tiene con qué cebar el pico del adulador, que aunque afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras. En Maelogio;
drid, á veinte y siete de Febrero de mil seiscientos y quince. ciado Márquez Torres.

— — El Licen-

; ,

-

epístola
DEDICATORIA AL CONDE DE LEMOS.

Enviando á vuestra Excelencia,
que representadas
^^^^^^;^¿
,

los dias

pasados, mis comedias, antes impresas
las
UiíaÍícÍ.
ttu«/m,
',

si

bien
las

me

acuerdo, dije que Dof2 i^ijote quedaba calzadas
;

,

'ñA^X (ta/.

espuelas para

ir

á besar

manos á vuestra ^pxcelencia y ahora digo que sejas ha
si

{jml ¿oha*/t.

\

1^^ p^
íilco^jMíí.

calzado y
^Igi^ii

se^lia'

puesto en camino; y

él

allá llega, es

me
la

parece que habré hecho
la

a^^JíX. -tn-CA^
.r^<r<Jr?»
,

servicio

á vuestra Excelencia, porque
le

mucha
se

priesa

que de

infinitas

tuwwuAt

tu-

(Wix,

partes

me

dan á que

envié, para quitair^ei

ámago y
el

náusea que ha causado otro
el

o'>^o^/wAt
'-0/4

Don
fp dLuvuTA
'/vc«,/v

¡fijóte, que, con

nombre de Segunda Parte,

ha disfrazado y corrido por
la

d'oa^c'-^

'/.^--.-^

orbe.

Y

el

que más ha mostrado desearle ha sido

grande Emperador de

China
-

^^j^
-^^CL.

pues en lengua chinesca, habrá un mes que

me

escribió una carta

con un propio,

ívo/ve.

e

^^ rwO

pidiéndome, ó por mejor decir, suplicándome,

se le enviase,

porque queria fundar

un colegio, donde
á ser
para
rector del

se leyese la lengua castellana,

fuese el de la Historia de
el
tal

Don

¿¿uijote ;

y queria que el libro que se leyese juntamente con esto, me decia que fuese yo
si

colegio. Pregúntele al portador
costa.

Su Majestad

le

habia dado

mí alguna ayuda de
le

Respondióme que

ni

por pensamiento. «Pues, herlas

mano,
ó á
las

respondí yo, vos os podéis volver á vuestra China, á

diez, ó á

las

veinte,

que venis despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan

largo viaje;

ademas que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros; y emperador por emperador y monarca por monarca, en Ñapóles tengo al grande Conde de Lémos, que sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara, y hace más merced que la que vo acierto á desear.» Con esto le despedí, y con esto

me

despido, ofreciendo á vuestra Excelencia Los Trabajos de Persiles y Sigismunda

libro á quien daré fin dentro de cuatro meses,

Deo

volente ;

el

cual ha de ser, ó el
los

más malo ó
según
la

el

mejor que en nuestra lengua
;

se

haya compuesto (quiero decir de

de entretenimiento)

y digo que

me

arrepiento de haber dicho el más malo , porque,
al
;

opinión de mis amigos, ha de llegar
la

extremo de bondad
que ya estará

posible.

Venga

vuestra Excelencia con
las

salud que es deseado

Pers'iles

para besarle

manos, y yo los pies, como criado que sov de vuestra Excelencia. último de Octubre de mil seiscientos y quince.
Criado de 'vuestra Excelencia,

De Madrid,

Miguel

de

Cervantes Saa\ edra.

PROLOGO AL LECTOR.

¡

Válame Dios, y con cuánta gana debes de
lector
ilustre,

estar

esperando

ahora,

ó quier plebeyo, este Prólogo, creyendo

hallar en él

venganzas, riñas y vituperios del autor del segundo
aquel que dicen que se engendró en Torte

Don fijóte! digo de
desillas

y nació en Tarragona. Pues en verdad que no

he de dar
en

este contento;
los

que puesto que
el

los agravios despiertan la cólera

más humildes pechos, en

mió ha de padecer excepción

esta

regla.

Quisieras tú que le diera del asno, del mentecato y del

atrevido; pero no

me
lo

pasa por

el

pensamiento: castigúele su pe-

cado, con su pan se

coma, y

allá se lo haya.

Lo que no

he po-

dido dejar de sentir es, que
si

me

note de viejo y de manco,

como

hubiera sido en mi

sase

por mí, ó
la

si

mano haber detenido el tiempo, que no pami manquedad hubiera nacido en alguna taberna,
que vieron
los siglos

y no en

más

alta ocasión

pasados y

los

presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis heridas no resplan-

decen á los ojos de quien

las

mira, son estimadas á lo menos en
;

la

estimación de los que saben dónde se cobraron

que
la

el

soldado

más

bien parece muerto en

la
si

batalla

que

libre

en

fuga; y es

esto en mí de manera, que

ahora

me

propusieran y facilitaran

un imposible, quisiera antes haberme hallado en aquella facción
prodigiosa, que sano ahora de mis heridas, sin haberme hallado

en

ella.

Las que

el

soldado muestra en

el

rostro y en los pechos,

X
estrellas son

pk(3lo(;ü.

que guian
;

á los

demás

al

cielo

de

la

honra, y hacen de-

sear

la

justa alabanza
el

y hase de advertir que no se escribe con las
el

canas, sino con
años.

entendimiento,

cual suele mejorarse con los

He

sentido también que

me

llame invidioso, y que,
;

como

á

ignorante,

me

describa qué cosa sea la invidia

que en realidad de
la

verdad, de dos que hay, yo no conozco sino á
y bien intencionada; y siendo esto así,

santa, á la noble

como
si

lo es,

no tengo yo

de perseguir á ningún sacerdote,
Familiar del Santo Oficio
dijo,
;

y más

tiene

por añadidura ser
lo

y

si

él lo
;

dijo

por quien parece que
tal

engañóse de todo en todo
las

que del

adoro

el

ingenio, ad-

miro
le

obras y

la

ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto,
el

agradezco á este señor autor

decir

que mis novelas son más
y no lo pudieran

satíricas

que ejemplares, pero que son buenas :-

ser

si

no tuvieran de todo.

Paréceme que
tengo

me
los

dices

que ando

muy
que

limitado, y que

me

con-

mucho en

términos de mi modestia, sabiendo que no se
al

ha de añadir aflicción

afligido, y

la

que debe de tener

este

señor sin duda es grande, pues no osa parecer á
al cielo
si

campo

abierto y

claro, encubriendo su

nombre, fingiendo su

patria,

como

hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si por ventura

llegares á conocerle, dile

de mi parte que no

me

tengo por agra-

viado

;

que bien mayores

sé lo

de

las

es ponerle á

que son tentaciones del demonio, y que una un hombre en el entendimiento que
libro,

puede componer y imprimir un

con que gane tanta fama

dineros, y tantos dineros cuanta fama; y para confirmación desto, quiero que, en tu buen donaire gracia, le cuentes este

como

y

cuento.

Habia en

Sevilla

un loco, que dio en
el

el

más gracioso

disparate

y tema que dio loco en

mundo; y

fué, que hizo un cañuto de

caña, puntiagudo en

el fin; y en cogiendo algún perro en la calle o en cualquiera otra parte, con el un pié le cogia el uno suyo, y el

otro

le

alzaba con
la

la

mano, y como mejor podia
le

le

acomodaba

el

cañuto en

parte que, soplándole,

ponia redondo como una

PROLOGO.

XI

pelota; y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la

barriga y

le

soltaba, diciendo á los circunstantes,

que siempre eran
es

muchos: «¿Pensarán vuesas mercedes ahora que
hinchar un
perro!» —-¿Pensará

poco trabajo
es

vuesa merced ahora que

poco

trabajo hacer

un

libro!

—Y

si

este cuento

no

le

cuadrare, dirásle,

lector amigo, éste, que también es de loco y de perro.

Habia en Córdoba otro
encima de
la

loco,

que tenia por costumbre de

traer

cabeza un pedazo de losa de mármol ó un canto no

muy
perro

liviano; y en

topando algún perro descuidado,
él el

se le

ponia
el

junto, y á plomo dejaba caer sobre
,

peso; amohinábase
tres calles.

y dando ladridos y aullidos

,

no paraba en
la

Su-

cedió pues que, entre los perros en que descargó

carga, fué uno

un perro de un bonetero, á quien queria mucho su dueño. Bajó
el

canto , dióle en

la

cabeza

,

alzó

el

grito el

molido perro
al
:

,

violo y

sintiólo su amo, asió de una vara de medir, y salió
le

loco y no
((¡Perro,

dejó hueso sano, y á cada palo que

le

daba, decia

ladrón! ¿á mi podenco!

¿No

viste, cruel,

que era podenco mi
,

perro
al

!

»

Y

repitiéndole

el

nombre de podenco muchas veces envió
Escarmentó
al
el

loco hecho una alheña.
salió á la

loco

,

y retiróse

,

y en más

de un mes no

plaza,
carga.

cabo del cual

tiempo volvió con
el

su invención y con

más

Llegábase donde estaba

perro

,

y mirándole

muy

bien de hito en hito, y sin querer ni atreverse

á descargar la piedra,

decia: «Este es podenco; ¡guarda!»

En

efecto, todos cuantos perros topaba,

aunque fuesen alanos ó goz,

ques, decia que eran podencos

;

y

así

no soltó más
este

el

canto.
:

Quizá
se

de esta suerte

le

podrá acontecer á

historiador

que no

atreverá á soltar

más

la losa

de su ingenio en libros, que en siendo
peñas. Dile también que de la ame-

malos, son más duros que

las

naza que

no

me hace, que me ha de quitar la ganancia con su libro, me da un ardite que acomodándome al entremés tamoso de La Perendenga le respondo que me viva el Veinticuatro mi señor,
se
;

,

y Cristo con

todos.

Vívame

el

gran Conde

de Lémos, cuya

cristiandad y liberalidad, bien conocida,

contra todos los golpes

XII

PRÓLOGO.

de mi corta fortuna

me

tiene en pié; y

vívame

la

suma

caridad

del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas; y siquiera no haya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman

contra mí

más

libros

que tienen

letras las

coplas de

Mingo Reni

vulgo. Estos dos príncipes, sin que

los solicite

adulación mia

otro género de aplauso, por sola su bondad, han tomado á su

cargo

el

hacerme merced y favorecerme, en
rico

lo

que

me

tengo por

más dichoso y más
pero no

que

si

la

fortuna por camino ordinario
tener
el

me

hubiera puesto en su cumbre.
el

La honra, puédela
la

pobre,

vicioso; la

pobreza puede anublar á

nobleza, pero
sí,

no escurecerla del todo; pues

como

la

virtud dé alguna luz de

aunque

sea por los inconvenientes y resquicios de la cstrecheza,
el

viene á ser estimada de los altos y nobles espíritus, y por
siguiente favorecida.
á

,

con-

Y
,

no

le

digas más, ni yo quiero decirte

más

sino advertirte
,

que consideres que esta Segunda Parte de
es cortada del

Don

fijóte

que
la

te

ofrezco
,

mismo
doy
á

artífice

y del

mismo

paño que

primera

y que en

ella te

Don

Quijote dila-

tado, y finalmente muerto y sepultado, porque ninguno se atreva
á levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados; y basta

también que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas
locuras, sin querer de

nuevo entrarse en

ellas;

que

la

abundancia

de

las

cosas,

aunque sean buenas, hace que no
las

se estimen; y la

carestía,

aun de

malas, se estima en algo. Olvidábaseme de
el

decirte

que esperes

Persiles

y

que ya estoy acabando, v

la

Se-

gunda parle de Calatea.

EL INGENIOSO HIDALGO

DON

QJJIJOTE DE LA

MANCHA

SEGUNDA PARTE.

CAPITULO PRIMERO.
De
lo

que

el

Cura y

el

Barbero pasaron con

Don

Quijote cerca de su enfermedad.

Cuenta Cide Hamete Benengeli en
historia,

la

Segunda Parte desta

y tercera

salida

de

Don
las

Quijote, que
sin verle,

Barbero

se estuvieron casi

un mes

Cura y el por no renoel

varle y traerle á la

memoria

cosas pasadas; pero no por

esto dejaron de visitar á su sobrina y á su

ama, encargán-

dolas tuviesen cuenta con regalarle, dándole á

comer

cosas

confortativas y apropiadas para el corazón y

el

celebro, de

donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura
:

las cuales

dijeron

que

así lo

hacian y lo harian con

la

voluntad y cuidado posible, porque echaban de ver que su
señor por

momentos

iba

dando muestras de

estar

en su en-

tero juicio; de lo cual recibieron los dos gran contento, por

parecerles

que hablan acertado en haberle

traido encantado
la

en

el

carro de los bueyes,

como

se

contó en

Primera Parte

2

DON f^JIfOTE DE LA MANCHA.

desta tan grande
pítulos;

como

puntual historia, en sus últimos cavisitarle

y

así,

determinaron de

y hacer experiencia
la

de su mal y cura; aunque tenian casi por imposible que
tuviese;

y acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse á peligro de descoserlos de
la

herida, que tan tiernos estaban.
Visitáronle en fin, y halláronle sentado en la

cama, ves-

tida

una almilla de bayeta verde, con un bonete colorado

toledano; y estaba tan seco y
sino

amojamado, que no parecía

hecho de carne momia. Fueron del

muy

bien recebisí

dos; preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de
ella
el

y de

con

mucho

juicio

y con

muy

elegantes palabras; y en

discurso de su plática vinieron á tratar en esto

que llaman
este

razón de estado y

modos de gobierno, enmendando

abuso y condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada uno de los tres un nuevo
legislador,
tal

un Licurgo moderno, ó un Solón flamante
la república,

:

y de

manera renovaron

que no pareció sino que
la

la

habian puesto en una fragua, y sacado otra de

que pu-

sieron.
las

Y

habló

Don

Quijote con tanta discreción en todas

materias que se tocaron, que los dos examinadores cre-

yeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su
entero juicio.

Halláronse presentes á
se

la plática la

Sobrina y

Ama,
el

y no

hartaban de dar gracias á Dios de ver á su señor con tan
el

buen entendimiento; pero
,

Cura, mudando

propósito
,

primero que era de no tocarle en cosa de caballerías
hacer de todo en todo experiencia Quijote eni
á
si

quiso

la

sanidad de

Don

filsa

ó verdadera: y así, de lance en lance, vino
la

contar algunas nuevas que habian venidt^ de

Corte, v

»

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
entre otras, dijo que se tenia por cierto que

I.

3

el

Turco bajaba

con una poderosa armada, y que no se sabia su designio, ni adonde habia de descargar tan gran nublado; y con este te-

mor, con que
ella

casi

cada año nos toca arma, estaba puesta en

toda

la cristiandad,

y Su Majestad habia hecho proveer
Sicilia

las costas

de Ñapóles y

y

la isla
:

de Malta.

A

esto respondió

Don

Quijote

"

Su Majestad ha hecho

como prudentísimo
tiempo, porque no
si

guerrero en proveer sus estados con

le halle

desapercebido

el

enemigo; pero

se

tomara mi consejo, aconsejárale yo que usara de una
la

prevención, de

cual

Su Majestad,
ella.

á la hora de agora,

debe

estar

muy

ajeno de pensar en

Apenas oyó

esto el

Cura, cuando

dijo entre

:

«

Dios

te

tenga de su mano, pobre
te

Don

Quijote; que

me

parece que

despeñas de

la alta

cumbre de

tu locura hasta el profundo

abismo de tu simplicidad.

Mas
.

el

Barbero, que ya habia dado en
el

el

mismo pen-

samiento que
la

Cura
la

,

preguntó á

Don

Quijote cuál era

advertencia de

prevención que decia era bien se hi-

ciese; quizá podria ser tal,

que

se pusiese

en

la

lista

de

los

muchos advertimientos impertinentes que
príncipes.

se suelen dar á los

«El mió, señor rapador,

dijo

Don
el

Quijote, no será im-

pertinente, sino perteneciente.

— No
que
se

lo

digo por tanto, replicó

Barbero, sino porque
los

tiene mostrado la experiencia

que todos ó

más

arbitrios

dan á Su Majestad, ó son imposibles ó disparatados,

ó en daño del

— Pues

Rey ó

del reino.

el

mió, respondió
el

Don

Quijote,

ni

es

imposi-

ble ni disparatado, sino

más

fácil, el

más

justo y el

más

A

DON f^JIJOTE DE LA MANCHA.
arbi-

mañero y breve que puede caber en pensamiento de
trante alguno.

dijo el

— Ya Cura. — No
,

tarda en decirle vuesa

merced, señor

Don

Quijote,

querria, dijo

Don

Quijote, que

le dijese

yo aquí
señores

agora, y amaneciese
consejeros
trabajo.

mañana en
las

los oidos

de

los

y se llevase otro

gracias y el

premio de mi

— Por mí,
jere, á rey ni á

dijo el

Barbero, doy

la

palabra, para aquí y

para delante de Dios, de no decir lo que vuesa merced di-

Roque,

ni á

hombre
las

terrenal;
el

juramento que
al

aprendí del romance del cura que en
del ladrón
la

prefacio avisó

Rev

que

le

habia robado

cien doblas y la su

muía

andariega.

— No
bueno
bien
el

historias, dijo

Don

Quijote; pero sé que es
es

ese

juramento, en

fe

de que sé que

hombre de

señor Barbero.
lo fuera, dijo el

— Cuando no
por
él,

que en

este
lo

abono y salgo caso no hablará más que un mudo, so
le

Cura, yo

pena de pagar

—Y
secreto.

juzgado y sentenciado.
le fia,

á vuesa

merced, ¿quién

señor Curar dijo

Don

Quijote.

— Mi

profesión, respondió

el

Cura, que

es

de guardar

— ¡Cuerpo de
junten en
la

tal!

dijo á esta sazón

Don

Quijote; ¿hay
se

más, sino mandar Su Majestad por público pregón que
Corte, para un dia señalado, todos

los caballe-

ros andantes

que vagan por España? que aunque no vinietal

sen sino

media docena,

podria venir entre ellos que solo

bastase á destruir toda la potestad del

Turco. Esténme vues-

»

»

:

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
tras

1.

5

mercedes atentos, y vayan conmigo. ¿Por ventura

es

cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de

docientos mil hombres,
sola garganta ó fueran

como

si

todos juntos tuvieran una

hechos de alfeñique ? Sino, díganme

¡cuántas historias están llenas destas maravillas! ¡Habia, en-

horamala para mí (que no quiero decir para otro), de

vivir

hoy

el

famoso don Belianis

,

ó alguno de
si

los del

innumeravi-

ble linaje de viera, y
la

Amadis de Gaula! que
el

alguno destos hoy

con

Turco

se afrontara, á fe

que no

le

arrendara

ganancia. Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará alsi

guno que,
lleros, á lo

no tan bravo como

los

pasados andantes caba-

menos no
dijo á este

les será inferior

en

el

ánimo... y Dios

me

— ¡Ay!
A
lo

entiende, y no digo más.

punto

la

Sobrina

:

¡que

me
!

maten,
n

si

no quiere mi señor volver á

ser caballero
:
c(

andante

que

dijo

Don

Quijote
el

Caballero andante he de
él

morir; y baje 6 suba

Turco cuando

quisiere y cuan

poderosamente pudiere
entiende.

;

que otra vez digo que Dios

me

A
des

esta sazón dijo el
se

Barbero

:

«

Suplico á vuesas merce-

que

me

dé licencia para contar un cuento breve, que

sucedió en Sevilla, que, por venir aquí

como

de molde,

me
le

da gana de contarle.

Dio

la licencia

Don
él

prestaron atención , y
u

Cura y los demás comenzó desta manera
Quijote, y
el

En

la casa

de

los locos

de Sevilla estaba un
allí

hombre

,

á

quien sus parientes habian puesto

por

falto

de juicio: era
lo fuera

graduado en cánones por Osuna; pero aunque

por

Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco.
Este
tal

graduado,

al

cabo de algunos años de recogimiento.

5
se dio á

DüN (^JIJÓTE DE LA MANCHA.

entender que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al Arzobispo suplicándole
, ,

encarecidamente, y con

muy

concertadas razones,

le

man-

dase sacar de aquella miseria en que vivia; pues, por la misericordia de Dios, habia ya

cobrado
la

el

juicio perdido; pero

que sus parientes, por gozar de
nían
la
allí,

renta de su hacienda, le te-

y á pesar de

la

verdad, querían que fuese loco hasta

muerte. El Arzobispo, persuadido de
,

muchos

billetes

con-

certados y discretos
del

mandó
si

á

un capellán suyo

se

informase
le

Retor de

la

casa

era verdad lo

que aquel licenciado
él;

y que si le pareciese que tenia juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el Capellán, y el Retor le dijo que aquel hombre aun se
escribía, y

que asimismo hablase con

estaba loco;

que puesto que hablaba muchas veces como
al

persona de grande entendimiento ,
tas

cabo disparaba con taná sus

necedades, que en

muchas y en grandes igualaban

primeras discreciones,

como
el

se

podia hacer

la

experiencia,

hablándole. Quiso hacerla
loco, habló con él

Capellán; y poniéndole con el una hora y más, y en todo aquel tiempo

jamas

el

loco dijo razón torcida ni disparatada; antes habló

tan atentadamente,
el

que

el

Capellán fué forzado á creer que
otras cosas

loco estaba cuerdo.

Y entre

que

el

loco

le dijo

fué,

que

el

Retor

le tenia ojeriza, le

por no perder

los regalos

que sus parientes

hacian porque dijese que aun estaba

loco y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia tenia era su mucha hacienda; pues por gozar della sus

enemigos
le

,

ponían dolo y duda en

la

merced

que Nuestro Sefior

había hecho en volverle de bestia en
él

hombre. Finalmente,
choso
al

habló de manera, que hizo sospe-

Retor, codiciosos v desalmados á sus parientes, v á

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
él

I.

J
llevársele
la

tan discreto,
el

que

el

Capellán

se

determinó á
y tocase con

consigo á que
la

Arzobispo

le viese,

mano
allí

verdad de aquel negocio.
al

Con

esta

buena

fe, el

buen Ca-

pellán pidió

Retor mandase dar
al

los vestidos,

con que

habia entrado,

Licenciado

:

volvió á decir

el el

Retor que
Licenciado
el

mirase lo que hacia, porque sin duda alguna

aun

se estaba loco.

No

sirvieron de

nada para con

Cape-

llán las prevenciones

y advertimientos del Retor, para que
Licenciado sus vestidos, que eran
él se

dejase de llevarle; obedeció el Retor, viendo ser orden del

Arzobispo; pusieron

al

nuevos y decentes

;

y

como
al

vio vestido de cuerdo y desle diese li-

nudo de loco,
cencia para
ir

suplicó

Retor que por caridad

á despedirse de sus
él

compañeros

los locos.

El

Capellán dijo que

le

queria acompañar, y ver los locos
ellos

que en
nos

la casa habia.

Subieron, en efeto, y con
;

algu-

que
jaula

se

hallaron presentes

y llegado

el

Licenciado á

una

adonde estaba un loco furioso, aunque entonces
le

sosegado y quieto,

dijo

:

^

Hermano mió, mire
sin

si

me

manda

algo;

que

me

voy á mi casa; que ya Dios ha sido

servido, por su infinita
recerlo, de

bondad y misericordia,
juicio.

yo me-

volverme mi

Ya

estoy sano y cuerdo; que
:

acerca del poder de Dios ninguna cosa es iinposible

tenga

grande esperanza y confianza en
vuelto á
confia.

él;

que pues á mí

me
si

ha
él

mi primer

estado, también le volverá á él,

en

Yo

tendré cuidado de enviarle algunos regalos que
;

coina

;

y cómalos en todo caso

que

le

hago saber que imaque todas nuestras
lo-

gino (como quien ha pasado por

ello)

curas proceden de tener los estómagos vacíos y los celebres
llenos de aire
:

esfuércese, esfuércese; que
la

el

descaecimiento
^^

en los infortunios apoca

salud v acarrea la muerte.

,

8
w

DON QUIJOTE DK LA MANCHA.
Todas
estas razones del

Licenciado escucho otro loco,

que estaba en otra jaula, frontero de la del furioso; y levantándose de una estera vieja donde estaba echado y desnudo
en cueros, preguntó á grandes voces quién era
sano y cuerdo. El Licenciado respondió
el
:

el

que

se iba

«Yo

soy,

hermano,

que
lo

me

voy; que ya no tengo necesidad de estar más aquí,
infinitas gracias á los cielos,

por

que doy

que tan grande

merced
))

me han
lo

hecho.

— Mirad
,

que decís. Licenciado; no os engañe
:

el

dia-

blo

replicó el loco

sosegad

el

pié

,

y estaos quedito en vuesLicenciado, y no

tra casa,
))

— Yo

y ahorraréis

la vuelta.
el

que estoy bueno, replicó

habrá para qué tornar á andar estaciones.
))

— ¿Vos, bueno!
Sevilla
,

dijo el loco: agora bien, ello dirá.

An-

dad con Dios; pero yo os voto á Júpiter, cuya majestad yo
represento en la tierra, que por solo este pecado que

hoy co-

mete

en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo
tal

tengo de hacer un

castigo en ella,

que quede memoria

del por todos los siglos de los siglos,

amén. ¿No sabes

tú,

Licenciadillo

menguado, que

lo

podré hacer, pues,

como
los ra-

digo, soy Júpiter Tonante, que tengo en mis

manos

yos abrasadores
el
!

,

con que puedo y suelo amenazar y destruir
sola

mundo Pero con
y contorno por
el

una cosa quiero castigar á
él ni

este ig-

norante pueblo, y es con no llover en
trito

en todo su dis-

tres enteros

años , que se han de contar
esta

desde

dia y

punto en que ha sido hecha
libre, tú sano, tú

amenaza en

adelante.

cuerdo! y ¡yo loco, v yo enfermo, y yo atado! Así pienso llover, como pensara ahorcarme.
))

¡Tú

»

A

las

voces y á

las

razones del loco estuvieron los cir-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

I.

9

cunstantes atentos; pero nuestro Licenciado, volviéndose á

nuestro Capellán y asiéndole de

las

manos,

le

dijo:

«No
que

tenga vuesa merced pena, señor
este loco

iTiio, ni

haga caso de

lo

ha dicho que
;

si él

es Júpiter ,
el

y no quisiere llover

yo, que soy Neptuno,
veré todas
w

el

padre y

dios de las aguas, llo-

las
el

veces que se

me
:

antojare y fuere menester.»

Rióse

Retor y
el

los presentes,

por cuya
todo eso
:

risa se
,

medio

corrió y respondió

Capellán
al

«

Con

señor

Nep-

tuno, no será bien enojar

señor Júpiter

vuesa merced se

quede en su

casa;

que otro dia, cuando haya más comodi,

dad y más espacio volveremos por vuesa merced. « Desnudaron al Licenciado, quedóse en casa, y acabóse el cuento, n

— Pues
!
¡

¿éste es el cuento, señor Barbero, dijo

Don Quies

jote,

que por venir aquí como de molde, no podia dejar de

contarle

Ah

,

señor rapista señor rapista
,

!

y

¡

cuan ciego

aquel que no ve por tela de cedazo!

Y

¿es posible
se

que vuesa

merced no sabe que
genio á ingenio
,

las

comparaciones que
,

hacen de in-

de valor á valor

de hermosura á hermo-

sura y de linaje á linaje son siempre odiosas y mal recebidas!

Yo, señor Barbero, no soy Neptuno,

el

dios de las

aguas, ni procuro que nadie
siendo
;

me

tenga por discreto, no lo

sólo

me

fatigo por dar á entender al
sí el

mundo

el

error

en que está en no renovar en

felicísimo

tiempo donde
es

campeaba

la la

Orden de

la

andante caballería; pero no

merecedora

depravada edad nuestra de gozar tanto bien
las

como
ros

el

que gozaron

edades donde los andantes caballesus espaldas la deel

tomaron á su cargo y echaron sobre

fensa de los reinos, el
los

amparo de
,

las

doncellas,

socorro de

huérfanos y pupilos el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los más de los caballeros que agora

I

o

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
damascos,
la

se usan... antes les crujen los
ricas telas

los

brocados y otras

de que se visten, que
caballero que

malla con que se arman.
los

Ya no hay

duerma en

campos,
los

sujeto

al

rigor del cielo,

armado de todas armas desde

pies á la

cabeza; ya no hay quien, sin sacar los pies de los estribos,

arrimado á su lanza, sólo procure descabezar,
el

como

dicen,

sueño,

como
allí

lo hacian los caballeros andantes;

ya no hay

ninguno que saliendo deste bosque, entre en aquella
taña, y de
pise

monlas

una

estéril

y desierta playa del mar,
ella

más veces proceloso y alterado, y hallando en orilla un pequeño batel sin remos, vela, mástil
guna, con intrépido corazón
á las implacables olas del
cielo
se arroje

y en su

ni jarcia al-

en

él,

entregándose
le

mar profundo, que ya
él,

suben

al

y ya

le

bajan

al

abismo; y

puesto

el

pecho á

la in-

contrastable borrasca, cuando

menos

se cata se halla tres se

mil

y más leguas distante del lugar donde
en tierra remota y no conocida,
estar escritas,
le

embarcó; y saltando

suceden cosas dignas de

no en pergaminos, sino en bronces; mas agora
pereza de
la diligencia, la

ya triunfa
jo,
el

la

ociosidad del traba-

vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía, y la

teórica de la práctica de las armas,

que sólo vivieron y

res-

plandecieron en
Si

las

edades del oro de los andantes caballeros.
el

no, díganme, ¿quién más honesto y más valiente que

famoso Amadis de Gaula? ¿Quién más discreto que Palmerin

de Inglaterra? ¿Quién más acomodado y manual que
el

Tirante
cia?
nis?

Blanco? ¿Quién más galán que Lisuarte de Greni acuchillador

¿Quién más acuchillado

que don Belia-

¿Quién más intrépido que Perion de Gaula? ó ¿quién
peligros

más acometedor de

que Felixmarte de Hircania?

ó ¿quién más sincero que Esplandian? ¿Quién más arrojado

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
damonte? ¿Quién más prudente que

I.

II

que don Cirongilio de Tracia? ¿Quién más bravo que Roel

rey Sobrino?

¿Quién

más atrevido que Reinaldos? ¿Quién más invencible que
Roldan? y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy los duques de Ferrara, según Turpin en su Cosmografía?

Todos

estos caballeros,

y otros

mu-

chos que pudiera decir, señor Cura, fíaeron caballeros andantes, luz y gloria de la caballería. Destos, ó tales
éstos, quisiera

como

yo que

fíaeran los

de mi arbitrio; que á serlo,

Su Majestad
gasto, y el

se hallara se

bien servido, y ahorrara de
las

mucho
esto

Turco

quedara pelando

barbas.

Y con
me

no quiero quedarme en mi casa, puesto que no
el

saque

Capellán della; y

si

Júpiter,

como ha

dicho

el

Barbero,

no

lloviere, aquí estoy yo,
:

que lloveré cuando
el

se
le

me

anto-

jare

digo esto porque sepa

señor bacía que
dijo el

entiendo.

— En verdad, señor Don Quijote,
no
lo dije

Barbero, que

por tanto, y

así

me

ayude Dios como ñié buena

mi


A

intención, y que no debe vuesa
Si

merced

sentirse.

puedo sentirme ó no, respondió

Don

Quijote, yo

me

lo sé.»

esto dijo el

Cura

:

«Aun

bien que yo casi no he ha-

blado palabra hasta ahora; y no quisiera quedar con un es-

crúpulo que

me

roe y escarba la conciencia, nacido de lo

que aquí

el

señor

Don

Quijote ha dicho.

—-Para otras cosas
pulosa.

más graves, respondió Don Quijote,
Cura; y
así,

tiene licencia el señor

puede decir su escrú-

pulo, porque no es de gusto andar con la conciencia escru-

— Pues con
mi escrúpulo

ese beneplácito, respondió el

Cura, digo que

es,

que no

me puedo

persuadir en ninguna

ma-

12

DON (^JIJOTK DE LA MANCHA.
la

ñera á que toda

caterva de caballeros andantes, que vuesa

Quijote, ha referido, hayan sido real y verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo;

merced, señor

Don

antes imagino

que todo

es ficción, fábula

y mentira, y sue-

ños contados por
dio dormidos.

hombres

despiertos, ó por mejor decir,

me-

— Ese es otro
caido
ros en el

error, respondió

Don

Quijote, en que han
tales caballe-

muchos, que no creen que haya habido

mundo; y yo muchas

veces, con diversas gentes y

ocasiones, he procurado sacar á la luz de la verdad este casi

común engaño;
tención, y otras

pero algunas veces no he salido con
sí,

mi

inla

sustentándola sobre los

hombros de

verdad;

la

cual verdad es tan cierta,
vi á

que estoy por decir que
era

con mis propios ojos

Amadis de Gaula, que

un

hombre

alto

de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de

barba, aunque negra, de vista entre blanda y rigurosa, corto

de razones, tardo en airarse y presto en deponer la ira. Y del modo que he delineado á Amadis, pudiera, á mi parecer, pintar

y describir todos cuantos caballeros andantes anen
el

dan en

las historias

orbe; que por

la

aprehensión que

tengo de que fueron

como

sus historias cuentan, v por las

hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se pue-

den sacar por buena
taturas.

filosofía sus faciones, sus colores

v es-

— ¿Qué
Don
Morgan te?

tan grande le parece á vuesa
el

merced, mi señor
el

Quijote, preguntó

Barbero, debia de ser

gigante

— En
la

esto de gigantes, respondió
si

Don

Quijote, hay diel

ferentes opiniones,

los

ha habido ó no en
faltar

mundo; pero
la

Santa Escrituní

,

que no puede

un átomo en

ver-

, ,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
dad
,

I.

I

3

nos muestra que los

hubo contándonos
,

la historia

de

aquel filisteazo de Golías, que tenia siete codos y medio de
altura,
isla

que

es

una desmesurada grandeza. También en

la

de

Sicilia se

han hallado

canillas

y espaldas tan grandes
sus

que su grandeza manifiesta que fueron gigantes
y tan grandes

dueños

como

grandes torres que
; ,

la

simetría saca esta

verdad de duda. Pero con todo esto no sabré decir con cer-

tidumbre qué tamaño tuviese Morgante, aunque imagino

que no debió de

ser

muy

alto;

y

muéveme

á ser deste pare-

cer hallar en la historia

donde

se

hace mención particular

de sus hazañas, que muchas veces dormia debajo de techado;

y pues hallaba casa donde cupiese, claro mesurada su grandeza.

está

que no era des-

— Así
de
los

es», dijo el

Cura;

el

cual gustando de oirle decir

tan grandes disparates , le preguntó que qué sentia acerca de
los rostros

de Reinaldos de Montalban y de don Roldan

,

y

demás doce Pares de Francia, pues todos habian

sido

caballeros andantes.

«De
cir

Reinaldos, respondió

Don

Quijote,

me

atrevo á delos ojos bai-

que era ancho de rostro, de color bermejo,

ladores y algo saltados, puntoso y colérico en demasía,

amigo

de ladrones y de gente perdida.

De

Roldan, ó Rotolando, ú
le

Orlando (que con todos
torias)
,

estos

nombres

nombran

las his-

soy de parecer y

me
,

afirmo que

fi.ié

de mediana esrostro

tatura

,

ancho de espaldas

algo estevado ,
el

moreno de

y barbitaheño, velloso en
corto de razones, pero

cuerpo y de

vista

amenazadora,

muy comedido

y bien criado.

Si

no

filé

Roldan más gentil hombre que vuesa merced
el

ha dicho, replicó
Angélica

Cura, no fué maravilla que
desdeñase y dejase por

la

señora
brío y

la Bella le

la gala,

,

l^.

DON QIJIJOTE DE LA MANCHA.
el

donaire que debia de tener
ella se

morillo barbiponiente á quien

entregó; y anduvo discreta de adamar antes la blan-

dura de

— Esa Angélica,
el

Medoro que

la

aspereza de Roldan.

respondió

Don

Quijote, señor Cura,

fué una doncella destraida, andariega y algo antojadiza, y
tan lleno dejó

mundo

de sus impertinencias

como

de

la

fama de su hermosura. Despreció mil señores, mil y mil
decido
discretos, y contentóse

valientes

con un
el

pajecillo barbilucio,
le

sin otra

hacienda ni nombre que
la

que

pudo dar de agra-

amistad que guardó á su amigo. El gran cantor
el

de su belleza,

famoso Ariosto, por no atreverse ó por no
le

querer cantar lo que á esta señora

sucedió después de su

ruin entrego, que no debieron de ser cosas demasiadamente

honestas, la dejó donde dijo

:

Y

cómo

del

Catay recibió

el

cetro

Quizá

otro cantará con mejor pletro.

Y sin

duda que

esto fué

como

profecía;

que

los poetas

tam-

bién se llaman vates, que quiere decir adivinos. Vese esta

verdad clara, porque después acá un famoso poeta andaluz
lloró

y cantó sus Lágrimas, y otro famoso v único poeta

castellano cantó su

Hermosura.
dijo á esta sazón el

— Dígame, señor Don Quijote,
sátira á esa

Bar-

bero, ¿no ha habido algún poeta que haya hecho alguna

señora Angélica

,

entre tantos

como

la

han

ala-

bado?

— Bien creo
pante
(')

yo, respondió

Don

Quijote, que

si

Sacri-

Roldan fueran poetas, que ya
porque
es

me

hubieran jabolos

nado

A la doncella;

propio y natural de

poetas

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

II.

I

5

desdeñados y no admitidos de sus damas, fingidas ó no fingidas (en efeto
ras
,

de aquellas á quien

ellos

escogieron por señosátiras

de sus pensamientos), vengarse con
cierto indigna de

y libelos

:

ven-

ganza por

pechos generosos; pero hasta

agora no ha llegado á mi noticia ningún verso infamatorio
contra
la


y
la

señora Angélica, que trujo revuelto
»

el

mundo.
el

Milagro!
i

dijo el

Cura; y en esto oyeron que

Ama

Sobrina, que va hablan dejado la conversación, daban
el

grandes voces en

patio, y acudieron todos

al

ruido.

CAPITULO
Ouc
trata

11.

de

la

notable pendencia que Sancho Panza tuvo con

la

sobrina y

ama

de

Don

(Juijote,

con otros sucesos

graciosos.

Cuenta
el

la historia
el

que

las

voces que oyeron
la

Cura y

Barbero eran de

Sobrina y

Don Quijote, Ama, que las daá ver
:

ban diciendo á Sancho Panza, que pugnaba por entrar
á

Don

Quijote, y

ellas le

defendían

la

puerta

«¿Qué

quiere

este

mostrenco en

esta casa? Idos á la vuestra,
el

hermano; que

vos sois, y no otro,
le lleva

que destrae y sonsaca á mi señor, y

por esos andurriales.

A

lo

que Sancho respondió
el

:

"

Ama

de Satanás

,

el

sonsa-

cado y

destraido y

el

llevado por esos andurriales soy yo,
llevó por esos
:

que no tu amo. El
engañáis en
la

me

mundos, y
él

vosotras os

mitad del justo precio

me

sacó de

mi

casa

con engañifas, prometiéndome una ínsula, que hasta agora
la espero.

— ¡Malas

ínsulas te

ahoguen, respondió

la

Sobrina, San-

cho maldito! y ¿qué son ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?

I

6

DON Q^JlfOTE DE LA MANCHA.

— No
gir,

es

de comer, replicó Sancho, sino de gobernar y re-

mejor que cuatro ciudades y que cuatro alcaldías de Corte. Con todo eso, dijo el Ama, no entraréis acá, saco de
:

maldades y costal de malicias
á labrar vuestros pegujares,
ínsulos.
)>

id á

gobernar vuestra casa v
ni

y dejaos de pretender ínsulas

Grande gusto recebian
loquio de los
tres;

el

Cura y

el

Barbero de

oir el co-

pero

Don

Quijote, temeroso que San-

cho

se descosiese,

y desbuchase algún montón de maliciosas
le estarian

necedades, y tocase en puntos que no
crédito, le llamó, y hizo á las dos
entrar.

bien á su

que
el

callasen y le dejasen
se despidieron

Entró Sancho, v

el

Cura y

Barbero

de

Don

Quijote, de cuya salud desesperaron, viendo cuan
,

puesto estaba en sus desvariados pensamientos

y cuan

em-

bebido en
así, dijo el

la

simplicidad de sus malandantes caballerías; v
al

Cura
lo

Barbero

:

«Vos

veréis,

compadre, cómo,
sale otra

cuando menos
volar la ribera.

pensemos, nuestro hidalgo

vez á

— No pongo yo duda en
no

eso, respondió el Barbero; pero

me

maravillo tanto de la locura del caballero
,

como de

la la

simplicidad del escudero
ínsula,

que tan creido tiene aquello de

que creo que no

se lo sacarán del casco

cuantos des-

engaños pueden imaginarse.

— Dios
dos en una
las

los

remedie, dijo

el

Cura, y estemos

á la mira:

veremos en

lo

que para
tal

esta

máquina de

disparates de tal

caballero y de

escudero, que parece que los forjaron á los

turquesa, y que las locuras del señor sin necedades del criado no vallan un ardite.
Asi es, dijo
el

mesma

Barbero, v holgara

mucho

saber qué

tratarán ahora los dos.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

II.

IJ
Sobrina, ó
el

—Yo
Ama,
En

aseguro, respondió

el

Cura, que

la

nos lo cuenta después; que no son de condición que

dejarán de escucharlo.»
tanto

Don

Quijote se encerró con Sancho en su apole dijo
:

sento, y estando solos,

a

Mucho me

pesa, Sancho,

que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas. Juntos
salimos, juntos fuimos y juntos peregrinamos; una

misma

fortuna y una

misma

suerte

ha corrido por

los dos; si á

te

mantearon una vez, á mí
lo

me han

inolido ciento, y esto es

— Eso

que

te llevo

de ventaja.

estaba puesto en razón, respondió Sancho; porlos caballe-

que, según vuesa merced dice, más anejas son á
ros andantes las desgracias,

que á

sus escuderos.

— Engañaste, Sancho,
quando caput
dolet
,

dijo

Don
la

Quijote, según aquello:

etc.

— No — Quiero

entiendo otra lengua que
decir, dijo

mia, respondió Sancho.

Don

Quijote, que cuando la cabeza
así,

duele, todos los

miembros duelen; y
el

siendo yo tu

amo

y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres mi criado;
y por esta razón ha de doler, y á
,

mal que
el

á

mí me

toca ó tocare , á

te

tuyo.

— Así habia de
bardas,

ser, dijo

Sancho; pero cuando á mí
,

me

manteaban como á iniembro
las

se estaba

mi cabeza

detras de

mirándome

volar por los aires, sin sentir dolor al-

guno; y pues los miembros están obligados á dolerse del mal de la cabeza, habia de estar obligada ella á dolerse dellos.

— ¿Querrás
que no
no

tú decir agora, Sancho, respondió
dolia

Don Qui-

jote,

me

yo cuando á

te

manteaban!

Y

si

lo

dices,

lo digas ni lo pienses,

pues más dolor sentia yo

¡^

DON QIIIIOTE DE LA MAN'CHA.

entonces en mi espíritu, que tú en tu cuerpo. Pero dejemos
esto aparte por agora;

que tiempo habrá donde

lo

pondere-

mos y pongamos en
es lo

su punto; y dime, Sancho amigo, ¿qué

que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión

me

tiene el vulgo? ¿en

qué

los

hidalgos y en qué los caballeros?

¿Qué

dicen de

mi

valentía? ¿qué de mis hazañas? y
se platica del
al

¿qué

de mi cortesía?

¿Qué

asunto que he tomado,

de resucitar y volver
lleresca?

mundo

la

ya olvidada Orden caba-

Finalmente, quiero, Sancho,

acerca desto ha llegado á tus oidos; y
sin aííadir al bien

me digas lo que esto me has de decir,
los

ni quitar al
la

mal cosa alguna; que de

vasallos leales es decir

figura propia , sin

que
:

la

verdad á sus seííores en su ser y adulación la acreciente ú otro vano
,

respeto la disminuya
los

oidos de los

y quiero que sepas, Sancho, que si á príncipes llegase la verdad desnuda, sin los

vestidos de la lisonja, otros siglos correrian, otras edades serian tenidas

por más de hierro que

la nuestra;

que entiendo
ad-

que, de

las

que ahora

se usan, es la dorada. Sírvate este

vertimiento, Sancho, para que discreta y bien intenciona-

damente pongas en mis oidos
pieres de lo

la

verdad de

las

cosas

que su-

— Eso haré yo de muy buena gana, señor mió, responque vuesa merced no que
lo diga
se

que

te

he preguntado.

dió Sancho, con condición

ha de

enojar de lo que dijere, pues quiere
sin vestirlo

en cueros,

de otras ropas de aquellas con que llegaron á

mi

noticia.

— En ninguna manera me enojaré, respondió Don Quijote
:

bien puedes, Sancho, hablar libremente y sin rodeo

alguno.

— Pues

lo

primero que digo,

dijo, es

que

el

vulgo tiene

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
á vuesa

II.

I

9

merced por grandísimo loco, y

á

mí por no menos
ha puesto don y
se

mentecato. Los hidalgos dicen que no conteniéndose vuesa

merced en

los límites

de

la hidalguía, se

ha arremetido á caballero, con cuatro cepas y dos yugadas de tierra, y con un trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros
ellos
,

que no querrían que

los

hidalgos se opusiesen á
,

especialmente aquellos hidalgos escuderiles
á los zapatos v

que dan

humo

toman

los

puntos de

las

medias negras

con seda verde.

—Eso,
— En
,

dijo

Don
,

Quijote, no tiene que ver conmigo,

pues ando siempre bien vestido y jamas remendado; roto, bien podría ser y si roto más de las armas que del tiempo.
,

lo

que toca, prosiguió Sancho, á
,

la valentía,

cor-

tesía

hazañas y asunto de vuesa merced hay diferentes opi-

niones.

Unos

dicen, «loco, pero gracioso»; otros, «valiente,

pero desgraciado»; otros, «cortés, pero impertinente»; y por aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni á vuesa mer-

ced ni á

— Mira,

mí nos

dejan hueso sano.
dijo

Sancho,

Don

Quijote, donde quiera que
,

está la virtud

en eminente grado

es

perseguida

:

pocos ó
ser ca-

ninguno de

los

famosos varones que pasaron, dejó de

lumniado de

la malicia. Julio

César, animosísimo, pruden-

tísimo y valentísimo capitán, fué notado de ambicioso y al-

gún

tanto no limpio ni en sus vestidos ni en sus costumbres.
le

Alejandro, á quien sus hazañas

alcanzaron

el

renombre

de Magno... dicen del que tuvo sus ciertos puntos de borracho.

De

Hércules,

el

de

los

muchos
,

trabajos, se cuenta

que fué lascivo y muelle.
dis

De don

Galaor hermano de

Ama-

de Gaula

,

se

murmura que

fué

más que demasiadamente

rijoso,

y de su hermano, que fué llorón. Así que ¡oh San-

,

20

DON QUIJOTE DE LA MANXHA.

cho! entre tantas calumnias de buenos, bien pueden pasar las mias, como no sean más de las que has dicho.

(I).

— Ahí Sancho. toque cuerpo de mi padre — Pues ¿hay más? preguntó Don — Aun Sancho. Lo de por
está el
¡

!

replicó

Quijote.

la cola falta

desollar, dijo

hasta

aquí son tortas y pan pintado; mas si vuesa merced quiere saber todo lo que hay acerca de las calorías que le ponen

yo

le traeré

aquí, luego
les falte

al

momento, quien

se las diga to-

das, sin

que

una meaja; que anoche

llegó el hijo de

Tomé

Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho

bachiller; y yéndole

yo á dar

la

bienvenida,

me dijo

que an-

daba ya en libros
de EL INGENIOSO y dice

la historia

de vuesa merced, con nombre

HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA; que me mientan á mí en ella con mi mesmo nombre
la

de Sancho Panza, y á
otras cosas

señora Dulcinea del Toboso, con
á solas,

que pasamos nosotros

que
el

me

hice cru-

ces, de espantado,
las escribió.

cómo

las

pudo saber

historiador

que

— Yo

te

aseguro, Sancho, dijo
el

Don
lo

Quijote, que debe de

ser

algún sabio encantador

autor de nuestra historia; que

á los tales

no

se les

encubre nada de

que quieren

escribir.

— Y ¡cómo,
(i)

dijo

Sancho,

si

era sabio y encantador, pues,

Vcasc

al fin del

tomo

la

nota correspondiente a esta pagina, nota

necesaria para leer ó entender sin dificultad esta Segunda Porte.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
según dice
el

III.

21

Bachiller Sansón Carrasco (que
,

así se

llama

el

que dicho tengo)

el

autor de la historia se llama Cide

Ha-

mete Berengena!

— Ese nombre — Así
te,

es

de moro, respondió
;

Don
,

Quijote.
la

será , respondió
los

Sancho porque por

mayor par-

he oido decir que
debes,

moros son amigos de berengenas.
dijo

Don — Tú Sancho, que en sobrenombre de — Bien podria Sancho; mas
ese Cide ,
ser, replicó

Quijote, errarte en

el

arábigo quiere decir señor.
si

vuesa merced
él

gusta que yo haga venir aquí
landas.

al

Bachiller, iré por

en vo-

— Harásme
me

mucho

placer,

amigo,

dijo

Don

Quijote;

que

tiene suspenso lo

que

me

has dicho, y no comeré

bocado que bien

— Pues yo voy por

me

sepa, hasta ser informado de todo.
él», respondió
al

su señor, se fué á buscar
allí

Sancho; y dejando a Bachiller, con el cual volvió de

á poco espacio, y entre los tres, pasó un graciosísimo

coloquio.

CAPITULO
Del
ridículo razonamiento

III.
Bachiller

que pasó entre

Don

Quijote, Sancho Panza y

el

Sansón Carrasco.

Pensativo ademas quedó
chiller Carrasco,

Don

Quijote, esperando
las

al

Bamis-

de quien esperaba oir

nuevas de

mo,

puestas en libro,

como

habia dicho Sancho; y no se
hubiese, pues aun no es-

podia persuadir á que

tal historia

taba enjuta en la cuchilla de su espada la sangre de los ene-

migos que habia muerto, y ya querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías. Con todo eso, imaginó que

22

J)ON

QUIJOTE DE LA MANCHA.

algún sabio, 6 ya amigo ó enemigo, por arte de encanta-

mento

las

habria dado á la estampa;

si

amigo, para engran-

decerlas y levantarlas sobre las

más

seíialadas de caballero

andante;
las
«

si

enemigo, para
que de algún
sí)

aniquilarlas y ponerlas debajo de
vil

más

viles

escudero se hubiesen escrito;
se

puesto (decia entre
»;

que nunca hazañas de escuderos
la tal historia

escribieron

y cuando fuese verdad que

hu-

biese, siendo de caballero andante, por fuerza habia de ser

grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera.
se

Con
los

esto

consoló algún tanto; pero desconsolóle pensar que su au-

tor era

moro, según aquel nombre de Cide ; y de

moros

no

se

podia esperar verdad alguna, porque todos son embe-

lecadores, falsarios y quimeristas.

Temíase no hubiese

tra-

tado sus amores con alguna indecencia, que redundase en

menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad
y
el

decoro que siempre
,

la

habia guardado, menospreciando
,

reinas

emperatrices y doncellas de todas calidades

teniendo
así,

á raya los

ímpetus de

los naturales

movimientos; y

enle

vuelto y revuelto en estas y otras

muchas imaginaciones,

hallaron Sancho y Carrasco, á quien

Don

Quijote recibió

con

mucha
el

cortesía.

Era

Bachiller,

aunque

se

llamaba Sansón, no
gran socarrón; de color

muy
ma-

grande de cuerpo, aunque
cilenta, pero de

muy

muy buen
,

entendimiento. Tendría hasta
,

veinte y cuatro años
,

cariredondo

de nariz chata y de boca

grande señales todas de ser de condición maliciosa y amigo
de donaires y de burlas,

como
las

lo

mostró en viendo á

Don

Quijote, poniéndose delante del

de rodillas, diciéndole:

«Déme

vuestra grandeza

manos, señor Don Quijote de

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
la

III.

23

Mancha; que, por
otras

el

hábito de San Pedro que visto, aunlas

que no tengo

Ordenes que
los

cuatro primeras, que es
caballeros andantes
la

vuesa merced uno de

más famosos

que ha habido,
tierra.

ni
el

aun habrá, en toda
sabio Cide

redondez de

la la
el

¡Bien haya

Hamete

Benengeli, que

historia de vuestras grandezas dejó escritas,

y rebien haya

curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en

nuestro vulgar castellano
las

,

para universal entretenimiento de

gentes

!

»

Hízole levantar

Don

Quijote, y dijo

:

^

Desa manera, ¿verel

dad
la

es

que hay

historia

mia, y que fué moro y sabio

que

compuso?

— Es
que
el

tan verdad, señor, dijo Sansón, que tengo para

dia de

hoy

están impresos

más de doce mil

libros de

la tal historia; si

no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia,

han impreso, y aun hay fama que se está imprimiendo en Ambéres, y á mí se me trasluce que no ha de
donde
se

haber nación ni lengua donde no

se traduzga.

— Una de
nente, es

las

cosas, dijo á esta sazón
á

Don

Quijote, que

más debe de dar contento
lenguas de

un hombre virtuoso y emiverse, viviendo, andar con buen nombre por las
las

gentes, impreso y en estampa
al

:

dije

con buen

nombre, porque siendo
igualara.

contrario, ninguna muerte se le


en
la

Si

por buena fama y

si

por buen nombre va, dijo
lleva la

el

Bachiller, sólo vuesa
balleros andantes;

merced
el

palma

á todos los ca-

porque

moro en

su lengua y el cristiano

suya tuvieron cuidado de pintarnos de vuesa merced,
el

muy

al

vivo la galos

llardía

ánimo grande en acometer
el

peligros, la paciencia en las adversidades, y

sufrimiento

24
así

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
en
las

desgracias

continencia en los

honestidad y amores tan platónicos de vuesa merced
las

como

en

heridas

,

la

y de mi señora doña Dulcinea del Toboso... Nunca, dijo á este punto Sancho Panza, he oido

lla-

mar con don

á

mi señora Dulcinea,

sino solamente la señora

Dulcinea del Toboso y y ya en esto anda errada la historia. No es objeción de importancia ésa, respondió Carrasco.

— — No por
se

cierto, respondió

Don

Quijote; pero dígame
las

vuesa merced, señor Bachiller, ¿qué hazañas mias son

que más

ponderan en esa historia?

— En

eso, respondió el Bachiller,
diferentes gustos
:

hay diferentes opiniose atienen á la

nes,

como hay

unos

avenle

tura de los molinos de viento,

que

á vuesa

merced

pa-

recieron Briareos gigantes; otros á la de los batanes; éste á
la

descripción de los dos ejércitos, que después parecieron

ser dos

manadas de carneros; aquél encarece
á enterrar á Segovia;

la del

muerto

que llevaban

uno dice que

á todas se

aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que iguala á la de los dos gigantes benitos
valeroso vizcaíno.
,

ninguna

con

la

pendencia del

— Dígame, — No
:

señor Bachiller, dijo a esta sazón Sancho,

¿entra ahí la aventura de los yangüeses, cuando á nuestro

buen Rocinante
se le

se le antojó pedir cotufas

en

el al

golfo?
sabio en
las
el

quedó nada, respondió Sansón,

tintero
briolas

todo lo dice y todo lo apunta, hasta lo de
el

ca-

que
la

buen Sancho hizo en
y aun más de

la

manta.

en

— En —A

manta no hice yo
las

cabriolas, respondió Sancho;

el aire sí,

que yo

quisiera.

lo

que yo imagino,
en
el

dijo

Don

Quijote, no hay his,

toria

humana

mundo que no

tenga sus altibajos espe-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
cialmente
las

III.

25

que

tratan de caballerías, las cuales

nunca pue-

den

— Con
— Ahí

estar llenas

de prósperos sucesos.
el

todo eso, respondió
la historia,

Bachiller, dicen algunos
les

que han leido
vidado á

que

se

holgaran se

hubieran ol-

los autores della

algunos de
al

los infinitos palos

que

en diferentes encuentros dieron

señor

Don

Quijote.

entra la verdad de la historia, dijo Sancho.

—También
la historia,

pudieran callarlos por equidad, dijo

Don Quiverdad de

jote; pues las acciones

que

ni

mudan

ni alteran la
si

no hay para que

escribirlas,
la historia.

han de redundar

en menosprecio del héroe de
piadoso Eneas
ses

A fe que no fué tan

como

Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulí-

como

le

describe

Homero.

— Así
y otro

es, replicó

Sansón; pero uno es escribir
:

como

poeta,

como historiador el poeta puede contar ó cantar las cosas, no como fueron, sino como debian ser; y el historiador las ha de escribir, no como debian ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar á
la

verdad cosa alguna.

— Pues

si

es

que

se

anda á decir verdades ese señor moro,
los palos

dijo

Sancho, á buen seguro que entre

de
le

mi señor
tomaron

se hallen los
la

mios; porque nunca á su merced
las

medida de
el

espaldas

,

que no

me

la

tomasen á mí de

todo

cuerpo; pero no hay de qué maravillarme; pues,
el

como

dice

mismo
los
sois,

señor mió, del dolor de

la

cabeza han

de participar

miembros.

Sancho, respondió — Socarrón memoria cuando que no — Cuando yo olvidarme de
os falta

Don

Quijote; á fe

vos queréis tenerla.
los

quisiese

garrotazos que

me
que

han dado,
aun

dijo

Sancho, no
en

lo consentirán los cardenales,

se están frescos

las costillas.

20

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.


al

Callad, Sancho, dijo

Don

Quijote, y no interrumpáis

señor Bachiller, á quien suplico pase adelante en decirme

lo

que

se dice

de

mí en

la referida historia.

— Y de mí,
uno de

dijo

Sancho; que también dicen que soy yo
presonajes della.
y

los principales
,

Personajes

que no presonajes

Sancho amigo,

dijo

Sansón.

— ¿Otro reprochador de voquibles tenemos!
pues ándense á eso, y no acabaremos en toda

dijo

Sancho;

la vida.
el

—-Mala
si

me

la

dé Dios, Sancho, respondió

Bachiller,

no

tal

vos la segunda persona de la historia, y que hay que precia más oiros hablar á vos que al más pintado de
sois
ella;

toda
tes

puesto que también hay quien diga que anduvisser ver-

demasiadamente de crédulo en creer que podia
el

dad

gobierno de aquella ínsula, ofrecida por

el

señor

Don

Quijote, que está presente.

— Aun hay
tras

sol

en

las

bardas, dijo

Don
más

Quijote; y mienla

más fuere entrando en edad Sancho, con
los

experiencia

que dan

años estará más idóneo y

hábil para ser go-

bernador, que no está agora.

— Por Dios,
de Matusalén
tiene
:

señor, dijo Sancho, la

isla

que yo no gober-

nase con los años que tengo, no la gobernaré con los años
el

daño
,

está en

que

la

dicha ínsula se entre-

no

dónde y no en faltarme
á Dios,

á


dijo

el

caletre para go-

bernarla.

— Encomendadlo

Sancho,

Don

Quijote; que

todo se hará bien, y quizá mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad de Dios.

Asi es verdad, dijo Sansón; que

si

Dios quiere, no

le

faltaran á

Sancho mil

ínsulas

que gobernar, cuánto más una.

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

III.

27
á

— Gobernadores
mi

he

visto por ahí, dijo

Sancho, que,

parecer, no llegan á la suela de

mi

zapato, y con todo

eso, los llaman señoría y se sirven con plata.

— Esos no son gobernadores
lo
la

de ínsulas

,

replicó Sansón
los

sino de otros gobiernos

más manuales; que

que gobier-

nan ínsulas, por

— Con
con

menos han de
tiro ni ine

saber gramática.
dijo

grama bien me avendría yo,

Sancho; pero
la

la tica, ni

me

pago; porque no

entiendo.

Pero dejando

esto del gobierno en las

manos de Dios (que
se sirva)
,

me

eche á

las partes

donde más de mí

digo señor
,

Bachiller Sansón Carrasco, que infinitamente

me

ha dado

gusto que

el

autor de

la historia
las

haya hablado de mí de mase

nera que no enfaden
fe

cosas
si

que de mí

cuentan; que á

de buen escudero, que

hubiera dicho de mí cosas que

no fueran
de oir

muy

de cristiano viejo

como

soy; que nos hablan

— Eso — Milagros
habla ó

los sordos.

fuera hacer milagros, respondió Sansón.

ó no milagros, dijo Sancho, cada uno mire

cómo

cómo
las

escribe de las presonas, y no
le

ponga

á

trochemoche

lo

— Una de
Bachiller, es

primero que
tachas que

viene

al

magin.

ponen

á la tal historia, dijo el
ella

que su autor puso en

una novela,

intitu-

lada FjI Curioso impertinente ; no por mala ni por

mal razola

nada, sino por no ser de aquel lugar ni tener que ver con
historia de su

merced

del señor

Don

Quijote.

— Yo deperro — Ahora
el

apostaré, replicó Sancho, que

ha mezclado

el

hi-

berzas con repollos.

digo, dijo

Don

Quijote, que no ha sido sabio

autor de

mi
sin

historia, sino

algún ignorante hablador, que,
lo

á tiento

v

algún discurso, se puso á escribirla, salga

28

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
saliere,

que

como

hacia Orbaneja,

el

pintor de Ubeda,
:

el

cual, preguntándole
liere.
))

qué pintaba, respondía
,

i<Lo

que

sa-

Tal vez pintaba un gallo

de

tal

suerte y tan

mal

parecido, que era menester que con

letras góticas escribiese

junto a

él

:

éste es gallo

:

y

así

debe de

ser de

mi

historia,

que tendrá necesidad de comento para entenderla.

— Eso
los

no, respondió Sansón; porque
dificultar
,

es tan
la

clara,

que

no hay cosa que

en

ella

:

los

niños

manosean,
los viejos la

mozos

la leen

los

hombres

la

entienden y

celebran; y finalmente, es tan trillada y tan leida y tan sa-

bida de todo género de gentes, que apenas han visto algún
rocin flaco,

cuando dicen

:

((Allí

va Rocinante.

»

Y
:

los

que

más

se

han dado

á su letura son los pajes.
se halle

No

hay antecáunos
le

mara de señor, donde no
toman,
si

un Don fijóte

otros le dejan; éstos le prestan, y aquellos le pital

den. Finalmente, la

historia es del

más gustoso y menos
se

perjudicial entretenimiento

que hasta agora

haya visto,

porque en toda

ella

no

se

descubre, ni por semejas, una pacatólico.

labra deshonesta ni

un pensamiento menos que

—A

escribir de otra suerte, dijo

Don

Quijote, no fuera

escribir verdades, sino mentiras;

y

los historiadores

que de
los

mentiras se valen hablan de ser quemados,

como
al

que

hacen moneda
lerse

falsa;

y no sé yo qué

le

movió

autor á va-

de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que esen
los

cribir
«

mios

;

sin
,

duda
»

se

debió de atener

al

refrán

:

De

paja y de

heno

etc.

Pues en verdad que en sólo ma-

nifestar

mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis

buenos deseos y mis acometimientos, pudiera hacer un volumen, mayor (ó tan grande) que el que pueden hacer todas
las

obras del Tostado.

En

efeto, lo

que yo alcanzo,

se-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
ñor Bachiller,
es

III.

2()

que para componer

historias,

y libros de

cualquier suerte que sean, es menester un gran juicio y un

maduro entendimiento
de grandes ingenios.
es la del

:

decir gracias y escribir donaires es
discreta figura de la

La más
lo

comedia

bobo, porque no
es simple.

ha de

ser el

que quiere dar á
cosa sagrada,

entender que

La

historia es

como
la

porque ha de

ser verdadera,

y donde está

verdad,

está

Dios en cuanto á verdad; pero, no obstante
nos que
así

esto,

hay algusi

componen y
libro tan

arrojan libros de

sí,

coitio

fuesen

buñuelos.

algo

malo, — No hay bueno. — No hay duda en

dijo el Bachiller,

que no tenga

eso, replicó

Don

Quijote; pero

mu-

chas veces acontece que los que tenian méritamente gran-

jeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en dándolos á
la

estampa

la

perdieron del todo ó
es, dijo
,

la

menoscabaron en

algo.

— La causa deso
presas se

Sansón, que

como
la

las

obras imfaltas
;

miran despacio
se escudriñan,

fácilmente se ven sus
es

y

tanto
las

más

cuanto

mayor

fama

del
,

que
los

compuso. Los hombres famosos por
los ilustres historiadores,

sus

ingenios
las

grandes poetas,

siempre ó

más

veces son envidiados de aquellos que tienen por gusto y particular entretenimiento juzgar los escritos ajenos, sin

haber

dado algunos propios á

la

luz del

mundo.

— Eso
muchos
predican.

no

es

de maravillar, dijo

Don

Quijote; porque
el

teólogos hay, que no son buenos para
las faltas

pulpito,
los

y son bonísimos para conocer

ó sobras de

que

— Todo

eso es así, señor
los tales

Don

Quijote, dijo Carrasco;

pero quisiera yo que

censuradores fueran más mi-

^O

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

sericordiosos y

menos escrupulosos

,

sin atenerse á los

átomos
si

del sol clarísimo de la obra de
,

que murmuran; que

ali-

quando bonus dormitat Homerus consideren lo
tuvo despierto, por dar
la luz

mucho que

es-

de su obra con

la

menos sombra

que pudiese; y quizá podria ser que lo que á ellos les parece mal, fuesen lunares, que á las veces acrecientan la hermosura del rostro
el

que
se

los tiene;
el

y

así,

digo que

es

grandísimo
,

riesgo á

que

pone

que imprime un
tal

libro
,

siendo de
satisfaga

toda imposibilidad imposible componerle

que

v

contente á todos los que

le

leyeren.

— El que de mí
contentado.

trata, dijo

Don

Quijote, á pocos habrá

— Antes
merus
,

es al revés;

que como stultorum

infijiitus est

nu-

infinitos son los

que han gustado de
y dolo en
la
el

la tal historia;

V algunos han puesto
pues se
le

falta

memoria

del autor,
el

olvidó de contar quién fué
allí

ladrón que hurtó
,

Rucio á Sancho (que
lo escrito

no

se declara)
allí

y sólo
le

se infiere

de

que

se le

hurtaron; y de
sin

á

poco

vemos

á ca-

ballo sobre el

mesmo jumento,
le

haber parecido. También

dicen que se
cien escudos

olvidó poner lo que Sancho hizo de aquellos
la

que halló en
;

maleta en Sierra Morena, que
saber

nunca más

los

nombra y hay muchos que desean
,

qué

hizo dellos ó en qué los gastó
tanciales

que
•>

es

uno de

los

puntos sus-

que

faltan en la obra.
:

Sancho respondió
para

u

Yo

,

señor Sansón
cuentos; que

,

no estoy ahora

ponerme en cuentas
,

ni

me

ha tomado un

desmayo de estómago que
lo añejo,

si

no

le

reparo con dos tragos de

me

pondrá en

la

espina de Santa Lucía.

En

casa lo
la

tengo, mi oislo

me

aguarda; en acabando de comer daré

vuelta, v satisfaré á vuesa

merced v

á todo

el

mundo

de

lo

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
que preguntar quisieren
,

IV.

3I

así

de
»
:

la

pérdida del jumento,

como

del gasto de los cien escudos
cir otra palabra, se

y

sin esperar respuesta ni de-

fué á su casa.
al

Don
añadióse

Quijote pidió y rogó
él.

Bachiller se quedase á hael

cer penitencia con
al

Tuvo
el

el

Bachiller

envite, quedóse,

ordinario un par de pichones, tratóse en la

mesa
banla

de caballerías, siguióle
quete
,

humor
,

Carrasco, acabóse
,

el

durmieron

la siesta

volvió Sancho

y renovóse

plática pasada.

CAPITULO
Donde Sancho Panza
con
satisface al Bachiller

IV.
sus

Sansón Carrasco de

dudas y preguntas

otras cosas dignas de saberse

y de contarse.

Volvió Sancho á casa de
sado razonamiento, dijo
se
:

Don

Quijote, y volviendo
el

al

pa-

u

A lo

que

señor Sansón dijo, que
se

deseaba saber por quién, ó

cómo

ó cuándo,
la

me

hurtó

el

jumento, respondiendo digo, que

noche misma que hu-

yendo de

la

Santa

Hermandad

nos entramos en Sierra

Mo-

rena, después de la aventura sin ventura de los galeotes y de
la del

difunto que llevaban á Segovia,

mi

timos entre una espesura, adonde
lanza, y yo con
el costal del

mi

señor y yo nos meseñor abrazado con su

matalotaje, molidos y cansados
el

de

las

pasadas refriegas, nos pusimos á dormir en
si

suelo

como

fuera sobre cuatro colchones de pluma; especialtan pesado sueño,
al

mente yo dormí con

que quien quiera que
Rucio,
sin
,

fué, tuvo lugar de llegar y llevarse
sintiese.
,

que yo

lo

Amaneció y apenas hube despertado cuando miré
le vi;
,

por

el

jumento, y no

acudiéronme lágrimas
si

á los ojos

v hice una lamentación

que

no

la

puso

el

autor de núes-

-^2

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
,

tra historia

puede hacer cuenta que no puso cosa buena.
la

Al cabo de no sé cuántos dias, viniendo con
cesa

señora Prin-

Micomicona, conocí mi asno, y que venia sobre él, en hábito de gitano aquel Gines de Pasamonte aquel embus, ,

tero V grandísimo

maleador, que quitamos mi señor y yo
yerro, replicó Sansón, sino en que

de

— No
—A

la

cadena.
está

en eso

el

antes de haber parecido el

jumento, dice
Rucio.

el

autor que iba á

caballo

Sancho en
eso, dijo

el

mesmo

Sancho, no

qué responder, sino que

el

historiador se engañó, ó ya seria descuido del impresor.

— Así

es sin

duda,

dijo Sansón.

Pero ¿qué

se hicieron los

cien escudos?

— Deshiciéronse, respondió Sancho. Yo
de mi persona y de
la

los gasté

en pro y
ellos

de

mi mujer y de mis
lleve

hijos,

han sido causa de que mi mujer

en paciencia

los ca-

minos y carreras que he andado, sirviendo á mi señor Don Quijote; que si, al cabo de tanto tiempo, volviera sin blanca
y sin
si

el

jumento

á

mi

casa, negra ventura

me

esperaba. ^
al

hay más que saber de mí, aquí estoy; que responderé

mesmo Rey
si

en presona; y nadie tiene para qué meterse en
si

truje

ó no truje,

gasté ó no gasté; que

si

los palos

que

me

dieron en estos viajes se hubieran de pagar á dinero,
se tasaran sino á cuatro

aunque no

maravedís cada uno, en
la

otros cien escudos

no habia para pagarme
su pecho, y

mitad; y cada
á juzgar lo

uno meta

la

mano en

no

se

ponga

blanco por negro, y lo negro por blanco; que cada uno es

como Dios le hizo, y aun peor muchas veces. — Yo tendré cuidado, dijo Carrasco, de avisar
de
la

al

autor

historia,

que

si

otra vez la imprimiere, no se le olvide

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
esto

IV.

33

que

el

buen Sancho ha dicho; que
lo

será realzarla

un

buen coto más de

que

ella se está.

— ¿Hay otra

cosa que

enmendar en
Quijote.
él
;

esa leyenda, señor

ser

— debe de haber pero ninguna debe de ya de importancia de — Y ¿por promete Don Segunda — promete, respondió Sansón; pero que no ha
,

Bachiller? preguntó

Don

respondió
las

la

referidas.

ventura, dijo

Quijote,

el

autor

Parte.?

dice

la

hallado, ni sabe quién la tiene; y así, estamos' en
saldrá ó
tt

duda

si

no; y

así

por esto

como porque
;

algunos dicen:

nunca Segundas Partes fueron buenas »

y otros
se

:

«

de

las

cosas de

Don

Quijote, bastan

las escritas

)i,

duda que no ha

de haber Segunda Parte; aunque algunos, que son más joviales

que saturninos, dicen

:

«vengan más quijotadas; emlo

bista

Don
¿á

Quijote y hable Sancho Panza, y sea

que

fuere;

que con eso nos contentamos.»
se atiene el autor? dijo

— Y qué — A que, respondió
historia,
la

Don

Quijote.
la

Sansón, en hallando que halle

que

él

va buscando con extraordinarias diligencias,
la

dará luego á

estampa, llevado más del interés que de

darla se le sigue,

que de otra alabanza alguna.»

A

lo

que

dijo

Sancho

:

« ¿

Al dinero y

al

interés

mira

el

autor! Maravilla será
bar, barbar,

que

acierte,

porque no hará sino bar:

como

sastre

en vísperas de pascuas
se

y

las

obras

que

se

hacen apriesa nunca

acaban con
lo

la

perfecion que
es, á

requieren. Atienda ese señor

moro, ó
le

que

mirar lo

que hace

;

que yo y mi señor

daremos tanto

ripio á la

mano

en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que
sólo

pueda componer, no

Segunda Parte, sino

ciento.

Debe

»

'^A

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
el

de pensar

buen hombre
pues ténganos

sin
el

duda que nos dormimos aquí
pié
al

en

las pajas;

herrar, y verá del que

cosqueamos.

Lo que yo

sé decir es,

que

si

mi señor tomase
es

mi consejo, ya habíamos de
tumbre de

estar

en esas campañas desha-

ciendo agravios y enderezando tuertos,
los

como

uso y cos-

buenos andantes caballeros.

No
les

habia bien acabado de decir estas razones Sancho,
á sus oidos relinchos de Rocinante, los cua-

cuando llegaron
relinchos

tomó Don Quijote por
allí

felicísimo agüero, y

determinó de hacer de
declarando su intento
parte

á tres ó cuatro dias otra salida;

y

al

Bachiller, le pidió consejo por qué
el

comenzaria su jornada;
al

cual le respondió
,

que era su

parecer que fuese

reino de

Aragón

y á

la

ciudad de Za-

ragoza, adonde se hablan de hacer unas solemnísimas justas

por

las fiestas

de San Jorge, en

las cuales

podría ganar fama

sobre todos los caballeros aragoneses, que seria ganarla sobre todos los del

mundo. Alabóle
,

ser

honradísima y valentí-

sima su determinación

y advirtióle que anduviese más aten-

tado en acometer los peligros, á causa que su vida no era
suya, sino de todos aquellos que le hablan de menester, para

que

los

amparase y socorriese en sus desventuras.
es

«Deso

de lo que yo reniego, señor Sansón, dijo á este
;

punto Sancho

que

así

acomete mi señor á cien hombres

armados como un muchacho goloso á media docena de badeas.

¡Cuerpo del mundo, señor Bachiller!
retirar,

Sí,

que tiempos

hay de acometer y tiempos de
(y creo que á

y no ha de ser todo

Santiago, y cierra, España; y más, que vo he oido decir

mi señor mismo,
esto es así,

si

mal no

me

acuerdo) que
el

en los extremos de cobarde y de temerario está

medio
sin te-

de

la valentía;

y

si

no quiero que liuva

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
ner para qué
,

IV.

35

ni

que acometa cuando

la

demasía del riesgo
si

pide otra cosa; pero sobre todo, aviso á

mi señor que,

me

ha de

llevar consigo,

ha de

ser

con condición que

él se lo

ha de

batallar todo

,

v que yo no he de estar obligado á otra

cosa que á mirar por su persona en lo que tocare á su lim-

pieza y á su regalo; que en esto, yo le bailaré

el

agua delante;

pero pensar que tengo de poner

mano

á la espada,

aunque

sea contra villanos malandrines de
sar

en lo excusado. Yo,

serior

hacha y capellina, es penSansón, no pienso granjear
leal

fama de
jamas

valiente, sino del

mejor y más
y
si

escudero que
Quijote,

sirvió á caballero andante;

mi señor Don

obligado de mis

alguna ínsula,

muchos y buenos servicios, de las muchas que su merced
nacido

quisiere

darme
ha

dice que se
ello;

de topar por ahí, recibiré

no

me

la diere,

mucha merced como cualquiera
otro
,

en

v cuando

sov, v no
:

ha de
,

vivir el

hombre en hoto de

sino de Dios
el

v más

que

tan bien, y aun quizá mejor,

me

sabrá

pan, desgobernado,
si

que siendo gobernador
biernos

:

y

¿sé

yo por ventura

en esos go-

me

tiene aparejada el diablo alguna zancadilla,

donde

tropiece

y caiga, v

me

deshaga
si

las

muelas? Sancho nací, v
esto, de

Sancho pienso morir. Pero
nas
,

con todo

buenas á buedeparase
el

sin

mucha

solicitud

v

sin

mucho
se dice

riesgo ,

me

cielo

alguna ínsula ú otra cosa semejante, no soy tan necio
desechase
;

que

la

que también

:

«

cuando

te dieren la
el

vaquilla, corre

con

la soguilla»;

y

a

cuando viene

bien,

mételo en tu casa».

— Vos, hermano Sancho,
como un
en
el

dijo Carrasco, habéis

hablado

catedrático; pero con todo eso, confiad en Dios v

señor

Don

Quijote, que os ha de dar un reino, no que

una

ínsula.

^(y

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

^Tanto
mi señor
tomado
el
el

es

lo

de más

como

lo

de menos, respondió

Sancho; aunque

sé decir al señor Carrasco,

que no echara
que yo he

reino que

me

diera, en saco roto;

pulso á

mí mismo, y me

hallo con salud para
lo

regir reinos

ya otras veces y gobernar ínsulas; y esto
dijo

he

dicho á mi señor.

— Mirad, Sancho, — Eso
allá se

Sansón, que

los oficios

mudan

las

costumbres, y podria ser que viéndoos gobernador, no conociésedes á la

madre que

os parió.
los

ha de entender, respondió Sancho, con
las

que nacieron en
el

malvas, y no con

los

que tienen sobre

alma cuatro dedos de enjundia de
los tengo.

cristianos viejos,

como
¡sabrá

yo

No,

sino llegaos á

mi condición, que

usar de desagradecimiento

con alguno!

— Dios
))

lo

haga,

el

gobierno venga;

Don Quijote, y ello dirá, cuando que ya me parece que le trayo entre los
dijo

ojos.

Dicho
ciese

esto, rogó al Bachiller

que,

si

era poeta, le hi-

merced de componerle unos

versos,

que

tratasen de la

despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea del

Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada verso habia de poner una letra de su nombre, de manera que, con
todos los versos, juntando las primeras letras, se leyese

Dul-

cinea DEL TOBOSO. El Bachiller respondió, que, puesto
que
él

no era de

los

famosos poetas que habia en España

(que decian que no eran sino tres y medio), que no dejaria de componer los
tales

metros; aunque hallaba una dificultad
,

grande en su composición
nian
el

á causa
siete;

que

las letras

que conte-

llanas

y que si hacia cuatro castede á cuatro versos, sobraba una letra; v si de á cinco.

nombre eran diez y

:

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

V.

37

á quien llaman décimas ó redondillas, faltaban tres letras;

pero con todo eso, procuraria embeber una letra

lo

mejor

que pudiese, de manera que en
cluyese
el

las

cuatro castellanas se in-

nombre de Dulcinea
así

del Toboso.

«Ha
allí

de ser
el

en todo caso, dijo

Don

Quijote; que

si

no va

nombre patente y de
ella se

manifiesto, no hay mujer

que no crea que para

hicieron los metros.
la partida seria

Quedaron en
dias.

esto

y en que
al

de

allí

á cuatro

Encargo

Don
al

Quijote
4

Bachiller la tuviese secreta,
á la Sobrina y

especialmente
al

Cura y

Maese Nicolás, y

Ama,

porque no estorbasen su honrada y valerosa deter:

minación

todo lo prometió Carrasco.

Con

esto se despidió,

encargando á

Don

Quijote que de todos sus buenos ó

ma-

los sucesos le avisase,

habiendo comodidad; y

así se

despi-

dieron , y Sancho fué á poner en orden lo necesario para su
jornada.

CAPITULO
De
la

V.

discreta

y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación.

Llegando á
capítulo
,

escribir el traductor desta historia este quinto

dice

que

le tiene

por apócrifo porque en
,

él

habla

Sancho Panza con otro

estilo del

que

se

podia prometer de

su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por
posible
cirlo,

que

él las supiese;

pero que no quiso dejar de tradu-

por cumplir con

lo

que

á su oficio debia, y así prosi-

guió diciendo

Llegó Sancho

á su casa tan regocijado y alegre,

que su

mujer conoció su

alegría á tiro de ballesta, tanto

que

la

^^

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
:

obligó á preguntarle
alegre venis
?
)>

c

¿Qué

traéis,

Sancho amigo, que tan

A
bien

lo

que

él

respondió:

«Mujer mia,

si

Dios quisiera,

me holgara yo de no estar tan contento como muestro. No os entiendo, marido, replicó ella, y no sé qué queen eso de que os holgárades,
si

réis decir

Dios quisiera, de

no

estar contento;

que maguer tonta, no

vo quién recibe

gusto de no tenerle.

— Mirad, Teresa, respondió Sancho, yo estoy alegre porque tengo determinado de volver á
Quijote,
turas; y
el

servir á

mi amo Don

cual quiere la vez tercera salir á buscar las avená salir

yo vuelvo

con

él,

porque

lo quiere así

mi

necesidad, junto con la esperanza, que
sar si

me

alegra, de penlos

podré hallar otros cien escudos

como

ya gastados;

puesto que

me
si

entristece el

haberme de

apartar de

y de

Dios quisiera darme de comer á pié enjuto y en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas (pues
mis hijos; y
lo

podia hacer á poca costa, y con no más de quererlo), claro

está

que mi alegría fuera más firme y valedera, pues que
la tristeza del dejarte
:

la

que tengo va mezclada con
dije

así

que,

bien que holgara,

si

Dios quisiera, de no

estar contento.

— Mirad, Sancho,
tes

replicó Teresa, después

que

os hicis-

miembro de

caballero andante, habláis de tan rodeada

manera, que no hay quien os entienda.

— Basta que me
cho; que
él es el

entienda Dios, mujer, respondió Sanlas

entendedor de todas

cosas

:

y quédese

esto aquí, y advertid,
estos tres dias

hermana, que

os conviene tener cuenta

con

el

Rucio, de manera que esté para armas
,

tomar

:

dobladle los piensos

requerid la albarda y

las

demás

jarcias,

porque no vamos á bodas, sino á rodear

el

mundo,

SEGUNDA PARTE. CAPÍ FULO
,

V.

39

y á tener dares y tomares con gigantes con endriagos y con vestiglos y á oir silbos rugidos bramidos y baladros y aun
,

,

,

;

todo esto fuera

flores

de cantueso

,

si

no tuviéramos que en-

tender con yangüeses y con moros encantados.

— Bien creo vo, marido, replicó Teresa, que
andantes no
á

los

escuderos

comen

el

pan de balde y
;

así

,

quedaré rogando

Nuestro Señor os saque presto de tanta mala ventura.

— Yo

os digo,

mujer, respondió Sancho, que

si

no pen-

sase antes

de

mucho tiempo verme gobernador
caeria muerto.
dijo

de una ín-

sula, aquí

— Eso no, marido mió,
el

me

Teresa
,

:

viva
el

la gallina,

aun-

que sea con su

pepita. Vivid vos

y llévese

diablo cuantos

gobiernos hay en

mundo.

Sin gobierno salistes del vientre

de vuestra madre,
sin

sin

gobierno habéis vivido hasta ahora, y
ú os llevarán, á la sepultura,
esos

gobierno os

iréis,
:

cuando
viven

Dios fuere servido
sin

como

hay en

el

mundo que
mundo

gobierno, y no por eso dejan de vivir, y de ser contados
el

en

número de

las

gentes.

