Claude Lévi-Strauss LAS LECCIONES DE LA LINGÜÍSTICA

Traducción de José de la Colina Una obra firmada por Roman Jakobson no necesita prefacio; y yo no habría asumido el aplastante honor de escribir uno si Jakobson mismo no hubiera deseado que diera aquí mi testimonio de oyente, y además, me permitiré añadir, de discípulo. En efecto, estas lecciones viejas de un cuarto de siglo -que su autor se decide por fin a publicar tras haber formado tantas veces el proyecto, siempre demorado por tareas más urgentes- son las primeras que le oí profesar en la Escuela Libre de Altos Estudios de Nueva York, durante ese año 1942-1943 en que comenzamos recíprocamente a frecuentar nuestros cursos. Leyéndolas hoy, mi mente rencuentra la excitación sentida hace treinta y cuatro años. En aquella época yo no sabía casi nada de lingüística y el nombre de Jakobson me era desconocido. Alexandre Koyré fue quien me enteró de su función y nos presentó. Aún bajo la impresión de las dificultades que, a causa de mi inexperiencia, había encontrado tres o cuatro años antes para anotar correctamente lenguas del Brasil central, me prometí adquirir con Jakobson los rudimentos que necesitaba. En realidad, su enseñanza me aportó algo muy distinto y, hay que decirlo, mucho más: la revelación de la lingüística estructural, gracias a la cual podría yo cristalizar en un cuerpo de ideas coherentes las divagaciones inspiradas por la contemplación de flores silvestres en alguna parte cerca de la frontera luxemburguesa al comienzo de mayo de 1940, y los sentimientos ambiguos, mezcla de entusiasmo y de exasperación, que un poco más tarde, en Montpellier donde por última vez en mi vida ejercía un breve momento el oficio de profesor de filosofía-, me había despertado la lectura de las Catégories matrimoniales et rélations de proximité dans la Chine ancienne de Marce1 Granet, en razón, por una parte, de la tentativa allí manifestada de constituir en sistema hechos aparentemente arbitrarios y, por otra, a causa de los resultados de una complicación improbable a los cuales conducía aquella tentativa. Lo que, por el contrario, debía enseñarme la lingüística estructural, es que en lugar de dejarse extraviar por la multiplicidad de los términos, hay que considerar las relaciones más simples y más inteligibles que los unen. Al oír a Jakobson yo descubría que la etnología del siglo XIX e incluso de los comienzos del XX se había limitado, como la lingüística de los neogramáticos, a sustituir con “problemas de orden estrictamente cau*El presente texto es el prefacio de: Roman Jakobson. .Six Lecons sur le son et le sens, Editions de Minuit. 1976.

sal, problemas de medios y fines” (p. 49). Sin describir nunca, verdaderamente, un fenómeno, se limitaban a remitir a sus orígenes (p. 25). Así, las dos disciplinas resultaban confrontadas con “una multitud aplastante de variaciones”, cuando la explicación debe siempre proponerse “mostrar las invariantes a través de la variedad” (p. 29). Mutatis mutandis, lo que Jakobson decía de la fonética se aplicaba también a la etnología: “Es verdad que la materia fónica del lenguaje ha sido estudiada a fondo, y que esos estudios, sobre todo en el transcurso de los últimos cincuenta años, han dado resultados brillantes y cuantiosos; pero la mayoría de las veces se han estudiado los fenómenos respectivos tras hacer abstracción de su función. En estas condiciónes, ha resultado imposible clasificar esos fenómenos y aun comprenderlos” (p. 40). En lo que concierne a los sistemas de parentesco, que desde 1942-1943 eran el objeto de mi curso, hombres como Van Wouden (cuya obra aún no conocía) y Granet habían tenido el mérito de superar ese estadio, pero sin librarse de la consideración de los términos para elevarse a la de las relaciones. No pudiendo captar desde este plano la razón de los fenómenos, se habían condenado ellos mismos a la tarea sin salida de buscar cosas detrás de las cosas, con la vana esperanza de alcanzar algunas más manejables que los datos empíriCOS con los que chocaban sus análisis. Pero, imaginarios

o reales, se puede decir de cualesquiera términos lo que Jakobson escribe aquí sobre la individualidad fónica de los fonemas: “Lo que importa (...) no es de ningún modo la individualidad (...) de cada uno de ellos vista por sí misma y existente por sí misma. Lo que importa
es su oposición recíproca en el seno de un sistema (...)

