MONSEÑOR TITO SOLARI

Fiel al Evangelio de Cristo, monseñor Tito Solari, ha sabido hablar al pueblo de Dios en lengua sencilla
y en símbolos cotidianos, corrientes: por ejemplo, una mujer con dolores de parto; un comerciante
obeso que posee varios puestos en la Cancha; la mujer insatisfecha con sus maridos y que busca uno
nuevo; los condenados a la calle, la acera o el portal de alguna iglesia (los sin techo); los niños y
adolescentes instrumentalizados por los traficantes de droga en el Chapare. Hasta ahora, yo no he
escuchado, a Tito Solari, como ser humano, pastor, obispo, sacerdote, misionero, cristiano, que haya
invocado ninguna historia que esté (o lo aleje) lejos de los hombres y mujeres de este país.
Consecuente con su opción evangélica, en todos estos años como cabeza de la Iglesia local y
referente de humanidad, cuántas veces habrá comido con labriegos, campesinos y k’epiris, devuelto
la esperanza a enfermos y caídos, escuchado a mujeres, hombres, niños, ancianos de aquí de allá o de
arriba y abajo sin ningún rencor ni complejo alguno.

Monseñor Tito Solari sintetiza muy bien eso que vengo diciendo sobre el catolicismo nacional: “por
un obispo justo puede salvarse toda la Iglesia boliviana”. Seguro existirán otros prelados justos. Pero,
con este obispo de andar pausado, alto, desgarbado y manos huesudas, y, sobre todo, un aura de
persona en quien nada de lo que es la familia humana, le es extraño, los pobres nunca estarán solos.
Este pastor de la arquidiócesis de Cochabamba, no ha necesitado realizar huelgas de hambre o militar
en ideología alguna para amar a un país y su gente, como al suyo propio. Monseñor Solari es un
hombre que tiene un enorme don para la comprensión y un raro talento para la amistad.
Y hablando de justo a justo, quiero contarle al Señor obispo, cuando escuché sus admirables
declaraciones, las oí como todo padre de familia lo haría, preocupado, por el futuro de sus hijos. Lo
que ocurre a aquellos que han salido a denostar su imagen (políticos, sindicalistas, dirigentes,
marxistas, socialistas, ateos) es que no han logrado amordazar ni drogar del todo la conciencia
particular (personal) de culpa y complicidad en este flagelo de la producción y tráfico de drogas. Pues,
hasta un ciego es capaz de ver cómo nos encaminamos hacia un narco estado.
Con monseñor Solari nos viene al recuerdo, esa Iglesia que en estos dos mil años de historia, ha
tenido etapas prodigiosas de denuncia y compromiso. Y el precio que ha tenido que pagar, Solari, por
dar razón de la esperanza cristiana, ha sido soportar el peso de la mano parkinsoniana y vengativa del
masismo. A pesar de eso, que monseñor les bendiga a todos.


Iván Castro Aruzamen
Teólogo y filósofo