La mejor

salsa del

es la

hambre, y como ésta no falta á los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad, Sancho, si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de
hijos.

mí y de
tio el

vuestros

Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales,
la escuela, si es
la Iglesia.

y

es

razón que vaya á

que su

Abad

le

ha de dejar hecho de

Mirad también que Marisi

Sancha, vuestra hija, no

se

morirá

la

casamos; que

me
vos

van dando barruntos que desea tanto tener marido
deseáis veros
la hija

como

con gobierno; y, en

fin,

en

fin,

mejor parece

mal casada que bien abarraganada.
fe,

— A buena
á tener algo

respondió Sancho, que

si

Dios

me

lleva

qué de gobierno, que tengo de

casar,

mujer

^o

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
la

mia, á Mari-Sancha tan altamente, que no

alcancen sino

con llamarla señoría.

— Eso

no, Sancho, respondió Teresa: casadla con su
es lo
,

igual,

que

más acertado; que

si

de

los

zuecos

la sacáis

á chapines

y de saya parda de catorceno á verdugado y sa-

boyanas de seda, y de una Marica y un tú á una doña tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y á cada paso ha
de caer en mil
faltas,

descubriendo

la hilaza

de su

tela basta

y grosera.

Calla, boba, dijo Sancho;

que todo
el

será usarlo dos ó
la

tres

años; que después le vendrá

señorío y

gravedad
ella se-

como

de molde

:

v cuando no, ¿qué importa? Séase

ñoría, y venga lo que viniere.

— Medios, Sancho, con vuestro estado, respondió Teresa;
os queráis alzar á

no

mayores, y advertid

al

refrán

que dice:

«Al
casa.
ría

hijo de tu vecino, límpiale las narices y métele en tu
))

Por

cierto

que

¡

seria gentil cosa casar á nuestra

Male

con un condazo ó con un caballerote, que, cuando se

antojase, la pusiese
del destripaterrones

como nueva,
y de
la

llamándola de villana, hija
!

pelaruecas

No

en mis dias
á

,

ma-

rido

:

¡para eso, por cierto,
el

he criado yo

mi

hija!

Traed

vos dineros, Sancho; y
ahí está

casarla dejadlo á

mi cargo; que
rollizo

Lope Tocho,
le

el

hijo de

Juan Tocho, mozo

y sano, y que
á la

conocemos, y
éste,


es

que no mira de mal ojo
nuestro igual, estará bien

mochacha; y con
la

que

casada, y

tendremos siempre á nuestros ojos, y seremos
la

todos unos, padres y hijos, nietos y yernos, y andará

paz

y

la

bendición de Dios entre todos nosotros; y no casármela
,

vos ahora en esas cortes y en esos palacios grandes
ni á ella la

adonde

entiendan ni

ella se entienda.

1,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

V.

4

— Ven
¿

acá, bestia y mujer de Barrabas, replicó Sancho,
,

por qué quieres tú ahora
hija

sin

qué

ni para

qué estorbarme
,

que no case á mi

con quien

me
la

dé nietos que

se

llamen

señoría? Mira, Teresa, siempre he oido decir á mis
res

mayoviene

que

el

que no sabe gozar de
debe quejar
si

ventura cuando

le

que no
ra,

se

se le pasa;

y no

seria bien
se la

que aho:

que

está

llamando á nuestra puerta,

cerremos
sopla.

de-

jémonos
este

llevar deste viento favorable

que nos

(Por

modo

dijo el

de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, traductor desta historia que tenia por apócrifo este

capítulo.)

¿No

te

parece, animalia, prosiguió Sancho, que

será bien dar

con mi cuerpo en algún gobierno provechoso,
el

que nos saque
quien yo

pié del lodo, y casar á

Mari-Sancha con

quisiere...
te sientas

y verás
en

cómo

te

llaman á

doña Teresa

Panza, y

la iglesia

sobre alcatifa, almohadas y
las

arambeles, á pesar y despecho de

hidalgas del pueblo?

¡No,

sino estaos siempre en
figura de paramento!

un

ser, sin crecer ni

menguar,

como

Y

en esto no hablemos más;

que Sanchica ha de

ser condesa,

aunque tú más

me

digas.

¿Veis cuánto decís, marido? respondió Teresa; pues

con todo eso, temo que este condado de mi hija ha de ser
su perdición
:

vos haced lo que quisiéredes, ora la hagáis
ello

duquesa ó princesa; pero seos decir que no será
voluntad ni consentimiento mió.

con
fui

Siempre, hermano,

amiga de

la

igualdad, y no puedo ver entonos sin funda-

mento. Teresa
y escueto,

me

pusieron en

el

bautismo nombre
,

mondo
de doser

sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives

nes ni donas; Cascajo se llamó

vuestra

mi padre; y mujer, me llaman Teresa Panza; que

á á

mí, por

buena razón
van reyes do

me

hablan de llamar Teresa Cascajo; pero

allá

A2

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

quieren leyes; y con este
le

nombre me contento,

sin

que

me

pongan un ¿hn encima, que pese tanto, que no le pueda llevar; v no quiero dar qué decir á los que me vieren andar
vestida á lo condesil ó á lo de gobernadora;

que luego
!

dise

rán

:

«

Mirad qué entonada va
¡

la

pazpuerca

Ayer no
i

hartaba de estirar de un copo de estopa, y iba á misa, cubierta la cabeza

con

la falda
,

de

la

saya en lugar de

manto y
, ,

ya hoy va con verdugado
si

con broches y con entono como
Dios

no

la

conociésemos

!

n

Si

me

guarda mis

siete

ó mis

cinco sentidos, ó los que tengo, no pienso dar ocasión de

verme en

tal

aprieto

:

vos

,

hermano

,

idos á ser gobierno ó
hija ni yo, por

ínsulo, y entonaos á vuestro gusto;
el siglo

que mi

de mi madre, que no nos hemos de mudar un paso
la

de nuestra aldea. La mujer honrada,

pierna quebrada y en

casa; v la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos

con vuestro

Don

Quijote á vuestras aventuras, y dejadnos á

nosotras con nuestras malas venturas;
jorará,
le

que Dios nos
sé,

las

me-

como seamos buenas: y yo no
él

por cierto, quién
ni sus agüelos.

puso á

don

— Ahora digo,
nen que ver
el

,

que no tuvieron sus padres
replicó

Sancho, que
la

tienes algún familiar

en ese cuerpo. ¡Válate Dios,

mujer, v qué de cosas has

ensartado unas en otras, sin tener pies ni cabeza!

¿Qué
el

tie-

Cascajo, los broches, los refranes y

entono

con
así

lo
te

que yo digo! Ven acá, mentecata

é ignorante (que

puedo llamar, pues no entiendes mis razones y vas
la

huyendo de

dicha)

:

si

vo

dijera

que mi

hija se arrojara

de una torre abajo, 6 que se fuera por esos mundos,
se quiso ir la infanta

como

doña Urraca,
si

tenias razón de

no venir

con mi gusto; pero

en dos paletas, y en menos de un

abrir y cerrar de ojos, te la

chanto un don v una

seíioría á

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la

V.

43
toldo

pongo en

y en peana y en un estrado de más almohadas de velludo

que tuvieron todos en su
cos
,

linaje los

Almohades de Marrue-

¿

por qué no has de consentir y querer lo que yo quiero ? por el ¿Sabéis por qué, marido? respondió Teresa
:

refrán

que dice

:

^i

Quien

te

cubre

te

descubre.

»

Por

el

po-

bre todos pasan los ojos
detienen; y
si

como de
el

corrida, y en el rico los
allí

el

tal

rico fué

un tiempo pobre,
peor pensar de
los

es el

murmurar y
tes;

el

mal decir y

maldicien-

que

los

hay por

esas calles á

montones, como enjambres

de abe] as.

— Mira, Teresa,
dias

respondió

Sancho, y escucha

lo

que
los

agora quiero decirte; quizá no lo habrás oido en todos

y yo agora no hablo de mió que todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador que la

de tu vida

:

;

cuaresma pasada predicó en

este pueblo; el cual,
las
,

si

mal no
los ojos

me

acuerdo, dijo que todas

cosas presentes

que

están

mirando

,

se presentan

están y asisten en nuestra
las

mecosas

moria mucho mejor y con más vehemencia que
pasadas.»

Todas
las

estas

razones, que aquí va diciendo Sanel

cho, son

segundas por quien dice

traductor (que tiene
la

por apócrifo este capítulo) que exceden á

capacidad de

Sancho,

el

cual prosiguió diciendo

:

«De donde

nace que
ricos

cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con
vestidos compuesta, y con

pompa

de criados
la

,

parece que

por fuerza nos mueve y convida á que
puesto que
la

tengamos respeto,

memoria en aquel

instante nos represente al-

guna bajeza ó ignominia en que vimos
pasó, no es, y sólo es lo que

á la tal persona, la

cual ignominia, ahora sea de pobreza ó de linaje,

como ya
si

vemos presente; v

éste, á

AA

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
la

quien
tas

fortuna sacó del borrador de su bajeza (que por eslo dijo el padre) á la alteza

mesmas razones

de su pros-

peridad, fuere bien criado, liberal y cortés con todos, y no
se pusiere

en cuentos con aquellos que por antigüedad son

nobles, ten por cierto, Teresa,

que no habrá quien

se
si

acuerde

de lo que fué, sino quien reverencie lo que es,

no fue-

ren los invidiosos, de quien ninguna próspera fortuna está
segura.

— Yo no
tras
decís...

os entiendo,
,

marido, replicó Teresa; haced
quebréis
si

lo

que quisiéredes

y no

me

más

la

cabeza con vuesen hacer lo que

arengas y retóricas; y

estáis revuelto

Resuelto has de decir, mujer, dijo Sancho, v no re-

vuelto.

— No
Teresa
:

os pongáis á disputar,

marido, conmigo, respondió
y no

yo hablo como Dios

es servido,

me meto

en

más

dibujos; y digo

que

si

estáis

persuadido en tener go-

bierno, que llevéis con vos á vuestro hijo Sancho, para que

desde agora
los hijos

le

enseñéis á tener gobierno
los oficios

:

que bien

es

que

— En teniendo gobierno,
la

hereden y aprendan

de sus padres.
él

dijo

Sancho, enviaré por

por
pues

posta, y te enviaré dineros;
falta

que no

me

faltarán,

nunca
no

quien se

los preste á los

gobernadores, cuando
disimule lo que
es,

los tienen;

y

vístele

de

modo que

y

parezca lo que ha de

ser.

— Enviad

ha de
ser

vos dinero, dijo Teresa; que yo os lo vestiré

como un palmito. En efecto, quedamos
condesa nuestra

de acuerdo, dijo Sancho, de que
hija.

El dia que yo la viere condesa, respondió Teresa, ése

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
haré cuenta que
gáis lo
la

VI.

45
que halas

entierro; pero otra vez os digo

que

os diere gusto;

que con
los

esta carga

nacemos

mujeres, de estar obedientes á

maridos, aunque sean

unos porros
si

^

:

y en esto comenzó á

llorar tan

de veras ,

como

ya viera muerta y enterrada á Sanchica.

Sancho

la

consoló, diciéndole que ya que
la haria

la

hubiese de

hacer condesa,

todo lo más tarde que ser pudiese.

Con

esto se acabó su plática, y, al otro dia,

Sancho volvió

á ver á

Don

Quijote, para dar orden en su partida.

CAPITULO
De
lo

VI.

que

le

pasó á

Don

Oaijote con su Sobrina y con su

Ama; y

es

uno de

los

más importantes

capítulos de toda la historia.

En

tanto que Sancho

pasaron la inverisímil

Panza y su mujer Teresa Cascajo referida plática, no estaban ociosas la
Quijote, que por mil señales iban

Sobrina y

el

Ama
al

de

Don

coligiendo que su tio y señor queria desgarrarse la vez tercera, y volver
ballería.

ejercicio de su, para ellas,
las vías

mal andante ca-

Procuraban por todas

posibles apartarle de
desierto

tan

mal pensamiento; pero todo era predicar en
frió.

y

majar en hierro
zones, que,
al

Con

todo esto, entre otras muchas ra-

otro dia, con el pasaron, le dijo el
si

Ama

:

«En
pié

verdad, señor mió, que
llano,

vuesa merced no afirma

el

y

se está

quedo en su

casa, y se deja de andar por los
esas

montes y por que dice que
chas, que
al

los valles

como ánima en pena, buscando

se

llaman aventuras, á quien yo llamo desdi-

tengo de quejar en voz y en grito á Dios y Rey, que pongan remedio en ello.»

me

A lo que respondió Don

Quijote

:

«Ama,

lo

que Dios

res-

»

,

j_6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
lo sé, ni lo

pondera á tus quejas, yo no

que ha de responder

Su Majestad, tampoco; y sólo

que

si

yo fuera rey,

me

ex-

cusara de responder á tanta infinidad de memoriales impertinentes

como cada
los reyes

dia le dan

;

que uno de

los

mayores

tra-

bajos

que

tienen, entre otros

muchos,

es el estar
:

obligados á escuchar á todos y á responder á todos

y

así

no querría yo que cosas mias

le

diesen pesadumbre.
la

A

lo

que

dijo el

Ama:
Don

«Díganos, señor: en

Corte de

Su Majestad ¿no hay caballeros?

Sí,

respondió

Quijote, y muchos, y es razón que
la

los

haya para adorno de

grandeza de

los príncipes

y para

ostentación de la majestad real.

— Pues
de
en
los
la

(¡por

qué no

seria vuesa

merced, replicó

ella,

uno

que

á pié

quedo

sirviesen a su

Rey y

señor, estándose

Corte?
:

— Mira, amiga, respondió Don Quijote
balleros

no todos

los ca-

pueden

ser cortesanos, ni todos los cortesanos

pue-

den ni deben
en
el

ser caballeros andantes.

De

todos ha de haber

mundo; y aunque

todos seamos caballeros, va

mucha

diferencia de los unos á los otros; porque los cortesanos, sin
salir

de sus aposentos ni de
el

los

umbrales de

la

Corte, se pasin costarles

sean por todo

mundo, mirando un mapa,
hambre

blanca ni padecer calor ni frió,

ni sed;

pero nos-

otros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frió, al
aire, á las

inclemencias del cielo, de noche y de dia, á pié y

á caballo,

medimos toda
ser;
sin

la tierra

con nuestros mismos

pies,

y no solamente
su

conocemos

los

enemigos pintados, sino en
los
los

mismo

v en todo trance v en toda ocasión
mirar en niñerías
ni

acodesa-

metemos,
fíos,
si

en

las leves

de

lleva ó

no

lleva

más

corta la lanza ó la espada,

si

trae

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
sobre
tir

VI.
,

47
se

reliquias ó algún
el sol

engaño encubierto

si

ha de par-

y hacer tajadas
se usan

ó no, con otras ceremonias deste jaez,

que

en

los desafíos particulares
,

de persona á persona,

que tú no sabes
))Y

y yo

sí.

has de saber

más que
:

al

buen caballero andante, aunlas

que vea diez gigantes que con
sino pasan las nubes, y

cabezas, no sólo tocan,
le

que á cada uno

sirven de pier-

nas dos grandísimas torres, y que los brazos semejan árboles

de gruesos y poderosos navios, y cada ojo como una gran rueda de molino, y más ardiendo que un horno de vidrio,

no

le

han de espantar en manera alguna; antes con

gentil

continente y con intrépido corazón los ha de acometer y einbestir , y, si fuere posible , vencerlos y desbaratarlos en un

pequeño

instante,

aunque viniesen armados de unas conchas
si

de un cierto pescado, que dicen que son más duras que

fuesen de diamantes, y en lugar de espadas trujesen cuchillos
tajantes
tas

de damasquino acero, ó porras ferradas con punlas

asimismo de acero, como yo

he

visto

más de dos vela

ces.

Todo

esto

he dicho.

Ama

mia, porque veas
á otros
;

diferen-

cia

que hay de unos caballeros

y seria razón que no
esta

hubiese príncipe que no estimase en

más

segunda, ó por

mejor decir, primera especie de caballeros andantes; que, se-

gún leemos en
ha sido

sus historias, tal

ha habido entre

ellos,

que

la salud,

no sólo de un reino, sino de muchos.
dijo á esta sazón la Sobrina, advierta

— ¡Ah, señor mió!
,

vuesa merced que todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira; y sus historias, ya que no
las

quemasen merecían que
nito
,

á cada

una

se le

echase un sambe-

ó alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de las buenas costumbres.

!

^H
¡Por
si

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
el

Dios que

me

no fueras mi sobrina

Don Quijote, que derechamente, como hija de mi
sustenta, dijo
tal

misma hermana, que habia de hacer un
la

castigo en
el

tí,

por

blasfemia que has dicho
es

,

que sonara por todo

mundo

¡Cómo! ¿Que
menear doce

posible

que una rapaza, que apenas sabe

palillos
las

de randas, se atreva á poner en lenhistorias

gua y a censurar

de
si

los

caballeros andantes

¿Qué

dijera el
él

señor Amadis,
te

lo tal oyera!
el

Pero á buen

seguro que

perdonara, porque fué

cortés caballero de su

más humilde y tiempo, y demás grande amparador
pudiera haber oido, que no
te

de

las

doncellas;

mas

tal te

fuera bien dello; que no todos son corteses ni bien mirados;

algunos hay follones y descomedidos

:

ni todos los

que

se

llaman caballeros

lo

son de todo en todo; que unos son de

oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros; pero no

todos pueden estar
bres bajos hay,

al

toque de

la

piedra de

la

verdad.

Hom-

que revientan por parecer caballeros, y caque parece que á posta mueren por pa:

balleros altos hay,

recer

hombres

bajos

aquéllos se levantan ó con la ambición

ó con
vicio;

la virtud,

éstos se abajan ó

con

la flojedad

ó con

el

y

es

menester aprovecharnos del conocimiento dis,

creto para distinguir estas dos maneras de caballeros

tan

parecidos en los


i

nombres y tan
que

distintos
:

en

las

acciones.

Válame Dios!
tio,

dijo la Sobrina
si

¡que sepa vuesa mer-

ced tanto, señor

fuese menester en
irse á

una necesi-

dad, podria subir en un pulpito, é
calles
,

predicar por esas

dé en una ceguera tan grande y en una sandez tan conocida, que se dé á entender que es
y que con todo esto
,

valiente siendo viejo,
c]iic

que tiene fuerzas estando enfermo,
la

y

endereza tuertos estando por

edad agobiado, v sobre

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
todo que
es caballero

VI.

49
lo

no

lo siendo

,

porque aunque

puedan

ser los hidalgos,

no

lo son los pobres!

— Tienes
pondió

mucha
te

razón, Sobrina, en lo que dices, res-

Don

Quijote; y cosas te pudiera yo decir cerca de

los linajes,

que

admiraran; pero, por no mezclar lo dilas

vino con lo

humano, no

digo.

Mirad, amigas

:

á cuatro

suertes de linajes (y estadme atentas) se

pueden reducir
estos
:

to-

dos los que hay en

el

mundo

,

que son

unos

,

que

tuvieron principios humildes, y se fueron extendiendo y dilatando hasta llegar á una suina grandeza; otros, que tu-

vieron principios grandes, y los fueron conservando y los

conservan y mantienen en

el

ser

que comenzaron;

otros,

que aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta

como pirámide, habiendo diminuido cipio hasta parar en nonada, como lo

y aniquilado su prines la

punta de
es

la pi-

rámide, que respeto de su basa ó asiento no

nada; otros

hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno,
ni razonable
el linaje

medio, y

así

tendrán

el fin sin

nombre, como
los

de

la

gente plebeya y ordinaria.

De

primeros,

que tuvieron principio humilde, y subieron á la grandeza que agora conservan, te sirva de ejemplo la casa otomana,
que de un humilde y bajo pastor, que le dio principio, está en la cumbre que la vemos. Del segundo linaje, que tuvo
principio en grandeza, y la conserva sin aumentarla, serán

ejemplo muchos príncipes que por herencia

lo son

y

se

con-

servan en ella, sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose

en

los límites

de sus estados pacíficamente.
,

De

los

que co-

menzaron grandes y acabaron en punta
ejeinplos;
los

hay millares de

porque todos

los

Faraones y Tolomeos de Egipto,
toda
la

Césares de

Roma, con

caterva (si es que se

les

r-Q

DON QyiJOTK DE LA MANCHA.
este
,

puede dar
señores
,

nombre) de
asirios
,

infinitos príncipes,
,

monarcas,
,

medos

persas

griegos y bárbaros

todos

estos linajes
así ellos

y señoríos han acabado en punta y en nonada,
los

como

que

les

dieron principio

,

pues no será
,

posible hallar agora

ninguno de

sus decendientes

y

si

le

hallásemos, seria en bajo y humilde estado. Del linaje ple-

beyo no tengo que decir sino que
el

sirve sólo

de acrecentar

número de

los

que viven

,

sin

que merezca otra fama
todo
lo
la

ni otro elogio su grandeza.
infiráis
,

De

dicho quiero que
confusión que hay

bobas mias

,

que

es

grande

entre los linajes, y
ilustres
,

que

solos aquellos parecen
la virtud

que

lo

muestran en

y en

la

grandes y riqueza y li-

beralidad de sus dueños. Dije virtud, riqueza y liberalidad,

y
y

es

porque

el

grande que fuere vicioso, será vicioso grande,

el rico

no

liberal será
le

un avaro mendigo; que
el tenerlas,
el

al

poseedor
el

de

las

riquezas no

hace dichoso

sino

gas-

tarlas,

y no

el gastarlas

como

quiera, sino
le

saberlas bien

gastar.

Al caballero pobre no

queda otro camino para
la virtud,

mostrar que es caballero, sino
bien criado, cortés y

el

de

siendo afable,

comedido y oficioso (no soberbio, no arrogante, no murmurador), y sobre todo caritativo; que con
dos maravedís que con
trará tan liberal

ánimo

alegre dé

al

pobre, se mos-

como

el

que á campana herida da limos-

na; y no habrá quien le vea adornado de las referidas vir-

tudes, que

aunque no
,

le
el

conozca, deje de juzgarle y tenerle

por de buena casta

y

no

serlo seria

milagro

;

y siempre

la

alabanza fué premio de la virtud, y los virtuosos no pueden
dejar de ser alabados.

Dos caminos hay,
otro

hijas,

por donde
:

pueden

ir

los

hombres y

llegar á ser ricos v
el

honrados

el

uno

es el

de

las letras,

de

las

armas.

Vo

tengo más

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
armas que
letras,

VI.

5

I

y nací, según

me

inclino á las armas, de:

bajo de la influencia del planeta
es forzoso seguir

Marte

así

que, á

mí me

sar

de todo

el

por su camino, y por él tengo de ir á pemundo; y será en balde cansaros en persualo

dirme a que no quiera yo
tuna ordena y
la

que

los cielos

quieren

,

la for-

razón pide, y sobre todo, mi voluntad

desea; pues con saber,

como

sé, los

innumerables trabajos
los infini-

que son anejos
tos bienes

al

andante caballería, sé también
alcanzan con
el

que

se

ella,

y

que

la

senda de

la

virtud es

muy

pacioso, y sé
el del vicio,

ancho y esque sus fines y paraderos son diferentes; porque dilatado v espacioso, acaba en muerte; y el de
estrecha, y
del vicio

camino

la

virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida
se acaba, sino

que
el

en

la

que no tendrá

fin;

v

sé,

como

dice

gran poeta castellano nuestro, que
Por
estas asperezas se

camina
asiento,
allí

De la inmortalidad al alto Do nunca arriba quien de

declina.

— ¡Ay desdichada de mí!
mi señor
taré
es
si

dijo la Sobrina, ¡que
,

también

poeta

!

Todo

lo sabe
,

todo lo alcanza

:

yo apos-

que

quisiera ser albañil
jaula.

que supiera fabricar una casa

como una

—Yo
si

te

prometo. Sobrina, respondió

Don

Quijote, que

estos

pensamientos caballerescos no

me

llevasen tras

to-

dos los sentidos, que no habria cosa que yo no hiciese, ni
curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas

y

palillos

de

dientes.))

A

este

tiempo llamaron

á la puerta, y

preguntando quién
él

llamaba, respondió Sancho Panza que

era;

y apenas

le

r2

DON QinjOTE DE LA MAN'CHA.
el

hubo conocido
con

Ama, cuando

corrió á esconderse por no

verle: tanto le aborrecía. Abrióle la Sobrina, salió á recebirle
los

brazos abiertos su señor

Don

Quijote, y encer-

ráronse los dos en su aposento,

donde tuvieron otro colopasado.

quio, que no

le

hace ventaja

el

CAPITULO
De
lo

VIL

que pasó

Don

Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos.

Apenas vio
su señor,

el

Ama

que Sancho Panza
la

se

encerraba con

cuando dio en

cuenta de sus tratos; y imagisalir la

nando que de aquella consulta habia de

resolución

de su tercera salida, y tomando su manto, toda llena de

congoja y pesadumbre, se fué á buscar al Bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que por ser bien hablado, y amigo
fresco de su señor, le podria persuadir á

que dejase tan desel

variado propósito. Hallóle paseándose por

patio de su

casa, y en viéndole, se dejó caer ante sus pies, trasudando

y congojosa.

Cuando

la vio

Carrasco con muestras tan doloridas y so:

bresaltadas, le dijo

«¿Qué

es esto, señora

Ama! ¿Qué

le

ha acontecido, que parece que

se le quiere arrancar el

alma?
se

— No
sele roto

es

nada, señor Sansón mió, sino que mi
duda.
se sale, señora?

amo

sale; sálese, sin

— Y ¿por dónde alguna de — No respondió
parte
se sale,
:

preguntó Sansón

:

¿bá-

su cuerpo?
ella, sino

por

la

puerta de su lo-

cura

quiero decir, señor Bachiller de

mi ánima, que quiere
buscar por ese

salir otra

vez (que con esta será

la tercera) á

mundo

Ic^

que

él

llama aventuras; que yo no puedo enten-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
der

Vli.

53
le

cómo

les

da este nombre.

La vez primera

nos

volvie-

ron atravesado sobre un jumento, molido á palos;

la

segunda

vino en un carro de bueyes, metido y encerrado en una
jaula,

adonde

él se

daba á entender que estaba encantado;

y venia
parió
:

tal el triste,

que no

le

conociera

la

madre que
los

le

flaco, amarillo, los ojos

hundidos en

últimos ca-

maranchones
tanto en
sí,

del celebro;

que para haberle de volver algún
seiscientos huevos,

gasté
el

más de

como

lo sabe

Dios y todo
mentir.

mundo, y mis

gallinas,

que no

me

dejarán

— Eso

creo yo

muy

bien, respondió

el

Bachiller;

que

ellas

son tan buenas, tan gordas y tan bien criadas, que no
si

dirán una cosa por otra,

reventasen.

En

efecto, señora
al-

Ama,

¿no hay otra cosa,
el

ni

ha sucedido otro desmán
el

guno, sino
Quijote?

que

se

teme que quiere hacer

señor

Don

— No, — Pues no tenga pena, respondió
señor, respondió
ella.

el

Bachiller, sino vaalla

yase en hora buena á su casa, y

téngame aderezado de
camino vaya rezando
que
la

morzar alguna cosa

caliente, y de
si

oración de Santa Apolonia,

es

sabe; que yo iré

luego

allá,

— ¡Cuitada de mí!
lo

y verá maravillas.
replicó el

Ama
lo
:

:

¿la oración
si

de Santa

Apolonia dice vuesa merced que rece? Eso fuera
hubiera de
las

mi amo

— Yo

muelas; pero no

ha sino de

los cascos.

sé lo

que digo, señora

Ama

vayase, y no se ponga

á disputar coninigo, pues sabe

que soy bachiller por Sala-

manca, que no hay más que
co; y con esto se fué
car
al

bachillear», respondió Carras-

el

Ama,

y

el

Bachiller fué luego á bus-

Cura,

á

comunicar con

él lo

que

se dirá á su

tiempo.

-A

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

En

el

que estuvieron encerrados
las

Don

Quijote y Sancho,

pasaron

razones que con

mucha

puntualidad y verdadera

relación cuenta la historia.

Dijo Sancho á su

amo
ir

:

«Señor, ya yo tengo relucida á

mi

mujer á que

me

deje

con vuesa merced, aunque dice que

quisiera ella que...

— Reducida
relucida.
,

has de decir, Sancho, dijo

Don
si

Quijote; que

no

— Una
acuerdo
los

6 dos veces, respondió Sancho,
á vuesa

mal no

me

he suplicado
si

merced que no
lo

me enmiende
ellos,

vocablos,

es

que entiende
los entienda,

que quiero decir en
:

y que cuando no
te

diga

«'Sancho, ó diablo, no

entiendo»; y

si

yo no

me
tan

declarare, entonces podrá enfócil...

mendarme; que yo soy

— No
no

te

entiendo, Sancho, dijo luego
(*

Don

Quijote; pues

qué quiere decir
(^T-ín fócil))

soy tan fácil ».
:


asi
)).

quiere decir, respondió Sancho

^soy tan

— Menos — Pues

te

entiendo agora, replicó

Don

Quijote.

si

no

me
:

puede entender, respondió Sancho, no

cómo

lo diga

no

— Ya,
enseñare.

más, y Dios sea conmigo.

ya caigo, respondió

Don

Quijote, en ello

:


tote

quieres decir que eres tan dócil , blando y

mañero, que

marás en cuenta lo que yo

te dijere,

y pasarás por lo que

— Apostaré
me
caló y

yo, dijo Sancho, que desde

el

emprincipio

me

entendió, sino que quiso turbarme, por oirme

decir otras docientas patochadas.

— Podria

ser, replicó

Don

Quijote.

Y, en

efecto,

¿qué

dice Teresa?

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

VII.

55

— Teresa

dice, dijo Sancho,

que

ate bien

mi dedo con

vuesa merced, y que hablen cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma que dos te
daré; y yo digo que
el

consejo de la mujer es poco, y

el

que no

le

— Y yo
— Es

toma
lo

es loco.

digo también, respondió
:

Don

Quijote. Decid,
perlas.

Sancho amigo pasad adelante; que habláis hoy de
el

caso, replicó Sancho, que,
la

como

vuesa merced

muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo

mejor sabe, todos estamos sujetos a

más horas de
muerte

vida de

las

que Dios quisiere

darle;
las

porque

la

es sorda,

y cuando llega á llamar á

puertas de

nuestra vida, siempre va de priesa, y no la harán detener ni

ruegos, ni fuerzas, ni cetros, ni mitras, según es pública voz

y fama, y según nos lo dicen por esos pulpitos.

— Todo
— Voy

eso es verdad, dijo

Don

Quijote; pero no sé

dónde vas

á parar.

á parar, dijo Sancho, en

que vuesa merced

me

señale salario conocido, de lo que
el

me

ha de dar cada mes,

tiempo que

le sirviere

,

y que

el tal salario se

me

pague de

su hacienda; que no quiero estar á mercedes, que llegan
tarde ó
iTial

ó nunca
lo

:

con

lo

mió me ayude Dios. En

fin,

yo quiero saber
sobre

que gano, poco ó
la

mucho que

sea;

que

un huevo pone

gallina

,

y muchos pocos hacen
se pierde nada.

un mucho, y mientras
dad sea que
si

se

gana algo, no

Ver-

sucediese (lo cual ni lo creo ni lo desespero)

que vuesa merced
tida
,

me

diese la ínsula

que

me

tiene

promecabos
la

no soy tan ingrato

ni llevo las cosas tan

por
la

los

que no querré que

se aprecie lo

que montare

renta de

r6
tal

DON QUIJOTE D£ LA MANCHA.

— Sancho amigo, respondió Don Quijote,
ser

ínsula, y se descuente de

mi

salario, gata

por cantidad.
á las veces tan

buena suele

una

rata

como una
:

gata.

— Ya
merced

entiendo, dijo Sancho

yo apostaré que habla de

decir rata, y

no gata; pero no importa nada, pues vuesa
entendido.

me ha

—Y
tiras

tan entendido, respondió

Don

Quijote, que he peal

netrado lo último de tus pensamientos y sé

blanco que

con

las

innumerables saetas de tus refranes. Mira, Sante seííalaria salario, si

cho, yo bien

hubiera hallado en

al-

guna de

las historias

de

los caballeros

andantes ejemplo que

me

descubriese y mostrase por algún pequeño resquicio qué

es lo

que

los

escuderos solian ganar cada
las

mes ó cada ano;
y no

pero yo he leido todas ó

más de

sus historias,

me

acuerdo haber leido que ningún caballero andante haya señalado conocido salario á su escudero; sólo sé que todos servian á meí'ced señores
les

y que cuando menos se lo pensaban si á sus habia corrido bien la suerte se hallaban premia,

,

,

dos con una ínsula ó con otra cosa equivalente , y por lo menos quedaban con título y señoría. Si con estas esperanzas de

acrecentamiento, vos, Sancho, gustáis de volver á servirme,
sea en

buena hora; que pensar que yo he de sacar de

sus

términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo excusado. Así que Sancho mió volveos
,

,

,

á vuestra casa y declarad á vuestra Teresa
ella

gustare y vos gustáredes de estar á
si

mi intención y si merced conmigo,
;

hene quidem; y

no, tan amigos
cebo, no
le

como de

antes;
:

que

si al

pa-

lomar no
hijo,

le falta

faltarán

palomas

v advertid,

que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena oferta que mala paga. Hablo desta manera, Sancho,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
por daros á entender que también,
refranes

VII.

C^'J

como
,

vos, sé yo arrojar
,

como
si

llovidos

;

y finalmente

quiero decir

y os
la

digo, que
suerte

no queréis venir á merced conmigo y correr
os

que yo corriere, que Dios quede con vos y
á

haga

un santo; que
tes,

mí no me

faltarán escuderos

más obedien-

más

solícitos,
))

y no tan empachados ni tan habladores

como vos. Cuando Sancho oyó
anubló
el cielo

la

firme resolución de su
las alas del

amo,

se le

y se

le

cayeron

corazón, porque

tenia creido

que su señor no
:

se iria sin él

por todos

los
,

ha-

beres del

mundo
,

y

así
el

Sansón Carrasco y

estando suspenso y pensativo entró Ama y la Sobrina deseosas de oir con
, ,

qué razones persuadía á su señor que no tornase á buscar
aventuras.

las

Llegó Sansón, socarrón famoso, y abrazándole como
vez primera, con voz levantada
dante caballería
! ¡

la

le dijo

:

«
¡

Oh

flor

de

la
!

an¡

oh luz resplandeciente de

las

armas

oh

honor y espejo de la nación española! ¡plega á Dios todopoderoso, donde más largamente se contiene, que la persona ó personas que pusieren impedimento y estorbaren tu
tercera salida,
seos ni

que no
se les

la hallen

en

el

laberinto de sus de!

jamas
al

cumpla
:
c*

lo

que más desearen
la

»

viéndose
rezar

Ama,

le dijo

Bien puede

señora

Y volAma no

más

la

oración de Santa Apolonia; que yo sé que es
las esferas

determinación precisa de

que

el

señor

Don Qui-

jote vuelva á ejecutar sus antiguos y nuevos pensamientos;

y yo encargarla
suadiese á este

y percaballero que no tenga más tiempo encogida
conciencia
si

mucho mi

no

instigase

y detenida

la

fuerza de su valeroso brazo y

la

bondad de su
el

ánimo valentísimo, porque defrauda con

su tardanza

de-

»

,

r^

DON f^lJOTK DE LA MANCHA.
los tuertos, el
el

recho de
de
las

amparo de
las

los

huérfanos,
el

la

honra
las

doncellas,

favor de

viudas y

arrimo de

casadas, y otras cosas deste jaez,

que tocan, atañen, depenla caballería

den y son anejas á
señor

la

Orden de

andante. Ea,

Don
se
si

Quijote mió, hermoso y bravo, antes hoy que

mañana
no; y

ponga vuesa merced, y su gran

rocin, en cami-

alguna cosa faltare para ponerlo en ejecución, aquí

estoy yo para suplirla con

mi persona y hacienda y
;

si

fuere

necesidad servir á su magnificencia de escudero
felicísima ventura.

,

lo tendré á

A
((

esta sazón dijo
te dije

Don

Quijote, volviéndose á Sancho:

¿No

yo, Sancho, que

me

hablan de sobrar escudeBachiller
los

ros?

Mira ¡quién
de

se ofrece á serlo, sino el ínclito

Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y regocijador de
tios
las

pa-

escuelas salmanticenses, sano de su persona, ágil
así

de sus miembros, callado, sufridor
frió, así

del calor

como

del

de

la

hambre como de

la

sed, con todas aquellas

partes

que
!

se requieren

para ser escudero de un caballero
el

andante

Pero no permita
la la

cielo

que por seguir mi gusto
,

desbarate y quiebre ciencias, y tronque
rales artes.

coluna de

las letras

y
las

el

vaso de

las

palma eminente de

buenas y libepatria, y

Quédese

el

nuevo Sansón en su
las

hon-

rándola, honre juntamente

canas de sus ancianos padres;
estaré contento
,

que yo con cualquier escudero

ya que San-

cho no

se

digna de venir conmigo.
)),


mió
:

digno

respondió Sancho, enternecido y llenos de
:

lágrimas los ojos; y prosiguió
u

«No

se dirá

por mí, señor
»

el

pan comido y

la

compañía deshecha.

Sí,

que no

vengo yo de alguna alcurnia desagradecida; que ya sabe todo
el

mundo,

y especialmente

mi pueblo, quién tueron

los

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

VII.

59

Panzas, de quien yo deciendo; y más, que tengo conocido

y calado por muchas buenas obras y por más buenas palabras, el deseo que vuesa merced tiene de hacerme merced;
y
si

me

he puesto en cuentas de tanto más cuanto acerca ha sido por complacer á mi mujer,
la la cual,

de

mi

salario,

cuando toma

mano

á persuadir

una cosa, no hay mazo

que tanto apriete
que
ser
se

los aros

de una cuba,

haga

lo

que quiere; pero, en
la

como ella aprieta á efeto, el hombre ha de

mujer mujer; y pues yo soy hombre donde quiera (que no lo puedo negar), también lo quiero ser en

hombre, y

mi

casa , pese á quien pesare

:

y

así

,

no hay más que hacer

sino que vuestra
dicilo,

merced ordene su testamento con su cose

pueda revolcar, y pongámonos luego en camino, porque no padezca el alma del señor Sanen
son
,

modo que no

que dice que su conciencia

le lita

que persuada á vuesa

merced

á salir vez tercera por ese

mundo; y yo de nuevo
fiel

me

ofrezco á servir á vuesa merced

y legalmente, tan

bien y mejor que cuantos escuderos han servido á caballeros

andantes en

los

Admirado

pasados y presentes tiempos. quedó el Bachiller de oir el término y

modo
la

de hablar de Sancho Panza; que puesto que habia leido

primera historia de su señor, nunca creyó que era tan gracioso

como

allí le

pintan; pero oyéndole decir ahora «testa-

mento y
lo

codicilo

que no

se

pueda revolcar », en lugar de
y> y

«testamento y codicilo que no se pueda revocar

creyó todo
los

que del habia leido, y confirmólo por uno de

más

so-

lemnes mentecatos de nuestros
tales

siglos, y dijo entre
se

que
el

dos locos

como amo y mozo no

habrían visto en
se

mundo. Finalmente, Don Quijote y Sancho

abrazaron y quedaron amigos; y con parecer y beneplácito del gran Car-

,

5o
rasco,
allí

DON (JIJÓTE DE LA

iM

ANCHA.
se

que por entonces era su oráculo,

ordenó que de

á tres días fuese su partida, en los cuales habria lugar de
el viaje

aderezar lo necesario para

y de buscar una celada de

encaje, que en todas maneras, dijo
bla de llevar. Ofreciósela Sansón
,

Don

Quijote que

la

hanees-

porque sabia no

se la

garla

un amigo suyo que
el

la tenia;

puesto que estaba
clara y limpia por

más
el

cura por
acero.

orin y

el

moho, que
las

terso

Las maldiciones que
Bachiller

dos.

Ama

y Sobrina, echaron

al

no tuvieron cuento; mesaron

sus cabellos, araña-

ron sus rostros , y

lamentaban

la

modo de partida como
al

las
si

endechaderas que se usaban
fuera la muerte de su señor.

El designio que tuvo Sansón para persuadirle á que otra vez
saliese, fué

hacer lo que adelante cuenta
,

la

historia, todo
él

por consejo del Cura y del Barbero habia comunicado.

con quien

antes lo

En

resolución

,

en aquellos
les

tres dias

Don
Don

Quijote y Sancho se acomodaron de lo que
venirles; y

pareció con-

habiendo aplacado Sancho á su mujer, y

Quijote á su Sobrina y á su

Ama,

al

anochecer,

sin

que na-

die lo viese sino el Bachiller,

que quiso acompañarles media

legua del lugar, se pusieron en camino del Toboso,

Don

Quijote sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su antiguo

Rucio, proveídas
y
la

las alforjas

de cosas tocantes á

la

bucólica,

bolsa de dineros, que le dio

Don

Quijote para lo que
le

se ofreciese.

Abrazóle Sansón, y suplicóle

avisase de su

buena ó mala suerte, para alegrarse con
con aquélla,
tióselo

ésta

ó entristecerse

como
la

las leyes

de su amistad pedian. Promela

Don

Quijote, dio Sansón

vuelta á su lugar, y los

dos tomaron

de

la

gran ciudad del Toboso.

:

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO VIH.

6

I

CAPITULO
Donde
se

VIII.
Quijote, yendo á ver su seiíora,

cuenta

lo

que

le

sucedió á

Don

Dulcinea del Toboso.

¡Bendito sea

el

poderoso Alá! dice
;
¡

Hamete Benengeli
!

al

comienzo

deste octavo capítulo

bendito sea Alá repite tres

veces; y dice

que da

estas

bendiciones por ver que tiene ya

Quijote y á Sancho, y que los letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este

en campaña á

Don

punto comienzan

las

hazañas y donaires de
les

Don
las

de su escudero; persuádeles que se
ballerías del Ingenioso Hidalgo,

olviden

Quijote y pasadas ca-

y pongan los ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso

comienzan, como
Montiel; y no
es

las otras

comenzaron en

los

campos de
él

mucho

lo

que pide para tanto como

promete

,

y

así

prosigue diciendo

Solos quedaron

Don

Quijote y Sancho, y apenas se hubo

apartado Sansón
á sospirar el

cuando comenzó á relinchar Rocinante y Rucio que de entrambos caballero y escudero
, ,

,

fué tenido á buena señal y por felicísimo agüero; aunque,
se

si

ha de contar

la

verdad, más fueron los sospiros y rebuz-

nos del Rucio que los relinchos del rocin, de donde coligió

Sancho que su ventura habia de sobrepujar y ponerse encima de la de su señor, fundándose, no sé si en astrología judiciaria

que

él sé sabria,

puesto que

la historia

no

lo declara;

sólo le oyeron decir

que cuando tropezaba ó
,

caia, se holgara
se sa-

no haber

salido de casa
el

porque del tropezar ó caer no
las

caba otra cosa sino

zapato roto ó

costillas

quebradas;

y aunque tonto

,

no andaba en esto

muy

fuera de camino.

02
Díjole

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

Don

Quijote: «(Sancho amigo,

la

noche
la

se nos

va

entrando á más andar, y con más escuridad de

que habíaal

mos menester para

alcanzar á ver con
ir

el

dia

Toboso,

adonde tengo determinado de

antes

que en otra aventura
la

me

ponga, y

allí

tomaré

la

bendición y buena licencia de

sin par

Dulcinea, con

la

cual licencia pienso y tengo por

cierto de acabar

y dar

felice

cima

á toda peligrosa aventura;
los ca-

porque ninguna cosa desta vida hace más valientes á
balleros andantes,

que verse favorecidos de

sus damas.

— Yo
se la

así lo

creo, respondió Sancho; pero tengo por dini verse

ficultoso

que vuesa merced pueda hablarla

con

ella,
si

en parte á lo menos que pueda recebir su bendición,

ya
la
las

no

echa desde

las

bardas del corral, por donde yo
le

vi, la

vez primera, cuando
las

llevé la carta

donde iban

nuevas de

sandeces y locuras que vuesa merced quedaba

haciendo en

el

corazón de Sierra Morena.
te


i

Bardas de corral se

antojaron aquellas, Sancho,

dijo

Don

Quijote, adonde ó por donde viste aquella jamas

bastantemente alabada gentileza y hermosura!
ser sino galerías ó corredores 6 lonjas,

No

debian de

6

cómo

las

llaman,

de ricos y reales palacios.

— Todo pudo
parecieron,

ser, respondió

Sancho; pero á mí bardas
falto

me

si

no

es

que soy
allá,

de memoria.

— Con todo eso, vamos
jote;

Sancho; replicó

Don Quique

que como yo

la

vea, eso se

me

da que sea por bardas
verjas de jardines;

que por ventanas ó por resquicios ó

cualquier rayo que del sol de su belleza llegue á mis ojos

alumbrará mi entendimiento v fortalecerá mi corazón de

modo, que quede único y
valentía.

sin igual

en

la

discreción y en la

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

VIII.

63

— Pues, en verdad,
yo
vi ese sol

señor, respondió Sancho, que cuando

de

la

señora Dulcinea del Toboso, que no essí

taba tan claro, que pudiese echar de
bió de ser que

rayos algunos; y de-

que
ante

dije, el
el

como su merced estaba aechando aquel trigo mucho polvo que sacaba se le puso como nube
y
se le escureció.

rostro

— ¿Que
cir,

todavía das, Sancho, dijo

Don

Quijote, en deseñora Dulci-

en pensar, en creer y en porfiar que

mi

nea aechaba trigo, siendo eso un menester y ejercicio que
va desviado de todo lo que hacen y deben hacer
las

perso-

nas principales que están constituidas y guardadas para otros
ejercicios y entretenimientos,
llesta su principalidad!

que muestran á
acuerdan á

tiro

de ba-

Mal

se te

¡oh Sancho!
las

aquellos versos de nuestro poeta,
res

donde nos pinta
cristal
las
,

labo-

que hacian que

,

allá

en sus moradas de

aquellas cua-

tro ninfas

del

Tajo amado sacaron
el

cabezas, y se
ricas telas

sentaron á labrar en
allí el

prado verde aquellas

que

ingenioso poeta nos describe, que todas eran de oro,

sirgo y perlas compuestas y tejidas; y desta
ser la de

manera debia de
que
la envidia

mi señora cuando

tú la viste; sino

que algún mal encantador debe de tener á mis cosas, todas
las

que

me han
que
ellas

de dar gusto trueca y vuelve en diferentes
tienen; y así

figuras

temo que en

aquella historia,
si

que dicen que anda impresa de mis hazañas,
,

por ventura

ha sido su autor algún sabio mi enemigo habrá puesto unas
cosas por otras,

mezclando con una verdad mil mentiras,

divertiéndose á contar otras acciones, fuera de lo que re-

quiere la continuación de una verdadera historia.
vidia,
raíz
los

¡Oh

en-

de infinitos
vicios,

males y carcoma de

las

virtudes!
deleite

Todos

Sancho, traen un no

qué de

f)A

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
el

consigo; pero
res

de

la

envidia no trae sino disgustos, raneo-

que yo digo también, respondió Sancho; y pienso que en esa leyenda ó historia que nos dijo el Bachies lo
,

— Eso

y

rabias.

ller

Carrasco que de nosotros habia visto, debe de andar mi

honra á acoche acá, cinchado», y
aquí y
allí,

como
fe

dicen,

al

estricote,

barriendo

las calles.

Pues á

de bueno, que no
ni

he dicho yo mal de ningún encantador,
bienes
,

tengo tantos

que pueda

ser

envidiado. Bien es verdad que soy

algo malicioso y que tengo mis ciertos asomos de bellaco;

pero todo lo cubre y tapa

la

gran capa de

la

simpleza mia,

siempre natural y nunca
tuviese sino el creer,

artificiosa;

y cuando otra cosa no
creo, firme y verdadela

como siempre
el ser

ramente en Dios y en todo aquello que tiene y cree
Iglesia católica,

santa
lo

romana, y

enemigo mortal, como
Pero digan

soy, de los judíos, debian los historiadores tener misericor-

dia de

mí y tratarme bien en

sus escritos.

lo

que

quisieren;
ni

que desnudo nací, desnudo

me

hallo, ni pierdo

gano; aunque, por verme puesto en libros y andar por

ese

mundo

de

mano
lo

en mano, no se

me
Don

da un higo que di-

gan de mí todo

que quisieren.
Quijote, á lo que
,

—^Eso

me

parece, Sancho, dijo

sucedió á un famoso poeta destos tiempos

el

cual

,

habiendo

hecho una maliciosa
nas,

sátira contra todas las
ella á

damas cortesase podia
la

no puso
si

ni

nombró en
se

una dama, que

dudar
lista

lo
las

era ó no, la cual, viendo que no estaba en

de

demás,
ella

quejó

al

poeta, diciéndole que ¿qué
el

habia visto en
otras? v
si

para no ponerla en
la sátira,

número de
el

las

que alargase

v

la

pusiese en

ensanche;
así el

no, que mirase para lo que habia nacido. Hízolo

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

VIII.

65

poeta, y púsola cual no digan dueñas, y ella quedó satisfecha por verse con fama, aunque infame. También viene

con esto
abrasó
el

lo

que cuentan de aquel pastor que puso fuego y templo famoso de Diana, contado por una de las

siete maravillas del

mundo,

sólo

porque quedase vivo su

nombre en
die le

los siglos venideros;

y aunque se

nombrase,

ni hiciese

por palabra ó
consiguiese

mandó que napor escrito mende su deseo
alude á

ción de su

nombre porque no

el fin

todavía se supo que se llamaba Eróstrato.
esto lo

También

que sucedió

al

grande emperador Carlos Quinto con
el

un caballero en Roma. Quiso ver

Emperador aquel
la

fa-

moso templo de
el

la

Rotunda, que en
los dioses,
los

antigüedad

se

llamó

templo de todos
,

y ahora, con mejor advoca,

ción

se

llama de Todos

Santos

y
la

es el edificio

que más

entero ha quedado de los que alzó

gentilidad en

y

es el

que más conserva

la

fama de

la

nificencia de sus fundadores. El es de

Roma, grandiosidad y maghechura de una meestá

dia naranja, grandísimo en
entrarle otra luz

extremo, y
le

muy

claro, sin

que

la

que

concede una ventana (ó por
está

mejor decir, claraboya) redonda, que
la

en su cima, desde
estaba con
los
él

cual

mirando

el

Emperador

el edificio,

y á

su lado
tilezas

un caballero romano, declarándole

primores y su-

de aquella gran máquina y memorable arquitetura,
la

y habiéndose quitado de

claraboya, dijo

al

Emperador:

«Mil veces, Sacra Majestad,

me
el

vino deseo de abrazarme

con Vuestra Majestad y arrobarme de aquella claraboya abajo,
por dejar de mí fama eterna en
))

— Yo

mundo.
Emperador,
el

os agradezco, respondió el

no ha-

ber puesto tan mal pensamiento en efeto; y de aquí adelante

no os pondré yo en ocasión que volváis

á hacer

prueba

()(-)

DON f^JIJÜTE DE LA MANCHA.
vuestra lealtad; y así, os

(le

mando que jamas me

habléis ni

donde yo estuviere»; y tras estas palabras le hizo una gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanestéis

zar

fama

es activo

en gran manera.

¿

Quién

piensas tú que

arrojó á

Horacio del puente abajo, armado de todas armas,
el

en

la

profundidad del Tibre? ¿Quién abrasó
á

brazo y

la

mano

Mucio? ¿Quién impelió

á

Curcio á lanzarse en
la

la

profunda sima ardiente, que apareció en
I

mitad de
le

Roma?
habian

Quién contra todos
,

los
el

agüeros que en contra se

mostrado, hizo pasar

Rubicon

á Julio César?

Y, con
y dejó
el

ejemplos más modernos, ¿quien barrenó

los navios

en seco y aislados los valerosos españoles guiados por
tesísimo Cortés en
el

cor-

Nuevo Mundo? Todas

estas

y otras

grandes y admirables hazañas son, fueron y serán obras de
la
la

fama, que

los

mortales desean

como premio y

parte de

inmortalidad que sus famosos hechos merecen; puesto
los cristianos católicos,

que

y andantes caballeros, más habe-

mos de atender
eterna en
la

á la gloria de los siglos venideros,
,

que

es

las

regiones etéreas y celestes

que

á la vanidad de

fama, que en

este presente y acabable siglo se alcanza, la
,

cual
el

mucho que dure en fin se ha mesmo mundo, que tiene su fin señalado
fama
,

por

de acabar con
:

así

que, ¡oh

Sancho! nuestras obras no han de
tiene puesto la religión cristiana,

salir

del límite

que nos

que profesamos.

Hemos
el

de matar en los gigantes, á
vidia, en la generosidad y

la

soberbia; á la avaricia y enla ira,

buen pecho; á

en

repo-

sado continente y quietud del ánimo; á la gula v al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar que

velamos; á
a las

la lujuria

y lascivia, en

la lealtad

que guardamos
á

que hemos hecho señoras de nuestros pensamientos;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
la

VIII.

67
bussobre

pereza, con andar por todas
las

las

partes del

mundo
,

cando

ocasiones que nos puedan hacer y hagan

cristianos,

famosos caballeros. Ves aquí, Sancho,
los

los

medios

por donde se alcanzan
sigo trae la

extremos de alabanzas que con-

buena fama.
lo

— Todo
dijo

que vuesa merced hasta aquí
he entendido

me

ha dicho,

Sancho,

lo

querria que vuesa

muy bien; pero, con todo eso, merced me sorbiese una duda, que agora
la

en este punto

— Asohiese, — Dígame,
tos
,

me

ha venido á

memoria.

quieres decir, Sancho, dijo

Don

Quijote.

Di

en buen hora; que yo responderé lo que supiere.
señor, prosiguió Sancho
:

esos Julios ó
,

Agosque ya

y todos esos caballeros hazañosos que ha dicho

son muertos, ¿dónde están agora?

— Los
en
el

gentiles, respondió

Don
si

Quijote, sin duda están

infierno; los cristianos,

fueron buenos cristianos, ó

están en el purgatorio ó en el cielo.

— Está bien,
delante de

dijo

Sancho; pero sepamos ahora

:

esas se-

pulturas, donde están los cuerpos desos señorazos, ¿tienen

lámparas de plata, ó están adornadas

las

pare-

des de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras,

de piernas v de ojos de cera?
adornadas ?
^^

Y

si

desto no, ¿de qué están

A

lo

que respondió

Don

Quijote

:

«

Los sepulcros de
:

los
las

gentiles fueron por la

mayor

parte suntuosos templos

cenizas del cuerpo de César se pusieron sobre una pirámide

de piedra de desmesurada grandeza, á quien hoy llaman en

Roma

la

Aguja de San Pedro. Al emperador Adriano
un
castillo tan

le sir-

vió de sepultura

grande
y

como una buena
el

al-

dea, á quien llamaron Moles Hadriani que agora es

cas-

58
tillo

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
de Santángel en

Roma. La

reina Artemisa sepultó á su
se

marido Mausolo en un sepulcro que
siete maravillas del
ni otras

tuvo por una de

las

mundo; pero ninguna

destas sepulturas,

muchas que tuvieron
que en
,

los gentiles, se

adornaron con

mortajas, ni con otras ofrendas y seíiales que mostrasen ser
santos los
ellas

estaban sepultados.

—A

eso voy
á

replicó Sancho.

Y

dígame agora
á

:

¿

cuál es

más, resucitar

un muerto ó matar

un gigante?
:

— La

respuesta está en la

mano, respondió Don Quijote
Sancho. Luego
la

más

es resucitar á
le

un muerto.
,

— Cogido

tengo

dijo

fama

del

que

y da salud á los enfermos, y delante de su sepultura arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para
que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes ha habido en el mundo.
el

resucita muertos, da vista á los ciegos, endereza los cojos

otro siglo

,

que

la

— También
—^Pues

confieso esa verdad, respondió

Don

Quijote.

esta

fama,

estas gracias

,

estas perrogativas
los

(¿cómo
las

llaman á esto?), replicó Sancho, tienen
reliquias de los

cuerpos y

que con aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia tienen lámparas velas mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que ausantos,
,
,

mentan

la

devoción y engrandecen su cristiana fama. Los
pedazos de sus huesos, adornan y enaltares.

cuerpos de los santos, ó sus reliquias, llevan los reyes sobre
sus

hombros, besan

los

riquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados

— Qué dicho? Don — Quiero
¿

quieres

que

infiera

,

Sancho

,

de todo lo que has

dijo

Quijote.

decir, dijo

Sancho, que nos demos

á ser san-

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
tos
,

Vlil.

69

y alcanzaremos más brevemente
:

la

buena fama que pre-

tendemos

y advierta, señor, que ayer ó antes de ayer (que,
,

según há poco

se

puede decir desta manera) canonizaron ó

beatificaron dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro, con

que ceñían y atormentaban sus cuerpos,
el besarlas

se

tiene

ahora á gran ventura

y tocarlas, y están en más
la

veneración que está, según dicen,
la

espada de Roldan en

armería del Rey, nuestro señor, que Dios guarde. Así
ser

que, señor mió, más vale
quier

humilde

frailecito,

de cual;

Orden que

sea ,

que valiente y andante caballero

más

alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil
lanzadas, ora las den á gigantes, ora á vestiglos ó á endriagos.

— Todo

eso es así,

respondió

Don
:

Quijote; pero
los

no

todos

podemos
lleva

ser frailes,
los

y muchos son
al cielo

caminos por

donde

Dios á

suyos

religión es la caballe-

ría, caballeros santos

hay en

la gloria.


más

Sí,

respondió Sancho; pero yo he oido decir que hay

frailes

en

el cielo

— Eso

que caballeros andantes.

es,

respondió

Don
que

Quijote, porque es mayor
el

el

número de

los religiosos

de

los caballeros.

— Muchos son andantes, — Muchos, respondió Don
los

dijo

Sancho.

Quijote; pero pocos los que

merecen nombre de

caballeros.
pláticas se les pasó aquella

En

estas
el

y otras semejantes

noche y

dia siguiente, sin acontecerles cosa
le

que de con-

tar fuese,

de que no poco
la

pesó á

Don
Don
casi

Quijote.
,

En

fin, al

anochecer descubrieron

gran ciudad del Toboso con cuya
Quijote y se
la casa
le

vista se le alegraron los espíritus á

en-

tristecieron á
ni

Sancho, porque no sabia
la

de Dulcinea,
habia visto su

en su vida

habla visto,

como

no

la

,

yo
señor
:

DON f^ JOTE DE LA MANCHA.
I

de

modo que

el

uno por

verla, y

el

otro por no ha-

berla visto, estaban alborotados, y

no imaginaba Sancho qué
al

habia de hacer,

como

su señor no le enviase primero

To-

boso. Finalmente, ordenó

Don

Quijote entrar en
la

la

ciudad

entrada

la

noche; y en tanto que

hora

se llegaba, se

que,

daron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban
llegado
el

y

determinado punto, entraron en

la

ciudad, donde

no

les

sucedió cosa que á cosa llegara.

CAPITULO
Donde
se

IX.
él se

cuenta

lo

que en

verá.

Media noche

era por ñlo,

poco más
el

á

menos, cuando
el

Don

Quijote y Sancho dejaron
el

monte y entraron en
silencio,

Toboso. Estaba

pueblo en un sosegado

porque to-

dos sus vecinos dormian y reposaban á pierna tendida,
suele decirse.

como

Era

la

noche entreclara, puesto que quisiera
hallar en su escuridad
el

Sancho que fuera del todo escura, por
disculpa de sus enredos.

No

se oia

en todo

lugar sino la-

dridos de perros, que atronaban los oidos de

Don

Quijote

y turbaban

el

corazón de Sancho.

De cuando

en cuando re-

buznaba un jumento, gruñian puercos, mayaban gatos, cuyas voces de diferentes sonidos se
cio de la

aumentaban con
el

el silen-

noche todo
,
;

lo cual

tuvo

enamorado

caballero á
:

mal agüero

pero con todo esto dijo á Sancho

«

Sancho
la

hijo, guía al palacio de

Dulcinea: quizá podrá ser que

hallemos despierta.

— ¿A qué palacio tengo de guiar ¡cuerpo
dió Sancho? que en
casa
el

del sol! respon-

que yo

vi á su

grandeza no era sino

muy

pequeña.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

IX.

7

I

— Debia de
jote, en algún
las altas

estar retirada entonces, respondió

Don Qui-

pequeño apartamiento de su

alcázar, solazán-

dose á solas con sus doncellas,

como

es

uso y costumbre de

— Señor,
¿es

señoras y princesas.
dijo

Sancho, ya que vuesa merced quiere, á

pesar mió, que sea alcázar la casa de

mi

señora Dulcinea,

hora ésta por ventura de hallar

la

puerta abierta?

Y ¿será

demos aldabazos para que nos oyan y nos abran, metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por
bien que

dicha á llamar á casa de nuestras mancebas
abarraganados
,

,

como hacen

los

que llegan y llaman y entran hora, por tarde que sea?

á cualquier

— Hallemos primero una por una
te diré,

el

alcázar, replicó
lo

Don

Quijote; que entonces yo

Sancho,

que será bien

que hagamos; y advierte, Sancho, que, ó yo v.eo poco, ó aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la
,

debe de hacer

el

palacio de Dulcinea.
:

— Pues guíe vuesa merced, respondió Sancho
así;

quizá será
las

aunque yo
,

lo veré

con

los ojos

y

lo tocaré

con

ma-

nos

y

así lo

creeré yo

como

creer que es ahora de dia.

Guió Don Quijote, y habiendo andado como docientos
pasos, dio con
el

bulto que hacia

la

sombra, y vio una gran
no era alcázar, sino
la iglesia

torre, y luego conoció
la iglesia principal del

que

el tal edificio
:

pueblo, y dijo

«

Con

hemos

dado, Sancho.
respondió Sancho, y ¡plega á Dios que no demos con nuestra sepultura! que no es buena señal andar
lo veo,

— Ya
los

por

cimenterios á tales horas, y más habiendo vo dicho

á vuesa

merced,

si

mal no

me

acuerdo, que

la casa

desta

señora ha de estar en una callejuela sin salida.

JZ

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
seas de

— ¡Maldito

Dios, mentecato! dijo
los

Don

Quijote:

¿adonde has tú hallado que

alcázares y palacios reales

estén edificados en callejuelas sin salida!

— Señor, respondió Sancho, en cada
en
el

tierra su uso

:

quizá

se usa aquí

Toboso
así,

edificar en callejuelas los palacios

y edificios grandes; y

suplico á vuesa

merced
ofrecen

me
:

deje

buscar por estas calles ó callejuelas que se
ser

me

podría

que en algún rincón topase con ese alcázar (que
así

le

vea yo

comido de perros), que

— Habla con
dijo

nos trae corridos y asendereados.

respeto, Sancho, de las cosas de
la fiesta

mi

señora,

Don
la

Quijote, y tengamos
tras el caldero.

en paz, y no arroje-

mos

soga

— Yo

me

reportaré, respondió Sancho; pero ¿con

qué

paciencia podré llevar que quiera vuesa merced que, de sola

una vez que

vi la casa

de nuestra
,

ama,

la

haya de saber

siempre y hallarla á media noche
ced, que
la

no hallándola vuesa mer-

debe de haber visto millares de veces!
harás desesperar, Sancho, dijo
:

— Tú
Ven
los dias

me

Don

Quijote.

acá, hereje

¿no

te

he dicho mil veces que en todos
la sin

de mi vida apenas he visto á
los

par Dulcinea, ni

jamas atravesé

umbrales de su palacio, v que sólo estoy

enamorado de
y discreta?

oidas y de la gran

fama que

tiene de

hermosa

— Ahora oigo, respondió vuesa merced no ha — Eso no puede
lo
la

Sancho, y digo que, pues

visto, ni

yo tampoco.

ser, replicó

Don

Quijote; que por lo

menos, ya
cuando
contigo.

me

has dicho tú que la viste aechando trigo,
la

me
se

trujiste

respuesta de la carta que le envié

— No

atenga á eso, señor, respondió Sancho; porque

»

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
le

IX.
la vista

73
y
la res-

hago saber que también fué de oidas
le truje,

puesta que
cinea

porque

así sé

yo quién

es la

señora Dul-

como

— Sancho, Sancho, respondió Don Quijote, tiempos hay
de burlar, y tiempos donde caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado á la señora de

dar un

puño en

el cielo.

mi alma, has
Estando

tú de decir también que ni la has hablado
al

ni visto,

siendo tan
los

revés

como

sabes.)»

dos en estas pláticas, vieron que venia á pael

sar

por donde estaban uno con dos muías, que por
el

ruido

que hacia

arado, que arrastraba por

el

suelo, juzgaron

que

debia de ser labrador, que habia madrugado antes del dia á
ir

á su labranza, y así fué la verdad.

Venia

el

labrador can-

tando aquel romance que dice
Mala
hubistes, franceses,

la

La caza de Ronces valles,..

"¡Que me maten, Sancho,
jote,
lo
si

dijo

en oyéndole

nos ha de suceder cosa buena esta
ese villano
?

Don Quinoche! ¿No oyes

que viene cantando

oigo, respondió Sancho; pero ¿qué hace á nuestro
el

propósito la caza de Roncesvalles ? Así pudiera cantar

ro-

mance de Calaínos que todo
,

fuera

uno para sucedemos bien

ó mal en nuestro negocio.

Llegó en esto

el

labrador, á quien

Don
de

Quijote preguntó:

«¿Sabréisme decir, buen amigo (que buena ventura os dé
Dios)
,

dónde son por aquí
del

los palacios

la sin

par princesa,

doña Dulcinea

— Señor,

Toboso?
el

respondió

mozo, yo soy

forastero,

y há po-

cos dias que estoy en este pueblo, sirviendo á un labrador

JA

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

rico en la labranza del

campo; en
:

esa casa frontera viven

el

cura y

el sacristán

del lugar

entrambos ó cualquier

dellos

sabrá dar á vuesa

merced razón desa señora princesa, porde todos
los
él

que tienen
para

la lista

vecinos del Toboso; aunque

mí tengo que en todo
sí,

no vive princesa alguna;

mu-

chas señoras
ser princesa.

principales,

que cada una en su casa puede

— Pues
amigo,
el

entre esas, dijo

Don

Quijote, debe de estar,

ésta por quien os pregunto.
ser, respondió el

— Podria
alba»
:

y dando á sus

mozo; y á Dios, que ya viene muías, no atendió á más preguntas.

le

Sancho, que vio suspenso á su señor y asaz mal contento, «Señor, ya se viene á más andar el dia, y no será dijo
:

acertado dejar que nos halle

el sol

en

la

calle

:

mejor será

ciudad, y que vuesa merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré

que nos salgamos fuera de

la

de dia, y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alcázar ó palacio de mi señora, y asaz seria de
desdichado
si

no

le

hallase;

y hallándole, hablaré con su

merced, y
rando que

le diré le

dónde y cómo queda vuesa merced espedé orden v traza para verla sin menoscabo de

su honra y fama.

— Has dicho, Sancho,
el

dijo

Don

Quijote, mil sentencias,
:

encerradas en

círculo de breves palabras
le

el

consejo que

ahora

me

has dado,

agradezco y recibo de bonísima gana.

Ven,

hijo, y

vamos

á buscar

donde

me embosque;
mi

que tú
señora,

volverás,

como

dices, á buscar, á ver y hablar á

de cuya discreción y cortesía espero más que milagrosos favores.
))

Rabiaba Sancho por sacar

á su

amo

del pueblo,

porque

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
no averiguase
Dulcinea
le
la

X.

J^

mentira de

la respuesta

que de parte de
así,

habia llevado a Sierra Morena; y

dio priesa

á la salida,

que fué luego; y á dos millas
ó bosque, donde

del lugar hallaron

una

floresta

Don

Quijote se emboscó en

tanto que Sancho volvia á la ciudad á hablar á Dulcinea,

en cuya embajada

le

sucedieron cosas que piden nueva aten-

ción y nuevo capítulo.

CAPITULO
Donde
se

X.
la seflora

cuenta

la

industria que

Sancho tuvo para encantar á

Dulcinea,

y de otros sucesos tan ridículos

como

verdaderos.

Cuenta
en
á

la historia

que

así

como Don
al

Quijote se emboscó

la floresta,

encinar ó selva, junto
á la ciudad, y

gran Toboso,

mandó

Sancho volver

que no volviese

á su presen-

cia sin

haber primero hablado de su parte á su señora, pi-

diéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero,

y

se

dignase de echarle su bendición

,

para que pudiese espe-

rar

por

ella felicísimos sucesos

de todos sus acometimientos
así

y dificultosas empresas. Encargóse Sancho de hacerlo

como

se le

mandaba, y de
hijo, replicó

traerle tan

buena respuesta como
turbes cuando

le trujo la

vez primera.

«Anda,
te vieres

Don
los

Quijote, y no

te

ante la luz del sol de hermosura que vas á buscar,

Dichoso tú sobre todos
i

escuderos del

moria, y no
lores, el

se te pase della

cómo

te

mundo Ten merecibe; si muda las co!

tiempo que

la estuvieres

dando mi embajada;
si

si

se
la

desasosiega y turba, oyendo

mi nombre;
el

no cabe en

almohada,

si

acaso la hallas sentada en
si

estrado rico de su
el

autoridad; y

está en pié, mírala

si

se

pone ahora sobre

•76

DON QUIJOIE DE LA MANCHA.
el

uno, ahora sobre

otro pié;
si

si

te repite la

respuesta que te

diere, dos ó tres veces;

la

aceda en amorosa;

si

levanta

muda de blanda en áspera, de la mano al cabello para comsi

ponerle, aunque no esté desordenado: finalmente, hijo, mira
todas sus acciones y movimientos; porque
tares

me

los rela-

como

ellos

fueren, sacaré yo lo que ella tiene esconal

dido en lo secreto de su corazón acerca de lo que

fecho

de mis amores toca; que has de saber, Sancho,

si

no

lo sabes,

que entre

los

amantes

las

acciones y movimientos exteriores
se trata,

que muestran, cuando de sus amores

son certísi-

mos

correos

,

que traen
pasa.

las

nuevas de

lo

que

allá

en lo inte-

Vé, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mia, y vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga soledad en que me
rior del

alma

dejas.

— Yo
decir

iré

y volveré presto, dijo Sancho; y ensanche vuesa
;

merced, señor mió, ese corazoncillo
agora no mayor que una avellana
:

que

le

debe de tener

y considere que se suele

que buen corazón quebranta mala ventura, y que donde no hay tocinos no hay estacas y también se dice « donde no
;
:

se piensa salta la liebre.

»

Dígolo porque

si

esta

noche no

hallamos
es

los palacios
los

ó alcázares de

mi

señora, agora, que
lo piense; y

de dia,

pienso hallar cuando
ella.

menos

ha-

llados,

déjenme á mí con
cierto,

— Por

Sancho,

dijo

Don

Quijote, que siempre

traes tus refranes tan á pelo

de lo que tratamos, cuanto

me

dé Dios mejor ventura en lo que deseo.»
Esto dicho, volvió Sancho
y
las

espaldas y vareó su Rucio,
los es-

Don

Quijote se quedó á caballo, descansando sobre

tribos V sobre el

arrimo de su lanza, lleno de

tristes

v con-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
fusas imaginaciones,

X.

'J^

donde

le

dejaremos, yéndonos con San-

cho Panza

,

que

,

de su señor, que
del

él

no menos confuso y pensativo se apartó quedaba, y tanto, que apenas hubo salido
la

bosque

,

cuando volviendo

cabeza

,

y viendo que

Don
al

Quijote no parecía, se apeó del jumento, y sentándose
pié de
cirse:

un árbol, comenzó

á hablar consigo á

mismo y

á de-

«Sepamos agora, Sancho hermano,
Pues ¿qué va

dónde va vuesa
haya perdido?

merced. ¿Va á buscar algún jumento que

se le

No

por

cierto.

á buscar?

Voy

á buscar,
al

como
de
la

quien no dice nada, á una princesa, y en

ella,

sol

hermosura y á todo el cielo junto. Y ¿adonde pensáis hallar eso que decís, Sancho? ¿Adonde! En la gran ciudad del
Toboso.

Y

bien, ¿y de parte de quién la vais á buscar?

De

parte del famoso caballero
desface los tuertos
al
,

Don

Quijote déla
al

Mancha, que
,

y da de comer
está

que ha sed y de beber
bien.
ser

que ha hambre. Todo eso
Sancho?

muy

Y

¿sabéis su

casa,

Mi amo
Ni yo
ni

dice que

han de

unos reales pa-

lacios ó

unos soberbios alcázares.

Y
la

¿habeisla visto algún dia

por ventura?
¿

mi amo
estáis vos

habemos

visto jamas.
,

Y
á

pareceos que fuera acertado y bien hecho que

si

los del
ir

Toboso supiesen que

aquí con intención de

sonsacarles sus princesas y á desasosegarles sus

damas

,

vinie-

sen y os moliesen las costillas á puros palos, y no os dejasen

hueso sano?

En verdad que

tendrían

mucha

razón, cuando

no considerasen que soy mandado, y que mensajero sois, amigo; non merecéis culpa non. No os fiéis en eso, Sancho;
,

porque

la

gente manchega

es tan colérica

como honrada y
,

no

consiente cosquillas de nadie. ¡Vive Dios,
os

que

si

os huelen,

que

mando mala ventura! jOxte, puto! allá No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato

darás, rayo.

por

el

gusto

»

yS
ajeno
:

DON Q^JIfOIK DE LA MANCHA.
y más, que
á
así será

buscar á Dulcinea por
al

el

Toboso

como

Marica por Ravena ó
el

Bachiller en Salamanca. El
á

diablo,

diablo

me

ha metido

mí en

esto,

que otro no.»

Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó del
fué,

que volvió á decirse
si

:

«Ahora bien,

todas

las

cosas tie-

nen remedio,

no

es la

muerte, debajo de cuyo yugo hela vida.

mos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de Este mi amo, por mil seíiales, he visto que es un
atar, v

loco de

aun también yo no
él,
:

le

quedo en zaga, y aun soy más
si

mentecato que
refrán
eres
ces.
»
))

pues

le

sigo y le sirvo,

es

verdadero

el

que dice
y
el

u

dime con quién andas,
:
<*

decirte he quien

;

otro de
,

no con quien naces sino con quien pa,

Siendo

pues

,

loco

,

como

lo es

,

y de locura que

las

más veces toma unas
que

cosas por otras, y juzga lo blanco por

negro, v lo negro por blanco,
los

como

se pareció
las

cuando
muías de

dijo
los

molinos de viento eran gigantes, v
dromedarios, y
las

religiosos,

manadas de carneros,

ejércitos

de enemigos, y otras muchas cosas á este tono, no será
difícil

hacerle creer que una labradora,
la

la
:

primera

muv que me
no
lo
si

topare por aquí, es
crea, juraré yo; y
fiare, porfiaré

señora Dulcinea

v cuando

él

si él

jurare, tornaré yo á jurar; v

porla

yo más, v de manera, que tengo de tener
el

mia siempre sobre
esta porfía acabaré

hito,
él

venga

lo

que viniere

:

quizá con

con

que no

me

envié otra vez á semele

jantes mensajerías, viendo cuan

mal recado

traigo dellas;

ó quizá pensará,
dor, de éstos que

como yo imagino, que algún mal
él

encanta-

dice que le quieren mal, la habrá

muesallí

dado

la figura

por hacerle mal v daño.

Con
píritu y

esto

que pensó Sancho Panza, quedó sosegado su

tuvo por bien acabado su negocio; v deteniéndose

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
hasta la tarde, por dar lugar á que
le

X.

79

Don

Quijote pensase que
,

había tenido para

ir

y volver del Toboso

sucedióle todo

tan bien,

que cuando

se levantó para subir en el
él

Rucio, vio

que del Toboso, hacia donde

estaba, venian tres labrael

doras sobre tres pollinos, ó pollinas (que
clara),

autor no lo de-

aunque más

se

puede creer que eran borricas, por
de
las

ser ordinaria caballería

aldeanas; pero,

como no

va

mucho en esto, no hay para qué detenernos en averiguarlo. En resolución así como Sancho vio á las labradoras á paso
,
,

tirado volvió á buscar á su señor

Don
:

Quijote, y hallóle

suspirando y diciendo

iTiil

amorosas lamentaciones.
«

Como Don

Quijote

le vio, le dijo

¿Qué hay, Sancho
le se-

amigo? ¿podré señalar

este dia

con piedra blanca ó con negra?

— Mejor

será, respondió
,

Sancho, que vuesa merced
,

ñale con almagre

como

rétulos de cátedras

porque

le

echen

bien de ver los que

le vieren.

— De
traes
?

ese

modo,

replicó

Don

Quijote, ¿buenas nuevas

— Tan buenas
á ver á la señora

,

respondió Sancho , que no tiene más que
,

hacer vuesa merced sino picar á Rocinante

y

salir

á lo raso

Dulcinea del Toboso, que, con otras dos

doncellas suyas

,

viene á ver á vuesa merced.

— ¡Santo
dijo

Dios!

¿Qué

es lo

que dices, Sancho amigo!
ni quieras

Don

Quijote.

Mira no me engañes,
mis verdaderas

con

fal-

sas alegrías alegrar

tristezas.

— ¿Qué
ama,

sacarla

yo de engañar

á vuesa

merced, respondió

Sancho, y más estando tan cerca de descubrir mi verdad!
Pique, señor, y venga, v verá venir á
vestida y adornada... en fin,
la

Princesa, nuestra

como

quien

ella es.

Sus

doncellas v ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas

,

8o

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
telas

de perlas, todas son diamantes, todas rubíes, todas

de
las

brocado de más de diez
espaldas,

altos; los cabellos, sueltos

por

que son otros tantos rayos
el

del sol,

que andan ju-

gando con
tres

viento; y sobre todo, vienen á caballo sobre

cananeas remendadas, que no hay más que ver.

— Poca
las

— Hacaneas querrás decir,
más galanas señoras que
se

Sancho.

diferencia hay, respondió Sancho, de cananeas á
ellas

hacaneas; pero, vengan sobre lo que vinieren,

vienen

puedan desear, especialmente

la

princesa Dulcinea,

mi

señora, que

pasma

los sentidos.

— Vamos,
albricias

Sancho, hijo, respondió

Don
la

Quijote; y en
te

destas tan

no esperadas como buenas nuevas,

mando
que
este

el

mejor despojo que ganare en
si

primera aventura
las crias

tuviere; y

esto

no

te

contenta,

te

mando

que

año

me
las

dieren

las tres
el

yeguas mias, que tú sabes que

quedan para parir en

prado concejil de nuestro pueblo.

—A
muy
Ya
mino
de

crias

me

atengo, respondió Sancho; porque lo

de ser buenos
cierto.))

los despojos

de

la

primera aventura no

está

en esto salieron de

la selva

y descubrieron cerca á
los ojos

las

tres aldeanas.

Tendió

Don

Quijote

por todo

el

ca-

Toboso; y como no vio sino á las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó á Sancho si las habia dejado fuera
del
la
«
¿

ciudad.

Cómo
,

fuera de la ciudad

!

respondió.
colodrillo,

;

Por ventura

tiene vuesa

merced

los ojos

en
,

el

que no ve que
el

son éstas

las

que aquí vienen resplandecientes como

mis-

mo

sol á

mediodía!
dijo

— Yo no veo, Sancho,

Don

Quijote, sino á

tres la-

bradoras sobre tres borricos.

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

X.

8

I

— Agora me
el

libre

Dios del diablo, respondió Sancho. Y ¿es

posible que tres cananeas, ó

como

se

llaman, blancas

como

ampo
el

de

la

nieve, le parezcan á vuesa

merced

borricos!

jVive

— Pues yo
es tan

Señor, que
te

me

pele estas barbas,

si tal

fuese verdad!

digo, Sancho amigo, dijo

Don
,
,

Quijote,
soy

que

verdad que son borricos ó borricas
:

como yo
á

Don

Quijote y tú Sancho Panza

á lo

menos

tales

me

parecen.

Calle, señor, dijo Sancho; no diga la
,

tal

palabra, sino
la

despabile esos ojos

y venga á hacer reverencia á
»

señora
esto,

de sus pensamientos, que ya llega cerca.
se adelantó

Y diciendo
las
,

á recebir á las tres aldeanas; y apeándose del
la

Rucio, tuvo del cabestro á
labradoras
;

jumenta de una de
rodillas
la

tres

y hincando ambas

en

el

suelo

dijo
alti-

«Reina y princesa y duquesa de

hermosura, vuestra

vez y grandeza sea servida de recebir en su gracia y buen talante al cautivo caballero vuestro, que allí está hecho piedra

mármol, todo turbado y

sin pulsos,

de verse ante vuesa

magnífica presencia.
él es el

soy Sancho Panza, su escudero, y asendereado caballero Don Quijote de la Mancha,
el

Yo

llamado por otro nombre

Caballero de la Triste Figura.

)^

A
bada

esta sazón

va se habia puesto

Don

Quijote de hinojos

junto á Sancho, y miraba con ojos desencajados y vista tur-

que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen
á la

porque era cariredonda y chata, estaba suspenso y admirado sin osar desplegar los labios.
rostro,
,

Las labradoras estaban asimismo atónitas viendo aquellos
,

dos hombres tan diferentes, hincados de rodillas, que no

dejaban pasar adelante á su compañera; pero rompiendo

el

»

H2

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
y mohina,
dijo:

silencio la detenida, toda desgraciada

-Apár-

tense, ñora en tal, del

camino, y déjenmos pasar; que va-

mos de

priesa.»

A
se

lo

que respondió Sancho

versal del

¡Oh princesa y señora uniToboso! ¿cómo vuestro magnánimo corazón no
:

«

enternece, viendo arrodillado ante vuestra sublimada pre-

sencia á la coluna y sustento de la andante caballería!

Oyendo

lo cual

,

otra de las dos dijo
:

:

«

Mas

jo,
se

que

te es-

tregó, burra de

mi suegro

mirad ¡con qué

vienen
si

los

señoritos ahora á hacer burla de las aldeanas,

como

aquí

no supiésemos echar pullas como

ellos!

Vayan

su camino, é

déjenmos hacer

el

— Levántate,

nueso, y

serles

ha sano.
punto

Sancho,

dijo á este

Don

Quijote;

que ya veo que

la fortuna,

de mi mal no harta, tiene toma-

dos los caminos todos por donde pueda venir algún contento
á esta

ánima mezquina que tengo en
del valor

las carnes.

Y

tú, ¡oh
la

extremo

que puede desearse, término de

huque

mana
te

gentileza, único remedio deste afligido corazón

adora, ya que un maligno encantador
,

me

persigue, y ha
,

puesto nubes y cataratas en mis ojos

y para sólo ellos y no para otros, ha mudado y transformado tu sin igual hermoel

sura y rostro en
el

de una labradora pobre;
el

si

ya también

mió no

le

ha cambiado en

de algún vestiglo, para hadejes de
esta

cerle aborrecible á tus ojos,
,

no

mirarme blanda y
la

amorosamente echando de ver en
con que mi alma

sumisión y arrodilla,

miento que á tu contrahecha hermosura hago
te adora.

humildad

— ¡Toma qué, mi

agüelo! respondió

la

aldeana; ¡amiir,

guita soy yo de oir resquebrajos! Apártense v déjenmos

y agradecérselo hemos.

))

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
Apartóse Sancho, v dejóla
lido bien de su enredo.
ir,

X.

83

contentísimo de haber sase vio libre la

Apenas

aldeana que

habia hecho

la figura

de Dulcinea, cuando picando á su catraia
,

nanea con un aguijón que en un palo
el

dio á correr por

prado adelante; v
,

como

la borrica sentia la

punta del agui-

jón

que

le

fatigaba

más de

lo

ordinario,

comenzó

a dar

corcovos, de manera que dio con
tierra; lo cual visto

la seíiora

Dulcinea en

por

Don

Quijote, acudió á levantarla,
el

y Sancho á componer y cinchar
vino á
la

atbarda, que también

barriga de la pollina.
la

Acomodada, pues,
menta,

albarda, y queriendo

Don

Quijote

levantar á su encantada señora en los brazos sobre la jula

señora, levantándose del suelo,

le

quitó de aquel

trabajo; porque, haciéndose algún

tanto atrás,

tomó una

corridica
llina,

y puestas ambas manos sobre las ancas de la podio con su cuerpo, más ligera que un halcón, sobre la
,

albarda, y quedó á horcajadas

como

si

fuera hombre; y enes la

tonces dijo Sancho

:

(<

j

Vive Roque, que
,

señora nuestra

ama más
sero de la
la

ligera
al

que un alcotán y que puede enseñar á subir
diestro cordobés ó mejicano! El arzón tra-

á la jineta

más

silla

pasó de un salto; y, sin espuelas, hace correr
cebra; y no
el

cananea

como una

le

van en zaga sus donce»
:

llas,

que todas corren como

viento

v

así

era la verdad,
tras

porque en viéndose á caballo Dulcinea, todas picaron
ella

y dispararon á correr,

sin volver la

cabeza

atrás

por es-

pacio de

más de media

legua.
la vista,

Siguiólas

Don

Quijote con

y cuando vio que no
:

parecian, volviéndose á Sancho,

le dijo

«

Sancho, ¿qué
!

te

parece

!