(P. 85). Estos puntos de vista innovadores a los cuales me llevaba mi propia reflexión, sin que yo tuviera todavía la audacia ni el instrumental necesarios para darles forma, eran más persuasivos porque Jakobson los exponía con ese arte incomparable que lo convierte en el más deslumbrante profesor y conferencista que me haya sido posible oír nunca; el texto que se leerá aquí les devuelve cabalmente su elegancia y su fuerza demostrativa. Pues no es el menor valor de estas páginas el mostrar, para todos aquellos que no tuvieron la fortuna de oír a Jakobson, lo que fueron, y lo que en sus ochenta años continúan siendo, sus conferencias y sus cursos. Servidos por un talento oratorio igual a sí mismo en cualquier lengua en que Jakobson escoja expresarse (aun si se le supone sin común medida con el que

despliega en su lengua materna), estos cursos desarrollan una argumentación tan límpida como rigurosa. Nunca Jakobson prolonga desarrollos abstractos y a veces difíciles sin ilustrarlos con ejemplos tomados de las más diversas lenguas y, con frecuencia además, de la poesía y de las artes plásticas contemporáneas. Su sistemático recurrir a los grandes pensadores -estoicos, escolásticos, retóricos del Renacimiento, gramáticos de la India, y otros- traduce un afán constante de poner en perspectiva las ideas nuevas y de grabar en la mente de sus oyentes el sentimiento de una continuidad de la historia y del pensamiento. En Jakobson el orden de la exposición sigue paso a paso el descubrimiento. Su enseñanza gana con ello una fuera dramática que suspende el aliento del oyente. Fértil en golpes de teatro, los rodeos alternan en ella con resúmenes fulgurantes que precipitan la marcha hacia un desenlace que a veces nada permitía prever, y que siempre conquista la convicción. Al lado de sus obras directamente destinadas a la impresión, estas seis lecciones quedarán como una muestra de su estilo hablado, al cual la redacción no h a hecho perder nada de su sabor. La primera lección expone el estado de la lingüística al fina1 del siglo XIX. Critica los puntos de vista de los neogramáticos para quienes el sonido y el sentido pertenecían a órdenes enteramente separados. Da su lugar a los resultados de las investigaciones fonéticas. pero, mediante una distinción entre fonética motriz y fonética acústica, demuestra que es imposible disociar al sonido del sentido, a los medios lingüísticos de sus fines. Si el sonido y el sentido son indisociables, ¿Cuál es entonces el mecanismo de su unión? En la segunda lección, Jakobson prueba que la noción de fonema permite resolver este aparente misterio; define esta noción, vuelve a trazar su génesis y discute las interpretaciones que inicialmente se proponían. Siguiendo en l a misma línea, la tercera lección aborda el problema de la fonología, fundada en el primado de la relación y del sistema. Rechaza interrogarse sobre la naturaleza del fonema, una pregunta sin utilidad ni perspectiva, y, mediante una análisis real, establece la originalidad de esta entidad lingüística comparándola al morfema, a la palabra, a la frase. Sola unidad lingüística sin contenido conceptual, el fonema, desprovisto de significación propia, es un útil que sirve para distinguir las significaciones. Inmediatamente se platean dos problemas, que s o n el objeto de la cuarta lección. En primer lugar, la definición del fonema como valor distintivo implica que los fonemas desempeñan su papel en razón, no de su individualidad fónica, sino de su oposición recíproca en el seno de un sistema; sin embargo, entre estos dos fonemas que se oponen no se distingue conexión lógica: la presencia de uno no evoca necesariamente al otro. E n segundo lugar, si las relaciones de oposición entre los fonemas constituyen los valores primarios que permiten diferenciar los sentidos, ¿cómo se comprende que esas relaciones sean m u c h o más numerosas que los fonemas que de ellas derivan? Jakobson muestra que estas dos paradojas provienen de una concepción errónea, según la cual los fonemas serían unidades indescomponibles. Por lo contrario, cuando se les analiza en

