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El Palacio de Bellas Artes

Por Víctor Jiménez A principios del siglo XX dominaba en México la arquitectura identificada con la École des Beaux-Arts de París, a la que se habían incorporado grandes avances técnicos y constructivos. Todos los edificios públicos del régimen de Porfirio Díaz son ejemplo de ello, aunque pudiesen variar en el estilo decorativo elegido. Así, el italiano Adamo Boari haría el proyecto del Correo Central evocando la arquitectura medieval española e italiana, y poco después, al encargársele el nuevo Teatro Nacional de México, recurre al esquema general de la Ópera de París, con algunos detalles art nouveau, sobre todo en la escultura aplicada y los órdenes arquitectónicos: bases, fustes y capiteles de las columnas. Boari hizo una acuciosa investigación sobre los mejores teatros de su época, y de ello resultó una solución en la que trasladaba la cúpula —que solía estar sobre la sala— al frente del edificio, rematando un hall (como él lo llamaba) de enorme altura. Agregó a los lados dos semicúpulas con doble curvatura, lo que da a esta cubierta un aire bizantino. El espacio vacío del hall, iluminado por vitrales, sería un jardín interior. La sala de espectáculos adoptaba la forma más convencional, a la italiana, con un cupo de 1,791 espectadores distribuidos en palcos, luneta y galerías, además del palco presidencial, situado exactamente a media sala. La función principal del nuevo Teatro Nacional era la representación de la ópera, por lo que la orquesta se ubicaría en un foso a nivel inferior de la luneta, antes del foro, como era ya común entonces. El escenario tendría 24 metros de longitud y contaría con instalaciones mecánicas completas. Habría también una gran sala de fiestas en la parte frontal, entre el acceso y el hall, con salida hacia loggias y terrazas, además de un acceso cubierto para los carruajes. El 1 de octubre de 1904, frente a la Alameda Central, se comenzó la construcción de los cimientos del que se convertiría en el Palacio de Bellas Artes. La obra se debería haber terminado en cuatro años, pero se demoró primero a causa del aumento de los costos y poco después por los hundimientos, que resultaron de la decisión de Boari de prescindir de Gonzalo Garita. La participación de este último en el Correo demostró ser exitosa, pues este edificio, a unos pasos de Bellas Artes, nunca se ha hundido: al inaugurarse el Correo en 1907 Garita lo hizo notar al público, lo que debió incomodar a Boari. Sin embargo, el hundimiento se detuvo en la década de 1910, quizá por efecto de las inyecciones de cal practicadas por Boari, porque el edificio hubiese terminado por asentarse en una capa más dura del subsuelo. Contra lo que se cree comúnmente, desde entonces el Palacio de Bellas Artes no se ha hundido más, habiendo acumulado un descenso total de cerca de dos metros. En medio del aumento de los costos y del hundimiento estalló el movimiento armado de 1910, que dio origen a la Revolución Mexicana. Hacia 1915 era poco lo que se hacía; Boari deja el país en 1916 y a lo largo de los siguientes tres lustros se efectuaron algunos trabajos de poca importancia, hasta que se reinician las obras en 1932, bajo la dirección del arquitecto mexicano Federico Mariscal, antiguo discípulo de Boari y quien concluyó totalmente el Palacio en marzo de 1934, inaugurándose el 29 de septiembre de ese año. La estructura del edificio es de acero, con muros de concreto y recubrimientos de mármol, lo que arroja un gran peso. Las grandes superficies exteriores se recubrieron con mármol blanco y sepia claro mexicanos; todos los elementos escultóricos y los órdenes arquitectónicos (columnas y cornisas) se labraron en mármol de Carrara. El

