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Revista de Aficionados a
la Ciencia-Ficción y la
Fantasía
Año 1 Número 4
Noviembre / Diciembre
2001
ISSN: 1578-150x
John Siwen
Victor Conde
Jack McDevitt
Didac Morales
Sebastián Font
Iván de la Torre
Norman Spinrad
Jose Angel Fuentes
Javier Álvarez Mesa
Roberto Pérez Millán
Graciela Inés Lorenzo
PULSAR 4 | Pág. 2
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ISSN: 1578-150X
N O T A L E G A L I M P O R T A N TE
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Portada
David Mingo
Editorial
Juan Carlos Valero
Intervención
Victor Conde
El mundo de Raquel
Didac Morales
Acto Final
Graciela Inés Lorenzo
Acto Final
Javier Álvarez Mesa
Acto Final
Sebastian Font
Un péndulo...
Iván de la Torre
Silbando
Jack McDevitt
Fugitivo
John Siwen
Soledad en el espacio
Jose Ángel Fuentes
La cocina humana
Norman Spinrad
El último divo
Roberto Pérez Millan
El anticrítico
Victor Conde
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Páginas centrales: Las noticias de BEM
Revista de aficionados
a la Ciencia-Ficción y a la Fantasía
Año 1 - Número 4 - Noviembre / Diciembre 2001
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¡ Levanto mi copa !
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a Hispacon llego.... La Hispacon marcho.
Y tuvimos de todo. Lluvias torrenciales, días calurosos, conferencias totalmente soporífe-
ras ( las menos ) y algunas totalmente desternillantes. Y sobre todo lo mas importante, el
conocer en persona a muchos que solo podíamos “ver” por correo electrónico. Iniciamos nuestra
estancia en Zaragoza con un pequeño grupo de gente ( Santiago, Chema, Carlos, Luis y alguno
que seguro olvido y espero me perdonéis ) que mas o menos nos fuimos manteniendo unidos a los
largo de los días y al que se nos fue añadiendo mas gente. Para ellos, que nos dieron la alegría de
un buen humor y ganas de pasárselo bien, vaya nuestro agradecimiento.
También nuestro agradecimiento para la Organización de Salduba 2001. Que nos ofrecieron un
recinto para la convención magnífico y que únicamente “patinaron” con la Cena Hobbit, donde se
produjo un fenómeno de “ghetto” del que me gustaría hablaros.
Durante dicha cena se produjo una entrega de un premio a uno de los organizadores, evento que
fue festejado con cantos en una lengua de las usadas en “El señor de los anillos”. Y con ese evento,
entre cantos y gritos de “! Levanto mi copa !” y respuestas de “! Y nosotros también! “ se produjo una división
de la cena, entre fanáticos de Tolkien y el resto de la audiencia. La cosa fue a mayores cuando recibimos
repetidos “silencio... Chissst” el grupo de los que seguíamos hablando de otras cosas, hasta el extremo de
salirnos a la calle y marchar al poco.
La cosa no tiene mayor importancia, pero nos ilustra el fenó-
meno de “ghetto” que existe en la Ciencia-Ficcion. Se dice que
se lee ( y que se escribe ) poca Ciencia-Ficcion. Y que estamos
marginados. Y que no es posible publicar Ciencia-Ficcion en
España. Y es ese sentimiento de formar parte de un ghetto lo que
nos margina a todos. Se publica Ciencia-Ficcion en España. Tal
vez no mucha, pero se publica. Y se publica Ciencia Ficción y
fantasía en el resto de publicaciones, sin poner esa coletilla auto-
marginante que es muchas veces el “Ciencia-Ficcion” o “Fanta-
sia” en la portada. Porque en el fondo todo se limita a que lo que
se publica es lo que esta mejor escrito. Y tal vez hay que pregun-
tarse si mucha de la Ciencia-Ficcion que se publica en España
esta lo suficientemente bien escrita como para entrar en círculos
mas amplios. A veces es mas sencillo ser rana grande en charca
pequeña...
Somos un Fanzine, una revista de aficionados. Nuestro fin es
publicar Ciencia-Ficcion y Fantasía en Español. Y sobre todo,
que los autores que la publican usen esta revista como medio
para mejorar, para aprender a dominar la herramienta que es el
idioma, y para publicar en medios mas grandes. Esa es nuestra
esperanza.
Por eso, por aquellos que aprenden con nosotros y que pronto marcharan a medios mas grandes... ! Levanto
mi copa !
Por Juan Carlos Valero
Fotografía archivo PULSAR
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—¿Dónde va la antena gigante de la compañía de radio? Ah, aquí.
Gabriel Bermúdez se encaramó a la fachada de un rascacielos de sesenta pisos y, apo-
yándose con un pie en un puente colgante, alargó la mano hasta enganchar la antena encima de
su terraza. Desde la sala de control, Manuel Ortiz, doctor en Ingeniería Nanométrica aplicada, le
dedicó un gruñido animal.
—Gabriel, por favor —graznó a través de los altavoces del pabellón—. Tenga cuidado con dónde se
apoya. Los puntos de tensión de ese puente están diseñados para resistir el peso del tráfico, no el suyo.
Gabriel se bajó de un salto, cayendo entre las calles veintidós y cuarenta y cinco. Procurando no aplas-
tar una boca de metro, salió del barrio de los rascacielos. De dos ágiles zancadas sobrepasó parques y estacio-
nes de tren, y plantó ambos pies de golpe en la periferia de la ciudad con una mueca inocente.
—Hola —sonrió—. ¿Hay café?
—Suba aquí, por favor.
El doctor Manuel Ortiz siempre había procurado rodearse de ayudantes competentes, a ser posible
desprovistos de cualquier iniciativa y opinión. Sólo los necesitaba como enciclopedias andantes, que supieran
todo lo que había que saber sobre nanotecnología y se estuvieran callados al mismo tiempo. Pero había algu-
nos, tristemente imprescindibles, que se atrevían a tener personalidad.
—¿Está todo a punto para la primera fase? —exclamó el joven Gabriel, escalando los últimos peldaños
de acceso al Control con la energía del recién doctorado.
—Así, así —Ortiz se concentró en sus informes de estado—. Si todo va bien y ningún cataclismo
sacude la maqueta de la ciudad, podremos animar al primer grupo a las... —consultó su muñeca— diecinueve
horas.
—Fantástico. Me muero de ganas de ver cómo van a reaccionar los pitufos al nuevo entorno.
—Haga el favor de no llamarlos así. Probablemente hay más tecnología en cada uno de sus cuerpeci-
llos que en su cerebro y en el de todos los de su promoción juntos.
Gabriel bajó la vista y derivó la conversación a:
—La matriz de personalidades, no sabía que la hubieran traído. ¿Puedo acceder al registro? Quiero com-
probar qué patrón de personalidad han elegido los chicos de psicomorfismo IA para los líderes de la tribu.
—Está bien —rezongó Ortiz—. Pero no se apoye en ningún puente más, o tendrá que pagar las obras
de su bolsillo.
Los patrones de personalidad óptimos pasaban por una serie de rutas de simplicidad, lo que los expertos
llamaban “atajos motivacionales”. La primera vez que los especímenes despertaran y se encontraran con su
hábitat, la maqueta de la ciudad (bautizada Ur por capricho del viejo), ya vendrían con un pequeño y funcio-
nal paquete de conocimientos instintivos para ayudarles a sobrevivir: esto es un ascensor, la comida está en
la planta baja, no os tiréis por las ventanas. El nivel de complejidad que requería implementar esos simples
Intervención
Por Victor Conde
Comentario del autor
Ilustración de Rut Miralles/cucha
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Este es un cuento sobre lo que ocurre cuando a Dios se le comienzan a notar unos
sentimientos muy humanos...
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pensamientos en forma de patrones de instintos era tan bestial, que Gabriel se alegró de no estar en la piel de
sus compañeros del departamento de psicología. La abstracción no era su fuerte; él prefería experimentar.
La lista de atributos aleatorios pasaba como un río de páginas por la pantalla. Los genetistas habían
metido seis millones de impulsos atávicos en el ordenador y le habían dicho a la CPU: Hala, haz de Evolución.
Tienes hasta la noche. Y ya estaba el trasto asignando aleatoriamente personalidades a sus pequeños mons-
truos de Frankenstein, diseñados para sobrevivir en un entorno absolutamente urbano. Extraordinariamente,
los resultados parecían bastante halagüeños.
—Normal, normal, normal... Este tiene tendencia a la bulimia. Normal, normal... Vaya, un psicópata en
potencia. —Marcó el registro con ALT+D, subrayándolo en rojo; habría que seguirle la pista a ese hombrecillo
para evitar desastres. Los demás de su grupo parecían todos del tipo estándar, salvo...
El registro número doce mil uno le sorprendió. Miró hacia los lados, buscando gente de IAs, pero en
el Control sólo se encontraban en ese momento él, un ocupado y muy calvo doctor Ortiz, y una chica pequeña
y guapita de Analistas de Sistemas. Volvió a concentrarse en el 12001.
La gráfica picaba por encima de la media. Talento para el liderazgo, belleza física, candidez... Gabriel
enumeró todos los rasgos que aparecían antecedidos por un signo positivo y elevó las cejas: era una mujer, y
casi, casi perfecta. Miró el campo de su nombre en la pantalla, pero estaba vacío. Si había sido algún desliz de
uno de los ingenieros (la tendencia a hacer de Dios con los organismos nanobiológicos era demasiado grande),
que había intentado recrear su mujer ideal, se había olvidado de bautizarla. No, aquello tenía pinta de ser un
error natural...
Pinchó con el ratón en la opción de “foto”, y una instantánea del espécimen llenó la pantalla.
Inmediatamente, Gabriel se enamoró.
Era realmente bella, con un rostro ovalado y angelical que sugería inteligencia. Ojos abiertos de color
bronce, mejillas pálidas y orejas ligeramente puntiagudas. Irradiaba un aura de exotismo y magia que le hizo
temblar.
—¿Qué grupo está previsto que despierte en la prueba de esta noche? —preguntó. Sin levantar la vista
de sus papeles, el doctor Ortiz masculló:
—El doscientos catorce.
—Bien —Gabriel tecleó rápidamente, cambiando el identificador de la beldad. Una alarma silenciosa
le avisó que el espécimen aún no había superado las fases de prueba, por lo que era peligroso resituarlo. El
joven golpeó una tecla para anularla—. Ya estás suficientemente evolucionada. Bienvenida al 214, pequeña
—susurró.
La maqueta estuvo dispuesta veinte minutos antes de que el reloj marcara la hora crítica. La sala de
Control estaba abarrotada de gente de la Universidad, incluyendo una delegación del Rectorado, poco intere-
sados en los pormenores científicos del experimento y más en su rentabilidad futura. Además había psicólogos
IA, gente de Sistemas de Información, médicos, sociólogos y dos o tres representantes del gabinete de prensa,
que fruncieron el ceño contrariados ante lo que Ortiz entendió por solemne discurso de apertura:
—Bueno, bienvenidos todos a la puesta en marcha del primer biotopo artificial simulado con nanotec-
nología, un interesante experimento sociológico que bla bla bla... Pura formalidad. Todos sabemos de qué va
el asunto, así que no perdamos más tiempo. Cristo...
El joven ayudante de Ortiz introdujo las claves de nacimiento en el ordenador y todos contuvieron el
aliento. Los de prensa hacían volar sus estilográficas por los cuadernillos, tratando de adornar un poco la falta
de tacto del doctor; aquello tenía que salir en primera plana.
El sol, un foco de tres mil watios de potencia, salió con un filtro rojizo por el este de la sala. Los picos
de la metrópoli miniaturizada se iluminaron bajo el fulgor de aquel bíblico primer amanecer. Los controla-
dores cantaron el estado de los procesos cada uno a su turno. El último, sentado frente a una consola cuyo
membrete rezaba: biológicas, concluyó diciendo:
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—Los primeros especímenes comienzan a despertar. Son las siete y veinte de la mañana del día cero.
Tenemos buen tiempo y temperaturas agradables para el resto de la jornada.
Gabriel se deslizó sibilinamente hasta la consola que controlaba a los pequeños habitantes de la ciudad.
El la pantalla se veía un mapa digital con una serie de puntos brillando en rojo, marcando los asentamientos
humanos.
—Los primeros especímenes se despiertan. Captamos reacciones de frío y sequedad. Uno de ellos
parece que tiene dolores de cabeza.
—¿Alguno está sorprendido por el entorno? —preguntó Ortiz. Del fondo de la silenciosa sala llegó la
voz del encargado de patrones de conducta:
—No. Parecen reconocer instintivamente el paisaje como algo absolutamente normal.
Ortiz asintió, escondiendo el mentón tras unos dedos pensativos. En la pantalla, una imagen mostraba
cómo unos hombrecitos en miniatura, humanos casi al cien por cien, se desperezaban y bajaban de sus camitas
de juguete para enfrentarse a un nuevo día. Ellos no sabían que era el primero; habían sido condicionados en
los tubos de ensayo para que creyesen que anteriormente había habido más jornadas de trabajo, más amane-
ceres y más comidas. Eso les solventaba el problema de que, aunque había algunos niños, por fuerza muchos
de ellos tendrían que nacer adultos.
Uno de los varones, con el número 26 en el informe en línea del ordenador, tomó la iniciativa, saliendo
de su cubículo, un piso bajo en uno de los rascacielos del downtown, y miró nervioso al pasillo. Salvo ellos,
la ciudad estaba desierta. El hombrecito, de apenas diez centímetros de altura real, analizó el entorno y aferró
con fuerza una lámpara, enarbolándola como un garrote. Los psicólogos se sonrojaron de tanta felicidad,
estrechándose la mano. El hombrecito rugió apartando a otro que pretendía emularle, y se aseguró el mando
de la tribu rompiéndole la lámpara en la cabeza.
Hubo aplausos generalizados y algunos “hurras” por toda la sala de Control. Ortiz, haciendo gala de su
proverbial seriedad, pidió un informe.
—Los impulsos atávicos van muy bien encaminados —dijo alguien—. El propio hecho de que sepa
por dónde agarrar la lámpara para que el mazazo sea más efectivo es importante. El primer instinto que prima
es el de protección.
—¿No es la agresividad? —preguntó la joven de prensa. Ortiz sacudió la cabeza, sin perder de vista
la pantalla.
—No. Está usando la violencia no para protegerse a sí mismo, sino al grupo. Fíjense en cómo se
mueve, escudando a las mujeres con su cuerpo.
Todos se inclinaron para ver mejor. Efectivamente, el bruto desnudo que guiaba a la veintena de per-
sonitas a través de pasillos art decó, decorados con reminiscencias creativas de los años veinte, procuraba que
los demás estuviesen bien ocultos por su masa corporal. Era el más desarrollado físicamente, con diferencia.
El técnico que controlaba la consola de biológicas se echó un poco para atrás, relajando la tensión de
los músculos, y chocó suavemente con Gabriel. Éste le restó importancia al hecho con un gesto, pero no le
miró a la cara; le era imposible apartar los ojos de la joven que iba justo detrás del bruto, con el número 22 en
el diagrama. Se había adaptado muy bien a la situación, cosa que él, como genetista, sabía que iba a suceder.
Nadie había notado el ligero cambio en el reparto de aquella primera gran representación del drama de la vida.
Gabriel observó en silencio a su preferida mientras el grupo de especímenes llegaba al primer ascensor (y lo
abrían), y se dedicaban a explorar su entorno. No estaban molestos por la continuidad en su patrón existencial,
pero sentían curiosidad.
Eso era bueno.
Dos horas más tarde acabó la fase de observación. Cansados, la mayoría de los presentes se retiró hasta
el día siguiente, cuando comenzarían otras fases de intervención. Entonces plantearían los primeros acertijos
a las Evas y Adanes del nuevo paraíso.
Gabriel se quedó revisando por enésima vez sus notas. Ortiz, desperezándose, le dio dos golpecitos en
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el hombro al tiempo que le dedicaba una de sus escasas sonrisas.
—No te preocupes, muchacho, déjalo hasta mañana. Hoy todos han trabajado bien.
—Me gustaría quedarme un rato más, si no le importa —solicitó el joven, componiendo una expresión
de absoluta inocencia—. Es que hay algunos grafos que me gustaría repasar. Cuando el 26 golpeó a su com-
pañero, el nivel de fuerza creo que no cotejaba con lo que esperábamos.
Ortiz arrugó el entrecejo, alargando unos segundos la mueca. Luego bostezó.
—Está bien, pero no te vayas muy tarde. Mañana te necesito en pie a las siete en punto.
Gabriel asintió y le despidió con una sonrisa. En cuanto las puertas del Control se cerraron, sus ojos
volvieron a iluminarse con el fuego de la curiosidad.
Sólo quedaban otros dos hombres en la sala, el controlador de biológicas y uno de los decanos de
psicología social. Gabriel maldijo por lo bajo; el joven, que tenía aspecto de haberse quedado en vela con los
preparativos de la noche anterior, probablemente se quedaría dormido en pocas horas, pero al decano no había
forma de echarle.
—¡Ven, siéntate con nosotros! —sonrió el viejo, asiéndole sito a Gabriel junto a ellos—. Hoy es un
momento importante para la Ciencia, ¿os lo imagináis?
—Sí —respondieron al unísono.
—Mirad, el 26 parece que se ha adueñado ya de toda la manada...
Los monitores seguían al líder, que volvía contento del piso superior sosteniendo un arma más contun-
dente: la pata de una estantería de hierro.
La tribu se reunía en el mismo lugar donde despertaron, una habitación grande con camas y sillas y
algunas ventanas que daban al exterior. Los hombres dormían formando un círculo, en la periferia, mientras
las mujeres y los niños se apiñaban como gatos en el centro. Aunque estaban ateridos, a ninguno se le había
ocurrido aún taparse con una manta.
—El líder tiene frío. Vamos a ver cómo lo soluciona —dijo el decano bajando la voz, como si pudiera
perturbar el silencio que envolvía a sus criaturas—. Lo más normal sería que buscara el calor corporal de una
hembra.
Gabriel dio un respingo, pero no dijo nada. Se sorprendió a sí mismo sintiendo celos de la joven diosa
indígena.
Qué estupidez, pensó. Tan sólo es una muñeca genética sin corazón. Sólo un montón de microcircuitos
enlazados.
Pero cuando el 26 ojeó entre las mujeres buscando una compañera, sintió que un extraño tipo de odio
muy masculino nacía en su vientre.
Para su desgracia, el líder se fijó en la más guapa de las hembras, es decir, en 22. Procurando no
molestar el sueño de los otros, se acercó hacia ella con pasos de guepardo, como un cazador a punto de saltar
sobre su presa. Gabriel apretó los puños en torno al apoyabrazos de la silla. Los tres hombres miraban sin
pestañear.
26 rozó delicadamente el hombro de la joven, empujándola hacia un lado para hacerse sitio. Cuando
ella despertó, dio unos grititos de disconformidad y retrocedió, alejándose. Gabriel asintió, satisfecho, pero
cambió de expresión cuando el sociólogo golpeó la pantalla, sonriendo como un niño.
—¡Es genial! —exclamó—. Ella no quiere ser molestada esta noche, pero no se ha retirado del todo
de su lado, lo cual significa que él le interesa... Los más guapos y fuertes tienden a unirse para que sus genes
combinados se propaguen. Para eso sirve la belleza, para propagar la carisma como factor de grupo.
Gabriel le lanzó una mirada asesina. Dijo:
—¿Y como será el... contacto entre ellos?
El sociólogo meditó.
—Bueno, nada agradable. Probablemente penetración posterior, como en los animales. Ella sufrirá
mucho la primera vez, ya que la cópula se producirá con el objeto de prepararla para la salida del bebé que
engendren. Instintivamente, él la penetrará con fuerza para abrir al máximo el conducto uterino, por si muere
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y no pueden volver a unirse.
El joven miró con renovada furia hacia el 26.
Trató de pensar en que era un científico y que aquello, al fin y al cabo, no era sino un experimento más.
Cierto, la apresurada selección natural en la mente del ordenador había creado una hembra de singular belleza,
pero no era sino un espécimen más. Pero la aversión que le producía aquel engendro sin cerebro y con cara de
bruto era insoportable.
Tenía que admitirlo aunque le costase: estaba celoso de una muñeca de porcelana.
La sonrisa se le congeló en la cara cuando los monitores registraron movimiento en otra de las habita-
ciones del edificio: un hombre, uno de los bajos y peludos que se habían mantenido en segundo plano durante
el día, se llevó aparte a una de las mujeres. Lo que sucedió después dejó sin habla a los tres científicos. El
hombre la golpeó y la dejó sin sentido. A continuación copuló con ella, y la arrastró por el pelo hasta un lugar
apartado en que se alimentó de la leche de sus pechos. Cuando la joven despertó, primero lloró en voz baja
por el chichón de su cabeza, pero al ver al macho sonrió y se dejó violar otra vez, aguantando el dolor con
cara de felicidad.
El sociólogo estaba entusiasmado. El joven de la consola abría mucho los ojos, tratando de no perder
detalle.
Gabriel decidió quedarse de vigilancia también la noche siguiente.
Los experimentos del día posterior transcurrieron con normalidad. Los hombrecillos demostraron que
no hacía falta crecer en un entorno natural, con bosques y riachuelos, para desarrollar los fundamentos de
una especie. Los científicos estaban entusiasmados; allí estaban todos los rasgos básicos de una civilización,
explotando y creciendo en medio de una maravillosa espontaneidad, sin importar que sabanas y praderas
hubiesen sido sustituidas por antesalas y montacargas.
Los hombrecillos se adaptaban.
Gabriel se concentró en sus tareas rutinarias durante casi diez horas, midiendo los niveles de sudo-
ración, las reacciones de pensamiento, cualquier indicio que demostrase que los especímenes continuaban
dentro del rango de sus potencialidades genéticas previstas. Aparte de la increíble número 22, todos los demás
respondían al término medio de su bien estudiada naturaleza.
El vigilante de la consola esa noche era el mismo de la anterior, un joven en curso de postgrado llamado
Andrés, al que Gabriel le adivinaba un ramalazo de voyeurismo poco contenido. Había disfrutado con las
cópulas del día precedente.
Gabriel apareció a su lado con un café muy poco cargado y unas revistas de crucigramas.
—¿También te quedas esta noche? —le saludó Andrés, aceptando una taza—. Qué dura es la vida de
los doctorados, ¿eh?
—Aborrecible. ¿Cómo están ellos? ¿Felices y contentos en sus áticos de noventa mil euros, o alguno
se ha atrevido a protestar?
El vigilante se alzó de hombros.
—Duermen, como toda criatura normalmente evolucionada haría a una hora como esta. Sólo los ojos
en el cielo vigilamos atentos para que nada vaya mal.
Gabriel se recostó en su silla.
—Exacto. Sólo nosotros. —Consultó su reloj—. Oye, si quieres puedes echarte una cabezadita, no se
lo voy a decir a nadie.
—¡Qué dices! No me perdería nada de lo que ocurra aquí por la noche ni en broma. Además, si me
pillan durmiendo...
—Claro, es lógico —asintió Gabriel, encontrando lógica la postura de su compañero. Pero las presio-
nes del día acabaron pesando más que sus dilatados argumentos, y al cabo de pocas horas, el vigilante se quedó
dormido, dejando a Gabriel a solas con la maqueta.
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A solas y en silencio.
De repente una idea absurda pasó por su cabeza: ¿qué ocurriría si iba a verla a ella directamente, no a
través de la pantalla?
Lo primero que hizo fue desechar tal locura, alegando mil y un motivos por los que tal maniobra sería
inútil e infructuosa. Pero poco a poco fue naciendo el convencimiento de que, si bien podía desconectar las
cámaras de vigilancia un rato, nadie se extrañaría de un ligero fallo en los sistemas. Un fallo que durase...
Digamos diez minutos. Sólo diez minutillos de nada.
Tras constatar que Andrés dormía profundamente, Gabriel abrió la puerta de acceso a la maqueta y,
pisando con cuidado como para no despertar a nadie (de cualquiera de los dos niveles de realidad), se deslizó
entre calles y paseos ajardinados hacia el edificio donde vivían los especímenes. Era un rascacielos que se
elevaba al extremo de una gran avenida que hacía de arteria principal en el trazado de las calles, facilitando el
acceso a cualquier lugar de la urbe.
Los informes indicaban que la tribu había ido perdiendo el miedo a los pasillos y habitaciones vacías,
y se habían desperdigado por varios de los pisos superiores del inmueble. 22, su amada 22, estaba durmiendo
sola en un amplio ático del último piso, en una habitación desnuda salvo por una cama con dosel y una enorme
alfombra aterciopelada.
Gabriel se acercó a la terraza, y a través de las translúcidas cortinas color crema, pudo ver que la joven
yacía acostada como una princesa de cuento. Las dobles hojas de un armario empotrado se mecían abiertas al
aire nocturno; de él había sacado un fino camisón que llevaba puesto del revés.
Gabriel sonrió. Toma golpe a la evolución, pensó.
La joven se movió intranquila en su sueño. Gabriel la contempló allí echada, moviéndose sensualmente
sobre las inútiles sábanas, y sintió una gran compasión. Él había contribuido a diseñar un alto porcentaje de
los ciclos vitales de su complejo organismo, así que no sintió ninguna vergüenza por considerarla casi parte
de él mismo. En un momento de infinita piedad, separó sus labios, y susurró:
—Niña...
Su aliento meció las cortinas del dormitorio. La mujer se revolvió bajo la presión de extrañas pesadi-
llas.
—Niña...
22 se despertó. El vaho de las palabras que venían con la noche la asustó. Las cortinas estaban cerradas,
pero un extraño viento innatural las moldeaba con palabras.
Aterrorizada, se escondió detrás de la cama.
—No tengas miedo —dijo la voz. En la delicada mente de la joven el habla sólo era una potencialidad
sospechada, pero pudo captar un remoto significado en aquellos insólitos vocablos—: Nunca más deberás
tener miedo. Tú eres perfecta, eres especial... Has nacido para gobernar a tu pueblo, ¿me entiendes?
Gabriel no podía creer lo que estaba diciendo. Estaba muerto de miedo, tal vez más que la propia 22,
pero no podía evitarlo; ella debía sobrevivir, debía evolucionar. Era su amada, su favorita, mucho más que un
recipiente para la semilla furiosa de unos brutos descerebrados. Apretando los puños, susurró:
—Tú eres la elegida, la que ha de conducir a los demás a la perfección. Eres la mujer con la que todos
hemos soñado, la diosa femenina que representa todo lo recto y lo bello. Pase lo que pase, deberás sobrevivir.
“Deberás sobrevivir...
Un movimiento en el ascensor le distrajo. Giró unos centímetros su cuello, atisbando pos las ventanas
del piso inferior, y contempló cómo el bruto, 26, se introducía en el elevador.
Las puertas de éste se cerraron y los diminutos números de bronce tatuados en la marquesina se ilumi-
naron, añadiendo dígitos a la suma de pisos. El elevador subió hasta el nivel en el que dormía la joven.
Gabriel, con los ojos muy abiertos, sudó de desesperación cuando el bruto salió al pasillo y abrió la
puerta del dormitorio de la diosa. Estaba desnudo, y exudaba una crudeza animal cargada de feromonas. Su
miembro, enhiesto en busca del amor de su compañera, precedía todos sus felinos movimientos en pos de su
presa.
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Ella le vio entrar y le premió con una sonrisa. El bruto se extrañó por la presencia del extraño camisón,
pero enseguida lo olvidó; recogiendo a la joven en sus brazos, sus recios dedos se ensortijaron con la fuerza
de tenazas alrededor de su cabello.
Gabriel no pudo soportarlo más y exhaló un bufido, una débil vaharada de odio contenido que pasaría
a la historia de la tribu; los dos especímenes se giraron hacia la ventana, cuyas cortinas se descorrieron empu-
jadas por el susurro.
La muchacha lanzó un alarido.
Una descomunal pupila marrón, redonda como una pequeña luna y llena de manchas como el sol, lle-
naba todo el paisaje que escapaba tras los marcos del ventanal. Los radios del iris, segmentados en disparos de
cobre y oro, se concentraban en una lente cristalina de proporciones divinas que permanecía clavada en ellos.
Era el ojo de Dios.
—Déjala en paz —dijo la voz de Dios, y el energúmeno entendió.
Aullando de terror, el bruto tiró a 22 al suelo y huyó despavorido con tanta prisa que se olvidó de coger
el ascensor, y al llegar a las escaleras trastabilló y las bajó rodando, magullándose los miembros.
En la habitación, la chica se escondió tras el dosel de la cama. El ojo seguía mirándola sin parpadear,
escrutando su cuerpo y su alma. La joven temblaba al borde del colapso, y Gabriel, decidiendo que no quería
que perdiese la razón, decidió poner fin a su intervención con las siguientes palabras:
—Deberás sobrevivir, recuérdalo.
Su reloj le recordó la hora; hacía casi cincuenta minutos que había bajado. Lanzó una mirada al Control.
Sus cristaleras eran totalmente invisibles desde la maqueta, camufladas tras el azul oscuro del cielo. Maldi-
ciendo, atravesó la inmensa avenida de la calle cuarenta y dos en dirección a la salida. Si Andrés le había
visto...
La humedad en el ambiente crecía por momentos; los automatismos climáticos tenían prevista una tor-
menta esa noche. Minúsculas gotitas de agua en suspensión se arremolinaron en torno a su bata de ingeniero,
mojaron su pelo y llenaron su frente con la humedad de las capas altas de la atmósfera. Sus miembros, al
moverse, creaban anticiclones y fenómenos atmosféricos de considerable magnitud. Gabriel caminó despacio:
no quería desatar un tornado que arruinase el vecindario.
Entonces lo oyó. Fue un chirrido increíblemente lejano y difuso, tanto que más que oírlo físicamente
lo intuyó. Lentamente, dejando estelas de cumulonimbos con su frente, se giró para mirar.
El ventanal del piso de 22 se había abierto. Sus goznes oxidados rechinaban con el sutil engrase de la
lluvia.
Y 22 estaba en el balcón. Mirando al vacío con ojos perdidos. No había visto a Gabriel; sus débiles
ojillos apenas tenían un alcance visual que llegara al final de la avenida, y no podían sobrepasar la niebla.
Pero él sí que la veía perfectamente, vestida con aquel absurdo camisón mal colocado, sus cabellos de oro
flameando al viento de la noche.
Temblando mientras se alongaba hacia el abismo.
Gabriel ordenó a sus piernas que se movieran cuando el cuerpo de la chiquilla se precipitó al vacío.
Como un gigante prometeico, surgió de la niebla destrozando puentes con sus enormes zancadas de diez
leguas; un paso alto en la autopista reventó en una explosión de cascotes y cemento, lanzando farolas a kiló-
metros de distancia. Sus dantescas pisadas desencadenaron temblores sísmicos de tal intensidad que hicieron
temblar todas las antenas y minaretes de los rascacielos, derribando la gran antena de la compañía de radio.
Un pequeño parque construido en el centro de una glorieta, que integraba a la perfección las ideas sobre tráfico
y ciudad de los años treinta, desapareció bajo los contornos de una huella que habría de recordar antiguos
monstruos antediluvianos.
22 cayó del piso cien, , y mientras bajaba los restos de cordura que aún quedaban en su poco evolucio-
nado cerebro se esfumaron: ante sus atónitos ojos, las nieblas de la noche se descorrieron, los vientos la sos-
tuvieron sobre la muerte un instante más, y unas gigantescas manos surgieron del cielo formando un colchón
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celestial que la recogió en su caída.
Todos los hombrecillos de la tribu, alertados por los temblores y el tronar de las explosiones, estaban
despiertos y miraban mudos de asombro a través de las ventanas. Todos fueron testigos de cómo, cuando
la diosa trató de suicidarse lanzándose al vacío, dos manos descomunales surgieron de la noche con el movi-
miento rápido y a la vez lento que caracteriza a todas las cosas grandes, y la sostuvieron para que no se estre-
llase contra el asfalto.
