Dean Koontz

SERIE TUCKER 2

RODEADOS

ÍNDICE
Capítulo 1..............................................................................3
Capítulo 2..............................................................................7
Capítulo 3............................................................................15
Capítulo 4............................................................................19
Capítulo 5............................................................................26
Capítulo 6............................................................................30
Capítulo 7............................................................................33
Capítulo 8............................................................................36
Capítulo 9............................................................................39
Capítulo 10..........................................................................44
Capítulo 11..........................................................................47
Capítulo 12..........................................................................51
Capítulo 13..........................................................................56
Capítulo 14..........................................................................60
Capítulo 15..........................................................................63
Capítulo 16..........................................................................68
Capítulo 17..........................................................................72
Capítulo 18..........................................................................80
Capítulo 19..........................................................................83
Capítulo 20..........................................................................90
Capítulo 21..........................................................................94
Capítulo 22..........................................................................97
Capítulo 23........................................................................102
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA................................................104

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DEAN KOONTZ

RODEADOS

Capítulo 1
Un hombre delgado y algo despeinado entró en el vestíbulo del Hotel Americana,
dejando tras de sí la cacofonía originada por el tráfico de la Séptima Avenida. Iba bien vestido
y resultaba elegante, seguro de sí mismo y de su mundo; en su rostro de finos trazos podía
apreciarse un cierto deje aristocrático, aunque en sus ojos se apreciaba la presencia vaga e
inconfundible del miedo.
Una cosa era que el hijo de una respetable familia se labrase una carrera criminal llena
de éxitos, y otra que pudiera llegar a aceptar esta forma de vida tan poco convencional a nivel
visceral. Sabía que era un buen ladrón y que llevaba a cabo planes con gran maestría, pero
siempre esperaba que le apresaran. Todavía no trabajaba en el nuevo asunto, no andaba
metido en nada ilegal, pero estaba preocupado y con los nervios a flor de piel.
Se abrió paso entre el grupo de hombres que asistían a las diversas convenciones en
compañía de sus esposas, y llegó a la elegante escalera de mármol que descendía hasta los
restaurantes del hotel. Al llegar al final de los escalones, echó un vistazo a las hileras de
teléfonos públicos y decidió no utilizarlos. Llegó hasta la entrada del Columbian Coffee Shop,
dobló la esquina y caminó por el largo corredor hasta llegar al segundo grupo de cabinas,
situado en la parte posterior del hotel. Estas eran menos utilizadas que las que había junto a la
escalera principal. Aquí estaba a solas. El pasillo se hallaba en calma, como un oasis de
serenidad en el centro de la ciudad.
Desde aquí no podrían escuchar su conversación. Era esencial estar a solas. No tanto
por su propia tranquilidad sino a fin de evitar el peligro de que cualquier detalle de su
conversación revelase sus actividades criminales.
Depositó una moneda y marcó para realizar una llamada a través de operadora. Tuvo
que esperar a que el teléfono sonase dieciocho veces antes de que ésta se dignara contestar y
pasase su llamada a Harrisburg, Pensilvania, como si le estuviera haciendo un favor.
—Librería Felton —contestaron en Harrisburg.
Era la voz de un anciano: cascada, seca, llena de cansancio.
—¿Clitus?
—¿Sí?
—Soy Mike Tucker —dijo el hombre de ojos oscuros.
Se inclinó más sobre el teléfono, tratando de mantener el máximo de privacidad con la
ayuda de las placas de plexiglás que rodeaban el aparato.
Felton dudó y cuando habló, inconscientemente bajó el tono de voz.
—Mira Mike, ahora estoy ocupado. Tengo la tienda llena de clientes. Eh... ¿Te llamo
dentro de cinco minutos?
—Muy bien —respondió Tucker.
La llamada en sentido contrario formaba parte de la rutina normal que empleaban cada
vez que necesitaban ponerse en contacto.
—Te doy el número desde el que llamo. ¿Tienes algo para escribir?
—Un momento... Sí, aquí hay un lápiz. Adelante, Mike.
Después de que Tucker le diera el número, el viejo lo leyó en voz alta para comprobar
su anotación. Ninguno de los dos mencionó el prefijo, una omisión que hacía que el número
no sirviera para nada si es que había alguien interviniendo la línea.
—No me gustaría tener que esperar mucho —pidió Tucker.

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—¿Clitus? —Hola. había llevado a cabo un par o tres de golpes importantes al año. tras los salones abiertos al público y la entrada del bar.DEAN KOONTZ RODEADOS —Te llamaré dentro de cinco minutos. Cuando actuaba bajo la personalidad de Michael Tucker se sentía fresco y ligero. Rió y su propia risa encontró eco en la de Tucker. La carta había aparecido con el correo de la mañana en el apartado de correos que Tucker poseía en una estafeta de algún lugar de Manhattan: un sobre blanco sin remite. Tucker se rió. Aproximadamente la mitad de ellas contenían propuestas interesantes. Clitus Felton ejercía como enlace entre criminales independientes de la Costa Este. Su identidad como Tucker le liberaba de desagradables asociaciones y de ciertas responsabilidades muy pesadas. proveniente de la cafetería. ¿Has recibido mi carta? —Hace una hora —dijo Tucker. ¿Cómo está Dotty? —Estupendamente —contestó Felton—. pero le ayudaba a -4- ... el carné del museo— le identificaban como Michael Tucker. se llevaba el cinco por ciento del botín si el trabajo se llevaba a cabo tal y como había sido planeado. A cambio. Se había retirado porque Dotty temía que se le acabara la suerte. pues la fortuna de su padre causaba respeto y envidia a la vez. y cuando alguien entraba en contacto con él a fin de encontrar a los socios adecuados para un trabajo. Sin embargo. resulta muy conveniente utilizar un nombre que no guarde relación alguna con el verdadero. Ahora asiste a clases de danza del vientre. pero ¿sabes una cosa? Cuando llega a casa después de las clases y me enseña lo que ha aprendido. Había pasado seis meses en la librería y se había dado cuenta de que se sentiría desgraciado mientras permaneciese apartado del viejo estilo de vida. las tarjetas de crédito. de la antigua excitación. alias y direcciones en su cabeza. Tenía todos los nombres. sesenta y cuatro? —Sesenta y tres —corrigió Felton—. sino que éste le repugnaba. como media. Alguien rió. No sólo odiaba al viejo. se oía el entrechocar de platos y tazas. Al otro extremo. El hombre de ojos oscuros colgó. cuando se transgrede la ley para vivir. y casi llegaba a convencerse de que no había lazos de sangre entre ambos. Antes de abrirlo supo que era de Clitus ya que más o menos cada mes recibía una exactamente igual. Felton consideraba las posibilidades y escribía unas cuantas cartas. que abriría a última hora de la tarde. El pasillo del hotel permanecía en silencio. El ruido del tráfico llenaba la atmósfera. aunque Tucker no era su verdadero apellido. ¿Cómo te van las cosas? Había salido de la librería y realizaba la llamada desde un teléfono público. ofreciendo sus servicios como enlace. Te lo prometo. El teléfono sonó por fin. casi cuarenta años más que Tucker. Además. Mike. Su apellido legal hubiera resultado muy familiar a los lectores del New York Times y de los artículos sobre finanzas. Ya le he dicho que creo que está haciendo una tontería. Pero ahora ya era viejo. pero nadie apareció por la esquina en dirección a donde se hallaba Tucker. me excita tanto que es como si volviera a ser un recién casado en viaje de luna de miel. —Pero seguro que no has llamado para que te explique eso. —¿Qué edad tiene. Por ello había entrado de nuevo en contacto con los viejos conocidos y amigos. tenía sesenta y ocho años. —Bien —respondió Tucker—. las voces se elevaron y en ellas podían apreciarse tonos de buen humor. Se trataba de vivir la excitación desde la barrera. lo cierto es que se sentía más a gusto con el alias. Él también había pertenecido al negocio y. pues la identidad de Tucker no había sido contaminada por su padre. Todos los documentos que llevaba encima —el permiso de conducir.

—Pues está en tu ciudad. Ya sabes que no me gustan ese tipo de faenas. Estaba claro que iban a utilizar uno de los teléfonos. —¿Dónde? —En California. allí es donde se le ocurrió la idea —explicó Felton—. —Sí.. —Ya veremos —respondió Tucker mientras observaba acercarse a la joven pareja. El muchacho llevaba el cabello largo y su aspecto resultaba extraño a pesar de ir embutido en un traje de buen corte. Es algo muy diferente. —¿Es un trabajo suyo? —Sí. —No quiero trabajar con un hombre que no puede separar su vida profesional de su vida privada. Es un buen tipo. Si no es así. —Tarde o temprano les llegará la hora —aseguró Tucker. ¿No crees? —Creo que sí.. —¿No le importa que yo la sepa? ¿Tan poco cuidado tiene? —No se trata de que tenga poco cuidado —aseguró Felton—. Ha vivido un tiempo en California. -5- . Te lo garantizo. Mike. —Siempre es mejor trabajar de ese modo —afirmó el viejo—. Es que. y que no han tenido ningún tropezón. Hay montones de tipos que han estado en el negocio durante muchos años. —En la carta también te decía que se trataba de algo diferente —respondió Felton—. ¿Le conoces? ¿Has trabajado alguna vez con él? —No. —Dale recuerdos a Dotty —dijo Tucker cuando la joven pareja se detuvo en el teléfono de al lado. La chica era morena y bonita. lo estoy —respondió Tucker. La muchacha rebuscaba en el monedero y le daba unas monedas al chico. con unos beneficios superiores a lo usual. ¿Podemos remitirnos a los hechos concretos? —Deberás ponerte en contacto con Frank Meyers —dijo Felton—. —¿Entonces no estás interesado? —preguntó Felton. una pareja joven dobló la esquina y dirigió sus pasos hacia Tucker. —Buena suerte. —¿Cuándo podrás concertar una cita? —Te voy a dar su dirección —respondió Felton. Al otro extremo del pasillo. —Estoy seguro de que te gustará el asunto en cuanto Frank te lo explique —aseguró Felton—. algo seguro. Sacó una libreta y un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta y anotó la dirección de Frank Meyers.. Puedo decirte el nombre de un montón. Tucker frunció el ceño.DEAN KOONTZ RODEADOS continuar vivo. —No puedo entretenerme mucho más —anunció Tucker—. —No todo el mundo se lo toma tan a pecho como tú —dijo el viejo—. Mike.. —Frank es un buen tipo. porque lo necesito. Tenía que interesarle porque necesitaba el dinero. —Eso espero. —Eso está muy lejos de aquí —aseguró Tucker. —En tu carta mencionabas un trabajo en un banco —dijo Tucker—. —Así lo haré —aseguró Tucker. —Es un trabajo muy fácil. sin separar nada. Si no fuese así ni me lo pensaría dos veces. dile a Frank que me lo haga saber y procuraré encontrarle a alguien que si lo esté.

saludó al muchacho. y dirigió sus pasos hacia las escaleras principales. Sonrió a la chica. y colgó el auricular. -6- .DEAN KOONTZ RODEADOS —Gracias —respondió Tucker.

Su mirada daba la impresión de estar ligeramente desenfocada. lo que indicaba que aquello había sucedido hacía tiempo. Me has cogido con la guardia baja. como si estuvieran sometidas a un foco -7- . Meyers bizqueó.. pero poco le faltaba. El vestíbulo en sí. 3º C. sucio y escasamente iluminado. —Oh. Cualquiera que se lo propusiera podía entrar y salir a voluntad. que en alguna ocasión habían sido blancas y limpias. y el pavimento parecía tener la consistencia de la arena. agrietado y lleno de porquería. enmarcado por un cabello rubio muy corto y animado con un par de ojos de un azul intenso. Las paredes. —¿Sí? —respondió una voz de tono bajo y áspero. Se pasó una mano por el rostro. Tucker entró y subió por la escalera hasta el tercer piso. y penetró en un sombrío recibidor. Los escalones de la entrada estaban en pésimas condiciones. del que habían saltado más de un centenar de baldosines. El hombre que abrió en el 3º C daba la impresión de ser más bien un montón de músculos que un cerebro pensante. pero tenía un aspecto miserable. Tenía el rostro cuadrado y duro. Perdona —dijo el grandullón. agrietados. Alguien había pisado con fuerza sobre la garganta de aquel tipo. —Pero. Es que no esperaba que vinieses tan pronto. dañada por la intemperie. confiriéndole aquel tono amenazante. Tucker tenía la desagradable certeza de que no hacía falta mucho esfuerzo para pillar a Meyers con la guardia baja. Tucker se impacientaba al tener que seguir en aquel pasillo indecente. ya que la cerradura interior estaba estropeada. —Ah. la puerta del vestíbulo enmarcaba una hoja de vidrio pesado. Mediría alrededor de un metro ochenta. corriendo el riesgo de que alguien le viese al entrar o salir de cualquier otro apartamento. siete centímetros y medio y treinta kilos más que Tucker. —¿Puedo pasar o tengo que darte una contraseña o algo parecido? —¿Qué? —preguntó Meyers. No tuvo que llamar a Meyers por el portero automático para entrar en el edificio. pasó junto a Meyers. La sala de estar medía unos dieciocho metros cuadrados y contaba con cuatro ventanas.. sorprendido. como si tratase de desembarazarse de la confusión que le embargaba.. Desvencijada.. —Que si necesito alguna contraseña para entrar. mostraba un suelo cubierto por un mosaico bastante complejo.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 2 El edificio de apartamentos de la calle 79 todavía no se hallaba en un estado lo suficientemente ruinoso como para ser necesaria su demolición. amarilleaban y se tornaban marrones en los extremos. —Lo hice desde la cabina de la esquina. —Soy Tucker. Tucker comprobó en los buzones la dirección que le había dado Clitus Felton: Meyers. y pesaría casi cien kilos. ¿Cómo podía alguien tan cuerdo como Clitus Felton involucrarse con un tipo como aquél? Entró en el apartamento. Si acabas de llamar no hace ni un par de minutos. Su cuello no aparecía inflamado o herido. —¿Meyers? —preguntó Tucker. Tucker conocía aquel tono y lo que significaba. retrocediendo para dejar pasar a Tucker—. no.

—Eso es ser tremendamente joven —aseguró Meyers que. ¿Cómo podía aquel hombre concebir. planear y ejecutar una intrincada operación. Tucker se daba cuenta del nerviosismo de Meyers.. cuando era un tipo de persona diferente al que aparentaba ser en la actualidad? Meyers regresó de la cocina y ofreció la bebida a Tucker. La gastada superficie de la moqueta daba la impresión de no haber sido limpiada desde hacía semanas.. la televisión y las mesitas de café se hallaban cubiertas por una capa de polvo. —Claro —asintió Meyers—. sino que por todas partes se veían vasos de whisky sucios. eran todos ellos oscuros. gracias —respondió Tucker. lámparas de pie. —Hice mi primer trabajo hace más de veinte años —dijo Meyers. —¿Cómo? —Creía que eras mayor. ¿Puedo ofrecerte algo para beber? —No.. Tucker pensó que el apartamento debía ser amueblado y que Meyers había añadido una considerable cantidad de objetos y pertenencias a las suministradas por el propietario. —Tengo veintinueve —respondió Tucker. ¿Te apetece un Cubalibre? Meyers no hacía más que frotarse las manos incesantemente. Tenía los ojos grandes y ligeramente enrojecidos. a continuación. llevándose la suya hasta una de las butacas. Llevaba los pantalones sin planchar y su camisa era un amasijo de arrugas. ¿Podía Frank Meyers ser un tipo con cerebro. —Salió en dirección a la cocina. ron. lámparas de mesa. Tucker vio que aquel hombre reflejaba exactamente el descuidado estado de su apartamento. —No me llevas tanto.. —¿Cuánto hace que estás en el negocio? —Unos tres años y medio —le respondió Tucker. un líder? La idea resultaba absurda por lo que a Tucker respectaba. tres butacas de diferentes estilos. estaba dispuesto a aceptarla si eso iba a relajar al otro. cajetillas de tabaco vacías y estrujadas. —No eres como me imaginaba —dijo Meyers. de su agitación. una televisión. Había de todo: un par de sofás grises. No se había afeitado en un par de días y una rala barba rubia empezaba a sombrearle el rostro. dio un trago a su whisky y observó a Tucker por encima del borde del vaso. Que sea muy poco. Las tenía callosas y producía un sonido sibilante. Enseguida te lo traigo. —¡Siéntate. mesas rinconeras.DEAN KOONTZ RODEADOS de calor constante. Tucker estudió la habitación con más detenimiento y se dio cuenta de que el cuarto no sólo estaba atestado de muebles. con un deje de nostalgia. un escritorio. —¿Y tú? —Cuarenta y uno. periódicos viejos. una mesilla de café. como un deportista de instituto recordando su mejor partido y deseando revivir -8- . dirigiéndose hacia las butacas. Los muebles. siéntate! —rogó el hombretón. Tucker se sentó en uno de los sofás—. que parecían achicharradas masas informes. —Vodka con hielo. Todo parecía demasiado lleno de cosas. tal vez meses. vodka. en donde empezó a remover botellas y vasos. en la que se sentó.. pesados y horribles. Las mesas rinconeras. cuando ni siquiera era capaz de limpiar su sala de estar? ¿Qué pasaba con Clitus Felton? ¿Por qué trabajaba con un tipo así? ¿Tal vez el viejo había conocido a Meyers hacía años. sujetando el vaso con ambas manos. Por primera vez. una camera. Aunque no le apetecía nada tomarse una copa a las once y media de la mañana.. —¿Una cerveza? Tengo escocés.

aunque no había bebido casi nada de su contenido. Con tu aspecto. Todo ello daba a entender que había perdido la fe en sí mismo y que no podían confiar plenamente en él. grandes almacenes.. a pesar de que se trataba de una cantidad considerable. Tucker aguardó el comentario... y quería seguir haciéndolo. En segundo lugar. —¿Qué aspecto tengo yo? —preguntó Meyers. que depositó sobre la mesita de café—.. Creo que eso debería ser suficiente. que finalmente depositó sobre la mesita. Pero necesitaba el dinero. tan cuidado. —Apuró el contenido del vaso. Últimamente le habían ofrecido un par de trabajos. Lo llevaban marcado. —No aparentas lo que eres.DEAN KOONTZ RODEADOS tiempos pasados.. Vivía muy bien. con la artesanía. Y cuando un ladrón suspira por el pasado también significa que espera ser atrapado por la policía en un futuro próximo. bancos. hacía sólo tres meses. para después responderse a sí mismo—: Sólo músculos.. tenía que tocarle un resorte especial que. —Gracias —respondió Tucker. por muy indescifrable e indefinible que fuera. pues el desorden y la suciedad le sacaban de quicio. Tucker continuó sin despegar los labios. Además. nunca le había fallado. —No lo has hecho. Parezco un matón barato. tras estudiar a Frank Meyers y su apartamento. y a la Mafia. Eso era una mala señal. con todo. ¿qué hay de la tuya? —Todavía no te conozco demasiado —dijo el hombretón. Sin embargo. —Es que no soy un matón —explicó Tucker—. —Hablando de operaciones. Había rechazado muchas propuestas que después habían sido llevadas a cabo por otra gente. y eso está bien. De todos aquellos con los que he trabajado. podrías ser una fachada estupenda para cualquier operación. Ya había gastado la parte que le correspondía del golpe que habían dado. Tucker supo que tenía que levantarse y salir de allí. Sin -9- . —No quería ofenderte. Era demasiado temprano para empezar a beber.. moviéndose nerviosamente en la butaca. deseaba seguir en el apartamento de Park Avenue. No quería quedarse en aquel lugar más tiempo del necesario. sino a instituciones: compañías aseguradoras. que todavía le observaba por encima del borde del vaso.. Cuando un hombre empieza a añorar el pasado es que algo no marcha bien en el presente. aunque sólo por una vez. apropiándose de unos cobros de la Mafia. Sabía que Meyers significaba problemas. —Es lo mismo —aseguró Meyers. Pues así es como empecé en este negocio y nunca cambié de imagen. Pero tú pareces un joven ejecutivo de altos vuelos. El primero era no robar nunca a individuos. sólo trabajaba en caso de ser reconocido como jefe único. —¿Qué necesitas saber? —Clitus te recomendó. ¿En qué has trabajado y con quién? Tucker apoyó de mala gana la espalda sobre el hediondo sofá. Pasó por alto estupendas oportunidades. Tucker sostenía el vaso de vodka. pero los había rechazado porque no respondían a uno u otro de los tres criterios en los que Tucker creía para llevar a cabo un robo. aunque para Tucker no era así—. Soy un ladrón. la precaución y sus tres criterios le habían mantenido alejado de la cárcel. Finalmente. podía afirmarse que estaban en el negocio. —Quiero decirte algo más sobre ti —anunció Meyers. por decirlo de alguna forma. Es un tanto a favor en este negocio nuestro. Tucker se preguntaba por el grado de limpieza del vaso. cuando los planes de la operación eran realizados bajo su atenta y personal supervisión. el trabajo debía caerle bien. —Sólo quería decir que no tienes aspecto de matón.

y había trabajado con buenos elementos.. El hombretón sorbió el agua de los cubitos de su vaso de whisky y se puso en marcha. —Nos pondremos en la mesa —dijo Meyers. Tanto si los había planeado él como si no. lo había sido. cuando se enterase del plan. El cubo de la basura rebosaba servilletas de papel usadas. —Se trata de algo diferente —aseguró Meyers. —Sí. aquel trabajo le reportaría buenos beneficios. —¿Hay algo más que quieras saber acerca de mí? —preguntó Meyers. te gustará.. Cuatro hombres llevaron a cabo el trabajo. satisfecho de que no hubiera nada pegajoso o húmedo que impidiera el movimiento. Fue tan directo y breve en sus explicaciones como lo había sido Tucker. guardias. cuando terminó de hablar sobre sí mismo. Fue hasta la panera que reposaba sobre el armario cercano al fregadero y sacó un papel grande y doblado de debajo de una bandeja de rollos de primavera. buscó refugio debajo del horno.10 - . —¿Has oído hablar alguna vez del golpe del camión blindado de Boston. —No me gustan los asuntos en los que hay bancos de por medio —respondió Tucker—. ya que había sido un golpe perfecto. pero por lo que explicaba. sin querer sentarse. vías de escape limitadas. Lo cierto es que no había manera de mejorar el relato aunque se lo hubiera propuesto. circuitos cerrados de televisión. echándose hacia delante. —Me suena. Tienes que habértelas con modernos sistemas de alarma. cajeros con ansias de heroicidad. puede que tuviera algo bueno que decir. ¿Cuál es el trabajo que estás preparando ahora? —No te gustan los preámbulos. El gastado linóleo del suelo estaba sucio y recubierto de una fina capa de mugre acumulada día a día. ¿eh? —dijo Meyers sonriendo. —Ahora te toca a ti —pidió Tucker. envases de cartón vacíos y latas de comida abiertas que mostraban restos de los alimentos que una vez contuvieron. Demasiado arriesgados. —Cuando veas el plan. —Eso es —carraspeó Meyers—. o tal vez de la cena de la noche anterior. Una cucaracha se estaba dando un banquete a base de migas de pan junto a la nevera y. Meyers empezaba. pero tenía un historial sólido e impresionante. tal y cómo había sucedido. hace un par de años? Aquel camión de la Allied Transport reventó con un botín de seiscientos mil. Tucker le explicó cómo había sucedido y con quién habían trabajado. —No. El fregadero estaba lleno de platos sucios. La cocina era pequeña y tenía el mismo aspecto descuidado que la sala de estar. sólo empezaba a parecer un hombre despierto. —Vamos a la cocina. al escuchar pasos. Después de todo. Lo contó sin añadirle nada. Pero no tenía nada que perder si se quedaba a escuchar el plan de Meyers. La mirada distraída había desaparecido de sus . planeado con inteligencia desde el principio. ¿Fuiste tú? —preguntó Meyers interesado. que permanecía de pie a un extremo de la mesa. y pasó una de sus manazas por encima. Después de todo. Tucker pensó que. todavía tendría más ganas de reírse en la cara de Frank Meyers y de salir de allí de una condenada vez. En la actualidad no daba la impresión de ser un fuera de serie. así podremos hablar mejor de nuestros planes. lo cierto es que Frank Meyers había participado en buenos asuntos a lo largo de su carrera. Y está chupado.DEAN KOONTZ RODEADOS embargo. Tal vez era mejor de lo que le había parecido. —Clitus me explicó que se trataba de un banco —dijo Tucker. Lo siguiente que hizo fue apartar de su superficie un plato sucio y los cubiertos del desayuno. haciéndose eco de las palabras de Clitus Felton. jefes asustados. Su récord no era tan ostentoso como el del joven. No necesitaba dorar la píldora.

Se trataba del diagrama de una gran edificación. —No —respondió Meyers—. Se inclinó algo más a fin de desentrañar el significado de las anotaciones. realizado con suma destreza. Parecía estar más despierto.DEAN KOONTZ RODEADOS ojos azules. Gente yendo arriba y abajo. naturalmente. pero ya no tenía aspecto. —Espera un momento —pidió. de aquí para allá. . La reproducción era excelente. —Pues debería importarte. —Eso es. Meyers captó la indirecta y apartó la mano. cargada de dureza. incrédulo—.. ¿a que sí? —Desde luego —respondió Tucker alejándose de la mesa—. todas bajo un mismo techo..11 - . Es lo más fácil que se me ha puesto por delante. no hay peligro alguno. —Mira —empezó a decir Tucker—. —Parece cosa de locos. Resultaba obvio que el pensar en el golpe del banco le había dado energías. Se rió ante la expresión que vio reflejada en el rostro de Tucker. verás que tan sólo existen cuatro entradas para penetrar en la zona comercial. —¿Te importa mucho la logística? —preguntó Meyers. Meyers desplegó el papel encima de la mesa de la cocina y retrocedió a fin de que Tucker pudiera gozar de una perspectiva amplia del asunto. —Ya te he entendido la primera vez. Pensó que aquel tipo debía estar de broma. antigüedades. De todo aquello podía resultar algo que valiese la pena. o quizás nada. Todavía conservaba aquel aire desmañado y un cierto olor agrio. e incluía muchos nombres y descripciones en taquigrafía. Y no esperes contar conmigo. menos nervioso y más inclinado a actuar y pensar con sentido común. Meyers dejó de sonreír. sobre Meyers. aunque te hicieras con el control de las cuatro entradas del centro comercial. El plano tenía un metro veinte de lado y la escala era de un centímetro por cada treinta metros. —Levantó cuatro gruesos dedos. Tucker hizo una mueca y se encogió de hombros. ¿No es así? Apartó la mirada del diagrama para depositarla. Lo cierto es que hablaba en serio y en su rostro se dibujaba una sonrisa tímida pero sincera. Joyas. —Quiero dar el golpe en el banco. —Tiendas —repitió Meyers—. —¿Y a ti? —No. —Si te fijas en el plano con más atención —dijo Meyers—. —Diecinueve tiendas —repitió Tucker. y un banco. impresionado por lo detallado del mapa.. Puede hacerse. ¿qué harías con todos los clientes? Ese lugar debe de estar lleno de gente a todas horas y durante toda la semana.. —¿Es el banco? —preguntó Tucker. —Y tú quieres dar un golpe en un banco situado en el centro de un maldito centro comercial —dijo Tucker.. Tucker siguió con la mirada fija en Meyers. pieles. de formar parte de aquella pocilga de apartamento. Diecinueve tiendas. Pero también me gustaría echar mano a un par o tres de las mejores tiendas del lugar. como si Tucker tuviera necesidad de dicho refuerzo visual—. Podemos hacernos con el control de todas las puertas y limpiar todo lo que valga la pena.. al tiempo que posaba una de sus manazas sobre el hombro de Tucker—. sin creérselo— Diecinueve tiendas. Es el mapa completo de un pequeño centro comercial cercano a Santa Mónica.

12 - . conseguir que le escuchara unos instantes. casi implorante. la del centro comercial y la del banco. Sería el doble de difícil que dar un golpe normal fuera de horas. Tucker suspiró y se zafó de la mano del hombretón. No soy ningún aficionado. He estado en este negocio durante toda mi vida y con bastante éxito. se pasó ambas manos por el rostro. Tucker reposó la mirada sobre las sucias paredes.DEAN KOONTZ RODEADOS —Me doy perfecta cuenta de ello. —¿Y qué vas a hacer con los teléfonos? —¿Los teléfonos? —En un centro comercial de esa magnitud debe de haber un centenar o más de teléfonos públicos y privados. Pero. No te llevará mucho tiempo. —No vamos a dar el maldito golpe en horas de atención al público. Meyers agitó la pesada cabezota y sus cortos cabellos brillaron como púas metálicas. Su desesperación. Sé de lo que estoy hablando.. —¡Pero si Felton trabaja conmigo! —arguyó Meyers. aunque con una expresión dudosa en el rostro.. ¿Serás capaz de inutilizarlos todos antes de que a alguien se le ocurra avisar a la policía? —Los teléfonos no son ninguna preocupación —aseguró Meyers. lo tengo todo calculado. —Además —continuó Tucker—. ajustándose la americana. —Sólo cuatro o cinco hombres —respondió Meyers. Tienes dos alarmas con las que enfrentarte. —He tenido una debilidad. con impaciencia. volviéndose desde la puerta de la cocina. Volvió a sonreír. —Créeme. proviniese de donde proviniese. —¿Un banco sin alarmas? —Regresemos a la cocina —pidió Meyers. —¿Es eso cierto? —preguntó Tucker. —No hay alarmas. se iba acrecentando con el paso del tiempo—. eso si has conseguido hacerte con el lugar. No soy ningún estúpido. Toda esa gente no supondrá ninguna molestia. —Sigue sin gustarme. —No soy ningún perdedor. No he dicho algo así. ¿qué haces en un lugar como éste? Meyers siguió la mirada del joven y pareció que era la primera vez que veía el apartamento. la moqueta sin limpiar y el desvencijado mobiliario. Mira el diagrama y escúchame con atención. Tosió. aprobación y felicitaciones. Tan sólo deseaba detener a Tucker. —Si tanto éxito has tenido. . necesitarás todo un ejército para mantenerte allí. en estos momentos todavía no sabes qué es lo que guardo en la manga. como si desease deshacerse del insustancial pero desconcertante rastro de una pesadilla. —Me alegro de oírlo. una cierta dignidad que no estaba a tono con su descuidada apariencia. Alcanzó a Tucker en el interior de la atestada sala de estar y le agarró por el brazo. Tucker le ignoró. —Y no quiero saberlo —apostilló Tucker. Su voz susurrante contenía ahora un cierto acento de orgullo. —Espera un instante —pidió Meyers—. puesto que estaba plenamente convencido de que cualquier cosa que Meyers hubiera «calculado» estaría llena de interrogantes. aunque en sus ojos se reflejaba una desesperación genuinamente humana. Daba la sensación de ser un perrazo grandote en busca de afecto. La rabia que mostraba era fingida. La ronca voz de Meyers delataba una cierta ansiedad.

. e imaginé que ya no tendría problemas. y soltó una risita—.. me hice con una reputación. frotándose las manos como si las tuviese bajo un grifo de agua caliente—. Las mujeres son parásitos. —En mi caso sí lo ha sido. hombre o mujer. Eres pequeño. —No estoy de acuerdo con eso —replicó Tucker—. En mi caso no es así. que seguía concentrado sobre la planta del Oceanview Plaza. Meyers se llevó la mano derecha al cuello y.. —Ese es el plan. que se lo llevó todo. con los dedos. No estoy tan desesperado por el dinero. La verdad es que deseas que te explique todo el plan. Estoy seguro de que querrás participar en cuanto te enteres del asunto..DEAN KOONTZ RODEADOS —¿Cuál? —Las mujeres. Ya sabes cómo es eso. —Ya estoy enterado —dijo Tucker con amargura—.13 - . —Tal vez lo sean las tuyas —respondió Tucker—.. No tenía aspecto de ser un misógino. Tucker sonrió. Tal vez fuera mejor tipo de lo que aparentaba. Meyers continuó frotándose las manos con jabón invisible. —¿Inconvenientes ? —No pareces haber contado con las armas —dijo Tucker— ¿Dispones de alguna? —No necesitaremos nada del otro mundo —afirmó Meyers. con altos riesgos. una cierta falta de convicción. Entonces me lié con una mujer. a menos que desearas que lo hiciera. Me hubieses enviado a la mierda y te habrías largado. con todos los detalles. ni tampoco alguien que dejase que nadie. no estamos aquí para hablar de mujeres. Pero le veo unos cuantos inconvenientes. iniciando la marcha. —¿Diez minutos? —De acuerdo —concedió Tucker. —Mira. Dame diez minutos y te lo explicaré todo. —Entonces es que tienes una jodida buena suerte —sentenció Meyers—. En los preliminares de la operación tendrás que habértelas con dos guardias profesionales. Cada uno de los participantes puede llevar la suya. y tendrás que reducirles rápidamente. seguramente ex polizontes. Uno de ellos será el clásico héroe. participé en unos cuantos buenos asuntos. La ansiedad volvió a abrirse camino en la voz de Meyers. Chupado. Meyers sintió de nuevo abrirse la carne bajo la hoja de metal. pero estás tratando de jugar para saber más cosas acerca de mí. pero no hubieras permitido que te detuviera tan fácilmente. el centro comercial—. Meyers tenía toda la razón y el que se hubiera dado cuenta de la situación era algo que le honraba. —Eso no es ninguna debilidad. ¿Qué te parece? —Es muy inteligente —admitió Tucker. En esos instantes. Si no lo estuvieras. le quitara su dinero. Es sólo psicología aplicada. Para mí siempre han sido parásitos. Es un trabajo en un banco. hace tiempo que te habrías ido. Alguien le había saltado al cuello y se lo había rebanado con un cuchillo. —Vamos a la cocina y volvamos a echar una mirada al diagrama —apostilló Meyers. Volvamos a la cocina. Meyers golpeaba la superficie de la mesa de la cocina con el puño cerrado. —Salí adelante. buscó y palpó una serie de vagas y pálidas cicatrices que Tucker vio por primera vez. Pero lo cierto es que se convertirá en una amenaza menor si se enfrenta a un arma que le intimide. Cuanto más grandes y feas son las armas. Había un tinte falso en su voz. menos problemas surgen con la gente que está al otro extremo del cañón. —Seguro que sí —le contradijo Meyers. No. Quince minutos más tarde.

—Yo me encargaré de las armas —afirmó Tucker. Se moría por llevar a cabo el trabajo y acabarlo lo antes posible. se apoyó contra el escurridor y. Yo tomaré todas las decisiones a partir de ahora. de acuerdo. Tienes una buena reputación y confío en ti. —Eh. Tucker le devolvió el plano. Meyers se pasó la lengua por los labios. Tú siempre mandas en los trabajos en los que participas. y no dejó de frotarse las manos. mientras enrollaba el diagrama del centro comercial—. mientras Tucker terminaba de plegar el plano. daba la impresión de quererlo para algo más esencial que comida. —Es lo mismo que tú te llevarás. Aparentemente necesitaba el dinero más que Tucker. —Así estarán las cosas claras entre nosotros desde el principio. —No me preocupa —dijo Meyers—. —Me interesa. Lo único que de verdad cuenta es reunir un grupo y llevar a cabo el trabajo. Tucker sonrió. —Clitus me explicó tu forma de trabajar. Meyers se iba agitando cada vez más.. —Es tuyo —dijo Meyers. desafiando la presencia humana. —Pero no podemos hacer el trabajo con menos de cuatro o cinco hombres —insistió Meyers. se dio la vuelta.DEAN KOONTZ RODEADOS —Pero no podremos esconder ametralladoras bajo las chaquetas. —¿Cuál será tu parte? —Un tercio —informó Tucker. —¿Un hombre más? —Alguien que reviente la caja. Meyers asintió con rapidez. —Sólo necesitaremos uno más para llevar a cabo el plan. volvió a mirar a Tucker. —¿Quiere eso decir que te interesa? Tucker contempló el diagrama durante un rato y admiró el trabajo desarrollado por Meyers. —No tienen por qué ser ametralladoras. caminó nerviosamente de vuelta hacia la mesa. Fue hasta el fregadero.14 - . desde los platos sucios del fregadero hasta el par de cucarachas que habían aparecido en la otra esquina. —Tú fíjate. o dos cajas. Partes iguales para todo el mundo. Muy bien. eso es mucho. llegando a estar como estaba en un principio cuando Tucker llegó al apartamento. si es necesario —dijo Tucker.. sobre todo para que dejase de frotarse las manos. se dio la vuelta. Después paseó la mirada por la cocina. Tengo un buen contacto y encontraré algo adecuado. acto seguido. Meyers volvió a frotarse las manos. Meyers hizo una mueca. . —Entonces. Sin embargo. pero sólo si es mi trabajo. —No esperaba financiar la operación. un apartamento nuevo o una nueva mujer. ¿qué? —Deja que yo me ocupe de eso. y dividiremos el botín en tres partes. —No sé si me has entendido —empezó a decir Tucker.