¡

cuan mal quisto soy de encantadores
extiende su malicia y
la

Y

mira hasta

dónde

se

ojeriza

que

me

tienen

^A

DON QlJiyOTK

DI-:

LA MANCHA.
que pudiera darme

pues

me

han querido privar

del contento

ver en su ser á

mi

señora.

En

efecto,

yo nací para ejemplo

de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has también
de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores

de haber vuelto y transformado á mi Dulcinea, sino que

la

transformaron v volvieron en una figura tan baja y tan fea

como
es

de aquella aldeana; y juntamente le quitaron lo que tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor,
la

por andar siempre entre ámbares y entre flores; porque te

hago saber, Sancho, que cuando llegué á subir
sobre su hacanea (según tú dices, que á
rica),

á

Dulcinea

mí me

pareció bor-

me
el

dio

un olor de

ajos

crudos, que

me

encalabrinó y

atosigó

alma.
canalla! gritó á esta sazón

— ¡Oh

Sancho, ¡oh encanta-

dores aciagos y mal intencionados! y ¿quién os viera á to-

como sardinas en lercha Mucho sabéis mucho podéis y mucho mal hacéis. Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi
dos ensartados por
,

las agallas
,

,

!

señora en agallas alcornoqueñas

,

y sus cabellos de oro purí-

simo en cerdas de cola de buey bermejo, y finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en
el

olor;

que por

él

siquiera sacáramos lo

que estaba encu-

bierto debajo de aquella fea corteza...

aunque, para decir

verdad, nunca yo

vi su fealdad, sino

su hermosura, á la cual

subia de punto y quilates un lunar que tenia sobre el labio derecho, á manera de bigote, con siete ó ocho cabellos rubios

—A

como

hebras de oro, v largos de más de un palmo.

ese lunar, dijo

Don

Quijote, según

la

correspon-

dencia que tienen entre

los del rostro

con

los del

cuerpo.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
ha de tener otro Dulcinea en
la tabla del

X.

85

muslo, que corres-

ponde

al

lado donde tiene

el

del rostro... pero

muy

luengos

para lunares son pelos de

la

— Pues yo que — Yo
le

grandeza que has significado.

sé decir á vuesa
allí

merced, respondió Sancho,

parecian

como

nacidos.

lo creo,
la

amigo, replicó

Don

Quijote; porque nin-

guna cosa puso
que

naturaleza en Dulcinea, que no fuese persi

fecta y bien acabada; y así,

tuviera cien lunares

como

el

no fueran lunares, sino lunas y estrellas resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella, que á mí me
dices, en ella
silla

pareció albarda, que tú aderezaste, ¿era

rasa ó sillón?

— No
es

era, respondió

Sancho, sino
la

silla á la jineta,

con
se-

una cubierta de campo, que vale

mitad de un reino,

gún

de

rica.

— Y ¿que no
jote.

viese

yo todo eso, Sancho!

dijo

Don Quiel

Ahora torno
los

á decir, y diré mil veces,

que soy

más

desdichado de

hombres.
el

Harto tenia que hacer
lar la risa,

socarrón de Sancho en disimu-

oyendo

las

sandeces de su
,

amo,

tan delicada-

mente engañado. Finalmente
zones que entre
bestias,
los

después de otras muchas ra-

dos pasaron, volvieron á subir en sus
el

y siguieron

camino de

las

aldeanas, dejando para
llegar á

otra ocasión el viaje de Zaragoza,

adonde pensaban

tiempo, que pudiesen hallarse (porque faltaba mucho) en
unas solenes
fiestas,

que en aquella ciudad cada año suelen

hacerse. Pero antes

que

allá llegasen

les

sucedieron cosas
escritas

que, por muchas, grandes y nuevas, merecen ser
leidas,

y

como

se verá adelante.

86

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.

CAPITULO XL
De
la

extraña aventura que

le

sucedió

al

valeroso
la

Don

Quijote con

el

carro 6

carreta de las Cortes de

Muerte.

Pensativo ademas iba
lante, considerando la

Don

Quijote por su camino adele

mala burla que

habian hecho
la

los

encantadores, volviendo á su señora Dulcinea en

mala

figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendria

para volverla á su ser primero; y estos pensamientos

le lle-

vaban tan fuera de
Rocinante,
cada paso
el

sí,

que, sin sentirlo, soltó

las

riendas á

cual, sintiendo la libertad

que

se le

daba, á

se detenia á

pacer

la

verde yerba de que aquellos

campos abundaban.

De
dole
:

su embelesamiento

le

volvió

Sancho Panza, dicién-

((Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias,

sino para los

hombres; pero
vuelven

si

los

hombres

las

sienten de-

masiado,
vuelva en
pierte, y
los

se
sí,

bestias.

Vuesa merced

se reporte

y

y coja

las

riendas á Rocinante, y avive y des-

muestre aquella gallardía que conviene que tengan
andantes.

¿Qué descaecimiento es éste! ¿Estamos aquí ó en Francia? Mas que se lleve Satanás á cuantas Dulcineas hay en el mundo; pues
caballeros

¿Qué

diablos es esto!

vale

más

la

salud de un solo caballero andante que todos los
la tierra.

encantos y transformaciones de

— Calla,

Sancho, respondió
;

Don

Quijote con voz ronca

y desmayada

calla

,

digo

,

y no digas blasfemias contra

aquella encantada señora; que de su desgracia y desventura

yo solo tengo
los

la

culpa

:

de

la invidia

que

me

tienen los

ma-

ha nacido su mala andanza.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

Xí.
la

8/
vido y
la

ve

— Así digo yo ahora, — Eso puedes
lo

,

respondió Sancho. Quien

¿cuál es

el

corazón que no

llora?

tú decir bien, Sancho, replicó

Don Quique
encubrirte

jote, pues la viste en la entereza cabal de su hermosura;
el

encanto no

se

extendió á turbarte

la vista, ni á

su belleza; contra

solo y contra mis ojos se endereza la

fuerza de su veneno.

Mas con

todo esto, he caido, Sancho,

en una cosa, y

es,

que

me

pintaste

mal su hermosura; porque tenia
los

que,

si

mal no

me

acuerdo,

dijiste

ojos de

perlas; y los ojos

que parecen de
v, á lo

perlas, antes son de belos

sugo que de dama;

que yo creo,

de Dulcinea decelestiales
los

ben

ser de verdes esmeraldas, rasgados,

con dos

arcos
ojos

que

les

sirven de cejas
los dientes;

:

y esas perlas quítalas de
sin

y pásalas á

que

duda

te trocaste,

San-

cho, tomando

los ojos
ser,

por

los dientes.

— Todo
me
turbó á

puede

respondió Sancho; porque también

su hermosura,

como

á vuesa

merced su
él es el

feal-

dad; pero encomendémoslo todo á Dios; que

sabi-

dor de

las

cosas

que han de suceder en

este valle de lágri,

mas

,

en este mal

mundo que tenemos
cosa

donde apenas

se

halla cosa
llaquería.

que

esté sin

mezcla de maldad, embuste y be-

De una
es

me

pesa, señor

mió, más que de

otra,

que

pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa
caballero, y le
la

merced venza algún gigante ú otro
que
se
:

mande
este

vaya á presentar ante

la

hermosura de

señora Dul-

cinea

¿adonde

la

ha de

hallar este

pobre gigante, ó
los

pobre y mísero caballero vencido? Paréceme que
andar por
el

veo
á

Toboso, hechos unos bausanes, buscando
la

mi
ca-

señora Dulcinea; y aunque
lle,

encuentren en mitad de

la

no

la

conocerán más que á mi padre.

»

88

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.

—-Quizá,
derá
el

Sancho, respondió

Don
el

Quijote, no se exten-

encantamento á quitar

conocimiento de Dulci-

vencidos y presentados gigantes y caballeros; y en uno ó dos de los primeros que yo venza y le envié, hare-

nea á

los

mos
á

la

experiencia

si

la

ven ó no mandándoles que vuelvan
,

darme

relación de lo

— Digo,

que acerca desto

les

hubiere sucedido.

señor, replicó Sancho, que

me

ha parecido bien

lo

dicho, y que con ese arbitrio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y si es

que vuesa merced

me ha

que

ella á sólo

vuesa merced se encubre,

la

desgracia
la

más

será de vuesa

merced que suya; pero, como

señora Dul-

cinea tenga salud y contento, nosotros por acá nos aven-

dremos y
que

lo

pasaremos

lo

mejor que pudiéremos, buscando

nuestras aventuras, y dejando al tiempo que
yas;
él

haga de

las

su-

es el

mejor médico destas y de otras mayores

enfermedades.

Responder queria
torbóselo una carreta

Don
,

Quijote á Sancho Panza; pero essalió
al

que

través del

camino

,

car-

gada de

los

más

diversos y extraños personajes y figuras
las

que

pudieran imaginarse. El que guiaba
carretero, era

muías y servia de

un feo demonio. Venia

la carreta descubierta,

á cielo abierto, sin toldo ni zarzo.
se ofreció á los ojos

La primera
la

figura
la

que

de

Don

Quijote fué

de

misma

Muerte, con

rostro

humano;

junto á ella venia un ángel
;

con unas grandes y pintadas alas al un lado estaba un emperador, con una corona, al parecer de oro, en la cabeza; á
los pies

de

la

Muerte estaba

el dios

que llaman Cupido,

sin

venda en

los ojos,

pero con su arco, carcaj y saetas; venia

también un caballero, armado de punta en blanco, excepto

que no

traia

morrión

ni celada, sino

un sombrero, lleno de

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
plumas de diversas colores
de diferentes
viso,
trajes
:

XI.

89

con

éstas

venian otras personas

y

rostros.

Todo

lo cual, visto

de impro-

en alguna manera alborotó á
el

miedo en

Quijote, y puso corazón de Sancho; mas luego se alegró Don
le

Don

nueva y peligrosa aventura; y con este pensamiento y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso delante de la
Quijote, creyendo que se
ofrecia alguna

carreta, y con voz alta y

amenazadora

dijo

:

*<

Carretero, co-

chero, ó diablo, ó lo que eres, no tardes en decirme quién
eres
,

á

dó vas

,

y quién
la

es la

gente que llevas en tu carricolas

che, que inás parece

barca de Carón, que carreta de

que

se usan.)) lo cual,
:

A

mansamente, deteniendo

el

diablo la carreta,
la

respondió

«

Señor, nosotros somos recitantes de

compañía

de Ángulo
tras

el

Malo hemos hecho en un
:

lugar, que está de-

de aquella loma, esta inañana, que
,

es la

octava del Cor-

pus

el

auto de Las Cortes de la Muerte , y hémosle de hacer

esta tarde

en aquel lugar que desde aquí se parece
y excusar
el

;

y por es-

tar tan cerca,

trabajo de desnudarnos y volvernos

á vestir, nos

vamos

vestidos con los

mesmos

vestidos
el

que

re-

presentamos. Aquel mancebo va de Muerte;
gel; aquella inujer,

otro, de ánel

que

es la del autor,

va de reina;

otro,

de soldado; aquél, de emperador; y yo, de demonio, y soy una de las principales figuras del auto porque hago en esta
,

compañía

los

primeros papeles.

Si otra cosa

vuesa merced
le

desea saber de nosotros, pregúntemelo; que yo

sabré res-

ponder con toda puntualidad; que, como soy demonio, todo
se

me

alcanza.
la fe
así

— Por
jote,

de caballero andante, respondió
vi este

Don Qui-

que

como

carro, imaginé

que alguna grande

»

,

gO
aventura se
las

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

me

ofrecía; y ahora digo

que

es

menester tocar
al

apariencias con la

mano

para dar lugar

desengaño.

Andad con Dios, buena gente, y haced
rad
si

vuestra fiesta, y milo

mandáis algo en que pueda seros de provecho; que

haré con buen ánimo y buen talante, porque desde

mucha-

cho

fui aficionado á la carátula,

y en mi mocedad se

me
uno

iban los ojos tras la farándula.

Estando en
de
la

estas pláticas, quiso la suerte

que

llegase

compariía, que venia vestido de bojiganga con
,

muchos
de vaca Quijote

cascabeles

y en
el

la

punta de un palo

traia tres vejigas

hinchadas

,

cual

moharracho

,

llegándose á
el

Don
,

comenzó
gas
,

á esgrimir el palo
saltos

y á sacudir

suelo con las veji-

y á dar grandes

sonando

los cascabeles

cuya mala

y diabólica visión
deroso á detenerle
dientes
,

así

alborotó á Rocinante, que sin ser po-

Don
los

Quijote, tomando
el

el

freno entre los
ligereza

dio á correr por

campo con más
amo, de

que

¡amas prometieron
consideró
saltó del
el

huesos de su notomía. Sancho, que
ser derribado,

peligro en que iba su

Rucio, y

á toda priesa fué á valerle; pero
tierra,
:

cuando

á él llegó,

ya estaba en
vino
al

y junto á
fin

él

Rocinante, que

y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus atrevimientos. Mas apenas con su
suelo

amo

ordinario

hubo dejado su
cuando
el

caballería

Sancho por acudir

á

Don

Quijote,
el

demonio bailador de
con
le

las vejigas saltó

sobre

Ruel
el

cio, V sacudiéndole

dolor de los golpes,
iu(j;ar

miedo y ruido, más que hizo volar por la campaña hacia
ellas, el

donde iban

á hacer la fiesta.
la

Miraba Sancho
,

la car-

rera de su
las

Rucio y

caida de su

amo

v no sabia á cuál de

dos necesidades acudiria primero; pero, en etecto,

como
él el

buen escudero v como buen criado, pudo más con

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
amor de
su señor que
el

XI.

9

I

cariño de su jumento; puesto que
las vejigas

cada vez que veia levantar
las

en

el aire

y caer sobre

ancas de su Rucio, eran para

él

tártagos y sustos de
se los dieran á
la

muerte, y antes quisiera que aquellos golpes
él

en

las

niñas de los ojos

,

que en

el

más mínimo pelo de
donde estaba
él quisiera;
:

cola de su asno.

Con

esta

perpleja tribulación llego

Don

Quijote, harto más maltrecho de lo que

y ayu-

dándole á subir sobre Rocinante,
se

le dijo

«Señor,

el

Diablo

ha llevado

al

Rucio.

— ¿Qué — El de — Pues yo
encerrase con
infierno.

diablo? pregunto
las vejigas,
le él

Don

Quijote.

respondió Sancho.

cobraré, replicó

Don

Quijote,

si

bien se
del

en

los

más hondos y escuros calabozos
la carreta

Sigúeme, Sancho; que
satisfaré la

con

las

muías della

va despacio, y pérdida del Rucio.

— No hay para qué
dió

hacer esa diligencia, señor, respon-

Sancho

:

vuesa merced temple su cólera; que, según

me

parece, ya
rencia.
))

el

Diablo ha dejado

el

Rucio, y vuelve á

la

que-

Y
el

así

era la verdad, porque habiendo caido

el

Diablo con
el

Rucio, por imitar á
al

Don Don

Quijote y á Rocinante,
el

Dia-

blo se fué á pié

pueblo, y

jumento

se volvió á su

amo.
el

«Con
carreta,

todo eso, dijo

Quijote, será bien castigar
los

descomedimiento de aquel demonio en alguno de

de

la

aunque

sea el

mesmo Emperador.
la

Quítesele á vuesa merced eso de

imaginación, rese

plicó Sancho, y

tome mi consejo, que
es

es
:

que nunca
he

tome
yo
Sepa

con farsantes
estar preso

,

que

gente favorecida

recitante

visto

por dos muertes, y

salir libre

v

sin costas.

»

(^2

DON

QlJIJOrí':

DE LA MANCHA.

vuesa merced que
dos
los

como

son gentes alegres y de placer, to-

favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías reales y de título,

que todos o
príncipes.

los

más en

sus trajes y

compostura parecen unos

— Pues con todo, respondió Don
de
el
ir el

Quijote, no se
le

me

ha

demonio

farsante alabando,

aunque

favorezca todo
la carreta,

género

humano )i: y

diciendo esto, volvió á

que ya estaba bien cerca del pueblo. Iba dando voces diciendo
:
^1

Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada; que

os quiero dar á entender

cómo

se

han de

tratar los

jumentos

y alimañas que sirven de caballería á los escuderos de los
caballeros andantes.

Tan
la

altos eran los gritos
los

de

Don

Quijote

,

que

los

oyeron

y entendieron

de

la carreta;
las

intención del que
la carreta,

y juzgando por las palabras decia, en un instante saltó la Muerte

de

v

tras ella el

Emperador,
Reina

el

diablo carretero

y

el

Ángel,

sin

quedarse

la

ni el dios

Cupido; v to-

dos se cargaron de piedras v se pusieron en ala, esperando
recebir á

Don

Quijote en

las

puntas de sus guijarros.

Don

Quijote, que los vio, puestos en tan gallardo escuadrón, los
brazos levantados con
las

ademan de despedir poderosamente
acometerla con menos peligro de su

piedras, detuvo las riendas á Rocinante, y púsose á pen-

sar

de qué

modo
que
al

los

persona.

En

esto

se

detuvo, llegó Sancho; v viéndole en
le dijo
:

talle

de acometer

bien formado escuadrón,
tal

uAsaz de

locura seria intentar

empresa

:

considere vuesa merced,

señor mió, que para sopa de arroyo y tente bonete no hav

arma defensiva en

el

mundo,

si

no

es

embutirse v encerrarse

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
más temeridad que
donde
está la

XI.

93

en una campana de bronce; y también se ha de considerar

que
á

es

valentía acometer

un hombre

solo

un

ejército

Muerte y pelean en persona emle

peradores, y á quien ayudan los buenos v los malos ángeles:

y

si

esta consideración

no

mueve

á estarse
los

quedo, muéestán, aun-

vale saber de cierto

que entre todos

que

allí

que parecen reyes, príncipes ó emperadores, no hay ningún
caballero andante.

— Ahora
tento.

sí, dijo

Don
ni

Quijote, has dado, Sancho, en

el

punto que puede y debe mudarme de mi ya determinado in-

Yo no puedo
te
:

debo sacar
,

la

espada,

como

otras ve-

ces

muchas

he dicho

contra quien no fuere armado casi

ballero

á tí,

Sancho, toca,

quieres tomar la venganza del
;

agravio que á tu Rucio se

le

ha hecho que yo desde aquí

te

ayudaré con voces y advertimientos saludables.

— No

hay para qué,

seiíor,
es
,

respondió Sancho, tomar

venganza de nadie, pues no
de
los agravios
:

de buenos cristianos tomarla

cuanto más
las

que yo acabaré con mi asno
la

que ponga su ofensa en
es

manos de mi voluntad,
que
los cielos

cual

de vivir pacíficamente

los dias

me

dieren de

vida.

— Pues
sin pero,
res

esa es tu determinación, replicó

Don

Quijote,

Sancho bueno, Sancho discreto, Sancho
dejemos
estas

cristiano y

Sancho

fantasmas y volvamos á buscar mejotierra

y más calificadas aventuras; que yo veo esta
faltar

de

talle,

que no han de
Volvió
las

en

ella

muchas y muy
á

peligrosas.
la

riendas luego;

Sancho fué

tomar su Rucio;

Muerte y todo

su escuadrón volante volvieron á su carreta

y prosiguieron su viaje, y este felice fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte gracias sean dadas al
:

,

^4-

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
Panza dio
á su

saludable consejo que Sancho
el

amo,

al

cual

dia siguiente le sucedió otra,

con un enamorado y andante
la

caballero, de

no menos suspensión que

pasada.

CAPITULO
De
la

XII.

extraña aventura que

le

sucedió

al

valeroso

Don

í)uijote

con

el

bravo

Caballero de

los

Espejos.

La noche que
la

siguió

al

dia del rencuentro de la

Muerte
co-

pasaron

Don

Quijote y su escudero debajo de unos altos
,

y sombrosos árboles habiendo á persuasión de Sancho
,

,

mido Don Quijote de
cio; y entre la

lo

que venia en

el

repuesto del
:

Rulos

cena dijo Sancho á su
si

seíior

«'Señor, ¡qué

tonto hubiera andado yo,

hubiera escogido en albricias

despojos de la primera aventura que vuesa
antes que las crias de las tres yeguas!

merced acabara,

En

efecto, en efecto,

más

vale pájaro en

mano que

buitre volando.

— Todavía,
dejaras

respondió

Don

Quijote,
te

si

tú,

Sancho,

me
las

acometer como yo queria,

hubieran cabido en des-

pojos, por lo

menos,

la

corona de oro del Emperador v
las

pintadas alas de Cupido; que yo se

quitara

al

redropelo,

V

te las

— Nunca
II

pusiera en

las

manos.
y coronas de
los

los cetros

emperadores farsan-

tes,

respondió Sancho Panza, fueron de oro puro, sino de
hoja de
lata.

oropel

Así es verdad, replicó

Don

Quijote; porque no fuera

acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes,

como

lo es la

mesma comedia,
las

con

la

cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia,

y, por

el

mismo

consiguiente, á los que

representan v á

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
los

XII.

95

que

las

componen, porque todos son instrumentos de
la

hacer un gran bien á

república, poniéndonos un espejo á
se

cada paso delante, donde
vida

ven

al

vivo

las

acciones de
al

la

humana; y ninguna comparación hay que más
los

vivo

nos represente lo que somos y lo que habernos de ser, coino
la

comedia y

comediantes. Si no , dime

:

¿

no has

visto tú
,

representar alguna comedia adonde se introducen reyes

em-

peradores y pontíñces, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el

mercader, aquél

el

soldado, otro

el

simple discreto, otro

el

enamorado simple; y acabada la comedia, y desnudándose los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

— he — Pues

visto, respondió
lo

Sancho.

media y

trato

mesmo, dijo Don Quijote, acontece en la codeste mundo, donde unos hacen los emperadoy finalmente, todas cuantas figuras
al

res, otros los pontífices,

se
fin

pueden introducir en una comedia; pero en llegando
,

que

es

cuando

se

acaba

la

vida

,

á todos les quita la
,

muerte

las

ropas que los diferenciaban

y quedan iguales en

la sepultura.

— ¡Brava comparación!

dijo

Sancho; aunque no tan nuediversas veces,
el

va, que yo no la haya oido

muchas y

como
el

aquella del juego del ajedrez: que mientras dura

juego,
jue-

cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose

go, todas

se

mezclan, juntan y barajan, y dan con
es

ellas

en

una

bolsa,

que
dia,

como

dar con la vida en la sepultura.
dijo

— Cada Sancho, Don menos simple y más — que me ha de pegar de
discreto.
Sí;

Quijote,

te vas

haciendo

algo se

la

discreción de

vuesa merced, respondió Sancho; que

las tierras

que de suyo

;

n6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

son estériles y secas, estercolándolas y cultivándolas, vienen
á dar

buenos frutos: quiero decir, que
el estiércol

la

conversación de
la estéril tierra

vuesa merced ha sido

que sobre

de mi seco ingenio ha caído,

la cultivación el

tiempo que há

que

le

sirvo y

comunico; y con
de

esto, espero dar frutos de

mí que

sean de bendición, tales, que no desdigan ni se desla

licen de los senderos

buena crianza que vuesa merced

ha hecho en
Rióse

el

agostado entendimiento mió.»

Don

Quijote de

las

afectadas razones de Sancho, y

parecióle ser verdad lo

que decia de su enmienda, porque
le

de cuando en cuando hablaba de manera, que
puesto que todas ó
las

admiraba;

más veces que Sancho queria hablar
acababa su razón con despeal

de oposición y á
ñarse del

lo cortesano,

monte de
que

su simplicidad
él se

profundo de su igno-

rancia; y en lo

mostraba más elegante y

memo-

rioso era en traer refranes, viniesen ó
lo
el

no viniesen á pelo de
se

que trataba, como

se

habrá visto y

habrá notado en

discurso desta historia.

En
noche

estas
,

y en otras pláticas
le

se les

pasó gran parte de

la
las

y á Sancho

vino en voluntad de dejar caer

compuertas de

los ojos,
al

como

él

decia cuando queria dor-

mir; y desaliñando

Rucio,

le

dio pasto abundoso y libre.

No

quitó la

silla

á Rocinante, por ser expreso
el

mandamiento

de su señor, que en

tiempo que anduviesen en campaña,

ó no durmiesen debajo de techado, no desaliñase á Rocinante.

Antigua usanza, establecida y guardada de
,

los

andanla silla

tes caballeros

quitar

el

freno y colgarle del arzón de
caballo! ¡guarda!
libertad

pero ¿quitar

la silla al

Y

así lo
,

hizo San-

cho y
,

le

dio la

misma

que

al

Rucio cuya amistad

del y de

Rocinante fué tan única v tan trabada, que hav

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XII.
el

97
autor desta

fama, por tradición de padres á hijos, que

verdadera historia hizo particulares capítulos della; mas que,

por guardar
se

la

decencia y decoro que á tan heroica historia

debe, no

los

puso en

ella;

puesto que algunas veces se
así

descuida deste su prosupuesto, y escribe que

como

las

dos bestias se juntaban, acudian á rascarse

el

uno

al otro,

v
el

que después de cansados y
pescuezo sobre
parte suelo
,

satisfechos

,

cruzaba Rocinante
le

el

cuello del

Rucio

,

que
los

sobraba de

la

otra
al

más de media
se solian estar
el

vara; y

mirando

dos atentamente
tres dias
les
,

de aquella manera
los

ó á lo

mela

nos todo

tiempo que

dejaban, ó no

compelía

hambre

á buscar sustento.

Digo que dicen que
comparado en
la

dejó
la

el

autor escrito que los había

amistad á
si

y Pílades y Oréstes; y

esto

que tuvieron Niso y Enríalo, es así, se podrá echar de ver,
la

para universal admiración, cuan firme debió ser

amistad

destos dos pacíficos animales, para confusión de los
bres,
otros.

homlos

que tan mal saben guardarse amistad

los

unos á

Por

esto se dijo

:

No

hay amigo para amigo
se

;

Las cañas

vuelven lanzas

;

y

el

otro cantó

:

De amigo

á

amigo

la

chinche,

etc.

Y

no

le

parezca á alguno que anduvo
la

el

autor algo fuera de
la

camino en haber comparado
de los hombres; que de

amistad destos animales á

las bestias

han recebido muchos ad-

vertimientos los hombres y aprendido
portancia,

muchas

cosas de

im-

como

son, de

las

cigüeñas

el cristel,

de los perros

»

:

oS
el

DON (^JIJÓTE DE LA MANCHA.
vómito y
las
el

agradecimiento, de
la

las grullas la

vigilancia,

de

hormigas

providencia

,

de

los elefantes la honesti-

dad, y

la lealtad del caballo.

Finalmente, Sancho

se

quedó dormido
al

al

pié de

un

al-

cornoque, y
cina; pero

Don

Quijote dormitando

de una robusta enle

poco espacio de tiempo habia pasado, cuando

despertó un ruido que sintió á sus espaldas; y levantándose

con sobresalto,

se

puso á mirar y á escuchar de dónde

el

ruido procedía , y vio que eran dos
el

hombres

a caballo
:

uno, dejándose derribar de

la silla, dijo al otro

«

y que Apéate,
,

amigo, y quita los frenos á los caballos; que, á mi parecer, este sitio abunda de yerba para ellos y del silencio y soledad
,

que han menester mis amorosos pensamientos.
El decir esto y
el
al

tenderse en

el

suelo todo fué á

un

mismo tiempo, y

arrojarse, hicieron ruido las

armas de

que venia armado, manifiesta

señal por

donde conoció

Don

Quijote que debia de ser caballero andante; y llegándose á

Sancho, que dormia,

le

trabó del brazo, y con no pequeño
,

trabajo le volvió en su acuerdo

y con voz baja

le dijo

«Hermano Sancho,

aventura tenemos.

— Dios nos

la

dé buena, respondió Sancho.

Y
:

¿adonde

está, señor

mió, su merced de esa señora aventura?
Sancho? replicó
allí

— ¿Adonde,
ojos
á lo

Don

Quijote

vuelve los

y mira, y verás

tendido un andante caballero, que,

que á mí

se

me

trasluce,

no debe de

estar

demasiada-

mente alegre, porque
el

le vi arrojar del

caballo y tenderse en
al

suelo con algunas muestras de despecho; y

caer, le cru-

jieron las armas.

— Pues ¿en qué

halla vuesa

merced,

dijo

Sancho, que

ésta sea aventura?

»

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XII.

99

— No quiero yo
comienzan
rece
,

decir, respondió

Don

Quijote, que ésta

sea aventura del todo, sino principio della;
las

que por aquí

se

aventuras. Pero escucha; que, á lo que pa-

templando
el

desembaraza

un laúd ó vihuela y según escupe y se pecho debe de prepararse para cantar algo.
está
,

,

— A buena
Don
Quijote
:

fe

que

es así,

respondió Sancho, y que debe
andantes que no lo sea, dijo
el

de ser caballero enamorado.

— No hay ninguno de
ovillo de sus pensamientos,

los

y escuchémosle; que por
si

hilo sacaremos el
la

es

que canta; que de

abun-

dancia del corazón habla

la

lengua.
la

Replicar queria Sancho á su amo; pero
llero del

voz del Caba-

Bosque, que no era
v estando
los

muy

mala

ni

muy

buena,

lo

estorbó
fué este

;

dos atentos , oyeron que lo que cantó

Soneto.

Dadme,
Conforme

señora, un término que siga,
á vuestra

voluntad cortado,

Que Que

será de la mia así estimado.

por jamas un punto del desdiga.

Si gustáis

que callando mi
la
el

fatiga

Muera, contad me ya por acabado;
Si queréis

que os

cuente en desusado

Modo,

haré que

mesmo amor

la diga.

A
De

prueba de contrarios estoy hecho,

blanda cera y de diamante duro,

Y

amor el alma ajusto. Blando cual es, ó fuerte, ofrezco el pecho: Entallad ó imprimid lo que os dé gusto
á las leyes de

Oue

de guardarlo eternamente juro.

Con un
razón, dio

ay, arrancado al parecer de lo íntimo de su cofin á

su canto

el

Caballero del Bosque, y de

allí

»

]00
á

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
dijo
!

un poco, con voz doliente y lastimada hermosa y la más ingrata mujer del orbe

:

'

¡

Oh
!
¡

la

más

;

Cómo

que será

posible, serenísima Casildea de Vandalia,
sentir

que has de con-

que

se

consuma y acabe en continuas peregrinaciones

y en ásperos y duros trabajos éste tu cautivo caballero! ;No basta ya que he hecho que te confiesen por la más hermosa
del

mundo

todos los caballeros de Navarra, todos los leone-

ses, todos los tartesios, todos los castellanos,

y finalmente,

todos los caballeros de

la

Mancha?

— Eso no,

dijo á esta sazón
tal

Don

Quijote; que yo soy de
ni podia ni debia

la

Mancha, y nunca
este tal caballero,

he confesado,

confesar una cosa tan perjudicial á la belleza de

mi

señora;

y

ya ves tú, Sancho, que desvaría. Pero
más.
lleva

escuchemos; quizá

se declarará

Sí hará, replicó

Sancho; que término

de quejarse

un mes

arreo.
así,

Pero no fué
del

porque habiendo entreoído

el

Caballero

Bosque que hablaban cerca
se

del, sin pasar adelante en su

lamentación,
dida
:

puso en pié, y dijo con voz sonora y come«¿Quién va allá? ¿qué gente? ¿es por ventura del
los

número de

contentos ó de los afligidos?

— De — Pues
¡i

los afligidos,

respondió

Don

Quijote.

llegúese á mí, respondió
la

el del

Bosque, y hará
y á
la

cuenta que se llega á

mesma

tristeza

aflicción

mesma.

Don

Quijote, que se vio responder tan tierna y comedise llegó á él,

damente,

y Sancho ni más ni menos.

El caballero lamentador asió á

Don
la

Quijote del brazo,

diciendo

:

u

Sentaos aquí, señor caballero; que para entender

que

lo sois,

y de

los

que profesan

andante caballería, bás-

»

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
tame
el
,

XIÍ.
la

lOI
soledad y
el

haberos hallado en este lugar donde

sereno os hacen compañía, naturales lechos y propias estancias de los caballeros andantes.

A

lo

que respondió

Don

Quijote

:

«

Caballero soy de

la

profesión que decís; y aunque en

mi alma

tienen su propio

asiento las tristezas, las desgracias y las desventuras, no por

eso se ha ahuyentado della la compasión que tengo de las
ajenas desdichas.

De

lo

que cantastes poco há colegí que

las

vuestras son enamoradas, quiero decir, del

amor que

tenéis

á aquella

hermosa ingrata, que en vuestras lamentaciones

nombrastes.

Ya, cuando
dura
tierra

esto pasaba, estaban sentados juntos sobre la

en buena paz y compañía,
se

como

si

al

romper
Bosque

del dia

no

hubieran de romper

las

cabezas.
el

«¿Por ventura, señor
á

caballero, preguntó

del

Don

Quijote,

sois

enamorado?
lo soy,

— Por desventura
los

respondió
los

Don

Quijote; aun-

que

daños que nacen de

bien colocados pensamien-

tos, antes se

deben tener por
verdad
el
,

glorias

que por desdichas.

— Así
basen
la

es la

replicó el del
los

Bosque

,

si

no nos tur-

razón y

entendimiento

desdenes, que, siendo

muchos, parecen

sinrazones.

— Nunca
es

fui

desdeñado de mi señora, respondió

Don

Quijote.

— No por
que

cierto, dijo

Sancho, que

allí

junto estaba, por:

mi señora como una borrega mansa
vuestro
éste?

es

más blanda
Bosque.

que una manteca.

— ¿Es escudero respondió Don — — Nunca he yo
Sí es,

preguntó

el del

Quijote.
el

visto

escudero, replicó

del

Bosque,

»

I02

DON {^JIJÓTE DE LA MANCHA.
se atreva á

que

hablar donde habla su señor; á lo menos,

ahí está ese mió, que es tan grande
se

como

su padre, y no

Sancho, que he hablado yo, y puedo hablar delante de otro tan... y aun... Quédese aquí que es
á fe, dijo
;

— Pues

probará que haya desplegado

el

labio

donde yo hablo.

peor meneallo.

El escudero del Bosque asió por
ciéndole
:

el

brazo á Sancho, di-

«

Vamonos

los

dos donde podamos hablar escude-

rilmente todo cuanto quisiéremos, y dejemos á estos señores,

amos

nuestros, que se den de las astas, contándose las

historias

de sus amores; que á buen seguro que
dia en ellas
,

les

ha de

coger

el

— Sea en
con
los

y no

las

han de haber acabado.
Sancho; y yo
si

buena hora,

dijo

le diré á

vuesa

merced quién soy, para que vea

puedo entrar en docena

más hablantes

escuderos.))

Con

esto se apartaron los dos escuderos, éntrelos cuales

paso un tan gracioso coloquio,
entre sus señores.

como

fué grave

el

que pasó

CAPITULO
Donde
se

XIII.
el

prosigue

la

aventura del Caballero del Bosque, con
los

discreto,

nuevo

y suave coloquio que pasó entre

dos escuderos.

Divididos estaban caballeros y escuderos, éstos contándose sus vidas
,

y aquellos sus amores pero
;

la historia

cuenta
el

primero

el

razonamiento de
así,

de los amos; y
del

mozos, y luego prosigue dice que apartándose un poco dellos,
los
:

el

Bosque

dijo á

Sancho

«

Trabajosa vida es

la

que pasa-

mos

y vivimos, señor mió, los que somos escuderos de ca:

balleros andantes

en verdad que

comemos

el

pan en

el

su-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
dor de nuestros rostros
,

XIJI.

lO^

que

es

una de

las

maldiciones que

echó Dios á nuestros primeros padres.

— También
memos
calor

se

puede decir, añadió Sancho, que

lo co-

en

el

hielo de nuestros cuerpos; porque, ¿quién
frió

más
due-

y más

que

los

miserables escuderos de la andante
si

caballería?
los

Y aun

menos mal,

comiéramos, pues

los

con pan son menos; pero

tal
si

vez hay que se nos pasa
es del viento

un

— Todo
que, con

dia y dos sin desayunarnos

,

no

que
del

sopla.

eso se

puede

llevar

y conllevar, dijo

el

Bossi

la

esperanza que tenemos del premio; porque
es

demasiadamente no

desgraciado

el

caballero andante, á

quien un escudero sirve, por lo menos á pocos lances, se
verá premiado con un hermoso gobierno de cualque ínsula

ó con un condado de buen parecer.

— Yo,
y tan

replicó Sancho, ya
el

he dicho á mi amo que
él es

me

contento con
liberal,

gobierno de alguna ínsula, y

tan noble

que

— Yo,

me le ha prometido muchas y diversas veces.
Bosque, con un canonicato quedaré
,

dijo el del

sa-

tisfecho de mis servicios

y ya

me

le tiene

mandado mi amo,
de vuesa merced

y ¡qué

tal!

— Debe

de ser, dijo Sancho, su
,

amo

caballero á lo eclesiástico

buen escudero; pero

el
le

y podrá hacer esas mercedes á su mió es meramente lego... aunque yo

me

acuerdo cuándo

querian aconsejar personas discretas,
ser

aunque á mi parecer mal intencionadas, que procurase
arzobispo
;

pero

él

no quiso sino
si

ser

emperador y yo estaba
;

entonces temblando
Iglesia,
ella;

le

venia en voluntad de ser de

la

por no hallarme suficiente de tener beneficios por
le

porque

hago saber

á vuesa

merced que aunque pala Iglesia.

rezco hombre, soy una bestia para ser de

I04

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
en verdad que lo yerra vuesa merced, dijo
los
el del

— Pues

Bosque, á causa que

gobiernos insulanos no son todos de

buena data: algunos hay torcidos, algunos pobres, algunos
malencónicos , y finalmente,
el

más erguido y bien
el

dis-

puesto trae consigo una pesada carga de pensamientos y de

incomodidades, que pone sobre sus hombros

desdichado

que

le

cupo en

suerte.

Harto mejor

seria

que

los

que profe-

samos

esta maldita
allí

servidumbre nos retirásemos á nuestras

casas, y

nos entretuviésemos en ejercicios

más

suaves,

como

si

dijésemos cazando ó pescando; que ¿qué escudero
el

hay tan pobre en

un rocin y un par de galgos y una caña de pescar, con que entretenerse
á quien le falte

mundo,

en su aldea?

— A mí no me
dad
es

falta

nada deso, respondió Sancho

:

ver-

que no tengo rocin; pero tengo un asno, que vale

dos veces

más que
la

el

caballo de

mi amo. ¡Mala pascua me
si le

dé Dios, y sea

primera que viniere,

trocara por él,

aunque

me

diesen cuatro fanegas de cebada encima!
el

A

burla
el

tendrá vuesa merced
color de

valor de

mi Rucio; que

rucio es

mi jumento. Pues galgos no me habian de

faltar,

habiéndolos sobrados en
la

mi pueblo

:

y más que entonces
,

es

caza más gustosa, cuando se hace á costa ajena.

—^Real y verdaderamente,
criar

respondió

el

del

Bosque, se-

ñor escudero, que tengo propuesto y determinado de dejar
estas borracherías destos caballeros
,

y retirarme á mi aldea y
tres orientales perlas.

mis

hijitos;

— Dos tengo
al

que tengo

tres

como

yo, dijo Sancho, que se pueden presentar
á quien

Papa en persona, especialmente una muchacha,
si

crio para condesa,

Dios fuere servido, aunque

á pesar de

su madre.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XIIÍ.

I05
condesa?

— Y ¿qué edad
preguntó
el

tiene esa señora

que

se cria para

del Bosque.

— Quince
es tan

años, dos inás á menos, respondió Sancho; pero

grande

como una

lanza y tan fresca

como una ma-

ñana de Abril, y tiene una fuerza de un ganapán.

Partes son esas, respondió

el del

Bosque, no sólo para

ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque.

¡Oh

hi-

deputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!» A lo que respondió Sancho, algo mohino « Ni
:

ella es

puta, ni lo fué su madre, ni lo será ninguna de

las

dos, Dios

queriendo,

iTiiéntras

yo viviere

:

y háblese más comedida-

mente; que para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes,

que son

la

mesma

cortesía,

no

me
,

parecen

muy
el

concertadas esas palabras.
¡

— Oh
del

qué mal

se le

entiende á vuesa merced

replicó

Bosque, de achaque de alabanzas, señor escudero!
sabe que cuando algún caballero da una
toro en la plaza, ó

¡Cómo! y ¿no
buena lanzada
al

cuando alguna persona
el

hace alguna cosa bien hecha, suele decir

vulgo: i<iOh

hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!» Y aquello que parece vituperio, en aquel término es alabanza notable; y

renegad vos, señor, de
les

los hijos

ó hijas que no hacen

obras que merezcan se

den á sus padres loores semejantes.

y por esa misma razón podia echar vuesa merced á mí y á mis hijos

reniego, respondió Sancho; y dése

modo

y á mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son extremos dignos de semejantes alabanzas;

pecado y para volverlos á ver, ruego yo á Dios me saque de mortal, que lo mesmo será si me saca deste peligroso oficio
de escudero, en
el

cual he incurrido segunda vez, cebado y

lo6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

engañado de una bolsa con cien escudos que
dia en el corazón de Sierra

me

hallé

un

Morena; y

el

diablo

me pone
la

ante los ojos aquí,

allí,

acá no, sino acullá, un talego lleno
le

de doblones, que

me

parece que á cada paso
él,

toco con

mano, y me abrazo con
que en esto pienso,
trabajos
sé se

y

lo llevo á

mi

casa, y
:

echo
rato

censos, y fundo rentas, y vivo

como un
fáciles

príncipe

y

el

me
este

hacen

y llevaderos cuantos

padezco con

mentecato de mi amo, de quien

que tiene más de loco que de caballero.

— Por
rompe
en
el el

eso, respondió

el

del

Bosque, dicen que

la

codicia

saco

:

y

si

va á tratar de locos, no hay otro mayor
es

mundo que mi amo; porque
:

de aquellos por quien

dicen

«cuidados ajenos matan
el

al

asno»; pues porque cobre
se

otro caballero

juicio

que ha perdido,
sé si, después

hace

él

loco, y
le

anda buscando
salir á los

lo

que no

de hallado,

ha de

hocicos.

—Y —
lia, la

¿es

enamorado por dicha?
Bosque; de una
la
tal

Sí, dijo el del

Casildea de Vandael

más cruda y

más asada señora que en todo
bullen en

orbe

puede
otros

hallarse; pero

no cojea sólo
le

del pié de la crudeza;
las

que

mayores embustes

entrañas, v ello dirá

antes de

muchas

horas.

— No

hay camino tan llano, replicó Sancho, que no

tenga algún tropezón ó barranco; en otras casas cuecen habas, y en la

mia

á calderadas.
la

Más acompañados
la

y pania-

guados debe de tener
verdad lo que
ros

locura que
se dice,

discreción
el

;

mas

si

es

comunmente

que

tener
ellos,

compañecon vuesa
tan tonto

en

los trabajos suele servir

de alivio en

merced podré consolarme, pues

sirve á otro

amo

como

el

mió.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XIII.

I

07

bellaco

— Tonto, pero que y que — Eso no mió,
tonto
es el
:

valiente, respondió el del
valiente.
:

Bosque, y más

respondió Sancho

digo que no tiene
:

nada de bellaco; antes tiene una alma como un cántaro

no

sabe hacer mal á nadie, sino bien á todos, ni tiene malicia

alguna

un niño
;

le

hará entender que es de noche en

la

mitad
de
tes

del dia

mi

y por esta sencillez le quiero como á las telas corazón, y no me amaño á dejarle, por más dispara-

— Con todo
si el

que haga.

eso,
al

ciego guia

hermano y señor, dijo el del Bosque, ciego, ambos van á peligro de caer en el
con buen compás de pies, y vol-

hoyo. Mejor

es retirarnos

vernos á nuestras querencias; que los que buscan aventuras

no siempre

las

hallan buenas.
al

Escupía Sancho á menudo,

parecer, un cierto género
el

de saliva pegajosa y algo seca, lo cual visto y notado por
caritativo bosqueril escudero, dijo:

«Paréceme que, de
al

lo

que hemos hablado,

se

nos pegan

paladar

las

lenguas;

pero yo traigo un despegador pendiente del arzón de mi caballo
,

que

es tal

como bueno.

»

Y levantándose,

volvió desde

allí

á

un poco con una gran

bota de vino y una empanada de media vara, y no es encarecimiento, porque era de un conejo albar tan grande, que

Sancho,

al tocarla,

entendió ser de algún cabrón, no que de
:

cabrito; lo cual visto por Sancho, dijo

kY

¿esto trae vuesa

merced consigo, señor!

— Pues ¿qué
traigo

se

pensaba? respondió

el otro.

¿Soy yo por

ventura algún escudero de agua y lana? Mejor repuesto

yo en

las

ancas de

mi

caballo, que lleva consigo,
ii

cuando va de camino, un general,

Io8

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
sin hacerse

Comió Sancho
es

de rogar, y tragaba á escuras
:

bocados de nudos de sueha, y dijo
escudero
fiel

«

Vuesa merced

que

grande,

como
yo,

y legal, moliente y corriente, magnífico y lo muestra este banquete, que si no ha ve-

nido aquí por arte de encantamento, parécelo á lo menos;

y no

como

mezquino y malaventurado, que

sólo traigo

en mis

alforjas

un poco de queso, tan duro, que pueden

descalabrar con ello á un gigante; á quien hacen

compañía

cuatro docenas de algarrobas y otras tantas de avellanas y

nueces, merced á

la

estrechez de

mi dueño, y

á la opinión

que tiene y orden que guarda, de que
tes

los caballeros

andan-

no

se
las

han de mantener y sustentar sino con
yerbas del campo.
fe,
el

frutas secas

y con

— Por mi

hermano,

replicó

el

del

Bosque, que yo no

tengo hecho
raíces de los

estómago

á tagarninas ni á piruétanos, ni á

montes;

allá se lo
,

hayan con
lo

sus opiniones v

leyes caballerescas nuestros

amos y coman

que

ellas

man-

daren

:

fiambreras traigo, y esta bota colgando del arzón de

la silla,

por

ó por no; v es tan devota mia v quiérola

tanto, que pocos ratos se pasan sin que la dé mil besos y

mil abrazos»; y diciendo esto, se

la

puso en
la

las

manos

á

Sancho,
rando

el

cual empinándola, puesta á

boca, estuvo mi-

las estrellas

ber, dejó caer la
dijo
:

un cuarto de hora, y en acabando de becabeza á un lado, y dando un gran suspiro,
bellaco, y

«¡Oh hideputa,

cómo

es católico!
el

— ¡Veis
Sancho,

ahí, dijo el del

Bosque, en oyendo

hideputa de

cómo

habéis alabado este vino, llamándole hideputa!

— Digo,
no
es

respondió Sancho, que confieso v conozco que

deshonra llamar hijo de puta á nadie, cuando cae de-

bajo del entendimiento de alabarle. Pero dígame, señor, por

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
el siglo

XIII.

IO9

de

lo

que inás quiere
!

:

este vino ¿es
el del

de Ciudad Real?
:


i

Bravo mojón respondió

Bosque

en verdad que

no

es

de otra parte, y que tiene algunos años de ancianidad. ¡A mí con eso! dijo Sancho ¡no toméis menos, sino
:

que

se

me

fuera á

mí por

alto dar alcance a su

nacimiento!

¿No

será

bueno, señor escudero, que tenga yo un instinto

tan grande y tan natural en esto de conocer vinos, que en

dándome
bor y
la

á oler cualquiera, acierto la patria, el linaje, el salas

dura, y
al

vueltas

que ha de dar, con todas
por parte de mi padre,

las cir-

cunstancias
llarse, si

vino atañederas? Pero no hay de qué maravi-

tuve en

mi

linaje,

los

dos
la

más excelentes mojones que en luengos años conoció

Mancha
diré.

:

para prueba de lo cual,
los

les

sucedió lo que ahora

Diéronles á

dos á probar del vino de una cuba, pi-

diéndoles su parecer del estado, cualidad, bondad ó malicia
del vino. El

uno

lo

probó con

la

punta de

la

lengua,

el

otro

no hizo más de

llegarlo á las narices. El
el

primero

dijo

que

aquel vino sabia á hierro;

segundo
la

dijo

que más

sabia á

cordobán;
el tal

cuba estaba limpia, y que vino no tenia adobo alguno, por donde hubiese toel

dueño

dijo

que

mado
duvo

sabor de hierro ni de cordobán.
se

Con

todo eso,

los

dos

famosos mojones
el

afirmaron en lo que habían dicho.
el

An-

tiempo, vendióse
ella
:

vino, y

al

limpiar de

la

cuba,

hallaron en

una

llave

pequeña, pendiente de una correa
si

de cordobán
ralea

porque vea vuesa merced

quien viene desta

— Por

podrá dar su parecer en semejantes causas.
eso digo, dijo
el

del

Bosque, que nos dejemos de

andar buscando aventuras; y pues tenemos hogazas, no busquemos tortas y volvámonos á nuestras chozas; que allí
:

nos hallará Dios,

si

él

quiere. Hasta

que mi amo llegue

á

»

lio
Zaragoza,

DON (^JlfOTE DK LA MANCHA.
le serviré;

que después, todos nos entenderemos.
los

Finalmente, tanto hablaron y tanto bebieron
nos escuderos, que tuvo necesidad lenguas y templarles
la sed; la
el

dos buelas

sueño de

atarles

que quitársela fuera imposible:
ya
casi vacía bota,

y

así, asidos

entrambos de

con

los

bo-

cados á medio mascar en la boca, se quedaron dormidos;

donde

los

dejaremos por ahora, por contar
el

lo

que

el

Caba-

llero del

Bosque pasó con

de

la

Triste Figura.

CAPITULO
Donde
se prosigue la

XIV.

aventura del Caballero del Bosque.

Entre muchas razones que pasaron
ballero de la Selva, dice la historia

Don

Quijote y

el

Ca-

que

el del

Bosque

dijo á

Don
páis

Quijote

:

«

Finalmente, señor caballero, quiero que se-

que mi destino, 6 por mejor decir, mi elección,

me

trujo á

enamorar de
porque no
el

la sin

par Casildea de Vandalia
así

:

llamóla

sin par,

le tiene,

en

la

grandeza del cuerpo

como en

extremo del estado y de la hermosura. Esta tal Casildea, pues, que voy contando, pagó mis buenos pensa-

mientos y comedidos deseos con hacerme ocupar,

como

su

madrastra á Hércules, en muchos y diversos peligros, pro-

metiéndome
garía
el

al fin

de cada uno que en
así se

el

fin

del otro lle-

de

mi esperanza; pero

han ido eslabonando
vo
sé cual

mis trabajos, que no tienen cuento,
el

ni

ha de

ser

último que dé principio

al

cumplimiento de mis buenos
fi.iese

deseos.

Una

vez

me mandó
Sevilla,

que

á desafiar á aquella

fií-

mosa giganta de
liente y fuerte

llamada

la

Giralda, que es tan va-

como hecha de

bronce; v sin mudarse de un

lugar, es la

más movible v

voltaria

mujer

del

mundo. Lie-

:

,

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
gué,
víla

XÍV.

I

I

I

y venena, y hícela estar queda y á raya, porque

en más de una semana no soplaron sino vientos nortes. Vez

también hubo que

me mandó
á

fuese á

tomar en peso
Guisando
:

las

an-

tiguas piedras de los valientes toros de

empresa

más para encomendarse
vez

ganapanes que á caballeros. Otra

me mandó

que

me

precipitase y sumiese en la sima de

Cabra

(¡peligro inaudito

ticular relación de lo

y temeroso!), y que le trújese parque en aquella escura profundidad se
á la Giralda, pesé los toros

encierra.

Detuve

el

movimiento
la

de Guisando, despéñeme en

sima, y saqué á luz lo escon-

dido de su abismo; y mis esperanzas muertas que muertas,

y

mandamientos y desdenes vivos que vivos. En resolución, últimamente me ha mandado que discurra por todas
sus

las

provincias de España

,

y haga confesar á todos
vagaren, que

los

andan-

tes caballeros

que por

ellas

ella sola es la

más

aventajada en hermosura de cuantas hoy viven, y que soy
el

más

valiente y el

más bien enamorado
la

caballero del orbe

en cuya demanda he andado ya

mayor

parte de España,
se

y en

ella

he vencido muchos caballeros que

han atrevido

á contradecirme; pero de lo
es

que yo más

me

precio y ufano

de haber vencido en singular batalla á aquel tan famoso

caballero,

Don

Quijote de

la

Mancha, y héchole

confesar

que
este

es

más hermosa mi Casildea que su Dulcinea; y en sólo vencimiento hago cuenta que he vencido todos los ca-

balleros del
los

mundo; porque
á todos
;

el tal

Don

Quijote que digo,
él
,

ha vencido

y habiéndole yo vencido á
se

su

gloria, su

fama y su honra

ha transferido y pasado

á

mi

persona,

Y

tanto

el

Cuanto más

vencedor es más honrado el vencido es reputado

»

112
así

DON f^JIÍOTE DK LA MANC:HA.
las

que, ya corren por mi cuenta y son mias

innumera-

bles

hazañas del ya referido

Don

Quijote.
oir
al

Admirado quedó Don Quijote de
tuvo
mentís en

Caballero del

Bosque, y estuvo mil veces por decirle que mentia, v ya
el

el

pico de la lengua; pero reportóse lo

me-

jor que pudo, por hacerle confesar por su propia boca su

mentira; y

así,

sosegadamente

le dijo

:

«

De

que vuesa mercaballeros an-

ced, señor caballero, haya vencido á los
dantes de España y aun de todo
el

más

mundo, no digo nada;
Quijote de
la

pero de que haya vencido á

Don
le

Mancha,
le

póngolo en duda
ciese,

:

podria ser que fuese otro que
parezcan.

pare-

— ¿Cómo
un hombre

aunque hay pocos que
no! replicó
el

del Bosque.

Por

el

cielo

que nos

cubre, que peleé con
alto

Don

Quijote, y

le

vencí y rendí; y es

de cuerpo, seco de rostro, estirado, y avela

llanado de miembros, entrecano,

nariz aguileña v algo

corva, de bigotes grandes, negros y caldos;
del

campea debajo
,

nombre
á
el

del Caballero de la Triste

Figura

y

trae

por esel

cudero
y rige

un labrador llamado Sancho Panza; oprime

lomo
Dul-

freno de un famoso caballo, llamado Rocinante, v
tal

finalmente, tiene por señora de su voluntad á una

cinea del Toboso, llamada un tiempo Aldonza Lorenzo;

como
cía,

la la

mia, que por llamarse Casilda y ser de
llamo Casildea de Vandalia.

la

Andaluno

yo

Si todas estas señas

bastan para acreditar
le

mi verdad, aquí
la

está

mi espada, que
Quijote, v escu-

hará dar crédito á

mesma

incredulidad.

— Sosegaos,
chad
lo

señor caballero, dijo

Don

que deciros quiero. Habéis de saber que ese
es el

Quijote que decís,

mayor amigo que en
le

este

Don mundo

tengo, y tanto, que podré decir que

tengo en lugar de

»

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
mi misma
dado
el
,

XIV.

II3

persona; y que por las señas que del me habéis tan puntuales y ciertas no puedo pensar sino que sea
,

mismo que
con

habéis vencido; por otra parte, veo con los
las

ojos y toco

manos no
él tiene

ser posible ser el

mesmo
,

,

si

ya

no fuese que, como
res
,

muchos enemigos encantadole

especialmente uno que de ordinario

persigue

no haya

alguno dellos tomado su figura para dejarse vencer, por defraudarle de la

fama que

sus altas caballerías le tienen granla tierra;

jeada y adquirida por todo lo descubierto de

y para

confirmación desto, quiero también que sepáis que

los tales

encantadores sus contrarios, no há más de diez horas que

transformaron
del

la

figura y persona de la

hermosa Dulcinea

Toboso en una aldeana soez y

baja, y desta
si

manera ha-

brán transformado á

Don

Quijote; y

todo esto no basta
el

para enteraros en esta verdad que digo, aquí está

mesmo
á ca-

Don
ballo
,

Quijote, que

la sustentará

con sus armas á pié ó

ó de cualquiera suerte que os agradare.

Y
el

diciendo esto, se levantó en pié y
el

empuñó

la

espada,

esperando qué resolución tomaria

Caballero del Bosque,
:

cual con voz asimismo sosegada respondió y dijo
le

«

Al

buen pagador no

duelen prendas. El que una vez, señor

Don

Quijote, pudo venceros transformado, bien podrá te-

ner esperanza de rendiros en vuestro propio ser; mas, por-

que no

es

bien que los caballeros hagan sus fechos de armas

á escuras ,

como

los salteadores

y rufianes
:

,

esperemos

el

dia

para que

el sol

vea nuestras obras
el

y ha de ser condición de
la

nuestra batalla, que
del vencedor, para
tal

vencido ha de quedar á
lo

voluntad

que haga del todo

que quisiere, con

que

sea decente á caballero lo

que

se le ordenare.
»,

— Soy más que contento desa condición v convenencia

II/j.

DON QIJIJOTE DE LA MANCHA.

respondió

Don

Quijote

:

y en diciendo esto, se fueron donde

estaban sus escuderos, y los hallaron roncando y en la

misma

forma que estaban cuando
los

los salteó el

sueño. Despertáronlos caballos,

y mandáronles que tuviesen á punto
el sol,

porque,

en saliendo

habian de hacer

los

dos una sangrienta,

singular y desigual batalla; á cuyas nuevas
atónito y
valentías

quedó Sancho
las

pasmado, temeroso de
que habia oido decir

la salud
al

de su amo, por

del suyo

escudero del Bosdos escuderos á

que; pero, sin hablar palabra, se fueron
buscar su ganado; que ya todos

los

tres caballos

y

el

Rucio

se

habian olido, y estaban todos juntos.

En
lucía,

el

camino

dijo el del

Bosque

á

Sancho

:

«Ha
de

de saber,
la

hermano, que tienen por costumbre

los peleantes

Andaestarse

cuando son padrinos de alguna pendencia, no

ociosos,

mano

sobre

mano, en

tanto que sus ahijados riñen:

dígolo, porque esté advertido que mientras nuestros dueños

riñeren

,

— Esa costumbre,

nosotros también

hemos de pelear y hacernos

astillas.

señor escudero, respondió Sancho,

allá

puede correr y pasar con los andaluces peleantes que dice; pero con los escuderos de los caballeros andantes ni por
,

pienso; á lo

menos yo no he oido
cuanto más
el

decir á
las

mi amo semejante
ordenanzas de
la

costumbre, y sabe de memoria todas
andante caballería
:

,

que yo quiero que

sea ver-

dad y ordenanza expresa

pelear los escuderos en tanto

que sus señores pelean; pero yo no quiero cumplirla, sino
pagar
la

pena que estuviere puesta á

los tales pacíficos es-

cuderos; que yo aseguro que no pase de dos libras de cera;

y más quiero pagar

las tales libras

,

que

que

me

costarán
la

menos

,

que

las

hilas
la

que podré gastar en curarme

ca-

beza, que ya

me

cuento por partida v dividida en dos

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XIV.
reñir el

II5

Hay más que me imposibilita espada, pues en mi vida me la puse.
partes.
:

el

no tener

— Para

eso sé

yo un buen remedio,
talegas de lienzo de
la otra,

dijo el del

Bosque:

yo traigo aquí dos
tomaréis vos
la

un mesmo tamaño;

una, v yo

y reñiremos á talegazos,

con armas

iguales.

— Desa manera,
porque antes servirá
herirnos.

sea en
la tal

buen hora, respondió Sancho;

pelea de despolvorearnos que de

— No

ha de

ser así, replicó el otro,
las talegas,

porque

se

han de

echar dentro de

porque no

se las lleve el aire,
,

media docena de
tanto los unos

guijarros

,

limpios y pelados

que pesen

como

los otros;

y desta manera, nos podreni daño.

mos

— Mirad ¡cuerpo de mi
los

atalegar, sin hacernos

mal

padre! respondió Sancho, ¡qué

martas cebollinas ó qué copos de algodón cardado pone en
las talegas,

para no quedar molidos los cascos y hechos al-

heña

huesos!

Pero aunque

se llenaren

de capullos de

seda, sepa, señor mió, que no he de pelear: peleen nuestros

amos
que

,

y
el

allá se lo

hayan

,

y bebamos y vivamos noslas

otros;
sin
tes

tiempo tiene cuidado de quitarnos
arbitrios para
,

vidas,

que andemos buscando

que

se

acaben an-

quiera

— Con media — Eso

de llegar su sazón y término
todo, replicó
hora.
el

y que se cayan de maduras. del Bosque, hemos de pelear si-

no, respondió Sancho

:

no

seré

yo tan descortés

ni

comido y he bebido trabe cuestión alguna, por mínima que sea: cuanto más,
tan desagradecido, que con quien he

que, estando

sin cólera

v

sin enojo,

¿quién diablos se ha de

amañar

á reñir á secas!

»

]l6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
eso, dijo el del
es,

— Para
medio, y
llegaré

Bosque, yo daré un suficiente
la

re-

que antes que comencemos
á vuesa

pelea, yo

me

bonitamente

merced, y

le

daré tres ó cualas

tro bofetadas,

que dé con
la cólera,

él á

mis pies, con
esté

cuales le

haré despertar
lirón.

aunque

con más sueíío que un

— Contra
le

ese corte sé
:

yo otro, respondió Sancho, que no
,

va en zaga

cogeré yo un garrote y antes que vuesa merla cólera,

ced llegue á despertarme

haré yo dormir á garrosi

tazos de tal suerte la suya,
el

que no despierte

no fuere en

otro

mundo, en

el

cual se sabe
el

que no soy yo hombre

que
por

me

dejo manosear

rostro de nadie... y cada

uno mire
dormir su

el virote...

aunque

lo

más acertado

seria dejar
el

cólera á cada uno;
tal

que no sabe nadie

alma de nadie, v

suele venir por lana

que vuelve trasquilado, y Dios benporque
si

dijo la

paz y maldijo

las riñas;

un gato acosado,

encerrado y apretado, se vuelve en león, yo, que soy

hom-

bre. Dios sabe en lo que podré volverme; y así, desde ahora

intimo á vuesa merced, señor escudero, que corra por su cuenta todo


En
tes

mal y daño que de nuestra pendencia resultare. Está bien, replicó el del Bosque; amanecerá Dios v
el

medraremos.
esto

ya comenzaban á gorjear en

los árboles

mil suer-

de pintados pajarillos, y en sus diversos y alegres cantos

parecía
rora,

que daban

la

norabuena y saludaban á

la fresca

au-

que ya por
la

las

puertas y balcones del Oriente iba desrostro, sacudiendo de sus ca-

cubriendo
bellos
licor

hermosura de su
infinito

un número

de líquidas perlas, en cuyo suave

bañándose

las

yerbas, parecía asimismo que ellas bro-

taban y llovian blanco y

menudo

aljófar

:

los sauces destila-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
ban maná sabroso, reíanse
royos
,

XIV.

WJ
los ar,

las
,

fuentes,

murmuraban
los

alegrábanse

las selvas

y enriquecíanse

prados con

su venida.

Mas

apenas dio lugar

la claridad del dia
la

para ver y dife-

renciar las cosas,

cuando

primera que

se ofreció á los ojos

de Sancho Panza fué

la nariz del

escudero del Bosque, que

era tan grande, que casi le hacia

sombra

á todo

el

cuerpo.

Cuéntase, en efecto, que era de demasiada grandeza, corva
en
la

mitad y toda llena de berrugas, de color amoratado, cola

mo
ban

de berengena; bajábale dos dedos más abajo de
,

boca;

cuya grandeza
el

color

,

berrugas y encorvamiento

así le afea-

rostro,

que en viéndole Sancho, comenzó

á herir de

pié y de

mano como

niño con alferecía, y propuso en su

corazón de dejarse dar docientas bofetadas antes que despertar la cólera para reñir con aquel vestiglo.

Don

Quijote

miró
de

á su contendor, y hallóle
le

ya puesta y calada
rostro; pero

la celada,

modo que no

pudo ver

el

notó que era

hombre membrudo, y no muy alto de cuerpo. Sobre las armas traia una sobrevesta ó casaca de una tela, al parecer, de oro finísimo, sembradas por ella muchas lunas pequeñas de resplandecientes espejos, que le hacian en grandísima manera galán y vistoso; volábanle sobre
la

celada grande cantila lanza,

dad de plumas verdes, amarillas y blancas;

que tenia

arrimada á un árbol, era grandísima y gruesa, y de un hierro acerado de más de un palmo.

Todo
visto

lo

miró y todo
el

y mirado que
;

Quijote; y juzgó de lo ya dicho caballero debia de ser de
lo notó
,

Don

grandes fuerzas pero no por eso temió
za; antes con gentil
jos
:

como Sancho Pande
los

denuedo

dijo al Caballero

Espe-

('Si

la

mucha gana

de pelear, señor caballero, no os

Il8

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
que
alcéis la visera

gasta la cortesía, por ella os pido

un poco,

porque yo vea

si la

gallardía de vuestro rostro responde á la

de vuestra disposición.

— O vencido

ó vencedor que salgáis desta empresa, seel

ñor caballero, respondió

de

los Espejos, os
si

quedará tiempo

y espacio demasiado para verme; y

ahora no satisfago á

vuestro deseo, es por parecerme que hago notable agravio
á la

hermosa Casildea de Vandalia en

dilatar el

tiempo que

tardare en alzarme la visera sin haceros confesar lo que ya
sabéis

que pretendo.
tanto que subimos á caballo, dijo

— Pues en
dijistes

Don Qui-

jote, bien podéis

decirme

si

soy yo aquel

Don
los
al

Quijote que

haber vencido.
eso vos respondemos, dijo
el

—A
parecéis,
llero

de

Espejos, que

como

se

parece un huevo á otro,

mismo cabale

que yo vencí; pero, según vos decís que
,

persiguen

encantadores

no osaré afirmar

si

sois el

contendido ó no.
Quijote, para que

— Eso me
el

basta á mí, respondió
;

Don

crea vuestro engaño

empero

,

para sacaros del de

todo

punto, vengan nuestros caballos; que en menos tiempo que

que tardáredes en

alzaros la visera,

si

Dios,

si

mi señora

y mi brazo

me

valen, veré yo vuestro rostro, y vos veréis

que no soy yo

el

vencido

Don

Quijote que pensáis, n

Con

esto, acortando razones, subieron á caballo, v
las

Don
que

Quijote volvió

riendas a Rocinante, para

tomar

lo

convenia del
y
lo

campo para
hizo
el

volver á encontrar á su contrario,
Espejos; pero no se habia apar-

mismo

de

los

tado
los

Don

Quijote veinte pasos, cuando se oyó llamar del de
el

Espejos; y partiendo los dos
:

camino,

el

de

los

Espe-

jos le dijo

d

Advertid, señor caballero, que

la

condición de

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
nuestra batalla es, que
el

XIV.

II9

vencido,

como

otra vez he dicho,

ha de quedar á discreción

del vencedor.

— Ya
se le

lo sé, respondió

Don
al

Quijote, con

tal

que

lo

que

impusiere y mandare
los límites

vencido han de ser cosas que

no salgan de

de

la caballería.
el

— Así

se entiende»,

respondió

de

los Espejos.

Ofreciéronsele en esto á la vista de
trañas narices del escudero , y

Don

Quijote

las

ex-

no

se

admiró menos de

verlas

que Sancho, tanto, que

le

juzgó por algún monstruo ó por
el

hombre nuevo y de
quiso quedar solo con

aquellos que no se usan en

mundo.

Sancho, que vio partir á su
el

amo

para tomar carrera, no

narigudo, temiendo que con solo un
las

pasagonzalo con aquellas narices en
la

suyas, seria acabada

pendencia suya, quedando, del golpe ó del miedo, tendido
el

en

suelo; y fuese tras su
;

amo,

asido á

una ación de Ro-

cinante
viese
,

y cuando
:

le

pareció que ya era tiempo que vol-

le dijo

^

Suplico a vuesa merced, señor mió, que

antes que vuelva á encontrarse,

me

ayude á subir sobre

aquel alcornoque, de donde podré ver más á
jor que desde
el

mi

sabor,

me-

suelo, el gallardo encuentro

que vuesa mer-

ced ha de hacer con este caballero.

— Antes

creo, Sancho, dijo

Don

Quijote, que

te quieres

encaramar y subir en andamio, por ver sin peligro los toros. La verdad que diga, respondió Sancho, las desaforadas narices de aquel escudero

me

tienen atónito y lleno de
él.

espanto, y no

me

atrevo á estar junto á

Ellas son tales, dijo

Don

Quijote, que, á no ser yo
así,

quien soy, también
á subir

me

asombraran; y

ven, ayudarte he

donde
que

dices.»
se

En

lo

detuvo

Don

Quijote á que Sancho subiese

,

J

20
el

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
alcornoque, tomó
;

en
le

el

de

los Espejos del

campo

lo

que

pareció necesario

y creyendo que

lo

mismo

habria hecho

Don

Quijote, sin esperar son de trompeta ni otra señal que

los avisase, volvió las riendas á su caballo,

que no era más

ligero ni de
rer,

mejor parecer que Rocinante; y á todo su cortrote, iba á encontrar á su
la

que era un mediano

enemigo;
las

pero viéndole ocupado en

subida de Sancho, detuvo

riendas y paróse en la mitad de la carrera, de lo
ballo
verse.

que

el

ca-

quedó agradecidísimo, á causa que ya no podia mo-

Don

Quijote (que

le

pareció que ya su
las

enemigo venia

volando) arrimó reciamente

espuelas á

las trasijadas ijadas

de Rocinante, y
historia

le

hizo aguijar de manera, que cuenta

la

que

esta
las

sola

vez se conoció haber corrido algo,
trotes declarados;
los

porque todas
con
esta

demás siempre fueron
donde
el

v

no

vista furia llegó
las

de

Espejos estaba,
,

hincando á su caballo
le

espuelas hasta los botones

sin

que

pudiese

mover un
Quijote á

solo

dedo del lugar donde habia hecho
esta

estanco de su carrera.
halló
ballo

Don

buena sazón y coyuntura su contrario, embarazado con su ca-

En

y ocupado con su lanza; que nunca ó no acertó ó no
ristre.

tuvo lugar de ponerla en

Don

Quijote, que no mi-

raba en estos inconvenientes, á salvamano y sin peligro al-

guno encontró
de su grado
le

al

de

los

Espejos con tanta fuerza, que mal
al

hizo venir

suelo por las ancas del caballo,
pié ni

dando

tal

caida,

que

sin

mover

mano,

dio señales de

que estaba muerto.

Apenas
,

le

vio caido Sancho,

cuando

se deslizó del alcor,

noque y á toda priesa vino donde su señor estaba
apeándose de Rocinante, fué sobre
tándole
las el

el

cual

de
si

los Espejos, v

qui-

lazadas del yelmo, para ver

era

muerto, v para

SEGUNDA PARTE. CAPITULO
que
le diese el aire si

XIV.

121

acaso estaba vivo,

vio...

¿Quién podrá
y espanto

decir lo
á los

que
lo

vio, sin causar admiración, maravilla

que

oyeren!
el rostro

¡Vio, dice la historia,
el

mismo,
la

la

misma

figura,

mismo
en

aspecto, la

misma

fisonomía,

misma
!

efigie, la

perspetiva
la vio,

misma
altas

del Bachiller Sansón Carrasco
:

Y así como
lo

voces dijo

«

Acude, Sancho, y mira

que

has de ver y no lo has de creer; aguija, hijo, y advierte lo

que puede
cantadores.

la
))

inagia, lo que pueden los hechiceros y los en-

Llegó Sancho, y como vio
rasco,
tantas.

el

rostro del Bachiller

Car-

comenzó

a hacerse mil cruces

y á santiguarse otras
el

En

todo esto no daba inuestras de estar vivo

der-

ribado caballero, y Sancho dijo á
parecer, señor mió, que, por

Don

Quijote

:

ci

Soy de

ó por no, vuesa merced hinel

que y meta
chiller

la

espada por
:

la

boca á éste que parece
él

Ba-

Sansón Carrasco

quizá matará en

á alguno de sus

enemigos

los encantadores.

— No
migos
los

dices

mal,

dijo

Don

Quijote, porque de los ene-

menos.))
la

Y sacando
sejo
las

espada, para poner en efecto
el

el

aviso y con-

de Sancho, llegó

escudero del de

los

Espejos, ya sin

narices
:

que tan feo

le

habian hecho, y á grandes voces
lo

dijo

«Mire vuesa merced,
que ése que tiene á
,

que hace, señor

Don Qui-

jote

;

los pies es el Bachiller
))

Sansón Car-

rasco

« ¿

Y Y las A lo

amigo y yo soy su escudero. viéndole Sancho sin aquella fealdad primera,
su
,

le dijo:

narices

?

))

que

él

respondió

:

«

Aquí

las

tengo en

la

faldrique-

ra»; V

echando mano

á la

derecha, sacó unas narices de

»

!

122

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
quedan

pasta y barniz, de máscara, de la manifatura que
delineadas.

mirándole más y más Sancho, con voz admirativa y (i¡ Santa María, y valme! Este ¿no es Tomé grande dijo
:

Y

Cecial ,

—Y
dero.

mi vecino y mi compadre ¡cómo si lo soy! respondió
los

el

ya desnarigado escu-

Tomé

Cecial soy, compadre y amigo Sancho Panza;

y luego os diré

arcaduces, embustes y enredos por donde
al

soy aquí venido; y en tanto pedid y suplicad
tro

señor vuesal

amo que no
los Espejos,

toque, maltrate, hiera
á sus pies tiene;

ni

mate
sin

Caballero

de

que

porque

duda alguna

es el atrevido

y mal aconsejado del Bachiller Sansón Car-

rasco, nuestro compatrioto.

En esto volvió en sí el de los Espejos, Don Quijote, le puso la punta desnuda de
del rostro y le dijo
:

lo cual visto

por

su espada
si

encima

«

Muerto

sois, caballero,

no confesáis

que

la sin

par Dulcinea del Toboso se aventaja en belleza á

vuestra Casildea de Vandalia; y

demás de

esto, habéis de

prometer,
de
ir

si

de esta contienda y caida quedáredes con vida,

Toboso, y presentaros en su presencia, de mi parte, para que haga de vos lo que más en voluntad
á la ciudad del
le viniere;

y

si

os dejare en la vuestra,
el

asimismo habéis de

volver á buscarme (que

rastro de

mis hazañas os servirá

de guía que os traiga donde yo estuviere), y á decirme lo

que con
á las

ella

hubiéredes pasado

:

condiciones que , conforme
batalla,

que pusimos antes de nuestra
la

no salen de

los

términos de

— Confieso,
que
las

andante caballería.
dijo el caido caballero,

que vale más

el

za-

pato descosido y sucio de la señora Dulcinea del Toboso,

barbas mal peinadas, aunque limpias, de Casildea;

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
y prometo de
ros entera
ir

XIV.
la

I

23

y volver de su presencia á

vuestra, y da-

y particular cuenta de lo que me pedis. También habéis de confesar y creer, añadió Don Qui-

jote,

que aquel caballero que vencistes no fué
Quijote de
la

ni

pudo

ser

Don
ller

Mancha,
no
lo

sino otro que se le parecia,
el

como yo

confieso y creo
,

que vos, aunque parecéis
sois
,

Bachi-

Sansón Carrasco

sino otro que le parece

y que, en su figura, aquí me le han puesto mis enemigos, para que detenga y temple el ímpetu de mi cólera, y para

que use blandamente de

la gloria del

vencimiento.
lo creéis,
:

—Todo

lo confieso,

juzgo y siento como vos
el

juzgáis y sentis, respondió
levantar, os ruego,
si

derrengado caballero
lo

dejadme

es

que

permite

el

golpe de

mi

caida,

que asaz maltrecho

me

tiene.»

Ayudóle

á levantar

Don

Quijote y

Tomé

Cecial, ó su

escudero, del cual no apartaba los ojos Sancho, preguntándole cosas, cuyas respuestas le daban manifiestas señales de

que verdaderamente era

el

Tomé

Cecial que decia;

mas

la

aprehensión que en Sancho habia hecho lo que su
dijo,

amo

de que

los

encantadores hablan
la del

mudado

la figura del

Caballero de los Espejos en

Bachiller Carrasco, no le

dejaba dar crédito á la verdad que con los ojos estaba mirando.

engaño amo y mozo; y el de los Espejos y su escudero, mohínos y malcon andantes se apartaron de Don Quijote y Sancho
Finalmente,
se

quedaron con

este

,

,

intención de buscar

el

vencido algún lugar donde bizmarse

y entablarse

las

costillas.

Don

Quijote y Sancho volvieron
los deja la historia,

á proseguir su

camino, donde
el

por dar

cuenta de quién era
gante escudero.

Caballero de los Espejos y su nari-

124

^^^ QUIJOTE DE LA MANCHA.

CAPITULO XV.
Donde
se

cuenta y da noticia de quién era

el

Caballero de

los

Espejos

y su escudero.

En extremo
llero,

contento, ufano y vanaglorioso iba

Don

Quijote, por haber alcanzado vitoria de tan valiente caba-

como

él

se

imaginaba que era

el

de
si el

los

Espejos, de

cuya caballeresca palabra esperaba saber

encantamento
el
tal

de su señora pasaba adelante; pues era forzoso que

vencido caballero volviese, so pena de no serlo, á darle ra-

zón de
saba

lo

que con

ella le

hubiese sucedido. Pero uno penel

Don

Quijote, y otro

de

los

Espejos, puesto que por

entonces no era otro su pensamiento, sino buscar dónde

bizmarse,

como

se

ha dicho. Dice, pues,

la historia

que

cuando
jote

el

Bachiller Sansón Carrasco aconsejó á

Don Qui,

que volviese á proseguir

sus dejadas caballerías
el

fué por

haber entrado primero en bureo con

Cura y

el

Barbero

sobre qué medio se podria tomar para reducir á
jote á
le

Don Quisin

que

se estuviese

en su casa quieto y sosegado,

que

alborotasen sus mal buscadas aventuras; de cuyo consejo

salió,

por voto

rasco,

de todos y parecer particular de Carque dejasen salir á Don Quijote, pues el detenerle
le saliese
al

común

parecía imposible, y que Sansón

camino como

caballero andante, y trabase batalla con él, pues no filtaria

sobre qué, y

le

venciese, teniéndolo por cosa fácil; v que

fuese pacto y concierto

que

el

vencido quedase á merced del
Quijote,
le

vencedor; y
el

así,

vencido

Don

habia de mandar

Bachiller caballero se volviese á su pueblo y casa, v no

saliese dclla

en dos aiíos, ó hasta tanto que por

el

le

fuese

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
mandada
otra cosa, lo cual era claro

XV.

I

25

que

Don

Quijote, ven-

cido, cumplirla indubitablemente, por no contravenir y faltar á las leyes

de

la caballería; le

y podria ser que en

el

tiempo

de su reclusión se

olvidasen sus vanidades, ó se diese lu-

gar de buscar á su locura algún conveniente remedio.

Habló
Cecial,

dello Carrasco, y ofreciósele por escudero

Tomé
,

compadre y vecino de Sancho Panza, hombre alegre y de lucios cascos. Armóse Sansón como queda referido y Tomé Cecial acomodó sobre sus naturales narices las falsas
,

y de máscara ya dichas, porque no fuese conocido de su

compadre cuando
que llevaba

se viesen;

y

así

siguieron

el

mismo

viaje
la

Don

Quijote, y llegaron casi á hallarse en
la

aventura del carro de
ellos

en

el

Muerte; y finalmente, dieron con bosque, donde les sucedió todo lo que el prusi

dente ha leido; y
dinarios de

no fuera por
,

los

pensamientos extraordio á entender que
el

Don
el

Quijote

que

se

Bachiller no era

Bachiller, el señor bachiller quedara
,

im-

posibilitado para siempre de graduarse de licenciado

por no

haber hallado nidos donde pensó hallar pájaros.

Tomé
seos, y el

Cecial, que vio cuan

mal hablan logrado

sus dedijo al

mal paradero que habia tenido su camino,

Bachiller:

«Por

cierto, señor
:

Sansón Carrasco, que tenemos
se piensa

nuestro merecido

con facilidad

y

se

acomete una

empresa; pero con dificultad

las inás
:

veces se sale della.

Don

Quijote loco, nosotros cuerdos

él se

va sano y riendo, vuesa

merced queda molido y triste. Sepamos, pues, ahora cuál ó el que lo es más loco ¿ el que lo es por no poder menos
:

,

es

por su voluntad?»

A

lo

que respondió Sansón
dos locos es
,

:

«La
lo es

diferencia

que hay en-

tre esos

que

el

que

por fuerza lo será siem-

120
pre, y el

DON (^JIJÓTE DE LA MANCHA.
que
lo es

de grado lo dejará de ser cuando quisiere.

— Pues

así es, dijo

Tomé

Cecial, yo fui por

mi voluntad

cuando quise hacerme escudero de vuesa merced, y por la misma quiero dejar de serlo, y volverme á mi casa.
loco,

— Eso
,

os

cumple, respondió Sansón; porque pensar que
la

yo he de volver á
Quijote
buscarle
es
el

mia hasta haber molido
:

á palos á

Don
ven-

pensar en lo excusado

y no

me

llevará ahora á
el

deseo de que cobre su juicio, sino
el

de

la

ganza; que
cer

dolor grande de mis costillas no
discursos.»

me

deja ha-

más piadosos
esto fueron

En
se

razonando

los

dos hasta que llegaron á un

pueblo, donde fué ventura hallar un algebrista, con quien

curó

el él

Sansón desgraciado.

Tomé

Cecial se volvió y

le

dejó, y

quedó imaginando su venganza; y la historia vuelve á hablar del á su tiempo, por no dejar de regocijarse

ahora con

Don

Quijote.

CAPITULO
De
lo

XVI.
la

que sucedió á

Don

Quijote con un discreto caballero de

Mancha.

Con
guia

la alegría,

contento y ufanidad que se ha dicho, sela

Don

Quijote su jornada, imaginándose por

pasada

Vitoria ser el caballero

andante más valiente que tenia en
á felice
allí

aquella edad

el

mundo. Daba por acabadas y
á los encantos y á los

ñn conadelante;

ducidas cuantas aventuras pudiesen sucederle de
tenia en

poco
los

encantadores; no se
el

acordaba de

innumerables palos que en
la

discurso de sus
le

caballerías le
la

habían dado, ni de

pedrada que

derribó
los

mitad de

los dientes, ni del

desagradecimiento de

ga-

leotes, ni del atrevimiento

y

lluvia de estacas de los

yangüe-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
ses;

XVI.

I

27

finalmente, decia entre

que

si

él hallara arte,

modo
el

ó manera

cómo

desencantar á su señora Dulcinea, no invi-

diaria á la

mayor ventura que alcanzó ó pudo alcanzar
caballero andante de los pasados siglos.

más venturoso

En
le dijo

estas
:

imaginaciones iba todo ocupado, cuando Sancho
es

«¿No

bueno, señor, que aun todavía traigo entre
y mayores de marca, de mi

los ojos las desaforadas narices,

compadre

—Y
los

Tomé

Cecial?

¿crees tú,
el

Sancho, por ventura, que

el

Caballero

de

Espejos era

Bachiller Carrasco, y su escudero

Tomé

Cecial, tu compadre?