Tras un corto recorrido, las manos la depositaron de nuevo en su piso, y luego desaparecieron piado-
samente lejos de su horizonte visual. Una estela de destrucción partía la avenida en dos, atestiguando la cólera
del dios.
Aterrorizados, los especímenes se arrodillaron y elevaron la primera plegaria a unos cielos cubiertos
de nubes tormentosas.
Ortiz y los demás científicos encontraron a
Gabriel durmiendo sobre la consola de vigilancia,
junto a dos tazas vacías de café y un cepillo para el
polvo. El joven parpadeó al despertar, acostumbrán-
dose a la tenue luz, y al ver a la alta y autoritaria
figura de Ortiz frente a él se le hizo un nudo en el
estómago.
—¿Qué has estado haciendo aquí? —tronó
el doctor. Gabriel tragó saliva.
—Eh... yo... puedo explicarlo —Genial,
pensó. Qué salida. Aquello iba a ser el fin de su
carrera, y no había enmarcado aún su título de doc-
torado.
Ortiz miró hacia la maqueta, y le dio una
palmada afectuosa.
—Mira que te gusta pasar noches en vela
trabajando —comentó, ufano—. Un consejo: no te
lo tomes tan en serio a menos que quieras volverte
un viejo desgastado antes de tiempo.
Y fue a sentarse en su silla. Las arterias del
joven notaron alborozadas que la sangre volvía a fluir lentamente por ellas.
Gabriel necesitó seis cafés y veintidós paseos de comprobación por la sala para asegurarse de que
nadie le echaba la culpa a él de lo ocurrido. El foco que había tirado en medio de la maqueta apenas podía
explicar los destrozos (dejando aparte el daño a la credibilidad de los especímenes que su mera presencia
suponía), pero nadie protestó. También se las había arreglado para borrar sus huellas del pavimento, mediante
el prosaico método de escarbar en los estratos geológicos con la mano. Para él, que conocía los signos, era
extremadamente evidente lo que había pasado, y se sorprendió al constatar la indiferencia general.
Todos se mostraron más interesados en cómo reaccionarían los de la tribu ante el objeto, en cómo inven-
tarían mitologías para explicarlo. Al parecer, habían diseñado un ritual extraño en el que Gabriel no tuvo
tiempo de fijarse, pero que tenía a los de Psicología del Comportamiento intrigadísimos. Quien llevó la voz
cantante en tales elucubraciones fue el propio Ortiz:
—No esperábamos que surgiera el tema de la religión al menos hasta dentro de unas semanas, pero
bien mirado nos favorece. Significa que el grupo está lo suficientemente maduro como para aceptar cierto nivel
de introspección.
—Tal vez deberíamos plantearnos colocar otra tribu en la maqueta —sugirió alguien. Hubo murmullos
y asentimientos de cabeza, a los que el doctor se apresuró a añadir:
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—Está bien, está bien, pero primero démonos un poco de cancha para analizar esto. Por ejemplo
—señaló al monitor—, ¿por qué adoran a esa mujer, la 22? Parece que la han elegido arbitrariamente como
focalizador de sus plegarias, pese a que ella no tiene absolutamente nada que ver con el foco caído. Es como
si algún elemento exterior la hubiese señalado deliberadamente...
La tos de Gabriel se oyó en toda la sala. Una joven que había a su lado le dio unas palmaditas en la
espalda, para evitar que se atragantara.
—Lo siento —musitó el joven, las mejillas blancas por el pánico.
—En fin —prosiguió Ortiz, olvidándose de él—. Habrá que estudiarlo. No es normal que lleguen al
terreno tan pantanoso de la apóstasis en tan poco tiempo.
—Eso sugiere que...
La conversación subió de tono cuando varios especialistas más se unieron al corro. Gabriel se disculpó
y se comenzó a retirar de la sala, despidiéndose de sus amistades. Tenía un fuerte dolor de cabeza y mucho
en lo que pensar, y a eso sólo ayudaría una cálida y reconfortante ducha.
Cuando estaba a punto de salir de la sala, escuchó cómo de fondo el sociólogo que le había acompa-
ñado la primera noche argumentaba:
—...No me extrañaría que, al paso tan acelerado como van las cosas, recorriésemos fases enteras del
ciclo de desarrollo de los mitos en pocos días. Por ejemplo, el temor indeterminado que representa esa proce-
sión, esa especie de... ceremonia a la que estamos asistiendo, es muy significativo, y les llevará sin duda a la
reafirmación de sus creencias mediante la culpa ante un suceso traumático.
“Si lo pensamos bien, es justo el elemento que necesitan todas las religiones para afianzarse.
—¿El qué? —preguntó Ortiz. La voz del sociólogo se tornó fascinada como la de un niño.
—Un mártir.
Gabriel dio un par de pasos hacia el ascensor, cuando su mente reaccionó, entendiendo lo que sucedía.
Con un ¡No! alto y potente, que asustó a todos los presentes, se abalanzó sobre la consola justo a tiempo de
ver cómo los asustados hombrecitos clavaban a su diosa en un madero.
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Nací en Santa Cruz de Tenerife hace 27 años, y soy programador informático y técnico en imagen y
sonido. Mis aficiones fluctúan desde la space opera a la CF de compromiso, el pulp y otros géneros
que no cito porque me da verguenza. Este cuento se me ocurrió estando en Madrid, mientras veía al
encargado de la recépción del hotel regar una planta
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—¿Estás seguro de seguir adelante?
—¿Por qué lo dices? Con lo que nos ha costado llegar hasta aquí, ahora no te puedes echar
atrás.
—No sé que me pasa. No me hagas caso. Sólo siento miedo por lo que nos espera.
—¿Miedo? Cariño, vamos hacia el paraíso. Se acabaron los dolores de cabeza y los resfriados. ¡Adiós
al cuerpo!
—A eso me refiero. Tengo la sensación que sin él no podré vivir.
Raquel Martínez estaba sentada en el césped del jardín de su casa, contemplando el Lago Ness. Tenía
la vista perdida en las aguas tranquilas, sin prestar apenas atención a Nessy, el pequeño dragón. Éste, al verla
tan cerca de la orilla, intentaba captar su atención dando saltos fuera de las aguas e intentando salpicarla al
caer. Pero era inútil, como tantas veces. Raquel estaba muy lejos del lago, sumida en sus pensamientos.
Ahora era una escritora de éxito. Sus libros eran muy populares. Incluso había creado una corriente
literaria llamada cyberlive donde se desarrollaban intrigas sobre mundos virtuales, con personajes ajenos a su
irrealidad. Hacía un par de días que había publicado su última novela: “despertad malditos”, y estaba impa-
ciente por recibir las primeras críticas. Observaba las reacciones que producían sus obras para seguir escri-
biendo. Y siempre tenía la esperanza de no estar sola en el mundo, de que en alguna crítica hubiese alguna
señal, algún saludo, de alguien como ella.
Abrió su consola portátil y empezó a revisar su correo. Como esperaba, ya tenía las primeras críticas.
Destacando entre los demás, había un mensaje prioritario, era un mensaje oficial del sistema. Rara vez recibía
alguno, debía ser importante. Era una citación de entrevista personal relacionada con su última novela, no
decía nada más, al mediodía en el Centro de Salud.
Sin duda Tom, su marido, estaba detrás de esto. Guardó su consola en el bolsillo y se dirigió a toda
prisa hacia el Transportador que había en el porche de la casa. Se situó en la plataforma, e introdujo las coor-
denadas del pub Wallace, donde esperaba encontrar a Tom.

Tom estaba tomándose una pinta de guinness sentado en una mesa bastante alejada del escenario,
donde tocaba un grupo folclórico irlandés. Mientras esperaba la segura llegada de Raquel, pensaba cómo se
lo haría entender. Lo había hecho por su bien. No era consciente de que necesitaba ayuda, y no la aceptaría
por las buenas. Ella creía realmente en sus fantasías de otra vida real abandonada por un mundo virtual, que
según ella, era éste, en el que vivían. La quería con toda el alma, pero debía recibir ayuda del Centro de Salud.
Dentro de unos días estaría curada y serian felices para siempre. Raquel entró como si alguien la persiguiese,
furiosa. Lo vio enseguida.
—¿Cómo me has podido hacer semejante putada? —Raquel cogió una silla de la mesa de al lado y se
sentó bruscamente.
—Ya sabes porque lo he hecho. Te quiero.
El mundo de raquel
Por Didac Morales
Comentario del autor
Alguien me dijo una vez: la inteligencia es el mayor enemigo de la felicidad. Otros
prefieren convivir con la realidad, conscientes de ella, a pesar de la fugacidad de
la armonía que ello conlleva. ¿Pero realmente sólo hay un orden de realidad? ¿O
tantos como conciencias de ella? Este relato habla sobre realidades. Por cierto,
espero que os gusten las mascotas ;)
R
E
L
A
T
O
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—¿Qué me quieres? ¡Serás estúpido, ahora me borrarán! O me cambiarán la personalidad. O vete a
saber qué; pero seguro que no me verás más.
—Tranquilízate cariño —Tom bajó el tono de voz—, nadie va hacerte daño, están ahí para solucionar
nuestros problemas.
—Nunca me has creído ¿verdad? De todas maneras ya da igual, no hay nada que hacer —Raquel rompió
a llorar.
—¿Lo ves? Siempre estás triste. Cuando empezaste a escribir tus novelas, pensé que quizás te estabas
curando. Que te habías dado cuenta de que sólo eran fantasías de tu imaginación. Pero no es así, estás peor
que nunca. Ya no sonríes, no quieres tener hijos...
—¿Hijos? ¡Lo único que podemos tener tú y yo, es un tamagochi! ¿No lo entiendes? ¡Ya no somos
humanos! Abandonamos nuestro cuerpo hace mucho tiempo. Somos fantasmas virtuales, espectros controla-
dos por un ordenador. Sólo somos una base de datos con todas nuestras emociones, sensaciones, reacciones y
demás pautas de nuestro carácter anterior en algún ordenador del más allá.
—No te preocupes, mañana estarás bien. Ya lo verás. Nos reiremos juntos de todo esto, te lo prometo
—Tom sentía lástima por ella, necesitaba que se recuperara.
—Es igual, olvídalo. Adiós Tom —Raquel se secó las lágrimas con la manga, intentando serenarse, y
salió del pub.
Ella, a diferencia de Tom, mantenía sus recuerdos. Recordaba como habían ahorrado los dos juntos para
poder pagarse esta vida eterna. El paraíso de Virtualtech. Era famoso en todo el mundo. Toda la gente con
dinero, poco a poco había ido entrando en el mundo virtual, abandonando sus cuerpos en la tierra. Era la solu-
ción perfecta para evitar las plagas víricas que se sucedían cada vez con más frecuencia. Era la inmortalidad.
Virtualtech garantizaba que una vez traspasados, se olvidaba el mundo físico. Los recuerdos pasaban a ser del
mundo nuevo y la transición se olvidaba. Era la única manera de garantizar la estabilidad emocional de las
personas. De este modo, no había un antes y un después, siempre había sido así. En el contrato de entrada,
uno describía como debía ser su parcela, sin límites. ¡Por fin la casa de tus sueños! También podías diseñar tu
nueva imagen si querías, o conservar la anterior.
Tom y ella habían mantenido su apariencia anterior, incluso sus nombres. Todos sus caprichos los pusie-
ron en su parcela. La casa era de madera blanca, de dos pisos, con un gran porche donde contemplar el capri-
cho de Tom: el Lago Ness. El padre de Tom era escocés y, siendo niño, siempre le contaba historias sobre
monstruos y brujas, pero la que más le cautivo fue la de Nessy. Ahora lo tenía en casa y, más que un monstruo,
era una mascota. Era un dragoncito de color azul, más al estilo de los dibujos animados de su juventud que
a un posible dinosaurio. Medía unos tres metros de largo contando su metro de cola, y era barrigón. Tenía
dos alitas de apenas un palmo, y dos brazos no mucho mayores. Pero era capaz de volar y de hacer piruetas
imposibles. El resto de la parcela, era un bosque frondoso lleno animales menores, fuentes y arroyos. Incluso
había la cabaña de su juventud, en la cima de un gran roble. Ése era refugio de Raquel. Allí guardaba libros y
compactos que se había traído con ella a la inmortalidad.
Cuando salió del Transportador en el porche de su casa, tomó el sendero hacia su cabaña. Allí tenía
la sensación de estar protegida contra todo; de creerse en su Cantabria natal. Nessy salió a su encuentro,
moviendo sus pequeñas alas y sacando pequeñas lenguas de fuego por la nariz mientras estornudaba.
—No tengo ganas de jugar, vete —le dijo Raquel. Siempre la hacia reír, era el juguete preferido de
cualquier niño.
—¡Vaya, me he quemado los bigotes! —mientras decía esto, chocó de cabeza contra un árbol y cayó de
bruces al suelo—. ¡Menudo trompazo!
—Deja de hacer el tonto y regresa al lago, quiero estar sola.
—Estás triste, lo veo. No me gusta verte así —se levantó del suelo a la vez que le crecían de nuevo los
bigotes y la siguió volando a su alrededor—. No pienso dejarte sola, tesoro.
—Haz lo que quieras —dijo, emprendiendo de nuevo la marcha por el sendero.
Llegó al roble centenario, y subió por la escalera talada en el tronco hasta la trampilla que daba al suelo
de su refugio. La cabaña consistía en una única estancia no muy grande, con tres de las paredes repletas de
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libros y compactos, un reproductor y poca cosa más. La cuarta pared era un ventanal por el que contemplar
el bosque y un pequeño arroyo no muy lejano, que le proporcionaba una agradable melodía con el fluir turbu-
lento de sus aguas. Se acomodó en unos cojines, y se quedó pensativa con la vista perdida en el bosque. De
repente apareció la cabeza de Nessy en la ventana, con unas flores azules entre los dientes.
—Son para ti, princesa —dijo con dificultades, dándole un aspecto cómico a la escena.
—¡Gracias, pesado! Son muy bonitas —las cogió y las olió, realmente olían bien. Qué fácil resultaría
vivir en paz si no la atormentasen los recuerdos.
Nessy, de haber aparecido en su mundo anterior, habría causado como mínimo sorpresa. Seguro que
habría sido capturado y encerrado en algún zoológico. Aquí, sin embargo, nadie se extrañaba de su presencia,
quien más y quien menos tenía mascotas irreales; o ellos mismos eran irreales. Era un mundo de sueños, todo
estaba permitido y, lo más importante, aceptado como normal.
—¿No vas a sonreír ni un poquito? —Nessy seguía insistiendo por la ventana.
—Vale, ¿ya estás contento? —dijo mientras hacia una mueca que se parecía a una sonrisa.
—Intenta que parezca real por lo menos, ¿no? No se te han visto ni los dientes.
—¿Así mejor? —ésta vez, hizo una mueca todavía más irreal, mostrándole toda su dentadura.
—¡Qué miedo! —Nessy puso cara de horrorizado, erizándosele los bigotes en una caricatura imposi-
ble.
—Ya vale, déjame sola un rato, ya lo has conseguido —dejó escapar una sonrisa verdadera ésta vez.
Siempre se salía con la suya.
La expresión de Nessy cambió absolutamente, estaba muy serio y la miraba fijamente a los ojos.
Durante un par de minutos permaneció en silencio, quieto como una piedra. Empezaba a inquietarla, aquello
no era normal.
—Raquel escúchame atentamente, no tengo mucho tiempo —habló el dragón, pero su voz era total-
mente distinta y seguía quieto—. No debes ir al Centro de Salud para la entrevista. No te separes de tu mas-
cota. Intentaré volver a comunicarme contigo, mientras tanto, intenta desaparecer.
—¿Qué? ¡Me estás asustando Nessy! ¿Qué tipo de juego es éste? —Nessy recuperó su expresión
normal.
—¿Cómo?... Solo pretendía hacerte reír, princesa. Creo que te he asustado. Lo siento —dijo perplejo el
dragoncito.
—¡Pues claro que me has asustado! ¿Y qué querías decir con que no fuese al Centro de Salud? ¿Eh?
¿Dime?
—Yo no he dicho eso, sólo ponía cara de susto. Así, mira —y volvieron a erizársele los bigotes.
—Bueno, pues no lo hagas más, ¿vale? Y ahora vete y déjame sola un rato —su expresión debía de ser
muy seria porque Nessy desapareció de inmediato.
¿Qué sentido tenía todo aquello? Quizá era la señal que había estado esperando siempre. Pero a través
de Nessy ¿cómo era posible? Y, ¿cómo evitar ir al Centro de Salud? Seguro que sabrían donde se encontraba
y aparecerían así, sin más. Miró su reloj que marcaba las 10:23 a.m. Todavía tenía una hora y media, más o
menos.
Se encontraba en el Transportador, mirando el panel de control. ¿Dónde debía ir? No tenía ni idea.
Sentía las palpitaciones de su corazón acelerarse sin piedad. Ahora que alguien había contactado con ella, no
podía echarse atrás. Seguiría hasta el final.
—Ven Nessy, nos vamos de viaje —le dijo al dragón. Entonces marcó al azar unas coordenadas y,
mirando hacia su hogar, susurró-. Adiós.
Apareció en la cabina de un Transportador situado bajo una palmera, a la sombra. Un sol abrasador se
encontraba justo en el cenit del cielo azul, despejado de nubes. Había un pozo no muy lejano donde una mujer,
vestida con una túnica azulada, llenaba una vasija de agua. Al verla, la mujer salió corriendo. Mejor, no tenía
ganas de hablar con extraños. Estaba muy asustada y no sabía que hacer. Sólo podía esperar la aparición de
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su extraño amigo.
—¡Qué calor hace aquí! —Dijo Nessy, mientras se alejaba revoloteando.
—No te alejes mucho. No tardaremos en irnos —eso espero, pensó Raquel.
Se dirigió al pozo y, tras sacar el cubo al final de la cuerda, se refrescó la cara. Para su sorpresa el agua
estaba helada. Se sintió más animada. Quizá había una manera de salir de aquel mundo ficticio aunque, por
mucho que pensara, no se le ocurría cómo. No podía recuperar su antiguo cuerpo. Si más no, entero. Al entrar
en el mundo virtual, se cedía el cuerpo a la ciencia. Seguramente sus órganos formarían parte de otras vidas.
De todos modos, si habían contactado con ella, era porque existía más gente con recuerdos. Y quería creer que
conocían la manera de salir de allí.
—Ven a ver esto, princesa —Nessy volvía volando hacia ella—, hay un montón de tiendas detrás de
esa duna. Sólo he visto mujeres y niñas. Debe haber centenares.
—Creo adivinar la nacionalidad de esta gente —le contestó Raquel—. No me apetece conocerlos. Ven
Nessy, nos vamos.
—¿Ya? Si acabamos de llegar, flor.
—¿Tienes que discutirlo todo? —Nessy era como un niño, y en estos momentos conseguía sacarla de
sus casillas.
—No te enfades, tesoro. ¿Dónde vamos? ¿Está Tom esperándonos? ¿Lo estás buscando?
-No. No lo sé. ¡Calla un rato! —le gritó.
Era cierto. No importaba donde fuera. A las doce en punto, de no estar en el Centro de Salud, sería
cuestión de minutos que dieran con ella.
Tom era la única persona que conocía de antes, del mundo terrenal y, aunque él no lo recordara, sentía
que era su único pilar para mantener la cordura. Marcó de nuevo las coordenadas del pub Wallace. Entró
corriendo pero Tom ya no estaba. El camarero le contó que Tom había dicho que tenía que ir al Centro de Salud
pero nada más. ¿A él también lo habían citado? Eso no podía significar nada bueno. Se apresuró en volver a
casa, mirando de reojo a Nessy por si volvía a hablarle, pero no lo hacía.
Al salir del Transportador, vio a Tom sentado a orillas del lago, pescando. Se alegró tanto de verlo
allí que no cayó en la cuenta de que Tom nunca había pescado, odiaba la pesca. Quizá podría convencerlo
para que se marchara con ella. Quizá no. Una mujer salió de casa con una cesta de mimbre y un sombrero de
paja, como los suyos. Se escondió agarrando a Nessy por el cuello para que no los viese. Esa mujer era ella
misma. No podía ser. El estomago se le cerró con tanta fuerza que tembló de pies a cabeza. Se sentó en los pies
del Transportador sin saber que hacer, mirando al dragón constantemente, esperando el cambio de actitud, el
regreso de su ayudante anónimo. El cambio se produjo tan repentinamente, que no lo percibió.
—¡Rápido! Marca estas coordenadas en el Transportador: A3:23:4D:ED:47:5F —de nuevo la voz des-
conocida en boca del dragón le habló.
—Pero... ¿Dónde vamos? —pregunto Raquel desconcertada.
—No tenemos mucho tiempo. Después hablamos ¡Apresúrate! —marcó las coordenadas.
El lugar donde apareció no tenía ninguna lógica. No había ni suelo, ni cielo, ni color, ni nada que
comprendiese. Era un amasijo de colores y texturas a fragmentos inconexos de lo que podía ser una casa, un
árbol, un mar. Lo podía ser todo y no era nada. Era el caos, nada estaba definido. Tuvo una sensación de vértigo
espantosa. Se agarró con fuerza a Nessy, reprimiendo una náusea.
—Tranquila, Raquel. No pasa nada —le dijo el dragón en tono apaciguador.
—¿Qué es este lugar?
—Es una parcela vacía. Nadie la ha contratado todavía. Esto que ves sólo es basura en los vectores
gráficos sin inicializar, no te preocupes, son fruto de la programación de este mundo. Aquí pasaremos desaper-
cibidos más tiempo. Cógete fuerte a mí —se elevó, y fueron volando hasta un fragmento de arena tropical que
flotaba cerca de ellos —. Aquí te sentirás más cómoda, piensa que es como una isla.
—¿Quién eres? ¿Por qué me ayudas? —Raquel se dejó caer en el suelo, sentada. Desesperada.
—Soy tu única oportunidad de no desaparecer, llámame Max. Mira, es un poco complicado. Trataré de
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resumírtelo. Participé en la programación de este mundo. Un día, mi equipo de trabajo descubrió una anomalía
en el sistema de absorción de los recuerdos. Había un 0,01% de probabilidades de que, en el transcurso del
traspaso no se eliminara la personalidad. Vaya, que pasara lo que te ha ocurrido a ti. Pero como siempre,
en proyectos de esta magnitud, lo que manda es el dinero. Ningún inversor quería oír hablar de errores que
pudieran retrasar el lanzamiento.
—¿Pero como es posible?
—Separar lo que forma parte de la memoria de la personalidad, es algo muy complicado. Lo primero
es fácil de traspasar en cifras, sólo son datos. Pero la personalidad, la conciencia de ser uno mismo, el racio-
cinio, son palabras mayores. En verdad no se traspasa, lo que hacíamos era suprimirlo y substituirlo por una
inteligencia artificial, una IA.
—Pero entonces...
—Sí, todos estáis muertos.
—¿Y yo? —Raquel estaba tan perpleja que había dejado de temblar.
—En tu caso es más complicado, de alguna manera algo de tu yo consciente ha pasado junto a tus
recuerdos y cohabita con la IA, no lo comprendo del todo, pero de alguna manera la dominas.
—¡Es horrible, es como si estuviese poseída!
—Más bien al revés, tu posees a la IA. Por eso nos interesas.
—¿Qué os intereso? ¡Quiero recuperar mi vida! —exclamó Raquel sabiendo que eso era del todo
imposible—. Además, me he visto a mi misma en mi casa con mi marido.
—Cuando el sistema detecta estás anomalías lo que hace es reconstruir a partir de los datos almacena-
dos una réplica de la persona, para que el equilibrio del mundo no se resienta.
—¿Así que hay más como yo? —Raquel estaba con la vista perdida en la nada, resignándose a su
realidad.
—¿Más? ¡Hay miles de personas como tú! Cada vez entra más gente en el mundo virtual, y el 0,01%
de millones de personas, son muchas. Pero la mayoría se autodestruyen al entrar en conflicto con la IA. Tu
caso es especial, ya te lo he dicho.
—¿Pero... qué podéis hacer ahora?
—Espera, no te rindas. Contigo hay una posibilidad.
—¿Una posibilidad? ¿Cómo? Ya no tengo cuerpo —Raquel empezaba a abandonar cualquier tipo de
esperanza, no veía salida.
—Eso es cierto, no podemos hacer nada por él. Pero mira, escúchame. ¿Sabes algo del proyecto
Atenea?
—Me suena a algo relacionado con las comunicaciones.
—Exacto. Es un programa para controlar todas las comunicaciones espaciales, entre los mundos. Se ha
construido una base estelar para canalizar toda la información entre la humanidad, y una IA muy sofisticada
se encarga del control.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo?
—¿Te das cuenta del valor que puede tener acceder a toda esa información?
—Bueno... sí.
—Podemos aprovechar tu IA latente para programarte de manera que pases a formar parte de ella, y
con el tiempo hacerte con el control.
—Ya veo, entonces será el momento de pagar mi rescate —dijo Raquel comprendiendo el plan de su
salvador.
—Te sacaríamos de aquí.
—¡Pero sería más de lo mismo! Aquí por lo menos tengo a Tom.
—Ya has visto a tu sustituta, a ti te borraran dentro de poco. Además, piensa en la magnitud de lo que te
ofrecemos, no estoy solo en esto, hay todo un equipo. Estarás a cargo de todas las comunicaciones universales,
de todo el conocimiento humano, si habrá algo parecido a un Dios, serás tu.
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Raquel sólo era capaz de sentir una cosa, y era que no quería desaparecer, quería vivir... y se lo ofrecían
eternamente.
—Está bien, hazlo.
—De acuerdo, volvamos al Transportador —dijo el dragón.
—Todavía no entiendo como me sacarás de aquí- dijo Raquel, mientras volaban de regreso al Trans-
portador.
—Eso es fácil. Sólo tienes que introducir las coordenadas del puerto de salida en la consola cuando te
diga. Del resto me encargo yo.
¿Dónde estaba? Hacía una eternidad que sólo era. Empezó a tener miedo de haberse perdido, de vagar
hasta el fin de los días, prisionera de su consciencia. Era horrible. No tenía ningún contacto con el exterior.
Era cómo estar a solas, en la oscuridad más absoluta, desconectada de todo. En lo más oscuro de la negrura
divisó una pequeña luz y supo, que cuando la comprendiese y la controlase, tendría el universo en sus manos.
Lloró sin derramar lágrima alguna.
Kargol 6/5/2000
Revisado 9/5/2001
Para mi escribir es algo instintivo, un poco anárquico. La idea se va
desarrollando sola al plasmarse en texto, motivándome o desesperándome...
quizá por eso no dejo de ser lo que soy: un esclavo de la motivación.
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el relato se publicará sin ellos.
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1.
La enorme megalópolis que dominaba hasta donde se perdía la vista, brillaba bajo aquel sol
de justicia, en pleno mes de agosto del 2015. Él permanecía colgado en el exterior del antiguo
rascacielos del hotel situado en la zona portuaria, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí.
Ahora el edificio no era de los más altos de la ciudad, pero sí lo suficiente como para provocar su
muerte instantánea si caía desde su precaria situación, colgado contra la parte exterior de la ventana del último
piso, a más de ciento cincuenta metros del suelo. Le daba lo mismo haber escogido ese edificio, en vez de la
Torre Ágata, el más alto de la ciudad. El resultado, si le fallase su soporte, sería el mismo... y él nunca había
sido avaricioso con respecto a ese punto: sobre cómo morir.
Y saltó.
2 .
Esa manía suya de poner sus intenciones por escrito, en papel, perfectamente detalladas y pegadas en la
cara interior de la puerta de salida. ¿Para qué? Para que yo las viese, claro. Pero ya era un caso clínico.
Desde la última vez que lo hizo resolví solicitar audiencia con un asesor de personalidad. Le llevé todos
los antecedentes y quedó fascinado al constatar la tenacidad, el empeño, la constancia...
—Si Antonio no hubiese dirigido toda esa energía hacia su autodestrucción sería un elemento suma-
mente útil. La capacidad de aprovechar los elementos de su entorno en cada intento es impresionante... ¡Qué
imaginación! ¡Qué despliegue de recursos!
Por un momento creí haber cometido un tremendo error: encontré un admirador del suicida en lugar de
un funcionario capacitado para resolver mi problema.
—Señor Ambor, por favor, he acudido a usted por una solución definitiva.
—Pero eso quiere decir...
—Sí, a eso me refiero. No puedo continuar adelante con la responsabilidad de recoger sus trozos y lle-
varlos a ensamblar cada vez que se le ocurre autodestruirse.
—¡Pero es su obligación! Legalmente...
—Escuche, le estoy solicitando formalmente que la ley autorice el acto final.
Se puso un poco pálido; después rojo y llegó al verde antes de responder, pero no sacó sus ojos de los
míos.
—Señora, estos antecedentes, ¿son reales? ¿No será, acaso, que los ha fraguado para verse libre de su
esposo... definitivamente?
Sentí que mi estómago se revolvía y busqué instintivamente algún recipiente donde vaciarlo. Ambor se
levantó, alarmado, y me dejó sola en la oficina.
Al rato regresó, en compañía de dos asistentes.
—Ahora hablaremos. Se tomará nota de su solicitud. Haga el favor de repetirla en voz alta y clara al
grabador. Posteriormente entregará los antecedentes al asistente scanner y también los leerá, para registrar su
Acto final
Por Graciela Inés Lorenzo
Comentario del la autora
Bien, otra vez aquí. Insisto en esto de escribir, insisto en enviarlo a Pulsar, y los edi-
tores insisten en materse con las sudamericanas. Ya tendrán justo castigo. Por ahora
espero que los lectores disfruten del resto de la revista. Y nada de sacar conclusiones
apresuradas, que ninguno de mis esposos se ha matado...
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informe in voce.
Repetí con voz monótona –me sentía algo aburrida- cada detalle. —Mi esposo, Antonio, se subió hasta
el último piso del Hotel Arts, salió por una de las ventanas, se paró sobre la cornisa, y saltó al vacío. El loca-
lizador me indicó la suspensión del flujo vital y me comuniqué con Reparaciones, dándoles las coordenadas.
Miré al asistente, con curiosidad. El asesor carraspeó para llamar mi atención.
—Señora, ¿tiene usted conocimiento de las reparaciones efectuadas?
Sonreí involuntariamente. Me sentía tentada a contarle todos los detalles, minuciosamente, y ver qué
pasaba en ese rostro que más parecía una careta. Levantó una ceja, sin dejar de mirarme. —¿Sí?
—Disculpe. Sí, conozco los detalles, —y recité—: el cuerpo descendió a una velocidad creciente hasta
que, a doscientos cincuenta y cinco kilómetros por hora golpeó contra el borde del cartel, produciéndose el
primer daño, de grado 3, ya que se separó el brazo derecho, la pantorrilla y el pie del mismo lado, y se abrió
el cráneo con pérdida de parte ósea, una oreja y masa encefálica. El rebote llevó el resto contra un tap –N.T.:
transporte aéreo público-, abolló el techo y completó el desmembramiento; se supone que la mandíbula infe-
rior se separó en esa circunstancia. Finalmente cayó sobre la autovía. El horario era de tránsito pesado y lo
que recogieron del tronco se pudo reparar, pero implicó rehacerlo casi completamente.
Ambor pestañeó nuevamente antes de hablar –no me gusta este tipo, parece un autómata.
—Dígame, ¿conoce el estado resultante de las reparaciones?
—Sí. No es demasiado diferente a las anteriores. O sea, sin limitaciones motrices, sin disfunciones fisio-
lógicas, y con aspecto similar al que tenía antes del evento.
—¿Algo más que desee agregar?
—Creo que no; o sí: que me molesta sobremanera que deje una nota con los detalles cada vez que lo va
a intentar.
—¿Cómo?
—¿Cómo, qué?
—¿Le deja una nota avisándole y usted no lo informa a la Central de Supervivencia? Señora, ha come-
tido una falta gravísima. Merece una severa pena; lo entiende ¿verdad?
Le miré. En ese momento ya estaba convencida de haber cometido un tremendo error al acudir a esa
oficina, pero no bajé la mirada.
