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El aprEndiz dE brujo
La energia nuclear y los caminos
del Apocalipsis
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México ♦ Miami ♦ Buenos Aires
Gustavo Lencina
El aprEndiz dE brujo
La energia nuclear y los caminos
del Apocalipsis
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El aprendiz de brujo
©Gustavo Lencina, 2013
D.R. ©Editorial Lectorum, S.A. de C.V., 2009
Centeno 79-A, Col. Granjas Esmeralda
C.P. 09810, México, D.F.
Tel: 55 81 32 02
www.lectorum.com.mx
ventas@lectorum.com.mx
L.D. Books Inc.
Miami, Florida
sales@ldbooks.com
Primera edición: ..... de 2013
ISBN:
Colección CONJURAS
Realización editorial: Julio Acosta
(julioacotaeditor@hotmail.com.ar)
D.R. ©Portada e interiores: Mariel Mambretti
Corrección: Ariel González
Características tipográficas aseguradas conforme a la ley.
Prohibida la reproducción total o parcial sin autorización escrita del editor.
Impreso y encuadernado en México.
Printed and bound in Mexico.
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A Dalia Goldman, mi esposa
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Introducción
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Despertó con una sensación de extrañeza. Por alguna razón su
madre no había golpeado la puerta esa mañana ni una sola vez, ni
le había dicho que se apurara, que el desayuno ya estaba en la mesa,
ni había encendido la radio para escuchar las noticias. El sol, que ya
estaba alto en el cielo, caía sobre la cama; más exactamente, sobre
su almohada. Por eso se había despertado. Parpadeó apartándose
el pelo de la cara y miró alrededor tratando de ubicar qué era lo
anómalo. La casa estaba desierta. No se escuchaba el zumbido
apagado que producía el motor del refrigerador. De lo cual dedujo
que ya eran pasadas las 12 (el motor funcionaba a pleno de 9 a 12
y acumulaba frío para toda la jornada). Se levantó y recorrió los
cuatro ambientes de la casa. Nadie.
Sobre la mesa de la cocina silenciosa encontró su cuenco de
cereal a medio llenar, también estaba el cartón de leche fuera de
la heladera. Esto encendió en su conciencia una luz de alarma que
ya no se apagó. Su madre jamás dejaba nada fuera de la heladera.
Nadie lo hacía, salvo que fuera por una razón de fuerza mayor
como un accidente o algo por el estilo. Como la leche la compraban
en una granja cercana y no tenía conservantes se echaba a perder
con mucha facilidad. Dejar que la leche se pusiera mala era casi tan
malo como olvidar el refrigerador prendido, volcar un balde de agua
o mezclar la basura. Simplemente eran cosas que la gente no hacía.
Notó que había cereal caído sobre la mesa, alrededor del cuenco,
lo cual no hizo más que acentuar la sensación de opresión. Pensó en
desayunar, pero antes decidió asomarse al garaje para ver si estaba
el auto de su papá. Atravesó dos puertas y llegó hasta el cobertizo.
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El automóvil no estaba y eso le trajo un respiro de tranquilidad. Era
un rasgo de normalidad, y su padre se trasladaba diariamente en el
auto eléctrico hasta la estación de trenes donde lo dejaba guardado
para abordar la formación que lo llevaba al centro fabril. Abrió un
placard y vio que tampoco estaba el traje de seguridad que su padre
cada noche lavaba con una manguera antes de irse a dormir. Eso
sólo podía significar una cosa: estaba en la planta nuclear. Tuvo un
escalofrío que a su vez le provocó extrañeza. Al fin y al cabo no había
motivos para tener miedo. Su papá le había dicho que en su época
sí que los había, pero de esto hacía muchos años, cuando las plantas
nucleares eran muchas y peligrosas. También le había contado la
historia terrible sobre una bomba atómica que había caído sobre
una ciudad... tenía un nombre japonés que no conseguía fijar en
su memoria. Pero sí recordaba las fotos que había visto en el video-
libro. Había mirado esas fotos con fascinación una y otra vez hasta
tener pesadillas. Luego su madre había discutido con el padre y las
fotos habían desaparecido de su video-libro; lo cual era una lástima
porque le hubiera gustado llevarlas a la escuela.
¡La escuela! ¿Qué pasaba que hoy nadie iba a la escuela? ¿Dónde
estaban todos? Abrió la puerta que daba al jardín y miró hacia
la carretera. Tardó unos segundos en darse cuenta de qué era lo
anómalo. El fluir de los autos eléctricos era como siempre, silencioso,
continuo, suave. Pero lo que le heló la sangre fue que los cuatro
carriles, los dos de ida y los dos de vuelta, estaban ocupados por una
masa interminable de vehículos que avanzaban en un sólo sentido:
alejándose de la ciudad. En muchos de ellos iba gente sola, o de
a dos, pero en la mayoría viajaban familias enteras, con muchos
bultos atados al techo, como si partieran de vacaciones. Salvo que
el ritmo no era el alegremente febril de las vacaciones, esto era otra
cosa. Por las ventanillas de los coches se divisaban gestos contraídos,
rostros desencajados, caras de niños llorando.
Sin poder evitarlo, dio unos cuantos pasos hacia la carretera,
pero enseguida se detuvo. El tránsito se había atascado y un hombre
que viajaba con un montón de críos chillones sacaba ambos brazos
por la ventanilla y le gritaba. Detrás de él los chicos berreaban y se
agitaban y el hombre intentaba callarlos con algún manotazo sin
destinatario fijo, pero una y otra vez volvía la vista hacia la casa y con
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gesto imperativo: le indicaba que se acercase. No lo hizo. De pronto el
tránsito se liberó y los autos que venían detrás lo apuraron con unos
bocinazos groseros, estrepitosos, como hacía mucho no se escuchaba.
El hombre insistió un poco y finalmente arrancó volviéndose una y
otra vez a la ventanilla. Lo vio alejarse sin animarse a contestar con
ningún gesto, hasta que el auto no fue más que otro reflejo metálico
bajo el sol llameante. Luego retrocedió hacia la casa caminando de
espaldas para no apartar la vista del camino. Ya era hora de saber lo
que estaba pasando. Fue hasta el televisor y marcó la clave para poder
encenderlo. En circunstancias normales no lo hubiera hecho ya que
el servicio estaba medido y de común acuerdo guardaban el tiempo
disponible para disfrutarlo todos juntos en las horas de la noche. Pero
ya no cabían dudas de que esto era una emergencia. La casa vacía le
produjo, ahora sí, una punzada de angustia paralizante. Al volver a
ver el cereal volcado tomó conciencia de que algo le había pasado a su
mamá. Ella tenía que estar ahí. Ella estaba siempre en la escena de
la cocina matinal, con su mirada nerviosa, su sonrisa cansada y ese
andar de gato en alerta. Ahora por primera vez se daba cuenta de
cómo su mamá se sobresaltaba cuando papá llegaba del trabajo por la
tarde y cómo se ponía loca de felicidad hasta la euforia cuando veía que
los tenía a todos en casa. Enchufó el estabilizador y tecleó los números
del código con sus dedos temblorosos, casi por instinto, ya que su vista
se había nublado súbitamente. No se encendió ninguna luz. No hubo
ningún bip que anunciara que las imágenes venían volando por el aire.
Intentó un par de veces y luego se levantó de un salto y abrió la puerta
del refrigerador. Adentro todo permaneció oscuro. Encendió las luces
de la cocina y nada pasó. No había corriente eléctrica. Corrió otra vez
hasta el cobertizo y comprobó que el cable del acumulador fotovoltáico
había sido arrancado. Faltaba completa la caja de baterías solares.
Alguien se las había llevado. La misma suerte habían corrido las
baterías del molino comunal. Casi sin esperanza fue hasta la celdilla
donde, bajo candado, dormía el viejo generador junto con el bidón
de combustible y la reserva de agua potable. Esperaba encontrar el
candado roto y el pequeño depósito saqueado. Pero no. O no lo habían
notado o quien quiera fuese el ladrón había decidido que su tiempo era
mucho más valioso que aquella reliquia de combustible líquido que su
padre guardaba caprichosamente.
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En ese momento escuchó el teléfono sonar dentro de la casa y corrió
tropezando hacia la cocina. Al fin tendría noticias. Al fin alguien le
diría por qué habían robado en su casa, por qué la gente se iba de la
ciudad, por qué sus padres no estaban y dónde estaba su mamá.
Cuando puso la mano sobre el aparato llegó el gran resplandor.
******
Desde hace más de medio siglo, ha madurado en la Iumanidad 
la  certeza  de  que:  a)  estamos  en  condiciones  de  arruinar  todo 
el sistema vital de la tierra, b) nuestro destino está ligado a este 
planeta, c) se nos impone un cambio de actitud a nivel mundial.
Este pensamiento colectivo es altamente positivo y puede re-
sultar en un bien palpable y general. Claro, siempre y cuando no 
dejemos que el sistema (que sabe defenderse muy bien) lo asimi-
le y lo convierta en una moda, una “tendencia” pasajera e inocua. 
De no mediar ese cambio activo y consciente, podría cumplir-
se lo ejemplificado en el relato que antecede estas líneas: que un 
día despertemos como niños que se preguntan dónde están papá 
y mamá, mientras nuestro pequeño sueño ecológico es arrasado 
por  el  fuego.  Iorque  no  basta  que,  como  en  este  ejemplo,  avan-
cemos en algunas medidas de optimización y ahorro de energía. 
El esfuerzo tiene que ser mayor. Aprender a usar los recursos de 
comunicación globales es tan importante como cuidar el agua; y 
darle  un  no definitivo  al  uso  de  armas  nucleares  es  tanto  o  más 
ineludible que poner cada tipo de basura donde corresponde. 
La denominación masa crítica, que hemos aprendido a ma-
nejar  respecto  de  la  energía  atómica,  contempla  dos  acepcio-
nes. Una es la cantidad de material requerido para generar una 
fisión  nuclear;  la  otra  es  la  cantidad  de  gente  necesaria  para 
activar  un  fenómeno.  También  se  llama  masa  a  un  conjunto 
gregario  sin  voluntad  propia  que  sigue  los  dictados  que  se  les 
imponen desde afuera. 
A qué clase de “masa” queremos pertenecer es nuestra disyun-
tiva. Y en las próximas páginas se intentará explicar por qué ele-
gir entre esas opciones es tan importante.
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Capítulo 1
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Ocurrió en Iarís, a fines de 1897. Marie Curie, futuro Iremio 
Nobel de Ciencias, debía elegir una investigación para la tesis de 
su doctorado. Fue así que se interesó por el descubrimiento de un 
científico francés llamado Antonie Ienri Becquerel: las sales de 
uranio brillaban en la oscuridad. No refractaban, generaban una 
luz propia de naturaleza desconocida. Y más aún, puestas sobre 
una placa de papel fotográfico, con un cartón oscuro de por medio, 
las partículas de uranio dejaban una impresión en la placa atrave-
sando dicho cartón. Marie Curie llamó al fenómeno radiactividad 
y decidió investigar qué clase de proceso era y cómo sucedía. 
Con ese objetivo, todavía difuso, inició su investigación en el 
modesto sótano que la escuela de Física podía facilitarle.
Asistida por su esposo Iierre, comenzó a realizar pruebas con 
uranio y torio (otro mineral que presentaba similares caracterís-
ticas). Ella sabía que el uranio y el torio por sí mismos no podían 
emitir esa energía “anormal”; debía haber un elemento más, hasta 
ahora desconocido. Los esposos Curie sabían que estaban cerca 
de algo grande, y no se equivocaban. En julio de 1898 dieron a 
conocer  la  primera  de  esas  sustancias,  a  la  cual  Marie  bautizó, 
homenajeando a su país natal, con el nombre de polonio. En di-
ciembre del mismo año dieron a conocer la segunda sustancia, de 
enorme radiactividad, a la que llamaron radio.
El  paso  siguiente  fue  aislar  esas  sustancias  para  observarlas 
y determinar todas sus características. El gobierno austríaco les 
proveyó  de  una  cantidad  de  residuos  minerales  y  consiguieron 
una  barraca  con  piso  de  tierra  donde  trabajar.  Fueron  cuatro 
“Iay dos formas de ver la vida: 
una es creer que no existen milagros, 
la otra es creer que todo es un milagro.” 
Albert Einstein
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años de revolver un enorme caldero, como brujos o alquimistas, 
mientras el humo les carcomía el pelo y la piel. Al mismo tiem-
po, comenzaron a desempeñar cargos docentes para sustentarse 
y poder pagar una niñera para su hija. Deterioraban su salud a la 
vista de todos. Iierre sufría terribles dolores en las piernas que 
lo  obligaban  a  guardar  cama.  Marie  parecía  apenas  sostenida 
por sus propios nervios, pero seguía adelante.
En  1900,  Marie  Curie  presentó  sus  descubrimientos  en  la 
Irimera Conferencia Internacional de Física de Iarís. Un deci-
gramo de radio puro era un polvo blanco cuyas radiaciones, dos 
millones de veces más poderosas que las del uranio, eran capaces 
de atravesar las sustancias más duras y opacas. Finalmente había 
demostrado la existencia de un nuevo elemento a partir de otro 
compuesto.
Un año después les fue otorgado el Iremio Nobel de Física, 
y sus vidas cambiaron para siempre. En su inocencia de cientí-
fica,  Marie  Curie  pensó  que  en  el  futuro  su  descubrimiento  se 
emplearía en la lucha contra el cáncer. Con los años hubo algo de 
eso, pero, para fortuna suya, no vivió para ver los otros usos que 
el ser humano le dio a la radiactividad.
Ahora  bien,  el  objetivo  de  esta  suerte  de  breve  e  incomple-
ta “biopic” es ponernos en condiciones de encarar una pregunta 
cuya respuesta será un elemento fundamental para el recorrido 
del  presente  libro.  ¿Qué  es  lo  que  descubrió  Marie  Curie:  O 
mejor, ¿a qué llamamos exactamente radiactividad y cuáles son 
sus características:
,Qué es la radiación:
Toda materia se halla formada por átomos. Iasta fines del si-
glo XIX se creía que el átomo era indivisible, la mínima partí-
cula existente. Iero fue por esa época que los científicos, entre 
ellos  el  matrimonio  Curie,  comenzaron  a  hablar  de “estructu-
ras  atómicas”.  Era  un  concepto  revolucionario,  pero  pronto  se 
descubrió  que  cada  átomo  está  conformado  por  tres  tipos  de 
partículas  fundamentales  llamadas:  electrón,  protón  y  neutrón. 
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Los neutrones y protones se agrupan en el centro, formando el 
núcleo  atómico;  a  su  alrededor  giran  u  orbitan  los  electrones. 
Los neutrones y protones del núcleo se hallan sometidos a fuer-
zas  nucleares,  fuerzas  de  atracción  naturales,  muy  intensas,  de 
corto  alcance,  que  obligan  a  los  protones  a  mantenerse  unidos 
(aunque  sean  de  la  misma  carga,  positiva),  y  cerca  de  los  neu-
trones,  al  punto  de  conformar  la  masa  misma.  En  cambio,  los 
electrones,  mucho  más  volátiles,  describen  una  órbita  amplia 
alrededor  del  núcleo.  La  relación  espacial  entre  estos  tres  ele-
mentos podría graficarse con una nuez (el núcleo), circunvalada 
por cabezas de alfiler (los electrones) en un giro de un diámetro 
equivalente al de un estadio de fútbol. 
El protón tiene carga positiva, el electrón tiene carga negativa, 
el neutrón, como su nombre lo sugiere, tiene carga neutra. Cuan-
do un átomo tiene la misma cantidad de protones que de electro-
nes, es eléctricamente neutro. Cuando las cantidades de unos y 
otros son diferentes, o bien puede tener carga neta negativa (más 
electrones que protones) o carga neta positiva (más protones que 
electrones). En estos casos, al átomo se lo denomina ion. 
La  cantidad  de  protones  de  un  átomo  se  denomina  número
atómico. A la suma de protones y neutrones se la conoce con el 
nombre de peso atómico; y determina la estabilidad del átomo ya 
que, mientras mayor sea este número, mayor será la cantidad de 
protones y neutrones en el núcleo; por lo tanto, mayor la fuerza 
necesaria para mantener estas partículas unidas. 
Los  distintos  elementos  que  se  hallan  en  el  medio  ambien-
te se encuentran ordenados en la llamada Tabla periódica de los
elementos,  según  sus  características  (metales,  no  metales,  gases 
nobles, etc.) y su número atómico. De esta forma, el hidrógeno 
se ubica en el primer lugar, ya que su número y peso atómico es 
de 1. Es el elemento más liviano (y por ello muy estable); tiene 1 
protón, 1 electrón y no posee neutrones. 
Sin  embargo,  también  se  pueden  encontrar  en  la  naturale-
za  átomos  de  un  mismo  elemento  con  distintas  cantidades  de 
neutrones,  a  los  que  se  denomina  isótopos.  Es  decir,  todos  los 
isótopos  poseen  igual  número  atómico  (cantidad  de  protones) 
pero difieren en el peso atómico. 
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En el caso del uranio, cuyo número atómico es 92, sus isóto-
pos naturales más abundantes son el uranio 235 (92 protones y 
143 neutrones) y el uranio 238 (92 protones y 146 neutrones). 
Este es un dato importante, ya que el uranio tiene el mayor 
peso atómico de entre todos los elementos que se encuentran en 
la naturaleza, y son los átomos más pesados los más inestables, 
pasibles  de  emitir  radiactividad  o  de  ser  manipulados  a  fin  de 
obtener fisión nuclear, como veremos más adelante.
Una agrupación de dos o más átomos es lo que se denomina 
molécula.  Se  trata  de  átomos  enlazados  al  compartir  algunos 
electrones que forman una órbita abarcativa denominada órbi-
ta molecular. La combinación de estos átomos determina a qué 
elemento  pertenece  la  molécula.  El  ejemplo  clásico  es  que  dos 
átomos de hidrógeno y uno de oxígeno (I
2
O) forman una mo-
lécula de agua.
Existe,  en  la  estructura  atómica,  una  tendencia  esencial  al 
equilibrio. Ior eso, cuando en algunos átomos la relación entre 
protones, neutrones y electrones (con sus respectivas cargas) es 
inestable,  el  átomo  tiende  a  autocompensarse  liberando  ener-
gía  en  forma  de  partículas  de  diversa  índole.  Iueden  ser  rayos 
alfa o beta, de corto alcance; rayos gamma, mucho más resisten-
tes  (que  son  los  utilizados  para  las  radiografías,  por  ejemplo), 
neutrones o electrones del átomo. Esta energía, liberada por el 
átomo en procura de equilibrio, es lo que conocemos como ra-
diación.  La  emanación  de  radiación  es  un  fenómeno  común  y, 
podría decirse, constante en toda la naturaleza.
La capacidad del átomo de generar energía (radiación) a par-
tir  de  una  situación  de  desequilibrio  dio  origen  a  dos  grandes 
líneas de investigación. 
Una de ellas apuntó a definir en qué consiste exactamente la 
radiactividad. Cuáles son sus características, posibles aplicacio-
nes y riesgos. En este camino, los resultados de la búsqueda nos 
presentan un enorme espectro de posibilidades, que van desde 
de la radioterapia, la tomografía computada y otros aparatos de 
diagnóstico medicinal, la conservación de alimentos y el control 
de plagas, hasta el uso bélico de la capacidad radiactiva de la ma-
teria. Esto último entraña un enorme peligro, ya que tiene el po-
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der de penetrar y alterar el equilibrio atómico de cualquier otra 
materia con consecuencias generalmente drásticas. En la carre-
ra  armamentística  se  ha  llegado  a  experimentar  con  todo  tipo 
de “bombas sucias” que, además de generar una explosión letal, 
emitían grandes dosis de radiactividad capaces de enfermar a los 
sobrevivientes, inutilizar la tierra, envenenar el agua, etc.
La otra línea de investigación se volcó a tratar de aprovechar 
esta  capacidad  del  átomo  de  generar  enormes  cantidades  de 
energía por sí solo y reproducirla. Iara eso se exploraron diver-
sas maneras de bombardear o atacar el átomo, con todos los ele-
mentos posibles, a fin de estudiar cuántas variantes de energía se 
podrían obtener de la reacción, con cuánta potencia, a qué costo 
y  con  qué  aplicaciones  viables.  Así  se  determinó  que,  a  mayor 
peso  nuclear  los  átomos  resultaban  más  inestables,  llegando  a 
un  proceso  de  cuasi  desintegración  en  el  que  liberaban  incon-
mensurables  cantidades  de  energía.  En  1930,  con  el  descubri-
miento de la fisión nuclear, se logró generar la inestabilidad y la 
ruptura  de  manera  artificial.  Se  clasificaron  los  átomos  según 
su  potencial  radiactivo,  se  estudió  de  qué  manera  bombardear 
un núcleo con electrones extraños a fin de obligarlo a fisionarse 
liberando energía.
Esta búsqueda originó a su vez otras dos grandes vertientes. 
Ior un lado, su posible utilización para generar energía eléc-
trica de alto rendimiento, bajo costo y escaso residuo contami-
nante.  Y,  por  otro  lado,  la  experimentación  que  llevó  directa-
mente a la bomba atómica (estrenada en Iiroshima, en 1945) y 
sus derivados. Camino que, desgraciadamente, fue el primero en 
ser recorrido por el hombre.
Caracteristicas de la radiactividad
Si  partimos  de  la  premisa  de  que  radiación  es  la  energía  que 
liberan  los  átomos  para  estabilizarse,  resulta  mucho  más  fácil 
comprender  que  casi  todo  lo  que  nos  rodea  emite  algún  tipo 
de radiación. Inclusive en nuestro cuerpo existen sustancias ra-
diactivas, como el sodio y el potasio. Es importante aclarar que 
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GUSTAVO LENCINA
la radiación  que  se  utiliza  para  calentar  una  taza  de  café,  ob-
tener la imagen de un hueso, escuchar una canción en la radio 
o hablar desde un teléfono celular, no es la misma que la que 
produce  deformación  genética,  esteriliza  la  tierra  o  mata  de 
manera  rápida  y  dolorosa.  No  son  las  mismas  partículas,  ni 
es la misma la cantidad ni el procedimiento. Iay infinidad de 
maneras en que la radiación se puede utilizar de manera segu-
ra y provechosa. 
La radiactividad es simplemente el tipo particular de radia-
ción  que  producen  los  núcleos  de  algunos  elementos  químicos 
(a los que se llama, precisamente, radiactivos) cuya característi-
ca es la inestabilidad. Cuando el átomo inestable libera energía, 
sea en forma de emisiones electromagnéticas o de emisiones de 
partículas,  las  ondas  de  alta  penetración  que  emite  pueden  al-
terar  la  estructura  de  otros  átomos.  Si  esta  capacidad  es  utili-
zada correctamente y con fines nobles, como por ejemplo en la 
radioterapia, se puede atacar a un grupo de células cancerosas, 
destruirlas  o  inhibir  su  reproducción.  En  cambio,  si  se  utiliza 
para fines no pacíficos, de manera negligente o directamente do-
losa, las consecuencias de esta actividad radiactiva a nivel celular 
(aplicada sobre el delicado y precioso equilibrio de los seres vi-
vos) suelen ser nefastas. 
Dicho de manera “gruesa”: cuando se habla de que un cuerpo 
fue afectado por la radiactividad es que ha sido expuesto a un ni-
vel tal de energía penetrante que su composición atómica corre 
peligro  de  haber  sido  alterada  o  mutada.  Las  alteraciones,  que 
ocurren  en  el  plano  subatómico,  siempre  tienen  consecuencias 
en  el  plano  celular.  Las  células  cuyos  átomos  sufren  esta  alte-
ración  pueden  resultar  destruidas,  perder  su  capacidad  repro-
ductiva o alterar su comportamiento de manera descontrolada, 
formando nuevas células alteradas que se reproducirán sin ton 
ni son. Es entonces cuando hablamos de mutaciones en los pro-
ductos de la tierra, malformaciones, cáncer. Iues lo que sucede 
es que las células afectadas dejan de cumplir su función específi-
ca dentro del organismo que las contiene y comienzan a generar 
más células inútiles. Esta alteración atómica perdura en el tiem-
po, pero a la vez, sus consecuencias genéticas son hereditarias. Y 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
eso también es parte del problema. Una vez que se desencadenó 
la contaminación por radiactividad es muy difícil detenerla, pre-
ver sus consecuencias y su alcance temporal.
Iero también es importante tener en cuenta que estas cosas 
ocurren en circunstancias extraordinarias, como fruto de cata-
clismos, negligencia o intencionales usos bélicos.
Convivimos con todo tipo de radiación natural desde que el 
mundo es mundo; pero, a partir su descubrimiento por parte de 
la  ciencia,  sus  aplicaciones  son  tantas  y  tan  generosas  que  hoy, 
con la población mundial y sus acuciantes necesidades (alimen-
to, salud, transporte, comunicación), hablar de una renuncia to-
tal  al  uso  de  la  energía  nuclear  resulta  una  propuesta  utópica 
desde el vamos; y además, poco inteligente.
Siempre bay un pero
El  problema  (uno  de  los  problemas)  es  quién  se  encuentra  al 
timón cuando se trata de decidir sobre la dirección de las inves-
tigaciones relativas al uso de la energía nuclear. Esto es, que no 
hay que culpar al juego sino al jugador. 
Los  países  líderes  condenan  y  acosan  a  cualquier  país  pe-
queño  que  desee  desarrollar  su  propia  energía  nuclear.  Ioseen 
el  monopolio  de  la  información  y  se  arrogan  pleno  derecho  a 
decidir  quién  está  en  condiciones  y  quién  no  de  participar  en 
el selecto grupo de naciones con acceso a la tecnología nuclear. 
Azuzan al mundo con el fantasma de la carrera armamentísti-
ca y con ese argumento inhiben cualquier intento de desarrollo 
independiente,  aun  con  fines  pacíficos.  Iero,  al  mismo  tiempo, 
guardan celosamente sus arsenales.
Si en los años 60 del siglo pasado se hablaba de “paz con el 
dedo sobre el gatillo”, a principios del siglo XXI se habla de “paz 
sentados sobre una santabárbara”. 
La disolución de la Unión Soviética disminuyó por una parte 
la  tensión  internacional  y  el  temor  a  una  guerra  nuclear  expe-
rimentados  durante  la  Guerra  Fría,  pero  al  mismo  tiempo  au-
mentó la incertidumbre sobre quiénes poseen y qué tan seguras 
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están las armas nucleares. Se sabe que durante la transición rusa 
desaparecieron remesas enteras de ojivas sin que nadie pudiera 
dar explicaciones precisas sobre su paradero. Y ni hablar de las 
constantes bravatas “nucleares” entre India y Iakistán; Corea del 
Norte  y  Corea  del  Sur;  el  conflicto  Israel-Irán,  o  el  poder  de 
fuego de la enigmática China.
Los mil talones de Aquiles
Uno  de  los  principales  aspectos  controversiales  de  la  energía 
nuclear,  aplicable  tanto  para  el  uso  bélico  como  para  el  civil  y 
comercial (en plantas de energía eléctrica, por ejemplo) es el de 
los insumos que requiere. 
La obtención de los minerales que se utilizan como combus-
tible para lograr la fisión nuclear (uranio, plutonio, torio) involu-
cra procesos sumamente complejos, caros y altamente contami-
nantes. A pesar de ello, la ecuación entre el esfuerzo requerido y 
el beneficio potencial obviamente arroja resultados alentadores 
para la actividad. Iero en estos cálculos se presupone la existen-
cia de condiciones ideales (en cuanto a rendimiento, seguridad, 
explotación y cuidado de los recursos naturales en juego), con-
diciones  que  raramente  se  cumplen;  además,  se  subestiman  u 
ocultan los daños indirectos y los efectos a largo plazo. Irueba 
de ello es la creciente ola de protestas contra la explotación mi-
nera del uranio, una operación que suele hacerse a cielo abierto y 
cuyo proceso extractivo expulsa todo tipo de sustancias tóxicas, 
afectando a los propios trabajadores de las minas, a la población 
de las zonas aledañas y al medio ambiente en general. Las con-
secuencias  indirectas  suelen  ser:  ríos  contaminados,  extensas 
tierras de cultivo echadas a perder o, en el peor de los casos, po-
blaciones enteras cuya salud se ve afectada drásticamente a raíz 
de enfermedades, nunca leves, producidas por la contaminación 
(mínima inevitable) de este tipo de minería.
El  otro  gran  problema,  que  se  extiende  en  el  tiempo  has-
ta  más  allá  del  alcance  de  la  imaginación,  es  el  de  los  residuos 
nucleares. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Nos  hemos  acostumbrado  a  escuchar  noticias  relacionadas 
con  la  idea  de “incidentes”  en  su  manipulación,  transporte,  al-
macenamiento o disposición final, lo que automáticamente lleva 
a  pensar  en  la  negligencia,  imprevisibilidad  e,  incluso,  la  falta 
de escrúpulos con que se los gestiona. Se trata de desechos que 
se mantendrán radiactivos por largos períodos de tiempo y que 
es menester aprender a manejar en consecuencia. Ior ejemplo, 
reduciendo a cero las contingencias de transporte, haciendo hin-
capié en la perdurabilidad de los contenedores donde se almace-
narán y, sobre todo, evaluando a conciencia en qué sitios habrán 
de depositarse, ya que deben estar herméticamente aislados du-
rante miles de años.
 La otra posibilidad, por cierto nada descabellada y muy alen-
tadora, es aprender a reutilizar indefinidamente el material des-
cartado.  Esto  es  factible,  pero  requiere  que  se  dedique  al  tema 
del reciclado tantos recursos como se utilizan para investigar las 
maneras de maximizar los beneficios de la explotación.
Iero, sin dudas, lo que siempre ha estado en el centro del de-
bate acerca de la energía nuclear, y en la preocupación del común 
de la gente, es la eventualidad de accidentes nucleares, es decir, de 
la emisión no intencionada de materiales radiactivos o de radia-
ción que afecta la salud pública y el medio ambiente; accidentes 
que se pueden producir tanto en las plantas nucleares como en 
cualquier otro centro que trabaje con energía nuclear (hospita-
les  o  laboratorios  de  investigación),  y  que  pueden  provenir  de 
un fallo en un reactor (atribuible a razones técnicas o a errores 
humanos)  o  de  la  diseminación  de  sustancias  radiactivas  en  la 
atmósfera, la tierra o los cursos de agua. 
Energia nuclear, ,camino al Apocalipsis:
Una de las cuestiones que nos traen hasta estas páginas es de-
terminar en qué punto de la realidad nos paramos para asistir a 
este debate; y de qué manera se puede elaborar y defender una 
posición propia; que probablemente será común a muchísimas 
personas.
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Iero para eso es necesario saber algunas cosas más. 
La desaforada sociedad de consumo inunda las ciudades con 
tal  cantidad  de  tecnología  que  muy  pronto  ninguna  fuente  de 
energía  no-nuclear  podrá  satisfacer  su  gran  demanda. A  su  vez, 
esa sociedad genera un mundo de residuos, radiactivos o no, que 
amenaza seriamente con cubrir el planeta. Va a ser (es) necesaria 
más energía, y más económica, para procesar toda esa basura. 
Es una realidad que la atmósfera ya está seriamente dañada 
por la actividad humana y los gases del llamado efecto inverna-
dero. Se sabe que la mayor responsabilidad por el calentamiento 
global la tienen las emisiones de gas de los motores en las carre-
teras y de las chimeneas industriales. El combustible mineral es 
escaso, y a nivel tecnológico pronto resultará obsoleto.
