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GILLES LIPOVETSKY.

− El crepúsculo del deber

(la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos).

ÍNDICE.

La consagración del deber ........................... 1

Edén, Edén .......................................... 3

Buscando la moral individual desesperadamente ........5

La metamorfosis de la virtud ........................ 9

El orden moral o ¿cómo desembarazarse de él? ........ 11

La renovación ética ................................. 13

Las bodas de la ética y del business ................ 15

LA CONSAGRACIÓN DEL DEBER

En el principio, y hasta la Ilustración, la moral se identificaba plenamente con Dios y la religión, hasta el
punto en que se llegaba a pensar que sin fe no había virtud y que dicha virtud se debía practicar no tanto en
torno a los valores humanos, sino en torno a la supuesta voluntad de Dios.

El principio de modernidad y, con ello, la formación de las democracias, se basa en el rechazo total hacia esta
idea y en la primacía de los valores humanos y racionales, intentando emanciparse de todas las tradiciones y
creencias religiosas anteriores. El hecho que hace posible esto es el proceso de secularización y con ello las
primeras declaraciones de derechos de los individuos a partir del siglo XVII.

Anteriormente, los filósofos griegos habían establecido sistemas morales basados en criterios racionales, si
bien es en el XVII cuando se adquiere una posición estrictamente laica y universal, basada en unos mínimos
principios simples e incuestionables, que giran en torno al individuo y sus derechos, en este sentido, la moral
únicamente defiende los derechos subjetivos y los deberes que de éstos se desprenden en sociedad. Entre los
principales derechos que se consagran en este orden, se encuentra el de la felicidad epicúrea, que ha
evolucionado hacia una inevitable búsqueda del bienestar material, con la puesta en práctica de los principios
de una economía de libre mercado, rebajándose así las exigencias y obligaciones y convirtiendo el deber en
derecho. Sin embargo, no es antes de nuestro siglo cuando estos derechos individuales empiezan a mostrarse
en su verdadera calidad como tales, ya que anteriormente (siglos XIX y XX) se seguían exaltando valores
incondicionales que, de un modo más o menos positivo, intentaban profundizar sobre la idea de individualidad
en sociedad (relaciones del individuo en sociedad, consigo mismo,...) intentando buscar lo que de universal
tuviera todo ello. Desde la pretensión de imponer nuevos imperativos categóricos hasta la idea de exaltar las
conductas egoístas y los vicios hacia una prosperidad colectiva, nos muestran un caos generalizado que se
desarrolla en torno a la afirmación de la individualidad. Por otro lado, son tiempos éstos también en que se
descubre que la virtud no existe sólo en Dios, ya que aunque se necesita al elemento divino en la conciencia
de las personas como sólido edificio de creencias, los elementos dogmáticos y sobrenaturales de castigo o
premio colectivos quedan totalmente deslegitimados. Esto da como resultado la victoria de la moral

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independiente, basada en la igualdad de principio, que ya no es una ni entera, sino que depende de nuestro
entorno y de nuestra trayectoria vital. Pero el proceso de secularización de la moral no sólo supone
independencia, sino privilegiar las obligaciones éticas a las religiosas, es decir, las humanas y racionales, a las
místicas o sobrenaturales, pero no sólo eso, sino que el verdadero valor, aun religioso, racionalmente relaciona
a Dios con el hombre, esto ha hecho que el imperativo moral se haya

erigido en tribunal supremo de nuestras acciones, encaminadas a unos mismos fines a través de una obligación
pura y sacrificada para conseguir llegar al bien colectivo, a la virtud, a algo que no se encuentra en sí mismo,
sino que tiene la razón de ser en su búsqueda; esto hace que se magnifique el culto al héroe y que la posición
adoptada a partir de la modernidad no abandona lo sobrenatural, sino que lo transforma en mitos que debemos
seguir no ya desde posicionamientos ideales o idílicos, sino desde un constructivismo que pretende, desde el
positivismo más riguroso, el perfeccionamiento ilimitado de la naturaleza humana. Este culto al deber se
asimila como la forma cultural más poderosa de la época, hasta el punto que determina todas las demás
(sexualidad, vida familiar, posicionamiento ante las clases pobres,...) y se extiende gracias a la filosofía y a la
política.

En el terreno de la sexualidad nos regimos por ideas preconcebidas arrastradas en la modernidad gracias a
una tradición de los valores anteriores; existía discriminación en según qué tipo de prácticas: felación, coito
anal, masturbación conjunta,...que fomentan una lógica no igualitaria, en la que también interviene la Iglesia;
sin embargo, todo esto se confunde con la creación de una mentalidad individual generalizada, gracias a la
cual se ha logrado construir una vida colectiva en consonancia con la difusión de una expresión más libre y
valorada de la sexualidad humana (aunque en muchos casos de forma clandestina).

Con respecto a la familia, ésta se ha concebido como un núcleo emocional y disciplinario imprescindible para
la existencia de una moral, debiéndose reconducir a todo el que huya de ella, hasta el punto que las estrategias
de las primeras democracias contaban con la familia como un núcleo orgánico más importante que la propia
felicidad individual (aunque también aparecen hechos como el divorcio).

Sea como fuere, en esta primera época de la modernidad el triunfo de la cultura del deber frente a la
supremacía de los derechos individuales es evidente.

La situación era muy distinta a lo que se pretendía hacer ver y la moral se despega de la religión y se acerca
cada vez más a lo social; mediante el acercamiento efectivo de los filántropos a cada una de las situaciones
concretas se ayudaba a las gentes a que lucharan contra sus vicios sin establecer una moral pública y, a la vez,
sin mostrarse caritativos, sino con unos fines de organización social positivistas. Por ello, pronto se descubrirá
que la moral no está en la asistencia individual y que ésta es poco eficaz y por ello se abandonará, ya que lo
que realmente importa es una responsabilidad individual sobre lo que está ocurriendo a través de organismos
colectivos, proyectada a un futuro que busca progreso.