elementos diferenciales, se llega a nuevos tipos de relaciones que, por una parte, ofrecen el carácter de oposiciones lógicas, y, por otra, en todas las lenguas son menos numerosas que los fonemas engendrados p o r este juego de oposiciones. La quinta lección ilustra estos puntos de vista teóricos describiendo y analizando el consonantismo francés. En esta ocasión se profundiza la noción de variante combinatoria y se resuelve de manera positiva el problema de la presencia del fonema sobre los ejes de las sucesividades y simultaneidades. Esta demostración resulta en parte de un tratamiento original de la noción de mora que, recuerdo, habría de encantar a Boas poco antes de su desaparición, durante una cena en su casa a la cual fuimos invitados Jakobson y yo. La sexta lección retoma y recapitula la argumentación de todo el curso. Pero las conclusiones de Jakobson nunca son repetitivas. Conducen al oyente más allá del punto en que éste creía tener licencia para detenerse. Así, en este caso particular Jakobson lo lleva a sobrepasar el principio saussuriano de lo arbitrario del signo lingüístico. Este signo parece sin duda arbitrario cuando nos situamos en el punto de vista de la semejanza, es decir cuando se comparan los significantes de un mismo significado en varias lenguas; pero, como lo ha mostrado Benveniste, por cada lengua considerada aparte, deja de serlo respecto a la contigüidad percibida como relación necesaria entre significante y significado. En el primer caso, la relación es interna; es externa en el segundo. Por ello el hablante busca compensar la ausencia de uno recurriendo al otro, confiriendo un simbolismo fonético al lenguaje. Sobre un terreno del que Jakobson expone las bases orgánicas, se cumple de nuevo la unión del sonido y el sentido, desconocida por los fonetistas tradicionales no tanto por haber reducido la actividad lingüística a su substrato fisiológico punto de vista criticado en la primera lección-, sino, y esto se comprende, por haberse limitado a tratar demasiado superficiamente este aspecto.