— No
las

qué

que
las

señas

me diga á eso, respondió Sancho; sólo sé que me dio de mi casa, mujer y hijos, no me
él

podria dar otro que

mesmo; y

la cara,

quitadas

las

misma de Tomé Cecial, como yo se la he visto muchas veces en mi pueblo, y, pared en medio, de mi misma casa; y el tono de la habla era todo uno. Estemos á razón, Sancho, replicó Don Quijote. Ven
narices, era la


:

acá

¿en qué consideración puede caber que

el

Bachiller

Sansón Carrasco viniese

como

caballero andante,

armado

de armas ofensivas y defensivas, á pelear conmigo?

¿He

sido

yo su enemigo por ventura? ¿Hele dado yo jamas ocasión
para tenerme ojeriza? ¿Soy yo su rival, ó hace
él

profesión
ellas

de

las

armas, para tener invidia á

la

fama que yo por

he ganado?

—-Pues
Y si

¿qué diremos, señor, respondió Sancho, á esto
el

de parecerse tanto aquel caballero, sea
Bachiller Carrasco, y su escudero á

que

se fuere, al

Tomé

Cecial,

mi com-

padre

!

ello es

encantamento
el

,

como

vuesa merced ha di-

cho, ¿no habia en

mundo

otros dos á quien se parecieran?

128

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
es artificio

— Todo
los

y traza, respondió

Don

Quijote, de

malignos magos que

me

persiguen, los cuales, anteviendo
la

que yo habia de quedar vencedor en
nieron de que
el

contienda, se previel

caballero vencido mostrase

rostro de

mi
pu-

amigo

el

Bachiller, porque la amistad

que

le

tengo

se

siese ante los filos

de mi espada y

el

rigor de

mi brazo, v

templase

la
el

justa ira de

mi corazón, y

desta

manera quedase

con vida
la

que con embelecos v

falsías

procuraba quitarme

mia. Para prueba de lo cual, ya sabes ¡oh Sancho! por
fácil

experiencia, que no te dejará mentir ni engañar, cuan
sea á los encantadores

mudar unos

rostros en otros

,

haciendo
dias

de

lo

hermoso
viste

feo y de lo feo

hermoso; pues no há dos
la

que

por tus mismos ojos

hermosura y

gallardía de

la sin

par Dulcinea en toda su entereza v natural conforla

midad, y yo la vi en dora, con lagañas en

fealdad y bajeza de una zafia labra-

los ojos

y con mal olor en

la

boca

:

así

que

,

el

perverso encantador que se atrevió á hacer una transes

formación tan mala, no
Sansón Carrasco y
ria del
la

mucho que haya hecho
la

la

de

de tu compadre, por quitarme
las

glo-

vencimiento de

manos; pero, con todo

esto,

me

consuelo, porque, en fin, en cualquiera figura que haya
sido,

— Dios sabe
como
él

he quedado vencedor de mi enemigo.
la

verdad de todo», respondió Sancho; que
la

sabia

que

transformación de Dulcinea habia sido
le satisfacian
las

traza y

embeleco suyo, no
le

quimeras de su

amo; pero no

quiso replicar, por no decir alguna palabra

que descubriese su embuste.

En

estas

razones estaban, cuando los alcanzó un hombre,
dellos

que detras

por

el

mismo camino

venia sobre una

mu\

hermosa yegua

tordilla, vestido

un gabán de paño

fino verde,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XVI.

I

29

jironado de terciopelo leonado, con una montera del
terciopelo;
el

mismo
la ji-

aderezo de

la

yegua era de campo y de

neta, asimismo de leonado y verde; traia

un

alfanje morisco,
los

pendiente de un ancho tahalí de verde y oro, y
guíes eran de la labor del tahalí;
las

borce-

espuelas no eran dora-

das, sino dadas con un barniz verde, tan tersas y bruñidas,

que, por hacer labor con todo

el

vestido, parecían mejor

que

si

fueran de oro puro.
llegó
á
ellos
el

Cuando

caminante,

los

saludó

cortes-

mente, y picando á la yegua, se pasaba de largo; pero Quijote le dijo: «Señor galán, si es que vuesa merced

Don
lleva

camino que nosotros, y no importa el darse ced recibirla en que nos fuésemos juntos.
el

priesa,

mer-

— En

verdad, respondió
si

el

de

la

yegua, que no
la

me

pa-

sara tan de largo,

no fuera por temor que con
se alborotara ese caballo.

compa-

ñía de

— Bien puede,
las

mi yegua no

señor, respondió á esta sazón Sancho, bien

puede tener
es el

riendas á su yegua, porque nuestro caballo
:

más honesto y bien mirado del mundo jamas en semejantes ocasiones ha hecho vileza alguna, y una vez que se
desmandó
tenas.

á hacerla, lo lastamos

mi señor y yo con

las sesi

Digo

otra vez

que puede vuesa merced detenerse,
se la

quisiere;

que aunque
el

den entre dos platos, á buen
n

se-

guro que

caballo no la arrostre,

Detuvo

la

rienda

el

caminante, admirándose de
Quijote,
el

la

apos-

tura y rostro de

Don

cual iba sin celada; que la
el

llevaba Sancho,

como
si

maleta, en

arzón delantero de
lo
al

la

albarda del Rucio; y

Quijote,

mucho miraba el de mucho más miraba Don Quijote
hombre de chapa
:

verde á

Don

de lo verde,
ser de cin-

pareciéndole

la

edad mostraba

I

iQ

DON ^LJlJülE DE LA MANXHA.
las

cuenta años,
tre alegre

canas pocas y

el rostro

aguileno,

la vista

en-

y grave; finalmente, en el traje y apostura daba á entender ser hombre de buenas prendas. Lo que juzgó de

Don
jante

Quijote de

la

Mancha

el

de lo verde fué, que semele

manera
la

ni parecer de

hombre no
,

habia visto jamas

:

admiróle
la

longura de su caballo

la

grandeza de su cuerpo,

flaqueza y amarillez de su rostro, sus armas, su
visto

ademan

y compostura, figura y retrato no
atrás

por luengos tiempos

en aquella

tierra.

Notó bien Don Quijote
le

la

atención con que

el

caminante
era tan
le

miraba, y leyóle en

la

supension su deseo; y

como
que

cortés y tan

amigo de dar gusto
le salió
al

á todos, antes
:

pre-

guntase nada,

camino, diciéndole
visto,
se

«Esta figura,

que vuesa merced en mí ha
fuera de
las

por ser tan nueva y tan
,

que comunmente

usan

no

me

maravillaria

yo de que

le

hubiese maravillado; pero dejará vuesa merced
le

de estarlo, cuando
destos

diga,

como

le

digo, que soy caballero

que dicen

las

gentes que á sus aventuras van. Salí de
dejé

mi

patria,

empeñé mi hacienda,
los

mi

regalo, y entrellevasen

gúeme en
más
ballería;

brazos de la fortuna, que

me

donde

fuese servida. Quise resucitar la ya

muerta andante caallí,

y há

muchos

dias

que tropezando aquí, cayendo
acullá,

despeñándome acá y levantándome
parte de

he cumplido gran

mi deseo, socorriendo

viudas,

amparando doncellas

y favoreciendo casadas, huérfanos y pupilos, propio y natural oficio de caballeros andantes y así, por mis valerosas,
:

muchas y cristianas hazañas, he merecido andar ya en estampa en casi todas ó las más naciones del mundo. Treinta
mil volúmenes se han impreso de mi historia, y lleva ca-

mino de imprimirse

treinta mil millares de veces,

si el

cielo

»

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
no
lo

XVI.

I3I

remedia. Finalmente, por encerrarlo todo en breves

palabras, ó en

una
otro

sola,

digo que yo soy
el

Don

Quijote de

la

Mancha, por

nombre llamado

Caballero de la Triste

Figura; y puesto que las propias alabanzas envilecen, esme forzoso decir yo tal vez las mias y esto se entiende cuando
,

no

se

halla presente quien las diga: así que, señor gentil
ni este caballo, ni esta lanza, ni este escudo, ni

hombre,

este escudero, ni todas juntas estas

armas, ni

la

amarillez de

mi

rostro, ni

mi atenuada

flaqueza, os podrán admirar de
la profesión

aquí adelante, habiendo ya sabido quién soy y

que hago.
Calló en diciendo esto

Don

Quijote, y

el

de

lo

verde,

según

se

tardaba en responderle, parecía que no acertaba á
allí

hacerlo; pero de

á

buen espacio

le dijo

:

«Acertastes,

señor caballero

,

á conocer por

pero no habéis acertado á
causa
el

mi suspensión mi deseo quitarme la maravilla que en mí

haberos visto; que puesto que (como vos, señor,

decís) el saber ya quien sois
así; antes

me

la

podría quitar

,

no ha sido

agora que
!

llado,
i

Cómo
!

y
,

¿

es

quedo más suspenso y maraviposible que hay hoy caballeros andanlo sé,

tes

en

el

mundo

v que hay historias impresas de verdaderas
podia persuadir que haya hoy en
la tierra

caballerías

No me

quien favorezca viudas, ampare doncellas, ni honre casadas,
ni socorra huérfanos... y

no

lo creyera,
ojos,
i

si

en vuesa merced
el cielo
!

no

lo

hubiera visto con mis
historia,

Bendito sea

que

con esa
de sus
vido

que vuesa merced dice que
,

está impresa,
ol-

altas

y verdaderas caballerías

se

habrán puesto en

las

innumerables de
el

los fingidos caballeros

andantes, de

que estaba lleno

mundo,

tan en daño de las buenas coslas

tumbres V tan en perjuicio y descrédito de

buenas

historias.

Ij2

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
decir, respondió

— Hay mucho que
zón de
si

Don
de

Quijote, en ralos

son fingidas ó no

las historias

andantes ca-

balleros.

— Pues ¿hay quien dude, respondió
falsas las tales historias?

el

Verde, que no son

— Yo
aquí;

lo
si

dudo, respondió

que

Quijote; y quédese esto nuestra jornada dura, espero en Dios de dar á
irse

Don

entender á vuesa merced que ha hecho mal en

con

la

corriente de los que tienen por cierto que no son verdaderas.
))

Desta última razón de

Don

Quijote tomó barruntos

el

caminante de que

Don

Quijote debia de ser algún mente-

cato, y aguardaba que con otras lo confirmase; pero antes

que
rogó

se divirtiesen en otros
le dijese

razonamientos,
él

Don
el del

Quijote

le

quién era, pues

le

habia dado parte de su

condición y de su vida.

A

lo

que respondió
la

Verde Ga-

bán

:

M

Yo,

señor Caballero de

Triste Figura, soy un hi-

dalgo, natural de un lugar, donde iremos á

comer hoy,
vida con

si

Dios fuere servido; soy más que medianamente rico, y

es

mi nombre don Diego de Miranda; paso
de
la

la

mi

mujer y con mi hijo y con mis amigos. Mis
el

ejercicios son

caza y pesca; pero no mantengo ni halcón ni galgos, sino algún perdigón manso ó algún hurón atrevido.
hasta seis docenas de libros
,

Tengo

cuáles de

romance v

cuáles de latin, de historia algunos, y de devoción otros; los

de caballerías aun no han entrado por
puertas.

los

umbrales de mis
los

Hojeo más

los

que son profanos que

devotos,
el

como

sean de honesto entretenimiento, que deleiten con

lenguaje, y admiren y suspendan con la invención, puesto

que destos hay

muy

pocos en Espaíía. Alguna vez

cómo con

»

»

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
mis vecinos y amigos
,

XVI.

I

33

y muchas veces

los

convido

:

son mis

convites limpios y aseados, y no nada escasos.

murmurar,
escudriño
otros.

ni consiento

que delante de mí

se

Ni gusto de murmure; no
los

las

vidas ajenas, ni soy lince de los vicios de los
dia; reparto de

Oigo misa cada

mis bienes con

po-

bres, sin hacer alarde de las buenas obras, por no dar en-

trada en

mi corazón
se

á la hipocresía y vanagloria,

enemigos

que blandamente

apoderan del corazón más recatado; pro-

curo poner en paz

los

que
,

que están desavenidos soy de;

voto de Nuestra Señora y confio siempre en
infinita

la

misericordia

de Dios, Nuestro Señor.
la relación

Atentísimo estuvo Sancho á
tretenimientos del hidalgo
;

de

la

vida y en,

que quien

la

y pareciéndole buena y santa y hacia debia de hacer milagros, se arrojó del
le

Rucio, y con gran priesa

fué á asir del estribo derecho,

y con devoto corazón y

casi

lágrimas

le

besó los pies una y

muchas

veces.
el

Visto lo cual por

hidalgo ,

le

preguntó

:

»

¿

Qué

hacéis

hermano! ¿Qué besos son

estos!

— Déjenme

besar, respondió Sancho, porque

me

parece

vuesa merced

el

primer santo á
vida.
el

la jineta

que he

visto

en to-

dos los dias de

mi

— No soy santo, respondió
vos,
sí,

hidalgo, sino gran pecador;
ser

hermano, que debéis de

bueno, como vuestra

simplicidad lo muestra.

Volvió Sancho á cobrar
plaza
la risa

la

albarda

,

habiendo sacado á

de

la

profunda malencolía de su amo, y cau-

sado nueva admiración á don Diego. Preguntóle
jote

Don Quien

que cuántos
el

hijos tenia,

y

díjole

que una de
,

las cosas

que ponian

sumo

bien los antiguos filósofos

que carecie-

1^4

í^<-^^'

QUIJOTE DE LA MANCHA.
ios

ron del verdadero conocimiento de Dios, fué en

bienes

de

la

naturaleza, en los de la fortuna, en tener

muchos ami-

gos, y en tener

muchos y buenos

hijos.
el

«Yo, señor Don Quijote, respondió
hijo,

hidalgo, tengo un

que

á

no tenerle, quizá
él

me
sea

juzgara por más dichoso

de lo que soy, y no porque
tan

malo, sino porque no

es

bueno como yo
:

quisiera. Será de

edad de diez y ocho
las

años

los seis

ha estado en Salamanca aprendiendo

len-

guas latina y griega; y cuando quise que pasase á estudiar otras ciencias hállele tan embebido en la de la poesía (si es
,

que

se

puede llamar ciencia), que no

es posible hacerle ar-

rostrar la de las leyes,

que yo quisiera que estudiara,

ni la

reina de todas, la Teología. Quisiera yo que fuera corona

de su

linaje,

pues vivimos en siglo donde nuestros reyes prelas

mian altamente
en averiguar
Ilíada,
si
si

virtuosas y buenas letras;

porque

letras

sin virtud son perlas
si

en

el

dijo bien ó

Todo el dia se le pasa mal Homero en tal verso de la
muladar.
tal

Marcial anduvo deshonesto ó nó en

epigrama,
tales ver-

se

han de entender en una manera ú otra
fin, todas sus

tales

y

sos

de Virgilio; en

conversaciones son con los
los

libros de los referidos poetas

y con

de Horacio, Persio,

Juvenal y Tibulo; que de

los
el

modernos romancistas no hace
mal cariño que muestra tener
agora desvanecidos
le

mucha

cuenta

:

y con todo

á la poesía de

romance,

le tiene

los

pen-

samientos

el

hacer una glosa á cuatro versos que

han en-

viado de Salamanca, y pienso que son de justa literaria, n A todo lo cual respondió Don Quijote Los hijos, se:
^*

ñor, son pedazos de

las

entrañas de sus padres, y

así se

han
las

de querer, ó buenos ó malos que sean,

como

se

quieren

almas que nos dan vida

:

á los padres toca el

encaminar-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
los

XVI.

I35

desde pequeños por
las

los pasos

de

la

virtud, de la

buena

crianza y de

buenas y cristianas costumbres, para que
la vejez

cuando grandes sean báculo de
ria

de sus padres y glode su posteridad; y en lo de forzarles que estudien esta 6
,

aquella ciencia
dirles

no

lo

tengo por acertado aunque
,

el

persua-

no

será dañoso; y
y

cuando no

se
el

ha de estudiar para

pane lucrando
el cielo

siendo tan venturoso

estudiante que le dio
le

padres que se lo dejen, seria yo de parecer que

dejen seguir aquella ciencia á que

más
útil

le

vieren inclinado;
,

y aunque
es

la

de

la

poesía es

menos

que deleitable
las

no

de aquellas que suelen deshonrar á quien

posee.

La

poesía, señor hidalgo, á
tierna

mi parecer,

es

coino una doncella

y de poca edad y en todo extremo hermosa, á quien

tienen cuidado de enriquecer, pulir y adornar otras
doncellas, que son todas
servir de todas,
esta tal doncella
calles, ni
las otras ciencias;

muchas
ha de
pero
las

y

ella se
ella;

y todas

se

han de autorizar con
ser

no quiere
las

manoseada,
las

ni traida

por

publicada por

esquinas de

plazas ni por los

rincones de los palacios. Ella es hecha de una alquimia de
tal

virtud,

que quien

la

sabe tratar la volverá en oro puríel

simo, de inestimable precio. Hala de tener,
á raya,

que

la tuviere,

no dejándola correr

si
,

ya no fuere en poemas heroió en comedias alegres y
arti-

cos

,

en lamentables tragedias
,

ficiosas

no en torpes

sátiras ni

en desalmados sonetos

;

no ha

de ser vendible en ninguna manera; no se ha de dejar tratar

de

los

truhanes ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer

ni estimar los tesoros
,

que en

ella se encierran.
la

Y no

penséis

señor que yo llamo aquí vulgo solamente á

gente plebeya

y humilde; que todo aquél que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo y así,
:

I

j6

DON QUIJOTE DE LA MAN'CHA.
los requisitos

el

que con

que he dicho

tratare y tuviere á la

poesía, será famoso, y estimado su

nombre en

todas

las

na-

ciones políticas del

mundo.

Y
la

á lo

que decís,

seííor,

que

vuestro hijo no estima
á entender
es ésta
:

mucho

poesía de romance,

doyme

que no anda
grande

muy

acertado en ello, y la razón
escribió en latin
,

el

Homero no

porque era

griego; y Virgilio no escribió en griego, porque era latino.

En

resolución

,

todos los poetas antiguos escribieron en la

lengua que

mamaron

en

la

leche, y no fueron á buscar

las

extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo
esto así, razón seria se extendiese esta
las

costumbre por todas
el

naciones, y que no se desestimase

poeta alemán por-

que escribe en su lengua,

ni el castellano, ni

aun

el

viz-

caíno, que escribe en la suya. Pero vuestro hijo, á lo que

yo, seríor, imagino, no debe de estar mal con

la

poesía de

romance, sino con
sin saber otras

los

poetas que son meros romancistas,
,

lenguas ni otras ciencias
:

pierten y ayuden á su natural impulso

que adornen y desy aun en esto puede
el

haber yerro; porque, según

es

opinión verdadera,

poeta

nace; quiere decir, que del vientre de su
tural sale poeta,
sin

madre
le

el

poeta nael cielo,

y con aquella inclinación que
,

dio

más

estudio ni artificio
al

dadero

que

dijo

:

compone cosas que hacen verEst Deus in mhis etc. También digo
,

que

el

natural poeta

que
al

se

ayudare del arte, será

mucho
el arte,

mejor, y se aventajará
quisiere serlo.
la

poeta que sólo por saber

La razón

es,

porque
:

el arte

no

se aventaja á
la

naturaleza, sino perficiónala
el

así

que, mezcladas

natu-

raleza y

arte, y el arte

con

la

naturaleza, sacarán un per-

fetísimo poeta. Sea, pues, la conclusión de

mi

plática, seíior

hidalgo, que vuesa

merced deje caminar

á su hijo

por donde

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
SU estrella
le

XVI.

I

37

llama; que siendo

él

tan

buen estudiante como
el

debe de
calón de

ser,

y habiendo ya subido felicemente
,

primer
ellas
,

es-

las ciencias

que

es el

de

las

lenguas

,

con

por

mesmo

subirá á la

cumbre de

las letras

humanas

las
,

cua-

les
le

tan bien parecen en un caballero de capa y espada

y

así

adornan, honran y engrandecen,

como

las

mitras á los

obispos ó

como

las

garnachas á
á su hijo,
si

los peritos jurisconsultos.

Riña vuesa merced

hiciere sátiras

que perjudisi

quen

las

honras ajenas, y castigúele y rómpaselas; pero
al

hiciere sermones

vicios, en general,

modo como

de Horacio

,

donde reprehenda

los

tan elegantemente él lo hizo, alá-

bele;

porque

lícito es al

poeta escribir contra
los invidiosos,

la invidia,

y

decir en sus versos
vicios,

mal de

y

así

de

los otros

con que no señale persona alguna; pero hay poetas
se

que, á trueco de decir una malicia,

pondrán á peligro
Si el

que

los destierren á las costas del

Ponto.

poeta fuere

casto en sus costumbres, lo será también en sus versos.

La
los

pluma
en

es

lengua del alma; cuales fueren

los

conceptos que
:

ella se

engendraren

,

tales serán sus escritos

y cuando

reyes y príncipes ven la milagrosa ciencia de la poesía en
sujetos prudentes, virtuosos

man

y

los

y graves, los honran, los estienriquecen, y aun los coronan con las hojas del
el

árbol á quien no ofende

rayo ,

como

en señal que no han
coronas ven hon-

de ser ofendidos de nadie

los

que con
¡i

tales

radas y adornadas sus sienes,

Admirado quedó
de

el

del

Verde Gabán del razonamiento
la

Don

Quijote, y tanto, que fué perdiendo de
él

opinión

que con
plática,

tenia de ser mentecato.
ser

Pero á

la

mitad desta

Sancho, por no

muy

de su gusto, se habia des-

viado del camino á pedir un poco de leche á unos pasto-

I3H
res,

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
que
allí

junto estaban ordeñando
la plática el

unas ovejas; y en

esto ya volvía á renovar

hidalgo, satisfecho en

extremo de

la

discreción y

buen discurso de
la

Don

Quijote,
el

cuando alzando

Don

Quijote

cabeza, vio que por

ca-

mino por donde

ellos

iban, venia un

carro adornado de

banderas reales; y creyendo que debia de ser alguna nueva
aventura, á grandes voces llamó á Sancho, que viniese á
darle la celada, el cual Sancho, oyéndose llamar, dejó los

pastores, y á toda priesa picó

al

Rucio, y llegó donde su

amo

estaba, á quien sucedió

una espantosa y desatinada

aventura.

CAPITULO
Donde
se declara el

XVII.

ánimo de Don Ouijotc, con

último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito la felicemente acabada aventura de los leones.

Llegando

el

autor desta grande historia á contar lo que

en este capítulo cuenta, dice que quisiera pasarle en silencio,

temeroso de que no habia de ser creido; porque

las lo-

curas de

Don
más

Quijote llegaron aquí

al

término y raya de
tiros

las

mayores que pueden imaginarse, y aun pasaron dos
ballesta
este
allá

de

de
,

las
las

mayores. Finalmente, aunque con
escribió de la

miedo y

recelo

misma manera que
átomo de
la

él las

hizo, sin añadir ni quitar á la historia un
las

verdad, sin dársele nada por

objeciones que podian po-

nerle de mentiroso; y tuvo razón,

porque

la

verdad adel-

gaza y no quiebra, y siempre anda sobre
el

la

mentira

como
trúlos

aceite sobre el agua;

y

así,

prosiguiendo su historia, dice
le

que cuando
jese el

Don

Quijote daba voces á Sancho que
él

yelmo, estaba

comprando unos requesones que

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
pastores le

XVII.

I

39

vendían; y acosado de

la

mucha

priesa de su

amo, no supo qué hacer
perderlos (que ya los
la

y por no tenia pagados), acordó de echarlos en
dellos ni en

qué

traerlos;

celada de su señor, y con este buen recado volvió á ver lo
le

que

queria;

el

cual, en llegando, le dijo

:

«

Dame, amigo,
lo

esa celada;

que yo

poco de aventuras, ó

que

allí

des-

cubro

es

alguna que

me

ha de necesitar y

me

necesita á to-

mar mis armas.
El del Verde Gabán, que esto oyó, tendió
todas partes, y no descubrió otra cosa que
cia ellos venia
la vista

por

un carro que ha,

con dos ó
el

tres

banderas pequeñas

que

le die-

ron á entender que

tal

carro debia de traer hacienda de

Su Majestad, y

así se lo dijo á

Don

Quijote; pero

él

no

le

dio crédito, siempre creyendo y pensando que todo lo que
le

sucediese hablan de ser aventuras y
al

respondió
tido.

hidalgo

:

«

más aventuras, y así Hombre apercebido, medio comba-

No

se pierde

nada en que yo

me

aperciba; que sé por

experiencia que tengo enemigos visibles é invisibles, y no

cuándo,

ni

adonde,
:

ni

en qué tiempo, ni en qué figuras
le

me
le

han de acometer «
al

y volviéndose á Sancho ,

pidió la

celada,

cual,

fué forzoso

como no tuvo lugar de sacar los requesones, dársela como estaba. Tomóla Don Quijote, y
lo

sin

que echase de ver
en
la

que dentro venia, con toda priesa

se la encajó

cabeza; y

como

los

requesones se apretael

ron y exprimieron,
rostro y barbas de

comenzó

á correr el suero por todo
tal

Don

Quijote, de lo que recibió
será esto,

susto,

que que

dijo á
se

Sancho: «¿Qué
ablandan

Sancho, que parece
derriten los sesos,

me

los cascos,

ó

se

me
si

ó que sudo de

los pies á la

cabeza!

Y

es

que sudo, en veres terrible la

dad que no

es

de miedo. Sin duda creo que

I^O

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.

aventura (|ue agora quiere sucederme.

qué

me

limpie; que

el

copioso sudor

Dame, si tienes, con me ciega los ojos.»
él

Calló Sancho y dióle un parió, y dio con

gracias á

Dios de que su señor no hubiese caido en

el

caso.

Limpióse
la

Don

Quijote, y quitóse
le

la

celada por ver qué cosa era

que, á su parecer,

enfriaba la cabeza, y viendo aquellas
la

gachas blancas dentro de
en oliéndolas, dijo
:

celada, las llegó á

las

narices, v

«

¡Por vida de mi señora Dulcinea del
los

Toboso, que son requesones
traidor, bergante

que aquí
>)

me

has puesto,

y mal mirado escudero!

A
cho
:

lo
«

que con gran flema y disimulación respondió SanSi

son requesones

,

démelos vuesa merced
el

;

que vo
de ser

me
el

los

comeré... pero cómalos
los

diablo, que

debi(')

que ahí
el

puso.

¡Yo habia de tener atrevimiento de en! i

suciar

yelmo de vuesa merced
la fe,

tlalládole habéis el atre-

vido!

A

señor, á lo que Dios

me

da á entender, tam-

bién debo yo de tener encantadores que
á

me

persiguen

,

como

hechura y miembro de vuesa merced; v habrán puesto

ahí esa inmundicia para
cer que

mover

á cólera su paciencia, y halas costillas.

me

muela, como suele,

Pues en verdad,
el

que

esta vez

han dado

salto

en vago; que yo confio en

buen discurso de mi señor, que habrá considerado que
yo tengo requesones,
ni leche, ni otra cosa

ni

que

lo valga;

y
la

que

si

la tuviera,

antes la pusiera en

mi estómago que en

celada.

— Todo puede
el

ser», dijo

Don

Quijote.

Y

todo

lo

miraba

hidalgo, y de todo se admiraba, especialmente cuando,

después de haberse limpiado
barbas y celada, se
tribos
,

Don

Quijote cabeza, rostro v

la la

encajó, v afirmándose bien en los es-

requiriendo

espada y asiendo

la

lanza

,

dijo:

«-

Ahora

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
venga
lo

XVII.

I4I

que viniere; que aquí estoy con ánimo de tomarel

me

con

mesmo
el

Satanás en persona.»
carro de
las

Llego en esto
otra gente

banderas, en

el

cual no venia

que

el

carretero en las muías y

un hombre sen-

tado en

la delantera.

Púsose

Don

Quijote delante y dijo
es éste?

:

«

¿Adonde
en
él?

vais, her-

manos? ¿qué carro

¿qué

lleváis

y ¿qué ban-

deras son aquestas?»

A lo que
va en
él

respondió

el

carretero

:

«

El carro

es

mió

;

lo

que

son dos bravos leones enjaulados, que
á la Corte, presentados á

el

general de
las

Oran envia
suya.

Su Majestad;

ban-

deras son del Rey, nuestro señor, en señal que aquí va cosa

—Y

¿son grandes los leones? preguntó
,

Don

Quijote.

— Tan grandes
del carro,

respondió

el

hombre que

iba á la puerta

que no han pasado mayores

ni tan

grandes de

África á España jamas; y yo soy el leonero, y he pasado otros; pero como éstos, ninguno. Son hembra y macho el
:

macho
así,

va en esta jaula primera, y

la

hembra en

la

de atrás,

y ahora van hambrientos, porque no han comido hoy; y
vuesa merced se desvíe; que es menester llegar presto
les

donde

demos de comer.
dijo

A lo que
citos á

Don

Quijote, sonriéndose un poco
tales horas!

:

«¿Leon-

mí! ¿A mí leoncitos, y á
esos señores

Pues, por Dios,
si

que han de ver

que acá

los

envian,

soy yo

hombre que
pues
sois el

se espanta

de leones. Apeaos, buen hombre; y

leonero, abrid esas jaulas y
les

echadme

esas bestias

fuera;
es

que en mitad desta campaña
Quijote de
la

daré á conocer quién

Don

Mancha,

á despecho v pesar de los

encantadores que á mí los envian.

»

1^2

DON C^JIJOTE DK LA MANCHA.
ta, dijo á esta

— Ta,
duda
le

sazón entre

el
:

hidalgo
los

:

dado ha

señal de quién es nuestro

buen caballero

requesones sin
los sesos.

han ablandado
él

los cascos

y madurado
:

Llegóse en esto á

Dios

es,

Sancho y díjole «Señor, por quien que vuesa merced haga de manera que mi señor
si

Don

Quijote no se tome con estos leones; que

se

toma,

aquí nos han de hacer pedazos á todos.

— Pues
males
!

¿tan loco es vuestro
creéis

amo, respondió

el

hidalgo,

que teméis y

que

se

ha de tomar con tan

fieros ani-

— No respondió Sancho, — Yo haré que no
es loco,

sino atrevido.

lo sea», replicó el hidalgo;
al

y llegán-

dose á

Don

Quijote, que estaba dando priesa
:

leonero que

abriese las jaulas, le dijo

u

Señor caballero,

los caballeros

andantes han de acometer

las

aventuras que prometen espe-

ranza de
la
la

salir

bien dellas , y no aquellas que de todo en todo
la

quitan; porque

valentía

que

se entra

en

la

juridicion de

temeridad, más tiene de locura que de fortaleza; cuanto
estos leones

más que

no vienen contra vuesa merced

,

ni lo

sueñan; van presentados á Su Majestad, y no será bien detenerlos, ni impedirles su viaje.

— Vayase vuesa
Quijote
,

merced, señor hidalgo, respondió

Don
mió,

á entender

con su perdigón manso y con su hurón

atrevido, y deje á cada

uno hacer su

oficio

:

éste es el
»

y yo sé
dose
al

si

vienen á
le

mí ó no
dijo:
ti

estos señores leones.

Y

volviénsi

leonero,

¡Voto á

tal,

don bellaco, que
esta lanza os

no

abrís, luego, luego, las ¡aulas,
el

que con

he

de coser con

carro!»
la

El carretero, que vio
fantasma,
le

determinación de aquella armada

dijo:

i<

Señor mió, vuesa merced sea servido.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
por caridad,

XVII.

I43

dejarme desuncir

salvo con ellas antes
si

que

se

muías, y ponerme en desenvainen los leones; porque
las

me

las

matan, quedaré rematado para toda mi vida; que
este carro
fe!

no tengo otra hacienda sino

— ¡Oh
que
ligencia.
))

y

estas

muías.

hombre de poca

respondió

Don

Quijote:

apéate y desunce, y haz lo que quisieres; que presto verás
trabajaste

en vano, y que pudieras ahorrar desta dileo-

Apeóse

el

carretero y desunció á gran priesa, y
:

el

nero dijo á grandes voces
están

«Séanme

testigos cuantos aquí
las jaulas

cómo

contra

mi voluntad y forzado abro
que protesto
á este señor

y
el

suelto los leones, y de

que todo

mal y daño que estas bestias hicieren corra y vaya por su cuenta, con más mis salarios y derechos. Vuestras mercedes,
señores, se
estoy que

pongan en cobro

antes

que abra; que yo seguro

no

me han

de hacer daño.
hidalgo que no hiciese locura setal disparate.

Otra vez

le porfió el

mejante; que era tentar á Dios acometer

A

lo

que respondió
Respondióle
día

Don
el

Quijote que

él

sabia lo

que
;

hacia.
él

hidalgo que lo mirase bien

que

enten-

que

se

engañaba.

«Ahora, señor, replicó

Don

Quijote,

si

vuesa merced no

quiere ser oyente desta, que, á su parecer, ha de ser tragedia, pique la tortilla y póngase

en salvo.»
los ojos le su-

Oido

lo cual

por Sancho, con lágrimas en
,

plicó desistiese de tal

empresa en cuya comparación habian
la

sido tortas y

pan pintado

de

los inolinos

de viento y
las

la te-

merosa de

los batanes,

y finalmente, todas
el

hazañas que

habia acometido en todo

discurso de su vida. «Mire, señor,

decia Sancho, que aquí no hay encanto ni cosa que lo valga;

144 que yo he

^^^ Q^JIJOTE DE LA MANCHA.
visto

por entre

las verjas

y resquicios de
ella

la jaula

una uña de león verdadero, y saco por

que

el

tal

león,

cuya debe de

ser la tal uíía, es á lo

mayor que una montaña.
te le

— El

miedo,

menos, respondió Don Quijote,
la

hará parecer mayor que

mitad del mundo. Retírate, San-

cho, y déjame; y

si

aquí muriere, ya sabes nuestro antiguo

concierto: acudirás á Dulcinea... y no te digo más.»

A

estas

añadió otras razones, con que quitó

las

esperanzas

de que no habia de dejar de proseguir su desvariado intento.
Quisiera
el

del

Verde Gabán oponérsele; pero vióse desigual
le

en

las

armas, y no
se lo

pareció cordura tomarse con un loco;

que ya

habia parecido de todo punto

Don
la

Quijote,

el

cual, volviendo á dar priesa al leonero y á reiterar las

ame-

nazas, dio ocasión

al

hidalgo á que picase

yegua, y San-

cho

al

Rucio, V

el

carretero á sus muías, procurando todos

apartarse del carro lo

más que pudiesen

,

antes que los leo-

nes se desembanastasen. Lloraba Sancho la muerte de su se-

ñor, que, aquella vez, sin duda creia que llegaba en
ras
la

las

gar-

de

los

leones

;

maldecía su ventura, y llamaba menguada
vino
al

hora en que

le

pensamiento volver á

servirle;
al

pero

no, por llorar y lamentarse, dejaba de aporrear
para que se alejase del carro. Viendo, pues,
él

Rucio,

leonero que
,

ya

los

que iban huyendo estaban bien desviados tornó á

re-

querir V á intimar á

Don

Quijote lo que va

le

habia requev que no se
seria

rido é intimado, el cual respondió

que

lo oia,

curase de

más intimaciones y requerimientos; que todo de poco fruto... y que se diese priesa.

En

el

espacio que tardó el leonero en abrir

la

jaula pri-

mera, estuvo considerando
la batalla

Don

Quijote

si

seria bien
,

hacer

antes á pié

que

á caballo;

v en hn

se deterniinó

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
de hacerla á pié, temiendo que Rocinante
la vista

XVII.
se espantaria

1

45

con

de

los leones
el

:

por esto
,

saltó del caballo, arrojó la
la

lanza y

embrazó

escudo

y desenvainando

espada, paso

ante paso, con inaravilloso denuedo y corazón valiente, se
fué á poner delante del carro, encomendándose á Dios de

todo corazón, y luego á su señora Dulcinea.

Y

es

de saber, que llegando á este paso
,

el

autor de esta
,

verdadera historia

exclama y dice

:

^(
i

Oh

fuerte
la

y sobre

todo encarecimiento animoso,
espejo

Don

Quijote de

Mancha,

donde

se

pueden mirar todos

los valientes del
,

mundo,

segundo y nuevo don Manuel de León
honra de
los

españoles caballeros

!

¿

que fué gloria y Con qué palabras conla

taré ésta tan espantosa hazaña, ó

con qué razones

haré

creible á los siglos venideros! ó
te
,

¿qué alabanzas habrá que no

convengan y cuadren aunque sean hipérboles sobre todos

los hipérboles!

á pié, tú sólo, tú intrépido, tú
las del perrillo

magnácortado,

nimo, con
ras
tás
;

sola

una espada, y no de

con un escudo , no de

muy

luciente y limpio acero

es-

aguardando y atendiendo
las africanas

los

dos más fieros leones que

jamas criaron
los

selvas.

Tus mismos hechos
los dejo

sean

que

te

alaben, valeroso

manchego; que yo

aquí

en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos.»

Aquí cesó
lante,

la referida
el

anudando

exclamación del autor, y pasó adehilo de la historia, diciendo que habiendo

visto el leonero

ya puesto en postura á
soltar al león

Don

no podia dejar de
la

macho,

Quijote, y que so pena de caer en

desgracia del indignado y atrevido caballero, abrió de par
la
el

en par
el

primera jaula, donde estaba,

como

se

ha dicho,

león,

cual pareció de grandeza extraordinaria y de es-

pantable V fea catadura.

Lo primero que

hizo fué revolverse

1^6
en
la jaula,

DON

f^J^JIJOTE

DE LA MANCHA.

rezarse

donde venia echado, y tender la garra y despetodo; abrió luego la boca y bostezó muy despacio,
el rostro;

y con casi dos palmos de lengua, que sacó fuera, se despolvoreó los ojos y se lavó

hecho

esto, sacó la cabeza

fuera de la jaula y miró á todas partes con los ojos hechos
brasas
:

vista

y ademan para poner espanto á

la

misma

te-

meridad. Sólo

Don

Quijote lo miraba atentamente, deseando
él

que
las

saltase

ya del carro y viniese con

á las

manos, entre

cuales pensaba hacerle pedazos.

Hasta aquí llegó
el

el

extremo de su jamas

vista locura.
,

Pero

generoso león

,

más comedido que arrogante no haciendo
ha dicho, volvió
espaldas y

caso de niñerías ni de bravatas, después de haber mirado á

una y á otra parte, como
y remanso
Quijote,
se volvió á
al

se

las

enseñó sus traseras partes á

Don

Quijote, y con gran flema

echar en

la jaula;
le

viendo

lo cual

Don

mandó

leonero que

diese de palos, y le irri-

tase para echarle fuera.

«Eso no haré yo, respondió
instigo, el

el

leonero; porque

si

yo

le

primero á quien hará pedazos, será á mí mismo.
se contente

Vuesa merced, señor caballero,
que
es

con

lo

hecho,

todo lo que puede decirse en género de valentía, y no quiera tentar segunda fortuna. El león tiene abierta la
puerta; en su

mano

está salir

ó no

salir;
el

pero pues no ha sadia
:

lido hasta ahora,

no saldrá en todo

la

grandeza del

corazón de vuesa merced ya está bien declarada. Ningún
bravo peleante, según á mí se

me

alcanza, está obligado á

más que
el

enemigo y esperarle en campaña; y si contrario no acude, en él se queda la infamia, y el espeá desafiar á su

rante gana la corona del vencimiento.

— Así

es

verdad

,

respondió

Don

Quijote

:

cierra,

amigo,

»

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
la

XVII.

1

47

puerta, v

dame por

testimonio, en

la

mejor forma que

pudieres, lo que aquí

me

has visto hacer, conviene á saber,
él

cómo

tú abriste al león, yo le esperé,

no

salió, volvíle á

esperar, volvió á no salir, y volvióse á acostar.

No
la

debo más;
verdad y a

y encantos afuera, y Dios ayude á
la

la

razón v á

verdadera caballería; y cierra,
los

como he
,

dicho, en tanto

que hago señas á

huidos v ausentes

para que sepan de

tu boca esta hazaña.

Hízolo

así

el

leonero, y
el

Don

Quijote, poniendo en

la
el

punta de

la

lanza

lienzo con

que
,

se

habia limpiado

rostro de la lluvia de los requesones

comenzó

a llamar a los

que no dejaban de huir

ni de volver la

cabeza a cada paso,

todos en tropa y antecogidos del hidalgo; pero alcanzando

Sancho
si

á ver la señal del blanco

paño, dijo

:

«

Que me maten
que hacia
las

mi

señor no ha vencido a

las fieras bestias

,

pues nos llama.
el

Detuviéronse todos, y conocieron que
señas era

Quijote; y perdiendo alguna parte del miedo, poco á poco se vinieron acercando, hasta donde claramente
las

Don

oyeron

voces de

Don
:

Quijote, que los llamaba.
al

Finalmente, volvieron
Quijote
al

carro; y en llegando, dijo

Don

carretero

«Volved, hermano, á uncir vuestras
viaje;
el

muías y á proseguir vuestro
escudos de oro para
lo
él

y tú, Sancho, dale dos

y para

leonero, en recompensa de

— Esos
pero ¿qué

que por mí

se

han detenido.

daré yo de
se

muy

buena gana, respondió Sancho;
¿son muertos ó vivos?
sus
))

han hecho
el

los leones?

Entonces
contó
el

leonero,
la

menudamente y por

pausas,
él

fin

de
el

contienda, exagerando,

como

mejor
el

pudo y supo,

valor de

Don

Quijote, de cuya vista
salir,

león

acobardado, no quiso ni osó

puesto que habia tenido

»

1^8

DON QIIIJOTE DE LA MANCHA.
la

un buen espacio abierta
ber
al

puerta de

la

jaula; y

que por hairritar
le

él

dicho á aquel caballero que era tentar á Dios

león para que por fuerza saliese,

como

él

queria que se

irritase,

mal de su grado y contra toda su voluntad, habia
la

permitido que

puerta se cerrase.

«¿Qué

te

parece desto, Sancho! dijo
la

Don

Quijote

:

¿hay

encantos que valgan contra

verdadera valentía? Bien pola

drán los encantadores quitarme

ventura, pero

el

esfuerzo

y

el

ánimo
los

será imposible.

Dio
nos
el

escudos Sancho

,

unció

el

carretero

,

besó

las

ma-

merced recebida, y prometióle de contar aquella valerosa hazaña al mismo Rey,
leonero á

Don

Quijote por

la

cuando en
«

la

Corte

se viese.

Pues

si

acaso Su Majestad preguntare quién la hizo, diel

réisle,

que

Caballero de

los Leones; que de aquí

adelante quiero que en éste se trueque, cambie, vuelva y

mude

el

que hasta aquí he tenido
la

del Caballero de la Triste

Figura; y en esto sigo
balleros,

antigua usanza de los andantes calos
n

que

se

mudaban

nombres cuando querian, ó

cuando

les

venia á cuento,
el

Siguió su camino
del

carro, y
el

Don
suyo.

Quijote, Sancho y

el

Verde Gabán prosiguieron

En

todo este tiempo

no habia hablado palabra don Diego de Miranda, todo atento
á mirar y á notar los

hechos y palabras de Don Quijote, pareciéndole que era un cuerdo loco, y un loco que tiraba á
cuerdo.

No
le

habia aún llegado á su noticia
si

la

Primera Parte
la

de su historia; que
en que
el

la

hubiera leido, cesara

admiración

ponian sus hechos y sus palabras, pues ya supiera

género de su locura; pero,

como no

la sabia,

ya

le

tenia

por cuerdo, y ya por loco; porque lo que hablaba era con-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
certado, elegante y bien dicho
,

XVII.

1

49

y lo que hacia, disparatado,

:

temerario y tonto; y decia entre
ser

w

¿

Qué más
,

locura puede

que ponerse
le

la

celada llena de requesones
los cascos los

y darse á en-

tender que

ablandaban

encantadores! y ¿qué

mayor temeridad y
con leones
!

disparate

que querer pelear por fuerza

»

Destas imaginaciones y deste soliloquio
jote, diciéndole
:
(>

le

sacó

Don Qui-

¿Quién duda, señor don Diego de Mi-

randa, que vuesa merced no ine tenga en su opinión por un

hombre

disparatado y loco

?

Y

no

seria

mucho que

así

fuese

porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa;
pues, con todo esto, quiero que vuesa merced advierta que

no soy tan loco

ni tan

menguado como debo de

haberle pa-

recido. Bien parece
rey, en la
lice

un gallardo caballero,

á los ojos de su
fe-

mitad de una gran plaza, dar una lanzada con
;

suceso á un bravo toro

bien parece un caballero
la

,

ar-

mado

de resplandecientes armas, pasear de
las

tela

en alegres

justas delante

damas; y bien parecen todos aquellos
militares, ó

caballeros

que en

ejercicios

que

lo

parezcan,
las

entretienen y alegran, y
tes

(si se

puede

decir)

honran

Cor-

de sus príncipes; pero sobre todos estos parece mejor un

caballero andante,

que por
,

los desiertos,

por
los

las

soledades,

por

las

encrucijadas

por

las selvas

y por

montes anda

buscando peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima
,

sólo

por alcanzar gloriosa
caballero andante

fama y duradera. Mejor parece, digo, un

socorriendo á una viuda en algún despoblado, que un cortesano caballero requebrando á una doncella en
des.
las

ciuda-

Todos

los caballeros tienen
el

sus particulares ejercicios:
la

sirva á las

damas

cortesano, autorice

Corte de su rcv

1

ro

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
libreas, sustente los caballeros pobres

con

con

el

espléndido

plato de su mesa,

concierte justas,

muéstrese grande, liberal
bre todo, y desta
ciones;

mantenga torneos, y y magnífico, y buen cristiano sosus precisas obligalos rincones del

manera cumplirá con

pero

el

andante caballero busque

mundo,

éntrese en los

más

intricados laberintos,

acometa á

cada paso lo imposible,
los ardientes

resista

en

los

páramos despoblados
el

rayos del sol en la mitad del verano, y en

invierno la dura inclemencia de los vientos y de los hielos;

no

le

asombren leones,
endriagos
;

ni le

espanten vestiglos, ni atemoéstos
,

ricen

que buscar
,

acometer aquellos

,

y

vencerlos á todos
cios.

son sus principales y verdaderos ejercisuerte ser

Yo, pues, como me cupo en
la

uno

del

nú-

mero de
ter

andante caballería

,

no puedo dejar de acome-

todo aquello que á

mí me
:

pareciere que cae debajo de

la juridicion

de mis ejercicios

y

así, el

acometer

los leones

que ahora acometí, derechamente

me

tocaba, puesto que

conocí ser temeridad exorbitante; porque bien sé lo que es
valentía,

que

es

una virtud que

está puesta entre dos exla

tremos viciosos,

como
que
el

son

la

cobardía y

temeridad; pero
al

menos mal
barde; que
beral
,

será

que

es valiente

toque y suba
el

punto

de temerario, que no que baje y toque en
así
el

punto de coli-

como

es

más

fácil

venir

el

pródigo á ser
el

que

avaro ,

así es

más
el

fácil

quedar

temerario en
la

verdadero valiente, que no
valentía;

cobarde subir á

verdadera

y en esto de acometer aventuras, créame vuesa
se

merced, señor don Diego, que antes
carta de
jas

ha de perder por
las

más que de menos; porque mejor suena en
lo
:

ore-

de los que

oyen
"

:

«el tal caballero es temerario y atre-

vido», que uo

el

tal

caballero es tímido v cobardeo.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XVIII.

I5I

— Digo, señor Don
con
el fiel

Quijote, respondió don Diego, que

todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado
de
la

misma razón, y que entiendo que
la caballería

si las

or-

denanzas y leves de
hallarían en el

andante se perdiesen, se

pecho de vuesa merced como en su mismo
:

hace tarde, y lleguemos á mi aldea y casa, donde descansará vuesa merced
se

depósito y archivo

v démonos priesa, que

del pasado trabajo;
espíritu

que
tal

si

no ha sido

del cuerpo,

ha sido

del

— Tengo

,

que suele
el

vez redundar en cansancio del cuerpo.

ofrecimiento á gran favor y merced, señor

Quijote; y picando más de lo que hasta entonces, serian como las dos de la tarde cuando

don Diego», respondió

Don

llegaron á la aldea y á la casa de

don Diego,

á

quien

Don

Quijote llamaba eh Caballero del Verde Gabán.

CAPITULO
De
lo

XVIII.
ó casa del Caballero del Verde

que sucedió á

Don

Quijote en

el castillo

Gabán, con

otras cosas extravagantes.

Halló

Don

Quijote ser
:

la

casa de
,

don Diego de Miranda

hecha como de aldea
tosca,

las

armas empero, aunque de piedra
la calle; la

encima de

la

puerta de

bodega en

el patio,

y muchas
renovaron

tinajas á la
las

redonda, que, por ser del Toboso,

le

memorias de su encantada y transformada Dulcinea; y sospirando, y sin mirar lo que decia, ni de-

lante de quién estaba, dijo:

Oh dulces prendas, por mi mal halladas, Dulces y alegres cuando Dios queria
i
!

¡Oh
la

tobosescas tinajas, que

me

habéis traído á

la

memoria

dulce prenda, causa de mi

mavor amargura!))

»

152

DON
esto

(j^^JlJOTE
el

DK LA MANCHA.

Oyóle decir

estudiante poeta, hijo de don Diego,
salido á recebirle; y
la

que con su madre habia

madre y

hijo

quedaron suspensos de ver
el

extraña figura de

cual, apeándose de Rocinante, fué con

Don Quijote, mucha cortesía á
dijo
:

pedirles las

manos para

besárselas, y

don Diego
al

«

Rece-

bid, señora, con vuestro sólito agrado

señor

Don

Quijote

de y

la

Mancha, que
más

es el

que

tenéis delante, andante caballero,

el

valiente y el

más

discreto

que tiene

el

mundo.
recibió con

La

señora, que doña Cristina se llamaba,

le

muestras de

mucho amor

y de

mucha

cortesía, y

Don Qui-

jote se le ofreció con asaz de discretas y

comedidas razones.
el

Casi los mismos comedimientos pasó con

estudiante, que,

en oyéndole hablar Don Quijote,

le

tuvo por discreto y agudo.

Aquí pinta

el

autor todas

las

circunstancias de la casa de

don Diego, pintándonos en

ellas lo

que contiene una casa
al

de un caballero labrador y rico; pero
toria le pareció pasar estas

traductor desta his-

y otras semejantes menudencias
el

en silencio, porque no venian bien con
pal de la historia, la cual

propósito princi-

más

tiene su fuerza en la verdad

de

los sucesos,

que en

las frias

digresiones.

Entraron á

Don

Quijote en una sala, desarmóle Sancho,

quedó en valones y en jubón de camuza, todo bisunto con
la

mugre de

las

armas;
sin

el

cuello era valona, á lo estudiantil,

sin

almidón y

randas; los borceguíes eran datilados, v

encerados los zapatos. Ciñóse su buena espada, que pendia
de un tahalí de lobos marinos (que es opinión que

muchos

años fué enfermo de los ríñones); cubrióse un herreruelo de

buen paño
seis

pardo... pero antes de todo,
la

con cinco calderos ó

de agua (que en
la

cantidad de

los calderos

hav alguna
se

diferencia) se lavó

cabeza y rostro; v todavía

quedó

el

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
agua de color de suero, merced á
á la
la

XVIII.

I53

golosina de Sancho y

compra de

sus negros requesones,

que tan blanco puy con gentil doel

sieron á su

amo. Con

los referidos atavíos,

naire y gallardía, salió

Don

Quijote á otra sala, donde
,

estudiante le estaba esperando

para entretenerle en tanto
la

que

las

mesas

se

ponían

;

que por

venida de tan noble

huésped, quería
y podía regalar á

la

señora doña Cristina mostrar que sabía

los

que

á su casa llegasen.

En

tanto que

Don
:
c<

Quijote se estuvo desarmando, tuvo
así se

lugar don Lorenzo (que

llamaba

el hijo

de don Diego)
es este

de decir á su padre
caballero,

¿Quién diremos, señor, que
á casa?

que vuesa merced nos ha traído
y
el

que
,

el

nombre

,

la figura

decir

que

es caballero

andante

á

y á mi madre nos tiene suspensos. No sé lo que te diga, hijo, respondió don Diego; sólo

te sabré decir

que

le

he

visto hacer cosas del

mayor

loco del

que borran y deshacen sus hechos habíale tú y toma el pulso á lo que sabe y pues eres discreto, juzga de su discreción ó tontería lo que

mundo, y

decir razones tan discretas,
:

;

más puesto en razón

estuviere;

aunque, para decir verdad,
)>

antes le tengo por loco

que por cuerdo.

Con esto se fué don Lorenzo jote, como queda dicho; y entre
pasaron, dijo

á entretener á
otras pláticas

Don Quique
los

dos

Don

Quijote á don Lorenzo: «El señor don

Diego de Miranda, padre de vuesa merced, me ha dado noticia de la rara habilidad y sutil ingenio que vuesa merced tiene, y sobre todo, que
es

vuesa merced un gran poeta.

— Poeta, bien podrá

ser, respondió

Don
es

Lorenzo; pero

grande, ni por pensamiento. Verdad

que yo soy algún

tanto aficionado á la poesía y á leer los buenos poetas; pero

,

ir¿j.

DON f^JIJOTK DE LA MANCHA.
se

no de manera que

me

pueda dar

el

nombre de grande,

que mi padre

dice.

— No me parece mal
— No hay
— Pocos
:

esa

humildad, respondió

Don Qui-

jote;

porque no hay poeta que no sea arrogante y piense de que es el mayor poeta del mundo.
regla sin excepción, respondió

don Lorenzo,

y alguno habrá que lo sea y no lo piense.
,

respondió

Don
los

Quijote.

Pero dígame vuesa
trae entre

merced
que

¿

qué versos son
el

que agora
le

manos

me

ha dicho

señor su padre que

traen algo inquieto

algo y pensativo? Y si es alguna glosa, á mí se me entiende de achaque de glosas y holgaría saberlos y si es que son de
,
:

justa literaria,

procure vuesa merced llevar
le lleva el

el

segundo pre-

mio; que

el

primero siempre
el

favor ó la gran ca-

lidad de la persona;

segundo

se le lleva la

mera

justicia,

y

el

tercero viene á ser segundo, y el primero á esta cuenta
al

será el tercero,

modo

de

las licencias

que

se

dan en
el

las

universidades; pero, con todo esto, gran personaje es

nomyo

bre de primero.
^

— Hasta ahora,

dijo entre

don Lorenzo, no
:
(<

os podré

juzgar por loco; vamos adelante», y díjole
vuesa rnerced ha cursado
las escuelas.

Paréceme que
ha oido ?
Quijote,

— La de
es tan

¿

Qué

ciencias

la caballería
la

andante, respondió

Don

que

— No

buena como

de

la

poesía , y aun dos deditos más.

qué ciencia

sea esa, replicó
á

don Lorenzo, y

hasta ahora no

— Es una

ha llegado

mi

noticia.

ciencia, replicó

todas ó las

más

ciencias

Don Quijote, que encierra en del mundo á causa que el que la
,
,

profesa ha de ser jurisperito y saber las leyes de la justicia
distributiva v

conmutativa

para dar

á

cada uno

lo

que

es

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
suyo y
lo

XVIII.
,

I

55

que

le

conviene.

Ha

de ser teólogo

para saber dar

razón de

la cristiana ley
le

que profesa,

clara y distintamente,
ser

adonde quiera que

fuere pedido.
,

cipalmente herbolario
blados y desiertos
heridas
;

médico, y prinpara conocer en mitad de los despolas

Ha de

las

yerbas que tienen virtud de sanar
el

que no ha de andar
las

caballero andante á cada tri-

quete buscando quién se

cure.

Ha

de ser astrólogo, para
la

conocer por

las estrellas

cuántas horas son pasadas de

no-

che , y en qué parte y en qué clima del
de saber
las

mundo

se halla.
le

Ha

matemáticas, porque á cada paso se

ofrecerá

tener necesidad dellas; y dejando aparte que ha de estar ador-

nado de todas

las

virtudes teologales y cardinales, decen-

diendo á otras menudencias, digo que ha de saber nadar,

como

dicen que nadaba

el

peje Nicolás ó Nicolao;
la silla

ha de
;

saber herrar

un caballo

,

y aderezar

y

el

freno

y

volviendo á lo de arriba, ha de guardar

la fe á

Dios y á su
las

dama; ha de
palabras
,

ser casto

en

los

pensamientos, honesto en
,

liberal

en

las

obras , valiente en los hechos

sufrido

en

los

trabajos,

caritativo
la

con

los

menesterosos, y finalle

mente, mantenedor de
defenderla.

verdad, aunque

cueste

la

vida

el

De

todas estas grandes y
;

mínimas

partes se

com-

pone un buen caballero andante
ced, señor don Lorenzo,
el
si

porque vea vuesa mer-

es ciencia

mocosa
,

la

que aprende
puede iguase

caballero que la estudia y la profesa

y

si

se

lar á las

más

estiradas

,

que en

los ginasios

y escuelas

en-

señan.

taja esa ciencia á todas.
si

— — ¿Cómo — Lo que yo

Si eso es así, replicó

don Lorenzo, yo digo que

se

aven-

es así?

respondió

Don

Quijote.

quiero decir, dijo don Lorenzo, es que

»

: ,

156

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
ni

dudo que haya habido,

que

los

haya ahora, caballeros an-

dantes, y adornados de virtudes tantas.

— Muchas

veces he dicho lo que vuelvo á decir ahora,

respondió

Don

Quijote; que

la

mayor

parte de la gente del
él

mundo

está de parecer

de que no ha habido en

caballeros

andantes; y por parecerme á mí que, si el cielo milagrosamente no les da á entender la verdad de que los hubo v de

que

los

hav, cualquier trabajo que
veces

se

tome ha de
la

ser en

vano,
cia,

como muchas
que con
los

me

lo

ha mostrado

experiendel
es

no quiero detenerme agora en sacar

á vuesa

merced

error

muchos
,

tiene

;

lo

que pienso hacer

rogar

al cielo le

saque del

y

le

dé á entender cuan proveal

chosos y cuan necesarios fueron

mundo

los caballeros anel

dantes en los pasados siglos, y cuan útiles fueran en
sente,
si

prelas

se usaran;

pero triunfan ahora, por pecados de
ociosidad, la gula y
el

gentes, la pereza,

la

regalo.
dijo á esta

— Escapado

se nos

ha nuestro huésped,

sazón

entre

don Lorenzo; pero con todo eso,

él es

loco bizarro,

y yo seria mentecato no flojo si así no lo creyese. » Aquí dieron fin á su plática, porque los llamaron á co-

mer. Preguntó don Diego á su hijo qué habia sacado en
limpio del ingenio del huésped.
le

A lo
:

que

él

respondió

:

"

No

sacarán del borrador de su locura cuantos maestros y bueel

nos escribanos tiene

mundo
la

él es

un entreverado loco

lleno de lúcidos intervalos.

Fuéronse á comer, y
habia dicho en
el

comida fué
la solia

tal

como don Diego
más
se

camino que

dar á sus convidados

limpia, abundante y sabrosa; pero de lo que

contentó
la

Don

Quijote fué del maravilloso silencio que en toda

casa

habia, que semejaba un monasterio de cartujos.

,

,

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
Levantados, pues,
los

XVIII.

I

57

manteles, y dadas gracias á Dios y

agua á

las

manos,

Don

Quijote pidió ahincadamente á don

Lorenzo
respondió
les

dijese los versos de la justa literaria.
:

A

lo

que

él

u

Por no parecer de aquellos poetas que cuando
los

ruegan digan sus versos
los

niegan, y cuando no se los
la

piden

vomitan, yo diré mi glosa, de

cual no espero

premio alguno; que

sólo por ejercitar el ingenio la

he hecho.

— Un amigo mió
se

discreto, respondió

Don

Quijote, era

de parecer que no

habia de cansar nadie en glosar versos

y

la

razón, decia
,

él, era,
las

que jamas

la

glosa podia llegar

al

texto

v que muchas ó

más veces

iba la glosa fuera de la

intención v propósito de lo que pedia lo que se glosaba; y

más, que

las leyes

de

la

glosa eran demasiadamente estredijo, ni diré , ni
,

chas, que no sufrian interrogantes, ni

hacer

nombres de verbos

,

ni

mudar

el

sentido
los

con otras ataduras
,

V estrechezas con que van atados

que glosan como vuesa

merced debe de

saber.

— Verdaderamente,
,

señor

Don
se

Quijote, dijo don Lo-

renzo, que deseo coger á vuesa merced en un mal latin con-

tinuado , y no puedo
nos

porque

me

desliza de entre las

ma-

— No
merced

como

anguila.

entiendo, respondió

Don

Quijote, lo que vuesa

dice, ni quiere decir, en eso del deslizarme. á entender , respondió

— Yo me daré
glosa,

don Lorenzo y por
;

ahora esté vuesa merced atento á

los versos glosados

y á

la

que dicen desta manera
Si

:

i

mi fué tornase á
ya

es

Sin esperar ?nás será

O

viniese el tiempo
lo

De

que será después

! ...

;

,

,

,

]r8

DON QlJIfOTE DE LA MANCHA,
Glosa.

Al

fin,
el

como

todo pasa,

Se pasó

bien que

me

dio

Fortuna, un tiempo no escasa,

Y

nunca me

le

volvió.
ni

Ni abundante,
Siglos há ya

por

tasa.

que

me

ves.

Fortuna, puesto

á tus pies:

Vuélveme

á ser venturoso;

Oue

será

mi ser dichoso,

Si mi fué tornase á es.

No

quiero otro gusto ó gloria

Otra palma ó vencimiento Otro triunfo, otra vitoria.
Sino volver
al

contento,

Oue
Si tú

es pesar en

mi memoria.

me
el
si

vuelves allá.

Fortuna, cumplido está

Todo

rogar de mi ruego
este bien
es

;

Y

más

luego.

Sin esperar más será.

Pues volver

Cosas imposibles pido. el tiempo á ser.
sido...

Después que una vez ha

No

hay en
el

la tierra

poder

Oue

á tanto se

haya extendido.

Corre

tiempo, vuela y va Ligero, y no vocera;

Y errarla el que pidiese O que el tiempo ya se fuese
O
viniese el tiempo ya.

Vivir en perpleja vida.

Ya

esperando, ya temiendo,

Es muerte muy conocida,

Y
A

es

mucho mejor muriendo
al

Buscar

dolor salida.
fuera interés

mí me

Acabar...

más no

lo es

Pues, con discurso mejor,

Me

da

la

vida el temor
St'ra

Df h

que

después.

:

;

;

!

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XVIII.

I

59

En acabando
en pié

de decir su glosa don Lorenzo,

se levantó

Don

Quijote, y en voz levantada, que parecía grito,

asiendo con su
c( ¡

mano

la

derecha de don Lorenzo, dijo
altos están
,

:

Viven

los cielos

donde más

mancebo generoso

que

mejor poeta del orbe, y que merecéis estar laureado, no por Chipre ni por Gaeta, como dijo un poeta,
sois el
,

que Dios perdone sino por
vivieran
,

las

academias de Atenas
,

,

si

hoy

manca!

¡

y por las que hoy viven de París Bolonia y SalaPlega al cielo que los jueces que os quitaren el pre-

mio
los

primero...

Febo

los asaetee,

y

las

Musas jamas
si

atraviesen

umbrales de sus casas! Decidme, señor,

sois servido,

algunos versos mayores; que quiero tomar de todo en todo
el

pulso á vuestro admirable ingenio.»

¿No

es

bueno que dicen que

se

holgó don Lorenzo de
le tenia
,

verse alabar de

Don

Quijote, aunque
,

por loco! ¡Oh y cuan dilata-

fuerza de la adulación

á cuánto te extiendes

dos límites son los de tu juridicion agradable! Esta verdad
acreditó

don Lorenzo; pues condescendió con

la

demanda
la

y deseo de

Don

Quijote, diciéndole este soneto á

fábula

ó historia de Píramo y Tisbe
El muro rompe
la

doncella hermosa
el

Oue
Parte

de Píramo abrió
el

gallardo pecho

Amor de

Chipre, y va derecho

A

ver

la

quiebra estrecha y prodigiosa.

Habla el silencio allí, porque no osa La voz entrar por tan estrecho estrecho Las almas sí que amor suele de hecho Facilitar la más difícil cosa. Salió el deseo de compás, y el paso
;

De

la imprudente virgen solicita Por su gusto su muerte ved qué historia Oue á entrambos en un punto oh extraño caso Los mata, los encubre y resucita Una espada, un sepulcro, una memoria.
:
!

j

¡

»

1

6o
»¡

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
Bendito sea Dios! dijo

Don

Quijote, habiendo oido

el

soneto á don Lorenzo, que entre los infinitos poetas consu-

midos que hay, he

visto

un consumado poeta, como
así

lo es
el

vuesa merced, señor mió; que
artificio deste soneto.

me

lo

da á entender

Cuatro

dias estuvo
al

Don

Quijote regaladísimo en

la casa

de don Diego,
irse,

cabo de
le

los cuales le pidió licencia

para

diciéndole que

agradecía la merced y buen trata-

miento que en su casa habia recebido; pero que, por no parecer bien
al

que
al

los caballeros

andantes se den muchas horas
ir

ocio y

regalo, se queria

á

cumplir con su

oficio,

buscando
tierra

las

aventuras, de quien tenia noticia que aquella
el

abundaba, donde esperaba entretener

tiempo hasta

que

llegase el dia de las justas de

Zaragoza, que era su de-

recha derrota; y que primero habia de entrar en la cueva de Montesinos, de quien tantas y tan admirables cosas en
aquellos contornos se contaban, sabiendo é inquiriendo asi-

mismo
su hijo

el

nacimiento y verdaderos manantiales de

las siete

lagunas, llamadas
le

comunmente de Ruidera. Don Diego y
,

alabaron su honrosa determinación

y

le

dijeron

que tomase de su casa y de su hacienda todo
grado
le viniese;

lo

que en

que

le servirían

con

la

voluntad posible;

que

á ello les obligaba el valor de su persona y la

honrosa

profesión suya.

Llegóse, en
Quijote,
hallaba

fin, el dia
triste

de su partida, tan alegre para

Don
se

como

y aciago para Sancho Panza, que
la

muy

bien con la abundancia de
la la

casa de
se usa

don Dieen
las fio-

go, y rehusaba de volver á
restas

hambre que

y despoblados

,

y á

estrecheza de sus mal

pro-

veídas alforjas; con todo esto, las llenó v colnicí de lo

más

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
necesario que le pareció,
á

XVIII.

l6l

Y
si

al

despedirse, dijo
á vuesa

Don

Quijote
otra

don Lorenzo
si

:

«

No


lo

he dicho

merced

vez (y

lo

he dicho,

vuelvo á decir) que cuando vuesa

merced

quisiere ahorrar

caminos y trabajos para llegar
la

á la

inacesible

cumbre

del

templo de

Fama, no
la
la

tiene

que ha-

cer otra cosa sino dejar á

una parte

senda de

la poesía,

algo estrecha, y tomar la estrechísima de
llería,

andante cabalas pajas.»
el

bastante para hacerle emperador en daca
estas razones

Con
«

acabó

Don

Quijote de cerrar
las

pro-

ceso de su locura, y

más con

que anadió, diciendo:
al

Sabe Dios

si

quisiera llevar

conmigo

señor don Lorenzo,
los

para enseñarle

cómo

se

han de perdonar

sumisos, y su-

peditar y acocear los soberbios, virtudes anejas á la profesión
lo

que yo profeso; pero pues no

lo pide su

poca edad,

ni

querrán consentir sus loables ejercicios, sólo

me

contento
ser

con advertirle á vuesa merced, que, siendo poeta, podrá

famoso

si

se guia

más por
que

el

parecer ajeno que por

el

pro-

pio; porque no

hay padre
los

ni

madre

á quien sus hijos le pa-

rezcan feos
este

,

y en

lo

son del entendimiento corre más

engaño.

De nuevo se razones de Don

admiraron padre y hijo de

las

entremetidas

Quijote, ya discretas, ya disparatadas, y del

tema y tesón que llevaba de acudir de todo en todo á la busca de sus desventuradas aventuras, que las tenia por fin
y blanco de
sus deseos. Reiteráronse los ofrecimientos y co,

mediiTiientos
tillo,

y con

la

buena

licencia de la señora del casel

Don

Quijote y Sancho, sobre Rocinante y

Rucio,

se partieron.

i62

DON

(:j¿JijorE

de la mancha.

CAPITULO
Donde
se

XIX.

cuenta

la

aventura del Pobre enamorado, con otros en verdad
graciosos sucesos.

Poco trecho
,

se

habia alongado

Don

Quijote del lugar de

don Diego cuando encontró con dos como clérigos ó como
estudiantes, y con dos labradores,
asnales

que sobre cuatro

bestias

venían caballeros. El uno de los estudiantes traia

como en portamanteo,
vuelto,
al

en un lienzo de bocací verde, en-

parecer, un poco de grana blanca y dos pares de
el

medias de cordellate;

otro no traia otra cosa que dos es-

padas negras de esgrima, nuevas y con sus zapatillas. Los
labradores traian otras cosas , que daban indicio y señal que

venían de alguna

villa

grande, donde
así

las

habían comprado,

y

las

llevaban á su aldea; y
la

estudiantes

como

labradores

cayeron en
llos

misma admiración en que

caían todos aque-

que

la

vez primera veían á

Don

Quijote, y morían por

saber qué

hombre
llevaban

fuese aquel

,

tan fuera del uso de los otros
el

hombres. Saludóles

Don
les

Quijote, y después de saber
el

ca-

mino que
ció su

,

que era

mesmo que
el

él

hacía ,

les ofre-

compañía, y

pidió detuviesen

paso, porque ca-

minaban más

sus pollinas
les dijo

que su caballo; y para obligarlos,

quién era, y su oficio y profesión, que era de caballero andante que iba á buscar las aventuras
en breves razones
,

por todas

las

partes del

mundo.

Díjoles que se llamaba, de
la

nombre propio, Don Quijote de
lativo
,

Mancha,

y por

el

ape-

el

Caballero de

los

Leones.

Todo

esto para los labradores era hablarles en griego ó

en jerigonza, pero no para los estudiantes, que luego enten-

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
dieron
eso, le
le dijo
:

XIX.

163

la

flaqueza de celebro de

Don

Quijote; pero con todo

miraban con admiración y con respeto, y uno dellos uSi vuesa merced, señor caballero, no lleva camino

determinado,
aventuras
,

como no

le

suelen llevar los que buscan
:

las

vuesa merced se venga con nosotros
ricas

verá una

de

las

mejores bodas y más
la

que hasta
ni

el

dia de

hoy

se

habrán celebrado en
á la redonda.

Mancha,

en otras muchas leguas

Preguntóle
así las

Don

Quijote

si

eran de algún príncipe, que

ponderaba.
son, respondió
:

«No

el

estudiante, sino de un labrador y
rico de toda esta tierra
,

una labradora

él el

más

y

ella la

más hermosa que han
se

visto los

hombres. El aparato con que
y nuevo; porque
al

han de hacer

es extraordinario

se
la

han
no-

de celebrar en un prado que está junto
via, á
el

pueblo de

quien por excelencia llaman ^literia la Her?7iosa, y desposado se llama Camacho el Rico; ella de edad de diez
él

y ocho años, y

de veinte y dos, ambos para en uno; aunlos linajes

que algunos curiosos, que tienen de memoria
todo
el

de

mundo, quieren

decir

que

el

de

la

hermosa Quiteria
mira en
esto;

se aventaja al de
las

Camacho; pero ya no
es liberal,

se

que

riquezas son poderosas de soldar

muchas
de

quiebras.

En
el

efecto, el tal

Camacho
el

y básele antojado de enra,

mar y
sol se

cubrir todo

prado por arriba
si

tal

suerte

,

que

ha de ver en

trabajo

quiere entrar á visitar
el

las

yer-

bas verdes de que está cubierto

suelo.

Tiene asimesmo

maheridas danzas,

así

de espadas
los

como

de cascabel menudo;

que hay en su pueblo quien tremo
:

repique y sacuda por exes

de zapateadores no digo nada; que

un

juicio los

que tiene muñidos; pero ninguna de

las cosas

referidas, ni

104
Otras

Í^ON

QUIJOTE DE LA MANCHA.
referir,

muchas que he dejado de
estas

ha de hacer más

memorables
ellas el

bodas, sino
Basilio.

las

que imagino que hará en

despechado

Es

este Basilio
el

un zagal, vecino

del

mesmo
la

lugar de Quiteria,

cual tenia su casa pared en

medio de
sión el

de

los

padres de Quiteria, de donde
al

tomó oca-

Amor

de renovar

mundo

los

ya olvidados amores

de Píramo y Tisbe; porque Basilio se enamoró de Quiteria
desde sus tiernos y primeros años, y ella fué correspondiendo á su deseo con mil honestos favores, tanto, que se contaban

por entretenimiento en
ños, Basilio y Quiteria.

el

pueblo

los

amores de
la

los

dos niel

Fué creciendo

edad, y acordó

padre de Quiteria de estorbar á Basilio

la ordinaria

entrada

que en su casa tenia; y por quitarse de andar receloso y lleno de sospechas ordenó de casar á su hija con el rico
,

Camacho, no pareciéndole
va á decir
las

ser bien casarla

con Basilio, que
si

no tenia tantos bienes de fortuna como de naturaleza; pues
verdades sin invidia,
él es el

más

ágil

mancebo

que conocemos, gran tirador de barra, luchador extremado,
y gran jugador de pelota; corre

que una cabra, y
canta

birla á los

como un gamo, salta más bolos como por encantamento;
una guitarra, que
la

como una

calandria, y toca

hace

hablar, y sobre todo, juega una espada

como
la

el

más

pintado.

— Por

esa sola gracia, dijo á esta sazón
sólo casarse

Don
hoy

Quijote,

me-

recía ese

mancebo, no

con
si

hermosa Quiteria,
viva, á pesar

sino con la

mesma

reina Ginebra,

fuera

de Lanzarote y de todos aquellos que estorbarlo quisieran.

— A mi
sino
h-an

mujer con

eso, dijo

Sancho Panza, que hasta

entonces habia ido callando y escuchando; la cual no quiere

que cada uno case con su igual, ateniéndose
que dice
:

al

re-

«cada oveja con su pareja.»

Lo que vo

qui-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
siera es,

XIX.

1

65

que

ese

buen

Basilio (que ya

me

le

voy aficionando)
siglo

se casara

con esa señora Quiteria; que ¡buen
á decir al revés) los

buen poso (iba

hayan y que estorben que se

casen los que bien se quieren!


dijo

Si todos los

que bien

se quieren se

hubiesen de casar,

Quijote, quitaríase la elecion y juridicion a los padres, de casar sus hijos con quién y cuándo deben; y si á la
las hijas
al

Don

voluntad de

quedase escoger

los

maridos,

tal

habria

que escogiese
por

criado de su padre, y

tal al

que vio pasar

la calle, á su

parecer, bizarro y entonado, aunque fuese
el

un desbaratado espadachín; que

amor y
está

la afición

con

facilidad ciegan los ojos del entendimiento, tan necesarios

para escoger estado; y

el del

matrimonio

muy

á peligro

menester gran tiento y particular favor del cielo para acertarle. Quiere hacer uno un viaje largo, y si
de errarse, y
es

es

prudente, antes de ponerse en camino,

busca alguna
:

compañía segura y apacible con quien acompañarse pues ¿por qué no hará lo mesmo el que ha de caminar toda la
vida hasta
le
el

paradero de
la

la

muerte, y más
la

si la

compañía

ha de acompañar en

cama, en

mesa y en todas parla

tes,

como

es la

de

la

mujer con su marido? La de

propia

mujer no

es

mercaduría que, una vez comprada,

se vuelve

ó se trueca ó cambia; porque dura
lo
al

es accidente inseparable,

que
le

que dura

la

vida

:

es

un

lazo, que,

si

una vez
si

echáis

cuello, se vuelve en el

nudo gordiano, que
no

no

le

corta la guadaña de la muerte, no hav desatarle.

Muchas
estorbara
al

más
el

cosas pudiera decir en esta materia,
si le

si

lo

deseo que tengo de saber

queda más que decir
de Basilio.»

se-

ñor Licenciado acerca de

la historia

A

lo

que respondió

el

estudiante, bachiller, ó licenciado.

I

66
le

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
llamó

como

Don

Quijote
el

:

«De

todo no

me queda más
supo que
la
el

que decir sino que desde

punto que

Basilio

hermosa Quiteria

se casaba

con Camacho

Rico, nunca

más

le

han

visto reir, ni hablar razón concertada,
triste,

y siempre

anda pensativo y

hablando entre
le

mismo, con que
el

da ciertas y claras señales de que se

ha vuelto

juicio

:

come poco y duerme poco, y
que duerme,
tierra,
si

lo

que come son
el

frutas, y lo
la

duerme,

es

en

campo, sobre
con

dura
al

como animal

bruto; mira de cuando en cuando
los ojos

cielo,

y otras veces clava

en

la tierra

tal

embeel aire

lesamiento, que no parece sino estatua vestida, que
le

mueve
el

la ropa.

En
,

fin

,

él

da

tales

muestras de tener apalos

sionado

corazón
el sí

que tememos todos
la

que

le

conocemos
ser la

que

el

dar

mañana

hermosa Quiteria ha de

sentencia de su muerte.

— Dios
llaga, da la

lo

hará mejor, dijo Sancho; que Dios, que da
lo

la

medicina: nadie sabe

que

está

por venir; de

aquí á

mañana muchas horas hay, y en una, y aun en un momento, se cae la casa; yo he visto llover y hacer sol, todo
á

un mesmo punto;

tal se

acuesta sano
:

la

noche, que no

se

puede mover otro
se alabe

día.

Y díganme
el sí

¿

por ventura habrá quien
la

que tiene echado un clavo á

rodaja de la fortuna?

No

por cierto; y entre

atreverla

yo
á

á

y el no de la mujer, no me poner una punta de alfiler, porque no cabria.

mí que Quiteria quiera de buen corazón y de buena voluntad á Basilio, que yo le daré á él un saco de
buena ventura; que
el

Denme

amor, según yo he oido decir, mira
al

con unos antojos que hacen parecer oro
breza riqueza, y á
las

cobre, á

la

po-

— ¿Adonde

lagañas perlas.

vas á parar,

Sancho, que

seas maldito! dijo

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XIX.

1

67

Don

Quijote; que cuando comienzas á ensartar refranes y
te

cuentos, no
te lleve.

puede entender sino
:

el

mesmo

Judas, que
ni

Dime, animal
pues

¿qué sabes tú de clavos,

de ro-

dajas, ni de otra cosa

ninguna?

¡

Oh

!

si

no

me me
lo

entienden

,

respondió Sancho , no

es maravilla

que mis sentencias sean tenidas por disparates;
:

pero no importa

yo

entiendo, y sé que no he dicho

muchas necedades en
mis hechos.

que he dicho, sino que vuesa merfriscal

ced, señor mió, siempre es

de mis dichos, y aun de


-

Fiscal

h2LS

de decir, dijo

Don

Quijote, que no frisen/,

prevaricador del buen lenguaje, que Dios te confunda.

— No se

apunte vuesa merced conmigo, respondió San-

cho, pues sabe que no

me

he criado en
si

la

Corte

ni

he

es-

tudiado en Salamanca, para saber
letra á

añado ó quito alguna

mis vocablos.
al

Sí,

que ¡válgame Dios! no hay para

qué obligar

sayagues á que hable
las

como

el

toledano; y to-

ledanos puede haber que no
hablar polido.

corten en

el aire

en esto del

Así es, dijo

el

Licenciado; porque no pueden hablar

tan bien los que se crian en las Tenerías y en Zocodover,

como

los

que

se

pasean casi todo

el

dia por el claustro de la
el

Iglesia

mayor, y todos son toledanos. El lenguaje puro,
el

propio,

elegante y claro está en los discretos cortesanos,
:

aunque hayan nacido en Majalahonda
que hay muchos que no
tica del
lo

dije discretos,

por-

son , y
se

la discreción es la
el

gramá-

buen lenguaje, que

acompaña con

uso.

Yo,
Sala-

señores, por mis pecados, he estudiado cánones en

manca, y picóme algún tanto de
bras claras, llanas y significantes.

decir

mi razón con

pala-

I

68

DON
Si

CJIJIJOTE

DE LA MANCHA.
las


el

no OS picárades más de saber menear

negras que

lleváis,

que

la

lengua, dijo

el

otro estudiante, vos llevárades
llevastes cola.
el

primero en licencias,

como

— Mirad,
vos estáis en

Bachiller Corchuelo, respondió
la

Licenciado:
acerca de la

más errada opinión

del

mundo

destreza de la espada, teniéndola por vana.

— Para mí no
si

es

opinión, sino verdad asentada, replicó

Corchuelo; y
cia,

queréis que os la muestre con la experien-

espadas traéis, comodidad

hay; yo pulsos y fuerzas
es

tengo, que, acompañadas de

mi ánimo, que no

poco, os

harán confesar que yo no
vuestro

me

engaño. Apeaos, y usad de

compás de

pies, de vuestros círculos

y vuestros án-

gulos y ciencia; que yo espero de haceros ver estrellas á
diodía, con

me-

mi

destreza mostrenca y zafia, en quien espero,

después de Dios, que está por nacer
volver
las le

hombre que me haga
el

espaldas, y

que no
tierra.

le

hay en

mundo

á quien

vo no

haga perder

— En
el

eso de volver ó no las espaldas, no

me

meto, replicó

diestro;

porque podria

ser

que en

la

parte

donde

la

vez

primera clavásedes
decir,

el pié, allí

os abriesen la sepultura; quiero
la

que

allí

— Ahora
«No ha
yo quiero

quedásedes muerto por

despreciada destreza.
:

se verá», respondió

Corchuelo

y apeándose con
las es-

gran presteza de su jumento,
padas que llevaba
el

tiró

con furia de una de
el

Licenciado en

suyo.

de ser
ser el

así, dijo á este instante

Don
el

Quijote; que

maestro desta esgrima, y
:

juez desta

mu-

chas veces no averiguada cuestión))

y apeándose de Rocila

nante y asiendo de su lanza, se puso en
á

mitad del camino,

tiempo que ya

el

Licenciado, con gentil donaire de cuerpo
el

y compás de pies, se iba contra Corchuelo, que contra

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
se vino,

XIX.

I

69

lanzando,

como

decirse suele, fuego por los ojos.
del

Los otros dos labradores

acompañamiento,
la

sin apearse

de sus pollinas, sirvieron de aspetatores en

mortal tragedia.

Las cuchilladas, estocadas,

altibajos, reveses

y mandobles

que tiraba Corchuelo, eran

sin

número, más espesos que

hígado y más menudos que granizo. Arremetía
león irritado; pero salíale
al

como un
la

encuentro un tapaboca de

zapatilla de la espada del Licenciado,

que en mitad de su

furia le detenia,

y se

la

aunque no con tanta

como si fuera reliquia, devoción como las reliquias deben y
hacia besar
el

suelen besarse. Finalmente,
das todos los botones de

Licenciado

le

contó á estoca-

una media

sotanilla

que

traia ves-

tida, haciéndole tiras los faldamentos,

como

colas de pulpo;

derribóle el sombrero dos veces, y cansóle de manera,

que
v

de despecho, cólera y rabia, asió
arrojóla por el aire

la

espada por

la zapatilla,

con tanta fuerza, que uno de

los labra-

dores asistentes, que era escribano y fué por ella, dio des-

pués por testimonio que

la

alongó de

casi tres

cuartos

de legua,
se

el

cual testimonio sirve y ha servido para que
la

conozca y vea con toda verdad cómo

fuerza es ven-

cida del arte.