Al aire de serenidad que inspiraba. justo al otro lado de la puerta.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 3 El negocio de Imrie no tenía el aspecto de ser una tienda de venta ilegal de armas. —No hace mucho tiempo —empezó a decir tristemente— que un hombre como yo podía hacer su trabajo sin ser molestado. se leía en una inscripción dorada: ANTIGÜEDADES Y MUEBLES USADOS. más bien. situada en una de las escasas zonas iluminadas. Dejó reposar las manos sobre el estómago como para asegurarse de que todavía permanecía allí. mesas. Se dio la vuelta y se palmeó el vientre. Su constitución. y unas cuantas lámparas sin pantalla contribuían a crear el ambiente general. una farmacia. Demasiados problemas. —Siempre lo está —respondió Imrie. Tucker abrió la pesada puerta y penetró en el interior. He tenido problemas de estómago. situada en el primer piso. que tendían a caer por debajo de su vientre. Observó con desagrado su estado general y se sacudió las migas. Cerró la puerta de la calle y colocó el cartel de CERRADO. tienes que preocuparte de los capullos antiarmas. sabía qué lugar ocupaba en el mundo. —¿Qué tal te ha ido? —preguntó Tucker. en Queens. Se trataba de un edificio de ladrillo de tres pisos en una tranquila calle de clase media baja. un respetable edificio estilo colonial de principios de siglo. En la actualidad. pero pesaba más de noventa kilos. Imrie se sentaba en una vieja silla de brocado marrón. cuyo sonido quedó amortiguado por la jungla de sillas de respaldo de caña. Había comido galletas y tenía restos sobre la camisa. —Estoy contigo en un momento. Todo el mundo acaba con úlceras. En la puerta de cristal de la sala de exposiciones de Imrie. Aunque algo viejo y sucio. gramófonos. astuto y taimado. —No muy bien —respondió Imrie mientras bajaba la persiana de la puerta delantera—. se añadían unos cuantos olmos grandotes y algo maltrechos que sombreaban parte de la calle y las aceras. Me ha costado encontrar un taxi y el tráfico estaba fatal. una tintorería y unos cuantos edificios de apartamentos en buen estado. semejante a la llamada de un pájaro de la selva. los rincones oscuros. Apartó la vista de la novela pornográfica que leía y se ajustó los amplios pantalones. era también sólido y poseedor de una cierta dignidad. de monólogo—. Sólo medía uno sesenta y cinco. con un gemido que denotaba auténtica angustia física. el polvo. de los liberales blandos. —Siento haber tardado tanto —se disculpó Tucker—. que Imrie había ido acumulando. En la parte posterior de la tienda sonó un timbre. y la franja de crespo cabello gris que rodeaba su calva cabeza. aparadores. —Es a causa de este negocio. Tucker. Compartía la manzana con una tienda de comestibles de barrio. fregaderos y montones de otros artículos con y sin valor. El negocio de antigüedades era una fachada que escondía el mucho más lucrativo negocio de las armas. —Se trataba del tema de conversación favorito de Imrie o.15 - . Las sombras. le daban el aspecto de un vicioso monje medieval. su rostro de piel fina. lámparas bajas. de los fanáticos de .

y siguieron hasta el tercero. —¿Tres? —Eso es. subieron al segundo piso. Los acabados no están listos. en donde vivía Imrie.. Dios Santo. Tucker. como consolándolo—. algo que no ocurría en el piso inferior. frunció y desfrunció los labios y sonrió como si hallara una súbita inspiración. Pero mientras que el primer piso contenía muebles viejos. como sucedía en el primer piso. éste albergaba una mercancía mortífera: más de dos mil rifles. Tucker trató de parecer comprensivo. Cuando llegaron a la parte posterior de la habitación. —Ya veo —respondió Imrie. metralletas. Algo que pueda intimidar a un hombre y evitar que haga locuras. La habitación contenía también maquinaria para trabajar el metal. pistolas. El gordo se rascó la reluciente calva.. Si no tuviéramos armas. escopetas. se tocó la franja de pelo gris. o bien envueltas en bolsas de papel. que era donde el gordo guardaba las armas.DEAN KOONTZ RODEADOS la paz. —No podré entregártelas hoy mismo. De ser así lo habrías dicho. A pesar del desorden reinante no había polvo. ¿cómo podríamos mantener a raya a los comunistas? La mayoría de la gente reconoce que no hay nada sucio ni diabólico en un tratante de armas. ametralladoras. por una escalera escasamente iluminada. Eructó de nuevo y se llevó la mano a los labios. —He creído entender que no te interesaban las ametralladoras —dijo Imrie—. curiosidades y antigüedades. amontonadas en estanterías metálicas y de madera. .. tornos. La atmósfera estaba bien ventilada. no soy ningún degenerado. —Y bien. al igual que en el primero. ¿qué puedo hacer por ti? —Quiero tres armas. rinconeras. —Para acabar con el tema —dijo Imrie mientras se acariciaba el estómago. y dijo: —Ya veo qué es lo que te arruina las digestiones.16 - . todos ellos apilados unos sobre otros. midiendo un arma imaginaria con sus delgadas manos. Todas esas armas estaban colgadas en la pared sobre tableros de clavijas. colocadas cuidadosamente en el interior de estuches de coleccionista forrados de terciopelo. de todo ese revoltillo de chicos pacifistas. —Algo feo y que dé impresión. En el tercer piso. los tabiques habían desaparecido para conformar una enorme habitación. con una sonrisa—. Si se quería hacer negocios con Imrie se estaba obligado a pasar un cierto tiempo escuchando sus quejas. Se dirigieron hacia la parte trasera de la tienda caminando por un estrecho pasillo lleno de armarios. —Estaba seguro de ello —afirmó Tucker. Resultaba obvio que el corazón de Imrie permanecería en la parte superior del edificio incluso en el caso improbable de que el negocio de las antigüedades llegase a ser más provechoso que la venta de armas. La mayoría sabe que tal clase de comerciante no es peor que el vendedor de coches de su concesionario Ford o que el amistoso simpático del vecindario. doy gracias a Dios por la mayoría de americanos decentes que comprenden que debemos tener armas a fin de mantener libre a este país. si es que contabas con ello —informó Imrie al terminar de subir las escaleras—. y todo tipo de muebles. pero que no abulte mucho —pidió Tucker. biombos chinos. y dotados de puertas y cristaleras perfectamente conservadas. Sé exactamente lo que quieres. y una pequeña forja con un alimentador de gas y varias cazuelas en las que se podía fundir y dar forma a los metales. apoyadas sobre mostradores. hacen que me sienta como si fuera un criminal. Puedo conseguirlo. librerías. Algo lo suficientemente feo como para aterrorizar al ciudadano medio. —No voy a necesitarlas hoy —dijo Tucker.. Mira. y todos los rincones estaban iluminados. pasaron a través de una raída cortina amarilla.

con un cierto deje de cariño en la voz. era capaz de valorar el arma desde el punto de vista del criminal y de la víctima. como de algo salido de la delirante portada de una vieja revista de ciencia ficción. de numerosos planos. Nunca había visto nada parecido. y la examinó atentamente. Tucker giró la pistola entre sus manos con tanto cuidado como si se tratase de una serpiente extremadamente venenosa. bien definida. Es material de fabricación propia. Se trataba de tres pesadas pistolas automáticas negras. Dado que Tucker era un hombre básicamente no violento que operaba en un mundo de violencia. ¿No es cierto? —Así es.DEAN KOONTZ RODEADOS —Dame un par de minutos. Por el momento. que tendré que trabajar bastante para dejarlas a . —Son Skorpion. una amenaza que resultaba excitante y tangible a la vez. Tucker sostuvo en alto la pistola observándola desde el cañón hasta la culata retráctil. no es un arma de mujer. ¿Y la munición? —Ya la tengo —aseguró Imrie—. y cogió una de las otras—.. —¿De la Segunda Guerra Mundial? —Así es. Era pesada. poseía un aspecto maligno e incluso alienígena. Desde cualquiera de ambas perspectivas. y levantó una para comprobar el peso sobre la palma de su mano—. —Es un buen trabajo —afirmó Imrie. —Sí. dotadas de culata retráctil metálica que podía ser desplegada para transformarlas en subfusibles ametralladores de una cierta categoría. Al menos así será cuando haya acabado con ellas. irradiaba una helada malevolencia animal. Pero ¿es precisa? —Cuando se utiliza como pistola. colocando cuidadosamente tres pistolas sobre la superficie de la mesa. —Imponente. —Estaban orgullosos del resultado de su trabajo. Pero puedes creerme. la Skorpion pasaba satisfactoriamente el examen. —Estas serán perfectas —dijo Tucker. de fabricación checoslovaca —informó Imrie. Empezó a revolver entre su desordenada colección y. Causa más daño que cualquier otra treinta y dos jamás fabricada. empaquetado a mano y garantizado. ¿Te va bien? —Estupendo —respondió Tucker—. —Bueno.17 - . Creo que podré tenerlas listas el lunes al mediodía. resulta tan precisa como cualquier otra que hayas manejado. —¿Y como subfusil ametrallador? —Entonces sólo conserva la mitad de su precisión. —¿Vas a trabajar mucho en ellas? Imrie miró las tres pistolas y las herramientas que descansaban sobre la mesa de trabajo y se pasó la lengua por los dientes mientras pensaba la respuesta.. las culatas retractiles estaban plegadas sobre los cañones. Tucker depositó sobre la mesa la pistola que había examinado. —Aquí tienes lo que puedo ofrecerte —informó. —Si necesitas utilizarla. llamó a Tucker para que se acercara a la mesa principal de trabajo. Aunque inanimada. —Parecen treinta y ocho —aventuró Tucker. no obstante las pistolas tenían un aspecto imponente y mortífero. Sólo son del calibre treinta y dos —replicó Imrie. cinco minutos después. lo más seguro es que lo hagas como pistola —dijo Imrie. —¿Cuánto quieres por ellas? —Ten en cuenta —empezó Imrie—. Pero cuando utilizas un subfusil ametrallador no necesitas tanta precisión como al usar una pistola. —No.

intercambiaron historias sobre la carestía de la vida y.DEAN KOONTZ RODEADOS punto.. finalmente. —¿Incluso cuando no esperas tener que utilizarla? —Sobre todo en ese caso —sentenció Imrie. y asintió. en lo curioso de los agitados movimientos de Frank Meyers.. en un asesinato. . Tucker pensó en el Oceanview Plaza. —¿Cuánto? —No te olvides de que ninguna de estas piezas tiene historia.18 - . Si te pillan haciendo el trabajo no tendrás que preocuparte por si tal vez llevas un arma empleada para dar un gran golpe. llegaron a un acuerdo. bajaremos al sótano y podrás probar una de las Skorpion en la galería de tiro. Tucker sonrió. —¿Es que no funcionan del mismo modo que cualquier otra arma automática? —Exactamente igual —afirmó Imrie—. Tucker frunció el entrecejo. Están tan limpias como el culito de un bebé. —Es demasiado. Pero nunca está de más conocer un arma y lo que puede llegar a hacerse con ella. —Creo que tienes toda la razón. —El lunes. —¿Cuánto. Mil dólares por las pistolas y la munición. Regatearon el precio durante unos minutos. Imrie? Imrie se lo dijo. cuando vuelvas —dijo Imrie—. Y además. o en algo por el estilo.

a través del teléfono. Mike. la desesperación que se reflejaba en sus claros ojos azules. Tampoco se preocupa mucho de su aseo personal. y Clitus Felton respondió a la llamada. —¿Como qué? —No lo sé —respondió Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 4 Aquella misma tarde. tragando saliva con sabor a lima—. Es un hombre al borde del desastre. a las tres y media. sorprendido—. Mira a ver si puedes sacar algo en claro. vive en un agujero infecto.. Pero es bastante probable que sea sólo una pérdida de . Contacta con cualquiera que haya trabajado con él recientemente. Felton se aclaró la garganta. Cada uno de los cinco minutos siguientes le parecieron largos como una hora.. Tucker estaba de nuevo en la planta baja del Hotel Americana depositando monedas en el teléfono hasta que la operadora se dio por satisfecha. ¿Qué ocurre? —En primer lugar. Sacó un tubo de caramelos del bolsillo de la chaqueta. pero no se veía por ninguna parte al personal de la limpieza. Finalmente. —Puede que lo fuese en otro tiempo. —Así es. —Soy Mike —dijo Tucker—. —¿Clitus? —¿Vas a unirte a Frank Meyers. pareció ser la llamada de un espíritu. Siguió pensando en Frank Meyers. desgarró el envoltorio por uno de los extremos y se llevó a la boca uno con sabor a lima. Tucker empujó el caramelo a un lado de la boca con ayuda de la lengua. Tucker le dio el número desde donde llamaba y colgó. Felton suspiró con un «ah. verdad? —preguntó Felton. —Pues a mí no me parece que sea eso lo que le pasa —afirmó Tucker. ¿Estás ocupado? —Sí. Todo parecía un poco demasiado atrevido. El pasillo del hotel permanecía desierto. y había voces que se elevaban por encima del rumor general provenientes de la cafetería que había al doblar la esquina del pasillo. Lo intentaré. A lo lejos se oía el tintineo de platos y cubiertos. en parte. Cualquier cosa que pudiera explicar qué le ha conducido a su actual estado. en parte porque a Tucker le preocupaba el tener que hablar con Clitus en presencia de compañías no deseadas y.. sonó el teléfono. Quiero que indagues sobre él durante una semana. bastante —contestó Felton. —¿Qué? —respondió Felton..» hueco que. —¿Cómo ha sucedido? —Dice que dejó que una mujer se llevase todo su dinero y que ahora está destrozado. demasiado complejo. porque empezaba a preguntarse si no habría cometido un grave error al involucrarse en aquella operación. Es desaseado.19 - . un profesional. la forma en que éste vivía. —Lo sabía —aseguró el anciano—. Al otro extremo de la línea sonó otro teléfono. cómo vestía. deseando poder saberlo—. está cansado y nervioso. Es un gran tipo. en tono jubiloso. El suelo acababa de ser fregado y el corredor olía a pino y detergente. —Les ocurre incluso a los mejores. —Muy bien.. tiene casi domesticadas a las cucarachas..

Hasta la vista. Tucker sonrió. y estuvo de acuerdo con ambos mientras pensaba en el Oceanview Plaza. por lo que tuvo tiempo para preocuparse sobre Frank Meyers y consumir tres caramelos más. —Septiembre y octubre son los únicos meses buenos en esta ciudad —aseguró el portero. Me gustaría poder contar con Edgar Bates. A causa del estado del tráfico.. Se sintió más cómodo y más relajado de lo que se había sentido durante el resto de la jornada. ya me daré cuenta cuando no aparezca mañana —dijo Tucker—. Al llegar al edificio que albergaba el apartamento en donde residía. Ahora ya podía tomarse una bebida y dedicar su tiempo a Elise. sentada junto a una gran mesa. dejando sus labios reposar sobre aquella piel lo suficiente como para notar el pulso de la sangre al circular por las arterias del cuello. El colocó sus manos sobre los hombros femeninos. por su parte. los diez minutos que le separaban de su casa se convirtieron en veinticinco... al mediodía. cerró la redondeada puerta de metal e hizo girar la esfera de la combinación. ¿verdad. El sol de principios de octubre arrancaba destellos a los pequeños botones metálicos del negro uniforme del portero. Había algunos detalles.. El viejo respetaba a Tucker y sabía que era uno de los mejores en el negocio. Sus fosas nasales se inundaron de un suave aroma a limas. —Una cosa más —añadió Tucker. si bien no alcanzaba el nivel de Tucker. y lo hizo acompañado de los compases del Minueto en sol de Beethoven.. —Y colgó. Masticó lo que quedaba del caramelo y se tragó los dulces fragmentos. Al mismo tiempo.DEAN KOONTZ RODEADOS tiempo. Voy necesitar a alguien que entienda de cajas fuertes. . Concierta una entrevista para que pueda hablar con él. —Bonito día. se inclinó y la besó en el delicado cuello. La mujer se encontraba en la cocina de tonos blancos. La música caía sobre él como un líquido frío. descansando su peso sobre el otro pie y cambiando el auricular de la mano izquierda a la derecha—. en Park Avenue. dejando en el interior la cartera que contenía los documentos a nombre de Tucker. todavía no era hora de servirse una copa y sentarse con Elise. Fue hasta el enorme armario de la sala de estar y abrió la caja fuerte. lo cierto es que era un hombre en quien se podía confiar. Algunas de sus preocupaciones sobre Meyers —y el miedo. de hecho lo sé. controlado pero constante. En la sala en la que tienen todos esos tótem esquimales. bebiendo una copa y leyendo el periódico. fue saludado por un portero uniformado que le doblaba la edad. —¿Y si no le encuentro antes de eso? —preguntó Felton. —¿A qué hora? —Pongamos. en el Museo de Historia Natural. Clitus. interpretado por la Philadelphia Orchestra con Eugene Ormandy. Una vez en el interior del edificio. Si hubiera algo sobre Frank lo sabría. Creo que está en algún lugar de la ciudad. pensaba que el otoño era su estación del año favorita en Nueva York. Tomó un taxi frente al Americana y se mostró tan serio con el chofer como éste lo estuvo con él. Entró en su apartamento de nueve habitaciones del décimo piso. Quiero que trabaje conmigo. El ascensorista. Sacó su propia cartera y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.. el recepcionista también sintió deseos de hablar del tiempo. digamos mañana. señor? —Así es. asintió. —Consigue sus servicios.20 - . Harold. que siempre le acompañaba mientras adoptaba la personalidad de Tucker— desaparecieron. creía conocer a Frank Meyers. Sin embargo. —Bueno. Te volveré a llamar el lunes para ver qué has averiguado acerca de Meyers. ¿no es cierto? —Así es —concedió Felton.

El periodista del New York Times tenía razón en cuanto a su belleza. con pequeñas incrustaciones de marfil trabajado a mano. pensó Tucker. Elise era alta y esbelta como una bailarina. le ayudaban a mantener su cobertura como comerciante independiente de artesanía antigua. mientras que Tucker alcanzaba el metro setenta y siete. la lanza y el escudo. la colocó sobre otra silla y regresó al salón principal. —Con una copia de esto en tu book —dijo Tucker—. Tucker había pagado.21 - . dirigiéndose hacia el bar. Era esta última adquisición la que había agotado sus recursos y le había obligado a buscar otro trabajo. apenas la mitad de un óvalo de cobre magníficamente realizado y ribeteado de plata. pero eso era algo que los hombres de su padre tan sólo podrían averiguar si accedían a los informes de Hacienda. Mientras sus manos trabajaban con las botellas y los cubitos de hielo. Trataba sobre las carreras de algunas de las más famosas modelos de los anuncios de televisión. podrás aumentar considerablemente tu tarifa en la próxima campaña. El artículo sobre publicidad —dijo ella. apoyando las manos sobre la superficie plana. «Si tú supieras». Era algo que satisfacía a Elise y que le servía para parar los pies a los detectives contratados por su padre. seis meses antes. una pieza procedente de la misma tribu aunque de diferente artesano. estudió las dos piezas de arte primitivo que tan escuetamente decoraban la pared color crema que tenía enfrente. La enorme lanza era una pieza de increíble belleza por la que valía la pena sufrir cualquier insolvencia pasajera. El artesano africano que lo había modelado vivió en la orilla oriental del río Níger. Además. Pero no le importaba. —Espera un momento. a la vez que se inclinaba más sobre el diario. Tucker se inclinó sobre la mesa. y concedía a Elise la más alta puntuación en cuanto a belleza. recordando los planes que tenía con respecto al Oceanview Plaza. medía uno setenta y cuatro. No es que de sus negocios de arte obtuviera grandes beneficios. —Piensas igual que yo: exprimir a esos mamones todo lo posible. encanto y profesionalidad. depositándolo sobre la mesa de la cocina para que él pudiera leerlo desde donde se encontraba. La muchacha sonrió y se le formaron unos graciosos hoyuelos en las suaves mejillas. —No te preocupes —dijo—. Se trataba de un fragmento de un escudo Edo del siglo V. —¿Sales en el New York Times? —Chist —respondió ella. Tucker regresó y la besó. —Ahora ya puedes venir y besarme —le llamó Elise desde la cocina. Cuando ella dejó de besarle. lo cierto es que no sacaba lo suficiente como para llevar el estilo de vida que le gustaba. Sus piernas eran largas y bien torneadas. Poseía también una lanza de caza con un intrincado astil de madera tallada de dos metros setenta y punta de hierro adornada con marfil. Estoy leyendo algo acerca de mí. Tu presencia no tiene precio. —En las páginas de economía. Y esa cobertura resultaba esencial. . donde se preparó un vodka con martini y admiró dos de sus más preciadas pertenencias. entre gentes amantes de la paz que fabricaban escudos y que raramente iban a la guerra. así como otras piezas del apartamento. Él se quitó la chaqueta. En agosto había vendido algunas piezas menores de su colección y echado mano de los ahorros a fin de reunir los sesenta y cinco mil que le costó la lanza. la levantó de la silla y la puso en pie para que pudieran abrazarse. y leyó el breve artículo. la cintura era muy estrecha. con una sonrisa amplia y luminosa. confiriéndole un aire muy diferente al de una fría y sofisticada actriz. cuarenta mil dólares por el fragmento de escudo. Tucker dijo: —¿Qué es eso de que sales en el New York Times? Ella se deshizo del abrazo y cogió el periódico.DEAN KOONTZ RODEADOS La muchacha levantó la cabeza y su rubio cabello pareció cobrar vida.

Más tarde. se había quedado con él. Sin embargo. y también la mitad de la comida. Bebieron vino barato y terminaron con Tía María y café. —Entonces es que debo de serlo. excepto en uno. Tucker la engañaba. Una auténtica rubia de ojos verdes. Elise llevaba un ligero vestido de punto que pareció disolverse entre ambos. En el dormitorio principal. Tucker estaba constantemente sorprendido de que quisiera vivir con él. Esta vez duró más. redondeados y firmes. los senos altos. Elise. Los botones del vestido de punto se desabrocharon con facilidad. Tucker volvió a llevarla al dormitorio y la ayudó a quitarse el cómodo albornoz acolchado. ella le desvistió y él le devolvió el favor. —Eres una celebridad. salieron del dormitorio y fueron a la cocina para preparar la cena. —Indefensa —añadió la muchacha. saludable y provocativa. —¿Impresionado? —Totalmente. —¿Te crees todo lo que sale en los periódicos? —preguntó la muchacha. —Ahora tienes la oportunidad —ofreció ella. con voz suave. Ella le besó en la barbilla. Apartó el periódico y la rodeó de nuevo con sus brazos. —¿Me estás haciendo proposiciones? —Exactamente. El liviano tejido parecía deshacerse sobre su cuerpo al caer y amontonarse a sus pies. —Me siento un poco aturdida —dijo Elise. lo que le permitía interpretar tanto papeles de ingenua como de mujer fatal. —¿Lo dices de veras? —Completamente indefensa. Confiaban el uno en el otro y se respetaban como iguales. Tenía el tipo de una modelo de Playboy. No hacían planes con respecto a un futuro en común porque no querían obligar al otro a aceptar un guión preparado. Aún así. ella había llegado. mentiras o celos. Iban y venían libremente.22 - . y ambos se sentían felices en mutua compañía. y luego se aprovechó. ya que era el tipo de mujer que normalmente aparece acompañada por tipos altos y guapos de espaldas tan anchas como armarios. —¿Quieres un autógrafo? —En un póster gigante. sin decepciones. cuando se trataba de sus «negocios». el apio y las zanahorias. —El New York Times piensa que eres hermosa —dijo. . No es que pensase que ella le rechazaría y le delataría a la policía al saber que era un ladrón. sino que trataban de merecerlo. —¿Alguna vez te has ido a la cama con una celebridad? —Nunca. Su relación era fresca y honesta en todos los niveles. Tucker dijo. casi inaudible: —Eres hermosa. porque sólo de esa forma permanecería con él.DEAN KOONTZ RODEADOS como si llevase corsé. Ella pagaba la mitad del alquiler y de los gastos. Tucker preparó los filetes y aliñó la ensalada mientras ella lavaba y troceaba la lechuga. y resultó más completo para ambos. —Yo también. natural. no quería verla involucrada en sus actividades criminales a fin de evitar que sufriera las consecuencias. No poseían al otro. simplemente. fue más lento.

—¿Cuándo? —Sobre la una de la tarde. La muchacha no respondió. El viejo nunca afloja una vez que se ha decidido. tan suaves como vapor de terciopelo. tomó uno de sus pechos y lo besó. Elise se quedó mirándole. Tucker se rió. y le dolía. —Pero también es cierto. Elise tenía el rostro medio envuelto en sombras púrpuras. Encontraré un juez al que no le impresione ni el nombre ni el dinero de mi padre. Se vuelve cada vez más firme. La oscuridad modelaba su cuerpo y enfatizaba sutilmente sus líneas perfectas. —¿Por qué no me lo has dicho antes? —Sabía que nos estropearía la tarde —respondió Elise—.. —¿Qué quería ese bastardo? —La verdad es que no lo sé —dijo ella—. Ha dejado el número de teléfono de su casa por si le llamabas a partir de las cinco. en serio. Y sabía que si te preocupabas por tu padre o por Littlefield todo iba a estropearse. El reflejo de la lámpara de noche ponía el brillo de una estrella en el centro de cada uno de sus ojos verdes.. Tienes que llamarle. como ya debes de haber visto. Suspiró... Y entonces. Las sombras desaparecieron de su rostro. Puede que esté enfermo o herido. Sus orejas parecían delicadas conchas—. Te tendré preparada una copa para cuando acabes de hablar con él. —¿Quieres decir que ha llamado Littlefield? —preguntó Tucker. —Sí. —Eso es muy cruel —concluyó Elise. al tiempo que se colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja. —A menos que se trate de la muerte del viejo chivo —afirmó Tucker—. los poderosos y caros abogados del viejo cometerán un error. no quiero que Littlefield me moleste. Tucker se incorporó sobre un codo y la miró. Tal vez le haya sucedido algo a tu padre. Estaba cachonda. La única forma de recuperar lo que me dejó mi madre es llevarle de juicio en juicio. Tal vez esté dispuesto a dejarte tomar posesión de tu herencia. —Ya le has llevado dos veces ante los tribunales —dijo Elise—. —Tarde o temprano lo conseguiré —aseguró Tucker—. —Llámale igualmente —pidió ella. —Demonios. —Será mejor que le llames. y no has conseguido nada. —Puede que al final tu padre haya acabado convenciéndose. —Que se vaya al infierno —dijo Tucker. y sus ojos oscuros se oscurecieron todavía más cuando pensó en su padre. e iluminado a medias por la cálida luz anaranjada de la lámpara de noche. has recibido una llamada del abogado de tu padre. Siempre existe la posibilidad de que enferme. Y si enferma lo suficiente .23 - . Elise se sentó y se mesó el largo cabello rubio. —Me extrañaría —contestó Tucker—. Tucker la miró y supo qué pensaba en esos momentos. esperando su respuesta.DEAN KOONTZ RODEADOS Bastante tiempo después. Elise estaba tendida de espaldas y tuvo que girarse para mirarle. Lo era. volviendo a echarse sobre la almohada. Elise dijo: —Ah. Tucker sonrió. —No. Un juez honrado. Michael. que cayó como una brillante cortina. Había un incontrolable acento de amargura en su voz.

Littlefield se percató de que Tucker estaba a punto de colgarle. —No me va bien ir a almorzar —fue la respuesta de Tucker. cuando ya no sabía lo que hacía. Además. Ven y almorzaremos juntos. —Voy a necesitar esa copa cuando regrese. —¿Por teléfono? —¿Por qué no? —Ten en cuenta que es un esfuerzo que hace tu padre para llegar a un compromiso —le comunicó el abogado—. Debes estar tan cansado de tribunales como nosotros. sería millonario. —¿Has olvidado. protectora y negativamente aristocrática de Littlefield. Sólo quiero lo que es mío. —¿Qué es lo que quiere? —Me gustaría verte mañana —dijo Littlefield. Michael. que el último deseo de tu madre fue que tu padre mantuviese el control sobre tu herencia y la utilizase junto con su propia y enorme fortuna para incrementar su valor hasta que llegase el día en que tú. —Aquí la tendrás —aseguró Elise. sino que se trataba de algo parecido a la mofa. cuando ya deliraba. mi herencia. el abogado de más confianza de su padre. no es un asunto que pueda arreglarse por teléfono.. para ofrecerle el apoyo y confianza que tantas veces . no debería involucrarse sin remedio con un tipo tan inestable como Frank Meyers. lo hizo con voz tensa. Michael... Estamos hablando de términos muy complicados. Ya no tendría necesidad de ir a California. ni de preparar el trabajo del Oceanview Plaza. —Dígamela ahora. —Me alegro de que llames. Si pudiera hacerse aunque sólo fuese con una fracción de su herencia. Se puso en pie y se enfundó en el albornoz de seda azul marino.? A Tucker casi le rechinaron los dientes y. ¿Cómo estás? Habían ocupado posiciones enfrentadas en suficientes batallas judiciales como para que Tucker fuera capaz de fingir una cierta amistad hacia Littlefield. Una oferta muy buena de parte de tu padre. —No estoy interesado en compromisos —respondió Tucker—. Tucker no respondió. Albert Littlefield. Michael. por favor.24 - . cuando habló. de grandes sumas de dinero. Creo que lo mínimo que podrías hacer es venir a mi oficina y oírlo. no correría más riesgos. como hubiese sucedido de pertenecer a otro hombre. Te gustará lo que tu padre tiene que proponerte. lo que era más importante. —Cuando mi madre se moría. Dispondría de más tiempo para dedicarse a sus intereses artísticos. Quiero que el viejo deje de interferir en los deseos de mi madre. cortando la perorata de Littlefield. Tucker se dirigió al pasillo. —Por favor. camino del estudio. Incluso le resultaba difícil ser mínimamente educado con él. no discutamos. —¿Para qué? —Tengo una proposición para ti. para preocuparse de su carrera. Lo cierto es que encajaba con la apariencia magra. tendría más tiempo para estar con Elise. no lo estropeemos más. Usted ya sabe que eso no era lo que ella quería. Y. poseía una voz fina y aflautada que siempre lograba irritar a Tucker. Incluso podría convertir su actual estatus en ese campo en un negocio viable que rindiera beneficios. No tenía el matiz de una queja. —Ven por aquí y hablemos —pidió Littlefield—.DEAN KOONTZ RODEADOS tal vez decida que ya es hora de ceder en algunos puntos. él consiguió hacerla firmar ese maldito papel que le otorgaba la custodia de la herencia. —¿Entonces te va bien a las tres? Tucker pensó en ello. Michael. Todo eso ya pasó..

Pasó la noche de pesadilla en pesadilla y. y colgó. —La entrevista —aclaró Tucker—. —Solamente nosotros dos —le aseguró Littlefield—. con la esperanza de que su contemplación pudiera calmarle los nervios. Estoy seguro de que mañana llegaremos a un acuerdo. Seguía estando tenso y nervioso incluso después de tomarse la copa que le había preparado Elise. Volvió al pasillo y se detuvo unos minutos frente al escudo y la lanza Edo.25 - . finalmente. Michael. la belleza de los objetos no tuvo ningún efecto sobre su estado de ánimo. el Oceanview Plaza.. —¿Cómo dices? —inquirió el abogado. . —A las tres —aceptó. en todas ellas aparecía su padre. En esta ocasión.. —Sólo usted y yo. —Ya veremos —dijo Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS había obtenido de ella. claro. —Estupendo —respondió Littlefield. —No me gustaría nada que de repente apareciese el viejo. Tendrá lugar únicamente entre nosotros dos. Frank Meyers. como había sucedido en los meses anteriores. a pesar de lo ocurrido en los últimos años. y docenas de policías armados... ¿De acuerdo? —Bien. Tuvo dificultades para dormir...

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RODEADOS

Capítulo 5
Desde que Elise le llevara allí, una tarde de invierno en el mes de diciembre último, el
Museo de Historia Natural se había convertido en uno de los lugares favoritos de Tucker en
Nueva York. Contenía de todo, desde esqueletos de dinosaurios y secciones de gigantescos
secuoyas, hasta muestras de insectos y roedores; lo enorme y lo insignificante juntos y
amontonados en el interior de un grandioso y viejo edificio. Una visita al museo
proporcionaba un cúmulo de experiencia y un sentido del tiempo que se convertía en algo más
que un simple estímulo intelectual. Lo cierto es que se trataba de una experiencia emocional,
sobre todo para un hombre que, como Tucker, apreciaba lo antiguo y primitivo. Paseando por
sus salas y vestíbulos, se sentía siempre impresionado por el hecho de presenciar millones de
años de cambios que, a través del paradigma de su revelación, probaban el escaso papel
desempeñado por la humanidad en la enorme tarea del universo. Una hora en aquel lugar
hacía que sus problemas parecieran nimiedades sin importancia.
Este impacto, el hecho de ser consciente de todo ello, se hacía patente cuando disponía
de un momento de tranquilidad para poder pensar, cuando cesaba el griterío de los grupos de
revoltosos escolares que, como criaturas salvajes, recorrían los empedrados pasillos y salas.
Uno de los lugares idóneos del museo en el que encontrar tranquilidad era la sala de los tótem
esquimales. Aunque los profesores hacían hincapié en dinosaurios, secuoyas y otras
maravillas, pocos de ellos mencionaban la cultura esquimal a sus agitados alumnos. Por ello,
los niños corrían, gritaban y jugaban al escondite en otras salas, dejando aquella zona a
personas mayores y más tranquilas.
Como era habitual, la sala estaba sumida en un extraño y lúgubre silencio, tan sólo
alterado por el zumbido de un ventilador eléctrico que reposaba sobre una tarima, junto a una
de las puertas, y que atormentaba a los tótem con oleadas de aire frío. La iluminación era
tenue, como de costumbre, y el techo estaba envuelto en misteriosas sombras. Uno tras otro se
levantaban los gigantescos tótem, majestuosos, toscos y bellos a la vez, con sus rostros
nudosos mirando hacia el frente, o bien observando a cualquier hombrecillo que se atreviese a
caminar bajo ellos.
Edgar Bates se encontraba en mitad del pasillo principal y observaba un dios-pájaro de
fiero aspecto que, a su vez, parecía devolverle la mirada.
—Esos malditos críos —dijo a forma de saludo, cuando Tucker llegó a su altura—, me
producen un terrible dolor de cabeza.
—Apenas vienen por aquí —informó Tucker.
Las voces de los chavales, apenas susurros, parecían abrirse camino por la sala de
atmósfera fúnebre.
—Me he tomado cuatro calmantes —dijo Bates—, pero me siento como si fueran a
arrancarme la cabellera.
—¿Qué tal te ha ido?
—Muy bien, hasta que me tropecé con esos críos. Chillan como llevados por el diablo.
—¿Has trabajado mucho últimamente?
—No puedo quejarme.
—Necesito un revientacajas.
—Aquí estoy para oír lo que tengas que decir —respondió Bates.
Era un hombre macizo, cuatro o cinco centímetros más bajo que Tucker, y con veinte

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kilos de más, aunque no por eso estaba gordo. Con sus hombros redondeados, su ancho pecho
y sus cortas y gruesas piernas, podría haber sido un campesino ruso que pasase la mayor parte
de su vida en el campo.
También su rostro era eslavo, cuadrado y bien definido, coronado por una densa mata
de pelo blanco.
Aunque tenía sesenta años y no era mucho más joven que Clitus Felton, Edgar estaba
todavía lejos de la jubilación. No sólo le gustaba lo que hacía, sino que se definía casi por
completo en términos de su no muy ortodoxa profesión. No tenía esposa ni hijos. Sus
habilidades lo eran todo para él, no sólo porque podía obtener con ellas grandes sumas de
dinero, sino porque le daban un valor como hombre, le hacían ser respetado y apreciado por
sus iguales. Era bueno, el mejor revientacajas que Tucker conocía. Era casi un artista. Podía
reventar, abrir o cortar con ácido una caja, por las buenas o por las malas, bastante antes que
cualquiera de la profesión. Si trabajaba durante otros veinte años, seguiría siendo el mejor
revientacajas del país.
—Hay un centro comercial en California que ha sido construido para ser atracado —
anunció Tucker.
—¿Un centro comercial?
—Has oído bien.
—¿Un centro comercial? —preguntó de nuevo Bates, arrugando el rostro.
—Ya sé que parece ridículo, pero no lo es.
—Sigue.
—Se trata de un lugar muy exclusivo —explicó tranquilamente Tucker, con una voz
que resultaba prácticamente inaudible para el resto de la gran sala de exposición—. No es
para gente corriente. Es como si reunieras veinte de las mejores tiendas de la Quinta Avenida
y las colocases bajo el mismo techo. Allí hay un puñado de las tiendas de moda más
exclusivas: Markwood and Jame, Sasbury's... Hay también una peletería, una galería de arte
cuyos precios empiezan a partir de cinco mil dólares, un concesionario de la Rolls Royce, un
sastre de estilo inglés... Y lo mejor de todo, un banco.
—Ah —dijo Bates, mientras asentía y sonreía, todavía mirando hacia arriba, al diospájaro.
Tucker también contemplaba el maligno semblante de madera. Desde lejos, parecían
estar hablando con el tótem.
—Vamos a dar un golpe en el banco. Pero es probable que la caja esté abierta.
Bates apartó la vista del tótem y compuso una mueca parecida a la del rostro del diospájaro.
—¿Abierta? ¿Significa eso que el golpe va a ser en horas de oficina? ¿Para qué me
necesitas, entonces?
—El trabajo lo haremos después de que cierren al público —le aseguró Tucker.
—¿Y la caja seguirá abierta?
—Es lo más probable. Te explicaré el porqué a su debido tiempo. Lo primero...
—Pero si está abierta —empezó a decir Bates—, ¿para qué me necesitas?
—Para el caso de que no esté abierta —explicó Tucker—. También necesitaremos
reventar la caja de la joyería de al lado.
—¿Vais a llevaros joyas? —preguntó Bates.
—Piedras sin engastar.
Bates meneó la cabeza en un gesto de desaprobación, se volvió y miró hacia arriba, en
dirección al tótem. Su rostro aparecía revestido de una cierta dureza y la suavidad eslava
había desaparecido. Los ojos eran una rendija, pesados pero alerta.
—Os vais a llevar mercancía —dijo con sarcasmo—. Tendréis que hacer peritar ese
maldito material. Y ya sabes el riesgo que ello supone.

