No es posible creer que es negro lo que vemos blanco

Dios me crió hombre y no espera de mí que deje de serlo. No le agrada y no lo pide, porque todo lo
hace bien y si hubiera querido que fuese ángel o jumento, pues así hubiera sido. Jesucristo me
quiere perfecto, como su Padre del ielo, pero me quiere hombre. Por eso, la famosa !terd"cima#
regla de $an %gnacio para sentir con la %glesia, sal&ada la intención del gran &asco, es una
inquietante bomba de relojería. !Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo
veo creer que es negro, si la %glesia jerárquica así lo determina#, dice allí nuestro proto'jesuíta. (o
pienso que los libros de los Ejercicios no debían imprimirse sin una nota en este punto que dijera
casti)amente* !+quí el santo no andu&o fino#. omo es lógico y piadoso, se le han intentado echar
capotes, diciendo que en realidad se refería a las &erdades sobrenaturales. Pero eso no tiene sentido,
pues en la misma naturale)a de la &erdad sobrenatural está el ser conocida por la ,e&elación y
concretamente !por lo que determina la %glesia jerárquica#. -a fe consiste en asentir a esas
proposiciones porque Dios las ha re&elado, &ea yo las cosas como las &ea, y hasta ese momento no
tengo fe. Por lo tanto, si la regla se refiriese a eso, no trataría del !sentir con la %glesia# sino lisa y
llanamente de tener fe. .ue conste que le tengo de&oción a gure patroi aundia, pero el ejemplo que
puso es desafortunado /la aprehensión sensible de un color, ni más ni menos0. 1l problema es que
despu"s de "l muchos católicos han pensado que hacían un acto piadoso 2carentes del buen sentido
del san guipu)coano2 al poner hasta sus percepciones sensibles a disposición del juicio de la
%glesia, como signo de humilde obsequiosidad. 3ómo si la %glesia, en toda su historia, hubiese
pretendido jamás ju)gar de esas cosas4 1so es lo que se llama ser más papista que el Papa. (o soy
tan papista como los Papas, pero ni un milímetro más, porque no s" si será &erdad lo que decía el
abominable 5ide de que con buenos sentimientos se hace mala literatura, pero desde luego, se hace
p"sima 6eología.
7erbigracia, $anto 6omás jamás hubiera puesto un ejemplo semejante. Para "l, de suyo, el acto de
la aprehensión es infalible. No por nada, sino porque no está en nuestra mano el influir en "l.
-o que la regla !terd"cima# demanda de la inteligencia, las Constituciones de la Compañía lo
piden de la &oluntad* !los que &i&en en obediencia se debe de8ar lle&ar y regir de la di&ina
Pro&idencia por medio del $uperior, como si fuese un cuerpo muerto que se de8a lle&ar
adondequiera y tratar como quiera, o como un bastón de hombre &iejo, que en dondequiera y en
qualquiera cosa, que d"l ayudarse querrá el que le tiene en la mano, sir&e#, escribió allí el santo,
haci"ndonos pensar que algo había en el ambiente intelectual de su tiempo que empujaba a tales
e8presiones e8tremas. $iendo toda&ía jesuita, el Padre astellani ya ad&ertía que si estas
e8presiones se tomaban literalmente engendrarían !una monstruosidad#. %ntelectualmente estamos
muy lejos de la obediencia como !oblación ra)onable# como le gustaba decir a $anto 6omás. 1l
cristiano deberá obedecer, seg9n su estado, como obedece un hombre libre, no como un cadá&er.
:ay que tener mucho ojo con lo que se escribe, porque !uno ya se entiende#, pero los que &ienen
detrás entienden sólo lo que está escrito y sacan conclusiones que ni de lejos se imaginaba el autor.
