ESTUDIO II SOBRE TÉCNICA CLÁSICA Y TÉCNICAS ACTUALES DEL PSICOANÁLISIS* La gran amplitud del tema exige una estricta

selección entre los múltiples aspectos que incluye. Me limitaré, pues, a los puntos que —en mi opinión— encuentran o merecen encontrar nuestro mayor interés. Por ejemplo, en cuanto a las varias tendencias actuales en la técnica psicoanalítica, me referiré predominantemente a dos: a la que fue llamada "la más específicamente freudiana" y a la tendencia de la "Escuela inglesa" (M. Klein)83. Señalaré, además, algunas ideas de aquellos que se encuentran en una tendencia intermedia y agregaré una serie de puntos de vista personales. En cambio, tendré que dejar de lado las ideas técnicas de los "culturalistas" (K. Hor-ney, F. FrommReichmann, etc.), las de F. Alexan-der y de otros, aunque contengan muchos puntos de interés. L Los principios fundamentales de la técnica psicoanalítica Hacer consciente lo inconsciente o la superación de las resistencias ha sido y continúa siendo el cami* Relato oficial al 29 Congreso Psicoanalítico Latinoamericano, San Pablo, Brasil, 1958.

no y el fin de toda técnica analítica. Varían las formulaciones de este principio, varían sus contenidos y varían los métodos de aplicarlo, pero el principio sigue siendo el mismo. Freud formula la finalidad del análisis, por ejemplo, también como "restitución de la unidad psíquica, poniendo fin al enajenamiento entre el yo y la libido" 28 o más adelante, en términos de estructura:

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"Donde estaba el ello, ahí deberá estar el yo." 31 Estas formulaciones dicen, en esencia, lo mismo que las anteriores, y este principio es también la base en la que todos los analistas de ayer y hoy se encuentran unidos. *Sólo una de las formulaciones de Freud halla cierta duda en algunos analistas. Me refiero al "llenar las lagunas mnémi-cas", término que para Freud es equivalente al "hacer consciente lo inconsciente".* La duda surge en aquellos para los que los recuerdos infantiles y las repeticiones en la transferencia son fenómenos predominantemente opuestos, y consideran, al mismo tiempo, la revivencia transferencial como el campo decisivo para hacer consciente lo inconsciente.* En realidad, fue Freud mismo quien primeramente recalcó la oposición entre recuerdo y repetición al mostrar el carácter resistencial de la transferencia (es decir, al mostrar que el analizado repite en lugar de recordar). *Sin embargo, Freud afirmó al mismo tiempo la identidad entre infancia y transferencia, señalando que en el inconsciente no existe el tiempo 20.6 Unos años más tarde —en Más allá del principio del placer—■ Freud muestra que la resistencia se dirige especialmente contra la repetición, siendo, pues, la transferencia lo resistido.* Tengo la impresión de que esta contradicción —que a mi juicio es sólo aparente, siendo la consecuencia de que Freud sólo pudo desarrollar paso a paso sus ideas y descubrir sólo en tiempos sucesivos los diversos aspectos de estos fenómenos psicológicos— creo, pues, que esta contradicción aparente no ha sido suficientemente aclarada, sobreviniendo así aquella duda con respecto a "recordar" o "revivir". Esta duda nos ocupará detenidamente cuando tratemos sobre la dinámica de la transferencia (cap. IV, 2). Aquí sólo anticipamos que*interpretando correctamente el concepto del "llenar las lagunas mnémicas", también esta formulación sigue válida como base común para todos los analistas. Pues todos están de acuerdo en que todo hacer consciente en la transferencia

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es al mismo tiempo una forma de "recordar". Esto está implícito en la definición misma de la transferencia. Freud ha designado la resistencia y la transferencia como "los dos puntos de partida" del análisis25. Hemos señalado ya la relación del principio básico de la técnica con la resistencia, y debemos hacer lo mismo con respecto a la transferencia. También en este punto rige, en principio, unidad entre los analistas, pues todos reconocen como hecho la transferencia en sí, todos consideran que la*transferencia positiva sólo debe servir para obtener de ella la energía necesaria para la superación de las resistencias* y todos opinan que el análisis debe centrarse en la neurosis de la transferencia* tal como Freud lo indicó, por ejemplo en sus "Conferencias", diciendo: "El hombre que en su relación con el analista se volvió normal y libre de la acción de impulsos instintivos reprimidos, queda así también en su vida privada, una vez que el ana-listarse ha nuevamente excluido." 28 Pienso que todo analista suscribirá estas palabras, cualquiera que sea su "tendencia" técnica y cualquiera que sea su modo particular de llevar a la práctica el análisis de la neurosis de transferencia. Junto con esta unidad con respecto a los principios técnicos básicos y a muchos otros puntos que aún trataremos, existen múltiples variaciones y divergencias técnicas. Pueden diferenciarse, ya a primera vista, algunos factores que las determinan: l9 El proceder técnico depende de la amplitud de conocimientos psicológicos generales y específicamente técnicos19. Esta amplitud varía según las épocas del psicoanálisis y las de cada analista. 29 Nuevos hallazgos o afirmaciones son aceptados por unos y rechazados por otros, y diversos hechos son valorados diferentemente, lo que conduce a distintos conceptos de orden secundario, a distintos principios secundarios, los que determinan una diferente aplicación

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de los principios básicos, comunes a todos; es decir, diferentes técnicas. 39 El factor individual o personal. La técnica depende obviamente del distinto carácter, capacidad de comprensión, y de las distintas contratransferencias de cada analista. Es también evidente que cada analizado "crea" un diferente analista (así como cada hijo "crea" diferentes padres), sugiriéndole mayores o menores variaciones técnicas. 49 El factor genealógico, es decir la influencia de distintos "arquipadres" y "padres" analíticos sobre la técnica de sus hijos, nietos y bisnietos analíticos4. Antes de dirigirnos a los problemas técnicos específicos debemos aún referirnos al objeto o fin del tratamiento analítico. También éste ha experimentado diversas formulaciones. El concepto de "curación" (que primero se refería a los síntomas y luego a los "complejos") compartió y sigue compartiendo su lugar con otros conceptos. "Maduración emocional", "adaptación a la realidad", "superación de las perturbaciones evolutivas de la personalidad", son algunas de estas formulaciones. Pero en esencia, tanto el analista de ayer como el de hoy dirige su atención a las causas de las perturbaciones (es decir, a los conflictos psíquicos), sabe, pues, que está en buen camino y confía, por lo tanto, en las consecuencias positivas, sin tender a ellas directamente. Sigue en esto a Freud, quien aconsejó atenerse al lema del cirujano francés que decía: Je le pansai, Dieu le guérit, es decir, "yo lo he vendado, Dios lo ha curado" 21. Considerando el desarrollo del psicoanálisis desde sus comienzos puede, pues, decirse que habiendo empezado como terapia, ha dirigido luego su atención al hombre como totalidad y ha descubierto, por este camino, las perturbaciones generales y especiales de la evolución del hombre, del ser humano en si, "enfermo" y "sano", y el tratamiento psicoanalítico se ha convertido en una técnica de evolución o transformación humana,

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incluyendo ésta, como una de sus posibilidades principales, la terapéutica. posición (o actitud) interna básica del analista frente al analizado y su material

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^ Del principio básico "hacer consciente lo inconsciente" se deduce la regla fundamental para el analizado, la que igualmente es aceptada por todos, aunque existan algunas diferencias en el modo de introducirla en la situación analítica. Freud establece —como equivalente de la regla fundamental para el analizado— una regla fundamental para el analista designándola con el término atención flotante ¿ Señala Freud que el analista llega con su comprensión (que nace de la "atención flotante") sólo hasta donde se lo permiten sus propios complejos y resistencias, y recalca, en relación con esto, la importancia de la contratransferencia y por lo tanto la del análisis previo del mismo analista 19. Freud llama la atención en especial sobre los peligros que traen consigo la ambición de curar y la ambición de educar71. Toda técnica analítica ulterior se basa, también en este aspecto, en estos mismos conceptos. Pero deben mencionarse algunos desarrollos al respecto. Los procesos psicológicos del analista han sido estudiados, desde aquel entonces, con detenimiento. Mientras Freud designa como meta el conocer y dominar la contratransferencia 19, en la actualidad muchos analistas agregan la tarea de utilizar la contratransferencia para la comprensión de los procesos psicológicos del analizado, por los que aquélla, en parte, es originada.* Por ejemplo, Freud exhorta al analista a "apartar" de sí la compasión y a adoptar frente al analizado una actitud interna similar a la de un "cirujano"21. La importancia fundamental de tal actitud objetiva sigue siendo valorada por todos, pero además,

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actualmente, muchos utilizan la percepción de un sentimiento como el de la compasión, provocado por el analizado, para comprender el proceso transferencial subyacente*. En términos generales: a medida que fue comprendida y asimilada la ense* La compasión del analista puede ser, por ejemplo la consecuencia de un proceso defensivo del analizado frente a los propios sentimientos depresivos, o sea frente a la preocupación por el daño hecho (en la fantasía) al analista (madre, padre), o frente a la culpa y compasión del analizado por éste. La defensa puede consistir en una identificación con el objeto dañado, transformándose el analizado de esta manera en la víctima, mientras el objeto (el analista) debe sentir culpa o compasión.

ñanza de Freud con respecto al papel central del análisis de la transferencia, iba adquiriendo un papel central también la contratransferencia, tanto en su "aspecto subjetivo" como en su "aspecto objetivo", como mostraré luego. Quisiera ilustrar este desarrollo aun con otro ejgm-plo. Freud, al exponer los motivos de su costumbre de sentarse detrás del paciente, dice que no quería que las expresiones de su cara diesen material al paciente para hacer interpretaciones e influyesen en sus comunicaciones 23. Hoy agregaríamos muchos de nosotros que estas expresiones del analista reflejan por lo general la respuesta de un objeto interno del paciente al material de éste, y en última instancia, reflejan la respuesta de una parte del yo del analizado, "colocada afuera", es decir, disociada y proyectada en el analista. Es importante que el analista perciba sus expresiones faciales, que las comprenda como respuesta contratransferencial a la transferencia y que — después de descontar de ella el factor personal— reintegre en el paciente, mediante la interpretación, esta parte de su personalidad puesta en un objeto interno-externo, el analista. En un sentido similar ha evolucionado también el trato que muchos analistas dan a su ambición terapéutica y pedagógica. En cuanto a su "aspecto subjetivo", se han

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estudiado intensivamente los orígenes de estas ambiciones en el psiquismo del analista mismo y se continúa luchando por la realización del ideal, según el cual el analista se convierte, en una parte de su ser3 en el "sujeto del puro conocimiento" (Schopenhauer), es decir, en el observador libre de deseos y angustias personales, que tampoco ansia conducir al analizado a la "curación" o a un cambio de su conducta, sino que tiende serenamente a llevarlo a una vivencia y un conocimiento de sí mismo, antes rechazados. Por otro lado, nos hemos dado más cuenta del "aspecto objetivo" de las ambiciones del analista, es decir, nuevamente, de la participación que en el origen o en la intensificación de estas ambiciones tiene el objeto, o sea el analizado. Donde surge tal "ambición" en el analista, donde éste desea, por ejemplo, que el .paciente adopte determinada conducta, sabiendo el analista lo que éste debería hacer pero no hace, ahí puede observarse con frecuencia que este saber y esta ambición del analista son, en el fondo, también propios del analizado, pero reprimidos o disociados, e inconscientemente originados o "colocados" en el analista, o a veces "cedidos" a él. En otras palabras: el paciente ambiciona y sabe inconscientemente lo que, inconscientemente, hace ambicionar y saber al analista. Analizando las causas que mantienen inconscientes esta ambición y este saber en el analizado, el analista puede devolver lo que aquél ha hecho surgir o ha "proyectado" en él. Tanto más podemos prescindir de querer curar y educar cuanto mejor sepamos movilizar el saber latente del analizado, ayudándole a superar lo que se opone dentro de él a tal movilización. El saber latente al que nos referimos puede ser de índole moral, afectivo o aun práctico. Por ejemplo, la conducta moralmente mala de un paciente puede provocar en el analista la ambición de educarlo, especialmente cuando el analizado parece no tener ningún sentimiento de culpa y ninguna conciencia de haber procedido mal. Pero el analista puede darse pronto cuenta de que el analizado

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sabe inconscientemente muy bien que su conducta fue mala, pero es impedido de hacerlo consciente, por ejemplo, porque aquella conducta significaba en su fantasía un crimen horrendo. Cuando el analizado relata su conducta, el analista suele sentir algo de este horror y suele saber que son los sentimientos buenos mismos (tanto suyos como los del analizado) los que hacen que el yo reaccione con horror y tolere sólo con dificultad la conciencia de aquellos impulsos "criminales". El análisis de aquel crimen le hará posible "devolver" al analizado la capacidad de sentir, "puesta" en el analista. Lo que nos hace decir que tal capacidad o saber son "puestos" en el analista no es simplemente el hecho de que surgen en éste, sino la comprensión —por ejemplo en este caso— de que el analizado relata su conducta porque inconscientemente sabe que algo anda mal y espera que el analista supla lo que para el analizado, en su estado actual, es inaccesible, por más que esté en posesión potencial de este mismo sentir y saber. Llego ahora a otro aspecto de la posición psicológica del analista: su actividad o pasividad frente al material del analizado*. Pienso que las diferencias entre la actitud más activa y la actitud más pasiva frente al material del analizado (tanto en lo que se refiere al escuchar, identificarse y comprender, como también en lo que se refiere al dar interpretaciones) son una expresión de diferencias muy importantes entre las diversas técnicas, ante todo entre la "técnica clásica" (que suele ser más pasiva) y la "técnica Kleiniana" (que suele ser más activa). Pero debo recalcar desde ya, que aquí no incluyo en el
* El término "actividad" no tiene aquí el significado que Ferenczi le ha dado al denominar con él las actividades nointerpretativas del analista, como prohibiciones, órdenes, etcétera10; la "actividad" y "pasividad" a que me refiero son distintos grados de actividad dentro de las funciones b ásicas del analista.

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concepto de la "técnica clásica" la técnica de Sigmund Freud. Pues en determinados aspectos —como aún mostraré— Freud no era un "analista clásico", en el sentido que corrientemente se da a este término. Tengo la impresión —y la fundamentaré luego— de que algunos conceptos técnicos centrales de Freud, relacionados con la "actividad" y "pasividad" del analista, como en especial el de la "atención flotante", y el de la actitud de "cirujano" y de "espejo" han sido recalcadas y realizadas unilateralmente, a expensas de otros de sus conceptos. La "atención flotante", por ejemplo, no es más que un solo aspecto (aunque fundamental) del complejo proceso de la comprensión del inconsciente. Se entiende por qué Freud subrayó este aspecto: era lo nuevo y distinto; pero frente a lo que —en la opinión de no pocos analistas— constituye una cierta exageración de la actitud pasiva, debe recalcarse que el escuchar bien y la empatía tienen también su aspecto activo. Tendemos a identificarnos, e identificarse es un proceso mental en parte activo, implicando, además, la reproducción de la actividad psicológica del objeto. Dejamos que el material penetre en nosotros y a veces vibra inmediatamente la cuerda que fue "tocada"; pero otras veces esta recepción debe ser seguida por un proceso activo en el que nosotros "tocamos" y detectamos lo penetrado con nuestro sentir y pensar inconsciente, para poder, finalmente, unirnos con él. Así como en el acto sexual la mujer es, en un aspecto, receptiva y por lo tanto "pasiva", siendo sin embargo —en cuanto es sana y ama al hombre— plenamente activa dentro de este papel pasivo, así es también el analista frente al analizado. Una pasividad exagerada del analista tiene cierta similitud con la conducta de la mujer frígida, que no responde, que no se une realmente. En tal caso cumplimos con las "obligaciones" del contrato matrimonial-analítico, pero sin sentir psicológicamente, responder ni gozar. Claro está, nuestros analizados —hombres y mujeres— suelen ser neuróticos, su potencia psicológica es dañada, sus palabras

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carecen frecuentemente de "elevación", o son —como los hombres sádicos— sin amor. Pero para algo somos analistas y por esto ellos vienen a nosotros. Ser analista significa,', en este aspecto, no responder taliónicamente, no entrar en el círculo vicioso neurótico80, no someterse a las defensas del analizado, lo que implica una continua actividad en la búsqueda de la comprensión. Todos están de acuerdo, creo, en que el ideal es comprender cada frase, cada detalle, cada secuencia, debiendo conectarse este enfoque "microscópico" con uno "macroscópico", es decir con el enfoque de lo esencial de cada sesión, y de cada sesión como expresión de la personalidad total; y pienso que tal comprensión analítica-sintética sólo puede lograrse si la posición pasiva se une con un anhelo activo de comprender, con una buena medida de identificación activa y con suficiente energía de lucha movilizada contra las resistencias, no sólo del analizado sino también de uno mismo. En forma similar, el concepto de la actitud de "cirujano" se presta a malentendidos, y puede inducir a una represión de la contratransferencia y en especial a una negación del deseo de comprender y de conducir al analizado a una mayor visión interna y a un nuevo sentir. Freud aconsejó la actitud de "cirujano" para proteger al analista y al analizado de las desventajas que llevan consigo la ambición de curar y la identificación sin reserva 21. Pero por otra parte Freud adjudicaba mucha importancia a la actitud activa, luchadora, y, creo, aun calurosa. Esto no sólo se desprende de su propia actitud que conocemos a través de sus historiales clínicos (véase cap. III), sino también de algunas expresiones en sus escritos teóricos sobre técnica. En "La iniciación del tratamiento"23, por ejemplo, aconseja al analista mostrar su interés al analizado, y en las "Nuevas Aportaciones", al hablar de los casos en los que la terapia analítica no consigue los cambios deseados, a causa de "una determinada dependencia, un cierto componente instintivo", recalca que el resultado del tratamiento

