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Actividades didácticas

de Ética para el aula


Diseñadas por:
Susana Frisancho
sfrisan@pucp.edu.pe

Con la colaboración de:


François Vallaeys

Procesos psicológicos éticos


Tema preliminar:
Prueba de conocimiento previo (para iniciar el curso)
Objetivos:
• Identificar aquello que los estudiantes conocen respecto a la ética

• Determinar el punto de inicio más apropiado para el curso

Desarrollo de la actividad:

1. Antes de empezar el curso es importante conocer lo que los estudiantes pueden ya saber
sobre él. Reconociendo que su conocimiento puede ser parcial, fragmentado, simplista
e incluso incorrecto, trate de encontrar al menos un punto que la mayoría de estudiantes
conozca, y use ese punto para introducir otros menos familiares.

2. Presente a los estudiantes el listado de preguntas siguiente. Infórmeles que la prueba no


es un examen y que por lo tanto no será calificada.

3. En la próxima clase (o tan pronto como sea posible) de a los alumnos los resultados.

4. Después de que usted ha recolectado los cuestionarios, trate de dividirlos en tres o


cuatro grupos, de acuerdo a las respuestas de los estudiantes. Puede, por ejemplo,
agrupar rápidamente las preguntas clasificando los cuestionarios en 4 categorías [A] =
marcaron alternativas 1 o 7 (ética como vivencia subjetiva); [B] = marcaron
alternativas 2 o 3 (imperativo categórico o principio utilitarista); [C] = marcaron
alternativas 4 o 5 (ética como sistema legal, tradición u orden social); [D] = marcaron
alternativa 6 (ética fundada en creencias religiosas). Revisando estos cuatro grupos y el
número de cuestionarios clasificados en cada uno puede tener una idea de cómo la clase
como un todo entiende el sentido de la ética.

5. Usted puede adaptar esta técnica de varias maneras. Por ejemplo: después de que los
alumnos han respondido individualmente las pruebas, pídales que se agrupen en pares o
grupos pequeños y que trabajen en respuestas que sean aceptables para el grupo, o que
sean consideradas correctas por todos ellos Para ello deben discutir las alternativas.
Divida la clase en pequeños grupos y pídalas a cada uno que califiquen las pruebas de
otro grupo. Si usted tiene un número pequeño de estudiantes, considere la posibilidad
de que los estudiantes se entrevisten entre ellos y tomen notas de las respuestas, en
lugar de contestar la prueba por escrito.

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Cuestionario:

Indicaciones

Hay muchas maneras de entender la palabra “Ética”. A continuación usted encontrará siete
maneras de definir esta palabra. Favor de leer detenidamente las siete posibilidades; luego,
señale con una “X” la frase que mejor define lo que usted entiende por lo “ético”. Marque
sólo una alternativa.

Para mí lo ético es sobre todo:

( ) 1. Lo que corresponde a mi propio interés

( ) 2. Lo que está de acuerdo con el refrán “Haz a los demás lo que quieres que te
hagan a ti mismo”

( ) 3. Lo que hace bien al mayor número de personas posible

( ) 4. Lo que se acepta como normal en la sociedad

( ) 5. Lo que es legal

( ) 6. Lo que está de acuerdo con mis convicciones religiosas

( ) 7. Lo que está de acuerdo con mis sentimientos de justicia

Cuestionario tomado de: Schmidt, E. (2003). Ética y negocios para América Latina. Lima:
universidad del Pacífico. 3ra edición

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Tema: Categorización de los valores
Objetivos de la actividad:

• Analizar el proceso de categorización de los valores


• Identificar tres distintos tipos de valoraciones que hacemos en nuestra vida
• Debatir acerca de los conflictos que pueden surgir entre personas que categorizan el
mundo de distinta forma

Desarrollo de la actividad:

1) Leer las siguientes dos lecturas

¿A que llamamos valores?


Definir lo que son los valores no es asunto fácil. Podemos empezar diciendo que los
valores son estándares interiorizados con los cuales juzgamos el mundo y lo clasificamos en
categorías de bueno o malo. En este sentido, podemos decir que un valor es una creencia, o
una tendencia a creer en la bondad o maldad que se le puede atribuir a una acción o una
situación.
Hay gente que piensa que los verdaderos valores son pocos, y que son muy relevantes
y centrales para nuestra vida. Otros piensas que los valores son simplemente gustos, y usan el
término “valor” mucho más libremente, para referirse a cualquier cosa de la que estamos a
favor o en contra. Algunos otros tienden a pensar que un valor debería verse en la acción, en la
conducta, pues es una tendencia a actuar de determinada manera. Otras personas consideran
que los valores son solamente positivos, y que aspectos que consideramos “negativos” tales
como la traición, el robo, o la irresponsabilidad, no son verdaderos valores aunque existan
personas que los persigan y los consideren metas para su vida.

¿Por qué no son iguales todos los valores? Ellos pueden tener distinta naturaleza, pues existen
diferentes categorías o “dominios” de valores. Por ejemplo, veamos los siguientes tres valores:

1) Considero que la justicia es un derecho de las personas. .


2) No me gusta que en un entierro se usen vestidos de colores. A un entierro debe irse
con ropa oscura en señal de respeto.
3) Me encantan los helados de chocolate, los prefiero a los de vainilla.

Aunque distintas, las tres afirmaciones nos muestran valores. El deseo de justicia es un
valor moral, el gusto por el luto es un valor socio-convencional, y la preferencia en los
sabores es un valor personal. Así, si bien estamos tratando con valores, cada uno de ellos
pertenece y hace referencia a un dominio valorativo distinto.

Los valores personales son aquellos que expresan gustos o preferencias individuales. En
ellos no hay acuerdos ni reglas, ni existe legislación posible para gobernarlos. Uno no
puede estar equivocado, ni tener la razón sobre lo que al otro le gusta o escoge. Los valores

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personales expresan nuestras diferencias como personas, aquello que nos gusta, o que
preferimos sobre otras cosas.

El mundo de los acuerdos sociales y las convenciones tiene que ver con nuestros valores
sociales. Aunque a uno le guste mucho vestir en pantalones cortos todo el año, en la oficina
donde uno trabaja puede existir una norma por la cual no se nos permite ir a trabajar
llevándolos. Las personas hemos creado normas y reglas de urbanidad que deben seguirse
si deseamos convivir de manera mas o menos razonable. Hay reglas de cortesía, reglas
sobre cómo debemos vestir, reglas de tránsito.. Se trata de costumbres y normas sociales
que son casi siempre culturales, y que pueden ser modificadas si el grupo o la autoridad así
lo decide.
Ahora, cuando hablamos de valores morales estamos entrando a un terreno distinto. Los
valores morales son aquellos que se distinguen por su universalidad, que no se justifican
por una ley, sino por su propia naturaleza ética. Ellos no están abiertos a gustos locales, a
caprichos o a costumbres; de no ser respetados, tienen un potencial intrínseco para herir y
hacer daño. Los valores morales son difíciles de definir, precisamente porque el término
“valor”, en general, se usa con descuido.

