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CIVILIZACION O BARBARIE

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Los grandes hombres de la historia son aquéllos que se destacan no solo por su accionar en la época que les toca vivir sino por la excepcional capacidad para meditar, reflexionar y dejar principios rectores que le sirvan no sólo a sus contemporáneos sino también –y fundamentalmentea las generaciones futuras. Es el caso de un prohombre de nuestra historia nacional, Domingo Faustino Sarmiento, un gran visionario en su época, y que supo allá, muy lejos en el tiempo, y a pesar de los errores, plantear la necesidad que tiene la sociedad de elegir entre la vida civilizada y normada en sus conductas, o la vida de barbarie, anárquica y carente de normas. Creí que esa idea básica y a su vez extraordinaria, y la acción de aquellos hombres del comienzo de nuestra organización política para llevarla a cabo, había quedado definitivamente sólo para la historia, pero de manera lamentable, hoy, en nuestro país y en nuestra sociedad argentina contemporánea, nos encontramos con reacciones de ciertos ciudadanos que bien vale traer a recuerdo aquélla antigua enseñanza: que una sociedad que se precie de tal, que desee superarse y organizarse, crecer y desarrollarse, debe optar definitivamente por la civilización, y desterrar totalmente cualquier vestigio de anarquía o barbarie. Con franqueza digo que nunca pensé que en este punto de la línea histórica de nuestro país tendríamos que estar volviendo a recordar aquélla sabia regla que nos dice que sólo en una sociedad organizada por las normas los seres humanos podemos convivir y desarrollarnos plenamente, y que ello significa que solo los órganos y autoridades que la sociedad establece para ello pueden ser jueces de la conducta de los otros, y nadie, repito: NADIE más debe creerse que cuenta con el derecho de hacerlo, y menos aún de sentenciar y ejecutar. De las líneas precedentes se vislumbra el tema al que quiero referirme: la aparición alarmante de signos en algún sector de nuestros conciudadanos que parecen mostrar que han retrocedido muchísimas generaciones a épocas casi olvidadas donde cada individuo tomaba la justicia por su propia mano. Como hombre de derecho me he sentido en la obligación ciudadana de no callar ante estos aberrantes e incivilizados hechos, pues hacerlo presume consentirlos, y –a mi entender- una sociedad civilizada y democrática, que se precie de tal, no puede dejar de condenar el ejercicio de la violencia por quien o quienes no tienen el derecho legítimo de usarla, pues en un Estado organizado este monopolio sólo pertenece a éste, en la medida justa, necesaria y razonable, y no a sus ciudadanos. Esto no implica desconocer el derecho de un individuo a defenderse ante una agresión; ni desconocer la realidad de la creciente inseguridad; ni desconocer la cada vez mayor ineficacia del Estado en contenerla; sino sólo llamar la atención sobre un principio básico y rector de una sociedad organizada: que las reglas están para ser cumplidas por todos, y que si bien tenemos la libertad para incumplirlas, el hacerlo acarrea consecuencias que deben ser aceptadas. Tanto delinque y se convierte en asesino el ladrón que por robar mata, como el transeúnte que por vengar o calmar su ira también lo hace; y sobre uno y otro deben caer la severidad del Estado que las normas prevén para quienes violenten las reglas. Tampoco debemos caer en la falacia de justificar la comisión de delitos por la situación social, económica o cultural del individuo que lo comete, lo que puede servir para comprender o explicar, o para agravar o mitigar la pena, pero nunca para justificar o no castigar. Si afirmamos pertenecer al género humano, nunca debemos dejar de tener presente que ya sea una cartera o billetera, o ya sea un auto de alta gama, JAMAS pueden valer la VIDA de una persona, sea ésta la víctima o el victimario. Si olvidamos eso habremos empezado a degradarnos, como personas primero y como sociedad después. (*) por Federico Miguel Viollaz

Villaguay, 04 de Abril de 2.014.A la Directora Diario “EL PUEBLO” Sra. Orfilia Muñoz de Surra SU DESPACHO De mi mayor consideración: El abajo firmante, se dirige a UD. a los efectos de solicitarle la publicación en el prestigioso diario que dirige, y en carácter de Carta de Lectores o Columna Ciudadana o Colaboración, o en el carácter que estime pertinente, el texto que se acompaña con la presente.Saludo atte.-