EL ÉXITO Y EL FRACASO COMO FUENTES DE APRENDIZAJE

Resulta tópico, aunque sea cierto, señalar que en las sociedades desarrolladas estamos viviendo una profunda crisis de valores. Crisis que incrementan nuestros deficientes sistemas educativos, y que hunde sus raíces en el relativismo moral imperante y en un equívoco concepto de la libertad que excluye el sentido de responsabilidad hacia los demás. Vivimos en sociedades injustas que se han acostumbrado a disfrutar de la abundancia mientras para gran número de seres humanos la preocupación básica continúa siendo la mera subsistencia. Nos sobran cosas, nos sobran saberes –aunque no sabiduría-, y disponemos de una tal cantidad de información que, al ser difícilmente digerible sin unos adecuados criterios de selección, aumenta las posibilidades de manipulación colectiva hasta extremos impensables en épocas anteriores. Y en este contexto, se juzga a las personas, como tantas veces se ha dicho, por lo que tienen y no por lo que, en su más profunda realidad humana, son. Estamos, por tanto, inmersos en una cultura (1) en la que, consecuentemente, se valora por encima de todo el éxito –particularmente el económico- y se rechaza el fracaso. Cuando éste se produce, la actitud dominante es de rechazo, de negación de sentido y de vergüenza, y ello se amplía a todo lo que la vida conlleva y que no nos gusta, sea la enfermedad, la vejez, la muerte, o cualquier otra circunstancia difícil de vivir. En todo tiempo se han producido estas actitudes, pero nuestra época, con sus excesos hedonistas, las ha generalizado. Actitudes que son doblemente equivocadas porque conducen a admirar indiscriminadamente al triunfador – sean cuales sean los medios utilizados- y a menospreciar injustamente a quién vive una situación de fracaso sin análisis alguno de sus causas, pero, sobre todo, porque nos impiden extraer las esclarecedoras lecciones que ambas
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situaciones vitales nos brindan, puesto que las dos son a la vez potencialmente constructivas y destructivas para el ser humano. Muchos son los problemas que de lo anterior se derivan, pero no voy a incidir en ellos puesto que no son el objeto de estas pequeñas reflexiones. Baste señalar, a título de ejemplo, la actual crisis económica y sus factores desencadenantes como prueba de los negativos efectos que la situación descrita produce en el funcionamiento de nuestras sociedades. Pero, antes de continuar adelante, y en aras de la precisión en el lenguaje, parece útil comenzar por preguntarse qué queremos decir cuando hablamos de éxito o de fracaso. De las diversas acepciones que el Diccionario de la R.A.E. nos aporta para estas dos palabras, yo me he permitido escoger las dos siguientes por considerarlas particularmente esclarecedoras para mi propósito: -Éxito (del latín “exitus”, salida): Resultado feliz de un negocio o actuación. -Fracaso (del italiano “”fraccasare”, romper en pedazos): Malogro, resultado adverso de una empresa o negocio. Resulta de ellas que el primero estaría relacionado con hechos felices -que deberían contribuir a nuestra felicidady el segundo con hechos aciagos que producirían el efecto contrario. Conviene asimismo, con carácter previo, dejar constancia de que, en general, los mejores y los peores momentos de una vida no suelen identificarse con los éxitos y fracasos que en ella se producen. Si dejamos que espontáneamente, sin la presencia de juicios de valor distorsionantes, emerjan de nuestra memoria esos momentos, nos daremos cuenta de que los primeros se presentan cuando entramos en comunión confiada e íntima con la realidad que nos circunda, y los segundos cuando la rechazamos y desconfiamos de ella. Por eso,