—Señor Ambor ¿conoce los antecedentes? ¿Tiene idea de cuántas veces he pasado por ese trámite ante-
riormente? —No respondió; tampoco sé si me oía—; dieciséis.
El número pareció sobresaltarle. Articulando trabajosamente dijo: —¿Tiene los detalles de todos los
eventos?
—De cada uno, —respondí con calma, relamiéndome ante la posibilidad de que el muy cerdo me los
pidiese.
El asesor pareció quedar en blanco, como tildado. Uno de los asistentes, el grabador, osciló peligrosa-
mente; por un momento sentí el impulso de ayudarle pero me quedé muy quieta. Al momento ingresó un
individuo bastante grueso, quien miró a los otros tres, me enfrentó y, con malos modales, preguntó: —¿Qué
cuernos hizo?
3 .
Puedo decir que a lo largo de las cuarenta y ocho horas que siguieron no me faltaron emociones.
El gordo, que se llamaba Eduardo, me explicó que Ambor era un dispositivo y también los asistentes;
esto último era evidente pero no le desilusioné diciendo «Ya lo sabía»
Desde el bloqueo del trío me atendieron seres humanos; bueno, en realidad dos: Eduardo y su asistente
Alejandra. Eran funcionarios de la división Casos Extremos de la Secretaría de Recursos Humanos.
Escucharon la grabación de la conversación; toda ella; me miraron varias veces (creo que pensaron que
yo era una mitómana) hasta que, al final del registro, y con otro grabador presente, preguntaron: —Señora,
con exactitud, ¿cuántas veces ha intentado auto eliminarse su esposo Antonio? ¿Sabe acaso por qué razón lo
ha hecho?
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—Dieciséis, y creo que todo empezó cuando le dieron de baja de su cargo de auxiliar administrativo de
defunciones.
—Vamos a registrarlas una por una, ¿sabe? Este caso es sumamente infrecuente, de modo que tenga
paciencia y buena voluntad. Comience la información, si es posible, cronológicamente.
Y empecé por aquella primera vez, cuando, en el campo de juegos comunitarios -allí muy próximo al
Hotel Arts- metió dos de sus dedos dentro de un alimentador de energía de alto voltaje. Luego, se tragó dos
litros de ácido fluorhídrico que había tomado del depósito de la planta de procesamiento de cadáveres.
A continuación relaté el evento durante el cual mi esposo consiguió cruzar una barrera de seguridad y se
metió caminando hasta el mismo centro del incendio forestal –uno de los últimos- en la costa este de África.
Por un momento dudé si el siguiente fue el lanzamiento sin paracaídas desde ese aeroplano antiguo, a
reacción, desde los doce mil metros de altitud, o si fue la inmersión en la batisfera del Centro de Investigacio-
nes de la Nova Fossa del Mediterráneo –él solito- para hacer estallar el cristal del mirador con explosivos -¿o
eran implosivos?- a ciento veinte kilómetros de profundidad.
Luego, tuve que reconocer, hubo un periodo de relativa calma, ya que los intentos fueron muy domés-
ticos. Y también cambió el carácter de los eventos porque comenzó a dejar notas donde detallaba lo que pla-
neaba hacer, pegada a la puerta de salida.
Eduardo y Alejandra me miraban con todo respeto; con un gesto señalé mi bolso y el gordo –simpático-
asintió. Busqué el sobre donde tenía todas esas glositas. Entonces me tomé uno minutos para ordenarlas por
fecha y estaba lista para seguir.
—Reconozco que el primer mensaje escrito me sorprendió; no lo esperaba. Avisé al Centro de Supervi-
vencia, pero no me creyeron... al menos yo no vi ninguna acción de su parte.
—¿Tiene constancia del llamado?
—Sí, claro, mmm... la operación IENE1005000XCX
—De acuerdo. —Miró a Alejandra—. Deberías ir a buscar uno de los grabadores antiguos. No podemos
seguir cambiando de asistente; se bloquean cada vez que termina uno de los informes. —y, dirigiéndose a mí,
completó—. Sepa disculpar, señora; enseguida continuaremos.
Uno minutos más tarde, un par de tazas de café y un grabador ¡de micrófono!, y ya estaba lista para
proseguir. Eduardo movió su cabeza para invitarme.
Reinicié la exposición, ayudada por las notas, con los intentos domésticos: bebió cinco litros de hipoclo-
rito de sodio; se encerró dentro de la cochera e hizo funcionar un generador muy antiguo a combustible fósil y
motor a explosión; introdujo su brazo, hasta la axila, en el desintegrador de desechos, y no llegó a meter el otro
y sus piernas –como explicaba en su minuta- porque se desvaneció; se introdujo en una bolsa de residuos, fue
recogido y compactado; fueron muy serias sus lesiones en esa ocasión y costó bastante trabajo localizarle.
Después de eso comenzaron los intentos interactivos, por decirlo de alguna manera. Contrataba diferen-
tes medios para que le exterminaran; se valió de varios trucos. Por ejemplo: envió un mensaje de IPE –N.T.:
Individuo Peligroso Evadido- con los datos de su propio localizador, a un par de buscadores de recompensas;
también puso un aviso en canal abierto sobre la fuga de una mortal alimaña de Vitrón, con ilustración animada,
-siempre fue tan hábil en eso...- y salió a la calle disfrazado; contrató un constructor, uno de esos completa-
mente automatizados; lo alimentó con el diseño de una especie de bloque enterrado, pero de material pétreo
artificial, y en mitad del proceso de llenado se lanzó dentro de la mezcla en estado de fluidez; una simple
zambullida.
Suspiré. Ese evento fue realmente duro de superar...
Eduardo, cambiando un poco de postura, preguntó: —¿Es eso todo? ¿Ya terminó?
—No señor; si las cuenta he llegado a la duodécima, pero las siguientes son diferentes: son exposiciones,
exhibiciones.
—¿Cómo es eso?
—Buscaba lugares abiertos y con presencia de público...
Eduardo se estremeció visiblemente. Me conmovió, de modo que giré hacia Alejandra y continué mi
informe sin mirarle.
—¿Recuerda la última encuesta de opinión? Cuando teníamos que optar entre clonación con esterilidad
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y la entrega de los recién nacidos a la Secretaría de Recursos Humanos... ¡Bien! Ese individuo que trepó al
estrado de los disertantes y degolló los dos primeros, para terminar acribillado por los disparos fáser de la
guardia especial, ése era mi esposo Antonio.
Respiré profundamente; por el rabillo del ojo entreví a Eduardo, completamente verde, ojos llorosos,
con la boca cubierta por un enorme trozo de tela. Pasé a la siguiente nota.
—Después eligió el Jardín Zoológico, durante la visita de la comitiva del Regente del planeta Induz, ¿lo
recuerda?
—¿Acaso ese personaje completamente desnudo que saltó dentro de la reserva de los glincon...
—... era mi dulce cónyuge Antonio. —Me estaba gustando esta chica; se le veía inteligente y des-
pierta—. Recuerda cómo quedó, ¿verdad?
—Claro que sí; en ese entonces estaba asignada a la división Escándalos de la Secretaría de Relaciones
Exteriores...
—Paso al siguiente. Seguramente usted lo recordará también... durante la Convención Intergaláctica de
Jefes de Estado...
—¡Oh! Sí, lo tengo presente. —Alejandra se acomodó en su sillón y juntó las puntas de sus dedos, en
una especie de cúpula; su rostro mostraba una expresión de arrobamiento, un tanto inadecuada—. Un indivi-
duo, vestido con ropas de soldado y completamente cubierto con cartuchos explosivos... ¿Sabe usted dónde
los obtuvo?
—¡Claro que no! Imagínese la situación: salgo de mi lugar de trabajo; aglomeración; corte de energía;
revisión en el transporte público, uno por uno. Ninguno de los que estábamos allí sabía de qué se trataba. Pero
llego a la residencia y cuando cierro la puerta ¡la nota! Mire Alejandra, he venido por eso. Porque una cosa
es hacerme cargo de lo reconstruyan, declaraciones, formularios y demás... pero otra cosa, muy diferente, son
esas notas. Inmediatamente miré el localizador, realicé la comunicación, ¿y qué me respondieron? «Tarde,
señora, lo que denuncia ya ocurrió» y quedé como una loca, una maniática. Por eso deseo, necesito, el acto
final. Este salto desde el Hotel Arts no ha sido el más cruento ni el más escandaloso, pero fue la gota que
rebasó el vaso.
Alejandra miró a Eduardo y levantó las cejas de un modo tal que también giré para mirarle. Estaba de
bruces sobre el escritorio, desvanecido.
Vino una unidad sanitaria y lo retiró. La mujer, con un dejo triunfal, comentó: —¡Estos hombres! —y
prosiguió—. Deje todo en mis manos, que me haré cargo. Y solicite una entrevista en la oficina Parejas de esta
Secretaría de Recursos así elige nuevo compañero, y, por favor... —dijo, mientras me acompañaba hacia la
salida—, esta vez pida ver el perfil del candidato y trate de evitar a los que tengan inclinaciones auto destruc-
tivas.
—Pero, Alejandra, querida, —respondí, asombrada—. Usted sabe muy bien que todos los aspirantes a
formar pareja tienen esa tendencia.
Nacida en el Sur, que también existe... Puesta a escribir, me produce mayor placer la fantasía que la
ciencia ficción dura. He pasado horas frente a un papel en blanco, observando cómo mi otro yo llenaba
líneas de letras, palabras, ideas... Y puesta a releer, me provoca alguna satisfacción encontrar, algunas
veces, imágenes fantásticas, historias sin final, y desafíos a la lógica.
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1.
La enorme megalópolis que dominaba hasta donde se perdía la vista, brillaba bajo aquel sol
de justicia, en pleno mes de agosto del 2015. Él permanecía colgado en el exterior del antiguo
rascacielos del hotel situado en la zona portuaria, sin saber muy bien cómo había llegado hasta allí. Ahora el
edificio no era de los más altos de la ciudad, pero sí lo suficiente como para provocar su muerte instantánea si
caía desde su precaria situación, colgado contra la parte exterior de la ventana del último piso, a más de ciento
cincuenta metros del suelo. Le daba lo mismo haber escogido ese edificio, en vez de la Torre Ágata, el más
alto de la ciudad. El resultado, si le fallase su soporte, sería el mismo... y él nunca había sido avaricioso con
respecto a ese punto: sobre cómo morir.
—¡Música, maestro! —grita, en un escape a la locura.
Soy un desgraciado, piensa, razonando que como buen desgraciado que era y cuán mal se sentía consigo
mismo, he allí la solución. Sólo un salto y los problemas habrán acabado.
Vale, está decidido, allá voy.
Un pie al aire, cierra los ojos y...
—¡Quieto parao, bacalao! —ordena una lúgubre voz a sus espaldas.
—¿Pero cómo...?
Se gira y ante él se aparece una figura fantasmal, manto negro y guadaña en mano; la Parca, a más
señas.
—¡Coño! —se asusta, ante la mala conjunción de vestimenta de ser tan notorio como la Muerte.
—Buenas —dice ésta, mirando en una lista de raído pergamino amarillo—... Usted como que debe ser
Antonio. Verá, como que ha habido una mala gestión al respecto de la situación como que actual.
—¿Cómo dice?
—Como que ha habido mala gestión —repite la Muerte—, resultando que resulta que el operativo de
recursos de sentimientos está escacharrao y como que no damos abasto en la administración de infortunios.
¿Sabe usted?
—Ah.
—Resulta que su ex-amante debería haberse presentao en este lugar en concreto hace unos como que
hace cinco minutos y como que resulta que la muerte de usted no toca hoy y que mis subordinados andan
ocupados pues resultando que resulta que he tenido que venir en persona misma a arreglar aqueste desatino,
¿ve usted?
—Veo, veo.
—Ansí pues, como que venga p’adentro, energúmeno.
—Pues voy.
Antonio entra de nuevo, trastabillando en el marco de la ventana y resbalando hacía afuera. Menos mal
Acto final
Por Javier Álvarez Mesa
Comentario del autor
Javier Álvarez Mesa acababa de leerse “La máquina del tiempo” de H.G. Wells y
una del Terry Pratchett ese justo antes de que Sebas le pidiera un “Acto Final”,
como veis todo ello se ha reflejado en el anterior relato, así como el que lo escri-
biera justo después de videarse “Más allá de los sueños”, sí, la del Robin Williams,
sí.
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que la Muerte está ahí para agarrarle por las muñecas y aplazar el expediente de defunción.
—Gracias.
—No hay de qué.
Se sientan los dos en la cama, sin saber qué decir.
—Pues eso —dice Antonio.
—Psss —dice la Muerte.
—¿No tiene que irse?, me está poniendo nervioso. No me malinterprete, le agradezco que haya venido
y todo eso, pero su presencia impone desasosiego —dice Antonio.
—Bien, bien: le entiendo. Pero antes me gustaría proponerle algo, ya que está sin trabajo; ¿Qué le pare-
cería trabajar como auxiliar administrativo en Defunciones S.L.? Sería un contrato temporal, en un principio,
pero hay posibilidades de que llegue a ser indefinido —propone la Muerte.
—Hmmm... ¿Cuánto pagan?
—En principio, poco. Como que unos cien millones de euros al mes.
—Ufff... Es demasiado poco. ¿Por qué no ciento veinte?
—Coño con el niño regates. Como que está bien, como que serán ciento quince y no se hable más. ¿De
acuerdo, pues?
—Como que de acuerdo.
La Muerte tiende una esquelética mano recubierta de carne pútrida que el ex-parado Antonio estrecha
con gusto.
—¡Música, maestro! —dice Antonio.
2.
El primer trabajito de Antonio consiste en ir a matar a un tal Manuel Leguileches, en Jauja, pueblecito
del sur de Córdoba.
—El tal Manuel —explica la Muerte— como que es un drogadicto de veintidós años, pasado de vueltas,
al que no quiere ver ni su puta(porque en verdad es puta reputa) madre.
La actual Parca (o Muerte) se llamó una vez Jacinto Benavente, que según dice empezó como angelote
de cuarta clase en el 1512. Al parecer era un pelota de Dios y por eso ascendió tan rápido.
—Vale, Muerte —aún sabiendo su nombre, a Antonio le habían dicho que se dirigiera al susodicho por
su cargo en la empresa.
—Como que esta es una misión importante, Antonio, y como que iría yo misma de buena gana, pero
resulta que en Alfa Centauri casi como que hay un problema de catástrofe de primer orden y ahora resulta que
tengo que ir con Dios a echarle un cable.
—¿Catástrofe de primer orden?
—Sí, como que es una manera coloquial de referirse al posible fin de este Universo.
—¿Hay más?
—Claro.
—Entonces la catástrofe de primer orden no sería el fin de todos los Universos.
—No, esa como que sería la de orden cero, y sería más que de todos los universos, como que el fin de la
Creación, Dios inclusive. Un caso casi como en verdad imposible, podría y debería mentarse.
—Ah, bien —entiende Antonio—. ¿Y qué pasa con el tal Manuel?
—Pues como que intenta construir una máquina del tiempo y como que en sus idas de pelota resulta que
sus caminos de razonamiento se expanden y casi está a punto de lograr el diseño teórico de la máquina.
—¡Coño con el drogata!
—Cuidao, que como que aunque sea drogata ha estudiao la carrera de Ciencias Físicas, especializándose
en Dinámica del quanto.
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—¡Coño con el puto drogata empollón!
—Menos coños y más al tajo. Como que andando pa Jauja pero que ya, Antonio.
—Vale, vale. Ya voy.
Antonio se monta en una moto interviajera de dimensiones transmortales y pone rumbo a Jauja.
3.
Manuel Leguineches escribe, enroscado en un viejo bolígrafo, desnudo a excepción de un sujetador
atado a la cabeza y sentado sobre sus propias heces. Escribe sobre que la vida es una mierda y enumeraba las
razones. Escribe hasta que es interrumpido.
—¡Manuel! —le habla el aparecido Antonio—. Es la hora de... Joder, qué asco de tío —se interrumpe
al contemplar la escena en toda su asquerosidad.
Manuel se levanta de su blandito y calentito asiento.
—¡La máquina...! —farfulla Manuel—. He acabado el diseño...
Antonio recoge el folio que Manuel agita ante su cara:
La vida es una mierda, sobre todo si te sientas en ella quelo sepais raaaaa raaa raaa. y como que mierda
que es digo yo que podian coger y levanta meno edificios y mas jardine, no? raaa raaa raaataratata ta ta ta
ra ta ta pos eso. en la tercera fase me fallaban los cilibustios por eso no arrancaba pero arreglo el problema
aumentando el flujo y acomplandolen una bateria que rinda los 4kw que hacen falta. una vez superada la
tercera fase los poblemas ya son de pogramacion.
—Como una chota —silba Antonio.
—Ve usted, ve usted. En arreglando la programación ya está la cosa hecha.
Antonio se acerca a Manuel, alargando el brazo para agarrarlo del hombro.
—Es la hora de abandonar este mundo, Manuel —dice con gravedad. Ni la propia Muerte lo hubiera
dicho más seria.
—Ya lo creo —gruñe Manuel y sale corriendo.
Antonio lo persigue por el pasillo hasta el cuarto de baño, el cual está encharcado y lleno de tubos, piezas
metálicas y estructuras impropias al aseo. Manuel se sienta en la taza y comienza a pulsar botones sobre lo
que parece un viejo mando a distancia de video.
—¿Pero qué haces? —le pregunta Antonio.
—Me voy de este mundo —proclama, y acto seguido desaparece.
—¿Pero qué...? —balbucea Antonio.
Tras unos segundos de embobamiento y quedarse varado mientras mira el mando a distancia babeando
decide llamar por el móvil a la Muerte y explicarle la situación.
—Como que bien —dice ésta tras escuchar la explicación—, pues entonces como que lo que tienes que
hacer es montarte en la máquina del tiempo y seguirlo a donde quiera que haya ido.
—¡Y una mierda! Para que la máquina no funcione bien y quede atrapado en un bucle espacio-temporal-
ucrónico de esos.
—Jo, menudo cagarín —arguye la Muerte—. ¿Para eso te pago los ciento quince millones de euros?
—Ni ciento quince ni trescientos, que yo no me monto en eso y no me monto —se encabezona Anto-
nio.
—Bueno, vaaaale —dice la Muerte—. Entonces como que lo que vamos a hacer es contactar con el
Departamento de Organización Espacio-Temporal del Cielo Eterno u DÓTESE y a ver si nos localizan al
Manuel Leguineches ese. Como dices que la máquina se ha quedado como que en el sitio, pues estará atrapado
donde quiera que haya ido.
PULSAR 4 | Pág. 26
—A no ser que construya otra máquina.
—No seas gafe, coño.
4.
El teléfono celestial, modelo Nokio 67-56, le despierta.
—Parece ser que el tal Manuel como que está en el año 1917, en la casa de un tal Humberto Wells o algo
así, como que anda y vete por él —dice la Muerte al otro lado.
—¿Cómo? —pregunta embotado Antonio.
—Que te vayas pal siglo XX pero que ya, capullo.
—Hmmm... ¡Si sólo he dormido tres horas! Párate un rato, coño. ¿Tanta prisa hay?
—Pues como que sí, venga y al tajo.
La Muerte cuelga. Antonio se viste con la ropa de trabajo, coge sus herramientas y sale para la parada del
cielo-bus: la crisis es la crisis y no todos los días se puede disponer de una moto interviajera de dimensiones
transmortales.
En Cielo Eterno los pocos vivos que habitan en él no están muy bien vistos. No es natural estar en el
cielo sin haber muerto, hay que tener un buen enchufe o mucha potra. Por eso la gente de la parada lo mira
como lo mira, y son hoscos con él.
—Papi, ¿por qué tiene tan buenos colores ese señor? —pregunta un niño muerto en accidente a su pro-
genitor.
—Hay gente con potra, hijo.
El viaje en el cielo-bus se le hace eterno, como casi todas las cosas en Cielo Eterno, y además le toca
sentarse junto a una gorda que no para de comer pipas. ¿Para qué?, si ya está muerta. Algunos espíritus se
resisten a la nueva existencia, intentando seguir con el antiguo estilo de vida.
—Menudo cacharro, cómo suena el motor —le dice Antonio a un pasajero medio calvo, con corbata
barata.
—Debe ser cosa de los pistones del cigüeñal de las juntas —responde el calvete.
—Debe, debe. O que tenga pasados los corchipondios.
—También, también.
El paisaje es espectacular, la variedad de Cielo Eterno es tal. Cada cuál puede decorarse su eterno-
vivienda como mejor le parezca, y en gustos, Ramón tiene uno y Juan el contrario; pero menos mal que hay
está Dios para que todo armonice.
—¡Siglo veinte! —vocea el ánima conductora.
Antonio se baja.
—¿La casa de Herberto Jorge Wells? —le pregunta al primero que se cruza por la calle.
—Eskius mi, ai don andesten yu —le responde el tipo.
—Puta madre —opina Antonio, y vuelve a llamar a la Muerte por el móvil mientras el primero que se
cruza por la calle musita algo y se marcha.
—¿Muerte? —dice tapándose la oreja opuesta al aparato con el meñique—. ¿Muerte, me oyes? Sí,
mira... Soy el Antonio, sí... No, todavía no, a eso iba. Resulta que no tengo ni puta idea de en que parte del
siglo XX he caído, ni el año ni el sitio ni ná... Sí, ya he preguntado, pero por aquí hablan muy raro... Sí... Sí...
¿Qué? Ah, pues vale.
Antonio espera, la Muerte le ha dicho que mandará a alguien con un plano espacio-temporal en una
moto interviajera de dimensiones transmortales para echarle una mano.
A los veinte minutos ese alguien aparece y se presenta como Marlok, demonio arrepentido de clase B.
Se estrechan las manos, hacen comentarios sobre la mala organización de la empresa y Antonio se monta
de paquete en la moto interviajera de dimensiones transmortales. Marlok ya conoce la localización espacio-
temporal exacta de Manuel Leguineches.
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Llegan a la puerta de la casa de Homero Wells o como se llame y Marlok le da un hacha de defunción
rápida a Antonio.
—Nada más tenerlo frente a ti, úsala con él sin pararte a explicaciones ni tonterías —le explica.
—Vale —dice Antonio, y llama a la puerta.
—Oh, jelou —dice tras abrir el que debe ser ese Herepondio Wells—. ¿Gua du yu guant? ¿Ju ar yu?
—Vengo a ver a Manuel.
—Ah, Manuel. Cam in, cam in, plis —El tipo parece estar invitándole a pasar.
Le guía hasta su objetivo.
—Manuel, dis men ascues for yu.
Entonces Antonio le corta la cabeza de un tajo a Manuel sin advertencia alguno y sanseacabó lo que se
daba para Manuel.
—¡Arrgh!, yu ar creisi —grita como un energúmeno Heleuterius Wells.
—¿Qué pasa? Sólo cumplo con mi trabajo —arguye Antonio—. No se ponga usted así, cojones.
Antonio se marcha de la casa mientras el gran H. G. Wells amenaza con que el mundo sabrá la verdad
de esta historia, vaya que sí, Manuel se lo contó todo y el lo dará a conocer al mundo.
H.G. Wells escucha las palabras que uno de los hombres demonio del futuro le dice al otro al montarse
en su especie de coche volante:
—Vámonos, Marlok.
Sobre Javier, hace tiempo dejó la fábrica y ahora es medio monitor de academia medio opositor, así
como que lo sepais que sigue adelante con LA PLAGA, el mejor fanzine en papel del fantástico y her-
mano del segundo mejor fanzine electrónico THE PLAGUE. También anda por la Casa de la Juventud
de Córdoba a ver si le dejan impartir un taller de narrativa a medias con su amigo Juan Román.
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1.
La enorme megalópolis que dominaba hasta donde se perdía la vista, brillaba bajo aquel sol
de justicia, en pleno mes de agosto del 2015. Él permanecía colgado en el exterior del antiguo
rascacielos del hotel situado en la zona portuaria, sin saber muy bien cómo había llegado hasta
allí. Ahora el edificio no era de los más altos de la ciudad, pero sí lo suficiente como para
provocar su muerte instantánea si caía desde su precaria situación, colgado contra la parte exterior de la
ventana del último piso, a más de ciento cincuenta metros del suelo. Le daba lo mismo haber escogido ese
edificio, en vez de la Torre Ágata, el más alto de la ciudad. El resultado, si le fallase su soporte, sería el
mismo... y él nunca había sido avaricioso con respecto a ese punto: sobre cómo morir.
Recordó, mientras activaba la pequeña grúa que le tenía tan precariamente sujeto a tanta altura,
que eso no había sido siempre así. Que una vez sí que había conseguido morir espectacularmente, casi
avariciosamente. Y recordó los motivos que le habían llevado a aquella extraña situación, y a la que estaba
viviendo en esos momentos: ser el mejor. Ser siempre el mejor en todo, desde que se propuso trabajar
para las fuerzas de seguridad del estado. Fue el número uno de su promoción en la academia de policía,
alcanzó las mas altas notas cuando le propusieron trabajar para el servicio de inteligencia del país, y hasta
su “muerte” fue la más espectacular de todas cuando pasó a trabajar para la Agencia Internacional de
Seguridad.
Porque un requisito indispensable para trabajar para la Agencia era la total disponibilidad de un agente,
y eso solo se conseguía mediante una muerte aparente. Una muerte que, en un alarde de puro sadismo, los
jefes de la agencia dejaban preparar a los propios agentes.
Y él seguía siendo el mejor. Por eso, todo el mundo le vió entrar en el autobús unos cuantos segundos
antes de que éste saltara por los aires en la peor explosión terrorista registrada en muchos años. Y, por eso,
y salvo sus jefes, que eran los únicos que conocían su nueva cara y su nueva identidad, todo el mundo le
daba por muerto desde hacía ya varios años.
Y, de paso, él había conseguido la excusa perfecta para la acusación de su primera detención para
la agencia, la de aquel terrorista que había escapado una y otra vez de las garras de ésta, valiéndose de
artimañas legales. Porque antes de escurrirse por el agujero en la parte trasera del autobús, aquella que
quedaba justo encima de la alcantarilla, había dejado dos o tres pruebas que sabía que aguantarían la
explosión mientras se movía por el pasillo, entre la macabra imagen de todos aquellos cadáveres que la
agencia le había facilitado, tomados “prestados” de la morgue de la ciudad, y justo antes de que el vehículo
comenzase a moverse mediante el control remoto que él tenía, cuando lo activó ya a salvo en el interior de la
cloaca, un segundo antes de pulsar el botón del detonador.
Por aquello, había sido aceptado en la Agencia sin preguntas, y aunque nadie se lo dijo, él estaba
seguro que como el “alumno” más brillante de la promoción. O, cuando menos, el que más espectáculo
había ofrecido.
Desde entonces, se había convertido en todo un mito entre los servicios de espionaje, y en la pesadilla
de los delincuentes internacionales. Y una cosa había llevado a la otra, y él estaba ahora colgado de aquel
hotel.
Acto final
Por Sebastian Font
Comentario del autor
No siempre una obra termina como debería terminar. Y lo mismo pasa con la vida.
Por eso, cuando vemos que nos va a llegar nuestro acto final, deberíamos luchar
por prorrogar todo lo posible ese momento... y hacer que la obra continue indefini-
damente, el mayor tiempo posible.
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La grúa se detuvo con un seco tirón. Ahora ya estaba a la altura adecuada, pero no en la posición
exacta. Activó de nuevo el mando y la grúa comenzó a moverle muy lentamente hacia la fachada del edificio,
acercándole a su objetivo.
No desfrunció el ceño en toda la operación. Cuando llegó hasta el cable, detuvo la grúa y la fijó en
posición. Luego tomó del cinturón de herramientas que llevaba el cortador, e hizo dos cuidadosas incisiones
a lo largo del perímetro del cable, y otra más que unía las primeras, horizontalmente. Luego introdujo los
dedos y sacó con mucho cuidado la funda de plástico protectora.
Un manojo de finísimos cablecitos luminosos quedó a la vista. Guardó el cortador y tomó un pequeño
trocito de cinta aislante que se colocó en la boca, y una pequeña caja con un indicador en la pantalla y una
pequeña sonda óptica al extremos de un largo cable flexible. A continuación fue aplicando la sonda a cada
uno de los cables, observando el resultado en pantalla.
Sabía que, a través de los cables de fibra óptica empleados en la telefonía, una señal fija era la que
indicaba a la central telefónica el número de teléfono asignado a cada cable, incluso si el teléfono estaba
colgado. Y eso era lo que leía aquel aparato: el rebote de la señal luminosa en las microscópicas paredes
del cable en forma de paquetes de información. Paquetes que luego eran interpretados, y que finalmente
aparecían como un número de teléfono en la pantalla del aparato, descartando el resto de la información
que circulaba por los cables.
Tuvo que probar con casi una docena de cables hasta que en la pequeña pantalla apareció el número
que él estaba buscando. Entonces, guardó la caja en su cinturón con una sola mano, sin soltar el cable,
y cuando lo hizo, tomó el trozo de cinta aislante de su boca y envolvió el cable de fibra óptica con él,
dejándolo así marcado.
Lo siguiente fue cuestión tan solo de un minuto: coger la caja del emisor y fijarla fuertemente a la
pared con la pasta adhesiva, bajo el alero. Insertar en la entrada inferior del nuevo aparato un trozo de cable
de fibra óptica. Cortar el cable de teléfono e insertar ambos lados en el separador óptico en forma de T. Y,
finalmente, insertar el hilo de fibra óptica que venía del emisor en la “pata” de la T.
Selló los contactos de los cables y clavijas con silicona de secado rápido y, con sumo cuidado,
envolvió todo el conjunto de cables, con la “T” y todo, entre varias vueltas de cinta aislante negra. Cuando
terminó, admiró su obra: la manguera de cables original tenía prácticamente el mismo aspecto que antes
de efectuar la operación, pero se podía ver que de ella surgía un finísimo hilo que entraba en una pequeña
caja que se sujetaba contra la pared, debajo de un alero que le protegía tanto de la lluvia como de miradas
indiscretas. Luego solo tuvo que colocar el interruptor de la caja en “ON” y asegurarse que la célula
fotovoltáica que alimentaba el emisor recibiese la mayor cantidad posible de luz solar, sin que emitiese
reflejos hacia la calle.
Sonrió finalmente. Y, mientras activaba de nuevo la grúa para volver a subir al tejado, y orgulloso de
lo que había hecho, se pudo imaginar a aquel directivo de la compañía telefónica que había afirmado que las
redes de fibra óptica eran inviolables, que no se podían “pinchar”.
Iluso...
2.
Más que dejarla, lanzó la maleta encima de la cama. Y observó a su alrededor: desde luego, sus jefes
sabían como hacerle sentir cómoda. Una suite del ático sólo para ella. Y no una suite cualquiera: la más
cara y lujosa de todo el hotel.
En toda ella se respiraba comodidad: el edredón de raso susurraba como un gatito con tan solo apoyar
la mano en él. La televisión tenía más de quinientos canales, y era tan grande y tan plana que, cuando no
efectuaba sus servicios como televisor o videoteléfono, mostraba, permanentemente y sin parpadeos, una
réplica exacta del cuadro “los girasoles” de Vincent Van Gogh. Incluso, y según le había dicho el botones,
no tenía que preocuparse de los interruptores: todos los servicios de la estancia responderían de inmediato
a una órden oral por parte de ella.
PULSAR 4 | Pág. 30
Simplemente, se encogió de hombros. No estaba allí por placer. Estaba para hacer su trabajo. Y eso
representaba que no iba a pasar demasiado tiempo, precisamente, encerrada en aquella estancia. Aunque una
parte de ella hubiese deseado que así fuese.
Pero no le quedaba más remedio que esperar, y, si todo iba bien, podría sacar algún provecho de
aquella lujosa estancia. ¡Que demonios! Que los jefes pagasen, que ella ya se encargaría de disfrutar por
aquello.