La energía nuclear tiene la capacidad de alimentar de electri-
cidad a las grandes ciudades, transformar el parque automotor 
hacia un sistema eléctrico, manipular la naturaleza para que el 
alimento  alcance  para  todos,  curar  enfermedades…  Todo  ello 
con  una  enorme  relación  costo-beneficio  y  en  condiciones  óp-
timas,  con  cero  grado  de  polución.  Es  una  tentadora  caja  de 
Iandora, el problema pasa por la sensatez de quienes la abran. 
Y, yendo a lo que nos atañe, también por la responsabilidad de 
quienes debemos controlar a los que abran esa caja.
Relacionar la energía nuclear con el Apocalipsis puede inter-
pretarse como una asociación fatalista, o como una advertencia. 
No dudamos de que la masa humana tenga poder para transfor-
marse en conciencia colectiva, e imponer sensatez a sus gober-
nantes  (políticos  y  económicos).  Se  trata  de  estar  atentos  y  no 
dudar en alentar los espacios de participación ciudadana. 
Iero también hay una necesidad más profunda y global. 
La de adquirir una nueva mirada sobre el valor de la energía. 
Comprender  que  se  trata  de  un  bien  finito,  cuya  obtención  y 
utilización  tiene  un  alto  costo  sobre  el  equilibrio  del  planeta; 
que tenemos lo suficiente, pero no es tanto como creemos, y que 
los  riesgos  de  su  uso  son  enormes. Y  esto  no  es  ideología,  son 
datos de público conocimiento. De cara a un futuro incierto, es 
necesario informarse, pensar claro y actuar en consecuencia. 
Tal vez, todavía, el camino nos pueda llevar a otro lugar.
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Capítulo 2
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Cuando se habla de energía nuclear acude a la mente un curio-
so pastiche de imágenes de cine catástrofe: una majestuosa ex-
plosión en un edificio con forma de cilindro; un hongo de humo 
negro que cubre todo el cielo; hombres con herméticas escafan-
dras y monos blancos moviéndose con celeridad; un viento gris 
que barre con toda vegetación y el paisaje de un páramo, recorri-
do por mutantes de paso vacilante y cuencas vacías…
Si bien es poco probable que todas esas cosas ocurran simul-
táneamente  (aunque  tratando  con  seres  humanos,  nada  es  im-
posible), el imaginario popular está hecho de retazos de escenas 
que,  es  de  temer,  han  sido  realidad  en  alguna  parte  y  no  hace 
mucho tiempo.
Las  explosiones  de  Iiroshima  y  Nagasaki  fueron  el  único 
verdadero ataque nuclear (reconocido) que se registra en la his-
toria. Iero la revelación de la Energía Nuclear al mundo fue un 
evento traumático, justamente porque la primera aplicación ma-
siva que se le dio fue para asesinar a cientos de miles de civiles de 
un solo golpe; y ello en el contexto de una guerra cuyo resultado 
ya estaba resuelto.
Se  puede  argumentar  que  se  trataba  de  un  descubrimiento 
reciente, el artefacto era primitivo y no existía un entendimiento 
cabal  del  poder  de  la  explosión  y  sus  consecuencias.  De  todos 
modos  fue  una  presentación  en  sociedad  que  sentó  un  prece-
dente nefasto. Al día de hoy, las imágenes del holocausto nuclear 
de Iiroshima y Nagasaki nos vuelven a horrorizar como lo ha-
cen las de los campos de exterminio nazi. Una contaminación de 
“El científico no es responsable de las leyes de la naturaleza, 
pero su trabajo es averiguar cómo actúan y cómo ponerlas al servicio 
de la voluntad humana. Sin embargo, decidir si debe usarse 
una bomba de hidrógeno no es labor suya: tal responsabilidad 
 recae en el pueblo americano y en los gobernantes que escogieron.”
Robert Oppenheimer, físico estadounidense
“No le demos al mundo armas contra nosotros, porque las utilizará.” 
Gustave Flaubert, escritor francés 
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miedo y culpa que nos acompaña desde hace dos generaciones 
y difícilmente mengüe su poder. La Guerra Fría, el miedo a una 
Tercera Guerra Mundial, la noción de que realmente el ser hu-
mano tiene en su poder la capacidad de terminar con la vida so-
bre la Tierra, fueron consecuencia de esas dos únicas experien-
cias bélicas a gran escala. Ior supuesto que, a pesar del horror 
de Iiroshima y Nagasaki, las armas nucleares proliferaron, es-
tán por todas partes y seguirán fabricándose. Y todavía hoy, gran 
parte  del  frágil  equilibrio  del  mundo  se  sostiene,  tambaleante, 
por el miedo a un Apocalipsis nuclear. 
Iero es necesario recordar que pudo no haber sido así. 
Basta pensar en el sótano de Madame Curie, donde una se-
ñora se exponía a peligros palpables para dotar a la humanidad 
de un nuevo tipo de medicina, que sería capaz de entrar donde 
nada lo hacía y destruir un mal que no se podía ver. Imaginemos 
si  toda  la  energía  y  la  inversión  que  se  destinaron  a  la  urgente 
confección de una bomba se hubieran empleado para profundi-
zar su aplicación en medicina, éstos serían los resultados: 
  • algunos años después, el proceso de fisión se hubiera 
utilizado directamente para generar energía eléctrica. 
  • dada  su  baja  polución  y  la  ventajosa  relación  costo-
beneficio,  la  industria  automotriz  se  hubiera  volcado 
sin vacilar al uso de motores eléctricos. 
  • nunca se hubiera producido el calentamiento global, la 
desertización, ni el retroceso de los glaciares. 
  • con  un  planeta  limpio,  transporte  económico  y  salud 
de avanzada, no se hubiera demorado mucho en obte-
ner alimentos manipulados genéticamente para paliar 
las hambrunas de la posguerra. 
  • para la década del 60 la abundancia de recursos hubie-
ra resuelto por sí sola los conflictos entre comunismo 
y capitalismo. 
La pregunta entonces es: ¿en qué momento todo se torció: 
Al  principio  suena  obvia,  luego  absurda,  finalmente  sobre-
vuela el pensamiento para ocuparlo en toda su dimensión. Cu-
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riosa y tristemente, uno de los eslabones entre la medicina soña-
da por Marie Curie y la bomba de Nagasaki no fue otro que el 
gran pacifista Albert Einstein quien, en su afán de alentar la in-
vestigación, tuvo la buena idea de escribirle al presidente de Es-
tados Unidos, Franklin Roosevelt, sugiriéndole que esa enorme 
energía  podía  ser  aprovechada  para  construir  una  bomba  muy 
poderosa y fácilmente transportable. Fue en 1939, seis años des-
pués el mundo estallaría. Einstein vivió todavía diez años más, 
sin  dejar  un  solo  día  de  arrepentirse  de  haber  escrito  aquella 
famosa carta. 
Tenía  motivos  para  arrepentirse.  Iorque,  como  si  el  desti-
no  se  ensañara  contra  su  genio,  la  base  sobre  la  que  se  diseñó 
la  bomba  atómica  surgió  de  su  fórmula  más  breve  y  universal: 
E  =  mc
2
.  Energía  (E)  es  igual  a  masa  (m)  multiplicada  por  la 
velocidad de la luz (c) al cuadrado, lo cual da un resultado de 9 
seguido por 16 ceros. 
Lo trascendental de su descubrimiento es la noción de que la 
materia y la energía son formas distintas de la misma cosa. La 
materia se puede transformar en energía, y la energía en mate-
ria. Iartiendo entonces de la premisa de que una partícula con 
masa posee un tipo de energía, “energía en reposo”, la fórmula de 
Einstein calcula la cantidad de energía de la masa si se convirtie-
ra repentinamente en energía. 
Dicho  de  otro  modo,  esta  posibilidad  de  calcular  la  energía 
de enlace atrapada en los núcleos atómicos, abrió el camino de la 
fisión y la fusión nuclear.
Fisión nuclear
La  fisión  nuclear  es  un  fenómeno  que  se  produce  en  el  núcleo 
atómico  (por  eso  se  dice  que  es  una  reacción nuclear)  y,  como 
su nombre indica, consiste en dividir o fracturar al núcleo para 
liberar energía. Fue descubierta en 1930 por un grupo de cien-
tíficos que, observando la capacidad propia del átomo para ge-
nerar  energía  en  la  naturaleza,  operaron  sobre  él  con  el  fin  de 
recrear y precipitar el fenómeno y poder aprovechar esa energía. 
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GUSTAVO LENCINA
Estos científicos descubrieron, entonces, que algunos átomos de 
elementos pesados y sumamente inestables, bajo determinadas 
condiciones, se dividían liberando una cantidad de energía nun-
ca  antes  vista.  Concretamente,  la  investigación  determinó  que 
si se tomaba un isótopo de uranio 235 y se excitaba su núcleo 
al dispararle un neutrón, éste se volvía tan inestable que se di-
vidía y liberaba energía junto con otras partículas subatómicas 
y nuevos neutrones. Así se dieron cuenta de que si se colocaba 
mayor cantidad de uranio, estos neutrones colisionarían a su vez 
con otros núcleos del elemento y el proceso continuaría sucesi-
vamente generando una reacción en cadena.
Una reacción en cadena deliberadamente descontrolada pue-
de  producir  un  estallido  como  el  de  la  bomba  de  Iiroshima, 
aunque ese artefacto de poder monstruoso no fue ni de lejos tan 
potente como los que se construyeron luego. 
Sin embargo, la fisión nuclear controlada y dirigida (esto se 
hace  colocando  el  uranio  dentro  de  otras  sustancias,  como  el 
grafito, capaz de absorber muchísimos neutrones), puede utili-
zarse para obtener calor, y en base a ese calor impulsar una tur-
bina eléctrica, por ejemplo, que es lo que se hace en las centrales 
nucleares  que  proveen  de  energía  nucleoeléctrica  a  las  grandes 
ciudades.
Qué es un reactor nuclear
En una planta de energía nuclear, el reactor es donde se lleva a 
cabo el proceso de fisión controlada, como resultado de la cual 
se calientan enormes cantidades de agua que accionan una tur-
bina que genera electricidad. Claro que lo que en dos líneas pue-
de sonar simple es en realidad una estructura sumamente com-
pleja, de un costo fabuloso y un equilibrio incierto entre ventajas 
y  riesgos.  Una  balanza  en  cuyo  fiel  probablemente  se  apoya  el 
futuro energético de todo el planeta. 
Iero veamos cómo funciona. 
El reactor es un gigantesco silo en cuyo interior se colocan las 
barras  de  uranio  (u  otro  combustible)  radiactivo.  Estas  barras 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
se encuentran contenidas dentro de una masa de grafito en un 
conjunto que se denomina corazón del reactor. Las barras de ura-
nio están a su vez separadas entre sí por otras barras llamadas 
de control, fabricadas con materiales como el boro y el cadmio, 
elementos que por su naturaleza tienden a absorber neutrones 
y permiten mantener la reacción bajo control y evitar daños en 
la integridad del reactor. Dentro del reactor también se encuen-
tran  distintos  elementos  que  funcionan  como  moderadores  y 
reflectores,  y  sirven  para  mantener  las  condiciones  apropiadas 
de velocidad y temperatura durante todo el proceso.
Iara producir la fisión se retiran las barras de control, lo que 
provoca  que  las  barras  de  uranio  inicien  una  reacción  nuclear 
generando un intenso calor. Iara controlar la fisión se vuelven a 
colocar las barras de control entre las barras de uranio. De este 
modo  absorben  los  neutrones  que  dispara  el  uranio  y  se  logra 
regular el nivel térmico.
El calor generado es trasladado mediante una sustancia refri-
gerante  (cuya  temperatura  se  eleva  entre  los  250  y  600  grados 
Celsius) a otro recinto donde se utilizará para calentar el agua 
que, convertida en vapor, pondrá a funcionar la turbina genera-
dora de electricidad.
Los riesgos de todo el proceso son muchos y muy complejos. 
Se  trata  de  energías  desmesuradas  y  fácilmente  incontenibles. 
Iara evitar que se propague la radiación a todo el reactor, éste 
está  contenido  en  una  bóveda  protectora  de  varios  metros  de 
acero  y  hormigón.  Ior  supuesto,  el  riesgo  que  le  sigue  en  gra-
vedad  es  que  la  reacción  en  cadena  se  torne  incontrolable.  De 
producirse algo así, se generaría una cantidad de calor capaz de 
fundir metal, roca y hundirse profundo en la tierra, con lo cual 
contaminaría kilómetros y kilómetros de terreno y napas acuí-
feras.  No  es  necesario  explicar  el  perjuicio  que  dicha  ignición 
produciría en la atmósfera, con la posibilidad de una explosión 
tremenda  y  la  segura  emisión  de  gases  en  estado  de  altísima 
radiactividad. 
Iara minimizar esta contingencia se cuenta con el sistema de 
barras de control, que actúa impidiendo que la fisión se aleje de 
los niveles aceptables de temperatura. Iero aun si esto ocurriera, 
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existen una serie de mecanismos de enfriamiento y de frenado 
de la reacción en cadena que deben impedir, a cualquier costo, 
que la radiactividad tome contacto con el mundo externo. Igual-
mente rigurosos deben ser los sistemas de transporte y elimina-
ción de los residuos y combustible en general. Y, por supuesto, el 
tratamiento del agua que acciona las usinas, que también queda 
cargada de radiactividad. 
Todos estos sistemas utilizan tecnología de punta y son mo-
nitoreados día a día por entidades privadas y gubernamentales 
a fin de garantizar ciento por ciento la protección del personal y 
las zonas aledañas a la planta nuclear. Actualmente, gran parte 
de los recursos destinados a la investigación se invierte directa-
mente en mejorar los dispositivos de seguridad de los, cada vez 
más abundantes, reactores nucleares. Todo el tiempo se actua-
lizan  los  parámetros,  se  adecuan  las  normas  y  se  controlan  los 
materiales  utilizados.  La  seguridad  nuclear  ha  demostrado,  en 
relación a la cantidad de plantas existentes, su tiempo de uso y 
rendimiento,  ser  prácticamente  inexpugnable.  Casi  no  existen 
accidentes nucleares. 
Iero sin embargo, ocurren.
Fugas,  explosiones,  grietas,  vertido  negligente  de  residuos, 
hundimiento de buques de transporte, por accidentes naturales 
o  errores  humanos.  Los  accidentes  se  dan  y  es  difícil  determi-
nar sus consecuencias reales y a largo plazo. También es cierto 
que hay mucha mitología respecto del daño real que provoca la 
radiación. Iero ese daño es verdadero. Dedicaremos a ello una 
buena cantidad de páginas, pero antes es necesario conocer cuál 
es  la  opción  a  futuro  (más  segura,  más  poderosa)  dentro  de  la 
energía nuclear. Cuál es la opción y por qué, de momento, es una 
utopía tecnológica.
Fusión nuclear
En el extremo opuesto de la materia, la ciencia persigue el ob-
jetivo de la fusión nuclear. Un evento que ocurre todos los días 
frente a nuestros ojos, ya que es lo que provoca que combustio-
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nen las estrellas emitiendo luz propia, como por ejemplo el sol. 
Eso nos brinda una magnitud cierta de su poder. 
Es  el  fenómeno  contrario  a  la  fisión:  dos  núcleos  ligeros  se 
unen  formando  un  solo  núcleo  pesado.  Este  fenómeno  libera 
energía, ya que el peso del nuevo núcleo siempre será mayor que 
el de los dos núcleos que lo formaron. Esta energía varía según 
los átomos que generan y demás elementos de la reacción. 
Iarece simple a primera vista, pero no lo es. El problema ra-
dica en las cargas eléctricas de los núcleos que se tratarán de fu-
sionar. Tomemos el ejemplo más simple, la fusión del hidrógeno 
para  obtener  helio  (cuatro  núcleos  de  hidrógeno  se  unen  para 
formar un núcleo de helio). Como hemos explicado, el átomo de 
hidrógeno  contiene  un  protón  con  carga  positiva  en  su  núcleo. 
Entonces, al tratar de fusionar dos átomos de este elemento, nos 
encontraremos con que la propia naturaleza de la carga eléctrica 
de éstos tenderá a repelerlos. En definitiva, la fusión nuclear re-
quiere de una gran cantidad de energía inicial para lograr vencer 
esta enorme fuerza de repulsión y esto conlleva una inmensa can-
tidad de calor. Esta cantidad es tal que es imposible llevar a cabo 
una reacción controlada al no existir un reactor capaz de tolerar 
temperaturas estimadas en 100 millones de grados centígrados.
Sin embargo, los beneficios potenciales son muchos. 
En primer lugar, se ha descubierto que una de las reacciones 
nucleares de fusión que más energía produce es la del deuterio y 
el tritio (isótopos del hidrógeno) que origina un átomo de helio 
y  un  neutrón  de  más,  que  podría  utilizarse  para  producir  más 
tritio. El deuterio se encuentra simplemente en el agua. Con una 
porción de agua de mar de medio kilómetro cúbico se produci-
ría la energía equivalente a todas las reservas actuales de petró-
leo en el mundo entero.
Ior otro lado, como resultado de la fusión se generan elemen-
tos que son menos radiactivos que los producidos por la fisión. 
Esto contribuiría a disminuir el peligro generado por la conta-
minación radiactiva en accidentes nucleares.
Iero  el  camino  es  largo,  y  una  vez  más,  el  contexto  político 
toma la delantera. Los Estados más poderosos han optado por 
dirigir  la  investigación  hacia  el  perfeccionamiento  de  la  bom-
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ba de hidrógeno, de la que hablaremos más adelante, antes que 
procurar  un  abastecimiento  de  energía  más  segura  y  menos 
contaminante. Los científicos siguen experimentando tentativa-
mente con métodos menos drásticos para comprimir el hidró-
geno y confinar los efectos de la reacción, y algunos pronósticos 
son optimistas. 
Sin embargo la fusión nuclear es, al día de hoy, la gran deuda 
que la ciencia de la energía tiene para con la Iumanidad.
El puente
Lo que agudiza más aún el dilema de la energía nuclear es que 
muy pronto va a ser la única alternativa para un mundo super-
poblado, cuyo consumo es voraz, porque está estimulado desde 
todo el sistema económico. No hay mayor negocio que la venta 
de energía. Y el capitalismo, lejos de alentar una actitud pruden-
te,  inunda  año  tras  año  el  mercado  con  más  y  más  tecnología, 
inventando necesidades allí donde no las hay.
Esta situación nos pone ante dos abismos enfrentados. 
Ior un lado, está la posibilidad de una tecnología sin límite. 
Esto no es broma. Si se obtuviera la fusión nuclear a gran escala, 
el  hombre  estaría  en  condiciones  de  generar  una  energía  pare-
cida a la del Sol o las estrellas a partir de un poco de agua. Esto 
no es utópico. Sin llegar muy lejos, en Japón hay casas íntegra-
mente cubiertas con leds, cuyos dueños pueden cambiar cada día 
el color de las paredes; se ha logrado captar las ondas cerebrales 
de los sujetos en coma y que los parapléjicos muevan cosas con 
la mente; copiar átomos a la distancia; manipular el genoma de 
los animales para hacerlos brillar en la oscuridad; fabricar frutos 
que no se pudren…
Y  el  otro  abismo  tiene  que  ver  con  que  toda  esa  tecnología 
sigue siendo ganancia para pocos. Así, el problema del hambre 
mundial, la escasez de agua y la desaparición del trabajo no tie-
nen ninguna solución, ni inmediata ni a largo plazo. A esto hay 
que sumar el tema de los residuos, la contaminación, el deterio-
ro de la atmósfera por causa de la deforestación indiscriminada, 
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el hacinamiento, la decadencia educativa, la miseria, las psicosis, 
la corrupción política…
Y lo que agrava la situación es la velocidad e intensidad del 
deterioro.  Iorque  todo  este  daño  a  gran  escala  se  desató  hace 
sólo dos siglos. Nunca la Tierra estuvo tan contaminada, invadi-
da y dañada como desde hace 200 años hasta ahora desde que la 
Revolución Industrial comenzó la carrera tecnológica. 
La reflexión más oscura es: si tan poco tiempo nos ha costado 
echar a perder el trabajo que a la naturaleza le llevó millones de 
años  con  los  medios  sólo  con  que  contamos  hasta  ahora,  y  de 
continuar con el monopolio en el manejo de la energía atómica, 
o sea, con eso recursos en manos de unos pocos que los manejen 
con su mucha o poca prudencia y tino, ¿qué nos hace pensar que 
después  de  un  salto  tecnológico  como  la  obtención  de  energía 
por fusión, por ejemplo, no nos saldríamos inmediatamente del 
molde para destrozar lo poco que queda:
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Capítulo 3
Los usos nrrrcos,
rr nonnon
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La explosión nuclear fue presentada en sociedad el 16 de julio 
de 1945, en el desierto de Nuevo México, Estados Unidos, ante 
un grupo de selectos concurrentes. Allí se detonó una especie de 
rudimentaria  máquina  casera  que  dejó  un  cráter  de  cientos 
de metros y varios kilómetros a la redonda totalmente incinera-
dos. La energía nuclear pasó a ser entonces la niña mimada de la 
ingeniería de guerra; una niña bella y terrible, cuyo avance ya ni 
siquiera sus padres pudieron detener. Menos de un mes después, 
el 6 de agosto, con el lanzamiento de la primera bomba atómi-
ca sobre Iiroshima y la muerte instantánea de 135 mil civiles 
indefensos, esta niña bonita perdió para siempre su inocencia.
Iabían pasado tan sólo quince años desde que un grupo de 
científicos presentara los principios de la fisión nuclear. Durante 
esos años se habían realizado grandes avances en cuanto al co-
nocimiento  del  comportamiento  de  los  átomos,  las  cantidades 
de energía potencialmente obtenibles y las maneras de contro-
lar, o no, la energía liberada. 
Iero la humanidad también había sufrido cambios. El mun-
do  había  entrado  en  guerra  nuevamente.  Capitalismo,  comu-
nismo  y  nazismo  se  atacaban  como  tres  gigantes  cuyos  pasos 
hacían temblar la tierra, arrasaban con ciudades enteras y teñían 
los mares de sangre. En las entrañas de su poder, los científicos 
se  abocaban  a  la  búsqueda  de  nuevas  armas  de  mayor  alcance, 
más portables, destructivas y definitivas.
“Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos.”
Robert Oppenheimer 
“¡Ven a tomar tu medicina: ¡Tómala como un hombre:” 
Stephen King, El resplandor
El Proyecto Manbattan
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Estados Unidos había recibido el valioso aporte de los cien-
tos de sabios judíos que llegaron de Europa, huyendo del régi-
men nacionalsocialista cuando Iitler asumió el poder en 1933. 
Iombres como Edward Teller, Leó Szilárd y el mismísimo 
Albert  Einstein  encontraron  refugio  en  las  universidades  nor-
teamericanas. En 1938, los científicos exiliados recibieron la in-
quietante  noticia  de  que  los  alemanes  habían  logrado  la  fisión 
nuclear. Ellos sabían muy bien lo que sus colegas alemanes eran 
capaces  de  conseguir  y  no  tenían  ninguna  duda  de  cuáles  se-
rían las prioridades del nazismo. Era entonces urgente advertir 
al gobierno de los Estados Unidos que el enemigo pronto podría 
disponer de un arma de un poder hasta entonces desconocido. 
Iero Leó Szilárd sabía por experiencia que hacerse escuchar 
por  el  poder  no  era  tan  fácil  como  levantar  un  tubo  de  teléfo-
no. Debía hacerse apadrinar por alguna figura importante para 
lograr ser atendido por el presidente Roosevelt; de otro modo, 
sólo sería un científico más, humildemente vestido, declamando 
profecías apocalípticas con un acento extrañísimo. Lo tomarían 
por  un  loco.  Leo  Szilárd,  entonces,  escribió  una  carta  dirigida 
a Roosevelt. En ella resumía los hallazgos científicos relaciona-
dos con la fisión nuclear e insinuaba la posibilidad de utilizarlos 
para crear un arma de un poder nunca visto hasta el momento 
y,  por  supuesto,  no  se  olvidaba  de  sugerir  que  debían  apresu-
rarse si no querían que el enemigo se les adelantara. Szilárd se 
presentó entonces ante Albert Einstein, expuso sus teorías y le 
mostró  la  carta.  Este,  luego  de  leerla  varias  veces,  la  firmó  y  se 
comprometió a ocuparse personalmente de que llegara a manos 
del presidente Roosevelt.
Un minuto después de la explosión en el desierto de Nuevo 
México, hubo seguramente interesantes intercambios de mira-
das  entre  los  asistentes.  Los  científicos  se  habrán  encontrado 
por primera vez con el esbozo de lo que sería un problema de 
conciencia  que  marcaría  la  época:  habían  creado  un  arma 
demasiado letal y ya estaba en poder de las Fuerzas Armadas. 
Los militares, en cambio, se habrán refregado las manos como 
quien  ha  recibido  un  juguete  nuevo.  Era  menester  probarla 
cuanto antes. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Los científicos insistieron en que habría que usarla sólo como 
amenaza, realizar una exhibición de poder con carácter disuasi-
vo  para  forzar  el  final  de  la  guerra.  Iero,  para  los  militares,  no 
hay  nada  más  disuasivo  que  una  acción  completa.  Y  los  cien-
tíficos  ya  nada  pudieron  hacer.  Iiroshima  y  Nagasaki  estaban 
condenadas.
Armas nucleares
La  temida  bomba  atómica,  aquella  terrible  arma  de  destruc-
ción  masiva  que  parece  esconder  un  secreto  temible  y  peligro-
so,  y  que  acosó  el  imaginario  colectivo  durante  tantos  años  de 
guerra  fría,  moviliza  incluso  hasta  el  día  de  hoy  las  relaciones 
internacionales. 
Iero, ¿qué es lo que sucede realmente en una ojiva nuclear: 
Lo que ocurre no es nada muy distinto a lo que hemos visto 
que pasa dentro de un reactor nuclear. El combustible radiactivo 
(uranio o plutonio) es puesto en excitación y se divide el núcleo 
de  sus  átomos  produciendo  una  reacción  en  cadena.  Iero  esta 
vez  la  misma  no  es  controlada,  ni  su  energía  aprovechada  por 
turbinas eléctricas, sino que toda su energía potencial es libera-
da dejando un rastro de destrucción a su paso. 
El mecanismo de una bomba atómica tiene cierta semejanza 
con el de una pistola común. Dentro del “tubo” de la bomba hay 
una corredera; en uno de sus extremos se encuentra “la bala”, que 
es una barra de uranio, en el otro extremo está el “blanco”, que es 
otra pieza de uranio, esta vez con forma de cuenco, para recibir 
el proyectil. Iara detonar la bomba se utiliza una pequeña car-
ga de TNT que, a manera de percutor, disparará la barra hacia 
el  cuenco  a  lo  largo  de  la  corredera,  con  la  velocidad  y  fuerza 
exactas para que al impactar se produzca la fisión atómica entre 
ambos objetos. El resto es conocido.
También existen las denominadas bombas sucias, erróneamen-
te asociadas con las armas nucleares. Se trata de dispositivos un 
poco más simples, ya que en su interior no se lleva a cabo ningún 
tipo de reacción nuclear. Sin embargo, son altamente contaminan-
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tes y no representan en absoluto un peligro menor. Lo que sí tie-
nen en común con las armas atómicas es que contienen elementos 
altamente radiactivos. Están compuestas por explosivos conven-
cionales que al detonar dispersan el material contaminante.
La bomba de fusión
En los años 50 se comenzó a investigar sobre la posibilidad de 
utilizar  la  recientemente  descubierta  fusión  de  hidrógeno  para 
fines  bélicos.  Muy  poco  tiempo  después,  más  precisamente  el 
1  de  noviembre  de  1952,  en  Enewetak,  un  atolón  de  las  Islas 
Marshall situado en el océano Iacífico, los Estados Unidos lle-
varon  a  cabo  el  primer  ejercicio  de  detonación  de  una  bomba 
termonuclear en la historia: Ivy Mike. Lo habían logrado: era la 
bomba de hidrógeno. 
Iabía bastado con generar las condiciones previas necesarias 
para que el proceso de fusión se pudiera llevar a cabo y lo consi-
guieron al desatar una reacción de fisión de un elemento radiac-
tivo,  que  produjo  la  energía  necesaria  para  que  los  núcleos  de 
hidrógeno se unieran y liberaran toda su capacidad destructiva.
Y ahí estaba. El resultado fue contundente: una bola de fuego 
de 5 km de diámetro, una nube radiactiva de 17 km de alto y un 
cráter de 1,9 km de diámetro y 50 metros de profundidad, en el 
lugar donde antes había una de las islas del atolón. 
Ior  unas  fracciones  de  segundo,  la  temperatura  llegó  a  los 
15 millones de grados, aproximadamente la misma que alcanza 
el núcleo del Sol. Fue una explosión 800 veces mayor que la de 
Iiroshima, arrasó y contaminó todo el ecosistema de la zona y 
su onda de choque dio tres veces la vuelta alrededor de la Tierra.
Hirosbima y Nagasaki, I
Supuestamente  ya  se  ha  dicho  todo.  Los  archivos  y  museos 
conservan  el  recuerdo  en  todo  su  horror.  Se  han  visto  todas 
las fotos, todos los videos, los testimonios han sido estudiados 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
y  repasados  hasta  que  las  palabras  perdieran  el  sentido.  Sin 
embargo, es indispensable pasar por este capítulo si queremos 
saber qué significa verdaderamente; de qué hablamos cuando 
hablamos  del  poder  descontrolado  de  un  arma  nuclear;  qué 
hace  sobre  los  seres  y  las  casas;  hasta  dónde  llega  el  daño  y 
cuánto se queda allí.
Iiroshima  y  Nagasaki  son  dos  ciudades  al  sur  de  Japón. Y 
a fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya habían caído 
Alemania e Italia, Japón era el único país del Eje que todavía pe-
leaba. Ior su rígida concepción del honor, por la supuesta con-
dición divina de su Emperador o simplemente por la obcecación 
suicida de sus dirigentes (todo eso es terreno de discusión), lo 
cierto es que Japón se demoraba en presentar la rendición para 
la  época  en  que  los  norteamericanos  tuvieron  lista  la  primera 
bomba: la tristemente célebre Little Boy (Muchachito).
Resulta inquietante recordar la frialdad con que un conjunto 
de notables de Estados Unidos, militares, ingenieros y sociólo-
gos, se abocaron a seleccionar cuáles eran las mejores ciudades 
para probar las bombas atómicas, y con cuánto celo preservaron 
estas ciudades para obtener como balance la mayor cantidad de 
información posible luego del magnicidio en ciernes.
El objetivo inicial era Berlín. Nada les hubiera gustado más 
que  borrar  del  mapa  a  la  capital  de  Alemania.  Iero  la  cons-
trucción de la bomba se demoró. Los rusos entraron en Berlín, 
luego  los  americanos;  Iitler  se  suicidó  junto  con  Eva  Braun; 
Joseph Goebbels y su esposa hicieron otro tanto, luego de en-
venenar  a  sus  seis  pequeños;  los  SS  cremaron  los  cuerpos  y 
Alemania  firmó  la  rendición  incondicional.  Iara  cuando  la 
bomba  estuvo  lista,  Berlín  ya  no  era  un  objetivo;  pero  Japón 
seguía en guerra. 