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situaciones de dolor pueden ser fuente de paz o de sufrimiento según sean vividas. Sentado lo anterior, una primera constatación salta a la vista: si el éxito y el fracaso son lo que hemos señalado, toda vida humana está constituida por una inevitable sucesión de ambos. Y algunas preguntas se nos plantean de inmediato: Si toda vida humana es una inevitable sucesión de éxitos y fracasos, ¿qué es lo que hace que la suma de todos ellos conduzca en unos casos al éxito vital y en otros al fracaso vital, que es lo único que, en definitiva, debería preocuparnos? ¿Cómo recorren su camino algunos hombres para, a través de sus éxitos y de sus fracasos, arribar al puerto de una vida lograda, o estrellarse contra los arrecifes de una vida frustrada? Pero antes de contestarlas, parece, pues, que ya se nos presenta una primera distinción a señalar. Una cosa son los éxitos y los fracasos que jalonan toda vida, cuyas cualidades vamos a tratar de analizar a continuación, y otra muy diferente el resultado global de la misma, es decir, el éxito o el fracaso completos. Sin pretender ser exhaustivo, tres son dichas cualidades: La primera es su carácter parcial. No afectan a la totalidad de la vida, sino a aspectos parciales de la misma. Un hombre siempre es más que la suma de sus éxitos y sus fracasos y puede trascenderlos utilizando el espacio de libertad que existe entre ellos y él. La segunda es su provisionalidad. La experiencia nos dice que todos, hasta los más grandes, se relativizan con el tiempo y rara vez dejan huellas indelebles tras de sí. La tercera es su subjetividad. Esta es, a mi juicio, la característica más importante de los éxitos y los fracasos parciales. Constituyen dos experiencias subjetivas que nada tienen que ver con criterios sociales que puedan ser sustentados incluso mayoritariamente. Hace no mucho, oí decir a un escritor, cuyo último libro había tenido una magnífica acogida tanto de público, como de crítica, que él
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consideraba esa obra –y parecía hablar con total sinceridad- como un completo fracaso ya que no había sabido recoger en ella lo que quería trasmitir a sus lectores. Conocida es también la anécdota atribuida a Oscar Wilde, quién después del estreno de una de sus obras en un teatro londinense, que fue pateada con ardor por los espectadores, respondió al día siguiente en su club a alguien que le preguntó por dicho estreno: “La obra muy bien, el público lamentable”. Me apresuro a añadir que este carácter subjetivo que creo tienen los éxitos y los fracasos parciales, no supone en absoluto negar la realidad. Supone afirmar que dicha realidad, es, en todo caso, multidimensional, y admite diversos enfoques de valor, de tal manera que totalizar su juicio bajo un único enfoque, es, en si mismo, equivocado. Para completar los rasgos anteriores, es preciso, asimismo, despejar un error muy extendido. Me refiero a dos conceptos que frecuentemente se confunden con los de éxito y fracaso, que son los de acierto y error. Un acierto no es un éxito. Un acierto, generalmente, es un hecho aislado y, a veces, casual. El éxito, aún con las características antes señaladas, tiene más consistencia. Un error no es un fracaso. Suele ser una acción equivocada que, en muchas ocasiones, nos pone en camino de la verdad. Veamos ahora qué puede ser eso del éxito y el fracaso vitales, que son los que, como antes decíamos, deberían centrar nuestra atención. La suma de los éxitos y los fracasos parciales habrán conducido a una vida lograda, o a una vida frustrada, dependiendo del balance global obtenido. Una vida lograda es una vida en la que sus distintos integrantes han sido desarrollados de manera armónica. En la que trabajo, amor, y ámbito personal (incluyendo la dimensión espiritual), han encontrado su sitio de manera equilibrada. Una vida frustrada –en la que pueden caber grandes éxitos en alguna de sus facetas- es una vida inarmóni-

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ca, desequilibrada, y alienada por objetivos vitalmente equivocados. Es preciso añadir, sin embargo, que ningún balance vital está cerrado hasta la muerte, por lo que el balance global siempre esta abierto, en el primer caso al fracaso, y en el segundo a la esperanza del éxito finales. Hemos definido, a grandes rasgos, los éxitos y fracasos parciales y el éxito y el fracaso vitales. Ha llegado, pues el momento, de tratar de analizar cómo, a partir de los primeros, recorriendo caminos parecidos, unos hombres triunfan al construir sus vidas y otros hombres fracasan. De investigar la aparente paradoja de que, a veces, una serie de éxitos conducen al fracaso global, y viceversa. De tratar de determinar, en definitiva, qué factores son los que nos encaminan a uno u otro resultado. Hablando de estos factores, y desde mi particular punto de vista, existen dos aspectos importantes a considerar: El de las capacidades a desarrollar por la persona y el de sus comportamientos éticos. Entre las primeras, cabría destacar las siguientes: -La capacidad para interpretar correctamente la realidad. Ya en la antigüedad, los filósofos estóicos enseñaban que “lo que nos preocupa no son las cosas –los hechos- sino nuestras opiniones sobre las cosas”. Entre los hechos y su impacto en nosotros, SIEMPRE está nuestra valoración. Todos tenemos la experiencia de que frente a los mismos hechos las personas reaccionan de manera diferente. Hay quién ve la “botella medio vacía” y quién ve la misma “medio llena”, y la psicología moderna nos indica que esa actitud puede ser modificada. Se aprende a ser optimista, de la misma manera que se aprende a ser pesimista. Y que esos procesos sean generalmente involunta-