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—Ya lo sé. Pero...
—Es un riesgo tan alto como el que representa llevarse el material de la tienda —dijo
bruscamente—. ¿Y qué es lo que puedes sacar de un perista? ¿Un tercio del valor real? Lo
cierto es que, con suerte, conseguirás sólo una cuarta parte.
—Puedo sacar un tercio —aseguró Tucker.
—Eso es calderilla.
—Tal vez algo más.
Bates se aclaró la garganta y hubiera escupido contra el suelo de no haber estado en un
museo.
—Siempre es mejor llevarse dinero en efectivo. Sólo efectivo. Nunca mercancía.
—Estoy de acuerdo en eso —concedió Tucker—. Ya has trabajado antes conmigo y me
conoces. Sabes que normalmente acepto trabajos que me proporcionan efectivo. Pero lo cierto
es que las piedras sin engastar son un material que se puede pulir a través de un perista. Y las
de este golpe pueden valer medio millón. Tal vez saquemos doscientos mil cuando las
hayamos vendido. Me sorprendería que consiguiéramos más de cien mil por lo del banco.
—¿Medio millón en piedras sin tallar en la caja fuerte de una pequeña joyería? —
preguntó Bates, sorprendido.
—Se trata de una caja grande y cara —respondió Tucker, con una sonrisa—. Edgar, ya
te dije que no se trataba de un centro comercial normal. La joyería hace anillos y collares por
encargo. No se dedican a vender relojes de cuatro cuartos.
—Explícame algo más —pidió Bates.
Tucker se lo explicó todo, el plan completo con todas y cada una de las fases. Trató de
que pareciese especialmente bueno, ya que prefería trabajar con un revientacajas como Edgar
Bates antes que con cualquier otro. Aunque gozaba de la reputación de ser alguien
extremadamente frío y tranquilo en su profesión, Tucker se sentía asustado y tenso cuando se
hallaba involucrado en un robo a mano armada, sin que influyese en ello lo bien o mal que
fuese la operación. Proyectaba siempre un aura de seguridad, dispuesto en cualquier momento
a tomar las decisiones con la seguridad de un comandante, aunque la procesión fuese por
dentro. Sin embargo, cuando trabajaba con hombres como Edgar Bates, se sentía
considerablemente más relajado que cuando debía lidiar con los del tipo de Frank Meyers.
—Si la caja de la joyería no se te resiste demasiado, deberíamos acabar con toda la
operación en menos de una hora —miró a Bates de reojo—. ¿Te parece razonable?
—Claro que sí —aseguró Bates, y alejó la mirada de la artesanía esquimal—. ¿Y qué
me dices de ese tal Frank Meyers?
—¿Qué pasa con él? —inquirió Tucker.
—¿Confías en él?
—¿Le conoces? —preguntó a su vez Tucker.
—Creo que he oído su nombre en alguna parte, pero nunca trabajé con él. ¿Crees que se
quedó con todos los detalles necesarios? ¿No pasaría por alto guardias o alarmas?
—Lo tuvo todo en cuenta —aseguró Tucker, y recordó el cuidado extremo que observó
en el diagrama del Oceanview Plaza.
No mencionó sus otras reservas acerca de Meyers. Si Bates se apuntaba, entre ambos
podrían compensar cualquier fallo que Meyers pudiera cometer.
—¿Entonces, estás con nosotros? —preguntó Tucker.
—¿Eres tú el jefe?
—Siempre lo soy.
—Sólo me aseguraba.
Bates miró arriba y abajo de la sala y vio que estaban solos, a excepción hecha de un
joven barbudo imbuido en la contemplación de un tótem, a unos veinte metros. Volvió a posar
la mirada sobre el dios-pájaro, estudió el pico abierto y los brillantes ojos saltones. Un grupo

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—Estaremos en Los Ángeles —anunció Tucker—. He seleccionado un hotel. —Ya verás como sí. Tiene más de cuatrocientas habitaciones.DEAN KOONTZ RODEADOS de treinta o cuarenta colegiales gritones pasó junto a una de las puertas. —El próximo miércoles. Podremos explorarlo durante toda la tarde. así que más tarde nadie podrá acordarse de nosotros. —Me va bien. Cuando el silencio volvió a cubrirlo todo como una niebla. —¿Cuándo? —preguntó Bates. . —Tres hombres —musitó Bates— no me parecen suficientes. Tucker casi suspiró de alivio. Nos registraremos por separado y desde allí nos dirigiremos al centro comercial en cuestión. —¿Tendremos la oportunidad de echarle un vistazo antes? —preguntó Bates. Los rostros pintados de mirada maliciosa y nariz ganchuda de los monstruosos tótem siguieron mirando fija e intensamente cuando ellos se marcharon. el viejo dijo: —Entonces. llenando la cámara de ecos alocados y retazos de carcajadas altisonantes. voy con vosotros. antes de que cierren y demos el golpe. —Claro que sí.29 - . Repasaron hasta los menores detalles sobre horarios y lugares de encuentro en Los Ángeles y después abandonaron la sala por puertas diferentes.

Probablemente afirmé que no tan sólo resultaban inaceptables. marrones. Hasta el momento.30 - . —Bueno. Littlefield notó cuál era la actitud de Tucker y supo que cuanto menos durara la reunión mejor sería para ambos.. Quiero que te quede bien claro desde el principio. El hombre encajaba en su oficina. incluso antes de que pudiera gastarse el primer dólar. Michael. no de una rendición incondicional —dijo Albert Littlefield al sentarse en la silla de cuero de alto respaldo situada tras el escritorio—. pensó Tucker. demasiado restrictivas. sabiendo de antemano que no tenía sentido que el abogado continuase. con sus formas angulosas. Tu padre desea mostrarse generoso.. sin mácula. Lo cierto es que era lo suficientemente reservado y estirado como para encajar en el papel de un director de escuela del siglo dieciocho. Michael. como si continuamente se viera obligado a soportar un olor ofensivo. —Siga. Littlefield apoyó las manos sobre el escritorio con la punta de los dedos tocándose. aunque no poseía ni el encanto ni la facilidad de trato que por lo general suelen ir parejos a la autoconfianza propia del aristócrata. La recta nariz estaba ligeramente abocinada en las ventanas. Tucker ni se molestó en explicar el motivo por el que había rechazado tan expeditivamente estas aparentes ganancias inesperadas. —Como ya sabes. tu padre ha establecido para ti una pensión de diez mil dólares procedente de los beneficios que genera tu fideicomiso. —Estoy seguro de que mi reacción se tradujo en términos más tajantes que esos —dijo Tucker—. ya que un compromiso no iba a ser suficiente. casi hipnotizando la mirada. Ambos sabían que el hecho de aceptarlas significaría otorgar a su padre el control sobre las pertenencias de su madre. La sonrisa del abogado era frágil. ya han sido emitidos cuarenta y dos cheques por dicha cantidad. Los muebles de vinilo azulado tenían un aspecto frío e incómodo. y ello le limitaría al papel de un menor por el resto de la vida de su padre. renunciaría a emprender cualquier otro pleito ante un tribunal federal. Era evidente que había sido criado en el bienestar y desde una buena posición. diez mil dólares al mes no eran suficientes. Además. cuadradas y simples. . Al aceptar. entonces —dijo. El hielo que había entre ellos resultaba demasiado grueso como para poder romperlo. Los lomos de cientos de textos legales —verdes. Su rostro era alargado y delgado. como pedazos de nieve. esbelto y de rasgos angulosos. Las paredes eran blancas.. si no de la suya propia. Littlefield era alto. Sus labios descoloridos formaban dos líneas rectas.. Tu padre ha redactado unas nuevas condiciones que serán más de tu agrado y que no se interpondrán entre tú y tu pensión. granates— armonizaban y resultaban estériles. no cuando una simple lanza Edo costaba sesenta y cinco mil.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 6 —Sólo se trata de un compromiso. Como te has negado a aceptarlos. La oficina de Littlefield parecía haber sido diseñada para hacer juego con la atmósfera glacial que separaba a ambos hombres. —En el pasado —continuó el abogado— afirmabas que las condiciones resultaban inaceptables. han sido depositados en una cuenta especial a tu nombre. sino también inmorales y criminales. con un cutis fresco aunque ligeramente pálido. pero no por ello accederá a todas tus demandas. No se andaron con rodeos.

—Dos días a la semana. tratando de que éste la cogiese. tu padre ya no te pide que trabajes para él como condición para aceptar la pensión. a continuación. —¿Por qué no me lo lee? —preguntó Tucker. Agitó la cabeza y apoyó la espalda en el respaldo de la silla. al tiempo que se ponía en pie. —Segundo: todo el dinero que te ha sido pagado hasta el momento. mirando al abogado y tratando de controlar la rabia que sentía—. —¿Estás rechazando su oferta? —preguntó Littlefield. durante un instante. —Ya comprendo. se . me veía en período de vacaciones. podrá hacerse efectivo de una sola vez. Por eso arrancó esa firma a mi madre cuando ésta se moría. —Estupendo —dijo Tucker. los entresijos de las compañías de tu padre y hacerte cargo de una parte de la gestión de la fortuna familiar. te darás cuenta de cuan generosa resulta la oferta. Estaba tan ocupado con sus planes para ganar más y más dinero que perdió todo contacto con su familia. —¿Usted cree? —preguntó Tucker. Littlefield puso el papel sobre la mesa y. Quiero disfrutar de la vida. —Incluso siguiendo ese horario gozarás del tiempo suficiente para ir aprendiendo. —Bien. Y una vez que perdió ese contacto. Littlefield se sonrojó ligeramente y volvió a sentarse. y que no has cobrado. por lo que estará más en consonancia con tus anteriores pretensiones. en vez de aburrirte con legalismos. que alargó hacia Tucker inclinándose sobre el escritorio. —No es posible —aclaró Tucker. —¿A tiempo parcial. te haré un resumen de los puntos principales. criando úlceras. Me envió a internados. lo último que deseo es convertirme en un administrador de bienes como mi padre. y suspiró al no recibir respuesta... Littlefield asintió. Pero no hay forma alguna de que pueda manipularme y hacerme entrar en ese mundo. también perdió la capacidad de amarnos. —Has juzgado a tu padre con demasiada dureza. Littlefield se aclaró discretamente la garganta parapetándose tras una mano y. miró a Tucker. —Si haces el esfuerzo de leer esto. Creía que a estas alturas ya estaba claro. —En primer lugar. De hecho. no pretende que trabajes para él a jornada completa. Esta medida supone una pérdida en las ganancias del fideicomiso.. volvió a mirar el documento legal. Tucker levantó la palma de la mano.DEAN KOONTZ RODEADOS Littlefield abrió una carpeta manila que reposaba sobre el escritorio y sacó una única hoja de papel amarillo.. Como ya debería saber. entonces? —preguntó Tucker con amargura. pero es un compromiso que tu padre está dispuesto a asumir. Levantó la vista del documento. Si mi madre no hubiera sido tan débil y blanda de carácter. —No quiero hacerme cargo de una parte de la gestión de la fortuna familiar —dijo en tono de hastío—. Éramos una familia de extraños. —Además. —Me gustaría que reconsiderases. se miró las cuidadas y manicuradas uñas de las manos.31 - . tu pensión mensual aumentará hasta alcanzar los quince mil dólares. sin ni siquiera molestarse en levantarse de la silla para hacerse con el papel. Puede que esta actitud espante a mi padre. Tucker esperó. en un gesto destinado a silenciar al abogado. nunca me escribió. —Eso es. pero no a mí. de forma gradual. No quiero desperdiciar el tiempo en bancos y consejos de administración.

DEAN KOONTZ RODEADOS hubiera divorciado de él. Tucker se volvió. Sólo te queremos en el lugar al que perteneces.. Littlefield no dijo nada. Y entonces no tendrás más remedio que llegar a un compromiso. Demonios. resulta menos merecedora de admiración que la forma en que lo hace tu padre. Abrió la puerta y dio un portazo al salir. —¿De qué se trata? Littlefield se había levantado de la silla y permanecía de pie. De nuevo en la familia. Hubiera sido un buen jefe de camareros o portero en un restaurante de moda.. esperando que su voz denotase auténtica sorpresa. ya que también se había convertido en una extraña para él. Por lo que había oído.32 - . Si su madre se hubiera parecido a Elise. y pasaban días y días sin verse. —¿No es acaso una muestra de cariño por parte de tu padre el que desee que te hagas cargo de los negocios de la familia? —Preguntó Littlefield—. Está decidido a doblegarme. ¿Por qué no habría sido más fuerte? —¿Y usted piensa que le he juzgado con demasiada dureza? Dios mío. . daba la impresión de que su padre estaba a punto de contratar a otro grupo de detectives privados para descubrir la verdad sobre la vida de su hijo.. Tendría que volver a estar al tanto por si le seguían. Él mantenía una corte de amantes. no? —preguntó Tucker. mi padre ha perdido el contacto conmigo hace tanto tiempo que ni siquiera se da cuenta de que soy un hombre con mis propias ideas. ¿No crees que. hacía gala de esas mujeres no ya como si no la amase. —¿Ah.? —No hay cariño alguno en ello —afirmó Tucker—. Se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta cruzando la alfombra de color azul acero. sólo permaneció allí con aquella maldita mueca de superioridad en el rostro. muy tieso. —Sea cual sea la forma en que te ganas la vida. a fin de que haga lo que él quiere. Una cosa más. Insiste en creer que soy un muchacho malo que debe ser castigado. en un tono de voz más bajo de lo acostumbrado—. sino como si además pretendiese herirla. Littlefield sonrió satisfecho. que se sentía asustado y divertido a la vez por el giro que había tomado la conversación. he sido blando con él. —¿Insinúa que estoy involucrado en algo ilegal? —aventuró el joven. Tucker sintió que se le aceleraba el corazón y soltó el tirador. —Michael —llamó el abogado cuando Tucker giró el pomo de la puerta—. Apenas se hablaban. Simplemente es una cuestión de orgullo. pensó Tucker. —Tarde o temprano descubriremos de dónde procede tu dinero —anunció Littlefield. pensó Tucker. se habría librado del viejo. amenazado y engañado. —¿Por qué no me echa encima a la policía? ¿O a Hacienda? —No queremos verte en la cárcel —aseguró Littlefield—. —Ustedes piensan que pueden manejar las relaciones humanas como si se tratase de una fusión comercial —dijo Tucker—. Littlefield.. —Ambos sabemos que no puedes estar sacando mucho de todo eso. por lo que ni siquiera necesitaba dormir con ella. Son unos bárbaros. —¿Qué hay de malo en negociar con arte primitivo? —inquirió. No descansará hasta que me haya forzado a cumplir sus deseos.

Demonios. y en su padre. y en general. se sintió felizmente incapaz de atarlos. El lunes por la mañana. pero poseía la certeza razonable de que no le habían seguido. Decidió caminar porque había desaparecido la usual capa de polución gris verdosa y el sol otoñal filtraba sus rayos. Elise llegó justo antes de las cinco. —¿Cómo te ha ido con Littlefield? —Fatal. Una vez más. como cortinas doradas. —He preguntado a todos los que he podido encontrar. Elise y la vida parecían el doble de preciosas que hasta entonces. y llamó a Clitus Felton desde una cabina cercana. —Puede que no hayas preguntado a mucha gente. —¿No te has enterado de nada? —He preguntado por ahí. vieron una vieja película de terror en la televisión. se marchó a casa. El único momento malo de aquel fin de semana idílico. como un gato jugando con un ovillo. gandulearon. al Spanish Pavilion. ya sabes cómo trabajo —dijo en un tono de voz que demostraba cuánto le hería que Tucker pusiera en duda sus habilidades. entró en el estudio y se sentó en el brazo de su butaca. —Creí que querían llegar a un acuerdo. hicieron el amor en más de una ocasión. había soñado en el centro comercial que iba a atracar. Encontró unos cuantos cabos sueltos. No pudo volver a dormirse con facilidad porque las impresiones de la pesadilla pesaban sobre él. hubo muchos tiros y mucha sangre. pero lo cierto es que no detectó a nadie. Inactivo como estaba en esos días. por entre los edificios. Lo primero que dijo Felton en cuanto le devolvió la llamada fue: —Me temo que esto sea tirar el dinero. La fiebre del viernes por la tarde había dado comienzo y las aceras estaban repletas de gente con prisas por llegar a ninguna parte. después de que Elise se hubiera marchado para acudir a varias entrevistas de trabajo para publicidad. —Ese era el problema —respondió Tucker. Se mantuvo a la expectativa por si le seguía uno de los detectives contratados por su padre. Eso marcó el tono general del resto del fin de semana. Salieron a cenar fuera.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 7 Tucker llamó a Frank Meyers desde una cabina próxima a Central Park para decirle que todo estaba listo para el próximo miércoles en California y. El plan era bueno. y . Mike. Fueron a ver un par de buenas películas. Ya en su apartamento. A todo el mundo.33 - . en Edgar Bates y en el nuevo trabajo. Tucker colocó sus credenciales verdaderas en la caja fuerte de la sala de estar y recogió las pertenecientes a Tucker. fue una vivida pesadilla de la que Tucker despertó el domingo por la mañana. y en docenas de policías que le perseguían por interminables pasillos de cristal y alrededor de mostradores en donde se amontonaban joyas y otros objetos de valor. Al día siguiente. leyeron algo. la reputación era todo lo que Clitus Felton tenía. a continuación. Dio mil vueltas a la operación del Oceanview Plaza. pero no había mucho de lo que enterarse. Sin embargo. En esta ocasión. se preparó una copa y se sentó en el estudio pensando en Meyers. bebieron mucha sangría y regresaron a casa para descansar y dormir. Luego salió a la calle y tomó un taxi hasta el Radio City Music Hall.

. —¿Quiénes fueron sus socios en el asunto? —preguntó Tucker. —Siento tener que oírlo. —Le trataron muy mal hace dos años y medio. —Creo que ya lo recuerdo. —Le daré una propina del cincuenta por ciento —aseguró Tucker. —¿Te has dado cuenta de la forma en que habla Frank? —preguntó el viejo. —Porque estoy desesperado —dijo el joven.. Mike. Frank trabajó en lo de aquel camión blindado de Milwaukee. cerró los ojos y apoyó la cabeza contra el teléfono. No he podido encontrar a los otros dos.. —Lindsay. Era un hombre grandote y de aspecto agradable. Frank lo hizo extremadamente bien. —¡Maldita sea. Piensan que Frank es un gran tipo. Bueno. —Sí. cuando dejó de escucharse la voz de la operadora. Hay algo que. con el crimen organizado. La operadora de larga distancia interrumpió la conversación en demanda de más monedas. —No me gusta ir a Queens —dijo el conductor. el caso es que salió malherido. —¿Cuándo fue eso? —Hace seis meses. Ese tipo de cosas pueden cambiar a un hombre. ¿Sabes a lo que me refiero? —Italianos —respondió Tucker. —¿Qué? —preguntó Tucker. —No es culpa tuya —afirmó Tucker—. —Tal vez no —aventuró Felton—. Estuvo más de ocho semanas en el hospital. . y no pudo volver a hablar en seis meses.. —¿Si no lo tienes claro. ten en cuenta que es un buen tipo. un buen profesional. Nada. paró un taxi y dio al chofer una dirección de Queens situada a escasas manzanas del lugar real de destino: el negocio de Imrie. En la calle. Estuvo mezclado con gente que no debía. Spooner y Pierce —informó Felton. —Se trata de algo más que de miedo —dijo Tucker. Phillips. Adiós.34 - . como una rana. —Deberías recordarlo —afirmó Felton—. pueden meterle el miedo en los huesos. —La mayor parte —asintió Felton—. —Creo que tendré que creérmelo —respondió Tucker. Felton refunfuñó. Guardaba un gran parecido con Peter Lawford y se parecía más a un ejecutivo escapado de la rutina que a un taxista. Y aunque Frank esté más nervioso de lo habitual. como si hubiera leído el nombre de una firma de abogados de las altas finanzas. Clitus. —¿Cuál fue su último trabajo? —Ah —dijo Felton—. hizo mucho ruido al sacar un puñado de calderilla y depositó en el aparato lo que pedía la telefonista. Con el auricular todavía apretado contra la oreja. por qué no lo dejas y ya está? —inquirió Felton. Tucker dejó de apoyarse en el teléfono y miró hacia el techo en lugar de continuar mirando el sucio suelo. quedándose pensativo durante unos instantes.DEAN KOONTZ RODEADOS por ello la guardaba celosamente. con el cabello entrecano muy bien cortado. abrió los ojos y miró las colillas de cigarrillos y los envoltorios de chicle que llenaban el suelo de la cabina. —¿Qué dijeron Lindsay y Pierce? —Ya te lo he dicho. sé que hay algo raro en él! —Escúchame —pidió Felton—. —¿Has hablado con todos ellos? —Con Lindsay y Pierce —confirmó Felton—. Tucker suspiró en voz alta. Colgó y empujó la puerta de la cabina para salir.

35 - . A las 12. —Eso es cierto —concedió Tucker. Imrie colocó las tres Skorpion en una vieja y usada maleta. esta vez llenándola con su ropa y los artículos de baño.01. —Claro —concedió Tucker. Retiró las Skorpion de la taquilla y tomó el tren de última hora de la tarde para Filadelfia. —Se equivoca —respondió el taxista—. Ya tenía ganas de recoger las Skorpion. pierdo dinero. disgustado ante la necesidad de mentir. Tucker consultó su reloj. Llegado a Penn Station alquiló una taquilla en la consigna automática. Cuando estuvo convencido de que no olvidaba nada se sentó a la mesa de la cocina con una taza de café. ya de nuevo en el apartamento de Park Avenue. preguntó—: ¿Siempre ha sido taxista? —Debe de hacer un año —respondió el chofer. Mike. y escribió una nota para Elise: «He de resolver un negocio y esta tarde volaré a San Francisco para negociar la venta de una talla de jade del siglo XII. Sabía que cuando las tuviera en su poder. de la dinastía Sung septentrional. Es imposible conseguir una carrera de vuelta desde allí. dejó la maleta en el interior. Besos. se sentiría más confiado en la operación y más seguro de sí mismo. un bloc de notas y un lápiz. Eran las 12. Y cada minuto que voy de vacío. después de pagar al taxista y esperar a que el vehículo desapareciese de su vista. . caminó a lo largo de cuatro manzanas hasta llegar a la parada del autobús y se subió al que le devolvería a Manhattan. recogió la maleta y salió del apartamento. Intentaré sacar un buen precio y volveré dentro de unos días.DEAN KOONTZ RODEADOS El conductor sonrió. —Apostaría a que antes era un ejecutivo. Si no. Fuera. cerró la puerta reforzada. —Eso es muy amable de su parte. Cuando se hubieron adentrado en el flujo del tráfico.45 ya había probado las armas en la galería de tiro de Imrie y las había pagado. Una vez en Queens. sonriendo por el espejo retrovisor. el portero le paró un taxi con el que regresó a Penn Station.» Tucker se incorporó. preparó una segunda maleta. Pero el futuro ya no le importa a nadie. añadió algunas cajas de munición y lo acolchó todo con periódicos viejos. Éste era el primer paso de un complejo y cuidadosamente preparado viaje hasta Santa Mónica. comprobó la cerradura y se guardó la llave roja en el bolsillo. California. Tucker cogió la maleta y salió a la calle. Era físico en la NASA. una vez que hubiese optado por correr el riesgo de estar en posesión de armas ilegales. Poco después de las tres. te llamaré.

En su lugar. al aproximarse al Oceanview Plaza. Tucker echó una mirada al reloj. y ahora habían regresado en un vehículo robado. que no podría ser relacionado con ninguno de los tres. Por el lado sur serpenteaba una carretera de un solo carril. el Oceanview Plaza tenía el aspecto fresco. en el lado este. sin aparcamientos. lo mismo sucedía en la parte trasera. al tiempo que la vieja y medio oxidada camioneta en la que iban irrumpía quejumbrosamente por la carretera de acceso al centro comercial. con un buen sentido de la armonía. imitando las cabañas de techo de paja puntiagudo de los Mares del Sur. Abrió la maleta que reposaba en el asiento entre Frank Meyers y él. Edgar —respondió Meyers. y caros coches deportivos. Sólo la necesitaban durante una o dos horas. Mark-IV. pasó junto a los Cadillacs. y sacó las Skorpion y la munición. el terreno se hallaba mezclado. y apuntó a través del parabrisas hacia la entrada posterior del centro comercial—. Sin embargo. mira todas esas maravillas de lujosos coches —dijo Edgar Bates desde el asiento trasero. que brillaban en la oscuridad con reflejos púrpura provenientes de las luces de arriba. Aquí está el empleado del aparcamiento —dijo. Será mejor que movamos el culo. agradable y decididamente exclusivo. —Las nueve y media —anunció—. punteado de ocasionales palmeras y matojos. podrían hacerlo sin que significase peligro alguno para ellos. Al norte. —¿Qué les ocurre? —preguntó Meyers. el techo se elevaba como si fuera una falsa vertiente cubierta de paja. Pero esto fue lo único que encontré con las llaves puestas. Si algo iba mal y la furgoneta debía ser abandonada en un momento de crisis. —Tal y como os dije —señaló Frank a los otros dos—. con relucientes puertas de cristal. Todos los empleados y encargados salen por esa puerta. Estuvo dando vueltas hasta detenerse junto a algunos Ford y Chevrolet de la gama media y a algunas importaciones baratas. Aunque las tiendas del interior se hallaban todas situadas en el mismo piso. había un aparcamiento para unos quinientos coches. Podría haber resultado un fiasco. Meyers entró la furgoneta de color melocotón en el aparcamiento del lado norte. Los tres habían llegado hasta allí aquella tarde en un Pontiac alquilado por Edgar. Cerrarán dentro de media hora. —¿Por qué no podías robar un estupendo Cadillac en lugar de éste? —preguntó Bates. La policía no sacaría nada de ella.36 - . era rocoso. Sombreado por hileras de cimbreantes palmeras y setos bien cuidados. que se encontraba más en forma de lo que había estado anteriormente—. Thunderbirds. a la mañana siguiente ya sería una patata caliente. —Lo siento de veras. siendo una gran estructura cuadrada de cemento blanco enguijarrado. pero afortunadamente el arquitecto había sido un hombre de talento. Pero eso no importaba. .DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 8 Frente a la autopista principal y al Océano Pacífico. Tendría unos trescientos metros de lado. En el exterior no había ningún cartel ni letreros llamativos que indicasen la existencia de tiendas o de ofertas especiales. La mayoría de los automóviles aparcados allí eran Cadillacs. descendiendo hasta la autopista y más allá. mientras frenaba su propio vehículo. hasta una reluciente playa de arena blanca. —Frank. Una sola fila de aparcamientos flanqueaba el paseo tachonado de árboles que se abría frente al edificio. el centro comercial se extendía sobre una gran extensión de excelente terreno.

¿Cómo se maneja? —Apunta y aprieta el gatillo —le explicó Tucker. daba la impresión de haber mejorado muchísimo en muy poco tiempo. —¿Y en un chárter no registran los equipajes? —inquirió Bates.DEAN KOONTZ RODEADOS —Tienen un aspecto endemoniado —comentó Edgar Bates. —¿Has probado alguna? —He probado las tres —aseguró Tucker. parecía haber mejorado. —Nunca he usado nada como eso —aseguró Bates—. Están mejor que nuevas. —No se desvía. pero nunca había confiado en ellas ni le habían gustado—. ocultándola con la chaqueta de sirsaca a rayas azules y blancas. echándose hacia delante desde el asiento posterior—. —¿En serio? —¿Algo más? —¿Que tal el retroceso? —preguntó Bates. Estas son las mejores. No disponen ni de los recursos ni del tiempo necesarios. por otra parte. estás seguro de que no sería mejor llevar un par de anticuados cuarenta y cinco? —Estoy seguro —respondió Tucker sin volverse a mirar al revientacajas—. Frank Meyers respiraba pesadamente pero. —No está mal. Tal vez era la clase de hombre que se echaba a perder con la inactividad pero que volvía a brillar en cuanto se hallaba en plena acción.37 - . solía trabajar con armas. —Tomé un tren hasta Filadelfia —explicó Tucker. escéptico. —No en las pequeñas compañías regionales —aclaró Tucker—. —¿Hacia qué lado se desvía la mía. no puedo imaginarme cómo has podido transportar esas cosas a través de todo el país. Las limpió e incluso rectificó los cañones. Meyers levantó la pistola por encima del nivel de la ventana y la miró fijamente mientras con el dedo recorría los perfiles del arma y de la culata retráctil. a la derecha o a la izquierda? —preguntó Bates. En Kansas City había cogido el primer vuelo que salía hacia Denver. desde donde llegó . Después volé en un chárter en dirección a Cleveland. Cargaron la munición a la tenue luz violeta que se filtraba por las ventanillas. Eso espero. ¿No registraron tu equipaje? Por la forma en que lo controlan todo a causa de los secuestros aéreos. mientras se guardaba la abultada pistola en el cinturón y se abotonaba la americana por encima—. —Ahora comprendo lo que querías decir cuando hablabas de psicología. —¿Ni siquiera un poco? —Ni siquiera un poco. Al igual que Tucker. —¿No tuviste que pasar por el detector de metales de los aeropuertos? —preguntó Bates. —¿Adonde fuiste desde Cleveland? —Tomé otro chárter hasta Kansas City. Esperaba que su tranquila y casi susurrada explicación calmara al viejo. ¿Mike. No obstante. Reconoció el nerviosismo de Edgar y simpatizó con él. Tucker. Tucker habló: —El tipo que me las ha proporcionado es un armero de primera. Meyers escondió su Skorpion bajo el ancho cinturón. De hecho. ¿Quién demonios intentaría mover un dedo contra algo tan condenadamente feo? —Nadie —concluyó Tucker—. —Nunca he usado una pistola que se mantuviera perfectamente fija sobre el blanco — dudó el viejo. Tucker desconfiaba de los súbitos cambios de personalidad incluso cuando creía conocer las causas que los provocaban.

Tucker insistió en ello. Bates sacudió la cabeza con admiración. ¿Vamos a ganarnos el pan? . En Reno subió a un autobús Greyhound para realizar el corto trayecto hasta San Francisco. La televisión y el cine habían exagerado la importancia de los análisis de huellas y su impacto sobre el mundo del crimen. —Muy bien —dijo Meyers—. pero no hubiera podido subir a un vuelo costa a costa con las Skorpion. guardándoselos en el bolsillo para volver a utilizarlos más tarde. —Desde allí tomé otro avión hasta Los Ángeles —explicó—. No obstante. —¿Y no has tenido que pasar a través de ningún detector de metales o ni siquiera abrir la maleta para que fuera inspeccionada? —Así es. tomaron la precaución de ponerse guantes.DEAN KOONTZ RODEADOS a Reno en un tercer avión. —Creo que ya sé por qué nadie nunca pone objeciones a que seas el jefe —dijo Meyers. Edgar Bates bajó con su maletín lleno de herramientas y se quitaron los finos guantes de algodón que habían utilizado mientras estuvieron en el interior del vehículo robado. por la noche.38 - . He tardado bastante más que si hubiera volado directamente desde Nueva York. ¿Todos listos? Salieron de la camioneta y cerraron las puertas. ¿Por qué ese cambio? ¿Cuánto tiempo duraría? Tucker volvió a mirar su reloj. Su voz contenía una nota de auténtico regocijo. algo de lo que parecía incapaz cuando Tucker le conoció en Nueva York. —Estamos perdiendo el tiempo. Las posibilidades de dejar tras de sí una huella dactilar o cualquier otro indicio que no fuese un vaso acabado de lavar. no valían la pena de ser tenidas en cuenta.

que la propia apariencia seguía siendo impecable. Las paredes estaban revestidas de espejos a intervalos regulares. siendo lugares ideales donde comprobar a hurtadillas. Tucker se sentó en uno de los bancos con las manos cruzadas sobre el regazo para asegurarse de que su chaqueta no dejara traslucir los contornos de la Skorpion. y biombos realizados también a mano. Ahora. Los pasillos públicos que convergían bajo el techo puntiagudo de la construcción se hallaban decorados con macetas rectangulares de piedra llenas de palmeras. Aquí y allá se veían bancos almohadillados en los que los cansados compradores podían descansar y recuperar fuerzas. ésta era la única librería fuera de Nueva York que no vendía libros de bolsillo. Por lo que Tucker había podido ver.39 - . que había servido ya los últimos postres y daba a entender a sus clientes. necesitan llevar a cabo promociones de forma ocasional. La zona principal de descanso contenía más plantas que los pasillos. dotado de paneles de madera oscura y de un techo inclinado que alcanzaba los quince metros de altura en su punto más elevado. un tienda de importación con el escaparate repleto de excelentes piezas de marfil y jade.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 9 Cada uno de los lados del edificio del Oceanview Plaza poseía una entrada precisamente en su parte central. En la tienda había pocos compradores. Justo en el centro de esa zona se encontraba un profundo estanque circular. cada día. mientras se pasaba junto a ellos. y el propietario japonés empezaba a cerrar. mientras esperaba el momento propicio para reunirse con Meyers y Bates en el punto convenido. y que únicamente trataba con los más caros. a partir de la semana siguiente. el lugar favorito en Santa Mónica para almuerzos a media mañana y cenas a primera hora de la noche. se dedicó a observar el flujo comercial que tenía lugar a su alrededor. En el extremo suroccidental se hallaba la librería House of Books. incluso los más exclusivos centros comerciales llenos de las tiendas más caras. que todavía bullía de actividad. El centro del edificio estaba ocupado por un vestíbulo circular de poco más de cien metros de diámetro. lo que le confería una atmósfera fresca. Cientos de eyectores escondidos en las piedras proyectaban surtidores de agua que dibujaban diversos motivos en el aire. Un colorido cartel. natural y relajada. para después caer como una cortina sobre la superficie del estanque. a la vez que permitía que los objetos triplicasen el precio con respecto a su valor real. Habían entrado juntos en el edificio por la puerta oriental y después se habían separado por razones tácticas. aunque el encargado había empezado a apagar algunas de las luces del fondo del local. Aparentemente. Tras él. alfombras tejidas a mano. que era hora de cerrar. lo que le daba un cierto aire de dignidad. una tienda de ropa para la muchacha tradicional. informaba a los compradores de la representación de un mundialmente famoso espectáculo de buceo que tendría lugar en el centro comercial. En la parte nororiental de la sala circular se hallaba Shen Yang's Orient. produciendo un sonido siseante. y otras plantas tropicales. rodeado de piedras semejantes a lava y de verdes helechos enanos. los de tapa dura y de regalo. se encontraba Young Maiden. educada pero firmemente. En el lado noroccidental de la sala estaba el restaurante Henry's Gaslight. situado en las inmediaciones del estanque. helechos en miniatura. Nada de lo que estaba a la venta en Shen Yang's Orient llevaba etiqueta con el importe. Cada una de estas pesadas puertas de cristal se abría sobre un amplio corredor de terrazo con tiendas a ambos lados. que acababa de cerrar sus . en la esquina sudoriental de la sala. Sólo cuatro negocios estaban situados de tal forma que sus escaparates daban a la zona de descanso y sobre la fuente. de unos doce metros de diámetro.

Sólo una cosa empañó su optimismo. A la izquierda estaba la tienda de Rolls-Citroën-Maserati-Jaguar.40 - . En un principio. Allí fue donde Tucker abrió una puerta de color gris sobre la que se leía «Sólo empleados». y se introdujo en el interior. bajando la pistola. Tenía que funcionar. El almacén era tan amplio como cualquiera de las tiendas del edificio e incluso más grande que algunas de ellas.DEAN KOONTZ RODEADOS puertas. —Meyers. caería en manos de su padre. sin apartar la vista del rostro de Meyers. demasiado peligroso. Se incorporó. aunque fuese sólo una vez. pero iba a funcionar. Meyers y Bates le esperaban con las Skorpion desenfundadas. desapareciendo del pasillo. una brillante sala de exposición llena de elegantes automóviles. pero le molestó el que Meyers la hubiera omitido en el plano. Tan sólo un puñado de compradores seguía moviéndose por el lugar. haciendo gala de sus habilidades. secándose el sudor de la amplia frente. A su derecha se asentaba el Toolbox Lounge. pero no vio razón alguna para seguir insistiendo en el tema. he echado un vistazo general al lugar y me he preguntado por qué no incluiste la oficina comercial en el diagrama —preguntó. Si llegaba a fallar. Parecía demasiado arriesgado. La intuición le dijo a Tucker que se debía a algo más que a un descuido. Se me debe de haber pasado. lo que le preocupaba más que la idea de pasar diez años en una prisión federal. así como escopetas expuestas en estuches de terciopelo azul que hubieran hecho parecer plebeya cualquier otra pieza de lujo. Pronto no quedaría nadie. firme. la operación le había parecido el desvarío de un loco. a gusto. ¿Por qué lo habría hecho? Miró la hora que marcaba su reloj y decidió que había llegado el momento de ponerse en marcha. una tienda de deportes diseñada con gusto y dinero en donde podían comprarse tablas de surf y bombonas de submarinismo sobre caras moquetas. Aparte del hecho de que necesitaba el dinero. Le gustaba la nueva personalidad de Meyers. esta nueva versión resultaba más competente. —Están cerrando. El hombretón sonrió. se ajustó la chaqueta para asegurarse de que continuaba disimulando la presencia de la Skorpion. —Sólo tenemos que esperar —aseguró Bates. Los empleados y encargados también se marcharían. Sólo aceptaba un trabajo cuando sentía que podía llevarlo a cabo. Tendría unos ciento veinte metros de largo. En el pasillo occidental de la parte delantera del edificio había una puerta de madera oscura en la que podía leerse: «Oficina Comercial del Oceanview Plaza». El asunto iba a funcionar. Entonces se sentía seguro. Era un neurótico del éxito. Y el trabajo podría por fin empezar. Después vio Surf y Subsurface. y regresó por el corredor oriental. —¿Ah. Después del bar venían la entrada al almacén general del centro comercial y el centro de mantenimiento. Estos cuatro comercios resultaban indicativos del estado de los quince restantes. dieciocho de ancho y . —No disparéis —dijo Tucker. —Esperar —repitió. Supo que la existencia de dicha oficina no alteraría sus planes. en donde se insistía amable pero reiteradamente en decir adiós a los últimos borrachos de la alta sociedad que permanecían en el establecimiento. no la puse? —Preguntó Meyers—. No quería hacer nada que provocase la aparición del matón de Nueva York. —A la hora justa. Tucker no podía soportar el fracaso. Vio un local que no aparecía en el diagrama de Meyers. —¿Qué pasa por ahí fuera? —inquirió Meyers. Nunca se sentía cómodo en un golpe hasta que trabajaba en la caja. cuando Frank Meyers le había hablado de ello. que era el mismo por el que había entrado.