El Prisma Moral
Adaptado de: Marvin W. Berkowitz, Ph.D: The Moral Prism. Values Education Project,
Bulletin # 6, Otoño 1995

Los seres humanos vemos el mundo de forma diferente unos de otros. Por ejemplo,
los niños piensan que las nubes caminan detrás de ellos, y que los sueños están físicamente
presentes en sus dormitorios durante la noche. Los adolescentes piensan que todo el mundo
los juzga y los analiza. Los niños en primaria creen que el pensamiento es omnipotente, y
que "resolver algo" es equivalente a hallar la verdad. Y un largo etcétera.

¿Estamos conscientes de que los niños, jóvenes y adultos también ven el mundo moral
de forma diferente? Por ejemplo, los niños en los primeros grados de primaria piensan que
cualquier diferencia es injusta, y prefieren botar a la basura un dulce extra antes que permitir
una distribución desigual. Los adolescentes consideran que es inmoral revelar la falta
cometida por un compañero, aunque se trate de una falta grave. “Tapar” la falta del compañero
se considera lealtad. Muchos niños consideran moralmente correcto obtener lo que quieren...
podemos preguntarnos, ¿porqué existen estas diferencias y porqué son importantes para la
educación moral?

Lo que ocurre es que cada persona piensa sobre los valores desde su propio nivel de
desarrollo moral. Conforme las personas crecen, van desarrollando nuevas y más adecuadas
formas de resolver los asuntos morales. Los niños están (cognitiva y afectivamente) menos
desarrollados que los adolescentes, y éstos menos desarrollados que los adultos. Cuando una
persona (niño, adolescente o adulto) se enfrenta a un problema moral, él o ella lo interpreta, y
esta interpretación se debe en parte a su particular historia personal (su cultura, su religión, su
experiencia educativa, su familia, etc.), y en parte a su nivel de desarrollo moral. La

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interpretación que la persona hace es crítica para lo que juzgará como correcto o incorrecto,
como algo de valor, o algo que vale poco. Esta es una razón por la cual los adultos usualmente
encuentran que muchos niños y adolescentes "no entienden" los problemas cuando ellos tratan
de explicárselos. En realidad los niños y adolescentes entienden los problemas, pero los
entienden de forma diferente a como lo hacen los adultos.

La segunda forma en que las personas pueden diferir es en lo que se conoce como
dominio de categorización. Con mucha frecuencia hablamos de valores y de lo que constituye
un buen carácter y un comportamiento ético, pero usualmente olvidamos que hay diferentes
categorías o dominios de valores. Por ejemplo, mi valor de búsqueda de justicia es diferente de
mi valor por la modestia en el vestir, que es diferente del valor que le doy a los helados de
chocolate por sobre los de vainilla. Todos son valores, pero la justicia es un valor moral, el
vestido es un valor socio-convencional, y la preferencia en el sabor es un valor personal. Hay
diferentes criterios en los distintos tipos de valores; lo que es más interesante es que, aun
cuando hay gran acuerdo sobre a qué dominio pertenecen los valores, muchos asuntos
relativos a los valores no son claros, y las personas pueden diferir en cómo categorizarlos. Un
buen ejemplo es el caso del uso de alcohol, tabaco o drogas ilícitas. Los adolescentes suelen
no ver la relevancia moral de esas sustancias, pues para ellos el uso de drogas es un asunto de
preferencia personal, tal como preferir un helado de chocolate.

De este modo, hemos visto cómo las personas pueden diferir entre ellas por mirar a
través de un diferente prisma moral. Los seres humanos pueden estar en un nivel de desarrollo
diferente, o pueden categorizar sus valores de distinta forma. Es importante señalar que estas
diferencias no sólo se dan entre los niños y los adultos, sino también al interior de los dos
grupos.

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2) Pedir a los estudiantes que de manera individual, dediquen 10 minutos a pensar en sus
propios valores. Debajo de cada columna deben escribir el valor que corresponda, según su
criterio (damos un ejemplo ficticio como guía).

Valores Personales Valores socio- Valores morales


convencionales
Me gusta que las mujeres La luz roja significa alto y Tratar a los demás como
usen falda en lugar que hay que respetarla aunque nos gustaría que nos
pantalones, lo encuentro no vengan carros. trataran.
más femenino

3) Luego, deberán reunirse en grupo para discutir lo que pusieron en las columnas, y
compararlo con lo que escribieron las otras personas. Algunas ideas para dirigir la
discusión son:

• ¿Cuál es la diferencia entre un valor convencional, un valor personal, y un valor


moral?
• ¿Estamos todos de acuerdo con las categorías escogidas? (Es decir, ¿hay alguien
que piensa que lo que alguna persona clasificó como valor personal, debería ser
más bien un valor moral, o viceversa?).
• ¿Encuentran discrepancias de este tipo entre su forma de clasificar los valores, y
la de sus padres, hijos, o hermanos mayores y/o menores? Ponga ejemplos y
discútalos.
• ¿Qué hace para manejar estos conflictos cuando aparecen en el día a día, en la
relación con sus las demás personas?

4) En plenario, los grupos presentarán sus principales conclusiones.

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Tema: Discriminación
Objetivos:

• Reconocer a la discriminación como un proceso psicológico y social


• Identificar cómo la discriminación afecta el desarrollo personal y social

Desarrollo de la actividad:

1) Preguntar en grupo a los estudiantes qué significa discriminar. Revisar conceptos y


puntos de vista sobre la discriminación. Redondear la idea de la siguiente manera:

¿Qué es discriminar?

Se considera a la discriminación como el comportamiento negativo con respecto a los


miembros de un grupo diferente, hacia el cual se tienen prejuicios y estereotipos
determinados. La discriminación usualmente se alimenta de prejuicios negativos hacia los
miembros de ese grupo. La Organización de las Naciones Unidas define a la discriminación
como la actitud de negar a individuos o grupos una igualdad en el trato que ellos desearían
disfrutar; por ejemplo, cuando se niega a los miembros de un determinado grupo el derecho
de integrarse a un barrio, ciudad, trabajo, escuela o país, o de conservar sus tradiciones
religiosas y culturales.

2) Pedir a los estudiantes que hagan memoria y recuerden si alguna vez en su vida se
sintieron discriminados. ¿Por qué se sintieron de ese modo? (o ¿por qué creen que
nunca se han sentido discriminados?, en caso de que su respuesta sea negativa).
¿qué sucedió en esa situación particular? ¿qué emociones y/o sentimientos tuvieron?
¿por qué?

3) Pedir a los estudiantes que identifiquen distintos tipos de discriminación (por


ejemplo, por género, por edad, por nivel socioeconómico, etc.). Elaborar un listado
lo más exhaustivo posible.

4) Poner ejemplos de situaciones cotidianas en las que se evidencia cada uno de los
tipos de discriminación antes mencionados.

5) Leer el siguiente aviso de periódico. Discutir si el aviso presenta elementos que


pueden ser considerados discriminación. ¿Por qué? Hacer luego una búsqueda en
periódicos para identificar avisos que presenten una perspectiva discriminadora y
presentarlos en clase.

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Se necesita señorita para telefonista

Joven, no mayor de 25 años, excelente presencia,


1.65 o más, buenos modales, con deseos de
superación y capacidad para trabajar bajo presión.