El código del Bushido indicaba que no había mayor desho-
nor que rendirse; si no era posible morir en combate, más valía 
hacerlo por mano propia. Arrancar el seguro de una granada y 
apretarla contra el pecho. A decir verdad, sólo una minoría de ja-
poneses sentía este modelo como propio. Era una norma absur-
da, sostenida, eso sí, por una considerable cantidad de oficiales, 
en su mayor parte de alto rango, muchos de los cuales, inclusive, 
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GUSTAVO LENCINA
tomaron la decisión de morir por propia mano antes de tiempo; 
huyendo hacia la muerte, ante la desesperación por la inminente 
derrota. Iero decir que todos los japoneses estaban dispuestos 
a inmolarse peleando es tan falso como decir que las bombas se 
arrojaron para evitar la muerte de más soldados aliados. 
Japón ya no tenía aviación ni defensa antiaérea. Los bombar-
deros  aliados  entraban  y  salían  a  voluntad  de  su  territorio.  La 
mayoría de las ciudades niponas, sobre todo las más urbaniza-
das, habían sido completamente arrasadas. Ya no tenían capaci-
dad industrial ni armamentística. Tan sólo demoraban la rendi-
ción intentando salvar el honor del Emperador. Y, curiosamente, 
el frente aliado (encabezado por los estadounidenses) tampoco 
parecía apresurado para obligarlos a deponer las armas. Lo cual, 
a la luz de los años, constituye una actitud mucho más que ex-
traña: sospechosa.
Iorque  Estados  Unidos,  con  la  anuencia  de  Inglaterra  y 
Francia,  ya  había  decidido  probar  su  nueva  bomba  sobre  un 
blanco  real.  No  tanto  porque  ello  fuera  necesario  estratégica-
mente,  sino  porque  era  una  oportunidad  irrepetible  de  com-
probar  la  efectividad  del  arma  con  víctimas  verdaderas,  de 
carne  y  hueso,  y  en  gran  cantidad.  Y  también  porque  necesi-
taban  exhibir  su  poderío  ante  la  Unión  Soviética,  con  quien 
estaban  empezando  a  dividirse  el  mundo,  como  fieras  que  se 
disputan una presa.
Iiroshima, Kokura, Nagasaki y Nigata, en ese orden, fueron 
las ciudades elegidas para descargar el poder de las dos primeras 
bombas terminadas, la mencionada Little Boy y la Fat Boy (Mu-
chacho gordo). 
Iara  poder  llevar  a  cabo  una  certera  evaluación  de  las  con-
secuencias  que  causarían  las  explosiones  nucleares,  estas  cuatro 
ciudades fueron exentas de bombardeos durante meses. Los inge-
nieros de la guerra habían solicitado que se mantuvieran intactas 
a fin de apreciar el daño en toda su magnitud. Esto generó en la 
población una confianza que hizo que los ataques fuesen todavía 
más  crueles.  La  gente  de  esas  ciudades  pensaba  que  la  aviación 
enemiga,  que  había  arrasado  con  media Tokio  y  la  mitad  de  las 
grandes  urbes  niponas,  había  decidido  pasarlas  por  alto  por  su 
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escaso valor estratégico. Eran ciudades pequeñas, dedicadas sobre 
todo a la agricultura. Sus edificaciones eran mayoritariamente ca-
sas bajas, construidas en madera y papel. Iodemos suponer que la 
mayoría de sus pobladores suspiraba aliviada de ver llegar el final 
de la guerra sin haber sufrido grandes daños. 
No tenían idea de lo que se avecinaba.
Efectos inmediatos de un ataque atómico
La zona cero
Se denomina así a la vertical que une la tierra con el sitio de 
detonación de la bomba, que es activada en el aire para aumentar 
su rango de destrucción. La idea es que la superficie terrestre ab-
sorba la menor proporción posible del impacto y no actúe como 
freno para la onda expansiva. En la zona cero todos los efectos 
de la bomba se producen simultáneamente. Esta conjunción re-
sulta tan violenta que absolutamente todo cuanto se encuentre 
allí es pulverizado, literalmente desintegrado. Lo único que que-
da  es  un  gigantesco  cráter,  de  varios  kilómetros  de  diámetro  y 
decenas de metros de profundidad. Nada, absolutamente nada, 
será reconocible. 
Radiación ionizante
Son  las  radiaciones  nucleares  de  alta  frecuencia  que  se 
producen  al  mismo  tiempo  que  la  bola  de  fuego  por  efecto  de 
la desintegración de núcleos de helio y electrones. Sin embargo, 
no  hay  que  confundirla  con  la  radiactividad  remanente  que 
sobrevendrá  después  de  la  explosión,  y  cuyos  efectos  serán 
mucho  más  prolongados  en  el  tiempo.  La  radiación  ionizante 
es consecuencia directa de la explosión, viaja a la velocidad de la 
luz y afecta gravemente a todos los seres vivos que se encuentran 
a su alcance, ya que puede causar daños tanto interaccionando 
sobre  los  órganos  y  los  tejidos  como  afectando  al  material 
genético de las células.
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En  las  bombas  de  gran  poder  que  existen  actualmente  el 
efecto destructivo es menor (si se lo puede llamar así) porque no 
sobrepasa el alcance de la bola de fuego. En cambio, en una bomba 
pequeña, como fue la de Iiroshima (que aunque cueste creerlo, 
fue pequeña) sus efectos son mayores puesto que se extienden 
de  manera  invisible  mucho  más  allá  que  la  explosión  misma. 
Ior  eso,  en  las  ciudades  japonesas,  en  los  días  subsiguientes  al 
ataque, muchos de los sobrevivientes se enfermaron y murieron 
en cuestión de horas.
Pulso electromagnético
La  radiación  ionizante  mencionada  anteriormente funciona 
como vehículo para el flujo de electrones, generando el llamado 
pulso  electromagnético.  Este  se  produce  por  el  efecto  que  di-
cha radiación tiene sobre las moléculas del aire. Es un fenómeno 
demasiado complejo para explicarlo en unas pocas líneas, pero 
baste  saber  que  el  poderoso  campo  electromagnético  que  ori-
gina,  avería  irremediablemente  todos  los  aparatos  eléctricos  y 
electrónicos que haya en el área afectada. Si bien no se conocen 
consecuencias  directas  sobre  los  seres  vivos,  en  el  contexto  de 
una  explosión  nuclear,  el  pulso  electromagnético  resulta  en  un 
virulento generador de cortocircuitos e incendios que se suman 
al caos total. 
Ior esta capacidad de dañar todo tipo de instrumental o ma-
quinaria eléctrica, el pulso electromagnético fue cuidadosamen-
te  estudiado  por  los  ingenieros  de  armas.  Se  realizaron  prue-
bas que demostraron que cuanto mayor es la altura a la que se 
produce la explosión, mayor es la dispersión atmosférica, con la 
consecuente inutilización de satélites artificiales e instrumentos 
electrónicos  en  tierra,  al  punto  de  ser  posible  afectar  con  una 
sola bomba a todo un hemisferio. Otra de las características de 
este  fenómeno  es  que  al  producirse  la  ionización  de  la  atmós-
fera,  el  aire  adquiere  insólitas  coloraciones,  motivo  por  el  cual 
se conoce a los artefactos explosivos de pulso electromagnético 
como Bombas del Arco Iris. 
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Destello luminoso
A través de la radiación electromagnética, y a la velocidad de 
la luz, se produce una increíble emisión de fotones. Quién esté 
mirando el foco de la explosión a más de 100 km quedará ciego 
temporalmente;  en  cambio,  quién  lo  mire  desde  una  distancia 
menor  sufrirá  un  daño  permanente.  Se  trata  de  un  destello  de 
luz cuya incandescencia es varias veces superior a la del Sol. Si 
la explosión ocurre de noche, durante varios segundos parecerá 
que el mundo se encuentra bajo el más crudo sol del mediodía. 
Desgraciadamente,  para  quien  no  esté  debidamente  protegido, 
será la última luz que verá sobre la tierra. 
Pulso térmico
Tras el destello luminoso se produce una gigantesca bola de 
fuego que comienza a expandirse de manera implacable. No se 
trata  simplemente  del  incendio  de  una  explosión.  La  esférica 
masa de fuego se forma a partir de complicados procesos quími-
cos, que intentaremos simplificar para transmitir una idea apro-
ximada de la magnitud de las energías puestas en movimiento.
La  radiación  ionizante  ya  se  encuentra  lejos  del  epicentro 
de  la  explosión,  pero  a  su  paso  ha  alterado  completamente  el 
comportamiento de las moléculas del aire. Los átomos liberados 
se  han  ionizado  y  sus  electrones  se  han  acelerado  al  punto  de 
generar  una  nueva  reacción  en  cadena,  que  se  libera  en  pocos 
microsegundos con una enorme energía. Enseguida, los átomos 
tienden a perder esa energía, los electrones inician una desace-
leración  en  cascada  y  comienzan  a  ser  atrapados  por  los  iones 
presentes  en  el  aire.  Estos  dos  efectos  generan  una  radiación 
que, al cabo de ciertos complejos procesos, se transforma en una 
emisión térmica de inconmensurable intensidad. Una ola de ca-
lor (pulso térmico) que abrasa todo lo que se encuentre cerca de 
la  zona  cero,  poniendo  en  combustión  cualquier  material  con 
algún  grado  de  inflamabilidad,  seres  vivos  incluidos.  Ese  calor 
funde el metal y derrite la roca, volatilizando todo lo que se en-
cuentre en el epicentro de la deflagración.
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A  500  metros  de  la  zona  cero  todo  se  calcina,  y  sólo  se  en-
cuentran minúsculos fragmentos retorcidos de algún metal muy 
resistente;  1.500  metros  más  allá,  los  cuerpos  combustionan 
y los objetos metálicos se funden y deforman; un poco más lejos, 
los restos conservan alguna forma. Más allá, según la suerte que 
hayan tenido al momento del ataque, los cuerpos se encuentran 
despellejados,  incinerados;  la  mayoría  de  ellos  quedará  ciegos, 
postrados; algunos seres andarán deambulando, pidiendo agua 
hasta el momento de morir. Un dato, tan poco perceptible como 
terrorífico,  es  que  sus  cuerpos  no  se  queman  al  ser  alcanzados 
por  una  llama;  simplemente  combustionan.  El  paso  del  pulso 
térmico, que todo lo torna inflamable, los convierte en teas, an-
torchas humanas que se encienden al contacto con el aire. 
La emisión de calor es tan poderosa, que lo que se le inter-
ponga generará una sombra en el momento mismo de volatili-
zarse. Esto produce ese efecto que se ha llamado sombras nuclea-
res. Si entre la bola de fuego y una pared se encuentra de pie un 
ser humano, lo único que quedará de él será la impresión de su 
silueta grabada sobre el muro. Así han quedado registradas en 
las paredes de Iiroshima y luego Nagasaki melancólicas silue-
tas en carbonilla del momento de la tragedia, como trazadas por 
la mano de un artista macabro: un niño piloteando su triciclo, 
un  hombre  con  un  bastón,  alguien  corriendo.  El  horror  es  tan 
grande que apenas tiene sentido decir que todavía falta lo peor. 
Onda de choque
En  principio,  las  ondas  de  choque  son  ondas  de  presión, 
como el sonido, y viajan a la misma velocidad (456 metros por 
segundo).  Las  bombas  convencionales  se  basan  en  generar  un 
violento desplazamiento de aire, a veces acompañado por algún 
elemento incendiario, a fin de aumentar el poder de la explosión. 
En las bombas nucleares, la onda de choque llega cuando ya el 
territorio  ha  sido  devastado  por  la  radiación  y  el  pulso  térmi-
co, cuando los ojos ya están ciegos por el destello luminoso. Su 
efecto es el de un mazazo que derrumba lo que hubiese quedado 
en  pie,  aviva  los  fuegos  y  cubre  cientos  de  kilómetros  con  un 
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temporal de metralla formado por rocas, árboles y metales que, 
a la manera de millones de tiros de gracia simultáneos, se abaten 
sobre cualquiera que haya logrado sobrevivir.
El aire, calentado hasta los 100 mil grados centígrados, sólo 
puede expandirse. La diferencia de temperatura con la atmósfe-
ra circundante es tan grande que la onda de choque tiene mu-
chísima más duración en comparación con la que producen las 
bombas  comunes.  Es  una  fuerza  que  se  desplaza  en  todas  di-
recciones triturando todo cuanto atrapa, a diferencia de la onda 
de choque de los artefactos convencionales, que “empuja” en una 
dirección determinada.
La  onda  de  choque  atómica  retuerce  la  piedra  y  la  roca  del 
epicentro, al tiempo que las expulsa y las arroja lejos a la velo-
cidad  del  sonido.  Esto,  sumado  al  aire  hirviente  que  asciende, 
genera una columna de vacío en el epicentro que enseguida debe 
llenarse. Es entonces cuando se produce el efecto inverso, el re-
flujo que lleva todo hacia el epicentro. Se alza una columna de 
tierra, ruinas y humo totalmente radiactivos que alcanza alturas 
estratosféricas  hasta  comenzar  a  caer  por  su  propio  peso,  for-
mando el famoso hongo nuclear, espantoso corolario del espec-
táculo de la muerte.
Lluvia radiactiva
Unas  horas  después,  las  partículas  de  polvo  y  ceniza,  plena-
mente radiactivizadas, comienzan a caer sobre la tierra. No es tan-
to una lluvia como una nube sólida y venenosa que se mete en los 
pulmones, se impregna en la piel y cubre toda la superficie devas-
tada, pudiendo ser arrastrada por el viento a muchos kilómetros 
del lugar de la explosión, sin perder sus efectos nocivos. En ciertas 
ocasiones, si las condiciones meteorológicas están dadas, además, 
llueve.  Es  una  lluvia  que  arrastra  todo  el  material  contaminan-
te que flota en la atmósfera. Una precipitación radiactiva mucho 
más dañina, aunque parezca increíble, que la caída de polvo y ce-
nizas. Telón de cierre de los llamados efectos inmediatos, pero que 
apenas marcará un pulso, un intervalo mínimo, en una catástrofe 
cuyos efectos tardarán cientos de años en desaparecer.
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GUSTAVO LENCINA
Incendios
La radiactividad no es el mayor de los factores de muerte en 
las horas posteriores a la explosión. Todo arde a lo largo del área 
alcanzada  por  la  bola  de  fuego.  Más  allá  de  ese  límite,  las  ins-
talaciones eléctricas, los vehículos, conductos de gas, depósitos 
de combustible líquido, edificios inflamables y arsenales se con-
vierten  en  incontrolables  focos  de  incendios  y  explosiones  que 
devoran todo a su antojo, sin que haya posibilidad humana de 
combatirlos. 
Sinergias
Se  llama  así  a  la  acumulación  de  efectos.  Iara  obtener  una 
idea  cabal  de  su  significado  sólo  es  necesario  releer  los  puntos 
anteriores y pensar que todos esos eventos se producen simul-
táneamente, potenciando mutuamente sus secuelas y generando 
nuevas complicaciones.
Ior  empezar,  los  sobrevivientes  de  la  explosión,  cubiertos 
de heridas terribles, no tienen hospitales ni centros de salud en 
condiciones  de  auxiliarlos.  Iara  peor,  la  radiación  destruye  las 
defensas  naturales  de  los  seres  vivos,  por  lo  que  aumenta  no-
tablemente  la  cantidad  y  virulencia  de  las  infecciones  que  se 
desencadenan.
Las ciudades quedan aisladas, sin medios de comunicación, 
transporte, ni energía eléctrica. Los incendios arden hasta que se 
consume la última astilla.
El reflujo de la explosión aporta oxígeno fresco a la bola íg-
nea  y  la  corriente  de  aire  aviva  y  propaga  las  llamas.  En  oca-
siones se produce una llamada tormenta de fuego, cuyo nombre 
basta  por  sí  sólo  para  vislumbrar  lo  que  significa  y  los  daños 
que acarrea. 
Las víctimas que conservan la conciencia o lucidez caen en un 
lógico estado de depresión y confusión, que los lleva a abando-
narse; o de desesperación, que los arrastra al saqueo y el pillaje. 
La sociedad se desmiembra, no hay quién active los mecanismos 
de defensa. La vida se convierte en una carga horrorosa que muy 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
pocos  están  en  condiciones  de  sostener.  Los  valores  básicos  se 
desintegran.  Los  sobrevivientes  asumen  que  la  guerra  nunca 
se termina, y que la muerte es lo mejor que les podría ocurrir. 
Hiroshima y Nagasaki, II
El 6 de agosto de 1945, a las 7 de la mañana, los radares japo-
neses detectaron la intrusión de tres aeronaves norteamericanas. 
Un avión climatológico (de los pocos que habían quedado de la 
aviación japonesa) sobrevoló la ciudad en busca de los intrusos, 
pero  al  no  encontrarlos  regresó  a  su  base.  Se  emitió  un  alerta 
por radio, pero la mayoría de la gente lo ignoró. La Fuerza Aérea 
norteamericana, en su búsqueda de congraciarse con el pueblo 
japonés, solía arrojar panfletos de advertencia antes de las gran-
des incursiones aéreas. Volantes donde se explicaba a los ciuda-
danos cuanto lamentaba Estados Unidos tener que atacarlos; se 
les pedía que buscaran refugio y se les sugería que presionaran 
a su gobierno para terminar con la guerra. Iero en esta ocasión 
no hubo aviso previo. 
A  las  8  de  la  mañana  el  bombardero  Enola Gay  dejó  caer  a 
Little Boy apuntando al puente sobre el río Aioi. El viento desvió 
el  artefacto  unos  240  metros  a  través  del  cielo  claro  de  la  ciu-
dad. Y a los 600 metros de altura detonó sobre la somnolienta 
población.
Reparemos en el testimonio de Bob Caron, artillero y fotó-
grafo a bordo del Enola Gay:
“Una columna de humo asciende rápidamente. Su centro
muestra un terrible color rojo. Todo es pura turbulencia. Es una
masa burbujeante gris violácea, con un núcleo rojo. Todo es pura
turbulencia. Los incendios se extienden por todas partes como
llamas que surgiesen de un enorme lecho de brasas. Comienzo a
contar los incendios. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... catorce,
quince... es imposible. Son demasiados para poder contarlos. Aquí
llega la forma de hongo de la que nos habló el capitán Parsons. Viene
hacia aquí. Es como una masa de melaza burbujeante. El hongo se
extiende. Puede que tenga mil quinientos o quizá tres mil metros de
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GUSTAVO LENCINA
anchura y unos ochocientos de altura. Crece más y más. Está casi
a nuestro nivel y sigue ascendiendo. Es muy negro, pero muestra
cierto tinte violáceo muy extraño. La base del hongo se parece a
una densa niebla atravesada por un lanzallamas. La ciudad debe
estar abajo de todo eso. Las llamas y el humo se están hinchando
y se arremolinan alrededor de las estribaciones. Las colinas están
desapareciendo bajo el humo. Todo cuanto veo ahora de la ciudad es
el muelle principal y lo que parece ser un campo de aviación”.
Efectos a largo plazo
Iasta  aquí,  hemos  mencionado  sólo  las  consecuencias  inme-
diatas  de  un  ataque  nuclear.  Las  derivaciones  posteriores  se 
dimensionan  al  punto  de  exceder  largamente  los  límites  de  la 
zona  agredida.  Estamos  hablando  en  términos  de  terremotos, 
invierno nuclear, destrucción de la capa de ozono, radiactividad 
permanente, lluvia radiactiva global. 
Muchos de los posibles efectos a largo plazo de una confron-
tación nuclear en gran escala entran en el ámbito de lo especula-
tivo y son materia de debate. Existe toda una tradición literaria 
en  base  a  un  supuesto  mundo  posnuclear  habitado  por  seres 
mutados, obligados a vivir en una especie de regresión prehistó-
rica en la que se mata y muere por comida, sexo o combustible. 
Los futurólogos de hoy en día niegan que la situación pueda lle-
gar algún día a ser tan extrema. Iero los teóricos del Apocalipsis 
señalan,  no  sin  razón,  que,  salvo  por  el  efímero  equilibrio  del 
terror  logrado  por  las  potencias  nucleares,  las  condiciones  que 
hacen  a  la  contaminación  imparable,  irreversible,  no  han  cam-
biado en absoluto. Y no sería necesaria una guerra para que todo 
se descontrolase. 
Las pruebas nucleares se siguen llevando a cabo, el problema 
de los residuos no tiene solución y los países en desarrollo, lejos 
de colaborar en mantener algún equilibrio global, experimentan 
con técnicas rudimentarias que hacen que en el siglo XXI sigan 
vigentes los terrores de la Guerra Fría. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Lo que antes giraba en torno de Estados Unidos-Unión So-
viética,  ahora  se  trasladó  a  Israel-Irán;  y  a  países  periféricos  o 
inestables  regímenes  teocráticos,  que  manipulan  elementos 
con los que podrían generar catástrofes como las que se sufrie-
ron en los albores de la era nuclear. 
Ior eso nunca hay que descartar los temores de los pesimistas. 
Respecto de los terremotos, éstos pueden ser provocados por 
las vibraciones resultantes de las pruebas con bombas, normal-
mente realizadas en territorios no habitados. Estas explosiones 
pueden  provocar  rupturas  en  las  capas  geológicas  y  desplaza-
miento de las placas, con los consiguientes movimientos sísmi-
cos acaecidos a corto plazo y con alcance sobre un área de varios 
kilómetros, pretendidamente deshabitada. A tal punto esto está 
tácitamente aceptado que, actualmente, el consenso internacio-
nal  acepta  este  tipo  de  movimientos  sísmicos  como  evidencia 
de que un país ha estado llevando a cabo experimentos ilegales.
De  todos  los  efectos  a  largo  plazo  la  contaminación  radiac-
tiva  es  probablemente  el  más  irrefutable.  Básicamente  porque 
todavía  están  frescos  los  horribles  recuerdos  de  las  secuelas 
que ésta tuvo sobre la tierra, el agua, el aire, sobre la población 
afectada directamente o sobre aquellos que posteriormente su-
frieron  en  su  cuerpo  las  mutaciones  genéticas  que  los  ataques 
produjeron  en  sus  padres  y  abuelos.  Iero  también  porque,  en 
países que nunca han conocido la guerra, día a día se registran 
hechos  lamentables:  poblaciones  enteras  contaminadas  por  un 
complejo  minero,  enfermedades  como  el  cáncer  o  la  leucemia, 
que  recrudecen “casualmente”  en  las  inmediaciones  de  las  ins-
talaciones nucleares; zonas muertas provocadas por accidentes 
y, sobre todo, polución urbana (toneladas de baterías en desuso 
con las que nadie sabe qué hacer, residuos industriales cuya to-
xicidad nunca es sincerada, alimentos transgénicos con imprevi-
sibles consecuencias...). 
La  destrucción  de  la  capa  de  ozono  también  sería  una  con-
secuencia inevitable en una conflagración nuclear. Ior la inten-
sidad  de  las  explosiones  y  la  presencia  de  óxidos  de  nitrógeno 
en la atmósfera, la capa se vería drásticamente debilitada, con lo 
cual el ingreso de radiación ultravioleta caería sobre los sobre-
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vivientes provocando todo tipo de malformaciones, esterilidad, 
mutaciones y cáncer.
El invierno nuclear parece hecho a la medida de los guionis-
tas de cine de anticipación. La ceniza y el polvo de las explosio-
nes se estacionaría en las capas altas de la atmósfera producien-
do un oscurecimiento del sol y el consiguiente enfriamiento de 
la  superficie  terrestre.  También  influiría  el  exceso  de  óxido 
de nitrógeno, un gas que a nivel del suelo provoca calentamiento 
global pero que, en alturas estratosféricas, actúa como un reflec-
tor de la luz y el calor solares. 
El  escenario  de  un  mundo  posnuclear  sería,  efectivamente, 
un paisaje oscuro, agrisado, de olores acres y un frío insano.
Desestructuración de la sociedad
Sólo se registran en la Iistoria dos ataques nucleares de índole 
netamente  militar  y  en  el  contexto  de  una  guerra.  Iero  la  in-
tensidad  y  potencia  del  daño  han  sido  tan  desproporcionadas 
en  relación  al  relativamente  pequeño  tamaño  de  las  ciudades 
bombardeadas, que no es difícil imaginar lo que sucedería con 
una  sociedad,  país  o  continente,  atacado  masivamente  con  ar-
mas nucleares.
Los sistemas de salud se verían inmediatamente desborda-
dos; y es probable que, por relación directa, también colapsara 
el aprovisionamiento de alimentos. Los sobrevivientes no tar-
darían  en  apelar  al  saqueo  en  una  sociedad  psicológicamente 
quebrada.  El  Estado  debería  entonces  emitir  una  ley  marcial 
cuya consecuencia sería el enfrentamiento entre las fuerzas ar-
madas y la ciudadanía que deberían proteger. El transporte y 
el  socorro  se  verían  mermados  por  el  riesgo  de  contagio.  Los 
sistemas  eléctricos  destruidos  sumirían  a  todo  el  mundo  en 
la  mayor  de  las  incertidumbres  provocada  por  la  carencia  de 
comunicación.
Y así, paulatinamente, el mundo se parecería a las peores vi-
siones pergeñadas por la ciencia ficción.
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Hirosbima y Nagasaki, III
En Iiroshima y Nagasaki vivían mujeres, ancianos, trabajado-
res,  niños,  adolescentes,  médicos,  artistas.  Gente  que  habitaba 
casas de madera y papel. Gente que caminaba bajo el sol espe-
rando  la  noticia  del  fin  de  la  guerra.  Una  población  desnuda  y 
confiada, cuyos pocos sobrevivientes aún recuerdan la aparición 
de ese avión plateado, que creyeron que era de exploración me-
teorológica. Una nave brillante de la que se desprendió un pe-
queño objeto oscuro que, antes de tocar la tierra, se convirtió en 
un sol incandescente que estalló ante sus ojos sin darles tiempo 
a parpadear.
El equilibrio del terror
La  caída  de  las  bombas  sobre  Japón  fue  el  preámbulo  de  una 
época cuyo rasgo principal fue un doloroso despertar de la Iu-
manidad. La gente supo, por primera vez, que los gobiernos te-
nían  el  poder  para  herir  fatalmente  a  la  naturaleza,  y  que  ese 
poder no siempre estaba ejercido por el más honesto ni el más 
sensato. Esto generó un miedo colectivo que, de abajo hacia arri-
ba (como suele ocurrir con los grandes cambios sociales), propi-
ció una suerte de autocontrol generado por el miedo colectivo a 
la destrucción total.
Finalizada  la  Segunda  Guerra  Mundial,  las  grandes  poten-
cias se enfrascaron en una carrera demencial por tener el mayor 
armamento nuclear. Ior un lado, la Unión Soviética con los paí-
ses que adherían al pacto de Varsovia; por el otro, Estados Uni-
dos con los países de la OTAN (Organización del Tratado del 
Atlántico Norte). La escalada de poderío de las bombas diseña-
das por cada bloque fue tal, y de tal vehemencia, que muy pronto 
las potencias se anularon mutuamente. Cualquiera que tomara la 
iniciativa de un ataque no podría evitar las consecuencias de una 
respuesta  (téngase  en  cuenta  que  en  esa  época  no  estaban  tan 
desarrolladas las comunicaciones satelitales, escudos antimisiles, 
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GUSTAVO LENCINA
etc.). El resultado nunca podría ser otro que la destrucción mu-
tua y la consiguiente contaminación de todo el planeta. 
El mundo temblaba a cada escarceo entre los soviéticos y los 
estadounidenses. Ambas potencias se jactaban de poseer arma-
mento para volar el planeta tres o cuatro veces. El punto crítico 
llegó a principios de la década del 60.
En  1961,  la  Unión  Soviética  llevó  a  cabo  la  detonación 
de  la  bomba  Zar,  en  teoría,  capaz  de  liberar  100  megatones 
reales, pero reducida a 50 para la prueba, cifra que, de todos 
modos, marcó el récord de potencia nuclear accionada en un 
explosivo. La detonación fue tan bestial que se concluyó que 
su  magnitud  la  hacía  muy  poco  práctica  para  la  guerra.  Se-
mejante  potencia  sólo  sería  útil  para  atacar  mega-ciudades, 
como Nueva York o Moscú; y las dificultades de traslado del 
artefacto  hacían  prácticamente  imposible  su  utilización.  De 
todos modos, la exhibición se llevó a cabo con los consiguien-
tes daños ambientales. 
Estados Unidos no se quedó atrás, y a mayor potencia con-
testó  con  más  altura.  Esto  fue  literal.  La  carrera  armamentista 
se trasladó a la estratósfera. El 9 de julio de 1962, los estadouni-
denses detonaron una bomba de 1,5 megatones a 400 km sobre 
el  océano  Iacífico.  La  explosión  generó  una  aurora  boreal,  en 
pleno día, sobre las islas Iawaii. 
Los  satélites  artificiales  dejaron  de  funcionar;  un  vasto  te-
rritorio bajo la zona de la explosión se quedó sin energía. Ior 
un momento, las potencias temieron haber afectado los llama-
dos cinturones de Van Allen, campos de radiación naturales de 
la atmósfera. Estados Unidos y la Unión Soviética se cruzaron 
acusaciones de haber causado daños irreversibles. Iasta don-
de se sabe, no fue así. Iero no mucho tiempo después, en agos-
to de 1963, ambos países firmaron, junto con muchos más, el 
así  llamado  Tratado de prohibición de pruebas nucleares en el
espacio.
Claro que “hecha la Ley, hecha la trampa”.
Cada convenio y acuerdo no hace más que agudizar el inge-
nio de la maquinaria de guerra para seguir desarrollando arma-
mento de manera subrepticia. Cuando las normas internaciona-
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EL APRENDIZ DE BRUJO
les  limitaron  la  potencia  de  las  bombas  nucleares,  la  búsqueda 
de los científicos se orientó hacia la miniaturización de las ojivas. 
Al día de hoy existen, inclusive, proyectiles de mochila. 
Ior otra parte (y esto tal vez no fue un riesgo calculado por 
las naciones pioneras en el uso de este tipo de armamento), pese 
a  los  controles,  las  prohibiciones  y  hasta  las  invasiones  milita-
res por parte de los países desarrollados, las pequeñas potencias 
bélicas (como India, Iakistán, Irán, etc.) se encuentran desarro-
llando la tecnología nuclear más primitiva. 
Esto significa, ni más ni menos, que todos los errores pueden 
repetirse:  accidentes,  uso  indiscriminado  y  desproporcionado 
de  la  fuerza,  pruebas  aéreas  o  subterráneas,  negligencia  en  el 
manejo de los residuos, etcétera… 
La única defensa posible
No  hay  mucho  que  cuestionarse  en  el  uso  de  energía  nuclear 
para  armas  de  destrucción  masiva.  Nadie  puede  dudar  acerca 
del nivel de daño que provocan así como de lo difícil que resulta 
regularlo. En sí mismas no son armas prácticas: son caras, peli-
grosas, imprevisibles; su uso es universalmente condenado, pero 
son  tan  bestialmente  efectivas  que  no  hay  país  que  no  quiera 
poseerlas. Sobre todo entre los más poderosos, los que más ene-
migos tienen. 
En la actualidad, sin embargo, hay algunos indicios de cambio. 
Después de los accidentes de Chernóbil y Fukushima, varios 
países grandes han tomado nota de que en cualquier momento 
una catástrofe podría provocar bajas masivas, con el consiguien-
te perjuicio político y económico. Iubo comentarios acerca de 
cerrar  las  plantas  de  energía  nuclear  de  uso  civil.  O,  al  menos, 
de  reducir  su  cantidad.  Iero  hay  un  detalle  que  no  es  menor. 
