Las herencias de

Jezreel Salazar gjez@yahoo.com

Monsivais

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xiste una fotografía en la que Carlos Monsiváis aparece en una de sus facetas más reiteradas: al interior de una librería sostiene, con las dos manos,

un enorme libro que contempla, parado, con atención inquebrantable. La expresión de sus ojos lo delata: absorto y refugiado detrás de las gafas se encuentra un lector. El libro era Images of War de Robert Capa y la fotografía fue tomada por Héctor García cuando Monsiváis tenía 32 años de edad. Lo significativo del retrato no es sólo que denota su vocación de lector voraz, sino el tipo de libro que tiene en las manos: una compilación de estampas de guerra. Me parece que están ahí, unidos ya, varios de los rasgos que definirían el papel de Monsiváis en la cultura mexicana: alguien capaz de observar y retratar los estragos del poder sobre el cuerpo social, unos ojos que buscan comprender y darle coherencia a la realidad, prestándole atención con agudeza desmedida. A poco más de un año de su muerte, veo esta fotografía de Monsiváis y me percato del vacío que su desaparición ha dejado. Su presencia pública era omnívora, abarcaba múltiples espacios y su figura tenía relevancia en casi todos los ámbitos de la cultura nacional, de modo que se volvió ícono reconocible para numerosos sectores de nuestra sociedad. Como intelectual cumplía diversas funciones y lo complejo del fenómeno es que la mayoría de los papeles que adoptaba solían ser difíciles de separar. A la política la analizaba desde el ámbito de lo cultural, el coleccionismo era una extensión de su

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oficio como cronista, su propuesta estética estaba vinculada de manera muy íntima con su proyecto político… En todo caso, la ironía lo permeaba todo; su humor cáustico y el sarcasmo irónico eran el engrudo que permitía que toda esa diversidad adquiriera consistencia y generara un estilo particular, una voz sui generis, a la que nos habituamos y hoy extrañamos. Lo que nos hace falta ahora que Monsiváis ya no está, es justo esa mirada excepcional que inventó y que pareciera nadie más puede ofrecernos, ese sello personal inscrito tanto en su singularísimo modo de expresión, como en la manera de mirar y abordar fenómenos de todo tipo. Me han preguntado varias veces quién podría ser el sucesor de Monsiváis. Cuando uno intenta responder a esta pregunta, en primera instancia surgen nombres de cronistas y/o de analistas políticos. Sergio González Rodríguez, Juan Villoro o Fabrizio Mejía Madrid escriben crónicas, pero ninguno posee el delirio acumulativo, el bagaje cultural, la mirada polimórfica y la inmensidad de recursos que tenía Monsiváis a la hora de retratar la realidad. Cuando hacemos un recuento de los analistas políticos y los articulistas en México, resulta que hay una infinidad, pero tampoco existe en ellos esa perspectiva extravagante con la que Monsiváis hacía exégesis originalísimas e instantáneas de la sociedad y la política mexicanas. El problema no es sólo de capacidades, sino de diversificación: Monsiváis era, además de cronista, crítico de arte, historiador cultural, prologuista, ensayista literario, bibliófilo, analista de cine, polemista e incluso actor. ¿Quién puede sustituir todo eso? Tengo la impresión de que ni una multitud de expertos en sus diversos campos podrían hacerlo en la medida y la profundidad en que Monsiváis lo llevó a cabo. Estamos ante un caso único, ante el más prolífico de nuestros intelectuales, quien escribió una obra tan amplia, di-

versa e inabarcable que lo convirtió en el mayor polígrafo de nuestra historia. Las funciones que ejerció Monsiváis eran tantas que para las futuras generaciones resultarán difíciles de concebir: crear opinión pública, dar testimonio del devenir nacional, renovar la narrativa de corte realista, valorar cotidianamente el espacio público, proponer cánones de interpretación literaria, realizar la crítica a las instituciones, conformar varios patrimonios artísticos, reivindicar demandas y sectores sociales minoritarios, deslegitimar (y reescribir) la historia oficial, propugnar por un proyecto de nación basado en el laicismo, la diversidad y la tolerancia… En ese sentido, pienso que Monsiváis no tendrá sucesor. Con él se termina una forma de ejercer el oficio intelectual. Y esto es preocupante sobre todo en nuestra actualidad, cuando las humanidades se enfrentan a una crisis muy profunda. De algún modo, su presencia nos hacía creer que algo podía hacerse en contra de ello, que la crítica y la lectura todavía tenían un lugar y un valor. Y es que Monsiváis fue antes que nada un observador y un lector. Eso es lo que constantemente nos proponía: lecturas originales sobre la realidad, sobre los fenómenos sociales, culturales, religiosos o políticos… Además, esas interpretaciones que hacía del mundo que lo rodeaba, las transmitía a través de un lenguaje muy singular, un lenguaje que tuvo sus raíces en la sátira anglosajona y la tradición bíblica, así como en la poesía y la narrativa hispanoamericanas. Monsiváis era un lenguaje aparte que no puede imitarse y una mirada extravagante (valiosa por su extrañeza) ya irrecuperable. Si Monsiváis es insustituible e inimitable, sí dejó herencias múltiples. Falta mucho por investigar y difundir al respecto. Por suerte ha comenzado a hacerse. En principio es importante catalogar, restaurar y difundir el patrimonio pictórico, fotográfico y artístico que dejó. En ese sentido, el trabajo que

