CAPITULO VIII INCORPORACIÓN AL PUEBLO DE DIOS Y COMUNIÓN CON LA IGLESIA El misterio de la Iglesia

La Revelación nos ha desvelado el misterio de la Iglesia al darnos a conocer el designio de su divino Fundador sobre ella. En la S. Escritura encontramos muchas figuras e imágenes de la Iglesia, tales como: redil, rebaño, vid, labranza, templo, edificación, familia de Dios, etc. Sin embargo, el Concilio Vaticano II se ha servido específicamente de dos para ilustrar este misterio: “Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo” (CCE, 753).

La Iglesia como Pueblo de Dios
Se emplea este término “pueblo” de acuerdo a lo establecido por el Concilio Vaticano II: El de su uso bíblico, es decir como semejanza entre la Iglesia comunidad y el antiguo pueblo de Israel. Tiene como cabeza a Cristo, por ello se distinguen por ser el pueblo de Dios, solidario, con una ley, una misión y un destino, en socialidad e historicidad; por tanto, se trata de un pueblo, una comunidad y una sociedad (CCE, 782).

Nuevo planteamiento codicial
Entre el Código del 83 (Del Pueblo de Dios) y el del 17 (De personis) hay diferencias en cuanto al Libro II. El del 17 distribuía su contenido sobre los “estados canónico” (clérigos, religiosos y laicos) le daba un papel primordial a los clérigos y a los demás considerándolos como sujetos pasivos de la Iglesia. El del 83, sin embargo, considera al fiel cristiano como figura central y con una igualdad fundamental (Cf. LG, 9 y 32). Esto fundamentado por el bautismo y la común condición de fiel. De ahí que el c. 204 con el que comienza el Libro II sea considerado como “pieza clave” en el parágrafo 1, donde se explica esta condición del fiel en relación con la Iglesia y los demás estados (clerical y religioso).

Exigencia de la comunión plena con la Iglesia
La condición de fiel bautizado le exige estar en comunión con la Iglesia católica, es decir, que esté unido a Cristo por medio de la estructura visible que es la Iglesia en el Sumo Pontífice y los Obispos, mediante los vínculos de la fe, es decir, los sacramentos y en una comunión visible y jurídica.

La pérdida de la comunión plena y sus consecuencias
Esta puede ser afectada de diversos modos: mediante la apostasía (rechazo total de la fe cristiana y por tanto de los sacramentos y de la jerarquía), herejía (la negación o duda de una verdad que ha de creerse con fe divinamente revelad y católica) cisma (Rechazo de la sujeción del Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia (Cf, c. 751).

La Eucaristía, centro de la comunión eclesial
Esta realiza la unidad del Pueblo de Dios y mediante la cual los cristianos se insertan plenamente en el “Cuerpo de Cristo”, por ello cualquier quiebra de comunión tiene como repercusión disciplinar inmediata la participación en la Eucaristía, principal signo de comunión desde la antigüedad (Cf. c. 844, 915, 916, etc.).

Posición peculiar de los catecúmenos y vocación de todos los hombres a la Iglesia
Se considera catecúmenos a aquellos que, sin ser todavía fieles, solicitan explícitamente incorporarse a la Iglesia (Cf. c. 206, 1), mediante una ceremonia litúrgica de admisión al catecumenado (Cf. c. 788). Sin embargo, los demás hombre que no están bautizados ni han recibido el Evangelio, no

dejan de estar ordenados al Pueblo de Dios. . (LG. 16). a ellos se dirige la actividad misionera de la Iglesia.