Iarte  del  residuo  de  los  generadores  atómicos  es  un  elemento 
llamado  plutonio.  El  plutonio  se  utiliza  para  fabricar  las  armas 
nucleares  que  casi  todos  dicen  que  ya  no  fabrican. También  se 
aprovecha  el  uranio  empobrecido  resultante  de  la  fusión  para 
fabricar municiones y blindajes. Iarecería que en toda industria 
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civil  hay  una  puerta  trasera  que  abastece  las  aplicaciones  ató-
micas militares. Tal vez por eso nadie sabe a ciencia cierta con 
cuántas  armas  cuenta  el  vecino.  En  un  punto  se  sigue  depen-
diendo del equilibrio del terror, nacido en la Guerra Fría.
Lo  cierto  es  que  existe  una  especie  de  camarilla  de  países, 
cuyo origen seguramente está en el Consejo de Seguridad de las 
Naciones Unidas, que se autoadjudica el derecho a poseer armas 
nucleares y a no permitir que las posean los demás. 
El uso bélico de la energía nuclear es un círculo vicioso en el 
que se avanza sin progresar. Las grandes potencias desarrollan 
armamento poderoso, sutil y controlable, al mismo tiempo que 
una célula terrorista, medianamente preparada, puede construir 
un artefacto casero (defectuoso, contaminante, inestable) en un 
laboratorio  clandestino  instalado  en  cualquier  sótano  de  una 
gran ciudad. 
El mercado negro de armas incluye en sus catálogos los ele-
mentos necesarios. Inclusive se sabe que de los arsenales de la ex 
Unión  Soviética  han  desaparecido  cientos  de  piezas  que  luego 
fueron traficadas por la mafia.
Frente  a  este  peligro  latente,  la  única  posibilidad  de  defen-
derse que tiene el ciudadano común es la oposición llana y sin 
atenuantes. Y ante la menor duda, abrir los viejos libros, mirar 
las películas, leer los testimonios. 
Desde Iiroshima y Nagasaki más de 240 mil fantasmas no 
tardarán en aclarar todas sus dudas. Ya que desde los albores del 
mundo, la memoria ha sido, es y será, el más poderoso antídoto 
de que dispone la Iumanidad frente a sus propios errores.
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Capítulo 4
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El escritor argentino Jorge Luis Borges solía decir “todos somos
fatalmente contemporáneos”.  Este  comentario  no  se  quedaba  en 
el plano de lo irónico inmediato, aunque indudablemente nacía 
allí;  se  hacía  extensivo  a  todos  los  seres  humanos,  de  todas  las 
épocas. Como si en la vida de cada uno pudiese estar contenida 
la  sustancia  de  todos  sus  congéneres.  Esto  se  hace  particular-
mente visible en la vida de Marie Curie; de quien ya hablamos 
en la Introducción, cuando presenciamos su paciente búsqueda 
del elemento desconocido. Ahora vayamos un poco más adelan-
te, hacia el futuro. 
La doctora Curie, esa laboriosa física francesa de origen po-
laco,  ya  ha  recibido  el  Iremio  Nobel  de  Física  y  se  encuentra 
estudiando  a  fondo  las  aplicaciones  posibles  del  radio  y de  la 
radiactividad.  En  su  mente  se  perfila  una  herramienta  eficaz 
para disolver un tumor dentro de un cuerpo humano sin dañar 
las  zonas  adyacentes,  y  sin  recurrir  a  la  cirugía.  Lo  paradójico 
es que, mientras ella se afana y sueña con revolucionar la lucha 
contra  el  cáncer,  la  misma  enfermedad  comienza  a  corroer  su 
organismo, provocada por la sustancia en la que ella ha puesto 
todas sus esperanzas.
Sería  muy  triste  que  lo  mismo  le  ocurriera  a  toda  la  Iu-
manidad  en  su  conjunto.  Sin  embargo,  mientras  un  grupo  de 
hombres  de  ciencia  intentaba  avanzar  sobre  el  uso  de  la  ener-
gía nuclear para crear energía eléctrica económica y abundante, 
el gobierno más poderoso del planeta apuró los proyectos para 
conseguir el explosivo llamado bomba atómica y lo arrojó sobre 
“No hay que olvidar que cuando se descubrió el radio, nadie sabía que 
sería útil en los hospitales. El trabajo era ciencia pura. Y esto es una 
prueba de que el trabajo científico no debe considerarse desde el punto 
de vista de su utilidad directa. Se debe hacer por sí mismo, por la belleza 
de la Ciencia. Siempre existe la posibilidad de que un descubrimiento 
científico puede llegar a ser un beneficio para la humanidad.”
Marie Curie
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GUSTAVO LENCINA
dos ciudades repletas de civiles con el único dato cierto de que 
la explosión “sería terrible”. 
El  hombre  siguió  avanzando  en  pos  de  utilidades  prácticas 
para la energía nuclear, y vaya si las halló. Iero, al mismo tiempo, 
otros  seguían  diseñando  bombas  de  mayor  poder  o  capacidad 
contaminante. Como la frágil Marie Curie en su laboratorio, la 
Iumanidad corre tras un sueño mientras el lado oscuro de ese 
sueño la enferma cada día más. 
El lado claro
Tenemos  la  esperanza  de  conseguir  energía  inagotable  a  bajo 
costo  para  modificar  alimentos,  mejorar  las  comunicaciones  e 
inventar nuevos recursos medicinales, eso es verdad. También lo 
es que la radiación y la radiactividad se utilizan de manera ne-
gligente en máquinas que interactúan con el hombre en su vida 
doméstica. La tremenda responsabilidad que implica manipular 
la estructura atómica se ha frivolizado al punto en que cualquie-
ra puede utilizarla sin medir sus consecuencias, como hicieron 
aquellos militares del Iroyecto Manhattan. 
Ior suerte, también existen los otros científicos, los del cami-
no arduo, los que para aportar una nueva riqueza a sus contem-
poráneos  son  capaces  de  dejar  la  salud  revolviendo  el  incierto 
caldero del futuro. Recordemos entonces el empeño de la docto-
ra Curie y repasemos los distintos usos que le hemos dado a los 
efectos de la radiactividad para facilitar nuestra vida cotidiana y 
mejorar las condiciones de vida. 
Irobablemente,  la  aplicación  más  conocida  de  la  radiactivi-
dad sea aquella que se emplea con fines médicos: los rayos X, el 
uso en diagnóstico, la radioterapia, etc. Sobre esto hablaremos 
en profundidad un poco más adelante ya que es, tal vez, el ejem-
plo  más  emblemático  de  cómo  el  uso  adecuado  de  la  radiacti-
vidad  puede  traer  enormes  beneficios.  Iero,  afortunadamente, 
no  es  el  único  ejemplo  que  se  puede  erigir  en  defensa  de  los 
usos no bélicos de la energía nuclear.
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Los usos de la radiación se extienden a los campos más va-
riados  y  fundamentales  de  la  vida  moderna.  La  agricultura,  la 
industria,  la  minería,  la  tecnología  de  la  comunicación,  y,  por 
supuesto, el factor que a nuestro juicio motiva este libro: el apro-
vechamiento energético.
Trazadores
Uno de los usos básicos que se le da a la radiactividad es el 
de generar sustancias y elementos trazadores. Es decir, se apro-
vechan sus irradiaciones para observar, por contraste, el funcio-
namiento del organismo en el cual son inyectadas. En el mundo 
agropecuario  esta  técnica  ha  servido  para  muchos  fines,  como 
conocer mejor la absorción de agua de las plantas y así desarro-
llar  un  mecanismo  más  eficiente  de  riego  y  abastecimiento  de 
este elemento. También se ha utilizado la marcación con sustan-
cias radiactivas para contrastar los efectos de los fertilizantes y 
abonos naturales en los distintos tipos de plantas y poder saber 
con  precisión  cuáles  son  los  complementos  que  más  ayudarán 
en el crecimiento de los cultivos. 
La ganadería, a su vez, aprovecha esta capacidad para anali-
zar los procesos digestivos de los animales en pos de mejorar las 
costumbres alimentarias en busca de una mejor nutrición.
Semillas transgénicas y pesticidas
Otra  forma  que  adopta  el  uso  de  la  radiactividad  es  la  irra-
diación.  El  procedimiento  consiste  en  exponer  la  materia  que 
requiere  ser  afectada  a  las  emanaciones  directas  de  energía  io-
nizante. Recordemos que este tipo de radiación tiene la caracte-
rística de generar la pérdida de un electrón al entrar en contacto 
con  el  átomo.  En  base  a  esto  se  la  utiliza  para  producir  muta-
ciones  en  la  semilla  a  nivel  celular,  y  aprovechar  sus  efectos  en 
beneficio de la producción. 
La  forma  más  frecuente  en  que  se  lleva  a  cabo  este  proceso 
es  a  través  de  los  rayos  gamma  irradiados  por  los  isótopos  de 
cobalto 60. Una vez expuestas a la radiación, las semillas son se-
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GUSTAVO LENCINA
leccionadas  y  propagadas  para  luego  comercializarlas.  De  esta 
forma es que aparecen las denominadas semillas transgénicas cuyo 
rendimiento, notablemente superior al de las convencionales, lo-
gra por sí sólo aumentar los índices de productividad y por otra 
parte, son más resistentes a lluvias, heladas, plagas e insecticidas. 
En definitiva, las semillas transgénicas nos podrían permitir 
tener una producción más estable, ya que los riesgos típicos de 
cualquier plantación en el período de siembra y crecimiento son 
minimizados.  Este  es  un  factor  muy  importante,  pues  abre  las 
posibilidades de incrementar la productividad y reducir costos, 
y nos permite soñar con un nuevo camino para combatir la falta 
de alimento y su extremo, el hambre en el mundo.
Ior supuesto, no todo es color de rosa; la problemática de los 
productos alimenticios transgénicos modificados genéticamente 
es extensa. 
Las  investigaciones  científicas  y  los  desarrollos  tecnológicos 
no pueden alcanzar el ritmo que la sociedad actual impone. En 
una era en la que los cambios se suceden unos a otros a una ve-
locidad alarmante, muchas veces el camino de la ciencia termina 
subordinado  a  decisiones  políticas  que  responden  a  las  urgen-
cias de la situación económica y social mundial.
El  uso  de  semillas  transgénicas  se  ha  extendido  mucho  al  día 
de hoy, pero las opiniones están divididas. Algunos países han sido 
reticentes a incorporarlas en su mercado y muchos, incluso, las han 
prohibido alegando que podrían traer efectos nocivos para la salud. 
Esto  nunca  se  ha  demostrado,  pero  es  cierto  que  su  rápida 
introducción  ha  sido  estimulada  desde  los  sectores  económi-
cos que más se benefician con su comercialización, cuando aún 
queda mucho por investigar sobre los efectos de las mutaciones 
genéticas en semillas. 
Iero en el mundo de los negocios el tiempo es oro y la com-
petencia no permite demasiada precaución. Así, año tras año, se 
lanzan  al  mercado  productos  cuyas  consecuencias  a  largo  pla-
zo nunca han sido determinadas, simplemente porque no hubo 
“largo plazo”; son productos testeados en animales e inmediata-
mente sacados a la venta. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Esto es una constante: las políticas sobre investigación de la 
radiactividad  para  beneficio  del  hombre  se  ven  relegadas  a  un 
segundo plano frente a los intereses de los gobiernos y empre-
sas que, mediante una verdadera artillería de patentes y acuer-
dos, traducen cualquier intento positivo a una simple ecuación 
económica: “sólo debo ganar yo”.
Los  procesos  relacionados  con  la  capacidad  radiactiva  del 
átomo  también  se  utilizan  para  generar  pesticidas  más  fuertes 
y evitar plagas, ya que la semilla transgénica es también más re-
sistente frente a las fumigaciones. Y este no es un dato menor. 
También  hay  que  considerar  los  potenciales  riesgos  de  estos 
productos tóxicos y las consecuencias de su aplicación en el me-
dio ambiente.
Vacunas y control de plagas
La irradiación también se utiliza para el desarrollo de vacu-
nas para el ganado, el control de plagas y la esterilización de ali-
mentos  para  prolongar  su  durabilidad  y  alargar  su  período  de 
conservación  y  almacenamiento.  La  exposición  a  rayos  gamma 
destruye  microorganismos  tales  como  Salmonella,  Listeria mo-
nocytogenes y la bacteria de la Trichinella, que causan deterioros 
y enfermedades, y lo logra sin perjudicar al alimento. El proce-
dimiento  eleva  la  temperatura  unos  pocos  grados  y  así,  la  pér-
dida de nutrientes es pequeña comparada con la que conllevan 
otros medios de conservación como el enlatado y el disecado. El 
empleo de esta técnica, como una tecnología de salud alimenta-
ria, cuenta con la aprobación de la Organización Mundial de la 
Salud, la Organización para la Alimentación y Agricultura, y la 
Organización  Internacional  de  Energía Atómica. Y,  tras  haber 
sido estudiada durante más de cincuenta años, ya se ha extendi-
do su aplicación a más de cuarenta países. 
En cuanto al control de plagas, se lleva a cabo la esterilización 
de insectos y su introducción en el ambiente de cultivo para que, 
al no poder reproducirse, disminuya la población. Iero esto no 
es todo, la irradiación, al generar semillas más resistentes, per-
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mite disminuir el uso de fertilizantes y las necesidades de fumi-
gación y retarda el deterioro natural de la planta. 
La suma de todos estos factores nos plantea la posibilidad de 
llevar a cabo un cultivo más estable que al reducir sus costos de 
producción, disminuya a su vez los precios de comercialización, 
hecho  que  claramente  beneficia  a  los  sectores  más  vulnerables 
de la sociedad en lo que respecta a sus necesidades alimenticias.
Carbono 14
Otro de los grandes descubrimientos que se han desarrolla-
do de la mano de la radiactividad es el proceso denominado da-
tación por carbono 14 (C14).  Esta  técnica  se  usa  en  disciplinas 
como  la  Arqueología,  la  Geología  y  la  Antropología  para  de-
terminar la edad de objetos que contienen carbono hasta unos 
60  mil  años.  El  C14  es  un  isótopo  radiactivo  del  carbono  y  es 
producido a partir de una reacción nuclear.
Otros instrumentos de medición y análisis
El denominado análisis por activación neutrónica es una técni-
ca que, mediante la utilización de compuestos radiactivos, per-
mite la detección de un gran número de elementos y su presen-
cia en el ambiente estudiado. Es un proceso de gran complejidad 
y  basta  señalar  que  es  utilizado  frecuentemente  en  los  estudios
ecológicos  para  determinar  el  nivel  de  polución  atmosférica.  En 
minería, se aprovecha en la búsqueda de terrenos aptos y locali-
zación de minerales. Iara la extracción del oro, por ejemplo, se 
ha  desarrollado  un  proceso  que  utiliza  isótopos  radiactivos  de 
cesio 13 o 14, que en contacto con el oro, produce que éste brille 
en la oscuridad y facilitando así su detección y explotación. 
Hidrología
En los estudios relacionados con la detección e investigación 
de recursos naturales, también se emplean técnicas nucleares. La 
hidrología, por ejemplo, las utiliza en las mediciones y caracteri-
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EL APRENDIZ DE BRUJO
zaciones  de  caudales  de  río  y  corrientes  provenientes  de  aguas 
de lluvia y nieve, tanto como en el estudio de las dinámicas de 
conjuntos lacustres y fugas de embalses. También se aprovecha 
para la observación de las napas subterráneas: la procedencia de 
sus aguas, edad, velocidad, dirección, etc.
Industria
Los rayos X y la radiación gamma se emplean en los procedi-
mientos de control de calidad y mantenimiento de instalaciones. 
Iermiten detectar fallas en las soldaduras y defectos en los ma-
teriales: errores de fundición, espesor de láminas, etc. Ior otro 
lado, algunos mecanismos de seguridad como los detectores de 
humo y los pararrayos utilizan elementos radiactivos
Usos en medicina
Trazadores
El  principio  es  el  mismo  que  se  utiliza  en  la  investigación 
agropecuaria que mencionamos anteriormente, sólo que aplica-
do  al  cuerpo  humano.  Se  inyecta  en  el  paciente  una  sustancia 
que acompañará el proceso que se desea estudiar, o bien se utili-
za a manera de “colorante”, para contrastar determinada sección 
del organismo y visualizar nítidamente un objetivo determina-
do (órgano, glándula, malformación, etc.).
Un  ejemplo  concreto  es  el  centellograma de tiroides.  El  pa-
ciente  ingiere  una  ínfima  cantidad  de  un  radio  medicamento 
llamado  131l  (metaidobencilguanidina),  que  se  acumula  natu-
ralmente en determinado tipo de tumores de tiroides. De este 
modo  se  puede  obtener  una  imagen  nítida  de  la  glándula  y 
cuantificar  su  funcionamiento. Al  mismo  tiempo,  al  contener 
una dosis mínima de radiactividad, se puede utilizar para ata-
car malformaciones.
Otro  ejemplo  es  el  de  la  detección de tejidos oncológicos.  Se 
emplean  compuestos  biológicamente  activos  marcados  con  ra-
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dioisótopos. Estos se fijan metabólicamente en un órgano o te-
jido específico y permiten su lectura desde el exterior mediante 
una cámara gamma, por ejemplo.
Ior otra parte la radiología se vale de diferentes agentes físi-
cos  (rayos  X,  campos  magnéticos,  etc.)  para  generar  imágenes 
del interior del cuerpo (diagnóstico por imágenes). No debe con-
fundirse  con  la  Radioterapia,  que  emplea  directamente  radia-
ciones ionizantes para el tratamiento de las enfermedades, y que 
veremos a continuación. 
Radioterapia
Los orígenes de la radioterapia se remontan al último lustro 
del siglo XIX, cuando los científicos, luego de observar los da-
ños y quemaduras producidos en la piel al ser expuesta en exce-
so a los rayos X, dedujeron que la capacidad de la radiación de 
generar alteraciones en el organismo bien podía ser la llave de la 
medicina para la cura del cáncer. Decidieron entonces extender 
los horizontes de sus investigaciones de la medicina diagnostica 
hacia el tratamiento directo de enfermedades. 
En 1896 se llevó a cabo el primer intento de tratamiento me-
diante exposición a altas dosis de rayos X. Un médico francés lo 
utilizó en un paciente con cáncer de estómago y posteriormente 
publicó un artículo detallando los resultados. Luego de una se-
mana de tratamiento, se observó una reducción en el tamaño del 
tumor  y  una  disminución  de  dolor  en  el  paciente,  aunque  esta 
mejoría fue breve y el caso terminó siendo fatal. Los resultados 
no fueron concluyentes ya que se estaban empleando varios pro-
cedimientos simultáneos pero, de todas formas, se había senta-
do el primer antecedente y las investigaciones se multiplicarían 
en los años venideros.
Los  éxitos  no  tardaron  en  llegar  y  el  mundo  académico  se 
plagó de reportes y publicaciones en revistas científicas que res-
paldaban la eficacia del uso de rayos X en el tratamiento de Lu-
pus y algunas enfermedades de la piel. 
Sin  embargo,  la  naturaleza  terapéutica  del  procedimiento 
seguía  siendo  desconocida.  Algunos  creían  que  era  resultado 
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de  las  descargas  eléctricas  generadas  en  el  proceso;  otros  se  lo 
atribuían a la generación de ozono como resultado del mismo; 
y  una  tercera  posición  sostenía  que  se  debía  a  las  propiedades 
intrínsecas de los rayos X. 
La intriga no duró mucho y el nuevo siglo trajo luz sobre esta 
incógnita. Se determinó que los efectos en la salud eran conse-
cuencia  de  la  capacidad  de  penetración  que  caracterizaba  a  las 
ondas de rayos X.
Iaralelamente,  y  a  partir  de  estos  descubrimientos,  nuevas 
investigaciones  se  llevaban  a  cabo  involucrando  distintos  tipos 
de radiaciones en la cura de enfermedades. Una de estas se en-
focaba en el estudio de los efectos biológicos de la luz, y es por 
eso  que  fue  conocida  como  fototerapia.  En  la  misma,  los  rayos 
ultravioletas eran proyectados a través de un sistema de cristales 
de cuarzo que dividían el haz de luz para luego ser filtrado por 
una lámpara y aplicado sobre el paciente. El creador de este pro-
cedimiento, el doctor Niels Finsen, lo empleó en el tratamiento 
de Lupus, y, para 1905, se estimaba que el mismo era exitoso en 
un 50° de los caso. Finsen, poco después, fue galardonado con 
el Iremio Nobel de Medicina.
Otra  de  las  corrientes  de  experimentación  que  surgió  du-
rante esta época fue la röntgenoterapia, llamada así en honor al 
descubridor de los rayos X. Este procedimiento estaba basado 
en el supuesto de que las células de la zona afectadas morían al 
instante, y consistía en la aplicación local de los rayos. 
La excitación generada por las nuevas técnicas y sus impre-
sionantes  resultados  a  corto  plazo  popularizaron  estos  trata-
mientos,  que  pronto  comenzaron  a  extenderse  a  todo  tipo  de 
enfermedades  cutáneas:  acné,  enfermedades  de  los  folículos 
pilosos  que  requerían  la  eliminación  de  cabello,  carcinomas  y 
otras  afecciones  que  produjeran  aparición  de  células  malignas. 
Incluso  llegaron  a  hacerse  pruebas  en  pacientes  con  leucemia, 
tuberculosis (ya que se creía que los rayos X tenían propiedades 
bactericidas) y epilepsia. 
Iero pronto las consecuencias de haber introducido apresu-
radamente  estos  procedimientos  comenzaron  a  manifestarse. 
Surgieron reportes acusando los descuidos médicos cometidos 
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tras la introducción de los nuevos avances. Estos alegaban que, 
en muchos casos, las enfermedades tratadas empeoraban, y esos 
resultados eran ignorados y desestimados en medio del éxtasis 
producido  por  los  nuevos  procedimientos.  Finalmente  se  des-
cubrió que los rayos X eran efectivos sólo en un tipo particular 
de epitelioma, mientras que eran muy poco fiables para la cura 
del cáncer, ya que éste reincidía después de un corto período de 
tiempo. 
Las  pruebas  en  casos  de  tuberculosis  también  fallaron,  y  el 
peligro  que  encarnaban  estos  tratamientos  dominó  en  la  opi-
nión popular. Como resultado, las investigaciones relacionadas 
con la capacidad terapéutica de los rayos X se estancaron duran-
te varios años.
Sin  embargo,  todo  este  empeño  no  fue  en  vano  sino  que 
funcionó como prueba preliminar para un nuevo tipo de me-
todología  en  el  tratamiento  médico  que  recién  comenzaba  a 
conocerse. 
El descubrimiento del radio y sus efectos se posó sobre este 
nuevo  paradigma  y  revolucionó  el  mundo  científico;  y  el  salto 
fue  tan  grande  que  terminó  por  desbordar  el  campo  estricta-
mente médico para inundar otras esferas de la sociedad. El radio 
había  alcanzado  fama  de  cura  milagrosa  y  comenzó  a  inundar 
los mercados más variados. La inhalación de vapores, la aplica-
ción directa, la preparación de ungüentos y los baños sólo eran 
algunas de las formas que adoptaba su uso. La comercialización 
llegó a límites inusitados: pastas de dientes, cosméticos, pinturas 
e incluso un spa. Finalmente la fiebre del radio cesó en cuanto se 
comenzó a saber más sobre los efectos secundarios y los casos de 
muertes y enfermedades producidas por contaminación radiac-
tiva se hicieron conocidos.
Ioy la radioterapia ha progresado enormemente. Los avan-
ces  tecnológicos  han  permitido  desarrollar  técnicas  y  equipos 
capaces de administrar las ínfimas dosis de radiación ionizante 
que son necesarias para el tratamiento médico. El procedimien-
to  no  es  totalmente  inocuo  pero,  llevado  a  cabo  con  un  buen 
seguimiento,  ha  dado  resultados  altamente  satisfactorios.  Esta 
especialidad  se  encuentra  muy  difundida  en  la  actualidad  y 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
cuenta con un gran respeto dentro del ámbito científico. Esto es 
así al punto de que, junto con la quimioterapia, es considerada 
el principal método para combatir el cáncer. 
Hacia el sueño de Marie
Como hemos visto a lo largo de todo este capítulo, el empleo de 
la  radiación  se  ha  extendido  hasta  campos  inusitados.  Incluso 
es funcional a la ecología (su vieja enemiga), que la utiliza para 
aprender  más  sobre  el  estado  de  contaminación  actual  y  com-
batir  el  deterioro  del  medio  ambiente.  Sería  muy  importante, 
y  sería  deseable,  que  algún  día  el  término  radiactividad  dejase 
de evocar indefectiblemente un Apocalipsis inducido por el ser 
humano.  Iero  es  éste  precisamente  quien  tiene  la  llave  de  ese 
deseo. 
Si el hombre logra canalizar su obsesión compulsiva por po-
seer y controlar, puede que la radiactividad se convierta en una 
herramienta fundamental para un mundo superpoblado. 
Y es importante destacar que los usos aquí desarrollados no 
son ajenos a la problemática de la energía nuclear, tema central 
del libro. 
Muchos de los elementos e isótopos radiactivos que se utili-
zan  en  medicina  provienen  de  los  mismos  reactores  que  gene-
ran electricidad a través de reacciones nucleares. De hecho, gran 
parte  de  los  residuos  producidos  en  las  plantas  son  potencial-
mente  aprovechables  para  otros  fines,  pero,  por  supuesto,  eso 
requiere  de  una  política  organizada  y  de  un  estricto  protocolo 
de seguridad. 
No es sencillo, pero podría serlo. 
Imaginemos un sistema en el que las centrales nucleares y las 
fuentes  de  energía  renovable  abastecieran  las  necesidades  eléc-
tricas  de  la  sociedad  y  progresivamente  reemplazaran  a  los  hi-
drocarburos. La minería y extracción de recursos sería controla-
da y poco a poco la contaminación atmosférica disminuiría; los 
residuos serían utilizados para fines médicos y civiles, y los que 
no pudieran serlo, serían tratados para disminuir su capacidad 
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contaminante.  Las  nuevas  tecnologías  explotarían  para  bien  la 
capacidad radiactiva de la materia, se producirían cultivos más 
resistentes sin contaminar el medio ambiente con pesticidas y su 
costo disminuiría enormemente. La seguridad industrial se ve-
ría mejorada y también la calidad y durabilidad de los productos 
industriales. Iabría un mayor aprovechamiento de los recursos 
naturales debido a los nuevos conocimientos que se adquirirían 
gracias a las técnicas que emplearían capacidades radiactivas.
La decisión es nuestra: muerte para todos o comida, salud y 
energía para muchos. 
La radiactividad siempre estará allí y seguirá estando cuando 
nosotros ya no. Iodemos hacer de ella nuestra herramienta para 
sobrevivir como especie o podemos hacer que nos destruya. Ella 
fluye a nuestro alrededor, es parte de la naturaleza y es necesa-
rio  comprender  que,  a  pesar  de  los  errores  cometidos,  siempre 
estamos a tiempo de utilizarla en beneficio de todos, tal y como 
Marie Curie soñaba desde la barraca con piso de tierra en la que 
trabajó arduamente durante años.
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Capítulo 5
Cowaz¬rwzcrow, rwrrn¬rnznrs,
zccrnrwars
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En su libro Un mago de Terramar, la escritora norteamericana 
Úrsula K. Leguin nos cuenta la historia de un joven e inexper-
to  aprendiz  de  mago  quien,  desafiado  por  un  compañero  y  un 
poco  arrastrado  por  sus  propios  traumas,  intenta  realizar  una 
proeza más allá de sus capacidades y, sin querer, abre una fisu-
ra entre la vida y la muerte. La realidad se desequilibra y gime. 
Ior  esa  grieta  se  introduce  una  sombra  que  desgarra  el  rostro 
del  joven  mago  y  se  adentra  en  el  mundo,  para  luego  comen-
zar a perseguirlo como una maldición. En su fuga desesperada 
el mago descubre que la sombra que lo persigue es, al final, su 
propia parte oscura, con la que deberá fundirse para decidir cuál 
prevalecerá. El aprendiz dejará de ser el perseguido para asumir 
el rol de perseguidor de su propio lado oscuro. En esta sencilla 
fábula zen se podría leer la historia del hombre a partir del des-
cubrimiento de la energía nuclear. 
La radiactividad es, qué duda cabe, una sombra que el hom-
bre  ha  dejado  escapar  sobre  la  Tierra.  Iosee  un  ilimitado  po-
tencial  de  utilidades  benéficas,  pero  también  contiene  ese  lado 
oscuro  que,  de  algún  modo,  se  ha  salido  de  control.  La  conta-
minación está en el agua y en el aire, se posa en la ropa, espera 
durante años como un depredador al acecho, se cuela en los ali-
mentos, llega hasta los huesos y una vez en el cuerpo desata do-
lorosas enfermedades. Es un veneno lento y frío que disuelve la 
estructura molecular de la víctima para convertirla en otra cosa, 
algo que, la mayoría de las veces, no puede vivir.
“Así, los elementos radiactivos formaban extrañas y crueles familias 
en las que cada miembro era creado por transformación espontánea 
 de la sustancia madre: el radio era un descendiente del uranio; 
el polonio, un descendiente del radio.”
Eva Curie, escritora francesa, hija de Marie y Iierre
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El  gran  Cuco  de  la  paranoia  antinuclear  seguro  es  la  falla  o 
el accidente de un reactor, ya sea por causas naturales o por sa-
botaje. En orden de probabilidades le siguen el derrame de resi-
duos y, cómo descartarlo en la Era del 9/11: el ataque terrorista 
con armas nucleares. Y se podría agregar las pruebas nucleares 
de los países neófitos en la producción de armas.
Un análisis discreto de las características etnofóbicas de los 
enfrentamientos  del  siglo  XXI  nos  plantea  la  posibilidad  de 
que  una  vez  más  vuelvan  a  usarse  armas  descontroladamente 
poderosas contra civiles indefensos. Nadie duda de que existen 
quienes las usarían gustosos contra los Estados Unidos o Israel, 
sin  contar  con  que  estos  países  replicarían  (también  sin  duda) 
de forma inmediata y de la manera más devastadora. Y, como ya 
mencionamos, tampoco hay que frivolizar las invariables provo-
caciones entre las dos Coreas, o entre India y Iakistán, sólo por 
mencionar las más notorias. 
Claro  que  todo  ese  tema  lo  podríamos  archivar  momentá-
neamente bajo el rótulo “catástrofes eventuales”, pues pueden su-
ceder o no; son imprevisibles y cuando ocurren, lo hacen en una 
órbita  en  la  que  el  ciudadano  común,  para  su  infortunio,  suele 
ser simple testigo. 
Iero  también  existe  peligro  de  contaminación  en  los  dese-
chos  de  muchas  industrias  que  están  cerca  de  los  centros  ur-
banos; y ni hablar de la contaminación que produce la minería 
a  cielo  abierto,  aparentemente  indispensable  para  la  obtención 
de uranio (tema que será tratado en un capítulo específico); las, 
siempre materia de debate, antenas de telefonía celular; o inclu-
sive algunos electrodomésticos aparentemente inofensivos como 
los hornos a microonda; la contaminación del ganado que pastó 
en tierras afectadas; y los percances por la carencia de agua, dada 
la cantidad que se utiliza en esos procesos; etcétera. 