Sentóse cansado Corchuelo, y llegándose á
dijo:
«

él

Sancho,

le

Mia

fe,

señor Bachiller,

si

vuesa merced toma

mi con-

sejo,

de aquí adelante no ha de desafiar á nadie á esgrimir,

sino á luchar ó á tirar la barra, pues tiene edad
ello
;

que destos á quien llaman

diestros
el

,

y fuerzas para he oido decir que

meten una punta de una espada por

— Yo me contento, respondió Corchuelo, de haber
mi
burra, y de que

ojo de

una aguja.
caido
la

de

me

haya mostrado

la

experiencia

verdad, de quien tan lejos estaba.

lyo

DON QIJIJOTE DE LA MANCHA.
levantándose
,

Licenciado y quedaron más amigos que de antes; y no queriendo esperar al escribano,
abraz()
al

Y

que habia ido por

la

espada, por parecerles que tardaria

mu-

cho (y

así

fué), determinaron seguir, por llegar

temprano

á la aldea

de Quiteria, de donde todos eran.
del

En
ciado

lo
las

que faltaba

camino
,

les

fué contando

el

Licen-

excelencias de la espada

con tantas razones demos-

trativas

V con tantas figuras y demostraciones matemáticas,
la

que todos quedaron enterados de

bondad de

la

ciencia, y

Corchuelo reducido de su pertinacia.
Era anochecido; pero antes que llegasen,
les

pareció á to-

dos que estaba delante del pueblo un cielo lleno de inumerables

y resplandecientes

estrellas.

Oyeron asimismo confusos

y suaves sonidos de diversos instrumentos,

como

de flautas,

tamborinos,

salterios,

albogues, panderos y sonajas; y cuando

llegaron cerca, vieron que los árboles de una enramada, que
á

mano

habian puesto á

la

entrada del pueblo, estaban todos

llenos de luminarias, á quien

no ofendia

el

viento, que entenia casi fuerza

tonces no soplaba sino tan

manso, que no

para

mover

las

hojas de los árboles. Los músicos y danzantes
la

eran los regocijadores de

boda; que en diversas cuadrillas

por aquel agradable

sitio

andaban, unos bailando y otros
la diversidad

cantando

,

y otros tocando

de

los referidos ins-

trumentos.

En

efecto,

no parecia sino que por todo aquel
la alegría

prado andaba corriendo

y saltando

el

contento.

Otros muchos andaban ocupados en levantar andamios, de

donde con comodidad pudiesen ver otro

dia las representa-

ciones y danzas que se habian de hacer en aquel lugar, de-

dicado para solenizar
quias de Basilio.

las

bodas del rico
el

No

quiso entrar en

Camacho y las exelugar Don Quijote,

: ,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
aunque
él

XX.
el

I7I

se lo pidieron así el labrador

como

Bachiller; pero

dio por disculpa, bastantísima á su parecer, ser costumbre
los caballeros

de

andantes dormir por los campos y florestas
,

antes

que en

los

poblados aunque fuese debajo de dorados te-

chos; y con esto se desvió un poco del camino, bien contra
la

voluntad de Sancho, viniéndosele á
el

la

memoria

el

buen

alojamiento que habia tenido en

castillo

ó casa de don

Diego.

CAPITULO XX.
Donde
se

cuentan

las

bodas de

Camacho
el

el

Rico

,

con

el

suceso de Basilio

Pobre.

Apenas

la
el

blanca Aurora habia dado lugar á que
ardor de sus calientes rayos

el

luciente

Febo con
diendo

las líquidas perlas

de sus cabellos de oro enjugase, cuando
la

Don

Quijote, sacu-

pereza de sus miembros, se puso en pié y llamó

á su escudero
visto

Sancho

,

que aun todavía roncaba
le

,

lo cual
:
^i
¡

por

Don

Quijote, antes que

despertase le dijo

Oh
la

tú, bienaventurado sobre cuantos viven sobre la
tierra,

haz de

pues sin tener invidia ni ser invidiado, duermes con
te

sosegado espíritu, ni
tan encantamentos!

persiguen encantadores ni sobresalvez, y lo diré otras

Duerme, digo una

ciento, sin que te tengan en continua vigilia celos de tu

dama,

ni te desvelen pensamientos de pagar deudas

que de-

bas, ni de lo que has de hacer para

comer

otro dia tú y tu
te inquieta,

pequeña y angustiada
ni la

familia.

Ni

la

ambición
pues

pompa vana
no
el

del

mundo

te fatiga,

los límites

de

tus deseos

se extienden á

más que

á pensar tu jumento;
le

que

de tu persona sobre mis hombros

tienes puesto

»

:

172

DON QUiyOTE DE LA MANCHA.
la

contrapeso y carga que puso
los señores.

naturaleza y

la
el

costumbre á
señor, pen-

Duerme
le

el

criado, y está velando

sando

ha de sustentar, mejorar, y hacer mercedes. La congoja de ver que el cielo se hace de bronce sin acu,

cómo

dir á la tierra

con

el

conveniente rocío, no

aflige al criado,

sino
al

al

señor, que ha de sustentar en la esterilidad y
le sirvió

hambre

que

en

la fertilidad

y abundancia.

A
no

todo esto no respondió Sancho, porque dormia; ni dessi

pertara tan presto,
le hiciera

Don
sí.

Quijote, con

el

cuento de
,

la lanza,

volver en
el

Despertó en

fin

soñoliento y pe-

rezoso, y volviendo

rostro á todas partes, dijo:

«De
:

la

parte desta enramada,

si

no

me

engaño,

sale

un tufo y olor,
bo-

harto más de torreznos asados que de juncia y tomillos
das que por tales olores comienzan
,

para

mi santiguada que
ven, iremos á ver

deben de

abundantes y generosas. Acaba, glotón, dijo Don Quijote
ser

:

estos desposorios,

por ver
lo

lo

que hace

el

desdeñado

Basilio.
:

— Mas que haga
,

que quisiere, respondió Sancho

no

fuera él pobre, y casárase con Quiteria.

¿No hay más
nubes!

sino no

tener un cuarto, y querer casarse por

las

A
Yo

la fe, se-

ñor yo soy de parecer que
lo

el

pobre debe de contentarse con
el golfo.

que

hallare,
,

y no pedir cotufas en

apostaré

un brazo que puede Camacho envolver en
y
si

reales á Basilio

esto es así,

como debe de
las galas

ser, bien

boba fuera Quitele

ria

en desechar
le
el

y

las

joyas que

debe de haber
el

dado y
barra y

puede dar Camacho, por escoger

tirar

de

la

jugar de la negra de Basilio. Sobre un buen tiro

de barra, ó sobre una gentil treta de espada, no dan un cuartillo

de vino en

la taberna.

Habilidades v gracias que no son
tenga
el

vendibles,

más

vale

que

las

Conde

Dírlos; pues

» ,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
cuando
tal

XX.

1

73

las tales gracias

caen sobre quien tiene buen dinero,
parecen. Sobre un buen cimiento
edificio,

sea

mi

vida

como

ellas

se

puede levantar un buen

y

el

mejor cimiento y

zanja del

— Por
que no
si

mundo

es el dinero. es
,

quien Dios

Sancho ,

dijo á esta sazón

Don

Quijote, que concluyas con tu arenga; que tengo para
te dejasen seguir

en

las

que á cada paso comienzas,

te

quedaria tiempo para comer ni para dormir; que todo

le gastarlas

en hablar.


cho
,

Si

vuesa merced tuviera buena memoria, replicó San-

debiérase acordar de los capítulos de nuestro concierto

antes

que

esta última vez saliésemos de casa

:

uno

dellos fué

que

me

habia de dejar hablar todo aquello que quisiese, con
el

que no fuese contra

prójimo ni contra

la

autoridad de

vuesa merced; y hasta agora,

me

parece que no he contra-

venido contra

el tal

capítulo.

— Yo no me acuerdo, Sancho, respondió
del tal capítulo
;
:

Don

Quijote,

y puesto que sea así quiero que calles y vengas que ya los instrumentos que anoche oimos , vuelven
,

á alegrar los valles; y sin

duda

los desposorios se celebrarán

en

el frescor

de

la

Hizo Sancho
la silla á

lo

mañana, y no en el calor de la tarde. que su señor le mandaba, y poniendo bien
la

Rocinante y

albarda

al

Rucio, subieron
la

los dos,

y

paso ante paso se fueron entrando por

enramada.

Lo

pri-

mero que

se ofreció á la vista

de Sancho fué, espetado en
novillo; y en el

un asador de un olmo entero, un entero
fuego donde
leña;
se
se

habia de asar ardia un mediano monte de

y

seis ollas,

que alrededor de
la

la

hoguera estaban, no
las

hablan hecho en
seis

común

turquesa de

demás

ollas,

porque eran

medias

tinajas,

que cada una cabia un

ras-

I

yA
:

DON (^IJOTK DE LA MANCHA.
así

tro de carne

embebían y encerraban en

carneros ente:

ros, sin echarse

de ver,

como

si

fueran palominos

las liebres

ya

sin pellejo

y

las gallinas sin

pluma, que estaban colgadas
las ollas,

por

los árboles

para sepultarlas en

no tenían nú-

mero;

los pájaros

y caza de diversos géneros eran infinitos,
,

colgados de los árboles

para que
,

el aire los enfriase.

Contó

Sancho más de sesenta zaques de más de á dos arrobas cada
uno, y todos llenos, según después pareció, de generosos vinos así había rimeros de pan blanquísimo como suele haber
:

montones de
drillos

trigo en las eras

:

los

quesos puestos
,

como

la-

en tejares, formaban una muralla; y dos calderas de

aceite,

mayores que

las

de un tinte, servían de
las

freír cosas

de

masa, que con dos valientes palas

sacaban

fritas
allí

y

las

za-

bullían en otra caldera de preparada miel,
taba.

que

junto es-

Los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta, todos

limpios, todos diligentes, y todos contentos.

En

el

dilatado

vientre del novillo estaban doce tiernos y pequeños lecho-

nes

,

que cosido por encima servian de darle sabor y enter,

,

necerle

:

las especias

de diversas suertes no parecía haberlas

comprado por

libras, sino

por arrobas, y todas estaban de
el

manifiesto en una grande arca. Finalmente,

aparato de

la

boda era rústico, pero tan abundante, que podia sustentar
á

un

ejército.
lo

Todo
el

miraba Sancho Panza, y todo
le

lo

contemplaba,

V de todo se aficionaba. Primero
deseo
las ollas
,

cautivaron y rindieron

de quien
le

él

tomara de bonísima gana un
la
si

mediano puchero; luego
ques, y últimamente
llamar sartenes
sufrir, ni ser
las

aficionaron

voluntad
es

los

za-

las frutas

de sartén,
:

que

se

podian

tan orondas calderas

y así, sin poderlo

en su

mano

hacer otra cosa, se llegó á uno de

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
los solícitos

XX.

1

75

cocineros, y con corteses y hambrientas razo-

nes le rogó le dejase mojar
aquellas ollas.

un mendrugo de pan en una de

A
es

lo

que

el

cocinero respondió

:

«

Hermano
la

,

este dia

no

de aquellos sobre quien tiene juridicion

hambre, merced

Camacho: apeaos y mirad si hay por ahí un cucharon, y espumad una gallina ó dos, y buen provecho os hagan.
al rico

— No veo ninguno, respondió Sancho.
— Esperad,
dijo el cocinero
:

¡pecador de mí! y ¡qué melindroso y para poco debéis de ser! » Y diciendo esto, asió de un caldero, y encajándole en una de las medias tinajas,
sacó en él tres gallinas y dos gansos, y dijo á Sancho
:

«

Co-

med, amigo, y desayunaos con
se llega la

esta

espuma, en tanto que

hora del yantar.

— No tengo en qué echarla, respondió Sancho. — Pues cocinero, cuchara y todo; que
llevaos, dijo el
el

la

la

riqueza y

contento de

Camacho

todo lo suple.

»

En

tanto, pues, que esto pasaba Sancho,

estaba

Don

Quijote mirando

cómo por una

parte de

la

enramada en-

traban hasta doce labradores sobre doce hermosísimas ye-

guas, con ricos v vistosos jaeces de
cascabeles
fiesta, los

campo y con muchos

de regocijo y cuales, en concertado tropel, corrieron, no una, en
los

petrales, y todos vestidos

sino

muchas

carreras por el prado
:

con regocijada algazara y
y Quiteria
:

grita, diciendo

«¡Vivan
,

Camacho

él

tan rico
!

como ella hermosa y ella la más hermosa del mundo Oyendo lo cual Don Quijote, dijo entre sí: «Bien parece
que
éstos

no han

visto á

mi Dulcinea
fueran á
la

del

Toboso; que
en
las

si la

hubieran visto,

ellos se
»>

mano

alabanzas

desta su Quiteria.

\j6

DON (^IlJorK DK LA MANCHA.
allí

De
de
la

á

poco comenzaron á entrar por diversas partes
diferentes danzas, entre las cuales

enramada muchas y

venia una de espadas, de hasta veinte y cuatro zagales, de
gallardo parecer y brío, todos vestidos de delgado y blan-

quísimo lienzo, con sus paños de tocar, labrados de varias
colores de fina seda; y
al

que
los

los

guiaba, que era un ligero
las

mancebo, preguntó uno de
no

de

yeguas

si

se

habia he-

rido alguno de los danzantes. c(Por ahora ¡bendito sea Dios!
se

ha herido nadie, todos vamos sanos»: y luego comenzó

á enredarse con los

demás compañeros con
,

tantas vueltas y

con tanta destreza, que aunque
á ver semejantes danzas,

Don
le

Quijote estaba hecho

ninguna

habia parecido tan bien

como aquella. También le
mosísimas
,

pareció bien otra que entró, de doncellas heral

tan mozas, que,

parecer, ninguna bajaba de
,

catorce ni llegaba á diez y

ocho años

vestidas todas de pal-

milla verde, los cabellos, parte tranzados y parte sueltos,

pero todos tan rubios

,

que con

los del sol

podian tener comjazmines,

petencia, sobre los cuales traian guirnaldas, de
rosas
,

amaranto y madreselva compuestas. Guiábanlas un

venerable viejo y una anciana matrona, pero
sueltos

más

ligeros y

que

sus años prometian. Hacíales el son
ellas,

una

gaita
la

zamorana; y

llevando en los rostros y en los ojos á
la ligereza, se

honestidad, y en los pies á
jores bailadoras del

mostraban

las

mella-

mundo.
artificio

Tras ésta entró otra danza de

y de

las

que

man
de
la

habladas. Era de

ocho ninfas, repartidas en dos
el

hileras:

una
;

hilera era guía

dios
,

Cupido, y de
arco
,

la otra el
;

ínéste

teres

aquél adornado de alas

aljaba y saetas

vestido de ricas y diversas colores de oro v seda. Las ninfas

SEGUNDA PARTE. CAPITULO
que
al

XX.

I

77

Amor
letras
la

seguían, traían á

las

espaldas en

pergamino
el

blanco y
título

grandes escritos sus nombres. Poesía era
el

de

primera;

de de

la

segunda, Discreción;

el

de

la

tercera,

Buen

linaje; el

la

cuarta, Valentía. Del
al

modo
Decía
la se-

mismo venian
Liberalidad
,

señaladas las que
título
el

ínteres seguían.
;

el

de

la

primera
y
el

Dádiva
de
la

,

el

de

gunda; Tesoro,
pacífica.

de

la tercera;

cuarta. Posesión

Delante de todos venia un

castillo

de madera, á

quien tiraban cuatro salvajes, todos vestidos de hiedra y de cáñamo teñido de verde, tan al natural, que por poco espantaran á Sancho.
otras paredes de su

En

la

frontera del castillo y en todas las
traía escrito
:

cuadro

Castillo del

Buen

Recato. Hacíanles
boril

el

son cuatro diestros tañedores de tam-

y

flauta.

Comenzaba
cella

la

danza Cupido, y habiendo hecho dos
el

mu-

danzas, alzaba los ojos y flechaba

arco contra una doncastillo, á la cual

que

se

ponía entre

las

almenas del

desta suerte dijo:

"

Yo

soy

el

dios poderoso
la tierra,

En

el aire

y en

Y en el ancho mar undoso, Y en cuanto el abismo encierra
En
"

su báratro espantoso.

Nunca conocí que es miedo; Todo cuanto quiero puedo,
Aunque
quiera lo imposible,
lo

Y

en todo

que

es posible
••

Mando,

quito, pongo y vedo.

Acabó

la copla, disparó

una flecha por
luego
el

lo alto del castillo,

y

retiróse á su puesto. Salió

ínteres y hizo otras dos
él dijo:

mudanzas; callaron

los

tamborinos, y

;

178

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
"

Y

es

Soy quien puede más que Amor, amor el que me guíaj
la estirpe

Soy de

mejor
la tierra

Que Más
"

el cielo

en

cria.

conocida y mayor. Soy el ínteres, con quien

Pocos suelen obrar bien,

Y Y

obrar sin

es gran milagro

cual soy te

me

consagro

Por siempre jamas, amén.»

Retiróse

el

ínteres, y hízose adelante la Poesía, la cual,

después de haber hecho sus mudanzas
puestos los ojos en
"

como

los

demás,

la

doncella del castillo, dijo:

En

dulcísimos concetos

La

dulcísima Poesía,

Altos, graves y discretos. Señora, el alma te envia.

Envuelta entre mil sonetos.
"

Si

acaso no

te

importuna

Mi De

porfía, tu fortuna.
otras

Será por

muchas invidiada, mí levantada
cerco de
la

Sobre

el

luna.

»

Desvióse

la

Poesía, y de la parte del ínteres salió

la

Libe-

ralidad, y después de hechas sus
"

mudanzas,

dijo:

Llaman
la

Liberalidad

Al dar que

el

extremo huye

De

prodigalidad,

Y

del contrario,
floja

que arguye
te

Tibia y

voluntad.

" Mas yo, De hoy más Que aunque

por

engrandecer.

pródiga he de ser;
es vicio, es vicio

honrado

Y

de pecho enamorado.
en
el

Que

dar se echa de ver.»

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
Deste

XX.

1

79

modo

salieron y se retiraron todas las figuras de las

dos escuadras, y cada una hizo sus mudanzas y dijo sus versos, algunos elegantes

y algunos

ridículos,

y sólo tomó de
los

memoria Don Quijote (que
lazos
el

la tenia

grande)

ya

referi-

dos; y luego se mezclaron todos, haciendo y deshaciendo

con gentil donaire y desenvoltura
por delante del
el

:

y cuando pasaba
fle-

Amor

castillo,

disparaba por alto sus

chas; pero

ínteres quebraba en él alcancías doradas. Fiel

nalmente, después de haber bailado un buen espacio,
teres sacó

ín-

un bolsón, que

le

formaba

el pellejo

de un gran

gato romano, que parecia estar lleno de dineros; y arrojándole
al castillo,

con

el

golpe se desencajaron

las tablas

y

se

cayeron, dejando á
guna. Llegó
el

la

doncella descubierta y sin defensa al-

ínteres con las figuras de su valía,
al

y echán-

dola una gran cadena de oro

cuello, mostraron prenderla,

rendirla y cautivarla, lo cual, visto por el

Amor
las

y sus valedemostra-

dores, hicieron

ademan de
al

quitársela;

y todas

son de los tamborinos , bailando y danzando concertadamente. Pusiéronlos en paz los salvajes,
los cuales,

ciones que hacian eran

con mucha presteza, volvieron á armar y á eny
la

cajar las tablas del castillo,

doncella se encerró en él,
la

como

primero, y con esto se acabó

danza, con gran con-

tento de los que la miraban.

Preguntó

Don

Quijote á una de

las

ninfas

que quién

la

habia compuesto y ordenado. Respondióle que un beneficiado de aquel pueblo, que tenia gentil caletre para semejantes invenciones.

«Yo
ciado,

apostaré, dijo

Don

Quijote, que debe de ser más
Basilio el tal bachiller ó benefisatírico

amigo de Camacho que de

y que debe de tener más de

que de

vísperas

»

1

8o

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

¡bien ha encajado en la danza las habilidades de Basilio y
las

riquezas de

Camacho!»
lo

Sancho Panza, que

escuchaba todo, dijo
atengo.

:

«

El rico es

mi

gallo

:

á

eres villano

— En — No

Camacho me

fin, dijo

Don

Quijote, bien se parece, Sancho, que
:

y de aquellos que dicen
de
los

«

¡

viva quien vence

!

que soy, respondió Sancho; pero bien

que nunca de

ollas

de Basilio sacaré yo tan elegante espuma
las

como
el

es ésta,

que he sacado de

de Camacho»; y enseñóle

caldero lleno de gansos y de gallinas; y asiendo de una,
á

comenzó
barba de

comer con mucho donaire y gana, y

dijo

:

«

j

A la

las

habilidades de Basilio! que tanto vales cuanto

tienes, y tanto tienes cuanto vales.
el
el

Dos

linajes solos
el

hay en
tener y
dia de

mundo, como

decia una agüela mia, que son
ella al del

no tener; aunque

tener se atenia; y
el

el al

hoy,

mi
al

señor
:

Don

Quijote, antes se toma

pulso

haber

que

saber

un asno cubierto de oro parece mejor que un

caballo enalbardado. Así que, vuelvo á decir

que

á

Camasi

cho
sos

me

atengo, de cuyas

ollas

son abundantes espumas gan-

y gallinas, liebres y conejos; y de las de Basilio serán, viene á mano, y aunque no venga sino al pié, aguachirle.

—¿Has

acabado tu arenga, Sancho? dijo

Don
si

Quijote.

— Habréla acabado,
— ¡Plega
te

respondió Sancho, porque veo que
ella;

vuesa merced recibe pesadumbre con

que

esto

no

se

pusiera de por medio, obra habia cortada para tres dias.
á Dios,

Sancho, replicó

Don

Quijote, que yo

vea

mudo

antes

que

me

muera!

— Al
ces

paso que llevamos, respondió Sancho, antes que

vuesa merced se muera, estaré yo mascando barro; y enton-

podrá ser que esté tan mudo, que no hable palabra

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
hasta la fin del

XX.
el

l8l

mundo, ó por

lo

menos, hasta

dia del juicio.

— Aunque
está

eso así suceda ¡oh Sancho!

respondió

Don

Quijote, nunca llegará tu silencio á do ha llegado lo que has

hablado, hablas y tienes de hablar en tu vida; y más, que

muy

puesto en razón natural que primero llegue

el

dia

mi muerte que el de la tuya: y así, jamas pienso verte mudo, ni aun cuando estés bebiendo ó durmiendo, que es
de
lo

que puedo encarecer.

— A buena
fiar

fe,

señor, respondió Sancho, que no hay que
la

en

la

descarnada, digo, en

muerte,

la

cual tan bien

come
las

cordero

como

carnero; y á nuestro cura he oido decir
las altas torres

que con igual pié pisaba
humildes chozas de

de los reyes
esta señora

como

los pobres.
es

Tiene

más de

apetito

que de melindre; no

nada asquerosa, de todo co-

y á todo hace, y de toda suerte de gentes, edades y preeminencias, hinche sus alforjas. No es segador que duerme las
siestas;

me

que

á todas horas siega

y corta,

así la

seca

como

la

verde yerba; y no parece que masca, sino que engulle y
traga cuanto se
nina,
le

pone delante, porque tiene hambre cay aunque no tiene barriga, da
á

que nunca

se harta;

entender que está hidrópica y sedienta de beberse sola
vidas de cuantos viven,

las

como quien
este

se

bebe un jarro de

agua

fria.

—No más,
dicho de
la

Sancho, dijo á
te dejes caer;

punto

Don

Quijote
lo

:

tente

en buenas y no

que en verdad que

que has que pusi

muerte por

tus rústicos términos, es lo

diera decir

un buen predicador. Dígote, Sancho, que

como tienes buen mar un pulpito en
lindezas.

natural, tuvieras discreción, pudieras tola

mano y

irte

por ese

mundo

predicando

]82

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
predica quien bien vive, respondió Sancho, y yo

— Bien no — Ni
la

sé otras tologías.
las

has menester, dijo

Don

Quijote; pero yo no
el

acabo de entender ni alcanzar cómo, siendo
sabiduría
el

principio de
á

temor de Dios,
sabes tanto.

tú,

que temes más

un

la-

garto que á

él,

— Juzgue vuesa
lentías ajenas;

merced, señor, de
se

sus caballerías, reslos

pondió Sancho, y no

meta en juzgar de

temores ó va-

que tan gentil temeroso soy yo de Dios como

cada hijo de vecino; y déjeme vuesa merced despabilar esta

espuma; que

lo

demás todas son palabras

ociosas, de

que

nos han de pedir cuenta en la otra vida»: y diciendo esto,

comenzó de nuevo
ayudara

á dar asalto a su caldero,

con tan bue-

nos alientos, que despertó los de
le
,

Don

Quijote, y sin duda

si

no

lo

impidiera lo que es fuerza se diga ade-

lante.

CAPITULO
Donde
se prosiguen las

XXI.

bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos.

Cuando
referidas

estaban
el

Don

Quijote y Sancho en

las

razones

en

capítulo antecedente, se oyeron grandes vo-

ces y gran ruido, y dábanlas y causábanle los de las yeguas,

que con larga carrera y
ciones, venian,

grita iban á recebir á los novios,

que, rodeados de mil géneros de instrumentos y de inven-

acompañados
la

entrambos , y de toda
novia, dijo

Cura y de gente más lucida de
del
fiesta.

la

parentela de

los lugares cir-

cunvecinos, todos vestidos de
:

Y como

Sancho vio

á la

«A buena

fe,

que no viene vestida de labradora,
que

sino de garrida palaciega. Pardiez que, según diviso,

,,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
las

XXI.
,

I

83

patenas, que habia de traer, son ricos corales

y

la
\

palmilla

verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos.

Y

montas

que que

la

guarnición es de

tiras

de lienzo blanco! Voto á
las

es

de raso. Pues ¡tomadme

manos, adornadas con
si

sortijas

de azabache!

No

medre yo,

no son

anillos

de oro,

y

muy

de oro; y empedrados con pelras blancas

cuajada, que cada una debe de valer un ojo de

como una la cara. ¡Oh

hideputa, y qué cabellos! que si no son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi vida. No sino
¡

,

ponedla tacha en

el

brío y en el talle, y no la comparéis á

una palma, que
que
lo

se

mueve cargada de racimos de
los dijes

dátiles!

mesmo

parecen

que

trae pendientes de los

y de la garganta. Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flándes.^^
cabellos

Rióse

Don

Quijote de

las rústicas

alabanzas de Sancho

Panza, pareciéndole que, fuera de su señora Dulcinea del

Toboso, no habia

visto

mujer más hermosa jamas. Venia

la

hermosa Quiteria algo descolorida, y debia de ser de la mala noche que siempre pasan las novias en componerse para el
dia venidero de sus bodas. Ibanse acercando á

un

teatro,

que á un lado del prado estaba, adornado de alfombras y ramos adonde se habían de hacer los desposorios y de donde
, ,

habían de mirar

las

danzas y

las

invenciones; y á

la

sazón

que llegaban

al

puesto, oyeron á sus espaldas grandes voces,
:

y una que decía
rada

«Esperaos un poco, gente tan inconside-

como

presurosa.»
,

A

cuyas voces y palabras todos vollas

vieron la cabeza
al

y vieron que

daba un hombre , vestido
á llamas.

parecer, de

un sayo negro, jironado de carmesí
se vio luego)
traía

Venía coronado (como
nesto ciprés; en
las

con una corona de fulie-

manos

un bastón grande. En

184

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
el

gando más cerca, fué conocido de todos por
silio,

gallardo Ba-

y todos estuvieron suspensos, esperando en qué hablan

de parar sus voces y sus palabras, temiendo algún mal suceso
de su venida en sazón semejante.

Llegó en
los

fin,

cansado y
el

sin aliento;

y puesto delante de
suelo,

desposados, hincando

bastón en

el

que tenia

el

cuento de una punta de acero,
ojos en Quiteria,
dijo
:

mudada

la color,

puestos los

con voz tremente y ronca

estas razones
la

«Bien sabes, desconocida Quiteria, que conforme á

santa ley

que profesamos, viviendo yo, tú no puedes tomar
el

esposo; y juntamente no ignoras que por esperar yo que

tiempo y mi diligencia mejorasen
no he querido dejar de guardar
convenia; pero tú, echando á
ciones que debes á
lo
las

los bienes

de mi fortuna,

el

decoro que á tu honra

espaldas todas las obliga-

mi buen deseo,

quieres hacer señor de

que

es

mió

á otro, cuyas riquezas le sirven,
:

no sólo de

buena fortuna, sino de bonísima ventura y para que la tenga colmada (y no como yo pienso que la merece, sino como
se la

quieren dar los cielos)
el

,

yo por mis manos desharé

el

imposible, ó

inconveniente, que pueda estorbársela, qui¡Viva, viva
el rico

tándome
la
el

á

mí de por medio.

Camacho con
muera
de su dicha y

ingrata Quiteria largos y felices siglos! y ¡muera,

pobre Basilio, cuya pobreza cortó

las alas
,

le

puso en

la

sepultura

!

»

Y

diciendo esto

asió del bastón

que tenia hincado en
en
la tierra,

el

suelo, y quedándose la mitad del

mostró que servia de vaina á un mediano estoél se

que, que en

ocultaba; y puesta

la

que

se

podia llamar

empuñadura en
sangrienta á

el

suelo, con ligero desenfado y determinado
la

propósito se arrojó sobre él, y en un punto mostró
las

punta

espaldas con la mitad de la acerada cuchilla.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
quedando
el triste

XXI.
el

I

85

bañado en su sangre y tendido en de sus mismas armas traspasado.

suelo,

Acudieron luego sus amigos á favorecerle, condolidos de
su mísera y lastimosa desgracia; y dejando

Don

Quijote á

Rocinante, acudió á sostenerle v
halló

le

tomó en

sus brazos, v
el

que aun no habia espirado. Quisiéronle sacar
el

esto-

que; pero

Cura, que estaba presente, fué de parecer que

no

se le sacasen antes de confesarle,

porque

el

sacársele v

el

espirar seria todo á

un tiempo.

Pero volviendo un poco en

Basilio

,

con voz doliente v

desmayada
este
ría
el

dijo

:

^<Si

quisieses,
la

cruel

Quiteria, darme en

último y forzoso trance

mano

de esposa, aun pensaella

que mi temeridad tendría disculpa, pues en
bien de ser tuyo.»

alcancé

El Cura, oyendo lo
del

tal,

le dijo

que atendiese á

la salud

alma antes que

á los gustos del cuerpo, y

que pidiese

muy

de veras á Dios perdón de sus pecados y de su deses-

perada determinación.

A lo

cual replicó Basilio que en ninsi

guna manera
la la

se confesaría,

primero Quiteria no
le

le

daba

mano

de ser su esposa; que aquel contento
le

ablandaría

voluntad y

daria aliento para confesarse.

En oyendo Don
razón, y ademas

Quijote

la

petición del herido, en altas

voces dijo que Basilio pedia una cosa

muy justa

y puesta en

hacedera; y que el señor Camacho quedaría tan honrado recibiendo á la señora Quiteria, viuda

muy
,

del valeroso Basilio
dre.

como

si

la recibiera del
sí,

lado de su pa-

«Aquí no ha de haber más de un
que
el

que no tenga otro

efeto

pronunciarle

,

pues

el

tálamo destas bodas ha de

ser la sepultura.

Todo

lo oía

Camacho, v todo

le

tenia suspenso y con-

I

86

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
qué hacer
ni

fuso, sin saber

qué

decir; pero las voces de los

amigos de Basilio fueron tantas, pidiéndole que consintiese

que Quiteria
se perdiese,

le diese la

mano

de esposa, porque su alma no
le

partiendo desesperado desta vida, que
si

movie-

ron, y aun forzaron, á decir que

Quiteria queria dársela,

que

él

se
el

contentaba, pues todo era dilatar por un

mo-

mento

cumplimiento de sus deseos.
todos á Quiteria, y unos con ruegos,
la

Luego acudieron
suadian que diese

y otros con lágrimas, y otros con eficaces razones,
la

per-

mano

al

pobre Basilio; y
estatua,

ella,

más dura
ni

que un mármol y más sesga que una

mostraba que

sabia ni podia ni queria responder palabra; ni la respondiera,
si el

Cura no

le dijera

que

se

determinase presto en
el

lo

que

habia de hacer, porque tenia Basilio ya
tes,

alma en

los

dien-

y no daba lugar á esperar inresolutas determinaciones.
la

Entonces

hermosa Quiteria,
al

sin

responder palabra

al-

guna, turbada,
silio

parecer, triste y pesarosa, llegó donde Bael

estaba, ya los ojos vueltos,

aliento corto y apresurado,

murmurando
en
fin

entre los dientes

el
,

nombre de
y no

Quiteria, dando
cristiano.

muestras de morir

como

gentil

como
le

Llegó
por

Quiteria, y puesta de rodillas,

pidió la

mano

señas, y no por palabras.

Desencajó
dijo
:

los ojos Basilio,

y mirándola atentamente,

le

«

¡Oh

Quiteria! ¿que has venido á ser piadosa á tiempo
servir de cuchillo

cuando tu piedad ha de

que

me

acabe de

quitar la vida, pues ya no tengo fuerzas para llevar la gloria

que
lor

me

das en escogerme por tuyo

,

ni

para suspender
la

el

do-

que tan apriesa
la
la

me

va cubriendo los ojos con

espantosa

sombra de
niia!

muerte!

Lo que

te suplico es

¡oh

fatal estrella

que

mano que me

pides, v quieres

darme, no

sea

»

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
por cumplimiento
ni para

XXI.

I

87

engañarme de nuevo,

sino que

confieses y digas que, sin hacer fuerza á tu voluntad,

me

la

entregas y

me

razón que en

como á tu legítimo esposo; pues no es un trance como éste me engañes, ni uses de
la das

fingimientos con quien tantas verdades ha tratado contigo.

Entre

estas razones se

desmayaba de modo, que todos

los
el

presentes pensaban que cada

desmayo

se

habia de llevar

alma consigo.
Quiteria, toda honesta y toda vergonzosa, asiendo con su

derecha

mano
doy

la

de Basilio,

le dijo

:

«

Ninguna
con
la

fuerza fuera
libre
la

bastante á torcer

mi voluntad; y

así,

más

que
si

tengo,
es

te

la

mano

de legítima esposa, y recibo
sin

tuya,

que

me

la das

de tu libre albedrío,

que

la

turbe ni conte

traste la


con

calamidad en que tu discurso acelerado

ha puesto.

doy, respondió Basilio, no turbado ni confuso, sino

el

claro entendimiento

que

el cielo

quiso darme, y

así

me

doy y me entrego por tu esposo. Y yo por tu esposa, respondió Quiteria, ahora vivas

largos años, ahora te lleven de mis brazos á la sepultura.

— Para

estar tan herido este
:

mancebo,

dijo á este
se deje

punto
de re-

Sancho Panza, mucho habla

háganle que

quiebros y que atienda á su alma; que, á
la tiene

mi

parecer,

más

en

la

lengua que en

los dientes.
las

Estando, pues, asidos de

manos

Basilio y Quiteria, el

Cura, tierno y lloroso, les echó la bendición, y pidió al cielo diese buen poso al alma del nuevo desposado... el cual, así

como

recibió la bendición

,

con presta ligereza

se levantó

en

pié, y con

no

vista desenvoltura se sacó el estoque, á

quien

servia de vaina su cuerpo.
tes

Quedaron todos

los circunstan-

admirados, v algunos dellos, más simples que curiosos,

, ,

I

88
altas

DON C^JIJOTE DE LA MANCHA.
voces comenzaron á decir
«
:

en

"

¡Milagro, milagro!

»

Pero Basilio replicó:
tria
,

No

milagro, milagro, sino indus-

industria,

n

El Cura, desatentado y atónito, acudió con ambas
á tentar la herida, y halló

manos
hueco

que

la cuchilla
,

habia pasado, no

por

la

carne y costillas de Basilio

sino por un cañón

de hierro, que lleno de sangre, en aquel lugar bien acomo-

dado tenia, preparada

la

sangre, según después se supo, de

modo que no
con todos
escarnidos.
antes,
los

se helase.

Finalmente,

el

Cura y Camacho,
la

más

circunstantes, se tuvieron por burlados v
burla;

La

esposa no dio muestras de pesarle de

oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido
ella le confir-

engañoso, no habia de ser valedero, dijo que

maba de nuevo, de
de
lo

lo cual coligieron todos

que de consen-

timiento y sabiduría de los dos se habia trazado aquel caso

que quedó Camacho y sus valedores tan corridos, que remitieron su venganza a las manos; y desenvainando muinstante se desenvainaron casi otras tantas; y

chas espadas, arremetieron a Basilio, en cuyo favor en un

tomando
el

la

de-

lantera á caballo

Don

Quijote, con

la

lanza sobre

brazo

y bien cubierto de su escudo,

se hacia dar lugar

de todos.

Sancho,

á

quien jamas pluguieron ni solazaron semejantes

fechurías, se acogió á las tinajas,

donde habia sacado su agra-

dable espuma, pareciéndole aquel lugar

como

sagrado que

habia de ser tenido en respeto.

Don
que
el

Quijote á grandes voces decia

:

*'

Teneos

,

señores

teneos; que no es razón

toméis venganza de

los agravios

amor

os hace; y advertid

que
en
la

el

amor

v

la

guerra

son una

misma

cosa, y así

como

guerra

es cosa lícita

y acostumbrada usar de ardides v estratagemas para vencer

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
al

XXI.

I

89

enemigo,

así

en

las

contiendas y competencias amorosas
los

se tienen

por buenos
el fin

embustes v maraíias que
se desea,

se

hacen

para conseguir

que
la

como no

sean en

me-

noscabo y deshonra de
silio,

cosa amada. Quiteria era de Ba-

V Basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición
es rico,

Camacho cuándo, dónde y cómo
de
los cielos.

v podrá comprar su gusto

quisiere. Basilio

no tiene más desta

oveja, y no se la ha de quitar alguno, por poderoso que sea;

que á
y
el

los

dos que Dios junta, no podrá separar
,

el

hombre;

que
)i

lo intentare

primero ha de pasar por

la

punta desta

lanza

:

y en esto

la

blandió tan fuerte y tan diestramente,
los

que puso pavor en todos
tensamente
se fijó

que no

le

conocian.

Y
el

tan in-

en

la

imaginación de
la

Camacho

desden

de Quiteria, que

se la

borró de
él las

memoria en un
con

instante;

y

así,

tuvieron lugar con

persuasiones del Cura, que
,

era varón prudente

y bien intencionado

las

cuales

quedó Camacho y
culpando más á
Basilio;

los

de su parcialidad pacíficos y sosegalas

dos, en señal de lo cual volvieron
la facilidad

espadas á sus lugares,
la industria

de Quiteria que á

de

haciendo discurso

Camacho que

si

Quiteria queria
casada, y que

bien á Basilio doncella, también

le quisiera

debia de dar gracias

al cielo

,

más por habérsela quitado que

por habérsela dado.

Consolado, pues, y pacífico nada, todos los de la de Basilio

Camacho y

los

de su mesel rico

se sosegaron;

y

Ca-

macho, por mostrar que no
nada, quiso que
las

sentia la burla ni la estimaba en

fiestas

pasasen adelante,

como

si

real-

mente

se desposara;

pero no quisieron
:

asistir á ellas

Basilio

ni su esposa ni secuaces
lio;

y

así, se

fueron á

la aldea

de Basi-

que también

los

pobres virtuosos y discretos tienen quien

I

C>0

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
honre v ampare, como
los

los siga,

ricos tienen

quien

los

lisonjee y aplauda.

Lleváronse consigo á

Don

Quijote, es-

timándole por hombre de valor y de pelo en pecho.

A

solo

Sancho

se le escureció el
la

alma, por verse imposibilitado de
fiestas

aguardar

espléndida comida y
la

de Camacho, que
triste,

duraron hasta

noche

:

y

así,

asendereado y

siguió á

su señor, que con la cuadrilla de Basilio iba; y así se dejó
atrás las ollas

de Egipto, aunque

las

llevaba en

el

alma, cuva

ya

consumida y acabada espuma, que en el caldero llevaba, le representaba la gloria y la abundancia del bien que
casi

perdia; y así, congojado y pensativo,
sin apearse del

aunque

sin

hambre,

Rucio, siguió

las

huellas de Rocinante.

CAPITULO
Donde
el

XXII.
la

se

da cuenta de
la

la

grande aventura de

cueva de Montesinos, que está en
el

corazón de

Mancha,

á quien dio felice cima

valeroso

Don

Quijote.

Grandes fueron y muchos
hicieron á

los

regalos que los desposados
las

Don
la

Quijote, obligados de
al

muestras que hala valentía le

bía dado, defendiendo su causa; y

par de

graduaron

discreción, teniéndole por un
la

Cid en

las ar-

mas y por un Cicerón en

elocuencia. El buen

Sancho

se

refociló tres dias á costa de los novios, de los cuales se

supo
el

que no fué traza comunicada con

la

hermosa Quiteria

herirse fingidamente, sino industria de Basilio, esperando
della el

mismo

suceso que se habia visto; bien es verdad
al-

que confesó que habia dado parte de su pensamiento á
gunos de sus amigos, para que
al

tiempo necesario fivore-

ciesen su intención y abonasen su engaño.

*'No se pueden

ni

deben llamar engaños,

dijo

Don Qui-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
¡Ote, los

XXII.
));

I9I

que ponen

la

mira en virtuosos
el fin

fines

y que

el

de

casarse los

enamorados era
el

de más excelencia, advirel

tiendo que

mayor

contrario que

amor

tiene es la
es

ham-

bre y

la

continua necesidad; porque

el
el

amor

todo alegría,
está

regocijo y contento, y
sión de la cosa

más cuando

amante

en pose-

amada, contra quien son enemigos opuestos
necesidad y
la

y declarados

pobreza; y que todo esto decia con intención de que se dejase el señor Basilio de ejerla

citar las habilidades

que sabe, que aunque

le

daban fama,

daban dineros; y que atendiese á granjear hacienda por medios lícitos é industriosos, que nunca faltan á los pruno
le

dentes y aplicados. "El pobre honrado

(si

es

que puede

ser

honrado

el

pobre) tiene prenda en tener mujer hermosa,
se la

honra y se la matan. La mujer hermosa y honrada, cuyo marido es pobre, merece ser coronada con laureles y palmas de vencimiento y

que cuando

quitan

,

le

quitan

la

triunfo.

La hermosura por
la

sola

atrae las voluntades de

cuantos
le

miran y conocen
junta

,

y

como

á seíiuelo gustoso

,

se

abaten

las águilas reales

y

los pájaros altaneros;

pero

si

á

la tal

hermosura
la

se le
los

la

necesidad y estrecheza, tamlas otras

bién

embisten

cuervos, los milanos y

aves de

rapiña; y la que está á tantos encuentros firme, bien merece

llamarse corona de su marido. Mirad, discreto Basilio, añadió

Don

Quijote
el

:

opinión fué de no sé qué sabio, que no
sino

habia en todo

mundo

una

sola

mujer buena; y daba

por consejo que cada uno pensase y creyese que aquella sola

buena era

la

suya, y

así viviria

contento.

Yo no

soy casado,

ni estoy agora

con todo esto,
del

muy avenido con el pensamiento de serlo; y me atreveria á dar consejo al que me lo pidiese,
habia de buscar
la

modo que

mujer con quien

se

qui-

1^2
siese casar.

DON

f^JIJOTF.
le

DK LA MANCHA.
aconsejaría que mirase
la

Lo primero
la

más

á la

fama que á
la

hacienda, porque
ser

buena mujer no alcanza

buena fama solamente con
á la

buena, sino con parecerlo;
las

que mucho más dañan

honra de

mujeres

las

desen-

volturas y libertades públicas,
traes

que

las

maldades

secretas. Si

buena mujer

á tu casa, fácil

cosa será conservarla, v
si la

aun mejorarla, en aquella bondad; pero
trabajo te

traes

mala, en
hacedero

pondrá

el

enmendarla; que no
otro.

es

muy

pasar de

un extremo á

Yo no

digo que sea imposible;

pero téngolo por dificultoso.»

Oia todo

esto

Sancho, y

dijo entre

:

•<

Este

mi amo,

cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia, suele decir que podria yo tomar un pulpito en las manos y irme por
,

ese

mundo

adelante predicando lindezas; y yo digo del que

cuando comienza á enhilar sentencias y á dar consejos, no sólo puede tomar un pulpito en las manos sino dos en cada
,

dedo, y andarse por esas plazas á ¿qué quieres, boca? ¡Válate
el

diablo por caballero andante, que tantas cosas sabes!

Yo

pensaba en mi ánima que sólo podia saber aquello que to-

caba á sus caballerías; pero no hav cosa donde no pique, v
deje de meter su cucharada.
)•

Murmuraba
:

esto algo recio Sancho, y entreoyóle su señor,

y preguntóle «¿Qué murmuras, Sancho? No digo nada ni murmuro de nada, respondió San-

cho; sólo estaba diciendo entre mí que quisiera haber oido
lo

que vuesa merced aquí ha dicho, antes que
dijera

me
se

casara;

que quizá

vo agora:
es tu

«el

buey suelto bien
dijo

lame.»

— ¿Tan mala Teresa, Sancho? Don — No muy mala, respondió Sancho; pero no
es
bueiVci; á lo

Quijote.
es

muy

menos no

es tan

buena como vo

quisiera.

»

SEGUNDA PARTE- CAPÍTULO

XXIÍ.

I

— Mal
— No
Satanás.

93

haces, Sancho, dijo
es

Don

Quijote, en decir mal
tus hijos.

de tu mujer; que, en efecto,

madre de

nos debemos nada, respondió Sancho; que tam-

bién ella dice mal de

mí cuando

se le antoja

,

especial-

mente cuando
Finalmente,

está celosa;

que entonces,

súfrala el

mesmo

tres dias

estuvieron con los novios, donde

fueron regalados y servidos

como

cuerpos de rey. Pidió

Don

Quijote

al diestro

Licenciado

le diese

una guía que

le

enca-

minase á

la

cueva de Montesinos, porque tenia gran deseo
ella,

de entrar en

y ver á ojos

vistas si eran verdaderas las

maravillas que de ella se decían por todos aquellos contornos. El Licenciado le dijo

que

le

daría á

un primo suyo,

fa-

moso

estudiante, y

muy

aficionado a leer libros de caballe-

rías, el cual

con

mucha
le

voluntad
las

le

pondría á

la

boca de

la

misma cueva, y
sas

enseñaría
la

lagunas de Ruidera, famo-

asimismo en toda

Mancha, y aun en toda España; y
él

díjole

que

llevaría

con

gustoso entretenimiento, á causa
libros para
el

que era mozo que sabia hacer
dirigirlos á príncipes.

Finalmente,

imprimir y para primo vino con una

pollina preñada, cuya albarda cubría
arpillera.

un gayado tapete ó

Ensilló

Sancho

á

Rocinante y aderezó

al

Rucio, proveyó

sus alforjas, á las cuales

acompañaron

las del

primo,

asi-

mismo

bien proveídas, y encomendándose á Dios y despila der-

diéndose de todos, se pusieron en camino, tomando
rota de la famosa cueva de Montesinos.

En

el

camino preguntó

Don

Quijote

al

primo de qué
y estudios.

género y calidad eran sus

ejercicios, su profesión

A lo

que

él

respondió que su profesión era ser humanista.

I

94

^^^^^

QlJIJOrE DE LA MAiNCHA.

SUS ejercicios y estudios

componer
uno
y

libros para dar á la es-

tampa, todos de gran provecho y no menos entretenimiento
para
la república;

que

el

se intitulaba

E/

de las Libreas,

donde pintaba
tes

setecientas

tres libreas,

con sus colores, molas

y

cifras,

de donde podian sacar y tomar

que quisie-

sen, en tiempo de fiestas y regocijos, los caballeros cortesa-

nos, sin andarlas

mendigando de nadie,

ni

lambicando, como

dicen,

el

cerbelo, por sacarlas conformes á sus deseos é inw

tenciones;
al

porque doy

al

celoso, al desdeñado, al olvidado y
les

ausente

las

que

les

convienen, que

vendrán más

justas
lla-

que pecadoras. Otro
,

libro tengo también, á quien

he de

mar Met amorfoseos 6
rara;

Ovidio español, de invención nueva y
lo burlesco,
la

porque en
la

él,

imitando á Ovidio á
el

pinto

quién fué

Giralda de Sevilla y

Ángel de

Madalena,

quién
ros
tos

Caño de Vecinguerra de Córdoba, quiénes los Tode Guisando, la Sierra Morena, las fuentes de Leganiel

y Lavapiés en Madrid, no olvidándome de
la del

la del Piojo,

de

Caño Dorado y de

la

Priora; y esto con sus ale-

gorías,

metáforas y translaciones,

de

modo que

alegran,

suspenden y enseñan á un mismo punto. Otro libro tengo,

que

le

llamo Suplemento á Virgilio Polidoro (que trató de
las

la

invención de
dio, á causa

cosas),

que

es

de grande erudición y estuse dejó
las

que

las cosas

que

de decir Polidoro de
estilo.

gran sustancia,

las

averiguo yo y

declaro por gentil
el

Olvidósele á Virgilio de declararnos quién fué

primero

que tuvo catarro en

el

unciones para curarse

mundo, y el primero que tomó las del morbo gálico; y yo lo declaro al
con más de veinte y cinco ausi

pié de la letra, y lo autorizo
tores;

porque vea vuesa merced
útil el tal libro á

he trabajado bien, y

si

ha

de ser

todo

el

mundo.»

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
Sancho, que habia estado

XXII.

I95

muy

atento á la narración del

primo,

le dijo la

:

«

Dígame, señor,

así

Dios

le

dé buena man-

derecha en

impresión de sus libros, ¿sabríame decir (que

sabrá, pues todo lo sabe) quién fué el primero que se

rascó en la cabeza?

que yo para mí tengo que debió de

ser

nuestro padre Adán.

seria,

respondió

el

primo; porque Adán, no hay
esto así,

duda sino que tuvo cabeza y manos; y siendo siendo el primer hombre del mundo, alguna vez
Así lo creo
fué
el
,
;

y

se rascarla.

— yo respondió Sancho pero dígame ahora mundo? ¿quién primer — En verdad, hermano, respondió primo, que no me
volteador del
el

sabré determinar por ahora, hasta que lo estudie: yo lo estudiaré, en volviendo adonde tengo mis libros, y yo os satisfaré

cuando otra vez nos veamos; que no ha de

ser ésta la

postrera.

— Pues mire,
esto;

señor, replicó Sancho, no
la

tome

trabajo en
le

que ahora he caido en
:

cuenta de lo que

he prefué

guntado
cifer,

sepa que
le

el

primer volteador del

mundo
cielo,

Lu-

cuando

echaron ó arrojaron del

que vino

volteando hasta los abismos.

— Tenéis razón, amigo
Y
dijo

n,

dijo el

primo.
es

Don

Quijote

:

«Esa pregunta y respuesta no
has oido decir.

tuya, Sancho; á alguno

las

Calle, señor, replicó Sancho; que, á
á preguntar y á responder,
Sí,

buena

fe,

que

si

me

doy

que no acabe de aquí á
dis-

mañana.
parates,

que para preguntar necedades y responder

no he menester yo andar buscando ayuda de vecinos.
has dicho, Sancho, de lo que sabes, dijo

— Más

Don

Quijote; que hay algunos que se cansan en saber y averi-

196

DON'

QUIJOTE

DF.

I,

A

MANCHA.

guar cosas, que, después de sabidas y averiguadas, no importan un ardite
al

entendimiento

ni á la memoria.))

En
á la

estas

y otras gustosas
se albergaron

pláticas se les pasó aquel dia,

v
el

noche

en una pequeña aldea, adonde
allí

primo

dijo á

Don

Quijote, que desde

á la

cueva de

Montesinos no habia más de dos leguas; y que si llevaba determinado de entrar en ella, era menester proveerse de sogas, para atarse y descolgarse en su profundidad.
jote dijo

Don Qui-

que aunque
así,

llegase

al

abismo, habia de ver dónde
brazas de soga, y otro

paraba; y

compraron
de

casi cien

dia, á las dos

la tarde, llegaron á la

cueva, cuya boca es

espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahigos,

de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo
la

ciegan y encubren.
el

En

viéndola, se apearon

primo, Sancho y

Don Quilas

jote, al cual los dos le ataron

luego fortísimamente con

sogas; y en tanto que le fajaban y ceíiian, le dijo Sancho:
(I

Mire vuesa merced, señor mió,

lo

que hace; no

se quiera

sepultar en vida, ni se

ponga adonde parezca
que

frasco

que

le

ponen
le

á enfriar en algún pozo. Sí,
el

á vuesa

merced no

toca ni atañe ser

escudriñador desta, que debe de ser

peor que mazmorra.

— Ata y
como

calla,

respondió

Don
,

Quijote; que

tal

empresa
)>

aquesta , Sancho amigo
la

para

estaba guardada.

Y
Don
hay

entonces dijo

guía

:

«

Suplico á vuesa merced, señor

Quijote, que mire bien y especule con cien ojos lo que
allá

dentro

:

quizá habrá cosas que

las

ponga yo en

el

libro de

— En manos

mis transformaciones.
está el

pandero, que

le

sabrán bien tañer

>s

respondió Sancho Panza.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
Dicho
esto, y acabada la ligadura de
el
:

XXII.

H)J

Don

Quijote (que
dijo

no fué sobre

arnés, sino sobre

el

jubón de armar),

Don
á

Quijote

«

Inadvertidos

hemos andado en no habernos

proveído de algún esquilón pequeño, que fuera atado junto

mí en

esta

mesma

soga, con cuyo sonido se entendiera que

todavía bajaba y estaba vivo; pero pues ya no es posible, á
la

mano

de Dios, que

me

guíe.

»

Y luego

se

hincó de rodi-

llas

y hizo una oración en voz baja
le diese

al cielo,

pidiendo a Dios
al

le

ayudase y

buen suceso en aquella,

parecer, pe:

nueva aventura, y en voz alta dijo luego señora de mis acciones y movimientos, clarísima y
ligrosa y

«

¡Oh

sin par

Dulcinea del Toboso!
las plegarias

si

es posible

que lleguen

á tus oidos

y rogaciones deste tu valeroso amante, por tu
las

inaudita belleza te ruego
rogarte no
le

escuches

,

que no son

otras

que

me

niegues tu favor y amparo, ahora que tanto

he menester.
el

Yo

voy á despeñarme á empozarme y á hun,

dirme en
conozca
sible á

abismo que aquí
,

se

me

representa, sólo porque
,

el

mundo que

si

me

favoreces

no habrá impo-

quien yo no acometa y acabe.
diciendo esto, se acercó a la sima, y vio no ser po-

Y en

sible descolgarse ni

hacer lugar á
así,

la entrada, si

no era á fuerza
la

de brazos ó á cuchilladas; y

poniendo mano á

espada,

comenzó
boca de
ron por

á derribar y á cortar de aquellas malezas
,

que á

la

la

cueva estaban por cuyo ruido y estruendo

salie-

ella

una infinidad de grandísimos cuervos ó que dieron con

grajos,

tan espesos y con tanta priesa,

Don

Quijote

en

el

suelo: y

si él

fuera tan agorero

como

católico cristiano,

lo tuviera á

mala señal, y excusara de encerrarse en lugar
se levantó;

semejante.

Finalmente

y viendo que no salían más cuer-

198

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

VOS ni Otras aves noturnas,

como

fueron murciélagos (que
el

asimismo entre

los

cuervos salieron), dándole soga
al

primo

y Sancho, se dejó calar
al él

caverna espantosa; y entrar, echándole Sancho su bendición y haciendo sobre
la

fondo de

mil cruces, dijo
la

:

«

Dios

te

guíe y
flor,

la

Peña de Francia,

junto con

Trinidad de Gaeta,

nata y

espuma de

los

caballeros andantes. Allá vas, valentón del

mundo, corazón
,

de acero

,

brazos de bronce. Dios te guíe , otra vez
la

y

te

vuelva libre, sano y sin cautela á
jas,

luz desta vida, que delas

por enterrarte en esa escuridad, que buscas.» Casi
plegarias y deprecaciones hizo el primo.

mismas
Iba

Don

Quijote dando voces, que

le

diesen soga y
las

más

soga, y ellos se la daban poco á poco; y cuando

voces,
ellos

que acanaladas por

la

cueva salían, dejaron de oirse, ya

tenían descolgadas las cien brazas de soga. cer de volver á subir á

Fueron de parele

Don

Quijote, pues no

podían dar
hora,
al

más cuerda; con todo
cha facilidad y

eso, se detuvieron

como una
la
les

cabo del cual espacio, volvieron á recoger
sin peso

soga con

muSan-

alguno

,

señal

que

hizo imaginar
así

que

Don

Quijote se quedaba dentro; y creyéndolo

cho, lloraba amargamente y tiraba con

mucha

priesa, por

desengañarse; pero llegando, á su parecer, á poco más de
las

ochenta brazas, sintieron peso, de que en extremo

se ale-

graron. Finalmente, á las diez vieron distintamente á

Don

Quijote, á quien dio voces Sancho, diciéndole

:

w

Sea vuesa

merced
que
se

muy

bien vuelto, señor mío; que ya pensábamos
allá

quedaba

para casta.» Pero no respondía palabra

Don

Quijote; y sacándole del todo, vieron que traía cerra-

dos los ojos, con muestras de estar dormido.

Tendiéronle en

el

suelo y desliáronle; v con todo esto, no

»

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
despertaba pero tanto
;

XXII.
,

I

99

le

volvieron y revolvieron

sacudieron
sí,

y menearon, que

al

cabo de un buen espacio volvió en

de algún grave y profundo sueño despertara; y mirando á una y otra parte como espantado, dijo « Dios os lo perdone amigos; que me habéis quidesperezándose, bien
si
:

como

,

tado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún

humano ha
y sueño, ó

visto ni pasado.

En

efecto, ahora acabo de co-

nocer que todos los contentos desta vida pasan

como la flor dichado Montesinos! ¡Oh mal ferido ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana,
se

marchitan

como sombra del campo. ¡Oh desDurandarte! ¡Oh sin
y vosotras
,

sin dila

cha, hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas
lloraron vuestros

que

hermosos

ojos!...

Con admiración escuchaban
bras de

Don
las

Quijote, que

las

primo y Sancho las paladecia como si con dolor inel

menso

sacara de las entrañas. Suplicáronle les diese á enles dijese lo

tender lo que decia, y
visto.

que en aquel infierno habia

((¿Infierno le llamáis! dijo

Don

Quijote; pues no
veréis.
»

le lla-

méis ansí, porque no

lo

merece, como luego

Pidió

que

le

diesen algo de comer; que traia grandísima hambre.
la arpillera del

Tendieron
dieron á
la

primo sobre

la

verde yerba, acutres,

despensa de sus alforjas, y sentados todos

en

buen amor y compaña, merendaron y cenaron todo junto. Levantada la arpillera dijo Don Quijote de la Mancha
,

K

No

se levante nadie

,

y estadme

,

hijos

,

los

dos atentos.

))

200

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

CAPITULO
De
las

XXlll.
Quijote contó que habia visto en
se
la

admirables cosas que

el

extremado

Don

profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que esta aventura por apócrifa.

tenga

Las cuatro de

la tarde serian

cuando

el sol,

entre nubes

cubierto , con luz escasa y templados rayos dio lugar á

Don

Quijote para que sin calor y pesadumbre contase á sus dos carísimos oyentes lo que en la cueva de Montesinos habia
visto,
«

y comenzó en

el

modo

siguiente

:

A obra de doce 6 catorce
á la derecha

estados de la profundidad desta
se

mazmorra,

mano,

hace una concavidad y es-

pacio, capaz de poder caber en ella un gran carro con sus

muías. Éntrale una pequeña luz por unos resquicios ó agujeros,
tierra.

que

lejos le

responden, abiertos en

la superficie

de

la

Esta concavidad y espacio vi yo á tiempo cuando ya

iba cansado y

mohino de verme, pendiente y colgado de
,

la

soga

,

caminar por aquella escura región abajo
determinado camino; y
así,

sin llevar

cierto ni
ella

determiné entrarme en

y descansar un poco. Di voces, pidiéndoos que no des-

colgásedes
bistes

más soga hasta que yo

os lo dijese; pero

no de-

de oirme. Fui recogiendo

la
,

soga que enviábades; v

haciendo della una rosca ó rimero
sativo

me

senté sobre él

,

pen-

ademas considerando
,

lo

que hacer debia para

calar al

fondo, no teniendo quien

me

sustentase; y estando en este

pensamiento y confusión, de repente y sin procurarlo me salteo un sueíío profundísimo, y cuando menos lo pensaba,
sin saber

cómo

mitad del

cómo no, desperté del v me hallé en la más bello, ameno v deleitoso prado que puede
ni

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
criar la naturaleza, ni

XXIII.

201

imaginar

la

más

discreta imaginación
vi

humana. Despabilé

los ojos,

limpíemelos, y

que no dor-

mía, sino que realmente estaba despierto.

Con

todo esto,
si

me

tenté la cabeza y los pechos , por certificarme

era yo mis-

mo

el

que

allí

estaba, ó alguna fantasma vana y contrahe-

cha; pero

el tacto, el

sentimiento , los discursos concertados
certificaron

que entre mí hacia,
el

me

que yo era

allí

entonces

y suntuoso palacio ó alcázar, cuyos muros y paredes parecían de transparente y claro cristal fabricados; del cual, abriéndose dos grandes puertas, vi que por
se venia,
ellas salia,

que soy aquí ahora. Ofi^ecióseme luego

á la vista

un

real

y hacia mí

un venerable anciano, vestido con un capuz de
el

bayeta morada, que por

suelo le arrastraba; ceñíale los

hombros y
nísima
le

los

pechos una beca de colegial, de raso verde;
,

cubríale la cabeza

una gorra milanesa negra y la barba capasaba de la cintura. No traia arma ninguna, sino

un

rosario de cuentas en la
,

mano, mayores que medianas

nueces

y
:

los

dieces asimismo
el

como huevos medianos
la

de

avestruz

el

continente,

paso, la gravedad y

anchísima
suspendie-

presencia, cada cosa de por

y todas juntas,

me

ron y admiraron.

«Llegóse á mí, y

lo

primero que hizo fué abrazarme es:

trechamente

,

y luego decirme

«

Luengos tiempos há va,

leroso caballero

Don
al

Quijote de

la

Mancha, que

los

que

estamos en

estas soledades

encantados esperamos verte, para
de
lo

que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de
Montesinos
:

que des noticia

mundo

hazaña sólo guardada para

ser

acometida de

tu invencible corazón y de tu

ánimo estupendo. Ven conquiero mostrar
las

migo, señor clarísimo; que

te

maravillas

202
que

DON QUIJOrE DE LA MANCHA.
este transparente alcázar solapa,

de quien yo soy alcaide
el

y guarda mayor perpetua, porque soy de quien la cueva toma nombre.
)> ))

mismo Montesinos,
le

Apenas

me

dijo

que era Montesinos, cuando
el

pregunté
contaba:

si

fué verdad lo que en
él

mundo

de acá arriba

se

que

habia sacado de
el

la

mitad del pecho, con una pequeña

daga,

corazón de su grande amigo Durandarte, y llevá-

dole á la señora Belerma, su muerte.

como

él se lo

mandó

al

punto de
sino

Respondióme que en todo decian verdad,

en

la

daga, porque no fué daga, ni pequeña ni grande, sino
lezna.
el
tal

un puñal buido, más agudo que una

— Debia de
— No
Ramón

ser, dijo á este

punto Sancho,

puñal

de

de Hoces,

el Sevillano.

sé, prosiguió

puñalero, porque
cesvalles,

Don Quijote... Ramón de Hoces fué
es

pero no seria dése
ayer, y lo de

Ron-

donde aconteció

esta desgracia,

há muchos años;
ni

y esta averiguación no
la

de importancia,

turba ni altera

verdad v contexto de

la historia.

— Así
Don
y
así,

es,

respondió
le

el

primo: prosiga vuesa merced, señor
el

—^No con menor
digo que
el

Quijote; que

escucho con
lo

mayor gusto

del

mundo.

cuento yo, respondió

venerable

Don Quijote; Montesinos me metió en el
sala baja, fresquísima so,

cristalino palacio,

donde, en una

bre

modo

y toda enlosada de alabastro

estaba un sepulcro
el

de mármol, con gran maestría fabricado, sobre

cual vi á
ni

un caballero tendido de largo á largo, no de bronce,

de

mármol,

ni

de jaspe hecho,

como

los suele

haber en otros
la

sepulcros, sino de pura carne v de puros huesos. Tenia

mano derecha (que
señal de tener

á

mi parecer

es algo

peluda v nervosa,
el

muchas

fuerzas su dueño) puesta sobre

lado

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
del corazón; y antes

XXIII.
á

20^

que preguntase nada
al

Montesinos,
dijo
:

viéndome suspenso, mirando
es

del sepulcro,

me

«Este

mi amigo Durandarte,
tiene á

flor

y espejo de

los caballeros

ena-

morados y

valientes de su tiempo; tiénele aquí encantado

(como me
lo

mí y

á otros

muchos y muchas) Merlin,

aquel famoso encantador que dicen que fué hijo del diablo;

y

que yo creo

es,

no que fué hijo del diablo, sino que

supo,

como

dicen, un punto
,

más que
;

el

diablo. El

cómo

6

para qué nos encantó

nadie lo sabe

y

ello dirá

andando

los

tiempos, que no están

muy
los

lejos,

según imagino.

Lo que
es

á

mí me admira

es,

que

sé tan cierto

como ahora

de dia,

que Durandarte acabó
después de muerto
nos
:

,

le

de su vida en mis brazos, y que, saqué el corazón con mis propias malibras,

y en verdad que debia de pesar dos
los

porque, sees

gún

naturales

,

el

que tiene mayor corazón
le tiene

dotado

de mayor valentía del que
esto así, y
se queja

pequeño

Pues siendo

que realmente murió

este caballero,
,

¿cómo ahora
si

y sospira de cuando en cuando
el

como

estuviese

vivo!» Esto dicho,

mismo Durandarte, dando una gran

voz, dijo:
••

¡Oh mi primo Montesinos!

Lo postrero que os rogaba, Que cuando yo fuere muerto,

Y

Oue

mi ánima arrancada llevéis mi corazón

,

Adonde Belerma

estaba,

Sacándomele del pecho, Ya con puñal, ya con daga.-

))

Oyendo
ante
:

lo cual el venerable

Montesinos

,

se

puso de ro-

dillas

el

lastimado caballero, y con lágrimas en los ojos

le dijo

«Ya, señor Durandarte, carísimo primo mió, va hice

204
lo

I^^N

QUIJOTE DE LA MANCHA.
el

que

me

mandastes en
el

aciago dia de vuestra pérdida:
sin

yo os saqué

corazón

lo
el

mejor que pude,

que

os dejase

una mínima parte en
zuelo de puntas
;

pecho
con
él
el

;

yo

le

limpié con un pañi,

yo

partí

de carrera para Francia haseno de
la tierra,
las

biéndoos primero puesto en

con tantas

lágrimas, que fueron bastantes á lavarme

manos y lim-

piarme con
las

ellas la
:

sangre que tenian de haberos andado en

y por más señas, primo de mi alma, en el primero lugar que topé, saliendo de Roncesvalles eché un
entrañas
,

poco de
fuese,
la
si

en vuestro corazón, porque no oliese mal, y no fresco, á lo menos amojamado á la presencia de
sal

señora Belerma, á la cual, con vos y conmigo, y con

Gua-

diana, vuestro escudero, y con la dueña Ruidera y sus siete
hijas

y dos sobrinas, y con otros

muchos de

vuestros cono-

cidos y amigos, nos tiene aquí encantados el sabio Merlin,

há muchos años; y aunque pasan de quinientos, no se ha muerto ninguno de nosotros; solamente faltan Ruidera y sus
hijas

y sobrinas,

las

cuales llorándoos, por
las

compasión que

debió de tener Merlin dellas,

convirtió en otras tantas lala
:

gunas, que ahora en
cia de la
hijas

el

mundo
las

de los vivos y en

provinlas siete

Mancha

las

llaman

lagunas de Ruidera
las

son de los reyes de España, y

dos sobrinas de los

caballeros de

una Orden santísima, que llaman de San Juan.

Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra
desgracia, fué convertido en un rio llamado de su

mesmo
y

nombre,

el

cual,

cuando llegó
,

á la superficie de la tierra
el

vio el sol del otro cielo

fué tanto

pesar que sintió de ver

que os dejaba, que
pero,

se

sumergió en

las

entrañas de

la tierra;

como no

es posible dejar

de acudir á su natural corv se muestra donde
el sol

riente, de

cuando en cuando

sale

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
y
las

XXIII.

205
las

gentes

le

vean. Vanle administrando de sus aguas
,

referidas lagunas
le

con

las

cuales

,

y con otras muchas que se
Portugal. Pero, con

llegan, entra
,

pomposo y grande en
,

todo esto

por donde quiera que va

muestra su

tristeza

y

melancolía; y no se precia de criar en sus aguas peces regalados y de estima, sino burdos y desabridos, bien diferentes

de

los del

Tajo dorado; y esto que agora os digo ¡oh primo

mió!
déis,

os lo

he dicho muchas veces; y como no

imagino que no

me

dais crédito ó

no

me responme oís, de lo
os

que yo recibo tanta pena cual Dios
quiero dar ahora,
las

lo sabe.

Unas nuevas

cuales

,

ya que no sirvan de alivio á

vuestro dolor, no os

le

aumentarán en ninguna manera. Say de quien tantas cosas tiene
(

bed que

tenéis aquí en vuestra presencia

y abrid

los ojos

veréislo) aquel gran caballero,

profetizadas el sabio Merlin; aquel

Don

Quijote de

la

Man-

cha, digo, que de nuevo, y con mayores ventajas que en
los

pasados siglos, ha resucitado en los presentes

la

ya olviser

dada andante caballería, por cuyo medio y favor podria

que nosotros fuésemos desencantados; que
ñas para los grandes
)y

las

grandes haza-

hombres

están guardadas.
el

—-Y cuando así no sea, respondió

lastimado Durandarte

con voz desmayada y baja; cuando

así

no sea ¡oh primo!

digo, paciencia y barajar»; y volviéndose de lado, tornó á su

acostumbrado silencio

,

sin hablar

más

palabra.

Oyéronse en

esto grandes alaridos y llantos, acompaíiados de profundos

gemidos y angustiados sollozos. Volví la cabeza y vi por las paredes de cristal que por otra sala pasaba una procesión de
,

dos hileras de hermosísimas doncellas, todas vestidas de luto,

con turbantes blancos sobre

las

cabezas,

al

modo

turquesco.
la

Al cabo V

fin

de

las hileras

venia una seríora, que en

gra-

2o6
vedad

DON (^JIJOIK DE LA MANCHA.
lo parecía,

asimismo vestida de negro, con tocas blany largas, que besaban
el

cas, tan tendidas

la tierra.

Su turbante
era

era

mayor dos veces que

mayor de alguna de
vez

las otras;

cejijunta, la nariz algo chata, la
los labios; los dientes,

boca grande, pero colorados
los descubría,

que
,

tal

mostraban

ser ralos

y no bien puestos

aunque eran blancos como unas

peladas almendras; traia en las
entre
él, á

manos un

lienzo delgado, y

lo

que pude

divisar,

un corazón de carne mo-

mia, según venia seco y amojamado. Díjome Montesinos

cómo

toda aquella gente de

la

procesión eran sirvientes de
allí

Durandarte y de Belerma, que

con sus dos señores esta-

ban encantados, y que la última, que traia el corazón entre el lienzo y en las manos era la señora Belerma la cual con
, ,

sus doncellas, cuatro dias en la

semana, hacia aquella pro-

cesión

,

y cantaban, ó por mejor decir, lloraban endechas so-

bre

el
si

cuerpo y sobre

que

me

lastimado corazón de su primo; y habia parecido algo fea, ó no tan hermosa como
el

malas noches y peores dias que en aquel encantamento pasaba, como lo podia ver en sus
tenia la
la

fama, era

causa

las

grandes ojeras y en su color quebradiza
su amarillez y sus ojeras de estar con
nario en las mujeres, porque há

:

^y no toma ocasión

el

mal mensil, ordi-

muchos meses, y aun años,
que
las

que no

le tiene ni

asoma por

sus puertas; sino del dolor

siente su corazón por el

que de contino tiene en
la

manos,

que

le

renueva y trae á
si

memoria

la

desgracia de su mal
la

logrado amante; que

esto

no fuera, apenas
la

igualara

en hermosura, donaire y brío

gran Dulcinea del Toboso,
,

tan celebrada en todos estos contornos

y aun en todo

el

mundo.
»

— Cepos quedos,

dije

yo entonces, señor don Montesí-

»

SEGUNDA PARTE. CAPITULO
nos: cuente vuesa

XXIII.

207

merced su

historia

como

debe; que ya sabe

que toda comparación

es odiosa;
:

y

así,

no hay para qué com-

parar á nadie con nadie

la sin

par Dulcinea del Toboso es

quien es, y
sido...

la

señora doíia Belerma es quien es y quien ha

))A

y quédese aquí.» lo que él me respondió

:

«Señor

Don
la

Quijote, perdó-

neme vuesa merced; que yo
dije bien
la

confieso

que anduve mal y no
señora Dulcinea a

en decir que apenas igualara

señora Belerma; pues

me
la

bastaba a

mí haber entendido,
es su caballero,

por no

qué barruntos, que vuesa merced

para que

me

mordiera
cielo.

lengua antes de compararla sino

con

el

mismo

))Con esta satisfacion que
quietó

me

dio

el

gran Montesinos,
oir

se

mi corazón
la

del sobresalto

que recebí en

que

á

mi

señora

— Y aun me
— No,

comparaban con Belerma.
maravillo yo, dijo Sancho, de

cómo

vuesa

merced no

se subió sobre el vejóte,
le

y

le

molió á coces toellas.

dos los huesos, y

peló

las

barbas, sin dejarle pelo en

Sancho amigo, respondió

Don

Quijote; no

me

estaba á

bien hacer eso, porque estamos todos obligados

á tener respeto á los ancianos,

aunque no sean

caballeros, y
:

principalmente á

los

que

lo

son y están encantados

yo

bien que no nos quedamos á deber nada, en otras

muchas

demandas y respuestas que entre los dos pasamos.» A esta sazón dijo el primo « Yo no sé señor Don Qui:

,

jote,

cómo

vuesa merced, en tan poco espacio de tiempo

como ha

estado allá bajo, haya visto tantas cosas y hablado

y respondido tanto.

— ¿Cuánto he — Poco más de una

estado? preguntó

Don

Quijote.

hora, respondió Sancho.

2o8

nON QUIJOTE
no puede

DF.

LA MANCHA,

— Eso
me

ser, replicó

Don
,

Quijote, porque allá

anocheció y amaneció, y tornó á anochecer y á amane;

cer hasta tres veces

de

modo que

á

mi cuenta

,

tres dias
la vista

he estado en aquellas partes remotas y escondidas á
nuestra.

— Verdad
como
mento, quizá
parecer

debe de decir mi señor, dijo Sancho; que,

todas las cosas
lo

que

le

han sucedido son por encanta-

que

á nosotros nos parece

un hora debe de

allá tres dias

con sus noches.

— Así
—Y

será, respondió

Don

Quijote.

¿ha comido vuesa merced en todo este tiempo, seel

ííor

mió? preguntó

primo.

— No me he desayunado de bocado, respondió Don Quijote, ni

aun he tenido hambre,
los

ni

por pensamiento.

primo. — Y encantados ¿comen? — No comen, respondió Don Quijote,
dijo el

ni tienen excre-

mentos mayores; aunque
las

es

opinión que

les

crecen

las

uñas,

— Y ¿duermen por
guntó Sancho.

barbas y los cabellos.

ventura

los

encantados, señor? pre-

— No por
estos tres dias

cierto, respondió

Don

Quijote; á lo menos, en
ellos,

que yo he estado con yo tampoco.
el

ninguno ha pe-

gado

el ojo, ni

— Aquí encaja bien
ni

refrán, dijo

Sancho, de udime con

quién andas, decirte he quién

eres.))
:

Ándase vuesa merced
si

con encantados, ayunos y vigilantes

mirad

es

mucho que

coma ni duerma mientras con ellos dóneme vuesa merced, señor mió, si
blo)
si

anduviere. Pero perle

digo que de todo
el

cuanto aquí ha dicho, lléveme Dios (que iba á decir
le

dia-

creo cosa alguna.

!

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXllI.

209
el

— ¿Cómo
señor

no! dijo

el

primo. Pues ¿habia de mentir

Don

Quijote, que, aunque quisiera, no ha tenido lu-

gar para componer é imaginar tanto millón de mentiras
creo

— Yo no que mi miente, respondió Sancho. — no, ;qué preguntó Don — Creo, respondió Sancho, que Merlin,
señor
Si

crees? le

Quijote.

aquel
la

ó aquellos

encantadores que encantaron á toda

chusma que vuesa
allá bajo,
le

merced dice que ha
jaron en
el

visto
la

y comunicado

enca-

magin ó
,

memoria toda

esa

máquina que nos

ha contado y todo aquello que por contar le queda. Todo eso pudiera ser, Sancho, replicó Don Quijote;

pero no

es así,

porque

lo

que he contado,

lo vi

por mis pro-

pios ojos, y lo toqué con mis
dirás

mismas manos. Pero ¿qué

cuando

te

diga yo ahora

cómo,

entre otras infinitas
(las cuales
el

cosas y maravillas

que

me

mostró Montesinos
las iré

despacio y á sus tiempos te

contando en

discurso

de nuestro viaje, por no ser todas deste lugar),
tres labradoras,

me

mostró

que por aquellos amenísimos campos iban

saltando y brincando

como
una

cabras; y apenas las

hube

visto,

cuando conocí
las

par Dulcinea del Toboso, y otras dos aquellas mismas labradoras que venian con ella,
ser la
la sin

que hablamos
nos
si las

á la salida del

Toboso! Pregunté

á

Montesiél

conocía: respondióme que no; pero que

imagi-

naba que debian de
das
,

ser algunas señoras principales encanta-

que pocos
;

dias habia

que en aquellos prados hablan
,

parecido y que no me maravillase desto porque allí estaban otras muchas señoras de los pasados y presentes siglos, encantadas en diferentes y extrañas figuras entre
,

las

cuales co-

nocía

él á la reina
el

escanciaba
14

Ginebra y su dueña Quintañona, la que vino á Lanzarote cuando de Bretaña vino.
III

2IO

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
decir esto á su

Cuando Sancho Panza oyó
perder
el

amo, pensó
sabia la verél

juicio ó morirse de risa;

que como

él

dad del fingido encanto de Dulcinea, de quien
el

habia sido

encantador y

el

levantador de

tal

testimonio, acabó de co-

nocer indubitablemente que su señor estaba fuera de juicio

y loco de todo punto, y

y merced, vuesa caro aciago dia bajó pasazón en peor en y
:

así le dijo

«

En mala coyuntura
se

trón mió,
el

al

otro

mundo, y en mal punto
tal

encontró con
se estaba

señor Montesinos, que

nos

le

ha vuelto. Bien
tal

vuesa merced acá arriba con su entero juicio,
se le

cual Dios

habia dado, hablando sentencias y dando consejos á cada

paso, y no agora, contando los mayores disparates que pue-

den imaginarse.

— Como

te

conozco, Sancho, respondió
tus palabras.
las

Don

Quijote,

no hago caso de

— Ni yo tampoco de
me
las

de vuesa merced, replicó San-

cho, siquiera
dicho, ó por

hiera, siquiera

me mate
si

por
las

las

que

le

he

que

le

pienso decir,

en

suyas no se

corrige y enmienda. Pero

dígame vuesa merced, ahora que
á la señora nues-

estamos en paz
tra

:

¿cómo ó en qué conoció


mos

ama?

habló, ¿qué dijo, y qué le respondió? Conocíla, respondió Don Quijote, en que trae los messi la

Y

vestidos

que

traia

cuando tú

me

la mostraste.

Habléla;

pero no

me

respondió palabra; antes

me

volvió las espaldas,
la alcanzaria

y se fué huyendo con tanta priesa, que no
jara.

una

Quise seguirla; y

lo hiciera,

si

no

me

aconsejara
seria

Mon,

tesinos

que no

me

cansase en ello

,

porque

en balde

y

más porque
salir

se llegaba la

hora donde

me

convenia volver á
el

de

la

sima.

Díjome asimesmo que, andando

tiempo,
él

se

me

daria aviso

cómo

habian de ser desencantados

v Be-

»

,

SEGUNDA PARTE. CAPITULO
lerma y Durandarte, con todos
los

XXIII.

211

que

allí

estaban. Pero lo

que más pena

me

dio de las que

allí vi

y noté, fué que es-

tándome diciendo Montesinos
por un lado, sin que yo
pañeras de
la sin

estas razones, se llegó á

la viese

venir,

una de

las

dos

mí com-

ventura Dulcinea, y llenos

los ojos

de lá-

grimas, con turbada y baja voz
cinea del
á vuesa

me

dijo

:

«

Mi

señora Dul-

Toboso besa
se la

á vuesa

merced

las

manos, y suplica
está,

y que, por estar en una gran necesidad, asimismo suplica á vuesa

merced

haga de hacerla saber cómo

merced cuan encarecidamente puede,
tarle sobre este faldellin

sea servido de pres-

que aquí traigo, de cotonía, nuevo,
ó
los

media docena de
ella

reales

,

que vuesa merced tuviere; que

da su palabra de volvérselos con
el tal
:

mucha

brevedad.
al

»

Sus-

pendióme y admiróme
Montesinos
,

recado; y volviéndome

señor

le

pregunté

« ¿

Es posible

,

señor Montesinos

que
))

los

encantados principales padecen necesidad?

A
,

lo

que

él

me

respondió
la

:

«

Créame vuesa merced
esta

,

se-

ñor

Don

Quijote de

Mancha, que

que llaman nece-

sidad

adonde quiera

se usa

alcanza, y aun hasta los

y por todo se extiende y á todos encantados no perdona; y pues la
seis reales

señora Dulcinea del Toboso envia á pedir esos
la

prenda

es

buena (según parece), no hay sino
estar puesta en
la

dárselos;

y que
,

sin
))

duda debe de

— Prenda no
,

algún grande aprieto.
respondí, ni

tomaré yo,

le

menos

le
)i

daré
;

lo

que pide
le di

porque no tengo sino
los

solos cuatro reales

los

cuales

(que fueron

que tú, Sancho,

me

diste el otro
los

dia para dar limosna á los pobres

que topase por

cami-

nos), y le dije:

»

Decid, amiga mia, á vuesa señora que á

mí me

pesa en

el

alma de

sus trabajos, y
le

que quisiera

ser

un Fúcar para remediarlos, v que

hago saber que yo no

,

212

DON QIJIJOTE DE LA MANCHA.
ni

puedo

debo tener salud

,

careciendo de su agradable vista

y discreta conversación, y que le suplico cuan encarecidamente puedo, sea servida su merced de dejarse ver y tratar
deste su cautivo servidor y asendereado caballero. Diréisle

también que, cuando menos

se lo piense, oirá decir

cómo

yo he hecho un juramento y voto, á modo de aquel que hizo el Marqués de Mantua, de vengar á su sobrino Baldovinos,

cuando

le halló

para espirar en mitad de

la

montiña,
zaran-

que fué de no comer pan á manteles, con
dajas

las otras

que

allí

añadió, hasta vengarle; y
las siete el

así le

haré yo de no

sosegar y de andar
tualidad

partidas del

mundo con más pun-

que

las

anduvo

infante

don Pedro de Portugal,

hasta desencantarla.
))

— Todo

eso y
la

más debe vuesa merced
:

á

mi señora»,
,

me

respondió

doncella

y tomando

los

cuatro reales

en

lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se
levantó dos varas de medir en
el aire.

— ¡Oh

santo Dios! dijo á este tiempo, dando una gran
tal

voz, Sancho: ¿es posible que

hay en

el

mundo, y que
tan dis-

tengan en

él

tanta fuerza los encantadores y encantamentos
el

que hayan trocado
paratada locura!

buen

juicio de

mi señor en una

¡Oh

señor, señor! por quien Dios es, que
sí,

vuesa merced mire por

y vuelva por su honra, y no dé
le

crédito á esas vaciedades,

que

tienen

menguado y

desca-

balado

el sentido.

