Hermann Hesse El juego de los abalorios

CAPÍTULO VII
EN EL CARGO

SI la asunción del cargo de Magister pareció haber traído consigo en un primer momento
más pérdida que ganancia, en esa asunción consumió casi las energías y la vida personal,
eliminando todos los hábitos y los gustos, dejando en el corazón una fría calma y en la mente
algo así como una sensación de mareo por el sobreesfuerzo, el período subsiguiente de alivio,
reflexión y acostumbramiento trajo también nuevas observaciones y vivencias. La más grande,
después de la batalla, era la colaboración confiada y amistosa de los selectos. En las
discusiones con su “sombra”, en la labor con Fritz Tegularius, que empleaba a prueba como
ayudante para la correspondencia, en el paulatino estudio, examen y completamiento de los
certificados y otros informes acerca de estudiantes y colaboradores, que dejara su predecesor,
convivió con afecto en constante y rápido aumento con estos selectos, que creyera conocer tan
bien, pero cuya esencia, como también todas las particularidades del Vicus Lusorum y de su
papel en la vida castalia, se le aparecía apenas ahora en toda su realidad. Es cierto, él mismo
perteneció a esta “selección”, a estos repetidores, a este artístico y orgulloso pueblo de
jugadores de Waldzell, y por varios años, se sintió absolutamente parte de ellos. Ahora en
cambio ya no era solamente parte, no convivía sólo íntimamente con esta comunidad, sino que
debía considerarse como el cerebro, el conocimiento y aun la conciencia de la comunidad,
cuyas reacciones y destinos debía no sólo vivir, sino sufrir, responsabilizándose por ellos. Una
vez, en una hora de elevación, al final de un curso para la formación de maestros de juego para
principiantes, expresó de esta manera su estado de ánimo y la situación castalia:
—Castalia es un pequeño Estado por sí sola, y nuestro Vicus Lusorum un pequeño Estado a
su vez dentro del primero, una república pequeña, pero vieja y orgullosa, igual y con los
mismos derechos que las hermanas, pero robustecida y enaltecida en la conciencia de sí misma
por la clase especialmente artística y casi sagrada de sus funciones. Porque estamos
distinguidos por la tarea de defender y guardar el verdadero santuario de Castalia, su original
misterio, su único símbolo, el juego de abalorios. Castalia educa excelentes músicos e
historiadores del arte, filólogos, matemáticos u otros sabios. Todos los Institutos castalios y
cada castalio deben tener solamente dos metas, dos ideales: rendir en su especialidad lo más
perfecto que les sea posible y mantener viva y ágil su especialidad (y al mismo tiempo a sí
mismos), sabiendo que está constantemente vinculada a todas las demás disciplinas y con todas
hondamente emparentada. Este segundo ideal, el concepto de la unidad íntima de todos los
esfuerzos espirituales del hombre, el concepto de la universalidad, ha encontrado su perfecta
expresión en nuestro noble juego. Es posible que a un físico o a un matemático o a un
historiador de la música o a otro sabio se requiera una severa y ascética perseverancia en su
especialidad en determinados momentos, y una renuncia a la idea de la universalidad cultural a
favor de un gran resultado especial o actual; en todo caso los jugadores de abalorios no
podemos nunca aceptar y realizar esta limitación y esta acomodación, porque nuestra tarea es
justamente conservar y defender la idea de la Universitas Litterarum y su más alta expresión,
el noble juego, para salvarla constantemente de la tendencia hacia lo acomodaticio, propia de
las disciplinas especializadas. ¿Mas cómo podríamos salvar algo, si no deseáramos ser
salvados también? ¿Y cómo podríamos obligar al arqueólogo, al pedagogo, al astrónomo,
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