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EXAMEN HISTORICO'CRITICO
DEL REINADO

DE DON PEDRO DE CASTILLA
OBRA PREMIADA POR VOTO MÁA^IME
DE LA

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
en
el

cfiítámen que abrió la

misma en 2 de

)Iarzo de

1850.

Sn AUTOR

DON ANTONIO FEMER DEL

RIO.

^-'^m>-'>

MADRID.

D.

PEDRO DE CASTILLA.

V

EXAMEN HISTORICO'CRITICO
DEL REINADO

DE DON PEDRO DE CASTILLA.
OBRA PREMIADA POR VOTO UNÁNIME

DE LA

REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
en
el

certamen que abrió

la

misma en 2 de Marzo de 1850,

su AUTOB

DON ANTONIO FERRER DEL

RIO.

MADRID.
EN LA IMPRENTA NAQONAL.
1851.

Postremo

in scelera

simul ac dedecora prorupit

,

postquam

remoto pudore

et ractu,

suo tantüm ingenio utebatur.

Tac, Annal

lib.

W.

^

Antes de proceder

al

examen

histór ico-crítico del

reinado de D. Pedro de Castilla, necesitamos decir

muy

breves palabras sobre
del siglo

el

aspecto general de

la

Europa

XIV y

sobre los sucesos algo ante-

riores de la península española.

Profundamente considerado
los confines

el siglo

XIV ocupa
,

de dos mundos

,

el

del feudalismo

y

el

del pueblo
,

:

en todas partes se advierten síntomas de
la aristocracia
,

unidad levantamientos contra
pensiones á centralizar
el

pro-

poder en un solo

jefe.

La

6
extinción de los templarios atestigua que ha muerto
el

espíritu aventurero

de

las

cruzadas: con

la

inven-

ción de la |)ólvora recibe
ría
:

un golpe mortal

la caballe-

cuando
,

la

bala del villano atraviesa la coraza del

noble

y

los príncipes recurren

á los mercaderes para

pagar sus huestes, y
tribunales

los jurisconsultos

ocupan

los

donde antes

solo

tomaban asiento
,

los pro-

ceres armados de punta en blanco

comienza á des,

vanecerse
la

el

caos de todos los elementos sociales

y

influencia popular se abre paso
,

en

la historia.
,

Son frecuentes aunque de éxito vario
tativas

las

ten-

de

los

reyes ó de los tribunos por consolidar

las nacionalidades.

Guillermo Tell tremola

el

estan-

darte de

la libertad

en

las

montañas de Suiza. En Roel

ma
de

,

providencialmente destinada á ser bajo

yugo
la

los Césares

ó bajo

el

poder moral de

los

Papas

señora del

mundo,

se esfuerza Nicolás Rienzi por

convertir las turbulentas repúblicas
señoríos de Italia en

y

los

pequeños

un

solo estado;

pcnsamienta
almas gene,

que es todavía
rosas.

la

mejor esperanza de

las

Con

trasladarse á

Aviñon

la

santa sede

por

el

ascendiente de

un monarca

francés, se suscitan entre
,

los católicos discordias funestas
cii

que

al

fin
la

rompen
casa de

un gran cisma. El encumbramiento de
al

Austria

trono imperial, prepara

el

triunfo de

un

7
sistema
,

en cuya virtud

'

la

elección para tan alta dig,

nidad llega á ser pura fórmula haciéndose realmente
hereditaria.

Por aquel tiempo

estalla

con hostil apala

rato

y con

apariencias de larga vida,

rivalidad

en-

tre Francia é Inglaterra;

y

el

estandarte de San Jorge
el

ondea victorioso en muchas poblaciones sobre

de

San

Dionisio.

A

vueltas de agitaciones no interrumpidas y de
,

sangrientas luchas

la civilización el

avanza camino

;

las

gentes de los comunes forman
citos

núcleo de los ejérla

de
,

los reyes

:

á las expediciones marítimas de

milicia

suceden

las del

comercio

,

y

las

naves geno,

vesas y venecianas surcan los mares orientales

di-

fundiendo majestuosamente

la luz

y

la

riqueza, y

creando ciertos intereses comunes entre dos razas
enemigas. Detrás de los trovadores
,

que cantan á

las

puertas de los castillos las hazañas de los cruzados,

vienen

los poetas

,

que hacen resonar

la

trompa épica

ó pulsan el laúd con acentos de patriotismo, y con ellos
los historiadores
_^
,

que dándoles ayuda arrancan
,
,

la

verdad de

los

senos del olvido, y ensalzan ó vituperan
la

fecundamente
sepulcros
,

memoria de

los

que yacen en

los

para escarmiento de los malvados y estí;

mulo de

los virtuosos

y mientras
el

los

hombres de

acción procuran reconcentrar

predominio en bien

8
de
las

naciones

,

los

hombres de estudio

las

enseñan

á regocijarse con sus venturas ó á llorar sus vicisitu-

des en una

misma

lengua.
situación geográfica

Aunque por su

y por

la difi-

cultad accidental de las comunicaciones con los de-

más

países

,

se halla la península española bastante
,

apartada del movimiento general de Europa su civilización

no se rezaga antes bien va delante ó
,

al

par

de

la

de

las

demás

naciones. Muerta á orillas del Gua,

dalete la monarquía goda
turias.

nace

la

de España en As-

Al principio tiene por estados algunas leguas

de

silvestres

montañas por subditos
;

,

infelices

pas-

tores; por
capital

ejército,

un puñado de
,

fugitivos,

y por

una cueva. Sin embargo

allí

vence á

los

mu-

sulmanes; y estos bárbaros del mediodía, dispuestos
instintivamente á recorrer
el

antiguo

mundo roma,

no en sentido inverso que
estremecen
al oir la

los

bárbaros del norte
,

se

voz de Pela yo

que resuena con

eco vigoroso en Cataluña y Navarra, y les anuncia

una

resistencia tenaz

como alimentada por

la fe

re-

ligiosa

y por

el

patriotismo.
la

Después de

primera victoria bajan
,

los cristialos lí-

nos de Covadonga
mites de
la

ensanchan con

la

espada

naciente monarquía; dan origen á otros

estados; pacientes en los trabajos, avanzan vence-

9
dores
;

y

si

alguna vez retroceden es como para co,

brar mayor empuje. Tras cinco siglos de encarniza-

da lucha

,

se aprestan á pisar las fértiles

campiñas
,

andaluzas. Alfonso
lla el

VIH príncipe
,

castellano

acaudi,

ejército

numeroso. Pasándole muestra
los reinos

pudié-

ramos señalar puntualmente
,

en que se di-

vide España y la organización social de Castilla. Allí

viéramos á los aragoneses y catalanes á
,

los

de León,

á los de Portugal

,

y á

los

de Navarra capitaneados
, ,

por sus respectivos monarcas

unidos bajo una mis-

ma

bandera y animados de un mismo sentimiento.
,

Detrás de Alfonso VIH
presa
,

alma de aquella insigne
;

emarzo-

descubriéramos á todos sus vasallos
prelados y

al

bispo de Toledo con

sacerdotes; á los
,

maestres de

las

órdenes militares de Santiago
freiles;

Al-

cántara y Calatrava con sus bizarros

á los

nobles con sus mesnadas; á las ciudades con sus
licias.

mi-

Cada una de estas
los

clases tiene vida propia. El

ascendiente de

prelados

como poder temporal

data en Castilla desde que Gregorio VII ciñe á las sie-

nes de un monje de Cluny

la

mitra de Toledo y hace

prevalecer sobre el rito mozárabe el romano. Los nobles

^

han conquistado

tierras

y

privilegios

en cien

batallas,
,

y figuran como pequeños reyes. Los plebela

yos lanzándose siempre á vanguardia en

heroica

10
demanda de
el territorio

la

reconquista; poblando intrépidamente
los

que devastan

musulmanes antes de
,

cederlo á las armas cristianas

ganan mayores

liber-

tades á medida que se aventuran á
gros. Así prelados
,

mas

recios peli-

magnates y plebeyos, ponen térla

mino en

las

Navas de Tolosa á

zozobra con que

contempla

la cristiandad la

santa y larga cruzada de

los españoles
allí

contra los mahometanos. Estos quedan
,

irrevocablemente vencidos

bien que prolonguen

su dominación en las extremidades de España.

La necesidad de
pendencia patria
,

la

unión

,

para sostener

la

indein-

ejerce sobre los castellanos

una

fluencia saludable

y

civilizadora

:

ya es

la

monarquía

hereditaria; los concilios de Toledo se

han trasforlas clases

mado en

cortes,

donde tienen voz todas

del estado. Después del famoso triunfo de las Navas,

sobreviene un suceso no menos venturoso.

Una mis-

ma mano,

la

de Fernando

III,

á quien llamaríamos
la Iglesia

El Grande á no habernos autorizado
denominarle El
Castilla.

para

Sa7ito

,

empuña

el

cetro de

León y

Bajo su sabia autoridad cobran nuevo aliento

los vasallos

y arden en sed de gloria y dentro de
,

Córdoba y de
de gratitud

Sevilla,

entonan himnos de alabanza y

al

Salvador del mundo. Los monarcas

vecinos emulan en ardor bélico á Fernando; D. Jaime

11
El Conquistador incorpora
el

reino de Valencia y
el

el

de Mallorca,

al

de Aragón y Cataluña;

rey de Por;

tugal expulsa á los sarracenos del Algarbe
el litoral

y en todo

de

la

península española

,

no queda á estos

mas

territorio

que

el

de Granada, y eso rindiendo
los cris-

vasallaje
tianos.

y pagando no escaso tributo á

Aun quedan
prueba. Fernando

á
III

los

vencedores largos dias de
la

comprende
,

urgencia de orga-

nizar vigorosamente sus estados para afianzar el po-

der público, y echa

el

cimiento del orden social con

la

creación de los adelantados mayores para gobernar

en su nombre
solo.

los antiguos reinos

,

reducidos á uno

Se afana por adelantar su grande obra, mas sole

lamente

alcanza

la

vida para encomendar á su hijo

tan grave cuidado.

Alfonso

X muy
,

á su sabor en las especulaciones
la práctica

de

la

ciencia
,

y nada versado en
el

de

los

ne-

gocios
lla.

no es

rey que á

la

sazón conviene á Casti-

Además

desperdicia los medios de acción en que
la

abunda, pasando
el

mitad de su vida en pretender
le

imperio de Alemania, hasta que se

sublevan los
,

vasallos á la voz de su hijo D.
los

Sancho y mas que
la literatu-

años

le

matan

los pesares.

Cultivando

ra, rodeándose

de hombres doctos, privilegiando á

12
las

universidades, y sobre todo formando
el

el

Fuero

Real y

Código de

las

Partidas

,

conquista legítima-

mente

el

sobrenombre de Sabio; valiórale mas haber
el

merecido
tablecer

de Fuerte. Es laudable su anhelo de eslos castellanos;
,

un derecho común entre
,

y

doloroso que

anticipándose á su siglo
,

procure dar

vigor á un cuerpo de leyes

ineficaces por estar

en

absoluta disonancia con las costumbres de su reino.

A
á

la
la

unidad propende

el

Código de
la

las

Partidas:

unidad cimentada sobre

íntima alianza del
la

altar

y

el
el

trono

:

lo

repugnan enérgicamente

no-

bleza y

pueblo y esterilizan los desvelos
,

legislati-

vos del monarca.

Después del corto reinado de D. Sancho El Bravo
,

trabajado por las rebeliones en favor de los del

linaje

de

la

Cerda, viene
,

la

larga minoridad de

don
,

Fernando El Emplazado
tal

y luego su gobernación

si

puede llamarse
,

la ejercida

desde un trono

,

cerca-

do de revueltas

por un príncipe débil é inexperto

como un

niño.
,

Una nueva minoridad
trema horriblemente
Facinerosos
,

la

de D. Alfonso Xi

,

ex-

las

calamidades de

Castilla.
,

procedentes de todas las clases
tal

se ce-

ban en robos y asesinatos de
extraña hallar
los

suerte

,

que nadie
los

hombres muertos en medio de

15
caminos. Mas no bien cumple D. Alfonso catorce años,

empuña

el

cetro con

mano

firme, restablece el sosie-

go, sujeta á los nobles, batalla
fieles,

animoso contra

los in-

y

legisla

prudente en beneficio de sus vasallos.
,

Como

ilustre militar
,

no menos que como legislador

entendido

es digno de loa.

A orillas del Salado logra
como
el

un

triunfo tan importante

el

de

las

Navas:

si

Alfonso VIII, juntamente con

arzobispo D. Rodri-

go, resuelve en las Navas de Tolosa la irremisible

ruina de

la

dominación musulmana; Alfonso XI, en

unión del arzobispo D. Gil García de Albornoz, corta
con
ras
el
,

la victoria

del Salado

y con
el

la

toma de Aljeci-

la

comunicación entre

reino de Marruecos

y

emirato de Granada. Resumiendo además aquel
las cortes

soberano sus tareas legislativas en
calá

de Al-

de Henares de

1

348

,

publica el célebre ordena-

miento que encierra
castellana.
bio
,

la semilla

de

la

grande unidad

No dado

á teorías

como

D. Alfonso El
,

Sa-

transige hábilmente con todos

y

les

hace ad-

mitir sin repugnancia una legislación encaminada á

robustecer

el

poder del trono

,

por
lo

la cual
allí

deben

li-

brarse todos los litigios; y en

que

no se con-

tenga, por los fueros particulares; y
tasen estos
,

si

tampoco bassu alta prela

por las leyes de Partida.

A

visión no se oculta

que

la

grande obra de

organi-

14
zacion social necesita tiempo y comienza por
,

el

prin-

cipio,

íi

diferencia de D. Alfonso El Sabio,

que aspila

ra á hacerlo todo de

un

golpe.

Mas no alcanza

vida

al

vencedor en

el

Salado para seguir perfecciogloriosa carrera

nando su pensamiento, y acaba su
al

pié de los
,

muros de

Gibraltar,

y ya próximo á es,

calarlos

víctima de la peste negra
,

que á

la

sazón

espanta á Europa
critores del

matando
,

,

al

decir de algunos es-

tiempo á

la tercera

parte de sus mora-

dores. Hasta los sarracenos se lamentan de la
te

muer-

de aquel gran soberano
alza

:

llórala Castilla

,

y unáni-

memente
zo de
1

pendones por su hijo D. Pedro en Marel

350. Gibraltar debe ser

punto de partida de

sus empresas militares, y el Ordenamiento de Alcalá
el

de sus tareas legislativas para seguir
las

las huellas

de su padre, y para satisfacer
,

dos necesidades
la

permanentes de sus vasallos avanzando en
conquista y en la organización del reino.

re-

Según nuestro plan

,

estos breves apuntes son

bastantes para proceder con conocimiento de causa
al

Examen

histórico-critico del

remado de D. Pedro de

Castilla.

Privanza de Don Juan Alfonso de Alburquerque.

Wasto asunto de censura ofrecen
de Don Alfonso XI
la
,

las debilidades
lo

y nos apartaríamos de
si

que

imparcialidad exige,

únicamente tributáramos

alabanzas á su memoria. Vencedor de los moros en
la frontera

y de
por

los nobles

en

lo interior

de sus Es-

tados, no supo triunfar de su propia incontinencia

desde que

,

el

ansia de lograr sucesión

,

ó por
rica

inconstancia conyugal, puso los ojos en una

hembra de

la estirpe

de

los

Guzmanes joven aun, ,

que ya enlutada por muerte de su esposo, y en
quien andaban en competencia
la

discreción
el

y

la

hermosura. Una y otra vez

la requirió

monarca

16
de amores; oyóle
ella

en

el

principio altiva, des-

pués amansada, y por último cariñosa;
cierto
ilícito

y es

lo

que entrando quizá Don Alfonso en aquel
trato solamente con
,

el

alma inflamada por

una pasión pasajera

muy

luego dejó en los brazos

de Doña Leonor de Guzman la voluntad cautiva. Los caprichos de la dama tuvieron fuerza de ley bien
;

que detuvo su ambición contra

la

voluntad de su

amante,

al pié del trono,

por no suscitar desave,

nencias que embarazaran su privanza

en

la

que no

echaba de menos
mente.

el título

de reina siéndolo virtualCastilla

Año

tras

año hubo de acostumbrarse
,

al torpe

escándalo que duró veinte

y

los proceres

mas

calificados se envanecieron

de adquirir mercemanceba. Por
la

des con ayuda y de
desdicha
el

mano de
el

la feliz

bastardo enlace del rey y

Guzman
tasa,

fué

muy

fecundo, y para que

mal no tuviera

en

varones, á quienes heredaba espléndidamente su
padre, creando así grandes vasallos y deshaciendo
la

obra de su política central con nuevas

desmem-

braciones de territorio.

Dejada de parciales y sumida en
la reina
los

tristezas, lloraba
la

Doña María

el

baldón á que

condenaban

devaneos de su esposo. Ni dándole un* legítimo
solícita á

heredero; ni acudiendo

ablandar

las iras

de su padre
la

el

monarca de Portugal, ultrajado por
;

conducta doméstica del castellano

ni volviendo

airosa de aquel vecino reino con naves y huestes

17
que engrosaran
las

acampadas en

tierra

de moros,
,

y ciñeran nuevos lauros á
arrugaba
ventura
le
,

la re^ia frente
la
,

que solo

el

ceño ante las miradas de
al

esposa sin

pudo atraerle
el

tálamo nupcial

de donde

mantenía alejado

seductor donaire de su dama.
la.

Lo que

calla

ó solo insinúa

historia

,

se adivi-

na y comprende observando

la alteración

gradual

que experimenta
por
la

el

alma de una mujer ulcerada

pasión de los celos. Lágrimas abundantes arel

rancó sin duda á Doña jMaría

criminal extravío de

Don

Alfonso, hasta que, fatigada de llorar infructuo,

samente y amortiguado su amor de esposa

sin

menrival

gua de
se,
la

la

honestidad que cumplía á su estado y clael

tuvo sobre

corazón

la felicidad

que su

usurpaba; y, respirando odios,

la

esperanza de

satisfacerlos

con sangre trajo consuelo á sus tribu-

laciones.

Al lado de una princesa tan ofendida y ensañada
crecia

y

se

educaba Don Pedro
,

,

legítimo sucesor del

trono y huérfano de padre

teniéndolo vivo, en una

soledad, que desdecía igualmente de su nacimiento

y de su grandeza futura. Gustando
leite

el

expansivo deel

de

las caricias

maternales, se infiltraba
infantil
la

ve-

neno del rencor en su pecho

y de natural

impetuoso: v€ia los padecimientos de

que

le

habia

dado

el

ser,

y

le

dedicaba
el

el llanto

de niño: de

adolescente comprendía

origen de tales sinsabores

y anheló ser poderoso en su desagravio. Así alboreó

2

18
en su mente
la lozanía

de

la

juventud

,

comunicando

á su vehemencia nativa rigor y fiereza la sed de ven-

ganza.
Testigo constante de las amarguras de la madre,

con quien tenía deudo, y de las impetuosidades del
hijo, á quien servia

de ayo, era Don Juan Alfonso

de Alburquerque

,

portugués

muy

ilustre,

maduro
por su

en edad y buen seso, ausente de
adhesión á
la reina
,

la corte

y determinado á no desmentirla
el ocio

aun á riesgo de perpetuar
bición

de su grande amSufrido,
la

y de su capacidad no pequeña.
el

como
,

debe serlo

que padece desaires de
,

fortuna

y

dotado de singular perseverancia primera virtud del

que busca y merece
en que su

alto

medro, vivia esperanzado
recompensa cuando

fidelidad alcanzarla

su discípulo subiera al trono. Quizá le parecían de

buen agüero los frecuentes raptos de cólera del joven
infante, adusto

ademas y voluntarioso, no ocultánla

dose á su sagacidad

inminente contingencia de
tales instintos, si bien

que se tornaran en hábitos

fiando en que nunca se le acabarla el ascendiente de

maestro

,

y podria por

lo tanto hacerlos
,

parar á su
justificada

sabor en bravura pujante

en severidad

y en activa entereza.
Todavía estaba insepulto
fonso XI
al decir
,

el

cadávór de Don Al-

noble rey
los

de

y grande principe de ¡os del mimdo^ mismos moros de Gibraltar, que te-

nian razón sobrada para congratularse de su muerte,

19
y ya se notaron señales de ingratitud hacia la antigua dispensadora de la munificencia soberana. Medrosa Doña Leonor de
villa

Guzman
,

se guareció

en su

de Medinasidonia

por

la

que

le tenía
,

hecho

homenaje Don Alfonso Fernandez Coronel
los

noble de

de mejor estado en Andalucía
el

,

y mas probado

en

valor de su pecho que en la fijeza de sus opi-

niones.

Apenas comenzó á nublarse

el

astro de luz

benéfica para este magnate, vino á ser el resplan-

dor de otro planeta imán de su ambición y foco de
su esperanza. Ante todo quiso desatar
el

vínculo
,

que

le

unia á Doña Leonor con título de vasallo

no

importándole vulnerar

las prerogativas del infortusi

nio, doblemente respetables

una mujer

las

in-

voca

,

á trueque de ser acepto á los ojos del nuevo

príncipe y de la soberana á quien no habia acorri-

do en su desamparo.
go á fuerte hora
,

— «En verdad, compadre amiemplazastes la mi villa
la
,

me
al

ca no

sé ahora quién por

querrá tener," dijo atri^

bulada

la

Guzman

antiguo servidor que la aban;

donaba con apariencias de enemigo y frases de no menos amargura hubieron de saltársele muchas veces del corazón al labio
lidad de los
,

porque

la

quebradiza fide-

que

la

prodigaron lisonjas mientras

podia galardonarlas con liberalidades, les indujo á

dar

el

propio sesgo á sus designios ulteriores.
la

Únicamente
hijos

acompañaron en su miedo sus
los

gemelos Don Enrique y Don Fadrique,

cua-

20
les

aventajaban en un año

la

edad del soberano, que
;

á la sazón contaba diez y seis no cumplidos

y sus

deudos

los

Guzmanes,

los

Enriquez y
,

los Ponces,

uno de

ellos
la

maestre de Alcántara

y señores

los

demás en
castillos.

comarca de fuertes lugares y almenados
era de presumir que la que en los

No
el

tiempos de bonanza para su fortuna habia insistido

en rehusar

cetro castellano

,

abrigase ahora pro-

yectos hostiles sin derechos, ni recursos, ni parciales.

Antes bien

se

comprende que codiciara pasar

el resto

de sus dias en calma con su larga prole y sin consentir á su ambición otro pasto
,

que

el

de

los anti-

guos recuerdos. Claustros habia y ejemplares de ser
ellos el

paradero de las favoritas de los reyes
:

al

advenimiento de sus sucesores

al

hijo le estaba

bien correr un velo sobre las flaquezas de su padre:
sin ser
llar

modelo de generosidad, podia

la

viuda humi;

á Doña Leonor encerrándola en una celda
,

y

.sobre todo

con ser caballeros y no rebeldes, debian

interceder en librarla de daño los que de su privanza hablan sacado provechos no mezquinos.

Tanto era su abandono que tuvo á dicha
,

el

se-

guro con que
sidonia
,

la

brindaron, á su tránsito por Medinalos restos

los

que llevaban

mortales de

Don

Alfonso XI desde Gibraltar á Sevilla. Gran trecho de
la
el

ciudad salieron á recibir Don Pedro y su madre

cuerpo del soberano; y
la (ine lo

al

encontrarse de repente

con

tuvo presa

el

alma, desperdiciaron tan

21
propicia coyuntura de hacer sobro aquellas veneran-

das cenizas

el sacrificio

de sus rencores.
,

Tímidos y desconcertados se refugiaron
drique entre los comendadores de
tiago,
la

Don Fa-

Orden de SanAljeciras; y

Don Enrique y

los

demás en

mientras en ninguna parte se consideraban á salvo,

y Doña Leonor de Guzman vivia encarcelada en la corte se encumbraba al poder Don Juan Alfonso de
,

Alburquerque; y con pié tan seguro, que
plácito

sin su

bene-

ninguna fortuna duraba

ni fenecia

en

el reino.

A

fin

de que no parase en abierta rebeldía
los

el

miedo de

que

iban apoderándose de Aljeciras de
,

hora en hora y mansamente

se presentó
,

en aquellas

aguas Gutierre Fernandez de Toledo
del rey
,

guarda mayor

montando con buena gente

las galeras pre-

venidas contra los moros. Al punto les franquearon
los
el

vecinos todas las puertas

,

salvo una por donde

conde Don Enrique

salió

de prisa en unión de sus
el

parciales.
ellos
,

Como

lejos

de aumentársele
la

número de
;

se le iban

muchos á

merced del soberano y
diera á su

como por
discípulo

otra parte

Don Juan Alfonso
el

y favorecedor

saludable consejo de evitar

que

y sus amigos anduvieran apartados de la corte y sueltos por Castilla unos y otros entraron en negociaciones y vinieron en breve á una
los bastardos
,

feliz

concordia.

De

resultas

Don Enrique

se fué sose-

gado á Sevilla; Don Fadrique obtuvo autorización
para seguir en las tierras de su maestrazgo
,

y do

las

^2
pasadas desavenencias solo quedaron vestigios en
el

mandato que

se

impuso á

los caballeros

de

la

Orden

de Alcántara de guardar en nombre del rey sus castillos.

Esta providencia trascendental por lo que

contribuia á centralizar el poder en el trono, era

algo peligrosa por lo que afrentaba á los deudos de
la

Guzman

el

que se dudase de
si

la

sinceridad de su

sumisión reciente,

bien se paliaba en
la

mucho
ellos

esta

duda con escoger á

par á varios de

para

mandar en

las fronteras del

emirato de Granada y

habérselas con los musulmanes*

Desgraciadamente antes de que se efectuara este
designio
,

tornaron á encaminarse á escándalo desas-

troso las voluntades.

Una

hija

de Don Juan Manuel,

famoso rebelde del anterior reinado, fué causa de

que

la

mal cimentada armonía perdiese

terreno.

Su

hermano Don Fernando de Villena queria
con
le
el

casarla

madre y el valido prestaban su ayuda presa como estaba Doña Leorey

Don Pedro, y
:

la reina

nor de Guzman y anhelosa de

la felicidad

de Don

Enrique, ó por buscar algún alivio á su propia suerte

con nuevos entronques de familia

,

casóle en secreto

con aquella dama. Descubierta
ron
la

la intriga,

mostra-

y Alburquerque pesadumbre y enojo; Doña Leonor fué conducida á Carmona y encerrada
reina
allí

mas estrechamente; y junto con dos parciales atravesó Don Enrique todo el reino salvándose al
,

fin

en sus condados de Asturias.

25

A
dos
;

la

verdad ningún riesgo amenazaba á
el

Castilla

entonces por

lado de la parcialidad de los bastar, ,

puede decirse que se hallaban solos y que si su madre no infundía lástima á los mas de los cortesanos
,

tampoco era blanco de su saña. De otro

lado vino el accidente que puso alas á la discordia.

Una enfermedad

terrible postró al
el

joven soberano;
,

y como su vida estuvo en

último peligro
la corte

sobre

quién habia de sucederle se dividió
parcialidades.
ellas
,

en dos

Alburquerque
el

,

caudillo

de una de

patrocinaba
,

derecho del infante aragonés
,

D.

Fernando
,

marqués de Tortosa

hijo

de doña

Leonor que era segunda muger de D. Alfonso IV

de Aragón y hermana del onceno de
,

Castilla

:

don
,

Alfonso Fernandez Coronel capitaneaba la otra
sostenia la legitimidad de D. Juan

y

Nuñez de

Lara,

como vastago

del linaje de la Cerda.
,

A

fin

de tener

propicio al rey de Portugal
estos dos bandos

intentaba cada uno de
,

que doña María
esposa
al

la reina

viuda,

diese la

mano de

personaje con cuyo

nom-

bre autorizaban sus opuestas divisas.
llaban presentes en el lugar

Ambos

se halas

donde se agitaban
,

disensiones

;

el

marqués de Tortosa
le trajo

porque en

unión de otro hermano

á

la corte castellana
la
,

su madre, fugitiva y recelosa de

aversión con
la

que

la

miraba su entenado D. Pedro conocido en

historia por los varios

nombres de El Cruel
,

,

El

del

Puñal

,

El Ceremonioso

cuarto de Aragón y tercero

24
(le

Cataluña:

Nuñez do Lara, porque después de
,

perdonarle D. Alfonso XI su rebelión en Lerma

se
el

mantuvo sumiso á su lado y
los del

al

de su heredero en

trono. Ellos avivaban la enemistad de sus parciales;

marqués de Tortosa eran mas en número
,

,

y

tenian mejor razón que los de Lara

puesto caso

que

Castilla habia

jurado á doña Leonor en cortes
,

antes de contar sucesor legítimo su hermano

y que
siendo

D. Alfonso de la Cerda, padre del otro pretendiente,

habia renunciado sus derechos á la corona

,

D. Dionís de Portugal y D. Jaime de Aragón jueces

de su demanda.
Mejorada
la salud del

rey hasta sanar completa-

mente
nes
;

,

desaparecieron los motivos de estas divisioefectos el creciente favor

mas prolongaron sus
,

de D. Juan Alfonso

y

la ojeriza

con que

le

mira-

ban sus contrarios

,

los cuales le
,

echaban en cara su
interesar en su

calidad de extrangero

como para

ruina

el

patriotismo de los castellanos. Estos

empe-

zaron á declararse por D. Juan Nuñez de Lara y por
Garcilaso de la

Vega que se fueron hacia Burgos
,

con
te
;

el

desabrimiento de verse postergados en
la

la cor-

y

rebelión cundiera velozmente
la

,

á no haberla

faltado
el

en su cuna, por

muerte de Nuñez de Lara,

soplo que
,

mas

atizaba su fuego. Vivo lo sostuvo
;

Garcilaso

mas no devorante que
el

si

no cedia

al

di-

funto D. Juan Nuñez en
vado, seguíale

encono contra
en
la influencia

el

priel

muy de

lejos

y en

25
arte de hacer fecundos los ímpetus de su voluntad,

aun reteniendo
tilla.

la

investidura de adelantado de Caslos

Por entonces perdieron también
fuerte

desconten-

tos otro

apoyo en D. Fernando, cuñado de
,

D. Enrique y sobrino de Lara

quien pasó de esta
el

vida en su señorío de Villena, ya avenido con

matrimonio secreto de su hermana y mal pagado
valimiento de Alburquerque.
Tal era
la
el

del

semblante de

las cosas

cuando
los
,

,

fiel

á

costumbre de inaugurar sus reinados

monarlas

cas de Castilla con la celebración de cortes

con-

vocó para Valladolid D. Pedro, y bajo tan

felices

auspicios de veneración á los fueros de sus vasallos,
se

movió de

Sevilla á principios
,

de

1

351

.

Apenas

lle-

gado á Carmena

puso á doña Leonor de Guzman en

manos de

la

reina viuda
,

moria de su padre

la
el

y con escarnio de la mepaseó á manera de trofeo de
,

lugar en lugar hasta

de Llerena donde consintió
,

en que diera
abrazo.

al

maestre D. Fadrique

el

último

madre y el hijo no se cruzaron palabras sino sollozos. ¿Qué hablan de decir las lenguas,
Entre
la
si

los

mas

horribles presentimientos taladraban agules

damente sus corazones y
las

ahogaban

la

voz en

gargantas? Por mas de una hora presenciaron

carceleros de entrañas empedernidas la angustia de

aquellos infelices

,

y

al

cabo usaron de una miserifin

cordia involuntaria poniendo

á su

entrevista.

26
Tras
ella se

quedó en Llerena D. Fadrique dispen,

sado de
trar

asistir

á las Cortes
castillo

,

y
la

sin facultad para

en-

en ningún

de

Orden de Santiago.

Doña Leonor de Guzman

fue llevada bajo la custodia
,

de Fernandez de Toledo á Talayera
esperar poco

donde se hizo

un escudero de

la reina
el

madre

,

allá

enviado para clavar en su seno
saboreó doña María
za
,

puñal aleve. Así
la

el

bárbaro deleite de
,

vengan-

desentendiéndose de que
,

regada con aquella

sangre

habia de extender sus raíces la discordia
el reino.

profusamente sembrada en

Para absolver á D. Pedro de tan feroz asesinato,
fuerza sería sostener que
,

exigiendo

la

razón que se

ensalce á

un monarca no
,

solo por el bien

que pro,

mueve
prueba

,

sino por el que fructifica á su sombra
la justicia
el

re-

que se

le

censure por

el

daño que

causa como por

que no impide. El que espada en
la corta
,

mano

abrace su defensa é invoque
,

edad de

diez y siete años

que tenía entonces

condena im-

plícitamente las leyes que con tres

menos dan por
:

mayores á

los

soberanos de Castilla
filial
,

el

que saque á
lo

plaza el respeto
le

que obedece mudo

que se

impone por mucho que repugne á sus sentimien,

tos

hace concebir

la

idea de
,

un príncipe sumiso á

las insinuaciones

maternales

y suspenso de su voz
el

para guiarse por sus advertencias ó seguir

tenor

de sus mandatos. Quizá tengan solidez

tales

discur-

sos; acaso descansen en débilísimo apoyo.

Mas

si

27
D. Pedro aparece cruel en asesinatos
layera por ser

como

el

de Ta-

muy

joven

,

cuando entre mas en
si

edad se mostrará benigno

;

por complacer á su
le in-

madre mata
,

,

no querrá desagradarla cuando
falta

cline á
los

que perdone. Todavía nos
;

profundizar

hechos

no hay sino
,

persistir

en su indagación
al

paso á paso

y

ellos

nos saldrán naturalmente

camino.

De

tránsito

en Falencia conoció
,

el

rey á D. Tello,

otro de los bastardos

cuya educación estaba encoVillegas.

mendada á Pedro Ruiz de
de Palenzuela
,

A

la fuerte villa

residencia del discípulo

y

del ayo,

habia ido á prevención poco antes D. Juan García

Manrique por sospechas de que
siego
la
,

allí

se turbara el so-

al

rumor de haber

sido víctima la
el

Guzman de
rey con su
Tello,

última desdicha. Lejos de disimular
díjole

hermano,
sabéis

en

el

primer saludo: «D.

como vuestra madre doña Leonores muerta.»
el

A

lo

que expuso

bastardo

:

«

Señor, yo no hé otro

padre ni otra madre sino á vuestra merced.»
esta contestación de hielo
estar herido
,

En
hu-

al

darse por noticioso de
del corazón

en

el afecto

mas puro

mano,

se descubre

que D. Tello no se hallaba en

edad de hablar por inspiración propia.
Burgos
,

hacia donde enderezó en seguida D. Pe,

dro su viaje

mientras se congregaban en Valladolid
llamados á las cortes
,

los individuos
el

se agitaba en

desconcierto que suele preceder á los alborotos.

218

Dentro de

la

ciudad preponderaban los parciales de

Garcilaso de la Vega, y tenian sin voz á sus adversarios, por

estos
cilaso

loqué aquellos miraban con zozobra y con júbilo, la aproximación del monarca. Gar,

adalid de la revuelta

,

se adelantó al lugar

de

Celada con sus deudos y muchos caballeros y escu-

deros de su bando

,

para desaconsejar
tal

la

entrada del
traia

rey en Burgos con

hueste como

la

que

en

torno. Sobre ello se trabaron de palabras con Ruiz

de Villegas y García Manrique y á no mediar el rey, vinieran de seguro á las manos. A otro dia de
,

mañana

se renovó el escándalo en la villa de

Tar-

dajos, por mostrarse

de nuevo

Garcilaso á esforzar lo

que pretendía con

llias

gente y de peor talante. Don
el. tiro

Juan Alfonso, contra quien iba en realidad

de los burgaleses

,

dijo

,

y no

sin acierto

,

que no

les

cumplia poner tasa á
situar

las fuerzas

que

el

rey quisiera

en una ciudad suya. Este dictamen sonó bien de D. Pedro
,

en
cia

los oidos

dispuso en su consecuenla

que Villegas y Manrique se apoderasen de

Ju-

dería prestamente,
este

y

el

dia en que le cumplieron

mandato fue víspera de su entrada en Burgos.
es dudoso que Garcilaso hizo ostentación de

No

rebelde, ni que en justicia la espada de la ley debia
cortar el vuelo á sus esperanzas. Mientras ventilaba
este caso el rey en unión de su consejo,

no estuvo

ociosa doña María, su madre; antes bien hizo de

modo que en

la

decisión definitiva se trasluciera

el

29
crédito de que gozaba con su hijo. Dulce en palabras

quiso predisponerle á

la

clemencia

,

haciendo enten-

der sobradamente que no descendian á donde sus
pasiones de mujer sus sentimientos de soberana

que su alma viciada por
,

los celos

,

y no se esparcia en
,

el

derramamiento de sangre.
el

Aun
y

después de saber

por

texto de
,

la

sentencia la esterilidad de sus
el

instancias

se puso entre su hijo

reo
la

,

para evi-

tar el contacto

de

la ira del

uno y de
de

soberbia del
el

otro: D.

Pedro se obstinó en llevar adelante

cas-

tigo: Garcilaso

no

se abstuvo
le

ir el

dia siguiente

á palacio

,

según

previno en tono de súplica un
la

escudero de parte de

reina viuda

;

y

flaca esta
el

de
fu-

ánimo para
ror de

asistir al

tremendo choque entre

un monarca

ultrajado y la temeridad de
,

un

rebelde no arrepentido
otro aposento

se pasó

de

la

cámara

real á

donde no viese ni oyese nada.

Acababa D. Pedro de despedir á doña María
cuando se
le

presentó Garcilaso

,

muy

ajeno ó poco
la

aprensivo de que sus pies le llevaran á
Presos
allí

muerte.

de pronto

tres

hombres de Burgos, dijo

D. Juan Alfonso á

Domingo Juan de Salamanca:

«Alcalde, vos sabéis lo que habéis de hacer.»
alcalde al

Y

el

monarca: «Señor, mandad esto, que yo

no

lo diria.»

Y
Y

el

monarca á algunos de

los

que

estaban á su lado: «Ballesteros, prended á Garcilaso

de

la

Yoga.»

este á D. Pedro:

«Sea

la

vuestra

merced de me mandar dar un

clérigo con quien

me

30
confiese.»

Cumplida que

le fue esta

demanda en un
acercóse
la suerte la res-

pequeño portal que daba sobre
Alburquerque
al
al

la calle,

rey y

le

preguntó sobre
tal

que deparaba
puesta,

preso; y de

género fue

que trasmitida á tres ballesteros por dos
,

servidores del privado
vacilantes

se les vio

mudar de

color

y
al

como hombres

sobresaltados que no osan

dar asenso á sus oidos. Entonces fuese derecho
soberano uno de
los ballesteros

llamado Juan Ruiz

de Oña, y

le dijo:

«Señor, ¿qué mandáis hacer de

Garcilaso?» D. Pedro contestó á secas:

«Mando vos

que

lo

matedes.» Diligente

el

Oña, volvió adonde se
al

encontraban sus compañeros, y atinando
cuente un golpe de maza en
la

delin-

cabeza

,

les

aseguró

de que placia con
lo

al

rey

la

muerte de aquel hombre,
los

que á

porfía

hundieron en su cuerpo
,

puñales una vez y otra

hasta que no manaron san-

gre

las heridas.

Este procedimiento sumario, ya que no en
legislación
,

la

estaba en las costumbres del siglo

;

y

era

común que

los ballesteros del rey hicieran alter-

nativamente

los oficios

de guardias de su persona

y de verdugos.

Así

la

muerte de Garcilaso no hu-

biera excedido los límites de la justicia, adminis-

trada con rudeza, á no ser porque

el

cadáver fue

arrojado á la plaza y pisoteado por los toros, que

se lidiaron aquel dia para celebrar

la llegada

de don

Pedro á Burgos

,

hasta que se dispuso colocarlo en-

31
cima de un escaño, y después en un atahud sobre
la

muralla

,

donde se

le vio insepulto largo
:

tiempo.
,

Horror causa tan pertinaz encono sin embargo
lo

no

creemos

el

colmo de

la barbarie,

quedándonos

acaso por referir atrocidades de

mas

bulto.
sal-

Aquí merece atención una circunstancia que
ta á los ojos.
hijo

Doña María
el

logra ascendiente con su

cuando impulsa
:

brazo que hiere á doña Leo-

nor en Talayera sus instancias son ineficaces cuando
procura detener
el

brazo que hiere á Garcilaso en

Burgos
cesos.

y Mas
;

solo
si la

trascurren dias entre

ambos su-

reina viuda pierde influjo, lo con-

serva Alburquerque: es notoria su enemistad con

y quizá le perjudica doble que la nota de sedicioso: aunque los ballesteros no le prenden ni le matan sin que D. Pedro les manifieste que así
Garcilaso
,

,

cumple á su

servicio

,

casi es indudable

que

,

al

deTo-

cretarlo, confirma lo

que su valido

le aconseja.

davía nos impide

el

buen

criterio calificarle

plena-

mente; pero D. Juan Alfonso no ha de ser

el fénix

de

los privados,

por mas que se afane en sujetar
la

con mano vigorosa

rueda de

la

fortuna

:

le llegará

su hora menguada; y entonces D. Pedro campeará

exento de instigaciones ajenas, y nos será dado pintar al vivo sus

buenas ó malas pasiones. Entretanto
la

nos sometemos gustosos á

esclavitud del método,
la

á trueque de que gane en solidez
juicio.

libertad del

52
Extinguida quedó
sin morir
así la revuelta

de Burgos, no

también Pedro Fernandez de Medina, Al-

fonso Fernandez Escribano

y Alfonso García de Catal

margo

el

Izquierdo,

que

era

el

nombre de

los

tres burgaleses presos al

tiempo que Garcilaso.
la

Mufide-

chos fugitivos abandonaron sus hogares:
lidad

empeñó á algunos

criados del adelantado de

Castilla

y de D. Juan Nuñez de Lara en salvar á dos

hijos

de sus respectivos señores en Vizcaya y en

Asturias: una enfermedad sepultó en breve á don

Ñuño, sucesor del Lara, á quien D. Pedro perseguía vanamente
,

resguardándole los vizcaínos

;

pero
Isa-

se apoderó de sus
bel
,

hermanas doña Juana y doña
en
las

y de sus

tierras

Encartaciones y en Viz-

caya, con lo que victorioso marchó á Valladolíd á
celebrar cortes.