EDÉN, EDÉN

Los dos primeros siglos de modernidad han sabido dar una importancia preponderante al deber para
autosuperarse y llegar a ser héroes desde la austeridad en busca de unos valores y creencias, pero esto es agua
pasada. Vivimos en tiempos en los que el deber está descreditado, minimalizado al placer momentáneo y al
propio interés del momento. Se puede decir que el S.XX representa el período posmoralista de las
democracias. En este sentido, mientras que diversas prohibiciones continúan su marcha, tras una época de
contra−moral contestataria, y se transmite a través de los medios de comunicación la necesidad de una ética
tamizada con los valores más puramente individuales, el hombre actual huye de imperativos del deber, para
construir con sus propios pensamientos y sentimientos un sistema de derechos edulcorado y anémico, donde
no sólo la idea de sacrificio no tiene ninguna legitimidad, sino cuyos valores se definen por la inactividad,
antes que por el deber (no es necesario actuar). Esta lógica posmoralista que siguen nuestras sociedades
supone una tendencia dominante que mayoritariamente arrastra a la población a la no actuación, pero no evita

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la aparición de fenómenos contrarios a sí mismo que defienden la moral como modelo de responsabilidad
individual, y ya jamás como norma ideal.

La esfera en que más cambio notamos con respecto a nuestras apreciaciones del bien y el mal es la del placer,
que desbanca al deber en busca no ya de la virtud, sino de algo mucho más peligroso, la felicidad subjetiva,
que, por supuesto, no ocupa todo el terreno, sino que esta felicidad necesita estar mínimamente equilibrada y
ordenada para poderse sustentar como tal. El neoindividualismo es, por ello, un desorden organizador, que no
pretende ya vencer el deseo, sino exagerarlo y desculpabilizarlo (en esto es fundamental el psicologismo) ante
las formas rigoristas y disciplinarias de la obligación moral. El asunto llega hasta tal punto que no hay
elección: o la felicidad o nada. Esta felicidad tiene como instrumento e incluso entorno de dependencia el
consumo de masas, a través del que se fomenta la relación hombre/cosa, antes que hombre/hombre, como
forma de evasión hacia los problemas del prójimo. Todos estos elementos que nos proporcionan este bienestar
se nos transmiten a través de una información imparcial y objetiva que no es ni moralista ni amoral, sino que
muestra simplemente un hecho, eso sí, en forma tremendista, o en cualquier caso, espectacular. Por otro lado,
esa ética de la felicidad que nos hacía tan libres elimina el autoritarismo tradicional, pero crea nuevos
imperativos de cuidado a uno mismo, cuyo castigo ya no es la lenta y tortuosa culpa, sino la ansiedad en
celuloide o video a 24 imágenes por segundo.

Lipovetsky habla de dos tendencias contrarias que modelan nuestras sociedades: la que excita los valores
inmediatos y la que privilegia la gestión racional del tiempo y el cuerpo, las cuales no se suelen dar por
separado, sino que forman

conjuntamente una sociedad donde el placer convive con criterios racionales que lo hacen funcional y que
inevitablemente nos autodeterminan.

El terreno del sexo es uno de los más significativos para comprender el privilegio del placer en nuestras
sociedades; se ha pasado de un coto vedado por prohibiciones y falsas ideas preconcebidas a una banalización
del tema, hasta el punto en que éste se ha convertido en algo cotidiano. Se dice que el cambio es tan radical
que se ha producido una autonomía de la sexualidad con respecto a la moral y también se legítima el
argumento de que hemos pasado de una época en que los placeres nos venían jerarquizados a otra en que éstos
se nos muestran en igualdad, sean cuales sean, siempre y cuando se respete al otro. Aun así, todavía existen
prácticas sexuales que siguen siendo condenables, si bien son las mínimas. El anunciado lema del goce sin
trabas se instaura en un principio como un elemento subversivo poco duradero que da paso a un escalón
intermedio entre el rigorismo puritano y la escalada del erotismo, producto del caos organizador de las nuevas
democracias; algunas prácticas sexuales consideradas reprobables, se condenan no porque no nos lleven a la
virtud moral, sino porque pueden llegar a dañar al otro e incluso causar problemas psicológicos graves. En
realidad, el neoindividualismo no asimila la expansión social de los derechos a la permisividad de todo, sino
que pretende la civilización de la vida sexual de un modo tan libre como igualitario y honesto; se recupera el
valor de la fidelidad en tanto que exista amor y no como algo incondicional, argumentándose a ello que ésta
supone una mayor estabilización ante los tumultuosos tiempos que corren a nivel emocional, suponiendo el
triunfo del hombre para huir de la soledad, la incomprensión,...Pero, a la vez, se busca la fidelidad en base a
criterios funcionales de constructivismo, es propio del neoindividualismo el utilitarismo, pero éste preside
nuestra vida hasta el punto en que intentemos que todo esté justificado, que nada sea gratuito. Lo que ha
sucedido con el sexo y el amor es un ejemplo paradigmático de exacerbado utilitarismo frente al hedonismo,
hasta el punto que éste ha caído en una especie de vacío existencial, por el cual se deshace el sueño de la
creatividad individual, a la vez que, poco a poco, esta individualidad se convierte en lo fundamental en la
relación sexual, convirtiéndolo en un motivo más de indiferencia, pero que emocionalmente es necesario para
vehicular el amor. Esto nos lleva a que el tipo de individualismo que se practique se base ya no tanto en el
liberalismo individual, como en la idea social que de éste nace para lograr lo correcto; es aquí donde la época
posmoralista y su ética tan variable y asimétrica, que también tiene sus defensores y detractores, toma una
forma premeditadamente sesgada, que permite poner en tela de juicio la libertad individualista. Un caso
significativo es el de la prostitución, aceptada moral pero no socialmente, que repelemos por lo que conlleva

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de servidumbre íntima, a pesar de que no sea una indignidad moral.