—Bonito perro —dijo Tucker. —Son casi las diez en punto —dijo Bates. Esta fría y azulada iluminación. como ahora. constituían un conjunto que hacía pensar en hospitales y prisiones. Eres un perro bueno y tranquilo. —No me hagas caso —dijo—. Quince o veinte minutos más y podremos actuar. Justo al otro lado de la puerta había una mesa de trabajo. Hace rato que se han ido. cajones de embalaje y varios artículos que serían transportados mediante carros eléctricos y brazos mecánicos a los diversos comercios. Los guardias le habían encadenado allí y.41 - . Tucker volvió a incorporarse. —¿Me he equivocado en algo? Los de mantenimiento trabajan con horario regular: de nueve a cinco. a seis metros de altura. y llena de cajas. toda la luz provenía de los fluorescentes colocados en reflectores metálicos. Tucker sacó la Skorpion de su cintura y se apretó el cinturón. A través de los dientes brillaba la saliva que caía por las comisuras de sus negros labios. En la pared del extremo oriental había dos puertas metálicas onduladas de garaje que llegaban hasta el techo. Estos vehículos eléctricos estaban aparcados en hilera. Bates se pasó una mano robusta de dedos gordezuelos por el blanco cabello y trató de sonreír. emitiendo un sonido parecido al de un motor bajo capas y capas de material aislante. alertado por los pasos de Tucker. —Vaya perrazo —comentó Edgar. a coro con Meyers. —Miró a Meyers—. aunque aquella maldita cosa le asustaba—. que acababa de mirar el suyo—. El suelo estaba dividido en diecinueve secciones de vanado tamaño. Estaba encadenado a una gruesa anilla de hierro fijada a uno de los bloques de cemento de la pared. —Buen perro —dijo Tucker. Pasó junto a sus dos compañeros. ¿Estás seguro de que no hay nadie de mantenimiento en el edificio? Meyers sonrió levemente y dio una palmada al viejo en la espalda. Tucker se sintió molesto y miró su reloj. formado por cajas de mercancías de tres metros de altura. pero manteniendo unos cuantos metros de distancia entre ambos. El suave sonido produjo un eco apenas audible proveniente del techo y de las frías paredes. Nunca me ha gustado la espera. El resto del almacén era empleado como depósito. se encontraba allí. cada una de ellas correspondiente a una de las tiendas del centro. dirigiéndose a través de un estrecho pasillo. El almacén no disponía de ventanas. y fijó sus fieros ojos negros sobre la figura de Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS seis de altura. Nadie va a llegar y nos va a pillar por sorpresa. hasta llegar al otro extremo de la habitación. acuclillándose hasta ponerse a la altura del animal. Los dos vigilantes nocturnos habían traído el perro con ellos cuando entraron a trabajar a las nueve. —¿Y qué hay del perro guardián? —Está donde te dije que estaría —aseguró Meyers. una sierra dé vaivén y un sinfín de herramientas necesarias para que el equipo de mantenimiento trabajase en el edificio. un torno. tratando de acortar la distancia que les separaba. lo suficientemente amplias como para permitir la entrada de la parte trasera de un camión grande. En esta ocasión el pastor alemán trató de morderle y echó las patas hacia delante. a las nueve y . combinada con las paredes de ladrillo gris descubierto y el suelo de cemento. junto a los productos de limpieza y encerado del local. enseñando sus poderosos colmillos hasta que la cadena se tensó. —Asqueroso chucho de mierda —acabó diciendo. Pero sólo pudo componer una mueca dolorosa. El perro se echó hacia delante con las orejas plegadas hacia atrás. El perro. Emitió un gruñido desde el fondo de la garganta pero no ladró ni hizo amago de embestir contra el hombre. Con las puertas del garaje cerradas y bien atrancadas. señalando por encima del hombro. Tucker echó a andar. un saludable y joven pastor alemán de hermoso pelo. Formaba parte del servicio de protección que el centro comercial había contratado: dos hombres y un perro. El perro gruñó un poco más fuerte.

Antes de que Meyers pudiera decir algo. con un deje de autoconmiseración en la voz—. no os molestéis en explicármelo. los guardias regresarían al almacén para desatar al perro. que. y se estremeció al pensar en el pastor alemán—. Las cejas de Bates relucían a causa del sudor. había algo patético en ellos. los miércoles se quedaban hasta más tarde—. . Pero aquella noche el pastor alemán iba a quedarse donde estaba. Tucker se le adelantó. como dos orugas gemelas abriéndose paso a través del rocío. estoy tan maravillado de mi trabajo que floto durante días. Ya se han marchado unos cuantos. —Tiene mala pinta el muy bastardo. Su voz apenas era un susurro. No me hagáis caso.DEAN KOONTZ RODEADOS media. es firme como una roca. Tucker cruzó de nuevo la habitación y se detuvo junto a la puerta. se habían dirigido al interior del centro comercial para ayudar a vaciar el lugar de clientes rezagados. la puerta trasera. pero una vez puesto a trabajar en la caja. —¿Va todo bien? Meyers asintió con vigor. lanzando a Bates una mirada dura y fría. Es que esperar me pone enfermo. —Las diez y cuarto —anunció. una vez solos en el edificio —a excepción del delegado y el interventor del banco. y comprobarían que todos los empleados. Tucker se apartó de la puerta y posó la mirada sobre un par de estanterías que tenía a su derecha. —¿Qué pasa con él? —inquirió a su vez Tucker. inspeccionarían todos los rincones y callejones sin salida a fin de asegurarse de que ningún extraño se quedaba en el interior. ya fuera por accidente o intencionadamente. vendedores y encargados se marchasen por la salida este. La sonrisa era tan amplia que resultaba casi estúpida. encadenado a la pared. Hizo un movimiento y se enjugó el salado fluido de los ojos. oeste y sur. con Bates y Meyers. Cerrarían las entradas norte. tras la hora de cierre. Tucker escuchó pegado a la puerta gris. Probablemente Chet y Artie eran los dos vigilantes nocturnos. ¿verdad? —Comentó. claro —asintió Bates. —Escucha. —Todavía es pronto —dijo Meyers. —Claro. —Entonces —contestó el mismo Bates—. Al principio se pone nervioso. Podría arrancarte un brazo si quisiera. unos cuantos metros pasillo abajo. Ya lo sé. Chet y Artie no tendrían la oportunidad de comer aquella noche o de divertirse jugando a las cartas. me pone muy nervioso. de acuerdo con los informes de Meyers. —¿Qué hay del perro? —preguntó Bates. Al cabo de un rato miró de nuevo su reloj. Echarían una última ojeada y cerrarían las zonas públicas de descanso. como si hablaran de alguien que no estuviera presente. —¿Y qué ocurre cuando acaba de trabajar en la caja? —preguntó Meyers. Edgar lo hará. viendo por primera vez dos termos y dos fiambreras de brillante aluminio. Tucker y Meyers se miraron. y el resto no tardará en hacerlo. sus ojos brillaban. el perro está encadenado a la pared. Va a ser un trabajo de relojería. Pero estaré en forma en cuanto llegue el momento de la verdad. —Nada fuera de lo común. Después. y estará encadenado a la pared mientras permanezcamos aquí. Siempre lo hace. Aunque se trataba de objetos inanimados. Oyó reír y hablar a unos cuantos vendedores que pasaban junto a la entrada del almacén para salir por la puerta este.42 - . —Me pregunto si será así —susurró Meyers. —Créeme —aseguró Tucker—. agarrando la Skorpion con ambas manos e introduciendo un grueso dedo por la guarda del gatillo. La mayoría daba las buenas noches a alguien llamado Chet y a otro hombre que respondía al nombre de Artie. como seguro que solía ocurrir. que sudaba profusamente y tenía el rostro pálido.

43 - . Pero cuando empezase a trabajar en la caja. Era extremadamente suave. Tucker sabía que lo que Bates contaba se acercaba mucho a la verdad. Ya no debería quedar nadie en el interior. Fue fácil. Edgar tragó saliva. y a Tucker eso le preocupaba. La verdad es que parecía demasiado fácil. empezaban a engordar y tenían una capacidad de reacción inferior a la de otros tiempos. tal y como Frank Meyers había prometido. —Mira —explicó Bates a Meyers—. —No se pongan nerviosos —dijo Tucker en un tono de voz tranquilo que inspiraba seguridad—. —Las diez y veinticinco —anunció Meyers. al mirar su reloj—. Estaban tan metidos en la historia que explicaba uno de ellos que ninguno de los dos se dio cuenta de la presencia de los tres intrusos. levantando la Skorpion—. el viejo estaba falto de confianza en sí mismo. tendré que volarles la tapa de los sesos. Habían llegado demasiado lejos como para poder marcharse y olvidarse del asunto. sorprendidos ante la presencia de tres hombres con armas automáticas.DEAN KOONTZ RODEADOS —Es cierto —aseguró Tucker. Ambos medirían sobre el metro ochenta. Todavía no sabían lo que ocurría. Debido a su tono de voz grave y severa. Resultaba evidente que hacía ya tiempo que habían dejado la policía. Se habían hecho con el control del Oceanview Plaza sin verter una sola gota de sangre. Caminaron una docena de pasos hacia el interior del almacén antes de darse cuenta de que algo iba mal. pasivo y retraído. Ahora sólo bromeaban Chet y Artie mientras comprobaban y cerraban las puertas de cristal. Los dos guardias abrieron la puerta del almacén y entraron en él. tan vulnerable como un niño. —Aquí vienen —susurró Tucker. Ahora se sentía sobre todo desamparado. víctima de un complejo de inferioridad. —Si sacan un arma —añadió Meyers. en el momento crítico de la historia en la que estaban sumergidos. . para mí no hay nada excepto el trabajo. Excepto cuando se las había con una caja fuerte o una puerta de seguridad. Sin trabajar me siento vacío. levantaron la mirada y se quedaron helados. la amenaza sonó auténtica. No traten de sacar las pistolas. eran hombres de mediana edad que se habían retirado de un auténtico cuerpo de policía al cabo de veinte años de servicio. Entonces. adquiriría la autoconfianza de Supermán. Un momento después cesaron todas las risas y las conversaciones provenientes del pasillo. Los guardias bizquearon estúpidamente. Ahora ya estaban totalmente comprometidos. Meyers se puso rígido. Levantó la fea Skorpion hasta apuntar a la puerta gris y volvió a sonreír de forma idiota. Actuaban como aficionados.

—Tú ves mucho la televisión. bastardo. —¿Tú quién eres. y señaló a Frank Meyers— estará al otro lado de la puerta del pasillo. Eran del tipo que reacciona químicamente desde el primer momento. —Tengo tu rostro grabado y he memorizado cada uno de sus detalles. El más grandote de los guardias. ya sé que no eres de la clase de hombres que se toman estas cosas a la ligera. Se arrodilló junto al guarda y le sonrió. y un auténtico hijo de perra con uniforme de policía. Y eso no podían permitírselo. con la espalda apoyada contra la pared y las piernas estiradas frente a ellos. Frank Meyers apuntó casualmente al rostro del hombre con la Skorpion mientras se echaba hacia delante. y dijo: —No saldrás de ésta. Pero ahora ya ha sucedido. —Eres un capullo —dijo. peculiar y violento sentido del machismo americano. curar su machismo vapuleado. controlando la salida este. Como la mayoría de tipos de aquel estilo. parecía gris y mezquino. en algún profundo lugar de su interior debía poseer aquel peligroso. frunció el ceño y compuso una mueca de odio. Demonios. de la clase que salta a la yugular del otro a la menor provocación. No estás acostumbrado a dejar que nadie se te suba a la parra. —¿Tú quién eres? —insistió Tucker con mucha calma. Tucker pensó que probablemente habría sido un gran jugador de fútbol en el instituto.44 - . —Chet —le dijo el que tenía las ganas de bronca. El guarda enrojeció. parando a Meyers antes de que el vigilante pudiera responder y exacerbar la situación. —Chet. Por él sería capaz de hacer cualquier locura. Tenía los ojos cercados por grandes bolsas de grasa y las arrugas cruzaban sus mejillas como heridas de espada. Tenían las manos atadas a la espalda y los tobillos ligados con hilo fuerte de cobre que Edgar Bates había sacado del gastado maletín en donde guardaba sus herramientas. un soldado que habría entrado en combate. con desprecio. Chet o Artie? Ambos dieron un respingo. era un hombre rojizo cercano a la cincuentena. Por debajo de su abultado vientre cervecero y de la brillante y enrojecida nariz de alcohólico. Cuanta menos bronca tuviera ganas de organizar. De vez en cuando os echará una . Tucker sabía que lo más importante era tratar de recomponer el orgullo herido de Chet. los vigilantes estaban sentados en el suelo. fijando la vista en los ojos del guarda. Sin embargo. Mi amigo —dijo. tengo vuestras caras completamente memorizadas. y tendrás que apechugar con ello.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 10 Cabreados como un par de perros de cara chata. más cooperativo se mostraría. Tucker sonrió. —Ya está bien —dijo Tucker. —Escuché tras la puerta y oí como todo el mundo os daba las buenas noches. ¿verdad? Has estado muy convincente al interpretar tu parte. era una amenazante presencia con su voz de película de terror. El tipo miró hacia Tucker cuando Bates se retiró con lo que sobraba del hilo de cobre. cinco centímetros y seis kilos más alto y gordo que su compañero. una gran parte de su imagen agresiva era pura fachada. Tucker percibió un antagonismo casi natural entre ambos hombres. El ex policía se disgustó consigo mismo por no habérselo imaginado.

Artie? —preguntó Tucker. Tucker pensó en la puerta de madera oscura. —Vamos —dijo. pasaron junto a Surf and Subsurface. Evidentemente.. Chet le miró sin decir nada. llevándose a Meyers y a Bates del almacén. —Eso está bien —concedió Tucker. pero no estaba alimentado por el mismo fuego interior. —Es tal y como lo describió Frank. en la oficina comercial que había tras ella. Los del banco no estarán trabajando toda la noche. se veían las puertas de cristal cerradas. llevando a cabo una representación. Tucker miró al segundo hombre. La fuente todavía funcionaba en la zona de descanso del centro comercial. Perdió algo de rigidez y sus labios recuperaron el color.. después volvió a mirar a Tucker. Nadie podía entrar o salir por ninguna de esas tres entradas. en el pasillo oriental. —No —respondió Artie.45 - . por el bar. Creo que no existe ninguna razón para que aquí muera nadie esta noche. se veían otras de barras metálicas que. Estaba pálido y obviamente se sentía asustado. Vuestras caras aparecerán en todas las estaciones del país. pero nosotros tenemos ametralladoras. poniéndose en pie. saliendo del techo. —Nadie va a pensar mal de ti porque nos hayas dejado seguir adelante —dijo Tucker. Tan sólo estaba asumiendo un papel. a fin de vigilar las puertas por las que pronto abandonarían el Oceanview Plaza. Tucker gozaba de una clara perspectiva de cada uno de los tres pasillos restantes. En la parte interior del edificio. —Tú no ves razón alguna para hacerte matar. mecanismo que Chet y Artie no habían tenido la oportunidad de desconectar. Al final de cada uno. Será mejor que empecemos. El guardia pareció relajarse ligeramente. Físicamente era sólo un poco menos imponente que Chet. —Tal vez estés en lo cierto —dijo Tucker. pero supuso que se hallaban tan aturdidos que sólo ahora caían en la cuenta de lo que iban a robar. y el agua caía y parecía bailar sobre la superficie del profundo estanque. hasta el último detalle —aseguró Bates—. Me siento cada vez mejor. habían ido a encajar en unas aberturas del suelo. pero ahora no se mostraba genuinamente beligerante. el agua se bombeaba mediante un mecanismo de control situado en el almacén.. Qué demonios. y dijo: —He memorizado vuestros rostros de tal manera que la policía podrá hacer un dibujo exacto de todos vosotros. . Su boca se contrajo aún más y los ojos se convirtieron en rendijas. podría haberle pasado lo mismo a cualquiera. Nunca. Nunca podréis escapar. Ya lo veréis. con paciencia—. Lo hicisteis todo bien. —Sólo tenemos que aprovechar las oportunidades. Situado junto a la fuente. Chet dirigió una fría mirada al otro hombre. —No tenéis oportunidades —aseguró Chet. Frank se quedó atrás. El repiqueteo del agua encubriría cualquier ruido involuntario que pudieran provocar.. ¿verdad que no. Eso estaba bien. ante la tienda de los Rolls Royce. y para cerciorarse de que los vigilantes no interferían. Os hemos cogido por sorpresa. Tucker vio el intercambio de miradas de curiosidad que se produjo entre los vigilantes a la mención de «los del banco».DEAN KOONTZ RODEADOS mirada y no le gustaría ver que hacéis lo posible por soltaros. —Lo estoy. Tucker y Bates recorrieron el pasillo rápidamente y en silencio. Cesó en sus intentos por desasirse de las ligaduras. todos ellos bien iluminados y desiertos. a un metro de dichas puertas. —Son las once menos veinte —anunció Edgar Bates—. y somos más que vosotros.

sometiendo al último delegado que pudiera estar trabajando. Toda la operación funcionaba como un mecanismo de relojería. —Volaré esta caja y la de la joyería. El banco se hallaba desierto. Y.46 - . una de las dos tiendas de ropa más grandes de todo el centro comercial. En alguna otra parte del centro comercial resonaron cinco disparos en rápida sucesión..DEAN KOONTZ RODEADOS y en que ése era el único detalle que no aparecía en el diagrama de Meyers. en donde depositaban sus ganancias diarias la mayor parte de las tiendas y donde los compradores tenían cuentas personales que utilizaban en caso de agotar la línea de crédito de las tiendas. Ya no se le veía nervioso. —Apostaría a que aquí también hay una alarma. la peletería Harold Leonard. Bates enrojeció. Tucker y Bates tenían la intención de ir al banco y tomarlo. —Bueno. nada de eso ocurría. así como al interventor. —No tienes por qué preocuparte —aseguró Tucker. Todavía te queda mucho por hacer. se enfundó un par de finos guantes de algodón y echó una mirada a la juntura de los paneles de vidrio. obviamente satisfecho de que el reto fuese mayor del anunciado.. yo sólo. —Por alguna razón pensé que éste sería un trabajo fácil —dijo el viejo. Edgar. Sabiendo por experiencia que la aproximación directa era siempre lo mejor. tratando de sacudirse la impresión de que algo no acababa de ir bien. Y he aquí que resultaba estar vacío y cerrado. Las puertas correderas de cristal del banco estaban cerradas a cal y canto. la joyería Accent y. —Dios —dijo Bates con desaliento—. Meyers había dicho que las puertas estarían abiertas y que tal vez la cámara acorazada lo estuviera también. un mes tras otro. —¿Del banco? —Deben de tener las llaves para hacer frente a cualquier situación de emergencia o por si se declara un incendio en cualquiera de los comercios —Tucker sonrió al ver las cejas enarcadas del viejo—. Depositó el maletín en el suelo. la oscuridad apenas revelaba dos lámparas nocturnas por encima de la puerta de la cámara acorazada e inmediatamente detrás de la corta hilera de ventanillas.. No tenía sentido preocuparse hasta que algo empezase a ir mal.. Tucker apretó el rostro contra el cristal y examinó el interior del banco. —Y evitando que salten dos juegos de alarmas. Lo más seguro es que se hayan quedado a trabajar todos los miércoles por la noche. Estaba claro que allí dentro no había nadie. A la izquierda estaban Young Maiden. —Tendrás que hacerlo por las malas. estudiando la barrera transparente que los separaba del banco. Había asegurado que tan sólo habría un par de dóciles trabajadores de banca con los que lidiar. No tendrán la combinación de la caja. finalmente. hasta hoy. no? —Chet o Artie tendrán las llaves. Torcieron a la izquierda desde la zona de la fuente y penetraron en el pasillo sur. Estaba en su elemento. la Caja de Crédito y Ahorro Countryside. —¿Ah. A su derecha quedaban la House of Books y Sasbury's. sin tener que esconderse. Después se encogió de hombros. Pero no iba a ser tan fácil. Edgar. No te preocupes. por ahora. No había ningún delegado ni interventor que se hubiera quedado a hacer horas extras. En el interior. .

. Las paredes estaban pintadas de color crema. y parecía sonreír a Tucker. sus nudillos estaban blancos. Se la veía aterrorizada y sus ojos castaños aparecían enormemente blancos. —¿Quién es? —preguntó Tucker. En la mano llevaba una pistola que no había podido utilizar. Ya se ha terminado. ¿verdad? Andabas detrás de alguien. una floristería. la moqueta era de un verde profundo. En el centro de la habitación se encontraba una preciosa joven. tiesa como una estatua. Entra. ¿no es así? Meyers sonrió. mientras se acercaba a la puerta desde el otro extremo de la oficina—. una tienda de ropa para quinceañeros. a la derecha del escritorio. y tenía el aspecto de ser un guardaespaldas.. Se trataba de la recepción que precedía a la oficina. confuso y cabreado. en el centro de un gran charco de sangre. pesado y de estilo vagamente mediterráneo. Lo tenías planeado. vio que Frank Meyers no se encontraba en la salida oriental. Había otro muerto sentado en una silla giratoria tras el escritorio. Mostraba dos agujeros en el pecho y uno en el cuello. de tez morena y espeso cabello negro que le caía hasta los hombros. la librería House of Books. Tucker supo inmediatamente dónde buscar: al otro extremo del almacén donde se encontraban los vigilantes reducidos. Uno de ellos se encontraba en el suelo. Corrió pasando junto a la fuente y se metió por el pasillo del oeste. Sus manos reposaban sobre el secante del escritorio en donde probablemente Meyers le había indicado que las mantuviera. en esa habitación que Meyers había omitido en el diagrama. Pero era incapaz de hacerlo. de unos cincuenta años. —Su secretaria —respondió Meyers. Estaba sentada. Tres óleos le llamaron la atención durante unos instantes. —Maldito bastardo —replicó Tucker—.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 11 Cuando Tucker corrió de regreso por el pasillo meridional y penetró en la zona de descanso común situada bajo el alto techo. Tucker se sintió desfallecer. Tendría unos veintitantos años. la tienda de regalos Craftwell. —¿Estás bien? —Sí —dijo Meyers. Con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole como un martillo sobre el yunque. Pasó junto al restaurante Henri's Gaslight. el mobiliario de tonos oscuros. donde se suponía que debía estar. —Estoy aquí dentro —respondió la familiar y ronca voz. al igual . —Y le cacé. —¿Qué ha pasado? —Nada. Tucker entró y vio a los muertos. más animado que nunca. —¿Frank? —llamó. aunque cubrió la puerta con la Skorpion. El pasillo estaba desierto. Ya ha pasado. sentada tras un enorme escritorio. rechoncho y feo. un importador de calzado. —¿La secretaria de quién? Meyers señaló hacia la puerta abierta que daba paso a la oficina interior.47 - . Tucker entró en la pieza. se detuvo frente a la puerta entreabierta de la oficina comercial del Oceanview Plaza. y se apartó de la línea de fuego. Deseaba regresar por donde había venido y liquidar a Meyers tal y como éste había hecho con aquellos dos. y los finos dedos aparecían fuertemente entrelazados.

tratando de sonreír. lo cual todavía está en pie. —No se preocupe —aseguró Tucker. Me envió al hospital durante meses. ignorando la respuesta de Meyers. riéndose. Keski era el jefe de la organización local.48 - . y dijo: —¿Quién era? —Rudolph Keski —dijo Meyers—. no. Ahora Meyers trataba de justificarse. en voz baja y fría. No tiene nada que ver con usted. —¿Mafia? —inquirió Tucker. No es que fuera una organización pequeña. —¿Lo entiende? . La muchacha asintió. Desvió la mirada de la masacre porque no podía mirar a un muerto sin experimentar íntimamente la sensación de su propia mortalidad. Nadie tendría que haber muerto. No hay ninguna relación entre él y ningún grupo nacional. Tucker hizo una mueca de cansancio. pero tampoco era grande. —Él mató al señor Keski —articuló la muchacha con voz suave. Tendrá que venir con nosotros hasta el almacén y tendremos que atarla. El otro era su protección. El cambio de personalidad que se había producido entre Nueva York y Los Ángeles era ya firme. Pero era polaco. —¿Por qué le buscabas? —preguntó Tucker. —Keski fue el que me proporcionó esta voz —reveló Meyers—. ¿Lo entiende? La mano de la muchacha estaba fría y no abandonó el refugio que le brindaban las de Tucker. Tendremos que atarla mientras lo hacemos. Pero había algo entre él y Keski.. Emitió un sonido extraño y retorció los dedos todavía más. ¿Se encuentra usted bien? —No la he tocado —dijo Meyers. —Demonios. —Ya sé que lo hizo —respondió Tucker. luchando por contener la rabia y el disgusto. Por primera vez cayó en la cuenta de que Tucker no se tomaba los asesinatos a la ligera. —¿Se encuentra usted bien? —le preguntó de nuevo Tucker. acercándose a ella y separando las manos de la chica y tomando la derecha entre las suyas con tanta ternura como si fueran amantes—. A Meyers le hizo gracia la pregunta. pero no le vamos a hacer daño alguno. —Ciertos amigos de Harrisburg aseguran que estuviste mezclado con sicilianos. Así que dije que sólo se trataba de un robo. —Nadie hubiera querido llevar adelante el negocio. —¿Por qué no me hablaste de él? —preguntó Tucker. Ahora todo lo que le preocupa. Estaba fuera de lugar en aquel depósito de cadáveres. como él. —No le ocurrirá nada —volvió a decirle—-. Ella le miró como si fuese sordomuda. —No te hubieras asociado conmigo —confesó Meyers. Miró a Meyers. más tarde —dijo Tucker y miró a la mujer. que luchaba para que su voz sonase tranquila y amable—. y lo que me preocupa a mí es llevarnos algún dinero de la caja del banco del pasillo. no de la Mafia. No va a pasarle nada.. sonriendo alegremente.DEAN KOONTZ RODEADOS que habría sido incapaz de cometer los asesinatos sin sentido llevados a cabo por Meyers. no demasiado — añadió. aunque todavía se sentía mal a causa de la matanza—. Bueno. —Me gustaría saber toda la historia. seductora y deliciosa. —Eso es sólo un rumor —respondió Meyers—. trató de hablar pero no pudo.

no era ninguna mancha en la moqueta. todos aquellos segundos resultaban preciosos. —¿Lo ha utilizado? Ella se apartó de su lado y retrocedió hasta topar con la pared. Ella le miró como si estuviera loco. —¿Lo ha utilizado? —repitió él.. se la llevó a los labios y le besó los dedos. —rogó la muchacha con ojos asustados. En el espacio para las piernas.. en un tono de voz tan suave que Meyers tenía dificultad en oírle—. —Ya sé que está muy asustada.49 - . como si su propio nombre le resultase extraño. que trataba de establecer una rápida comunicación. Daba la impresión de que la sangre se hubiese retirado de su encantador rostro.DEAN KOONTZ RODEADOS —Sí. el choque de la impresión se adueñaba de la chica.. ¿Has usado el pedal? . como un acelerador de coche en miniatura. Ella parpadeó. como si para ella esas sílabas no tuvieran ningún significado. En el centro de este espacio despejado había un pequeño pedal rectangular. y Tucker se dio cuenta de que en sus ojos aparecía una expresión plana. —Muy bien —dijo Tucker. ¿Cómo se llama? Si la policía estaba en camino. —¿Qué? —Su nombre. apoyando la cabeza contra un óleo con un marco rococó. dando paso a una extrema palidez. —No me maten. —Evelyn —empezó a decir Tucker. —Evelyn Ledderson —replicó. Tucker se acercó a la muchacha y volvió a tomar la mano femenina entre las suyas. Le aseguro que siento muchísimo todo esto. pero la paciencia era la única forma de establecer contacto con la chica. Limítese a cooperar y no le ocurrirá nada malo. —No trate de escapar.. No hay ningún sitio adonde ir. ¿te das cuenta de que no queremos hacerte daño alguno? No tenemos nada que ganar con ello. Tucker dejó de hablar cuando ella salió de detrás del enorme escritorio y él se acercó inclinándose para echar una ojeada al lugar que ella acababa de desocupar. no se trataba de una ilusión ni de una sombra. Lo que había creído ver era cierto. —¡Dios mío! —¿Qué? —inquirió Meyers. Dejó de sostenerle la mano y rodeó el escritorio para retirar la silla en la que se sentaba y hacer que se pusiera en pie. Estaba allí. —Por favor. —Tenemos que saberlo. Bajo. bajo el escritorio. Evelyn.. la moqueta verde aparecía cortada en círculo y remachada en los bordes con un remate metálico. Su tono moreno natural había desaparecido. Tucker estaba sorprendido de poder mantener un tono de voz razonable y tranquilo. —¿Cómo se llama? —preguntó él. —Es una alarma —confirmó Tucker. Tucker se sintió como un alambre al ser tensado entre dos tornos. Tucker sabía que su estado habría sido el mismo si hubiera sido él quien se hallase en el lugar de la chica y hubiera visto a Meyers acabar con Keski. que no acababa de recobrar el sentido de la realidad. —No vamos a matarla —respondió Tucker. Se incorporó y miró a la mujer. Sólo quiero que me digas si ese pedal que hay debajo de tu mesa está conectado a alguna alarma en una comisaría de las cercanías. En su interior gritaba y no hacía otra cosa que andar en círculos. —Eres un estúpido —dijo Tucker por toda respuesta..

detrás de Meyers. Se quitó los zapatos de tacón para no tropezar y corrió tras él. forzándola a salir de la oficina. pero sabía que al resistirse sólo conseguiría empeorar las cosas. —Salgamos de aquí —apremió el hombretón. Puede apostar a que lo hice. Tucker agarró a la chica por el brazo. La chica no quería ir. Se oían sirenas a lo lejos.50 - . pero ya podía dominarlo.DEAN KOONTZ RODEADOS Ella le miró a los ojos y pareció calmarse al hacerlo. como si el mensaje estuviera grabado en la retina de Tucker. perdidos los buenos modos. Todavía sentía miedo. Ya no la paralizaba. Tucker miró a Meyers. —Tienes que venir con nosotros —dijo. . como si leyera la sinceridad que había en ellos. —Sí —respondió—.

se abrió paso desde lo más profundo de su mente. —Conseguiremos algo más —insistió Tucker. —Entonces. Ha hecho lo correcto al sellarlas. con una mueca de amargura en el rostro. mientras observaba cómo los cuatro policías se acercaban a la puerta de cristal. —¿Quién es el maldito bastardo? ¿Es que no lo ves. —Podemos abrirnos paso a tiros —aseguró Meyers. —Ni siquiera pasaremos de esta puerta —dijo por encima del hombro. Meyers señaló hacia la puerta. —Ya lo sé. ¿qué vamos a conseguir cerrando la puerta? —Tiempo —reveló Tucker. El espectro del fracaso. Cuando el grupo llegó junto a él. Edgar Bates estaba ocupado sellando la puerta a los agujeros del suelo. Había cogido un juego de llaves de uno de los vigilantes e insertado una de ellas en la ranura de la pared. Tucker se movió hacia la puerta. nada más entrar en la oficina. aparcando tan cerca de éste que casi le rascó la pintura.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 12 Cuando entraron en el pasillo del este vieron a Edgar Bates al otro lado. asociado a la imagen de su padre. Bates dijo: —La poli está en el aparcamiento. llevando a la mujer consigo. frente a la entrada del almacén. Frank? Ya estábamos atrapados. —Tiempo para que lleguen más coches de policía —contestó Meyers. Se oía el zumbido apagado de un motor eléctrico. que ya se había detenido a unos cuatro metros de la entrada del centro comercial. con su voz rasposa. con los ojos brillantes y planos. apareció un segundo coche patrulla junto al primero. Ahora se hacía realidad para todos lo que Tucker había dicho a Evelyn Ledderson pocos minutos antes: que no había ningún lugar al que escapar. —¿Qué es lo que haces? —gritó Meyers. Tenía el rostro congestionado y los ojos tan abiertos y grandes como los de Evelyn Ledderson cuando Tucker la vio. —Tiene razón —dijo Tucker a Meyers—. Bates se rió sin ganas. y frenando tan súbitamente que los neumáticos chirriaron y el vehículo se balanceó sobre sus ejes. Miró hacia el exterior por entre el enrejado de finas barras de metal. —¡Maldito bastardo! Nos has dejado atrapados. De repente. No vamos a salir por aquí. Todo lo que podemos hacer es asegurarnos de que no van a entrar. La puerta que bloquearía el pasillo completamente hacía mucho ruido al bajar. . y vio un coche patrulla. junto a la tienda de deportes Surf and Subsurface.51 - . del que no apreció el color a causa de las hileras de luces de vapor de mercurio del exterior. justo cuando la puerta descendía sobre el terrazo del suelo. activando la puerta de barras metálicas que bajaba desde el techo. a través de las puertas exteriores de cristal que se hallaban a un metro escaso. Meyers pasó junto a él y asió la puerta. —Olvídalo —dijo Tucker. —No recorreríamos ni dos metros —aseguró Tucker. —Tenemos que intentarlo. la sacudió y trató de apartarla. —No podemos encerrarnos en este lugar —dijo Meyers. Bates se volvió para mirarles.

Lo que deberíamos hacer es. Seguro que también tienen cubiertas las demás. y corrieron a refugiarse tras los coches patrulla. —Nunca he dicho lo contrario. Haces que parezca que gozamos de una gran ventaja. saltaron de la trayectoria de disparo como marionetas. En los tiempos que corren no parece importarles demasiado las vidas inocentes. —Si no podemos salir por esta puerta —dijo Meyers—. E incluso si nos permiten llegar hasta la camioneta y largarnos. La orden fue tan tajante y cargada de tanta rabia. —Ya lo sé —dijo Tucker—. Evelyn Ledderson se puso rígida y trató de alejarse de Tucker. —Puedes apostar a que no se quedarán ahí por mucho tiempo —dijo Meyers—. —Sigues insistiendo en lo mismo —continuó Meyers—. y ahora quieren esconderse detrás de mí. que Meyers obedeció y parpadeó estúpidamente. Estaban excitados. Es una mala idea. En cuanto vieron las pistolas. del que Tucker salió victorioso. ¡Quedaos más atrás! Pero no necesitaban que se lo repitieran. Tucker no pudo entender lo que decían.52 - . —¿Cómo? —Todavía no lo sé. —Escuchad —intervino Edgar Bates—. y extendieron sus manos sobre las cejas para protegerse los ojos del reflejo de las luces del aparcamiento tratando de vislumbrar lo que ocurría dentro. Meyers dijo: —Pero tienes que admitir que estamos en una ratonera. La policía nos dispararía igualmente.DEAN KOONTZ RODEADOS —¿Como qué? —Encontraremos otra forma de escapar. nos seguirían hasta que dejásemos libres a los rehenes. Entonces acabarían con nosotros. apretó los delgados labios y se preguntó qué podía responder. —Te permites el lujo de hablarme como te da la gana. Tienes que aceptarlo así y cerrar la boca. rabia y respeto. —Así es.. Tucker habló: —No estaríamos en esta situación si no hubieras ido tras Keski. Meyers se aclaró la garganta y agitó la cabeza para expresar una mezcla de consternación. Después de un corto duelo de miradas. —Ella tiene razón —dijo Tucker—. —¡Retroceded! —Gritó Tucker—. Pero todas las entradas se cierran desde dentro. Pero lo cierto es que no podemos sentarnos aquí y esperar que ellos sigan allá fuera. gritándose unos a otros. Dos de los policías trataban de abrir las puertas exteriores. Tucker pasó el cañón de la Skorpion a través de una de las aberturas del enrejado de la puerta metálica y apuntó hacia los dos policías. —Es una buena idea —apostilló Meyers. aunque sin convicción. tenemos tres rehenes. no podremos hacerlo por ninguna otra. Los muelles de descarga del almacén están cerrados. Podemos usarlos como escudo —añadió con voz temblorosa. Frank Meyers hizo otro tanto.. —Pues no sé qué es lo que esperas. —Usted me dijo que no me harían nada. Nunca he sabido de nadie que pudiera escapar utilizando rehenes. . Así están las cosas. No pueden entrar a cogernos. Con la mujer sujeta justo donde imaginó que los policías podrían verla. La culpa es tuya y sólo tuya. Tucker le miró. así que no me cabrees y acepta la responsabilidad como un profesional. —Cállate —ordenó Tucker.