-a cosa es que las frases de $an %gnacio, en manos de los fideístas de hoy, por ejemplo, han hecho
estragos. :an contribuido a generar no poca angustia, y lo que es peor, han parali)ado a muchos en
su legítima aspiración a comprender mejor su acto de fe. -a %glesia no tiene miedo de la ra)ón, pero
los clericales, le tienen aut"ntico pa&or. Por eso, el uso clerical de lo de !lo blanco que yo &eo creer
que es negro# tiene m9ltiples ejemplos y ninguno bueno.
Desde que hace &a para quince a;os un buen amigo pusiera en mis manos el mamotreto de +merio
Iota unum, mi mente empe)ó a inquietarse con lo que se me aparecían como pie)as que no
encajaban pu))le. Despu"s &endría la lectura de la Pascendi y el sentirme retratado en aquel
documento escrito no&enta a;os antes y luego mandar a paseo once a;os de militancia en uno de los
llamados !nue&os mo&imientos# y &i&ir a la intemperie de ese tipo de cobijos. +ntes de eso ya me
empec" a habituar a escuchar lo de !a ti lo que te pasa es que eres un soberbio# y a moderni)adas
&ersiones de <lo que tienes que hacer es creer que es negro...<
No se me ocurriría defender un anarquismo de la ra)ón ni el libre pensamiento de aquellos llamados
espíritus fuertes. 6odo lo contrario. +unque sólo sea por la e8periencia &i&ida, tengo bien aprendido
que la ra)ón humana es incapa), ella solita, de remontar el &uelo hasta la intimidad con Dios y que
dejada a sus solas fuer)as, poco suele tardar en perjudicarnos. Pero la com9n paternidad del orden
natural y del sobrenatural hace que nada de lo que la %glesia nos ense;a &eje la ra)ón.
$encillamente, la supera, e8altándola.
+sí que nada de reclamar la independencia de mi ra)ón. Dejado eso claro, no me interesa ahora
tanto lo que $an %gnacio quiso decir cuanto el posterior y actual uso de los te8tos que he citado. =1n
qu" consiste tal uso> 1n una práctica fideísta de !matonismo# espiritual? en ob&iar que la naturale)a
sobrenatural del acto de fe requiere tambi"n que ese acto sea humano, y por lo tanto ra)onable, lo
mismo que la naturale)a sobrenatural del acto de obediencia e8ige igualmente que el acto obediente
sea libre. -ibre no quiere decir solamente &oluntario* quiere decir tambi"n ra)onable.
.uienes abusan del !creer que es negro# 2llam"moslo así, de forma sint"tica2 recurren a una
a;aga)a, la de crear la confusión y la culpa en los destinatarios de sus censuras* !:ay que creer lo
que la %glesia ense;a y punto#, !hay que obedecer y punto#, !si no, eres un soberbio...#. Pero el
terne interlocutor recuerda, empecinado* !$í, pero primero tengo que saber qué es lo que la %glesia
ense;a#...
1n muchos ambientes está e8tendida la especie de que somos tanto más piadosos cuanto más
radical y ciega sea nuestra renuncia al juicio propio, sin más distingos.
:e hecho la prueba de preguntar* =qui"n te parece más piadoso, el que ante el muro blanco somete
hasta su percepción de la blancura a un e&entual juicio de la %glesia o el que no lo hace> -as
apariencias enga;an y es fuerte la tentación de responder que el que está dispuesto a renunciar hasta
a sus percepciones /no ya a sus juicios0 ante el /hipot"tico0 juicio de la %glesia es ciertamente el más
piadoso, el más religioso. 1l mejor. @i siguiente pregunta es* =( cómo conocerás t9 el juicio de la
%glesia> Are&e silencio y luego* !-eyendo los te8tos del @agisterio# o bien !escuchando a alguien
me los e8plica#. 1ntonces, la 9ltima de mis preguntas* !( si aceptas que hasta tus aprehensiones
pueden ser falsas, =cómo estarás seguro que de lo que lees es lo que la %glesia ense;a, de que lo que
escuchas es lo que la %glesia te dice? de que las frases que escribe un Papa son las mismas que t9
entiendes># :abiendo inmolado hasta las aprehensiones de la ra)ón en el ara de la piedad, la piedad
misma se &uel&e imposible.