Cómo enferma la radiación
Como  ya  hemos  dicho,  de  toda  la  radiación  que  hay  sobre  el 
planeta (no olvidemos que inclusive el cuerpo humano contiene 
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elementos químicos ínfimamente radiactivos), sólo es pernicio-
sa la llamada radiación ionizante. Esta tiene la suficiente energía 
como  para  desprender  un  electrón  del  átomo  que  colisiona  y 
hasta destruir su núcleo. O sea, modifica aquello que toca, ge-
nerando mutaciones atómicas. Dichas mutaciones pueden tener 
distinto grado de importancia según el tipo de radiación que las 
haya tocado, ya que existen tres tipos: alfa, beta y gamma. 
Las  partículas  alfa  son  las  menos  peligrosas,  ya  que  por  su 
baja densidad no pueden atravesar ningún sólido. Una tela basta 
para detenerlas. De todos modos, sí son pasibles de ser ingeridas 
o  inhaladas,  y  una  vez  en  el  organismo  humano  pueden  pro-
ducir, según su cantidad, múltiples enfermedades respiratorias, 
entre las que se incluye el mortal cáncer de pulmón.
Las  partículas  beta  son  mucho  más  veloces  y  pequeñas,  lo 
cual las hace potencialmente más peligrosas. Cuando son emi-
tidas por un átomo moribundo, por ejemplo, logran desplazar-
se varios metros, lo cual, en su proporción atómica, es todo un 
universo; y si bien pueden ser detenidas por muchos materiales 
sólidos,  son  capaces  de  atravesar  la  ropa  y  la  piel,  provocando 
daños y quemadura en los tejidos, como avanzada de lo que ven-
drá luego: la enfermedad por contaminación.
Los rayos gamma, en cambio, son letales. Su altísima energía, 
sumado a que no poseen masa les permite desplazarse a través 
de casi todas las formas de la materia. Sólo el plomo y el concre-
to (en grandes cantidades) consiguen detenerlos. Y si una perso-
na se ve expuesta a ellos, la atravesarán de lado a lado detonando 
toda su actividad molecular. Afectan desde los tejidos de la piel 
hasta la médula ósea, como si el cuerpo fuera atravesado por una 
metralla de locura atómica.
La cantidad de radiactividad necesaria para afectar la salud 
de un ser vivo no es una cifra fija, sino la resultante del total de 
radiación  recibida  cualquiera  sea  su  origen,  con  las  pequeñas 
variaciones que presentan los distintos tipos de organismos. En 
general  se  la  expresa  en  una  unidad  llamada  sievert  (Sv),  que 
mide  la  cantidad  y  el  tipo  de  energía  recibida.  Si  una  persona 
recibe 0,75 sieverts es probable que sufra náuseas y una notable 
baja  en  su  sistema  inmunitario.  Si  la  dosis  fuera  de  3  sieverts, 
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la  persona  requeriría  inmediata  atención  médica,  pero  podría 
salvarse  si  esa  atención  llegara  a  tiempo.  En  cambio,  ante  una 
radiación de 10 sieverts la muerte sería inevitable, y por cierto 
no muy serena. Las radiaciones más altas, sufridas por técnicos 
u obreros durante los accidentes, producen el deceso en pocas 
horas; una muerte terrible en que el cuerpo virtualmente estalla 
y se deshace.
Las enfermedades
Iero sin llegar a extremos tan dramáticos, si la agresión no fue 
tan  drástica,  el  cuerpo  tiene  mecanismos  de  reconstrucción  de 
las células afectadas. Los órganos más vulnerables son la tiroides 
y la médula ósea, ya que al estar sus células en permanente esta-
do de reproducción necesitan asimilar yodo; el cual extraen de la 
dieta. Ante una situación de contaminación no logran diferen-
ciar el yodo normal del yodo radiactivo y lo absorben. Ior eso, 
luego  de  la  catástrofe  de  Fukushima  las  autoridades  repartían 
pastillas de yodo entre la población. La idea era que al saturar el 
cuerpo de esa sustancia, la tiroides y la médula ósea no absorbie-
ran el yodo radiactivo que le llegaba por vía aérea, causa directa 
del cáncer de tiroides o de médula. Es una lástima que el sistema 
que funcionó en Fukushima no hubiera sido descubierto cuan-
do tuvo lugar la explosión de Chernobyl. Las consecuencias no 
hubieran sido tan terribles. 
La lista de enfermedades que eventualmente puede producir 
la contaminación radiactiva en verdad intimida. A eso hay que 
sumar  que,  muchas  veces,  sobre  todo  cuando  hablamos  de  la 
emisión  (digamos  que  accidental)  producida  por  la  industria, 
los síntomas de una epidemia se revelan tardíamente. Si una po-
blación es afectada eso se hará evidente recién cuando el número 
de enfermos sobrepase holgadamente la medida normal para ese 
tipo  de  dolencia  en  un  determinado  lapso.  Iara  ello  tiene  que 
transcurrir  bastante  tiempo,  y  la  prueba  de  causa  es  una  gran 
cantidad de personas irreparablemente infectadas. Iara ese mo-
mento, las consecuencias son escalofriantes. 
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Esto ha generado que, de cada incidente de estas característi-
cas, existan siempre dos o más versiones contrapuestas en cuan-
to  a  su  gravedad.  Ior  un  lado,  los  ecologistas  son  implacables 
hasta  el  paroxismo.  La  radiactividad  está  en  todo,  o  casi  todo. 
El ciudadano común es agredido permanentemente en su salud 
física y psíquica por alimentos, polución, combustibles, medica-
mentos. Lo peor del discurso cuasi fanático de los ecologistas es 
que es muy probable que tengan razón. 
Sin embargo, al otro lado de la línea existe toda una escuela 
científica que afirma que los riesgos de enfermar por radiación 
son mínimos. Que el hombre actual convive de manera natural 
con altos índices de radiación (que seguramente antes no exis-
tían) que no llegan a ser perniciosos para la salud. Y existe una 
escuela de científicos ecologistas que afirma que la energía nu-
clear  es  el  único  camino  viable  para  proveer  de  manera  segura 
y  limpia  una  sociedad  que  crece  desaforadamente,  y  sin  duda 
tienen razón, siempre y cuando se atienda toda la problemática 
que iremos exponiendo en estas páginas.
Iasta  el  momento,  la  contaminación  irrefutable  (siempre 
estamos  hablando  de  radiactividad  y  no  de  desechos  químicos 
en  general)  es  la  que  deviene  de  los  accidentes  en  plantas  nu-
cleares. En ese sentido las secuelas del accidente de Chernobyl 
resultan en un verdadero catálogo de patologías. Entre sus vícti-
mas (contando entre éstas a los habitantes de zonas aledañas) se 
han registrado numerosos casos de cáncer de tiroides, leucemia, 
tuberculosis, enfermedades del sistema endocrino, nervioso, di-
gestivo,  cardiovascular,  cataratas  y,  en  menor  medida  (aunque 
hablando siempre de índices altísimos), cáncer de hígado, hue-
sos y recto, estos últimos detectados sobre todo en niños.
Accidentes nucleares
Ahora  bien,  ¿con  cuánta  frecuencia  ocurren  los  accidentes 
nucleares: 
Este  es  un  dato  importante  para  los  defensores  del  uso  de 
generadores  atómicos.  Sobre  todo  porque  los  perjuicios  hasta 
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ahora resultantes, obviamente, son ínfimos frente a las espeluz-
nantes cifras de víctimas de accidentes de tránsito, enfermeda-
des de transmisión sexual, violencia urbana, etc.
Veamos una breve reseña de los accidentes nucleares más im-
portantes, entre los difundidos, que han ocurrido desde media-
dos del siglo XX al día de hoy.
La saga conocida de los accidentes nucleares comenzó junto 
con las primeras plantas de energía. Esto evidencia que dichas 
plantas  comenzaron  a  funcionar  mucho  antes  de  que  se  cono-
ciesen  a  fondo  las  necesidades  de  seguridad.  Estas,  en  verdad, 
se desarrollaron a medida que surgieron los accidentes. Y en ese 
caso  digamos  que  la  naturaleza,  pródiga  como  siempre,  no  ha 
escatimado  accidentes  a  fin  de  que  el  hombre  pudiera  diseñar 
normas de seguridad que luego infringiría.
  • El  primero  de  que  se  tiene  noticia  ocurrió  en  Cana-
dá  en  1952,  cuando  el  núcleo  del  reactor  comenzó  a 
fundirse.  No  hubo  víctimas  directas,  pero  seis  años 
después, cuando la planta se incendió completamente, 
hubo importantes fugas radiactivas. 
  • El  30  de  septiembre  de  1957  estalló  una  central  se-
creta en la Unión Soviética: la Mayack, en los montes 
Urales. El gobierno tuvo serias dificultades para ocul-
tar los 200 muertos que causó el incidente en sí, pero 
directamente  no  pudo  disimular  la  evacuación  com-
pulsiva de 10 mil personas ni las decenas de miles que 
quedaron expuestas a la radiación.
  • Un  mes  después  le  tocó  al  Reino  Unido.  El  incendio 
de una planta en Liverpool produjo una fuga radiacti-
va que contaminó 300 km
2

  • Luego hubo un período de calma hasta 1961, cuando 
una falla en la planta de Idaho Falls, en Estados Uni-
dos, terminó con la vida de 3 técnicos.
  • El 7 de agosto de 1979 estalló otra planta secreta, en 
Estados Unidos. Y cuando las plantas secretas estalla-
ban, obviamente, dejaban de serlo. Así se conoció ésta, 
en Erwin, Tennessee, Estados Unidos.
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EL APRENDIZ DE BRUJO
  • El 8 de marzo de 1981, en la planta de Tsuruga, Japón, 
se produjo una fuga de agua radiactiva a la que queda-
ron expuestas 300 personas.
  • El  26  de  abril  de  1986,  se  produjo  el  accidente  de 
Chernobyl,  Ucrania,  que  en  seguida  trataremos  más 
en detalle.
  • En 1987, una cápsula de cesio 137 produce una fuga 
causando 4 muertos y 240 heridos. Ocurrió en Goia-
nia, Brasil.
  • El 30 de septiembre de 1999, hubo un accidente en Ja-
pón, en la Irefectura de Tokaimura. El reactor nuclear 
de una empresa privada sufrió una fuga de uranio que 
provocó  la  muerte  de  2  operarios  y  afectó  a  más  de 
400.
  • El 6 de abril de 1993, en la Unión Soviética, explotó 
otra  planta  secreta,  dedicada  al  reprocesamiento  de 
combustible  nuclear.  Un  contenedor  con  una  disolu-
ción de uranio contaminó unos 1.000 km
2
.
  • El 9 de agosto de 2004, 5 trabajadores murieron, por 
causa de un escape de vapor en la planta de Mihama, 
Japón.
  • El  8  de Abril  del  mismo  año  una  fuga  de  gas  en  una 
central  nuclear  de  Iakistán  obligó  a  la  evacuación  de 
toda la población en un radio de 16 km.
  • En Fukushima, Japón, el 11 de marzo de 2011, se dio 
una catástrofe que por su magnitud, también tratare-
mos con más detalle en las próximas páginas. 
Cbernobyl
La  importancia  de  este  accidente  radica  tanto  en  su  magnitud 
específica  (fue  el  de  mayor  gravedad  hasta  ahora)  como  en  lo 
que representó para la Iumanidad. Si con la explosión de Ii-
roshima el hombre descubrió que ya poseía la capacidad de des-
truir la vida sobre el planeta, con Chernobyl adquirió conciencia 
de que esa destrucción no necesariamente debía provenir de una 
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GUSTAVO LENCINA
situación  de  guerra,  sino  que  podía  ocurrir  accidentalmente, 
debido  a  una  catástrofe  natural  o  la  impericia  de  un  grupo  de 
empleados inexpertos, distraídos, abúlicos o mal dormidos. Fue 
un doloroso despertar, con cientos de muertos, heridos, miles de 
evacuados y una nube radiactiva cuyo alcance todavía no llega a 
ser precisado. Iero vayamos a los hechos tal como sucedieron. 
El  mecanismo  de  una  planta  nuclear  es  una  operación  muy 
rudimentaria,  pero  a  la  que  se  arriba  a  través  de  miles  de  pro-
cesos  complicadísimos.  Básicamente,  esto  que  en  parte  ya  ex-
plicamos, sucede así: en un gran estuche a prueba de radiación 
se juntan barras de uranio que al acercarse producirán la fisión 
nuclear entre sí, calentando una cantidad de agua como si fueran 
los quemadores de un calefón. La magnitud de esta fisión está 
controlada  poniendo  en  el  medio  una  especie  de  biombo  anti-
radiación,  que  impide  que  haya  intervención  entre  las  barras. 
Ese  biombo  se  levanta  para  que  las  barras  de  uranio  se  bom-
bardeen mutuamente, produzcan calor y se caliente el agua que 
impulsa la turbina. Cuando la temperatura ha subido demasia-
do se bajan las barras, y el uranio deja de reaccionar. No parece 
complicado.
Los  reactores  están  provistos  de  enfriadores  de  emergencia 
que actúan con la misma energía eléctrica circulante en el reac-
tor.  La  prueba  consistía,  en  este  caso,  en  saber  cuánto  tiempo 
podrían  funcionar  estos  enfriadores  en  caso  de  un  accidente  o 
una  baja  de  energía  que  anulara  el  suministro  de  electricidad 
provisto por el reactor. Iara ello, los técnicos desconectaron los 
mecanismos  automáticos  de  emergencia  y  comenzaron  a  bajar 
las barras de control a fin de llevar al reactor al nivel mínimo de 
actividad. 
Cuando la temperatura bajó demasiado se produjo un fenó-
meno llamado “envenenamiento por xenón”. El xenón es uno de 
los gases resultantes de la fisión y tiene la particularidad de ab-
sorber  neutrones,  con  lo  cual  inhibe  la  fisión.  Su  incidencia  es 
casi nula cuando el reactor trabaja a pleno, pero cuando se baja 
demasiado  la  reacción,  el  xenón  inunda  la  bóveda  e  impide  el 
funcionamiento del reactor por varios días. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Cuando los técnicos bajaron la temperatura del reactor nota-
ron que éste se inundaba de xenón. Esto podía causar su deten-
ción total, así que decidieron aumentar la reacción rápidamente. 
Iara  ello  retiraron  las  barras  de  contención  en  forma  manual. 
Iero  sin  los  controles  automáticos  no  notaron  la  virulencia  de 
la reacción que estaban provocando. Baste decir que de las 170 
barras de acero al boro que forman la reja protectora, como mí-
nimo debía haber 30 en funcionamiento, pero los operarios, en 
su apuro, no dejaron más que 8. El resultado fue un inmediato y 
descontrolado aumento de la temperatura del reactor. Entonces 
quisieron bajar de nuevo las barras de control, pero ya el calor 
las había deformado y todo el mecanismo se trabó. Como medi-
da desesperada, directamente retiraron los frenos de las barras 
de  control  para  que  cayeran  por  su  propio  peso,  pero  algunas 
se  trabaron,  otras  se  partieron  y  cayeron  al  fondo  del  reactor. 
La reacción se descontroló. Se produjo una enorme nube de hi-
drógeno  que  estalló,  volando  la  gigantesca  tapa  del  reactor,  de 
100 toneladas, y lanzando una nube incandescente de gases ra-
diactivos directamente hacia el cielo abierto. 
Y todo esto ocurrió en un lapso de 48 horas. 
Durante  dos  días  y  dos  noches,  los  técnicos  habían  tratado 
desesperadamente de domar a la fiera desatada, sin poder evitar 
la explosión final y el desencadenamiento de la tragedia. Murie-
ron allí, en el momento de la explosión y en los días siguientes, 
por exposición directa a la radiactividad, 31 personas. En su ma-
yoría fueron técnicos de la planta y los primeros bomberos que 
intentaron controlar el siniestro. 
A partir del momento en que la fuga se dispersó en la atmós-
fera la suma total de víctimas ha sido, y sigue siendo, motivo de 
polémica y análisis. Entre los 4 mil asumidos por el gobierno y 
los 200 mil denunciados por la asociación ecologista Greenpea-
ce, hay una brecha de información que es muy difícil de llenar. 
Es una especie de vacío en el conocimiento que de algún modo 
señala que frente a las víctimas de la radiación, hay que conside-
rar un nuevo modo de evaluar los daños masivos a nivel global. 
La  dispersión  del  humo  de  Chernobyl  fue  tan  extensa  que 
se  detectaron  partículas  hasta  en  California,  Estados  Unidos. 
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GUSTAVO LENCINA
El tan temido ataque nuclear comunista que nunca se produjo 
durante la Guerra Fría, bien pudo haber sido concretado por un 
simple  accidente  de  la  Rusia  posperestroika.  Afortunadamente 
la  radiación  que  llegó  a  atravesar  el  océano  Iacífico  y  llegó  al 
Nuevo  Continente  no  conservó  niveles  importantes  de  toxici-
dad, pero las partículas allí estaban, y fueron detectadas. 
De lo que nadie duda es que las emisiones radiactivas que cu-
brieron toda Europa sí provocaron aumentos en las estadísticas 
de muerte por cáncer de varios países. El tema es que al ser una 
medición  tan  global,  es  imposible  determinar  exactamente  qué 
porcentaje puede ser directamente aplicado a la tragedia ucrania-
na. Y, como se verá a continuación, pese a que las cifras no llegan 
a revestir importancia en relación a la población total de una re-
gión, siempre estamos hablando de miles, decenas o centenas de 
miles  de  personas  afectadas.  Y  si  nos  permitirnos  salir  por  un 
momento del rigor objetivo que requiere cualquier análisis, cuan-
do entre esos miles contabilizamos criaturas menores de 10 años 
de edad, que enferman y mueren de cáncer de tiroides, por ejem-
plo, el valor específico de las cifras se multiplica. No hay manera 
de quitarle gravedad a la muerte de un niño, y ni qué hablar de 
centenares o miles por un error humano en un reactor nuclear.
La  sombra  que  escapó  de  Chernobyl  no  se  esparció  como 
una nube uniforme y predecible. Esto hubiera permitido prever 
su itinerario y tomar los recaudos necesarios: evacuaciones, me-
dicina preventiva, etc. Iero no. 
La  contaminación  se  esparció  como  si  fueran  burbujas,  en 
bolsones radiactivos que se desplazaban erráticamente según las 
condiciones meteorológicas y se desplomaban aquí o allá sobre 
la tierra como una plaga, una nube de langostas invisibles para la 
cual no hubo barreras. Se sabe que el 60° del material contami-
nante se descargó sobre Ucrania, Rusia y, sobre todo, Bielorru-
sia. En ese pequeño país agrícola con 10 millones de habitantes, 
que no poseía ninguna planta de energía nuclear, la contamina-
ción destruyó más de 400 aldeas; 1 de cada 5 habitantes vive allí 
en  tierras  contaminadas.  Esto  incluye  unos  700  mil  niños.  Al 
respecto, hoy luchan por sobrevivir 300 mil hombres y mujeres 
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jóvenes, que fueron niños al momento de la tragedia, y padecen 
una o más variedades de cáncer.
Ior su parte, veintisiete años después de la tragedia, Unicef 
denuncia  que  siguen  incrementándose  los  daños  hereditarios 
en la población infantil. Enfermedades del sistema nervioso y el 
aparato  circulatorio,  anemias,  diabetes  y  malformaciones  con-
génitas,  afectan  a  las  nuevas  generaciones  de  niños  como  si  el 
cataclismo se hubiese producido ayer.
Fukusbima, cuando la serpiente se muerde la cola
La catástrofe de Fukushima, en Japón, del 11 de marzo de 2011, 
fue  la  segunda  en  importancia  después  de  Chernobyl.  Ior  ser 
tan  reciente  (este  libro  se  está  redactando  sólo  dos  años  des-
pués),  aún  no  se  tienen  datos  precisos  de  las  consecuencias  a 
mediano y largo plazo. Iero lo que hay basta para dejar algunos 
datos muy inquietantes.
El  reactor  había  comenzado  a  funcionar  en  1971,  luego  de 
tres  años  de  construcción,  y  resulta  por  demás  extraño  que  en 
cuarenta años, nadie haya notado que, pese a estar en una zona 
de riesgo de tsunamis, no contaba con un muro de contención 
adecuado.  Cuando  en  toda  la  ciudad  las  normas  de  seguridad 
indicaban la posibilidad de recibir olas de más de 36 metros de 
altura,  la  planta  atómica  tenía  un  muro  de  contención  que  no 
pasaba  de  los  6  metros.  Al  momento  del  sismo,  tres  reactores 
dejaron de funcionar automáticamente. Iero en otros se daña-
ron  los  sistemas  de  refrigeración,  y  se  produjo  el  fundimiento 
de  combustible.  Cuando  se  conectaron  las  bombas  diésel  para 
evitar el sobrecalentamiento, llegó la ola y, tras superar ese muro 
sólo simbólico, inundó salas de maquinarias y de controles fun-
damentales, que también, en otro alarde de ineficiencia del Iri-
mer  Mundo,  estaban  emplazadas  en  zonas  inundables,  contra 
toda recomendación.
Las bombas se detuvieron y enseguida se registró una fusión 
de núcleo en tres de los reactores. Siguió la explosión. Mientras 
la ciudad se ahogaba, su corazón radiactivo comenzó a estallar, 
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más precisamente el tanque de contención de uno de los reac-
tores. Las consiguientes explosiones de hidrógeno destruyeron 
los techos de las instalaciones de otros dos reactores, mientras 
comenzaban a incendiarse los demás. La pileta donde se man-
tenía refrigerado el combustible usado se vació y éste comenzó 
a levantar temperatura sin que nada lo atenuase. También en-
tonces se descubrió que Fukushima usaba uno de los combus-
tibles más tóxicos, de los menos recomendados por los proto-
colos internacionales; se trataba del mox, una peligrosa mezcla 
de uranio y plutonio.
Los  trabajadores  fueron  los  primeros  en  sufrir  la  radiación. 
Iero el gobierno reaccionó muy pronto: se evacuó personal, se 
erradicaron pobladores, se tomaron decisiones pésimas. Desde 
el inicio de la crisis se había liberado una cantidad no determi-
nada  de  material  radiactivo  a  la  atmósfera  con  la  intención  de 
aliviar la presión en los reactores. Una gran grieta en la estruc-
tura de uno de los reactores provocó el derrame de una enorme 
cantidad de material radiactivo directamente en el mar. 
No  vale  la  pena  enumerar  todas  las  instancias  de  la  catás-
trofe. Fukushima no tuvo, hasta el momento, gran cantidad de 
víctimas mortales directas, y aún están en observación sus con-
secuencias  a  largo  plazo  en  la  salud  de  la  población.  Iero  nos 
trae en cambio dos datos inquietantes de cuyo análisis depende 
gran parte de la respuesta (o tal vez sería mejor decir la serie de 
preguntas) que este libro intenta esbozar.
El  primero  es  que,  al  día  de  hoy,  segunda  década  del  tercer 
milenio, en una potencia económica y tecnológica como Japón, 
célebre por su eficiencia, responsabilidad y sentido del deber, y 
con experiencia, las cosas se hacen mal. 
Sin  ni  siquiera  asomarnos  al  espinoso  terreno  de  las  sospe-
chas  de  corrupción,  los  simples  errores  humanos  de  previsión, 
procedimiento y emergencia, pueden incurrir en una cadena de 
malentendidos y torpezas que darán como resultado una catás-
trofe masiva.
El  segundo  dato  no  es  ni  lejanamente  tan  certero,  pero  nos 
abre  paso  hacia  una  nueva  incertidumbre,  cuyos  alcances  sólo 
serán mensurables cuando el número de víctimas sobrepase los 
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datos más pesimistas, y debamos advertir que algo nuevo y malo 
está sucediendo, como decíamos páginas atrás que suele suceder 
con las epidemias producidas por contaminación. Y es que exis-
ten versiones, no comprobadas todavía, de que el terremoto que 
derivó en el Tsunami pudo haber sido provocado por explosio-
nes nucleares submarinas realizadas secretamente por el propio 
gobierno japonés. 
Iara los científicos más ortodoxos esto no tiene ningún asi-
dero.  En  general  sostienen  que  ninguna  explosión  nuclear  ha 
tenido  la  energía  suficiente  como  para  provocar  un  desplaza-
miento de las capas terrestres. Iero también sabemos que, más 
allá  de  la  ortodoxia  científica,  en  algunas  pruebas  nucleares  se 
han  registrado  irrevocablemente  movimientos  sísmicos  poste-
riores. Y a nadie le consta que los popes de la ciencia dispongan 
absolutamente de toda la información necesaria, ya que los go-
biernos tienen la costumbre de realizar sus experimentos bélicos 
más secretamente cuanto mayor es su poderío o riesgo de daño 
colateral. 
La bora del Hombre Común
El paisaje se ensombrece todavía más si pensamos en las prue-
bas nucleares que se realizan todo el tiempo, ya sea en cámaras 
subterráneas  o  directamente  en  la  atmósfera,  que  son  las  más 
peligrosas.
Sucede  que  aunque  los  países  desarrollados  (pioneros  en  el 
uso de este tipo de energía) lleven a cabo sus pruebas con todos 
los resguardos, o siquiera de manera secreta, hoy algunos países 
en desarrollo han adoptado la vieja modalidad de probar armas 
nucleares  a  cielo  abierto,  como  forma  de  amenaza  a  sus  even-
tuales enemigos. Este tipo de pruebas son tan peligrosas como 
las  de  antaño.  Irovocan  envenenamiento  de  las  napas,  con  la 
consecuente contaminación de las tierras de pastoreo, que afecta 
muy especialmente a las vacas cuya infección llega directamente 
a los niños, cuyas tiroides son mucho más susceptibles de verse 
afectadas que las de un humano adulto.
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De todos modos, esta mera sospecha nos ubica frente a una 
situación muy incómoda: que vivamos en un mundo donde las 
pruebas nucleares desencadenen cataclismos naturales que a su 
vez provoquen accidentes nucleares. Así, y no es nada exagerado 
enunciarlo, el mundo quedaría atrapado entre dos contingencias 
nucleares y un desastre natural. La Iumanidad ya no necesita-
ría de las guerras para autodestruirse.
Iero insistimos en que revertir esta situación se trata de una 
tarea obligatoria. Y el Iombre Común puede y debe hacerlo.
Sobre  los  gobernantes  o  los  grupos  de  poder  económico,  el 
ciudadano siempre puede incidir mediante la estrategia del boi-
cot.  Si  vive  en  un  país  capitalista  democrático,  puede  operar  a 
través  de  su  voto,  positivo  o  negativo;  si  el  abuso  sucediera  en 
países de corte totalitario, la cuestión se complica un poco más. 
Iero los medios de comunicación actuales permiten el armado 
de  redes  solidarias  internacionales  que,  a  veces,  pueden  ejercer 
presión hasta modificar la actitud de los gobiernos. 
Claro  que  también  es  cierto  que  para  lograr  un  estado  de 
situación  semejante,  se  debe  crear  otro  enfoque  de  la  ciencia  y 
la  economía  atómicas.  Más  consciente  de  los  riesgos,  solidaria 
y  dispuesta  a  actuar  inmediatamente  apenas  se  detecte  algún 
problema. 
También es deber de los gobiernos controlar la actividad pri-
vada  cuando  ésta  implica  un  riesgo  para  la  población.  Y  aquí 
nuevamente es el ciudadano, con todas las maneras posibles de 
manifestarse, el que se debe ocupar de que su voz tenga alguna 
incidencia sobre lo que hacen los factores de poder. 
En  definitiva,  retomando  el  ejemplo  del  Mago  de Terramar 
con que comenzó el capítulo, debe ser el Iombre Común quien 
enfrente y controle a su propia parte oscura. Sólo de ese modo, 
la energía nuclear dejará de ser una hendidura entre la vida y la 
muerte.
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Capítulo 6
Mzarnrz vnr¬z v nrsrnuos
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La  energía  atómica  y  su  relación  con  la  civilización  de  princi-
pios del siglo XXI podría resumirse en uno de los más antiguos 
y  paradójicos  refranes  que  todavía  se  escuchan  por  el  mundo: 
“No puedo vivir sin ella, no soporto vivir con ella”. 
Iemos visto que existen motivos de sobra para defender el 
uso de energía nuclear. De hecho, es muy difícil tratar de imagi-
nar un mundo donde se elimine todo mecanismo o producto en 
cuyo desarrollo no se la utilice. 
Además, el mundo sigue cambiando a cada momento, y los 
teóricos de las energías alternativas no han encontrado realmen-
te  medios  capaces  de  conformar  a  una  sociedad  superpoblada, 
encadenada a un sistema económico mediante la fascinación de 
millones de artilugios tecnológicos que no hacen más que crear 
necesidades allí donde no las había. 
Ior otra parte sabemos que la combustión fósil tiene los días 
contados. La actitud, en general, parece ser “usemos cuanto queda
antes de que se acabe”. Una reacción tan inmadura y suicida que 
parece  que  la  Iumanidad  estuviera  viviendo  una  adolescencia 
tardía. 
Iero,  más  allá  del  inminente  agotamiento  de  los  combus-
tibles  arqueológicos,  con  sólo  observar  cómo  se  manejan  las 
instituciones  de  poder  (léase  gobiernos,  mercados,  religiones) 
resulta  evidente  que  es  muy  poco  probable  que  la  producción 
de energía nuclear desaparezca por completo. Este punto de vis-
ta, lo sabemos, se encuentra en las antípodas de lo que desearía 
“La desintegración de un solo átomo radiactivo es observable 
(emite un proyectil que produce un centelleo visible en una pantalla 
fluorescente). Iero dado un átomo radiactivo individual, 
la probable longitud de su vida es mucho más incierta que la de un gorrión 
sano. En efecto, no puede decirse nada más que esto: mientras vive 
(y esto puede ser durante miles de años) la probabilidad, 
sea grande o pequeña, de estallar en el próximo instante, 
permanece intacta.”
Erwin Schorödinger, físico austríaco
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cualquier ecologista que se precie de tal. Iero, de momento, y a 
manera especulativa, nos situaremos del otro lado de la línea. 
Si propiciamos la energía nuclear, debemos estar en condi-
ciones de pararnos sobre el fiel de la balanza y mirar la reali-
dad con el coraje necesario para detectar todas las desventajas 
de la industria atómica. Así, tal vez logremos definir a ciencia 
cierta de qué manera se podría desarrollar, cuáles son sus posi-
bilidades reales, qué límites exigir para su explotación y cómo 
hacer que se los respete más allá de la voracidad comercial del 
sistema.
Iasta ahora hemos visto algunas de las consecuencias que 
acarrea el mal uso de los recursos nucleares y allí queda clarí-
simo que todo es desventaja. Iero es necesario que lleguemos 
un  poco  más  lejos  y  enfrentemos  que  el  buen uso  (esto  es:  en 
medicina,  generación  de  energía,  manipulación  de  alimentos, 
etc.) también acarrea una cantidad de inconvenientes gravísi-
mos. Iorque desarrollar tecnología nuclear, aún en el mejor de 
los mundos posibles, implica enfrentar dos problemas que aún 
no tienen solución: la procura de combustible para los reacto-
res, esto es, las barras de uranio cuya obtención y refinamiento 
implica  procesos  casi  tan  contaminantes  como  un  accidente 
nuclear;  y,  por  supuesto,  el  viejo  dilema  de  qué  hacer  con  los 
desechos radiactivos. Un problema que no es sólo del presente 
sino que se extiende hasta un futuro lejano (estamos hablando 
de  residuos  que  serán  peligrosos  hasta  dentro  de  cientos  de 
miles  de  años),  y  que  se  está  resolviendo  de  la  manera  más 
burda: creando ataúdes, fosas y depósitos que durarán 10 mil 
años en el mejor de los casos, aunque muchos ya sufren pérdi-
das  o  fisuras  que  afectan  el  medio  ambiente,  minuto  tras  mi-
nuto y año tras año. 