— Como
dijo

me

quieres bien, Sancho, hablas desa manera,

Don

Quijote; y

como no

estás

experimentado en

las

cosas del

mundo

,

todas las cosas que tienen algo de dificulel

tad te parecen imposibles; pero andará

tiempo,
las

como
allá

otra

vez he dicho, y yo te contaré algunas de

que

bajo

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIV.
he
visto,

21 3

que

te

harán creer

las

que aquí he contado, cuya

verdad ni admite réplica ni disputa.»

CAPITULO XXIV.
Donde
se

cuentan mil zarandajas tan impertinentes

como

necesarias

al

verdadero

entendimiento desta grande

historia.

Dice

el

que tradujo

esta

grande historia del original de

la

que escribió su primer autor Cide Hamete Benengeli, que
llegando
nos, en
al el

capítulo de la aventura de la cueva de Montesi-

margen

del estaban escritas de

mano

del

mismo

Hamete
«

estas

mismas razones:
á entender ni
le

No me
valeroso
el

puedo dar

me puedo
La

persuadir que

))al

Don

Quijote

pasase puntualmente todo lo que

«en
»

antecedente capítulo queda escrito.

razón es, que
sido contingile hallo
ir

todas las aventuras hasta aquí sucedidas

han

)ibles

y verisímiles; pero á esta de

la

cueva no

en-

))trada
.)de los
))jote

alguna para tenerla por verdadera, por

tan fuera

términos razonables. Pues pensar yo que
,

Don Quiel

mintiese

siendo

el

más verdadero hidalgo y
Por
las

más no-

))ble

caballero de sus tiempos, no es posible: que no dijera

«él

una mentira
él la

si le

asaetearan.

otra parte, considero

nque
))y
«

contó y

la dijo

con todas

circunstancias dichas,

que no pudo fabricar en tan breve espacio tan gran inási

quina de disparates; y
tengo
la

esta aventura parece apócrifa,

yo

))no
))la

culpa; y así, sin afirmarla por falsa ó verdadera,

escribo.

Tú,

letor, pues eres
ni

prudente, juzga lo que

te

«pareciere;
))

que yo no debo que
al

puedo más; puesto que
fin

se

tiene por cierto

tiempo de su

y muerte dicen que

«se retrató della, y dijo

que

él la

habia inventado, por pa-

2 14

I^ON

QUIJOTE DE LA MANX'HA.
las

«recerle

que convenia y cuadraba bien con

aventuras que

whabia leido en sus historias.»

Y

luego prosigue diciendo:

Espantóse
za,

el

primo

,

así del

atrevimiento de Sancho Pan-

como de

la

paciencia de su

amo, y juzgó que

del con-

tento que tenia de haber visto á su señora Dulcinea del

To-

boso, aunque encantada,

le

nacia aquella condición blanda
si

que entonces mostraba; porque
razones
le dijo

así

no fuera, palabras y

Sancho, que merecian molerle á palos; porle

que realmente

pareció que habia andado atrevidillo con

su señor, á quien le dijo:

«Yo, señor Don Quijote de
la

la

Mancha
cosas
la

,

doy por bien-empleadísima
ella

jornada que con

vuesa merced he hecho , porque en
:

he granjeado cuatro

primera, haber conocido á vuesa merced, que lo
la

tengo á gran felicidad;

segunda, haber sabido
,

lo

que

se

encierra en esta cueva de Montesinos

con

las

mutaciones de
servirán para

Guadiana y de
el

las

lagunas de Ruidera, que

me

Ovidio español, que traigo entre manos; la tercera, entenla

der

antigüedad de

los naipes

,

que por

lo

menos va

se usa-

ban en tiempo del emperador Cario Magno, según puede
colegirse de las palabras

que vuesa merced dice que

dijo

Du-

randarte, cuando

al

cabo de aquel grande espacio que estuvo
,

hablando con

él

Montesinos
razón y

él

despertó diciendo

:

paciencia

y

barajar.

Y esta

modo

de hablar no

la

pudo apren-

der encantado, sino cuando no lo estaba, en Francia y en

tiempo del referido emperador Cario Magno.
guación

Y esta

averi-

me

viene pintiparada para
es

el

otro libro que vov
la

componiendo, que
acordó de poner

Suplemento de Virgilio Polidoro en

invención de las antigüedades ; y creo
la

que en
la

el

suyo no

se

de

los naipes,

como

pondré yo ahora,

que

será de

mucha

importancia, v más alegando autor tan

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIV.
grave y tan verdadero
es

2
la

I

i^

como

es el

señor Durandarte;
el

cuarta

haber sabido con certidumbre

nacimiento del

rio

Gua-

diana, hasta ahora ignorado de las gentes.

— Vuesa
quién piensa
Señores

merced

tiene razón, dijo
le

Don

Quijote; pero
se le
á

querria yo saber, ya que Dios

haga merced de que

dé licencia para imprimir esos sus libros (que lo dudo),
dirigirlos.

rigirse, dijo el

— España, y grandes hay primo. — No muchos, respondió Don
en

á quien

puedan

di-

Quijote; y no porque no

lo

merezcan, sino que no quieren admitirlos, por no oblial

garse á la satisfacion que parece se debe

trabajo y cortesía

de sus autores.
falta

Un

príncipe conozco yo, que puede suplir la
tantas ventajas,

de

los

demás con

que

si

me

atreviera á

decirlas, quizá despertara la invidia en

más de cuatro genetiempo más
esta noche.

rosos pechos; pero quédese esto aquí para otro

cómodo, y vamos

á buscar

adonde recogernos
el

— No

lejos

de aquí, respondió

primo,

está

una ermita,

donde hace su habitación un ermitaño, que dicen ha sido
soldado, y está en opinión de ser un buen cristiano, y
discreto, y caritativo ademas.

muy

Junto con

la

ermita tiene una

pequeña

casa,

que
es

él

ha labrado

á su costa; pero

con todo,

aunque chica,

capaz de recibir huéspedes.
gallinas el tal ermitaño?

— ¿Tiene por ventura
Sancho.

preguntó

— Pocos ermitaños
jote;

están sin ellas, respondió

Don Quiaquellos de

porque no son

los

que agora

se

usan

como

los desiertos

de Egipto, que se vestían de hojas de palma y comian raíces de la tierra. Y no se entienda que por decir
, ,

bien de aquellos no lo digo de aquestos

sino que quiero de-

2l6
cir

DON QUIJOTE DK LA MANCHA.
al

que

rigor y estrecheza de entonces

no llegan

las

pe-

nitencias de los de agora; pero

no por

esto dejan de ser todos
los

buenos.

A

lo

menos, yo por buenos
el

juzgo; y cuando

todo corra turbio, menos mal hace

hipócrita, que se finge

bueno, que

el

público pecador.»
ellos

Estando en esto, vieron que hacia donde
nia á

estaban ve-

un hombre á

pié,

caminando

apriesa, y

dando varazos
alabardas.

un macho que venia cargado de lanzas y de
llego á ellos, los saludó, y pasó de largo.

Cuando

Don Quivais

jote le dijo:

«Buen hombre, deteneos; que parece que
detener, señor, respondió

con más diligencia que ese macho ha menester.

—-No
porque

me puedo
así,

el

hombre,
Pero
está

las

armas, que veis que aquí llevo, han de servir acaso

mañana; y
si

me

es forzoso el

no detenerme, y
en

á Dios.

quisiéredes saber para

qué

las llevo,

la venta,

que
si

más

arriba de la ermita, pienso alojar esta noche; y

es

que
con-

hacéis este

mesmo camino,

allí

me

hallaréis,
tal

donde

os

taré maravillas;
el

y á Dios otra vez»: y de

manera aguijó

macho, que no tuvo lugar Don Quijote de preguntarle
las

qué maravillas eran

que pensaba
le

decirles;

y

como

él

era

algo curioso, y siempre

fatigaban deseos de saber cosas
se partiesen,

nuevas, ordenó que
sar la

al

momento
quedaran.

y fuesen á pa-

noche en

la

venta, sin tocar en la ermita, donde quise

siera el

primo que
así,

Hízose

subieron á caballo, y siguieron todos tres
la

el

derecho camino de

venta y

la

ermita, á
el

la

cual llegaron

un poco antes de anochecer. Dijo
que llegasen á
ella á

primo

á

Don

Quijote

beber un trago. Apenas oyó esto Sanel
el

cho Panza, cuando encaminó

Rucio

á la

ermita, v lo
la

mismo

hicieron

Don

Quijote v

primo; pero

mala suerte

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIV.
de Sancho parece que ordenó que
el

217

ermitaño no estuviese
la er-

en casa; que

así se lo dijo

una sotaermitaño que en

mita hallaron.
Pidiéronle de lo caro. Respondió que su señor no lo tenia;

pero que

si

querían agua barata, que se

la daria

de

muy

buena gana.
«Si yo la tuviera de agua, respondió Sancho, pozos hay

en

el

camino, donde

la

hubiera satisfecho.
la casa

¡Ah bodas de

Camacho y abundancia de
tas

de don Diego, y cuán!

veces os tengo de echar

menos

Con

esto dejaron la ermita y picaron hacia la venta

,

y

á

poco trecho toparon un mancebito, que delante

dellos iba

caminando no con mucha
vaba
la

priesa
,

,

y

así

le

alcanzaron. Lle-

espada sobre
al

el

hombro y en

ella

puesto un bulto ó

envoltorio,

parecer, de sus vestidos, que debian de ser los
;

calzones ó gregüescos y herreruelo y alguna camisa
traia

porque

puesta una ropilla de terciopelo con algunas vislum-

bres de raso, y la camisa de fuera; las medias eran de seda,

y

los zapatos

cuadrados, á uso de Corte;

la

edad

llegarla á
al

diez y ocho ó diez y nueve años; alegre de rostro, y,

pa-

recer, ágil de su persona: iba cantando seguidillas para en-

tretener el trabajo del camino.

Cuando

llegaron á él, aca-

baba de cantar una, que
dicen que decia
:

el

primo tomó de memoria, que
me
lleva

A
Mi

la

guerra
;

necesidad

Si tuviera

dineros,

No
El primero que
«

fuera en verdad.

le

habló fué

Don

Quijote, diciéndole:
,

Muy

á la ligera

camina vuesa merced
si

señor galán
^^

;

y

¿adonde bueno? Sepamos,

es

que gusta

decirlo.

21 8

DON Q¿JIJOTE DE LA MANCHA.
lo

A
lo

que
el

el

mozo
la

respondió

:

«El caminar tan á

la ligera

causa

— ¿Cómo
el

calor y la pobreza, y

adonde voy

es á la guerra.

pobreza! preguntó
ser.

Don

Quijote; que por

calor bien

puede

— Señor,
los gasto

replicó el

mancebo, yo
,

llevo en este envoltorio
ropilla
ellos
:

unos gregüescos de terciopelo
en
el

compañeros desta
podré honrar con

si

camino, no

me

en

la

ciudad, y no tengo con qué comprar otros; y

así

por esto

como por orearme, voy

desta

manera hasta alcanzar unas
que camiser

compañías de infantería, que no están doce leguas de aquí,

donde asentaré mi plaza; y no
nar de
allí

faltarán bagajes en

adelante hasta

el

embarcadero, que dicen ha de

en Cartagena; y más quiero tener por

Rey, y

servirle

en

la

—Y
Si

y por señor al guerra, que no á un pelón en la Corte.

amo

¿lleva vuesa
el

merced alguna ventaja por ventura?
grande de España ó
el

preguntó

primo.
á algún
al-


gún

yo hubiera servido

principal personaje, respondió
la llevara;

mozo,

á

buen seguro
buenos; que

que yo

que eso tiene

el

servir á los

del tinelo suelen sus pajes salir á ser alféreces ó capitanes, ó

con algún buen entretenimiento
serví

;

pero yo

¡

desventurado

!

siempre á catariberas y á gente advenediza, de ración

y quitación tan mísera y atenuada, que en pagar el almidonar un cuello se consumía la mitad della; v seria tenido á

milagro que un paje aventurero alcanzase alguna siquiera
razonable ventura.

— Y dígame por
¿es posible

su vida, amigo, preguntó
los

Don

Quijote,

que, en

años que sirvió, no ha podido alcan-

zar alguna librea?

— Dos me han dado, respondió

el

paje; pero así

como

al

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIV.
que
se sale
le

219
le

de alguna religión antes de profesar,

quitan

el

hábito y

vuelven sus vestidos,
;

así

me

volvían á

los
la

mios mis amos que acabados
corte
,

los

negocios á que venian á
las libreas

se volvían á sus casas

,

y recogían

que por

sola ostentación hablan dado.

— ¡Notable espilorchería
salido de la corte

!

como

dice el italiano, dijo
el

Don

Quijote; pero con todo eso, tenga á felice ventura

haber

con tan buena intención como
la tierra,

lleva; por-

que no hay otra cosa en

más honrada

ni de

más

provecho, que servir á Dios primeramente, y luego á su rey
y señor natural, especialmente en
el

ejercicio de las
lo

armas,

por

las

cuales se alcanza,

si
,

no más riquezas, á

menos

más honra que por
que

las letras

como yo tengo dicho muchas
las le-

veces; que puesto que
tras
las

han fundado más mayorazgos
los

armas, todavía llevan un no sé qué
de
las letras,

de

las

armas á
se halla
le

los

con un

qué de esplendor que

en

ellos,

que

los aventaja á todos.
la

Y
es
le

esto

que ahora
de

quiero decir, llévelo en
alivio

memoria, que
adversos que

le será

mula

cho provecho y
imaginación de

en sus trabajos; v

que aparte

los sucesos es la

podrán venir;
ésta sea

que
el

el

peor de todos

muerte, y

como

buena,

mejor de todos

es el morir.

Preguntáronle á Julio César,

aquel valeroso emperador romano, cuál era la mejor muerte.

Respondió que

la

impensada,

aunque respondió como

de repente y no prevista; y gentil y ajeno del conocimiento del
la

verdadero Dios, con todo eso, dijo bien para ahorrarse del
sentimiento

humano; que puesto

caso que os
tiro

maten en
artillería

la

primera facción y refriega, ó ya de un

de

ó

volado de una mina, ¿qué importa? todo es morir, y acabóse
la

obra; v según Terencio,

más bien parece

el

soldado muerto

220
en
la

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
batalla
el

que vivo y salvo en

la

huida, y tanto alcanza
de obediencia á sus

de fama

buen soldado, cuanto

tiene

capitanes y á los que mandarle pueden.

Y

advertid, hijo,

que

al

soldado, mejor
si

le está el oler á

pólvora que á algalia,

y que

la vejez os

coge en

este

honroso ejercicio, aunque

sea lleno de heridas y estropeado ó cojo, á lo

menos no

os

podrá coger
la

sin

honra, v

tal

que no os
se

la

podrá menoscabar

pobreza

:

cuanto más, que ya

va dando orden

como

se

entretengan y remedien los soldados viejos y estropeados,
es

porque no
los

bien que se haga con ellos lo que suelen hacer

que ahorran y dan libertad á sus negros, cuando ya son viejos y no pueden servir; que echándolos de casa con título
los

de libres,

hacen esclavos de

la

hambre, de quien no pien-

san ahorrarse sino con la muerte.
decir más, sino
la
el

Y

por ahora no os quiero

que subáis á
cenaréis
os le

las

ancas deste

mi

caballo hasta

venta, y

allí

camino, que

conmigo, y por la mañana seguiréis dé Dios tan bueno como vuestros deconvite de
;

seos merecen.»

El paje no aceptó
cenar con
él

el

las

ancas

,

aunque
que

sí el

de

en
:

la

venta

y á

esta sazón, dicen

dijo

San-

cho entre

hombre

ujVálate Dios por señor! y ¿es posible que que sabe decir tales, tantas y tan buenas cosas como

aquí ha dicho, diga que ha visto los disparates imposibles

que cuenta de
dirán
:

la

cueva de Montesinos
la

!

Ahora bien

,

ello

y en esto llegaron á

venta á tiempo que anochecia,
la

y no

sin

gusto de Sancho, por ver que su señor
castillo,

juzgó por

verdadera venta, y no por

como
las

solia.

No
guntó

hubieron bien entrado, cuando
al

Don
estaba

Quijote preel

ventero por

el

hombre de

lanzas y alabardas,

cual le respondió

que en

la caballeriza

acomodando

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
el

221
el

macho;

lo

mismo

hicieron de sus jumentos
el

Sancho, dando á Rocinante
gar de
la caballeriza.

mejor pesebre y

el

primo y mejor lu-

CAPITULO XXV.
Donde
se

cuenta

la

aventura del rebuzno y
del

la

graciosa del titerero, con adivino.

las

memorables adivinanzas

mono

No

se le cocia el
las

pan á

Don

Quijote,

como
el

suele decirse,

hasta oir y saber

maravillas prometidas del

hombre, conventero
le

dutor de

las

armas. Fuéle á buscar donde

ha-

bia dicho que estaba, y hallóle, y díjole que en todo caso le
dijese

luego

lo

que

le

habia de decir después
el

,

acerca de lo

que

le

habia preguntado en
le
el

camino.
despacio, y no en pié, se
:

El

hombre

respondió

:

uMás

ha de tomar

cuento de mis maravillas

déjeme vuesa
bestia;

merced, señor bueno, acabar de dar recado á mi

que

yo

le diré

cosas

que

le

admiren.

— No quede por
ayudaré á todo»; y

eso, respondió
así lo

Don

Quijote; que yo os

hizo, aechándole la cebada y limal

piando
tarle

el

pesebre, humildad que obligó
lo

hombre

á con-

con buena voluntad

que

le
él,

pedia; y sentándose en

un poyo, y
auditorio
al

Don

Quijote junto á
al

primo,

teniendo por senado y paje, á Sancho Panza y al ventero,

comenzó

á decir desta

manera

«Sabrán vuesas mercedes que en un lugar que está cuatro leguas

y media desta venta, sucedió que á un regidor y engaño de una muchacha, criada suya
le faltó

del, por industria

(y esto es largo de contar),
tal

regidor hizo

las diligencias

un asno, y aunque el posibles por hallarle, no fué

»

222
posible.

DON (QUIJOTE DE LA MANCHA.
Quince
el

dias serian pasados,

según

es
la

pública voz v
plaza
dijo
el
:

fama, que

asno faltaba, cuando estando en

regi-

dor perdidoso, otro regidor del

mismo pueblo le

«Dad-

me
))

albricias,

compadre; que vuestro jumento ha parecido.
el

— Yo

otro;
»

mando, y buenas, compadre, respondió pero sepamos dónde ha parecido.
os las
el

— En

monte, respondió
sin aparejo
:

el

hallador,

le

vi esta

mamí y

ñana, sin albarda y

alguno, y tan

flaco,

que era

una compasión miralle
traérosle;

quísele antecoger delante de

pero está ya tan montaraz y tan huraño, que
él, se
si

cuando llegué á

fué

condido del monte;
carle,

huyendo y se entró en lo más esqueréis que volvamos los dos á busen mi casa; que luego

dejadme poner

esta borrica

vuelvo.

«—Mucho

placer

me
la

haréis, dijo

el

del

jumento;

é

yo

procuraré pagároslo en

mesma moneda.
mesma manera
los

))Con estas circunstancias todas, y de la

que yo

lo

voy contando,

lo

cuentan todos aquellos que es-

tán enterados en la verdad deste caso.

En

resolución
al

,

dos
llele

regidores, á pié y

mano

á

mano,

se

fueron

monte; y

gando

al

lugar y

sitio

donde pensaron

hallar el asno,

no

hallaron, ni pareció por todos aquellos contornos,

aunque

más

le

buscaron.
el

«Viendo, pues, que no parecia, dijo
bía visto,
al

regidor que

le

ha-

otro

:

^i

Mirad, compadre
la

:

una traza

me

ha ve-

nido

al

pensamiento, con

cual sin

duda alguna podremos
rebuznar mael

descubrir este animal, aunque esté metido en las entrañas de
la tierra,

no que del monte; y
si

es que...

vo

ravillosamente, y

vos sabéis algún tanto, dad

hecho por

concluido.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
))

223
:

compadre! por Dios, — ¿Algún ventaja mesmos que no dé nadie, aun — Ahora veremos, respondió regidor segundo; portanto decís,
á
dijo el otro
la

ni

á los

asnos.

»)

lo

el

que tengo determinado que os

vais vos
le

por una parte del

monte y yo por
,

otra , de

modo que
sino
el

rodeemos y andemos
asno nos oya y nos

todo; y, de trecho en trecho, rebuznaréis vos y rebuznaré

yo; y no podrá ser

menos
está

que

el

responda
))A lo

,

si

es

que

en

monte.
del

que respondió
la traza es

el

dueño

jumento

:

«Digo, com-

padre

,

que

excelente y digna de vuestro gran inlos dos,

genio»: y dividiéndose

según

el

acuerdo, sucedió
y,

que

casi á

un mesmo tiempo rebuznaron,

cada uno en-

gañado del rebuzno
pensando que ya
dijo el perdidoso
el
:

del otro, acudieron los dos á buscarse,

jumento habia parecido; y en viéndose, «¿Es posible, compadre, que no fué mi

asno
))

el

que rebuznó!
sino yo, respondió el otro.
dijo el

))

— No fué, — Ahora digo,

dueño, que de vos á un asno, comal

padre, no hay alguna diferencia en cuanto toca

rebuznar,

porque en mi vida he
))

visto ni oido cosa

más

propia.
el

— Esas

alabanzas y encarecimientos, respondió

de

la

mejor os atañen y tocan á vos que á mí, compadre; que, por el Dios que me crió, que podéis dar dos rebuznos
traza,

de ventaja

al

mayor y más

perito rebuznador del

mundo;
la

porque

el

sonido que tenéis es alto, lo sostenido de

voz á

su tiempo y compás, los dejos
resolución, yo
la

muchos y

apresurados, y en
la

me

doy por vencido y os rindo
respondió

palma y doy
tendré y

bandera desta rara habilidad.
))

— Ahora digo,

el

dueño, que

me

estimaré en más de aquí adelante, y pensaré que sé alguna

»

«

224

^^^ QUIJOTE DE LA MANCHA.
que puesto que pensaba que
al

cosa, pues tengo alguna gracia;

rebuznaba bien, nunca entendí que llegaba
decís.
»

extremo que

— También — Las
servir

diré

yo ahora, respondió
en
el

el

segundo, que

hay

raras habilidades perdidas

mundo, y que son mal
dellas.
si

empleadas en aquellos que no saben aprovecharse
))

nuestras, respondió el dueiío,

no

es

en casos

semejantes

como

el

que traemos entre manos, no nos pueéste, plega á

den

en otros; y aun en

Dios que nos

sean de provecho.
))

Esto dicho, se tornaron á dividir y volvieron á sus rebuz-

nos, y á cada paso se engañaban y volvian á juntarse, hasta

que
ellos

se dieron
,

por contraseña, que para entender que eran
,

y no

el

asno

rebuznasen dos veces una
,

tras otra.

Con
el

esto,

doblando á cada paso
sin

los

rebuznos, rodearon todo

monte,
señas.
si

que

el

perdido jumento respondiese, ni aun por

Mas ¿cómo

habia de responder

el

pobre y malogrado,

le

hallaron en lo

más escondido
no
;

del bosque,
:

comido de
maravillaba
él

lobos!

Y

en viéndole, dijo su dueño
él

«Ya me

yo de que
nara
si

no respondía, pues
,

á

estar

muerto,

rebuz-

nos oyera

ó no fuera asno

pero á trueco de haberos

oido rebuznar con tanta gracia, compadre, doy por bien

empleado

el

trabajo

que he tenido en buscarle, aunque compadre, respondió
le

le

he

hallado muerto.
»

— En buena mano
si

está,
,

el

otro;

pues

bien canta

el

abad

no

va en zaga

el

monacillo.

))Con esto, desconsolados y roncos, se volvieron á su aldea,

adonde contaron á sus amigos, vecinos y conocidos cuanto
les

habia acontecido en
en
el

la

busca del asno exagerando
,

el

uno
se

la gracia del otro

rebuznar, todo

lo cual se

supo y

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
extendió por
los lugares
es

225

circunvecinos; y

el

diablo, que no
rencillas
el

duerme, como

amigo de sembrar y derramar

y

discordia por do quiera, levantando caramillos en

viento

y grandes quimeras de nonada, ordenó é hizo que las gentes de los otros pueblos, en viendo á alguno de nuestra aldea, rebuznasen
,

como

dándoles en rostro con

el

rebuzno de

nuestros regidores. Dieron en ello los

muchachos, que fué

dar en manos y en bocas de todos los demonios del infierno;

y fué cundiendo el rebuzno de uno en otro pueblo de manera, que son conocidos los naturales del pueblo del rebuzno

como
cos; y

son conocidos y diferenciados

los

negros de

los

blan-

ha llegado
,

á tanto la desgracia desta burla,

que
,

muhan

chas veces

con

mano armada y formado
Rey
ni

escuadrón

salido contra los burladores los burlados á dar

una

batalla, sin

poderlo remediar
creo que

Roque,

ni

temor
salir

ni vergüenza.

Yo
los

mañana ó

esotro dia

han de

en campaña

de mi pueblo, que son

los del

rebuzno, contra otro lugar

que

está á dos leguas del nuestro,
;

que

es

uno de
,

los

que más

nos persiguen
estas lanzas
ravillas,

y por

salir

bien apercebidos
visto.

llevo

compradas
las

y alabardas que habéis
dije

Y estas
si

son

mahan

que

que
»

os habia de contar; y
:

no os

lo
el

parecido , no sé otras

y con esto dio

fin á

su plática

buen

hombre.

Y en

esto entró por la puerta de la venta

un hombre, todo

camuza, medias, gregüescos y jubón, y con voz levantada dijo: «Señor huésped, ¿hay posada? que viene
vestido de

aquí

el

mono

adivino y

el

retablo de la libertad de Meli-

sendra.

¡

Cuerpo de
15

tal! dijo el

ventero

:

¿que aquí está
>>

el

señor

Maese Pedro! Buena noche

se nos apareja.

(Olvidábaseme
III

,

220

DON (^JIJÓTE DE LA MANCHA.
el tal

de decir |Como

Maese Pedro

traia cubierto el ojo iz-

quierdo y casi medio carrillo con un parche de tafetán verde
señal

que todo aquel lado debia de
:

estar enfermo.)

Y el

ven,

tero prosiguió diciendo

«

Sea bien venido vuesa merced
está el

se-

ñor Maese Pedro

:

¿adonde

mono

y

el

retablo,

que

no

— Ya
me

los

veo?
llegan cerca, respondió
si

el

todo camuza, sino que

yo

he adelantado á saber

hay posada.
se la quitara,
el

— Al mismo Duque
al

de Alba
respondió
esta

para dársela
el

señor
el

Maese Pedro

,

ventero

:

llegue

mono

y

retablo;
el verle

que gente hay
y
las

noche en

la venta,

que pa-

gará

habilidades del

mono.
el

— Sea en buen
el

hora, respondió

del parche;

que yo mo-

deraré

precio

,

y con sola

la costa

me

daré por bien paga-

do; y yo vuelvo á hacer que camine la carreta donde viene el mono y el retablo n y luego se volvió á salir de la venta.
:

Preguntó luego
era aquel, y

Don

Quijote

al

ventero qué Maese Pedro
traia.
ti-

qué retablo v qué mono
el

A

lo

que respondió que há muchos

ventero

:

«

Este es un famoso
esta

terero,

dias

que anda por

Mancha de

Aragón, enseñando un retablo de Melisendra libertada por
el

famoso don Gaiféros, que

es

una de

las

mejores y más
á esta parte

bien representadas historias que de

muchos años

en
de

este reino se
la

han

visto.

Trae asimismo consigo un mono,
se vio entre

más
que

rara habilidad

que

monos,

ni se

ima-

ginó entre hombres; porque
á lo
le

si le

preguntan algo,
salta
le

está atento

preguntan, y luego
llegándosele
al

sobre los

hombros de

su

amo, y
le

oido,

dice la respuesta de lo

que

preguntan, y Maese Pedro

la

declara luego; y de las
las

cosas pasadas dice

mucho más que

de

que están por

venir;

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
y aunque no todas veces acierta en todas en
,

22/
yerra,

las

más no
el

de

modo que

nos hace creer que tiene

el

diablo en

cuerpo.
res-

Dos

reales lleva

por cada pregunta,
si

si

es

que
por

el

mono

ponde... quiero decir,

responde
;

el

amo

él,

después de

haberle hablado

al

oido
es

y

así

,

se cree

que

el tal

Maese Pe-

dro está riquísimo; y
lia,

hombre
la

galante,

como

dicen en Ita-

y buon compagno
seis
,

,

y dase

mejor vida del mundo; habla
,

más que

y bebe más que doce
retablo.

todo á costa de su len-

gua y de su mono y de su

En
fieltro,

esto volvió
el

Maese Pedro, v en una
sin cola,

carreta venia el
las

retablo y

mono, grande y
«

con
le

posaderas de

pero no de mala cara; y apenas
le

vio

Don

Quijote,

cuando

preguntó

:

Dígame

vuesa merced, señor adivino,
ser

¿ che pesce

pigliamo ?
»
;

i

qué ha de

de nosotros ? y vea aquí

mis dos
Pedro,
«

reales
el

y

mandó

á Sancho que se los diese á
el

Maese

cual respondió por

mono

y dijo

:

Señor, este animal no responde ni da noticia de
las

las cosas
las

que están por venir; de
sentes algún tanto.

pasadas sabe algo, y de

pre-

^

Voto
i

á

Rus!

dijo

Sancho, no dé yo un ardite porque

me
que

digan lo que por

saber

mí ha pasado; porque ¿quién lo puede mejor que yo mesmo? y pagar yo porque me digan lo
una gran necedad. Pero pues sabe
reales,
las

sé, seria

cosas pre-

sentes,

hé aquí mis dos

y dígame

el

señor monísimo,
se

¿qué hace ahora mi mujer Teresa Panza, y en qué
tretiene?
)i

en-

No

quiso tomar

Maese Pedro
y dando con
,

el

dinero

,

diciendo

:

«

No

quiero recebir adelantados los premios, sin que hayan prece-

dido los servicios
sobre
el

»

:

la

mano

derecha dos golpes
le

hombro

izquierdo

en un brinco se

puso

el

mono

228
en
él,

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
y llegando
la

boca

al

oido, daba diente con diente
este

muy

apriesa; y

habiendo hecho
se

ademan por
el

espacio de
al

un credo, de otro brinco
con grandísima priesa,
llas

puso en

suelo, y
á

punto,

se fué

Maese Pedro
las

poner de rodi:

ante

Don

Quijote, y abrazándole
así

piernas, dijo
las

"Es-

tas

piernas abrazo, bien

como

si

abrazara
la

dos colunas

de Hércules ¡oh resucitador insigne de

ya puesta en olvido

andante caballería! ¡oh no jamas
ballero,

Don

Quijote de

la

como se debe alabado caMancha, ánimo de los desmadesdichados
»

yados, arrimo de los que van á caer, brazo de los caldos,

báculo y consuelo de todos

los

!

Quedó pasmado Don Quijote,
el
el

absorto Sancho, suspenso
el

primo, atónito

el

paje,

abobado

del

rebuzno, confuso
las

ventero, y finalmente espantados todos los que oyeron
el

razones del titerero,

cual prosiguió diciendo

:

«Y

tú ¡oh

mejor escudero y del mejor caballero del mundo! alégrate; que tu buena mujer Teresa está buena,

buen Sancho Panza,

el

y ésta

es la

hora en que

ella está rastrillando

una

libra de

lino; y por

más

seíias, tiene á su lado

izquierdo un jarro desse

bocado, que cabe un buen porqué de vino, con que
tretiene en su trabajo.

en-

— Eso
la

creo yo

muy bien
á

,

respondió Sancho, porque es
ser celosa,

ella

una bienaventurada, y

no

no

la trocara

yo por

giganta Andandona, que, según
cabal y

mi

señor, fué una mujer
aquellas

muy

muv

de pro; y

es

mi Teresa de

que no

se dejan

mal pasar, aunque sea

á costa de sus herederos.

— Ahora
que
lee

digo, dijo á esta sazón
y anda

Don

Quijote, que
sabe

el

mucho

mucho
el

y ve

mucho,

mucho.

Digo

esto

porque ¿qué persuasión fuera bastante para per-

suadirme que hay monos en

mundo que

adivinen,

como

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
lo

229
el

he

visto

ahora por mis propios ojos? Porque yo soy
Quijote de
se
la

mesmo Don

Mancha, que

este

buen animal
alaal

ha dicho (puesto que
banzas); pero,
cielo,

ha extendido algún tanto en mis

como

quiera que yo

me

sea,

doy gracias

que

me

doto de un ánimo blando y compasivo, in-

clinado siempre á hacer bien á todos, y mal á ninguno.


A

Si

yo tuviera dineros,

dijo el paje,
la

preguntara

al

señor

mono qué me ha
lo

de suceder en

peregrinación que llevo.
se

que respondió Maese Pedro (que ya

habia levan-

tado de los pies de

Don

Quijote)

:

((

Ya he

dicho que esta
si

bestezuela no responde á lo por venir; que

respondiera,

no importara no haber dineros; que por

servicio del señor
los intere-

Don
ses

Quijote, que está presente, dejara yo todos

mundo; y agora (porque se lo debo, y por darle gusto) quiero armar mi retablo y dar placer á cuantos están en la venta, sin paga alguna. » Oyendo lo cual el ventero,
del

alegre sobre manera, señaló el lugar
el

donde

se

podia poner

retablo,

que en un punto fué hecho.

Don
del

Quijote no estaba

muy

contento con

las

adivinanzas

mono, por

parecerle no ser á propósito que

un mono
así,

adivinase ni las de por venir ni las pasadas cosas; y

en

tanto que

Maese Pedro acomodaba
de nadie,
le dijo

el

retablo, se retiró
la caballeriza,

Don

Quijote con Sancho á un rincón de
sin ser oidos
:

donde,

«

Mira, Sancho, yo he con-

siderado bien la extraña habilidad deste

mono, y
,

hallo por
,

mi cuenta que

sin

duda

este

Maese Pedro

su

amo debe

de

tener hecho pacto, tácito ó expreso, con

el

demonio.
sin

Si el patio es espeso

y del demonio, dijo Sancho,

duda debe de
es al tal

ser

muy

sucio patio; pero ¿de qué provecho le tener esos patios?

Maese Pedro

230

DON QUIJOTE

DP:

LA MANCHA.
:

— No

me

entiendes, Sancho

no quiero decir sino que
el

debe de tener hecho algún concierto con

demonio, de
co-

que infunda

esa habilidad en

el

mono, con que gane de

mer, y después que esté rico, le dará su alma, que es lo que este universal enemigo pretende y háceme creer esto el ver
;

que
tes,

el

mono no
la

responde sino á

las cosas

pasadas ó presen-

y

sabiduría del diablo no se puede extender á más;
las

que

las

por venir no

sabe,

si

no

es

por conjeturas, y no

todas veces;

que á

sólo

Dios

está reservado
él

conocer
ni

los

tiem-

pos y

los

momentos, y para
es presente.

no hay pasado
así,

por venir;
lo es, está

que todo
claro

Y

siendo esto

como

que

este

maravillado

mono habla con el espíritu del diablo; y estoy cómo no le han acusado al Santo Oficio y exaque
este

minádole, y sacádole de cuajo en virtud de quién adivina;

porque

cierto está

mono no

es astrólogo

,

ni su

amo

ni él alzan ni saben alzar estas figuras

que llaman

judiciarias,

que tanto ahora

se

usan en España, que no hay mujercilla

ni paje ni zapatero

de viejo que no presuma de alzar una
,

figura ,

como

si

fuera una sota de naipes

del suelo ,
la

echando

á perder
llosa

con sus mentiras é ignorancias

verdad maraviá

de

la ciencia.

De
si

una señora

yo que preguntó

uno
te-

destos figureros

que

una

perrilla

de falda pequeña que

nia, se empreñaría y pariría, y cuántos y de
rian los perros

qué color

se-

que

pariese.

A

lo

que

el

señor judiciario,
la
,

después de haber alzado
se

la figura,

respondió que
:

perrica
el

empreñaría

,

encarnado y
tal

el

y pariría tres perricos otro de mezcla, con
las

el
tal

uno verde

otro
la

condición, que

perra se cubriese entre

once y doce del día ó de

la

noche, y que fuese en lunes ó en sábado; y lo que sucedió fué, que de allí á dos dias se murió la perra de ahita, v el

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXV.
señor levantador quedó acreditado en
el

23

I

lugar por acertalos

dísimo judiciario,
tadores.

como

lo

quedan todos ó

más levan-

— Con
dad
lo

todo eso, querria, dijo Sancho, que vuesa mer-

ced dijese á Maese Pedro, preguntase á su

mono

si

es ver-

que á vuesa merced

le

pasó en

la

cueva de Montesinos;

que yo para mí tengo, con perdón de vuesa merced, que
todo fué embeleco y mentira, ó por
lo

menos

cosas soñadas.

— Todo podria
que

ser, respondió

lo

me

aconsejas; puesto

que

Don Quijote; pero yo haré me ha de quedar un no sé
Don Quile

qué de escrúpulo.»
Estando en esto, llegó Maese Pedro á buscar á
jote y decirle

que ya estaba en orden

el retablo;

que su merco-

ced viniese á verle, porque lo merecía.

Don

Quijote

municó su pensamiento, y

le

rogó preguntase luego á su

mono
él le

le dijese si ciertas

cosas que habia pasado en la cueva

de Montesinos, hablan sido soñadas ó verdaderas, porque á
parecía que tenian de todo.

A
el

lo

que Maese Pedro,

sin

responder palabra, volvió á traer

mono, y
:

puesto delante

de

Don

Quijote y de Sancho, dijo
si

«Mirad, señor mono,
que
le

que

este caballero quiere saber

ciertas cosas
si

pasaron
falsas
el al

en una cueva, llamada de Montesinos,

fueron

ó

verdaderas»; y haciéndole la acostumbrada señal,
se le subió

mono
paredice
la

en

el

hombro
cosas
falsas,

izquierdo, y hablándole,

cer, en el oido, dijo luego

Maese Pedro

:

«El

mono

que parte de

las

que vuesa merced vio ó pasó en

y parte verdaderas; y que esto es lo que sabe, y no otra cosa en cuanto á esta pregunta; y que

dicha cueva, son

si

vuesa merced quisiere saber más, que
lo

el

viernes venidero

responderá á todo

que

se le

preguntare; que por ahora se

»

232
le

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
la virtud,

ha acabado

que no

le

vendrá hasta

el

viernes,

como dicho ¿No lo

tiene.

decía yo, dijo Sancho, que no se
lo

me

podia asen-

tar
los

que todo

que vuesa merced, señor mió, ha dicho de
la

acontecimientos de

cueva era verdad,

ni

— Los
que
el

aun

la

mitad?

sucesos lo dirán, Sancho, respondió

Don

Quijote;
se deja

tiempo, descubridor de todas
la

las cosas,

no

ninguna que no

saque á

la luz del sol,

aunque

esté escon-

dida en los senos de

monos

á ver el

y por ahora baste esto, y varetablo del buen Maese Pedro; que para mí
la tierra;

tengo que debe de tener alguna novedad.

— ¿Cómo
encierra en

alguna! respondió
este

Maese Pedro:
cosas
et

sesenta mil

mi

retablo.

Dígole á vuesa merced, mi
las

señor

Don

Quijote, que es una de

más de

ver que

hoy

tiene el

mundo,
que

y operibus credite
se

non verbis; y

ma-

nos á

la labor;

hace tarde, y tenemos

mucho que

hacer y que decir y que mostrar. Obedeciéronle Don Quijote y Sancho, y vinieron donde

ya estaba

el

retablo puesto y descubierto, lleno por todas

partes de candelillas de cera encendidas,

que

le

hacian vis-

toso y resplandeciente.

En

llegando, se metió

Maese Pedro
las figuras del

dentro del, que era
artificio,

el

que habia de manejar

y fuera

se

puso un muchacho, criado del Maese
los misterios

Pedro, para servir de intérprete y declarador de
del tal retablo; tenia

una

varilla

en

la

mano, con que seña-

laba

las figuras

que

sallan.

Puestos, pues, todos cuantos ha-

bia en la venta, y algunos en pié, fi^ontero del retablo, v

acomodados Don Quijote, Sancho,
los

el

paje y el

primo en
lo

mejores lugares,
el

el
11

trujamán comenzó á decir
overe
el

que

oirá

ó verá

que leyere

capítulo siguiente.

:

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVI.

233

CAPITULO XXVI.
Donde
se

prosigue

la

graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad

harto buenas.

Callaron todos y tinos
estaban
,

y
el

troyanos ; quiero decir, pendientes
retablo

todos los que

miraban

,

de

la

boca del
el

declarador de sus maravillas, cuando se oyeron sonar en
retablo cantidad de atabales y trompetas y dispararse
artillería,

mucha
la

cuyo rumor pasó en tiempo breve, y luego alzó
dijo
:

voz

el

muchacho, y
mercedes

«Esta verdadera historia, que aquí

a vuesas

se representa, es sacada al pié

de

la letra

de

las

corónicas francesas , y de los romances españoles , que
las

andan en boca de
calles.

gentes y de los

muchachos por

esas

Trata de

la libertad

que dio

el

señor don Gaiféros á

su esposa Melisendra, que estaba cautiva en España, en po-

der de moros, en

la

ciudad de Sansueña; que
se

así se

llamaba

entonces
cedes
allí

la

que hoy
está

llama Zaragoza.
á las tablas

Y

vean vuesas mer-

cómo

jugando

don Gaiféros, según

aquello que se canta
Jugando
está á las tablas

don Gaiféros

Que

ya de Melisendra está olvidado.

Y

aquel personaje que
las

allí

asoma, con corona en

la

cabeza

y cetro en

manos,
tal

es el

emperador Cario Magno, padre
el

putativo de la

Melisendra,

cual,

mohino de

ver

el

ocio y descuido de su yerno,
la
le

le sale á reñir;

y adviertan con

vehemencia y ahinco que le riñe, que no parece sino que quiere dar con el cetro media docena de coscorrones, y
se los dio,

aun hay autores que dicen que

y

muy

bien da-

,

234

Í^^N

QUIJOTE DE LA MANCHA.

dos; y después de haberle dicho
ligro

muchas

cosas acerca del pela libertad

que corria su honra en no procurar

de su

esposa, dicen

que

le dijo

:

Harto os he dicho, miradlo.

Miren vuesas mercedes también cómo
las

el

Emperador vuelve
,

espaldas y deja despechado á

don Gaiféros

el

cual ya
sí el

ven

cómo

arroja, impaciente de la cólera, lejos de
,
,

ta-

y pide apriesa las armas y á don Roldan su primo, pide prestada su espada Durindana; y cómo don
blero y las tablas

Roldan no
la difícil

se la quiere prestar, ofreciéndole su

compañía en

empresa en que

se

pone; pero
él

el

valeroso enojado

no

lo

quiere aceptar; antes dice que
si
:

solo es bastante para
el

sacar á su esposa,

bien estuviese metida en

más hondo

centro de la tierra

y con esto se entra á armar, para po-

nerse luego en camino. Vuelvan vuesas mercedes los ojos á

aquella torre que

allí

parece, que se presupone que es una

de

las

torres del alcázar de

Zaragoza, que ahora llaman

la

Aljafería; y aquella
tida á lo

dama que en
el

aquel balcón parece, vesallí

moro,

es la sin

par Melisendra, que desde

mu-

chas veces se ponia á mirar
la

camino de Francia, y puesta
se

imaginación en París y en su esposo,

consolaba en

su cautiverio.

Miren también un nuevo caso que ahora su-

cede, quizá no visto jamas.

¿No ven

aquel

moro que

ca-

llandico y pasito á paso, puesto el dedo en la boca, se llega

por

las

espaldas de Melisendra? Pues miren

cómo

la

da un

beso en mitad de los labios, y la priesa que ella se da á escupir y á limpiárselos con la blanca

manga de

su camisa, y

cómo
llos
,

se

lamenta y
si

se arranca
la

de pesar sus hermosos cabeculpa del maleficio. Miren

como

ellos tuvieran

,

,

,

SEGUNDA PARTE, CAPÍTULO
también cómo aquel grave moro, que
redores, es
el

XXVI.

235

está
el

en aquellos corcual por haber

rey Marsilio de Sansueña,

visto la insolencia del

moro, puesto que

gran privado suyo,

le

un pariente y mandó luego prender y que le den
era
las calles

docientos azotes, llevándole por
la

acostumbradas de

ciudad, con chilladores delante y envaramiento detras; y veis aquí donde salen á ejecutar la sentencia, aun bien apenas no habiendo sido puesta en ejecución la culpa; porque

entre

moros no hay

traslado á la parte

,

ni á

prueba y estése

como

entre nosotros.
dijo

— Niño, niño,

con voz

alta á esta

sazón

Don Qui-

jote, seguid vuestra historia, línea recta, y
las

no

os metáis en

curvas ó transversales; que para sacar una verdad en lim-

pio, menester son

También
no
te

dijo

muchas pruebas y repruebas.» Maese Pedro desde dentro « Muchacho,
:

metas en dibujos, sino haz

lo

que

ese señor te

manda,

que
tas

será lo

más acertado

:

sigue tu canto llano, y no te

me-

— Yo
diciendo

en contrapuntos, que
lo
:

se suelen
el

quebrar de

sotiles.

haré así», respondió

muchacho; y prosiguió
de don Gaiféros, á quien

«

Esta figura que aquí parece á caballo , cubierta
es la

con una capa gascona,

mesma

su esposa ha visto ya vengada del atrevimiento del

enamo-

rado moro, con mejor y más sosegado semblante puesta á los

miradores de
es

la torre;

y habla con su esposo, creyendo que

algún pasajero, con quien pasó todas aquellas razones y

coloquios de aquel romance, que dice:
Caballero
,

si

á Francia ides

Por Gaiféros preguntad
las

cuales

no digo yo ahora

,

porque de

la

prolijidad

se

suele engendrar el fastidio; basta ver

cómo don

Gaiféros se

236

DON (^IJOFE DE LA MANCHA.

descubre, y que por los ademanes alegres que Melisendra hace, se nos da á entender que ella le ha conocido; y más
ahora, que vemos se descuelga del balcón, para ponerse en
las

ancas del caballo de su buen esposo.

Mas
el

¡ay sin ven-

tura!

que

se le

ha asido una punta del
,

faldellín

de uno de los
,

hierros del balcón
llegar al suelo.
las

y está pendiente en
veis

aire

sin

poder

Pero

cómo

el

piadoso cielo socorre en
sin

mayores necesidades, pues llega don Gaiféros, y
si

mi-

rar

se rasgará ó
la
las

no
al

el

rico faldellin, ase della,

y mal su
la

grado
sobre
la

hace bajar

suelo, y luego de

un brinco

pone
y

ancas de su caballo á horcajadas,
se

como hombre,
los

manda que

tenga fuertemente y
los

le

eche
el

brazos por

las espaldas,

de

modo que

cruce en
la

pecho porque no

se caiga, á causa

que no estaba

señora Melisendra acos-

tumbrada

á semejantes caballerías. Veis

también cómo

los

relinchos del caballo dan señales que va contento con la valiente y

hermosa carga que
vuelven
las

lleva en su señor y en su señora.

Veis

cómo

espaldas y salen de la ciudad, y aleParís la vía. Vais en paz, ¡oh
!

gres y regocijados

toman de

par sin par de verdaderos amantes

lleguéis á salvamento á

vuestra deseada patria, sin que la fortuna

ponga estorbo en
Néstor

vuestro felice viaje; los ojos de vuestros amigos y parientes
os vean gozar en paz tranquila los dias (que los de

sean)

que os quedan de

la vida.))

Aquí

alzó otra vez la voz
te

Maese Pedro y

dijo

:

^(

Llaneza,
es

muchacho: no

encumbres; que toda afectación
el

mala.«

No
do
:
^(

respondió nada

intérprete; antes prosiguió dicien,

No

faltaron algunos ociosos ojos
la

que

lo suelen

ver

todo, que no viesen

bajada y

la

subida de Melisendra, de
el

quien dieron noticia

al

rev Marsilio,

cual

manden luego

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXVI.
hunde con
las

237

tocar al arma; y ¡miren con qué priesa! que ya la ciudad se
el

son de

las

campanas que en todas

las torres

de

m.ezquitas suenan.

— Eso no
moros no
se

,

dijo á esta sazón

Don

Quijote

:

en esto de

las

campanas anda

muy

impropio Maese Pedro, porque entre

usan campanas, sino atabales y un género de

dulzainas que parecen nuestras chirimías; y esto de sonar

campanas en Sansueña,

sin

duda que

es

un gran
el

disparate.»

Lo

cual oido por

Maese Pedro,

cesó

tocar, y dijo:

«No
¿

mire vuesa merced en niñerías, señor
las

Don
,

Quijote, ni
se le halle.

quiera llevar

cosas tan por el cabo,

que no

No

se representan

por ahí

,

casi

de ordinario mil comedias

llenas

de mil impropiedades y disparates, y con todo eso
,

corren felicísimamente su carrera , y se escuchan

no

sólo

con aplauso, sino con admiración y todo? Prosigue,

mu-

chacho, y deja decir; que como yo llene mi talego, siquiera
represente

— Así
Y
el

más impropiedades que
verdad d, replicó
dijo
:

tiene

átomos

el sol.

es la

Don

Quijote.
lucida cacatólicos

muchacho
de
la

«Miren ¡cuánta y cuan

ballería sale

ciudad en seguimiento de

los

amantes! ¡cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas

que tocan, y cuántos atabales y atambores que retumban! Temóme que los han de alcanzar y los han de volver atados á la cola de su mismo caballo, que seria un horrendo espectáculo.
»

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo Don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda á los que huian;
y levantándose en pié, en voz
alta dijo
:

«No

consentiré yo
á

que en mis

dias

y en mi presencia

se le

haga superchería

tan famoso caballero v á tan atrevido

enamorado como don

238

DON

(^IJIJOTE

DE LA MANCHA.
canalla;
batalla))
:

Gaiféros. Deteneos,
sigáis;
si

mal nacida
sois

no

le sigáis ni

per-

no, conmigo

en

y diciendo v ha-

ciendo, desenvainó la espada, y de un brinco se puso junto
al

retablo, y con acelerada y

nunca

vista furia

comenzó

á

llover cuchilladas sobre la titerera

morisma, derribando á

unos

,

descabezando á otros

,

estropeando á éste , destrozando

á aquél;

y entre otros muchos tiró un altibajo tal, que si Maese Pedro no se abaja, se encoge y agazapa, le cercenara
cabeza con más facilidad que
si

la

fuera hecha de

masa de

mazapán.

Daba

voces

Maese Pedro, diciendo

:

«Deténgase vuesa

merced, señor
riba, destroza
figurillas

Don
:

Quijote; y advierta que estos que der-

y mata no son verdaderos moros, sino unas
mire ¡pecador de mí! que

de pasta

me

destruye y

echa á perder toda mi hacienda.»

Mas no
chilladas,

por esto dejaba de menudear

Don

Quijote cu-

mandobles,

tajos

y reveses como

llovidos. Finalel

mente, en menos de dos credos dio con todo
el

retablo en
jarcias

suelo, hechas pedazos y
,

desmenuzadas todas sus
,

figuras

el

rey Marsilio degollado
el

v

el

y emperador Cario

Magno
de
la

partida la corona y

cuerpo en dos partes. Alboro-

tóse el senado de los oyentes,

huyóse

el

mono
el

por

los tejados
el

venta, temió

el

primo, acobardóse

paje, y hasta

mismo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo; porque, como
él

juró después de pasada la borrasca, jamas habia visto á su

señor con tan desatinada cólera.

Hecho, pues,
poco

el

general destrozo del retablo, sosegóse un
:

Don

Quijote, y dijo

«Quisiera yo tener aquí delante
ni

en este punto todos aquellos que no creen
de cuánto provecho sean en
el

quieren creer

mundo

los caballeros

andan-

»

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
tes.

XXVI.

239

Miren,

si

no

me

hallara yo aquí presente, ¡qué fuera
!

buen don Gaiféros y de la hermosa Melisendra A buen seguro que ésta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado
del
estos canes
,

y

les

hubieran hecho algún desaguisado.

En

re-

solución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas

hoy

viven en la tierra!

—Viva en hora buena,
Ayer
fui

dijo á esta sazón

con voz enfer-

miza Maese Pedro, y muera yo, pues soy tan desdichado, que puedo decir con el rey don Rodrigo
señor de España,

Y

Oue

hoy no tengo una almena, pueda decir que es mia.
ni

No
vi

há media hora,

aun un mediano momento, que

me

señor de reyes y de emperadores, llenas mis caballerizas
infinitos caballos

y mis cofres y sacos de
galas,

y de innumerables

veo desolado y abatido, pobre y mendigo, y sobre todo, sin mi mono; que á fe que primero que le vuelva á mi poder, me han de sudar los dientes; y y agora

me

todo por

la furia

mal considerada deste señor caballero, de
y en mí solo ha venido á
faltar su in-

quien se dice que ampara pupilos y endereza tuertos, y hace
otras obras caritativas;

tención generosa
allá

:

¡que sean benditos y alabados los cielos
sus asientos!

donde tienen más levantados

En

fin, el

Ca-

ballero de la Triste Figura habia de ser aquel

que habia de

desfigurar las mias.

Enternecióse Sancho Panza con
dro, y díjole
:

las

razones de

Maese Peque
se-

"No

llores,
:

Maese Pedro,
te

ni te lamentes;
es

me
ñor

quiebras

el

corazón

porque

hago saber que

mi

Don

Quijote tan católico y escrupuloso cristiano, que

;

240
si

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
cae en la cuenta de que te ha hecho algún agravio, te

él

lo sabrá

— Con que me pagase
de
las

y

te lo

querrá pagar y satisfacer con muchas ventajas.
el

señor

Don

Quijote alguna parte

ha deshecho, quedaria contento, y su merced asegurarla su conciencia, porque no se puede
hechuras que
salvar quien tiene lo ajeno contra la voluntad de su

me

dueño,

y no

lo restituye.

— Así

es, dijo

Don

Quijote; pero hasta ahora vo no sé

que tenga nada vuestro, Maese Pedro.

— ¿Cómo no! respondió Maese
que están por
este

Pedro.

Y

estas reliquias
las

duro y

estéril suelo,

¿quién

esparció y

aniquiló, sino la fuerza invencible dése poderoso brazo?

Y

¿cuyos eran sus cuerpos, sino mios?
tentaba yo, sino con ellos?

Y

¿con quién

me

sus-

— Ahora acabo de
que
otras

creer, dijo á este punto

Don

Quijote,

lo
res

muchas veces he
persiguen
,

creido

:

que

estos

encantadolas

que

me

no hacen sino ponerme

figuras

como

ellas

son delante de los ojos, y luego
las
,

me

las

mudan

v

truecan en
,

que
que

ellos quieren.

Real v verdaderamente os

digo señores

me

oís

,

que
al

á

mí me

pareció todo lo que
:

aquí ha pasado, que pasaba

pié de la letra

que Melisen-

dra era Melisendra; don Gaiféros, don Gaiféros; Marsilio,
Marsilio; y Cario
teró la cólera;
,

Magno, Cario Magno por eso se me aly por cumplir con mi profesión de caballero
:

andante quise dar ayuda y favor á

los

que huian

;

y con este

buen propósito hice
revés
,

lo
,

que habéis

visto. Si

no

es

culpa mia

sino de los malos

me ha salido al que me persiguen
costas
:

y con todo esto, deste
malicia, quiero yo

mi

yerro, aunque no ha procedido de

mismo condenarme en
las figuras

vea Maese

Pedro

lo

que quiere por

deshechas; que vo

me

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXVI.

24I
cas-

ofrezco á pagárselo luego en buena y corriente
tellana.
))

moneda

Inclinósele

Maese Pedro

,

diciéndole

:

u

No

esperaba yo

menos de
de
la

la inaudita cristiandad del valeroso

Don
el

Quijote
todos los

Mancha, verdadero socorredor y amparo de
vagamundos; y aquí

necesitados y menesterosos
tero y el gran

señor ven,

Sancho serán medianeros y apreciadores entre
las

vuesa merced y mí, de lo que valen ó podian valer

ya

deshechas figuras.

»

El ventero y Sancho dijeron que

así lo

harian; y luego

Maese Pedro

alzó del suelo, con la cabeza
:

menos,

al

rey
es

Marsilio de Zaragoza, y dijo

«

Ya

se ve

cuan imposible

volver á este rey á su ser primero; y así,

me
fin

parece, salvo

mejor juicio, que

se

me

dé por su muerte,

y acabamiento,

cuatro reales y medio.

— Pues por
Magno, no
cuartillo.

— Adelante,

dijo

Don
las

Quijote.

esta abertura de arriba abajo, prosiguió

Maese
y un

Pedro, tomando en
seria

manos

al

partido emperador Cario

mucho que

pidiese

yo cinco

reales

— No

es

poco, dijo Sancho.
replicó el ventero;

— Ni mucho,

modérese

la partida,

y

señálensele cinco reales.

— Dénsele
no
está

todos cinco y cuartillo, dijo
la

Don
se

Quijote; que
desta notable

en un cuartillo más á menos
:

monta

desgracia

y acabe presto Maese Pedro; que

hace hora de

cenar, y yo tengo ciertos barruntos de hambre.

— Por
16

esta figura, dijo

Maese Pedro, que
es

está sin nari-

ces y

con un ojo menos, que

de

la

hermosa Melisendra,

quiero, y

me pongo

en lo justo, dos reales y doce maravedís.

»

»

242

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
ahí seria
el

— ¡Aun
ció

diablo, dijo
,

Don

Quijote,

si

ya no
la

estuviese Melisendra

con su esposo

por lo menos en

raya

de Francia! porque

el

caballo en que iban, á
corria; y así,

mí me

pare-

que antes volaba que
á

no hay para qué ven-

derme

el

gato por liebre, presentándome aquí á Melila otra, si

sendra desnarigada, estando

viene á
,

mano, ahora

holgándose en Francia

,

con su esposo

á pierna tendida.

Ayude Dios con
prosiga.

lo

suyo á cada uno, señor Maese Pedro,
sana...

y caminemos todos con pié llano y con intención
))

y

Maese Pedro, que
Esta no

vio

que

Don

Quijote izquierdeaba, y
se le escapase;

que volvia á su primer tema, no quiso que
así, le dijo
:

y

«

debe de ser Melisendra, sino alguna

de

las

doncellas que la servían; y así, con sesenta maravedís

que

me

den por

ella,

quedaré contento y bien pagado.

Desta manera fué poniendo precios á otras muchas destrozadas figuras,
arbitros
reales

que después

los

moderaron
,

los

dos jueces

con

satisfacion de las partes
;

y llegaron á cuarenta

y

tres cuartillos
,

y ademas desto (que luego lo desemreales

bolsó Sancho)

pidió

Maese Pedro dos

por

el

trabajo

de tomar
i(

el

mono.

Dáselos, Sancho, dijo
sino la

Don

Quijote, no para tomar
diera

el

mono,
á quien

mona; y docientos

yo ahora en
la

albricias

me
el

dijera

con certidumbre que

señora doña

Me-

lisendra y

señor don Gaiféros estaban ya en Francia y en-

tre los suyos.

— Ninguno nos
que

lo podria decir

mejor que mi mono,

dijo

Maese Pedro; pero no habrá
aunque imagino que
el

diablo que ahora le tome;

cariño y la
;

hambre

le

han de forzar

á

me

busque

esta

noche y amanecerá Dios y verémonos.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXVII.

243

En
jote,

resolución, la borrasca del retablo se acabó, y todos

cenaron en paz y en buena compañía á costa de

Don Qui-

que era

liberal

en todo extremo. Antes que amaneciese,

se fué el

que llevaba

de amanecido, se

y ya después vinieron á despedir de Don Quijote el
las

lanzas y las alabardas

,

primo y
jote

el

paje, el

uno para volverse

á su tierra, v el otro á
le

proseguir su camino, para ayuda del cual

dio

Don Quiél

una docena de

reales.

Maese Pedro no quiso volver 4
con

entrar en

más dimes

ni diretes

Don

Quijote, á quien

conocia

muy

bien; y así,

madrugó

antes

que

el sol,

y co-

giendo

las reliquias

de su retablo y a su

mono,

se fué

tam-

bién á buscar sus aventuras. El ventero, que no conocia á

Don

Quijote... tan

admirado
,

le

tenian sus locuras
le

como

su

liberalidad.

Finalmente

Sancho

pagó

muy
las

bien por orden
del dia de-

de su señor; y despidiéndose del, casi á

ocho

jaron la venta y se pusieron en camino, donde los dejaremos
ir;

que

así

conviene para dar lugar a contar otras cosas per-

tenecientes á la declaración desta famosa historia.

CAPITULO
Donde
se

XXVII.
mono, con
la

da cuenta quiénes eran Maese Pedro y su
la

el

mal suceso que
él

Don

Quijote tuvo en
lo tenia

aventura del rebuzno, que no

acabó como

quisiera

y como

pensado.

Entra Cide Hamete, coronista desta grande historia, con
estas palabras

en este capítulo

:

Juro como

católico cristiano...

A

lo

que

el

segundo autor dice que en

jurar

Cide Hamete
sin
el

como
era,

católico cristiano, siendo él

moro, como
así

duda

lo

no quiso decir otra cosa, sino que

como

católico

cristiano,

cuando jura, jura

debe jurar) verdad, y decirla

244
en
lo

I^ON

QUIJOTE DE LA MANCHA.

que

dijere, así él la decia

como

si

jurara

como

cristiano

católico, en lo

que queria

escribir

de

Don
,

Quijote, espe-

cialmente en decir quién era Maese Pedro y quién el mono adivino , que traia admirados todos aquellos pueblos con sus
adivinanzas.

Dice, pues, que bien

se acordará el

que hubiere leido

la

Primera Parte desta

historia, de aquel

Gines de Pasamonte,

á quien, entre otros galeotes, dio libertad
Sierra

Don

Quijote en

Morena,

beneficio que después

le

fué

mal agradecido

acostumbrada. y peor pagado de aquella gente maligna y mal Este Gines de Pasamonte, á quien Don Quijote llamó don
Ginesillo de Paropillo, fué
el

que hurtó á Sancho Panza
el

el

Rucio, que por no haberse puesto
la

cómo

ni el

cuándo en

Primera Parte, por culpa de
,

los

impresores, ha dado en
del
le

qué entender á muchos
autor
la falta

que atribulan á poca memoria

de emprenta. Pero, en resolución, Gines
le

hurtó, estando durmiendo Sancho Panza, y después

co-

bró Sancho

,

como

se

ha contado.
la justi-

Este Gines, pues, temeroso de no ser hallado de
cia,
rías

que

le

buscaba para castigarle de sus
,

infinitas bellaqueél

y delitos

que fueron tantos y

tales

,

que

mismo comal

puso un gran volumen contándolos, determinó pasarse
reino de
al oficio

Aragón y

cubrirse el ojo izquierdo,
el

acomodándose

de titerero; que esto y

jugar de manos lo sabia

hacer por extremo. Sucedió, pues, que de unos cristianos,

ya libres, que venian de Berbería, compró aquel

mono,

á

quien enseñó que en haciéndole cierta señal se
,

le

subiese en

el

hombro y

le

murmurase, ó
el

lo pareciese, al oido.

Hecho

esto, antes

que entrase en
se

lugar donde entraba con su reel

tablo y

mono,

informaba en

lugar

más cercano, ó de

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
quien
él

XXVII.

245

mejor pbdia, qué cosas particulares hubiesen suceel tal
,

dido en
la

lugar, y á qué personas; y llevándolas bien en
lo

memoria

primero que hacia era mostrar su retablo ,

el

cual unas veces era de

una

historia, y otras de otra, pero

todas alegres y regocijadas y conocidas.

Acabada
diciendo
al

la

muestra, proponia

las

habilidades de su
lo

mono,
la

pueblo que adivinaba todo

pasado y lo pre-

sente; pero

que en

lo

de por venir no se daba maña. Por

respuesta de cada pregunta pedia dos reales, y de algunas

hacia barato, según

tomaba

el

pulso á los preguntantes; y

como
de
los

tal

vez llegaba á
ella
él

las casas
,

de quien
le

él

sabia los sucesos

que en

moraban

aunque no
al

preguntasen nada

por no pagarle,
le

hacia la seña

habia dicho
:

tal

y

tal

cosa,

mono, y luego decia que que venia de molde con lo su,

cedido

dos tras

con esto cobraba crédito y nombre y andábanse toél. Otras veces, como era tan discreto, respondía de
las respuestas
le

manera que

venian bien con

las

preguntas

;

y

como
ros.

nadie

apuraba ni apretaba á que

dijese

cómo

adevi-

naba su mono, á todos hacia mamonas, y llenaba sus esqueAsí

como

entró en la venta, conoció á
le

Don

á

Sancho, por cuyo conocimiento

fué

fácil

Quijote y poner en adlos

miración á

Don
;

Quijote y á Sancho Panza y á todos

que

en

ella

estaban

pero hubiérale de costar caro
la

,

si

Don Quial

jote bajara

un poco más

mano, cuando

cortó la cabeza

rey Marsilio y destruyó toda su caballería,

como queda

di-

cho en
Esto

el

antecedente capítulo.

que hay que decir de Maese Pedro y de su mono; y volviendo á Don Quijote de la Mancha, digo que después de haber salido de la venta, determinó de ver pries lo

mero

las riberas del rio

Ebro v todos aquellos contornos án,

246
tes

DON C^IJOTE DE LA MANCHA.
la

de entrar en
el

ciudad de Zaragoza; pues
faltaba desde
allí

le

daba tiempo

para todo

mucho que

á las justas.

Con

esta intención, siguió su dias sin acontecerle cosa

camino, por

el

cual

anduvo dos

digna de ponerse en escritura, hasta

que

al

tercero,

al

subir de

una loma, oyó un gran rumor de

atambores, de trompetas y atabales. Al principio pensó que
algún tercio de soldados pasaba por aquella parte y por verlos, picó á Rocinante y subió la loma arriba; y cuando es,

tuvo en

la

cumbre,

vio

al

pié della, á su parecer,

más de

docientos hombres, armados de diferentes suertes de armas,

como
picas
,

si

dijésemos lanzones, ballestas, partesanas, alabardas y

y algunos arcabuces y muchos varapalos. Bajó del real

cuesto, y acercóse
las

escuadrón tanto, que distintamente vio
las

banderas, juzgó de los colores y notó

empresas que en

ellas traian,

especialmente una, que en un estandarte ó jirón
el

de raso blanco venia, en

cual estaba pintado
,

muy

al

vivo
,

un asno como un pequeño sardesco
boca abierta y
la

la

cabeza levantada

la

lengua de fuera, en acto y postura como si estuviera rebuznando; alrededor del estaban escritos de letras
grandes estos dos versos
:

No
Por
esta insignia sacó

rebuznaron en balde
el

El uno y

otro alcalde.

Don

Quijote que aquella gente debia
así se lo dijo

de ser del pueblo del rebuzno, y
clarándole lo que en
el

á Sancho, de-

estandarte venia escrito. Díjole tam-

bién que

el

que

les

habia dado noticia de aquel caso se habia

errado en decir que dos regidores habian sido los que rebuz-

naron, porque, según
sido sino alcaldes.

los versos

del estandarte,

no habian

A

lo

que respondió Sancho Panza

:

«Seiior, en eso

no hav

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
que reparar; que bien puede
tonces rebuznaron
,

XXVII.

247
que en-

ser

que

los regidores,

viniesen con el tiempo á ser alcaldes de
:

su pueblo, y así se pueden llamar con entrambos títulos

cuanto más, que no hace
ser los

al

caso á la verdad de la historia
,

rebuznadores alcaldes ó regidores

como

ellos

una por

una hayan rebuznado; porque tan

á pique está de rebuznar

un

alcalde
,

pusieron
lear

como un como era

regidor.» Finalmente, conocieron ó sucierto
,

que

el

pueblo corrido
lo justo

salia á

pese

con otro, que

le corria

más de

y de

lo

que

debia á la buena vecindad.

Fuese llegando á
,

ellos

Don

Quijote, no con poca pesafué amigo de hallarse en sele

dumbre de Sancho que nunca
mejantes jornadas
dio, creyendo
:

los del

escuadrón
los

recogieron en

me-

que era alguno de

de su parcialidad.

Don

Quijote, alzando la visera, con gentil brío y continente llegó
hasta
el

estandarte del asno

,

y

allí

se le pusieron

alrededor

todos los

más

principales del ejército por verle, admirados

con

la
la

admiración acostumbrada en que caian todos aquellos
vez primera
le

que

miraban.

Don

Quijote, que los vio
le

tan atentos á mirarle, sin

que ninguno

hablase ni

le

pre-

guntase nada, quiso aprovecharse de aquel silencio, y rom-

piendo

el

suyo, alzó

la

voz y dijo

:

«

Buenos señores, cuan

encarecidamente puedo, os suplico que no interrumpáis un

razonamiento que quiero haceros, hasta que veáis que os
disgusta y enfada; que
señal
si

esto sucede,
sello

con

la

más mínima

que

me

hagáis
á

,

pondré un

en mi boca y echaré

una mordaza

mi

lengua.

Todos
gana
le

le dijeron

que

dijese lo

que

quisiese;

que de buena

escucharían.

Don

Quijote, con esta licencia, prosiguió diciendo: «Yo,

248

DON Q¿JIjOTE DE LA MANCHA.
el

señores mios, soy caballero andante, cuyo ejercicio es
las

de

armas

,

y cuya profesión

,

la

de favorecer

á los necesita-

dos de favor y acudir á los menesterosos. Dias há que he sa-

bido vuestra desgracia, y

la

causa que os

mueve

á

tomar

las

armas á cada paso para vengaros de vuestros enemigos; y habiendo discurrido una y muchas veces en mi entendi-

miento sobre vuestro negocio, hallo, según

las

leyes del

duelo, que estáis engañados en teneros por afrentados; por-

que ningún particular puede afrentar
no
es retándole

á

un pueblo entero,

si

de traidor por junto, porque no sabe en parla traición

ticular

quién cometió

por que

le reta.

Ejemplo
retó á

desto tenemos en

don Diego Ordoñez de Lara, que
,

todo

el

pueblo zamorano

porque ignoraba que solo Vellido
de matar á su rey, y
así

Dólfos habia cometido

la traición

retó á todos, y á todos tocaba la

venganza y

la respuesta;

aunque también
algo demasiado
reto,
,

es

verdad que

el

señor don Diego anduvo
adelante de los límites del
retar á los

y aun pasó

muy

porque no tenia para qué

muertos, á

las

aguas, ni á los panes, ni á los que estaban por nacer, ni á
las otras

menudencias que
la cólera sale

allí

se declaran;

pero vaya, pues
la

cuando

de madre, no tiene

lengua padre,

ayo ni freno que
))

la corrija.
así,

Siendo, pues, esto

que uno

solo

no puede afrentar á

reino, provincia, ciudad, república ni pueblo entero,

queda

en limpio que no hay para qué

salir á la

venganza del reto
seria

de

la tal afrenta,

pues no

lo es;

porque ¡bueno
la

que

se

matasen

á

cada paso

los del

pueblo de

Reloja con quien
,

se lo llama,

ni los cazoleros,
los

berengeneros

ballenatos, ja-

boneros, ni

de otros nombres y apellidos, que andan por

ahí en boca de los

muchachos y de gente de poco más

á

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
menos! ¡Bueno
seria,

XXVII.

249

por cierto, que todos estos insignes

pueblos se corriesen y vengasen, y anduviesen contino hechas
las

espadas sacabuches á cualquier pendencia, por pefuese!

queña que

No, no,
las

ni

Dios

lo

permita ó quiera

:

los

varones prudentes,
tro cosas

repúblicas bien concertadas, por cualas

han de tomar

armas y desenvainar

las

espadas,

y poner á riesgo sus personas, vidas y haciendas. La primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender
su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en
servicio de su rey en la guerra justa; y
dir la quinta
si le

quisiéremos añaes

(que se puede contar por segunda),

en de-

fensa de su patria.

A

estas

cinco causas,

como

capitales, se

pueden agregar algunas

otras

que sean

justas

y razonables,

por niy que obliguen á tomar las armas; pero ¡tomarlas ñerías, y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta!... Parece que quien las toma carece de todo razonable discurso
justa (que justa
:

cuanto más, que

el

tomar venganza inlo sea)
,

no puede haber alguna que
la santa ley

va derecual se

chamente contra
nos

que profesamos

en

la

manda que hagamos bien á nuestros enemigos y que amemos á los que nos aborrecen; mandamiento que, aunque parece algo
aquellos
dificultoso de cumplir,

no
del

lo es sino para

que tienen menos de Dios que

de carne que de espíritu;

mundo, y más porque Jesucristo, Dios y hom-

bre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su

carga liviana; y

así,

no nos habia de mandar cosa que fuese

imposible

el

cumplirla. Así que, mis señores, vuesas merce-

des están obligados por leyes divinas y

humanas

á sosegarse.

n

250

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
diablo

— El
si

me

lleve, dijo á esta sazón
es tólogo,

Sancho entre
que
lo

sí,

este

mi amo no

y

si

no

lo es, á fe

pa-

rece

como un huevo
le

á otro.»

Tomó
todavía
tica,

un poco de aliento

Don

Quijote, y viendo que

prestaban silencio , quiso pasar adelante en su plápasara,
si

como
,

no

se pusiera

en medio

la

agudeza de
,

Sancho

el
él

cual
,

,

viendo que su
:

amo

se detenia

tomó
la

la

mano por
gura

diciendo

u

Mi

señor

Don

Quijote de

ManFi-

cha, que un tiempo se llamó
,

el Caballero de la Triste
los

y ahora

se

llama

el

Caballero de

Leones, es un hi-

dalgo

muy

atentado, que sabe latin y romance

bachiller; y en todo cuanto trata y aconseja

como un procede como

muy buen
lo

soldado, y tiene todas
el

las leyes

y ordenanzas de

que llaman

duelo, en

la ufia;

y

así,

no hay más que
y sobre
es

hacer sino dejarse llevar por lo que
lo errare
:

él dijere,

si

cuanto más

,

que

ello se está

dicho que

nece-

dad correrse por sólo

oir

un rebuzno; que yo

me

acuerdo,

cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se me antojaba, sin que nadie me fuese á la mano, y con tanta gracia
los

y propiedad, que en rebuznando yo, rebuznaban todos asnos del pueblo; y no por eso dejaba de ser hijo de mis

padres, que eran honradísimos; y aunque por esta habilidad
era invidiado de
blo,

más de cuatro de
ardites;
;

los estirados

de

mi puela del

no
,

se

me

daba dos

y porque se vea que digo
esta ciencia es

verdad

esperen y escuchen

que

como

nadar, que una vez aprendida, nunca se olvida.

Y

luego, puesta

la

mano

en

las

narices,

comenzó

á re-

buznar tan reciamente, que todos
baron. Pero

los

cercanos valles retumá él,
la

uno de

los

que estaban junto

crevendo que

hacia burla dellos, alzó un varapalo que en

mano

tenia.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
y dióle
tal

XXVII.

25

I

golpe con

él,

que

sin ser

poderoso á otra cosa, dio

consigo Sancho Panza en

el suelo.

Don
tió al

Quijote, que vio tan mal parado á Sancho, arremele

que

habia dado, con

la

lanza sobre

mano; pero
un nublado
ballestas,

fueron tantos los que se pusieron en medio, que no fué posible vengarle; antes,

viendo que llovia sobre

él

de piedras, y que
y,

le

amenazaban muchas encaradas
las

aunque menos, cantidad de arcabuces, volvió

riendas á

Rocinante, y á todo lo que su galope pudo, se
ellos,

salió

de entre

encomendándose de todo corazón
le librase,

á

Dios, que de
le

aquel peligro

temiendo á cada paso no

entrase

alguna bala por

las

espaldas y le saliese al pecho; y á cada
si

punto recogía
escuadrón
se

el

aliento, por ver

le faltaba;

pero

los del

contentaron con verle huir, sin

tirarle.

A
sí,

San-

cho

le

pusieron sobre su jumento, apenas vuelto en
ir

y

le

dejaron
regirle;

tras su
el

amo, no porque

él

tuviese sentido para

pero

Rucio siguió

las huellas

de Rocinante, sin

el

cual

no

se hallaba

un punto. Alongado, pues, Don Quijote
la

cabeza y vio que Sancho venia, y atendióle, viendo que ninguno le seguia. Los del escuadrón

buen trecho, volvió

noche, y por no haber salido á la batalla sus contrarios, se volvieron á su pueblo regocijados y alegres; y si ellos supieran la costumbre antigua de los griese estuvieron allí hasta la

gos, levantaran en aquel lugar v

sitio

un

trofeo.

,

252

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

CAPITULO XX VIH.
De
cosas que dice Bcncngeli,

que

las

sabrá quien

le

leyere,

si

las lee

con atención.

Cuando

el

valiente huye, la superioridad del riesgo basta

á disculparle, y es de varones prudentes guardarse para

mecual,

jor ocasión. Esta verdad se verificó en

Don

Quijote,

el

dando lugar

á la furia del pueblo y á las malas intenciones
sin

de aquel indignado escuadrón, puso pies en polvorosa, y
acordarse de Sancho ni del peligro en que
le

dejaba, se apartó

tanto cuanto le pareció que bastaba para estar seguro. Seguíale Sancho, atravesado en su jumento,
ferido.

como queda
al

re-

Llegó en

fin,

ya vuelto en su acuerdo, y

llegar se

dejó caer del Rucio á los pies de Rocinante, todo ansioso,

todo molido y todo apaleado.

Apeóse
le

Don

Quijote para catarle

las feridas;

pero

como
le

hallase sano de los pies á la cabeza,

con asaz cólera

dijo: «Bien en hora

mala

supistes vos rebuznar,

Sancho:

y ¿dónde hallastes vos ser bueno el nombrar la soga en casa del ahorcado? A música de rebuznos, ¿qué contrapunto se
habia de llevar, sino de varapalos?

Y

dad gracias á Dios,

Sancho, que ya que os santiguaron con un palo, no os hicieron
el

per signum crucis con un

alfanje.

— No
me
monos de

estoy para responder, respondió Sancho, porque
las

parece que hablo por

espaldas

:

subamos, y apartéandantes huyen
alheíía ó

aquí; e|ue yo pondré silencio en mis rebuznos;
los caballeros

pero no en dejar de decir que

y dejan á sus buenos escuderos molidos
cibera en poder de sus enemigos.

como

como

«

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXVIII.

253
Quijote;
se

— No
sobre
la

huye

el

que
,

se

retira,
,

respondió
la valentía

Don
que no
,

porque has de saber Sancho que
basa de
la

funda
ha-

prudencia

,

se

llama temeridad
la

y

las

zañas del temerario más se atribuyen á
á su

buena fortuna que

ánimo

:

y

así,

yo confieso que

me

he retirado, pero no

huido; y en esto he imitado á muchos valientes, que se han

guardado para tiempos mejores, y desto están
llenas, las cuales, por

las

historias

no

serte á

de provecho, ni á mí de

gusto , no

te las refiero ahora.

En
se

esto ya estaba á caballo

Sancho, ayudado de

Don Qui-

jote, el cual

asimismo subió en Rocinante, y poco á poco fueron á emboscar en una alameda, que hasta un cuarto
allí

de legua de

se parecía.

De cuando

en cuando daba Sancho unos ayes profundí-

simos y unos gemidos dolorosos; y preguntándole Don Quijote la causa de tan ainargo sentimiento, respondió que desde
la

punta del espinazo hasta
le

la

nuca del celebro

le

dolia de

manera, que

sacaba de sentido.

«La causa
jote,

dése dolor debe de ser sin duda, dijo
el

Don Quiesas

que como era

palo, con que te dieron, largo y tenlas
si

dido, te cogió todas
partes

espaldas,

donde entran todas

— ¡Por Dios,
i

que

te

duelen; y
dijo

más

te

cogiera,

más

te doliera.

Sancho, que vuesa merced

me

ha

sa-

cado de una gran duda, y que me la ha declarado por lindos términos! Cuerpo de mí! ¿Tan cubierta estaba la causa de

mi

dolor, que

ha sido menester decirme que
el

me

duele todo
,

aquello que alcanzó

palo ? Si

me

dolieran los tobillos
el

aun
do-

pudiera ser que se anduviera adivinando
lian
;

por qué
es

me

pero dolerme lo que

me

molieron
el

,

no

mucho

adivi-

nar.

A

la fe,

señor nuestro

amo,

mal ajeno de pelo cuelga;

254

^^^'

(^^IJ^^^ ^^ ^^

MANCHA.
lo

y cada dia voy descubriendo tierra de
esperar de la
si

poco que puedo

compañía que con vuesa merced tengo; porque,
otras ciento volvere-

esta

vez

mos
rías,

á los

ha dejado apalear, otra y manteamientos de marras, y
ahora

me

á otras

muchas ave-

que

si

me han

salido á las espaldas, después

me

saldrán á los ojos.

Harto mejor haria yo

(sino

que soy un

bárbaro, y no haré nada que bueno sea en toda

mi

vida);

harto mejor haria yo, vuelvo á decir, en volverme á

mi

casa

y á mi mujer y á mis hijos, y sustentarla y criarlos con lo

que Dios fuere servido de darme; y no andarme

tras

vuesa

merced por caminos
no
las

camino, y por sendas y carreras que tienen, bebiendo mal y comiendo peor. Pues ¡tosin
el
si

madme
tierra,
tra

dormir Contad
!

,

hermano escudero
tomad

,

siete pies

de

y

quisiéredes más,

otros tantos,

que en vues-

mano

está escudillar, y tendeos á todo vuestro
al

buen

ta-

lante;

que ¡quemado vea yo y hecho polvos
,

primero que
al

dio puntada en la andante caballería

ó á lo

menos

primero

que quiso

ser escudero

de

tales tontos
!

como

debieron ser to-

dos los caballeros andantes pasados

De

los presentes
les

no digo

nada; que por ser vuesa merced uno dellos,

tengo res-

peto, y porque sé que sabe vuesa merced un punto
el

más que

diablo en cuanto habla y en cuanto piensa.

— Haria yo

una buena apuesta con vos, Sancho,

dijo

Don

Quijote, que ahora que vais hablando sin que nadie

os vaya á la

mano, que no

os duele

nada en todo vuestro
al

cuerpo. Hablad, hijo mió, todo aquello que os viniere

pensamiento y á

la

boca; que á trueco de que á vos no os
el

duela nada, tendré yo por gusto
tras

enfado que

me

dan vues-

impertinencias; y

si

tanto deseáis volveros á vuestra casa
lo

con vuestra mujer y hijos, no permita Dios que vo os

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
impida. Dineros tenéis mios
cera vez
déis
salí
:

XXVIII.

255
esta ter-

mirad cuánto há que
,

con vos de nuestro pueblo y mirad

lo

que po-


de
la

y debéis ganar cada mes, y pagaos de vuestra mano. Cuando yo servia, respondió Sancho, á Tomé Car,

rasco, el padre del Bachiller Sansón Carrasco

que vuesa

merced bien conoce, dos ducados ganaba cada mes, amén
comida; con vuesa merced, no sé
el

lo

que puedo ganar,

puesto que sé que tiene más trabajo

escudero del caballero

andante, que
los

el

que

sirve á

un labrador; que en resolución,

que servimos

á labradores, por
la

mucho que

trabajemos
olla

de dia, por mal que suceda, á

dormimos en cama, en
esta vez sirvo á vuesa

la cual

y no he dormido después que

noche cenamos

merced,

si

no ha sido

el

tiempo breve

que estuvimos en casa de don Diego de Miranda, y la jira que tuve con la espuma que saqué de las ollas de Camacho,
y

que comí y bebí y dormí en casa de otro tiempo he dormido en la dura tierra,
lo

Basilio; todo el
al

cielo abierto,

sujeto á lo

que dicen inclemencias

del cielo,

sustentándome

con

rajas

de queso y mendrugos de pan, y bebiendo agua,
las

ya de arroyos, ya de fuentes de
andurriales

que encontramos por

esos


lo

donde andamos.

