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El pesimismo se agudiza ante nuevas y viejas enfermedades como la influenza, el

cáncer y el sida. Y cabe preguntarse, ¿es que no hay razones para la esperanza? ¿La
humanidad va sin remedio con rumbo al precipicio?

Evidentemente Eros y Thanatos luchan, y en esa lucha está la supervivencia humana.


Hay un fenómeno que desde hace algunos años ocupa la atención de científicos de
diversa índole: tiene que ver con el sentido de vida. Es una pulsión hacia la vida que
pasó inadvertida o casi inadvertida, y que permite albergar esperanzas acerca de la
capacidad humana de reaccionar ante las adversidades que en principio parecerían
insuperables.

Se trata de la resiliencia, es decir la capacidad humana de superar las adversidades y


construir sobre ellas. La resiliencia es la capacidad de una persona o grupo social, no
sólo de soportar crisis y adversidades, sino de poder recobrarse y salir fortalecido de
ellas.

Resilire, en buen latín, quiere decir “volver a entrar saltando” o “saltar hacia arriba”.
¿Pero cómo se aplica esta capacidad humana (aunque también es de los demás seres
vivos)?

Los profesionales de la salud y la educación en el quehacer cotidiano, se encuentran a


diario con personas o grupos que viven situaciones de tragedias o de estrés: que parecen
difíciles o imposibles de superar. Este concepto nos ayuda a entender que sobreponerse
de las tragedias, salir adelante, por ejemplo, tras la muerte de un ser querido o intentar
algo una y otra vez hasta lograr los objetivos, no es fruto del azar o de personas
especiales.

¿Por qué algunas personas se enferman más que otras en circunstancias similares? ¿Por
qué algunos pueblos son más propensos a las vulnerabilidades derivadas del medio o de
desastres naturales o provocadas por el propio hombre? ¿Qué factores habría que
potenciar en las personas o en las comunidades para resistir y transformar las
deficiencias o debilidades en fortalezas?

Pongamos un ejemplo: de un evento estresante o de una experiencia negativa —como


un atentado o un sismo— se puede salir herido, lastimado, física o emocionalmente;
pero también puede transformarse en el aprendizaje de una herramienta constructiva útil
para desplegar conductas favorables frente a otras dificultades que la vida presente.
Pero, ¿cómo podemos saber cuál es la pertinencia y la capacidad de una u otra
herramienta para desatar justo este potencial de recuperación de las personas?

Porque es indudable que la resiliencia existe y es una herramienta al servicio de la


supervivencia humana. Algunos científicos creen que ésta confirmaría y
complementaría la Teoría de la Evolución. También se sabe ya que la resiliencia no es
un atributo con el que se nace o se adquiere por sí misma durante el desarrollo: son
diversos factores propios del medio los que posibilitan una asociación positiva con la
posibilidad de ser resiliente.

Lo cierto es que desde los años ochenta ha existido un interés creciente por saber más
sobre aquellas personas que, a pesar de nacer y vivir en condiciones de alto riesgo, se
desarrollan física y psicológicamente sanos y son socialmente exitosos. Como ejemplo
podemos mencionar niños que nacen en condiciones de desventaja social, pero tienen
un alto coeficiente intelectual, a pesar de no haber recibido estimulación temprana ni
apoyos adicionales a la educación escolar.

Como en el viejo mito de Sísifo, la resiliencia se manifiesta en ese hombre que empuja
una pesada roca cuesta arriba de una montaña, y poco antes de llegar a la cima —a pesar
de usar toda su fuerza— la roca se le escurre y cae al valle. Sin embargo, Sísifo, no
escatima esfuerzo por vencer al límite; y, a duras penas, tolera la fatiga y se sobrepone y
sigue luchando por subir la roca.