Así pues, se dio un largo y delicioso baño, relajándose hasta tal punto en el agua caliente y las sales
aromáticas que casi se quedó dormida... y por eso mismo tuvo que salir a la carrera para contestar la llamada
urgente de sus jefes.
-¿Te pillo en el baño, querida? –le dijo su jefe inmediato apenas la vió con el pelo húmedo y el
albornoz, desde la pantalla. Y añadió- Estás preciosa, cariño.
Ella no se lo pensó dos veces y dejó caer el albornoz, dejando toda su perfecta desnudez delante de la
pantalla. Y lo hizo porque sabía que su jefe se escandalizaría ante ello: los puritanos jefes del crimen, bah.
Capaces de eliminar sin pestañear a un centenar de personas, y que no soportaban la visión de un cuerpo
femenino sin ruborizarse. Menudos hipócritas.
Así, desnuda, se sentó en el mullido sofá que había delante de la pantalla y encendió un cigarrillo.
-¿Y bien? –contestó ella.
El jefe aparecía en pantalla completamente congestionado, rojo, y sin mirar a la cámara. A ella le
pareció divertido: si una persona de tan alto cargo quería piropear tan machístamente a sus subordinadas...
mejor que se atuviera a las consecuencias. Dejó que sus rodillas se abriesen un poco.
-Es... Bueno, ya tengo tu objetivo –su mirada parecía ir de un lado a otro de la pantalla-. Yo...
-¿Hay algo que le incomoda, jefe? –replicó ella con sorna.
-Yo... –contestó el hombre de la pantalla.
Ella suspiró y se agachó a recoger el albornoz. Se lo volvió a abrochar y volvió a sentarse. “Ya no
quedan hombres de verdad” pensó.
-Siga, jefe –dijo en voz alta, sin embargo.
Cuando el hombre se dio cuenta de que ella volvía a ocultar su desnudez previa, se aclaró la voz
y continuó:
-Seguro que has oído hablar de ese al que llaman “Pólux”. Hemos descubierto, por fin, la identidad
bajo la que se esconde en la ciudad en la que te encuentras. Tu misión será... limpiar el camino.
“Limpiar el camino”, pensó ella, y bufó. Un nuevo signo de hipocresía de todos ellos. Como si decir
“matarle” o “eliminarle” fuese algo tan difícil.
-Cuando me dijeron que debía venir a esta ciudad, ya me imaginaba que iba a ser ese el objetivo
–comentó ella-. Es normal, sabiendo que los mayores golpes a la organización han venido precisamente
de este sitio.
-Eres muy inteligente –afirmó el hombre-. Te envío a continuación todos los datos. Y, como siempre,
tus honorarios han sido ya ingresados en tu cuenta cifrada. Un beso, querida. Y ten cuidado. Pólux no es
un hombre corriente.
En cuanto el hombre desapareció de la pantalla, y los datos comenzaron a aparecer, ella se quitó de
nuevo el albornoz. Ahora si que necesitaba toda la comodidad posible, para aprenderse bien todo aquello
que su jefe le enviaba.
Sin saber que Polux estaba viendo precisamente lo mismo que ella, gracias a una pequeña cajita situada
bajo un alero en el exterior del edificio.
3.
Cuando les encontraron, al principio no hubo manera de identificarles. Habían muerto carbonizados,
cuando una bala de él había impactado en el depósito del lanzallamas portátil y de última generación que ella
PULSAR 4 | Pág. 31
llevaba, y éste había estallado, quemándolo todo en un radio de veinticinco metros.
Las posteriores pruebas, y sobre todo la de ADN, lo habían confirmado: ella era una bellísima asesina
a sueldo de los clanes de Centroamérica, y él un apuesto agente secreto de la Agencia Internacional de
Seguridad conocido como “Pólux”.
Se rumoreaba, tanto en Centroamérica como en Lisboa, la capital sede de la Agencia, que ambos
incluso habían tenido tiempo de hablar un rato antes de llegar a la confrontación final... y de que la fatídica
bala de Pólux acabase con las vidas de ambos de una manera tan desgraciada. Naturalmente, cada lado
lamentaba su propia baja, porque sabían que con esas muertes habían perdido el mejor peón de su equipo...
Pero eso eran, como suele decirse, gajes del oficio.
4.
Ella levantó la mano, saludándole. El, desde la barca en la que había pasado la mañana pescando,
le devolvió el saludo.
La quería. La había querido desde el principio, desde el primer momento en el que la había visto.
Y sabía que ella le quería a él.
Pero no había sido fácil... Ni barato. Afortunadamente, tanto ella como él disponían de grandes sumas
de dinero. De un dinero que no tenía que responder a ninguna pregunta.
Y sus movimientos también eran libres. Por eso, él había podido acercarse en alguna ocasión a la
clínica de Suiza donde habían hecho sus clones.
Sí, era ilegal. Pero, ¿qué mas daba? El dinero lo puede casi todo... Y, además, los clones eran creados
con un cerebro imperfecto, sin vida. Según el hospital, los clones eran tan solo un cultivo de órganos adultos,
una vía de tener el seguro más perfecto contra el fallo de un órgano vital... y, por eso mismo, todo era
terriblemente caro, solo a disposición de los mejores fortunas del planeta.
Pero lo dicho: el dinero lo puede casi todo. Y ese casi era, en este caso, el amor que se profesaban
el uno por el otro. Y por eso habían decidido hacerlo. Sí, rompía los esquemas legales de él... Pero, ¿y
que más daba?
Ella estaba con él, y eso era lo que contaba. Ahora sus clones no eran más que amasijos carbonizados,
enterrado el suyo con todos los honores en Lisboa, extraditado el de ella y enterrado en algún pequeño
cementerio anónimo de Centroamérica.
Pero ahora ellos eran libres. Habían roto las cadenas. No más asesinatos para ella. No más detenciones
injustas para él. No más soportar a jefes sin escrúpulos a los que solo les interesaba mantener, a toda costa,
sus intereses activos: de manera ilegal unos, con todos los permisos legales los otros.
El llegó con la barca hasta la orilla del lago, y ella casi se le abalanzó, aun desnuda y con los ojos
llenos de sueño, buscando sus labios: sí, merecía la pena.
Lo peor había sido la espera. La pausa eterna, hasta que los clones fuesen lo suficientemente maduros
para que, en una más de sus fingidas muertes, pudiesen pasar tanto por él como por ella ante un examen
médico... y de ADN. Los cuatro largos años desde que se vieran por vez primera, y se juraran amor eterno...
y pensaran en la manera de no estar atados a sus respectivos jefes y a sus caprichos, y a cada uno de los
actos que éstos les obligaban a representar.
El la tomó en brazos, sin dejar de besarla, y comenzó a subir las escaleras que le conducirían hasta
la cabaña.
No. Sus últimas muertes no habían sido el acto final de la comedia de sus vidas.
La auténtica obra acababa de comenzar ahora.
¿Y que os cuento yo que no sepais ya? Es cierto que
este relato fue escrito en una tarde, gracias a la ins-
piración... pero tener que escribir una minibiografía
cada vez, deja sin ideas al más pintado. ¿O no?
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El primer Péndulo: entre la ficción y la realidad.
El Péndulo, (que contaba con un subtítulo "entre la ficcion y la realidad"), comenzó a
mecerse en 1975, cuando Jaime Poniachick y Marcial Souto le propusieron a Andrés Cascioli la
creación de una revista de cf. El "rodrigazo" obligo a sepultar el proyecto para mas tarde... ese
mas tarde se prolongaría 4 años. Recién en 1979 Andrés Cascioli y Marcial Souto revivieron el
proyecto en un formato que combinaba ciencia ficción, fantasía y terror junto a críticas e historie-
tas: la primera época de El Péndulo estaba en marcha. Corría septiembre de 1979.
Esta primera época duro cuatro números que contaron con clásicos como: Theodore Sturgeon (Las
manos de Bianca), Damon Knigth (No acabara con un estallido), Robert Sheckley (Mundo Petrificado) o R.
A. Lafferty (Parten); con Breccia versionando a Lovecraft, Poe o los clásicos infantiles acompañado de Carlos
Trillo y con artículos de Elvio E. Gandolfo y Pablo Capanna.
Sin embargo, cierto desentendimiento en la fórmula de la revista, sumada a los costos que llevaba y
que no podían cargarse al precio de venta termino con el proyecto.
Segunda Epoca: las cosas mas claras.
Estamos tratando de hacer algo diferente de lo que hemos
visto hasta ahora en las demas revistas del género
Respuesta a una carta
El éxito de Hum(R) llevo a que el proyecto archivado de El Péndulo saliera a la luz de nuevo, esta vez
volcado totalmente a la fantasía y la ciencia ficción. Era mayo de 1981.
La segunda época presento una clara línea de acción: ofrecer un producto literario que pudiera mos-
trarse con orgullo en cualquier librería, utilizando para ello dibujantes y plásticos de nivel. El formato era
libro-revista y tanto la tapa como el papel era de calidad.
El Péndulo buscaba diferenciarse de las antiguas fórmulas y para eso marcaba un nuevo camino entre la
literatura a secas y la cf. mas experimental de los 60 y 70, sin olvidar los clásicos del cincuenta y del cuarenta,
principalmente la obra cuentística de Alfred Bester y, en menor medida, autores como Jack Vance o Theodore
Sturgeon. Todo eso acompañado de excelentes traducciones, hechas generalmente por Carlos Gardini.
Sin embargo, y a pesar de su obvio deseo de diferenciación, El Péndulo incluiría la clásica sección
de información, en este caso llamada Crónicas Terrestres, con subsecciones a cargo de Elvio E. Gandolfo
(Polvo de estrellas y Libros enterrados), Vinelli (Cine) y, en ocasiones, Gardini y Capanna (Critica de libros
o comentarios). Lo mas interesante seguramente, era Libros enterrados, donde se llamaba la atención sobre
libros mal distribuidos o desconocidos para el público habitual de cf. Entre ellos se anotaron en su momento
Un Péndulo
... entre el amor y el odio
Por Iván de la Torre
Comentario del autor
Comenzando los ochenta, la cf. argentina contaría con un nuevo bastión, tan
combatido como defendido, que no arriaría su estandarte hasta muchos años
después. Esta es una manera de recordarlo a poco mas de 20 años de su primera
salida.
A
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I
C
U
L
O
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obras de Fritz Leiber (Las canciones secretas), Richard McKenna (Los agonistas de Casey) o Charles G.
Finney (El circo del doctor Lao). Seguramente no fueron pocos los que descubrieron nuevos clásicos gracias
a estos comentarios.
Comentarios aparte, por cierto, merecen las mininotas que escribió Sergio Gaut vel Hartman para esa
sección. Entre ellas merecen destacarse La CF Soviética: El fenómeno Strugatski (El Péndulo 5) y Una Nueva
Dimensión, un homenaje a la revista decana de la cf. española (El Péndulo 8), donde esbozó un deseo que no
se cumplió: ¿quien escribiría una nota cuando El Péndulo cumpliera 14 años o 140 números?
Este Número era otra sección fija, donde se hacia un repaso de los cuentos del número, junto con una
breve biografía de los autores y fotos de los mismos. Detalle muy agradecido debido a la escasa difusión de
la cara de los escritores de cf. en ese momento. Un lector lo dijo claramente: " a uno le gusta conocer la cara
de sus autores" (El Péndulo 7).
Los artículos, principalmente a cargo de Pablo Capanna, contaban con buen nivel de redacción e
investigación; Capanna que se habia iniciado con un libro llamado El sentido de la ciencia ficcion (1966),
escribió notas sobre J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis e Isaac Asimov; pero seguramente su mejor desempeño se
vería en las que dedico a Cordwainer Smith, autor sobre el que luego publicaría su libro: El Señor de la Tarde:
Conjeturas en torno de Cordwainer Smith (1984), un estudio de la personalidad y las claves mas recordables
que recorrian su obra.
El correo fue, como siempre, el termometro donde podía verse los gustos de los lectores; desde el
principio se noto la separación del "fandom" en dos partes: una quería rescatar a los viejos clásicos y pedía a
Asimov, Clarke o Bradbury, y la otra, estaba del lado de la revista, y apoyaba la inclusión de escritores de la
llamada "nueva ola" de los 60: Aldiss, Silverberg, Moorcock y Ballard; sin embargo, paulatinamente se noto
un descontento hacia la selección por ambos bandos. Los autores mas representativos empezaron a repetirse
demasiado y se levantaron críticas contra la excesiva inclusión de gente como Cordwainer Smith (uno de los
favoritos de Souto) o Bunch, y la poca inclusión de otros autores que venían afianzándose; gente como John
Varley, George R. R. Martin, Angela Carter, Orson Scott Card o Lisa Tuttle.
Este hecho fue uno de los principales puntos de quiebre en torno a la revista: El Péndulo habia esbo-
zado una propuesta de cf. como literaria seria, con una diagramación y traducción cuidadosa, ilustrada por
artistas gráficos reconocidos y que proponía un distanciamiento con respecto a otras revistas como Nueva
Dimensión.
Su selección de material, incluía un amplio panorama que no se centraba exclusivamente en Estados
Unidos y que permitio descubrir autores "exóticos" como el brasileño Andre Carneiro, el noruego Jon Bing,
el sueco Sam Lundwall y los italianos Inisero Cremaschi y Claudio Ferrari; y en el ámbito latinoamericano
a Elvio E. Gandolfo, Carlos Gardini y Sergio Gaut vel Hartman;Angélica Gorodischer, que había publicado
un cuento en el segundo numero de Nueva Dimension (El ayer de las ratas), también hallo su lugar allí, junto
con el uruguayo Mario Levrero, a quien se le publico su novela El Lugar, en el unico número especial que se
llego a publicar (El Péndulo 6)
A pesar de estos buenos propósitos, como deciamos, la critica general se acrecentó basada en cierto
antagonismo hacia el sentimiento de producto elitista, que excluía el formato normal de las revistas de ciencia
ficción y se volcaba a un experimentalismo algo difuso, que, supuestamente, alejaba compradores: la revista
no contaba con demasiado apoyo del fandom a juzgar por las cartas de los lectores que sentían que sus deseos
no eran escuchados, ya que se continuaba con dibujos que no permitian a un lector primerizo adivinar de
que trataba la revista, o cuentos que se volcaban a problematicas o estilos alejados de la cf mas tradicional,
volcandose hacia los escritores "mas dificiles" de la nueva ola.
Este cierto distanciamiento con los lectores, sin embargo, no impediría que una propuesta de Sergio
Gaut vel Hartman en el número 6 fuera el estímulo necesario para la creación de El Círculo Argentino de
Ciencia Ficcion y Fantasía el 27 de febrero de 1982, institución que desempeñaría una importante tarea las dos
décadas siguientes, y que contaría con su propia revista poco tiempo después: Sinergia, dirigida por el mismo
Hartman.
Lamentablemente después de este auspicioso hecho, la segunda época de El Péndulo llegaba a su fin,
debido a la escasa venta del mismo comparada con otros títulos de la editorial. Sin embargo, su cuidadosa
PULSAR 4 | Pág. 34
tarea de difusión de autores nacionales y extranjeros asi como la calidad de su traducción y presentación seria
imposible de negar. El Péndulo habia conseguido ser un hito a pesar de las críticas adversas.
Muchos fanzines salieron después de su cierre a batallar; entre ellos Cuasar de Luis Pestarini y Monica
Nicastro, Nuevomundo de Daniel Croci y El Unicornio Azul de Claudio Noguerol. Marcial Souto volvería al
ruedo con la segunda época de Minotauro, que produciría once números, siguiendo la línea de El Péndulo y
el mismo staff, aunque en una versión mas modesta. El último número del mismo estaba dedicado exclusiva-
mente a la cf. argentina y mostraba el crecimento en calidad y número de autores y de lectores que se había
alcanzado. Esto se reflejaria en la tercera época de El Péndulo, que ya se estaba acercando.
El Péndulo: tercera época.
El Péndulo es, sin duda, la mejor revista de cf. en contenido, presen-
tacion y diseño que se haya publicado jamas en cualquier sitio.
Sam J. Lundwall (1985)

Casi cuatro años mas tarde, en septiembre de 1986, comenzó la tercera época de El Péndulo, conti-
nuando la línea de la segunda época, tanto en estilo como en diagramación, selección y numeración; la única
diferencia notable era la casi inexistencia de correo (aparecería en el número 14 únicamente), y la separación
de la Crónicas terrestres en dos partes, una al principio y la otra al final de la revista.
Los autores principales seguían siendo de los 60 y 70: Brian Aldiss, Robert Silverberg, Cordwainer
Smith, James Tiptree Jr., Michael Moorcock, Harlan Ellison y Barrington Bayley; pero habia también una
apertura hacia los nuevos valores como Gardner Dozois (que se haría famoso dirigiendo el Isaac Asimov
Magazine), Kim Stanley Robinson y Michael Bishop; permitiéndose la inclusión de autores de la vieja guar-
dia como H. L. Gold (mítico editor de Galaxy) Theodore Sturgeon y Jack Vance.
Un rasgo notable era la mayor inclusión de material nacional, tanto de consagrados como de autores
casi desconocidos; los consagrados incluían a Carlos Gardini, Mario Levrero, Eduardo Abel Gimenez y
Romelio Ramos Signes, la mayoría de los cuales habia colaborado ya en la anterior El Péndulo o en la segunda
época de Minotauro, razón por la cual aun hoy la revista recibe acusaciones de "amiguismo"; sin embargo
también incluía autores como Luisa Axpe, Cristina Siscar, Leonardo Moledo o Eduardo Stilman, que eran casi
desconocidos para el lector común de cf.
Pablo Capanna seguiría colaborando con lucidos artículos, uno de los cuales recibiría un premio de
El círculo argentino de ciencia ficcion y fantasía por mejor ensayo; era La nariz de Cleopatra y el teniente
Bonaparte, y trataba sobre ucronias, eucronias e historias paralelas según los libros de diferentes autores de
cf. El único punto en contra del artículo era que el libro mas nuevo del que hablaba era de mediados de los 70,
algo atrasado para 1986.
Dos artículos resaltantes serian los de Sam Lundwall y Stanislaw Lem: el del primero estudiaba la
etapa pulp de la cf. con lucidez y valentía remarcando el nuevo camino que debía seguirse para desprenderse
de los estigmas que aun perseguían al género; el del segundo, analizaba la obra de Philip K. Dick, marcando la
diferencia entre el trabajo de este y el de sus colegas. Tan feroz fue el enfoque de Lem que le causo el repudio
de la SFWA (Asociación de los Escritores de Cf. de América).
La tercera etapa terminaría abruptamente en el número 15, en Mayo de 1987; razones de costos y
escasa difusión fueron la razón esgrimida y basto para que El Péndulo durmiera su anteúltimo sueño. En esta
tercera etapa la mayor acusación esgrimida, (aparte de la repetición de muchas de las anteriores), era la escasa
difusión del ascendente movimiento ciberpunk, atemperadas ya las acusaciones de elitismo en las tapas gra-
cias a un ascendente Chichoni (que habia comenzado ilustrando las tapas de Fierro) y reconocidos artesanos
como Fortín, que habían adecuado sus dibujos a la temática de la revista.
PULSAR 4 | Pág. 35
Cuarta etapa: ¿es hora de partir?
En su ultima etapa, a comienzo de los 90, El Péndulo volvería mas como antología que como revista,
incluyendo buen material nacional e internacional, y luciendo en su primera tapa el arte inconfundible de
Chichoni, que habia, para ese entonces, ilustrado varias libros de la coleccion Minotauro; sin embargo, a pesar
de la buena acogida y venta, el proyecto no pudo seguir y solo llego al segundo número. Estos dos números
incluían un extenso análisis de Capanna sobre la obra de J. G. Ballard, y obras de este, así como de Ana Maria
Shua, Mario Levrero y Vlady Kociancich, entre otros.
Definir lo que significo El Péndulo en la cf. argentina, tanto en difusión de autores como en dinamismo,
calidad y ejemplo a seguir seria difícil, pues marco desde las ganas una nueva forma de publicar cf. en el
país, alejando de sus tapas a las naves espaciales y dando mas espacio a la plástica y la engañosa lógica de
los sueños. Basta asegurar que permitió a toda una nueva generación de escritores de esos tempranos ochenta
mostrar su trabajo, amen de descubrir obras olvidadas, analizar a los mejores exponentes del género de las
décadas anteriores y actualizar la visión de narrativas como la brasileña o la italiana, siendo también un estí-
mulo para ellas, como se señalo en una carta que firmaban los autores italianos publicados en El Péndulo, a
partir del resurgimiento de Futuro, la mítica revista italiana.
Tal vez el punto mas controvertido sea la repeticion de autores emblemáticos de Souto (Ballard, Dick,
Smith, Silverberg) y que aparecieron invariablemente en casi todas las publicaciones que dirigio, tanto revistas
como libros; lo cual no quita meritos a la proporción de nuevos autores que trajo al campo y el redescubri-
miento que hizo de otros olvidados.
Finalmente, no es inutil recordar que varios de los autores que surgieron en los ochenta siguen hoy
publicando: El libro de la Tierra Negra de Carlos Gardini, Idios Kosmos: Claves para Philip K. Dick de Pablo
Capanna o el número especial de Axxon dedicado a Sergio Gaut vel Hartman.. Incluso Marcial Souto a vuelto,
en este caso con una colección de cf. de bolsillo para Plaza y Janes, que a un precio popular y con una edición
cuidada a atraido la atencion de los aficionados; la colección, por el momento, incluye a Samuel Delany,
Robert Sheckley, Brian Aldiss, Theodore Sturgeon y Mario Levrero.
Ya en el 2001, esperamos que la vieja revista que todos supimos querer, vuelva, porque ¿quien dijo que
la cuarta es la vencida? Nosotros esperamos la quinta, cuando El Péndulo vuelva a mecerse...







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Convocado el Premio Espiral de Ciencia Ficción 2001
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género de la ciencia ficción y que en esta edición especulen en su argumento sobre los efectos en nuestras vidas,
a corto y medio plazo, de la Estación Espacial Internacional (ISS) en cualquiera de sus diferentes variantes: tecnoló-
gica, política, cultural, etc. Desde los posibles avances médicos o experimentos en el espacio, hasta las maquinarias
diseñadas para su uso en esas extremas condiciones. Se admitirá sólo un relato por autor.
2. La obra presentada debe ser enviada en un sobre por duplicado, impresa o mecanografiada por una sola cara
entamaño A4, y tendrá una extensión máxima de 8 hojas. Tipos de letra de 10 a 12 puntos si se utiliza procesador
detextos. A ser posible se adjuntará un disquete con el relato en formato Word para PC. No se devolverán losoriginales
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correo electrónico de contacto. En la parte exterior de este sobre se hará constar el título de la narración
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6064, 48012 BILBAO, España.
5. El plazo de presentación de los originales acaba el 31 de mayo de 2002. La decisión del jurado, que será
inapelable, se hará pública durante el mes de octubre.
6. De acuerdo con la opinión del jurado, de entre todos los relatos recibidos serán escogidos 3 finalistas, de los
que saldrá el relato ganador que recibirá un premio de 25.000 pesetas y una placa acreditativa.
7. El premio, que se concederá anualmente, podrá ser declarado desierto.
8. Las narraciones recibidas no premiadas deberán esperar un plazo de dos meses, a partir de la fecha del
Fallo del Jurado, por si Espiral - Ciencia Ficción quisiera poder publicarlas. Si no han recibido ninguna comunicación
nuestra, a partir de ese momento los escritores quedan libres de realizar con ellas lo que consideren oportuno. En
cualquier caso, los derechos siempre permanecen en poder de los autores que solamente nos autorizan a una primera
y única edición de sus textos previa consulta.
9. Si la calidad y cantidad de los textos recibidos es óptima, se editará una antología, como número especial en
la colección, con los finalistas, posibles mencionados y relatos destacados. Si no es así, los tres relatos finalistas serán
publicados en la colección como suplemento gratuito para los suscriptores junto al número de octubre.
10. El jurado de la edición de 2002 está formado por los miembros de la Tertulia Fantástica de Bilbao: Juan José
Aroz, Ricardo Manzanero, Luis Ruiz y Juanjo Sánchez Arreseigor.
Para cualquier aclaración, escribir a aroz@izar.net.
27 de octubre de 2001 (13:02:52)
Se abre el plazo de recepción de originales para la antología Visiones 2002, que edita la AEFCF.
En la pasada asamblea de la AEFCF que tuvo lugar en Zaragoza se decidió nombrar a Juan Manuel Santiago
encargado de la confección de la antología Visiones 2002.
Los relatos a considerar pueden serle enviados a su dirección de correo electrónico, juanmasantiago@wanadoo.es,
obien en diskette y en formato word a la siguiente dirección postal: Juan Manuel Santiago, C/ Alcántara, nº33, 1ºG,
28006 Madrid España.
La temática de los relatos deberá encuadrarse dentro de los géneros fantásticos: ciencia ficción, terror y fantasía,
y el antologista ha declarado que primará la calidad de los relatos por encima de su extensión, aunque ruega que no
se excedan las 10.000 palabras.
El plazo de recepción de relatos concluirá el 1º de abril de 2002.
26 de octubre de 2001 (17:13:37)
Fallado el Premio internacional de cuento fantástico “Terra Ignota” 2001.
El Gran Premio correspondió al escritor costarricense Mauricio Ventanas, por su cuento “Náufragos”, quien con
una excelente historia de fantasía se hizo acreedor a la máxima distinción del certamen.
En la categoría de Ciencia Ficción el cuento ganador fue “El Correo González”, del escritor cubano Vladimir
Hernández Pacin, quien ya ganara recientemente el Premio UPC.
En la categoría de Fantasía mereció el primer lugar el cuento “Muñeca de patas largas”, del escritor argentino
Marcelo Fagiano y en la categoría Horror ganó el cuento “Niebla”, del escritor español Alvaro García Camacho.
El Premio internacional de cuento fantástico “Terra Ignota 2002” pueden consultarse en Terra Ignota y puede
solicitarse mayor información escribiendo a terraignota@globalpc.net. El plazo de recepción de textos para la
edición 2002 finaliza el próximo el 31 de diciembre de 2001 y solo se aceptarán envíos, por correo electrónico, de
cuentos inéditos de ciencia ficción, fantasía u horror, con extensión de 10 a 20 páginas tamaño carta.
26 de octubre de 2001 (16:59:42)
Declarado desierto el I Concurso de cómics “Maelström”
ACTA DEL RESULTADO DEL I CONCURSO DE CÓMICS ?MAELSTRÖM?
En Granada, a 19 de octubre de 2001, el Jurado, compuesto por: Diana Catalán, Juan Antonio Gonzálvez del
Águila, Raúl David Gonzálvez del Águila y Antonio Manuel Rubio, acuerdan:
1º. Declarar el Primer Premio del Concurso: Desierto, por acuerdo del Jurado.
2º. Otorgar las siguientes Menciones Especiales, dotadas con 15.000 pesetas (90 euros) a las obras:
“El Anticuario”, de José Miguel Martín Martín (Madrid, España) y “Involución”, de Marco Antonio Santacruz
Gómez(Pasto, Colombia)
3º. Las dos Menciones Especiales, así como otros cómics que el jurado considere de calidad contrastada
serán publicados en el número 1 de la Revista Maelström, que aparecerá a principios de Noviembre de 2001.
En esta primera edición del Concurso se recibieron un total de 18 cómics, procedentes de España (16) y Colombia
(2).
Granada, 19 de Octubre de 2001.
23 de octubre de 2001 (18:54:44)
Se convoca el Primer Concurso de Críticas Pasadizo.com
Estas son las bases para poder participar en este nuevo certámen:
-Los concursantes escribirán 1 sola crítica/análisis de alguna película que aún se mantenga en cartelera, es
decir, un estreno o reciente estreno de cualquier género.
-Se deberá seguir el esquema propio de Pasadizo en la elaboración de las mismas: Título español (Título origi-
nal), breve sinopsis, ficha técnica (lo más completa posible), comentario/análisis, anécdotas* y fotos* [* Estas partes no
son indispensables (no así el resto), pero serán valoradas a la hora de emitir veredicto].
-El material se mandará en formato .doc (documento de Microsoft Word) a la siguiente dirección de e-mail:
correo@pasadizo.com especificando en el asunto del mensaje: concurso de críticas.
-La fecha tope para la recepción de críticas es el día 5/11/2001.
-El autor cede el texto en exclusiva a pasadizo para su publicación si se considera oportuno. Todos los textos
sufrirán una corrección de estilo y gramatical, si así fuere oportuno.
-Habrá 5 únicos ganadores pudiendo quedar el concurso desierto. Los premios para los ganadores se detallan
a continuación.
-El jurado del concurso se compondrá de algunos miembros del equipo de Pasadizo.com y dos editores de Nuer
Ediciones, S.A. especialistas en libros de cine.
Premios:
-Las 5 mejores críticas serán publicadas en Pasadizo. Además recibirán como premio:
1º Puesto: 1 ejemplar de cada uno de los siguientes libros: David Cronenberg. La estética de la carne valorado
en 2.350 Ptas. John Carpenter. No estamos solos valorado en 1.450 Ptas.
2º Puesto: 1 ejemplar del libro Alejandro Amenábar. Cine en las venas valorado en 1.450 Ptas.
3º, 4º y 5º puesto: 1 ejemplar del libro El Planeta de los Simios ¿realidad o ficción? valorado en 995 Ptas.
Para cualquier duda o consulta escribir a: correo@pasadizo.com, o bien en la página web Pasadizo.com
23 de octubre de 2001 (18:40:55)
Premio Espiral 2001
A continuación reproducimos la nota de prensa que nos ha remitido Juan José Aroz, editor de la colección Espiral
y promotor de premio:
Os comunicamos a todos los interesados que el fallo del Jurado se hecho público este sábado día 20 del mes de
octubre. Ha sido en el transcurso de una comida que se ha celebrado en el restaurante Jauregia sito en el emblemático
Palacio de Congresos “Euskalduna” de Bilbao.
Para la lectura del mismo, este año hemos contado con la presencia de Pedro A. García Bilbao, editor de
SILENTE y escritor con una trayectoria en nuestro género literario conocida por todos. Le acompañábamos aficionados
de la Tertulia de Bilbao (BiSol) y el amigo vallisoletano José Luis González (BEM) que quiso repetir participación.
ACTA DEL RESULTADO Premio ESPIRAL Ciencia Ficción 2001 “Globalización”
El jurado formado por Juan José Aroz, Ricardo Manzanero, Luis Ruiz y Juanjo Sánchez Arreseigor, con relación
a los 80 relatos concurrentes a esta segunda edición, acuerdan:
1º.- Declarar como relato finalista en tercer lugar a: “E-volución”, de Daniel Pablo López Rodríguez (Madrid)
2º.- Declarar como relato finalista en segundo lugar a: “No es nada personal”, de Ignacio Sanz Vallas (Madrid)
3º.- Otorgar el premio de 25.000 ptas y placa acreditativa al relato finalista en primer lugar:”Cuando las puertas
deHermes queden abiertas”, de Juan Antonio Fdez. Madrigal (Málaga)
4º.- Hacer mención de los siguientes relatos: “Lágrimas de piedra”, de Manuel Díez Román (Barcelona), “El
modeloTreblinka”, de Amalur de-Orube Alvarez (Bilbao), “Sueños eléctricos”, de Fco. Javier Maldonado Franco (Lega-
nés, Madrid) y “La Lucha”, de Gaizka Fernández Soldevilla (Bilbao).
Y desean expresar su agradecimiento por el apoyo manifestado al recibir también narraciones de 35 autores
procedentes de otros países: Argentina (18), México (3), Perú (2), Chile (2), Panamá, Guatemala, Colombia, USA (2),
Canadá, Israel (2), Alemania y Finlandia.
21 de octubre de 2001 (10:36:46)
Juan Miguel Aguilera en el UPC
Fuentes próximas a la organización del Premio nos han informado que la conferenciante invitada de este año, la
escritora norteamericana Lois McMaster Bujold, no podrá desplazarse hasta Barcelona para la ceremonia de entrega
de dicho premio debido a los sucesos ocurridos recientemente en su país y que son suficientemente conocidos por
todos.
