¿Hasta dónde Llega la Misericordia de Jesús? Miguel A.

Varela Pérez 5 de abril de 2014
En las Sagradas Escrituras, específicamente en los cuatro Evangelios se nos presentan momentos especiales que ponen de manifiesto el lado humano de Jesús, su sensibilidad, su comprensión, pero sobre todo, su gran misericordia. Es importante resaltar que la misericordia de Jesús no es exclusiva para algunos grupos, personas o comunidades. Continuamente se relata en la Biblia los momentos en que Jesús compartía con pecadores, publicanos, necesitados, pobres y ricos. Para todos, la predicación era constante, Dios es un Dios de bondad y misericordia, dispuesto a perdonar a todo el que de corazón lo requiera y lo solicite. Hay relatos bíblicos que ponen en un contexto claro lo anterior. Por ejemplo, en el evangelio de san Lucas, capítulo 10, versículo del 30 al 37, se nos narra el momento en que Jesús, mediante parábolas, contesta a uno de los letrados sobre quién es mi amigo, Jesús relata el cuando un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, estos le despojaron, lo hirieron gravemente y luego lo abandonan. En ese instante pasaba por el lugar un sacerdote e ignoró al herido, de igual manera un levita hizo lo propio, pero un samaritano que recorría la ruta, al ver al herido se detuvo y lo curó, lo socorrió y lo llevó con el, cuidándolo, más aun al otro día lo dejó ante el cuidado de un mesonero. He ahí la misericordia, aquel hombre que se acercó, cuidó y protegió al herido, practicó la verdadera misericordia. El llamado detrás de este relato es que cada uno de nosotros estamos llamados a imitar a aquel samaritano, tenemos que hacer lo mismo. La cantidad de encuentros de Jesús con los necesitados de sanidad espiritual y física, así como la capacidad que tenia para lograr la conversión de los corazones arrepentidos, sumado a la forma en que se manifestaba en los milagros, hacen claro hasta dónde llega la misericordia de Jesús. Algunos ejemplos donde se manifestó la misericordia de Jesús, mediante los milagros, son; la curación de las fiebres de la suegra de Pedro, la curación del paralítico, Curación de dos ciegos y un endemoniado

mudo, la curación del leproso, la curación del paralítico de la piscina de Siloé, La hija de Jairo y la hemorroísa, La curación del ciego de nacimiento, la curación de una mujer en sábado, el ciego Bartimeo y la resurrección de Lázaro. Sin embargo, la misericordia de Jesús va mas allá de los milagros, también se manifiesta en encuentros especiales que tuvo con personas necesitada de la conversión; el encuentro con la samaritana, el encuentro con Zaqueo y de una forma especial, el encuentro con la mujer sorprendida en adulterio.

Nos relata el evangelio de san Juan, capitulo 8, versículo del 1 al 11. En este pasaje se ilustra el momento en que, Jesús estando en el templo, con mucha gente, los escribas y fariseos le llevan una mujer que había sido sorprendida en adulterio, pecado fuerte, según la Ley de Moisés, y que conllevaba apedrearla. Claro llevan a la mujer ante Jesús , para ponerlo en aprietos, por un lado, si la perdonaba, si no hacia nada, estaba en incumplimiento de la Ley, por otro lado, si no la perdonaba tiraba por el piso toda su vida de predicación que estaba dirigida a la comprensión, a la caridad, ala sensibilidad, a la misericordia y al perdonar. ¿Tú qué dices?, la gran pregunta rodeada de hipocresías, pero Jesús los ignoro e inclinándose se puso a escribir en el suelo, me imagino que Jesús escribía toda la vida de pecado de cada uno de los que acusaban a aquella mujer, los estaba retratando con lo que escribía, estos veían cada una de sus frases y oraciones, estarían sorprendidos, avergonzados, claro Jesús no deseaba avergonzarlos, más bien que fueran sensibles, y más que sensibles, dignos. Aquellos hombres insistían en que Jesús le contestara lo que haría con la mujer. Jesús poniéndose de pie les increpa diciéndole que el que esté libre de pecados que lance la primera piedra. De inmediato se inclina y sigue escribiendo. Dice la palabra que todos empezaron a retirarse, comenzando por los más viejos, tal vez los de más pecados. Jesús mira de frente a la mujer, que continuaba con su rostro bajo, en señal de vergüenza y arrepentimiento, y le dice, “mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿nadie te ha condenado? La mujer contesto, “nadie, Señor”, a lo que Jesús la despide diciéndole que el tampoco la condenaría, que se fuera y no pecara más. La misericordia y el perdón de Jesús se manifiestan nuevamente, Cuán lejos llega esa misericordia. Lo hemos visto en este encuentro.

Jesús se encuentra con aquella mujer, pero quién era ella, por qué había caído en pecado, quién falló en su corrección, en su dirección, en darle el amor necesario. Definitivamente se percibe a una mujer vacía, falta de amor, de cariño, se había escondido en el pecado, brindando satisfacción a sus placeres, sin embargo, calló ante sus dificultades y adversidades. Pero el destino, vía las acusaciones, la llevó al encuentro personal con Jesús. Tenía la gran oportunidad, estaba en ella rechazarla o aprovecharla. Jesús no le increpa, no la humilla, le transmite mucha paz y amor, se torna sensible con y ante ella. Ella lo siente en su corazón, sentía una transformación grande, genuina, misteriosa, el Espíritu Santo estaba obrando en ella. Bastaban las palabras concluyentes de Jesús, “yo tampoco te condeno. Ve y no peques mas”. Ahora el reto era de ella, tenía su libre albedrio, fue despedida sin ser maltratada, sin ser condenada. O seguía pecando, regresaba al mundo de placeres, de pasión material y carnal, o permanecía en una conversión genuina. Pero el convertirse conllevaba llevar a otros su testimonio. De seguro aquella mujer continuó predicando al mundo la transformación que Jesús había hecho en su vida. Era una mujer totalmente renovada, había sido limpiada y liberada

Que mucho tenemos que aplicarnos lo que ocurrió entre Jesús y la mujer sorprendida en adulterio. Cuántas veces lanzamos acusaciones contra oros, muchas veces en forma frívola, cuántas veces ponemos en vergüenza al hermano, al amigo, al compañero de trabajo. Cuántas veces señalamos al que está conmigo y lo acusamos, lo criticamos lo lanzamos al abismo y ante los pies de Jesús para que este lo condene. ¿Cuántas veces hermanos? Pero cada vez que lo hacemos Jesús se inclina, escribe en el suelo y nos increpa, que muchas veces hemos tenido que retroceder. Que muchas veces hemos escuchado a Jesús repetir a los que hemos acusado la misma frase que expresó a la adultera, “vete y no peques más”. Es necesario que erradiquemos de nuestra vida el pecado, la soberbia, la traición, la blasfemia, lo que nos aparta de Jesús y dar testimonio vivo de lo que significa ser cristiano, no solo desde mi punto de vista, también con el fin de poder enamorar a otros de Jesús y atraerlos, arrastrarlos ante el.

Pero si caemos ante la debilidad, no podemos vacilar en llegar ante los pies de Jesús y confesarle nuestra condición, el con su gran misericordia nos limpiará, nos renovará y nos integrará en su obra. Esa es la misericordia de Jesús. Curar al herido, perdonar y levantar.

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