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depende de las fuerzas contrarias que nosotros podemos movilizar31. Pero la expresión más significativa se encuentra en las "Conferencias"28 en las que indica que el analista debe movilizar todas las energías psíquicas disponibles para inducir al analizado a vencer sus resistencias, y pienso que se refiere con esto no sólo a las energías del analizado, sino también a las del analista. Ustedes recuerdan también cuánta importancia adjudica Freud, para el proceso de curación, a la transferencia positiva. Sólo ésta mueve al analizado a aceptar las interpretaciones y a abandonar las resistencias. Freud habla en este contexto del "calor hirviente (Siedehitze) de la transferencia", y, según mi experiencia, se logran tales temperaturas sólo si también el analista aporta suficiente calor —suficiente contratransferencia positiva realizada en labor— a la situación analítica. También el consejo de Freud de que el analista debe ser sólo "espejo" 21 ha sido a veces, creo, llevado a un extremo. Freud da este consejo en oposición a la costumbre de algunos analistas de aquella época del comienzo, de contar hechos de su propia vida a los analizados. "Sea espejo" significaba pues: háblele al analizado sólo de él. Pero no significaba: deja de ser carne y hueso y conviértase en vidrio, cubierto de nitrato de plata. La intención positiva de no mostrar más de lo imprescindible de la propia persona —indicada especialmente por el análisis de la transferencia — no tiene que ser llevada tan lejos como para negar ante el analizado (o aun impedir) el interés y el afecto del analista por él. Pues sólo Eros puede originar Eros. Y es esto lo que en última instancia importa, tanto si se piensa en la finalidad del análisis que es la nueva movilización de la libido rechazada, como si se piensa en el papel decisivo que desempeña la transferencia positiva o si se piensa en la elaboración de la "posición depresiva" que sólo puede lograrse por medio del incremento de Eros. Así como la transferencia positiva es de importancia fundamental para la labor analítica, así lo es también la contratransferencia

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positiva y su pleno despliegue a través de la intensa labor que debe efectuar el analista mediante su esfuerzo de comprender y de interpretar. Sólo así puede crearse en la situación analítica un clima realmente favorable a la labor a realizarse. * La relación del analista con el analizado es una relación libidinal y una constante vivencia afectiva ; los deseos, las frustraciones y las angustias del analista —por leves que sean— son reales; la contratransferencia oscila —en una parte— constantemente con las oscilaciones de la transferencia, y el destino del tratamiento depende en buen grado de la capacidad del analista de mantener por encima de los destinos de su "neurosis de contratransferencia" su contratransferencia positiva, o bien de hacerla nacer de nuevo de todo daño que haya sufrido, como el pájaro mítico Fénix que resurge siempre de su propia ceniza. Quisiera ahora resumir. Las distintas actitudes internas del analista frente al material del analizado determinan distintas técnicas. ** En el fondo se trata también de distintas actitudes del analista frente a sí mismo. * Angustias inconscientes frente a ciertos aspectos del propio inconsciente originan angustias frente al inconsciente del analizado y llevan a diversas medidas de defensa que interfieren en la labor, creando, por ejemplo, distancia desmedida, rigidez, frialdad, "dificultad en dar curso libre a las asociaciones y a los sentimientos dentro de uno mismo, y conducta inhibida frente al analizado. En tal caso, como también en el caso opuesto, en el que el analista es "inundado" por su inconsciente, las neurosis de transferencia y de contratransferencia pueden llegar a dominar la situación analítica; la transferencia y contratransferencia positivas (que en circunstancias mejores cobran fuerza de la situación analítica real) retroceden, y esto en un grado mayor de lo que es conveniente para la terapia, ya que toda labor analítica, toda comunicación y toda comprensión —es decir, toda unión— se originan en estos sentimientos positivos.

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De manera análoga al analizado, también el analista debe, pues, dividir su yo en uno racional, observador, y uno vivencial, irracional. Él también debe dar, internamente, curso libre a este último, con todas las asociaciones, fantasías y sentimientos que surgen en respuesta al material del analizado, pues sólo así puede el analista suplir lo que le falta al analizado, sólo a través de esta respuesta interna "total", libre de represiones y bloqueo afectivo. Sólo así puede el analista, por ejemplo, reproducir las fantasías concretas y en el fondo sentidas (pero reprimidas y bloqueadas) del analizado. Y por otra parte, sólo manteniendo aquella división entre sus dos "yo" puede el analista romper el círculo vicioso entre transferencia negativa y contratransferencia negativa (respuesta espontánea inevitable), al conservar su contratransferencia positiva y percibir y movilizar la transferencia positiva reprimida o disociada del analizado. Esto lleva, además, a una actitud natural y afectuosa del analista, a una mayor libertad en el "dejarse ir" en los aspectos positivos de su personalidad, con todo el interés activo por el analizado y por cada detalle de su vida interna y externa. El proceso analítico de transformación depende, pues, en buen grado, de la cantidad y cualidad de eros que el analista puede movilizar por su analizado. Es una forma específica de eros, es el eros que se llama comprensión, y, es, además, una forma específica de la comprensión. Es, ante todo, la comprensión de lo rechazado, de lo temido y odiado en el ser humano, y esto gracias a una mayor fuerza de lucha —una mayor agresión— contra todo lo que encubre la verdad, contra la ilusión y la negación; en una palabra: contra aquel temor y odio del hombre hacia sí mismo y sus consecuencias patológicas. Pero valen también para el analista las palabras de aquel hombre cuyo nombre lleva la ciudad en la que nos encontramos reunidos, San Pablo, que dicen: "Aun cuando yo hablara todas las lenguas de los hombres, y el lenguaje de los ángeles, si no tuviera amor, sería como un metal que suena o campana que tañe".

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Esto puede sonar a mística o a romanticismo, lo cual, sin embargo, no impide que sea verdad. Quisiera ilustrarlo con un ejemplo, aunque con él me adelante al próximo capítulo. Cuando interpretamos al analizado algo que él rechaza de su conciencia (por ejemplo un aspecto de su agresividad), sin incluir en esta interpretación la parte de su yo que efectúa el rechazo, aparece como consecuencia el que el analizado vea en nosotros aquella parte rechazante de su yo. De esta manera corremos el peligro de disociar aun más al analizado en vez de integrarlo. Interpretamos en aquella forma parcial cuando no nos hemos identificado simultáneamente con el yo del analizado. Pero el yo es en sus defensas —aunque sea equivocadamente— justamente el defensor de la vida, del amor por el objeto o por el propio yo. La comprensión de la parte afectiva proviene del afecto, es vivenciada como afecto y moviliza afecto. La ausencia de este aspecto en la interpretación es sentida —con razón— como falta de afecto y tiene frecuentemente consecuencias negativas. Terminando este capítulo diré que sólo puede esperarse del analizado que acepte vivenciar nuevamente la infancia si el analista está dispuesto a aceptar plenamente su nueva paternidad, a admitir plenamente el afecto por sus nuevos hijos y a luchar por una nueva infancia mejor, "movilizando todas sus fuerzas psíquicas disponibles". Su tarea consiste —idealmente— en un interés constantemente vivo y la empatía continua con los procesos psicológicos del analizado, en un micro y macroanálisis metapsicológico de toda expresión y de todo movimiento mentales, siendo su atención y energía principales dirigidas a comprender la transferencia (la "nueva infancia", presente en todo momento), y a superar sus aspectos patológicos mediante las interpretaciones adecuadas. III. La interpretación Nuevamente rige la unidad entre los analistas de ayer y de hoy en cuanto al principio básico: la interpretación es

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el instrumento terapéutico por excelencia. Pero en cuanto a la aplicación de este principio, en cuanto al qué, cuándo, cuánto y cómo interpretar, difieren las opiniones y las prácticas en múltiples aspectos. 1) Quisiera, en primer término, referirme al problema de la cantidad de las interpretaciones, dada su conexión con la cuestión de la "actividad" del analista, que tratamos en el capítulo anterior. Hemos considerado la diferente aplicación de los principios básicos como dependiente de cuatro factores (Cap. I). Las diferencias con respecto a la cantidad de las interpretaciones pueden ejemplificarlo, pues ésta depende : l9 De la amplitud de nuestros conocimientos psicológicos. Cuanto más sabemos, tanto más podemos interpretar. 29 De principios o conceptos "secundarios'1. Por ejemplo, algunos analistas como de Saussure78 o Reik77 atribuyen un valor terapéutico al silencio del analista. La cantidad de interpretaciones depende, pues, del grado en que es valorado este silencio en comparación con el valor terapéutico que se adjudica a la interpretación. 39 Del "factor individual", o sea, de la capacidad individual del analista de comprender, de su carácter, de su contratransferencia (angustias, tendencia a reparar, significado inconsciente que para él tienen los actos de analizar y de interpretar, etc.). Por ejempío, una mayor necesidad de reparar lo inducirá, por lo general, a interpretar más; su dependencia inconsciente del analizado puede disponerlo a someterse silenciosamente a las resistencias de éste ("tolerancia" mal entendida) como también puede dificultarle frustrar al analizado con un silencio prolongado. 49 Del "factor genealógico", o sea de cuánto interpretaban sus analistas didáctico y de control, el grado de disolución de su transferencia con éstos, etcétera. Veamos ahora qué pensaba Freud con respecto al "cuánto" interpretar. Hay sólo pocas referencias a este

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tema. En "El porvenir de la terapia psicoanalítica" 19, por ejemplo, expresa su satisfacción de poder interpretar mucho más que antes, gracias a la adquisición de nuevos conocimientos, y hace entrever su esperanza en futuros progresos en la misma dirección. Pero la mejor visión de lo que Freud pensaba la obtenemos si miramos lo que hacía. En sus historiales clínicos sobre "Dora" 17 y "El hombre de las ratas" 18 encontramos algunas sesiones, reproducidas casi literalmente, que nos permiten ver cómo trabajaba. Muestran, ante todo, con cuánta libertad Freud desplegaba toda su personalidad genial en su labor con el analizado y cuan activamente participaba en cada acontecimiento de la sesión, dando plena expresión a su interés. Hace preguntas, ilustra sus afirmaciones citando a Shakespeare, hace comparaciones y hasta realiza un experimento (con Dora). Pero lo que aquí más nos interesa es que Freud interpreta constantemente^ hace interpretaciones detalladas y a veces muy extensas (habla más o menos tanto como el paciente), y la sesión es un franco diálogo. El que conecta el concepto de "técnica clásica" con predominio del monólogo por parte del analizado y con pocas y generalmente breves interpretaciones por parte del analista, tendrá que concluir —como ya he dicho— que en este aspecto Freud no era un analista "clásico". No puedo aquí discutir en detalle el pro y contra de todo este proceder de Freud, pero sí quisiera referirme a una posible objeción de índole histórica. Tal vez alguien señale que estas sesiones datan de antes de 1905 y 1909, y afirme que más tarde Freud haya cambiado su técnica. Sin embargo, no conozco ninguna palabra de Freud que autorice tal afirmación y que señale tal cambio, ninguna expresión que indique que Freud se haya retractado en este aspecto, que haya pensado que este proceder no haya sido bueno y que más tarde haya actuado en forma diferente. Mientras no se nos demuestra lo contrario, no tenemos, pues, motivo alguno para pensar de otra manera

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y en cambio sí tenemos algunos para mantener las afirmaciones antes expuestas. Veamos ahora el pensamiento y la forma de proceder de la "técnica clásica", propiamente dicha, al respecto. Me refiero a la actitud de mucho silencio y poca interpretación, tal cual fue descripta por ejemplo por Th. Reik en su trabajo "El significado psicológico del silencio" 77 y tal cual se desprende de las respuestas a un cuestionario (hecho por E. Glover en 1939 en Gran Bretaña) como actitud de una "gran mayoría" de los analistas37. Ante todo, llama la atención (y provoca cierta reacción de extrañamiento o de crítica) cuan poco ha sido tratada y discutida esta actitud, en sus fundamentos y en sus consecuencias, tratándose sin embargo de un asunto sumamente importante. Reik se limita a exponer lo que origina el silencio del analista en el analizado. Señala como consecuencia más significativa el hecho de que el analizado, bajo la presión del silencio que desde cierto momento suele ser vivenciado como amenaza, comunica material hasta entonces ocultado, haciendo nuevas confesiones. Se obtiene así la impresión de que la actitud silenciosa del analista es determinada, en buena parte, por la idea de que la confesión en sí es un factor muy importante o aun decisivo en el proceso de curación, lo que representa una idea muy cristiana, pero no del todo psicoanalítica. Pues según el psicoanálisis, lo que cura es el hacer consciente lo inconsciente, y para ello es necesaria la interpretación.* El hacer consciente lo inconsciente es, en cierto aspecto, efectivamente una confesión, pero su esencia es la disolución de las resistencias a través del conocimiento^ En cambio, la técnica descripta por Reik, al utilizar el silencio para conseguir más confesiones, da un tanto la impresión de un método de coerción, algo parecido al método militar de obligar a las fortalezas sitiadas a entregarse por medio del hambre. (Con ello el analista identifica al analizado ampliamente con las resistencias de

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éste, lo que no corresponde a la realidad psicológica —ya que el analizado también desea superarlas, etc.—, teniendo, además, malas consecuencias para el mantenimiento de la tan importante transferencia positiva verdadera, sobreviniendo —o intensificándose— en su lugar la transferencia persecutoria o "idealizada".) En todo caso, el silencio del analista es un actuar. También el interpretar lo es; sin embargo, en cuanto consideramos la interpretación como instrumento de curación por excelencia, debemos considerar aquel silencio, en oposición al interpretar, es decir, como "actuar" y no-interpretar, existiendo por otra parte un acuerdo 61

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más o menos general de que el analista no debe recurrir a la "actuación" (como exigir o prohibir, presionar fijando fecha de terminación, y agrego: o silencio prolongado), a menos que todos sus sus esfuerzos interpretativos no hayan llevado al resultado deseado. Existen, además, otros hechos que aconsejan, por lo general, una mayor actividad interpretativa y a algunos de ellos me referiré a continuación. Las comunicaciones del analizado se basan en determinadas situaciones transferenciales, y las producen a su vez. Por ejemplo, cuanto más "confiesa" el analizado, tanto más el analista se convierte en el superyó moral, el*que constituye, en un aspecto, la parte buena del analizado, ya que el superyó moral nace —como mostró Freud22— del amor del hijo por el padre (o bien: por los padres). Pero cuanto más el analista se convierte en esta parte buena del analizado, tanto más éste se disocia, quedando más y más identificado con su parte censurada, es decir "mala", mientras que el analista se transforma más y más en objeto idealizado (y al mismo tiempo perseguidor). La asociación libre implica, en este aspecto, un proceso

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patológico, y no debe considerarse como un proceso de curación. Éste consiste en la reintegración de las partes del yo a través de la interpretación que debe seguir a aquel proceso patológico. Este hecho, o mejor dicho, la conciencia de que cada entrega de material por parte del analizado implica una entrega de una parte de su personalidad, constituye, creo, uno de los motivos por los que muchos analistas de hoy interpretan con mucho mayor frecuencia, devolviendo así al analizado lo que él ha puesto en el analista y lo que, en realidad, le es propio. Otro motivo importante para interpretar más es la mayor elaboración de los conflictos inconscientes que de esta manera el analizado puede realizar. El concepto de "elaboración" ha sido originariamente usado por Freud 24 en este sentido, es decir, como labor de profundización que el analizado debe efectuar después de haber recibido las interpretaciones debidas. Más tarde se incluyó en este término la parte de labor que -—con los mismos fines de profundización y asimilación del conocimiento por parte del analizado— debe efectuar el analista 13, y es esto, o sea la necesidad e importancia de señalar al analizado siempre de nuevo el "aquí también" y el "aquí otra vez", lo que exige que las interpretaciones sean frecuentes. Por ejemplo, los conflictos transferenciales del momento suelen aparecer tanto en el material asociativo que trae el analizado como en la manera de traerlo, y muy en especial en sus relaciones afectivas con las interpretaciones; de esta manera puede, virtualmente, cada una de sus expresiones ser objeto de una interpretación de transferencia, puede ser usada para mostrarle el "aquí otra vez". Una consecuencia de esta mayor intervención del analista es que éste se incluye más en el proceso psicoanalítico, se presenta más como objeto al analizado; y —aunque presente de una u otra manera— al ser más activo interpretando más, da generalmente un mayor impulso a la vivencia transferencial. Este hecho puede, a su