BUSCANDO LA MORAL INDIVIDUAL DESESPERADAMENTE

El posmoralismo no afecta sólo a la vida sexual, sino a todos los deberes del hombre relativos a sí mismo,
consagrados en los primeros tiempos de la modernidad democrática como fundamentales no sólo desde el
punto de vista de la moral, sino desde la supervivencia, hasta el punto que la ética tiene como fin último la
naturaleza humana; pero este culto al individualismo no es gratuito, sino que se fundamenta en el utilitarismo
más racional, de tal manera que estos comportamientos repercuten directamente en la persona a través del
aburrimiento, miserias, vicios,... El posmoralismo actual ha transgredido legítimamente todo lo anterior hacia
un culto exacerbado del placer por encima de todo, de un placer que no tiende a perfeccionarse porque ya es
perfecto pero que necesita inevitablemente del individuo para subsistir. El resultado de esto no viene dado
únicamente por un nihilismo nietzscheano, sino por un descrédito de la moral individual que ha construido
una cultura cotidiana conscientemente heterónoma que conoce las responsabilidades éticas del individuo
gracias a la colectividad.

En cuanto al suicidio, se ha considerado un acto indigno tanto en las sociedades antiguas (atentado contra
Dios) como en los primeros tiempos democráticos, donde se consideraba un acto reprobable para uno mismo
y, por tanto, para la sociedad. En el posmoralismo en el que vivimos el Estado y el derecho no se
responsabilizan de este tipo de problemas, pero el pensamiento moralista sigue una línea independiente
cercana a los primeros planteamientos de Rousseau o Durkheim, pero teniendo en cuenta que el suicidio ya no
suscita la desaprobación ante el incumplimiento de un deber, sino que nos lleva a un inmenso mar de dudas
que, en ocasiones, nos llevan a la compasión como derecho subjetivo del individuo, sin que éste ni los que le
rodean, que se supone que le tienen que asistir, se encuentren exentos de culpa.

Este deslizamiento hacia el predominio de los derechos frente a los deberes individuales se da también
referido a la eutanasia; en este sentido, la ayuda a morir cuando se está sufriendo se apoya desde congresos,
manifiestos y asociaciones como algo considerado digno, llegándose a aprobar antes la eutanasia pasiva que la
activa. La contradicción está en que, por un lado, se privilegia el derecho a disponer libremente de la vida del
hombre por encima de todo y, a la vez, se prorroga la prohibición ética de administrar muerte en el caso en
que se desee. Frente al suicidio, la voluntad de morir dignamente se muestra como una protesta humanista
ante la técnica para obtener una muerte natural ante el sufrimiento que supone el prolongar la vida
artificialmente.

En cuanto a la libre disposición física del cuerpo, hemos de decir que en las sociedades antiguas se
consideraba algo inadmisible, debido al privilegio por la integridad física, por razones psicológicas o
comerciales. Sin embargo, poco a poco el derecho a disponer de la propia identidad civil y sexual se ha
convertido en algo tolerable desde el humanismo para aceptar incondicional pero variablemente a todos y
cada uno de los individuos tal y como son. Un ejemplo práctico lo encontramos en las maternidades de
sustitución lucrativas donde no existe para nada permisividad y la tolerancia se resiente en nombre del respeto
de las personas ante el hecho reprobable de llegar a vender el propio útero; en este sentido, la culpable no es la
mujer, sino la legislación, las circunstancias que hacen que actúe de esa manera. Así pues, el derecho a
comerciar con el propio cuerpo es algo que escapa de los límites de la tolerancia, relativizándola, exaltándola
hacia el "todo vale"; pero, por otro lado, nos mostramos disconformes ante esto. El resultado es la necesidad
de derechos subjetivos para disponer de uno mismo conjugada con una mayor legitimidad de la idea de
protección de la persona por la ley.

Por otro lado, en los primeros tiempos democráticos se exaltaron los valores de limpieza e higiene física como
imperativos éticos a favor del respeto y dignidad hacia uno mismo, siendo simultáneamente magnificados los
valores de sobriedad y templanza a través de la disciplina contra los vicios. El neoindividualismo nos ha
llevado a un culto al cuerpo que ya no cree en obligaciones incondicionales, sino que se deja llevar por la
retórica de la belleza por la belleza; descubrimos así que la higiene, conforme se va librando de ser algo

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obligatorio, se convierte en una preocupación preponderante de los individuos, cuanta más belleza se tiene
más se quiere generar. La dignidad cae en picado en favor del culto al cuerpo, las pasiones narcisistas
materiales ganan la batalla al idealismo de la norma colectiva. La prohibición del tabaco es uno de los
ejemplos del espíritu higienista en nuestra sociedad que pretende no ya la radicalización de un hecho en
nombre de la sociedad o colectividad, sino que es producto de campañas publicitarias y estrategias de
información que pretenden, con medidas más intervencionistas y penetrantes a largo plazo, convencer sin
obligar; este hecho nos hace pensar en un totalitarismo de la persuasión, si bien desde el momento en que las
soluciones son consensuales y funcionales, este totalitarismo se volatiliza, para dar lugar a una gestión óptima
real cuya principal finalidad gira en torno a los intereses de los individuos, resguardando la libertad de los
unos sin coartar a los otros.

Con respecto a la toxicomanía existen ambigüedades. Por un lado, se apuesta por la reinserción social y por
otro se tiende a ver la droga como un problema de manera intransigente y moralista, todo esto hace que se
tenga una nueva visión sobre el tema: ya no están legitimadas las prohibiciones por consumo, sino que éste se
intenta legalizar con el objetivo de acabar con la clandestinidad de los narcóticos y desde aquí fomentar más
fácilmente la rehabilitación de toxicómanos con dosis racionadas.