Juan Miguel Aguilera, escritor valenciano de ciencia ficción y actual presidente de la Asociación Española de
Fantasía y Ciencia Ficción, será quien la sustituya.
La ceremonia de entrega del Premio UPC tendrá lugar el próximo dia 28 de noviembre en el Aula Master del
Campus Norte de la UPC en Barcelona.
20 de octubre de 2001 (18:48:49)
Premios Pasadizo.com
El sitio Pasadizo.com ha anunciado los resultados de su I Edición. Los ganadores son los siguientes:
Pasadizo de Oro: El archivo de Nessus
Pasadizo de Plata: CineFantástico
Pasadizo de Bronce: Hiperespacio Revista Estelar
Anuncian ya la convocatoria de los premios Pasadizo.com del año 2001. Más información, aquí.
18 de octubre de 2001 (11:38:59)
Se presentó dentro del marco del Festival de Cine Fantástico de Sitges una nueva colección de Ciencia
Ficción.
Según sus editores, “METALUNA es una nueva colección dedicada a la literatura de ciencia-ficción. Títulos inédi-
tos de los mejores autores del género literario del siglo XXI que se inicia con los dos primeros volúmenes dedicados
maestros como son Rod Serling y Brian W. Aldiss.”
Estos son los datos de ambos libros:
THE TWILIGHT ZONE. Los mejores relatos. Vol. I, Rod Serling 15 x 22 cm, 312 págs. ISBN: 84-8211-329-1
El 5 de octubre de 1959 la cadena estadounidense CBS emitía el primer episodio de The Twilight Zone,
una serie que cambiaría la historia de la televisión americana. Permaneció en antena durante cinco años y quedó
grabada a fuego en la memoria de espectadores de todo el mundo. Este volumen recoge algunas de las inolvidables
historias de la serie, escritas por su artífice y presentador, Rod Serling. Diez relatos donde se dan cita el terror, el sus-
pense, la sorpresa, el humor, el desasosiego e incluso el amor. Pero siempre con un denominador común: la fantasía.
ROD SERLING nació en Syracuse (Nueva York) en 1924. Fue boxeador y paracaidista antes de comenzar a
escribir programas dramáticos para televisión. Está considerado uno de los artífices de la llamada “edad de oro” de la
televisión americana. Sus guiones para telefilmes como Patterns o Réquiem por un peso pesado son hoy auténticos
clásicos. Creó y presentó las míticas series televisivas “The Twilight Zone” y “Night Gallery”. Es autor de los guiones de
Siete días de mayo y El planeta de los simios, uno de los títulos clave de la historia de la ciencia-ficción. Falleció en
1975.
DRÁCULA DESENCADENADO, Brian W. Aldiss 15 x 22 cm, 272 págs. ISBN: 84-8211-330-5
Son los dueños del espacio y del tiempo. Los Voladores recorren la Tierra y su historia llevados por un único
objetivo: saciar su sed de sangre. El científico Joe Bodenland es el único que puede detenerlos. Sin embargo, precisa
la ayuda de un aliado que está siglos atrás, en la Inglaterra victoriana. Un escritor irlandés atormentado por el sexo y la
muerte y que aún no ha escrito la novela que lo hará famoso, Drácula. En esta secuela Frankenstein desencadenado
Brian Aldiss combina la ciencia ficción más delirante con la fantasía gótica.
BRIAN W. ALDISS nació en Norfolk (Inglaterra) en 1925. Fue librero y director editorial antes de comenzar
su carrera como escritor. En 1957 publicó su primer libro de relatos y al año siguiente su primera novela, La nave
estelar. Hoy día una de las plumas más prestigiosas de la literatura de ciencia-ficción, es autor de clásicos como
Heliconia, La otra isla del doctor Moreau, Criptozoico, El tapiz de Malacia o Frankenstein desencadenado. También ha
realizado una importante labor como ensayista e historiador de la ciencia-ficción. Ha sido galardonado con los premios
Nebula, Hugo y John W. Campbell Memorial Award.
Celeste Ediciones tienenla siguiente dirección: Celeste Ediciones, S. A. C/ Fernando VI, 8 - 1º 28004-Madrid, y
esta página web Celeste Ediciones
12 de octubre de 2001 (10:22:20)
Premios británicos de Fantasía
Premio August Derleth a la mejor novela: Perdido Street Station, de China Miéville (de próxima aparición en
nuestro país de la mano de La Factoría de Ideas)
Mejor antología: Hideous Progeny, de Brian Willis.
Mejor serie: “Where the Bodies Are Buried”, de Kim Newman.
Mejor relato: “Naming of Parts”, de Tim Lebbon.
Mejor ilustrador: Jim Burns
8 de octubre de 2001 (19:10:15)
PREMIO LITERARIO INTERNACIONAL ST. PAUL’S
1.El Premio Literario Internacional St. Paul’s se concederá en dos categorías, para cada una de las lenguas.
1ª Categoría: Nacidos entre el 01/01/87 y el 31/12/89
2ª Categoría: Nacidos entre el 01/01/84 y el 31/12/86
Género literario para todas las categorías: cuento.
Tema libre.
2.La extensión máxima de los trabajos será de 4 folios DIN A-4, mecanografiados a una cara.
3.Los trabajos ? originales, inéditos e individuales ? se presentarán por quintuplicado, haciendo constar en
una hoja aparte: nombre, apellidos, fecha de nacimiento, categoría en la que se participa, dirección postal, dirección
electrónica y teléfono del autor, así como los datos del centro en el que realiza sus estudios. Se agradecerá que
se adjunte un disquete informático de PC, debidamente identificado, con el trabajo. La dirección de recepción es:
St. Paul’s School, Avda. Pearson, 39-45, 08034 - Barcelona. Es preciso hacer constar en el sobre “Premio Literario
Internacional St. Paul’s”.
4.También se podrá participar a través del correo electrónico. En este caso, se aceptarán los trabajos en los
formatos más habituales: Microsoft Word, Wordpro, Word Perfect y el editor de Windows. Los ficheros enviados deberán
contener el trabajo y la información personal solicitada en el punto anterior. Nuestra dirección de correo electrónico
es: stpaul@stpauls.es.
5.La fecha límite para la recepción de los trabajos es el 18 de enero de 2002.
6.El jurado estará formado por cinco miembros, todos ellos destacadas personalidades en el campo de las letras,
el periodismo y la docencia.
7.El veredicto del jurado será inapelable y se hará público en un acto celebrado en las dependencias de St.
Paul’s School, el día 25 de Abril de 2002. En todo caso, St. Paul’s School se reserva el derecho de modificar esta fecha
según su conveniencia.
8.Se otorgarán 6 premios de 300 Euros cada uno para cada una de las lenguas y categorías respectivamente.
9.Asimismo se otorgará un único premio extraordinario (también de 300 Euros) al mejor cuento con temática
científica. Deberá especificarse claramente en el sobre la participación en dicha temática.
10.Los trabajos no premiados serán destruidos y no se mantendrá correspondencia con los remitentes
11.La organización se reserva el derecho de publicar una selección de los mejores trabajos.
12.Cualquier contingencia no prevista en estas bases será resuelta por el Comité Organizador.
13.La presentación de las obras y la participación en esta convocatoria presuponen la aceptación íntegra de
estas bases.
8 de octubre de 2001 (12:23:34)
Premios de la 3ª Aznarcon.
Premio BUNDO de BARTPUR:... FRANCISCO LOPEZ (SOS Aldeas Infantiles). Son los premios naranja del
Escuadrón Delta. Se otorgan a la amistad y simpatía por la saga. Es para los buenos reclutas del escuadrón; los
colegas que deseríamos tener destinados en nuestro disco volante particular.
Premio SADRITA de Titanio:... GORINKAI. Los premios Limón del Escuadrón (vox populi, vox lei). Solo se puede
nominar a personas, revistas o instituciones con sentido del humor.
Premio George H. White de literartura fantástica: ... ANGEL TORRES QUESADA. Se vota por la contribución de
un autor a la Ciencia Ficción española. Sólo para autores con sentido de la maravilla.
Premio Alejandro Valera: ... EDUARDO GALLEGO. Otorgado por la Academia de Ciencias de Valera a la
contribución en el campo de la Física, Astronomía o en el de la ingeniería y diseño naval.
Premio DEDONA: ... FRANCISCO J. SÚÑER. A la contribución de más peso. O a la página web más contun-
dente. O al offtopictoquero más recalcitrante... A juicio del votante.
Premio ABOMINABLE BESTIA GRIS: ... ALFONSO SEIJAS (ZIPI) A la contribución, actuación o persona más
imprescindible.
Orden del Capitán Fidel:... MARIBEL GARCIA Y FERNANDO MONTERO La tienen los que han prestados servi-
cios distinguidos a la Armada Sideral.
Premio Atolón de Novela: ... AMANECER de Alfonso Seijas (ZIPI) Dedicado a la novela basada en la saga de
los Aznar.
Premio LUZ SÓLIDA: ... CARLOS ALBERTO GOMEZ. Para quienes colaboren con el Escuadrón Delta con críti-
cas de libros, contribuciones escritas, artículos, mensajes a la lista, especialmente luminosos y certeros.
5 de octubre de 2001 (18:51:16)
Premio Domingo Santos 2001
José Antonio del Valle con su relato “Un asunto de mierda” fue el vencedor del certámen. José Antonio es
actualmente codirector de la revista no comercial La Plaga.
1 de octubre de 2001 (18:33:31)
Próximas HispaCones
En la pasada asamblea de la AEFCF celebrada en el transcurso de la HispaCon de Zaragoza, se presentaron
las nuevas sedes para las próximas HispaCones que se celebrarán en nuestro país.
Barcelona organizará la HispaCon número XX el 2002, previsiblemente en el mes de noviembre, aunque las
fechas están todavía sin determinar.
Se presentó y aprobó también en asamblea la candidatura de Madrid para el 2003 y se presentaron dos
precandidaturas para albergar la HispaCon del 2004 por parte de la ciudad de Vigo y la de Valencia. Por lo que
parece, por el momento no hay peligro de quedarnos sin HispaCones...
30 de septiembre de 2001 (18:24:42)
Cambios en Gigamesh
La entrega de los premios Ignotus el pasado 29 de septiembre fue el momento elegido por Julián Díez para
anunciar públicamente que dejaba la dirección de la revista Gigamesh, editada por Alejo Cuervo, propietario de la
librería del mismo nombre.
Julián Díez, que llevaba varios años al frente de la revista, ha sido sustituido en el cargo por Juan Manuel San-
tiago, habitual colaborador en dicha publicación, el cual también se ha puesto recientemente al frente de Stalker, del
mismo grupo y especializada en cine fantástico, sustituyendo al anterior director, Alejandro Salamanca.
Se da la circunstancia que Gigamesh y Stalker llevan sin salir desde el pasado mes de márzo, aunque su nuevo
director afirma que intentarán recuperar la periodicidad perdida en los próximós meses.
30 de septiembre de 2001 (10:28:50)
PULSAR 4 | Pág. 36
Silbando
Por Jack McDevitt
Reproducido con permiso del autor
Publicado originalmente en Full Spectrum II, Bantam Double Day, copyright ©2001, Cryptic Inc.r
Traducción de Garciela Inés Lorenzo y Sebastián Font
R
E
L
A
T
O
H
ace veinte años, Al Redwood se fue. Abandonó el viejo proyecto de la sonda intergaláctica
de Ed Gelman, dejó su trabajo y salió de la ciudad. Yo sabía porqué. Todos lo sabíamos.
Al creyó que tenía un mensaje de M-82.
Gelman se burló de él. Y creo que el resto de nosotros también lo hizo.
No había forma de probar nada. Todo lo que pudo hacer fue señalar una estrecha banda de
transmisión en el rango óptico, con peculiares simetrías, repetición de impulsos, y patrones en su longitud de
onda y en su intensidad. Un láser, sospechó Al.
Recuerdo la confrontación final con Gelman, el día en que Al se fue, la última vez que le vimos. Se
encontraban en la escalinata de la fachada del centro de datos, por Dios santo, chillándose uno al otro. Gelman
no quería ningún hombrecito verde relacionado con su proyecto. De modo que Al renunció, y ni siquiera tuve
la oportunidad de despedirme de él.
Se mantuvo fuera de nuestro alcance durante un par de años. Ninguno de nosotros escuchó nada. Su
familia tenía dinero, de modo que él no tenía que trabajar... Y entonces me llegó una tarjeta navideña desde
Texas: “Nick”, decía en su letra clara, “eso eran grupos de pulsaciones. ¿Cómo pudimos descartarlos?”
No había dirección de remite. Pero supe que, por allí fuera, en algún lugar, Al estaba persiguiendo
su fugaz visión. Tras unos cuantos años, hubo más: en una carta a D.C. Marriott: “todavía creo que las
correspondencias entre frecuencias son críticas. Una alcanza un pico, la otra se intensifica. ¿Hay un
contrapunto de algún tipo? Por cierto, lo estoy pasando bien. Mis mejores deseos para Ginny y los chicos.” Y
apresuradamente garabateado sobre una postal con la figura de Atenea: “Terminando. Están allí fuera, Nick.
¡Realmente están ahí fuera!”
Al se parecía mucho a M-82. Era explosivo. Remoto. Iluminado por fuego interno. Y, finalmente,
autodestructivo. Era un hombre cuyas estrellas personales, periódicamente, se convertían en novas. Era
irónico que cualquiera pudiese imaginarle recibiendo una transmisión desde un lugar caótico, que había
explotado hacía nueve o diez millones de años, y que probablemente aún burbujeaba.
A menudo comentó que estaría por la zona, y que nos encontraríamos de vez en cuando. En las primeras
ocasiones en que le encontré, me presenté con un par de botellas de ron de Jamaica. Era genial con el ron.
Luego ya no me molesté.

Siguió así durante dos décadas. Sus cartas eran esporádicas, y procedían desde extraños lugares del país,
de Canadá, de Europa, de Australia, y, una vez, desde Tokio. En todas ellas, prometiendo progresos. Algunas
veces llegaban una detrás de otra, y en otras ocasiones pasaban años entre ellas. Parecía como si estuviese
persiguiendo a aquellos malditos gremlins alrededor del mundo. Nunca me habló de nada más, excepto para
preguntar por mi familia o mi salud. Y por lo que sé, ningún otro tuvo nunca noticias suyas.
Entonces, una noche, alrededor de las tres de la madrugada, apareció en medio de una típica tormenta de
lluvia de enero, y nunca podré olvidar su aspecto viejo y exhausto, calvo y con el rostro arrugado. Su abrigo
estaba abierto, y el cardigan empapado. El agua le caía de las orejas y la nariz. Se detuvo en medio de la
tormenta, los ojos vacíos, sin intentar entrar.
PULSAR 4 | Pág. 37
—Nick —susurró—, ya sé lo qué es.
Como si hubiésemos estado hablando el día anterior. O como si alguien hubiese muerto. Lo empujé
hacia el interior.
—Hola, Al.
El sacudía su cabeza, con la mirada fija en la luz que iluminaba la escalera por la que yo acababa de
bajar. Moví el interruptor de la pared, se encendió una lámpara sobre una mesa, y él pareció despertar de
pronto.
—Ya sé que es tarde —dijo—. Lo siento. Espero no molestar a nadie.
Hacía mucho que Ginny y los chicos se habían marchado.
—No —dije.
—Bien —Incluso después de no verle en veinte años, parecía que había perdido demasiada juventud.
Yo sabía que, a mi vez, había encanecido; que había entrado de lleno mi edad madura. Pero Al parecía listo
para el gran salto al otro lado—. ¿Sabes lo que esos hijos de puta han hecho?
—No —¿Qué hijos de puta?
Se quitó el abrigo y antes de que pudiese cogérselo, lo lanzó hacia un sillón.
—Estábamos en la pista equivocada desde el principio, Nick. A nadie se le ocurrió buscar más que datos
digitales.
Dios, ahí estaba disparando otra vez.
—Al —le dije—, ¿qué quieres beber?
Ignoró la pregunta.
—Quiero decir que nuestra hipótesis de trabajo fue siempre que una transmisión artificial debería ser
traducida de un modo matemático. Y eso que provenía de siete millones de años luz de distancia parecía ser
una señal directa. Un intento deliberado de comunicarse. ¿Correcto?
Asentí.
—¿Qué tal un brandy? —No tenía ron en casa.
—De acuerdo. Pero un esfuerzo para comunicarse tiene que contener instrucciones. Que se comprendan
fácilmente. Tiene que ser así. ¡Y ése es el maldito punto!
Se mordió los labios y pensé que se estaba tragando las lágrimas y permaneció inmóvil por unos
minutos.
— Pero eso no fue incluido ahí. Intenté todas las aproximaciones que pude imaginar. La NSA incluso
intentó “reventar” el código. ¿Lo sabías? Pero no consiguieron ningún resultado positivo —Sus ojos brillaron
de satisfacción—. Absolutamente nada. ¿Sabes qué pensó Gelman?
Ignoró su brandy hasta que se lo señalé.
—Deberías quitarte los zapatos —le dije.
—Gelman pensó que se trataba de un reflejo. No le pudo dar otra explicación, de modo que pensó que
era una maldita reflexión. Nick, ¿porque siempre tratamos de explicarlo todo?
—No lo sé.
Le dio unos sorbos a su trago.
—¿Sabías que murió?
—¿Gelman? Sí, lo sabía. Hace ya algunos años.
—¿Sabes lo que yo quería, Nick? Quería enseñárselo. Hijo de puta, quería poder entrar y mostrarle la
evidencia —Sus hombros se encorvaron—. Tan sólo eso.
Sacudió la cabeza y rió. Era un sonido curioso: entre divertido, estoico y amargo
—No importa. No me hubiese creído, de cualquier manera.
Había pasado mucho tiempo desde que yo creyese que Al Redwood tenía una brillante carrera por
delante. Sin embargo, ya entonces era, socialmente hablando, un agujero negro. Un hombre sin existencia más
allá del observatorio. No tenía familia, no tenía amigos. Sólo colegas, y su trabajo. Pero era doloroso verle
ahora, observando las marcas de sus dedos en el vidrio del vaso.
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Nunca supe con seguridad porqué parecía sentirse atraído por mí. Posiblemente, por mi familia: a mis
hijos mayores les encantaba escucharle. Y Ginny y yo solíamos sentarnos hasta tarde con él algunas noches.
Mi propia carrera había llegado a un nivel apenas proporcional a mis habilidades, lo que significaba un status
no demasiado alto. De manera temprana, acepté el hecho de que no caminaría nunca junto a los gigantes. Yo
era un simple creador de catálogos, un analista, un hombre con ojo para los detalles. Un simple registrador, el
observador de la grandeza de otra gente.
Se quitó los zapatos.
—¿Qué dice la señal?
Sus ojos permanecían fríos y preocupados, detrás de sus gruesas gafas. Pude verle repitiendo la pregunta
de nuevo, con los labios tensos.
—¿No estabas escuchando, Nick? ¡No dice nada! Ni una maldita cosa.
La tormenta sacudió la casa.
Se levantó, cogió su abrigo, rebuscó en los bolsillos y sacó un CD.
—Aquí —Me lo acercó.
Parecía un CD completamente normal. Lo cogí, lo miré, y le miré a él. Estaba llenando de nuevo su
vaso, de espaldas a mí. Suspiré y coloqué el disco en el reproductor.
Al cruzó la habitación y miró a través de las persianas de la ventana.
Presioné el botón de arranque.
—El vecindario no ha cambiado mucho, Nick. —Un susurro electrónico cruzó la habitación— Asumí
que los patrones de duración, de intensidad, de color y todo el resto deberían ser convertidos en símbolos. Así
quizás obtuviese algún significado.
El susurro se intensificó. Gorjeos y rumores aparecieron, conectándose, fluyendo a través del seco y
calmo aire. Se volvió, levantó la cabeza y suspiró.
—Eso es lo que obtienes si modulas la frecuencia con una señal de audio.
—Hay una cadencia —dije, respirando trabajosamente.
Se rió.
—Sí. Tras un viaje de siete millones de años luz, hemos conseguido un rompecabezas chino. —Me
miró, furioso—. Maldito sea su camuflaje, Nick. ¿Cómo pudieron hacer algo tan horrible?
Sus ojos estaban mojados. Se detuvo tras una silla tapizada, sujetándola, tratando de introducir sus
dedos entre la trama. El disco seguía sonando: un río electrónico sin sentido.
—No hay mucho más en él —admití—. Tiende a ser repetitivo.
—Es como un chiste. —El comedor estaba a oscuras. Entró en él. Creí que esperaba que le dijese algo.
—Todavía puedes publicarlo —dije—. Si puedes documentarlo...
—Demonios, no. Ya he tenido suficiente. Publicalo tú, si quieres —Se estaba colocando el abrigo.
Aquellos sonidos parecían tener alguna cualidad...
—No puedes salir con esta tormenta, Al. Quédate esta noche.
—Tranquilo. Estoy en el Holiday Inn. Gracias de todos modos —Me empujó para llegar a la entrada.
—No olvides...
—Quédatelo. Como recuerdo.
—Al...
—Quería que lo supieras, Nick. Quería que alguien lo supiera.
Asentí.
—¿Qué harás?
—Estaré bien. —Se encogió de hombros—. Probablemente, regresaré a Nuevo México. Estuve
enseñando allí durante un par de semestres. —Enderezó los hombros y sonrió. Por un momento, el viejo Al
Redwood estaba de regreso—. Un buen clima. Y escucha: no te preocupes. Tengo un montón de cosas de las
que ocuparme.
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Aquello me sonó como si silbara al borde de su tumba.
Me dio la mano, y rápidamente bajó los escalones del pórtico. Un coche alquilado estaba estacionado
junto a la acera. Saludó con la mano y se alejó.
Me pregunté si le vería nuevamente.
Ellos habían necesitado un trillón de vatios para lanzar esa señal hasta alcanzar Redwood, a través de
siete millones de años luz. ¿Quién habría sido capaz de construir tal emisor para enviar tan solo una agradable
melodía codificada? Cuando amaneció, aún estaba escuchando esa maldita cosa.

Me tomé el día siguiente libre y fui a ver a Jean Flickinger, que trabaja en un estudio de grabación en
Middletown. Ella es una mujer apasionada, bajita y pelirroja, y con una sonrisa diabólica. La había conocido
unos años antes en una cena de la facultad de Wesleyan, mientras ella recibía halagos por su contribución
al edificio de música de la Universidad. Se lo conté todo sobre Al, sobre M-82 y sobre la transmisión. Le
explique como intentó interpretar la señal, y sobre su aparente falta de desilusión.
—Me gustaría saber si podemos sacar algo en claro.
—Es una rara historia. —Miró el disco sin mayor interés—. ¿Qué quieres que haga con esto?
Yo no estaba seguro.
—Escúchalo. Asume que él estaba en lo cierto y que se trata de una señal de contacto de buena voluntad.
¿Qué crees que podría significar?
—Estás bromeando.
—Inténtalo.
Cerró sus ojos.
—Llámame en un par de días.

—Lo tengo en un chip. —Me condujo hacia una cabina situada en la parte posterior de su estudio y
encendió un sintetizador—. Lo pasé por un Synclavier III, mejorado con Lyricon, y por otros programas de
mi propio diseño. —Se detuvo y pareció desconcertada—. ¿Me estás escuchando?
—No te entiendo cuando hablas de algo más actual que las viejas guitarras eléctricas.
—Vale. Déjame empezar diciéndote que, haciendo uso de una definición más que razonable, tu
grabación es una legítima composición musical. Tiene una estructura consistente, contraste tonal, simetría
y contrapunto, e incluso una intensificación de las variaciones hacia el final. No veo cómo podría ser un
producto de la naturaleza. O sea, que si tu amigo fue honesto contigo, y si la fuente de esta cosa es la que
dices, él está en lo correcto. Es música marciana —Ella estaba radiante— Si quieres convencer al público, eso
debería ayudarte.
Era un concepto divertido.
—Me pregunto si podría tener posibilidades comerciales.
—Busca a un relaciones públicas y dile a tu amigo que lo intente. Nick —Me ofreció una taza de café—,
esto no suena muy bien porque solamente tienes la melodía básica. Lo que yo hice fue crear una orquesta
virtual, cargar el ordenador con esa melodía y pasarla a través de un sintetizador. El sistema le agrega los
armónicos y ritmos apropiados, asigna diferentes componentes de orquesta, y realiza algunos arreglos básicos.
¿Quieres escuchar el resultado?
—Adelante —No estoy seguro de lo que esperaba escuchar. Aun pensaba en las condiciones de M-82:
una galaxia entera atrapada en una catástrofe de eones de duración. Como la banda del Titanic. “Me siento
cerca de ti, mi Dios”
—Cuéntame algo sobre el lugar donde viven —Tocó un botón—. ¿Qué es lo que sabes?
—Creo que es fácil decir que, estén donde estén allá en M-82, los cielos están ardiendo.
—De acuerdo —dijo—. Puede que eso sirva.
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Las luces bajaron. Y escuché nuevamente la música de Redwood. Ahora era más fluida, distante, y
estaba interpretada por cuerdas, y no mediante ruidos electrónicos. Había un sentimiento de inquietud en las
cadencias. O, posiblemente, en el interior de mi propia mente: pensé en Al, escapando durante años con su
carga. Debería haber habido momentos en los que dudase de sí mismo, sospechando que Gelman estaba en lo
correcto. Y, de repente, la aparición del rompecabezas chino...
Mis pensamientos me llevaron a Dakota del Norte por la noche. Yo tenía seis años, y estaba bajo una
cúpula preñada de estrellas en el exterior, detrás del granero, mientras La Tierra giraba bajo mis pies. Era
aquella la época en que el mundo estaba lleno de maravillas.
Y la música se llenó de una sensación de pérdida.
Sin aviso previo, rugió. El relámpago la cruzó, y las estrellas tronaron en sus órbitas. Una luz blanca
penetró en fortalezas de acero. Los océanos se convirtieron en vapor, los mundos sucumbieron a la oscuridad,
los soles se disolvieron.
La música se llenó de furia. La muerte cruzó los cielos, conduciendo a las estrellas hasta la explosión
final en un torrente de poder irresistible.
El tempo cambió, y yo recordé cómo se ve Honolulu desde el aire durante la noche. Y rememoré la
Estación de Gasolina y el restaurante abierto las veinticuatro horas de Gus Evans, en su cálido círculo de luz a
mitad de camino de una pendiente cuesta arriba, en una montaña de Colorado. Un coyote aullaba en el exterior
del Observatorio McDonald, en Fort Davis. Ginny volvía a vivir.
Y recordé a Tom Hicks. Allá en Wesleyan, cuando ganó su Nobel, y lo celebramos levantando las copas
y riéndonos hasta el amanecer.

—Eso lo has creado tu —dije más tarde—. Eso no es lo que estaba en el CD.
Ella sacudió su cabeza.
—Puede ser que mi imaginación también haya tenido algo que ver, Nick. Esto no es una ciencia exacta.
Pero creo que el resultado es algo muy parecido a lo que ellos trataban de enviar.
—Entonces, ¿porqué no lo enviaron?
—Yo no sé gran cosa sobre física. Pero quizás que no fuese posible emitir más que la melodía básica.
Y nos dejaron el resto a nosotros. Escucha: puedo hacerlo sonar de nuevo, cambiando algunos parámetros,
y seguro que las cosas serán diferentes. Pero no las esenciales. Ellos nos han proporcionado la arquitectura
básica. Todo lo que nosotros podemos añadir son texturas y brillos.
La miré fijamente, tratando de comprender.
—Han permitido que colaboremos con ellos —dijo. No sonreía. No ahora.
—Debo encontrar a Al. Demonios, esto es exactamente lo que estaba buscando.
—Probablemente.
—Y hay algo más: esa gente está ganando, Jean. Sea lo que sea que estén intentando allí fuera, están
ganando.
—Puede ser —Extrajo el disco, me lo dió, se lo pensó, recuperó de nuevo el original y me hizo una
segunda copia—. Para Redwood, cuando le encuentres.
—¿Qué crees que puede ser?
Estaba apagando su equipo.
—¿No has capturado el sentimiento de desilusión? Fluye a través de todo, incluso en las partes más
turbulentas. Creo que ellos son como tu amigo.
—¿Qué quieres decir?
—Que están silbando al borde de su tumba.
PULSAR 4 | Pág. 41
H
acer una revista de aficionados es un tarea
complicada. Eso, a muchos de vosotros que a
buen seguro os habéis liado la manta al hombro
alguna vez, no os sonará a nuevo. Por eso
esta página va dedicada a aquellos que nunca se han
involucrado en la realización de un Fanzine.
Para que estas páginas puedan llegar a vuestras
manos el proceso se inicia con la selección de los textos
que vosotros nos remitáis. Después, una vez sugeridas las
correcciones, remitidas a vosotros, recibidas las contesta-
ciones, sugeridas de nuevo ( aaggg... ) y vueltas a reci-
bir.... pues un servidor se sienta delante del ordenador y
comienza la tarea de unir todos vuestros relatos, todas
vuestras ideas y sugerencias en un... como os diría... en
un “algo” que intenta ser homogéneo y dar una buena
imagen.
El trabajo, gustosamente, lo asumimos.
Maquetar la presentación, corregir los textos de los
que a buen seguro se escapará algún gazapo, tirar una y mil
hojas de prueba hasta poder por fin decir, orgullosos: ya
está lista.
Convertirla a un formato electrónico, colgarla de
Internet y ponerla a vuestra disposición SIN QUE SE
TENGA QUE PAGAR NI UNA PESETA POR ELLO.
Y no es que seamos ángeles benefactores. Pero
creemos que es una idea maja que puede prosperar, y para
ello os escribo este artículo, para deciros en qué podéis
ayudarnos. Y es muy sencillo:
NECESITAMOS DE VUESTROS TRABAJOS
Vuestro relatos, vuestros comentarios, las críticas
de aquellos libros o películas de Ciencia Ficción o Fanta-
sía que hayáis visto / leído. Todo ello tiene un valor incal-
culable para nosotros ya que es de ese material del que
nos alimentamos. Si vosotros, que nos leéis ahora, nos pro-
porcionáis el material necesario, nosotros asumiremos con
gusto la tarea de convertir todo vuestro trabajo en un fan-
zine del que podamos sentirnos orgullosos.
¿ Nos ayudareis ?
Juan Carlos Valero y Sebastián Font
PULSAR
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PULSAR 4 | Pág. 42
N
o es que no me guste la gente, decía Ron Clamp, pero mucha junta llega a ser un incordio.
Cada individuo es único, y puede actuar (si puede, lo hará) de forma que resulte molesta
para otras personas. Su mujer solía decir que él era un terco antisocial con serios proble-
mas para la convivencia, solo porque no podía soportar la suma de actuaciones molestas que se
daban en una gran ciudad. Tras 25 años de feliz matrimonio en una ciudad no precisamente pequeña en el
cinturón de asteroides, parecía que tenía ganada la discusión con tantos años de pericia en el trato humano.
Hasta que el cáncer le apartó de su amada Mary. Ahora se sentía viejo y cansado para pelear solo, por lo
que cedió y se conformó con que la partida quedara en tablas cuando adquirió una casita en un pueblo de
apenas 4000 habitantes situado en el hemisferio norte de Marte. Había reducido en mas de 1000 veces el
número de vecinos, a cambio de las quejas de los chicos cada nochebuena, por tener que pasar unos días de
más en el transbordador para visitar a su anciano padre. Aunque también se quejaban en la otra casa, por el
aparcamiento; o como meter el triple de vehículos en un sector en el que habitualmente ya sobraban casi la
mitad.