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vez, constituirse en estímulo para una mayor actividad interpretativa del analista. Ya he mencionado el cambio que con respecto a la cantidad de las interpretaciones trae potencialmente consigo el aumento de conocimientos psicológicos, y quiero agregar aquí cuán importante es el ejercicio en la comprensión de cada acontecimiento de la sesión para poder ver pronto lo que sucede y poder interpretarlo con ventaja. En los tiempos en que Freud decía al paciente —al comunicarle la regla fundamental—: "Debo saber mucho de usted antes de poder decirle algo"23, esto era cierto. Hoy esto no debe seguir siendo cierto ni lo es donde el analista ha asimilado y convertido en comprensión los conocimientos que se han agregado en los 50 años que han pasado desde aquel entonces. En especial quisiera aquí aun mencionar que el ejercicio de ver siempre, en cada material, resistencia (defensa) y contenido (lo rechazado), y de no considerar nada solamente como expresión de resistencia, desempeña posiblemente un papel importante para poder interpretar más de lo que parece haber sido usual en la técnica llamada "clásica". Por otra parte debe señalarse que también al proceder "clásico" le asisten argumentos importantes, como por ejemplo, el valor del encuentro del analizado consigo mismo, la ventaja dada por la movilización de las propias fuerzas, el debilitamiento de las resistencias y defensas por la ausencia del "apoyo" o "aseguramiento" que significa frecuentemente la interpretación, el valor de la descarga afectiva, etc. Pienso, sin embargo, que en suma estos argumentos tienen mucho menos peso que los que asisten a la actitud interpretativa más activa, por el simple hecho de que sólo la interpretación puede hacer consciente lo inconsciente. Pero debo aún mencionar que existen algunas situaciones psicológicas específicas, importantes en ciertos analizados, en los que posiblemente, por un tiempo limitado, la actitud interpretativa activa está contra-

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indicada. Existen, por ejemplo, situaciones en las que la interpretación —el hablar del analista— obra en un grado excesivo como defensa o aun es provocado inconscientemente con tal fin. En algunos casos puede modificarse esta situación por medio de su interpretación, en otros parece necesario que el analista "actúe", es decir que haga vivenciar al analizado la situación rechazada mediante un silencio un tanto prolongado. En tales casos el analista suele sentir en su contratransferencia que el analizado presenta el material para los fines mencionados. En una ocasión tuve, por ejemplo, la sensación de que una analizada me ofrecía el material como se ofrece granos a un pájaro. En un comienzo yo picoteaba, efectivamente, los granos (es decir, interpretaba el material), hasta que comprendí su conducta (y la mía también), tomando luego a ésta como objeto de mis interpretaciones. Se trataba de una defensa maníaca: la analizada se había identificado con la madre y me había puesto en la situación de la niña, controlando así las situaciones de angustia subyacentes. También en un sentido positivo —por ejemplo, la interpretación como alimento—, ésta puede obrar en el inconsciente como defensa maníaca, puesto que, en un plano, representa para el analizado la unión con el objeto (pecho, etc.). Pero por otro lado la buena interpretación intensifica la tan importante transferencia positiva sublimada, y más que nada —repito—, hace consciente lo inconsciente. El hecho, pues, de que el dar interpretaciones se presta para reforzar el rechazo de la transferencia negativa y en especial de las vivencias depresivas y paranoides en la transferencia, no es un motivo suficiente para no interpretar. Pero debe estarse atento a este hecho, puesto que el uso maníaco de la interpretación, puede convertirse a veces en el punto decisivo de la situación analítica, lo que debe ser modificada —sea directamente mediante la interpretación, sea primero mediante la actuación del silencio prolongado y luego interpretando—

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antes de que pueda volverse a la actividad interpretativa "normal". Este uso maníaco de la interpretación es sólo una de las múltiples y complejas relaciones del analizado con la interpretación. Últimamente varios analistas se han ocupado del análisis profundo de estas relaciones, parte integral del análisis de la transferencia l» 44,52»11. La cantidad de las interpretaciones desempeña un papel importante en estas relaciones y tiene diversos significados38, los que frecuentemente necesitan ser interpretados para que el analista pueda mantener la cantidad de interpretaciones que de por sí considera como el óptimum y para que no tenga que actuar callándose o no sea manejado por el analizado a actuar en esta (u otra) forma, 2) El problema del "cuánto" está íntimamente relacionado con el problema del "cuándo" interpretar. En última instancia es el "cuándo" el que determina el "cuánto". En la "Iniciación del Tratamiento"23, Freud se ocupa de un aspecto del "timing" de la interpretación y establece una regla al respecto que deduce de los principios básicos del proceso de curación. Las fuentes energéticas de la curación —señala Freud— son la interpretación y la transferencia positiva, puesto que el analizado hace uso de la interpretación sólo cuando se encuentra en buena relación afectiva con el analista. De ahí que el analista debe hacer sus" comunicaciones sólo cuando el analizado está en transferencia positiva, o bien, si este no es el caso, debe analizar las "resistencias de transferencia" para poder restablecer la transferencia positiva. Son las transferencias negativa y sexual las que Freud denomina "resistencias de transferencia". La regla de Freud significa pues que, en cuanto la transferencia positiva está perturbada por la transferencia negativa o sexual, estas últimas deben ser analizadas en primer lugar,

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y significa, además, que tal análisis fortifica la transferencia positiva perturbada. Vemos, pues, que hay un pleno acuerdo entre esta regla y lo que más tarde W. Reich 76 y luego M. Klein 48' M, han enseñado al respecto, en especial en lo que se refiere al análisis de la transferencia negativa y su significado. Freud establece también una segunda regla con respecto al "timing": es la regla que indica cuándo debe empezarse con las interpretaciones de la transferencia. Dice Freud: "Mientras las comunicaciones y ocurrencias del paciente son dadas sin interrupción, debe dejarse sin tocar el tema de la transferencia." 23 En la actualidad, muchos de nosotros, evidentemente, no cumplimos con esta regla. Pero Freud agrega a aquellas palabras, seguidamente, estas otras: "Debe esperarse con esta tarea {el análisis de la transferencia) que es la más delicada de todas, hasta que la transferencia se haya convertido en resistencia.^ Y es en obediencia a estas palabras —o mejor dicho, a su espíritu— por lo que aquella regla no se cumple. Pues muchos de nosotros han observado que las "resistencias de transferencia" existen, junto con las angustias transferenciales, desde el primer momento del análisis (y aun "mientras las comunicaciones y ocurrencias del paciente son dadas sin interrupción"), y piensan que cuanto antes se analicen estas angustias y resistencias, con tanto más seguridad el analizado "es ligado al tratamiento y a la persona del médico", lo que, con tanta lógica, Freud designa como primera finalidad del tratamiento, en su comienzo 23. Las "comunicaciones y ocurrencias sin interrupción" se demuestran, mirándolas de más cerca, como un fenómeno complejo. Por ejemplo, la entrega generosa de material puede ser una defensa frente a una angustia transferencial como la que surge ante el peligro de ser descubierto en los deseos y actos inconscientes de robo 85. Pero he aquí que en otro de sus escritos, Freud mismo da la razón a los que no cumplen con aquella regla. En el epílogo al historial de "Dora" ■—considerando Freud las

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fallas técnicas a las que atribuye la prematura interrupción de aquel tratamiento— dice17: "Yo no hice caso a esta primera señal de advertencia (con respecto a la transferencia) y pensaba tener aún suficiente tiempo, puesto que no se presentaron otras expresiones de la transferencia y puesto que el material para el análisis no cesaba" (las bastardillas son mías). Aquí ve Freud, pues, que el hecho de que "el material no cesa" no es razón suficiente para "dejar sin tocar la transferencia", coincidiendo con este juicio muchos de nosotros en la actualidad. El epílogo de "Dora" fue escrito casi diez años antes del trabajo en el que Freud establece aquella regla con respecto al "timing" de la interpretación transferencial. Estamos, pues, ante una verdadera contradicción de Freud. Sólo podemos conjeturar a qué se debe. El que Freud haya alejado de su conciencia aquella experiencia con Dora —por motivos contratransferenciales o por un resto de contrarresistencia frente al análisis de la transferencia en general— no me parece imposible (véase Cap. IV, 2). Más probable aparece, sin embargo, que con aquella regla haya querido proteger al analista principiante de meterse demasiado pronto en las dificultades del análisis de la transferencia. En este caso estaríamos más ante una regla de orden didáctico que técnica. Aparte de lo que acabamos de citar de Freud, el problema del "timing" ha sido pocas veces objeto directo de la investigación37. Evidentemente, también el "cuándo" de la interpretación depende de aquellos cuatro factores, o sea de cuánto sabemos y comprendemos, de nuestros "conceptos secundarios", de factores individuales (en especial de la contratransferencia) y del factor "genealógico". Las diferentes posiciones frente al análisis de la resistencia y de la transferencia desempeñan en esto nuevamente un papel importante (véase Cap. IV). Los extremos son, también aquí, por un lado "el analista silen-

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cioso" que tiende a "dejar correr" al analizado y selecciona muy cuidadosamente el momento oportuno para la interpretación, y por el otro lado el analista que considera que —en principio y potencialmente— todo momento es oportuno, ya que todo momento contiene un "punto de urgencia" o un "punto patológico" (es decir, de angustia y defensa), formando todos estos "puntos" una línea que suele llamarse "el hilo" de la sesión. Para estos analistas la interpretación debe ser dada cuando el analista sabe lo que el analizado no sabe, necesita saber y es capaz de saber. Y esto suele darse, por lo general, pronto y múltiples veces en cada sesión, si el analista ha ejercitado su capacidad de comprender el material de los analizados. 3) Debo —por razones de espacio—- dejar de lado otros aspectos del "timing" 37 y la cuestión de la "forma" 37' 64, para referirme al "qué" de la interpretación, o más precisamente, a su aspecto dinámico (en cuánto la interpretación se refiere a las fuerzas internas en lucha), a su aspecto económico (referente a lo que en un momento dado es lo más importante interpretar) y a su aspecto estructural (en cuanto la interpretación se refiere a las diversas instancias de la estructura psicológica). Son bien conocidas las reglas básicas clásicas al respecto, por ejemplo la indicación de que la interpretación debe partir de lo que el analizado expresa, dé la "superficie", de lo que está cerca de la conciencia, y que sólo después debe señalar "lo profundo", lo que está más lejano de la conciencia. En el aspecto estructural se recalcaba que la interpretación completa debía referirse al ello, yo y superyó, partiendo del yo y sus mecanismos de defensa (como lo más cercano a la conciencia). Estas y algunas otras reglas básicas son aceptadas, en principio, por todos los analistas. En cambio difieren nuevamente las opiniones en la interpretación y aplicación de estos principios. Por ejemplo, ya la regla —deducida inmediatamente del principio mencionado en primer lugar

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— de que primero deben interpretarse las resistencias y luego los impulsos, ha sido y sigue siendo objeto de discusiones 13. Volveré luego a este problema. Las diferencias más importantes con respecto al "qué" interpretar, resultan de las diversas etapas del conocimiento psicoanalítico y de las diversas posiciones de los analistas frente a éstas. Son bien conocidas las etapas históricas más destacadas: primero la atención a los contenidos reprimidos, luego a las resistencias, luego a la estructura de la personalidad, luego a los elementos formales de la conducta, el carácter del analizado, y con ello —aunque recalcado ya en escritos anteriores por Freud —- la mayor atención a la transferencia, es decir, a las relaciones de objeto del analizado. Finalmente, en la actualidad, nos hemos dado más y más cuenta de que el análisis es una interrelación entre dos individuos -—del analizado con el analista y del analista con el analizado— y hemos dirigido nuestra atención a la transferencia y a la contratransferencia y su relación mutua 5' 42, 70. En este sentido, algunos (o muchos) analistas de hoy obtienen el contenido de muchas de sus interpretaciones principales de la percepción de su contratransferencia, es decir, de lo que sienten y ven en ellos mismos como objeto de la transferencia de sus analizados. Es en el aspecto del análisis de las relaciones de objeto donde existen, creo, las mayores diferencias entre lo que interpretan por un lado los analistas "clásicos" de antes y de hoy, y por el otro, lo que interpretan otros analistas de hoy, en especial los del grupo kleiniano._ Los descubrimientos de M. Klein sobre la más temprana infancia, sobre las "posiciones" esquizo-paranoide, depresiva y maníaca, los nuevos conocimientos con respecto a las fantasías inconscientes como expresión mental del ello, yo y superyó, y su presencia e interjuego continuos, los nuevos conocimientos con respecto a los objetos internos, a las relaciones entre el "mundo interno" y el externo, al papel que desempeñan el instinto de muerte y los mecanismos de

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proyección, introyección, disociación, reparación, etc., a las relaciones del analizado consigo mismo y entre sus partes, todo esto _ha modificado, y, a mi juicio, enriquecido grandemente el "qué" de las interpretaciones de los que han hecho suyos estos conocimientos, modificándose con ello al mismo tiempo decisivamente el "cuándo" y el "cuánto" de las interpretaciones 46, 47' 48'» 52» *.
* Prescindo aquí de exponer detalladamente la influencia que cada uno de estos descubrimientos ha tenido sobre

Por el otro lado, los "analistas clásicos" de hoy han progresado a su vez enriqueciendo sus conocimientos en especial en lo que se refiere al yo y sus métodos de enfrentar los estímulos externos e internos 41» 53> 59. Además, los diversos grupos analíticos de todo el mundo han hecho investigaciones en múltiples direcciones y aportado nuevos conocimientos. En el grupo argentino, por ejemplo, se ha dedicado especial atención a los procesos psicosomáticos, ampliándose y profundizándose por las comprensiones obtenidas el contenido de las interpretaciones correspondientes 34' 55» 73. Ultimamente, una serie de analistas argentinos se ha ocupado con los problemas específicos de la interpretación en determinados cuadros clínicos 33j 63, y de determinados niveles vivenciales 7 35 74 > * . 4) Antes de terminar este capítulo, quisiera referirme aún a dos problemas específicos. a) Uno de ellos —ya mencionado— se refiere a la interpretación de los contenidos y de las resistencias, y a la relación entre estos dos aspectos de la interpretación. En cuanto a la regla clásica: "primero interpretar las defensas y luego los impulsos", existen, aparte de los clásicos, aun otros motivos para no interpretar los impulsos sin señalar —por lo menos simultáneamente— las defensas correspondientes. Ya he señalado que toda interpretación de un impulso

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la técnica kleiniana, ya que M. Klein y sus colaboradores k> hicieron en varios de sus trabajos, bien conocidos. Por ejemplo, en lo que se refiere a la influencia que ejerce sobre la técnica el concepto kleiniano de la fantasía inconsciente. Véase S. Isaacs48, P. Heimann43, etc. He procedido de manera similar en otros capítulos de este Estudio, prescindiendo de insistir sobre lo que ya es de conocimiento general, y limitándome a mencionarlo.

reprimido, sin interpretación de la defensa, induce la escisión (contenida en la defensa patológica) de la personalidad del analizado dentro de la transferencia^ es decir, crea (o confirma) una relación patológica con el analista; pues al interpretar el impulso rechazado, el analista es identificado con el yo rechazante mientras que el analizado queda identificado con el impulso. Más aún, creo que la escisión del analizado es aun intensificada por tal interpretación, por ser ésta la expresión de un objeto (el analista) que también está escindido dentro de sí mismo: pues tal interpretación parcial testimonia' efectivamente que el analista ha estado ciego —por lo menos en este momento— para el aspecto de la defensa del yo, y esto significa frecuentemente que ha estado ciego para la parte afectuosa del analizado, para Eros que defiende la vida del objeto o del yo. Tal ceguera significa, para el inconsciente, ausencia de amor, siendo ésta uno de los factores principales que intensifican los mecanismos patológicos. Pero, también la interpretación que se refiere solamente a la resistencia o defensa puede llevar a una disociación similar. Para que esto no suceda deben interpretarse simultáneamente las tendencias positivas, protectoras de la vida, inherentes a estas mismas resistencias (defensas), o bien deben ser señaladas las tendencias positivas rechazadas por las resistencias. La importancia de la interpretación integral puede ser ilustrada esquemáticamente a través de dos situaciones generales. Si el impulso rechazado es de índole agresiva, su rechazo es realizado por amor al objeto o al yo. Si el analista señala sólo el impulso, la interpretación identifica

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al analizado con lo rechazado, es decir, con "lo malo". Si el impulso rechazado es de índole amorosa, su rechazo es realizado con frecuencia por motivos agresivos (por ejemplo, por rivalidad) . Si el analista señala sólo este aspecto de la defensa, la interpretación identifica al analizado con la parte rechazante, agresiva, es decir, nuevamente, con "lo malo". Sin embargo, la regla "análisis de la resistencia antes del análisis del contenido" queda en pie donde la resistencia impide la conscienciación vivenciada del impulso rechazado. Por ejemplo, mientras un analizado se encuentra en estado de defensa paranoica frente a sus sentimientos homosexuales hacia el analista, tiene que ser analizada la proyección de sus impulsos agresivos antes de que pueda aceptar sus sentimientos de amor. Pero por otro lado esto no significa que los dos aspectos puedan o deban ser separados estrictamente uno del otro. b) El segundo de los problemas específicos se refiere a la interpretación de conflictos que, según el término de Freud, son "invisibles". Freud habla de ello (en el "Análisis terminable o interminable")32, al plantear la cuestión de si es posible "vacunar" a los analizados contra conflictos futuros, y si es posible e indicado "despertar" un conflicto invisible con tales fines profilácticos. Freud piensa que esto sería realmente factible creando mayores frustraciones en la vida real o en la transferencia, pero rechaza ambas posibilidades: la primera (la creación de frustraciones en la vida real) porque no debe hacerse ni lo aceptaría el analizado, y la segunda, porque perturbaría demasiado la transferencia positiva, tan necesaria para la colaboración del analizado. Los ejemplos que Freud cita —como el caso del hombre que a raíz de una recaída reprochó a Freud no haber analizado su transferencia negativa— sugieren señalar que actualmente algunos analistas ven el problema en forma algo distinta y "despiertan" efectivamente en la