—Confío en ello.. Deseó no tener que dar la espalda al hombretón para dirigirse hacia la zona de descanso del centro comercial. Debería haber conocido la existencia del pedal de alarma. —Puedes contar conmigo —aseguró Meyers. por favor. —Vamos. tuvo que soportar el penetrante olor que impregnaba la cabina. Sí.. Arrugó la nariz. entonces. —Trata de vigilar todos sus movimientos.53 - . Tengo que llamar a la policía antes de que cometan alguna estupidez. —Me encuentro en el centro comercial Oceanview Plaza —dijo Tucker—. El viejo se dio la vuelta antes de cerrar la puerta del almacén y dijo: —Me he dejado el maletín en el banco y tengo el cable dentro. Bates recogió su pistola. Debería haberlo pensado. que había seguido al viejo con la mirada. y a los movimientos llenos de cautela de los cuatro policías. Necesito . Meyers se pasó el dorso de la manga por el rostro. a las luces rojas que giraban en los techos de los vehículos. Evelyn miró a Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS —Pero. —Claro que no. —acabó diciendo mientras seguía a la muchacha al interior del almacén. Este hombre no cometerá ningún error.. La muchacha precedió a Edgar Bates con aire cansado y no sin dudas. claro. «seguro que puedo confiar en él». —Ya vieron a la chica —dijo Bates. —Tengo más dudas acerca de ti —dijo Tucker. Sus ojos azules no pudieron aguantar la mirada de los ojos oscuros de Tucker. ¿Qué utilizo para atarla? —Tiene que haber algo de cable en los estantes del almacén —aseguró Tucker—Mira por ahí. Aunque consiguió una cierta calma. pensó. Cerró las puertas de la cabina telefónica. —Déjalo para más tarde —cortó Tucker—.. como si el cliente no recordara a quién había llamado. admito que me pasé. junto a la puerta. —Mira. Lleva a Evelyn al almacén y átala junto a Chet y Artie. —No te preocupes —aseguró él—. —Y tal vez crean que nos los hemos cargado —dijo Tucker. «Seguro que sí». Tucker sonrió de mala gana. —Ah —musitó Bates distraídamente. quiero telefonear a la policía. no te hará daño alguno. que había dejado en el suelo. y. Miró más allá de Meyers. Debería haber sabido tanto sobre la oficina de Keski como sobre el resto del centro comercial. con una sombra de duda en el rostro. —Tengo un par de ideas —aseguró Tucker—. logrando reducir gran parte del ruido producido por la fuente. —Pero tal vez crean que se trata de uno de los nuestros. ¿qué otras opciones tenemos? —preguntó Bates. un aroma casi tangible dejado por el último usuario. con la vista clavada en el hombrón. trató de respirar superficialmente y depositó una moneda en la ranura para llamar a la operadora. —No va a sernos de mucha ayuda si la situación empeora —comentó Meyers. como si estuviera medio en trance—. Pero antes de empezar a hablar de ellas. —Saben que tenemos a los vigilantes. y apuntó a la muchacha. pero no empieces ningún tiroteo. y miró a Bates—. a los dos coches del otro lado de la puerta. Quiero hacerles entender que tenemos rehenes. —Operadora —contestó la empleada. Meyers enrojeció.

preguntándose qué situación era aquélla. Quiero que le trasmita cierta información a quien lleva la operación. debida a un cruce de líneas. Pero. con sarcasmo—. veo que lo ha entendido —dijo Tucker.. Tucker respiró hondo. ¿me escucha? —¿Qué significa eso de que es uno de los ladrones? —Le llamo desde una de las cabinas del interior del centro comercial —informó Tucker. Si la policía se enteraba de que se habían cometido dos asesinatos. Tucker trataba de parecer un hombre desesperado. —Espere un minuto —interrumpió Brice. Ahora estaba haciéndose el bravucón. —No dispongo de ningún momento. Evelyn . —También tenemos al guardaespaldas de Keski y a su encantadora secretaria. señor. —Usted está en el interior del centro comercial —dijo Brice—.DEAN KOONTZ RODEADOS hablar con la policía. Póngame ahora mismo con la policía. No puedo ayudarle. Tucker continuó: —Sólo hay seis vías para entrar en el centro comercial y tenemos selladas todas y cada una de ellas. quien aparentemente es dueño de una parte del centro comercial. —Sargento. —En ese caso debe marcar el número de Información —dijo la telefonista. —Olvídese de Información —dijo Tucker. Y es un ladrón. durante los cuales escuchó el sonido de varios relés. Se está cometiendo un atraco en el centro comercial Oceanview Plaza. disgustado de que alguien quisiera saberlo. no respetaría a los rehenes. Su gente no podrá abrirse camino a menos que estén dispuestos a morir en el intento. La mujer dudó. —Policía —respondió una bronca voz masculina. al igual que hiciera Chet. al menos. No se lo repetiré. —Está usted realmente en apuros —dijo Brice. había comprendido que no se trataba de ninguna broma. Si no actúan correctamente habrá gente que morirá sin ninguna necesidad. señor. en tono amenazador. Pasaron unos cuantos segundos. La gente que informaba de crímenes no solía querer saber el nombre del agente de guardia. pero no alguien que no tuviese nada que perder. —¿Dentro? —Eso es. El señor Keski me ha pedido que les trasmita que confía en que actuarán con cautela en esta situación. —Ya le he dicho que se trataba de una emergencia —repitió Tucker—. como si accidentalmente se hubiera metido una de las clavijas en la nariz. Se notaba que hablaba para sí mismo. Se está cometiendo un atraco.. —¿Con quién hablo? —Con el sargento Brice —dijo el policía.. y un teléfono sonó al otro extremo de la línea. —Un momento. —Además —añadió Tucker—. Sólo los sinvergüenzas gustaban de ese toque de familiaridad. Volvió a escuchar relés.. Tucker sabía que hubiera sido un error anunciar la muerte de Keski. escuche atentamente lo que voy a decirle. —No voy a esperar ni un segundo —respondió Tucker—. —¿Pero qué dice? —preguntó Brice. Tenemos a los dos vigilantes nocturnos y también a Rudolph Keski. Ya han llegado algunos coches patrulla —hizo una pausa y continuó—. Soy uno de los ladrones y. Voy a decírselo rápidamente y después colgaré. —Lo siento. Puede que tratasen de entrar y de rescatarles. ¿Sabe qué comisaría se encarga de esta zona? ¿Podría marcar el número. Esto es una auténtica fortaleza. por favor? Se trata de una emergencia. —Sargento. Por si acaso. También pudo escuchar una distante conversación entre dos viejas.54 - . Tenemos rehenes.

—¿Por cuánto tiempo? —Hasta que yo se lo diga. Consideremos una tregua de un par de horas. como un padre reprendiendo a una criatura—. Tucker le interrumpió. Mataremos a los cinco si alguien trata de entrar a buscarnos. antes de que las cosas empeoren para ustedes. —Estamos armados con subfusiles ametralladores. sargento Brice. . pensó Tucker. ¿Cuál es el número de teléfono desde el que llama? —¿Para qué? —Tal vez queramos hablar con ustedes. no estaba mal tener una línea abierta con el otro lado. y podemos hacer mucho daño sí nos lo proponemos. Cuando salió de la cabina. Tal vez todavía lo queramos. Puede que surja algo. sintiendo que Tucker estaba a punto de colgar—. —Lo suficiente. —Todavía no. tan sólo quiero que su gente se esté quieta. —¿Qué demonios quieren hacer ahí dentro? ¿Por qué seguir con una locura así? —Queríamos atracar el banco —anunció Tucker—. Pero ésa es una opción que quiero mantener abierta. Cuatro hombres y una mujer. —Espere un momento —pidió Brice. Nunca se. —Quiere vía libre para salir de ahí a cambio de los rehenes que mantienen en su poder.55 - . —Está usted chiflado —afirmó Brice—. En caso de producirse una crisis. Le dio el número a Brice y colgó antes de que el sargento pudiera añadir nada más. Lo mejor que pueden hacer es salir de ahí ahora mismo..DEAN KOONTZ RODEADOS Ledderson. que nos dejen en paz.. El exagerar en el número no podía perjudicarles y haría que la policía se lo pensara dos veces antes de intentar cualquier cosa. ¿Qué quieren de nosotros? —Ahora mismo —dijo Tucker—. Una banda de tres ladrones era poca cosa. Ríndanse. mientras que siete constituían un pequeño ejército que imponía un cierto respeto. —No pueden estar ahí para siempre. —Pareció darse cuenta de la inutilidad de seguir con la línea abierta—. —Van a arrepentirse de haberse metido en algo así —aseguró Brice con severidad. Somos siete. escuchó más sirenas acercándose por encima del sonido de la fuente.

en Santa Mónica. y siguió mirando al suelo. Comparado con el viejo y con los poderosos abogados. pero él podría manejarlo con facilidad. incapaz de encararse con Tucker—.. —Me gustaría poder entender por qué me has involucrado en todo esto —dijo Tucker. —¿Quién era Rudolph Keski? —Mira. en donde había juego en la parte de atrás. —Me pueden empapelar como cómplice.. un poco como un niño al ser reprendido. Meyers miró al suelo. —¿Cómo le conociste? —Éramos amigos en Nueva York. banqueros y políticos comprados por éste. Frank Meyers no representaba amenaza alguna.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 13 Mientras Bates permanecía de guardia en el corredor este. —No sé por qué quieres saber de qué se trata —dijo Meyers cuando Tucker se detuvo y se apoyó contra una sólida pared formada por cajas de cartón que alcanzaba los tres metros de altura. algo acobardado por la seguridad que emanaba de la voz de Tucker... Meyers no tenía respuesta para eso. . hachís. De ahí pasó a hacer de camello. traficando con drogas: hierba. Podía ser peligroso. —¿Cómo te has enterado? —Me lo dijo Felton. nunca me habría metido contigo en esto. Entonces vino al Oeste y se instaló por su cuenta. —¿Quién era? Meyers era bastante más alto y fuerte que Tucker. El padre de Tucker siempre había sido capaz de herirle emocionalmente tanto como financiera y físicamente. Después reunió a un grupo de chicas y se dedicó a la prostitución. me pidió que me uniese a él. tratando de disminuir la presión de Tucker con un rápido balaceo de su cabezota—. y quise que Clitus me diera unas cuantas respuestas. —Keski trabajaba para las bandas de Nueva York hace unos veinticinco años —dijo. y con la punta del pie dibujó imaginariamente un círculo en el suelo. La atmósfera era pesada y húmeda. incluso heroína. Si no lo hubiera hecho. —He sido yo quien les ha matado —dijo Meyers. Llevamos a cabo cuatro trabajos a lo largo de los años. algún secuestro de vez en cuando.. —Asesinato. violento y tal vez astuto. Tampoco le hacía feos a atracar bancos.. Estaba tan acostumbrado a tratar con su padre y con los sabuesos de éste. No pueden involucrarte en ello. —Yo tenía ciertas dudas acerca de ti —dijo Tucker—. —No te he involucrado en nada. Aquí. Meyers frunció el entrecejo. cobro de protección. Tucker condujo a Frank Meyers al interior del almacén. que nunca podría asustarse ante un hombre que disponía de una ventaja puramente física. empezó con un bar. Las zonas iluminadas por los fluorescentes se alternaban con pozos de sombras azules. Cuando empezó a organizar atracos a bancos de allí. Tucker. —No tenía por qué. pasaron junto a los tres rehenes y se metieron entre las cajas y embalajes a fin de mantener una conversación privada.56 - . anfetas. pero éste no tenía miedo alguno. —Y la última vez que trabajaste con él fue hace dos años y medio —siguió Tucker.

—Y desde entonces has querido cargarte a Keski. pero yo salí adelante. Teevers estaba chapado a la antigua. Cuando caí al suelo me pisó el cuello y casi me destroza la tráquea. No lo veía de la misma manera.DEAN KOONTZ RODEADOS Meyers se limpió el sudor del rostro con un sucio pañuelo y dijo: —La última vez que trabajé con Keski no fue en un robo. No es que fueran íntimos.. —Eso fue un error. aunque me hizo bastante daño. Íbamos a hacerlo nosotros dos solos. y en esta ocasión sí pudo sonreír. Hará unos cuatro años. la chica salió y vio lo que me había sucedido. Subieron enseguida a por mí.. dejándome por muerto. Un año más tarde volví aquí y alquilé un apartamento. ya había trabajado con él en otras ocasiones y siempre se había comportado bien.. —Así es —concedió Meyers. estás tan ocupado tratando de cerrar el tajo que no piensas en protegerte de nada más. Se acercó a mí con el sigilo de un gato. Lo planeamos muy bien. Keski me llamó. a continuación llamó a recepción y pidió una ambulancia. —Keski y tú erais los únicos que sabríais la verdad —comentó Tucker—. Tucker esperó. —¿Cómo? —preguntó Tucker—. Sabía que el hombrón iba a explicárselo todo con pelos y señales. Entonces empecé a seguir a Keski. Era lo suficientemente tonto como para creer que había más dinero en el crimen organizado que en los negocios legales. e intentó componer una sonrisa. Debiste. Quería abandonar las operaciones peligrosas tipo tráfico de drogas. Meyers le miró con inocencia. La había ocultado en el cuarto de baño a la llegada de Keski. un hombre llamado Teevers. Descubrí . pero tampoco se odiaban. Pues qué bien. Era perfecto. pero que lo haría a su manera. Después se marchó.. no me alcanzó la yugular —acabó. —¿Tu debilidad? —Había una mujer conmigo —dijo Meyers—. Eres bastante más grande de lo que él era. Cuando alguien te hace algo así. acariciando la Skorpion como si estuviese viva—. Keski decidió que ya era hora de invertir todo su dinero en negocios legales. —Sí. —Durante la mayor parte de los últimos veinticinco años —dijo Meyers—. —Me pagó la mitad por adelantado —dijo Meyers—. algo que no consiguió. Nos encontramos en un hotel de Los Ángeles para hacerme entrega del resto.. —Casi lo consigue —dijo Meyers. Keski tuvo un socio. No me cortó la yugular. incrédulo. —¿De verdad no imaginaste lo que vendría a continuación? —preguntó Tucker. Le di la espalda porque nunca pensé que pudiera. un viejo que había sufrido un fatal ataque al corazón. En el momento en que Keski se marchó. mira. juego y protecciones. No tenía por qué darle prisas. Podría haber muerto igualmente. parecería un accidente incluso para la policía y los del seguro. Y me rebanó el pescuezo. —Ahora ya lo sabes. —Así es —confirmó Meyers—. —De todas formas debiste de haberte desangrado. pero sucedió que tres pisos más abajo había una ambulancia que había acudido a atender una urgencia..57 - . fue en un asesinato. —La voz susurrante de Meyers se hizo más profunda—. El viejo murió.... Iban al cincuenta por ciento en todo. —Y Keski pensó que la mejor forma de acabar con el desacuerdo era matando a Teevers. —La verdad es que no. incluso en los riesgos.. —Me salvó mi debilidad —dijo Meyers. y se suponía que iba a entregarme el resto una vez que estuviera hecho el trabajo. No quería que fuese testigo del pago. —Keski trató de matarte. Bueno.

—No me hubiera reconocido aunque lo hubiese hecho —contestó Meyers—. ni el de Edgar. —Ya lo sé. pero entre un trabajo y otro todo resultaba un desastre. Tucker. una llama contenida pero perenne—. Le seguí hasta esta oficina. asintiendo con la cabeza—. Él. —En el suelo —indicó Tucker. cada día. —Empecé a darme cuenta de que sería un trabajo estupendo —confirmó Meyers. ¿Es que no lo entiendes? —No. Tenía que liquidar a Keski antes que todo el maldito asunto acabara devorándome.. —Era Keski quien se quedaba los miércoles hasta tarde —dijo Tucker—. Al llevar a cabo su venganza y matar a Rudolph Keski. pero si me dejases. tal y como había sido su deseo.. en busca de una oportunidad. —Así es. Antes solía vestir mejor y llevaba el pelo muy corto. —Teníamos que habernos abierto paso a tiros mientras tuvimos ocasión. Podemos reventar la caja del banco tanto si el delegado está como si no. —Casi me mata. Estaba contra las cuerdas. perplejo. pero continuó estando perplejo. te aprendiste la distribución del lugar. No el mío. —¿No te vio nunca? —inquirió Tucker. —Así que.. y una docena de cosas más. Su talento y sus nervios nunca volverían a ser como antes de que Keski le rebanase el pescuezo. cuando te dedicaste a seguir a Keski. —Ese era tu problema —dijo Tucker—.. Todavía puedo conseguir algunos trabajos. Pero te olvidaste del pedal de alarma que había debajo de la mesa de Evelyn Ledderson. Había comprado la participación mayoritaria de este centro comercial. —Tuve que mentir para que el plan te gustase —dijo Meyers con la mayor seriedad.DEAN KOONTZ RODEADOS que se había vuelto decente. —Ahora ya es demasiado tarde para eso —replicó Tucker.. pero me lo afeitaron en el hospital y nunca me lo volví a dejar. —No tenía opción. —Mentiste. como si durante la conversación hubiera olvidado que estaban en una ratonera y que coches cargados de policías rodeaban el edificio. poseía moteles y restaurantes a lo largo de la costa. Me mentiste a mí. —Creo que he dado con algo mejor —cortó Tucker. durante dos meses. —Podíamos —dijo Tucker. Veía la rabia en la mirada de Tucker. —Se aclaró la garganta y miró a Tucker hecho un amasijo de nervios—. Sabía que el muy bastardo se sorprendería al verme entrar en su despacho una hora después de cerrar las puertas y apuntarle con una pistola. También había llevado bigote. . —Escucha —aventuró Meyers—. Si logras salir de ésta. alejándose de la pared de cajas y ajustándose la chaqueta con un rápido movimiento de los hombros—. y no el delegado del banco. Meyers miró hacia abajo. ¿Sabes qué es eso que tienes ahí al lado? Meyers miró a derecha e izquierda. Mentiste a Felton.58 - . Me sentaba en aquel apartamento de Nueva York y no hacía más que pensar en ello. Pero por entonces llevaba dos guardaespaldas.. Frank Meyers no había recuperado su sentido común y su autocontrol. estarás acabado para los negocios. lo vio. con retintín—. —Eso no cambia nada —afirmó Tucker—. Y me pareció una buena idea «limpiar» el centro comercial después de haberme deshecho de él. —¡Qué asco! —replicó Meyers. Seguía siendo un hombre destrozado que actuaba bajo un imperativo. Creí que podría combinar el liquidar a Keski con el trabajo aquí.

—Ya —respondió Tucker—. — Dejó la pistola a un lado—. —¿Pasar por una alcantarilla? —No es una alcantarilla —corrigió Tucker. con impaciencia—. —Sigo sin poder ver nada. díselo. Ve a las mesas de trabajo y mira a ver si puedes encontrar una linterna. —¿Algo más? —Tal vez deberías echar una mirada al pasillo y ver si a Edgar le va todo bien. una oscuridad negra y aterciopelada como la de un cielo sin estrellas. durante unos instantes. Seguro que disponen de un sistema de desagüe en caso de tormentas. —Está diseñado para conducir grandes cantidades de agua durante cortos períodos de tiempo. —Sí. Debe de ser lo suficientemente grande como para permitirnos gatear hasta la salida. Eso es todo. Aunque no nos lleve a ninguna parte. Tucker se arrodilló junto a la rejilla del desagüe. —¿Lo dices en serio? —Debería funcionar. Todos estamos igual. A través de los agujeros de la rejilla miró hacia el túnel que se extendía por debajo. o casi seca. con la mitad del diámetro de una tapa de alcantarilla normal. y también se arrodilló. señalando el agujero. De mala gana. Consiguieron levantarla entre ambos. Meyers recogió su Skorpion y. —Yo tampoco estoy muy bien —añadió Meyers. Tucker regresó junto al agujero y se arrodilló de nuevo. —No lo sé —admitió Tucker—. le animará durante unos minutos. Tal vez no sea mala idea. —Pero si nos metemos por ahí —siguió Meyers—. Lo más seguro es que se encuentre bastante mal. ¿cómo saldremos? Estaba claro que no veía clara la idea de utilizar el desagüe como vía de escape. Tan sólo es una conducción para el agua de lluvia. hay algunas colinas escarpadas y vacías. —¿Y qué? —preguntó Meyers. Cuando llueve debe bajar mucha agua hacia el aparcamiento. la sostuvo con ambas manos. se incorporó. . Meyers dejó la Skorpion en el suelo junto a la de Tucker. la arrastraron y la depositaron a unos pocos metros de distancia. y agarró la tapa por el otro lado.DEAN KOONTZ RODEADOS —Es un desagüe. Tras el entramado metálico sólo se apreciaba oscuridad. Pero estoy seguro de que encontraremos una salida. Ahora tiene que estar seca. Ayúdame a quitar la tapa. detrás del centro comercial.59 - . Se puso en pie y metió los dedos entre el enrejado metálico. —Ahí fuera. Meyers se metió un dedo en la oreja como si no hubiera escuchado con claridad el comentario de Tucker. —¿Le explico lo del desagüe? —preguntó Meyers. —Un desagüe para las tormentas suele ser de gran tamaño —dijo Tucker. pensativamente. Tucker levantó la cabeza.

Después el terreno caía hacia la carretera principal o hasta llegar al mar. —Muy bien. Si las canalizaciones destinadas a encauzar el agua de las tormentas se vaciaban en algún lugar. Un poco más adelante. Y si iba a conducirles hasta el dulce aire de la libertad. como un etéreo círculo de una extrema y débil luz gris que contrastaba con la oscuridad total de las paredes del túnel. formaciones rocosas. Apagó la linterna y permaneció inmóvil hasta que sus ojos se acostumbraron a la intensa oscuridad. Cuando Tucker dobló el recodo de la tubería. bosque bajo castigado por el sol. El aire estaba viciado pero no resultaba desagradable. y manchado aquí y allá con luminiscente musgo de color verdoso. Tucker enfocó la linterna hacia el interior de la tubería. mirando por la entrada circular del desagüe. Se volvió hacia el sur y empezó a caminar. ya que era casi tan alta como para permanecer en pie y lo suficientemente ancha como para caminar con holgura. y cuando la luz los iluminaba. cayendo sobre un suelo de acero ondulado. —Todavía no. Encendió la linterna que le había alcanzado Meyers y descubrió que la tubería era más grande de lo que había imaginado. Dirigió el haz de la linterna hacia las paredes. —Tal vez hayamos dado con algo —aventuró Tucker. Sus pisadas retumbaban sobre el suelo metálico. un poco oxidado. . como una arteria de la tierra. En ambas direcciones el túnel conducía a una oscuridad sin relieves. inclinándose para no dar con la cabeza contra el techo. y algunos insectos se movían nerviosamente arriba y abajo. algunas palmeras. tendría que ser en ese terreno baldío. Cuando metía el pie en un charco el sonido retumbaba amplificado hasta parecerse al incesante rumor de la fuente gigante de la zona de descanso del centro comercial. y que los cuidados terrenos sobre los que se levantaba el centro comercial daban paso a un paisaje de abruptas y melladas colinas. en el suelo del almacén. atrapó su atención. entonces podría resistirlo. Poco a poco fue capaz de ir discerniendo una zona de menor oscuridad situada a unos dos metros por delante de él que. el aire cargado pareció vivificarse y convertirse en una fresca brisa nocturna. Entre las ondulaciones podían apreciarse algunas telarañas. que se hallaba arrodillado por encima de Tucker. Aunque las paredes estaban secas. Varios ciempiés colgaban del techo. y a varios barrancos producto de la erosión semejantes a docenas de cauces secos.60 - . primero miró hacia el sur y después hacia el norte. el suelo de la tubería estaba encharcado y el agua desprendía un penetrante hedor. Tucker se hallaba en pie en una especie de charco de lodo fangoso que brillaba como el aceite cuando era iluminado. produciendo ecos por todas partes. el túnel torcía hacia la izquierda. Recordó que hacia el sur no había aparcamiento alguno. —¿Cómo lo ves? —preguntó Frank Meyers. corrían a buscar refugio entre las sombras. —¿Quieres que baje? —preguntó Meyers. y de repente supo que se acercaba al final del sistema de desagüe.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 14 Tucker se sentó al borde del agujero de desagüe y después saltó. lanzándose a la oscuridad. recordaba al de un armario lleno de ropa vieja. como una lejana baliza. El túnel estaba seco. —Te esperare aquí arriba.

Aparentemente no pudieron penetrar lo suficiente en la oscuridad del túnel como para verle. Cuando contemplaba la posibilidad de perderla. se sentía casi paralizado. Si perdía a Elise perdería todo lo que más le importaba.. a menos de veinte metros de la salida del desagüe. en cómo bromeaban juntos. eso era algo que no siempre se había admitido a sí mismo. Se quedaron a un lado de un estrecho canal erosionado mientras miraban hacia la boca del desagüe en la que Tucker se ocultaba. como gigantescos navíos. resbalando y tropezando en el cauce seco. pensó en la forma en que caminaba y hablaba. descendieron ruidosamente por el costado del barranco. A pesar de toda su fría sofisticación.DEAN KOONTZ RODEADOS Avanzó con cierta cautela. Miró las colinas teñidas de sombras y la vertiente que descendía hacia el bravío mar nocturno. Lo cual no era nada bueno. Tucker se detuvo y echó una ojeada al exterior. pero no podía oír claramente lo que decían.. A unos treinta metros colina abajo. Los automóviles continuaban deslizándose por la carretera. Así que éste no era el momento de echarlo todo a perder y arruinar su vida. Se sentía más orgulloso de su identidad falsa que de la verdadera. Grandes masas de nubes grisáceas se acercaban desde el mar. Allí sólo se movían dos cosas: una espesa nube que venía procedente del mar en dirección este y una hilera de automóviles sobre la autopista principal. dieron paso a un tráfico fluido. que significaba «espabilado». en cómo hacían el amor y compartían sus vidas. en el borde del barranco. Detrás de las linternas aparecieron tres policías. Tucker se puso rígido. Tucker desplegó la culata retráctil de la Skorpion y la observó. A Tucker le llegaban los ecos de las voces traídos por la suave brisa del mar. aunque constató que las balas rebotarían contra las paredes de metal que le rodeaban por todas partes. emplearía la pistola como subfusil ametrallador. a unos cien metros de distancia. aparecieron dos haces de luz provenientes de linternas. Lo estaba. que se hallaba al comienzo de un barranco a un metro y medio por encima del suelo... Tucker comprobó que la Skorpion estuviera cargada. al cabo de unos instantes. Trató de apretarse contra la pared cuanto le fue posible para que su presencia pasase lo más inadvertida posible en caso de que pudieran dispararle. Las linternas parpadearon casi al mismo tiempo. se movía y lo impedía. Si los policías se decidían a remontar el barranco y trataban de entrar en el centro comercial a través del túnel. y se sintió terriblemente solo. En vez de eso. Tucker pensó sin querer en Elise y conjuró una vivida imagen mental del rostro de la muchacha y de su esbelto cuerpo.61 - . y no lo conseguirían si se incorporaba. convirtiéndose en un murmullo ininteligible. estuvo seguro de que no intentarían acercarse más. Tan sólo les habían . Deseaba con todas sus fuerzas que permanecieran donde estaban. Cuando Tucker hubo observado las rocas y escuchado a los policías durante al menos cinco minutos. ya que no realizaron esfuerzo alguno para protegerse o bien para ocultar sus movimientos. Pasaron unos minutos hasta que la conversación perdió intensidad. haciendo el menor ruido posible.. Sintió un retortijón.. en donde tomaron posiciones tras una serie de rocas. Entonces oyó voces cada vez más cercanas. De la autopista de abajo llegaba una sinfonía de bocinas y de bruscos frenazos que. lo cierto es que se necesitaban el uno al otro. En los otros catorce trabajos que había llevado a cabo se había labrado un nombre y se había mostrado digno del seudónimo de «Tucker». de todas sus charlas sobre ser capaz de seguir caminos separados. Todavía no le habían derrotado. Saldría de ésta de algún modo. La noche cayó sobre todos súbitamente. sintió frío y cansancio. En la boca del desagüe.

—¡Mierda! —Yo pienso lo mismo. puede ser derrotado. —Sí. saltando sobre el suelo de cemento. —Entonces. lo único que podemos.. con el rostro asomado al interior de la. tubería. Se incorporó y se dio la vuelta. y gritó para que Tucker le escuchase: —¡Uno de los teléfonos de la zona de descanso está sonando! —¿La poli? —aventuró Meyers. Tucker asintió y se puso en pie. Todo el mundo puede ser derrotado. —¿Conduce al exterior? —le preguntó Meyers. iniciando una conversación interior—. —Empezaba a preocuparme. sin molestarse en encender la linterna hasta que estuvo a una distancia de veinte pasos tras el recodo de la tubería y de vuelta al aire viciado del conducto principal. —Te apuesto a que es para mí. Quienquiera que estuviese al mando de la operación policial era un tipo sagaz y peligroso. recobrando el aliento—. «Pero poco importa» —pensó Tucker. en donde montaba guardia. Ellos también pensaron en lo mismo y han apostado tres hombres en el exterior. . no importa lo duro o inteligente que sea. —Ayúdame a subir —pidió Tucker. alargándole la linterna y la Skorpion. El rostro de Meyers se convirtió en una máscara de rabia.62 - . Se rió tranquilamente y eso le hizo sentirse mucho mejor que la conversación interior. Tucker sonrió inexorable.. Caminó en dirección norte por donde había venido. El viejo se asomó a la puerta desde el pasillo del este. tratando de no tropezar con las ondulaciones. El hombretón le ofreció una mano. como coletilla a su pensamiento. Tucker se la cogió y se alzó por encima del borde del agujero.DEAN KOONTZ RODEADOS enviado a cubrir el desagüe a fin de que nadie intentase escapar por allí.. —No hay necesidad —dijo Tucker. mostrado ansiedad. Meyers se vio interrumpido por Edgar Bates. —¿Conduce al exterior? —volvió a preguntar. odio y frustración. Frank Meyers le esperaba en el agujero del suelo del almacén. alguien que pensaba en lo inverosímil y se preparaba para lo improbable. «Sea quien sea ese bastardo. —¿Podemos utilizarlo? —No —respondió Tucker.» —Excepto yo —dijo en voz baja.

y lo sabía. Justo enfrente. . Había recorrido un largo camino dentro de la policía en un relativamente corto espacio de tiempo. —Eso depende de ustedes —dijo el desconocido. visible a través de la clara pantalla de plástico. Una voz tranquila y firme contestó: —¿Diga? —Me llamo Kluger —dijo el teniente—. quisiera saber qué es lo próximo que van a hacer. su cabello color caoba había empezado a encanecer en las sienes. se encontraba un mostrador cuadrado para los dispensadores de sellos. tanto en la vertiente política como en la física. Kluger estaba en la cabina telefónica de la plataforma elevada que había en el servicio de correos automático del centro comercial.. de eso estaba convencido. y ganado promociones y ascensos precisamente a causa de que estaba dispuesto a emplear todos los medios a su alcance y a hacerse cargo de las peores situaciones. contaba con los largos brazos y manos de las estrellas del baloncesto.. Los ojos eran oscuros y nerviosos.. profundamente protegidos bajo una amplia frente que contenía las únicas escasas arrugas de todo su rostro. en la esquina nororiental del aparcamiento. Por la mañana la prensa se habría encarnizado con la policía por la forma en que habían desalojado a aquellos sinvergüenzas. Y. tratando de apaciguar la irritación que sentía—. Afortunadamente. —¿Cómo? —Sí. Tenía la mandíbula parecida a la de Ronald Reagan. El aparato estaba junto a su hombro izquierdo.. Su rostro era cuadrado y sin arrugas. pero duro y frío como el hielo.63 - . Norman Kluger poseía un innegable porte de autoridad. si tratan de forzar la situación. Si intentan cualquier heroicidad. había sido puesto al mando de la respuesta policial a la crisis del centro comercial Oceanview Plaza. De treinta y cinco años. eso no sería nada inteligente. y oyó sonar el teléfono una y otra vez al otro extremo de la línea. Y tal vez todo acabara con cientos de miles de dólares en pérdidas. las básculas y los buzones. tratando de no verse involucrado en un trabajo que era potencialmente peligroso. y era ese toque. y con aspecto de tener un par menos. Era cierto que moriría gente antes de que acabase la noche. treinta minutos antes. Bueno. y por ello la erguía hacia delante tan consciente y efectivamente como siempre hizo Reagan. convirtiéndose así en el jefe de policía más joven del cuerpo. —¿Y? —Pues —dijo Kluger. el teléfono dejó de sonar. ese detalle. Observó a sus hombres. estaba el Oceanview Plaza y la mayoría de los veinte patrulleros de los que Kluger era responsable en aquellos momentos. y en ella incluía tanto policías como atracadores. depende de si ustedes actúan o no con inteligencia. el oficial que. en uno de los mejores. estaba encantado de asumir toda la responsabilidad del asunto. más que el tamaño de su mandíbula. tras la cabina. era elegante y musculoso. Pero a Kluger no le preocupaba nada de todo aquello. En el centro comercial. Sabía que su inmediato superior del turno de noche se había sacado el caso de encima. A su derecha.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 15 El teniente Norman Kluger. Medía uno ochenta y ocho. lo que le hacía parecer lo suficientemente viejo y experimentado como para merecer el mando. y estoy al mando de la policía que rodea el lugar. Tenía puesto el ojo en el puesto de jefe del departamento y quería ocuparlo para cuando cumpliese los cuarenta.

que no daba crédito a Lo que oía. aproximadamente. y si matan a alguno por equivocación. chorizos de mierda. Después de todo.DEAN KOONTZ RODEADOS El teniente frunció el ceño y juntó las espesas y rojizas cejas. Había confiado en escuchar una nota de desesperación en la voz de aquel hombre. ¿Y qué es lo que van a hacer? ¿Cuánto tiempo puede durar todo esto? ¿Es que van a quedarse a vivir ahí dentro? El desconocido se rió. con rudeza—.64 - . no va a ser nada divertido —dijo. —¿Días? —preguntó Kluger. Tal vez tardemos unas horas. Si tratamos de utilizarlos como escudo. casi parecía sereno. lo que había pasado por la mente de Kluger durante los últimos veinte minutos. —Parece que te has dado cuenta. todo lo que queremos de ustedes —dijo el hombre del interior del centro comercial—. —Estás loco. —Entonces eso quiere decir que los utilizarán —Lo dudo. o demasiado bien. sea quien sea. Se sintió incómodo ante la perspicacia de aquel extraño. —Pero —continuó—. es lo que ya le dijimos a Brice: que se vayan de aquí. en la que mantenemos a unos rehenes. dando éstas la impresión de convertirse en una sola. nos freirán a tiros. Confiarán en la puntería y en la suerte para no dar a los rehenes. será mejor que no nos envíes a esos tres . —¿De veras? —Sabéis que así es —afirmó el teniente. Si tratáis de entrar por estas puertas moriréis como moscas. —De momento. Eso había sido. Su risa era suave y modulada. Y a propósito. entonces harán todo lo que esté en su mano para culparnos a nosotros. —El sargento Brice me ha informado de que retienen a unos rehenes. Le he hecho una pregunta muy en serio ¿Cómo diablos pensáis. —Eso son chorradas —contestó el hombre del teléfono—. —No me diga —respondió Kluger—. —Pues yo no lo sé —contestó el otro—. que por entonces ya no estaremos vivos para contradecirles. —Mientras estén en su poder tendremos que dejarles en paz —dijo Kluger—. No traten de entrar a por nosotros. Retrocedan y quédense ahí. No queremos que ningún inocente salga herido. Puede que estemos sitiados. es un placer tratar con un policía con sentido del humor. —Al menos —dijo el hombre de dentro—. No tenemos elección. como la de un actor. —Eso es lo que he dicho. —Estáis en una situación desesperada. da la impresión de que no podremos salir de aquí sin ir a parar a vuestras manos. El desconocido no respondió nada. A Kluger no le gustaba nada la gente que se reía demasiado. —A cinco —confirmó el hombre. que vais a poder esconderos ahí dentro? El hombre permaneció en silencio durante unos instantes. Kluger. —Mire. aquel desconocido y los demás rufianes se hallaban atrapados como serpientes en un saco. o tal vez unos días. pero también es cierto que nos hallamos en el interior de una fortaleza. Pero el que estaba al otro lado de la línea parecía no sentir miedo alguno. vosotros tampoco podéis entrar sin caer en las nuestras. Kluger dio un respingo ante su propio reflejo sobre la pantalla de plástico que protegía el teléfono. y si a ustedes se les ocurre pensar que tienen una oportunidad. —Vamos a permanecer aquí dentro hasta que podamos escapar. A primera vista. igualmente. tratando de ajustarse a los nuevos modales de Kluger.

