You are on page 1of 6

El reloj de Estambul

Intentábamos ajustar el hilo de aire fresco (acondicionado, le llaman) para que


nos diera un respiro mientras esperábamos que el resto de pasajeros se acoplara
en sus asientos, con tanta dificultad como el estrecho pasillo del avión permitía,
cargado de turistas de vuelta a la parte más europea de Europa, de regreso
desde su parte más asiática. Fue entonces cuando Sebastián levantó el brazo
sobre mi cabeza cuando descubrí su muñeca zurda completamente desnuda.
-“¿Dónde has dejado el reloj?”- le pregunté, y dando un respingo en el asiento, se
asió incrédulo la articulación y, para mi pasmo y el de los tres pasajeros vecinos,
exclamó estremecido -“¡Mi reloj!”.

Como una cascada indómita, la mente se le inundó de escenas e imágenes recién


almacenadas en la memoria, de hacía apenas veinte minutos, cuando íbamos de
un control de seguridad a otro, traspasando todas las dificultades que las
autoridades turcas, emulando a los estadounidenses en el JKF, te imponen para
abandonar volando su territorio. Habíamos contado hasta tres controles donde
hubimos de despojarnos sistemáticamente de todos nuestros objetos metálicos,
al tiempo que intentábamos no perder de vista las bolsas con los regalos del
duty-free, el siempre excesivo equipaje de mano y algún que otro papel
imprescindible para embarcar. Repasando febrilmente cada una de esas escenas,
donde se reconocía poniéndose, quitándose y poniéndose el cinturón, sacando y
metiendo las monedas del bolsillo, poniéndose, quitándose y ¿poniéndose? el
reloj, él ya había concluido: “¡He perdido el reloj!”. Aquella afirmación me
provocó un vuelco en la boca del estómago y pude sentir también cómo un
escalofrío recorrió su espalda en el momento de pronunciarla.

El reloj de caballero marca Lotus con esfera blanca y dos semiesferas azules,
cronómetro y día incorporados era el reloj que él recibió de mi familia cuando,
entre todos, celebramos que uniríamos nuestros destinos. Sería ese el reloj que
marcaría nuestro tiempo, el tiempo de estar juntos, querernos, amarnos y
respetarnos, tanto en la salud como en la enfermedad, en la riqueza como en la
pobreza, hasta que la maldita e inevitable muerte nos separe.

Las azafatas instaban a los pasajeros a que terminaran de ubicarse y atarse el


cinturón, el comandante daba la bienvenida a bordo con su metálica e
incomprensible voz deformada por la megafonía de la cabina, y el avión
comenzaba a moverse marcha atrás, alejándose de la terminal y buscando la
ruta para emprender el vuelo. En ese instante, él notó cómo el nudo que le
apretaba en la garganta casi le asfixiaba mientras se debatía entre la necesidad
de salir corriendo y detener la marcha del aparato para alcanzar la última
bandeja donde adivinaba que se pudo quedar su reloj abandonado, o la opción
más sensata de la amarga y dura resignación.

Yo le observaba incrédula y pretendía darle ánimos pidiéndole un voto de


confianza a las actitudes mecánicas que, a veces, nos impiden recordar que
hemos hecho según qué cosas. –“No te preocupes, seguro que lo has guardado
sin darte cuenta en la cremallera del bolso de mano. Cuando podamos
desabrocharnos el cinturón, te levantas y lo compruebas. ¡Ya verás cómo está

1
ahí!”. Intentaba poner el máximo énfasis en mis palabras para que mi boca no
delatara a mi mirada que seguro reflejaba la misma angustia que veía en sus
ojos.