Dios, a diferencia de estos !guardianes del fideísmo# no busca la humillación del hombre. -a
humillación, cuando es necesaria, es purificación, es medio.
Necesitamos tener certe)as naturales para tenerlas sobrenaturales y la ra)ón natural, someti"ndose a
la fe, no se des&irt9a, se ensal)a. -a fe no crece a costa de la ra)ón.
Por muy tranquili)ador que a primera &ista pueda parecer, renunciar a la propia ra)ón abdicándola
en el juicio de otros es tan inhumano como impío, y tras un fuga) sentimiento de tranquilidad abre
paso a nue&as angustias.
$entado el principio, &eamos algunos corolarios.
:ay dos campos abonados para la aplicación de estos falsos principios. 1l primero se refiere sobre
todo al aspecto &oluntarista de la obediencia. + la !obediencia del bastón#. 1s el de las relaciones
de dependencia dentro de la %glesia. No me refiero principalmente a la dependencia de la jerarquía
eclesiástica /aunque lamentablemente tambi"n ahí tienen su cabida0, sino a los jefes, jefecillos,
superiores y demás personas erigidas 2canónicamente o no2 en alguna responsabilidad sobre otros
cristianos. -os llamados !nue&os mo&imientos#, los grupos parroquiales, y hasta las comunidades
religiosas, ofrecen material interesante para e8plorar cómo se ha con&ertido en algo casi end"mico
el percibir toda dificultad del inferior como una amena)a a la !autoridad# del superior. 1n estos
casos lo más llamati&o suele ser la falta de formación de quien reclama !&er negro# como 9ltima
ratio eclesiástica. $u incapacidad para iluminar racionalmente el problema. 1ntonces, un legítimo
deseo de comprender es deformado hasta presentarlo como un acto de diabólica soberbia. @i
e8periencia en estos casos es que una adecuada dosis de humildad por parte de quien ocupa un
puesto de responsabilidad, admitiendo que ignora la forma de responder a una duda resulta mucho
más edificante y más humano. 6ristemente, no es lo más frecuente.
1stos casos, dolorosísimos, pueden sin embargo ofrecer al cristiano que los padece una e8celente
ocasión de conformidad con la &oluntad de Dios, de ofrecimiento por los propios pecados, de
renuncia a ese orgullo que, efecti&amente, nos acompa;a como legado de +dán. No por eso la
actuación del !superior# será laudable, pero en sí misma no será un obstáculo in&encible, una
e8cusa justa para abandonar el camino espiritual /siempre que sólo se trate de la necedad de un
superior y no, como tantas &eces ocurre hoy, de completos sistemas doctrinales y organi)aciones
parasitarios de la religión católica, pero "se es otro cantar0. 1l caso de $anta ,ita obedeciendo
durante largo tiempo una orden completamente irracional ejemplifica cómo una orden absurda pero
no directamente inmoral puede ser ocasión de gran pro&echo espiritual y aun de edificar a quien
abusó de su superior posición. Pero recuerdo que eso no con&ierte en humano un acto de suyo
inhumano, como es la orden de regar un palo seco.
1l segundo campo abonado para estas prácticas es mucho más gra&e, pues en estos casos no queda
la posibilidad de soportarlas con paciencia. 1n "l se aplica estrictamente el !creer que es negro#. 1s
el caso de quienes pretenden silenciar los problemas de las conciencias que e8igen suficiente
claridad racional en las proposiciones que debemos creer. No se trata en absoluto de plantear un
litigio racionalista frente al dogma, sino de la necesidad ine8cusable de que mi acto de fe sea un
acto humano /y por lo tanto mío0, para lo cual debo tener clara la proposición a la cual presto
asentimiento.