Ior  más  optimistas  que  queramos  ser,  por  más  énfasis  que 
pongamos  en  el  control  ciudadano  y  la  participación  para  ase-
gurarnos  un  mañana  más  limpio,  debemos  estar  informados 
adecuadamente y saber que la energía nuclear es un gigante que 
se sostiene sobre dos frágiles talones de Aquiles: lo que cuesta 
obtener  su  combustible  y  lo  que  implica  guardar  sus  residuos, 
factores imprescindibles a la hora de evaluar todo esfuerzo.
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Obtención de combustible nuclear
El problema del uranio
Uno de los argumentos más sólidos en defensa de la industria 
nuclear es la cantidad de energía que es posible generar a partir 
de  un  gasto  de  combustible  que  resulta  mínimo  en  compara-
ción con las cantidades de petróleo, gas o carbón que requiere la 
energía fósil. Iero este argumento sigue adoleciendo del mismo 
vicio de conveniencia a corto plazo con que se toman todas las 
grandes decisiones a nivel energético.
Es cierto que un reactor produce increíbles cantidades de calor 
a partir de un mínimo de combustible. Esto es: 1 kg de uranio pro-
duce la misma energía que 200 toneladas de carbón. Iero, ¿cuánto 
cuesta obtener ese combustible:; ¿a qué costo se lo elabora:
Iasta  el  momento,  todo  combustible  nuclear  conocido  de-
pende de un mineral: el ya harto mencionado uranio. Este se en-
cuentra en la naturaleza generalmente a unos 20 o 25 metros de 
profundidad,  y  su  función  aparente  en  el  sustrato  rocoso  es 
la  de  mantener  la  temperatura  del  planeta  a  través  de  la  gene-
ración  de  calor  mediante  su  desintegración.  Mientras  está  se-
pultado es estable, pero al tomar contacto con el aire se vuelve 
inestable y emite ondas radiactivas sumamente perniciosas para 
los seres vivos. Un inconveniente no menor, pero perfectamente 
subsanable a través de un procedimiento cuidadoso y responsa-
ble. Algo que en general no se cumple. Iero vayamos por orden.
No todo el uranio es fisionable en un reactor. El único 100° 
aprovechable es el uranio 235 (U235). (Recordemos que la no-
menclatura 235 deviene de la suma de elementos del núcleo: 92 
protones y 146 neutrones). Además existen otras nomenclatu-
ras como el uranio 238 y el uranio 234, que también es relativa-
mente utilizable.
El siguiente problema es que el U235 es sumamente escaso, 
en  una  proporción  de  1°  contra  99°  de  U238,  que  es  el  que 
más  abunda.  Esto  hace  que  para  obtenerlo  se  deban  procesar 
grandes  extensiones  de  tierra. Y  es  entonces  cuando  entramos 
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GUSTAVO LENCINA
de  lleno  en  el  problema  del  uranio:  el  daño  que  acarrea  su  ex-
tracción y refinamiento sobre el medio ambiente.
La  minería  de  uranio  presenta  varias  etapas  bien  diferencia-
das: estudios de potencialidad uranífera del terreno, exploración, 
extracción,  tratamiento  y  recuperación.  Una  vez  establecida  la 
presencia del mineral en un terreno determinado, se busca esta-
blecer  las  zonas  de  mayor  concentración.  Luego  se  explora  más 
en detalle y, tras identificar las formaciones rocosas más ricas en 
el mineral, se elabora un mapa a partir del cual se confeccionará 
un cálculo de viabilidad del proyecto. Una vez que se ha decidido 
llevar a cabo la extracción y se ha diseñado la estrategia, se da co-
mienzo al llamado ciclo del combustible nuclear.
Extracción del uranio
Los  métodos  de  extracción  son  muy  diversos,  pero  la  mayo-
ría se realiza mediante dos métodos: la minería subterránea o la 
minería a cielo abierto. El uranio se encuentra en muy baja pro-
porción en la roca, apenas un 0,1 o 0,2 del total de la formación. 
Esto hace que para obtener, por ejemplo, 2 kg del mineral, se deba 
procesar una tonelada de roca. El desperdicio es entonces enor-
me y está constituido en su mayor parte por las llamadas colas de
mineral, esto es, la roca de la que se ha extraído el uranio; y por 
los estériles de mineral, fragmentos en los que la concentración era 
tan  baja  que  no  fueron  aprovechables.  Estos  residuos  consisten 
en enormes cantidades de roca triturada que, sin embargo, sigue 
poseyendo  las  mismas  sustancias  altamente  radiactivas  que  po-
seía originalmente: torio, radio y potasio, entre otras.
En  el  caso  de  la  minería  subterránea,  el  proceso  de  tritura-
ción del mineral se lleva a cabo directamente en el yacimiento. 
Allí el material es livixiado (infiltrado) con una solución de áci-
do sulfúrico que arrastra las partículas de uranio. La pasta resul-
tante se deja secar y así se obtiene la denominada torta amarilla, 
que  posee  alrededor  de  un  75  de  U308,  el  cual  se  utiliza  para 
preparar las barras de combustible nuclear. 
En  los  últimos  años  se  ha  logrado,  mediante  la  utilización 
de  ácidos  y  sustancias  alcalinas,  la  lixiviación in situ,  en  la  cual 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
se  filtra  directamente  el  mineral  de  su  depósito  natural.  Este 
método reduce considerablemente el impacto en el medio am-
biente,  ya  que  se  evitan  las  colas  y  acumulaciones  de  estériles. 
Iero, en cambio, produce una importante contaminación en las 
napas subterráneas y acuíferos circundantes. Asimismo se corre 
el riesgo de que, ante la menor falla, se produzcan considerables 
derrames de sustancias ácidas en la superficie.
Ior otra parte, la minería a cielo abierto requiere de enormes 
cantidades de agua que resultará absolutamente contaminada y 
difícil  de  controlar.  De  esta  manera  parte  del  uranio  decaído  y 
sus contaminantes asociados son liberados al ambiente a través 
del aire, el agua superficial y los acuíferos subterráneos, produ-
ciendo un daño sin atenuantes en la tierra y las poblaciones cer-
canas. Son los llamados drenajes ácidos de minería (DAM), que 
suelen originarse de manera aleatoria en cualquier punto de las 
instalaciones (cavas, grietas, depósitos), conservan su capacidad 
radiactiva  durante  décadas  y  pueden  recorrer  largas  distancias 
río abajo.
Este  es,  extremadamente  simplificado,  el  proceso  el  extrac-
ción de uranio. Iero, más allá de la simple enumeración de pro-
cedimientos y compuestos, está el testimonio de los trabajadores 
de las minas y los habitantes de las poblaciones cercanas.
Problema social y costo del agua
La  minería  subterránea,  como  ya  dijimos,  produce  altos  ni-
veles de contaminación en las cuencas acuíferas subterráneas y 
una considerable cantidad de residuos radiactivos que suelen ser 
almacenados precariamente a la sombra de las montañas. 
La minería a cielo abierto es aún más agresiva. Se emiten ga-
ses  como  el  radón,  el  torio  y  el  radio;  todos  altamente  tóxicos. 
Además,  como  ya  hemos  dicho,  utiliza  enormes  cantidades  de 
agua dulce, un bien universal cada vez más escaso, y traslada la 
contaminación muy lejos, a través del cauce de los ríos, la pastu-
ra del ganado, las tierras de siembra y el aire que se respira. 
La  cruel  paradoja  consiste  en  que  las  zonas  mineras,  sue-
len  estar  lejos  de  las  grandes  urbes,  cerca  de  poblados  donde 
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GUSTAVO LENCINA
la  principal  fuente  laboral  pasa  a  ser,  justamente,  el  trabajo  en 
las minas. La cría de ganado y el cuidado de la pastura suele ser 
un negocio menor para abastecer a los habitantes locales. Y, en 
muy poco tiempo todos empiezan a sufrir las consecuencias. Un 
entrevistado  oriundo  de  San  Luis,  provincia  cordillerana  de  la 
República Argentina, manifiesta que desde la instalación de un 
yacimiento uranífero, el agua de la zona ya no sólo ha dejado de 
ser  apta  para  el  consumo,  sino  que  tampoco  se  pueden  bañar 
con ella. Los habitantes sufren todo tipo de alergias y enferme-
dades respiratorias y de la piel. Y, sin embargo, la presencia de la 
mina de uranio les ofrece un trabajo seguro y bien remunerado, 
allí donde antes no había nada.
Así los pobladores prefieren disimular, o incluso ocultar los 
síntomas  de  su  intoxicación  para  no  dar  pie  a  que  intervengan 
los  grupos  ambientalistas  que  intentan  combatir  la  actividad. 
Según sus propias palabras: 
“Todo el mundo se queja de la mina y del deterioro ambiental,
todos están o han estado enfermos, pero si se convoca a una protesta
social contra la empresa minera, nadie se hará presente. Prefieren
tener el dinero en la mano aunque luego tengan que gastarlo en su
salud”.
Los animales se mueren, la leche, la carne y el agua se enve-
nenan.  De  momento,  no  les  importa.  La  gran  mayoría  aspira 
a  trabajar  un  par  de  años,  juntar  bastante  dinero  e  irse  a  vivir 
lejos.  Iero  pocos  pueden  cumplir  este  sueño.  En  los  países  en 
vías de desarrollo un trabajo bien pago no es algo que se abando-
ne. Aunque el mismo implique alimentarse cada día de grandes 
porciones de enfermedad.
Otro  de  los  cuestionamientos,  cuya  respuesta  es  deuda  por 
parte de los productores de combustible nuclear, es el costo del 
agua dulce que se sacrifica en todo el proceso. Y aquí entramos 
en uno de esos cálculos que los mentores del lucro inmediato no 
pueden ni quieren resolver. ¿Qué es más necesario:; ¿qué es más 
importante  de  medir  y  preservar:  el  uranio  o  el  agua  potable: 
La  respuesta  es  tan  simple  que  casi  parece  pueril.  El  hombre 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
posee la inteligencia y la tecnología para seguir dando vuelta las 
piedras en busca de nuevas y más lucrativas fuentes de energía. 
Iero cuando el agua dulce se acabe, nada la reemplazará. 
Durante el proceso de minería de montaña no sólo se conta-
minan cuencas y ríos, también se destruyen glaciares, verdade-
ras reservas de agua potable a largo plazo. Y lo peor es que son 
pérdidas irremediables. Iero claro, las grandes empresas mine-
ras  traen  ocupación  laboral,  inversión  tecnológica,  innumera-
bles negocios y servicios satelitales, contratos ventajosos con los 
gobiernos  locales,  promesas  de  progreso.  Ningún  gobierno  se 
atreve  a  truncar  semejante  negocio  para  sus  posibles  votantes. 
En cambio, el del agua es un problema a mediano o largo plazo. 
Muchos  hasta  piensan  que  es  un  problema  a  futuro. Y  en  ese 
futuro probablemente habrá otros gobernantes. Que se arreglen 
ellos con la sequía global.
Iasta aquí tenemos un inconveniente importante. Ya no se 
trata sólo de que el reactor funcione correctamente sin que haya 
errores humanos, catástrofes naturales o ataques terroristas que 
lo perturben. Iara que el reactor funcione, es necesario agredir 
al medio ambiente de manera brutal, mediante un proceso caro 
y engorroso que presenta todo tipo de fisuras en cuanto al riesgo 
de contaminación ambiental. Y después de toda esta secuencia 
(que por sí misma implica daño ambiental, denuncias, poblacio-
nes afectadas, cortes de ruta, gente enferma, confrontación polí-
tica y represión), lo que se obtiene son algunas pequeñas barras 
de combustible que van a alimentar un reactor. 
Claro que para el ritmo de la vida moderna, el consumo de 
energía eléctrica y el volumen de los negocios que nacen y mue-
ren en un mundo dominado por los mercados, la relación entre 
1 kg de uranio y 200 tn de carbón merece ese sacrificio y mucho 
más. 
Dicen que es necesario mirar a futuro. Iero la mirada a fu-
turo del capitalismo es parcial y alevosamente selectiva. Iorque 
en el caso de la energía nuclear, al menos por ahora, la proyec-
ción a futuro no parece detenerse demasiado en ciertos proble-
mas,  como  el  de  los  residuos  radiactivos,  que  analizaremos  a 
continuación.
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GUSTAVO LENCINA
Residuos Nucleares
Una extraña luz azul
El 13 de septiembre de 1987, dos ladrones de chatarra ingre-
saron en una clínica abandonada de Goiania, ciudad de Brasil, 
de  donde  extrajeron  un  aparato  de  teleterapia.  No  era  un  mal 
botín, muchos kilos de plomo que cargaron en una carretilla. Al 
desarmarlo extrajeron de su interior una cápsula de no más de 
5 cm de diámetro por 4 de largo, en uno de cuyos extremos ha-
bía una pequeña ventana de un cristal muy duro. 
Dos días después comenzaron a sentir náuseas y decaimien-
to  general  y  se  lo  atribuyeron  a  alguna  de  las  ingestas  de  esas 
últimas horas. Todavía no sospechaban que estaban a horas de 
comenzar  a  sufrir  quemaduras  espontáneas  en  la  piel.  Antes 
de eso intentaron infructuosamente abrir la cápsula hasta con-
seguir romper a martillazos esa extraña ventanita de vidrio. Fue 
entonces cuando observaron con sorpresa que del interior de la 
cápsula surgía una profunda luz azul.
Los  ladrones  habían  abierto  sin  querer  una  cápsula  de 
cesio  137,  y  se  estaban  exponiendo  a  dosis  sumamente  tóxicas 
de radiactividad. Dos días después le vendieron la cápsula a un 
chatarrero quien durante varios días invitó a sus amigos a casa 
para  mostrarles  la  maravillosa  linterna  mágica  que  había  ad-
quirido.  Iasta  intentó  vanamente  extraer  el  material  brillante 
para hacerle un anillo a su esposa. Finalmente su hermano logró 
romper la cápsula de plomo y acceder al polvo que emitía esa luz 
azul. Tanto era su entusiasmo que se pintó una cruz en el abdo-
men con la sustancia y no advirtió que gran cantidad caía sobre 
el  patio  de  tierra,  donde  su  pequeña  hija  solía  comer  sentada. 
La  niña  también  se  untó  el  cuerpo  con  la  maravillosa  materia 
fluorescente y se lo enseñó a su madre. 
Brasil no poseía en ese entonces reactores nucleares. La cáp-
sula había sido extraída de un instrumento medicinal que había 
permanecido  dos  años  arrumbado  en  una  clínica  abandonada 
que servía de dormitorio a drogadictos e indigentes.
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101
EL APRENDIZ DE BRUJO
La esposa del chatarrero fue la primera en relacionar los alar-
mantes  síntomas  que  sufría  todo  el  barrio  y  la  muerte  de  sus 
pequeños animales de granja con esa barrita de metal y el polvo 
azul  que  caía  de  su  interior.  Ior  eso  los  guardó  en  una  bolsita 
y  se  lo  mostró  al  veterinario  del  barrio.  Ior  consejo  de  éste,  se 
dirigió luego a un hospital en un autobús atiborrado de gente. El 
polvillo seguía emitiendo silenciosamente su letal veneno.
A poco más de un mes de que el cacharro fuera sustraído, co-
menzó a morir gente. Los primeros fueron un muchacho y una 
chica de 19 y 22 años, respectivamente. El 23 de octubre murió 
también  la  esposa  del  chatarrero  (a  quién  el  hombre  le  quería 
regalar el anillo azul) y su sobrina, esa niña de 6 años que había 
estado comiendo en el piso.
El 29 de septiembre, un físico convocado de urgencia inspec-
cionó  los  residuos  con  el  instrumental  adecuado  y  detectó  un 
altísimo nivel de radiactividad. Los procedimientos de emergen-
cia que se desencadenaron a partir de ese momento tuvieron ri-
betes épicos. Más de 100 mil personas fueron testeadas y en más 
de 600 se detectó actividad radiactiva. Los que primero habían 
manipulado la cápsula, y tuvieron la suerte de sobrevivir, sufrie-
ron quemaduras y amputaciones de sus miembros. Los muertos 
fueron inhumados en bolsas, encerrados en pesados ataúdes de 
plomo  y  sepultados  bajo  gruesas  capas  de  hormigón  en  medio 
de  los  abucheos  de  la  gente  que  apedreaba  a  los  camiones  que 
los transportaban.
¿Qué son?
Según la Agencia Internacional de Energía Atómica se deno-
mina residuos nucleares a:
“...toda materia que contiene radionúclidos en una concentración
superior a los valores que las autoridades competentes consideran
admisibles en los materiales adecuados para ser utilizados sin ningún
control, y para los que no está previsto ningún uso. Vale aclarar que
el término radionucleido define al ‘isotopo de un elemento químico
que posee la propiedad de emitir radiactividad’”.
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102
GUSTAVO LENCINA
Los residuos nucleares se clasifican a partir de dos patrones: 
sus características físicas y químicas y su actividad. Iara el tema 
que nos atañe nos concentraremos en su clasificación por grado 
de actividad. Y aquí nos encontramos con tres categorías:
  1.  Residuos nucleares de alta actividad: son los que derivan 
directamente del combustible ganado.
  2.  Residuos nucleares de media actividad:  se  refiere  a  los 
radionucleidos producidos durante la fisión nuclear.
  3.  Residuos nucleares de baja actividad:  aquí  se  engloban 
las herramientas, ropajes y demás elementos auxiliares 
que se utilizan en una planta nuclear.
Los de media y baja actividad, que serían los menos peligro-
sos, se acopian en bidones de acero que luego se solidifican con 
cemento o alquitrán. Luego se trasladan a centros de almacena-
miento. A  los  que  resultan  de  la  medicina  o  la  industria  se  les 
brinda el mismo tratamiento que a los que provienen de centra-
les nucleares. 
El tema es que ese tratamiento puede ser muy defectuoso. Y 
en  ese  único  sentido  los  países  desarrollados  han  demostrado 
que  pueden  ser  tan  o  más  negligentes  que  las  naciones  pobres 
de la periferia. 
EE.UU.: Pie Grande contaminado
En  1973,  en  la  reserva  de  Iandford,  Estados  Unidos,  se 
detectaron  (tardíamente,  por  cierto)  ciertas  anomalías  en  un 
enorme  tanque  de  hormigón  y  acero  que  se  hallaba  enterra-
do  en  todo  su  volumen  (23  m  de  diámetro  por  10  m  de  alto), 
con 2 m de tierra por encima de su cúpula. El mismo contenía 
aproximadamente  1,5  millones  de  litros  de  residuos  radiacti-
vos líquidos provenientes de una cercana planta de reprocesado 
de combustible, aunque se supo que en esa zona había muchos 
de esos tanques ocultos, no pocos de los cuales databan de la épo-
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EL APRENDIZ DE BRUJO
ca del Iroyecto Manhattan. En efecto, en la planta de Iandford 
se elaboró el plutonio que se utilizó para construir la bomba del 
proyecto Trinity y la mítica Little Boy que arrasó Iiroshima.
Entre el 20 de abril y el 8 de junio de aquel año, el tanque derra-
mó cerca de 450 mil litros de líquido altamente radiactivo directa-
mente sobre la tierra y las napas subterráneas. Afortunadamente 
la zona se había elegido justamente por no albergar grandes ciu-
dades  y  sí  pequeños  poblados  escasamente  comunicados  con  el 
resto  del  país.  Tal  vez  por  eso  nunca  se  ventilaron  públicamen-
te las usuales cifras de cantidad de víctimas y territorio afectado. 
Iero aún hoy (segunda década del siglo XXI), todo ese territorio 
se considera impregnado de contaminación radiactiva. 
Rusia: El Yeti contaminado
Las peripecias de los habitantes de Tcheliabinsk 40 y Tomsk 7, 
en  la  lejana  Siberia  rusa,  merecen  un  párrafo  aparte.  No  sólo 
porque sufrieron las consecuencias de graves incidentes relacio-
nados con plantas de energía y depósitos de desechos, sino tam-
bién porque, y aquí va lo bizarro, fueron ciudades prácticamente 
diseñadas para soportar este tipo de situaciones.
En  efecto,  ambas  fueron  ciudades  creadas  con  fines  cientí-
ficos.  De  hecho  sabemos  que  Tomsk  7  en  realidad  era  un  có-
digo postal que indicaba al correo que la ciudad quedaba cerca 
de Tomsk. Allí debían dirigir su correspondencia los parientes 
o  amigos  de  los  pobladores.  La  ciudad  en  sí  misma  se  llamaba 
Seversk, y durante el régimen soviético nunca figuró en los ma-
pas,  planos  de  carretera  o  libros  de  geografía.  Lo  mismo  suce-
día con Tcheliabinsk 40, una ciudad secreta cuya población más 
cercana era la conocida Cheliabinsk. 
Durante muchos años, los pobladores de estas ciudades, que 
en realidad eran enormes bases disimuladas, sufrieron muchas 
restricciones para poder movilizarse fuera de su perímetro. De-
bían atravesar numerosos puestos de control y les era retaceada 
la comunicación. La misma suerte sufrían quienes querían visi-
tarlos. Debían acreditar un parentesco cercano y buenas razones 
para ingresar a los complejos.
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GUSTAVO LENCINA
En 1978, un biólogo disidente de la ex Unión Soviética de-
nunció que su país había ocultado una catástrofe nuclear ocurri-
da en Cheliabinsk, en los Urales del Sur. El científico afirmaba 
que el incidente había ocurrido en una planta de producción y 
almacenamiento con un costo de cientos de vidas y una extensa 
región  contaminada,  y  que  había  sido  rigurosamente  ocultado 
por  el  gobierno.  Iara  decepción  del  biólogo,  la  misma  actitud 
asumieron los Estados Unidos, seguramente para evitar inquie-
tar a la población frente a sus propios programas nucleares. Iero 
las autoridades soviéticas pronto aprenderían lo mismo que sus 
colegas capitalistas. Esto es, que los accidentes nucleares no sa-
ben de sutilezas.
En 1993, un depósito que guardaba materiales nucleares lí-
quidos de desecho produjo una detonación que lanzó al aire una 
enorme  nube  de  gas  radiactivo.  El  secreto  de  Tomsk  7  estalló 
literalmente a la vista de todo el planeta. 
En  principio  la  OIEA  (Organismo  Internacional  de  Ener-
gía Atómica), en connivencia con el gobierno de Rusia, intentó 
tranquilizar  a  los  medios  minimizando  el  daño.  Iero  en  cues-
tión  de  horas  se  supo  que  cerca  de  mil  kilómetros  cuadrados 
habían resultado contaminados. El gobierno ruso debió admitir 
que se trataba de la peor catástrofe nuclear desde Chernobyl.
El nudo de la cuestión
La esencia del problema (de uno de los problemas) la cons-
tituyen los llamados residuos nucleares de alta actividad. Cuando 
se considera que las barras de plutonio se han gastado, éstas to-
davía registran una intensa actividad radiactiva. Ior eso se debe 
extraer el reactor entero y sumergirlo en piletas especiales, cons-
truidas con hormigón y acero inoxidable, que se ubican dentro 
de  la  misma  planta  nuclear  para  aislar  sus  emisiones.  En  esta 
situación  permanece  alrededor  de  un  año,  que  es  el  lapso  que 
demoran  en  perder  el  calor  necesario  para  ser  manipulado.  Es 
entonces cuando se debe decidir qué hacer con él. 
De  momento,  la  llamada  gestión de residuos  contempla  tres 
métodos básicos:
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EL APRENDIZ DE BRUJO
1. Ciclo abierto. Se recolectan profundamente en almace-
nes  excavados  en  áreas  geológicamente  estables.  Esta 
solución pretende ser permanente. 
2. Ciclo cerrado. Se procesa el combustible gastado para 
extraer  el  uranio  y  el  plutonio  que  pudieran  ser  reu-
tilizados.  Es  importante  resaltar  el  detalle  de  que  el 
plutonio se utiliza fundamentalmente en armamento 
nuclear, lo que pone bajo sospecha cuál es la verdadera 
finalidad de los reactores nucleares “civiles”.
3. Métodos alternativos.  Desde  la  última  década  del   
siglo XX se estudian las maneras de reducir al máxi-
mo  la  actividad  radiactiva  del  material  de  desecho. 
Esto  se  debe  fundamentalmente  a  que  cada  vez  hay 
menos áreas geológicamente estables y, por otra par-
te, nadie quiere tener cerca un cementerio nuclear. Ni 
siquiera  los  países  periféricos,  que  se  deben  enfren-
tar a la férrea oposición de los ambientalistas y pagar 
el  costo  político  de  semejantes  decisiones. A  ningún 
ciudadano  le  gusta  que  los  países “ricos”  utilicen  su 
país “pobre” como basurero. 
Riesgos y errores
A  todo  lo  mencionado  sobre  la  problemática  ordinaria  de 
los desechos comunes, hay que sumarle los cada vez más sig-
nificativos  riesgos  del  transporte  de  los  desechos  radiactivos. 
Veamos algunos casos: 
  • En diciembre de 1980, en la Autopista 25 de los Es-
tados Unidos, se accidentó un transporte de plutonio. 
  • Dos  años  después,  en  Alemania,  un  camión  militar 
que  transportaba  un  misil  sufrió  un  grave  accidente 
que provocó la muerte de un civil, heridas a dos solda-
dos y forzó a una evacuación de 1.200 personas.
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GUSTAVO LENCINA
  • También  trascendió  que  el  gobierno  Británico  ha-
bía  autorizado  transportar  cajas  con  pequeñas  can-
tidades  de  material  radiactivo  en  vuelos  de  línea.  El 
material  viajaba  camuflado  y  con  categoría  de “valija 
diplomática”.
  • En  1984  colisionaron  en  el  Canal  de  la  Mancha  un 
transbordador alemán con 935 pasajeros y un cargue-
ro francés que zozobró cargado con 375 toneladas de 
hexafluoruro  de  uranio,  repartidos  en  60  contenedo-
res. Toda la zona se puso en alerta máxima durante los 
dos meses que llevó la recuperación del material.
  • El Akatsuki Maru, un buque de carga japonés asignado 
al transporte de materiales radiactivos, navegó entre no-
viembre y diciembre de 1992 desde Francia hasta Japón 
con  una  tonelada  de  plutonio  a  bordo.  Se  lo  llamó  el
Chernobyl flotante, y recorrió 25 mil km sin escalas, ya 
que  ningún  país  del  mundo  le  permitió  atracar  en  sus 
puertos.
Iemos  preferido  presentar  sólo  estos  casos  para  no  caer 
en  la  consabida  lista  de  lugares,  fechas,  cantidad  de  residuo 
derramado,  víctimas,  superficies  contaminadas,  etc.  Iero  lo 
cierto es que dicha lista es interminable. 
Tenemos accidentes en Estados Unidos, Brasil y Rusia, pero 
también  en  Japón,  España,  Francia,  Argentina,  Alemania;  y 
estamos hablando tan sólo de los que salen a la luz, de los que 
las compañías o los gobiernos no llegan a ocultar. 
Tampoco incluimos en esta lista los vertidos radiactivos que 
se hacen adrede, en bosques, ríos o mares, porque consideramos 
que  éstos  entran  directamente  en  el  terreno  de  la  delincuencia 
ambiental.
El largo adiós
El  problema  de  los  residuos  radiactivos  no  lo  constituye 
solamente  su  peligrosidad  (lo  cual  no  es  poco)  sino  también 
la  duración  de  sus  efectos  nocivos,  ya  que,  en  muchos  casos, 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
estamos  hablando  de  decenas  o  cientos  de  miles  de  años.  Eso 
es lo que tardan determinadas sustancias en decaer lo suficiente 
como para resultar inocuas al ser humano y al medio ambiente.
Iasta el momento se ha intentado resolver esta situación por 
dos caminos: 
• Almacenamiento temporal prolongado. Iermite guardar 
el material entre 100 y 300 años a través de almacenes 
temporales. Esto es realmente poco si se piensa en mi-
les de años, pero la tecnología actual ofrece una efica-
cia relativamente admisible mientras se buscan nuevas 
maneras de resolver el problema de manera definitiva.
• Almacenamiento definitivo a gran profundidad.  Tam-
bién  llamado  almacenamiento geológico profundo,  se 
trata  de  contenedores  cuyo  blindaje  es  resistente  a 
todo tipo de corrosión conocido, así como al fuego, ex-
plosiones  o  movimientos  sísmicos.  Estos  contenedo-
res son guardados en depósitos subterráneos en zonas 
geológicamente estables, donde pueda preverse que no 
serán alcanzados por agentes destructivos.
Se trata siempre de procesos de altísimo costo económico y 
no  exentos  de  riesgo.  Sobre  todo  en  cuanto  a  la  manipulación 
y  transporte  de  los  residuos  nucleares.  Y  allí  volvemos  a  caer 
en  todos  los  inconvenientes  que  hemos  repasado  en  los  ítems 
anteriores:  violación  de  las  normas  de  seguridad,  riesgos  de 
accidentes,  etc.  Iero,  además,  hay  que  considerar  que  la  tierra 
se mueve constantemente. En los últimos años la naturaleza ha 
mostrado, sino un desequilibrio, por lo menos una modificación 
muy  acentuada  en  cuanto  a  la  frecuencia  e  intensidad  de  sus 
manifestaciones. Ioy las ciudades sufren tormentas inusitadas. 
Las  placas  profundas  del  planeta  se  mueven  con  una  fuerza 
tal  que  se  burla  de  cualquier  intento  humano  de  contención 
(¿qué  pasaría  si  hubiera  un  depósito  allí:).  Estos  movimientos 
producen  sismos  y  son  cada  vez  más  frecuentes  los  tsunamis 
cuya  potencia  destructiva  escapa  a  cualquier  posibilidad  de 
previsión. 
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GUSTAVO LENCINA
Ello hace que cualquier tipo de seguridad para los residuos se 
convierta en algo relativo. Y lo que es relativo hoy, dentro de cien 
años puede significar un verdadero desastre. 
No por nada se siguen barajando opciones para guardar estos 
desechos.  Últimamente  se  habla  de  la  conveniencia  de  generar 
los depósitos de residuos en las mismas plantas nucleares, con lo 
que se elimina el riesgo de transporte y se incrementa el beneficio 
del costo de construcción de los reactores. Así, en otras palabras, 
se  les  hace  guardar  su  propia  basura.  Iero  es  un  beneficio 
tramposo porque, ¿qué nos garantiza que el reactor mismo sea 
seguro: En ese sentido no hay que perder de vista a Fukushima, 
donde  los  efectos  secundarios  de  un  tsunami  dañaron  varios 
reactores generando un accidente nuclear, y nada menos que en 
Japón, con todo su poder económico y tecnológico. 
Tampoco parecen ser tan seguros los sarcófagos temporarios. 
En estos días (principios del año 2013) ha circulado la noticia 
de  que  se  desplomó  por  sí  solo  el  techo  del  sarcófago  de 
Chernobyl.  Tal  vez  por  eso  existe  un  permanente  y  polémico 
tráfico  de  residuos  radiactivos.  Los  países  desarrollados  pagan 
enormes sumas a los países emergentes por instalar en ellos sus 
cementerios nucleares. Ingentes sumas que incluyen, por debajo 
de  la  mesa,  enormes  sobornos  a  funcionarios  inescrupulosos, 
cuya  proyección  a  futuro  se  limita  a  asegurarse  la  mejor  de 
las  vidas  posibles  al  término  de  sus  gestiones.  Sólo  la  acción 
de los grupos ambientalistas, que aguijonean permanentemente 
a  la  sociedad,  puede  evitar  (a  veces)  que  los  países  pobres 
truequen sus materias primas por basura nuclear.