Imposible que se nos presente ocasión mas favorable de estudiar la sociedad castellana de aquel siglo con su índole y organización especiales
tajas
,

sus ven-

y sus vicios,
,

las

tendencias de sus distintas

clases

sus enemistades

y conexiones

,

sus triunfos y

vicisitudes. Juntos

en cortes los prelados, los nobles
,

y

los

diputados de las ciudades abogan por sus in-

tereses y suplican la reparación de sus agravios. Allí

se

descubre una sociedad, que va pasando lentala

mente de

barbarie á

la civilización

por entre

las

escabrosidades del feudalismo. Este sistema se funda

en

el

juramento de

fidelidad

que

liga

con

los seño-

55
res á los vasallos, directamente ó eslabonándolos

por grados desde

el

primer magnate hasta
si

el

último

colono; vínculo inconsistente

se reflexiona

en que

es fuero del noble apartarse del soberano,
reino,

y

salir del

y aun esgrimir
,

las

armas cada vez que se
el

considera ofendido

y en que

plebeyo puede

mu-

dar de señor solo con andar algunas leguas y trasladar su domicilio de un pueblo á otro. Semejante
movilidad de
la

servidumbre feudal
la

,

que ocupa

el

antiguo puesto de

esclavitud romana, despoja de

dia en dia al vasallaje de dureza y de oprobio. Fre-

cuentemente necesita

el

señor lidiar en servicio del

rey ó contra sus enemigos personales; y
los siervos suelten la reja ó la

hace que
la

azada y

empuñen

pica ó la ballesta.

Además
,

las

órdenes religiosas,
,

esencialmente populares
la

los

acogen en su seno

y

capucha y
la

el

escapulario arrancan á los
el

hombres

de

servidumbre mas pronto que

coraza.

En

torno de

la

yelmo y la libertad monárquica del rey
magnate
,

se levantan la libertad aristocrática del
libertad individual del sacerdote
tiva
,

la

la libertad

colecla

de

las
lo

ciudades; y
el
,

como

el

monarca es en
,

nación

que

prelado en su diócesis y
el
,

el
,

abad en
la ciula

y dad en su concejo
lucha entre
ticulares.
el

su monasterio

procer en su castillo
se propaga viva
las

y

y

pertinaz

poder público y

voluntades par-

A

la

soberanía se enlaza estrechamente la propie-

3

54
dad del
territorio: es clerical la

de abadengo

,

nobila
la

liaria la solariega;

en

la

de realengo se disfrutado
;

apacibilidad propia del sistema hereditario

y en

de behetrías

so padece la turbación inherente al sis-

tema

electivo.

Todas

las

poblaciones

,

que

el

rey no
salir

enajena ó dona en premio de servicios ó para

de apuros

,

son de realengo
,

,

y bajo su autoridad se
gozan de mas latos prial

hallan mejor administradas
vilegios
,

y están dispuestas á prestar ayuda
le

trono

siempre que los magnates se

insolentan con tuel

multos. Todas las poblaciones reconquistadas por
esfuerzo aislado de

hombres animosos, á quienes
la batalla
, ,

arrastraron después sus ímpetus á
batalla á la

y

la

muerte

sin tener sucesores

ó dejando

muchos que
ríos,

se disputasen la posesión de los señoel vasallaje,

donde aun estaba mal asentado
las behetrías

forman

de mar á mar y de entre pa-

rientes; las

primeras con derecho de elegir señor
las

en cualquiera parte; y

segundas solo entre
,

los

miembros de una
la

familia.

Algunas franquicias como
el servicio el

de no pagar fonsadera ó tributo para
la

de

guerra

,

la

de estar encabezadas por

que á
,

causa de ser pagadero de San Martin en San Martin
,

recibe el

nombre de martiniega y
,

la

muy

es-

pecial

de no ser vasallos sino de quien

les place,

les cuestan

sumamente

caras en razón de los disturlos

bios

que

allí

provocan y sustentan

que apetecen

y no logran

señorío. Así las ciudades

y

villas

de

55
realengo son cuna del estado llano y esperanza del
trono
;

al

paso que en las de behetrías fermenta
la discordia
,

la

levadura de

que pone en

conflicto á la

sociedad entera.

A

vueltas de la confusión que produce la índole

peculiar del feudalismo, se conoce que el espíritu de
localidad es el preponderante
llana.

en
las

la

sociedad caste-

Sobre

los

términos de

heredades ó por

odios de familia, pleitean y aun batallan ciudad contra ciudad
tillo.
,

iglesia contra iglesia

,

castillo

contra cas-

Todos

los concejos

se juntan en

uno

,

si

los

proceres olvidan sus mutuas disensiones para alterar
el sosiego

y los prelados no se dan mano á fulminar excomuniones si alguno atenta á sus numero; ,

sas inmunidades.

En

esta situación

permanente de
:

violencia, la paz desata lo

que

la

guerra anuda

pa-

sado

el peligro

,

tornan los individuos á no extender
intereses

sus amistades

y sus

mas

allá del horizonte

que descubren con

la vista.

Entre todas
la

las clases ofrece
,

mas

peligro
la el

que otra
familia

alguna

nobleza

entroncada con
los

real

por los bastardos de

reyes

,

y con
,

estado reli-

gioso por las órdenes militares
tica

institución

monás-

y feudal á un mismo tiempo. Sin mantener á raya

á los nobles, son estériles los esfuerzos que se dedi-

quen á

la

organización del país reconquistado de
el

montaña en montaña: para conseguirlo busca
berano
la

so-

autoridad moral del sacerdocio cuando le-

56
gisla,

y

la

fuerza material de las ciudades cuando se

pone en armas. Instintivamente comprende que su
aliado natural es el estado llano, y le protege

y pros-

pera sin tasa

,

y en

la

ocasión sellan los que lo

com-

ponen su gratitud con sangre.

No hay manera de
sos

deslindar fijamente los diversiglo
,

ramos del gobierno en aquel
;

presentándo-

senos en confuso

pero tampoco es posible escudarse

con
de

la dificultad

para guardar silencio sobre asunto
,

tal

importancia. Dediquémonos

pues

,

á la tarea,

y apuntemos aclaraciones tan
lo

satisfactorias
la

como nos
mar-

permitan

la

complicación y
,

oscuridad, que

tirizan la razón

prensan

el

juicio

y son enemigas

capitales de la historia.

Todos
militar
,

los vasallos
el

están obligados al servicio

y

rey los llama y los acaudilla siempre

que
paz
,

se lanza ó le
los

mueven á

la

guerra: asentada
la

la

galardona y los despide. Tal es

mas

alta

facultad del soberano,

y

la

que menos

se le disputa,

y en la que La justicia y la hacienda también radican en el trono, por mas que los prelados y los nobles ejerzan
mejor se le obedece.
la

una y administren

la otra

en sus posesiones. De

la política

exterior y del gobierno interior, cuida el
al

privado; un canciller mayor ó guardasellos, figura
frente de la justicia;

un

tesorero tiene á su cargo la
el

hacienda. Por lo

común
,

que ha dirigido

la

educa-

ción de los reyes

es su primer valido ; el canciller

57
pertenece á

menudo

al

sacerdocio
el

;

rara vez hay

quien se anteponga á un judío en
rero.

cargo de teso-

Lejos de ser esta regularidad obra del acaso,
el

proviene en nuestro sentir de causas naturales:

monarca

se fia

mas que de

otro alguno de aquel á
:

quien mira como su segundo padre

en manos de

hombres que deben amar
,

la

paz
:

,

se halla bien cololos judíos
la

cada

la

balanza de

la justicia

solamente

sostienen la actividad del comercio

y de

industria

y saben manejar
fes se

la

hacienda.

De

estos tres altos jela

derivan gradualmente los demás oficiales de

corona; del privado los adelantados y merinos

ma-

yores y menores

;

del canciller los alcaldes

,

jueces,

escribanos y alguaciles; del tesorero los contadores

y

los

recogedores de los tributos.
la

Es innumerable

variedad de las rentas reales:
,

entre otras pagan los pueblos yantares
alcabalas,

acémilas,

moneda

forera

y

servicios extraordinarios:

por

las
,

que son

fijas

acostumbran muchos á encabe-

zarse

y todos concurren á votar las que se

mudan

por

las

necesidades de los tiempos. Tanto las con-

tribuciones
al

como

las

penas de cámara se arriendan
,

que mas puja; método que
,

facilita al

rey la ad-

quisición de su importe

si

bien produce

mas vejáju-

menes á

los pueblos

:

por
,

lo

común siempre son
la

díos los arrendadores

den ó no

cara

como

tales.

En suma en
cimocuarto
,

la

sociedad castellana del siglo de-

solo se halla robustamente asantado el

58
feudalismo
,

que merma
disputa
el

la

autoridad del monarca:

también se
cio
le
,

la

poder temporal del sacerdoel

desvirtuando así bastante

apoyo moral que
acrecentamiento

presta su ascendiente.

Con

el

del poder real se armoniza la idea de la organización

de

la

monarquía idea quimérica ínterin
;

el

feudalis-

mo

dure. Dentro de las ciudades nace, crece
,

viriliza la clase

y se que ha de sobreponerse á todas el
,

estado llano, á quien
dictar leyes al

la

Providencia destina para
el principio lo
,

mundo. En

forman so-

lamente pobres menestrales mercaderes no acaudalados
,

labradores de escasa fortuna

,

los cuales

nece-

sitan parapetarse en
las

sus mismas viviendas contra
,

agresiones del magnate

que se descuelga del
,

castillo

encaramado en
;

las rocas

para estragar

la

comarca

después aumenta su número considerablederecho de asilo
,

mente

el

que logran

los

persegui-

dos y los criminales en
las iglesias;

el recinto

y á la sombra de

por último,

le

hacen adelantar prodilos

gioso camino
legistas

y

le

cubren con su eficaz amparo
,

que salen de su seno y se ramifican diverla

samente en
trono.

sociedad hasta tocar en las gradas del

Trazada esta rápida pintura cabe que nos fami,

liaricemos algún tanto con el lenguaje que usan
las

,

y

necesidades que revelan

,

y

las gracias los

que

soli,

citan en las cortes

de Valladolid

prelados
,

los
la

nobles y, los diputados de las ciudades

y con

39
manera de
oírlos

y de responderlos
los prelados

el

monarca.

De
que
,

lo

que pretenden

se les otorga

cuando se echen servicios y monedas y fonsaderas y otros tributos cobren la mitad de lo que
,

paguen sus vasallos que ni
:

los eclesiásticos ni sus

dependientes, comparezcan en tribunales seglares;

que

si

en

tierras

de abadengo ó de
,

las órdenes,

to-

man

los ricos

hombres yantares
la

se les descuenten
los

de sus bienes: que se anule
pasan del vasallaje de
las

vecindad de

que

iglesias al

de hombres

poderosos ó á residir en lugares privilegiados por no

pagar contribuciones: que no puedan los nobles exi-

mir de pechar á
oficios

los vasallos
:

de abadengo dándoles
,

en sus casas

que

les restituyan

los

señores

todo lo usurpado durante las tutorías de D. Fernan-

do y D. Alfonso

:

que se

les proteja

en

la
el

recaudarey la de,

ción de los portazgos. Se les niega por

volución de las salinas que les quitara su padre
el

indulto en favor de los
las iglesias
,

que

,

sin

y duda de cuenta

y riesgo de

quebrantaran las leyes que

prohiben sacar pan á tierras extrañas.

Es doloroso que
tiana
,

los m'inistros

de

la religión cris-

que atesora bálsamo para todos
se desentiendan
,

los infortula

nios

,

de

los infinitos

que á

sazón

postran á Castilla

para
les

salir

y que solo muevan medrados en poder y en riqueza. Ni aun
el

sus labios

ocurre denunciar

abuso que en las poblaciones
los

fronterizas

de

los

moros cometen

almojarifes,

40
obligando á los cautivos á pagarles diezmo y medio

de

la totalidad

de su rescate

,

lo cual

impide á

mu-

chos volver á su hogar y á su templo.
radores ceden
corte de raíz
lo sucesivo
la gloria

A

los

procu-

de obtener que
,

el

soloerano

tamaña iniquidad
el

disponiendo que en

nada pague

que salga de cautiverio

por redención ó por canje de cristiano con moro.

En

contra de la relajación de costumbres
,

,

que tra-

baja al reino

tampoco levantan su voz

los prelados;

bien es que los de su clase, lejos de ponerla dique,
la

ensanchan

el

cauce con su mal ejemplo ó con su

punible
los

tolerancia.

No

por sus informes

,

sino por

de

los diputados, se

sabe que andan por las ciu-

dades en público y en privado
barraganas de los clérigos
plata
,
, ,

muy

sueltamente las
,

vestidas de seda
,

y de

y de oro soberbias y ufanas y como hacienlas castas doncellas

do befa de
esposas;

y de

las

recatadas

y no por sus
,

instancias, sino por las de los

diputados

ordena

el

rey que aquellas mujeres de

mala vida lleven sobre su cabeza un padrón de infamia
los
,

prendiéndose encima de todas las tocas y velazo rojo de tres dedos de anchura
las
,

un

á íin de
Si

que nadie
allí

confunda con

las

damas de honra.

se acuerdan los prelados de algo
,

que no tenga

absoluto carácter de

mundano y que no desdiga de
simplemente para que se imlos judíos

su alto ministerio

,

es

pongan diez maravedís de multa á
que trabajen
las fiestas

y moros

con escándalo de

los cristianos.

41

A

no mediar
la

la

súplica

y

la

concesión

,

podria

dudarse de

superioridad legal del trono sobre los

señores feudales.
solo

En
les

su ordenamiento se

manda que

puedan

los

hijosdalgo adquirir propiedades en

las behetrías; se

dispensa de las penas en que

han incurrido
de
las

al

apoderarse de las rentas reales y
la

monedas durante
,

grave enfermedad del
la

mo-

narca en Sevilla
importe.

aunque no de

devolución de su

Además
las

se les autorizapara entrar á
,

mano

armada en

heredades de sus dominios

enajena-

das por muchos labradores á personas eclesiásticas

de resultas de
cotos,

la

última epidemia; y en las de sus
las ciuda-

compradas por algunos hombres de
,

des y villas

trascurrido ya

el

plazo

,

en que debie-

ran venderse á labradores solariegos ó de behetrías,

según
los

lo proscripto
:

por D. Alfonso XI á disgusto de
,

magnates

finalmente

alcanzan que nadie les
,

demande

sino ante los alcaldes de los hijosdalgo

y

que se piense en repartir
ñores naturales de ellas
,

las behetrías entre los se-

previa información del de-

recho que á cada uno corresponde. Esta solicitud,

fundada en

el

laudable designio de evitar disputas
,

y
el

efusión de sangre

y mas habiéndose de reservar
de mar á mar, y

rey

la justicia

á despecho de los peticionarios, en-

vuelve

la abolición

de

las behetrías

la subsistencia

de

las

de entre parientes.
,

A

ello

ayu-

da

D. Juan Alfonso

cuidando

tal

vez que ha de

desigualar en provecho suyo la distribución de tales

42
señoríos con poner á
trastable

una en juego su crédito inconallí

y

la

naturaleza que

tiene su esposa
así D.

doña Isabel de Meneses. Sospechándolo
Rodríguez de Sandoval
,

Juan

caballero el

mas heredado
,

en aquel

opone á que se distribuya y vence. No obstante se termina la información practerritorio
,

se

ticada por igual

número de prelados de nobles y de
, ,

hombres buenos

sin otro resultado

que

el
,

de for-

mar
en

el libro del
,

Becerro de las Behetrías
la

para que

se conserven
la

primero en
,

cámara

real

y después
linaje

historia
,

noticias exactas de este

de

señorío

peculiar solamente de algunas ciudades

y

villas castellanas.

Donde
les

los prelados

no agencian mas que

lo

que

atañe

,

y donde

los proceres se
,

desdeñan de acre-

ditar interés por lo ajeno
tancia,

desnudándolo de imporlos

no es maravilla que también
,

diputados

se inclinen á aislarse

sin

que por eso traten de elula facultad

dir su vasallaje al trono.

Le reconocen

de

designar los jueces de las poblaciones, los alcaides

de

los
le

castillos,

los
,

arrendadores de los tributos;
les

pero

ruegan que cuando

envié jueces atienda
,

á elegirlos castellanos para Castilla, leoneses para

León

,

extremeños para Extremadura

,

y toledanos

para Toledo; que busque los alcaides entre los moradores de los pueblos

mas cercanos á

las fortalezas;

y que admita á

las

ciudades y villas una suma igual
el

á aquella en que se arrienden los tributos, en

45
caso de que les convenga este partido. Después vie-

nen sus reclamaciones contra

los adelantados,

que

suelen llevar acusadores, y prenden con malicia á
los

hombres y no

los sueltan sin
;

que

les

faciliten

gruesas cantidades

contra los escribanos que no
el

sean pertenecientes para

oficio;

contra los dezel tri-

meros que exigen á
,

los

mercaderes de paños

buto de

lo

que sacan del reino en equivalencia de
el

lo

que han
hacer
cual
la

traido, bajo

pretexto especioso de no

entrada y

la

salida por el

mismo
los

puerto,

si

no fueran del rey todos; contra

nobles

y

las

órdenes militares, que en desdoro de

la jurisla

dicción real derraman contribuciones
justicia

y usan de

en algunas aldeas de
las
,

los

términos de ciuda;

des

,

en

que no se

les

conoce señorío

contra los
ni

prelados
los

que no exceptúan del portazgo

aun á

vecinos de las poblaciones donde se cobra este
las

impuesto; contra los que resisten que

ciudades
,

y

villas

gocen desembargadamente

las aldeas
,

casas

y heredades solariegas ó de las órdenes adquiridas por compra ó donación ó cambio; contra los que
siembran en
los

egidos del concejo.

En

todo se
,

muestra
nos en

el

rey benévolo con los procuradores

me-

lo

de privarse de escoger para

los diferentes

oficios á los

que fueren de su agrado.
al

Hasta aquí vemos
tre los prelados,

trono contemporizador en-

que solo como poder temporal halas cortes;

cen gala de estar en

y

los

magnates,

que en puridad no buscan sino sanción á sus violencias;

y

los

diputados

,

que abogan explícitamente

por

la

supremacía del derecho; y á pesar de hallarse
,

en situación tan embarazosa
liberaciones

se advierte

en sus de-

un grande

espíritu

de

justicia.
las leyes
,

Ahora
gene-

debemos
rales
,

dirigir

una breve ojeada á

dictadas en aquel

mismo tiempo

seguros de

que

el espíritu

de justicia ha de resplandecer mas
sufrir

puro en vez de
Leyes

menoscabo.

muy

sabias de orden público y de buena

administración ilustran este período del reinado de
D. Pedro. Sabedor de que en sus estados vagan

mu-

chos por costumbre ó por

el

excesivo precio que fijan

á sus jornales ó á la labor de sus

manos veda que
,

vivan en

el ocio

y que mendiguen
,

los

que no estén
la

enfermos ó tullidos ó sean viejos ó menores. Bajo

denominación genérica de menestrales, comprende
en un ordenamiento mismo á
artesanos. Al
los jornaleros

y á

los

romper

el

alba deben salir los prime-

ros á las plazas con sus herramientas

y viandas en
casero se gra-

busca de quien
las

los alquile
:

:

de

sol

á sol se cuentan

horas de trabajo

para
,

el servicio

dúan por años
res del
,

los jornales

campo según

las estaciones
lo

y por dias para las labotres maravedís
;

diarios es lo
solo
los

que ganan por

común unos y

otros,

en dinero ó también en especie. Se previene á
lo

segundos

que han de

llevar por cada pieza,

con una minuciosidad útilísima sobre todo para es-

45
tudiar los trajes y armaduras de aquel tiempo.

Así

vemos

citadas

como prendas propias de
las calzas
:

los vestidos

de ambos sexos
lamente en
la

y

la

saya

,

que varían solos

hechura

además usan
,

hombres

gabán

,

tabardo y capa ó zurame

y

las

mujeres re-

dondel ó manto con su caperote. Por las telas se
calcula lo

mas

peculiar de cada clase
,

,

pues se men,

cionan

la escarlata
,

los

paños de Bruselas

Malinas
tos
;

y como
armiño.

inferiores los
la

Gante y de Montolí y Fanja,

para forros

basta blanqueta

el fino

cendal y

el lujoso

En

el

calzado se nota aun
los

mas

la

diferencia entre los ricos
los
,

de mediana fortuna y y menesterosos porque hay zapatos dorados y em,

platados

de buen cordobán

,

y zuecos ó zapatas de
con sus canilleras
;

una á

tres cintas.
,

Como

piezas de las armaduras ha,

llamos la loriga
patos de acero
,

los quijotes

za,

gorgnera y capellina

la

adarga
,

el

escudo común ó de almacén y
el

el caballeril

que es

de mas

coste.

Todo

el

que ocupe á un menestral,
lo

puede ajustarle por menos de
denamiento
:

señalado en

el

or-

si el

menestral exigiere

mas

incurre en
los jor-

penas graves. Estas son infamatorias contra
naleros
,

y pecuniarias contra los artesanos. Admirablemente dice con este ordenamiento
el

el

que prohibe

monopolio de
,

la

industria y señala

castigos á los menestrales

mercaderes y tenderos,
oficios sino

que hacen juras de no admitir en sus
los

á

que son de sus

linajes

,

ó á mozos pequeños que

46
los sirven por

determinado número de años. «No
:

haya corporaciones gremiales

aprenda

el

que guste
sustancial

y enseñe

el

que sepa;»

tal

es la

máxima

de este ordenamiento.

No merece menos alabanza
Tanto
concejo

la ley

que organiza

un apellido ó somaten general contra
res.
el

los

malhecho,

como

los particulares

deben

ayudar á que
en
los

los oficiales del rey

cumplan

justicia

que dentro de una población cometan robo ó

muerte. Si hurtan ó asesinan por los caminos ó en
otro lugar yermo, es obligación del querelloso acudir
al

pueblo mas inmediato

,

y

del alcalde

,

merino ó
en pos

juez hacer que se repique la

campana

,

salir

de

los delincuentes

con peones y jinetes, y cuidar
contorno para que
lle-

de que se avise á

los lugares del

imiten su conducta. Se dispone que los hombres

ven sus picas y sus demás armas cuando vayan á
labrar los

campos á
,

fin

de que se muevan tan luego
la

como oigan
en lance

el

tañido de

campana y
;

se sujeta al

pago de subidas multas á
tal

los concejos

y

oficiales

que

no acudan con sus

socorros. Les toca

perseguir á los malhechores en

el

radio de ocho lela

guas y dar

el rastro á los

pueblos de

comarca
,

,

si

antes no los encierran en lugar ó fortaleza
el

donde

señor

,

el

concejo ó

el

alcaide debe entregarlos ó
el

permitir que hagan pesquisa los que van en
llido,

ape-

cuando niegan haberles

facilitado albergue,

bajo pena de pagar por los autores del robo ó del

47
asesinato.

Como
,

la ley

supone que
el
,

si

los castillos
los

son del monarca no ha de rehusar
hacer
la

que

guarde
la

entrega de los facinerosos

ni

ayudar á

pesquisa; y
ces hagan
lo

manda que

los alcaldes,

merinos ó jue,

que deben contra

los castillos
allí la

si

son feu-

dales

,

nada aventuramos en ver

principal

ma-

driguera de los forajidos. Semejante especie halla

mas

sólido

fundamento en
los nobles

la
la

severidad con que don
autorización que le pilas fortalezas

Pedro rehusa á

den para labrar nuevamente
arruinara su padre.

que

les

Considerando que tener tahurerías y dar á tablaje es manera de usura mantiene lo dispuesto por
,

D. Alfonso contra los jugadores

,

y decide que

se ar-

rienden
el

las

penas de cien maravedís en que incurre
el

que pone
los

juego y de treinta que se
,

fijan

á cada

uno de

que

le

dan

pasto.

A

fin

de que sea mas

efectivo el cobro,

en esta clase de

pleitos entiende el

alcalde, ante quien entáblala

demanda el que debe

re-

caudar

las penas,

sumariamente sin figura de

juicio;

y de su sentencia no se admite apelación ó alzada. Contra la abominable costumbre de expedirse
por
la chancillería

cartas desaforadas escritas ó

en

lisie y aun se mate á algunos sin oir sus descargos confiscándoseles ade,

blanco, para que se prenda, se

más

sus bienes, decreta en obsequio de la seguridad

individual,

que solo se obedezcan

las

que

se expidie-

ren para hacer prisiones. Interesado en que la fe

48
pública no se viole
los
,

manda que de
,

lo

que obraren

recogedores de los tributos, den testimonio los
,

escribanos de las ciudades y villas
aquellos llevan consigo
,

y no

los

que

pues sin acreditar sus títulos
les antoja,

de

tales, escriben lo
al

que se

y

es por lo

común
de
la

revés de lo que sucede.

Como

por efecto

mortandad han venido á menos

los valores

de

las fincas, rebaja los

encabezamientos de

las pobla-

ciones

,

y resuelve que solo se entienda para Andade que mantenga caballo todo
el

lucía lo

que poseTrata de

yere quince mil maravedís

de caudal.
la

fomentar

el

comercio interior alzando

veda de
villa

sacar sueltamente el pan y el vino de
otra; al par

una

á

que organiza una especie de resguardo

para que no se extraigan del reino las cosas que pro-

hiben

las leyes

,

y muy especialmente
,

las

maderas,
la

que

,

escaseando por este motivo

encarecen

cons-

trucción de las naves. Por igual razón se aplica á

impedir

la tala

de

los

montes duélese de que haya
:

quienes derriben cinco ó seis pinos para sacar cuatro rayos

de tea que no valen
el pié

tres dineros
,

nes den por

á una encina

si

y quienecesitan un palo
;

por delgado que sea; y quienes las corten y quemen

en gran número para hacer sembradas y condena á
;

pagar cien maravedís ó á sufrir cincuenta azotes
;

al

que eche abajo una encina ó un pino y á muerte y á pérdida de hacienda al que los arranque de cuajo
para sembrar aquella parte del monte.

49
Es
pone

muy

curioso el ordenamiento en que

el

rey

tasa

de mil doscientos maravedís á
las

los convites

que hayan de darle

ciudades

,

y de ochocientos á
valor de los

aquellos con que le agasajen los prelados y ricos

hombres. Por su texto averiguamos
principales comestibles
:

el

ocho maravedís cuesta cada

carnero; setenta una vaca:

un cerdo,

veinte; tres la
,

cántara de vino

:

cada pan un dinero

y

dieciseis
el

cada gallina.
pescado
,

Y

como fuera de

esto solo se cita
el

nos ocurre que con tener
,
,

rey oficiales
,

para su despensa y su repostería
,

y su escudilla y su cuchillo y su copa y costumbre de comer en público diariamente
,

liabia

en su mesa mucha abun-

dancia y poco regalo.

Ejemplo se halla en aquel

siglo

de que

,

por
al

causa de utilidad pública, se despoje de una finca
propietario
,

indemnizándole como es justo y
;

lo prola ri-

duce un accidente de
queza agrícola y

la

constante pugna entre

la riqueza pecuaria.

Los ganaderos

se quejan de encontrar de
cultivo

en

las

y cañadas, por donde acostumbran á
:

un año á

otro, población

pasar sus rebaños

los labradores se resisten á

que
el

se desplanten y despueblen aquellos lugares; y

rey

,

deseoso de conciliar en lo posible tan opuestos
,

intereses

nombra

caballeros

y hombres buenos que

restablezcan las antiguas cañadas, ó cuiden de abrirlas

por otros puntos, en

el

caso de ofrecerse

muchas

dificultades;

y

si

para ello es forzoso tomar tierra
4

50
de alguno
las
,

deben pagársela por mitad

los

dueños de

heredades puestas en cultivo y las cabanas de

los pastores.

En
tas

algo se atreve el soberano á la

autoridad

abusiva del sacerdocio, pues ordena que en las car-

que expidan
,

los prelados para la cuestación

en

los lugares

no se contenga que
las gentes á ir

los

demandadores
,

apremien á

de uno á otro

ni á escu-

char las predicaciones con que se

les fuerza á la li-

mosna, encerrándolos en

las iglesias;

y que
,

estas

no
fa-

patrocinen á los que se fingen clérigos
miliares bigamos,

y tienen

y moran con algunos paniaguados,
y lanzan anatemas
las justicias seglares.

y declinan
cuando se

la jurisdicción real,

les

demanda ante

Con sumo
á la
el
el

tacto delibera el rey en lo
los judíos,
;

que atañe
porque porque

suerte de

siempre en

el aire,
,

pueblo los aborrece
trono los necesita.

siempre escudados
les consiente

No

que tomen

apariencias de cristianos solo en el traje; ni que

pongan maldición sobre
res de las casas en

los

que pujaren
los
,

los alquile;

que habitan

de su secta

ni

que mujeres cristianas
los hijos
;

les sirvan
el

ni les

amamanten

pero les sostiene en

derecho de comprar
,

heredades con ciertas limitaciones en cambio de habérseles vedado
rios apartados

que den á usuras: de vivir en barlas

de

ciudades y villas

:

de que en

cada una de ellas puedan tomar alcalde ordinario que
les libre

sus pleitos en justicia,

y personas interme-

51
(lias

que se encarguen de cobrarles

lo

que prestan á

los cristianos. Estas

y

otras mercedes se les otorgan

porque son gente fldca y han menester defendimiento. Para hacer

mas segura
,

la

observancia de todas
los

estas disposiciones

y
,

la

disminución de

desma-

nes de los poderosos
cia los lunes
cie

acuerda D. Pedro dar audien,

y viernes y determina que
los adelantados,

se residen-

anualmente á
;

merinos, alcaldes
los

y escribanos
la

de suerte que busca

medios de que
la

verdad no se esconda á sus ojos, y de que

ar-

bitrariedad de sus oficiales no quede impune.
Resalta
,

pues .un grande espíritu de justicia en
,
,

todo

lo

sancionado en aquellas cortes

según se de-

duce del examen imparcial que acabamos de reducir
á compendio, imitando por
las calles
al

que holgadamente vaga

de un

fértil

huerto y no escoge entre

saludables y copiosos frutos sino los

mas

sazonados.

Si el poder del trono hubiera conseguido llegar hasta

donde

lo

exigian su voluntad del bien y las necesi

sidades del tiempo;

hubiera podido comunicar viser,

gor y consistencia á leyes tan justas, dejaran de
antes de mucho,
cultosa.
fácil la

revuelta y la represión difi-

Es lástima que, ciegos y desatentados
usurpen

los

que
,

defienden á todo trance á D. Pedro de Castilla
la gloria

le

de

lo

que en

las cortes

de Vallado-

lid se hizo.

A
la

merced de sus validos y
de
la caza, le

sin

mas ocu-

pación que

pintan durante los cuatro

primeros años de su reinado

;

y pues

al

segundo cor-

reunión de los prelados, de los nobles y de los diputados de las ciudades, claro está que le

responde

la

hacen representar un papel indiferente en época de
tanta actividad legislativa. Nosotros que procuramos
inquirir la verdad y

tenemos á mengua que
,

la

pa-

sión guie nuestra
tajosa

pluma

firmes en la situación venla

en que nos ha colocado

Academia
,

,

no so-

mos acusadores ni abogados de D. Pedro
de su reinado. Gomo
tales
,

sino jueces
al

aplaudimos

soberano

que estampó su firma

al pié

de aquellas resoluciones
instin-

importantes. ¿Lo hizo sin
tos

mas norte que sus

de gobierno? Buenos y grandes los tenía. ¿Se lo aconsejaron sus privados? No es pequeño mérito en

un monarca

la

acertada elección de personas. D. Juan
el

Alfonso de Alburquerque era

principal depositario
,

de su confianza
cillería; el

;

el

obispo D. Vasco
,

jefe

de su can:

judío D. Simuel Leví
le

su tesorero

lo

que

entendían justo

aconsejaban á la sombra de su pri-

vanza: prestando asenso á los envidiosos, ó deján-

dose llevar de su carácter precipitado
sela D.

,

pudo retirárclamor de las
,

Pedro en un instante

:

contra

el

quejas y el desasosiego de las ambiciones

les

man-

tuvo en
sin

ella

mientras duraron las cortes: alabanza

límites merece su cordura.

Guando intentaba sacar á D. Ñuño de Lara de manos de
sitarle el

los vizcaínos el

rey de Gastilla
la villa

,

vino á vi-

de Navarra

,

y en

de Santa Gadea

55
asentaron sus amistades. Ahora dejando á Valladolid,

tuvo una entrevista en Ciudad Rodrigo con

el

rey de Portugal, su abuelo: este intercedió por don

Enrique

el

bastardo
la

,

quien

al

saber

el trágico fin

de

su madre y

catástrofe de Garcilaso se habia metido

en

el territorio

portugués

,

no creyéndose á salvo en

Asturias. D. Pedro tuvo por bien perdonarle;

y

el

abuelo y

el

nieto se partieron tan estrechamente

unidos en amistad como lo estaban en parentesco.

Poco después ü. Tello, otro de

los bastardos,

mal

aconsejado por los que abusaban de su inexperiencia
al
,

se

huyó á Aragón
,

sin causa ostensible

,

robando
de

paso una recua

que iba de Burgos á
si

la feria

Alcalá de Henares. Calla la historia

se tañeron las

campanas de los pueblos cercanos
hizo el robo, y
si

al sitio

en que se

sus vecinos se lanzaron á la per,

secución del infante

según se prevenía en
;

el

ordeel

namiento de malhechores pero asegura que

rey

de Aragón agenció

el

indulto de D. Tello, y que ha,

biéndoselo otorgado el de Castilla se tuvieron

ambos

soberanos en

el

concepto público por

muy

amigos.

Gracias á esta política sana de los allegados á D. Pedro, no le quedaron en toda la península
trarios

mas con-

que

los

moros de Granada.
,

Aun

procuraron los validos y en particular don
,

Juan Alfonso dar mayor ensanche
relaciones.
tar á

al círculo

de sus

Augurando males á
el

Castilla

do no sujela

tiempo con

blando yugo del matrimonio

54
excesiva pasión de D. Pedro
iba

á las mujeres, que
le

ya rayando en desenfreno,

propuso Albur-

tfuerque enviar mensajeros que ajustasen sus bodas

con doña Blanca de Borbon, sobrina del rey de Francia,

Muy

gustoso D. Pedro asintió
,

al

parecer de su
fin

antiguo ayo
las

y en breve se entablaron con este
'

negociaciones convenientes.

En

vez de aguardar en calma
,

el

venturoso tér-

mino de aquel mensaje tuvo
acelerar su

el

rey necesidad de
,

marcha hacia Andalucía

porque

,

á

me-

dida que adelantaba camino de pueblo en pueblo,

vibraban mas sonoros en sus oidos los ecos de

la

voz rebelde de un magnate. D. Alfonso Fernandez
Coronel
,

que habia vuelto
,

la

espalda á doña Leonor

de Guzman su valedora y acaudillado contra dere-

cho

la parcialidad

de D. Juan Nuñez de Lara
,

,

cuan-

do su rey estuvo en peligro de muerte enarbolaba á
la

sazón

,

dentro de los muros de Aguilar

,

la

enseña
litiga-

del tumulto.

En

vida de D. Alfonso XI, habia

do

solare la posesión

de aquella

villa

con

el

perso-

naje aragonés D. Bernardo de Cabrera: contentóles

hábilmente aquel soberano haciéndola suya y do,

nándoles en equivalencia otros lugares y

castillos.

Al advenimiento de D. Pedro

solicitó

Fernandez Co-

ronel la posesión de Aguilar, interesando en el asunto á D.

Juan Alfonso
la

,

quien se

la

obtuvo con

el

penricos

dón y

caldera, atributos propios de

los
le

hombres.

En premio de

su buen apoyo

habia

55
brindado con
zó la gracia
cortes
, ,

la villa

de Burguillos; luego que alcan;

se negó al premio

no quiso

ir

á las

y

se puso á abastecer sus fortalezas.
el

Llegado

rey cerca de Aguilar, envió con su

pendón á
ros
,

los jefes

de su cámara y de sus ballestele

á requerir á Fernandez Coronel que

acogiese

en

la villa.

Alegando que

el

soberano se

la

habia ce-

dido con mero mixto imperio y con toda clase de
libertades,

expuso que no estaba obligado á acogerle
iba

de

la

manera que

acompañado

,

y menos por
la

ser

su valido D. Juan Alfonso, de quien se recelaba

mucho. Entonces
,

los

que

le

hablan intimado

or-

den de D. Pedro soltaron algunos de sus hombres
de armas para embestir
las barreras
el
,

y

tras breve real agujeel

escaramuza se volvieron con

pendón

reado por las piedras y saetas disparadas desde
adarve. Al saberlo el monarca
,

fulminó sentencia

contra la persona y bienes del procer asonado; y
este,

hostigado por sus mejores amigos, para que no
,

empeorase su causa
de
ellos

hizo inútiles los buenos oficios
,

con manifestarles

que llevaba
,

al

soberano
gran

en su poder D. Juan Alfonso
miedo.

y que

le

tenía

Algún respiro proporcionaron
lar la
el

al

señor do Agui,

nueva sedición de D. Enrique en Asturias
ir

y

designio de D. Pedro de

á sofocarla en persona.

Púsolo por obra dejando delante de Aguilar fronteros á las órdenes de D. Juan

Nuñez de Prado, maes-

56
tre

de Galatrava. Al paso tomó
,

las fortalezas

de Ferla

nandez Coronel
Burguillos
;

siéndole forzoso

conil^alir

de

y por sus jornadas naturales llegó á Jila es-

jón

,

donde guardaban bastantes caballeros á

posa de D. Enrique. Este se habia recogido á
taña
los
:

la

mon-

sus recursos eran tan exiguos
las

,

que pagaba á

que seguían su bando con
le

joyas que su

ma-

dre

habia dado en Sevilla

:

quizá se felicitaba de
la revuelta
,

poder acrecentar á su sabor

mientras

Fernandez Coronel distraía en Aguilar á D. Pedro;

mas viéndole aparecer de improviso cayó de áni,

mo y
,

se avino á

que sus parciales depusieran las

armas con homenaje que hicieron de vivir tranquilos
,

no sin lograr antes

el

perdón de
,

D..

Enrique.

Libre ya de esta zozobra

tornóse D. Pedro con-

tra el rebelde de Andalucía, cuyos afanes por atraerse

amigos fueron sin fruto aunque su yerno don
,

Juan de

la

Cerda habia atendido á buscárselos has,

ta entre los

moros de Granada.

A

los

últimos de
el

Octubre de 1352 se presentó por segunda vez

soberano delante de Aguilar con poderosa hueste;

puso freno á su ardiente valor

la dificultad

de apo:

derarse pronto de aquella villa bien murada
ciente

impa-

pasó bajo las tiendas

el

invierno

,

y hasta
para lo

principios de Febrero cual hizo volar

no pudo entrarla
del

,

un pedazo

muro, construyendo

minas y cavas

,

y dándolas fuego.

En

el

instante crítico de ordenar Fernandez de

57
Toledo
el

ataque, y Fernandez Coronel
el

la

defensa,

se hablaron por

muro tratándose de compadres:
tal

aquel se mostró pesaroso de verle metido en
fía
,

por-

y ya imposibilitado de lograr por
:

la via
,

de

la

sumisión su indulto

este arrepentido

si

bien de-

terminado á morir
ra

lo

mas apuestamente que pudiela

como

caballero.

Armado á

ligera fuese á oir

misa; antes de terminar sus devociones, le avisó un

escudero de estar entrada

la villa
,

,

y apenas tuvo

espacio para ponerse en una torre

donde á poco

le le

tomaron preso. El
cumplió
vida,
el

jefe

de

la

guardia del palacio

deseo de llegar á presencia del rey con
hablarle. Viéndole Alburquerque,
,

mas no pudo
:

le dijo

«

Qué

porfía tomastes tan sin pro

siendo

tan bien andante en este reino.»
ronel repuso
:

Y

Fernandez Co-

«D. Juan Alfonso
los gasta
,

,

esta es Castilla
tras

que

hace los hombres y
rió

»

de

lo cual

mu-

á

manos de

los

alguaciles del

rey y á pre-

sencia suya.
«

Esta es Castilla que hace á los hombres y los
,

gasta

»

frase elocuente

,

y más pronunciada por un
la

poderoso ahogado de soberbia y vencido de

mala

ventura

,

y dirigida á un valido

,

sobre
,

cuya con-

ciencia pesaba un gravísimo pecado

y bajo cuyas

plantas se iba pulverizando

el

deleznable pedestal
el afecto

en que coloca á
los reyes.

los

ambiciosos

voluble de

Aun cuando sonaban

incesantes

y numerosas

58
voces contra
la

privanza de D. Juan Alfonso

,

era

la

verdad que su administración distaba mucho de ser

ominosa

al reino.
;

Habia influido en que se
le

le

dieran

buenas leyes
butos
;

en que no se

echaran nuevos trilos países vecinos;
:

en que viviera en paz con
le

en que no

vejaran oficiales codiciosos

ni para sí
,

ni para los suyos habia solicitado heredades

ni co-

gido de las rentas

mas de

lo

que

le

correspondia

legalmente. Su flaco no consistía en la sed de san-

gre

,

ni
;

en

el

afán de oro
el

,

sino en el

frenesí

de

mando
de

á conservar

que
,

ejercia

omnímodamente
especialmente
la
el

se enderezaban sus planes
la

y muy
con

boda del rey de

Castilla

sobrina del de

Francia.

Como

esta negociación se dilataba
,

y D. Pe-

dro se distraía en continuos galanteos

hubo de te-

mer
Á
la

D. Juan Alfonso que
las

,

aiTÍmándose sus émulos

una de

damas que

avasallase por
,

mas de un

día

voluntad de su antiguo pupilo se
la privanza.

le

antepusieran

en

Desvelos trajo á Alburquerque este

cuidado, y enojos al rey que el valido anhelara por interés propio
,

mantenerle como en tutela atajando
,

la

corriente de sus voluptuosos caprichos. Al fin

,

no

pudiéndoselos quitar de

la

mente, porque no bas-

taban persuasiones contra las genialidades de un

soberano
,

,

que iba mostrándose indómito á todo

fi-e-

no tuvo D. Juan Alfonso por mejor industriarse de

manera que
ni

D. Pedro
las

no lograse eludir su

vigilancia,
,

aun durante

horas de sus extravíos

no me-

59
nos violentos y peligrosos que frecuentes. Así,
pasar contra D. Enrique de Andalucía á Asturias,
hizo ver en Sahagun á una doncella ilustre
cida por la naturaleza con las gracias de la
,

al
le

favore-

hermo-

sura y con las dotes del entendimiento.

Prendado
:

quedó

el

monarca desde luego de sus hechizos doña
,

María de Padilla

que

así se

llamaba

la

doncella

,

le

puso buen semblante; y Alburquerque se estremeció
,

gozoso y envanecido de haber apuntalado sóli-

damente su privanza. Este magnate de pensamientos levantados
los apetitos del
,

descendía á
,

la

ruindad de estimular

soberano abandonándole una joven

honesta

,

criada en su casa y para la virtud bajo los

auspicios de su esposa: tanto desnaturaliza y amengua

una ambición desapoderada

los mas nobles caracteres.

