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Pasado, presente y futuro de los bosques españoles

Hugo González Mora

Cuando un bosque se destruye, cuando queda sepultado bajo el alquitrán, el hormigón y el asfalto, no desaparecen solo especies y hábitats únicos, sino también recuerdos únicos y formas de pensamiento únicas. Los bosques, al igual que otros paisajes vírgenes, son capaces de despertar en las personas nuevas maneras de ser, transforman nuestra cognición y nos urgen a pensar de un modo distinto. (…) Cuando uno pasea por un bosque discrepa de la sentencia de Sócrates, según la cual «los árboles y los campos no pueden enseñar nada, mientras que los hombres de las ciudades sí». Robert Macfarlane, 2007.

Había una tradición en torno a las diosas eleusinas en donde se relataban las consecuencias fatales de una deforestación masiva. El relato está escrito en clave religiosa pero, como usted observará, reproduce muy bien el desastre ecológico, tan propio de nuestro fin de milenio. (…) Erisictón, cuenta el mito, era un héroe engreído que, a la sazón, no temía a las divinidades de la Tierra. Movido por el orgullo, y envalentonado por su seguridad, osó violar (talar) un recinto arbóreo erigido para gloria de Deméter. Y dicho y hecho, arrasó el bosque. La diosa enfadada comprobó no solo la falta de respeto hacia ella, sino también la falta de mesura (antiecológica) de este hombre. Deméter le impondría como pena a su irreverencia un castigo nutricional durísimo: sentir una hambruna inmoderada. María Teresa González Cortés, 2000.

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Según Macfarlane, “la destrucción del bosque profundo se inicia en el Neolítico, y se cree que en el segundo milenio a.C., esto es, en la Edad del Bronce, Inglaterra ya había perdido la mitad de su masa forestal. (…) Pero es en el siglo XX cuando las grandes masas forestales desaparecen irreversiblemente”. En los últimos mil años, aproximadamente entre el año 900 y 1900, “la cobertura forestal europea pasó del 90 al 20%”1. Y según WWF, apenas se conserva “una quinta parte de las masas forestales originales que existieron en España y, de estas, sólo el 5% son de mediana calidad”2.
En plena reacción estamos en materia de árboles, lo mismo que en materia de libertades; nuestro pueblo no ha sabido conservar éstas, y ha ayudado a destruir aquéllos; y no urge menos restaurar los unos que las otras. (…) En este punto nos hallamos nosotros: hemos talado el arbolado porque ocupaba el espacio que se juzgó necesario para el cultivo de viñas y de panes, y ahora sentimos la necesidad apremiante de restablecerlo, porque sin él no hay certidumbre ni regularidad en los vientos ni en las lluvias, ni corren los manantiales para beber, ni los ríos para regar, ni las acequias para poner en movimiento nuestras fábricas. El Ayuntamiento de la Espluga (Gerona) hubo de repoblar un monte para conseguir la reaparición de los antiguos manantiales que daban vida a la población, y que se habían secado casi por entero; el gobierno inglés ha debido repoblar apresuradamente algunos montes de la Australia para restablecer el nivel de las antiguas lluvias, que había descendido a una mitad en el pluviómetro. Ha sido preciso retroceder. Joaquín Costa, 1912.

Desde hace algunas décadas, sin embargo, la superficie arbolada europea está creciendo a un ritmo anual del 0,51%. Un 2,19% en el caso de España: en setenta años hemos pasado de 12 millones de hectáreas de superficie arbolada a 18 millones3. Para visualizar mejor estos números, cabe recordar que la superficie total del país es de 50 millones de hectáreas. “En la actualidad el proceso parece invertirse, detectándose un incremento de las zonas boscosas debido principalmente al abandono de las explotaciones agrarias en las áreas marginales y la concentración de la agricultura en las situaciones más favorables”4.
En 1940, tras la guerra civil, España alcanza el nivel de menor superficie forestal de su historia: 24 millones de hectáreas (8 millones menos que en 1860). De igual forma, la superficie arbolada alcanza mínimos históricos – 11,7 millones de hectáreas oficialmente – de los que sólo serían dignos de recibir la consideración de bosque 5 millones de hectáreas de monte alto. El resto correspondería a montes bajos, claros y extremadamente degradados. Entre 1940 y 1970 continúa decreciendo la superficie forestal aunque con menor intensidad que en los anteriores años: comienzan los planes de repoblación y se estabiliza la superficie forestal en torno a 25 millones de hectáreas. Entre 1975 y 1995 existe un incremento de la superficie arbolada debido al masivo éxodo rural y a la intensificación de las explotaciones agrícolas, con el consiguiente abandono de terrenos marginales y su forestación natural o planificada. Entre 1995 y 2009 se sigue incrementando la superficie de bosque con gran aceleración fruto principalmente de las políticas de Forestación de Tierras Agrarias –P.A.C- y de la regeneración natural. Sociedad Española de Ciencias Forestales, 2011.