1ntendámonos* la %glesia me dice que debo creer en la 6rinidad de personas en Dios. $ería absurdo
que yo reclamara agotar racionalmente lo que ese misterio encierra o tener una intrínseca e&idencia
de ello, pero para que ese acto sobrenatural sea a la &e) humano, yo debo conocer suficientemente
la formulación de lo que se me e8ige creer. =:abrá quien objete a esto> Pues parece que sí. Para
algunos, eso es mucho pedir.
1n parte comprendo a estos auto'designados custodios de la %glesia. $ólo en parte. -es comprendo
porque como católico no albergo duda alguna sobre las promesas de risto ni sobre su %glesia. Pero
por eso mismo, no los acabo de entender. -a %glesia no tiene nada que esconder y no necesita ese
tipo de protección, que supone una &iolencia pre&enti&a sospechosa. asi diríamos que en ellos
!accusatio manifesta#.
Bn torcido uso de las má8imas ignacianas ha alimentado el espejismo de que es posible abdicar de
la ra)ón para ser mejor cristiano. Para ser el cristiano ideal. De modo que el mero hecho de que
alguien se pregunte !=cómo se reconcilian tal y cual doctrina, aparentemente ense;adas las dos por
la %glesia y que no &eo cómo emparejar># suscita una hiperest"sica reacción de sospecha de lar&ado
2o manifiesto2 cisma o apostasía.
$i superasen su propio miedo, esos celosos guardianes de la pa8 eclesiastica, deberían pararse a
considerar que qui)ás quienes así se e8presan no hacen sino obedecer el mandato ine8cusable de su
conciencia* el de defender su fe. $entirían así una saludable empatía con estos atribulados.
uando alguien se plantea y plantea, por ejemplo, su dificultad para reconciliar algunas doctrinas
cristianas de siempre con las que ahora parecen ense;arse, no faltan 23qu" digo* abundan42 quienes,
por toda respuesta, sentenciosamente espetan* !1res un soberbio, un orgulloso#? !hay que ser más
humilde#? o bien* !la doctrina no ha cambiado y punto#.
No creo que nadie 2al menos yo no2 decida formular esas inquietudes sin haber pasado muchas
)o)obras interiores, muchos combates por apuntalar un edificio intelectual bajo el que se había
refugiado durante mucho tiempo y donde se sentía ya en casa.
1n definiti&a, e8teriori)ar este malestar no es sino la quiebra de una pre&ia seguridad, pero una
seguridad que se barruntaba falsa. -a respuesta no puede estar en un &oluntarismo que soluciona el
problema negándolo, sino en una profundi)ación serena en la &erdad.
uando yo era jo&en y empe)aba a e8presar mis inquietudes en este terreno /3con&encido, como lo
estoy hoy, de que tenía que haber una e8plicación, pues nunca he perdido la fe, gracias a Dios40, las
&iolentas reacciones de estos guardianes sí me hacían mella. Durante mucho tiempo sir&ieron para
cuestionarme* !$oberbio lo soy, qui)ás "sa es la e8plicación#. omo la soberbia es un cardo
end"mico de profundas raíces y para erradicarlo apenas basta una &ida entera de oración y asc"tica,
pues claro, qui"n en su e8amen de conciencia no confiesa* !$í que soy soberbio, sí#. :ala, pues eso.
Pues no, no es eso.
-a queja de la conciencia regresaba. ,egresa siempre que no está en pa). -a soberbia, pecado
capital, está detrás de muchos de nuestros pecados, pero no da ra)ón de que una conciencia sea
incapa) de armoni)ar dos juicios. +quí ya no estamos ante la aprehensión sensible, pero estamos
ante otro caso de infalibilidad del conocimiento humano* el hábito de los primeros principios
intelectuales. oncretamente, del principio de contradicción.