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grupo escultórico más importante es el altorrelieve del luneto mayor, ubicado al centro, en la parte superior de la fachada principal: representa el tema musical de La Armonía, al que se agregan los grupos de La Inspiración y La Música, sobre el arco, para formar un conjunto llamado por Boari La Sinfonía. Su ejecución fue obra del italiano Leonardo Bistolfi. Los altorrelieves de las fachadas laterales, brotando directamente de los muros, figuran cuatro colosales desnudos de mujer, se deben al escultor A. Boni. Las máscaras, guirnaldas y florones son de Fiorenzo Gianetti y recurren a temas tomados de las artes dramáticas y de la fauna y la flora mexicanas, incluyendo motivos inspirados en la escultura azteca, como las serpientes y los caballeros águila y tigre de los antepechos de los balcones. En el exterior del edificio se ubicaron también, por decisión de Federico Mariscal, las esculturas destinadas al abandonado Palacio Legislativo, todas de mármol de Carrara y de autores franceses. Constan de dos grupos con dos figuras femeninas cada uno y seis esculturas individuales también femeninas. Los primeros, colocados a los lados del pórtico de la fachada principal, son de André Allar y representan La edad viril y La juventud; las otras seis figuras se encuentran en los nichos de las terrazas de las fachadas principal y laterales y representan temas vinculados a la tarea legislativa, como La Fuerza, La Paz y La Elocuencia (de Laurent Honoré Marqueste), así como El Trabajo, La Verdad y La Ley (de Paul Gasq). Diez puertas y rejas de hierro forjado se encomendaron al italiano Alessandro Mazzucotelli, complementadas con otras catorce hechas a imitación de las primeras por el mexicano Luis Romero. El grupo escultórico de bronce que remata la cúpula principal es del húngaro Géza Maróti, mientras que el diseño de las cúpulas mismas, tal como se concluyeron, es de Roberto Álvarez Espinoza y corresponde completamente al estilo decorativo dominante hacia 1930: el art déco. Excepto por estas cúpulas más recientes, el exterior tiene ahora el aspecto de principios del siglo XX que le dio Boari, mientras que el interior del edificio es casi todo resultado de las decisiones de Mariscal y corresponde al citado estilo de los años treinta. Ya en el interior, pero también de la época de Boari, destacan en la sala de espectáculos otras obras de Maróti, como el vitral en el techo con el tema de Apolo y las nueve musas, además del mosaico que rodea la bocaescena, en el que Maróti representó la historia del Teatro. Pero sobre todo es célebre el gran telón de acero recubierto de un mosaico de teselas de cristal opalescente hecho por la casa neoyorquina Louis C. Tiffany, a partir de una pintura realizada por el artista Harry Stoner, enviado desde Nueva York ex profeso para ello. Es un error común atribuir esta pintura al mexicano Gerardo Murillo, conocido como el Dr. Atl. La cortina tiene como función aislar la escena de la sala en caso de que se produzca un incendio. Esta impresionante obra está hecha con más de un millón de piezas, y su elaboración tardó casi dos años. Es única en el mudo por su mérito artístico y complejidad, ya que está montada sobre un muro móvil de acero, revestido con lámina de zinc, pero su suave movimiento hace olvidar su peso, de 22 toneladas. La decoración del mosaico representa una vista del Valle de México a principios del siglo XX, donde destacan los brillantes colores de las flores y los diversos tonos de verde de los árboles y los cactos, recortándose sobre el imponente fondo de los volcanes nevados: el Iztaccíhuatl (Mujer Blanca) y el Popocatépetl (Montaña que Humea). El resto de la decoración de la sala (rejillas de acero ubicadas entre el telón de Tiffany y el mosaico de Maróti, así como los barandales de los palcos y pisos superiores, todos del más puro art déco, son de la casa francesa Edgar Brandt. Mariscal aumentó la capacidad de la sala, que podía alcanzar la cifra de 2,035 butacas.

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En el hall Federico Mariscal aplicó diversos revestimientos de mármoles nacionales y extranjeros tanto en los pisos como en los pilares y pilastras: blanco de Carrara, negro de Monterrey, rojo de Torreón y rosa de Querétaro. Utilizó además los escalones de granito noruego que habían sido labrados para el inacabado Palacio Legislativo. Destacan las lámparas y otros elementos decorativos art déco realizados en París por la Casa Edgar Brandt, con motivos mexicanos como mascarones mayas en acero y cactáceas de bronce. Para los muros se encargaron diversos murales a los grandes maestros de la Escuela Mexicana: Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo y Jorge González Camarena. A estas obras se agregaron otras que estuvieron originalmente en distintos sitios, como los pequeños murales de Roberto Montenegro y Manuel Rodríguez Lozano. Una decisión de gran trascendencia fue la de convertir los salones de fiestas del proyecto de Boari en las salas de un Museo de Artes Plásticas, localizado actualmente en las diversas áreas de la parte frontal del Palacio de Bellas Artes, nombre que adopta a partir de su inauguración en 1934, como recinto dedicado a todas las artes. Esto permite que la vida del edificio no se restrinja a las horas en que funciona la sala de espectáculos, sino que se extienda a lo largo del día y lo visite el público más variado. En 1994 se realizaron diversas obras, como la construcción de un estacionamiento subterráneo y una plaza que recuerda la proyectada por Boari, con dos fuentes y los cuatro Pegasos de Agustín Querol concebidos originalmente para ubicarse en la parte más alta del edificio, en el cubo del foro. Teodoro González de León y Francisco Serrano reacondicionaron todas las salas para hacerlas más funcionales como áreas de exposición, creando la librería y la cafetería actuales. El Palacio de Bellas Artes es considerado en la actualidad uno de los teatros más importantes, bellos y grandes del mundo. Su función como museo es también sobresaliente. Es, desde su inauguración, el centro cultural más importante en su género de la República Mexicana. Es la sede principal de la Orquesta Sinfónica Nacional, la Compañía Nacional de Danza, la Compañía Nacional de Ópera y el Ballet Folklórico de México. En las artes plásticas aloja al Museo del Palacio de Bellas Artes, con ocho salas de exposición, y al Museo Nacional de Arquitectura, además de las salas Adamo Boari y Manuel M. Ponce. Cuenta, además de la librería y cafetería ya mencionadas, con una tienda de discos y otra de regalos. El Palacio de Bellas Artes mantiene un programa continuo de actividades artísticas en todos los órdenes, tanto de origen nacional como internacional. Es objeto de un mantenimiento permanente para conservarlo en óptimas condiciones, siempre con fidelidad a sus formas y calidad originales.

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