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Jiménez López, 2008. WWF, 2008. 3 SECF, 2011. 4 Blanco Castro y otros, 1998.

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Este aumento en sí mismo es una buena noticia, pero solo parcialmente, me temo. Si levantamos la vista y contemplamos el conjunto, las malas noticias son mayoría. Es cierto que “desde el inicio de las grandes políticas de repoblación forestal en el año 1940 y hasta el año 2006, se han repoblado en España”5 unos 6 millones de hectáreas, pero también es verdad que las repoblaciones productoras, por ejemplo, de Pinus insignis en el País Vasco6 y las de eucaliptos en Andalucía y en Galicia (en esta última, los eucaliptos “representan el 13% de la superficie arbolada”7) no son bosques en sentido estricto. En realidad, “por la manera en que se gestionan los eucaliptales (preparación del terreno, marcos de plantación, eliminación de la vegetación, herbicidas, pesticidas, tamaño de las cortas, turnos cortos, etc.) tienen muchas similitudes con los cultivos agrícolas”8. En total, podemos decir que “las cortas anuales representan la mitad de los crecimientos en el conjunto de España”9, con lo que la mitad de los nuevos árboles están enfocados al comercio.
Es muy común, cuando se habla de la deforestación a nivel mundial, afirmar que es cierto que las grandes superficies de bosques y selvas tropicales están reduciéndose, pero que las de los bosques europeos y de otras zonas templadas se están recuperando. (…) Sin embargo, la trampa que nunca cuentan es la siguiente: las plantaciones industriales de árboles (que es lo que realmente se está extendiendo por los países ricos) no tiene nada que ver con un bosque. Fernando Jiménez López del Oso, 2008. No es correcto mejorar la superficie forestal a través del mero incremento catastral (por comparación de datos entre los últimos Inventarios Forestales Nacionales), pues una mayor cantidad de hectáreas no significa mejor calidad biológica. Nuestros bosques están muy fraccionados y se siguen fragmentando con nuevas vías de comunicación que impactan muy negativamente sobre su diversidad biológica. Los incendios forestales afectan cada año a una media de 120.000 hectáreas, de las que aproximadamente la mitad son arboladas, dejando unos bosques mermados en calidad a pesar de que los inventarios nacionales reflejen un aumento de la superficie forestal. WWF, 2012.

En cuanto a las repoblaciones que la industria maderera no utiliza todavía –pues es probable que, tras el agotamiento de los combustibles fósiles, la inversión del éxodo rural y el posible aumento de la inmigración de origen africano debido al calentamiento global, se haga un mayor uso de la madera en las próximas décadas-, lo cierto es que su grado de madurez también es bajo. “La actual composición, madurez y extensión de los montes en España son en gran medida producto de la ejecución de las grandes campañas de repoblación forestal concebidas en el seno”10 del Plan General para la Repoblación Forestal de España publicado en 1939. Por tanto, “puede decirse que no quedan bosques vírgenes y son escasos los retazos de bosques con un alto grado de madurez”11.

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SECF, 2011. Véase el capítulo 13 titulado “Repoblaciones: el bosque artificial” de la serie documental El bosque protector. 7 Arosa Gómez, 2011. 8 Greenpeace, 2011. 9 Arosa Gómez, 2011. 10 SECF, 2011. 11 Valladares, 2008.

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Las últimas décadas han visto una tendencia a la expansión del bosque en superficie y al aumento de las biomasas en pie como resultado del abandono de cultivos en las zonas de secano de menor rendimiento (…). Insistamos en que se trata en todo caso de bosques fuertemente intervenidos por el hombre, que ha modificado sustancialmente su composición con una tendencia a reducir la diversidad de especies arbóreas, a favorecer los bosques monoespecíficos o, como mucho, mixtos pero dominados por solo un par de especies, y desde luego a eliminar a los grandes animales, algunos de los cuales realizaban funciones de dispersión de semillas. Esto último ha contribuido sin duda a la disminución de la diversidad de leñosas del vuelo o del subvuelo en las masas forestales. Así pues, la dinámica más reciente impuesta por el hombre y el fuego parte de unos ecosistemas notoriamente empobrecidos a lo largo de los siglos en componentes que fueron importantes. Jaume Terradas, 2008.12 Que los bosques de la península ibérica están padeciendo una espiral de devastación que, probablemente, terminará con ellos en unas décadas es algo admitido, entre líneas, por las autoridades que, sin demasiado pesar, se disponen a sustituirlos por las plantaciones forestales de especies de crecimiento rápido, coníferas y frondosas. Un dato que dice bastante sobre el pésimo estado del monte es el grado de defoliación promedio. Hasta 1990 sólo de manera excepcional superaba el 5%, pero en lo que llevamos de siglo XXI parece haberse situado en el 13%, sin que falten años en que se eleva al 23,5 % (en la encina se ha llegado hasta el 30%), cifras alarmantes. Félix Rodrigo Mora, 2008.