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transferencia conflictos instintivos aún "invisibles", sin que por ello tengan que recurrir a crear "mayores frustraciones". Lo hacen por estar seguros de que estos conflictos existen y justamente porque son tan rechazados (de tal manera que no aparecen). El ejemplo citado por Freud lo muestra, pues efectivamente la transferencia negativa a veces no aparece, pero por otro lado sabemos — Freud nos lo enseñó— que no existe relación humana sin sentimientos hostiles. La transferencia positiva de aquel analizado tiene que haber sido acompañada por rivalidad, envidia, etc. En el análisis de los mecanismos de intenso rechazo en la transferencia —de las disociaciones, partes negadas, etc.— reside, pues, una de las posibilidades, aunque limitada, de "profilaxis". IV. La transferencia 1) Ya he mencionado lo que Freud decía sobre el significado de la transferencia positiva para la labor analítica (en especial para la superación de las resistencias), y el acuerdo general que rige al respecto. Si en esto existe una diferencia entre la técnica de Freud y la de otros analistas, ésta no reside en la teoría, pero tal vez sí en la práctica, en cuanto no todos nosotros —o no siempre — damos a este hecho la importancia que tiene, por ejemplo frustrando al analizado más de lo que para el mantenimiento de la transferencia positiva es indicado (por una distancia afectiva mayor de la necesaria, por falta de interpretaciones, por interpretaciones parciales en las que los aspectos positivos del analizado no son adecuadamente considerados, etc.). Permítaseme ahora traer a la memoria lo que Freud pensaba sobre la neurosis de transferencia y el papel que le adjudicaba en la terapia analítica. Dice, por ejemplo, en sus "Conferencias"28: "Toda la producción nueva (del paciente) se coloca sobre su relación con el

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médico. . . Cuando la transferencia ha adquirido esta importancia, la labor con los recuerdos del enfermo cede en alto grado. . . La superación de esta neurosis nueva, artificial, es la misma cosa que la superación de la enfermedad traída al tratamiento, la misma cosa que el cumplimiento de nuestra tarea terapéutica. El hombre que en su relación con el médico se ha vuelto normal y libre de la influencia de los impulsos instintivos reprimidos, queda así también en su vida privada, una vez que el médico se ha nuevamente excluido". Y más adelante dice similarmente: "La parte decisiva de la labor se realiza creando en la relación con el médico, en la 'transferencia', nuevas ediciones de aquellos antiguos conflictos, en las que el paciente quisiera conducirse tal como se ha conducido en aquel entonces, mientras se lo obliga, por medio de la тоvilización de todas las fuerzas psíquicas disponibles, a una decisión distinta. La transferencia se convierte, pues, en el campo de batalla donde deben encontrarse todas las fuerzas en lucha entre sí. . . "Toda libido como toda resistencia contra ella es concentrada en la única relación con el médico . . . * Evitándose una nueva represión elimina el enajenamiento entre yo y libido y se restablece la unidad
* El texto alemán expresa aun con mayor claridad que es el médico quien debe llevar a la libido a concentrarse en la relación con él.

psicológica de la persona..." (las bastardillas son mías). He citado un tanto extensamente estas palabras, que reproducen la idea básica de Freud sobre el mecanismo de curación y que datan del año 1916, porque no raras veces se oye la opinión de que sólo más tarde se ha dado al análisis de la neurosis de transferencia la importancia que tiene. Parece que en la práctica fue efectivamente así, que sólo poco a poco se ha llevado a la realización aquella idea básica de Freud, pero he querido dejar constancia una vez

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más de que quienes hoy día centran todo el análisis en la transferencia, realizan lo que Freud ya en aquel tiempo había descripto como el curso "idear' del tratamiento *. Nuevamente pienso que no hay analista que no suscriba aquellas palabras (exceptuando el hecho de que muchos — siguiendo la evolución de las ideas del mismo Freud— propondrían en lugar de "libido" el término "instintos", y posiblemente todos sustituirían la "represión" por el término "mecanismos de defensa"). Sin embargo, existen diferencias importantes en la aplicación de aquel principio básico, que dependen también aquí de los cuatro factores antes mencionados (Cap. I), y en especial del diferente "punto de fijación" de los distintos analistas (o de las distintas "tendencias") en una u otra de las etapas evolutivas del psicoanálisis.
* "Cuanto más coincidan los acontecimientos del tratamiento con esta descripción ideal —dice Freud después de las palabras ya citadas— tanto mayor será el éxito de la terapia psicoanalítica."

2) Esto vale particularmente para la dinámica de la transferencia, puesto que Freud mismo ha pasado por varias etapas, a través de las cuales ha desarrollado su creciente comprensión de la transferencia, enfatizando determinados aspectos en una etapa, y otros en otra. Entre los varios trabajos en los que Freud se ocupa de la dinámica de la transferencia, y en especial de la relación que existe entre transferencia y resistencia, hay dos que son la expresión más clara de dos distintas etapas y de dos distintos enfoques de estos problemas. Me refiero a "La dinámica de transferencia" (1912)20 y "Más allá del principio del placer" (1920)30. En síntesis puede decirse que en el primer trabajo Freud considera la transferencia preponderantemente como resistencia] el énfasis está puesto en que la repetición (contenida en la transferencia) es una resistencia. En la segunda obra, Freud considera

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la repetición como tendencia del ello mientras que la resistencia proviene del yo, oponiéndose a la repetición. ¿Cómo se resuelve esta contradicción? ¿Es la transferencia una resistencia, como Freud afirmó primeramente, o es ella justamente lo resistido, lo rechazado, como afirmó más tarde? La respuesta es sencilla, pero contiene hechos complejos. La respuesta es que la transferencia es las dos cosas, es resistencia y es lo resistido, según cual de los dos aspectos se enfoque. Veamos primero el concepto más antiguo: la transferencia como resistencia. Freud se refiere con esto a la transferencia negativa y sexual y, evidentemente, la experiencia diaria confirma plenamente sus afirmaciones. Se comprende que "cuando nos acercamos (en el tratamiento) a un complejo patógeno"20, por ejemplo al complejo paterno, dudar del analista (padre) o desear su amor sexual, sirva de resistencia. Pero detallemos un poco. ¿Resistencia contra qué? Freud lo dice: "contra el análisis", es decir, contra el hacer consciente lo inconsciente. Lo dice también, señalando que "la idea transferencial ha penetrado en la conciencia antes de todas las posibles ocurrencias porque también satisface la resistencia" 20. Pero Freud lo expresa también así: El analizado repite en lugar de recordar 23 y creo que esta formulación se prestó a un malentendido al que se debieron luego importantes divergencias técnicas. Lo que Freud señala aquí, es, a mi juicio, la tendencia a repetir inconscientemente ciertos impulsos "en lugar" de hacerlos conscientes. Pero esto no significa que haya una oposición entre hacer consciente un impulso reprimido en la transferencia y hacerlo como recuerdo infantil (con tal de que tanto uno como otro sea vivenciado, es decir que se trate de un verdadero hacer consciente). Más aún, Freud subraya que muchas veces este hacer consciente no puede realizarse a través de los recuerdos infantiles sino sólo a través de la transferencia, siendo esta última forma de hacer consciente equivalente a la otra. Pero parece —y es

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éste el malentendido al que aludí— que a veces la transferencia en si fuera interpretada como resistencia, en lugar de como resistencia —tal cual lo señaló Freud— sólo lo que de ella penetró en la conciencia. En otras palabras: para Freud se oponían "resistencia" y "hacer consciente lo inconsciente", señalando él como resistencia las ideas transferenciales superficiales, conscientes. Lo otro, opuesto, era el impulso inconsciente, independiente de si éste se refería al analista o al objeto infantil original, ya que, dada "la ausencia de tiempo en el inconsciente" 20, el analista y el padre (o la madre) son — para el inconsciente— una y la misma persona. Pero creo —como he dicho— que esto no siempre fue interpretado de esta manera, y de ahí, en parte que surgieran dos tendencias técnicas divergentes: una que enfatizaba el recuerdo infantil propiamente dicho (ya que la transferencia en sí fue considerada como resistencia) y otra que enfatizaba la revivencia y conscienciación en la transferencia. En 1920, en "Más allá del principio del placer" aclara Freud lo que en aquel primer trabajo tal vez había quedado aún algo oscuro, señalando que la transferencia es lo resistido y estableciendo la siguiente regla: El médico se pone del lado del ello y de su tendencia a la repetición y lucha contra las resistencias del yo que se opone a la repetición80. Permítaseme ejemplificar los dos aspectos de la transferencia en cuestión. Si un analizado llega en el tratamiento a sus sentimientos femeninos, muy rechazados, frente al analista-padre, y se defiende con el odio, lo proyecta y surgen desconfianza e ideas paranoicas frente al analista-padre, estas últimas son la resistencia (la "resistencia de transferencia"), y los sentimientos femeninos son lo resistido. Lo que —según las palabras de Freud— "la cura hubiera deseado", habría sido que el analizado recordase sus sentimientos femeninos hacia el padre y no los repitiese con el analista. Pero no es esta

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repetición lo que es "resistencia" sino que estos impulsos (femeninos) repetidos son expresión del ello resistido. La resistencia (la "resistencia de transferencia") reside en la desconfianza paranoica que es efectivamente "aquella parte del complejo patógeno que penetró en la conciencia" y esto "porque sirve de resistencia". Tengo la impresión —como ya he mencionado— de que estos dos aspectos de la dinámica de la transferencia, enfatizados por Freud en dos etapas distintas, determinan una parte importante de la diferencia entre las diversas técnicas con respecto al análisis de la transferencia. Para un grupo de analistas, la transferencia es, predominantemente, resistencia. Lo esencial del proceso analítico está en "recordar" la infancia reprimida propiamente dicha, en "llenar las lagunas mnémicas", y la transferencia es —según la palabra de Freud—- un instrumento para ello. El peligro de errar está aquí en que el pasado y el presente analítico no sean vistos suficientemente en su identidad *.
* Dejo aquí de lado otros "peligros" que este enfoque implica y que han sido ya señalados repetidas veces. Me refiero en especial al peligro de que el recordar encubra el revivir (que los recuerdos sirvan de defensa frente a los conflictos actuales con el analista) y el peligro de que se disocie el pasado y el presente, por ejemplo en los padres (pasados) "malos" y en el analista (presente) "bueno", es decir, que los recuerdos sirvan de vehículo para repetir antiguas disociaciones (siendo éstas a veces aun apoyadas inconscientemente por el analista).

analítico está en la transferencia misma, o sea en la revivencia, debiendo simultáneamente "impedirse una nueva represión" 28. Extremando algo los términos, puede decirse que para estos analistas la transferencia no es un instrumento para hacer consciente la infancia, sino que la infancia es un instrumento para hacer consciente la transferencia. En parte este punto de vista puede también apoyarse ya en aquel primer trabajo20, donde Freud afirmaba que "finalmente todos los conflictos tienen que ser

Para otro grupo de analistas, lo esencial en el proceso

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batallados y decididos en la transferencia" y donde termina diciendo (al referirse a la utilidad terapéutica de los fenómenos transferenciales de hacer actual y manifiesta la vida instintiva infantil del paciente): "pues en última instancia nadie puede ser matado in absentía o in effigie". Aunque infancia y transferencia son en el fondo una y la misma cosa, la transferencia es, sin embargo, lo que en el presente vive y obra, y los recuerdos infantiles son traídos y deben ser interpretados en función de esta vieja-nueva realidad viviente. Los recuerdos infantiles, además de ser el instrumento imprescindible para comprender la transferencia, sirven también para dar a las relaciones transferenciales su verdadero nombre (madre, padre, etc.), que es de naturaleza histórica; es un pedazo de verdad, de realidad histórica que sigue estando presente y que de esta manera es comunicada al analizado. Y last but not least, los recuerdos infantiles son un instrumento esencial para poder "limpiar" las vivencias transferenciales de ciertos aspectos de su carácter de realidad que frecuentemente tienen para el analizado. El peligro de errar es, en este grupo de analistas, el de pasar por alto el carácter resistencial de determinadas situaciones transferenciales. En resumen: La terapia analítica se centra en el análisis de la neurosis de transferencia. La diferencia de las opiniones teóricas con respecto a la dinámica de la transferencia —muy importante por su influencia sobre la práctica— puede resolverse con una síntesis de los distintos enfoques de Freud, que puede formularse así: jLa transferencia es resistencia y es lo resistido, o sea, el analizado repite defensas infantiles (que son las "resistencias de transferencia") para no hacer consciente situaciones infantiles de angustia y dolor que está por revivir en la transferencia 68. Tal vez podría aquí dar por terminado este capítulo sobre la dinámica de la transferencia. Sin embargo quisiera volver aún a dos puntos que quizá no hayan quedado

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suficientemente aclarados. Al hacerlo no podré evitar algunas repeticiones. a) AI hablar de los dos enfoques técnicos, me referí a dos peligros de errar distintos. En el primer enfoque se trataba del peligro de que el pasado y el presente analíticos no sean vistos suficientemente en su identidad. Me refiero con esto a la errónea idea con la que a veces nos encontramos, de que lo más rechazado sea el recuerdo del pasado (en un sentido histórico), siendo, en realidad, idénticos el pasado y el presente rechazados. El término "recordar" de Freud es aquí —repito— equivalente al "hacer consciente". Por ejemplo, si una analizada desea tener relaciones sexuales con el analista, ella repite este deseo no "para no recordar" su deseo sexual hacia el padre (ya que esto es lo mismo) sino que lo repite en lugar de "recordar", por ejemplo, ciertos aspectos de su situación de "tercera excluida". El deseo sexual "ha penetrado en su conciencia porque sirve de resistencia"; lo resistido puede ser la vivencia de escena primaria con las angustias paranoides y depresivas inherentes. El "enamoramiento" aparece, pues, a veces efectivamente como "resistencia", pero no contra el recuerdo de algo "pasado" sino contra algo que nunca ha llegado a ser "pasado", o sea contra la conscienciación y vivencia "de una parte dolorosa y gravemente reprimida"28 de la personalidad psicológica y de la vida, que existía y existe en igual forma en el pasado y en el presente. Ilustrando las transferencias que son movilizadas por ser aptas para servir de resistencia, Freud cita los casos que empiezan su tratamiento diciendo que no se les ocurre nada, por ejemplo "mujeres que según el contenido de la historia de su vida están preparadas a una agresión sexual" u "hombres con una homosexualidad excesiva reprimida..." 23. Pienso que el proceso dinámico inherente podría ser, en el caso de la mujer, que —por ejemplo— los deseos edípicos transferenciales fueran rechazados a través de la idea: "no soy yo quien tiene estos deseos sino que es el padre-analista quien quiere violarme". Y en el caso del

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hombre, por ejemplo: "yo no soy hombre-rival del padreanalista, sino que soy una mujer y deseo el pene del analista". Es decir, las fantasías transferenciales que se prestan a la resistencia son movilizadas contra las fantasías transferenciales rechazadas (temidas). La transferencia es, pues, resistencia y lo resistido. El otro peligro de errar —en el otro enfoque técnico— era, a mi juicio, el de pasar por alto el carácter resistencial de determinadas situaciones transferenciales, Es sabido, por ejemplo, que la analizada transfiere a veces sobre su analista-hombre la imago materna para defenderse de la transferencia paterna o viceversa; o que ve en el analista un hombre viejo (aunque lo sea) para defenderse de la imago paterna joven y atrayente; o que el analizado ve en su analista-mujer la madre-bruja para defenderse de sus impulsos edípicos hacia ella, etc. Es sabido todo esto y sin embargo, la observación sugiere insistir aún en ello. Llama también la atención cómo —en los últimos tiempos y especialmente en los trabajos de algunos grupos analíticos— el concepto de la transferencia como resistencia y el correspondiente término "resistencia de transferencia" se han vuelto más y más raros. Este hecho tiene cierta similitud y también parentesco interno con un fenómeno que puede observarse (aunque con menor intensidad) en otro campo sumamente importante de la investigación analítica: los sueños. Permítaseme aquí una breve digresión que se justificará por el hecho de que la analogía con el sueño nos ayudará en la elaboración del problema que estamos tratando. Además, señala un punto importante en la técnica interpretativa de los sueños. Me refiero a que, a veces, puede observarse cierta tendencia — y esto a pesar de todas las advertencias de Freud— a contentarse con la interpretación del conflicto contenido (en forma desfigurada) en el sueño manifiesto y a despreocuparse de la dinámica profunda del sueño, es decir, del origen del conflicto manifiesto en un conflicto latente. Tomemos, para aclararlo, el siguiente ejemplo. Un