De

este torpe

manejo
,

solo podían resultarle sin-

sabores. Contra el uso

la

posesión del objeto

amado

fomentó

el

cariño; las mercedes reales

empezaron á
;

llover sobre los

deudos de

la

dichosa
el rey,

dama lograntuvo por inútil

do esta crédito
el

muy

alto
;

con

apoyo de un valido

la

confiscación de los bienes

de Fernandez Coronel sobrevino oportunamente para
dotar con ellos á
la

bastarda doña Beatriz

,

primer

fruto de aquellos prósperos

amores y
;

muy

fuera de

sazón supo D. Pedro
lladolid por

la llegada
1

de doña Blanca á Vamientras en tierra de
la

Febrero de

353

,

Toledo vacaba de sus pláticas dulces con
para entretenerse en simulacros belicosos.

Padilla

60
Conociendo D. Juan Alfonso que
cogido
ha en
la
,

que habia

es-

como eslabón de su valimiento
filo

se Irasforma,

que iba gastándoselo dia

tras dia

no qui-

so desaprovechar la ocasión de destruir su propia

hechura; y en fuerza de recordar

al

soberano sus

desposorios con doña Blanca por palabras de presente, y la grande aventura en que por causas de

su dolencia y de no tener sucesores estuvo toda Castilla, le

indujo á trasladarse á Valladolid mal su

grado.

Mas aun

faltaba á

Alburquerqué trastornar
,

los

planes de los bastardos

que cimentaban secretaPara alcanzarlo

mente su unión con

los Padillas.

hizo que el monarca saliera á prender ó á matar á
aquellos en Cigales
,

desde donde aguzaban

la porfía

de que se
tes.

les

admitiera en Valladolid con sus hues-

Un

escudero vino á expresarle en nombre de
,

ü.

Enrique y D. Tello que no

los pusiera
,

en culpa

viéndolos llegar con gente de armas

pues

si

amaban

su servicio
el

,

todo se lo temian de su privado. Vuelto
,

rey hacia este
el
»

le dijo

en tono grave

:

«

Ved

estas

razones que

conde

me

envia á decir pues que tolas calificó
la

can en vos.
,

Vanamente

Alburquerqué
osadía de don

de malas y se propuso acriminar

Enrique en traer jinetes y peones armados de fuste y de liierro. Tan luego como un soberano se cansa

de escudar contra

los

embates de

la

envidia de los

poderosos á aquel á quien ha encumbrado y soste-

Gl
nido con pertinacia, y
le

abandona frente á frente

de sus acusadores, es irremisible su ruina. D. Juan
Alfonso no era
picacia
el

fénix de los privados

;

y á su pers-

no pudo esconderse que á mas andar se
la

aproximaba
de
la

hora en que habia de tocarle ser eco
,

voz de Fernandez Coronel
,

el

sedicioso de

An-

dalucía

exclamando entre dolorido y enconado:

«¡Esta es Castilla que hace los hombres y los gasta!»

Ganoso de que
D. Enrique

el

rey blandiera las armas contra

y D.

Tello, é impaciente de

no conse-

guirlo, estuvo

Alburquerque suspenso largas horas

de

los

mensajes que se cruzaron entre los dos camfin

pos;
las

y mustio vio en
,

á los bastardos quitarse
,

armaduras dejar sus haces dar rehenes por
,

las

fortalezas de Asturias

venirse á

la

merced del mo-

narca, y reconciliarse los tres dentro de una ermita.

Encaminándose juntos á Valladolid, publicaron

el

desaire del que intentaba enemistarlos con poner

entre sus voluntades los horrores de una batalla.

Sin embargo

,

no es condición esencial de

los re-

veses de la fortuna que al

amago suceda instantá-

neamente
que á

el golpe.

Aquella noche sentó Alburquer-

los bastardos á su

mesa hábil como era acaso
:
,

les dijo les

halagüeñas palabras
le

,

en cambio de

las

cua-

oyó promesas que

inclinaran á esperar que
la Padilla.

hablan de unírsele para destruir á

Es

la

verdad que
bodas.

el

3 de Junio se celebraron las reales
se trasladaron los

Con espléndida comitiva

m
esposos vestidos de seda l)lanca y oro y en arrogantes caballos

desde

el palacio al
el

templo D. Enrique
:

llevaba de la rienda

palafrén de doña Blanca;

el

iníimtc D. Fernando el de la reina viuda; el infante

D. Juan el de doña Leonor su madre; á pié iban

además con D. Tello otros muchos señores: en aquella

solemne ceremonia figuraba como padrino don
:

Juan Alfonso de Alburquerque

la

bendición sacer-

dotal cayó sobré los reyes de Castilla;
del público alborozo
regocijos. Allí

y en

señal

hubo

justas, torneos

y grandes,
sus verdu-

anduvieron confundidos y hermanados

con los hijos de doña Leonor de

Guzman

gos, con los parciales del infante D. Fernando los

de D. Juan Nuñez de Lara con
,

los ballesteros del

rey

el

hijo

de Garcilaso de

la

Vega. Ante aquel
,

fausto suceso aparecian decadentes los odios

anucon-

dadas

las amistades,

colmados todos

los deseos,

cordes todas las esperanzas.

Deleitémonos en escena de tan
soltemos
la

feliz

armonía;
sensación

pluma bajo

el

imperio de

la

agradable que nos produce: refrigerémonos á imitación del viajero
,

que descansa á

la apacible

sombra

de

la

última palmera lindante con los abrasados y
le

extendidos arenales, donde solamente

aguardan

rudas fatigas y acerbas congojas.

II

Liga contra Don Pedro.

Ldando
tán
to

los

hombres

se

aproximan unos á otros es,

muy
el

cerca de entenderse
las

porque

la falta

de

tra-

fomenta
,

enemistades

,

la distancia las

perpe-

túa

que

elige á otro por intérprete
,

de sus inten-

ciones siempre deja algún cabo suelto

y

el

que por

negocia lo allana todo.

A

cada paso se tropezaban
,

en Valladolid durante
dillos

los públicos festejos

los

cau-

de

las tres parcialidades

en que iban divi;

diéndose visiblemente los castellanos

la

de D. Juan
la

Alfonso de Alburquerque, la de los bastardos y
la Padilla.

de

Fuerte

la

primera por

la

capacidad de su
los oficiales rea-

jefe

y por ser hechuras suyas todos

G4
les;

temible

la
,

segunda por

la calidad

de

los

que

la

daban nombre y porque á medida que
clientela

salian de la

adolescencia se incorporaban á los gemelos con su

y servidumbre; poderosa
la

la tercera

á causa

de contar en su apoyo
mediación de
la

voluntad del monarca por

que

le

embriagaba de placeres; tetal

nian las tres equilibradas sus fuerzas de

manera

que aisladamente ninguna podia aspirar
Así para derribar á Alburquerque
bast-ardos
dillas
,
,

al triunfo.

se aliaron los

y

los Padillas ; así

para destruir á los Pa-

intentaba Alburquerque unirse con los bas-

tardos.

Antes de que llegara D. Pedro
se felicitaban

al

lado de

doña Blanca,

de su propicia

estrella los

enemigos de D. Juan Alfonso: después de lograr este
hacer alto en
al
la

pendiente de su ruina hasta servir
,

rey de padrino en su fausta boda
la

se advertía al-

guna mudanza en

dirección del viento de la for-

tuna. Con todo, Alburquerque no estaba en aptitud

de restaurar su valimiento sin aniquilar primera-

mente

al ídolo

de

los

amores del monarca obra ex,

clusivamente suya. Para sostenerse

la Padilla

,

nece-

sitaba mirar de reojo al que habia intentado especular

con su belleza. Ni

el

antiguo privado

,

ni la di-

chosa favorita se consideraban robustamente asegurados
,

ínterin

no
la

se atrajesen otra vigorosa alianza.

Tal les parecía
la

de

los bastardos; fuerza flotante á
la victoria.

sazón y arbitra de

Ellos
,

ganaban en
porque
el

la

porfía de

Alburquerque y

la Padilla

uno

65
y la otra les captaban la voluntad de su hermano y en mantenerse indecisos entre las opuestas insinua-ciones con que se les halagaba porque como no
;
,

abrigaban mas pensamiento que
tos

en

la corte,

de ser bien quispara alcanzar mayores medros, peel

caran de indiscreción anticipándose
á uno de los dos bandos.
Si D.

al

rey en elegir

Pedro atendía
,

al

cumplimiento de su deber
el

y á su buena fama
poder de
la Padilla; le la

se

derrumbaba virtualmente
si

mas

la

pasión
el

le

arrebataba,
le

y

vehemencia

turbaba

entendimiento y

desmoronábase de seguro el valimiento de Alburquerque. En estas vacilaciones, que traian sobresaltados á los magnates, y que no se propagaban al pueblo engolfado en regocijos,
,

encendía

el apetito,

trascurrieron tan solo dos dias. Al cabo de ellos la

rema madre y doña Leonor, su cuñada pasaron de
,

su posada á

rey de Castilla con tristeza en los semblantes, lágrimas en los ojos quejas en los lanoticiosas de que su intención era abandonar á doña Blanca, su esposa, y correr en busca de la Padilla, su manceba,
bios.

la del

y Tomándole aparte se dieron por

á

la cual

habia dejado en

el castillo

de I\rontalvan
,

y

á buen recaudo contra

las

asechanzas que pudiera

imaginar D. Juan Alfonso para robarla á sus caricias. Maravillado se mostró el rey de que su madre y su

y de que le juzgaran capaz de hacer, con escándalo del reino, eos; la
,

tia

prestaran asenso á tales rumores

66
tan en

mengua de su honra
,

Una hora después de

esta entrevista
ra

cabalgaba D. Pedro en una muía fue,

de Yalladolid y camino de Montalvan junto con
los

algunos de

mas

allegados á su confianza.
los tratos

Suceso tan imprevisto dio un corte á

entre las opuestas parcialidades, pues los bastardos
se declararon abiertamente por la Padilla, yéndose

detrás de D. Pedro, y les imitaron D. Fernando y
D. Juan, los infantes aragoneses.
tieron

En

Yalladolid sinel

amargamente doña

IMaría

y doña Leonor

funesto caso,
fin

y comisionaron á D. Juan Alfonso á
al

de que probase á persuadir

rey á volver por

su honra y por la tranquilidad del reino. Fuese
el

antiguo privado hacia Toledo bien acompañado
,

de gente

porque recelaba de

la

seguridad de su per-

sona, y con una actividad, que, refrenada poco á

poco por

el

miedo

,

según se aproximaba

al

término

del viaje, paró al fin en inercia absoluta. Sus

temo-

res subieron de punto desde que, para disipárselos,
le

envió

el

soberano, ya en Toledo con

la favorita,

un

mensaje invitándole á acelerar su llegada para atenerse

como hasta entonces á

sus consejos. El pro,

fundo conocimiento del carácter del príncipe quien habia visto
salir

á

de

la

cuna;
la

la ostensible

prue-

ba que acababa de dar en
su madre y su
tia

última entrevista con
la

paterna de
lo

imperturbabilidad

con que disimulaba su labio
lia,

que su corazón senlos oficios

y

el

oportuno aviso de haber quitado

G7
á los principales de Toledo, cerrando al

mismo tiem-

po todas
gra
,

las puertas

de

la

ciudad menos la de Yisa-

dieron suficiente luz á Alburquerque para pe-

netrar lo taimado de aquel mensaje. D. Simuel Leví,

su hechura se
,

le trajo

y

,

bien que no en las palala

bras, harto

le dijo

con

manera embarazosa de
la

trasmitírselas

que en Toledo tenía

muerte, y
el

la

salvación en la fuga. Volviéndose atrás

caido

mag-

nate y buscando resguardo en la raya de Portugal,

donde tenía
ambición no

fortalezas, puso
le hacía

de manifiesto que

la

perder completamente

el juicio.

• ¡Extraña situación la de D. Juan Alfonso! Limpia

estaba su conciencia y exenta de remordimientos en
lo tocante á la

gobernación de Castilla: solo se

la al-

teraba

el

criminal artificio que habia empleado para
el

durar en
el

valimiento; y después de hallar expedito
la
el

sendero de
planta en

culpa

,

no encontraba donde asentar
la

la

camino de
mejor

enmienda

;

y tardo
la

aprendía que

la

política es la

que reconoce
la

moral por base. ¡Lamentable conducta
dro
rios
!

de D. Pe-

Educado en

triste

soledad á causa de los desva,

de su padre D. Alfonso XI

y

al

lado de su

ma-

dre, esposa abandonada,

sin otras esperanzas de
el

pronta rehabilitación que
tativas de sediciones;

buen suceso de

las ten-

vengador de su saña contra
,

doña Leonor de Guzman que

solo habia pecado

en

no

ser esquiva ó desleal á la tenaz constancia

de su

coronado amante; ahora que con su ejemplo po-

68
tlia

justificar

en cierto modo su
se

falta

de respeto á

la

memoria de su padre,

apartaba de

doña

Blanca sin dar á Castilla un heredero, facilitando

una divisa legítima y decorosa á los ambiciosos; y se unia impudentemente á una manceba haciénasí
,

dola forzoso blanco del odio de los descontentos.

¡Noble tarea

la

de

la reina

viuda! Habiendo pasado
el llanto del

su edad mas floreciente entre
dido, la cólera de los celos,

amor per-

y el calenturiento afán

de

la

venganza se desvivía por sustentar con su es,

merado apoyo á otra dama, también en verdes años,
y afligida y celosa
,

en su pecho se

*• y todavía muy candida para que albergara el rencor sañudo. Rara pe, ¡

netración la de los Padillas! Ellos, que debían su
crédito naciente á

una pasión bastarda del soberano,

á la que señalaba límite natural una legítima boda,
olvidaban sus ventajas particulares y atendían
al

interés público, amonestando á D. Pedro su vuelta á

Valladolid incesantemente y con sincera eficacia.

Hubo un momento en que perseguido
y acosado de continuo por
tales

D. Pedro

amonestaciones,

robustos ecos de la opinión general de sus vasallos,
hizo

un grande esfuerzo y enderezó sus pasos hacia
,

donde estaba su esposa
corta distancia, ya
clientela,

acompañándole hasta
la favorita,

muy

que no

parte de su

como para
Con

fortalecerle

en

el

magnánimo
estériles re-

designio.

los brazos abiertos

y sin

convenciones, le acogieron doña Blanca, y doña Blaría:

69
en
la

ciudad siguieron las fiestas su interrumpido

curso: por todo el reino se divulgó la fausta nueva;

mas acaso no tan velozmente como
á abandonar
pre,
el el

la

de haber vuelto

monarca á

los

dos dias y para siem-

tálamo y las delicias conyugales.
la
:

Es llegada

hora de que no haya vacilaciones
hasta aquí dominados por la obli,

en nuestro juicio

gación de ser imparciales

en perfecta armonía con

nuestro deseo de no desmerecer un título tan insig-

ne no hemos podido ahuyentar de nuestra mente
,

la

idea de

que D. Pedro de

Castilla,

aun siendo impe-

tuoso hasta rayar en arrebatado, gobernaba quizá

bajo la influencia de su

madre y por mano de don

Juan Alfonso, y de consiguiente con reminiscencias
de pupilo.
zobra
,

En

adelante no ha de asaltarnos esta zoel

puesto que D. Pedro ejerce

primer acto inal

dudable de su voluntad libre y soberana
tar

quebranmatri-

descaradamente

los lazos indisolubles del
,

monio. Alejándose hacia Toledo se emancipa del ascendiente de su madre
:

halagando á D. Juan Alfonso
la cuchilla del

con intención de ponerle bajo

verdu-

go, demuestra que rompe del todo con lo pasado:

huyendo por segunda vez de Valladolid
solo consiente á sus
flujo.

,

acredita

que

nuevos validos un limitado ines absoluto

Ahora D. Pedro

dueño y único res-

ponsable de sus obras: buenas ó malas, se ligan es-

trechamente con

los sucesos del reino

,

como que

los

producen y

los

encaminan

á

un desenlace mas ó me-

70
nos inmediato, de mas ó menos bulto, mas ó menos
triste.

Sin que haya lugar á la duda, con apartarse

el

rey de doña Blanca suelta
atropella las leyes divinas

el

freno á sus antojos,

y humanas y abre ancha

puerta á los tumultos. ¿Existe causa que justifique

proceder tan inconsiderado ó pretexto que

lo

excu-

se? Hallarlo procuraba entre otros un autor extranjero, testigo

muy

tardío y del todo incompetente,

cuando en una miserable copla suponia mancillado
el

pudor de doña Blanca por liviandades del maestre^

D. Fadrique; hablilla vulgar que, á ser algo fundada,

debiera disimular con galante vena la

musa de

los

amores, y que, á enorme distancia de la verdad, necesita calificar la historia de vil calumnia. El obispo
D. Juan de las Ruelas y D. Alvaro García de Albor-

noz trataron

el

casamiento en Francia; de
,

allí

tra-

jeron á la joven esposa
za
,

tesoro de virtud y de belleel

acompañándola también

vizconde de Narbona

y otros caballeros

muy
la

principales.
la

No

figura el

maestre D. Fadrique con los de

comitiva, ni aun

con

los asistentes

á

boda y como se enumera á
,

tantos de escaso

nombre y D. Fadrique

lo tenía gran-

de

,

puede

el

historiador asegurar que
,

no anduvo

ni

entre los unos ni entre los otros

y mas constando

que D. Pedro

le recibió
,

en Cuéllar poco después obvisto desde su paso

sequiosamente
por Llerena.

no habiéndole
la

Murmura

malicia

que

el viaje

de doña

71
Blanca fué lento hasta durar un año; y comete
el

gra-

ve yerro de no señalar
la

al

principio

,

curso y fin de
la

negociación tiempo alguno; y olvida á sabiendas

muerte del soberano francés Felipe de Valois, acae-

y quebrantos un suceso en que solo se vislumbraban alecida entonces

y

suficiente á

demorar con

lutos

grías.

Además juzga

inverosímil que doña Blanca,
talle
,

linda

de rostro y esbelta de
,

no apresara en sus
hermosura,
i

redes á D. Pedro
si

idólatra

de

la

Como

una pasión vehemente admirara fuera de que
si

la

mu-

jer

la

inspira,

ningún

linaje

de perfecciones!

¡Como

D. Pedro no se hubiera acercado al lecho

nupcial con el alma esclava de otra beldad venturosa!
¡

Como

si le

permitiera largo solaz ni aun quietud pa!

sajera su forzada ausencia de la Padilla

Nada pudo

notar

el

rey en su esposa indigno de
:

la

limpieza vir,

ginal de
lejos

una doncella de haberlo advertido una vez
,

de aquellos brazos su decoro repugnara invenle

ciblemente que de nuevo

estrecharan impuros, y

con fundamento legal para repudiar á doña Blanca,

no siguiera llamándola en privilegios posteriores reina y mujer suya, y evitara que pesasen sobre su
cabeza
las

excomuniones de
D. Pedro
:

la

Santa Sede. Lo dice

la historia:

mismo

se acusa:
:

un romanle

ce le defiende

la crítica le

juzga

la

sana razón

condena.

Sobre este hecho insistimos mucho y recaeremos
frecuentemente, porque es
el

receptáculo donde vie-

7-2

nen á juntarse
nantial de

las

desavenencias pasadas, y

el

ma-*

donde

se derivan los sucesivos alborotos.
liallaba

Alburquerqiie se

en situación de provocarlos
el

para volver á privar con
sostenerlos con la

monarca: sobrábale para
los

ayuda de

que por ser amigos
y con
los

suyos perdian en tropel sus
sos

oficios,

recur-

de su pingüe hacienda; mas no quiso manchar

su lealtad reconocida empeñándose en asonadas. Su-

miso aseguró

al

soberano que no se

las

moverla des-

de sus

fortalezas,

y D. Pedro
la

le

hizo

la

promesa de
la

no molestarle en

posesión de ellas ni en

de sus

bienes, ora le cumpliese gozarla desde Portugal, ora

en

Castilla.

Como

equivalente de

la

palabra real y en
la

prenda de que no habia falsedad en

suya, envió

D. Juan Alfonso cerca de su señor, entonces en Ol-

medo dos
,

hijos

,

uno legítimo y otro bastardo y de;

trás

de

ellos otros

de sus parciales que

le

hicieran

entender como su intención fué siempre y era ahora

guardar su servicio. Varios de estos enviados se tor-

naron desde Tordesillas, donde estaban

las

reinas

doña María y doña Blanca
allí

,

por
:

las

malas nuevas que

encontraron de

la corte
,

solo dos se aventuraron

á seguir camino de Olmedo por cuyas puertas vieron

que

salió

D. Simuel Leví para avivar su llegada.
les

Oportunamente
escudero de
si

indujo á variar de propósito un

la Padilla la

con

el

benévolo aviso de que

entraban en

población serían muertos; y no sin
las

grave dificultad esquivaron

persecuciones que les

75
suscitó D. Pedro, enfurecido

de que diese en vago

aquel golpe de su saña.

Pocas esperanzas de sosiego podia infundir un so-

berano cuya palabra no tenía valor alguno
quien
las
al

:

si

habia

prohijara en la mente, cifrábalas sin duda

en que

cabo lograria acotar sus furores

la

piadosa

dama que alcanzaba
tales ilusiones

crédito bastante para desviarle

de sus deberes. D. Juan Alfonso no se alucinó con
,

sino

que

se metió

en Portugal á

fin

de

satisfacer
el

el

anhelo de vivir tranquilo. Cuando

supo que
zas,
la

rey intentaba quitarle todas las fortale-

y

el alcaide

que

le

guardaba
le

la

de Medellin se

emplazó viéndose cercado,

contestó por mensa-

je

que no

le

podia enviar socorro y que la entregase

sin excusa.

Cuando D. Alfonso de Portugal hacía boel infante

das á una nieta suya con

de Aragón don

Fernando y se
,

le

presentaron en Évora embajadores

de D. Pedro de

Castilla pidiéndole fuera
,

en ademan de acusadores

la

de sazón y persona de Alburquer-

que; revestido este de dignidad expuso razones de

buena

ley

en su defensa, ofreciéndose á responder
los actos
las

con sus bienes hasta de

de aquellos entre

quienes habia distribuido

de

la corte

,

y á poner

las

mercedes del reino y manos uno por uno hasta

ciento en los que le tacharan de haber ejecutado nada

en deservicio de su señor
los recien

el

rey de Castilla. Cuando

desposados salieron de Portugal y por hales

cerles

mesura D. Juan Alfonso

acompañó hasta

la

74
frontera, tuvo motivo para envanecerse
fraile

de que un

franciscano llegara á significarle verazmente

(jue al fin los bastardos preferían su alianza á la
los Padillas.

de

Y

todos los castellanos miraban con igual sobre-

salto las iras del

monarca siempre
,

alerta contra los

que osaban lamentarse de que se
del abismo bácia

deleitara al borde

donde

le

arrastraban sus desenfrela

nadas pasiones. Sin mas causa que
el

de agraciar con

maestrazgo de Calatrava á D. Diego García de Pa,

dilla

hermano de su manceba acababa de encarce,

lar

en

el castillo

de Maqueda á D. Juan Nuñez de

Prado, autorizado con aquella investidura; y como
alegasen los freiles de
la

orden que

la prisión del fría

maestre no suponía vacante, dispuso á sangre

que

les

desvaneciera este escrúpulo uno de los eje-

cutores de sus venganzas.

Con befa de

la

hidalguía

proverbial de sus vasallos habia arrebatado de los

brazos de
tro

la

reina viuda á doña Blanca

:

púsola den-

de

la fortaleza

de Arévalo como en castigo del
,

interés

que inspiraba su desventura y

lejos

de que

se amortiguara, extendia sus raíces hasta en los pe-

chos de sus guardadores.

Acumulando desmán sobre desmán D. Pedro de
,

Castilla se
sia

enajenaba todas las voluntades; y
los bastardos,

el
el

an-

de poderío de

burlada por

mo-

nopolio que hacian los Padillas de los favores reales,
fué la primera señal del público disgusto.

Soldada

75
tomaron
los

dos gemelos de D. Juan Alfonso,

el

cual

vencido de sus ruegos vino á Extremadura á esforzar
su demanda; y no proclamaron
al

infante D. "Pedro

de Portugal rey de

Castilla

,

porque su padre D. Al-

fonso le vedó severamente ser parte en el naciente
disturbio. Por

donde estaban
,

el

conde y
la reina

el

maestre

y

el

arruinado valido

tornaba
el

doña María

de

las

bodas de su sobrino
torció del
el

infante D. Fernando;
el

mas de pronto
de Zamora
,

camino de Badajoz hacia
la

con

recelo de que su hijo

creyera

iniciada en los tratos urdidos en contra de sus

nue-

vos privados.

A

fin

de llevar por
,

fácil

rumbo aquel
maestre ha-

negocio á buen desenlace

el

conde y

el

blan empezado por prender á D. Juan García de Villajera
,

hermano bastardo de
,

la Padilla

,

que junio

con ambos

trabajaba en la rendición de las fortale-

zas de D. Juan Alfonso.

Dado

le

fué engañar la vigi-

lancia de sus carceleros;

y ya

libre, vínose para el
la liga
,

soberano y le impuso en los adelantos de

á

la sazón en que se hallaba dentro de Cuéllar fomen-

tándola con sus violencias.

Una señora de

la

primera nobleza

,

llamada doña

Juana de Castro, prodigio de hermosura y modelo de
recato en su viudez temprana
,

habia tenido

la

des-

dicha de inflamar los apetitos de D. Pedro.

En vano

se manifestó adusta á los amorosos halagos y altiva

celadora del lustre de su estirpe; y neciamente ima-

ginó haber salido tiiunfanle en las batallas de su

76
honra
no.
,

negándose con tesón á ser dama del sol)era-

Este, no contenido por ningún respeto, y nada
,

escrupuloso en aventurar palabras

empeñóla de
le

pronto
siese el

la

de casamiento y como doña Juana
;

opu-

que

le

unia á doña Blanca y don Pedro tu,

viese á

menos

cejar de sus antojos, buscó

y halló en

los obispos

de Avila y Salamanca hombres sobrado desalmados
,

tímidos ó

muy

que

lo declarasen nulo.

Como en su
y los

sinceridad no fiaba nadie, entregó en rela

henes á un deudo de
castillos

doña Juana

el alcázar

de Jaén
tales se-

de Castrojeriz y de Dueñas. Con
la

guridades se hizo solemne y públicamente

boda
;

Una noche
la siguiente

bastó á helar la vehemencia del rey

y á

aurora se

le

vio salir de Cuéllar

car

la

fianza de los castillos, salvo el

y revode Dueñas, que
Castro
,

con

la villa

de este nombre dejó á
la afrenta

la

como

en memoria de

en que

la

hablan sumido

su infeliz belleza y su simplicidad extremada.

Eco amenazador tuvo

el

resentimiento de este
,

doble escándalo en todas partes

y

muy

particular-

mente donde Portugal linda con
ble de cuenta
,

Galicia. Allí

un nohasta

pasando

el

Miño todos

los dias

cumplirse nueve, vino de Monzón á Salvatierra, y
dijo ante

un notario que
Difícilmente
justicia

se desnaturalizaba del rey

de

Castilla.

pudo nunca usar de

este
el

fuero con
(juc

mas

ningún magnate; llamábase
,

ahora ocupa nuestra atención
,

D. Fernando de
la

Castro

y era hijo de

los

mismos padres que

señora

77
escarnecida por
la

conducta infame de un soberano,

que á trueque de hacer su voluntad atrepellaba por
todo.

Reforzada

la liga

con las gentes que

le trajo

don
las las

Fernando de Castro, movióse D. Fadrique hacia tierras de su maestrazgo con ánimo de señorear
fortalezas,

y

D. Pedro acudió prestamente á exigir
le

que

los

comendadores de Santiago
freiles

guardasen

el

homenaje. Hid)o

como Pedro Ruiz de Sandoque

val que, dejando el castillo de Montiel á persona
lo

entregase

al

rey D. Pedro, pues hizo suyos todos

orden á su tránsito por Llerena, se unió á D. Fadrique de quien era vasallo; y húbolo como
los
la
,

de

Lope Ruiz de Avendaño que se excusó de acoger
,

al

monarca dentro del
al le

castillo
,

de Segura

,

asomándose

adarve con una cadena
habia echado
el

que en señal de sumisión
la

maestre á

garganta.

A
lo

codicia de ganar valimiento ó á saña de haber-

perdido, se pueden atribuir estos principios de

revuelta. Bastardos traidores
le

dan vida

:

y proceres insolentes ayudada por sus vasallos toma cuerpo:
,

y quizá no anuncia borrasca peligrosa sino fugaz nublado. 0])ispos hay que sancionen el libertinaje del
rey; hechuras de los Padillas que
le

presten apo-

yo;

si

las

ciudades reconocen á D. Pedro como dueño

absoluto de la hacienda y de la vida y del honor de sus vasallos; si la religión de ellas no se ofende viéndole convertir
el

santo matrimonio en juego que

78
brinda ganancias á su incontinencia;
si

pacientes y

resignadas toleran que los Padillas las vejen y
,

empo,

brezcan y aniquilen distribuyéndose sus tesoros se

hundirá
grito

la altanería

de

los

grandes, enmudecerá

el

de

los bastardos,

y no habrá quien se atreva

ni

aun á dolerse en secreto de ver allanado su hogar

y arruinada su fortuna y vilipendiada su familia. Es voz de las que suenan vagas y se repiten á
bulto, que D. Pedro de Castilla opuso la adhesión de
las

ciudades á

la deslealtad

de

los señores,

y que por

lo tanto
la

conviene juzgarle como enemigo capital de

nobleza y protector resuelto del estado llano. Para

sostener opinión semejante, se necesita no
cerrar los ojos á la luz de
lo
la

menos que

verdad y suprimir todo
Toledo es
la
,

que nos trasmite
las

la historia.

primera
poniénlos

de

ciudades castellanas que
lo

lo

desmiente

donos en estado de conocer
cejos

que pensaban

con-

de

la licenciosa

vida y del arbitrario proceder

del soberano. Por disposición de este y á fin de reti-

rar á

doña Blanca de
el bullicio
,

los lugares

en donde se enma-

rañaba

fué llevada de Arévalo á la bien

fortalecida ciudad

que baña

el

caudaloso Tajo.
la triste

Ya en
reina

sus calles y camino del alcázar, suplicó

á Juan Fernandez de Hinestrosa, encargado de su
traslación y tio de la Padilla,

que

la

consintiera

ha-

cer oración dentro

ele la

santa iglesia toledana. Blan-

do de corazón y de carácter muy honrado aquel buen caballero, vino en accederá loque doña Blanca

79
le

pedia, y no osó violentarla luego que prosternada

al pié

de

los altares

invocó inocente

el

derecho de

asilo,

valedero para los facinerosos
,

mas contumaces.

A

todos pesaba de su prisión
así Tello
,

muerte:

y todos se temian su González Palomeque y D. Pedro
,

Gómez Gudiel

obispo de Segovia

que

la

hablan

custodiado en Arévalo, fueron los que la aconsejaron

que se acogiese
do recinto
:

al

templo y no abandonara su sagratoledanas hablaron con sus mari-

así las

dos y á sus parientes, diciéndoles que serian los mas

menguados hombres

del

mundo

si

tal

reina

como

aquella finase malamente en la ciudad donde ellos

tenian su morada, siendo una criatura tan sin pe-

cado y de linaje tan

ilustre.

Y

apiadados del inforal

tunio de doña Blanca, enternecidos

contemplar

el

hidalgo porte de sus guardadores, y sensibles á las
súplicas de sus madres,
los

hombres

del

hermanas y esposas, todos común de Toledo se movieron á darella las

}a auxilio

y á poner por

haciendas y

las

vidas

\ cualquier aventura. Igual roz echaron Córdoba,

Cuenca, Talavera, Jaén, Ubeda y Baeza, ciudades
todas de realengo, adversarias firmes de la nobleza,

y aliadas naturales del trono
que tocal)a en
el

,

mirando como asunto

bien público la justa rehabilitación
los infantes
el

de doña Blanca. También

aragoneses y

doña Leonor su madre, y
apresuraron á unirse á

bastardo D. Tello, se

la liga.

A

componer

las

vo-

lunlades desavenidas, ya que no enconadas, vino un

80
mensajero y legado de
zas D. Pedro de Castilla
;

la

Santa Sede. Sin mas fuerseiscientos

que una hueste de

hombres seguro de que una palabra suya bastaba á
aplacar turbulencias amenazadoras y males sin cuento;

pero animoso hasta ser temerario y deleitarse en

el peligro;

indomable hasta tener en menos someter-

se á los avisos de la razón y plegarse á las circunstancias
,

siempre que sus ímpetus

le

empujaban hacia

otro sendero;

enamorado de
la

la Padilla hasta frisar los
,

su pasión con

locura
,

,

no quiso atender
los

clamoni obe-

res de las ciudades

ni

amansar á

nobles

decer

al

papa, sino hacer cara á todos, y mantener
par-^

virgen su voluntad de hierro, y luchar á brazo
tido con la adversa fortuna.

En
los

aquellos disturbios jugaban,

como en todos

de esta clase, ambiciones legítimas y bastardas,

intereses privados, agravios desatendidos, venganzas

no satisfechas

,

el

afán de poner término

al

daño pro-

pio, la ruin tristeza por el bien ajeno; pero también
los

alimentaban quejas

muy

justas, intenciones

muy

sanas, deseos en extremo laudables; y sobre tocb

era popular y decorosísimo y en servicio del rey
grito

,

el

de

los

que alentaban y favorecían que D. Pedro

la revuelta.

Unánimes

solicitaban

hiciese vida con

doña Blanca su esposa; que desterrase á
á su

país extraño

manceba

la Padilla,

y que

la

gobernación del

reino cesase de correr á cargo de sus parientes. Esto,

que para

el

monarca distaba mucho de ser un sccrc-

81
to, se lo dijo

públicamente su

lia

doña Leonor en

Tordesillas á

nombre de
le

los coligados;

y teniéndose

por ofendido de que saron

pidiesen tales cosas, no pa-

mas adelante

las negociaciones.

Bien que D. Juan Alfonso no fuese hijo de rey

como

los bastardos, figuraba al frente

de

la liga,

gra-

cias á su capacidad notoria. Por hablas quiso

meter

sus haces en Yalladolid y en Salamanca
fallido el intento, las

,

y saliéndole

aposentó á viva fuerza en

Me-

dina del Campo. Allí murió Alburquerque y aun susurróse que de veneno y por

maña de su

físico,

vendido á

las iras del

soberano; falsedad probada y

nacida sin duda de que á los ojos del vulgo ninguna

persona de viso fallece de muerte natural mientras
reinan
príncipes sañudos.
la

Lejos de aliviar

aquel

magnate su pecho de
para
el

ponderosa carga de
la

los odios

tremendo viaje de

eternidad

,

legóselos á

sus parciales; y con ánimo de que no los amorteciera
el

olvido

,

dispuso que llevara su voz en los consejos

su mayordomo mayor Rui Diaz Cabeza de Vaca, y

que su cadáver fuera siempre en

la

hueste dentro de

un atahud hasta que se acabase aquella demanda.
i

Espectáculo peregrino y
el

testimonio auténtico de

rencorosa barbarie,

de una confederación capita-

neada por un muerto!
Sobre ser contados
los

que acompañaron
le

al

rey

de Tordesillas á Toro, donde

habia j)recedido su
,

madre, andaban tan desacordes que
G

como desea-

sen á porfía hospedar bajo sus techos á tres caballeros
,

allá

enviados desde Medina del Campo á
todo motivo de alboroto
, ,

fin

de

disipar

moviéronlo tan

grande con tan pequeña causa que hubo cuchilladas
y heridas y muertes. Hasta D. Pedro se hizo bandero

en aquel

bullicio, auxiliando á los
lo

Alvarez de Toledo

contra los Tenorios; por

que estos medrosos ó
el ejército

vengativos, fuéronse á engrosar

de

la liga,

compuesto de

siete mil caballos

y gran número de
al

peones, y bien provisto de vituallas, merced á las

que

les ofrecian
la
,

ó se tomaban en los pueblos, y

oro que de
D. Fadrique

casa de D. Simuel Leví en Toledo trajo
recien incorporado á sus hermanos.
,

Sin embargo del impensado accidente

expusie-

ron
la

los caballeros

su embajada

,

fiel

reproducción de

que dias antes habia llevado doña Leonor á Tor-

desillas.

A dar largas al negocio tiró
,

el

rey, insinuanlos

do su deseo de tener unas vistas con

cabos de

la

revuelta y entendiendo que todo se baria bien desde

que hablasen juntos unos con

otros.

Admitida

tal

idea por los embajadores, se concertaron en
la ocasión

el lugar,

y

la

manera de

ejecutarla. Cincuenta
,

y

cincuenta se adelantaron á Tejadillo

los del

rey des-

de Toro, y desde Morales

los

de

la liga, todos á

ca-

ballo vestidos de lorigas, quijotes

y

canilleras,

con

espada en

mano

y almófares en las cabezas. Solas

dos lanzas se vieron en aquella especie de negociación armada; llevábanselas sus respectivos donceles

85
al

soberano de Castilla y

al

infante

de Aragón don

Fernando.

Apenas

se saludaron cortesmente

,

habló Gutierre

Fernandez de Toledo por mandado del rey y en su
nombre. Quejoso de que tan grandes caballeros anduvieran arredrados de su persona y de que tuvieran á maravilla que
,

al

modo de
,

los

demás

reyes, es-

cogiera privados de su gusto

brindóles con

muchos

bienes, gracias y honras, siempre

que no siguieran

asonados.

En

lo

concerniente á doña Blanca se avino
,

á enviar por
sa.

ella

y á

llevarla á su lado

como espoque reco,

De parte de

los coligados

respondió gravemente

D. Fernán Pérez de Ayala. Dijo ante todo

nociéndole aquellos señores por rey y señor natural,

necesitaban su perdón
aquellas vistas
,

,

á causa de acudir armados á

si

bien con autorización suya. Desdesignio principal de ellos con-

pués expuso que
sistía

el

en suplicarle por merced que honrase á su
,

mujer doña Blanca de
res

la

manera que sus antecesoreinas de Castilla,

honraron á

servirle

y en de buena voluntad tan luego como se creyelas

otras

ran seguros en su reino y en su casa. Para legitimar
la

desconfianza con que vivian y
la

el

temor que

les

desasosegaba, hizo memoria de

mala suerte que

cupo á Alburquerque y á Nuñez de Prado, sin mas
culpa que la de ser los primeros en celar su servicio,

amonestándole que consolase

el

pesar que afligía á
la

sus vasallos por verle huido de una princesa, á

84
cual habia apartado del país nativo con voluntad
o})l¡gacion

y

de labrar su ventura.

Y como sus palabras
la

eran eco de aquellas amonestaciones, recelaban fun-

dadamente

salir

mal librados de

demanda en
,

el

caso de que al ajuste en que andaban entonces, so-

breviviera

el fatal

valimiento de los Padillas.
el

Al frente de cincuenta caballos estaba
delante de otros cincuenta
el

rey

,

y

infante D. Fernando:
el

ninguna distinción habia entre
personajes
:

fausto de
,

estos

no quiso hablar

el

cio el otro: cada cual facultó á

uno y guardó silenun caballero de los
alegara sus
los dis-

mas razonados de su hueste para que
,

mutuas intenciones y dio su aprobación á
iguala igual pactaban

cursos en que fueron desenvueltas sesudamente.
el

De

trono y la liga: aquel sin

fuerzas para dictar la ley después de
esta con recursos
,

un combate:

pero sin atrevimiento para vencer

por armas

al

príncipe, á quien rendia vasallaje: el
,

rey debilitando su autoridad reconocida
la

con hacer-

servir solo á su conveniencia: los confederados

robusteciendo hábiles sus ocultas ambiciones, con

pregonar

las

necesidades del bien de toda
;

Castilla.

Los derechos del rey eran legítimos

su conducta y

su gobernación, bastardas: de subditos leales eran
propias las solicitudes de
la liga; el

modo

marcial

con que las formulaba, se resentia de sedicioso. Cierto es

que en

la

terquedad de D. Pedro se liabian es-

trellado súplicas

y consejos de

los nobles

,

obispos y

85
ciudades, amenazas y anatemas del Papa; pero aun
así los

que

se

armaban en su contra merecían

la ca-

lificación

de rebeldes, y como podian ser vencidos,

se hallaban en el resbaladero de traidores.

No

sor-

prende que un soberano considere ajada su dignidad, cuando se encuentra descarriado de
lo justo,

y

hay quienes

le

hostiguen imponiéndoselo á viva

fuerza: es laudable que

un príncipe rechace

la

huque

millación hasta para

corregir sus errores; lo
el hijo

choca y exige censura es que
so
le

de D. Alfon-

XI

,

se obstinara en

no

salir del
,

mal paso en que
la

hablan puesto sus vicios echando de

corte á la

Padilla y á sus parientes; volviendo á llamar á su

lecho á

doña Blanca y á
,

los oficios del reino á sus

desinteresados defensores; y cerrando las puertas del
favor á los bastardos y á sus secuaces. Así su poder
saliera ileso del conflicto, y la rebelión

quedara

ai

desnudo
rible;

,

sin barniz

que disimulase su fealdad horCastilla

y hoy nombráramos á D. Pedro de y protector del estado llano,
,

justiciero

sin violar los

fueros de la razón
la historia.

y

sin declararnos

en pugna con

Es de notar que,

lejos

de excederse

los

de

la liga

del comedimiento de suplicantes, acelerando la
cisión

de-

de su demanda tuvieron
,

el

buen sentido de

fiarla al

tiempo y

al

debate; de suerte que cuatro
los
lo

caballeros de cada
el

uno de

bandos platicaran en
ai

negocio, y consultaran

que mejor estuviese

86
servicio del rey
ciertos

y á
al

la felicidad

de sus

vasallos.

Muy

estaban,
,

buscar tan apacible manera de
lo

avenimiento

de que en
la

aparente de sus peticio-

nes les guardaba

espalda toda Castilla; y harto
,

descubría D. Pedro con eludir los tratos
le

que

,

si

no
el

era dado triunfar por armas, le sobresaltaba

peligro inevitable de ser vencido con persuasiones.

Sus esperanzas vino á
la liga;

cifrar solo
los

en desunir á

los

de

amaño vulgar de

que mandan y no son que reinan y no son
las intrigas

fuertes; endeble
justos.

apoyo de

los

Mas pararon en infecundas

de sus

emisarios secretos, pues aunque poseyeran sagaci-

dad
de

suficiente para socavar la constancia

de algunos

los

confederados

,

no habia prestigio que bastase

á dar por buenas y de crédito las palabras de un
soberano
,

que se esmeraba en burlarse de

las

mas
pa-

solemnes.