Aun así, la actitud ante el problema de la droga es hostil y da prioridad a la prohición y represión, producto
del miedo, frente a lo que en otros aspectos podríamos considerar gestión eficaz.

Más incluso que las prácticas higiénicas físicas, el deporte se implantó en la primera ola democrática como
algo que perfecciona todo lo corporal, los sentimientos generosos, la independencia de carácter, el afán de
libertad que hace posible

la superación de uno mismo y, por tanto, la construcción de un mundo moralmente mejor. La llegada de las
nuevas democracias integra el deporte dentro de un exacerbado culto al cuerpo como forma principal de
fruición o placer, asociado al ocio, la salud o el desafío,... Es decir, narcisismo utilitarista que a veces se
practica a través de deportes realmente arriesgados que potencian el equilibrio íntimo individual que hace
posible un constructivismo hedonista basado en el egobuilding. Sin embargo, en la actualidad, este concepto
ha dado privilegio a un deporte−moda edulcorado por lo efímero del marketing, que se ha desmoralizado,
cuyo principal objetivo es el espectáculo puro; de aquí nace la competitividad y la necesidad de ser justo pero
también y sobre todo porque se nos ofrece como algo fuera de lo común en nuestras vidas: el logro físico de
algo que sabemos que cuesta mucho esfuerzo y cuanto mayor sea este logro, mejor. Lo que realmente cautiva
de todo esto es el acto de superación de uno mismo que ello supone (la lógica imperante es que, a más
esfuerzos, más logros). Sin embargo, toda esta cultura ha traído un problema que impide que la moral siga los
pasos adecuados: la necesidad del antidoping, cuya finalidad se rige más por la permanencia de la vida y del
deporte, antes que por la moralidad, aunque para que ésta se dé necesitemos ineludiblemente de esta moral.
Así, el atleta es castigado por tomar sustancias peligrosas y no por haber competido en superioridad de
condiciones con respecto a sí mismo y a sus compañeros. Conforme se va desarrollando este sistema de
antidoping, queremos darnos cuenta de que lo realmente ilegítimo es la trampa y no las consecuencias de un
acto realizado bajo la libre elección de una persona, pero, a la vez, nos vuelve a venir a la cabeza la imagen
del atleta víctima del sistema en el que está metido. El resultado es la transgresión sin cesar de los límites
establecidos que autolimita la autonomía de los sujetos.

Dentro de los deberes hacia uno mismo, el más importante es el del trabajo; en los primeros tiempos
democráticos se impone el trabajo como un fin en sí mismo, como lo que verdaderamente da sentido a la
dignidad y libertad humanas. Hoy esto ha dejado de ser así, el trabajo ha dejado de ser considerado como un
deber hacia uno mismo, si bien no han perdido su valor social e individual. Se edulcora el papel de los
perezosos, en vez de llamarles la atención por no trabajar, se les ignora; actualmente todo se mira a nivel de
producción efectiva y optimización de los recursos, el trabajo se hace para el hombre y no el hombre para el
trabajo, de tal manera que éste sirva para vehicular iniciativas, riesgo e implicación de uno mismo, es así
como se pasa del trabajador disciplinado al hombre flexible. Así, cuanto

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menos se celebra la obligación interna de perfeccionarse, más se

consagra la liturgia de la excelencia. En general, el romper con toda una serie de tradicionalismos religiosos
y/o morales ha supuesto un cargo adicional para la voluntad, no sólo como movilizador de actitudes
individuales concretas, sino como lo que ha hecho que progresemos desde la Antigüedad hasta nuestros días;
la voluntad ha pasado de ser algo inmutable a ser algo cambiante que en cualquier caso moviliza todos los
fines sociales e individuales, aunque no los determina , o al menos no debe hacerlo.

LA METAMORFOSIS DE LA VIRTUD.

Las sociedades posmodernas han renunciado ampliamente a profesar los imperativos categóricos de honrar los
deberes de la moral interindividual, pero a la vez se han hecho conscientes de que la moral es algo
consustancial al hombre, pero una moral que se regula de manera nueva, que ya no se basa en la obligación y
sanción, sino en la libre voluntad individual. Sin embargo, mirémoslo como lo miremos esta nueva ética
recién nacida da menos signos de vida real de lo que parece, en favor del hundimiento de la moral, o de lo que
hasta ahora entendíamos como tal. Se dice que hasta ahora las crisis de valores se afrontaban desde un rearme
moral y que éste ha tocado fondo para favorecer al altruismo, que deslegitima fuertemente todo lo anterior,
pero que se deja ver poco en acción. Así, el problema posmoralista no está en que el individuo sea egoísta,
pues en otros tiempos también lo era, sino en que tome plena conciencia de ello desde su propio derecho a
serlo; de esta forma y generalizando esta circunstancia a un modo de vida irreversiblemente acomodado, la
voluntad, al ser un principio y no un derecho, se convierte en algo difícil y si aparece es, de nuevo, en nombre
de la moral, aunque ésta se vea tamizada por la necesidad de encontrarse a sí mismo.

