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En algún momento determinado sentí la tristeza mas inmensa y deprimente que se pudiera llegar a sentir, esa que llega

cuando es momento de afrontar los resultados, no de una, si no de varias malas decisiones tomadas a lo largo de algún ciclo en nuestras vidas. Ni siquiera una sonrisa fingida era yo capaz de regalar,mis días transcurrían siempre igual: abrir los ojos sin siquiera despertar, darme un baño sin sentir la frescura de las gotas que se posaban sobre mi cuerpo y, emprender el viaje rutinario que día con día se llevaba lo poco que quedaba de mí; lágrimas en soledad derramas a la luz de las estrellas, porque ya ni siquiera la luna, esa que me acompañaba cada noche y me daba fuerza en los peores momentos, quería hacerme compañía. Afrontar la situación era más doloroso aún de lo que estaba ya viviendo, pero aún así no era algo que pudiera evitar y, sinceramente no me hubiera gustado hacerlo, así que emprendí el viaje hacia el interior de la nada con la esperanza de encontrar tranquilidad y de hallar las respuestas que tanto necesitaba. Logre traspasar las barreras interpuestas entre mis aparentes y locas emociones y lo que había muy dentro de mí; pude percibir un sin fin de conexiones hacia mi interior que me permitieron visualizarme de una manera tal que es imposible describir con precisión. Mis pensamientos eran un vaiven de ideas, risas, llantos, luz, oscuridad, dichas y desdichas, un inmenso mar de vida inerte, y entre tanta contrariedad, en medio de tanta confusión, provocada tal vez por la mala percepción que hasta ese momento había tenido de mi propio ser o quizá también por la grandeza de mi imaginación, pude ver claramente un resplandor. Esa luz brillante emanaba de una niñita que no por ser pequeña podía ser considerada como una personita; me acerque a ella y lo primero que hizo fue reclamarme por haberle tenido en el olvido, después con ese carácter y buena actitud que siempre ha llevado por delante y de acuerdo a su peculiar manera de ver la vida y de expresarse con plena franqueza y libertad me ayudó a despejar mi cielo, me hizo ver con claridad mis errores y todo lo que habían implicado sus secuelas hasta ese momento. Me recordó quien soy yo, de lo que soy capaz, de que estoy hecha y muchas otras cosas más. Fue así como entendí que solamente en el interior de nuestra verdadera esencia puede uno encontrar las respuestas a todo mal que nos aqueje, el valor y la ferocidad necesaria para comernos al mundo y, que pese a todo, debo tener siempre un brillo en la mirada acompañado de una gran sonrisa, porque eso es la felicidad: reencontrarse y conectarse con uno mismo porque en la medida de la propia paz interna nos hallamos en armonía con el resto del mundo.