Así que cuando aquel hombre apareció en el camino de casa al super, un individuo no llega a ser gente,
no encontró motivos para no mostrarse amigable. No se había dado cuenta como el cambio de gran-ciudad a
pueblo-fantasma había trastocado su olfato para juzgar a la gente. Los árboles no dejan ver el bosque, pero
¿el desierto deja ver cada grano de arena? Él era Ron Clamp, y de un todo anónimo, la masa de gente que
mueve a la ciudad, pasó a Howie, el chico de supermercado, Simmons, el cartero, Thomas Weedy, el del
quiosco de prensa, Angela Philips, la vecina octogenaria que intentaba enrolarlo en las sesiones de bingo
de la iglesia cada domingo; y ahora también aquel desconocido, que pasó a formar parte de la familia de
la forma más sencilla.
- Me llamo John, John Smith.
- Ronald Clamp, pero si me llama señor Clamp puedo matarle. Llámeme Ron.- Contestó estrechando
su mano.
Cuando vivía en la gran ciudad, madre de psicópatas que hacían bailar los índices de audiencia de
la holovisión, dar aquel trato a un desconocido hubiera resultado una locura para Clamp. El pobre hombre
tiene prisa, se dijo, y ¿qué demonios sabe de prisas este pueblo de marcianos? Nadie como él podría ver
la urgencia en aquellos profundos ojos azules, al menos nadie que viviera por allí. Así que le dijo a Mario
Turtinno, el mecánico italiano del pueblo, que remolcara el coche de Smith hasta su casa.
- Un mecánico chapuzas jubilado es infinitamente mejor que un lento mecánico italiano. Tengo
herramientas en casa.- le dijo.
- ¿Podrá arreglarlo antes del amanecer?- estaba preocupado, quizás dudando de las habilidades del
viejo.
- No lo sé, hijo. Tengo que echarle un vistazo.
Aún tuvieron que esperar unos minutos en el porche de casa, después de ir paseando al ritmo de un
viejo desde el super, hasta que "el lento" Turtinno llegó con su grúa y el coche de Smith. Ron se alegró casi
tanto como su invitado cuando la grúa apareció calle abajo, tales eran los nervios de Smith, que parecía iba
Fugitivo
Por John Siwen
Comentario del autor
Todos tenemos una parte de nosotros mismos que en el fondo compartimos con
cirenaicos y epicúreos: intentamos en lo posible suprimir el dolor. Aunque, como
muestra esta historia, no quiere decir que consigamos placer a cambio.
R
E
L
A
T
O
PULSAR 4 | Pág. 43
a sufrir un infarto de un momento a otro.
Tras unos 20 minutos encontró el problema. Aquel aerodeslizador era muy viejo, tanto como para que
él hubiera practicado con uno igual en el taller de su cuñado antes de ser oficialmente mecánico, allá en la
madre Tierra. Pero no llamó enseguida a Mario para que le enviara la pieza. Siguió ojeando el coche y a su
propietario. Aquel no dejaba de echar miradas a su reloj de pulsera y a ambos extremos de la calle, como si la
grúa aun no hubiera llegado. Antes de la reparación, algo de su instinto de habitante de megaciudad despertó
lo suficiente como para hacer una pequeña comprobación.
- Smith, ¿espera a alguien?- preguntó Ron, sin dejar de trabajar un pistón que estaba algo más sucio
de la cuenta.
- ¿Eh? No... no. Es solo que no puedo quedarme mucho tiempo.
- Mire hijo, lo que haya hecho no es asunto mío, pero si es la policía quien le persigue no podré
ayudarle con la avería. Aún así me cae simpático y le daré ventaja antes de hacer la llamada.
- No, claro que no. Puede estar tranquilo, estoy en paz con la ley. Además nadie me persigue en
realidad.
Aquél tipo decía la verdad, o al menos a Ron lo convenció. Le parecía inofensivo, no muy alto y más
bien demasiado delgado, y decidió que no había razón para no dejar que se fuera lo antes posible. Con lo que
entraron en la casa y le pidió por teléfono la pieza a Turtinno.
- Tardará un rato, ¿le apetece una copa?
- No, gracias.- se había acomodado en una silla junto a la ventana- Tiene que disfrutar de puestas
de sol muy bellas desde aquí.
- Sí. A mi mujer le hubiera gustado mucho este lugar, ella era de la Tierra.- señaló a una foto antigua de
una mujer que había en una repisa, tan antigua que no era digital.
Se sirvió dos dedos de coñac y continuó.
- ¿Por qué no se queda a cenar? Así podrá verlo usted mismo.
- Se lo agradezco, pero como ya sabe tengo mucha prisa.
- No se preocupe.- lo interrumpió.- Estoy acostumbrado a cenar solo.
Ambos miraron por la ventana. El pequeño de Mario, Gino, llegaba por la calle con su bicicleta y
la pieza en el canasto.
- A Mary le gusta mucho la casa.- dijo Smith de repente.
- ¿Cómo dice?
- ¿Qué le parece si miramos esa pieza?- Salió al porche antes de que Ron pudiera entender lo que le
había dicho. Apuró el coñac que le quedaba en el vaso y le siguió al encuentro del pequeño Turtinno, que
había dejado la bicicleta sobre los rosales del jardín.
Después de que Gino se escabullera, sin que le apretara un rato el pescuezo por su desprecio para con
las rosas, tardó una hora en cambiar la pieza, estrujándose los sesos hasta que le dolió la cabeza. No lograba
recordar a ningún Smith que conociera en la ciudad. Al parecer no estaba al corriente del fallecimiento de
Mary, hacía 3 años, aunque tampoco era algo tan extraño ya que la enfermedad duró apenas un mes, y antes
de que acabara el año ya había dejado la ciudad.
- Ya está.- dijo al rato.
- ¡Genial!- a Smith se le iluminó la cara.- Es usted un mecánico excelente. El señor Turtinno me dijo
que tardaría al menos dos días.
- Mario es Mario. No hay nada que hacer. Es un buen mecánico, pero parece que solo trabaja cuatro
horas al día.
- Le estoy muy agradecido. Dígame que le debo y le pagaré con mucho gusto.- ya tenía la billetera
en las manos.
- Usted ya pagó la pieza al chico de Mario. A mi no hace falta que me pague, sólo quédese un rato
conmigo en casa y deme un poco de conversación.
Miró su reloj y luego a Ron, varias veces.
- Decídase, diablos.
PULSAR 4 | Pág. 44
- Usted gana. Pero no más de una hora. Y como me temo que la conversación que usted desea es hacer
unas preguntas, me tiene que prometer que no insistirá cuando yo no pueda contestar.
- Trato hecho si me acompaña a una copa.
Se sentaron los dos en el porche a degustar el coñac cuando el sol ya acariciaba la copa de los árboles.
Parecía que Smith se había conseguido relajar por fin y hacía bailar los hielos dentro del vaso.
- Es en verdad una vista deliciosa.- rompió el silencio.
- Si, lo sé. Lo que no sé es de que me conoce usted. A mí y a Mary.
- Es usted muy rápido. Esperaba alguna clase de parloteo preliminar.- bebió un sorbo.- A usted no le
conocía hasta hoy, créame. De haberle conocido no hubiera perdido el tiempo con Turtinno.
- Hace casi cuatro años que Mary murió.
- Ya lo sabía, lo siento. Es por eso que la conozco. Estaba en la ciudad el día antes de su muerte, pero
por favor no me pida que le cuente más porque no puedo.
- Usted no se llama John Smith, ¿verdad?- se giró hacia él - ¿De quién está huyendo?
- No le haría bien saberlo, créame. Es usted un buen hombre y Mary le quiere mucho, pero aún
no es su hora.
- Me está asustando. Habla como si ella aún estuviera viva.
- Ron, amigo, usted sabe bien que no. Y ha llegado la hora de las despedidas, tengo que marcharme.
No puedo permanecer aquí más tiempo.
Ronald Clamp se quedó de pié muchos minutos después de que el aerodeslizador del fugitivo
desapareciera de su vista. No podía dejar de repetirse las últimas palabras que había pronunciado aquel
extraño individuo antes de partir.
- Cuando ella venga, no le diga por donde me fui.– se despidió sonriente.
¿Cuándo venga quién? ¿Mary? No, no es posible. ¿Que diablos había querido decir? Además quien
quiera que fuese vendría aquella misma noche y, por lo que parecía, no debía encontrar a Smith en aquel
pueblo.
Entró en casa y se sirvió dos dedos de coñac, sin hielo, y los apuró de un trago. Se sirvió otra
ración, esta vez doble y con dos hielos, y fue a sentarse en el porche. Y todo acabó ahí. A la mañana
siguiente despertó en la misma tumbona donde acabó el último coñac, confuso por una pesadilla que había
tenido: la muerte había pasado por el porche de su casa. Buscaba a alguien que se resistía a morir del
todo, manteniendo una minúscula ventaja, con una parte de su ser fuera de este mundo. Más que un muerto
viviente, un vivo muriendo, cada día. ¿Es posible que Mary pudiera hablar con él desde donde quiera
que se encontrase? Es una locura, pensó. Aunque a lo mejor estaba en lo cierto y si no fuera un viejo
estúpido se habría dado cuenta antes y le hubiera dado un mensaje para ella: que la quería y que la echaba
mucho de menos.
El domingo siguiente se enteró que la dulce Angela había llegado al final del camino la misma noche
que el fugitivo se fue. Su anciano corazón se paró mientras dormía, y Ron Clamp se sintió más viejo y
chocho que de costumbre cuando se alegró de que su amiga le hubiera dado un poco más de tiempo a
Smith, entreteniendo a la muerte. Igual que la inevitable pérdida de su amada había servido también en
su momento.
Decidió que asistiría al bingo de la parroquia en sustitución de Angela. A fin de cuentas no era tanta
gente la que jugaba.
Informático alicantino aficionado a la cf desde que con 14 años las redes de Asimov le atraparan bajo el
influjo de su ‘Robots del Amanecer’. Ha intentado substituir su adicción a Asimov por grandes dosis de
Bradbury, Lem, Ballard e incluso algo de Card, sin mucho éxito. Comenzó a escribir cuando una noche
sufrió un ataque por no tener nada que leer. Desde entonces vive intentado superar sus pequeñas crisis con
la ayuda de sus relatos.
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Colores en la mente,
guitarras en la imaginación.
Hay soledad en el espacio:
oscuridad y desolación
Fuego brillando en la noche,
allá donde nadie mira.
Catástrofe impensable,
muerte en la fría pira.
Ardiendo en su propio aire,
por un meteoro herida.
Antes, nave de transporte:
ahora de fuego consumida.
Dentro, cientos de personas;
uno solo en el exterior:
una reparación inoportuna,
luz roja en el ordenador.
La antena estaba rota:
enfoque sin precisión.
Salir debido a su turno;
volar por la gran explosión.
El traje le protegía:
expulsado solo salió.
Mientras, dentro de la nave,
al instante todo murió.
Soledad en el espacio
Por Jose Angel Fuentes
Comentario del autor
La ciencia ficción no siempre suele mirar hacia el lado positivo de la vida. La
poesía suele centrarse más en los sentimientos humanos. Unificar ambas cosas
puede ser peligroso para corazones sensibles.
P
O
E
S
I
A
Capitán, pasajeros,
los miembros de la tripulación.
Todos ellos sus amigos:
Muertos todos sin excepción.
Y él flotando en el Cosmos,
cayendo por el abismo:
llorando al ver la nave
al girar sobre sí mismo.
Volando por el Universo,
alejándose de ella.
Viendo como se alejaba,
convirtiéndose en estrella.
Ahora, él está solo:
dejó hace rato de pensar.
Sabe que ya está muerto;
ya no piensa en regresar.
Nadie le rescatará a tiempo,
su esperanza desapareció.
Ahora solo le quedan recuerdos:
añora todo cuanto dejó:
colores en la mente,
guitarras en la imaginación.
Hay soledad en el espacio:
oscuridad y desolación
Jose Angel Fuentes nació hace ya una gran cantidad de años: demasiados. Y lo que menos le gusta de
todo ese tiempo es como ha cambiado su aspecto. Pero en lo que se refiere al resto de su vida... Bueno,
¿para qué quejarse? Tampoco ha ido tan mal...
PULSAR 4 | Pág. 46
INTRODUCCIÓN
L
a mayoría de los seres, ya sean sapiens o de otro tipo, necesitan comer. Lo que comen, en
término de materias primas, está determinado por los requerimientos de sus propias evo-
luciones bioquímicas. La mayor parte de las especies lo suficientemente inteligentes para
haber desarrollado los rudimentos culturales necesarios sobre el empleo del fuego o de las herra-
mientas, preparan, preservan y combinan los ingredientes de una manera autoconsciente.
Puede tratarse de cosas tan toscas y simples como achicharrar partes de un animal sobre una
fogata, como que vegetales fermenten bajo unas condiciones controladas, como ahumar, encurtir,
o disecar víveres con el objetivo de preservarlos para usos futuros, o como pudrirlos mediante
bacterias u hongos, pero la preparación de alimentos, implicando en ello un cierto dominio del
fuego y del uso de herramientas, ha sido considerada desde hace mucho tiempo como un criterio
universal de sapiencia.
El punto de vista desde el cual la simple preparación de una comida obtiene el status de arte culinario,
así como el que nos permite decir que una especie ha desarrollado una verdadera civilización, es de definición
imprecisa, y, a pesar de ello, se trata de un argumento frecuentemente planteado como el mismo en ambos
casos.
Mientras que algunas especies exclusivamente carnívoras o completamente vegetarianas han desarro-
llado un arte culinario y una civilización, es, por lo general, justo decir que la cocina nace únicamente como
una combinación de ingredientes. Solo se requieren ciertas sustancias como la carne y las verduras (aunque
sólo se empleen como condimentos), o diferentes especies de vegetales combinados en el mismo plato, y
mezclados gracias al empleo del calor, de la descomposición, o a través de ciertos procesos químicos para
producir algo finalmente algo que sabe diferente a la suma de cada una de las partes, y ¡voilá!, el arte culinario,
la cena civilizada, y con ellas la civilización, han sido inventadas.
El punto de vista en el cual una cocina rudimentaria obtiene el status de forma artística es objeto de
críticos juicios por parte de los comensales. O, como dicen los propios habitantes de Tierra, “la carne de uno
es el veneno del otro”.
No obstante, todos los seres civilizados, dado un grado suficiente de compatibilidad bioquímica, pueden
reconocer una cocina como arte cuando la saborean, y dentro de la confraternidad de los gourmets galácticos,
la cocina del planeta Tierra ha obtenido, ciertamente, ese status.
Por ello, una fanatismo por La Cocina Humana ha barrido la galaxia desde el reciente descubrimiento
de la notable y no tan terrible civilización humana, resultando todo ello en nuevas y variadas experiencias
gastronómicas. Aunque, también, y dolorosamente, en el predominio de inconcebibles brebajes, asquerosos
en demasía, que los propios humanos deberían considerar como viles profanaciones.
Este libro de cocina, preparado tras varios meses en la Tierra en los que se ha probado y discutido sobre
materiales culinarios por maestros chef y por un grupo de catadores comunes, es un modesto intento de reme-
diar esta infortunada situación.
Puesto que los humanos han publicado miles y miles de enormes volúmenes de libros de recetas a lo
largo de siglos, el presente trabajo apenas pretende ser definitivo. Lo que aquí se muestra es únicamente una
introducción diseñada para iniciar a los neófitos en la filosofía, principios y método de trabajo de La Cocina
Humana, en vez de una compilación de recetas definitiva.
La cocina humana
Como cocinar como un ser humano
Por Norman Spinrad
Publicado con permiso del autor
Traducción de Sebastián Font y Graciela Inés Lorenzo
A
R
T
I
C
U
L
O
PULSAR 4 | Pág. 47
Puede ser que no produzcamos con ello un chef que compita con los maestros humanos, pero, tal vez,
permitamos cuando menos que los lectores cocinen más o menos como seres humanos.
El planeta Tierra
La Tierra es el tercer planeta de una estrella amarilla. Alrededor de las tres cuartas partes de su superficie
son océanos, mientras que el resto consta de grandes continentes y de numerosas islas. El planeta es aún geo-
lógicamente activo, y en él algunos ecosistemas han evolucionado y aún continúan en el proceso, resultando
todo ello en una rica profusión de plantas y animales, muchos de los cuales son comidos, de una forma u otra,
por una o más de las varias subculturas tribales humanas; aunque, desafortunadamente, la mala administración
planetaria de los aún casi primitivos habitantes está provocando una reducción de esa maravillosa diversidad
biológica.
La vida sobre La Tierra está enteramente basada en la misma bioquímica del carbono que prevalece en
su galaxia, de modo que su cocina es nutritiva y sabrosa para la mayoría de sus propias especies. Los seres
humanos son omnívoros y han desarrollado su arte culinario incorporando a éste diferentes tipos de carnes y
verduras.
Debemos decir “cocinas” en lugar de “cocina”, indicando así el hecho que la civilización humana ha
llegado a ese estado de delectación que se produce cuando las cocinas locales, que han evolucionado de forma
aislada a través de los siglos, han comenzado a conocerse entre sí gracias a las facilidades del transporte y los
medios de comunicación masivos, aunque aún no han se han combinado dentro de un único estilo planetario
estándar.
En las grandes ciudades humanas aún podemos encontrar una gran profusión de restaurantes dedicados
a una enorme cantidad de estilos folclóricos étnicos, junto a aquellos otros emporios dedicados a unas formas
mixtas que provienen de los mismos que han creado maravillas en el arte culinario humano.
Es necesario señañar es que hemos sido muy afortunados al haber descubierto este planeta en el punto
más alto de su Edad de Oro culinaria, y, en consecuencia, la locura por La Cocina Humana hace que los
órganos gustativos de civilizaciones más “avanzadas” brillen. Juzgando sobre la base general de la evolución
culinaria galáctica, una Edad de Oro es habitualmente efímera, pronta a ser aplastada por el contacto con el,
así llamado, Arte Culinario de la Sociedad Interestelar.
¡Disfrútenlo mientras dure!
Principios básicos
La bioquímica humana requiere el consumo de diez aminoácidos básicos, que pueden ser obtenidos de
la carne de animales terrestres, o de la combinación de varios materiales vegetales. El metabolismo humano
se basa en la oxidación de los azúcares, que pueden ser comidos directamente como tales, o que pueden ser
producidos por el mecanismo digestivo humano gracias a los carbohidratos.
Como resultado, mientras resulta posible para los humanos subsistir con una dieta vegetariana suficien-
temente variada, es completamente imposible para ellos sobrevivir únicamente mediante carnes, principal-
mente porque su metabolismo también necesita pequeñas cantidades de varios elementos no disponibles para
los estrictamente carnívoros, y es incapaz de sintetizar varias moléculas complejas necesarias.
En algunas culturas humanas, las carnes son baratas y fáciles de obtener, y constituyen la base de la
cocina local, servidas con guarniciones de vegetales y frutas, o siendo éstas últimas “platos adicionales”. Sin
embargo, al menos a lo largo de la historia humana, y en la mayoría de las culturas locales, la carne ha sido,
comparativamente, un componente escaso y caro, y ha debido ser servida en pequeñas cantidades como un
suplemento a las dietas vegetarianas.
En efecto, hablando desde un punto de vista histórico, la carne no ha sido de fácil acceso para las grandes
masas de humanos más pobres, produciendo así la evolución de las llamadas “cocinas rurales”, acertadamente
basadas en las combinaciones de verduras que, ingeridas de forma conjunta, son capaces de satisfacer las
necesidades metabólicas humanas, así como los diez aminoácidos esenciales.
En La Tierra existen, hablando en términos generales, dos grupos principales de plantas: las ricas en
carbohidratos, llamadas “grano” o “tubérculos”, y las “leguminosas” que producen “judías” y “legumbres”,
éstas últimas semillas ricas en aminoácidos esenciales que no se obtienen del grano.
PULSAR 4 | Pág. 48
De esta manera, la cocina básica humana combina de forma peculiar un ingrediente llamado “almidón”
(maíz, trigo, patatas, arroz, etc.) con carnes o legumbres (de las cuales existe una enorme variedad), o con
ambos, sazonados con otros productos vegetales denominados “hierbas” (hojas o tallos) o “especias” (gene-
ralmente semillas, frutos secos, o cáscaras de semillas). Al mismo tiempo, los humanos tienden a agregar
cloruro de sodio a la mayoría de los alimentos que no contienen significativas cantidades de azúcar, siendo
éste el único mineral que consumen directamente y que, por cierto, es tomado en exceso.
Éstas son las bases alimenticias de La Cocina Humana, sus necesidades biológicas subyacentes. Pero
su arte reside en la profusión de estilos y métodos que los humanos han empleado para transformar estas
combinaciones nutricionales básicas en deleites estéticos.
La mayor parte del grano es hervido en simples platos o en complejas mezclas que contienen nueces,
frutas, vegetales, especias, hierbas, e incluso trozos de carne, de productos del mar o de vegetales. O son
molidos en harinas, combinadas éstas con diversos líquidos y grasas, y horneados como panes; o moldeados
en fideos y pastas (alguna de ellas rellena) que son hervidas luego en agua o vapor, o fritas.
Las legumbres, dependiendo de su tipo, son salteadas, cocinadas al vapor o fritas mientras son tiernas, o
hervidas y cocidas en líquidos durante largos períodos si no lo son. La legumbre llamada “soja”, que dispone
de los diez aminoácidos esenciales, es comido como brote, crudo o cocido, o procesado como “tofú” o “queso
de soja”, una clase de queso vegetal que puede ser cocido, frito o cocinado al vapor.
Las verduras, dependiendo de su tipo, son comidas crudas en lo que se denomina “ensalada”, o cocina-
das fritas, al vapor, hervidas, salteadas, asadas u horneadas.
Las carnes, algunas veces, son tomadas crudas (particularmente el pescado, en cosas como el “sushi”)
son más frecuentemente cocinadas, utilizando para ello todas las posibilidades indicadas en el proceso de las
verduras, así como la plancha y la parrilla.
Algunas veces las carnes, almidones, legumbres y verduras son preparadas de forma separada, para ser
servidas de forma secuencial o mezcladas en un solo plato; sin embargo, son frecuentemente combinadas de
complejas maneras, hervidas en guiso u horneadas en una bandeja o paella. También son presentadas fritas
en deliciosas mezclas que incluyen algunas veces pasta; Y aves y pescados son comúnmente rellenados con
complejas mezclas de ingredientes vegetales para ser asados y servidos enteros.
El genio de todo esto se no basa solamente en la combinación de los ingredientes principales, sino en la
prodigiosa y artística suma de hierbas y especias que son utilizadas como un pintor emplea su paleta, y que
transforma mágicamente carnes, grano, legumbres, pasta y verduras en una obra maestra del arte culinario,
todo ello en una profusión de “estilos nacionales” característicos e integrados en cada territorio.
Y luego, están las “salsas”, infusiones líquidas de casi todas las combinaciones de ingredientes. A veces
los alimentos humanos son cocinados en estas salsas (en cuyo caso la salsa está formada, en parte, por las
propias esencias de los alimentos). Otras veces las salsas son preparadas de forma separada y aplicadas sobre
alimentos cocinados a la plancha, a la parrilla, e incluso en panes y en tortitas, bañándolos así de puro sabor,
convirtiendo una simple pasta en un completo alimento; un trozo de carne en una compleja experiencia sen-
sual; o las verduras en un sutil deleite.
Diga un nombre, y algún humano, en algún lugar, seguro que lo ha convertido en alta cocina. ¡Incluso
tratándose de ciertos organismos que en su forma cruda podrían ser completamente venenosos!
Equipo
Los humanos han desarrollado una asombrosa complejidad de complementos mediante los cuales coci-
nar sus comidas, pero afortunadamente todos ellos se resumen en cuantos aspectos básicos disponibles, de una
u otra manera, incluso en planetas con civilizaciones marginales.
Primero, por supuesto, es necesaria una fuente de calor. Esta puede ser tan simple como una fogata o
tan compleja como un horno controlador por ordenador. Para reproducir el espectro completo de La Cocina
Humana usted necesitará también algo que le proporcione un espacio de alta temperatura dentro del cual hor-
near o asar, que disponga una fuente interna de intensa temperatura para asar, y de superficies emisoras de
calor sobre las cuales colocar “cazuelas”, “cacerolas” y “sartenes”.
Las cazuelas son contenedores (usualmente metálicos) en los cuales se calientan distintos volúmenes
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de líquido para hervir o cocinar al vapor. Las cacerolas son elementos con sus costados más bajos que las
anteriores, dentro de las que se pueden freír o saltear platos algo más secos en aceites o grasas. Las sartenes
son semiesféricas, ideales para freír a temperaturas notablemente más altas.
Los otros elementos que usted necesitará son algo con qué cortar los ingredientes en los tamaños o
formas deseables, y herramientas para remover los contenidos calientes de cazuelas y cacerolas. Los huma-
nos han desarrollado cientos de herramientas especializadas para estos propósitos, pero debido únicamente a
cuestiones de comodidad, ganes de estimular su arte y una cierta manía por los utensilios. Normalmente, será
suficiente con el uso de un cuchillo de buen filo, con un trozo delgado de madera que será empleado como
espátula, y con dos largas varillas rígidas sujetas entre sí a modo de pinza para obtener una herramienta con
la que sujetar.
Un horno o incluso una simple fogata, varios contenedores para servir como cazuelas, cacerolas y sar-
tenes, un cuchillo, tres trozos de madera, y ¡ya usted tiene todo el equipo necesario para reproducir La Cocina
Humana!
La paleta
Pero eso no es todo lo que usted necesita para crear el lugar de trabajo: ¡la cocina!
Un pintor necesita algo más que un simple lienzo y un pincel: necesita una paleta de colores. Y no existe
cocina humana digna de llevar dicho nombre sin una “paleta” de hierbas y especias.
Puesto que hay cientos de especias y hierbas humanas inundando el mercado galáctico, la tarea de com-
poner una paleta coherente puede parecer desalentadora. ¿Cómo elegir y comprar en este caos excesivamente
rico?
Lo primero es seleccionar un surtido universal básico:
Para comenzar, una pimienta fuerte. Incluso es preferible obtener varias, en grano y secas, e incluso
convertidas en polvo (chiles, cayenas, pimientas) o en forma de pasta, como el sambal o la salsa de ajo
picante.
El ajo es también un elemento básico universal, tanto en forma de picadura de diente fresco, como seco
y convertido en polvo. Y también lo es el suave polvo de pimienta roja llamado pimentón, a menudo usado
como un agente colorante neutro.
La cúrcuma, una semilla en polvo de un brillante color amarillo, es empleada en diversas cocinas “nacio-
nales”, así como una corteza llamada “canela”, una raíz llamada “jengibre”, y las semillas de mostaza y de
comino, enteras o molidas.
Son infinidad las hierbas que son empleadas frescas o en polvo, pero el surtido será adecuado si dispone
de orégano, albahaca, tomillo, romero, salvia y eneldo.
Ésta es la que podríamos definir “paleta universal básica”, más que suficiente para un principiante. A
medida que se describan los estilos específicos contenidos en este libro, se agregarán otras más, mientras que
usted comprenderá el modo en que algunas combinaciones pueden ser transformadas en otras, o como deben
ser sustituidas para lograr nuevos matices. Todo pintor comienza con una gama de colores primarios, y permite
que su paleta madure a medida que desarrolla su propio estilo personal.
De manera similar, se debe tener a mano un surtido de aceites y grasas: un aceite suave, como el de
cacahuete, soja o maíz. Uno o dos aceites sazonados como el de nuez, o como el perfecto aceite de sésamo. Y,
por supuesto, una botella de aceite de oliva virgen, la solución casi universal que combina perfectamente con
todo. También algo de manteca y grasa de cerdo, para completar el conjunto.
Además, elementos imprescindibles para empezar a cocinar como un humano son las botellas de vina-
gre, algo de pimienta líquida (como el tabasco), y salsa de soja, así como unas cuantas latas de puré de tomate
y de fécula de maíz para espesar los guisos. Y, por supuesto, bastante sal y algo de azúcar.
Con estos elementos básicos disponibles, estará usted listo para traer a casa cualquier producto fresco,
¡y cocinar realmente como un humano!
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La cazuela básica
Hierva cualquier legumbre seca en líquido el tiempo necesario y obtendrá algo que puede comer. Cueza
arroz, o trigo, o maíz, creando un apetitoso puré; sirva las legumbres sobre él, y ya tendrá una dieta con la que
un humano podría sobrevivir indefinidamente.
A esto, la Cocina Humana lo considera un clásico. El resultado sabrá mucho mejor, por supuesto, si las
legumbres son hervidas en un líquido que contenga una mezcla de hierbas y especias bien concebida. El ajo
y la pimienta forman una base en la que se puede confiar, y en la que no puede, por supuesto, faltar la sal.
El puré de tomate, en pequeñas cantidades, armoniza con muchas combinaciones. Y algo de vino o cerveza
mezclado en el agua de la cocción tampoco viene mal.
El aceite o la grasa serán necesarios para completar el sabor. Debe utilizar alguno que disponga de un
sabor fuerte, como el aceite de sésamo, el de oliva, o la grasa de cerdo. Para ello, ponga a freír algo en la
cazuela antes de añadir las legumbres y el agua, aunque solo se trate de algunas cebollas y de unos cuantos
pimientos dulces. Si tiene a la mano algo de carne, añádala también. Esa carne puede ser fresca, ahumada
o salada: todo tipo vendrá bien, a excepción de los productos de mar, las aves o el pescado. Lo ideal sería
colocar uno o dos huesos, con algo de tuétano, y que los dejara hervir junto con la carne al agregarle el agua,
las legumbres y los condimentos.
Déjelo hervir todo junto hasta que se consiga la consistencia adecuada. Sírvalo sobre algo de grano, y así
obtendrá la cazuela de legumbres básica de los humanos, la misma que ha sustentado la supervivencia sobre
Tierra a lo largo de siglos.
Pero, ¡ah!, las variantes...
Solo son necesarias unas pocas alubias y algo de cerdo ahumado, frito todo en grasa de cerdo, a las
que hay que agregar albahaca, orégano, laurel, un poco de puré de tomate, una dosis doble de pimienta roja,
y quizás un poco de comino en el agua de cocción, para obtener la Cazuela de Legumbres Rojas de Nueva
Orleáns.
Corte la carne en dados, o píquela. Agregue más puré de tomate y bastante más pimienta. Fríalo en aceite
de oliva, y luego hiérvalo todo para obtener el Chili de Texas.
Utilice judías negras, trozos de cerdo, sus chorizos, unas cuantas cebollas y algunos pimientos dulces
fritos en una mezcla de aceite de sésamo y de grasa de cerdo. Añada un poco de tocino. Agregue al líquido
básico de la cocción una pizca de comino y un poco de cúrcuma, y obtendrá la variante Cubana. Sirva eso
mismo con arroz, coco tostado y rallado, unas rodajas de naranja, y obtendrá la Brasileña.
Con cordero frito en manteca o en aceite suave, lentejas, mucho curry, bastante pimienta roja, algo de
coriandro en hojas o semillas, comino, algunas semillas de mostaza, tomillo, y zanahorias en rodajas, obtendrá
una buena Cazuela India de Legumbres al Curry.
Haga lo que los humanos hacen: después de probar alguno de los estilos tradicionales, ¡experimente con
nuevas combinaciones, e invente las propias! Comience con la receta básica y añada hierbas, especias y los
condimentos; uno por uno, probando el resultado antes de agregar el siguiente. Tiene que tener en cuenta que
el cordero casa bien con el tomillo, las lentejas y con la cúrcuma, o que la carne de buey va bien con el tomate
y las hierbas verdes, frescas. Y que el cerdo no se lleva bien con el aceite de oliva.
Masas ingentes de humanos no sólo han sobrevivido a costa de estas mezclas, sino que las han con-
vertido en puro arte culinario. ¡Es fácil! ¡Con un poco de coraje para experimentar, usted también puede
hacerlo!

Asados, parrillas y estofados
En algunas áreas, zonas importantes de Europa y Norteamérica, las carnes y los productos de mar han
sido durante largo tiempo una fuente de alimentación primaria para la mayor parte de la población, y por
supuesto, los humanos adinerados de todas esas regiones han sido capaces de convertir esos elementos en la
base principal de sus dietas.