Los medios de comunicación utilizan el nombre de la moral creando un espectáculo grotesco de los
sentimientos, encaminado hacia una siempre potencial generosidad y caridad espiritual. La década de los 80
fue fundamental para que triunfara la asociación caridad− espectáculo (Bob Geldof, "We are the world"), de
tal modo que las causas nobles se nos muestran conjuntamente a la necesidad de entretenimiento y fiesta; el
mandar a hacer algo está totalmente deslegitimado, somos persuadidos, engañados hacia acciones
humanitarias que, en cualquier caso, no tenemos por qué hacer. De este modo, la caridad es un sentimiento y
como tal queda entregado al fin último de la industria mediática: la productividad a través del consumo de
beneficencia en masa, tan aparentemente efímera como vacía. Todo esto ha venido a derivar en los llamados
reality−shows, consecuencia de la crisis del espectáculo tradicional, con crecientes aspiraciones consumistas

y, por consiguiente, pérdida de virtudes morales; en este sentido, hasta la moral tiene su lugar en el escenario,
una moral que sirve para que sigamos consumiendo sentimentalismos vacíos,

que cobran vida y tienen sentido en tanto que tales. Pero es claro que de la inexistencia de deberes morales no
sólo tiene la culpa el entorno informativo, ya que la función de los "media" no es la de crear una conciencia
moral (aunque en el fondo la cree desde el momento en que convierte los sentimientos humanos en
espectáculo), sino que su función es la de gestionar opinión pública. Sin embargo, tampoco podemos hablar
de una moral calculadora que busque sus únicos fines en el interés personal, sino de una moral del
sentimiento, que pretende huir del autoritarismo y ser libre sea como sea aunque no sea autónoma. Esta moral
del sentimiento es producto del desarrollo del bienestar individualista, de una sociedad que huye del deber
hacia una felicidad que le es intolerable ante lo que

ve a su alrededor.

Todo esto no significa ni mucho menos la negación a actos de ayuda y solidaridad que cada vez más, nuestra
cultura tiende a favorecer; en este sentido, aumentan los voluntarios alistados a asociaciones de ayuda social.
Así, anteriormente esta ayuda social era una labor concebida sólo para profesionales capacitados, pero el
resurgimiento moral individualista de actuar socialmente a través del yo ha podido con todo eso, al
demostrarse la compatibilidad de estas acciones con las aspiraciones y gustos posmoralistas contemporáneos.

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Pero, en realidad, es el placer de encontrar al otro, el deseo de valorización social o la necesidad de ocupar
tiempo libre lo que mueve al voluntariado a la necesidad de ser solidarios; así, sólo a través de nuestra
autorrealización personal y contradictoriamente voluntaria podremos llegar a ser solidarios . Para lograr este
primer contacto con uno mismo, proliferan grupos de ayuda mutua en los que la ayuda a los demás revierte en
ayuda a uno mismo; la solidaridad como compasión o deseo de ayudar a los demás ha desaparecido; lo que en
realidad se pretende es la búsqueda de uno mismo.

Puede existir, por otra parte, la tentación de creer que nuestra cultura ha perdido todos los valores y que nos
encontramos en el nihilismo moderno, pero esto no es lo que la realidad social muestra, ya que el desorden
moral está perfectamente limitado y es producto de la historia de los pueblos, cuya lógica no está siendo
transgredida, sino en cualquier caso cuestionada desde valores humanistas. Lo que realmente ocurre, y por eso
pensamos así, es que algunas reglas

han perdido el poder de controlar los comportamientos; así, la conciencia moral individual no desaparece, y se
nos queda como el arma de combate contra esa maraña, que tiende a verse como aparentemente decadentista.

Por otro lado, la tolerancia sustituye en nuestras sociedades al sacrificio como modo de consenso entre los
individuos; pero esta tolerancia no nace de un deseo de respeto a las diferencias, sino que descalifica el trabajo
en grupo, a favor de un individualismo feroz necesario para que se pueda dar la realización personal, libre y
privada. Pero ser tolerante no significa que todo vale, sino que huimos de la verdad inmutable e
"interpretamos" desde un desorden que pretende encontrarse algún día a sí mismo. En realidad, los valores no
sufren una desnivelación, sino que es la redistribución social que nos dice lo que está permitido y lo que no, lo
que determina, en contra de los valores e ideales humanistas, nuestra opinión o actuación

hacia la siempre legítima lucha por nuestros derechos. Por ejemplo, si el racismo y la xenofobia cobran
sentido no es porque rebrote la idea de nacionalismo, sino porque la introducción de nuevas oleadas de
inmigración restringe nuestros derechos individuales; aquí es donde acaba la tolerancia legítima y empieza la
renuncia voluntaria a la libertad de conciencia, donde la búsqueda de autonomía y prudencia se confunde con
la radicalización de los extremismos.

EL ORDEN MORAL O ¿CÓMO DESEMBARAZARSE DE ÉL?.

Somos testigos de un amplio giro cultural, de una reafirmación de valores en la que vemos un peligro
inminente: el regreso al orden moral y de la adaptabilidad de los valores de trabajo, familia y patria ante la
irresponsabilidad que supone asumir la llegada de la democracia; se tiende hacia una sociedad en que sólo la
disciplina y el sacrificio tengan sentido como armas de trabajo. Pero, afortunadamente, aunque ciertos signos
nos lo auguren hoy el espíritu del deber por el deber carece de toda legitimación y el individualismo indoloro
nos pone difícil una vuelta a los mismos presupuestos.

Aun así, empecemos con la idea de familia: en este sentido, hemos de decir que frente a los primeros tiempos
democráticos, en que existía una rebelión ante esta "estructura de represión colectiva", en la actualidad es una
de las pocas cosas por las que se está dispuesto a dar la propia vida (a nivel práctico, lo vemos en jóvenes que
no abandonan sus hogares aún con edades avanzadas), pero no tanto en un sentido tradicional de deber hacia
ella, sino como un instrumento que aporta la íntima realización y hace posible el desarrollo de los derechos
del individuo libre. Algunas consecuencias son el drama del divorcio, la deshumanización de las nuevas
técnicas de procreación, la desaparición del padre y la crisis de las señas de identidad del niño. Lo difícil es
lograr que el caos ordenado haga posible que perviviendo el espíritu de autorrealización narcisista, que en
muchas ocasiones está lejos del puro deseo del yo, sin llegar a estas consecuencias tan dramáticas. Por otro
lado, en cuanto a las pautas educativas que siguen los padres hacia sus hijos, encontramos un distanciamiento
entre los ideales normativos con respecto a la realidad material, que deriva en el "cada uno a lo suyo" o bien
hacia posicionamientos más violentos. Sin embargo, estos resultados, que podrían ser efecto de la
despreocupación paternal, existen en tanto un deber de los mismos padres: así éstos deben hacer de un modo