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analizado sueña que entra en una gran librería. Ve allí con sorpresa a su mujer y detrás de ella a un hombre que la abraza por atrás, tomándole los pechos. El analizado siente intensos celos. La interpretación del conflicto contenido (en forma desfigurada) en el sueño manifiesto es la siguiente*: la gran librería es el consultorio del analista, representando los muchos libros la supuesta riqueza en conocimientos del analista. La mujer representa la parte femenina del analizado. Al ver cómo su parte femenina se deja abrazar por el analista, el analizado —en su parte masculina y rival del analista— se vuelve intensamente celoso. Supongamos que esta interpretación sea —como yo creo— exacta. Sin embargo lo esencial, la dinámica del sueño, falta aún en esta interpretación. Pues cada sueño es "una tentativa de satisfacer un deseo", o en otras palabras, es una tentativa de defenderse de una situación de
* Esta interpretación se basa, naturalmente, en una serie de asociaciones que no puedo reproducir aquí. He expuesto un análisis más detallado de este sueño en otro trabajo. (Véase Estudio IV de este libro).

frustración, es decir, de dolor o angustia. En el caso expuesto, esta situación latente era un sentimiento de culpa proveniente de la sesión analítica anterior, debido al intenso cierre afectivo del analizado frente al analista (que había sido el tema principal de aquella sesión). Este cierre afectivo era constituido por un mutuo abrazo interno entre su parte femenina y masculina (una posición "narcisista" similar a sus fantasías masturbatorias). Era bajo la presión de este sentimiento de culpa e "intentando satisfacer el deseo" de recuperar al padre-analista, que el analizado fantaseaba en el sueño la entrega de su parte femenina (su mujer) al analista. Volviendo al tema de la transferencia: ¿qué es, dinámicamente, la transferencia actual de este analizado? ¿Es resistencia o es lo resistido? Es lo uno y lo otro, según a qué aspecto de su transferencia nos referimos y en qué

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momento. Si nos referimos a su cierre afectivo^ estamos ante una resistencia la "resistencia de transferencia"^ y si nos referimos a sus sentimientos femeninos estamos ante lo resistido. Por otro lado, en el sueño —y análogamente a veces en la situación analítica— el cierre afectivo y el sentimiento de culpa inherente son lo rechazado, y la entrega femenina es la defensa, la "resistencia de transferencia". Debe, pues, tenerse siempre en cuenta (lo mismo que en la interpretación de los sueños) la doble naturaleza de la transferencia, su contenido manifiesto y su contenido latente. b) Las diferencias técnicas señaladas se apoyan, creo, en ciertas dudas de Freud mismo, que se expresan en algunas oscilaciones en sus afirmaciones o consejos prácticos. Dice, por ejemplo, por un lado: "La labor terapéutica se divide, pues, en dos fases: en la primera toda la libido es empujada de los síntomas hacia la transferencia y es concentrada en ésta; en la segunda es realizada la lucha por este nuevo objeto y la libido es liberada de él" 2S. Y por otro lado dice: "El médico se ha esforzado en limitar lo más posible el alcance de la neurosis de transferencia, en concentrar el máximo posible en el recuerdo y en admitir el mínimo posible a la repetición" ™ (las bastardillas son mías). Estas oscilaciones tienen posiblemente, en parte, raíces emocionales, sea que Freud deseaba ahorrar al paciente la plena intensidad y violencia de la repetición de la infancia, o sea que un rechazo inconsciente de una intensa carga contratransferencial (la que constituye una respuesta inevitable a una intensa vivencia transferencial) lo haya llevado a la tendencia de limitar la neurosis de transferencia *. Además, debemos tener presente la oposición del mundo externo a las transferencias analíticas. Esta oposición tenía que aumentar el sentimiento de culpa edípico de Freud al reproducir "el crimen edípico", especialmente de sus pacientes femeninos, en la transferencia. Podemos, pues, suponer que al no interferir estos factores emocionales y ambientales, la

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posición de Freud en favor de la centralización del análisis en la neurosis de transferencia (en el "aquí y ahora") se habría expresado en forma aun más inequívoca.
* Compárense las siguientes palabras en "Más allá del principio del placer": "El paciente está forzado a repetir lo reprimido como vivencia presente, en lugar de recordarlo como parte del pasado, como preferiría el médico" Luego habla de "esta reproducción" como aparece con indeseada fidelidad y continúa diciendo: "Por lo general el médico no puede ahorrarle al analizado esta fase del tratamiento. . (las bastardillas son mías)30.

En conexión con esto debe señalarse nuevamente que, en último análisis, también todo "recordar" representa al mismo tiempo una determinada relación transferencial y todo rechazo del recordar representa el rechazo de una determinada relación transferencial. Tomemos, por ejemplo, el caso de un analizado que recuerda su tendencia a robar las mujeres de otros hombres, o recuerda su masturbación infantil que tiene un contenido análogo. En ambos casos es, en su fantasía latente, al padre-analista a quien ha robado en esta forma, o a quien nuevamente quiere robar. En lugar de admitir esto en su conciencia, fantasea luego conscientemente que el analista quiere sacarle su dinero. Esto es la "resistencia de transferencia" contra aquel "recordar" (es decir, contra la conscienciación del robo deseado o cometido contra el padre-analista), siendo claramente este "recordar" la otra situación transferencial (la rechazada). 3) Quisiera ahora volver a un aspecto específico del análisis de la transferencia que antes sólo he podido mencionar. Decía que para el segundo grupo de analistas lo esencial es la relación con el analista, convirtiéndose para ellos los recuerdos infantiles surgentes —desde un punto de vista dinámico— en una función de la transferencia, por ejemplo en una alusión a ésta, en una "parábola"43 o en recuerdos encubridores "retrógrados"2 *. Al mismo tiempo

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estos analistas enfatizan (implícita o explícitamente) que la conducta del analizado, aunque
* Según Freud16, los recuerdos encubridores "retrógrados" son aquellos recuerdos infantiles que esconden vivencias ulteriores o presentes, obedeciendo su aparición a los mismos procesos y fines que la aparición de los recuerdos encubridores "anticipantes" que esconden vivencias anteriores (formaciones transaccionales análogas a los sueños, síntomas neuróticos, etc.).

se basa en fantasías del pasado, se convierte en una realidad, la que a su vez crea problemas y conflictos que, en uno de sus aspectos, son igualmente reales. También esto es, en principio, reconocido por todos, pero creo que en su aplicación existen nuevamente diferencias importantes, dependientes, ante todo, de "conceptos secundarios". Quisiera citar un ejemplo que —al mostrar el cambio de un enfoque por otro— ilustra un aspecto de estas diferencias. Un analizado cuyo síntoma principal era su intensa desconexión afectiva de los objetos, trae el siguiente sueño: Entro, junto con mi madre, en una habitación en la que está mi padre. Tengo abrazada a rni madre. Mi padre la mira severamente, como enojado, porque ella había llegado tarde. Yo la quiero proteger con mi abrazo. El padre representaba al analista, frente al cual el analizado se conducía como en el sueño manifiesto, es decir, manteniendo su parte femenina (los sentimientos libidinales hacia el padre, representados por la madre) "abrazada" hacia él mismo. (Subyacía el temor de ser expuesto, en la transferencia, a la escena primaria.)* Este "abrazo" era el fondo inconsciente de su desconexión afectiva en su relación con el analista. Se comprende también que la conducta del analizado en el sueño manifiesto era una representación suavizada de su masturbación edípica. Desde hacía mucho el analizado había tenido la sensación de que sus sentimientos de culpa a causa de su masturbación infantil habían sido decisivos para su enfermedad. En etapas anteriores de su análisis habíamos buscado repetidas veces y con poco éxito sus

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fantasías masturbatorias reprimidas, mientras el analizado —como comprendimos por el sueño citado— las actuaba al mismo tiempo en la realidad de su conducta frente a mí. (Buscábamos el mosquito y dejamos pasar el elefante.) Pues durante todo este tiempo él tenía "abrazada" a "su madre" internamente, manteniéndome afectivamente lejos de ella, en la situación del "tercero excluido", al impedir que la madre (su parte femenina) me amase y ligándola a él mismo. En este sentido, sus sentimientos de culpa y angustias persecutorias consecutivas ya no eran simplemente "transferidos" y simplemente "fantasías irreales", puesto que me trataba realmente "mal", me excluía, en parte, realmente, y se encontraba psicológicamente, en efecto, en "masturbación" más o menos continua frente a mí. Lo que había comenzado, en el fondo, con una fantasía, se convirtió luego, en parte, en una realidad. A esto correspondía también la reacción contratransferencial, la cual —también en parte— consistía en un cierto disgusto o "enojo", tal como el analizado lo intuía en el sueño. Si el analista no niega ante sí mismo tales reacciones contratransferenciales, éstas pueden convertirse en una importante llave para la captación de las situaciones transferenciales. La transferencia es una realidad constante que empieza aun antes de la primera entrevista, es compleja y en parte neurótica desde el primer día. Por lo que algunos grupos de analistas analizan la "neurosis de transferencia" desde el comienzo del tratamiento y con plena continuidad. En grado creciente nos hemos dado cuenta también de que el analizado actúa asociando lj 24» 57t 65» 75, por lo que —para comprender la transferencia— nos interesa siempre más, no sólo lo que dice el analizado, por qué lo dice y cómo lo dice, sino también cuándo y para qué lo dice. He citado antes a una analizada que traía mucho material, "sin interrupción" ("daba mucho" y no quería recibir nada de la analista), para demostrar de esta manera que ella no había robado ni había venido para robar (Cap. II, 2). Esto era el

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significado inconsciente de lo que hacía asociando, mientras que el contenido inconsciente de sus asociaciones se refería en gran parte a los robos cometidos. Estas eran sus "viejas fantasías" que volvieron a aparecer en la transferencia, siendo usadas para expresar —por medio de la acción: el dar mucho— su "nueva fantasía" transferencial que consistía, ante todo, en no volver a ser ladrona65. Se ha llegado así a diferenciar en la "transferencia total" diversos aspectos, como por ejemplo los recién citados, o lo que en ella proviene del pasado, de lo actual y lo que es dirigido hacia el futuro 70. Hemos progresado también, creo, en nuestra comprensión con respecto al movimiento mental o la secuencia del material asociativo (además de su contenido inconsciente) y su relación con la transferencia. En la misma línea está el aumento de nuestra atención a los roles que el analizado desea sean aceptados y realizadas por parte del analista, según las imagos que éste representa para el analizado según sus asociaciones latentes y comunicadas, y según las angustias, las necesidades de defensa y los deseos que estas imagos provocan en él. La enseñanza de Freud de que el proceso de curación consiste esencialmente en una transformación de la relación instintiva y afectiva del analizado con el analista ha sido asimilada en grado creciente y las interpretaciones son dirigidas cada vez más a los conflictos transferenciales. Creo que esto es cierto, en términos generales, para todos los analistas, aunque con variantes, según el grupo y el individuo de que se trate. Siempre aceptamos más que, en el inconsciente, el analista es el centro de todo el amor y odio, angustia y defensa del analizado, y llegamos así a la conclusión de que todas las dificultades del analizado, todos sus sufrimientos y angustias, tienen su base, durante el tratamiento, en la transferencia *. Esto es cierto aun donde el analizado, en sus pensamientos conscientes y sus comunicaciones, nos deja de lado; en tal caso le señalamos este rechazo, sus motivos y mecanismos, hasta que el

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analizado tome nuevamente contacto con el analista, es decir consigo mismo, con la fuente de su vida, su libido y lo que va unido a ésta, sus objetos primarios. 4) Basados en este conocimiento muchos analistas, pues, centran activamente la interpretación en estos problemas, tal como Freud lo indica28. Los conflictos del analizado con otros objetos ("extra-transferenciales") son frecuentemente interpretados como conflictos entre partes del propio yo (y el ello), o bien como conflictos con el analista. Pero los conflictos entre partes del propio yo también están siempre relacionados con la transferencia, puesto que simultáneamente una de las partes propias es siempre proyectada (manifiesta o latentemente) sobre el analista. Esto significa que también los conflictos con el analista no sólo son conflictos con una imaero de objeto, sino también conflictos con una parte propia (una imago del yo), y deben ser analizados como
^feg 9, 43, 47, 48, 51

* Naturalmente, esto no significa que subestimamos las fuentes actuales ("extratransferenciales") de sus sufrimientos y angustias. Me referiré a continuación a la relación entre lo uno y lo otro (entre transferencia y realidad externa, etc).

Quisiera ilustrarlo. Las asociaciones de aquella analizada que temía ser juzgada y rechazada como ladrona por su analista (mujer), mostraron que ésta representaba a su madre, a la que ella había vaciado en sus fantasías infantiles. Pero el rechazo por parte de la imago materna (superyó) era en última instancia —como ya he destacado en otro ejemplo— el rechazo que su propio amor por la madre efectuaba contra la parte ladrona. (Con mayor precisión habría que decir: es la parte del yo representante del amor de la niña por su madre que, al percibir a la parte ladrona, reacciona con angustia y agresión contra ésta). La analizada equipara —o "identifica"— a su parte cariñosa con la imago materna (la analista), ya que es la parte que se identifica cariñosamente con la madre. Además, también en otro aspecto el objeto era "una parte de su propio yo (y

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ello)". La imago de la madre-analista rica (a la que ya se dirigían sus impulsos de robo) sólo en parte provenía de la diferencia real que en la infancia había existido entre los poderes de la niña y los de su madre; por otra parte provenía de las fantasías que sobre estos poderes habían surgido a causa de las frustraciones y gratificaciones experimentadas. Y finalmente, eran los sentimientos de culpa y las angustias persecutorias debidos a los robos intencionados o "realizados", los que llevaron a la niña a ceder lo suyo, a entregar sus riquezas (potenciales) a la madre, a "llenarla", de lo cual surgía una madre inmensamente rica, una imago idealizada. En la transferencia, al colocar en la madre-analista su propia parte cariñosa y al quedarse ella con su parte ladrona rechazada por aquélla, sucede algo similar: pues ella "cede" nuevamente su parte buena y se queda con su parte mala. Rechazos, críticas y prohibiciones reales por parte de la madre desempeñan un papel decisivo en la configuración psicológica final, pero más como factores que desencadenan, intensifican, confirman o niegan aq cellos procesos endopsíquicos que como causas propiamente dichas 46. La transferencia aparece, pues, no sólo como relación de objeto, sino también como relación en tic partes del yo, lo que implica una mayor o menor disociación del analizado en la transferencia. He recalcado ya anteriormente la importancia de devolver continuamente al analizado, a través de la interpretación, las partes del yo colocadas en el analista, y de elaborar y rectificar así la disociación. En el ejemplo anterior, la disociación se refería a la "parte buena" y a la "parte mala". En forma aná loga son disociadas —con un significado parecido, pero no idéntico— la parte sádica (victimaría, culpable) y la parte masoquista (víctima, inocente), o la parte masculina y la parte femenina, y colocada en el analista la una o la otra. Citaré aún un breve ejemplo. Un analizado sueña que tiene un coito per anum con una mujer. La situación latente de

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este sueño era la situación transferencial actual, en la que el analizado estaba angustiado ante sus fantasías homosexuales hacia el analista. Había puesto en el analista su propia parte masculina (en un aspecto se la había cedido, renunciando él a ella por sentimientos de culpa) y se defendía de esta angustia recuperando en el sueño manifiesto su parte masculina y poniendo fuera su parte femenina, en la mujer con la que cohabita per anum. En la transferencia, y bajo la presión de la misma angustia, intentaba a veces colocar su parte femenina en el analista, tratándolo psicológicamente como trataba a la mujer del sueño físicamente. Quisiera aún recalcar que la interpretación de los objetos (analista, objetos externos) como partes del yo ( y ello) no desplaza de ninguna manera la interpretación en términos de objetos y de la realidad externa, sino que la complementa. El énfasis en aquélla se debe a que representa, en ciertos aspectos, una aportación nueva (ante todo de W. R. D. Fairbairn y de M. Klein) a la interpretación de la transferencia y de la realidad externa. La interpretación de los objetos como partes del yo incluye, pues, a los objetos reales. Los conflictos con ellos son, en el fondo, conflictos del sujeto consigo mismo. Las relaciones de objeto y con el destino son, en su aspecto psicológico básico, una disociación (normal o patológica) del yo, y la tarea del analista es, bajo este enfoque, mostrarle al analizado que su mundo afuera y su mundo adentro son una misma cosa, tratando asi de unirlo a la vez con sus objetos y consigo mismo 72. Pero también el aspecto inverso, o sea la determinación de las relaciones del sujeto consigo mismo por las relaciones con sus objetos, es de suma importancia. Por ejemplo, la relación del varón con su padre (analista) determinará su relación consigo mismo como hombre; su relación con los padres unidos (en el pasado y en la transferencia) determinará su propia capacidad de unión afectiva y sexual, etc. 51 La cuestión técnica de cuál de los aspectos