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ha hecho el Museo del Estanquillo es encomiable para recuperar los frutos de su vocación coleccionista. No obstante, el peligro que veo ahí es que la colección no se vivifique, que no se incremente y actualice. Si una colección no crece y se renueva, muere, y hasta donde tengo entendido, el Museo del Estanquillo no tiene los recursos para hacer crecer ese legado. Sería una lástima que las experiencias estéticas contenidas en el Estanquillo se petrificaran en una época dada (la que abarcó la vida y los intereses de Monsiváis). Para evitarlo se requiere financiamiento, así como críticos de arte muy capaces que se atrevan a darle continuidad a las colecciones monsivaítas. Por otra parte, es una buena noticia que la biblioteca de Monsiváis vaya a ser comprada por el Conaculta y se traslade a la Biblioteca México “José Vasconcelos” (ubicada en Balderas). Las decenas de miles de ejemplares que conformaron la biblioteca personal del bibliófilo constituyen uno de los más importantes acervos especializados en literatura y cultura mexicanas. El hecho de que pueda ser consultado por todo el público es una noticia excepcional. Esperemos que ocurra lo mismo con su videoteca (también descomunal), la cual, al parecer, quedará resguardada por el Museo del Estanquillo. En cuanto a sus escritos, llama la atención la cantidad de libros que han aparecido desde que murió. Es como si Monsiváis siguiera escribiendo: en este año ha publicado más que la mayoría de los escritores mexicanos vivos. Me preguntó qué habría pasado si siguiera existiendo. En el último año han aparecido al menos tres nuevos libros suyos: Historia mínima de la cultura mexicana en el siglo XX (Colegio de México), Democracia, primera llamada. El movimiento estudiantil de 1968 (Secretaría de Cultura de Colima), Que se abra esa puerta. Crónicas y ensayos sobre la diversidad sexual (Paidós/ Debate feminista); además, la editorial Debate pu-

...pienso que Monsiváis no tendrá sucesor. Con él se termina una forma de ejercer el oficio intelectual. Y esto es preocupante sobre todo en nuestra actualidad, cuando las humanidades se enfrentan a una crisis muy profunda. De algún modo, su presencia nos hacía creer que algo podía hacerse en contra de ello, que la crítica y la lectura todavía tenían un lugar y un valor. Y es que Monsiváis fue antes que nada un observador y un lector.

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blicó una antología de sus crónicas bajo el título Los ídolos a nado. Eso no es todo. También aparecieron tres libros que compilan aforismos suyos: Monsivaisiana. Aforismos de un pueblo que quiere ser ciudadano (editado por Linda Egan), Lírica sacra, moral y laudatoria (que incluye grabados de Vicente Rojo) y Autoayúdate que Dios te ayudará (compilado por Francisco León). La producción post-monsivaíta parece no tener fin: no hace mucho apareció un libro extraño, pero igual de significativo: ¿A dónde váis, Monsiváis? Guía del DF de Carlos Monsiváis (editado por Déborah Holtz y Juan Carlos Mena), una Guía Roji heterodoxa que da cuenta del bizarro amor de Monsiváis por la Ciudad de México, recuperando algunos de sus más entrañables textos. En medio de la dispersión y extensión de su obra (la gran mayoría publicada en revistas y periódicos) faltan muchos otros libros por nacer. Un libro muy importante es el que está preparando la Cineteca Nacional, a partir de las opiniones sobre cine que solía emitir en su programa El cine y la crítica, que durante años mantuvo, siendo muy joven, en Radio UNAM. Otro libro que se necesita

es uno que recopile ese género que practicó cotidianamente y que de muchos modos reinventó: la entrevista de autor. Lo que creo que es necesario cuidar es que no se realice una edición de sus obras completas, no sólo porque el proyecto sería abrumador y posiblemente inacabable, sino porque temo que la consecuencia inmediata sería dejar de leerlo. Ahí está el caso de Alfonso Reyes, cuyas obras completas fueron al mismo tiempo una consagración y un alejamiento del público lector. En ese sentido hay que considerar que Monsiváis ejercía una autocrítica despiadada, lo que le impedía llevar muchos de sus textos periodísticos al formato de libro; unas obras completas irían en contrasentido a ese empeño por el cuidado de la forma. Además, estaba en el carácter rebelde de Monsiváis el afán de no dejar una obra acabada, sino todo lo contrario; Monsiváis buscaba dar cuenta de la contemporaneidad a través de una obra fragmentaria, fugaz y siempre modificable. Si algún día se editan sus obras completas, será ya un modo de traicionar el espíritu que animó a Monsiváis a ser lo que fue: nuestro heterodoxo mayor.

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