Confieso, dijo
es la

Don
:

Quijote, que todo lo que dices,

Sancho,

verdad

¿cuánto parece que os debo dar más de

que os daba

Tomé

Carrasco

.f*

— A mi
tisfacerme á

parecer, dijo Sancho, con dos reales

más que

vuesa merced añadiese cada mes,
esto es cuanto al salario de
la

me tendria por bien pagado: me
tiene
se

mi

trabajo; pero en cuanto á sa-

palabra y promesa que vuesa merced
el

hecha de darme

gobierno de una ínsula, seria justo que
seis reales,

me

añadiesen otros

que por todos

serian treinta.

»

256

DON f^IJOTE DE LA MANCHA.
bien, replicó

— Está muy
salario

Don

Quijote; y conforme

al

que vos

os habéis señalado, quince dias

há que

sali-

mos de
y mirad

nuestro pueblo: contad, Sancho, rata por cantidad,
lo

que os debo, y pagaos, como vuestra mano.

os tengo dicho, de

— ¡Oh cuerpo de mí!
muy
la la ínsula, se

dijo

Sancho, que va vuesa merced
la

errado en esta cuenta; porque, en lo de

promesa de

ha de contar desde
la

el

dia

que vuesa merced

me

prometió, hasta

presente hora en que estamos.

—-Pues ¿qué tanto há,
Don
Quijote.

Sancho, que os

la

prometí? dijo

— Si yo mal
Dióse

no

me

acuerdo, respondió Sancho, debe de
,

haber más de veinte años

tres dias

más

á

menos.
la frente,

Don

Quijote una gran palmada en
:

y co-

menzó á reir muy de gana, y dijo « Pues no anduve yo en mi salida primera, ni en todo el discurso de nuestras jornadas,
sino

mes y medio apenas, y
te

¿dices,

Sancho, que há veinte
quieres que
si

años que
se

prometí

la ínsula!

Ahora digo que
que
tienes

consuma en

tus salarios el dinero

mió; y

esto

es así,

y tú gustas dello, desde aquí
te

te lo

doy, y buen pro-

vecho

haga; que á trueco de verme sin tan mal escudero,
sin

holgaréme de quedarme pobre y
prevaricador de
ballería,
las

blanca.
la

Pero dime,
andante ca-

ordenanzas escuderiles de
visto tú ó leido

¿dónde has

que ningún escudero de

caballero andante se haya puesto con su señor en tanto

más

cuánto

me

habéis de dar cada

mes porque

os sirva? Éntrate,

éntrate, malandrin, follón v vestiglo (que todo lo pareces);
éntrate, digo, por el ruare
llares

magnum de
le claves

sus historias; y

si

ha-

que algún escudero haya dicho

ni

pensado

lo

que aquí

has dicho, quiero que

me

en

la trente,

v por anadi-

, »

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
dura
las

XXVIII.

257
Vuelve

me

hagas cuatro

mamonas
al

selladas en

mi

rostro.

riendas ó el cabestro

Rucio, y vuélvete á tu casa; por-

que un solo paso desde aquí no has de pasar más adelante
conmigo. ¡Oh pan mal conocido! ¡oh promesas mal colocadas! ¡oh

hombre, que

tiene

más de

bestia

que de persona!
tal,
¿

Ahora, cuando yo pensaba ponerte en estado, y
te vas,

que, á

pesar de tu bajeza, te llamaran señoría, ¿te despides!

Ahora

cuando yo venia con intención firme y valedera de ha-

certe señor de la mejor ínsula del

mundo! En
Asno
te

fin,

como

has dicho otras veces, no es
,

la

miel, etc.

eres

y asno has
el

de ser y en asno has de parar cuando se
la

acabe

curso de

vida; que para

mí tengo que
á

antes llegará ella á su último
la

término, que tú caigas y des en

cuenta de que eres

bestia.

Miraba Sancho
que

Don

Quijote de hito en hito, en tanto

los tales vituperios le decia,
le

y compungióse de manera,

que

vinieron
le dijo

las
:

enferma

lágrimas á los ojos, y con voz dolorida y «Señor mió, yo confieso que para ser del
falta

todo asno, no

me
la

más de

la cola

:

si

vuesa merced quiere
le serviré

ponérmela, yo

daré por bien puesta, y

como

ju-

mento todos
ced

los dias

que

me

quedan de mi

vida.

Vuesa mer-

mi necedad, y advierta que sé poco, y que si hablo mucho, más procede de enfermedad que de malicia; mas quien yerra y se eninienda, á Dios se
perdone, y se duela de

me

encomienda.

— Maravillárame yo, Sancho,
francico en tu coloquio.
te

si

no mezclaras algún
,

re-

Ahora bien yo
te

te

perdono con que
,

enmiendes y con que no
tu interés
,

muestres de aquí adelante tan
el

amigo de
y

sino

que procures ensanchar
el

corazón

te alientes

y animes á esperar
se tarda,

cumplimiento de mis proi)

mesas, que aunque

no

se imposibilita,

25 H

DON QUIJO FE DE LA MANCHA.

Sancho respondió que
flaqueza.

haria,

aunque sacase fuerzas de

Con

esto, se metieron en la alameda, y
al

Don Quial

jote se

acomodó

pié de

un olmo, y Sancho

de una

haya; que estos
pre tienen pies
,

tales árboles,

y otros sus semejantes, siemla

y no manos. Sancho pasó
el

noche penosacon
el

mente, porque

varapalo se hacia

más

sentir

sereno.

Don

Quijote

la

pasó en sus continuas memorias; pero con
los ojos al

todo eso, dieron

sueño, y

al salir

del alba siguie-

ron su camino, buscando
les

las riberas del
el

famoso Ebro, donde

sucedió lo que se contará en

capítulo venidero.

CAPITULO XXIX.
De
la

famosa aventura del barco encantado.

Por que

sus pasos contados y por contar, diez dias después

salieron de la

alameda, llegaron

Don

Quijote y Sancho

al rio

Ebro, y

el

verle fué de gran gusto á
él la

Don

Quijote,

porque contempló y miró en
la

amenidad de

sus riberas,

claridad de sus aguas, el sosiego de su curso y la abun-

dancia de sus líquidos cristales, cuya alegre vista renovó en
su

memoria mil amorosos pensamientos; especialmente fué
lo

y vino en

que habia

visto

en

la

cueva de Montesinos
le

;

que

puesto que

el

mono

de Maese Pedro

habia dicho que parte
él se
al

de aquellas cosas eran verdad y parte mentira, más á las verdaderas que á las mentirosas; bien

atenia

revés de

Sancho, que todas

las

tenia por la

misma

mentira. Yendo,

pues, desta manera, se
sin

le ofreció á la vista

un pequeño barco,
la

remos

ni otras jarcias algunas,
,

que estaba atado en
la ribera estaba.

orilla á

un tronco de un árbol que en

Miró

Don

Quijote á todas partes, v no vio persona alguna, y

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX.
luego, sin más ni más, se apeó de Rocinante, y

259

mandó

á

Sancho que

lo

mismo

hiciese del

Rucio y que
,

á

entrambas

bestias las atase

muy

bien juntas

al

tronco de un álamo ó

sauce que

allí

estaba.
la

Preguntóle Sancho

causa de aquel súbito apeamiento y

de aquel ligamiento. Respondió

Don
,

Quijote
,

:

<>

Has de

sa,

ber , Sancho , que este barco que aquí está
sin

poder

ser otra cosa

en contrario
él,

me
él

derechamente y está llamando y con-

vidando á que entre en

y vaya en

á dar socorro á algún
,

caballero , ó á otra necesitada y principal persona

que debe
es estilo

de estar puesta en alguna grande cuita; porque éste
de
los libros

de

las historias caballerescas,

y de

los

encanta-

entremeten y platican. Cuando algún caballero está puesto en algún trabajo, que no puede ser lidores que en
ellas se

brado del sino por
tén distantes
el

la

mano

de otro caballero

(

puesto que es-

uno

del otro dos ó tres mil leguas, y
le

aun

más), ó

le

arrebatan en una nube, ó

deparan un barco

donde

se entre,

llevan ó por los
es

y en menos de un abrir y cerrar de ojos le aires, ó por la mar, donde quieren y adonde
:

menester su ayuda
el

así

que

¡

oh Sancho
,

!

este barco está

puesto aquí para
es

mesmo

efecto

y esto

es tan

verdad

ahora de dia; y antes que éste

se pase, ata juntos

como al Ru-

cio y á Rocinante, y á la

mano
si

de Dios, que nos guíe; que
lo pidiesen frailes descalzos.

no dejaré de embarcarme,

— Pues
«

me

así es,

respondió Sancho, y vuesa merced quiere
si

dar á cada paso en éstos, que no sé

los

llame disparates,
al

no hay sino obedecer y bajar
haz
,

la

cabeza, atendiendo
siéntate
al

refrán

:

lo

que tu amo
,

te

manda, y
lo

con

él

á la mesa)i;

pero con todo esto

por

que toca

descargo de
á

mi con-

ciencia, quiero advertir á vuesa

merced que

mí me parece

«

»

200
que
este tal

DON

QIJIJOTF.
es

DE LA MANCHA.

barco no

de los encantados, sino de algunos
él se

pescadores deste rio, porque en

pescan

las

mejores sa-

bogas del mundo.
Esto decia, mientras ataba
á la protección v
lor
las bestias,

Sancho, dejándolas
,

amparo de

los

encantadores

con harto do-

de su ánima.

Don

Quijote

le dijo

que no tuviese pena
el

del

desamparo
por tan

de aquellos animales; que

que

los llevara á ellos

longincuos caminos y regiones, tendría cuenta de sustentarlos.

«No
tal

entiendo esto de logicuos

,

dijo

Sancho,

ni

he oido

— Longincuos
:

vocablo en todos los dias de mi vida.
,

respondió

Don

Quijote, quiere decir aparlo entiendas;

tados

y no

es maravilla
,

que no

que no

estás

tú obligado á saber latin
lo saben,

como

algunos que presumen que

— Ya ahora — ¿Qué?
?

y lo ignoran.

están atados, replicó

Sancho

:

¿qué hemos de hacer

respondió

Don

Quijote, santiguarnos y levar
la

ferro; quiero decir,

embarcarnos y cortar

amarra con que

este barco está atado.

Y dando

un

salto

en

él,

siguiéndole Sancho, cortó

el

cor-

del, y el barco se fué apartando

poco

á

poco de

la ribera;

y

cuando Sancho

se vio

obra de dos varas dentro del rio, co-

menzó
le

á temblar,

temiendo su perdición; pero ninguna cosa
el oir

dio

más pena que

roznar

al

Rucio y

el

ver que
:

Ro-

cinante pugnaba por desatarse; y díjole á su señor

«

El

Ru¡Oh

cio rebuzna, condolido de nuestra ausencia, y Rocinante

procura ponerse en libertad

,

para arrojarse tras nosotros.

carísimos amigos! quedaos en paz; v la locura que nos aparta

»

»

1,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX.

26

de vosotros, convertida en desengaño, nos vuelva á vuestra
presencia.

Y

en esto comenzó á llorar tan amargamente, que

Don

Quijote,

mohino y
te

colérico, le dijo
lloras,

:

«¿De qué

temes, co-

barde criatura?

¿De qué

corazón de mantequillas?

¿Quién

persigue ó quién te acosa, ánimo de ratón casero?

O
la

¿qué

te falta,

menesteroso en

la

mitad de

las

entrañas de

abundancia? Por dicha, ¿vas caminando á pié y descalzo
las

por

montañas
,

rifeas, sino

sentado en una tabla

como un

archiduque por

el

sesgo curso deste agradable rio , de donde
al

en breve espacio saldremos
rnos de haber salido, y

mar

dilatado? Pero ya habelo

caminado, por
si

menos,

setecientas

ú ochocientas leguas

;

y

yo tuviera aquí un astrolabio con
las

que tomar

la altura del

polo, yo te dijera

que hemos capasa-

minado... aunque, ó yo sé poco, ó ya

hemos pasado, ó

remos presto, por

la línea

equinocial, que divide y corta los

dos contrapuestos polos en igual distancia.

— Y cuando lleguemos

á esa leña

que vuesa merced dice

preguntó Sancho, ¿cuánto habremos caminado?

— Mucho,
el

replicó

Don

Quijote; porque de trecientos y
el

sesenta grados que contiene

globo del agua y de
el

la tierra,

según

cómputo de Ptolomeo, que fué

mayor cosmó-

grafo que se sabe, la mitad habremos caminado llegando
á la línea que he dicho.

— ¡Por Dios,
Rióse

dijo

Sancho, que vuesa merced

me

trae

por

testigo de lo
la

que dice á una gentil persona! pufo y añadidura de meon ó meo ó no sé cóino.
,
,

g^tfo,

con

Don

Quijote de
al

la interpretación

que Sancho habia

dado
meo
,

al

nombre y
:

cómputo y cuenta del cosmógrafo Ptolo-

v díjole

«Sabrás, Sancho, que los españoles, y los

»

202
que
se

DON QUIJOTE DE LA MAN'CHA.
embarcan en Cádiz para
las
ir

á las Indias Orientales,

una de
la línea

señales

que tienen para entender que han pasado

equinocial que te he dicho, es que á todos los que
el

van en

navio se
ni

les
el

mueren

los piojos, sin
si le

que

les

quede
así,

ninguno,

en todo

bajel le hallarán

pesan á oro: y y
si

puedes, Sancho, pasear una
res cosa viva,

mano por un muslo,
si

topa-

— Yo

saldremos desta duda; y

no, pasado habemos.

no creo nada deso, respondió Sancho; pero con

todo, haré lo que vuesa merced

me manda; aunque

no

para qué hay necesidad de hacer esas experiencias, pues yo

veo con mis mismos ojos que no nos habemos apartado de
la ribera

cinco varas , ni

hemos decantado de donde
allí

están las

alemanas diez varas, porque
en
el

están Rocinante y el
la

Rucio

propio lugar do los dejamos; y tomada

mira,

como
ni an-

yo

la

tomo ahora,
al

¡voto á

tal

que no nos movemos

damos

paso de una hormiga!
la

— Haz, Sancho,
te cures

averiguación que te he dicho, y no
lí-

de otra; que tú no sabes qué cosas sean coluros,

neas, paralelos, zodíaco, eclíptica, polos, solsticios, equinocios
,

planetas , signos , partes y medidas de que se

compone
hemos

la esfera celeste

y

terrestre;

que

si

todas estas cosas supieras,

ó parte dellas, vieras claramente ¡qué de paralelos

cortado , qué de signos visto , y qué de imágenes hemos dejado atrás y vamos dejando ahora! Y tornóte á decir que te

y pesques que yo para mí tengo que pio que un pliego de papel liso y blanco.
tientes
;

estás

más lim-

Tentóse Sancho, y llegando con
con tiento hacia
su
la

la

mano bonitamente y
la

corva izquierda , alzó
la

cabeza

,

v miró á
lle-

amo

y dijo

:

«

O

experiencia es falsa , ó no
ni

hemos

gado adonde vuesa merced dice,

con muchas leguas.

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX.

263
algo?
los

— Pues ¿qué! preguntó Don Quijote, topado — Y aun respondió Sancho; y sacudiéndose
¿has
algos
)),

dedos, se lavó toda

la

mano en

el rio,

por

el

cual sosegadacorriente, sin

mente
que
le

se deslizaba el

barco por mitad de

la

moviesen alguna inteligencia secreta
el

ni

algún encan-

tador escondido, sino

mismo

curso del agua, blando en-

tonces y suave.

En

esto descubrieron unas grandes aceñas,

que en

la

mi-

tad del rio estaban; y apenas las

hubo
:

visto

Don

Quijote,

cuando con voz
se
tar

alta dijo á
,

Sancho

»

¿Ves? Allí ¡oh amigo!

descubre

la

ciudad

castillo

ó fortaleza donde debe de es-

algún caballero oprimido, ó alguna reina, infanta ó prin-

cesa malparada, para

— ¿Qué

cuyo socorro soy aquí

traido.

diablos de ciudad, fortaleza ó castillo dice vuesa
dijo

merced, señor!

Sancho.

¿No echa
donde

de ver que aquellas
se

son aceñas, que están en

el rio,

muele

el

trigo?

Calla, Sancho, dijo
,

Don

Quijote; que aunque parecen

aceñas

no

lo son

mudan decir que las mudan de uno en otro ser realmente sino que lo parece, como lo mostró la experiencia en la transformatruecan y
,

y ya te he dicho que todas las cosas trasde su ser natural los encantos... No quiero
;

ción de Dulcinea, único refugio de mis esperanzas.

En
rio,

esto el barco, entrado

en

la

mitad de

la corriente del
allí.

comenzó

á caminar
las

no tan lentamente como hasta

Los molineros de
por
el rio,

aceñas, que vieron venir aquel barco

y que se iba á embocar por el raudal de las ruedas, salieron con presteza, muchos dellos con varas largas, á

detenerle; y

como

salian enharinados,
la

y cubiertos

los rostros

y

los vestidos del

polvo de

harina, representaban una mala

vista.

264

I^ON

QUIJüTK DE LA MANCHA.
:
*<

Daban voces grandes, diciendo
¿donde
vais!

Demonios de hombres,

¿Venís desesperados, que queréis ahogaros y haceros pedazos en estas ruedas?

— ¿No
jote,
el

te dije

yo, Sancho, dijo á esta sazón

Don Quiá

que habíamos llegado donde he de mostrar

do llega

valor de
salen

me

mi brazo? Mira ¡qué de malandrines y follones al encuentro! Mira ¡cuántos vestiglos se me opo-

nen! Mira ¡cuántas feas cataduras nos hacen cocos! Pues

ahora lo veréis

,

bellacos

o.

Y

puesto en pié en
los

el

barco

,

con

grandes voces comenzó á amenazar á
doles
:

molineros, dicién-

«Canalla malvada y peor aconsejada, dejad en su libertad y libre albedrío á la persona que en esa vuestra fortaleza ó prisión tenéis oprimida, alta ó baja, de cualquier suerte

ó calidad que sea; que yo soy

Don

Quijote de

la

Mancha,
fin felice

llamado

e/ Caballero de los
,

Leones por otro nombre, á quien
los altos cielos
,

está reservado

por orden de
:

el

dar

á esta aventura»

y diciendo esto, echó

mano

á su espada

y

comenzó
cuales

á esgrimirla en el aire contra los molineros, los
,

oyendo y no entendiendo aquellas sandeces
el

se pusie-

ron con sus varas á detener

barco, que ya iba entrando

en

el

raudal y canal de las ruedas.
rodillas
,

Púsose Sancho de
le librase

pidiendo devotamente

al cielo

de tan manifiesto peligro,
los

como

lo

hizo por

la in-

dustria

y presteza de

molineros, que oponiéndose con

sus palos al barco, le detuvieron, pero

no de manera que

dejasen de trastornar

el

barco, y dar con

Don

Quijote y con

Sancho
jote,

al

través en el agua; pero vínole bien á
el

Don Quipeso de
los
las

que sabia nadar como un ganso, aunque
le llevó al

armas

fondo dos veces; y
agua, v

si

no fuera por
sacaron

mo-

lineros,

que

se arrojaron al

los

como

en peso

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXIX.
á

265

entrambos,

allí

habría sido Troya para los dos. Puestos,

pues, en tierra, más mojados que muertos de sed, Sancho,
puesto de rodillas
cielo, pidió á
,

las

manos juntas y

los ojos

elevados

al

Dios con una larga y devota plegaria

le librase

de

allí

adelante de los atrevidos deseos y acometimientos de

su señor.

Llegaron en esto

los pescadores,
las

dueños del barco, a quien
las

habían hecho pedazos

ruedas de

aceñas; y viéndole
á pedir

roto, acometieron á desnudar á

Sancho y

á

Don
si

Quijote se lo pagase,

el

cual con gran sosiego,
él, dijo á los

como

no

hubiera pasado nada por

que que

él

pagarla

el

molineros y pescadores barco de bonísima gana, con condición
la

le

diesen libre y sin cautela á
castillo

persona ó personas que

en aquel su

estaban oprimidas.

«¿Qué
los

personas ó qué castillo dices, respondió uno de

molineros,

hombre

sin juicio!

¿Quiéreste llevar por venestas aceñas!

tura las

que vienen á moler trigo á

Basta, dijo entre

Don

Quijote: aquí será predicar en

desierto querer reducir á esta canalla á

que por ruegos haga

virtud alguna; y en esta aventura se deben de haber encontrado dos valientes encantadores, y el
otro intenta
:

uno estorba
el

lo

que

el

el

uno

me
lo

deparó

el

barco, y

otro dio con-

migo

al través.

Dios

remedie; que todo este

mundo

es

máace-

quinas y trazas, contrarias unas de otras; yo no puedo más.»

Y

alzando
«

la

voz, prosiguió diciendo, y mirando á
seáis,

las

ñas:

Amigos, cualesquiera que
,

que en esa prisión que-

dáis encerrados
la

por mi desgracia y por vuestra, yo no os puedo sacar de vuestra cuita para otro

perdonadme

;

que

,

:

caballero debe de estar guardada

y reservada

esta aventura.

En

diciendo esto, se concertó con los pescadores, y pagó

206
por
el

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
barco cincuenta reales, que
los dio

Sancho de
ésta,

muy

mala gana, diciendo: «A dos barcadas como
con todo
el

daremos

caudal

al

fondo.»

Los pescadores y molineros estaban admirados, mirando
aquellas dos figuras, tan fuera del uso,
otros
al

parecer, de los

hombres, y no acababan de entender á do se encaminaban las razones y preguntas que Don Quijote les decia; v
teniéndolos por locos, los dejaron, y se recogieron á sus aceñas, y los pescadores á sus ranchos. Volvieron á sus bestias y
á ser bestias

Don

Quijote y Sancho, v este

fin

tuvo

la

aven-

tura del encantado barco.

CAPITULO XXX.
De
lo

que

le

avino á

Don

Quijote con una bella cazadora.

Asaz melancólicos y de mal
les

talante llegaron á sus

anima-

caballero y escudero, especialmente Sancho, a quien lleal

gaba

alma

llegar al caudal del dinero, pareciéndole
él

que

todo lo que del se quitaba era quitárselo á

de

las

niñas de

sus ojos. Finalmente, sin hablarse palabra, se pusieron á caballo,

y

se apartaron del

famoso

rio

:

Don

Quijote sepultado
los

en

los

pensamientos de sus amores, y Sancho en
le

de su

acrecentamiento, que por entonces
lejos

parecia que estaba bien
le

de tenerle; porque, maguera tonto, bien se
las

alcandis-

zaba que

acciones de su

amo

,

todas ó las

más eran
,

parates; y buscaba ocasión en que, sin entrar en cuentas ni

en despedimientos con su señor, un dia se desgarrase y se
fuese á su casa; pero la fortuna ordenó las cosas
ves de lo

muy
sol

al

re-

que

él

pensado

tenia.
al

Sucedió, pues, que otro dia,

despuntar del

y

al salir

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXX.
de una selva, tendió

267

Don

Quijote

la vista

por un verde pra-

do, y en lo último del vio gente, y llegándose cerca, conoció

que eran cazadores de

altanería.

Llegóse más, y entre

ellos vio

una gallarda señora sobre un palafrén ó hacanea
si-

blanquísima, adornada de guarniciones verdes y con un
llón de plata.

Venia

la

señora asimismo vestida de verde

,

tan

bizarra y ricamente, que la

misma

bizarría venia transfor,

mada en
dio á

ñora,
la

mano izquierda traia un azor señal que entender á Don Quijote ser aquélla alguna gran seque debia serlo de todos aquellos cazadores, como era
ella.

En

la

verdad; y

así dijo á

Sancho: «Corre,

hijo,

Sancho, y

di

á aquella señora del palafrén y del azor, de los Leones, beso las

que yo,

el Caballero

manos

á su gran fermosura, y

que

si

su grandeza

me

da licencia,

se las iré á besar,

y á servirla en

cuanto mis fuerzas pudieren y su alteza

mandare; y mira, Sancho, cómo hablas, y ten cuenta de no encajar alrefrán de los tuyos en tu embajada.
os le habéis al encajador! respondió Sancho.

me

gún

— ¡Hallado

Si

i

A mí con

eso! Sí,

que no

es ésta la

vez primera que he

lle-

vado embajadas á

no fué

la

y crecidas señoras en esta vida. que llevaste á la señora Dulcinea, replicó
altas

Don

Quijote, yo no sé que hayas llevado otra, á lo

menos

en mi poder.

— Así
cena
:

es
le

verdad, respondió Sancho; pero

al

buen pa-

gador no
la

duelen prendas, y en casa llena presto se guisa

quiero decir, que á

mí no hay que decirme

ni ad-

vertirme de nada; que para todo tengo , y de todo se

me

al-

canza un poco.

— Yo

lo creo,

Sancho,

dijo

Don

Quijote

:

vé en buena

hora, V Dios te

guíe.)i

»

,

208

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
al

Partió Sancho de carrera, sacando de su paso
llegó

Rucio, v
,

donde

la bella

cazadora estaba
«

,

y apeándose
,

puesto

ante ella de hinojos, le dijo:
llero es

Hermosa señora

aquel caba-

que

allí

se parece,

llamado

el Caballero de los

Leones

mi amo, y yo soy un escudero suyo,
tal

á quien llaman en
los Leo?ies
^ ,

su casa Sancho Panza. Este

Caballero de

que

no há mucho

se

llamaba

el de la Triste

Figura

envia por


él
él

á decir á vuestra

grandeza sea servida de darle licencia

para que, con su permiso y beneplácito y consentimiento

venga á poner en obra su deseo, que no

es otro,

según

dice y yo pienso, que de servir á vuestra

encumbrada

altanería y fermosura;

que en dársela vuestra señoría hará
él recibirá

cosa que redunde en su pro, y

señaladísima mer-

ced y contento.

— Por

cierto
la

,

buen escudero

,

respondió

la

señora

,

vos

habéis dado
tancias

embajada vuestra con todas aquellas circunstales

que

las

embajadas piden. Levantaos del suelo;
es el de la Triste

que escudero de tan gran caballero como
Figura, de quien ya tenemos acá

mucha

noticia, no es

justo que esté de hinojos; levantaos, amigo, y decid á vuestro señor

que venga mucho en hora buena

á servirse

de mí

y del Duque,

mi marido, en una

casa de placer

que aquí

tenemos.

Levantóse Sancho, admirado,

así

de

la

hermosura de
cortesía,

la

buena señora, como de su mucha crianza y
de lo que
le

y más
el

habia dicho, que tenia noticia de su señor,
si

Caballero de la Triste Figura ; y creyó que

no

le

habia

lla-

mado

el de los Leo?ies

debia de ser por habérsele puesto tan

nuevamente.
Preguntóle
la

Duquesa (cuvo

título

aun no

se

sabe):

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXX.
u

269

Decidme, hermano escudero

:

este

vuestro señor ¿no es

uno de quien anda impresa una
Ingenioso hidalgo

historia,
^

que

se

llama del

Don fijóte de
tal

la

Mancha que

tiene por se-

ñora de su alma á una

Dulcinea del Toboso?
respondió Sancho; y aquel esla tal historia, á

— El

mesmo

es, señora,

cudero suyo, que anda ó debe de andar en
quien llaman Sancho Panza, soy yo,
ron en
la
si

no

es

que

me

troca-

— De todo
me

cuna, quiero decir, que
eso

me

trocaron en

la

estampa.

me

huelgo yo mucho, dijo
á vuestro señor

la

Duquesa.
él sea el

Id,

hermano Panza, y decid
el

que

bien llegado y
cosa

bien venido á mis estados, y que ninguna

pudiera venir que más contento

me

diera.

Sancho, con

esta tan agradable respuesta,

con grandísimo

gusto volvió á su
señora
le

amo,
,

á quien contó todo lo

que

la

gran

habia dicho

levantando con sus rústicos términos
,

á los cielos su

mucha fermosura
la visera,

su gran donaire y cortesía.

Don
gentil

Quijote se gallardeó en

la silla,

púsose bien en los es-

tribos,

acomodóse
denuedo fué
al

arremetió á Rocinante, y con

á besar las

manos

á la

Duquesa,

la cual,

haciendo llamar

Duque

su marido,
la

le

contó, en tanto

que

Don

Quijote llegaba, toda
la

por haber leido
tendido por

embajada suya; y los dos, Primera Parte desta historia, y haber endisparatado

ella el

humor de Don

Quijote, con

grandísimo gusto y con deseo de conocerle, le atendian, con prosupuesto de seguirle el humor y conceder con él en
cuanto
dias
les

dijese, tratándole

como

á caballero andante los
las

que con

ellos se detuviese,

con todas

ceremonias
ellos

acostumbradas en
leido, y

los libros

de caballerías, que

hablan

aun

les

eran

En

esto

llegó

muy aficionados. Don Quijote, alzada

la

visera;

y dando

270

DON (^JIJÓTE DE LA MANCHA.
el
,

muestras de apearse, acudió Sancho á tenerle
fué tan desgraciado
pié en
,

estribo; pero
se le asió

que

al

apearse del Rucio

un

una soga

del albarda, de tal

modo, que no
la

fué posi-

ble desenredarle; antes

quedó colgado del, con

boca v

los

pechos en

el suelo.

Don
le

Quijote, que no tenia en costumel

bre apearse sin que

tuviesen

estribo,

pensando que ya

Sancho habia llegado á
,

tenérsele, descargó de golpe el cuer,

po y llevóse tras sí la silla de Rocinante que debia de estar mal cinchada, y la silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya y muchas maldiciones que entre dientes echó
al

desdichado de Sancho , que aun todavía tenia

el

pié en la
al

corma. El
caballero y

Duque mandó
al

á sus cazadores

que acudiesen

escudero, los cuales levantaron á

Don QuiDuque

jote, maltrecho de la caida; y,

renqueando y como pudo,

fué á hincar las rodillas ante los dos señores; pero el

no

lo consintió

en ninguna manera; antes apeándose de su

caballo, fué á abrazar á

Don

Quijote, diciéndole

:

«A mí me

pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera

que vuesa merced ha hecho en mi

tierra

haya sido tan mala

como

se

ha

visto;

pero descuidos de escuderos suelen ser

causa de otros peores sucesos.

El que yo he tenido en veros

,

valeroso príncipe

,

res-

pondió

Don

Quijote, es imposible ser malo, aunque mi
el

caida no parara hasta
allí

profundo de

los

abismos, pues de

me

levantara y

me

sacara la gloria de haberos visto.
la

Mi

escudero, que Dios maldiga, mejor desata
decir malicias,

lengua para

que

ata y cincha

una

silla

para que esté

firme; pero,

como

quiera que yo

me

halle, caido ó levanal

tado, á pié ó á caballo, siempre estaré

servicio vuestro
,

y

al

de mi señora

la

Duquesa

,

digna consorte vuestra

v

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXX.
digna señora de
cortesía.
la

27I
la

hermosura, y universal princesa de

Pasito,

mi señor Don Quijote de
está

la

Mancha,

dijo el

Duque; que adonde

mi

señora doña Dulcinea del

To-

boso, no es razón que se alaben otras fermosuras.

Ya
se

estaba á esta sazón libre Sancho
allí

Panza

del lazo

;

y ha:

llándose

cerca, antes que su

amo

respondiese, dijo

«No
se-

puede negar, sino afirmar, que

es

muy hermosa mi

ñora Dulcinea del Toboso; pero donde menos se piensa se
levanta la liebre; que yo he oido decir que esto que llaman

que hace vasos de barro y el que hace un vaso hermoso, también puede hacer dos y tres
naturaleza es
alcaller
;

como un

y ciento

:

dígolo porque

mi señora

la

Duquesa, á

fe

que no

va en zaga á

mi ama,

la

señora Dulcinea del Toboso.»
la

Volvióse

Don

Quijote á

Duquesa, y

dijo:

«Vuestra granel

deza imagine que no tuvo caballero andante en

mundo

escudero más hablador ni más gracioso del que yo tengo, y si algunos dias quisiere vuestra gran él me sacará verdadero
,

celsitud servirse de mí.»

A lo que respondió
sea gracioso lo estimo
discreto;

la

Duquesa «De que Sancho
:

el

bueno
que
es

yo en mucho porque
,

es señal

que

las gracias

y

los donaires, señor

Don

Quijote,

como
torpes

vuesa merced bien sabe, no asientan sobre ingenios
;

aquí

le

y pues el buen Sancho confirmo por discreto.
hablador, añadió

es gracioso

y donairoso desde
,

—Y — Tanto que mejor,
cias

Don

Quijote.

dijo el

Duque, porque muchas

grase
la

pueden decir con pocas palabras; y porque no nos vaya el tiempo en ellas venga el gran Caballero de
no
se
,

'Triste Figura...

»

272

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
los

— De — Sea
el

Leones ha de decir vuestra alteza, dijo Sancho,
triste

que ya no hay
el

figura ni figurón.
el

de

los

Leones, prosiguió
los

Duque; digo que venga

señor Caballero de

Leones á un castillo mió, que está

aquí cerca, donde se

le

hará

el
el

acogimiento que á tan

alta

persona se debe justamente, y

que yo y

la

Duquesa

sole-

mos hacer

á todos los caballeros andantes

que á

él llegan.

Ya
silla á

en esto Sancho habia aderezado y cinchado bien

la

Rocinante; y subiendo en

él

Don
la

Quijote, y

el

Du-

que en un hermoso caballo, pusieron
dio, y encaminaron
al castillo.

á la

Duquesa en meá

Mandó

Duquesa
infinito

Sancho

que

fijese

junto á

ella,

porque gustaba

de oir sus

discreciones.
tre los tres
,

No se

hizo de rogar Sancho, y entretejióse enla

y hizo cuarto en
del

conversación , con gran gusto
tuvieron á gran ventura

de

la

Duquesa y

Duque, que
tal

acoger en su
andado.

castillo

caballero

andante y

tal

escudero

CAPITULO XXXI.
Que
trata

de muchas v grandes cosas.

Suma

era la alegría

que llevaba consigo Sancho, viéndose,

á su parecer, en privanza con la

Duquesa, porque

se le figula

raba que habia de hallar en su castillo lo que en

casa de

don Diego y en
vida; y así,
galarse, cada y
historia

la

de Basilio, siempre aficionado á
la

la

buena

tomaba

ocasión por

la

melena en

esto del rela

cuando que

se le ofi-ecia.

Cuenta, pues,

que antes que

á la casa de placer ó castillo llegasen,

se adelantó el

Duque, y

dio orden á todos sus criados del

modo que

habian de tratar á

Don

Quijote;

el

cual,

como

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI.
llegó

273

con

la

Duquesa

á las puertas del castillo... al instante
,

salieron del dos lacayos ó palafreneros

vestidos hasta los pies

de unas ropas que llaman de levantar, de finísimo raso carmesí, y cogiendo á
visto, le dijeron
:

Don

Quijote en brazos, sin ser oido

ni

«Vaya
>)

la vuestra

grandeza á apear á mi se-

ñora

la

Duquesa.

Don
tre los
la

Quijote lo hizo, y hubo grandes comedimientos enel

dos sobre

caso; pero, en efecto, venció la porfía de

Duquesa, y no quiso decender ó bajar del palafrén sino en los brazos del Duque, diciendo que no se hallaba digna
de dar á tan gran caballero tan inútil carga.

En

fin

,

salió el

Duque

a apearla; y

al

entrar en un gran patio, llegaron dos
los

hermosas doncellas y echaron sobre

hombros

á

Don

Quijote un gran mantón de finísima escarlata, y en un instante se coronaron todos los corredores del patio de criados

y criadas de aquellos señores, diciendo á grandes voces:
«
¡

Bien sea venido
!

la flor

y

la

nata de los caballeros andan-

tes

))

;

y todos ó

los

más derramaban pomos de aguas oloro-

sas

se

Don Quijote y sobre los Duques; de todo lo cual admiraba Don Quijote, v aquel fué el primer dia que
sobre
,

de todo en todo conoció y creyó ser caballero andante ver-

dadero

y no fantástico

,

viéndose tratar del

mismo modo
en
los

que

él

habia leido

se trataban los tales caballeros

pa-

sados siglos.

Sancho, desamparando
y se entró en
el castillo;

al

Rucio,

se cosió

con

la

Duquesa

y remordiéndole

la

conciencia de

que dejaba

al

jumento

solo, se llegó á

una reverenda dueña,
salido, y

que con

otras á recebir á la
:

Duquesa habia

con voz
de

baja le dijo

«Señora González, ó ¿cómo

es su gracia

vuesa merced?...

274
dueña
¿qué

^^^ QUIJOTE DE LA MANCHA,
de Grijalba

— Doña Rodríguez
:

me

llamo, respondió

la

es lo

que mandáis, hermano?»
:

A lo
me

que respondió Sancho
de
salir á la
:

«

Querria que vuesa merced

la hiciese

puerta del castillo, donde hallará

un asno rucio mió
poner ó ponerle en

vuesa merced sea servida de mandarle

la caballeriza;

porque

el

pobrecito es un
las

poco medroso, y no
maneras.

se hallará á estar solo

en ninguna de

Si tan discreto es el

amo como

el

mozo, respondió

la

dueña, medradas estamos. Andad, hermano,

mucho

de en-

horamala para vos y para quien acá os trujo, y tened cuenta con vuestro jumento; que las dueñas desta casa no estamos
acostumbradas á semejantes haciendas.

— Pues
del,

en verdad, respondió Sancho, que he oido yo
señor, que es zahori de
las

decir á

mi

historias,

contando

aquella de Lanzarote cuando de Bretaña vino, gue

damas cu-

raban

y dueñas
le
si

del su rocino

;

y que en

el

particular de

mi

asno, que no

trocara yo con
sois

el

rocin del señor Lanzarote.
la

— Hermano,
de

juglar, replicó
lo

dueña, guardad
;

vuestras gracias para

adonde

parezcan y se os paguen

que

— Aun

mí no

podréis llevar sino una higa.

bien, respondió Sancho, que será bien madura,
la

pues no perderá vuesa merced

quínola de sus años por

punto menos.

— Hijo de
lera,
si

puta, dijo

la

dueña, toda ya encendida en cóla

soy vieja ó no, á Dios daré

cuenta, que no á vos,

bellaco, harto de ajos»; y esto dijo en voz tan alta,

que

lo

oyó

la

Duquesa, y volviendo y viendo
le

á la

dueña tan albolas

rotada y tan encarnizados los ojos,
habia.

preguntó con quién

»

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI.
«Aquí
bre, que
las

275

he, respondió

la

dueña, con

este

buen hom-

me

ha pedido encarecidamente que vaya á poner

en

la caballeriza á

un asno suyo que

está á la puerta del casasí
tal

tillo,

trayéndome por ejemplo que

lo

hicieron no sé

dónde, que unas damas curaron á un

Lanzarote, y unas

dueñas a su rocino; y sobre todo, por buen término

me

ha

llamado

vieja.

— Eso
:

tuviera yo por afrenta, respondió la

Duquesa, más

que cuantas pudieran decirme»; y hablando con Sancho, le dijo «Advertid, Sancho amigo, que doña Rodríguez es muy

moza, y que aquesas
la

tocas,

más

las trae

por autoridad y por
vivir,

usanza, que por los años.

— Malos
Sancho,
el
si

sean los que

me

quedan por
lo dije

respondió

lo dije

por tanto; sólo

porque

es tan

grande

cariño que tengo á

mi jumento, que me

pareció que no
la

podia encomendarle á persona más caritativa que á

señora

doña Rodriguez.

Don
tas,

Quijote, que todo lo oia,
este lugar!

le dijo

:

«¿Pláticas son és-

Sancho, para

— Señor, respondió Sancho, cada uno ha de
menester, donde quiera que estuviere
del
:

hablar de su

aquí se

me

acordó

Rucio, y aquí hablé
allí

del;

y

si

en

la caballeriza se

me

acordara,

hablara.»

A

lo

que

dijo el

Duque

:

«Sancho
al

está

muy

en lo cierto,
recado

y no hay que culparle en nada;
á pedir de boca, y descuide á su

Rucio

se le dará se le tratará

Sancho; que

como

mesma persona. Con estos razonamientos,
sala,

gustosos á todos, sino á

Don

Quijote, llegaron á lo alto, y entraron á

Don

Quijote en

una

adornada de

telas

riquísimas de oro y de brocado:

276
seis

DON C^IJOTE DE LA MANCHA.
doncellas le desarmaron y sirvieron de pajes, todas in-

Duque y de la Duquesa de lo que habian de hacer, y de cómo habian de tratar á Don Quijote, para que imaginase y viese que le trataban como caballero andante. Quedó Don Quijote, después de desardustriadas y advertidas del

mado, en
besaba

sus estrechos gregüescos y en su

jubón de carnuza;
se
las

seco, alto, tendido, con las quijadas
la

que por de dentro

una con

la otra, figura

que á no tener cuenta

doncellas que le servian con disimular la risa (que fué una

de

las precisas

órdenes que sus señores

les

habian dado), re-

ventaran riendo. Pidiéronle que se dejase desnudar para ponerle

una camisa; pero nunca

lo consintió, diciendo

que

la

honestidad parecia tan bien en los caballeros andantes
la valentía.

como

Con
se

todo, dijo que diesen
él

la

camisa á Sancho; y encer-

rándose con

en una cuadra, donde estaba un rico lecho,
vistió la

desnudó, y
:

camisa; y viéndose solo con Sancho,
antiguo, ¿pa-

le dijo

«

Dime, truhán moderno y majadero

récete bien deshonrar y afrentar á

una dueña tan veneranda y tan digna de respeto como aquella! ¿Tiempos eran aquellos

para acordarte del Rucio? ó ¿señores son éstos para dejar

mal pasar

á las bestias, tratando

tan elegantemente á sus
te reportes,
la

dueños! Por quien Dios es, Sancho, que

no descubras

la hilaza

de manera que caigan en

y que cuenta de

que
tí!

eres de villana y grosera tela tejido.
es tenido el señor,

Mira ¡pecador de
cuanto tiene más

que en tanto más

honrados y bien nacidos criados, y que una de las ventajas mayores que llevan los príncipes á los demás hombres, es

que
tes,

se sirven

de criados tan buenos

como

ellos.

¿

No
si

advier-

angustiado de

y malaventurado de mí, que

ven que

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI.
tú eres

277

un grosero

villano ó

un mentecato gracioso, pensa-

rán que yo soy algún echacuervos , ó algún caballero de
hatra?

moal

No,

no, Sancho amigo

:

huye, huye destos inconve-

que quien tropieza en hablador y en gracioso, primer traspié cae y da en truhán desgraciado. Enfrena
nientes;

la

lengua, considera y rumia
la

las

palabras antes que te salgan de

boca, v advierte que

hemos

llegado á parte donde, con
salir

el

favor de Dios y valor de

mi brazo, hemos de

mejorados

en tercio y quinto en fama y en hacienda. Sancho le prometió con muchas veras de coserse

la

boca

ó morderse la lengua antes de hablar palabra que no fuese

muy

á propósito y bien considerada,
lo tal;

como

él se lo

mandaba,
él se

V que descuidase acerca de
cubrirla quién ellos eran.
Vistióse

que nunca por

des-

Don

Quijote, púsose su tahalí con su espada,
escarlata á cuestas, púsose

echóse

el

mantón de

una montera

de raso verde que
salió á la

las

doncellas le dieron, y con este adorno
las

gran sala, adonde halló á

doncellas puestas en

ala, tantas á

una parte como
la

á otra,

y todas con aderezo de

darle
cias

agua á manos,

cual le dieron con

muchas reverenel

y ceremonias. Luego llegaron doce pajes con tresala, para llevarle á comer; que ya los señores

maesaguar-

le

daban. Cogiéronle en medio, y lleno de
le

pompa y
el

majestad,
rica

llevaron á otra sala,

donde estaba puesta una

mesa

con

solos cuatro servicios.

La Duquesa y
y con
las casas
,

Duque

salieron

á la puerta de la sala á recebirle,
siástico
,

ellos

un grave
;

ecle-

destos
,

que gobiernan

de

los príncipes

des-

tos

que

como no nacen
han de
ser los
los

príncipes

no aciertan

á enseñar

cómo
la

lo

que

lo son; destos
la

que quieren que
estrecheza de sus

grandeza de

grandes se mida con

»

278

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
los

ánimos; destos que, queriendo mostrar á
biernan á ser limitados,
les,
les

que

ellos

go-

hacen
el

ser miserables.

Destos talos

digo, que debia de ser
salió á recebir á

grave religioso, que con
Quijote.

Duques

Don

Hiciéronse mil corteses comedimientos, y finalmente, co-

giendo á

Don

Quijote en medio, se fueron á sentar á
el

la

mesa. Convidó
la

Duque
él lo

á

Don

Quijote con

la

cabecera de

mesa, y aunque
tantas,

rehusó,
la

las

importunaciones del

Du-

que fueron

que

hubo de tomar. El
la

Eclesiástico se

sentó frontero, y

el

Duque y

Duquesa

á los dos lados.

A

todo estaba presente Sancho,

embobado y
le

atónito de

ver la honra que á su señor aquellos príncipes

viendo

las

muchas

hacian; y ceremonias y ruegos , que pasaron entre el
la

Duque y Don
la

Quijote para hacerle sentar á
«

cabecera de
les

mesa,

dijo

:

Si sus

mercedes

me

dan licencia,

conlos

taré

un cuento que pasó en mi pueblo acerca desto de
Sancho, cuando

asientos.

Apenas hubo dicho
tembló creyendo
,

esto

Don

Quijote

sin

duda alguna que habia de decir alguna

necedad.

Miróle Sancho y entendióle, y dijo:

«No tema

vuesa

merced, señor mió, que yo

que no venga

muy

á

consejos que poco há

me desmande ni que diga cosa pelo; que no se me han olvidado los vuesa merced me dio sobre el hablar
mal.

mucho ó poco, ó bien ó Yo no me acuerdo

— Quijote — Pues
:

de nada, Sancho, respondió
lo digas presto.

Don

di lo
lo

que quisieres, como
dijo

que quiero decir,

Sancho,

es tan

verdad,
dejará

que mi señor
mentir.

Don

Quijote, que está presente, no

me

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI.

279

— Por
que vas

mí,

replicó

Don

Quijote, miente tú, Sancho,
te iré á la

cuanto quisieres; que yo no
á decir.

mano; pero mira

lo

— Tan mirado y remirado
se verá

lo

tengo, que á buen salvo está
la

el

que repica, como

por

obra.

— Bien

será, dijo

Don

Quijote, que vuestras grandezas

manden echar de

aquí á este tonto, que dirá mil patochadas.

— Por
que
es

vida del

Duque,

dijo la
;

Duquesa, que no

se
,

ha de

apartar de

mí Sancho un punto

quiérole yo

mucho porque
por

— Discretos
el

muy

discreto.

dias, dijo

Sancho, viva vuestra santidad
tiene,

,

buen crédito que de mi ingenio
haya; y
el

aunque en mí no

lo

cuento que quiero decir

es este.

Convidó un
porque venia

hidalgo de

mi pueblo, muy

rico y principal,

de

los

Alamos de Medina

del

Campo, que
hija de

casó con doña

Mencía de Quiñones, que fué

don Alonso de Marase

ñon, caballero del hábito de Santiago, que

ahogó en

la

Herradura, por quien hubo aquella pendencia años há en
nuestro lugar (que, á lo que entiendo,
jote se halló

mi

señor

Don Quiel tra-

en

ella)

,

de donde

salió

herido Tomasillo

vieso, el hijo de Balbastro el herrero...
esto, señor nuestro

¿No

es

verdad todo

amo? Dígalo por
dijo el Eclesiástico,

su vida, porque estos

señores no

— Hasta ahora,
que os tendré.

me

tengan por algún hablador mentiroso,

más

os tengo por ha-

blador que por mentiroso; pero de aquí adelante, no sé por
lo

— Tú
puedo
en dos

das tantos testigos, Sancho, y tantas señas, que no

dejar de decir

que debes de decir verdad
,

:

pasa ade-

lante y acorta el cuento
dias.

porque

llevas

camino de no acabar

»

28o

DON

f^JIfOTF,

DE LA MANCHA.

— No ha de

aunque no
para
le

acortar tal, dijo la

Duquesa, por hacerme

á

placer; antes le ha de contar de la

manera que
tantos fuesen

le
,

sabe,
serian

acabe en

seis dias

;

que

si

— Digo,

los

mejores que hubiese llevado en mi vida,
pues, señores mios, prosiguió Sancho, que este

tal

hidalgo, que yo conozco
á la suya

como
tiro

á

mis manos, porque no

hay de mi casa

un

de ballesta, convidó á un

labrador pobre, pero honrado...

— Adelante, hermano,
camino
lleváis

dijo á esta sazón el Religioso;
el

que
otro

de no parar con vuestro cuento hasta

mundo.

—A

menos de

la

mitad pararé,
así,

si

Dios fuere servido,
el tal

respondió Sancho; y

digo que llegando

labrador

á casa del dicho hidalgo convidador...

que buen poso haya
seíias,

su ánima, que ya es muerto; y por

más

dicen que hizo

una muerte de un ángel; que yo no

me

hallé presente;

que

habia ido por aquel tiempo á segar á Tembleque...

— Por

vida vuestra, hijo, que volváis presto de
sin enterrar al

Temble-

que, y que

hidalgo,

si

no queréis hacer más

exequias, acabéis vuestro cuento.

— Es, pues,
para asentarse á

el

caso, replicó Sancho,

que estando
los

los

dos

la mesa...

que parece que ahora

veo más

que nunca...

Gran gusto recebian
traba tomar
el

los

Duques

del disgusto

que mos-

buen

religioso, de la dilación

que Sancho contaba su cuento; y sumiendo en cólera y en rabia.
«

Don

y pausas con Quijote se estaba con-

Digo

así, dijo

Sancho, que estando,
la

como he
el

dicho,
el

los

dos para asentarse á

mesa,

el

labrador porfiaba con
la

hi-

dalgo que tomase

la

cabecera de

mesa, v

hidalgo por-

«

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXI.
fiaba
se

28

I

también que

el

labrador la tomase, porque en su casa
él

habia de hacer lo que

mandase; pero

el

labrador, que
el

presumía de cortés y bien criado, jamas quiso, hasta que
hidalgo, mohino, poniéndole ambas

manos sobre
:

los

hom-

bros, le hizo sentar por fuerza, diciéndole

k

Sentaos, maja-

granzas; que adonde quiera que yo

me

siente será vuestra

cabecera )i; y este es

el

cuento, y en verdad que creo que no

ha

sido aquí traido fuera de propósito.

Púsose
reno,
la
le

Don

Quijote de mil colores, que, sobre lo
le

mo-

¡aspeaban y se

parecían.

Los señores disimularon

risa,

porque

Don
la

Quijote no acabase de correrse, ha-

biendo entendido
tica

malicia de Sancho; y por

mudar de

plá-

y hacer que Sancho no prosiguiese con otros disparates,
la

preguntó
de
la

Duquesa

á

Don

Quijote que qué nuevas tenia

señora Dulcinea, y que si le habia enviado aquellos dias algunos presentes de gigantes ó malandrines, pues no

podia dejar de haber vencido muchos.

A

lo

que

Don

Quijote respondió

:

«

Señora mia, mis desfin.

gracias,

aunque tuvieron principio, nunca tendrán
le

Gi-

gantes he vencido, y follones y malandrines

he enviado;

pero ¡adonde
en
la

la

habian de hallar,

si

está

encantada y vuelta

— No
mosa
dor.

más

fea labradora

que imaginarse puede!
á

sé, dijo

Sancho Panza;

mí me parece

la

más hery en
el

criatura del

mundo;

á lo

menos, en

la ligereza

brincar, bien sé yo que no dará ella la ventaja á

un

volteael

A
¿

buena

fe,

señora Duquesa,

así salta

desde

suelo

sobre una borrica,

como

si

fuera un gato.
el

Habeisla visto vos encantada, Sancho? preguntó

Duque.

— Y ¡cómo

si

la

he

visto! respondió

Sancho: pues ¿quién

282

DON QLIIJOTE DE LA MANCHA.
que cayó en
el

diablos, sino yo, fué el primero

achaque
n

del

encantorio

!

Tan encantada

está

como mi

padre,

El Eclesiástico, que oyó decir de gigantes, de follones y de encantos, cayó en la cuenta de que aquél debia de ser

Don

Quijote de

la

Mancha, cuya

historia leia el

Duque

de

ordinario, v

él se lo

habia reprehendido muchas veces, di;

ciéndole que era disparate leer tales disparates
ser

v enterándose

verdad lo que sospechaba, con
el

mucha
lo

cólera, hablando

con

Duque,

le dijo

:

«Vuestra excelencia, señor mió, tiene

que dar cuenta

á

Nuestro Señor de
Quijote, ó

que hace
ó

este

buen
se lla-

hombre. Este

Don

Don Tonto,
ser tan
,

como

ma, imagino yo que no debe de
vuestra excelencia quiere que sea

mentecato como
la

dándole ocasiones á
»

mano

para que lleve adelante sus sandeces y vaciedades.
la plática á

Y

volviendo

Don

Quijote,

le dijo
el

:

i(

Y

á vos,

alma

de cántaro, ¿quién os ha encajado en
ballero andante v

celebro que sois ca-

que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en hora buena, y en tal se os diga volveos á
:

vuestra casa y criad á vuestros hijos,

si

los tenéis,

y curad de
el

vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por

mundo,

papando viento, y dando que reir á cuantos os conocen v no conocen. ¿ En dónde ñora tal habéis vos hallado que hubo
! i

ni

hay ahora caballeros andantes! ¿Dónde hay gigantes en
la

España ó malandrines en

Mancha,

ni

Dulcineas encanta-

das, ni toda la caterva de las simplicidades

que de vos

se

cuentan

!

»

Atento estuvo

Don

Quijote á

las

razones de aquel vene-

rable varón; y viendo

que va

callaba, sin guardar respeto á los

Duques, con semblante airado y alborotado
en pié V
dijo...

rostro, se puso

Pero

esta respuesta, capítulo por

merece.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXXII.

283

CAPITULO XXXII.
De
la

respuesta que dio

Don

Quijote á su reprehcnsor, con oíros graves

y graciosos sucesos.

Levantado, pues, en pié
pies á la cabeza

Don

Quijote, temblando de

los

como azogado, con

presurosa y turbada lenlas

gua

dijo

:

«El lugar donde estoy, y

presencias ante quien
al

me

hallo, y el respeto

que siempre tuve y tengo

estado

que vuesa merced profesa, tienen y atan las manos de mi justo enojo; y así por lo que he dicho, como por saber que
saben todos que
las
las

armas de
la

los

togados son

las

mesmas que
la

de

la

mujer, que son

lengua, entraré con
se

mia en

igual batalla con vuesa antes buenos consejos

merced, de quien

debian esperar

que infames vituperios. Las reprehen-

siones sanas y bien intencionadas, otras circunstancias re-

quieren y otros puntos piden; a lo menos,

el

haberme
primeras

re-

prehendido en público y tan ásperamente ha pasado todos
los límites

de

la

buena reprehensión

,

pues

las

me-

jor asientan sobre la blandura que sobre la aspereza; y no es

bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprehende,

llamar

al

pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si
:

no, dígame vuesa merced

¿por cuál de

las

mentecaterías

que en mí ha que

visto

me condena

y vitupera, y
el
si

me manda
tengo ó
los

me

vaya á mi casa á tener cuenta en
sin saber

gobierno della
la

y de mi mujer y de mis hijos,
tengo?

¿No hay más
la

sino, á troche

moche,

entrarse por las

casas ajenas á gobernar sus dueños, y habiéndose criado al-

gunos en

estrecheza de algún pupilaje, sin haber visto
el

más mundo que

que puede contenerse en veinte 6

treinta

284

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
la

leguas de distrito, meterse de rondón á dar leyes á
llería

caba-

y

á

juzgar de

los caballeros

andantes? Por ventura, ;es
el

asunto vano, ó es tiempo mal gastado

que

se gasta

en vagar

por

el

mundo, no buscando
donde
los

los regalos del, sino las aspereal

zas, por

buenos suben

asiento de la inmortali-

dad?
los

Si

me

tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos,

generosos, los altamente nacidos, tuviéralo por afrenta

inreparable; pero de que
tes,
ría,

me

tengan por sandio

los estudian-

que nunca entraron
no
,

ni pisaron las sendas de la caballe-

se
si

me

da un ardite. Caballero sov v caballero he de
al

morir
de
la

place

Altísimo

:

unos van por
el

el

ancho campo

ambición soberbia, otros por
el

de

la

adulación servil

y baja, otros por
el

de

la

hipocresía engañosa, y algunos por

de

la

verdadera religión; pero yo, inclinado de
la

mi

estrella,

voy por

angosta senda de

la caballería

andante, por cuyo
honra.

ejercicio desprecio la hacienda, pero

no

la

Yo

he

sa-

tisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias,

vencido gigantes y atropellado vestiglos; vo sov enamorado,

no más de porque
sean
;

es forzoso

que

los caballeros

andantes lo
,

y siéndolo

,

no soy de

los

enamorados

viciosos

sino de
las

los platónicos continentes.

Mis

intenciones siempre

en-

derezo á buenos fines, que son de hacer bien á todos, v mal
á

ninguno

:

si el

que en

esto entiende,
ser

si el

que

esto obra,

si el

que desto

trata,

merece

llamado bobo, díganlo vuesexcelentes.
:

tras

grandezas.
¡

Duque y Duquesa

Bien, por Dios! dijo Sancho

no diga más vuesa mer-

ced, señor y
decir, ni

amo mió,

en su abono, porque no hay más que
ni

más que pensar,

más que persuadir en

el

mundo;

y más, que negando este señor,

como ha negado, que no ha

habido en

el

mundo,

ni los

hav, caballeros andantes, ¿qué

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXXII.

285

mucho que no

sepa ninguna de

las

cosas

que ha dicho!

— ¿Por ventura,

dijo el Eclesiástico, sois vos,
,

hermano,

aquel Sancho Panza que dicen

á quien vuestro

amo

tiene

prometida una ínsula?


bien

Sí soy,

respondió Sancho; y soy quien
:

la

merece tan

como

otro cualquiera

soy quien

k

júntate á los bue-

nos, y serás

uno

dellos»;

y soy yo de aquellos «no con quien

naces, sino con quien paces»; y de los «quien á buen árbol se

arrima, buena sombra
señor, y há

le cobijan.

Yo me he

arrimado á buen

muchos meses que ando en

su compañía, y he
él

de ser otro

como

él.

Dios queriendo; y viva

y viva yo;

que

ni á él le faltarán imperios

que mandar,

ni á

ínsulas

que gobernar.

— No por
el

cierto,

Sancho amigo,

dijo á esta

sazón

el

que; que yo, en nombre del señor

Don

Quijote, os

Dumando

gobierno de una que tengo de nones, de no pequeña ca-

lidad.

— Híncate de
Hízolo
vantó de
así

rodillas,

Sancho,
la

dijo

Don
el

Quijote, y besa
te

los pies á su excelencia,

por

merced que
por

ha hecho.
«Por

Sancho,

lo cual visto

Eclesiástico, se le:

la

mesa, mohino ademas, diciendo

el

hábito

que tengo, que estoy por decir que
celencia

es tan sandio vuestra exsi

como

estos pecadores,
i

Mirad

no han de

ser ellos

locos, pues los cuerdos canonizan sus locuras!
tra excelencia

Quédese vuescasa,

con

ellos;
la

que en tanto que estuvieren en

me

estaré

yo en

mia, y
:

me

excusaré de reprehender lo
,

que no puedo remediar »

y sin decir más ni comer más

se

fué, sin que fuesen parte á detenerle los ruegos de los

Dula

ques; aunque
risa

el

Duque no

le dijo
le

mucho, impedido de
habia causado.

que su impertinente cólera

,

286

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
reir,

Acabó de

y dijo á
los

Don
,

Quijote

:

«Vuesa merced,

señor Caballero de

Leones

ha respondido por
satisfacer deste,

tan al-

tamente, que no

le

queda cosa por
lo es

que aun-

que parece agravio, no
así

en ninguna manera, porque
agravian los eclesiás-

como no agravian las mujeres, no ticos, como vuesa merced mejor sabe.

— Así
mujeres,

es,

respondió

Don

Quijote, y

la

causa es, que

el

que no puede
los

ser agraviado

no puede agraviar á nadie. Las

niños y los eclesiásticos,
,

como no pueden

de-

fenderse aunque sean ofendidos

no pueden

ser afrentados

porque entre

el

agravio y la afrenta hay esta diferencia,

como

mejor vuestra excelencia sabe. La afrenta viene de parte de
quien
la

puede hacer y

la

hace y
sin

la

sustenta; el agravio
afrente. Sea

puede venir de cualquier parte,
plo
:

que
,

ejem-

está

uno en

la calle

descuidado

llegan diez con
la

mano
opone,

armada, y dándole de palos, pone mano á
su deber; pero
la

espada y hace

muchedumbre de

los contrarios se le

y no
tal

le

deja salir con su intención,

que

es

de vengarse. Este
lo

queda agraviado, pero no afrentado; v
otro ejemplo. Está

mesmo

confir-

mará

uno vuelto de

espaldas; llega otro,
el

y dale de palos, y en dándoselos, huye y no espera; y
le

otro
reciser

sigue, y no le alcanza. Este,

que recibió
la
,

los palos,

bió agravio,
sustentada. Si

mas no
el

afrenta,
le

porque

afrenta

ha de

que

dio los palos

aunque
y

se los dio á

hurtacordel, pusiera

mano

á su espada,

se estuviera

quedo

haciendo rostro á su enemigo, quedara

el

apaleado agraviado
le

y afrentado juntamente
ción; afrentado,

:

agraviado, porque
el

dieron á trai-

porque

que

le

dio sustentó lo que habia
así,

hecho,

sin volver las espaldas

y á pié quedo; y

según

las leyes del

maldito duelo, vo puedo estar agraviado, mas

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
no afrentado; porque
los

XXXII.
las

287
mujeres
los

niños no pueden ni

suelen herir, ni tienen para qué esperar (y lo

mesmo
así,

constituidos en la sacra religión), porque estos tres géneros

de gente carecen de armas ofensivas y defensivas; y

aun-

que naturalmente estén obligados
para ofender á nadie.
estar agraviado,

á defenderse,
dije

no

lo están

Y

aunque poco há

que yo podia

agora digo que no en ninguna manera, porrecibir afrenta,

que quien no puede
las

menos

la

puede dar por
:

cuales razones yo no debo sentir ni siento las

que aquel
al-

buen hombre

me

ha dicho. Sólo quisiera que esperara

gún poco, para
dantes en

darle á entender en el error en
los

que

está en

pensar y decir que no ha habido, ni
el

hay, caballeros an-

mundo; que

si

lo

tal

oyera Amadis, ó uno de
le

los infinitos

de su linaje, yo sé que no

fuera bien á su

merced.

— Eso juro yo
dado, que
le

bien, dijo Sancho

:

cuchillada

le

hubieran
ó

abrieran de arriba abajo

como una granada

como
frir

á

un melón

muy maduro

:

¡bonitos eran ellos para su-

semejantes cosquillas! Para
si

mi

santiguada, que tengo

por cierto que
tas

Reinaldos de Montalban hubiera oido esle

razones

al

hombrecito, tapaboca
tres

hubiera dado, que no
ellos,

hablara
viera

más en

años.

¡No, sino tomárase con

y

cómo

escapaba de sus manos!»
risa la

Perecía de

Duquesa oyendo hablar

á

Sancho, y en

más gracioso y por más loco que á su amo, y muchos hubo en aquel tiempo que tueron deste
su opinión le tenia por

mismo

parecer.

Finalmente

Don
los

Quijote se sosegó, y

la

comida

se acabó,
la

y en levantando

manteles, llegaron cuatro doncellas,
la

una con una fuente de plata y

otra con

un aguamanil.

288
asimismo de

DON CiUlJOTE DE LA MANCHA.
plata, y la otra

con dos blanquísimas y

riquísi-

mas

toallas al
,

hombro, y

la

cuarta descubiertos los brazos
sin

hasta la mitad

y en sus blancas manos (que

duda eran

blancas) una redonda pella de jabón napolitano. Llegó la de
la

fuente

,

y con gentil donaire y desenvoltura encajó

la

fuente debajo de la barba de
blar palabra,

Don

Quijote,

el

cual, sin ha,

admirado de semejante ceremonia

creyó que
las

debia ser usanza de aquella tierra, en lugar de
lavar las barbas; y así, tendió la suya todo cuanto

manos,
al

pudo, y
la

mismo punto comenzó
del

á llover el

aguamanil, y

doncella

jabón

le

manoseó

las

barbas con

mucha

priesa, levanlas

tando copos de nieve (que no eran menos blancas
naduras), no sólo por
las

jabo-

barbas,

mas por todo

el

rostro y

por

los ojos del

obediente caballero, tanto, que se

los hicie-

ron cerrar por fuerza. El
desto eran sabidores
,

Duque

y

la

Duquesa, que de nada

estaban esperando en qué habia de pa-

rar tan extraordinario lavatorio.
le

La

doncella barbera, cuando
le

tuvo con un palmo de jabonadura, fingió que se
el

habia
ella;

acabado

agua, y

mandó

á la del

aguamanil fuese por
así,

que

el

señor

Don

Quijote esperaria. Hízolo
la

v quedó

Don
reir,

Quijote con

más extraña

figura, v

más para hacer

que

se

pudiera imaginar.
los

Mirábanle todos
chos; y

que presentes estaban que eran mu,

como

le

veian con media vara de cuello,
los ojos cerrados,

más que
lle-

medianamente moreno,

v

las

barbas

nas de jabón, fué gran maravilla y

mucha
la

discreción poder

disimular

la

risa.

Las doncellas de

burla tenían los ojos

bajos, sin osar mirar á sus señores; á ellos les retozaba la colera

y
el

la risa

en

el

cuerpo, y no sabían á qué acudir,
las

si

á castiel

gar

atrevimiento de

muchachas, ó

darles

premio por

9

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
gusto que recibían de ver á

XXXII.

289

Don

Quijote de aquella suerte.

Finalmente,
de lavar á
limpió y
cuatro á

la

doncella del aguamanil vino, y acabaron
la

Don

Quijote, y luego

que

traia las toallas le

le la

enjugo

muy

reposadamente; y haciéndole todas

par una grande y profunda inclinación y reverencia, se querían ir; pero el Duque, porque Don Quijote

no cayese en
ciéndole
:

la burla,

llamó á

la

doncella de la fuente, dise os

«

Venid y lavadme

á

mí, y mirad que no

acabe

el

agua.

al

La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente Duque como á Don Quijote; y dándose prisa, le lavaron

y jabonaron
jurado
jote,
el

muy

bien, y dejándole enjuto y limpio, ha-

ciendo reverencias, se fueron. Después se supo que habia

Duque que

si

á él

no

le

lavaran

como

á

Don Qui-

habia de castigar su desenvoltura,

la cual

hablan en-

mendado discretamente con haberle
Estuvo atento Sancho á
rio,
las

á él jabonado.

ceremonias de aquel lavato!

y dijo entre

:

«

¡

Válame Dios

¿

Si será

también usanza

en esta

tierra lavar las barbas á los escuderos

como
lo

á los ca-

balleros!

porque, en Dios y en mi ánima, que
si

he bien

menester, y aun
beneficio.

me

las

rapasen á navaja lo tendría á

más

— ¿Qué — Digo,
los

decís entre vos,

Sancho? preguntó
las

la

Duquesa.
los

señora, respondió él, que (en

Cortes de

otros príncipes) siempre he oído decir, que, en levantando

manteles, dan agua á

las

manos, pero no
vivir
el

lejía

á las bar-

bas; y

que por eso

es

bueno

mucho

por ver mucho;

aunque también dicen, que

que larga vida vive, mucho
estos,

mal ha de

pasar; puesto

que pasar por un lavatorio de

antes es gusto
1

que

trabajo.
III

»

290

DON CiUIJOTE DE LA MANCHA.
tengáis pena,

— No
lada,
si

amigo Sancho,
,

dijo la

Duquesa; que

yo haré que mis doncellas os laven
fuere menester.
las

y aun os metan en co-

— Con
será.

barbas

me

contento, respondió Sancho, por
el

ahora á lo menos; que andando

tiempo. Dios dijo

lo

que

— Mirad,

maestresala, dijo la Duquesa, lo que

el

buen

Sancho pide, y cumplidle su voluntad al pié de la letra. El maestresala respondió que en todo seria servido el

se-

ñor Sancho; y con esto se fué á comer, y llevó consigo á

Sancho, quedándose á

la

mesa

los

Duques y Don Quijote,
al

hablando en muchas y diversas cosas, pero todas tocantes
ejercicio de las

armas y de
á

la

andante caballería.
le

La Duquesa rogó

Don

Quijote que

delinease y desla

cribiese, pues parecia tener felice

memoria,

hermosura y

facciones de la señora Dulcinea del Toboso; que, según lo

que

la

fama pregonaba de su
ser la

belleza, tenia por entendido
,

que debia de
la

más

bella criatura del orbe

y aun de toda

Mancha.
Sospiró

Don
:

Quijote, oyendo lo que

la

Duquesa

le

man-

daba, y dijo

«Si yo pudiera sacar

mi corazón, y ponerle
decir

ante los ojos de vuestra grandeza aquí sobre esta

un plato, quitara

el

trabajo á

mi lengua de

mesa y en lo que ape-

nas se puede pensar, porque vuestra excelencia la viera en
él

toda retratada; pero ¿para qué es

ponerme yo ahora

á de-

linear y describir

mosura de

la sin

punto por punto y parte por parte la herpar Dulcinea, siendo carga digna de otros
los

hombros que de

mios

,

empresa en quien
,

se debian

oculos

par los pinceles de Parrasio

de Timantes y de Apeles y

buriles de Lisipo, para pintarla v grabarla en tablas, en

mar-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
moles y en bronces, y
para alabarla!
la retórica

XXXII.

29I

ciceroniana y demostina

— ¿Qué
la

quiere decir demostina, señor
es

Don
le

Quijote? pre-

guntó

Duquesa; que

vocablo que no

he oido en to-

dos los dias de

— Retórica
que decir

mi

vida.
,

demostina

respondió

Don
,

Quijote, es lo misciceroniana de

mo

retórica de Demóstenes

como

Cicerón y que fueron los dos mayores retóricos del

mundo.

— Así
la tal

es, dijo el

Duque; y habéis andado deslumbrada
si

en
el

pregunta. Pero con todo eso, nos daria gran gusto

señor

Don

Quijote

nos

la pintase

;

que

á

buen seguro
que

que aunque sea en rasguño y bosquejo, que
la

ella salga tal,

tengan invidia

las

más hermosas.


la
le

Sí hiciera

por cierto, respondió
la
,

Don

Quijote,

si

no

me

hubiera borrado de
sucedió
,

idea la desgracia que poco há que
llorarla

que

es tal

que más estoy para

que para

describirla;

porque habrán de saber vuestras grandezas que
pasados á besarle
las

yendo

los dias

manos, y á recebir su ben-

dición, beneplácito y licencia para esta tercera salida, hallé
otra de la

que buscaba

:

hállela encantada y convertida, de

princesa en labradora, de hermosa en fea, de ángel en diablo
,

de olorosa en pestífera

,

de bien hablada en rústica

,

de

reposada en brincadora, de luz en tinieblas; y finalmente,

de Dulcinea del Toboso, en una villana de Sayago.

— Válame
¡

Dios! dando una gran voz dijo á este instante
el

el

quién ha sido Duque mundo? Quién ha quitado
:

¿

que tanto mal ha hecho
que
le le

al

¿

del la belleza

alegraba,

el

donaire que

le

entretenía, y la honestidad

que

acreditaba?
ser sino

— ¿Quién? respondió Don Quijote: ¿quién puede
algún maligno encantador, de
los

muchos

invidiosos

que

me

,

292
persiguen
:

DON

qi_JI|OTE

DE LA MANCHA.

esta raza maldita, nacida en el
las

mundo

para es-

curecer y aniquilar

hazañas de

y levantar
cantadores

los
,

fechos de los

buenos, y para dar á luz malos! Perseguido me han enlos

encantadores

me

persiguen

,

y encantadores
altas caballerías

me
en

perseguirán hasta dar
el

conmigo y con mis
lo siento;

profundo abismo del olvido; y en aquella parte

me

dañan
á

y hieren, donde ven que más

porque quitarle

un caballero andante su dama,
mira, y
el sol

es quitarle los ojos
el

con que

con que

se

alumbra, y

sustento con que se

mantiene. Otras muchas veces lo he dicho, y ahora lo vuelvo
á decir,
sin hojas

que
,

el

caballero andante sin

dama
la

es

como
sin

el

árbol

el edificio sin

cimiento y

sombra

cuerpo de

quien se cause.

— No hay más que
todo eso

decir, dijo la

Duquesa; pero
que

si

con

hemos de dar

crédito á la historia

del señor

Don Quijote, de pocos dias á esta parte, ha salido á la luz del mundo con general aplauso de las gentes della se colige si mal no me acuerdo, que nunca vuesa merced ha visto á
,

la

señora Dulcinea, y que esta

tal

señora no es en

el

mundo,

sino

que

es

dama

fantástica,

que vuesa merced
la

la

engendró

y parió en su entendimiento, y gracias y perfeciones que quiso.

pintó con todas aquellas

— En

eso hay
si

mucho que

decir, respondió
el

Don
ó
las

Quijote.
es fan-

Dios sabe
tástica

hay Dulcinea ó no en

mundo,

si

ó no es fantástica; y éstas no son de
el

cosas cuya

averiguación se ha de llevar hasta
ni parí á

cabo.

Ni yo engendré

mi

señora, puesto que la contemplo

como con-

viene que sea una

puedan hacerla

dama que contenga en sí las partes que famosa en todas las del mundo, como ser
grave
sin soberbia,

hermosa

sin tacha,

amorosa con hones-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXII.

293

tidad, agradecida por cortés, cortés por bien criada, y final-

mente,

alta

por

linaje, á causa
la

que sobre

la

buena sangre

resplandece y
fecion que en

campea
las

hermosura con más grados de per-

— Así

hermosas humildemente nacidas.

es, dijo el

Duque; pero hame de dar

licencia

el

señor

Don

Quijote para que diga lo que

me

fuerza á decir
se infiere

la historia

que de
se

sus hazañas

he

leido, de

donde

que, puesto que

conceda que hay Dulcinea en

el

Toboso,

ó fuera del , y que sea hermosa en el sumo grado que vuesa mierced nos la pinta, en lo de la alteza del linaje no corre
parejas

con

las

Orianas, con

las Alastraj áreas,

con

las

Malas

dásimas, ni con otras deste jaez, de quien están llenas
historias,

—A

que vuesa merced bien

sabe.

eso

puedo

decir, respondió
las

Don

Quijote, que Dul-

cinea es hija de sus obras, y que

virtudes adoban la san-

gre , y que en más se ha de estimar y tener un humilde virtuoso que un vicioso levantado cuanto más, que Dulcinea
:

tiene
cetro;

un

jirón
el

que

la

puede

llevar á ser reina de

corona y
vir-

que

merecimiento de una mujer hermosa y

tuosa, á hacer mayores milagros se extiende; y

aunque no

formalmente, virtualmente tiene en
venturas.

encerradas mayores

— Digo,

señor

Don
la

Quijote, dijo

la

Duquesa, que en

todo cuanto vuesa merced dice va con pié de plomo, y
suele decirse ,

como
al

con

sonda en

la

mano y que yo
;

desde aquí

adelante creeré y haré creer á todos los de

mi

casa , y aun

Duque, mi
el

señor,

si

fuere menester, que hay Dulcinea en

Toboso, y que vive hoy dia, y es hermosa, y principalmente nacida y merecedora que un tal caballero como es el señor Don Quijote la sirva, que es lo más que puedo ni sé
,

294

Í^ON

QUIJOIE DE LA MANCHA.
puedo
dejar de formar

encarecer. Pero no

tener algún no sé qué de ojeriza

un escrúpulo, y contra Sancho Panza el
:

escrúpulo es, que dice la historia referida que

el tal

Sancho

Panza halló

á la tal señora Dulcinea,
le llevó

cuando de parte de
costal de

vuesa merced
trigo,

una

epístola,

aechando un

y por más señas, dice que era rubion, cosa que hace dudar en la alteza de su linaje.
))

me
la

A

lo

que respondió

Don

Quijote

:

«

Señora mia, sabrá

vuestra grandeza que todas ó las

más

cosas

que

á

mí me
que á

sulos

ceden, van fuera de

los

términos ordinarios de

las

otros caballeros andantes acontecen, ó ya sean

encaminadas

por

el

querer inescrutable de los hados, ó ya vengan encala

minadas por

malicia de algún encantador invidioso.
los

Y co-

mo

es cosa

ya averiguada que de todos ó

más

caballeros

andantes y famosos, uno tenga gracia de no poder ser encantado , otro de ser de tan impenetrables carnes
ser herido,
,

que no pueda
los

como

lo fué el

famoso Roldan, uno de

doce

pares de Francia, de quien se cuenta que no podia ser ferido
sino por la planta del pié izquierdo

con

la

punta de un
(y así,

alfiler

y que esto habia de ser gordo, y no con otra suerte de
,

arma alguna

cuando Bernardo
le

del Carpió le

mató en

Roncesvalles , viendo que no

podia llagar con
le

fierro, le le-

vantó del suelo entre los brazos, y
entonces de
la

ahogó, acordándose
á

muerte que dio Hércules

Anteo, aquel

fe-

roz gigante que decian ser hijo de la Tierra); quiero inferir

de lo dicho que podria ser que yo tuviese alguna gracia destas
,

no

del

no poder

ser ferido

,

porque muchas veces

la

ex-

periencia

ha mostrado que soy de carnes blandas y no nada impenetrables; ni la de no poder ser encantado, que ya

me

me

he

visto

metido en una

jaula,

donde todo

el

mundo no

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
fuera poderoso á encerrarme,
si

XXXII.

295

no fuera á fuerzas de encan-

tamentos; pero, pues de aquel

ha de haber otro alguno que
tos

me libré, quiero creer que no me empezca. Y así, viendo es-

mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieencantadores que con
ren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien

yo vivo v
:

así,
la

creo que cuando

mi escudero

le llevó

mi em-

bajada, se
ejercicio

convirtieron en villana y ocupada en tan bajo
es el

como

de aechar trigo; pero ya tengo yo dicho
,

que aquel trigo
orientales
tras
:

ni era rubion ni trigo

sino granos de perlas

y para prueba desta verdad, quiero decir á vuesmagnitudes cómo, viniendo poco há por el Toboso, jahallar los palacios de Dulcinea; y

mas pude
que

que otro

dia,

habiéndola visto Sancho, mi escudero, en su
es la

mesma

figura,

más

bella del orbe, á

mí me

pareció una labradora

tosca y fea, y no nada bien razonada, siendo la discreción

y pues yo no estoy encantado ni lo puedo estar según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida y la
del
:

mundo

,

mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas, hasta verla en su prístino estado. Todo
esto

he dicho

para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni
del

aecho de Dulcinea; que pues

á

mí me

la

mudaron, no
es principal
el

es maravilla

que

á él se la cambiasen.

Dulcinea

y bien nacida, y de
boso
,

los hidalgos linajes
,

que hay en
buenos.

Tobuen

que son muchos
le

antiguos y

muy

A

seguro que no

cabe poca suerte con

la sin

par Dulcinea,
los

por quien su lugar será famoso y nombrado en
ros siglos,
la

venide-

ha sido Troya por Elena, y España por Cava, aunque con mejor título y fama. Por otra parte,
lo

como

»

296

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

quiero que entiendan vuestras señorías que Sancho Panza es

uno de
llero

los

más
:

graciosos escuderos que jamas sirvió á caba-

andante
el

tiene á veces unas simplicidades tan agudas,
si

que

pensar

es

simple ó agudo causa no pequeño con-

tento; tiene malicias

dos que

le

condenan por bellaco, y descuiconfirman por bobo; duda de todo, y créelo todo:
le

que

cuando pienso que

se

va á despeñar de tonto,

sale

con unas

discreciones que le levantan al cielo. Finalmente,
trocaria con otro escudero,

yo no

le

aunque
si

me

diesen de añadidura
al

una ciudad; y

así, estoy

en duda

será bien enviarle

go-

bierno de quien vuestra grandeza

le

ha hecho merced; aunde gobernar, que

que veo en

él

una

cierta aptitud para esto
el

atusándole tantico
quiera gobierno,
ya, por
ni

entendimiento,
el

se saldría

con cualmás, que

como

Rey con

sus alcabalas; y

muchas

experiencias, sabemos que no es menester

mucha

habilidad ni

muchas

letras

para ser uno goberna-

dor; pues hay por ahí ciento que apenas saben leer, y go-

biernan

como unos
les

jirifaltes

:

el

toque está en que tengan
;

buena intención y deseen
faltará

acertar en todo

que nunca

les

quien

aconseje y encamine en lo que han de ha-

cer,

como

los

gobernadores caballeros y no letrados, que

sentencian con asesor. Aconsejaríale yo que ni
ni pierda

tome cohecho
el

derecho, y otras
á su

cosillas

que

me

quedan en

es-

tómago, que saldrán
provecho de
la ínsula

tiempo para utilidad de Sancho y
el

que gobernare.

A

este

punto llegaban de su coloquio
Quijote, cuando oyeron
el

Duque,

la

Du-

quesa y

Don

muchas voces y gran
Sancho en
tras

rumor de gente en
la sala,
él

palacio, y á deshora entró

todo asustado, con un cernadero por babador, y

muchos mozos, ó por mejor

decir, picaros de cocina, y

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXII.
Otra gente

297

menuda, y uno venia con un
el

artesoncillo de agua,
:

que en

la

color y poca limpieza mostraba ser de fregar

se-

y procuraba con toda solicitud ponérsela y encajársela debajo de las barbas, y otro
guíale y perseguíale

de

la artesa,

picaro mostraba querérselas lavar.

«¿Qué
esto!

es esto,

hermanos! preguntó

la

Duquesa

:

¿qué

es

¿Qué
lo

queréis hacer á ese

buen hombre? ¿Cómo! y

¿no consideráis que está electo gobernador!»

A
mi

que respondió

el

picaro barbero

ñor dejarse lavar

como

es

usanza, y

«No quiere este secomo se lavó el Duque,
:

señor, y

el

señor, su amo.

Sí quiero,

respondió Sancho con

mucha

cólera; pero
lejía

querria que fuese con toallas
clara ,
cia de

más
;

limpias, con

más

y con manos no tan sucias que no hay tanta diferen-

á

mi amo que
,

á él le laven con

agua de ángeles
las tierras,

y á mí con
los palacios

lejía

de diablos. Las usanzas de
,

y de

de
;

los príncipes
la

tanto son buenas cuanto no dan
se usa,

pesadumbre pero
peor
es

costumbre del lavatorio que aquí

que de diciplinantes.

Yo

estoy limpio de barbas, y
refrigerios
la
:

no tengo necesidad de semejantes
llegare á lavarme ni á

y

al

que

se

tocarme á un pelo de
el

cabeza (digo,
,

de
tal

mi

barba)

,

hablando con
le

debido acatamiento

le

daré

puñada, que

deje el

puño engastado en

los cascos;

que

estas tales cirimonias

y jabonaduras, más parecen burlas que

gasajos de huéspedes.»

Perecida de

risa

estaba la

Duquesa, viendo

la cólera

oyendo

las

razones de Sancho; pero no dio
la

mucho
así,

y gusto á

Don

Quijote verle tan mal adeliñado con

jaspeada toalla,

y tan rodeado de tantos entretenidos de cocina; y

hacienles

do una profunda reverencia

á los

Duques, como que

pedia

»

298

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
con voz reposada
dijo

licencia para hablar,

á

la

canalla:
al

«¡Hola, señores caballeros! vuesas mercedes dejen

mansi

cebo, y vuélvanse por donde vinieron, ó por otra parte,
seles antojare;

que mi escudero
son para
él

es

limpio tanto

como

otro;
:

V esas

artesillas

estrechos y penantes búcaros
ni él ni

tomen mi consejo, y déjenle, porque
achaque de burlas.»
Cogióle
la

yo sabemos de

do

:

«i

No

,

boca Sancho, y prosiguió diciensino llegúense á hacer burla del mostrenco que
razón de
la
!

así lo sufriré,

como ahora

es

de noche. Traigan

aquí un
si

peine ó lo que quisieren, y almohácenme estas barbas, y
sacaren dellas cosa que ofenda á la limpieza, que

me

tras-

quilen á cruces.