Hoy mejor que nunca, con el paso de los años, recolos temas de estas lecciones que me han marcado con más fuerza. Por heteróclitas que puedan ser nociones como las de fonema y prohibición del incesto, la concepción que yo tendría de la segunda se inspira en el papel asignado por los lingüistas a la primera. Como el fonema, medio sin significación propia para formar significaciones, la prohibición del incesto habría de parecerme como la charnela entre dos dominios. A la articulación del sonido y el sentido respondía así, en otro plano, la de la naturaleza y la cultura. E, igualmente que el fonema como forma se da en todas las lenguas a título de medio universa1 mediante el cual se instaura la comunicación lingüística, la prohibición del incesto, universalmente presente si nos atenemos a su expresión negativa, constituye también una forma vacía, pero indispensable para que se haga a la vez posible y necesaria la articulación de los grupos biológicos en una red de intercambio que los pone en comunicación. En fin, la significación de las reglas de alianza, inapresable cuando se las estudia por separado, no
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puede surgir sino oponiéndolas unas a otras, de la misma manera que la realidad del fonema no reside en su individualidad fónica, sino en las relaciones opositivas y negativas que ofrecen los fonemas entre ellos. “El gran mérito de Saussure -dice Jakobson- está en haber exactamente comprendido que un dato extrínseco existe ya inconscientemente” (p. 29). No podría dudarse de que estas lecciones aportan además una contribución capital a las ciencias humanas señalando el papel que le toca, en la producción del lenguaje (pero también de todos los sistemas simbólicos), a la actividad inconsciente del espíritu. En efecto, sólo con la condición de reconocer que el lenguaje, como cualquier otra institución social, presupone funciones mentales que operan en el nivel inconsciente, se está en la capacidad de alcanzar, más allá de la continuidad de los fenómenos, la discontinuidad “de los principios organizadores” (p. 30) que escapan normalmente a la conciencia del sujeto parlante o pensante. El descubrimiento de estos principios, y sobre todo de su discontinuidad, debería abrir el camino al progreso de la lingüística, y tras ella de las demás ciencias del hombre. Este punto tiene su importancia, porque a veces se ha impugnado que, desde su nacimiento, y sobre todo desde Trubetzkoy, la teoría fonológica implicara el paso a la infraestructura inconsciente: Ahora bien, basta comparar la crítica hecha aquí de Scerba por Jakobson para ver que coincide en todos los puntos con la formulada por Trubetzkoy, lo cual nada tiene de asombroso cuando se recuerda la intimidad reinante entre sus dos pensamientos: “Scerba y otros discípulos de, Baudoin de Courtenay -escribe Jakobson- (...) han apelado a la consciencia lingüística del sujeto hablante” (p. 52), por no haber comprendido que “los elementos de la lengua quedan bajo el umbral de nuestro designio pensado. Como dicen los filósofos, la actividad lingüística funciona sin conocerse” (p. 53). Y Trubetzkoy: “El fonema es una noción lingüística y no psicológica. Toda referencia a la ‘conciencia lingüística’ debe ser descartada al definir el fonema” (Principes de phonologie, p. 42 de la traducción francesa). La resolución del fonema en elementos diferenciales, que presintió Trubetzkoy pera que realizó por primera vez Jakobson en 1938, definitivamente habría de permitir “objetivamente y sin ningún equívoco” evitar cualquier recurso a “la conciencia de los sujetos hablantes” (p. 93). El valor distintivo de los elementos constituye el hecho primero, y nuestra actitud más o menos consciente frente a estos elementos nunca representa más que un fenómeno secundario (pp. 52-53). Sólo en un aspecto de estas lecciones Jakobson no mantendría probablemente su posición de hace más de treinta años. En 1942-1943 pensaba que podía decir -en aquella época con razón- que “la lengua es el único sistema compuesto de elementos que son al mismo tiempo significantes y vacíos de significación” (p, 78). Desde entonces ha habido una revolución en bio. logia con el descubrimiento del código genético, revo lución cuyas consecuencias teóricas no podían dejar de repercutir sobre el conjunto de las ciencias humanas Jakobson lo comprendió inmediatamente; fue uno de los primeros en reconocer y en aclarar “el extraordi, nario grado de analogía entre el sistema de información