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rios no implica que no puedan ser voluntariamente trabajados. -La capacidad de aprendizaje. Me refiero en este caso a la capacidad para aprender de nuestros éxitos y de nuestros fracasos, pero, evidentemente, este aspecto parcial se enmarca en la capacidad de aprendizaje global, es decir, en el intento permanente de trasformar la vida en experiencia. De no vivir como un corcho sobre las olas, sino tratando de entender lo que pasa en nuestro derredor. Después me extenderé algo más sobre este punto, pero conviene ir señalando que el desarrollo de esta capacidad requiere valor para aceptar la vida como es y buenas dosis de humildad como insustituibles generadoras de autocrítica. -La capacidad para vivir el error. El error no es el enemigo de la verdad, sino su camino. El error, como antes hemos dejado dicho, no se identifica con el fracaso. Toda la historia de la evolución nos habla de ello, demostrando que sus avances, en general, se han producido mediante la secuencia, prueba-error-rectificación. El problema se plantea cuando alguien se ancla en el error y no aprende de él, lo que le impide rectificar y le condena a repetirlo. -La capacidad para el cambio. Me refiero aquí a la capacidad para cambiar uno mismo. La mente de todo hombre está repleta de contenidos –ideas, conceptos, teorías- que, si no son puestas en cuestión permanentemente, pueden condicionar seriamente su percepción de la realidad. Por otra parte, todas las anteriores capacidades de poco servirían, si no estuvieran puestas al servicio de un comportamiento ético. Es preciso disponer de un esquema de valores que resulte saludable para uno mismo y para los demás, que sirva de marco de referencia de toda actuación, y que permita un juicio de valor adecuado sobre
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todo lo que hagamos. En el caso de los cristianos es claro el modelo ético a seguir; el que enseñó con su palabra y su vida Jesús de Nazaret. Según esto, y volviendo al asunto central que nos ocupa, difícilmente valoraremos un hecho como un fracaso, aunque así sea juzgado por los demás, si nos hemos mantenido fieles en nuestra actuación a nuestro marco de valores. Y viceversa. Si nos situamos ahora frente a alguna circunstancia que nosotros mismos reconocemos como un éxito, o como un fracaso, se puede afirmar, en una primera aproximación, que , en general, el éxito embriaga, pero rara vez alimenta y que el fracaso tiende a deprimirnos pero nos hace más humanos. Parece, pues apuntarse una ventaja inicial para tomar como fuente de aprendizaje al fracaso, sobre su contrario. Pero ésta es una primera y superficial apreciación. Si profundizamos un poco, nos daremos cuenta de que en ambos hay enseñanzas latentes que podrán ser utilizadas dependiendo de nuestra manera de vivirlos. Porque los dos caminos que se nos presentan tanto frente a uno, como frente al otro, son opuestos: el de la soberbia, y el de la humildad. El primero trasforma tanto a uno como a otro en agentes destructivos: Al éxito porque lo hace generador de prepotencia, de desprecio hacia los otros y de aislamiento en suma. Al fracaso, porque conduce a su rechazo, a la culpabilización de los otros, al olvido de nuestra responsabilidad, a la agresividad, a la impotencia erosionadora de la propia autoestima y, también, al aislamiento. El segundo, por el contrario, actúa como generador de efectos positivos en ambos casos. Si de éxito se trata, relativizará su valor, permitirá vivirlo sin ególatras sentimientos de superioridad, generará respeto hacia los otros y de los otros, y contribuirá a aumentar nuestra seguridad para afrontar nuevos desafíos. En el caso del fracaso, nos hará más resistentes al mismo, facilitará su aceptación y la

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búsqueda de los propios errores, así como la comprensión compasiva de los errores ajenos. Volviendo a lo señalado al principio, el gran problema que se nos plantea es que las tendencias imperantes en nuestra cultura casan mal con la forma de entender el éxito y el fracaso que aquí estamos apuntando. No podemos ignorar, además, que, algunas de las conclusiones que de lo anteriormente expuesto se derivan, chocan frontalmente con la concepción predominante en las estructuras de poder establecidas. Éstas nunca podrán contemplar con buenos ojos la independencia de criterio a la hora de decidir qué es un éxito o un fracaso para nosotros mismos, en contra muchas veces de lo que ellas deciden, pues esto supone que nos estamos escapando a uno de los más sofisticados mecanismos de control de que disponen y, por tanto, restándoles poder sobre nosotros. Sin embargo, la gran contrapartida de esta manera de ver las cosas es que aumenta sanamente nuestra libertad, les guste o no a los que no son libres y a los manipuladores. En resumen, si el éxito o el fracaso vitales no dependen fundamentalmente más que de nosotros, tenemos un cierto margen de libertad frente al empuje alienador de nuestro entorno. Tal vez tengamos que pagar un precio por el uso de esa libertad, pero el premio será una vida lograda para nosotros y para los demás.

José María Vila

(1).- Para los propósitos de este artículo, cultura viene a ser “un conjunto de valores conservado colectivamente”.

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A modo de recapitulación: -El éxito y el fracaso son conceptos subjetivos. -El éxito y el fracaso pueden ser vitalmente constructivos o destructivos, dependiendo de cómo los vivamos. -El objetivo básico de todo hombre es el ÉXITO VITAL. -Los factores que construyen sobre el éxito o el fracaso son: Lectura sana de la realidad/Capacidad de aprendizaje/Capacidad para vivir el error/Capacidad para el cambio/Fidelidad a un marco de valores ético (marco de referencia). -Si el marco de referencia social no coincide con el individual, se crea un problema que puede ser resuelto por la vía de la acomodación al entorno (vía alienadora), o por la vía del uso de nuestra libertad (vía constructiva).

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