Para nuestra desesperación, el vuelo fue lo suficientemente ajetreado como para


que no hubiera ocasión de desabrocharse y maniobrar con los bultos encima de
nuestras cabezas, de manera que optamos por tranquilizarnos hasta aterrizar en
París, donde haríamos escala para regresar a nuestra casa en Madrid. En esta
turbadora espera, en un duermevela constante, mi parte más racional y la más
obstinadamente irracional comenzaron una vigorosa cruzada. Se pusieron a
trabajar al mismo tiempo mis fuerzas, pensamientos y energías tratando de
visualizar el reloj dentro de la cremallera del bolso de mano, con el absoluto
convencimiento de que la traslación de la materia estaba ya resuelta y que
habíamos llegado a ese punto en que los antiguos milagros habían conseguido,
por fin, su explicación científica. Intentaba que el poder mi mente trasladara, de
manera científicamente imposible, el reloj desde la bandeja del último control a
la cremallera exterior del bolso de mano. Lo deseaba con tanta fuerza como
aquella vez en que suspiraba tropezarme con “el macizo”, el chaval por el que se
me movían las entretelas durante el bachiller y por cuyo barrio pasaba
circunstancialmente cuando me topeté con él doblando una esquina (fue tal mi
estupefacción que no hice más que acrecentar mi imagen de pánfila cuando “el
macizo” intentó saludarme y yo salí pitando en dirección contraria, ante
semejante aparición) Si una vez funcionó ¿por qué no ahora?

En esta tensa batalla de imágenes y esfuerzos mentales por ejercer la


telequinesia, me vino a la mente la cara de Mohammed. Seguramente se llamaría
Isklab o Ekrem, cualquier otro nombre turco de difícil asimilación para las hordas
de turistas que, año tras año, desembarcamos en Estambul. Mohammed había
cumplido estrictamente con sus funciones de facilitador de la agencia de viajes y
casual y oportunamente había llamado a mi móvil para informarnos de un retraso
en el minibus que nos llevaría al aeropuerto. Enseguida recordé esa llamada que
se quedó grabada en mi teléfono. En cuanto aterrizamos en París y comprobamos
el vacío en la cremallera exterior del bolso de mano, mientras recorríamos los
largos pasillos del transbordo espacial, me puse en contacto con el muchacho.

–“Mohammed, soy Irene, una de las turistas del grupo español que nos
hemos ido hoy desde el hotel Marmara Palace ¿me recuerdas?” – le espeté.

–“Eh, sí claro” – mintió Mohammed, al que se le adivinaba el dibujo de una


gran interrogación en su rostro, más allá de la línea telefónica. – “Mohammed,
necesito que nos ayudes. Mi marido ha dejado olvidado su reloj en una de los
controles del aeropuerto, hace apenas tres horas. ¿Crees que habría alguna
posibilidad de localizarlo?” – le suplicaba.

Su español era suficiente para hacer traslados de viajeros desde el aeropuerto a


los hoteles, desde la Mezquita Azul al espectáculo de los místicos derviches,
desde la Torre Gálata a Santa Sofía o para guiar al viajero en otro de los
inevitables ritos turísticos, cruzando el Bósforo para pisar el continente asiático.
Sin embargo, recibir una llamada a su móvil, con la apresurada verborrea de
quien siente la necesidad de una respuesta urgentemente reconfortante, ponía a

2
prueba su capacidad de comprensión y dominio de la lengua de aquél que perdió
la mano izquierda en la batalla contra sus antepasados. Mohammed necesitó
tiempo y un par de súplicas para que yo frenara mi ritmo parlanchín y repitiera
mi mensaje despacito, despacito para que él pudiera asimilarlo. Por los altavoces
del Charles de Gaulle se anunciaba nuestro vuelo y yo seguía intentando que
Mohammed se comprometiera a hacer lo imposible por recuperar el reloj.
Subimos al avión con dirección a Madrid y nos acoplamos en los asientos con una
frustrante sensación de conformismo o fatalidad, en el convencimiento de que
nada más podríamos haber hecho para que el reloj volviera a la muñeca vacía de
Sebastián, que me miraba triste, abatido, sintiéndose culpable y con la larga lista
de autorreproches resonándole en la cabeza y en el corazón. Yo seguía
intentando calmarle y transmitirle mi fingida tranquilidad en las gestiones que
seguro Mohammed estaría haciendo justo en ese momento para hacernos llegar
nuestro reloj. Llegamos a Madrid, deshicimos las maletas, acumulamos compras,
recuerdos, postales y guías manoseadas, junto con un montón de ropa sucia, y
mientras Sebastián dejaba el llavero, las monedas y la cartera en su mesilla notó
la gran ausencia del reloj, que siempre dormía junto al manojo de llaves.