genética y el de la información verbal” (“La Lingüística”, en Tendances principales de la recherche dans les sciences sociales et humaines, París, Unesco, 1970, p. í26). Tras haber inventariado “todos esos caracteres isomorfos entre el código genético (...) y el modelo arquitectónico que subtiende los códigos verbales de todas las lenguas humanas (id, p. 529), da un paso más y plantea el problema de saber si el isomorfismo de estos los códigos diferentes, el genético y el verbal, se explica por una simple convergencia debida a necesidades similares, o si los fundamentos de lasestructuras lingüísticas manifiestas, plantadas sobre la comunicación molecular, no estarían directamente modeladas sobre los principios estructurales de ésta” (id., p. 530). Inmenso problema que la colaboración entre los biólogos y los lingüistas tal vez permita resolver un día. Pero, ¿no estamos desde ahora en la posibilidad de formular y resolver, en el otro extremo de la escala de operaciones lingüísticas, un problema del mismo tipo aunque de alcance infinitamente más modesto? Se trata, pues, de las relaciones entre el análisis lingüístico y el de los mitos. En la otra vertiente de la lengua -aquel vuelto hacia el mundo y la sociedad, y no hacia el o r g a n i s m o - se plantea la misma interrogante sobre la relación entre la lengua y un sistema (más cerca de ella, es verdad, puesto que obligatoriamente la usa) pero que, de otra manera que la lengua, se compone de elementos combinados entre ellos para formar significaciones, sin que signifiquen nada por ellos mismos cuando se les toma por separado. En la tercera lección, Jakobson afirma contra Saussure que los fonemas se distinguen de las otras entidades lingüísticas -palabras y otras categorías gramaticales- por un conjunto de caracteres que no se encuentra integralmente presente en ninguna. Sin duda las categorías gramaticales comparten con los fonemas los caracteres de entidades opositivas y relativas, pero, a diferencia de ellos, nunca son negativas; dicho de otro modo, su valor no es puramente distintivo: cada categoría gramatical considerada aparte tiene una carga semántica percibida por el sujeto hablante (p. 76). Ahora bien, podemos preguntarnos si todos los caracteres del fonema no vuelven a surgir en lo que hemos llamado los mitemas: elementos de construcción del discurso mítico que, también ellos, son entidades a la vez opositivas, relativas y negativas; para retornar la fórmula que Jakobson aplica a los fonemas, “signos diferenciales, puros y vacíos” (p. 78). Porque debemos siempre distinguir la o las significaciones que una palabra posee en la lengua, y el mitema que en todo o en parte esa palabra puede servir para denotar. En la lengua corriente, el sol es el astro del día; pero tomado en sí mismo y por sí mismo, el mitema “sol” no tiene sentido. Según’ los mitos que elegimos para considerar, puede cubrir los contenidos ideales más diversos. En verdad, nadie, al ver aparecer al sol en un mito, podrá prejuzgar de su individualidad, su naturaleza y sus funciones. Sólo de las relaciones de correlación y de oposición que mantiene, en el seno del mito, con otros mitemas, se puede desprender una significación. Esta no pertenece, propiamente hablando, a ningún mitema; resulta de S U combinación. Conocemos los riesgos que se corren cuando se quiere

esbozar correspondencias de orden formal entre las entidades lingüísticas y las que el análisis de los mitos cree traer a la luz. Estas últimas proceden sin duda de la lengua, pero, en el seno de la lengua constituyen un orden aparte en razón de los principios que las rigen. Si de hipótesis se trata, se engañaría gravemente el que creyera que para nosotros el mitema es del orden de la palabra o de la frase: entidades de las que se puede definir el o los sentidos, aun cuando fuera de manera ideal (porque incluso el sentido de una palabra varia en función del contexto), y colocar ese sentido en un diccionario. Las unidades elementales del discurso mítico consisten, es verdad, en palabras y frases, pero que en este uso particular y sin querer llevar muy lejos la analogía, serían más bien del orden del fonema: unidades desprovistas de significación propia, pero que permiten producir significaciones en un sistema en el que se oponen entre ellas, y por el hecho mismo de esta oposición. En el mejor de los casos, los enunciados míticos no reproducirían, pues, la estructura de la lengua sino al precio de un desplazamiento: sus elementos de base funcionan como los de la lengua, pero su naturaleza es más compleja desde el principio. Debido a esta complejidad, el discurso mítico despega, si se puede decir así, del uso corriente de la lengua, de modo que no se puede poner exactamente en paralelo los resultados últimos sino que aquí y allá, las unidades de rango diferente producen combinándose. A diferencia de un enunciado lingüístico que ordena, interroga o informa, y que todos los miembros de una misma cultura o subcultura pueden comprender por poco que dispongan del contexto, el mito no ofrece nunca a quienes lo escuchan una significación determinada. Un mito propone un tramado, sólo definible por sus reglas de construcción. Para los participantes en la cultura a la que pertenece el mito, este tramado confiere un sentido, no al mismo mito, sino a todo los demás: es decir, a las imágenes del mundo, de la sociedad y de su historia, de las cuales los miembros del grupo tienen más o menos clara conciencia, así como interrogaciones que les lanzan esos diversos objetos. En general, estos datos dispersos fracasaron en reunirse y con mayor frecuencia chocan entre ellos. La matriz de inteligibilidad aportada por el mito permite articularlos en un todo coherente. Dicho sea de paso, se ve que este papel atribuido al mito coincide aquí con el que Baudelaire podía atribuir a la música. ¿No encontramos aquí también -aunque en el otro extremo de la escala- un fenómeno análogo a ese “simbolismo fonético” al que Jakobson da importante lugar en la sexta lección? Aun si procede “de las leyes neuropsicológicas de la sinestesia” (p. 118) y, por lo demás, en virtud de esas mismas leyes, ese simbolismo tampoco es necesariamente parecido para todos. La poesía dispone de numerósos medios para superar la divergencia entre el sonido y el sentido, que Mallarmé deploraba, en las palabras francesas jour y nuit. Pero, si se me permite traer aquí un testimonio personal, confieso que nunca he percibido esta divergencia como tal: y ella sólo me hace concebir esos periódos de dos maneras. Para mí el día es algo que dura, la noche algo que se produce o que sobreviene, como en la locución “la noche cae”. Uno denota un estado, la otra un aconteci-