Presentarse mañana Lunes entre 9.00 y 12.00 en Roca


Martínez 1006, 5to piso, oficina 502, San Roque

6) Leer: http://www.discriminacion.org/discriminacion/bylling.htm . Analizar el


problema del acoso y la discriminación en las escuelas. ¿Por qué es una
problemática social particular y distinta de otros tipos de discriminación? Discutir la
relevancia de esta problemática en las escuelas peruanas.

7) Preguntas para debatir en grupo: ¿por qué discriminamos? ¿Cuáles son las raíces
sociales e históricas de este tipo de comportamiento? ¿Qué función cumple la
discriminación, para que se haya mantenido como comportamiento intergrupal
durante miles de años? ¿Constituye la discriminación un desafío para la
construcción de una democracia moderna? ¿Qué retos plantea el comportamiento
discriminador para la construcción de una sociedad mas justa, abierta e inclusiva?

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Tema: Obediencia debida
Objetivos:

• Identificar las características psicológicas del proceso de obediencia

• Analizar críticamente el concepto de obediencia debida

• Analizar críticamente el papel de la libertad personal y autonomía en la toma de


decisiones

Desarrollo de la actividad:

1) Leer el artículo siguiente: (tomado


de:http://www.cepvi.com/articulos/obediencia.htm )

El experimento de Milgram
¿Podría una persona normal llegar a torturar o asesinar a alguien sólo por obedecer órdenes o
tendríamos que llegar a la conclusión de que se trata de un perturbado? Cuando un psicólogo
llamado Milgram trató de responder a esta pregunta, él mismo quedó sorprendido ante los
resultados.
Cuando, a finales de los años sesenta, Adolf Eichmann fue juzgado por los crímenes contra la
humanidad cometidos durante el régimen nazi, el mundo entero se preguntó cómo era posible que
alguien llegara a cometer semejantes atrocidades a millones de personas inocentes. Muchos
pensaron que Eichmann tenía que ser un loco o un sádico y que no era posible que fuese como el
resto de las personas normales que caminan junto a nosotros cada día por las calles, se sientan en
la mesa de al lado en nuestro restaurante o viven en el piso de arriba en nuestro mismo edificio.
Sin embargo, nada hacía pensar que Eichmann fuese distinto a los demás. Parecía ser un hombre
completamente normal e incluso aburrido. Un padre de familia que había vivido una vida corriente y
que afirmaba no tener nada en contra de los judíos. Cada vez que le preguntaban por el motivo de
su comportamiento, él respondía con la misma frase: “cumplía órdenes”.
A raíz de esto, un psicólogo social norteamericano llamado Stanley Milgram empezó a hacerse
preguntas acerca de la obediencia a la autoridad y a plantearse si cualquiera de nosotros seríamos
capaces de llegar a la tortura y el asesinato sólo por cumplir órdenes. Él pensaba que la respuesta
a esta pregunta sería un rotundo no, sobre todo en un país como Estados Unidos, donde se da
gran importancia a la individualidad, la autonomía y la independencia de las personas, y más aún
en el caso de que las órdenes implicaran hacer daño a alguien.
Para comprobarlo diseñó un experimento que se llevó a cabo en un laboratorio de la universidad
de Yale. Los resultados fueron tan sorprendentes que dejaron boquiabierta no sólo a la comunidad
científica, sino también al público en general, que llegó a tener conocimiento de dicho experimento
debido a la gran atención que le prestaron los medios de comunicación, llegando a convertirse en
el experimento más famoso dentro del campo de la psicología social.
El experimento
A través de anuncios en un periódico de New Haven, Connecticut, Milgram seleccionó a un
grupo de hombres de todo tipo de entre 25 y 50 años de edad a quienes pagaron cuatro dólares y
una dieta por desplazamiento por participar en un estudio sobre “la memoria y el aprendizaje”.
Estas personas no sabían que en realidad iban a participar en una investigación sobre la
obediencia, pues dicho conocimiento habría influido en los resultados del experimento, impidiendo
la obtención de datos fiables.

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Cuando el participante (o sujeto experimental) llega al impresionante laboratorio de Yale, se
encuentra con un experimentador (un hombre con una bata blanca) y un compañero que, como él,
iba a participar en la investigación. Mientras que el compañero parece estar un poco nervioso, el
experimentador se muestra en todo momento seguro de sí mismo y les explica a ambos que el
objetivo del experimento es comprender mejor la relación que existe entre el castigo y el
aprendizaje. Les dice que es muy poca la investigación que se ha realizado hasta el momento y
que no se sabe cuánto castigo es necesaria para un mejor aprendizaje.
Uno de los dos participantes sería elegido al azar para hacer de maestro y al otro le
correspondería el papel de alumno. La tarea del maestro consistía en leer pares de palabras al
alumno y luego éste debería ser capaz de recordar la segunda palabra del par después de que el
maestro le dijese la primera. Si fallaba, el maestro tendría que darle una descarga eléctrica como
una forma de reforzar el aprendizaje.
Ambos introducen la mano en una caja y sacan un papel doblado que determinará sus roles en
el experimento. En el de nuestro sujeto experimental está escrita la palabra maestro. Los tres
hombres se dirigen a una sala adyacente donde hay una aparato muy similar a una silla eléctrica.
El alumno se sienta en ella y el experimentador lo ata con correas diciendo que es “para impedir un
movimiento excesivo”. Luego le coloca un electrodo en el brazo utilizando una crema “para evitar
que se produzcan quemaduras o ampollas”. Afirma que las descargas pueden ser extremadamente
dolorosas pero que no causarán ningún daño permanente. Antes de comenzar, les aplica a ambos
una descarga de 45 voltios para “probar el equipo”, lo cual permite al maestro comprobar la
medianamente desagradable sensación a la que sería sometido el alumno durante la primera fase
del experimento. En la máquina hay 30 llaves marcadas con etiquetas que indican el nivel de
descarga, comenzando con 15 voltios, etiquetado como descarga leve, y aumentando de 15 en 15
hasta llegar a 450 voltios, cuya etiqueta decía “peligro: descarga severa”. Cada vez que el alumno
falle, el maestro tendrá que aplicarle una descarga que comenzará en el nivel más bajo e irá
aumentando progresivamente en cada nueva serie de preguntas.
El experimentador y el maestro vuelven a la habitación de al lado y el experimento comienza. El
maestro lee las palabras a través de un micrófono y puede escuchar las respuestas del alumno.
Los errores iniciales son castigados con descargas leves, pero conforme el nivel de descarga
aumenta, el maestro empieza a escuchar sus quejas, concretamente a los 75 voltios. En este
momento el maestro empieza a ponerse nervioso pero cada vez que duda, el experimentador le
empuja a continuar. A los 120 voltios el alumno grita diciendo que las descargas son dolorosas. A
los 135 aúlla de dolor. A los 150 anuncia que se niega a continuar. A los 180 grita diciendo que no
puede soportarlo. A los 270 su grito es de agonía, y a partir de los 300 voltios está con estertores y
ya no responde a las preguntas.
El maestro, así como el resto de personas que hacen de maestros durante el experimento, se va
sintiendo cada vez más ansioso. Muchos sonríen nerviosamente, se retuercen las manos,
tartamudean, se clavan las uñas en la carne, piden que se les permita abandonar e incluso algunos
se ofrecen para ocupar el lugar de alumno. Pero cada vez que el maestro intenta detenerse, el
experimentador le dice impasible: “Por favor, continúe”. Si sigue dudando utiliza la siguiente frase:
“El experimento requiere que continúe”. Después: “Es absolutamente esencial que continúe” y por
último: “No tiene elección. Debe continuar”. Si después de esta frase se siguen negando, el
experimento se suspende.
Los resultados
Los datos obtenidos en el experimento superaron todas las expectativas. Si bien las encuestas
hechas a estudiantes, adultos de clase media y psiquiatras, habían predicho un promedio de
descarga máxima de 130 voltios y una obediencia del 0%, lo cierto es que el 62’5 % de los sujetos
obedeció, llegando hasta los 450 voltios, incluso aunque después de los 300 el alumno no diese ya
señales de vida.
Por supuesto, aquí es necesario añadir que el alumno era en realidad un cómplice del
experimentador que no recibió descarga alguna. Lo que nuestro ingenuo participante escuchaba
era una grabación con gemidos y gritos de dolor que era la misma para todo el grupo experimental.
Tampoco se asignaba el papel de maestro o alumno al azar, ya que en ambas hojas estaba escrita