Al día siguiente, recibí una llamada de un teléfono con muchos números y


enseguida se puso a saltar el corazón: era Mohammed. Me decía, en su esforzado
español, que ¡había localizado el reloj! No podía creer lo que me contaba. “¿De
verdad?” – le gritaba incrédula. – “Sí, sí. El reloj está en oficina de aeropuerto. Yo
vi el reloj esta mañana. Era en puerta control C7. Los agentes piden saber cómo
es tu reloj y pruebas que tú conoces mi. Yo doy fax y tú mandas cómo es el reloj.
También tú escribe que yo puedo recogerlo por ti. Mi nombre completo es
Mohammed Özdemir” (entonces, ¿Mohammed se llamaba Mohammed?... sí, se
llamaba Mohammed)

¡Habíamos localizado el reloj! Ni Sebastián ni yo dábamos crédito. El reloj estaba


a salvo en una oficina de objetos perdidos en la otra parte del mundo pero
teníamos a Mohammed Özdemir dispuesto a ayudarnos para traerlo de vuelta.
Seguí veloz las instrucciones de Mohammed y redactamos y enviamos el fax,
describiendo minuciosamente todos los detalles del reloj y pidiendo, casi
suplicando, en un inglés poco ortodoxo pero suficiente para la gestión, que le
autorizasen a liberar a nuestro reloj de su cautiverio. Al día siguiente, recibí un
SMS alentador: nuestro guía, ya cuasi-amigo, turco tenía el reloj en su poder y
ahora nos preguntaba cómo podía hacérnoslo llegar.

A partir de esa pregunta, y pasados los primeros momentos de euforia,


comenzamos a preocuparnos por la logística. Nos pusimos en contacto con
empresas de mensajería y transporte internacional con la inocente intención de
encargar su recogida a costes pagados y, ante nuestra sorpresa, todas las
compañías con las que hablamos nos confirmaron que no se prestaba ese
servicio. No recuerdo exactamente los motivos que esgrimían pero intuyo que
era algo relacionado con la seguridad. Sí nos ofrecían, sin embargo, sus servicios
para que, desde sus oficinas en Estambul, alguien (en este caso, Mohammed –sí,
se llamaba Mohammed-) nos remitiera el paquete después de abonarlo allí
mismo. La amabilidad de Mohammed había sido ya excesiva y en ningún caso
parecía posible que pudiéramos pedirle que nos pagase el envío del reloj a
Madrid para que luego le hiciéramos llegar el dinero. Al fin y al cabo, su deber

3
para con los clientes y su afán de servicio y cortesía, había excedido, hacía ya
varias gestiones, su límite razonable. ¿Cómo podríamos, entonces, hacer que el
reloj volviera a nosotros? En las siguientes semanas fueron constantes los cruces
de mensajes a los móviles donde yo me excusaba con Mohammed por no
encontrar una solución y Mohammed me contestaba con textos tranquilizadores
que nos seguían manteniendo en la confianza de un desenlace cercano.