Cuerdos
cientes,

,

contra
lo

el

uso de los tumultuarios
los

;

como no

son jamás

que cuentan de su

parte la razón y la fuerza; con capa de humildes,

como

si

no fueran soberbios y en ademan de desin, ,

teresados

como

si

no fueran ambiciosos se mantu,

vieron los bastardos y sus amigos en las vias de
conciliación algún tiempo
,

la

mientras
,

el

monarca re-

huía anudar los tratos. Por fm después de consumir
los víveres

en

la

comarca de Morales se movieron
,

ordenadamente hacia
vista á

el

camino de Zamora para dar
,

Toro desde

las feraces riberas del

Duero. Sin

87
experimentar
rallas,
el

mas

leve susto y

al

pié de las

muque
le

menos

fuertes

que su tesón y valentía, vio

D. Pedro desfilar aquel ejército numeroso, en

iban veinte hombres por cada uno de los que se

conservaban
fanos de

fieles
,

,

y con

ellos los

bastardos
,

,

huér-

madre ya que no por su mandato con su
;

asentimiento

D. Juan de la Cerda
,

,

yerno del Fer-

nandez Coronel castigado á su vista en Aguilar por
sedicioso; D.

Fernando de Castro, hermano de

la

beldad deshonrada en Guéllar por su lascivia; y co-

mo
to

alma de

la

revuelta

,

el

cadáver de D. Juan Al-

fonso de Alburquerque, dentro de

un atahud cubier-

con paño de oro, y sobre unas andas sostenidas en
vasallos
,

hombros de sus
Para
la

que eran muchos y buenos.

temeridad de D. Pedro significaba poco
el

no amilanarse en
rostro sereno
taja,

mayor apuro y aguardar con
las insinuaciones
,

una lucha muy desigual en su desven-

y

oir

con altivez desdeñosa

mas cumplideras á su buen nombre
valor el arrojo
,

si

no anadia

al

y

la

provocación á

la repulsa.

Aun

se afanaban los confederados por asentar su

nuevo

campo y ya cabalgaba
,

el

rey con cien hombres fue,

ra de Toro

,

no para arbitrar auxilios
la

ni para

po-

nerse en salvo con

fuga, ni para buscar mejor
,

defensa detrás de otros macizos baluartes

sino para

posar en Ureña y adormecerse fascinado de ilusiones

y exento de zozobras en

los brazos de la Padilla y hacer imposible todo término de acomodo. Esto puso
,

88
en claro
la

viuda de D. Alfonso XI
la liga,

,

llamando osten-

siblemente á los de

con los cuales estaba sin

duda de
y muy

muy

atrás en conexiones secretas.

Rogados

una y mas veces, cedieron á sus asiduas

instancias,

satisfechos se hospedaron en Toro.

A

escándalo incita lo monstruoso de confedera-

ción semejante: en verdad se ostenta floreciente y

vencedora; pero es
ras

ficticio

su vigor y son perecede-

sus conquistas, fundándose
,

en pactos que
los

la

honradez privada reprueba y con

que
el

la

moral

pública no transige. ¿Tan hinchado está

corazón

de

los bastardos

de malas pasiones, que, para darlas
las

vado, no duden estrechar
sangre de
la

manos teñidas en
los llevó

la

mujer sin ventura que

en sus

entrañas? ¿Dónde hay palabras que no sean pobres

de colorido y débiles de significado para pintar

la

desnaturalización de una madre, que vende su propio hijo á los de la

dama que robándola
,

el

cariño

de su esposo, acibaró sus años juveniles, y
triste

mudó en

soledad su grandeza? No, las ambiciones, por
,

desapoderadas que sean

y

])or

inquietas que se agi-

ten, y por furibundas que revienten, no conducen á

tan

enorme extravío de

lo

razonable y de

lo

deco-

roso, ¡Gentes propensas á la iniquidad

y ajenas de

todo sentimiento bueno y justo las que se unian con
tales lazos
,

y manchaban para sienq)re su memoria!
el

¡Rey indigno del cetro
cía verosímiles tan

que con sus desmanes ha-

absurdas alianzas!

89

Y

entretanto casi todos los validos de

I).

Pedro,

turba mercenaria, voraz en su codicia y pusilánime

para mayor desdoro
aciertos

,

le

comprometian con sus deslos peligros.

y

le

abandonaban en

A

Ureña

fueron uno de sus parciales y otro de los de D.
rique
,

En-

y de buena
,

fe le el

pintaron
interés

lo

conveniente de
la
la

su vuelta á Toro

pues

común de
á quien

corona
calma.

y de los vasallos estribaba en que resucitase

Gutierre Fernandez de Toledo

,

el

rey fiaba
,

arduas empresas para consumar crueldades y don
Diego García de Padilla en cuyo exclusivo provecbo
.

había finado á manos de asesinos
trava,

el

maestre de Cala-

no

se pararon á indagar

si

era ó no oportuno
:

que

el

monarca transigiese con

la liga

careciendo de

tranquilidad sus conciencias y sobrando miedo en

sus corazones, dijeron de plano que

si

D. Pedro re-

gresaba á Toro

,

ellos

no tenian intención de acom-

pañarle. Por el contrario Juan Fernandez de Hinestrosa
,

tio

de

la Padilla

,

se hizo

merecedor de

alta

fortuna, con mostrar agradecimiento y fortaleza en
la

hora de

las adversidades.

Su dictamen fué que

el

soberano se encaminase luego adonde estaban su

madre y su
de acreditar

tia, las
le

reinas viudas, y

muchos gran-

des con quienes
el

cumplía vivir avenido. Ademas
,

desprendimiento mas laudable
él ni

im-

pulsándole enérgicamente á que ni por

por su
,

sobrino D. Diego pusiera en condición á Castilla

ni

aventurara

el cetro,

que podria usurparle

el

infante

90
D.

Fernando

si

continuasen

desvariados los ne-

gocios; decliado el Hinestrosa de varones insignes,

aseguró que por mal que
,

le

quisiesen los del otro
,

bando y aunque peligrase de muerte no dejada á
su rey solo en tan crítico instante. El tesorero D. Si-

mucl Leví emuló
la

esta hidalga conducta, desmintiendo
la

preocupación de aquel siglo, que denostaba á

raza hebrea con injurias, la oprimia con tormentos,

y

la

despreciaba
,

como incapaz de concebir una
,

idea

sublime de tener un sentimiento honrado y de ejecutar una acción noble.

Arrojo exigia

la

vuelta á Toro, donde estaban

con todo su poder

los rebeldes , sin tener
:

prenda se-

gura de cuáles fuesen sus designios
para que D. Pedro no
la

tanto bastaba

demorase

,

puesto que en

materias de valor podia aleccionar á los adalides

mas

bizarros de su tiempo. Determinado quizá á olvidarla, se despidió súbito via de Toro.

de

la Padilla

y echó por
,

la

A

distancia de la población

saliéronle
,

al encuentro los bastardos y sus parciales
al

humildes

parecer

como

vasallos, encubiertamente

armados

como

rebeldes; y al saludarle respetuosos, le tomaron
si

enmedio, pudiéndose dudar

como á señor ó por
Dole

cautivo. Bajo las bóvedas del convento de Santo

mingo

le

recibieron su

madre y su

tia

paterna y

colmaron de

felicitaciones,

porque condescendía en

rodearse de todos los buenos y grandes de sus rei-

nos

,

en vez de andar apartado por

los castillos.

Es

91
inútil disfrazar los
,

hechos: quitarles su significación
,

genuina es tarea de detractores ó panegiristas

no

de historiadores. Por mucha reverencia que hiciesen
los

bastardos á D. Pedro

,

y por aderezadas que fuevilla

sen sus palabras, habiéndole atraido á Toro,

despoblada de gentes que se

le

conservaran adictas,
las opuestas si,

quedaban perfectamente deslindadas

tuaciones. Vencido se hallaba el trono

la liga triun-

fante, el postrer anhelo de D. Juan Alfonso de

Al-

burquerque satisfecho
ria
,

;

y en celebridad de

la victo-

descansaron
el

al fin las

traqueadas cenizas de este

magnate bajo

polvo de la sepultura.

ill.

Guerras entre Castilla, Aragón

y

Granada.

Al
la

escalar el poder los

bastardos y

sus adeptos,

hiciéronlo á

modo de

tigres

que se lanzan á devorar
,

presa

,

y luchan entre

rabiosos

codiciando cada

cual llevarse, la mejor porción en las garras. Desde

luego encarcelaron á D. Simuel Leví y á Juan Fer-

nandez de Hinestrosa
D. Fernando, gefe de

,

y se nombraron
la

,

el

infante

cancillería, el infante
,

don

Juan

,

alférez

mayor
la

,

D. Fernando de Castro
clase,
oficio
,

mael

yordomo de
mente por

misma
,

y camarero mayor

maestre D. Fadrique

desempeñado habitual,

y que conferido á un significaba un puesto debono gran señor ahora,
caballeros llanos

94
ñor, sino de responsabilidad y vigilancia. Sin cargo
especial D.

Enrique
,

,

tenía

mano

sobre cuantos ha-

bia en la corte

y sojuzgaba á
,

los bastardos

por

el

derecho de primogenitura

á los infantes aragoneses

por valer mas que ellos en Castilla, á los demás
personajes por la alteza de su nacimiento
,

y á
,

to-

dos en común por ser su carácter mas flexible mas
paciente su cautela y

mas regulada su
el

astucia.

Anheloso aguardaba
sesgo las cosas con
la

reino que tomasen mejor

entrada de los confederados
dejó de ser

en Toro

;

mas en breve

un arcano que
á
,

todas sus miras se estancaban en derrocar
Padillas
,

los

para encumbrarse ellos á
al

la

privanza man-

teniendo preso

rey, á fin de no perderla; y que

se les habia ido completamente de la
bilitación
,

memoria

la

reha-

de doña Blanca después de proclamarla á
,

voz en grito. Por tanto

en vez de desenlazarse

feliz-

mente

los disturbios

,

caminaron con velocidad á mas
de predominio
los

terribles complicaciones. Sedientos

bastardos
se de los
la

,

querían consolidar

la victoria, sin

ayudar-

demás elementos que hablan concurrido á
la liga:
el

formación de
la

soberano perseveraba en
le

amar á

manceba y en querer que

rodeasen sus

parientes: el interés del reino seguía cifrándose en

que hiciera vida con su esposa; de suerte que triunfante la parcialidad de los bastardos, estaba en pug-

na con

Castilla

:

Castilla contristada
el

por

la

aviesa te-

nacidad del monarca:

monarca ansioso de verse

95
libre para soltar el freno á sus caprichos

y á sus

ri-

gores. Al principio

no

le

consentían sus hermanos

hablar con

muchos de

los

que

solicitaban esta honra:

poco á poco hubo descuidos en sus guardadores;
justas contemplaciones en el jefe de los

que
le

le

opri-

mian como á un prisionero de guerra; y
,

concela pri-

dieron tener cerca á D. Simuel Leví suelto de
sión mediante fianzas
ticar

muy

subidas en dinero; plasalir

á solas con algunos, y
vigilase

á caza

,

no sin gen-

te

que

de continuo su persona. de
los
la

Cuando

los agitadores

estados ponen en

juego sus recursos y aventuran
jula

vida sin otra brúlas

que
la

el

interés propio
,

,

no se elevan á

regio-

nes de

fama

antes descienden á ser
al

como géneros

que

se adjudican

mejor postor en público mercado.

Así doña Leonor y sus hijos los infantes aragoneses,

y algún individuo de
tros
,

la ultrajada familia

de

los

Cas-

y otros señores mal contentos del conde y del
el

maestre, abrieron
bastardos
,

corazón á
las

la

saña contra los

los oidos
,

á
las

sagaces palabras de D. Silas
la

muel

el
,

tesorero

y

manos á

pingües dádivas
nota de tornadialgo tras-

del rey

no dándoles aprensión
de salir aventajados.

zos, con tal
luciese D.

Aunque

Enrique de aquellas concertadas desercio-

nes, no era poderoso para cortarlas á viva fuerza,

mermándosele de dia en dia
contemporizar atendia
,

los

parciales; y

si

á
el

mas que su

acción volaba

tiempo, y sus facultades no rayaban con mucho

donde

las

solicitaciones

de

sus versátiles amigos.

Imposibilidad habia de que tan embarazosa situación durase
;

pues viendo que

los

que eran más se

tornaban á

la

merced

del rey

,

jurándole fidelidad y

recibiendo señoríos; los que eran menos, y le tenian,
airado
,

echaban por
el

la

misma senda y

se

daban por

pagados con
bullir

indulto. Tres

meses pasaron en aquel

de afrentosos amaños, de interesados ajustes
,

y de recíprocas traiciones
bia

y

al

cabo de

ellos

no ha-

manera de formar

á D. Pedro de Castilla
los

una

guardia en que no preponderasen

de su bando.

Como
jando

lo

tenía

de costumbre

,

por noviembre de

135Í cabalgó un dia fuera de
la

la villa

de Toro;
el

aflo-

rienda á su cabalgadura, aceleró

paso:

sus parciales esterilizaron la resistencia opuesta á la

huida por sus enemigos
la

,

los cuales al

reponerse de

natural sorpresa

,

intentaron en balde rasgar con
la

sus ojos, centellantes de ira,

espesa niebla que
al fugitivo.
al

entoldaba
palada
los
la

la

atmósfera y favorecia

Pro-

noticia

en Toro
los

,

quedaron

descubierto
la reina

engañados y
IMaría

engañadores, porque
la

doña

y

los

bastardos

oyeron como infausta
hi-

novedad y sobresaltados; y doña Leonor y sus
jos, los infantes aragoneses
,

impasibles

,

como que

estaban en
Sin
.se

el

secreto.

el

azar

mas

leve llegó

el

rey á Segovia

:

allí

le

juntaron los infantes:
los jefes

allí

supo cómo se diliga
,

seminaban

de

la

desmembrada

á bus-

97
car seguridad ó socorros; el maestre D, Fadriqíieen

Talayera
tro

,

D. Tello en Vizcaya

,

D.

Fernando de Cas-

en

Galicia:

desde

allí

le

fué dado extender la

vista por el reino

y contemplar tres grandes centros

de
ca
;

bullicio:

en Toledo, donde permanecía doña Blan,

en Cuenca
al servicio

donde

los Garcías
,

de Albornoz esta-

ban

de D. Sancho
,

otro de los bastardos

de D. Alfonso XI

;

y en Toro donde quedaban doña
al

María y D. Enrique. ¡Hora suprema,

par que im-

ponente, aquella en que á
con sus manos
cordia
oir ó
!

los

reyes toca levantar
la tea

la oliva

de

la

paz ó

de

la dis-

Hallábase el de Castilla en plena libertad de
las súplicas

de menospreciar

de

los

que se la-

mentaban de sus extravíos; de quitar á nobles y á
ciudades todo pretexto de alboroto
,

haciendo ahora

de grado

lo

que antes se

le

exigia violentamente;
el

de perseverar en su rebeldía contra
lándose de sus anatemas; contra
infortunio,
la

Papa, burel

candidez y
la

mudando para su

esposa

sombra del

regio dosel en la oscuridad de
la

un

calabozo; contra

sociedad toda

,

queriendo para
,

todas las mujela vista

res casadas ó
ellas acaloraba

por casar

siempre que

de

su fantasía y revolvía sus

fáciles

y

turbulentas pasiones.

Pudo escoger
,

á su albedrío
el

entre

el

bien y

el

mal
el

entre

el

amor y
el

odio de
las

sus vasallos, entre

aplauso y

oprobio de

generaciones no venidas entonces

al

mundo. La simlos

ple intención de procurar lenitivo á

daños que

7

98
fatigaban al reino, fuera gloria; y
(íonsiguiéralo sin
si lo

procurara,

duda; que solo sus desórdenes do,

mésticos y gubernativos
la

podian enviar prosélitos á

opinión de los bastardos; y de no encenagarse
los vicios, todos los

nuevamente en
na voluntad
le

hombres de bue-

formaran con su pecho recio muro.
,

Perpleja Castilla
político
la

deseaba conocer
,

el

pensamiento

de su monarca pues era

lo cierto

que desde
,

caida de D. Juan Alfonso de Alburquerque no hafijo

bía acreditado tenerlo

ni vago, á

no contarse

por

tal el

de cumplir su gusto. Harto se comprendía

que
te el

el

magnate portugués habia llevado atinadamen,
,

peso de los negocios

de

la

y que fiados á los deudos que por su intercesión malhadada ascendió á la
la fortuna,

cumbre de
torpeza
,

degeneraba

la

habilidad en

y no mas se pensaba que en salir del dia. Aquellos sabios decretos encaminados á robustecer
poder del trono, y que vedaban á los comendadores de las órdenes de Alcántara y de Santiago
el

admitir en las fortalezas á sus respectivos maestres
,

sin especial aviso

,

fueron anulados por D. Pe-

dro

al

premiar

la lealtad del

uno y

al

imponer pena
,

á la traición del otro. D. Fernando Pérez Ponce
riente de doña Leonor de
rirse á la liga
,

pa-

Guzman no
,

quiso adhe-

y en recompensa se

le

devolvieron

todas las atribuciones anejas á su maestrazgo.

A don

Fadrique se

le

destituyó del suyo por sedicioso; ob-

túvolo O. Juan Garría de Villajera,

hermano bas-

99
tardo de
lujo
la Padilla
,

sin trabas
,

de ninguna
el

clase.
la

Por

de violar leyes se
,

lo
el
:

impuso

rey á
le
,

orden

de Santiago

bien que

matrimonio
al

inhabilitaba
falleci-

para aquella investidura

modo que por
la

miento de Pérez Ponce, forzó á

orden de Alcán-

tara á llamar maestre á Diego Gutiérrez de Geballos,

que

ni

aun

se contaba entre el

número de sus

freiles.

Un
minar

brevísimo cotejo de las cortes de Valladolid
las

de 1351 con
la

de Burgos de

1

355 basta á deter-

absoluta desemejanza de la gobernación de
la

Alburquerque y de

de

los Padillas.
al

Aquel habia
le

logrado que se respetase
:

monarca y
,

presentó

en Valladolid victorioso estos
la ilegitimidad

le

desautorizaron con
le

de su valimiento, y
las

acompañaron

á Burgos, vencido; en

primeras cortes estuvo
las las

holgadamente y con abundancia de recursos; á
segundas
asistió

de prisa y necesitado
las otras

:

así

,

en

unas hizo leyes, y á
Sin descontentar

demandó
,

subsidios.

al clero ni

á la nobleza

trabajó fela

cundamente en Valladolid por estrechar
entre
el

alianza

trono y

el

estado llano: cediendo en Burgos
,

á las circunstancias

se

empleó en recopilar

el

Fuero

Viejo, verdadero código de la nobleza de Castilla,

altanera

,

desobediente y tirana. Al apartarse D. Pevalisoletanos
,

dro de

los

tenía pendiente la

nego-

ciación de su enlace con

doña Blanca

;

al

despedirse
la

de

los

burgaleses, solo algún iluso abrigaba

espe-

ranza de quo pusiera término á su virtual divorcio.

100
Antes se liallaban por todo
ta;
el

reino aparatos de

fies-

ahora no se veian mas que preparativos de

batalla.

Pero
los

el

rey D. Pedro habia demandado ayuda á
,

obispos

á los nobles y á

los

diputados para

aquietar á su
D.
,

madre doña María, á sus hermanos
,

Enrique D. Fadrique y D. Tello y
,

al

procer de

Galicia

con quien desde
,

lo

de Cuéllar estaba mala,

mente emparentado. Mucho
des de su altivez primitiva
,

hal)ian cejado los rebel-

y no

ofrecía obstáculos
al vasallaje.

invencibles el designio de traerlos

Des-

de Segovia
cillería

les pidió el
el

soberano los
le

sellos

de su can-

con

anuncio de que
,

hierro para labrar otros

y se

los

sobraba plata y enviaron al punto.

Para que vinieran á bien todas aquellas alteraciones, soltó
la

reina

madre á Juan Fernandez de H¡y contemporizadora hubo
,

nestrosa cogiéndole cuatro caballeros en rehenes.

Según era su índole
(le

afable

desvivirse por quedar airoso en el papel de

mey

dianero; mas, no recabando de su valedor ni aún

suavidad en

las palabras

,

descuidó volver á Toro
los

,

no dio señales de acordarse de

rehenes que

allí

habia dejado; y doña María los puso en libertad con
el
el

pensamiento de mas obligar á su

hijo.

Yendo
el

conde D. Enrique en ayuda de su hermano
,

maestre
puertos
,

tomáronle algunos de tierra de Avila
le

los

y una emboscada, de

batieron después de hacerle caer en
lo

cual

se

vengó atrozmente,

101
pues redujo algún lugar á cenizas, y sepultó en
ellas á

muchos de

los

vencedores y de sus

linajes.
el

Los mas de

los toledanos,

comprometidos en

leal

vantamiento á favor de doña Blanca, pidieron
rey que se presentara en su ciudad dían ser acogidos los bastardos
cían
, ,

donde preten-

cuyas obras parela

mas adecuadas para enajenarse
estaba casi disuelta
la

voluntad

del reino

que para hacérselo devoto. Por consiliga
el
,

guiente

la

la

reina doña
,

María en
trosa
tida

camino de
la

reconciliación
,

Hines-

procurándola en

corte

Toledo
la

arrepenlos

de haber unido su causa á

de

que

eran bastardos de nacimiento y de conducta. Visiblemente se allanaban delante de D. Pedro las
dificultades
cía
,

y

el

término de
su
la

los alborotos

no apareal ri-

muy
la

lejano.
,

En
ó

mano estuvo
la

preferir

gor

blandura

severidad á
,

clemencia.

De

alabanzas se hiciera merecedor

reprimiendo su saña

y derramando perdones: recta
agobiando bajo
del trastorno.
el

justicia administrara,

peso de

la ley

á los promovedores

Aunque

el

reino se quejaba fundadamente de
lo

que su señor natural

desordenara todo con

los es-

cándalos de su conducta y las tropelías de su gobierno
te el
,

los

bastardos habían abdicado completamenlas

derecho de acriminar por
,

mismas causas á

su hermano

desde

el

instante en que hicieron causa

común con

los Padillas.

A

sus compromisos faltaron

102
sin rebozo, llaraantlo á D. Juan Alfonso

de Albui'-

querque á

la

revuelta, y ajaron ruinmente la

ma-

jestad del trono, prendiendo al
la

que

lo

ocupaba en

hora en que parecia mas propicio á dejarse ablanel

dar con persuasiones. Grande habia sido
justo era
el

agravio;

resentimiento; indispensable

el castigo;

que

la

piedad inconsiderada suele alentar á los re-

beldes, para quienes la gratitud es
la

un oprobio; y á
los

larga obliga
,

al

que gobierna á ensangrentar
los agraciados

cadalsos

á

fin

de que

por su benig-

nidad no pongan en
D. Enrique el

tela

de juicio su fortaleza.

mas

revolvedor, y D. Fadrique aun,

que

el

mas

inofensivo de los bastardos

y D.

Tello,

que hizo sus primeras armas salteando

los

caminos y

despojando de su hacienda á pacíficos trajinantes,

no tenian disculpa de su
á
la

delito

,

ni

derecho alguno

misericordia de su hermano: sus cabezas de,

bieron rodar bajo los pies del verdugo

para escar-

miento de traidores. Pero
jos de

la

perversidad de los hi,

doña Leonor de Guzman que jamás conmeel fin

moraron

desastroso de aquella

dama
,

ni

aun

para cohonestar su perdurable rebeldía

no autori-

zaba á D. Pedro para seguir reinando sin otra guia

que su voluntad
persticiosa

,

ni

mas apoyo que

el

de su

fe

sule

en

las felicidades

que interesadamente

vaticinaban gentes de baja estofa por hechizos y
cara de estrellas.

Mas en vez de

sacar enseñanza de los peligros,

105
y de atemperarse á
y de acreditar á
y en sus obras
se le alcanzaba
,

las

inspiraciones de la cordura,
fe

lo

menos buena
el

en sus palabras

no tardó

rey en descubrir que no
el el

mas pensamiento que
corona

de satisfadel terror

cer sus caprichos; ni otro sistema que

para llevar dignamente

la

;

ni

mas manera de
de atraerse

perdonar que
,

la

pérfidamente

artificiosa
,

los arrepentidos

con dulces promesas para matarlos

después á mansalva.
D. Pedro

comenzó
y
,

la

campaña presentándose dela villa le cerra-

lante de Toro;

los

que guardaban

ron

las

puertas

no por valor, sino de miedo.

A priel efi-

mera

vista sorprende

que
las
,

la

reina

madre empeñada
,

en traer á composición

desavenencias por

caz influjo de Hinestrosa
abiertos á su hijo

no acogiera con

los brazos
ella lo

en población donde

era

todo; y no obstante es forzoso concluir por justificar

su resistencia. Al pasar
,

el

rey por Medina del Cam-

po habia mandado asesinar súbito dentro de su mis-

ma

posada á Pedro Ruiz de Villegas y á Sancho
,

Ruiz de Rojas, dos de

los

caballeros

que hablan

vuelto á su servicio en unión de los infantes arago-

neses
el

,

y que por
el

ello

acababan de ser galardonados
Castilla,

uno con

adelantamiento mayor de

y

el

otro con la merindad de Burgos.
clara

De

esta suerte

de-

que no admite transacción ninguna,
el

ni tolera

que se ponga

menor dique á sus desmanes. Desde
las leyes; se

entonces conculca todas

hace enemigo

de

la

humanidad, representada por sus
los
si

vasallos; tienle place el

de indistintamente sobre
chillo

que bien

cu-

de

las

venganzas:
tal

á veces hace justicia, es
,

tanta y hecha de

modo que degenera en

cruel-

dad; por pequeñas culpas impone grandes castigos;

pena y da
el

muertes á muchos sin causa; y que se empeña en seguir el itinerario de sus jorterribles
Castilla
,

nadas por toda

resbala á cada paso en

el

ancho reguero de sangre que deja en pos de su
planta exterminadora.

A

Toledo va

el

rey llevado de sus rencores,
la

mientras los vecinos de

ciudad

le

creen amansado
,

y dispuesto á unirse con doña Blanca
facilitar la

y procuran

concordia, negándose á hospedar á los
,

bastardos. Estos

ayudados de algunos

parciales, se

apoderan de

la

alcana y

roban y asesinan á

mil

doscientos judíos. Ni con estimular
la superstición del

inhumanamente

pueblo se captan su ayuda; antes
la

le hallan

enemigo en

defensa de

la

Judería mavor,

á que ponen cerco; y sus pobladores auxilian á las

huestes del monarca

,

echándoles sogas para que palos

sen

las

azudes y no se detengan en señorear
la
,

puentes. Por suya queda
salen fugitivos
(jue
,

ciudad y los bastardos
,

y

los

vencedores en su alcance
,

aun-

no logran dárselo
el

porque

les

pone

alas el miedo.

Lejos de atender

rey las súplicas de los toledanos,
,

inutiliza sus sanas intenciones

y defrauda sus

legí-

timas esperanzas: empieza por ordenar que se tras-

105
lade á doña Blanca al alcázar de Sigüenza;

que

el

obispo de aquella diócesis sea encarcelado en Aguílar

de Campó juntamente con otros caballeros, y
,

que González Palomeque y algunos mas
prisión en el castillo de Mora. Después
tar á

tengan su

manda ma-

Fernán Sánchez de Rojas

,

á Alfonso

Gómez y
ser ami-

á Diego Martínez y á

Gómez Manrique por

gos de los bastardos; y luego á veinte y dos vecinos

de

la

ciudad por ser defensores de doña Blanca.

Entre estos se cuenta un platero octogenario, padre de un piadoso hijo que
cuello juvenil á las iras
,

por salvarle

,

ofrece su

de D. Pedro de
,

Castilla;

y

D. Pedro de Castilla admite el sacrificio

y

se deleita

en

el

derramamiento de aquella sangre generosa que

impulsaba los latidos de un corazón tan inocente.

De Toledo pasa á Cuenca
le

,

donde pacta que no
;

hostilicen

los

que guardan á D. Sancho
los

y de
al lla-

Cuenca á Toro, donde acuden

bastardos

mamiento de

la

Reina doña María.

Allí sienta el real,
el

pone máquinas y bastidas contra
serva

puente

,

y ob-

cómo
que

se le disminuye el
se le pasan
,

número de enemigos
que mueren en
Galicia á
las

con

los

,

y

los

escaramuzas

y

los

que acompañan á

don

Enrique

,

el

cual

teme vivir en lugar que asedie su

hermano.

Un

legado del

sumo

Pontífice llega á pedir
la

á D. Pedro que se una á doña Blanca, y ataje
discordia,

y restituya

la

libertad al obispo de Sile

güenza. Solo esto último

concede, y después os-

106
fuerza todavía

mas

el

conibale de

la villa

de Toro.

Por entonces acaece

la

derrota y muerte de García

de Yillajera, maestre de Santiago; y Fernandez de
Hinestrosa trata con D. Fadrique su retorno
vicio del rey
al ser-

y á

la

posesión legítima de aquella
le

y tan sinceramente afectuosas maneras le obliga que
investidura;
,

habla y con tan
bastardo depone
los rebeldes,

el

el

miedo logra seguro para
,

y para

y á

la vista

de

ellos

cruza

el rio

y

se incorpora al
la

soberano. Varios vecinos entregan á D. Pedro

puerta de Santa Catalina
ses de formal asedio
,

,

y

al

cabo de algunos mela villa

hospeda en

sus haces.

Se dirige

al alcázar,

en cuyo recinto tiemblan de
,

espanto los mas comprometidos y los menos espe-

ranzados en que

les

valgan

las súplicas

de

la

viuda

y

las

promesas del hijo legítimo de D. Alfonso XI.
,

Y

no se engañan

pues

al

acercarse

el

rey á

la for-

taleza se

asoma por encima
,

del adarve

un

caballero
,

llamado Martin Abarca y

solicita
,

su perdón tenien-

do en

los brazos á D.

Juan

otro de los bastardos,
;

y oye una implacable negativa no obstante se aban-

dona á

la

voluntad del monarca

,

y todos
le

le lloran

por muerto. Contra su costumbre

acoge D. Pedro
es transito-

mansamente
ria
la
,

,

si

bien su

mansedumbre
el

pues

al

poco tiempo suena

Abarca huido de

corte de Castilla.

Por mas que intercede
su hijo otra respuesta que

la la

madre no alcanza de
,

de instarla á que des-

i07
aloje el alcázar

y deje á su arbitrio

la

suerte de los
ellos,

caballeros

que están en su compañía. Dos de

Pedro Estébanez Carpintero y Rui González de Castañeda salen dándola
Tellez Jirón
el

brazo

,

y otros dos Alfonso
,

y Martin Alfonso Tello les siguen muy de cerca; y no bien pisan el puente, tendido so])re el

foso

,

les
,

acometen embravecidos
,

los
los

sayones
derriban
,

del príncipe

que están en acecho

y

á golpes de maza ó los degüellan con puñales

y

la

sangre de las víctimas salpica

el rostro

de

la

reina

doña María. Así recoge esta
ber educado á su hijo en
ganzas
,

el

dañado fruto de ha-

la

escuela de las
al

ven-

y de complacerse en que
las caricias

gustar el ex-

pansivo deleite de
el

maternales, se infiltrara
infantil

veneno del rencor en su pecho

y de na-

tural impetuoso; así bajo el peso del tremendo y providencial castigo cae desmayada; y desencajada

y convulsa vuelve á

abrir los ojos para horrorizarse

del sangriento espectáculo

que

la

rodea; y á articular

palabras,

para menospreciar

la

vida y maldecir á

su hijo

,

y dolerse de que aquel brazo exterminador
honra doña María, se apresura

quede suspendido sobre su cabeza.
Lastimada en
la

á alejarse del monstruo que ha llevado en su seno,

y pide amparo en Portugal á su padre, quien la recibe amoroso y después la mata con yerbas mal
, ,

pagado de su recato.

¡

Mujer de
la

infausta estrella la

doña María! nacida para

virtud, y depravada por

108
haber reconcentrado sus mejores esperanzas en
satisfacción
la

de sus odios; magnánima en
el

la

pros-

peridad y flaca de ánimo en

infortunio; ultrajada

y vengativa

,

espera un año y otro año hasta que
la

su esposo muere: y desahoga

saña de su co;

razón

,

vertiendo
la

poseída de
hijo
,

sangre de su rival indefensa y insensatez del furor entiende que su
la
,
,

cruel desde la infancia por sus lecciones
la

ha

de mostrarse benigno en
zonarla.

mocedad por no desa-

Su desengaño

es grande: solicita perdones
la

y nada pueden sus ruegos: anhela consolar á
triste

dama, despedida como
,

ella del

tálamo regio
;

de

Castilla

y

se la arrancan de los brazos

procura
el legí-

ser mediadora entre los hijos bastardos

y

timo de D. Alfonso

,

y únicamente consigue añadir

incentivo á las revueltas. ¡Mujer sin ventura!

Su

esposo
la

la

abandona: su hijo
;

la el

desacata; y su padre
,

asesina

y

al

censurarla

historiador

no puede

excusarse de compadecerla.

Pocos meses sobrevive
dición de Toro;

la

reina

madre á

la

ren-

y

sin

embargo no

fallece antes

de

ver á su hijo multiplicar
súplicas de

las ejecuciones, eludir las
,

Fernandez de Hinestrosa cansar

la

pa-

ciencia de sus vasallos y correr desalado á su ruina.

Acósale de continuo

la

sed de sangre, y en ver-

terla sin tasa consisten las alegrías

de su victoria.

Los Garcías de Albornoz evacúan á Cuenca, y se meten en Aragón con D. Sancho el conde D. En:

109
rique solicita seguro para partirse á Francia
,

y aun-

que se

le

otorga

,

necesita torcer camino por no ser

víctima de las asechanzas de su hermano. D. Tello
sigue en Vizcaya,

y

acierta

en rehusar
el

el

perdón
,

con que

le

brinda repetidamente

monarca quien
tajo

solo espera su venida para segar

de un solo
,

su

cabeza y
,

las

de

los infantes
la

aragoneses

y de D. Fala

drique, y de D. Juan de

Cerda, caudillos de
,

sedición de Toro. Se le frustra el designio

entonces se limita á asesinar

,

y por después de un tor-

neo

,

á dos hombres de

la

servidumbre del maestre

de Santiago.
D. Pedro ni olvida ni perdona; es

contumaz é
su

inexorable: astrólogos de raza hebrea pueblan
palacio
fos
,

y pronostican á coro los maravillosos triunespléndidas grandezas que le depara su

y

las

destino. D. Simuel Leví acaudilla aquella turba de

advenedizos, que labra su propia ventura vatici-

nando

la

ajena

:

además adula hábilmente
al

el

ansia
,

de atesorar riquezas que consume
nándole de oro tres
castillos,

soberano

lle-

y

así

dura en
el

el

va-

limiento. Cada vez se estrecha

mas

vínculo que

enlaza

al

rey y á

la Padilla:

dos hembras, doña

Constanza y doña Isabel, aumentan su prole. Al

amor de

la

manceba

sacrifica D.

Pedro

el

bienestar

desús

y su ventura. y hasta su concupiscencia y su codicia; menos su
sistemálicíi
ira.

vasallos, su propia reputación

todo

lo

rinde á las plantas de aque-

lio
lia

hermosura seductora. Muertos yacen
,

,

ó huidos
;

vagan

ó zozobrosos se esconden

los rebeldes

pero

subsiste la causa del disturbio:
sin augurar

nace

la

paz; pero

reposo: queda

el

rey vencedor; pero

reincide en los desórdenes que le precipitaran á
ser vencido. Nadie
fia

del

monarca

,

porque abun-

dan

los

ejemplos de que viola sin escrúpulo aquello
ni el

que jura solemnemente;
de nadie, porque
tener á los

monarca puede

fiar

los bastardos le

acostumbran

á
la-

mas

leales

por traidores. Castilla se

menta de
sobresalto

los vicios del

soberano

,

que producen
el

el

que

la agita
el

,

y acrecientan
los

desgobierno

que

la

postra;

miedo de

perseguidos alimenta

y

fortifica los

clamores, y las malas artes de los
la

ambiciosos no cesan de incitar á

revuelta.

Por

su parte

el

rey se subleva contra
se

el

que blanda-

mente ó por armas
salla

opone á sus gustos; y ava-

su alma á
,

la

suspicacia con

que viven

los per-

versos

y á

la

crueldad con que

mandan y gozan

y

se vengan los tiranos.

Aun quedaba manera de
visiones no

salvación á Castilla: dila liabian

menos encarnizadas
,

destrozado

en reinados anteriores y
ciguarlas
allá
,

los príncipes

supieron apa-

llevando á sus promovedores á pelear

mas

de

las fronteras.
la

Abrase por cualquiera de sus
reconquista
,

páginas

historia de la

y se verá á

grandes, medianos y pequeños olvidar sus enemistades en frente de las huestes contrarias, y

compe-

111
tir

en valor y en patriotismo y morir sobre un mis,
,

mo campo

ó vencer á
,

la

sombra de igual bandera.
los siglos

Es cosa fuera de duda que en

medios

la

guerra exterior sosegaba mas eficazmente que nin-

gún recurso de

la política

mejor entendida

,

las dis-

cordias intestinas de las naciones.
lo tenía la castellana

En

su propio sue-

enemigos irreconciliables de su

religión

la fértil vega de Granada crecían laureles para acabar de entrete-

y de su independencia; y en
que

jer la triunfal corona con
la

el cielo

galardonaba

constancia heroica de los descendientes de Pelayo,

del Cid y del vencedor en la
las

memorable llanura de

Navas de Tolosa.

Un

accidente impensado hizo que
,

la patriótica

guerra contra

los musulmanes se tornara en lucha menos popular contra los aragoneses. Estos se halla-

ban en pugna con

la

república de
al

Genova y unidos

con vínculos de aliados

rey de Francia. Llevábale

uno de

los almirantes

de Aragón oportunos socorros
,

en diez galeras y un leño y navegando á vista de
las costas

andaluzas

,

dio caza á dos naves placen-

tinas,

y

las

apresó en Sanlúcar de Barrameda, so-

color de pertenecer á genoveses las mercancías con

que iban cargadas. Esto sucedia á tiempo de holgarse por las aguas del Guadalquivir D. Pedro de
Castilla.

Ofendido de

la

irreverencia á su persona,

requirió al almirante Perellós á soltar la presa con
la

amenaza de

confiscar los bienes de los mercade-

112
res

catalanes

residentes en

la

ciudad de Sevilla.
el

Nada pudieron sus

justas intimaciones, pues
,

ma-

rino aragonés zarpó de Sanlúcar
las

después de vender

naves y de arrojar

al

mar

la

parte del cargamento

que para

no quiso.

Reparación necesitaba aquel agravio evidente.
consecuencia del tratado de paz ajustado en
i

A

352

por diez años entre los monarcas aragonés y castella-

no este se habia obligado á observar
,

estricta neutra-

lidad respecto de las naves de

Aragón y de Genova

que, persiguiéndose unas á otras, buscaran abrigo

en sus puertos
tilizarse;

,

donde naturalmente no debian hosel

de modo que
lo

almirante aragonés habia

contravenido á
esto

pactado por los dos reyes. Sobre
el

no hubo diversidad de opiniones en
;

consejo

del de Castilla

pero variaron en

lo
la

concerniente á

ventilar el caso con
ciaciones. Al
,

armas ó por

via de las negolos vali-

primer dictamen se arrimaban
la

dos no tan amados á
lian serlo antes
,

sazón por

el

rey

como

so-

y creidos de que volverian á capsi

tarse su predilección de lleno

se

movian

hostili-

dades; los proceres, militares natos, que veian en
la

guerra su ocupación
,

,

su solaz y su fortuna
les

;

y

los

prelados

que á trueque de que no se

antepusie-

ran los grandes en poder material, ni en ituportancia
política ni

en riqueza, se encontraban siempre

dispuestos á empeñar ó vender sus mitras. Del se-

gundo parecer eran

los

letrados, precursores legí-

115
timos de los hombres
les
liá])iles

en diplomacia

,

los cua-

cntendian que aquel asunto se podia conducir

á buen término por maneras apacibles con honra de
Castilla,

y sin deslustre de su monarca

;

y los con-

cejos de las ciudades y villas desjiobladas por los

horrores de

la

última peste, empolirccidas por las
,

violencias de la sedición y del mal gobierno

y ame-

nazadas ahora con nuevas exacciones

,

tratándose de
,

vengar un ultraje de

fácil

composición
rey
,

si

se procu-

raba sinceramente. Pero

el

que escuchaba tan

opuestos discursos, era joven de veinte y tres años,

de ánimo belicoso y de gran

bullicio

,

y anhelaba

que inflamase su pecho

el

imponente son de clarines

y alambores, y romper lanzas, y hundir yelmos, y
derribar jinetes, y abrirse calle por entre apiñado
tropel

dó peones con
,

la

espada enrojecida hasta

el

pomo
de
las

y empañada
batallas.

la

rica

armadura por
,

el

polvo

Remontándose
lo

pues
el

,

á

las

mas

elevadas regiones de

maravilloso

vuelo de su

entusiasmo
los

,

quiso probar armas y sobresalir entre

los

mas hazañosos y ascender á la inmortalidad de mas experimentados en las lides.

Un

alcalde de corte, Gil

Fernandez de Segovia,

fué á desafiar á D. Pedro IV de

Aragón de parte de

D. Podro

I

de

Castilla.
si

A
en

desafiar decimos deliberael

damente, dado que

inensaje
la

se contenian
el
la

proposiciones aceptables en

esencia para

mofor-

narca aragonés, tornábanse en irritantes por
8

114
ma. Pretendía
el

rey de Castilla que
,

le

fuese entre-

í^ado el almirante Perellós

responsable del insulto;
al

y

el

rey de Aragón se manifestaba pronto á oir

acusado, y á juzgarle de manera que se diese por

contento

el

soberano quejoso de su audacia. Para
la

mas enredar

disputa traia á cuento D. Pedro de

Castilla otros agravios

que se rozaban con algunas

encomiendas de

órdenes militares de Santiago y Calatrava, y D. Pedro de Aragón se avenía á satisfacer
las

en este punto

al

que á todo trance se empeñaba en

ser su enemigo.

De

belicoso gozaba también el rey de

Aragón

justo renombre;

mas

tenía empleada la flor de sus

soldados en Cerdeña,

y no

le

cuadraba distraer

hueste alguna en

las fronteras

de

Castilla.

Mal de

su grado se encendió una guerra de cuatro años;

guerra sostenida por mar con ventaja de los ara-

goneses
el

,

y por tierra con gloría de Castilla

;

en que
por-

monarca invasor contaba por aliados á
el

los

tugueses y á los moros, y
territorio, á los bastardos

que veía invadido su

de D. Alfonso XI, y á
la

todos los

castellanos,

que por huir de
guerra
la

muerte,
inter-

abandonaban sus hogares;
rumpida varias veces por
del jefe

en

fin

influencia civilizadora
allí

de

la cristiandad,

que,

donde

se sus-

citaban querellas entre sus coronados hijos, envia])a

mensajeros celosos á establecer treguas, cuanlas

do no podían asentar definitivamente

paces.