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mencionados de estas interrelaciones debe ser interpretado (primeramente) —por ejemplo, si en una determinada situación transferencial debe interpretarse la correspondiente relación de objeto infantil o la relación con una parte del yo— se resuelve mediante las reglas técnicas ya establecidas, como la que indica interpretar primero lo que es más próximo a la conciencia y vivencia del analizado, etc. Pero en realidad, estos ya son detalles en cuya discusión no puedo entrar aquí. V. La contratransferencia Me he referido a la contratransferencia en términos generales al hablar de "la posición básica del analista frente al analizado" (Cap. II), y me ocuparé ahora de algunos de sus aspectos específicos. Hubiera querido tratarla junto con la transferencia, puesto que transferencia y contratransferencia representan dos componentes de una unidad dándose vida mutuamente y creando la relación interpersonal de la situación analítica. Sin embargo, razones de exposición aconsejaron ocuparse primero de la transferencia separadamente. Tendré, pues, ahora que decir lo que antes tuve que dejar de lado con respecto a esta interrelación. Debo aún anticipar que trataré este tema en forma un tanto distinta de los anteriores. La causa está en que la contratransferencia como objeto de investigación tiene una historia bastante diferente de los demás temas. Durante casi cuarenta años, desde que Freud mencionó por primera vez la contratransferencia 19, se había escrito muy poco sobre este tema, por lo que resulta difícil comparar al respecto la "técnica clásica" con las "técnicas actuales". Por otra parte, los trabajos sobre contratransferencia —que en los últimos ocho o diez años se han vuelto frecuentes y profundos— provienen de todos los grupos analíticos actuales, y aunque enfocan diferentes aspectos y hablan un

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lenguaje un tanto distinto, es por ahora problemático diferenciar nítidamente distintas "tendencias" al respecto. De ahí que la diferencia principal está entre antes y ahora y consiste en un incremento más o menos general de toma de contacto con los fenómenos y problemas de la contratransferencia 36> 37» 39, 42, 45, 58» 60' 62, 66, 70' 75, 81, 82. Por lo tanto me limitaré a señalar una serie de progresos que últimamente se han hecho en este campo de investigación. 1 ) Dijimos antes que los analistas han asimilado paulatinamente la enseñanza del significado central de la transferencia y están en el camino de su plena realización. En cuanto aceptamos que la relación del analizado con el analista es, desde el punto de vista técnico, lo esencial, tenemos que adjudicar significado central también a la contratransferencia, por varios motivos70, pero ante todo porque es a través de ella que sentimos y podemos comprender lo que el analizado siente y hace en relación con el analista y lo que siente y hace frente a sus instintos y sentimientos hacia el analista. De aquí que la interpretación principal —la interpretación transferencial— está. íntimamente conectada con la contratransferencia. La realidad constante de la transferencia es respondida por la realidad constante de la contratransferencia, y viceversa. La transferencia lleva a una conducta real frente al analista y su labor, el cual —ya por los significados que para él tienen su propia persona, su labor y los sentimientos y actos del analizado hacia éstos—- responde con sentimientos,, angustias, defensas y deseos igualmente reales. Este sólo es un aspecto de la interrelación entre transferencia y contratransferencia y me referiré más adelante a otros. Pero he destacado ya aquí estos hechos para oponerlos a la resistencia que —aunque muy disminuida— aún subsiste en reconocer los procesos contra-transferenciales en toda su universalidad y alcance. Es por otra parte evidente cuán importante es que el analista, si quiere "liberar al paciente de sus represiones en

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sus relaciones con el médico"28, esté dispuesto a aceptar plenamente no sólo la vivencia transferencial sino también la correspondiente vivencia contratransferencial; a aceptar ambos "libre de represiones". La respuesta interna total del analista es, como ya ha señalado Freud, decisiva para la comprensión e interpretación de los procesos psicológicos del analizado. En los estudios sobre contratransferencia se han hecho diversas diferenciaciones referentes a los múltiples aspectos que contiene. Ya en relación con lo recién expuesto pueden diferenciarse dos aspectos de la contratransferencia. Tomemos por ejemplo el caso de un analizado muy bloqueado en sus afectos frente al analista. El analista vivencia esto en su contratransferencia como frustración y obtiene de ello su próxima interpretación de la presente relación de objeto transferencial del analizado. Pero la frialdad del analizado fácilmente pudo haber "enfriado" al analista y, en tal caso, también su intepretación será fría, a menos que sepa liberarse del círculo vicioso en el que el bloqueo afectivo del analizado (junto con la propia disposición del analista al bloqueo) amenazan encerrarlo. Sólo en la medida en que el analista esté "libre de represiones" podrá suplir —con la vida de sus propias ocurrencias y el calor de sus sentimientos— lo que el analizado había reprimido o bloqueado. Los dos aspectos de la contratransferencia a los que me he referido son, pues, por un lado, la respuesta contratransferencial a la transferencia manifiesta y actual, y por el otro, la respuesta contratransferencial a la transferencia latente y potencial, pero reprimida o bloqueada. Se ha diferenciado también una parte de la contratransferencia que resulta de la identificación del analista con el yo y ello del analizado ("identificación concordante"), y otra parte que resulta de la identificación del analista con los objetos internos del analizado ("identificación complementaria")70. Es especialmente esta última la que implica el peligro de que el analista entre en

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el círculo vicioso en el que a veces el impacto de la transferencia amenaza encerrarlo, en especial al provocar la contratransferencia negativa. Lo evita guardando distancia de sí mismo, manteniendo libre y aparte la contratransferencia positiva sublimada, gracias a la comprensión de todo este proceso que se desarrolla entre la transferencia y contra transferencia profundas, y más que nada entre la neurosis de transferencia y la neurosis de contratransferencia. Pero ya me he referido a esta "doble vida" que debe llevar el analista, a esta "disociación sana" y a la regla técnica (análoga a la que rige para el analizado) que le indica al analista dividir su yo en uno vivencial, irracional y en uno racional, observador. Similar a la tendencia de transformar la situación analítica de predominantemente "monólogo" en diálogo, puede observarse, pues, una tendencia de extender la atención del analista, dirigido anteriormente casi con exclusividad (a juzgar por la bibliografía) a las vivencias del analizado, más y más también a las vivencias del analista, y de considerar el proceso analítico, si se permite esta expresión, no más como "monopatía" sino como "diapatía" o "bipatía". Debe recalcarse, en este contexto, que la percepción de la contratransferencia no sólo puede indicar el conflicto central del analizado en sus relaciones de objeto transferenciales, sino también señalar las reacciones de sus objetos internos, dentro y fuera de él, y en especial las de la imago colocada en el analista, a la que el analizado luego introyecta. La importancia fundamental de la introyección del analista como objeto bueno —"libre de angustia y de enojo"— en el yo y en el superyó ha sido destacado repetidas veces 43, 80. Pero tal introyección sólo puede realizarse si el analista siempre de nuevo reconoce, domina y utiliza su contratransferencia para la comprensión de la transferencia, superando su contratransferencia negativa y sexual, la que, como respuesta espontánea a la transferencia negativa y sexual, es inevitable, en cuanto el

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analista se identifica realmente —como en parte debe— con el objeto transferido. Con la extensión de la atención a la contratransferencia se ha contribuido a un mayor conocimiento de las relaciones del sujeto con sus objetos internos y externos y de las relaciones de éstos con el sujeto, intensificándose así también el contacto y la comunicación del analista con la realidad interna del analizado. 2) La evolución de la posición del psicoanálisis frente a la contratransferencia y la evolución de su comprensión, desde que la señaló Freud (1910), puede verse en varios aspectos. Fue a causa del descubrimiento de la contratransferencia que Freud aconsejó el análisis del futuro analista. Pero en aquel tiempo Freud hablaba de los médicos (candidatos a analistas) como personas "prácticamente sanas"21 y el análisis duraba unas semanas o unos meses. Hoy día oscila entre cuatro y diez años o más, y nosotros sabemos que aun después distamos de ser "prácticamente sanos". Correspondientemente, renunciamos poco a poco a subrayar las diferencias entre transferencia y contratransferencia —las que evidentemente existen e importan sobremanera— y tendemos a ver también las analogías y correspondencias entre las dos. Puesto que se ha hecho el estudio de la transferencia en una forma mucho más detenida, lo que de ella hemos llegado a saber nos puede ser útil en el estudio y la comprensión de la contratransferencia. Consideremos, pues, algunos de estos paralelos. El papel básico que desempeña la transferencia positiva en el proceso psicoanalitico consiste en que suministra la energía necesaria para la colaboración del analizado, es decir la energía para ver el inconsciente, superando las resistencias. Análogamente, la contratransferencia positiva desempeña un papel básico, suministrando la energía necesaria para ver el inconsciente

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del analizado (= del propio analista), superando el analista sus contrarresistencias. Así como —a través del tratamiento analítico— la fe del analizado en el analista muestra su origen en el amor, puesto que el analizado presta oído al analista sólo mientras se mantiene su transferencia positiva28, así también, en el caso del analista, la comprensión muestra su origen en el amor, puesto que el analista se identifica con el ello y yo del analizado sólo mientras se mantiene su contratransferencia positiva. Así como la transferencia negativa o sexual perturba la colaboración del analizado, así también la contratransferencia negativa o sexual perturba la comprensión del analista, y necesita por este motivo ser constantemente analizada y disuelta. Esto es evidente. Menos manifiesto pero igualmente importante es el hecho inverso, o sea que la contratransferencia negativa y la sexual pueden ser la consecuencia de la comprensión perturbada del analista, por ejemplo al fallar su "identificación concordante" por falta de integración propia, es decir por contrarresistencias 70. Existe, pues, una analogía con la transferencia negativa y sexual, en cuanto ésta surge igualmente —en uno de los aspectos de su dinámica— por resistencia. Hemos visto, por otro lado, que la transferencia es también lo resistido y vuelve por "compulsión a la repetición", o en otros términos, porque existen en cada persona una determinada constelación interna que contiene determinados impulsos, objetos, angustias, defensas, etc. Todo objeto externo real adquiere el significado de una u otra parte del yo ( y ello) o de uno u otro de los objetos internos, dependiendo este significado de aquella disposición "constelacional" del momento y de las características reales del objeto externo. Parecidamente, también la contratransferencia es, en ciertos aspectos, lo resistido, vuelve por "compulsión a la repetición", o sea porque es la expresión de la constelación interna del

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analista, estimulada por el analizado, quien representa para aquél una u otra parte de su yo ( y ello) o uno u otro de sus objetos. Análogamente a la "neurosis de transferencia", existe también, a juicio de algunos analistas, una "neurosis de contratransferencia"66, aunque por lo general con intensidad mucho menor a aquélla. Se debe a que la identificación con los objetos transferidos (y, en menor grado, con el yo) del analizado implica la vivencia de las angustias y defensas patológicas de estos objetos. Por ejemplo, una conducta perversamente agresiva, de un analizado (aun frente a un objeto "extratransferencial") provoca —creo, normalmente—, por la identificación del analista con este objeto, cierto grado de angustia persecutoria y agresión reactiva. Estamos al respecto de acuerdo con Nestroy (el escritor austríaco del siglo pasado), quien decía: "El que en ciertas ocasiones no pierde la razón, demuestra no tener ninguna para perder." Admitimos, pues, que a veces la perdemos, no del todo, pero suficientemente como para percibir y diagnosticar el proceso contratransferencial patológico, y para utilizar luego —después de haber dominado el impacto— esta percepción para el análisis de los procesos transferenciales del analizado. Así, pues, como la transferencia negativa y sexual y la neurosis de transferencia no son sólo "resistencia" sino que traen de vuelta las situaciones infantiles más importantes^ convirtiéndose por lo tanto en el tema principal del análisis, así también la contratransferencia negativa y sexual y la "neurosis de contratranferencia" no son sólo "contraresistencias” sino que se convierten —en cuanto son respuestas a los procesos transferenciales— en un instrumento importante para la comprensión de las relaciones de objeto básicas del analizado. 3) Quisiera referirme ahora a un punto específico: la angustia en la contratransferencia, que desempeña en ella un papel tan central como en la transferencia y en la neurosis en general. Como "señal de peligro" es una guía

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para el analista. Se manifiesta en diversas formas y grados, desde sensaciones de tensión hasta violentas irrupciones de angustia, de contenido paranoide o depresivo. Las sensaciones de tensión son frecuentemente consecuencia de la percepción (por parte del analista) de resistencias del analizado, que pueden ser vividas por el analista como un peligro para sus intenciones terapéuticas. Por ejemplo, el analista percibe el intenso rechazo del analizado frente a su relación libidinal con el analista (rechazo que puede deberse a sentimientos de culpa, angustias paranoides, rivalidad, masoquismo, sabotaje por parte de un objeto interno, etc.), percibe la insistente anulación de sus interpretaciones que deben hacer posible la superación de este rechazo, > reacciona con angustia que se comunica a su conciencia como tensión. Pero la percepción del peligro externo —de la resistencia del analizado—• es sólo uno de los dos factores cuya resultante es la angustia contratransferencial. El otro es la percepción (inconsciente) del analista del peligro interno, por ejemplo, del peligro de ser frustrado por un objeto interno propio, de ser víctima del propio masoquismo o de sus propias contrarresistencias. Cualesquiera que sean las proporciones entre el factor subjetivo y el objetivo ( o sea entre "el peligro" proveniente del interior del analista y del analizado o, en última instancia, entre tánatos del uno y del otro), factores que son los causantes de la "tensión": en caso de que el analista esté consciente de esta tensión, ella le puede servir de primer indicio para descubrir aquella parte del yo o del objeto interno del analizado que se opone a la relación libidinal de éste con el analista. Irrupciones violentas de angustia contratransferencial acontecen a veces —como ya he señalado— como consecuencia de la identificación del analista con objetos internos violentamente amenazados, atacados o gravemente preocupados, o como consecuencia de su identificación con partes del yo del analizado intensamente disociados y "proyectados" en el analista 39» 70. Es, con

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frecuencia, la dificultad del analizado de soportar sentimientos de culpa excesivos que subyacen a tales intensas "proyecciones" —en este caso: de una parte del yo vivida como culpable— en el analista. Se ha observado repetidas veces que en estos casos el analista se siente impulsado a devolver lo más pronto posible esta parte disociada. La causa de esto está en que al analista mismo le es difícil soportar la culpa puesta en él. Pero justamente esto puede mostrarle cuan difícil —cuánto más difícil—■ es para el analizado (cuyo yo suele ser más débil que el del analista) aceptar esta parte como perteneciente a su yo. La angustia que el analista ha vivenciado le señala, nuevamente, lo que sucede en el analizado y de lo que se defiende; la intensidad de esta angustia contratransferencial puede indicarle algo sobre la dosificación de las interpretaciones referentes a este conflicto. Quisiera aún agregar que el mecanismo de defensa del analizado recién mencionado (la "identificación proyectiva") consigue con frecuencia realmente su finalidad —en nuestro caso: que el analista se sienta culpable—, y no sólo implica (como a veces se há dicho) que "el analizado espera del analista que éste se sienta culpable" o que el analizado "supone que el analista está triste y deprimido" (the analyst is meant to be sad and depressed) . La identificación del analista con el objeto con el que el analizado lo identifica, es —repito— el proceso contratransferencial normal. Sólo que esta identificación y el proceso patológico ligado a ella (en el ejemplo citado: los sentimientos de culpa y la angustia irreales) deben ser suficientemente pasajeros y de intensidad suficientemente moderada como para no perturbar su labor, Esto vale para este caso como para muchos otros. Así como el analizado recién mencionado ponía su parte culpable en el analista, así los analizados ponen también lo que sienten como valioso y positivo dentro de ellos en el analista, el que se convierte de esta manera en un objeto

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idealizado y simultáneamente (ya por la gran superioridad inherente) en perseguidor. Si esta situación transferencial ha sido primero intensamente rechazada por el analizado y luego irrumpe y se vuelve repentina e inesperadamente consciente al analista, puede suceder que éste - -frente al profundo sometimiento del analizado—• reaccione con brusca angustia y culpa. Esto es —nuevamente— una consecuencia natural de su identificación con el objeto puesto en él. Pero normalmente el analista no queda fijado ( o "pegado") a esta identificación, sino que la utiliza para comprender e interpretar los procesos del mundo interno del analizado, en este caso, por ejemplo, la liberación de culpa del analizado frente al bienestar perfecto del objeto idealizado, al que se ha entregado tan profundamente. Otro ejemplo para el proceso señalado lo presenta la analizada que rechaza insistentemente a su padre-analista para demostrar de esta manera su propia "inocencia edípica". En la medida en que la analizada logra mantener al analista (padre edípico) en la "impotencia", induce en éste su propia reacción terapéutica negativa. Lógicamente, en un primer momento, el analista se sentirá rechazado, es decir, se identificará con el objeto rechazado. Si se mantiene en esta identificación, realiza aquello a lo que tienden los sentimientos de culpa edípicos y el consecutivo masoquismo de la analizada. Es, por lo tanto, decisivo para el tratamiento que el analista rechace conscientemente dentro de sí esta identificación o este "rol" que la analizada —en una parte de su personalidad— quiere imponerle, y que mantenga o recupere la identificación con aquella imago reprimida o disociada del padre que ama a su hija y que quiere hacerle posible amar de nuevo a *u padre, analizando al mismo tiempo con constancia las angustias que se lo impiden a la analizada. Aquella primera identificación y vivencia le ayudarán a comprender los procesos psicológicos de la analizada que la llevan al fracaso e intentan inducir al padre-analista a fracasar igualmente.