¿La embajada española? ¿La agencia de viajes? ¿La Oficina de Turismo? ¿La
Cámara de Comercio Hispano-Turca? ¿El Instituto Cervantes?... ¡El instituto
Cervantes!... ¡eso es!... En ese preciso instante me vino a la mente la imagen de
mi amiga Alicia, que trabajaba en el Instituto Cervantes de Madrid. En nuestra
semana estambulita habíamos pasado en repetidas ocasiones, de vuelta al hotel,
por la puerta de la sede del Instituto Cervantes en la capital turca. Si Alicia
conocía a alguien allí, podría ser una solución. Rápidamente me puse en
contacto con ella, le conté la historia del reloj de Sebastián y al día siguiente,
después de varias llamadas y gestiones, me facilitó el correo electrónico de
Leticia Gómez, una bibliotecaria que había trabajado en la sede madrileña y que
hacía un año que se trasladó a Estambul.

Según supe posteriormente, Leticia pasaba largamente la treintena y, después


de un amargo divorcio de aquel que le prometió días de vino y rosas, decidió
dejar atrás recuerdos, amigos y familia y darse una nueva oportunidad a más de
dos mil setecientos kilómetros de donde había pasado la mayor parte de su vida.
Aquella mañana de abril recibió en su correo mi mensaje, el de una tal Irene
Valmayor, que no conocía pero que se presentaba haciendo referencia a su
amistad con Alicia Sánchez Rubio, la documentalista de la sede madrileña, con la
que coincidió en alguna ocasión cuando trabajaba por allí. Por su respuesta,
adiviné a una Leticia incrédula y escéptica, releyendo varias veces el mensaje
donde, después de ponerla en antecedentes, le pedía un comprometedor favor:
encontrarse con Mohammed Özdemir para que le diera el reloj de manera que
pudiera traerlo de vuelta a Madrid en su próxima visita. Yo ya le explicaba en el
mensaje que entendería su negativa (de hecho, no sé cómo hubiera reaccionado
yo ante semejante encargo, si, dejándome llevar por toda la filmografía de
películas dramáticas o por las noticias de sucesos, le hubiera dedicado tan sólo
dos minutos a reflexionar sobre la responsabilidad de cargar con un paquete que
te da un desconocido en una ciudad turca… Oliver Stone podría haber adaptado
el guión para que Alan Parker rodara la segunda parte de “El expreso de
medianoche” veinte años después) Sin embargo, Leticia, educadamente pero no
sin cierto recelo en su contestación, accedió a realizar el encargo pero ya
adelantaba que no volvería a Madrid hasta pasados, al menos, ocho meses.

Habían pasado ya tres semanas desde que regresamos de Estambul y estaba


pendiente de enviar un nuevo mensaje a Mohammed informándole de la
posibilidad de llevar el reloj a la sede del Instituto Cervantes, cuando hablando
una noche con la madre de Sebastián me comentó, ingenuamente –“Ayer
estuve con mi amiga Loli y está muy contenta porque su hija Noelia, que lleva
seis años viviendo en Estambul, viene este verano a verla” –“¿Estambul?- grité
yo –“¿que la hija de tu amiga Loli vive en Estambul? ¡Qué gran noticia!” Mi
suegra no entendía el motivo de mi alegría. Para no disgustarlos, habíamos
optado por no comentar a la familia la lamentable pérdida del reloj. Cuando le

4
puse al día, rápidamente se ofreció a hablar con Loli para que hiciera la gestión
con su hija.

Noelia, la pequeña de tres hermanos, había sido mala estudiante y desde que
dejó el bachillerato había estado dando tumbos de un trabajo temporal a otro
hasta que decidió que quería conocer mundo. Empezó por Londres, donde
aprendió inglés y conoció a sus dos inseparables amigas con las que continuar su
ruta mochilera por las ciudades más variopintas. Habían recalado en Estambul
después de pasar por Edimburgo, Oslo, Heidelberg, Berlín, Utrecht y Atenas, y
por esos golpes de azar que da la vida, había conseguido un puesto de trabajo
para enseñar español. Lo que iba a ser una corta estancia se convirtió en un
lugar cómodo donde vivir y en el que se había asegurado un más que decente
acomodo y bienestar. Loli vivía esta separación con resignación y anhelaba
siempre los veranos porque le permitían el reencuentro con una Noelia cada día
más madura, más segura de sí misma y más satisfecha con su modo de vida.