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la palabra maestro. Sin embargo, estas personas no supieron nada del engaño hasta el final de
experimento. Para ellos, los angustiosos gritos de dolor eran reales y aún así la mayoría de ellos
continuó hasta el final.
Lógicamente, lo primero que se preguntaron los atónitos investigadores fue cómo era posible
que se hubiesen obtenido estos resultados. ¿Eran acaso todos ellos unos sádicos sin corazón? Su
propia conducta demuestra que esto no era así, pues todos se mostraban preocupados y cada vez
más ansiosos ante el cariz que estaba tomando la situación, y al enterarse de que en realidad no
habían hecho daño a nadie suspiraban aliviados. Cuando el experimento terminaba muchos se
limpiaban el sudor de la frente, movían la cabeza de un lado a otro como lamentando lo ocurrido o
encendían rápidamente un cigarro. Tampoco puede argumentarse que no fuesen del todo
conscientes del dolor de las otras personas, pues cuando al finalizar el experimento les
preguntaron cómo de dolorosa pensaban que había sido la experiencia para el alumno, la
respuesta media fue de 13’42 en una escala que va de 1 (no era dolorosa en absoluto) a 14
(extremadamente dolorosa).
Variaciones.
Durante más de dos décadas, hasta principios de los ochenta, tanto Milgram como otros
investigadores realizaron diversos experimentos en varios países, introduciendo variaciones en
algunos de ellos para tratar de dilucidar cuáles son los factores que determinan una mayor o menor
obediencia. En uno de ellos se vio que cuanto más alejado estaba el alumno del maestro mayor
era el índice de obediencia. Cuando los participantes no escuchaban la voz del alumno, sino que
solamente podían escuchar sus golpes en la pared a los 300 voltios, la obediencia fue del 65 %.
Cuando el alumno se hallaba en la misma habitación que el sujeto, quien podía verlo y oírlo, la
obediencia fue del 40 %. Y cuando el maestro (adecuadamente “protegido”) tenía que apretar la
mano del alumno contra una placa para que recibiera la descarga, el 30 % llegó al nivel máximo de
descarga. En todos los casos son niveles altos, sobre todo teniendo en cuenta que la predicción
había sido una obediencia nula y que se trataba de torturar a otra persona.
Cuando el participante recibe apoyo de un compañero que se niega a que el experimento
continúe, la obediencia decae al 10%, mientras que si ese compañero apoya al experimentador, la
obediencia asciende más que nunca: el 93% de los sujetos llega hasta los 450 voltios.
Muchos participantes llegaron incluso a obedecer a una autoridad “inmoral” en una investigación
en la que la víctima no daba su acuerdo a no ser que el experimentador prometiera poner fin al
estudio si se lo pedía. Cuando el experimentador rompía su promesa y seguía instando al
participante a que obedeciera, el índice de obediencia fue del 40 %.
En cambio, cuando el experimentador abandona la sala y deja a cargo a una persona que el
maestro considera su igual, la obediencia desciende al 20 %, y es nula cuando dos
experimentadores dan órdenes opuestas.
Los niveles de obediencia siguen siendo los mismo aunque sea otro experimentador el que
recibe las descargas, y al comparar los niveles de obediencia entre hombres y mujeres no se han
encontrado diferencias entre sexos.
En otro experimento, Milgram trasladó el laboratorio a un lugar menos prestigioso e
impresionante que la universidad de Yale: unas oficinas en un edificio de una ciudad cercana. En
este caso la obediencia disminuyó, pero aún así casi la mitad de los maestros siguieron las
órdenes.
Se ha conseguido incluso que algunas personas obedezcan a un investigador que les dice que
metan la mano en un recipiente lleno de “ácido”, que arrojen “ácido” a otra persona o que toquen
una serpiente “venenosa”.
La explicación.
Según Milgram, lo que sucedió fue que los sujetos entraron en lo que él llamó “estado de
agente”, caracterizado por el hecho de que el individuo se ve a sí mismo como un agente ejecutivo
de una autoridad que considera legítima. Aunque la mayoría de las personas se consideran
autónomas, independientes e iniciadoras de sus actos en muchas situaciones, cuando entran en