ya que debía calmarse antes de poder contestar. finalmente. Puede que sienta deseos de llamarte para rendirme —aventuró el extraño. despacio. —¿Ah. y en cambio tomaba unos caprichosos derroteros que le dejaban perplejo. Haréis salir a los rehenes y. no? —Con todas esas luces encendidas podemos mirar a través de las puertas con los prismáticos y ver qué es lo que sucede. Sólo hemos visto a tres de vosotros. Ellos vieron a tus hombres entrando por el barranco un par de minutos antes de que llamases. No me lo creo. pero se contuvo. La conversación no seguía por los cauces que él había imaginado.. os quedaréis con mis hombres. No tenéis enfrente a una pandilla de desgraciados. Kluger empezó a transpirar copiosamente por la frente. —¡No dispararemos contra los nuestros! —insistió impaciente Kluger. señores. Los músculos de su cuello se abombaban y daban la impresión de ser cuerdas tirantes. para decir después—: Escucha. sabelotodo —dijo. —Ya he dicho que no.65 - . tratando de cambiar de tema. ¿Por qué aquel desconocido no entraba en razón? ¿Por qué no estaba de acuerdo en nada? ¿Qué era lo que le hacía tan condenadamente diferente a los cientos de otros maleantes que Kluger tan bien había manejado en el pasado? —Dos patrulleros constituirán una mejor protección que los cinco que ahora tenéis. —Voy a enviar dos hombres al interior. —Puede que en el desagüe no haya nadie —dijo Kluger con rabia. —Has desaprovechado la oportunidad. —Y los dos del desagüe. ¿Deseas algo más? A Kluger le chorreaba el sudor por las sienes. Sólo conseguirán que les vuelen la cabeza antes de llegar al almacén. maldita sea. tenía la cara enrojecida. Kluger no respondió de inmediato. pero con mucha tensión acumulada. —Hazla. Kluger se lo dijo. así que eres todo eso —dijo el desconocido. —Hay una cosa que no me creo —dijo. no siete. —¿Cómo sabes que están ahí? —Tenemos un par de nuestros hombres en el desagüe —dijo el de dentro—. El teniente habló lisa y llanamente. Pondré a un hombre aquí permanentemente para . —Vaya. Durante unos instantes se hizo el silencio entre ambos extremos de la línea. Tres. añadiendo más confusión y frustración al estado del teniente—. Y se rió. Fui voluntario. Kluger deseó poder destrozar la cabina con el puño. con su barbilla tipo Ronald Reagan estirada al máximo.DEAN KOONTZ RODEADOS hombres apostados en el desagüe. —Tal vez no estén ahí —dijo el desconocido.. Estáis tratando con un veterano. dos policías desarmados. ¿cuál es vuestro número de teléfono? —¿Para qué? —Bueno. algo que le costó —. Luego Kluger dijo: —Tengo una oferta para vosotros. pues. Dame tu número. tened en cuenta que no funcionará. recuerda. teniente. Pero no intentéis comprobarlo. —Sea lo que sea lo que penséis hacer. —Vamos. a cambio. —De ninguna manera. Serví cuatro años en el Sudeste Asiático. —Es una cabina del aparcamiento. El desconocido volvió a reírse. como has dicho. No sois siete.

en su oído. aunque le había mirado abiertamente y le había estudiado con frío interés. aunque sabía a ciencia cierta que no lo estaba. mudo. El líquido elemento tuvo la virtud de hacer desaparecer el penetrante perfume y el desagradable olor que imaginaba que se le había pegado al hablar con Kluger. Kluger se volvió y golpeó el auricular al colgarlo. El extraño le cortó. Una vez refrescado. y apagó dos de cada tres hileras de fluorescentes que colgaban del techo en cada uno de los cuatro pasillos principales del centro comercial. se vio asaltado por una súbita e increíble idea. Aunque el bicho ya estaba muerto. y si pudiera vigilarnos durante un tiempo. de pronto. —Esperad aquí un minuto —pidió Tucker. Tal vez funcionase. pero la muchacha no estuvo de acuerdo con Chet. Eso le hizo sentirse bien.. pronto se daría cuenta de que sólo somos tres. El agua resbaló por su cuello y empapó su camisa. dirigiéndose hacia la entrada del pasillo este y. que parecía sacar chispas—. Estaba pálido y temblaba más que antes. hasta que no quedó nada de él. refrescándose el rostro con el agua fría. que recordaba al hombre malhumorado con el que había hablado y su voz. —Vamos a robar el banco —informó Tucker—. Corrió de nuevo hacia la fuente. ¡Y uno de . Entró en el almacén y sonrió a Chet. Se miró la palma de la mano y vio que el mosquito era extraordinariamente grande. Maldijo y lo aplastó con la mano.DEAN KOONTZ RODEADOS coger la llamada. Tras regresar al pasillo y cerrar la puerta del almacén tras de sí. Cuando estuviera seguro de ello podría tratar de entrar por una de las puertas. enrojecido a causa de la sangre del teniente que había succionado. donde se le quedó pegado. Tucker le guiñó un ojo. Cuando se volvió y empujó las puertas para salir. explicó a Meyers y a Bates la razón por la cual deberían operar con una mínima iluminación. lo hizo rodar entre las manos. Miró a Tucker y dijo: —Lo hará y huirá. y eso también le hizo sentirse bien. Durante largos minutos observó la caída del agua sin dejar de pensar. Pudo descifrar las abreviaturas de debajo de los conmutadores. —Ese Kluger es muy listo. —¿Qué sucede ahí fuera? —inquirió Chet. Artie no dijo nada. Bates no dijo nada. —Pero seguramente no querrá cargarse a los rehenes —aventuró Bates—. No se detendrá ante nada. —Kluger es un tipo duro —aseguró Tucker. al final del pasillo.66 - . un mosquito le picó en la nuca. excepto una manchita marrón. —No contéis con ello —dijo Chet. Y después nos escaparemos. Artie y a Evelyn Ledderson... volvió a cruzar la sala. Cuando se incorporó se reía como un loco. El teléfono zumbó. totalmente absorbido por el plan que acababa de ocurrírsele y se sentó sobre las falsas rocas de lava que configuraban el borde del estanque. produciendo un ruido semejante al de un disparo a causa de lo reducido del espacio de la cabina. En la zona de descanso del Oceanview Plaza. Se acercó a la fuente y metió una mano en el estanque. —¿De qué trataba la llamada? —preguntó Meyers. Si tienes algo en la cabeza. La chica no respondió. Tucker buscó y encontró el panel de los interruptores que controlaban las luces del centro comercial. Meyers y Bates le esperaban en la puerta. Michael Tucker abrió la puerta de su cabina y emergió de la nube de perfume francés.. —¡Pero si tenemos rehenes! —dijo Bates.

Para ser exactos. ya no estaremos para verlo. el viejo bizqueó. —Sí —dijo Tucker—. —Claro que sí. no sin cierta teatralidad—. Esa es la mejor forma de describirlo. Tucker así lo hizo. pero no es una forma de salir. ¿Es un acertijo? Creía que Tucker había dado con algo. y poco después se reía con todas sus fuerzas. . Es de ese tipo. aunque sonreía. se aclaró la garganta.. amigos míos. que se acercó al joven y le miró a los ojos. Bates y Meyers le miraron sin comprender lo que significaban sus palabras. pero más nervioso. y levantó la Skorpion. Las luces rojas de los coches de policía aparcados en el exterior brillaban con más intensidad en el oscuro pasillo que cuando se hallaban encendidos todos los fluorescentes. Pero no exactamente un medio de salir. Porque. —¿Qué significa todo eso? —preguntó Meyers—. y dijo: —Has pensado algo. —Podremos llevarnos el dinero y las piedras —anunció Tucker. Meyers sonrió sin mucho entusiasmo. como teñida en sangre.67 - . ¿verdad que sí? —preguntó. como si se hubieran perdido algo. todavía pálido y tembloroso. Entonces. después pareció hacerlo con más seguridad. pero creía también que se había vuelto loco. —¿En serio? —preguntó Edgar. es de una frase de Alicia en el País de las Maravillas. es un medio de salir. ya no importará. —Y lo mejor de todo —anunció Tucker—. —¿Hablas en serio? —inquirió Meyers. —¡Serás bastardo. —Explícanoslo. —Si se atreve a llegar hasta aquí. Bates también se rió. es que podemos continuar y dar el golpe en el banco y en la joyería. perderá muchos hombres —aseguró Meyers. saldría de ello con otro ascenso. —¿Has encontrado una manera de fugarnos? —preguntó a su vez Meyers. y confería al lugar una atmósfera etérea.. —Si llega hasta aquí —corrigió Tucker—. Meyers y Bates se miraron. Pero si accidentalmente ocurriera. lo dices en serio! —dijo el hombrón riéndose y palmeando el hombro de Tucker. —Una manera de fugarnos —respondió Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS ellos es una mujer! —Intentará no hacerlo —dijo Tucker—. por Dios —pidió.

DEAN KOONTZ

RODEADOS

Capítulo 16
La puerta de la cámara acorazada de la Caja de Crédito y Ahorro Countryside medía dos
metros y medio por dos, y tenía, de acuerdo con el criterio profesional de Edgar Bates, entre
veinticinco y treinta centímetros de grosor. Había sido construida empleando entre veintiocho
y cincuenta y cuatro capas de aleación de acero, resistente al calor y a las explosiones, y la
habían colocado en la pared tan ajustadamente como había sido posible, con junturas
biseladas que la unían a un marco de acero de un centímetro de profundidad y dos y medio de
anchura. Tanto en la parte superior, como en la inferior y en el lado derecho, dichas junturas
habían sido rellenadas con una carga de gelignita, un explosivo plástico de color gris parecido
a la masilla de carpintero, aunque era algo más elástico y más cohesivo.
En el lado derecho, allí donde se unían la puerta y el marco, había tres enormes bisagras
tan grandes como amortiguadores de automóvil, de treinta centímetros de largo y diez de
diámetro. Se hallaban protegidas de cualquier asalto por unas pesadas rundas de acero azulado
a las que se había dado forma de goznes cilíndricos, y que habían sido remachadas una vez
instalada la puerta.
Edgar Bates había modelado unos ciento setenta gramos de gelignita sobre cada una de
las carcasas.
—Esta es una de las mejores cámaras acorazadas que existen —informó Bates mientras
trabajaba. Se le veía muy animado y feliz—. Es de la Pekins and Boulder Company de
Ashland, Ohio. Siempre representan un reto.
Tucker estaba arrodillado en el suelo, al otro lado del maletín abierto de Bates, frente a
la puerta de la cámara.
—¿Hay alguna de estas cajas que se te haya resistido? —preguntó al viejo.
A Bates no le gustó la pregunta, y no hizo esfuerzo alguno para ocultar la irritación que
sentía.
—Demonios, claro que no. Ya sabes que soy muy bueno.
Tucker sonrió.
—Perdóname por preguntar.
—He reventado unas treinta a lo largo de los años. Y en ninguna de esas ocasiones he
tenido problema alguno. Más bien al contrario, siempre me he divertido mucho.
El tirador de la puerta, tipo escotilla, era una rueda de sesenta centímetros de diámetro
—cuyo diseño había sido extraído directamente de las puertas estancas de los submarinos—
cargada también de gelignita en todas y cada una de sus juntas. Era demasiado lisa y tenía
apenas espacio entre las juntas como para saltar con facilidad, pero no iban a perder nada por
probarlo.
Bates había desencajado la esfera de la combinación manual de encima de la rueda,
también había sacado la placa de seguridad que se hallaba soldada por debajo de ella y había
introducido unos cuantos gramos de gelignita en los mecanismos principales de la puerta. Los
explosivos estaban sujetos alrededor de la rueda y conectados a los que rellenaban las juntas
de la puerta, mediante un grueso cable del mismo material.
Tucker consultó su reloj de pulsera y anunció:
—Es la una menos cinco. ¿Te falta mucho?
—Ya está —anunció Bates, que a continuación se puso de pie y se masajeó los muslos.
Volvía a tener el aspecto de campesino ruso tratando de deshacerse los nudos

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DEAN KOONTZ

RODEADOS

musculares tras un largo día de trabajo en los campos.
—Me falta el detonador.
Tucker rebuscó en el maletín y sacó un fulminante la mitad de grande que un panecillo.
Se lo alargó a Bates, cerró el maletín del revientacajas, lo sopesó, y se puso en pie.
Tras examinar la batería y el reloj del fulminante para asegurarse de que funcionaban,
Bates lo programó para que estallase pasados dos minutos. En el momento en que hundió las
dos púas de la base en la gelignita de una de las bisagras, dijo:
—Salgamos de aquí.
Corrieron esquivando los escritorios que encontraron tras las ventanillas de caja y
pasaron por una puerta baja de batientes que hallaron en el vestíbulo del banco. Ya en el
pasillo sur, siguieron corriendo unos veinte o veinticinco metros hasta llegar a una jardinera
de piedra, deteniéndose tras ella, en espera de la explosión.
Tucker tendió a Bates el juego de llaves maestras que le había quitado a Chet, el guarda
nocturno.
—En cuanto estemos seguros de que la puerta ha saltado, ya puedes ir a la joyería.
Limpiaré la caja de dinero y luego me reuniré contigo. No tenemos tiempo que perder.
—Lo estamos haciendo muy bien —comentó Bates—. Podemos...
La explosión fue como el retumbar envolvente de un trueno. El cristal que cerraba la
parte delantera del banco saltó hecho pedazos y los trozos avanzaron por el pasillo como una
ola de brillantes fragmentos. A continuación hizo su aparición el humo que, como espuma de
mar, siguió el recorrido de los cristales.
En el interior del banco empezó a sonar ruidosamente una alarma.
—Vamos —dijo Tucker.
Avanzaron hacia la entidad de crédito aplastando cristales, mientras trataban de apartar
el humo haciendo aspavientos con los brazos. La puerta de la cámara acorazada se había
desprendido de dos de las bisagras y colgaba, suelta, de la tercera. La rueda había
desaparecido, y el mecanismo de relojería era un amasijo de trozos de metal. Alrededor de la
entrada de la cámara, la pared estaba agujereada y chamuscada, aunque no había fuego alguno
a la vista.
—Qué hermosura —dijo Bates, con orgullo.
Tucker tosió a causa del humo y se restregó los ojos llorosos con las manos.
—Es una maravilla —concedió.
—Es perfecto.
—Ve a abrir la joyería.
A pesar de que el aire estaba impregnado de olor a explosivo, Bates se dio la vuelta y
desapareció silbando por el pasillo.
Tucker pasó junto a las ventanillas y regresó al lado de la puerta de la cámara, deseando
poder acabar con el estridente ruido de la alarma. Pero eso le llevaría un cierto tiempo. Y
ahora necesitaban todos y cada uno de los minutos disponibles si querían llevar a cabo el
nuevo plan, antes de que llegase Kluger y los detuviese.
Entró en la cámara acorazada, y pasó junto a la puerta de múltiples capas que la
gelignita se había encargado de pelar como si fuese hojaldre. En el interior encontró una
puerta de acordeón que le separaba del dinero. Levantó la Skorpion, colocó el cañón junto a la
cerradura de la puerta y la reventó, tras lo cual apartó fácilmente la barrera. En una esquina
del interior, encontró una estantería de caoba sobre la que reposaban sacas de tela de las
usadas para transportar dinero, y sobre las que se leía «Caja de Crédito y Ahorro
Countryside». Tucker tomó dos de ellas y empezó a llenarlas con los gruesos fajos de billetes
que ocupaban los estantes y los mostradores, así como los cajones de la cámara interior.
Diez minutos más tarde, cuando se reunió con Edgar Bates en la parte trasera de la
vecina joyería, vio que el viejo todavía silbaba lleno de alegría.

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DEAN KOONTZ

RODEADOS

—¿Cómo va por aquí?
Bates le miró con una amplia sonrisa de satisfacción, dejó de silbar, y dijo:
—Después de la maravilla de Pekins and Boulder, esto es pan comido.
—Eres una joya.
—Ya lo sé.
—¿Cuánto tardarás?
—Un par de minutos.
La cámara de la joyería Accent no era tan grande como la del banco, pero también era
un modelo en el que se entraba y resultaba igualmente enorme. Tucker supuso que habría sido
un trabajo bastante difícil para casi todo el mundo, excepto para Edgar Bates.
—¿Tienes el dinero? —preguntó Bates mientras examinaba y ajustaba el detonador.
—Todo menos las monedas.
—¿Cuánto había?
—No me molesté en contarlo.
—Calcula más o menos.
Tucker mostró los dos sacos grises.
—Bueno, parece que hay más de lo que pensé en un principio.
Bates enarcó las blancas cejas.
—¿En serio? ¿Más de cien mil?
—Tal vez el doble.
—Ah... —dijo Bates, que había acabado con el detonador y lo hundía en la gelignita.
Salieron al pasillo y esperaron la explosión, que, cuando se produjo, fue la mitad de
violenta que la primera. Las ventanas de la tienda saltaron hechas añicos que se
desparramaron por el pasillo. Empezó a sonar otra alarma, y el humo hizo acto de presencia
atravesando la rota fachada de la tienda.
—Estupendo —dijo Bates.
Penetraron en el interior de la joyería para hacerse con las piedras.
Las tres paredes del interior de la cámara se hallaban repletas de cajones metálicos,
cientos de ellos, que las cubrían por completo, desde el suelo hasta el techo. Cada uno de los
cajones medía unos cincuenta centímetros, aunque su profundidad apenas alcanzaba los ocho.
En cada uno de los cajones descansaba una sola hilera de gemas dispuestas cuidadosamente
sobre terciopelo azul, ordenadas de acuerdo a su calidad, tamaño y color.
—Aquí debe de haber por lo menos dos mil piedras —dijo Bates—. Parece que dimos
con el premio gordo de nuevo.
Empezaron a abrir cajones y a vaciarlos en los dos sacos que contenían los billetes. No
se detuvieron en separar los diamantes de las esmeraldas, rubíes y otras gemas. No disponían
del tiempo necesario para ello.
Al cabo de veinte minutos, cuando ya vaciaban los últimos cajones, apareció Frank
Meyers.
—Todo listo —le dijo a Tucker.
Frank echó una ojeada a las sacas abiertas, a los billetes y a las relucientes piedras.
—Decidme que no estoy soñando.
—No estás soñando —confirmó Tucker.
El y Meyers tomaron una saca cada uno; las arrastraron fuera de la cámara, a través de
la joyería, y las sacaron al pasillo sur. Les siguió Edgar, que se hallaba en estado de gracia,
llevando la Skorpion y el maletín de las herramientas.
—Muy bien... Tan pronto como movamos a Chet, Artie y Evelyn... —empezó a decir
Tucker, respirando entrecortadamente.
—Ya los he trasladado —interrumpió Meyers.

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Vosotros dos podéis empezar a prepararos.. El viejo flotaba en el aire a causa del éxito obtenido. . —Funcionará —aseguró Bates.. y volví para coger a otro —finalizó Meyers. —Después maniobré por el almacén.. Una vez frente al panel de control. pulsó cuatro interruptores y las últimas hileras de fluorescentes del techo de los pasillos. El joven abrió la puerta del almacén y penetró en el interior mientras sus compañeros emprendían la marcha en dirección opuesta. Estaba tan colocado que parecía haber tomado drogas. estamos casi listos para irnos. Bueno. —Apagaré el resto de las luces y efectuaré la llamada telefónica —anunció Tucker—.. Nada podría deprimirle durante las próximas horas. Se encaminaron hacia la zona de descanso y Tucker aminoró la marcha al acercarse al lugar.DEAN KOONTZ RODEADOS —¿Sí? ¿Cómo lo hiciste? —Con una de las carretillas eléctricas del almacén —respondió. —Bueno.71 - . Llegaron al final del corredor este mientras las alarmas seguían sonando y las rojas luces de los coches patrulla lanzaban destellos desde el exterior. Y eso era esencial. Meyers se rió. —Eres aún más fuerte de lo que pareces —dijo Tucker. Kluger sería incapaz de ver nada. —Entonces quieres decir que los pusiste uno a uno sobre la carretilla. —Esperemos que tengas razón —dijo Tucker. descargué junto al maldito perro. Dejaron las sacas y las Skorpion junto a la puerta del almacén.

que se dio la vuelta y se alejó una docena de pasos para detenerse frente al centro comercial. De aquí a poco tiempo. golpeando rápida y certeramente. Kluger cerró otra vez la cabina. señor. tratando de decidir el mejor método. sin percatarse del sarcasmo. Hawbaker le miró como un espectador que observara a un animal enjaulado del zoo. bizqueó y asintió. Y estuvo convencido de que nada pasaría hasta que él quisiera.. —Bueno. —¿Cómo dice. aunque paradójicamente no carecía de cierta gracia— corrió hacia él desde la cabina de teléfonos para decirle que tenía una llamada. lleno de consternación.72 - . Eso no le pilló por sorpresa. a unos seis metros de la entrada este del centro comercial cuando se apagaron las últimas luces de los pasillos. Kluger abrió la puerta y dijo: —Hawbaker. —Es el tipo de dentro —dijo Hawbaker. Kluger permaneció durante un rato mirando fijamente la puerta de entrada del centro comercial. Aunque ya antes habían reducido la cantidad de luces encendidas. sus hombres habían sido capaces de ver sombras moviéndose de aquí para allá. —Ah —respondió Hawbaker. cuando el patrullero Hawbaker —otro novato tan desgarbado y feo como Muni pero más gordo. ¿De qué otra cosa puede tratarse. lárgate. Pero no sucedió nada. supo que harían alguna locura. Quiere hablar con usted ahora mismo. era que intentarían algo. —¿No me digas? —preguntó Kluger. El novato. Estaba considerando las maneras en que podía llevar a cabo la operación. y señaló hacia el edificio. de espaldas a Kluger. se puso en pie y se frotó la nuca. —¿Qué demonios pretende ese bastardo? —Van a hacer algo que no quieren que veamos —dijo el joven y mofletudo patrullero que se hallaba junto a él. La nuez de la garganta se le movió de arriba a abajo compulsivamente—. Cuando les oyó volar la cámara del banco y hubo obtenido confirmación del hecho desde la central de alarmas de la comisaría. él y sus hombres tendrían que ponerse en marcha. Tendrían que entrar en el edificio y hacerse con el control. Con un cierto tono de desafío calculado que sabía que no iba a pasar desapercibido para el resto de los allí presentes. cogió el auricular y dijo: —¿Diga? —¿Kluger? —¿Qué es lo que quieres? .DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 17 El teniente Norman Kluger estaba acuclillado detrás de la puerta abierta de un coche patrulla. Kluger siguió a Hawbaker por el aparcamiento. tal y como aprendió cuando mandaba tropas en Vietnam. con sarcasmo. Si a pesar de no tener escapatoria se atrevían a robar el banco. señor? —preguntó.. Entró en la primera cabina de una serie de tres y cerró la puerta. Ahora no veían nada. señor? —Que te largues. atravesando amplias zonas de penumbra y otras iluminadas por la luz púrpura de la estafeta postal automática. un chico llamado Muni. El apagar todas las luces era sólo el primer paso de algún estúpido plan.

incapaz de hablar coherentemente. No hacía más que darle vueltas al asunto tratando de encontrar lo que se le había pasado por alto acerca del centro comercial. vosotros... . y tal vez de un poco más. sintiéndose como un disco rayado. En estos momentos tan sólo había dos periódicos enterados de la situación. —Lo siento. —¿Que os qué? —preguntó Kluger. —¿Qué? —Ya podéis entrar —aseguró la voz. —¡No es cierto! —aseguró Kluger. —Y un cuerno. —¿Rendirnos? —dijo el hombre—. Podéis entrar porque no vamos a estar aquí para deteneros. y después podréis entrar. A esas horas. —¿Cómo? —Que nos marchamos. teniente. Era demasiado bueno para ser cierto. —Recuerda —siguió el desconocido—: quince minutos. Incluso era posible que ni siquiera el jefe de la policía hubiera sido informado. Si entráis un minuto antes tendremos que matar a los rehenes. Por todo ello. te convencerás cuando entréis de aquí a quince minutos. para arreglar todo aquello a su manera. una presión interna que siempre le ayudaba a superarse en el trabajo policial. Su rostro estaba rojo de furia y las sienes le palpitaban ostensiblemente. sin que nadie interfiriera en sus métodos. Tenía las mandíbulas tan apretadas que le dolían. La mayoría de los políticos y otros buscadores de publicidad se encontraban en sus casas. Kluger disponía todavía de al menos una hora. pero sí que lo es. no nos resistiremos. y por el lugar únicamente se veían tres periodistas y dos fotógrafos. ninguno de ellos había enviado nada a sus respectivas centrales. —Si no me crees —anunció la voz—. y normalmente no le avisaban hasta que se había producido el primer muerto. —¿Pero. —No sé qué es lo que pretendéis con. excepto la que él mismo se había creado. —¡Tenemos cubiertas todas las salidas! —Os habéis olvidado de una cosa.DEAN KOONTZ RODEADOS —¿Qué tal estás? —¿Cómo? —Que si estás bien —preguntó el desconocido. Casi hemos acabado. muy poca gente sabía lo que ocurría. aunque de alguna manera estaba disgustado de que no fuera a producirse tiroteo alguno. —Sólo llamo para que te relajes —dijo el desconocido—. —¿Lo dices en serio? —Esperad unos quince minutos —pidió el de dentro—. riéndose y después le colgó. con sus condiciones. —¿Os rendís? —preguntó Kluger. —Hemos encontrado un medio de fugarnos. Apuesto a que te están presionando para sacarnos de aquí.73 - . —Espera. El jefe se enfurecía como un oso herido cuando le despertaban en medio de una crisis... —Lo que pretendemos es escapar —añadió el de dentro. —¿Y qué? Lo cierto es que no se hallaba bajo ninguna presión específica. esto qué es? —Sólo quería asegurarme de que no te ponías nervioso —dijo el del centro comercial —.

sin pensar. ya había enviado a un hombre al juzgado para que consiguiera una copia de los planos del centro comercial. Por lo tanto. por las dos caras —la norte y el este— que podía ver desde donde se encontraba. Para abandonar el centro comercial por ahí.. —¡Cierra el pico! —ordenó el teniente—. Disponía de dos hombres apostados en las puertas orientales. sin ser realmente consciente del movimiento. Dos entradas públicas. ¿El techo? Levantó la mirada hacia el llamativo y picudo techo de paja e inmediatamente lo descartó. Había sido un estupendo trabajo policial. y sabía que por allí no vendrían los problemas. Lo alejó de un manotazo. ¿El desagüe de tormentas? Kluger no había sido de los primeros hombres enviados a investigar el motivo de la alarma originada en el Oceanview Plaza y. Déjame pensar. Los únicos lugares que suponían un cierto problema eran las dos grandes puertas de los muelles de descarga. casi sacándola de los goznes. Entonces. los de dentro tendrían que armar un ruido infernal. Pero también estaban cerradas. Cada uno de dichos lados tenía una puerta doble de acceso. el mismo que ya vigilaban sus hombres. en la pared oriental. Paseó su mirada por el nivel inferior. lo que le dio la oportunidad de enterarse de los detalles antes de que le pusieran al mando del caso. No existían muelles de descarga. sus hombres lo habían comprobado nada más llegar. poco después de dicha llamada. Por todo el aparcamiento resonaban las chirriantes y misteriosas voces de los . detrás de un coche patrulla. utilizando sus treinta minutos libres para tramitar un montón de informes atrasados. Estaba seguro de haber descifrado los planos correctamente.. El teniente abrió la puerta de la cabina de un portazo. Se encontraba en la comisaría. Antes de que llegasen los mapas ya había enviado a tres hombres al pedazo de terreno baldío de detrás del centro comercial. los desagües quedaban descartados. Kluger permaneció junto a la estafeta postal. tres en la entrada septentrional. Incluso contando con que consiguieran llegar hasta el techo —y Kluger lo dudada —. ¿qué significaba aquella amenaza de fuga? ¿Un truco. Contaba con los hombres suficientes en ambos lugares para hacer frente a cualquier intento de salida. Kluger disponía de seis hombres cubriendo los muelles de descarga. No había ventanas. En eso estaba cuando el sargento Brice recibió la primera llamada de la gente de dentro. Cuando lo hicieron. un farol? Un mosquito bastante gordo zumbaba con denodada persistencia alrededor de la cabeza del teniente y trataba de aterrizar en su oreja izquierda. Una vez que llegaron los planos y los hubo desplegado sobre el asfalto. supo que existía un camino hacia el interior del lugar a través del desagüe. y salió al exterior. Era la única salida lo suficientemente grande como para permitir el paso de un hombre. en tiempo de descanso. ambas cerradas. Pero ¿entonces qué? Cerró los ojos durante un instante y trató de recordar el aspecto de las caras sur y oeste.74 - . y a continuación había salido disparado hacia el lugar de los hechos. que se volvió hacia él. —¿Teniente? —preguntó Hawbaker. ¿Qué más había? Nada más. que configuraban la entrada para los camiones al almacén. Y los hombres de Kluger verían levantarse las puertas mucho antes de que cualquiera pudiese salir por ellas. No había ventanas. por lo tanto no había caído sobre el asunto totalmente desprevenido. con órdenes de que buscasen y montaran guardia junto a cualquier desagüe de ciertas dimensiones. con las manos sobre las caderas y dio un repaso visual al centro comercial. ¿adonde podrían ir? A ningún sitio. En esta ocasión no lo mató.DEAN KOONTZ RODEADOS como ya había hecho anteriormente.

. que salió corriendo. Morirían algunos policías. Cada minuto que Kluger se retrasaba. De eso estaba seguro. —Sí. Vamos.DEAN KOONTZ RODEADOS operadores de radio de las emisoras policiales. Pero. Kluger estaba cabreado consigo mismo por haber caído en la trampa. sobre sus enormes pies planos. —No lo haré. Si. Sus pensamientos estaban en otra parte. Llegaban hasta donde se hallaba el teniente. —Está en el maletero de mi coche. Pero estaba seguro de que el hombre con el que había hablado por teléfono no era de los que montan un gran tinglado sólo para ver unos cuantos fuegos artificiales. Eso no le pilló por sorpresa. —¡Maldita sea! —dijo. ¿Sería un farol? ¿Pero qué esperaban ganar con un farol? Nada. ¿Un truco? En aquellas circunstancias no resultaba más viable que un farol.. Kluger volvió a echar una ojeada al edificio. rápido.34.. Cuando les oyó volar la cámara del banco y hubo obtenido confirmación del hecho desde la central de . algo en su manera de decir las cosas. Había malgastado casi cinco minutos. Algo en la voz de ese hombre. pero éste no las escuchaba. a la vez que gritaba a sus hombres—: ¡Est El teniente Norman Kluger estaba acuclillado detrás de la puerta abierta de un coche patrulla. y corrió hacia la entrada oriental del edificio. —¡Hawbaker! El novato se volvió de inmediato. Ya debían de estar fuera de su alcance. tal y como hubiera hecho si el desconocido no hubiera llamado para explicarle ese cuento de la fuga. el teniente conducía a sus fuerzas al interior del edificio. a unos seis metros de la entrada este del centro comercial cuando se apagaron las últimas luces de los pasillos.. Habrían abandonado a los cinco rehenes y ya no podrían hacerles daño alguno. ¿qué podían ganar con ello los ladrones? Acabarían hechos picadillo. —Hawbaker. Hawbaker bizqueó sin comprender. demostraba una innegable confianza en sí mismo. teniente —aseguró Hawbaker. Y si resultaba que decía la verdad. traje conmigo uno de esos sopletes de acetileno que hay en la comisaría para cortar puertas en caso de necesidad. Era inevitable. a aquellas horas ya la habrían utilizado. Se sentía tentado de no hacer caso y seguir. Esos quince minutos de espera que le había pedido el hombre del interior eran un límite completamente artificial.. teniente. y esos bastardos seguían allí dentro.. cada minuto que seguía allí. de momento. permitía que los ladrones se alejaran más y más. pensó en el hombre del teléfono. Había dicho que tanto él como sus hombres iban a escaparse. Kluger miró su reloj.75 - . Era la 1. en todas las batallas se producían bajas. quince minutos. Estaba revisando todos los hechos y volviéndolos por el forro. señor? —Cuando salí hacia aquí.. daría comienzo un tiroteo. que llenaban la noche como fantasmales mensajes provenientes de otro mundo. en. A menos que quisieran salir a tiros. no te olvides de la bombona. que hacía que Kluger creyese que iba a hacer lo que había dicho. Ese hombre era de los que quieren vivir. y de repente se dio cuenta de que habían sido los cinco minutos más valiosos de toda aquella noche. Si los de dentro habían encontrado una forma de salir. —¿Diga. esperando.. Cógelo y tráemelo. pensó en la promoción que necesitaba y en el sillón de jefe. a pesar de la aparente imposibilidad de llevarlo a cabo.

