APRENDER A EDUCAR DESDE EL CORAZÓN, UNA ASIGNATURA PENDIENTE

Cuando las relaciones se establecen entre personas, parece que todo es simple y, en ocasiones, es realmente complicado. Saltan las desconfianzas, los recelos, el afán de poder,… muchas “razones” que pueden hacer que estas relaciones se enturbien. Cuando las personas se conocen unas a otras, generalmente se facilita la relación pues las “razones” se debilitan. Esto es precisamente lo que ocurre con los maestros cuando se encuentran en sus aulas con niños con discapacidad, con dificultades de aprendizaje, con trastornos del espectro autista o con altas capacidades y no conocen muy bien qué es lo que tienen entre manos.

No alcanzo a entender los motivos que llevaron a suprimir las especialidades de magisterio. Cuando estas existían, ya desde primero, el estudiante elegía su formación en el ámbito de la Educación Especial, si así lo deseaba, formación que se extendía a lo largo de los tres años de carrera. En la actualidad, esta formación está limitada a 36 créditos: cuatro asignaturas, 6 créditos del Trabajo Fin de Grado, que está vinculado a la mención y en el que se debe hacer un trabajo de investigación y de innovación y 6 créditos de practicum. Todo ello configura la Mención, una especie de especialización que, en el caso del Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle, es en Educación Inclusiva. Unido a esto existe una asignatura de 6 créditos de formación básica que cursan tanto los estudiantes de la Titulación de Grado en Educación Infantil como en la Titulación de Grado en Educación Primaria, en la que se hace un recorrido por las diferentes discapacidades y capacidades diversas. A todas luces, a mi entender, escaso.

Se habla mucho de formación en competencias, de evaluación de competencias, pero ¿la formación que se da a los estudiantes de magisterio es una formación realmente competente, y sobre todo completa, para poder desenvolverse en la atención a lo diferente? Sin duda me atrevería a decir que es insuficiente. En las competencias generales del título de maestro se aborda escuetamente el reconocimiento a la diversidad y, en nuestro caso, se incorpora en las competencias nucleares ya que, desde siempre, La Salle ha apostado por la atención a la diversidad. Es necesario entonces que desde todas las áreas de formación de los educadores se haga hincapié en la sensibilización.

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Estoy convencida de que el ambiente comunica, transmite, apoya y favorece en última instancia el ver como normal lo que es cotidiano.

Pues bien, si unimos las dos ideas expuestas hasta este momento, observaremos que si no existe conocimiento de algo, no se aborda de la misma manera que si este conocimiento existe y esto es precisamente lo que ocurre con las personas que son distintas “a las tenidas como normales” y concretamente en el ámbito educativo que es el que nos ocupa. A esto hay que añadir que cuando se hace referencia a la discapacidad se pone el acento en ella y no realmente en la persona, sin llegar a entender que la discapacidad en sí misma no existe, no es posible si no está en relación con un ser vivo, con una persona. Esta idea que es sencilla, la sociedad se empeña en retorcerla y obviar a la persona poniendo además calificativos innombrables que, lejos de ayudar a la inclusión, favorecen la segregación. La terminología es realmente importante pues encierra una filosofía que se traslada al campo de la actuación y desde luego no la favorece.

Cuando uno está al frente de la formación de educadores y además cree sin límites en la inclusión como concepto y como realidad, no cabe duda de que asalta la interrogación de la responsabilidad en esa formación. Si los centros escolares acogen a la parte de la sociedad en la que se encuentra ubicado y en el conjunto de los niños que acuden existen niños con discapacidad, son los maestros los primeros que deben atender a la diferencia en pro de una mentalidad inclusiva. Aquí será por tanto donde se inicie una verdadera atención a la diversidad y se ponga en práctica la inclusión. A partir de aquí la transmisión natural, primero a la sociedad más cercana y posteriormente a un núcleo más amplio, es tarea relativamente sencilla, lógicamente si se hace en base a los principios de normalización e inclusión abandonando la discriminación y asegurando la igualdad de oportunidades, la calidad de la enseñanza y otros tantos principios que pudiera relatar, que se recogen en la Ley General de Derechos de las Personas con Discapacidad y de su inclusión Social del 3 de diciembre de 2013 y en la LOMCE del 9 de diciembre de 2013 y que de nada sirven si en la práctica diaria no se ponen de manifiesto.