H5
Durante aquel período
sustenta
el
,

D.

Pedro de
ajeno
,

Castilla

combate

en

territorio

y don

Pedro de Aragón

pierde parte
al

de

sus dominios.
corre inle

Del ejército del uno
fatigable el cardenal

ejército del otro

de Bolonia. La caridad
la

man-

tiene

perseverante en

negociación de que cui-

da y que le sujeta á el monarca aragonés

muy

rudo trabajo porque
,

si

la facilita,

el

príncipe caste-

llano la embaraza: aquel

cede

de continuo: este
la

añade siempre alguna demanda á
otorga
:

última que se le

súbito destruye lo adelantado lentamente;
,

y

el

cardenal
,

revestido de paciencia y de

manse-

dumbre

se dedica á comenzar de
los

nuevo su santa

obra de amistar á

dos príncipes sin desdoro de
los

ninguno de

ellos;

y siéndole imposible extirpar

rencores, logra repetidamente con su fervorosa elo-

cuencia que los capitanes se retiren de los campos

de

batalla

y platiquen juntos, para buscar
la

los

medios

de vivir en adelante concordes.
Por desgracia,
guerra
exterior no

produjo

ahora avenencia ni tranquilidad entre
nos. Al principio trajeron sus fuerzas

los castellaal

servicio

del rey D. Pedro, juntándolas con las del infante

D. Juan, y las de D. Fadrique y las de D. Juan

de

la

Cerda, otros

dos

señores, que

animados

de patriotismo, deponian su recelo ó su saña. Don
Tollo con

sus vizcainos, y D. Fernando de Cas-

tro con sus gallegos, engrosaron la hueste invaso-

ra

,

al

par que

el

conde D. Enrique venía de Fran-

cia

á recil)¡r sueldo de D, Pedro de Aragón, á cuya
al

merced se iba

fin

el

infante D.
el

Fernando

,

su

hermano. Era de esperar que
lla
,

monarca de
,

Casti-

desfogando sus ímpetus en
las ofensas

las lides

no se acor-

dara mas de

anteriores;

y que, pren,

dados

los vasallos de' su bien
la

templado valor

de su

destreza en

campaña, y de su prodigiosa
las fronteras

activi-

dad, que de
las

de Aragón

le

llevaba á
la

atarazanas de Sevilla,

para acelerar

cons-

trucción de las naves;

y

á las aguas de Barcelona,
al territorio

para combatir á su enemigo; y
cia
,

de Murfe-

para estragarle

el

de Valencia, acabaran

lizmente por olvidar las antiguas quejas, y por obligarle en fuerza de lealtad
,

de amor y de respeto,
los co-

á variar

de costumbres

y á reinar sobre

razones.

Pero D. Pedro de

Castilla dio

margen á que
al

se

malograse aquella ocasión brillante de dar
lo

olvido

pasado y de ilustrar para

lo

venidero su

me-

moria.

Muy

luego se
la

le

desertaron D. Alvaro Pérez

y D. Juan de
donza Coronel

Cerda, agraviados de su persis-

tencia en querer atrepellar el
,

honor de doña Al-

esposa del

primero de estos dos

magnates
fuerte
el

,

el

cual se pasó Á los aragoneses. Hízosc
castillo

segundo en su
el

de Gibraleon. y fué

vencido por
le

concejo de Se\iila.

A

pena de muerte
ba-»

condenó

el

rey

,

despachando á uno de sus

H7
llesteros

desde Aragón
la

á Andalucía, para

que

so

ejecutase
'c

sentencia sin demora. Poco después se
el

presentó doña María Coronel A solicitar
,

per-

don de su marido

y

el

monarca tuvo
la perfidia

la

insensatez

de requerirla de amores, y

de engañarla,
la seguri-

entregándole una cédula de indulto, por

dad en que
tiempo.

estal)a

de que no

liahia

de

llegar á

Es fama que mas adelante quiso insultar
el

de nuevo

dolor

y

la

honestidad de doña María,

y que esta, para conservar su viudez pura y vencer
la

sensualidad del rey, supo inmortalizarse, con-

virtiendo su agraciado rostro en una horrible llaga.
Frágil

doña Aldonza

,

la

hermana de aquella heun claustro de monjas,
recato,

roina, consintió en salir de

donde habia recibido cariñosa hospitalidad su
y se

abandonó en

Sevilla
á
la

á

las

volcánicas pasiones

de D. Pedro, que

sazón acababa de celebrar

tregua de un año con los aragoneses.
auspicios

Bajo tales

comenzó aquella dama
,

á ganar tanto favor
la

con sus liviandades que puso en inminente riesgo
fortuna de
el
la

Pa(hlla.
((ue

No

.solamente

dejó de verla
á
la

monarca, sino

lle^ó

á su rival

torre

del

con dominio absoluto en

Oro con guardia de caballeros de su bando y la corle. Sus órdenes debia
1).

obedecer sumiso

Enrique Enriquez, alguacil maprimera que expidió
j)or

yor de Sevilla; y
conducto, fue
la

la

aquel
tle

de prender á Juan Fernandez

Hinestrosa, vuelto de Portugal de tratar negocios,

118
para cuando finalizase
visitar
la

tregua, y en ocasión de

en

el

alcázar á su acongojada sobrina.

Tan

luego
la

como supo aquel encarcelamiento,
,

se dio á

fuga D. Diego García de Padilla

único personaje
la

de aquel reinado á quien se puede aplicar
ficación

cali-

de cobarde. Dos dias no mas duró

la pri-

vanza de doña Aldonza desde que se aventuró á
ejercerla tan

osadamente: D. Pedro se arrepintió

de haberla llamado á Carmena, donde se divertia
cazando; y
al

punto envió cartas afectuosas á

la
la

antigua manceba, soltó á Hinestrosa, detuvo en

huida
al

al

maestre de Calatrava

,

y volvieron

las cosas

pésimo estado que tenian" antes.
Sin embargo, comenzaba á renacer
el

sosiego

para

la

nación castellana

:

fuera de ella estaban los
se

rebeldes contumaces:

los arrepentidos

habían

acreditado de leales asaltando los muros de Tara-

zona

:

la

sangre vertida en Medina del
,

Campo en
,

Toledo y en Toro testificaba que

el

levantamiento
sola

de

la liga
,

no habia quedado impune: ni una
una
sola fortaleza hacían

ciudad
el

ni

armas contra

soberano.

De que

este era el único sedicioso
,

que

se mantenía en el reino

sin ofrecer

ningún holo-

causto en las aras de la concordia, protestaba en

voz
ca
,

muda
la

,

pero

muy

elocuente
el

,

la

reina doña Blan-

privada de su libertad en
necesidad no
le

alcázar de Sigüenza.

Ahora
la

le

impulsaba á ser rigoroso;

conveniencia

aconsejaba atraerse amistades; y

H9
la justicia
le

imponia á
la

lo

menos

la

obligación de

ser

mesurado en

coyuntura mas favorable para
,

desenvolver su pensamiento de gobernación

si

bue-

no ó malo cabia alguno en su mente.

Con sano propósito y prolijo estudio, nos dedicamos á investigar los designios políticos de D. Pedro
de
Castilla
,

y nos duele haber consumido vanamente
,

las horas.

Señor de vidas y haciendas se

las

quitaba
la

á quien

le placia

de sus

vasallos.

Máxima con

que que

se educaba á los caballeros de aquel siglo era, se guardasen del rey al

mismo tiempo de

servirle,

por semejarse al león que jugando mata é burlando
destruye;

y que no entrasen en su casa cuando estuviese airado. El hijo legítimo de D. Alfonso XI
estaba siempre
;

lo

y
,

si

resplandecía

como héroe en

los

campos de

batalla

y se agrupaban todos en der-

redor de sus pendones, no disminuía su ingénita
saña cuando se sosegaba
algo vallan
le
la

contienda, y los que
si

dejaban solo; y

alguno olvidaba

la

docta lección que habia aprendido en su infancia y llegaba cerca del trono tal vez á rendirle los tro,

feos
la

de una victoria, pagaba su indiscreción con

vida.

Ajeno

él

rey de Castilla á

las

expansiones ge-

nerosas, habitual alimento de los corazones juveniles,
le

punzaba

el

recuerdo de su

prisión

en

Toro, y no podía tolerar que alentase ninguno de
los

que en

ella

fueron parte. El maestre D. Fadrí-

120
que
,

vencedor en

la

frontera de Murcia

,

acudió á

Sevilla á invitación

de su hermano, sin

la

mas
I).

leve

sospecha de que
le

le

aguardasen peligros.
,

Pedro
,

recibió con afabilidad
las artes del

y hasta con ternura
le

por-

que en

disimulo
solícito al

aventajaban pocos.

Oyéndole preguntar

maestre pormenores

de su última jornada, y prometerle buen hospedaje, donde se repusiese de la fatiga, nadie hubiera imaginado
el

que

le

destinaba para víctima con
la risa

furor en su pecho y

en sus

labios.
al

Antes
infante

habia descubierto esta intención malvada
D. Juan
,

su primo
al

,

como también
fin

la

de asesinar

después

bastardo D. Tello, á

de agraciarle

con

el

señorío de Vizcaya. El infante aragonés, in-

flamado de gratitud, se habia brindado á

matar

por su propia

mano

al

maestre D. Fadrique; oferta
el

que aplaudió y admitió
se le trocó en pesar
plírsela
el
,

soberano con gozo, que

por haJjer desistido de cum-

inftmte,

advertido oportunamente por
faltarían ballesteros

un hidalgo de que no

que con-

sumasen aquella obra.
al
le

Y

no faltaron en efecto; que
la Padilla,

salir el

maestre de saludar á
la

la

cual

demostró

piedad de su alma en
le

la tristeza

de

su semblante,
del

llamaron dos cal)alleros de parte
,

monarca y
,

siguiéndolos obediente
Icj^

en

la

misma
los

cámara

real pusieron

manos en su persona

ballesteros Pedro

López de Padilla, Juan Diente y Ñuño Fernandez de Roa; y enarbolaron sobre su

121
cabeza las pesadas mazas.
al patio del alcázar,

En

balde corrió

el

maestre

y ágil de miembros, se defendió

largo tiempo á saltos de los golpes

que

le

asestaban
,

sus verdugos, y pugnó por sacar

la

espada
al

revuelta

en
por

el

gabán y trabada de una correa

talabarte:

fin

hubo de sucumbir en
Luego que
el
le

tan desigual 6 iníjime
tierra,

lucha.

vio su

hermano en

an-

duvo por

palacio
solia

en busca de alguno de
al

la ser-

vidumbre que

acompañarle:

cabo de inútiles

pesquisas descubrió á su hija doña Beatriz en los

brazos de Sancho Ruiz de Villegas
del maestre
,

,

camarero mayor
inocencia procu-

que
la

al

amparo de

la

raba librarse de

injusticia. El rey hizo
la
,

que

le

ar-

rancaran de los brazos

tierna niña,

que

le

for-

maba
pia

protector escudo

para asesinarle por su pro-

mano; y vuelto adonde yacía el maestre, sin haber exhalado aun el postrer aliento, alargó su
le

puñal á un camarero para que

rematase, poniéninfernal

dose en seguida á comer
deleite.

allí

mismo con

Erízase
bla la

el cabello al

,

se revuelve la sangre y tiemla

mano

estampar

relación de tamañas atro-

cidades, que no son sino preludios de otras
ribles;

mas

ter-

pero á vueltas de
,

la

indignación que excitan
el

en toda alma noble

se

envanece
el

historiador pre-

gonando
de
la

la

heroica lealtad y

pasmoso sufrimiento

nación castellana, oprimida por un príncipe

sanguinario, que cruzaba su extenso territorio de

12^2

frontera á frontera, sin
hijos desenvainara

que uno

solo

de sus valientes
el

un acero libertador contra

coronado homicida.
Diligente
cia Aguilar

marchó

el

monarca desde

Sevilla ha-

de Gamp(') á deshacerse del bastardo
el

D. Tello: salvó á este el hallarse de caza en
ser avisado por

monte;

un escudero suyo de

la

llegada de

D. Pedro y de la muerte de D. Fadrique; y
terse

me-

en un batel antes de que su feroz hermano
al

diese vista

mar de

Vizcaya.

Cuando

el

infante
tierra,
le

D. Juan pedia y esperaba el

señorío de aquella

como

le

fué prometido

,

y mientras su primo

ra-

tificaba la oferta,

juntábanse los electores só

el árbol

de Guernica, y decidian no reconocer otro señor

que

el

rey D. Pedro. Instigados
,

por

sus ocultos
al

manejos formulaban este voto contrario
diente
,

pretenlas

á cuyas reclamaciones pusieron término
la

mazas de Juan Diente y Gonzalo Recio, y
radora voz del rey de Castilla que
,

ater-

asomándose en

su posada de Bilbao á un balcón por donde acababa

de ser arrojado de orden suya
fante, dijo á los vizcaínos:

el

cadáver del inal

«Catad ahí

vuestro
lo lle-

señor que os demandaba.» Después hizo que

varan á Burgos, y
lo

lo

depositaran en
al

el castillo,

y

arrojaran

al rio

Arlanzon

cabo de algún tiempo;

que hasta

le

repugnaba á veces mostrarse piadoso

en conceder á sus víctimas sepultura. Juan Fernandez de Hinestrosa llevó
la noticia

125
del asesinato del infante á su

madre doña Leonor
remanecer en

y á su esposa doña

Isabel de Lara al

Roa, para conducirlas á Castrojeriz en calidad de
presas.

De

cerca le siguió el rey para apoderarse

de

los bienes
le

de ambas; y luego

pasó á Burgos,

donde

agasajaron sus sayones, activos en

ven-

garle del ya antiguo levantamiento á favor de doña

Blanca, presentándole seis cabezas segadas por sus
cuchillas
Villarejo

en Córdoba

,

en Salamanca
el Castillo

,

en Toro de Mora.

,

en

de Sálvanos y en

Hay hechos que con
gados;
el

ser referidos,

quedan juz-

satánico artificio de interesar á los unos
;

en

el

homicidio de los otros
la

el

dementado propóal

sito

de nivelar bajo
inocente
;

segur vengadora

culpable
el

y

al

la

horrenda máxima de arrastrar
sí la

asesinato de un individuo detrás de

proscrip-

ción de toda su familia

;

la

desesperante fatalidad de
la

no haber honra

ni

vida seguras;

sorprendente

presteza de las continuas correrías de

un

príncipe,

que á

la

semana de matar á uno de sus hermanos
,

en Sevilla de Campó
,

se fatigaba

por herir á otro en Aguilar
los

y derramaba en Bilbao á
,

ocho dias

la

sangre de su primo

y era entre sus vasallos funeral
;

nuncio de
vina
rito
;

la

muerte

el

escarnio de la religión di-

el

vilipendio de la dignidad
la

humana
,

;

el

pru-

de convertir
,

liviandad en ley

la avaricia

en deleite

los pronósticos

de

viles aduladores
,

en

carta blanca para intentarlo lodo

y la ferocidad en

124
sistema
tas
,

calamidades son que no se han visto junantes ni después del soberano
,

en

(¡¡astilla

á

quien

llaman unos cruel y otros justiciero.

¿Cómo hablan de conceder
y
el

el

conde D. Enrique
ú

infiínte D.

Fernando tregua

su coraje hasta
,

(|ue espirase la

asentada entre Aragón y Castilla
les

si

á un mismo tiempo

enconaba

la infausta

nueva

de haber sucuml)ido trágicamente sus respectivos

hermanos? ¿Qué fruto podian producir
conciliadores del cardenal de Bolonia
,

los esfuerzos

cuando ave-

nido D. Pedro de Aragón á expulsar de sus dominios á los bastardos, y á poner al almirante Perellós,

dado que se

le

condenase á muerte en manos de su
,

enemigo

D.

Pedro de

Castilla,

complicaba este
,

la

querella reclamando tierras de Murcia

formalmente

trasmitidas dos reinados antes á otro dominio? ¿Era
posible augurar

que se apaciguasen

los

ánimos poel

seídos de encarnizamiento, después de acibararlo

rey de Castilla asesinando á su

tia

doña Leonor

,

al

par que se la confiscaba en Aragón su hacienda
á la viuda del infante D. Juan
,

doña

Isabel

y de Lara,
,

y á doña Juana
Tello?

,

hermana de

esta y esposa

de don
el

¿De dónde aguardaba prosperidades
la

sobe-

rano que, ensañado por

muerte de Juan Fernan-

dez de Hinestrosa y por los campos le Araviana
<

el triunfo de D. Enri({ue en
,

se cebaba dentro

de Car1).

mona en

la

sangre ¡nocente de D. Pedro y

Juan,

últimos frutos del bastardo enlace de doña Leonor

125
de Guzman y D. Alfonso XI? ¿Fiaba en
la

protec-

ción del cielo el que blasfemaba de Dios negándose
á
la

misericordia? ¿Acaso pretendia sacrificios soel

brenaturales de sus vasallos
el

que

los perseguía
las

por

reino al
los

modo que

acosa

el

cazador á

alimañas

de

bosques?

Sin

mas fundamento que

el

de suponer que hael

bla recibido cartas

de D, Enrique fué muerto

arcediano

1).

Diego Arias JMaldonado en Burgos:
suerte cupo á

la

misma malhadada
hermano Garcilaso
dor de ver en
los

Gómez
el

Carrillo

,

por

sospechas de que intentase imitar
,

ejemplo de su
el

huido de Aragón con

torce-

brazos del rey á su mujer doña

María González de flinestrosa; y también acabaron
violentamente dos hijos de Fernán Sánchez de
Uadolid
,

Vadel

uno de

los

mas constantes servidores

príncipe castellano en lo de Toro. Hasta consiguió
traer al alcance de sus rencores á algunos de
los

que en país extraño sosegaban de su miedo

,

can-

jeándolos por los validos de D. Alfonso de Portugal

que fueron en
tro,
allí

el feroz asesinato

de doña Inés de Gas-

amante infortunada
reinaba ahora
,

del príncipe D. Pedro,
la

que

y hermana de
el

doña Juana des-

honrada en Cuéllar por

rey de Caslilla. ¡Trislc
íí

familia la de los Castres en ([ue se realizaron casi

una misma hora dos ejem[)los de
la infelicidad
lla

ser incontrastable

de

la

hermosura! ¡Funesta edad aquetrocaban los vasallos, sa-

en que

loa príncipes se

126
candóles de la emigración para condenarlos al suplicio
!

Ya, ni los privados de D. Pedro de Castilla esta-

ban á cubierto de sus

furores. Mientras

comia tran,

quilamente en unión de D. Diego García
Hinestrosa
,

sobrino do

y sin

que

aquel supiese
,

nada

,

fué

muerto

el

adelantado mayor de León

Pedro Alva-

rez Osorio. Solamente por haber querido abreviar
las negociaciones

de paz

,

que se seguían en Tudela
,

entre castellanos y aragoneses
al

interesando en ella
la

infante D.

Fernando, perdió
,

vida

Giitierre

Fernandez de Toledo

el

que habia sofocado años

antes las turbulencias de Aljeciras y encarcelado á

doña Leonor de Guzman en Talavera. El primer
canciller

mayor que

el
,

rey habia tenido D. Vasco,
,

arzobispo de Toledo

culpable no
,

mas que de
salió

ser

hermano

del Gutierre Fernandez
,

desterrado

hacia Portugal

sin

que

se le

permitiese llevar conel

sigo viandas ni aquello mas necesario para

aseo

de su persona.
Entre tantas fortunas como quedaban hundidas
bajo el insondable piélago de las iras del soberano,

únicamente sobrenadaba
tesorero. Viejo sagaz
,

la

de D. Sirauel Leví
los

,

su

amparador de

de su secta,

muy

entendido en
la

el

manejo de caudales, y tan

descuidado de
sostener libre
t)a

suerte de Castilla

como
,

eficaz

en

de vaivenes su privanza

no repara-

en que

las

costumbres de su valedor fuesen re-

127
prensibles
,

ni

en que aterrase á todos
el

la

continua

explosión de su furia. Para

judío era un bien
,

que
flaco

el
,

rey pecase de avariento

pues conocido

el

su largueza en henchir de tesoros las arcas

reales, venía á servirle

de mágico talismán que

le

preservaba de vicisitudes.
,

Como no daba de

lo

suyo,

sino de lo del reino desempeñaba D. Simuel su car-

go

muy

á satisfacción del monarca

:

sin tasa le ofre,

cía recursos

para mover sus huestes
la

armar

flotas,

guardar riquezas y mantener á

Padilla con el

esplendor de soberana. Claro es que no habia

modo

de

operar tales milagros con echar exorbitantes
,

tributos
leros
,

ni

aun con vender
la

el

ajuar de los jorna^

y exprimir
;

última gota de sudor de los la-

bradores

pero

el

judío beneficiaba la crueldad de

D. Pedro,
,

que extinguía ó ahuyentaba á familias

opulentas secuestrando bienes y adjudicándolos á
la

corona

,

con

lo

que fácilmente

la constituía

hereal

dera universal de los vasallos. Estos aborrecían

hebreo;

el

rey

le

contemplaba porque, merced á su
lo supcrfluo estaba falto.
,

industria, ni

aun de

Una

vez se quejó de escaseces mas hízolo de vicio por,

que

al

compás de sus lamentos removía y hacía
,

so-

nar dentro de repletos arcenes doblas de oro

para

jugarlas á los dados. Jactancioso de su habilidad en

no causar enojos á un príncipe descontentadizo en durar sin lesión en
el
,

y centro de una corte por
, ,

donde tantos varones

llenos de vida y de espe-

1^
ranza, liabian pasado

como sombras, no

es

mucho
ino
el

que imaginase D. Simuel Lom'
pos
al

llegar sin contratiema
,

próximo

fin

de su natural carrera. ]Mas
el
:

un momento en que
judío
lo

rey

le pidió

sus tesoros

y

echó á burla

mandóle prender, y no sosle

puso á tormento, y entonces maldijo su constancia en servirlo, su lealtad de

pechó que fuese de veras;

no abandonarle
el

,

su afán por enriquecerle.

También

D. Simuel era avaro, y
:

no quiso desingratila

prenderse de su oro
tud
,

sentíase herido de

y

le irritó el coraje;
,

no

le

habia desposeido

edad de su entereza

y
el

la

tuAO grande para morir

descoyuntado. Así en
(lias
,

breve trascurso de cuatro
la

y sin mas tarea que

de decretar un destier-

ro y

un asesinato

,

so arrojó la avaricia de D. Pedro
.

sobre las rentas de un prelado virtuoso

y sobre

la

propiedad de un judío, azote de todos los castellanos, por halagar la pasión de acUpiirir cfue niortifica-

ba á su
Por

\

erdugo.

el

mismo

tienqjo

el

cardenal

de

Bolonia,

ayudado dedos abades de
j)regonó las paces entre

la

orden de San Benito.
Castilla,

Aragón y

muy

á

contento de ambas naciones, (piedando comprometidos, el

monarca aragonés á echar de sus dominios
de
ellos

á los bastardos y á los compatriotas

que

seguían su eslamlarte; y

el

castellano á restituir Á

su enemigo todas
le

las fortalezas
el

y poblaciones que
la

habia ganado en

curso de

campaña. De este

Í29

modo

se acabó por

donde habian querido empezar

los letrados

y

las

ciudades de Castilla, y se obtuvo
el

menos de
principio.

lo

que

rey de Aragón otorgaba en
batalla

el

Realmente

campal no hul)o nin-

guna

:

el

choque entre uno y otro pueblo fué siem-

pre asaltando y defendiendo murallas; gastáronse
gruesas sumas y se experimentaron pérdidas enor-

mes.

Fieles observantes los dos Pedros de la
siglo, se

in-

humana costumbre de su
recíprocamente
cerbar
á sus
el

habian enviado

los prisioneros

de guerra para exa-

encono, pues aquellos infelices tornaban
con una correa atada á
allí

filas

la

cintura

y

pendientes de

sus

manos y sus

orejas ó nari-

ces mutiladas bárbaramente.

Y

por remuneración

de sus servicios, para en muestra de
la

de su infortunio, y generosidad y de la gratitud de
alivio

sus augustos señores, recibian un testimonio escrito

de no haber quedado inútiles por sentencia de
tribunales, ó

los

una autorización expresa para pedir

limosna.

Fuerza es apresurarnos á declarar qué razones
independientes de
Castilla
la

voluntad

de

D.

Pedro

de

sacaron por

fin airosa la

constancia apos-

tólica del

legado del Papa.
la

Brindando estaban de

continuo á
tellano
la

final

reconquista del territorio casla

afeminación, que embotaba

bravura,

y
ya

el

trastorno

que

minaba de
los

hora

en

hora el

exiguo

poder de

musulmanes granadinos.
9

150
Jiisef,

monarca vencido por ü. Alfonso XI á
el
,

orillas

del Salado y con quien

rey D. Pedro hizo trefué víctima dentro de
loco.

guas

al

lieredar la corona

una mezquita del puñal de un

Su

hijo

Moel

hamad

,

príncipe

magnánimo reformador y
,

severo,

aliado también del

monarca de

Castilla,

perdió

trono en un tumulto fraguado por una de

las sul-

tanas de su padre, y del cual salió vivo, merced

á

la

presencia de ánimo de una esclava amorosa,

que velaba su regalado sueño. Ismael su hermano,
en cuyo obsequio
la

estalló la revuelta á
,

deshora de

noche

,

joven inexperto

embelesado en su harem
,

y
el

sin afición ni aptitud para los negocios

sostuvo

cetro

en

sus

débiles

manos

el

breve tiempo

que quiso

tolerárselo

uno de sus

favoritos.
el

Abu-

Said se llamaba, por sobrenombre

Bermejo: se

anunció acusando

al

príncipe destronado de crí:

menes que no eran suyos
cio

en señal de menospre-

mandó que
que sus

fuese encerrado en una prisión de

malhechores; pero tan rápidamente varió de parecer,
satélites,

humildes á

lo

que

le placia

ordenarles, asesinaron á Ismael antes de que á solas las

con su abatimiento

,

pudiera bañar con lágrimas

paredes de un calabozo.

De

estas alteraciones procuró sacar partido
,

don

Pedro de Aragón

y aun tuvo

muy

adelantada su

alianza con los usurpadores. Para acudir en socorro

de Mahomad

,

soberano

legítimo de Granada

,

se

151
atemperó D. Pedro de
Castilla

á

la

paternal influen-

cia del cardenal de Bolonia.

Tarde y á despecho

suyo iba á emprender

la

grande obra, completailustre genitor
el

mente olvidada desde que su

pasó

de esta vida mientras se afanaba por llevar de Gibraltar á
feliz

asedio

remate. Con todo

la índole del

tratado en que D. Pedro ofrecia á IMobamad cordial

ayuda,

le

proporcionaba manera de enmendar

su larga apatía en habérselas con los sectarios de

Mahoma.

Todos

los
,

lugares que se le diesen de
las fronteras

grado ó por fuerza debian ensanchar

de

Castilla

,

y

así la

restauración de su
la

legítimo

rey podia costar á los moros
tados.
jas,

mitad de sus estales
las

Fatalmente se desaprovecharon

venta-

por no empuñar D. Pedro de Castilla
del sentimiento de la
,

armas
de
la

animado

religión

y

independencia
sores
,

raíz

de

las

proezas de sus antece-

sino rabioso contra

Abu-Said que
,

,

andando

en tratos con D. Pedro de Aragón
zado

le

habia for-

á firmar las paces y á desprenderse de sus

conquistas.

A
las

incursiones

momentáneas y

á
las

la

ocupación

de algunas fortalezas se redujeron
huestes cristianas
,

maniobras de

escasísimas de peones.

Dery de

rotadas junto á las murallas de Antequera

Guadix, alcanzaron triunfos en

el

puente de

Vilillos

y en
el

el

campo de Linuesa

,

sin

mas

resultado que
el

de

indisponerse los capitanes con

monarca,

15-2

liabiéndoseles prometido, y después negado treinta

maravedís por cada uno de

los

moros que apri-

sionaron en aquellas jornadas. Mientras flojamente,

y sin inteligencia, y de mala gana lidiaban
Castilla
,

los

de

bien que en lugar de abades caritativafiereza
,

mente obstinados en amansar su

viniesen

ahora paladines de Aragón, de Francia y

de In-

glaterra á prestarles auxilio y á irritar su entu-

siasmo, IMohamad

fogoso y bien quisto

se

abría

paso hasta

la

capital

de su reino con aplauso de

los granadinos.

Grande fué
perder
el

el

infortunio

del rey
el

Bermejo
de

al

trono:

mayor

todavía

ocurrirle

vincular su esperanza en la generosidad del príncipe castellano.

Mas de
,

trescientos

moros

le

acom-

pañaron á Sevilla

donde habló á su señor en tono

de vasallaje,

le

agasajó á lo soberano dándole
,

mu,

chas y ricas joyas
le

le

hizo arbitro de su causa y
le

rogó que, en

el

caso de creerla injusta,

pu-

siera al otro lado del Estrecho.

Como

poseido de

interés afectuoso

,

holgado de su venida y dispuesto
D. Pedro delante de

á mejorar su suerte, le oyó

su corte.
tirano,
la

Aun mereciendo

el

ignominioso título de

Abu-Said habia acreditado no ser ajeno á
los vencidos. Lejos

benignidad con

de encade,

nar en duro cautiverio á García de Padilla
tre

maes-

de Calatrava prisionero en Guadix
,

,

le

restituyó

la libertad

despidiéndole con presentes de cuantía,

155
y en
la

persuasión de que este proceder

le

gran-

jearía el patrocinio de D. Pedro.
,

Ya
,

destituido del

trono y con pruebas de su engaño
te
la

no temia esprivilegios

usurpador verse privado de
desgracia al abrigo de
le

los

de

la

hospitalidad

bienhe-

chora con que
este

brindaba su adversario. Dispuso
,

que D. García Alvarez de Toledo maestre de

Santiago, diera aquella

misma noche

á Abu-Said

y á cincuenta de

los
,

mejores de su comitiva
el

un

ostentoso banquete

cual terminó con el encar-

celamiento de los convidados. D. Pedro se apropió
todas las alhajas del rey Bermejo
,

y á

los

dos dias

mandó que
de
los

le

sacaran montado en un asno fuera
Sevilla, para jugarle á las cañas.

muros de

Una jineta
tilla

asió enardecido el

mismo soberano de Cas:

y se

la

clavó al

moro

,

diciéndole de paso

«Toma
el

esto por cuanto

me heciste hacer mala pleitesía con
el castillo el

rey de Aragón en perder

de Ariza.»

Y

con desdeñosa dignidad repuso

ultrajado: «¡Oh,
le re-

qué pequeña cabalgada hecistes!» En seguida

mataron

los

sayones

,

y en su rededor tendieron

sin vida á otros treinta

y

siete

moros

principales.

Al parecer, á estas ejecuciones precedió un proceso;

mas no

las

acompañó

la

justicia.

Según

el

pregón morian aquellos traidores como asesinos de
Ismael su soberano. Pero
al

rey

D».

Pedro no in-

cuml)ia tomar satisfacción de aquel delito; ademas

Ismael habia sido

tan usui'pador

como Abu-Said,

Í54
y Mohamad, legítimo rey, vivia contra
tad de
la
la

volun-

sultana, interesada en destronarle para

entronizar

á

su

hijo

;

y

sobre
el

todo

,

entre

el

crimen cometido en Granada y

patíbulo alzado

en Sevilla

,

liabia

una promesa de hospitalidad em-

peñada por un monarca, y un derecho adquirido
por un desventurado, derecho que se reconoce y

nunca se viola ni aun entre

las tribus salvajes.

Nos embaza tanta sangre derramada por un
príncipe que convierte en puñal su cetro: quere-

mos hacer una
rendirnos

ligera pausa para
,

que no acabe de

la fatiga

y estérilmente nos ingeniamos

por suspender nuestra tarea en pasaje que no se encadene con
sinato.

algún espantable y lastimoso

ase-

IV.

Dos reyes en

Castilla.

«i\oN creades aquellos que vos dirán que vos farán

«ver é saber vuestra ventura

estas cosas fueron

wengeniadas c sacadas por sotiles ornes c cavilosos
»para privar é alcanzar con los reyes é grandes se»

ñores, é ganar dellos

,

é tenerlos á su voluntad con

«aquellas vanas fiucias en tanto que ellos facen de

«sus provechos. «

En

el siglo

XIV ningún

príncipe

subia al trono de Castilla sin que su ayo intentara
preservarle con este aviso de las redes de la lisonja.
Si

entonces era

común

la
,

credulidad en los horós-

copos y en los hechizos
los calificasen

varones cuerdos habia que
I).

de

patrañas. El rey

Pedro pensal)a

156
en esto como
nósticos
el

vulgo

,

y

,

dando asenso á
,

los

pro-

de sus interesados agoreros no titubeaba

en sor vasallo de sus pasiones, seguro de superar
los obstáculos

que impidiesen

la realización
la

de sus

soñadas prosperidades. Mas en medio de
nación

conster-

general (pie le precedia por donde quiera
solían salirlc al encuentro

que hiciese camino,

hom-

bres fanatizados por otras ideas, los cuales, arros-

trando

la
,

muerte ó en
le

el instante

de

sufrirla

por su

mandato

profetizaban desventuras.
las alternativas

En una de

de

la

guerra de Ara-

gón, asomó D. Enrique por
alojó sus huestes

D. Podro
llos

,

y en Pancorvo, y perseguido por so guareció en Nájera con 1 ,500 caba,

la frontera

de

Castilla

y 2,000 peones. Determinando

el

rey provocarle

á batalla al frente de 5,000 jinetes y 10,000 infantes, se

movia del lugar de Azofra, cuando un
,

clérigo

solicitó hablarle

y

,

como iluminado por

inspiración

divina

,

le

sorprendió con dirigirle estas palabras:

«Señor, Santo Domingo de la Calzada
«decir entre sueños,

me

vino á

que viniese á vos y »que vos dijese que fuésedes cierto que, si no vos
dijo
,

y me

«guardáis del conde D. Enrique

vuestro hermano,

«que

él

vos ha de matar por sus manos.» Para escarlos

miento de

que trataran de interrumpir con soel desti,

bresaltos ilusorios su ciega confianza en

no
el

feliz

que

le

auguraban sus aduladores dispuso
el profeta

soberano que

importuno fuese quemado

157
en su presencia.

Y

se lanzó contra D.
,

Enrique y
,

le

derrotó completamente

y no

le cogió prisionero, la

porque

los

de Nájera horadaron
el fugitivo
, ,

muralla para
,

que entrase

recelando que

si

le

franlos

queaban una puerta

se

metiesen

de

tropel

perseguidores. Ciertamente lograron estos señorear
la

población tras breve asedio
,

;

que

los soldados del

bastardo eran pocos
terrible descalabro
,

y sobre haber padecido un andaban desacordes y quebra-

dizos de constancia. Pero la turbación mental es el

primer síntoma de que Dios abandona á aquellos

que

le

desconocen y se obcecan en
la

el

pecado. Des-

pués de pasar

noche bajo

las tiendas

en su

real

de Azofra

,

se puso el rey en

marcha para cercar
se-

á D. Enrique; y bastó á hacerle desistir del

sudo intento
del
llas

un hombre á quien los conde acababan de matar un pariente. Aqueel

llanto de

lágrimas

le

parecieron de fatal augurio
el

;

y de-

tenido

como por un grano de arena
,

que reinaba
al

como

saltando precipicios
,

se tornó

meditabundo

campamento y

el

bastardo rebelde se le escapó de

entre las manos.

Tras este accidente corrió
otra voz

muy

poco tiempo, y

amenazadora vino á

herir los oitlos

de

D. Pedro de Castilla; voz no trasmitida al (¡ue la
articulaba por haber gozado el privilegio
se le apareciese
los presligios

de que
con

ningún
las

santo

,

ni

revestida
los

de

adivinanzas que íingen

em-

158
baucadorcs sino animada por
,

el

noble

deseo

de
al

un

leal

en

la

hora de estremecerse sus carnes

contacto del hierro que le iba á segar la garganta.

Gutierre Fernandez de Toledo

,

el

guarda mayor del

rey

,

que

si

tuvo
,

la

debilidad de no acompañarle
los

de Ureña á Toro hizo siempre su parte contra
tumultos sobre los campos de batalla, en
las

juntas

donde se trataban paces

,

y hasta siendo brazo de

sus venganzas, obtuvo licencia para escribirle antes

de aumentar

el

número de

las víctimas: «Creo,

»Ie

expuso entre otras razones no menos patéti-

»cas y elocuentes, que por vos decir algunas co»sas

que cumplian á vuestro
lo

servicio,

me man,

«dastes matar

cual Dios vos perdone

mas

»yo nunca vos

lo merecí.

Y

agora, señor, digo vos,
,

»que este será

el

mi postrimero consejo que
,

si

vos

»no alzados
«tales

el

cuchillo

é non escusades de facer

muertes como

esta,

que vos habredes perdido

«vuestro reino, y terneis vuestra persona en peli»gro.

Y

por ende

pido vos

por merced

que vos
tal

«guardéis, ca lealmente hablo con vos; que en

«hora estoy que no debo decir sino verdad.» El rey
leyó la carta y tuvo gran pesar de que se hubiese

consentido este desahogo de lealtad

al

sentenciado.

¡Imposible que en aquel instante no imaginara ver
saltar

en

pedazos las

lápidas

de

tantos túmulos

levantados por sus rencores, y revivir los cadáveres

envueltos en los sudarios teñidos de sangre, y opri-

i59
mirle en rodar vertiginoso, y señalarle con enjutos

dedos

la

peña de Marios
,

,

y obligarle á

fijar allí

los

desencajados ojos
suplicio

para que recordase

el

injusto

de

los Carvajales
,

y

el terrible
el

emplazamiento
Bravo
!

de su abuelo

el hijo

de D. Sancho
,

Estando aun reciente y ya marchita en el corazón del rey, la impresión que le dejaron el misterioso aviso del clérigo

en Azofra y
,

el

postrer dic-

tamen de Fernandez de Toledo hízola retoñar improvisamente el buen celo de otro vasallo. A merced
de su injusto esposo
,

doña Blanca de Borbon, limpia

azucena arrancada por inicua
solo divisaba la luz del sol

mano
cuando

del verjel nativo,
la

mudaban de

calabozo.
nia
,

De Sigüenza

fue conducida á ]Medinasido-

para que no cimentase esperanzas de libertad
caso probable de que los aragoneses tomaran
la ofensiva.

en

el

alguna vez
D. Pedro
,

A menudo
,

,

cazando

el

rey

rondaba

el castillo,

donde gemia en lúgutenía obliga-

bre soledad

la ilustre
el

dama con quien
de

ción de dividir

lecho.

Ávida ésta de sensaciones,
los

oia la jubilosa algazara
setos, colinas

que

se lanzaban por
las

y barrancos en pos de
el

espantadas

reses;
libre

y acariciaba
los

recuerdo de

la

vida modesta y

de

campos. Luego que todo quedaba en
,

monótono

silencio

palidecia su semblante y
,

mana-

ban lágrimas de sus garzos ojos
el

porque

la

agobiaba

pensamiento de que nunca habia de trasponer

aquellas paredes.

Temblaba de susto y oraba devota.

140
cada vez que rechinaban
el

los cerrojos del encierro

en

que se

esclarecía su virtud

y se ajaba su hermo-

sura.

A deshora crujieron un
la

dia las ferradas puertas;
el

entonces

cautiva

,

desmelenado
,

rubio cabello,
la últi-

y postrada de hinojos

creyó dirigir á Dios
le

ma

plegaria.

Unos hombres
que habia
Ni
la

pidieron noticias de

cierto villano

salido al rey, mientras este

andaba á

caza.

prisionera ni el que la guardatal villano,

ba, sabian seña

alguna del

y se retiraron

los pesquisidores.

¿Qué nuevo contratiempo
castellano ?

acuitaba al príncipe

En

ocasiones pone Dios en boca de los

humildes

,

palabras de sano consejo para enseñanza

de

los

poderosos del mundo.

Un

mísero pastor aca-

baba de predecirle con rústica energía y profundo convencimiento que le vendrian quebrantos enor,

mes por su
la

rigidez contra

doña Blanca pero que
;
,

,

si

honraba como á esposa
Castilla.

lograrla prole

que here-

dase á

Tanto fué
al

el

desprecio con que es-

cuchó D. Pedro

campesino, que ni aun se dignó

entregarle á la jurisdicción de sus sayones.

De

sus crímenes advertían al soberano
,

,

como
pue-

obedeciendo á una autoridad suprema personas correspondientes
blo
;

al

sacerdocio

,

al

procerato
;

y

al

no habia mas brazos en

Castilla

y

el

soberano,

sordo á sus advertencias, seguia despeñándose por
los

derrumbaderos del infortunio. Limitaciones tepoder monár(iuico en
las

nía el

leyes

;

ya no

ema-

141
naba del voto de tribus guerreras como entre los godos su legitimidad estribaba en el principio he:

reditario

:

no eran llegados

los

tiempos en que pre,

valeciese la
influjo

máxima

del derecho divino
el

fórmula del
;

monástico en

gobierno de

las

naciones

ni

menos podia un príncipe
ser personificación

atribuirse la prerogativa de
Est¿ido.

genuina y absoluta del

Privilegios tenía la nobleza, franquicias el pueblo, in-

munidades
castillos
,

el

sacerdocio; y los proceres señoreaban

las

ciudades guarnecian sus muros de sol-

dados, y los clérigos fulminaban desde sus iglesias

excomuniones contra

el

desenvolvimiento de

la

au-

toridad despótica del trono. Para salir ésta victoriosa

de

las

contiendas intestinas, harto frecuentes enton-

ces, debia ser ejercitada

en nombre de
el

la ley severa,

sabia

y

justa

;

rebajarla hasta

extremo de hacerla

la voluntad de un hombre, necesariamente transitoria, mezquina y arbitraria, valia

instrumento de

tanto

como
el

arrastrar por el lodo la esplendente coel

rona

,

áureo cetro y

manto de púrpura que

le

servían de emblema.

Convenia gobernar transigiendo con
clases,

las distintas

y no llevándolo todo á sangre y fuego. Por ambos caminos anduvo D. Pedro en pocos años por
;

el

de

la

contemporización mientras fué posible guiarel

le;

por

de

la violencia la

desde que fué solo en

el

mando. Durante

privanza de D, Juan Alfonso se
la

notaba fecundo tino en

gobernación de

Castilla:

Ii2
después de su caida gobernal)a
tura.
el

príncipe á la venla

Entonces había espacio para perseguir
,
,

valos

gancia y aminorar los tributos

y poner coto á

excesos de los nobles, á las usurpaciones de los prelados y al monopolio industrial de los menestrales:

tiempo faltaba ahora para derribar cabezas de traidoras, de sospechosos y de inocentes,

y secuestrar
que-

haciendas, y proscribir familias.