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responsable que sus hijos sean lo más felices posible; la ingratitud de los hijos escandaliza menos que la
indiferencia de los padres y esto es porque tener un hijo es un derecho que sólo es legítimo cuando éste puede
ser educado en una felicidad, que se establece como algo contrario a la autoridad que pretende otorgar esa
generosidad inseparable de la

existencia sin la que sobreviene el vacío y todo ello para que los padres se sientan útiles, amen y sean amados.
Pero el moralismo de los deberes vuelve cuando se introduce el tema del aborto, donde el derecho adquiere un
tono moral, privilegiándose el derecho a la vida al derecho a elegir, aunque teniendo presente la marcha
progresiva de los valores liberales pueda ser cuestionado de una manera absoluta.

En la era industrial, lo primero era el trabajo, concebido como el mecanismo científico que era capaz de
producir progreso, eliminando en cualquier caso la idea de humanidad, exaltando todo lo material y mecánico.
Todo esto ha evolucionado hacia una actualidad en que el trabajo funciona en tanto que gestión comercial y
empresarial eficaces no desde el idealismo moralista que nos lleva a un futuro mejor, sino desde el culto
individualista del presente para lograr la propia felicidad

efectiva en el trabajo de acuerdo a los ideales de las empresas, que cada vez más, contradictoriamente, giran
en torno a valores comunes de improvisación y eficacia creativa rápida en detrimento del cientifismo
racionalista burócrata impuesto anteriormente. Trabajar se ha convertido en una competición de supervivencia
individual, ha dejado de ser un fin en sí mismo y se ha convertido en un medio desmoralizado respecto de la
sociedad y la economía, para satisfacer los fines personales de ganar dinero y ser debidamente reconocido, y
así adquirir autonomía. Así, la alergia al trabajo tampoco tiene sentido como reacción a su culto incondicional,
sino que éste sigue siendo un importante motor que da sentido a nuestras vidas y que ineludiblemente se
complementa con el descanso o logro íntimo para con uno mismo. El resultado hace que el ideal de trabajo y
ocio se nos escape de las manos hacia una desmotivación, que sólo se puede arreglar perfeccionando la
máquina productiva. En este sentido, conviven el individualismo del culto al trabajo que motiva al individuo y
lo hace responsable y organizador con el del culto al presente que lo desmotiva hacia posicionamientos
autosuficientes, sin regla, irresponsables. De esta manera, emerge un individualismo responsable que busca
sus nuevas bases en la realización del yo, tendiendo a destruir la anarquía irresponsable. Pero, a la vez, toda
actividad económica dinámica se ve anquilosada por unas leyes generales de mercado que contagian al
trabajo, encaminándolo no sólo hacia una eficacia productiva, sino hacia una rentabilidad inmediata y máxima
sin reglas ni escrúpulos morales.

Esto nos lleva a la idea de nacionalismo, cuya emergencia parece ser debida más a aspectos económicos o
socio−económicos, que a la exaltación de principios raciales en nombre del yo; la mitología nacionalista está
agotada en sí misma, a pesar de que la identidad o sentimiento nacional vuelve a estar en boga, pero
eliminando cualquier idea de sacrificio por ésta, que es sustituida por la integración del individuo en la
comunidad, dándose una mezcla entre las reivindicaciones particularistas y la unificación política, que,
además, se ve interferido por un escepticismo, producto de la mezcla de distintas culturas y, sobre todo, del
enfrentamiento entre el materialismo desmorali−

zado pero efectivo actual y el idealismo moralista propio de los primeros tiempos democráticos. Este
escepticismo refleja la situación de un posmoralismo diseminado culturalmente, sin más obligaciones que el
"vivir mejor" y una unificación que es producto de nuestro rechazo ante que esto sea así; de este modo, no se
lucha por defender el derecho a las diferencias nacionales, culturales o simbólicas, sino que la heterogeneidad
nos da miedo y utilizamos la comunidad no como un fin hacia el que se desarrollan unas obligaciones
patrióticas sagradas, sino como un mecanismo de compensación a través del cual sabemos si hemos obrado
responsablemente, o no. Todo ello es producto de una ciudadanía fatigada que ve en la república un
mecanismo de prohibición de actos considerados reprobables, antes que una entrega a fines superiores que
unan a los individuos, que nace de la necesidad del derecho y no de la moral como motor reorganizador de
todo.

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LA RENOVACIÓN ÉTICA.

La sociedad posmoralista ha renunciado a buscar la renuncia a sí misma, a inscribir los deberes supremos del
hombre y del ciudadano. A pesar de ello, la referencia a la ética no desaparece, sino que toma fuerza a través
de los códigos deontológicos profesionales que pretenden no ya establecer unos imperativos categóricos
basados en la idea de sacrificio, sino que funcionan articulados según los derechos y autonomía legítima del
individuo y, a la vez, según las presiones de la vida social, económica y científica; estos códigos hacen posible
un renacimiento ético que busca un paso suplementario en el que se integre la conciencia moral de todos y
cada uno de los individuos, que vuelve a ser idealista, diciendo todas aquellas verdades que de sobra son
conocidas, pero que parecen olvidadas. La misión de la nueva ética es ésta y no la eticidad que toma forma en
actitudes diabólicas. Lo que necesitamos no es exhortación de la virtud pura, sino inteligencia responsable y
humanismo aplicado a las acciones de mercado; ya no son las actitudes generosas y altruistas las que
conducen el camino de la moral, sino la inteligencia de las acciones concretas, que es lo único que hace
progresar a las sociedades hacia una ética inteligente de la prudencia orientada hacia la búsqueda del justo
medio, de una justa medida en relación con las circunstancias históricas, técnicas y sociales.