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Quisiera aún mencionar —al pasar— que a veces el analista (si su inconsciente está bien conectado con el de la analizada) puede percibir la excitación sexual reprimida o disociada de ella a través de sensaciones sexuales propias, en cierto aspecto "inducidas" por la analizada. He destacado antes que el colocar al analista en ciertas situaciones psicológicas suele no ser sólo un deseo del analizado, sino que —en algún grado— sucede realmente. Más aún, a veces el analizado lo intuye y a veces niega esta misma intuición. Lo que en tales situaciones me parece indicado, es, ante todo, analizar esta negación. Por ejemplo, un analizado cuyo intenso bloqueo y aislamiento frustra y preocupa al analista y provoca en él la sensación de fracaso, asocia que el analista seguramente no siente nada, no se angustia ni se fastidia a causa del analizado, etc. Evidentemente, el analizado niega lo que intuyó, o sea el hecho de que el analista se siente efectivamente "dañado" en su labor profesional (a la que se dirige parte de la agresividad infantil del analizado, subyacente a su bloqueo), que siente angustia, fastidio, etc. Lo niega por los sentimientos de culpa que le provoca admitir aquella percepción y realiza la negación a través de la fantasía de que el analista no siente nada, etc. El análisis de tal negación no es ni debe ser una "confesión" contratransferencial. Además, a través de la conducta positiva del analista —su actividad interpretativa inalterada y afectuosa—, el analizado percibirá también que su propia conducta sólo atañó a una parte de la personalidad del analista. 4) Quisiera aún tratar un último tema, aunque no podré hacerlo aquí con el detenimiento que corresponde a su importancia: me refiero a todo actuar del analista que no sea el interpretar. Mencioné ya antes el tema, al hablar del impulso del analista de actuar según el papel que el analizado, en una parte de su personalidad (generalmente inconsciente), desea que el analista realice. Es evidente que el analista no debe llevar de ningún modo a la realidad tal

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impulso cuando una angustia de una intensidad grande o mediana lo empuje a hacerlo, es decir cuando actuaría compulsivamente. (En tal caso, lo indicado es callarse hasta haber recobrado el equilibrio interno, luego analizar —para sus adentros— lo sucedido y finalmente interpretar lo que atañe al analizado.) Pero distinta es la situación, cuando el impulso de actuar no surge de una angustia promovida por determinado material, sino que se origina en la ineficacia más o menos crónica de las interpretaciones^ Aquí también el impulso de actuar proviene, pues, de una angustia (siendo ésta una respuesta a alguna forma de reacción terapéutica negativa del analizado), pero se trata generalmente de una angustia leve aunque constante, de un estado de tensión del analista, y no de las irrupciones un tanto bruscas de angustia contratransferencial que ciertos casos ( o situaciones) "borderline" a veces originan. He dicho que en aquellos casos la situación me parece ser distinta, pues pienso que ahí ciertas formas de actuar del analista no deben ser desechadas simplemente. Existen, por ejemplo, casos que con insistencia provocan (e inconscientemente buscan provocar) la ironía o la burla del analista: caracteres masoquistas "de gran estilo". El analista percibe este mecanismo a través de sus ocurrencias contratransferenciales que son de índole burlona. Comúnmente, el analista obtiene de estas ocurrencias una comprensión de la situación transferencial del analizado y se la interpreta. Pero en los casos a los que he aludido —los grandes masoquistas los grandes bloqueados, etc.— la fuerza de la interpretación es a veces insuficiente frente a la contrafuerza del analizado. Claro está, lo que acabo de llamar "la fuerza de la interpretación" es algo sumamente variable (variable de analista a analista y de época a época de éste y del psicoanálisis), y las causas de la insuficiencia de "la fuerza de la interpretación" pueden ser diversas, pero sea lo que fuere, el hecho existe. Al encontrarse Freud frente a tales situaciones, creó, por

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ejemplo, la regla de abstinencia. Es decir, el analista, en lugar de interpretar en vano, debía convertirse en alguien que exige o prohibe, o sea actúa. Desde aquel tiempo, el conocimiento analítico ha progresado, y en algunas oportunidades en que probablemente el analista clásico exigía o prohibía, el analista experimentado de hoy puede lograr lo mismo —o más— interpretando (por ejemplo, interpretando las angustias que subyacen a los acting out que antaño hubieran sido frenados por la regla de abstinencia). A lo que aquí me refiero es a un actuar distinto: no es exigir o prohibir, sino que es realizar, muy pasajeramente, el papel inducido por el analizado, para analizar luego lo sucedido y actuado. De esta manera se logra, en primer lugar, mostrar mejor ( o más vividamente) al analizado cuál es el "rol" que desea ver realizado por el analista, y por qué lo desea. Pero hay aquí algo más importante. Pues se obtiene a veces la impresión de que estos analizados utilizan inconscientemente los tabús que nosotros nos imponemos (por ejemplo, el de no hacer nada que no sea interpretar) para sus métodos inconscientes de control y manejo del objeto-analista. Al romper con tal tabú, el analista irrumpe en estos mismos métodos defensivos. En otras palabras: Normalmente, el análisis obra como terapia justamente porque el analista no actúa, es decir porque no entra en el círculo vicioso del analizado sino que sólo interpreta. Pero en ciertos casos los mecanismos defensivos del analizado se sirven justamente de este hecho para sus fines, y paralizan al mismo tiempo la influencia de la interpretación. Más que analizados que actúan, son analizados que buscan "ser actuados", y el "entrar" del analista en el papel sugerido por el analizado —si la actuación ha sido libre ( o casi libre) de angustia y seguido por la interpretación de lo hecho por ambas partes— sirve a veces para irrumpir en este círculo vicioso sui generis. En tales casos, la actuación misma del analista puede obrar ya

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como primera interpretación, puesto que en el fondo lo es. Sólo toma la forma de actuación. Sin embargo, creo que tales actuaciones del analista constituyen una muleta, hasta que podamos caminar sin ella. Pero mientras tanto, es mejor caminar con muleta que no caminar nada, como en ciertos casos sucede. Por otra parte —dados los peligros que provienen de las tentaciones de la contratransferencia—, tales experimentos sólo se aconsejan, pienso, al que ya tiene amplia experiencia en el "manejo" de la transferencia y de su contratransferencia. Debo terminar y quisiera aún resumir brevemente. En esencia y fundamentalmente, la técnica analítica de antes y de hoy es la misma y su fin uno solo: el de ayudar al analizado a conocerse a sí mismo. Los analistas han progresado, tanto en la asimilación y aplicación de las verdades descubiertas, como también en el descubrimiento de nuevas verdades. El que unas y otras afirmaciones y con esto unas y otras "técnicas" sean discutidas con todo el calor y frío de las transferencias y contratransferencias que se despliegan entre los analistas, es un fenómeno normal, por más patología que contenga. Habrá probablemente, también en el futuro, un desarrollo normal, el que, además, suele implicar que la verdad se impone. Más serios son, creo, los peligros que provienen de aquello que se infiltra en las técnicas analíticas siendo ajeno a su esencia, es decir, a la función del analista de hacer consciente lo inconsciente; me refiero a todo lo que a veces desplaza indebidamente al instrumento técnico por excelencia —la interpretación—, como por ejemplo la sugestión, el consejo, los ideales subjetivos y tal vez neuróticos del analista, su actuar compulsivo, etc. Pero en líneas generales el psicoanálisis se ha defendido bien de estos peligros, y puede, en su totalidad, señalar una evolución importante y altamente positiva, y esperar que progresos futuros permitirán hacer más eficaz la técnica psicoanalítica; tal vez podrá aun conseguir sus resultados en tiempos más cortos, con lo que se cumpliría también la antigua esperanza de que un número siempre

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mayor de seres participe de este conocimiento y se beneficie con esta técnica.

ESTUDIO III CONSIDERACIONES SOBRE LA TEORÍA DE LA TRANSFERENCIA* Las presentes páginas contienen algunas notas sobre la dinámica de la transferencia y sobre el papel de la transferencia en el proceso psicoanalítico. No creo decir algo esencialmente nuevo, pero sí intento aclarar y fundamentar teóricamente posiciones e ideas que en la práctica son aceptadas y ejecutadas por muchos analistas, posiblemente por la gran mayoría de ellos. L Sobre la dinámica de la transferencia Freud enfoca el problema de la dinámica de la transferencia desde dos puntos de vista20: primero, la transferencia como fenómeno general y sus causas, y segundo, la transferencia en el proceso psicoanalítico y las causas de la especial intensidad que ad* Conferencia leída en la Asoc. Psicoanalítica Argentina, en 1952. En la misma se basa también el artículo Notes on the theory of transference, aparecido en The Psychoanalytic Quarterly, vol. XXIII, N* 1, 1954. Véase también Estudio II de este libro, en el que los problemas aquí tratados son estudiados desde otros puntos de vista.

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quiere en éste. Como causas generales, inespecíficas para el análisis, indica: a) el hecho de que toda persona adquiere en la infancia determinadas características de su vida afectiva, de lo que resulta un clisé (o varios) que en el curso de la vida es regularmente repetido; b) la insatisfacción libidinal (debida a las fijaciones inconscientes), que crea la necesidad y la expectativa libidinales que se dirigen hacia las personas que se va conociendo. El papel especial de la transferencia en el proceso psicoanalítico se explica, según Freud, por su relación con la resistencia. La transferencia se vuelve tan intensa y duradera porque sirve a la resistencia; el analizado reproduce y repite para no recordar sus impulsos inconscientes. La experiencia diaria analítica comprueba las afirmaciones de Freud. Además, es evidente que los aspectos específicos de un fenómeno que aparece en el proceso analítico (en este caso, la intensidad especial de la transferencia) deben estar relacionados con lo específico y esencial de dicho proceso; esto —el eje alrededor del cual gira todo el tratamiento— es efectivamente la resistencia. La cuestión es solamente saber si la relación entre transferencia y resistencia, revelada por Freud, es la única existente, o si entre ellas hay también otras relaciones que code-terminan la dinámica de la transferencia. Ésta podría estar influida, además, por otros factores específicos del análisis. Por fin, habría que preguntarse si la intensidad especial de la transferenciaTari el análisis es el único aspecto que la diferencia de otras transferencias. La especificidad del análisis empieza, prácticamente, con la asociación "libre" y con la regla fundamental *. Éstas consisten en la abolición del rechazo de las ocurrencias y de su comunicación. Pero esta abolición del rechazo representa también en un sentido más amplio y profundo, o sea, como superación de defensas patológicas (o de resistencias inconscientes), la esencia del análisis. Ya la regla fundamental tiene como consecuencia el surgimiento

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en mayor grado tanto de ocurrencias rechazadas como de las correspondientes ocurrencias rechazantes. La ocurrencia rechazada puede ser, por ejemplo, un recuerdo o un deseo que avergüenza al analizado; la ocurrencia rechazante sería en este caso la crítica que ejerce la "conciencia moral" (el superyó) contra aquel recuerdo o deseo. La experiencia muestra que una parte de estas ocurrencias es proyectada (latente o manifiestamente) sobre el analista. Estas ocurrencias proyectadas pueden ser tanto las "rechazadas" como las "rechazantes"; puede ser proyectado —para seguir con el ejemplo citado— tanto el deseo criticado como la crítica. De este modo son transferidos sobre el analista aquellos "objetos internos" con los que el analizado ha vinculado o identificado aquella acción rechazante o rechazada. Esta transferencia se origina, pues, en la abolición del rechazo, o sea, en la paulatina superación de la resistencia ( y no —en este aspecto— de la resistencia misma). Es, pues, a esta "abolición del rechazo" a lo que se debe la especial intensidad de la transferencia de los objetos internos * Para las consideraciones presentes es indiferente si la regla fundamental es comunicada o no al analizado. También en este último caso sigue siendo la base del tratamiento; sólo difiere la manera en que el analista lleva al analizado a conocer la regla y a cumplir con ella, o sea, a aceptar en su conciencia lo rechazado y a comunicarlo, "comunicando" así partes separadas de sif personalidad. "rechazantes" y "rechazados". Éstos son, en el fondo, los "padres introyectados", o sea, las imagos maternas y paternas con las que existen desde la primera infancia los más intensos ligámenes instintivos y afectivos. La "abolición del rechazo" inherente al análisis, que explica la transferencia especialmente intensa de los objetos internos rechazantes y rechazados es, pues, también, una de las causas de la transferencia especialmente intensa de los primeros objetos libidinales; aquellos objetos internos rechazantes y rechazados son, al mismo tiempo, los padres

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deseados, amados, odiados y temidos, los que gratifican y frustran, permiten y prohiben. La "abolición del rechazo" explica, además, otro aspecto de la dinámica de la transferencia y su especial intensidad en el análisis. Freud señala la necesidad de amor del neurótico como la causa principal de la transferencia en general, sin adjudicar a este factor un papel especial en el análisis. Hemos visto, por otra parte, que la naturaleza misma del análisis lleva a una transferencia especialmente intensa de los objetos internos rechazantes. Estos son, al mismo tiempo, los objetos necesitados. Ahora bien, cuanto más se convierte el analista en objeto rechazante, tanto mayor será la necesidad del analizado de ser aceptado y amado por él. La necesidad de amor explica, según Freud, la transferencia de las imagos libidinales conscientes e inconscientes sobre el analista: la intensificación de la necesidad de amor, proveniente de la naturaleza misma del análisis, explica, pues, también la intensificación de estas transferencias.
Hay otro factor específicamente analítico más, que codetermina la dinámica de la transferencia. En las líneas precedentes hemos visto que los principios del análisis llevan a una intensificación de la transferencia

de las relaciones conflictivas de objeto originariamente infantiles y actualmente internas. En este aspecto, el conocimiento y la técnica psicoanalítica atacan y destruyen estados presentes, derribando defensas, actualizando escisiones latentes y convirtiéndolas en manifiestas, trocando lo inconsciente e internamente separado en consciente y externamente separado, y produciendo así angustia, tensión, dolor y necesidad de amor. Pero el conocimiento y la técnica analíticos tienen también otro aspecto: unen lo separado, conectan lo desconectado y son así esencialmente una expresión de Eros. Ya la regla fundamental, la tolerancia que en ella se expresa, y en general el principio de la abolición del rechazo

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patológico, o sea, de toda agresión irracional dirigida contra partes de la propia personalidad, es una expresión de Eros. La continuada empatía, participación y tolerancia del analista, las interpretaciones que disminuyen contracargas, tensión y angustia e integran lo desintegrado, son otras tantas manifestaciones del afecto. La libido del analizado, que de esta manera es movilizada, se dirige, en primer término, al objeto que dio lo bueno, es decir, al analista. No es, pues, la necesidad de amor sino la capacidad de amar, la que, en este aspecto, es intensificada y vertida hacia el analista. En el proceso descripto se fundamenta la curación, siendo rectificadas en alguna medida antiguas "decisiones" internas patológicas; la repetición —esencia de la transferencia y uno de los principios básicos de la neurosis—- es interrumpida ( o modificada) a través de este procedimiento, siendo promovidos nuevos destinos de los instintos y de las relaciones de objeto. Pero por otra parte, dada la subsistencia de los conflictos y de las imagos arcaicos, aquella misma movilización e intensificación de la libido intensifica, al mismo tiempo, las arcaicas angustias paranoides y depresivas o, en términos generales, intensifica la transferencia de las relaciones de objetos internas e infantiles sobre el analista. Es, pues, el conocimiento psicoanalítico mismo, Eros, contenido en él, y su realización por el analista, lo que también lleva a una mayor intensidad de la transferencia. Esta mayor intensidad, además, no es la única característica específica de la transferencia en el análisis. La anulación de las defensas en la transferencia por medio de las interpretaciones lleva a la vivencia transferencial de las situaciones rechazadas. De ahí que la transferencia analítica se caracterice también por su mayor profundidad. Así, por ejemplo, el analizado que acostumbra defenderse con el mecanismo de la "manía recriminatoria", vivenciará poco a poco, a raíz de las interpretaciones, la situación paranoica subyacente,

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convirtiéndose el analista en el superyó perseguidor que le recrimina aquello que el analizado, en su situación transferencial antecedente, recriminaba a otros o al analista mismo. La nueva situación se demuestra, a su vez, como una defensa frente a una situación transferencial latente más profunda, y así sucesivamente *. El mismo ejemplo puede servir para ilustrar brevemente algunas de las afirmaciones anteriores. En la "manía recriminatoria" son proyectadas sobre otras personas (por ejemplo, sobre el analista) "ocurren* De esta manera, la neurosis de transferencia da un acceso óptimo al estudio de la estratificación psicopatoló-gica en general. En dos trabajos anteriores {Aportación al psicoanálisis de la neurosis de transferencia, leído en 1950 en la Asociación Psicoanalítica Argentina, y Contribución al problema de la estratificación psic o patológica, Revista de Psicoanálisis, Tomo XIV, N* 3, 1957) expuse lo que al respecto he encontrado.

cias rechazadas", es decir, impulsos que el analizado se recrimina a sí mismo. Se trata, pues, de una defensa que suele intensificarse en la medida en que se intensificaron la crítica y la amenaza por parte del superyó contra el yo del analizado, crítica y amenaza que suelen aumentar justamente debido a la "abolición del rechazo" analítica. En este plano, el analista es el superyó "rechazante" y es en este aspecto en el que es más fácil observar que la "abolición del rechazo" lleva a la proyección de los "objetos internos rechazantes" (aquí, del superyó). Pero sabemos que en cierto aspecto también el superyó es una defensa debiendo impedir, por ejemplo, en el plano edípico, que el sujeto sea castrado por el padre, o bien que él mate o castre a su padre. Estos impulsos a su vez surgen a raíz de las frustraciones genitales, es decir frente a los "padres rechazantes", situación que representa en el plano edípico el fondo de todas las situaciones de peligro y de defensas ulteriores. El superyó, que es el padre prohibidor edípico (el padre moral) introyectado, y que en los estrados subyacentes es el padre que se venga castrando y que es

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amenazado por la castración, es en el fondo el padre frustrador genital, cuya mera presencia, culminando en la escena primaria, "castra" al niño. Por lo tanto, el niño rechaza sus impulsos libidinales y agresivos, vinculándose la acción rechazante del yo con los objetos que la inducen y que se convierten de esta manera en "objetos rechazantes". De ahí que la "abolición del rechazo" que superficialmente lleva a la intensa transferencia del superyó "rechazante", lleve fundamentalmente a la intensa transferencia de los objetos libidinales internos "rechazantes" *.
* Ida Macalpine 61 señala una serie de tactores que crean en el tratamiento analítico un ambiente infantil y que, por lo tanto, inducen a la regresión y al establecimiento de la transferencia. Estoy completamente de acuerdo con Id a Macalpine en que estos factores (como, por ejemplo, la posición en el diván, la "disciplina analítica", etcétera, tienen influencia sobre la génesis de la transferencia, y considero importantes los múltiples aspectos que la autora señala al respecto, pero difiero de su opinión en cuanto pienso que la transferencia es, sin embargo, esencialmente un proceso "espontáneo", explicándose su intensidad y profundidad en el tratamiento analítico principalmente por la naturaleza misma del análisis, o sea, por las resistencias y su remoción. La influencia del "ambiente infantil'* creado es, a mi juicio, sólo secundaria.