Al principio del
las

reinado se esmeraba un valido en acallar
jas para conquistar al
sallos
,

monarca

el
:

cariño de los va-

y

el

título

de justiciero

luego

el

monarca
,

mismo reproducía y fomentaba
mía
nio
,

los

agravios
el

esgri-

las

armas del terror para sustentar
con mostrarse cruel
,

predomi-

y

,

entendia ser grande,

vivir tranquilo é inmortalizar su gloria. Magnates,

sacerdotes y hombres buenos de las ciudades y villas, le

acompañaban

al

celebrar en Valladolíd su ca-

samiento: terminadas las guerras contra los aragoneses

y

los

moros, solamente se tropezaba en

el

palacio con astrólogos

y ballesteros de maza. Es hora de que examinemos la gran cuestión
1

suscitada en

362 en

las cortes

de Sevilla

,

convo-

cadas por D. Pedro para hacer nueva gala de que su
antojo es la única ley del Estado.
«

Honrad á doña,
el cuchillo,

»Blanca, y os bendecirá

el reino:

alzad

MÓ caeréis del trono: guardaos de D. Enrique, ó perwdereis la vida
voces.
,

» le

han anunciado muy solemnes
que retroceda de sus cruel-

Ya

es tarde para

145
dades.

No

existe doña Blanca

:

fotigado su bárbaro
le

esposo de no dar un paso sin que
bres
,

recuerden hom-

que no temen morir

,

la

obligación en que se
la

encuentra de hacer vida común con

princesa, á

quien maltrata en lóbregas prisiones, ha resuelto
quedarse viudo. El carcelero de doña Blanca rehusa
hacerse cómplice del malvado designio
,

y

le sustitula

ye otro

,

que

facilita el

envenenamiento de

malo-

grada hermosura. Al poco tiempo espira de muerte
natural doña María de Padilla en los brazos de su

amante: este es supersticioso, y en tan singular coincidencia

nada descubre que

altere su corazón de

bronce. Ignora ó ha olvidado hasta las instintivas nociones de lo legal y de lo equitativo
lo
:

entiende que
,

puede todo, y que su insensatez es cordura y su ferocidad justicia su mente está vacía de ideas sa:

nas; su alma rebosa de pasiones

,

dañadas y cor-

rompidas todas

;

que

es diligencia estéril acecharle

durante su interminable reinado, para sorprenderle
ejercitando virtudes
,

ni

aun de

las

que tienen co-

mún

albergue entre los hombres mas vulgares.
la

El rey D. Pedro ultraja

hidalguía proverbial
la

de sus vasallos; y en una edad caballeresca, en

que

los paladines visten los colores
el

de sus damas, é
el

invocan

nombre de

ellas
,

junto con

de Dios

al

cerrar contra el enemigo
villa

asiste á las cortes

de Se-

manchado con
la

la

sangre de su esposa y entrisal-

tecido por

muerte de su manceba. Delante de

gunos nobles

,

ol)ispos

y procuradores

,

allí

reunidos

para otorgar

lo

que

se les

mande

,

declara el soberano

que ha sido esposo de

la Padilla
,

antes de unirse en

matrimonio á doña Blanca

habiéndolo callado enle

tonces por temor de que se
reino.

alzaran algunos en el
,

¡Temor D. Pedro de
la

Castilla

que

solo con

600

hombres provoca á
¡Temor
el

liga

que

le asedia

en Toro!

que desgarra las entrañas de los conla

federados á los pies de
yas!

que

le llevó

en

las

suel

¡Temor de descubrir un matrimonio secreto
,

que

después de hacerlo público en Valladolid con
,

doña Blanca de Borbon

celebra solemnemente otro
si
,

en Cuéllar con doña Juana de Castro! Mas

por te-

mor de un levantamiento
que
el

lo tiene oculto

después
el

levantamiento estalla,

¿cómo persevera en

silencio?

Y

cuando

el

levantamiento queda sofocado

¿por qué no se apresura á evitar que se renueve

llamando esposa á
puesta.
tre

la Padilla ?

Es

muy

obvia

la res-

Lo

del casamiento con la

hermana
,

del maes-

de Calatrava es una superchería
el

que verosímil-

mente no urdiera
recien tísimo
el

príncipe castellano á no estar

ejemplo de D. Pedro de Portugal,
la

quien también ha puesto cetro y corona sobre

tumba de doña

Inés de Castro.

No

obstante
:

,

entre

los dos sucesos media inmensa distancia

D. Pedro

de Portugal aparece viudo de doña Constanza Manuel, mientras con la Castro vive

y goza: D. Pedro
,

finge

que sujeto ya por otros lazos conyugales
,

se

145
une á doña Blanca;
el
,

primero guarda
lo revela

el

secreto,

porque teme á su padre y

cuando su padre
le su-

muere

:

el

segundo supone haber temido que se
,

bleven los vasallos

y

la

sublevación pasa

,

y sigue

mudo: aquel

acredita la verdad de lo
;

que asevera,
falso di-

enseñando bula del Papa este compone su

cho atestiguando con muertos, y haciendo jurar á

un mal sacerdote y al hermano de la Padilla. No puede ser mas completa la deseriiejanza.
Pero aun no ha desamparado
la fortuna,
al

rey de Castilla

inconstante hasta en ayudar á los atreD.

vidos.

En un gran sermón da por bueno
,

Gómez
el el

Manrique
berano
:

mitrado de Toledo

,

lo

que declara

so-

trémulos de susto ó corrompidos por

so-

borno, se abstienen de contradecirlo todos los
bros de las cortes
sión á la corona
, ,

miemherede

y queda alterada

la ley

de suce-

designándose para que

la

á D. Alfonso

,

último vastago de
el

la Padilla.

No mas

que veintiocho años cuenta
plexión es robusta
:

monarca: su com-

no há menester atender atro-

pelladamente á un cuidado que permite espera.
está viva doña Juana de Castro
hijo
,
,

Aun

de quien tiene un

ya adolescente
,

:

cabe que revalide este casasu anulación y contraiga otro
al afecto
la

miento

ó que
,

solicite

de su agrado

y legue legítima prole
Castilla. Si es

y á

la

veneración de

rebelde á

blanda co-

yunda
estado

del matrimonio, y le importa poco la razón de
,

y quiere deteriorar precozmente su lozana 10

14G
juventud en cavernoso libertinaje, no es diadema
del conquistador
la

de Córdoba y

la

del guerrero triun-

fante en Aljeciras, con

que se adorne legalmente un
la

bastardo

,

que mucho

codician y con buen dere,

cho en Aragón y Portugal hijos de otros reyes. ¿A

qué tanta precipitación en
de doña Blanca
Castro
,

el

soberano que

,

viudo

,

queda casado con doña Juana de

y viene á acusarse de poligamia declaránla

dose esposo de

Padilla?

No proviene

sino de

que

sus pasiones están en perenne disonancia con las

necesidades del reino. Su amor, naturalmente veleidoso
,

ha privilegiado á
,

la Padilla

con una firmeza

de dos lustros
oposiciones
fico
:

por hacer frente á todo linaje de

labrando ahora á su amada un magníel real

mausoleo, y no esculpiendo encima
,

es-

cudo

faltáranle

armas para seguir

la

pugna soste-

nida por su tesón contra los desinteresados y los
ambiciosos
,

los leales
,

y

los traidores

,

los

magnates
los terri-

y

los

plebeyos

y

los

paternales avisos

y

bles anatemas del Papa.

Bien reflexionado,

los castellanos

no han prola Padilla,

rumpido en lamentos por aborrecer á

sino

por amar á doña Blanca. Sin imaginarlo, se ha visto
aquella

encumbrada por

la

ambición de un magnate
el

á gran fortuna: su discreción la veda escalar

tro-

no

:

su excelente índole no
los

la

permite enconarse ni
á

aun con

mismos que

solicitan

mano armada
mas de mía

su destierro. Indicios existen de que

147
vez ha intentado trocar por un sayal sus galas
:

pue-

de mucho con su coronado amante
disuadirle de hacer homicidios
;

,

salvo en lo de

pero hay ocasiones

en que

su clemente vigilancia es
;

mas

activa

que

la

cólera del soberano

y no pocos fallecen de muerte

natural ó sobreviven á la noble

dama

,

huidos del

reino, porque antes de atemorizarles

un verdugo,

anunciándoles individualmente y con voz pavorosa:
«

El rey D. Pedro quiere que mueras
,

,

» les

ha sor-

prendido por ventura un mensajero diciéndoles se-

cretamente
salves.»

:

«

Doña María de

Padilla te ruega

que

te

De haber

sido enérgica al par

que bonda-

dosa
te,

,

suavizara los fieros de su adorador

vehemen-

ó cesara de originar disturbios, acogiéndose á un

claustro. Sin

embargo

el

pueblo, cuya proverbial gra-

titud

abomina

el ocio, se

prenda, no solo de las obras,

sino de las intenciones que le procuran beneficios.
Castilla deplora la crueldad del
dilla se

rey

;

sabe que
el

la

Pa-

desvive por atenuarla; que

amor domesnecesita alial

tica los caracteres

mas

feroces;

que una sincera cons-

tancia vence grandes escollos.

Además

mentarse de esperanzas

:

las

funda en que

cabo

ha de coronar

el triunfo los
:

piadosos afanes de la ce-

lebrada belleza

róbaselas de improviso su muerte;

y quizá humedece con lágrimas su sepulcro.

Pesadumbre mas lionda
jado en un reino, donde
la

,

interés

mas vivo ha delos palacios

caballerosidad es patri-

monio común de

los

que nacen en

y en

148
las chozas, la aciaga suerte

de doña Blanca. Tesoro de

de
los

filial

ternura

,

se desprende la casta doncella
,

brazos de un padre
:

para correr á los de un esel

poso

embelesada contempla
:

fúlgido cielo de su

nueva patria
la

oye enternecida

las

aclamaciones de

muchedumbre: con recatada impaciencia aguarda
A'^alladolid al
,

en
tro

príncipe que le ha ofrecido

un cede

y no sospecha su candidez que
rodeada de fausto

los encantos

otra mujer le distraen ausente. Yéle llegar por

fin,

y

le sigue

al pié

de

los altares:
allí

allí

se prosterna la princesa
la

de Francia; de

se

levanta
el

reina de Castilla. Dulce vibra en sus oidos

hablar zazoso del

hombre que
el

la

llama suya
la

;

y

antes de que, mitigado

sonrojo por

confianza,

ose dirigirle miradas que no sean furtivas, para con-

templar su gallarda apostura
rubia cabellera
,

,

su l)lanco rostro y su
el

gime abandonada en

tálamo nup-

cial dia tras dia.

Por breves horas vuelve á respirar
la

sosegada; y sin otra culpa que

de herir en
,

lo

mas

vivo su infortunio á los castellanos

corteses con las

damas y respetuosos con las reinas, gime después en uno y otro calabozo hasta que el monarca la sen,

tencia á morir porque un pastor se atreve á vatici,

narle que no espere dichas mientras padezca su es-

posa desventuras.
El soberano entroniza á su

dama después de
memoria de doña
el

muerta
Blanca.

;

pero

el

reino conserva

la

La audacia de D. Pedro y

miedo ó

la

de-

149
pravacion de los que asisten á las cortes
tle

Sevilla,

instituyen por heredero al niño D. Alfonso

;

pero do

mar á mar no

se halla en Castilla

un

solo pueblo

que

celebre con alborozo semejante nueva.

Hay quietud

entre los vasallos; pero el señor no descubre que
las

grandes calmas son precursoras de terribles tem;

pestades. Se obstina el rey en hacer su gusto
ni

pero

aun estudia

la

manera de que

subsista lo

que or-

dena arbitrariamente. Siendo su intención que herede
el

trono un bastardo

,

y repugnándolo

Castilla,

debe procurar que se alce un bando en su apoyo;
pero
le falta

de

político lo

que

le

sobra de sañudo,

y de repente se lanza contra

los

aragoneses en de-

manda de
dades son

los gastos

de

la

antigua guerra.
estas

Lo menos trascendental de
las batallas
, :

nuevas hostiliel espíritu

lo

de mas bulto es
las

de

las negociaciones
el

en

que contrasta de una

manera singular

carácter de D. Pedro de
Castilla,

Aragón

y

el

de D. Pedro de

por mas que, mirados

someramente, guarden no pocos puntos de semejanza. Falaz

y solapado

el

monarca aragonés observa
,

no obstante las condiciones de la paz,

y

así los

bas-

tardos de D. Alfonso XI viven en tierras de Francia,

mientras

el

príncipe castellano, cogiéndole de sor-

presa, llega por Calatayud

y Teruel

casi sin estorbos

hasta la famosa Murviedro. D. Pedro de Aragón trae
otra vez en su
tico Ü.

ayuda á

los bastardos

:

el

hábil polí-

Bernardo de Cabrera, trabaja ardientemente

150
Á
fin

de que

teriiiiiion las liostilidades:

el

infante

aragonés D. Fernando y

el

bastardo D.

Enrique,
las

enemigos hasta entonces del verdugo de

dos

Leonores, se anuncian como pretendientes á su tro-

no

,

ya que desquiciando en

las cortes

de Sevilla

la

legitimidad, ha abierto ancha puerta á sus ambiciones.

D. Pedro de Castilla conviene en desistir
tal

de

la

guerra con

de adquirir

las poblaciones
la

de

IMurcia,

incorporadas á Aragón desde

minoría de D. Fer-

nando

el

Emplazado, y de casarse con doña Juana,
;

infanta aragonesa

celebrándose

al

mismo tiempo
el

la

boda del primogénito de D. Pedro
con doña Isabel, última bastarda de
biendo servir
lo

Ceremonioso

la Padilla,

y de-

conquistado por las armas vencedo,

ras para dotar á las dos novias
,

de manera que Ariy Borja, pertenez-

za, Calatayud, Tarazona Magallon

can á doña Juana, y á doña Isabel las villas de

Murviedro, Segorbe, Jérica, Teruel y Chiva; dominios

que deben ensanchar
,

los límites

de

la

monar-

quía castellana

si

de estas bodas no nacen hijos

segundos, llamados á heredarlas con los títulos de

duques de

Jérica,

y de Calatayud y Ariza. Mas para
exige
el

que

se revalide el tratado,

rey de Castilla

del de

Aragón

,

la

muerte del infante D. Fernando y

del bastardo D. Enrique.

No

lo

consigue, y

tal

vez

en

lo

íntimo de su alma celebra que un D. Pedro de

Aragón parezca benigno á su lado, porque en aquellos

días le nace un

liijo

varón de

la

dueña que tuvo

151
á su cargo
la

crianza del niño D. Alfonso

,

y prela

tende designarle por heredero, casándose con

ma-

dre. Así piensa destruir lo impuesto por su volun-

tad á las cortes que junta en Bubierca

,

sobre que de

una en otra

le

sucedan sus hijas doña Beatriz, doña
,

Constanza y doña Isabel

y en último lugar
;

el

varón

habido en doña Juana de Castro
signada antes en su testamento
,

disposición con,

donde prohibiendo

á sus hijas que se unan en matrimonio con D. Fer-

nando de Aragón y con cualquiera de
dice «é
))que
»

los bastardos,
ellos

si

alguna de
la

ellas casare

con alguno de
la

haya

maldición de Dios é

mia é que no
le

pueda haber mis reinos;» y acredita que

repugna

todo lo que signifique perdón y olvido.

Convencido D. Pedro de Aragón de que su adversario quiere á todo trance la guerra, negocia ó
fin

de llevársela á sus propios estados. Suscítanse
si

desavenencias sobre

ha de mandar

la

expedición

D. Fernando ó D. Enrique; triunfa este, procurando
la

ruina de aquel é interviniendo activamente en
el IMalo

su asesinato. Carlos

de Navarra ligado for,

zadamente y por sorpresa en Soria á la suerte del rey de Castilla pacta con el de Aragón ser su amigo
,

á trueque de tener parte en el botin de la invasión

que

se prepara.

Los dos nuevos aliados procuran

desembarazarse del bastardo D. Enrique; mas este
conoce
el lazo
,

les burla

,

y prepondera en razón de
,

ser caudillo

d(^

muchos

castellanos,

v de

cstai' á

su

1^2
favor los franceses que se liallan prontos á venir de
auxiliares contra el asesino de

doña Blanca. En esto
en que se haga
la alianza
,

D. Bernardo de Cabrera
la

,

que

insiste

paz con Castilla y quiere estorbar
,

con

Navarra

viendo que es nulo su voto

se retira á

sus tierras, para descansar en la vejez algún día de su
vida; y D. Pedro el Ceremonioso
,

que tanto debe á su
,

sagacidad política y á su experiencia militar

le

llama

para prenderle
lla

;

le

prende para degollarle

;

le

degüe-

para arrepentirse posteriormente de su ingratitud

y declarar que inducido por vanas sospechas, ha sido

verdugo de su mejor

vasallo.
el

Segunda vez penetra D. Pedro en
enemigo y
llega á
la

territorio

Murviedro

:

arrolla cuanto halla
;

por delante en

primera acometida

mas

los caste-

llanos solo á la fuerza le

dan ayuda para tan impode socorros
,

pular guerra

;

y

al fin

,

faltos

y mienbusca en

tras el hijo legítimo

de D. Alfonso XI

los

sus dominios

,

se rinden por
la

hambre

los

defensores

de Murviedro y aumentan

hueste del bastardo,

recordando que un año antes muriera encarcelado
D. Juan Alfonso Benavides
lado,
,

veterano de los del Sa-

por haber acudido á su rey en demanda de

auxilios para mantenerse en Segorbe.

Ahora D. Pedro de
batalla dentro

Castilla iba á ser

provocado á

de sus mismos estados:
el

la justicia

de

Dios armaba

I)razo

de

los

castellanos
la

fugitivos,

que venían á pedirle cuenta de

sangre de sus

155
parientes; de niuclios proceres de Aragón,

empe-

ñados en

la

ruina del que por no guardar nunca
;

verdad
ceses
^

,

les

habia destruido sus tierras

de

los fran-

ansiosos de vengarse del mal caballero, ase-

sino de

una princesa del
,

linaje

de

la flor

de

lis

,

su

y desafortunada esposa. Entre aquellos soldados venía un caudillo de Bretaña, de
honesta
inocente
índole caballerescamente ruda
;

sus juegos infantiles
la

fueron tan sangrientos que su padre, señor en

comarca de Rcnnes de algún

territorio,

impuso cien

sueldos de multa á las familias de los adolescentes

que

se

acompañaran con su

hijo:

de justa, en justa,

se habia adiestrado este durante su
lear contra los ingleses.

mocedad en pela
le

No
,

prevenía en su favor
bien en todas partes
,

deformidad de su figura

si

ganaban amigos su valor prodigioso en que no
conocía superiores, su saber instintivo y
dirigido por la educación
,

re-

,

ya que no
la

perfeccionado por
,

exco-

periencia

;

su habitual desinterés

que todo

lo

diciaba para sus compañeros;

su actividad, jamás
la

rendida

al

cansancio

;

y mas que nada

fama de

sus empresas militares, siempre coronadas por
éxito venturoso.
Castilla
tria;
,

un

Aun

viniendo á esgrimir su acero á

prestaba un servicio
la libertaba

muy

señalado á su pa-

dado que
,

de una cuadrilla de malhe-

chores

compuesta de aventureros de diferentes paí,

ses avezados á la vida del Cjíuiipamcnto

y que mal
,

avenidos con

la

tregua firmada entre los soberanos

154
de Inglaterra y de Francia,
¡nl'eslaban
,

el lerrilorio
tal

de Provenza. Beltran du Guesclin

que

era
,

el

nombre de

este personaje
la

,

acariciado por
los forajidos
,

fortuna

,

nacido para la Ijatalla y tuvo arte para atraerse á
solicitar

y audacia para

y obtener del
,

Papa que

les absolviese

de sus pecados y
,

les entre-

gase además cien mil florines

bajo pretexto de que

iban á pelear con los sarracenos de Granada.

Juntos los castellanos huidos de sus hogares
los proceres aragoneses,

,

y

y

los

aventureros que du

Guesclin traia de Francia, y acaudillados todos por
el el

conde D. Enrique
sábado
i

,

se metieron tranquilamente
1

4 de Marzo de
lo

366 en

la

ciudad de Ca-

lahorra.

De

acaecido entonces nos ha quedado
al

puntual noticia en una carta escrita

rey de Ara-

gón por
fonso XI

el
:

primogénito de los bastardos de D. Al;

pudiéramos trasladarla literalmente

pero

bástanos sacar copia de los párrafos

mas

sustanciales

de

ella.

— «Huey lunes XYI dias del dicho mes, nuesel

))tros

hermanos

marqués de Villena e conde de

«Denia et de Ribagorza, e Don Tello, conde de Vig»caya
,

e

Don Sancho

,

conde Dalborquerc e senyor

»de los Cameros, é todos estos buenos de Francia
»e de Inglaterra
,

e assi
fijos

mismo

todos los otros liom-

»brcs buenos e

dalgo de Gastiella e de León

«qui son con ñusco, nos rogaron e afrontaron; que

»por

tal

que

los

regnos de Gastiella e

fijos

dalgo e

«naturales dcllos fuesen

librados de los desafora-

»

155
«mientos e males e sinrazones que recebido havian
))e

recebian de cadaldia e entendían recebir adelante
,

»daquell mal rey que fasta agora llovieron

que nos

«quessiesemos seer rey de los dichos regnos de Cas«tiella e

de León; e nos vidiendo
fecho havia en
el dito

los dichos

males

wque
))dell
,

él

regno e

los naturales

e vidiendo

como

esto era grant servicio de

))Dios e

pro de los dichos regnos, consentimos en

«ello, e luego todos ellos recebieron

nos por rey e
por que somos
la

«por senyor.
«ciertos

E enviamos

vos

lo decir,

que á vos plazerá, e fiamos, por
,

merce

»de Dios

segunt las nuevas que habemos que antes
el

«de un mes havremos cobrado todo

regno.

¿En dónde
lo acaecido

estaba D. Pedro de Castilla mientras

D. Enrique el bastardo participaba al rey de

Aragón
el

en Calahorra, y

le

pedia albricias por

buen suceso que auguraba á sus pretensiones?

A

muy
gos
,

pocas leguas de distancia

,

en

la

ciudad de Bur-

y lleno de turbación y de susto y completamente descorazonado. Allí llegó el señor de Lebrech,

muy
los

heredado en

la

Guiena y deudo de muchos de

que venian detrás del pendón de D. Enrique:
en su ayuda ó hacer que tomaran
,

ofrecióle traerlos
la

vuelta de sus tierras

remunerándoles conveniencodicioso

temente; y

como

el

príncipe castellano,

por naturaleza, no usaba repartir con nadie sus tesoros
,

le dijo

que no

les daria

ninguna
le

cosa. Allí los

mayores y mejores del vecindario

hablaion y re-

156
quiricron porfiadamonte
,

á tiempo de verle cabalgar

camino de

Sevilla

,

para que se hiciera fuerte y dis-

pusiera á su albcdrío de las vidas y de las haciendas

de todos

ellos;

y solo recabaron que se detuviera
,

lo

preciso para alzarles una

dos y tres veces con tesvasallos.'
,

timonio de escribanos

el

homenaje de

Y

el

monarca

,

indignamente llamado justiciero

que

sin

embargo de su genial arrojo y de tener en rededor

muchas buenas compañías y de
llos

ofrecerle todos aque,

ciudadanos sacrificarse en su servicio

no osaba
al

disputar á D. Enrique la entrada en Burgos;
,

em-

prender su vergonzosa fuga disponia que fuese asesinado Juan Fernandez de Tovar por
lito

el

enorme de-

de ser hermano suyo

el

que dias antes y acosado

por fuerzas

muy
la

superiores habia acogido al

mismo

D. Enrique en la ciudad de Calahorra.

Dado ya á
cuaran
las

huida

,

dispuso D. Pedro que eva:

tierras

de Aragón sus soldados

al

paso

ordenó algún modo de defensa en Toledo; pudo
parar

muy

poco en Sevilla

,

por habérsele alborotado

todas las gentes de aquella ciudad ilustre, mansión
privilegiada de sus delicias, cuartel general de sus

antecesores para prevenir sus jornadas á tierra de

moros

,

contra quienes

el

quinto nieto de San Fercristian-

nando nunca hizo armas por sentimiento de
dad
ni por espíritu
el

de patriotismo. Es caso de gran

bulto que
fugilivo

rey D. Pedro saliera de Sevilla, no ya
otras ciudades, sino expulsado; y

como de

157
que después
tradiciones
se

haya supuesto que

allí

radicaban las

con

las

que daban visos de popular á su reinado, memorias de sus galanteos y desafíos noc,

turnos, y de sus aventuras extravagantes

y de sus

supuestas justicias
reino,
si

,

hechas á

mano

airada.

En

su

todavía le

amaban algunos, ya no habia
,

quien osase hospedarle bajo su techo
;

ni acercársele

para guiar su fuga estaba terminantemente reducido
á
la situación

de un excomulgado

,

sin tener

donde

reclinar la cabeza para reponerse de la fatiga, ni

quien

le

ofreciese

una gota de agua para

saciar su

sed, ni

un pedazo de pan para hartar su hambre.
la

Acababa de desairar
triz D.

mano de

su hija doña Bea-

Pedro de Portugal en nombre de su heredero

D. Fernando, y tuvo

que someterse á

la

humillación
tierras.

de

solicitar

seguro para transitar por sus

Aun
el

habia un rincón de los estados castellanos,
,

de Galicia

cuyos moradores podian congratularse

de no haber visto nunca á aquel monarca de funestísimo recuerdo
:

manteníaselo en vasallaje D. Fer,

nando de Castro

dos veces cuñado suyo como her,

mano de doña Juana
che
,

reina
la

en Cuéllar una

sola no-

y como esposo de

única bastarda de Alfon-

so XI. Por fin alcanzó á los gallegos la calamidad

de que

el

rey hiciera alto en su territorio. Tuvo en
el

Monterey su consejo; formábanlo con
lealtad

Castro, cuya

no dejaba de ser peregrina, y con algún otro
,

caballero

Martin López de Córdoba

,

maestre de Al-

lo8
cántara
,

3Iateo Fernandez

,

canciller del sello

de

la

puridad y otros varios que por ballesteros de maza
hablan empezado su carrera,

y Juan Diente, que

duraba en

el oficio.

De

ellos los

hubo inclinados á

la

opinión de que allegara peones y jinetes y entrara

cu

Castilla

para esforzar á

sus

escasos parciales:

contradijeron este propósito los

de buscar auxilios en país

mas y avivaron el extraño mas admitiendo
;
, ,

este último parecer D. Pedro

no quiso hacerse á

la

vela sin que
suelo,

un

rastro de sangre

manchara aquel

todavía

no enrojecido por sus crueldades.

Veinte hombres acuchillaron de orden del rey á don

Suero García de Toledo arzobispo de Santiago. Ni
,

la historia

nos ha trasmitido las causas de este sa-

crilegio, ni es necesario malgastar vigilias

en inda-

garlas

,

tratándose de un soberano que para arrancar

vidas solo necesitaba entrañas palpitantes, y mazas

de ponderoso volumen
Bástanos saber que
la
el

,

ó puñales de aguzada punta.

buen arzobispo

tenía limpia

conciencia

,

porque se mantuvo quieto en su dió-

cesis sabiendo la llegada del soberano;

y no se

re-

cató de visitarle; y á su llamamiento acudía

obe-

diente cuando los veinte jinetes le acometieron fe-

mentidos á

las

puertas de
,

la

catedral de Santiago;
siguió inmediatamen-

profanación escandalosa
te la

áque
el

de morir asesinado
pie del
Si)\

deán de aquella santa
do

iglesia al

mismo
la

altar del apóstol patrón

España.

alzar

mano

se apropió el rey

todos

159
los

haberes del arzobispo; de

lo

cual pudiera colegirlos

se

que esta vez hizo servir su crueldad á

exce;

sos de su codicia.

y un viento, no menos próspero para su navegación
que para
la tranquilidad

De Santiago

fuese á la Coruña

de sus vasallos

,

le

desvió

en hora bendita del territorio castellano.

Según

las

nuevas que
,

el

1

6 de Marzo de

1

36G

sabía el conde D. Enrique

antes de

un mes contaba

tener de su parte el reino todo.

Detengámonos en
fechas.
,

una brevísima confrontación de

A
le

los

doce

dias de haber escrito el conde la carta

en que aven-

turaba aquella especie de vaticinio, se

comuni-

caba en Bribiesca

la noticia

de

la

precipitada fuga
la

emprendida por
de

el

rey D. Pedro contra

voluntad

los burgaleses.
:

Algo permaneció este en Toledo
la

y en Sevilla
taleza de

después se presentó delante de
,

for-

Alburquerque

donde no quiso
el

recibirle el

alcaide: luego

tuvo que esperar

salvo-conducto

para meterse en Portugal y dirigirse á Galicia: obtúvolo por
fin

y no paró hasta Monterey
:

,

donde
el

es-

tuvo tres semanas

en Santiago pasó
el

día

de

San Juan, 2i de Junio;
lebró á su

de su santo
el

titular lo ceel

modo, poniendo en

arzobispo y en
la

deán sus sacrilegas manos; y zarpó de
los tres

Coruña á
á los de

meses de haber alzado
,

el vasallaje

Burgos. Desamparados estos
les

platicaron sobre lo que

convenia hacer en aquel trance; y de resultas

enviaron sus mensajeios á D. Enrique, denominan-

160
dolé conde
les
,

y diciendo que

le

llamarían rey no bien

jurase í^uardar sus fueros y sus libertades.
el

Mucho

se holgó

bastardo con esta embajada

:

vínose de

prisa para Burgos; satisfizo lo de los juramentos, y
le

reconocieron en

el

monasterio de

las

Huelgas por

su rey y señor los burgaleses, muchos caballeros

que

allí

estaban entonces, y los diputados de las

ciudades y villas que tuvieron espacio para asistir á
la

ceremonia. Sucesivamente fueron llegando á be-

sarlo las

manos de diversos puntos

los proceres

y

los

prelados y los procuradores,

«así

que á cabo de

«veinte y cinco dias que habia que era coronado en

«Burgos, todo
)>río,

el

reino fué en su obediencia

y seño-

salvo D.

Fernando de Castro, que estaba en

«Galicia, y la villa de

Agreda y
,

el castillo

de Soria,

»y

el castillo

de Arnedo y Logroño y San Sebastian

»dc Guetaria.» Por consecuencia los sucesos, magistralmente referidos por
el
,

cronista de quien copia-

mos

estas últimas líneas
los

cronista de aquel tiempo y

uno de
al

muy

pocos castellanos que acompañaron

monarca legítimo hasta su expulsión absoluta del
,

reino

vinieron á confirmar

la

corteza de los infor-

mes

recibidos y la exactitud de los cálculos formados
el

por ü. Enrique en Calahorra. De Burgos se movió

bastardo, y los habitantes de los lugares por donde
transitaba con sus huestes
,

le recibían frenéticos

de

gozo, y los caminos se poblaban de gentes campesinas y montañesas que le

colmaban de bendicio-

161
nes.
fo;

En
en

la

ciudad do Toledo entró como en triun-

la

de Córdoba
el

le
:

agasajaron

á porfía

el

procera to y

concejo

cerca de la de Sevilla se
,

presentó un

dia

muy
á

de mañana

y

tal

muche^-

dumbre acudió
que hasta
las

festejarle

de

las

aldeas y villas,

tres

de

la

tarde no

pudo

pisar los

umbrales de su
¿

palacio.

En

virtud de qué títulos cenia una corona
cetro,

empuñaba un

y ascendia á un trono

el

y conde
,

D. Enrique? ¿Debia la dignidad de rey á su nacimien-

to? ¿Se la habian conquistado sus virtudes?
cibia en galardón de sus

¿La re-

hazañas?

Si al

responder

nosotros al llamamiento de la Real Academia Española
,

haciendo

el

ecoámen

hislórico-critico del reinado

de D, Pedro de

Castilla,

no tuviéramos necesidad de
si

dar cierta extensión á nuestro trabajo;
járbitros
,

fuéramos

de reducirlo á compendio después de cote,

jar detenidamente historias con historias
sificar
fijar

y de cla-

documentos, y de descifrar manuscritos, y de
,

bien los hechos

y de dilucidar con pulso

las

opiniones, hubiéramos emitido la nuestra en una
cuartilla
lo

de papel
el

,

muy
siglo
,

ciertos de

no

callar

nada de

que exige

buen desempeño del asunto.
decimocuarto
,

A

mediados del

hubiéramos

dicho sencillamente

grandes y pequeños eran monárquicos en Castilla ninguna de las clases del esta:

do disputaba á

los

reyes

la

posesión del trono;

si

al

heredarlo eran menores, los proceres acostumbraban

1G2
Á formar bandos para destruir á los regentes y

nom-

brar otros á su gusto; pero una débil mujer, llamada

doña María de Molina, á quien no reconocia Roma
por reina, ni por esposa ni por madre, habia conservado á su hijo D. Fernando IV y á su nieto don
Alfonso XI los estados, cuya posesión les cupo siendo

niños

:

solo con apelar á la alianza

de

las ciudades,

aquella

renombrada heroina sofocó en dos

distintas

ocasiones las revueltas, é hizo prevalecer su causa.

Por legítima herencia subió posteriormente

al

trono
seis

un príncipe llamado D. Pedro á
años: era biznieto de
bia
la ilustre

la

edad de diez y

gobernadora que ha-

amparado

la justicia

de sus antecesores D. Fervasallos le juraron

nando y D. Alfonso. Todos sus
fidelidad
,

espontáneamente y solemnizaron su adve-

nimiento con grandes regocijos.
nación castellana
la afrenta
si

No

mancillaba á

la
la

de ser inconstante en

adhesión á sus reyes:

los

magnates se insolentahacian valer sus

ban ambiciosos;

si

los sacerdotes

franquicias terrenales, el trono y el estado llano po-

dían

mas que

la

aristocracia

y

el clero.

Además
en

unos hombres de Oriente, enemigos de
del Crucificado
,

la religión
,

y de

la

independencia del país
los

cuyos anales resplandecian con letras de oro
bres de
la
,

nom-

heroica Sagunto y de la celebérrima

Nu-

mancia
en

después de haber evacuado mal su grado

seis siglos

de encarnizada contienda todo
,

el terri-

torio

que se extiende desde

la falda

de Govadonga

165
hasta las márgenes del Guadalete
,

todavía insulta-

ban á

los castellanos

,

haciendo ondear sus banderas

sobre los muros de Granada. Contra ellos y detrás

de sus reyes
patriotismo
,

,

marchaban

llenos

de

fe

,

exaltados de
los

y compitiendo en bravura
,

poblado-

res de los monasterios
los

los rebeldes
las
:

de

los castillos
la

y

hombres buenos de

ciudades junto á
;

fronallí

tera olvidaban sus disensiones

y á

la

par que
,

adquiría

la

nobleza inmarcesibles lauros
,

dejaba so-

segar á Castilla
los

y

los trajinantes

no tropezaban en
los

caminos con salteadores; y reverdecían
;

cam,

pos

y

al

mortífero estruendo de los combates
el

su-

cedía

el

ruido vivificador de los talleres. Pues

prín,

cipe llamado D. Pedro, que reinaba legítimamente

y

podia oponer á

la

soberbia de los grande señores el

denuedo de

las fieles

ciudades

,

y

utilizar las fuerzas

de aquellos contra

los
,

hombres venidos de Oriente,
,

y vencer glorioso
bendecido
, ,

y morir llorado

y sobrevivir

fué destronado en su edad viril por

un

conde á quien decian D. Enrique. Este conde era

hermano de aquel monarca, y primer

fruto

de

la

in-

constancia conyugal de D. Alfonso XI; para que
alegara algún derecho controvertible á la corona
bía preceder el exterminio de todas las
,

de-

ramas

legí-

timas y bastardas de los príncipes reinantes en Ara-

gón, y en Portugal, y en Castilla: hombre sin cora-

zón y de índole traidora, habíase unido íntimamente
en rebeldía contra su hermano á una mujer renco-

164
rosa
,

la

cual le acababa de dejar sin

madre de su
:

barbarie daba terrible testimonio algún pueblo re-

ducido á cenizas por ser enemigo de sus rebeliones:

mas de una vez habia esquivado manifiestamente
peligros, ausentándose de las plazas fuertes iba á ser cercado
,

los

donde

y encomendando

la

defensa á dé-

biles mujeres: desleal con su rey y señor, hizo des-

pués armas contra su patria: mañero y ambicioso
tuvo gran parte en que
el

soberano aragonés asesial infante,

nara á un infante y á un gran valido;
para que no
le

tomase
al

la

delantera en sus infunda-

das pretensiones:

valido, para que no fuese re-

mora de
das
:

ellas.

Carecia de virtudes públicas y priva,

mal

patricio

armaba revueltas
mal
hijo, ni

solo por lograr
traila

ventajas personales:
ciones con
el

aun paliaba sus

anhelo natural ó fingido de vengar
:

muerte de su madre mal hermano jamás tenía con,

tentos ni á los que le daban este título cariñoso, por
traer su origen

de

la

misma bastarda cuna; mal
damas
principales

es-

poso

,

se distraia

en

festejar á
le

y á

mujeres de baja estofa, que
prole.
ni

plagaban de ilegítima
las
la

No

le

adornaba ninguna de

prendas

físicas

morales que fascinan y exaltan
,

imaginación fola te-

gosa del vulgo

pues hasta su valor distaba de
la

meridad, no menos que
la

pequenez de su cuerpo de

estatura con que suele engalanar á los héroes una

preocupación tan admitida como disculpable. Evi-

dentemente

el

conde D. Enrique no estaba llamado

1G5
por sus derechos
hazañas,
la al
,

ni por sus virtudes

,

ni por sus

trono de un puelDlo, defensor vigoroso de

legitimidad de sus reyes y de la independencia de

sus ciudades.

Para usurpar

la

corona,
,

trajo

en su

ayuda una banda de extranjeros

facinerosos en su
,

mayor

parte;

y sin embargo
,

la

nación castellana

leal

por excelencia

é independiente desde los tiempos
historia
,

mas oscuros de su

,

doblaba

la rodilla

de-

lante del conde usurpador

y

le

saludaba con loco
al

entusiasmo en Burgos, mientras maldecía

sobera-

no legítimo y

le

arrojaba oprobiosamente de Sevilla.
traidor

Nunca hubiera triunfado un

como

D. Enri-

que, á no ser D. Pedro universalmente aborrecido:

nunca fuera execrado D. Pedro, á no haber fatigado
con feroces desmanes y horrendos crímenes,
ciencia de
la

pa-

una nación tan sufrida como
,

la castellana.

La

victoria facilísima
,

instantánea y explendente de

D. Enrique da la cabal medida de lo que fué el rei-

nado de D. Pedro.

A
.

estas consideraciones
el

hubiéramos limitado de

buena voluntad

trabajo á que nos convida la docta
los tesoros
la

y venerable asamblea* guardadora de
lengua patria
:

de

la

sin

que disminuyéramos

ocupación
la

de

la

mente

,

nos ahorráramos casi por completo
lo castizo del

déla pluma; y cuando no por
je
,

lengua-

quizá disputaríamos dignamente por la elocuen,

cia del discurso

el

lauro que ansia nuestra insaciable

sed de gloria.

V.

Montíel.

¡Solo vulnerando los fueros de

la

sana razón

,

se

explica que

muchos

escritores

hayan ido dilatando
de un proble-

por espacio de cinco

siglos, la solución

ma que nada
con diligente

tiene de intrincado.

Y

es bochornoso

que después de haber esclarecido afamados varones
crítica

y argumentación severa
,

los

he-

chos referidos por testigos oculares

y embrollados

por sujetos de tiempos posteriores y de escasa nota,
se persevere todavía

en limitar una cuestión de su-

ma

trascendencia á raquíticas proporciones. Delante
el

de nuestros ojos se extiende llano y expedito

ca-

mino de

la

verdad

,

y fuera insensatez que buscara-

168
mos
¡

el

siempre torcido y escarpado de

la sutileza.

Dios nos libre de la tentación de pasar á nado un

rio

de hinchadas y revueltas ondas, dependiendo de

nuestra voluntad salir por un sólido y anchuroso

puente á
sentido

la

opuesta

orilla

I

Pueril y hasta ajeno del

común

nos parece discutir

perdurablemente

sobre

si

D. Pedro fué cruel porque D, Enrique fué
si

traidor, ó

D. Enrique fué traidor porque D. Pedro
fatal

fué cruel
cioso.

,

y circunscribirse á este

círculo vi-

¡Pues qué! ¿Acaso eran D. Pedro y D. Enriatletas
,

que dos

y

Castilla

un

anfiteatro
la

,

y sus ha-

bitantes espectadores indiferentes de

lucha? ¿Por
las

ventura no trascendian mas que á D. Enrique
crueldades de D. Pedro
las
,

ni

mas que

á D. Pedro
sería la
,

traiciones de D.

Enrique? ¡Bien ruin

condición del que juzga los sucesos pasados
se le violentara á

si

tomar partido por una de dos
se disputaron

ó

mas personas que

un cetro

!

Re-

yes ó prelados, grandes ó humildes, los hombres

deben ser aplaudidos ó censurados según sus obras,

y con presencia de
dadero
ellas D.
,

las eternas

máximas de

lo

ver-

de

lo

bueno y de

lo justo.

En

virtud de
tira-

Pedro se nos presenta como un pérfido

no; D. Enrique como un usurpador astuto; Castilla

como un

jxieblo

que despierta de su letargo apenas
libertador le

pisa su suelo

un pretendiente. Por
duda
,

hu-

biera aclamado sin

ora se llamase D. Tello,
el

ora D. Sancho

,

en vez de D. Enrique; pues

espí-

169
ritü

de

la

pronta y voluntaria adhesión de todas las
al

poblaciones

mayor de

los bastardos

,

consistía

,

no

en

el

amor que infundiesen sus prendas
el
,

personales,
el

sino en

odio universal que se liabia granjeado

monarca
la

en justo pago de sus bárbaras

tropelías.

A

manera que ninguna legitimidad
,

política

pretende
la fuerza

traer su origen de la fuerza

no puede ser

su único apoyo. Cualesquiera que sean sus nombres

y sus formas todos
,

los

poderes públicos tienen limilas del

taciones; ya

hemos determinado
1

poder monár-

quico en Castilla

si

D. Pedro se atribuye la sobera,

nía en toda su latitud

y supone que nada
;

le está

vedado
sallos
,

,

puesto que trae su origen de reyes

los va-

dejándole solo, no hacen sino hollar con

vigorosa planta la ilegitimidad radical de un poder
absoluto.