DEAN KOONTZ RODEADOS alarmas de la comisaría.. tal y como aprendió cuando mandaba tropas en Vietnam. Estaba considerando las maneras en que podía llevar a cabo la operación. de espaldas a Kluger. un chico llamado Muni. En estos momentos tan sólo había dos periódicos enterados de la situación.76 - . —Bueno. Kluger permaneció durante un rato mirando fijamente la puerta de entrada del centro comercial. una presión interna que siempre le ayudaba a superarse en el trabajo policial. sin percatarse del sarcasmo. —¿Y qué? Lo cierto es que no se hallaba bajo ninguna presión específica. y señaló hacia el edificio. Ahora no veían nada. lárgate. De aquí a poco tiempo. El apagar todas las luces era sólo el primer paso de algún estúpido plan. Pero no sucedió nada. La nuez de la garganta se le movió de arriba a abajo compulsivamente—. aunque paradójicamente no carecía de cierta gracia— corrió hacia él desde la cabina de teléfonos para decirle que tenía una llamada.. Kluger cerró otra vez la cabina. —¿Qué demonios pretende ese bastardo? —Van a hacer algo que no quieren que veamos —dijo el joven y mofletudo patrullero que se hallaba junto a él. excepto la que él mismo se había creado. supo que harían alguna locura. lleno de consternación. bizqueó y asintió. con sarcasmo. tratando de decidir el mejor método. El novato. Quiere hablar con usted ahora mismo. Kluger siguió a Hawbaker por el aparcamiento. era que intentarían algo. ¿De qué otra cosa puede tratarse. que se dio la vuelta y se alejó una docena de pasos para detenerse frente al centro comercial. —Es el tipo de dentro —dijo Hawbaker. atravesando amplias zonas de penumbra y otras iluminadas por la luz púrpura de la estafeta postal automática. Apuesto a que te están presionando para sacarnos de aquí. señor. cogió el auricular y dijo: —¿Diga? —¿Kluger? —¿Qué es lo que quieres? —¿Qué tal estás? —¿Cómo? —Que si estás bien —preguntó el desconocido. Tendrían que entrar en el edificio y hacerse con el control. Hawbaker le miró como un espectador que observara a un animal enjaulado del zoo. Si a pesar de no tener escapatoria se atrevían a robar el banco. Y estuvo convencido de que nada pasaría hasta que él quisiera. —¿No me digas? —preguntó Kluger. —Ah —respondió Hawbaker. esto qué es? —Sólo quería asegurarme de que no te ponías nervioso —dijo el del centro comercial —. cuando el patrullero Hawbaker —otro novato tan desgarbado y feo como Muni pero más gordo. —¿Pero. —¿Cómo dice. Aunque ya antes habían reducido la cantidad de luces encendidas. sus hombres habían sido capaces de ver sombras moviéndose de aquí para allá. Kluger abrió la puerta y dijo: —Hawbaker. golpeando rápida y certeramente. se puso en pie y se frotó la nuca. Con un cierto tono de desafío calculado que sabía que no iba a pasar desapercibido para el resto de los allí presentes. Entró en la primera cabina de una serie de tres y cerró la puerta. él y sus hombres tendrían que ponerse en marcha. señor? —Que te largues. y por el lugar . señor? —preguntó.

riéndose y después le colgó.DEAN KOONTZ RODEADOS únicamente se veían tres periodistas y dos fotógrafos. con las manos sobre las caderas y dio un repaso visual al centro comercial. ambas cerradas. Incluso era posible que ni siquiera el jefe de la policía hubiera sido informado. y después podréis entrar. —Y un cuerno.. —¿Os rendís? —preguntó Kluger. tres en la entrada septentrional. Los únicos lugares que suponían un cierto problema eran las . —¿Cómo? —Que nos marchamos. Dos entradas públicas. —¿Que os qué? —preguntó Kluger. no nos resistiremos. Por todo ello. vosotros. teniente. —Lo siento. Paseó su mirada por el nivel inferior.77 - . muy poca gente sabía lo que ocurría.. Su rostro estaba rojo de furia y las sienes le palpitaban ostensiblemente. —¿Rendirnos? —dijo el hombre—. aunque de alguna manera estaba disgustado de que no fuera a producirse tiroteo alguno. para arreglar todo aquello a su manera. —Lo que pretendemos es escapar —añadió el de dentro. Si entráis un minuto antes tendremos que matar a los rehenes. que se volvió hacia él. —¿Qué? —Ya podéis entrar —aseguró la voz. El jefe se enfurecía como un oso herido cuando le despertaban en medio de una crisis. Podéis entrar porque no vamos a estar aquí para deteneros. No había ventanas. —Recuerda —siguió el desconocido—: quince minutos. incapaz de hablar coherentemente. Casi hemos acabado. sin que nadie interfiriera en sus métodos. ninguno de ellos había enviado nada a sus respectivas centrales. Tenía las mandíbulas tan apretadas que le dolían. —¡Tenemos cubiertas todas las salidas! —Os habéis olvidado de una cosa. La mayoría de los políticos y otros buscadores de publicidad se encontraban en sus casas. Kluger disponía todavía de al menos una hora. pero sí que lo es. te convencerás cuando entréis de aquí a quince minutos. —Si no me crees —anunció la voz—. y tal vez de un poco más. Kluger permaneció junto a la estafeta postal. —¿Teniente? —preguntó Hawbaker. y normalmente no le avisaban hasta que se había producido el primer muerto. y salió al exterior. como ya había hecho anteriormente. —¡Cierra el pico! —ordenó el teniente—. El teniente abrió la puerta de la cabina de un portazo.. con sus condiciones. No hacía más que darle vueltas al asunto tratando de encontrar lo que se le había pasado por alto acerca del centro comercial. —No sé qué es lo que pretendéis con. —Sólo llamo para que te relajes —dijo el desconocido—. —¿Lo dices en serio? —Esperad unos quince minutos —pidió el de dentro—. sintiéndose como un disco rayado. Déjame pensar. por las dos caras —la norte y el este— que podía ver desde donde se encontraba. casi sacándola de los goznes. —¡No es cierto! —aseguró Kluger.. A esas horas. —Espera. Era demasiado bueno para ser cierto. Disponía de dos hombres apostados en las puertas orientales. —Hemos encontrado un medio de fugarnos.

el mismo que ya vigilaban sus hombres. Sus pensamientos estaban en otra parte. Por todo el aparcamiento resonaban las chirriantes y misteriosas voces de los operadores de radio de las emisoras policiales. Una vez que llegaron los planos y los hubo desplegado sobre el asfalto. Y los hombres de Kluger verían levantarse las puertas mucho antes de que cualquiera pudiese salir por ellas. Kluger disponía de seis hombres cubriendo los muelles de descarga. Pero también estaban cerradas. Se encontraba en la comisaría. en tiempo de descanso. Morirían algunos policías. Era la única salida lo suficientemente grande como para permitir el paso de un hombre. Pero ¿entonces qué? Cerró los ojos durante un instante y trató de recordar el aspecto de las caras sur y oeste. y esos bastardos seguían allí dentro. pero éste no las escuchaba. Había sido un estupendo trabajo policial. que llenaban la noche como fantasmales mensajes provenientes de otro mundo. por lo tanto no había caído sobre el asunto totalmente desprevenido. ¿El desagüe de tormentas? Kluger no había sido de los primeros hombres enviados a investigar el motivo de la alarma originada en el Oceanview Plaza y. daría comienzo un tiroteo. Estaba revisando todos los hechos y volviéndolos por el forro. Para abandonar el centro comercial por ahí. ¿qué significaba aquella amenaza de fuga? ¿Un truco. No había ventanas. Lo alejó de un manotazo. que configuraban la entrada para los camiones al almacén. esperando. Antes de que llegasen los mapas ya había enviado a tres hombres al pedazo de terreno baldío de detrás del centro comercial. detrás de un coche patrulla. en todas las batallas se producían bajas. y a continuación había salido disparado hacia el lugar de los hechos. sin pensar. poco después de dicha llamada. Contaba con los hombres suficientes en ambos lugares para hacer frente a cualquier intento de salida. un farol? Un mosquito bastante gordo zumbaba con denodada persistencia alrededor de la cabeza del teniente y trataba de aterrizar en su oreja izquierda. Pero. supo que existía un camino hacia el interior del lugar a través del desagüe. con órdenes de que buscasen y montaran guardia junto a cualquier desagüe de ciertas dimensiones. Llegaban hasta donde se hallaba el teniente. ¿adonde podrían ir? A ningún sitio. en. en la pared oriental.78 - ... Cada uno de dichos lados tenía una puerta doble de acceso. No existían muelles de descarga. sus hombres lo habían comprobado nada más llegar. los desagües quedaban descartados. los de dentro tendrían que armar un ruido infernal.DEAN KOONTZ RODEADOS dos grandes puertas de los muelles de descarga. Cuando lo hicieron. utilizando sus treinta minutos libres para tramitar un montón de informes atrasados. Por lo tanto. quince minutos. lo que le dio la oportunidad de enterarse de los detalles antes de que le pusieran al mando del caso. ¿Qué más había? Nada más. Estaba seguro de haber descifrado los planos correctamente. ¿El techo? Levantó la mirada hacia el llamativo y picudo techo de paja e inmediatamente lo descartó. ya había enviado a un hombre al juzgado para que consiguiera una copia de los planos del centro comercial. ¿qué podían ganar con ello los . Era inevitable. En eso estaba cuando el sargento Brice recibió la primera llamada de la gente de dentro. sin ser realmente consciente del movimiento. y sabía que por allí no vendrían los problemas. de momento. el teniente conducía a sus fuerzas al interior del edificio. Entonces. En esta ocasión no lo mató. ¿Sería un farol? ¿Pero qué esperaban ganar con un farol? Nada. Si. De eso estaba seguro. Incluso contando con que consiguieran llegar hasta el techo —y Kluger lo dudada —.

teniente —aseguró Hawbaker. Había dicho que tanto él como sus hombres iban a escaparse.79 - . Si los de dentro habían encontrado una forma de salir. a aquellas horas ya la habrían utilizado. que salió corriendo. —¡Hawbaker! El novato se volvió de inmediato.34. A menos que quisieran salir a tiros. pensó en el hombre del teléfono. que hacía que Kluger creyese que iba a hacer lo que había dicho.. Algo en la voz de ese hombre. —Está en el maletero de mi coche. Kluger volvió a echar una ojeada al edificio. Vamos.DEAN KOONTZ RODEADOS ladrones? Acabarían hechos picadillo. Kluger miró su reloj. Habrían abandonado a los cinco rehenes y ya no podrían hacerles daño alguno. Cada minuto que Kluger se retrasaba. teniente. Pero estaba seguro de que el hombre con el que había hablado por teléfono no era de los que montan un gran tinglado sólo para ver unos cuantos fuegos artificiales. a pesar de la aparente imposibilidad de llevarlo a cabo... y corrió hacia la entrada oriental del edificio. permitía que los ladrones se alejaran más y más. cada minuto que seguía allí. Kluger estaba cabreado consigo mismo por haber caído en la trampa. tal y como hubiera hecho si el desconocido no hubiera llamado para explicarle ese cuento de la fuga. Esos quince minutos de espera que le había pedido el hombre del interior eran un límite completamente artificial. y de repente se dio cuenta de que habían sido los cinco minutos más valiosos de toda aquella noche. Cógelo y tráemelo. pensó en la promoción que necesitaba y en el sillón de jefe.. traje conmigo uno de esos sopletes de acetileno que hay en la comisaría para cortar puertas en caso de necesidad. —¡Maldita sea! —dijo. no te olvides de la bombona. sobre sus enormes pies planos. —No lo haré. demostraba una innegable confianza en sí mismo. Hawbaker bizqueó sin comprender. Y si resultaba que decía la verdad. Había malgastado casi cinco minutos. —Sí.. rápido. Era la 1. a la vez que gritaba a sus hombres—: ¡Estad atentos! ¡Vamos a entrar! . ¿Un truco? En aquellas circunstancias no resultaba más viable que un farol. Se sentía tentado de no hacer caso y seguir. Ese hombre era de los que quieren vivir.... —¿Diga. algo en su manera de decir las cosas. Ya debían de estar fuera de su alcance. —Hawbaker. señor? —Cuando salí hacia aquí.

Norman Kluger nunca había dudado en arriesgar su vida si la ocasión lo exigía. limpiando los oscuros cristales con el reverso de la . depositó la bombona en el suelo. alguien que podría caminar por un nido de serpientes sin ser mordido. y que dos de sus hombres habían destrozado provistos de sendos martillos. Claro que. tomando posiciones más resguardadas tras los coches patrulla. Ahora era el único en encontrarse allí. Mucho antes de que el gobierno Nixon hubiera empezado a rescindir las decisiones liberales de las últimas décadas.80 - . Nunca se sabe cuándo puede sonreír la fortuna. a veces. había magullado a los que consciente o inconscientemente se habían interpuesto en su camino. Allí podían estar esperándole tanto tres como siete hombres. haciendo todo el trabajo con sorprendente rapidez a la escasa luz roja procedente de las sirenas de los coches patrulla. pero siempre cumplía con la misión encomendada. y por ello llegó a sentir que nada podría herirle. pero no lo era. tomó un par de gafas ahumadas de un bolsillo y se las puso. y se había reenganchado durante dos años más cuando se acabó su período de servicio. había golpeado a gente inocente. y porque hacía mucho que había decidido que era uno de esos tipos con suerte. nunca nadie le había interpuesto una demanda o le había acusado de algo. Estaba bajo un hechizo. y caminó sobre la alfombra de vidrios rotos que hasta entonces habían sido las puertas exteriores del centro comercial. Al llegar junto a la puerta de barrotes metálicos. Los demás se habían retirado tal y como había ordenado. Norman Kluger había hecho lo que le había dado la gana con sospechosos de cuya culpabilidad estaba seguro. Sin embargo. O tal vez antes de lo que imaginaba. Había pasado un par de años en el Sudeste Asiático. el pasillo oriental del centro comercial estaba completamente a oscuras. En los nueve años y medio que llevaba de servicio. Sabía que estaba destinado a ocupar el sillón del jefe en menos de cinco años. en la mayoría de las ocasiones en que corría riesgos y se abría paso a tiros. más allá de cualquier duda razonable. Miró la puerta y. levantó la bombona de aire comprimido con la otra. Más allá de donde se encontraba. Era como si estuviese bajo una mágica protección. Con la respiración entrecortada por el peligro que corría. mientras que todos morían a su alrededor. También creía que esa especial magia personal le mantendría a salvo de cualquier investigación y del retiro forzoso en caso de que alguien llegara a acusarle de llevar demasiado lejos su autoridad policial y de hacer caso omiso de los derechos de las personas con las que tenía que tratar. protegido. Lo cierto es que había un tanto de actuación para la galería en sus intervenciones. lo hacía porque no sabía de qué otra forma hacer su trabajo. como un soldado que montase su arma en la oscuridad.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 18 Kluger agarró el soplete y la manguera de alimentación con una mano. Durante todos aquellos años no sufrió ni una herida. Gozaba de una reputación de temerario y atrevido. con la intención de que su trabajo fuese apreciado por los que estaban por encima de él en el departamento. Kluger no miró ni una sola vez al interior. pasada la puerta. Y aunque sus métodos suscitaban comentarios y protestas. en primera línea. unió la manguera de alimentación con el soplete y con la válvula reguladora de la bombona. con las ametralladoras apuntando a su cabeza.

Penetraron en los pasillos formados por cajas de mercancías. extremadamente atractiva. La moqueta se consumía lentamente.81 - . A continuación. menos inteligible. que se reflejaron en los cristales de las gafas. el almacén daba la impresión de ser el interior de un manicomio. —Cálmate —aconsejó Peterson—. Estaban atados por las muñecas y los tobillos mediante cable y sentados en el suelo. más frenético y. —Está oscuro como el agujero del culo —dijo Hawbaker. encendió el soplete. ajustándoselos hasta sentirse cómodo. dirigiéndolo hacia el cerrojo de la izquierda. Acabó con él apenas cinco minutos después de haber iniciado el trabajo. La luz salió a borbotones del interior. pero nadie abrió fuego. Apagó el gas y la brillante llama desapareció al instante. Se incorporó y se quitó los guantes y las gafas. cerca de la pared de cemento. Sus ojos oscuros eran enormes y su tez aterciopelada. venid conmigo —ordenó. asió los barrotes y relevó a Muni. Varias voces excitadas respondieron a la vez. como el producido por mil serpientes. por consiguiente. así como una gran cantidad de cajas y mercancías almacenadas. sin que pudiera entenderse nada. que pasó a su vez por debajo. Peterson y Hawbaker le siguieron. y dos veteranos —Peterson y Haggard— llegaron rápidamente y agarraron la puerta. Después movió el soplete hacia la puerta. que cayeron sobre sus guantes. a unos tres centímetros del suelo enmoquetado. Kluger cargó con la bombona hasta el interior. —¿Qué demonios pasa? —preguntó Peterson. forzando ésta a elevarse lo suficiente como para permitir el paso de Kluger. dibujando interesantes formas de color rojo. Kluger fue explorando a tientas la pared de la izquierda hasta localizar la entrada del almacén. Una sección de un barrote de acero saltó despedida de la puerta. Si alguien tuviera intención de dispararnos ya lo habría hecho. algo que consiguió en poco más de un minuto. pero era ignífuga y el fuego no llegó a prender. golpeando contra los demás barrotes y cayendo sin hacer ruido sobre la moqueta. Poco después. Abrió la válvula del gas. Una vez que éste estuvo al otro lado. que abrió a continuación. azul y amarillo. el primero sumiso y el segundo resignado. No se veía a nadie. Dejaron de chillar en cuanto vieron al teniente. gritó en dirección a los coches patrulla: —¡Cuatro de vosotros! ¡Venid a ayudarme! Muni. Se puso los guantes de amianto que estaban sujetos a la manguera. —¿Les han cogido? ¿Han atrapado a ese bastardo que estaba al mando? —preguntó el más grandote de los vigilantes. —¡Los de ahí dentro! —llamó el teniente. tiró la cerilla. El griterío procedente del extremo opuesto del almacén se hizo más audible. Se oyó un intenso siseo. la sierra y las carretillas eléctricas. —¡Gracias a Dios! —exclamó la chica. De la llama llovieron miles de chispas. Kluger asomó la cabeza y vio las mesas de trabajo. todas ellas tratando de elevarse por encima de las otras. —Dos de vosotros. y Kluger dijo: —Vamos a ver qué es lo que tenemos aquí. A Kluger le gustó. y ajustó la intensa llama azulada. Lo que vieron fue a tres rehenes histéricos: los dos vigilantes nocturnos y una joven de veintitantos años.DEAN KOONTZ RODEADOS camisa. la dejó en el suelo y empezó a trabajar de nuevo. y el metal se partió por la acción del fuego. Kluger había abierto el espacio suficiente como para poder llegar al cerrojo interior. A causa del eco producido por las altas paredes. . lo tiró todo al suelo y lo apartó de su camino de una patada. Hawbaker. El segundo cerrojo le resultó tan fácil como el primero. Se quedó a un lado y giró el pomo de la puerta.

—¿Ah. Entonces todavía deben de estar aquí. no es de la clase de hombre que pasaría una sola noche en la cárcel. —Bien —dijo el guardia—. Eran los dedos más delicados y las muñecas más finas que Norman había visto jamás.DEAN KOONTZ RODEADOS —No —contestó Kluger—. en alguna parte. con firmeza. —¿No cree que vayamos a atraparles? —repitió a la chica. Su voz era cálida y encantadora—. no? ¿Por qué? —Porque —dijo ella—. mientras Peterson se dedicaba al más parlanchín de los vigilantes. —No —respondió ella. Seguro que no pueden coger al que estaba al mando. . la chica empezó a masajearse los dedos y muñecas entumecidos. Mientras lanzaba dicha afirmación captó una extraña mirada en el rostro de la joven y se volvió hacia ella. —No se preocupen —aseguró Kluger—. —¿No lo cree? Una vez que tuvo las manos libres. Hawbaker se adelantó y empezó a desatar a la muchacha. ¿Saben dónde se encuentran? —¿Pasaron por delante de ustedes? —No.82 - . Les cogeremos.

mientras que los patrulleros Hawbaker y Muni eran demasiado jóvenes para ser otra cosa que dos tontos asustados. Recorrieron la floristería y la tienda de regalos Craftwell con mucha precaución. no encontraron a nadie. incluso rompieron algunos de los embalajes más grandes con la idea de que los ladrones tal vez pudieran haberse metido allí para hacerse pasar por mercancías. los que carecían de salida. Permanecieron juntos y con los revólveres desenfundados. también lo hicieron detrás de la barra y en el pequeño almacén de las bebidas.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 19 A las tres de la mañana. —Hay una diferencia —puntualizó Haggard—. para después continuar por una . Igualmente. todas las patrullas de búsqueda regresaron para informar al puesto de mando del teniente. fue fácil repasar y encontrar vacía Gallery Gallery. Pero tuvieron que comprobar todo lo demás. Junto al bar. ya que estaba llena de mostradores y de secciones que ofrecían miles de posibilidades a alguien que quisiera esconderse. una hora y cuarto después de que Kluger hubiera conducido a la policía al interior del Oceanview Plaza. Los novatos Hawbaker y Muni trabajaban a las órdenes del agente Shrout. Fueron de un extremo al otro del almacén del centro comercial. En el Toolbox —un bar muy caro que basaba su nombre de caja de herramientas en un decorado compuesto por martillos.83 - . e incluso levantaron los capós para asegurarse de que nadie se escondía acurrucado sobre el motor. Freskin's Interior Decoration se hallaba dividido en habitaciones de muestra. porque estaba repleta de detectives de homicidios y de técnicos del laboratorio de la policía. destornilladores y llaves inglesas gigantescas— miraron bajo mesas y asientos con la ayuda de linternas. no había ninguna posibilidad de que te volaran la tapa de los sesos. Sin embargo. Cuando eras un niño jugando al escondite. gateando de mostrador en mostrador y moviéndose siempre fuera del alcance de su visión. resultó bastante más fácil registrar los probadores de la sastrería Archer's y declarar el lugar vacío. comprobaron los pasillos principales. en dirección a la entrada principal del centro. En la tienda de los Rolls. En comparación. la galería de arte más cara del centro. levantaron las tapas de los maleteros con el temor de ser alcanzados en pleno rostro al hacerlo. disgustado con todo el asunto. a Shrout le separaban siete meses del retiro y no iba a dejar que le matasen y le privaran de su pensión. No pudieron asomarse a la oficina comercial del lugar. El agente Peterson y otros dos hombres habían buscado en todas la tiendas del pasillo este. pero todas estaban tranquilas y sin inquilinos. situado junto a la fuente de la zona de descanso del centro comercial. Mientras el grupo de Peterson recorría frenéticamente el extremo oriental. violaron el sanctasanctórum en donde las mujeres se empolvan la nariz y descorrieron las cortinas de los probadores. Habían mirado en todos los rincones de Surf and Subsurface. en el pasillo occidental. los laterales. —Me siento como un niño jugando al escondite —comentó uno de los hombres de Haggard. buscaron en el interior y debajo de cinco brillantes automóviles de muestra. Su mayor reto fue Markwood and Jame. La tienda Tie and Kerchief ofrecía pocos lugares en los que esconderse y todos ellos estaban limpios. e incluso en las dos neveras. el agente Haggard y dos hombres más exploraban las tiendas a lo largo del pasillo septentrional. en Young Maiden. que todos ellos tenían la sensación de que los ladrones se deslizaban a su espalda. los hombres de Haggard alcanzaron un grado tal de paranoia durante el registro de dicha tienda. de hecho. y en cada grieta de Shen Yangs Orient. una de las dos tiendas más grandes del lugar.

Tal y como había sucedido con el grupo de Haggard en Markwood and Jame. —¡Tienen que estar aquí! ¡No hay forma de que hayan podido salir! ¡Es imposible! Peterson.84 - . Déjele que lo haga por sí mismo. tenía aspecto de acabar de ducharse y maquillarse. con sus compartimientos individuales y su espaciosa cocina llena de armarios y neveras. Tampoco encontraron a nadie. como si el día hubiera empezado para ella un par de horas antes. esperando que alguno de ellos se atreviese a replicar. Descargó el puño contra la mesa de juego que utilizaba como escritorio y elevó la voz hasta ahogar el susurro de la fuente que se encontraba tras él. Si hubiera habido alguien escondido en cualquiera de esos dos lugares. Haggard enarcó las cejas y asintió refunfuñando. pero también estaba vacío. Evelyn Ledderson llegó cuando los agentes se marchaban. Siéntese y ayúdeme a atar unos cuantos cabos sueltos. pasaron un momento de apuro cuando Hawbaker y Muni chocaron entre sí. tú lo harás en el pasillo norte. Brandywine y los demás se quedaron mirándole. y le indicó una silla plegable. en donde echaron una ojeada a las cámaras isotérmicas llenas de pieles de animales. tú irás a las tiendas del este y al almacén. con precios en consonancia. el teniente Kluger levantó la barbilla y empezó a gritarles. Como siguieron mudos. al otro lado de la mesa de juego—. Haggard. —Tienen que seguir escondidos por aquí —dijo Kluger entre dientes—. —Ahora. La minifalda verde y la blusa blanca estaban arrugadas y algo manchadas. el teniente continuó—: Cambiad las patrullas. y casi se dispararan el uno al otro. y a pesar de que había pasado un auténtico mal trago durante toda la noche. La chica se sentó. dirígete al corredor meridional. El restaurante Henry's Gaslight. incapaces de decir algo que pudiese agradarle.DEAN KOONTZ RODEADOS zapatería de moda y seguir por The New Place. los hombres se pusieron muy nerviosos y miraban más por encima del hombro que hacia los lugares que debían. Tienen que hallarse en algún lugar del centro comercial. A la zona sur se habían desplazado técnicos del laboratorio policial para trabajar en la joyería y en la Caja de Crédito y Ahorro Countryside. Shrout. Cruzaron el pasillo cubierto de cristales. nerviosos a causa de los crujidos que provocaban al pisarlos. vuelve sobre el terreno cubierto por Shrout en el extremo occidental y mira a ver si puedes encontrar algo que él no haya visto. lo que la hacía extraordinariamente atractiva. Kluger sonrió. Shrout. el agente Brandywine y sus dos hombres concentraron su búsqueda en Sasbury's. Cuando el agente Peterson. y miró a sus subordinados. Estoy seguro de que muy pronto podrá irse a su casa. llegó con un informe negativo sobre la presencia de los ladrones. fue la parte más farragosa de la búsqueda. donde algunos estantes de libros alcanzaban los dos metros y medio de altura. pero ella se encontraba despierta y atenta. Por ello. Aunque ya eran más de las tres de la madrugada. tenéis que haber pasado por alto algún lugar lo suficientemente grande como para ocultar a tres hombres —aseguró. — Haggard empezó a decirle algo a Peterson—. la otra gran tienda de ropa del centro comercial. aterrorizados. Peterson. moveos —ordenó Kluger. Esta vez buscaréis por pasillos diferentes. Haggard. una tienda de ropa último grito. ¡Agente Haggard! —cortó Kluger—. responsable de la última patrulla de búsqueda. a aquellas horas algún policía ya habría dado con él. Preferiría que no le explicase a Peterson dónde ha buscado usted. En la librería House of Books. —Me han dicho que quería interrogarme. Todo cuanto se ocultaba en aquel lugar era un penetrante hedor a visón muerto. Brandywine. sin ideas preconcebidas. y se dirigieron hacia la peletería Harold Leonardo. —Así es —respondió. provenientes de diferentes pasillos. —¿Por qué debo ser interrogada de nuevo? .

hasta la hora de cerrar. un poco intimidado por la presencia de la muchacha. volviendo a cruzar las estilizadas piernas—. se miró las manos. en otra silla. —Ya me hago cargo. puedo llamarla Evelyn? La muchacha se inclinó hacia delante.. —¿Trabajaba usted para Rudolph Keski? —Sí. —¿Estaba alguno de sus asociados con él cuando le mataron? —preguntó Kluger. cuando Kluger se dio cuenta de que ella no era la clase de mujer que podía ser conquistada fácilmente. Las mujeres que podían valerse por sí mismas. Ofendían su sentido de la tradición. e inconscientemente se frotó las muñecas. los hombros delicados y los senos pletóricos. —¿Fue entonces cuando la ataron en el almacén? —Sí —respondió la mujer. —¿Usted qué era?. —Estoy terriblemente cansada —respondió ella. señalando hacia el restaurante. —Ya he hablado con los vigilantes nocturnos —contó Kluger—. —Sí —respondió. —No. señorita Ledderson —dijo. perdió todo interés por ella. El señor Keski y yo nos quedábamos una hora más o así. nunca le habían atraído. frente a la zona de descanso—. rápida y sucintamente. —Empecemos pues —pidió ella. Estaba aterrorizada. como para demostrarle lo simpático que era—.? Ella sonrió fríamente. sonriendo mientras asentía.. —Aprecio su cooperación. aquellas que eran inteligentes y receptivas y que no tenían miedo de hablar tal y como pensaban. En ese momento. Ese era su guardaespaldas. Después dijo—: Explíqueme lo que sucedió. le guiñó un ojo y dijo: —¿Por qué no se limita a seguir llamándome señorita Ledderson? Los oscuros ojos de la mujer traspasaron a Kluger y vieron mucho más de lo que él hubiera querido. de la forma en . Sólo trataba de ser amable. No le haré perder tiempo preguntando cosas que ya han quedado claras.. Se puso colorado. adoptando una pose seductora.. El señor Keski y sus asociados cenaban todos los miércoles en Henry's Gaslight —explicó. ¿su secretaria.. —Ya comprendo —aseguró.85 - . y se sintió como un colegial al que hubieran cogido haciendo algo sucio. de que todo esto debe resultarle difícil. De modo que hay dos investigaciones en curso al mismo tiempo —explicó. —Los otros detectives son de homicidios. desvió la mirada hacia la fuente. ¿Cómo mataron a Keski? Ella se lo explicó. —Ya sé lo que trataba de ser —dijo ella. y se preguntó si podría pedirle una cita. —¿Era el propietario de este centro comercial? —De su mayor parte. mientras observaba descaradamente su rostro. —No tan inteligente —aseguró ella—. Él sonrió. —Fue muy inteligente por su parte el utilizar el pedal de alarma. para atender los detalles que podían haber surgido a lo largo de su reunión. y cruzó las manos sobre la superficie del improvisado escritorio. y pensó en ello durante un rato. ¿O. Después regresaban a la oficina y hablaban sobre la marcha de los negocios de la semana.. —¿Solía trabajar por las noches? —Sólo los miércoles por la noche —dijo. Yo soy de la brigada antiatracos.DEAN KOONTZ RODEADOS Kluger se sentó al otro lado de la mesa.

—Bien. —¿Ah. y está tratando de irritarme y asustarme. y volvió a apoyarse contra el respaldo de la silla. —¿Conocía usted su reputación? —insistió Kluger. apartando la silla y poniéndose en pie. —Yo también lo necesitaré. Su voz adquirió un tono más desagradable. Usted está cabreado porque yo he visto lo que pretendía. Le gustaba el tipo de mujer dulce y desamparada. inclinando la cabeza con malicia. —Usted se quedará aquí sentada hasta que yo le permita marcharse —afirmó Kluger. —La tapa del desagüe de la entrada del almacén estaba levantada. —Usted. Si la nueva dirección . entonces todo se reduce a rumores y habladurías —contestó ella. No me quedaré aquí sentada por mucho más tiempo. —¿Tiene alguna pregunta seria que hacerme? ¿O está totalmente desconcertado? Si tiene que preguntarme algo que tenga sentido.DEAN KOONTZ RODEADOS que debían darse las relaciones entre hombres y mujeres. ¿Cree que escaparon por ahí? —No podría decírselo. Ella sonrió. —Puede que desee hablar de nuevo con usted. que se habían convertido en puños e hizo un esfuerzo por relajarse. —No me asusta. ignorando la orden implícita—. no? —respondió ella. ¿Por qué? —Creo que iban a hacer algo en el lado norte. Después uno de ellos utilizó una carretilla eléctrica para trasladarla al lado sur. que necesita la ayuda y la guía de un hombre desde el amanecer hasta el anochecer. No quería tener que competir con una mujer en el dormitorio. —¿Y qué podía importarles si les veíamos? Estábamos atados. —Pregúnteselo a ellos. Ya no había nada divertido en todo aquello—. ¿Cuáles son su dirección y su número de teléfono? —Ya se lo di al detective de homicidios —respondió. será mejor que lo haga ahora —dijo ella. con cierto malhumor en su tono de voz. —Usted ya debe de saber que Rudolph Keski no siempre ha sido un hombre de negocios legal. Kluger se puso en pie porque no quería que ella le mirase desde una posición de superioridad. Kluger se miró las manos. Nunca se le había ocurrido. al menos de forma consciente. No podíamos hacer nada para impedirlo.86 - . que podía tener miedo de perder dicha competición. —¿Podría ser que trataran de huir por el desagüe y que no quisieran testigos? La muchacha se encogió de hombros y su cabello negro cayó como una cascada por debajo de la nuca. Algo que no querían que viésemos. —Su voz se endureció. El malestar del teniente la complacía visiblemente.. ¿cuál hubiera sido la diferencia? No creo que tenga nada que ver con lo sucedido esta noche. Soy una empleada de la compañía y no del señor Keski. —¿Quiere eso decir que estuvo en la cárcel? —Nunca pudo probársele nada —admitió Kluger. —Puede encontrarme aquí todos los días por la tarde —dijo ella. divertida. —De haberlo sabido —empezó la muchacha—. —Primero la ataron y la dejaron junto a la pared norte del almacén.. —Se lo pregunto a usted. —Solía dedicarse a todo tipo de estafas.

¿Dónde? A las 4. El de la televisión miró a su alrededor.20. el teniente Kluger desenrolló los planos sobre la mesa de juego y los estudió con más atención de la que había puesto hasta entonces. Era un hombre bajo y macizo que vestía de forma demasiado chillona para el gusto de Kluger y que hablaba demasiado rápido.30. A las 4. —Resulta un misterio la manera en que se te han escapado —admitió Bretters—Pero lo descubriremos en uno o dos días. los mapas del conducto se ajustaban totalmente a la realidad. —Ya le he dicho —dijo el teniente. Deben de estar por aquí esperando a que nos vayamos. A las 3.00. —Lo descubriremos en un par de días —aseguró Bretters. que no voy a autorizar la presencia de nadie. ¿dónde están? —¡Aquí! —¿Es que tus hombres no lo han registrado todo? —inquirió el de homicidios.DEAN KOONTZ RODEADOS contrata a otra secretaria. perplejo. —Por lo que a mí respecta —cortó Kluger—. A las 3. teniente.. una patrulla de búsqueda formada por tres hombres. —¿Quiere decir que todavía están por aquí? —Sé que están —respondió Kluger. Las entradas al complejo desde el aparcamiento resultaban demasiado pequeñas para un hombre. La muchacha se dio la vuelta y atravesó la zona de descanso. han mirado por todas partes. con calma. Nada. Por lo que habían podido apreciar.40. —Pero es imposible que hayan conseguido salir. —No podéis iros ahora —dijo éste—.. y de la televisión habían por fin . y cerraron y sellaron la habitación en la que Keski y el guardaespaldas habían sido asesinados. Kluger se enteró de que en la comisaría habían empezado a destinar a sus hombres a otros casos repartidos por la ciudad. como un hombre religioso que repitiera sin cesar el principio supremo de su fe—. Colocaron barreras frente al banco y a la joyería. tendré que permanecer aquí durante algunas semanas. de la radio. entró en el pasillo este. para entonces. Y no voy a dejar que nadie interfiera en un caso que sigue siendo una auténtica persecución. —No pueden estar todavía aquí —respondió Bretters. Sólo había un camino para salir de allí: el que habían cubierto los hombres de Kluger desde el principio. ya lo tendrá todo solucionado. y que iba a dar a aquel terreno baldío de monte bajo. A las 4. para ayudarla a adaptarse. quienes se metieron en el coche patrulla en espera de que el teniente hiciera lo mismo. que había sido enviada al sistema de desagüe. —Los medios de comunicación tienen derecho. A las 4. No había pasadizos ocultos ni conductos de aire con las dimensiones adecuadas para permitir el paso de un hombre. esos bastardos todavía no han salido del centro comercial. aparte de Hawbaker y de Haggard. Kluger era el único que quedaba. —Sí. Estoy convencida de que.10 los técnicos del laboratorio y los detectives de homicidios decidieron irse a casa. El detective al mando del caso —un tipo tranquilo y cetrino llamado Bretters— se acercó a la mesa de juego junto a la fuente para ver cómo le iban las cosas a Kluger. llegó un representante de la principal cadena de televisión local en busca de un permiso para filmar.25.87 - . regresó sin haber encontrado nada que valiera la pena. —¿Persecución? —preguntó el hombre. y salió tras los otros. No encontró ninguna habitación secreta. —¡No se me han escapado! —Entonces. y desapareció doblando la esquina. irritado—. Los reporteros de los periódicos.

—Pueden acabar. sobre las falsas piedras de lava. Caminó lentamente por el corredor oriental. Recogieron las sillas plegables y la mesa y las sacaron fuera de la zona de descanso. ¿Cómo?. acercándose para retirar los mapas de encima. Mala suerte. remolinos de espuma y burbujas plateadas. ¿Por el techo? Imposible. —¿Se irá pronto? —le preguntó el primer guardia. ¿Por una de las puertas de la cara este? Imposible. Los guardas miraron a su alrededor. había estado muy bien vigilada. Era algo tranquilizador que podía mirar mientras daba vueltas al asunto en busca de cualquier detalle que hubiera podido pasarle por alto. Los dos hombres estaban plegando los muebles cuando el más fornido dijo: —¿Cómo demonios lo consiguieron. y el delegado de la Caja de Crédito y Ahorro Countryside se habían marchado a casa para seguir en vela el resto de la noche. buscó en su cabeza el agujero por el que habían escapado. ¿Por la salida norte? No. levantando la vista desde el estanque. su nervioso agente de seguros. ahora abierta. llevándolas por el pasillo este hasta el almacén. cuya superficie era como una placa de cristal blanco y opaco a través de la cual no podía verse nada excepto formas neblinosas. Siguió pensando en ello y.88 - . —Sí. cualquier cosa. —Escapar. mirando a Kluger con pesar. —No lo hicieron. y pasaba bajo la puerta de metal. que caía como una cortina líquida sobre el estanque artificial. teniente —dijo Artie. que salió del almacén tras Kluger—. Los cuatro pasillos y las diecinueve tiendas permanecían desiertos y silenciosos. El teniente Kluger se dirigió hacia el estanque y se sentó en su borde. El propietario de la joyería. La moqueta apagó el sonido de las pisadas y en un instante todo volvió a quedar en calma. —Buenas noches. La fuente dejó de funcionar detrás de él. —¿Qué quiere decir? —Que todavía están aquí. —No lo creo —dijo el grandote.DEAN KOONTZ RODEADOS abandonado y se habían largado. . Los dos vigilantes nocturnos se acercaron a la zona de descanso para ver si quería o necesitaba alguna cosa. Se dio la vuelta y entonces cayó en la cuenta de que los vigilantes la habrían apagado desde el panel de control del almacén. La fuente se erguía frente a él. se preguntaba Kluger. el tranquilo. El otro vigilante. —Llévense las sillas y la mesa —pidió. ¿Hemos de seguir igual o bien podemos dar la noche por finalizada? El teniente dudó. ¿Siguiendo el desagüe? Se puso en pie y enrolló los mapas. pronto —murmuró Kluger. y después suspiró. cuando a su espalda se encendieron dos de las tres hileras de fluorescentes del techo. teniente? —¿El qué? —preguntó Kluger. dijo: —Después de desatarnos sus hombres nos dijeron que no tocáramos nada. mientras salía de la zona de descanso. ¿A través de la salida oeste? No. y doscientos surtidores elevaban el agua a seis metros de altura.

girando hacia el norte por la carretera principal. sazonado con la conciencia de haber dado un paso atrás en su marcha hacia la obtención de un cargo principal. Colocó el revólver en el asiento contiguo. y el olor a lluvia llenaba la atmósfera. El viento proveniente del Océano Pacífico se abría paso a su alrededor y traía la fragancia de la sal y las algas. Todo estaba en calma. como si se tratara de un solo insulto. Pronto amanecería. a apenas doscientos metros de Oceanview Plaza. Hawbaker y Haggard no le aguardaban. Vio cómo uno de los vigilantes bajaba la destrozada puerta. abrió la puerta y se sentó tras el volante.DEAN KOONTZ RODEADOS —Sí —concedió Kluger. Sólo tenéis que salir. Las 4:43 Se volvió y miró el Oceanview Plaza. regresó y aparcó en el arcén de la carretera. se encontró solo. —Muy bien —repitió—. y nada más. tal y como había esperado. bastardos. Sacó el revólver de la pistolera que llevaba bajo el sobaco izquierdo y comprobó que estuviera convenientemente cargado. Vamos. —Sí. —Tendrán que salir a pie puesto que nos llevamos la camioneta robada —dijo Kluger. y en la mirada piadosa que recibió de aquel vigilante panzudo. Muy bien.89 - . Puso en marcha el motor y salió del aparcamiento. envuelto en la tranquilidad de la madrugada. realizó un giro de trescientos sesenta grados. Empezad a salir de ahí. Condujo apenas medio kilómetro. Aparentemente. así como en los dos hombres muertos. Avanzó por el asfalto hasta llegar a su Ford sin distintivos. . Entre todos habían cocinado un buen caldo de humillación. El cielo ya parecía iluminarse y la oscuridad desaparecía tras las nubes. Todo eso ocupaba su pensamiento y resultaba indisociable. habían sido enviados a cubrir otro caso. —Los atrapará tarde o temprano. Una vez en el aparcamiento. aunque allí no había nadie para escucharle. de cara al sur. —Muy bien. —Muy bien —se dijo. en paz. Kluger miró su reloj. En las últimas horas el cielo se había tapado aún más. en la forma en que le había tratado Evelyn Ledderson. Pensó en el listillo con quien habló por teléfono. mientras se preguntaba si en realidad ya habían transcurrido tres horas desde que había entrado allí. pero la voz del locutor se perdió en otros canales. en la voladura de las cámaras acorazadas y en las gemas robadas. La radio emitió un ruido sibilante y balbuceó un mensaje. con la ayuda del soplete.