miento. En lugar de percibir una contradicción entre los significantes respectivos, confiero inconscientemente a los significados naturalezas diferentes. Jour presenta un aspecto durativo, congruente con un vocalismo grave nuit un aspecto perfectivo, congruente con un vocalismo agudo; lo cual, a su manera, hace una mitología. En los dos polos de la lengua encontramos este vacío del que habla Jakobson, y que llama a un contenido para llenarlo. Sin embargo, de un polo a otro, las relaciones respectivamente presente y ausente se invierten. En el nivel más bajo de la lengua, la relación de contigüidad está dada, la de semejanza se halla ausente. En cambio, en este otro nivel que podría llamarse hiperestático (porque en él se manifiestan propiedades de un nuevo orden) donde la mitología pliega la lengua a su uso, es la relación de semejanza la que está presente -a la inversa de sus palabras, los mitos de pueblos diferentes se asemejan-, pero la relación de contigüidad se esquiva, pues, como se ha visto, ningún lazo necesario existe entre el mito, como forma de significa. ción, y los significados concretos a los cuales puede venir a aplicarse. Queda el hecho de que en un caso como en otro el complemento no es ni predeterminado ni impuesto. Más abajo, allí donde la lengua se halla en contacto directo con leyes neuropsicológicas que actualizan las propiedades de mapas cerebrales entre los cuales existen homologías, el simbolismo fonético encuentra cómo expresarse. Más arriba en esa zona en que la lengua trascendida por el mito se engrana en realidades externas, se vería aparecer un simbolismo semántico que toma el lugar de lo otro. Pero, por alejados que estén en los dos extremos de la gama en la cual se escalonan las funciones lingüísticas, estos dos simbolismos, uno fonético, otro semántico, ofrecen una nítida simetría. Responden a exigencias mentales del mismo tipo, ya sea vueltas hacia el cuerpo, ya hacia la sociedad y el mundo. Ante estas extensiones posibles de su pensamiento teórico, que Jakobson tal vez recusaría, se mide, en cualquier caso, la amplitud del dominio que ha abierto a la investigación, y la fecundidad de los principios sobre los cuales, gracias a él, ésta puede guiarse. Aunque viejas, estas lecciones no ilustran un estado de la ciencia en un momento del pasado. Hoy como ayer, hacen revivir una gran aventura del pensamiento.

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