Tan descontentos como
:

á sus subditos tenía

don

Pedro á sus aliados éranlo ya de D. Enrique
beranos aragonés y navarro:
el

los so-

granadino
le

le

juró

al

punto

vasallaje,
la

y

el

portugués se
,

hizo amigo.
la

Asegurada

paz exterior
,

atendió

el

bastardo á

de sus nuevos dominios y aun á riesgo de su seguridad futura, licenció á casi todos los soldados de
tierra extraña,

pagándolos espléndidamente, á

fin

de
á

poner coto á sus rapiñas. En puridad, tan cara
los castellanos la codicia

salía

de D. Pedro como

la

libese

ralidad de D. Enrique; y

no menor desconcierto
la

introducía en la gobernación del país por

Icnací-

170
dad de D. Pedro en no
satisíacer á nadie,

que

poi' la

industria de D. Enrique en contentar á todos.

Domi-

nado aquel por sus pasiones y este por sus necesidades, los dos hicieron descender sucesivamente
la

dignidad real de

la

altura

adonde

la

habia levantado

su augusto padre. Con todo, motivo fundado tenía
Castilla para
sallaje á otro

no arrepentirse de haber tributado vasoberano pues á
,

lo

menos
las

D. Enrique

restañaba

la

sangre y enjugaba

lágrimas, deslos

prendidas en abundante raudal de

ojos

y del

corazón de innumerables familias que, enlutadas y

sumidas en

la

pobreza y en

la

deshonra por
,

la cruel-

dad y

la injusticia
la

de D. Pedro

venian á ser monu-

mentos vivos de

ignominia de su reinado.

Luego que
trono
,

el

usurpador D. Enrique ascendió
los carceleros

al

quedaron sin ocupación
:

y

los

verdugos ó
placia

el

bastardo no tenía enemigos ó se com:

en perdonarlos su clemencia y su popularidad
el

en aquel tiempo son hcclios fuera de duda. Todo

reino le acataba: solo en Galicia sustentaba desobedientes algunas poblaciones su cuñado D. Fernando

de Castro

:

allá fué el

nuevo monarca y aquel magnate

se obligó á

no moverle guerra y aun á rendirle hoantes de la próxima Pascua de Resurrecsocorria el príncipe destronado.

menaje

,

si

ción no

le

Para

el

cumplimiento de este plazo faltaban cinco meses; y

aunque

el

Castro sabía que sus compatriotas conmela tiranía

moraban cada vez con mas abominación

de

171
D. Pedro, tampoco ignoraba que en

Bayona de In-

glaterra se le había hospedado amorosamente.

De
porque
de

Inglaterra se llamaba aquella población silas vertientes del Pirineo,

tuada en Francia y cabe
la

mitad del país estaba debajo del dominio

los ingleses,

acostumbrados á
,

la victoria

por

el

primogénito del Eduardo

á quien plugo inmortali-

zar sus amores con la condesa de Salisbury, institu-

yendo una insignia de

las

mas

ilustres

de Europa.
el

Casi desde los principios de la guerra capitaneaba
ejército

de Eduardo
el

III

su hijo

el

príncipe de Gales,

sobrenombrado
ra.

Negro por
la

el color

de su armadula

Habia llegado á

edad privilegiada en

que
la

sin entibiarse el ardor juvenil se desarrolla

en

mente

la

madurez

del juicio: dechado de caballeros
,
,

templaba sus pasiones medía sus discursos y acrisolaba su renombre, haciéndose esclavo de sus palabras;

no quebrantando nunca

los preceptos

de

la

mas
la

exquisita delicadeza en sus obras; siendo rayo de

guerra contra

el fuerte; al

extremándose en arrancar
,

lágrimas de gratitud

vencido é inclinando

la oreja

á

la petición del

menesteroso. Orlado con los laulas fatigas

reles

de Poitiers, y sin buscar descanso á
,

de

la batalla

dispuso que dentro de su

misma

tienda

fueran agasajados en un convite los principales franceses
,

cuya prisión era

el trofeo

mas señalado de su
I,

triunfo.

Por su propia mano quiso servir á Juan
le

soberano de Francia; y como este

impeliese á gus-

172
tar los regalados
(lijo

manjares con que

le

hacía plato,

aquel modesto y afable, que
si

le

tildarían con
la

buena razón de presuntuoso

osara sentarse á

mesa de tan gran monarca y de adalid tan distinguido. Al amparo de un hombre que de tal generosidad
hacía alarde hasta con los vencidos por su espada se
,

acogió

I>.

Pedro de

Castilla luego
,

que puso

el

pié en

el territorio

de Francia avasallado á

los ingleses.
el

Dos caracteres tan contrapuestos como
príncipe de Gales y
el

del
se

de D. Pedro de

Castilla

no

hubieran armonizado un solo instante en otras
cunstancias
;

cir-

mas

el hijo

de Eduardo

III

correspondía

á su crianza, se ejercitaba en su profesión honrosa

y

satisfacía

su noble gusto

,

patrocinando á un so-

berano desvalido. Ocupado en vencer batallas y en

aumentar conquistas, ignoraba
Pedro, ó,
si

los

desmanes de don
consideraba fin-

de

ellos sabía algo, los

gidos por la enemistad ó abultados por la calumnia;

y de cualquiera modo

le

parecía la

mayor de

las sin-

razones que el cetro del rey legítimo de Castilla,

que imploraba su ayuda

,

estuviese á

la

sazón en

manos de un
Eduardo
III
,

bastardo. Así, previo el beneplácito de
se ajustaron bodas entre los

duques de

Lancáster y de York, sus hijos, y doña Constanza y

doña

Isabel

,

bastardas de D. Pedro
el

:

este prometió al

príncipe de Gales

señorío de Vizcaya, al capitán
,

Juan Chandes

la

ciudad de Soria

y á

los

demás,

pagas muy subidas; que jamás anduvo mezquino

175
en promesas y
;

el

príncipe de Gales se previno á
el

em-

peñar todo su poder para restaurarle en

trono.
,

Sabedor D. Enrique de aquellas estipulaciones y alentado por el buen espíritu de los castellanos que
,

le

acababan de prodigar recursos y de jurarle por
,

sucesor á su hijo D. Juan en las cortes de Burgos

y

acudían resueltos á sostenerle á costa de sus vidas,

no

se detuvo

en importunas perplejidades, ni se
el

abandonó á una imprudente confianza. Por
de Roncesvalles amagaba
proponian tiranizar á
detestado
,

lado

la

invasión de los que se

Castilla,

imponiéndole un rey
la

cuya legitimidad accidental dañaba á

legitimidad permanente del sistema monárquico, ve-

nerado en
nificado

y que de haber sido persopor muchos príncipes como D. Pedro, hulas

naciones

,

,

biera caducado siglos há

en toda

la

extensión del

mundo no sometido
asombro vio
por
las
el

al

vilipendio de la barbarie. Sin

usurpador D. Enrique desembocar
las

montañas alavesas
el

huestes del príncipe

de Gales, bien que

rey de Navarra se hubiese
el

comprometido á estorbarlas
ros,

paso de los desfilade-

donde en tiempos antiguos hallaron sepultura

célebres adalides

que en cien campañas tuvieron enCarlos el Malo juró á D. Enrique
,

cadenada
por

la victoria.

la hostia

consagrada

pelear bajo su bandera
la el

,

y

á D. Pedro ser á su lado en

batalla

;

y como no

podia hacer con su persona

doble tráfico que con

sus juramentos, apeló al rastrero expediente de fin-

174
girso aprisionado por
elin

un deudo de Beltran du Gues-

en

el castillo

de Borja.
,

Por aquellos dias Hugo de Cavreley

jefe

de

los

bandoleros que du Guesclin trajo á campaña, incor-

porándose
llo
,

al

príncipe de Gales

,

de quien era vasalilas

habia dejado un gran hueco en las
la

de don

Enrique: á

sazón estaban compuestas de cuatro mil
milicias

hombres de armas y de multitud de
ciudades.

de

las

En

socorro de D. Pedro acaudillaba

el

prín-

cipe inglés la flor de la caballería del

mundo:

sus

haces entre lanzas, flecheros y demás jinetes y peo-

nes ascendían á veinte mil soldados

,

todos aguerri-

dos y familiarizados con
obrara
el

el

triunfo.
el

Cuerdamente

bastardo siguiendo

dictamen del rey de
la batalla
,

Francia Carlos V, reducido á esquivar

á

cortar los víveres al enemigo y á entretenerle con

emboscadas y escaramuzas, mientras

los franceses

se aprestaban á arrebatarle sus conquistas de allende
el Pirineo. IMas

á las veces la conveniencia está
la

re-

ñida con

la

cordura y no consiente

menor espera
,

á la resolución de negocios de gran monta

que

lle-

vados por su natural camino no pueden tener mal
paradero, y que, atropellados, suelen desenlazarse
funestamente. Peleando los de Francia por sacudir
el

yugo extrangoro

,

y

los

de

Castilla
,

por no doble-

garse de nuevo al de un tirano

se viera al fin

co-

gido como en una red

el

príncipe de Gales dentro de

Navarra. Esto deseaba Carlos V: no se hallaba don

Enrique en aptitud de satisfacer su buen deseo. Hábil

político el

bastardo
:

,

comprendía que su corona
la

estaba en

el aire

por odio á D. Pedro se
:

hablan

ceñido los castellanos

para asegurarla en sus sienes

debia mantenerlos libres de las ferocidades del príncipe destituido:
si

los castellanos advertían irreso,

lución en aquel de quien fiaban su defensa

sobresed de

cogidos de miedo, y para no irritar

mas

la

venganza de un monarca sañudo, se resignarían á
abrirle sus ciudades
,

quedando

el

usurpador sin

corona.

Estas razones inclinaron á D. Enrique á jugar
reino de Castilla en una batalla;

el

y con
,

este fin hizo

sus aprestos en las cercanías de Nájera
atrás le fué contraria la fortuna.

donde años
vanguardia

A

la

puso á Beltran du Guesclin con mil hombres de ar-

mas desmontados en
,

el ala

izquierda á D. Tello
,

,

en

la

derecha

al

marqués de Villena y

él llenó el
el

cen-

tro

con

las milicias castellanas.
los

En
el

mismo orden

avanzaron

enemigos:

el

duque de Lancáster vey
príncipe de Gales
las alas otros capi-

nía á vanguardia, D. Pedro

ocupaban

el

centro

,

y mandaban

tanes de nombradía. Por un excesivo punto de honra

no quiso D. Enrique pelear con ventaja; y despreciando
la

que
y

le

daba

el

terreno

,

bajó á cruzar

el rio

Najerilla,

salió

á una extensa llanura junto á Na-

varrete. Allí los de Beltran

du Guesclin y

los del

duque de Lancáster chocaron tan reciamente, que

se

176
les

cayeron

las lanzas

y echaron

mano
la

á las hachas
la

y á las espadas.

De

intento se retrajo

un poco

van-

guardia del príncipe de Gales; y

de D. Enrique,

imaginando
contrarios
,

llevarla vencida, se
al

metió mas entre los
el ala

y dejó

descubierto

izquierda

,

á

cuyo frente se encontraba D. gana de menear
le

Tello. Este,

con poca

las

armas

,

se dio á la fuga apenas
el

acometieron

el

conde de Armagnac y

señor de

Lebrech con tres mil hombres, quienes, no pudiéndole dar alcance
,

revolvieron á la carrera sobre la
el ala

vanguardia del bastardo, acosada también por

izquierda de los ingleses. Valeroso D. Enrique,

ex-

puso

la

vida por alentar á los combatientes y por
,

detener á los fugitivos

y agruparlos en rededor del

baluarte que hablan levantado deprisa algunos gas-

cones, matando los caballos y poniendo encima y á
la

redonda maderos y
,

fardaje. Poi«no caer

en manos
el

del

enemigo como su hermano D. Sancho y
otros

bravo

du Guesclin y
ya en

muchos

caballeros,
,

tuvo que

escapar á uña de caballo D. Enrique
el

no habiendo
de Guiena

campo quien respondiese
el

al grito

y Sa7i Jorge con

de

Castilla

y Santiago.

Como no

hallase el príncipe de Gales al bastardo entre los ren-

didos ni entre los muertos, dijo que en nada tenía
su victoria. Harto demostró D. Pedro
ria
el

uso que ba-

de

ella,

atrepellando á un caballero inglés, para

asir

de Iñigo López de Orozco, y asesinarle por su
la

propia mano; y condenando á

misma

suerte á

177
otros

cuatro prisioneros,

mientras su caballeroso
la

aliado sometia á

un tribunal de honra

queja con-

tra un picardo, á quien encontraba de enemigo en

Nájera, después de haberle cogido en Poitiers
puéstole en libertad mediante

y

un

rescate

,

que aun

no había satisfecho

;

siendo lo

mas

singular que el

príncipe de Gales escuchaba las razones del acusado

y hasta le absolvia de la nota de fementido.

No

se

excusen pues con

la

rudeza de los tiempos los crí-

menes

del príncipe castellano;

que delante de

los

ojos tuvo siempre ejemplos

de misericordia, y en

sus oidos resonaron de continuo voces amigas é in-

teresadas en aplacar su furia.

De muy pocos años databa
ingleses

la rivalidad

entre
i

y franceses, cuando
por

el

3 de Abril de

30*7
el

lidiaban

primera vez unos con otros en

suelo castellano: -un

monarca legítimo y otro usurel

pador

les

habian enseñado

camino, poniendo

al

arbitraje de sus

armas
los

la suerte

de un gran reino,
,

que ninguno de
para siempre
,

dos merecía
,

y trasformándolo

de campo neutral en ancho palenque
ulteriores é in-

donde aquellos pudieran dirimir sus
terminables querellas.

Al par que D. Enrique cruzaba
gonés para refugiarse en
dro escribia
al
el

el territorio
,

ara-

de Francia

ufano D. Pela victoria
le

moro Benahatin nuevas de
en
el trono.

que

le restablecía

Sabiamente

contes-

aquel filósofo, no con viles y vanas lisonjas, sino

178
con saludables y profundos consejos. Pintura mas
fiel

del reinado de

I).

Pedro de
,

Castilla

que

la

con-

tenida en aquella carta

no se encuentra en ningulo sustancial
,

na

historia.

Compilemos

de

ella

en cor-

roboración de nuestras opiniones

y señalemos por

boca del moro Benahatin
atenerse
el hijo

la

conducta á que debia
,

legítimo de D. Alfonso XI
el

para que

no levantase mas cabeza

bastardo.

«No
wque
la

tengáis en poco á las gentes, le dice, por-

humildad de

los

hombres no

es durable,

si

«no es voluntaria: cuando no temáis que se os suble-

»ven
))sus

los vasallos

,

temed que sean oidas en

los cielos

maldiciones; ó temed á lo menos por vuestra fael

»ma; que

buen renombre

es
el

segunda vida. No perey que intenta ade-

wqueis de codicioso, porque
»

rezar sus reinos con la hacienda de sus naturales, se
al

«parece
»

que quiere labrar sus cámaras con

los ci-

mientes de sus palacios. No persistáis en hacer vuesel

»tro gusto, porque

que no sabe comprimir su vo-

«luntad, no puede
))

bebeco en
tades
,

el

domar á su enemigo; y si se emfornicio, que es la peor de las volunel

»

pierde

entendimiento y

los sentidos

,

y co-

»bra mala nombradla, y daña sus generaciones, y es

«semejado á
»de
la ley,

las bestias.
la ley

No

despreciéis á los

hombres

porque

es cosa general y verdadera,
;

» y el rey es su siervo y su guarda

y como salvo su
,

«homenaje á
«con desden

la ley,
la

no tiene juez que
las

lo

juzgue,

si

mira, leciil{)an

gentes de

men-

»

179
))guado, no fian de sus palabras, y
le

inhabilitan

«para gobernar

el estado.
el

No
los

os deleitéis en cruel-

«dades, porque
»

rey que usa de ellas,

mueve

grande escándalo entre

suyos, y los hace huir
ovejas
el

«delante de su paso
»

como á

las

lobo, y los

incita á

que excusen su provecho y logren su ruina. Además de reprender generalmente el moro al que traspasasen

príncipe castellano sus vicios con frases dictadas por
la

amistad y llenas de energía
respeto
,

,

sin

los límites del

le

individualizaba tres máxi-

mas de
sistema

aplicación inmediata para inaugurar el
,

nuevo

cuyo espíritu se comprende en estas pala,

bras: «Sosegad los corazones espantados de vos

y

«dad á gustar á

las

gentes pan de paz y sosiego.
,

«Avenios con vuestros comarcanos y
«sin costa

así levantaréis

un muro entre vos y vuestros enemigos.
la

«Reparad en que
«ticipa

ayuda de

los extranjeros

par-

de

la

propiedad de las ponzoñas, que se bey, si para

«ben por evitar peor daño;

satisfacer lo
el

«que adeudáis á
»

los

que os han rehabilitado en

trono

,

queréis sacarlo por fuerza de los comunes, os

«enajenareis el cariño de ellos; enflaqueceréis á los

«propios y

esforzareis á los extraños; y

mientras

«algo que daros quede, no contentareis su avaricia.

«Mostradles que os halláis en gran menester; que no
«podéis apremiar á vuestras gentes tanto
» «

como

te-

níais

de costumbre
el

poblado

y que están frescas las llagas y país de enemigos. Guardaos de desahuciar
;

180
«sus pretensiones; pero dad largas
al

negocio, y

«sucederá una de dos cosas: ó se tornarán á sus
"tierras, y esto es lo

mas seguro, ó

se debilitará su

«poder

si

permanecen mucho en

Castilla.»

De

todos los avisos de Benahatin, solamente se
al

atuvo D. Pedro
faltar

que

le

ponia en proporción de

á sus compromisos por no desprenderse de su
tesoro.

amado
cuando

Todo habia
al

sido prometer dádivas y
los

recompensas
les

príncipe de Gales y á
auxilios: todo era

suyos

demandaba
después

quebrantriunfo.

tar los pactos

de conseguido

el

Tocando

los

Santos Evangelios habia jurado D. Pedro

no matar á ningún hombre de cuenta en tanto que
el

príncipe inglés estuviese á su lado
le

,

á no ser que
,

anteriormente
se ensangrentó
(le

hubiese pasado por sentencia
el

y

en algunos rendidos sobre
le

campo
los

batalla

,

y propuso que se

vendiesen todos

prisioneros castellanos; propuesta que rechazó digna-

mente
que

el aliado,

contestándole, para

mayor

afrenta,

los soldados

no se

los

cederian

por ningún

dinero del

mundo, convencidos como estaban de
para darlos dura muerte. Cinco mil
el

que

los queria
le

florines

habia prestado

príncipe de Gales á

condición de que se los devolviera antes de la próxima

Pascua; y, á pesar de cumplirse
la

el

plazo,

no

satisfizo

deuda. Aparentemente no puso dificultad en en-

tregarle el señorío

de Vizcaya; pero en secreto avisó

á los naturales que en ninguna manera consintiesen

181
en aquel
trato.
la

Tampoco

se

negó á donar á Juan
el

Chandos

ciudad de Soria; pero hizo que

can-

ciller 3Iateo

Fernandez
de
la

le

demandara diez mil doblas
Gran soldada debia á

por

el

sello

escritura.

todos los auxiliares;

mas

dijo

que

se tuvieran por

pagados con
bajo precio

las
al

joyas que hablan recibido en

muy
espí-

venir á Castilla.
el

A
ritu

tales

amaños oponia

príncipe inglés

el

y letra de las escrituras otorgadas por D. Pe,

dro; y, recelándolo todo de su doblado porte

no se

determino á entrar en Burgos para que

las ratificase

en

la

iglesia

de Santa María

,

sin

que estuviesen

sus soldados en guarda de una de las puertas. Delante del altar

mayor

se obligó el rey á pagar á su

aliado quinientos cincuenta mil florines
, ,

que

le

adeu-

daba por mitad y en dos plazos de cuatro meses
el
el

primero y de un año
2 de

el

segundo. Esto acontecia

Mayo de

1

367.
,

Muy
tos para

á satisfacción del príncipe de Gales

y so-

color de avivar en persona la cobranza de los tribu-

desempeñarse de sus obligaciones

,

se partió

D. Pedro de la ciudad de Burgos. Aquel varón do

levantados pensamientos no tardó
brir

mucho en descudel des-

que habia tomado

la

demanda en pro

aforado y en contra del menesteroso.
taba
,

Ayuda

necesi-

no

el

monarca sino
,

el

reino

,

desangrado por
el

su ferocidad y su avaricia. Apesarado
inglés

príncip(í

de su yerro, trató de corregirlo, venerando

182
la

legitimidad y redimiendo á ios castellanos de

la

tiranía.

Su plan estribaba en casar
,

al

rey con alguna
trono á hijos

principal señora

para que legase
:

el

que no fueran bastardos

en hacerse regente en su

nombre; y en confiar á cuatro adversarios de don Enrique los gobiernos de Andalucía y Murcia, do
Galicia
,

de

Castilla

,

y de Toledo con Extremadura.
,

A

vueltas de la buena intención
el espíritu

apuntaba en

se-

mejante proyecto
cipe de Gales
;

de predominio del prínlos caste-

pero ni era popular entre

llanos la gobernación

de un extranjero
á

;

ni

posible

que

el

monarca

se

acomodase

representar tan

triste figura.

En

esto se pasaron los cuatro meses:
las

medrosos aprontaron muchos pueblos
les pidieron los recojedores
:

sumas que
el

guardólas

soberano

en

la

torre del

Oro

,

y

el

príncipe inglés
,

hubo de

tornarse á Francia. Bíaldíjole Castilla

saqueada por

sus gentes en desquite de habérseles
gajes,

negado

los

y avasallada por su esfuerzo á la coyunda de un déspota aborrecido y, renegando el primogénito
;

de Eduardo

III

de haber andado en tratos con un
la felonía,
la

hombre avezado á
donde
le

dejó atrás los campos,
,

reconquistara

corona

después de arla

marle inútilmente caballero en vísperas de
talla,

bata-

y traspuso
el

el

Pirineo con

la

determinación

firme de borrar

oprobio de tan negro desengaño,
falso

no acordándose mas de su

amigo.
el

Hasta entonces habia deinosti-ado

rev D. Pe-

185
(tro

que no
el

le

intimidaba
,

la

amenaza
la

,

ni
,

le

se-

ducia

consejo

ni le

ablandaba

súplica

ni le con-

tenia la ley, ni le amilanaba el peligro: restábale acre-

ditar

que no escarmentaba en

el infortunio.

Hízolo de

manera que nadie puso mas en duda que necesitaba
matar para
nía.

y ser tirano para ejercer la soberaAl entrar en Toledo se empaparon sus pies en
vivir,
,

sangre recien vertida por su mandato.
llevó rehenes para contar la ciudad por
lo

De

allí
,

se

suya con
se metió

que ocasionó gran revuelta. En Córdoba
;

con apacible traza mas á

los

dos dias y á deshora
la

de

la

noche se quitó
las

la

máscara de

mansedumbre,

y forzando

puertas de diez y seis casas, dejó en

ellas otros tantos cadáveres.

Dentro de Sevilla fueron
ellas se
,

muchas

las víctimas

de su saña: entre
D. Tello

con-

taron un
Gil

hermano de leche de
le

el
el
,

almirante
tesoro, y

Bocanegra, que
,

habia robado

Martin Yañez

que no pudo

defenderlo
la galera el

habiendo

acometido gran muchedumbre
conducia á lugar seguro.

en que

lo

No poniendo

soberano

tasa á la clemencia, le hubiera costado

inmensísimo

trabajo cicatrizar las llagas,

que todavía manaban

sangre; y cada vez se hacía
los

mas

odioso, enconando

ánimos con acrecentar
la

los

suplicios.

Por haber

seguido

parcialidad de D. Enrique, ordenaba

que
de

espirasen en ellos
clases; y,

muchas gentes
el

sin distinción

como sobre todo

reino pesaba igual cul-

pa

,

no sería exagerado suponer á D. Pedro émulo

184
en
la

barbarie del emperador de
,

Roma que

hizo

rónsiil á su caballo

y ansioso por tanto de que to,

mara

figura corpórea toda Castilla

para derribar de

un

solo tajo su cabeza.

A
este
la

causa de haber repugnado Martin López de
tres individuos
el
,

Córdoba asesinar á
,

de
le

la

ciudad de

nombre mandó

rey que se

encarcelase en

fortaleza de Martes

y hubiera pagado
,

muy
el

cara
li-

su piadosa desotediencia
Jjertad el

á no interceder por su

soberano granadino. Rindiendo

caste-

llano á la
liizo

memoria de

la Padilla

idólatra culto,
,

no

mas que
,

aprisionar á D. Diego

el

maestre de

Calatrava

que no fué de
le

los últimos

en dejar su

bando: otros indicios
tes;

dan por finado tiempos anal

mas renunciamos de buen grado
;

facilísimo

trabajo de solventar la

duda que un sugeto de su
,

laya

,

escándalo de fortuna

de

ingi-atitud

y de

vile-

za, no merece

que se malgaste un momento en inlas

dagar cuándo murió ni de qué muerte. Hasta
obras de caridad que hacía
el

reyD. Pedro,

testifi-

caban sus desmanes; entre varias donaciones de aquel
tiempo, consta
jas de
S.
la

de unas casas cedidas á

las

mon-

Leandro

y

confiscadas á Teresa Jufre,
,

mujer de Alvaro Diaz de Mendoza culpable de babor
taba

murmurado de
el

las

atrocidades en que se deleiellas,

soberano. Aterrorizada y escandecida de

gimió Sevilla por entonces en rededor de una hoguera,

donde exhaló

el

postrer

suspiío doña Urraca

185
Osorio, sin
la

mas culpa que

la

de tener un hijo suyo

voz de D. Enrique en
,

el castillo

de Alburquerque;

y es fama que habiéndosela descompuesto con daño de la honestidad las ropas, mientras prorurapia moribunda en lastimeros ayes, una
fiel

criada, Leonor

Davales de nombre, se abalanzó á
dió serenamente
señora.
el
la

las
el

llamas y perrecato de su
la larga

vida por salvar
los mártires

La sangre de

carcome á

pedestal de la
la

injusticia;

y

el

heroísmo en

las

almas débiles es

desesperación de los tiranos.
fin

Visiblemente tocaba á su
violenta.

una situación tan
los

A

un mismo tiempo se cruzaban entre

castellanos las nuevas de

que D, Pedro reincidía en
príncipe de Gales se

sus crueldades

,

de que
,

el

au-

sentaba del reino

y de que D. Enrique se aprestaba
el trono.

en Francia para venir á ocupar otra vez
Así
lo
el

miedo que infundía
los

el

soberano vengativo,

sosegaban

prisioneros castellanos de Nájera,

puestos en libertad por los ingleses antes de su partida
,

y apoderados de muchas y buenas
enconado valor de
los

fortalezas;

y

el

que de esta suerte se ar-

rojaban á una sedición poderosa y legitimada por los

bárbaros atropellos

,

que ensangrentaban á
,

la

sazón

muy
con

especialmente á Sevilla

se exaltaba

mas y mas
en cuya

la

esperanza de ser evidente

la victoria.
,

Al moverse D. Enrique del Langüedoc

comarca

le

habia socorrido largamente

el

duque de

Anjou con beneplácito y hasta por orden

del rey de

186
Francia su hermano
,

ya estaban en abierta rebelión

contra D. Pedro de Castilla gran parte de Vizcaya y

de Guipúzcoa

,

y además de otros puntos

muy imNo

portantes, Falencia, Valladolid, Avila y Segovia.
sin vencer dificultades
,

porque D. Pedro de Aragón

estaba ofendido de que después de llamarse rey no
le

hubiera cedido los estados de Murcia

el

bastardo,

vino este por Barbastro y Huesca á meterse en

Na-

varra y á desembocar en Castilla. Apenas supo que
pisaba su territorio, se apeó del caballo; hizo con
la

espada una cruz en

el suelo;

besóla de rodillas y

juró que por grandes que fueran sus menesteres y

aunque

le costara la

vida
,

,

no se
el

alejaría

mas de su
los sin-

patria. Este

juramento con
le

que revelaba

sabores á que

habia sujetado su precipitada cuanto
reparar

indiscreta fuga á país extraño, pudiendo

brevemente
los

la

derrota de Nájera en lo interior de

dominios que habia usurpado por voluntad de

sus naturales, servia también para alentar á los indecisos
,

por

el

temor de quedar otra vez

al

descu-

bierto de las iras del soberano.

Solamente traia D. Enrique seiscientas lanzas,

como quien

llegaba no á la conquista

,

sino á la tole acogie-

ma

de posesión de un reino.

En

Calahorra

ron con alborozo: de Burgos

le

salieron á recibir
el

procesionalmente á dos leguas de distancia

prela-

do

,

el

clero y

muchedumbre de ambos sexos y de

todas las condiciones sociales. Para que su dicha fue-

187
ra colmada
,

se le declararon

en contra

los judíos,

quienes, hubieron de rescatar las vidas no sin gran

merma de
ficios al

su tesoro. Esto

le

permitió ahorrar sacri-

pueblo y ser pródigo en mercedes. Su libe-

ralidad acreditada y su

mansedumbre

,

natural

ó
la

aparente

,

que recaian sobre

la ingénita
,

saña y

voraz codicia de su hermano

eran para
eficacísima
al

el triunfo

prendas de mas valer que

la

ayuda de

huestes numerosas y acostumbradas

combate.

Ahora dominadas por
,

los adversarios

de D. En-

rique

,

guardaban

el servicio
,

de D. Pedro varias po1

blaciones.

No

obstante
le

á fines de
,

361 y á princi,

pios de

i

368 se

rindieron León

Buitrago

Madrid

y

otras

muchas ciudades y

villas;

y hasta Córdoba

alzó pendones en su defensa. Por el

mes de Abril
de su

puso cerco á Toledo: dentro de

la

ciudad contaba
los

no pocos amigos; pero podian menos que

hermano
le

,

fortalecidos por las familias de los

que

se

entregaron forzadamente en clase de rehenes. Casi

tenía D. Enrique á su favor todas las tierras de la

orden de Santiago y por consiguiente libre el paso hasta Andalucía adonde era bien que enderezase la
,

,

marcha. Sin embargo, como carecía de dinero y

abundaban

las

viandas á orillas del Tajo, anduvo
,

diestro en ocultar sus escaseces
los soldados la fuerza

manteniendo entre
la victoria
,

moral que da
el

y no

descuidando un solo punto
decisiva.

modo de

procurársela

Porque

lejos

de limitarse á señorear á To-

188
ledo, soltó desde
allí

gentes de armas, que
,

le

gana-

ron los castillos de Consuegra

Garci-Muñoz y JMora
,

y

las poblaciones
;

de Cuenca

,

Villarreal

Vélez y Ta-

layera

y á mayor abundamiento salió

al

camino de

sus necesidades, labrando

moneda de

baja ley en
bijo.
el

Burgos, donde posaban su esposa y su

Entretanto D. Pedro, despreciado por

nuevo
el

rey de Portugal D. Fernando, aborrecido por

de

Aragón odiado por
,

el

de Navarra

,

escarnecido por

el

príncipe de Gales, acosado por los castellanos, re,

suelto á oponerse á D. Enrique

y rehabilitando

vir-

tualmente

la

nefanda memoria del conde D. Julián,

se echó en brazos de los musulmanes. Trájolos á vista

de
los

los

alminares de Córdoba: los guió
los

al asalto

de

muros;

puso dentro del alcázar viejo, y á no
,

lidiar los

cordobeses con pasmosa bravura
el

mas

irri-

tada por

desesperado llanto de sus madres, de
el

sus esposas y de sus hijas,

brazo de Mohamad,
Castilla, clavara el
,

movido por

el

de D. Pedro de
las

estandarte de

Mahoma en

almenas donde tremo-

laba desde los tiempos de San Fernando el lábaro
victorioso, cuyos resplandores habian cegado á los

ommíades en Calatañazor y
las

á

los

almohades

en

Navas.

Malograda por fortuna

la tentativa
,

contra

la fa-

mosa ciudad de

los
,

Abderramenes

tornáronse
;

Mo-

hamad

á Granada

y D. Pedro á Sevilla

mas como

entre los que lidiaron á favor de este se habian vis-

189
to

doce moros por cada cristiano

,

aquel tomó alas y

se creyó

en

el

caso de maniobrar con un ejército por

su cuenta. Hizo pues grandes aprestos militares:

derramóse por
lió

las tierras

de

los castellanos

:

se
los

meha-

en Jaén sin grande esfuerzo: muchos de

bitantes se refugiaron dentro del alcázar, y prefi-

riendo morir en la indigencia á vivir cautivos, le

entregaron gruesas sumas á trueque de que los descercase;
los

mas cuando jMoharaad levantó
la

el

campo, y
el

de Jaén salieron de

fortaleza

,

hallaron los

templos y los muros de

la

ciudad igualados con

suelo por la cimitarra y la tea musulmanas.

Tamel el

bién Übeda fué entrada á saco y devorada por
incendio: Andújar, combatida; y de vuelta

rey

moro de una expedición tan desastrosa para
mazmorras de Granada.

la cris-

tiandad, solo de Utrera condujo once mil cautivos á
las

Por aquel tiempo los de Logroño y Vitoria, á
quienes estrechaban
las

gentes de D. Enrique, en,

viaron sigilosos mensajes á D. Pedro

manifestando
él

que,

no pudiendo

ellos

defenderse ni

ayudarlos,
el

sería bien

que

se entregasen al rey

de Navarra;
les

de

Castilla les contestó

que, cuando no

quedase

ningún recurso, se humillasen preferentemente á
D. Enrique. Este es el único rasgo de patriotismo

que se advierte en lodo su reinado. ¿Mas qué significación tiene junto á la

de

los atrevimientos
,

consu-

mados por

los

moros

á su vista

y con su aprol)acion,

190
y aparentemente en su ventaja? Por lo demás,
el

tardío sentimiento patriótico del soberano fué infe-

cundo

,

pues

las

ciudades mencionadas se dieron
,

al

príncipe navarro

manejando

la

negociación el bas-

tardo D. Tello.

Desesperado ya
trar

el

soberano de Castilla de encon-

en

las

profecías de los
,

magos especies que
mal que se
le

le

asegurasen ventura
sus hechos
,

según

lo

ponian

descendía á rebuscar las que se anun,

ciaban preñadas de infortunio

con

el

deseo de que

se las interpretasen los sabios, y de

que no guarda-

sen

la relación

mas

leve con

su destino venidero.
el

Una
mas
el

de las de Merlin consultó entonces
el filósofo

rey D. Pe-

dro á su amigo

Benahatin de Granada. Lo
,

esencial del enigmático vaticinio
al supersticioso

descifrado por
,

moro y remitido

monarca

se con-

tiene en las siguientes frases: «Es tu

fama que co-

»mes y robas
))de

los bienes

de propios y extraños, don-

quiera que puedes haberlos.
los vasallos á

En tiempos de

tu

«padre gozaban
«y tú
lo

gran placer de

la vida,

acabaste por las amarguras y desafueros en
,

))que los has puesto
«ellos
))es

y pones cada dia haciendo en muchas crudezas de sangres y muertes. Tanta
,

tu codicia que, por no separarte de tu tesoro

te

«estás asentado en las postrimerías de tu señorío en

«esta frontera

,

mientras apellidan todos rey á tu eneel

«migo. Todos los grandes han puesto en olvido

«amorío que solian tenerle. Siempre quisiste ser mas

101
"temido que amado y loado de
«quieren acogerte por
))de

los tuyos,

y hoy no

ira

,

ni por ruego. Dios te libre

que hagan algún movimiento contra tu persona.
fin

»De próximo

estás

amenazado; y temo que se
porque mi reputación de
tu

«cumplan mis
«sabiduría

vaticinios,

me

interesa

menos que

buena fortuna.»

Año y medio
aparición de D.

estaba para cumplirse de la última

Enrique entre

los castellanos,
el

y

al

fin D. Pedro se propuso verle la cara en

combate,

aun habiendo

leido la escritura de Benahatin con

sobresalto. Auxilios
al

demandó en

tan crítico instante
le dijo

soberano de Granada; pero este
:

previso,

ramente
«que

« Si

Castilla se os levanta

iracunda

bien

seáis su rey

y os llaméis cristiano, ¿qué hará

«contra mis moros?»

No cabe

aducir

mas

calificada

prueba de que D. Pedro pudo borrar durante su
reinado,
el

último vestigio de
,

la

dominación de

los

musulmanes en España

puesto caso que hablaban
sa-

como escarmentados inmediatamente después de
lir

victoriosos,

y que ni á

la

sombra de un monarca
sin hueste, se atrevían

legítimo, valeroso, airado
á acometer

y

una empresa de auxiliares para acabarla

de señores.
Solo mil quinientas lanzas moras se juntaron á
las fuerzas
,

de

los concejos

de Jerez

,

Sevilla

,

Écija y

Garmona movidas por

D. Pedro hacia Extremadura.

Todavía conservaba este cerca de su persona á Abra-

hen Ben Zarsal, médico judío, y uno de

los

que

le

!

192
liabian

fascinado

con anuncios de

prosperidades,

«Bien sabéis,

le dijo

por entonces, que vos y todos

»los astrólogos

de mi reino
tal

me

asegurasteis

que mi

«nacimiento fue en
»ser el
«linaje

constelación que yo liabia de
Castilla

mayor rey que nunca hubo en
,

de mi

y que habia de vencer á los moros hasta «ganar el santo sepulcro y ahora paréceme que todo
;

«es el contrario, porque cada dia veo que mis cosas

«van en gran destruicion sin ninguna enmienda

,

y

«que vosotros

los astrólogos fingisteis

por manera de
el

«lisonja tales consejas.»

A

lo

que repuso

hebreo,

asegurado de que no recibirla mal por su dicho:

«Señor

,

si

acaesce que un dia que haga

muy
esté

gran

«frió entrare

un hombre en un baño que
duda y contra
la

muy
la

«caliente, sudará sin

constelación

«del tiempo; pues del
«estrella

mismo modo, augurando
que

en que nacisteis grandes venturas, vues-

«tras obras

han sido

tales,

la tornasteis

en fu-

«nesta.» ¡Solemne confesión hecha por

un

infiel, al

sincerar su conducta y al volver por su soñada ciencia
,

de que

los sucesos del

fatalmente,

mundo no se encadenan y de que entra por mucho en su origen,
la libertad del el

curso y desenlace

hombre
el la

Internándose

monarca por

reino parecía
tierra

que temblaba debajo de sus pies
cía pisar

que ha-

á los soldados moros camino de Toledo,
las

como removida por
bles mártires

osamentas de

los

innumera-

de

la

independencia castellana que

195
ansiaran quebrantar las cadenas de
la

muerte para
la gra-

no ser ludibrio de tamaño oprobio. Caidos de
cia

de D. Pedro
le

los falsos intérpretes

de

los astros,

que

dijeron siempre «cumplid vuestra voluntad y
,

hasta conquistareis la casa santa

»

debia esperarse
,

que

le

hicieran

mas «co

las

voces de los que
,

doli-

dos de su obcecación y de su furia
instinto
,

ora guiados del

ora de

la

experiencia que se adquiere en
,

la lectura

de

la historia

ó en

el

manejo de

los

nego-

cios, le repitieron estas fatídicas palabras:

«Guarsitua-

daos de D. Enrique, ó perderéis

la vida.w

En

ción menos apurada le habían instado los burgaleses
á oponerse
al

bastardo
le

,

y

soltó los pies á la fuga:

ahora su temeridad
la pelea
,

empujaba irresistiblemente á
la escasa

desdeñando pararse á contar

hues-

te

,

fuera de la cual apenas le quedaba en sus antivasallo.

guos dominios un solo

Así llegó hasta los

campos de Montiel

sin tener lenguas de su enemigo.
le

Tomándolas nosotros,

hallamos en marcha contra

P, Pedro en unión de Beltran
libre
,

du Guesclin, otra vez
,

merced á su arrogante astucia á

la activa

ge-

nerosidad del príncipe de Gales y á la honrosa gratitud del

rey de Francia.

Para ver

el

camino por

medio de un terreno escabroso y cercado de montes,
encendian los del bastardo grandes fogatas; y des-cubriéndolas
el
,

soberano

la

misma noche de su
los

Hel-

gada á Montiel pensaba que fuesen de

que habian

partido de Córdoba para incorporarse á su contrario 13

194
en
el real

de Toledo. Días antes

lo

habían efectuado,
,

y ya formaban parte del ejército de D. Enrique
el

en

cual iban asimismo los maestres de las Órdenes
,

militares

y entre otras personas de calidad
el

,

D. Fer-

nán Pérez de Ayala,
llo

que en

las vistas

de Tejadi,

habia llevado

la

voz por los confederados
,

y

el

arzobispo D.

Gómez Manrique
con

el

que en

las cortes

de Sevilla habia dado por bueno

el

matrimonio, pos-

tumo de

la Padilla

el

monarca.
el

Ningún descanso consintió
tes

bastardo á sus gen1

en

la

noche del
el

1

3 al

1

4

de Marzo de

369. Con-

vencido

rey

muy

tarde de que los sitiadores de
las fogatas
,

Toledo eran los que encendian
tándose á combatirle,

adelan-

mandó que

á

la

hora del alba

se le juntasen las compañías, desparramadas por los

lugares del contorno. Antes de que diesen vista al

campo muchas de
talla

ellas

,

presentó D. Enrique la ba-

y obtuvo
los

la victoria.

Al primer choque volvie-

ron caras
tianos: los

mil quinientos moros y algunos crissin otra pérdida

demás,

que

la

de un

hombre

,

se refugiaron en el castillo de Montiel con

D. Pedro.

Acercábase á

la catástrofe el

sangriento drama

de

Castilla. El

manto

real

no

liberta al

que
de
el

lo
la

sos-

tiene en sus

hombros de

la inflexible ley

ex-

piación

,

que nunca deja de cumplirse en

mundo.

Aquel rey tenía á Dios
Iiabia vivido:

muy

airado de la mala vida que

la

muclia sangre de inocentes que habia

195
derramado
tres
le

daba voces sobre

la

tierra.

Matando á
,

de sus hermanos en Sevilla y Carmena puso
fratricida
:

la

daga

en manos de D. Enrique designando

por sucesores del cetro á los hijos de su manceba,
dio osadía al bastardo para aspirar á la corona
:

des-

entendiéndose de palabras empeñadas solemnemente,

no debia creerse tan privilegiado que
cumpliesen
las
,

los

demás

le

suyas

:

habiéndose mostrado inexora-

ble con todos

mal podia aguardar conmiseración de

nadie.