,a)onando, yo puedo llegar a la conclusión de que la afirmación de la necesidad de medio del
bautismo e incorporación a la %glesia se repugna con un acto de oración com9n con miembros de
otras religiones. $e trata de una proposición comparada no con su contraria sino con otra deri&ada
de una hipot"tica contraria. 1s un ra)onamiento y por lo tanto, susceptible de error. Pero cuanto más
sencillo sea el ra)onamiento más fuerte será mi certe)a, pues descansará con mayor pro8imidad
sobre el principio de contradicción. De modo que si se trata de comparar una afirmación y una
contraria a ella /un ejemplo* la libertad religiosa como delirio y la libertad religiosa como derecho
ci&il fundado en la re&elación y en la dignidad humana0, obtengo la má8ima certe)a posible en el
orden natural. 1n este caso, de que es imposible asentir a esas dos proposiciones a la &e).
=.u" tiene que &er el orgullo o la humildad con esa estructura de mi inteligencia humana> 1l
orgullo puede cegarme, cierto, pero eso puede ocurrir en la determinación de los t"rminos del
problema, no en el hecho mismo de la aplicación del principio de contradicción, en sí mismo
infalible.
Por lo tanto, si el orgullo o cualquier pasión ha pro&ocado que yo haga un mal planteamiento del
problema, lo oportuno será un sencillo ejercicio de la primera obra de misericordia espiritual. No
una censura pre&enti&a, que más parece censurar la indómita e8igencia de la naturale)a humana de
obrar conforme a su ra)ón.
:enos aquí, pues, ante un cristiano que e8pone en &o) alta su dificultad no para creer algo, sino
para determinar el objeto de su fe.
uando se ha intentado pacientemente e8plicar al guardián de la pa) eclesiástica de turno que no,
que uno no hace sino cumplir con un deber uni&ersal de claridad en las proposiciones que debe
creer y que en absoluto cuestiona la más mínima iota de la doctrina católica, aun no ha superado
todo el armamento de esos pseudo'censores. 6oda&ía puede tener que escuchar a modo de punto
final un ner&ioso* !3(o creo lo que la %glesia ense;e4# =abe mayor muestra de obediencia filial, de
fe sin reser&as, en un cristiano> Pues, depende. $i con esa protesta se quiere manifestar, de modo
sint"tico, que se cree en la %glesia y en todo lo que la %glesia católica ense;a, no habrá católico que
deje de alabar la afirmación.. Pero si semejante declaración se utili)a para e&itar hacer un juicio tan
simple como qu" cosa ense;a la %glesia en un particular, entonces admitamos que estamos ante un
problema. laro, yo tambi"n creo lo que la %glesia ense;e. 1l problema, ya lo hemos &isto, es tener
claridad sobre qu" ense;a.
+unque nuestro acto de fe incluye &irtualmente todo lo que la %glesia haya ense;ado y nosotros no
cono)camos y lo que pueda ense;ar en el futuro, de hecho debe tener necesariamente como objeto
algunas proposiciones ense;adas por la %glesia. No e8iste ninguna fórmula del redo que diga*
!reo en todo lo que ense;a la %glesia#. Csa es reducible a una proposición de la tercera parte del
redo, pero ni la fe ni la 6eología se acaban ahí.
reo que era obligado hacer una refle8ión sobre estas noci&as prácticas muy presentes entre los
cristianos. Primero para recordar que querer conocer y discernir nuestra fe no tiene nada de
sospechoso, sino de meritorio. ( segundo para contribuir a liberar tambi"n las conciencias de los
que se sienten empujados a ejercer este tipo de censuras creyendo así que hacen un ser&icio a la
%glesia... o a su fe personal. 1sto suscita lógicamente otro problema, para otra ocasión, que es el de
la sorprendente dificultad que hoy tenemos los cristianos para hacer ese discernimiento que debiera
ser facilitado por quienes tienen el munus docendi.
1n esto, como en todo, la &erdad nos hará libres.
José Antonio Ullate Fabo