La  esperanza  más  lógica,  hasta  dónde  llega  nuestro 
conocimiento, es la búsqueda de un reciclado permanente de los 
residuos radiactivos. 
Se está intentando procesarlos y reprocesarlos para extraerles 
hasta la última gota de su capacidad. De este modo, su vida útil 
se  prolongaría  indefinidamente  generando  más  energía,  que 
podría ser utilizada para maximizar los beneficios de la industria 
nuclear y hacer que éstos lleguen a todas las capas sociales. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
La  naturaleza  puede  ser  impasible  y  cruel,  pero  es  también 
absolutamente  generosa. Y  su  mensaje  hacia  el  hombre  parece 
ser tan simple como inabarcable: “Aún no lo sabes todo”.
  Esto  es  aplicable  a  los  alcances  de  la  energía  nuclear,  a  lo 
imprevisible  del  clima,  a  la  resistencia  de  los  depósitos  y  a  los 
efectos que dentro de cientos de años tendrán nuestras acciones 
de hoy sobre los cuerpos de nuestros descendientes, y sobre el 
medio ambiente en que les tocará vivir. En definitiva, los residuos 
que nos desbordan, la gran sequía, la peste, no son más que la 
resaca sólida de nuestros errores nunca expiados. Como dijimos 
algunas  páginas  atrás,  es  nuestra  propia  sombra  desatada,  que 
promete hacernos daño durante muchos años más. 
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Capítulo 7
PorIarcz v nrnrcno
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Cuando los ecos de Iiroshima y Nagasaki todavía resonaban 
sobre la conciencia de la humanidad, en la inmediata posguerra, 
los Estados Unidos trataron de impedir el desarrollo de la bom-
ba atómica en otros países, ya sea monopolizando los materiales 
nucleares o bien dictando legislación que prohibiera compartir 
la tecnología nuclear (Ley de Mac Mahon).
Sin embargo, en agosto de 1949, la Unión Soviética hizo es-
tallar su primera bomba atómica; el Reino Unido hizo lo propio 
en octubre de 1952; Francia y China se encaminaban a realizar 
las suyas. 
Ante la evidencia de que era muy difícil detener la prolifera-
ción del armamento nuclear, y frente a un mundo aterrorizado, 
el flamante presidente de Estados Unidos, Dwight Eisenhower, 
pronunció, en diciembre de 1953, un recordado discurso ante la 
Asamblea General de las Naciones Unidas, al que tituló Átomos
para la paz.
Iabían pasado sólo ocho años de la primera explosión ató-
mica  y  Eisenhower  admitió  que  desde  entonces,  Estados  Uni-
dos  había  llevado  a  cabo  42  ensayos  nucleares,  y  que  además 
poseía  un  arsenal  atómico  con  bombas  25  veces  más  potentes 
que aquéllas, y que en conjunto superaban varias veces el poder 
explosivo de todas las armas utilizadas durante la conflagración. 
Y fue bastante gráfico:
“Ya sabemos lo suficiente como para empezar a hacer frente 
a todos los grandes problemas que hoy amenazan la vida humana 
y gran parte del resto de la vida en la Tierra. Nuestra crisis 
no es de información, sino de política y acción.”
George Vald, científico estadounidense
“Antes había países pacíficos y países agresivos. Ahora todos quieren 
la paz. Y para asegurarla, fabrican más armas que nunca.”
Antonio Mingote, periodista y escritor español
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GUSTAVO LENCINA
“Un único escuadrón aéreo, puede ahora lanzar un ataque cuya
potencia sería superior a todas las bombas que cayeron sobre Gran
Bretaña en toda la Segunda Guerra Mundial”.
Y  si  bien  asumió  la  responsabilidad  que  le  cabía  a  Estados 
Unidos, en el pasado y en el futuro, involucró a los demás paí-
ses  con  desarrollo  nuclear  (la  Unión  Soviética,  Gran  Bretaña, 
Francia) advirtiendo que se trataba de una tecnología que en el 
corto plazo podía ser adquirida por muchísimas naciones más; 
y que cualquiera que poseyera armas atómicas, aunque fuese en 
cantidades  mínimas,  podría  ocasionar  un  daño  espantoso  en 
términos materiales y de vidas humanas. 
Luego de trazar ese crudo panorama del mundo que se ave-
cinaba,  el  mandatario  estadounidense  hizo  un  llamamiento 
para  alcanzar  una  solución  aceptable  a  la  carrera  armamen-
tística,  enfatizando  que  el  problema  no  se  resolvía  con  una 
mera reducción o eliminación del material atómico para fines 
militares:
“No es suficiente quitar estas armas de las manos de los soldados;
éstas deben ser puestas en las manos de quienes saben cómo ponerlas
al servicio de la paz y del bienestar de la humanidad”.
Quedó así planteado lo que denominó el terrible dilema atómi-
co: una tecnología con innumerables aplicaciones a favor de la vida, 
pero que también puede ser usada para destruir a la raza humana. 
Más allá de juzgar las verdaderas intenciones de Eisenhower 
(para  muchos  se  trató  de  pura  demagogia),  lo  cierto  es  que  su 
planteamiento fue un hito en el enfoque de los usos pacíficos de 
la energía nuclear y de la necesidad de controlar su uso militar. 
De allí se derivaron un conjunto de acciones, tanto en el pla-
no del derecho internacional (suscripción de Tratados multila-
terales,  bilaterales  y  regionales)  como  en  el  institucional  (crea-
ción de organismos de control, de regulación, de investigación y 
de cooperación técnica). 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
El Organismo Internacional de Energia Atómica (OIEA)
Creado en 1957 como organismo autónomo de la ONU y con 
sede en Viena, fue la primera consecuencia tangible de la políti-
ca de Átomos para la paz. Actualmente cuenta con 131 Estados 
miembros, y es el principal foro intergubernamental para la coo-
peración científica y técnica en materia de utilización de la ener-
gía nuclear con fines pacíficos. Entre sus funciones se destacan 
la de promover el intercambio y transmisión de conocimientos 
teóricos y prácticos, y la de formular normas de seguridad para 
la manipulación y transporte de material radiactivo. 
Iero ese organismo también se encarga de establecer las lla-
madas  salvaguardias nucleares,  entendidas  como  el  conjunto  de 
medidas para asegurar que no se produzca un desvío del mate-
rial nuclear para usos no pacíficos o no declarados. A tales fines, 
tiene también atribuciones para inspeccionar materiales fisiona-
bles,  equipos,  instalaciones  y  operaciones  en  cualquiera  de  los 
países miembros.
Sin  embargo,  el  sistema  de  salvaguardas  está  institucionali-
zado  también  a  nivel  regional,  como  en  el  caso  de  la  Euratom 
(Comunidad  Europea  de  Energía Atómica,  creada  también  en 
1957),  y  a  través  de  numerosos  acuerdos  bilaterales.  Ello  ha 
dado  lugar  a  numerosas  disputas  de  competencias  y  criterios, 
especialmente durante la Guerra Fría, por los recelos cruzados 
entre países desarrollados, países en vías de desarrollo, y de to-
dos respecto de las pretensiones hegemónicas estadounidenses. 
Adicionalmente,  los  mecanismos  de  control  creados  para 
evitar  que  el  material  nuclear  sea  derivado  a  la  producción  de 
armas,  han  sido  históricamente  cuestionados  por  terminar  re-
sultando (sobre todo para los países periféricos) un freno para el 
desarrollo de la energía nuclear con fines pacíficos. Iara muchos, 
indirectamente favoreció la utilización indiscriminada de hidro-
carburos y carbón para abastecerse de electricidad, con nefastas 
consecuencias ambientales. 
En  el  año  2005,  el  OIEA  y  su  entonces  director  general,  el 
egipcio Mohamed el-Baradei, recibieron el Iremio Nobel de la 
Iaz. En los fundamentos de la distinción se destacaba que: 
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116
GUSTAVO LENCINA
“...es el OIEA quien controla que la energía nuclear no se utilice
de forma indebida con propósitos militares [...] en un momento en
que los esfuerzos del desarme parecen en un punto muerto y existe
peligro de que el armamento nuclear prolifere en los estados y en los
grupos terroristas...”.
El problema de los daños
De las múltiples aristas que plantea la problemática nuclear, una 
de las primeras que concitó la mirada internacional fue la de su 
peligrosidad intrínseca, ya que no solo utiliza materiales y gene-
ra desechos contaminantes, sino que es una actividad suscepti-
ble de ocasionar incidentes de graves consecuencias. Así se su-
cedieron una serie de Tratados internacionales, que procuraron 
dar un marco a la cuestión de la responsabilidad por los daños y 
a la compensación económica por los mismos.
El primero de ellos fue el Convenio de París sobre responsabi-
lidad de terceros en materia de energía nuclear, aprobado en 1960 
y  aplicable  a  los  Estados  de  Europa  Occidental.  Es  la  primera 
norma que establece la responsabilidad absoluta del explotador 
de una instalación y la reparación a las víctimas de daños causa-
dos por accidentes nucleares. 
En  1963  se  firmó  la  Convención de Viena sobre responsabili-
dad civil por daños nucleares, que es similar al anterior pero con 
alcance mundial. Además de la protección financiera contra los 
daños y la regulación de responsabilidades, se define el concepto 
de daños nucleares como: 
“…la pérdida de vidas humanas, las lesiones corporales y los daños
y perjuicios materiales que se produzcan como resultado directo o
indirecto de las propiedades radiactivas o de su combinación con las
propiedades tóxicas, explosivas u otras propiedades peligrosas de
los combustibles nucleares o de los productos o desechos radiactivos
que se encuentren en una instalación nuclear, o de las sustancias
nucleares que procedan de ella, se originen en ella o se envíen
a ella”.
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Asimismo, existen otros acuerdos sobre aspectos específicos 
del tema, como la Convención de sobre responsabilidad de los ex-
plotadores de buques nucleares  (1962),  aplicable  a  accidentes  de 
barcos de propulsión nuclear; y el Convenio sobre responsabilidad
civil en la esfera del transporte marítimo de materiales nucleares 
(1971), que hace recaer en el empresario de una instalación nu-
clear la responsabilidad por los daños causados por un accidente 
durante dicho transporte.
La limitación de los ensayos nucleares
El  abordaje  de  este  aspecto  tuvo  que  ver  con  un  doble  objeti-
vo. Ior un lado, desacelerar la carrera armamentista, ya que las 
pruebas de armas nucleares son necesarias para lograr el desa-
rrollo de esa tecnología. Y por otro, detener la expansión de la 
contaminación del medio ambiente con residuos radiactivos.
La  primera  restricción  en  este  tema  fue  incorporada  en  el 
Tratado antártico (1959), en el que se estipula que la Antártida 
se  utilizará  exclusivamente  para  fines  pacíficos,  quedando  pro-
hibida toda clase de actividades militares y ensayos de cualquier 
tipo de armas, incluyendo expresamente las nucleares.
Tratado sobre prohibición parcial de ensayos nucleares
Aprobado en Moscú en agosto de 1963, su nombre completo 
es Tratado sobre proscripción de ensayos con armas nucleares en la
atmosfera, en el espacio exterior y en aguas submarinas. Los Estados 
firmantes  se  comprometen  a  prohibir,  evitar  y  no  llevar  a  cabo 
ninguna  explosión  de  ensayo  con  armas  nucleares,  o  cualquier 
otra explosión nuclear, en ningún lugar que esté bajo su jurisdic-
ción, con la excepción de las que se realicen en forma subterránea. 
Fue  suscripto  inicialmente  por  Estados  Unidos,  la  Unión 
Soviética y el Reino Unido, y posteriormente lo han ratificado 
otras  130  naciones.  Sin  embargo  Francia,  que  había  realizado 
su primer ensayo en 1960, no firmó el Tratado, y continuó ha-
ciendo pruebas nucleares en la atmósfera hasta 1974. Tampoco 
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GUSTAVO LENCINA
lo firmó China, que desde 1964 hasta 1980 realizó numerosas 
detonaciones atmosféricas experimentales.
A pesar de las declaraciones de buenas intenciones de todos 
los actores, serían necesarios más de treinta años para llegar a la 
prohibición total.
Tratado sobre prohibición completa de los ensayos nucleares
Adoptado por la Asamblea General de la ONU en septiem-
bre de 1996, establece que cada Estado Iarte se compromete a 
no  realizar  ninguna  explosión  de  ensayo  de  armas  nucleares  o 
cualquier  otra  explosión  nuclear  y  a  prohibir  y  prevenir  cual-
quier explosión nuclear de esta índole en cualquier lugar some-
tido a su jurisdicción.
Si bien el Tratado actualmente ha sido firmado por 178 paí-
ses (de los cuales el 80° ha cumplido con el requisito de ratifi-
cación por parte de sus respectivos parlamentos), técnicamente 
aún  no  está  vigente.  Iara  su  efectiva  entrada  en  vigor,  el  mis-
mo Tratado  prevé  que  un  conjunto  de  44  países  (aquellos  que 
poseen  reactores  nucleares)  lo  ratifiquen.  Curiosamente,  entre 
quienes lo han firmado pero no ratificado aún se encuentran Es-
tados Unidos y China. Y entre las naciones que se han negado 
a  suscribirlo,  se  encuentran  India,  Iakistán  y  Corea  del  Norte 
(todas  ellas  poseedoras  de  armas  nucleares  declaradas),  Israel 
(potencia  nuclear  no  declarada),  Irán  (cuya  capacidad  nuclear 
bélica es aún una incógnita) y Egipto.
India realizó su primer ensayo nuclear en 1974, Iakistán lo 
hizo en 1998, y Corea del Norte en 2006 (haciendo una segun-
da y tercera explosión subterránea en 2009 y 2013).
Lo  que  sí  se  encuentra  en  funcionamiento  es  el  sistema  in-
ternacional de vigilancia que instauró el Tratado, encargado de 
detectar los efectos producidos por una explosión nuclear. Con-
siste en una red de sensores sísmicos, hidroacústicos, de infraso-
nidos y de radioisótopos, ubicados en 321 estaciones repartidas 
por  todo  el  planeta.  Iero,  por  no  haber  entrado  en  vigencia  el 
Tratado, no se pueden llevar a cabo las inspecciones in situ, que 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
permitirían verificar sobre el terreno la naturaleza y característi-
cas de la detonación detectada. 
El freno a la carrera armamentistica
Tratado de no proliferación nuclear (TNP)
Abierto a la firma en julio de 1968, es sin dudas el acuerdo 
multilateral más significativo sobre control de armamentos con-
certado  hasta  la  fecha,  y  piedra  angular  en  los  esfuerzos  de  la 
comunidad internacional por conjurar el peligro de una guerra 
nuclear. 
Básicamente, su cometido fue dar carácter legal al status quo: 
los  únicos  países  autorizados  a  poseer  armas  nucleares  (deno-
minados  Estados nuclearmente armados)  son  aquéllos  que  “han
fabricado y hecho explotar un arma nuclear u otro dispositivo nu-
clear antes del 1º de enero de 1967”.  Es  decir,  Estados  Unidos, 
la  Unión  Soviética  (actualmente  sustituido  por  Rusia),  el  Rei-
no  Unido,  Francia  y  China.  Casualmente,  los  cinco  miembros 
permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas 
(creado en 1946, en la inmediata posguerra). Los tres primeros 
países son firmantes originales (en 1968), mientras que China y 
Francia recién lo suscribieron en 1992.
A partir de esta definición, las obligaciones son sencillas: las 
naciones  poseedoras  de  armas  nucleares  se  comprometen  a  no 
traspasarlas a otras ni a facilitar a terceros la tecnología para su 
fabricación.  Ior  su  parte,  los  países  no  poseedores  se  compro-
meten a no adquirirlas ni a desarrollarlas por sí mismos. 
En otras palabras, el principal propósito de esta iniciativa fue 
impedir  que,  fuera  de  las  cinco  potencias  mencionadas,  otros 
Estados posean armas nucleares. 
Desde este punto de vista, su éxito ha sido por lo menos re-
lativo.  India,  Iakistán,  Israel  y  Corea  del  Norte  se  encuentran 
fuera de este Tratado; los tres primeros nunca lo firmaron mien-
tras que Corea del Norte renunció en 2003. Y, como ya hemos 
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mencionado, todos ellos poseen o han desarrollado armamento 
nuclear y no han adherido al acuerdo de prohibición de ensayos. 
La  situación  de  Irán  es  aún  hoy  motivo  de  controversia,  ya 
que  su  programa  de  enriquecimiento  de  uranio  (oficialmente 
orientado  a  la  generación  de  energía  nucleoeléctrica  con  fines 
pacíficos)  es  sospechado  por  Occidente  de  estar  dirigido  a  la 
producción bélica.
Sudáfrica  llegó  a  fabricar  entre  las  décadas  del  70  y  80  seis 
armas nucleares, aunque fueron eliminadas de forma voluntaria 
hacia 1993, en el marco de la disolución del apartheid. 
Y hay una larga lista de países que, sin llegar a producirlas, en 
algún momento tuvieron programas de investigación de armas 
nucleares que luego fueron abandonados. Dentro de éstos, hay 
dos  casos  particulares,  en  que  los  esfuerzos  por  desarrollar  ar-
mamento nuclear se abortaron, pero no como consecuencia de 
una decisión propia sino por situaciones de guerra. Se trata de la 
desmembrada Yugoslavia e Irak, que declaró haber destruido su 
capacidad nuclear en 1996, pero el descreimiento de Occiden-
te, sumado a la comprobada existencia de un arsenal de armas 
químicas y biológicas, motivaron la invasión a ese país en 2003.
Todo ello ha llevado a muchos a considerar al TNI un fra-
caso absoluto. Argumentan que además de los casos descriptos, 
hay que agregar a otro conjunto de países que, dado su nivel de 
dominio  de  esta  tecnología,  están  en  condiciones  de  equiparse 
de armas nucleares cuando lo deseen (si es que no lo han hecho 
ya),  como  Alemania,  Canadá,  España,  Italia,  Japón,  Lituania, 
Noruega y Iolanda.
Y todavía queda un grupo de naciones que tuvieron o tienen 
programas  nucleares  con  posibilidades  de  derivarse  a  fines  bé-
licos como Argentina, Australia, Brasil, Egipto, Libia, Iolonia, 
Rumania, Corea del Sur, Suecia, Suiza y Taiwán.
Ior añadidura, en los últimos años se ha sumado la amenaza 
del “terrorismo  nuclear”,  la  dispersión  incontrolada  de  material 
atómico en manos de grupos extremistas. El propio presidente 
de Estados Unidos, Barack Obama, declaró dramáticamente:
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EL APRENDIZ DE BRUJO
“Con una porción de plutonio del tamaño de una manzana, una
organización terrorista podría matar o herir a decenas de miles de
personas en un instante, en cualquier lugar del mundo”.
Iasados  más  de  cuarenta  años  de  la  firma  del Tratado,  evi-
dentemente el propósito de la no proliferación navega en aguas 
borrascosas. Frente a ello, una de las principales respuestas de la 
comunidad internacional ha sido la Resolución 1887 del Conse-
jo de Seguridad de la ONU, de 2009, en la que se exhorta a “crear
las condiciones necesarias para un mundo sin armas nucleares”.
Aunque en términos imprecisos, esta medida marca un pun-
to de inflexión al promover la supresión escalonada de todas las 
armas atómicas con el objetivo de lograr un desarme general y 
completo. El futuro dirá si estas intenciones quedan en el plano 
meramente declarativo o si, por el contrario, se traducen en una 
realidad concreta.
Otros convenios
Desde  el  nacimiento  de  la  era  atómica,  ha  habido  numerosas 
iniciativas regionales en pos de restringir el armamento nuclear. 
La primera de ellas fue el Tratado para la proscripción de las ar-
mas nucleares en la América Latina y el Caribe, también llamado 
Tratado de Tlatelolco.  Iionero  en  la  materia  (fue  aprobado  en 
1967, un año antes que el TNI), plasma el compromiso de los 
países  firmantes  de  utilizar  exclusivamente  con  fines  pacíficos 
el material y las instalaciones nucleares y de prohibir el ensayo, 
uso, fabricación, producción o adquisición de toda arma nuclear.
Iosteriormente,  compromisos  similares  se  alcanzaron  en 
otras  regiones  del  globo,  adoptando  la  forma  de  Tratados de
zona libre de armas nucleares, a saber. 
  • Pacífico Sur (1985): Australia, Nueva 7elanda e islas 
del Iacífico Sur. 
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GUSTAVO LENCINA
  • Sudeste de Asia  (1995):  Brunei,  Indonesia,  Malasia, 
Filipinas,  Singapur,  Tailandia,  Vietnam,  Laos,  Cam-
boya y Myanmar. 
  • África  (1996):  ratificado  por  28  naciones  de  ese 
continente.
  • Asia Central  (2006):  ex  repúblicas  soviéticas  de  Ka-
zajstán,  Kirguizistán,  Tayikistán,  Turkmenistán  y 
Uzbekistán. 
Adicionalmente, Mongolia se declaró unilateralmente Esta-
do libre de armas nucleares en 1995.
Ior último, existen infinidad de acuerdos bilaterales suscriptos 
entre Estados Unidos y la Unión Soviética (luego Rusia), de limi-
tación mutua de la cantidad de misiles, ojivas nucleares y escudos 
antimisiles (acuerdos SALT, ABM, START, INF, SORT).
El desafio de la seguridad y la prevención de accidentes
En  esta  área,  las  normas  específicas  estás  dadas  mayormente  a 
través  de  recomendaciones  y  disposiciones  de  la  Organización 
Internacional de Energía Atómica y otras organizaciones regio-
nales o supranacionales con competencia en materia nuclear. 
Los compromisos multilaterales con alcance global constitu-
yen entonces marcos normativos en los que se definen las direc-
tivas, prioridades y criterios generales orientados a la protección 
de los trabajadores, de la población y del medio ambiente frente 
a las contingencias del uso de tecnología nuclear (básicamente la 
exposición a radiaciones nocivas y la eventualidad de emergen-
cias radiológicas).
Entre  ellas  se  destaca  la  Convención sobre la protección física
de los materiales nucleares y las instalaciones nucleares,  aprobada 
en  1980  y  enmendada  en  2005.  Se  aplica  a  los  materiales  nu-
cleares utilizados con fines pacíficos, cuando sean objeto de uso, 
almacenamiento y transporte internacional, y a las instalaciones 
nucleares destinadas a tales fines, con el objeto de prevenir los 
peligros de sabotaje o apoderamiento ilegal. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
En este contexto se entiende por materiales nucleares a deter-
minados isótopos de plutonio y uranio, a los que se clasifica en 
tres categorías según la cantidad contenida en cada cargamento. 
El concepto de protección física durante el transporte alude a los 
niveles de vigilancia y permisos de acceso al material en las etapas 
de almacenamiento y de transporte propiamente dicho, por cual-
quier medio que se efectúe (terrestre, marítimo o aéreo), desde 
su expedición en el lugar de origen hasta su destino final. 
En  cuanto  a  las  instalaciones  −que  comprenden  a  los  edi-
ficios  y  al  equipamiento−,  se  refiere  a  un  conjunto  de  barreras 
múltiples y métodos de seguridad (estructurales o de índole téc-
nica, humana u organizativa), orientado a evitar robos de mate-
riales y sabotajes. 
Ior  su  parte,  la  Convención sobre seguridad nuclear (1994) 
obliga a cada país firmante a adoptar en su ámbito nacional, las 
medidas  legislativas,  reglamentarias  y  administrativas  tendien-
tes  a  mantener  defensas  eficaces  en  las  instalaciones  nucleares 
contra los potenciales riesgos radiológicos para las personas y el 
medio ambiente; y para prevenir accidentes y mitigar sus conse-
cuencias en caso de que se produzcan.
De  esta  forma  se  enuncian  las  pautas  generales  que  deben 
contemplarse en materia de otorgamiento de licencias de explo-
tación; emplazamiento, evaluación e inspección de instalaciones 
tanto durante su construcción como a lo largo de su vida útil; la 
existencia  de  personal  cualificado,  con  formación,  capacitación 
y readiestramiento apropiados; la elaboración de programas de 
garantía de calidad y planes de emergencia; y la protección de los 
trabajadores ante la radiación. 
El manejo de los desechos
Los residuos radiactivos son materiales en forma gaseosa, liqui-
da o sólida para los que no está previsto ningún uso, que contienen 
o están contaminados con elementos químicos radiactivos en con-
centraciones que pueden suponer un riesgo para el ser humano y 
el medio ambiente debido a las radiaciones ionizantes que emiten.
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GUSTAVO LENCINA
En la Convención sobre prevención de la contaminación del mar 
(1972), se prohíbe el vertimiento en el medio marino de dese-
chos u otras materias de peligroso nivel radiactivo. 
La Convención sobre seguridad en la gestión del combustible gas-
tado y de los desechos radiactivos (1997), se aplica exclusivamente 
a aquellos subproductos provenientes de aplicaciones civiles de 
la energía nuclear. No contiene normas detalladas de seguridad, 
sino que estipula los lineamientos a los que deben ajustarse las 
legislaciones nacionales en relación a las actividades de manipu-
lación,  tratamiento  previo,  acondicionamiento,  almacenamien-
to,  clausura  (descontaminación  y  desmantelamiento)  o  dispo-
sición  final  de  desechos  radiactivos  y  del  combustible  gastado 
(combustible nuclear irradiado y extraído permanentemente del 
núcleo de un reactor). 
Frente a los hechos consumados
Los  accidentes  con  materiales  nucleares  y  radiactivos  son 
tan  antiguos  como  la  era  atómica  misma.  Iero  como  muchas 
veces sucede, el derecho va a la zaga de la realidad. Cinco meses 
después  del  episodio  de  Chernobyl,  en  septiembre  de  1986,  la 
comunidad  mundial  plasmó  medidas  para  afrontar  incidentes 
de este tipo. Se trata de dos acuerdos aprobados conjuntamen-
te, denominados Convención sobre la pronta notificación de acci-
dentes nucleares y Convención sobre asistencia en caso de accidente
nuclear o emergencia radiológica.  Sus  normas  se  aplican  a  todo 
accidente que ocasione o pueda ocasionar una liberación de ma-
terial radiactivo que resulte en una emisión transfronteriza in-
ternacional. Se obliga al país donde se produzca, a notificar de 
inmediato a los Estados que se vean o puedan verse físicamente 
afectados, proporcionando información sobre su naturaleza, el 
momento y el lugar exacto donde se produjo, sus posibles causas 
y la evolución previsible. 
Además,  se  crean  mecanismos  de  cooperación  interguberna-
mental para facilitar la rápida asistencia en caso de accidente nuclear 
o emergencia radiológica y reducir al mínimo sus consecuencias.
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Capítulo 8
EwrnoIz wucrrzn
v czvrazrrs¬o
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Es notable cómo la problemática de la energía nuclear carece de 
zonas grises. O se está radicalmente en contra de su uso (en con-
sonancia con las organizaciones ambientalistas) o se está a favor 
de su desarrollo, soslayando un inventario de catástrofes que su-
cedieron, suceden y nada hace pensar que dejen de ocurrir. 
Iodríamos decir que esta polarización se halla relativamente 
justificada. Los daños causados por la contaminación radiactiva, 
como  todo  daño  causado  por  una  fuerza “natural”,  no  contem-
plan  diferencias  sociales  (aunque  ya  veremos  que  en  cualquier 
contingencia, los pobres llevan siempre las de perder). Cierto es 
que también sus beneficios son para toda la Iumanidad. Más 
allá  de  la  mayor  o  menor  disponibilidad,  la  medicina  nuclear, 
por  ejemplo,  puede  llegar  a  estar  al  alcance  de  cualquiera  si  se 
accionan los resortes necesarios.
Ior eso hasta ahora nos hemos tomado la licencia de hablar 
siempre en términos de “nosotros”, “el Iombre”, “el ser humano”, 
etc.;  como  si  la  población  planetaria  estuviera  agrupada  en  un 
solo clan con diferentes estratos de poder. Iero a la hora de de-
finir  algo  tan  importante  como  abandonar  o  continuar  con  la 
industria nuclear, se hace imperativo modificar el punto de enfo-
que. Es necesario situarse en las distintas realidades del Iombre.
No  es  lo  mismo  hablar  de  los  japoneses,  que  viven  en  una 
isla  atiborrada  de  tecnología  con  50  plantas  nucleares,  que  de 
los africanos, que beben agua de las acequias; o de los argenti-
nos, que ni siquiera llegan a explotar correctamente sus propios 
hidrocarburos;  o  de  los  estadounidenses,  paranoicos  porque 
“Los hombres todavía están aprendiendo a manejar 
las poderosas fuerzas que han desatado.”
Mijaíl Gorbachov, tras el accidente de Chernobyl
“Iay una vida mejor, pero es carísima, 
porque es muy caro dejar todo y salir al camino.”
Facundo Cabral, poeta argentino asesinado en 2011
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GUSTAVO LENCINA
cualquier  país  que  genere  sus  propios  reactores  parece  querer 
atacarlos; ni de los franceses, los ingleses y alemanes, que procla-
man la supuesta intención de cerrar sus centenares de centrales 
nucleares  mientras  la  mayoría  de  los  países  de  Latinoamérica 
tienen, en los mejores casos, una o dos plantas que se esfuerzan 
en utilizar lo más correctamente posible.
Tal vez, sólo tal vez, entre las grandes potencias que deberían 
limitar el uso de energía nuclear, los países subdesarrollados que 
deberían desarrollarla y los países pobres que no tienen nada, se 
encuentre  ese  punto  de  equilibrio  que  quisiéramos  esbozar  al 
final de este libro.
La energia nuclear como berramienta del capitalismo, I
Al final de la Segunda Guerra, Estados Unidos salió totalmen-
te victorioso. Sin haber sufrido daños en su territorio y con su 
capacidad productiva intacta, contaba además con el aporte de 
los  científicos  judíos  refugiados  desde  antes  de  la  guerra  y  el 
de científicos nazis captados después de la guerra. Todo esto en 
un mundo devastado que clamaba por reconstruirse y necesita-
ba herramientas, insumos, automóviles, materiales de construc-
ción, comida, combustibles. Y con el juguete nuevo de la indus-
tria atómica cuyas aplicaciones parecían no tener fin.
A partir de ese modelo, la prosperidad de un país comenzó a 
ser medida por su capacidad para producir, comprar y consumir. 
Iero claro, pasadas unas cuantas décadas, el mercado comenzó 
a saturarse. En el siglo XXI ya no entran más automóviles en las 
calles, los cultivos transgénicos han invadido los campos como 
plagas,  generando  nuevos  desequilibrios  en  el  medio  ambiente 
y los mercados. En los países subdesarrollados la famosa teoría
del derrame  del  neoliberalismo,  se  tradujo  (en  el  mejor  de  los 
casos) en una política de clientelismo que poco a poco fue mi-
nando la cultura del trabajo. Y en los países en que los gobiernos 
no  disponían  de  medios  suficientes  para  financiar  la  pobreza, 
comenzó a producirse el fenómeno de las migraciones masivas, 
que aun persiste. Enormes masas humanas se infiltran a través 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
de fronteras cada vez más cerradas; escondidos en contenedores, 
balsas,  barcos  pirata,  camiones;  atravesando  mares  y  desiertos, 
huyendo siempre de la policía de frontera o los agentes de la mi-
gra, escondiendo su acento, su pasado y su color de piel. Desde 
Latinoamérica a los Estados Unidos, de Africa a Europa, de la 
ex  Unión  Soviética  a  todo  el  planeta,  en  busca  de  un  mercado 
laboral que ya nunca será lo que supo ser. 