Otro problema ya mencionado y no menos importante es el aumento secular de los incendios. La siguiente afirmación bien vale un alto en el camino: “Los incendios, (…) si bien han existido a lo largo de la historia, no con tanta frecuencia como en los momentos actuales”, lo cual provoca “una fuerte erosión con pérdida de suelo y por tanto pérdida de hábitats”. En conjunto, “las talas, los incendios y las repoblaciones forestales de 1950 mal planteadas, han provocado una pérdida de biodiversidad florística”13 considerable. Según la página web del Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, en su sección «Estadísticas de Incendios Forestales», el número de incendios en España, incluyendo conatos, no deja de crecer. De media, en la década de los 60 del siglo pasado hubo menos de 2.000 incendios al año, y es de suponer, aunque esto no lo he podido confirmar, que a principios de ese siglo y en siglos anteriores los números fueron menores. En comparación, en esta última década han tenido lugar, en promedio, más de 15.000 incendios anuales. La superficie quemada anualmente en la década de los sesenta fue alrededor de 50.000 hectáreas, mientras que en esta última década se han quemado cada año cerca de 150.000. Como se puede apreciar, el número de incendios se ha multiplicado por siete, mientras que el número de hectáreas quemadas solo se ha multiplicado por tres. Dentro de lo malo, ese es un buen dato. No obstante, aun suponiendo que el número de incendios y la gravedad de los mismos no aumentasen o incluso disminuyesen en las décadas siguientes debido a una mayor sensibilización,

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Valladares, 2008. Cano Carmona, 2009.

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prevención y mitigación –improbable si tenemos en cuenta el éxodo rural14 de las últimas décadas, el empobrecimiento paulatino del Estado como gestor y el aumento de las sequías debido al calentamiento global15-, podemos concluir que, por lo que respecta a este tema, el presente es objetivamente peor que el pasado, y el futuro podría ser peor que el presente.
El aumento de los incendios se relaciona en parte con el constante aumento de las actividades con riesgo de inicio de fuego en y, sobre todo, alrededor del bosque, en parte con la acumulación de vegetación leñosa en cultivos abandonados y como resultado del abandono de extracciones en el propio monte, y en parte por las temperaturas en aumento y la mayor frecuencia de sequías prolongadas que se han observado durante los últimos treinta años. El cambio de régimen de incendios, y en especial la recurrencia de grandes incendios con elevadas intensidades, puede convertirse en un factor decisivo para la evolución futura de las masas, sobre todo en los territorios con precipitaciones anuales inferiores a los 800 mm. Jaume Terradas.16

Además, está también el asunto siempre problemático de la rentabilidad. En un mundo donde lo que manda es el dinero y la fuerza para hacer valer ese dinero –de ahí que no pueda existir un capitalismo sin las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado-, los bosques parecen estar condenados a la extinción, o cuando menos a su mínima expresión. Pues, como dice Jaume Terradas, “cuando los bosques, desde el punto de vista de la producción (de madera o de otros productos como caza, hongos, etc.) no son rentables, no se invierte en ellos”. Según este autor, “debemos saber y reconocer que la gestión solo se realizará si se resuelve el problema de financiación”. Sin embargo, suponiendo que descartemos desde un principio la opción de privatizar los «montes de utilidad pública» que nos quedan17, el problema de la financiación solo se puede resolver de dos maneras bien diferentes. La manera más fácil y por ello la más probable (después de la opción privada), llamémosla la opción estatal o «desde arriba», consiste en recaudar más impuestos y destinar una mayor proporción de ellos a la gestión del medio natural, pero eso solo es posible o bien reduciendo autoritariamente el poder adquisitivo de la población18 y por tanto aumentando la desigualdad dentro del país, o bien abriendo nuevos mercados en el exterior en detrimento de su medio natural y por ende aumentando la desigualdad entre los países, pues para que dentro haya un Estado de bienestar, fuera ha de haber uno de malestar. La manera más difícil y por ello la más improbable, llamémosla la opción pública en sentido estricto o «desde abajo», consiste en renunciar colectivamente al concepto
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Según Santiago Fernández Muñoz, “la despoblación de los espacios rurales tuvo como consecuencia un abandono de espacios agrícolas intercalados históricamente entre los espacios forestales y, en pocos años, los antaño campos de cereal fueron invadidos por vegetación muy inflamable”. http://www.uc3m.es/portal/page/portal/actualidad_cientifica/noticias/incendios_forestales 15 Véase el epígrafe dedicado al cambio climático en mi ensayo Diccionario crítico del mundo occidental (borrador en línea). 16 Valladares, 2008. 17 Gómez Mendoza, 2013. 18 En este punto podría argumentarse que no es necesario subirles los impuestos a las clases bajas o medias, siendo una opción más justa subírselos a las clases altas, así como a las grandes empresas. Estoy de acuerdo, pero como decía Bertrand Russell, “toda la historia demuestra que, como podía esperarse, no se puede confiar en que las minorías”, que son las que promulgan las leyes y recaudan los impuestos, “cuiden los intereses de las mayorías”.