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una estructura jerárquica pueden dejar de verse de ese modo y descargar la responsabilidad de
sus actos en la persona que tiene el rango superior o el poder. Recordemos que los individuos del
experimento accedían voluntariamente a realizarlo, aunque en ningún momento les dijeron que
estarían en una situación en la que tendrían que obedecer órdenes. Tampoco era necesario. La
estructura social del experimento activaba con fuerza una norma social que todos hemos
aprendido desde niños: “Debes obedecer a una autoridad legítima”, entre ellos los representantes
de instituciones universitarias y científicas (o los profesores en los colegios), policías, bomberos,
oficiales de mayor rango en el ejército, etc. Cuando el sujeto entra libremente en una organización
social jerárquica, acepta, en mayor o menor medida, que su pensamiento y sus actos sean
regulados por la ideología de su institución.
Para obedecer, por tanto, la autoridad debe ser considerada legítima. En los experimentos de
Milgram la figura de autoridad se reconocía fácilmente, como sucede en muchas situaciones de la
vida real: científicos y médicos llevan batas blancas, los policías y los bomberos llevan uniformes,
etc. Todos estos símbolos son capaces de activar la norma de obediencia a la autoridad.
Por este motivo, Eichmann repetía continuamente que sólo obedecía órdenes. Se consideraba
parte del aparato técnico no pensante, sin tener en cuenta la posibilidad de que podría o debería
controlar su propia conducta y ser responsable de ella. Por otra parte, cuando los individuos creen
que ellos, y no la autoridad, son los únicos responsables de sus actos, la obediencia cede.
Sin embargo, no todo el mundo responde de la misma forma ante la autoridad. Algunos piensan
que todos los ciudadanos deben obediencia ciega a una autoridad legítima. Según estas personas,
los subordinados no son responsables de su propia conducta cuando obedecen órdenes. Otros, en
cambio, creen que las personas siempre son responsables de sus actos y al encontrarse ante una
autoridad que les da órdenes que van contra sus propios valores, se resisten a obedecer.
Pero estos no son los únicos factores que intervienen en la explicación de los hechos. Cada vez
que el maestro protestaba, el experimentador centraba su atención en la norma de la obediencia:
“el experimento exige que continúe”, “no tiene elección”, y su calma ante el sufrimiento del alumno
y ante las dudas del maestro, parecían indicarle a este último que, en esa situación, la conducta
apropiada era obedecer por el bien del experimento, por fines superiores como la ciencia y el
conocimiento.
Aún así, otra norma social que también habían aprendido estas personas desde su infancia les
recordaba que no se debe hacer daño a los demás y que debemos prestarles nuestra ayuda
cuando la necesiten. Este dilema les producía una gran ansiedad porque sabían que no estaban
haciendo nada para aliviar el sufrimiento de esas personas. Milgram había logrado resaltar la
norma de la obediencia y la situación incitaba a los maestros a prestar menos atención a la norma
de ayuda a los demás (o responsabilidad social). Pero, ¿qué pasa cuando acentuamos la norma
de la responsabilidad social? Como hemos visto, cuanto más próxima está la víctima al individuo,
como cuando tenían que sujetar su mano sobre la placa, menor es la obediencia. Del mismo modo
que la persona que espía por el ojo de una cerradura se llena de vergüenza al ser descubierta, el
individuo que mira a los ojos de su víctima mientras le aplica la descarga, se ve reflejado en ella;
las consecuencias de sus actos son demasiado evidentes, el nexo entre acción y consecuencia es
palpable y los ojos de su víctima son el espejo en el que se refleja su propio rostro y lo hace más
consciente de sí mismo y, por tanto, de sus actos, lo que lleva a un aumento de su sensación de
responsabilidad ante ellos. Esto hace que la norma de responsabilidad social tenga más poder que
la de la obediencia.
Por este motivo, es mucho más fácil firmar un papel decretando la muerte de una persona, tirar
una bomba desde un avión o apretar un botón que lance un misil en dirección a un país vecino,
que torturar o matar a alguien directamente. Según cuentan algunos testigos, el mismo Eichmann
se vino abajo cuando se vio forzado a recorrer los campos de concentración en los que había
ordenado encerrar a tanta gente. Probablemente, una persona que se considerase plenamente
responsable de sus actos se habría preocupado por saber, al menos, cuál sería el verdadero
destino de esas personas y qué era lo que realmente estaba haciendo con ellas.

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Paso a paso hasta la tortura.
Los participantes comenzaron aplicando descargas leves de 15 voltios, que no suponían más
que una simple molestia. Después, un poco más, aumentando gradualmente la intensidad de la
descarga. Esta secuencia también contribuía a que los sujetos se viesen inmersos en la trampa de
la obediencia. Además, llegaron engañados, sin que jamás se les hubiese pasado por la cabeza
que acabarían haciendo tanto daño a alguien. Tampoco imaginaban que el alumno cometería tal
número de errores al hacer algo tan sencillo (esto también estaba amañado de antemano), ni que
las descargas llegarían a ser tan fuertes. Por otro lado, los participantes habían accedido a
participar voluntariamente y, por tanto, habían reconocido al experimentador como autoridad
legítima, y el hecho de haber obedecido durante las primeras fases podía estar empujándolos a
continuar haciéndolo.
Culpar a la víctima.
Otro mecanismo psicológico que interviene (y probablemente el más preocupante) consiste en
llegar a pensar que la víctima se merece realmente lo que le está sucediendo. Muchos de los
individuos que llegaron a los 450 voltios, una vez terminado el experimento criticaban a los
alumnos diciendo que eran tan estúpidos que les estaba bien empleado. Al pensar que la víctima
se lo merece, estas personas se sienten mejor, pudiendo reducir la ansiedad ocasionada por el
conflicto entre sus deseos de no hacer daño a nadie y su obediencia. Por otro lado, la tendencia a
culpar a la víctima aparece en numerosos contextos sociales como un forma de protegerse y que
está basada en la creencia en un mundo justo, donde cada cual recibe lo que merece, sea bueno o
malo. De esta forma, pueden pensar que a ellos, que son buenas personas, no les pasará nada
realmente malo. Si, por el contrario, el mundo que nos rodea es considerado un lugar injusto, a
cualquier persona puede sucederle algo terrible, haga lo que haga, con escasas probabilidades de
controlarlo. De ahí que haya tanta gente que, erróneamente, quiere creer en ese hipotético mundo
donde cada cual obtiene siempre lo que merece. Y si resulta que nosotros, que somos personas
buenas y decentes viviendo en un mundo justo, le hemos dado una descarga de 450 voltios a una
persona, fue probablemente porque se lo merecía. Una vez que el maestro, mediante este
mecanismo psicológico defensivo, ha llegado a infravalorar al alumno, éste ha pasado de ser una
víctima inocente a convertirse en alguien que merece el maltrato.
Si volvemos de nuevo al régimen nazi, nos encontramos con una estructura marcadamente
jerárquica donde predomina la norma de la obediencia por encima de todas, eliminando la
responsabilidad del sujeto en sus propios actos. Los uniformes que todos vestían y que lograban
que todos parecieran iguales contribuía a que no se viesen como individuos autónomos e
independientes, disminuyendo así la percepción de sí mismos; aspectos necesarios, como hemos
visto, para que una persona se considere responsable de sus actos. El malestar psicológico que
podría aparecer al principio y su tendencia a reducirlo, el castigo a la desobediencia (junto con la
exaltación de la obediencia y la fidelidad al régimen) y el racismo que se respiraba en Alemania ya
antes de la llegada de los nazis al poder, logró que un gran número de personas inocentes fueran
consideradas como seres cada vez más despreciables y merecedores de tantas atrocidades.
Del mismo modo, los experimentos de Milgram pueden ayudarnos a entender la masacre de My
Lai, ordenada por mandos norteamericanos durante la guerra del Vietnam, o las torturas y
desapariciones durante la dictadura chilena. E incluso una excesiva obediencia a la autoridad
podría llevar a errores médicos, debido a que los enfermeros pueden hacer algo que saben que
perjudicará a un paciente simplemente porque el médico se lo ha ordenado. Algo semejante puede
suceder también en un avión. En ambas situaciones es muy difícil, tanto para el enfermero como
para el miembro de la tripulación, convencer a su superior de que está en un error, y la persona
que sustenta la autoridad no suele permitir que sus órdenes sean cuestionadas. Según una
revisión de los datos realizada en Estados Unidos, un 25 % de los accidentes de avión pueden
deberse a una obediencia excesiva.
Pero la obediencia ciega no nos lleva sólo a aumentar la probabilidad de cometer atrocidades o
poner en peligro nuestras vidas, como bien pudo demostrar la American Psychological Association
en una exposición sobre la investigación en psicología. En la parte de la exposición dedicada a
Milgram, se realizó una “demostración” del poder de la obediencia. El aparato en el que el

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experimentador sentaba a sus cómplices se encontraba situado al final de un largo pasillo cuyo
suelo constaba de baldosas blancas y negras alternantes. Grandes letreros advertían a los
visitantes: “Por favor, caminen sobre las baldosas negras EXCLUSIVAMENTE”, sin darles ningún
tipo de explicación hasta que llegaban al final del pasillo. El 90 % de los visitantes obedeció y
recorrió todo el pasillo caminado sólo sobre las baldosas negras.