En esas felices circunstancias, el grano, los tubérculos, las legumbres y las verduras han sido servidos
como sabrosas guarniciones, como platos adicionales, y como complemento de carnes y productos de mar, y
puede decirse que allí el arte culinario ha sido desarrollado de una forma más libre y menos condicionada a
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las simples necesidades bioquímicas.
La mayor parte de los métodos humanos para cocinar las carnes y pescados consisten en colocarlos
en hornos calientes para asarlos, o en cocinarlos sobre una parrilla, o sobre una fogata abierta. Entonces son
servidos con patatas horneadas, fritas o asadas a su vez en la parrilla, o con arroz hervido o alguna otra fuente
de almidón. Y, posiblemente, acompañados de un vegetal simple, o una mezcla de varios de ellos.
Si esto suena como algo tonto, lo lamento, pero habitualmente es así. Aunque no siempre se da el caso:
los humanos han desarrollado métodos para convertir estos aparentemente simples procedimientos en verda-
dera cocina.
La estrategia básica está en marinar la carne o el pescado previamente. Es decir, remojarlo en un líquido
que les transfiera su sabor y que permita que la superficie del alimento ya cocinado aparezca como una cru-
jiente y aromática corteza.
Para dorar un asado se necesita aceite, así como lo que se denomina “agente colorante”, usualmente
salsa de soja, azúcar, pimentón molido, o cúrcuma en polvo. El segundo ingrediente líquido se convierte en
la parte mayor de la marinada, y puede ser implemente agua. Por supuesto, el vino, el vinagre, o alguna
esencia alcohólica (como el “sake”, el coñac o el whisky) mezclados con el agua hacen la cuestión mucho más
interesante.
Remoje la carne o pescado en una marinada de aceite, agua, líquido sazonado y un agente colorante;
escúrrala, ásela o cocínela a la parrilla, remojándola con el mismo líquido empleado durante el proceso de
marinada mientras dura el tiempo de la cocción, y listo.
Lo que usted obtenga estará determinado por el aceite, el líquido sazonado, y el agente colorante
empleados. Y por supuesto, por las especias y las hierbas que se agregaron a la marinada.
Utilice aceite de sésamo, salsa de soja, sake o jerez y alguna ralladura de raíz de jengibre; agregue ajo
y una pizca de azúcar; remoje en esta mezcla el pescado o la carne; cocine a la parrilla y, voilá!, Glaseado
Japonés (también conocido como Teriyaki). Agregue escaloñas picadas, hojas de coriandro y pimienta (en
pasta, líquida o en polvo), y obtendrá usted un acento más coreano. Si usa más azúcar y grandes cantidades de
pimentón en lugar de la salsa de soja, junto a cebollas picadas, pimienta, ajo, puré de tomates, algo de albahaca
y orégano, y whisky o vino en lugar del sake, y obtendrá la típica Barbacoa de Texas.
Un aceite suave y algo de simple agua. Cúrcuma y pimentón, comino en polvo, pimienta roja molida y
uno o dos de los siguientes elementos: coriandro, cardamomo o semillas de mostaza... Y obtendrá un Cocido
Indio al Carbón.
Con aceite de oliva, vino o vinagre, pimentón, ajo, pimienta negra, y abundantes hierbas frescas (tomillo
y romero si se trata de cordero o pescado, hojas de savia o coriandro para su uso con la carne de cerdo, alba-
haca u orégano para el buey), y obtendrá la marinada ideal para hacer un buen surtido de brochetas, donde los
trozos de carne se remojan y luego se ensartan intercalados con vegetales, para ser asados en conjunto.
Una vez comprendidos los principios básicos, es fácil. Alterando con arte los ingredientes de las mari-
nadas, un chef humano es capaz de crear una infinita gama de variantes en lo que, en principio, parecía un
tema poco prometedor. Si usted puede pensar como humano, también podrá hacerlo.
Un estofado es simplemente el viejo amigo campesino de la cazuela de legumbres con la suficiente
cantidad de carne para proveer los diez aminoácidos esenciales en el alimento, de modo que las legumbres son
alegremente relegadas a un papel opcional.
Dore la carne en aceite o grasa. Agregue un hueso o dos. Cubra con un líquido que contenga especias,
hierbas y otros condimentos, y deje hervir hasta que la carne está tierna y el líquido de cocción haya espesado.
En un momento intermedio de ese proceso descrito añada las verduras escogidas, que usan un menor tiempo
de cocción, y a disfrutar un auténtico estofado humano.
Los humanos han creado diferentes formas de estofado simplemente cambiando el tipo de carne, el de
los vegetales, el aceite y el líquido condimentado. Y, por tanto, eso también lo puede hacer usted.
Carne de buey dorada en grasa de cerdo, en aceite de panceta, o en manteca, estofada con zanahorias,
cebollas, patatas y hongos. Esa es, frecuentemente, es una variante muy difundida. El líquido de base suele
contener ajo, pimienta, y una selección apropiada de hierbas. Si lo cocina en agua o cerveza, se obtiene tiene
el Estofado Irlandés. Omita las zanahorias, agregue más cebollas, use vino tinto, y será Buey a la Borgoñona.
Diluya el vino con agua, agréguele una pizca de nuez moscada, reduzca el líquido de cocción, espéselo con
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crema de leche ácida al final, y tendrá Buey a la Stroganoff.
Ponga a freír una mezcla de especias picantes en forma de semilla, como el comino, el cardamomo y la
mostaza –generalmente, no más de dos en un solo estofado- en aceite de cacahuete o en manteca, añada una
buena cantidad de pimienta roja, cúrcuma y sal, y dore la carne allí, cubriéndola con agua. Hiérvalo todo a
fuego muy lento hasta que la carne esté tierna y el líquido haya espesado, y obtendrá un magnífico curry para
servir con arroz simplemente hervido, o una cazuela de arroz cocinado.
Algúnos tipos de curry son simplemente eso, pero también se pueden cocinar lentejas con la carne en la
salsa de curry, o agregarle espinacas, malva, arvejas, berenjenas, coliflor, y muchas verduras más para obtener
un efecto más complejo y una mejor nutrición. También se puede cocinar un curry de verduras que puede
resultar muy bueno, sin añadir ningún trozo de carne.
No debería usted ceder al impulso de almacenar compulsivamente el mal llamado curry en polvo, que ha
servido como objeto de engaño a los inocentes gourmet cuando éste ha sido empleado para reproducir, falsa-
mente, el “perfecto curry humano”. El Curry no es un simple plato, sino una gran familia de estofados creados
a partir de una gran paleta de especias posibles, y solamente la cúrcuma, la sal y la pimienta son comunes a
todas ellas. Un cocinero humano elegirá su propia combinación de especias para su curry de acuerdo a lo que
pretende obtener, y así deberá hacerlo usted también.
Otra variante importante es el Borscht. Utilice cerdo ahumado y chorizos, y dórelos en grasa de cerdo,
aceite de sésamo, o en una mezcla de ambos. Emplee cerveza y agua como líquido de cocción. Agregue azúcar
y vinagre para lograr el deseado equilibrio agridulce, y pimienta, sal, ajo, y una especia picante como la alca-
ravea, la mostaza, el comino o el coriandro. Los vegetales de esta receta deben ser: algunas cebollas, una o dos
manzanas, y una importante cantidad de repollo rallado o en juliana.
La versión “Rojo Dorado” es aún más fácil. Simplemente, llene una cacerola con una mezcla de agua,
“sake”, un poco de aceite de sésamo, ajo y raíz de jengibre picados, y salsa de soja. Hágala hervir, e introduzca
un gran trozo de carne, como un muslo de buey, un jamón, o incluso un ave entera. Hiervalo todo a fuego lento
hasta que la carne esté tierna y agregue al final algunas verduras, o sírvalas en un plato aparte.
Experimente sus propias variantes, y entrene la vez sus órganos gustativos para que se conviertan en
sus guías a la hora de crear estofados adecuados para los humanos. Todo lo que usted debe recordar es hervir
las carnes más tiempo que las verduras, y que debe tratar de concebir combinaciones que sean armoniosas.
Empiece con uno de los líquidos que los humanos usan básicamente para la cocción, agregue los sabores uno
a uno, pruebe el resultado, y deténgase antes de que alguno de ellos entre en conflicto con los otros.
No tema a su propio criterio para juzgar. ¡Piense como un humano!
Freír de todo
¿Qué podemos hacer si un humano no quiere esperar durante horas, mientras un cocido o un estofado se
cocinan? ¿Qué podemos hacer si quiere algo sabroso sobre la mesa al instante?
No hay problema.
¡Fríalo!
Aprenda el método básico chino y podrá freír cualquier cosa en la verdadera cocina humana.
Corte o carne o productos de mar, y una elección de verduras, del tamaño aproximado de un bocado.
Marine durante un rato la carne en una mezcla de salsa de soja, sake, un poco de fécula de maíz, una pizca de
azúcar, y luego escúrrala y déjela aparte.
Caliente hasta el máximo un poco de aceite suave. La recomendación más genérica de los chinos es
realizar esto en una sartén semiesférica, ya que ésta presenta una gran superficie de calor y un volumen apro-
piado, aunque también se puede utilizar una sartén normal grande, mientras tenemos cuidado de mantenernos
alejados, y utilizando un par de pinzas largas.
Ponga ajo y jengibre picado en el aceite humeante. Agregue la carne. Mueva vigorosamente hasta que
ésta esté dorada y tierna. No tardará mucho en alcanzar ese punto. Después, retire la carne y vuelva a calentar
un poco de aceite suave, al que hay que añadir más ajo y jengibre, y a continuación las verduras, y remué-
valo hasta que éstas últimas estén bien cocinadas. Coloque de nuevo la carne en la sartén junta al resto de la
marinada, mézclelo bien y sírvalo. La fécula de maíz espesará la marinada convirtiéndola en una salsa que
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recubrirá los componentes cocidos.
En este punto se pueden agregar algunas gotas de líquidos para condimento adicionales –salsa de ostras,
o varios tipos de cremas, como la pimienta líquida o la pasta de ajo picante, por ejemplo-. E incluso algunas
hojas de coriandro y de brotes de soja, que sólo necesitan de un momento de cocción.
Esto es todo lo que hay que hacer, ¡y posiblemente no tarde en ello más de veinte minutos!
Los chinos han elaborado, mediante esta forma de freír en movimiento , miles de platos de sabores suti-
les. Los tailandeses, camboyanos, indonesios y vietnamitas les agregaron, a su vez, especias indias y hierbas
francesas para crear aún muchos más. En la actualidad, usted ya debería estar cocinando como un humano,
practicando para una inmediata comprensión de las posibilidades ofrecidas.
Cualquier combinación armoniosa de carnes y vegetales puede ser cocinada de esta manera. Varias ver-
duras pueden ser añadidas al mismo plato; si lo necesitas, corte en trozos más pequeños los que necesitan un
mayor tiempo de cocción.
La marinada básica puede ser alterada con el fín de crear toda clase de efectos. Agregue pimienta molida
o ajo picante en pasta para lograr un efecto más contundente. Inténtelo con comino en polvo, judías negras
fermentadas, o curry en polvo. O con cualquier cosa que lepase por la cabeza, salvo por hierbas frescas, que
tienden a ponerse negras y a volverse amargas al contacto directo con el aceite caliente.
El otro campo de improvisación está en lo que se coloca en el aceite humeante antes de añadir las ver-
duras. El Ajo y el jengibre casan con casi cualquier cosa, pero también se pueden freír previamente pimientos
enteros del tipo chili hasta casi quemarlos, para lograr un sabor “Szechuan”. O se pueden agregar granos de
pimienta del tipo Szechuan, pimientos chili frescos picados, escaloñas, comino o semillas de mostaza.
Existe una oportunidad de matizar el sabor del resultado final justo antes de servir el plato, mientras la
marinada es colocada en la sartén para espesarla: solo requerimos un poco de salsa de ajo, tal vez, o puré de
judías dulces; una pizca de salsa de ostras o un poco de pimienta líquida para ajustar el sabor. Y justo al final
se puede agregar un huevo batido, mezclándolo todo bien. El huevo se cocerá casi al instante, y adornará su
plato con unas finas hebras amarillentas.
Los campesinos chinos prepararon estos platos para ser comidos sobre arroz hervido o con fideos, de
modo que agregaban la marinada para obtener una salsa que fuese suficiente para remojar todo eso. Si usted
no dispone de dinero y tiene que limitarse a usar pequeñas cantidades de alta cocina como guarnición de un
almidón, o si está controlando su peso, añada menos marinada al final de la cocción, con lo que conseguirá
producir un alimento brillante recubierto de una sabrosa salsa.
Ésta no es la única manera en que los humanos fríen sus alimentos. Aunque, en términos prácticos, si
aprende a dominar este método podrá tanto freír en sartenes como saltear, ya que éstas variantes son aun más
simples.
Así, no necesitará marinar la carne. Ni tampoco cortar las verduras en trozos pequeños. Simplemente,
caliente un poco de aceite en una sartén y colóquelo todo dentro.
La fritura en sartén y el salteado son, literalmente, cuestiones de una escala de temperaturas. Cuando
el aceite está más caliente y se cocina durante más tiempo, usted está haciendo una fritura; cuando lo hace
suavemente a una menor temperatura, está usted salteando. En una conversación común, se dice “freír” al
referirse a trozos más gruesos de carne, y “saltear” a trozos más delgados: se saltean pescados, frutos del mar
y carnes delicadas, mientras se fríen alimentos de sabores menos sutiles, más rotundos.
O verduras, la mayoría de las cuales pueden ser fácilmente cocinadas de la misma manera.
El arte culinario reside en la elección del aceite o de la grasa, y de lo que se fríe allí antes de colocar la
carne para dorarla. El pescado y los frutos de mar necesitan un aceite suave o manteca, que también pueden
ser, a su vez, empleados para las carnes. Y la grasa de cerdo, la panceta, o el aceite de sésamo sirven de igual
modo. Incluso el llamado solvente universal, el aceite de oliva, lo fríe todo perfectamente.
Cuando hablamos de condimentos para frituras, las cebollas y los dientes de ajo son prácticamente
universales. Los champiñones son, también, un buen añadido. Las especias en semilla, como la pimienta, el
comino y la mostaza van bien, pero no así aquellas que tienen un sabor dulce, como las de cardamomo y las
de anís. El sabor de la mayoría de las hierbas frescas no casa bien en la fritura directa, pero puede intentarlo
con el romero y el tomillo.
Y por supuesto, puede “salsear” el resultado si lo desea: agregue vino en la sartén al final de la cocción
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(tinto con carnes, blanco con pescados o aves), y permita que el alcohol se evapore y que el vino se convierta
en una mezcla con los jugos condimentados. El punto en el que se puede agregar será aquel en el que ya no se
necesite mucho tiempo para terminar la fritura.
Añada tomates troceados, o en puré con alcaparras; una o dos anchoas y aceitunas negras en trozos para
hacer una “salsa putanesca”, que va bien con pescados fuertes y con los productos de mar. Use hierbas, vino
blanco, manteca y jugo de limón para los pescados suaves. O tomates rallados o en puré con albahaca, orégano
y vino tinto, y tendrá una salsa para carnes rojas. Los vinos fuertes como el Madeira o el Oporto, o incluso el
whisky o el coñac producen buenas salsas para las carnes, con tan sólo el agregado de una o dos hierbas. El
chef humano hace gala de su sabiduría llevando la sartén directamente a la mesa mientras las llamas del alco-
hol aún salen de la salsa, apagándolas finalmente delante de los comensales. Puede resultar teatral, y algunos
seres hasta lo consideran exagerado.
También algunos seres de más refinada naturaleza miran de soslayo la práctica humana de “freír en
demasía”. Teniendo a mano todos esos maravillosos métodos de la alta cocina consistentes en freír en unos
minutos que ha creado para usted su chef, ¿porqué tantos humanos simplemente ponen trozos enteros de carne
o pescado sin marinar ni rebozar dentro de grandes calderos de aceite hirviendo, y devoran ese cuestionable
resultado?
No aventuremos una respuesta. Esto es un libro de cocina, no un texto de psicopatología xenológica.
¡Los humanos lo comen crudo!
Es cierto. Lo hacen. Comen frutos crudos cogidos directamente de los árboles. Comen hojas crudas.
Comen tubérculos crudos. Comen almejas crudas sacadas directamente del océano. Cortan delgadas láminas
de pescado crudo recién sacado del agua, y se lo comen también.
Contado de esta manera, muchos seres más sensibles no dudarían en eliminar esa práctica indigna de
un tratado de cocina evolucionada, por primitiva y desagradable. Pero, en realidad, este concepto estaría muy
alejado de la verdad.
Con un poquito de vinagre o jugo de limón y un buen vino blanco, una almeja es deliciosa, y muchos
humanos aseguran que es aún mucho mejor si el molusco en cuestión está todavía vivo mientras se desliza
garganta abajo. Delgadas hojas de pescado crudo son servidas aderezadas con unas cuantas gotas de salsa de
soja y un puré verde de rábano picante llamado sashimi.
Una de las más excelsas categorías entre los artistas del arte culinario humano es la del “sushichef”,
quien prepara pequeños rollos de arroz condimentado con elegantes tiras de pescado crudo y o de frutos de
mar, servidos en unas láminas que son preparadas de una manera artísticamente coreográfica delante de los
ojos del cliente, añadiendo al total unos cuantos trozos de algas secas en un ramillete verde, conviertendo así
cada pieza de “sushi” en una perfecta pequeña escultura de arte visual y gustativo.
Y luego están las “ensaladas”.
Este es el nombre genérico con el que los humanos llaman a un conjunto de frutas y verduras crudas
ligeramente cubiertas por un tipo de salsa fría denominada “aderezo de ensalada”. Las ensaladas pueden ser
simples platos adicionales, o alimentos completos y elaborados.
El punto de partida de la mayoría de las ensaladas es algún tipo de hoja verde y suculenta. Generalmente,
se le añaden cebollas en delgadas rodajas, y en ocasiones pueden incorporar algunos trozos de tomate. El
aderezo para ensalada más simple es una mezcla de aceite, vinagre, ajo y sal. Cubra la ensalada con él y tendrá
un modesto plato adicional, llamado “ensalada de cena”.
Por supuesto, usted puede agregar hierbas frescas y especias al aderezo. O queso agrio, desmenuzado.
O Alcaparras. O Mostaza. O Anchoas. O Un huevo crudo; lo que excite su fantasía. Y por supuesto, el aceite
puede ser de oliva, sésamo, nuez, maíz, cártamo, y el vinagre ser una esencia acética de hierbas, vino o espe-
cias. Un aderezo de ensalada es, después de todo, una salsa fría con todas las posibilidades de improvisación
que ello implica.
La ensalada propiamente dicha, la ensalada de cena básica, está pensada para ser servida en un humilde
segundo plano, ya que es probable que sea desplazada por los demás platos. Los humanos agregan casi de todo
a sus ensaladas, aunque no debe, necesariamente, estar crudo. Sin embargo, casi siempre es preferible añadir
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ingredientes fríos.
Aún así, existen algunos principios generales estéticos.
Empiece la creación de una ensalada de cena con sus ingredientes básicos. Casi todos las verduras
crudas y tiernas pueden ser añadidas –zanahorias, rabanitos, apio, pimientos dulces, repollo, champiñones, e
incluso brócoli y coliflor-, cortando las más duras en trozos finos.
A continuación, siéntase libre para agregar más vegetales, éstos ya cocinados, encurtidos, o conservados
–aceitunas, alcaparrones, garbanzos, pepinillos en vinagre, rábano, champiñones, granos de maíz, corazones
de alcaucil en aceite, jengibre y pimientos en escabeche.
Si usted prefiere las carnes ahumadas o la charcutería, o si es vegetariano, agréguele trozos de un queso
sabroso. No lo haga con una ensalada de pescado, ya que la mayoría de los quesos entran en conflicto con el
sabor del pescado.
La sabrosa excepción a todo esto es la llamada “ensalada griega”, donde las aceitunas, alcaparras,
pimientos en conserva, pepinos, anchoas y atún en conserva de aceite de oliva son agregados a la ensalada de
cena básica, la cual, y a pesar de todo, lleva trozos de un queso fuerte llamado feta que realmente casa bien
con los demás. Todo ello aderezado con aceite de oliva, vinagre de vino, ajo, pimienta, sal, limón y una pizca
de hierbas.
Si usted se ha decidido por agregar queso, pruebe también con algunas carnes ahumadas, rodajas de
salami, pato ahumado, pavo, o incluso con una combinación de todo ello. Si se tratase de una ensalada de
pescado, podría usted usar camarones frescos, pescado crudo encurtido en vinagre o en jugo de limón, sardi-
nas, atún, salmón, arenque o sardinetas. Y añadir también tanto ahumados, como encurtidos, o conservas en
aceite de oliva.
Finalmente, usted puede crear su propio aderezo para ensalada. Este es solo un asunto de juicio estético
subjetivo, así que solo puedo sugerirle unas cuantas indicaciones:
Nunca fallará con el más simple aderezo formado por aceite de oliva, vinagre, sal, pimienta y ajo, ade-
rezado con una pizca de hierbas como el eneldo o la albahaca. No incluya queso en el aderezo de la ensalada
de pescado, y, ciertamente, no debe incluír anchoas con la carne ahumada o la charcutería (a excepción del
denominado “antipasto”). Los pimientos dulces probablemente serán desagradables en conjunción con el pes-
cado ahumado. Los aceites pesados, como el de sésamo, esconden el sabor de las hierbas y de la mayoría de
las especias en semilla, pero puede agregarse en pequeñas cantidades si las especias no están molidas. Algunos
humanos le agregan azúcar, pero los más encumbrados en el arte culinario consideran eso una barbaridad.
El resto es todo igual: las frutas pueden ser añadidas a las ensaladas con un poco de juicio, y, por
supuesto, solo en el caso de que la ensalada esté compuesta únicamente por frutas. No añada nunca, en este
caso, nada que contenga ajo, alcaparras o anchoas, ni la debe combinar con la mayoría de los pescados.
Podemos ampliar más allá los argumentos de una simple ensalada: la llamada “tostada” es una tortilla
frita untada con puré picante de legumbres, a la cual puede agregarse una salchicha cocida llamada chorizo, y
todo ello es acompañado por una ensalada fría de hojas verdes, tomate, queso, cebolla, escaloña y pimiento,
que, a su vez, está aderezada con una mezcla de aceite, vinagre y salsa de tomate con especias, todo ello
rociado con queso parmesano rallado. Doble esa tortilla en forma de bolsa y fríala, rellénela con los otros
ingredientes, y tendrá un taco. Enrolle los ingredientes en una tortilla tierna, cocinada al vapor, y tendrá un
burrito.
¡Adelante las pastas!
Muela cualquier grano y añada agua. Añada también, incluso, algunos huevos y un poco de manteca o
aceite. Amase la masa haciendo un bollo. Presiónela dentro de una batidora o enróllela y córtela a mano, y
obtendrá tallarines, espaguetis, lo mein, chow mein fon o fideos gruesos: es decir, alguna forma de pasta, tan
omnipresente en Tierra como lo es el preparar el grano para hacer pan, y que convierte el arte culinario en algo
mucho más interesante.
Algunas pastas son condimentadas con especias o vegetales, puesto que sin ellas la mayoría es casi
insulsa. Simplemente se hierven hasta el punto adecuado para su digestión, aunque algunas de ellas pueden
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ser fritas o cocidas al vapor. ¿Es esto tan mortalmente aburrido como parece?
¡Difícilmente!
Las pastas pueden haber sido en un principio desarrolladas como un combustible metabólico universal y
básico para las poblaciones empobrecidas, pero la ingenua viveza de los humanos ha convertido durante eras
enteras la necesidad económica en una virtud artística, consiguiendo transformar este alimento industrial en
una materia prima de la alta cocina.
Es cierto: una vez que usted ha hervido la pasta hasta alcanzar su punto óptimo, lo que se obtiene es
una tierna, pálida y suave cazuela de fideos o de pasta. Puro almidón, pero algo bueno para mantener el horno
metabólico lleno de combustible.
Aunque no es ése es el modo en que los humanos la ven: los humanos se enfrentan a ella como a un
lienzo limpio y neutral sobre el cual pintar una obra de arte culinario.
Puede usted servir estofado sobre una pasta y obtendrá estofado Irlandés, Buey a la Stroganoff, o un
curry. Algunas pastas pueden ser fritas al modo chino con verduras, carnes, y la marinada común y sus varian-
tes, y obtendremos lo mein, chow mein fon, y otros platos de fideos que combinan fideos fritos con sabrosos
ingredientes crujientes. ¡El truco solo consiste en tratar la pasta como otro vegetal!
Comúnmente, las pastas son servidas con una gran variedad de salsas ricas y abundantes, o con sabrosos
ingredientes que las convierten en alimentos satisfactorios desde el punto de vista nutricional y estético.
Usted puede, por ejemplo, saltear una mezcla de vegetales frescos en aceite de oliva, con ajo, sal,
pimienta, y una hierba o dos, y mezclar la pasta con ella, salpicándolas finalmente con queso rallado. O puede
freir un chorizo, añadirle algunos pimientos y cebollas, albahaca, un poco de puré de tomate, y un poco de
vino, y servirlo sobre una cama de espaguetis.
Ponga a freír dados de tocino en aceite de oliva con ajo y pimienta negra, y agréguelos a la pasta cocida
y caliente, mezclándole también un huevo batido, algo de manteca fresca, crema de leche agria y queso par-
mesano rallado, y habrá confeccionado una carbonara.
O saltee cebollas y ajo en aceite de oliva, y añada alcaparras, pimienta líquida, hojas de salmón ahumado
y vodka. Reduzca la salsa hasta que el alcohol se haya evaporado y el salmón haya tomado un buen color
rosado, y el sabor ahumado haya pasado al líquido de cocción. Vuélquelo sobre algo de pasta caliente, añádale
un poco de manteca y crema agria, y acompáñelo todo con una guarnición de caviar negro.
Los humanos de Italia, donde la pasta ha sido durante mucho tiempo un plato básico, han desarrollado
una salsa básica para pasta que puede ser alterada para acompañar con éxito ingredientes tan diversos como
salchichas con especias, frutos de mar y pescado: ponga a freír cebollas y pimiento en aceite de oliva. Agregue
agua, vino tinto y puré de tomate en cantidad suficiente para obtener un resultado abundante y sabroso. Súmele
albahaca y algo de sal. Reduzca hasta que el alcohol se haya evaporado y hasta que la salsa alcance un punto
suave y rotundo de sabor.
La versión básica puede ser un poquito aburrida, pero es infinitamente adaptable: ponga a freír albóndi-
gas, chorizos o incluso costillas de cerdo con los ingredientes básicos en aceite de oliva, y añada champiñones
si le agradan. Complemente la albahaca con algo de orégano para obtener una saludable salsa de carne para su
pasta. El queso parmesano rallado es de rigor, excepto si se ha añadido cerdo.
Para los productos de mar o el pescado, prepare una salsa putanesca: agregue alcaparras, anchoas y
aceitunas negras en el mismo tiempo que se añade el puré de tomate. Retire la salsa de la cazuela, saltee
rápidamente el pescado o los frutos del mar en aceite de oliva, vuelque la salsa sobre esto, y sírvalo todo sobre
una cama de cualquier tipo de pasta. ¡No añada queso a esta variante!
Se puede aumentar el condimento de cualquier versión de la salsa básica con pimienta muy picante,
añadiendo una abundante cantidad de champiñones, cubitos de berenjena, almejas, o incluso jamón; la base es
lo suficientemente fuerte como para soportar una amplia gama de variaciones.
Y, para cerrar el círculo y finalmente, usted puede emplear la salsa italiana para pastas... ¡sin comer
pasta!
Tome unas carnosas rodajas de berenjena frita, cúbralas con la salsa y con rebanadas de queso moz-
zarela, salpiquelo todo con parmesano rallado, y páselo por el horno para lograr una Berenjena Parmesana.
Cocine al vapor, o a fuego lento, mariscos, calamares y pescado en una salsa putanesca diluida, hasta que
comience a hervir, y después redúzcala con el puré de tomate, y aumentando el ajo y añadiendo, su plato
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se transformará en una Bouillabaisse Francesa. También puede hornear una coliflor, vaciarla reservándose el
contenido, y servir la salsa sobre él, obteniendo ¡una deliciosa verdural!
La cocina humana
Pretender que este modesto tratado ha agotado todas y cada una delas posibilidades de La Cocina
Humana es ridículo.
Apenas hemos tocado, por ejemplo, las posibles variantes del burrito, la tostada y el taco, que pueden ser
rellenados con casi cualquier cosa. La manteca de cacahuete (o de otras pastas de nueces) puede ser cocinada
a fuego lento en aceite de sésamo y en pimienta picante para hacer una “salsa satay” que es estupenda para
las brochetas y las carnes, así como para las aves a la parrilla, aunque no da tan buen resultado con la mayoría
de los pescados, y a pesar de que también puede ser servida sobre algunos tipos de pasta, con las costillas
de cerdo asadas y con unas cuantas hojas frescas de coriandro. En América, una “hamburguesa” puede ser
una simple albóndiga chata de carne picada colocada entre dos trozos de pan malteado, untado todo ello con
una odiosa salsa dulzona de tomate llamada “ketchup”, y que también puede ir cubierta con queso derretido,
tocino, champiñones, pimientos chile verdes, salsa satay, salsa para tacos y hojas de ensalada con lo que se
persigue alcanzar el estatus de arte culinario con dicha receta.
Y el simple arroz, o el trigo hervido que acompañan a varios tipos de estofados, cazuelas, y fritos chinos,
pueden transformarse en platos complejos y sabrosos. Ponga a freír algunas cebollas y ajo en aceite de oliva
o en manteca en la cazuela para hervir (¡o también para freír el arroz!) , y entonces añada especias como la
cúrcuma, el comino, y el cardamomo. Y déjelo todo en el agua hirviendo, tapando la olla y dejando que la
receta alcance su punto exacto. Nueces, frutas secas, verduras cortadas en forma de dato, e incluso trozos de
carne cocida, chorizos, frutos de mar o aves que pueden ser agregados al final de la cocción transformarán su
plato en un alimento completo, un birinari o una jambalaya. Tam,bién puede intentas crear una paella, donde
el puré de tomates, el azafrán, los pimientos, las aceitunas, algo de gallina, y los chorizos son agregados a un
arroz hirviente a medio cocinar, sazonado con mariscos, y puesto en un horno en una sartén abierta a cocinar.
También puede ahuecar cualquier vegetal macizo de tamaño suficiente –una berenjena, un zuchini, un
pimiento dulce, el tomate, la patata, e incluso un pepino- y rellenarlo con una sabrosa mezcla de carne molida
y especias, colocándolo después sobre una plancha, volcándole encima o la salsa italiana básica o alguna otra
de su invención, y horneando todo el conjunto. La carne cruda picada es bastante lo sabrosa cuando se la
mezcla con huevo crudo, pimienta, cebolla cruda, ajo, anchoas, y una pizca de aceite de oliva para hacer un
“Steak Tartar”.
La Cocina Humana contiene tantas posibilidades entre sus variaciones sobre los temas básicos que miles
de libros de recetas han sido inútiles para preservarlas en su totalidad para la posteridad... Incluyendo este
pequeño y modesto volumen.
No obstante, una vez que usted haya preparado su propio equipo de cocina humana, conseguido su
paleta básica de hierbas, especias, aceites, y condimentos, y agregado sus propios conocimientos a ella, paso
a paso y por experimentación con cazuelas de legumbres, estofados, asados, parrillas, frituras, ensaladas y
pastas, usted estará cocinando como un humano.
El propósito de este libro no ha sido el de presentar una exhaustiva, verdadera y representativa colección
de recetas humanas (lo que sería prácticamente imposible) sino el de posibilitar que un cocinero aventurero de
cualquier planeta piense como humano, al menos cuando se halla en la cocina.
No se trata de hacer una sumisa reproducción de una detallada receta. Eso, cualquier robot de cocina
decente podría hacerlo mejor que usted. Aunque ese mismo robot se quedaría perplejo cuando se tuviese que
enfrentar a la necesidad de improvisar sobre una receta humana para adaptarla a ingredientes locales disponi-
bles.