Si Kluger veía el cartel y se tomaba la molestia de leerlo. Con todo el humor del que era capaz en ese momento. que podía no ser suficiente para resistir durante todo el registro del centro comercial. toda su inteligencia al planear aquello no serviría de nada. Durante las tres horas largas en que tuvo que ocultarse de la policía. Era como si una placa de cristal blanco y opaco le impidiese ver lo que había más allá. remolinos de espuma y burbujas plateadas. Cualquiera podría acercarse al borde. y aunque ésta era su mayor preocupación. lo que más temió Tucker fue que alguien desconectase la fuente.90 - . pensó que con aquello podría realizarse un . perfectamente ajustada.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 20 Cuando Tucker miró hacia arriba. también se había asegurado de que el equipo de presurización con el que habían cargado las bombonas estuviese apagado y justo en el mismo lugar donde lo habían encontrado. mirar hacia abajo. en los que metieron las sacas del dinero. y ver a tres hombres sentados en el fondo del estanque.. también podía ser lo suficientemente profundo como para esconder a tres hombres desesperados? Se preguntaba si habría subido de forma apreciable el nivel del estanque cuando los tres se metieron allí con las sacas del banco y la ropa. ¿Se daría cuenta de todo aquello alguien que estuviera familiarizado con el centro comercial? ¿Se había elevado el nivel del estanque de tal manera que el agua desbordaba por encima del nivel habitual e inundaba la zona de descanso? ¿Podría la fuente esconder las burbujas emergentes procedentes de sus respectivos equipos? ¿O bien su presencia se haría evidente en cuanto una mirada penetrante y una mente despierta interpretasen todo eso de la forma correcta? Estaba preocupado. mediante doscientos surtidores. no era la única. les atraparían. lo suficientemente profundo como para albergar un espectáculo de buceo. colocaba la esfera de su reloj contra el cristal de su máscara. Cada diez minutos levantaba la muñeca a la altura de los ojos. que anduviese registrando Surf and Subsurface. Meyers aseguró que.. tras hacerse con los equipos. Sin la lluvia artificial que. Tucker estaba preocupado. la superficie aparecería transparente. Si apagaban la fuente y la superficie del estanque se volvía transparente. sin dejar ningún rastro. Sin embargo. Lo mismo había hecho con las cajas que contenían los sacos impermeables de color amarillo chillón. Si tenían que subir a la superficie antes de que la policía decidiese marcharse. Sin embargo. ¿se daría cuenta de que el estanque. no pudo ver nada excepto formas neblinosas. Bates y él mismo utilizaban en esos momentos. y comprobaba la hora. a dos metros y medio de profundidad. descubriera accidentalmente los contenedores vacíos que una vez estuvieron ocupados por los trajes y el equipo de submarinismo que Meyers. las joyas y su ropa. pero se trataba de algo más frágil que el cristal y podía desvanecerse en un instante. También le intranquilizaba la reserva de aire —para tres horas que podían alargarse unos diez minutos más a causa de su relativa inactividad—. había vuelto a colocar las cajas tal y como las encontrara. hacia la superficie del estanque. Se preguntó si debía quitar de en medio el cartel que aparecía junto a la fuente y en el que se anunciaba el espectáculo de submarinismo que tendría lugar la semana siguiente. Tal vez alguien se sintiera atraído por las tres ruidosas estelas de burbujas que emergían procedentes de tres unidades independientes de buceo y que ya no podrían ser enmascaradas por el sonido de la fuente en funcionamiento. se elevaba y luego caía como una cascada. También le desasosegaba el hecho de que algún policía con suerte.

se puso en pie y. pero no observó nada.50.. La delgadas y luminosas manecillas avanzaban lentas pero inexorables señalando los números verdes. levantó la cabeza hasta que le fue posible mirar hacia el pasillo este. La blancura opaca dejó paso a la luz. Apoyó la espalda contra la pared del estanque y trató de pensar en Elise y en todo lo que habían hecho y harían juntos. Y después otros cinco. y la mayoría de las luces del techo apagadas. Las 2.. y giraba. Esperó mientras vigilaba las entradas de las tiendas por si se producía cualquier movimiento. cuando ya sólo le quedaba aire para tres o cuatro minutos más. conscientes de la necesidad de actuar en silencio.. Movió los labios tratando de que el tubo se ajustara mejor. Sin embargo pasaron cinco minutos sin que nada sucediera. Evitando los movimientos bruscos. se apagó la fuente. La película de espuma se deshizo y desapareció. Mientras observaba el agua trémula de color azul verdoso que tenía enfrente. Resultaba evidente que la policía había recogido sus cosas y se había retirado no hacía mucho. las rocas falsas del borde del estanque. mientras el igualmente fosforescente segundero giraba. Incluso el aire del tanque resultaba rancio. Seguía preocupado. a las 4.30. casi sepulcral.50. Toda aquella ansiedad pareció quedar justificada cuando. viciado. ascendió hasta la superficie tan lenta y cautamente como pudo en el extraño elemento. y la saliva era espesa y rancia. y giraba.91 - .DEAN KOONTZ RODEADOS estupendo anuncio de televisión para la compañía fabricante del reloj. Las 4. Tucker miró hacia arriba y vio el techo puntiagudo. aunque percibía al mismo tiempo el frío penetrante del agua.. Tenía la curiosa sensación de frío y calor simultáneos. Protegido por las falsas rocas. emergieron hasta que sus cabezas estuvieron por encima del agua.00. No se hubiera sorprendido de haber recibido un tiro en pleno rostro.. Las 3. Se sumergió de nuevo hasta el fondo y dio la señal a Bates y Meyers. Poco a poco se le iba revolviendo el estómago. El pasillo estaba desierto. Pero los vigilantes deben de estar por ahí. Lo cierto es que no tenía nada más que hacer. El silencio parecía antinatural. Las 3..40. La superficie del estanque dejó de temblar. Sus ojos estaban continuamente fijos en las hileras de burbujas que soltaban Meyers y Bates. Las 3. Su lengua parecía estar recubierta de un fluido amargo. Pero eso no hizo que se sintiera mejor. Meyers y Bates asintieron para indicarle que habían entendido.. La pieza de plástico que encajaba entre sus dientes y le suministraba aire tenía un sabor horrible. desagradable y demasiado rico en oxígeno. ayudándose con la pared del estanque. así como otros tesoros más modestos que poseía.. probablemente poco antes de apagarse la fuente. pero no ocurrió nada de eso. —Se han ido —susurró—. Las 3. En el interior del ajustado traje de goma se sentía mojado debido a la transpiración nerviosa. una convincente demostración de la calidad de su producto. Tucker se sacó la boquilla de alimentación y se colocó las gafas sobre la frente.30. En dos minutos la superficie se volvió completamente transparente. pues no se habían . y vio que tanto Frank Meyers como Edgar Bates estaban ocupados haciendo lo mismo. Imaginó que era cuestión de segundos el ver aparecer policías uniformados por todas partes. A las 4. y después las seguían en su camino hacia la trémula y espumosa superficie.40. Los mismo ocurría con los pasillos restantes. trató de recordar el escudo y la lanza Edo. mirándole.00.

—Hasta que aparezcan. sois hombres muertos. Meyers se movió a su derecha y Bates cubrió el flanco izquierdo. Tucker asintió afirmativamente. las Skorpion y el botín. poniéndose la ropa encima de los trajes de goma negra.30. —¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Meyers. Meyers enarcó una ceja. Tucker y Bates también estaban de guardia. Plantó los pies firmemente sobre el suelo para mantener el equilibrio. gruñó: —Oh. Chet estaba demasiado cabreado como para poder hablar. Tucker se arrodilló y abrió la bolsa amarilla impermeable en la que había guardado las Skorpion. que estaban completamente secas. —Si intentáis sacar vuestras armas —anunció Tucker—. que se secaron con extrema rapidez. —Tenemos que actuar con calma —susurró Tucker—. Bates se enjugaba gotas de agua de las pálidas mejillas. —¿Cuánto tiempo? —susurró Meyers. lejos de la vista de cualquiera que llegase desde el almacén por el pasillo este. Farfulló algo y casi le da un . no. Meyers levantó una mano. y volvió a sumergirse con Meyers y Bates para recuperar su ropa. —Esperaremos —anunció. Iban hablando sobre la forma en que la policía había llevado el asunto. cogiéndolos entre dos Skorpion. y se preparó para una larga espera. así que no lo estropeéis ahora. y repartió las pistolas. todos sabían que no disponían del tiempo necesario para deshacerse de dichas prendas. agarró la Skorpion con ambas manos. En el estanque se habían despojado de los molestos y pesados equipos y de las máscaras pero no así de los trajes. —¿Después de lo que ha sucedido? —Especialmente después de lo sucedido —dijo Tucker. —¿Crees que seguirán haciendo la ronda como si nada? Tucker asintió de nuevo. —¿A los vigilantes? El joven asintió. y por lo animados que se les veía era obvio que no esperaban tener más problemas. asegurándose de que ajustaban perfectamente. en voz baja. Pasó por alto su desagradable sabor. A las 5. cuando estuvo vestido.. Cuando los dos vigilantes alcanzaron la zona de descanso saliendo del pasillo. Se vistieron. —¿Y si no lo hacen? —Entonces ya tendremos tiempo para preocuparnos. Me siento como si tuviera la misma pesadilla una y otra vez. Tucker terminó de ajustarse los zapatos y se puso en pie. Volvió a colocarse las gafas sobre los ojos. ocultos en la oscuridad de la entrada de Young Maiden. Meyers permaneció oculto entre las sombras de Shen Yang's Orient. el tranquilo. Todavía no hemos salido de ésta. Los otros dos asintieron. Chet y Artie salieron del almacén y empezaron a andar por el corredor en dirección a la zona de descanso. apoyó el arma contra su amplio pecho.DEAN KOONTZ RODEADOS quitado ni las gafas ni las boquillas. trató de ignorarlo. La primera vez lo hicisteis muy bien. Sin que ninguno de ellos tuviera que decirlo. Diez minutos más tarde habían salido del estanque y llevado sus pertenencias hacia la zona de sombras protectoras de la entrada de Shen Yang's Orient. —Las pistolas —susurró Meyers. Artie. introdujo de nuevo en su boca la boquilla alimentadora de oxígeno y la sujetó con fuerza entre los dientes.92 - . al otro lado del pasillo este..

algo que no impresionó a nadie. El maldito perro policía estaba suelto. Tucker se acercaba a Artie para quitarle la pistola cuando escuchó un extraño sonido gutural a sus espaldas. cuando por fin recuperó el control de la voz. —Seguid tranquilos. supo inmediatamente de qué se trataba. A pesar de lo insólito que resultaba.93 - . . aunque todo lo que hizo fue levantar a medias un puño en un gesto de impotencia.DEAN KOONTZ RODEADOS pasmo. Tucker se colocó detrás de ellos para quitarles los revólveres de las pistoleras. —Maldito bastardo —dijo Chet.

había sido atacado por un sabueso entrenado. Tras el trabajo. Después de todo. —¡Cuidado! —gritó Edgar.. había sido entrenado para seguir a los guardias y para actuar en emergencias. El perro estaba ya a menos de sesenta metros. y no le importó enseñarle la técnica. había explicado Osborne. Pero dudó al recordar lo que un colega del oficio le había contado en una ocasión acerca de cómo tratar a los perros. en donde también le enseñaron a matar hombres. había dicho Osborne. —¡Dispara! Según Len Osborne. Tucker se había unido a otros tres hombres para dar un golpe en unos grandes almacenes. En pleno robo. uno de ellos.. En primer lugar. Meyers decía: —¡Por Dios. y la larga cola curvada entre las patas traseras. Tucker se volvió completamente para enfrentarse a él y. Si eso ocurría. había salido por la puerta abierta del almacén y corría con todas sus fuerzas. algo en lo que el perro no había tenido responsabilidad alguna. acortando rápidamente la distancia que lo separaba de ellos. levantó la Skorpion. Ni siquiera un tirador de primera dispondría de tiempo suficiente para apuntar y efectuar un disparo antes de que el perro se colgase de su brazo o de su garganta.94 - . Sin embargo. en que un perro es vulnerable: cuando . tuvieron que ocultarse algunos días en una granja abandonada. llevándose todo el efectivo acumulado en el último día de compras antes de Navidad. Dos años antes. o al menos resultaría gravemente herido. hablando figuradamente. sobre todo si venía de frente. En segundo lugar. acabó con él sin que le produjera ni un rasguño. estaba seguro de que pasaría una buena temporada en la cárcel. Osborne lo había aprendido en el ejército. Los hombres lo habían educado en la violencia. bravo y rápido. ofrecía pocas posibilidades de éxito. Tenía las orejas echadas hacia atrás. Es como si le tirases piedras. un profesional todo terreno llamado Osborne. Tucker tendría que lidiar con él como si lo fuera. Sólo hay un momento. automáticamente. y podía provocar la suficiente confusión como para permitir que Chet y Artie sacasen provecho de la situación. lo habían corrompido. resultaba demasiado compacto. entrenado para seguir los pasos de los vigilantes nocturnos. «Espero que el traje de goma no me impida moverme». y durante ese tiempo Osborne le explicó a Tucker cómo habérselas con cualquier perro. Al mismo tiempo que el viejo gritaba de forma involuntaria. el animal constituía una diana muy pequeña. Incluso si el perro hacía presa en él sin producirle heridas. y ahora tendría que pagar por sus conocimientos inferidos. pues le causaría problemas hasta que estuviera o bien muerto o malherido. pensó. Lo más seguro era que el animal que se acercaba no fuese un asesino.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 21 El pastor alemán. Tucker bajó la Skorpion y oyó gritar a Bates. Incluso un perro pastor grande resultaba demasiado estrecho para poder ser alcanzado. sin apuntar. Utilizó únicamente sus manos y. cualquier arma imaginable era inútil frente a un perro guardián bien entrenado. dispara! Ni él ni Bates se hallaban en posición de poder hacer uso de sus armas sin matar a los vigilantes y a Tucker. La moqueta era un terreno excelente para la carrera y ahogaba el sonido de sus patas. sería hombre muerto. Disparar desde la cadera. con eficacia y rapidez.

Y si se hace bien. Durante un instante vio pasar un fiero rostro. lleno de sudor. Miraron al perro muerto y observaron el charco de sangre que iba agrandándose. Un perro lisiado no representa amenaza alguna. —En Milwaukee —respondió el joven. y ayudándose con ambas manos. Tucker se puso en pie. aunque su cuerpo había hecho gala de una sincronización natural durante la maniobra. eso lo dejará bastante mal. Contra todo instinto. Todo eso daba vueltas en el interior del cerebro de Tucker. que había dejado a un lado cuando recordó el consejo de Osborne. —¡Fiuuu! —asintió. interesados en la respuesta. mientras uno se deja caer. ninguno abrió la boca. demasiado confuso como para volver a lanzarse al ataque de inmediato. es posible agarrar al perro por las patas delanteras. unos colmillos desnudos. apoyándose contra la pared del pasillo. Luego emitió un extraño y patético sonido.. Su propia inercia vaya a parar bastante lejos y que se golpee fuertemente contra el suelo. Por lo menos. y también el ruido de algo que chocaba pesadamente contra el suelo.95 - . Las patas delanteras están plegadas hacia atrás y no las extenderá hacia delante hasta el instante anterior al contacto. —Pasé unas Navidades con un ex oficial de comandos. Se agachó y recogió la Skorpion. el episodio daba la impresión de ser irreal.DEAN KOONTZ RODEADOS está en el aire. Hizo un movimiento falso en el aire y miró a Tucker con los ojos inyectados en sangre. que luchaba por mantenerse sobre la pata delantera fracturada. en los últimos segundos antes de producirse el contacto. Si saltas hacia delante para interceptarlo. Tucker se pasó la mano por el rostro. Edgar Bates dijo: —¿En dónde diablos has aprendido eso? Todos le miraron. Estaba seguro de que no había sincronizado correctamente los movimientos. y arrojar a la bestia por encima de la cabeza con tanta fuerza como sea posible. En teoría —respondió Tucker. Hasta ese instante. Llegó el momento en que no dispuso de más tiempo para recordar la lección de Osborne. y cada apartado de la lección se cernía como una sombra sobre la intensa luz del miedo. Escuchó voces a su espalda. Durante unos instantes que parecieron no tener fin. incluso los dos vigilantes. se le puede romper el cuello o partir el espinazo como si fuera un trozo de leña seca. se halla relativamente indefenso. enmudecidos como estaban por la súbita violencia. lanzado hacia su víctima. apretó la mano sobre el hueso y el pelo. retorció. Tucker se sintió mal.. agarró desesperadamente al animal por una de las patas delanteras. Mientras permanece en el aire los dientes todavía se encuentran lejos del objetivo y las zarpas resultan inofensivas. . pero no se le ocurrió pensar que estaba sangrando. Es bastante probable que se rompa una de las patas. —¡Fiuuu! —pudo exclamar Meyers.. torcérselas como se hace con el brazo de un hombre. Tucker se echó hacia delante. Pero una vez que se ha decidido y está en el aire. después de saltar. —¿Y nunca lo habías hecho antes? —Sólo en el interior de mi cabeza. aunque menos que cuando descubrió las víctimas de Meyers en la oficina.. rodó sobre el suelo y murió. en lugar de alejarte de él. finalmente. porque el pastor alemán ya saltaba hacia él. Le costaba respirar y los hombros le dolían horriblemente. se dejó caer y tiró. —¿En Milwaukee? —preguntó Bates. Si uno se mueve con rapidez y con la suficiente seguridad. Miró hacia donde estaban los otros y vio que habían dejado un espacio vacío alrededor del pastor alemán. No mucho. el animal puede moverse a voluntad y atacar o cambiar de opinión en un instante. Aunque todos habían presenciado su muerte.

96 - .DEAN KOONTZ RODEADOS —Atemos a Chet y Artie para que podamos salir de este endemoniado lugar de una vez. y Chet dijo: —No saldrás de ésta. —Estoy de acuerdo —opinó Meyers. Tucker rompió a reír. Tucker aligeró a los guardianes de sus armas. .

a pesar de todo lo que había ido mal en otros aspectos del trabajo. armado de paciencia—. hasta que estemos en ello de verdad —dijo. Creo que iré por el desagüe contigo. No me sorprendería nada que fuese él en persona quien aguardase ahí fuera. tal y como ha dicho Edgar? —No me gusta tener que escuchar tanta cháchara sobre cómo vamos a salir. Meyers agradeció la . —Así es. Es casi de día. —No lo entiendo. ¿Por qué no nos limitamos a salir por la puerta. Meyers dio un respingo y se frotó la nuca. El viejo bajó tras él. —¿Entonces no quiere eso decir que tenemos vía libre. miró el negro agujero del almacén y agitó la cabeza. Meyers frunció el ceño. Hasta ahora no te has equivocado en nada. con una sonrisa. no nos largaríamos de aquí de esa manera. Disponían de dos linternas con las que hacer retroceder la oscuridad y los bichos. como si creyese que conspiraban contra él. y se rascó la barbilla mientras cavilaba—.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 22 Frank Meyers no podía comprender por qué tenían que salir del edificio a través del desagüe de tormentas.97 - . seguido a su vez por Meyers. el viejo todavía flotaba al recordar el éxito de su intervención. volvió a guardar el tubo. y rebuscó en el bolsillo de la chaqueta hasta hallar el tubo de caramelos—. ¿Alguien quiere? Ni Bates ni Meyers quisieron. Lima —les confió—. Incluso ahora. tal y como hicimos para entrar? —Son las seis y diez de la mañana —explicó Tucker. —Bueno —dijo Meyers. —No tienes por qué decirlo en un tono tan pesimista —le contestó Tucker. se sentó en el borde del desagüe y saltó a la tubería. Dejó de rascarse la barbilla. Tucker se metió el caramelo en la boca. —Todavía no —aseguró Tucker. Si la policía ha dejado un coche patrulla de guardia para cubrir el lugar. Alcanzaron el extremo de la canalización pasados tres o cuatro minutos. nos echarán la vista encima nada más salir. —¿Creéis que la policía seguirá vigilando el lugar después de haberlo registrado de arriba abajo sin encontrar nada? —Sí —respondió Tucker. —Pues entonces. —Así pues tenemos vía libre —anticipó Bates. Se volvió hacia arriba y Bates le alargó los dos sacos impermeables que contenían el dinero del banco y las piedras sin tallar. —¿Quieres decir que ese Kluger puede haber dejado un hombre en el desagüe aún después de no encontrar nada tras el registro? —Si pensase eso —empezó diciendo Tucker—. ¿Por qué iban a hacerlo? —Kluger es de los que contemplan todas las posibilidades —contestó Tucker—... —¿Por qué? —inquirió Meyers—. —Es un riesgo que no debemos correr —apuntó Edgar Bates. Con su clásica expresión claustrofóbica de miedo y el rostro lleno de aprensión y terror.

—No lo harán. cruzando la suave arena amarillenta. y a pesar de que le escocían los ojos y la boca le sabía a rayos. —Tómate el tiempo que te haga falta. Las gaviotas se elevaban y bailaban en las corrientes de aire. . ¿Crees que podrás encontrar uno por ahí arriba? —Claro que sí. pero no por ello disgustados. tensos y doloridos. para acabar con los ojos puestos sobre el Oceanview Plaza. La luz del sol inundaba el barranco y daba un aspecto desteñido y mortecino a la maleza. La misma luz les hirió los ojos y les arrebató la protección de la oscuridad para el resto del trayecto. —Tómate el tiempo que haga falta —repitió Tucker—.98 - . Escarbaron en la blanda tierra y depositaron las pistolas en el hoyo. —Seguirán la pista hasta dar con nosotros. Ahora. —Sí que es verdad —apostilló. que parecían resplandecer a la luz de la mañana. El aire estaba allí lleno de todo tipo de fragancias. los tres hombres salieron del desagüe y recorrieron el barranco. Arrastraron los sacos por el conducto y salieron por el otro extremo. mientras que por detrás sólo había tierra desierta. a la última de las suaves colinas inmediatamente anteriores a la playa. —Necesitamos un coche —afirmó Tucker.DEAN KOONTZ RODEADOS visión de la salida con un suspiro de alivio. No vayamos a estropearlo todo a última hora. Pero también les mostró que no había policía alguno apostado tras las piedras. Es hora de mover el culo. Continuaron por el barranco. más ocultos quedaban de los coches que circulaban por la costa. Tucker miró hacia el ondulante mar y hacia el cielo infinito. a su vez. por encima de ellos. dominando el panorama. —Enterraremos aquí las Skorpion —anunció Tucker. arrastrando los sacos. En menos de cinco minutos alcanzaron una carretera de acceso a la playa. vieron un montón de casas no precisamente baratas. entre agudos graznidos. ya que el canal erosionado iba haciéndose más profundo. de algo más de dos metros de altura. les proporcionaban una cobertura excelente. y se volvió hacia Meyers—. ya que no podían ser vistos por nadie desde el norte o desde el sur. que parecía dispuesto a exhumar su propia pistola. Meyers echó una rápida ojeada a la maleza y a las palmeras diseminadas aquí y allá. Descendieron hacia la playa y torcieron hacia el sur. —Qué hermoso está esta mañana el océano —dijo Edgar Bates al salir. —¿Y si las necesitáramos más adelante? —No las necesitaremos —aseguró Tucker. —¿Y si la policía las encuentra? —preguntó Meyers. en tono cansado—. Se tomaron un descanso al llegar a la altura de las rocas tras las cuales se habían refugiado los tres policías la noche anterior. Aunque le dolían todos los músculos. del conducto. en último lugar. cubriéndolas a continuación con la tierra sobrante. que permanecía oculto por una elevación del terreno. hasta desembocar en un túnel de la altura de un hombre. al otro lado de la carretera. Cansados. frenados por los dos sacos del dinero y las gemas. —¿Estás seguro? —Vamonos —dijo Tucker. que cruzaba bajo el asfalto. —Volveré dentro de cinco minutos. y tuvo que asentir. Las paredes del barranco. Cuanto más se acercaban a la carretera. —¿Y qué si lo hacen? —preguntó Tucker.

Da la impresión de que hayan robado dos veces. Con éste corría menos riesgos. donde rellenó el informe. nosotros venimos de hacerlo. Volvió a silbar de contento. Lo único que necesitamos es regresar a la ciudad como tipos corrientes que van al trabajo. —Excepto en lo que se refiere a ir a trabajar. —Me gusta —dijo Bates desde su asiento. Apoyó los codos sobre las rodillas y la barbilla en las manos. Le escocían los ojos y sentía el aliento seco y rancio. se relajó y se inclinó hacia atrás. Salgamos de aquí. —¿Qué te parece esta maravilla? —preguntó Meyers.45. puso en marcha el motor y arrancó. De forma inexorable.DEAN KOONTZ RODEADOS Tucker se sentó sobre los sacos del dinero. apoyándose sobre el tapizado de cuero auténtico. pareció conducir bajo el efecto de una narcosis emocional. hace unos minutos. El motor estaba frío y las llaves puestas —rió—. No nos conviene llamar la atención. —Sí —dijo. pero no me parecieron adecuados. . según la noche iba retrocediendo para dar paso a la calidez del sol. Todo lo que deseaba era regresar a casa y meterse en la cama. a la desesperación. El dueño debe de haber estado de juerga toda la noche. la irritación. Además. a las 6. despertándose de repente. ¿Es que alguna vez había habido alguien allí dentro? Deseó poder hacer retroceder el sol en el cielo para reabrir el caso desde el principio. Tucker sonrió. El teniente Norman Kluger observó la salida del sol sentado en su coche. que rugía con más suavidad de lo que su nombre pudiera sugerir. Depositaron los sacos en el maletero. Durante todo el trayecto de regreso a la comisaría. con un bostezo. ¿no estabas tú en lo del robo del Oceanview Plaza. finalmente. Edgar se subió al asiento trasero con su maletín de herramientas y Tucker lo hizo en el de al lado del conductor. Parecemos tres tipos ricos corrientes que van al trabajo. la confusión y. Su primer fracaso. la autoconfianza de Kluger también iba dando paso al enfado. Ya se iba cuando le detuvo uno de los agentes libres de servicio que se encontraba entre los que rodeaban la mesa del sargento de guardia. ayer noche? Kluger hizo una mueca. sonriendo y dando palmadas sobre el volante. de brillante color negro. No tuve que arrancar cables. cuando ya el tráfico empezaba a hacerse denso. —El relevo ha encontrado a los vigilantes de noche atados. llegó a casa colocado y no se levantará hasta dentro de unas cuantas horas. eso es lo que somos. Edgar dejó el maletín en el suelo y se acercó al agua para remojarse el rostro. —¿Tenías que llevarte el más llamativo que había? —inquirió Tucker—. junto a Meyers. —¿Y qué te parece esto de ahora? —¿El qué? —preguntó Kluger. otra vez.. Al cabo de veinte minutos. Frank Meyers apareció al volante de un Jaguar nuevecito. En la mesa del sargento de guardia había bastante jaleo pero lo ignoró y se dirigió a su propio escritorio. Se abrochó el cinturón de seguridad. —Y de alguna manera —comentó Edgar Bates—. Decidió abandonar bastante después de que hubiese amanecido.. Entregó el vehículo en el garaje de la unidad y penetró en el bajo edificio de estuco para redactar el informe. Nadie había salido del centro comercial. y observó alejarse a Meyers por la carretera de acceso hasta que desapareció detrás de un montículo de arena coronado de hierba.99 - . —Podría haber escogido cualquier otro entre la media docena que encontré —dijo Meyers—. en la sala principal. no te preocupes. —Se puso el cinturón de seguridad—. —Oye.

estaré en el mismo apartamento al menos durante unas semanas. . Cuando acabaron de cenar y retiraron los restos. Le miraron sin comprender. Tucker abrió los dos sacos impermeables y las sacas del banco. y lo colocó sobre el escritorio. Tú eres quien conoce al perista. —¿Qué vamos a hacer con los diez que sobran? —preguntó Meyers.DEAN KOONTZ RODEADOS Kluger se quedó allí. Cuando llegaron al hotel. Además. pero en realidad veía el sillón de jefe de policía en el que nunca se sentaría cuando llegase a los cuarenta. Ante la puerta de Tucker. levantando dos puñados de piedras y dejando que se escurrieran entre sus dedos—. por lo que durmieron buena parte de la tarde. —¿Entonces? —Por la mañana —empezó a decir el joven— conseguiré tres o cuatro latas de tabaco de pipa. Miraba al otro hombre. Bebieron unas cuantas cervezas más. El total de lo obtenido en la Caja de Crédito y Ahorro Countryside era de 212. Estaban completamente exhaustos.100 - . Cuando te pague el perista ya sabes dónde encontrarme. A continuación. sin poder decir nada.400 para cada uno de ellos. No estaba nada mal. —¿Y las gemas? —-preguntó Edgar. en donde se registrarían en dos habitaciones del Carriage Inn. Meyers enarcó las cejas. tocaban a 70. Aparcaron a seis manzanas del hotel en donde se alojarían. —¿Estás seguro de que funcionará? —Las aseguraré —dijo Tucker— en mil dólares. Cuando regrese a Nueva York. Comieron. se cambiaron de ropa y fueron pagando y marchándose a intervalos de media hora. —Déjaselo a la encargada de hacer las habitaciones —propuso Tucker. seguramente todo el fin de semana. Meyers y Bates fueron a la habitación de Tucker a las siete de esa misma tarde con un montón de comida para llevar de Saul's. algunos modelos de detectores de metal de los aeropuertos se ponen en marcha ante la presencia de diamantes. Las vaciaré de tabaco. y dieron la reunión por finalizada poco después de medianoche. espero que me devuelvan mis trescientos treinta y tres dólares. se ducharon y afeitaron.210 dólares. ¿Te las llevarás a Nueva York? —Pesan demasiado para llevarlas en una maleta —dijo Tucker—. se dirigieron a sus habitaciones. —Si Correos lo pierde —dijo Meyers—. Contaron dinero durante una hora y después cotejaron los resultados. haré un paquete con todo y me las enviaré por correo a mí mismo. un restaurante judío de primera clase situado en Ventura. —Creo que me quedaré unos días. en el centro de Los Ángeles. Después de que Tucker descontase mil para cubrir el gasto de las Skorpion. y Bates fue a recoger el coche de alquiler que les transportaría los últimos cientos de metros. las llenaré de piedras. hasta que cayeron en la cuenta y empezaron a soltar carcajadas. un motel en donde podrían gozar de absoluta intimidad. procediendo a separar el dinero de las joyas. Meyers dijo: —¿Te vas mañana por la mañana? —Tengo reserva para el vuelo de las dos —respondió Tucker. Bates les condujo hasta la zona de Van Nuys. bebieron varias botellas de cerveza y hablaron de todo menos del trabajo que habían llevado a cabo en las últimas horas. con la boca abierta. y señaló al billete solitario que permanecía en el centro de la colcha. hablaron sobre conocidos en el negocio.

DEAN KOONTZ RODEADOS —Muy bien. —Tal vez —concedió Tucker. . —Tal vez volvamos a repetirlo. aunque sabía que nunca volvería a involucrarse en un trabajo con Frank Meyers. El joven asintió. —Ha sido un placer.101 - . De acuerdo —respondió Tucker.

y el sentimiento de culpa todavía seguía allí.DEAN KOONTZ RODEADOS Capítulo 23 Tucker entró en su apartamento de Park Avenue a primera hora de la noche del viernes. entro en él y dio varias vueltas al disco de la combinación de la caja de la pared.. en la segunda se trataba de un socio que decidió matar a Tucker para evitar el desagradable ritual de repartir el botín de un robo. En ambas ocasiones. Se preparó un bocadillo de rosbif y queso. Tembló involuntariamente y sintió náuseas. Tucker había echado mano de la única opción que le quedaba: matar. o bien trabajaba en una filmación nocturna. y se dirigió al salón principal. o bien había salido a cenar y a dar una vuelta con unos amigos. Mientras una voz masculina vendía el producto. Permaneció observando la pantalla sin prestar atención a las imágenes que aparecían en ella. Pero las pesadillas le habían atormentado durante meses. Sus ojos repasaban las familiares formas de los objetos. se daba cuenta de que Elise era su única amiga.102 - . cerró la puerta y llamó a Elise. Cuando se hubo cerciorado de que ella no estaba en casa. y empezó a pensar en los dos cuerpos ensangrentados de la oficina comercial del Oceanview Plaza. Elise sonreía a la cámara. y una copa. en donde se quedó observando el escudo y la lanza Edo mientras comía. y ahora se veía inundado por la misma ansiedad. sino una mujer de carne y hueso. Hasta entonces. Daba la impresión de ser auténticamente real. Tucker deseó levantarse y tocarla. se había visto arrinconado por un sádico y brutal policía que quería partirle por la mitad. se había sentido incapaz de emplear una violencia extrema a menos que fuese absolutamente necesario para salvar su propia vida. Si se ponía a pensar en la gente que conocía. Las pesadillas volverían a invadir su sueño. Abrió la más pequeña de las dos maletas. supo que. al que dio un repaso. Metió en el interior la cartera llena de documentos a nombre de Tucker y tomó la que guardaba sus documentos auténticos. cogió Historia de China a través del arte. de Smith y Wango. le había preocupado la posibilidad de perderla. Mientras permaneció sentado en el fondo del estanque del Oceanview Plaza. Se dirigió al estudio y. la que compró en Los Ángeles. y empezó a meter los setenta mil dólares que contenía en el interior de la caja. publicidad. Aunque no había tomado parte en las muertes de Keski y del guardaespaldas. sin que pudiera concentrarse en las líneas impresas. una selección de un club de lectores y revistas. Ella se había preocupado por él durante la época de las pesadillas y en muchas otras ocasiones. sabía que siempre sentiría una cierta responsabilidad por lo ocurrido. Entre las cartas había facturas. se fijó por primera vez en lo que aparecía en el televisor: era Elise que se pulverizaba perfume sobre las delicadas muñecas y el cuello. La necesitaba más de lo que había llegado a reconocer. sonreía a Tucker.. pero su mente seguía dando vueltas. El anuncio acabó y Elise desapareció. Apartó el libro y encendió el televisor. . Siempre trataba de organizar los trabajos de manera que nadie tuviera que morir. Lo más probable era que no volviese hasta medianoche o más tarde. De repente. En la primera. Como a las nueve y media Elise todavía no había aparecido. de los estantes de la biblioteca. No sentía deseos de apuntar a nadie con una pistola y raramente se había visto obligado a utilizarla. abrió el armario. nada que fuese importante. no una imagen en una película. lo cual sólo había sucedido en un par de ocasiones. En la mesa de la cocina encontró el correo acumulado durante los últimos cuatro días.

103 - . Así podría volverse y ver a Elise en el momento en que ésta traspasara la puerta. *** . lo que no ocurriría de inmediato.DEAN KOONTZ RODEADOS Antes de que sus pensamientos pudieran volver sobre los hombres muertos del pasado. Tucker se levantó y se preparó otra copa. Con la copa en la mano fue a colocarse junto al escudo y la lanza del vestíbulo.

con el que no es capaz de mantener una relación amistosa. de rasgos finos y con un cierto aire aristocrático. tiene buenos contactos y sabe planear sus golpes con maestría.DEAN KOONTZ RODEADOS RESEÑA BIBLIOGRÁFICA DEAN KOONZ Dean R. entre ellos K. Tras una infancia difícil. Pero no por ello ha tenido que prescindir de su lujoso apartamento en Nueva York. Estudió en la Shippensburg State College antes de impartir clase de inglés en un instituto. terror. encontró en los libros su verdadera vocación. traducidos a 38 idiomas y de los cuales se venden 17 millones de ejemplares al año. Hay un maravilloso botín en perspectiva. Su objetivo es un centro comercial de alto standing. ni se ha visto obligado a abandonar una afición que en su caso constituye una verdadera pasión: coleccionar arte. Owen West. Brian Coffey.Es un buen ladrón. escritas con su nombre o con una multitud de seudónimos. Su literatura se asienta en historias de ciencia-ficción. Aaron Wolfe o Leigh Nichols. RODEADOS Mike Tucker es un joven elegante. Koontz ha publicado numerosos libros de ciencia-ficción. R. cuentos y novelas. la intriga y el suspense. Sin embargo. (Ray) Koontz nació el 9 de julio de 1945 en Everett. Y dada la personalidad de Tucker. Su primer premio literario lo recibió a los doce años y desde entonces no ha dejado de escribir. es más que probable que. Vive con su esposa Gerda en el sur de California.104 - . Para conseguir el dinero que le permita satisfacer todos sus caprichos sin la ayuda de su padre. Debutó como novelista con “Star Quest” (1968). que comparte con una espectacular modelo. ha renunciado a todos los millones de su padre. Tucker es un hombre al que le gusta disfrutar de los placeres de la vida. una vez más consiga burlar a la policía… *** . En rodeados se traslada a Santa Mónica. acompañado por el mejor desvalijador de cajas fuertes de los últimos tiempos y de otra vieja gloria del hampa neoyorquina. Pennsylvania (Estados Unidos). Dwyer.. Mike Tucker ha sabido labrarse una brillante carrera en el mundo del crimen. Lleva consigo el estigma de la respetable y adinerada familia de la que procede.

Inc.105 - .08015 Barcelona (España) © 1974 by NKUI.A. Publicado por acuerdo con Lennart Sane Agency AB.. S. © Para la edición en castellano.DEAN KOONTZ RODEADOS Título original: Surrounded Traducción. 1992 Printed in Spain ISBN: 84-406-3081-6 Depósito legal: B. S. 104 . 12. Calle Rocafort.669-1993 Impreso por LITOGRAFÍA ROSES Cubierta: Jordi Vallhonesta Foto cubierta: INDEX .A. Ediciones B. Miguel Ángel Portillo 1ª edición: septiembre 1992 1ª reimpresión: abril 1993 La presente edición es propiedad de Ediciones B.

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