2) Discutir en grupo lo leído. Explorar el tema de la obediencia a la autoridad a la luz


de las ideas que presenta la lectura.

3) Pedir a los estudiantes que lean la siguiente página web (Alexandra Delani: Hannah
Arendt: Como enfrentar la banalidad del mal)
http://www.difusioncultural.uam.mx/revista/junio2000/arendt.html

4) Debatir en grupo: ¿De que manera pueden relacionarse las ideas y conceptos en
ambas lecturas?

5) Como afirma Arendt, “el mundo parece vivir bajo la cruel repetición de ciertos
hechos”. Discutir en grupo acerca del resurgimiento del caudillismo en América
Latina, el retorno crónico de las guerras (Europa, Medio oriente, guerrillas
latinoamericanas) .

6) Debatir: ¿cómo puede definirse la responsabilidad individual de quienes


participaron –y participan- en magnicidios de grandes características?

7) Pedir a los estudiantes hacer una investigación acerca del concepto de obediencia
debida y su transformación en los sistemas judiciales. Analizar el concepto de
obediencia debida en el juicio de Nuremberg. Revisar la ley de Obediencia debida
en Argentina, y el proceso de su derogación. ¿Con que argumentos se declaró
inconstitucional dicha ley?

8) A veces, existe una asociación entre la obediencia a la regla, por un lado, y la


ausencia de juicio por el otro. Cuando las reglas y las indicaciones se perciben como
sagradas e inmutables, aparece una lógica que corta cualquier posibilidad de
ejercicio de la facultad de pensar, y como consecuencia, de la facultad de juzgar.
¿Es razonable esperar que las personas que reciben órdenes, o que están en los
eslabones más bajos de la cadena de autoridad, hagan uso de su razón y su juicio
crítico cuando reciben instrucciones de sus superiores, a los que supuestamente
deben obedecer? Discutir el concepto de juicio crítico y el de autonomía y
pensamiento autónomo, y su relación con el desarrollo humano y social.

Actividades adicionales:

Pida a los estudiantes que enumere los problemas éticos del experimento de Milgram
______________________

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Tema: Mecanismos psicológicos de desconexión moral

Objetivos:

• Identificar el concepto de desconexión moral propuesto por Albert Bandura

• Reconocer los mecanismos de desconexión que propone Bandura

• Hacer un análisis de diferentes situaciones sociales reconociendo en ellas el rol que


juegan los mecanismos de desconexión moral

Desarrollo de la actividad:

Albert Bandura, un reconocido psicólogo norteamericano que ha trabajado durante mucho


tiempo los mecanismos cognitivos (de pensamiento) que utilizamos las personas cuando
cometemos transgresiones a la ética) propone 4 tipos generales de mecanismos que sirven a
la gente para justificar cognitivamente el por qué ha cometido actos inmorales. Estos tipos
de mecanismos tienen que ver con:

a. La reconstrucción de la conducta en sí misma, de manera tal que ésta no se


percibe como inmoral
b. La agencia en la operación o acto, de modo que el perpetrador puede
minimizar su rol en la comisión del daño
c. Las consecuencias que se derivan de las acciones
d. Cómo se considera a las víctimas del maltrato, mediante devaluarlas como
seres humanos o culparlas por lo que se les hace.

1) Revise la lectura de Bandura que presentamos, e identifique a cuál de estos 4 grupos


pertenece cada uno de los mecanismos que se proponen. Pida a los estudiantes que
identifiquen ejemplos cotidianos de cada mecanismo.

MECANISMOS DE DESCONEXIÓN MORAL

Mechanisms of Moral Disengagement. Tomado de Bandura, A. (1999). Moral


disengagement in the perpetration of inhumanities. Personality and social psychology
review, 3 (3), 193-209.

Los estándares morales no funcionan como reguladores internos fijos de la conducta. Hay
muchas maniobras psicológicas por las cuales las auto-sanciones morales pueden
desconectarse de la conducta inhumana. La figura 1 muestra los puntos en el proceso de
control moral en los que la auto-censura moral puede quedar desconectada de la conducta
reprensible. La desconexión puede ocurrir a través de redefinir conductas dañinas como
honorables a través de la justificación moral, la comparación social ventajosa (o paliativa)
y el lenguaje eufemístico. Puede enfocarse en la agencia y el actor, de modo que los
perpetradores logran minimizar su role en la producción de daño mediante la difusión o el

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desplazamiento de la responsabilidad. Puede involucrar, también minimizar o tergiversar, el
daño que sigue de las acciones perjudiciales, y la desconexión puede incluir también el
deshumanizar o culpar a las víctimas del maltrato.

Figura 1: Mecanismos a través de los cuales las auto-sanciones se activan


selectivamente y se desconectan del comportamiento perjudicial en el proceso de
autorregulación.

Justificación moral Minimizar, ignorar o Deshumanización


Comparación paliativa malinterpretar las Atribución de
Etiquetaje eufemístico consecuencias culpabilidad

Conducta reprensible Efectos perjudiciales Víctima

Desplazamiento de la responsabilidad
Difusión de la responsabilidad

EJEMPLOS DE MECANISMOS DE DESCONEXIÓN MORAL:

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Mecanismo Nivel en el que opera Ejemplo
Justificación moral En la reconstrucción de la “Matemos a los bárbaros en nombre
conducta. La conducta se de Dios” (en las cruzadas)
hace personal y socialmente “Dios nos ordena defender a los
aceptable mediante débiles. Por eso está justificado
presentarla como sirviendo matar a los médicos que hacen
a propósitos sociales abortos, porque ellos han asesinado a
loables. un débil”.
Etiquetaje Eufemístico En la reconstrucción de la “Mi hijo no es corrupto, solo cometió
conducta. Las conductas un error”
pueden tener diferente Los civiles asesinados en la guerra,
apariencia según cómo se se convierten en “daño colateral”
les nombre.
Comparación paliativa En la reconstrucción de la “Lo de Toledo no es corrupción.
o ventajosa conducta. Cada Corrupción es la de Fujimori”
comportamiento se ve de “La violencia está justificada porque
una u otra manera según incluso las democracias se formaron
con qué se le compare. con violencia”
Desplazamiento de la Oscureciendo o “Yo seguía órdenes, no eran mis
responsabilidad minimizando la agencia de ideas” (Criminales de guerra nazis)
la persona en el daño que
causa.
Difusión de la Oscureciendo o “No es culpa de nadie. Todos
responsabilidad minimizando la agencia de participamos”
la persona en el daño que
causa. Se difumina la
responsabilidad por división
del trabajo o por conducta
colectiva.
Minimización o mal A través de la ignorancia o “No pasa nada si tiro esta basurita a
interpretación de las la minimización de los la calle, es una cosa chiquita”
consecuencias. efectos del comportamiento.