Uno de los campos en que actualmente se ha desarrollado una mayor conciencia moral es la ecología y
salvación de la naturaleza como responsabilidad del individuo al planeta o entorno natural en que vive, tras
perder la responsabilidad sobre sí mismo, sacralizando las obligaciones hacia lo no humano. Otra
característica en este sentido es que no se trata de despertar un conciencia generalizada desde un utilitarismo,
sino que se trata de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos a través del consumo ecológico que, a su vez,
depende de la caridad mediática que desde el minimalismo ético se infunde asociando el bienestar al ahorro
energético. De un mismo modo, la autolimitación de las necesidades y las denuncias al consumismo

desaparecen para privilegiar una cultura de ecoconsumo, producto de la trampa de la razón hacia una
exaltación de los intereses individuales y económicos, bajo la que se sigue escondiendo esa misma burocracia
tecnocrática que pretende tocarnos la fibra sensible con su lado humano. La ecología y los valores naturales
concebidos por el público como fines en sí mismos son movilizados e instrumentalizados al servicio de los
intereses de eficacia individual hacia el progreso.

El ámbito de la bioética ilustra tanto o más que la ecología el posmoralismo actual, como tema de moda. Los
avances científicos han cambiado las concepciones tradicionales sobre muchos temas, desestabilizando las
reglas consensuales de la deontología médica. Pero, paralelamente, somos conscientes de que la idea de
humanidad peligra ante la avalancha técnica, recurriéndose, en algunos casos, a una cultura ética dogmática
como forma de catastrofismo ante la situación; en este sentido, el código Nuremberg pretende hacer
compatible la experimentación médica humana con una deontología en continuo desarrollo de la profesión
que ha derivado desde el juramento hipocrático del médico o investigador (que demostraba o no su integridad
para realizar el trabajo) hacia un conjunto detallado de normas que pretende hacer compatible la práctica del
profesional a la ética del individuo, aunando derechos del hombre y bienestar social. Aun así, sea cual sea el
interés científico del proyecto, los riesgos a asumir no deberán superar en gravedad los riesgos de la evolución
natural de la enfermedad; de este modo, nos encontramos con una responsabilidad abierta y aproximativa que
nos marca con rigor. Por otro lado, existen comités independientes encargados de evaluar éticamente los
proyectos de investigación, formados por diferentes miembros capaces de valorar los hechos sin tener la
necesidad de ser científicos, estableciendo así un diálogo democrático transdisciplinario que haga del asunto
algo más tangible, de aquí nacen los nuevos profesionales de la ética, cuya función es la de emitir opiniones
definitivas sobre temas de los que previamente han recibido información, evitando intervenir a la opinión
pública. De esta forma, la renovación ética no es el resurgimiento del deber puro, sino fe e ilusión cientifista
para lograr un equilibrio orgánico racional que al ser el ejemplo de la imparcialidad y neutralidad deja de ser
individualista.

Al igual que el progreso técnico−científico, la renovación ética es algo que pertenece a la actualidad. En el
caso del periodismo, la opinión pública denuncia más que nunca la función degradante y manipuladora de los

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medios de comunicación social. Pero la novedad es que es desde estos mismos medios desde donde se
denuncia la falta de una deontología profesional, elemento que sustituye a una perspectiva revolucionaria más
creativa que apueste por la honestidad y el respeto al público que es demandada desde delante de los
micrófonos y las cámaras. Pero lo que convierte a los medios de comunicación en focalizadores del cambio
ético no es su actitud con respecto a la realidad que transmiten, sino su importancia como tales medios en una
sociedad que no les impone sus límites de poder; así, lo que ocurre es un

escepticismo que nos hace prever que cuanta más fe en la información honesta tengamos, más difícil será ésta
de conseguir. Lo más importante de esta era hipermediática es la necesidad de ver todo lo que se hace a un
ritmo tremendamente acelerado que asusta hasta a los mismos profesionales. Pero la renovación ética también
en este campo huye de imperativos categóricos, sino que pretende la afirmación de los derechos y libertades
individuales y públicas. Esto hace que el panorama quede bipolarizado en dos corrientes: aquella que apueste
por una información de calidad, o bien, aquella que exhiba sin complejos el espectáculo emocional. En este
sentido, el peligro resulta más intangible en el mundo de lo audiovisual, ya que para nada están claros los
límites de la tolerancia ni la separación entre información y propaganda, sino que todo se llega a confundir en
nombre del siempre legítimo derecho a saber y del cumplimiento del deber de informar. La preocupación
deontológica influye esta vez sobre la naturaleza del deber y no sobre el deber mismo, es decir, se cuestiona
en tanto que existan o no noticias debidamente documentadas, en tanto que exista profesionalidad inteligente
o sólo espectáculo denigrante.

LAS BODAS DE LA ÉTICA Y EL BUSINESS.