Loli habló con Noelia y le contó la historia del reloj. Noelia no tuvo ningún
problema en quedar con Mohammed y así se lo hice saber. La contestación de
Mohammed, en esta ocasión, era menos alentadora: cualquier gestión habría que
resolverla antes de dos semanas, momento en que se incorporaría a la milicia
turca: quince meses de servicio militar obligatorio que le impondría un amargo
paréntesis en su cotidianeidad.

Así las cosas, nos hicimos con el teléfono de Noelia y le contamos personalmente
la situación. Resultó una muchacha divertida, alegre, que cogió nota del teléfono
de Mohammed y nos prometió quedar con él lo antes posible, en cuanto tuviera
un hueco en sus ajetreados días.

Pasó el tiempo, más de dos meses desde que estuvimos en Turquía, y no


recibíamos noticias ni de Noelia ni de Mohammed. Insistir parecía inoportuno,
esperar se nos hacía complicado. La paciencia era el único ejercicio que nos
podíamos permitir. Una tarde nos llamó María, la madre de Sebastián, y nos dijo
que Noelia ya tenía el reloj. ¡Qué alegría! Sólo había que esperar un par de
meses más a que llegara el verano y que Noelia volviera al reencuentro con su
familia, portando consigo el reloj. Ya llevábamos entrenando mucho y el ejercicio
de la paciencia nos resultaba, a estas alturas, fácilmente abordable. Así lo
hicimos hasta aquella tarde calurosa de agosto cuando el reloj de Estambul
volvió a lucir en la muñeca de Sebastián.

Ese reloj fue el que Sebastián miraba nervioso en la puerta de la iglesia


neogótica cuando esperaba la llegada de un coche impoluto y adornado del que
me bajaría, vestida para la ocasión, la novia más linda jamás imaginada, camino
de una ceremonia de amor participado con todos los seres queridos. Ese reloj
marcaba las horas en las idas y venidas cotidianas de nuestra relación, nuestra
convivencia, nuestra armonía compartida. Nos acompañó en nuestros viajes, nos
informó del paso del tiempo en nuestros estresados días laborables y en nuestros
exprimidos fines de semana. Fue ese mismo reloj, que estaba en las cinco y
cuarto de la tarde, el que consultamos para saber la hora exacta en que supimos
que íbamos a ser padres. También fue el reloj que nos indicó la hora exacta en
que entraría al quirófano para zafarme del bebé que no pudo seguir viviendo en

5
mi vientre. Gracias a Mohammed y a Noelia, será el reloj que seguirá marcando
nuestro tiempo de alegrías y deleites, nuestro tiempo de dolor y siempre injustos
sufrimientos, el tiempo de nuestra historia de amor.

Me hubiera encantado saber qué pasó en el encuentro entre Mohammed (el


imposible Isklab o Ekrem) y Noelia. Me hubiera gustado contar que se conocieron
gracias a nuestro reloj, que se atrajeron, se gustaron, se enamoraron y que
Noelia aún sigue esperando a Mohammed a que regrese de su servicio militar
para vivir su particular pasión turca. Sin embargo, lo único que puedo referir es
que Mohammed recibió una sentida carta de agradecimiento de Sebastián y mía,
junto con un ejemplar de “El Quijote” con un billete grande en su interior; una
insignificante muestra de gratitud que Mohammed apreció enviándonos su último
mensaje en el que nos deseaba todo lo mejor, como nosotros a él, sabiendo que
difícilmente volveremos a coincidir pero que, de hacerlo, será cuando el reloj de
Estambul marque un tiempo ya pasado para los tres, para los cuatro, para todos
los que fortuita o deliberadamente coinciden en espacios y en tiempos, con
resultados tan distintos, con consecuencias tan dispares y, a veces, sin querer ni
pretenderlo, con secuelas tan semejantes.

Irene Valmayor
Madrid, Noviembre 2009

Related Interests