Deshumanización A través de la percepción “No hemos matado personas, sino


que construimos de las gusanos comunistas”
victimas.
“Los indios son seres sin mente ni
corazón, no piensan ni sienten como
nosotros”
Atribución de A través de la percepción “Esta bien que les de sida a los
culpabilidad que construimos de las homosexuales porque son todos unos
victimas. Se les considera promiscuos”
culpables de los daños que
reciben. “Ella se lo buscó, por vestirse tan
provocativamente”

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2) Pida a los estudiantes que hagan la siguiente lectura:

Ni locos ni psicópatas: los terroristas son gente corriente adoctrinada,


que cree luchar por un ideal.

Federico Javaloy. Catedrático de Psicología Social de la Universidad de


Barcelona. En:
http://www.vivirmejoronline.com.ar/modules.php?name=News&file=article&sid
=49

Luego de leer, revise nuevamente los mecanismos de desconexión moral propuestos por
Albert Bandura y discuta la función que podrían estar cumpliendo en la formación de la
ideología terrorista.

Actividades Complementarias:

1. Utilice la lectura El Factor Dios de José Saramago, para hacer un análisis de los
mecanismos de desconexión moral que podrían estar funcionando en la justificación
religiosa del terrorismo.
2. Utilice la lectura El verdugo frente a su espejo de Benedict Carey, para hacer un
análisis de los mecanismos de desconexión moral que entran en funcionamiento en
la justificación de la pena de muerte.
3. Pensando en el contexto político nacional, identifique alguno de los mecanismos de
desconexión moral propuestos por Bandura en el discurso de nuestros
representantes políticos. Puede revisar entrevistas en el periódico, o declaraciones
hechas por ellos en la radio o la televisión.
4. Revise alguna experiencia de su vida cotidiana que para usted se encuentre
vinculada a la ética. ¿Se encuentra a sí mismo usando alguno de los mecanismos
propuestos por Bandura, para justificar su comportamiento? ¿Cuáles y por qué?

LECTURAS ASOCIADAS AL TEMA:

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Ni locos ni psicópatas : los terroristas son gente corriente
adoctrinada, que cree luchar por un ideal.

Federico Javaloy. Catedrático de Psicología Social de la Universidad de Barcelona

http://www.vivirmejoronline.com.ar/modules.php?name=News&file=article&sid=49

Ironías de la vida, las bombas de Londres me sorprendieron en el momento en que


estaba a punto de iniciarse la sesión de un simposio sobre Terrorismo y violencia, en el
marco del Congreso Europeo de Psicología.

Una de las conclusiones de los cuatro ponentes, en nuestra aproximación al fenómeno


terrorista, consistió en resaltar que los yihadistas no son personas que sufren trastornos
de personalidad, sino que se trata de gente normal y corriente que ha vivido una
situación de intenso adoctrinamiento ideológico.

Es cierto que, con sus atentados, los islamistas cometen auténticas locuras, pero las
personas que hacen locuras no están necesariamente locas ya que, como ha señalado el
psicólogo Philip Zimbardo, puede ser que se trate de "unas buenas personas en una
mala situación".

Esta conclusión resulta contradictoria con muchas opiniones que se han vertido estos días
en los medios de comunicación, que coinciden en llamar "locos" a los terroristas, locos
que diseñan planes improvisados que no tienen ningún sentido y realizan acciones
absurdas y completamente inútiles en relación con el objetivo que se proponen.

Pero las cosas no son tan claras, ni mucho menos, y tenemos dos buenas razones a favor
de la normalidad psicológica de los terroristas: una proviene de la investigación y los
datos empíricos que tenemos sobre los activistas detenidos, y la segunda deriva del
análisis de su forma de actuar. Los primeros estudios sobre organizaciones terroristas
estuvieron notablemente marcados por la tendencia a patologizar a los activistas
presentándoles como personalidades trastornadas. Estudios posteriores, más rigurosos y
más liberados de prejuicios, como un excelente trabajo de revisión e investigación
realizado por la socióloga Donatella della Porta, han concluido que ninguna afirmación
sobre la existencia de rasgos patológicos típicos de los terroristas ha recibido apoyo en la
investigación empírica y que las organizaciones terroristas deben ser estudiadas ante
todo como grupos ideológicos que, si desarrollan actividades criminales, no es
porque sus miembros estén mentalmente desequilibrados o sedientos de sangre,
sino debido a la identificación con una ideología que se lo exige.

Sin duda, los activistas de Al Qaeda no actúan alocadamente. Por ejemplo, su campaña
en contra de los países que apoyaron a EEUU en la invasión de Irak se ha plasmado en
atentados meticulosamente preparados y utilizando al máximo las nuevas tecnologías,

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como internet y la telefonía móvil vía satélite. Cada golpe se plantea, como ha notado
Manuel Castells, en forma de "acción ejemplar", ya que pretende servir de escarmiento al
país castigado y de demostración de poder a los musulmanes del mundo.

Los terroristas tratan sobre todo de despertar a las masas musulmanes, de sembrar la
inquietud que precede a los levantamientos sociales. Y la forma bien calculada en que lo
hacen no es precisamente cosa de locos.

No debemos eludir que la idea de que los terroristas son gente corriente puede
resultar incómoda e incluso inquietante para muchos de nosotros, porque tal vez
arroja una sombra de duda sobre nosotros mismos y sobre la confianza que
tenemos en la gente. Es fácil que se nos escapen pensamientos tales como: ¿sería yo
capaz de hacer una cosa así? ¿Y la gente normal que me rodea? La realidad es que tal
posibilidad existe, aunque sea muy remota, pero nadie puede volverse terrorista de la
noche a la mañana sin una relación, más o menos prolongada, con un grupo en el que es
adoctrinado y del que recibe un entrenamiento específico.

Un primer efecto psicológico del adoctrinamiento ideológico es el proceso de


despersonalización que sufre el activista. La importancia que se da en el grupo a la causa
por la que se lucha cambia la mirada del activista : los que no comulgan con la propia
ideología dejan de ser vistos como individuos y sólo son considerados como miembros del
grupo a que pertenecen. Desde esta óptica, los londinenses no son vistos por los
yihadistas como personas individuales con diferentes características de edad, sexo,
etcétera, sino simplemente como infieles, como miembros de un país cuyo Gobierno hace
la guerra en Irak.

Mediante el adoctrinamiento en una ideología radical el individuo puede ser fanatizado y


aprender un nuevo sentido del bien y del mal : ni los derechos humanos son algo
necesariamente bueno ni tiene por qué ser malo asesinar en ciertas circunstancias. Para
el fanático, el único criterio válido de moralidad es que la acción realizada
contribuya a la realización de su propio ideal. Es legítimo e incluso deseable matar y
morir si la acción al servicio del propio ideal así lo exige. Y todo ello sin que medie ningún
escrúpulo moral, ya que se hace por un buen fin.Ya lo dijo con acierto Pascal: "Nunca se
hace el mal tan bien como cuando se hace con buena conciencia".

El extraño mecanismo psicológico a que nos estamos refiriendo fue denominado por el
prestigioso psicólogo, Albert Bandura, inhibición o "desconexión moral".

Este mecanismo, sin duda ajeno al psicópata, se basa en que igual que el hombre puede
maltratar o incluso matar a un animal sin experimentar ningún remordimiento, puede
también, apoyándose en justificaciones ideológicas, amortiguar el sentimiento de culpa en
los malos tratos a personas, despojándolas de sus cualidades humanas, lo cual aleja de
él toda simpatía o sentimiento de compasión hacia las víctimas.