Mientras tanto, las clases privilegiadas, sumamente irritadas 
por los controles antiterroristas a que son sometidas en los aero-
puertos,  se  consuelan  con  los  nuevos  juguetes  que  les  brinda  la 
nanotecnología, como si vivieran en un mundo de ciencia ficción. 
Una realidad en la que los medios de comunicación alcanzaron 
niveles que (por su profunda futilidad) rayan en el absurdo. Un 
mundo  en  el  que “se  piensa”  por  escrito  y  públicamente  en  las 
redes sociales (caso twitter), mientras se lleva en el teléfono una 
microcomputadora, con acceso permanente a la más variada in-
formación (Internet, gps, instrumentos de medición de presión, 
pulso, azúcar en sangre, etc.). Lo que hará la gente con esta capa-
cidad aún está por verse. Así como está por verse qué consecuen-
cias  tendrán  sobre  su  cuerpo  esas  capas  y  capas  de  radiaciones 
recitadamente “inocuas”,  que  adquiere  alegremente  en  las  casas 
de electrónica que florecen en los grandes centros comerciales.
Claro que el Mercado nunca olvidó que también los pobres 
son compradores compulsivos. En consecuencia sólo había que 
encontrar qué venderles y de qué manera. El capitalismo del si-
glo XXI no alienta precisamente el sueño de la casa propia. La 
cultura del ahorro tampoco es de sus preferidas. Ior eso, desde 
hace años, la clase media-baja se ha visto inundada por artilugios 
electrodomésticos de todo tipo y de bajo costo, que se adquieren 
mediante tarjetas de crédito, que operan con exiguos límites de 
compra (poco riesgo) y altísimas tasas de interés (pingües bene-
ficios); las llamadas, con poca sutileza, tarjetas para pobres, que 
solícitas  promotoras  de  piernas  cansadas  ofrecen  entre  las  ba-
teas de los supermercados. Iara poder hacer uso de esas tarjetas, 
el  consumidor  dispone  de  un  infinito  catálogo  de  aparatos  de 
diseño con escasa vida útil, que los proyectistas industriales se 
dedicaron a pergeñar guiados por el claro mandato corporativo 
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GUSTAVO LENCINA
de que la gente debe “comprar, usar, tirar y comprar”. “Consuma
más aunque produzca menos”,  parece  ser  la  panacea  del  paraíso 
liberal. Así fue como, paulatinamente, el gasto de energía se agi-
gantó para generar más productos cada vez menos lucrativos. 
Fue entonces cuando, siguiendo las férreas leyes del Merca-
do,  los  productores  de  energía  debieron  disponerse  a  abaratar 
los costos. Iero, ¿por dónde podrían empezar:
Capitalismo y seguridad nuclear
En 1925, los gobiernos pro-nucleares admitían que el máximo 
de radiación que podía soportar un trabajador o el vecino de una 
central  nuclear  era  de  45  Rems  (unidad  de  radiación  recibida 
por un sujeto). En el año 1934, esa cifra fue bajada a 21, esto es, 
menos de la mitad. En el año 1949 la estimación se redujo a 15 
y en 1956 quedó en 5 Rems. Ahora bien, semejante variación no 
puede menos que despertar sospechas en cuanto a la eficacia de 
los sistemas de medición. 
Ioy  hay  científicos  que  arriesgan  que  en  realidad  no  existe 
un índice inocuo de radiación, ya que es acumulativa y está pre-
sente no sólo en las fuentes artificiales (como las ya menciona-
das plantas nucleares, basureros, tecnología negligente o en mal 
estado),  sino  también  en  la  naturaleza  (los  rayos  solares,  sin  ir 
más lejos). Entonces, simplemente, el cuerpo acumula radiación 
hasta que ésta comienza a enfermarlo. 
Ior otra parte, en consonancia con lo planteado al principio 
del  capítulo,  vale  preguntarse:  ¿el  cuerpo  de quién  comienza  a 
enfermarse: Y aquí nos introducimos en un tema social espino-
so pero inevitable, si de veras deseamos que este esbozo (cierta-
mente sombrío) logre arribar a una conclusión esperanzadora.
Iay un viejo dicho que reza que “las desgracias sólo caen sobre
los pobres”.  Tal  vez  haya  algo  de  verdad  en  esta  frase;  quizá  es 
algo más que un refrán desventurado. Recordemos el terremoto 
que asoló Iaití en 2010. Si bien tuvo una intensidad más que 
importante  (magnitud  7  en  la  escala  Richter)  el  daño  fue  am-
plificado por la extrema pobreza en que vivía la población. Sin 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
asistencia  sanitaria,  comunicación  ni  transportes  adecuados,  la 
desgracia se abatió sobre sus chozas como una sucesión de maza-
zos. El número de víctimas ascendió a 320 mil muertos, 350 mil 
heridos y más de 1 millón y medio de personas que, salvo la vida, 
lo perdieron todo.
Un  año  después  Japón  sufrió  un  sismo  mucho  más  fuerte 
(magnitud 9), con el agregado de un increíble tsunami y la ex-
plosión de varios reactores nucleares. La cifra de víctimas fatales 
fue  de  13  mil.  Una  suma  importante  y  por  cierto  lamentable, 
pero  que  dista  mucho  de  la  que  un  temblor  de  menor  magni-
tud produjo en una de las zonas más pobres del planeta. Obvia-
mente la diferencia de infraestructura, capacidad de previsión y 
respuesta de las autoridades tuvo todo que ver en la diferencia. 
Ahora  bien,  para  completar  la  idea  hagamos  un  pequeño 
zoom  sobre  el  emplazamiento  geográfico  de  cualquiera  de  las 
plantas nucleares que alimentan a las grandes urbes en cualquier 
lugar  del  mundo.  Ior  empezar,  éstas  nunca  se  sitúan  en  zonas 
residenciales; siempre se ubican en la periferia. A su alrededor 
crecen las barriadas donde habitan la mayor parte de sus traba-
jadores. Estos, a su vez, generan un pequeño cordón comercial 
que satisface las necesidades inmediatas. Ior fuera de este cor-
dón se ubican asentamientos informales o barriadas pobres, por 
el simple hecho de que las tierras vecinas a las plantas atómicas 
suelen  ser  las  más  devaluadas.  Esto  nos  lleva  a  la  conclusión, 
tristemente  obvia,  de  que  en  caso  de  que  ocurra  un  accidente, 
o simplemente existan emisiones (involuntarias, no detectadas) 
de radiactividad, los perjudicados serán trabajadores, pequeños 
comerciantes, subempleados o indigentes.
Además  existe  otro  detalle,  y  es  que  las  plantas  nucleares 
de uso civil, que se emplazan para activar generadores de elec-
tricidad,  producen  un  importante  remanente  de  plutonio,  que 
se  utiliza  para  fabricar  armas  nucleares  (seguramente  en  otras 
plantas no tan visibles y para nada civiles) y de uranio empobre-
cido, que se utiliza para fabricar municiones. 
Tal  vez  así  se  explique  el  porqué  del  empecinamiento  de 
muchos  países  como  Estados  Unidos,  que  pese  a  producir  un 
30° más de energía de la que necesita, insiste en seguir insta-
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GUSTAVO LENCINA
lando plantas nucleares de “uso civil”. Tal vez de allí provenga la 
rabiosa  negativa  de  las  grandes  potencias  a  que  Irán  posea  su 
propia planta de energía nuclear, y a que ningún país en general 
se atreva a utilizar tecnología de diseño propio, en lugar de las 
provistas por las empresas privadas de los países líderes, que de 
este modo garantizan para sí el control sobre las actividades ató-
micas de los pueblos en desarrollo.
No  estamos  elaborando  ninguna  teoría  conspirativa  ni  ha-
ciendo  una  arenga  rabiosa  de  extrema  izquierda.  Se  trata  sim-
plemente  de  las  consecuencias  normales,  aceptadas  y  públicas 
del sistema capitalista tal como funciona hoy. Y es una realidad 
que el abaratamiento de los costos suele pasar por los sistemas 
de control y seguridad, y que a la población potencialmente ex-
puesta se le oculta información hasta las últimas consecuencias. 
Ya hemos hablado de ello, pero vale la pena volver al tema una 
y otra vez, porque sólo desbrozando la maleza podremos llegar 
a un esquema de lo que sería una industria atómica realmente 
segura, práctica y solidaria.
La energia nuclear como berramienta del capitalismo, II
En  relación  a  la  polarización  que  mencionábamos  al  principio 
del  capítulo,  ya  es  momento  de  comenzar  a  desgajar  los  mitos 
de uno y otro lado de la opinión, para tener una imagen cabal de 
cuál es la realidad de este tipo de energía y definir, lo más exac-
tamente posible, en qué punto de la historia nos encontramos.
Ior el lado de los defensores a ultranza es menester admitir 
que, a esta altura de los hechos, queda claro que la energía nu-
clear no es tan limpia, segura y económica, como se pretende.
Que  no  es  tan  segura  se  desprende  de  que  los  accidentes, 
incidentes  o  catástrofes  se  producen,  se  produjeron  y  seguirán 
produciéndose.  Esto  no  constituye  un  impedimento  insalvable 
(existen muchas, pero muchas, industrias potencialmente peli-
grosas), pero impone la obligación de tomar los recaudos nece-
sarios (a nivel laboral, poblacional, etc.) y de incluir esos recau-
dos en el costo final de la energía. 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
Respecto de que se trate de una energía completamente lim-
pia, está muy bien, pero sólo si hablamos del momento mismo 
de la generación de energía y en condiciones óptimas. La mine-
ría  a  cielo  abierto  para  obtener  uranio  es  un  desastre  desde  el 
punto de vista ambiental, y el problema de los residuos es como 
esos cadáveres  de  las películas  policiales que  nadie sabe  dónde 
ocultar y terminan logrando que fracase todo el plan. 
Y  que  sea  económica  depende  para  quién.  Iorque  hasta  las 
grandes  potencias  deben  destinar  enormes  partidas  presupues-
tarias para lanzar sus desarrollos nucleares; los países en vías de 
crecimiento, a pesar de disponer de excelentes recursos humanos, 
tardan años en obtener lo que aquéllas generan en meses, y lo lo-
gran sólo después de batallar en la política interna, conseguir sub-
sidios o firmar créditos que inevitablemente mermarán gran parte 
de su beneficio. Y en la base de la pirámide, los países pobres, en 
general sólo reciben ofertas para alquilar sus territorios a fin de es-
tablecer cementerios nucleares o malvender sus materias primas.
Y como a cada cual corresponde lo suyo, también se impone 
un  análisis  crudo  y  autocrítico  de  las  ilusiones  ambientalistas. 
Esto es, hemos llegado al antipático momento de definir clara-
mente qué es lo que puede esperarse de las energías alternativas.
Energias renovables
Cuando escuchamos hablar de la imperiosa necesidad de desa-
rrollar las energías renovables, solemos tener una idea difusa de 
paneles de energía solar y poco más. Veamos cuáles son concre-
tamente esos recursos y en qué medida pueden reemplazar a los 
hidrocarburos y la energía nuclear.
• Energía eólica. Transforma  la  energía  del  viento  en 
energía  mecánica  la  cual,  mediante  un  alternador,  se 
convierte en electricidad.
• Biomasa. Abarca toda la energía orgánica de origen ve-
getal o animal, incluidos los materiales que resultan de 
su transformación natural o artificial. Iermite aplicacio-
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GUSTAVO LENCINA
nes muy distintas según el tratamiento a que se la some-
ta: refinación, fermentación, gasificación, etc. Se utiliza 
en la elaboración de biocombustibles, energía térmica y 
electricidad.
• Energía hidroeléctrica. En  un  proceso  análogo  al  de 
la  eólica,  utiliza  la  energía  de  un  curso  de  agua  para 
transformarla en energía mecánica y, mediante un al-
ternador, en energía eléctrica. Se clasifica en tres gru-
pos:  de  agua  fluyente,  de  pie  de  presa  y  de  canal  de 
riego o abastecimiento. 
• Geotermia. Tiene  su  origen  en  el  calor  remanente 
de  la  tierra,  originado  en  los  primeros  momentos  de 
formación del planeta o en la disolución de sus com-
ponentes radiactivos. Es la energía que en su máxima 
expresión  surge  en  las  explosiones  volcánicas,  terre-
motos  o  bien,  en  su  fase  agónica,  geiseres,  fumarolas 
o aguas termales.
• Energía solar fotovoltaica.  Se  basa  en  el  efecto  que  se 
produce al incidir la luz sobre materiales semiconduc-
tores. Así se genera un flujo de electrones en el interior 
de  estos  elementos  y  una  diferencia  de  potencial  que 
puede ser aprovechada.
• Energía solar térmica.  Aprovecha  la  energía  del  sol, 
que  al  ser  interceptada  por  una  superficie  absorbente, 
se degrada y produce un efecto térmico. Iuede ser baja, 
media  o  alta  temperatura.  Se  recoge  en  colectores  tér-
micos  que  se  utilizan  para  proporcionar  agua  caliente 
sanitaria a las viviendas.
• Energía undimotriz. Es la de más reciente desarrollo. 
Obtiene  electricidad  a  partir  de  la  energía  mecánica 
obtenida del movimiento de las olas. Una de sus ven-
tajas, por sobre la energía eólica, por ejemplo, es que el 
movimiento de las olas es mucho más fácil de predecir 
que el movimiento e intensidad del viento.
Estas  son,  básicamente,  las  energías  renovables  cuyo  desa-
rrollo  tiene  más  posibilidades  de  convertirse  realmente  en  una 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
alternativa al uso de hidrocarburos o a la energía nuclear. Cada 
una tiene sus ventajas y sus desventajas que no viene al caso ex-
poner  en  esta  obra  porque  sería  como  empezar  a  escribir  otro 
libro y nos alejaría del tema que estamos tratando. Todas ellas 
son factibles, limpias (aunque en ese sentido, tal vez los biocom-
bustibles sean los más cuestionados) y tendrían un potencial de 
expansión ilimitado si se tomaran las medidas necesarias. 
Ior ejemplo, la energía eólica es una de las mejor aspectadas 
en  el  presente  y  a  futuro.  En  países  como  España,  los  blancos 
molinos que giran al sol como insectos gigantes producen cerca 
del  20°  de  la  electricidad  total.  También  en  Estados  Unidos, 
en la Argentina, en Iaraguay. Quizá lo que frena su expansión 
sea  el  costo  final  que  implicaría  un  traspaso  total  a  este  nue-
vo sistema. También hay muchas voces que, increíblemente, se 
quejan de la contaminación visual que provocarían los enormes 
sembradíos de molinos en el paisaje. Un argumento cuanto me-
nos estúpido en un mundo en cuyas grandes ciudades la gente 
debe salir con mascarilla para no respirar el veneno que llega del 
escape de los automóviles. 
La energía solar también está bastante difundida. Se puede 
alegar que todavía es cara, que los paneles solares ocupan mucho 
lugar y, claro, que habrá que construir contemplando en el diseño 
de las casas y edificios la posibilidad de incluir estos dispositivos 
en las paredes o en los muros. Al mismo tiempo son energías de 
rendimiento aleatorio, porque no se puede prever una seguidi-
lla de días nublados o soleados. Iabría que construir muchas y 
enormes plantas de energía, acumuladores, alternadores, usinas, 
y tal vez sí resignar paisaje. Iero ante un mundo sobresaturado 
de  consumo,  contaminado  y  energéticamente  agotado,  nuestra 
respuesta es: ¿por qué no:
La energia nuclear como berramienta del capitalismo, III
Tal vez la respuesta más acertada parece ser la que dio el filósofo 
español Manuel Sacristán Luzón: “el capitalismo sufre de bulimia
de energía”.  Iasta  el  momento,  frente  a  la  crisis  energética  en 
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ciernes, su principal reflejo fue obtener más y más hidrocarburos 
aun al costo de imponer gobiernos, emplazar dictadores y generar 
guerras. Con la energía nuclear ocurre algo análogo. No importa 
si hay que dinamitar cordilleras enteras, contaminar ríos, arrui-
nar tierras de siembra o pastoreo, llenarse de residuos que com-
prometerán seriamente a las generaciones venideras, como ya lo 
hacen con las actuales. Lo único que interesa es obtener la ener-
gía necesaria para seguir produciendo, vendiendo, creando nece-
sidades; esclavizando a la gente al deseo de poseer innumerables 
objetos sofisticados y sorprendentes, pero absolutamente pres-
cindibles,  que  serán  reemplazados  por  otros  simplemente  por-
que sí, porque están allí y deben ser comprados. 
Después del desastre de Fukushima, algunos países europeos 
hablaron de cerrar sus centrales nucleares. Iero Estados Unidos 
insiste en renovar su tecnología y crear toda una red de produc-
ción  de  industria  atómica  con  más  de  70  nuevos  reactores.  Es 
muy difícil que ante semejante avance, sus pares de Europa con-
creten el cierre de sus plantas. Iero, al mismo tiempo, de algún 
modo, aun los más radicales cultores de la economía de mercado 
saben que se avecina un nuevo y gigantesco negocio, del que no 
quieren quedar fuera. 
Y, desgraciadamente esto es una realidad: las energías reno-
vables  comenzarán  a  desarrollarse  en  todo  su  potencial  recién 
cuando se conviertan en un negocio rentable. ¿Y cuándo sucede-
rá esto: Es una pregunta muy difícil de responder. Iero si fué-
ramos al campo de lo utópico, la respuesta podría ser: “cuando 
el ciudadano común les demuestre que generar bestiales canti-
dades de energía como y para lo que se hace ahora es un esfuer-
zo vano y oneroso”. Iero para eso deben caer o mutar enormes 
monstruos  que  están  enquistados  en  la  conciencia  de  la  socie-
dad toda, por ejemplo, el culto al consumo vertiginoso. 
Como  si  consumiendo  sin  parar  se  pudiese  derrotar  al 
tiempo.
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Epílogo
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Vivimos  en  una  sociedad  acostumbrada  a  utilizar  la  energía 
como si fuera agua que se saca de un mar inagotable. Y esta idea 
la padecemos todos. El hombre común vive en una casa plagada 
de aparatos electrónicos que ya no se desconectan nunca porque 
permanecen  stand by.  La  última  generación  de  computadoras 
está  diseñada  para  no  apagarse.  De  hecho,  las  máquinas  más 
modernas  sufren  pequeñas  desconfiguraciones  si  permanecen 
varios días aisladas de la red, dejan de actualizar sus programas 
y no pueden realizar sus tareas de autolimpieza y refacción; los 
técnicos  aclaran  que  no  es  recomendable  apagarlas.  Ioy  todo 
se  hace  online:  los  juegos  en  red,  las  encuestas,  las  búsquedas 
laborales, las búsquedas de pareja o de compañía casual. Iuertas 
afuera se suma la cantidad de luminarias superpuestas que hay 
en cualquier ciudad durante las 24 horas. La publicidad no des-
cansa. La idea de la noche se ha perdido tras una espesa muralla 
de  propagandas  de  lo  que  sea.  Cada  ser  humano  está  perma-
nentemente “enganchado”  a  una  red  de  satélites  que  le  provee 
servicios que existen sólo desde medio siglo a esta parte, y sin los 
cuales la vida parece imposible.
En este contexto es lógico pensar que las energías renovables 
nunca podrán reemplazar a los hidrocarburos o a la energía nu-
clear. Iero en este contexto estamos condenados a quedarnos sin 
energía, perdidos en un mundo agotado, contaminado, sediento 
y radiactivo, y todo esto, en muy poco tiempo. Ya no hará falta 
una guerra para provocar la ruina, pero es muy probable que las 
guerras se sucedan cuando la cosa se ponga difícil de verdad.
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GUSTAVO LENCINA
Y aquí empezamos a llegar a una conclusión ardua, compli-
cada y engorrosa; tanto como lo es curarse de una adicción (un 
mal de nuestro tiempo), por ejemplo. Desde hace muchos años, 
tanto el socialismo como el capitalismo se han erigido sobre los 
principios de producción y consumo. Tal vez en los inicios del 
tercer milenio, la verdadera revolución pase por un regreso a la 
austeridad. 
Esta revolución no se producirá de manera sangrienta y rui-
dosa  como  las  que  se  han  dado  hasta  ahora.  Es  probable  que 
haya algunas víctimas, porque los seres humanos somos buenos 
para  eso.  Además,  deberán  desmontarse  infinitos  entramados 
mafiosos  que  tienen  que  ver  con  el  uso  del  combustible,  la  in-
dustria automotriz, la moda, el tráfico de contactos, la industria 
de las armas, etcétera.
En el mejor de los casos será una revolución que se producirá 
por  infiltración.  León  Tolstoi  solía  decir  que  los  líderes  mun-
diales no son elegidos para guiar a su pueblo, sino simplemente 
unos pobres diablos emergentes de una necesidad colectiva. Así 
que, seguro surgirán algunos líderes de uno y otro lado que se 
convencerán,  y  probablemente  nos  covencerán,  de  que  son  los 
portadores de la Verdad. Una verdad que poco a poco germina 
en el espíritu del hombre. 
Sabemos que quienes detentan en el poder no poseen la sen-
satez  o  la  piedad  suficiente  para  cuidar  del  destino  de  todos. 
Iara ellos, cualquier sacrificio es válido para que la Iumanidad 
avance, no importa hacia dónde. Claro que la Iumanidad sue-
len  ser  ellos  mismos,  sus  parientes,  queridas  y  socios.  La  mu-
chedumbre  gris,  la  “sal de la tierra”,  como  dicen  los  Evangelios 
y repitieron los Rolling Stones, seguirá buscando líderes dónde 
sólo hay apostadores. 
La energía nuclear no es mala, como no son malos los avio-
nes,  los  autos  o  los  tomógrafos.  Los  que  la  hacen  mala  son  los 
mismos  que  sostienen  que  el  progreso  no  está  al  servicio  del 
hombre, sino que es el hombre quien debe sacrificar su vida en 
pos  del  progreso.  La  única  defensa,  la  única  manera  de  influir, 
es  la  vigilancia  atenta  y  la  intervención  ciudadana.  No  dejarse 
deslumbrar por espejitos de colores. Despojarse de necesidades 
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EL APRENDIZ DE BRUJO
hasta recuperar la certeza de que no es tanto lo que necesitamos. 
Y si no necesitamos tanto, nadie tendrá demasiado poder sobre 
nosotros. Ser solidarios, porque lo que le ocurre a uno le puede 
pasar a cualquiera. Y ejercer la participación, a rajatabla, hacer-
les pagar cada error con lo que más les duele, quitándoles poder.
Esto es aplicable a todo, también a la energía nuclear y la ra-
diactividad, esa luz extraña que una tal señora Curie vio brillar 
entre los desechos de un mineral oscuro. Una luz que la guió por 
un camino invisible hasta llegar a la esencia misma de la materia 
y descubrir una energía fundamental, tan poderosa como para 
destruir un tumor, uno de esos pequeños mundos malignos que 
crecen dentro de un organismo sano y lo devastan.
El día que el costo político de negociar con las vidas humanas 
sea mayor que el beneficio que arroja la energía nuclear cuando 
es manipulada como un simple negocio, recién entonces los en-
cargados  de  tomar  las  decisiones  a  nivel  mundial  empezarán  a 
pensar primero en las necesidades reales de la gente, antes que 
en las necesidades inmediatas que se desprenden de su estatus 
privilegiado. 
La nuestra es nada más que una herramienta, pero es lo que 
tenemos;  y  el  ser  humano  también  se  define,  porque  con  una 
sola  idea  es  capaz  de  generar  enormes  cambios.  La  diferencia 
está entre formar parte de una historia que sucumba frente a sus 
propios espejismos, o fundar, con el esfuerzo que haga falta, una 
civilización  que  se  cuestione,  avance,  retroceda  y  se  reinvente. 
De ser posible, bajo un sol que caliente sin matar y el zumbido 
amigable de los molinos en los campos.
Buenos Aires, febrero de 2013
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Quiero expresar mi más profundo agradecimiento a:
Marcia y Vivi Iérez, inagotables colaboradoras, compañeras, 
intérpretes del mundo.
Los  siguientes  especialistas  (y  amigos)  cuyo  asesoramiento 
y  diligencia  han  sido  indispensables  para  la  realización  de  esta 
obra:  Martín  Febré,  experto  en  energías  renovables,  titular 
de  Entropía argentina y  Luna de día,  servicios  de  energía  con 
sistemas  de  bajo  consumo  y  recursos  renovables;  Ximena 
Nazar  Anchorena,  Ingeniera  química,  UBA;  Dalia  Goldman, 
Licenciada  en  Ciencias  Iolíticas,  especialista  en  interpretación 
de  Tratados  internacionales;  Iebe  Goldman,  Bióloga,  UBA; 
Alicia  Lencina  Bournissén,  Licenciada  en  Iistoria;  Gustavo 
Cannistraci,  radiólogo  industrial,  presidente  de  INSCANN, 
empresa  de  inspección,  diagnóstico  y  certificación  para  el  uso 
de  radioisótopos  y  radiaciones  ionizantes;  Marcelo  Gómez, 
Licenciado en Isicología y especialista amateur en energía nuclear, 
quien  aportó  generosamente  toda  su  biblioteca  y  me  sugirió 
la  lectura  de  la  obra  Copenhagen,  de  Michael  Frayn;  Ricardo 
Cerqueiro,  argentino  residente  en  Tokio,  Japón,  sobreviviente 
directo  de  la  tragedia  de  Fukushima,  quién  durante  largas 
charlas telefónicas logró transmitirme la magnitud humana del 
desastre.
También  al  aporte  indirecto  pero  esclarecedor  de  los  textos 
de Fabián Calle, periodista, y Manuel Sacristán Luzón, Doctor 
en Derecho y Filosofía.
Y, por supuesto, gracias también a Fernando Gato Mazzeo y 
Julio Acosta, asesor literario y editor, respectivamente, quienes 
con paciencia infinita me ayudaron a que este conjunto de ideas 
alcanzara forma de libro.
El autor
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Apéndice fotográfico
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Uwz arsowrnz sowznonz
Marie Salomea Skłodowska Curie (1867-1934), pionera en la 
investigación de la radiactividad. Única persona que recibió dos 
Iremios Nobel en distintas disciplinas: Física y Química. Esta 
mujer, que pasó su luna de miel en bicicleta y se premiaba cada logro 
en el laboratorio con un chocolate, imaginó un mundo donde sus 
hallazgos hicieran más feliz a la gente. 
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Er nurvo nr rz srnvrrwar
Chicago, 1942. El equipo de científicos que realizó la construcción 
del primer reactor neutrónico. El de abajo, a la izquierda es Enrico 
Fermi (1901-1954); el segundo desde la derecha, con piloto, es Leó 
Szilárd (1898-1964), autor de la célebre carta  
al presidente Roosevelt. 
Albert Einstein (1870-1955), en 1942. Iese a todo, un pacifista. 
Su frase “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el
mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa”, tal vez sea el mejor 
legado para nuestros días. 
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Estados Unidos trabaja a pleno, en turnos rotativos que cubren las 
24 horas del día. Un dato curioso. La mujer sentada a la derecha, se 
llamaba Gladys Owen. Sólo se enteró para qué había trabajado al 
descubrir su foto, seis décadas más tarde.
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Julius Robert Oppenheimer 
(1904-1967), físico 
estadounidense y director 
científico del proyecto. 
General Leslie Richard 
Groves (1896-1970), el 
responsable militar que 
reportaba al Ientágono.
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“;Dros ¬Io: ;Qur nr¬os nrcno:”
Frase del capitán Robert Lewis, tripulante del Enola
Gay, al ver esta imagen. Debajo del hongo había 
habido una ciudad, Iiroshima, abrasada ahora por 
un mortífero sol artificial de más de un millón de 
grados centígrados. Era el 6 de agosto de 1945. 
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A la izquierda, una vista aérea de lo que sería el epicentro 
del estallido de la bomba Little Boy en Iiroshima. A 
la derecha, otra desde igual altura, luego de disipado el 
hongo. Literalmente, nada.
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Esa mañana del 9 de agosto de 1945, 
la bomba Fat Man debía haber caído 
sobre otra ciudad, Kokura. Iero 
como su cielo estaba muy nublado, se 
eligió desatar el infierno contra esta 
otra. Los japoneses creyeron que era 
un vuelo de reconocimiento. No hubo 
alarma alguna. 
Honnon rw Nzozsz×r
Nuevamente un antes y un después. Sólo quedaron en pie algunos 
edificios de concreto antisismo. El presidente Iarry Truman advertía: 
“Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de
destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra”.
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;Vrwcrnonrs v vrwcrnos:
Incluso la oleada triunfalista de un primer momento en los mismos 
pueblos aliados, se estremeció al conocerse las imágenes del desastre. 
La Iumanidad comenzaba a perder gran parte de la inocencia que a 
la fecha le quedaba.
Julio de 1945. En Iostdam, Alemania, se unen los nuevos dueños 
del mundo. En el centro, un orondo Iarry Truman; a la izquierda, 
Vinston Churchill; a la derecha, Josef Stalin. Iero pronto 
comenzaría la Guerra Fría, y los vencidos serían los seres humanos 
en general, viviendo bajo la amenaza del holocausto atómico.
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Los nrszsanrs nr rz vzz
Ior cuestiones de sensibilidad no incluimos imágenes de 
malformaciones humanas. Téngase en cuenta que este es un 
cachorro de perro nacido en la zona mucho después del accidente 
en la central nuclear, y que, disecado, se exhibe en el Muso Nacional 
Ucraniano de Chernobyl. 
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Restos de la planta nuclear de Fukushima, Japón. La 
imprevisión y la impericia en una de las potencias 
tecnológicas mundiales atemorizan, y advierten sobre 
los riesgos del “factor humano”. 
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Oano ¬uwno rs vosrnrr… zuw
Represa de las Tres Gargantas, la actual planta 
hidroeléctrica más grande del mundo. Está sobre 
el río Yangtsé, en China. Su construcción generó 
problemas ambientales y la pérdida de bienes 
culturales milenarios, pero nos hallamos impelidos 
a escoger el mal menor.
Iarque eólico en La Ventosa, Oaxaca, México. Ioco 
más de cien generadores transforman en energía 
eléctrica el viento del istmo de Tehuantepec. 
También la energía atómica sería una buena 
alternativa, pero para ello, la humanidad debe dar 
un gran salto en geopolítica, previsión y conciencia 
ambiental.
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Bibliografía
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- S/A. “Energías renovables. Argentina” en fover¸minplan.
gov.ar
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Índice
Introducción  9
Capítulo 1  15
Dv quv n.ni.xos cu.xno n.ni.xos nv  
vxv×ci. xuciv.×
Capítulo 2  27
Ei vvc.no o×icix.i, risi6x v rusi6x
Capítulo 3  39
Los usos nviicos, vi no××o×
Capítulo 4  61
Usos xo nviicos nv i. ×.ni.crivin.n
Capítulo 5  75
Coxr.xix.ci6x, vxrv×xvn.nvs, .ccinvxrvs
Capítulo 6  91
M.rv×i. v×ix. v ×vsinuos
Capítulo 7  111
Ioiiric. v nv×vcno ixrv×x.ciox.i
Capítulo 8  125
Exv×ci. xuciv.× v c.vir.iisxo
Epílogo  137
Apéndice fotográfico  145
Bibliografía  155
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El aprendiz de brujo, de Gustavo Lencina,
fue impreso y terminado en mayo de 2010,
en los talleres de Encuadernaciones Maguntis,
Iztapalapa, México, D. F. Teléfono: 56 40 90 62
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