De

los

que

le

acompañaban en
,

la

fortaleza,

unos se fueron con D. Enrique
rendirse
,

otros hablaron de

algunos
¡ ,

le

dañaron con trigo un pozo de
ser descreído
!

agua dulce. Oh

qué desconsuelo

y no

tener á quien invocar en tan terrible trance

D. Pe-

dro habia despreciado á

las gentes

:

ahora no pasaba

noche sin que

los

que velaban en

el

campo enemigo,

llegaran á denostarle ruin mente y á hacer vilipendio

de su infortunio: en vano

rey ardia en coraje, y como buen puntero de ballesta disparaba al tino de
el
,

la

palabra y heria á muchos de aquellos cobardes:
el

amarrado

león

,

seguían poniéndose

al

alpance de

su antes temida garra.

Ocho dias trascurrieron
rey brillase
la

sin

que á

los ojos del

antorcha de

la

esperanza con vivo resfin

plandor ni vago destello. Al

Men Rodríguez de

Sanabria, uno de los dos que á los principios de
aquel reinado huyeron con D. Enrique de Sevilla á
Asturias
,

y de

los

muy

contados que en Montiel sus-

196
tentaban
la

despedazada bandera de D. Pedro, habló
,

en secreto con Beltran da Guesclin para que
diante mercedes de cuantía, diese escape
ca.
al

me-

monar-

De

allí

no podia moverse á no auxiliarle algún
porque
las

contrario,
llegar al

compañías que tardaron en

combate, se corrieron á Carmona y no ha;

cían
sin

ademán de volver en su ayuda y
le

c\ bastardo,

enemigos que

molestasen en rededor ni á disse habia puesto tranquilael

tancia del

campamento,

mente á cercar con una pared de piedra seca
to

pun-

de comunicación entre
el

el

pueblo y

el castillo.

Ma-

nifestóse

capitán bretón afrentado de lo que le
le

proponía Sanabria; éste porfió que no

decía cosa

de que

le viniese

vergüenza

,

y aquel
le

dilató la res-

puesta hasta tomar consejo. El que
rientes

dieron sus pa-

que

lo
,

y camaradas fué que comunicase á D. Enriacontecido. Oyéndolo el bastardo lo tuvo á
,

dicha

hizo ver á Beltran que

él

se hallaba

mas en

proporción de colmarle de dádivas que D. Pedro, y
ordenóle pérfidamente que fingiese asentir
al

trato,

y

le avisara tan

luego

como

lograse atraer al rey á
la

su tienda. Bajo las majestuosas naves de

abadía

de San Dionisio y junto á
yes,
clin

los

mausoleos de cien re-

hemos

visto el del condestable Beltran

du Gues-

há pocos años: conocemos sus proezas: aplaudilos franceses ensalcen

mos que
mayores

su memoria:

al

po-

deroso brazo de aquel soldado insigne, debieron sus
la

inapreciable ventaja de sacudir

el

yugo

197
extranjero: por instinto nos infunde

mas admiración
el solar
el

y respeto

el

que muere defendiendo
el

de sus

padres, que

que atruena
;

el

mundo con

estruenestatua

do de sus conquistas

mas contemplando

la

sepulcral de aquel personaje, y teniendo á su bió-

grafo Froissart en la

mano y aun procurando com,

primir instantáneamente

el

sentimiento patrio, no

vimos

allí al

adalid ilustre, terror de la Inglaterra,

que se hizo llevar á su lecho de muerte las llaves
del castillo

nuevo de Rendon en Auvernia por
,

el

ca-

pitán que lo guardaba

sino al mercenario fementido

que consintió en

ser

instrumento del inveterado

rencor de un bastardo. Después de acomodarse á ta-

maña
el

ignominia, para

lo

demás

le

sobraba astucia.

Con tan

fuertes juramentos encubrió la maldad,
,

que

rey ü. Pedro

suspicaz por naturaleza

y por cosla

tumbre, llegó á creerle, y se aventuró en
del

noche

22

al

23 de Marzo á
Algunos
le

salir del castillo

y á meterse

en su

tienda.

acompañaban en aquel model

mento de horrorosa incertidumbre. Apeándose
caballo
la

que montaba,
,

dijo á Beltran

que
:

le

cumpliese

palabra
,

y no

le

respondió ninguno

quiso salir
,

y hubo francés que trabó de su persona obligándole á que esperase. No se concibe que el rey y
solo

sus pocos parciales

,

víctimas de tan negra asechanza,
;

se mantuviesen quietos

ni

que

los soldados

de don

Enrique dejaran de agolparse en twno de

la tienda,
lo ca-

pugnando por penetrar en su

recinto;

aunque

198
lien

ó solamente
allí

lo

indiquen las crónicas del tiempo,

hubo

conatos de lucha. Púsolos término D.

EnYo

rique, avisado por

du Guesclin, apareciendo de re-

pente y preguntando iracundo por su enemigo.
soy, yo soy, dijo
Castilla,

con sublime entereza D. Pedro de

y abalanzándose uno á otro se empeñaron
espantosa
,

en una

lid

que para alguno de

ellos

debia

ser la postrera.
tas;

Puede que digan verdad
inverosímil que

los cronis-

mas parece

las gentes del

bas-

tardo presenciaran impasibles aquel combate cuerpo
á cuerpo, en que se jugaba no

menos que

la

doble

corona

,

ceñida por doña Berenguela á las sienes de
;

San Fernando y que pusieran en aventura una victoria positiva abandonando á D. Enrique á la im,

petuosa y colérica bravura de su enemigo.

A

nuestro

verj la del usurpador no fué la única daga que tras-

pasó
tiel

el

corazón del monarca los vencedores en Mon:

no aguardaron de

cierto á

que debajo de D. En-

rique se revolcara en su propia sangre D. Pedro,

para ponef las iüanos en su persona, sino que

le

ayudaron á

la

caida y se hicieron cómplices de su

providencial y cruelísima muerte. Estremece decirlo;

pero es fuerza que demos la última pincelada
histórico crítico

al

examen

de aquel funesto reinado.
el
,

El hijo legítimo de D. Alfonso XI es
Castilla

único rey de
si

muerto á manos de sus vasallos
Pues bien

no miente

la historia.

y aun se resiste á trasla-

darlo nuestra pluma;

mas somos jueces

inflexibles y

199
la

sujetamos entre los dedos, para que promulgue
¡a

una verdad aterradora: Con
redó que
la patria

muerte de D. Pedro, pase libertaban de
leal

y

la

humanidad

tm

gran peso; y

Castilla, la nación

mas

á sus

reyes, la

menos propensa á

alborotarse, aplaudió su trágico fin

con aclamaciones sinceras.

Durante

el

reinado de D. Pedro hemos visto á

Castilla apartada,

por

las arbitrariedades del
,

monarca,
el

de de

la

senda de

la civilización

y sumida en
la

caos

la barbarie.

Procurar

el

término de

recon-

quista

y

la

organización del reino, constituian los dos
al

grandes deberes del soberano. Denuedo sobraba
rey para atacar y vencer á los moros
,

:

anhelo de

dominación tenía y estaba interesado en que adquiriese
te le

mas nervio

el

poder del trono. Por consiguienlas

adornaban prendas adecuadas á
siglo.

necesi-

dades de su

Sin embargo, los moros, estrela

chados en Gibraltar cuando heredó

corona, casi

daban

vista á Toledo

en

los

últimos dias de su rei-

nado; del sabio ordenamiento formado por su antecesor en las cortes de Alcalá de Henares
el
,

solo

en

papel quedaba memoria
la

,

y

la

transición de la

prosperidad á

decadencia, de lo legal á lo injusto,

no habia sido repentina. Un privado de superior
entendimiento
guas con
legislar
el

le

indujo en ISoO á celebrar tre,

emir de Granada

y un año después á
las

en Valladolid con asistencia de
el

cortes;

mas

,

emancipado

príncipe de todo ascendiente,

200
convirtió
eii

firmé alianza la tregua con los musuí,

manes

y leí reunión de loa brazos del Estado en un níedio de estrujar las fortunas privadas para
;
,

atender á cosas opuestas

al interés de Castilla, ó

de

legitimar sus caprichos trascendentales no

menos que

á trastornar
sario natural

el

orden de sucesión á
la aristocracia
,

la

corona. Adverla

de

pudo captarse

vo-

luntad afectuosa del pueblo, que siempi^e está por
los valientes ;

peto

el

rey despreciaba por igual á los

moradores de

los castillos

y á

los

de

las ciudades.

Pudo

bnstíar el

apoyo del clero en algunos prelados

virtuosos y morailizár á los sacerdotes corrompidos;

y únicamente para que sancionasen sus apetitos desordenados, apeló
débiles ancianos
tidura. Si el
al influjo

de

ellos,

abusando

así

de

y desautorizando su sagrada invesjusticia le

hambre y sed de

hubieran

inquietado, rodeárase de jurisconsultos, emanación
legítima del estado llano
,

y con su autoridad gober;

nara fecundamente y en bien del reino
lerando la menor sujeción
ni al frenesí
al

mas no
,

to^

torrente de sus furores,
deí

de sus antojos, Compuso su corte
,

individuos de ningún valer ni estado
á su voz

obedientes

como

lebreles, los cuales ascendian á los

primeros cargos después de acreditar su capacidad

en

el

ejercicio

de verdugos. Ciertamente

los Roas,

los Dientes, los Albarracines, los Recios, los

Atien-

zas

,

y otros muchos ballesteros de maza

,

con quie,

nes D. Pedro vivia y mandaba y tenía consejo

no

201
emanaban de
de
los

hombres buenos de
,

las

ciudades
,

,

ni

los labradores
,

ni de los menestrales

ni de los

letrados

sino de la canalla de vagos

y de malhe-

chores contra los que se dictaron en 1351 sabias
leyes.

No

fueron pensión exclusiva de aquel reinado
;

húbolas en todos y quizá mas enconadas desde el principio lo no visto hasta la época
^as revueltas
:

de D. Pedro, era un soberano que
á sabiendas. Trece años reinó sin

las

provocase mas
le

que nadie

dis-

putase

el

trono: dos veces logró expulsar á los bas;

tardos á tierra extraña

dos veces tuvo paz con to;

dos

monarcas peninsulares y otras tantas hizo el territorio aragonés blanco de sus belicosas agrelos

siones,

y teatro de sus
el
al

estériles victorias, concitán-

dose de esta suerte

encono de sus

rivales

y dan-

do pésimo empleo

patriotismo de sus
el

vasallos.
la

Radicalmente distinto fuera

aspecto de

época

de aquel soberano sin mas
,

que haber acaudillado

hacia la vega de Granada las huestes con que estragó
el país

de

los aragoneses.

Háse hablado mucho de otros reyes

inconti-

nentes, pérfidos, vengativos: falta que, exceptuado

don Pedro

,

se cite

uno

solo entre los

de

Castilla

que haya convertido en máximas de

política
le

tan

horrendas pasiones. Para encontrar quien se

ase-

meje es necesario retroceder á
,

los

tiempos del gen-

tilismo

y

de

la

l)aibarie.

Entre sus coetáneos se

202
contaron sin duda príncipes violadores de juramentos
,

pródigos en derramar sangre

,

y nunca satisfe-

chos de venganzas. D. Pedro de Aragón tuvo en su
contra á todos los magnates de su reino
,

y también

cayó en sus manos, y logró asimismo salvarse por

medio de

la

fuga

,

y vencer á

los rebeldes
,

;

y tan

fe-

roz se mostró en los castigos que
los

para imponerlos á
se les

valencianos

mas
la

culpables,

mandó que
la

echase derretido en

boca

el

metal de

campana,

cuyos tañidos
á
salir

les

convocaban á reunirse en juntas ó
el

en hueste. Manchóse igualmente con

baldón

del fratricidio, y de la ingratitud hacia

un

fidelísimo

privado; mas

si

en

los accidentes
el

de su carácter se

advierte grande afinidad con
tilla
,

de D. Pedro de Cas-

en

lo esencial

de

la

conducta de estos dos re-

yes es inmensa

la

desemejanza. El príncipe aragonés

sabe de dónde parte y adonde camina; sujeta á
cálculo hasta sus crueldades; se dobla á las circunstancias; usa alternativamente del rigor

y de

la

blan-

dura; y con lentitud ó velozmente, siempre adelanta

en su pensamiento de abolir

el privilegio

de

la

Union,

que autoriza á
querellas en
al
el

los

proceres á pedir razón
batalla
,

de sus

campo de
,

y de sujetarlos

tribunal del justicia

para que este magistrado
litigios.

prepotente dirima en calma sus
castellano,

El príncipe
estrella es

malamente

fiado

en que su

venturosa, se abandona á su influjo: esgrime á ciegas
la

espada de sus rigores; su impetuosidad es su

205
guia
;

en su acerada obstinación

cifra

su fuerza

,

y no

se propone

mas

fin

que

el

de hacer su gusto. Don
el

Pedro de Aragón se afana por robustecer
del trono
tificar la
:

poder

D. Pedro de Castilla no atiende sino á forel

autoridad de su persona:

uno siempre es

rey, el otro

jamás deja de ser hombre. El progreso
exige que ambos se dediquen á un
el

de

la civilización

mismo

trabajo
los

,

de interceptar á
:

los

grandes

el

camino de

tumultos

D. Pedro de
,

Aragón nece-

sita habérselas

con una nobleza bajo cuyo predomiascendiente de las ciudades: D. Pedro
las

nio es nulo

el

de

Castilla

puede reinar con aplauso de

de sus

estados, opulentas de vida y de recursos,
fantes siempre

y triunauxilios

que
;

la

corona
,

las

demanda

contra

la

nobleza

aquel

cercado de dificultades
,

busca

el

mejor modo de sortearlas

y

al

fin

vence;

este se crea peligros, se

mofa de

ellos,

y sucumbe.
diversa

Los dos son déspotas; no obstante es
la

muy

índole de su despotismo. El rey de
,

Aragón conatolla

cibe designios de utilidad pública

y no se
viciosa sin

en

la

manera de
lleva el

realizarlos

;

manera

duda

y que

mal en

el

seno del mismo bien que
la

produce; pero que acelera

marcha

del bien,

aun

adulterándolo con liga tan impura. El rey de Cas-

no forma ningún pensamiento general y provechoso; únicamente busca el triunfo de su efímera
tilla

personalidad y
el

la

satisfacción
el

de sus caprichos, en

poder de que dispone:

despotismo de aquel es

204
fecundo, y
al

desorden de

las revueltas sustituye el

imperio de

las leyes; el
la

de este es perjudicialísimo,

y destierra á

legitimidad del trono. D. Pedro de

Aragón
ra; D.

es grande;

no se

le

ama, pero

se le

admi-

Pedro de
sus

Castilla es temerario;

infunde tersu

ror

con

crueldades,

y menosprecio con

egoísmo.

Fijándonos finalmente en

el

estado en que deja,

ron

los

dos Pedros sus respectivas naciones hallamos

á Aragón pujante, y á Castilla decadente. D. Enrique
se muestra digno de la corona

como

la

mayor parte

de

los

usurpadores:

si,

quebrantando su palabra, se

ensangrienta con los valerosos defensores de Carmena, única ciudad

que

le

niega vasallaje, no sistema-

tiza la saña, sino la clemencia.

Como

su antecesor ha

ultrajado á todas las clases, el bastardo se ocupa

en

reparar las ofensas; y de resultas quedan los proceres ricos, fuertes los prelados, influyentes los

comu-

nes,

el

poder público limitado,
vencedoras
i^ero
,

las

voluntades par-

ticulares

y
al

la

tranquilidad del reino

comprometida;

cabo, del trono de donde

acaban de provenir reguladas y no interrumpidas
crueldades, vuelven á emanar mercedes, y
si

tan

veneranda institución
tilla

sigue

corriendo

en

Cas-

aciagos temporales,

deja de amenazar nau-

fragio.

En Aragón

afianza

la

paz D. Pedro IV de
solo

tal

modo, que no declina un

punto á pesar de

la

205
deplorable indolencia de su sucesor D. Juan
los
I,

y de

dispendiosos placeres y de
corte.

la relajación
,

de cosnobleza

tumbres de su

Mas tarde mientras

la

de

Castilla se
,

conjura para despojar del cetro á un
la

rey niño

á quien

peregrina rectitud de su tutor

saca triunfante; la nobleza de

Aragón

se agrupa in-

fructuosamente en torno de

la

bandera del conde de

Urgel, para oponerse á cinco sacerdotes y á cuatro
letrados,

que deliberan en Caspe y dan

al

país

un

soberano. Al par que las barras de Aragón se os-

tentan en Gerdeña
gullo, el

,

en

Sicilia

y en Ñapóles con orapenas tremola

pendón morado de
de

Castilla

en un

solo baluarte

los sarracenos. Bajo la in-

fluencia de la ley, prosperan

y extienden su domilos casteel

nación los aragoneses

:

disturbios sin término posla

tran el valor y aniquilan
llanos.

grandeza de
el

A

lo

último asoma en
,

cielo

de España
enlace de

sol

majestuoso

que alumbra

el feliz

amel

bos pueblos; pero á este enlace llega tranquilamente

Aragón después de perder á Juan
combate y hasta en
Castilla
,

11

,

émulo en
;

el

gabinete de un Luis XI
la

devorada por

guerra

civil

,

y después de y
efigie

compadecer á Enrique IV, justiciado en
la nobleza.

por
los

La preponderancia de
el

la ley

entre

aragoneses,

extraordinario y benéfico ascendien-

te de los Cerdancs, sus justicias,

no se compren-

den

sin el
el

reinado de D. Pedro IV.

Tampoco

se

explica

anonadamiento de

la

monarquía gloriosa

206
y cercana á
la

organización social bajo
el

el

poder de

Alfonso XI, sin

reinado de su hijo D. Pedro, que,

entre otras preeminencias tristes, gozará perdura-

blemente

la

de ser en

Castilla

el

único de este

nombre.

— —

NOTA.

'os D<

opiniones diametralmente opuestas existen

,

y

tal

vez

existirán hasta la consumación de los siglos, sobre D. Pedro

de

Castilla

:

una

le califica

de cruel

,

otra de justiciero.

Si la

Real Academia Española pidiera

un

trabajo erudito, hubiéra-

mos
que

multiplicado notas
la

al

pie del texto,
la

en corroboración de

primera de estas opiniones es
la

acertada. Séanos lícito

hacer algunas indicaciones sobre los principales escritores que

han sustentado
nacido en 1328
los reyes

una y

la otra.
,

Pedro López de Ayala
,

descendiente del linaje de Haro,
i

muerto en

407

,

escribió las crónicas de
III
:

de Castilla desde D. Pedro hasta D. Enrique

se

halló

en las dos batallas mas memorables de su tiempo, la de Nájera y la de Aljubarrota fué persona de grande erudición y de sano consejo y como historiador aventajó á todos los de
:

,

su siglo en Europa. Según
la, D.

la

autoridad indestructible de Aya-

Pedro de

Castilla fué tal

como
,

le

hemos pintado. Y

lla-

mamos
so
,

indestructible su autoridad

porque todos

los testigos

oculares é inmediatos de aquel reinado tristísimo y calamitoque son las fuentes mas legítimas de la historia hablan
,

de D. Pedro de

misma suerte y con mucha mas aspereza, porque Ayala es excesivamente templado. D. Pedro de Aragón en sus memorias se ensaña con el de Castilla hasta supoJuan Froissart, nacido en Valennerle hijo de una judía. ciennes por los años de 1 337 en la crónica de Beltran du
la
,

Guesclin tacha

al

príncipe castellano de mescreant idolatre,

al

verle capitanear los

moros contra sus

vasallos.

Mateo Villa-

-208
y maestro de su hijo Felipe (los tres historiadores), víctima de.la peste en 1 362 á tiempo de ensañarse D. Pedro en sus rigores, dini, florentino,
, ,

continuador de Juan, su hermano

ce entre otras cosas: «lo non mi posso tenere ch'io non «morda con dente di perpetua infamia la memoria di quello
»

iniquo tirano, e chio non passi á vituperarlo
stilo dello

la

simplicitá

»del mió usato

scrivere. lo

ho

letto e riletto nelle

Bscelerati pagani,

«antiche scritture quello che in esse si pone de gli iniqui e massimamente de barberi e di simile cose
;

»ho tróvate; ma che
» delta fosse in » letto

tanta iugiustizia

,

tanta impieta é crud'

alcuno re cristiano, non mi ricordo
»

avere

giammai.

D. Pedro Gómez Alvarez de Albornoz,

nom-

brado en 1372 Arzobispo de Sevilla, en las memorias que sobre los principales hechos de su vida escribió en unas cuque hoy existe en la bibiertas de un decreto de Graciano blioteca de la Santa iglesia de Toledo, juzga á D, Pedro al estilo de Ayala, afeándole especialmente su mala costumbre de no cumplir ninguna promesa. 'Ben Jaldun escritor árabe de fines del siglo XIV al tratar en su Enciclopedia hiñúrica de los Reyes cristianos de España dice que el conde D. Enrique logró apoderarse de Castilla y que todos siguieron su bandera á causa de lo mal que querían á D. Pedro y de lo disgustados El despensero mayor de la reina que estaban con su gobierno. Doña Leonor, mujer de D. Juan I, llamado, al decir del marqués de Mondejar en sus Memorias de D. Alfonso el Sabio, Juan Rodríguez de Cuenca escribió el Sumario de los reyes de España, y para caracterizar á D. Pedro no hace mas que poner la parábola por medio de la cual le declara su físico que, á la manera que suda el que se mete en un dia frío denél ccn sus obras habia alterado la tro de un baño caliente i?erenf/uer de Puig Parfeliz constelación de su nacimiento. dinas escritor lomosin del primer tercio del siglo XV si no nos engañan nuestras noticias después de acriminar en el Sumario de España la abominable traición de Beltran du Guesclin y de exponer que D. Pedro fué inuerlo ú muerte cruel, degollado á manos de su hermano, añade; asi como aquel que habia sido el mas cruel principe del mundo, y, en lugar de
, , ,
,

,


,

,

,

,

,

,

Gutierre Diaz de Guese alegró toda la tierra. mes ó de Gamez autor del Victorial de Caballeros, libro mas conocido con el nombre de Crónica de D. Pedro Niño, conde de Duelna, floreció durante el reinado de D. Enrique III. Deentristecerse,
,

209
dicó

y de Don Alfonso XI, y allí retrató de mano maestra á D. Pedro de Castilla con pinceladas de esta clase « El rey D. Pedro fué ))ome que usaba vivir mucho á su voluntad: mostraba ser «muy justiciero; pero tanta era la su justicia, é fecha de
:

capítulo segundo de su obra á declarar las causas de las disensiones entre los hijos bastardos el legítimo
el

» tal »

manera, que tornaba en crueldad. A cualquier mujer que bien le páresela non cataba que fuese casada ó
,

«casar; todas

«muy
»

por quería para sí; nin curaba cuya fuese. Por pequeño yerro daba grand pena: á las veces penaba
las

por qué á muy crueles muertes. judío, que llamaban Samuel Leví: mostrá«bale desechar los grandes ornes é facerles poca honra, é «facer sus privados ornes de poco fecho, non fidalgos,
é
los ornes sin

mataba

«Ovo privado un

,

íiin

autoridad. Este judío otrosí enseñábale á" querer «saber las cosas que son por venir por hechizos é cara de «estrellas tendió el cuchillo é alcanzó á muchos, por las «cuales cosas le aborrescieron todos los mas de su reino. »
á Gutierre de Games de testigo tardío, pues, ademas de que casi todo el reinado de D. Enrique II¡ cae dentro del siglo XIV, aquel docto y pintoresco historiador tiene buen cuidado de añadir luego que bosqueja breve, pero admirablemente, la época de D. Pedro de Castilla: «Esté » cuento de los reyes he traído porque lo fallé asi escrito de »D. Pero Fernandez Niño, que fizo escrebir algunas
,

«omes de

Y no puede tacharse

cosas de

¿Quién fué el D. Pero Fernandez Niño? Nos lo revela el mismo Games, cuando en el capítulo tercero explica el linaje del conde de Buelna: « Este
» » noble caballero de quien este libro fago de parte de su «padre, fué nieto de D. Pero Fernandez Niño.» Por consiguiente presenció este, y aun tuvo parte en las disensiones, cuya relación guardaba escrita. ¿Y en cuál de los dos bandos
,

«/as que pasaron en su tiempo.

punto es explícito el autor pues habla del modo siguiente: «Este D. Pero Fernandez fué siempre con el rey D. Pedro » fasta que murió é después de su muerte nunca quiso obe«descer al rey D. Enrique. El é otros caballeros fueron de «aquella opinión, é algunos salieron del reino; é, aunque «él non salió, siempre duró é tovo su intención, é pasó sus « trabajos fasta que murió. »— Un escritor, cuyo nombre nos es desconocido, hubo á las manos en los tiempos de Enrieste

hizo figura?

También sobre
Caballeros

del

Victorial de

,

;

,

U

210
un ejemplar del Sumario del despensero, y, adique cionándolo en algunos pasajes, lo dió por suyo. El reinado de D. Pedio lo refiere á su modo: se conoce que su principal norte es López de Avala, si bien introduce algunas anécdotas como la de meterse aquel monarca á caballo en el Guadalquivir con ánimo de matar á un legado del papa y trastorna las fechas á fin de dar algún aire de novedad á su discurso y supone que durante los cuatro primeros años de su reinado no gobernó D. Pedro de Castilla y que tres estuvo preso en Toro, y otros tres en Bayona de Inglaterra, soliciIV
, ; ;

tando

el

auxilio del príncipe de Gales

;

cronología absurda,

que destruyen no pocos documentos originales que tenemos á la vista, al par que corroboran la escrupulosa exactitud de López de Aya la. Por lo demás, mayores crueldades que Ayala atribuye á D. Pedro el anónimo adicionador del despensero;
y, estudiándolo detenidamente, viene por tierra la vulgaridad que coloca á un varón tan ilustre como Ayala entre la caterva de cronistas asalariados por los reyes pqra que les regalaran el oido, escribiendo en son de panegírico sus historias. Hucno es apuntar algunas especies de ambos escritores, en demostración de que Ayala es mas sañoso contra los bastardos, y monos rígido con D. Pedro de Castilla que el anónimo adicionador del despensero. Ayala presenta á los bastardos en rebelión no bien muere D. Alfonso XI: el Anónimo los pinta cordialmente avenidos con el soberano hasta que comienza la fortuna de la Padilla: aquel los hace desde luego pai cíales de la manceba: este los pone en compañía
, ,

el uno dice que los bastardos atrajeron á la Juan Alfonso de Alburquerque: el otro supone que D. Juan Alfonso de Alburquerque sedujo á los bastardos. Asegura el cronista que, cuando el rey abandonó á Doña Blanca se le alzaron algunas ciudades da por cierto el adicionador del despensero que se movieron casi todas las de Castilla. Ayala refiere con exactitud que Doña Blanca murió de veneno por los años de \ 362 en Medinasidonia, y la

de Doña IManca:
rebelión
á D.

,

:

madre de
.su

D. Pedro sois años antes en Portugal y á manos de propio padre. El anónimo hace morir en 1356 á las dos
,

la madre y la esposa de D. Pedro, ambas á sus manos la una á golpes de maza en Ureña y la otra por medio prescindiendo de otios de yerbas en Sepovia. Por último innumerables términos de comparación entre los dos cscri-

reinas
;

,

,

211
tores,para confirmar indestructiblemente nuestro dicho, manifestaremos solo, que cuando Ayaia introduce al bastardo
D. Enrique en
traición espantosa
al

par que

el

tienda de du Guesclin para consumar la afirma que luego trabó del Rey D. Pedro; anónimo hace entrar á este en el hospedaje da
la
,

de Ayala de la injusta nota de torpe adulador de D. Enrique, compendiaríamos, si no temiéramos ser prolijos, lo que dice de su reinado poniéndolo al lado de lo que deja el anónimo Adicionador según lo escribió el verdadero despensero de
,
,

du Guesclin, donde ya se encuentra el bastardo, quien lo saluda cortesmente con estas palabras: Señor hermano, manténgavos Dios ; y en boca de D. Pedro pone estas otras: ¡Oh traidor borde! ¿Aquí estáis? Y aun para justificar á López

y

lo
el

cual resulta que D. Enrique fué amado y temido siendo mas amor que el temor por lo que tuvo sus reinos en gran paz
,

sosiego.

— El

,

y

Obispo D. Rodrigo Sánchez, nacido en Arévalo
,

en 1403, muerto en Roma en U71 retrata igualmente cor. negros colores al rey D. Pedro en su importantísima historia de España impresa en Castilla en vida y por orden

muy
del

,

mismo prelado bástenos
;

decir que

le

compara no menos

que

á Heredes.

Un abultado volumen pudiéramos escribir sobro estos apuntes, patentizando que la crónica de Pedro López de Ayala es verdadera, y apoyándonos en el testimonio de todos
los escritores propios y extraños, parciales ó enemigos de D. Pedro de Castilla, testigos oculares ó inmediatos, por ha-

ber florecido en los siglos XIV y XV. Ademas responde de veracidad de López de Ayala el Rimado de Palacio: también están en armonía con su crónica del rey D. Pedro los cuadernos de Cortes, publicados por la Real Academia de la Hisla

documentos originales, que se conservan en el de los cuales hemos consultado muchos y guardamos copia que nos ha proporcionado nuestro íntimo amigo el entendido archivero D. Manuel de Bofarull, digno sucesor en la custodia de aquellos papeles, de D. Próspero á quien tanto debe la historia patria.
toria,

y

los

Archivo de Aragón
,

,

Contra estas autoridades se alza antes que otro alguno Pedro Gralia Dei, rey de armas de D. Fernando V y de Doña Isabel I. En su escrito sobre el rey D. Pedro no menos pobre, incoherente, trivial é inexacto que sus versos sobre genealogías, toma por base la relación del supuesto
,

212
despensero de
»

la

reina

camente porque dice,
una fingida por

Doña Leonor, sin estudiarla, y únique de D. Pedro «hay dos crónicas, la
muerte que
la

se disculpar de la

basta á Gratia Dei para
,

presuponer que

le fué dada. » Esto crónica fingida es

la de López de Ayala y la verdadera la Hainado D. Juan de Castro. El anónimo pensero, hombre de instrucción escasa, de las dos crónicas á la vulgar y á la

de un obispo de Jaén adicionador del deshubo de aludir en lo
,

abreviada ambas de Ayala, y que sustancialmente son una misma. Mal podia el anónimo recusar la autoridad del sabio cronista, cuando de sus escritos saca los principales datos para hablar de D. Pedro.

Ademas, para nosotros, es problemático y hasta falso que D. Juan de Castro escribiera la crónica, de que tanto se lia hablado. Desde luego nadie se jacta de haberla visto. Si nos atenemos á las noticias que Gratia Dei y los que le s¡i;ut'n nos proporcionan del prelado de Jaén este salió de Castilla con la infanta Doña Constanza, hija de D. Pedro, y no volvió sino acompañando á la infanta Doña Catalina, hija de Doña Constanza cuando vino á hacer bodas con D. Enrique in. Por consiguiente estuvo el prelado en Inglaterra veinte y dos años, desde 1366 hasta Í388. Durante este tiempo movió guerra á Castilla el duque de Lancáster diferentes veces en pretensión de su corona y al fin se asentó la paz con el enlace de las dos ramas de D. Pedro y de D. Enlique. Laméntanse los parciales de D. Pedro de que la opi,

,

,

nión se habia extraviado por

el

excesivo

número de

copias

que se hablan sacado de la crónica de Ayala. Si el obispo I). Juan de Castro que vivia en Inglaterra al servicio del •iuque de Lancáster esposo de Doña Constanza y padre de Doña Catalina, escribió la crónica en que se presupone que alababa á D. Pedro; ¿cómo el duque pretendiente no hizo sacar traslados de ella y cuidó de que se divulgara para que la opinión se modificase y allanase el camino á sus armas? ¿Y cómo no se sacaron tampoco á la vuelta del prelado, y cuando sin que amase nadie la memoria de D. Pedro, iba amortiguándose el odio? ¿Es creíble que solo subsistiera un ejemplar manuscrito en el monasterio de Guadalupe? Sin que liaya lugar á dudas lo que poseían aquellos mongos de la orden de San Gerónimo era un manuscrito de las cuatro crónicas de López de Ayala. Por Real cédula de Fernando V lo sacó de allí en 4 51.1 el doctor Lorenzo Galindcz de Carvajal,
, , ,
,

215
y, después de finado este varón insigne estuvo el manuscrito en poder de sus herederos hasta que yendo á Salamanca lo cobró Fray Diego de Cáceres en 1539, reconociéndolo por el mismo que se habia sacado de aquel monasterio veinte y
, , ,

ocho años antes. Nos parece ocioso hablar largamente de Francisco de Castilla y del deán D. Diego, vastagos de una de las muchas líneas bastardas del rey D. Pedro que en el siglo XVI escribieron en verso y en prosa siendo ecos de la voz de Gratia Dei. Una de las varias fábulas que por este y por los que le prestan asenso se divulgaron incautamente y corren como verdades, entre los que no juzgan por examen propio, es que al heredar el trono el rey D. Pedro se le rebelaron sus hermanos bastardos, algunos de los cuales eran ya hombres cuando él vio la luz del mundo. Ahora bien, por poca latitud que se dé á la palabra hombres hay que creer que contarían diez y ocho años por lo menos mas como D. Alfonso XI nació en \3i\ y su hijo D. Pedro en 1334, cuando aquel tenía veinte y tres años, habría que decir que á los cinco años tuvo hijos D. Alfonso XI, para dejar airosos á Gratia Dei y á
,

,

,

;

sus admiradores.

En

el siglo

XVII escribió
le

el
el

conde de
Cruel, ni
el

la

Roca El rey

D. Pedro defendido: no
el Necesitado.

llama

Justiciero, sino
,

piar lo que dice

Para que se juzgue este escrito nos basta coel señor conde cuando refiere el asesinato
las

que ordena D. Pedro en
tardos de D. Alfonso
, ,

personas de los dos últimos bas,

dentro del castillo de Carmona y como en venganza de la muerte de Fernandez de Hinestrosa y de la derrota de Araviana. « Hizo matar

todavía mancebos

»en Carmona {dice) á D. Juan y á D. Pedro, sus hermanos, «hijos de doña Leonor de Guzman no sin sentimiento de «los mejores, porque el no haber cometido culpa contra el «rey y ser de diez y ocho años, hizo mas doloroso el casti»go. Pero todos estos Infantes eran interesados en una misma
, ,

nunca será en tiempos quietos lo «abominan {aquí hay necesariamente alguna errata] en los que «entonces corrían debió de ser necesario.» Si aun opina alguno con el Sr. conde de la Roca disiente del parecer que nosotros tenemos por sano. También Salazar y Mendoza en su Monarquía de Espa«cosa;

y

,

si

bien anticipar

el

castigo á la culpa,
,

«justicia

,

alguna vez es conveniencia

,

214
ña se arrima á
sejíuii ella al

la

opinión de Gratia Dei

,

hijo legítimo de D. Alfonso
«

y, después de juzgar XI se expresa en
,

esta forma:

Cuando el rey hubiera sido tan perverso como «algunos le han hecho, y fueran verdaderas todas las cosas «que de él escribieron no tuvieron licencia los historiadores »do contarlas; porque, si bien la primera y mas principal «parte de la historia es la verdad, no es este sumo rigor de «justicia de los que no admiten interpretación cristiana y be«nigna, para que no venga á ser suma injuria é infamia, ó, «como dijo Terencio, summa malitia. Cicerón dice, que mu«cho mas ofende los ánimos de los oyentes el que refiere los «vicios ajenos que los que los cometen. Realmente el fruto «que de aquí se saca no es otro sino holgarse los malos de «que haya muchos como ellos para quedar menos culpados, ó «enseñados á delinquir. Esto se debe considerar mucho mas
,

«rencia por

á quien se debe gran revelos reyes dignidad en que Dios los puso; y aun los de«fectos de naturaleza de los reyes nos enseñó á callar y en«cubrir el pintor que hizo el retrato de Filipo rey de Ma-

«con

las

personas de
la

,

,

«cedonia, padre de Alejandro, que, pudiéndole retratar con

manera que no se no faltando por ello »á la obligación y verdad de su arte.» A Salazar y Mendoza podemos contestarle de plano con uno de los aforismos que de las historias de Tácito sacó el doctor Benito Arias Montano: ocupa el número 49 y dice á la letra lo siguiente: « El «príncipe que desea que no escriban ni digan cosa mala del, «es menester que no lo haga sino tal que pueda parecer de«lante de todos; que, pensar que se ha de encubrir es ima«un
ojo

menos, ca no

le

tenía

,

le

pintó de

»le echase de ver aquella falta corporal,

,

,

«ginacion vana.

»

Y, por añadir algo de nuestra propia cose-

cha, manifestaremos sencillamente, que Salazar y Mendoza aplica á los que refieren los sucesos pasados lo que Cicerón dijo de los murmuradores que haciendo retratos de perfil,
;

,

y que para alentar no hay mejor expediente que patentizarles con ejemplos perniciosos que, andando los años, no han de faltar escritores, que den tortura á su ingenio y les hallen dis-

no

es posible dar á conocer la historia

,

ó los malos,

culpa.

se iguale

Entre todos los defensores de D. Pedro no hay uno que en franqueza, resolución y desenfado á D. José Ledo del Pozo, catedral ico de la Universidad de Valladolid, que en

215
XVIII se empleó en escribir su Apología. El espíritu «D. Pede su obra se puede reducir á eslas proposiciones. dro López de Ayala es un cronista de verdad notoria según
el siglo

:

su texto, hubo delincuentes y justiciados; el Rey era señor de vidas y haciendas, y tomó las que le plugo de unas y otras.»
Solo guiado

por

tal

doctrina

,

suplicio del hijo del platero octogenario,

cabe que escribiera sobre el que por salvar á su

lo siguiente

padre entregó en Toledo su garganta á la venganza del rey, «El afecto filial en todo hombre reconocido es
:

«grande, y no es de admirar por tanto que pródigo este hijo ))de la vida procurase pagar con ella al padre en recompensa »del ser recibido. Parece sin duda á nuestra primera vista, «que debia mover á piedad una acción como esta, raras vences experimentada en alguna otra persona; pero ¿por qué »no podremos creer que es necesario en muchas ocasiones «posponer la piedad á la virtud de la justicia? El rebelión «que habia manifestado su padre contra la persona del Rey, «conspirando con sus armas á privarle de la libertad y del

«reino, era un delito, que, exigiendo de justicia la pena, «forzaba, por decirlo así, á recompensar en el deudor ó fiaador el injusto atrevimiento de la Majestad ofendida. Ademas

«¿quién sabe,
«crita,

si

«hijo, por captar la voluntad del

con malicia y precaución usó esta piedad el Rey con una capa de hipó-

y, conocida esta, le hiciese pagar el atrevimiento, «para escarmiento de su disimulada oferta? Nosotros pues «sacamos de cualquiera manera que se asiente, que hubo sucausa para proceder al castigo, y que obró el rey «con toda equidad y justicia según informa la Crónica. « Es de advertir que la Crónica no informa como Ledo del Pozo supone, dado que dice terminantemente: « Y allí acaesció que, «entre los de la ciudad que el rey mandó malar, mataban un «platero viejo que habia ochenta años, y teniéndolo así para «matar, allegó al Rey un hijo suyo del dicho platero, que «habia hasta diez y ocho años, y pidió al rey por merced «que mandase matar á él y soltase á su padre, é hízolo así.
«ficiente
,

el rey mandara que no mataran al Por la muestra se puede colegir cómo discurre Ledo del Pozo sobre D. Pedro de Castilla en un alegato forense de 441 páginas en folio, hasta que concluye con este párrafo estupendo: « Floreció en efecto en su glorio-

B

Pero pluguiera á todos que
al hijo, n

npadre ni

»so reinado (el de D. Pedro)

la

administración de justicia,

el

2IG
» establecimiento
))las

de

las leyes políticas

y

el

adelantamiento de
,

militares, misericordia con los pobres
,

la

veneración á

»la Iglesia

el

respeto á

la religión,

el

culto á los templos, el

»temor á Dios, y en una palabra cuanto pudo concurrir á «formar en D. Pedro un íntegro legislador un capitán va«liente, un cristiano perfecto, un juez severo, un padre ca«rilativo, un monarca apacible, y un rey á ninguno según— prudente y ))do, digno por esto de los nombres de bueno «justiciero. » De cierto no dijo mas alabanzas del hijo de doña Berenguela el postulador de la causa de su canonización cerca de la Santa Sede. Réstanos decir algo, muy poco, de las tradiciones en que se quiere apoyar la popularidad de D. Pedro de Castilla. Sabe este que un clérigo se niega á enterrar el cadáver de un pobre, y le mete vivo en la misma sepultura. Le dicen que hay en San Francisco de Sevilla un lego de gran brío y destreza en las armas, y sale en su busca de noche: le provoca, riñen es vencido y de resultas concede al convento el privilegio del agua dándosela en abundancia de la que llevan á Ja ciudad los caños de Carmona. La vieja del candilejo le ve matar á un hombre en desafío. Un dia del Corpus, asesina en
, , ,

,

,

su presencia un zapatero á un sacerdote: averigua el Rey que el sacerdote habia asesinado al padre del zapatero im,

poniéndosele por castigo que en un año no asistiera

al

coro,

y

,

entonces

el

zapatero es condenado á no coser zapatos en

otro año. Si

lances de esta especie dieran

popularidad á
la

un

monarca

,

sería

muy

semejante á

la

que gozan entre

hez del

pueblo Francisco Esteban y Jaime el Barbudo. Basten eslos apuntes ya que no podemos discutir largamente sobre los escritores que hablan del rey D. Pedro, como indicación erudita de que la Crónica de D. Pedro López de Ayala es verdadera, y de que la de D. Juan de Castio no ha existido nunca. De cruel calificarán á D. Pedro los que consulten los historiadores de los siglos XIV y XV en algunos de los que escribieron en los siglos XVI XVII y XVIII,
,

;

,

hallarán paradojas sin medida los que intenten aplicarle
tulo de justiciero. Posible es

el tí-

que nosotros seamos los extraviados; pero como nuestro juicio sobre D. Pedro dice exactamente con el que formaron del mismo soberano entre muchos esclarecidos autores el Padre Juan de Mariana en su Historia; el secretario Gerónimo de Zurita en sus ,\nales; el Pa,

,

21/
dre Tiai Enrique Floiez en
morias de
las
la

Beinas católicas; y

España saijrada y en las Meel inolvidable maestro de la

juventud española del siglo XIX, D. Alberto Lista, en sus Adiciones 'al Segur, siempre nos quedará el gi'aa consuelo de babevnos extraviado en buena compañía.
28 DE Octubre ue
!

8o0.

.

índice.

l'Af.lNA.

IXIIIODUCCION
1..
.

5
..

.Privanza de D. Alfonso de Alburquerque.
Liga contra D. Pedro

15

II.

.

63 Aragón y Granada...
1

III..

Guerras entre

Castilla,

93
35

IV.

.

Dos reyes en
Montiel

Castilla

V.

.

.

107

i

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^ S'íyo

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