II. El papel de la transferencia en el proceso psicoanalítico y la relación entre transferencia y resistencia Al intentar sintetizar lo que Freud afirma sobre el papel de la transferencia en el análisis, se impone diferenciar dos aspectos: 1 ) La transferencia positiva sublimada es, en general, el móvil más importante del trabajo que el analizado debe efectuar y que consiste en la superación de las resistencias. En cuanto la transferencia se vuelve negativa o sexual, se convierte en una resistencia y su análisis y disolución adquieren una importancia esencial para poder continuar

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el trabajo. Mientras la transferencia resulta ser de este modo (es decir, como resistencia) el máximo peligro para el tratamiento, se constituye al mismo tiempo en su instrumento más importante, pues la vuelta de los procesos infantiles en la transferencia hace de ella el mejor medio para hacer recordar aquellas vivencias reprimidas. 2) Al mismo tiempo, Freud confiere a la transferencia y a su análisis también otro papel. Dice en sus "Conferencias"28: "El hombre que en su relación con el médico llega a ser normal y libre de la influencia de impulsos instintivos reprimidos, continúa también así en su vida particular, cuando el médico queda nuevamente excluido." El papel de la transferencia señalado en estas palabras es el de la re-vivencia de la infancia en mejores condiciones; lo que antaño fue rechazado patológicamente debe poderse admitir ahora en la conciencia, sobre todo gracias a la mayor fuerza del yo adulto y a la conT ducta comprensiva y objetiva del objeto, es decir, del analista. La relación con el analista se constituye así en el campo principal en el que el analizado puede lograr la integración de su personalidad. Los dos enfoques de Freud giran alrededor del eje del tratamiento analítico, que es el "hacer consciente lo inconsciente" ( o la "superación de las resistencias"), pero se diferencian ante todo en que en el primer enfoque, lo reprimido ( o sea, el pasado rechazado) se hace consciente en lo pasado, mientras en el segundo enfoque, lo mismo es realizado en el presente, o, más aún, en un presente determinado, que es la relación del analizado con el analista. La consecuencia práctica de esta diferencia consiste en que en el primer caso, la transferencia (negativa y sexual) es considerada e interpretada como resistencia al trabajo, es decir, al recuerdo, y es utilizada como instrumento para el recuerdo, mientras que en el segundo caso, la vivencia transferencia! misma es valo-

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rizada como el campo de trabajo decisivo. El fin primordial es, en el primer caso, el recuerdo; en el segundo, la revivencia rectificada. Posteriormente, los discípulos de Freud se inclinaron más hacia uno u otro de los dos enfoques o tendieron a su unificación, sin que teóricamente se haya aclarado suficientemente esta divergencia. Así, por ejemplo, R. Sterba79 sigue el primer enfoque. Ferenczi y Rank12 recalcan el segundo, pero terminan considerando el recuerdo, en última instancia, como factor decisivo. W. Reich76 y J. Stra-chey 80 tratan de unir los dos enfoques. Freud mismo parece subrayar el primero, abogando (aun en trabajos ulteriores a los arriba citados) por la mayor limitación posible de la repetición en la transferencia, en favor del mayor recuerdo posible20. Al mismo tiempo modifica, sin embargo, un tanto su posición anterior, admitiendo que "debería causar menos displacer si el pasado resurge como recuerdo o en sue ños que convirtiéndose en nueva vivencia". Con esta afirmación está puesta en duda, a mi juicio, la afirmación anterior de que el analizado prefiere repetir a recordar, adjudicando Freud un mayor papel (en la dinámica de la transferencia) al impulso de repetición a expensas del principio del placer. En todo caso, no se encuentra una solución satisfactoria del problema en cuestión. Puede también decirse que la diferencia entre los dos enfoques consiste en que, en el primero, la transferencia está considerada predominantemente en función de la resistencia, mientras que en el segundo enfoque, la resistencia viene a estar considerada predominantemente en función de la transferencia. En el primer caso, se repite para no recordar; en el segundo, se repite para no repetir, o, más precisamente, se repiten defensas (resistencias) para no repetir vivencias catastróficas o peligrosas. Veamos al respecto las dos situaciones transferenciales consideradas por Freud como resistencia. La experiencia diaria confirma plenamente que tanto lo que Freud describe como la "transferencia negativa" como la

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"transferencia sexual" aparecen o aumentan en función de la resistencia. Lo que queda dudoso es si deben ser comprendidas primordialmente como resistencias frente a recuerdos o frente a la vuelta transferencia! de situaciones infantiles (o internas) más angustiantes o dolorosas. La observación hace aparecer lo último como mucho más frecuente; tanto el rechazo hacia el analista como el enamoramiento transferencial suelen surgir o intensificarse ante inminentes situaciones paranoides o depresivas en la transferencia. Pero lo empírico no tiene la última palabra en tal cuestión; podría ser preferencia personal por interpretar las situaciones en este sentido. Podría análogamente sospecharse que Freud veía aquellas situaciones transferenciales predominantemente como resistencia al recuerdo porque él —conforme a sus conceptos de aquella época— buscaba los recuerdos, y la transferencia se oponía a esta búsqueda. Pero esto tampoco decidiría la cuestión, pues el punto de vista de Freud podría, sin embargo, ser cierto y, en determinado sentido, lo es. Nos ayuda a aclarar esta duda, creo, lo que con respecto a la dinámica de la transferencia hemos encontrado. El análisis es, esencialmente, remoción y superación de resistencias. Hemos visto que eso es lo que lleva a que la transferencia sea intensa y profunda, angustiante y dolorosa. De ello resulta que las resistencias querían evitar justamente eso, es decir, la re vivencia de relaciones de objeto penosas en la transferencia. En otras palabras: la abolición del rechazo lleva al retorno de lo rechazado. Si esto resulta ser relaciones de objetos transferenciales peligrosas o catastróficas, entonces el rechazo (la resistencia) quería evitar justamente eso. Si, en especial, la superación de la "resistencia de transferencia" (es decir de la transferencia "negativa" y "sexual", tal cual Freud las describe) lleva a vivencias transferen-ciales depresivas o paranoides, entonces deben ser éstas las que aquélla quería evitar.

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Esto significa al mismo tiempo que es la repetición, o sea, la actuación de las relaciones de objeto latentes en la transferencia lo que debe ser la primera gran tarea a efectuar en el camino terapéutico, ya que es contra ello contra lo que se dirigen las resistencias principales. La atención terapéutica debería, pues, ser orientada ante todo a la transferencia como campo de la re vivencia a rectificar y a las resistencias que se oponen a tal revivencia. La rectificación consiste, principalmente, en la renuncia a las defensas patológicas en la transferencia. En este sentido, los factores que considero como determinantes para la dinámica de la transferencia y su intensidad y profundidad específica, explicarían también por qué la repetición es lo más rechazado y, por lo tanto, la realización y la toma de conciencia de esta repetición y el cambio de su destino, el camino indicado. Lo expuesto trae consigo una serie de problemas, dos de los cuales quisiera aún tratar brevemente. I9) Existe una aparente contradicción en afirmar, por un lado, que la transferencia se intensifica por resistencia y, por el otro, que se intensifica por la superación de la resistencia. Aunque creo que esta duda quedó aclarada por lo ya expuesto, quisiera recalcar que, a mi juicio, las dos afirmaciones son ciertas, o sea: las defensas transferenciales se intensifican por resistencia, es decir, en el grado en que el análisis se vuelve peligroso, y por otro lado, las situaciones transferenciales rechazadas se intensifican por la remoción o superación de las resistencias. Volviendo al ejemplo anterior: lo que Freud designa como transferencia "negativa" y "sexual" pueden ser defensas que se intensifican por resistencia; las situaciones paranoides y depresivas pueden ser situaciones rechazadas que se intensifican por la superación sucesiva de las resistencias. Un ejemplo citado por Freud26 ilustra este punto.

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"Con una cierta categoría de mujeres -—dice Freud— fracasará, sin embargo, esta tentativa de conservar, sin satisfacerla, la transferencia amorosa, para utilizarla en la labor analítica. Son éstas las mujeres de apasionamiento elemental que no toleran subrogado alguno, hijas de la naturaleza, que no quieren aceptar lo psíquico por lo material, quienes, según las palabras del poeta, sólo son accesibles 'a la lógica de sopa con argumentos de albóndigas' Estas personas nos colocan ante el dilema de corresponder a su amor o atraernos la plena hostilidad de la mujer despreciada. Ninguna de estas dos actitudes es favorable a la cura. Habremos de retirarnos sin obtener resultado alguno, pudiendo aun plantearnos el problema de cómo es compatible la aptitud para la neurosis con una tan indomable necesidad de amor". Creo que lo que arriba expongo aclara el problema que Freud plantea aquí. Probablemente no se trata de "hijas de la naturaleza" ni de "apasionamiento elemental" ( o por lo menos, no solamente), sino de apasionamiento neurótico (de tipo erotomaníaco). Detrás de éste se encuentran angustias paranoides y depresivas transferidas, debidas a la ruptura (latente) de resistencias. 29) Otro problema que se presenta ahora nuevamente se refiere al papel que en este proceso desempeña el recuerdo, el hacer consciente el pasado reprimido. Pues, ¿acaso -— podría preguntarse— todo lo rechazado es, en el análisis, situación transferencia! ? ¿No serán también situaciones meramente internas, "estados de conciencia", lo rechazado, sin que el analista desempeñe un "rol" en eso? En realidad, todas las situaciones son, en última instancia, "internas" y también lo es la situación transferencial. La cuestión sería sólo saber si el analizado no quiere recordar, por ejemplo, que deseaba matar a su padre, porque su superyó paterno lo condena y persigue por eso, o porque el analista ya representa latentemente al padre y lo condena y persigue por eso. La respuesta es, de acuerdo con la experiencia, que las dos cosas son ciertas a la vez. Lo pasado no es vivido

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como tal sino como presente, y el peligro, por lo tanto, también es vivido como algo presente. En cuanto lo pasado sea vivido como algo pasado, su recuerdo es, en términos generales, una resistencia contra el presente. Y en tanto el pasado es vivido como algo presente, las imágenes anteriores y presentes se confunden; para el inconsciente, el analista es el padre y el padre es el analista. En otras palabras: el hacer consciente implica siempre un cambio en la relación con un objeto interno, y en este sentido también un cambio en la relación con el analista (sea ésta latente o manifiesta), ya que la transferencia, en esencia, no es otra cosa que estas mismas relaciones con los objetos internos. Puesto que el inconsciente no sólo equipara el presente con el pasado, sino también el pasado con el presente, el verdadero hacer consciente del pasado tiene el carácter de algo presente, la angustia que lo acompaña se refiere a un peligro vivido como actual. Así, por ejemplo, también al hacer consciente e.1 analizado su complejo edípico infantil, es el padre el que está sentado detrás de él y lo amenaza con la castración. La resistencia se dirige, pues, también en este caso (en el caso del "recuerdo") contra la re vivencia de una relación de objeto peligrosa.
RESUMEN

I. La dinámica de la transferencia se explica, según Freud, por los siguientes factores: l 9 ) por la adquisición en la infancia de determinados clisés en la vida afectiva y el impulso 9 de repetir estas vivencias; 2 ) por la necesidad libidinal, y 39) porque la transferencia sirve a la resistencia. Mientras los dos primeros factores explican la dinámica de la transferencia en general, el tercer factor es el único que interviene específicamente en el tratamiento psicoanalítico y origina la especial intensidad de la transferencia en éste. En el trabajo presente son señalados otros factores, pertenecientes a la esencia misma del análisis, que

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influyen igualmente sobre la dinámica de la transferencia. Es, ante todo, la abolición del rechazo, o sea, la sucesiva superación de resistencias (y no sólo la resistencia) que determina la especial intensidad de la transferencia, en primer término, de la transferencia de los objetos internos rechazantes y rechazados. Estos son, al mismo tiempo, en el fondo, los objetos primarios libidinales, por lo que la especial intensidad de la transferencia de éstos se explica igualmente por aquel principio inherente al análisis: la "abolición del rechazo". También la necesidad de amor que Freud señala como factor general en la dinámica de la transferencia, se intensifica en el analizado debido al mismo principio; pues cuanto más se convierte el analista en objeto rechazante, tanto más se intensifica la transferencia de los objetos necesitados. En los aspectos señalados, el psicoanálisis obra como agresión, destruyendo defensas y provoncando angustia, dolor y necesidad de amor y protección. Pero el psicoanálisis también disminuye la angustia y el dolor, une lo separado, y es en este y otros aspectos, expresión de Eros. De ahí que movilice la libido (aumenta la capacidad de amar), intensificándose de está manera la transferencia de los objetos infantiles amados. Pero al mismo tiempo se intensifican la transferencia de las imagos destruidas y destructoras y las inherentes angustias depresivas y paranoides (el analista como seductor, el análisis como
trampa, etc.), angustias que antaño habían llevado a la represión de la libido, o —en términos más generales— a las diversas defensas frente a los instintos.

La transferencia en el tratamiento psicoanalítico se caracteriza, además, no sólo por su intensidad especial, sino también por su mayor profundidad. La anulación de las defensas en la transferencia (igualmente inherente a la naturaleza misma del análisis) lleva a la vivencia transferen-cial de las situaciones rechazadas ("profundas").

II. La segunda parte del trabajo trata del papel de la transferencia en el proceso psicoanalítico y de la relación entre transferencia y resistencia. Freud ve en la transferencia, por un lado, a) el móvil principal para el trabajo (la transferencia positiva sublimada), b) la resistencia y el peligro máximo (la transferencia negativa y sexual), c) el mejor instrumento para el recuerdo. Por otro lado, ve en la transferencia el

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campo en que la revivencia del pasado en condiciones mejores permite una rectificación de los destinos de la vida afectiva e instintiva del analizado. Los dos enfoques parecen divergir: en el primero, el acento está en el "hacer consciente lo inconsciente" en lo pasado (el "recuerdo"), mientras en el segundo lo mismo acontece en lo presente, o sea, en la relación con el analista. La solución del problema se da sobre la base de la revisión de la dinámica de la transferencia (véase arriba I). Si es cierto que la transferencia no sólo se intensifica por resistencia, sino también por la superación sucesiva de las resistencias, entonces estas resistencias deben rechazar situaciones transferenciales temidas. En este sentido, no sólo se repite para no recordar, sino que también se repite para no repetir, es decir, se repiten defensas (o
resistencias) en la transferencia para no repetir en ella peligros o catástrofes. Se repiten, por ejemplo, relaciones de objeto "negativas" y "sexuales" en la transferencia para no repetir situaciones paranoides o depresivas. Aun el recuerdo es rechazado en cuanto implica un peligro vivido como actual, es decir, transferencia!. La transferencia es, pues, una resisten-

ESTUDIOS SOBRE TECNICA PSICANALÌTICA 127 tía sólo en ciertos aspectos, mientras que en otros,
la revivencia de la infancia en la transferencia es justamente lo más rechazado. De ahí que el proceso de curación consista principalmente en la superación de las defensas frente a esta revivencia y en el cambio del destino de ésta mediante la interpretación del inconsciente.