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mismo de “financiación” –que al no ser una ley natural puede ser desobedecido- y darse cuenta de que las estructuras sociales que han creado y mantenido el problema (el Estado y el Capital, principalmente)19 no pueden ser las mismas que lo resuelvan. La opción de la autogestión podrá gustar o no, ser más o menos factible, pero ya sabemos o deberíamos saber hacia dónde nos llevan las otras opciones:
Con los cambios forzados introducidos por la revolución liberal (liquidación definitiva de la soberanía del municipio, sustitución del derecho tradicional popular por la ley estatal positiva, incremento notable de la fiscalidad, particularización de comunales, agricolización, colapso de la cabaña ganadera, crecimiento rápido de las ciudades y áreas industriales), la actividad del mundo rural tradicional se hace cada vez más mercantil, de manera obligatoria, lo que daña gravemente al medio natural. Félix Rodrigo Mora, 2008.

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Para profundizar, consúltense los epígrafes dedicados al capitalismo y al Estado en mi ensayo Diccionario crítico del mundo occidental (borrador en línea).

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Bibliografía:
Arosa Gómez, Constantino. 2011. Economía forestal: modelos del caso español, Gesbiblo, La Coruña, págs. 15 y 146-148. Blanco Castro, Emilio; y otros. 1998. Los bosques ibéricos: una interpretación geobotánica, Editorial Planeta, Barcelona, pág. 507. Cano Carmona, Eusebio; Cano Ortiz, Ana; Martínez Lombardo, Mª Carmen. 2009. “Repercusiones del cambio climático en los hábitat naturales y en la agricultura”, Instituto de Estudios Giennenses, Jaén, nº 198, pág. 546 [PDF en línea]. Costa, Joaquín. 1912. El arbolado y la patria, Madrid [en línea]. Gómez Mendoza, Josefina. 2013. “Los montes de utilidad… privada”, en su página web Josefina Gómez Mendoza, 26 de febrero [en línea]. Greenpeace España. 2011. La conflictividad de las plantaciones de eucaliptos en España (y Portugal), pág. 11 [PDF en línea]. Jiménez López del Oso, Fernando. 2008. La sexta extinción, Editorial Planeta, Barcelona, págs. 16-24, 38-69, 75-90, 142-146 y 212. Macfarlane, Robert. 2007. Naturaleza virgen, Alba Editorial, Barcelona, 2008, págs. 24-25, 65, 111-115, 153-157 y 212. Rodrigo Mora, Félix. 2008. Naturaleza, ruralidad y civilización, Editorial Brulot, Madrid, págs. 184-185. El mencionado capítulo puede leerse también gracias a la reedición a cargo de Cauac Editorial Nativa: Los montes arbolados, el régimen de lluvias y la fertilidad de los suelos, 2012 [PDF en línea]. Russell, Bertrand. 1938. El poder: un nuevo análisis social, RBA Libros, Barcelona, 2010, págs. 257-261. SECF, 2011. Situación de los bosques y del sector forestal en España, Sociedad Española de Ciencias Forestales, págs. 19-21 y 61 [PDF en línea]. Valladares, Fernando (editor). 2008. Ecología del bosque mediterráneo en un mundo cambiante, Organismo Autónomo Parques Nacionales, págs. 9-12 [PDF en línea]. WWF España. 2008. Bosques, árboles y arbustos: manual de especies ibéricas, Madrid, pág. 6 [PDF en línea]. 2012. Bosques españoles: los bosques que nos quedan y propuestas de WWF para su restauración, Madrid [PDF en línea].

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