La fiebre ética parece no tener límites, hasta el punto en que el mismo mundo de los negocios sucumbe a los
encantos inesperados de los valores, en nombre de la "responsabilidad social de la empresa"; mientras que las
empresas florecen se fomenta la denuncia al dinero loco y se hace marketing contra el marketing, las ciencias
sociales y económicas se preocupan de cuestiones morales en un ámbito que sin embargo se basa en el espíritu
objetivo, todo ello para que la empresa deje de ser disciplinaria y mecanicista y tenga un sentido o valor
espiritual propio, que se adjudique una vocación digna y pretenda un objetivo noble por encima de la propia
obtención de beneficios; pero esta moda ética en los negocios no es idealista, sino que empieza a mostrarse a
través de la creencia utilitarista de ser un valor fundamental para el triunfo en los negocios, aunque
formalmente el proyecto de empresa en poco se parece a un código de buena conducta. El resultado viene
marcado por dos directrices: una bonificación moral a nivel de comportamientos individuales y un contrato
social abierto, bajo el que se esconden los requisitos de supervivencia; ambas directrices se basan en la
eficacia de los valores, que hace posible la existencia de un rigor flexible, más cerca de los primeros tiempos
democráticos que de la Antigüedad, pero que a la vez pretende una mayor cohesión de los individuos al grupo.
Se fomenta la responsabilidad gracias a la adecuación de los fines individuales al grupo, dando así armonía a
los intereses individuales y competitivos en favor de la eficacia y el interés material; hasta hace poco tiempo,
la ética cuestionaba este objetivo, pero el posmoralismo supone la reconversión de la ética en un medio de
gestión y sugestión mercantilista con el exterior y no un motivo de autoreflexión sobre los fines y la
moralidad de los medios utilizados en ocasiones para generar los máximos beneficios posibles. Pero la moral
de los negocios no debe su éxito a esto, sino a que da soluciones inteligentes ante

la cultura desestabilizadora existente; en este sentido, el primer paso dado es la de superar la finalidad
estrictamente económica de la empresa con el fin de asegurar una continuidad moralmente orgánica que la
distinga; esto se consigue gracias al derecho. La necesidad, por tanto, está en trascender del derecho a la
moral, convirtiendo a la ética como algo autónomo en algo que se construye desde la propia personalidad
moral de los organismos individuales y empresas. Para rearmar el futuro es necesario huir del derecho como
vía de legitimación de acciones egoístas centradas en la eficacia económica del presente, y tener miras a un
futuro a través de las que se analicen las consecuencias de nuestro actos reprobables del presente. Pasamos a
un cambio radical, una ética que funciona como finalidad de toda la actividad profesional en el futuro. Se
termina así la era del inmoralismo o amoralismo para que aparezca una moral del compromiso, elemento que
logrará el equilibrio entre los diferentes intereses contradictorios intentando imponer un individualismo

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mesurado, ligero, tolerante.

La razón que encontramos a la utilización de una ética como mecanismo de venta y no ya como entrega
generosa de uno mismo se hace factible con el desarrollo del marketing y de empresas comunicantes que ya
no sólo venden productos, sino que también

transmiten relaciones humanas que ensalzan las responsabilidades sociales y morales; la ética se convierte así
en una inversión estratégica y comunicacional al servicio de la efectividad productiva. Por otro lado,
conforme van desapareciendo los monopolios estatales, aparece un nuevo concepto de economía: la empresa
ciudadana, preocupada por el interés general de la sociedad, siendo el objetivo general de carácter benéfico;
sin embargo, la puesta en práctica de este tipo de empresas está muy lejos de alcanzar sus metas; el recurso
comunicacional no se olvida y la lógica de la eficacia se trasplanta tal cual sólo que ampliando el horizonte de
los objetivos; la forma de hacer las cosas no cambia, lo hace el contenido, la comunicación como estrategia
empieza a ser un valor a explotar en sí misma en nombre de la cultura a través de los derechos subjetivos. Esto
ha hecho que las empresas privadas hayan perdido gran parte de su legitimidad, aunque en ellas la
comunicación no es más que un elemento en la guerra de la competitividad, si bien cuanto más arrasa la
competencia de las marcas, más se impone la gestión ética de la imagen.

Pero esta ética no sólo se da en las empresas de puertas para fuera, sino que se da necesariamente bajo la
misma forma, en la gestión del trabajo, requiriéndose así la primacía del hombre, la eliminación de prácticas
humillantes y formas desrresponsabilizadoras de trabajo, suprimiendo la rigidez tecnocrática que mutila el
potencial de los hombres, sustituyendo la obediencia por la responsabilidad,...Se requiere, por tanto, una
gestión participativa e interactiva, a la vez que coherente y eficaz que da sentido a la realización de los planes
propuestos. Esta gestión se esconde en una ambigüedad por la cual nunca se conocen los fines últimos. Por
otra parte, la preeminencia de la responsabilidad es consecuencia directa de la

hipercompetencia materialista y no de un logro autodisciplinario que refleje autonomía individual.

Los primeros tiempos posmoralistas asociaban la verdadera vida a las vacaciones, el tiempo libre,...; poco a
poco esto se ha ido relativizando y el valor del trabajo como forma de libertad e iniciativa han subido puestos,
desbancando las tesis marxistas de la alienación, pero haciendo desear la expansión de uno mismo en los
ideales reales de la empresa, de tal manera que más diálogo significa aceleración de los ritmos de trabajo y
más presión moral sobre cada trabajador. El trabajador tendrá que adaptarse a una mentalidad abierta y
creativa en favor de una autonomía individual que persiga su entrega emocional y la contínua superación de sí
mismos a través de aportaciones extras que les aportan el equilibrio mental y emocional necesario. Las
consecuencias son ansiedad y depresión, ya no hay represión, sino incapacidad para asumir nuestra autonomía
individual; esto hace

que tengamos más margen de libertad, pero que exista más exigencia de movilización. En estos derroteros el
papel de la ética de la responsabilidad tiene realmente poco valor en sí mismo; empezamos a pagar por el uso
y abuso de la moral como instrumento de comunicación persuasiva, pero nuestra realidad, lejos de ser justa,
sigue siendo eficaz e igualitaria; ante esto, surgen movilizaciones en contra del desprecio y la humillación.
Sea como fuere, la moral de los negocios se ha articulado en la actitud de los trabajadores, antes que en
normas deontológicas concretas, ha preferido el humanismo comunicacional a la respuesta inmediata de los
problemas, aunque eso quizás también tenga su precio.

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