Usted no. Si piensa como humano en lugar de hacerlo como robot, no. Las recetas son útiles para apren-
der un estilo propio entre los métodos y la paleta, pero una vez que usted ha captado lo esencial de todo ello,
sus propios órganos gustativos serán su mejor guía. Puede que no logre transmitir ese hecho a su audiencia,
pero lo cierto es que los cocineros humanos prueban constantemente lo que preparan.
Los humanos tienen una forma musical llamada “jazz”, en la cual grupos de músicos improvisan espon-
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táneamente sobre una partitura compuesta previamente. Si usted piensa en una receta como en una partitura,
y en el chef como en un intérprete improvisando sobre ella, entonces sí que habrá captado el secreto final de
La Cocina Humana.
Puede ser que este concepto parezca evasivo. Bien, puede que lo sea, ya que los humanos han tenido
que dejar pasar siglos de evolución culinaria para concebirlo finalmente.
Hace un siglo o dos, ni los viajes, ni las importaciones de productos desde distantes puertos eran rápidas
o fáciles. Eso significa que los mejores chef humanos tenían que arreglárselas con el ecosistema local. Como
resultado, los “estilos nacionales” evolucionaron: los cocineros comunes seguían recetas heredadas del acervo
nacional y de las tradiciones familiares, y los artistas culinarios desarrollaron estilos sofisticados, pero clási-
camente conservadores, en algunas áreas determinadas, mediante escuelas y libros de texto de enseñanza.
Por supuesto, siempre hubo influencias transnacionales. Las cocinas de Indonesia, Tailandia, y otras de
la región combinaron elementos de los estilos Chino e Indio. Los mismos platos eran hallados a lo largo de
la ruta entre el Extremo Este Europeo y Medio Este Asiático, a través de la India y por el Pacífico Sur; más
simples y suaves en el occidente a base de frutas, nueces, carnes, pimienta; y más especiadas a base de curry
a medida que uno iba desplazándose hacia oriente.
Cuando la gente del Hemisferio Oriental, más avanzada tecnológicamente, “descubrió” las Américas,
encontraron a los “primitivos” disfrutando del chocolate, el tomate, la patata, el maíz, y el pimiento chili, que,
tras unos años, es hablar de lo mismo que en las llamadas cocinas nacionales de Italia, España, Alemania,
Irlanda, Austria, y algunas más que se basaban en productos importados desde ecosistemas extraños.
Aún así, los humanos todavía no estaban preparados para el gran salto conceptual posterior. Los chef
incorporaron los nuevos ingredientes a los estilos nacionales, incluso transformándolos tanto que costaba
reconocerlos, pero la Edad de Oro culinaria era aún conservadora en su espíritu, haciendo uso de recetas
impresas y casi santificadas, siguiendo una y otra vez las mismas reglas para los platos, y estableciendo unos
límites culinarios precisos en las fronteras culturales.
Se necesitaron los viajes fáciles, los medios de transporte de productos rápidos y baratos, el almacena-
miento de los alimentos y la tecnología multimedia de lo que los humanos llamaron el “Siglo Veinte” para
crear el “jazz culinario” que es la gloria coronada en la actual Cocina Humana.
Con hordas de humanos viajando por doquier, y con productos de todo el planeta más o menos dispo-
nibles en todos lados, las fronteras culturales y el tabú a las combinaciones arbitrarias comenzaron a parecer
bastante tontos.
¿Porqué no puede usted poner mango del Caribe y pato asado Chino dentro de un taco Mexicano? ¿Hay
una ley en contra de ello? ¿Por qué no podría usted agregar una especia de curry, o dos, a una fritura China, o
cúrcuma a una salsa de pasta Italiana, o jengibre a una bouillabaisse, o aceite de sésamo a un Borscht, o rábano
picante a un aderezo de ensalada?
Si sabe bien... porqué no. Usted acaba de hacer un descubrimiento culinario. Y si no gusta... Bien, la
evolución culinaria es también un asunto de prueba y error. Tal y como lo hicieron los humanos, ¡usted no
podrá hacer una revolución culinaria en tortillas a menos que alguien trate de romper el primer huevo!
Una vez liberados de las limitaciones artísticas impuestas por chauvinismos culturales, ¿por qué no
seguir el camino hacia la verdadera revolución culinaria?
¿Por qué no crear una cocina enteramente libre de formas, donde las variantes estilísticas sean tan com-
pletamente individuales y personales que no posean otro límite que el ecosistema del planeta mismo?
En lugar de importar unas pocas variantes dentro de un estilo clásico, ¿por qué no crear platos donde sea
imposible identificar un origen nacional? ¿Por qué no tomar todos los productos de la Tierra como hacemos
con el surtido teórico de la paleta de las especias y, como dicen los humanos, “nos marcamos un rock and
roll”?
Los músicos humanos también han hecho lo mismo en lo que se refiere a su arte, combinando elementos
de todo el mundo en un montaje transcultural llamado “World Music”, así como el chef humano se ha liberado
de las restricciones culturales y de las reglas clásicas para crear una cocina que se ha extendido por todo el
planeta: una cocina a la vez universal y personal, el jazz culinario de La Gran Cocina Humana.
Claro que todavía hay algunas reglas y guías, pero ahora son de estética práctica, no tradiciones cultu-
rales clásicas, y siguen ahí para ser seguidas por los poseedores de un órgano sensorial educado, no por inte-
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lectos ilustrados. Ciertamente, usted no pondría una salsa Americana de chocolate sobre un tandoori Indio, lo
mismo que no serviría rodajas de sushi en salsa de tomate Italiana, ni brochetas nadando en salsa de las mil
islas.
Entonces, ¿quién sabe, o cómo podría alguien estar seguro de algo, a menos que lo haya intentado?
Hagamos la prueba con algo que probablemente llamaríamos Ensalada de Pato y Maíz (o Choclos):
Tome algo de maíz americano cocido, añada pimientos dulces asados, nueces picadas, cebollas y un poco de
ajo de China picado y en escabeche. Mézclelo todo en un bol para ensaladas con aceite de sésamo de China y
aceite de oliva de Italia, y déjelo reposar una hora. Entonces agregue un poco de vino de vinagre de Francia,
y vuelva a mezclar. Coloque la mezcla sobre hojas verdes de lechuga y tomates en rebanadas, y coloque unas
tiras de pato ahumado de Francia sobre la ensalada.
¿Es francés? ¿Italiano? ¿Chino? ¿Americano?
¿Y a quién le interesa? ¡Es delicioso!
Las bananas del Caribe van bien en un bocadillo de manteca de cacahuete de América. También el tocino
de Inglaterra. Sushis excelentes se pueden preparar con chili en polvo de México, o con mostaza de Francia.
O láminas de sashimi pueden agregarse crudas a una fritura de fideos y vegetales de China. Los champiñones
orientales (shiitaki) son un buen aditivo para el Buey Stroganoff de Rusia, y los chorizos asados de Alemania
se llevan muy bien con el repollo rallado de la India.
Prueba a freír algunos fideos mai-fon de China en aceite de sésamo y en especias curry de la India, a
presentarlos con forma de canastos, añadiendo ostras crudas de Francia, y a salpicarlo todo con vinagre de
malta de Inglaterra. O derrame algo de queso cremoso sobre una corteza de pan recién horneada y caliente,
coloque unos cuantos huevos de pescado en conserva sobre él, y tendrá una excelente pizza de caviar.
Es necesario tener en cuenta las matemáticas de la situación: sobre el planeta Tierra debe haber varias
decenas de miles de ingredientes disponibles como comida, y otras tantas especias y hierbas para sazón. Al
mismo tiempo, los mismos materiales crudos pueden ser procesados de varios modos (encurtidos, secados,
salteados, podridos, preservados químicamente, ahumados, convertidos en puré o esencia).
Al menos, una docena o más de esos ingredientes pueden ser combinados en el mismo plato, y después
hervidos, fritos, horneados, cocidos al vapor, a la parrilla, asados o comidos crudos.
Matemáticamente hablando, las posibilidades teóricas son literalmente ilimitadas, incluso en el caso de
que no tomemos en cuenta el hecho de que las proporciones de los ingredientes en cualquier plato también
pueden variar de infinitas formas.
La verdad, eso significa que, en teoría, un número infinito de aborrecibles pócimas estén acechando allí
prestas a ser inventadas... e impuestas al incauto sujeto experimentador.
Pero también es verdad que un infinito número de nuevas obras de arte culinario están allí, listas para
ser descubiertas por usted.
No lo rechaces hasta que lo hayas probado, dicen los humanos. ¡Y es un buen anuncio el que, de esta
forma, hacen hacia la sofisticación galáctica esta relativamente primitiva raza de antropoides!
En lo referente a la política, la economía, la ciencia, la filosofía, o el manejo del ecosistema de su pla-
neta, esta civilización inmadura puede no tener absolutamente nada que enseñarnos. Pero en lo referente al
arte culinario, todos deberíamos tratar de incrementar el nivel de nuestra cultura para la cocina galáctica, así
como la civilizada manera de comportarse en ella, aprendiendo a cocinar como los seres humanos.
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esde que el cine dejó de ser un invento diabólico y una curiosidad sin mayor relevancia,
millones de personas han pasado por multitud de salas oscuras tratando de olvidar sus pro-
blemas y vivir con lujo y glamour todas esas aventuras que ni siquiera podían imaginar. Y
han ido a los cines de todo el mundo a ver las películas que protagonizaban sus actores y actrices
favoritos, las estrellas deslumbrantes que, convertidas en auténticos mitos, han sido seguidas con
auténtica devoción a cada paso.
Sin embargo, en esta constelación cinematográfica no todos los intérpretes han brillado
con la misma intensidad o por el mismo periodo de tiempo. Ha habido estrellas gigantes,
inmensamente ricas y conocidas por todo el público, estrellas fugaces que atraían a las masas dos
o tres temporadas, y también otras que, por diversas vicisitudes, no tuvieron una gran significación
entre el público mayoritario, pero sí en algunos círculos menos numerosos.
Podemos distinguir los casos de esos actores secundarios, característicos en su papel como
el villano elegante o el borrachín simpático; las estrellas condenadas a un determinado género o a
películas de bajo presupuesto (serie B); los que, con la llegada de la televisión, se convirtieron en
rostros familiares pero sin llegar a la altura de sus colegas del cine; o los que vieron toda su carrera marcada
por un papel.
Y son de estos intérpretes de los que se nutre el género fantástico, porque salvo los casos de Charlton
Heston en su última etapa estelar tras el éxito de El planeta de los simios, y el de Arnold Schwarzenegger tras
Terminator, no ha habido grandes estrellas vinculadas al género; de
hecho, ni siquiera en estos casos se podría decir que, para el público
mayoritario, el nombre de estos actores vaya unido al de la ciencia
ficción.
El caso arquetípico siempre se ha producido cuando algún
actor desconocido (obligado en películas de bajo presupuesto) prota-
gonizaba un éxito comercial o una película de culto, y no conseguía
librarse inmediatamente de ese papel, que le seguiría el resto de sus
días. Los ejemplos más notables se produjeron en el terror, en sus
diferentes periodos como el de los años treinta de la Universal, o el
posterior de la Hammer con los mismos personajes, cuando Boris
Karloff o Bela Lugosi, y posteriormente Christopher Lee o Peter
Cushing, encarnaron a este tipo de actor atrapado por su personaje
dentro del género y, sin embargo, objeto de culto entre los aficiona-
dos.
Y llegados a este punto, si hablamos de películas de culto
y ciencia ficción dentro del cine moderno siempre acabaremos en
Blade Runner. Independientemente del género, es posiblemente el
ejemplo por antonomasia de película de culto del último tercio del
siglo XX: la más citada; la única repleta de escenas recurrentes en
cualquier reportaje sobre el cine en general y plagiadas por la publicidad; la película cuyos diálogos han
sido utilizados más veces por todo tipo de intelectuales. No es difícil ver asociados varios de los principales
momentos de la película junto a escenas de mitos del cine como Casablanca, Lo que el viento se llevó, o la
imagen de Chaplin.
Y por supuesto, una película de estas características marca la carrera de todo su reparto. Y sobre todo
El último divo
Por Roberto Pérez Millam
Imágenes archivo de PULSAR
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lo hizo con uno; no con el Harrison Ford protagonista que llegaría a ser estrella absoluta, sino con el malo, el
holandés rubio y bien parecido, que se llevó los mejores momentos y esos diálogos que hoy cualquier cinéfilo
que se precie se sabe de memoria.
Rutger Hauer nació en 1944, y tras varias peripecias dentro de la armada holandesa y como marino
mercante, se impuso la influencia familiar (hijo de actores) e inició su carrera en pequeñas producciones tea-
trales, consiguiendo en poco tiempo gran popularidad por sus intervenciones tanto en el cine como en series
de televisión. De este primer periodo destaca la colaboración con el director Paul Verhoeven, con quien ganó
cierto prestigio, primero con la película de carácter erótico Delicias turcas (Turks fruit, 1973), y más tarde
con la notable Eric, oficial de la reina (Soldaat van Oranje, 1977). Tras una última colaboración, Vivir a tope
(Spetters, 1980), Hauer emigró a Hollywood, seguido poco después por el director y convirtiéndose ambos en
activos protagonistas del cine moderno de ciencia ficción.
Como cabía esperar, la entrada de Rutger Hauer en las grandes producciones americanas fue de lo más
tópica: interpretando al malísimo terrorista alemán que, en pleno Nueva York, daba la réplica a Sylvester Sta-
llone en Los Halcones de la noche (Nighthawks, 1981). Sin ser ningún prodigio cinematográfico, la película
tenía una buena realización y la presencia de Hauer se hizo notar, anticipando lo que vendría un año después.
A pesar de la idea que podamos tener hoy, Blade Runner (1982) no fue un éxito de público, y buena parte
de la crítica la machacó sin piedad, característica que, por otra parte, suele ser la constante en las películas que
con los años se convierten en objeto de culto. Sin embargo, la carrera de Hauer estaba firmemente asentada:
un físico perfecto para las producciones de acción y un elemento romántico que le situaba muy por encima de
la competencia en este género. Y además hablaba perfectamente inglés, alemán y francés.
Protagonizó la última película de Sam Peckimpah, Clave: Omega (The Osterman weekend, 1983), así
como Eureka (1883), de Nicholas Roeg. En ambos casos con prestigiosos directores, sobre todo por su parti-
cular uso de la violencia, aunque no en sus mejores horas. Parecía, en cualquier caso, un paso importante en
su carrera.
En breve llegó su segundo acercamiento al fantástico, esta vez con Lady Halcón (Lady Hawke, 1985),
de Richard Donner, con una fantasía medieval y algo infantil de elevado presupuesto, pero muy agradable y
donde se explotan ya las características del nuevo héroe: rudeza y romanticismo.
Protagonizó también Los señores del acero (Flesh & Blood, 1985), que dirigió su amigo Paul Ver-
hoeven en España. El hecho de que fuese la primera producción dirigida por Verhoeven con capital americano
es la única explicación de que Hauer interviniera en esta película de muy escasos medios.
Ya instalado en el star system americano, interpretó al psycokiller de Carretera al infierno (The hitcher,
1986), otra película de culto en ciertos ambientes, aunque largamente denostada en otros por su violencia
gratuita.
Pero lo que parecía una carrera ascendente se tambaleaba. Su encasillamiento en el papel empezaba a
resultar evidente y, cada vez más, asumía como propia la política de selección de Michael Caine, es decir,
aceptar absolutamente todos los proyectos que caían en sus manos y pagaban su cache de ese momento.
Volvió a hacer televisión con Escapada de Sobidor (Escape from Sobibor, 1987), y asumió el rol de
héroe de pelis de acción con la mala Se busca: vivo o muerto (Wanted: Dead or Alive, 1987) y la penosa Furia
Ciega (Blind fury, 1989), en plan maestro de artes marciales.
Simultáneamente el prestigio de Blade Runner aumentaba de forma imparable, y ello le llevó a rodar
La leyenda del santo bebedor (La leggenda del santo bevitore, 1988), dirigida por Ermanno Olmi, el indepen-
diente entre los independientes del cine italiano, y que ganó el León de Oro del festival de Venecia. A ésta
habría que añadir Sangre de héroes (The blood of heroes, 1988), la primera película dirigida por David Webb
Peopples, uno de los guionistas de Blade Runner, y de los más prestigiosos de Hollywood (por ejemplo Sin
perdón, de Clint Eastwood). Sin embargo se rodó en Australia, con pocos medios, y con una historia centrada
en un futuro postatómico las tribus supervivientes practican un deporte parecido al fútbol americano pero
mucho más violento.
Y a partir de aquí éstas serán las constantes del resto de su filmografía: películas baratas de acción, cien-
cia ficción -o las dos cosas-; la televisión, y algún drama que se coló entre las más de cuarenta producciones
en las que ha participado desde 1990, haciendo cada vez menos ascos a papeles secundarios. Pero con ello se
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acabaron los grandes presupuestos de los grandes estudios, así como el trabajo con directores de prestigio.
El capítulo de ciencia ficción continuó con Peligrosamente unidos (Deadlock, 1991), interpretando al
experto ladrón de bancos traicionado que ingresa en una futurista prisión sin muros ni apenas vigilancia,
donde a los presos les colocan un collar con una carga que explotará si se separan de el collar hermano, que
lleva otro preso pero desconocido. Probablemente, y a excepción de las producciones de televisión, esta es la
última película aceptable dentro del género en la que interviene.
Segundo Sangriento (Split Second, 1992) es una mezcla de Depredador, Alien y Blade Runner en un
Londres futuro con pocos medios. Del mismo año es Buffi, la cazavampiros (Buffi, the vampire slayer, 1992),
película infantil a más no poder con Rutger Hauer haciendo de jefe vampiro muy malo.
Más interesante es la producción para televisión Madre Tierra (Fatherland, 1994), una ucronía con los
nazis como vencedores en la segunda guerra mundial, en plan Hombre en el castillo, de Philip K. Dick. Sin
ser nada espectacular, sí que es interesante, y destaca entre los posteriores desatinos.
Interpretó a una especie de Dr. Frankenstein en Mr. Stich (1995) y asumió en Yacimiento Lunar (Pre-
cious Find, 1996), el papel que Humphrey Bogart interpretó cuarenta años antes en una versión delirante de
El tesoro de Sierra Madre, de John Huston. Cabe destacar que otro de los papeles principales era para Brion
James, el segundo replicante de Blade Runner (Leon).
Continuó la serie con Crossworlds (Entre dos mundos) (1996) un antecedente cutre de Matrix sin mucho
sentido, Hemoglobin (1997) en la más pura línea del terror casquero, y Alta traición /Reencarnación (Redline,
1997), una película ambientada en una futura Unión Soviética pero siempre sin los medios suficientes ni la
imaginación y el talento requeridos para salvar este inconveniente.
Entre sus últimas producciones destacan dos para televisión con alto presupuesto y que se han pasado
en las pantallas españolas. En ambas Rutger Hauer aparece como secundario de prestigio, son de fantasía, y
están bastante bien. Son Merlin (1998) y El décimo reino (The 10th kingdom, 2000).
Su carrera continúa con títulos tan sugestivos como Flying Virus, o Turbulence 3: Heavy Metal; ambas
del 2001, y se ha estrenado en la dirección con un corto, The room (2001). También probó la producción en
dos de las películas en que intervino, Mr. Stich y Artic Blue (1993).
Es curioso ver que aún hoy buena parte de sus fans se preguntan cuándo le llegará la oportunidad de
demostrar, en una película de medios, de lo que es capaz como actor. En cuanto a la crítica, una parte le
detesta, avalados por buena parte de su producción; la otra parte le recuerda de la película que le encumbró y
le asocia con la serie B, que entre la crítica siempre tiene su encanto.
En la actualidad Rutger Hauer tiene cincuenta y siete años, y el aspecto atlético e imponente que se
comía la pantalla en Blade Runner ha quedado atrás. Seguramente su futuro está más como secundario de
renombre en producciones de viejas glorias que como protagonista: hay que mantener el rancho en Los
Angeles y la granja en Holanda; también es abuelo. Eso sí, por más que se prodigue cuatro o cinco veces
al año nunca dejará de ser Roy Batty, el
replicante asesino con sentimientos que
no quería morir.
Puede parecer triste que se recuerde
a un actor exclusivamente por un papel,
y más en este caso, pues será recordado
por mucho tiempo (más de cuatro años),
pero ¿cuántos actores no matarían por
ese papel y pagarían ese precio? ¿Lo
haría el propio Roy Batty?
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IA.
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o, no es un rebuzno, aunque más de uno que yo conozco lo soltó cuando la película habÍA
traspasado su segunda hora de metraje. Vamos a realizar la anticrítica de este mes cen-
trada en ella y un poco en la carrera de sus responsables, si les parece, aunque me permi-
tirán que me descuelgue un poco de las opiniones estandarizadas que los críticos sesudos normal-
mente dan y me vaya por las ramas de la paranoia. (Qué demonios, y si no es mi página y hago lo
que me da la gana, ¿no?)
Hay muchísima diferencia entre la CF
escrita y la cinematográfica. Ésta última va cientos de años luz
temáticamente por detrás de la primera, no por gusto sino por
las limitaciones intrínsecas al medio, el cine, que debe simpli-
ficar la realidad y los pensamientos como una ejemplar navaja
de Occam. Esto no es una queja, en absoluto: si el cine
fuera tan sesudo y denso como algunas novelas que he
leído, Dios nos libre de los dolores de cabeza. No; POR
FORTUNA el cine es simple. Y a la vez complejo. Com-
plejo en su exposición de la simplicidad. Simple en su
entendimiento de la densidad.
Lo que generalmente los novelistas tienden a expre-
sar en cuarenta líneas, llenas de verborrea y datos técni-
cos, introspecciones y cabalismos, los cineastas lo deben
mostrar en diez segundos, a ser posible sin efectos espe-
ciales (que salen caros) y sin mucho diálogo, que
los actores se quejan de que tienen que trabajar.
Para ello recurren a metáforas visuales, hospeda-
das en aquello de que la realidad vale por mil palabras y el estilema narrativo y bla bla bla. Pero si está bien
hecho, el recurso de verdad que vale por mil palabras. Y esto es algo que muchos novelistas deberían apren-
der.
El mejor momento de la película que nos ocupa (y del cine de los últimos años, lo que demuestra que
tras ese tal Spielberg de la actualidad, en algún recodo, aún queda una chispa moribunda del genio de los años
70), es la secuencia de la comida: los tres miembros de la familia, padre, madre y espíritu electrónico (jo, ya
se me fue la bola, perdón), están sentados cual castísima trinidad en la mesa almorzando. La molesta música
de Williams, que no para de sonar durante toda la maldita película sin pararse ni un momento, de repente se
silencia: estamos ante un momento especial. Los tres actores comen, o hacen que comen, sin línea de diálogo.
Y de repente el chaval, que los mira con la misma intensidad entomológica que desplegaría el doctor Jones
examinando los relieves del Arca de la Alianza, capta que hay una situación que es graciosa por definición, y
suelta una estruendosa y desproporcionada carcajada. Como la risa es un virus que rápidamente se contagia,
El anticrítico
Por Victor Conde
Comentario del autor
Hola a todos. Me llamo Víctor Conde y soy fan de la CF y el fantástico. Voy a
hablaros en los siguientes párrafos de las últimas novedades en cine fantástico,
dando exclusivamente mi opinión personal e intransferible, tan vana y absurda
como la de cualquiera. ¿Preparados?
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los padres empiezan a reír también, creando por primera vez desde que el juguete llegó a la casa un clima de
cierta distensión. Pero he aquí que los automatismos del chaval interpretan que la broma ya ha pasado, infieren
que ya está bien de hacer el ganso, y éste deja de sonreír de golpe, lo cual genera a su vez un nuevo clima de
incomodidad.
Lo dicho, la mejor escena de la película, y si de esta le dan el Óscar al chiquillo del Osment,
que yo creo que por el curro que se está pegando y los años de niñez que está sacrificando bien se lo
merece, lo más seguro es que cuando pongan
un fragmento de la película en la ceremonia de
entrega, sea éste. Puro trabajo actoral, sin pala-
bras. Sólo cine. Una cámara en frente de ellos.
Sugestión.
El resto de la película se pierde en un
maremagnum de tonterías sobre lo importante
que es el mantenimiento de la unidad familiar
como salvavidas ante los problemas de la vida.
Oiga, yo eso lo respeto y lo comparto, pero
dejen de repetírnoslo una y otra vez, diantre,
que los de Dreamworks parecen loritos aban-
derados de lo políticamente correcto y guar-
dianes de los (ya bastante caducos) valores
judeocristianos. Que la Evolución no se para, leñe, por mucho que a ustedes les gustaría que así fuese.
Volviendo al tema que nos ocupa: Cuando me senté a ver la peli, iba con una amiga a la que le gusta
mucho Kubrick, y cuando terminó y yo le pregunté “¿quién crees que lo hubiera hecho mejor, Spielberg o
Stanley?”, ella respondió: “Spielberg, sin duda. El otro lo hubiera hecho de una manera demasiado cerebral”.
Es una opinión. Hombre, es cierto que el firmante de “Tiburón” siempre ha estado más cerca de los
sentimientos que su colega británico. O bueno, no, déjenme corregir: no es que Spielberg haya sabido acer-
carse más a los sentimientos que Kubrick, sino que al hacerlo lo comunica mediante una técnica más pasional,
más cercana a esos mismos sentimientos, la materia prima que explora. El maestro inglés tenía una traba, que
era lo que en mi opinión lo alejaba de las masas, y es que su retrato de las pasiones era totalmente aséptico.
Acertado, preciso como un láser, pero frío e impersonal. El más maravilloso crimen de la historia del cine,
el asesinato de HAL 9000 en defensa propia, es para llorar, pero nadie llora. Nos parece la disección de un
homicidio, inhumana, académica, tan perfectamente delimitada en sus fases como las capas de la cebolla del
cerebro del ordenador que Bowman va pelando poco a poco, nodo de memoria a nodo de memoria. Mecánico
como la verborrea en inglés de muelle de las azafatas de Iberia. Al final, cuando sólo le quedan activas sus
últimas funciones básicas, HAL muere cantando, lo que psicológicamente sugiere que al menos el sentido del
ridículo es lo último que se pierde ;)
Tal vez mi amiga tuviera razón, e IA necesitase una mano más de padre Abraham y sus pitufos como
es la de Spielberg para ser narrada. Yo, aunque les juro que me esfuerzo, no logro discernir cómo hubiera
quedado la cosa en manos del otro. Tal vez hubiera resultado una película mejor. Tal vez más mala, o un tiro
fallido en sus planteamientos iniciales de exposición de ideas como fue Eyes Wide Shut, no sé.
Lo cierto es que tanto Kubrick como Spielberg han parido bodrios inenarrables, casi tan malos como
buenas eran sus obras maestras. Spielberg más que su compañero, ya que cuando falla, ni siquiera conserva el
sentido de la dignidad de las obras del otro, sino que cae en la sensiblería y nos sacude con cada pestiñazo que
tela. Digamos que éste último trabajo es regular al principio, bueno y hasta muy bueno tirando hacia la mitad,
y tonto y deslavazado en su última media hora. ¿Por qué no acabó la cinta con el niño sepultado bajo las aguas
rogándole al hada en aquel cementerio de ilusiones? Ese sí que hubiese sido un final magnífico, y no porque
a mí me gusten los finales tristes, que no me gustan, sino porque lo que sigue es simplemente un esfuerzo del
guión por premiar al protagonista tras tanto sufrimiento, concediéndole ese último regalo agridulce que es un
día más (y único) en el Paraíso.
De rigor científico mejor no hablemos. Esta NO es una obra hard, aunque así nos la hayan vendido. De
hecho, es muchísimo menos hard que Parque Jurásico. Tenemos androides que piensan y viven, pero no se
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nos explica la base de su tecnología. Tenemos una inundación global como punto de partida algo forzado para
excusar la necesidad de la civilización de crear robots pensantes a un ritmo muy acelerado; y una explicación
final (y esto es lo que no tiene desperdicio, ji ji ji), del por qué el regalo de los ultraevolucionados robots sólo
puede durar un día, y que tiene que ver con algo difusamente relacionado con el continuo espacio-tiempo, y
una especie de memoria intrínseca a la textura misma del Universo que vigila que las cosas sean únicas y
no se vuelvan a repetir dos veces. Esto es ni más ni menos que la racionalización de Dios. Spielberg es un
hombre muy religioso y jamás admitirá que los seres inteligentes del cosmos puedan llegar a comprender tan
absolutamente los mecanismos de la Fábrica
de lo Real como para engañar a cosas como
el Destino o la Divina Providencia, concep-
tos demasiado triviales como para tenerlos en
cuenta en un análisis serio. Pero como le da
vergüenza decir directamente en su película:
“Mira, Dios no nos deja usurpar el papel de
Creadores, porque estaría mal, así que a chin-
charse y a creer en la Otra Vida”, pues se
inventa una “memoria cósmica” que vigila
que no se pueda hacer algo tan simple como
clonar a una mujer a partir de células de
su cabello y hacerla crecer de nuevo en un
entorno simulado.
No sé a ustedes, pero a mí personalmente me molesta mucho esta nueva forma taimada de transmitir
ideas religiosas disfrazándolas de CF hard. De hecho, ¿recuerdan cuál es la idea alrededor de la que se cons-
truye toda la saga fílmica de Parque Jurásico? “Esto es lo que sucede cuando se juega a ser Dios”. Patético.
Yo no quiero decir con esto que el buen escritor de CF deba ser ateo para ser creíble, ojo, pero creo que la
vertiente que hoy en día está más en boga en la CF es la que se preocupa de buscar soluciones alternativas a
los planteamientos metafísicos del trascendentalismo humano (y que tiene que ver, atentos, única y exclusi-
vamente con nuestra capacidad de pensar y de hacer introspección, y NO con un sentimiento religioso interior
generado por un Alma Intangible e inalcanzable —la cual, al igual que la religión, es el producto más simple
de esa misma capacidad de raciocinio enfrentada a la gnosis del mundo—). Soluciones alternativas quiere
decir alejadas de la explicación tradicional del a dónde vamos y de dónde venimos: “Vas y vienes de Dios, así
de simple”, es lo que nos propone Spielberg. “Y no te alejes de la senda correcta en aras de ese nuevo demonio
que es la tecnología, porque tarde o temprano los monstruos saldrán de sus tarros y te devorarán”. En fin...
Y acabo ya, que se agota el espacio. El cine no es complejo en ideas, sino en exposición. En cualquier
novela de Clarke (incluyendo 2001 y, sobre todo, esa obra modélica de la CF hard que es 2010) hay más
profundidad de pensamiento que en cualquier obra de Spielberg, pero es que sus objetivos son diferentes.
La literatura de CF pretende especular y reflexionar, el cine entretener y “hacernos soñar”, como rezaba el
eslogan; son medios totalmente diferentes y complementarios, no en competición, y hay que aceptarlos así por
el bien de nuestra salud mental (por eso Solaris es, sí, lo es, un bodrio de película, porque se quiere asemejar
mucho a la tampoco demasiado brillante novela que la engendró).
Ojalá la película del Señor de los Anillos no se parezca en nada a la novela, o ya desde aquí veo la
descomunal sobada que me voy a pegar en la sala de cine, de verdad que la veo.
Nací en Santa Cruz de Tenerife, soy programador informático y fan del
cine y la literatura, y aquí sigo, carteándome con el mundo vía mail
y aprovechándome vilmente de la tecnología de nuestro tiempo. Desde
hace unos meses estoy enviando cuentos a las revistas y he conseguido
publicar en algunas, lo cual no me sube los humos, sino me da más
ganas de trabajar.
Vamos a ver en qué queda la cosa... ;)))
PULSAR
Fanzine de Ciencia Ficción y Fantasía
Este Fanzine se terminó de componer en La Llagosta el día 1 de Noviembre del 2001