A

esta sazón, sin dejar la risa, dijo la

Duquesa: «Sancho
la

Panza

tiene razón en todo cuanto
él es
si

ha dicho, y

tendrá en

todo cuanto dijere:

limpio, y,

como

él

dice, no tiene
le

necesidad de lavarse; y

nuestra usanza no

contenta, su

alma en su palma: cuanto más que vosotros, ministros de
la

limpieza, habéis andado demasiadamente de remisos y descuidados, y no sé si diga atrevidos, en traer á tal personaje y á tales barbas, en lugar de fuentes v aguamaniles de

oro puro y de alemanas toallas,

artesillas

v dornajos de palo

y

rodillas

de aparadores; pero, en hn,

sois

malos y mal nasois,

cidos, y

no podéis dejar, como malandrines que
la ojeriza

de

mostrar

que

tenéis

con

los

escuderos de los andan-

tes caballeros.»

Creyeron

los apicarados ministros,
ellos,

y aun

el

maestresala,
veras; v
así,

que venia con
quitaron
el

que

la

Duquesa hablaba de

cernadero del pecho de Sancho, v todos confuel

sos V casi corridos, se fueron v le dejaron;

cual, viéndose

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
fuera de aquel, á su parecer,
rodillas ante la

XXXII.

299

sumo peligro, se fué á hincar de Duquesa, y dijo «De grandes señoras gran:
:

des mercedes se esperan

ésta

que la vuesa merced hoy
si

me
los

ha fecho no puede pagarse con menos,

no

es

con desear

verme armado
Sancho Panza
cudero
tra

caballero andante, para

ocuparme todos

dias de la vida en servir á tan alta señora.

Labrador soy,

me

llamo, casado estoy, hijos tengo, y de esservir á vues-

sirvo;
,

si

con algunas destas cosas puedo

grandeza

menos

tardaré yo en obedecer que vuestra se-

ñoría en mandar.

— Bien

parece, Sancho, respondió

la

Duquesa, que ha-

béis aprendido á ser cortés en la escuela de la
sía;

misma
la

corte-

bien parece, quiero decir, que os habéis criado á los

pechos del señor
los

Don

Quijote, que debe de ser

nata de

comedimientos y

la flor

de

las

ceremonias
tal

,

ó cirimonias
el

como

vos decís. ¡Bien haya
la

tal

señor y
el

criado,

uno

por norte de

andante caballería, y

otro por estrella de

la escuderil fidelidad!

Levantaos, Sancho amigo; que yo sa-

tisfaré vuestras cortesías

con hacer que

el

Duque, mi

señor,

lo

más

presto que pudiere, os

cumpla

la

merced prometida

del gobierno.»

Con

esto cesó la plática, y

Don

Quijote se fué á reposar
si

la siesta,

y

la

Duquesa
una

pidió á Sancho que,
la

no tenia

mu-

cha gana de dormir, viniese á pasar
sus doncellas en

tarde con ella y con

muy

fresca sala.

Sancho respondió, que

aunque era verdad que
ó cinco horas
dad,
él

tenia por

costumbre dormir cuatro

las siestas del

verano, que por servir á su bon-

procuraria con todas sus fuerzas no dormir aquel dia

ninguna, y vendría obediente á su mandato; y fuese.
El

Duque

dio nuevas órdenes

cómo

se tratase á

Don Qui-

300
jote

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
,

como á caballero andante como cuentan que se trataban

sin salir
los

un punto del

estilo

antiguos caballeros.

CAPITULO
De
la

XXXIII.
con Sancho Panza,

sabrosa plática que

la

Duquesa y

sus doncellas pasaron

digna de que se lea y de que se note.

Cuenta, pues,
siesta, sino

la historia

que Sancho no durmió aquella

que, por cumplir su palabra, vino encontinente
la

á ver á la
le

Duquesa,

cual, con

el

gusto que tenia de
baja,

oirle,

hizo sentar junto á

en una

silla

aunque Sancho,
la

de puro bien criado, no queria sentarse; pero
dijo

Duquesa

le

que
,

se sentase

como gobernador y

dero

puesto que por entrambas cosas

como escumerecia el mismo eshablase
los

caño del Cid Rui Díaz Campeador. Encogió Sancho

hombros, obedeció y sentóse, y todas las doncellas y dueñas de la Duquesa le rodearon atentas con grandísimo silencio
,

á escuchar lo

que

diria;
:

pero

la

Duquesa

fué la que habló
solos, y

primero, diciendo

«Ahora que estamos
el

que aquí

no nos oye nadie, querria yo que
asolviese ciertas
del gran

señor gobernador
la historia

me
que

dudas que tengo, nacidas de

Don

Quijote anda ya impresa.
el

Una

de
á

las

cuales

dudas

es,

que pues

buen Sancho nunca vio

Dulcinea

(digo á la señora Dulcinea) del Toboso, ni
del señor

le llevó la carta
el

Don

Quijote, porque se quedó en

libro de

me-

moria en Sierra Morena, ¿cómo

se atrevió á fingir la res-

puesta y aquello de que la halló aechando trigo , siendo todo
burla y mentira, y tan en daño de la buena opinión de
sin
la

par Dulcinea, cosas que no vienen bien con

la

calidad v

fidelidad de los

buenos escuderos

!

n

»

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXXIII.

30I

A
y
el

estas

razones, sin responder con alguna, se levantó
la silla,

Sancho de

y con pasos quedos,
los labios
,

el

cuerpo agobiado
la sala

dedo puesto sobre
los doseles;
:

anduvo por toda

levantando
tar,

y luego, esto hecho,

se volvió á sen-

y

dijo

«Ahora, señora mia, que he

visto

que no nos

escucha nadie de solapa, fuera de

los circunstantes, sin te-

mor

ni sobresalto responderé á lo
se

que

se

me

ha preguntado,
lo

y á todo aquello que

me

preguntare.

Y

primero que
loco re-

digo es, que yo tengo á

mi señor Don Quijote por
le

matado; puesto que algunas veces dice cosas que, á mi parecer, y
cretas

aun de todos aquellos que

escuchan, son tan dis-

y por tan buen carril encaminadas, que el mesmo Satanás no las podria decir mejores; pero con todo esto,
sin escrúpulo, á

verdaderamente y

se

me

ha asentado

que
gín,

es

un mentecato. Pues, como yo tengo

esto en el

ma-

me

atrevo á hacerle creer lo que no lleva pies ni ca-

beza,

como

fué aquello de la respuesta de la carta, y lo de
seis

habrá veinte y
historia,

ó veinte y ocho dias
lo del

,

que aun no

está

en

conviene á saber,
le

encanto de mi señora doña
está encantada,

Dulcinea, que
siendo

he dado á entender que
los cerros
le

no

más verdad que por
la

de Ubeda.

Rogóle

Duquesa que

contase aquel encantamento ó

burla , y Sancho se lo contó todo del
bia pasado, de

mesmo modo que
las
:

ha-

que no poco gusto recibieron
la

oyentes; y
lo

prosiguiendo en su plática, dijo

Duquesa

«De

que

el

buen Sancho
crúpulo en
el

me
:

ha contado

,

me

andaba brincando un

es-

alma, y un cierto susurro llega á mis oidos,
«

que

me

dice

Pues

Don

Quijote de

la

Mancha

es loco,

menguado y mentecato, y Sancho Panza,
conoce, y con todo eso,
le sirve

su escudero, lo

y

le sigue,

y va atenido á

^02
las

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
,

vanas promesas suyas

sin

duda alguna debe de

ser él

más loco y tonto que su amo; y siendo esto así, como lo es, mal contado te será, señora Duquesa, si al tal Sancho Panza le das ínsula que gobierne; porque el que no sabe gobernarse
á sí,

— Par Dios,
yo

¿como

sabrá gobernar á otros!

»

señora, dijo Sancho, que ese escrúpulo viene
:

con parto derecho
ble claro 6
si

para, y dígale vuesa merced; que (ha-

como

quisiere)

yo conozco que dice verdad que
;

fuera discreto, dias
;

há que habia de haber dejado
suerte y ésta

á

mi amo

pero ésta fué

mi

No

puedo más, seguirle tengo.

mi malandanza. Somos de un mismo lugar,
es

he comido su pan, quiérole bien,
pollinos, y sobre todo,

agradecido, dióme sus

yo soy

fiel;

y

así, es

imposible que

nos pueda apartar otro suceso que

el

de

la pala

y

el

azadón.

Y

si

vuestra altanería no quisiere que se

me

el

prometido

gobierno, de menos

hizo Dios: y podria ser que el no dármele redundase en pro de mi conciencia; que maguera
tonto , se

me

me

entiende aquel refrán de

»

por su mal

le

nacie-

ron
aína

alas á la

hormiga»; y aun podria
al

ser

que

se fuese

más

Sancho escudero

cielo,

que no Sancho gobernador.
Francia, y de noche

Tan buen pan hacen
sona que á
las

aquí

como en

todos los gatos son pardos, y asaz de desdichada es la per-

dos de la tarde no se ha desayunado; v no
,

hay estómago que sea un palmo mayor que otro

el

cual se

puede

llenar,

avecitas del

como campo

suele decirse, de paja y de heno; y las

tienen á Dios por su proveedor y des-

pensero; y

más

calientan cuatro varas de

paño de Cuenca
dejar este

que

otras cuatro de limiste de Segovia;
la tierra
el

y

al

mundo
el

y meternos
príncipe

adentro, por tan estrecha senda va
;

como

jornalero

v no ocupa más pies de

tierra el

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
cuerpo del papa que
el del sacristán al
,

XXXIIJ.

303
alto el

aunque sea más

uno que

el

otro;

que

entrar en el hoyo, todos nos ajustaajustar

mos y encogemos, 6 nos hacen
nos pese
,

y encoger, mal que
si

y á buenas noches

:

y torno á decir que

vuestra

señoría no

me

quisiere dar la ínsula por tonto,
;

yo sabré no

dárseme nada por discreto y yo he oido decir que detras de la cruz está el diablo y que no es oro todo lo que reluce y que de entre los bueyes, arados y coyundas sacaron al labra,

,

dor

Vamba

para ser rey de España, y de entre los brocados,

pasatiempos y riquezas sacaron á Rodrigo para ser comido
de culebras,
si

es

que

las

trovas de los

romances antiguos

no mienten.

— Y ¡como que no mienten!
dríguez,
la

dijo á esta sazón
las
al

doña Ro-

dueña, que era una de

escuchantes; que un
rey Rodrigo, vivo,

romance hay que dice que metieron
que de

vivo, en una tumba, llena de sapos, culebras y lagartos, y
allí

á dos dias dijo el

Rey desde dentro de
me comen

la

tumba

con voz doliente y baja:

Ya me comen,

ya

Por do más pecado habia.

Y

según esto

,

mucha

razón tiene este señor en decir que

quiere
dijas, n

más
pudo

ser labrador

que rey,

si le

han de comer saban-

No

la

Duquesa

tener la risa, oyendo la simplicidad
las
el
,

de su dueña, ni dejó de admirarse en oir
franes de Sancho, á quien dijo
:

razones y re-

»

Ya

sabe

buen Sancho
procura
señor

que

lo

que una vez promete un caballero

plirlo,

aunque

le

cueste la vida. El
es

Duque, mi

cumy ma-

rido,

aunque no

de

los

andantes, no por eso deja de ser

caballero; y así, cumplirá la palabra de la prometida ínsula.

304

I^ON

C^yiJOTE DK LA

MANCHA.
mundo. Esté Sanlo piense, se verá

á pesar de la invidia y de la malicia del

cho de buen ánimo; que, cuando menos
sentado en la
silla

de su ínsula y en

la

de su estado, y

em-

puñará su gobierno, que con otro de brocado de
lo

tres altos

deseche

:

lo
,

que yo

le

encargo es que mire

cómo gobierna

sus vasallos

— Eso
le

advirtiendo que todos son leales y bien nacidos.

de gobernarlos bien, respondió Sancho, no hay

para qué encargármelo, porque yo soy caritativo de mió, v

tengo compasión de

los

pobres

;

y á quien cuece y amasa no

hurtes hogaza; y para
:

mi santiguada, que no me han de

echar dado falso

soy perro viejo, y entiendo todo tus, tus,

y sé despabilarme á sus tiempos, y no consiento que

me

anden musarañas ante
el

los ojos,

porque

dónde

me

aprieta

zapato

:

dígolo porque los buenos tendrán
los

conmigo mano

y concavidad, y

malos ni pié

ni entrada.

Y

paréceme

á

mí que en
ser

esto de los gobiernos todo es
dias de

comenzar; y podria
anduviesen
las

que á quince

gobernador

me

ma-

nos tan bien en

el oficio,

que supiese más del que de
he criado.
la

la la-

bor del campo, en que

me

— Vos
no de

tenéis razón,
los

Sancho, dijo

Duquesa; que nadie
los

nace enseñado, y de
las piedras.

hombres

se

hacen

obispos, que

Pero volviendo á
la

la plática

que poco há

tratábamos, del encanto de
cosa cierta y

señora Dulcinea, tengo por
aquella imaginación

más que averiguada, que

que Sancho tuvo de burlar que
la

á su señor, y darle á entender

labradora era Dulcinea, y que si su señor no la conocia, debia de ser por estar encantada, toda fué invención

de alguno de los encantadores que

al

señor

Don

Quijote

persiguen; porque real y verdaderamente yo sé de buena
parte

que

la villana

que dio

el

brinco sobre

la

pollina era v es

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXXIII.

305

Dulcinea del Toboso, y que el buen Sancho, pensando ser el engañador, es el engañado; y no hay poner más duda en
esta verdad,

que nunca vimos; y sepa el señor Sancho Panza que también tenemos acá encantadores que en
las cosas
,

que nos quieren bien y nos dicen
pura y sencillamente,
sin

lo

que pasa por

el

mundo,

enredos ni máquinas; y créame

Sancho, que

la villana

brincadora era y es Dulcinea del

To-

boso, que está encantada

como
la

cuando menos nos pensemos,
figura, y entonces saldrá

y propia habemos de ver en su
vive.

la

madre que

la parió;

Sancho del engaño en que
Sancho Panza
lo
la
:

— Bien puede
el

ser todo eso, dijo

y agora
la

quiero creer lo que

mi amo cuenta de
traje

que vio en

cueva

de Montesinos, donde dice que vio á

señora Dulcinea del
dije
;

Toboso en
bla visto

mesmo
la

y hábito que yo

que

la

ha-

cuando
revés,

encanté por sólo mi gusto

y todo debió

de ser

al

como

vuesa merced, señora mia, dice; porse

que de mi ruin ingenio no
fabricase en

puede

ni

debe presumir que
,

un instante tan agudo embuste
que, con tan
flaca

ni creo

yo que

mi amo

es tan loco

y magra persuasión

como

la

mia, creyese una cosa tan fuera de todo término.

Pero, señora, no por esto será bien que vuestra bondad
tenga por malévolo
,

me

pues no está obligado un porro

como
de mi
si

yo á

taladrar los pensamientos y malicias de los

pésimos en-

cantadores.

Yo

fingí aquello

por escaparme de

las riñas

señor

Don

Quijote, y no con intención de ofenderle; y

ha

salido al revés.

— Así

Dios

está en el cielo,
la

que juzga

los corazones.

es la

verdad, dijo

Duquesa; pero dígame agora
la

Sancho qué

es esto

que dice de

cueva de Montesinos que
,

gustarla saberlo.

Entonces Sancho Panza

le

contó punto por punto lo que

306

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
la tal

queda dicho acerca de

aventura.
se

Oyendo
inferir

lo

cual la
el

Duquesa,
gran

dijo

:

«

Deste suceso

puede
allí

que, pues

Don

Quijote dice que vio
á la salida del
los

á la
sin

inesma labradora

que Sancho vio

Toboso,

duda

es

Dulcinea,

y que andan por aquí siadamente rigurosos.

encantadores

muy
si

listos

y dema-

— Eso digo

yo, dijo Sancho Panza; que
está encantada, es claro

mi

señora Dulla

cinea del

Toboso

que yo no
,

en-

canté de veras , sino los enemigos de mi
ser

amo que deben
que yo
vi
tal

de

muchos y malos
si

:

verdad sea que

la

fué una
la

labradora, y por labradora la tuve, y por

labradora

juz-

gué; y
ni

aquella era Dulcinea, no ha de estar á
ello

mi cuenta
sino án-

ha de correr por mí, ó sobre

¡morena!

No

dense á cada triquete conmigo á dime y diréte, «Sancho lo

como si Sancho fuese algún quienquiera, y no fuese el mismo Sancho Panza, el que anda ya en libros por ese mundo adedijo,

Sancho

lo

hizo, Sancho tornó y Sancho volvió»;

lante, según
es

me
si

dijo

Sansón Carrasco, que, por
los

lo

menos,
no pue-

persona bachillerada por Salamanca; y

tales

den mentir,
cuento
:

no

es

cuando

se les antoja

ó

les

viene

muv

á

que, no hay para que nadie se tome conmigo; y pues que tengo buena fama, y que según oí decir á mi seasí
:

ñor

wmás

vale el

buen nombre que

las

muchas

riquezas)»,

encájenme ese gobierno, y verán maravillas; que quien ha
sido

buen escudero,

será

buen gobernador.
el

— Todo
das de las

cuanto aquí ha dicho

buen Sancho,
lo

dijo la

Duquesa, son sentencias catonianas, ó por

menos, saca-

mesmas

entrañas del

mismo Micael Verino, que
en
fin,

florentibus occidit annis.

En

fin,

hablando

á su

modo,

debajo de mala capa suele haber buen bebedor.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO

XXXIII.

307

— En verdad,
no
la

señora, respondió Sancho, que en
ser,

mi

vida

he bebido de maUcia; con sed, bien podria
tengo nada de hipócrita
:

porque no
,

bebo cuando tengo gana y cuando

tengo y
;

me

lo

dan, por no parecer ó melindroso ó
,

mal criado que á un brindis de un amigo
de haber tan de mármol, que no haga
la

¿

qué corazón ha

razón! Pero aunlos

que

las

calzo,

no

las

ensucio

:

cuanto más, que

escude-

ros de los caballeros andantes casi de ordinario

beben agua,

porque siempre andan por
íias

y

riscos, sin
ojo.

y prados, montahallar una misericordia de vino, si dan por
florestas, selvas

ella

un

y por ahora, vayase Sancho á reposar; que después hablaremos más largo,
lo creo así, respondió la
:

— Yo

Duquesa

y daremos orden
aquel gobierno.»

cómo vaya
besó
las

presto á encajarse,

como

él

dice,

De

nuevo

le

manos Sancho
se

suplicó le hiciese

merced de que

Duquesa, y le tuviese buena cuenta con
á la

su Rucio, porque era la

lumbre de
preguntó
la

sus ojos.

«¿Qué Rucio

es ése?

Duquesa.

— Mi
con
este
le

asno, respondió Sancho; que por no nombrarle

nombre,

le

suelo llamar el Rucio; y á esta señora
castillo, tuviese
la

dueña
con

rogué, cuando entré en este

cuenta

él,

y azoróse de manera

como

si

hubiera dicho que
natural de las

era fea ó vieja, debiendo ser

más propio y

dueñas pensar jumentos que autorizar
Dios, y cuan mal estaba con
lugar!

las salas.

estas señoras

¡Oh válame un hidalgo de mi
la


que

Seria algún villano, dijo

doña Rodríguez,

dueña;
el

si él

fuera hidalgo y bien nacido, él las pusiera sobre
la luna.

cuerno de

»

308

DON (QUIJOTE DE LA MANCHA.
bien, dijo la Duquesa, no haya

— Agora — En
sobre
las

más

:

calle

doña

Rodriguez y sosiégúese el señor Panza, y quédese á mi cargo el regalo del Rucio; que por ser alhaja de Sancho, le
pondré yo sobre
las

niñas de mis ojos.
basta que esté
,

la caballeriza

respondió Sancho; que
él ni

niñas de los ojos de vuestra grandeza, ni
estar sólo

yo

somos dignos de
rla

un momento, y así lo consentiyo como darme de puñaladas que aunque dice mi señor
;

que en

las cortesías

antes se
las

ha de perder por

carta de
ir

más
con

que de menos, en
el

jumentiles y asininas se ha de

compás en

la

— Llévele, — No
,

mano y con medido
como
quisiere, y

término.
al

dijo la

Duquesa, Sancho
aun

gobierno, y

allá

le

podrá regalar

jubilarle del trabajo.

piense vuesa merced, señora Duquesa, que ha didijo

cho mucho

Sancho
,

;

que yo he
llevase

visto ir
el

más de dos
seria cosa

asnos á los gobiernos

y que

yo

mió no

nueva.

Las razones de Sancho renovaron en
el

la

Duquesa

la risa

y
al

contento; y enviándole á reposar,

ella

fué á dar cuenta

Duque

de lo que con

él

habia pasado, y entre los dos die-

ron traza y orden de hacer una burla á
fuese famosa y viniese bien

Don

Quijote, que

con

el estilo

caballeresco, en el

cual le hicieron
las

muchas, tan propias y discretas, que son mejores aventuras que en esta grande historia se con-

tienen.

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV.

309

CAPITULO XXXIV.
Que
da cuenta de
la

noticia que se tuv^o de
es

cómo

se habia

de desencantar

la

sin par

Dulcinea del Toboso, que

una de

las

aventuras más famosas deste libro.

Grande
de
la

era el gusto que recebian el

Duque y
la

la

Duquesa

conversación de

Don

Quijote y de

de Sancho Panza;
al-

y confirmándose en
,

la intención

que tenian de hacerles

gunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de aventuras,

tomaron motivo de

lo

que Sancho antes habia con,

tado de la cueva de Montesinos

para hacerle una que fuese

famosa; porque de lo que más

la

Duquesa

se

admiraba

era,

que

la

simplicidad de Sancho fuese tanta, que hubiese ve-

nido á creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso
estuviese encantada, habiendo sido él

mismo

el

encantador

y

el

embustero de aquel negocio
lo

:

y

así,

habiendo dado or-

den a sus criados de todo
ron que, de
los dos,
allí

que habian de hacer, dispusiemontería á

á quince dias, llevasen á caza de

con tanto aparato de monteros y cazadores como pu-

diera llevar

un rey coronado.

Diéronle á

Don

Quijote un vestido de monte, y á San-

cho otro verde de finísimo paño; pero

Don

Quijote no se lo
al

quiso poner, diciendo que otro dia habia de volver
ejercicio de las

duro

armas, y que no podia llevar consigo guardaropas ni reposterías. Sancho, sí, tomó el que le dieron, con
intención de venderle en la primera ocasión que pudiese.

Llegado, pues,
tióse

el

esperado dia, armóse

Don
la

Quijote, visquiso dejar,
tropa de los

Sancho, y encima de su Rucio (que no aunque le daban un caballo) se metió entre
monteros. La Duquesa
salió

le

bizarramente aderezada, y

Don

3IO

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

Quijote, de puro cortés y comedido,
palafrén,

tomó

la

rienda de su

aunque
á

el

Duque no

queria consentirlo; y finalaltísimas

mente, llegaron
tanas estaba,

un bosque, que entre dos
los

mon-

donde tomados

puestos, paranzas y vere-

das, y repartida la gente por diferentes puestos, se
la

comenzó

caza con grande estruendo, grita y vocería, de manera
oirse, así

que unos á otros no podian
perros

por

el

ladrido de los

como por
la

el

son de

las

bocinas.

Apeóse
nos se

Duquesa, y con un agudo venablo en las mapuso en un puesto por donde ella sabia que solian
el

venir algunos jabalíes. Apeóse asimismo

Duque, y Don

Quijote, y pusiéronse á sus lados; Sancho se puso detras de todos, sin apearse del Rucio, á quien no osaba desamparar,

porque no
tado
el

le

sucediese algún desmán; y apenas habian sen-

pié y puéstose en ala con otros

muchos

criados su-

yos, cuando, acosado de los perros y seguido de los cazadores, vieron que hacia ellos venia un desmesurado jabalí,

crujiendo dientes y colmillos y arrojando

espuma por

la

boca; y en viéndole, embrazando su escudo y puesta mano á su espada, se adelantó á recebirle Don Quijote lo mismo
:

hizo

Duque con su venablo; Duquesa, si el Duque no se lo
el

pero á todos se adelantara
estorbara.

la

Sólo Sancho, en viendo

al

valiente animal,

desamparó

al

Rucio y dio á correr cuanto pudo; y procurando subirse sobre una alta encina, no fué posible; antes, estando ya á la
mitad della, asido de una rama, pugnando por subir á cima, fué tan corto de ventura y tan desgraciado, que
desgajó la rama, y
asido de
al

la

se

venir
la
el

al

suelo, se

quedó en

el aire,
al

un gancho de
así
,

encina, sin poder llegar

suelo;

y viéndose

y que

sayo verde se

le

rasgaba

,

v pare-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV.
ciéndole que
canzar,
si

3II
podia
al-

aquel fiero animal

allí

llegaba,

le

comenzó
,

á dar tantos gritos y á pedir socorro
los

con

tanto ahinco

que todos

que

le

oian y no le veian creyefiera.

ron que estaba entre
el

los dientes

de alguna

Finalmente

colmilludo jabalí quedó atravesado de
le

las

cuchillas de

muellos

chos venablos que se

pusieron delante; y volviendo la ca-

beza
le

Don
al

Quijote á
,

los gritos

de Sancho (que ya por

habia conocido)

viole pendiente de la encina
él,

y

la

cabeza

abajo, y

Rucio junto á

que no

le

desamparó en su ca-

lamidad; y dice Cide

Hamete que
,

pocas veces vio a Sancho
sin ver á

Panza
la

sin ver al

Rucio
fe

ni al

Rucio
los

Sancho

:

tal

era

amistad y buena

que entre

dos se guardaban.
el

Llegó

Don

Quijote, y descolgó á Sancho,
el

cual, vién-

dose libre y en
te,

suelo,

miró

lo desgarrado del sayo

de

mon-

y pesóle en el alma; que pensó que tenia en el vestido un mayorazgo. En esto atravesaron al jabalí poderoso sobre una
acémila, y cubriéndole con matas de romero y con ramas

de mirto,

le

llevaron,

como en

señal de vitoriosos despojos,
la

á unas grandes tiendas de
,

campaña que en
las

mitad del bosla

que estaban puestas donde hallaron

mesas en orden y
se

comida aderezada, tan suntuosa y grande, que
de ver en
ella la

echaba bien
la

grandeza y magnificencia de quien
la

daba.

Sancho, mostrando á
vestido, dijo
:

Duquesa
fiíera

las

llagas de su roto

«

Si esta

caza

de liebres ó de pajarillos,
;

seguro estuviera mi sayo de verse en este extremo

yo no

qué gusto

se recibe

de esperar á un animal

,

que
yo

si

os alcanza

con un colmillo, os puede quitar

la vida;

me
:

acuerdo

haber oido cantar un romance antiguo, que dice

De los osos seas comido, Como Favila el nombrado...

,

312
fué

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
rey
le

caza

— Ese un godo, Don Quijote, que yendo comió un de montería, — Eso que yo respondió Sancho; que no querdijo
oso.
es lo

á

digo,

ría

yo que

los príncipes

y

los reyes se pusiesen

en semejantes
lo habia

peligros, á trueco de

un gusto, que parece que no

de ser, pues consiste en matar á un animal que no ha co-

metido delito alguno.

— Antes
que

os engañáis,

Sancho, respondió
el

el

Duque; por-

el ejercicio

de

la

caza de monte es
,

más conveniente

V necesario para

los reyes
la

caza es una imagen de

y príncipes que otro alguno. La guerra hay en ella estratagemas
:

astucias, insidias para vencer á su salvo al

enemigo; padé,

cense en
cábase
los
el

ella frios

grandísimos y calores intolerables

menos-

ocio y

el

sueño

,

corrobóranse

las

fuerzas , agilítanse

miembros
se

del

que

la

usa, y en resolución, es ejercicio
perjuicio de nadie y con gusto de
él tiene es,

que

puede hacer
lo

sin

muchos; y

mejor que
de

que no
,

es

para todos,
el

como

lo es el

los otros

géneros de caza

excepto

de

la

volatería,

que también

es sólo

Así que ¡oh Sancho!

mudad
la

para reyes y grandes señores. de opinión, y cuando seáis go-

bernador, ocupaos en

caza, y veréis

cómo

os vale

un pan

por ciento.

— Eso

no, respondió Sancho

:

el

buen gobernador,

la

pierna quebrada y en casa. ¡Bueno seria que viniesen los negociantes á buscarle, fatigados, v
él

estuviese en el
el

monte
fe,

holgándose! ¡Así, enhoramala andarla
señor, la caza y los pasatiempos,

gobierno!

Mia

más han de

ser para los

holgazanes que para

los

gobernadores.
al

En
que

lo

que yo pienso

entretenerme
y á

es

en jugar

triunfo envidado, las pascuas,
fiestas;

los bolos, los

domingos v

esas cazas ni ca-

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV.
zos

313

al

— Plega Dios, Sancho, que hecho hay gran — Haya que
á

no dicen con mi condición

ni

hacen con mi conciencia.
así sea;

porque del dicho

trecho.

lo

hubiere, replicó Sancho; que
le vale al

al

buen pa-

gador no

le

duelen prendas; y más

que Dios ayuda,

que

al

pies á
lo

que mucho madruga; y tripas llevan á pies, que no tripas quiero decir, que si Dios me ayuda, y yo hago
:

que debo con buena intención,
jerifalte.
si

sin

duda que gobernaré
el

mejor que un
boca, y verán

¡No, sino pónganme

dedo en

la

aprieto ó no!

— ¡Maldito

seas

de Dios y de todos sus santos, Sancho
y ¿cuándo será el dia, como otras donde yo te vea hablar sin refranes
:

maldito! dijo

Don

Quijote

muchas

veces he dicho ,

una razón corriente y concertada! Vuestras grandezas dejen á este tonto señores mios que les molerá las almas no sólo
,
,

,

puestas entre dos, sino entre dos mil refranes, traidos tan á

sazón y tan á tiempo

,

cuanto

le

dé Dios á

él la

salud

,

ó á

si

los quisiera escuchar.

— Los

refranes de

Sancho Panza,

dijo la

Duquesa, puesto
eso

que son más que
son

los del

Comendador Griego, no por
la

menos de estimar por
que

verdad de

las sentencias.
,

De mí

sé decir

me

dan más gusto que otros aunque sean me-

jor traidos

y con más sazón acomodados. y otros entretenidos razonamientos salieron de
,

Con
la

estos
al

tienda

tos se les

bosque, y en requerir algunas paranzas y puespasó el dia y se les vino la noche, y no tan clara

ni tan sesga

como

la

sazón del tiempo pedia, que era en

la

mitad del verano; pero un cierto claro escuro, que trujo consigo,

ayudó mucho

la

intención de los

Duques

:

y

así

como

comenzó

á anochecer,

un poco más adelante

del crepúsculo,

»

314

^^^ QUIJOTE DE LA MANCHA.
que todo
el

á deshora pareció
se ardia,

bosque por todas cuatro partes

y luego se oyeron por aquí y por allí, y por acá y por acullá, infinitas cornetas y otros instrumentos de guerra,

como
saban.
casi

de muchas tropas de caballería que por

el

bosque pa-

La

luz del fuego y

el

son de los bélicos instrumentos

cegaron y atronaron

los ojos

y

los oidos

de

los circuns-

tantes,
se

y aun de todos

los

que en

el

bosque estaban. Luego

oyeron
las

infinitos lelilíes, al

uso de moros cuando entran

en

batallas;

sonaron trompetas y clarines, retumbaron
casi todos á

tambores, resonaron pifaros,

un tiempo, tan
el

contino y tan apriesa, que no tuviera sentido
dara sin él,
el

que no que-

al

son confuso de tantos instrumentos. Pasmóse
la

Duque, suspendióse

Duquesa, admiróse Don Quijote,
los

tembló Sancho Panza; y finalmente, aun hasta
sabidores de la causa se espantaron.

mismos

Con
traje

el

temor

les

cogió

el

silencio,

y un postilion que en

de demonio

les

pasó por delante, tocando, en vez de

corneta, un hueco y desmesurado cuerno, que un ronco v

espantoso son despedia.

"Hola, hermano correo,

dijo

el

Duque, ¿quién
es la

sois?

¿adonde vais? y ¿qué gente de guerra que parece que atraviesa?

que por

este bos-

A
la

lo
:

que respondió

el

correo con voz horrísona v desen-

tonada

«Yo

soy

el

diablo; voy á buscar á

Don

Quijote de
tropas de
la sin

Mancha;

la

gente que por aquí viene son

seis

encantadores, que sobre un carro triunfante traen á

par

Dulcinea del Toboso encantada. Viene con
francés Montesinos, á dar orden á

ella el

gallardo

Don

Quijote de

cómo ha
\

de ser desencantada

la tal

señora.

Si

vos fuérades diablo

como

decís, v

como

ucstni

» ,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV.
ñgura muestra, ya hubiérades conocido
Quijote de
la
al tal

315

caballero

Don

Mancha, pues le tenéis delante. En Dios y en mi conciencia, respondió el diablo, que no
ello;
,

miraba en

porque traigo en tantas cosas divertidos
la principal á

los

pensamientos que de

que venia

se

me

olvidaba.
ser

Sin duda, dijo Sancho, que este

demonio debe de

hombre de bien y buen cristiano; porque, á no serlo, no jurara « en Dios y en mi conciencia » Ahora yo tengo para mí
.

que aun en

el

mesmo
:

infierno debe de haber
sin apearse,

buena gente.
la vista á

Luego

el

demonio,

encaminando
los

Don

Quijote, dijo

^^Aú,el

Caballero de
,

Leones (que
desgraciado

entre las garras de ellos te vea yo)

me

envia

el

mandándome que de su parte te diga que le esperes en el mismo lugar que te topare a causa que trae consigo á la que llaman Dulcinea del Topero valiente caballero Montesinos ,

boso , con orden de darte
tarla;

la

que

es

menester para desencan-

y por no ser para más mi venida, no ha de ser más mi estada los demonios como yo queden contigo y los án:

,

geles

buenos con

estos señores «;

y en diciendo esto, tocó
y fuese

el

desaforado cuerno y volvió
respuesta de ninguno.

las espaldas,

sin esperar

Renovóse

la

admiración en todos, especialmente en San:

cho y
la

Don

Quijote

en Sancho, de ver que, á despecho de

verdad, querian que estuviese encantada Dulcinea; en
Quijote, por poder asegurarse
le
si

Don
que

era verdad ó

no

lo

habia pasado en

la

cueva de Montesinos; y estando
el

elevado en estos pensamientos,

Duque

le dijo

:

^(

¿Piensa

vuesa merced esperar, señor

— Pues
fuerte,
si

Don
él
:

Quijote?
intrépido v

¿no!

respondió

aquí esperaré
el

me

viniese á embestir todo

infierno.

,

3l6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
si

— Pues
pasado,
así

yo veo otro diablo, y oigo otro cuerno como

el

esperaré yo aquí

como
bien

en Flándes

»,

dijo Sancho.

En

esto se cerró

más

la

noche, y comenzaron á discurrir
,

muchas

luces por el bosque

así

como

discurren por

el

cielo las exhalaciones secas tra vista estrellas

de

la tierra,

que parecen á nues-

que corren. Oyóse asimismo un espantoso
se

ruido,

al

modo

de aquel que

causa de
,

las

ruedas macizas

que suelen

traer los carros de

bueyes de cuyo chirrío áspero
los lobos

y continuado, se dice que huyen

y

los osos, si los

hay por donde pasan. Añadióse

á toda esta tempestad, otra

que que

las

aumentó todas que fué que parecía verdaderamente
, ,

á las cuatro partes del

bosque

se estaban

dando á un
allí

mismo tiempo
naba
el

cuatro reencuentros ó batallas, porque

so-

duro estruendo de espantosa

artillería, acullá se dis-

paraban
los

infinitas escopetas, cerca casi

sonaban

las

voces de
Fi-

combatientes,
,

lejos se reiteraban los lelilíes agarenos.
,

nalmente
las

las

cornetas
los

los

cuernos

,

las

bocinas

,

los clarines

trompetas,
el

tambores,

la artillería, los

arcabuces, y so-

bre todo,
juntos

temeroso ruido de

los carros,

formaban todos

un son tan confuso y tan horrendo, que fué menester que Don Quijote se valiese de todo su corazón y ánimo para
pero
el

sufrirle;

de Sancho vino á
de
la

tierra,

y dio con

él, des-

mayado, en
ellas,
tro.

las faldas

Duquesa,
le

la cual le recibió

en

y á gran priesa mandó que
así,
las

echasen agua en

el ros-

Hízose

y

él

volvió en su acuerdo á tiempo que ya

un carro de

rechinantes ruedas llegaba á aquel puesto.
,

Tirábanle cuatro perezosos bueyes

todos cubiertos de pa-

ramentos negros; en cada cuerno traian atada y encendida una grande hacha de cera, y encima del carro venia hecho un asiento
alto
,

sobre

el

cual venia sentado un venerable

;

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXIV.
viejo,

317

con una barba más blanca que
le

la

misma

nieve, y tan

luenga, que

pasaba de

la

cintura

:

su vestidura era una ropa
el

larga de negro bocací;
nitas luces, se
él venia.

que por venir

carro lleno de infi-

podia bien divisar y discernir todo lo que en

Guiábanle dos feos demonios, vestidos del mismo

bocací, con tan feos rostros, que Sancho, habiéndolos visto

una vez, cerro

los ojos,
el

por no verlos

otra.
al

Llegando, pues,
de su alto asiento

carro á igualar

puesto, se levantó

el viejo
:

venerable, y puesto en pié, dando
el

una gran voz,
el

dijo

«Yo soy

sabio Lirgandeo»; y pasó con
palabra.

carro adelante, sin hablar

más

Tras

éste

,

pasó otro carro de

la

misma manera con
,

otro

viejo entronizado, el cual,

haciendo que
el

el

carro se detu:

viese,

con voz no menos grave que

otro dijo
la

a

Yo

soy

el

sabio Alquife, el grande

amigo de Urganda

Desconoci-

da»; y pasó adelante. Luego por el mismo continente llegó otro carro; pero

el

que venia sentado en
sino

el

trono no era viejo

como
el

los

demás,

moceton robusto y de mala catadura,

cual, al llegar,

levantándose en pié,

como

los otros, dijo
el

con voz más ronca
encantador
,

y más endiablada

:

c(

Yo

soy Arcalaus ,

ene-

migo mortal de Amadis de Gaula y de toda su parentela » y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres
carros , y cesó
el

enfadoso ruido de sus ruedas y luego no se
;

oyó otro ruido, sino un son de una suave y concertada música
formado, con que Sancho
así, dijo á la

tuvo á buena señal; y Duquesa, de quien un punto ni un paso se aparse alegró

y

lo

taba

:

«

Señora donde hay música no puede haber cosa mala.
,

— Tampoco
Duquesa.

donde hay luces y claridad», respondió

la

31 8

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
lo

A

que replicó Sancho

:

«

Luz da
las

el

fuego y claridad
,

las

hogueras,
dria ser

que nos cercan, y bien poque nos abrasasen; pero la música siempre es indicio
lo
fiestas.

como

vemos en

de regocijos y de

Ello dirá», dijo

Don

Quijote, que todo lo escuchaba;
el

y dijo bien,

como

se

muestra en

capítulo siguiente.

CAPITULO XXXV.
Donde
se prosigue la noticia

que tuvo

Don

Quijote del desencanto de Dulcinea,

con otros admirables sucesos.

Al compás de

la

agradable música, vieron que hacia ellos
seis

venia un carro de los que llaman triunfales, tirado de

muías pardas, encubertadas empero de lienzo blanco, y sobre cada una venia un diciplinante de luz
,

asimismo vestido
la

de blanco, con una hacha de cera grande encendida en

mano. Era

el

carro dos veces y aun tres,
,

mayor que

los pasa-

dos , y los lados y delantera del ocupaban otros doce diciplinantes, albos
das, vista

como

la nieve,

todos con sus hachas encendi-

que admiraba y espantaba juntamente; v en un

levantado trono venia sentada una ninfa, vestida de mil velos

de

tela

de plata, brillando por todos
si

ellos

infinitas hojas

de

argentería de oro, que la hacian,

no

rica, á lo

menos

vis-

tosamente vestida

:

traia el rostro cubierto

con un transparente
lizos,

y delicado cendal, de

modo

que, sin impedirlo sus

por

entre ellos se descubria un hermosísimo rostro de doncella,

y

las

muchas
que
:

luces daban lugar para distinguir la belleza v
al

los aíios,

parecer no llegaban á veinte ni bajaban de
ella

diez y siete

junto á

venia una figura vestida de una ropa
los pies,

de

las

que llaman rozagantes, hasta

cubierta

la

ca-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXV.
beza con un velo negro; pero
estar frente á frente de los
la
al

319
el

punto que llegó

carro á

Duques y de Don Quijote,
las

cesó

música de
el

las

chirimías, y luego la de

arpas y laúdes

que en
la

carro sonaban; y levantándose en pié la figura de
el

ropa, la apartó á entrambos lados, y quitándose

velo

del rostro, descubrió patentemente ser la

misma

figura de la

Muerte, descarnada y fea, de que Don Quijote recibió pesadumbre, y Sancho miedo, y los Duques hicieron algún
sentimiento temeroso. Alzada y puesta en pié esta muerte

dormida y con lengua no comenzó á decir desta manera
viva, con voz algo
:

muy despierta,

»

Yo

soy Merlin (aquel que

las historias

Dicen que tuve por mi padre al diablo, Mentira autorizada de los tiempos), Príncipe de la mágica, y monarca

Y

archivo de

la

ciencia zoroástrica

Emulo

á las edades y á los siglos,

Oue solapar pretenden las hazañas De los andantes bravos caballeros,

A

Y

quien yo tuve y tengo gran cariño. puesto que es de los encantadores,
los

De

magos, ó mágicos, contino

Dura la condición, áspera y fuerte, La mia es tierna, blanda y amorosa,

Y

amiga de hacer bien á todas gentes.
"

En

las

cavernas lóbregas de Dite,

Donde

estaba mi alma entretenida
,

En

formar ciertos rombos y caráteres Llegó la voz doliente de la bella

Dulcinea del Toboso. encantamento Supe su y su desgracia,
sin par

Y

Y
En

su trasformacion de gentil
rústica aldeana
:

dama
el

condolíme;

Y

encerrando mi espíritu en

hueco

Desta espantosa y fiera notomía, Después de haber revuelto cien mil libros Desta mi ciencia endemoniada y torpe.

!

320

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
Vengo
á dar el

remedio que conviene
á

A

tamaño dolor,
»
i

mal tamaño.

Las

tú, gloria y honor de cuantos visten túnicas de acero y de diamante,

Oh

Luz

y farol, sendero, norte y guía
el

De

aquellos que, dejando

torpe sueño

Y
A A

las ociosas

plumas,

se

acomodan

usar
las

el

ejercicio intolerable

De

sangrientas y pesadas armas digo joh varón, como se debe,
á tí, valiente

Por jamas alabado,

Juntamente y discreto

Don Quijote, De la Mancha esplendor, de España estrella! Que para recobrar su estado primo

La

sin par Dulcinea del Toboso, Es menester que Sancho, tu escudero.

Se dé

tres mil azotes

y trecientos y de

En ambas
Al

sus valientes posaderas,
,

aire descubiertas
le

modo
le

Que

escuezan,

le

amarguen y

enfaden.

Y
De

en esto se resuelven todos cuantos
su desgracia han sido los autores,
á esto es

Y

mi venida, mis señores.

— ¡Voto
¡Válate
el

á

tal! dijo

á esta sazón

Sancho

:

no digo vo
tres

tres

mil azotes, pero

así

me

daré yo tres,

como

puñaladas.

diablo por

modo

de desencantar!

Yo no

qué
si

tienen que ver mis posas con los encantos. Par Dios, que
el

señor Merlin no ha hallado otra manera

cómo desencanir

tar á la

señora Dulcinea del Toboso, encantada se podrá

á la sepultura.

— Tomaros he yo,
madre
seis

dijo

Don

Quijote, don villano, harto

de ajos, y amarraros he a un árbol, desnudo
os parió; y

como

vuestra

no digo yo

tres

mil y trescientos, sino

mil y seiscientos azotes os daré, tan bien pegados, que
se os

no

caigan á tres mil y trescientos tirones

:

v no

me

re-

pliquéis palabra;

que

os arrancaré

el

alma.

>>

1

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXV.
Oyendo
los azotes

32
así,

lo cual

Merlin,

dijo
el

:

«No ha
el

de ser
,

porque
ser
él

que ha de recebir

buen Sancho han de
tiempo que

por
qui-

su voluntad, y no por fuerza, y en
siere;

que no

se le

pone término señalado; pero permítesele
dé ajena mano, aunque

que

si él

quisiere redimir su veiacion por la mitad deste vase los

pulamiento, puede dejar que
sea algo pesada.

— Ni

ajena ni propia, ni pesada ni por pesar, replicó
á

Sancho

:

mí no me ha de
lo

tocar alguna

mano.

¿

Parí yo por

ventura á

la

señora Dulcinea del Toboso, para que paguen

mis posas

que pecaron sus ojos? El señor mi amo,
pues
la llaina a

(que

es parte suya,

cada paso

*<

mi

vida,

mi alma»,

sustento y arrimo suyo), se puede y debe azotar por ella, y

hacer todas

las

diligencias necesarias para su desencanto; pero

¿azotarme yo! abernuncio.«

Apenas acabó de decir
en pié
la

esto
,

Sancho

,

cuando levantándose
al espíritu

argentada ninfa
el

que junto

de Merlin

venia, quitándose

sutil

velo del rostro, le descubrió tal,
,

que

más que medianamente hermoso y con un desenfado varonil, y con una voz no muy adamada, haá todos pareció
:

blando derechamente con Sancho Panza dijo

«Oh

malaven-

turado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque,

de entrañas guijeñas y apedernaladas!

Si te

mandaran,

la-

drón desuellacaras, que
,

te arrojaras

de una

alta torre al suelo;
te

si

te pidieran,

enemigo

del género

humano, que
tres

comieras
si

una docena de sapos, dos de lagartos y
te

de culebras;

persuadieran á que mataras á tu mujer y á tus hijos con
te

algún truculento v agudo alfanje, no fuera maravilla que

mostraras melindroso y esquivo; pero hacer caso de tres

mil V trecientos azotes, que no hay niño de la doctrina, por

,

^22

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.

ruin que sea, que no se los lleve cada mes, admira, adarva,

espanta á todas

las

entrañas piadosas de los que lo escuchan
lo vinieren á saber

y aun

las

de todos aquellos que

con

el dis-

curso del tiempo.

Pon

¡oh miserable y endurecido animal!
las ni-

pon, digo, esos tus ojos de mochuelo espantadizo en

ñas destos mios, comparados á rutilantes estrellas, y veráslos
llorar hilo á hilo

y madeja á madeja, haciendo surcos, carlos

reras

y sendas por

hermosos campos de mis

mejillas.

Muévate, socarrón, y mal intencionado monstruo, que la edad tan florida mia (que aun se está todavía en el diez y de
los

años, pues tengo diez y nueve, y no llego á veinte) se
la
,

consume y marchita debajo de
bradora
:

corteza de una rústica laes

y

si

ahora no lo parezco
el

merced

particular

que

me
que

ha hecho
te

señor Merlin, que está presente, sólo por-

enternezca

mi

belleza;

que

las

lágrimas de una

afli-

gida hermosura vuelven en algodón los riscos, y los tigres

en ovejas. Date, date en esas carnazas, bestión indómito, y
saca de harón ese brío, que á solo
inclina,
y.

pon en

libertad la lisura

comer y más comer te de mis carnes, la mansede

dumbre de mi condición y
no quieres ablandarte

la belleza

mi

faz

:

y

si

por mí

ni reducirte á algún razonable tér-

mino, hazlo por

ese

pobre caballero, que á tu lado tienes;
el

por tu amo, digo, de quien estoy viendo
tiene atravesada en la garganta,

alma; que

la

no diez dedos de

los labios,

que no espera sino tu rígida ó blanda respuesta, ó para
lirse

sa-

por

la

boca

,

ó para volverse
la

al

estómago.

)^

Tentóse, oyendo esto,
volviéndose
al

garganta

Don

Quijote, y dijo,

Duque
;

:

«Por Dios, señor, que Dulcinea ha
el

dicho

la

verdad que aquí tengo

alma atravesada en

la

gar-

ganta,

como una nuez

de ballesta.

SEGUNDA PARTE. CAPÍEULü XXXV.

323
Duquesa.

dijo el

— Digo, que de — Abrenuncio Duque. — Déjeme

— ¿Qué decís vos á
los azotes,
,

esto,

Sancho? preguntó

la

señora, respondió Sancho, lo que tengo dicho:

abernuncio.
habéis de decir, Sancho, y no

como

decís,

vuestra grandeza, respondió Sancho; que no

estoy agora para mirar en sotilezas ni en letras

más

á

menos;
de

porque
dar ó

me tienen me tengo de

tan turbado estos azotes
dar,

que

me han

que no

sé lo
la

que

me

digo, ni lo que

me

hago. Pero querria yo saber de

señora,
el
las

mi señora doña
de rogar que

Dulcinea del Toboso, adonde aprendió
tiene
:

modo

viene á pedirme que

me

abra

carnes á azotes, y
,

llámame alma de cántaro y bestión indómito con una tiramira de malos nombres, que el diablo los sufra. Por ventura,
¿son mis carnes de bronce? ó ¿vame á

algo en que se des-

encante ó no?

¿Qué

canasta de ropa blanca, de camisas, de

tocadores y de escarpines (aunque no los gasto) trae delante

de

para ablandarme, sino un vituperio v otro, sabiendo
,

aquel refrán que dicen por ahí

que un asno cargado de oro

sube ligero por una montaña, y que dádivas quebrantan peñas, y á Dios rogando y con el mazo dando, y que más vale

un toma que dos
de traerme
la

te daré!

Pues

el

señor

mi amo, que habia

mano

por

el

cerro y halagarme, para que yo
si

me

hiciese de lana

y de algodón cardado, dice que

me
la

coge, ¡me amarrará desnudo á un árbol, v
parada de
los azotes!

me

doblará

Y

habian de considerar estos mal mi-

rados señores que no solamente piden que se azote un escu-

dero, sino un gobernador;

guindas».

como quien Aprendan, aprendan, mucho

dice

:

«bebe con

de enhoramala, á

saber rogar y á saber pedir, y á tener crianza; que no son

!

»

324

I^ON

(^]I}OI"K

DE LA MANCHA.

todos los tiempos unos, ni están los

hombres siempre de un

buen humor. Estoy yo ahora reventando de pena por ver mi
sayo verde roto, y ¡vienen á pedirme que me azote de mi voluntad, estando ella tan ajena dello, como de volverme

cacique

— Pues en verdad, amigo Sancho,
empuñar
no
el

dijo el

Duque, que

si

no os ablandáis más que una breva madura, que no habéis de
gobierno.
¡

Bueno

seria

que yo enviase á mis

in-

sulanos un gobernador cruel, de entrañas pedernalinas, que
se

doblega á

las

lágrimas de

las afligidas

doncellas ni á los

ruegos de discretos, imperiosos y antiguos encantadores y sabios
!

En

resolución, Sancho, ó vos habéis de ser azotado por

vos, ó os

han de azotar, ó no habéis de
respondió Sancho, ¿no se
lo

ser

gobernador.
darian dos dias

— Señor,
— No,
tesinos

me

de término para pensar

que

me

está

mejor?
:

en ninguna manera, dijo Merlin

aquí, en este
lo

instante y en este lugar,
ser deste negocio.

ha de quedar asentado
la

que ha de

O

Dulcinea volverá á

cueva de

Monque

y á su rústico estado de labradora, ó ya, en

el ser

está, será llevada á los elíseos

campos, donde

estará espe-

rando

se

cumpla

el

número

del vápulo.

— Ea,
Don
su

buen Sancho,
al

dijo la

Duquesa, buen ánimo, y

buena correspondencia

pan que habéis comido del señor

Quijote, á quien todos debemos servir y agradar por
sus altas caballerías.

buena condición y por

Dad

el sí,

hijo,

desta azotaina, y vayase el diablo para diablo, y

el

temor

para mezquino; que un buen corazón quebranta mala ventura,

como

vos bien sabéis.

A

estas razones

respondió con estas disparatadas Sancho,
le

que hablando con Merlin,

preguntó:

a

Dígame

vuesa mer-

,

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXV.
ced, señor Merlin
á
:

325

cuando llegó aquí
del señor

el

diablo correo, dio

mi amo un recado
la

Montesinos, mandándole de

su parte que le esperase aquí, porque venia á dar orden de

que

señora Dulcinea del Toboso se desencantase

:

y, hasta
^

agora, ¿do

hemos

visto á

Montesinos
:

ni á sus semejas?
,

A
es

lo cual

respondió Merlin

u

El diablo
:

amigo Sancho

un ignorante y un grandísimo bellaco yo le envié en busca de vuestro amo, pero no con recado de Montesinos,
sino mió; porque Montesinos se está en su cueva atendiendo,

ó por mejor decir, esperando, su desencanto, que aun
falta la cola

le

por desollar
él
,

:

si

os

debe algo

,

ó tenéis alguna

cosa que negociar con

yo

os lo traeré y

pondré donde vos

y por agora acabad de dar el sí desta diciplina; y creedme, que os será de mucho provecho, asi para para el alma, por la caridad el alma como para el cuerpo
quisiéredes
: :

más

con que

la haréis;

para

el

cuerpo, porque yo sé que
os

sois

de

complexión sanguínea, y no
poco de sangre.

podrá hacer daño sacaros un

— Muchos médicos hay en
,

el

mundo,
;

hasta los encanta,

dores son médicos

replicó

Sancho
veo
,

pero

pues todos

me

lo

dicen

,

aunque yo no
los
tres

me

lo

digo que soy contento de

darme

mil y trecientos azotes, con condición que

me los tengo de dar cada y cuando que yo quisiere, sin que se me ponga tasa en los dias ni en el tiempo y yo procuraré
;

salir
el

de

la

deuda
de
la

lo

más

presto que sea posible
la

,

porque goce

mundo

hermosura de

señora doña Dulcinea del

Toboso; pues, según parece,
en efecto
es

al

revés de lo

que yo pensaba,
,

hermosa.

Ha

de ser también condición

que no

he de
si

estar obligado á

sacarme sangre con

la diciplina,
,

algunos azotes fueren de menos cuantía se

me

y que han de to-

»

^20

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
cuenta. Iten, que
si

mar en
tarlos,

me me

errare en

el

número,
que

el

se-

ñor Merlin, pues lo sabe todo, ha de tener cuidado de con-

— De
como

y de avisarme
las

los

que

faltan 6 los

me

sobran.

sobras no habrá
al

que
,

avisar, respondió

Merlin,

porque llegando

cabal

número luego quedará de improDulcinea; y vendrá á buscar,

viso desencantada la señora

agradecida,
la

premios por
crúpulo de

buen Sancho, y á darle gracias y aun buena obra. Así que, no hay de qué tener esal

las

sobras ni de las faltas

,

ni el cielo

permita que
cabeza.

yo engañe á nadie, aunque sea en un pelo de

la

— Ea, pues,
siento en
cia,

á la

mano

de Dios, dijo Sancho, yo con-

mi mala
las

ventura... digo

que yo acepto

la

peniten-

con

condiciones apuntadas.

Apenas

dijo estas últimas palabras
,

Sancho, cuando volvió

á sonar la música de las chirimías
infinitos arcabuces,

y se volvieron á disparar

y

Don

Quijote se colgó del cuello de
la frente

Sancho, dándole mil besos en

y en

las mejillas.

La

Duquesa y
tras

el

Duque y

todos los circunstantes dieron
el

mues-

de haber recebido grandísimo contento, y
á caminar; y al pasar la
los

carro cola

menzó

hermosa Dulcinea, inclinó

Duques, y hizo una gran reverencia á Sancho... Y ya en esto se venia á más andar el alba, alegre y risueña: las florecillas de los campos descollaban y se erguian, y los
cabeza á
líquidos cristales de los arroyuelos
,

murmurando por

entre

blancas y pardas guijas, iban á dar tributo á los rios, que los

esperaban.

La
el

tierra alegre, el cielo claro, el aire limpio, la

luz serena, cada
señales

uno por
que

y todos juntos daban manifiestas

que

dia,

al

Aurora venia pisando

las faldas,
la

habia de ser sereno y claro.

Y

satisfechos los

Duques de

caza, y de haber conseguido su intención tan discreta y

feli-

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVI.
cemente,
se volvieron á su castillo,
ellos

327
se-

con prosupuesto de

gundar en sus burlas; que para
gusto
les diesen.

no habia veras que más

CAPITULO XXXVI.
Donde
la

se

cuenta

la

extraña y jamas imaginada aventura de
carta que

la

Dueña Dolorida,

alias

Condesa Trifaldi, con una

Sancho Panza escribió á

su mujer, Teresa

Panza.

Tenia un mayordomo
enfadado ingenio,
el

el

Duque, de muy

burlesco y des-

cual hizo la figura de Merlin y aco-

modó

todo

el

aparato de la aventura pasada,

compuso

los

versos, y hizo

que un paje hiciese á Dulcinea. Igualmente,

con intervención de sus señores, ordenó otra del más gracioso y extraño artificio

que puede imaginarse.
á

Preguntó
zado
la tarea

la

Duquesa
la

Sancho otro dia

si

habia comenel

de

penitencia, que habia de hacer por

des-

encanto de Dulcinea.
Dijo que
azotes.
sí,

y que aquella noche

se

habia dado cinco

Preguntóle

la

Duquesa que con qué
la

se los

habia dado.

Respondió que con
«

mano.
es darse
el

Eso, replicó
:

la

Duquesa, más

de palmadas que

de azotes

yo tengo para mí que

sabio Merlin no estará
el

contento con tanta blandura. Menester será que

buen San-

cho haga alguna diciplina de abrojos ó de que
se se dejen sentir,

las

de canelones,

porque

la letra

con sangre entra; v no

ha de dar tan barata
lo es

la libertad

de una tan gran señora,

como

Dulcinea, por tan poco precio.»
:

A lo que respondió Sancho

«

Déme

vuestra señoría alguna

«

»

328

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
,

diciplina ó ramal conveniente

que yo

me

daré con

él

,

como

no

me

duela demasiado; porque hago saber á vuesa merced

que aunque soy rústico, mis carnes tienen más de algodón que de esparto
vecho ajeno.
,

y no será bien que yo

me

descrie por el pro-

— Sea en buena hora, respondió
mañana una
diciplina,

la

Duquesa
al

:

yo os daré

que os venga

muy

justo, y se acosi

mode con

la

ternura de vuestras carnes,

como

fueran sus

hermanas propias.

A
resa

lo

que

dijo

Sancho

:

«

Sepa vuestra alteza, señora mia

de mi ánima, que yo tengo escrita una carta á mi mujer Te-

Panza, dándole cuenta de todo

lo

que

me

ha sucedido
el

después que

me

aparté della
el

:

aquí

la

tengo en

seno

,

que

no

le falta

más de ponerle
,

sobrescrito; querría

que vues-

tra discreción la leyese

porque

me parece

que va conforme
de escribir

á lo de gobernador... digo, al
los

modo que deben
la

— Y ¿quién — ¿Quién pondió Sancho. —Y

gobernadores.
la

notó? preguntó

Duquesa.

la

habia de notar, sino yo, pecador de mí! res-

¿escribístesla

vos.?*

dijo la

Duquesa.
sé leer

— Ni por pienso, respondió Sancho; porque vo no
ni escribir, puesto

que

sé firmar.

— Veámosla,
mostréis en ella

dijo la
la

Duquesa; que

á

buen seguro que vos

calidad y suficiencia de vuestro ingenio.
la

Sacó Sancho una carta abierta del seno, y tomándola

Duquesa,

vio

que decia desta manera:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVI.

329

CARTA DE SANCHO PANZA A TERESA PANZA,
su MUJER.
uSi buenos azotes

me

daban, bien caballero

me

iba;

si

))buen gobierno
))no lo
))

me

tengo, buenos azotes

me

cuesta. Esto

entenderás tú, Teresa mia, por ahora; otra vez lo

sabrás.

Has de
es

saber, Teresa, que tengo determinado que
es lo

))

andes en coche, que

que hace

al

caso,

porque todo

))Otro

andar
si

andar á gatas. Mujer de un gobernador eres:
nadie los zancajos.

«mira
))

te roerá

Ahí

te

envió un vestido

verde de cazador, que

me

dio

mi señora

la

Duquesa

:

acohija.

wmódale de modo que

sirva de saya

y cuerpos á nuestra

«Don
«es
«le

Quijote,

mi amo, según he oido

decir en esta tierra,

un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no voy en zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos,
el

«y
»

sabio Merlin

ha echado mano de mí para
allá se

el

desen-

canto de Dulcinea del Toboso, que por
tres

llama Al-

«donza Lorenzo. Con
«cinco, que

mil y trecientos azotes, menos
la

me

he de dar, quedará desencantada como

«madre que
«pon
«que
lo
es

la parió.

No

dirás desto

nada á nadie, porque,
es

tuyo en concejo, y unos dirán que
negro.

blanco y otros
partiré
al

De

aquí á pocos dias

me
los

go-

«bierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dine«

ros

,

porque

me han

dicho que todos

gobernadores
el

«nuevos van con este
«avisaréte
«está
«jar,
si

mesmo

deseo

:

tomaréle

pulso, y

has de venir á estar conmigo, ó no. El Rucio
te

bueno y se aunque me

encomienda mucho, y no

le

pienso de-

llevaran á ser gran turco.
las

La Duquesa, mi
el

«señora, te besa mil veces

manos

:

vuélvele

retorno
ni

«con dos mil; que no hav cosa que menos cueste

valga

330

DON QUIJOTE DK LA MANCHA.
los

«más barata, según dice mi amo, que
«mientos.
))leta

buenos comediotra

No

ha sido Dios servido de depararme

mate

con otros cien escudos

como

la

de marras; pero no
está el

))dé

pena, Teresa mia; que en salvo
en
la

que repica, v

))todo saldrá

colada del gobierno; sino que
dicen que
si

me
,

ha dado

))gran
))

pena que

me

una vez
;

le

pruebo, que
así

tengo de comer

las

manos

tras él

v

si

fuese

no

me me

))COStaria
))se

muy

barato;

aunque

los estropeados
:

y mancos ya
así

tienen su calongía en la limosna que piden

que, por

))una vía ó por otra, tú has de ser rica

y de buena ventura.
ser-

«Dios
))virte.

te la

dé,

como puede,

y á

mí me guarde para

Deste

castillo, á

20 de Julio de 16 14.
i)Tu marido,
el

Gobernador,
)^

)^

Sancho Panza.

<(

En acabando la Duquesa de leer la carta, dijo á Sancho: En dos cosas anda un poco descaminado el buen Goberla

nador:
se le

una, en decir ó dar á entender que este gobierno
los azotes

han dado por

que

se

ha de dar, sabiendo
el

él

(que no lo puede negar) que cuando
se le

Duque, mi
el

señor,
la

prometió, no

se

soñaba haber azotes en
ella
la

mundo;
saco, y

otra es

que

se

muestra en

muy

codicioso, y no querría

que orégano fuese; porque
gobernador codicioso hace

codicia

rompe

el

el

la justicia

desgobernada.

— Yo no
si

lo digo
le

por tanto, señora, respondió Sancho; v
parece que
la tal carta

á vuesa
ir,

merced

no va como ha
ser

de

no hay sino rasgarla y hacer otra nueva; v podria
si

que fuese peor,

— No, no,
que
el

me
vea.»

lo dejan á

mi

caletre.

replicó la
la

Duquesa: buena

está ésta, v quiero

Duque

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVI.

33I

Con

esto se fueron á
la

un jardin donde habían de comer
la carta

aquel dia. Mostró

Duquesa

de Sancho

al

Duque,

de que recibió grandísimo contento. Comieron, y después de alzados
los

manteles, y después de haberse entretenido
la sabrosa

un buen espacio con
deshora se oyó
el

conversación de Sancho, á
el

son tristísimo de un pífaro y

de unos

roncos y destemplados tambores. Todos mostraron alborotarse

con

la

confusa, marcial y

triste

armonía, especialmente

Don

Quijote, que no cabia en su asiento, de puro alboroel

tado; de Sancho no hay que decir, sino que
llevó á su
la

miedo

le

acostumbrado refugio, que era
real

el

lado ó faldas de

Duquesa, porque

y verdaderamente

el

son que se esasí

cuchaba era

tristísimo y malencólico.
el

Y

estando todos

suspensos, vieron entrar por

jardin adelante dos

hombres

vestidos de luto, tan luengo y tendido,

que

les arrastraba

por

el

suelo; éstos venian tocando dos grandes tambores,

asimismo cubiertos de negro.

A

su lado venia

el pífaro,

ne-

gro y pizmiento como los demás. Seguia a los tres un personaje de cuerpo agigantado, amantado, no que vestido, con

una negrísima loba, cuya
cho

falda era
le

asimismo desaforada de

grande. Por encima de la loba
tahalí,

cenia y atravesaba un an-

también negro, de quien pendia un desmesurado
y vaina negra. Venia cubierto
el

alfanje, de guarniciones

rostro

con un trasparente velo negro , por quien

se entrepa-

recía

una longísima barba, blanca como
al

la nieve.

Movía

el

paso

son de los tambores, con

mucha gravedad y
á todos aquellos

reposo-

En

fin, su

grandeza, su contoneo, su negrura y su acompa-

ñamiento pudiera y pudo suspender
conocerle
le

que

sin

miraron.
,

Llegó

,

pues

con

el

espacio y prosopopeya referida á hin-

»

332

DON Q¿JIJOTE DE LA MANCHA.
el

carse de rodillas ante

Duque, que en
Pero
el

pié, con los

demás

que
nera

allí

estaban,

le

atendia.

Duque

en ninguna

mael

le

consintió hablar hasta que se levantase. Hízolo así
el

espantajo prodigioso, y puesto en pié, alzó
rostro, y hizo patente la

antifaz del

más horrenda,

la

más

larga, la

más

blanca y más poblada barba que hasta entonces
ojos habian visto;

humanos
los ojos

y luego desencajó y arrancó del ancho v

dilatado

pecho una voz grave y sonora; y poniendo
dijo
:

en

el

Duque,

«

Altísimo v poderoso señor: á
la

mí me
la

llaman Trifaldin,

el

de

Barba Blanca; soy escudero de
la

viuda Condesa Trifaldi, por otro nombre llamada
Dolorida, de parte de
la cual traigo á vuestra

Dueña

grandeza una

embajada, y

es,

que

la

vuestra magnificencia sea servida de

darla facultad y licencia para entrar á decirle su cuita,
es

que
cui-

una de

las

más nuevas y más admirables que
si

el
;

más

tado pensamiento del orbe pueda haber pensado
quiere saber

y primero

está en este vuestro castillo el valeroso

mas vencido
daya hasta

caballero
sin

Don

Quijote de

la

y jaMancha, en cuya
el

busca viene á pié y

desayunarse desde

reino de

Gante-

este vuestro estado, cosa

que

se

puede y debe
:

ner á milagro ó á fuerza de encantamento

ella

queda

á la

puerta desta fortaleza ó casa de campo, v no aguarda para
entrar sino vuestro beneplácito. Dije.

Y
la

tosió luego,

y manoseóse

la

barba de arriba abajo con
sosiego estuvo atendiendo
^

entrambas manos, y con
respuesta del

mucho
fué
:

Duque, que

Ya, buen escudero, Tri-

faldin de la
ticia

Blanca Barba, há muchos dias que tenemos nodesgracia de
la

de

la

mi señora

la

Condesa
la

Trifaldi, á

quien

los

encantadores

hacen llamar

Dueña

Dolorida.

Bien podéis, estupendo escudero, decirle que entre, v que

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVI.
aquí está el valiente caballero

333

Don

Quijote de

la

Mancha,

de cuya condición generosa puede prometerse con seguridad
todo amparo y toda ayuda; y asimismo
le

podréis decir de

mi
tar,

parte que

si

mi

favor le fuere necesario , no le ha de fal-

pues ya
es

me

tiene obligado á dársele el ser caballero, á

quien

anejo y concerniente favorecer á toda suerte de

mu-

jeres, en especial á las
ridas, cual lo

dueñas viudas, menoscabadas y dolo-

debe

estar su señoría.»
,

Oyendo
y haciendo
son y
al

lo cual Trifaldin
al

inclinó la rodilla hasta
,

el

suelo,

pífaro

y tambores señal que tocasen

al

mismo

mismo

paso que habia entrado se volvió á

salir del

jardin, dejando á todos admirados de su presencia
tura.
fin,

y compos:

Y

volviéndose

el

Duque

á

Don

Quijote,

le dijo

«

En

famoso caballero, no pueden

las tinieblas

de

la

malicia

ni de la ignorancia encubrir
la virtud.

y escurecer

la

luz del valor y de

la

porque apenas há diez y ocho dias que vuestra bondad está en este castillo, cuando ya os vienen á
esto,

Digo

buscar de lueñes y apartadas tierras , y no en carrozas ni en

dromedarios, sino á pié y en ayunas,

los tristes, los afligidos,
el

confiados que han de hallar en ese fortísimo brazo

remedio

de sus cuitas y trabajos, merced á vuestras grandes hazañas,

que corren y rodean todo

—-Quisiera
el

lo descubierto

de

la tierra.

yo, señor

Duque, respondió Don
religioso
,

Quijote,

que estuviera aquí presente aquel bendito

que

á la

mesa

otro dia mostró tener tan

mal

talante y tan

mala
vista

ojeriza contra los caballeros andantes, para

que viera por
el

de ojos

si

los

tales caballeros

son necesarios en

mundo:

tocara, por lo

menos con

la

inano, que los extraordinaria,

mente

afligidos
,

y desconsolados

en casos grandes y en desá las casas de los

dichas inormes

no van á buscar su remedio

,

334

^^^ QUIJOTE DE LA MANCHA.
al

letrados, ni á las de los sacristanes de las aldeas, ni
llero

caba-

que nunca ha acertado
al

á salir de los términos de su

lugar, ni
referirlas

perezoso cortesano, que antes busca nuevas para

y contarlas, que procura hacer obras v hazañas
las

para que otros

cuenten y

las escriban.

El remedio de
las

las

cuitas, el socorro de las necesidades, el
cellas, el

amparo de

don-

consuelo de

las

viudas, en ninguna suerte de per-

sonas se halla mejor que en los caballeros andantes; y de
serlo

yo doy

infinitas gracias al cielo,

y doy por

muy

bien

empleado cualquier desmán y trabajo, que en este tan honroso ejercicio pueda sucederme. Venga esta dueña y pida lo
que quisiere que yo
;

le libraré

su remedio en la fuerza de

mi
>•

brazo y en

la

intrépida resolución de

mi animoso

espíritu.

CAPITULO XXXVII.
Donde
se

prosigue

la

famosa aventura de

la

Dueña Dolorida.

En extremo

se

holgaron

el

Duque

y

la

Duquesa de

ver

cuan bien iba respondiendo á su intención
á esta sazón dijo

Don

Quijote, v

Sancho

:

«

No

querría vo que esta señora

dueña pusiese algún tropiezo

á la

promesa de mi gobierno;

porque yo he oido decir á un boticario toledano, que hablaba

como un

silguero,

que donde interviniesen dueñas,

no podia suceder cosa buena. ¡Válame Dios, y qué mal estaba con ellas el tal boticario! De lo que yo saco que, pues
todas las dueñas son

enfadosas é impertinentes, de cuallas

quiera calidad y condición que sean, ¿qué serán
doloridas,

que son

como han
!

dicho que es esta Condesa Tres-faldas
tierra faldas

ó Tres-colas
todo
es

que en mi

y colas

,

colas v faldas

uno.

:

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVII.


debe

335

Calla, Sancho amigo, dijo

Don

Quijote; que pues esta

señora dueña, de tan lueñes tierras viene á buscarme, no
ser de aquellas

que
es

el

boticario tenia en su
las

número
sir-

cuanto más, que ésta

condesa; y cuando

condesas

ven de dueñas, será sirviendo á reinas y á emperatrices; que en sus casas son señorísimas, que se sirven de otras dueñas.»

A
«

esto respondió

doña Rodríguez, que

se halló presente

Dueñas

tiene

mi señora la Duquesa en
si

su servicio, que puallá

dieran ser condesas,

la

fortuna quisiera; pero
nadie diga mal de
las

van

le-

yes do quieren reyes.
das, y

Y

dueñas viulo soy,

menos de

las

doncellas; que

aunque yo no

bien se

me

alcanza y se

me

trasluce la ventaja

que hace una
tras-

dueña doncella á una dueña viuda; y quien á nosotras quiló... las tijeras le quedaron en la mano.

— Con todo
en
las
el

eso, replicó Sancho, hay tanto

que trasqui-

lar

dueñas, según mi boticario, que lo mejor será no
arroz,
los

menear

aunque

se

pegue.

— Siempre

escuderos, respondió doña Rodríguez, son
las antesalas,

enemigos nuestros; que como son duendes de
y nos ven á cada paso,
chos), los gastan en
los

los ratos

que no rezan (que son munosotras, desenterrándonos
los

murmurar de
la

huesos y enterrándonos

fama. Pues mandóles yo á
les
,

leños movibles, que,

mal que

mundo y
bre, y

en

las casas principales

hemos de vivir en el aunque muramos de hampese,

cubramos con un negro monjil nuestras delicadas ó
,

no delicadas carnes

como quien cubre

ó tapa un muladar

con un tapiz en dia de procesión.
dado, y
el

A

fe,

que

si

me

fuera

tiempo

lo pidiera,

que yo diera

á entender,

no

sólo á los presentes, sino á todo el

mundo, cómo no hay

virtud que no se encierre en una dueña.

»

9^6

DON QUIJOTE DE LA MANCHA.
creo, dijo la

^Yo

Duquesa, que mi buena doña Rodrígrande; pero conviene que aguarde

guez tiene razón, y

muy

tiempo para volver por
fundir la

y por las demás dueñas, para conmala opinión de aquel mal boticario, y desarraisí

gar la que tiene en su pecho

el

gran Sancho Panza.»

A

loque Sancho respondió: «Después que tengo humos
se

de gobernador,

me han
el

quitado los vaguidos de escudero,

y no se

me

da por cuantas dueñas hay un cabrahigo.
coloquio dueñesco,
si

Adelante pasaran con

no oyeran

que

el

pífaro y los tambores volvian á sonar, por

donde en-

tendieron que la

Dueña Dolorida
si

entraba. Preguntó la

Du-

quesa

al

Duque
lo

seria bien ir á recebirla,

pues era condesa

y persona principal.

«Por

que tiene de condesa (respondió Sancho, antes
respondiese), bien estoy en que vuestras gran-

que

el

Duque

dezas salgan á recebirla; pero por lo de dueña, soy de parecer que no se

muevan un
te

paso.

— ¿Quién — ¿Quién,
minos de
el

mete

á

en esto, Sancho? dijo
:

señor? respondió Sancho

yo

Don Quijote. me meto, que
los tér-

puedo meterme, como escudero que ha aprendido
la cortesía

en

la

escuela de vuesa merced, que es

más

cortés y bien criado caballero
:

que hay en toda

la

cor-

tesanía

y en

estas cosas,

según he oido decir á vuesa mer-

ced, tanto se pierde por carta de

más como por
palabras.
el

carta de

menos; y

al

buen entendedor pocas

— Así
talle
le

es

como Sancho

dice, dijo
él

Duque

:

veremos

el

de

la

Condesa, y por

tantearemos

la cortesía

que

se

debe.»

En

esto entraron los

tambores y

el

pífaro
dic)

como
el

la

vez

primera.

Y

aquí con este breve capítulo

hn

autor, v

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO
comenzó
de
las el

XXXVIll.

337

otro, siguiendo la

misma

aventura, que es una

más notables de

la historia.

CAPITULO XXXVIII.
Donde
se

cuenta

la

que dio de su mala andanza

la

Dueña

Dolorida.

Detras de

los tristes

músicos comenzaron á entrar por

el

jardin adelante hasta cantidad de doce dueñas, repartidas en

dos hileras, todas vestidas de unos monjiles anchos,
cer, de añascóte batanado,

al

pare-

con unas tocas blancas de delgado
el

canequí, tan luengas, que sólo
brían.
la

ribete del monjil descu-

Tras
el

ellas

venia

la

Condesa
la

Trifaldi

,

á quien traia de

mano

escudero Trifaldin de

Blanca Barba, vestida de

finísima y negra bayeta por frisar, que, á venir frisada, des-

cubriera cada grano del grandor de un garbanzo de los bue-

nos de Mártos;

la cola

ó falda, ó

como

llamarla quisieren
las

,

era
tres

de

tres

puntas,

las cuales se

sustentaban en

manos de
vistosa

pajes,

asimismo vestidos de luto, haciendo una
tres

y

ma-

temática figura con aquellos

ángulos acutos que
los

las tres

puntas formaban; por lo cual cayeron todos

que

la falda

puntiaguda iniraron que por
,

ella se

debia llamar

La

Condesa

'Trifaldi,
así

Condesa de las Tres Faldas; y dice Benengeli que fué verdad, y que de su propio apesi

como

dijésemos

ha

llido se

llamó

ha

Condesa hobuna, á causa que se criaban

en su condado muchos lobos; y que si, como eran lobos, fueran zorras, la llamaran ha Condesa Zorruna, por ser cos-

tumbre en

aquellas partes
la

tomar

los

señores la denominación

de sus nombres de

cosa ó cosas en que

más
la

sus estados

abundan; empero esta Condesa, por favorecer
su falda, dejó
el

novedad de

hobuna v tomó

el

Trifaldi.

, ,

33B
Venían
las

DON (JIJÓTE DE LA MANCHA.
doce dueñas y
la

señora á paso de procesión
,

cubiertos los rostros con unos velos negros
tes

y no trasparendueñesco esse pusieron

como

el

de Trifaldin, sino tan apretados, que ninguna

cosa se traslucía. Así

como acabó de
la

parecer

el

cuadrón,

el

Duque,

Duquesa y Don Quijote
la espaciosa calle,

en pié, y todos aquellos que

procesión miraban.

Pararon

las

doce dueñas, y hicieron

por medio déla

cual la Dolorida se adelantó, sin dejarla de la
din.

mano

Trifal-

Viendo

lo cual, el

Duque,

la

Duquesa y Don Quijote
con voz antes basta

se adelantaron

obra de doce pasos á recebirla.

Ella, puestas las rodillas en el suelo,

y ronca que
servidas de

sutil

y delicada,

dijo

:

«

Vuestras grandezas sean
este su criado... digo á

no hacer tanta cortesía á

esta su criada...

porque, según soy de dolorida, no acertaré

á responder á lo
vista

que debo,

á causa

desdicha

y debe de ser
le hallo.

me ha llevado el muy lejos, pues
respondió

que mi extraña y jamas entendimiento no sé adonde
cuanto más
le

busco, menos


sin

Sin

él estaria,

el

Duque, señora Condesa,
la

el

que no descubriese por vuestra persona vuestro

valor, el cual,
la cortesía
:

más

ver, es
la flor

merecedor de toda
de
las

nata de

y

de toda

bien criadas ceremonias»

y levantánjunto á
la

dola de la

mano,

la llevó á asentar

en una

silla

Duquesa,
miento.
ver
el

la cual la recibió

asimismo con

mucho comedi-

Don

Quijote callaba, y Sancho andaba muerto por

rostro de la Trifaldi

y de alguna de sus muchas dueellas

ñas; pero

no fué posible, hasta que

de su grado y vo-

luntad se descubrieron.

Sosegados todos y puestos en silencio, estaban esperando quién le habia de romper, y fué la Dueña Dolorida con es-

»

SEGUNDA PARTE. CAPÍTULO XXXVllI.
tas

339

palabras

:

«

Confiada estoy, señor poderosísimo, hermo,

sísima señora y discretísimos circunstantes

que ha de

hallar

mi

cuitísima en vuestros valerosísimos pechos acogimiento,

no menos plácido que generoso y doloroso; porque ella es tal, que es bastante a enternecer los mármoles y á ablandar
los

diamantes

,

y á molificar

los aceros

de

los

más endurecila

dos corazones del

mundo

;

pero antes que salga á
orejas, quisiera

plaza de
hicieran
el

vuestros oidos, por

no decir

que

me

sabidora

si

está

en este gremio, corro y compañía,

acensu es-

dradísimo caballero

Don

Quijote de

la

Manchísima y
dijo

cuderísimo Panza.

—El Panza
está,

(antes

que otro respondiese,

Sancho) aquí

y

el

Don

Quijotísimo asimismo; y

así,

podréis, dolo;

rosísima dueñísima, decir lo que quisieredísimis

que todos

estamos prontos y aparejadísimos á ser vuestros servidorísimos.
))

En

esto se levantó
la

Don

Quijote, y encaminando sus rau

zones á

Dolorida Dueña, dijo:

Si vuestras cuitas,

an-

gustiada señora, se pueden prometer alguna esperanza de re-

medio por algún valor ó fuerzas de algún andante
aquí están
las

caballero,
se
la

mias, que, aunque
servicio.

flacas

y breves, todas

emplearán en vuestro

Yo

soy

Don

Quijote de

Mancha, cuyo asunto
sos;

es acudir á

toda suerte de menestero-

y siendo esto

así,

como

lo es,

no habéis menester,

se-

ñora, captar benevolencias ni buscar preámbulos, sino, á la
llana y sin rodeos
,

decir vuestros males
si

;

que oidos os escu-

chan

,

que sabrán

,

no remediarlos

,

dolerse dellos.

Oyendo

lo cual la

Dolorida Dueña, hizo señal de querer

arrojarse á los pies de

Don
,

Quijote, y aun se arrojó, y pug:

nando por abrazárselos

decia

c

Ante

estos pies

y piernas

»

»

-^4-0

DON í^IJOTE DE LA MANCHA.
arrojo
i

me

oh caballero

invicto

!

por ser

los

que son basas y

colunas de la andante caballería. Estos pies quiero besar, de

cuyos pasos pende y cuelga todo

el

remedio de mi desgracia,

¡oh valeroso andante, cuyas verdaderas fazañas dejan atrás y escurecen las fabulosas de los Amadises Esplandianes y Be,

lianises

!

Y

dejando á

Don

asiéndole de las

Quijote, se volvió á Sancho Panza, y manos, le dijo « ¡Oh tú, el más leal escu:

dero que jamas sirvió á caballero andante en los presentes ni

en

los

pasados siglos

,

más luengo en bondad que

la

barba de

Trifaldin,
preciarte

mi acompañador, que
que en
servir al gran

está presente! bien

puedes

Don

Quijote sirves en cifra
las

á toda la caterva de caballeros
el

que han tratado
que debes
á tu

armas en
fidelí-

mundo. Conjuróte, por

lo

bondad

sima,

me
lo

seas

buen intercesor con

tu dueiio, para

que luego
>>

favorezca á esta humildísima y desdichadísima condesa.

A

que respondió Sancho

:

«

De

que sea mi bondad,

se-

ñora mia, tan larga y grande como la barba de vuestro escudero, á mí me hace muy poco al caso barbada y con bi:

gotes tenga yo

mi alma cuando
las

desta vida vaya,

que

es lo

que importa; que, de

barbas de acá, poco ó nada

me

curo;

pero sin esas socaliñas ni plegarias, yo rogaré á mi

amo

(que

que

me

quiere bien, y

más agora, que me ha menester

para cierto negocio) que favorezca y ayude á vuesa merced

en todo lo que pudiere

:

vuesa merced desembaule su cuita

y cuéntenosla, y deje hacer; que todos nos entenderemos.

Reventaban de
aquellos que hablan

risa

con