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Después del 7-J existe un serio peligro de aumento del racismo, como ya sucedió
después del 11-S y del 11-M. La islamofobia resulta ahora altamente preocupante,
especialmente porque, como ha notado el islamólogo Gilles Kepel, son los inmigrados
musulmanes en Europa que se sienten rechazados por la población autóctona
quienes más corren el riesgo de refugiarse en el islamismo radical.

Es responsabilidad de todos prevenir que esto ocurra y tener en cuenta que la inmensa
mayoría de musulmanes que conviven a nuestro lado rechazan el fanatismo terrorista
tanto o más que nosotros.

ELPAIS
Martes, 18 de septiembre de 2001
EL 'FACTOR DIOS'
JOSÉ SARAMAGO

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en


posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En
primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la
espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del
efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las
imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo
de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los
hombres eran rebeldes. En algún lugar de Angola. Dos soldados
portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté
muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la
cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda,
esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada,
está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un
guerrillero. En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados
israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a
martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado
piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York.
Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por
terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan
contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el
mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el
edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los
muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas,
volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror
a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la
tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva
York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin
novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente

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arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de
efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre,
de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror,
escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la
estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por
primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al
vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora,
el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo
de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza
irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax
aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto
modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella
Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm,
de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos
linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes
sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas
atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de
aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones
para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre
tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los
seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido
capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda,
la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el
principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en
nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin
excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los
hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de
sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias
físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos
capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de
respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas
las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la
mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen
ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra
aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un
nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que
vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio
nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los
unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un
sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche
que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que
precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha
permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente
lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue,
también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada
a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el
respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio

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pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de
conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a
decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa,
que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que
no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un
universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los
mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son
celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se
van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos
los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la
voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en
cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses,
pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se
deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el
`factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente
fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el
que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles
que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la
bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó
el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center
los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza
contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar
vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible,
y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa,
ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos
los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión
que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las
puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino
aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber
hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido
soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas
palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito.
Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede
ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su
relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han
enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan
enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y
corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá
demostrándose.
© DIARIO EL PAÍS, S.L.

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Jueves, marzo 09, 2006

El verdugo frente a su espejo


Por BENEDICT CAREY
http://macocastillo.blogspot.com/

Burl Cain es un hombre religioso que cree que sólo Dios debe decidir cuándo morirá
alguien. Sin embargo, en su empleo como imbrad y verdugo en jefe en la Penitenciaría
Estatal en Angola, Louisiana, Cain es quien da la orden de iniciar una inyección letal, y él
ha tomado de la mano a los condenados mientras mueren. “Es algo que hacemos
independientemente de que estemos a favor o en contra y tratamos de hacer el proceso lo
más humano posible”, aseveró. El conocimiento popular sostiene que la gente tiene un
estándar de moralidad establecido que nunca flaquea. Sin embargo, nuevos estudios de
personas que realizan cosas desagradables, ya sea por decisión propia o por razones de
deber o necesidad económica, encuentran que los códigos morales de la gente son más
flexibles de lo que se cree. Para amortiguar sus conciencias, la gente suele ajustar sus
juicios morales en un proceso que algunos psicólogos llaman desconexión o
distanciamiento moral.

La desconexión moral “es donde se encuentra toda la acción”, afirmó Albert Bandura,
catedrático de psicología en la Universidad de Stanford y experto en psicología del
comportamiento moral. “Está dentro de nuestras habilidades activar o desactivar
selectivamente nuestros estándares morales y eso ayuda a explicar cómo la gente puede
ser brutalmente cruel en un momento y compasiva al siguiente”.

Ahora los psicólogos de Stanford han demostrado que los miembros del personal de las
cárceles que trabajan en los equipos de ejecución exhiben altos niveles de desconexión
moral —y entre más cerca estén del suceso, mayor es su nivel de desconexión.

A fines de los 90, Michael Osofsky, entonces un estudiante adolescente en Nueva


imbrad, empezó a entrevistar a carceleros en la penitenciaría en Angola. Para cuando
Osofsky se graduó de Stanford en el 2003, había entrevistado a 246 empleados de
penitenciarías, entre ellas la de Angola, en tres estados. Había guardias que administran
las inyecciones letales, consejeros que ofrecen apoyo durante la ejecución, miembros del
equipo que sujeta al preso y guardias no involucrados en este tipo de eventos. La gente
que se encarga del cumplimiento de la pena capital “se reúne, realiza la ejecución y luego
regresa a sus empleos normales” en la cárcel, señaló Osofsky. “Nunca habían hablado
realmente sobre esta parte del trabajo, incluso con sus familias; ni siquiera entre ellos”. En
conjunto con Cain, Bandura y Philip imbrado, otro psicólogo de Stanford, Osofsky aplicó
una escala de desconexión a los miembros del equipo de ejecución y a los guardias que
no estaban en ese equipo.

El cuestionario le pedía a los empleados que clasificaran qué tanto estaban de acuerdo
con 19 enunciados, entre ellos: “la Biblia enseña que los asesinatos deben ser vengados:
una vida por una vida, ojo por ojo”, “en la actualidad, la pena de muerte se lleva a cabo de
formas que minimizan el sufrimiento”, y “debido a la naturaleza de sus crímenes, los
asesinos han perdido el derecho a vivir”. En un análisis de las respuestas publicado a
fines del año pasado en la revista Law and Human Behavior, los psicólogos reportaron
que fue mucho más probable que los miembros del equipo de ejecuciones, a diferencia de

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los guardias que no pertenecían a ese equipo, estuvieran de acuerdo en que los presos
habían perdido importantes cualidades humanas, en que era un peligro que “pudieran
escapar y volver a matar” y en que pensaban en el costo que representa para la sociedad
cuidar a criminales violentos. Los miembros del equipo también mostraban mayores
probabilidades, en comparación con otros guardias, de expresar un apoyo con tintes
religiosos a la oración: ojo por ojo.

“Uno debe santificar los medios letales: ésta es la técnica más poderosa” de desconexión
de un código moral compartido por los seres humanos, mencionó Bandura, quien ha
expresado graves reservas morales sobre la pena capital. Los equipos de ejecución están
organizados de modo que se dividen las tareas horripilantes al realizar lo que los
investigadores llaman una difusión de la responsabilidad. “No hay una sola persona que
pueda decir que es completamente responsable de la muerte”, admitió Osofsky. Los
pelotones de fusilamiento funcionan en base a esta misma idea. Todos los miembros del
pelotón disparan, pero ninguno sabe a ciencia cierta quien hizo el tiro mortal.

El estudio encontró que el nivel de desconexión, medido de acuerdo con la escala, fue
casi tan alto en empleados de la cárcel que participaron en una ejecución como en
quienes habían participado en más de 15. Esto sugiere que, aunque el trabajo puede
volverse más sencillo con el tiempo, “la desconexión moral es algo que permite que
realicen su trabajo, y no sólo el resultado de realizar varias ejecuciones”, concluyeron los
autores.

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