También es verdad que en la sociedad en la que vivimos, que es competitiva, puede resultar llamativo el concepto de colaboración, aspecto por otra parte innegable en el ROSARIO VALDIVIELSO ALBA. CSEU LA SALLE Página 2

quehacer de los educadores y de gran importancia en el ámbito de la inclusión donde no tiene cabida el individualismo. En estos momentos la rivalidad, la demostración del más capaz, entre otras cuestiones, está a la orden del día entre los jóvenes y parece que formar en la atención a los que más lo necesitan podría parecer fuera de lugar, pero hay que acoger esta realidad, contarla, exponerla, trabajarla y fundamentalmente acercarla.

En el Centro Superior de Estudios Universitarios La Salle somos conscientes de ello y por este motivo acercamos a nuestros alumnos la realidad de la diferencia. En nuestra cafetería trabajan cinco personas con Trastorno del Espectro Autista del Centro Nuevo Horizonte dos días a la semana desde hace más de diez años. Y este escenario forma parte de la representación de la vida académica.

Nuestros alumnos consideran normal, porque lo han visto natural, que estos chavales desarrollen su tarea, entre “los así llamados normales”. En este caso, la realidad ha llegado antes que el conocimiento en algunos casos y cuando éste ha llegado, lo han asumido a veces con extrañeza, pues el desconocimiento no les permitía pensar en una normalización semejante y en ocasiones han encontrado explicaciones a algunas conductas.

De igual modo, y desde hace 14 años, una persona con discapacidad intelectual trabaja en nuestro Centro, como una trabajadora más realizando tareas de auxiliar administrativo y formando parte también de ese escenario del día a día de la vida académica del centro, del estudiante, del profesorado y del personal de administración y servicios.

Con la presencia de estas personas, nuestro Campus ha ganado, se ha revalorizado y revitalizado, y no por ser más sino por que ellos han contribuido a que nuestra comunidad universitaria se enriquezca y lo haga no por cuestiones contables sino por aquello que realmente enorgullece: el respeto, la tolerancia, el dar valor a la diferencia y creer en ella, el ver cómo estas personas diferentes tienen su papel en la sociedad y lo cumplen sin escrúpulos, el sentir que la competitividad no existe más allá de aplicarla a uno mismo y que se traduce en afán de superación.

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Somos concientes de la necesidad del conocimiento y de la importancia de acercar la realidad a las aulas porque tenemos una gran responsabilidad en la formación de maestros. Necesitamos que la diferencia la normalicen, la incorporen y la vivan y cuando todo ello se haya incorporado, asumido y vivido estamos seguros de que lo transmitirán no solo con sus palabras, lo harán con sus hechos, con sus actitudes y lo que para mí es más importante, con el corazón. Hablando, actuando y creyendo desde el corazón la relación es más cálida, más sentida y mejor puesta en escena.

Tener un niño con discapacidad en el aula enseña en muchos niveles de la vida del educador. Aunque el maestro se sienta desorientado, él mismo le va a guiar por donde ir. Ellos enseñan a ser adaptables y flexibles a los maestros y a abandonar la programación preparada, a veces rígida e inflexible, aunque siempre leamos y digamos lo contrario; pues cuando los niños entran por la mañana en el aula nos hacen ver que quizá hoy hay que dar un giro y atender a lo más importante, a ellos mismos, dejando de lado lo preparado. ¿Esto es un caos? Esto es la atención a la vida, el delicado cuidado que debe prestarse y la satisfacción de haberse centrado en la persona para salvar lo que en aquel momento preocupa al niño, por encima de unos contenidos. A esto también hay que aprender y hay que buscarlo en uno mismo teniendo en cuenta que esta formación te la dan las personas con discapacidad, que son capaces de sacarlo de lo más profundo de los demás y que, lógicamente, no está escrito en ningún libro.

Para trabajar en el mundo de la atención a la diversidad habría que añadir en la formación de los educadores una asignatura, me atrevería a decir que quizá con ella se alcanzaría un nivel de competencias, una formación holística y un desempeño didáctico adecuado : APRENDER A ESCUCHAR DESDE EL CORAZÓN.

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